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Unidad 1 - Parte 1 - Última Versión

El documento discute la importancia de enseñar el discurso jurídico oral y escrito en las carreras de abogacía. Tradicionalmente estas carreras no incluyen asignaturas sobre el lenguaje jurídico o técnicas de expresión, a pesar de que el lenguaje es fundamental en el trabajo de los abogados. El documento también describe diferentes tipos de discurso jurídico como el normativo, parlamentario y forense, y argumenta que los estudiantes necesitan aprender sobre estos discursos para desempeñarse profesionalmente

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Unidad 1 - Parte 1 - Última Versión

El documento discute la importancia de enseñar el discurso jurídico oral y escrito en las carreras de abogacía. Tradicionalmente estas carreras no incluyen asignaturas sobre el lenguaje jurídico o técnicas de expresión, a pesar de que el lenguaje es fundamental en el trabajo de los abogados. El documento también describe diferentes tipos de discurso jurídico como el normativo, parlamentario y forense, y argumenta que los estudiantes necesitan aprender sobre estos discursos para desempeñarse profesionalmente

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LA ENSEÑANZA DEL DISCURSO JURÍDICO

ORAL Y ESCRITO EN LA CARRERA DE ABOGACÍA


Álvarez, Graciela E. Academia. Revista sobre la Enseñanza del Derecho, año 6, número 11,
2008. (Texto adaptado con fines educativos)
Tradicionalmente, en las carreras de Derecho no aparecen asignaturas que aborden la
problemática lingüística del discurso jurídico ni las técnicas de expresión oral y escrita, a pesar de que
el lenguaje es la herramienta principal en el trabajo del abogado, en cualquiera de las incumbencias
profesionales en las que se desempeñe una vez graduado. Este aspecto tan importante para el
desarrollo profesional queda relegado a las capacidades naturales de cada individuo y al bagaje de
conocimientos, aptitudes y destrezas que ha adquirido en los estudios formales anteriores a su ingresoa
la Universidad.
A pesar de la falta de inserción de esta disciplina en las carreras de grado de Abogacía, en el
campo jurídico, mediante el lenguaje se hacen las leyes, se manifiesta la voluntad del Estado, se
interpreta y aplica el derecho, se describe y narran hechos, se formulan peticiones, se demuestra y
argumenta, se emiten juicios, se expiden órdenes, se conciertan contratos, se expresan y contestan
agravios, se producen y responden alegatos. Y, mediante la sentencia judicial, se condena, se absuelve,
se anula, se priva de la libertad.
El sociólogo alemán Alfred Schutz distingue dos tipos de componentes en la interpretación de los
signos lingüísticos: el “objetivo”, que se encuentra en el diccionario y no depende de quienes lo usan ni
de las circunstancias en que lo hacen, y el “subjetivo”, que emana del contexto, se agrega al significado
objetivo y constituye un “plus” de significación. Ese “plus” de significación cobra una importancia
relevante en los intercambios lingüísticos especialmente orales que se producen en el campo jurídico.
El discurso jurídico es palabra creadora, que confiere vida a lo que enuncia. Consideramos al
discurso jurídico como un proceso de interacción enunciativo-interpretativo que remite al análisis de los
distintos “enunciadores”, a las relaciones que se establecen con los destinatarios y a las variadas
estrategias argumentativas que se ponen en escena. Éstas se dan dentro de un ritual comunicativo
específico del campo jurídico y tienden a lograr la adhesión del auditorio, a refutar las tesis adversas, a
insertar el discurso en el sistema de valores imperantes o a producir una ruptura con éste.
Al referirnos al “discurso jurídico” es necesario distinguir entre:
 Discurso normativo: se origina en la redacción de leyes y es objeto de estudio de la técnica
legislativa o ciencia de la legislación.
 Discurso parlamentario: se desarrolla en el seno del Poder Legislativo, donde los agentes
intervinientes –reglados por normas específicas que regulan los turnos de habla– producen sus
argumentos para defender o refutar la sanción de las leyes.
 Discurso forense o judicial: se produce en el ámbito de la administración de justicia, abarca el
discurso de las partes y los fallos o sentencias, que constituyen el discurso de poder institucionalizado
del campo de la Justicia.
Hablar y escribir son dos modos de comunicación distintos. En el transcurso de la carrera, el
estudiante se enfrenta a estos tipos de discursos jurídicos de una manera asistemática y de la misma
forma va interiorizando el “tecnolecto” jurídico como lenguaje profesional.
El concepto “discurso jurídico” engloba un conjunto de sabidurías y formas culturales cuya
1
apropiación por parte de los estudiantes es esencial para el buen desempeño profesional. La
Universidad, como institución digna de crédito por excelencia, no puede descuidar este aspecto en la
formación de los futuros abogados. Para ello, los futuros operadores jurídicos necesitan adquirir los
conocimientos lingüísticos necesarios para la producción, la interpretación y el análisis de las diferentes
tipologías textuales presentes en los distintos formatos discursivos jurídicos.
Hace más de treinta años, Ángel Osorio, en El alma de la toga, decía que en los actores que
ocupan la centralidad del campo de la Justicia –los jueces– se reúnen tres escritores: el historiador, el
novelista y el dialéctico: Hay un historiador porque el primero de los cometidos del juez consiste en
hacer historia para saber cómo ocurrieron los hechos, con todos sus episodios y circunstancias. Hay un
novelista porque cada conflicto contiene la expresión de las pasiones, ya que el drama del pleito se
construye con personajes y con sucesos, y hay también un dialéctico porque se afronta una tesis, se
interpreta la ley y se fundamenta una solución a través de la lógica discursiva y de la teoría de la
argumentación.
En los últimos años, en el mundo entero, han aparecido importantes estudios sobre la problemática
de los aspectos lingüísticos de la argumentación jurídica, tanto desde la perspectiva de la nueva retórica
como desde la pragmática, la semiótica, la gramática argumentativa y la ciencia del texto.
Ya Aristóteles, en su Retórica, distinguía el “género judicial” del “demostrativo” y del “deliberativo”
e incluía en el primero a los discursos que se pronuncian en situaciones en las que se decide sobre algo
sucedido, a propósito de lo cual se juzga a alguien. Aquí se enfrentan dos posturas que elaboran sus
discursos a partir de una construcción verosímil de los mismos hechos, pero desde diferentes lugares
de interpretación, proponen decisiones opuestas e intentan influir en el destinatario a favor de sus
respectivas posiciones.
Además, cada “enunciador” tiene presente –en su discurso– no sólo su propia posición, sino
también la de la parte contraria, con el fin de plantear adecuadamente su propuesta y rebatir la que se
le opone. El destinatario –juez, tribunal o jurado– establece una relación entre los hechos sobre la base
del examen y la interpretación de los mismos, así como de la aplicación de la ley.
Dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje con fines didácticos, es conveniente abordar el
discurso jurídico desde tres niveles: el semántico, el sintáctico y el pragmático. Centrándonos en el
léxico, en el nivel semántico; en la utilización de los signos de puntuación, la coherencia entre párrafos
y los elementos de cohesión textual en el nivel sintáctico; y en los actos de habla en el nivel pragmático,
así como también estudiar las relaciones de jerarquía que se establecen entre “enunciador” y
“destinatarios” dentro del campo de la justicia.
Creemos necesario también abordar el tema de la validación de los discursos que se producen en
el campo jurídico a través de las estrategias argumentativas. Éstas se dan dentro de un ritual
comunicativo específico y tienen, como objetivo primordial, lograr la adhesión de los destinatarios a las
tesis que se sostienen, refutar las tesis adversas, insertar el discurso en el sistema de valores imperante
o producir una ruptura con éste.
Las exigencias del cambio de modelo que se está produciendo en toda América Latina del sistema
escrito al sistema oral “adversarial” –del “acta” al “acto”–, además de entrañar un profundo cambio
cultural a nivel social y un nuevo paradigma de enseñanza del Derecho, plantea la necesidad de que
nuestros egresados estén altamente capacitados tanto en la producción de textos jurídicos escritos
como orales.
Como señalan Andrés Baytelman y Mauricio Duce: “La apertura de los tribunales a la ciudadanía
(y a la prensa) suele producir un fenómeno que supera la mera publicidad: los procesos judiciales –
especialmente los juicios penales– capturan la atención de la comunidad, catalizan la discusión social,

