El Poder Del Centro Parte 1
Temas abordados
El Poder Del Centro Parte 1
Temas abordados
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Maqueta de portada: Sergio Ramírez
Título original: Tbe Poioer 01tlro Center. A study 01 Composition in Ibe Visual Arls.
T'he Ncw VcrsiOIJ
Seoor Foresta, 1
Madrid - España
www.akal.corn
ISBN: 978·84·460·1176·7
Impreso en Cofás, S. A.
Mósroles (Madrid)
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Nobuo Sckine, Fases de la nada, 1971.
Museo de Lousiana, Hurnlelnek, Dinamarca.
Introducción
Esre libro ha sido reescrito completamente. Acá y allá hay párrafos, e incluso a
veces páginas, que no han sufrido modificaciones, pero lo más probable es que ahora
no se encuentren donde antes estaban; se ha añadido un cierto número de ilustra-
ciones, mientras que otras se han eliminado, y si se comparan los índices de la anti-
gua )' de la llueva edición se observarán cambios sustanciales.
¿Cólno justificar una revisión de este calado? ¿CÓIOO es ésta posible? Trataré de dar
una explicación. La primera versión de este libro se escribió bajo la euforia de saber
que había hecho un descubrimiento. La composición, requisito primordial de cual-
quier manifestación visual organizada, había sido un terna secularmente sometido a
debate por artistas, teóricos y críticos: se habían propuesto reglas prácticas para cuidar
de la proporción y la organización espacial, se habían formulado juicios intuitivos acero
C,¡ de lo que debía considerarse corno bueno y como malo en lo rocanre ,1 "1 cuestión
del equilibrio, se habían trazado triángulos, círculos y todo tipo de flechas sobre repro-
ducciones de obras de arte ... Algunos de estos intentos parecían más convincentes que
otros, pero la mayoria se aplicaban o bien a obras particulares o bien a estilos concre-
tos, sin que se hubieran vislumbrado unos principios compositivos que pudieran apli-
carse universalmente ala pintura, la escultura y la arquitectura, a las artes indusniales
tanto CODIO a las bellas arres, independientemenre de su lugar y época de origen: se los
consideraba inexistentes y acaso perjudiciales.
Mi propia formación y mi Carácter me han llevado siempre a fijarme más en 10
que las cosas tienen en común que en lo que las separa, Contemplando los frutos de
las artes de todas las épocas C0l110 un intento colectivo de la especie humana de
explorar la infinita variedad de modos existente de dar forma a una cosa -al arte-,
me fui convenciendo paulatinamente de que la composición, fuera cual fuera el esti-
lo o el campo en que se diera, derivaba de la interacción de dos principios visuales,
a los que llamaré sistema céntrico y sistema excéntrico. Comencé a vislumbrar razo-
nes a favor de la necesidad universal de tales principios, ya medida que su búsque-
da fue ilustrándome sobre la organización y el significado de un número creciente
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INTkODUCCIÓN
I Puede encontrarse una investigación reciente y deraliada sobre el carácter simbólico de las formas
circulares en Perror, 1980. así C0010 el intento de L·,A. Cummings, 1986, de describir el enrrecruaamienro
de los ejes radiales en un centro dominante corno una expresión de JI~conccntrnción del poder religioso}' del
polirico el) el Rcnacimienro.
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ojos, hablando de símbolos sólo en la medida en que LIsformas visuales los revelaban
a través de su acción dinámica, con la convicción de que esas manifesruciones direc-
tamente perceptivas se encuentran entre las más potentes fuentes de sentido de las
que el espíritu humano dispone.
Por úlumo, debería referirme a la diferencia existente entre mis primeras apro-
ximaciones a estos problemas, que datan de los años cuarenta y cincuenta, y las
actuales. En Arte)' percepcion visual aplicaba los principios de la percepción visual
a una serie de ejemplos tomados del campo de las artes; en El poder del centro trato
de dar cuenta de la forma artística valiéndome de cuantos descubrimientos pongan
a nuestra disposición las investigaciones sobre la percepción y de cuantos princi-
pios puedan derivarse de esas investigaciones. El propósito esencial continúa siendo
el mismo, pero el punto de partida ha variado: más que mirar el arte desde el Plinto
de vista de la psicología, contemplo, desde el punto de vista del arte, los resultados
que la psicología arroja. Eso implica poner un mayor énfasis en la interpretación de
obras concretas y por lo tanto incluir un número mayor de fotografías que de dia-
gramas, aun cuando en ocasiones haya acompañado dichas reproducciones foto-
gráficas con dibujos, allí donde me parecía pertinente.
Esta nueva manera de ver las cosas debe mucho a la hospitalidad que me ha brin-
dado el Departamento de Historia del Ane de la Universidad Aun Harbor de Michi-
ganoDurante 1.10 período de diez años, tras retirarme de Harvard, mis amigos de Tap-
pan Hall permitieron que un humilde psicólogo ejerciera la docencia entre ellos; tras
mi definitivo abandono de ésta, la amistad y el saber de mis colegas yel aire fresco de
las nuevas generaciones de estudiantes me han ayudado a mantenerme fi.rme y aler-
ta. Una vez más, quiero expresar mi agradecimienro " mi esposa, Mary, por hacerse
cargo del arduo trabajo de transcribir a máquina las páginas que yo escribía a mano.
También quiero dar las gr-aciasa Mary Caraway por su inteligente y sensible trabajo
en la edición del libro.
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Capítulo 1
Dos sistemas espaciales
CLAVES DE LA COMPOSICIÓN
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Mi objetivo es más ambicioso y quizá más temerario, en tauro creo que es posi-
ble hallar esquemas compositivos que resulten comunes a las obras de arte plásticas
de cualquier época y procedencia, esquemas que asimismo sean condiciones a las
que toda práctica artista debe ajustarse sí pretende llegar a cumplir con la función
que le es propia. ¿CÓlno es posible que se dé dicha universalidad? Obviamente, no
existe convención alguna que prescriba una forma concreta de composición ínter-
culruralmente válida; 111ásbien ha de existí r un principio profundamente enraizado
en la naturaleza humana y, en última instancia, en 1,1 propia constitución del sistema
nervioso, que todos los hombres tengan en común. En el Capítulo XI se encontrarán
reunidos cuantos materiales se pueden aportar a este respecto.
Por otra parte, sólo podernos esperar que dicha universalidad se alcance si nues-
tro esquema compositivo es capaz de simbolizar un componente tan básico de la
existencia humana como para que, sin él, cualquier manifestación artística nos parez-
ca irrelevante. En mi opinión, esta nota fundamenral radica en la interacción de dos
tendencias motivacionales fundamentales en el ser humano, a las que llamaré ten-
dencia céntrica y tendencia excéntrica, simbolizadas por el arte mediante la interac-
ción correspondiente entre un sistema compositivo céntrico y Otro excéntrico.
