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Diógenes: El cinismo del "perro celestial"

El documento resume la vida y filosofía de Diógenes, el filósofo cínico de la antigua Grecia conocido por vivir en un tonel y desafiar las convenciones sociales. Diógenes creía que los humanos eran hipócritas y que la verdadera naturaleza del hombre era repugnante. Rechazaba las doctrinas y enseñanzas establecidas, prefiriendo revelar la verdad desnuda sobre la humanidad a través de sus acciones y palabras provocativas. Diógenes fue el único que mostró
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Diógenes: El cinismo del "perro celestial"

El documento resume la vida y filosofía de Diógenes, el filósofo cínico de la antigua Grecia conocido por vivir en un tonel y desafiar las convenciones sociales. Diógenes creía que los humanos eran hipócritas y que la verdadera naturaleza del hombre era repugnante. Rechazaba las doctrinas y enseñanzas establecidas, prefiriendo revelar la verdad desnuda sobre la humanidad a través de sus acciones y palabras provocativas. Diógenes fue el único que mostró
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Sociologia.

org
E. M. Cioran "El «perro celestial»"

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No puede saberse lo que un hombre debe perder por tener el


valor de pisotear todas las convenciones, no puede saberse lo
que Diógenes ha perdido por llegar a ser el hombre que se lo
permite todo, que ha traducido en actos sus pensamientos
más íntimos con una insolencia sobrenatural como lo haría un
dios del conocimiento, a la vez libidinoso y puro. Nadie fue
más franco; acaso límite de sinceridad y lucidez al mismo
tiempo que ejemplo de lo que podríamos llegar a ser si la
educación y la hipocresía no refrenasen nuestros deseos y
nuestros gestos. 
     «Un día un hombre le hizo entrar en una casa ricamente
amueblada y le dijo: “Sobre todo, no escupas en el suelo”.
Diógenes, que tenía ganas de escupir, le lanzó el lapo a la
cara, gritándole que era el único sitio sucio que había
encontrado para poder hacerlo.» (Diógenes Laercio.) 
     ¿Quién, después de haber sido recibido por un rico, no ha
lamentado no disponer de océanos de saliva para verterlos
sobre todos los propietarios de la tierra? ¿Y quién no ha vuelto
a tragarse su pequeño escupitinajo por miedo a lanzarlo a la
cara de un ladrón respetado  y barrigón? 
     Somos todos ridículamente prudentes y tímidos: el cinismo
no se aprende en la escuela. El orgullo, tampoco. 
     Menipo, en su libro titulado La virtud de Diógenes, cuenta
que fue hecho prisionero y vendido y que le preguntaron qué
sabía hacer. Respondió:«”Mandar”, y gritó al heraldo:
“Pregunta quién quiere comprar un amo”.» 
     El hombre que se enfrentaba con Alejandro y con Platón,
que se masturbaba en la plaza pública («Pluguiere al cielo que
bastase también frotarse el vientre para no tener ya
hambre»), el hombre del célebre tonel y de la famosa linterna,
y que en su juventud fue falsificador de moneda (¿hay
dignidad más hermosa para un cínico?), ¿qué experiencia
debió tener de sus semejantes? Ciertamente la de todos
nosotros, pero con la diferencia de que el hombre fue el único
tema de su reflexión y de su desprecio. Sin sufrir las
falsificaciones de ninguna moral ni de ninguna metafísica, se
dedicó a desnudarle para mostrárnosle más despojado y más
abominable que lo hicieron las comedias y los apocalipsis. 
     «Sócrates enloquecido», le llamaba Platón. «Sócrates
sincero», así debía haberle llamado. Sócrates renunciando al
Bien, a las fórmulas y a la Ciudad, convertido al fin en
psicólogo únicamente. Pero Sócrates -incluso sublime- es aún
convencional; permanece siendo maestro, modelo edificante.
Sólo Diógenes no propone nada; el fondo de su actitud y la
esencia del cinismo están determinados por un horror
testicular al ridículo de ser hombre. 
     El pensador que reflexiona sin ilusión sobre la realidad
humana, si quiere permanecer en el interior del mundo y
elimina la mística como escapatoria, desemboca en una visión
en la que se mezclan la sabiduría, la amargura y la farsa; y, si
escoge la plaza pública como espacio de su soledad, despliega
su facundia burlándose de sus «semejantes» o paseando su
asco, asco que hoy, con el cristianismo y la policía, no
podríamos ya permitirnos. Dos mil años de sermones y de
códigos han edulcorado nuestra hiel; por otra parte, en un
mundo con prisas, ¿quién se detendría para responder a
nuestras insolencias o para deleitarse con nuestros lacridos? 
     Que el mayor conocedor de los humanos haya sido
motejado de perro prueba que en ninguna época el hombre ha
tenido el valor de aceptar su verdadera imagen y que siempre
ha reprobado las verdades sin miramientos. Diógenes ha
suprimido en él la fachenda. ¡Qué monstruo a los ojos de los
otros! Para tener un lugar honorable en la filosofía, hay que
ser comediante, respetar el juego de las ideas y excitarse con
falsos problemas. En ningún caso el hombre tal cual es debe
ser vuestra tarea. Siempre según Diógenes Laercio: 
     «En los juegos olímpicos, habiendo proclamado el heraldo:
“Dioxipo ha vencido a los hombres”, Diógenes respondió:
“Sólo ha vencido a esclavos, los hombres son asunto mío”.» 
     Y, en efecto, los venció como ningún otro, con armas más
temibles que la de los conquistadores; él, que no poseía más
que una alforja, el menos propietario de los mendigos,
verdadero santo de la risotada. 
     Tenemos que agradecer el azar que le hizo nacer antes de
la llegada de la Cruz. ¿Quién sabe si, injertada en su
desapego, una malsana tentación de aventura extrahumana le
hubiera inducido a llegar a ser un asceta cualquiera,
canonizado más tarde y perdido en la masa de los
bienaventurados y del calendario? Entonces es cuando se
hubiera vuelto loco, él, el ser más profundamente normal,
porque estaba alejado de toda enseñanza y toda doctrina. Fue
el único que nos reveló el rostro repugnante del hombre. Los
méritos del cinismo fueron empañados y pisoteados por una
religión enemiga de la evidencia. Pero ha llegado el momento
de oponer a las verdades del Hijo de Dios las de este «perro
celestial», como le llamo un poeta de su tiempo.

Extraído de Breviario de pobredumbre. 


(Précis de décomposition, Editions Gallimard, París, 1949.)

Podéis encontrarlo en: 


Adiós a la filosofía y otros textos, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pp. 130-
133. 
Prólogo, selección y traducción de Fernado Savater.

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