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moral y política, se convierten en una vía de comunicación entre el Estado y los ciudadanos a través de
la cual se afirman valores, se instalan simbologías y se envían y reciben mensajes mutuos. En una frase,
la publicidad de los procedimientos judiciales instala la vida de los tribunales dentro de la convivencia
social.
La producción de un texto jurídico de calidad es el resultado de un conjunto de operaciones o fases
que presuponen el conocimiento del sistema de la lengua, el correcto uso del “tecnolecto” profesional,la
narración de los hechos teniendo en cuenta las cuatro características que destacan tanto Aristóteles
como Cicerón: brevedad, claridad, verosimilitud y la presentación persuasiva de las peticiones, lo que
supone un entrenamiento en estrategias argumentativas.
La fuerte dependencia del soporte escrito en nuestro sistema judicial dificulta la adaptación de los
profesionales del Derecho a las nuevas exigencias que plantea la “oralidad”. La publicidad y la “oralidad”
que entraña la lógica adversarial del proceso no admite tiempo para la duda o el balbuceo. Este tipo de
juicio requiere de un desempeño estratégico para construir el caso y un dominio de la técnica para
presentarlo, para conducir los interrogatorios, para producir la prueba material, para pronunciar el
alegato de apertura y el alegato final.
Los griegos consideraban vergonzosa la dependencia, en una audiencia, del soporte escrito o de
la memoria. Pregonaban las ventajas de la improvisación en el sentido de memorizar sólo los
argumentos, no las palabras. Para ellos era imprescindible contar con un importante caudal léxico a fin
de aprovechar lo que denominaban kairós, que consistía en la adecuación del discurso a las
expectativas y reacciones del auditorio para que resultara redituable a la causa que se sostenía. De
este modo, en el discurso judicial se podían aprovechar incluso los argumentos que producía la parte
contraria y que no se habían tenido en cuenta con antelación.
En lo que se refiere específicamente a la “oralidad”, en los juicios por jurados, el abogado debe
poner en juego estrategias de persuasión dirigidas a auditorios dotados de diferentes modelos, tanto de
producción como de recepción discursiva, lo que lo obliga a adoptar distintas técnicas, ya sea que esté
llevando adelante la acusación o la defensa, al pronunciar un alegato, al interrogar al imputado o a un
testigo, y todo ello en el marco de los discursos dominantes en cada contexto situacional y, muchas
veces, con la presencia de medios audiovisuales en la sala de audiencias. Esto hace imprescindible
que se forme a los futuros operadores jurídicos con conocimientos y técnicas que garanticen la correcta
expresión oral y escrita.
El art. 16 del Código de Ética de los Abogados de Mendoza, en la Sección I donde se detallan los
deberes fundamentales de la profesión, sostiene:
Deber de guardar estilo: en sus expresiones verbales o escritas el abogado debe usar la
moderación y energía adecuada, tratando de decir nada más que lo necesario al patrocinio que se
le ha confiado. En la crítica del fallo o de las actuaciones de un Magistrado o Tribunal debe cuidarse
de proceder con el máximo respeto a las personas e instituciones, absteniéndose de toda
expresión violenta o agraviante. En cuanto al colega adversario, tal proceder constituye falta contra
la solidaridad profesional y es además grave error de técnica del patrocinio. El abogado debe tratar
a los litigantes, testigos y peritos del juicio con la consideración debida. La severidad en el trato
que puedan imponer las exigencias de la defensa no autoriza ninguna vejación inútil o violencia
impropia. El cliente no tiene derecho a pedir a su abogado que falte a la parte contraria o que
incurra en personalismos ofensivos.