CENTRICIDAD y EXCENTRICIDAD
l Pido disculpas por no adoptar Ia práctica de doblar los pronombres masculinos con pronombres
femcnjn()~. Estoy ;1favor de erradicar Jos residuos sexistas de <;~lr~í(:(er
verbal tan pronto corno nuestro len-
guaje ofrezc-a alrcrnarivas aceptables. Pero 1a le}'de J a parsimonia, omnipoterue en Ias ciencias}' en las artes,
ITIeimpide introducir distinciones que 00 vengan demandedes por la propia proposición. N() hay escriror
,"p:1Z (le escribir COS,IS del estilo <te «morucr [a mano izquierda, o la derecha, que le da a uno <fecomer».
[N. del T.: la fr:lS-eque suscita 13 nota de Amheim dice el) el original inglés «TI1C'illfill1( sees hilnl'e~{as [he
cenrer of che world surrounding 1),'1/1» (subrayados nifio se ve (1 si ",iSI/IO
nuestros}, es decir, <<.1:.1 COIUO el
centro del mundo que se despliega en Ion10 (1 é!»~YArnheim, en reno UI1 tanto irónico, se disculpa en su
OOCá por (I() complementar las formas de:género masculino con las de género femenino, y por lo tanto por
no escribir algo así como: «El niño () la niña se ve a sf mismo 0.1 sí misma como el centro del mundo que
se despliega i:'11torno a él o (1 ,,/l(l» J.
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necesidades de éstos no pueden ser ignorados sin riesgos. Esta visión del mundo,
más realista, complementa la tendencia céntrica con otra de tipo excéntrico. Por ten-
dencia excéntrica se entiende cualquier acción del centro primario dirigida hacia
un fín que le es externo o hacia varios de tales fines u objetivos. El centro primario
atrae o repele a los centros externos y éstos, a su vez, influyen en él.
Ya iremos viendo que la interacción entre estas dos tendencias constituye una
importante tarea viral:en toda relación particular que se establezca entre ceneros inter-
nos y externos, así como en la vida en general, debe encontrarse el punto de equilibrio
entre ambas. Considerada aisladamente, la actuación de cada una de esas tendencias
sería antinaturalmente unilateral; podría constituir un estado de cómoda libertad,
acaso deseable para una mentalidad ingenua, pero ,1 la larga se haría intolerable, y careo
cería de aquello que caracteriza ,\.1 desafío de la vida. La tensión entre esas dos tenden-
cias antagónicas en pos del equilibrio constituye la esencia misma de la existencia
humana, y cualquier manifestación artística que no asuma ese desafío se nos antojará
insuficiente. Ni el absoluto egocentrismo, ni la rendición incondicional a las poderes
externos, pueden constituir una imagen aceptable de las motivaciones humanas.
Pero ¿CÓ11l0 logran las artes volver todo esto visible? Lo que sucede es que, por
fortuna, la cenrricídad y la excentricidad son relacioues espaciales, como sus propios
nombres indican, y que resultan tan fundamentales para el Inundo físico como lo son
para el mental, pudiendo representarse fácilmenle mediante fOrlnas visuales. Pero lo
más importante es quizá que, más allá de todo esto, en la medida en que las relacio-
nes psicológicas que el arte está llamado <1describir son impulsos 11l0Ó vacionales, sus
imágenes deben mostrar 1<1 acción de las fuerzas orientadas.
Las formas que se dibujan en el papel o que se pintan en el lienzo, o las que con
diversos materiales dan lugar a esculturas y edificios, resultan ser, en y por sí mismas,
no sólo inmóviles desde el punto de vista físico, sino también no-dinámicas, en el
sentido de que no están habitadas por fuerzas animadas: ni una pella de arcilla se
expande o se contrae, ni el dibujo de una flecha se mueve de su sirio. Tales fOr111<lS
pueden verse de una manera que podría llamarse pardal y empobrecida, limitada a
sus meras dimensiones espaciales. Este punto de vista no-dinámico es suficiente, e
incluso ventajoso, para ciertos propósiros.Ia geometría, pOI' ejemplo, sólo se ocupa
de las relaciones espaciales y, por lo tanto, un círculo, O una linea recta, no son, para
ella, sino una figura que posee determinadas medidas. También en el terreno artísti-
co, tal y corno iremos viendo, esas formas puras tienen su utilidad, en especial la de
servir de base al orden visual.
Sin embargo, la expresión artisrica precisa de formas que sean absoluramenre
dinámicas: si han de ser el reflejo de la experiencia humana, deben resultar anima-
das. Una vez más, tenernos la suerte de nuestra parte. Aunque las imágenes ópticas
proyectadas sobre nuestras retinas COlll parten con los objetos cuyas superficies refle-
jan su mismo estatismo inflexible, las contrapartidas 'lile generan electroqulmica-
mente en el sistema nervioso se encuentran mucho más en sinronía con la naturale-
za propia de los flujos procesuales, tal y como sucede con sus equivalentes en el nivel
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FIGURA 1
Para lo que aquí nos interesa, entenderemos que un vectores una fuerza que, desde
un centro de energía, se lanza, COIlIO una flecha, en una dirección concreta>' Cuando
z Para Uf! estudio más detallado de las fuerzas visuales, véase Arnheim, 1974, 16 }TSS., y también su capi-
rulo 9.
J Los vectores se refieren t<1I)(O 11 siruaciones físicas COI"IlO menrnles. En el presente libro, utilizo el rér-
ruino en ambos sentidos. El primer psicólogo que habló de vectores fltC Kurr LC\VlJl. 1935) 81.
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FIGUR ..-\ 2
1.3
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AIRE
FIGURt\ 3
(Según Klee)
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FIGlJRA4
Paul Klee, dibujo de Unendlicl:« Natul'geschichle, pág. 33.
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FIGURA.5
combinación de vectores que irradian desde un centro común hacia el espacio vacío.
En la práctica, este sistema no precisa darse en toda su completitud: quizá no haya
sino un vector que se relacione con el centro de esta forma, O quizás haya unos Cuan-
tos. El segundo sistema se encuentra representado por una cuadrícula de vectores
paralelos que, en relación a unos centros externos que los atraen o los repelen, se
mueven hacia ellos o huyen de ellos. De nuevo nos encontramos ante una esquema-
tización de lo que sucede en la práctica, ya que, realmenre, tales cuadrículas se dan
en raras ocasiones, sea en la naturaleza o en el arte, aunque proliferen en la arqui-
tectura. Normalmente, lo que encontramos son vectores excéntricos que se dan en
un número indeterminado y que se orientan hacia metas externas en una dirección
cualquiera. La figura 6 muestra también 1,1 combinación de los dos esquemas for-
males de fuerzas en una única estructura.
