Misterio Vikingos y Manuscritos
Misterio Vikingos y Manuscritos
ePub r2.0
fenikz 12.09.14
Título original: Paktens Voktere
Tom Egeland, 2007
Traducción: Cristina Gómez Baggetthun
Ilustraciones (mapas, orlas y glifos): Marius Renberg
El ankh egipcio
La T-ty rúnica
La cruz cristiana
Pentagrama
Allí murió Moisés, servidor del Señor, en la tierra de Moab, como había
dispuesto el Señor. Lo enterró en el Valle, en la tierra de Moab, frente a Bet
Peor[2]. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba.
SNORRE
PRÓLOGO
Año 1360 a. C.
Guárdate, lector de las runas secretas. Los tormentos del Duat, del Hel y del
Infierno aguardan a quien descifre sin permiso los enigmas de los signos.
Tú, que custodias el secreto con tu honor y tu vida, eres el elegido. Tus asistentes
divinos, Osiris, Odín y el Cristo Blanco, siguen tus pasos. ¡Te honramos, Amón!
NORUEGA
Año 1070
EL ANCIANO vikingo tosió y miró por el ventanuco de la fría celda del monasterio que
se elevaba en la ladera de la montaña. Un enorme banco de niebla llegaba desde el
gran mar, pero él estaba casi ciego y no lo veía. Entre los pedruscos y los racimos de
algas de la orilla del mar, las gaviotas chillaban en torno al cuerpo muerto de una foca.
Lanzó un esputo y encorvó sus dedos reumáticos en torno a la pluma:
TABLA RÚNICA
Iglesia medieval de Urnes
El culto sagrado
de los dignos CUSTODIOS
de Amón Ra
conoce el sonoro
secreto de las runas.
El Vaticano
Año 1128
EL ROSTRO del cardenal obispo Benedictus Secundus relucía débilmente a la luz de los
humeantes candiles. Arrojó la pila de pergaminos sobre la mesa e hincó la mirada en
el archivista:
—¿Por qué no se me ha mostrado este texto hasta ahora?
—¡Excelencia! El documento copto se encontraba entre otros muchos que requisó
el Vaticano hace más de un siglo. Desde entonces han estado en los sótanos y nadie
los ha tocado… Bueno, hasta que el prefecto Scannabecchi mandó que se ordenaran y
catalogaran. El texto copto es uno de los muchos que han sido traducidos
recientemente. No teníamos ni idea del… —El archivista vaciló unos instantes, al
tiempo que dejaba vagar la mirada entre el cardenal obispo y el caballero de confianza
del Papa, Clemens de’Fieschi, que parecía una sombra apostada en la penumbra. Y al
fin prosiguió—: Del carácter del texto.
—¿Quién escribió la traducción copta?
—Un egipcio, excelencia.
—Debería haberlo imaginado.
—Un cierto sumo sacerdote…
—¡Ah!
—… llamado Asim.
—¿Dónde se encuentra el texto original?
—El documento en papiro, por lo que sabemos, se encuentra en… Noruega.
La mirada del cardenal obispo vaciló desconcertada.
—Noruega —repitió el archivista—. El país de la nieve. Allá en el Norte.
—Noruega. —El cardenal obispo tuvo que hacer un esfuerzo por contenerse. A
continuación preguntó—: ¿Cómo ha acabado una colección de textos sagrados en
manos de esos… bárbaros?
—No lo sabemos —susurró el archivista.
—Supongo que es innecesario recalcar la suprema importancia que tiene que el
Vaticano se haga con el original.
El cardenal obispo se volvió hacia Clemens de’Fieschi y exclamó:
—¡Quiero que emprendáis viaje para buscar el original! Que vayáis a esa… tierra.
Noruega.
Clemens de’Fieschi salió de las sombras exhalando un ligero suspiro.
—Excelencia —objetó el archivista al tiempo que revolvía la pila de pergaminos
hasta encontrar lo que buscaba—, el egipcio Asim sólo proporciona la ubicación
aproximada…
—¡Encontradlo! —le espetó el cardenal obispo, aún con la mirada fija en
De’Fieschi—. Y traedlo de vuelta.
—¡Excelencia! —dijo De’Fieschi asintiendo con la cabeza. Las llamas del candil
vacilaron con el ondear de su capa. Oyeron alejarse sus pasos y luego un portazo.
—¡De’Fieschi tiene que encontrar el original! —exclamó el cardenal obispo, más
para sí mismo que para que el archivista lo oyera—. Si este manuscrito cayera en las
manos equivocadas…
—No tiene que suceder.
—¡Ni una palabra! ¡A nadie!
El cardenal obispo dejó vagar la mirada por los estantes del archivo que se
combaban bajo el peso de pergaminos, manuscritos, documentos, cartas y mapas, y se
superponían desde el suelo hasta el techo. Plegó las manos y, con las palabras: «Mi
señor Dios, ayúdanos a encontrar el texto de papiro», abandonó al archivista al miedo
y al humo de los candiles.
TEXTO DE UN SEPULCRO
Monasterio de Lyse
Año 1146
hir:huilir:sira:rutolfer
(Aquí descansa el clérigo Rudolf)
Honorable custodio
que descifras los enigmas de los signos
sólo tú encontrarás la piedra rúnica
en el último sepulcro del pentagrama
donde descansa el obispo Rudolf
Islandia
Año 1241
LA NOCHE que fueron a matarlo, permaneció un buen rato en el patio mirando las
estrellas. Sentía un dolor, una premonición. Al sentir la corriente del Norte se
estremeció. Se había pasado más de una hora en las aguas termales de la poza, y
finalmente se había secado y vestido. Sobre el tejado de la casa veía la luna que
relucía en el vapor del agua de la poza; el vacilante reflejo recordaba vagamente a la
aurora boreal. Se rascó sus grises barbas y le pegó a la hierba seca una patada con la
bota. Aborrecía aquellos estremecimientos del alma: le quedaba tanto por hacer… Los
años no le pesaban, en absoluto; era ágil y rápido como un cordero. Bueno, casi. Una
estrella fugaz cruzó el firmamento. ¿Sería una señal? Inspiró profundamente y
mantuvo el frío dentro. En algún lugar del patio ladró un perro y, en la cuadra,
relinchó un caballo.
Luego volvió a hacerse el silencio en el mundo.
«Bueno —murmuró para sus adentros—, bueno, bueno».
Entró y subió por las escaleras. El séptimo escalón crujía. Una vez dentro de su
cuarto, se sentó pesadamente en la cama, sobre las pieles que la criada había sacudido
y doblado. Y así se durmió, con la ropa puesta y la cabeza apoyada contra los vastos
troncos de los que estaba hecha la pared.
Relinchos de caballos.
Gritos.
Una verja de madera que cede; hecha añicos.
Alguien brama un nombre, su nombre.
Los sonidos se entretejían con sus sueños, le vibraban los párpados y, de pronto,
se despertó. Se levantó bruscamente y tuvo que agarrarse al poste de la cama para no
perder el equilibrio. Desde el exterior llegaba el jaleo y el intenso ladrido de los
perros. Miró hacia afuera por un ventanuco y vio que el patio estaba lleno de hombres
armados. En medio de todos ellos, a la luz de las antorchas, reconoció a Gissur. Se
quedó petrificado. ¡Gissur! Había cometido la imprudencia de casar a su hija Ingibjørg
con aquel bastardo. ¿Era aquella la premonición que lo había estado atormentando?
Gissur y él eran enemigos acérrimos, pero ¿esto? Aunque no se podía esperar otra
cosa de un miserable que se había puesto al servicio del rey noruego.
El corazón le latía con fuerza, pero no quería reconocer que el miedo se había
apoderado de él. «La muerte no puede llegar en una noche así —pensó—, en una
noche tan apacible y despejada».
Abrió el baúl que había junto a la pared y enterró las manos entre las lanosas
prendas de ropa hasta que sus dedos encontraron el mecanismo de cierre de la caja
secreta. La cerradura se abrió. Sus manos se cerraron entonces en torno a los
pergaminos enrollados. ¡Nunca debían caer en manos de Gissur y el rey noruego! Se
metió el pergamino bajo el jersey, bajó sigilosamente las angostas escaleras y se
escabulló por el sendero. Al abrigo de la oscuridad, se deslizó a lo largo de la casa y
entró en la del padre Arnbjørn.
El cura estaba sentado en la cama, tapado con la piel de oveja hasta la barbilla.
Suspiró aliviado cuando reconoció al patriarca.
—¿Quién…?
—¡Gissur y sus hombres!
—¡Gissur! —El cura se santiguó y, tras salir vacilante de la cama, exclamó—:
¡Tienes que esconderte! ¡Ya sé dónde! El pasillo del sótano. Allí, en la alacena.
—¡Antes debes prometerme que me ayudarás!
Las palabras tuvieron una extraña resonancia. Sonaban tranquilas, atractivas, sin
miedo. Sacó el rollo de los pergaminos.
—¡Arnbjørn, escucha mis palabras!
La boca de Arnbjørn estaba medio abierta y en su respiración resonaba el eco de
los latidos de su corazón.
—Te escucho.
Le tendió los pergaminos. Por un momento ambos sostuvieron el rollo de piel.
—Si al salir el sol no sigo con vida, Arnbjørn, es que tienes una misión. Una
misión más importante que cualquier otra cosa en la vida.
El sacerdote asintió en silencio.
—Tienes que llevarle estos pergaminos a Thordur kakali a escondidas. —Clavó la
mirada en el cura y añadió—: Y nunca debes decir una sola palabra sobre esto.
¡Nunca! ¡Ni una sola palabra! ¡A nadie! ¿Me oyes?
—¿Qué he de decirle a Thordur?
—Él comprenderá.
Thordur era el siguiente custodio en Islandia. Si había en esa tierra alguien en
quien Snorre confiara, ese era Thordur kakali, el hijo de su hermano.
Y entonces soltó el pergamino.
—¡Protégelo con tu vida! Aunque te amenacen con sacarte los ojos, no debes
darles los pergaminos ni revelar dónde los tienes. —El cura tomó aire y retrocedió un
paso—. ¡Ni siquiera decir que los conoces! ¿Puedes prometerme eso, Arnbjørn, en
nombre de Dios?
El cura vaciló unos breves instantes, sin duda el tiempo que le llevó considerar la
posibilidad de que le sacaran los ojos, y respondió:
—¡Por supuesto!
—Confío en ti, amigo mío. ¡La paz sea contigo, padre Arnbjørn!
Con esas palabras dejó al cura y se adentró corriendo en la noche. La oscuridad le
helaba la piel. Oía el vocerío de los hombres de Gissur que registraban el patio, las
coces y el relinchar de los caballos, el ladrido de los perros y los chillidos indignados
de la gente de la granja que protestaba por el comportamiento de la cuadrilla. La
trampilla que conducía a uno de los pasadizos estaba detrás de un cobertizo de
herramientas. La abrió y avanzó corriendo en la más absoluta oscuridad mientras
palpaba con las manos las estrechas paredes de piedra. Al cabo de unos diez o doce
metros se estampó contra una pared de madera. «¡Demonios!». Sacó un manojo de
llaves, abrió la puerta y entró en una habitación. El aire olía a trigo, moho y aguamiel
fermentada. Se escondió entre unas tinajas de trigo dispuestas a lo largo de la pared.
«No se van a rendir hasta que me encuentren», pensó.
P IEDRA RÚNICA
Palacio Miércoles
Año 1503
Tord talló estas runas lejos del reino de los antepasados a través de mares
revueltos y montañas desconocidas. Por bosques y sobre lagunas hemos traído
el objeto sagrado que nacimos para custodiar.
El Vaticano
Año 1503
EL MANUSCRITO
[…] Allí mataron a tres curas y quemaron tres iglesias, luego retornaron a
casa en sus naves.
SNORRE
BERNARDO DE CLARAVAL
HÅVAMÅL
EL ASESINATO DEL CLÉRIGO
Islandia
Año 2007
1
EL CLÉRIGO Magnus está muerto. Flota boca abajo, como si hubiera tomado aire y
estuviera buscando algo en el fondo de la poza. Su melena forma una gloria gris en el
agua y sus manos, blancas como la tiza, rozan las ondulaciones.
—¿Magnus?
Mi voz suena débil y frágil.
Sus ropas flotan a su alrededor como algas pardas en la superficie del agua y, en el
fondo, relumbran las monedas que los turistas han arrojado al agua.
Grito una vez más su nombre. En algún lugar grazna un cuervo.
Soy incapaz de moverme, tal vez simplemente esté tratando de posponer lo
inevitable: tener que sacarlo del agua caliente del manantial y enfrentarme a su mirada
sin vida.
No ha caído al agua accidentalmente. La poza no es profunda: podría haberse
levantado sin dificultad.
Alguien lo ha matado. Alguien ha ahogado al clérigo Magnus.
Me arrodillo, lo agarro por los tobillos y lo saco del agua, que huele ligeramente a
azufre. Magnus pesa. Tiene la ropa empapada y, cuando lo volteo boca arriba, le sale
agua de la boca. Busco un pulso que hace mucho que se detuvo. Tiene la cara roja e
hinchada, ha perdido las gafas y tiene los ojos abiertos de par en par, y vacíos.
«Ay, Magnus —susurro—, ¿qué te han hecho?». O quizá lo diga para mis
adentros. Cojo su mano en la mía, tiemblo. Su barba gotea y la ropa se pega a su
cuerpo rechoncho.
La poza circular está rodeada de losas de piedra y algunas plantas rebeldes asoman
entre las junturas. Una ráfaga de viento sopla sobre la muerte.
Luego le suelto las manos y llamo al 112.
2
MIENTRAS espero a la policía, subo corriendo a la residencia del párroco para ver si
han robado el manuscrito.
La puerta está abierta. Atravieso corriendo la entrada y el salón de las visitas, y
entro en el despacho. Aquí pasamos la noche de ayer, estudiando el quebradizo
pergamino, el Codex Snorri, una extraña colección de códigos, textos, mapas y
símbolos ocultos. Eran casi las dos de la mañana cuando decidimos dejarlo por ese
día. Recuerdo la delicadeza con la que recogió el manuscrito y lo guardó bajo llave en
un cajón del escritorio. La llave colgaba del manojo enganchado a su cinturón.
Ahora el manojo de llaves y la cadena penden del cajón abierto.
El códice de Snorre ha desaparecido.
Alguien ha robado el arcaico manuscrito.
Puedo imaginármelo todo. Mantuvieron su cabeza bajo el agua, lo amenazaron y,
al final, flaqueó y reveló contra su voluntad dónde estaba el pergamino. Es natural. Yo
habría hecho lo mismo. Un par de ellos subieron corriendo a la casa y, al encontrar el
códice en el cajón del escritorio, los malditos le metieron la cabeza bajo el agua. Y él
luchó y luchó, hasta que dejó de respirar y se quedó callado y flácido, y entonces lo
dejaron ahí flotando entre los demás cadáveres del agua.
En la poza de Snorre Sturlason.
1
Las sirenas desgarran el silencio.
Una bandada de cuervos echa a volar y desaparecen quejumbrosos tras la espalda
del monte. Lögregla y sjúkrabíllinn —la policía y la ambulancia— llegan a tal
velocidad que me pregunto si habrán venido desde Borgarnes echando una carrera.
Quizás habrían preferido no tener que detenerse ahora que por fin han cogido
velocidad. Supongo que no han entendido que hace horas que su llegada no urge.
Indico al coche de policía y a la ambulancia cómo llegar a la poza por el camino
lateral. La luz azul de las sirenas reluce y parpadea. Las sirenas se apagan con un
quejido, primero una y luego la otra. A través de las lunas delanteras vislumbro las
caras: escépticas, expectantes y aturdidas.
¿El clérigo Magnus?
¿Muerto?
¿En la poza de Snorre?
¿Asesinado?
Les cuesta creerlo. Reykholt es un lugar apacible en esta tierra. El último asesinato
en Reykholt tuvo lugar hace 766 años. Una noche de 1241, Snorre Sturlason fue
asesinado por los hombres de Gissur Torvaldsson, por encargo del rey Håkon
Håkonsson de Noruega.
Por ahora soy el único que sabe que ambos asesinatos están conectados.
EL CRESCENDO
1
—¡HE ENCONTRADO algo fantástico, Bjørn!
Como sacerdote que era, el clérigo Magnus salvaba a la gente de la perdición. En
tanto que yo, arqueólogo, salvo el pasado del olvido.
Acompáñame unos días atrás en el tiempo, sólo un par de días, permíteme que
rebobine hasta el sábado por la mañana:
En pie, el clérigo Magnus sonreía expectante bajo la luz del sol cuando entré con el
coche en el aparcamiento de Reykholt, el viejo reino de Snorre en Islandia. Cuando
cierro los ojos, puedo verlo ante mí a través del reflejo de la luna delantera,
emocionado y completamente vivo. Paré el coche y el clérigo Magnus me abrió la
puerta. Nos abrazamos torpemente, como suelen hacerlo los hombres, con cierta
aprensión por mostrar el cariño que nos teníamos.
—¡Gracias por venir, Bjørn! ¡Gracias! ¡No te arrepentirás!
—¿Cuándo tienes pensado contarme lo que has encontrado?
—¡Pronto, Bjørn, pronto!
Nos conocimos hace unos tres años, en un simposio interdisciplinario sobre
Snorre Sturlason, el patriarca y cronista de las sagas. El clérigo Magnus pronunció una
conferencia sobre los paralelismos entre el Snorre medieval y el Sócrates de la
Antigüedad, ambos gestores de la sabiduría y comunicadores de enseñanzas. Mi
conferencia versó sobre la tensa relación entre Snorre y el rey del clan de los
birkebeiner. Håkon Håkonsson.
Y así nos hicimos amigos.
Hace una semana me llamó para invitarme a Islandia, pero yo andaba mal de
tiempo. Le expliqué que estaba muy ocupado con las excavaciones de la granja real de
Harald Hårfagre —Harald Cabellera Hermosa—, en Karmøy, pero no quiso
escucharme. Tenía que ir, había encontrado algo, algo histórico. Si no le hubiera
conocido tan bien, lo habría tomado por un chalado. Pero el clérigo Magnus era un
prudente sacerdote de campo, que rara vez se dejaba sacar de sus casillas.
—Bueno, ¿qué has encontrado?
Con la maleta en la mano, seguí a Magnus a unos pasos de distancia mientras
subía por el sendero que llevaba a la Casa de Snorre, el centro de investigación
vinculado a la iglesia y al museo. Sus andares eran oscilantes, como si tuviera las
piernas demasiado cortas. Quedaban dos coches en el aparcamiento: el BMW de
tracción en las cuatro ruedas del clérigo Magnus y mi coche alquilado.
—¡Un códice! ¡Una colección de pergaminos…!
—¿De qué tratan?
—¡… Escritos sobre la más suave de las pieles de cordero! Una colección
manuscrita de misteriosos textos y poemas, mapas e indicaciones, símbolos y códigos.
—¿Sobre qué tratan? ¿De qué época son? ¿Quién ha escrito el texto?
—¡Paciencia, amigo mío, paciencia!
El clérigo Magnus siempre hablaba despacio, al compás del metrónomo del alma,
como solía decir él.
—¿Por qué has querido que viniera precisamente yo?
—Pero Bjørn, es evidente.
No sé si se refería a que yo era su amigo o si apuntaba hacia un acontecimiento
ocurrido hacía algunos años. Yo era el inspector noruego de las excavaciones
arqueológicas donde descubrimos el cofre de los secretos sagrados, un cofre de oro
que contenía un manuscrito que me proporcionó cierta fama en los círculos
académicos.
El clérigo Magnus abrió la puerta del apartamento para investigadores que me iban
a prestar. Dejé la maleta en la entrada, luego lo agarré por la manga de la camisa y lo
arrastré hasta el salón, donde lo obligué a sentarse en una silla.
—¡Se acabó! ¡Cuéntamelo ya!
Si no fuera por la perilla y la trama de arrugas, su cara podría haber sido la de un
niño. Solemne y ceremoniosamente, como si se enfrentara a un sermón, carraspeó:
—Permite a tu amigo hacer una exposición cronológica.
—¡Anda, vamos, empieza de una vez!
—Todo empezó hace un par de semanas. Tuvimos una defunción en el distrito. Un
hombre mayor e inválido. La verdad es que no fue una sorpresa. Tras el entierro, se
me pidió que ayudara (a la familia con la que el anciano había vivido con el apoyo de
la parroquia), a revisar la considerable colección de documentos que había dejado. La
obsesión del viejo era la genealogía. La investigación de las líneas familiares. En la
colección había todo tipo de cosas: desde informes científicos modernos hasta
manuscritos y líneas familiares islandesas. Los campesinos con los que vivía son
miembros activos de la parroquia y amigos míos. Ellos eran sus herederos y me
pidieron ayuda cuando la compañía islandesa deCODE, que usa la investigación
genética para el desarrollo biofarmacéutico de medicamentos, se ofreció a comprar la
colección.
—¿Y para qué la quería deCODE?
—Islandia tiene el banco de genes más singular del mundo. La línea genética de
gran parte de la población puede rastrearse hasta los tiempos de la colonización de
Islandia. Supongo que deCODE esperaba que la colección del viejo pudiera arrojar
nueva luz sobre líneas familiares desconocidas. Mi amigo el granjero quería la opinión
de un especialista para que la compañía no se llevara algo que debiera ser entregado al
archivo de manuscritos de Reikiavik.
—¿Qué encontraste?
—La colección era única. ¡En serio! Libros antiquísimos, cartas, pergaminos,
manuscritos. Algunos de ellos apenas se mantenían íntegros. Mapas, transferencias de
propiedad. Entre los pergaminos encontré unas notas de 1453 acerca del clan de
sturlung, la rama familiar de Snorre.
Intenté intercalar una pregunta, pero me detuvo con un movimiento de manos.
—Cuando iba a guardar uno de los pergaminos, descubrí que la cubierta de piel
estaba algo abultada. Así que… —carraspeó atenazado por la culpa y confesó—:
rompí la carcomida costura para ver lo que había dentro.
—¿Qué hiciste qué?
—¡Escucha, hombre! Dentro de la cubierta encontré un texto más antiguo.
—¿Rompiste la cubierta?
—La colección de pergaminos que había dentro de la cubierta estaba
encuadernada como un libro. Un códice.
—Romper un objeto de anticuario es vandalismo. Y tú lo sabes.
—Hice algo terrible, Bjørn.
—Desde luego, tendrías que haber conseguido que el conservador de algún museo
te abriera la cubierta.
—Escucha, hay más.
—¿Más? Que rompieras la cubierta ya es lo bastante grave.
—Algo en el texto. —Se le puso la mirada como ausente, soñadora—. Algo en el
sonido de las palabras, algo de la letra, algo en todas aquellas figuras geométricas…
—¿Qué hiciste?
—¡Sabes que soy un sacerdote honrado y decente!
—Magnus, ¿qué hiciste?
Me miró avergonzado.
—Me metí los pergaminos debajo de la chaqueta y me los traje a casa. —Su
mirada se arrastró por el suelo—. Los robé, Bjørn.
2
MÁS TARDE, aquel mismo día, mientras un viento desapacible llegaba desde las
montañas, el clérigo Magnus me enseñó el códice. Estábamos sentados en uno de los
salones de la residencia del párroco, a tiro de piedra de la Casa de Snorre.
Un gesto de dolor martirizaba su rostro.
—¿Qué te atormenta? —pregunté.
Agitó la cabeza apesadumbrado.
—¿Te avergüenzas de haber robado los pergaminos?
—Hay más. Yo… No, ahora no. Quizás en otra ocasión.
De un cajón cerrado con llave de su escritorio sacó una caja envuelta en papel de
estraza y periódicos. Apartó varias capas de papel y me tendió el manuscrito. La
colección de pergaminos estaba llamativamente bien conservada. Deslicé los dedos
sobre la piel amarillenta.
—¿Y esto qué es? —susurré.
Abrí el códice con delicadeza. Las cinco primeras páginas estaban escritas en
runas; luego llegué a una zona de una piel más pálida que estaba escrita en latín. Había
tres signos marcados en la piel:
Un ankh egipcio, el signo rúnico ty, y una cruz cristiana.
En la página siguiente aparecían dos mapas: uno del sur de Noruega y otro de
Islandia occidental.
Y un pentagrama.
—Geometría sagrada —dijo el clérigo Magnus.
Lo que faltaba.
—Para serte completamente sincero —dije con paciencia—, nunca he entendido si
la geometría sagrada es mitología o ciencia.
—O algo a medio camino… —puntualizó él.
—Tú eres el sacerdote.
En la universidad tuvimos un lector invitado que consiguió convencernos, incluso
a los más escépticos como yo, de que nuestros antepasados estaban influidos por las
ideas griegas y egipcias sobre la matemática, la astronomía, la geografía y la geodesia
—la disciplina sobre la que se basa la cartografía—. Por medio de mapas y fotografías
de satélites, nos mostró que los objetos y lugares sagrados de la Edad Media estaban
ubicados conforme a modelos geográficos, geométricos y matemáticos.
Pero aun así…
El clérigo Magnus pasó las hojas hasta los caracteres latinos y señaló la letra.
—¡Mira esto! Esta letra se llama «minúscula carolingia». Es el fundamento de la
letra de nuestro tiempo. Un hito en la caligrafía.
Le dirigí una mirada que sé que puede resultar enervante, sobre todo cuando se ve
ampliada por los gruesos cristales de mis gafas. El clérigo Magnus puso el dedo sobre
dos diminutos signos al final de la página y me tendió la lupa.
—¿Ves las dos eses?
—¿Sí?
—Quizá ya lo entiendas…
Pero yo no entendía nada en absoluto.
—S. S. En combinación con la minúscula carolingia… Bjørn, ¿no lo entiendes?
S. S. ¡Snorre Sturlason! ¡Fue Snorre quien escribió las letras latinas!
Miré asombrado el texto. En el exterior, el viento acariciaba las esquinas de las
casas con un sonido quejumbroso.
—El texto lo escribió a mano Snorre Sturlason en persona —continuó el clérigo
Magnus.
—¿Estás seguro?
—¿No es increíble, Bjørn?
Si el clérigo Magnus tenía razón, el códice era un hito histórico, un pedazo de la
historia de la humanidad. Snorre apenas escribió nada; él solía dictar. Rodeado de un
grupo de escribientes, Snorre dictó su Opus sobre los reyes vikingos y los mitos de
los dioses. Los investigadores aún están discutiendo si fue el propio Snorre o alguno
de sus escribientes quien escribió un añadido al margen en un máldagi islandés, un
acuerdo.
—Que el propio Snorre escribiera parte del texto y no lo dejara en manos de su
escribiente de confianza significa que el contenido tenía que ser enormemente
delicado —dijo el clérigo Magnus.
—Pero ¿por qué mezcló Snorre sus propios textos y pergaminos con un
manuscrito aún más antiguo escrito en runas?
—Si yo lo supiera…
Pasamos las hojas con cuidado.
—¿Sobre qué trata el texto?
—Indicaciones. Reglas. Profecías…
Volvió una página y encontró un texto escrito en islandés antiguo:
El sumo sacerdote Asim dijo que llegarán los tiempos cuando los
custodios devuelvan a EL DIVINO a su lugar de descanso, bajo el cielo
sagrado, en el aire sagrado, en el peñasco sagrado; y pasarán mil años; y la
mitad del tiempo transcurrirá en la niebla de la corrupción y la
depravación; y de la legión de custodios sólo quedarán tres; y los tres son
leales, son limpios de corazón y su número es tres.
3
NO ESTOY del todo seguro de si Terje Lønn Erichsen es más amigo o más colega. Al
igual que yo, es una ameba social. Es profesor adjunto e investigador en el Instituto de
Estudios Lingüísticos y Nórdicos de la Universidad de Oslo. Por lo general trabaja con
un proyecto de investigación sobre la división de la antigua lengua nórdica en
noruego, sueco, danés e islandés. Me aventuraría a decir que Terje es un genio para
los idiomas. Una de sus aficiones es descifrar códigos. A los dieciséis años descifró
por su cuenta, y sin consultar a Thomas Phelippes, los códigos de las cartas entre la
reina escocesa María Estuardo y sus colaboradores fuera de la cárcel.
Cuando llamé a Terje y le expliqué para qué necesitaba su ayuda, no me costó
percibir cuánto se entusiasmó. Palabra por palabra, línea por línea, le dicté el texto de
Snorre. El clérigo Magnus me contemplaba con una sonrisa de medio lado, como si le
resultara completamente increíble que alguien pudiera descifrar los códigos
medievales de Snorre. Ni siquiera uno de mis peculiares amigos.
4
EL DORMIR sin soñar puede recordar a la muerte, si no se tiene en cuenta el detalle de
que uno se despierta. Hay mañanas en que me despierto con el alma soleada, arrullado
por el Romeo y Julieta de Prokófiev que suena cada vez que me llaman al móvil.
—¡Buenas noticias! —me gritó Terje al teléfono.
—¿Mmm…? —farfullé, intentando ahuyentar el sueño de la voz.
—¡He descifrado el código!
—No me digas que te has pasado toda la noche trabajando en eso.
—¡No te puedes imaginar la gracia que tiene!
—¿Tiene gracia?
Aprisioné el móvil entre la oreja y el hombro y entreabrí la ventana. El viento del
Atlántico Norte hizo bajar al menos doscientos grados la temperatura de la habitación.
—El código de las runas era un simple C-3. César 3.
—¿César 3?
—Caesar shift cipher. El nombre del sencillo código que empleaba Julio César
para despistar a los curiosos cuando enviaba mensajes importantes a sus generales.
César sustituía cada signo por un signo que quedaba determinado un número de
posiciones más adelante en el abecedario. C-3 significa que cada signo se sustituye por
el signo que queda tres puestos más allá. Así la A se convierte en una D, la B en una E
y así sucesivamente.
—¿Quiere eso decir que tienes una traducción?
—¿Acaso no me llamaste para eso? Empecemos por el primer poema. Carraspeó
antes de empezar a leer:
—Caramba —murmuré.
—¿No es magnífico?
—Bueno. Sí.
—¿No lo entiendes?
—No del todo.
—A ver, «la saga de la cruz»…
—La saga de la Santa Cruz. La última saga que escribió Snorre antes de morir.
—«Porque el número es mágico y el número es palabra de Dios». Verás. La
«palabra de Dios» pueden ser los Diez Mandamientos. El «árbol de la vida» es una
referencia a la cábala y al misticismo judío y hace referencia a la aparición de Dios en
el mundo en diez estadios. Y «las tribus perdidas»… Bueno, ¿a qué puede referirse
sino a las diez tribus perdidas de Israel?
—Diez —dije—. ¡El número diez se repite!
—¡Bingo!
—¿«Y el número de los sacramentos»?
—Que son siete. Los siete sacramentos. ¿Lo entiendes ahora?
—Ni una palabra.
—Debe de ser muy temprano para ti. ¿Qué hora es en Islandia? El texto señala
hacia dos números: ¡diez y siete!
—Eso lo he cogido. Pero ¿y qué?
—¡Bjørn, estás atontado! Para encontrar el mensaje tenéis que buscar en La saga
de la Santa Cruz apoyándoos en combinaciones de diez y siete.
—¿Combinaciones de diez y siete?
La última saga de Snorre Sturlason es la menos conocida y la más infravalorada.
La saga está escrita como un cuento, una fábula, y muchos investigadores dudan de
que fuera Snorre quien la dictó. La historia trata sobre el mítico rey vikingo Bård que,
en una expedición a Jorsalaland, el nombre que los vikingos daban a Jerusalén, roba
la cruz de Jesús. Una vez de vuelta en Noruega, planta la cruz, que no tarda en
convertirse en todo un bosque de cruces. Más adelante cuenta cómo se abaten sobre
Noruega cruzados, templarios, sanjuanistas de la orden de palma y soldados del Papa.
Probablemente Snorre escribió La saga de la Santa Cruz en 1239, justo después de
visitar Noruega por segunda y última vez. Había huido de la lucha por el poder entre
Skule jarl, el duque Skule, y el rey del clan de los birkebeiner: Håkon Håkonsson. Así
se vivía y se moría en aquellos tiempos. Combinaciones de diez y de siete…
—¿Y el otro texto? —pregunté.
—Igualmente incomprensible. Lo he descodificado, pero no he tenido tiempo de
analizarlo e interpretarlo. El texto está escrito para lectores con referencias que a
nosotros nos faltan. Leyó su traducción provisional:
Honorable CUSTODIO
que lees estas palabras secretas:
sólo tú sabrás que
el pentagrama sagrado de Asim
y las runas secretas de la cruz de la iglesia
te conducirán
a las cámaras mortuorias sagradas
y a la más sagrada de todas,
que es la primera tumba.
Honorable CUSTODIO
que descifras los enigmas de los signos:
sólo tú encontrarás la piedra rúnica
en el último sepulcro del pentagrama
donde descansa el obispo Rudolf.
Honorable CUSTODIO
que conoces la historia oculta:
sólo tú sabrás que la piedra rúnica
conduce a las runas secretas
de la tabla rúnica,
la armonía y el retablo.
5
—¡SOY UNA persona horrible!
El clérigo Magnus estaba adormilado ante la ventana de la cocina, tomándose su
café de la mañana cuando llegué corriendo con las traducciones de Terje en la mano.
Tenía un aspecto terrible. Como tantos otros de nosotros, el clérigo Magnus tendía a
padecer pesadumbre y autocompasión. Por propia experiencia sé que no hay nada que
sea urgente, cuando uno tiene el ánimo melancólico. Me serví un poco de café recién
hecho, lleno de posos, y me senté a la mesa de la cocina.
—Escucha —dije introduciéndome un terrón de azúcar entre los labios—, eso que
tú llamas el «robo» de los pergaminos es poco más que un préstamo temporal, al
servicio de la ciencia.
Su suspiro implicó el Día del Juicio.
—Magnus, mañana iré personalmente al Instituto de Manuscritos e informaré
sobre el hallazgo. Lo comprenderán. Y entonces dejarás de llevar el peso de este
pecado sobre los hombros.
—¿Crees que el don del perdón conoce límites?
—Compañero…
—No me conoces tan bien como crees. ¡Hay más! Yo…
—¡Vamos, hombre! ¡Tan malo no puede ser!
—Tenemos que entregar el códice al instituto de manuscritos.
—Por supuesto, cuando hayamos acabado, yo hablaré con ellos. Así el instituto y
nuestro Señor correrán un tupido velo sobre lo que has hecho.
—Bjørn… Voy a recibir visita. Mañana…
—¿Visita?
—Me he ido un poco de la lengua.
—¿Quién viene?
—Investigadores. Del Instituto Schimmer. Quieren ver más detenidamente los
pergaminos.
—¿Has informado al Instituto Schimmer?
(Yo tuve algo que ver con ellos durante el difícil período asociado al hallazgo del
cofre de los secretos sagrados en un prado del monasterio de Værne en Østfold). El
Instituto Schimmer, que se encuentra en un desierto de piedra en Oriente Próximo, es
el centro de investigación teológica más puntero del mundo.
—No tengo fuerzas para explicártelo. Ahora no. Van a mandar a unos expertos.
—Pues vamos a tener que darnos prisa. ¡No puedes dejar que se hagan con el
códice!
—Sólo quieren verlo.
—Eso dicen ellos. Te van a ofrecer una fortuna.
Estuvo a punto de decir algo, pero luego negó con la cabeza.
—Tengo una noticia que te va a animar.
Le mostré la hoja con la traducción del texto que había descifrado Terje a lo largo
de la noche. Luego le mostré la referencia a La saga de la Santa Cruz.
—¡Maldita sea! —exclamó. Se bebió el último trago de café y escupió los grumos
—. ¡Vamos! ¡Tenemos mucho que hacer!
La traducción de Terje del texto codificado había animado tanto al clérigo Magnus
que tuve que corretear detrás de él desde su casa hasta la Casa de Snorre. Abrió una
entrada lateral, atravesamos la iglesia y bajamos al museo que había en el sótano.
En una vitrina de cristal, junto a la pared, estaba el texto original de La Saga de la
Santa Cruz. El clérigo Magnus abrió la vitrina y sacó el manuscrito.
—Snorre escribió la saga justo después de enfrentarse al rey Håkon y verse
obligado a volver a Islandia huyendo del clan de los birkebeiner noruegos —dijo.
—El texto es polémico.
—Todo lo que escribió Snorre es polémico. Los sucesos que narraba habían
ocurrido varios siglos antes. Tal vez hayamos leído mal sus historias. ¿Es posible que
Snorre hubiera tenido la necesidad de contar algo, sin contarlo del todo?
El clérigo Magnus llevó el libro a una mesa alargada y ambos nos inclinamos
sobre el manuscrito. Señaló tres símbolos: ankh, ty y cruz.
—Los mismos símbolos que aparecen en el códice —dijo—. ¿Y ves estos textos
en el margen? Por lo general desaparecen cuando se copia un manuscrito. Los
copistas suelen considerarlos garabatos y borrones.
6
EL CLÉRIGO Magnus y yo nos pasamos todo aquel día y parte de la noche hojeando La
saga de la Santa Cruz. Fuimos probando metódicamente, letra por letra, signo por
signo. Si hay algo de lo que estén provistos los académicos, es de paciencia. A
intervalos regulares llamaba a Terje para pedirle consejo. De vez en cuando el clérigo
Magnus soltaba exclamaciones de entusiasmo ante una inicial bellamente trazada o una
aliteración certera.
—¡Mira esto! —gritó—. Este texto al margen se refiere a Thordur kakali.
—¿Quién?
—El sobrino de Snorre. Reunió a los patriarcas islandeses y se volvió tan
poderoso que el rey Hákon tuvo que convocarlo a Noruega, donde se mató bebiendo.
En otro texto al margen leímos una referencia «a una gruta secreta». El resto de la
frase había desaparecido: la piel había sido raspada y estaba casi transparente.
¿La gruta sagrada?
7
ERAN CERCA de las nueve de la noche cuando por fin desciframos el código.
Como de costumbre, Terje tenía razón. Los números diez y siete eran las claves del
código. Si se empezaba por las iniciales, luego se seleccionaba una letra de cada diez y
esta a su vez se sustituía por la letra que está siete puestos por delante en el alfabeto
latino según el método de César, aparecía el siguiente mensaje:
El número de la bestia
muestra el camino
a lo largo de la pared de peñascos
desde Lögberg hacia Skjaldbreiður.
LA VOZ DE LA TUMBA
1
—¿ASÍ QUE fuiste tú quien encontró al clérigo Magnus?
El comisario de Borgarnes tiene aspecto de haberse criado a base de albóndigas de
pescado amargas y considerables dosis de aceite de hígado de bacalao caducado. Todo
en él —los ojos, el pelo, la piel, la voz— tiene un aire grisáceo y descolorido. Habla
danés con acento islandés, con lo que parece más bien un noruego con un ligero
problema de dicción. Ahora está sentado tras su ordenado escritorio, donde tiene la
foto enmarcada de la señora comisaria, junior y un caniche que apostaría a que se
llama Bonzo. Con impaciencia, hace repiquetear el bolígrafo sobre un impreso que
tiene sobre la mesa.
—Sí —respondo.
—¿Nombre completo?
—Bjørn Beltø.
—¿Noruego? —Sí.
—¿Año de nacimiento?
—1968.
—¿Profesión?
—Arqueólogo. Profesor adjunto de la Universidad de Oslo.
—¿Qué estás haciendo en la Casa de Snorre?
—Estaba colaborando con el clérigo Magnus en un proyecto de investigación.
—¿Por qué estás tan seguro de que la defunción tiene su causa en un asesinato?
—Porque flotaba asesinado en la poza…
—Puede haber sufrido algún ataque.
El comisario parece reticente a aceptar que hayan quitado de en medio al
comedido servidor del Señor en Reykholt. Reykholt no es gran cosa. Los pocos que
viven en el pueblo son gente apacible y temerosa de Dios. Únicamente los turistas y
los investigadores acuden a este recóndito lugar con su bella iglesia, el museo y las
ruinas de la granja de Snorre.
—Robaron algo —digo.
Me mira inquisitivamente. Estoy pálido como un muerto, mis ojos relucen rojizos
tras los cristales de las gafas. Soy miope y tengo problemas de nervios. Para el
comisario estoy siendo un verdadero martirio. Me doy cuenta de que se resiste a creer
que el clérigo Magnus haya sido asesinado: un asesinato es una carga demasiado
grande para él.
—¿Qué robaron? —pregunta.
—Un manuscrito antiquísimo.
—¿Piensas que el clérigo Magnus fue asesinado a causa de un manuscrito?
—No era un manuscrito cualquiera. Era el Codex Snorri. El códice de Snorre.
—¿Eso qué es?
—Es una colección de pergaminos con textos de mediados del siglo XI en
adelante.
Silencio.
—¿Escrito por Snorre?
Un músculo de las cejas del comisario se contrae.
—Es una larga historia.
Ante la ventana pasa planeando una gaviota que luego aterriza y se pone a buscar
algo que llevarse a la boca.
—Por lo que tengo entendido, los manuscritos de Snorre se guardan en la
colección de manuscritos islandeses del Instituto Árni Magnússon, en Reikiavik —
dice el comisario.
—No todos. Algunos. Otros textos están en Copenhague, Uppsala, Utrecht.
—¿Y uno de ellos lo tenía el clérigo Magnus de Reykholt?
—Lo encontró hace poco más de una semana.
—¿Se declaró el hallazgo?
—Hoy. Por eso he ido esta mañana a Reikiavik, antes de encontrarlo muerto.
—¿Quién crees que ha robado el manuscrito?
—Los mismos que lo mataron.
—¿Por qué lo robaron?
—Para venderlo, supongo. Entre los coleccionistas, un manuscrito de Snorre
alcanzaría un precio muy alto.
—Ya veo.
Me alegro para mis adentros de que la policía nacional esté en camino; vienen de
Reikiavik. Un asesinato y un tesoro cultural desaparecido no son asuntos para el
comisario de Borgarnes.
—Ese proyecto de investigación con el que estabais trabajando… —comienza
tentativamente el comisario.
—El tema es bastante complicado.
—Inténtalo de todos modos.
—Trabajábamos con la teoría de que Snorre dejó huellas ocultas en sus textos.
—¿Huellas ocultas?
—Códigos. Mapas. Geometría sagrada.
—Ajá.
No tiene la menor idea de lo que estoy hablando.
—Creemos —le explico—, que Snorre sabía cómo situaban, nuestros antiguos
antepasados nórdicos, los centros más importantes del país (iglesias, monasterios,
granjas cruciales, fuertes), siguiendo un orden geométrico sagrado basado en la
filosofía y la matemática pitagórica y neoplatónica.
Sonaba como si el filtro de la sensatez hubiera desaparecido en el recorrido entre
el cerebro y la lengua.
—Nuestros antepasados usaban sus conocimientos de la ciencia antigua para todo
tipo de cosas, desde la elaboración de mapas hasta la construcción de naves vikingas e
iglesias.
Un velo de incredulidad ha cubierto los ojos del comisario, que ha dejado de
escribir. Quizá sea lo mejor. Muchas cosas no las estoy contando. Muchas cosas no
puedo contarlas, porque no las sé, porque no soy capaz de concebirlas. No digo nada
sobre el código que conseguimos descifrar el clérigo Magnus y yo a última hora de
ayer. Algunas cosas es mejor guardarlas para uno.
—Yo no soy arqueólogo —dice el comisario—. Ni historiador. Pero aunque pueda
hacerme cargo de que para vosotros los científicos un descubrimiento así puede
resultar emocionante, me cuesta comprender que alguien esté dispuesto a matar por
eso.
Esta vez soy yo el que calla, porque pienso exactamente lo mismo que él.
Presto declaración durante media hora, aunque confundo más de lo que aclaro.
Las preguntas del comisario son variadas; no entiende gran cosa, pero yo tampoco.
En medio del interrogatorio llega el detective de la Ríkislögreglustjórinn —ese es
el tipo de nombres que tiene la policía en Islandia— y arroja una bolsa de plástico
transparente sobre el escritorio del comisario. Son las gafas del clérigo Magnus. Los
detectives locales del comisario no las habían descubierto en el fondo de la poza y el
comisario se ofende. Salen a un despacho contiguo y, a través de la pared, escucho
una conversación ofuscada. Después regresan y continúan con el interrogatorio. El
detective de la capital está sentado en el alféizar de la ventana. En varias ocasiones me
mira como si se preguntara si me falta algún tornillo. Al cabo de un rato me pregunta
dónde estaba cuando murió el clérigo Magnus. Le digo que estaba en Reikiavik con el
profesor Thrainn Sigurdsson, del Instituto Arni Magnússon.
Justo después me sacan de la habitación y me conducen a un calabozo. ¿Estaré
detenido? Tardan tres cuartos de hora en venir a buscarme al calabozo. Hasta este
momento el detective de Reikiavik no me ha estrechado la mano ni se ha presentado;
cuando los islandeses dicen su nombre, suena como si tuvieran la boca llena de
canicas.
—Teníamos que comprobar que eres quien dices ser, y necesitábamos que alguien
confirmara tu historia.
—¿Creéis que he sido yo quien ha ahogado al clérigo Magnus?
Ninguno de los dos responde. Finalmente el comisario dice:
—Mi colega de la Ríkislögreglustjórinn piensa que debemos considerar la
posibilidad de concederte estatus de sospechoso para que disfrutes de los derechos de
los sospechosos…
Sus palabras acaban revueltas en un mar de indignación. El respetado comisario
—el guardián de la ley, el pilar de la comunidad local— acaba de ser arrollado por un
detective de la capital. Empiezo a sentir cierta simpatía por el comisario. El equilibro
de poder ha variado: ahora el comisario está de mi parte. Dos contra uno.
El interrogatorio continúa y yo cuento aún menos de lo poco que sé. El comisario
y el detective apuntan alguna que otra palabra clave con tal falta de interés que acabo
asumiendo que ni la policía de Borgarnes ni la Ríkislögreglustjórinn conseguirán
nunca desenredar la madeja que hemos dejado el clérigo Magnus y yo.
Así que tendré que hacerlo yo.
2
CUANDO vuelvo a Reykholt ya ha oscurecido.
La policía ha extendido sus cintas de plástico amarillo en torno a la vivienda del
párroco y, al agitarlas, el viento provoca un sonido desgarrado. Me quedo de pie
escuchando y luego continúo hacia la poza.
Los coches de policía se han ido. Sjúkrabíllinn —la ambulancia— se ha llevado al
clérigo Magnus al Instituto Forense de Reikiavik, donde los patólogos lo cortarán en
trocitos para averiguar qué le quitó la vida.
Pero los periodistas mantienen el puesto, porque intuyen que se les está ocultando
algo. Un reportero de Stod 2 habla por el micrófono bajo la intensa luz de los focos de
las cámaras. Los periodistas y los fotógrafos de los periódicos Morgunbladid,
Frettabladid y GV deambulan por el lugar de los hechos. Por suerte no me descubren.
Con impaciencia y sin rumbo, dan círculos en torno a la poza.
No dejo de imaginarme al clérigo Magnus: intento encontrarle un sentido, una
explicación a su muerte. Al final regreso dando un paseo hacia la Casa de Snorre.
3
LO NOTO inmediatamente: alguien ha estado allí.
El apartamento sigue tan ordenado como lo dejé, pero tengo la mirada sensible. Sé
exactamente dónde y cómo dejo las cosas; el portátil, mis notas, el calcetín derecho
con un agujero en el talón.
Alguien ha estado husmeando allí, pero no han robado nada, salvo mi paz de
espíritu.
Evidentemente puede haber sido la policía. Puede que en Islandia tengan derecho
a registrar el apartamento del principal sospechoso sin mencionárselo a él, pero
tampoco quiero descartar que hayan sido los asesinos del clérigo Magnus.
Hago una ronda para asegurarme de que estoy solo. Corro las cortinas, miro
debajo de la cama y en los armarios, compruebo el móvil que está sobre la mesilla.
He recibido dos mensajes. Uno hablado y una imagen MMS. Los dos son del
clérigo Magnus. El mensaje de voz se grabó a las 13.42, justo antes de su muerte.
«Hola, Bjørn, soy yo», —dice la voz desde la tumba. (Da la sensación de
estar alterado y sorprendido).
«¿Los investigadores esos extranjeros? ¿Los del Instituto Schimmer? Ya
están viniendo para acá desde el aparcamiento. Toda una pandilla. Te envío
un MMS». —(Se ríe forzadamente).
«Tú conoces a alguna de esa gente… ¿reconoces a alguno? Es que…,
bueno, no sé. Quería que lo supieras».
«¡Nos vemos!».
4
EL SOL matutino ilumina el paisaje con una luz tan intensa que Reykholt da la
impresión de estar sobreexpuesta. A lo lejos, bajo la línea de las montañas volcánicas,
el vapor de los manantiales geotérmicos se eleva en el aire para luego ser dispersado
por la leve brisa.
Cierro la puerta y salgo a la explanada que hay frente a la Casa de Snorre. Todo
está en silencio.
En cierta ocasión, cuando visitaba la casa en la que se crio Leonardo da Vinci, me
embargó la intensidad al pensar que aquellos montes de olivos y aquellas vides eran
los mismos que había contemplado Leonardo. Eso mismo me pasa aquí en Reykholt.
Estas mismas cumbres recortaban el horizonte cuando Snorre se mudó aquí a los
veinte años. Ya entonces era un poderoso patriarca.
Un coche de policía entra en el aparcamiento haciendo crujir los neumáticos sobre
la gravilla. El comisario ha decidido recorrer el largo camino que separa Borgarnes de
Reykholt para confiscarme el móvil y echar un vistazo al lugar del crimen, aunque
probablemente también desea comprobar que el sospechoso albino Bjørn no haya
recogido todas sus pistolas Micro UZI SMG y sus dagas árabes, y haya desaparecido al
abrigo de la noche. O tal vez sea yo un paranoico. En todo caso viene hacia mí con el
brazo tendido y una mueca en la cara que bien puede interpretarse como una sonrisa.
Nos contemplamos mutuamente en la fuerte luz de la mañana. Está recién afeitado,
tiene la piel de las mejillas roja e irritada. Me pide permiso para llevarse prestado mi
teléfono móvil: quiere analizar el mensaje de voz y la fotografía y ponerlos a buen
recaudo.
Pregunta quiénes son los investigadores y le digo que no lo sé.
—¡Los encontraremos!… Al volver ayer de Reikiavik, ¿reparaste en si te cruzaste
con algún coche especial?
El viaje en coche de Reikiavik a Reykholt lleva media hora y atraviesa parajes que
pueden hacerte pensar que estás en Marte. Además, uno de cada dos islandeses
conduce un cuatro por cuatro. ¿Cómo podría recordar ese coche en especial?
—Tenemos el testimonio de un testigo que coincide con la fotografía —me explica
—. Un Blazer negro fue observado ayer alejándose de aquí a gran velocidad… —
Comprueba su bloc de notas—. A las catorce horas. Una empresa de alquiler de
coches les alquiló un Blazer a unos extranjeros. Tenemos allí a dos hombres a la
espera de que lo devuelvan.
—¿Extranjeros?
—Árabes. De los Emiratos, según sus pasaportes. —Pausa breve—. ¿Se te ocurre
alguna razón por la que el clérigo Magnus pudiera estar vinculado con unos árabes?
Una mentira puede ser cosas muy diversas: retorcer la verdad o retener
información. Digo que no se me ocurre ninguna relación entre el clérigo Magnus y
alguien de los Emiratos.
Pero un incipiente miedo ha empezado a estremecerme por dentro… Servidores
desleales del Instituto Schimmer, coleccionistas, millonarios excéntricos que harían lo
que fuera por hacerse con una perlita histórica. No le digo nada de esto al comisario,
no lo entendería, apenas lo entiendo yo mismo.
Cuando el comisario se va, llamo a un contacto en el Instituto Schimmer, le
explico lo que ha pasado y pregunto a quién han enviado. Afirma que no han
mandado a nadie.
—Para investigar un hallazgo tan excepcional —dice—, hubiéramos enviado al
profesor Osman, al profesor Rohl, al profesor Dunhill, al profesor Silbermann, al
profesor Finkelstein, al profesor Phillips y, sin duda, al profesor Friedman. Pero lo
más probable es que hubiéramos intentado convencer al clérigo Magnus para que
trajera el códice al instituto.
5
A MEDIODÍA retorno a Reikiavik. El camino pasa serpenteando por delante de granjas
abandonadas, cercados para ovejas e instalaciones para la explotación del vapor
térmico. Las montañas volcánicas parecen estar a punto de hacer erupción. Aquí y
allá, el camino traza curiosas curvas de elfo. Los trabajadores en Islandia profesan un
enorme respeto hacia los invisibles elfos subterráneos, (huldufolket), que viven
dentro de los cúmulos de piedras en el campo. Cuando un ingeniero islandés traza una
carretera recta como una regla y esta resulta atravesar alguna piedra que
incontestablemente alberga una familia de elfos, los trabajadores evitan la catástrofe
desviando en un arco la carretera que por lo demás es completamente recta.
Constantemente descubro coches misteriosos en el retrovisor. Blazers negros. Pero
no puedo descartar que se trate de algún islandés que se esté dando una vuelta o que
los malditos elfos me estén jugando una mala pasada.
El Blazer negro del retrovisor me adelanta, y es un Volkswagen Tuareg azul
marino.
Todo el mundo tiene sus demonios.
Yo no tengo nombre para los míos, pero los conozco, del mismo modo que tú
debes de conocer los tuyos. Dormitan en algún lugar de tu interior, entre las tripas, el
hígado, los riñones y todos los intestinos que te mantienen en funcionamiento y, de
pronto, una noche, asoman sus feas fachadas.
Nunca he tenido problemas de alcoholismo, pero he tomado antidepresivos como
si fueran caramelos. Píldoras de la felicidad, las llaman, pero no te hacen feliz: se
limitan a limar las espinas de la angustia. No me entiendas mal. No estoy loco, pero a
veces mis nervios se hacen un nudo. Tener problemas de angustia no es distinto a
tener diabetes o gota, pero la gente te mira de otro modo. Dan un paso atrás. «¿Ah, sí?
¿Conque nervios?». Sonríen compasivamente y con aprensión, como si tuvieras un
hacha escondida en la manga y la cabeza llena de malvadas voces chillonas.
He estado ingresado un par de veces. Fue lo mejor. Yo no lo llamo departamento
psiquiátrico, suena demasiado frío. Tampoco lo llamo loquero, ni manicomio. Yo digo
clínica para los nervios, mi propio nido del cucú.
Allí maduramos, controlados y bajo observación, dentro de nuestras campanas de
angustia encerrada.
Porque esto también soy yo.
A veces soy un amargado demonio, lo sé. Tengo problemas para subordinarme.
Supongo que por eso no he llegado a catedrático. Las autoridades y las reglas me
provocan. Las demás personas me provocan. La existencia me provoca.
No debe de ser del todo fácil tratar conmigo.
Tengo un hermanastro al que rara vez veo y un padrastro al que me esfuerzo por
evitar. Es mi jefe en el instituto en Oslo.
Mamá murió el año pasado. Linfoma.
Mis perseguidores han desaparecido.
Al cabo de unos cuantos kilómetros y un peaje, la carretera se ensancha y el
asfalto es nuevo. La autopista hacia Reikiavik no tiene una sola curva de elfo. Los
pobres seres invisibles cuyos hogares fueron destruidos por las apisonadoras y la
adoración autocomplaciente de los ingenieros por la línea recta deambulan sin casa y
con sed de venganza por los páramos, cometiendo diabluras.
Por eso voy saludando por la ventana. Siempre he sentido simpatía por quienes
están fuera.
6
EL INSTITUTO Árni Magnússon —que alberga la colección de manuscritos de Islandia
— está situado a las afueras del recinto universitario de Reikiavik. La mayoría se
estremece ante la gris fachada de un edificio universitario; yo, en cambio, siento una
cálida ráfaga de felicidad: he llegado a casa.
El profesor Thrainn Sigurdsson, encorvado tras su abarrotado escritorio, estudia
un texto con los ojos entrecerrados mientras mueve los labios como quien pronuncia
un mudo conjuro. Su nombre y su título, de unas tres toneladas de peso, están
grabados en una placa de bronce que amenaza con caerse de su escritorio. Alza la
vista cuando llamo a la puerta medio abierta; se levanta y me estrecha la mano.
—Bueno, bueno… —le dice al aire—. Le acompaño en el sentimiento.
Islandia celebró una fiesta nacional cuando recuperaron los antiguos manuscritos
que Árni Magnússon había consagrado su vida a reunir. Justo antes de morir en 1730,
Magnússon lo dejó todo en testamento a la Universidad de Copenhague y, hasta la
década de 1970, Islandia no recuperó la colección. La televisión retransmitió en
directo la llegada. Los trabajadores y los colegiales se tomaron el día libre. Las amas
de casa, los obreros, los estudiantes y los holgazanes se congregaron en el muelle
cuando la nave con la Colección de Árni Magnússon llegó a Reikiavik. Saben cómo
reunirse en torno a lo suyo, estos islandeses.
—¿Hay alguna relación? —pregunta Thrainn.
Los periódicos han escrito ríos de tinta sobre el asesinato, pero la policía ha
mantenido silencio sobre el manuscrito desaparecido.
—Han robado el códice —digo.
—¿Tenéis copia?
Niego con la cabeza.
Durante un rato discutimos qué secretos puede haber ocultado Snorre en el texto.
Le describo la alternancia entre la letra del propio Snorre —ante lo que Thrainn es
escéptico— y los textos rúnicos aún más antiguos. En una hoja le dibujo los símbolos
que se repiten a lo largo del manuscrito: Ankh, Ty, Cruz, Pentagrama.
Buscamos juntos una comprensión que se nos escapa.
—Ankh —dice Thrainn—. Es el jeroglífico para la palabra egipcia que significa
«vida», es el símbolo de la vida eterna y el renacimiento. Ty. Es la runa de la serie
antigua futhark, símbolo del dios nórdico de la guerra, Tyr. La cruz latina. Crux
ordinaria. El símbolo del cristianismo y del martirio de Jesús. El pentagrama. Una
estrella de cinco puntas, un símbolo sagrado secreto de la Antigüedad.
—La teoría con la que jugábamos el clérigo Magnus y yo era que Snorre ocultaba
comentarios y referencias a las sagas.
—Las omisiones y los cambios son habituales en las ediciones facsímiles y en las
copias manuscritas del pergamino manuscrito original. Y también en el texto de los
márgenes.
—¿Así que parte del texto ha sido omitido?
—O añadido. En Uppsala, en Suecia, tienen ediciones facsímiles de los textos de
Snorre. Sin duda existen copias desconocidas en papel que se basan en versiones
desviadas de la Edad Media. Si comparamos las versiones más nuevas con los
originales, palabra por palabra, puede aparecer información nueva, pero supone una
magna labor.
—No sabemos lo que estamos buscando. El clérigo Magnus y yo analizamos la
posibilidad de descubrir pruebas del contacto entre la cultura de los antiguos nórdicos
y la egipcia. Cosa que demostraría que todo lo que hacían (desde las naves vikingas y
las iglesias, hasta los mapas y la mitología) estaba influido por los egipcios.
Thrainn se queda sentado mirando por la ventana. En la pared, junto a él, cuelga
una fotografía de una figura que se atusa sus largas barbas, que asemejan un ankh
invertido. La estatuilla de bronce, de en torno al siglo XI, fue encontrada en
Eyjafjördur, en Islandia, en 1815.
—¿Se te ha pasado por la cabeza que puede ser todo un timo? ¿Qué alguien en la
Edad Media hiciera el códice simplemente para engañar a algún otro?
Evidentemente me lo he planteado. Los museos del mundo están repletos de
falsificaciones. Abro la cartera y saco una versión facsímil de La saga de la Santa Cruz
que coloco sobre la mesa.
—Ya sabes —dice—, que son muchos quienes piensan que Snorre no tuvo nada
que ver con ese texto.
—Contiene un código.
Se me queda mirando.
—Y el clérigo Magnus y yo lo hemos descifrado —continúo.
—¿Un código?
—Creo que hay una gruta sagrada a las afueras de Thingvellir.
Thrainn se ríe cordialmente:
—¿Una gruta sagrada? ¿Junto a Thingvellir? Oye, oye…
—Y sé más o menos dónde está.
—¿Sabes qué? —me dice aún riéndose—. No me creo una sola palabra de todo
eso.
Ha llegado la hora de asestar el golpe de gracia, así que le enseño las instrucciones:
El número de la bestia
muestra el camino
a lo largo de la pared de peñascos
desde Lögberg hacia Skjaldbreiður.
7
ESA MISMA tarde me mudo al Hotel Leifur Eiríksson, ante la iglesia de Hallgrím de
Reikiavik. A través de la ventana llega el zumbido de una máquina que está limpiando
las calles calladas y vacías. La iglesia de Hallgrím está iluminada con una luz blanca y
la fachada me recuerda a las cumbres de un iceberg a la deriva en un mar desierto.
Doy un paseo hasta el restaurante Á næstu grösum, donde ceno una sopa y una
lasaña de verduras.
Más tarde, el comisario de Borgarnes me llama a la habitación del hotel. Ha
recibido el informe del forense.
—El clérigo Magnus murió de un ataque al corazón.
Permanezco tanto tiempo callado que me pregunta si sigo ahí.
—¿Ataque al corazón? ¿En la poza?
—Quizá se cayó. Tenía agua en los pulmones, pero no la suficiente como para
haberse ahogado. Ha sido el corazón.
—¿Y qué hacía en la poza? ¿Completamente vestido? ¿Y qué pasa con el
pergamino robado? ¿Y el Blazer?
—Proseguiremos la investigación, por supuesto. Pero un ataque al corazón no es
un asesinato.
El comisario promete dejar mi móvil en recepción a lo largo de la mañana. No lo
dice, pero comprendo que la fotografía MMS y el mensaje del clérigo Magnus han
quedado reducidos a pistas de interés puramente académico.
—¿Qué crees que le causó el ataque al corazón? —pregunto punzante.
—Naturalmente puede que recibiera alguna amenaza, pero va a ser difícil
demostrar ante un tribunal la relación entre el infarto y el supuesto robo del códice.
Cuando un policía emplea la palabra «supuesto», es porque no está del todo
seguro de lo que ocurre. Hasta cierto punto lo entiendo.
En la habitación del hotel intento organizar mis notas y encontrarle la lógica a todo
lo que hemos averiguado. Tal vez los árabes pertenezcan a una banda especializada en
el rastreo y robo de tesoros histórico-culturales para el mercado negro de
coleccionismo… En Oriente Próximo hay muchos jeques del petróleo millonarios que
tienen en sus sótanos cámaras acorazadas repletas de obras de arte de valor
incalculable que cualquier museo que se precie exhibiría en vitrinas de cristal bien
vigiladas. A pesar de eso, hay muchas cosas que me confunden. No consigo ver el
conjunto. Los años, la cronología y las diversas líneas históricas son una mezcolanza.
Estoy demasiado cansado como para concentrarme.
Así que me duermo en la cama.
Estoy vestido. No me he cepillado los dientes ni lavado los sobacos. En sueños
siento la angelical mirada de reprobación de mi madre.
THINGVELLIR
1
NEGRA como el carbón se alza hacia el cielo la pared vertical de lava. Las montañas
dibujan siluetas puntiagudas sobre las nubes que llegan del Oeste. En las laderas de las
montañas soplan las columnas de vapor subterráneo. Bloques de roca conforman
accidentados monolitos de lava. La niebla helada arropa la laguna y los humedales con
una manta de plata. Justo debajo de la enorme falla hay una pequeña iglesia de madera
y un grupo de casas que parecen apiñarse para conservar el calor. Los continentes
Norteamericano y europeo tiran de ambos extremos de Islandia y, en Thingvellir, la
isla se ha desgarrado.
—Bien —dice Thrainn con una sonrisa condescendiente—, ¿dónde está tu cámara
del tesoro?
Escudriño con desánimo la falla de varios kilómetros de ancho. Todo el que visita
Thingvellir queda embrujado por el mágico ambiente del lugar. Dos paredes de roca
cortan en línea recta el paisaje donde se fundó, bajo cielo abierto, el parlamento más
antiguo del mundo, Alltinget, en el año 930. Desde aquí oteaban los lovsigemennene
—quienes pronunciaban las leyes en el parlamento— el terreno de desnudas
formaciones de lava, arbustos y árboles maltratados por el viento. Sobre los matojos
de hierba que crecen entre el río y los riachuelos, alzaban sus tiendas de campaña
cuando el parlamento se reunía.
Le echamos un vistazo a mi traducción del texto de Snorre escrita a mano:
El número de la bestia
muestra el camino
a lo largo de la pared de peñascos
desde Lögberg hacia Skjaldbreiður.
2
EL PEÑASCO se eleva unos quince metros sobre nuestras cabezas. Bajo la pared de lava
hay rocas y un cúmulo de piedras cubiertas por manchas de musgo y alguna que otra
planta testaruda.
Leo una vez más las instrucciones. «El número de la bestia», 666, muestra el
camino a lo largo de la pared de peñascos desde Lögberg, la piedra de la ley, hasta
Skjaldbreiður. Thrainn y yo nos miramos con desánimo.
—De gruta nada —constato y le pego una patada a una piedra volcánica.
—Quizá Snorre usó una gruta natural de la pared de la montaña y luego la ocultó
—dice Thrainn—, al modo como se cubrían las entradas de las tumbas de los faraones
después del entierro.
—¿Crees que los que conocen el lugar se sorprenderían si encontraran una gruta
natural?
—¿Los que conocen el lugar? Echa un vistazo a tu alrededor. ¿Te puedes imaginar
un lugar más deshabitado y apartado? En tiempos de Snorre debía de estar aún más
desierto. Una vez al año, los islandeses más poderosos peregrinaban hasta Thingvellir,
y si una gruta hubiera quedado cubierta por una avalancha de piedras, apenas se
habrían encogido de hombros.
—¿Y no se corre un gran riesgo al esconder algo aquí?
—Al contrario. Thingvellir era un lugar casi mágico, sagrado. Para Snorre tiene
que haber sido una elección evidente.
Contemplamos el muro de piedra a los pies de la pared de lava.
—¿Podría la entrada de la gruta haber estado oculta en una grieta de la montaña
bajo el nivel del suelo? —pregunta Thrainn.
—¿Y que luego la cubrieran con piedras?
Volvemos a mirar el cúmulo de piedras.
3
CON AYUDA de los estudiantes, empezamos a apartar la lava.
Una de las primeras cosas que aprendemos en los estudios de arqueología es a
tener paciencia. La arqueología es una profesión para los pacientes, los meticulosos y
los lentos. La disciplina, al fin y al cabo, consiste en unos pocos puntos álgidos y
grandes cantidades de piedra, barro y complicados impresos para el registro y la
catalogación. Sólo una vez cada siglo alguien descubre su Tut Ankh Amón o su
Troya.
Al cabo de algo más de una hora hemos descendido un metro entre las piedras.
Nada. Las piedras golpean el suelo a nuestras espaldas y ruedan hasta encontrar su
sitio en un majano o un ventisquero. No tardamos en tener que formar una cadena
para irnos pasando las piedras.
Cuando hemos apartado varias toneladas de roca volcánica, una de las estudiantes,
una chica joven en la que no he reparado, da el grito de alarma. El trabajo se detiene.
Acudo corriendo y piedrecillas y grava salen disparadas bajo mis pies.
En la pared descubierta alguien ha tallado un nicho rectangular de diez centímetros
de profundidad. Aparto con un cepillo la tierra y el musgo. Un suspiro recorre el
grupo de estudiantes.
Tres símbolos están tallados en la montaña.
Ankh, ty y cruz.
4
NOS LLEVAMOS a los estudiantes de vuelta al aparcamiento y les hacemos creer que el
trabajo seguirá al día siguiente. Protestan, quieren descubrir la gruta. Ahora. Quieren
saber qué hemos encontrado. Ahora, no mañana. Los entiendo, pero no los
necesitamos. Su presencia y su curiosidad complicarían y atrasarían el trabajo.
Thrainn les dice que tenemos que emplear el resto del día en hacer mediciones y
preparar la excavación. Con todo el peso de su cargo de catedrático, resulta
convincente y autoritario. Decepcionados y reticentes, los estudiantes se vuelven a
Reikiavik. Thrainn y yo nos quedamos esperando hasta que el último de los
minibuses desaparece en el horizonte. Luego regresamos correteando y continuamos
apartando piedras.
Nos lleva un par de horas despejar la entrada de la gruta y, al cabo de otra hora y
media, conseguimos apartar piedras suficientes como para caber por la apertura.
Thrainn asegura una cuerda de nailon a un peñasco y yo suelto la cuerda dentro de
la gruta. Con las manos firmemente agarradas a la cuerda me introduzco a través de la
grieta y me descuelgo. Poso los pies sobre el irregular suelo de la cueva.
No es especialmente grande y, a través de la grieta, el sol me alcanza como un
susurro de luz.
Thrainn se descuelga más rápido que yo y lo recojo con ambas manos.
Nos encontramos en una oquedad natural de la montaña de lava. La gruta tiene
cuatro o cinco metros de profundidad y dos o tres metros de anchura. Encendemos las
linternas que llevamos en la cabeza. Los haces de luz acarician las paredes. Thrainn
me da un empujón. En la pared del Oeste hay una construcción que se asemeja a un
altar de bloques de lava meticulosamente labrados. Como el altar está construido con
los mismos materiales que el entorno, casi desaparece en la pared de la montaña.
Sobre la alargada construcción de lava, descansa una pesada losa pulida.
Nos situamos a ambos lados de la losa y la apartamos. En la cavidad bajo la losa
hay un cofre negro como el carbón.
Colocamos el cofre atravesado sobre el canto del altar hueco y restriego la
superficie con la yema del dedo.
—¿Polvo? ¿Hollín? ¿Lava? —pregunta Thrainn.
—Nada de eso. —Restriego con más fuerza. Mi suposición es correcta. La
superficie está picada—. El cofre —digo—, es de plata.
5
ENVOLVEMOS el cofre de plata en una lona y nos lo llevamos al aparcamiento. Lo
amarramos con cuerdas en la parte de atrás del Toyota Landcruiser de Thrainn.
Estamos tan emocionados que no intercambiamos palabra.
Thrainn toma la carretera general hacia Reikiavik. Es completamente recta. No se
ve ni un coche y nosotros avanzamos a más de ciento treinta kilómetros por hora por
el paisaje lunar. La laguna de Thingvalla relumbra a nuestra izquierda y el horizonte
está picoteado por la fila de cumbres volcánicas.
El Blazer-Chevy está cruzado en medio de la carretera, detrás del siguiente
montículo.
Dos hombres esperan, cada uno a un lado del coche, tapándose la entrepierna con
la mano; es una postura extraña, como si estuvieran posando para el cartel de una
película. La intensa luz del sol me impide distinguir si llevan pistolas.
Thrainn reacciona inmediatamente.
—¡Agárrate!
Sin vacilar ni un momento, da un golpe de volante y lleva el Landcruiser fuera de
la carretera. Yo pego un grito. Thrainn aprieta los dientes y mantiene la mirada fija en
el horizonte. Es como si un héroe de películas de acción hubiera estado dormitando en
él y de pronto se hubiera despertado felizmente, como si fuera un soldado de los
comandos especiales que durante los últimos quince años ha simulado estudiar
manuscritos islandeses como eslabón de una cadena de coartadas.
Entre una nube de polvo y arena, aceleramos para alejarnos del Blazer y la
carretera. Las ruedas retumban contra el terreno irregular.
A través de la nube de polvo que dejamos a nuestras espaldas, vislumbro los faros
del Blazer.
Thrainn va esquivando las piedras.
—Vamos por un antiguo camino de carretas entre Reikiavik y Thingvellir —grita.
A pesar de la ventaja de ir delante, con el frente despejado, el Blazer nos está
alcanzando.
—¡Llama al 112! —grita Thrainn.
Saco a tientas el móvil y tenemos la suerte de que hay cobertura. Cuando el
operador por fin entiende que hablo inglés, y no algún oscuro dilecto islandés, y que
nos están persiguiendo unos hombres armados, envía un coche de patrulla en nuestra
busca. Aunque aquí en el páramo andan mal de direcciones postales.
El Blazer, que está ya a pocos metros de distancia, gira de pronto a la derecha:
planean interceptarnos.
Descubro el peñasco antes que el conductor del Blazer. No alcanza a frenar ni a
esquivarlo. Con un estruendo metálico, el Blazer se estampa contra la roca.
Y se queda quieto.
Nosotros seguimos por el camino de carros durante algunos kilómetros hasta
incorporarnos a un camino asfaltado que nos conduce de vuelta a la carretera.
Cuando estamos acercándonos a la universidad nos llama la policía para
preguntarnos dónde estamos.
Que no nos hayan encontrado a nosotros es comprensible.
Que tampoco hayan encontrado el Blazer resulta misterioso.
6
TOMAMOS prestado un laboratorio libre en el Instituto Árni Magnússon. Un
conservador del museo, amigo de Thrainn, nos ayuda a abrir el cofre.
Envuelta en algodón y cubierta con lienzo, hay una caja de madera dura. Seis
gruesos rollos de pergamino, atados con cordones de cuero, están protegidos por
varias capas de suaves telas.
Con infinita delicadeza abrimos el primer rollo de pergamino. Es asombroso lo
bien conservado que está. Las pieles están cubiertas por dos columnas de pequeños
caracteres simétricos. Intento leerlos, pero los signos son incomprensibles, aunque
vagamente reconocibles. Thrainn recorre con la mirada las páginas compactamente
escritas. Cada una de las dos columnas está escrita en un idioma diferente. La columna
de la izquierda parece escrita en copto, la lengua que se hablaba y escribía en Egipto
en el período comprendido entre el año 200 y el siglo XII. La lengua de la columna de
la derecha puede recordar al hebreo.
Thrainn palpa uno de los pergaminos con las yemas de los dedos, lo huele y
estudia los caracteres.
—Yo diría que la piel tiene mil años de antigüedad, siglo arriba siglo abajo.
Vuelve a enrollar el documento y lo coloca de nuevo en la caja. Bajamos el cofre
por las escaleras de caracol que conducen al sótano, donde se almacenan los
manuscritos más antiguos y valiosos, en una cámara acorazada a temperatura y
humedad constante. Tras una gruesa puerta de acero, se halla reunida la historia
escrita de los países nórdicos, colocada en estanterías de varios metros de altura,
bellamente envueltos en papel y colocados en cajas de cartón chatas.
En la sólida cámara acorazada del Instituto Árni Magnússon, escondemos el cofre
con los pergaminos de Thingvellir.
7
ACABA siendo un día largo. La policía. Los periodistas. Los investigadores. Todos
quieren escuchar la historia una y otra vez.
Cuando voy montado en el taxi de regreso al Hotel Leifur Eiríksson, me llama el
comisario de Borgarnes.
Acaban de ser informados de que han entrado por la fuerza en el apartamento para
investigadores de la Casa de Snorre. Probablemente entraran ayer, justo después de
que me mudara a la ciudad. Añade:
—He hablado con la policía de Reikiavik. Teniendo en cuenta todo lo que ha
sucedido, esta noche enviaremos un coche patrulla a tu hotel. Para quedarnos
tranquilos.
El taxi se detiene ante el hotel. Pago. Pienso que ese: «Para quedarnos tranquilos»
tiene una resonancia inquietante.
EL CÓDIGO DE LAS RUNAS
1
ME GUSTAN los hoteles, siempre te sientes bienvenido. Formas parte de una
comunidad que nunca te agobia con intimidades no deseadas. Cuando sales, viene
alguien a hacerte la cama y a recoger, sin echarte la bronca. Cuando regresas, cansado
y con sueño, está todo limpio, bonito y ordenado.
Con una sonrisilla en la boca abro la puerta y entro en la habitación 206.
Son dos.
Árabes.
Uno de ellos es grande y musculoso. Seguro que pesa más de cien kilos. Por ojos
tiene dos agujeros negros. Lo reconozco. Es la montaña de la fotografía MMS del
clérigo Magnus. Se ha afeitado la cabeza, pero conserva un recio bigote. Tiene las
mejillas y la barbilla picoteadas por una barba de varios días.
El otro es bajo, pero compacto y fuerte, como un muelle en tensión, y tiene una
expresión acobardada, como si desde la infancia llevara una piedra en el zapato.
Ambos llevan trajes azul marino recién planchados.
Y ambos se encuentran en mi habitación del hotel.
El pequeño aguarda al otro lado de la puerta abierta, apenas a un metro de
distancia. El grande está sentado en la silla junto a la ventana.
Me quedo paralizado. Me ha atravesado una flecha de miedo y me tiene clavado a
la pared. Un par de cosas me impiden girar de un salto, salir al pasillo y abalanzarme
escaleras abajo. Una de ellas son mis rodillas: me tiemblan tanto que me balanceo. La
otra es la pistola con la que me apunta el más pequeño.
Gracias a mis gafas de fondo de botella y a la fascinación por las armas de fuego
que sentí en la infancia, soy capaz de reconocer una Glock.
—Please! —digo con un hilo de voz.
El pequeñajo cierra la puerta.
Percibo un vago aroma a loción de afeitar y puro.
—Buenas noches, señor Beltø —dice en inglés el menor de los árabes. Su voz es
seca como el viento del desierto.
Mi corazón late con tanta fuerza y rapidez que me silban los oídos, y tengo
dificultades para respirar.
Me indica por señas que entre en la habitación y yo avanzo obediente unos pocos
pasos.
—¿Qué queréis? —Una triste y malograda tentativa de tomar el control de la
situación. Mi voz vibra tan fuertemente que da la impresión de que estoy llorando.
El mayor de ellos se pasa la mano por la cara. Tiene la piel áspera; debe de haber
pasado demasiadas tormentas de arena bajo cielo abierto. La nariz arroja una gran
sombra.
—¿Dónde están?
—What? —pruebo; tengo la boca tan seca que la lengua se me pega al paladar.
El más pequeño agita la pistola y eleva la voz:
—Where are the scrolls?
Scrolls. Rollos de pergamino.
Por un momento considero la posibilidad de hacer como si no supiera de qué
están hablando, pero sólo por un momento. La certeza sobre lo que son capaces de
hacerme me ha transformado en una lastimosa hoja de álamo, en un miserable bicho
asustado.
—¡Yo no los tengo!
Me tiembla la voz, me tiemblan las manos, me tiemblan las rodillas.
El hombre de la silla se levanta. Es más grande de lo que había imaginado, un
monolito de músculos. Me indica que me aproxime y, cuando estoy lo suficientemente
cerca, me coge por la camisa y tira de mí hacia él. Siento el hedor de su aliento: debe
de haber tomado algo crudo y sanguinolento para comer. Veo los poros de su piel y el
pozo sin fondo de sus ojos.
Me agarra por la mano izquierda y dobla mi meñique duramente hacia atrás.
—¿Dónde están los rollos?
Jadeo estrepitosamente. La montaña de músculos me mira a los ojos sin expresión
alguna y dobla el dedo aún más hacia atrás.
A estas alturas estoy listo para admitir prácticamente cualquier cosa: dónde se
encuentran los manuscritos, que lidero un culto satánico que sacrifica a niños, que soy
miembro de apoyo de Al-Qaeda o que soy agente doble de la CIA, el FSB, el MI5 o el
Mossad. Pero siento tanto dolor que no soy capaz de pensar ni de hablar.
—Where are the scrolls?
Creo que no soy especialmente frágil. Con un estremecimiento oigo cómo se me
quiebra el meñique. Se rompe con un ruido seco y chasqueante, como cuando pisas
una rama seca en el bosque. Grito. Una lengua de fuego se dispara desde el dedo y
asciende hasta la cabeza.
Me suelta y yo me agarro la mano izquierda y gimoteo; tengo todo el brazo en
llamas.
—Siento lo que le pasó al clérigo —dice el hombre de la pistola—. Pero no
dudaremos en… —Me mira de soslayo como para asegurarse de que lo estoy
siguiendo y prosigue—: En mutilarte o matarte. ¡Queremos los rollos escritos!
El hombre de los músculos me rodea el cuello con su garra de oso. Mi nuez sube y
baja raspando su dedo índice. A pesar de que no me está apretando, me entran ganas
de vomitar y me falta el aire.
Si esto fuera una película, habría cogido impulso y saltado por la ventana,
atravesando el cristal. La gente hace lo que sea con tal de evitar el peligro de muerte.
Pero yo siempre he sido un gallina, nunca me he llevado bien con las alturas y en
cuanto a los cristales rotos… Hay algo en eso de cortarse hasta sangrar y fracturarse
brazos y piernas que me cuesta aceptar.
No tengo la intención de sacrificar mi vida por los rollos de Thingvellir, pero,
justo en el momento en que estoy a punto de revelar que los rollos se encuentran en la
cámara acorazada del Instituto Árni Magnússon, mi mirada recae en la calle.
Un coche de policía se detiene ante el hotel.
Algo en mis ojos debe de haber expresado un rayo de esperanza. El árabe grande
se vuelve y mira por la ventana. Sus manos sueltan mi cuello. Trago aire a
borbotones. Su compañero se acerca a la ventana. El pequeño dice algo que suena
como mokahabarat y el grande responde: «Shorta».
Abajo, en la calle, dos agentes se bajan del coche de patrulla. Parecen tener todo el
tiempo del mundo.
Los árabes me miran como dos hienas despojadas de su cadáver.
Yo gimo.
Con raudos movimientos amarran mis muñecas a la cabecera de la cama y me
sellan la boca con cinta adhesiva.
Luego desaparecen.
2
CUANDO los agentes por fin perciben mis quejidos medio ahogados y entran corriendo
en el hotel, hace ya rato que los árabes han bajado al patio por las escaleras de
emergencia y se han escabullido por alguna de las tranquilas calles de detrás del hotel.
Estoy mareado. Los policías me quitan la cinta adhesiva y me ayudan a subirme a
la cama. Ni el dolor ni el miedo que siento se corresponden con algo tan ridículamente
banal como que te rompan un meñique, pero para mí es más que suficiente.
