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El Principe - Resumen

Este documento resume los 14 capítulos del libro "El Príncipe" de Maquiavelo. Cada capítulo analiza un aspecto diferente de cómo gobernar un principado de manera efectiva, incluyendo cómo adquirir y mantener el poder, el uso de tropas mercenarias versus propias, y la importancia de establecer buenas leyes y defensa militar.

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El Principe - Resumen

Este documento resume los 14 capítulos del libro "El Príncipe" de Maquiavelo. Cada capítulo analiza un aspecto diferente de cómo gobernar un principado de manera efectiva, incluyendo cómo adquirir y mantener el poder, el uso de tropas mercenarias versus propias, y la importancia de establecer buenas leyes y defensa militar.

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EL PRINCIPE- NICOLÁS MAQUIAVELO

N
“ o he encontrado entre lo poco que poseo nada que me sea más caro o que
tanto estime como el conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido
gracias a una larga experiencia de las cosas modernas y a un incesante estudio
de las antiguas.”

CAPÍTULO I. De las distintas clases de principados y de la forma en que


se adquieren.
Los principados son hereditarios cuando una misma familia ha reinado a lo largo
del tiempo, o cuando son nuevos los miembros agregados al Estado hereditario
del príncipe que los adquiere.
Los dominios así adquiridos están acostumbrados a vivir bajo un príncipe o a ser
libres, y se adquieren por las armas propias o por las ajenas.

CAPÍTULO II. De los principados hereditarios.


Parece más fácil conservar un Estado hereditario, acostumbrado a una dinastía,
que uno nuevo, ya que no se altera el orden establecido anteriormente.
El príncipe natural tiene menos razones y necesidades de ofender, es más amado
y con menos vicios. Es por esto que un cambio siempre deja la piedra angular
para la edificación de otro.

CAPÍTULO III. De los principados mixtos


Un miembro agregado a un conjunto anterior puede llamarse mixto, las
incertidumbres nacen de manera natural.
Una necesidad natural, es en la que el príncipe se ve obligado a ofender a sus
nuevos súbditos con tropas o actos de conquista. Por ello, los territorios rebelados
se pierden con más dificultad cuando se conquistan por segunda vez, ya que el
señor vacila menos en asegurar su poder.
Los Estados al adquirirse se agregan a uno más antiguo o con las mismas
características, aún existiendo diferencias de idioma, al tener costumbres
parecidas pueden vivir en una armonía. Cuando se adquiere un Estado con idioma
y costumbres diferentes surgen las dificultades y se verá la habilidad que se tenga
para conservarlos. El príncipe que anexe a una provincia de costumbres y
organización distintas a la suya, debe convertirse en paladín y defensor de los
vecinos menos poderosos.
Algunas veces se mandan colonias a los estados para funcionar como llaves para
entrar a dichos estados, las colonias no cuestan, son fieles y generan menos
peligro.
Lo que un príncipe prudente debe hacer es no solo preocuparse de los
desórdenes presentes, sino también de los futuros y evitar los primeros a cualquier
precio.
A los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, ya que se ha notado lo que
pueden hacer. Para evitar una guerra nunca se debe dejar que un sin desorden
siga su curso.
“Hay que esperarlo todo del tiempo” prefiriendo confiar en su prudencia y en su
valor, no ignorando que el tiempo puede traer cualquier cosa consigo y puede
producir el bien o el mal.
 Un claro ejemplo de esto fue el rey Luis cometió cinco faltas: aniquiló
débiles, aumentó el poder de un poderoso, introdujo un extranjero
poderoso, no se estableció en el territorio conquistado y no fundó colonias.
Se infiere una regla general, el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su
propia ruina. Es natural que alguien que se ha vuelto poderoso recele de la misma
astucia.

CAPÍTULO IV. Por que el reino de Darío, ocupado por Alejandro, no se


sublevo contra los sucesores de este, después de su muerte.
Los principados han sido gobernados de dos distintos modos: por un príncipe que
elige de entre sus siervos a los que serán los ministros que lo ayudarán a
gobernar, o por un príncipe asistido por nobles, estos tienen Estados y súbditos
propios.
Los Estados gobernados por un príncipe asistido por siervos, este goza de mayor
autoridad, porque en toda la provincia solo se reconoce el cómo soberano.
No bastará que extermines la raza del príncipe: quedarán los nobles, que se harán
cabecillas de los nuevos movimientos y como no podrá confrontarlos a todos,
perderá el Estado en la primera oportunidad que se les presente.

CAPÍTULO V. De que modo hay que gobernar las ciudades o


principados que, antes de ser ocupados, se regían por sus propias leyes.
Hay tres modos de conservar un Estado, que estaba acostumbrado a regirse por
sus propias leyes: destruirlo, radicarse en él y dejarlo regir por sus leyes, obligarlo
a pagar un tributo y establecer un gobierno corto de personas.
El único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es
destruirla. Sus rebeliones siempre tendrán por baluarte el nombre de la libertad y
sus antiguos estatutos.