Así, en la figura 5 vernos el orden espacial al que se ajustan las fuerzas composiu-
vas, mientras que la figura 6 muestra en esquema III acción de tales fuerzas dentro del
armazón esrructu ral dado. En ambos CaSOS,la combinación de dos esquemas for-
males mutuamente dispares produce una relación surnarnenre compleja: en el arma-
zón estructural correspondiente al orden espacial permite la presencia simultánea de
un espacio homogéneo y de otro concéntrico, pero dificulta las tareas de ordenación
al dar lugar a una int rincada relación entre líneas curvas y líneas rectas; mientras
que en el de las dinámicas vectoriales da lugar a las tensiones y las luchas de las que
el artista precisa cuando se trata de representar el intento de convivencia entre lo que
se conduce egocéntricamente y lo que se conduce excénrricamenre.
Ya veremos cómo en casi todos los casos prácticos ambos sistemas, el céntrico y
el excéntrico, se encuentran presentes. La proporción en la que ambos se combinan
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V
a
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b
• •
• e
FIGURA 6
varía mucho, Será de utilidad dar dos ejemplos en los que uno de los dos sistemas
predomina claramente sobre el Otro. El dibujo de la figura 7 está tomado de un man-
dala japonés que data del año 1000 d.C., aproximadamenre. Ocho Budas y Bodhi-
sattvas rodean a la divinidad suprema, Vairócana, de la que la energía creativa emana
en todas direcciones. Esta jerarquía religiosa viene expresada por el dominio del
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FIGURA 7
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FIGURA 8
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Capítulo 2
Los centros y sus rivales
GEOMÉTRJCO y DfNAMICO
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I
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I
FIGURA 9
Juntos, los cuatro grupos de vectores forman un campo sometido a una tensión en
busca de equilibrio. Cualquier estado de equilibrio en el que los vectores de un
campo se compensen mutuamente implica el establecimiento de un centro, a la
manera en la que, por ejemplo, los pesos colocados en los platillos de una balanza se
equilibran en torno al centro del instrumento. Así es COOJO surge, pOI' 1.1p resencia de
esos cuatro bloques, un centro dinámico en aquel cuadrado arquitectónico; centro
que puede o no coincidir con el geométrico, pero que tiende a estar fuertemente rela-
cionado con él.
En todo campo visual se halla presente un centro dinámico, ya esté explícita-
mente señalado, ya haya sido sólo indirectamente creado por medio de la inducción
perceptiva: el sentido de la vista lo establece intuitivamente, en un proceso que
puede ser entendido por analogía con el correspondiente proceso físico. Suponga-
1110S que alguien desea calcular cuál es el centro de un trozo de contrachapado. Si la
pieza tiene una Iorma geométrica simple, uno podrá calcular el centro midiéndola; si
resulta ser irregular, su centro dinámico podrá ser-establecido de la fonua que se ilus-
tra en la figura 10. El trozo de contrachapado se sostiene en primer lugar por uno
de los lados, cerca del borde, )' después por otro. El lugar en el que se corren las ver-
ticales trazadas hacia abajo desde los puntos de suspensión constituirá el centro de
gravedad de dicho objeto, su centro dinámico.
Se puede obtener el mismo resultado manteniendo en equilibrio un objeto plano
sobre la punta del dedo. Cuando hacemos tal cosa, buscamos intuitivamente el lugar
en el que las fuerzas que tiran del objeto hacia abajo se mantienen mutuamente en
equilibrio. El acto de experimentar las fuerzas físicas mediante 1.1 sensación cinesté-
sica es similar al de experimentar la acción de las fuerzas visuales mediante la expío-
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LOS CENTROS Y $1)$ RIVALES
FIGURA lO
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que varias se den cita. En tanto fuente, o meta, de la acción dinámica, cualquier obje-
ro, sea el que sea, constituye un centro. Espero que resulte obvio que, al emprender
la tarea de narrar la historia del centro, me estoy enfrentando a un asunto complejo.
LA ATRACCIÓN GRlIVITATORl/\
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LOS CENTROS Y $1)$ RIVALES
\-\- \
FIGURA 11
po de su peso; me sentiré como una simple cáscara; todos mis músculos quedarán
relajados, sin que ni el torso ni los miembros respondan a nada, salvo a la atracción
que viene de debajo. Esta renuncia al privilegio del yo en cuanto centro de toda acri-
vidad pone a la persona -y, por extensión, a cualquier otra cosa sobre la tierra- a
merced de fuerzas excéntricas y externas.
La atracción gravitatoria dominante hace que el espacio en que vivimos sea asi-
métrico. Desde un punto de vista geométrico, no hay ninguna diferencia entre el
arriba y el abajo; pero, dinámicamente, tal diferencia es fundamental. Dentro del
campo de fuerzas que domina nuestro espacio vital, cualquier movimiento aseen-
dente requiere de un gasto de energía suplementario, mientras que el descendente
puede ser realizado simplemente dejando caer algo, o quitando, sin más, los sopor-
tes que hacen que los objetos no se caigan.
Los seres humanos experimentamos la anisorropía o asimetría dinámica del espa-
cio por medio de dos sentidos, la cinestesia y la vista. El efecto físico de la gravedad
se percibe como una tensión en los músculos, los rendones y las articulaciones del
cuerpo. Visualmente, el mundo está dominado por una «tracción hacia abajo» sirni-
lar, cuya influencia en el carácter dinámico de las cosas que vernos se puede ilustra r
con la diferencia existente entre lo que sucede a nivel visual en las superficies hori-
zontales y en las verticales. Compárese lo que pasa con la simple figura de una cruz
en cada una de esas situaciones (fig. 11). Geomérricamenre, ambas son idénticas; el
modo en que se orientan hacia el centro controlador de la atracción gravitatoria
resulta irrelevante. Sin embargo, visualmente, sus distintas dinámicas las convierten
en dos figuras muy diferentes.
La cruz horizontal pone de manifiesto su geornetrla simétrica. Las dos barras
poseen la misma función, y el punto en que se cortan constituye claramerue el centro
de equilibrio de la figura. En el plano horizontal, todas las direcciones espaciales
resultan intercambiables, a no ser que se les asigne algún papel específico. Dado
que todos los puntos de la figura horizontal guardan la misma relación con respecto
al suelo, las dos barras se equilibran mutuamente, y de esa forma establecen el ceno
tro en torno ,11 cual las fuerzas de tal figura se distribuyen por igual. El sistema cén-
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rrico rige sin oposición. Si se quisiera fortalecer esta simetría, podría atravesarse el
centro mediante un eje vertical. Esto, lejos de perjudicar a la estructura, la realzaría.