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LA IMPORTANCIA DEL LENGUAJE
Gordillo, Agustín. Introducción al Derecho, 1ª edición digital, Buenos Aires, FDA, 2000.
(Texto adaptado con fines educativos)
El lenguaje no sería utilizable si no hubiera algunos acuerdos convencionales sobre qué rótulos
poner a qué cosas: hay, por ello, un uso común o convencional de las palabras. Pero ese uso común
sirve de poco en el lenguaje científico pues, generalmente, carece de suficiente precisión, estando
afectado de vaguedad y ambigüedad, es decir que frecuentemente una misma palabra puede ser
utilizada en una gran diversidad de sentidos y que quienes la emplean no siempre están conscientes
de cuál es el sentido en que la están utilizando en el momento, ni cuál el sentido en que la está utilizando
su contendiente en la disputa. El uso común no solo se emplea en el lenguaje ordinario, sino también en
el llamado lenguaje técnico o científico.
No existe ninguna obligación de atenerse al uso común, pero cuando empleamos una palabra de
manera distinta al uso común, debemos informar a nuestros oyentes acerca del significado que le
damos. Inversamente, cuando no informamos a nuestros oyentes del sentido en el que estamos usando
las palabras, ellos tienen todo el derecho a considerar que las estamos usando en su sentido
convencional; en otras palabras, que seguimos el uso común. Dicho de otra manera: "Cualquiera puede
usar el ruido que le plazca para referirse a cualquier cosa, con tal de que aclare qué es lo que designa
el ruido en cuestión”. Claro está, no siempre es conveniente apartarse del uso común, pues se corre el
riesgo de no ser entendido o ser mal interpretado.
Queda dicho con lo expuesto que, la definición de las palabras jurídicas, será casi siempre una
cuestión de libertad de estipulación: pero esto no significa que carezca de importancia ni que pueda
hacerse demasiado arbitrariamente. Tiene importancia, porque según el uso que demos a la expresión,
así deberemos aplicar luego todas las demás consecuencias jurídicas pertinentes. La claridad del
concepto que se estipule es un prerrequisito de la claridad de todo lo que luego se exponga sobre el
tema.
Las buenas ideas no solo deben serlo sino también deben ser adecuadamente presentadas para
una mejor comprensión de ellas. Líderes, gerentes públicos, profesionales, dirigentes comunitarios
requieren comunicar ideas y expresar claramente sus propuestas para poder movilizar las voluntades
de sus seguidores, equipos de trabajo y comunidades.

ABOGADO PIERDE JUICIO POR “HORRORES ORTOGRÁFICOS”

Escrito por Grupo Crónica


03 de octubre de 2017

La justicia uruguaya rechazó un escrito presentado por el abogado Pablo Andrada, en


representación de la Comisión de Apoyo de la Administración de los Servicios de Salud del Estado
(ASSE), debido a las “faltas garrafales de ortografía” que contenía. El recurso de apelación presentado
por el letrado contenía más de 100 errores de escritura en 11 páginas. Algunos de las palabras mal
escritas fueron: espresa, desarroyo, ubiera, estubiera, quizo, abaló, extructura, digimos, haya, entre
otros.
La resolución, dictada por Tribunal de Apelaciones de Trabajo de primer turno, ratificó la condena
4
que obliga al organismo a pagarle $ 342.074 a una funcionaria que trabajaba en régimen de Comisión
de Apoyo en un centro de tratamiento intensivo (CTI).
“El escrito de apelación presentado en autos resulta absolutamente inentendible, plagado de faltas
de ortografía garrafales, errores de sintaxis, de tecleo, excesivo uso de abreviaciones con incoherencias
absolutas, con un lenguaje inapropiado”, afirma la sentencia conforme a lo publicado por El Observador.
La decisión del tribunal agrega: “Las faltas de ortografía, los errores de sintaxis, el exceso en la
utilización de abreviaciones no hace sino indicar que el apelante incorporó un borrador, que ni siquiera
revisó, sometiendo al Tribunal y a su contraparte a un ejercicio de develación de un acertijo
supuestamente argumentativo”.

EL LENGUAJE JURÍDICO
Carbonell, Miguel.
Director del Centro de Estudios Jurídicos Carbonell AC.
(Texto adaptado con fines educativos)