La policía pide refuerzos y, desde la cama, oigo cómo los coches de policía y las
ambulancias se detienen en la calle. Al poco, los agentes y los detectives pululan por
el hotel. Un joven médico de turno con un frío estetoscopio escucha mi corazón, que
late a toda velocidad. Coloca mi meñique lastimado en una estructura metálica que
amarra con celo y me da un cabestrillo y pastillas contra el dolor. Una enfermera me
acaricia la mejilla para consolarme y los detectives me interrogan. Señalo al mayor de
los árabes de la fotografía MMS y sugiero que el pequeño puede ser una de las
personas que aparecen más difuminadas al fondo, y ellos lo anotan en sus cuadernos
de espiral con una naturalidad que haría pensar que Islandia recibe regularmente
visitas de árabes violentos que se dedican a saquear el país para llevarse sus tesoros
culturales y a romperles el meñique a inocentes investigadores.
Al cabo de algunas horas les he contado todo lo que sé y la ambulancia ha
regresado al hospital sin mí.
Dos agentes de policía permanecen en el hotel, uno, delante de la puerta y el otro,
en la recepción.
Toda la noche duermo intranquilo. El universo ha colapsado en un punto singular
de dolor: mi meñique.
3
—¿BJØRN Beltø?
La mujer que espera en la puerta sostiene un sobre contra su pecho mientras su
mirada inquieta se posa alternativamente sobre mí y el agente de policía.
Acabo de desayunar abajo, con escolta policial.
—Mi marido y yo somos amigos del clérigo Magnus —continúa la mujer en ese
danés que suena a noruego. Luego añade—: Éramos. Formamos parte del consejo de
la parroquia de Reikholt y mi marido canta en el coro. ¿Puedo entrar?
No parece especialmente peligrosa, a pesar de lo cual el policía la mira de los pies
a la cabeza con su mirada de rayos X.
—Mi marido me está esperando en el coche —dice una vez la han dejado pasar en
cuanto cierro la puerta.
No parece acostumbrada a estar en la habitación de hotel de un hombre
desconocido, porque se queda de pie en medio de la habitación, con el sobre pegado
al pecho.
—El día que murió el clérigo Magnus…
—¿Sí?
—Pasó a vernos esa misma mañana. Dijo que si le pasaba algo, debíamos
entregarte esto. —Me tiende un sobre que está sellado con varias capas de celo—. No
debíamos acudir a la policía, sino asegurarnos de que lo recibieras tú.
—Gracias.
—Hemos estado intentando contactar contigo.
—Lo siento. He estado ocupado.
—Lo hemos oído en la radio. ¿Habéis encontrado una gruta en Thingvellir?
Ladea la cabeza como si esperara que le diera una explicación.
—Muchas gracias. El clérigo Magnus les estaría muy agradecido.
Como permanezco en silencio, ella se estremece y repite que su marido la está
esperando en el coche. Vuelvo a darle las gracias y se va.
4
ABRO el sobre de un tirón y saco la hoja de papel.
«Perdóname, clérigo Magnus, pero no lo puedo evitar»: me echo a reír. Fue él
mismo, hasta el momento de su muerte.
El texto tiene tres líneas.
Escritas en runas.
A primera vista el texto parece completamente incomprensible. Ciertamente sé leer
runas, pero tras mirarlo por segunda y tercera vez el texto sigue sin tener sentido.
En la parte alta de la hoja pone:
G88C3
Me quedo largo rato mirando el texto, intentando encontrarle algún sentido, pero
incluso cuando procedo deletreándolo carácter por carácter, me resulta ilegible.
El mensaje rúnico está cifrado.
Debía de temerse que iba a pasar algo. El miedo a lo que pudieran hacer le empujó
a depositar el mensaje en casa de unos amigos en los que podía confiar. La
constatación me produce escalofríos. El clérigo Magnus entendió que su vida corría
peligro.
¿Qué es lo que sabía y nunca reveló?
Al leer el texto, intuyo un patrón que no acaba de alcanzar la superficie. Tiene que
haber corrido los caracteres conforme al método César, pero ¿cuántos puestos? Y ¿en
qué dirección?
Desde la habitación del hotel llamo a mi pequeño genio de los códigos y le dicto el
texto rúnico.
—G88C3 —murmura Terje Lønn Erichsen—. Tiene que ser la clave del código.
Una ráfaga de reconocimiento me traspasa.
—¡G88! La denominación oficial de la piedra de Kylver —exclamo. Hallaron la
piedra de Kylver en una tumba junto a la granja Kylver, en Gotland, en 1903; una losa
de piedra calcárea que contenía el futhark antiguo, la serie temprana de las runas.
Transcribimos el valor fonético de las runas y sacamos el siguiente texto
incomprensible:
iii.ndgëo.hêd
rëtwpgdt: uëp dêb
sgëëiêwu: dëp oëutpëhgs
—Nos estamos acercando —dice Terje—. No se trata de un código especialmente
avanzado. C-3. ¿Puede ser tan fácil como un César 3?
Puede… Utilizando la regla César 3, llegamos al siguiente texto:
www.gmail.com
Username: din mor (tu madre)
Password: min lidenskap (mi pasión)
Shit happens.
¡Suerte, Bjørn! Estoy contigo.
No me juzgues con demasiada dureza.
Tu amigo, Magnus.
5
PERMANEZCO algunos días más en Islandia.
Dos agentes de uniforme me acompañan a todas partes y, con su mera presencia,
me impiden hacer todo lo que en realidad debería hacer.
Thrainn y yo somos entrevistados por los periódicos y los canales de televisión
sobre el hallazgo de la gruta y el cofre de plata con los manuscritos a los que todos se
refieren como los rollos de Thingvellir. Los nombres no son casuales. En 1947, un
pastor encontró en Qumrán, junto al mar Muerto, unos rollos de papiro en una gruta
del desierto. Durante los siguientes diez años, los pastores, los beduinos y los
arqueólogos encontraron nada menos que ochocientos cincuenta rollos con textos
bíblicos judíos antiguos. Los manuscritos pasaron a la historia como los Rollos del
mar Muerto.
He reenviado a Thrainn una copia electrónica del códice de Snorre. Por si acaso,
le ruego que no comente que tenemos una copia. Ni siquiera con la policía. Nunca se
sabe.
Los rollos de Thingvellir están seguros en la contundente cámara acorazada del
sótano del instituto. Ni con dinamita, Semtex o un soplete de corte conseguirían los
árabes romper la puerta de acero.
Thrainn recluta a tres especialistas —dos lingüistas y un historiador— para
traducir el texto.
Por mi parte decido volver a Noruega. La policía no presenta objeciones: les da
igual. Me llevan al aeropuerto a primerísima hora de la mañana y velan porque
embarque sin problemas.
No les veo agitando la mano en señal de despedida cuando despega el avión, pero
me imagino que lo hacen y que luego suspiran aliviados de haberse librado de mí.
EL PENTAGRAMA
Noruega
1
ALGUIEN ha estado en mi apartamento.
Vivo en un bloque de pisos en Grefsen, en un apartamento de dos dormitorios.
Demasiado espacio para un ermitaño como yo, pero las vistas sobre Oslo son
impresionantes.
Para mí un hogar es algo inviolable. Cuando cerramos la puerta detrás de
nosotros, es para dejar el mundo al otro lado; los problemas laborales, los compañeros
de trabajo agobiantes, las mujeres pegajosas, los asesinos sin escrúpulos.
Por eso me quedo de pie, con los pies como plomo, sobre la alfombrilla ante la
puerta de la entrada. Saco con cuidado la llave de la cerradura, cierro la puerta a mis
espaldas y dejo la maleta sobre la alfombra anudada a mano que compré en un bazar
de Estambul.
La puerta que conduce al despacho está entornada y recuerdo haberla cerrado
antes de salir para Islandia. Siempre cierro todas las puertas antes de dejar el piso, por
si surgiera un incendio o se rompiera una cañería.
Contengo la respiración. ¿Siguen aquí?
Mi mirada recorre la entrada.
En algún lugar del edificio suena una puerta. Doy un respingo. «¡Contrólate,
Bjørn!». Por supuesto que no están aquí, están en Islandia. No pueden estar aquí y en
Islandia al mismo tiempo.
Veo ante mí la mirada muerta del clérigo Magnus y a los dos árabes de la
habitación del hotel de Reikiavik.
El silencio se acrecienta. ¿Qué puedo hacer? ¿Huir? ¿Quedarme quieto? ¿Llamar a
la policía? Me preguntarán si hay ladrones en mi casa. «No lo sé», les responderé.
«¿Está forzada la puerta?», preguntarán. «No —responderé—, simplemente tengo una
intuición en el alma». Entonces el operador del 112 suspirará y me pedirá que llame a
la policía si encuentro señales de que han entrado por la fuerza, por no decir si me han
robado algo.
Empujo la puerta del despacho.
Esperaba encontrar un cuarto patas arriba, pero está todo en perfecto orden,
exactamente como lo dejé.
Casi.
El lado izquierdo del teclado del ordenador está corrido un centímetro o dos hacia
el interior del escritorio: yo siempre lo dejo paralelo al borde de la mesa.
El salón está ordenado, pero han colocado La campana de Islandia de Laxness a la
derecha y no a la izquierda del Lolita de Nabokov. En la colección de CD de Pink
Floyd han puesto equivocadamente Wish You Where Here junto a Ummagumma. El
crucigrama que dejé sobre la mesita de cristal del rincón de entre los dos sofás —
donde el seis vertical sigue sin resolver— está boca arriba y no al revés, y el bolígrafo
de los crucigramas está atravesado y no en un ángulo recto.
Han estado en el dormitorio, en la cocina y en el vestidor repleto. No sé si
encontrarían lo que andaban buscando, ni siquiera sé lo que estaban buscando.
Una vez vaciada la maleta y puesta la lavadora, cojo una lata de cerveza de la
nevera y me apoltrono en el sofá.
El teléfono suena antes de que me de tiempo a abrir la lata. Thrainn. Dice que han
entrado por la fuerza en su casa y en el instituto. Por suerte no encontraron nada, ni
siquiera han intentado abrir la cámara acorazada.
Le pido que se ponga en contacto con la policía y digo que lo mejor es que no
hablemos más, por si la línea está intervenida.
Me lleva un buen rato conseguir abrir la lata de cerveza. Me muerdo las uñas, así
que me cuesta meter la punta del dedo bajo la anilla de aluminio. Cada uno tiene lo
suyo.
Me llevo la lata a la boca con la mano temblorosa y bebo.
No soy ningún héroe, pero soy obstinado. Y pienso: «Joder, ya he tenido
bastante».
Llamo a la policía. Probablemente no se creen una sola palabra de lo que les digo,
pero me pasan con el agente de guardia. Tartamudeando cuento todo lo que ha pasado
en Islandia: hablo del clérigo Magnus, de los árabes y de los hallazgos arqueológicos.
Les cuento que creo que alguien ha entrado en mi apartamento. Y, al escucharme a mí
mismo, me los imagino señalando la casilla de «caso psiquiátrico».
Entonces el agente de policía dice algo sorprendente:
—¡Caramba!
Quizás haya oído hablar de mí. Tal vez le han impresionado mi título y todas las
referencias a Snorre. Incluso la policía puede anhelar algo de aventura y dramatismo
en el día a día.
—Mandamos a un hombre —dice resuelto.
2
EL HOMBRE al que mandan es rechoncha, lleva falda y un jersey ajustado que no
oculta precisamente el peso de los pechos.
Al principio la tomo por vendedora ambulante, pero luego descubro que dice
POLICÍA en el carnet que lleva colgado al cuello.
Se llama Ragnhild y es inspectora de policía. Tengo preparada agua hirviendo para
hacer un café instantáneo y nos sentamos en el salón. Le cuento todo lo que ha pasado
en Islandia y las razones por las que creo que han entrado en mi casa. Ella ni se ríe ni
arquea las cejas. Cuando termino comprueba los marcos de las ventanas y las
cerraduras, aunque yo le digo que son tan profesionales que no precisan forzar las
puertas. Uno por uno le muestro todos los indicios: el teclado del ordenador, los
libros, los CD, el crucigrama y el bolígrafo. Sonríe enigmáticamente y dice que no
cabe duda de que soy un caballero muy observador.
Un poco más tarde llegan dos técnicos de la policía que deambulan por el piso con
sus cepillos y unas bolsitas de plástico en las que tienen que reunir las pruebas.
La policía se queda un par de horas, pero no encuentran ninguna pista. Cuando
los técnicos se van y Ragnhild se levanta para despedirse, nos encontramos
exactamente en el mismo punto donde habíamos empezado.
—Como comprenderás, con esto no tenemos fundamento suficiente como para
asignarte una escolta policial —dice—. Pero… cuídate. —Me tiende una tarjeta de
visita con un montón de teléfonos. Con un bolígrafo escribe aún otro número de
móvil—: Mi número privado. Por si… Bueno, ya sabes.
Cuando Ragnhild se va, echo los cerrojos, tanto el general como el de seguridad.
Tomo un trago de la cerveza que había abierto. Ya no tiene gas y está caliente.
Suena el teléfono. Esta vez nadie dice nada, pero oigo una respiración. Cuelgan.
Alguien está comprobando si estoy en casa.
Reúno en una bolsa la ropa imprescindible y los artículos de aseo, y bajo
corriendo al coche. Hay quienes se lo pensarían mucho en llamar coche al «Bola».
Nunca he tenido la necesidad de engalanarme con coches elegantes. El Bola es un
Citroen 2CV, un dos caballos, una lata con el motor de una máquina de coser. Llena
de alma y encanto y gasolina sintética.
A bordo del Bola huyo de Oslo. Nadie me sigue. Menos mal, porque no avanzo
muy rápido. Pero probablemente me tienen controlado. Saben donde estoy. Yo no los
veo, pero seguro que ellos me ven a mí.
3
EL JEFE del instituto de la universidad, el catedrático Trygve Arntzen, es un idiota
insoportable. Lo sé con certeza. Durante veinticinco años fue mi padrastro.
Al morir mi madre, se rompieron todos nuestros frágiles lazos de cortesía forzada
y tolerancia simulada.
El catedrático se hizo cargo de mi madre cuando mi padre se despeñó desde un
saliente en la montaña al que el catedrático se había empeñado en que subiera. Yo
tenía doce años. Si no otra cosa, al menos aprendí que la vida corre peligro cuando se
desafía la fuerza de la gravedad. Hace algunos años descubrí que mi padre había
intentado quitarle la vida al catedrático, porque este estaba liado con mi madre. Pero
finalmente fue mi padre la víctima del mosquetón de escalada. Como dijo el clérigo
Magnus: «Shit happens».
Conozco bien las peculiaridades del catedrático, así que sé que llega pronto al
trabajo. Dice que consigue hacer un montón de cosas antes de que se despierte el resto
del mundo. Yo he pasado la noche en el coche, en un aparcamiento, debajo de una
cámara de vigilancia.
El catedrático está en el despacho cuando llamo a la puerta. Por la expresión que
adquiere su rostro al verme, cualquiera diría que alguien le ha exprimido un limón en
la boca.
—¿Bjørn? Creía que estabas en Islandia.
—Exacto, estaba.
Por cumplir, le cuento los puntos álgidos del viaje, de los que ya está
perfectamente enterado. Callo sobre todo lo que pueda sonar a transgresión de las
formalidades, porque el catedrático Arntzen es un obsesivo-compulsivo de las reglas
de cuidado, pero consigo intrigarlo lo suficiente como para que, por ahora, me
permita seguir trabajando en el «proyecto». Me contempla con una mirada llena de
fibra y me pide que le mantenga informado para saber cómo voy con el trabajo.
Sí, seguro.
4
CICERÓN dijo que la soledad no es una carga para quien está consagrado a sus
estudios. Yo siempre estoy consagrado a mis estudios, pero eso no significa que mis
anhelos sean más fáciles de llevar. Simplemente resultan más fáciles de reprimir.
He cerrado la puerta del diminuto despacho que tengo en la universidad. Estoy
sentado a mi mesa, empotrada entre los archivadores repletos y las estanterías
colmadas de sabiduría. Hago rodar un lápiz entre los dedos y miro alternativamente
por la ventana y a la pantalla del ordenador. Me cuesta entender lo que sabía el clérigo
Magnus, y lo que entendía, y por qué les tenía miedo a los supuestos investigadores.
¿Sabía que no representaban al Instituto Schimmer? ¿Con quién había hablado? ¿Qué
le empujó a escanear el códice de Snorre, página a página, y luego prepararme un
código de runas para conducirme hasta él?
He impreso una copia del códice en papel de alta calidad. Es evidente que en las
regulares líneas de runas y letras latinas, símbolos y mapas, se ocultan nuevas pistas y
mensajes. Partes del texto están cifradas, pero muchos párrafos son legibles.
¿Qué secreto llevó a Snorre a dejar escrito un texto a mano para la posteridad?
Las tres primeras páginas están escritas en runas, sobre un papel más oscuro y más
antiguo que el resto. Las runas eran los signos de escritura de los germanos y se
extendieron y desarrollaron por todo el Norte de Europa durante el primer milenio
después de Cristo. Con el cristianismo, las runas fueron sustituidas paulatinamente
por el alfabeto latino, pero, durante varios siglos, runas y letras se usaron codo con
codo.
Signo por signo, palabra por palabra, voy traduciendo las runas. Sale algo
intermedio entre una colección de normas, un conjuro y unas indicaciones. En
noruego moderno el texto rúnico comienza así:
Guárdate, lector
de las runas secretas.
Los tormentos del Duat,
del Hel y del Infierno aguardan
a quien descifre sin permiso
los enigmas de los signos.
Apártate de este pergamino
de los dioses.
Aún más extraño es el poema siguiente, que está escrito en runas, pero
evidentemente es una traducción del egipcio:
~ La clave ~
Los cortesanos de la casa real
acompañan hacia el Oeste
a Tut Ankh Amón,
rey de Osiris. Gritan:
¡Oh, rey! ¡Ven en paz!
¡Oh, Dios! ¡Protector del país!
¿La clave? Tras el texto rúnico siguen algunas páginas que, doscientos años más
tarde, el propio Snorre ha rellenado con letras latinas, mapas y dibujos. Partes del
texto están cifradas, pero otras son legibles:
De:
Enviado:
Para: [email protected]
Copia:
Asunto: Bjørn Beltø, ¡lee esto!
5
A ÚLTIMA hora de la tarde, salgo del despacho y cierro la puerta con llave. Estoy
inquieto. He metido la copia del documento de Snorre en una bolsa de plástico
transparente que llevo escondida bajo la camisa. El plástico se me pega al pecho.
Me apresuro a recorrer el largo pasillo, bajar las escaleras que conducen al sótano
y salir a la luz por la parte trasera del Instituto. Siento la luz del sol como agujas
incandescentes en los ojos. Me coloco los filtros solares sobre los cristales de las
gafas. El aire tiene el sabor del final del verano.
Cojo el metro en la parada de la universidad de Blindern hasta el centro y doy un
paseo hacia el garaje donde tengo aparcado el Bola.
Está sentado en unas escaleras junto a la entrada y simula leer el periódico, pero
vigila atentamente las puertas de cristal que se abren y cierran automáticamente.
Lo más preocupante es el gran número de entradas que tiene el aparcamiento. Si
se han puesto a vigilar una entrada, tienen que tener también vigilantes en las demás.
¿Cuántos serán?
Me escabullo tras la esquina y dejo al Bola en el puesto P2, solo y rodeado de
enemigos.
¿Quiénes serán? ¿Se habría puesto el clérigo Magnus en contacto con
coleccionistas ilegales? Hay extranjeros adinerados que pueden llegar muy lejos con
tal de hacerse con determinadas joyas fuera de los canales formales de venta. Pero
¿llegar a matar? ¿Por un viejo pergamino?
O… ¿por la información que oculta el texto?
Cojo el tranvía hasta Skillebekk y me escondo en un portal de un callejón.
Terje Lønn Erichsen llega al cabo de media hora larga. En el bolso, el mismo que
ha tenido desde los tiempos de estudiante, lleva una fiambrera para la comida, un
termo y un ejemplar del diario Dagbladet que ha estado leyendo en el tranvía. Recorre
la calle tranquilamente, con un porte algo ladeado. Terje tiene los dientes pequeños y
las orejas grandes, una calva que se compensa con su larga melena rizada y una
imponente barba.
Al verme se detiene y sonríe.
—¡Bjørn! ¿Problemas de faldas?
Nosotros, los irónicos, hemos desarrollado un lenguaje tribal en el que incluso las
más burdas ofensas son bienintencionadas. Terje sabe perfectamente que yo, al igual
que él, hace varios años que no me acerco a una mujer.
Esa noche duermo en casa de Terje. Le resulta emocionante esconder a alguien
que está huyendo de misteriosos perseguidores.
No descarto que piense que me estoy imaginando cosas, pero no pasa nada. Es
mejor, tanto para él como para mí.
6
DESDE que era pequeño me he sentido atraído por las brujas.
Una dudosa atracción, ciertamente. Mis pulsiones nunca han seguido el camino
trazado por la razón. Al principio, cuando aún era bastante pequeño, las brujas me
aterrorizaban. Tenían grandes capas, largas narices y horrendas verrugas con pelos.
Cocían pestilentes brebajes en grandes cacerolas y volaban a través de la oscuridad
sobre los palos de sus escobas mientras se reían malvada y estridentemente. A medida
que fui creciendo y las hormonas, con bastante vacilación, fueron saliendo de su
caparazón, comprendí intuitivamente que las brujas también irradiaban una sutil
atracción erótica que hacía que me fallaran las rodillas.
Aunque seguían aterrorizándome.
Por eso me quedo de pie, pugnando por recuperar la respiración, ante la puerta de
Adelheid af Geierstam.
—¿Bjørn Beltø? —pregunta ladeando la cabeza.
Gradualmente la petrificación del embrujo se va pasando:
—¿Adelheid?
—¡Vamos, pasa!
Adelheid af Geierstam encaja perfectamente con el aspecto que yo imagino que ha
de tener una auténtica bruja wiccana. Es arrebatadora de un modo sensual y
moderado. Tiene los labios estrechos y brillantes, y los ojos de color azul hielo y
repletos de promesas veladas.
Vive en Lillehammer, en un desvencijado palacete cuya pintura blanca se está
desconchando y a cuyo alrededor se extiende un jardín lleno de perales olvidados,
arbustos de grosellas abandonados y pilas de composta que hace mucho que fueron
dejados a su suerte.
Me conduce a través del porche hasta la entrada, donde cuelgo mi abrigo. Me
pregunta si el viaje en tren ha ido bien. Cubierta de ondeantes vestimentas que casi
ocultan sus formas, se desliza delante de mí por un pasillo que conduce a un salón
donde la cabeza de un antílope asoma entre bongos, pieles de cebra tensadas,
máscaras de madera y atrapasueños trenzados con plumas de avestruz y garras de
león.
Adelheid me tiende una gran taza de cerámica con té de hierbas.
—Me alegra que hayas venido. ¡Ya era hora! ¡La ciencia establecida siempre ha
pecado de falta de comprensión por la geometría sagrada! Eres el primer catedrático
que me visita.
En vez de aclararle que sólo soy un pobre profesor adjunto que no representa
mucho más que a mí mismo, le doy un sorbo al té de hierbas, que sabe a extracto de
césped y arbustos moribundos.
Adelheid ha escrito cuatro controvertidos libros sobre la historia de la geometría
sagrada y su influencia sobre la ubicación de los monasterios, iglesias, tumbas y
castillos noruegos.
—Se pueden encontrar ejemplos de geometría sagrada por toda Noruega, pero
muchos científicos consideran que nuestro saber es mera superstición. —Tiene la voz
cálida. Cuando posa su mano sobre la mía, resuenan sus pulseras de cuentas de piedra
y su bisutería. El inesperado contacto de la piel no me deja indiferente.
Prosigue antes de que me de tiempo a plantear una pregunta:
—A lo largo de la costa noruega, desde Rogaland hasta Nordfjord, sesenta cruces
de piedra atestiguan la influencia celta sobre la cristianización de Noruega hasta el
siglo XI. ¿Acaso crees que la ubicación de esas cruces de piedra, algunas de las cuales
tienen varios metros de altura, es casual?
—Nunca he pensado en eso.
—Traza una línea desde el monasterio de Utstein, junto a Stavanger, hasta
Tønsberg, y luego hasta la catedral de Nidaros. ¿Es una casualidad que las líneas
formen una ángulo de noventa grados?
—Eh…
—¿Es una casualidad que la Orden del Císter fundara el monasterio de Lyse en
1146, el de Santa María (en la isla Hovedø ya del fiordo de Oslo) en 1147, el de
Munkeby (en Trondheim) en 1180 y el de Tautra (en el fiordo de Trondheim) en
1207?
—No creo.
—¿Es una casualidad que la distancia entre el monasterio agustiniano de Utstein y
Oslo sea la misma que la que separa el monasterio de Lyse de Oslo? ¿Es una
casualidad que haya exactamente la misma distancia (275 kilómetros) entre el
monasterio de Halsnøy (fundado por los agustinos en 1163) y la Casa de Tønsberg,
que entre esta y Utstein?
—Oh.
—Todos los antiguos lugares sagrados de Noruega se subordinan a una lógica
matemática que muestra que nuestros antepasados buscaron inspiración y saber en los
griegos y en los egipcios. ¿O es acaso una casualidad que la ubicación en los mapas
medievales de las ciudades sagradas de Bergen, Trondheim, Hamar y Tønsberg
formaran un pentagrama?
Me quedo frío. Helado. Todavía no le he contado gran cosa sobre por qué he
venido. Aun así, prevé una de las preguntas que he pensado plantearle.
—No quisiera asustarte ni resultar melodramático —le digo—, pero en Islandia
han matado a un párroco a causa de lo que ahora te voy a enseñar.
Coloco ante ella la copia del códice de Snorre.
—¿Son los rollos de Thingvellir?
—No, este es el texto que nos condujo hasta la gruta de Thingvellir. Snorre
redactó la última parte, la que está escrita con letras latinas. Probablemente las runas
se escribieran un par de siglos antes. Los mapas y los símbolos mágicos se dibujaron
entre 1050 y 1250.
Digerimos las palabras durante unos segundos.
Con solemnidad hojea el manuscrito y estudia los mapas y el uso de los símbolos.
—¡Ankh! ¡Pentagrama! ¡Pero si esto es fantástico!
Le hago un breve resumen del texto rúnico y explico que probablemente el texto y
los mapas oculten unas instrucciones.
—Aquí —digo mientras paso las páginas—, hay un mapa del sur de Noruega. A
pesar de no concordar completamente con la geografía actual, no concibo que alguien
fuera capaz de dibujar un mapa tan exacto varios siglos antes de que la geografía se
estableciera como ciencia.
—¿Has colocado el pentagrama sobre el mapa?
La miro a ella antes de mirar el mapa.
—El pentagrama y el mapa se copertenecen —dice—. Tienes que partir de los
lugares sagrados del momento. Bjørgvin. Nidaros. Hamar. Tønsberg.
Mientras habla dibuja un puntito junto a cada uno de los lugares del mapa. Traza
una línea desde Bergen a Trondheim. Otra desde Bergen a Hamar, donde Nicholas
Breakspear, el posterior papa Adriano IV, fundó un obispado hacia el año 1150. Otra
desde Trondheim hasta Tønsberg, la ciudad más antigua de Noruega y el centro de
poder de la Edad Media.
—Nos faltan dos líneas —dice—, y tendremos un pentagrama.
—Pero en el Noroeste no hay ningún centro religioso —digo señalando la
coordenada ausente, que al parecer debería estar en algún lugar junto a Stadlandet.
—No está tan claro. En esa zona hay varias grutas misteriosas. Como la gruta de
Dollstein. Un colega mío, el investigador Harald Sommerfeldt Boehlke, ha estudiado
la gruta y las leyendas sobre ella. La gruta se abre hacia el mar, a sesenta metros de
altura en la pared de la montaña al Oeste de Sandsøy, en Møre og Romsdal. Según los
mitos, el rey Arturo tenía una casa de campo en Sandsøy, y se supone que hay un
tesoro escondido en la gruta. Un túnel conduce hacia una gran sala. Hay cinco salas
como esa, o grutas, separadas por estrechos pasillos. Se ha medido la cueva y tiene
180 metros, pero antiguamente se creía que continuaba bajo el mar hasta Escocia. El
cruzado Ragnvald Orknøyjarl, duque de las islas Orcadas (que tomó el nombre del
hijo adoptivo de Olav el Santo, Ragnvald Bruseson) visitó la gruta en 1127 para
encontrar un tesoro que al parecer estaba escondido en la cueva.
Adelheid traza las dos últimas líneas. Como por arte de magia surge un
pentagrama del mapa de Noruega.
7
EN EL tren de vuelta a Oslo, descubro ocho llamadas perdidas y cuatro mensajes en el
contestador del móvil. Lo tengo puesto en silencio: no quiero acabar preso del
teléfono móvil.
Todas las llamadas provienen del mismo número: Ragnhild.
Cuando la llamo, oigo un suspiro de alivio.
—¡Bjørn! ¿Dónde te habías metido?
—¿Ha pasado algo?
—Tengo que hablar contigo. Inmediatamente. ¿Dónde estás? ¡Pasamos a
recogerte!
En la comisaría de Grønland, Ragnhild me espera con un gesto de preocupación
en la frente.
—Hemos identificado a uno de los árabes —dice, y me muestra una de las
fotografías de la cámara de vigilancia islandesa, mientras, con la uña del dedo índice,
señala al mayor de los hombres.
—Ese fue el que me partió el dedo.
—La Interpol tiene toda una biblioteca sobre él. Su nombre completo es Hassan
ibn Abi Hakim.
—Hassan…
Acerca un montón de fotografías de Hassan a mi lado del escritorio. En varias de
ellas lleva puesto un uniforme militar. En otras lleva trajes de lujo que evidentemente
le han tenido que hacer a medida para que se amoldasen a su enorme cuerpo.
En una fotografía en blanco y negro posa sonriendo orgulloso ante una tumba
colectiva.
—Iraquí.
Ragnhild me tiende una traducción de un informe de la Interpol.
—Esto es un denominado I-24/7 de la «Interpol Criminal Data Access
Management System».
** I N T E R P O L **
** Radiograma interno **
Desde 1985 hasta 2003, Hassan ibn Abi Hakim fue oficial del ejército de
Saddam Hussein, primero en la Guardia Republicana, y desde 1992 en la
unidad especial de Saddam The Iraqi Special Republican Guard.
El sujeto estaba especializado en operaciones sucias, y dirigió una serie
de ellas.
En el período entre 1986 y 1989 estuvo implicado en la campaña de Al
Anfal en Irak. Se atacaron varios miles de pueblos kurdos y cientos de miles
de kurdos fueron masacrados, entre otros modos, con armas químicas.
El sujeto era uno de los oficiales al mando cuando se atacó Halabja y
cerca de 5000 personas murieron víctimas de lesiones químicas.
Según la CIA el sujeto fue uno de los oficiales centrales en la campaña de
Al Anfal.
El MI5 calcula que acabó personalmente con la vida de entre 3000 y
4000 personas durante el período en que fue oficial de la Guardia
Republicana.
Desde 2003 el sujeto se ha ganado la vida como «consejero militar
autónomo», con base en Abu Dhabi. En la práctica se sospecha que actúa
como mercenario o asesino a sueldo.
Según el servicio de inteligencia francesa, la Direction Générale de la
Sécurité Extérieure, desde 2006 el sujeto trabaja exclusivamente para una
persona no identificada de Arabia Saudí.
El servicio de inteligencia israelí, Ha-Mossad le-Modiin ule-Tafkidim
Mayuhadim (Mossad), a pesar de haberse infiltrado en la organización en
repetidas ocasiones, no ha conseguido confirmar la identidad de la persona
que lo contrata, pero tal vez se trate del jeque Ibrahim al-Jamil ibn Zakiyi
ibn Abdulaziz al-Filastini.
—Pues nada, al menos sabemos quién es —digo. Tengo la costumbre de ocultar el
miedo con una capa de indiferencia fingida. La información que he recibido me
aterroriza, pero no se me pasa por la cabeza capitular. Al contrario, dentro de mí crece
la rebelde necesidad de derrotarlos, de derrotar lo invencible, de derrotar a un
verdugo llamado Hassan. Soy lo suficientemente testarudo como para hacerlo. Un
hombre sensato ya se habría rendido. Pero ¿yo? Qué va. En el fondo de mí se aloja un
enjuto desgraciado completamente empecinado en encontrar respuestas, alguien que
no dudaría en desmontar un reloj con tal de solucionar el enigma del tiempo. Si cabe,
tengo aún más curiosidad y testarudez que miedo. Rendirse ahora sería una
humillación a la memoria del clérigo Magnus.
La mirada de Ragnhild me hace pensar en la de mi madre, tal y como la recuerdo
de la infancia.
—Querido Bjørn, ten cuidado —dice.
La policía me pertrecha con una alarma antiviolencia.
Durante algunos días voy a tener un guardaespaldas completamente a mi
disposición, un agente de policía con un auricular en el oído, gafas de sol y la mirada
atenta a los asesinos que puedan ocultarse entre los arbustos.
Además, me devuelven mi ordenador. Los programas que consiguieron instalar
Hassan y sus hombres se han borrado a sí mismos de manera igualmente inexplicable,
o al menos se han vuelto invisibles entre los demás programas. Lo único que han
conseguido descubrir es un dialer con conexión a un servidor proxy caribeño, que a
su vez se comunica con un servidor en Abu Dhabi.
8
EN LA universidad intercambio despacho con un compañero que está de vacaciones.
El guardaespaldas está sentado en una silla en el pasillo, leyendo el diario VG y
aburriéndose soberanamente mientras espera a las reminiscencias de la Guardia
Republicana.
Por mi parte, llamo a Thrainn en Islandia.
Percibo en su voz que algo le preocupa. Cuando admite que se siente vigilado,
emplea palabras que no lo dejen demasiado mal parado. Alguien lo está siguiendo;
hojea sus papeles cuando sale a hacer un recado y merodea por su casa cuando está
fuera. Lo dice con una risa que deja claro lo que se teme que piense yo de él.
Le hablo de Hassan, del agente de policía que me vigila sentado en el pasillo y de
todo lo que ha pasado desde que volví a Noruega. Luego le pido que llame a la policía
para exponerles la seriedad de la situación.
—Van por nosotros, Thrainn —le digo.
Da la impresión de que está intentando tragarse un huevo.
—Intento aferrarme a la esperanza de que sean todo imaginaciones nuestras.
—¿Están los rollos de Thingvellir a buen recaudo?
—Sí. Los hemos trasladado a…
—¡Espera! No digas nada.
—Pero…
—Puede que el teléfono esté intervenido.
Se queda callado, mucho tiempo.
Al final acordamos que lo llame a la línea de uno de sus colegas, desde otro
teléfono.
En la línea segura, Thrainn me cuenta que los investigadores del Instituto Árni
Magnússon se han llevado los rollos a un laboratorio con ocasión de una exposición
de manuscritos en la Casa de la Cultura del centro de Reikiavik, y allí simulan estar
restaurando una copia del siglo XV del Libro de Flatey: el Codex Flatöiensis.
Al mismo tiempo, con la voz vibrante de autocomplacencia, Thrainn revela que ha
puesto en marcha una operación de camuflaje: cuatro estudiantes de doctorado,
sometidos a exageradas medidas de confidencialidad, están trabajando en el Instituto
Árni Magnússon con una copia del siglo XVIII del Heimskringla con el objetivo de que
los bandidos piensen que lo que están analizando son los rollos de Thingvellir.
—¿Han descubierto ya algo tus investigadores? —pregunto.
—Da la impresión de que es una copia de la Biblia.
—¿Qué quieres decir con «da la impresión»?
—Bueno. —Se toma su tiempo—. El idioma de una de las columnas es copto. La
otra columna está escrita en una forma antigua de hebreo que se suele conocer como
hebreo clásico o bíblico. La traducción al copto aparece contigua al texto original en
hebreo. La Biblia hebrea, el Tanaj, y el Antiguo Testamento están escritos en esta
lengua, que no es sustancialmente diferente del hebreo moderno, aunque la gramática
es un poco diferente y el estilo del idioma es más arcaico.
—Pero ¿realmente se trata de una copia de la Biblia?
—Los traductores están confusos. Tiene que tratarse de una versión manuscrita
alternativa. Partes del texto son una copia del Pentateuco, los cinco libros de la Biblia
atribuidos a Moisés, pero otras zonas resultan desconocidas. Aún no hemos avanzado
mucho con la traducción, aunque hemos hecho algunas traducciones de prueba de
diversos lugares del documento.
—¿Y bien?
—Para serte franco, no sé qué pensar. Quizá no sea más que una tontería, una
broma. Tal vez algún monje o escribiente algo escéptico y bromista se entretuviera
reescribiendo la Biblia… Y aunque resultara que el texto es una traducción
aproximada del Pentateuco, no sé qué deberíamos hacer con ella.
—¿Por qué?
—Si la copia hubiera sido mil años más antigua, tendríamos en nuestras manos un
acontecimiento mundial. La Septuaginta, la traducción precristiana del Antiguo
Testamento, se escribió en Alejandría, Egipto, entre los siglos tercero y primero antes
de Cristo. El Codex Vaticanus, uno de los manuscritos bíblicos más antiguos que se
conservan en el mundo, es del siglo cuarto después de Cristo. La versión de la Biblia
del Codex Sinaiticus se copió entre el año 330 y el 350. La Vulgata, la primera
traducción al latín de la Biblia autorizada por la Iglesia católica romana, se escribió en
torno al año 400. Los rollos de Thingvellir, Bjørn, se escribieron en tiempos de los
vikingos. Y, aunque una copia de la Biblia del siglo XI ciertamente tenga interés
académico, tampoco lo tiene mucho más allá de eso. Es una de esas cosas a las que
alguien como tú o como yo puede dedicar varios años de investigación, pero recuerda
que no es más que una copia de algo que tenía ya mil años de antigüedad en el
momento en que se copió. Algo emocionante para los científicos, desde luego, pero
no mucho más. —Hace una breve pausa—. Y eso hace aún más inexplicable que
Snorre la ocultara en una gruta en Thingvellir.
—¿Así que la cuestión es a partir de qué texto original se hizo esta copia?
—Cosa que no sabremos nunca.
Le hablo sobre mi visita a Adelheid. Nos embarcamos en una breve conversación
sobre la geometría sagrada y la argumentación nos conduce a Egipto, a la ciencia
antigua y a la pseudociencia mitológica que tenían. Las líneas de conexión no
contribuyen a disminuir nuestra confusión. ¿Qué tendrá Egipto que ver con la historia
noruega de los vikingos o con Snorre? Cuando pienso en Egipto, me imagino a
Cleopatra a la sombra de las pirámides. Pero cuando Cleopatra se introdujo
seductoramente en la historia, las pirámides de Giza tenían ya 2500 años de antigüedad
y Egipto era una gran potencia agonizante. Los egipcios organizaron su estado hace ya
5000 años y, durante tres milenios, gobernaron el país faraones largamente olvidados
y otros poderosos regentes cuyos nombres aún resuenan en nuestros labios: Wazner,
Iry-Hor, Qaa, Hotepsejemuy, Jaba, Keops, Mentuhotep, Kamose, Amenofis, Tutmosis,
Hatshepsut, Ramsés, Seti, Jerjes… Eran los líderes y semidioses de su tiempo. Pero el
Egipto de los faraones se desvaneció justo antes del nacimiento de Jesús. El hijo
adoptivo de Julio César, Octaviano, invadió Egipto en el año 30 antes de Cristo.
Cleopatra se quitó la vida y, ese mismo año, su hijo Cesarión, de diecisiete años, fue
ejecutado. Desde ese momento el país fue dirigido por extranjeros. A mediados del
siglo VI, árabes musulmanes invadieron Egipto y relevaron a los bizantinos y a los
persas. En tiempos de los vikingos, Egipto era un califato islámico.
9
DURANTE los días siguientes, repaso el texto de Snorre en busca de las instrucciones a
las que se refirió Adelheid, pero no encuentro nada.
Me retiran al guardaespaldas: la versión oficial es que se ha llevado a cabo una
reconsideración de los «medios disponibles» y del «peligro potencial», pero lo más
probable es que hayan querido salvar al pobre hombre de la muerte por aburrimiento.
Por las mañanas salgo a escondidas del apartamento de Terje y entro a hurtadillas
en mi despacho provisional, utilizando las entradas del sótano, escaleras olvidadas y
pasillos de otras plantas.
Oigo ruidos en el teléfono y recibo correo spam que estoy convencido que instala
en mi ordenador programas de espionaje que desvelan todo lo que tengo almacenado
en mi disco duro, e incluso lo que he desayunado. Recibo mensajes de texto de un
número de teléfono inexistente que seguramente envían una señal GPS a alguno de los
satélites de los criminales.
Sin demasiado éxito, intento olvidar a los que me asedian y concentrarme en el
trabajo.
Terje y Adelheid me han ayudado a comprender lo que tengo que buscar, me han
explicado cómo buscarlo. El resto es cuestión de paciencia e imaginación.
Gran parte del día lo consumo estudiando las combinaciones de letras y leyendo el
texto en vertical, horizontal, diagonal y hacia atrás.
Y sé que la respuesta se oculta en algún lugar entre las incontables letras y signos.
10
ENCUENTRO la solución el lunes por la mañana.
Las gotas de lluvia se deslizan por el cristal de la ventana del despacho formando
sinuosos hilos de agua. Siento como si el cerebro fuera de algodón húmedo.
Y en semejante estado de impotencia, lo descubro.
Una parte confusa del texto de Snorre, tanto por la tipografía como por el
contenido, contiene las letras griegas alfa y omega, que están escritas en caracteres
especialmente grandes y con tinta roja. Los signos griegos A y Ω introducen y
finalizan un párrafo que es legible, pero carece de sentido. Alfa y omega suelen
indicar principio y final. Así que si A y Ω indican el principio y el final de un
mensaje, tendré que buscar dentro de la zona que delimitan en el texto.
Al leer las primeras y las últimas letras de las líneas hacia abajo, descubro de
pronto dos nombres de lugares y una palabra debajo de la A, en el margen izquierdo,
y sobre la Ω, en el margen derecho.
Bajo la A, la primera letra de cada línea forma la palabra Døso y después kors
(cruz).
Del mismo modo, las últimas letras de cada línea sobre la forman Røykenes.
Consulto en una enciclopedia. Døso está en Os, en la región de Hordaland, treinta
kilómetros hacia el sur de Bergen. El nombre tiene su origen en la palabra dys, pila de
piedras, que hace referencia a las tumbas de piedra de más de 1500 años de
antigüedad que hay en la zona. Mientras que Røykenes es el nombre del punto final de
un sendero de monjes a algunos kilómetros de Døso.
¿Un sendero de monjes?
Intrigado, consulto un mapa local.
Dibujo un punto sobre Døso y otro sobre Røykenes y luego trazo una línea
vertical.
Cruz…
¿Quiere decir Snorre que tengo que dibujar una cruz partiendo de Døso y de
Røykenes?
Trazo la línea horizontal de la cruz. El extremo derecho señala hacia el bosque.
El izquierdo alcanza el monasterio de Lyse.
Entre las letras R y S de las dos líneas verticales exteriores encuentro la palabra
sinister, del revés. Sinister significa «izquierda» en latín. Luego, entre las letras S y K,
encuentro las palabras Salomos segl (sello de Salomón), que hacen referencia al
pentagrama, y obelisk (obelisco). Si voy hacia atrás, consigo leer øst møter nord (el
Este se encuentra con el Norte). Pero lo más llamativo es que, en dos sitios distintos,
encuentro el nombre, Olav den hellige, Olav el Santo.
Una vez traducido y adaptado al noruego moderno, el diagrama del texto tiene el
siguiente aspecto:
1
ILUMINADAS por el sol de la tarde, las ruinas del monasterio parecen congeladas en el
tiempo.
Los estilizados arcos del claustro, sostenidos por una fila de columnas dobles,
arrojan largas sombras de penumbra. Por lo alto de los arcos y los muros de piedra
semiderruidos se extiende una gruesa capa de hierba y musgo.
—Hermoso, ¿no? —pregunta Øyvind Skogstad.
—Una perla —le digo complaciente.
Øyvind contempla las ruinas con los brazos cruzados y los andares de quien va a
construirse una casa y te muestra los cimientos. Es un becario de investigación que
trabaja en las colecciones históricas del Museo de Bergen. Lo conocí en 2003, en un
congreso sobre arte e iconografía eclesiástica. Øyvind creció en Os y se pasó todos los
veranos de su infancia en los alrededores del monasterio de Lyse. Está convencido de
que fueron las ruinas las que despertaron en él el interés por la historia y la
arqueología. Cuando le llamé desde una cabina telefónica en la estación de trenes y le
conté que estaba en Bergen y que necesitaba su ayuda en el monasterio de Lyse, tuve
la misma sensación que el que invita a un niño de diez años al parque de atracciones.
—El monasterio de Lyse oculta múltiples misterios —dice, con su marcado acento
de Bergen. Øyvind tiende a entusiasmarse. En el contraluz, expectante y emocionado,
me mira con los ojos entornados. Le he prometido contarle por qué he venido, pero
todavía no es el momento.
A nuestro alrededor, el bosque de abetos se yergue alto y oscuro.
—Háblame del monasterio —le pido; es una cortés invitación a que pronuncie la
conferencia que, se lo pida o no, tarde o temprano me soltará.
—¡Encantado! —Adopta la postura de un guía rodeado de turistas curiosos y me
dice, contenido—: El monasterio de Lyse lo fundaron en 1146 los monjes de
Fountains Abbey, en Inglaterra, por orden del obispo Sigurd de Selja y lo consagraron
a la Virgen María.
Se endereza las gafas redondas y empañadas.
—¿Por qué vinieron aquí, al medio del bosque?
—¡Mira a tu alrededor, hombre! La Orden del Císter cultivaba la paz, la
contemplación, el silencio. Buscaban lo ascético, lo metódico y lo práctico. Querían
cultivar la tierra y ser autosuficientes con el agua del manantial. La ubicación era
perfecta.
—¿Has mencionado algo sobre misterios?
—Bjørn, ¿qué sabes tú de los templarios?
—Un montón —reconozco. Quienes estamos interesados en los templarios y ese
tipo de cosas tenemos una tendencia inmanente a las manías freekies y las obsesiones
sentidas—. Los templarios eran una orden cristiana militar de la Edad Media que los
cruzados fundaron en 1119 (pocos años después de la fundación de la Orden del
Císter en 1098) a fin de proteger a los peregrinos europeos que iban a Jerusalén. El rey
de Jerusalén concedió permiso a los caballeros para que establecieran su cuartel
general en el Monte del Templo, sobre las ruinas del templo de Salomón. Los
templarios sentaron las bases de lo que acabó convirtiéndose en una verdadera
entidad bancaria. La orden llegó a ser tan rica que fue masacrada por el rey francés.
—En un mismísimo viernes 13.
—En 1307 —digo, para mostrar que domino el tema—. Se especula con que los
templarios custodiaban un secreto histórico. Algo como el cuerpo de Jesús o el Santo
Grial…
—O simple y llanamente, conocimiento. ¿Sabías que se dan varios vínculos entre
la Orden del Temple y la del Císter?
—¿Cómo cuáles?
—Son organizaciones hermanas. Más o menos igual de antiguas. Pero uno de los
rasgos comunes es especialmente emocionante: ¡Bernardo de Claraval!
—¿Te refieres al santo? ¿A San Bernardo? ¿El abad francés?
—La Semana Santa de 1146 (el mismo año en que se fundó el monasterio de
Lyse), Bernardo de Claraval dio orden de que se comenzara la Segunda Cruzada. San
Bernardo era una de las autoridades más poderosas de la Iglesia. La voz de la
conciencia, le llamaban. Tal vez fuera el personaje de mayor importancia en el
establecimiento de la Orden del Císter. Sin él, difícilmente estaríamos hoy en el
monasterio de Lyse.
—¿Y el vínculo?
—Bernardo era sobrino de uno de los fundadores de la Orden del Temple y él
mismo se convirtió en el alto protector de los templarios y en su benefactor
eclesiástico. Gracias a Bernardo de Claraval, los templarios fueron reconocidos
oficialmente por la Iglesia en 1128, en el Concilio Ecuménico de Troyes. Este
reconocimiento contribuyó al auge económico de los templarios, gracias al apoyo que
les brindaron las familias pudientes de toda Europa. En 1139, la Orden del Temple se
puso bajo control directo del Papa, en una orden de la bula del papa Inocencio II
Omne Datum Optimum. Los curas que se opusieron a que los cristianos tomaran las
armas fueron rebatidos severamente en un escrito, De Laude Novae Militae, donde
Bernardo defendía la paradoja de «matar en nombre de Jesús». Bernardo de Claraval
redactó las reglas de la Orden de los Templarios.
La historia está llena de conexiones y coincidencias inexplicables. ¿Por qué se
fundó el monasterio de Lyse precisamente aquí, en el puesto más lejano de la
civilización, y por una orden monacal vinculada a los templarios? ¿Es acaso tan
«casual» como que el monasterio de Værne, en Østfold, se transfiriera del rey Sverre a
la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén —conocida como Orden de Malta—
en 1190?
Contemplo las ruinas del monasterio. La brisa del mar agita el bosque de abetos.
¿Está enterrado aquí Olav el Santo? ¿En algún lugar del monasterio de Lyse?
¿Consiguieron leales seguidores noruegos, con la ayuda de la Orden del Císter y los
templarios, salvar los restos del rey cristiano? ¿Fue el Arca original de Olav trasladada
desde la catedral de Nidaros antes de que se llevara a cabo su primera gran reforma en
el siglo XII? ¿Acaso no era más que una copia del Arca de Olav lo que destrozaron los
daneses en el siglo XVI?
Deslizo la mirada sobre las ruinas. En un árbol, un gavilán salta de una rama,
silencioso.
2
ESA TARDE, después de haberle comunicado a Øyvind todo lo que sé acerca del Códice
de Snorre y de haberle revelado las pistas que apuntan hacia el monasterio de Lyse, le
hablo de Hassan y los perseguidores. Lo único que me pregunta es para quién creo
que trabajan.
Me ha invitado a alojarme con él en el apartamento del sótano de la casa de su
infancia: está vacío y no queda demasiado lejos del monasterio. Nos quedamos allí
toda la tarde, estudiando el texto de Snorre y los libros sobre el monasterio que
Øyvind se ha traído a casa.
—En el texto se hace referencia al sello de Salomón —digo desplegando un mapa
—, es decir, al pentagrama.
—No veo cómo inducir un pentagrama de nada de todo esto, Bjørn.
—La palabra «obelisco», que aparece escrita en relación con el sello de Salomón,
puede ser un indicador en el terreno.
Øyvind me mira sorprendido.
—¿Qué estás diciendo? Lo cierto es que hay dos columnas conmemorativas en la
zona. Dos pilares de piedra. Los historiadores nunca han entendido su significado.
Señala en el mapa un punto a unos doscientos metros al Suroeste del monasterio
de Lyse y un punto al Noreste del monasterio.
—Si estos son dos de los indicadores de un pentagrama —digo dibujando un
círculo que pasa por los dos puntos—, deberíamos encontrar otros tres obeliscos más
o menos por aquí. —Dibujo un punto en el mapa y añado—: Y aquí y aquí.
A la mañana siguiente, nos levantamos con el sol y vamos en coche al
aparcamiento que hay junto al monasterio. Øyvind me ha prestado un par de botas de
lluvia verdes y nos ponemos a caminar juntos por el irregular terreno de colinas,
prados y bosques.
Al cabo de media hora de búsqueda encontramos el primer pilar: está medio
oculto por el boscaje que crece salvajemente a las afueras de un bosque poco tupido.
El obelisco está burdamente tallado y tiene medio metro de altura.
—Los historiadores nunca han relacionado estos pilares con el monasterio —dice
Øyvind.
Nos abrimos paso a través del boscaje, atravesando montes y un arroyo. Las botas
gorgotean en el terreno húmedo. Al acercarnos al punto donde debe encontrarse el
siguiente mojón, deceleramos el paso y nos dispersamos, manteniendo un par de
metros de distancia el uno del otro. Paso a paso, examinamos detenidamente el suelo
del bosque. Cuando no cabe duda de que nos hemos pasado de largo, ampliamos el
círculo y volvemos hacia atrás. Después volvemos a girar, nos separamos algunos
metros más y continuamos.
Descubro el mojón por pura casualidad. Me veo obligado a quitarme las gafas
porque se me están empañando y, mientras me las limpio con una punta de la camisa,
mis ojos vislumbran el contorno difuso de un obelisco. Vuelvo a ponerme las gafas y
el obelisco desaparece. Miro aturdido a mi alrededor. Veo troncos de árboles, boscaje,
una formación rocosa cubierta de musgo y ramas, y hojas en el suelo del bosque. Me
quito las gafas y vuelvo a mirar el entorno. Esta vez aferro la mirada al mojón
mientras me pongo las gafas. Asombrado comprendo que el obelisco forma parte de
la formación rocosa. Lo tallaron sobre una roca natural en el terreno.
A lo largo del día encontramos los cinco obeliscos colocados en forma de
pentagrama en torno al monasterio de Lyse.
Se podría decir que casi nos tropezamos con los otros dos, mientras que tardamos
más de tres horas en descubrir el último. Øyvind señala con exactitud cada piedra en
el mapa local.
3
AL DÍA siguiente, cuando apenas hemos empezado a recorrer la primera de las cinco
líneas, el eje A-B, encuentro un cobertizo de piedra derruido.
En la linde del bosque, un poco más allá de donde nos encontramos, en el punto
donde el eje A-B se encuentra con el D-C, formando una esquina del pentágono interior
del pentagrama, se encuentran los restos de una construcción de piedra parcialmente
ocultos por los abetos y el boscaje.
—Nada muy emocionante —asevera Øyvind.
—Su ubicación en el terreno resulta llamativa.
—Una pista falsa. Aunque parece una caseta de herramientas derruida, las
Autoridades de Patrimonio opinan que había sido el cobertizo de un pozo.
—¿Un pozo?
Agarro a Øyvind y lo arrastro tras de mí.
—¿Y qué, hombre? —exclama Øyvind—. ¡Cálmate! La Orden del Císter estaba
obsesionada por el acceso a agua limpia.
Paso por encima de raíces y piedras.
—El pozo principal estaba en el monasterio, así que esto era un pozo de reserva,
por si se secaba la corriente subterránea que abastecía al monasterio. Según las
fuentes, el pozo de reserva se secó mucho antes que el principal.
—¿Nunca se ha investigado?
—¿Investigado? —Øyvind se encoje de hombros—. ¡Se ha investigado el
monasterio! Las primeras excavaciones tuvieron lugar en 1822, pero evidentemente se
realizaron en el claustro del monasterio, no aquí. Desde entonces se han hecho varias
excavaciones, pero no sé si el cobertizo de piedra sobre el pozo se ha considerado
nunca como parte de las ruinas del monasterio. La casa del pozo debió de
inspeccionarse, al menos visualmente, cuando se excavó el monasterio en 1888, no
cabe duda, pero, como he dicho, este pozo se encuentra demasiado lejos del recinto
principal.
Sonrío satisfecho y seguro de mí mismo.
—Bjørn, ¡mira a tu alrededor! ¿Ves alguna tumba?
Miro a mi alrededor. No veo ninguna tumba, pero se me ocurre algo mejor.
—¿Qué? —murmura Øyvind, cuando se le hace demasiado pesado aguantarme la
mirada.
—Øyvind, ¿qué estamos buscando?
—Un sepulcro. Un túmulo. Algo lo suficientemente grande como para ocultar el
arca de Olav el Santo. Y puesto que era rey de Noruega y encima santo, si lo trajeron
aquí y lo enterraron cien años después de su muerte, su cámara mortuoria debe de ser
de las grandes. Esto… —Despliega la mano en dirección a los restos del cobertizo y
añade—: ¡Es una pila de piedras!
—Un pozo.
—Bien, ¿y qué? Hace cientos de años… —Veo en su cara que está empezando a
caer en la cuenta de lo evidente.
—Pozo —repite para sus adentros y me mira de soslayo.
4
TOMO una serie de fotografías con la cámara digital para que la pila de piedras quede
registrada para la posteridad.
Cogemos unos guantes de trabajo del coche y luego nos ponemos a mover
piedras. Trabajamos con cuidado, pero no hay quien niegue que estoy destruyendo
otro monumento histórico.
Bjørn Beltø, el vándalo cultural.
Si hubiéramos seguido el protocolo, tendríamos que haber solicitado permiso para
excavar el pozo y tal vez nos lo hubieran concedido, dentro de un año o dos. Ni la ley
de patrimonio histórico ni los guardianes de tal ley están especialmente dispuestos a
facilitar la labor a cazadores de tesoros con prisas. Mis colegas, (con cierta razón),
condenarán mis actos.
Me detengo en medio de la faena y le digo a Øyvind:
—Cuando esto pase, asumiré toda la responsabilidad. Tú no habrás estado aquí.
No me habrás ayudado. No sabrás nada de esto.
Øyvind agacha la cabeza. Obviamente quiere compartir el honor conmigo, pero
sabe que corre el riesgo de destruir su carrera.
A mí, en cambio, eso me importa una mierda.
Afortunadamente hace algo de frío. Los pocos turistas que aparecen se conforman
con apresurarse a atravesar el parque de ruinas. Nos permiten trabajar sin
interrupciones durante todo el día. Cuando empieza a anochecer, hemos levantado y
trasladado varias toneladas de piedras cubiertas de musgo y hemos descubierto un
suelo de piedras que forma una sólida superficie.
5
ESTAMOS de vuelta antes del amanecer. Øyvind y yo llevamos linternas en la cabeza
que apagamos en cuanto el alba empieza a relumbrar en las copas de los árboles.
Con ayuda de una palanca, una maza, un martillo y un cincel, vamos soltando una
a una las piedras del losado. Atravesamos tres capas de piedras y, en el fondo,
descubrimos una cubierta de troncos de madera podrida. Probablemente los troncos
formaban el encofrado que colocaron los albañiles para el empedrado.
A mediodía, por fin hemos conseguido abrir un agujero lo suficientemente grande.
Para evitar accidentes —como que ambos acabemos atrapados en el fondo del
pozo— Øyvind se queda arriba mientras yo me ato una cuerda bajo los brazos y me
descuelgo por el pozo. El foco que llevo en la cabeza va iluminando la pared
redondeada del pozo: está hecha de piedra y cubierta de musgo. Las piedras son
grandes y están talladas cuidadosamente. Para ser un pozo de reserva, los monjes y los
constructores del monasterio se afanaron mucho con él.
El pozo tiene un radio de un metro de largo y unos cinco o seis metros de
profundidad. Al tocar fondo, las botas de agua se hunden en una capa de lodo. Doy
aviso de que he llegado abajo y dirijo el foco hacia las paredes húmedas y verdes por
el musgo.
… Nada.
No es que hubiera esperado encontrar la cámara mortuoria en el fondo del pozo,
pero al menos esperaba encontrar algo.
Con los guantes, empiezo a retirar el musgo de las paredes del pozo. Llevo ya un
buen rato cuando descubro que una de las piedras es mucho más clara que las demás.
¿Mármol? ¿Esteatita?
La ilumino con la linterna. La piedra está llena de rayas y marcas. Me inclino hacia
delante.
Al principio me cuesta identificar lo que representan las rayas. Restriego la piedra
para quitar más musgo y la pulo con el guante. Entonces lo veo.
En la parte de arriba hay tres signos tallados en la piedra: Ankh, ty y cruz.
Øyvind me manda una botella de plástico llena de agua para que pueda lavar la
piedra y eliminar el musgo, la suciedad y la tierra. La lavo con las manos temblorosas,
pero no encuentro más signos escritos. Fotografío los tres signos y le pido a Øyvind
que me saque del pozo.
Exaltados retornamos al apartamento del sótano y dedicamos largo rato a decidir
qué vamos a hacer. No cabe duda de que el pozo oculta la entrada a un sepulcro.
¿Debemos implicar a nuestros superiores? ¿Avisar a las Autoridades de Patrimonio?
Obviamente la respuesta es sí.
Pero aún no.
Ambos sabemos que perderemos toda forma de control sobre el asunto en el
momento en que impliquemos a más gente. Las excavaciones llevarían todo el
invierno y la primavera. No tengo tiempo de esperar.
6
AL ANOCHECER ponemos un disco de vinilo de Supertramp y discutimos la posible
relación entre los vikingos y Egipto.
—Aunque no esté documentado, al fin y al cabo no es tan inverosímil que los
vikingos hubieran remontado el Nilo —dice Øyvind—. Era un pueblo que navegaba
por los ríos. Navegaron, remaron y arrastraron sus barcos a lo largo de miles de
kilómetros a través de Rusia, hasta llegar al mar Negro y al mar Caspio.
—Pero ¿Egipto?
—Los vikingos hicieron incursiones por todas las costas del Mediterráneo,
también en el Norte de África. ¿Por qué iban a evitar Egipto?
Algo de razón tiene. Sigurd Jorsalfare recibió ese sobrenombre porque viajó como
cruzado hasta Miklagard, el nombre vikingo de Estambul, y Jorsalaland, como
denominaban a Jerusalén. Y luego tenemos la historia de Harald Hardråde, «Harald el
Despiadado», el hermanastro de Olav el Santo. Con quince años sobrevivió a la
batalla de Stiklestad y huyó hacia el sur, hasta Bizancio. Allí llegó a ser oficial de la
guardia varega del emperador bizantino, se lio con la mujer del emperador y luchó en
una serie de batallas, también en el Norte de África. Según Snorre, conquistó más de
ochenta ciudades africanas. Snorre relata que Harald pasó muchos años en África,
donde consiguió mucho oro, bienes, y objetos de valor. Cuando retornó, traía las
naves repletas de oro y objetos valiosos.
—Ya en el siglo IX, los vikingos navegaban hasta el Mediterráneo y África —dice
Øyvind—. Tanto las sagas como las crónicas árabes hablan de estas incursiones.
—Pero nunca a Egipto.
—¡Qué negativo estás! Los vikingos eran un pueblo guerrero que no temía a nada
ni a nadie. ¿Por qué iban a tener miedo de remontar el Nilo? En 844, una expedición
con grandes naves y varios miles de hombres navegó hasta el Norte de España, bajó
por la costa de lo que ahora es Portugal y atacó Lisboa, Cádiz y varias ciudades a lo
largo de los ríos del sur de España. Remontaron incluso el Guadalquivir hasta llegar a
Sevilla. ¡Una maniobra peligrosa y osada! Estuvieron una semana entera saqueando la
ciudad. Asesinaron y violaron, quemaron y saquearon, destrozaron grandes partes de
la muralla y prendieron fuego a las mezquitas. El emir musulmán, Abd al Rahman,
tuvo que enviar a sus fuerzas de élite desde Córdoba para que los moros pudieran
recuperar el control. Los vikingos huyeron hacia el sur y atacaron los califatos del
Norte de África antes de retornar a casa con sus tesoros. Quince años más tarde,
volvieron con una flota vikinga aún mayor. La campaña duró tres años y, según las
fuentes, estuvo liderada por los reyes Håstein y Bjørn Jernside. Con más de sesenta
naves y miles de vikingos, saquearon el valle del Ródano y atacaron Galicia, lo que
hoy es Portugal, Andalucía y el Norte de África. Luego se dirigieron hacia el Norte,
rodeando la península Ibérica por el Este, pasaron por Mallorca y remontaron el río
Ebro hasta lo que hoy es Pamplona, en el País Vasco. ¡Échale un vistazo al mapa! El
Ebro recorre sinuosamente varios cientos de kilómetros, desde Pamplona hasta la
costa Este de España. Allí secuestraron al rey García Íñiguez y, cuando se marcharon,
llevaban 70 000 monedas de oro en dinero suelto. Luego continuaron su navegación
hacia el Noreste, por las costas de España y Francia, siguieron hasta la Provenza
italiana y atacaron Pisa. Finalmente tomaron la ciudad de Luna, creyendo que era
Roma. El botín fue formidable y los patriarcas vikingos se enriquecieron muchísimo.
Su riqueza animó a sus descendientes a repetir sus empresas. Cien años más tarde,
volvieron a la carga. Una flota de cien barcos con cerca de diez mil hombres saqueó
Galicia y León, en la profundidad del Norte cristiano de España, y asedió Santiago de
Compostela y Catoira. Bjørn, ¿realmente crees que los vikingos le tenían miedo al
Nilo?
7
ANTES de acostarnos, llamo a Thrainn, en Islandia. Me cuenta que ha estado
intentando ponerse en contacto conmigo. Tres hombres no identificados han entrado
por la fuerza en el laboratorio principal del Instituto Árni Magnússon y han atacado a
los cuatro estudiantes de doctorado que trabajaban en la maniobra de camuflaje. Los
cuatro fueron amenazados, amordazados y esposados a un radiador. Los bandidos se
llevaron la copia del siglo XVIII del Heimskringla.
—Probablemente creían que eran los rollos de Thingvellir.
—Thrainn, los rollos no están seguros en Reikiavik.
—Eso ya lo he entendido yo solito.
—Tarde o temprano alguien entenderá dónde los has escondido.
Le tiembla la respiración.
—Voy a hacer una llamada telefónica —digo.
—¿A quién?
—Conozco a alguien que nos puede ayudar.
8
A LA MAÑANA siguiente regresamos con más equipo: cuerdas más gruesas, un taladro
percutor de pilas con tres pilas, cinceles, mazas, linternas y monos de trabajo.
Amarramos dos cuerdas a un árbol de aspecto robusto y nos descolgamos por el
pozo. El muro parece sólido como una montaña, pero con la ayuda del taladro y los
cinceles conseguimos soltar la piedra blanca con los tres símbolos. Detrás hay otra
pared de piedra. Una vez hemos conseguido soltar una piedra, nos resulta más fácil
desprender las que están debajo. No tardamos en hacer un agujero de un metro
cuadrado en el muro exterior. Entonces arremetemos contra la pared interior. Nos
lleva más de una hora y desgastamos dos brocas y tres pilas antes de poder soltar la
última piedra. Con la palanqueta y la maza conseguimos empujar las piedras hacia
dentro; acaban cayendo en una cámara que está detrás del pozo.
Hemos pasado.
Una ráfaga de aire podrido y pestilente sale del agujero y se eleva hacia la entrada
del pozo cual alma que huye de siglos de cautiverio.
—Así que al menos hay aquí algún tipo de ventilación —dice Øyvind.
Ilumino la cámara. Una habitación vacía con paredes de piedra.
—¿Ves algo? —pregunta Øyvind.
—Nada.
—¡Venga, hombre! —exclama. Nadie sabe ponerse tan pesado como la gente de
Bergen.
Lo que creía que era una habitación resulta ser el final de un túnel redondo
construido con el mismo tipo de piedras que el pozo. El túnel tiene un diámetro de
unos dos metros, así que podemos avanzar erguidos. Poco a poco, nos abrimos paso
entre el agua y el lodo. El aire es húmedo. El haz de luz de las linternas se agita en la
oscuridad. Las paredes están cubiertas de musgo y raíces. Alguna que otra araña se
encoge cuando la alcanza la luz.
Al cabo de cinco minutos llegamos a una cámara interior donde las paredes y el
techo del túnel se amplían dos o tres metros en anchura y altura. De una plataforma
ornamentada de piedra sale una escalera de granito que se eleva hacia la izquierda,
mientras que el túnel continúa hacia delante.
—Probablemente sea la subida a otro pozo o a una salida secreta —dice Øyvind.
Antes de comprobar las escaleras, decidimos inspeccionar el túnel hasta el fondo.
El túnel acaba en un sólido muro de piedra.
—Ahora debemos de encontrarnos justo debajo del monasterio de Lyse —dice
Øyvind—. ¿Quizás este pasaje haya sido una vía de escape?
Nos hemos dejado todas las herramientas en el pozo, así que retornamos hacia la
cámara con las escaleras sin probar suerte con el muro.
La cámara se encuentra más o menos en la mitad del túnel. En tal caso se
encuentra en el punto de corte del pentagrama interno, del mismo modo que el pozo
estaba en el punto de corte del pentagrama externo.
Subimos por las escaleras y, al llegar al final, nos topamos con el muro, de nuevo.
Algo me pasa a mí con los muros.
Las escaleras nos han conducido a una estrecha plataforma, una antesala que
desemboca en una sólida construcción de piedras, del tamaño de unos bloques Leca,
ensambladas con perfecta precisión. Cinco a lo ancho y diez a lo alto.
A la luz de las linternas vemos una fila de jeroglíficos egipcios y dos filas de runas
nórdicas. Y coronándolo todo: ankh, ty y cruz.
Volvemos corriendo al pozo, cogemos las mazas y regresamos a la antesala.
Para no destrozar la ornamentación, empezamos a arremeter contra la parte baja de
la derecha de la pared. Usamos primero el cincel. La piedra es porosa. Cuando el
cincel por fin atraviesa hasta el hueco que hay detrás, soltamos la primera piedra a
mazazos. Una vez hemos quitado dos piedras a lo alto y dos a lo ancho, tenemos una
apertura suficientemente grande como para introducirnos por ella.
9
MUDO DE asombro y con solemne respeto, me quedo de pie mirando.
La cámara mortuoria tiene forma de pentágono y la cubre una bóveda sostenida
por cinco pilares de piedra. En medio de la habitación hay un pedestal de metro y
medio de altura.
Sobre el pedestal descansa un ataúd de piedra.
¡La cámara mortuoria! Apenas soy capaz de concebirlo. ¡Hemos encontrado la
cámara mortuoria!
—¡Qué cosa tan maravillosa! —digo con el aliento entrecortado.
Nos quedamos de pie, pegados a la pared con que ha cerrado el portal de entrada.
Los haces de luz de las linternas oscilan de acá para allá en la oscuridad de la cámara
mortuoria.
La propia cámara tiene forma de pentágono, la figura de cinco lados que surge en
el interior de las líneas que se cruzan en el pentagrama. Las columnas están colocadas
en los cinco puntos de cruce entre los rincones de la habitación.
En la cámara hace un frío gélido y el olor a humedad de lodazal nos alcanza desde
el túnel. Las paredes, el suelo y el techo están sorprendentemente secos. Dos o tres
piedras han caído al suelo, pero por lo demás la cámara sigue exactamente como la
dejaron hace ocho o nueve siglos.
Lentamente nos aproximamos al ataúd. Escrito en runas, sobre la tapa de piedra,
se lee:
HIR:HUILIR:SIRA:RUTOLFR
RUTOLFR:BISKUB
Pisotearon los lugares sagrados con los pies sucios, sacaron el altar y
robaron todos los tesoros de la sagrada iglesia. A algunos campesinos los
mataron, a otros se los llevaron en cadenas.
SURCABAN las crestas de las olas entre una nube de espuma. Me encontraba
junto al rey Olav en la roda de la nave Águila del mar, bramando y
vociferando contra el viento. Yo me iba secando el agua salada del rostro
con el antebrazo, mientras que el rey gritaba y se reía. A nuestro alrededor,
las gotas de agua centelleaban bajo el sol como un chaparrón de plata. El
casco de roble hendía las olas y estas rompían contra la madera con
violentos golpes y choques, mientras la vela se arqueaba tensamente con el
viento a favor del Noroeste.
El Águila de mar, la nave del rey, era una elegante embarcación
adornada con cabezas de dragón tanto en la roda como en el codaste.
Solíamos llamarla drakkar, nave de dragones. Diestros artesanos de
Noruega habían tallado malvados dragones, espantosas serpientes y
aterradores monstruos marinos en ambos extremos de la nave. El mástil era
alto y esbelto. La vela atrapaba el viento y nos impulsaba sobre la superficie
del mar como una flecha recién lanzada. Tras las naves, como cometas en
cordel, volaban grandes bandadas de gaviotas, golondrinas de mar y
deliciosas aves marinas. Olav y yo le dimos la espalda al viento y
contemplamos la nave. Muchos de los hombres estaban adormilados al calor
del sol, algunos jugaban a los dados y otros relataban hazañas o
sangrientas batallas. Por la gesticulación de sus manos, comprendí que un
hombre llamado Gorm estaba describiendo a una bella mujer con la que
había compartido lecho. Un gigante llamado Tord estaba orinando por la
borda. Junto al mástil, dos mozos discutían a causa de un nudo. Uno de los
pilotos señalaba nuestra posición sobre un mapa de pergamino y a
continuación hizo una señal en el marcador del rumbo de la brújula de sol,
que tenía forma de media luna. Olav le silbó entre dientes al timonel para
que corrigiera ligeramente el rumbo hacia el Este. Luego saludó con la
cabeza a Rane, el tutor que le envió su madre hacía ya muchos años, cuando
nos embarcamos para navegar como vikingos. Olav hundió la mano en mi
cabellera, me revolvió el pelo y dijo:
—Veo que te encuentras a gusto en mar abierto, Bård.
Yo escupí sobre la borda y respondí:
—¿Y quién no lo está, mi rey? .
Olav y yo teníamos la misma edad. Le llamábamos rey, aunque no
gobernara sobre ningún país. Por las venas del rey guerrero corría salada
sangre vikinga. Olav Haraldsson provenía de estirpe de reyes: su tatarabuelo
fue Harald Hårfargre —Harald Cabellera Hermosa— y su padre, Harald
Grenske, el mujeriego rey menor de Vestfold, al cual prendió fuego la sueca
Sigrid Storråde —Sigrid la Altiva— cuando se cansó del sensual asedio del
vikingo. Cuando Harald Grenske murió entre las llamas en Suecia, Sta (La
madre de Olav) estaba embarazada de Olav. El hombre con el que se
desposó más tarde, Sigurd Syr, era diametralmente opuesto a Harald:
mientras que Harald era un vikingo hasta la médula, violento y amante de la
guerra, Sigurd era un terrateniente apacible, prudente y trabajador, que
prefería ocuparse de sus tierras y sus animales y evitar la cruenta lucha. El
joven Olav llevaba a su padre en las venas. Ya de niño despreciaba a su
padrastro, el hombre de la tierra, y se burlaba de él a espaldas de su madre.
Escudriñé el horizonte con la mano en torno a la henchida talla de
madera del casco; primero dirigí la mirada hacia el Oeste y después, hacia el
Este, en dirección a la bruma que ocultaba la costa. Recliné el hombro
contra el interior del arco de la borda y contemplé las tierras extranjeras que
llamaban Al-Andalus y que regían los musulmanes. ¿Presentarían mucha
resistencia? «Que lo intenten», pensé enardecido. Yo no temía a nadie. Desde
que salimos de Noruega, arribando primero a Dinamarca y luego a
Austerveg —las tierras del Este—, la expedición de saqueo de la flota vikinga
había contado con el favor de los dioses. Eramos invencibles. En Suecia y en
las tierras e islas del mar Báltico guerreamos y saqueamos durante mucho
tiempo; después volvimos a dirigir el rumbo hacia Dinamarca y nos unimos a
la flota del hermano de Sigvalde jarl, duque de los vikingos de Jomsborg;
Torkjell Høye —Torkjell el Alto— estaba listo para la expedición guerrera.
Nuestros dos jefes vikingos, Olav y Torkjell, navegaron juntos a la largo de
Jutlandia, donde derrotamos a un gran ejército marino. Las victorias en el
mar Báltico, Dinamarca y Holanda nos colmaron de amor propio y, en
compañía de Torkjell Høye y sus hombres, atravesamos el canal. En
Inglaterra nos unimos a una gran flota danesa y, entrado el otoño, nos
asentamos a las afueras de Londres. El rey Etelredo estaba atemorizado.
Pagó a Olav y Torkjell cuarenta y ocho mil libras para salvaguardar su
reino. Cargamos nuestras naves con más de once millones de monedas de
plata. ¡Enormes riquezas! Todas aquellas monedas nos proporcionarían
vacas o esclavos. Luego Olav y Torkjell se separaron. Torkjell cambió de
bando y se puso al servicio del rey Etelredo; Olav y su flota, en cambio,
navegamos hasta Francia. En Normandía regía el duque Ricardo II,
conocido como le bon —el Bueno—. Las tierras normandas, al Oeste de
Francia, podían considerarse territorio noruego. Tras décadas de invasiones,
al vikingo noruego Gange-Rolv —Rolv el Caminante— se le concedió el
título de duque a cambio de que los vikingos protegieran Normandía de las
potencias enemigas y otros saqueos. Gange-Rolv, al que los franceses
llamaban Rollo, era hijo de Ragnvald Mørejarl —Ragnvald duque de Møre
—, que fue quien le cortó la cabellera a Harald Hårfagre después de que este
reuniera Noruega en un solo reino. Gange-Rolv era el bisabuelo de Ricardo,
quien a su vez es abuelo de quien ahora se conoce como Guillermo el
Conquistador. Fue coronado rey de Inglaterra hace cuatro inviernos. Olav
rechazó cortésmente la invitación de Ricardo de pasar un tiempo en Ruán,
pero prometió regresar al finalizar su expedición. Así que partimos hacia el
sur. En la Bretaña nos unimos a un ejército de vikingos irlandeses junto a los
que avanzamos luchando por la costa francesa, robando tesoros y
capturando esclavos, hasta llegar a Galicia. En Tui nos dieron cuatro kilos
de oro a cambio de que no atacáramos la ciudad. Me avergüenza decir que
no mantuvimos nuestra palabra. Nuestra avidez de oro nos impulsaba hacia
el sur. Atacábamos despiadadamente las ciudades donde pensábamos que
encontraríamos algún botín. Éramos una flota poderosa. Olav partió de
Noruega con cinco naves, pero por el camino habíamos reunido casi
cuatrocientos barcos: grandes naves drakkar, ágiles naves de guerra más
pequeñas, embarcaciones de carga y rápidos barcos de reconocimiento, que
también transmitían los mensajes entre las naves. En el Águila del mar
éramos más de cien hombres entre los remeros, los pilotos, los oteadores, los
reparadores, los fabricantes de velas y los guerreros. En total, el ejército de
Olav estaba compuesto por veinte mil audaces vikingos.
—Bård —dijo el rey—, esta noche he tenido un extraño sueño.
Fuera el polvo dorado de la arena revoloteaba al sol. Las personas que
recorrían apresuradas los callejones encalados iban envueltas en amplios
ropajes con los que se protegían del viento desértico del sur. Miré de soslayo
a mi señor. Olav yacía con la cabeza y los hombros apoyados contra la
pared y ambas piernas en la cama. Yo, sentado en una crujiente silla de
madera, bebía vino agrio en un vaso de cerámica que me ensuciaba las
manos. El sol entraba a través de un ventanuco en lo alto de la pared. Olav
se incorporó en la cama.
—Tal vez fuera un dios quien me habló en el sueño —dijo.
—¿Qué dios? —quise saber.
Yo adoraba a Odín y a los dioses de los antepasados, pero en el viaje a
través de Europa nos habían hablado de muchos otros, sobre todo de uno al
que llamaban el Cristo Blanco. Decían que transformaba el agua en vino y
que de un pan sacó muchos. Además sanaba a los enfermos y caminaba
sobre el agua, sirviera eso para lo que sirviera. Pero yo nunca entendí al
Cristo Blanco. ¿Era un dios o un hombre? ¿Cómo había podido su padre, un
dios, dejar embarazada a su madre humana sin compartir lecho con ella? ¿Y
acaso el hijo de un dios y de un humano no es un semidiós? A mí me parecía
que la enseñanza del Cristo Blanco servía a los débiles y a los cobardes. Se
decía que les ordenaba a sus adeptos que, en lugar de cortarle la cabeza al
enemigo, le ofrecieran la otra mejilla. Cobarde discurso para el hijo de un
dios. Al Cristo Blanco lo clavaron a una cruz y sufrió la muerte del martirio
allá en la tierra de los judíos. Si realmente hubiera sido un dios, no le habría
costado desembarazarse de los soldados romanos. Cuentan que se levantó
del sueño de la muerte a los tres días. En fin. En mis tiempos vi muchos
cadáveres en el campo de batalla. Me gustaría ver al muerto que se reanima
después de pasar tres días al sol.
El rey, que debió de notar que se me había olvidado que en la habitación
estábamos dos, carraspeó y continuó:
—En el sueño se me acercó un hombre, uno de esos hombres en los que te
fijas porque tienen fuego en la mirada, y me dijo que retornara a casa para
convertirme en el rey de Noruega para toda la eternidad.
El rey ladeó la cabeza para ver qué opinaba yo sobre semejantes
perspectivas.
—¿Quién era ese hombre? —pregunté.
Aún no tenía ganas de regresar a casa. Quería continuar navegando
hacia el Este, a través del estrecho de Norvasund (Gibraltar), que separaba
Europa de las tierras desérticas del sur, Store Serkland (África), y seguir
camino por el gran mar, hasta llegar a la tierra de los judíos, donde vivió el
Cristo Blanco hace más de mil veranos. El rey me sonrió, como si hubiera
entendido lo que estaba pensando, y respondió:
—No le conocía, pero le respondí sinceramente: «¡A casa volveré! ¡Y
sobre Noruega reinaré! ¡Pero todavía no!».
Aliviado, alcé el vaso de vino.
—Bård —dijo el rey—, ahora quiero contarte adonde nos dirigimos.
—¿A la tierra de los judíos? —le pregunté.
Él negó con la cabeza:
—Nos dirigimos a Store Blåland, el gran país azul que se conoce con el
nombre de Egipto.
Respondí:
—Nunca he oído hablar de tal país.
El rey dijo que era un país milenario con las calles cubiertas de oro y
alhajas, custodiado por dioses olvidados, dividido por regentes y tribus
extranjeras, y al que un río llamado Nilo partía en dos.
—¿Y qué haremos en esa tierra? —pregunté.
—Vamos a buscar un tesoro.
—¿Un tesoro? —pregunté sintiendo el alegre latir del corazón.
—Un tesoro —repitió el rey—, oculto en los peñascos tras un templo,
escondido en una cámara mortuoria tras una cámara mortuoria tras una
cámara mortuoria.
De eso no entendí nada, pero el rey dijo que bastaba con que lo
entendiera él.
—¿Y cómo sabes todo eso? —pregunté.
Y el rey me lo contó.