¡Qué distinto es el efecto perceptivo de la misma figura colocada en posición ver-
tical! Ahora existe un eje de simetría vertical, a saber, la barra vertical de la cruz, que
vertebra la figura. Desde tal eje vertical, la barra horizontal se despliega lareralmenre
en ambas direcciones, COll10 las ramas de un árbol o los brazos del cuerpo de una per-
sona. El centro destruye la unidad de la barra horizontal y la transforma en un par de
alas simétricas; la vertical, por el contrario, apenas refleja el cruce. Fortalecida por el
vector gravitatorio que domina el campo visual, se con selva COU10 unidad inquebran-
table, para la que la específica ubicación del punto en que las barras se cruzan no
resulta relevante. La simetría geométrica céntrica se reduce, por obra de la manifies-
ta asimetria del campo vertical, a una meramente bilateral. Las dos partes de la espina
dorsal vertical.Ia superior y la inferior, se hallan al servicio de funciones visuales dife-
rentes; }'en la medida en la que no es lo misrno desplegarse hacia arriba que hacia
abajo, ambas dejan de percibirse corno simétricas. De ahí que la lógica visual deman-
de que sean de distinta longitud. Cuando ambas lo son, entonces se produce una con-
tradicción en el ámbito visual entre su igualdad longitudinal y su diversidad funcio-
nal. La simetría axial de la cruz latina sirve mejor a la posición vertical que la simetría
central de la cruz griega. Cuando la parte superior de la barra vertical es más corra que
la inferior, dicha diferencia está dando expresión visual a una diferencia de tipo fun-
cional, y haciendo justicia a un hecho del que pronto pasaremos á ocuparnos: el de
que un elemento situado en la parte superior de una figura soporta un mayor peso
visual que uno colocado en la parte inferior, y que por tauro, si quiere servir de con-
trapeso á un elemento similar que esté en la parte de abajo, debe ser más pequeño.
Mientras que la cruz horizontal es perfectamente céntrica, la verrical muestra la
cenrricidad sujeta a la influencia del sistema excéntrico, representado aquí por la
atracción graviraroria. En consecuencia, el centro de la figura, que en el caso del plano
horizontal se limitaba al punto de intersección, se extiende a la barra vertical, convir-
tiéndola en una prolongación de dicho centro. Todas estas propiedades dinámicas,
que aparecen de forma ran evidente en ti simple figura de una cruz, se van a mostrar
ahora C01\lO factores activos y dererrninanres en la composición de las obras de arte.
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LOS CENTROS Y $1)$ RIVALES
FIGURA 12
pende del centro primario y actúa como representante de la fuerz.a gravitatoria atra-
yendo hacia abajo al objeto primario, adquiere una simetría bilateral. La relación
dinámica entre la cenrricídad del objeto principal y la atracción excéntrica ejercida
por el centro secundario constituye el terna de una obra que nos invita a sentir el
peculiar tipo de equilibrio establecido entre los componentes de la acción.
El relieve de Sekine está montado sobre una pared, a cierta distancia del suelo, y
por lo tanto se halla algo separado del espacio visual propio de la gravedad. La pie-
dra suspendida es, 111:'S que un agente de la gravedad, algo que la representa. Si la
obra estuviera enmarcada, corno lo están ciertos relieves y L\ mayoría de los cua-
dros, esa separación sería aún más pronunciada. También las esculturas muestran
más claramente su dependencia de la gravedad cuando descansan en el suelo; en las
obras suspendidas en el aire, tales como los móviles, esa dependencia resulta mucho
menos manifiesta. De todas las artes.Ia arquitectura esla más firmemente enraizada
en tierra; su dimensión vertical hace que las construcciones arquitectónicas estén
siempre firmemeute sujetas á la gravedad.
Todas las menciones que hasta ahora he hecho a la fuerza de la gravedad, ponién-
dola corno el más poderoso ejemplo de la existencia de un centro dinámico en nues-
tro entorno, me han hecho concentrarme en su fuerza de atracción. Pero ahora, sin
embargo, estarnos hablando, más que de centros físicos, de centros perceptivos; y
estos Centros, tal corno se dijo en el Capítulo 1, están formados por vectores que irra-
dian tanto hacia fuera corno hacia dentro. De ahí que sea necesario establecer la dis-
tinción que ilustra la figura 12. En ella se ven cinco pequeñas torres plantadas en tie-
rra. Cuando percibimos cada uno de esos objetos en posesión de su propio centro, los
vernos corno si estuvieran siendo atraídos por la tierra. Pero dichos objetos también
pueden verse alrernanvamenre como excrecencias o brotes nacidos de la fuerza del
suelo, corno los rayos que parten de la aureola primigenia de la figura 1. Cuando
observarnos objetos situados en tierra, sean éstos árboles o edificios, estatuas o inclu-
so hombres de pie, los vemos C01110 si estuvieran presionando hacia abajo por efecto
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EL I'OOER DEL CENTRO. ES-rUDIO SOBkE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
de su propio peso Y. al mismo tiempo, C0010 si resultaran atraídos hacia abajo por la
propia tierra. pero también, igualmente. como si brotaran desde ella. La dirección
dominante dependerá de la medida en la que se perciba en el objeto un centro propio.
Fijémonos en los restos del llamado Templo de. Vesta. cerca del Tíber, en Roma
(fig. 13). La cubierta original de la antigua construcción, su entablamento y rechurn-
breoya no se conservan. y lo que hoy ocupa su lugar es de escasa solidez y altera el equi-
librio arquitectónico original. Podernos suponer que. cuando el edificio estaba intacto.
su cubierta era lo suficientemente poderosa como para hacer de ella un pesado centro
l. •
FIGURA 13
Templo de Vesta, Roma. hacia elIDO a.C. Foto: Ernesr Nash.
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LOS CENTROS Y $1)$ RIVALES
-
FIGURA 14
primario, que presionaba hacia abajo a través de la hilera circular formada por las vein-
te columnas corintias. Hoy,sin embargo, las columnas se elevan hacia el cielo, dando la
impresión de que la improvisada cubierta de la techumbre va a saltar por los aires l.
A partir de aquí, debernos estar preparados para hacernos cargo de una mayor
complejidad en las relaciones dinámicas establecidas entre diversos centros. licon-
tinuación apuntaré algunas observaciones generales sobre las condiciones de exis-
tencia del peso visual. En especial, hay dos principios que merecen nuestra atención:
A. El peso incrementa 111 atracción.
B. La distancia O) incrementa el peso visual cuando la percepción está focali-
zada sobre el centro de atracción, y (IT)disminuye la atracción cuando la
percepción permanece anclada en el objeto atraído.
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El p(lDe~ DEl CENTR.). ESTIJDIO S06kE LA CO"'~O>lCIÓi'l EN L.~S s sr as ~IS1)AleS
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Los CENTRO> V SUS RIVALES
FIGURA 15
Palazzo Vecchio, Florencia, bada 1300. FOIO: Anderson.
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EL I'ODER DEL CENTRO. ESTUDIO SOBkE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
FIGURA 16
Artemisa, escultura romana. siglo 1. Glyprothek, Munich,
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EL I'ODER DEL <;ENTRO. ESTUDIO SOBRE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
FIGURA 19
Reg Burler, Muchacha, 1953·1954.Museo de Arte Moderno, Nueva York.