Tal como sucede desde hace mucho tiempo, resulta indispensable en la actualidad reflexionar
sobre la importancia del lenguaje jurídico. El lenguaje jurídico, como corresponde a toda disciplina
científica, es muy especializado y su dominio requiere de mucha concentración y de un aprendizaje
constante. La utilización de términos técnicos en las clases de las facultades de derecho está justificada.
De hecho, uno de los aprendizajes más importantes de toda la carrera tiene que ver precisamente con
el manejo y dominio del lenguaje de los abogados.
Ahora bien, no se debe olvidar que el lenguaje es una herramienta. Es decir, el lenguaje es un
instrumento que nos permite lograr ciertos fines, pero no es un fin en sí mismo. La función primordial
del lenguaje es permitir que los seres humanos nos comuniquemos. Cualquier expresión lingüística que
impida lograr ese objetivo, o que lo dificulte innecesariamente, debe ser evitada.
En uno de los libros que más han influido en mi formación como académico, Norberto Bobbio
señalaba que uno de los primeros deberes de cualquier intelectual era ser claro al expresar su
pensamiento. Creo que tiene toda la razón, pero agregaría una pequeña precisión: la claridad no
solamente es un deber de quienes hacen trabajo docente o de investigación, sino de toda persona que
desarrolle trabajo intelectual. Se trata, por tanto, de un imperativo que deberán observar los que aspiren a
desempeñarse con éxito en el campo del derecho.
Un buen abogado tiene que saber comunicar con eficacia lo que piensa. Y esa comunicación
abarca no solamente a sus colegas de profesión, sino a cualquier persona con la que se relacione. La
progresiva expansión de la oralidad procesal exige incluso con mayor intensidad que seamos claros a
la hora de expresarnos. No olvidemos que la correcta expresión debe abarcar no solamente todo aquello
que se presenta por escrito, sino también lo que se manifiesta de forma verbal.
En el terreno del lenguaje jurídico, estimo que el reto más importante para profesores y estudiantes
de derecho es encontrar un balance razonable entre el uso de tecnicismos jurídicos (inevitable y
necesario, como ya se dijo) y el lenguaje común y corriente que usa cualquier ciudadano.
Una especie de regla al respecto sería la siguiente: siempre que se pueda expresar lo que se
quiere decir sin hacer uso de tecnicismos, éstos deben ser evitados. Es decir, los tecnicismos deben
ser un recurso que se utilice de forma limitada y siempre que no sea posible lograr el mismo efecto
comunicativo por medio de lenguaje “coloquial” o normal. En esa virtud, cualquier uso artificial o
innecesario de tecnicismos debe ser evitado.
5
A lo largo de la carrera y en el desempeño profesional como abogado es probable que los ahora
estudiantes se encuentren una y otra vez con los mismos conceptos, que son aquellos que estructuran
todo el conjunto del discurso jurídico. Es importante tener presente, desde que se estudian los conceptos
propios de la introducción al estudio del derecho, que en todas las materias jurídicas y en todas las
ramas profesionales que abarca el trabajo de un abogado, se utilizan siempre las mismas matrices
conceptuales.
Un abogado, desde que está estudiando la carrera, deberá comprender perfectamente términos
como los siguientes: norma, fuente, prohibición, persona, personalidad, capacidad, órgano,
ordenamiento, validez, poder, deber, potestad, competencia, función, comportamiento, sujeto, regla,
obligación, derecho, acto, hecho, vigencia, etcétera. Se trata de términos que se aplican a todas las
ramas del derecho y que los estudiantes deben conocer y manejar con soltura, si quieren tener una
adecuada comprensión de los fenómenos jurídicos.
No se debe olvidar que el derecho en su conjunto, en buena medida, es un lenguaje por medio del
cual las sociedades se dan reglas para asegurar una convivencia civil pacífica y para lograr ciertos fines
que entienden que son valiosos, como la justicia, la seguridad jurídica, la libertad, la igualdad, etcétera.
El lenguaje desarrolla cuatro funciones:
 Describe cosas, da a conocer fenómenos, transmite información (función descriptiva).
 Influye en el comportamiento de las personas a través de distintas modalidades lingüísticas como
pueden ser las órdenes, los consejos, las sugerencias, las prohibiciones, etcétera (función directiva o
prescriptiva).
 Transmite emociones o sentimientos, a través de figuraciones gramaticales que nos remiten a
experiencias vitales importantes; esto se logra a veces por medio de la música o de la poesía, que nos
provocan un cierto estado de ánimo (función expresiva).
 Cambia la realidad a través de la formalización verbal de conductas; las palabras “hacen cosas”,
por medio de la atribución de significados lingüísticos a lo que hacemos o dejamos de hacer (función
operativa).
El lenguaje jurídico se ubica fundamentalmente en la segunda de las funciones señaladas, ya que
con frecuencia ordena cosas, con el objetivo de influir o determinar la conducta de los seres humanos.
También tiene una función operativa, pues al calificar jurídicamente una conducta, la formaliza desde el
punto de vista verbal, de modo que podemos saber que tal hecho es un delito o que tal acto es un contrato.
El buen uso del lenguaje es especialmente importante cuando se crean las normas jurídicas.
Algunos de los problemas más recurrentes que enfrentan los abogados en su práctica profesional tienen
que ver con normas jurídicas que están mal redactadas, tienen lagunas, contradicciones, etcétera. La
falta de claridad lingüística es fuente de problemas y debe ser evitada a toda costa.

LA IMPORTANCIA E INFLUENCIA DEL USO


DEL LENGUAJE CLARO EN EL ÁMBITO JURÍDICO
Carretero González, Cristina
6 de febrero de 2018
Extraído de www.pensamientopenal.com.ar (Id SAIJ: DACF180047 )

(Texto adaptado con fines educativos)


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Con este artículo, se pretende llamar la atención sobre un aspecto del ámbito jurídico, su
comunicación clara, que consideramos ya imprescindible dentro del objetivo de conseguir, entre otras
cuestiones, y en general, comprensión para quien deba acatar las resoluciones que parten de las
diferentes instituciones que tienen en el Derecho su instrumento principal de trabajo, y, en particular,
una Justicia real y efectiva.
Ahora Argentina, con la conjunción de los tres poderes -legislativo, ejecutivo y judicial-, llevará a
cabo acciones de formación e implementación del lenguaje claro que tendrá una sobresaliente
repercusión en la mejora de la calidad de la comunicación entre las instituciones y la ciudadanía. Los
ciudadanos, especialmente los consumidores, hemos ido tomando conciencia, de forma progresiva, de
nuestros derechos y de lo que podemos esperar de las instituciones.
La exigencia de claridad en la comprensión de lo que se lee y se escucha aumenta decididamente,
y, en parte y de forma añadida, se evidencia debido a la celeridad en las comunicaciones propiciada
por internet y redes sociales en particular.
Desde los años 60, en el mundo se han producido distintas manifestaciones en materia de avances
hacia la claridad en el Derecho (y de la claridad en los escritos de todo tipo en general, con especial
incidencia en los que afectan directamente a los ciudadanos). Por abreviar y avanzar en el tiempo -y
como muestra- en 2011 se publicaba, en el ámbito de la Unión Europea -a través de la Dirección General
de Traducción- una guía con el expresivo título de Cómo escribir con claridad. Aunque el contexto iba
referido a traducciones, lo cierto es que sirve de muestra para apreciar las políticas de la Unión Europea,
que, desde hace muchos años se han centrado -entre otros aspectos-, en la claridad del Derecho.
El crecimiento de asociaciones como Plain Language Association International (PLAIN), o Clarity
International, no es una casualidad. Su expansión se produce tanto en el número de países como en el
de socios pertenecientes a las mismas.
En el caso de Clarity International, la finalidad es luchar por un lenguaje jurídico claro y por ello,
cada dos años se produce una reunión internacional (alternándose con PLAIN; cada año se reúne una,
un año PLAIN y otro Clarity) para compartir los avances y las experiencias de lenguaje jurídico claro en
el mundo.
Existen normas internacionales que sirven de fundamento jurídico. Por mencionar tan solo algunas
de ellas, destacamos el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos en su artículo 14.1 y el
Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales en su
artículo 6, que reconocen, con distintas formulaciones, el derecho de todas las personas a obtener la
tutela efectiva de los tribunales en un proceso público con todas las garantías.
Algo compartido en los diferentes países en los que se lucha por un discurso jurídico más claro es
la idea de que un Derecho comprensible y una tutela realmente efectiva por parte de los tribunales
necesita, de forma imprescindible, la claridad en su expresión. En especial, en todas aquellas
comunicaciones que tengan al ciudadano como destinatario.
De los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial -y en especial, de este último- parten
fundamentalmente escritos de contenido jurídico. En la esfera judicial, las actuaciones son,
predominantemente, escritas, pero en muchos países progresa la implantación de la oralidad.
Sobre el lenguaje escrito, hemos dejado sentado que un porcentaje alto de encuestados no
entendían bien lo que leían. Nos estábamos refiriendo, fundamental y precisamente, al lenguaje escrito.
Es del que normalmente se trata en la mayoría de las investigaciones sobre el lenguaje del Derecho, y
así lo hemos mencionado en diversas ocasiones al investigar sobre el tema.
Tengamos en cuenta, inicialmente, las diferencias entre textos narrativos, descriptivos y