Uno de sus antepasados, Håkon el Bueno, hijo de Harald Hårfagre, se
crio con el rey Athelstan de Inglaterra. El rey Athelstan tenía muchos amigos
y a su corte llegaban constantemente reliquias y manuscritos de la antigua
Roma. Tenía, por ejemplo, la espada de Constantino el Grande, el primer
emperador cristiano, y la lanza de Carlomagno. Entre los envíos llegaron
también objetos y manuscritos de Marco Antonio, que tuvo un hijo con la
reina Cleopatra. Entre los manuscritos había un mapa y un papiro, cuyas
indicaciones conducirían a una cámara mortuoria repleta de valiosos
tesoros, textos sagrados y una divinidad en eterno reposo. Nadie en la corte
prestó atención a los textos egipcios, pero a Håkon le picaron la curiosidad.
Consiguió que algunos de los monjes letrados de la corte del rey Athelstan le
dibujaran una copia del mapa y le tradujeran las indicaciones a la lengua de
los anglosajones, aunque ellos siguieron sin mostrar interés por el
contenido. Como comentó despectivamente uno de los monjes: «En Las mil y
una noches hay tesoros para dar y tomar». Håkon, en cambio, se llevó la
traducción cuando regresó a casa junto con el obispo Glastonbury para
cristianizar Noruega. Se dice que en aquel momento Håkon hablaba
anglosajón como un inglés, pero que casi había olvidado su lengua materna.
Por razones inciertas, Håkon perdió interés por la información procedente
del antiguo Egipto. La copia de los monjes pasó a formar parte de la
colección de tesoros familiares de Håkon. El rey Olav tenía ocho años
cuando su madre, Asta, le enseñó el pergamino anglosajón con el mapa del
río que conducía a la cámara del tesoro. Le pregunté al rey:
—¿Y traes contigo esa copia y el mapa?
Olav asintió y dijo:
—Creo que ha llegado el momento de averiguar si la historia tiene algún
fundamento. Y si lo va a hacer alguien de la familia, ¡voy a tener que ser yo!
Esa misma noche, en uno de los angostos callejones del puerto de
Karlsrå (Cádiz), nos topamos con un hombre distinto a todos los hombres
que había visto hasta entonces. Tenía la piel de un color negro azulado, era
de poco tamaño y llevaba un peinado elaborado y unas vestimentas que
recordaban a las de una mujer. Un hombre azul. El hombre y su séquito se
negaron a apartarse al paso de Olav, al que la siesta había dejado
indispuesto y de mal humor. La guardia real de Olav ensartó la espada en
varios de los hombres del séquito del hombre azul, antes de que estos se
rindieran y pidieran clemencia. Entonces el propio Olav sacó su espada para
acabar con el rebelde hombre azul, que cayó de rodillas y, en su
incomprensible lengua, suplicó por su vida. Uno de sus criados tradujo sus
palabras al latín y uno de los letrados de nuestro propio séquito las tradujo
al noruego. Cuando Olav comprendió que el hombre azul era egipcio, su
mirada adquirió esa expresión inconfundible. El rey dijo:
—Conoce la tierra de los desiertos y conoce su lengua: nos puede ayudar.
Por eso Olav le perdonó la vida al hombre azul y lo encadenó.
Al día siguiente dirigimos el rumbo hacia la tierra que llamaban Egipto.
El hombre azul iba encadenado al mástil principal. Durante varias jornadas
navegamos hacia el Este con el viento del Norte a favor, y el calor nos fue
absorbiendo.
A causa del sol abrasador y el aire caliente y húmedo, la mayoría nos
habíamos despojado de la ropa y teníamos los hombros y las espaldas
enrojecidos y doloridos por el sol. Desde las naves, los hombres miraban
boquiabiertos hacia tierra. Ante nosotros, sobre un islote frente a una ciudad
que el hombre azul llamaba Alejandría, se erguía un faro tan enorme que nos
costaba creer en lo que veían nuestros propios ojos. El faro construido con
piedras blancas se elevaba hacia el cielo. ¿Qué altura tendría aquel faro?
No soy capaz ni de intentar adivinarlo, pero el recuerdo sigue despertando
mi respeto. Intenté contar las ventanas a lo alto, pero la mirada se me perdía
con el oleaje. Abajo, en el suelo, la torre estaba rodeada por una fortaleza
cuadrada y de poca altura. El patio sobre el que se erguía el pie de la torre
era más ancho y más largo que cualquiera de las casas que había visto hasta
entonces. Encima de la elevada construcción de la base, se alzaba una torre
octogonal algo más estrecha y, sobre esta, aún otra, redonda y más fina.
Sobre la punta relumbraba un espejo que atrapaba los rayos del sol. Incluso
Olav, que rara vez se dejaba impresionar, miraba la construcción
boquiabierto.
—Todo un mojón —le oí murmurar para sus adentros.
Cuando alcanzamos la desembocadura occidental del río Nilo, apoca
distancia de Alejandría, empezó a levantarse el viento. Las olas se tornaron
blancas y las aves menores se refugiaron en tierra, mientras las gaviotas y
los pelícanos extendían sus alas y alzaban el vuelo contra el viento. Con el
Águila del mar a la cabeza, entramos en el delta del río. Los juncos de las
orillas se cimbreaban al viento. Alguna que otra embarcación se nos
acercaba a remo o con las velas abiertas para vernos de cerca, pero todas
giraban en seco.
La contracorriente era fuerte. Entre los juncos vislumbraba enormes
reptiles, de ocho o nueve codos de largo, que a lo que más me recordaban
era a los dragones. Un silencio de mal augurio —interrumpido por el
chillido de los pájaros, el croar de las ranas y el canto de los grillos—, se
extendió sobre el río y las desiertas riberas. Nos observaban, pero nosotros
en cambio no veíamos a nadie. Cuando la flota de guerra tomó el siguiente
meandro, una tropa insignificante nos atacó con arcos flojos y flechas
huidizas. A un remero llamado Arn le enfureció tanto aquel escuálido ataque
que se levantó y bramó insultos contra el enemigo mientras les amenazaba
con el puño. Una flecha le alcanzó en la mano y otra en la garganta, con lo
que acabó cayendo muerto sobre el piso.
—Finalmente aprendiste a callar —espetó el remero que le precedía.
Los egipcios prosiguieron su endeble ofensiva. Enviaban naves que
chocaban vacilantes contra las nuestras. Sus puntiagudas embarcaciones
estaban construidas de tal manera que no conseguían pegarse a las
nuestras. Nosotros estábamos en pie con nuestras espadas, nuestras lanzas y
nuestras hachas. Los lanceros golpeaban el suelo al compás y nadie se
atrevía a abordar las naves grandes. Olav se rio con desánimo, pero el
hombre azul nos advirtió. Estos ataques de medio pelo estaban mal
organizados y liderados por comandantes temerarios de puestos de guardia
insignificantes, dijo. Los verdaderos guerreros no tardarían en llegar.
Los guerreros de los soberanos fatimíes nos aguardaban en una bahía al
Norte de las guarniciones junto a las ciudades gemelas de Fustat y Al Qahira
(El Cairo), que flanqueaban la mezquita fortificada de Ibn Tulun. De pronto
había combatientes y naves por todas partes. Un centenar de barcos
arremetieron contra nosotros. Los guerreros eran numerosos y dispares.
Algunos eran negros como el carbón, otros, dorados, y algunos, pálidos. El
hombre azul nos había contado que la flota de los soberanos estaba
compuesta por naves que se habían construido hacía veinte veranos para la
guerra contra Bizancio. En las proximidades de tres pirámides —altas como
montañas— y de una enorme estatua —medio humana, medio animal— la
resistencia se hizo masiva y el cielo se oscureció de flechas. Hicimos
maniobrar los drakkars, Águila del Mar y Cuervo de Odín, para rodear la
mayor de las embarcaciones de los egipcios y, berreando, la abordamos
desde ambas naves.
Los guerreros egipcios eran más pequeños que nosotros. A pesar de estar
entrenados para la guerra, la mayoría carecía de valor y ardor guerrero.
Cuando nos abrimos paso en la nave con nuestras hachas, muchos eligieron
saltar por la borda, en un acto cobarde e inconsciente, puesto que las
lagartijas gigantes llegaron flotando como troncos de madera y se sirvieron
a sus anchas. Por nuestra parte, dirigimos las naves hacia la orilla y
saltamos a la ribera. En tierra nuestro enemigo parecía más organizado y
disciplinado, pero al parecer no nos comportábamos como ellos estaban
acostumbrados a que lo hicieran los ejércitos enemigos. Los egipcios estaban
divididos en escuadrones; algunos de ellos llevaban armas ligeras y otros las
llevaban más pesadas, unos iban a caballo y otros, sobre unos extraños
animales de cuello largo y con joroba. Hombres azules luchaban codo con
codo con hombres tan pálidos como nosotros y había otros más pequeños, de
narices grandes y cabelleras negras como el carbón. Los egipcios formaron
en filas, unas detrás de otras. La primera fila se ponía de rodillas, mientras
la segunda lanzaba una salva de flechas. Entonces la primera fila se erguía y
disparaba. Cada vez que caía uno de los hombres de la primera fila, era
reemplazado por algún desgraciado de la segunda. Cuando llegaba la lluvia
de flechas, nosotros nos protegíamos formando paredes y techos con nuestros
escudos de madera. Sólo cayeron aquellos de nosotros con peor suerte.
Aguantamos desconcertados un par de aquellas salvas, esperando que
atacaran, pero al final nos impacientamos y, a la orden de Olav, corrimos a
su encuentro; bramando como un salvaje ejército einherjer, enloquecidos
guerreros retornados del Valhalla. Entonces arrojaron sus arcos y sus flechas
y empuñaron sus espadas y sus lanzas de dos puntas. Las espadas estaban
hechas para la lucha cuerpo a cuerpo, pero de nuevo daba la impresión de
que estaban acostumbrados a luchar de modo distinto a nosotros. Un
hombre enclenque arremetió contra mí y lo derribé con el escudo. Volvió a
atacar, así que le corté un brazo con el hacha. Y entonces dejó de asediarme.
Otro hombre azul vino corriendo hacia mí, pero giró en seco cuando alcé la
espada y rugí. En ese momento llegó un gigante negro que tenía las fosas
nasales, los labios y las mejillas atravesados por afilados huesos. Me atacó
con un hacha en una mano y una espada en la otra. Por fin un contrincante
digno. Me protegí con el escudo y conseguí clavarle la espada en el vientre,
pero la herida no lo detuvo. Partió mi escudo con el hacha, al mismo tiempo
que su espada me rozaba el hombro. Le corté la piel del vientre y le puse las
tripas al descubierto. Hasta ese momento el gigante no asumió que la lucha
había tocado a su fin y, con un gemido, cayó de rodillas. Yo hice una
reverencia y le agradecí haberme brindado tan buen duelo. Luego le corté la
cabeza.
El aire vibraba por los gritos, los berridos y la pestilencia de la sangre.
Miré a mi alrededor en busca de otro contrincante, pero el ejército egipcio
estaba organizando su retirada. En la lucha cuerpo a cuerpo perdían el
coraje que da la unidad y nadie ponía fuerza en el combate. Era como si
lucharan por obligación. Perdimos unos pocos cientos de hombres en
aquella primera batalla.
Cuando las fuerzas egipcias se hubieron retirado entre una humareda de
deshonor, nosotros seguimos remontando el río. No tardamos en toparnos
con nuevas fuerzas, primero en el agua, luego en tierra. Volvió a suceder lo
mismo: tras una breve batalla, los egipcios se rendían. Podíamos continuar
nuestra marcha.
Pasamos días navegando por el Nilo, en dirección al sur. El largo caudal
de agua proporcionaba vida y alimento a un pueblo que vivía en casas de
piedra, barro y junco. El cauce del río avanzaba como una sinuosa serpiente
a través de un desierto de arena, piedras y peñascos. Olav estaba
impresionado con lo detallado y correcto que era nuestro mapa. Cada
meandro del río se reflejaba fielmente en la copia de los monjes del original
egipcio. Los remeros, que preferían el mar abierto y el viento fresco, se
lamentaban y se quejaban porque tan pronto habían acabado de girar hacia
la izquierda, tenían que virar completamente hacia la derecha. Una y otra
vez. De vez en cuando los barcos encallaban en bancos de arena. Aquí y allá
teníamos que abrirnos paso a través de aguas pantanosas. Miles y miles de
personas se congregaban a lo largo de las riberas y los niños correteaban
jugando por las orillas. Nos cruzamos con numerosas naves comerciales,
pero todas se apartaban obedientemente a nuestro paso.
Navegábamos noche y día. Por la noche nos tumbábamos sobre la
cubierta y contemplábamos el relumbrante cielo estrellado mientras
comíamos dulces frutas que recogíamos en tierra. El arco de la luna estaba
casi horizontal y resultaba muy extraño de contemplar. El aire estaba lleno
de insectos y de sonidos, y de los olores del desierto.
La flota alcanzó el palacio al amanecer. Las detalladas descripciones del
antiguo pergamino podían haber sido escritas ayer. La entrada del canal
lateral estaba custodiada por dos chacales de piedra. El enorme templo
estaba construido al abrigo de unos peñascos. Olav dejó que su mirada
vagara hacia la orilla, continuara hacia el palacio y subiera por la pared de
piedra.
—Muy bien —dijo—. Ya estamos aquí.
Yo estaba junto a él, estudiando el mapa con los elaborados dibujos.
Todo era exactamente como estaba representado.
—¿Dónde están las personas? —pregunté.
—Estarán durmiendo —respondió Olav.
Protesté:
—¡Tendrán que tener centinelas!
Olav dijo:
—Los sacerdotes y los guardianes del templo son los centinelas. No hace
falta más. Nadie sabe nada sobre este sepulcro. Han transcurrido dos mil
quinientos años desde aquel cortejo fúnebre.
—Es mucho tiempo —admití.
Arribamos a la orilla y subimos a pie hasta el templo, rodeados de una
nube de polvo y arena. Olav y yo ascendíamos por el empedrado hacia el
templo, cuando un egipcio flacucho se interpuso en nuestro camino.
Corajudo, sostuvo la mirada del rey. Olav se rio seguro de sí mismo.
—¡Apártate, hombre azul! —ordenó el rey.
Pero el egipcio, con una entereza que nos impresionó a todos, no se
movió. Por la expresión de su cara y sus vestimentas, deduje que debía de ser
un sacerdote o un hombre sagrado.
—¡Apártate! —repitió Olav.
Le dije al rey que era dudoso que el extranjero entendiera nuestra
lengua.
—Entonces seguro que entiende esto —dijo Olav empuñando su espada.
El pequeño hombre azul no se movió. Olav lo rozó con la espada y un
reguero de sangre empezó a manar de la herida y cayó sobre la arena. No
temblaba, pero su mirada relumbraba un poco. El egipcio dijo algo que no
entendimos y cayó de rodillas. Me pareció que las palabras sonaban como
un conjuro. Inesperadamente Olav envainó su espada.
—¡Nos lo llevamos! —dijo mirando al egipcio arrodillado—. Puede
sernos de utilidad —dijo el rey, sobre todo para sí mismo.
Tras una colina, se había congregado un grupo de hombres armados.
Olav llamó a nuestras fuerzas y las lanzó contra la tropa de defensa.
Junto con Olav y el puñado de hombres que había escogido, entré en el
templo vacío que olía a incienso. El suelo estaba cubierto de mosaicos y
dibujos de dioses decoraban todas las paredes. La entrada a la cámara
mortuoria estaba cubierta por un tapiz colgado tras un altar. Arrancamos el
tapiz y volcamos el altar. La propia cámara mortuoria estaba sellada y
decorada con misteriosas figuras de animales y símbolos que no se parecían
ni a las runas ni a las letras. Olav había escogido a seis de los hombres más
fuertes de la flota para derribar el muro. Llevó su tiempo. Cuando el agujero
fue lo suficientemente grande como para que pudiéramos pasar, tuvimos que
bajar por unas escaleras largas y empinadas. El aire era húmedo y caliente y
olía a moho y a piedra. En la oscuridad encendimos unas antorchas que
habíamos cogido en el templo. Un túnel al final de las escaleras nos condujo
hasta la primera cámara mortuoria. Olav fue el primero en entrar. Yo le
pisaba los talones.
Gracias a las antorchas vimos una sala de tamaño mediano. En medio de
la cámara había un arca, rodeada de figuras de madera y cuatro vasijas de
cerámica repletas de joyas y piedras preciosas.
—Algo es algo —dijo el rey.
Las paredes estaban ornamentadas con figuras de dioses y símbolos. Al
pensar que la cámara funeraria llevaba intacta varios miles de años, me
mareé, aunque quizá fuera por ese aire caliente y pesado. Llamamos a un
grupo de porteadores que se llevaron las vasijas a la nave. Olav estaba
impaciente. Con una piedra afilada señaló en la pared el lugar contra el que
debían arremeter. De nuevo se pusieron a trabajar con sus barras de hierro.
El estruendo se clavaba como lanzas en nuestros oídos y rebotaba contra las
paredes como un eco encerrado. Conseguimos abrirnos paso. Para llegar a
la segunda cámara funeraria tuvimos que descender por unas escaleras. Era
exactamente igual que la primera. Igual de grande, igual de calurosa.
También aquí había un arca en medio de la habitación. La cámara contenía
cuatro vasijas rojas de barro, colmadas de pequeñas alhajas. El rey estudió
la copia de las antiguas instrucciones egipcias y señaló el lugar donde
pensaba que estaba la entrada a la tercera cámara.
El último muro era aún más sólido que los dos primeros y exactamente
igual al resto de las paredes de la cámara. A pesar de ello, Olav entendió lo
que ocultaban las piedras. Los hombres alzaron sus barras.
—Arread —dijo el rey.
Y los hombres empezaron a golpear la pared. El hierro iba haciendo
mella en las piedras con un eco metálico. Las piedrecillas saltaban. El sudor
caía por la frente de los agotados hombres. Por parejas se fueron abriendo
paso, hasta que el muro se derrumbó.
—Así se arrea —dijo el rey.
Tras el agujero nos aguardaba una escalera aún más estrecha, profunda
y empinada que las anteriores.
—Como siga así —dijo Olav—, vamos a acabar encerrados en el Hel.
Nadie se rio. Bajamos los escalones con las antorchas alzadas. Al pie de
las escaleras, un nuevo túnel se adentraba en la montaña. Al cabo de cien
pasos, el túnel se amplió. Pasamos por un pasillo de columnas. Por fin
habíamos llegado.
La última de las cámaras estaba repleta de tesoros. Zafiros, esmeraldas y
diamantes, candelabros y soportes de antorchas de oro puro, grandes gatos
de alabastro, aves de piedras relumbrantes y enormes escarabajos, tanto
fundidos como esculpidos. Encontramos vasijas de cerámica llenas de rollos
de pergaminos.
—Todo esto se lo tienes que agradecer a tu antepasado Håkon el Bueno
—dije.
El rey me respondió sonriendo:
—He heredado cosas buenas.
A nuestro alrededor, los hombres comenzaron a reunir todo lo que
parecía tener valor. Dejamos las estatuas y las figuras de yeso. Los
porteadores fueron a buscar las cajas del pescado de las naves y las llenaron
de objetos de valor. El peso y el calor habían dejado de molestarnos ahora
que habíamos encontrado el tesoro, y los hombres se reían y gritaban de
alegría. Las escaleras eran tan estrechas que tenían que subir por grupos.
Era imposible cruzarse en las escaleras. Una vez que se hubieron llevado las
joyas y los tesoros, Olav ordenó que se llevaran un cofre decorado que
contenía seis rollos de pergamino manuscrito. No entendí para qué quería
textos escritos en una lengua que no entendía, pero al rey Olav le gustaban
mucho los escritos y los relatos. Además, el cofre era de oro.
En medio de la cámara, entre cuatro columnas labradas, había una
enorme arca de piedra. Usando todas nuestras fuerzas, conseguimos apartar
la tapa. Dentro había un sarcófago de cuarzo y, dentro del sarcófago, un
ataúd cubierto de polvo. En el interior del ataúd había otro hecho de madera
de ciprés con piedras de colores y joyas incrustadas. Sacamos el ataúd de
madera de ciprés, lo dejamos sobre el suelo y lo abrimos. Dentro
encontramos un molde fundido en oro de un hombre muerto, en cuyo interior
descansaba el cadáver envuelto en paño de lino.
—La divinidad dormida —dijo Olav.
A mí no me parecía que la enclenque figura recordara mucho a un dios,
pero yo siempre me he imaginado a los dioses como seres fuertes, como Odín
y Loke. Volvimos a dejar el molde de oro con la momia dentro del ataúd de
madera de ciprés.
—Nos lo llevamos —dijo Olav.
Protesté. Al fin y al cabo habíamos reunido más oro y tesoros que en
ningún otro saqueo. La idea de perturbar a un dios extraño —por muy
enclenque y durmiente que fuera— me inquietaba. Pero Olav se mantuvo
firme. Había soñado que iba a encontrar a un dios durmiente, sostenía, y
aquella divinidad le apoyaría durante el resto de su vida.
—Está bien, señor —dije. Sabía que el rey no se dejaba convencer cuando
estaba de ese humor.
Contemplamos la cámara que se extendía a nuestro alrededor.
—Así me gustaría descansar eternamente a mí cuando mis días lleguen a
su fin —dijo Olav.
Le respondí que probablemente un atajo de ladrones de tumbas como
nosotros le perturbarían el sueño de la muerte.
Entonces Olav hizo algo extraño. Se quitó su collar, un pesado collar de
oro del que colgaba la runa ty, el símbolo de guerra de Tyr, que debía
infundir fuerza a Olav en la batalla. Dejó la cadena en el sarcófago vacío.
Quise preguntarle por qué, pero algo me retuvo. Ninguno de los dos dijo una
sola palabra. En silencio aspiramos el caluroso aire de la montaña. En el
sarcófago, la cadena del rey se enrolló como una serpiente dorada. Luego
salimos de la gruta, al ardiente calor de la mañana.
EL SIGNO OCULTO
SNORRE
APOCALIPSIS
JEAN-FRANÇOIS CHAMPOLLION
LA PIEDRA RÚNICA
1
CON UN golpe seco que reverbera entre las paredes del portal, poso en el suelo la
maleta con la piedra rúnica, busco el llavero, lo saco y las llaves entrechocan entre sí.
Pasar por casa supone un riesgo, pero he estado más de una semana en Bergen y
necesito cambiarme de ropa y coger un par de libros que tengo empezados y el tubo
de pomada para el eccema en la entrepierna.
La cerradura principal, una anticuada cerradura de resbalón que no funciona, se
abre haciendo clic.
Introduzco la larga llave en la cerradura de seguridad —que me encasquetó un
vendedor ambulante a base de darme la lata, adularme y amenazarme veladamente con
peligros innombrables que me acecharían a mí y a mi piso si no lo protegía con una
cerradura extra—, y hago girar la llave, que chirría y resuena. Por vieja costumbre,
dejo el llavero colgando al empujar la puerta. La luz del recibidor está apagada; esta
vez han procurado cerrar todas las puertas al irse, incluida la del estudio, pero algo de
luz se cuela por la cerradura de la puerta del salón.
Están aquí.
El miedo se despierta como un tenue fuego en el vientre. Contengo la respiración.
Mis sentidos intuyen la presencia de Hassan, o el olor a su loción de afeitar y su
cigarro, mezclado con un fuerte olor a sudor. Dejo mi mano temblorosa sobre el
pomo y meto la cabeza en el recibidor. No hay nadie, pero sé que están aquí.
El corazón me late como si su mayor deseo fuera desembarazarse de mi cuerpo y
coger el ascensor hasta el primer piso.
Pienso: o bien tienen una copia de mis llaves o bien tienen un instrumental tan
avanzado como para ser capaces de abrir incluso un cerrojo de seguridad que, según
el vendedor, era inexpugnable.
«¡Bjørn, eres un paranoico!».
Me parece escuchar un ruido en el salón: suelas de zapato contra el linóleo, pero
también podrían ser imaginaciones mías.
La piedra rúnica, envuelta en toallas húmedas, camisas y calzoncillos sucios, está
dentro de la gran maleta que compré en Bergen, una Samsonite con cierre de código
de seguridad. Nadie sabe que la tengo, ni siquiera las Autoridades de Patrimonio. Sólo
lo sabemos Øyvind y yo.
«Sobreponte, Bjørn —me digo a mí mismo—. Aquí no hay nadie. No han estado
esperándote en tu apartamento durante todo el tiempo que has pasado en Bergen. No
saben que has llegado en el tren de esta mañana. Eres irracional. Te entra el pánico sin
razón alguna. Bjørn —me digo con mi voz más severa—, ¡déjate de tonterías!».
La luz de la cerradura se oscurece.
Albert Einstein afirmó en 1905 que todo es relativo. Tiene razón. En el dentista o
ante un pelotón de fusilamiento, los segundos y los minutos transcurren a otra
velocidad que en la playa.
La puerta del salón se abre.
Dejo de respirar.
Los ojos de Hassan me resultan aún más fríos y más muertos ahora que sé quién
es. Lleva puesto un traje oscuro muy bien planchado. Camisa blanca. Corbata. En la
mano lleva una pistola. Una Glock.
Nos separan tres o cuatro metros. Él ocupa todo el espacio de la puerta del salón,
mientras que yo sigo con los pies sobre la alfombrilla de la entrada.
Por detrás de Hassan asoma otra cabeza. No sé cómo se llama, pero lo recuerdo de
la habitación del hotel de Islandia.
Puesto que aún tengo la mano sobre el pomo, reacciono a toda velocidad.
Cierro la puerta de entrada de un portazo, echo el cerrojo de seguridad, cojo la
maleta con la piedra rúnica y echo a correr hacia el ascensor.
Si vas a escapar de un animal depredador, tienes que ser más listo que él. Por eso
envío el ascensor al primer piso, pero sin mí, echo a correr hacia las escaleras y subo
un piso.
Pulso la alarma antiviolencia para que acuda la policía.
Los latidos del corazón casi no me dejan respirar.
Al cabo de medio minuto, Hassan consigue abrir la puerta. Corren por el pasillo
de la planta de abajo, pero no esperan el ascensor. Salen corriendo hacia las escaleras
y, cuando las bajan, parece como si hubiera un derrumbamiento de piedras.
Me quedo esperando con la respiración entrecortada.
La primera patrulla de policía llega al cabo de unos cinco o seis minutos. La
segunda, con la que viene Ragnhild, llega un par de minutos más tarde.
Hassan ha desaparecido. Se ha disuelto en la nada en alguna de las calles entre los
chalets de Grefsen.
2
UN PAR de horas más tarde, mi amigo Terje me viene a buscar a la comisaría.
No les vemos el pelo a los bandidos, pero de todos modos damos varios rodeos a
tal velocidad que a Terje podría haberle costado ocho puntos del carné de conducir,
además de su humilde sueldo mensual.
Le cuento lo que ha pasado en Bergen, pero ya se ha enterado de casi todo a través
de los periódicos. El hallazgo de la cámara mortuoria del monasterio de Lyse ha
supuesto una perla para las Autoridades de Patrimonio Histórico. Al principio se
entusiasmaron: «¿Una cámara mortuoria intacta? ¿Del siglo XII? ¿En un pozo bajo el
monasterio de Lyse?». Luego cayeron en la cuenta de que había excavado la cámara
por mi cuenta, sin seguir los procedimientos normales: no había solicitado permiso, ni
había informado a nadie. Al contrario, me había comportado como un simple ladrón
de tumbas. ¡Cómo un vándalo! Las Autoridades de Patrimonio y los furiosos
catedráticos quisieron denunciarme a la policía, pero afortunadamente intervino el
ministro de Cultura, que ante todo quería evitar el escándalo. Al fin y al cabo la
cámara había despertado el interés internacional. A duras penas he conseguido
mantener mi puesto de trabajo, aunque estoy suspendido hasta que una comisión de
investigación revise el caso. Pues muy bien. He roto todas las reglas posibles y ni
siquiera les he hablado de la piedra rúnica que me llevé de la cámara mortuoria.
Paso la noche en el sofá de Terje. He ido a la universidad para recoger mi móvil y
ha sonado varias veces. Número secreto. No he respondido. No creo que puedan
rastrearlo aquí en el centro.
Terje, siempre tan solícito —aunque quizá también llevado por el deseo de no
tener al objetivo de un potencial ataque con bazucas merodeando por su piso—, me
presta la casa de verano de su familia, que está en Spro, Nesodden, a media hora en
barco del puerto de Oslo. Es un lugar prácticamente imposible de encontrar, incluso
para quien esté dispuesto a llegar muy lejos para conseguir la piedra rúnica. Tan lejos
como para matarme, por ejemplo.
3
LLUEVE. Las gotas caen espasmódicamente por el cristal de la ventana y el fiordo de
Oslo está frío y oscuro. He encendido la negra estufa de leña.
La piedra rúnica está fuera, en el bosque. La he dejado envuelta en un jersey de
lana y una lona, dentro de una bolsa de hockey que he metido en una cavidad natural
entre dos grandes piedras; después he cubierto la entrada con pedruscos.
Ante mí, sobre el escritorio con vistas al fiordo y Langåra, tengo una fotografía
que muestra la piedra a tamaño real. Un compañero del Instituto de Geología les ha
echado un vistazo a las alhajas incrustadas en la piedra: valen varios millones de
coronas.
Aparte de Øyvind, Terje y el geólogo, nadie sabe de la existencia de la piedra
rúnica, aunque, tarde o temprano, las diligentes hormigas que trabajan en la cámara
mortuoria empezarán a preguntarse por el nicho vacío del zócalo de mármol.
La piedra rúnica no resulta difícil de descifrar.
El texto en noruego antiguo está escrito en runas, pero no está cifrado. He
traducido los cinco versos palabra por palabra. Se trata de una alabanza religiosa en
honor de san Olav, con referencias a la mitología egipcia, cristiana y nórdica antigua.
Según el tallista de las runas, en tiempos inmemorables, Odín, Osiris y el Dios
cristiano hicieron un pacto para que sus pueblos vivieran en paz y armonía. En fin…
Una vez traducidas las runas y adecuadas al noruego moderno, la introducción del
texto reza así:
URNES.
5
OBEDIENTEMENTE llamo a Ragnhild y le digo que estaré fuera unos días.
—Pero Bjørn…
—¡Me llevo la alarma antiviolencia!
—Ya viste cómo te fue la última vez.
—¡Encontré la cámara del tesoro!
—¡Te han suspendido!
El tono de su voz me recuerda al de mamá.
LAS IGLESIAS DE MADERA
1
LA IGLESIA de madera de Urnes corona un alto con vistas sobre el fiordo de Luster, al
fondo del fiordo de Sogn. Majestuosas montañas se alzan a ambos lados del largo
fiordo. Las torres y los tejados arrojan largas sombras sobre el cementerio que rodea
la iglesia. A sus pies, se extiende el fiordo brillante y frío. Un perro ladra en algún
lugar.
Como la mayoría de las iglesias de madera medievales de Noruega, la de Urnes
tiene muchos tejados que van ascendiendo hacia una torre que señala el reino de los
cielos. Los troncos de madera con los que está construida son bastos y están cubiertos
de brea. Los adornos, que provienen de dos iglesias más antiguas que se alzaban en el
mismo lugar, son el último estertor de los vikingos. Las tallas de madera se extienden
dibujando lazadas, arcos y círculos.
—¡Bjørn!
En la penumbra, los olores de la madera vieja se mezclan con los de la brea. En la
voz susurrante de Øyvind reverbera la expectación contenida. Acudo corriendo. Está
estudiando las tallas de uno de los pilares de madera de la iglesia y señala un dibujo
familiar en la madera. Entre las estilizadas líneas de la madera, reconozco tres
símbolos: ankh, ty y cruz.
Con un gesto llamamos a Vibeke Wiik, de la Asociación de Patrimonio Histórico.
No le hemos revelado nada sobre lo que estamos buscando —lo cierto es que ni
siquiera nosotros lo tenemos claro—, pero, ante la posibilidad de que la iglesia de
Urnes pueda tener alguna relación con el hallazgo de la cámara mortuoria del
monasterio de Lyse, Vibeke y la Asociación de Patrimonio se muestran
encantadoramente dispuestos a ayudarnos. Nos ha abierto las puertas de la iglesia, nos
lo ha enseñado todo y luego nos ha dejado a nuestro aire para que nos consagremos a
nuestras investigaciones mientras ella sigue con lo suyo junto al altar. Øyvind y yo
llevamos horas estudiando las inscripciones, las tallas y los ornamentos.
—Ah, eso —dice, casi un poco avergonzada, cuando le preguntamos por los
símbolos—. Nuestros conservadores piensan que el tallista incluyó esos símbolos en
la decoración para recibir la fuerza de las religiones a las que representan. No todo el
mundo profesaba la fe cristiana con la misma firmeza. Lo cierto es que esta curiosa
combinación de símbolos aparece en varios ornamentos de madera del período que va
desde el siglo XII hasta el siglo XVI.
Entusiasmados, Øyvind y yo nos ponemos a revisar las tallas que rodean los
símbolos. Las iglesias de madera noruegas tienen gran riqueza de inscripciones
rúnicas. Los símbolos que hemos encontrado indican que el tallista ha dejado alguna
pista, con la intención de que fuera encontrada. No por cualquiera, sino por aquellos
que hubieran sido introducidos en el saber secreto.
Ocultas entre las miles de figuras de animales, los símbolos mitológicos y las
runas, encontramos palabras como «san Olav» y «el arca del rey», además de una
inscripción que, una vez traducida, reza: «Nosotros que custodiamos a El Divino». En
varios lugares encontramos el número 50 escrito con cifras modernas y en romano,
(L). Leemos la formulación «Salve al sabio hombre azul», que hace referencia a un
egipcio o a un norafricano, y una referencia a la «guardia del Papa» y a los «dignos
CUSTODIOS del culto sagrado de Amón Ra». No sé qué pensar. Nunca he oído hablar
aquí en Noruega de guardias del Papa ni de cultos sagrados egipcios. Aunque las
referencias a Egipto al menos concuerdan con las menciones a Egipto en el códice de
Snorre.
—¿Chicos? —La voz de Vibeke nos alcanza desde uno de los rincones lejanos de
la iglesia—. Acabo de caer en la cuenta… ¿No estaréis buscando una cripta?
Ha abierto una trampilla en el suelo y la ha enganchado a la pared. Del subsuelo
emergen los aromas del moho, la tierra y las aguas subterráneas. Enciendo una
linterna e ilumino una oscura habitación de paredes de piedra que se oculta bajo el
suelo de la iglesia.
La miro sorprendido:
—¿Una cripta? ¿Este tipo de sepulcros no se colocaban en el coro, ante el altar o al
Este de la nave?
—La verdad es que este sepulcro no apareció hasta que hicieron la gran reforma
en el siglo XVII —nos explica—. Tuvieron que levantar gran parte del suelo porque las
vigas que lo sostenían se estaban pudriendo. La cripta estaba oculta de un modo tan
intrincado que tuvieron que levantar todo el suelo para tener acceso. Originalmente, el
suelo no estaba colocado al modo usual. Cuando se construyó la iglesia, alguien
montó una elaborada construcción de vigas de madera y ruedas dentadas capaces de
abrir un cerrojo gigante que cambiaba de posición uno de los troncos junto al altar.
Desgraciadamente todo acabó en la hoguera. Lo poco que sabemos del mecanismo de
cierre se basa en dos manuscritos que se conservan aquí en el pueblo.
—Los muros de piedra también son un anacronismo, ¿no?
—Normalmente se excavaba el agujero y se colocaba el cadáver sobre corteza de
abedul. Una cámara mortuoria como esta es muy poco usual.
—¿Qué contenía la cripta?
—Eso es lo extraño. Estaba vacía. Completamente vacía.
Øyvind, Vibeke y yo bajamos a la estrecha cámara de techo bajo, pero allí no hay
nada que ver. Se lo han llevado todo. Las piedras de las paredes y el techo no tienen
una sola inscripción.
2
AL DÍA siguiente continuamos con la inspección. Es una mañana fría. Øyvind y yo nos
hemos ataviado con sendos jerseys de lana del año de la polca. Vibeke revolotea a
nuestro alrededor como un solícito djinn al que alguien hubiera liberado de la
lámpara. A eso de las doce nos comemos los bocadillos que nos hemos preparado en
el hotel, al otro lado del fiordo. Compartimos la comida con Vibeke, que ha traído un
gran termo con café, algo en lo que ni Øyvind ni yo habíamos pensado.
Pasan aún un par de horas más antes de que encuentre la trampilla.
Está perfectamente camuflada. La encuentro —no por casualidad, pero sí gracias a
un golpe de suerte— en la parte de atrás del capitel de uno de los sólidos pilares que
se extiende desde el suelo hasta el techo de la iglesia. El capitel está a cuatro metros de
altura, pero el púlpito de 1690 está justo debajo del escondite.
A primera vista, la trampilla parece una juntura natural de un marco ornamental
tallado, incrustado en la madera. Golpeo el pilar para comprobar si está hueco. No
sabría decir. Luego mi mirada vuelve a recaer sobre la juntura y, centímetro a
centímetro, sigo el camino rectangular de la grieta en torno al marco. Llamo a Øyvind
y a Vibeke, que suben corriendo al púlpito, pero no descubren siquiera el contorno de
la trampilla hasta que se lo señalo con el dedo.
—Dios santo —dice Vibeke—. Y yo que creía que conocíamos cada metro
cuadrado de esta iglesia.
Intento abrir la trampilla valiéndome de la punta del dedo y el Leatherman de
Øyvind, pero está incrustada en la columna con total precisión y no se mueve ni un
milímetro. Øyvind y Vibeke intentan ayudarme, pero ni siquiera las pulcras uñas
largas de Vibeke llegan a caber en la grieta.
—¿Y si la trampilla está encolada? —pregunta Vibeke.
—Entonces vamos a tener que usar una sierra, o tal vez un taladro —bromeo.
La mirada de Vibeke me da a entender que hay ciertas cosas con las que no se
bromea.
—¿No podríamos serrar todo el pilar? —apostilla Øyvind, que no es tan sensible
como yo al mudo lenguaje de las miradas.
Dedicamos cerca de una hora a buscar la manera de abrir la portezuela y, cuando
estamos a punto de rendirnos, Øyvind descubre el ingenioso mecanismo de apertura.
En una sección enmarcada del otro lado de la columna, hay tres flores decorativas
talladas cuyas coronas resultan ser tres tapones de madera. Girando y tirando de los
tapones —y también hurgando con cuidado con la menor de las cuchillas del
Leatherman de Øyvind— conseguimos sacarlos.
—Menuda bronca me van a echar —suspira Vibeke con entusiasmo en los ojos.
Durante un rato nos preguntamos qué podríamos hacer con tres agujeros por los
que no nos caben los dedos. Introduzco un bolígrafo y noto que estoy empujando
algo que hay en el interior de la columna, pero no pasa nada. Sin embargo, cuando
introducimos simultáneamente tres bolígrafos en los tres agujeros, se dispara un
mecanismo interno. Algo chirría y el mecanismo abre un cerrojo interno. De pronto,
la trampilla incrustada se abre sin resistencia.
Ilumino el interior del pilar con la linterna y vislumbro… ¿un pedazo de madera?
Vacilante introduzco la mano. Tengo miedo de que quienes construyeron el cerrojo
hubieran equipado la construcción con una trampa capaz de, por ejemplo, cortarles la
mano a los ladrones.
Cojo la tabla de madera, cuento hacia atrás en mi interior y la saco
apresuradamente.
Conservo la mano, que tiene agarrada una tabla rúnica.
Vibeke está eufórica. En nombre de la Asociación de Patrimonio, del gobierno de
la región de Sogn og Fjordane, de las Autoridades de Patrimonio y Dios Nuestro
Señor, pretende confiscar inmediatamente el hallazgo, muchísimas gracias. Con
grandes esfuerzos y enormes cantidades de encanto, Øyvind y yo conseguimos
convencerla de que nos preste la tabla para que la estudiemos. Prometemos
devolvérsela ilesa e inmaculada, de modo que pueda exhibirse en una vitrina de
cristal, para la alegría del jefe de Turismo, el alcalde y los demás pasajeros del crucero.
La tabla, como era de esperar, es completamente ilegible. Pero cuando probamos
con diferentes combinaciones César, descubrimos que todas las runas están sustituidas
con el signo que se encuentra cinco puestos por delante. Descifrado y traducido a
lengua moderna, el texto reza así:
De nuevo una referencia a la guardia del Papa y al dios del sol egipcio, Amón Ra.
En Egipto, Amón y Ra eran dos dioses que a la larga se fundieron en uno.
El hombre que talló las runas hace más de ocho siglos podía estar tranquilo: el
código y el mensaje sin duda resultarían incomprensibles para cualquiera que, contra
todo pronóstico, se encontrara con la tabla rúnica. Los acertijos y los textos cifrados
eran ajenos a la mayoría de la gente de aquel tiempo. Sólo los letrados eran capaces de
entender el significado de las runas secretas. Quienes supieran lo que estaban
buscando, y comprendieran dónde y cómo buscar la información, serían capaces de
encontrarle un sentido al revoltijo de signos.
Nos lleva unos quince segundos descifrar la cruz rúnica. Los signos del crucero
horizontal —SELF— están escritos hacia atrás y forman la sílaba FLES, mientras que la
palabra vertical es BERG.
FLESBERG.
3
LA IGLESIA medieval de madera de Flesberg se construyó a finales del siglo XII y se
alza en una pradera en Numedal, Buskerud, con una valla de piedra y rodeada de
suaves montes boscosos y viejas granjas. En 1732 el cura se quejó de que la ruinosa
iglesia «llevaba en pie desde los tiempos de los católicos» y luego se encargó de que
fuera reformada y transformada en una iglesia de uso. Nadie sabe qué fue de los
restos del edificio. En aquellos tiempos solía reutilizarse la madera, cuando no
acababa como leña para el fuego.
Øyvind y yo comprendemos abatidos que las posibilidades de descubrir huellas
del siglo XII son mínimas.
El párroco nos enseña la iglesia. Como la mayoría de los párrocos, le tiene cariño
a su iglesia, pero no queda gran cosa de la Edad Media. Se han conservado la pila
bautismal, un par de cruces de piedra, la viga con bajorrelieve de uno de los bancos y
tres de las paredes de la nave central, además de la ornamentación del pórtico del
Oeste, que es muy elaborada y tiene leones, dragones, serpientes y motivos vegetales
tallados.
Pero, al cabo de varias horas de búsqueda, no hemos encontrado ni trampillas
ocultas, ni runas en la viga tallada, ni códigos en las decoraciones pintadas.
—No sé si tendrá alguna importancia —nos dice el párroco cuando hacemos una
pausa para tomar un café—, pero una de las campanas de la iglesia se remonta a los
orígenes de la iglesia.
Pego un respingo. Murmuro:
—«El sonoro secreto…».
Øyvind y el párroco me miran sorprendidos.
—¿El qué?
—¡La inscripción de la tabla rúnica! Decía que los «dignos CUSTODIOS del culto
sagrado de Amón Ra conocen el sonoro secreto de las runas».
—¿Tabla rúnica? —pregunta el párroco—. ¿Amón Ra?
—¡Por supuesto! —exclama Øyvind.
Agitados, subimos corriendo las escaleras del campanario y llegamos arriba con la
respiración entrecortada. El párroco abre dos de las ventanas para que entre algo de
luz.
Vemos inmediatamente cuál de las campanas es la más antigua. No hay que ser un
lince. La inscripción rúnica rodea la parte baja de la campana: está desgastada, pero es
legible. Al menos aparentemente. Muchas campanas antiguas tienen inscripciones
rúnicas escritas hacia atrás, como si se tratara de un conjuro, pero en este caso no nos
sirve de nada leer hacia atrás. Cuando intentamos descifrar el texto, el párroco sonríe
y nos explica que los signos no tienen sentido.
—Han sido muchos los que lo han intentado antes que vosotros, siglo tras siglo,
pero nadie ha conseguido descifrar las runas. Los símbolos son un puro ornamento.
Mientras Øyvind fotografía la serie de signos, yo anoto las runas en un cuaderno.
4
ØYVIND vuelve conmigo a Nesodden en el coche alquilado. Dedicamos los días
siguientes a intentar descifrar la serie de signos, pero tampoco nosotros tenemos
suerte. Las runas secretas no sólo están cifradas, sino que hacen uso de un conjunto
propio de signos: las runas kvist, o runas rama.
El secreto de las denominadas runas kvist es que la serie original de runas se
divide en tres grupos denominados ætt, que significa «clan». Los maestros en runas
organizaron un esquema que podía tener el siguiente aspecto:
Cada runa kvist pertenecía entonces a uno de los tres ætt, que, para despistar, se
numeraban de abajo a arriba. Por otra parte, a cada runa le correspondía también una
cifra horizontal dentro de su ætt.
En este sistema, al signo rúnico A le correspondía el valor 24 (el cuarto signo del
segundo ætt o grupo), mientras que a B le correspondía el valor 12 (la segunda runa
del primer ætt).
Luego, el valor numérico de las runas se representaba en una runa kvist. Por
ejemplo, en la A (es decir, 24) se marcaban, a la izquierda del palo, 2 kvists o ramas
(el valor del ætt) y, a la derecha, 4:
LA CAMPANA SUENA
Las runas kvist le llevan más tiempo. Los signos se le resisten, se ponen difíciles,
pero Terje es tan testarudo y complicado como yo y, finalmente, descifra el código. El
maestro rúnico manipuló sistemáticamente el número de runas del lado derecho e
izquierdo de la tabla, siguiendo un patrón muy elaborado. Al menos en tres ocasiones
aparecen las palabras:
SOÑA ATNEUCNIC
CINCUENTA AÑOS
Entonces nos restan tres palabras o nombres —de cinco, ocho y tres signos—,
cada uno de los cuales ha sido sometido a aún otro camuflaje. Pero Terje ya ha
desenmascarado al maestro rúnico: probando diferentes códigos César en el texto
hacia atrás, consigue sacar a la luz tres nombres:
LA CAMPANA SUENA
URNES CINCUENTA AÑOS
FLESBERG CINCUENTA AÑOS
LOM CINCUENTA AÑOS
5
ANTES de que Øyvind y yo salgamos hacia Lom, llamo a Ragnhild a la comisaría de
policía.
Da la impresión de estar un poco irascible. No tiene gran cosa que contar y yo, a
cambio, no le digo adonde me dirijo. Me pregunta dónde he estado, pero tampoco se
lo quiero contar. Yo también me puedo poner de mal humor. Se me ha metido en la
cabeza que, en teoría, es posible espiar nuestra conversación por medio de rayos,
implantes o satélites geoestacionarios, pero eso me lo guardo para mí, así evito que me
vuelvan a ingresar en la clínica.
—Cuanto menos sepas —le digo—, tanto mejor, para ti y para mí.
—No comprendo ese razonamiento.
—Cuanto menos entiendas, tanto más fácil te resultará entender cómo estoy yo.
—Esta conversación, Bjørn, no tiene ningún sentido.
De nuevo suena igual que mi madre.
—¿Sigues ahí? —pregunta al cabo de un rato.
—Sí…
—No te olvides de que la policía está ahí para ayudarte. Yo estoy aquí para
ayudarte.
Hay tantas cosas que me gustaría decirle… Me gustaría hablarle de mi
escepticismo hacia las autoridades, los médicos y psiquiatras, y hacia todo aquel que
se sienta elevado por encima de los demás; pero no digo nada. Las palabras se me
atascan en algún lugar a medio camino entre el cerebro y la lengua. Tanto mejor, ella
no lo entendería. Ragnhild es una de las piezas obedientes y leales de la sociedad.
Cuando le pregunto si la investigación se ha postergado, me asegura que el caso
sigue investigándose, pero no me parece del todo sincera. Dice que no tienen ninguna
pista que seguir, que no saben dónde buscar. Al igual que yo, la policía no le ha visto
el pelo a Hassan ni a su tropa en varios días. La mayoría de la gente sentiría un ligero
alivio. Yo me inquieto. El depredador más peligroso es aquel al que no ves.
Sé que están ahí fuera. En algún sitio.
Y me están buscando.
6
LA SILUETA de la iglesia de Lom aparece sombría contra la pared de la montaña.
Cabezas de dragón talladas amenazan el cielo, mientras una fina capa de nubes pasa
por encima de la cordillera de Jotunheimen. La gran iglesia medieval, que es la
principal iglesia del municipio, se construyó a finales del siglo XII sobre las ruinas de
una iglesia aún más antigua.
Øyvind y yo pasamos cuatro días inspeccionando la iglesia, por dentro y por
fuera, con ayuda del párroco, del diácono y de representantes de la Asociación de
Patrimonio Histórico.
—Si se filtra una sola palabra sobre lo que estamos haciendo —les digo a nuestros
excelentes asistentes—, el municipio de Lom perderá su inocencia. El pueblo será
invadido por los periódicos de Oslo y cosas aún peores, los canales de televisión
retransmitirán en directo mientras iluminan la iglesia con una luz fría.
Ante esta amenaza, prometen callar leal y obedientemente.
Cada mañana salimos del hotel con la vibrante esperanza de que hoy, precisamente
hoy, encontraremos una pista. Y cada noche regresamos cansados y decepcionados.
La iglesia ha pasado por numerosas reformas y restauraciones. El original
revestimiento de madera de las paredes fue sustituido y los hombres de la Reforma se
deshicieron de todo vestigio de la herejía católica: los cuadros de los santos, el retablo,
los armarios, los tejidos y los objetos sagrados fueron eliminados, quemados o
arrojados al río.
Aunque hay gran cantidad de inscripciones rúnicas, no ocultan ningún código.
Hay inscripciones labradas por los trabajadores que la construyeron y declaraciones de
amor colmadas de ansia y romanticismo. La iglesia ha conservado incluso una carta
escrita en runas, sobre un drama a tres bandas, con la que Harvard esperaba seducir a
Gudny para que dejara a Kolbein. Pero nada indica que los antiguos custodios
nórdicos hayan dejado ningún rastro.
A última hora del cuarto día, el párroco nos informa de que nuestros colegas están
en camino.
¿Nuestros colegas?
Miro a Øyvind de soslayo. Ninguno de los dos hemos avisado a ningún colega.
El párroco se da cuenta de que algo va mal:
—Dijeron que traían consigo el equipo que habíais solicitado y querían asegurarse
de que no os habíais marchado.
Hassan…
¿Cómo pueden saber dónde estamos? El Bola sigue en el aparcamiento y he
dejado el teléfono móvil en casa.
Le recuerdo al párroco el destino de su colega en Reikiavik y le aconsejo que
llame a la policía local. Inmediatamente. Le agradecemos apresuradamente su ayuda,
nos despedimos y abandonamos la iglesia. Desde una gasolinera llamo a Ragnhild en
Oslo y le pido que avise a la policía local de Lom, por si el párroco no se ha tomado
en serio mis palabras. Llamo al párroco desde Skjolden para saber cómo va la cosa.
Le tiembla la voz. La policía local ya ha llegado y hay refuerzos en camino.
—¿Qué has hecho? —pregunta. Pero a eso no tengo respuesta.
Regresamos en el coche alquilado pasando por Sogndal y Voss y luego nos
separamos.
7
ALGUNAS veces la solución a un problema es tan evidente que resulta invisible.
Si quieres esconder un libro, mételo en la librería. Si quieres sacar de contrabando
un sello poco común, pégalo en un sobre y mándalo por correo.
—¿Bjørn? ¡Soy yo!
Øyvind grita tanto que da la impresión de que intenta compensar la distancia entre
Bergen y Oslo.
En el exterior, el frío ha extendido su gasa gris azulada sobre el fiordo de Oslo y
sus islas. Regresé ayer de Lom y estoy de mal humor. Detesto fracasar, me siento
inútil. Cuando fallo, me hincho de nubarrones tormentosos.
Con el hombro presiono el auricular del teléfono contra la oreja. En la otra punta
tengo a un bergensiano agitado y corto de aliento.
—¿Estás ahí? ¿Bjørn? ¿Hola?
—He estado pensando…
—¿Pensando? ¡Escucha, Bjørn! ¡Nos hemos equivocado de iglesia!
Abajo, en el fiordo, a través de la bruma, pasa navegando un guirigay flotante que
podría recordar a Las Vegas.
—¡Había otra iglesia medieval en Lom! —Øyvind no suelta prenda, a la espera de
mi reacción.
El aire fresco vibra. El rítmico bajo de los pistones de los motores, en un momento
de perfecto compás, hace vibrar los cristales de la casa, pero luego el estruendo se
difumina y el rechoncho casco del buque que va a Dinamarca sale de mi foco de
atención.
—¿Otra iglesia medieval? Øyvind…
La estela del ferry deja espuma blanca. Acabo de caer en la cuenta de lo evidente.
Otra iglesia medieval…
Cuenta la leyenda que en 1021, durante su campaña de cristianización a través de
Gudbrandsdalen, Olav el Santo convenció a Torgeir Gamle —Torgeir el viejo— en
Garmo, Lom, para que se dejara bautizar y construyera una iglesia en honor a Dios.
Torgeir hizo lo que le había ordenado el rey cristiano. Erigió una iglesia que
permaneció en pie durante ciento ochenta años. La iglesia de Torgeir Gamle fue la
predecesora de la iglesia medieval de Garmo, y fue derribada en 1880. Derribada…
Por eso ni Øyvind ni yo pensamos en ella.
—¡Las Colecciones de Sandvig! —exclamo.
—¡Exacto!
Cuarenta años después de que se derribara, la iglesia de Garmo, construida sobre
las ruinas de la vieja iglesia de Torgeir Gamle, fue reconstruida en el museo al aire
libre de Maihaugen, en Lillehammer.
8
UN CÁLIDO viento sopla alegremente sobre el paisaje en el momento en que, ante la
iglesia medieval de Garmo, empiezo a admirar las cabezas de dragón y la elegante
cumbre del edificio.
Las Colecciones Sandvig, usualmente conocido como Maihaugen, se abrieron al
público en 1904, después de que Anders Sandvig se hubiera pasado casi veinte años
reuniendo objetos, edificios y granjas antiguas que después volvía a construir en el
terreno del museo. Cuando se derribó la iglesia medieval de Garmo, las piezas del
edificio se vendieron en subasta. Sandvig, junto con Trond Eklestuen, reunieron todas
las piezas que les fue posible rastrear y volvieron a montar el edificio, en parte con las
piezas originales y en parte con piezas de otros edificios e iglesias.
Los artesanos y los conservadores de museo que reconstruyeron el edificio en la
década de 1920 marcaron diligentemente todas las piezas originales. Por eso no me
lleva más de cuatro horas revisar toda la nave de la iglesia.
En un rincón oscuro y miserable de la iglesia, tropiezo con una tabla de la pared
sobre la que hay un empalidecido retrato de Olav el Santo. El rey cristiano está
envuelto en terciopelo rojo y, arrodillado, eleva una cruz hacia el cielo.
En el ancho marco tallado que rodea la tabla, encuentro ankh, ty y cruz, pero
también largas series de letras latinas y runas nórdicas.
Un nuevo acertijo.
9
EL TEXTO cifrado de la iglesia medieval de Garmo es largo y prolijo. Me paso dos días
enteros en mi escondite de Nesodden, jugueteando con diferentes combinaciones de
signos, pero no llego a nada.
Intuyo, como un reflejo de radar del alma, la proximidad de mis perseguidores en
alguna parte, ahí fuera: en los barcos que se pasean lentamente por el fiordo, en el
helicóptero que no deja de sobrevolar la casa, en los coches que pasan por delante del
desvío, en los hombres que pescan en el muelle en el que arribaba antiguamente el
ferry de Nesodden.
Pero no entienden dónde me he escondido.
Creía que le había cogido el truco al desciframiento de códigos, pero no es así. Al
tercer día llamo a Terje, que se toma unos días libres que no se merece en absoluto y
acude en mi ayuda. Probamos con diversas combinaciones César, pero no hay ningún
sistema en los signos rúnicos. Terje está confuso. Aunque no podamos leer el texto,
afirma que algo está mal. La estructura de los signos no encaja.
—Esto es un refrito de diversas runas —dice Terje.
Al cuarto día intuimos la solución, esto es, Terje la intuye. Yo me doy por
satisfecho con intentar entender de lo que habla.
Un puñado de runas se repite en el texto con una frecuencia que supera
holgadamente la frecuencia de los signos en las lenguas europeas. En la escritura
moderna, la letra E (o el signo que la sustituya en el código), por ejemplo, se repetirá
con mucha más frecuencia que la letra M, que es mucho menos común. Todas las
lenguas siguen semejantes reglas matemáticas.
El problema del texto de Garmo es que algunos signos se repiten con una
frecuencia tan absurda que Terje plantea la siguiente cuestión: ¿y si se introdujeran
algunos signos en el texto con el único fin de confundir? Un truco de ese tipo no sólo
haría que el texto fuera difícil de descifrar, sino que explicaría además la frecuencia y
la regularidad con la que aparecen algunas runas.
Propongo que eliminemos uno de cada dos o de cada tres signos.
Para mi sorpresa, a Terje le parece una buena idea.
Luego nos ponemos manos a la obra con nuevos bríos.
En cuanto identificamos los signos falsos, que son seis runas que se repiten en un
loop, obtenemos un texto que sigue siendo ilegible, pero que al menos se deja atacar
con la clave del código.
La clave sigue el patrón de algunos de los otros códigos, pero es aún más
complicada.
El maestro de códigos usó primero el método César —sustituir un signo con otro
que quede unos puestos por delante— y luego escribió las palabras hacia atrás. Para
dar sabor al código, utilizó un código César distinto para cada palabra.
Laboriosamente conseguimos identificar algunas palabras de noruego antiguo:
dylja, páfi, líkami, texti, hir y heilagr. Pero seguimos sin encontrarle sentido. El
bromista que hizo el código ha descolocado las palabras, pero también este cambio
sigue un patrón lógico: la palabra número 1 está intercambiada con la número 10, la
palabra número 2 está intercambiada con la número 9, y así sucesivamente en una
repetición en forma de espiral.
Por fin hemos comprendido la lógica, ahora todo es cuestión de tiempo y
paciencia. Finalmente conseguimos traducir el texto a lengua moderna:
Oculta está
la sagrada cámara mortuoria
tal y como indicó Asim
Sellados están nuestros labios.
A no ser que el tallista de runas Inge se lo haya inventado, hacia el año 1230 debió
de tener lugar una masiva operación militar —con soldados del Vaticano, de la Orden
de Malta y de la del Temple—; cien años después de la construcción de la iglesia de
Urnes y cincuenta después de la construcción de la de Flesberg. Si un ejército de ese
calibre realmente estuvo en Noruega, tal y como insinúa el texto, debieron acudir en
busca de algo mucho más valioso que el Arca de Olav.
¿Algo de Egipto? ¿Cuál es la relación? ¿El año 1230?
En 1230, el Papa era Gregorio IX, un jurista muy apegado al poder que excomulgó
al emperador Federico II y que luchó encarecidamente por el poder del Papa en
contextos mundanos. Gregorio IX mandó a muchos herejes a la hoguera. Una de sus
bulas de excomunión reza: «Vierto la furia de Dios contra los bárbaros de Noruega,
que profanan lo más sagrado de lo sagrado».
Hasta 1230 el gran maestre de la Orden del Temple fue Pedro de Montaigu. Fue
nombrado gran maestre de los templarios en pleno fracaso de la quinta cruzada, en
una ceremonia en el Nilo. Los cruzados querían reconquistar Jerusalén y la Tierra
Santa haciéndose del control sobre Egipto, y uno de los que se destacaron en la guerra
por Egipto fue el gran maestre de los templarios Pedro Guérin de Montaigu, que
murió en 1230.
Pero ¿cuál era la relación?
—«Los textos sagrados y la divinidad dormida están seguros con el amigo del
pacto, en la tierra donde se pone el sol…».
El amigo del pacto tiene que ser Snorre en Islandia. Pero «los textos sagrados»…
¿Se estaría refiriendo al códice de Snorre? Difícilmente. Es más probable que se
tratase de los rollos de Thingvellir. ¿Y qué tenía de sagrado ese texto? ¿Y quién rayos
es la divinidad dormida?
El mensaje provoca más preguntas de las que responde.
Cincuenta años más tarde, en 1280, un tallista llamado Njål añadió otro texto. Las
runas dicen que la Gruta de Olav y la descripción de su ubicación están protegidas por
la magia de ankh, la runa sagrada ty y la fuerza de la cruz. ¿Cómo se puede interpretar
semejante mensaje? ¿Y cómo podemos buscar «donde sale el sol», que obviamente es
en el Este? ¿Y quién es Lars? ¿Y cómo puedo encontrar su Biblia?
Me confunde la ambigüedad del texto. Da la impresión de que el texto está
compuesto por dos indicaciones diferentes, cada una de las cuales conduce a metas
distintas. Los textos sagrados y el dios están en manos de Snorre, mientras que el Arca
de Olav —y probablemente más cosas— se encuentran aquí en Noruega… «Donde
sale el sol…».
Terje y yo intercambiamos miradas inyectadas en sangre.
—¿Dónde está el hilo conductor que muestra el camino hacia la siguiente iglesia?
—pregunto.
—Probablemente los custodios a los que iba dirigido el texto no sabían mucho
más que nosotros. Por eso el texto tiene que contener toda la información que
necesitamos.
Seguimos buscando. Por mucho que estiremos y retorzamos las formulaciones, no
encontramos palabras ocultas en el texto. Hacia media noche, Terje se queda dormido
en el sofá. Yo sigo trabajando, mordisqueando el lápiz y haciendo inútiles anotaciones
en un cuaderno de espiral. ¿Qué fuerza puede tener una cruz? Una fuerza simbólica,
por supuesto, una fuerza religiosa. ¿Hay alguna relación entre los símbolos ankh, ty y
cruz y el lugar por donde sale el sol?
1030… 1130… 1180… 1230… 1280…
¿Qué relación hay entre esos años?
De este modo derivan mis pensamientos.
Un par de horas más tarde me despierto de pronto.
En el exterior sopla un poderoso viento del Norte que hace vibrar los cristales de
las ventanas. En sueños, o tal vez en un duermevela, quién sabe, se me ha ocurrido
una idea.
Me acerco vacilante a la librería calzado sólo con los calcetines de lana y saco un
atlas de 1952. Regreso a la ventana y busco un mapa del sur de Noruega. Estoy
barruntando una idea. En el sofá, Terje ronca ligeramente.
… ¡Ringebu!
10
A LA MAÑANA siguiente cojo el barco para Oslo.
Ya he llamado, y despertado, al párroco de la iglesia medieval de Ringebu. Una
vez que ha conseguido desembarazarse del sueño, librarse de la irritación que refleja
su voz y comprender que ando buscando todo un tesoro arqueológico que puede
encontrarse en su iglesia, se ha transformado en mi leal servidor.
En el puerto, tomo un taxi hasta la universidad para recoger el equipo necesario.
Con la meticulosidad del paranoico, le pido al taxista que me lleve desde la
universidad hasta el aparcamiento dando todos los rodeos que se me ocurren y
pasando por todos los callejones que conozco. A la larga este coche alquilado me va a
salir muy caro.
Una por una voy comprobando las entradas al aparcamiento. Han abandonado la
vigilancia, cosa que en sí misma resulta sospechosa.
Cojo el ascensor hasta la planta P2. Antes de atreverme a entrar en el
aparcamiento, atasco la puerta del ascensor con la bolsa con el equipo: así me aseguro
una retirada rápida. Echo un vistazo. No veo a nadie. No hay nadie esperando
escondido tras una columna, ni nadie en el interior de alguno de los coches aparcados,
camuflado detrás de un periódico.
La planta está vacía.
Muy sospechoso.
Cojo la bolsa y camino sigilosamente sin despegarme de la pared. Me siento como
el personaje de unos dibujos animados. Me voy acercando al Bola.
No veo a nadie.
Me he traído una linterna y unos guantes de trabajo. Sistemática y
meticulosamente miro detrás de los parachoques, debajo de los guardabarros y bajo la
carrocería.
Encuentro el emisor GPS debajo del guardabarros delantero izquierdo. Tiene el
tamaño de una caja de cerillas y está tan bien agarrado que tengo que usar todas mis
fuerzas para desprenderlo. Han colocado cinta aislante negra sobre la bombilla
intermitente roja.
Listillos.
Pero no me conformo con eso.
El otro emisor GPS está enganchado a una bomba en el motor.
Satisfecho conmigo mismo, pego los dos emisores GPS a un Mercedes gris
metalizado y a un Peugeot azul que están aparcados junto al Bola.
Luego pago una fortuna para que se abra el vado y me dirijo a Ringebu, en
Oppland.
11
LA GRAN iglesia de madera medieval, con su torre roja, se yergue majestuosa en lo alto
de la colina que resguarda Ringebu, cerca de un lugar de culto pagano y de un antiguo
lugar donde se celebraban asambleas.
En el momento en que aparco el Bola, el párroco, que debía de estarme esperando,
viene a mi encuentro. Nos estrechamos las manos. Me disculpo por haberle
despertado tan pronto y él me confiesa que hace décadas que no le despiertan con
noticias tan emocionantes.
El párroco Sigmund Skarnes es un hombre sano y entrañable de unos sesenta
años. Me conduce entusiasmado hacia el interior de la iglesia y luego me la muestra.
La iglesia medieval de Ringebu fue construida hacia 1220 y constituye un testimonio
de lo vacilantemente que abandonaron los noruegos la fe de asa, su antigua religión
vikinga, y lo que tardaron en acoger la salvación de Cristo. Bajo el techo, aún
encontramos los restos de los antiguos dioses nórdicos, pintados en lo alto, por
encima de las columnas.
Uno de los objetos más antiguos que tienen proviene de una iglesia aún más
antigua que sobrevivió milagrosamente a la caza de imágenes de santos de la Reforma:
se trata de una figura de san Lorenzo. La estilizada talla en madera, que está colocada a
la izquierda de la entrada del coro y sostiene una Biblia roja, resulta tan femenina que
al principio la tomo por la representación de una mujer.
También la pila bautismal de esteatita gris ha sobrevivido desde tiempos antiguos.
Un círculo de piedra más oscura cubre la parte superior de la pila.
Cuando Sigmund Skarnes da por concluida su visita guiada, le pido permiso para
seguir visitando la iglesia por mi cuenta y disfrutar de la majestuosidad del templo. Le
cuento vagamente que estoy buscando un mensaje oculto que debieron de dejar los
constructores de la iglesia. Skarnes se retira para preparar su sermón del domingo.
Recojo la bolsa con el equipo del coche. La cámara digital, el ordenador portátil,
una lupa y una potente linterna. Lenta y metódicamente reviso la iglesia. Inspecciono
la figura de san Lorenzo con especial detenimiento: resultaría natural emplear un
objeto como ese para ocultar pistas y signos. Pero no descubro nada. Busco en la
propia figura y en la columna a la que está agarrada. Estudio la Biblia roja. De hecho,
en el último mensaje mencionaba la Biblia.
Sigmund Skarnes se asoma para comprobar que toda va bien.
—Veo que te interesa san Lars, ¿no?
—Es una bella estatua. —Al mismo tiempo que lo digo, asimilo sus palabras—.
¿Cómo le has llamado?
—Bueno, en realidad se llama san Lorenzo. Fue maestro de tributos y diácono en
Roma en el siglo III. Según la leyenda, lo quemaron vivo cuando repartió los
impuestos de la iglesia entre los pobres. ¡Esas cosas pasan! Se dice que su cráneo aún
está en el Vaticano.
—¿Has dicho Lars?
—Por esta zona lo llamamos así, san Lars.
«Hojea la Biblia de Lars donde sale el sol».
¡El texto de Garmo hace referencia a san Lorenzo!
Cuando el párroco se retira a la sacristía para seguir preparando su sermón
dominical, me pongo a dar vueltas en torno a san Lars. Fotografío la figura con la
cámara digital, con flash y sin él, con diferentes iluminaciones. Hago primeros planos
de la cara, la túnica, la tela roja que cuelga de su mano izquierda y la Biblia.
«Hojea la Biblia de Lars…».
En un rincón oscuro de la iglesia, cargo las fotografías en el ordenador portátil.
Traslado las fotografías al Photo Manipulator Pro y empiezo a tratar los motivos. El
programa informático me permite transformar el negativo en positivo, cambiar el
tamaño, el número de píxeles y los colores, y retorcer la perspectiva y la iluminación.
Los arqueólogos y los conservadores de arte emplean el programa para eliminar filtros
de color y poder ver las pinceladas originales bajo las capas de pintura de las
restauraciones.
Las fotografías de la Biblia son una cámara del tesoro digital.
Bajo ocho capas de diferentes tipos de pintura, vislumbro el contorno de unos
signos que están tan desdibujados que debían de resultar invisibles a simple vista. No
sé qué tipo de tinta hayan utilizado —puede haber sido cualquier cosa desde miel
destilada o zumo de cebolla, hasta vinagre u orín tratado—, pero el resultado es un
texto invisible sobre el que se ha pintado más tarde. Para que las letras volvieran a ser
visibles tenían o bien que calentar el texto o bien darle una capa de algún líquido que
lo sacara a la luz (por ejemplo, extracto de lombarda con algún producto químico
añadido para tornar visibles las letras de vinagre). Pero, en nuestros tiempos, también
se puede manipular con la ayuda de un programa informático avanzado.
—¿Qué tal vas? —me grita el párroco desde la puerta de la sacristía.
—Creo que esto va a llevar su tiempo.
No quisiera mentirle a un sacerdote en la casa del Señor, pero tampoco es que sea
una gran mentira. No veo ninguna razón para contarle que acabo de encontrar una
ankh, una ty y una cruz, seguidas de un breve texto.
12
VUELVO a la pensión en la que me alojo en el pueblo. La habitación es sencilla, pero
yo tampoco soy muy exigente. Alguien ha movido un poco algunas de mis cosas. No
mucho, pero lo suficiente como para que lo note. Me pregunto si Hassan sabe que
estoy aquí, pero reprimo ese pensamiento.
Empleo el resto de la noche en descifrar el texto codificado que estaba oculto bajo
las capas de pintura. Una vez que has descubierto la técnica del maestro de códigos —
trasladar los signos un número determinado de puestos y luego introducir signos
arbitrarios para dejar pistas falsas—, el descifrado es más una cuestión de tiempo y
paciencia que de ingenio.
A las 23:27 termino de descifrar el texto:
13
EL SOL incipiente brilla en el pálido cielo de la mañana. El párroco Sigmund Skarnes
sonríe amablemente cuando sale a mi encuentro por el sendero. Dirige una mirada de
preocupación mal disimulada a la caja de herramientas y todo el equipo que tengo a
mis pies:
—¿Tienes pensado desmontarme la iglesia?
—¡He averiguado dónde está el mensaje!
Me mira expectante y emocionado.
—Está dentro del san Lorenzo —le explico.
—¿Estás seguro? ¿Dentro de la talla? Por lo que yo sé, no está hueca.
Abrimos la puerta de la iglesia y encendemos la luz. La sala está fría y húmeda. La
luz entra oblicuamente a través de las ventanas en forma de cruz, en lo alto de las
paredes. Skarnes se estremece un poco. Mientras va encendiendo la luz del altar y las
velas de los altos candelabros de hierro, cojo mi caja de herramientas y el equipo y los
dejo en el suelo, a los pies de san Lorenzo. Cinceles, destornilladores, martillo, una
lata de aguarrás, linterna, cuchillo y una fina sierra.
Compruebo con la linterna cómo está enganchada la figura a la columna de
madera. Las cosas antiguas son frágiles. No quisiera estropear nada.
Dedico cerca de una hora a mis investigaciones. Con el aguarrás voy eliminando
delicadamente la pintura y el pegamento entre la figura y la columna.
A mis espaldas, en voz baja, como si no quisiera molestar, el párroco habla con
una sacristana sobre una boda que se va a celebrar próximamente.
De pronto, una ráfaga de aire recorre el suelo. Alguien ha abierto la puerta de la
iglesia y entra en el templo.
—Bienvenidos —dice Sigmund Skarnes al tiempo que sale a su encuentro—.
Desgraciadamente la iglesia no está hoy abierta al público.
Yo ilumino con la linterna la grieta que hay entre la estatua de madera y la
columna.
Uno de los recién llegados dice algo.
Skarnes empieza a hablar en inglés y les pregunta:
—Where are you from?
Una voz grave responde:
—Far, far away!
14
HASSAN.
Los pulmones se me vacían de aire, el corazón de sangre y los músculos de fuerza.
Jadeo y me agarro a la columna de madera.
Entre las filas de bancos de la iglesia, veo a Hassan con cuatro hombres a los que
no había visto antes.
—¿Bjørn? —El párroco frunce el ceño—. ¿Pasa algo? —Su mirada vaga entre
Hassan y yo—. ¿Quiénes son?
Doy un vacilante paso hacia el altar.
—¡Bjørn! —me increpa Sigmund Skarnes con su voz de párroco; exigiendo una
inmediata explicación, aquí y ahora, una explicación que le resulte convincente.
Uno de los hombres de Hassan arrastra a la sacristana hacia el banco.
Ella se resiste.
—¡Eh, un momento! —protesta indignada, y recibe un golpe en la cara.
No ha sido muy fuerte, pero se calla. Una gota de sangre emana de su nariz y se
aferra unos instantes a su labio superior antes de caer sobre la blusa blanca en la que
lleva sujeta la tarjeta negra con su nombre. La obligan a sentarse en el banco.
El párroco mira confundido y desesperado a Hassan.
—Pero ¿qué están haciendo? —pregunta al aire.
Uno de los hombres de Hassan se enciende un cigarrillo. Sigmund Skarnes está a
punto de protestar —con su voz de prédica pretende decir que está terminantemente
prohibido fumar en la iglesia, que hay riesgo de incendio, por Dios, está claro—, pero
enseguida se da cuenta de que nada de lo que diga un párroco rural conseguirá
convencer a ese hombre de que apague su cigarrillo.
Los pasos de Hassan resuenan en la iglesia cuando se acerca hacia mí. Va
empujando al párroco por delante de sí. Sigo cada paso con la mirada. Se para a un
par de metros de distancia.
—¿Dónde están los rollos de Thingvellir?
Tiene la voz llena de arenilla, pero el tono no es amenazador. Está planteando una
pregunta y espera una respuesta. Está acostumbrado a que la gente lo obedezca.
—Yo no los tengo.
—¡Pero me puedes decir dónde están!
—En Islandia, pero ya no sé dónde están.
—¿Ah, no? ¿Y cómo tienes el meñique?
El tono de su voz me hace pensar en el gruñido que creo que deben de emitir los
inmortales en las catacumbas.
Intento ocultar que me estremezco. No consigo tragar saliva. Uno de los secuaces
se ríe, aunque no sé si de la pregunta de Hassan o de mi reacción.
Hassan me coge la mano izquierda, delicada y fraternalmente. Hace un par de
semanas que me he quitado el cabestrillo del meñique. Inesperadamente vuelve a
soltarme.
Dos de sus hombres me amarran las muñecas a la columna que hay junto al coro.
Se me ablandan las rodillas.
—Bjørn, ¿qué te van a hacer? —pregunta muy asustado el párroco.
No soy capaz de responderle.
Hassan mira con curiosidad la figura de san Lorenzo.
—¿Contiene otra copia?
¿Otra copia? Entonces caigo en la cuenta de que piensa que la talla en madera
contiene otra copia de los rollos de Thingvellir.
La idea ni siquiera se me había ocurrido.
—No lo creo.
—¿Dónde están los rollos de Thingvellir?
Respiro pesadamente. El olor del aftershave de Hassan se mezcla con el aroma de
la madera y la brea. En el exterior, en un universo distinto, suena el pitido de un tren
que pasa por el fondo del valle.
—Tú tienes diez dedos —constata Hassan.
Involuntariamente le echo una mirada a mis pálidas manos. Tengo las uñas hechas
una porquería, llevo mordiéndomelas desde que era un chiquillo. Cierro los puños en
un movimiento reflejo de protección.
—Y yo tengo todo el tiempo del mundo —añade—. Así que, ¿dónde están?
—Los rollos están a buen recaudo. I’m sorry. No se pueden robar.
Intento que suene como la comunicación objetiva de un dato, una llana
constatación de un hecho desafortunado, pero mi voz es la de un cobarde atemorizado
y suplicante.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Hace un gesto con la cabeza a dos de sus hombres. «Ahora va a pasar», pienso.
Los pulmones me han dejado de funcionar. Como un agotado corredor de maratón,
pugno por recuperar el aliento. Estoy a punto de desmayarme.
«Sería lo mejor. Desconectarme —pienso—. Apagar el interruptor y sacar el
enchufe».
Me imagino cómo van a romperme uno a uno todos los dedos. Primero el
meñique, luego el anular, después el corazón, el índice y el pulgar.
Luego seguirán con la mano derecha.
El miedo me está provocando náuseas.
«Que me desmaye, por favor —pienso—. Me importa un bledo la humillación.
Que pierda la consciencia y me despierte cuando haya pasado el peligro y Hassan se
haya metido la iglesia medieval de Ringebu en el bolsillo y se haya largado».
Los hombres se colocan ante la estatua de san Lorenzo y la estudian. Yo niego con
la cabeza en forma de advertencia.
Hassan sacude la figura. Otro de ellos coge un cincel de la caja de herramientas.
—¡Espera un momento! —exclama el párroco.
Al igual que yo, acaba de entender lo que tienen pensado hacer.
Uno de los árabes introduce el cincel entre san Lorenzo y la columna y empieza a
hacer palanca.
Sigmund Skarnes da dos o tres pasos hacia el hombre que está a punto de
destrozar una pieza única de ochocientos años de antigüedad.
Hassan le golpea, rápidamente y por sorpresa. Su puño alcanza al párroco en la
sien. El golpe es tan fuerte que le hace girar sobre sí mismo antes de caer y golpearse
la cabeza contra una de las filas de bancos. Su cráneo choca con el borde de madera,
algo cruje. Cae al suelo y queda tendido… sin vida.
Sin que les afecte lo más mínimo, los demás consiguen desprender el san Lorenzo.
La madera se astilla. Oigo un mudo chillido de la figura con mi oído interno. El más
pequeño de los secuaces le tiende la talla a Hassan, que la sostiene ante sí, en el aire,
como un trofeo.
«Ahora me toca a mí —pienso—, me van a partir los dedos, uno a uno».
Pero son más retorcidos.
Uno de ellos lleva la lata de aguarrás a la pila bautismal de novecientos años de
antigüedad y la llena. Otro de ellos arrastra hasta allí a la vociferante sacristana.
—Nos vas a obligar a bautizarla —dice Hassan.
¿Bautizarla?
Uno de los verdugos introduce los dedos en la cabellera de la sacristana y le mete
la cara en el aguarrás. Chillando y gorgoreando, se resiste.
—¿Dónde están los rollos de Thingvellir? —pregunta Hassan de nuevo.
Horrorizado, caigo en la cuenta de que la están sometiendo a la misma tortura que
le quitó la vida al clérigo Magnus en la poza de Snorre. Sólo que es aún peor. En la
poza había agua del manantial. Si a la sacristana le entra aguarrás en los pulmones,
puede contraer un pulmonía química mortal. A no ser que la ahoguen antes.
—¡Esperad! —les grito—. Os voy a decir dónde…
Con el pelo goteando, la sacristana, aterrorizada, agarra la pila y la vuelca.
Un chaparrón de aguarrás cae sobre las velas encendidas y alcanza al hombre que
está fumando, que se prende como una antorcha.
Mi corazón pega un respingo.
El hombre en llamas echa a correr por el pasillo central emitiendo un espantoso
chillido, luego se desploma y se hace un ovillo.
Hassan y los otros tres arrojan sobre él sus chaquetas en un desesperado intento de
apagar el fuego, mientras él aúlla de pánico y dolor.
Yo grito pidiendo ayuda. A nuestro alrededor, las llamas se extienden por el suelo,
por la alfombra y por las columnas. El fuego está empezando a hacer mella en la
madera seca.
Mis manos siguen amarradas al pilar.
En ese momento se dispara la alarma contra incendios y el sistema automático de
extinción.
Hassan se endereza. Me mira, como si la desgracia fuera culpa mía. Lleva a san
Lorenzo bajo el brazo.
Desesperado, empiezo a tirar de la cinta aislante con la que me han atado.
El agua de los extintores cae sobre Hassan.
Da la impresión que está considerando la posibilidad de sacar la pistola y tomar
venganza en este mismo instante, o tal vez piense que es mejor dejarme en manos de
las llamas y la dolorosa muerte del incendio.
La alarma es ensordecedora. Uno de los bandidos le grita algo a Hassan. Él
responde y echan a correr hacia la puerta. Los hombres se llevan a su compañero
herido por las llamas.
—¡Socorro! —grito estridentemente.
A mi alrededor las llamas y el agua libran una batalla por el poder. Las llamas se
han apoderado de la fila de bancos donde cayó la mayoría del aguarrás. El fuego chilla
bajo la nube de agua de los extintores. Cada vez que tomo aire, el humo me hace
toser.
Aún llorando, hipando y tosiendo, la sacristana corta la cinta aislante que me
sujeta las muñecas.
—¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando? —solloza.
Agarramos al párroco inconsciente y arrastramos su pesado cuerpo por el pasillo
central, lo sacamos de la iglesia y lo bajamos por las escaleras de piedra. A una
distancia prudencial de la iglesia en llamas, lo depositamos sobre la hierba seca entre
las tumbas. El humo sale a raudales por la puerta principal.
Un Mercedes GL negro, de tracción en las cuatro ruedas, sale disparado. En la
ventanilla trasera, entre el hombre herido en el incendio y Hassan, veo la figura de san
Lorenzo.
El párroco ya ha dejado de respirar.
Tiene los ojos medio abiertos y mira fijamente la eternidad a cuya comprensión ha
consagrado su vida. Finos regueros de sangre le salen de la nariz y los oídos.
La sacristana y yo intentamos desesperadamente reanimarlo, forzar sus pulmones a
volver a respirar, y le golpeamos el pecho para que el corazón vuelva a latir.
Pero no lo conseguimos.
La cara de la sacristana se descompone.
Con las yemas de los dedos cierro los ojos del párroco.
Por debajo de la atronadora alarma distinguimos las sirenas de los coches de
bomberos que se dirigen hacia aquí desde el pueblo.