CAPÍTULO VI. De los principados nuevos que se adquieren con las


armas propias y el talento personal.
Los hombres siguen casi siempre el camino abierto por otros y se empeñan en
imitar las acciones de los demás. Y, aunque no es posible seguir exactamente el
mismo camino ni alcanzar la perfección del modelo, todo hombre prudente debe
entrar en el camino seguido por los grandes e imitara lo que han sido excelsos.
 Los principados de nueva creación son en los que hay un príncipe nuevo y
son un poco difíciles de conservar. Las dificultades parten de las nuevas
leyes y costumbres que se ven obligados a implantar para fundar el Estado
y proveer a su seguridad.
No hay nada más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de manejar que el
introducir nuevas leyes.

CAPÍTULO VII. De los principados nuevos que se adquieren con armas


y fortuna de otros.
Las dificultades no surgen en su camino, porque tales hombres vuelan, pero se
presenta una vez instalados.
No saben porque, si no son hombres de talento y virtudes superiores, no es
presumible que conozcan el arte del mando, ya que han vivido siempre como
simples ciudadanos. Por ello, existen dos modos de llegar a ser príncipe por
méritos, puede ser con un gran talento o por los medios de su familia.
El príncipe nuevo que crea necesario defenderse de enemigos, debe conquistar
amigos para vencer por la fuerza o por el fraude.
Los hombres ofenden por miedo o por odio.

CAPÍTULO VIII. De los que llegaron al principado mediante crímenes.


Hay otros dos modos de llegar a ser príncipe que no se pueden atribuir
enteramente a la fortuna o a la virtud.
Primero, al caso en que se asciende al principado por un camino de perversidades
y delitos; y después, al caso en que se llega a ser príncipe por el favor de los
conciudadanos.
Creo que depende del bueno o mal uso que se hace de la crueldad. Llamaría bien
empleadas a las crueldades (si a lo malo se lo puede llamar bueno) cuando se
aplican de una sola vez por absoluta necesidad de asegurarse y cuando no se
insiste en ellas sino, por el contrario, se trata de que las primeras se vuelvan todo
lo beneficiosas posible para los súbditos.

CAPÍTULO IX. Del principado civil.


 El Estado así constituido puede llamarse principado civil.
El llegar a él no depende por completo de los méritos o de la suerte; depende,
más bien, de una cierta habilidad propiciada por la fortuna. El que llega por el favor
popular es única autoridad, y no tiene en derredor a nadie o casi nadie que no esté
dispuesto a obedecer. El que llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe
esforzarse en conservar su afecto, cosa fácil, pues el pueblo sólo pide no ser
oprimido.
En toda ciudad se encuentran estas dos fuerzas contrarias una de las cuales lucha
por mandar y oprimir a la otra que no quiere ser mandada ni oprimida.
Un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo,
porque son muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le
será fácil. Es una necesidad para el príncipe vivir siempre con el mismo pueblo,
pero no con los mismos nobles.
Un príncipe necesita contar con la amistad del pueblo: “Quien confía en el pueblo
edifica sobre arena.”

CAPÍTULO X. Como deben medirse las fuerzas de todos los principados.


Si un príncipe posee un Estado tal que pueda, en caso necesario, sostenerse por
sí mismo, o si tiene, en tal caso, que recurrir a la ayuda de otros.
Los hombres son enemigos de las empresas demasiado arriesgadas, y no puede
reputarse por fácil el asalto a alguien que tiene su ciudad bien fornicada.
No será difícil a un príncipe sabio mantener firme el ánimo de sus ciudadanos
durante el asedio, siempre y cuando no carezcan de víveres ni de medios de
defensa.

CAPÍTULO XI. De los principados eclesiásticos.


Al adquirir los principados eclesiásticos existen todas las dificultades antes de
poseerlos, pues se adquieren o por valor o por suerte. Estos son los únicos que
tienen Estados y no los defienden; súbditos, y no los gobiernan.
Son los únicos principados seguros y felices. Pero como están regidos por leyes
superiores, inasequibles a la mente humana, es presuntuoso pretender hablar de
ellos.

CAPÍTULO XII. De las distintas clases de milicias y de soldados


mercenarios.
Es preciso que un príncipe eche los cimientos de su poder, de lo contrario,
fracasaría inevitablemente. Los cimientos indispensables a todos los Estados,
nuevos, antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas tropas.
El príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios no estará nunca
seguro ni tranquilo, porque no tienen disciplina. En este sentido, los capitanes
mercenarios o son hombres de mérito o no lo son; no se puede confiar en ellos sí
lo son porque aspirarán siempre a forjar su propia grandeza.
La experiencia enseña que sólo los príncipes y repúblicas armadas pueden hacer
grandes progresos, y que las armas mercenarias sólo acarrean daños.