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argumentativos. Narrar, describir y argumentar correctamente son esenciales para un jurista. Diferenciar
las características de uno u otro discurso en función del objetivo, logrará escritos coherentes,
comprensibles y eficaces.
Acerca de las opciones de comunicar más o menos técnicamente, es decir, de resultar más
técnicos o más coloquiales, sostenemos que cuando una comunicación (hablamos en términos
generales, ya sea un acto de comunicación propiamente dicho, como una citación, o de una resolución,
como una sentencia) tenga como destinatario a un jurista, es lógico el empleo de tecnicismos jurídicos.
Al fin y al cabo, se trata de conseguir la economía procesal que viene propiciada por la utilización de la
palabra técnica, que resulta más breve y consigue fácilmente la precisión necesaria.
Cuando el destinatario de una comunicación sea un ciudadano, debemos recordar que nos
dirigimos a personas que no tienen conocimientos jurídicos (en principio). Esto implica realizar notables
esfuerzos explicativos.
No se puede obviar al receptor y debemos, en casos de comunicación con la ciudadanía, evitarlos
tecnicismos y el discurso complejo. Si es imposible evitar los tecnicismos (a veces ocurre, como hemos
comprobado), hay que ofrecer las explicaciones necesarias para que resulte comprensible lo dicho, ya
sea la denegación de una reconvención o por qué una persona pasa de ser un investigado a resultar
procesado en un juicio criminal.
Por otra parte, contamos con otros términos o expresiones característicos del lenguaje jurídico,
como son los aforismos, latinismos y términos arcaicos. Comprendemos que resulta muy práctico
referirnos al juez a quo y al tribunal ad quem al plantear un recurso. Lo que también comprendemos es
que si una resolución judicial, una sentencia, por ejemplo, utiliza estos términos, debería explicarlos para
que resulten comprensibles a sus destinatarios naturales.
Lenguaje escrito
Con la magistrada Natividad Braceras, resumimos los acertados consejos de la Comisión Europea
de la antes citada Guía Cómo escribir con claridad, que nos pueden servir de sencilla muestra en los
primeros pasos hacia la claridad jurídica. En síntesis, son estas:

- Piense antes de escribir. Destacamos tres aspectos esenciales que son perfectamente
trasladables al lenguaje jurídico claro y que hay que tener siempre en la mente al redactar: quién es el
destinatario de su escrito; cuál es su intención (resolver una situación, modificar, por ejemplo); y qué
temas debe cubrir el documento que va a redactar. Y no olvide que tiene una alternativa en forma de
siete preguntas clave: qué, quién, cuándo, dónde, cómo, por qué y cuánto.

- Piense en el lector. Qué sabe del asunto (y qué no), quién le leerá o qué debería explicarle,
son cuestiones relevantes que debe hacerse cuando redacte.

- Forma del documento. Algo, que es aplicable a numerosos escritos, puede contener, en aras
de la claridad: un resumen inicial, encabezamientos, titulares informativos, gráficos, imágenes (¿por qué
no? Los jueces suecos lo hacen desde hace años y sus resoluciones tienen premios en claridad).
Cuídese, en especial, de cortar y pegar (produce innumerables y evitables errores).

- Brevedad: siempre que sea posible; recuerde un ideal: veinte palabras como media en una
frase (no siempre es fácil, y siendo realistas, es un ideal, pero queda señalado porque debe ser la
tendencia y creemos que es un esfuerzo necesario); y añadimos: quince líneas, como máximo, por
párrafo.

- Sencillez: podemos sustituir muchas frases hechas, por ejemplo: habida cuenta de que, por un
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sencillo: "como". Evitemos ambigüedades, son peligrosas. Usemos la forma positiva en lugar de la
negativa y tendamos a no cambiar palabras solo por cuestión de "estilo" (utilizar varios conceptos para
referirse a una misma realidad puede confundir a su lector).

- Redacte con sentido y organice las frases. Es esencial: nombrar al sujeto de cada acción y
colocar las acciones en el orden en que se producen; no esconder la información importante en mitad
de la frase; reforzar el final de las frases (se recuerda mejor).

- Revise y compruebe. En especial, relea su documento con espíritu crítico poniéndose en lugar
del receptor o lector.
El lenguaje jurídico claro ha pasado de constituir una tendencia a convertirse en una necesidad
porque así lo exigen los ciudadanos como consumidores del Derecho y, por tanto, del lenguaje jurídico
con el que este se comunica.
La claridad del Derecho es tanto una exigencia legítima de la ciudadanía como una obligación para
los poderes públicos. Todos los que utilizamos el Derecho como herramienta, desde el legislador hasta
el magistrado, desde el profesor hasta el notario, de una u otra manera, estamos implicados en
conseguir una Justicia transparente, con un Derecho accesible, comprensible y adaptado al siglo XXI.
La importancia e influencia del uso del lenguaje claro en el ámbito jurídico es indudable y el
"derecho a comprender" por todos es un hecho que, constituya o no un derecho positivo, ya supone
una obligación moral para todo el que deba expresar el Derecho.