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EL I'OOER DEL CENTRO. ESTUDIO SOBkE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
FIGURA 22
Henri Marisse, Calabazas, 1916./vluseo de Arre Moderno, Nueva York.
ta la tapa, cuya expansión en sentido horizontal crea una relación de equilibrio con
el vector vertical; y mientras que el pequeño embudo resulta recto y simérrico, la
fuente posee una acusada centrícidad independiente, y la calabaza azul de la izquier-
da se inclina osrensiblemente en relación con la verrical.
En la medida en que se considere globalmente la Organización de los distintos
elementos, puede decirse que la parte inferior del lienzo se halla ocupada por dos
grandes objetos compactos que ponen de manifíesro la anisotropía del espacio en la
dimensión vertical, dando a la composición un sólido amarre. Si pusiéramos el cua-
dro boca abajo, nos daríamos cuenta de que el peso de estos objetos resulraria exce-
sivo si estuvieran en la parte superior.
Cada uno de los cinco objetos posee unas propiedades que les hacen oponerse
a la tracción gravitatoria: la gran calabaza azul levanta el cuello; la jarra está domi-
nada por el crescendo del cono que se abre y por un mango cuyo centro cae muy
arriba; el pequeño embudo rojo alcanza su máxima expansión en el borde superior;
el asa de la tapa de la cacerola parece lista para ser levantada. y la calabaza amarilla
de la fuente apunta hacia arriba COl\lO si fuera una chimenea, Las cinco formas, [un-
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El E$P"CT~D(lR eN CUAln'O CENTno
percibe, corno vimos que sucedía con la figura de 1.¡ cruz ,11 colocarla en diversas
posiciones (véase fig. 11), Ytambién a la composición que el artista ha concebido.
En otro lugar he sugerido que la dimensión vertical es el ámbito preeminente de
la contemplación, y que la dimensión horizontal constituye el terreno de la acción l.
Los objetos en posición vertical, trátese de pinturas que cuelgan de la pared o de per-
sonas que están de pie frente a nosotros, son encarados frontalmente, lo cual signifi-
ca que los vemos perfectamente: se presentan a sí mismos sin distorsiones ya una dis-
tancia que nos resulta cómoda, yeso nos permite captar el objeto en su conjunto;
además, en la medida en que el vector visual que parte del espectador llega perpcn-
dicularmenre al objeto observado, no necesita complicarse con la configuración vec-
torial que éste posea en el plano compositivo. Aunque podernos dar un paso ade-
lante y tocar el objeto, en realidad lo percibimos como poseedor de un espacio
propio y ocupante de una región vertical autónoma. Nuestra relación con él es la de
una mera exploración a través de un hueco en el espacio.
Las obras verticales, tal C0l110 constatamos, tienden a reservar un papel signifi-
carivo ,¡ la vertical excéntrica, lo que las distingue de las decoraciones habiruales de
los techos o los suelos, cuyas superficies son perpendiculares a la fuerza gravitatoria
y, por lo tanto, tiende a organizarse céntricamente.
En esre punto, cabe mencionar dos excepciones. A medida que el espectador
eleva su cabeza hacia el techo, sea éste plano O abovedado, se va dando cuenta de cuál
es el esquema espacial de la estancia. Al mirar hacia arriba, espera ver en la imagen lo
que uno vería en el mundo físico, quizás una cúpula o un cielo abierto poblado de
nubes )' de ángeles; pero en el sentido restringido del campo visual abarcado por los
ojos, el techo horizonral también posee un arriba y un abajo subjetivos. Después de
todo, lo mismo da cuál sea nuestra orientación espacial en el 1110n1entO en que mira-
1110S 11l1a imagen, siempre que nuestra mirada se dirija perpendicularmente a ella.
Aprovechándose de esta ambigüedad perceptiva, el así llamado auadro riportato es
una imagen pintada en la superficie del techo exactamente de la misma forma en que
se hubiera hecho sobre una pared vertical. La escena representada en tales Cuadros
presupone que el espectador la va ,¡ mirar horízonralmenre, por más consciente que
éste sea de que está mirando hacia arriba. Los frescos de Miguel Angel que están en el
techo de la Capilla Sixtina constituyen quadri riportati (véase Hg. 117).
Wolfgang Schone ha apuntado que los espectadores sienten un fuerte deseo de
resolver esta molesta contradicción mirando los frescos de los techos oblicuamente,
en vez de hacerlo estrictamente desde debajo de los mismos 2 De hecho, Schone sos-
tiene que las decoraciones de los techos que resultan más impactantes han sido con-
cebidas para que se las mire oblicuamente. Esto es especialmente cierto en el caso de
los frescos que pretenden establecer una continuidad con la estructura arquitectóni-
ca representando una escena celestial tal como aparecería a través de la apertura de
IARNHElrvt, 1977.1,54.
2 f\ ¡)ti rte del trabajo de SCHllNE. 1961, 13m bién j)\Jt(le consulta rse el articulo de S.lÜSTRÜ,\~
sobre la qttu·
drotura, L978.
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El E$P"CT~D(lR eN CUAln'O CENTno
Espero que estos ejemplos hayan puesto de manifiesto que la interacción entre
centros dinámicos que da lugar a la composición visual no depende sólo de los vec-
tores que la obra genera, y que el espectador participa en dicho proceso corno un
poderoso centro entre los centros por su manera de aprehender las cosas.
No hace falta decir que, cuando se da esa compleja experiencia humana en la que
una persona concreta contempla una obra de arre, la variedad de cosas que la obra
ofrece va mucho más allá de su mera composición formal. La riqueza del mensaje de
la obra es captada por la igualmente rica variedad de acritudes. recuerdos y deseos del
individuo, que otorgan todo su peso a la respuesta de cada espectador. Un estudio
más completo de la interrelación que se establece entre el espectador y la obra de
arte tendría que hacerse. cargo de este importante. aspecto de nuestro terna; pero esto
es algo que excede los límites de nuestro libro.
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FIGURA 27
(Según Vdázquez)
La escultura constituye un centro formado por vectores que irradian hacia fuera
y acaso también por algunos que lo hacen hada dentro, y el espectador debe tener
razones de peso para ligar esos vectores a metas o fuentes externas; pero aun así, tales
centros externos no pueden llegar ,1 ser de ningún modo partes de la propia obra
sin que la composición, esto es, el significado de la obra, sufra un daño fatal. La obra
no incluye ninguna mera externa; el rayo de la mirada es un vector que se evapora a
medida que va alejándose del centro, y la [lecha compositiva que produce debe equi-
librarse en el seno de la propia figura.
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FIGURA 29
(Según Leonardo)
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FIGUR.'" 33
peso compositivo (fíg. .3.3). Por otra parte, I~ contribución aporrada por el conocí-
miento que e.1espectador posee sobre el terna no puede ser pasada por alto. Una
figura sentada a la que el marco corte por debajo de las rodillas no actúa igual que
una masa de un color y una forma semejantes en una pintura abstracta. Es cierto
que en ambos casos uno vería la forma cOlno si continuara por debajo del marco, y
ta mbién que la figura seguí ría careciendo en ambos casos de pies; pero e.1saber. visual
de que una figura humana continúa un cierto trecho por debajo de las rodillas segu-
ramente desplazará el centro de gravedad de la figura dentro del cuadro, colocán-
dose más bajo de lo que lo estaría si sólo tuviéramos en cuenta la parte visible de la
figura.