—Lo siento —susurro inaudiblemente, y rompo a llorar calladamente.
LA MISIÓN
Inglaterra
1
ALGUNAS veces, involuntariamente y sin previo aviso, te vuelven a atrapar las
experiencias del pasado.
Cual fantasmas, se visten de carne y hueso para resurgir iguales a las que has
intentado olvidar.
Se dice que nunca se puede huir del propio pasado. Puedes intentar olvidarlo,
puedes tratar de esconderte, pero siempre te encontrará. Siempre.
2
COMO un templo griego o un palacio imperial de la antigua Roma, el cuartel general
cubierto de mármol de la SIS (Society of International Sciences) se yergue en el
honorable Whitehall de Westminster, en el corazón de Londres. Unas anchas
escalinatas de granito color ámbar conducen a una puerta doble de haya rojo
incendiario, oculta tras siete enormes columnas.
La SIS es una fundación que se estableció en 1900 para coordinar toda la
investigación en un banco de conocimiento común. Es una especie de CIA de la
investigación científica. Mantienen relaciones con todas las universidades y círculos
de investigación del mundo.
La recepción de la SIS parece un museo para invitados especiales. Todo el mundo
habla en voz baja. Sobre la baranda de reluciente caoba penden enormes óleos con
imágenes de la Antigüedad y la Edad Media: Druidas en Stonehenge, Moisés
dividiendo las aguas, el asesinato del César, la crucifixión de Jesús, María Magdalena
amamantando a un bebé, los templarios en el Templo de Salomón y los caballeros del
rey Arturo que alzan el Santo Grial bajo la luna llena.
Diane y el profesor Llyleworth me están esperando tras un mostrador de meranti
rojo oscuro.
—Bjørn —dice Diane calladamente. Me da un breve abrazo—. Ha pasado mucho
tiempo.
Hace algunos años fuimos novios, o tal vez sea «amantes» la palabra que estoy
buscando. Durante algunas semanas de felicidad pensé que por fin había encontrado a
la mujer de mi vida. Recuerdo la noche que pasamos en su apartamento del
rascacielos de Londres y nuestro dulce idilio veraniego en la casa de campo de la
abuela, en el fiordo de Oslo. De pronto me sacó de su vida con un chasquido de
dedos, como a un molesto moscón. Me he percatado inmediatamente del lujoso anillo
de oro que lleva en el meñique izquierdo. Ninguno de los dos menciona el hecho de
que hace algún tiempo me susurrara Bjørn al oído mientras me acariciaba la piel y el
alma con sus largas y afiladas uñas de color púrpura.
El profesor Llyleworth me tiende la mano.
—Me alegro de volver a verte —dice formalmente, machacándome la mano al
estrecharla.
Aquello fue una historia que he intentado dejar atrás. Habíamos encontrado un
cofre de oro en las ruinas de un octógono en el monasterio sanjuanista de Værne. El
cofre de los secretos sagrados. El profesor Llyleworth fue enviado por la SIS para
excavar y confiscar el cofre de oro, y además para ponerme zancadillas. Llyleworth se
ríe forzadamente cuando le recuerdo cómo le quité el cofre de oro en nombre de las
autoridades del patrimonio cultural noruego. En aquellos momentos, Diane era una
servicial secretaria de la SIS con muy buenas intenciones. Más tarde resultó ser la hija
de Michael MacMullin, el gran maestre de la atávica orden que me persiguió mientras
yo intentaba proteger el valioso contenido del cofre. Diane, el profesor y yo nos
fuimos enredando en una trama cada vez más tensa de desconfianza recíproca.
Cuando acabó todo, hubo cierto revuelo. El cofre contenía un evangelio desconocido,
pero consiguieron ocultar incluso eso.
Yo me derrumbé en un pantano de depresión y paranoias. Volvieron a enviarme a
la clínica para los nervios, donde me encerré en mi cascarón y me consagré a una
existencia de oscuridad y autocompasión.
Al cabo de algunos meses me cepillé el polvo de la ropa y del alma y retorné
vacilante a la realidad.
3
FUE AL profesor Llyleworth a quien llamé cuando, hace varias semanas, ayudé a
Thrainn a ocultar los rollos de Thingvellir. La SIS mandó un avión a Islandia y ahora
los traductores y científicos de Thrainn colaboran con los especialistas de la SIS en una
casa de seguridad secreta en algún lugar de Londres… No sé dónde. Por seguridad.
El profesor Llyleworth me localizó esa misma tarde llamando a la policía local de
Ringebu. El incendio en la iglesia ya había sido sofocado. El sistema de extinción y los
bomberos consiguieron que el conato de incendio no causara daños irreparables.
—¿Cómo sabe la SIS dónde estoy? —pregunté.
—Bjørn —dijo el profesor—, nosotros siempre sabemos.
—¿Qué queréis? —pregunté.
—Tenemos que hablar —dijo el profesor.
—¿Por qué? —pregunté.
—Lo discutiremos cuando llegues —dijo.
—¿Cuándo llegue? —pregunté.
—Un avión te irá a buscar al aeropuerto Gardermoen de Oslo —dijo el profesor.
Así trabaja la SIS.
Cuando acabé con las formalidades en la comisaría de Ringebu, volví en coche a
Oslo. Una patrulla de la policía me acompañó a casa, donde me duché y empaqueté el
pasaporte y la ropa en una maleta. Cogí la tabla rúnica de la iglesia de Urnes y la metí
en una funda de terciopelo. Necesitaba que me ayudaran a datarla.
Ragnhild me llevó al aeropuerto. Por el camino le conté todo lo que había pasado.
Le pareció una buena idea que me fuera unos días al extranjero.
Volé de Gardermoen a Londres en el Gulfstream de la SIS. Cuando aterrizamos era
de noche. Una limusina me llevó de Heathrow hasta Whitehall.
4
—¿QUÉ CONSIGUIERON llevarse de Ringebu? —pregunta el profesor Llyleworth.
—Una talla de madera de san Lorenzo.
Tras la recepción, han colocado en una sala de reuniones tres cómodas sillas ante
una pantalla que Diane controla con un mando a distancia.
—¿Podéis contarme qué son los rollos de Thingvellir? —pregunto.
El profesor Llyleworth junta las manos:
—Una copia de un manuscrito bíblico.
—¿Qué hace que sea tan singular?
—Eso es lo que estamos intentando averiguar.
—¿Cómo acabó en manos de Snorre en Islandia?
—No lo sabemos —dice Diane.
—Me cuesta creeros.
—Tenemos algunas hipótesis —dice el profesor Llyleworth.
—¡Adelante!
—Será mejor que empecemos por el principio.
Un buen lugar para empezar…
Diane enciende el proyector del techo. Un retrato aparece sobre la pantalla, en una
cascada de luz.
—Stuart Dunhill —dice Diane—. Un destacado arqueólogo de la década de los
setenta.
Continúa el profesor Llyleworth:
—En 1977 encontró una cámara mortuoria, desconocida hasta ese momento, en
los peñascos tras el templo de Amón Ra, en las proximidades de Luxor, la antigua
Tebas de Egipto. La entrada a la cámara estaba cerrada con un muro, camuflado y
oculto tras un altar.
En la pantalla, el retrato es sustituido por una pintura egipcia rodeada de
jeroglíficos.
—La fotografía está tomada en la cámara que encontró Stuart Dunhill —dice
Diane.
—Las decoraciones se remontan aproximadamente al año 1015 —dice el profesor
Llyleworth.
—En aquella época los egipcios ya no escribían con jeroglíficos —les digo—.
Escribían en copto o en árabe. O incluso en griego.
—Correcto —dice el profesor Llyleworth—. Pero aquí se trataba de textos
sagrados, no destinados a ojos humanos. Era un rezo a los dioses. En tales contextos,
al parecer, los jeroglíficos tienen más fuerza.
Intuyo una sonrisa.
—Por eso escribieron con los signos antiguos —continúa Llyleworth.
—La cámara mortuoria —dice Diane mostrando una serie de fotografías de la
cripta—, es miles de años más antigua. En realidad, el sepulcro está compuesto por
tres cámaras. Una cámara exterior que al parecer servía exclusivamente para camuflar
la cámara interior. Pero, y esto es lo más curioso, detrás de la oculta cámara interior,
había aún otra cámara mortuoria, todavía mejor camuflada que la exterior y la media.
—¿Quién estaba enterrado allí?
—No lo sabemos —responde el profesor—. Los jeroglíficos, y ahora estamos
hablando de textos de varios miles de años de antigüedad, hablaban del difunto como
El Caído, El Condenado o El Divino, alternativamente.
—Da la impresión —dice Diane—, de que la momia era de estirpe real,
condenado por su contemporaneidad, pero adorado por la posteridad. —Va haciendo
aparecer imágenes de estatuas y relieves—. Los jeroglíficos más modernos son, por
tanto, dos mil quinientos años más recientes que los más antiguos.
—¿Qué dicen?
Diane hace un zoom sobre los jeroglíficos.
—Nos llevó cierto tiempo interpretarlos. El problema es que no parecen tener
mucho sentido.
El profesor dice:
—La cámara mortuoria la descubrió Stuart Dunhill en 1977, pero, dado que
ladrones de tumbas se habían llevado ya el tesoro y la momia, el hallazgo no despertó
gran interés internacional.
—La cámara se encuentra a cierta altura, en los peñascos junto al Nilo, al Norte del
Valle de los Reyes. —Diane muestra una fotografía tomada a orillas del Nilo.
Bajo el cielo azul, veo los peñascos dorados y, sobre un llano, aparece un templo-
palacio.
—Hace mil años, salía un canal del Nilo y pasaba por el templo —dice.
—Lo curioso son los incomprensibles mensajes de los jeroglíficos —dice el
profesor Llyleworth—. Informan de que el sepulcro fue atacado unos mil años
después del nacimiento de Cristo, según el calendario egipcio. Fue atacado, y ahora
cito literalmente las inscripciones de la pared, «por los bárbaros de las tierras salvajes
del Norte».
—¿Te recuerda a algo? —pregunta Diane.
—¿Vikingos?
—Esa fue la conclusión que sacó Stuart Dunhill —dice el profesor Llyleworth—.
Desgraciadamente, no sólo tuvo que enfrentarse a duras críticas, sino que fue incluso
ridiculizado, desacreditado y desprestigiado. El establishment de los setenta lo
destrozó como persona y como profesional.
—Naturalmente sabemos que no hay pruebas de que los vikingos remontaran el
Nilo —dice Diane—. Ni siquiera Snorre (que realmente tenía mucha imaginación
cuando quería adornar las sagas de los reyes) cuenta nada sobre ninguna expedición
vikinga a Egipto. Uno pensaría que el arqueólogo que encuentra una cámara
mortuoria como esa tendrá que ser admirado y respetado, pero para Dunhill ese
descubrimiento fue el principio del fin. En lugar de anunciar el hallazgo en una revista
especializada y documentar sus tesis de un modo que se pudiera comprobar a
posteriori, decidió vender su historia al National Geographic Magazine. Con grandes
aspavientos anunció que los vikingos noruegos habían invadido Egipto.
—Stuart lo hizo todo mal —dice el profesor Llyleworth—. Creyó que sería
aclamado como el Howard Carter de nuestros tiempos, pero sacó demasiadas
conclusiones precipitadas basándose en un material algo especulativo. Los
arqueólogos que estudiaron más tarde los jeroglíficos llegaron a conclusiones muy
distintas a las suyas. Eso de «los bárbaros de las tierras salvajes del Norte» lo
interpretaron como los soldados del emperador de Bizancio.
—La decepción lo llevó a buscar consuelo en el alcohol —dice Diane—. Empezó
a ir cuesta abajo.
—¿Está muerto?
—Esa es una cuestión de definición.
—Bebe —dice el profesor Llyleworth—. Desde 1979 vive y, hasta cierto punto,
trabaja en el Instituto Schimmer.
—Paradójicamente, durante los últimos veinticinco años han aparecido
constantemente indicios que tornan más plausible, y hasta cierto punto confirman, la
tesis de Stuart de que los vikingos remontaron el Nilo. Tus propios hallazgos
confirman la hipótesis —añade Diane mostrando una imagen de la cámara mortuoria
del monasterio de Lyse.
Las fotografías me producen escalofríos. No tenía ni idea de que la SIS tuviera
representantes entre los investigadores que estuvieron presentes en la cámara
mortuoria, pero evidentemente también estaban allí. La SIS está en todas partes.
—¿Quién es responsable de los asesinatos del clérigo Magnus y del párroco de
Ringebu? —pregunto.
—No lo sabemos, pero tenemos nuestras sospechas —dice el profesor Llyleworth.
—Tras el hallazgo de la cámara mortuoria en 1977, corrieron rumores sobre lo que
revelaban las inscripciones de sus muros —dice Diane—. Muchos coleccionistas
internacionales lucharon por hacerse con la mayor cantidad posible de información,
cosas como copias exactas de los textos o reproducciones de las paredes.
—Cuando dice «lucharon» quiere decir «compraron» —apostilla el profesor
Llyleworth—. Por sumas formidables.
—Uno de los coleccionistas más devotos que aparecieron en aquel momento era
un jeque desconocido. Un misterioso multimillonario. El jeque Ibrahim al-Jamil ibn
Zakiyi ibn Abdulaziz al-Filastini. No conozco a nadie que lo haya visto nunca. Ni
siquiera tenemos ninguna fotografía de él. Tiene una de las colecciones privadas de
reliquias de la Antigüedad más importantes del mundo. Muchos piensan que tiene en
su poder una versión completa del Codex Sinaiticus, la colección de manuscritos de la
Biblia griega. Se trata de una versión de la Biblia dispersa a los cuatro vientos: hay 347
páginas en el Museo Británico, doce hojas en una biblioteca universitaria de Leipzig y
tres hojas en la biblioteca nacional rusa de San Petersburgo.
—Y probablemente una copia completa y no deteriorada esté en manos del jeque
Ibrahim —dice el profesor Llyleworth.
—El jeque ha contratado a coleccionistas, anticuarios, bibliotecarios e
investigadores de todo el mundo para que le informen sobre cualquier noticia que
pueda vincularse con una expedición vikinga a Egipto —dice Diane—. ¿Por qué? No
lo sabemos. ¿Son los hombres del jeque Ibrahim quienes están detrás de los
asesinatos de Reikiavik y Ringebu? Tampoco lo sabemos.
—Pero no es descabellado pensarlo —dice el profesor Llyleworth—.
Sospechamos que la organización del jeque fue responsable de un asesinato en la
década de 1980. De ese modo se hizo con una copia alejandrina contemporánea del
Codex Vaticanus, que se considera uno de los manuscritos bíblicos más antiguos que
se conservan.
—¿Una copia? No tenía la menor idea de que hubiera una copia.
—Son muchas las cosas que no sabemos los investigadores.
—¿Conoces las teorías sobre los universos paralelos? —dice Diane.
La miro con los ojos abiertos de par en par.
Se echa a reír.
—También hay dos mundos cuando se trata de los artefactos históricos. Uno de
ellos es aquel en que nos movemos los investigadores, pero luego hay un mundo
comercial de coleccionistas, ladrones, contrabandistas, mediadores y vendedores. Esa
gente no tiene escrúpulos a la hora de asegurarse los objetos más valiosos: los
manuscritos, los cuadros y las obras de arte, las primeras ediciones, los hallazgos
arqueológicos.
—¿Y el jeque es uno de esos hombres?
—Es el peor de todos.
—Es un personaje misterioso que trabaja por medio de una red de operadores,
agentes y representantes —dice el profesor Llyleworth—. Él mismo es un eremita que
se ha retirado a su palacio del desierto, donde cultiva su colección, su riqueza y su fe.
—Pero ¿cómo se enteró él de la existencia del pergamino del clérigo Magnus? ¿Y
de mis hallazgos?
—Él lo sabe todo —dice Diane.
—Tiene recursos del calibre de los de un servicio de inteligencia —dice el
profesor Llyleworth—. Y carece de escrúpulos.
—¿Por qué busca los rollos de Thingvellir tan desesperadamente?
—Las labores de traducción aún no han avanzado lo suficiente —responde Diane
—. Pero suponemos que los rollos de Thingvellir son una copia hebrea y una
traducción copta de un manuscrito original de la Biblia mucho más antiguo.
Probablemente más antiguo que el Codex Vaticanus, y sin duda más antiguo que la
Septuaginta.
—¿Y para qué quiere el jeque el texto?
—Tal vez simplemente quiera tenerlo —propone Diane.
—Para poseerlo —añade el profesor Llyleworth.
La suposición no me parece nada plausible.
—Quizá contenga información nueva, conocimiento nuevo —insinúa el profesor.
—Realmente no lo sabemos, Bjørn —dice Diane.
Nunca aprendió a pronunciar mi nombre. Hubo un tiempo en que su acento me
parecía encantador. Bjørn…
—¿Y qué hacemos ahora? ¿Por qué me habéis pedido que venga?
Diane y Llyleworth agachan la mirada.
—La SIS quiere contratarte —dice Diane—. ¡Te necesitamos!
Me mira a los ojos. We need you…
Cuando la SIS encontró el cofre de los secretos sagrados, yo era lo último que
necesitaban. Era el inspector noruego. Un pálido y testarudo dolor en el trasero para
los impolutos británicos. Iban por el cofre de oro con el manuscrito milenario y yo
entorpecía su camino. No quiero excluir que mi ilimitada testarudez les impresionara.
Si eres lo suficientemente testarudo, acabas encontrando la solución que no se le ha
ocurrido a nadie. Me he granjeado cierto renombre en los círculos académicos. En los
congresos y los seminarios, los investigadores extranjeros me saludan como si me
reconocieran. Bjørn Beltø. El arqueólogo noruego. El albino que doblegó al
mismísimo Michael MacMullin. Pero todo eso es otra historia.
—Te conocemos, Bjørn —dice Diane—. Eres tenaz, decidido, valiente y testarudo.
Además de, como ella sabe bien, fácil de engañar, ingenuo y crédulo.
—El dinero no es problema —dice el profesor Llyleworth—. Se te concederá un
presupuesto ilimitado. Te ingresaríamos en tu cuenta todos los medios que pudieras
necesitar. Además de unos honorarios holgadamente generosos.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—Empieza por Stuart Dunhill —dice Diane—. Ve al Instituto Schimmer y habla
con él. Luego puedes seguir en Egipto. Puedes viajar a donde quieras.
—Pero ¿qué es lo que queréis que haga?
—Averigua lo que pasó aquella vez en Egipto —dice el profesor Llyleworth.
—Averígualo antes que el jeque Ibrahim —dice Diane.
EL INVESTIGADOR CAÍDO
Oriente Próximo
1
STUART Dunhill tiene la piel macilenta y la mirada acuosa y evasiva de los hombres
que duermen demasiado y se quedan todo el día en casa bebiendo, esperando que
llegue la noche.
Está sentado en una silla en el último rincón de la biblioteca del Instituto
Schimmer, como si hubiera encontrado el punto del universo más alejado de las
incomodidades y los pesados. En el regazo tiene un ejemplar de The Times que ni
siquiera ha abierto.
En algún momento debió de ser un hombre guapo y distinguido. Tiene el pelo
canoso y lo lleva peinado hacia atrás. Sus facciones son limpias y armónicas. Me hace
pensar en un aristócrata caído que ha perdido toda la herencia en la ruleta y ahora vive
de la caridad con algún compañero de juergas. Primero me echa una mirada rápida.
Me resulta ligeramente familiar, como si alguna vez nos hubiéramos ido juntos de
fiesta y nos hubiéramos emborrachado hasta tal punto que nos olvidamos el uno al
otro inmediatamente después.
Me siento en la silla libre que hay a su lado. No digo ni una palabra. Respira con
dificultad. Mi simple presencia le inquieta.
—Sé quién eres —dice, con una voz levemente gangosa.
Estoy demasiado perplejo como para contestar.
—Y sé por qué has venido.
Sin mediar palabra, le tiendo la mano. La mía apenas es más pálida que la suya.
Me la estrecha con sorprendente firmeza.
—Te pido disculpas por estar bebido… Bjørn Beltø. —Pronuncia mi nombre casi
a la perfección—. El mismísimo Bjørn Beltø. El arqueólogo que encontró el cofre de
los secretos sagrados.
—Fue la SIS la que encontró el cofre. Mi misión consistía en protegerlo.
—Y lo hiciste.
—Estaba haciendo mi trabajo.
—Y ahora… El códice de Snorre. Los rollos de Thingvellir. Un sepulcro bajo el
monasterio de Lyse… ¿Te atreves a correr el riesgo de acompañarme al bar?
—Será un placer.
2
THE SCHIMMER Institute está situado, como adormilado, en el fondo de un valle en un
inhóspito desierto de piedras, rodeado de olivares e higueras. La carretera que
conduce hasta allí desde la civilización es una línea de asfalto recta y abrasadora que
se extiende de horizonte en horizonte. Los montes que rodean el edificio están
cubiertos de adelfas, arbustos de incienso y sándalos. Hace setecientos años unos
monjes construyeron un monasterio en este oasis de paz y, a principios de la década
de los setenta, el torrado monasterio fue ampliado con varios miles de metros
cuadrados de aluminio, cristal y espejos. Bibliotecas, archivos, salas de conferencias e
investigación, y un ala que hace las veces de hotel. Entre semejante y monstruosa
mezcla de lo nuevo y lo viejo, colaboran teólogos y filólogos, lingüistas y paleógrafos,
etnólogos, historiadores y arqueólogos. Todos y cada uno de ellos se encuentran entre
los expertos más destacados del mundo en sus peculiares campos. En sus archivos, el
instituto tiene pergaminos, papiros y documentos que se remontan a la era
precristiana. Algunos se dedican a la restauración de los documentos del pasado, otros
los traducen y otros los interpretan.
Otros se quedan bebiendo en el bar.
—Lo que diferencia a un arqueólogo eminente de los mediocres —dice Stuart
Dunhill contemplándome a través de un vaso de gin-tonic—, es la capacidad de ver
patrones lógicos allí donde los demás no ven más que caos. Un buen arqueólogo es
un detective. Consigue penetrar el ánimo, el modo de pensar, de aquellos a quienes
está investigando. Tenemos que entender cómo pensaban esas personas cuyas huellas
estamos buscando. Tú tienes esa capacidad.
Se inclina hacia delante y amortigua la voz:
—¿Por qué crees que los hombres del jeque te dejan seguir buscando? Te voy a
decir por qué. ¡Saben que es más probable que encuentres tú lo que están buscando
que ellos! Eres un eminente arqueólogo. ¡Tienes olfato! Tienes una cualidad única,
Bjørn: eres metódico, obstinado y talentoso. Por eso consigues cumplir las misiones
que te propones.
—¿Cómo sabes tú quiénes son?
—¿Qué trabajan para el jeque? Es evidente. Es la única persona lo suficientemente
loca y lo suficientemente rica como para organizar una operación como esta.
3
CUANDO nos volvemos a encontrar más tarde, esa misma noche, Stuart Dunhill me
habla de su infancia en un hogar de clase alta de Windsor. Me confiesa su fascinación
por la historia antigua y que fue la búsqueda de huellas de los tiempos de Moisés lo
que lo condujo hasta la cámara mortuoria de Luxor en 1977. Las burlas de sus colegas
lo destrozaron cuando publicó sus teorías sobre las expediciones vikingas a Egipto en
el National Geographic Magazine.
—Pero me lo gané yo solo —dice desde las profundidades de su noveno o décimo
gin-tonic.
—¿Qué pasó?
—Fui tonto. Estaba tan enardecido por mis hallazgos que quise compartirlos
inmediatamente con todo el mundo. Me parecía que no tenía tiempo que perder. Era
joven y no me importaba que la ciencia tuviera sus métodos, sus tradiciones. Ha de ser
así. Ahora lo veo. Tendría que haber publicado mis hallazgos en revistas reconocidas.
Tendría que haber documentado, razonado y expuesto todo mi material de modo que
mis colegas pudieran examinarlo hasta el último detalle. Al fin y al cabo estaba
lanzando una teoría nueva. Vikingos en Egipto… Tenía una serie de indicios fiables,
pero precisaban una interpretación bien predispuesta. Para poder ganarse a los
expertos, no basta con argumentar convincentemente contra el conocimiento existente,
sino que es necesario documentar la sostenibilidad de la hipótesis alternativa. Es
difícil, difícil… Convencer a todo un campo de la investigación de una nueva teoría
lleva muchos años. Aunque tengas razón.
—¿Qué dijeron los expertos?
—Cuando amainaron las carcajadas, argumentaron correcta y fundamentadamente
contra mis teorías. Decían que yo interpretaba los jeroglíficos de un modo demasiado
literal. Opinaban que «las salvajes tierras del Norte» representaban el Imperio
bizantino, que reflorecían en constante conflicto con Egipto. Sostenían que la
denominación «bárbaro» significaba «no-egipcio». Decían que la mayoría de los
europeos son «pálidos y de piel clara» en comparación con los egipcios y que las
«cabelleras hasta los hombros y barbas» estaban de moda en gran parte de Europa.
Catedráticos desde Egipto hasta Londres documentaron que los egipcios habían
dibujado naves estilizadas inspiradas en las representaciones de las naves comerciales
y de guerra de los fenicios. Consiguieron encontrar respuestas alternativas hasta para
mis interpretaciones más evidentes. Nadie creyó en mis teorías.
—¿Cómo acabaste aquí?
—Primero me entregué a la bebida. Afortunadamente la SIS consiguió
encontrarme y me ayudaron a controlarla. Financian mi investigación… —eleva su
gin-tonic—, aquí en el instituto.
—¿La SIS? —exclamo.
Ni el profesor Llyleworth ni Diane me han contado que Stuart fuera empleado
suyo. Típico de ellos. Nunca te cuentan más que lo imprescindible.
—¿Conoces a Diane?
Digo que conozco a Diane.
—Una buena chica. Se ha hecho cargo de mí los últimos años.
—Ya veo…
—¿Tal vez creas que me he dedicado a vaguear y a beber?
—No, no.
—No me cuentes historias, te lo veo. Pero la verdad es que también he
investigado. Una parte considerable de lo que sabe la SIS sobre estos asuntos me la
debe a mí.
—¿Cómo qué?
—He rastreado documentos y cartas, tanto conocidos como olvidados. Llevo
treinta años investigando sobre estas cosas.
—¿Estas cosas?
—Hace más de diez años que sabemos de la existencia de los documentos que
ahora se conocen como el códice de Snorre y los rollos de Thingvellir. Sólo que no
sabíamos dónde estaban. No hasta que tu amigo, el clérigo Magnus, encontró el códice
por casualidad.
—Creía que las dos cosas eran desconocidas para los historiadores.
—Para la mayoría de los historiadores, sí. Hemos trabajado con discreción. En el
proyecto han estado implicados arqueólogos, historiadores, lingüistas y egiptólogos.
Hemos estudiado documentos que el Vaticano ha puesto a disposición del público en
las últimas décadas. Hemos tenido acceso a textos conservados en museos y archivos
egipcios. Hemos buscado en archivos nórdicos, en Noruega y en Islandia. Pero nunca
hemos revelado lo que estábamos buscando.
—¿Podría ver algo de lo que has encontrado?
—Por supuesto. Mañana. Porque ahora, querido Bjørn, estoy como una cuba.
Tengo guardada la tabla rúnica de Urnes en la funda de terciopelo, en mi
habitación. Los cuatro pelos que coloqué en la funda al cerrarla siguen en su sitio.
Mañana entregaré la tabla al departamento técnico.
Me quedo viendo la televisión en mi habitación. Intento reprimir el pensamiento
de que seguramente estén también aquí. Mis perseguidores. Hassan y sus hombres.
Son invisibles. Me observan por medio de una cámara microscópica que no detecto.
Escucharán mi respiración cuando me vaya a dormir.
4
EN EL SÓTANO, bajo la biblioteca del Instituto Schimmer, está el archivo. No es ni
oscuro ni polvoriento: al contrario, está impoluto e iluminado. En largas filas de
armarios metálicos sobre ruedas, se conservan documentos que traen a la memoria la
antigua biblioteca de Alejandría.
El archivo del Instituto Schimmer alberga tablas de barro milenarias con escritura
cuneiforme, escritos en papiro, tiesos pergaminos y manuscritos sobre amarillentos
papeles de tina. Aquí puedes encontrar fragmentos de textos bíblicos originales u
órdenes firmadas por emperadores como Tiberio, Vespasiano, Adriano y César.
Puedes tropezarte con textos en papiro que posiblemente fueron leídos por Cleopatra
e informes político-militares de la provincia romana de Judea sobre una incipiente
revuelta judía liderada por un agitador llamado Jesús. Hay aquí manuscritos del
historiador romano Flavio Josefo e incluso el original de la primera carta de Pablo a
los corintios.
A mi alrededor pululan investigadores que parecen una versión adulta de aquellos
que siempre se sentaban en los pupitres más cercanos a la pizarra y en las sillas
pegadas a la pared en las fiestas del colegio. Hombres pequeños con poco pelo y gafas
redondas. Mujeres altas y flacas con el pelo recogido en una coleta y miradas
enfrascadas en los más sutiles razonamientos de la metafísica. En un rincón está un
viejo que ha consagrado su vida a documentar que una olvidada tribu judía mantenía
relaciones cercanas con un grupo gnóstico que todo el mundo creía que había sido
masacrado cien años antes. Talentosas jóvenes con chales, estuches y becas de las
instituciones de enseñanza más destacadas de sus países de origen buscan las últimas
noticias sobre la persecución de los cátaros. Abundan los teólogos cristianos, que
trabajan codo con codo con judíos ortodoxos y musulmanes. Y hay investigadores
como Stuart y como yo.
El alcohólico y el albino.
Nos hemos sentado en una mesa junto a un acuario con peces de todos los colores
que nos miran con la boca medio abierta. Así me siento yo también de vez en cuando.
Stuart Dunhill ha cogido una pila de cajas chatas de cartón y un rollo con asas en
ambos extremos. Lo despliega sobre una gran mesa.
—¡La Tora! La denominación judía del Pentateuco, los cinco libros del Antiguo
Testamento atribuidos a Moisés. Esta es una copia de cuatrocientos años de
antigüedad. Originalmente los textos se escribían en rollos como este, que podían
llegar a tener varios metros de largo. Hasta más tarde no se les ocurrió que los libros
eran más manejables y más fáciles de producir. El Antiguo Testamento originalmente
fue una colección hebraica de leyes y textos religiosos e históricos que fueron
reunidos en un canon hace alrededor de dos mil quinientos años. La versión más
antigua que se conserva del Antiguo Testamento se denomina la Septuaginta. Se trata
de una traducción greco-alejandrina de la Biblia, de más de dos mil quinientos años de
antigüedad, que fue reunida por letrados judíos grecoparlantes.
—¿El original existe?
—La Septuaginta se encuentra en el Vaticano, pero muchos de los textos originales
del Antiguo Testamento se han perdido, y, con ellos, hemos perdido también la
posibilidad de controlar, corroborar y desmentir su contenido, al igual que de datar
importantes acontecimientos bíblicos.
Abre una caja y saca una copia y una traducción de un pergamino copto.
—Encontramos esta carta cuando nos permitieron acceder a unas cajas
polvorientas del Vaticano. En realidad estábamos buscando una copia de la
Septuaginta que al parecer existía en tiempos del papa Inocencio III. El Instituto
Schimmer había recibido el encargo de la comisión de cardenales del Papa, pero lo
que encontramos fue esta carta. Fue enviada desde Ruán al califa fatimí de Egipto en
el año 1013. Los fatimíes eran una dinastía musulmana que reinó sobre el Norte de
África desde el siglo X hasta el año 1171. Pero la carta nunca llegó a su destino. Los
servicios de inteligencia del Papa la confiscaron —me tiende una hoja de la caja—.
Aquí tienes una traducción al inglés.
Con el más humilde respeto, yo, el sumo sacerdote Asim, gran visir del
culto de Amón Ra, envío estas palabras desde mi cautiverio en el extranjero.
Por fe en Alá y por lealtad a mi misión en la vida, estoy con el divino y lo
custodio a Él y Sus tesoros con mis pobres recursos. Desconozco adónde me
conducirá este viaje. Escribo estas palabras en el scriptorium de un cierto
duque Ricardo II, en la ciudad de Ruán, en el ducado de Normandía, en
Francia. Aquí descansamos antes de proseguir viaje hacia la barbarie
allende la civilización y espero que mis palabras lleguen a Su Alteza
Soberano por la gracia de Dios, califa absoluto de Egipto, califa Al-Hakim
bi-Amr Allah, de modo que pueda acudir a socorrer a EL DIVINO.
Sea saludado,
ASIM,
GRAN VISIR DEL CULTO DE AMÓN RA
Seguimos camino hasta el fin del mundo, al gélido frío del reino de la
muerte. Partimos del reino del sol y las fértiles riberas del Nilo y llegamos a
las estériles costas de piedra de la tierra de la nieve. Abandonamos la
protección de Amón Ra, dejamos atrás el cálido aliento de Osiris y nos
sometimos a los dioses de los bárbaros. ¡Oh, dioses de los antepasados,
concededme fuerza! Cuando de niño las pesadillas de la noche me
mostraban las puertas del reino de la muerte, siempre me imaginaba un
paisaje tan frío, estéril y salvaje como este, más allá de la bruma y la niebla
de la muerte. Durante varios días navegamos[…].
5
EL BAR del Instituto Schimmer parece robado del Waldorf-Astoria. El pianista toca un
popurrí de los grandes éxitos de Elton John. Stuart Dunhill ha pedido que nos traigan
dos gin-tonics helados. Brindamos. Nos pasamos un par de horas discutiendo las
antiguas leyendas egipcias sobre los dioses y la mitología precristiana y, una vez
achispados, nos apetece salir a tomar un poco de aire fresco.
En el silencio del desierto, las notas del pianista resuenan en mi cabeza como un
eco musical. Goodbye Yellow Brick Road… Hace fresco y está oscuro. Atravesamos
el aparcamiento asfaltado y ascendemos entre las higueras y los olivos. Recuerdo la
última vez que estuve aquí, cuando la luna brillaba en la hojarasca como una linterna
de papel japonesa. Ahora la luna y las estrellas están ocultas tras una fina capa de
nubes y, entre los árboles arañados por las garras de los siglos, la voz de Stuart suena
frágil.
—Apenas percibimos el contorno de un enigma histórico. Han sido muchos los
que, cada uno por su lado, han tenido acceso a una pequeña parte del misterio. Los
templarios, los sanjuanistas, los cruzados, el Vaticano. Todas esas misteriosas órdenes,
hermandades y organizaciones sobre las que nos encanta escuchar historias. ¿Qué
sabían ellos? ¿Qué ocultaban? ¿Qué se esforzaban por encontrar? Probablemente cada
uno sabía una pequeña parte de la verdad, pero al parecer les bastaba con eso.
—¿Encontraron alguna vez lo que buscaban?
Stuart Dunhill cierra los ojos antes de contestar:
—Dudo que tuvieran la menor idea de lo que estaban buscando. Cada uno
administraba una pequeña porción de la verdad. Sólo reuniendo todos estos
conocimientos fragmentarios se podría empezar a entrever la totalidad. Y ese ha sido
el problema.
Todo el mundo se ha aferrado a su pequeña pieza. Nadie la ha compartido.
Contemplamos la oscuridad en el silencio y pensamos las mismas cosas.
—Pero, basta ya de mi y lo mío —dice Stuart—, ¿y tú qué? Cuéntame lo que has
encontrado en Noruega.
Le cuento toda la historia. Empiezo por el asesinato del clérigo Magnus y el códice
de Snorre robado. Le hablo de los rollos de Thingvellir de la gruta en Islandia, de
Hassan y sus hombres, que me persiguen y que probablemente trabajen para el jeque
Ibrahim, del código de runas del clérigo Magnus que me condujo a una dirección de
correo electrónico donde había una copia del documento robado. Le hablo sobre los
códigos ocultos en el texto de Snorre y de cómo conseguí descifrarlos gracias a una
buena dosis de imaginación y buenos amigos, de cómo trabajamos Øyvind y yo para
encontrar la cámara funeraria bajo el monasterio de Lyse, de la piedra rúnica que
tengo en mi poder, de mi escondite, del código de la piedra rúnica que me condujo
hasta la iglesia de Urnes y de allí hasta Flesberg, Lom, Garmo y Ringebu. En el
bolsillo llevo una copia de los textos que he conseguido descifrar hasta ahora. Se la
enseño. Lo lee bajo la pálida luz que emite el Instituto y, por su respiración, me doy
cuenta de hasta qué punto le altera lo que lee. Le hablo del asesinato del párroco de la
iglesia de Ringebu, de la talla de madera que robaron y de mi viaje a la SIS y al
Instituto Schimmer.
—Menuda historia —dice—. Y ese manuscrito que encontrasteis en Islandia, los
rollos de Thingvellir, estarán en buenas manos, ¿no?
—Por supuesto.
—¿En Noruega? ¿En Islandia?
—Estamos intentando traducirlos.
—¿Cuentas con el apoyo de gente cualificada?
—Con los mejores.
—En sentido estricto, los mejores se encuentran aquí en el Instituto Schimmer.
—Está bien. ¡Con los segundos mejores!
—Realmente deberías traer aquí el pergamino. Para su conservación, tratamiento y
traducción.
—Se están ocupando muy bien de él. Por ahora no sé si es seguro traerlo aquí. No
me sorprendería que el jeque fuera el dueño del Instituto Schimmer. Fue aquí donde
llamó el clérigo Magnus cuando encontró el códice.
Stuart Dunhill se queda un momento callado antes de retomar el hilo:
—Tú y tus amigos habéis llegado más lejos que ningún otro. Habéis descubierto
códigos allí donde los demás sólo vieron texto. ¡Y además habéis conseguido
descifrar los códigos!
—Pero no hemos encontrado la cámara mortuoria más importante y, además,
hemos perdido el último hilo conductor. Se hallaba en la talla de san Lorenzo.
En la oscuridad intuyo la vaga sonrisa de Stuart Dunhill.
—Estás compitiendo con los investigadores más destacados del mundo y con un
multimillonario, pero tienes un olfato, una intuición y una endemoniada tenacidad de
la que carecen todos los demás. Te admiro, Bjørn. De verdad. Te admiro.
Se me acaloran las mejillas.
Stuart dice:
—Si alguna vez se llega a encontrar esa cámara, y a resolver el enigma, serás tú
quien lo haga. Y no soy el único que lo piensa.
6
ME PASO todo el día siguiente en el archivo del Instituto Schimmer, donde cojo
prestadas varias cajas de documentos, pergaminos, rollos y pedazos de papiros. El
archivista registra concienzudamente todo lo que me llevo al escritorio.
Con la delicadeza de un cirujano, paso las hojas de los textos y busco hacia atrás
en la historia. Encuentro un astuto tratado del siglo XIX que saca paralelismos entre el
misterioso manuscrito Voynich del siglo XVI —un documento de 272 páginas escrito
en caracteres desconocidos y en un lenguaje codificado incomprensible— y otro
manuscrito igualmente críptico, de Leonardo da Vinci, que se conserva en la
Biblioteca Ambrosiana de Milán. Encuentro cartas, relatos y credenciales, certificados
y anexos, indicaciones, tratados y anotaciones, escrituras y circulares. Anexo a la
mayoría de los documentos hay una traducción al inglés. Me he traído unos guantes
de seda y, cada poco tiempo, alguno de los conservadores se acerca a mi mesa para
comprobar que no estoy haciendo cartón piedra con sus insustituibles tesoros.
Pero no encuentro nada que indique que alguien —más allá del sumo sacerdote
Asim— haya escrito algo que pueda confirmar que los vikingos saquearon Egipto en
1013. Y si tal documentación se hubiera escrito, probablemente Stuart la habría
encontrado hace años.
7
STUART Dunhill y yo hemos acordado cenar juntos a las seis. Mientras le espero, me
acerco al departamento técnico del Instituto Schimmer para averiguar si han
descubierto algo sobre la tabla rúnica. Qué antigüedad tiene, el tipo de madera de la
que está hecha y si contiene algo en su interior.
El departamento técnico se encuentra en un ala separada, construida en 1985, con
todo tipo de herramientas y equipos especializados. Aquí hacen de todo, desde datar
artefactos con la técnica C-14 hasta restaurar objetos y recomponer documentos que
les llegan hechos pedazos. Los investigadores, con batas blancas y monos de trabajo,
algunos con mascarillas y gafas de seguridad, se inclinan sobre sus bancos de trabajo
y sus máquinas.
Una trabajadora vestida con un mono de plástico verde me conduce hasta el
«Departamento Histórico-Técnico de Artefactos de Madera, Papel y Papiro». Me
asomo a un taller donde dos investigadores judíos con kipá trabajan con una Tora
extendida sobre una mesa de aluminio de varios metros de largo. En el siguiente taller,
un grupo de investigadores están restaurando un elaborado ataúd. Luego abro la
puerta de un trastero y después la de un despacho donde una indignada mujer con la
mesa llena de archivadores y papeles me pregunta si no tengo por costumbre llamar a
las puertas.
El tercer taller está vacío.
Esto es… si no contamos a Lars.
A san Lorenzo.
La talla de madera que robaron en la iglesia medieval de Ringebu.
San Lorenzo está amarrado a un banco de carpintero con correas y gatos, como si
quisieran impedir que echara a correr por el desierto.
Me quedo helado, y no sólo por el aire acondicionado: no concibo qué hace la
talla aquí, en el Instituto Schimmer. El jeque Ibrahim debe de tener el instituto bajo su
control, lo que significa que en el mejor de los casos me están vigilando y, en el peor,
corro peligro de muerte.
Me quedo unos segundos en la puerta mirando fijamente a san Lorenzo antes de
entrar vacilante en el taller. La talla tiene un aspecto extraño sobre la mesa de trabajo,
rodeado de sierras eléctricas, berbiquíes y taladros. A pesar del arsenal de
amenazadoras herramientas, es evidente que tratan la escultura de madera con
delicadeza. Bajo las correas y los gatos han puesto trozos de fieltro para protegerla.
Las hojas de las sierras y las brocas del taladro son del tipo más fino y delgado.
En la pared cuelga una radiografía. Asombrado, me quedo estudiándola, porque
en el interior de san Lorenzo no parece haber ninguna cavidad que pueda contener un
mensaje. Da la impresión de que los investigadores detuvieron el trabajo y dejaron a
un lado las herramientas cuando vieron la radiografía.
San Lorenzo está hecho de madera maciza.
No tiene nada dentro.
Sorprendido, vuelvo a mirar la radiografía y la escultura. El texto de la «Biblia de
Lars» no daba lugar a equívocos. «Del mismo modo que María llevó a Jesús en su
seno, el vientre alberga el cofre. ¡Loado sea Tomás!».
Entonces ¿por qué no hay nada dentro?
En lo alto, bajo la pared, descubro una cámara de vigilancia. ¿Estará alguien
mirando en este mismo instante la cara boquiabierta del albino miope Bjørn?
Salgo del taller, cierro la puerta y me quedo parado un instante para
sobreponerme. En ese momento aparecen dos investigadores, un hombre y una mujer.
Los dos se detienen.
—¿Sí? —dice la mujer.
—¿Te podemos ayudar? —dice el hombre.
Los técnicos prefieren que los académicos nos quedemos en la sala de lectura.
Con la boca seca, les digo que estoy buscando el taller donde están investigando la
tabla rúnica de Noruega.
—¿La tabla rúnica? Taller 14.
Les doy las gracias y prosigo pasillo abajo.
La tabla rúnica está metida en una bolsa de plástico, en un armario de cristal de un
taller vacío señalizado como Woodwork Laboratory XIV. Rompo el cristal con el
codo y me meto la tabla rúnica en el bolsillo.
En lo alto de la pared parpadea la bombilla roja de una cámara de vigilancia.
Con la respiración entrecortada, regreso por el mismo camino que llegué. La
alarma se va a disparar en cualquier momento. Una de las sirenas empezará a aullar y
una voz gritará por los altavoces: «¡Detengan al ladrón!».
Pero no pasa nada.
Cada vez que me cruzo con alguien ralentizo la velocidad. Miro atrás cuando salgo
por las puertas dobles del departamento técnico, luego atravieso medio corriendo el
ala de conferencias y salgo al gran vestíbulo abierto de la recepción.
Me imagino a Hassan y a un pelotón arrodillado apuntándome al pecho con sus
rifles.
Pero nadie se fija en mí. La vida en recepción sigue su curso. Unos miran la
televisión, otros charlan, algunos hablan por teléfono, otros leen el periódico.
Nadie levanta la vista.
Nadie grita: «¡Ahí está!».
8
STUART Dunhill vive en una suite en el ala de alojamiento. Llamo contundentemente a
la puerta. Al abrir alza las cejas sorprendido:
—¿Ya?
Se está preparando para la cena: tiene la cara cubierta de espuma de afeitar y lleva
la camisa blanca abierta.
Me abro paso y cierro la puerta.
—Están aquí.
—¿Quién está dónde?
—El jeque. Hassan. Yo qué sé. ¡He visto el san Lorenzo! En uno de los talleres.
—¿San qué?
—¡San Lorenzo! ¡La talla de madera!
—¿Aquí?
—¡Vengo ahora mismo de los talleres! Estaba buscando la tabla rúnica.
—¿Has preguntado a alguien si…?
—¿Estás loco? Está claro que el Instituto Schimmer forma parte del asunto.
—¿El instituto? Hombre, por favor… Este es un instituto serio y respetable. Nunca
robarían artefactos históricos. Y mucho menos matarían a alguien.
—Entonces ¿qué hace aquí el san Lorenzo?
—Seguramente hay una explicación natural. Lo mejor es que informemos a la
dirección. Inmediatamente.
—¡No!
—Piensa. Tal vez se trata simplemente de un servidor desleal. Quizá les hayan
engañado. Puede que alguien haya traído aquí la talla sin informar al instituto sobre su
origen o el modo en que se ha conseguido.
—No me atrevo a confiar en ellos.
—Aquí trabajan cientos de investigadores. El instituto no se confabula con
criminales. Tú mismo trajiste la tabla rúnica. El instituto no sería responsable si la
hubieras robado de un museo.
—Tengo que largarme de aquí.
—Bjørn, ¡estás en medio del desierto!
—No me puedo quedar. Lo siento.
—Bjørn…
En ese mismo momento suena el teléfono. Stuart lo coge, escucha y luego cuelga.
El auricular se ha llenado de espuma.
—¡Me voy contigo!
—¿Te vienes conmigo?
Saca una maleta de debajo de la cama.
—¿Stuart? ¿Qué está pasando?
Rápidamente traslada unos puñados de ropa interior, calcetines y camisas de la
cómoda a la maleta.
—¿Quién ha llamado? ¿Qué han dicho?
Stuart se detiene.
—Era de la SIS.
—¿El profesor Llyleworth?
—Me han pedido que te cuide.
—¿Qué me cuides?
—Haré lo que esté en mi mano.
—¿Ha pasado algo? ¿Sabe la SIS que he encontrado la talla?
—Lo dudo, pero el jeque Ibrahim sabe que estás aquí. La SIS se ha enterado de
que los hombres del jeque están en camino. Se dirigen al instituto. Y en este caso no
se trata de investigadores corruptos. —Stuart me mira—. Ha enviado a Hassan.
Antes de salir, introduzco mi móvil en un sobre forrado y lo dirijo a la dirección
de mi oficina en la universidad. No sé si será mi tarjeta GSM o algún servidor desleal
quien revela dónde me encuentro en todo momento.
En todo caso, Hassan no es ingenuo, no seguirá al coche de correos. Todo lo que
puedo hacer para asegurarme cierta ventaja es esparcir una pizca de confusión en la
red de espionaje de tecnología avanzada del jeque.
9
ATRAVESAMOS el desierto a toda velocidad en un Mitsubishi Outlander que no sé si
Stuart ha cogido prestado o ha robado.
El cielo está oscuro y estrellado. El desierto parece infinito. Los faros delanteros
iluminan dos hondonadas que con buena intención se pueden llamar un camino de
carretas. La voz de mujer del navegador de satélite del salpicadero nos indica que
giremos a la derecha después de three hundred yards. Da la impresión de que la mujer
cree que estamos en una autopista.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
—¡Nos largamos de aquí!
—¿Adónde?
—Puesto que ha tenido que acabar de este modo, me gustaría enseñarte de qué
estoy hablando.
—¿Y eso qué significa?
—Nos vamos al único sitio donde tenemos algo que hacer.
—¿Y ese qué sitio es?
—Dios, ¡para lo listo que eres, eres muy lento!
—¿Adónde?
—¡A Egipto!
10
HORA TRAS hora, conducimos a través de la enorme oscuridad del desierto hasta que la
noche se extingue por el horizonte.
Por el camino, Stuart me va hablando con el entusiasmo de un profesor que por
fin ha conseguido un estudiante que no se le puede escapar, o tal vez sólo sea su
manera de mantenerse despierto. Con una mano en el volante y la otra gesticulando en
el aire, me habla de los patriarcas del Antiguo Testamento y de cómo afectó a su
cultura tribal el surgimiento del estado egipcio.
—Los patriarcas eran un pueblo nómada de pastores —dice mirando fijamente el
incipiente día—. Los judíos, los cristianos y los musulmanes, todos adoran al mismo
patriarca: Abraham. Abraham tuvo un hijo con la criada Hagar: Ismael, que es uno de
los grandes profetas de los musulmanes. Con su mujer Sara tuvo al hijo Isaac, uno de
los antepasados de Moisés y los judíos. Al morir Abraham, Sara rechazó a su hijastro
Ismael y de ese modo la raza semítica se dividió entre árabes y judíos. Y desde
entonces se han estado peleando.
Mientras el sol va saliendo y la fuerte luz se extiende por el desértico paisaje,
Stuart me habla de la fusión de las culturas tribales y las civilizaciones incipientes. Las
ruedas van chocando contra las irregularidades del terreno.
—El Antiguo Testamento surgió en un tiempo en el que las tribus de la
Antigüedad se estaban organizando en culturas estatales. Quienes escribieron el
Antiguo Testamento tomaron gran parte de su material de las culturas que mejor
funcionaban de la región, como la babilónica o la egipcia. Los textos de enseñanza
egipcia fueron copiados directamente en los proverbios de Salomón. No hay más que
ver la administración del rey David, con sus ministros y sus pomposos títulos: es
claramente una copia de la jerarquía estatal egipcia.
Enciendo el ventilador de aire frío. El calor ha empezado a pegar contra el techo
del coche. En el asiento trasero hay una bolsa térmica con botellas de agua. Cojo dos
botellas y le doy una a Stuart. El agua está templada, pero aun así me bebo la mitad de
la botella de un trago.
Stuart tiene problemas para abrir la botella.
—En la cultura de tribus de los patriarcas, los relatos eran centrales, las cosas se
transmitían oralmente. En Egipto, en cambio, se había convertido en una costumbre
poner las mejores historias por escrito. —Se lleva la botella a la boca y bebe con
avidez. Luego eructa y murmura—: ¡Perdón!
Por la ventanilla veo un desierto de piedra que continúa hasta el infinito.
—¿Estás cansado? —pregunto.
Pero no lo está.
—Cuando el arqueólogo británico Layard, a mediados del siglo XIX, encontró en
Irak las ruinas del palacio del rey asirio Asurnasirpal II, también descubrieron unas
tablas con escritura cuneiforme de la ocupación asiria de Babilonia. En su relato de la
creación (el precedente de lo que nosotros conocemos como Pentateuco), el primer
ser humano, un hombre, fue creado en un jardín paradisíaco. Se creó a una mujer a
partir de su costilla.
Stuart carraspea y le pega otro trago al agua.
—Más tarde el hombre y la mujer fueron expulsados del paraíso. Desobedecieron
a su dios… —Se traga el resto del agua—. Incluso el diluvio universal tiene su origen
en la mitología babilónica: la epopeya de Gilgamesh, de tres mil seiscientos años de
antigüedad, habla de un dios que ordena a un hombre que se prepare para una
inundación. El hombre se salva a sí mismo, a su familia y a un montón de especies de
animales a bordo de un arca que encalla en una gran montaña.
Pongo el ventilador de aire frío al máximo.
—¿La torre de Babel? —continúa Stuart—. En Babilonia, el rey asirio Esarhaddon
construyó una torre, en honor al dios Marduk, que debía llegar hasta el cielo. ¿Qué
crees que pasó? Ganó la fuerza de la gravedad. La torre se derrumbó.
—Pero Stuart, ¿todo esto no confirma los relatos de la Biblia?
—Esa es una manera bondadosa de interpretarlo. También se puede ser más malo
y decir que los creadores del Antiguo Testamento no tenían la imaginación suficiente
como para inventar sus propias historias.
—En el Tanaj aparecen muchas cosas aparte de tus ejemplos.
Mis objeciones le están provocando:
—Grandes partes de los textos sagrados son un refrito de mitos y relatos de
culturas aún más antiguas…
—¡Está bien!
—… Inteligentemente entretejidos con la creación de una nueva religión centrada
en torno a un dios nuevo y todopoderoso.
Ninguno de los dos dice nada en un rato.
Al final el silencio le resulta a Stuart demasiado pesado:
—Aun la historia de la vida de Moisés tiene un precedente. En los mitos
babilónicos, el rey Sargón de Acad fue enviado río abajo en un barco de juncos
cuando su madre intentó ocultarlo. Por suerte fue encontrado y adoptado. —Stuart
hace tamborilear los dedos sobre el volante—. Así de original es el relato más
importante del Antiguo Testamento.
Incluso en el infierno en llamas del desierto hay quien está a gusto: las larvas
peludas y de muchos colores, los burros y la rosa de Jericó. Cuando el tiempo es
húmedo, la rosa es verde y achatada, pero en cuanto se seca, se enrosca como un
puño cerrado contra los elementos. (Me reconozco en ella). Si la sequía dura, se
desprende de sus raíces y rueda por el desierto hasta que el viento la lleva a un lugar
húmedo donde poder establecerse.
Muy pocos la encuentran bonita, pero a la mayoría les hace gracia.
Un poco como yo.
11
MÁS TARDE llegamos a una ciudad fronteriza donde compramos un visado para
Egipto. Cruzamos la frontera y nos dirigimos hacia el sur, por la península del Sinaí, a
lo largo de la bahía de Aqaba, hasta Sharm el-Sheikh. Desde allí cogemos un ferry
para atravesar el mar Rojo hasta Hurghada y seguimos en dirección al sur, hasta Port
Safaga, donde nos incorporamos a una caravana de turistas escoltada que atraviesa el
desierto hasta llegar a Luxor.
Por el camino, Stuart me confiesa que tiene la esperanza de que nuestra
investigación pueda relanzar la suya.
—¡Rehabilitación! ¡Llámalo como quieras! ¡Venganza! ¡Revancha! ¡Restitución
profesional! No te imaginas lo que significaría para mí que, con tu ayuda, consiguiera
demostrar que mi teoría es correcta. Que los vikingos estuvieron en Egipto.
Para mi espanto, le cae una lágrima por la mejilla. Incómodo, me quedo mirando
por la ventanilla del coche.
—Creo que los rollos de Thingvellir contienen algo que confirma que tengo razón
—dice Stuart—. Que he tenido razón durante todos estos años.
En la Tebas de la Antigüedad, una avenida empedrada unía el templo de Karnak
con el de Luxor. Por aquí pasearon los faraones con sus polvorientas sandalias
elaborando planes de guerra antes de volver al palacio para comerse unos dátiles y
mancillar a sus hermanas.
A día de hoy, los dos grandes templos, con sus casas de dioses, sus obeliscos, sus
esfinges y sus estatuas gigantes, arrojan grandes sombras sobre el terreno.
Nos alojamos en The Winter Palace, en la calle principal Corniche el Nile. Por el
Oeste, al otro lado del Nilo, el sol se está poniendo. La luz de la penumbra tiñe de rojo
los peñascos cubiertos con templos y sepulcros dedicados a los faraones, las reinas y
los príncipes muertos.
Un poco más exótico que llegar a Brandbu un día gris cualquiera.
LA CIUDAD OLVIDADA
Egipto
1
EL VALLE de los Reyes dormita en un sueño eterno entre los peñascos de la orilla de
los muertos del Nilo.
El genius loci de la eternidad —la peculiar atmósfera de un lugar— descansa
sobre el estéril valle. En el Foro Romano de Roma y en la Acrópolis de Atenas se
tiene la misma sensación de inmortalidad, de palpabilidad de la fugacidad del tiempo y
el lento oleaje de la historia. Entre las gargantas, poderosos reyes descansaban en sus
cámaras mortuorias: Ramsés, Seti, Thutmosis, Amenhotep, Tut Ankh Amón. En un
período de quinientos años, se excavaron en la montaña más de sesenta tumbas.
Una ráfaga de viento atraviesa el desfiladero.
Junto con cientos de turistas más, Stuart y yo nos dirigimos al valle en un
trenecillo arrastrado por un quejumbroso tractor. El polvo de la arena se pega a la piel
y los riscos se elevan hacia el cielo.
La cámara mortuoria que me quiere enseñar Stuart se encuentra en lo alto de una
estrecha garganta. La entrada da hacia el Norte y la cámara interior señala hacia el
Este. El patrón simbolizaba el mundo subterráneo.
Faltos de aliento, subimos unas escaleras estrechas y empinadas que conducen a la
humilde entrada que, en su tiempo, estuvo perfectamente camuflada. Un guarda coge
las entradas y nos permite entrar en el túnel. El aire es tan caliente que empiezo a
tirarme del cuello de la camiseta.
—Una de las primeras cosas que hacía un rey era poner en marcha las obras de su
cámara mortuoria —dice Stuart—. Cientos de trabajadores empleaban décadas en
construir estas cámaras mortuorias. Primero se hacía el trabajo más burdo, picar la
piedra. Luego se dejaba pasar a los decoradores y sus pinceles, y a los sacerdotes con
sus bendiciones.
Al bajar las estrechas escaleras tenemos que andar de costado para dejar pasar a
los turistas que se dirigen a la salida. Reprimo las aguijonadas de la claustrofobia. El
aire es increíblemente denso. De hecho, en el momento en que los ladrones y los
arqueólogos abrían las tumbas, el aire encerrado podía ser peligroso. El creador de
Sherlock Holmes, el escritor Arthur Conan Doyle, llegó a proponer la teoría de que
esparcían esporas de hongos y mohos venenosos en las cámaras para castigar a los
intrusos.
Inconscientemente, o tal vez no tanto, respiro por la nariz.
Paso a paso, retrocedemos cientos, incluso miles, de años en el tiempo. Para evitar
el desgaste de los zapatos de millones de turistas, las autoridades han instalado pasillos
de madera sobre los que nos adentramos en la montaña en una larga fila india. Tengo
dificultades para respirar, pero no quiero decirle nada a Stuart. No quisiera parecer
melindroso.
El techo está pintado de azul con estrellas amarillas. La antesala está dominada por
dos enormes columnas y decorada con las imágenes de 741 divinidades. Un tramo de
escalera de varios pisos de altura conduce a una cámara mortuoria ovalada con dos
columnas y cuatro cámaras laterales.
Escucho el murmullo entusiasmado de los turistas. Siendo tantos, ¿no deberíamos
usar máscaras de oxígeno? Alguien me pega un empujón y acabo molestando a un
turista que está fotografiando las decoraciones de las paredes. Le sonrío a modo de
disculpa y tiro del estrecho cuello de la camiseta.
—¿Te pasa algo, Bjørn? —pregunta Stuart.
—Qué va —respondo con un jadeo.
Las paredes de la cámara mortuoria están decoradas como un rollo de papiro y
contienen el texto del sagrado Libro del Amduat sobre el más allá. En las dos
columnas rectangulares hay extractos de las letanías de Ra y un dibujo del difunto en
compañía de una diosa. Fue esta la cámara mortuoria donde, hace casi tres mil
quinientos años, se dejó a la momia de Thutmosis III para que descansara. Era el
sexto faraón de la decimoctava dinastía y está considerado como uno de los mayores
reyes de Egipto. Gobernó durante medio siglo, hasta su muerte en torno al año 1425
antes de Cristo. La cámara mortuoria fue descubierta en 1898 por el egiptólogo
francés Victor Loret. La momia de Thutmosis III había sido encontrada diecisiete años
antes, amontonada junto a otras cincuenta momias, en la gruta de Deir el-Bahari, en
los peñascos detrás del templo de Hatshepsut.
Cojo a Stuart del brazo.
—El aire no es muy bueno —le digo—, ¿hemos visto ya bastante?
2
ABANDONAMOS el Valle de los Reyes y nos dirigimos en coche hacia el Norte, a lo
largo de los peñascos y el Nilo. Bajo la ventanilla e intento llenar los pulmones de aire
con ávidas bocanadas. Stuart me pregunta si estoy intentando cazar moscas y yo le
recuerdo que soy vegetariano.
Al poco rato, toma el desvío que conduce a una majestuosa construcción en una
pared de peñascos, detrás de un muro y una valla de alambre de espino.
—Este es el templo-palacio del culto a Amón Ra —dice Stuart—. Hasta aquí
navegaron los vikingos.
Abre una verja que no está cerrada con candados y aparca el coche a la sombra de
un árbol.
—Ahí abajo —me dice señalando en dirección a los peñascos y el Nilo—, hubo en
su tiempo un canal lateral que los campesinos rellenaron de tierra.
Se vuelve hacia el templo.
—Y aquí regía el sumo sacerdote Asim.
Dos enormes estatuas de los dioses Amón Ra y Osiris custodian una amplia
escalinata que conduce a la explanada que hay ante el templo. Nosotros subimos por
el arenoso sendero que lleva al templo-palacio.
—La secta se denominaba a sí misma «Los humildes servidores de su divinidad, el
dios Amón Ra, y custodios del pacto divino», pero se les conoce por el culto a Amón
Ra. La secta se mantuvo viva hasta el siglo XIII, cuando hacía ya doscientos años que
había desaparecido el objeto divino que tenían que custodiar, y que robaron los
vikingos. Incluso los sacerdotes más testarudos debían de sentir que era una pérdida
de tiempo custodiar algo que hacía tanto que se había perdido.
—¿El Arca de la Alianza?
—Eso habría estado bien —dice con sorprendente resignación—. Pero tal vez
fuera algo completamente distinto.
Contemplamos las estatuas de piedra y el palacio. Intento imaginarme cómo era la
vida en este lugar hace mil años, o dos mil, o tres mil.
Luego me vuelvo hacia el Nilo e intento imaginarme la flota vikinga.
—¿Verdad? —dice Stuart, el lector de mentes.
Ni el templo ni la cámara mortuoria están abiertas al público, pero Stuart tiene un
permiso de paso de las autoridades egipcias y un billete de cincuenta libras que
contenta al guarda que dormita junto a la verja. Entramos en el palacio y Stuart me
enseña la sala del templo. Detrás de lo que en su momento había sido un altar, veo la
irregular apertura que conduce a las cámaras mortuorias.
Inspiro profundamente antes de entrar.
En la oscuridad, tanto Stuart como yo encendemos las linternas. Tenemos que
bajar por unas largas escaleras y recorrer un túnel antes de llegar a la primera cámara.
Los haces de luz pasan por encima de frescos e inscripciones.
—Aquí fue donde encontré las pinturas y los jeroglíficos más recientes, los que
describen el ataque de hace mil años —dice Stuart.
Me muestra los dibujos en las paredes.
Naves largas.
Hombres salvajes de largas melenas y barbas, con los ojos azules.
Espadas, hachas y escudos.
Cabezas de dragón.
—Vikingos… —murmuro.
—Eso mismo pensé yo. ¡Vikingos! ¡No soldados ni naves de la maldita Bizancio!
Y esos ineptos se rieron de mí.
Seguimos bajando por otra escalera hasta la segunda cámara mortuoria. Estamos
solos en el túnel y sé que puedo salir corriendo hacia el aire fresco, así que consigo
mantener a raya la claustrofobia. A duras penas.
Al fondo de la segunda cámara mortuoria vemos los restos de lo que debía parecer
la pared final. Atravesamos el agujero en la pared, bajamos por unas empinadas
escaleras y seguimos por otro túnel.
Al fondo encontramos la última cámara.
Lo más sagrado de lo sagrado.
Cámaras vacías, vasijas vacías.
Un sarcófago vacío…
Aquí dentro, en la última cámara, pusieron a descansar a un soberano desterrado,
a alguien a quien más tarde llamaron EL DIVINO.
¿Quién era? ¿Por qué lo escondieron tan concienzudamente?
¿Qué tesoros le acompañaban en la cámara?
¿Qué escritos?
¿Qué objetos sagrados?
¿Y por qué lo custodiaron durante dos mil quinientos años?
—Creemos —dice Stuart—, que el texto que encontraste en la gruta de Thingvellir
es una copia y una traducción del original que estaba aquí.
En la cámara mortuoria vacía, Stuart me muestra frescos, inscripciones y
cartuchos cuyo significado no entiendo hasta que él me lo va explicando
pacientemente. Al final empiezan a fallarnos las linternas y nos dirigimos hacia la
salida.
El aire fresco es como una caricia.
Pasamos por delante del guarda, que se ha dormido, y regresamos callados y
pensativos hacia el coche.
Antes de ponerlo en marcha, Stuart me dice que quiere llevarme a una ciudad que
no existe para hablar con un hombre que tampoco existe.
3
LA IGLESIA del monasterio copto del Descanso de San Marcos está construida en
arenisca en torno a un frondoso jardín con agua corriente y alegres plantas. Tiene
exactamente el mismo aspecto que debió de tener cuando los monjes colocaron la
última piedra y se cepillaron la arena de las manos hace mil novecientos años.
Corona el techo un ankh dorado.
Stuart detiene el coche entre una nube de polvo que continúa su camino por el
aparcamiento como una alocada y tenaz tormenta del desierto.
La iglesia del monasterio se encuentra en «La ciudad olvidada», en una hondonada
en el desierto, a pocos kilómetros de Luxor. No encontrarás «La ciudad olvidada» en
ningún mapa y sólo excepcionalmente en algún folleto turístico, en cuyo caso se
menciona con curiosas expresiones como «las ruinas de un pueblo del desierto que se
niega a morir». Oficialmente el pueblo no existe. Las autoridades egipcias se niegan a
reconocer su existencia desde el siglo XV. Todo surgió a causa de un conflicto entre
los monjes, una tribu de beduinos y las autoridades centrales; sobre la propiedad del
manantial de agua que da vida al pueblo. Cuando, en 1481, las autoridades
abandonaron la lucha contra los obstinados habitantes del desierto —al fin y al cabo el
maldito pueblo y el monasterio se encontraban en el quinto infierno, en un tórrido
hoyo de calor, arena y dromedarios— eliminaron el pueblo de todos sus papeles y
registros. Hasta el día de hoy a nadie se le ha ocurrido reintroducir el pueblo en la
realidad. El carácter vengativo del poder en Egipto es longevo. El pueblo, que
originalmente tenía un nombre que nadie recuerda ya, carece de colegio, de
ayuntamiento, de policía, y de todo tipo de servicios médicos. A los niños que se crían
allí los llevan en autobús hasta Qena y en el colegio los registran como si no tuvieran
lugar de residencia. El médico del pueblo, en el mejor de los casos, puede
considerarse un curandero. En raros casos de duda lleva a los enfermos al hospital, en
el camión del pueblo, porque los médicos colegiados, como los denomina él
despectivamente fumando su pipa de agua en el café, tienen mejores equipos que los
suyos para llevar a cabo cirugía cerebral o trasplantes de córnea. Y, hasta cierto punto,
porque padece de un triste temblor en las manos.
A las afueras de este oasis, de este puñado de casas de piedra y barro que no
existen, olvidado por la administración local, las autoridades centrales y el resto del
mundo, se encuentra el Descanso de San Marcos.
4
LA PUERTA del monasterio se abre.
Y sale un hombre que tiene pinta de haber vivido y trabajado en el Descanso de
San Marcos desde que se construyó el monasterio. Su cara me recuerda a una pasa
arrugada y reseca, y, en la cabeza, lleva algo que recuerda vagamente a un turbante.
Viene a nuestro encuentro calzando sandalias de rafia y nos estrecha la mano con una
sonrisa sin dientes. Tiene tatuada una pequeña cruz en la parte baja del brazo derecho.
Cuando dice su nombre en árabe, me parece que recita un montón de consonantes
arbitrarias y, aunque Stuart me las repite varias veces en el coche, no consigo
retenerlas. Así que lo llamo «el monje».
Nos invita a entrar en el monasterio del desierto y nos muestra los dormitorios, los
refectorios, la sala de estudio, la iglesia y el cuidado jardín del atrio del monasterio.
Para mi sorpresa habla inglés perfectamente. Estudió en Cambridge, donde más tarde
impartió clases durante algunos años.
—A pesar de ser muy distintos —dice el monje con una distante ternura en la voz
—, Stuart y yo tenemos una historia común. Yo era su tutor en egiptología en la
Universidad de Cambridge.
Contemplo sorprendido su rostro abrasado y ventoso y me cuesta imaginarme al
monje como catedrático en Cambridge. Claro que a muchos les cuesta imaginarme a
mí de profesor adjunto en la Universidad de Oslo.
Nos cuenta que el apóstol Marcos estableció el cristianismo copto en Egipto
algunos años después de la crucifixión de Cristo. Los primeros cristianos organizados
fueron los coptos. Los monjes del Descanso de San Marcos sostienen firmemente que
el propio Marcos participó en la construcción de la iglesia del monasterio. La cabeza
suprema de la iglesia copta sigue denominándose «Papa de Alejandría y Patriarca de la
Sede Sagrada de San Marcos», y la iglesia copta temprana utilizaba el símbolo ankh, la
cruz ansata, como cruz.
Cuando, en el siglo III, los cristianos egipcios fueron expulsados de las ciudades,
huyeron al desierto y allí construyeron sus monasterios. Se fundaron varios cientos de
monasterios por los pedregosos desiertos egipcios, en el interior de frágiles
construcciones o sombreadas cuevas. Desde estos lugares, el movimiento de los
monasterios se fue extendiendo por todo el mundo cristiano.
El monje me confiesa que la reliquia más sagrada de la iglesia descansa sobre un
paño de seda roja en una cofre de oro: se trata de una espina de la corona de espinas
de Jesús. Y, en un cofre de plata labrada, conservan ocho páginas que supuestamente
son parte del texto original del Evangelio de San Marcos y un fragmento copto del
Evangelio de San Juan.
5
—DIOS ha muerto.
Sobre un banco de madera, sentados a la sombra de las arcadas en torno al jardín,
bebemos agua fría en botellas de plástico.
El monje pega una patada al suelo y un gesto de dolor le cruza su cara.
—¿Muerto? —pregunto.
—Osiris —dice alzando un dedo en el aire,
»Odín —añade alzando otro dedo—, Zeus, Ptah, Baco, Thor, Pan, Poseidón,
Cupido, Ashtoreth.
Se le han terminado los dedos, pero eso no le impide seguir:
—Belona, Isis, Júpiter, Anubis, Balder, Nebo, Loke, Amón Ra, Afrodita, Baal,
Ahiyah, Froya, Hades, Muluhursang, Njord, Llaw Gyffes, Mu-ul-lil, Frigg, Venus,
Sutekh, el supremo soberano del valle del Nilo. Podría seguir durante diez minutos
más. ¿Qué caracteriza a todos estos dioses? Que rigieron las vidas de millones de
personas temerosas de Dios. Estos nombres hacían temblar de miedo a los hombres y
agachar respetuosamente la cabeza a las mujeres. Las masas los adoraron. Levantamos
templos en su honor. Los siervos trabajaron como esclavos para construir edificios
donde pudiéramos honrarlos. En su nombre surgieron y cayeron civilizaciones y se
libraron numerosas guerras. Generaciones de sacerdotes y monjes dedicaron sus vidas
a entenderlos, interpretarlos, hacer sacrificios en su nombre y adorarlos.
Una ráfaga de viento arrastra una bola de paja por el jardín.
—¿Y ahora? —pregunta—. Ya no creemos en ellos. Ahora están todos muertos.
No todos han sido olvidados, pero ya nadie cree en ellos, nadie los adora. Si alguna
vez existieron, pasan sus vidas divinas en tedioso olvido. En tanto que como dioses
están muertos.
La brisa que sopla por el jardín del templo suena como un suspiro.
—Yo creo —continúa el monje—, que Dios también está muerto, el dios al que
llamábamos Yahvé, Jehová, Elohim, el Señor. Tenía muchos nombres, del mismo
modo que son muchos los signos de su muerte. Las profecías de la Biblia se han
cumplido. Dios ha muerto. Nietzsche tenía razón.
—¿Cómo lo sabes?
Sonríe con tristeza y sin dientes.
—¡Mira a tu alrededor! ¿Te parece que el mundo da muestras de tener un dios
vivo y activo? ¿Hay algo en nuestra existencia que indique que un Dios cariñoso nos
cuida?
—No soy creyente.
—¿Cómo puedes vivir en esta tierra sin creer?
—¿Por qué tendría que creer en un dios?
—Jesús es el camino, la verdad y la vida.
—Palabras vacías. —Le respondo—. ¿Por qué tu fe es más verdadera que la de
los budistas o los hinduistas? Los judíos y los cristianos, los musulmanes y los sijs,
todos creen con la misma intensidad en su dios, su interpretación, su verdad. ¿Tienen
todos razón? ¿No la tiene ninguno? Tu dios condena a los otros. Así que dime: ¿quién
tiene razón? ¿Cuál de las religiones del mundo es más verdadera que las otras? ¿Y qué
línea de fe cristiana agradaría a tu dios y a Jesús? ¿Los católicos? ¿Los mormones?
¿Los testigos de Jehová? ¿Los protestantes? ¿Los baptistas? ¿Los pentecostalistas?
¿Los adventistas?
—Bjørn…
—Las elecciones de Dios son inescrutables.
—Las elecciones de Dios son completamente irracionales. Que los israelitas
creyeran en él hace dos mil o tres mil años, puedo entenderlo. Que las personas sigan
aún aferradas a esta superstición me resulta inconcebible.
—Así habla el ignorante.
—Tú mismo dices que el corazón de tu dios ha dejado de latir.
—Un dios muere con lentitud, Bjørn. No muere de un día para otro. Basándonos
en diversas interpretaciones de la Biblia, signos, profecías y rezos, nuestra conclusión
(que se podría admitir que es una suposición) es que Dios empezó a agonizar en algún
momento del siglo XII y que murió a finales del siglo XIX. Dios lleva muerto más de
cien años. No conseguimos asumirlo.
—Tú eres monje. ¿A quién adoras tú, si tu dios ha muerto?
—¿Dejas de amar a tu padre y a tu madre cuando mueren? Adoramos el recuerdo
de Dios, de Jesús, de los valores que representaron y nos enseñaron.
—Y entonces ¿qué quiere decir todo esto, si es que tienes razón? ¿Quién lo ha
sustituido? ¿Hay otros dioses a la espera de tomar el relevo allí donde Dios se retiró?
—No lo sabemos. Aún no. Los gnósticos (la secta cristiana que fue tildada de
herética por los padres de la Iglesia católica que salieron triunfantes de las disputas
sobre la doctrina) nunca aceptaron que nuestro Dios fuera todopoderoso y único. Al
contrario, muchos pensaban que Yahvé era un dios menor con delirios de grandeza
cuya creación, la tierra y los seres humanos, probaba su inutilidad. Por encima de
Yahvé y los demás dioses menores y rivales, regía una divinidad más poderosa, el
verdadero Dios, que estaba muy por encima de las trivialidades de esta tierra. Ni los
rabinos judíos ni los padres de la iglesia cristiana podían aceptar tal doctrina. Al fin y
al cabo el dios del Antiguo Testamento nos había ordenado adorarlo a él y a nadie
más. Mmm. Pero ¿y si los gnósticos hubieran tenido razón? ¿Qué pasaría si el Yahvé
del Antiguo Testamento no fuera más que un dios con hambre de poder, un aeon que
estaba histéricamente preocupado por bagatelas como, por ejemplo, el modo en que
los hombres teníamos que adorarlo? ¿Y si Yahvé no fuera más que un dios entre
muchos otros? ¿Qué pasaría si existiera una fuerza creadora, un Dios verdadero que
no ha conseguido aprehender ninguna religión con su espejismo sagrado? Pueden
pasar cientos de años antes de que el nuevo dios adquiera la fuerza necesaria como
para aparecerse ante nosotros los hombres y escoger nuevos profetas a los que pueda
escuchar y adorar la humanidad. Tú eres hijo de la falta de Dios, de la secularidad, de
la indiferencia hacia la eternidad y todo lo sagrado. Visto así, tu ateísmo es el resultado
de la ausencia de Dios en la existencia.
Nos quedamos un rato callados en la sombra del desierto. Una vez nos hemos
bebido el agua y hemos eructado discretamente en la palma de la mano, el monje nos
conduce a un fresco sótano de tierra bajo el monasterio. Atravesamos varias cámaras
antes de llegar a una puerta de hierro que conduce a una habitación iluminada por
vacilantes tubos de neón.
El monje abre un armario de metal y saca un cajón repleto de monedas. Me tiende
un puñado. Les echo un vistazo. Sorprendido constato que son monedas de plata con
un sello real noruego que no conozco.
—¿Cómo ha llegado esto hasta aquí?
—Las hicieron aquí.
—Estudié algo de numismática en la universidad. Por lo que recuerdo, Olav
Tryggvason mandó fabricar las primeras monedas noruegas en torno al año 995. En
las monedas ponía ONLAF REX NORMANNORUM, que significa «Olav rey de los
noruegos». En una cara aparecía un retrato del rey con cetro, en la otra, una cruz con
las letras CRVX, «cruz» en latín. Se cree que quien fabricó las monedas venía de
Inglaterra.
—Los comerciantes de los países nórdicos también fabricaron monedas aquí en
Egipto, más exactamente en el pueblo de Misr, al sur de Alejandría, junto a la orilla del
Nilo.
—Los arqueólogos han creído que las monedas árabes que se han encontrado en
Noruega llegaron hasta allí con los comerciantes que habían viajado al Imperio
bizantino. Además, las monedas árabes se usaban con frecuencia como divisa
internacional. No sabía que los vikingos fabricaran moneda aquí.
—Durante un breve período.
—Hay más —dice Stuart dándole al monje un codazo mientras señala con la
cabeza un armario aún más sólido—. A cambio tengo la esperanza de que me
muestres los rollos de Thingvellir.
—Pronto…
El monje abre el armario y saca un cofre de madera. Dentro hay un collar de oro.
Me tiende la cadena, que es muy pesada. El colgante representa una ty.
—Una joya vikinga —dice Stuart—. ¿Adivinas dónde la hallaron?
No se me ocurre.
—Este collar lo encontraron en el sarcófago vacío de la última cámara del templo
del culto a Amón Ra —dice el monje.
6
AQUELLA noche, justo después de cenar, llamo a la SIS desde una cabina telefónica
situada a varias manzanas del hotel para hablar con el profesor Llyleworth.
La conexión es malísima y el ruido de la calle me impide mantener una
conversación, pero consigo contarle que logré escapar del Instituto Schimmer y que
estoy más o menos entero. Sus preguntas desaparecen en la cacofonía de las
motocicletas, los autobuses, los verduleros que ofrecen sus sandías y los rezos
desacompasados de los muecines que cantan desde los minaretes.
Camino de vuelta, me pierdo por un laberinto de bazares y pequeñas tiendas
donde, por una serie de malentendidos culturales y lingüísticos, consiguen
encasquetarme una considerable colección de escarabajos de piedra, figuras de gato,
relieves de momias, Anubises fundidos y sarcófagos en miniatura, además de un
cartel de papiro con la esfinge al atardecer y la esencia de perfume Nubian Nights, que
al parecer resulta irresistible a las mujeres hermosas.
Delante del hotel descubro al turista que hacía fotografías en la cámara mortuoria
de Thutmosis. Está buscando a alguien, tal vez a su bella esposa que lleva una tarjeta
de crédito que no tiene miedo de usar. Al verme, sonríe algo turbado. O bien porque
me reconoce sin saber exactamente de qué, o bien porque pretendía que no lo viera.
7
A LA mañana siguiente, temprano, Stuart y yo recorremos paseando las pocas
manzanas que separan el hotel del Museo de Luxor.
Stuart llamó al museo ayer por la noche y concertó una cita con el director, un
colega al que ya conocía y con el que ha mantenido contacto a lo largo de los años.
Por el camino, Stuart vuelve a intentar convencerme de que le enseñe los rollos de
Thingvellir. Le digo que, como comprenderá, no los llevo encima.
—Pero sabrás dónde están, ¿no? —replica—. ¿No podríamos viajar hasta allí?
Aunque entiendo que su interés profesional es difícil de controlar, la lata que me
está dando empieza a ponerme nervioso.
El director del museo parece un gorila de buen talante. Tiene la barba tupida y las
cejas espesas, y el pelo le asoma por encima del cuello de la camisa.
—¡Stuart! —exclama y abraza a su viejo colega. Se miran el uno al otro entre risas
e incredulidad, como dos compañeros de guerra que han salido con vida de las
trincheras.
—Fue mi ayudante cuando excavé la cámara mortuoria de Amón Ra —explica
Stuart.
—¿Ayudante? —se ríe el director—. ¡Era tu esclavo!
El museo está ya medio lleno. Miro a mi alrededor buscando al turista que hacía
fotografías en la cámara mortuoria, pero no está. Evidentemente lo han sustituido por
otro.
—Lo que conoce muy poca gente (y le importa a casi nadie) es la colección de
textos en papiro, pergaminos y papel que guardamos en nuestro sótano —dice el
director para Stuart, y añade—: Ahí tengo los documentos.
Stuart me guiña un ojo.
—¿Los documentos? —pregunto.
En ese momento pasamos por delante de una vitrina de cristal con una figura que
me hace parar en seco.
La escultura de madera tiene unos cuarenta centímetros de alto y representa a un
hombre o un dios que se atusa sus largas barbas con ambas manos. Según el cartel de
la vitrina, la estatua, de tres mil quinientos años de antigüedad, originalmente estaba
cubierta de brea negra, el color del dios Osiris, y fue encontrada en una tumba en el
Valle de los Reyes. La figura se parece muchísimo a la que aparecía en la fotografía
que Thrainn tenía en su despacho en Reikiavik —la figura de bronce de mil años de
antigüedad que se encontró junto a Eyjafjördur, en el Norte de Islandia, en 1815—.