CAPÍTULO XIII. De los soldados auxiliares mixtos y propios.


Las tropas auxiliares son aquellas que se piden a un príncipe poderoso para que
nos socorra y defienda. Estas tropas pueden ser útiles y buenas para sus amos,
pero para quien las llama son casi siempre funestas.
Todo príncipe prudente ha desechado estas tropas y se ha refugiado en las
propias, ya que sin milicias propias no hay principado seguro; más aún: está por
completo en manos del azar, al carecer de medios de defensa contra la
adversidad.

CAPÍTULO XIV. De los deberes de un príncipe para con la milicia.


Un príncipe no debe entonces tener otro objeto ni pensamiento ni preocuparse de
cosa alguna fuera del arte de la guerra.
La principal razón de la pérdida de un Estado se halla siempre en el olvido de este
arte, de la guerra. Por ello, un príncipe jamás debe dejar de ocuparse del arte
militar, y durante los tiempos de paz debe ejercitarse más que en los de guerra,
debe hacerlo por medio de la acción y el estudio.
En la acción debe de ejercitar y tener bien organizadas sus tropas, dedicarse
constantemente a la caza, se debe conocer la situación de la región donde vive,
para así defenderla mejor.
En cuanto al ejercicio de la mente, el príncipe debe estudiar la historia, examinar
las acciones de los hombres ilustres.
Esta es la conducta que debe observar un príncipe prudente: no permanecer
inactivo nunca en los tiempos de paz, sino, por el contrario, hacer acopio de
enseñanzas para valerse de ellas en la adversidad.

CAPÍTULO XV. De aquellas cosas por las cuales los hombres


especialmente los príncipes, son alabados o censurados.
Un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bueno es inevitable que
se pierda entre tantos que no lo son.
De entre todas las cualidades nombradas, un príncipe poseyese las que son
consideradas buenas; pero como no es posible poseer las todas, es preciso ser
tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas que le significarían la pérdida
del Estado.

CAPÍTULO XVI. De la prodigalidad y de la avaricia.


La prodigalidad, practicada de manera que se sepa que uno es pródigo, perjudica;
y por otra, parte, si se la practica virtuosamente y tal como se la debe practicar, no
será conocida. Un príncipe no puede practicar públicamente esta virtud sin que se
perjudique
Ha habido muchos príncipes, reputados por liberalísimos, que hicieron grandes
cosas con las armas. Porque el príncipe que va con sus ejércitos y que vive del
botín, de los saqueos y de las contribuciones, necesita de esa esplendidez a costa
de los enemigos.

CAPÍTULO XVII. De la crueldad y la clemencia; y si es mejor ser amado


que temido, o ser temido que amado.
Todos los príncipes deben desear ser tenidos por clementes y no por crueles.
Un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su
crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos. Aunque
ciertamente, un príncipe nuevo debe evitar los actos de crueldad, pues trae
peligros.
Surge de esto una cuestión: si vale más ser amado que temido, o temido que
amado. Por ejemplo, si un príncipe está al frente de miles de soldados, no debe
preocuparse de tener fama de cruel.
Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus
bienes, su vida y su familia. Por ello, el amor es un vínculo de gratitud que los
hombres perversos rompen para beneficiarse, depende de la voluntad de los
hombres y el temer de la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe
apoyarse en lo suyo y no en lo ajeno.

CAPÍTULO XVIII. De que modo los príncipes deben cumplir sus


promesas.
Hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera
es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Un príncipe debe saber
entonces comportarse como bestia y como hombre, debe emplear las cualidades
de ambas naturalezas.
Es indispensable que un príncipe aparente poseer las cualidades que deben
distinguirlos.
“Todos ven lo que parece ser, más pocos saben lo que eres.”

CAPÍTULO XIX. De que modo debe evitarse ser despreciado y odiado.


Hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime e
irresoluto, defectos de los cuales debe alejarse.
Un príncipe debe temer dos cosas: en el interior, que se le subleven los súbditos;
en el exterior, que lo ataquen las potencias extranjeras. El no ser odiado por el
pueblo es uno de los remedios más eficaces de que dispone un príncipe contra las
conjuraciones.
Un príncipe, cuando es apreciado por el pueblo, debe cuidarse muy poco de las
conspiraciones. Los príncipes deben encomendar a los demás las tareas gravosas
y reservarse las agradables.
Cuando el príncipe no puede evitar ser odiado por una de las dos partes debe
inclinarse hacia el grupo más numeroso.
El odio se gana tanto con las buenas acciones como con las perversas.
Un príncipe nuevo en un principado nuevo debe tomar las cualidades necesarias
para fundar un Estado.
CAPÍTULO XX. Si las fortalezas, y muchas otras cosas que los
príncipes hacen con frecuencia son útiles o no.
Hubo príncipes que, para conservar sin inquietudes el Estado, desarmaron a sus
súbditos, dividieron los territorios conquistados, favorecieron a sus mismos
enemigos.
Un príncipe nuevo en un principado nuevo no ha dejado nunca de organizar su
ejército. Para gobernarlas más fácilmente, fomentaban la discordia en las tierras
sometidas.
Los príncipes son grandes cuando superan las dificultades y la oposición que se
les hace. Al príncipe que adquiera un Estado nuevo mediante la ayuda de los
ciudadanos que examine bien el motivo que impulsó a éstos a favorecerlo.
El príncipe que teme más al pueblo que a los extranjeros debe construir fortalezas.

CAPÍTULO XXI. Como debe comportarse un príncipe para ser estimado.


Nada hace tan estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo
de raras virtudes. Igualmente, se estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo
franco, es decir, al que, sin temores de ninguna índole, sabe declararse
abiertamente en favor de uno y en contra de otro.
Concurre en beneficio del príncipe el hallar medidas sorprendentes en lo que se
refiere a la administración.
 Las victorias nunca son tan decisivas como para que el vencedor no tenga
que guardar algún miramiento.
El príncipe también se mostrará amante de la virtud y honrará a los que se
distingan en las artes. Dará seguridades a los ciudadanos para que puedan
dedicarse tranquilamente a sus profesiones.

CAPÍTULO XXII. De los secretarios del príncipe.


La primera opinión que se tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres
que lo rodean si son capaces y fieles.
Cuando se ve que un ministro piensa más en él que en uno y que en todo no
busca sino su provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será
bueno. Y cuando los ministros, y los príncipes con respecto a los ministros,
proceden así, pueden confiar unos en otros.
CAPÍTULO XXIII. Como huir de los aduladores.
Los hombres se complacen tanto en sus propias obras, y de tal modo se engañan.
Un príncipe prudente debe preferir rodearse de los hombres de buen juicio de su
Estado, también debe pedir consejo siempre, pero cuando él lo considere
conveniente y no cuando lo consideren conveniente los demás.
Un príncipe es juzgado sensato gracias a los buenos consejeros que tiene en
derredor y no gracias a sus propias cualidades, un príncipe que no es sabio no
puede ser bien aconsejado y, por ende, no puede gobernar.

CAPÍTULO XXIV. Porque los príncipes de Italia perdieron sus estados.


Los hombres se ganan mucho mejor con las cosas presentes que con las
pasadas.
El príncipe tendrá la doble gloria de haber creado un principado nuevo y de
haberlo mejorado y fortificado con buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y
buenos ejemplos.

CAPÍTULO XXV. Del poder de la fortuna en las cosas humanas y de los


medios para oponerse.
Muchos creen y han creído que las cosas del mundo están regidas por la fortuna y
por Dios.
Creo también que es feliz el que concilia su manera de obrar con la índole de las
circunstancias.
No existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las
circunstancias.
Como la fortuna varía y los hombres se obstinan en proceder de un mismo modo,
serán felices mientras vayan de acuerdo con la suerte e infelices cuando estén de
desacuerdo con ella.

CAPÍTULO XXVI. Exhortación a liberar a Italia de los Barbaros.


Donde hay disposición favorable no puede haber grandes dificultades.
Se ven aquí acontecimientos extraordinarios, sin precedentes, ejecutados por
voluntad divina: las aguas del mar se han separado, una nube ha mostrado el
camino, ha brotado agua de la piedra y ha llovido maná.
Dios no quiere hacerlo todo para no quitarnos el libre albedrío ni la parte de gloria
que nos corresponde.
Frases Importantes de la lectura:
“Cuando se conquista por segunda vez un país que se había rebelado
anteriormente es más difícil volverlo a perder”
“Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen”
“Los hombres rara vez tienen el valor suficiente para ser o extremadamente
buenos o extremadamente malos”
“Todos ven lo que tu aparentas, pocos advierten lo que eres”
“El príncipe debe hacer uso del hombre y de la bestia; astuto como un zorro para
evadir a las trampas y fuerte como un león para espantar a los lobos”
“El príncipe debe lograr que los principados vecinos deseen hacerle bien y teman
causarle daño”
“Es un mal ejemplo no observar una ley, sobre todo por parte del que la ha hecho”
“Los hombres son ingratos, frívolos, mentirosos, cobardes y codiciosos; mientras
uno los trate bien lo apoyan, pero cuando uno está en peligro se vuelven contra él”

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