Ahora podemos formular el efecto compositivo de los objetos visuales cuando
se nos dan incompletos: el equilibrio de los pesos en el interior de un cuadro no
depende sirnplerneute de la extensión puramente cuantirativa de las zonas que se
muestran dentro del marco, sino más bien del peso y de la localización de los centros
suministrados por los objetos pictóricos. Cuando el peso principal de un objeto se
localiza dentro del marco, poco importa que las partes periféricas del mismo desa-
parezcan volviéndose invisibles; pero si las partes dadas de un objeto apuntan irre-
sistiblemente a un centro externo al marco, dicho centro, aunque escape a la vista,
participará, con su peso y su localización, en el juego de fuerzas compositivo.
FOR,vl,vJ'OS RECTANGULARES
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Los CEN'rHOS EN cU_.wro NÚCLEOS
FIGURA 87
dominante. Es este doble esquema evaluativo de los dos centros rivales lo que per-
mire que el artista elabore su particular imagen de la naturaleza humana, De hecho,
se trata de una decisión que debe ser tornada siempre que se representa una figura
humana 2.
En la historia de la danza existe una distinción entre estilos que se centran sobre la
zona superior del cuerpo y otros que ponen el acento en la región pélvica. La Meri, al
describir las diferencias ex isten tes entre la danza oriental y la occidental, afirma que
<daoccidental se IU lleve de caderas hacia abajo y la oriental de caderas hacia arriba»,
y añade que «la danza occidental es una danza excéntrica de movimientos expansivos
que surgen de una fuerza motriz, mientras que la oriental es una danza concéntrica y
de movimientos que se curvan hacia dicho centro». La danza occidental moderna
parte del centro de equilibrio del cuerpo. En otro texto mío puede encontrarse una
cita de john Marun, quien contaba que Isadora Duncan «había descubierto, median-
te la observación, en apariencia completamente objetiva, de sus impulsos motrices y
el establecimiento de relaciones ent re todos ellos, que el plexo solar era la sede mate-
rial del alma y el centro en el que los impulsos interiores se convenían en movimien-
tos, descubrimiento que le había satisfecho en alto grado» '. En ese sentido, hacia allí
referencia a los trabajos de D. H. Lawrence sobre el psicoanálisis y el inconsciente, en
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mente, corno ya dije antes, porque los visitantes del Pabellón Español, para el que el
cuadro fue encargado, desfilaban ante él en esa dirección.
El componente central de la composición tiene una forma piramidal, cuyo vérti-
ce, localizado en la pequeña lámpara junto a la cabeza del caballo, coincide con la
vertical central del lienzo. El rema principal de esa pirámide viene representado por
el caballo, vícnma del ataque fascista: su cuerpo malherido, que ha sido atravesado
por un proyectil, representa, colocado en el centro de equilibrio del cuadro, un
microtema del asunto de la obra. La escena está flanqueada por las alas del trípucc,
que ponen en juego vectores verticales orientados en direcciones opuestas: en el ala
derecha aparece una mujer, con sus ropas ardiendo, cayendo de una casa, mientras
que en la izquierda destaca la alta figura del toro, elevándose sobre la carnicería.
La estabilidad de la simetría céntrica describe el estado de las cosas, el asesino
ataque al que la República española estaba siendo sometida en esa época. El propó-
sito del mural, sin embargo, iba más allá del de la mera denuncia: encarnaba la espe-
ranza de sobrevivir. Esta idea queda a cargo del vector excéntrico que cruza el tema
céntrico con una acción dirigida hacia una meta, superponiendo a la dimensión espa-
dalla temporal. Todas las figuras de la zona central y de la izquierda se encuentran
orientadas hacia el toro, símbolo del valor español, C0l110 al objetivo en el que están
puestas sus esperanzas.
Sin embargo, como ya ocurría en la Familia de saltimbanquis, el toro es única-
mente la meta inmediata de esa apelación coral: aunque su cuerpo se halle fl'ence a
1<1 escena, dobla Sil cabeza siguiendo la dirección del penetrante movimiento que
apunta hacia la izquierda. Eso significa que el impu lso en pos de la meta trasciende
el objetivo dado materialmente y se dirige, más allá de los límircs del cuadro, hacia
un lejano cumplimiento.
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Los CENTBOS EN CUANTO OIVI~OkES
dójica desproporción entre el enorme peso acumulado arriba y el diáfano reflejo que
se ve abajo otorga a la escena un carácter irreal, que resulta apropiado para una anéc-
dota mitológica.
EL CIERRE NECESARIO
Cuando una composición consta de dos partes separadas, el peso de un eje cen-
tral, sea vertical u horizontal, divide ambas zonas de manera efectiva. Ahora bien, si
más allá de esa separación ambos lados no interactuasen, no tendrían razón alguna
para estar unidos dentro de la misma composición. En consecuencia, el eje divisor
también posee un papel de puente.
En la Anunciaaán de Fra Angelico (fig. 95), la columna central separa llamativa-
mente el ámbito celestial de los dominios domésticos de la Virgen. De hecho, pare-
ce impedir que el ángel entregue su mensaje. Sin embargo, esa columna forma parte
de una arcada que rodea y unifica la escena. En ese contexto arquitectónico, la
columna ayuda a fortalecer el espacio interno en el que habitan, sin solución de con-
tinuidad, mensajero y receptora.
FIGURA 95
Fra Angélico, AffU1Iciacióff, 1439-1445. Museo de San Marcos, Florencia. Foto: Alinari.
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EL I'OOER DEL CENTRO. ES-rUDIO SOBkE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
FIGURA 102
Lucas Cranach el Viejo, David)' Betsobé, 1526. Staatliche Museen, Berlín.
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EL I'OOER DEL CENTRO. ES-rUDIO SOBkE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
to que se establece entre los pechos que sobresalen y los brazos que encierran la
cabeza. Esta antítesis de expansión y contracción, de exhibición y ocultación, carac-
teriza la imagen de la mujer tentadora en las arres de la Antigüedad y del Renací-
miento. El ademán clásico de la Venus púdica que protege su sexo de la contempla-
ción todavía halla eco en el siglo XIX en el resuelto gesto de la ()Ii1llpia de Manet: se
trata de un vector centrípeto, contractivo, que contrarresta la generosa exhibición
del cuerpo. Recordemos también las dos figuras tomadas de Munch (véase Hg.88),
gue demuestran ser nodos de una fuerza impresionante, dando peso a los dos cen-
tros principales del cuerpo mediante los respectivos gestos de cubrirse el vientre y de
echarse las manos a la cabeza.