¿De dónde venía la figura de Eyjafjördur? ¿Provenía de Egipto? Y si fue un vikingo
quien esculpió la escultura en el siglo XI, ¿se inspiró en algo que vio aquí en Egipto?
¿Pudo haber viajado en alguna de las naves de Olav?
Me apresuro a seguir a Stuart y al director del museo escaleras abajo.
—Según la leyenda, al sumo sacerdote del culto a Amón Ra, Asim, se lo llevaron
los dioses del cielo una mañana de 1013 —dice el director del museo con una risotada
haciéndole un gesto a Stuart—. ¿A qué viene este renovado interés por Asim?
¿Después de treinta años?
—Estamos trabajando con una teoría. Hemos encontrado unos fragmentos de
manuscritos que pueden provenir de él.
—¿Fragmentos de manuscritos? ¿De Asim? ¡Qué emocionante! ¡Me interesaría
muchísimo verlos!
—Te enviaré unas copias.
—Gracias, amigo mío. Te lo agradezco.
El director nos abre la puerta del sótano y apaga la alarma. De un armario de acero
saca dos láminas DIN A4. Una de ellas es la traducción al egipcio y al inglés del texto
original que estaba escrito en papiro. La otra muestra una fotografía del documento
original, que se encuentra en el museo de El Cairo.
—Este documento lo escribió nuestro amigo mister Asim. Es un fragmento de la
descripción del entierro de un faraón: es más un reportaje periodístico que un himno
religioso, y está basado en una copia en papiro del Reino Nuevo, además de estar en
jeroglíficos y frescos. Desgraciadamente faltan el comienzo y el final.
—No hay más —dice el director del museo cuando ve que mi mirada ha llegado al
final.
Luego se vuelve hacia Stuart:
—El otro documento es una carta del siglo XIV que el visir egipcio escribió al
prefecto de los archivos del Vaticano.
Coloca ante nosotros un documento envuelto en plástico blanco.
—Al parecer el visir había inquirido al Vaticano sobre la existencia de alguna carta
o documento de Asim. El visir debía de tener buenos contactos porque el prefecto del
Vaticano (que normalmente ignoraría cualquier intento de conocer lo que al fin y al
cabo son los archivos del Papa, sobre todo si provenía del visir de un país musulmán)
le envió una detallada respuesta. Intento entender el texto en latín.
—A grandes rasgos, el prefecto intenta confirmar la existencia de tres documentos
escritos por Asim —dice el director—. El documento más antiguo es una carta del
sumo sacerdote a «Su Alteza, el califa Al-Hakim bi-Amr Allah, Regente de la piedad
de Dios, califa absoluto de Egipto…».
—La copia que tenemos en el instituto —apostilla Stuart.
—El otro documento es una copia de un original desconocido que describe el
ataque al templo y la cámara mortuoria por parte de hombres salvajes y paganos, y el
tercero es la copia de un fragmento de una carta de viaje (procedente probablemente
del mismo texto que el anterior) que describe un viaje al «puesto avanzado de la
civilización».
Stuart se vuelve hacia mí con una sonrisa en los labios.
—El puesto avanzado de la civilización…
—Tiene que referirse a Noruega.
—Salvajes paganos… —A Stuart se le endulza la voz—. No hablarían así de los
soldados bizantinos. ¡Estaba describiendo a los vikingos!
—Eso significa que en los archivos del Vaticano hay tres documentos de Asim.
—Pues entonces —dice Stuart—, ¡tendremos que ir a buscarlos!
EL LIBRERO DE VIEJO
Italia
1
A TIRO de piedra de las aglomeraciones de turistas de Piazza Navona, en un estrecho
callejón empedrado que sale de la adormilada calle aledaña de una arteria principal
llena de tráfico, entre un taller de marcos y un modista, se encuentra una tienda de
libros antiguos que, según el cartel que cuelga sobre la ventana, se llama simple y
llanamente Libros de viejo y ocasión. El mapa de Roma indica erróneamente que el
callejón, que gira tanto que no se puede ver de un extremo al otro, es una calle sin
salida. En realidad la población local utiliza el pasaje como atajo para llegar a la Via
del Governo Vecchio, mientras que los turistas despistados piensan que se han
adentrado en el pasado. Las tiendas del recóndito callejón tienen aspecto de no haber
recibido apenas visitas desde los tiempos del emperador Nerón y da la impresión de
que, de algún modo extraño, se ha detenido el tiempo. Los polvorientos libros que
están expuestos en el escaparate de la tienda son best sellers del pasado, olvidados
hace ya mucho tiempo. Por la noche, con la corriente del aire acondicionado, las
páginas de piel de los fantasmagóricos libros se mueven. Frente a la puerta de entrada,
en la que, sobre una hoja amarillenta, los horarios de apertura aparecen escritos con
una caligrafía elaborada y una tinta empalidecida, se hallan los tristes restos de una
bicicleta negra de caballero, amarrados a un pedazo de tubería.
Stuart Dunhill se recoloca la gabardina.
—¿Entramos?
Durante el camino desde el hotel me ha hablado del hombre al que vamos a ver.
Luigi Fiacchini es una leyenda en el mercado negro de libros antiguos. Conoce a todo
el que desempeña algún papel en el gremio: libreros, bibliotecarios, editores y
coleccionistas. Se codea con los honrados y decentes, al igual que con los timadores:
bibliófilos y bibliófilas de Milán y Florencia, Viena y París, Hamburgo y Londres, San
Petersburgo y Moscú, Oslo y Estocolmo, Copenhague, Helsinki y Reikiavik, Nueva
York y San Francisco, Hong Kong y Singapur, Buenos Aires, Santiago y Río de
Janeiro, Sidney y Ciudad del Cabo. Desde su base en Roma, Luigi Fiacchini ha
mediado en la venta de varios de los libros y colecciones de libros más caros del
mundo. Fue el intermediario cuando el Opus Dei compró una copia del siglo V del
Evangelio según San Lucas y los rumores dicen que fue Luigi quien localizó el
manuscrito de la obra perdida «Love’s Labour’s Won» escrito por Shakespeare y por
el que se dice que un coleccionista de los Emiratos desembolsó cincuenta millones de
dólares. Fue también responsable de la venta, por 2.8 millones de libras, de las
cuarenta primeras ediciones existentes de las obras completas de Shakespeare,
impresas siete años después de la muerte del maestro. Stuart ha oído decir también
que Luigi estaba implicado en la subasta que Sotherby’s de Londres realizó del primer
atlas impreso del mundo, un documento de 1477 basado en los trabajos del siglo II del
geógrafo Claudio Ptolomeo y por el que se pagaron 26 y medio millones de coronas
noruegas.
Al entrar nos cruzamos con un hombre. Nuestras miradas se encuentran durante la
décima parte de un segundo y tengo la sensación de haberlo visto antes en alguna
parte; sin embargo, nada indica que él me reconozca, y lo olvido en el momento en
que la estridente campanilla de la puerta anuncia nuestra llegada.
La humilde fachada de la tienda de libros antiguos —un escaparate y una puerta—
me ha hecho creer que se trataba de un local diminuto, pero la tienda es enorme.
Primero se entra a una estrecha sección con un mostrador y una anticuada caja
registradora, y las paredes cubiertas de libros de arriba abajo. Más hacia el interior, la
tienda se amplía: parece una biblioteca. Miles de libros colman el laberinto de estantes,
mostradores, baúles, mesas y estanterías. El aire está saturado del extraño olor a libros:
papel y polvo de papel, encuadernación, cola y una pizca del sudor de los
protagonistas que libran sus batallas entre las cubiertas del libro.
Stuart me da un codazo.
Me he imaginado a Luigi Fiacchini como un aristócrata italiano, alto y distinguido,
con el pelo canoso y sabiduría en la mirada. La criatura que vemos ahí, nos da la
espalda.
—Un momento, un momento. —Murmura mientras coloca unos libros, se gira
con una serie de movimientos espasmódicos para ver quién ha venido a interrumpirlo,
es bajo y de espalda encorvada, tiene poco pelo y unos ojos turbios que miran en
direcciones distintas. Lo único que le falta es una joroba, una piel con escamas y una
lengua muy larga.
—¡Stuart! —exclama.
—¡Luigi! —responde Stuart.
Se estrechan las manos con tal intensidad que da la impresión de que ambos están
poniendo todo su empeño en reprimir su deseo de abrazarse.
Stuart me presenta. Luigi me contempla con la curiosidad ilimitada que sólo se
puede permitir una criatura deforme que se encuentra con otra.
—Mister Beltø! Causaste bastante revuelo en mis círculos cuando confiscaste el
cofre de los secretos sagrados. Es una pena que no sacaras el cofre al mercado. ¡Te
habrías hecho multimillonario!
Su risa suena al viento que agita las páginas de los libros, como si la risa fuera un
efecto auditivo y no la manifestación de la alegría del ánimo.
Es mucho más bajo que yo y tiene uno de los ojos cubierto por una película gris.
—Estoy ciego del ojo izquierdo. Pero, al igual que el troll, ¡tanto mejor veo con el
otro!
Luigi se agarró de joven a un puro medio encendido que desde entonces se niega a
soltar. Sostiene que, en línea oblicua, proviene de Leonardo da Vinci, pero a mí me
parece que podría parecer el descendiente perdido de algún moro español que pasó un
buen rato con una burra.
—Un momento, caballeros —nos dice, y tras salir disparado hacia la puerta, la
cierra con llave y baja una cortina.
Con la pasión de un gran amante, nos muestra la tienda, que está organizada
conforme a un patrón temático que no consigo captar del todo. Nos enseña ediciones
raras: una versión de Le Avventure di Pinocchio con la firma del autor, Cario Collodi;
una impresión ilustrada del siglo XVIII de La Divina Commedia de Dante Alighieri,
una primera edición de Il Principe de Maquiavelo y unas pruebas de imprenta de
1979 de Il Nome della rosa de Umberto Eco, con las correcciones del autor.
Luigi extiende las manos y le pega una bocanada a su puro:
—Aquí tengo varios miles de los libros mejor escritos del mundo y todos y cada
uno de ellos suplican ser releídos.
En la segunda planta, subiendo por unas escaleras de caracol que están bloqueadas
por una fina cadena de hierro y un cartel donde pone «Riservato», está el apartamento
de Luigi.
No se diferencia llamativamente de la tienda. Hay libros por todas partes. En
medio de la habitación ha despejado un hueco para unos sofás de piel y una mesa baja
con montones de periódicos y revistas italianas.
Saca un termo con café de la cocina.
—Como te he dicho por teléfono —le dice a Stuart mientras sirve el café—, las
copias de los fragmentos de los manuscritos de Asim sobre el viaje al país del Norte
han estado muy disputadas en el mercado de los coleccionistas desde el siglo XIX. No
sabemos de dónde salen estas copias, pero algunas de ellas han acabado en el archivo
del Vaticano. Las copias son fragmentos incompletos, pero parece evidente que todas
proceden de un texto común que probablemente se haya perdido.
—¿Estás insinuando que todo lo que tienen en el Vaticano ya debe de estar en
circulación? —inquiero.
—En absoluto. El archivo del Vaticano es infinito. Todo depende de cómo
busques y de las referencias que te ayuden a seguir buscando. A pesar de que los
investigadores y los coleccionistas han inspeccionado el archivo con todo detalle,
ninguno ha sabido exactamente qué estaban buscando. Si se te pasa un solo
documento, pierdes el hilo conductor que te conduciría hasta tu meta. Además, hasta
ahora… —y vuelve a mirarme—, la información fragmentaria no había empezado a
adquirir sentido.
—¿Qué podemos esperar encontrar?
—Uno de los fragmentos trata sobre un ataque al templo de Asim. Otro es una
especie de carta de viaje que describe la navegación al fin del mundo.
—Puesto avanzado —corrige Stuart.
—Puesto avanzado, por supuesto. Ya en el siglo XII, el Vaticano consiguió ubicar
este puesto avanzado (Noruega), pero el problema es que nadie sabía exactamente
dónde en Noruega. —Me mira con una interrogación en los ojos y yo me encojo de
hombros—. Otro problema ha sido identificar los documentos que realmente están
vinculados con el asunto.
—La mayor parte de ellos parecen estar marcados. —Digo.
—¿Marcados? ¿Cómo?
—Con tres símbolos: un ankh egipcio, el signo rúnico ty y una cruz.
La mirada de Luigi se me pierde.
—Oh cazzo… —exclama. Luego vuelve a concentrarse—: Creo que alguien
habría encontrado hace ya mucho tiempo la carta de viaje de Asim, si el manuscrito
hubiera estado realmente alguna vez en los archivos del Vaticano.
—No necesitamos necesariamente una versión completa —dice Stuart—. Toda
pista, por pequeña y breve que sea, puede sernos de gran ayuda.
—¿Y esperáis encontrarla en el «Archivum Secretum Apostolicum Vaticannum»?
¿En el archivo secreto del Vaticano?
—Si nos dejan entrar.
—El archivo no es tan secreto como hace creer su nombre. Algunos piensan que
la palabra secretum hace referencia a «separado» y no a «secreto». Ya en 1881 se abrió
el archivo a visitas restringidas. Es cierto que hay que solicitar permiso para entrar,
pero hoy en día visitan el archivo unos mil quinientos investigadores al año.
—Una misión imposible. Tanto conseguir entrar como buscar algo.
—Bueno, no está tan claro. Varios de los archivistas pertenecen, digamos, a mi
gremio bibliófilo. Me deben algunos favores. Voy a conseguiros un pase y un
archivista con dedicación que sabe dónde están las cosas.
Agradecido, le estrecho la mano.
—No se puede decir que el llamativo hallazgo que hizo Stuart en 1977
contribuyera a calmar el interés por los manuscritos y los mapas de Asim —dice Luigi
—. Pero con la arrogancia que los caracteriza, los círculos científicos dejaron el asunto
en manos de ambientes más privados.
—Se refiere a coleccionistas ilegales —dice Stuart.
—¿Has dicho mapas? —pregunto interesado.
—Sí, ¿no sabías tú eso? Al parecer existe al menos un mapa. Asim lo envió a
Egipto explicando dónde están escondidos la momia y los tesoros. Es posible que
haya una versión en los archivos del Vaticano, eso no lo sé, pero en todo caso no ha
ayudado mucho a ninguno de los cazadores de tesoros.
—¿Entonces también comercias con mapas?
—¡Desde luego que sí! Espera, espera.
Emocionado, sale corriendo por las escaleras de caracol y vuelve con las manos
llenas de rollos de papel y portafolios que deja con cuidado sobre la mesa que
tenemos delante.
—Muchas veces los mapas son tan valiosos como los documentos escritos a
mano. ¡Se trata de la comprensión del mundo! Del honor de los grandes
descubridores: Marco Polo, Cristóbal Colón, Vasco de Gama, Hudson, Nansen,
Amundsen, Heyerdahl.
Despliega una hoja:
—Esta es una copia facsímil del mapamundi de Mercator de 1569. Podéis
reconocer Escandinavia, el extremo Norte de Escocia, Islandia y partes de
Groenlandia, pero mucho es pura fantasía. Mercator se basó en el testimonio que dejó
un monje marinero que, en el siglo XIV, escribió un libro llamado Inventio Fortunata,
que desgraciadamente se ha perdido. Vinland fue descrita por primera vez, en fuentes
escritas conocidas, por el geógrafo e historiador Adam de Bremen en el libro
Descriptio insularum Aquilonis, en torno al año 1075. Es decir, había pasado ya un
buen tiempo desde que Leiv Eiríksson avistó Vinland. El mapa del papa Urbano, de
1367, insinúa que existen algunas grandes islas, la costa americana, muy al Oeste del
océano Atlántico. El controvertido mapa de Vinland, Mappa Mundi, probablemente
sea un mapa de América. El pergamino está datado como del siglo XV, pero los
científicos no se ponen de acuerdo sobre la antigüedad de la tinta. En la colección de
sir Thomas Philip hay un mapa de 1424 que muestra detalles de la costa Este de
América, y en el que aparecen incluso Georgia y Florida.
—Lo que faltaba —jadeo—. ¡América! Será mejor que nos atengamos a nuestro
propio continente.
—Como quieras.
Pruebo el café, que está fortísimo, y le pregunto a Luigi si no le preocupan los
ladrones de tiendas.
—Al fin y al cabo —digo—, un ladrón reuniría aquí en la librería cosas más
valiosas que si robara un banco.
—¡Cierto, cierto! —Luigi se acerca a la barandilla de las escaleras. En una talla de
la columna hay un botón incrustado—. Tengo quince interruptores de estos esparcidos
por la tienda. La alarma conecta directamente con la policía. Tardan un par de minutos
en llegar. En los libros más valiosos he escondido sensores electrónicos que hacen
saltar una alarma en caso de que el ladrón se acerque a la puerta. —Golpea el cristal
que da al callejón—. Cristales blindados. No se rompen ni con un martillo. Si quieres
atravesar esta ventana, necesitas explosivos.
—Por lo que tengo entendido —dice Stuart tentativamente—, has estado en
contacto con el jeque Ibrahim, ¿no es así?
Luigi alza la mirada como un animal que percibe el peligro.
—Todo aquel que tenga cierto peso en el mundo internacional de los libros y
manuscritos antiguos ha estado en contacto con el jeque Ibrahim.
—¿Lo conoces bien?
—Nadie que diga que conoce bien al jeque lo conoce.
—¿Le has comprado o vendido algo? —pregunto.
Luigi me estudia con su único ojo.
—En mi profesión la discreción es la clave del éxito. Desvelar algo sobre los
clientes, ya sean vendedores o compradores, sería una indiscreción.
—Lo que queremos saber es por qué el jeque Ibrahim se ha interesado por el
sumo sacerdote Asim y el tesoro que robaron los vikingos —dice Stuart—. ¿Es el
propio tesoro lo que está buscando? ¿Es la momia? ¿O son los escritos que se
guardaban en las vasijas?
—El jeque siempre ha estado interesado en los objetos antiguos y en los
manuscritos.
—Pero ¿cómo ha llegado a conocer la historia sobre Olav el Santo y Snorre?
—Tal vez leyera el National Geographic en 1977…
—¿Nos puedes ayudar en alguna dirección? —pregunta Stuart.
—Lo investigaré un poco.
Stuart me guiña un ojo. Tengo la impresión de que, en el lenguaje de Luigi, «lo
investigaré un poco» significa «lo averiguaré».
—No vayáis a pensar que os lo hago como favor —añade con intensidad, como si
hubiera visto nuestras sonrisas de autocomplacencia y quisiera bajarnos un poco los
humos.
—Por supuesto que no —dice Stuart—. No se me pasaría por lo cabeza pensar
que no quieres nada a cambio.
—Amico —se ríe—. Tú me conoces. Mis motivos, y lo digo abiertamente, son
exclusivamente egoístas. Me parece poco probable que la caza del tesoro del jeque
Ibrahim sea una torpe acción de búsqueda de un estúpido documento escrito por unos
monjes en el siglo XV. El jeque Ibrahim intuye grandes cantidades de dinero. Y si
están en juego grandes cantidades de dinero, no tengo nada en contra de sumarme a la
danza en torno a la vaca de oro.
2
LA SALA de lectura del Archivum Secretum Apostulicum Vaticannum es larga y
estrecha, y tiene en el techo una bóveda decorada con frescos, como la de una iglesia.
En medio de la habitación se encuentran las mesas de lectura, con espacio para dos o
tres investigadores: hay tantas que abandono el intento de contarlas. La pared interior
está cubierta por libros que se extienden por una altura de dos plantas.
Un recepcionista nos conduce a través de varias estancias y salas con las paredes
cubiertas de paneles hasta la altura del pecho, pinturas en los techos y librerías de
madera oscura. A nuestro alrededor, investigadores con pinta de pasar muchas noches
en vela están sumergidos en las nubes del polvo local.
Tomaso Rossellini es un hombre pequeño y rechoncho. Sus ojos marrones nos
miran con curiosidad tras unas gafas cuadradas de montura dorada. Nos espera
delante de su despacho.
—¿Así que sois amigos de Luigi? —dice en tono conspiratorio mientras nos
estrecha la mano. La insinuación de una sonrisa tira de la comisura de sus labios.
—¿Y quién no lo es? —responde Stuart animado provocando en Tomaso una risa
completamente silenciosa. (Se tiene que pasar varías décadas trabajando de
bibliotecario o archivista para perfeccionar una risa inaudible).
Probamos con algunas frases de cortesía sobre el lugar y le hacemos saber lo
agradecidos que estamos por tomarse el tiempo de ayudarnos, pero nos detiene con
un gesto de impaciencia:
—Luigi me ha dicho que estáis buscando documentos y cartas relacionados con
cierto sumo sacerdote egipcio, Asim, del culto a Amón Ra, vinculado con el santo
noruego Olav. ¿Me permitiríais, por mera curiosidad, preguntar por qué?
—Estamos intentando documentar que hubo contacto entre las antiguas culturas
nórdicas y egipcia —se apresura a responder Stuart vagamente—. Creemos que la fe
de åsa, la religión de los antiguos nórdicos, tiene tantas influencias de la enseñanza
egipcia sobre los dioses, como de la mitología germánica y celta.
Tomaso nos mira mientras su disco duro emplea un nanosegundo o dos en
elaborar, categorizar y archivar esta información. Probablemente no seamos los
primeros investigadores que acudamos a él para demostrar una hipótesis imposible.
—He reunido una serie de referencias de archivo relacionadas con las personas, la
temática y las materias vinculadas. Pero por causas naturales, ¡la falta de tiempo!, no
he podido revisar personalmente el material. —Nos tiende tres hojas con referencias
en letras y en números—. Las referencias más antiguas tienen novecientos cincuenta
años, pero hay referencias cruzadas desde el siglo XII hasta principios del siglo XVI. —
Nos explica qué cosas podremos localizar nosotros mismos y cuáles nos tendrán que
ayudar a encontrar los archivistas. Las últimas son la gran mayoría—. Nuestro archivo
abarca las colecciones de 264 papas desde el siglo V. Y no se trata sólo de material
religioso, sino que se puede encontrar de todo, desde una carta de Miguel Ángel para
recordar un pago, hasta las cartas de amor de Enrique VIII. Pero hay que saber lo que
se busca. ¡El archivo es enorme! Las estanterías, que están repletas, ocuparían ochenta
y cinco kilómetros en línea. Tengo que advertíroslo: sólo una pequeña parte de los
textos están traducidos. En el mejor de los casos están traducidos al latín.
—Yo manejo el latín, el griego, el copto, el hebreo, el arameo y el italiano antiguo
—dice Stuart. Ante nuestras asombradas miradas, replica—: Fue parte de mi
formación básica.
3
TOMASO nos conduce a la sala de lectura y después nos acompaña al archivo. Gran
parte del material se almacena en los sótanos, donde las filas de estanterías se pierden
en el infinito. Después de que un conservador ha reunido diligentemente lo que le
pedimos, nos llevamos de vuelta a la sala de lectura dos cajones de cartón con cajas,
archivadores, protocolos y portafolios.
Luego nos acomodamos y empezamos la búsqueda.
Stuart y yo pasamos horas y horas encorvados sobre libros reventados y
documentos a punto de desintegrarse, hojeando material que roza levemente el
exterior del enigma.
En un texto encuentro una referencia cruzada a una carta dirigida al «maestre
general Stephanus Scannabecchi», con las palabras clave de «Noruega» y «Dollstein».
Stuart hojea una bula que lanzó el papa Anastasio IV, poco antes de su muerte en
1154, en la que se decidía que Nidaros sería la sede del arzobispado de Oslo, Hamar,
Bergen, Stavanger, las islas Orcadas, las Hébridas, las Feroe y Groenlandia.
Encontramos numerosas referencias al Diplomatarium Norvegicum, una obra de
veintidós volúmenes con más de veinte mil cartas del medioevo noruego, algunas de
las cuales se remontan al siglo XI.
En el revoltijo de información, leo una carta de noviembre de 1354 donde el rey
Magnus nombra a Pal Knutsson comandante de una expedición oficial para reforzar el
cristianismo en Groenlandia. Luego, en un documento de 1450, aparece una referencia
al «ataque a los bárbaros de Groenlandia» y a «algunos de los salvajes que
consiguieron huir».
En una pila de escritos sobre san Magnus, descubro una bula del papa
Celestino III, que en 1197 declaró santo a Ragnvald Orknøyjarl, duque de las islas
Orcadas.
Más sorprendente es la referencia a un pergamino de 1131 donde el caballero
Clemens de’Fieschi, en una carta al cardenal obispo Benedictus Secundus que a su vez
se refiere a un informe previo, argumenta que el mismo Ragnvald debió de
adelantársele y vaciar la gruta de tesoros.
¿Gruta? ¿Tesoros?
De’Fieschi propone en la carta que el Vaticano establezca una alianza con una
rama de la familia de Ragnvald que es desleal y se opone al duque.
La información me estimula por varios motivos.
Ragnvald Orknøyjarl es el mismo cruzado que, según Adelheid, buscó un tesoro
en la gruta de Dollstein.
¿Llegaría a encontrar el tesoro?
¿Qué papel desempeñó?
¿Fue él uno de los custodios que salvó la momia, los textos y los tesoros de las
garras del Vaticano, o era un cazador de tesoros?
En 1137 —pocos años después de que visitara Dollstein—, Ragnvald puso en
marcha la construcción de la catedral de San Magnus, en Kirkwall, en las islas
Orcadas, para honrar a su tío Magnus, que había muerto martirizado. A principios del
siglo XX, cuando la catedral se restauró, los obreros encontraron los esqueletos de
Ragnvald y su tío Magnus escondidos dentro de los pilares del coro.
Según las crónicas, Ragnvald Orknøyjarl fue asesinado por sus propios parientes
en 1158, en Caithness, Escocia, en una lucha por el poder. La carta de De’Fieschi
insinúa que fue liquidado por unos traidores en nombre de una congregatio del
Vaticano.
El asesinato de Ragnvald en 1158 me hace pensar en el destino de mi amigo el
clérigo Magnus.
4
HORA y media más tarde, Stuart encuentra un documento que nos deja a ambos sin
respiración.
En el documento, que lleva el sello partido de la comisión de cardenales y una
cinta de seda hecha jirones, se dice abiertamente que el Vaticano está informado de
que «bárbaros del país de la nieve» han hecho una incursión en Egipto y se han
llevado «una momia sagrada, textos en papiro invalorables y grandes tesoros».
—¿Se puede decir con mayor claridad? —Stuart tiene lágrimas en los ojos. En
estos momentos creo que la esperanza de ser rehabilitado es más importante para él
que la cámara mortuoria y el saqueo vikingo.
Según el documento, dos emisarios egipcios —el califa al-Mustarshid y un sumo
sacerdote sin nombre— habían acudido al Vaticano para presentar su caso. La visita
coincidió con la traducción de la carta en copto del egipcio Asim, que en ese momento
llevaba más de un siglo acumulando polvo en los archivos del Vaticano.
El mensaje de los egipcios y la carta copta debieron de impresionar al Papa. Ese
mismo año se envió a Noruega una primera delegación, por orden del papa
Inocencio II y bajo el mando de Clemens de’Fieschi.
Junto al documento encontramos una carta que se envió por mensajero al maestre
general Scannabecchi del Vaticano —tiene que ser la carta de la que antes
encontramos una referencia—; Clemens de’Fieschi, sin humildad alguna, firma su
informe como «Escudero del Señor»:
Mi señor:
6
HACIA el final del segundo día, cuando la luz dorada del sol de la tarde entra
oblicuamente por las altas y profundas ventanas, encuentro un portafolios de piel.
Aunque al abrir el dossier no comprendo una sola palabra, entiendo intuitivamente
que he encontrado dos breves fragmentos de la historia de Asim, como se insinuaba
en la carta que encontramos en Egipto.
—Copto —dice Stuart. Junto al texto hay una traducción al latín y, con los dos
documentos, Stuart lee el texto en voz alta:
Sagrado Osiris, ¡apestan! Como sucias bestias, como cochinos con los intestinos
enfermos y tejones gangrenados, apestan el aire con el olor de sus cuerpos: los
rancios olores del sudor, de eructos pestilentes, de gases intestinales fermentados, de
pies encerrados y de órganos sexuales no aseados; de sus ropas emana el hedor de
los restos de orín y excrementos viejos, de sudor, sangre y […].
[…] no tienen miedo y son crueles y brutales. Luchan con salvajismo contra
cualquier enemigo. Incluso heridos de muerte o con miembros cortados, continúan
luchando. Los hombres valientes que mueren en la batalla son conducidos por las
valkirias a un paraíso que llaman Valhalla, donde los caídos se convierten en
einherjer y pueden luchar, comer y beber eternamente […].
7
ANIMADO y confuso por el hallazgo de los viejísimos textos, vagabundeo por las calles
de Roma. Stuart se ha quedado en el Vaticano para hacer copias.
El sol está templado. Las vespas avanzan en zigzag entre los coches que embisten
contra los atascos de la tarde. A lo lejos tañen las campanas de una iglesia, claras y
limpias, y reciben respuesta de otras. En las terrazas de las cafeterías, los turistas y los
romanos beben diminutos cafés en torno a diminutas mesas. En la Piazza Venezia
atravieso una bandada de palomas que se abre y se cierra como una cremallera.
El corazón no se me quiere calmar. ¿Es posible que el tesoro de Asim siga en la
gruta de Dollstein, tal y como dijo Adelheid? ¿O se lo llevó Ragnvald Orknøyjarl y lo
escondió en la catedral de San Magnus?
En la calle paralela, al otro lado de la plaza, un coche de policía se abre paso con
ayuda de la sirena. En algún lugar pita un coche. Un autobús regurgita turistas.
Recuerdo la primera vez que estuve en Roma. Me llevó más de una hora encontrar
la Roca Tarpeya. Pasé un montón de horas en el Coliseum imaginándome el rumor de
las masas y aguanté el calor de las ruinas del Forum Romanum. Una cálida noche de
terciopelo paseé solo entre las parejas de enamorados de los restaurantes de
Trastevere.
Tengo que pararme en seco cuando una vespa sale disparada de un portal y es
absorbida por el tráfico. Una paloma indignada, que ha encontrado un pedazo de pan,
se niega a apartarse. Sin prestar atención doy un paso hacia la calzada, pero alguien
me coge del brazo y me trae de vuelta en el momento en que un Alfa Romeo pega un
frenazo y me pita. Me vuelvo para darle las gracias al desconocido que me ha salvado
de morir atropellado, pero ya me ha dado la espalda y se aleja medio corriendo en
dirección contraria.
Desde una cabina de teléfono llamo a Ragnhild, de la policía de Oslo, para
averiguar si hay algo nuevo.
—Ahí estás —me dice como si fuera un criminal a la fuga. Me cuenta que han
encontrado el escondite de Hassan en Oslo. Una inmobiliaria les había vendido un
piso en Frogner. Cuando la policía entró en el piso encontraron armas y equipo de
vigilancia, pero no había ni un alma.
Mis pensamientos son un caos. Camino de vuelta al hotel sobre el alto de Quirinal.
8
EN LA recepción del hotel me aguarda una invitación, escrita en una bella caligrafía
sobre un grueso papel de tina, para una reunión del club de caballeros bibliófilos de
Luigi que se celebra esa misma tarde a las 20:00 horas.
Cojo el ascensor hasta la quinta planta.
Alguien ha estado en mi cuarto.
La habitación sigue exactamente tal y como la dejamos la limpiadora y yo. La
cama está hecha. La papelera, vacía. Pero los diminutos fragmentos de hilo que dejé
en las cremalleras del neceser y entre la pila de libros y papeles de la mesa han
desaparecido.
Alguien ha estado buscando algo que no ha encontrado.
¿Hassan? ¿Sabe que estoy en Roma? ¿Por qué no me ha cogido?
Me coloco en la ventana con vistas sobre el mosaico de tejados y cúpulas de
iglesias de la gran ciudad. A través de la bruma, al otro lado del Tíber, vislumbro la
basílica de San Pedro. Abajo en la calle, frente a frente con la entrada del hotel y
detrás de un ejemplar del Corriere della Sera, hay un hombre apoyado en una farola.
En realidad no tiene nada de especial, tal vez por eso despierte mis sospechas.
LA BIBLIA DE SATÁN
1
EL CLUB de caballeros de Luigi se encuentra tras unas puertas de caoba en la tercera
planta de un respetable edificio de la Via Condotti, muy cerca de la escalinata de
España, en un barrio que parece pensar que aún sigue en el pasado, aunque no acaba
de decidirse por el estilo de época que quiere tener. Uno de los hermanos de la logia, o
un lacayo, la verdad es que no acabo de distinguirlos, nos ha dejado pasar y luego ha
desaparecido. Veinte o treinta hombres con trajes oscuros están congregados en el
salón. La mayoría bebe coñac. El humo de los cigarros es tan denso que me lloran los
ojos.
—¡Bjørn! ¡Stuart!
Luigi surge de un círculo de caballeros, deja su copa de coñac sobre el estante de
un espejo y el puro en un cenicero, y aplaude enérgicamente con las manos.
—Caballeros —grita—, permítanme presentarles a Bjørn Beltø. Todos sabéis
cómo actuó para salvar el cofre de los secretos sagrados.
Aplausos sueltos.
—Y Stuart Dunhill. ¡El arqueólogo que demostró la visita de los vikingos a Tebas!
Stuart hace una leve reverencia.
Luigi nos va presentando a los hermanos de la logia mientras nosotros
estrechamos la mano de todos y cada uno de ellos. Uno de los miembros de la
asociación bibliófila es Tomaso, del archivo secreto del Vaticano. Otro es el
propietario de la mayor cadena de librerías de Italia. Varios tienen librerías de viejo,
como Luigi, y otros son bibliotecarios, aunque también hay varios escritores y un
editor de Bombiani, además de un puñado de hombres cuya ocupación se mantiene
bajo un velo de discreción. Los nombres que me susurran se evaporan
inmediatamente de mi miserable memoria.
Uno de los hombres me estrecha la mano durante más tiempo de lo habitual.
—Bjørn Beltø… Así que eres tú.
Debe de tener unos sesenta o setenta años. Aún es un hombre guapo: alto, de
rasgos limpios, y el pelo largo y peinado hacia atrás.
En el momento en que me suelta la mano, me la coge un hombre gordo sin pelo
que murmura que es mi ammiratore.
—En una carta a mis hermanos me he permitido mencionar la misión que os traéis
entre manos —dice Luigi—, y estoy orgulloso de que nuestra humilde red haya
encontrado algo que os pueda ayudar a seguir. Y esperamos —añade— que a cambio
vosotros también nos podáis ayudar.
Su voz ha adquirido un tono ceremonioso. El grupo de caballeros canosos y
elegantemente vestidos brindan por sí mismos.
—Permitidme que os presente al club. Tú, y todos los que conocen la existencia
de nuestra exclusiva hermandad, sabéis que somos un club de caballeros bibliófilos.
Cosa que somos, naturalmente. Pero el club se fundó en 1922 con un objetivo especial
y oculto.
—¿Oculto?
—Creo que la mayoría de la gente lo consideraría así.
—¿Por qué?
Luigi alza su copa de coñac.
—Te lo diré sin ambages: estamos buscando la Biblia perdida de Satán.
Se hace tal silencio en la sala que los lejanos sonidos de la ciudad penetran a
través de las ventanas. Una cuña de angustia se abre paso en mi pecho.
—¿Sois satanistas?
La habitación entera explota en una carcajada.
Luigi me da unas palmaditas en el hombro.
—No, no, no, amigo mío. No somos satanistas. No adoramos a Satán. Nuestro
interés es puramente académico. Nos interesa el papel y la función de Satán en la
Biblia y en la mitología cristiana y judía.
—¿El papel de Satán?
—Sabemos que existe una Biblia perdida (aunque sería más preciso decir una
colección de textos) que procede de la era precristiana. Estos manuscritos cuentan la
historia de la vida y la visión del diablo, formulada por sus seguidores, del mismo
modo que la Biblia habla de la vida y leyes de los profetas y Jesús.
—Caramba.
—La razón por la cual te desvelamos nuestro secreto es que creemos y esperamos
que el manuscrito que tienes en tu poder sea la Biblia de Satán.
Rumio el nombre. La Biblia de Satán suena a una maldición pagana.
—¿Cómo se os ha ocurrido tal cosa?
—Deducciones, suposiciones, adivinanzas. Una versión de la Biblia satánica se
trasladó quinientos años antes de Cristo desde Mesopotamia a Egipto, donde
acompañó a un hombre santo a la tumba. Este puede haber sido el manuscrito que se
llevaron tus antepasados los vikingos.
—¿Y entonces la momia es el mismísimo diablo?
De nuevo una oleada de alegre risa recorre la sala.
—¿Qué os hace creer que estos escritos satánicos estaban en la cámara mortuoria
de la secta de Amón Ra? —pregunto.
—Lo que me hizo pensar en ello fueron los tres símbolos que mencionaste: ankh,
ty y cruz. Recordé que ya me había topado con esa combinación de signos en una
ocasión, pero no recordaba dónde ni cuándo. Así que pregunté a mis hermanos.
Uno de los hombres de más edad, Marcello Castiglione, da un paso hacia el
exterior del círculo de caballeros y se saca un papel del bolsillo de la chaqueta.
—Esta es una copia fotostática de un diario que escribió Bartolomé Colón, el
hermano de Cristóbal, durante un viaje al mar del Caribe —dice Marcello Castiglione
en un inglés burdo, pero preciso.
Me pasa la hoja, que está escrita con una cuidada caligrafía llena de lazos y
adornos.
—No creo que entiendas gran cosa de lo que pone, pero me gustaría dirigir tu
atención hacia esto… —me dice señalando más o menos la mitad de la hoja.
—¿Cómo? —pregunto.
Por sus sonrisas deduzco que se están divirtiendo a costa de mi asombro
boquiabierto.
—¿Dices que esto lo escribió el hermano de Cristóbal Colón?
Marcello Castiglione asiente con solemnidad.
—¡Increíble! —exclama Stuart—. ¡Esto es completamente nuevo! ¡Bartolomé
Colón!
—¿Por qué dibujó Colón estos símbolos?
—Nadie lo sabe —responde Luigi—. Denominaba esta combinación de signos el
«Símbolo de los custodios».
—Bartolomé Colón hace referencia en su diario a una carta sellada que se le pidió
que trajera de vuelta a Europa —dice Marcello Castiglione—. No dice ni una palabra
sobre quién le entregó la carta en una isla caribeña recién descubierta, pero sí desvela
a quién va dirigido el sobre.
Hace una pausa teatral:
—«Arzobispo Erik Valkendorf de Nidaros en el reino de Noruega».
Reprimo un respingo.
—Por otras fuentes —dice Luigi—, sabemos que Colón efectivamente trajo
consigo la carta hasta Europa, primero a Lisboa y al Vale do Paraíso, en Portugal, y
más tarde a España. Le entregó la carta a un obispo español que no estaba demasiado
interesado en jugar a los carteros, ni siquiera por un colega arzobispo noruego. El
desconfiado obispo debió de romper el sello y abrir la carta y, asustado por el
contenido, probablemente se la entregó a un representante de la Inquisición española,
que estaba bajo el control del rey y no del Vaticano. A pesar de ello, la carta se
menciona en el archivo del Vaticano en 1503, es decir, bajo el papa Julio II. Cincuenta
años más tarde, la inquisición del Papa llevaba el nombre de «La Santa Congregación
Universal y Romana de la Inquisición». Esta congregación de curas letrados clasificó
la carta como un escrito de magia secreta, un escrito de brujería y, por tanto, herético.
—La Inquisición, en una forma más suave y piadosa, sigue existiendo en el día de
hoy —añade Tomaso—. Ahora lleva el nombre de «Congregación para la Doctrina de
la Fe» y forma parte de la administración central de la Iglesia católica.
—Nos preguntamos —dice Marcello Castiglione—, qué pondría en la carta como
para que no sólo asustara al obispo y lo disuadiera de entregársela a su justo
destinatario, sino para que llegara incluso hasta la Inquisición.
—¿Existe la carta?
—Sí. O no. Es decir: quizá. Pero no sabemos dónde está —concede Luigi.
—Al parecer fue robada del archivo del Vaticano entre 1820 y 1825 —explica
Marcello Castiglione.
—Las sospechas recayeron sobre un rico teólogo judío asentado en Praga —dice
Luigi—. Había dedicado su vida a reunir escritos religiosos y estaba fascinado por el
material acerca de Satán. Sospechamos que sobornó a un funcionario del archivo del
Vaticano para que robara precisamente este documento. Aunque resulta
incomprensible por qué un documento del Caribe del siglo XVI, aparentemente
incomprensible y dirigido a un arzobispo noruego, le interesaba a un coleccionista que
estaba especializado en manuscritos y documentos de Oriente Próximo.
—¿Qué pasó con su colección?
—Antes de que muriera en 1842, lo donó todo (cuatro mil seiscientas cartas,
documentos y manuscritos) a una fundación administrada por su hijo Jakob. En 1934
todo fue confiscado por el famoso industrial nazi Maximilian von Lewinski. Pero
nadie sabe qué pasó después con la colección. Muchos temen que se perdiera cuando
la residencia de Lewinski en Dresde fue bombardeada y dejada en ruinas en 1945.
—La Biblia de Satán… —murmuro, aún sin comprender.
Marcello Castiglione adopta la postura de un cura que habla con una congregación
de escépticos.
—Las diferentes líneas de fe tienen concepciones bastante distintas de Satán. El
nombre Satán es hebreo y significa «opositor» o «acusador». Satán era el apreciado
arcángel a quien Dios expulsó del cielo, el ángel caído Lucifer.
—No es más que una herramienta de Jesús —dice Luigi—, como lo fue Judas.
Algunos consideran al demonio como el representante simbólico de la maldad. Para
otros es una figura física y animal con cuernos y garras.
—Algunos, como los judíos, creen que se rodea de abundantes demonios —dice
Marcello Castiglione. Su voz y su entonación levemente tentadora me hacen pensar en
la de un predicador de alguna capilla rural—. Los judíos tienen dos clases de
demonios: los peludos y del tipo del sátiro, los se’irimer; y los del tipo serpiente, los
shedimer. En la tradición cristiana los demonios no son tan físicos. Normalmente se
piensa en ellos como malos espíritus. En el siglo XVI, Johann Weyer (el escritor del
catálogo de demonios: «Pseudomonarchia Daemonum») calculó que el número de
demonios en el infierno era de 7 405 926, y estaban repartidos en 1111 legiones, cada
una de ellas con 6666 miembros.
Luigi vuelve a tomar la palabra:
—El jefe de todos los demonios, Satán, siempre ha sido una figura muy
controvertida. ¿Quién es, en realidad? Satán no ocupa un lugar central en la Biblia.
Los mormones, en cambio, en su libro sagrado Perla de gran precio, reproducen un
encuentro entre Moisés, Dios y Satán. Según los mormones, este capítulo, en su
momento, formó parte de la Biblia.
—Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Satán no es más que una
herramienta del Señor para poner a prueba a los seres humanos —dice Marcello
Castiglione.
—Cuando en 1947 aparecieron versiones desconocidas del primero y del segundo
libro de Moisés entre los manuscritos del mar Muerto, los teólogos leyeron que «El día
que el Señor cree la luz, creará también ángeles claros y oscuros» —dice Luigi.
—¿Lo entiendes? —pregunta Marcello Castiglione—. Dios creó a los ángeles de la
maldad. Ve tú a saber por qué.
—Nuestra concepción de Satán ha ido variando con nuestra imagen de Dios… En
el Antiguo Testamento de los judíos, Dios era severo y castigador —dice Luigi—. En
el tiempo que transcurrió hasta el nacimiento de Jesús, esta imagen de Dios cambió.
Dios se hizo piadoso. Muchos opinan que el Dios que aparece en el Nuevo
Testamento es más suave. El perdón y la tolerancia tienen más cabida.
—Al mismo tiempo se transformó la imagen que tenía la gente de Satán —
continúa Marcello Castiglione—. Se convirtió en un antidios, exactamente lo contrario
del Señor.
—Pero, aun así, Satán no gobernaba ningún reino propio —dice Luigi—. El
infierno no es de Satán. En la Biblia se dice que Satán y sus ángeles fueron enviados a
este mar de llamas cuando fueron expulsados del cielo. Así que el infierno existía
antes de Satán. Sólo más tarde se le metió a la gente en la cabeza que Satán gobernaba
sobre el infierno.
—Y nuestra imagen de Satán, como una criatura medio animal con cuernos y
garras, no procede de la Biblia —dice Marcello Castiglione—. Se creó en la Edad
Media.
—¿Por qué?
—¡Porque nadie le temía! —Marcello Castiglione se echa a reír—. Satán no
asustaba a nadie. Y la Iglesia necesitaba un demonio horrendo para manejar a las
masas. Aún siguen necesitando algún espantoso monstruo.
—Uno de quienes contribuyeron en la campaña fue un monje del monasterio de
Saint-Germain, situado junto a Auxerre, en Francia —dice Luigi—. En el siglo XI,
Rodulfus Glaber describió a Satán como un hombre pequeño de cara atormentada,
con una protuberancia por boca, perilla de chivo y orejas puntiagudas y peludas.
Tenía los dientes como los colmillos de un perro, la cabeza afilada y joroba.
—Empezaron a surgir un montón de testigos —cuenta Marcello Castiglione—. El
aspecto de Satán se fue volviendo cada vez más animal y menos humano. Le pusieron
cuernos, pezuñas y alas… Por cierto, ¿sabes por qué los ángeles tienen alas?… Los
artistas les pusieron alas para explicar a la gente cómo bajaban desde el cielo a la
tierra.
—¡Imagínate que realmente encontráramos la Biblia de Satán! —dice Luigi con la
mirada soñadora—. Imagínate que el relato sobre Lucifer mostrara la verdadera
esencia del demonio. El arcángel que se atrevió a cuestionar el modo en que trataba
Dios a los hombres. El ángel que se sublevó contra Dios.
—¿Por qué pensáis que es precisamente esa «Biblia»… la que encontramos en
Islandia?
—Deducción —dice Marcello Castiglione.
—Y un signo matemático —añade Luigi.
—¿Matemático?
—El modo en que Colón colocó los tres signos, ankh, ty y cruz, en un esquema de
nueve signos, no fue casual.
En una hoja, Marcello escribe:
Ankh - Ty - Cruz.
Ty - Cruz - Ankh.
Cruz - Ankh - Ty.
123
231
312
123=6
231=6
312=6
666
DCLXVI (666)
—Si usas cada uno de los signos de las series de números romanos entre 1 y 500
una vez te sale:
IVXLCD
2
CUANDO me he duchado y afeitado, llamo a Thrainn y le pregunto si hay algo en el
texto que indique que lo que están traduciendo sus colegas pueda ser —vacilo y
carraspeo—, la Biblia de Satán.
—¿La Biblia de Satán? —repite Thrainn con una risotada. Tras una larga pausa,
como si me quisiera dar la oportunidad de contarle que estoy bromeando, responde
—: Para decirte la verdad, no tenía la menor idea de que existiera una Biblia de Satán.
—Es una hipótesis…
—En todo caso, nada indica que el manuscrito contenga algo diabólico. —Se ríe
brevemente—. Pero queda aún mucho trabajo. No podemos excluir nada hasta que el
manuscrito esté íntegramente traducido.
Después salgo a pasear por la mañana romana, silbando una melodía de Les
Misérables. Bajo la leve llovizna, las aceras brillan como plata y la ciudad, pausada,
aún mantiene el calor de los lechos.
Ayer por la noche, antes de que saliéramos del club de caballeros, Luigi me pidió
que pasara por su librería de camino al Vaticano. Quería decirme algo, con total
discreción.
Stuart se ha ido ya al archivo no-tan-secreto del Vaticano. Sus maneras de
caballero británico, prudente y ligeramente bebido, han sido sustituidas por un
entusiasmo despierto e inquieto. Sabe que dentro de poco seremos capaces de
documentar la expedición de los vikingos a Egipto y que podrá escribir un sólido
artículo comprobable a posteriori y publicarlo en una revista científica. «Mihi vindica,
ego retribuam», dicit Dominus. («La venganza me pertenece», dice el Señor). Pero no
creo que Stuart tenga nada en contra de machacar a sus detractores, en nombre de sí
mismo y del Señor.
3
LAS CAMPANAS tañen alegremente cuando llego a la librería.
—¡Un momento, un momento!
Luigi aparece apresuradamente y me da la bienvenida con un fuerte apretón de
manos:
—¡Ven, amigo mío, ven! —Cierra la puerta y me invita a subir al segundo piso—.
Anoche fue un placer. Espero que no te asustáramos.
El delicado dueto «Je crois entendre encore» de la ópera Los pescadores de perlas
de Bizet suena en los altavoces. Se sienta en el sofá y se reclina con un suspiro de
satisfacción.
—Hermoso, ¿verdad? —Pasa un rato hasta que caigo en la cuenta de que se
refiere al dueto de la ópera. Su ojo sano se humedece—: Sólo la música y las mujeres
pueden proporcionarte semejante bienestar.
Me imagino a las mujeres a las que Luigi puede atraer.
—¿Querías enseñarme algo? —pregunto.
Se vuelve hacia mí y tengo la sensación de que me mira intensamente con su ojo
ciego.
—La última vez que hablamos preguntaste por el interés del jeque Ibrahim por
Asim —dice como introducción—. He estado haciendo algunas averiguaciones. Al
parecer, uno de los colaboradores de confianza del Vaticano vendió documentos
originales y copias durante la guerra. Probablemente el desleal servidor tenía la
esperanza de ganar una pequeña fortuna, pero naturalmente lo cogieron y gran parte
del material fue localizado y retornado al archivo. Sin embargo, copias no autorizadas
del material siguieron circulando por los ambientes de coleccionistas e investigadores,
y, con el paso del tiempo, estos documentos (o copias, para ser más precisos) se
fueron compilando en una colección a la que se le dio el nombre de Papeles del
Vaticano. La colección consistía en copias de ciertos fragmentos de textos de los
Evangelios, algunos escritos gnósticos controvertidos y varias bulas papales sobre el
dogma de fe, además de algunas colecciones de textos egipcios, sobre todo coptos,
que probablemente incluían algunos de los documentos de Asim. Los Papeles del
Vaticano adquirieron rápidamente un cierto renombre mítico entre los coleccionistas.
La colección desapareció en los años cincuenta, pero volvió a aparecer en una subasta
ilegal en Buenos Aires, en 1974, tres años antes de que tu amigo Stuart hiciera su
llamativo descubrimiento en Egipto. Toda la colección se vendió por millón y medio
de dólares. ¿Te imaginas quién fue el comprador?
—¿El jeque?
—Exacto. El jeque Ibrahim.
—¡Te lo agradezco, Luigi! —Me levanto para irme. Estoy impaciente por
continuar la búsqueda en el archivo del Vaticano. Lo cierto es que la información
sobre el jeque no ha sido una sorpresa.
—Pero hay más… —Luigi modera la voz—: Tras la reunión de ayer en el club,
uno de los invitados me retuvo. Me confesó que tiene en su poder un fragmento de un
documento, considerablemente deteriorado, pero en el que se pueden distinguir dos
de los símbolos (ankh y ty) junto a un borde desgarrado. No sabe de qué trata el
documento. Es un fragmento de una colección de textos que requisaron en
Groenlandia unos emisarios del Vaticano en torno a 1450, y él lo compró en una
subasta ilegal en Santiago, en 1987.
—¿Groenlandia?
—Groenlandia.
Luigi se acerca a una librería y coge una versión del «De Principatibus» de Nicolò
di Bernando dei Machiavelli, de 1532. Ha escondido el fragmento del documento en
medio del libro.
—Mi contacto se pregunta si podrías estar interesado en comprarlo.
Tenía razón al decir que el fragmento está considerablemente estropeado, pero eso
no me impide ver claramente un ankh y una ty. El papel está roto por donde debería
estar la cruz.
—Se lo conoce como el fragmento Skálholt —dice Luigi.
El texto está escrito en antiguo nórdico y es perfectamente legible. Es una lista de
los regalos que el obispo de Skálholt envió a la iglesia noruega en 1250.
—¿Cómo acabó esto en Groenlandia?
—No lo sabemos.
—Del fragmento se deduce que uno de los regalos del obispo eran dos tallas de
madera. Un tallista islandés había tallado las dos figuras por encargo de Thordur
kakali, el sobrino de Snorre.
En la lista se habla de las tallas como si se trataran de la de san Lorenzo Tomás y
de la de san Lorenzo Dídimo.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Tomás era uno de los doce discípulos de Jesús. Se le conocía con el nombre de
Judas Tomás Dídimo.
En arameo Tomás significa «gemelo», del mismo modo que Dídimo significa
«gemelo» en griego.
Estoy sin habla.
¡Se hicieron dos tallas de san Lorenzo! En algún lugar hay una copia exacta del
san Lorenzo de Ringebu. Todo quedó camuflado en los anales por el hecho de que a
san Lorenzo se le dio el nombre de Tomás, ¡gemelo! El texto oculto bajo la pintura de
la Biblia decía:
Del mismo modo que María llevó a Jesús en su seno, el vientre alberga el cofre.
¡Loado sea Tomás!
La última línea era un astuto mensaje para los custodios que indicaba que el cofre
se ocultaba en el vientre del gemelo de la estatua.
—Mi contacto sugiere veinticinco mil euros —dice Luigi.
Mis pensamientos están en otra parte. Luigi malinterpreta mi silencio.
—Lo siento. Es la exigencia del vendedor. En nuestro gremio no somos
investigadores ni idealistas que se ayudan los unos a los otros. Nosotros somos
hombres de negocios. Mi colega piensa que tú, o aquel para quien trabajas, puede
estar dispuesto a pagar ese precio. —Vacila—. Si no te interesa, le ofrecerá el
documento al jeque Ibrahim.
Al ver mi mirada de asombro, añade:
—Lo siento, negocios son negocios.
No le desvelo que ya he leído e interpretado el texto. Pero le digo la verdad, que
veinticinco mil euros es tanto dinero que quiero dar una vuelta a la manzana para
hablarlo con mi jefe.
Luigi se enciende un grueso puro, como si ya estuviera celebrando la venta.
4
ABRO la puerta de la tienda, plingelingeling, salgo al callejón y bajo a la Via del
Governo Vecchio, donde encuentro una cabina de teléfonos. Primero llamo a Øyvind
y le cuento apresuradamente las últimas noticias. Le pido que busque el doble de san
Lorenzo:
—¡Busca por todas partes! ¡Iglesias, museos, palacios, granjas señoriales!
Luego marco el número del móvil del profesor Llyleworth. Lo coge después de
tres tonos. Oigo que se disculpa y abandona una reunión.
—¡Bjørn! ¿Qué está pasando? ¿Por qué desapareciste del Instituto Schimmer? ¿Y
qué narices haces en Egipto? Casi no entendí una palabra de lo que dijiste la última
vez que llamaste.
—Estoy en Roma.
Le repito todo lo que intenté comunicarle a través de la cacofonía de ruidos de
Luxor: que huimos del Instituto Schimmer cuando la SIS llamó a Stuart y le advirtió
sobre los hombres del jeque Ibrahim, que viajamos a través del desierto hasta Egipto y
que continuamos hasta Roma.
Pausa.
—¿Profesor?
—¿Está Stuart ahora contigo?
Hay algo en su voz.
—Está en el Vaticano buscando en los archivos. Yo estoy visitando a un librero de
viejo que quiere veinticinco mil euros por un fragmento de un texto que dice que san
Lorenzo tiene un doble, un gemelo. ¿Te parece…?
—Bjørn, escúchame. ¡Escúchame bien!
—¿Sí?
—La SIS no llamó a Stuart Dunhill.
Un autobús pasa traqueteando rodeado de una nube de diesel negro.
—Nunca hemos advertido a Stuart de que el jeque Ibrahim hubiera mandado
hombres al Instituto Schimmer.
—Pero…
—Todo esto es nuevo para nosotros. No tenemos noticia de ningún movimiento
del jeque o de sus hombres.
—Tal vez fue alguien…
—Diane y yo somos los únicos que tenemos contacto con Stuart. Nadie más. Y si
Diane le hubiera llamado, me lo habría dicho.
Siento un escalofrío. Un viandante me da un empujón con un gruñido de
irritación.
—¿Bjørn? ¿Sigues ahí?
—Sí.
—¿Estás oyendo lo que te digo?
—Pero…
—¡Ni Diane ni yo hemos llamado a Stuart Dunhill!
—¿Por qué me ha mentido?
El profesor Llyleworth suspira.
—Tendríamos que habértelo advertido. Algunas personas en el Instituto Schimmer
han tenido la sospecha de que Stuart Dunhill puede haber colaborado con el jeque
Ibrahim.
—¡Por Dios!
—La SIS nunca ha hecho caso de esos rumores. No fue nunca una sospecha
fundada. No tenían pruebas contra él. ¡Ninguna! En el fondo no era más que una vaga
sensación de que algo en él no encajaba. La SIS decidió apoyarlo. Pensamos que los
rumores no eran más que reminiscencias de las habladurías de los setenta…
—… Y me enviasteis a sus brazos.
—Bjørn. Si hubiéramos sabido… —Se interrumpe—. Tienes que salir de Roma.
Tan rápido como puedas. Si Stuart está colaborando con el jeque, puedes estar seguro
de que Hassan y los demás merodean por ahí. En algún sitio. Aunque no los veas.
—Están aquí. Sé que están aquí.
—¡Sal de ahí!
—¿Por qué me dejan actuar por mi cuenta? ¿Por qué simula Stuart colaborar
conmigo?
—Porque te están utilizando. Stuart debe de haberse ganado tu confianza para
enterarse de todo lo que averigües. Él y el jeque te están utilizando. ¡Sal de ahí, Bjørn!
Seguro que los aeropuertos de Roma están vigilados. Coge el tren de alta velocidad
para Milán y sal de ahí en avión.
—… El fragmento del texto. Veinticinco mil euros. ¿Qué hago?
—¡Cómpralo! ¡Y lárgate de Roma! ¿Me oyes?
EL PACIENTE (I)
1
LA LIBRERÍA está vacía.
—¿Luigi?
No responde. Insisto con impaciencia:
—¿Luigi?
Mi mirada recorre furtiva las filas de esbeltos lomos, del mismo modo que los
hombres observan a las mujeres.
Un sonido.
—¿Luigi? ¿Estás arriba?
2
LUIGI está sentado en el sofá de su apartamento. A primera vista da la impresión de
que está dormitando. Tiene la cabeza un poco reclinada y el puro, que ha caído en su
regazo, se ha apagado.
—¿Luigi?
Entonces descubro que la mitad de su cabeza, la parte trasera, ha desaparecido.
El suelo detrás del sofá está manchado con algo que en su momento fue Luigi.
Entre gemidos, doy un paso atrás.
El cuerpo humano pierde gran parte de su misticismo divino cuando, por diversos
motivos, se agujerea. Cuando la herida producida por una bala pone al descubierto el
cerebro, resulta difícil imaginarse que la masa azul grisácea ha contenido
pensamientos sobre el universo, el amor a una mujer o la fascinación por «Je crois
entendre encore».
En un plato sobre la mesa, junto a la retorcida obra maestra de Maquiavelo, el
fragmento del documento ha quedado reducido a cenizas.
Me tiemblan las rodillas.
Hassan.
Hassan ha estado aquí.
Me puedo imaginar la escena. Los verdugos deben de haber entrado en la tienda,
plingelingeling, justo después de que saliera para llamar. Probablemente Luigi habrá
gritado «un momento» antes de salir a su encuentro. «Sì signori?». Entonces habrá
visto las pistolas y ellos habrán cerrado la puerta con llave y le habrán obligado a
subir por la escalera de caracol y a sentarse en el sofá. «¡Siéntate, maldito
cuasimodo!». Hassan le habrá preguntado qué estaba buscando Bjørn Beltø, o tal vez
quisiera saber si el condenado Beltø había intentado venderle a Luigi los rollos de
Thingvellir. Luigi habrá negado con la cabeza. Debe de haber adivinado cómo iba a
acabar. Con frialdad y serenidad, debe de haberle pegado la última bocanada al puro
antes de acercar la brasa al frágil documento que debe de haberse incendiado como un
papel de fumar seco.
Luigi debe de haber intuido que el fragmento de Skálholt era importante y su
último acto en esta tierra ha sido impedir que cayera en manos del jeque.
—Mister Beltø?
Me quedo helado. Me quedo tan tieso que es probable que un médico lo hubiera
diagnosticado como parálisis. Tengo los pies inmersos en sendos cubos con plomo. Sé
que debería darme la vuelta, pero soy incapaz. Tengo el cuerpo atrapado en hormigón
armado con acero de secado rápido.
Finalmente la parálisis me libera. Temblando, me vuelvo hacia la voz.
Son dos. Están sentados en un diván semioculto tras una mesa de comedor
cubierta de endebles pilas de libros.
Me han estado esperando.
No los había visto antes. Árabes. Ambos llevan trajes elegantes, ambos tienen la
expresión de satisfacción de los hombres que saben que dominan la situación, ambos
están cómodamente sentados.
Los mosqueteros del jeque.
—El jefe está perdiendo la paciencia —dice uno de ellos en un inglés
macarrónico.
—Quiere el manuscrito —dice el otro.
—¡Ahora!
Me temo que me resulta completamente natural hacerme el tonto.
—¿El manuscrito?
—Los rollos de Thingvellir —dice el primero de los hombres.
—¿Cuánto estaba dispuesto a pagar Luigi Fiacchini?
—No lo entendéis…
—¿Dónde está?
En ese momento caigo en la cuenta de que sigo de pie junto a la barandilla con el
botón de la alarma incrustado en la columna.
—¿Dónde?
Mi mano se desliza por la talla hasta que siento el botón bajo la yema del dedo.
—No lo tengo aquí —digo en el momento en que aprieto el botón de la alarma.
Creía que era una alarma silenciosa. Una de esas que alerta a la policía con toda
discreción. Pero no. Ahora entiendo por qué Luigi no se atrevió a hacer saltar la
alarma.
Una sirena empieza a aullar. Abajo, en el primer piso, algo hace un ruido
tremendo.
Los dos árabes se ponen en pie. Afortunadamente ninguno de los dos ha
entendido que he sido yo quien ha hecho saltar la alarma.
—¡De prisa! —grita uno de ellos al tiempo que me empuja escaleras abajo.
Demasiado rápido. Me empujan por delante de ellos, los pies y los escalones no van al
mismo ritmo, los peldaños me tragan y no tardo en perder el equilibrio. En el mismo
momento en que descubro que una reja ha bloqueado la puerta, caigo de bruces.
Intento agarrarme a algo, pero no reacciono a tiempo. Me recorre un latigazo de
dolor en el momento en que mi pie choca con el suelo en mal ángulo.
Se me parte la pierna.
Chillo, de dolor, horror y miedo.
Con impaciencia, los árabes me agarran por la chaqueta y me arrastran, como si
fuera un saco de patatas. Intento incorporarme con la pierna sana.
Veo negro.
Recupero la consciencia casi inmediatamente. Los árabes zarandean la reja que
bloquea la puerta mientras discuten a voz en grito.
De pronto, delante de la puerta, están dos policías. Deben de haber aparcado
arriba, en la calle: el callejón es demasiado estrecho para los coches y, a causa de la
aullante alarma, ninguno hemos oído la sirena.
Nos miran sorprendidos. A mí, que estoy tirado en el suelo, y a los dos árabes,
que han sacado sus pistolas.
Y luego vuelven a desaparecer.
Justo después se acalla la infernal alarma. Por contrapartida, Roma se ha llenado
de sirenas.
Gimoteo. No puedo evitarlo.
3
PARA el pintor y el impresor de libros, el negro es un color. Para el físico, en cambio,
el negro representa la ausencia de color. Se dice que las personas también percibimos
el dolor de modos distintos; que los hombres nunca soportarían los dolores del parto.
Tiendo a estar de acuerdo. Apenas soportamos un resfriado.
Me duele la pierna. Tengo la sensación de que alguien me ha metido un témpano
de hielo por el pie y lo ha empujado hasta la cadera. Me quejo como un niño pequeño.
Me desmayo por breves y apaciguantes lapsos de tiempo, pero el dolor y las náuseas
me obligan a despertarme.
En el exterior, vislumbro agentes de policía con uniforme de comando. Algunos
nos estudian por medio de espejos oblicuos enganchados a largas varas. Los árabes
discuten alterados. Me cogen por debajo de los brazos y de las piernas del pantalón y
me levantan. Los dolores son insoportables.
4
CUANDO recupero la consciencia estoy tumbado sobre el sofá de piel de Luigi, en el
apartamento. Un chacal hambriento me mordisquea la pierna.
Luigi ha desaparecido. Probablemente hayan llevado el cadáver al dormitorio.
Con consideración, me han colocado la pierna rota sobre una pila de cojines, así
que debe de haber alguna pizca de decencia en sus cuerpos sin escrúpulos.
Suena el teléfono. Lo dejan sonar. Durante largo tiempo.
Al final uno de ellos se rinde:
—Na’am? —brama uno de ellos al aparato.
Luego escucha.
—Tenemos un rehén —grita en inglés—, ¡y exigimos libre acceso al aeropuerto
Leonardo da Vinci!
Luego vuelve a escuchar. Se le oscurece la cara. En árabe invoca a una pandilla de
malhumorados espíritus inflamados y cuelga el aparato.
Yo me sumerjo en la reconfortante niebla del desmayo.
5
ABRO los ojos. Tengo la boca seca como una alpargata.
¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Minutos? ¿Horas? Latigazos de dolor salen
disparados desde el lugar de la rotura en la pierna.
—Agua —tartamudeo—. Water. Please.
Las miradas de los árabes son indiferentes. Ninguno de ellos hace el menor
ademán de ir por agua.
Toso. La lengua se me queda pegada a la garganta.
—Please! I’m thirsty!
—Quiet!
—Water, please!
—Shut up!
6
JADEO.
Voy a bordo de una nave que se mece pesadamente a través de las olas. Arriba y
abajo, arriba y abajo… El mar es una enorme ola que nunca deja de moverse. Estoy
cubierto por una manta de pestilente guata empapada y caliente. La boca me sabe a
panceta rancia. Arriba y abajo, arriba y abajo… El dolor y las náuseas se van
enlazando. Cada roce con la pierna me provoca arcadas. Los huesos se restriegan unos
contra otros. La nave se mece. Algo me pincha y me corta en la pierna; me pellizca,
sierra y abrasa con una aguda intensidad que recula ante un dolor más profundo. La
pierna se golpea y explota. Los hilos de los nervios están en llamas en la pantorrilla y
el muslo. El pulso me late a golpes afilados y furiosos. Tengo el estómago hecho un
nudo. Arriba y abajo, arriba y abajo…
Uno de los árabes habla por un móvil. Me imagino que debe de hablar con
Hassan. Me alegra que no esté aquí. Él no habría dejado que mi pierna descansara
sobre mullidas almohadas. Al contrario, habría presionado sus manazas contra la
rotura restregándolas con fuerza.
Me dan arcadas.
El árabe cuelga. Le dice algo al otro. Me miran. Justo después vuelve a sonar el
móvil. Esta vez lo coge el otro. Está muy alterado. Breves y rabiosas exclamaciones
sustituyen a las preguntas y los reproches. Creo. No entiendo ni una palabra.
Suena el teléfono fijo. La policía, pienso. Esta vez no lo cogen.
7
LA PANTORRILLA se me ha hinchado. La hinchazón me tira del pantalón. Tengo
punzadas de dolor en cada célula, cada fibra de músculo, cada hueso. Tengo sed.
Sudo y tengo escalofríos.
Pienso: «Los celestiales generan tanto dolor, un dolor tan inconcebible, un dolor
jodidamente incomprensible».
Oscuridad.
Luz.
Oscuridad.
Me hundo en un sopor semiconsciente en el que lo único que significa algo es
esto: el dolor.
¿Cuánto tiempo ha pasado? No lo sé, no tengo ninguna percepción del tiempo; los
segundos, los minutos y las horas se entrelazan en un tejido carente de sentido.
En mi sopor, todo el oxígeno de la habitación desaparece. Soy un astronauta que
flota por el espacio con los tanques de oxígeno. Pugno por recuperar el agarre del
cable que se empeña en escapárseme de las manos, y me voy alejando de la nave
espacial.
Después: nada.
8
RECUPERO la consciencia por un peso que me aplasta contra el sofá. Abro los ojos.
Intento tomar aire. Tengo la boca y la nariz llena de fina arena y mortero, y los
pulmones aprisionados por dos tensos hilos de acero. La lengua y el paladar se pegan
la una al otro.
Me dan arcadas. No sale nada. Sólo ruidos secos como de un soldado agonizante.
—Agua —gorgoteo—, agua, agua, agua.
Pero o bien no me entienden, o bien no les importa.
Tengo la boca abierta de par en par. Así me resulta más fácil respirar.
Oscuridad. Luz. Oscuridad…
9
LA OSCURIDAD se astilla en ruidos.
Voces.
Intento abrir los ojos.
El árabe habla por el teléfono móvil. Grita.
Furioso.
Encerrado.
10
ME HAN enrollado una toalla blanca en torno a la rotura de la pierna.
Y lo han tensado con una percha.
Me da vueltas la cabeza. Por un instante, veo que la toalla está empapada de
sangre.
«Rotura abierta», —pienso. Justo después vuelvo a mirar la toalla. Ahora está
blanca. No hay ni rastro de sangre.
«Me lo habré imaginado», —pienso aliviado, y me vuelvo a desmayar.
11
—¡SE VA a morir! —grita el árabe.
Abro los ojos.
El árabe está hablando por el móvil y me está mirando.
—¿«Se va a morir»?
Sus palabras —en árabe— me dan vueltas por la cabeza. No entiendo lo que dice.
No sé árabe. ¿«Se va a morir»? Tengo que haberlo soñado.
Uno no se puede morir por haberse roto una pierna, ¿no?
Agua.
Water. Please.
Por favor.
Agua.
Pero no me dan nada.
12
DESDE el exterior, el ruido de las sirenas me llega desde otra realidad.
Botas corriendo contra los adoquines. Sonidos de aviso electrónicos. Los gruñidos
de los perros de la policía. Órdenes contundentes.
—Water. Please.
—Shut up! You just shut up!
INTERLUDIO
La historia de Bård (II)
Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por la conversión
de un solo pecador que por noventa y nueve justos que no necesiten
convertirse.
Era amigo de las sombras. En las templadas sombras del final del verano, solía
envolverse en la capa de lana y hacerse invisible para los monjes que pasaban
ajetreados por sus múltiples quehaceres. Podía permanecer largo, largo rato inmóvil
—escondido de la luz— mientras sus pensamientos vagaban hacia los años de la
juventud; aquellos tiempos sin preocupaciones junto al rey, cuando la muerte era una
promesa y no una amenaza. Cuando el movimiento del sol ahuyentaba su santuario de
sombras y la luz del sol atormentaba sus ojos como una lluvia de arena, se buscaba
otra sombra o volvía a la celda del monasterio, donde se encorvaba sobre el rollo de
pergamino y escuchaba las olas que rompían contra la playa de arena y los peñascos a
los pies del monasterio.
TERCERA PARTE
VIAJE A VINLAND[5]
SNORRE
POEMA SKALD
EL PACIENTE (II)
1
CREPÚSCULO.
Velos de luz atraviesan las cortinas del apartamento de Luigi.
El dolor es sordo y no se alivia nunca.
Con los ojos entreabiertos me contemplo la mano vibrante y temblorosa.
Los dos árabes están medio dormidos, uno de ellos junto a mí, en una silla, el otro
en el diván.
A lo largo de la noche han hablado mucho por teléfono; por el móvil, en árabe, y
por el teléfono fijo, en inglés.
El árabe del diván empieza a roncar.
Me duermo o me desmayo, no estoy seguro.
En el exterior, el día comienza en Roma.
2
LA EXPLOSIÓN es tan violenta que vuelca el sofá.
La onda expansiva provoca una tromba de fragmentos de cristal en el
apartamento, pero el sofá me protege. Siento como si alguien me hubiera retorcido la
pierna un par de veces.
La policía entra en el apartamento a través de la ventana reventada: tal vez hayan
utilizado una escalera o unas cuerdas. Al estar postrado detrás del sofá en un
semidelirio, no los veo, pero los oigo.
—Polizia!, —braman unas graves voces.
Restallan una serie de disparos.
Yo no me muevo.
Uno de los árabes grita algo que no entiendo, pero por la entonación comprendo
que se está rindiendo. La policía se abalanza sobre él y la pistola y su cabeza golpean
el suelo. Los agentes de la policía vociferan y dan órdenes en italiano.
Al mismo tiempo, tres policías con equipo completo de comando asoman la
cabeza por encima del borde del sofá volcado. Llevan cascos, la visera bajada,
chalecos antibalas y metralletas con linterna.
—Ostaggio!, —grita uno de ellos
—Via libera!, —grita otro.
Uno de ellos se arrodilla junto a mí.
—Dottore! —brama—. Inmediatamente!
Abajo, en la primera planta, están reventando la puerta y arrancando las rejas.
Oigo pasos que suben corriendo las escaleras de caracol. El apartamento de Luigi se
llena aún más: policías, personal de ambulancias con chalecos rojos reflectantes y dos
médicos.
Los médicos me gritan en inglés. ¿Dónde me duele? ¿Qué me han hecho? ¿Cómo
me llamo? ¿Cuándo nací? Cuando obtienen sus respuestas, me ponen una inyección
de analgésico y líquido intravenoso.
Las garras del dolor empiezan a soltarme y los medicamentos me van envolviendo
en una eufórica sensación de bienestar. En mi interior escucho «Je crois entendre
encore» de Bizet.
Una vez que han estabilizado la rotura y me han colocado sobre la camilla, consigo
ver a los árabes.
Uno de ellos está de pie; me da la espalda y tiene las manos esposadas.
El otro yace muerto en un charco de sangre.
Tienen ciertas dificultades para bajar la camilla por las escaleras de caracol, y
acaban alzándola por encima de la barandilla y bajándome con unas cuerdas. Una vez
abajo, me sacan de la librería sobre un artefacto con ruedas y, al salir a la calle, veo
aparcados todos los coches que han participado en la operación. Una bandada de
palomas alza el vuelo. Una ráfaga de viento recorre el estrecho callejón. En las
proximidades, tañe una campana con sus pesadas campanadas.
3
ME PASO el día y la noche siguiente en el hospital, en un agradable adormecimiento
narcótico. Los médicos me han escayolado la pierna, y la rotura, afortunadamente, no
era tan grave como los dolores me habían hecho creer.
Dos policías armados hacen guardia en el pasillo del hospital.
Un Enjambre de agentes bajitos, idénticos y sin sentido del humor van viniendo
para interrogarme. Son exactamente iguales, se llaman exactamente igual y preguntan
exactamente lo mismo. Da la impresión de que todos y cada uno de los departamentos
de la policía y los servicios de inteligencia tienen que enviar a un inspector, que se
presenta con un intérprete, una cámara de vídeo y una sorprendente falta de
comprensión hacia que algo tan nimio como unos viejos pergaminos y unos
documentos en papel puedan ser causa de asesinato.
Les cuento lo que sé.
4
AL DÍA siguiente viene a visitarme el profesor Llyleworth. Con su abrigo y su
sombrero, tiene el aspecto de un tío rico que ha hecho el largo viaje desde su finca de
campo inglesa.
Al cabo de un par de horas le he puesto al día de todo lo que ha ocurrido desde
que la SIS me mandó al Instituto Schimmer. Cuando menciono la colección Lewinski,
se le ilumina la cara: acaba de contratar a una señora que me puede ayudar. Laura
Kocherhans es historiadora e investigadora, y se doctoró en Yale. Antes de que la SIS
se la llevara a su cuartel general en Londres, donde Laura tiene el título de Chief
Manuscript Researcher, estaba considerada como la mejor detective de manuscritos de
la Library of the Congress en Washington, D. C.
Cuando el profesor Llyleworth se va, me quedo dormido, pero al cabo de un par
de horas me despierta el teléfono móvil que me ha dejado.
La voz de Laura Kocherhans suena un poco nasal por el teléfono, al modo
americano, con una suave resonancia que alberga algo vulnerable y digno de ser
amado.
—Por supuesto que encontraremos la colección Lewinski —dice cuando llevamos
un rato hablando.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—¡El problema de quienes no encuentran lo que buscan es que no buscan lo
suficiente!
Una mujer conforme a mi corazón.
Laura me cuenta que hay diseminadas por el mundo miles de colecciones privadas
que, aunque bastante poco conocidas entre los investigadores, contienen manuscritos
de gran valor cultural e histórico.
—¿Cómo se busca una colección perdida?
—Del mismo modo en que buscas tú, supongo. Con tenacidad e imaginación. Y, si
es necesario —añade con una dulce risa—, con sobornos.
—¿Por dónde empiezas?
—Dresde. Después el archivo estatal de Berlín.
Permanezco todavía unos días con la pierna en reposo.
Cuando me envían a casa, me voy con la pierna escayolada y dos muletas por las
que me hacen pagar.
LA ISLA DE LOS MONJES
Noruega
1
LOS BANCOS de niebla procedentes de mar abierto se deslizan sobre el desgarrado
paisaje. En algún lugar en lo alto brilla el sol, pero resulta difícil de creer. A través de
la niebla vislumbro la torre cuadrada de la iglesia, que asoma obstinada entre las
ruinas del monasterio.
Firmemente agarrado a las muletas, me encuentro frente a los barracones
provisionales que se han instalado entre el monasterio y el muelle. Han pasado ya
unas semanas desde que me bajé cojeando del avión de Italia y la pierna ya se me está
curando. La suspensión ha sido revocada, porque la comisión de investigación —con
serias dudas y bajo presión política— ha resuelto que la infracción que cometí al
excavar la cámara mortuoria del monasterio de Lyse sin permiso no me va a costar el
puesto de trabajo.
Durante estas dos semanas hemos estado trabajando noche y día con toda
discreción para dejar listos los preparativos de la excavación. Los habitantes del
pueblo de Selje y los obreros locales que han montado los barracones creen que
hemos venido a restaurar las ruinas de la iglesia de Albanus.
Arqueólogos, historiadores y geólogos noruegos, suecos, daneses, ingleses,
franceses, italianos y alemanes deambulan apresurados entre las tiendas de campaña y
los barracones. El Ministerio de Cultura y la SIS comparten los gastos. Somos casi un
centenar de profesionales implicados.
No les he visto el pelo ni a Hassan ni a los hombres del jeque, pero eso no
significa que no nos estén vigilando. Se dice que el simple batir de las alas de una
mariposa puede desatar un huracán. En completa conformidad con el encantador
postulado de la teoría del caos, encontramos la solución gracias al detalle sobre las dos
estatuas que aparecía en el fragmento Skálholt. El que quemó Luigi antes de morir.
Øyvind encontró al gemelo Dídimo de san Lorenzo Tomás después de estudiar un
puñado de archivos, registros y luminosos libros de láminas. La talla en madera lleva
725 años esperando pacientemente bajo las siluetas de los chapiteles y las cabezas de
dragón de la iglesia de madera de Borgund, en Lærdal. En 1280, los parroquianos de
Ringebu obsequiaron a la parroquia de Borgund con la talla que llevaba el nombre de
Dídimo.
El frente de la talla estaba encajado a la parte trasera de la misma por medio de
hendiduras y afianzado con ocho tacos de madera por debajo de la túnica y las
mangas. En la cavidad del vientre encontramos un cofre cubierto de runas.
Dentro del cofre había un documento codificado que Terje y Øyvind descifraron
con ayuda de la copia de la rueda rúnica:
Allí descansa
el cuerpo de EL DIVINO
de eternidad en eternidad.
La cueva de Sunniva.
No la gruta de Dollstein, como había creído todo el mundo. La cámara mortuoria
está al fondo de la cueva de Sunniva, en la isla Selja, en el pueblo de Selje, en la punta
del fiordo Nordfjord, en Sogn og Fjordane, que fue la sede del obispado de Gulating
hasta el 1170.
En la profundidad de la niebla suenan los quejumbrosos chillidos de pájaros, o al
menos espero que sean chillidos de pájaros. A mi alrededor hay un zumbido de
actividad y los avisos electrónicos suenan por los walkie-talkies. Hay varios policías
estacionados en la isla; su cercanía me proporciona cierta tranquilidad, por si Hassan
estuviera al acecho detrás de alguna piedra. Tras el asesinato del párroco de Ringebu y
los sucesos de Roma, la policía ha concedido máxima prioridad al asunto. La policía
islandesa, noruega e italiana colabora estrechamente por medio de la Interpol, y
Ragnhild dirige el grupo de investigación noruego.
El monasterio, plantado sobre una llanura a los pies de una abrupta montaña, está
sumamente expuesto. En su momento, el monasterio de Selje recordaba a un castillo
medieval, con muros y torres poderosas. Era un monasterio benedictino fundado en el
siglo XII, pero, antes de eso, había habido allí un monasterio más pequeño, de madera.
A cincuenta metros de altura, las ruinas de la iglesia de Sunniva se aferran a la pared
de la montaña como un nido de águilas, y, justo encima, se abre la gruta con el
santuario de Mikael.
La cueva de santa Sunniva…
Santa Sunniva, hija de un rey irlandés, a finales del siglo X, huyó, de un
pretendiente que quería invadir tanto su vida como su patria. Sunniva, acompañada
por un grupo de devotos —mujeres, hombres y niños—, fletó tres barcos, que, sin
timón, remos, ni vela, navegaron a la deriva llevados por el viento y las corrientes
marinas hasta llegar a Selja, donde los refugiados se asentaron en las grutas y cuevas
que hay en la zona. Los paganos que adoraban ídolos en tierra firme, miraban a los
extranjeros con desconfianza. Håkon Ladejarl —Håkon duque de Lade— envió a un
grupo de hombres armados para entablar batalla con lo que creía que era un ejército
enemigo. Sunniva y sus compatriotas huyeron a la cueva y rogaron a Dios que los
salvara. El mito cuenta que, en lugar de detener a los agresores, Dios enterró a
Sunniva bajo toneladas de piedra. En los años que siguieron, campesinos y marineros
vieron luces extrañas que salían de la cueva. Cuando Olav Tryggvason y el obispo
Sigurd acudieron a la isla de los milagros, encontraron el cuerpo de Sunniva en la
cueva, rodeado de huesos, calaveras y esqueletos de dulce aroma. Años más tarde,
Olav Haraldsson arribó precisamente en Selja, cuando retornó para cristianizar
Noruega.