EL LENGUAJE CLARO EN EL ÁMBITO JURÍDICO


Graiewski, Mónica J. Erreius, Temas de Derecho Procesal. Mayo de 2019.
Cita digital: IUSDC286566A. Id SAIJ: DACF190117.
(Texto adaptado con fines educativos)
I. INTRODUCCIÓN
Para los abogados, el uso de lenguaje claro es estratégico. A las personas que requieren nuestros
servicios ya no les resulta suficiente que les expliquemos superficialmente la estrategia que seguiremos
o qué significa lo que dice la demanda que van a firmar. Ahora quieren entender de qué se trata. En
este mundo hipercompetitivo el uso de lenguaje jurídico claro es una propuesta de valor diferenciados.
Lo mismo sucede con las sentencias judiciales. Ya no es suficiente la legitimación de autoridad
que daba el cargo de juez: demandante y demandado necesitan entender las motivaciones que llevaron
a la decisión sin necesidad de la traducción de su abogado.
También necesitan entender las sentencias quienes no fueron partes del juicio. En procesos
judiciales que tienen trascendencia, ante la imposibilidad de entender las palabras del juez la opinión
pública se forma a través de intermediaciones que pueden ser incompletas o tendenciosas. La sentencia
resumida por periodistas, blogueros o quienes la comentan en internet no necesariamente coincide con
lo que quiere decir.
La razón por la que solo los entendidos podemos comprender lo que dice una sentencia con solo
leerla es que, entre otras particularidades, los abogados tenemos la de redactar de manera complicada.
Esta habilidad nos lleva a expresarnos con oraciones gramaticalmente complejas y palabras técnicas
que convierten lo que queremos decir en piezas que son comprendidas -y no siempre- solamente por
otros abogados.
Es un sello distintivo que viene de antaño y se mantiene. Sin embargo, hoy el uso de un lenguaje
9
jurídico claro "ha pasado de constituir una tendencia para convertirse en una necesidad". Es normal que
quienes nos movemos en el mismo ámbito manejemos una jerga común. Los miembros de todas las
profesiones y oficios manejamos lenguajes técnicos que dan precisión a lo que decimos y sirven para
nombrar elementos específicos de la especialidad. Pero la mayor dificultad que deben atravesar las
personas no versadas en derecho para entender productos como demandas, sentencias o leyes no es
el uso de términos técnicos, sino la manera complicada en que las redactamos.
Escribimos largos párrafos plagados de formalidades, arcaísmos e información irrelevante que
dificultan la comprensión. Esto hace que se requiera la traducción de un abogado para saber cuáles
son los derechos que están en juego y en qué consiste la decisión del juez. Trasladamos esta forma de
expresarnos también a otros productos que no son propios de un juicio, pero también están dirigidos a
personas que no son abogados: para abrir una cuenta bancaria, tomar un seguro o suscribir un plan de
ahorro, el cliente tiene que firmar en cuestión de segundos largos contratos que no están redactados
de manera amigable. Lo mismo sucede con los consentimientos informados que hay que prestar antes
de someterse a una intervención quirúrgica, con el formulario de inscripción de los hijos en la escuela,
y tantos otros documentos escritos en lenguaje jurídico que atraviesan cotidianamente la vida de la
gente.
Todos estos elementos están redactados por abogados, usando un lenguaje que está más
preparado para dejar a salvo la responsabilidad de su cliente que para comunicar un mensaje. Con la
particularidad de que el cliente tampoco lo entiende sin recurrir a su abogado.
II. EL DISCURSO JURÍDICO Y LOS AVANCES TECNOLÓGICOS
Apenas iniciado el Siglo XX, Saussure sugirió que la evolución de las sociedades traía consigo el
desarrollo de "lenguas especiales", entre las cuales se hallaría el lenguaje jurídico (Saussure: 1916: 48).
Sin embargo, el discurso jurídico no parece haber evolucionado al ritmo de la sociedad.
Los avances científicos y culturales tienen impacto directo en la manera de ver el mundo y
descubren cosas nuevas que necesitan ser nombradas. Es buen abogado quien se mantiene al tanto
de los avances tecnológicos y los emplea en el ejercicio de la profesión.
Por eso, es paradojal que redactemos demandas referidas a temas novedosos como gestación
por sustitución, nanotecnología, negocios financieros complejos, identidad digital, etc. de la misma
manera en que lo hacían los abogados que se trasladaban en carretas. La manera de argumentar en
juicios y de redactar contratos no evolucionó a la velocidad de los temas que se tratan.
Repetimos fórmulas que aprendimos de quienes a su vez las aprendieron de otros, y palabras que
alguna vez tuvieron un significado que ya no está vigente. La manera en que nos expresamos en
escritos judiciales, leyes y sentencias deriva de la tradición, y da como resultado un discurso antiguo y
complicado, sobrecargado de oraciones larguísimas y párrafos interminables.
Hasta no hace mucho, la oscuridad del lenguaje causaba respeto entre los destinatarios. Los legos
pensaban que lo que escribían abogados y jueces estaba fuera de su entendimiento, porque la profesión
los ponía en un nivel cultural superior. La jerga y la forma de escribir infundían respeto y cierto temor.
Es hora de darnos cuenta que las personas no acostumbradas a nuestra manera de escribir hoy
valoran otras cosas. Los clientes valoran a sus abogados por la manera en que se involucran en sus
asuntos, no por la manera difícil en que se expresan. Cuando un cliente consulta a su abogado cuándo
podrán desalojar del inmueble a los inquilinos que no le pagan el alquiler, el abogado no le contesta
"cuando se haya trabado la litis". Sin embargo, eso pone en el escrito que luego le hace firmar.
Los usuarios de servicios jurídicos son también usuarios de múltiples servicios tecnológicos ágiles,
cada vez mejor diseñados. También consumen avisos publicitarios, que son cada vez más claros porque