El carácter activo de las extremidades resulta, en este sentido, de gran ayuda. En
el mosaico bizantino del Mausoleo de Gala Placidia en Rávena (Hg. 111), el Buen Pas-
tor domina la escena semicircular gracias a su tamaño sobresaliente y a su posición
central. Igualmente importante, sin embargo, es la animada acción que lo distingue de
la postura inmóvil de los corderos. Su cuerpo, organizado en torno a la columna cen-
tral del t01'SO,se contorsiona mediante el giro de los hombros. Este giro se hace paten-
te por la postura lateral de los brazos, de la misma manera que la postura de las pier-
nas establece y realiza el giro contrario de la pelvis. Los ojos, que miran hacia un lado,
los ademanes opuestos de los brazos, que combinan dominio y compasión, y el vivo
cruce de los pies hacen del pastor el centro nodal de la composición.
FIGURA 111
El Buen Pastor. siglo V.Mausoleo de Gala Placidia, Rávena.
168
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EL I'OOER DEL CENTRO. ES-rUDIO SOBkE LA COMPOSICiÓN EN LAS AltTES VISUALES
FIGURA 117
Miguel Ángel. La creación del hombre, 1508,
Capilla Sixrina, Ciudad del Vaticano. Foto: Alinari.
Miguel Ángel ha hecho que las dos manos protagonicen el rnicrotema de la imagen,
la animación de la materia inanimada. Antes he dicho que las Inanos están especial-
mente capacitadas para actuar a modo de microtemas porque son partes del cuerpo
lo suficientemente autónomas y articuladas como para representar acciones complejas.
Para ilustrar con otro ejemplo esto. citaré un cuadro de Manfredi (fig. 118) en el que
la estrepitosa acción de castigar a Amor pivota como una hélice en torno al centro de
equilibrio del cuadro. En el Centro. el hombre que castiga agarra la muñeca del mucha-
cho para impedirle que vuelva a cometer más diabluras. Una vez más, la compleja
trama de la historia de un cuadro se condensa en un simple y elocuente tema.
EL CANTOR
174
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Capítulo 9
Profundidad espacial
Tanto esos ejemplos como las fotografías que los muestran han sido selecciona-
dos para hacer visible la localización del centro de equilibrio. Existen, SU1 embargo,
esculturas en las que esto no es posible, por ejemplo en las que representan figuras
de pie, corno La victoria de Miguel Angel (véase fig. 84), en la que Ia ubicación del
centro se induce perceptivamente cuando las formas vectoriales del torso y de 1,15
extremidades son vistas como surgiendo desde él, apuntando hacia él y moviéndose
en torno a é]. Sólo por referencia a ese centro dado indirecrarnenre logran tales com-
posiciones escultóricas tener sentido.
La centricidad de dichas obras se vuelve evidente cuando uno camina a su alre-
dedor y se hace con una imagen completa de su carácter tridimensional. Pero si uno
las ve a través de una fotografía, la representación carga con un problema añadido.
Vernos La noche de Maillol desde un solo lado, desde IJJl Plinto de vista en el que los
tres vectores oblicuos del brazo superior, del torso y de las piernas dobladas se agru-
pan alrededor del centro formando un triángulo perfecto. Muchos estilos escultóri-
179
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PROFUNOIDAD ~$PACI"k
que se establece entre los dos centros principales de la escena es modulado por el
grupo de apoyo formado por el cuenco)' las dos cebollas, que actúan como inter-
medianos y mediadores: el cuenco, lo mismo que el mortero, se construye símérri-
carnente en torno a un eje vertical, pero está tan abierto como la olla de cobre, mien-
tras que las cebollas se inclinan hacia delante y hacia atrás, reforzando el vaivén
característico del movimiento principal. Si a lodo esto le añadimos la solapada intro-
ducción de la dimensión horizontal por parte del cuchillo, estaremos ante algo así
como una coreografía escénica.
Cualquier cambio en esa distribución alteraría la composición. Existe otra natu-
raleza muerta de Chardin en la que utiliza los mismos utensilios (fig. J22), pero en la
que el. diálogo es reemplazado por la coordinación entre unidades autosuficienres,
cada una dedicada a sus propios asuntos. La distribución resulta tan perfecta C0010 la
de la figura 121, pero lo que aquí posee mayor importancia jerárquica es el eje vertical
que ocupa el centro de la composición, mucho menos dinámico. El carácter autóno-
mo de cada uno de los volúmenes, que ahora 110 dialogan mediante vectores comuni-
cantes, contribuye a este estado de cosas. No existe un reconocimiento recíproco, una
interrelación entre vecinos, un torna y daca, un juego de preguntas y respuestas.
Esta clase de objetos y 1,15 relaciones que mantienen resultan tan expresivas que
uno habla sobre ellas, de forma completamente natural, en términos humanos 2.
De hecho, cuando se integran en una imagen pictórica junto a figuras humanas,
parece artificioso darles un rratamiento distintivo, haciendo de ellos seres menos ani-
mados que los que propiamente están vivos. En una obra de arte, la apariencia visual
de los objetos vuelve a todas las cosas igualmente elocuentes, En El regreso del mer-
cado de Chardin (Hg. 12.3),la cocinera ocupa el centro en calidad de vector principal,
pero, en su esfuerzo para SOstener la pesada bolsa de comestibles, se aparta de la ver-
tical. A través de esta inclinación, las formas redondeadas de su cuerpo se emparen-
tan con las de la hogaza de pan y la jarra que están encima de la mesa, igualmente
redondas. El gran peso del cúmulo creado en la zona derecha produce un poderoso
acento excéntrico, en el que se concentra el motivo abstracto de la pintu ra: la verti-
calidad central que se ve arrastrada por una pesada carga.
En este cuadro juega un papel fundamenral el cerco espacial creado por las pare-
des y]" alacena, que, al tiempo que limitan el espacio que le queda libre ,1 la mujer,
apoyan su verticalidad y contribuyen a la constitución de un esquema dinámico,
Z El critico de arte John Russell escribía en ell\'<-'>1lJ }'Ór,l: Times del 2 de noviembre de l. 980; «En roda natu-
rnleza muerta dign~lde ese nombre, lo que vernos no es sino U1) modelo ~ escala de lit sociedad. Los objetos,
por extraños que. sean entre sí, conviven juntos, y la rarea del pintor consiste en persuadirnos de que (te ahí se
desprende una lección que nos afecta. Ése fue uno de los grandes ternas de 111 pintura europeu, de Chardin t~
PjC;tSSO~ u Maríssc o a Breque, pasando por Cézannc».