La cueva de Sunniva…
¿Se inventó el mito de Sunniva para ocultar que hay una cámara funeraria en el
fondo de la cueva?
2
A MEDIODÍA se despeja la niebla.
En una de las barracas para directores, estudio las últimas fotografías que se han
sacado en el lugar de las excavaciones. La cueva ha sufrido numerosos derrumbes y
deslizamientos. Hemos sacado toneladas de piedras de detrás del altar que hay en la
gruta y descubierto una pared vertical construida con piedras toscamente talladas, en
medio de la cual hay un pórtico con forma de arco que se ha cerrado con piedras más
pequeñas. El pórtico está sellado.
Mañana, a las once en punto, nos abriremos paso.
Oigo pasos que se acercan y dejo a un lado las fotografías. La puerta se abre. Una
figura aparece a contraluz, enmarcada en un celestial haz de rayos: parece una diosa
que ha descendido hasta nosotros los mortales para transmitirnos mensajes sobre la
vida eterna en el paraíso. Pero no es más que Astrid, que me trae un poco de pan con
tomate y pepino.
—¿Nervioso? —pregunta.
Es catedrática en la Colección Oldsak y una de las más destacadas expertas en
ruinas de monasterios noruegos.
Siento un cosquilleo por dentro.
3
LA ALARMA ulula estridentemente.
De pronto me despierto y me incorporo en la cama de campaña. La extraña
atmósfera de un sueño que no recuerdo sigue adherida a mi cuerpo. Busco a tientas
las gafas y enciendo la luz. Son las dos y media.
Se oyen gritos y ladridos.
Me visto rápidamente, agarro las muletas y salgo cojeando a la noche. La alarma
ha encendido automáticamente todas las luces exteriores, que, en la niebla de la noche,
bañan el terreno en una luz lanosa. El aire está frío. Las olas rompen contra tierra.
Cojeando tan rápido como me permiten las muletas, llego a la barraca para
directores, donde se han congregado varias personas que hablan de un altercado con
dos de los guardas que se han contratado. Cuentan que uno de los guardas yace
inconsciente en las empinadas y estrechas escaleras que conducen a la cueva.
Por fin alguien consigue desactivar la alarma.
En ese mismo momento, se enciende el motor atronador de un barco.
Durante la siguiente hora conseguimos adquirir cierta visión de conjunto, aunque
seguimos sin comprender las razones de lo ocurrido.
Alguien se ha adentrado en la cueva. Los picos que han dejado indican que
pensaban derribar el muro del pórtico para acceder a la cámara mortuoria que
creemos que hay al otro lado.
Afortunadamente, y a causa de mi desconfianza, hemos mantenido en secreto de
los guardas, los detalles sobre el sistema de alarma, por eso han caído incautamente en
una trampa sencilla: un rayo infrarrojo situado en lo alto de la reja de hierro de la
entrada de la cueva.
Al guardián que subió corriendo a comprobar lo que ocurría lo dejaron
inconsciente.
Se recupera confusamente mientras lo llevamos en brazos hasta la barraca, donde
le limpiamos y vendamos la herida que tiene en la frente. Apenas recuerda que lo
atacaron, y no sabe quién.
A la mañana siguiente faltan tres compañeros:
Michael Rennes-Leigh, de la School of Archaeology de la Universidad de Oxford,
Paul-Henri de Chenonceau, del Institut de Papyrologie de la Sorbona y Paolo
Baigenti, de la Universidad de Roma.
No conocía mucho a ninguno de los tres: solían ir a su aire. En la tabla de tareas
no hay nada que indique que se les hubiera perdido algo en la cueva, y mucho menos
en plena noche, y con picos. Probablemente trabajen para el jeque.
Según la policía local, el barco en el que huyeron está amarrado en Selje y el
coche alquilado ha desaparecido.
Cuando comprobamos las universidades a las que pertenecen, resulta que son
todos becarios recién nombrados. Sus puestos de investigación están financiados por
la misma fundación de Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes Unidos.
4
A LAS ONCE comienzan las labores para derribar el muro.
La cueva está húmeda y fría. Expectantes, hemos formado un semicírculo en torno
a los musculosos que van a agujerear la pared. En el exterior, bajo la llovizna,
aguardan los periodistas y los equipos de televisión.
El muro es grueso y sólido y no parece dispuesto a colaborar, pero con el tiempo
consiguen soltar una piedra, y luego otra. Con una palanca vamos apartando las
piedras aledañas hasta conseguir formar un agujero del tamaño suficiente. Alguien
introduce una lámpara.
Cuando era pequeño y rompía el papel de los regalos de Navidad con mis deditos
pálidos, siempre albergaba la ilusión de que aquel regalo fuera aún más magnífico y
sorprendente que todos los que había recibido hasta entonces.
En el momento en que atravieso a gatas la apertura y alzo la linterna para iluminar
la oscuridad sin fondo, obtengo por fin mi recompensa.
Astrid me pasa las muletas. A mis espaldas el silencio es absoluto. Me yergo, me
sacudo el polvo de las rodillas y me quedo en pie sobre el rellano de una escalera, con
dificultades para respirar.
Nada, absolutamente nada, nos ha preparado para lo que nos aguarda.
LA GRUTA
1
EN LA penumbra intuyo el tamaño de la gruta. Dos filas de columnas de granito gris
arrojan sombras sobre las paredes. De las grietas de la pared de la montaña cuelgan
barbas de musgo y raíces. Una leve corriente me acaricia la piel.
La oscuridad de los siglos es desgarrada por los vacilantes haces de luz de las
linternas de quienes me siguen.
La cámara de la gruta está repleta de tesoros egipcios.
Bajo las capas de polvo de piedra y telas de araña, centellean valiosas reliquias.
Baúles, vasijas, cofres, oro, plata y piedras preciosas. Candelabros, cuencos, candiles,
ornamentos y cetros. Piedras de alhajas finamente labradas. Diamantes, rubíes, zafiros
y esmeraldas.
En una cámara lateral, hay un montón de estatuas de dioses y faraones egipcios
colocadas en formación, como si aguardaran algo con paciencia. Reconozco a varios
de ellos: Anubis, Thutmosis, Amenofis, Ramsés, Horus, Akhenatón, Tot. Me siento
abrumado; los ojos se me llenan de lágrimas.
Alguien me da unas palmaditas en el hombro. Al apoyar la mano sobre la columna
de piedra que hay junto a las escaleras, me mordisqueo el labio inferior. La superficie
pulida está congelada. Estoy tan conmovido que permanezco inmóvil, apoyándome
sobre las muletas y mirando fijamente al frente. Detrás de mí, Astrid entra trepando a
través del agujero en el muro.
—¡Dios santo! —exclama. Al igual que yo, se queda petrificada mirando la
penumbra con la boca entreabierta.
La cámara mortuoria llevaba mil años oculta tras toneladas de piedras, detrás de
un muro tan grueso que se confundía con la montaña.
2
PELDAÑO a peldaño voy bajando las escaleras, colocando con cuidado las muletas ante
mí. Los demás me siguen con sus linternas y sus exclamaciones.
En el centro de la cámara pentagonal hay dos grandes pedruscos, dos zócalos
labrados directamente en la montaña.
Uno de ellos está vacío.
Sobre el otro descansa el arca de Olav, el ataúd de Olav el Santo.
Sin mediar palabra, me vuelvo e intercambio miradas con Astrid, a quien le
tiemblan ligeramente los labios.
Me acerco respetuosamente al ataúd. Un gran número de maniobras de distracción
le han proporcionado mil años de paz. Me detengo. Sostengo las muletas con una
mano, mientras con la otra cepillo delicadamente parte de la gruesa capa de polvo.
Entre unos cuantos levantamos la tapa que protege el arca de plata.
Las capas de polvo le dan al revestimiento de plata del ataúd de madera un aspecto
completamente negro, pero, bajo la lámina de herrumbre, la plata está adornada con
oro y piedras preciosas.
La silueta es exactamente la misma que he visto siempre en los libros de historia.
El arca tiene dos metros de largo y un metro de alto y de ancho. La tapa tiene la forma
del tejado de una casa y los extremos de las cumbreras acaban en dos cabezas de
dragón.
Me quedo inmóvil admirando el arca de Olav.
Una vez la hayan limpiado y restaurado, será mundialmente famosa. Imágenes
suyas aparecerán en las pantallas de televisión de EE.UU. y Australia, Japón y Burkina
Faso. Aparecerá en la primera página del Newsweek y de El País. El arca de Olav, con
los restos del rey vikingo santificado, es toda una sensación arqueológica.
Cada vez llegan más compañeros, y todos ellos hablan en voz baja, como si
estuvieran en una iglesia.
—¡El Arca de la Alianza! —suspira una voz.
—¡Corta el rollo! —le espeta otro—. ¡Es el arca de Olav!
Algunos prorrumpen en risas nerviosas.
Mi mirada se desliza del arca de Olav al zócalo vacío que hay al lado.
¿El zócalo de la momia? ¿Dónde está el ataúd?
Me dirijo cojeando a una de las cámaras laterales, donde dos arcas más pequeñas
descansan sobre un zócalo.
En la tapa de una de las arcas, escrito en runas, se lee: «Bárðr» (el modo en que se
escribía Bård en noruego antiguo); en la otra se lee: «Asim».
Asim…
Retrocedo un paso, impresionado.
Asim, el egipcio… El sumo sacerdote del culto a Amón Ra. Así que es cierto, es
todo cierto. Las insinuaciones de Snorre, las teorías de Stuart, nuestras descabelladas
suposiciones: todo lo que hemos intuido, sin saberlo con certeza.
Es todo cierto.
Poco después, corremos las tapas de piedra de los ataúdes. En ambas hay sendos
esqueletos envueltos en vendajes putrefactos. Alguien intentó embalsamar y
momificar los dos cadáveres.
Contra la pared de la cámara lateral, hay más vasijas repletas de joyas de oro,
piedras preciosas y adornos.
3
LOS FOCOS inundan la cámara mortuoria con una luz blanca e intensa.
Hasta ahora no me he dado cuenta de que las paredes y el techo están decorados.
Detrás de las capas de polvo intuyo inscripciones en jeroglíficos, runas y letras latinas.
Veo pinturas empalidecidas de dioses egipcios, cristianos y vikingos, símbolos y
figuras, en una extraña mezcla de mitología, astrología y religión.
En una cruz con forma de ankh, Jesús eleva la mirada hacia un todopoderoso
Odín. La serpiente de Midgard se enrosca en torno a un globo terrestre en cuyo centro
aparece un pentagrama. Amón Ra corona la entrada al mundo subterráneo, donde
Satán descuella con todo su poderío. El árbol Yggdrasil arroja largas sombras sobre la
pirámide de Keops. Moisés separa las espumosas aguas del mar con la espada de
Mimung. Los ingeniosos decoradores entretejieron la fe de asa con el cristianismo, el
judaísmo, la mitología egipcia y un toque de astrología.
Es posible leer algunas partes de los textos, que hablan sobre un dios durmiente,
sobre los divinos Moisés y Olav, sobre el discurso de las estrellas y sobre un viaje al
fin del mundo.
4
DURANTE más de una semana trabajo en la cámara mortuoria desde primeras horas de
la mañana hasta bien entrada la noche.
Fotografiamos, filmamos y copiamos las decoraciones de las paredes. Medimos la
cueva. La dibujamos desde diversas perspectivas. Registramos y marcamos cada
artefacto, cada vasija, cada piedra.
Dichoso, me entrego en cuerpo y alma a la disciplina arqueológica, intentando
olvidar que existen hombres que se llaman Hassan e Ibrahim al-Jamil ibn Zakiyi ibn
Abdulaziz al-Filastini. La isla y la cueva están vigiladas durante las veinticuatro horas
del día por la policía y una compañía de seguridad privada.
Investigadores, periodistas y equipos de televisión acuden de todo el mundo para
visitar la cámara mortuoria y, cada tarde, les permitimos entrar por pequeños grupos.
Puesto que tengo tendencia a pasar los domingos por la tarde en compañía del
National Geographic Channel, estoy especialmente predispuesto a ayudar al equipo
americano de este canal, que tiene pensado hacer un documental de una hora. La CNN
retransmite en directo desde la entrada a la cueva. La RAI italiana planea hacer un
programa que lleve por título El sepulcro en la cueva y mañana llegará el canal de
televisión árabe Al-Yazira.
Una noche me llama Ragnhild, de la policía de Oslo. Ha recibido un informe de
Islandia, donde uno de los hombres de Hassan ha sido detenido cuando forzaba una
vez más la casa de Thrainn. El criminal había alquilado una casa junto al lago de
Raudavatn, en Reikiavik, por medio de una agencia inmobiliaria árabe-saudí en París.
Han llegado tres abogados de Londres para ayudar al gabinete jurídico más
prestigioso de Islandia en su defensa.
Intento llamar a Thrainn, pero no coge el teléfono.
5
TRASLADAMOS el arca de Olav en helicóptero desde Selja hasta Bergen. La camioneta
que la lleva desde el aeropuerto de Flesland hasta el taller de la Universidad de Bergen
va acompañada de una escolta policial.
Tardamos dos días en desmontar el arca.
Bajo el arca exterior, descubrimos el arca de plata que Magnus Olavsson, el hijo de
Olav, le fabricó a su padre. Está adornada con numerosas piedras preciosas, y partes
de la tapa y de las paredes están revestidas de oro. Algunas zonas tienen relieves de
motivos religiosos. Las paredes y la tapa están ornamentadas con joyas y cristales de
roca tallados.
Trabajosamente vamos soltando las presillas, las bisagras y los ganchos que
sujetan la tapa con forma de tejado del arca de plata. Entre cuatro hombres levantamos
delicadamente la tapa. Las cuatro paredes del arca de plata están amarradas las unas a
las otras con bisagras.
En el interior se encuentra el ataúd de madera original.
La madera está cubierta de paños que se han podrido, pero el propio ataúd parece
resistente y sólido. La tapa está clavada a la caja con sesenta y seis clavos de cobre.
Vamos extrayendo los clavos uno a uno, hasta que conseguimos mover y levantar
la tapa.
El cuerpo de Olav el Santo está momificado.
La momia está parcialmente cubierta con un paño bordado. Yace con los brazos en
cruz sobre el pecho. El rey sostiene un cetro de oro con las manos: uno de los
extremos tiene la forma del ankh y el otro, la del signo rúnico ty. Algo por encima de
la mitad, lo cruza una vara.
Ankh, ty y cruz en uno.
Permanecemos varios minutos en silencio contemplando el cuerpo del rey santo.
En el exterior se ha levantado el aire y los árboles tiemblan con las ráfagas de viento.
LA COLECCIÓN LEWINSKI
1
LLAMAN a la puerta del despacho.
Estoy de vuelta en Oslo. Llevo algunos días estudiando los informes de las
diferentes instancias que trabajan en la investigación de la gruta y los restos mortales.
Lanzo una mirada de irritación a la puerta y me quedo inmóvil con la esperanza de
que dejen de llamar.
Por miedo a los emisarios del Vaticano, los custodios retiraron la momia egipcia
de la cueva en Selja —o tal vez de un escondite temporal en alguna iglesia— y la
trasladaron a Islandia, donde estaba Snorre. Él fue el primero en custodiar allí a la
momia; luego la custodió Thordur kakali, pero no sabemos quién se hizo cargo de ella
cuando el rey de Noruega reclamó a Thordur. ¿Por qué trasladaron el ataúd? ¿Adónde
lo llevaron? ¿Y por qué dejaron los tesoros y el arca de Olav en la cueva?
Vuelven a llamar a la puerta. Esta vez más fuerte.
He encapsulado mi paranoia persecutoria en un capullo de indiferencia. He
ganado. El jeque ha perdido. Sus legiones de asesinos, espías y perseguidores se han
marchado a casa junto con Hassan, decepcionados y con las orejas gachas, humillados
por un profesor adjunto noruego. Llevo días cultivando mi rencor hacia ellos con una
autosatisfacción descarada.
—¿Bjørn? —La puerta se abre.
—¡Soy yo!
Thrainn.
Le abrazo algo más cordialmente de lo que un pobre profesor adjunto debería
abrazar a un doctor en filosofía.
—He estado intentando llamarte —dice.
—Disculpa. Tengo el móvil apagado. No paraba de sonar. ¿Qué estás haciendo
aquí?
—He traído algo que puede ser de utilidad. Luego voy a ir a Selja para echarle un
vistazo a la cueva. Estas cosas, en el mejor de los casos, sólo pasan una vez en la vida.
Debajo del brazo lleva una gran carpeta.
—¿La traducción del manuscrito bíblico?
Niega con la cabeza.
—Aún están trabajando en eso. Es todo muy confuso. El texto se corresponde, y al
mismo tiempo no se corresponde, con las viejas versiones de la Biblia. No se descarta
que el texto sea una versión pirata, que algún monje burlón haya hecho sus propios
añadidos a una copia existente de un texto bíblico.
Abre la carpeta y saca unas grandes fotografías de un manuscrito.
—He hecho que me fotografíen las páginas más interesantes a una escala uno a
uno. ¡Calidad fotográfica de primera! Se notan incluso las rugosidades de las uniones
de la tinta.
—¿Y qué es?
—El Libro de Flatey. Codex Flatöiensis. La más grande y bella de las colecciones
de manuscritos islandeses. Tal vez sea el manuscrito medieval más importante de
Islandia. Doscientas cincuenta páginas de la piel más fina, escritas a mano, iluminadas
e ilustradas. En 1387, comenzó a escribir el texto…
—¡Thrainn! ¿Por qué te has traído esa copia?
—Porque el Codex Flatöiensis contiene más que el resto de los textos. Aquí están
la mayoría de las sagas de los reyes, como las sagas de Olav Tryggvason y Olav el
Santo, pero también contiene mucha información histórica. El Libro de Flatey
contiene, por ejemplo, versiones alternativas de la saga sobre Olav el Santo. Antes los
historiadores pensaban que la versión de Snorre era más precisa, pero ahora confían
más en la del Libro de Flatey. Lo que te quería enseñar era esto…
Thrainn avanza entre las páginas.
—Aquí —dice deteniéndose—. Grænlendingasagaen. La saga sobre los
groenlandeses.
Hace tamborilear los dedos sobre la piel. En un margen, bellamente iluminado,
aparecen tres símbolos: ankh, ty y cruz.
—Este texto del margen nunca ha aparecido en ninguna de las copias o
traducciones del Libro de Flatey que se han hecho más tarde. Eso pasa con la mayoría
de los manuscritos. Si vuelves al original, siempre encuentras algún texto olvidado u
omitido.
—¿Qué pone?
—No gran cosa. Es evidente que no querían que lo entendiera cualquiera. En
resumen, el texto del margen cuenta que los custodios llevaron el tesoro a Groenlandia
en 1350, para que estuviera seguro.
Me quedo en silencio. El tesoro tiene que ser la momia y los rollos escritos.
¿Hay aún otra cámara mortuoria? ¿En Groenlandia?
Groenlandia fue colonizada a finales del siglo X por Eirik el Rojo, que se había
fugado tras ser proscrito de Noruega e Islandia. Durante algunos siglos, la colonia
noruega floreció en frágil armonía con los esquimales nativos, pero las relaciones se
fueron deteriorando poco a poco. La última nave comercial noruega partió de
Groenlandia en la primera mitad del siglo XV. Algunos creen que fueron capturados
por piratas y vendidos como esclavos. Otros que navegaron hacia el sur, hasta las islas
Canarias, y fundaron la tribu de los guanches, que eran altos, rubios y de ojos azules.
Otros defienden que retornaron lenta y pausadamente a Noruega e Islandia. Otros
piensan que se extinguieron. Y hay quien sostiene que siguieron camino hacia el
Oeste, hasta Vinland…
—Esto podría explicar todas las demás referencias a Groenlandia que hemos
encontrado —digo.
—Hay aquí una referencia a la peste negra. En la década de 1350, los islandeses
estaban asustados por la peste que en aquellos tiempos acababa con la población de
Noruega y de Europa. La verdad es que la peste no llegó nunca a Islandia, pero te
podrás imaginar el pánico que debieron de sentir.
—¡Así que los custodios se fueron a Groenlandia huyendo de la peste!
—Eso parece.
—¿Y ahora el resto del tesoro está allí?
—Qué va.
Thrainn saca algunas fotografías más.
—Aquí, en el Skálholtsbók islandés, del siglo XV, se ha añadido posteriormente un
texto en el margen, donde se insinúa que el tesoro fue custodiado por un asentamiento
nórdico en Groenlandia durante un siglo, esto es, hasta la década de 1450. Pero
entonces hubo allí una masacre. En los asentamientos se han hallado restos
arqueológicos de esqueletos, armas y equipos que indican que los agresores eran
soldados del sur de Europa. Tal vez del Vaticano. Pero ¡lee esto! —exclama señalando
un párrafo—: Aquí dice claramente que hubo un grupo que se salvó del ataque y
huyó en barcos hasta la tierra tras el horizonte. Es una formulación interesante, porque
se repite en varios textos de esa época y siempre hace referencia a Vinland. La nueva
tierra desconocida al Oeste.
—¿En 1450?
—Colón no se topó con las islas caribeñas hasta cincuenta años más tarde.
—En el Vaticano encontré una referencia a unas incursiones bélicas que se
realizaron en Groenlandia en 1450. Si mal no recuerdo, decía también algo sobre que
algunos de los bárbaros consiguieron escapar: quizá fueron los custodios noruegos e
islandeses. Cincuenta años más tarde, el hermano de Cristóbal Colón trajo a Europa
una carta de un grupo desconocido de personas en la isla de La Española. «Los
custodios».
—¿Tienes la carta?
—La estamos buscando.
—Los mares entre Noruega, Escocia, Islandia y Groenlandia fueron visitados por
varias expediciones del sur de Europa durante este período. Después de las
expediciones de la década de 1360, en aquellas aguas se conocía bien a los hombres
del Papa. De hecho, algo más de un siglo más tarde, también Cristóbal Colón viajó al
Norte, aunque como marinero raso. Probablemente fue aquí donde se le ocurrió la
idea de viajar hacia la tierra del Oeste.
—Así que se llevaron la momia de Islandia a Groenlandia, y, cien años más tarde,
fue trasladada a la colonia vikinga de Vinland.
—Eso parece.
2
A LAS 14:00 horas tengo cita con el médico para que me quite la escayola. Una vez
liberada, siento la pierna como si fuera aire, pero tengo miedo de apoyarme sobre ella.
Soy demasiado sensible al dolor… El médico dice que soy un timorato. No sé si me
toma el pelo o si lo piensa de verdad.
Laura —la investigadora de la SIS que ha estado buscando la colección de
Maximilian Lewinski— me llama esa misma tarde. A juzgar por su tono de voz, está
muy alterada.
—Te llamo desde Berlín. ¡Del archivo estatal!
—¿Has encontrado algo?
—¡Creo que por fin he conseguido rastrear la colección!
—¡¿De veras?! ¿En Berlín?
—¡No! ¡No! Pero aquí es donde he encontrado el hilo conductor. He estado en
Bonn, Stuttgart, París, Varsovia…
—¡Cuenta!
—Maximilian von Lewinski debía de tener tanto respeto por la colección que no
se atrevía a correr ningún riesgo. Era un destacado oficial de la Wehrmacht y es
probable que se diera cuenta de que iba a estallar la guerra. Así que pensé: si yo
hubiera sido Maximilian von Lewinski, ¿qué habría hecho? ¿Qué habrías hecho tú,
Bjørn?
—Habría puesto la colección a buen recaudo. La habría trasladado a un sitio
seguro.
—¿Y cuál era el lugar más seguro que se te podría ocurrir en la década de 1930?
—No sé… ¿Algún país que no fuera a entrar en guerra?
—¿Así que estamos hablando de…?
—Muchos países…
—Pero ¿no hay uno que se destaca naturalmente en un contexto como este?
—¿Estados Unidos?
—La dinastía Von Lewinski ya tenía contactos en Estados Unidos. El hermano de
Maximilian, Uwe, emigró a Estados Unidos en 1924 y se estableció en Chicago, desde
donde dirigía las compañías industriales americanas del imperio Lewinski: Lewinski
Steel Corporation.
—¿Has encontrado alguna relación?
—¡Así es! La Alemania nazi era una sociedad profundamente regulada. Incluso las
personas más destacadas de la sociedad, como Von Lewinski, tenían que pasar por la
burocracia si querían sacar objetos valiosos del país. Y así es como he encontrado una
referencia a la colección. Me he pasado los últimos cuatro días en el Bundesarchiv, el
archivo estatal alemán. En los registros de aduanas de 1935, que paradójicamente se
han conservado porque fueron trasladados a unas cámaras acorazadas a prueba de
bombas antes de que estallara la guerra, he encontrado una referencia a los
documentos que aprobaron la salida de la colección de libros de Maximilian von
Lewinski. Lo mandó todo fuera del país, junto con sus obras de arte y diversas
reliquias familiares. ¡A Chicago!
—¿A su hermano?
—Maximilian envió sus obras de arte y su colección de libros a su hermano Uwe.
Aunque el documento no dice nada específico sobre cartas y manuscritos históricos,
apuesto a que Maximilian von Lewinski camufló la colección del judío en su rica
biblioteca.
—¿Sin que nadie lo descubriera?
—No es tan raro. Unos cuantos miles de documentos tampoco ocupan gran cosa.
Especialmente si están repartidos entre miles de libros empaquetados en sólidas cajas
de madera rellenas de serrín y periódicos.
—¿Existe aún la colección?
—No sólo existe, sino que he averiguado dónde está. No te lo vas a creer.
—¿Dónde?
—Delante de nuestras narices.
—¿Dónde?
—Maximilian murió durante la guerra y su hermano Uwe nunca compartió su
gusto por las obras de arte y los libros. La excepcional colección de Maximilian von
Lewinski lleva más de sesenta años en casa de su hermano Uwe. ¡Sin desembalar! Al
morir Maximilian, Uwe no se tomó siquiera la molestia de abrir las cajas. Simplemente
las subió al desván. Uwe von Lewinski murió en 1962 y su hijo Albert murió en un
accidente aéreo hace un año. No tenía hijos. Los herederos, una infinidad de sobrinos
y primos, les echaron una rápida ojeada a esas cajas repletas de libros viejos y
donaron la colección, agárrate, a la Biblioteca del Congreso. The Library of Congress!
Cuando colgamos, el aparato hace clic dos veces.
De pronto escucho la voz de Laura: «… Repletas de libros viejos y donaron…»,
antes de que vuelva el sonido de la línea.
LA CAZA
EE.UU.
1
CUANDO llego a América, ya ha caído la noche.
Washington, D. C. es un mar infinito de luces. Las calles y los edificios centellean
y relumbran. Por la ventanilla del avión distingo millones de luces de coches que
dibujan líneas rojas y blancas que se van apagando como las estrellas fugaces.
Laura Kocherhans me espera en la sala de llegadas. No tenía la menor idea de lo
bonita que era. En contrapartida, ella no parece preparada para encontrarse a un
albino. A la mayoría de las mujeres les recuerdo a algo que ha pasado demasiado
tiempo en remojo en la bañera, por eso nuestro primer encuentro resulta ser un caos,
bastante torpe, de abrazos y muletas.
Fuera del aeropuerto, el bochorno de la noche huele a una mezcla de los gases de
los coches, la llovizna y el perfume de Laura. Hacemos cola durante diez minutos para
conseguir un taxi, que nos lleva al hotel por una autopista de ocho carriles con filas de
señales verdes.
El hotel es un oasis en la noche.
Un botones lleva mi maleta desde la recepción a la habitación 3534, que está junto
a la habitación en la que Laura ya se ha registrado.
Acordamos tomarnos una copa rápida en el bar del hotel en cuanto me haya
duchado y haya deshecho la maleta. Laura me está esperando cuando salgo del
ascensor. Está impresionante.
Con la parte del cerebro que por temporadas mantengo sellada y algo grumosa,
pienso que es difícil que una mujer sea genéticamente más perfecta que ella. Apoyo
las muletas contra la barra del bar y me encaramo al banquillo que está junto al suyo.
Más de uno nos mira con incredulidad. La bella y la bestia. Pido un gin-tonic, que es
la única bebida cuyo nombre recuerdo. Laura está bebiendo algo rojo con una
sombrilla de papel. Me cuenta que tenemos una cita a la mañana siguiente en la
Biblioteca del Congreso.
Uno de los hombres del bar me mira fijamente. Probablemente sea porque se
pregunta qué hace una mujer como Laura con un miserable fenómeno como yo… a
no ser que sea un agente del jeque, enviado para vigilarme.
Carraspeo y le pregunto a Laura si ha tenido la sensación… bueno, de que la han
estado siguiendo… mientras buscaba la colección Lewinski.
Se echa a reír.
—Desgraciadamente, mi vida no es tan dramática.
Su risa me produce un cosquilleo.
—¿No ha habido nadie a quien te hayas encontrado en varios sitios? ¿Nadie que te
haya seguido con la mirada? Más de lo habitual —añado envalentonado.
—Desgraciadamente no. —Se echa a reír—. Bueno, la verdad es que sí. Había un
especialista en TI en el archivo estatal de Berlín, pero no era mi tipo.
El hombre que no nos quita la vista de encima tiene pinta de árabe y no cabe duda
de que debería afeitarse. Cuando cruzamos la mirada por cuarta vez, vacía la copa y se
va.
A Laura y a mí no tardan en acabársenos los temas de conversación, así que
cogemos el ascensor hasta el cuarto piso. Cuando avanzamos por el largo pasillo,
jugueteo con la idea de que fuéramos una pareja que se dirige a la cama.
Entre la habitación 3532 y la 3534, Laura me desea las buenas noches y me da un
abrazo.
Durante unos minutos me quedo mirando por la ventana de mi habitación. Luego
me acuesto bajo la tensa sábana y me siento como una carta metida a presión en un
sobre demasiado pequeño.
Pasan unas horas hasta que me duermo.
2
CUANDO Laura trabajaba en The Library of the Congress, tenía un puesto de confianza
en el Rare Books and Special Collections Division (departamento de libros y
colecciones raras). Una de sus funciones era ayudar a completar y catalogar la
colección Kislak, que es una colección histórica de más de cuatro mil libros, mapas,
documentos, cartas, fotografías y objetos de la historia de América.
En algunos países, las colecciones históricas son inaccesibles, pero en Estados
Unidos es al revés. La Biblioteca del Congreso ofrece veintidós salas de lectura para
investigadores, estudiantes e interesados.
Laura me ayuda a pasar el control de seguridad (donde durante unos tensos
minutos consideran la posibilidad de que mis muletas sean potenciales armas letales) y
a registrarme en el edificio James Madison.
Saluda constantemente a viejos colegas. Exclaman entusiasmados sus nombres y
se abrazan y se miran de arriba abajo. Algunos me miran sorprendidos, como si se
preguntaran qué se le ha ocurrido a Laura llevar allí. Laura me presenta a dos de los
arqueólogos más conocidos de Europa y yo me siento como si me hubiera escapado
de una vitrina de una exposición.
Estoy acostumbrado a las miradas. La piel, el pelo, lo tengo todo blanco. Cuando
era pequeño, los niños me llamaban «oso polar», porque mi nombre, Bjørn, significa
«oso». Los adultos son más considerados, pero todo lo que no dicen se traslada a sus
ojos, a su mirada.
Normalmente deberíamos haber rellenado un impreso de solicitud para todos los
libros y manuscritos que queremos ver, pero hace tan poco tiempo que tienen la
colección Lewinski que aún no está catalogada. Por eso Laura ha concertado una cita
con la conservadora responsable del trabajo, Miranda Cartwright.
Miranda es alta y rolliza, y lleva una exuberante melena roja. Es una de esas
mujeres invariablemente alegres, siempre con sus risas e ingeniosas réplicas.
Al igual que yo, está acostumbrada a las miradas.
Está acostumbrada a las omisiones y las promesas rotas. Está acostumbrada a que
la ignoren y la olviden, a quedarse fuera cuando los niños bailan y juegan
alegremente. Dicen que eso se pasa con la edad, pero evidentemente no es así.
Miranda nunca le ha contado a nadie que llora todas las noches al acostarse. Nunca le
ha contado a nadie que se sienta en la bañera, desnuda, dejando correr el agua y con la
cuchilla de afeitar preparada para dar el corte que la liberaría. Se lo veo. Es
exactamente como yo; un pedazo de chatarra humana que chapotea en la inmundicia
bajo los pilares del muelle. Empolva su desprecio hacia sí misma con una capa de
felicidad simulada. Naturalmente ella es tan observadora como yo, faltaría más. Por
eso su sonrisa al estrecharme la mano es diferente, colmada de un tierno y sincero
reconocimiento. Su casi imperceptible movimiento de cabeza revela que sabe que mi
infancia ha sido espinosa y que, al igual que ella, tengo problemas de autoestima.
—¡Bienvenido a Washington! —dice con una sonrisa cuya profundidad sólo
comprendo yo.
Miranda cuenta que la biblioteca se hizo cargo de la colección Lewinski antes del
verano del año pasado, pero que las labores de catalogación y registro no dieron
comienzo hasta Semana Santa. La mayor parte de la colección consiste en obras
originales de entre los siglos XVI y XIX, pero también contiene manuscritos, cartas y
libros de la Edad Media.
Le pregunto a Miranda si le suena una carta codificada de principios del siglo XVI,
que se envió a Europa desde las islas del Caribe por medio de Bartolomé Colón.
—Probablemente, en algún lugar de la hoja, aparezcan tres símbolos: ankh, ty y
cruz. El texto parecerá ilegible e incomprensible, porque está cifrado.
—Fascinante —dice Miranda—. Pero, desgraciadamente, ese es el tipo de cosas
con las que tenemos que conformarnos con soñar.
3
CON UNA palanca abrimos las cajas de madera en las que la colección que robó
Maximilian von Lewinski está guardada entre serrín y periódicos arrugados que
cuentan que Alemania se está armando para un futuro triunfal.
Hojeamos libros gruesos y pesados que huelen a polvo y pensamientos del
pasado.
Buscamos en obras encuadernadas en piel y libros de tamaño folio con exóticos
lugares y fechas de publicación.
Estudiamos detenidamente frágiles protocolos e «incunables» (antiguas
publicaciones de la primera época del arte de impresión de libros), postillas, catálogos,
mapas, cartas y enciclopedias.
Pero no encontramos la carta de los custodios.
Una vez que hemos terminado en la Biblioteca del Congreso, Laura coge un taxi
que la lleva al hotel, mientras Miranda regresa a su soledad.
A mí me han convocado a una reunión con el FBI.
Se trata de algo que ha organizado Ragnhild, de la policía de Oslo. Cuando la
llamé desde al aeropuerto de Gardermoen para contarle que me iba a Estados Unidos,
insistió en que la policía americana me cuidara.
Cuando de pequeño me quedaba en casa mientras todos los demás niños andaban
jugando por la calle, me dedicaba a jugar al ajedrez conmigo mismo. Algunas veces
conseguía liar a alguno de los otros eremitas del patio del colegio, chicos tan solitarios
como yo e igualmente excluidos de la comunidad. Siempre les ganaba; supongo que
fue por eso que dejé de invitarlos a casa, o que ellos dejaron de venir. En el ajedrez se
trata de poder pensar muchas jugadas por adelantado —aunque no sepas cómo va a
mover tu contrincante—. Como todos los jugadores de ajedrez saben, a un
contrincante inseguro le faltará concentración.
El agente del FBI con el que me conceden audiencia es un escéptico estresado.
Tiene la pila de faxes que le ha mandado la Interpol y lee la información sobre los tres
asesinatos y sobre el dramático secuestro en Roma. No deja de mirarme de soslayo,
con irritación, como si le costara asumir que un albino miope de Noruega se haya
convertido en asunto suyo.
Yo lo estudio con disimulo. La nuez se le mueve desde el esternón hasta la barbilla
cada vez que traga saliva.
Finalmente suelto las palabras mágicas:
—Probablemente sean terroristas islámicos.
El rápido movimiento de su nuez confirma que mis palabras han dado en el
blanco. Teclea la información en su ordenador y las palabras quedan grabadas en su
base de datos como una bomba con temporizador.
Con ciertas reticencias, me proporciona una alarma con emisor GPS y un panic
button. Un botón para casos de pánico. El agente me explica cómo funciona, pero
entre el chorro de palabras no consigo enterarme de si alerta al FBI, al United States
Marshals Services o la policía metropolitana de Washington. Pero al menos estoy
seguro de que alguien acudirá a toda velocidad en caso de que presione el botón.
Esa noche, Laura y yo salimos a cenar a uno de los restaurantes vegetarianos más
de moda de Washington, D. C. El camarero está ensayando el papel de estatua de
granito esculpida a mano. A Laura le hacen gracia las verduras que simulan ser carne:
dice que tienen un sabor divertido. Yo, por mi parte, prefiero un plato de espárragos
que no se hacen pasar más que por espárragos levemente cocidos. Bebemos vino de
California y un agua mineral que se llama Voss, a pesar de ser de Vatnestrøm.
Miro por la ventana del restaurante y me doy cuenta de que fuera, al otro lado de
la calle, hay aparcado un coche negro con cristales obscuros. Se me mete en la cabeza
que ahí dentro hay alguien observándonos con prismáticos y teleobjetivo. Tal vez nos
estén sacando fotografías, por eso decido sonreír y saludar con la mano. Cuando
Laura me pregunta con quién estoy coqueteando, le respondo que con mi propio
reflejo en el cristal.
Cuando una hora más tarde abandonamos el restaurante, el coche sigue allí.
Paseamos por la ajetreada calle. Laura me ha cogido del brazo y hemos bebido el
suficiente vino como para que me hable de su último novio. Se llamaba Robbie y no
estaba preparado para comprometerse. La ruptura con él fue una de las razones por las
que aceptó la oferta de la SIS y se mudó a Londres.
De vez en cuando, miro por encima del hombro para comprobar si el coche nos
está siguiendo.
Pero no nos sigue.
Son bastante más retorcidos.
4
AL DÍA siguiente proseguimos la caza de la carta.
En medio de una colección de textos sobre el arresto de Cristóbal Colón,
encuentro una serie de documentos sobre los asentamientos de los antiguos nórdicos
en América del Norte. Lo que mayor peso tiene es el hallazgo de los asentamientos
vikingos en L’Anse aux Meadows, en Terranova, que llevaron a cabo Helge y Anne
Stine Ingstad. Pero también hay documentos sobre controvertidas piedras rúnicas,
sobre torres de piedra que se asemejan a las iglesias redondas vikingas, sobre el
hallazgo de una moneda de la época de Olav Kyrre en un asentamiento indio en
Norumbega, Noruega. En el siglo XVI, Abraham Ortelius y Gerardo Mercator
demostraron que Norumbega se llama así por las colonias vikingas. Cuando Giovanni
da Verrazano cartografió en 1524 la costa Este de América, desde Florida hasta la
península de Labrador, llamó Normanville, (tierra noruega), a los territorios a la altura
de Nueva York. Mucho antes de que Colón navegara al Caribe, los audaces vikingos
se habían asentado por la costa Este americana.
Laura y Miranda trabajan más despacio que yo: mientras yo hojeo y busco, ellas
registran y catalogan cada tomo. Teclean minuciosamente toda la información
disponible sobre los libros y los escritos en un programa especial de la red informática
de la Biblioteca del Congreso.
Al acabar el día, Laura y yo cogemos un taxi para volver al hotel. La boca me sabe
como si me hubiera comido un periódico. Estoy tan cansado y tengo la cabeza tan
vacía que ni siquiera me preocupo de contarle a Laura que tengo la sensación de que
nos están siguiendo: se limitaría a reírse de mí. Y tampoco es que vea a nadie cuando
miro hacia atrás. Son unos profesionales, pero yo sé que están ahí.
5
ENCONTRAMOS la carta el tercer día.
El pergamino, junto con el sobre dirigido al «Arzobispo Eirik Valkendorf de
Nidaros, en el reino de Noruega», aparece aprisionado entre las páginas 343 y 344 de
un libro del siglo XVII sobre el descubrimiento de América.
Bajo los símbolos ankh, ty y cruz, aparece una combinación familiar de runas y
letras. No me cabe duda de que ha sido escrita por la misma orden de custodios que
cifraron los códigos de las iglesias medievales trescientos cincuenta años antes.
Silbo a Laura y su boca se abre en un mudo gesto de asombro.
Por un momento, me planteo la posibilidad de robarlo: al fin y al cabo, el lugar
que le correspondería es estar junto al resto de hallazgos que hemos hecho. Pero
enseguida aparto de mí la idea. Hasta yo tengo mis límites. Lo que necesito es el
contenido, no el pergamino.
Antes de avisar a Miranda, fotografío varias veces el pergamino y el código rúnico
con mi cámara digital.
—La encontré.
—¡Dios mio! ¿El pergamino?
—Está cifrado. El documento prueba de una vez por todas que en el continente
americano vivían ya descendientes de vikingos cuando Colón llegó allí empujado por
el viento.
—¿Entiendes algo de lo que dice el texto? —pregunta Laura.
—Ni una palabra.
Con los mofletes colorados, Miranda sale corriendo con el pergamino en una caja
de cartón.
6
TODOS nuestros miedos tienen su origen en algo que amamos, dijo el monje
dominicano Tomás de Aquino. Yo añadiría que el miedo al dolor y la muerte ocupa un
puesto más alto en la lista.
En el momento en que Laura y yo salimos de la Biblioteca del Congreso, nos
recibe una cálida ráfaga de viento y los descubro entre la nube de polvo que se
levanta.
En las calurosas estepas africanas, las gacelas desarrollan una visión en túnel en el
momento en que las atacan los leones. Yo consigo distinguir cuatro figuras, cuatro
hombres. Cuatro hombres que abandonan tranquilamente sus puestos de guardia y se
aproximan a su objetivo como misiles termoguiados, cada uno desde una dirección.
—¡Más rápido! —le digo a Laura, a pesar de que me está costando avanzar tan
rápido como ella. Me aferro a mis muletas, al menos tengo algo con que golpearles.
Están a unos diez o quince metros de distancia. Ninguno de ellos es Hassan, pero
son grandes, son árabes y van vestidos con traje.
—Laura…
Ella baja el ritmo.
—¡Corre, Laura! ¡Corre!
Laura arquea las cejas.
—¡Bjørn! ¡Sinceramente!
Me tengo que detener para conseguir meter las manos en el bolsillo de la chaqueta.
Mis dedos se cierran en torno a la alarma antiviolencia.
Laura mira elocuentemente a su alrededor para asegurarse de que no me estoy
imaginando cosas: dice que he visto demasiadas películas de acción.
Ni siquiera repara en ellos.
Con sus trajes elegantes, sus camisas blancas y sus corbatas, se mueven hacia
nosotros como camaleones invisibles.
Aprieto el botón contra el pánico.
—¡Corre! —le susurro por última vez.
—No seas tonto.
Están a cinco metros de distancia. Agarro con fuerza las dos muletas, pero me doy
cuenta de que son armas miserables: están hechas de un metal ligero, y además son
huecas.
—Huy, qué frío hace. —Laura se cierra el abrigo.
Hasta que uno de los hombres se coloca a nuestra altura y nos muestra sus armas
ocultas, no se da cuenta de que incluso los paranoicos pueden tener razón.
La cara se le petrifica y resquebraja.
—Vamos —dice uno de los hombres, con un acento que le hace parecer la parodia
de un bandido—, ¡acompañadnos!
El corazón me late con tanta fuerza que siento un pitido en el oído.
¿Qué harán si pido auxilio? ¿Me pegarán un tiro?
Dos de ellos me agarran por debajo de los brazos y otros dos sujetan
discretamente a Laura.
Un ojo no adiestrado ni siquiera se daría cuenta de que nos están secuestrando.
Los hombres nos conducen hacia la Independence Avenue. Son discretos y están
tan bien entrenados que, en el mejor de los casos, un testigo creería que estaba viendo
un arresto camuflado. Si es que llegaba a darse cuenta de algo.
Una furgoneta negra con cristales obscuros pega un frenazo delante de nosotros. A
Laura y a mí nos meten en el asiento trasero; dos de los truhanes se sientan junto al
conductor y otros dos se sientan detrás, con Laura y conmigo.
El vehículo sale disparado.
No dicen ni una palabra mientras nos conducen por las calles del centro.
He intentado preguntarles quiénes son y qué están haciendo, como si cupiera la
más mínima duda, pero no he recibido respuesta. Ni siquiera me piden que me calle.
Todos se quedan petrificados cuando, en un semáforo, nos alcanza un coche de la
policía con las sirenas puestas, pero pegan un acelerón y siguen por la avenida.
A mí me tiembla el cuerpo y Laura tiene problemas para respirar.
El chófer se va abriendo paso entre el denso tráfico y, al cabo de un rato, la
furgoneta gira bruscamente a la derecha y se mete en el aparcamiento de un hotel.
A Laura y a mí nos llevan hasta un ascensor que nos conduce a la tercera planta.
El hombre que iba al volante de la furgoneta introduce la tarjeta en la cerradura de la
puerta. Se enciende una luz verde y entramos.
7
HASSAN nos espera sentado en un sillón orejero.
Incluso cuando está sentado, resulta gigantesco y amenazador.
Me tiemblan las rodillas. Dios sabe lo que Hassan será capaz de hacer cuando está
impaciente y de mal humor.
Me mira como si fuera mi terapeuta y yo hubiera llegado en mal momento.
Uno de los hombres nos registra y, al encontrar la alarma antiviolencia, la arroja al
suelo sin mirarla. Piensan que es un teléfono móvil.
Dos de los hombres conducen a Laura a un sofá. Yo me dispongo a seguirlos con
mis muletas en un vano intento de protegerla, pero uno de los gánsters me retiene.
Laura está a punto de echarse a llorar; me mira con ojos asustados.
—Señorita Kocherhans —dice Hassan—. Me alegra que haya tenido ocasión de
hacernos una visita.
Laura rompe a llorar.
8
ES LA SUITE más grande en la que he estado nunca. El salón tiene tres puertas cerradas
que dan a habitaciones contiguas.
Dos de los bandidos me agarran por debajo de los brazos y otro se hace cargo de
mis muletas.
Medio me conducen, medio me llevan a rastras a una habitación aledaña.
Donde está Stuart Dunhill.
Con la mirada, Stuart hace salir a los gorilas.
Silencio.
—Me alegro de volver a verte, Bjørn.
Me indica un sofá junto a la ventana. Apoyo las muletas contra un sillón de felpa y
me siento pesadamente en el sofá.
—Siento haberme ido de Roma sin avisar —le digo. Trato de hablar con voz
firme, pero al oírme me doy cuenta de que parece como si estuviera a punto de
echarme a llorar—. No estaba del todo seguro de no figurar en la misma lista que
Luigi.
—Créeme cuando digo que Luigi me gustaba.
—No tanto como para impedir que lo mataran.
—Yo no, Bjørn. Yo no. Ya sabes cómo son las cosas. Jugaba a dos bandas. Luigi
sabía lo que se traía entre manos, sabía el riesgo que corría al desafiar al jeque, pero se
volvió temerario y perdió. El fragmento del documento que intentó venderte ya se lo
había prometido al jeque. Además había más. Ya había engañado al jeque en un par de
ocasiones y este acabó perdiendo la paciencia. Y luego se le metió en la cabeza que
Luigi y tú estabais negociando el precio de los rollos de Thingvellir.
—Qué tontería.
—Tú lo sabes. Yo lo sé. Pero el jeque es muy desconfiado.
—El jeque Ibrahim…
La respuesta cuelga en el aire entre nosotros.
—A finales de la década de 1970, él y la SIS fueron los únicos que me apoyaron.
Cuando todo el mundo se reía de mí y nadie quería colaborar conmigo ni publicar mis
informes, cuando estaba al borde del precipicio, fue el jeque Ibrahim quien me salvó.
Junto con la SIS me ayudó a conseguir un puesto de investigación en el Instituto
Schimmer.
Yo mientras tanto, al otro lado de la ventana, a través del visillo, veo a gente
trabajando en una oficina diáfana, al otro lado de la calle.
¿Dónde se habrá metido la policía?
—Tuve que buscarme un refugio profesional —continúa Stuart—. No era más
que un arqueólogo idiota, alcoholizado y ridiculizado, que por casualidad se había
encontrado con uno de los grandes enigmas de la historia de la arqueología.
—Tampoco lo encontraste por casualidad. Sabías lo que estabas buscando.
—La mayor parte de lo que te conté es verdad. Créeme. Al menos te he
protegido… de ellos.
—Háblame de él. ¿Quién es el hombre que me persigue?
—El jeque Ibrahim… ¿Por dónde empezar? Algunos lo consideran un líder
religioso, otros un filósofo o un fanático. Nadie le conoce. Es de los Emiratos, donde
posee valiosos pozos de petróleo. Es inmensamente rico y una persona muy ecléctica.
Su interés por los manuscritos antiguos no se fundamenta sólo en una manía
coleccionista ni en su interés por el dinero. Tiene la idea de que los judíos y los
cristianos deben reconocer a Mahoma como… No sólo como un profeta, sino como el
más importante de los profetas. El jeque es una paradoja viviente. Es profundamente
religioso, pero también está obsesionado con la riqueza y el poder. Posee la colección
privada de arte antiguo más grande del mundo. Su biblioteca es enorme. Es cínico y
calculador, pero al mismo tiempo dona millones a clínicas veterinarias en Canadá o a
escuelas infantiles en Somalia. Es culto y ha leído y reflexionado mucho, pero al
mismo tiempo dirige sin contemplaciones varias organizaciones financieras que son
propietarias de un buen número de compañías multinacionales. El jeque es un hombre
sin escrúpulos. No rehúye ningún medio para alcanzar sus fines. Y contrata a gente
que sabe que tiene cojones.
—A asesinos —digo. Stuart asiente pensativo con la cabeza—. Y a ti.
—Y a hombres como yo…
—¿En qué consiste su biblioteca?
—La biblioteca del jeque contiene una colección de manuscritos excepcional. Allí
puedes encontrar copias tempranas de la Biblia y el Corán, por ejemplo, o uno de los
escritos originales del Cantar de los Cantares. Salomón también es profeta para la fe
musulmana.
—¿Cómo se interesó por Snorre? ¿Por el clérigo Magnus? ¿Y por mí?
—A principios de la década de 1970, el jeque compró todo lo que pudo en los
mercados legal e ilegal de coleccionistas de manuscritos, cartas, pergaminos, mapas y
documentos. Fue así como se topó con una copia de un fragmento de lo que se
conoce como la Copia Vaticana, que es la traducción al copto de la carta que Asim
intentó mandar al califa de Egipto cuando estaban en Normandía con el duque
Ricardo, pero que el Vaticano confiscó y traspapeló en sus archivos.
—¿Un manuscrito distinto al que encontramos en Thingvellir?
—Otra versión, sí. El jeque mandó traducir el texto y se obsesionó con encontrar
el original. Cuando se enteró de mis hallazgos en Egipto, enseguida se dio cuenta de la
conexión.
—¿De qué manuscrito original estás hablando?
—¿De veras que aún no lo has entendido? Asim copió los textos en papiro que
robaron los vikingos en la cámara mortuoria de Egipto.
—Y los rollos de Thingvellir…
—… son la copia en hebreo de los mismos textos, junto con una nueva traducción
al copto.
—El clérigo Magnus no sabía nada de todo esto.
—Es cierto, pero por pura casualidad se había hecho con un documento
antiquísimo, el códice de Snorre, que contenía una pista que el jeque llevaba
veinticinco años buscando. En el códice había mapas y códigos que conducían a
muchos lugares diferentes, desde las cámaras mortuorias en Noruega hasta la cueva de
Thingvellir donde Snorre escondió la copia de los manuscritos de Asim.
—El clérigo Magnus no tenía ni idea de lo que había encontrado.
—No lo sabía con exactitud, no sabía cómo interpretar el texto y los mapas, pero
entendió lo suficiente como para saber que el códice valía muchos millones de dólares
en el mercado negro. Por eso el clérigo Magnus se puso en contacto con nosotros.
—No te creo.
—El clérigo Magnus necesitaba dinero. Bueno, quizás él no, pero su iglesia sí. Un
órgano nuevo, más obras de arte para las paredes. El clérigo Magnus quería vendernos
el códice.
—Sigo sin creerte.
—A lo largo de los años, el clérigo Magnus fue reuniendo un número nada
desdeñable de pergaminos y documentos islandeses que le fue vendiendo el jeque.
Ninguno de ellos tenía demasiado valor histórico ni económico. Pero ¿crees que un
cura se puede permitir conducir un BMW de tracción en las cuatro ruedas? Creo que
no vendió nada para lucrarse personalmente —continúa Stuart—. Aunque se compró
un coche bueno, creo que lo que realmente quería era conseguir fondos para su
iglesia, la investigación, la parroquia y la Asociación de Amigos del Instituto Snorre.
Y tal vez le pareciera más emocionante venderle los documentos al jeque que entregar
los objetos históricos al Instituto de Manuscritos.
Permanezco en silencio.
—Conocí al clérigo Magnus a finales de los noventa —dice Stuart—.
Participábamos en un congreso en Barcelona sobre la temprana expansión e
importancia de la minúscula carolingia en los manuscritos medievales. Me gustaba…
—¡Lo matasteis!
—Se puso en contacto conmigo unos meses más tarde. Tenía unos pergaminos y
se preguntaba si me interesaría echarles un vistazo. Supongo que sabía que yo tenía
relación con el jeque. Así comenzó nuestra colaboración.
Baja la mirada y continúa:
—Lo que pasó en esta ocasión, y fue un craso error, es que se arrepintió. Se dio
cuenta de que estaba a punto de ir demasiado lejos: el códice de Snorre era un tesoro.
Así que cambió de idea y te llamó a ti. Necesitaba apoyo. Estaba desesperado. Cuando
fuiste a verlo a Reykholt, se había retractado del negocio, había anulado toda la
operación.
—A pesar de eso, lo teníais aterrorizado.
—El clérigo Magnus sabía perfectamente que estábamos en camino y lo que
queríamos. Afirmaba que ya no tenía el códice en su poder, que lo había entregado al
Instituto de Manuscritos.
—¿Por eso lo matasteis?
—Murió de un ataque al corazón. ¡Lee el informe del forense!
—¡Le metisteis la cabeza debajo del agua, joder!
—Hassan se puso algo violento. Es su naturaleza… Tenía permiso para ofrecerle al
clérigo Magnus grandes cantidades de dinero, pero el párroco se negó. Hassan tuvo
que… animarlo. Es que Hassan se toma muy en serio su trabajo. Pero nadie mató al
clérigo Magnus. Hassan lo obligó a desvelar dónde había escondido el códice, eso sí,
pero no le quitó la vida. No directamente. Se les murió entre las manos.
Dejo que la débil explicación se desmigaje entre nosotros, y Stuart empieza a
sentirse incómodo. Le dejo sufrir, pero finalmente pregunto:
—¿Cómo sabíais que Thrainn y yo estábamos en Thingvellir?
—Hassan te tuvo controlado mientras viviste en la Casa de Snorre, pero cuando te
mudaste al hotel de Reikiavik te perdieron de vista por un tiempo. Empezaron a
investigar y averiguamos que tenías contacto con el catedrático Thrainn Sigurdsson.
Así que llamamos al instituto y nos hicimos pasar por colegas. Un secretario del
instituto reveló dónde estabais.
—¿Y en Noruega? Sabíais perfectamente dónde estaba.
—No es tan difícil, al menos si cuentas con gente suficiente. Varios de los
hombres del jeque provienen de los servicios secretos. Utilizaron todo tipo de equipos
para encontrarte: cámaras infrarrojas de vigilancia, búsqueda GPS, tu teléfono móvil.
El problema fue que nunca llevabas el móvil, y que hacías cosas imprevisibles. No
eres fácil de seguir, Bjørn.
—Pero en Lom me encontrasteis, y allí tampoco llevaba el teléfono móvil.
—Pero tu colega Øyvind sí.
—¿Por qué nunca me encontrasteis en Nesodden?
—Sabíamos que estabas allí, pero nunca conseguimos localizar la casa en la que te
alojabas. Los equipos no son tan avanzados.
—Así que realmente erais vosotros a quienes vi…
—Seguíamos tu coche con el GPS…
—¡Los emisores que encontré!
—Pensamos que los buscarías, así que colocamos cuatro emisores distintos en tu
Citroen. Suponíamos que encontrarías dos de ellos, pero que nunca encontrarías los
otros dos. Así fue como te encontramos en Ringebu.
—Donde matasteis al párroco e incendiasteis la iglesia.
Suspira.
—Otro accidente.
—¿Accidente? ¡Yo estaba allí! ¡Vi lo que pasó, Stuart!
—Los chicos del jeque son algo brutos. Estas cosas pasan. Desgraciadamente. El
jeque se puso furioso cuando se enteró.
—¡Ahórramelo! Los asesinos, asesinos son.
—Les pagan increíblemente bien por encargarse del trabajo sucio del jeque.
—Pero ¿ninguno de ellos averiguó lo mismo que yo?
—Tú tienes un talento único, Bjørn. El jeque está impresionado contigo. Aunque
tenía a un batallón de expertos a su disposición, no consiguieron descubrir los
patrones de los signos. Tal vez sea porque eres noruego; quizá tu cerebro está
configurado de tal modo que ves patrones que a los demás se nos escapan, pero ante
todo se debe a que tienes un talento único.
No respondo a su torpe intento de adularme.
—Cuando llegaste al Instituto Schimmer elegimos una nueva táctica. Yo mismo.
Sabíamos que te pondrías en contacto conmigo, al fin y al cabo soy el mayor
especialista del mundo en la expedición de los vikingos por el Nilo. En vez de mandar
a sus orcos al Instituto Schimmer, el jeque dejó que yo me encargara de ti. Al
compartir contigo prácticamente todo lo que sé sobre estos secretos, me gané tu
confianza, al menos por un tiempo.
—¿Así que el jeque no tenía a nadie en el Instituto?
—Me tenía a mí, y a un tipo que te vigilaba en tu habitación. Colocamos una
cámara y un micrófono en la lámpara. Su misión era encargarse de ti, averiguar lo que
sabías. Por otra parte, el jeque pagó a un puñado de investigadores para que
estudiaran los artefactos, como la talla de san Lorenzo.
—La última noche dijiste que el jeque había enviado a más hombres al Instituto
Schimmer…
—Un farol, lo siento. Cuando simulé recibir una llamada de la SIS diciendo que los
hombres del jeque estaban en camino, en realidad me llamaban de la recepción para
avisarme de que la ropa que había entregado a la lavandería estaba lista. El hecho de
que por casualidad te toparas con la talla de san Lorenzo y decidieras contármelo me
permitió unirme más a ti.
Inspiro profundamente y retengo el aire. ¡Lo cándido que se puede llegar a ser!
Debería haberlo entendido desde el primer momento en que nos conocimos.
—Me llevaste a Egipto, a la cámara mortuoria, a «La ciudad olvidada», a Roma.
Me pusiste en contacto con Luigi. ¿Por qué?
Stuart se levanta y luego se vuelve a sentar. Si no supiera que no es así, habría
pensado que tenía problemas de mala conciencia.
—Pues, Bjørn, porque tenía la esperanza de que consiguieras averiguar todo lo
que yo nunca averigüé. ¡No conseguía avanzar! Tenía el regazo lleno de pedazos que
podían formar un jarrón, pero sólo tú podías recomponer las piezas. Al cebarte de
información, esperaba que pudieras ayudarnos a avanzar.
—Pero lo que quisiste todo el tiempo fueron los rollos de Thingvellir…
—Por supuesto.
—¿Qué contiene ese manuscrito que es tan importante para el jeque?
—Eso no puedo revelarlo.
—El Instituto Schimmer. Egipto. Roma. Eras tú quien me vigilaba.
—El jeque envió a un puñado de agentes que me ayudaban, pero estuviste siempre
bajo mi protección, Bjørn. Créeme… Nunca quise hacerte daño. Quería que me
prestaras tu talento. Que los gorilas del jeque mataran a Luigi fue una equivocación.
—Una equivocación…
—Evidentemente debieron esperar a que termináramos con el trabajo en Roma
antes de encargarse de Luigi… Luego tuvimos problemas. Nos dimos cuenta de que
estábamos perdiendo el control. Cada vez te rodeabas de más policías y guardas de
seguridad, así que decidimos mantener el perfil bajo, pero cuando la SIS y las
Autoridades de Patrimonio reunieron a la flor y nata de los expertos internacionales
para investigar la cueva de santa Sunniva, vimos la oportunidad para infiltrarnos en el
proyecto. Conseguimos introducir a tres de nuestros hombres en las excavaciones.
Desgraciadamente, fueron un desastre como ladrones de tumbas.
—¿Y aquí en Estados Unidos?
—Bjørn, tienes que entenderlo… ¡Estabas más vigilado que un agente de la CIA
sospechoso de ser un espía! El jeque tiene hombres por todas partes. En el Instituto
Schimmer, en la SIS, con las Autoridades de Patrimonio. Sabíamos perfectamente que
Laura trabajaba para ti. También sabemos que los custodios, en su momento, se
llevaron la momia y los textos de Islandia y Groenlandia y que la trasladaron aquí, a
Vinland.
—¿Y ahora? ¿Ahora qué?
—Los rollos de Thingvellir pueden hacerte inmensamente rico.
—Inmensamente rico… —Repito las palabras con un toque de distancia irónica.
Con el dinero me pasa lo mismo que con las mujeres. Los deseo sobre todo con la
imaginación.
—Piénsatelo. Una vida de lujo. Un chalet con piscina. Coches deportivos.
Vacaciones en la Riviera francesa y en el Caribe. Vinos buenos. Solomillos. Mujeres
hermosas.
Un hombre normal habría jugueteado con la idea; yo, en cambio, me enfado.
Stuart piensa que mi silencio supone una madura valoración.
—El jeque está dispuesto a pagarte diez millones de dólares por los rollos de
Thingvellir.
—Diez millones de dólares. —Saboreo la suma—. ¿Qué puede tener un texto para
ser tan valioso?
—¡Diez millones de dólares!
—No tengo ni idea de dónde están.
Y ni siquiera es una mentira, no es más que un pequeño rodeo a la verdad.
—¿Quince millones?
Sacudo la cabeza.
—Para decir la verdad…
El FBI no llama a la puerta. Entran con ella.
Con un tremendo estruendo, revientan la puerta de la habitación contigua con un
ariete. Se detona una granada de shock. Botas que corren. Voces fuertes.
—FBI! Down! Down! Down! FBI!
En Roma aprendí cómo entran en una habitación las fuerzas de asalto de la policía.
La táctica es la misma por todas partes. Llegan cuando menos te lo esperas. Lo hacen
rápidamente, son implacables y montan un jaleo terrible.
—Down! Down! Down!
Ni Stuart ni yo nos movemos.
Abren la puerta de la habitación de una patada. Entran tres policías armados.
—FBI! Down! Down! Down!
No es una sugerencia. Nos están amenazando con la muerte repentina en caso de
que no hagamos como nos dicen.
—¡ FBI! —vuelven a chillar por si fuéramos sordos o inverosímilmente torpes.
Stuart alza las manos.
—Esto tiene que ser una equivocación…
—Down! Down! Down!
Stuart se tumba reticentemente en el suelo, como si estuviera más allá de su
dignidad. Me mira. Luego separa los brazos y las piernas.
—Cleared! —chilla uno de los hombres del FBI.
Los agentes de policía llenan la habitación. Algunos de ellos parecen guerreros de
una nave espacial intergaláctica. Unos llevan anoraks donde aparece « FBI» escrito en
grandes letras amarillas, otros llevan un M15, otros escopetas de repetición, algunos,
pistolas. Los últimos que entran son los agentes vestidos con traje.
—¿Señor Beltø? —pregunta uno de los agentes.
—Yes, sir!
Me ayuda a levantarme y me pasa las muletas.
—Quisiéramos hablar un rato con usted.
9
LAURA y yo nos pasamos el resto del día en el FBI.
No va a ser fácil encerrar a Hassan, Stuart y el resto de la banda por homicidio e
intento de homicidio en tres países europeos distintos. Pero, a excepción de Stuart,
son todos ÁRABES, MUSULMANES, Y LLEVAN ARMAS para las que no tienen licencia.
—Terroristas islámicos —repito una y otra vez.
No sé qué les va a pasar a Stuart y sus compañeros, pero me extrañaría que los
soltaran de buenas a primeras.
Cuando por fin hemos acabado con la policía, Laura y yo salimos a la noche de
Washington. Cenamos en un restaurante japonés de comida rápida y luego cogemos
un taxi de vuelta al hotel.
10
AL DÍA siguiente, me compro un teléfono móvil que registramos a nombre de uno de
los amigos de Laura. Le envío el número al puñado de personas en las que confío.
Terje Lønn Erichsen es una de ellas.
Empleamos todo el día siguiente en descifrar el código.
Les he enviado las fotografías del pergamino y, con una impresión cada uno, nos
pasamos todo el día en el Messenger probando diferentes claves y combinaciones. A
pesar de que las cartas del Caribe se escribieron varios siglos más tarde que los
códigos de las iglesias medievales, el lenguaje que utilizan es exactamente el mismo.
Las palabras van cifradas alternativamente en una combinación de César-7 y
César-8, y una de cada tres palabras está escrita al revés.
Es un documento notable.
11
EN LA BIBLIOTECA encontramos montones de libros sobre la historia de Santo
Domingo y nos ponemos a buscar.
A media mañana llamo al profesor Llyleworth de la SIS para ver si puede
ayudarnos. A juzgar por su tono de voz, diría que la conexión con Santo Domingo le
da una idea.
—¿Habéis investigado algo en torno al Palacio Miércoles?
Siento una ráfaga de esperanza. He oído hablar del mítico Palacio Miércoles de
Santo Domingo.
—Esteban Rodríguez, al que conozco un poco, es un aristócrata bastante
excéntrico. ¡Comprobadlo! —dice Llyleworth.
En una obra de 1954, Los diez palacios más grandes del mundo, Laura encuentra
un capítulo sobre el Palacio Miércoles. El magnífico edificio es un palacio renacentista
de quinientos años de antigüedad que se encuentra en un gran parque a las afueras del
casco viejo de Santo Domingo. Según el folclore local, el palacio fue construido por
Cristóbal Colón, cosa que no puede ser verdad, puesto que Colón ya había muerto
cuando dieron comienzo las obras de construcción. Su hermano Bartolomé, en
cambio, sí estuvo implicado cuando se consiguió el terreno para el palacio en un
bosque a las afueras de lo que entonces era el centro de la ciudad. Hoy en día, el
palacio es como un oasis en el centro de la enorme urbe.
En el artículo se dice brevemente que la familia Rodríguez, que vive en el Palacio
Miércoles, ha sido muy perseverante en su esfuerzo por proteger su pasado. Según el
texto, los Rodríguez eran una familia de aristócratas que siguieron al hermano de
Cristóbal Colón, a Bartolomé, en una de las expediciones al reino recién descubierto.
Luego se hace referencia a ciertas especulaciones que insinúan que la riqueza de la
familia Rodríguez tiene su origen en los restos de los tesoros perdidos de los
caballeros templarios, que la reina Isabel los sobornó para que no revelaran un secreto
sobre sus orígenes, que el rey Enrique VIII de Inglaterra financió el Palacio Miércoles
para mantener a la familia lejos de Europa después de un escándalo y que Leonardo
da Vinci convenció a la dinastía Sforza, de Milán, para construir el palacio como parte
de un plan para establecer una cabeza de puente aristocrática en el nuevo mundo. Pero
lo cierto es que nadie sabe gran cosa sobre los orígenes de la familia Rodríguez antes
de que, en el siglo XVI, llegaran a Santo Domingo, construyeran el Palacio Miércoles,
se mudaran a él y cerraran las puertas con un portazo que aún resuena en la historia.
Miércoles.
La palabra española proviene del dios romano Mercurio, que es el mismo dios que
el Wotan germánico (Woden, Wôdinaz) y que el Odín de los antiguos nórdicos. En
inglés Wednesday, miércoles, es una derivación de Wednes dæg, del mismo modo que
en noruego onsdag, miércoles, viene de Odins dag, el día de Odín.
El Palacio Miércoles.
El Palacio de Odín.
Laura señala una gran fotografía en blanco y negro del escudo de la familia de
aristócratas, los Rodríguez, que tanto evitan el contacto con la gente.
Rodeados de dragones, leones y serafines, descubro los tres símbolos.
Ankh, ty y cruz.
INTERLUDIO
La historia de Bård (III)
Olav luchó con arrojo y valentía. Atacó con su hacha a Torgeir de Kvistad y
lo alcanzó en la cara partiéndole la visera de nariz de su casco; la cabeza
quedó cortada bajo los ojos, casi cercenada.
SNORRE
EVANGELIO DE JUDAS
SE ESTREMECIÓ en la húmeda celda del monasterio y se ajustó la capa a su alrededor.
Mojó la pluma recién afilada en el tintero. Por la noche, cuando bajaba el sol, escribía
a la pálida luz de dos velas de sebo que los monjes le cambiaban cada mañana. El olor
del sebo derretido se mezclaba con el fuerte olor a tinta y los aromas a pescado, col
cocida o carne de oveja que subían desde la cocina. De vez en cuando oía la risa de
los monjes, que siempre le provocaban una sonrisa, y más tarde cerraba los ojos para
escuchar sus bellas voces cuando se reunían para sus cantos nocturnos. La niebla del
mar había borrado el contorno de las islas, las montañas y el gran mar al otro lado del
ventanuco. Con frecuencia, al atardecer, recordaba los sentimientos que lo
embargaron en la nave cuando, tras todos aquellos años, por fin viajando como
vikingo:
EL ÚLTIMO CUSTODIO
Moisés alzó el cayado y golpeó las aguas del río en presencia del Faraón y
de sus servidores, y las aguas del río se convirtieron en sangre.
ÉXODO
La República Dominicana
1
LA VIDA está llena de sonidos.
A través de la ventana cerrada escucho el tráfico de la calle como un lejano
zumbido. El aire acondicionado resuena. Se oye un portazo. Risas. La puerta de un
ascensor hace pling.
Estoy sentado en el borde de la cama de la habitación del hotel, rodeado de mapas
y guías turísticas. El hotel no es de los más baratos, pero tampoco lo pago yo.
Le he enviado un SMS a Laura para avisarle que he llegado bien. Su misión ha
acabado. Aunque a mí me habría gustado que viniera conmigo a Santo Domingo, la
SIS pensaba que lo más seguro para ella era volver a Londres.
Es evidente que soy alguien a quien se puede sacrificar.
«Stuart, Hassan y los pistoleros del jeque están en la cárcel —me escribe Laura—.
El FBI los ha acusado de secuestro y terrorismo».
Al salir del hotel, abordo un taxi hasta el Palacio Miércoles, a las afueras del casco
viejo, no lejos de la Catedral Primada de América, la primera catedral católica del
continente americano.
El palacio está rodeado por un parque tan extenso que apenas se vislumbra el
edificio entre los árboles centenarios. Por aquí y por allá relumbran estanques con
curvos puentes de piedra. Alrededor del parque hay una valla de casi cuatro metros de
altura; está formada por lanzas de hierro dispuestas entre elaboradas columnas de
ladrillo con frisos decorados con motivos bíblicos.
El Palacio Miércoles se empezó a construir en el siglo XVI, pero no estuvo acabado
hasta un siglo más tarde. Según la guía que compré en el aeropuerto, el Palacio
Miércoles y sus jardines se emplearon como modelo cuando se diseñó Versalles.
Hoy en día, Esteban Rodríguez es el dueño del Palacio Miércoles. Se trata de un
filántropo reservado, que de vez en cuando aparece en reuniones reales en Europa —
siempre como amigo de algún rey o príncipe—, pero que por lo general se mantiene
alejado de los focos de atención. La familia ha financiado hospitales, iglesias y
colegios en el tercer mundo a través de la Fundación Miércoles, con base en
Washington, D. C. y prácticamente desconocida. Esteban Rodríguez está casado con
Sophia Goldsmith, que estaba a punto de triunfar como actriz cuando conoció a
Rodríguez en 1958. Han tenido dos hijos: a Javier en 1964 y a Graciela en 1968.
Avanzo cojeando esforzadamente con la ayuda de las muletas a lo largo de la
desproporcionada valla hasta llegar a la verja principal, que está cerrada y custodiada
por guardas vestidos con unos peculiares uniformes. Busco un timbre o un portero
automático, pero no da la impresión de que los habitantes del Palacio Miércoles estén
demasiado interesados en dejar pasar a los vendedores ambulantes, los turistas o los
misioneros. Intento llamar la atención de uno de los guardas, pero están
acostumbrados a ignorar a los curiosos.
Al final me rindo y vuelvo al hotel.
Por la noche, escribo una carta a mano en el grueso papel de cartas del hotel: va
dirigida al «Señor Esteban Rodríguez, Palacio Miércoles». Le hablo de mí mismo y de
mi misión y le ruego humildemente que me conceda una cita. Debería haberlo llamado
«audiencia».
Entrego el sobre en la recepción y les pido que envíen a un mensajero con la carta
al Palacio Miércoles. El conserje, por lo demás tan correcto, arquea la ceja un par de
milímetros y dice:
—Por supuesto, señor, ahora mismo.
2
A LA MAÑANA siguiente me despierto cuando llaman a mi puerta.
Busco a tientas las gafas y me las coloco en la nariz. Son las ocho. Consigo
ponerme los pantalones y abro la puerta.
Al otro lado hay tres hombres. Reconozco al recepcionista, pero detrás hay dos
hombres de treinta y tantos años, impecablemente vestidos.
—Señor Beltø —dice el recepcionista con la voz aturdida—, estos caballeros son
del Palacio Miércoles.
Los dos hombres hacen una leve reverencia. Uno de ellos me tiende una hoja que,
en la parte superior, tiene el escudo familiar de los Rodríguez impreso en oro. El
mensaje está escrito a mano.
Devotamente,
ESTEBAN RODRÍGUEZ
3
SE HA DETENIDO sobre la alfombra roja y me contempla. Él sonríe y yo me quedo con
la boca abierta. Nos quedamos mirándonos mutuamente.
No es la primera vez que lo veo.
Estuve con él en el club de caballeros de Luigi, en Roma.
Esteban Rodríguez es el distinguido caballero de melena larga que sostuvo mi
mano durante tanto tiempo.
Me limito a decir:
—¿Tú?
Su sonrisa es como una enorme cicatriz.
—Nos conocimos en Roma —digo, sobre todo para llenar el silencio mientras él
viene hacia mí. Nuestras manos vuelven a estrecharse y de nuevo me mira a los ojos.
Esteban Rodríguez lleva el pelo recogido detrás de las orejas. Tiene la cara afilada
e intensa; me recuerda a una estrella de cine de la década de 1940 de la que no
recuerdo el nombre. Va vestido como si esperara una inminente invitación a cenar en
casa del gran Gatsby.
—He seguido tus pasos. —Su voz tiene un agradable tono de barítono y habla
inglés con un ligero acento español—. Eres un perro de pelea muy terco. Un terrier.
Un pitbull. De esos que muerden su presa y ya no la sueltan.
Chasquea los dedos en el aire y se materializa en la sala una sirvienta con una
bandeja con dos copas de coñac.
—Un buen comienzo del día —dice—. Alzamos las copas y el coñac me araña la
garganta y se me acurruca en la tripa.
Hace rotar la copa de coñac en la palma de la mano y, al aspirar el aroma, le vibran
sus estrechas fosas nasales.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Quién eres en realidad?
—¿Quién soy yo…? —responde, con una expresión juguetona, medio
interrogativa—. La mayoría de la gente puede rastrear sus ancestros cuatro o cinco
generaciones atrás. ¿Cuánta gente sabe algo sobre sus tatarabuelos? Quienes están
interesados en las líneas familiares consiguen remontarse hasta sus antepasados de un
par de siglos atrás, tal vez hasta el siglo XVI. En Noruega, el registro más antiguo que
se conserva es del año 1623, de una iglesia. En mi biblioteca, tengo una genealogía
donde puedo seguir mi línea familiar, nombre por nombre, hasta el año 930.
—¿Dijiste Noruega?
—Por supuesto.
Me quedo largo rato mirándolo y una certeza empieza a surgir en mí.
Al otro lado de las ventanas, una brisa acaricia los árboles y la hojarasca se eleva
contra el viento.
—Nací en la cuarta planta del palacio. Mi madre era una aristócrata cubana muy
conocida por su belleza y su voz de canto. Mi padre la vio en un baile y le envió un
mensajero con unas líneas invitándola a comer. Naturalmente, vino. Nadie dice que no
a una invitación al Palacio Miércoles. Mi padre era rubio, de piel clara y ojos azules.
Mi madre tenía los ojos de color nuez, el pelo negro como el carbón y la piel dorada.
Siempre me ha sorprendido que los genes de mi padre triunfaran sobre los de mi
madre. En la parte masculina de mi familia, siempre ha sido así. Hay cierta terquedad
en nosotros.
—¡Eres un custodio!
Apura el resto del coñac de un largo trago y cierra los ojos al inhalar el aire fresco.
—¡Eres el último custodio!
—Me he tomado la libertad de saldar tus cuentas en el hotel y de traer tus cosas
aquí al palacio. Te he preparado una habitación en el ala de invitados. Espero que
aceptes mi invitación.
—Nadie dice que no a una invitación al Palacio Miércoles.
Nos sentamos a la mesa y la sala se llena inmediatamente de sirvientes con
panecillos calientes, mermelada, huevos revueltos y queso. Una vez que hemos
comido y nos hemos bebido el zumo de naranja recién exprimido, me conduce a
través de largos pasillos, hasta llegar a una habitación de invitados que es más grande
que todo mi piso, allá en Grefsen. Mi maleta está colocada en medio de la habitación.
Entre las ventanas se alza una cama con dosel, tan grande como para celebrar una
orgía con la que no me atrevo sino a soñar. Dos conjuntos de sofás y sillones estilo
Luis XVI. Servicio, baño y vestidor separados. Pesadas cortinas cubren las ventanas
que dan al parque y en una pared hay una colección considerable de libros encerrada
detrás de dos puertas de cristal pulido.
Le envío un SMS al profesor Llyleworth contándole dónde estoy. Por alguna u otra
razón recibo respuesta del móvil de Diane:
4
UNA VEZ que me he duchado y he deshecho las maletas, Esteban Rodríguez me enseña
el palacio.
—Me manda saludos para ti Graham Llyleworth —digo.
—¡El profesor! He apoyado a la SIS con algo de calderilla. Es un simpático
caballero.
Paseamos durante más de un hora por numerosas salas, salitas de diversos
tamaños, salones, dormitorios decoradísimos y tocadores; todos ellos enlazados por
un laberinto de largos pasillos entretejidos. Cada cierto tiempo tengo que sentarme a
descansar. Las muletas me dañan las palmas de las manos.
Desde algún lugar del palacio nos llega la lucha a muerte con un clarinete.
—Disculpa —dice Esteban—, la ayudante de cámara de la esposa de mi hijo
forma parte de una banda de música.
Dos salas de baile contiguas, cada una de las cuales tiene el tamaño de una sala de
conciertos, están ricamente ornamentadas. Pasamos por una sala de música con pianos
de cola Steinway, algunos pianos de pared, espinetas, un órgano Hamond B3 y un
arpa dorada. Un gato que está holgazaneando en el banquillo de un piano me dirige
una mirada cargada de la soberbia de un emperador del mundo.
Pero lo más increíble me lo enseña Esteban Rodríguez al final: la biblioteca.
La biblioteca del Palacio Miércoles ocupa toda el ala Oeste del complejo de
edificios. No sólo contiene miles de obras del Renacimiento, el Barroco y el
Romanticismo, sino también miles y miles de manuscritos originales vinculados con el
descubrimiento y la colonización europea de América, desde el siglo XVI en adelante.
Esteban Rodríguez me muestra cartas manuscritas de Cristóbal Colón dirigidas a la
reina Isabel, a clérigos prominentes y a aristócratas.
—Ven —me dice conduciéndome a una vitrina. Bajo una sólida plancha de cristal
veo un pergamino escrito sobre una piel a la que el paso de los años ha teñido de un
color marrón oscuro—. Una carta de los supervivientes de la masacre de Groenlandia.
La carta tendría que haber vuelto con un grupo de cazadores y pescadores desde la isla
de Terranova hasta Islandia, pero el mensajero fue asesinado por los indios y la misiva
acabó en posesión de una familia de colonos. En la carta se relata la huida de
Groenlandia cuando la hermandad de custodios comprendió que el Vaticano los había
detectado y que las tropas del Papa se dirigían en barco a la colonia.
Leo detenidamente el texto escrito en noruego antiguo.
5
—LA PRIMERA piedra del Palacio Miércoles fue colocada por Bartolomé Colón.
La tarde está ya avanzada. Esteban Rodríguez está recostado en una silla de
mimbre en una de las terrazas con vistas sobre el parque. Cuando enciende un puro,
una ráfaga de aire se lleva los copos de gris ceniza de la brasa. El aire huele a mimosas
y un charrán se desliza sobre la brisa marina. El jardinero ha conectado los aspersores
del riego automático que otorgan al ambiente un toque de humedad.
—Las fuerzas coloniales españolas se establecieron aquí en Santo Domingo
cuando Cristóbal Colón llegó por primera vez a América.
—Los rumores cuentan que tu familia llegó aquí con él.
—Supongo que ya has deducido la relación.
—Eres el último custodio.
Le pega una calada a su puro.
—Santo Domingo fue el primer asentamiento europeo en el nuevo mundo, si
decidimos ignorar las expediciones de los vikingos a Norteamérica. Todavía están
discutiendo en qué isla atracó Colón cuando llegó aquí en 1492. Lo que muchos
historiadores se niegan a reconocer es que Colón tenía perfecto conocimiento de las
expediciones de los vikingos a Vinland.