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nadie compraría un producto que no sabe para qué sirve, ni las ventajas que tiene respecto de otros,
cómo funciona o para qué lo necesita.
Quiero insistir en que no es la terminología propia de la profesión la que hace ininteligibles nuestros
documentos, porque, en general, el lector puede desentrañar el sentido de un término asociándolo con
el contexto en que está usado. Pero los abogados, además de usar jerga jurídica, abusamos de los
gerundios, de referencias innecesarias y de oraciones dentro de otras, en una seguidilla que no termina
nunca y obliga al lector a releer varias veces para poder entender lo que quisimos decir.
En tiempos en que las redes sociales exigen una comunicación concisa y clara que se pueda
expresar en pocos caracteres, y las imágenes reemplazan a las palabras, los abogados no deberíamos
seguir actuando como si la mayor cantidad de palabras ayudara a comprender lo que decimos, o
asegurara un mejor resultado. Mayor cantidad de palabras no es directamente proporcional a mayor
claridad expositiva.
La evolución de la ciencia y la tecnología y, especialmente, los cambios en las costumbres sociales
llevaron a la filosofía que impregna el nuevo código, que consagra la fundamental importancia de la
voluntad de los involucrados (la "autonomía de la voluntad"). Se da especial importancia al
consentimiento, contra la anterior concepción de la imposición de la voluntad de la ley o del juez sobre
cuestiones atinentes a las personas.
¿Cómo pueden los ciudadanos tomar una decisión autónoma si no llegan a comprender lo que les
están proponiendo firmar (formularios, contratos, demandas judiciales)? ¿Cómo pueden entender los
motivos que tuvo el juez para condenarlos?, si la sentencia está redactada de la siguiente manera:
"Puede señalarse que Saladino realizo aportes de significancia al resultado desaprobado por el
derecho, pues tenía el deber de examinación y neutralización de la amenaza, en la medida del
caso, dejando a salvo que el virus que afectó el sistema nervioso de la víctima, no detectado en
tiempo, es el que finalmente causó el resultado típico.”
En el mundo jurídico, la resistencia a simplificar el discurso se basa en la creencia -equivocada,
según mi opinión- de que cuanto más rebuscado es el mensaje más erudito parece, o que la sencillez
está reñida con el rigor y la calidad jurídica.
En los hechos, escribir simple y claro requiere una mayor riqueza lingüística que poner en el papel
todo lo que nos viene a la cabeza. La síntesis nos obliga a elegir qué parte vamos a decir de todo lo
que sabemos y cómo decirlo de manera que quede claro qué es lo que pretendemos con ello.
La iniciativa de mejorar el lenguaje de los contratos (como de formularios, accesos digitales, notas
de queja y otros), de manera que pueda ser fácilmente entendido por los usuarios, debería partir de las
propias empresas y organizaciones públicas y privadas. La comprensión aumenta la confianza, y es la
mejor propaganda que una institución puede tener.
La facilidad de acceso a la información hace que la oscuridad del discurso provoque desconfianza
y los usuarios lo expresan eligiendo al profesional que comunica mejor, votando al político de discurso
más sencillo, contratando con quien tenga una propuesta comprensible.

LECTURA OBLIGATORIA

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En el siguiente artículo, podrán analizar, parte una sentencia, en el marco de un proceso de
adopción, en la que una jueza de Río Negro escribió con lenguaje claro para que lo entienda una niña
de 12 años que acaba de integrarse definitivamente como hija de una pareja.

PARA QUE LO ENTIENDAN TODOS


Martes, 19 de enero de 2021
Por Diario Judicial

“Estamos muy felices de haberte conocido y nos pone muy contentos que hayan formado esa
hermosa familia, sabemos que te quieren muchísimo y vos a ellos y que te van a cuidar y amar siempre.
Cualquier cosa que necesites podés pedir hablar conmigo, si tenés alguna duda o querés preguntarme
algo. Te mando un beso enorme”, escribió el Juzgado de Familia N° 16 de General Roca en una
sentencia de adopción para que lo entienda la menor involucrada.

El trámite de adopción comenzó de oficio en plena pandemia. La niña estaba viviendo en guarda
con fines adoptivos con la pareja desde octubre de 2019 y durante esos meses se trabajó en la
vinculación, el acompañamiento y la evaluación de la convivencia, hasta concluir, recientemente, que
todas las condiciones estaban dadas para autorizar la adopción.

"Quiero que sepas que quienes estuvimos acompañándote en todo este camino (las chicas
del equipo técnico Mirta, Anahí y Patricia, a quienes vos conocés muy bien; las personas
del CAINA; Liz que es la defensora de niños y niñas como vos, Diego que es tu abogado y yo),
estamos muy felices de haberte conocido”, le expresó la magistrada a la niña.

La decisión final llegó tras una audiencia personal de la que participaron la jueza, la pareja, la niña,
la Defensora Pública que patrocinó a los adoptantes, la Defensora Pública que intervino como abogada
de la nena y la Defensora de Menores e Incapaces.

En ese encuentro la niña contó que estaba “contenta y feliz” con su familia adoptiva, que quería
mantener contacto con su padre biológico y que por ahora quería conservar su apellido. Dijo, finalmente,
que quería ser adoptada por la pareja y “tener parentesco con toda la familia de ellos”.

Por todo ello, la titular del juzgado decidió redactar un fallo donde le habló directamente a la menor.
Entre otras cosas, le dijo: “Después de todo este tiempo que ha pasado desde que estuviste en el CAINA
y luego empezamos este proceso de conocer para irte a vivir con ellos, llegó el momento de definir si
querías que sean tu mamá y tu papá para siempre. Como me dijiste en la charla que tuvimos hace unos
días, vos querés que ellos sean tus papás, aunque también querés seguir viendo a (el padre biológico)
y por ahora querés seguir llevando su apellido".

"Quiero que sepas que quienes estuvimos acompañándote en todo este camino (las chicas del
equipo técnico Mirta, Anahí y Patricia, a quienes vos conocés muy bien; las personas del CAINA; Liz que
es la defensora de niños y niñas como vos, Diego que es tu abogado y yo), estamos muy felices de
haberte conocido”, le expresó la magistrada a la niña.

Finalmente, le aclaró: "si en algún momento querés cambiar el apellido y llevar el de tus papás, me
avisás y lo podemos hacer".
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EL LENGUAJE CLARO DESDE LA PERSPECTIVA DEL CÓDIGO
IBEROAMERICANO DE ÉTICA JUDICIAL
Washington Jaña T. Miembro de la Comisión de Lenguaje Claro Poder Judicial

Se ha señalado en el acápite III del Código Iberoamericano de Ética Judicial 1, que la ética judicial
supone rechazar tanto los estándares de conducta propios de un "mal" juez, como los de un juez
simplemente "mediocre" que se conforma con el mínimo jurídicamente exigido, advirtiéndose que la
realidad actual de la autoridad política en general, y de la judicial en particular, exhibe una visible crisis
de la legitimidad que conlleva en los que la ejercen el deber de procurar que la ciudadanía recupere la
confianza en aquellas instituciones.