183
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El p(lDe~ DEl CENTR.). ESTIJDIO S06kE LA CO"'~O>lCIÓi'l EN L.~S s sr as ~IS1)AleS
EL AÑADIDO DE LA PROYECCiÓN
190
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El p(lDe~ DEl CENTR.). ESTIJDIO S06kE LA CO"'~O>lCIÓi'l EN L.~S s sr as ~IS1)AleS
198
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,
Indice analítico
251
Copyrighled material
de izquierda a derecha, 56,103,142 Hogarth, \'Yilliam, 131
Degas, Edgar, 152·154, 165·166, 185·191, 193 Holbein, Hans, 69
Delia Robbia, Luca, 86 horizontalidad, 22.. 43
Descartes, René,l.6. human", figura. 33, 48, '12.102, 138·139
descbi da parto, 86
diagonales, 110,155 ss. Ingres.jean Auguste Dominique, 126,128
dinámica, 16.61 Internacional, Estilo, 118,238
Dinesen. Isak, 146 Isidoro de Sevilla, 86
discos, 96 Isla de Pascua, monolitos de 1", 163
Dodwell, Peter, 23.5·237
Duncan, Isadora,m Kauffmann, Hans, 122
Duris,88, 91·92,96 Kcmp, \X'olfgang,58
Klec,Paul, 14·15. 139,211
edificios esféricos, 85 Kline, Franz, 129·130,230
Einstein, Albert, 1.6. Kóhler, \Xfolfgang,233
eje horizontal, 129, 148 Krauss, Rosalind, 86, 238
eje vertical, capítulos Vl )' VJJ
elipse, 102·104, 216, 218. Véase también La Meri,lli
ovalo Lachaise, Gasrou, 35
equilibrio, 76·77 Lawrence, D. ELlli
escultura,.32 S., 54 Le Corbusier, 218, 222·224
espectador, capítulo 111, 78 Leonardo d,) Vinci, 67,68.. 78, 193
excentricidad, 6, L. lO·1 1, 90 s. Lewin, Kurr, 12.
exposiciones universales, ferias mundiales, 85 Lincoln Memorial, íi
Lissitzky, El, 98, 162
Fcchner, Gusrav Thcodor, 73 Lorenzerti, Ambrogio, 193
Ferguson, George, 90 Lynch, Kevin, 61, 165
figura y fondo, 69.192,216,242
formatos, 72·73. 81, 92, 94,107,112. Véase I\laillol, Arisride, 179·180
también !11arCO; tondo mandala, 18,20. iL91,192
fotografía, 49, 58, 69, ID rvIaner, Edouard, 150, 151, 166,1.6.8.
Fouquer.jean, 200 Manfredi, Barrolomeo, 174·171
Fuller, Buckminsrer, 86, 210 manos, 168, 169
mapas, 86
Gala Placidia, Mausoleo de, 1.6.8. marco, capítulo IV, 114,117,.llils., 229
Gauguin, Paul, 150, l52 Marini, Marino, 35, 39
Genrileschi.Oraaio, 124, 126 Martín, John,!.12.
Giotto di Bondone, 122 Masaccio, 92
Goethe.johann \X/olfgangvon, 11 Matisse, Henri, 41-43, 181,.llil
goma elástica, efecto de la, 32·33,77.242 microtema, 87·88, J07, 120, 144,146,150,
Gombrich, E. EL 69 174.189,198,203,243
Goya, Francisco de, 141 Michelucci, Giovanni, 2.31·232
gravedad.Jd, capitulo 11. 209, 211.,214 Miguel Angel, 35, 37.41, 47,55,62·63,87.
Greco, El, 122, 124,137·138 89,95·97,131·133,135,138,150,173·
Grünewald, Marthias, 172·173 174.179.216,239
Guggenhcim,lv!usco,.ll minirnalisrno, 238
mirada, 51, 53, íi..57, 62
hemisférica, especialización, 56 Moholy- Nagy, Laszlo, 98
Hering, ilusión de, 200 Mondrian, Piet, 70, 74, 75, 113, 115·117,
Hildebrand, Adolf \'on,.53 230
Hofer, Carl, 187 Monet, Claude, 76·78, 118
floffmann, William, 234 monumenros funearios áticos, 120
252
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INOI~E ANALITICO
253
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ViII" Valmarana (Rotonda), Vicenza, 216 \'qatteau, Antoine, 20.3-204
Virruvio, figura de, 138 \Velsh, Roberr, 117
volúmenes, capítulo VJII \Vhi¡e, [ohn, 200
\Vinter, Gundolf, 133
\'qarburg, Aby, 102 \'qrigbr, Frank Lloyd, II
254
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,
Indice
Introducción ..
CAPÍTULO 1. DOS SISTElvlAS ESPACIALES . '1.
Claves de la composición . 2-
Ccnrricidad y excentricidad .. l.!l
Los vectores y sus metas . 12.
L. interacción de los sistemas .. l.6.
CAPíTULO n. LOS CENTROS y SUS RIVALES .. zi
,.
Geometnco y diná
11)31n1CO .. 21
La a tr accr n graviir at ona.
'0' .. 21
El centro visual inferior .. 2h
Diversos tipos de peso . 2.2.
L. escultura y el suelo . 32
Mari
atlsse bai "
;IJOpreSlon .. 41
255
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El óvalo . 102
Los cuadrados equilibran las coordenadas . 106
Los nidos de cuadrados de Albers . 111
Mondrian ignora la centricidad . 115
Un cuadrado de Munch . 119
256
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¿Qué es lo que determina la organización general de la forma
visual en pinturas, esculturas y obras arquitectónicas? Frente a
los artistas, que han aventurado una serie de reglas de orden
práctico, y los matemáticos, que han tratado de encontrar fór-
mulas que determinen las relaciones espaciales ideales entre las
formas, Arnheim pone de manifiesto cómo la forma compositi-
va sólo se hace sensible cuando recurre a la utilización de sím-
bolos visuales que, tomados de la experiencia vital, dotan al arte
de significado.
También explica cómo las composiciones, con sus infinitas
variantes, descansan en la interacción de dos sistemas dinámicos
que se centran, respectivamente, en el propio interior y en
potencias externas. Las innumerables maneras de enfrentarse a
esta tarea básica del ser humano tienen su reflejo en las igual-
mente innumerables maneras de organizar las formas visuales.
La versión definitiva de esta obra clásica de Arnheírn es fruto de
la madura reflexión del propio autor sobre los conceptos
nucleares de su obra. Presentada de un modo más sistemático y
'" coherente, su teoría surge con una claridad que ilumina por
igual a profesionales y estudiantes. Una guía fundamental para
cualquier persona que se acerque a las obras de arte en busca de
la verdad que revelan a través de su configuración icónica.
Rudolf Arnheim, uno de los principales teóricos del arte del siglo
xx, fue profesor de Psicología del Arte en la Universidad de
Harvard y profesor invitado de la Universidad de Michigan, en
Ann Arbor. Entre su abundante producción bibliográfica destacan
Arte y percepción visual, La [orma visual de la arquitectura, Arte y
entropía, El cine co/no arte y El Guernica de Picasso: génesis de una
pintura.
®
akal
Este libro "a sido impreso en papel ecolágico, el/ya materia prima
proviene de lltla geslióJI forestal soslell'ible.
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