—¿Te refieres a sus visitas a Islandia y Groenlandia en 1477?
—Colón y otros marineros hablaron con pescadores y cazadores de allá que les
contaron historias sobre la tierra al Oeste del horizonte. Colón creía que se referían a
Asia.
—Menudo malentendido.
—El problema es que calculó mal el diámetro del globo terrestre. Colón, al igual
que todo marinero, sabía que la Tierra era redonda, pero se basó en los cálculos del
geógrafo Marino de Tiro y partió de la suposición de que los grados son más cortos de
lo que realmente son. Encima trabajaba con las medidas italianas, de 1238 metros, en
vez de las árabes, de 1800 metros. Basándose en estos datos erróneos, Colón calculó
que el diámetro de la Tierra era de algo más de 25 000 kilómetros y que la distancia de
las islas Canarias a Japón era de 3700 kilómetros, cuando en realidad se trata de una
distancia de casi 20 000 kilómetros. Sus críticos no tenían miedo de que sus naves se
despeñaran por el borde de la Tierra, sino de que sus marineros murieran de hambre y
sed mucho antes de llegar a Asia.
—Así que América impidió que navegaran directamente hacia la muerte.
—Y permitió que Colón retornara triunfalmente y convencido de que había
navegado hasta Asia. Hasta su tercer viaje, en 1498, no puso pie en el continente
sudamericano, y en América del Norte no estuvo nunca. Regresó a Europa en 1504 y
murió dos años más tarde en Valladolid.
—He leído que encontraron recientemente su tumba.
—Primero enterraron a Colón en Valladolid, luego su cuerpo fue trasladado a
Sevilla y más tarde cruzó el Atlántico hasta llegar a la catedral de Santo Domingo. En
1795, los franceses trasladaron sus restos a La Habana y en 1898 enviaron los restos
de sus huesos de vuelta a la catedral de Sevilla. En 1877, descubrimos aquí, en Santo
Domingo, un cofre con los restos de unos huesos en el que se leía: «Don Cristóbal
Colón». Muchos pensaron que habían trasladado el cadáver erróneo.
—¿Entonces dónde descansa ahora?
—Todo el mundo se equivoca. Está enterrado aquí en el Palacio Miércoles. —Se
me corta la respiración—. Sus familiares lo quisieron así. Establecieron una alianza
con la corte y, en 1569, los restos de Colón fueron enterrados en una tumba del
parque de este palacio. Los restos de los huesos que todo el mundo creía que eran de
Colón eran en realidad de su hijo Diego.
—No entiendo la relación entre Colón y los custodios.
La ceniza de su puro se esparce por el suelo de la terraza como un fino polvo. Una
ráfaga de viento se agarra a su blanca cabellera y él se la coloca tras las orejas.
—Es una larga historia —dice, y apaga el puro—. Una historia que se extiende por
cientos de años.
Y entonces me la cuenta.
LA HISTORIA DEL CUSTODIO
1
LAS MANOS de Esteban Rodríguez forman una lanza al presionar unos dedos contra
otros.
—Para entender la historia de los custodios, lo primero que hay que entender es al
sumo sacerdote Asim. Era un hombre muy culto, en diversas ciencias y líneas de fe.
Instruía a su círculo más cercano, primero en Egipto y más tarde en Noruega, en
religión, mitología y magia. Les enseñaba a interpretar las estrellas, a ver el futuro y a
hablar con los muertos. Enseñaba a codificar los mensajes y a escribir en letras
secretas, a dibujar mapas, a interpretar los sueños y a encontrar los patrones
geométricos sagrados en la naturaleza. Asim era un auténtico místico.
Esteban reclina la cabeza y cierra los ojos. Luego vuelve a incorporarse y me mira
tan bruscamente a los ojos que doy un respingo.
—Asim era un ecléctico: tenía actitudes muy diversas que para nosotros en
Occidente fácilmente pueden parecer irreconciliables. Puesto que era sumo sacerdote,
adoraba a los dioses egipcios, pero Amón Ra debía de ser un dios tolerante, porque
Asim adoraba también a Abraham y a Moisés, a Jesús y a Mahoma. Era astrólogo y
practicaba la brujería y la magia oculta. Al mismo tiempo había leído mucho y hablaba
varios idiomas, además de dominar muchas de las ciencias de su tiempo. Era un
hombre culto y sabio que había consagrado su vida a una única tarea: proteger una
cámara mortuoria que contenía una momia sagrada y los tesoros y escritos que el
muerto se había llevado a la tumba. La momia tenía dos mil quinientos años en
tiempos de Asim, esto es, era ya más vieja de lo que sería el cuerpo de Jesús si
existiera hoy en día. Así que cuando los vikingos atacaron el templo y vaciaron la
cámara mortuoria, profanaron su fe y le robaron la misión de su vida. Asim habría
sacrificado su vida por la momia, pero cuando entendió que las fuerzas enemigas eran
demasiado poderosas, escogió irse con ellas. Al acompañar al ejército enemigo, podía
proteger el objeto sagrado y, con el tiempo, conseguir que todo regresara a Egipto, al
lugar de descanso eterno de la momia en la cámara mortuoria.
—Un proyecto ambicioso.
—Un hombre ambicioso.
—¿Cómo encontró Olav la cámara mortuoria si era tan sagrada?
—Un sacerdote desleal que había sido expulsado del culto de Amón Ra dibujó en
tiempos de Cleopatra un mapa que no sólo contenía la ubicación de la cámara
mortuoria junto al Nilo, sino que indicaba también la entrada al templo y las dos
cámaras mortuorias externas que camuflaban la interior. Probablemente intentó
ganarse a los romanos, pero es plausible que ellos no confiaran en el traidor. Lo que
sabemos es que el mapa acabó en Roma, por medio del esposo de Cleopatra, Marco
Antonio. Más tarde, probablemente por mera casualidad, formó parte del envío de
regalos al rey Athelstan de Inglaterra, que a su vez se lo dejó a su hijo adoptivo Håkon
el Bueno, antes de que el mapa acabara en manos de Olav Haraldsson.
Esteban se restriega la base de la nariz, como si tuviera migraña. Su mirada me
suelta y se deja llevar; es como si se transformara imperceptiblemente en otra persona;
me recuerda a una de las almas perdidas de la clínica para los nervios, a uno de
aquellos que se han extraviado en las profundidades de la locura.
—Estando con el duque Ricardo de Ruán, Asim escribió una carta en la que pedía
auxilio al califa de Egipto. Desde el mismo lugar envió la primera traducción al copto
del manuscrito en papiro de la cámara mortuoria. Algunos años más tarde, ya desde
Noruega, envió al califa otra carta pidiendo auxilio y un mapa, ocultos en una vasija
de cerámica. Pero el servicio de correos en aquellos tiempos no era gran cosa. Las
peticiones de auxilio, el mapa y la traducción del antiguo manuscrito fueron
confiscados uno detrás de otro por el servicio de inteligencia del Papa, que vigilaba
todo correo sospechoso.
Esteban saca otro puro de una caja de madera fina y se lo enciende con
movimientos ceremoniales. Antes de continuar, permanece un rato con los ojos
entreabiertos y disfrutando del cigarro.
—Mientras el rey Olav Haraldsson iba cristianizando Noruega con violencia y
amenazas, Asim permaneció en Selja aguardando a que aparecieran sus compatriotas.
En algún momento debió de entender que nadie iba a acudir en su auxilio a la tierra de
hielo. Entonces trazó un plan, no sólo para proteger la momia, sino también para que
regresara a Egipto.
—¿Qué tipo de plan?
—Fundó una hermandad, una orden de custodios. Los primeros custodios fueron
los monjes guerreros que Asim conocía del monasterio de Selja y algunos hombres
del entorno del rey. La orden estaba compuesta por una mezcla de monjes, poetas
skald, maestros en runas y vikingos que aún llevaban dentro la fe de asa. Y, en esta
mezcolanza, Asim introdujo la mitología copta y egipcia. Asim pensaba que la momia
resucitaría como un dios en forma de hombre. Los cristianos esperaban la
resurrección de Jesús y, más tarde, del rey santo Olav. En aquel auténtico caos de
confesiones religiosas, magia de números, astrología y geometría sagrada, la mitología
egipcia de Asim se concilio con el cristianismo y la fe de Ast de los noruegos. De todo
esto surgió la unión de los símbolos ankh, ty y cruz. La combinación de los tres signos
sagrados sería la marca de la hermandad de custodios, pero también había de generar
una protección mágica transversal a las tres religiones. Asim enseñó a los custodios
religión, astrología y ciencias esotéricas, y estos se sometieron lealmente a su maestro
y juraron consagrar sus vidas a la misión.
Esteban saborea su puro antes de expulsar el humo hacia donde yo me encuentro.
Lo desvío con la mano.
—Al mismo tiempo, Asim tuvo que recurrir a la magia. En la mitología y la
tradición egipcia, era de suma importancia honrar a los dioses construyendo
monumentos en su honor. Como bien sabes, el mundo está lleno de santuarios que
forman patrones mágicos que se nos escapan por completo. Asim consultó a las
estrellas y creó un horóscopo donde consiguió que la geometría sagrada de la tierra se
correspondiera con una constelación que eligió. Al colocar cinco cámaras mortuorias
formando un pentagrama que se correspondía con la constelación de Géminis,
protegió las cámaras mortuorias con una fuerza supraterrenal. Y, como sabes, las
posiciones se dedujeron de los limitados mapas que tenía a su disposición: la cueva de
Sunniva, Nidaros, Hamar, Tønsberg y Bjørgvin. Los sucesores de Asim, los
fundadores de la nación recientemente cristianizada, tardaron bastante más de un siglo
en completar el grandioso plan del maestro. Cuando las construcciones del pacto
estuvieron acabadas, cada una de ellas ocultaba una cámara mortuoria: se trata de la
catedral de Nidaros, la catedral de Hamar, la Casa de Tunsberg y el monasterio de
Lyse.
—¿Y las iglesias de madera? ¿Cómo encajan en este esquema?
—Ese es otro capítulo. Ya llegaré a eso.
Esteban se acerca a un escritorio y saca un desgastado papel en el que se ha escrito
un texto perforando el papel con alfileres.
—El relato del propio Asim. Esto es una traducción un poco defectuosa.
Me tiembla el corazón cuando me tiende la copia en papel:
LA HISTORIA DE ASIM
~ La clave ~
Los cortesanos de la casa real
acompañan al rey de Osiris
Tut Ankh Amón hacia el Oeste.
Gritan: ¡Oh, rey! ¡Ven en paz!
¡Oh, Dios! ¡Protector del país!
3
ESTEBAN tiene que ir a hacer unas llamadas telefónicas que no pueden esperar. En su
ausencia escucho los sonidos del parque y cavilo sobre el misterio de Asim. Un
abejorro del tamaño de un coche de juguete cruza las baldosas de la terraza y un ave
histérica pasa volando. Cuando Esteban vuelve, continuamos hablando de los
custodios. Esteban sabe más de lo que pone en la historia de Asim: probablemente su
biblioteca esté repleta de las cartas y escritos de sus antepasados.
—La hermandad de custodios fue seleccionada cuidadosamente —dice—.
Basándose en los antiguos ideales noruegos, el secretismo, la lealtad y el honor
vinculaban a la hermandad de custodios. Pero Asim era sabio: sólo unos pocos de
ellos tenían conocimiento total del secreto. Al igual que en unos servicios secretos o
en una banda de criminales, cada uno sabía sólo lo que tenía que saber. Sólo unos
pocos sabían de la cámara mortuoria de Selja; se les llamaba «El Círculo Interno de
los Siete».
—¿Y los códigos?
—Los códigos son pistas para los demás miembros de la hermandad y para la
siguiente generación de custodios. Cada vez que movían a la momia, u otras partes del
tesoro, de una iglesia o una cámara mortuoria, los custodios dejaban un mensaje
indicando adonde se lo habían llevado. Dejaban registro cifrado de quién se había
hecho cargo de la responsabilidad, un código que no podrían descifrar más que los
otros custodios.
—¿Todos los códigos eran comunicación interna entre los custodios?
—Se podría expresar así. Pongamos que un custodio muriera inesperadamente.
Supondría una catástrofe que no hubiera dejado un mensaje para los demás eslabones
de la cadena. «El Círculo Interno de los Siete» tenía en todo momento la información
completa, pero los demás custodios eran comandantes locales que no tenían la menor
idea de la estructura interna de la hermandad. Tenían instrucciones de comunicar sus
conocimientos al siguiente custodio que reclutaran y a los custodios de las parroquias
vecinas. De ese modo, siempre había alguien que tenía la información imprescindible.
Así que cuando se movía el tesoro de una iglesia dada, el custodio escribía un mensaje
cifrado que mostraba cómo seguir. Hoy en día, el custodio habría enviado un SMS o
un correo electrónico cifrado. En aquel tiempo tallaban ese tipo de mensajes en runas.
—¿Cómo encontraban los custodios los códigos de sus predecesores?
—Del mismo modo que los encontraste tú: buscaban. Pero, a diferencia de ti, los
custodios sabían perfectamente lo que buscaban y dónde debían buscarlo. Eso
formaba parte del banco de conocimientos común de la hermandad. Los códigos, los
mensajes, las instrucciones y las pistas se colocaban en lugares en los que se había
enseñado a los custodios a buscar. Los custodios dejaban sus pistas, en textos rúnicos
cifrados y con formulaciones crípticas, tanto para los custodios coetáneos, como para
la siguiente generación. Los custodios de Urnes, por ejemplo, sabrían que el tesoro fue
trasladado de su iglesia a la de Flesberg en torno a 1180, pero no sabrían que luego
fue dividido, y que una parte se mandaría fuera del país y otra se trasladaría a Garmo,
en Lom. Pero pongamos que el gran maestre de la hermandad supiera en 1250 que la
guerra y las enfermedades habían acabado con casi todos los custodios y que ordenara
a un custodio de Urnes que llevara el tesoro a un lugar seguro. El custodio de Urnes
no sabría dónde estaba el tesoro, pero el custodio que lo reclutó le habría explicado
que la pista estaba en una tabla rúnica en una columna de la iglesia. El código de la
tabla rúnica le indicaría que tenía que buscar en Flesberg y la palabra «sonora» sería
una pista para que buscara en la campana de la iglesia. Allí buscaría las runas secretas
que él, a diferencia de la mayoría de la gente, conseguiría descifrar. ¿Recuerdas el
texto de la campana? «La campana suena Urnes cincuenta años Flesberg cincuenta
años Lom cincuenta años». Para un custodio el texto se explicaba a sí mismo. Luego
volveré a eso de los cincuenta años, pero el caso es que con su conocimiento sobre
los códigos, el custodio se dirigiría entonces a Lom, donde encontraría el mensaje de
que «Los textos sagrados y la divinidad dormida están a buen recaudo con el amigo
del pacto, en la tierra donde se pone el sol», esto es, con el custodio Snorre en
Islandia, y también que la siguiente pista se encontraba «donde sale el sol». Puesto
que los custodios sabían que las iglesias de madera formaban una cruz, el nuevo
custodio entendería que «Lars», Lorenzo, se encontraba en la iglesia de Ringebu y que
su Biblia contendría el siguiente código.
—Una especie de juego de pistas a través de los siglos…
—Un juego de pistas para los iniciados. Los custodios se encargaban ellos mismos
de reclutar a su sucesor. Al nuevo custodio se le explicaba dónde se ocultaban los
códigos y cómo descifrarlos. De ese modo los códigos eran ilegibles para la mayoría
de la gente, pero un custodio no sería sólo capaz de encontrarlos, sino también de
descifrarlos y leerlos. Así, las nuevas generaciones de custodios podrían seguir la pista
del tesoro de iglesia en iglesia, de escondite en escondite.
—¿Qué habrían hecho los custodios si los sacerdotes egipcios de Asim hubieran
aparecido?
—Los custodios sabían que los signos de Asim tendrían una clave, un poema, un
rezo del Libro Egipcio de los Muertos, extraído del texto de la pared de la cámara
mortuoria de Tut Ankh Amón:
Los cortesanos de la casa real
acompañan al rey de Osiris
Tut Ankh Amón hacia el Oeste.
Gritan: ¡Oh, rey! ¡Ven en paz!
¡Oh, Dios! ¡Protector del país!
—El texto del código de Snorre…
—La clave nunca se empleó, porque los egipcios no llegaron nunca. En cambio, el
Vaticano sí.
—Demasiado tarde.
—Justo. El Vaticano guardó los manuscritos y los mapas confiscados sin prestarles
demasiada atención. Pasarían cien años antes de que alguien en el Vaticano tuviera
tiempo de estudiar el texto. En 1129, el cardenal obispo Benedictus Secundus envió al
caballero Clemens de’Fieschi a Noruega a buscarlo. En 1152, el enviado del Papa,
Nicholas Breakspear, quien poco después llegó a su vez a ser Papa, estuvo a punto de
encontrar la cámara mortuoria de Hamar, donde fundó un obispado. En 1180, el papa
Alejandro III envió a un nuevo grupo. Diez años más tarde, los sanjuanistas de la
Orden de Malta se establecieron en Noruega cuando el rey Sverre Sigurdsson les dio
el monasterio de Værne. En 1230 el papa Gregorio IX hizo un nuevo intento.
—¿Cómo se dieron cuenta los custodios de que el Vaticano estaba sobre la pista de
la cueva de Selja?
—Les advirtieron. El Vaticano no podía mantener en secreto que una tropa armada
se dirigía al Norte a través de Europa, precedida de exploradores y espías. Cuando
recibieron el aviso, los custodios consideraron que era más seguro cambiar de
escondite, al menos provisionalmente.
—¿Aunque la cámara mortuoria de Selja fuera sagrada?
—Asim dejó muchas instrucciones que se siguieron en diferentes circunstancias.
Los custodios sabían qué hacer. Basándose en vaticinios astrológicos, Asim había
decidido que la momia, en caso de verse amenazada, tendría que iniciar un viaje
sagrado en relación con el número mágico cincuenta.
—¿Qué tiene de mágico el cincuenta?
—En la Biblia, el cincuenta representa el número del jubileo. El Jubileo, o el año
del júbilo, era un momento señalado en el que había que perdonar pecados, liberar a
esclavos y prisioneros, y perdonar deudas. Los custodios seguían fielmente las
instrucciones de Asim. Así que cuando se enteraron de que los hombres del Vaticano
estaban en camino, ampliaron la iglesia de Urnes (que ya estaba en construcción) con
una cámara mortuoria bajo el suelo. Urnes fue erigida exactamente cien años después
de la muerte de Olav. Cincuenta años más tarde trasladaron el tesoro a la iglesia de
Flesberg, y así sucesivamente.
—¿Y el Vaticano no se enteró de nada?
—Esto de las iglesias no lo averiguaron nunca, y tampoco lo de la cámara en la
gruta. Cuando Clemens de’Fieschi siguió el mapa algo impreciso de Asim, acabó en la
cueva de Dollstein. Lo cierto es que la siguiente expedición papal comprobó la cueva
de Sunniva en Selja, pero la cámara interna estaba tan bien escondida que nunca la
descubrieron. Todo siguió el plan minuciosamente trazado de Asim hasta el año 1239.
Pero en ese momento a los custodios les entró el pánico. El rey del clan de los
Birkebeiner, Håkon Håkonsson, empezó a acercarse demasiado y decidieron no correr
ningún riesgo y enviar lo más importante fuera del país.
—¿Lo más importante?
—La momia. Y el cofre de oro con las seis vasijas que contenían los manuscritos
originales en papiro.
—A Islandia…
—Dos años antes, el príncipe Skule había reclutado a Snorre Sturlason como
custodio. Snorre se hizo cargo del ataúd y de los manuscritos sagrados y se los llevó a
su casa en Islandia, junto con los pergaminos de los custodios noruegos.
—¿Así que el códice que se encontró el clérigo Magnus en Reykholt eran los
textos que Snorre les iba a dejar a los custodios que lo sucedieran?
—Más exactamente a Thordur kakali. El códice de pergamino consistía en las
instrucciones manuscritas del propio Snorre, además de los pergaminos que le habían
dado los custodios de Noruega. La colección de pergaminos resumía, con ayuda de
códigos y mapas, la ubicación de los escondites en Noruega e Islandia.
—¿Has dicho que el rey Håkon Håkonsson estaba sobre la pista del tesoro?
—Cuando alguien le contó el secreto al rey Håkon, este envió a Gissur
Thorvaldsson, con el que estaba confabulado, para que le sacara la verdad a Snorre.
Snorre calló y murió.
—Entonces el custodio pasó a ser Thordur kakali.
—El propio Snorre había reclutado a Thordur kakali como su sucesor. Håkon
convocó a Thordur a Noruega para interrogarlo. El rey buscaba frenéticamente el
tesoro. Casó a su hija Cristina con el hermano del rey de Castilla y envió diplomáticos
al sultán de Túnez; todo para seguir las pistas que esperaba que le condujeran al
tesoro.
—Grutas… Iglesias… Códigos… Es todo bastante confuso.
—Para ti. Para nosotros. Hoy en día. Pero tienes que recordar que tú has
desovillado hilos sueltos. No has descubierto las cosas en el orden cronológico
correcto; al contrario, has descubierto pedazos del pasado que estaban en total
desorden. La copia manuscrita que encontraste en Thingvellir, por ejemplo, la colocó
allí Snorre doscientos años después de que la escribiera Asim. Las iglesias fueron
construidas mucho después de la habilitación de la cueva de Selja.
—¿Sabes por qué Snorre dividió el tesoro en dos?
—Probablemente por razones de seguridad. Construyó una cámara funeraria bajo
su propia granja, en Reykholt, y allí colocó el manuscrito en papiro y el ataúd con la
momia. La traducción de Asim del manuscrito en papiro la escondió en la cueva de
Thingvellir.
—Pero ¿el resto del tesoro seguía oculto en las iglesias?
—A esas alturas había una confusión total entre los custodios. El tesoro estaba
disperso a los cuatro vientos, pero sí acabaron el trabajo con las cuatro iglesias. Al
igual que los santuarios del pentagrama, las iglesias formaban patrones sagrados. Un
ankh egipcio, el símbolo rúnico ty y la cruz.
Durante un período, la cueva de Selja estuvo vacía, pero en torno a 1250 los restos
del tesoro fueron trasladados de vuelta a Selja. La pista final, con el truco de las dos
tallas de san Lorenzo en Ringebu y Borgund, fue la última aportación noruega a la
operación de camuflaje. Al mismo tiempo, la momia y los escritos, que eran la parte
más importante del tesoro, estaban fuera del control de los noruegos.
—No es del todo fácil seguir el hilo. —Fue precisamente la complejidad de la
operación de camuflaje lo que permitió que el tesoro no cayera nunca en manos del
Vaticano.
—Y luego, cuando la peste atacó Noruega, la momia fue trasladada de Islandia a
Groenlandia.
—Justo. Y, después de cien años en Groenlandia, el Vaticano volvió a estar sobre
la pista. En 1447, una expedición papal llegó a la isla, aunque arribaron demasiado al
sur, de manera que cuando los custodios fueron alertados tuvieron tiempo de huir en
dos naves junto con cincuenta hombres y mujeres. El resto de la colonia groenlandesa
fue masacrada.
—¿Y los custodios se marcharon a Vinland?
—Durante los siguientes cincuenta años, la colonia de custodios nórdicos
estableció cinco asentamientos en Vinland. No dejaron de avanzar hacia el sur y
fueron dejando tras de sí piedras rúnicas, casas y torres de piedra.
—¿Por qué no volvieron a Noruega e Islandia?
—Porque habían decidido llevar la momia de vuelta a Egipto. Desde la época de
los vikingos conocían los vientos comerciales que podían llevarlos hacia el este, desde
lo que hoy en día conocemos como Florida y el Caribe, vía las Azores, hasta Europa y
el Mediterráneo. Por eso fueron avanzando hacia el sur, a la busca de los vientos que
pudieran llevarlos a casa. Cuando llegaron al Caribe, entraron en contacto con
marineros nativos e indios que les hablaron de los marineros blancos que había más al
sur. Los custodios, cuyas naves, viejas y frágiles, difícilmente lograrían resistir las
tormentas y mal tiempo, tenían la esperanza de poder cruzar el Atlántico con los
descubridores europeos. Y fue aquí, en Santo Domingo, donde conocieron a
Bartolomé Colón y desde donde mandaron señales de vida, cifradas, al arzobispo de
Nidaros. Esa es la carta que, según los rumores, encontraste en Washington.
Yo no respondo y Esteban continúa:
—El propio arzobispo Erik Valkendorf era un custodio de una orden que a esas
alturas estaba ya algo aguada, y que tenía bastantes dudas sobre lo que realmente
estaba custodiando. Pero Valkendorf constató que esto ocurría exactamente quinientos
años antes de que la momia, según la profecía de Asim, fuera a volver a casa para
resucitar. Otra vez la magia de los números.
—Como el «Sello de los custodios» que me enseñasteis en Roma, la combinación
de símbolos que se transformaba en 666. ¿Qué era eso?
Esteban se ríe un poco.
—Mis amigos del club de caballeros tienen la costumbre de exagerar. Con los
números puedes hacer exactamente lo que quieras. Yo creo que Bartolomé
simplemente se entretuvo copiando los tres símbolos en órdenes distintos. Además, si
les das otro valor numérico a los símbolos, te salen respuestas muy diferentes. Si
realmente hay alguna Biblia de Satán, no tiene nada que ver con esto.
—¿Qué pasó con los custodios después de que conocieran a los descubridores?
¿Nunca volvieron a Europa?
—Algunos volvieron y otros se quedaron y se involucraron en la caza del tesoro
que tenía lugar en Centroamérica. Las increíbles existencias de oro y de otras cosas
valiosas que encontraron financiaron la construcción del Palacio Miércoles y
asentaron las bases de la riqueza de mi familia.
—¿Y la momia?
—Una triste historia. Desapareció en algún momento del siglo XVII. Lo cierto es
que se descompuso. A esas alturas ya nadie les era leal a Asim y a los antepasados.
Tenían una buena vida aquí en el palacio.
—¿La momia se descompuso?
—Quedan algunos fragmentos de huesos y restos de polvo en una vasija. Eso es
todo.
La decepción me inunda los ojos de lágrimas.
—Probablemente todos aquellos cambios climáticos fueron demasiado para ella.
Desde el seco calor de Egipto al aire frío y húmedo de Noruega. El mar, la sal, los
traslados. Simplemente no lo aguantó.
—¿Y los escritos en papiro?
—Aún conservamos algunos. Un par de ellos se entregaron al Vaticano como
regalo y el resto los tenemos aquí en nuestra biblioteca. Pero no son demasiado
especiales. Fragmentos de copias de la Biblia de los siglos V y VI, relatos de la vida de
la gente en Egipto, cantos laudatorios. Cosas así.
Mantiene la respiración.
—Bjørn. La copia de Asim de Thingvellir… Te lo vuelvo a preguntar. —Me mira
—. ¿Me darías el manuscrito islandés?
Callo.
—Este es su sitio. Debería estar aquí en el palacio, junto con todo lo demás.
—Ni siquiera lo tengo yo.
—¿Quién lo tiene?
—El manuscrito es un artefacto histórico —digo eludiendo la cuestión—. Sería
punible entregártelo.
—Ese manuscrito… —empieza a decirme, y luego se interrumpe—. ¿No podrías
confiar en mí? ¿No quieres contribuir a finalizar el proyecto de Asim?
—El proyecto de Asim consistía en proteger la momia. Y ya no existe.
—Tal vez no físicamente.
—Los custodios fallaron. Fallaron en su misión.
Se queda callado.
—Ya sabes —dice al cabo de un rato—, que podrías haber sido uno de nosotros.
¡Un custodio! ¡Tienes buenas cualidades! Era gente como tú la que Asim y el rey Olav
reunieron a su alrededor. Tenaces, sin miedo e interesados en las grandes misiones.
—¿Aún existe? ¿Es eso lo que me estás intentando decir? ¿Todavía existe la orden
de custodios?
Su mirada está vuelta hacia dentro, hacia todo lo que fue una vez.
—Ahora sólo custodiamos los recuerdos y las sombras del pasado.
BEATRIZ
1
DOS CRIADOS en librea llaman a la puerta en el momento en que el gran reloj del Juicio
Final del pasillo da las ocho. Con paso lento, los dos pingüinos me escoltan a través
de los laberintos del Palacio Miércoles, donde cada paso que doy con las muletas es
un paso hacia el pasado.
En el comedor me esperan Esteban Rodríguez y la familia bajo una araña de luces
que, a cierta distancia, podría pasar perfectamente por la aurora boreal. La mujer de
Esteban, Sophia, me estrecha la mano con una sonrisa que nunca llega a los ojos. Es
una belleza morena que te hace pensar en las sumas sacerdotisas incas antes de
arrancarles el corazón a sus víctimas. Diligentes cirujanos han amarrado su cara y su
figura a un pasado que nunca querrá soltar. Su hijo Javier es un playboy moreno, de
ojos brillantes y una sonrisa llena de dientes blancos y promesas vagas. Pasa parte del
año en Bel Air y Saint-Tropez y relumbra como si acabara de volver de una gran fiesta
llena de mujeres y cocaína gratis. Graciela ha heredado la distancia y la belleza de su
madre. Tiene más o menos la misma edad que yo, pero, al igual que su madre, parece
mucho más joven. Me estrecha la mano sin fuerza y retira la suya como si le
desagradara tocarme.
Luego saludo a la hermana de Esteban.
Beatriz está al final de la cincuentena, pero su mirada tiene ese brillo huidizo que
caracteriza a las mujeres fuertes, inteligentes y maduras que conservan dentro de sí a
una joven juguetona. Tiene el pelo castaño claro, rizado y salvaje y le llega casi a la
cintura. En la fosa nasal relumbra un diminuto piercing, un diamante. Tiene la actitud
y las formas de alguien que ha soportado muchas horas de dolor en un gimnasio. Me
estrecha la mano con firmeza y una mirada torcida.
—Así que tú eres el hombre que encontró el cofre de los secretos sagrados.
Tiene la voz cálida y un poco ronca, como si necesitara meterse en la cama,
preferiblemente con alguien.
Me doy cuenta de que acaba de leerme el pensamiento y me sonrojo. Luego nos
sentamos en torno a una mesa tan grande que podríamos haber invitado a un
parlamento entero.
Mientras los camareros van llegando en procesión cargados con bandejas repletas
de exóticos hors d’oeuvres, Esteban cuenta la historia del Palacio Miércoles y me
habla de la sucesión de hombres de estado y vagos, caballeros y ladronzuelos,
vírgenes y ninfómanas, santos y ovejas negras de la familia Rodríguez. Cada poco
tiempo le suelta una pulla a Beatriz y ella se eleva por encima de su falta de tacto con
una indulgente dignidad y miradas frías. Sophia no dice ni una palabra: se ha hundido
en una esfera privada de indiferencia. Javier habla risueño de una fiesta en Cap Ferrat
en la que Mick Jagger arrojó champán a la cara a un empresario que se había servido
algo ansiosamente de la mujer del anfitrión. El inglés de Javier tiene un acento español
capaz de arrancarle la ropa a una mujer y su risa brota en alegres cascadas. Sophia y
Graciela apenas tocan la comida. Esteban le pregunta a Beatriz si ha avanzado algo con
su tratado y ella responde huidiza y busca refugio en Sophia, que mira para otro lado
y mastica mecánicamente la comida. Los hipidos de risa de Javier embadurnan la
gracia de una historia sobre George Michael en una tienda de zapatos de la Quinta
Avenida.
Nos pasamos más de dos horas a la mesa conversando, aunque yo me siento
fuera. Los demás comen platos caribeños como el pelau, pollo con curry y chile,
chauna especiada y pescado salado con berenjenas. A mí me sirven verduras crudas,
asadas, cocidas, marinadas y a la plancha que nunca había probado y de las que
tampoco había oído hablar. Bebemos vinos de lujo de la bodega del palacio y yo no
dejo de mirar a Beatriz de soslayo. No sé si se dará cuenta, pero creo que sí. Es muy
bella y, si me está leyendo el pensamiento, lo disimula muy bien. Tal vez esté jugando
conmigo. Afortunadamente, tengo zonas del cerebro en las que puedo colocar mis
fantasías en cuarentena sin vigilarlas.
2
DESPUÉS de cenar, los caballeros beben coñac y fuman puros mientras las mujeres
saborean un oporto en un salón contiguo. Luego nos reunimos en algo a lo que
llaman la antesala, que tiene unas grandes puertas de cristal que dan a la terraza. Hacia
las diez de la noche, Esteban y Sophia se despiden. Incluso Graciela se anima una vez
que sus padres nos han dejado y la oigo reírse por primera vez en toda la noche. Pero
al cabo de quince o veinte minutos también Graciela y Javier se retiran.
En el silencio que dejan tras de sí, Beatriz y yo nos quedamos mirando a través de
las puertas de cristal. Me empiezo a llenar de la hormigueante certeza de que estoy a
solas con ella y que, en pura teoría, podría dar los pocos pasos que me separan de ella
y abrazarla contra mí, sujetándola con fuerza y sintiendo su cuerpo contra el mío.
—¿Quieres que tomemos un poco el aire? —pregunta.
Me lanza una mirada que no consigo interpretar, pero intuyo que vuelve a leerme
los pensamientos. Me da vergüenza y al mismo tiempo me estimula. Me coge del
brazo con una pequeña sonrisa y me conduce a la terraza. Tengo ganas de besarla,
pero evidentemente no se me ocurriría hacer algo tan extraño. Nos sentamos en los
profundos sillones del jardín y, entre los árboles, Santo Domingo relumbra como una
lejana galaxia. El ruido de la gran ciudad nos llega como un vago zumbido. El parque
está lleno de los gritos amorosos de los pájaros, las ranas, los grillos y otros bichejos.
—¿Te puedes creer —dice Beatriz—, que hubo un tiempo en que fui hippie?
Intento arquear una ceja, pero tengo ciertos problemas con la coordinación de los
músculos, así que debe de darle la sensación de que se me ha metido una mosca en el
ojo.
—Viví tres años en San Francisco. Desde 1966. Haight-Ashbury. El verano del
amor. LSD. Flower power.
Su voz tiene un aliento de sol y calor que procede de algún lugar de su interior al
que nadie tiene acceso.
—Tal vez fuera mi manera de protestar contra todo esto —añade extendiendo los
brazos.
—¿La pobre niña rica? —le digo con algo más de acidez de la que tenía pensada.
Su sonrisa se convierte en algo tan frío y amargo que tengo la impresión de que la
he ofendido en lo más profundo, pero luego se transforma de nuevo y vuelve a ser
cálida y cariñosa.
—Crecí como una princesa en una familia real sin reino ni pueblo. Mi padre bebía
y mi madre se rodeaba de amantes, mi hermano mayor Esteban… En fin.
Mira al cielo y ambos seguimos con la mirada las luces intermitentes de un avión.
—Como sabes, Bjørn, mi familia nunca ha formado parte de esta sociedad ni de
esta cultura. El Palacio Miércoles habría podido estar en medio del Hyde Park de
Londres o en el Central Park de Manhattan, en Bombay o Tokio, y habríamos vivido
exactamente tan separados y distanciados del mundo como aquí.
Yo crecí en un viejo chalet desvencijado de una calle apartada de Grefsen, pero
entiendo lo que quiere decir.
—Muchos nos envidian por nuestra riqueza.
—No tienes que jurármelo.
—Pero esto no es una gran vida.
—Los ricos suelen decir cosas así.
—Espero no parecer hastiada, aunque seguro que lo estoy. La riqueza te cambia y
no para mejorar.
Se pasa los dedos por el pelo y, en la penumbra, su lisa piel se sonroja con un
tono dorado. No puedo entender que me saque veinte años. Es un alce frágil y
atemporal.
—Paradójicamente, mis tiempos de hippie y todo lo que aquello conllevó fue mi
salvación. Sin aquella rebeldía me habría hundido. Tuve que convertirme en otra para
poder ser yo misma, ¿lo entiendes?
—Creo que sí.
—Mi familia no tenía ni idea. Creían que vivía tranquila y retirada en el internado.
—¿Cómo se enteraron de la verdad?
—Me ingresaron a emergencias. Por sobredosis. Los médicos pensaron que no iba
a sobrevivir y el rector convocó a mis padres a San Francisco. ¿Y qué crees que pasó?
El borracho y la cortesana me desheredaron. ¡El colmo de la hipocresía! No era lo
suficientemente digna. Esteban lo heredó todo. ¡Esteban!
Con la mirada fija en la mía toma aire para decir algo más, algo importante, pero
censura sus palabras y mira hacia otro lado. Cuando continúa, me cuenta algo
completamente distinto de lo que había pensado decir en principio. Me pregunto por
qué vacila. Quizá no me conozca lo suficientemente bien, o tal vez las palabras sean
demasiado duras de llevar.
—Después de desengancharme y licenciarme, viví muchos años en Londres,
Roma y Río de Janeiro. Nunca me casé, pero no pienses que estaba sola. Hasta que no
hubieron pasado un montón de años desde la muerte de mis padres, no regresé a casa.
A esas alturas Esteban se había metido en el papel de mi padre con tal perfección que
empecé a preguntarme si serían la misma persona.
—¿Por qué querías volver?
Baja la mirada.
—Porque —dice en un susurro con cierta rebeldía—, es aquí adonde pertenezco.
Y eso no me lo puede quitar nadie. ¡Nadie! Ni mi madre, ni mi padre, ni Esteban.
Desde luego no Esteban. —Luego se suaviza—. Pero ante todo porque aquí es donde
trabajo mejor, cerca de la biblioteca y los textos históricos. Y cerca del Conservador,
por supuesto.
—¿Quién?
—Un colega. Y un amigo. Ya lo conocerás.
En un absurdo momento de celos me pregunto si será algo más que colega y
amigo.
—¿Tu hermano ha dicho que estás trabajando en un tratado?
—Ja, ¿qué sabrá él? Pero, sí, estudié teología y religión en Berkeley. Ahora tengo
un trabajo de media jornada como profesora invitada en la Universidad Autónoma de
Santo Domingo, pero trabajo sobre todo en el despacho que tengo aquí en el palacio.
Nos quedamos charlando hasta las dos de la madrugada (y no dejo de
imaginármela desnuda en mi cama, con el pelo esparcido por una sábana de seda, la
respiración caliente y los ojos ardientes, unos pechos pequeños y afilados y un
piercing en el ombligo). Hablamos de las diferencias entre el new age y la religión, de
las condiciones de vida en América del Sur y del Norte, de la emigración de los
humanos de África y de la formación de las primeras tribus de seres humanos. (Me la
imagino cerrando sus muslos en torno a mis caderas y arañándome la espalda con sus
uñas). Me habla de sus amigos de Grateful dead y Jefferson Airplane y de las
alucinaciones que provocan el LSD y la mescalina. Le digo, con ambigüedad, que
apenas necesito estímulos para alucinar y ella me responde, con la misma
ambigüedad, que ya lo sabe.
Cuando nos damos las buenas noches me da un abrazo y un fugaz beso en la
mejilla, como si quisiera decirme que si hubiera estado en San Francisco en 1967,
seguramente habríamos acabado juntos. Aunque tal vez esté pecando de vanidoso,
pues en 1967 yo apenas había nacido.
(El abrazo de su cuerpo me abrasa la piel cuando me acuesto).
3
ME PASO todo el día siguiente en la biblioteca.
No le veo el pelo ni a Beatriz ni a Esteban, pero encuentro compañía en los libros,
las cartas, los manuscritos y los cajones con mapas antiguos sobre las islas del Caribe
y las líneas de la costa de la tierra firme americana.
La biblioteca se encuentra en la primera planta y las ventanas dan al parque. Del
alargado vestíbulo principal salen diez pasillos perpendiculares. Algunos están llenos
de libros desde el techo hasta el suelo, otros contienen armarios y cajoneras con
documentos, cartas, mapas y otros escritos clasificados sistemáticamente: geográfica,
temática y cronológicamente. En un extremo de la biblioteca hay unas grandes puertas
dobles con pomos de latón. Hago girar el pomo, pero la puerta está cerrada. En la
pared hay una cerradura de código de seguridad, con lector de huellas digitales y
escáner de iris.
Por casualidad descubro una sección dedicada a la piratería en el Caribe. Entre
actas judiciales y sentencias de muerte encuentro xilografías de renombrados piratas,
corsarios y bucaneros que posan como reyes. En una carpeta carcomida de cartón hay
largas cartas que leyendas de la piratería como Henry Morgan, Francis Drake y
Edward Barbanegra Teach mandaron a los antepasados de Esteban. Un cajón de
madera está repleto de documentos del tiempo en que Estados Unidos constaba de
trece colonias: cartas, convenios e, incluso, uno de los primeros borradores que hizo
Thomas Jefferson de la Declaración de Independencia. Después de comer solo, bajo
una sombrilla de la terraza de la biblioteca, descubro una sección nórdica que contiene
gran cantidad de primeras ediciones y manuscritos originales poco comunes y un
agrio intercambio de correspondencia entre Hamsun e Ibsen.
4
AL CAER la tarde, Esteban se pasa por la biblioteca. Simula toparse conmigo por
casualidad, como si hubiera pensado encontrar una lectura estimulante para la noche.
Pero no soy tan Cándido como para tragármelo.
Le pregunto qué hay detrás de la puerta cerrada. Dice que guardan los libros y
documentos más valiosos y raros en un ala de seguridad.
Como si algún ladrón fuera a ser capaz de sacar un solo punto del Palacio
Miércoles…
—Bjørn, se trata del manuscrito que encontraste en Islandia. —De nuevo—. ¿Es
una cuestión de dinero? —pregunta.
La pregunta me pilla tan desprevenido que no me decido a responder.
—En tal caso, notarás que tengo medios a mi disposición que podrían volverte
más que adinerado y que te proporcionarían la oportunidad de encontrar misiones
más emocionantes que las que recibes como profesor adjunto de la Universidad de
Oslo.
—Me gusta mi trabajo.
—Tu nueva vida te gustará aún más.
—¿Por qué es tan importante el manuscrito?
—Porque completaría la colección.
No es una mentira, pero tampoco es toda la verdad.
—Déjame que me lo piense.
No tengo la menor intención de venderle nada, pero necesito tiempo. Para
comprender.
Me mira con el gesto de quien acaba de firmar un contrato y ya sólo espera a que
se seque la tinta.
5
HE DEJADO el móvil en el cajón de la mesilla. El profesor Llyleworth me ha llamado
ocho veces y me ha enviado un SMS:
1
—BEATRIZ, ¿te puedo preguntar una cosa?
—Por supuesto.
Me ha invitado a cenar. Estamos sentados ante una ventana de su comedor. Tiene
un apartamento propio en el extremo Norte del palacio. Estamos solos. Beatriz y yo.
Uno siempre puede hacerse ilusiones.
—¿Qué hay detrás de la puerta cerrada de la biblioteca?
—Más libros.
El cocinero ha preparado un guiso vegetariano de espárragos al vapor con
mantequilla, tomates asados y pimientos rellenos de arroz y especias. Beatriz come
pechugas de codorniz marinadas en vino blanco. Alza la copa de vino y brindamos.
No está tranquila. Intenta sonreír desenfadadamente, pero algo le preocupa. El
dique revienta en el momento en que me como mi último espárrago. Primero agacha
la mirada sobre los restos de la pechuga de codorniz, luego me mira.
—¿Has decidido darle el manuscrito?
Mastico lentamente. Los espárragos siempre han sido una de mis verduras
favoritas. No hay que cocerlos demasiado y tienen que presentar resistencia cuando
los masticas.
—¿A quién? Yo no le he prometido nada a nadie.
—Esteban. Dice que le vas a vender el manuscrito.
—Entonces me ha malinterpretado. Dijo que lo necesitaba y yo dije que me lo
pensaría. Punto. El manuscrito ni siquiera es mío. ¿Por qué iba a venderle algo que no
poseo?
—Te pondrá millones de dólares ante los ojos.
—A mí no me interesa el dinero.
—Te engañará. Mantén el manuscrito alejado de Esteban.
Beatriz se seca las comisuras de los labios con una servilleta de tela con el
monograma de la familia.
—Para serte completamente franco, Beatriz, no entiendo lo que me estás
intentando contar.
Ella mira por la ventana. Bajo la luz de los focos, los árboles del parque brillan y
relumbran en la oscuridad azul. La lámpara de la terraza ha atraído un montón de
mosquitos a los que no quiere soltar.
—No debes confiar en Esteban. Nunca.
—Es tu hermano.
Algo se incendia en las profundidades de su interior provocando un reflejo de
enfado en sus ojos.
—¿Tienes idea de cómo se siente uno cuando forma parte de una familia de
mentirosos y traidores?
La verdad es que sí. Antes de morir, mi madre me preguntó si la había perdonado
por todo lo que pasó cuando mi padre se despeñó de la pared de montaña de
Telemark. Le acaricié la mejilla y le dije que por supuesto, pero no era verdad.
No le cuento nada de esto a Beatriz. Ahora no. A pesar de ello, alarga el brazo y
posa su mano sobre la mía. Una mano morena y delicada sobre la mía de color blanco
lácteo.
—Esteban dice que te lo ha contado todo.
—Sí, bueno, quizá no todo.
—No, no todo.
Permanecemos un rato en silencio.
—Supongo que cuando me miras —dice—, te resulta difícil concebir que
provenga de un clan de vikingos. No, no, no hace falta que respondas. Hace mucho
que mis genes caribeños han vencido a los nórdicos. —Me aprieta la mano y luego la
suelta—. Resulta doloroso avergonzarse de la propia familia, de los padres.
—¿Tienes motivos para avergonzarte?
—No tienes ni idea…
—Yo estaría orgulloso de la inquebrantabilidad de tus antepasados. Piensa en
todos los siglos que dedicaron a custodiar la momia.
Se ríe breve y fríamente, tal y como se habría reído una mujer de vida alegre de su
cliente más fiel si le preguntara si lo quería.
—Me puedo imaginar lo que te ha contado Esteban.
—¿Me ha mentido?
La puerta se abre. Una procesión de camareros viene a buscar los platos sucios y a
servir el postre: bayas templadas con helado de vainilla casero. Nos sirven vino de
postre en unas pequeñas copas de cristal de Bohemia y cierran la puerta tan
silenciosamente que me tengo que volver para comprobar que realmente se han ido.
—Sí. Te ha mentido. Gran parte sería verdad, la mayoría, pero te mintió en el
punto más esencial.
—¿Por qué?
—Esteban está envenenado por el pasado.
—¿Qué quieres decir?
—Todos somos el resultado de las elecciones de nuestros antepasados.
—No sé, supongo que todos disponemos de libre voluntad.
—Algunos se pervierten por su libre voluntad.
—¿Esteban?
—Mi hermano ha sido corrompido por siglos de traiciones, doble moral y falta de
principios.
Arrastra las palabras, como si todas ellas estuvieran amarradas con una cadena a
una bola de hierro.
La miro interrogativa e inquietamente mientras sorbo una frambuesa templada. La
furia reprimida la está sonrojando.
—¿Qué estás intentando decirme, Beatriz?
Con el tenedor de plata empuja un arándano por el helado de vainilla medio
derretido. Tiene los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo piensas que mis antepasados pudieron construir un palacio como este?
—¿El oro de los incas?
Una risa callada.
—El oro de los incas y los aztecas también debió de contribuir, sin duda. Los
custodios se unieron a los conquistadores y, fieles a su sangre vikinga, saquearon las
riquezas de las islas caribeñas y de la tierra firme. León, Velázquez, Cortés, Pizarro, De
Soto, De Coronado. Nosotros estábamos allí con ellos. La leyenda familiar quiere
hacernos creer que mis antepasados encontraron El Dorado, la ciudad de oro
sudamericana, y que nuestro dinero proviene de ahí.
—¿El Dorado no es un mito?
—Eso se dice, pero ¿quién sabe? Los cimientos de la inconcebible riqueza de mi
familia se pusieron en los siglos XVI y XVII. Gran parte del dinero proviene de los
saqueos de los conquistadores, pero… también recibimos cantidades considerables de
Europa.
—¿De quién?
—De la institución más poderosa de la Europa del siglo XVI.
—¿Qué era?
—Permíteme plantearte una pregunta: ¿durante cuántos siglos crees que la
hermandad a la que tú llamas «los custodios» fue leal a Asim y su proyecto?
Había intentado aferrarme a la idea de que Esteban fuera un custodio, alguien que
administraba honrosamente el pacto que habían sellado sus antepasados.
—Mis antepasados fueron traidores, Bjørn. Traicionaron a Asim, traicionaron a
todos aquellos que habían sacrificado sus vidas, traicionaron su misión.
—¿Cómo?
—No son pocos quienes piensan que Colón trajo la decadencia europea a
América. El descubrimiento europeo de América supuso el hundimiento de los
nativos. En fin, desde luego supuso el hundimiento definitivo de los custodios. Se
dejaron corromper, todos ellos. Por el dinero, el poder, el estatus. Esteban y yo
descendemos de villanos y gentuza.
No sé qué decir.
—Las islas caribeñas nunca fueron la meta de los custodios —continúa—.
Querían volver a Europa. Buscaban los vientos que pudieran llevarlos a casa, pero
acabaron quedándose aquí. ¿No te preguntas por qué?
—¿Por qué?
—Por ambición.
—No entiendo…
—En cierto sentido continuaron siendo custodios: simplemente reajustaron su
lealtad. Custodiaban el viejo secreto, para un nuevo jefe.
—¿Quién?
—Si sumas dos y dos, te resultará evidente.
—Siempre he tenido problemas con las matemáticas.
—Se quedaron en Santo Domingo, en el palacio que se construyó con la ayuda de
los más destacados arquitectos e ingenieros de Europa. Tomaron nombres españoles.
Algunos de los custodios se quedaron en Santo Domingo, aquí, en el Palacio
Miércoles. Mis antepasados. Otros retornaron a Europa con las naves comerciales
españolas y a todos ellos se les concedió un título nobiliario, grandes posesiones y
más dinero del que pudieran soñar. Los pocos que protestaron, los más honorables,
fueron asesinados por la Inquisición por orden directa del Vaticano. Los únicos que
sobrevivieron fueron aquellos que traicionaron el juramento que hicieron en su
momento. El día de hoy, sus descendientes viven en sus palacios de Italia, Francia y
España.
—¿Quién estaba detrás de todo esto?
—En esa época, durante los primeros años después de que los custodios llegaran a
Santo Domingo, el Papa era Julio II. La posteridad lo recuerda por muchas cosas
distintas. Lo llaman el Papa Guerrero. Era un intrigante y una figura poderosa. En
1506 fundó la Guardia Suiza, que aún sigue custodiando el Vaticano y al Papa. Inició
la construcción de la basílica de San Pedro. Contrató a Miguel Ángel para que pintara
el techo de la Capilla Sixtina, y fue también Miguel Ángel quien recibió el encargo de
hacer el monumento funerario del Papa, la famosa estatua de Moisés.
—Aún no entiendo la conexión.
—La conexión es el Vaticano.
—Pero ¿por qué? Con todos mis respetos, estamos hablando de una momia y
unos manuscritos de papiro. Es el botín de unos vikingos.
—Ni Asim ni los custodios podían imaginar la envergadura de lo que ocultaban.
Sin saberlo, custodiaban una momia y unos escritos que cambiarían la concepción que
tenemos del judaísmo, el cristianismo y el islam.
No sé cómo reaccionar. Las palabras me resultan demasiado pomposas, demasiado
irreales.
—Espero no estarte faltando al respeto si digo que esto suena un poco
desproporcionado.
Ensarta el arándano con el tenedor y se lo come.
Le pregunto:
—¿Qué tipo de secretos podrían tener tal envergadura? ¿Era la momia de Dios? —
Intento reírme, pero emito un sonido seco.
Beatriz pega un sorbo al vino y cierra los ojos. La tenue luz borra sus arrugas y la
vuelve tan joven como cuando bailaba a la luz de la luna de Haight-Ashbury.
—Tengo que preguntarte una cosa, Bjørn.
—Adelante.
—Este manuscrito…
Se interrumpe, como si no supiera qué palabras usar.
—¿Sí?
—¿Qué sabes sobre él?
—Es una copia y una traducción del siglo XI de un manuscrito bíblico original,
mucho más antiguo.
—¿Has leído algo del texto?
—Aún lo están traduciendo.
—Espero que hayas escondido bien el pergamino.
—Por supuesto. Está en las mejores manos.
—¿Tienes una copia?
Esa es la pregunta que Esteban no me ha hecho nunca.
—Claro.
Su boca no quiere cerrarse.
—¿Quieres verla? —le pregunto y extiendo la mano.
En la biblioteca enciendo un ordenador y me meto en la cuenta de Gmail que abrió
el clérigo Magnus. En el buzón de entrada, debajo del códice de Snorre, me espera el
correo electrónico de Thrainn con una versión digitalizada de los rollos de Thingvellir.
—¡Madre mía! —exclama Beatriz cuando hago aparecer el documento.
Los pergaminos lucen claros y definidos sobre la pantalla plana.
—El Conservador no va a creer lo que verán sus propios ojos. ¿Podrías…? —
vacila—. ¿Podrías imprimirme una copia?
Pulso el comando de imprimir y ella me aprieta agradecida el hombro. La gran
impresora láser se reanima. Una vez que se ha impreso el documento, digo:
—En realidad no has llegado a responder a mi pregunta.
—¿Qué pregunta?
Indico con la cabeza la puerta cerrada.
—Ah, eso. Anda, ven.
Me lleva hasta la puerta y se queda mirando el escáner de ojos hasta que luce
verde. Introduce un código, el cerrojo emite un zumbido y abre la puerta.
2
ENTRAMOS en una atmósfera de pasado y misterios. Los frescos que cubren el techo y
las paredes representan puntos culminantes de la historia de la Biblia. Si no hubiera
sabido que no puede ser, habría pensado que Miguel Ángel había estado allí con su
paleta y sus pinceles. De la cúpula del techo cuelgan tres grandes lámparas de araña.
En diversos estantes y nichos hay iconos y cofres con reliquias. En mi oído interno
oigo el eco de unos cantos gregorianos. En la pared corta de enfrente cuelga un Cristo
crucificado. Elí, Elí, lemá sabaktáni? «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?». En una vitrina colocada sobre un alto zócalo descubro una corona de
espinos, pero no puede tratarse de «la» corona de espinos, y no me animo a
preguntarlo. Bajo el crucifijo, sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, hay una
menorá, un candelabro de siete brazos, con velas encendidas. A lo largo de las
paredes, dispuestas entre los frescos, se distribuyen las estanterías, con puertas de
cristal y cajones. Las profundas ventanas están protegidas por rejas de sólido hierro
forjado. Del techo pende una cámara de vigilancia.
—Bienvenido a La Biblioteca Sagrada —dice Beatriz—. Aquí guardamos nuestros
tesoros más valiosos y poco comunes.
Nos adentramos en la sala de la biblioteca sobre una alfombra tan mullida como el
musgo.
Beatriz se detiene ante uno de los armarios de puertas de cristal y saca un códice
de tapas de madera. De pie, detrás de ella, miro por encima de su hombro. Lo abre
con mucha delicadeza.
—Este es el texto original del De Transitu Virginis, sobre la ascensión de la virgen
María al cielo, escrito en torno al año 169 por san Melitón de Sardes. Dado que María
era la madre del hijo de Dios, difícilmente podía morir como cualquiera. Cuando sus
días tocaron a su fin, fue llevada al cielo en cuerpo y alma.
Contemplo las letras con respeto: cada una de ellas está escrita con fe y amor.
Beatriz me conduce entonces a una sección de armarios donde abre un cajón.
Sobre un cojín de seda descansan dos monedas de oro.
—Estas monedas se atribuyen a Nicolás de Myra, san Nicolás. Hoy en día se lo
conoce más como Papá Noel. En secreto salvó a un hombre y sus tres hijas de la
pobreza y la prostitución, lanzándoles bolsas de monedas de oro a través de la ventana
y por la chimenea.
De un escritorio dorado saca un cofre de oro con un documento resquebrajado
aprisionado entre dos planchas de cristal.
—Esta es la orden de ajusticiamiento que Poncio Pilato preparó para Jesucristo.
—¿Cómo habéis conseguido todas estas cosas?
—Siempre hemos tenido buenas relaciones con el Vaticano. Diversos papas,
cardenales y obispos nos han usado para diferentes fines. Cuando los debates
teológicos se avivaban, les resultaba útil deshacerse de documentos que no querían
que usaran en su contra sus oponentes. El Palacio Miércoles es más seguro que el
propio archivo del Vaticano. Los archivistas y los cardenales desleales siempre han
supuesto un riesgo para el Vaticano. En nosotros siempre han podido confiar.
—¡Completamente increíble, Beatriz! ¡Completamente increíble!
—No todo proviene del Vaticano. También hemos comprado manuscritos, cartas,
libros, códices y pergaminos en el mercado abierto y en el mercado negro. Hemos
financiado excavaciones. Hemos sobornado a arqueólogos, descubridores y
aventureros. Al asegurarnos todos estos tesoros, al menos hemos impedido que se
pierdan.
—Para los investigadores y el público tanto da que estén amontonados detrás de
las puertas cerradas del Palacio Miércoles o con el jeque Ibrahim en los Emiratos.
—El jeque se ha llevado muchos documentos delante de nuestras narices, claro
que él dirá lo mismo sobre nosotros. Ven, hay un hombre al que quiero que conozcas.
3
ES TAN FLACO, pálido y desgarbado que a contraluz fácilmente resultaría invisible.
Tiene la piel tan blanca como la mía. Tal vez por eso sienta cierta familiaridad hacia él.
A través de sus pelos grises, veo el mapa de manchas de hígado de su cuero
cabelludo. Tiene la nariz afilada, aguileña y llena de pelo. La mirada está vuelta hacia
dentro, hacia un mundo que se ha reservado para sí mismo.
Su dormitorio es también una cámara de estudio. Cuando llamamos a la puerta,
nos lo encontramos sentado con su té ante un escritorio cubierto de papeles, libros y
documentos.
—Este es el Conservador —dice Beatriz—. Le llamamos simplemente así, el
Conservador.
Me tiende una mano huesuda y, al estrecharla, tengo la sensación de apretarle la
mano a un esqueleto.
—He leído sobre ti —dice con una voz tan quebradiza y delicada como el papel de
tina que tiene sobre la mesa.
Beatriz posa las manos sobre sus escuálidos hombros con sensible ternura.
—Somos viejos amigos: lo conozco de toda la vida. Fue mi primer niñero y se
convirtió en mi amigo y mi mentor. Vive y trabaja en el Palacio Miércoles desde 1942,
cuando huyó de Varsovia…
—¡Era un chiquillo, que lo sepas, sólo un chiquillo!
—… Y acabó aquí después de pasar por Copenhague, Boston y La Habana. Mi
padre se apiadó de él en uno de sus raros ataques de humanidad. Fue el Conservador
quien despertó mi interés por la historia y la teología, y por todo lo que se oculta en
los viejos escritos.
—Tengo entendido que compartes nuestro afecto por los tesoros del pasado —
dice el Conservador.
Su voz es baja, como un susurro, como el juego del viento con las páginas de un
libro olvidado en el parque. Cuando nuestras miradas se encuentran, es como si se
abrieran unas puertas a su interior; durante un instante alucinatorio tengo la sensación
de ver un pasillo infinito repleto de libros cubiertos por el polvo de los siglos. Luego
la ilusión se disipa y veo que sus ojos acuosos están aquejados de vasos sanguíneos
reventados.
Ladea la cabeza:
—Beatriz es una persona adorable, ¿verdad? Alégrate de disfrutar de su amistad y
su cariño.
No sé bien qué contestar. Tras su apariencia solemne, intuyo una juguetona ironía
con la que me está poniendo a prueba.
—Mientras viví en el extranjero —dice Beatriz—, fueron las cartas del
Conservador las que me mantuvieron al tanto de la vida aquí en el palacio. Cuando
pasaba por casa, a quien me ilusionaba ver era al Conservador.
El Conservador mira con los ojos entornados la copia que Beatriz sostiene en las
manos. Ella asiente imperceptiblemente y él se muerde el labio inferior. Le tiende la
copia y él recibe la pila de papeles con manos temblorosas. Con el aliento
entrecortado y los ojos entornados, mira el papel. Su mirada se desliza por las líneas.
—Por fin —susurra varias veces. Mira a Beatriz—: ¡Es este!
—Lo que yo decía.
—No me atrevía a creerlo. ¡Pero es este!
4
EL CONSERVADOR ha servido tres copas de jerez. Beatriz y yo nos hemos sentado en su
cama y él sigue en la espigada silla de su escritorio.
—El rey vikingo Olav no sabía lo que estaba robando —dice el Conservador. El
jerez ha dejado una sombra húmeda sobre su labio superior—. Seguramente lo que le
interesaba era el cofre de oro en el que estaban los escritos.
—El manuscrito original —dice Beatriz—, está aquí en el Palacio Miércoles.
—Esteban dice que no tiene nada de especial.
—Esteban miente.
—¿Sería posible echarle un vistazo?
—No es fácil. Sólo tenemos acceso Esteban y yo. Una medida de seguridad. Cada
vez que abrimos la puerta, queda registrado en el diario de seguridad. Esteban
sospecharía.
—Desgraciadamente el manuscrito original no está completo —dice el
Conservador—. El aire seco del desierto de Egipto es perfecto para la conservación
del papiro. El aire frío del mar de Noruega e Islandia es menos ventajoso, por decirlo
así. Partes del papiro se han descompuesto y está lleno de lagunas. Gran parte resulta
ilegible. Para poder leer y traducir correctamente el texto, necesitamos la copia no
dañada de Thingvellir.
—¿Vais a tardar mucho en contarme qué es lo que hace que este manuscrito sea
tan único?
—Es el original de un texto bíblico.
—Hasta allí ya me he enterado, pero ¿qué pone en el texto que asuste tanto al
Vaticano?
El Conservador se levanta y rellena de jerez las copas medio vacías. Enrosca el
tapón de la botella.
—Asusta… Tan fácil no es. Hace mil años, el Vaticano tenía preocupaciones muy
distintas a las de hoy en día. No sé cómo habría manejado el Vaticano el asunto si el
manuscrito hubiera salido a la luz en nuestros tiempos, pero hace mil años les entró el
pánico.
—¿Por qué?
—Porque la Iglesia lleva siglos difundiendo la ilusión de que la Biblia es la
palabra de Dios.
Habla con un tono de rebeldía.
—¿No es esa la misión de la Iglesia? —pregunto.
—Precisamente por eso, la autoridad y el peso de la Biblia y la Iglesia se
desintegrarían si el Vaticano reconociera que la Biblia es, digamos, una colección de
historias buenas y edificantes, escritas por personas, transformadas por personas,
reunidas y seleccionadas por personas. Y nada más.
—Todo el mundo sabe que la Biblia no se puede interpretar literalmente. La Biblia
representa algo mayor que ella. Muy poca gente sigue creyendo en la Biblia en sentido
estricto.
—¿Ah, sí? Pregunta a los homosexuales, pregunta a las mujeres. Durante dos mil
años nos han machacado con la interpretación de la Iglesia. Te sorprendería la
cantidad de gente que lee la Biblia convencida de que es la palabra que Dios nos dirige
a nosotros los hombres, como si el propio Dios hubiera sostenido la pluma. Algunos
creyentes leen la Biblia como una fuente para la comprensión, la adoración y la
contemplación, inspirada por Dios y trasmitida por las personas. Pero aun así… Las
mismas personas que sentaron las bases de las cruzadas, la Inquisición y la esclavitud,
siguen floreciendo hoy en día.
—Yo creía que todo esto había cambiado con Lutero.
—Bueno, piensa en las palabras de san Pablo sobre la homosexualidad. Un
apóstol que predica el amor, el perdón y la compasión, condena la homosexualidad y
aún recibe el aplauso de mucha gente culta. —Las palabras salen entre una nube de
saliva—. ¿Qué crees que habría dicho Jesús sobre el odio con que reciben a los
homosexuales ciertos cristianos?
—Bueno, bueno —dice Beatriz inclinándose hacia él y acariciándole
tranquilizadoramente el muslo.
—Pablo vivía en otros tiempos —digo.
—¡Exacto! Cosa que demuestra que la Biblia pertenece a un tiempo perdido. Hoy,
sí, hoy la Iglesia condena la misma esclavitud que durante mucho tiempo apoyaba
entusiastamente. Pero a los homosexuales aún los persiguen con endemoniado celo y
ardiente odio.
El Conservador inspira profundamente tras este exabrupto y se apoya sobre el
escritorio.
—¿Estás bien? —pregunta Beatriz.
—¡Sí, sí, sí!
—El Conservador se involucra mucho en las cosas —dice—. Pero yo estoy de
acuerdo con él. La Biblia es una obra maestra literaria y mitológica, que estaba
arraigada en su tiempo, su pueblo y su mundo. Hoy en día podemos escoger entre leer
la Biblia como un mensaje religioso o como un manifiesto filosófico. Como
transmisora de la palabra de Dios, la Biblia descansa única y exclusivamente sobre la
fe de los lectores. La autoridad de la Biblia depende de la fuerza e irrefutabilidad del
texto.
Beatriz toma aire. El Conservador interviene en la pausa:
—Nuestra Biblia recibió el visto bueno de los padres de la Iglesia hace mil
quinientos años. Durante todos estos siglos, los papas, los curas y los predicadores se
han refugiado en la inmunidad de la Biblia. Criticar la Biblia equivale a negar a Dios.
Se han sostenido guerras para defender y expandir la palabra de la Biblia. Millones de
personas han sido asesinadas en nombre de la Biblia.
En el momento en que al Conservador le da un ataque de tos, consigo introducir
una pregunta:
—¿Cómo pueden los rollos de Thingvellir alterar esto?
Mientras el Conservador recupera el aliento, Beatriz responde:
—El texto más fundamental de todos, el fundamento teológico del judaísmo, el
cristianismo y el islam, es el Pentateuco, los libros atribuidos a Moisés. El relato del
Génesis. La historia de los patriarcas. El éxodo. Canaán. Caín y Abel. Las leyes. Las
prescripciones. Los diez mandamientos. Todas esas historias conforman el
fundamento de nuestra herencia cultural común y nuestra autocomprensión. —Le da
al conservador un par de palmadas en la espalda para aliviarle la tos—. Moisés es una
de las figuras más influyentes de la historia de la humanidad. La mitad de la población
del mundo basa su fe en sus palabras. El Dios todopoderoso que aparece en los libros
de Moisés sigue siendo el Dios en que creen los cristianos, los judíos y los
musulmanes.
El Conservador, que ha recuperado un poco el aliento, vacía la copa de jerez de un
trago.
—¿Qué pasaría si alguien documentara que es todo falso?
—¿Falso? —repito como un eco—. ¿Qué es lo que es falso?
—¿Cómo reaccionarías si te dijera que los libros de Moisés son la suma de
numerosos textos y pensamientos de la Antigüedad?
—Me suena a una de las primeras cosas que aprenden los estudiantes de teología
en la universidad.
—Pero lo curioso es cómo protegen sus conocimientos. La mayoría de la gente no
sabe que los libros de Moisés, es decir, grandes partes del Antiguo Testamento, son
una mezcla de mitos babilónicos, leyendas fenicias e hititas y relatos egipcios
vinculados con la descripción de un dios absoluto y la creación de una religión
monoteísta. Y un nuevo estado. Muchos despacharán todo el asunto como un mito
más, como una teoría conspiratoria. Algunos (los especialistas, los teólogos críticos y
los investigadores) reconocerán que el Antiguo Testamento de la Biblia, en gran
medida, es precisamente una colección única de textos más antiguos con nuevas
vestimentas.
—Evidentemente se puede optar por ignorar toda la problemática porque se esté
convencido de que la Biblia es la palabra de Dios —dice Beatriz.
—O se puede ver la Biblia como la descripción de una cultura de un pasado
mitológico y de la esperanza de un futuro idealizado —dice el Conservador—. Un
libro sobre el sueño, inherente al hombre, de alcanzar lo bello y lo supraterrenal. ¿Más
jerez?
Le acerco mi copa y la llena hasta el borde. Beatriz aún tiene la copa medio llena y
la cubre con la mano.
—Pero imagínate —continúa el Conservador dejando a un lado la botella—,
imagínate que alguien pudiera presentar pruebas irrefutables que revelaran cómo
surgió el Pentateuco y cómo se creó la nueva religión.
—¿Qué tipo de pruebas?
—¡Los rollos de Thingvellir!
Beatriz y el Conservador se quedan mirándome fijamente, como si preguntaran y
me desafiaran.
—En el mundo hay dos mil millones de cristianos. La mitad de ellos son católicos
—dice el Conservador—. Hay mil quinientos millones de musulmanes y catorce
millones de judíos. Para muchos de ellos, el Pentateuco es el fundamento de su fe.
Moisés allanó el camino de la fe para Jesús y Mahoma.
—Por eso es tan importante el manuscrito —dice Beatriz—. Cuenta una historia
diferente.
—El Papa nunca podrá decir que los textos en torno a los que se reunieron los
padres de la Iglesia son incompletos —dice el Conservador—. Nunca podrá decir que
hay que reescribir la Biblia. ¡Es impensable! Nunca podrá desvelar que los libros de
Moisés contienen errores que hay que corregir. Con ello apuñalaría por la espalda a
los que le han precedido durante dos mil años, al mismo tiempo que admitiría que la
Biblia, en toda su magnificencia literaria, no es la palabra de Dios, sino la de los
hombres.
—La Biblia —dice Beatriz—, se transformaría en un hermoso libro de cuentos,
bellamente escrito y en el que se plasman las visiones de los sabios sobre un Dios y un
paraíso con el que podemos soñar todos.
—Pero que no es más que un espejismo —dice el Conservador.
EL SEXTO LIBRO DE MOISÉS
1
NOS HEMOS trasladado a la terraza. Beatriz se ha traído vino, una vela y una espiral
contra los mosquitos que me molesta más a mí que a ellos. El Conservador ha entrado
para coger tres copas.
—¿Por qué está tan enfadado? —le pregunto señalando con la cabeza la puerta de
cristal de la terraza que acaba de atravesar el Conservador.
—Durante la segunda guerra mundial, él y sus padres buscaron refugio en una
iglesia, en Varsovia, pero el cura los rechazó. No quería dar asilo a los judíos. Un
monaguillo salió corriendo a la calle y alertó a unos soldados. A su padre lo mataron
en las escaleras de la iglesia y a su madre la mandaron a un campo de concentración
donde murió. Sólo el Conservador consiguió escapar. Tenía diez años.
El Conservador sale con las tres copas.
—Qué callados estáis —dice abriendo la primera botella de vino dispuesto a
servirnos.
—Ya hablas tú por todos los demás, charlatán —dice Beatriz encendiendo la vela.
—Es que yo me comprometo con las cosas —dice el Conservador, y nosotros
alzamos las copas.
El Conservador se recuesta en una de las sillas de la terraza y se entrega al rojizo
brillo del vino.
—¿Soportarías aún otra dosis de instrucción? —pregunta jovialmente.
Me río por lo bajo.
—¿Me queda otra opción?
—No —dice Beatriz.
2
EL CONSERVADOR posa su copa sobre la mesa.
—La Biblia… Caemos tan fácilmente en pensar en la Biblia como una totalidad
divina e inmutable… Pero la Biblia es el resultado de una labor editorial altamente
humana y de objetivos bien definidos; una labor influenciada por las creencias
personales de quienes redactaron la Biblia y por su programa político y teológico. Ni
siquiera hay una sola Biblia en torno a la que se reúnan todos los creyentes. Los
judíos, los cristianos, los ortodoxos, los católicos, los protestantes… Cada uno tiene
su particular versión de la Biblia. Para abreviar una larga historia podemos decir que
los rollos de Thingvellir constituyen una copia completa en hebreo, además de una
traducción al copto, de la colección de textos de la Antigüedad. Llámalo un borrador,
si gustas, un texto en bruto, un esbozo. Más adelante diversos autores han corregido,
elaborado y adecuado aquellos escritos de modo que se conciliaran en una historia
conexa.
—Y esa historia —dice Beatriz—, constituye el Pentateuco, los primeros libros del
Antiguo Testamento.
Me recorre un escalofrío.
—Los rollos de Thingvellir —continúa el Conservador—, son los textos originales
sobre los que se basa el Pentateuco.
—Estos textos originales no sólo desvelan cómo surgió el Pentateuco, capítulo por
capítulo y página por página —dice Beatriz—, sino también todo lo que se dejó fuera.
—Caramba —digo; debería haber dicho algo más acertado, pero es lo único que
se me ocurre.
—Hay más —dice Beatriz—. Los textos originales incluyen un libro más.
—¿Uno más? ¿Qué quieres decir?
Beatriz asiente.
El Conservador le da un sorbo al vino.
—El manuscrito contiene un sexto libro de Moisés.
3
ME LLEVA unos minutos aclarar mis ideas. ¿Un libro sobre Moisés desconocido? La
afirmación suena descabellada, pero, al considerarla, me parece que todo encaja. Todo
este secretismo, el jeque y Hassan, el Vaticano, la SIS… Todos esos asuntos
inexplicables adquieren de pronto un sentido.
—Sé que resulta difícil de comprender —dice el Conservador.
En algún lugar de la ciudad suenan unos disparos, a no ser que se trate de un tubo
de escape defectuoso.
—Todo lo que hemos podido leer —dice Beatriz—, son extractos incompletos del
texto original, parcialmente estropeado, que se conserva aquí en el palacio. Por eso los
rollos de Thingvellir son tan inconcebiblemente importantes, porque en ellos se halla
el texto, en su versión original, palabra por palabra.
—Según los extractos deteriorados que tenemos nosotros —dice el Conservador
—, el sexto libro de Moisés describe la infancia y la juventud de Moisés. Proporciona
nuevas reglas para la vida que influirían sobre el judaísmo, el cristianismo y el islam.
Dios revela más sobre sí mismo, sobre quién es, sobre las razones por las que creó la
Tierra y lo que espera de las personas. Insinúa que existen otros dioses, pero que el
creador de la Tierra y de las personas es Él.
—Dios presenta visiones que los gnósticos y los cátaros defendieron más tarde —
dice Beatriz—. El sexto libro de Moisés va bastante lejos a la hora de debilitar a la
Iglesia y la posición de los sacerdotes. Dios condena a todo aquel que lo malinterpreta
por cuenta propia. La verdadera fe vive en cada uno de nosotros. «El templo más
sagrado —dice—, lo encontrarás en tu propio corazón». Dios advierte a Moisés contra
los sacerdotes falsos que utilizarán la Iglesia para reforzar su propio poder.
—El sexto libro de Moisés dedica cuatro capítulos a Satanás y tres a ángeles y
arcángeles conocidos y no conocidos. Dios denomina a Satanás su hijo caído y habla
de él con amor paternal. Lo que nosotros entendemos por el «mal» es, ante todo,
ausencia de divinidad.
Le doy un sorbo al vino y me concentro en no perder el hilo.
—El sexto libro de Moisés cambiará la interpretación del resto de los libros de
Moisés —dice el Conservador—. Por motivos que desconocemos, alguien ha
eliminado el sexto libro. En caso de que el libro se canonizara, obligaría a las tres
grandes religiones del mundo a adecuarse a este nuevo texto.
—¿De qué modo?
—Eso no lo sabremos hasta que podamos leer el texto completo. Si sacáramos
conclusiones de las traducciones que ya hemos hecho, no serían más que
especulaciones. Aquí tienes un ejemplo… —El Conservador se saca del bolsillo de la
camisa una hoja con un texto breve y prosigue—… de por qué dependemos tanto de
los rollos de Thingvellir.
—La parte legible del texto ha sido traducida del papiro original estropeado que se
conserva aquí en el Palacio Miércoles —explica el Conservador—. Pero para llenar las
lagunas, los espacios vacíos, donde se ha desintegrado el papiro, necesitamos la copia
de Asim. El texto prácticamente carece de sentido estando incompleto.
4
MOISÉS y los israelitas se pasaron cuarenta años en el calor del desierto. Tienen toda
mi simpatía. Mi propia travesía del desierto aún me corroe, y todavía no ha tocado a
su fin.
El Conservador vuelve a entrar para coger un ejemplar encuadernado y desgastado
del Antiguo Testamento. Con sus largos dedos pasa las finísimas páginas.
—Lo primero que tenemos que hacer para leer, comprender e interpretar
correctamente el Pentateuco —dice—, es reconocer que Moisés nunca lo escribió.
Lee:
Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que
había sobre la tierra. (Números 12:3).
El Conservador se ríe un poco:
—¿Crees que el hombre más manso de la tierra hablaría así de sí mismo?
—Esto no demuestra nada —objeto—. Aunque Moisés no escribiera todo lo que
dice sobre él el Antiguo Testamento, eso no significa que no escribiera nada.
—Muchos piensan que es así —dice Beatriz—. Que hubo un corrector que adornó
el texto de Moisés, pero la mayoría de los teólogos y los sacerdotes de nuestro tiempo
están de acuerdo en que Moisés no escribió los primeros cinco libros del Antiguo
Testamento.
—Al leer estos libros —dice el Conservador—, acabas aturdido por todas las
reiteraciones, los distintos nombres con que se hace referencia a Dios y a las personas,
y por las versiones contradictorias que se dan de los mismos acontecimientos.
—En el Génesis aparecen dos relatos distintos de la creación —dice Beatriz.
—¿Dos?
—Dos historias emparentadas, trenzadas hasta formar una sola —dice el
Conservador, y vuelve a leer en voz alta:
Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados,
al tiempo que Yahvé Dios hizo la tierra y los cielos, no había aún arbusto en
el campo, ni germinaban hierbas en la tierra, porque Yahvé Dios aún no
había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la
tierra, sino que surgía de la tierra un manantial, el cual regaba toda la faz
de la tierra. Entonces Yahvé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y
sopló en su nariz aliento de vida, y fue así el hombre un ser animado.
(Génesis 2:4-7).
5
CUANDO regreso, el Conservador ha abierto aún otra botella de vino. Una polilla
embiste una y otra vez contra uno de los faroles de la terraza, con impaciencia y
tenacidad. La luna brilla a través de la hojarasca y una ráfaga de viento proveniente
del mar pasa por encima del parque.
Me siento y le doy un trago al vino. Tanto Beatriz como el Conservador me
contemplan como si intentaran averiguar si ya he tenido suficiente.
—La teología está llena de «secretos» que están a la luz del día —dice el
Conservador, e inspira profundamente antes de proseguir—: Los teólogos, los rabinos
y los curas siempre han conocido estas debilidades del Pentateuco. Durante mucho
tiempo se rehuyó el problema diciendo que, tras el texto, se ocultaba una verdad más
grande. Ya en el siglo XVIII, había teólogos críticos que defendían abiertamente que era
imposible que Moisés hubiera escrito esos libros. Los teólogos conocen el problema
desde hace siglos. Si metes la cabeza en una facultad de teología de cualquier lugar del
mundo, verás que esto forma parte de su interpretación fundamental de la Biblia.
Moisés nunca escribió el Pentateuco.
Beatriz le da un sorbito al vino mientras me mira.
—Todo esto nos lleva a la hipótesis de la fuente —dice el Conservador.
—La teoría JEPD —añade Beatriz.
—¿Qué significa?
—La teoría JEPD es la hipótesis de que los libros de Moisés proceden al menos de
cuatro fuentes principales distintas: la J viene de la tradición Yahvista (jahvist), la E de
la Elohísta, la P de la Presbiterial y la D de la Deuteronómica —explica Beatriz.
Aplasto un mosquito que se ha posado sobre mi antebrazo.
—Los libros de Moisés se empezaron a escribir en torno al 900 a. C., y se
corrigieron diversos escritos para formar los cinco primeros libros del Antiguo
Testamento, el Pentateuco, en torno al año 400 a. C. —dice Beatriz.
—Los autores del Pentateuco cuentan la misma historia básica, pero vista desde
diferentes perspectivas. —El Conservador entrelaza los dedos formando un tenso
nudo—. Viraron el material en función de diversas consideraciones políticas y
religiosas e intentaron corregirse los unos a los otros, así como la versión precedente.
—Irónicamente, todas estas versiones distintas y contradictorias han sido
fusionadas —dice Beatriz.
Un poco más allá de donde nos encontramos, en el ala para el servicio del palacio,
se apaga la luz de una ventana.
—Basándose en sus conocimientos de teología, política y lingüística, los teólogos
han separado todos los versos y capítulos del Pentateuco y han intentado volverlos a
montar en sus respectivos contextos —dice el Conservador—. En este proceso, los
teólogos han llegado a la conclusión de que el Pentateuco proviene en realidad de un
número mayor de fuentes que las mencionadas por la hipótesis JEPD.
—Pero entonces, ¿quién escribió el Pentateuco? —pregunto.
6
ME SUENA el móvil.
Primero no contesto: no soy uno de esos esclavos del teléfono y, además, siento
curiosidad por Moisés. Luego caigo en la cuenta de que sólo he facilitado mi número
de teléfono a quienes realmente pueden tener necesidad de encontrarme.
Es el profesor Llyleworth. Está alterado. La SIS ha llevado a cabo unas pesquisas y
ha descubierto que hace poco más de una hora un tal Jamaal-al-aziz, (Hassan), se ha
montado en Miami en un avión de la American Airlines con dirección a Santo
Domingo.
—¿Y cómo sabe que estoy aquí? —pregunto con voz temblorosa.
—El aparato de investigación del jeque no tiene límites.
—¿Y qué hago?
—Quédate donde estás. Es lo más seguro.
—¿Lo más seguro? ¿Con Hassan dirigiéndose hacia aquí?
—Ya he hablado con Esteban Rodríguez. En estos momentos se están
incrementando las medidas de seguridad del Palacio Miércoles.
Les hablo a Beatriz y al Conservador de Hassan y se muestran de acuerdo con el
profesor en que probablemente sea más peligroso huir que quedarme donde estoy.
—Hagas lo que hagas te va a encontrar —dice Beatriz—. Al menos aquí estás
seguro.
Miro fijamente el enorme parque oscuro.