Se dice también que, la adopción de un Código de Ética implica un mensaje que los mismos
Poderes Judiciales envían a la sociedad reconociendo la inquietud que provoca esa débil legitimidad y
el empeño en asumir voluntariamente un compromiso fuerte por la excelencia en la prestación del servicio
de justicia.

Más adelante, en el apartado VIII, titulado “El Código Modelo como respaldo de la capacitación
permanente del juez y como título para reclamar los medios para su cumplimiento” se explicita que, al
mismo tiempo que un Código clarifica las conductas, las facilita en tanto se le provee al juez de un
respaldo para la realización de las mismas, evitando el riesgo de quejas por parte de eventuales
perjudicados.

A lo anterior se agrega en dicho Código que, no sólo el juez sabe a qué atenerse, sino también
aquellos vinculados a su servicio. Pero dado que la ética no puede exigir conductas imposibles, el Código
simultáneamente se constituye en una fuente de razones a las que puede apelar el juez en el
cumplimiento de sus exigencias. Luego explica que, de ese modo, si un Código reclama capacitación, es
necesario que se les brinde a sus destinatarios los medios para acceder a la misma: si estos no existieran,
sería difícil exigir responsabilidad por eventuales incumplimientos.

Más adelante, en la Parte I, Capítulo III, titulado “Motivación”, que se extiende desde los artículos
18 al 27, el Código desarrolla diversos preceptos dedicados al deber de fundamentación de las
resoluciones judiciales, reglas que por su orden de exposición y precisión resulta de interés citar.

Así, el artículo 18 señala que la obligación de motivar las decisiones se orienta a asegurar la
legitimidad del juez, el buen funcionamiento de un sistema de impugnaciones procesales, el adecuado
control del poder del que los jueces son titulares y, en último término, “la justicia de las resoluciones
judiciales”.

Luego, el artículo 19 prescribe que, motivar supone: “expresar, de manera ordenada y clara,
razones jurídicamente validas, aptas para justificar la decisión”, concepto que se complementa con el
artículo siguiente al expresar que: “una decisión carente de motivación es, en principio, una decisión
arbitraria, solo tolerable en la medida en que una expresa disposición jurídica justificada lo permita” (art.
20).

Finalmente, y para lo que nos interesa, el artículo 27 del Código Iberoamericano vuelve a reiterar la
necesidad de utilización de claridad en el lenguaje empleado para justificar una decisión judicial. Así,
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prescribe que las motivaciones deben estar expresadas en un “estilo claro y preciso sin recurrir a
tecnicismos innecesarios y con la concisión que sea compatible con la completa comprensión de las
razones expuestas”.

De lo dicho hasta acá, podemos concluir que, el Código Iberoamericano de Ética Judicial, reformado
el año 2014 en la XVII Reunión Plenaria de la Cumbre Judicial Iberoamericana celebrada en Santiago
de Chile, definitivamente ha desarrollado y dotado de contenido desde una perspectiva deontológica, el
deber de motivación o fundamentación de las resoluciones judiciales, lo que conecta, en último término,
con la justicia de las resoluciones judiciales. Más aun, el mismo Código refuerza aquella idea al señalar
que: “una decisión carente de motivación es, en principio, una decisión arbitraria, solo tolerable en la
medida en que una expresa disposición jurídica justificada lo permita”.

Tal perspectiva es coherente con la corriente desarrollada en diversos países de Iberoamérica que
plantea la necesidad del uso del lenguaje claro por los operadores jurídicos, en especial por la
magistratura.

Creemos que tales directrices, al ser recogidas por aquellos profesionales que hemos elegido la
judicatura como ámbito de desarrollo profesional y personal, sin duda, mejorarán en la ciudadanía, la
percepción acerca de cómo hacemos el trabajo. Si aprendemos a desempeñarlo desde la perspectiva
de un lenguaje claro -no vulgar ni banalizado-, podremos lograr aquello.

Tal como señala Aristóteles, en su “Ética a Nicómaco”, a propósito de la adquisición de las virtudes
morales, éstas las adquirimos ejercitándonos primero, como pasa también en las artes y oficios. “Todo
lo que hemos de hacer después de haberlo aprendido, lo aprenderemos haciéndolo”. Y de igual manera
nos hacemos justos practicando actos de justicia.

Ahora bien, en relación a este último punto, el Código de Ética también entrega directrices precisas
encaminadas al buen desempeño de la función judicial, lo que en definitiva legitima dicha función desde
la perspectiva social. En particular, me referiré, a continuación, a las normas consagradas en el capítulo
IV, denominado Conocimiento y Capacitación.

El artículo 28 del Código señala que la exigencia de conocimiento y de capacitación permanente de


los jueces tiene como fundamento “el derecho de los justiciables y de la sociedad en general a obtener
un servicio de calidad en la administración de justicia”. Luego, el artículo siguiente nosindica que el juez
“bien formado” es el que conoce el Derecho vigente y ha desarrollado las capacidades técnicas y las
actitudes éticas adecuadas para aplicarlo correctamente. A renglón seguido, el artículo 30 señala que la
obligación de formación continuada de los jueces se extiende tanto a las materias específicamente
jurídicas “como a los saberes y técnicas que puedan favorecer el mejor cumplimiento de las funciones
judiciales”.

Todo lo anterior, se ve reforzado con lo preceptuado en el artículo 31, al disponer que el


“conocimiento y la capacitación de los jueces” adquiere una especial intensidad en relación con las
materias, las técnicas y las actitudes que conduzcan a la máxima protección de los derechos humanos y
al desarrollo de los valores constitucionales.

Expuesta la normativa pertinente, creemos en definitiva que, los principios, contenido y finalidad del
Código Iberoamericano de Ética Judicial, consagran a nivel deontológico normas de gran importancia
para el desarrollo y mejor desempeño de la función judicial. La exigencia del uso de un lenguaje claro en
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la motivación de las sentencias, unido a las reglas sobre conocimiento y capacitación permanente de los
jueces se fundamenta, tal como lo expresa el propio Código en “el derecho de los justiciables y de la
sociedad en general a obtener un servicio de calidad en la administración de justicia”.

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