—Ahí fuera hay tantos sistemas de seguridad —dice el Conservador—, que un
intruso sería descubierto mucho antes de que alcanzara a saltar la valla.
7
—VOLVIENDO al Pentateuco —digo, vaciando la copa de vino de un trago—. ¿Quién
lo escribió?
Beatriz me llena la copa.
—Los teólogos operan con al menos cuatro fuentes, pero en realidad son muchas
más —dice.
—La Yahvista, que usa sistemáticamente el nombre de Yahvé cuando se refiere a
Dios, es la más destacada entre los teólogos y maestros del Antiguo Testamento —dice
el Conservador—. Vivió en torno al año 900 a. C. y es responsable de la estructura
básica del Pentateuco y de su genial trazado. Les proporcionó una nueva forma épica
y un sentido teológico a los mitos e historias de la Antigüedad. La perspectiva, el
modo de narrar, el vocabulario, el estilo literario y la visión religiosa de la Yahvista
muestran que era judío; de hecho, todos sus héroes son de Judea. Probablemente era
un escribiente de la corte de Jerusalén, tal vez de la corte del rey Salomón.
—La Elohísta, que denomina a Dios Elohim, y no Yahvé, redactó cien años más
tarde la respuesta de los israelitas a la fuente yahvista —continúa Beatriz—. Todos los
héroes de la fuente elohísta son israelitas, y no judíos. Sustituyó la perspectiva judea
por una perspectiva israelita.
—La fuente Presbiterial —dice el Conservador—, fue escrita por un grupo de
sacerdotes de Judea en el tiempo posterior a la construcción del Segundo Templo, 500
años antes de Cristo, y antes de que Jerusalén cayera en manos de los babilonios.
También los sacerdotes tenían su propio programa teológico y político.
—El Deuteronomio, el quinto libro del Pentateuco, fue escrito en el siglo VI a. C.
—dice Beatriz—. Muchos piensan que el Deuteronomio lo escribió el mismo Jeremías
que redactó el libro de Jeremías del Antiguo Testamento.
Dentro del palacio suena una puerta. El Conservador calla. Esteban Rodríguez
aparece en la puerta de la terraza.
—Aquí estáis —dice con el aliento entrecortado, y me mira—: ¿Lo has oído?
—El profesor Llyleworth acaba de llamar.
—Hemos reforzado las medidas de seguridad del palacio.
Hemos traído más guardias de seguridad e intensificado la vigilancia del parque.
—Gracias. Siento sinceramente causaros tantos problemas. Si es mejor que me
vaya…
—¡No pienses en eso! —Su mirada se desliza desde Beatriz a la botella de vino—.
Bueno, no quiero interrumpir. Tengo que llamar al jefe de policía.
Beatriz se inclina hacia mí y me acaricia la mano.
—Todo va a salir bien —susurra.
Cuando el Conservador oye que Esteban ha cerrado la puerta que da al pasillo,
continúa:
—Paradójicamente, todas las versiones contradictorias se fusionaron en una sola.
Sería como si cortaras en trocitos una airada polémica de los periódicos para después
unir las diversas posiciones del debate en un solo artículo conexo que, aparentemente,
argumenta a favor de una misma posición. Al convertirse en un solo texto adquirió
mucha autoridad y consiguió vincular religiosa, política y socialmente el reino del sur
con el reino del Norte: Judea e Israel.
—¿Cómo acabó todo esto en manos de Asim?
—Los diferentes textos que conformaron el Pentateuco, llegaron a manos del culto
de Amón Ra cuatrocientos años antes de nuestro cálculo del tiempo. Estaban
enrollados, envueltos en telas, metidos en vasijas selladas y colocados en un cofre de
oro. En Aegyptiaca, el historiador Manetón, basándose en los archivos egipcios
conservados en el templo de Heliópolis, narra una ceremonia religiosa en la que el
cofre de oro con los manuscritos en papiro fue trasladado a la cámara mortuoria y
colocado a los pies de la momia.
—Y allí permaneció el cofre hasta 1013 —dice Beatriz.
Me reclino, miro el cielo estrellado y bebo un trago de vino mientras pienso para
mis adentros que a veces pasan estas cosas.
EL TERCER CUSTODIO
1
LA OSCURIDAD está colmada de insectos. Las sirenas de la gran ciudad suenan como
los silbatos del tren en la pradera americana. Empezamos la tercera botella de vino.
—Bueno —digo finalmente, dejando reposar la copa de vino contra mi pecho—,
¿y por qué me habéis contado todo esto?
—Te hemos estado esperando —dice Beatriz.
—¿A mí?
—Desde que el Conservador y yo empezamos a investigar este material a finales
de la década de los sesenta, hemos estado esperando al tercer custodio.
Se abre un abismo de confusión.
—¡Esperad! ¡Esperad! ¡Esperad! ¿Qué queréis decir?
—Tú, Bjørn —dice Beatriz—, eres el tercer custodio.
—Yo no soy un custodio.
—No teníamos ni idea de que eras tú, pero sabíamos que el tercero tenía que tener
algo especial, algo que le hiciera destacarse.
—Eres tú —dice el Conservador.
—Cuando oímos que había venido un noruego al Palacio Miércoles, y que el
noruego eras tú, lo comprendimos —dice Beatriz—. Bjørn Beltø… El hombre que
salvó el cofre de los secretos sagrados.
—Beatriz y yo tenemos una misión —dice el Conservador.
—¿Y cuál es?
—Llevar a término la misión de los custodios.
—¿Quieres decir…?
—Devolver la momia a la cámara mortuoria de Egipto.
—¿La momia existe? Esteban dijo…
—¡No escuches a Esteban! —me ataja Beatriz—. Miente, miente, miente. El
mundo se merece poder leer los textos tal y como fueron escritos.
—No comparto la inquietud del Vaticano —dice el Conservador—. Quienes crean,
pueden seguir creyendo. Su fe adquirirá una nueva dimensión. Y los teólogos tendrán
algo con lo que afanarse durante los próximos cien años.
—¿Qué significa eso de que me habéis estado esperando? El Conservador se saca
una hoja plegada del bolsillo de la camisa.
—Esto es una traducción de algo que escribió Asim en Selja antes de morir: es una
profecía astrológica, un augurio, llámalo como quieras.
Me tiende la hoja:
2
BEATRIZ se restriega la nariz y dice que va siendo hora de irse a la cama.
Lo dice dirigiéndome una breve mirada. Durante unos segundos fantaseo con la
idea de que me está diciendo que quiere que la acompañe, pero luego añade que está
terriblemente cansada y que el vino le ha provocado dolor de cabeza. Se levanta y
recoge las botellas de vino vacías.
—Difícilmente puede ser una casualidad que hayan pasado mil años desde que la
momia se sacó de su lugar de descanso —dice.
—O que hayan pasado quinientos años desde la zozobra moral de los custodios
aquí en el Caribe —añade el Conservador apagando la vela.
—Y ahora —dice Beatriz—, por fin somos tres.
EL MAUSOLEO
1
ME CONDUCE de vuelta a La Biblioteca Sagrada.
—Un momento —susurra, mientras el escáner de iris se esfuerza por reconocer
sus ojos inyectados en sangre. Introduce los códigos y, una vez más, entro cojeando
en la sala de la biblioteca con aire de iglesia.
Entre dos estantes marcados como «Custodios nórdicos» y «Textos santos», abre
un armario. De un cajón señalado como «Aventuras de caballeros» coge una caja de
cartón. Levanta la tapa y desdobla el papel de seda.
—Creo que esto te va a interesar.
Miro dentro con curiosidad. Veo un texto escrito en runas sobre papel vitela, la
piel de ternera más fina. Las líneas de signos nórdicos forman bloques de texto
simétricos. Me inclino sobre el texto y traduzco las primeras líneas:
—Este es el texto que llamamos «La historia de Bård» —dice—. El texto fue
escrito en Selja, cuarenta años después de la batalla de Stiklestad, por el escudero y
amigo de Olav, Bård.
—¿Bård? —exclamo. ¡Bárðr! La momia deteriorada que estaba en el ataúd de
piedra junto a Asim, en la cámara mortuoria de Selja.
—Un escrito atípico. El estilo del texto es diferente de lo que era habitual en su
tiempo.
—¿Cómo ha acabado aquí el manuscrito?
—Los custodios debieron de haberlo enviado con Snorre cuando…
La puerta se abre de golpe y, cual furioso mariscal de campo traicionado, entra
Esteban con dos guardas de seguridad. El Conservador y yo pegamos un respingo.
Con discreción, aunque no con la suficiente, le devuelvo al Conservador la caja con
«La historia de Bård».
—¿Ha pasado algo? —pregunto—. ¿Es Hassan?
Esteban me espeta algo en español de lo que no entiendo una palabra. Con las
orejas gachas, el Conservador le tiende la caja de cartón con el manuscrito.
Esteban le echa un rápido vistazo a la caja.
—«La historia de Bård» —dice—. ¿Por qué?
—Perdonadme, señor Rodríguez —murmura el Conservador. Esteban se vuelve
bruscamente hacia mí.
—¿Interesante? —me pregunta con la voz llena de cristales rotos.
—Apenas he leído unas líneas —respondo dócilmente—. ¿Has sabido algo más de
Hassan?
Los guardas de seguridad agarran al Conservador y se lo llevan de la biblioteca
como un simple arrestado.
—¿Qué pasa? —digo.
Esteban me contempla con su mirada de rector.
—¡El Conservador se va a arrepentir!
—Nosotros…
—Se ha extralimitado muchos kilómetros.
—Por supuesto. Te pido disculpas. No pretendíamos…
—¡Bueno! —me interrumpe—. ¡Ven conmigo! Esteban me agarra por la manga de
la chaqueta y me conduce a través de la biblioteca.
1
SALIMOS del palacio por un ala lateral, bajamos unas empinadas escaleras de piedra y
continuamos por un camino empedrado que pasa por delante de fuentes y estatuas de
mármol que escudriñan la eternidad. El parque es un bosque profundo que desaparece
en la oscuridad. Oigo ruidos entre la hojarasca y los arrullos y silbidos, con aires de
jungla, de las criaturas de la noche. Esteban me conduce a un sendero de gravilla que
atraviesa el campo de flores. En medio de la colorida manta de flores, iluminado por
lámparas ocultas, hay un pilar de piedra de varios metros de altura.
Una piedra rúnica.
Acaricio con las yemas de los dedos los signos que el paso de los siglos
prácticamente ha borrado. Signo por signo traduzco para mí mismo.
Tord talló estas runas lejos del reino de los antepasados a través de mares revueltos
y montañas desconocidas por bosques y sobre lagunas hemos traído el objeto
sagrado que nacimos para custodiar con la misericordia de los dioses tal y como
ordenó Asim a la isla del sol.
Española
1503
†
LENTAMENTE En medio del parque, rodeado de flores y una alta verja de lanzas de
hierro de afiladas puntas negras, se encuentra un mausoleo blanco.
Las paredes tienen frisos de piedra roja, pero carecen de ventanas. La cúpula del
tejado, de cobre, está cubierta de cardenillo.
Nos detenemos ante la puerta:
—Acompáñame —dice Esteban mientras se saca del bolsillo un mando a
distancia.
Un enorme enrejado de rayos infrarrojos ilumina la oscuridad.
—Por si acaso —dice—. Por si alguien, contra todo pronóstico, fuera capaz de
forzar las vallas exteriores, los sensores del suelo, las cámaras de vigilancia, los rayos
infrarrojos, los detectores y los perros.
Presiona el ojo contra un escáner de iris e introduce un código. La cancela de
hierro se abre.
Nos detenemos a los pies de las escaleras de granito que conducen al rellano que
hay ante la entrada. En un friso colocado sobre las grandes puertas dobles, reconozco
los tres símbolos: ankh, ty y cruz.
Subimos por las escaleras de granito hasta alcanzar el rellano de mármol. Los
antiguos y sólidos cerrojos que sellaban la entrada han sido sustituidos por cerraduras
de códigos incrustadas en el ancho marco de la puerta. Esteban introduce un código,
espera un poco e introduce otro más.
Las pesadas puertas se abren sin producir ningún ruido.
Entramos en una antesala de suelo de mosaico. Las paredes y el techo están
cubiertos de frescos rodeados de marcos labrados y ornamentos dorados. A nuestras
espaldas se cierran las puertas y el cerrojo se encaja. Es evidente que la puerta exterior
y la interior no pueden estar abiertas al mismo tiempo.
Detrás de la siguiente puerta, unas anchas escaleras descienden dos pisos hasta
otra antesala. De nuevo Esteban tiene que mirar un escáner de iris e introducir un
código de seguridad.
La puerta se abre.
Y entramos.
1
LA MIRADA se me pierde en la maravillosa belleza del mausoleo.
Catorce columnas de mármol sostienen la elevada bóveda estrellada, encalada en
blanco. Detrás de las columnas las paredes son blancas y brillantes. La sala circular,
las columnas y la bóveda mantienen entre sí una etérea armonía. Mientras que La
Biblioteca Sagrada y el resto del Palacio Miércoles están profusamente ornamentados,
el mausoleo es sencillo y limpio. Inconcebiblemente bello y deslumbrantemente
blanco.
El sepulcro no parece tan grande desde fuera, pero, una vez en el interior, me
quedo impresionado ante sus dimensiones y proporciones monumentales.
En medio del suelo de baldosas, hay un ataúd de oro sobre un podio de varios
metros de altura con varias escaleras. Sobre cada una de las esquinas descansa una
menorá de oro, con siete velas encendidas de gran altura.
Nos aproximamos al podio y el ataúd con profundo respeto. El golpear de las
muletas suena a profanación, así que me las coloco bajo el brazo y voy a la pata coja.
Ascendemos los cinco peldaños del podio.
La tapa del ataúd está abierta: reposa sobre cuatro pilares de ébano.
En el ataúd, con sus frágiles brazos cruzados sobre el pecho, descansa la momia.
Está envuelta en lino y la cabeza tiene una forma alargada y puntiaguda.
—Esto —dice Esteban—, es Moisés.
Aunque ya lo había deducido, el aire me abandona y deja en mí un vacío
inquietante y carente de pensamientos. Los guardas se colocan a ambos lados de la
puerta y Beatriz entra en la habitación.
Aturdido, mi mirada oscila entre Beatriz y la momia. ¿Por qué ha venido ella?
Creía que se había acostado hacía ya rato. ¿Por qué se ha traído dos guardas?
—Quiero que me des los rollos de Thingvellir —dice Esteban.
Aunque las palabras me pillan desprevenido, tienen una extraña forma de lógica.
A través de la inquietud y el miedo incipiente, comprendo por qué Esteban me ha
enseñado la momia.
—Te preguntarás por qué te he traído hasta aquí —dice Esteban—. Quiero que
comprendas que los rollos de Thingvellir forman parte de una totalidad. Una totalidad
que se encuentra aquí, en el Palacio Miércoles.
Miro a Beatriz inquisitivamente, como si le preguntara: «¿Qué estás haciendo
aquí?». Su mirada es fría y desafiante.
—¿Beatriz? —digo.
Ella mira a su hermano.
—Menuda mujer —me dice Esteban dándome un codazo—. ¿Hermosa, eh?
¿Crees que no me he fijado en tus calenturientas miradas?
—¿Dónde están los manuscritos? —pregunta Beatriz. Su voz ha perdido la calidez.
—¿Nos los darás si te dejo acostarte con ella? —Esteban se ríe—. ¿Qué dices tú,
Beatriz? ¿Valen los rollos un polvo con el paliducho?
Beatriz me mira fijamente.
Esteban dice:
—He tenido mucha paciencia contigo. ¿No estás de acuerdo? He sido amable y
receptivo. Te he dado muchas oportunidades. Pero la verdad es que estoy empezando
a impacientarme.
—No sé dónde están —digo, con la voz temblorosa.
—Tal vez te crea, tal vez no. En todo caso no te costará mucho averiguar dónde
están.
Les hace una seña a los dos guardas de seguridad, que vienen decididos hasta
nosotros. Esteban me escolta para bajar los cinco peldaños y Beatriz me sigue con la
mirada. Entre todos me sacan del mausoleo, me bajan por unas escaleras y me
conducen a través de unos pasillos subterráneos recién renovados y con gruesas
puertas de seguridad. Al final debemos de encontrarnos justo debajo del palacio.
Abren una gruesa puerta de madera tras la que una larga escalera de piedra
conduce a las profundidades del sótano.
—¿Adónde vamos? —tartamudeo.
Beatriz se vuelve y camina en dirección contraria, hacia la luz.
Me empujan escaleras abajo, hacia la oscuridad, hacia el hedor a ciénaga y
putrefacción. Se oyen unas garras que raspan el suelo. Unos ojos amarillos centellean
cuando uno de los guardas enciende la linterna.
—¿Adónde vamos? —pregunto una y otra vez.
Entiendo que no nos dirigimos de vuelta a mi habitación, con su cama ancha y
suave y la lámpara de araña.
El pasillo del sótano es bajo y húmedo, con el techo arqueado. Las losas del suelo
están resbaladizas. Rodeamos una esquina y nos detenemos ante una sólida puerta de
madera con unos cerrojos de hierro. Una lagartija cruza el suelo y sube por la pared.
Uno de los guardas hace girar una llave ridículamente grande y el cerrojo chirría
como si no se hubiera usado en un par de siglos (cosa que probablemente no esté tan
alejada de la realidad).
—No quisiera que pensaras mal de mi hospitalidad —dice Esteban—. Te
trasladaré arriba tan pronto como te muestres dispuesto a colaborar. Entre tanto, estoy
seguro de que las condiciones del sótano te ayudarán a pensar.
Me invita a entrar.
De eso nada. Me quedo donde estoy.
—Quiero que lo sepas —digo ahogado por el llanto—, padezco claustrofobia.
Uno de los guardas me pega un empujón y caigo de bruces en el interior de la
celda. Las muletas retumban contra el suelo de piedra, que está duro, frío y húmedo.
Cierran dando un portazo.
LA CELDA
1
EN LA celda la oscuridad es absoluta. Hay un olor agrio a vejez, moho, orina, y agua y
musgo podridos, además de algo que hace mucho que murió y se descompuso.
Me levanto y me golpeo la cabeza en el techo de piedra. Gimo. No resulta fácil
mantener el equilibrio en la oscuridad.
Tengo que concentrarme para reprimir los accesos de claustrofobia. Sé que no me
tengo que dejar llevar por el pánico. Tres, dos, uno… Inspiro regular y
profundamente. No hay peligro. Hay aire suficiente. Tres, dos, uno… Me lleno los
pulmones de aire, casi me llega a la tripa.
Aunque mis ojos deben de haberse acostumbrado ya a la oscuridad, no veo nada.
Nada en absoluto.
Con los brazos extendidos recorro a la pata coja los pocos pasos que me separan
de la pared, que también está hecha de sólidos bloques de piedra. Me paso los dedos
por el pelo: me he hecho un chichón.
Mi respiración ya se ha calmado lo suficiente como para percibir un sonido
distinto al de mis propios hipidos.
Mantengo la respiración y escucho.
Alguien está respirando.
No estoy solo en la celda.
2
EL MIEDO me paraliza. Completamente petrificado, pego la espalda a la pared y
escucho la vaga respiración raspante de otra criatura.
¿Una persona? ¿Un animal? ¿Un monstruo del tipo de Golum, que lleva
cuatrocientos años viviendo en la oscuridad y que por fin va a poder saciar su
hambre?
Se me hace un nudo en la garganta. Los sollozos me salen por descargas y las
manos y las rodillas me tiemblan.
—Bjørn, Soy yo.
Se me para el corazón.
Después reconozco la voz.
El Conservador.
Durante algunos segundos, el cuerpo sigue petrificado por el miedo; luego los
pulmones se me vacían con un estallido de aire.
Con la espalda contra la pared, me dejo caer al suelo.
—Estas celdas se han utilizado para alojar a todo tipo de gentes, desde esclavos y
piratas hasta insurrectos y agitadores políticos. Estamos en el segundo sótano. Por lo
general había entre cincuenta y sesenta presos en una celda de estas. Algunos vivían
aquí varios años antes de morir. Ahora el lugar se utiliza como almacén para mantener
las cosas refrigeradas.
No puedo verlo, pero por la voz deduzco que se encuentra tres o cuatro metros a
mi izquierda.
—Siento haberte metido en este lío —digo.
—No es culpa tuya.
—Creía que Beatriz estaba de nuestra parte.
—Por supuesto que lo está.
—Ha sido… Beatriz quien ha venido a buscarme al mausoleo con los guardas de
seguridad.
—Eso debe de tener alguna explicación natural.
—No lo entiendes…
—¡Lo entiendo! —exclama él.
—Y Esteban… No puede tratarnos de este modo.
—El rey Esteban puede tratar a quien quiera exactamente como le de la gana.
—La gente normal no se comporta así.
—¿Normal? ¿Esteban? Está obsesionado.
—No tenía previsto que mi curiosidad fuera a afectarte a ti.
—Es todo culpa mía. Debería haber pensado que los guardas nos observaban a
través de las cámaras de vigilancia. Incluso en medio de la noche.
—No entiendo… ¡Tú eres su colaborador!
—He sido su idiota útil hasta ahora. Ahora el manuscrito es un asunto entre tú y
él. De mí puede prescindir perfectamente.
—Pero ¿por qué…? —Busco las palabras adecuadas y prosigo—: ¿Por qué te ha
puesto en arresto domiciliario?
—Porque no confía en mí, porque por fin me ha pillado con las manos en la
masa. Lleva años detrás de mí, pero Beatriz me ha protegido. Ahora por fin me ha
pillado en algo. No creo que en «La historia de Bård» haya nada grave. Lo que le ha
hecho reaccionar es mi deslealtad, el haberte mostrado uno de los manuscritos de La
Biblioteca Sagrada a sus espaldas.
—¿Por qué va por ti?
—Siempre le he desafiado. Nunca me ha aguantado. Además está celoso.
—¿De ti?
Vuelvo a escuchar su respiración en la oscuridad.
—Porque Beatriz me quiere más a mí que a él.
—¿Y qué? Él es su hermano y tú un amigo. No se puede comparar.
—Esteban —dice en voz baja—, siempre ha tenido un interés más que fraternal
por Beatriz.
La oscuridad se hincha entre nosotros.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Ya sabes que los faraones egipcios estuvieron siempre tan preocupados por
mantener limpia la línea de sangre divina de la familia que acabaron casándose con
sus propias hermanas. Incluso Cleopatra estaba casada con su hermano pequeño. Hay
quien dice que el faraón Akhenatón y su madre, la reina Tiye, mantuvieron una
relación que dio lugar al mito de Edipo.
—¿Estás insinuando que Esteban y Beatriz mantienen una relación incestuosa?
—Nunca he querido preguntarles.
—No se puede decir que Esteban sea un faraón.
—Pero es igual de megalómano que ellos, y está igual de loco. En los sesenta,
antes de que se mudara a Estados Unidos, Beatriz me contó que Esteban había
abusado de ella.
—¿Qué estás diciendo?
—En aquella época tenía tendencias suicidas. Yo acababa de impedir un intento de
suicidio cuando me lo contó. Luego ya nunca quiso volver a hablar del asunto. No sé
si la cosa continuó o si la dejó en paz.
Apoyo la cara contra las manos.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Es importante que entiendas la locura de Esteban.
—Locura…
—No te dejes engañar por el encanto psicópata de Esteban. Es malvado hasta la
médula.
Me pregunto a mí mismo si no es el Conservador el que no está del todo bien de la
cabeza. Me cuesta imaginarme a Beatriz en brazos de Esteban.
—Seguro que Esteban tiene amigos poderosos —digo—, pero cuando esto pase,
se dará cuenta de que yo también.
—Querido Bjørn… —Vacila antes de proseguir—: No creerás que va a dejarnos
salir de esto con vida, ¿no?
MOISÉS
1
DURANTE toda la noche duermo intranquilo.
Sentado sobre el suelo de piedra frío y húmedo, reclino la espalda contra la pared
mientras los sueños y el miedo se enlazan en duros nudos. A intervalos regulares me
despierto bruscamente y sólo veo la pegajosa oscuridad: me esfuerzo por respirar. Un
terapeuta por hipnosis me enseñó una vez a domesticar el angustioso pánico de la
claustrofobia mirando hacia mi interior y ralentizando la respiración. Tres, dos, uno…
Me acompaso con mi propia respiración, pero no es nada fácil.
De vez en cuando escucho garras contra el suelo. Me imagino que el techo está
cubierto por una capa de telas de araña, donde unas arañas gordas aguardan a que
alguna rata se quede atrapada en su pegajosa tela. Cuando intento evadirme en el
sueño, me despiertan pequeñas descargas en el cuerpo.
Oigo los ronquidos ligeramente silbantes del Conservador. ¿Me habrá contado la
verdad? ¿O lo ha metido Esteban en la celda para engañarme? ¿Estarán confabulados
el Conservador, Beatriz y Esteban? ¿Es el Conservador el demente que ha destrozado a
Beatriz? Y entonces, ¿cómo he podido equivocarme tan tremendamente con Beatriz?
¿Cómo he podido enamorarme de una mujer tan corrupta y fría como su hermano?
Adormilado sueño que me he convertido en un custodio, en alguien que ha
tomado el relevo allí donde lo dejó la hermandad hace quinientos años. Bjørn Beltø.
El custodio.
Me duele el cuerpo: es imposible encontrar una postura que resulte cómoda.
Me despierta el sonido de la orina del Conservador contra la pared. Me levanto y
hago lo propio.
Luego intento dormirme.
2
NO SÉ SI es por la mañana, por la tarde o media noche. En la oscuridad el tiempo ha
perdido todo su significado. El hambre me corroe incluso a través del miedo.
Medio en sueños, me imagino a los piratas y los esclavos que acabaron su vida en
esta celda. Percibo el intenso olor de su angustia.
3
—¿BJØRN?
—Sí.
—¿Hablamos?
—¿Por qué?
—Mejor hablar que perder la razón.
—¿Y de qué hablamos?
—De Moisés.
—¿Otra vez?
—¿Por qué, crees tú, que el Vaticano le ha pagado una fortuna a la familia
Rodríguez para que vigilen la momia y sus textos durante quinientos años?
—Una buena pregunta. Si es realmente la momia de Moisés, el Vaticano más bien
debería haber construido una catedral en su honor. ¡Cómo la basílica de San Pedro!
Un santuario para todos los judíos, cristianos y musulmanes del mundo.
—No lo haría si resultara que Moisés fue un hombre completamente distinto a
quien la Iglesia quisiera que hubiera sido, si resultara que Moisés nunca condujo a los
israelitas a través del desierto durante cuarenta años, si resultara que fue un príncipe
egipcio, desobediente y desleal, que se enfrentó a su padre.
—¿Entonces la imagen que da la Biblia es una falsificación?
—Pasaron casi mil años entre el tiempo en que se supone que vivió Moisés y el
momento en que su historia se vertió en el Pentateuco. Mil años. Una historia cambia
mucho en mil años, Bjørn. Es mucho tiempo.
Estoy de acuerdo. Mil años es mucho tiempo.
4
LA GENTE que pierde la visión suele decir que el resto de los sentidos se agudizan.
Entiendo lo que quieren decir. En la oscuridad oigo agua que corre por las
profundidades de las paredes, garras que rascan y las flemas de los pulmones del
Conservador. Huelo el paso del tiempo y la orina del rincón. Saboreo mi propio
aliento metálico y siento la sangre que me corre por las venas. No puedo ver al
Conservador, pero intuyo el contorno de su aura.
—En la Biblia, sucesos que transcurrieron a lo largo de muchos siglos están
concentrados en pequeñas píldoras dramáticas —dice el Conservador—. Sólo cuando
todo encaja en el ritmo y la cronología correcta, los hechos y la mitología convergen.
—¿Cómo por ejemplo?
—Tomemos las diez plagas de Egipto. El agua del Nilo que se convirtió en sangre,
las grandes cantidades de insectos y ranas, la muerte del ganado, las pústulas, el
granizo, la oscuridad. ¿Lo recuerdas?
—Sí, hombre, he hecho la catequesis.
—En los tiempos de la Biblia, una enorme erupción volcánica dividió en dos la
isla griega de Santorini. Toda la zona del Mediterráneo estuvo aquejada de tsunamis.
Las cenizas volcánicas ascendieron por la atmósfera hasta hacerle sombra al sol. Las
mortales precipitaciones generaron una catástrofe climática y murieron miles de
personas y animales. El Nilo se envenenó y acabó con los peces. El ecosistema se
desequilibró. Las larvas de los insectos pudieron desarrollarse sin que se las comieran
los peces y, cuando las larvas se empollaron, las nubes de insectos mejoraron las
condiciones de vida de las ranas. ¿Lo entiendes? Todo está relacionado.
—¿Y qué pasa con el éxodo?
—Es un misterio histórico. Todo lo que sabemos sobre la huida de Egipto de los
israelitas aparece en el Éxodo, el segundo libro de Moisés. Basándonos en
acontecimientos históricos que podemos datar arqueológicamente, sabemos que el
éxodo tiene que haber tenido lugar unas cuantas generaciones después del reinado del
faraón Thutmosis III, que sentó las bases de un Egipto nuevo y poderoso. El país
estaba desbordado de riquezas. Su bisnieto, Amenhotep III, erigió magníficos
edificios por todo Egipto. En Tebas construyó el palacio de Malkata. Más al Norte, en
el delta del Nilo, ordenó que se volviera a levantar la ciudad destruida de Avaris. La
nueva ciudad se bautizó con el nombre de Pi-Ramsesés (Pitom y Ramsesés), pero la
zona se conocía más por otro nombre: Gosén. En el Pentateuco se dice que «los
israelitas tuvieron que construir las ciudades de Pitom y Ramsesés, ciudades
almacén del faraón». (Éxodo 1:11). Y aquí empiezan a acercarse la Biblia y la
arqueología: según el Éxodo, los israelitas se vieron envueltos en un enorme proyecto
de construcción, y los arqueólogos han encontrado pruebas de que en la
reconstrucción de Pi-Ramsesés trabajaron esclavos extranjeros.
—¿Y eso significa…?
—Que Amenhotep III era el faraón de la Biblia. Era el padre de Akhenatón, que
quiso sustituir los diversos dioses egipcios por un solo dios todopoderoso.
—El mismo proyecto que tenía Moisés.
—Exacto. Y yo sé quién fue Moisés.
LAS PROMESAS
1
OÍMOS pesados pasos por el pasillo.
Ambos cogemos aire y contenemos la respiración.
Escuchamos girar la llave en el reticente cerrojo.
La puerta se abre en una explosión de luz y, tanto el Conservador como yo,
quedamos cegados y tenemos que proteger nuestros ojos de los punzantes rayos de la
linterna.
Cuando por fin me acostumbro a la luz, veo por primera vez la celda. No es
grande. Cuatro por cinco metros o así. El Conservador está sentado en un rincón. Las
paredes son de enormes bloques de granito. El suelo está hecho de losas burdamente
talladas, alisadas por los pasos de los presos. El techo es abovedado.
—¡Tú!
Uno de los guardas me señala.
Cojo las muletas. El Conservador se levanta para acompañarme, pero lo empujan
hacia dentro y cierran la puerta de un portazo. Escucho que aporrea la puerta con
ambos nudillos, como un martilleo lejano e irreal.
Los guardas me permiten ducharme y usar el servicio. No descarto que la peste de
la celda se haya adherido a mi ropa sucia y húmeda.
2
ME ESPERAN tras una mesa rococó de caoba recién pulida. Esteban lleva un traje de
lujo. Beatriz, un lindo vestido de verano ajustado.
—Buenos días —dice Esteban—. ¿Has dormido bien?
No respondo.
Beatriz me mira fijamente con la mirada vacía:
—Todo va a ser mucho más fácil si nos cuentas dónde has escondido los rollos de
Thingvellir. —Su voz es gélida.
Se me da bien callar.
—¿A que es deliciosa? —La punta de la lengua de Esteban asoma por su boca,
sonríe de soslayo y le acaricia a Beatriz el brazo desnudo—. Una preciosidad,
¿verdad? ¡La prueba de que Dios creó a la mujer! ¡Tendrías que haberla visto de
joven! Oh la, la.
Beatriz no hace el menor gesto.
—Tenemos una pregunta —dice Esteban.
—¿Y si respondo?
—Dejaremos de martirizarte.
—¿Me dejaréis ir?
—Por supuesto.
—¿Y si no respondo?
—¡Responderás! No eres idiota. Tendrás tiempo de entrar en razón —dice Beatriz.
—¿Tiempo?
—Tiempo para pensar. En el sótano. Con el Conservador.
—¿Qué piensas que debo hacer, Beatriz?
—Pienso que debes hacer lo que te dice Esteban.
—Me lo pensaré.
EL PRÍNCIPE HEREDERO
1
TRAS el interrogatorio me vuelven a llevar a la celda. Me han dado dos panecillos, dos
manzanas y dos botellas de agua. La pestilencia me golpea.
Los guardas de seguridad me empujan hacia dentro y me abandonan a la
oscuridad y las clases de historia del Conservador.
—¿Qué tal ha ido?
—Beatriz ha participado en el interrogatorio.
—Ya veo…
—¿Has oído lo que he dicho?
—Sí.
—Ella es parte del asunto.
—¿De qué asunto?
—De la operación de Esteban.
—¿Beatriz? Nunca.
—Yo tampoco lo puedo entender.
En la oscuridad nos comemos los panecillos y las manzanas. El agua la guardamos
para más tarde.
En el silencio escuchamos la respiración del otro.
2
—ENTONCES ¿quién es?
Oigo como el Conservador se acomoda y limpia la voz.
—El Moisés de la Biblia no vivió nunca.
—¿Aun así sabes quién fue? —le espeto.
—El príncipe al que conocemos como Moisés era un egipcio de linaje real. No era
hijo de esclavos. Los autores de la Biblia de la posteridad lo han adaptado a su
proyecto israelita. Como tantas otras cosas de la Biblia, la historia está adornada y
coloreada.
—¿Por qué?
—Tenían una nación que construir y un pueblo que reunir. Una religión que crear.
Necesitaban un profeta. Necesitaban una historia fantástica que entusiasmara y
amedrentara al pueblo.
—¿Y entonces se inventaron a Moisés?
—Fue una idea genial. Al crear un personaje literario, Moisés, pudieron
construirlo a base de personas reales e inventadas, de mitos y de sucesos históricos.
—¿De qué modo?
—El origen de Moisés, el hijo de esclavos que se convirtió en príncipe, es un buen
ejemplo. Todos conocemos el episodio del Éxodo donde la hija del faraón encuentra a
un bebé, Moisés, flotando en el río en una cestilla de juncos de papiro. (Éxodo 2:3-
10). El problema es que a la hija de un faraón egipcio nunca le habrían permitido
adoptar a un niño, como sostiene la Biblia. Los lazos de sangre de las familias reales
egipcias eran tan sagrados que, si era necesario, los faraones dejaban embarazadas a
sus propias hijas y hermanas con tal de conservar la pureza de la sangre. Es
impensable que a la hija semidivina de un rey se le permitiera adoptar al hijo de un
pobre esclavo hebreo.
—¿Cómo ha surgido la historia?
—El relato sobre el hijo adoptivo tiene su origen, en parte, en una historia paralela
de la mitología babilónica y, en parte, en la historia egipcia. Muchos faraones se
hacían cargo de princesas de otros reinos para formar alianzas políticas. A algunas de
ellas les daban palacios propios y se les concedía el título de honor de tet-sa-pro. ¿Te
imaginas lo que significa tet-sa-pro?
En la oscuridad niego con la cabeza.
—Tet-sa-pro, Bjørn, significa «hija de faraón». Estas pobres mujeres vivían en
soledad y celibato y no se les permitía tener hijos propios. Una vida bien triste. Si se
echaban un amante, las ejecutaban. Por las fuentes históricas conocemos el destino de
una de aquellas mujeres: la princesa siria Termut. Vivió como una tet-sa-pro, una hija
de faraón, en los tiempos de Thutmosis II. No tuvo hijos. Pero la historia cuenta que
educó a un niño.
—¿Un hijo adoptivo?
—Sí. No conocemos su nombre, pero sabemos que a la princesa Termut se le
permitió adoptar a un hijo porque no era más que una esposa proveniente de otra
familia, una tet-sa-pro. Junto con el mito babilónico sobre el bebé que llegó flotando
en una cestilla de juncos, aquella adopción dio a los autores de la Biblia la idea de que
Moisés saliera del campamento de esclavos y entrara en la casa real egipcia.
3
—ENTONCES ¿quién es el Moisés de la Biblia?
—Un príncipe heredero rebelde.
—¿Akhenatón?
—Akhenatón heredó la corona en vez de su hermano mayor.
—¿Y eso qué quiere decir?
El Conservador retiene el aliento.
—Moisés era el hermano de Akhenatón —dice.
—¿Hermano? ¿Qué hermano?
—El hijo mayor de Amenhotep III, el príncipe heredero: se llamaba Thutmosis.
También se le conocía por el nombre de Djehutymos. Es el gran misterio del Egipto de
la Antigüedad.
—Ni siquiera he oído hablar de él.
—Exacto. Mientras que todos sus familiares siguen siendo grandes nombres (su
padre Amenhotep III, su madre Tiye, su hermano pequeño Akhenatón, en fin, incluso
Tut Ankh Amón, hijo de Akhenatón o de Amenhotep III), nadie ha oído hablar del
príncipe Thutmosis. Podría haber pasado a la historia como el gran faraón
Thutmosis V, pero lo que hizo fue desaparecer, sin elegías y sin las alabanzas de la
familia o del pueblo. Sin más explicaciones, el príncipe heredero del país desapareció
de la historia silenciosamente.
—¿Por qué?
—Cayó en desgracia. En el vigésimo tercer año de reinado de Amenhotep III, el
príncipe Thutmosis desapareció brusca e inesperadamente de la historia. Como una
pelusa en el viento.
—¿Qué pasó?
—Es una triste historia. El príncipe heredero Thutmosis era un celebrado héroe de
guerra, además de un líder religioso y un valiente general del ejército de su padre. Al
igual que Moisés, se rebeló. La verdad es que entre el príncipe y Moisés hay
demasiadas similitudes como para que se deban a una casualidad.
—¿Cómo cuáles?
—En la Biblia se dice que Moisés mató a un egipcio que maltrataba a un esclavo
en Gosén. El príncipe Thutmosis también intervino en contra del maltrato de los
esclavos. Según una versión alternativa de la historia bíblica, Moisés no huyó a
Median, sino a Etiopía. Allí luchó tan valerosamente que lo coronaron rey. En el
Corán se dice abiertamente que Moisés fue rey de Etiopía y la obra judía Talmud habla
del rey Moisés.
—¿Y?
—Durante un tiempo, el príncipe Thutmosis fue rey de Etiopía.
—¿Y eso lo convierte en Moisés?
—Hay más. Tanto Moisés como Thutmosis eran grandes líderes de ejércitos y
ambos eran profundamente religiosos. Tras una triunfal batalla, el príncipe Thutmosis
fue nombrado sumo sacerdote del templo de Ra en Heliópolis, al Norte de Egipto, y se
vinculó al culto de Ptah en Menfis. Desde aquella base religiosa, no muy lejos de Pi-
Ramsesés, el príncipe Thutmosis regía sobre todos los sacerdotes del Alto y Bajo
Egipto.
El Conservador tose y pienso que es demasiado frágil como para aguantar varios
días en la celda.
—¿Te estás enterando de lo que te estoy diciendo, Bjørn? El príncipe heredero
Thutmosis era sumo sacerdote de la zona donde su padre reconstruyó Gosén, del
lugar donde dice la Biblia que los israelitas trabajaban como esclavos para el faraón.
4
TRAS UNA breve pausa, durante la cual se suena la nariz, el Conservador continúa:
—En la obra histórica Aegyptiaca, del historiador Manetón, encontramos más
líneas de relación entre el príncipe heredero Thutmosis y Moisés. Allí menciona una
revuelta de esclavos en Avaris, es decir, Pi-Ramsesés o Gosén, durante el reinado de
Amenhotep III. Manetón escribe que al faraón se le aconsejó que limpiara el país de
los «indeseados» y que los pusiera a trabajar en la cantera de Avaris.
—¿Quiénes eran los «indeseados»?
—¿Quiénes podían ser sino la odiada tribu israelita? Según Manetón, los esclavos
tuvieron que trabajar durante muchos años hasta que llegó un sacerdote del templo de
Ra en Heliópolis. ¡El príncipe Thutmosis! El sacerdote que había abandonado su
religión y sus dioses egipcios y adoraba a un dios todopoderoso. Manetón escribió
también que este sacerdote había sido soldado (al igual que el príncipe Thutmosis) y
que enseñó a los «indeseados» a trabajar. La Biblia dice que «los egipcios les tenían
miedo» (Éxodo 1:12), refiriéndose a los israelitas. Manetón escribe que cuando el
sacerdote lideró a los «indeseados» en la revuelta, muchos de ellos consiguieron
retornar a su patria. ¿Ves los paralelismos? Una revuelta de esclavos… Un egipcio que
los ayudaba… Una huida de vuelta a la patria…
—Éxodo…
—¡Exacto! Siglos más tarde, los autores de la Biblia transformaron este relato en
una historia épica y dramática sobre la traición y el valor, la revuelta y la huida; una
ruptura para poder emigrar a la tierra prometida de Dios. Evidentemente la versión de
la Biblia es más orgullosa y grandilocuente, habla de una espectacular huida en
masa… De un Dios que interviene activamente en los acontecimientos en la tierra…
De un majestuoso líder del calibre de Moisés…
5
—¿QUIERE decir eso que la momia que se guarda aquí en el mausoleo del Palacio
Miércoles es la del príncipe Thutmosis?
—La momia es Thutmosis, hijo de Amenhotep III y la reina Tiye, la oveja negra
de la familia. Alborotador y rebelde.
—¿Qué le pasó después de que huyeran los esclavos?
—Luego de que Thutmosis había ayudado a los esclavos israelitas a huir, tuvo la
valentía de regresar al palacio de su padre. Volvió a casa con papá. Pero Amenhotep
no era precisamente un padre benigno y comprensivo. Condenó a su hijo a la muerte.
El príncipe no sólo se había rebelado contra su familia y los dioses egipcios, sino que,
ante todo, había deshonrado a su padre, el rey y dios de Egipto. Para eso no había
perdón.
—¿Así que fue ejecutado?
—Al ser de estirpe real, se libró de la ejecución pública. Para el faraón, la traición
de su hijo era un secreto de estado, un no-asunto, una mácula familiar. El propio
príncipe pudo elegir cómo morir y escogió el veneno. Una vez hubo vaciado el cáliz
de veneno y expirado, su cuerpo fue embalsamado y momificado. Por muy traidor
que fuera, seguía siendo de familia real y, por tanto, divino. Pero no se le permitió
descansar en compañía de sus antepasados. Fue enterrado, en cambio, en una cámara
mortuoria oculta junto a la orilla del Nilo, a las afueras de los Valles de los Reyes, las
Reinas y los Príncipes. Lo escondieron detrás de las otras dos cámaras mortuorias y
luego fue borrado de la historia. Amenhotep ordenó que se lo erradicara: se
destruyeron todas las referencias escritas sobre él y se arrasaron todos los
monumentos en su honor.
—¿Y aun así no fue olvidado?
—El príncipe dejó tras de sí muchos escritos que forman parte de los raídos
manuscritos en papiro que conservamos aquí en el Palacio Miércoles. En conjunto,
aquellos textos asentaron las bases de una nueva fe. Los aliados del príncipe heredero,
que eran muchos, no olvidaron a su líder y se encargaron de conservar no sólo sus
propios escritos, sino también aquellos más antiguos que él había poseído. Estudiaron
sus pensamientos y sus visiones religiosas. Los sacerdotes se dejaban convertir a este
dios todopoderoso que derrotaba a los dioses egipcios. De este modo, el príncipe
Thutmosis acabó siendo un líder religioso. Gradualmente fueron cada vez más
quienes adoraban a su dios. Una de las líneas se desarrolló en el judaísmo y otra más
pequeña y peculiar sentó las bases del culto de Amón Ra. La momia del príncipe, que
ellos custodiaban, era su divinidad. Hubo escritores visionarios que conciliaron los
numerosos escritos de modo que crearon a un nuevo y poderoso protagonista al que
dieron el nombre de Moisés.
EL JEQUE
1
EL TIEMPO pasa despacio en la oscuridad.
El Conservador y yo discutimos las teorías sobre Moisés y la historia de los
custodios. ¿Cuánto sabían? ¿Cuánto comprendieron? ¿De qué modo ha retorcido la
historia el paso de los siglos?
Me vienen a buscar dos veces para que hable con Esteban y Beatriz. Me piden que
revele dónde están los rollos de Thingvellir. Yo tengo miedo, pero no digo ni una
palabra.
2
LA SIGUIENTE vez que me vienen a buscar, los guardas me ponen una capucha en la
cabeza. El miedo se torna pánico. Empiezo a hiperventilar e intento desembarazarme
de ellos. Sollozo como un niño.
Los guardas me arrastran por el sótano, me suben en brazos por las escaleras y me
conducen por el largo pasillo hasta una habitación donde me amarran a una silla.
Yo me retuerzo y pego empujones.
La puerta se cierra.
—¡Ayudadme! —grito—. ¡Socorro!
Con los dientes intento hacer un agujero en la capucha.
—No hay motivos para el pánico —dice Esteban—. Es una tela porosa: deja pasar
el oxígeno.
—¡Quítamela!
—Respira con calma.
—¡Qué me la quites te digo!
—Eres muy duro de pelar, Bjørn Beltø.
—¡Quítame la capucha!
—¡Pronto!
—No puedo respirar.
—Dentro de un momento.
—¡Ahora!
—Claro que puedes respirar.
—¡Por favor! ¡Quítamela! ¡Por favor!
—Si te callas y me dejas acabar de hablar, te la quito.
Intento calmarme dentro de la calurosa humedad de la capucha. Tres, dos, uno…
—Eso es. Así está mejor.
—Por favor. Date prisa.
—¿Bjørn?
—Sí.
—Vas a conocer al jeque.
—¿Al jeque Ibrahim?
—Cara a cara.
Del mismo modo en que me imagino que un monje puede percibir la presencia de
Dios en la capilla del monasterio, yo intuyo la presencia del jeque en la habitación.
Como si su mera existencia desalojara el oxígeno.
—¿Así que jugáis juntos?
Esteban se echa a reír.
—Bueno. Lo puedes decir así. Hay en el mundo muy poca gente que haya
conocido al jeque.
Pugno por conseguir aire y sólo inspiro mi propia respiración caliente. Al
presentarme al jeque, está firmando al mismo tiempo mi sentencia de muerte. Eso lo
entiendo.
Suelta el cordel que me rodea el cuello y me quita la capucha. Trago ávidamente el
aire fresco mientras entorno los ojos contra la luz en busca del jeque. Pero al único al
que veo es a Esteban con la capucha en la mano. Al otro lado de la ventana está
oscuro. Un reloj de pared marca las once y media. Respiro pesada y profundamente.
El pánico y la claustrofobia me han empapado en sudor.
—¿Dónde está?
—Está aquí.
Miro aturdido a mi alrededor, pero en la habitación sólo estamos él y yo.
Esteban me mira a los ojos.
—El jeque —dice—, soy yo.
3
ME QUEDO largo rato mirándolo. Espero que se eche a reír y desvele la broma, que la
puerta se abra y que el jeque Ibrahim entre con toda su majestuosidad y poder.
O tal vez comprenda que está diciendo la verdad.
Esteban camina en círculo en torno a mi silla.
—Desde que era pequeño —dice—, y mi padre me enseñó la historia de los
custodios, los manuscritos y la momia, mi vida ha tenido un solo objetivo: encontrar
la copia de Asim. Los rollos de Thingvellir. Como sabes, tanto yo como el palacio
estamos bajo la protección del Vaticano, en todos los sentidos, también
económicamente. Así que tuve que llevar mi pequeño proyecto con discreción. Había
heredado la obsesión de mi padre: completar la colección del Palacio Miércoles con
una versión digna de los escritos. Había demasiada gente que sabía quién era yo y
habrían hecho demasiadas preguntas si empezaba a aparecer en las subastas de
manuscritos o si me veían merodear por las librerías de viejo, las bibliotecas y los
archivos más destacados del mundo. Por eso me inventé al jeque y le hice contratar a
un equipo de colaboradores.
—¿Y por qué precisamente un jeque?
—¿Por qué no? Ibrahim al-Jamil ibn Zakiyi ibn Abdulaziz al-Filastini. Un jeque
enormemente formado, culto, rico y ermitaño, con base en los Emiratos Árabes
Unidos. Un patrocinador generoso, buen donante y benefactor. Como jeque, financié
varios departamentos en diversas universidades e institutos de investigación, pero
todo lo que hacía, todas las disposiciones que dictaba, tenían una única meta:
proporcionarme la información que pudiera conducirme a los pergaminos que
encontraste en Thingvellir. Vinculé a mí a investigadores y matones, contraté a
científicos y libreros de viejo, pero siempre operaba a través de hombres paja.
Siempre. Nadie conocía personalmente al jeque. Nadie sabía quién era. Ni siquiera mi
querida hermana Beatriz ha sabido que el jeque y yo éramos la misma persona. Nunca
vivía en la misma casa más de una semana. Nadie conseguía saber nunca dónde se
encontraba. El jeque operaba por medio de su organización. Una red de mentiras y
engaños. Un telón de humo.
—¿Por qué me revelas este secreto?
—Porque quiero que comprendas lo importante que es para mí conseguir los
rollos de Thingvellir. Quiero que comprendas por qué me tienes que contar dónde
están.
—Y si no…
Va hasta una puerta, la abre y hace entrar a alguien que está allí esperando.
HASSAN
1
ENORME y masivo, Hassan entra en la habitación. Hassan el destructor de piedras.
—Si no quieres colaborar —dice Esteban—, voy a tenerle que pedir a Hassan que
te convenza. Pero no nos pongamos extremistas. Te estoy contando la verdad con la
esperanza de persuadirte de la importancia que esto tiene para mí, de lo seriamente
que trabajo y de que no me voy a dejar detener por nada, ¡por nada!
No consigo responder. Esteban corta con una navaja las cuerdas que me atan a la
silla.
—Y si te respondo, ¿nos dejarás ir al Conservador y a mí?
—Por supuesto.
Pero ambos sabemos que no se puede permitir que el secreto se desvele.
Inspira aire entre los labios. De un cajón de un escritorio saca algo que reconozco.
—Tengo curiosidad, Bjørn. Enséñame cómo encontraste los rollos de Thingvellir
—me dice colocando el códice de Snorre sobre la mesa junto a mí—, a partir de este
pergamino.
La visión del manuscrito perdido del clérigo Magnus me enternece. Veo ante mí a
mi amigo, junto a la mesa de la casa parroquial, y puedo oír su voz.
—Sé que crees que se lo robamos al clérigo Magnus, y que lo matamos. Pero, para
decir la verdad, primero intentó vendérnoslo. Que luego se arrepintiera no es culpa
nuestra. Nosotros no queríamos matarlo. Su corazón no soportó la tensión. Así de
sencillo.
Esteban mira de soslayo a Hassan. El gigante iraquí mira fijamente hacia delante,
sin decir una palabra, como si no existiéramos ni Esteban ni yo, y sus pensamientos se
encontraran en las profundidades de un universo autista.
«Así de sencillo…».
Las manos me tiemblan tanto que me resulta difícil coger el pergamino, pero abro
el libro y les muestro cómo el poema de la última página nos condujo al manuscrito
original de La Saga, de la Santa Cruz, que a su vez contenía las instrucciones para
llegar a la cueva. Esteban se ríe para sus adentros. Luego mira a Hassan, a quien se le
cierran los ojos.
—Es tarde. Hassan acaba de llegar. Pero, creo que tú y él podéis tener una
conversación seria por la mañana.
Me estremezco de pensar en una conversación seria con Hassan.
—No es muy refinado, pero es efectivo. Puedes pensártelo, antes de que se ponga
a trabajar. Harías bien en colaborar desde el principio, antes de que le de tiempo a
romperte varios dedos o a abrirte la rotura de la pierna, que parece haberse cerrado
bien. Es mejor que no lo irrites. Lo de romper cosas está entre las técnicas más
moderadas de Hassan. En Irak le sacó los dos ojos a un hombre que se negaba a
hablar. Lo hizo con sus propios dedos. Lo menciono porque es probable que dudes a
la hora de proporcionarme la respuesta que quiero. Por tu propio bien, Bjørn, sería
mejor que colaboraras.
2
KIERKEGAARD dijo una vez que la angustia es el día de mañana. Comprendo lo que
quería decir.
No consigo dormir. Me quedo mirando fijamente la oscuridad con la espalda
apoyada sobre la pared de piedra. Aunque sé que tengo otra pared a pocos metros de
distancia, para mí es como si estuviera mirando el universo infinito. Nada palia el
miedo a lo que espera al amanecer. El miedo me ha enredado en su regazo. Todo gira
en torno a una sola cosa: Hassan.
Evidentemente contaré lo que sé. No soy tonto. No voy a sacrificar los dedos ni
los ojos ni la vida por los rollos de Thingvellir. Pero aun así tengo dos problemas. Me
van a matar a pesar de todo y no tengo la menor idea de dónde están los rollos de
pergamino. Apostaría a que la safehouse de la SIS se encuentra en algún lugar de la
zona de Londres. Pero, quién sabe, tal vez esté en el idílico pueblo de Llanfairpwll
gwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, en Gales.
¿Qué me harán cuando les explique que no lo sé? ¿Me romperán unos cuantos
dedos para estar seguros? Indudablemente me pedirán que llame a la SIS. ¿Qué
responderán el profesor Llyleworth o Diane cuando les llame sin previo aviso y les
pregunte dónde se encuentran los rollos? En el mejor de los casos comprenderán que
les llamo bajo coacción. En el peor, se negarán a contestar. En todo caso, tanto los
rollos como los investigadores se encontrarán en un sitio completamente distinto
cuando las tropas de Hassan llamen a la puerta con su cañón. Y me cabe poca duda de
que yo seguiré aquí en la celda, mientras ellos comprueban si les he engañado.
Siempre he sido un miedoso en lo que se refiere al dolor. Los dentistas, las
infecciones de garganta, las ampollas, las uñas rotas. Yo soy quien más sufre.
La idea del dolor que me va a infligir Hassan me provoca náuseas. Me entran
ganas de llorar.
Me tiembla la respiración. El Conservador ronca calladamente.
EL PLAN
1
ESTA vez no oigo los pasos, sólo el chirriante cerrojo y el oxidado y atascado
mecanismo que lucha contra la fuerza de la llave.
Pego un respingo. ¿Ya? Se me corta la respiración. Se me para el corazón. Se me
seca el cerebro, que ya sólo alberga un pensamiento: un pánico salvaje y primitivo.
Los goznes chirrían. La puerta se abre.
No consigo respirar; la garganta es demasiado estrecha.
A través de la apertura, la aguda luz de una linterna lanza rayos de claridad.
En este momento sé exactamente lo que sienten los condenados a muerte cuando
van a buscarlos a la celda para llevarlos a la silla eléctrica.
Gimoteo compungido.
—Chist —susurra una voz.
Beatriz.
Beatriz con su melena salvaje y su hermosa sonrisa. Beatriz con su mirada
juguetona.
Beatriz la traidora.
¿Por qué la envían a ella a buscarme? ¿A la enclenque Beatriz?
—Rápido —susurra.
El Conservador se levanta de un salto.
—¡Bea! —exclama, y le de un abrazo. A mí me está costando reunir los miembros
y los pensamientos a la vez.
—Uf, qué mal huele —dice Beatriz.
¿Qué está pasando? ¿Dónde están los guardas de seguridad? ¿Está Hassan detrás
de la puerta?
Asustado y confuso me arrastro por la pared hacia el interior de la celda,
alejándome de Beatriz y de los miedos que trae consigo.
—¿Bjørn?
Pego un respingo en el momento en que el haz de luz me alcanza la cara como un
latigazo.
—Por Dios, Bjørn —dice Beatriz.
¿Por Dios, Bjørn?
Miro la luz con los ojos entornados.
Beatriz me pregunta:
—Querido, ¿no lo entiendes?
¿Entenderlo? No le respondo. ¿Querido? No, no lo entiendo.
Entra en la celda, le tiende la linterna al Conservador y me ayuda a ponerme en
pie. Estoy temblando. Me avergüenzo de temblar tan intensamente. Incluso al entrar
en la muerte me gustaría conservar cierta dignidad. En mis últimos minutos en la tierra
quisiera no parecer un pobre desgraciado, tembloroso y gimoteante.
Me pone las manos sobre los hombros y me mira a los ojos, a los ojos miopes que
Hassan me va a sacar con los pulgares antes de quitarme la vida.
—¿Bjørn? —Miro para otro lado—. ¿Hola? Amigo mío…
—¿Qué quieres?
—¿Y tú?
—¿Vas a quedarte mirando? ¿Cuándo Hassan me torture?
Me abraza.
—Bjørn. Escúchame. Mírame. ¡Bjørn! ¡Bjørn!
—¿Sí?
—¡Estaba actuando!
Actuando, dice.
—He fingido estar de parte de Esteban.
Fingido, dice.
—No me ha resultado muy difícil, me sé el papel. Toda mi vida ha sido una única
y larga representación con Esteban como coprotagonista. Él… —Tenía pensado decir
algo que finalmente se calla—. La noche que Esteban os pilló a ti y al Conservador en
la biblioteca, me alertó un guarda al que pago un poco de dinero extra para que…,
digamos, esté de mi parte. Entendí que debía fingir que le apoyaba. No tenía elección.
Era la única manera de averiguar lo que Esteban tenía planeado hacer. Me ofrecí a
llevar a los guardas al mausoleo para que él pudiera hablar contigo a solas, antes de
arrojarte al sótano de prisioneros. Se alegró tanto cuando me ofrecí a ayudarle.
Eramos él y yo contra el mundo… Esteban es un demonio muy listo, pero yo lo tengo
en el bolsillo. Siempre se deja engañar. Siempre ha sido así.
Lo último lo dice con un eco de amargura encerrada.
—¿Cómo sé que ahora no estás actuando?
—Creo que ya lo sabes.
—¿Por qué me pediste que dijera dónde están los rollos de Thingvellir?
—Bjørn, te conozco. Sabía que no ibas a decir ni una palabra.
—Está diciendo la verdad, Bjørn —dice el Conservador—. Conozco a Beatriz,
puedes confiar en ella.
—Y, aunque antes o después te iban a obligar a revelar dónde se encuentran los
rollos de Thingvellir —dice Beatriz—, la verdad es que los rollos no son lo más
importante para nosotros.
—¿Qué es más importante?
—Salvar la momia y el manuscrito original.
Mi razón sigue escéptica y analítica. ¿Por qué iba a creerla ahora? Pero mi cuerpo
hace rato que ha aceptado sus explicaciones. Los músculos se me están relajando. La
garras del miedo me están soltando. No me puedo resistir a su dulce mirada. Me
pellizca delicadamente en la mejilla.
—Toma —dice, tendiéndole una pistola al Conservador.
—¿Está todo preparado?
—¿Qué está preparado? —pregunto.
—Todo está listo —dice Beatriz—. Nadie sospecha nada. Me he comportado como
siempre. Me he limado las uñas, he ido a la universidad y he llamado a mis amigos
dispersos por el mundo, como hago siempre. Esteban no sospecha nada. Al mismo
tiempo lo he preparado todo para lo que tenemos que hacer.
—¿Qué tenemos que hacer?
—He fletado un buque con un contenedor especial climatizado y varias toneladas
de azúcar y café que van a ser transportadas a Italia.
La miro sorprendido.
—El buque se llama Desidéria —dice—. Desidéria significa «deseo, anhelo».
Soy un poco lento.
—¿Por qué vamos a llevar varias toneladas de azúcar y de café a Italia? —
pregunto.
Ninguno de los dos me responde. Probablemente creen que estoy bromeando.
—Me he agenciado dos furgonetas idénticas y un semitráiler —continúa Beatriz—.
He comprado catorce sacos de yam y dos barriles de ron casero. He sobornado a los
aduaneros, a los guardas de seguridad y a los estibadores del puerto. He fletado un
avión de transporte que está preparado en el aeropuerto. He hablado con el profesor
Llyleworth de la SIS, que nos apoyará con un grupo de operatives, antiguos soldados
de comando, que han venido desde Londres. Está todo listo.
—¡Buen trabajo! —dice el Conservador.
—¿De qué estáis hablando?
Los dos me miran desanimados.
—Hombre, Bjørn —dice Beatriz—. ¿No recuerdas nuestra conversación? Vamos a
llevar la momia de vuelta a Egipto. Vamos a asegurarnos de que los investigadores se
hagan con los textos en papiro.
—¿Y cómo vamos a conseguir eso?
—Tenemos que robar la momia y el manuscrito en papiro. No. «Robar» no es la
palabra adecuada. «Devolver». En realidad estamos cumpliendo la misión que los
guardianes deberían haber realizado hace quinientos años.
—¿Nos vamos? —dice el Conservador con impaciencia desde la puerta.
—Sí. No tenemos mucho tiempo. —Beatriz me quita un poco de polvo
imaginario. Luego me tiende las muletas.
2
TOMAMOS un camino distinto a través del sótano.
—Esteban tiene un guarda al principio de las escaleras —explica Beatriz.
El sótano es un laberinto de pasillos largos y estrechos. Caminamos y caminamos.
Una lagartija cruza el pasillo. Durante un rato me temo que nos hayamos perdido en el
subsuelo, pero Beatriz va girando a la derecha y a la izquierda con total naturalidad.
Con las muletas firmemente agarradas, los sigo como puedo.
—Con este avanzado sistema de seguridad resulta prácticamente imposible que un
extraño robe la momia y el manuscrito —dice Beatriz—. Un extraño apenas pasaría de
la verja. En este parque no se puede mover ni una ardilla sin que lo sepan los guardas.
Pero el sistema no está a la altura de un ataque desde el interior.
3
AL FINAL del pasillo llegamos a una empinada escalera —de poco más de medio metro
de ancho— que nos conduce hasta el primer sótano. Desde allí seguimos el pasillo
hasta otra escalera que desemboca a la sala que hay ante la biblioteca.
—¡Primero vamos a coger los rollos de papiro! A partir de ahora tenemos que
tener cuidado con las cámaras de vigilancia —dice Beatriz—. Los guardas están
vigilando el palacio por fuera y por dentro, por medio de cuarenta y cinco cámaras de
seguridad que envían imágenes de diez segundos a quince monitores.
No se me da muy bien calcular, pero la matemática más sencilla dice que hay una
pausa de veinte segundos por cada cámara.
—Andamos justos de tiempo —señala el Conservador.
—Dos cámaras vigilan la biblioteca —dice Beatriz—. Una de ellas está situada en
el rincón derecho del techo, la otra, en medio de la sala. Las dos cámaras tienen
grandes ángulos muertos. ¡Acompañadme! Que nadie se mueva antes de que yo le
avise.
LA CÁMARA ACORAZADA
1
CUANDO Beatriz nos da la orden, nos colamos corriendo en la biblioteca. En realidad
son Beatriz y el Conservador quienes corren, yo les sigo como puedo con las muletas,
me tropiezo con una alfombra y me golpeo contra el marco de la puerta con el
hombro, de modo que las muletas resuenan contra la madera. Jadeo de dolor. Beatriz
se da la vuelta, gesticula y arquea las cejas.
—Por ahora nadie sabe que os he sacado del sótano —dice con la voz baja y
severa—. En el momento en que nos descubran, estamos acabados. Si nos cogen, no
escaparemos nunca.
—¡Entendido!
En el ángulo muerto bajo la cámara del techo, entre dos jarrones de porcelana, nos
pegamos a la pared.
En el momento en que se apaga la bombilla de la cámara, continuamos a lo largo
de las estanterías hasta el siguiente ángulo muerto. Beatriz tiene que correr hasta el
escáner de iris y el panel de los códigos en dos rondas para conseguir abrir la puerta
de La Biblioteca Sagrada.
No oigo alarmas ni pasos que corran, pero el corazón me late con tanta fuerza que
creo que resuena hasta en Cayo Hueso.
Cerramos la puerta de La Biblioteca Sagrada y nos pegamos a la pared bajo la
cámara de vigilancia. Cuando la bombilla se oscurece, Beatriz y el Conservador echan
a correr por la biblioteca.
Nos metemos por un pasillo que conduce a la puerta de acero de una cámara
acorazada. Afortunadamente aquí no hay cámaras.
Beatriz posa el ojo contra el escáner de iris, aguarda a la luz verde e introduce el
código de seis dígitos. Por cada vez que pulsa una tecla, suena un pitido electrónico.
El cerrojo de la puerta silba.
Cuando Beatriz abre la pesada puerta de acero, se enciende una luz pálida en el
interior.
—Ahora descubriremos si Esteban se ha dado cuenta de lo que he estado haciendo
—dice.
Entro cojeando en la cámara.
La habitación es blanca y me recuerda a una sala de cirugía. Todo está esterilizado
y fresco. En un rincón hay un aparato de aire acondicionado y, en medio de la
habitación, una mesa de acero con gruesas planchas de cristal.
Beatriz se acerca a la mesa y yo la sigo a la pata coja. Los tapones de goma de las
muletas golpean contra el suelo de baldosas.
Debajo de las planchas de cristal de varios centímetros de grueso, rodeados de
fino instrumental que regula la temperatura y la humedad del aire, hay seis rollos de
papiro.
En cuatro lugares, el papiro se ha descompuesto en pedacitos.
—Esto —dice Beatriz—, son los libros de Moisés.
Respetuosamente me inclino sobre la plancha de cristal y contemplo el papiro
repleto de signos de escritura incomprensibles.
El Conservador hace tamborilear los dedos sobre el cristal.
—Al Vaticano le resulta más cómodo que se guarden aquí, lejos de los cotillas y
los servidores desleales que podrían desvelar el secreto. Durante quinientos años, el
Vaticano ha pagado muy bien a la familia Rodríguez para que cuiden estos rollos.
2
MIENTRAS el Conservador y yo nos entretenemos en la celda con Moisés, Beatriz
prepara los papiros para su transporte.
Los envuelve en seda con la tensión justa. Debajo de la mesa de gruesas planchas
de cristal ha escondido una caja de aluminio con seis compartimentos preparados a la
medida. Con delicadeza traslada los seis rollos a los compartimentos revestidos de
gomaespuma.
La caja de aluminio no pesa demasiado; el Conservador puede llevarla solo.
Salimos de la cámara acorazada, cerramos la puerta y continuamos por el pasaje de los
criados, libres de la mirada de las cámaras de vigilancia. Luego bajamos al sótano por
una escalera trasera, donde el riesgo de encontrarse con alguien es mínimo. Beatriz
camina delante iluminando el camino con la linterna; la sigue el Conservador con la
caja de aluminio y, finalmente, voy yo.
De nuevo atravesamos un laberinto de estrechos pasillos del sótano. No tengo ni
idea de si fue por aquí por donde caminamos antes. La red de pasillos cruzados del
sótano está oscura y es imposible distinguir un pasillo de otro. Pero Beatriz se sabe el
camino. Cuando abre una puerta de hierro que chirría como el decorado de una
película, nos encontramos en un garaje subterráneo iluminado por potentes luces de
neón.
—Esteban hizo que construyeran este garaje en los setenta —explica Beatriz—.
Antes aquí había un almacén.
Abre la puerta trasera de una furgoneta roja con el logo de la Coca-Cola en los
costados. Dentro hay dos sólidas cajas de madera: una grande y alargada, y otra
pequeña y cuadrada. El Conservador coloca la caja de aluminio con los manuscritos
en papiro dentro de la más pequeña y la llena de serrín y plástico de burbujas.
En la caja de madera alargada hay el espacio justo para el ataúd de la momia.
Apoyo una de las muletas contra la pared del garaje. Si les voy a ayudar a cargar,
voy a necesitar un brazo libre.
3
DEL GARAJE salimos a otro entramado de pasillos subterráneos, esta vez bajo el ala
Oeste del palacio. Cuando giramos hacia la derecha, a través de una puerta de metal
color rojo, reconozco el pasillo rehabilitado que conduce al mausoleo.
La verdad es que me resulta más fácil andar con una sola muleta. Me pregunto por
qué habré estado usando dos muletas hasta ahora. Los médicos de Italia no me dijeron
nada sobre cuánto tiempo tenía que seguir usando muletas. El médico noruego que me
cambió la escayola por un vendaje nunca mencionó las muletas. ¿Tal vez podría
haberme deshecho de ellas hace tiempo? Joder, qué típico de mí.
Nos detenemos ante la puerta de la esclusa de seguridad del piso situado bajo el
mausoleo. Ni en el pasillo ni en la esclusa hay cámaras de vigilancia. Beatriz introduce
el código. Una vez dentro de la esclusa, esperamos a que la puerta se cierre; Beatriz
puede entonces mirar el escáner de iris e introducir sus códigos. La puerta se abre.
Subimos por las escaleras y entramos en la habitación que hay frente al mausoleo.
—Está bien —dice Beatriz, volviéndose e inspirando profundamente—. Este es el
momento clave.
—¿Qué quieres decir?
—En el mausoleo hay dos cámaras, de modo que los guardas de seguridad
siempre tienen una imagen del ataúd en sus monitores. La única solución es cortar la
transmisión.
—¿Te parece buena idea? Si cortamos la transmisión nos van a descubrir
inmediatamente. Con un poco de suerte, es posible que no estén muy atentos a los
monitores.
—Están atentos, créeme. Al cortar la conexión, ganamos unos minutos en los que
pensarán que se trata de un simple fallo técnico. Uno de ellos va a tener que acudir
desde la central de los guardas en el segundo piso del palacio para volver a encender
las cámaras. Le llevará cuatro minutos y medio llegar hasta aquí, si se da prisa. Luego
descubrirá que las cámaras han sido desactivadas manualmente y que el ataúd no está.
Después de cuatro minutos y cincuenta segundos, activará la alarma general.
—¿La alarma general?
—El palacio tiene diversos niveles en el sistema de alarmas. Las alarmas locales se
disparan sólo en determinadas zonas y en la central de alarmas. La alarma general es
peor, porque disparan todas las sirenas de dentro y de fuera. Todas las verjas y las
puertas se cierran automáticamente. Se encienden todas las luces exteriores, incluidas
unas luces intermitentes rojas y naranjas a lo largo de la valla. La policía es alertada. Y,
al cabo de cuatro o cinco minutos, tendrán rodeado el palacio, habrán bloqueado las
principales vías de salida de Santo Domingo y habrán detenido la salida de vuelos del
aeropuerto.
—En suma, tenemos tres minutos para trasladar el ataúd desde el mausoleo hasta
el coche y minuto y medio para salir del parque y entrar en la ciudad —dice el
Conservador—. Saldremos por la verja del Oeste, ¿no?
—Sí —dice Beatriz—. Hoy Carlos está de guardia en esa puerta.
Le hace un gesto al Conservador y este abre la tapa del panel de la alarma.
—La sirena va a hacer un ruido terrible —dice—. ¿Estás lista, Beatriz?
—Lista.
Introduce el código.
El Conservador tiene el dedo sobre el interruptor que apaga la retransmisión de las
cámaras.
Beatriz cuenta hasta atrás desde el cinco.
—¡Ahora!
EL DISPARO
1
LA ALARMA aúlla dolorosamente.
—¡Rápido! —grita Beatriz. Abre la puerta y nos empuja al Conservador y a mí
hacia el interior del mausoleo.
La resonancia de la sirena reverbera entre las paredes, el suelo y la elevada bóveda
del techo. La resonancia choca consigo misma en oleadas disonantes totalmente
carentes de ritmo.
Las llamas vacilantes de las velas generan una penumbra de luces, sombras y
colores difusos contra las blancas columnas de mármol.
—¡Vamos! ¡Rápido! ¡Rápido!
Corriendo —cojeando—, cruzamos las relumbrantes baldosas del suelo del
mausoleo y subimos los cinco peldaños del podio.
Como si los tres estuviéramos pensando lo mismo, nos detenemos
respetuosamente ante la momia.
Moisés… El príncipe heredero Thutmosis… El príncipe rebelde…
El cuerpo envuelto en lino parece tan frágil… Los brazos en cruz descansan sobre
el pecho hundido. La idea de moverlo me parece una profanación, como si fuéramos
a perturbar su profundo sueño milenario…
Beatriz cierra la tapa del ataúd. Entre ella y el Conservador aseguran los cerrojos
deslizantes.
—¡Daos prisa! —grita a través del bramido de la sirena de la alarma.
Agarramos las asas de oro —Beatriz y el Conservador delante, y yo detrás—, y
sacamos el ataúd del sarcófago.
Tenía miedo de que fuera muy pesado, pero casi no pesa.
2
PROCURANDO mantener el ataúd lo más horizontal posible, bajamos del podio y
atravesamos la habitación. El eco de nuestros pasos desaparece en el escándalo de la
sirena. El Conservador me mantiene abierta la puerta que da a la sala trasera y cuando
la suelta se cierra de un portazo a nuestras espaldas.
Me pitan los oídos. La sirena aúlla con una frecuencia ajustada para atacar al oído
y a la cordura.
Nos afanamos por conseguir mantener el ataúd lo más horizontal posible cuando
bajamos las empinadas escaleras. Beatriz y el Conservador sostienen el ataúd por
encima de sus cabezas mientras yo avanzo agachado manteniendo el fondo a pocos
centímetros de los escalones, con la muleta a rastras, repiqueteando por cada peldaño.
En todo momento estoy preparado para que nos topemos con un guarda, o aún
peor: con Hassan y Esteban.
Dentro de la esclusa de seguridad, la sirena no supone más que una distante
irritación del oído. Beatriz pasa el iris por el escáner y aguarda a la luz verde.
Nada.
—¿Nos pueden encerrar aquí en la esclusa? —pregunto.
—Por supuesto —dice Beatriz—. Todo el sistema se controla desde la central de
los guardas.
—Siempre tarda un poco —dice el Conservador.
Un poco…
En ese momento, por fin se enciende la bombilla. Beatriz introduce el código,
escuchamos el zumbido de los motores eléctricos que abren los pernos del cerrojo y
salimos al pasillo del sótano.
Con el ataúd a cuestas nos apresuramos a bajar por el pasillo. Uno de los tubos de
neón ha empezado a parpadear y nuestros zapatos retumban contra el suelo. Noto el
pulso en el oído.
En el momento en que el Conservador posa la mano sobre el pomo y abre la
puerta del garaje, me imagino un escuadrón listo para disparar, pero el garaje está
vacío y huele levemente a diésel y aceite de motores. Bajo el techo, resuena una
anticuada campana de alarma, como la que anunciaba el recreo en el colegio cuando
yo era pequeño.
Llevamos el ataúd a la furgoneta con el logo de Coca-Cola y Beatriz abre la puerta
trasera.
3
HASSAN nos aguarda en uno de los asientos abatibles de la parte trasera de la
furgoneta.
Su rostro carece de expresión: recuerda al director de una filial de un banco en
alguna ciudad de provincias extranjera, alejada de toda gran vía de comunicación. Uno
de esos directores que, con formalidad y remitiéndose a una normativa sobre la
necesidad de formularios sellados y firmados por las autoridades financieras de
ambos países, se niega a darte permiso para hacer la transferencia de ese dinero que
necesitas tan desesperadamente.
Incluso en la penumbra del coche su brillante calva relumbra. El bigote es tupido y
está recién cortado. Lleva puesta una camisa blanca, una corbata azul y un traje gris
azulado recién planchado.
El Conservador, Beatriz y yo nos quedamos paralizados sin decir ni una palabra.
Miramos fijamente a Hassan y esperamos todo aquello que sabemos que va a llegar.
Aprieto la mano en torno al asa de oro del ataúd.
No está armado. Es tan gigantesco que no necesita pensar en bagatelas como las
armas de fuego. Está acostumbrado a que las cosas salgan como él quiere. Hay algo en
su tamaño que le hace parecer completamente invencible e invulnerable.
Pero no lo es.
4
AL PRINCIPIO no entiendo de dónde sale el disparo. El estallido es agudo y fuerte y
provoca un vasto eco entre las paredes de hormigón. Beatriz y yo pegamos un
respingo.
El rostro de Hassan adquiere una expresión boquiabierta y retorcida y, sobre su
camisa blanca y la chaqueta gris azulada, va apareciendo una rosa roja cada vez más
grande.
Gorgotea; una espuma rojiza asoma por la comisura de sus labios.
Cae al suelo de la furgoneta con un pesado golpe, y el asiento abatible golpea la
pared.
El Conservador saca la mano del bolsillo y sostiene la pistola que le había dado
Beatriz. Sale humo de un agujero chamuscado de su chaqueta.
—He tenido que hacerlo —dice.
Dejamos el ataúd sobre el suelo del garaje e intentamos sacar a Hassan de la
furgoneta, pero pesa demasiado. A pesar de que los tres intentamos empujarlo y tirar
de él, no se mueve un ápice.
—¡No tenemos tiempo para esto! —dice Beatriz.
Así que lo dejamos ahí tirado.
—No tenía elección —dice el Conservador. Luego añade con más insistencia—:
¿Verdad? No tenía elección.
—No tenías elección —le aseguramos Beatriz y yo a coro.
Metemos el ataúd en el coche y lo colocamos dentro de la caja de madera, antes de
rodearlo de serrín y plástico de burbujas.
Miro a todas partes, menos en dirección a Hassan, pero es tan grande que resulta
difícil evitarlo.
—No tenía elección —murmura el Conservador.
LA HUIDA
1
BEATRIZ sale de la furgoneta, la rodea corriendo y se sienta tras el volante. Al
Conservador y a mí no nos queda más remedio que pasar por encima de Hassan para
conseguir sentarnos en los asientos abatibles. La rodilla se me mancha de sangre.
Beatriz abre la puerta del garaje con un mando a distancia y acelera entre las filas
de coches y las columnas de basto hormigón armado. La rejilla suelta de un desagüe
resuena escandalosamente cuando pasamos por encima. Hasta este momento no caigo
en la cuenta de que me he dejado una de las muletas. En fin…
Las ruedas rechinan contra el suelo del garaje en el momento en que gira. Un poco
antes de subir por la empinada rampa se ve obligada a frenar. Salimos a un patio
trasero abierto desde el que tomamos un camino de gravilla que atraviesa el parque.
—Llevamos medio minuto de retraso con respecto al plan —dice el Conservador.
Beatriz aumenta la velocidad y la gravilla y las piedrecillas golpean el coche.
—Es muy extraño —dice Beatriz.
—¿El qué?
—Si Hassan sabía cuáles eran nuestros planes, Esteban también tiene que estar al
corriente. Pero ¿dónde está? ¿Por qué no nos detiene?
Esta parte del parque no está iluminada. Millones de insectos pasan ante la luz de
los faros del coche. Beatriz avanza a toda velocidad. Los oscuros troncos de los
árboles forman una pared negra al otro lado de las ventanillas. Un animalillo —un
conejo o una ardilla— ha salido al camino y se queda petrificado en el abrazo mortal
de los faros delanteros. Un segundo antes de que lo arrollemos, se lanza hacia el
bosque.
Beatriz agarra el volante con tanta fuerza que los nudillos se le están poniendo
blancos.
Entre los árboles vislumbramos las farolas del aparcamiento del puesto de los
guardas de la puerta del Oeste. El Conservador y yo corremos las cortinas que separan
la cabina del conductor de la parte trasera de la furgoneta.
Beatriz frena y baja la ventanilla. El guarda le pregunta algo. Sólo entiendo la
palabra «Coca-Cola». Beatriz responde y el guarda se echa a reír. Hablan español, así
que no entiendo lo que dicen. La puerta doble chirría cuando un motor la abre. Beatriz
dice algo más y se echa a reír.
—¡Sí, sí, sí! —dice el guarda entre carcajadas.
—Bueno, Carlos —dice Beatriz—, buenas noches.
En ese mismo momento se dispara la alarma central.
La expresión, sin embargo, se queda corta: la escandalera y el estruendo pueden
fácilmente llevarte a pensar que ha estallado la tercera guerra mundial. Una sirena que
suena como una mezcla entre una alarma aérea y la chimenea de un superpetrolero
estalla con tal volumen que necesariamente ha de despertar a todo el mundo en la
República Dominicana, Haití, Puerto Rico, Jamaica y el Sureste de Cuba.
A través de las ventanas traseras veo que el Palacio Miércoles y el parque se
iluminan como un complejo hotelero de Dubai.
Las puertas se detienen en seco y empiezan a cerrarse automáticamente.
Beatriz acelera, la furgoneta sale disparada y se queda atascada entre las dos
puertas, que rozan contra la carrocería.
El guarda aporrea frenéticamente la puerta de la furgoneta.
—Deteneos. ¿Qué está pasando? ¡Deteneos!
Con el chirrido del metal que se desgarra, la puerta nos suelta.
Hemos salido.
2
EL CAMINO de entrada del Oeste, que sale de la avenida y conduce al puesto de los
guardas, está enmarcado por muros bajos y mimosas que trepan por las verjas.
Bajamos a la avenida a toda velocidad. Beatriz no mira y sale disparada como una
flecha. Un Mercedes gris pega un frenazo y se queda atravesado en la calle. El
conductor nos pita furiosamente.
Beatriz acelera y la furgoneta de Coca-Cola alcanza los ciento veinte kilómetros
por hora.
—La gente debe de pensar que vamos a socorrer a personas muy sedientas —
comenta el Conservador.
Afortunadamente apenas hay coches a esta hora de la noche. En la parte central de
la avenida crecen árboles enormes y a lo largo de la valla del Palacio Miércoles
parpadean cientos de luces rojas y naranjas.
En el siguiente cruce torcemos a la derecha y luego rodeamos una esquina. Allí
nos espera una furgoneta idéntica a la nuestra, con el logo de Coca-Cola, además de
un semitráiler, un Lexus, un Ford Transit y dos Hummers.
Beatriz pega un frenazo y la otra furgoneta de Coca-Cola sale hacia la avenida para
continuar en la dirección en la que íbamos nosotros. Con la mirada concentrada,
Beatriz sube por la rampa de aluminio y se mete en el remolque del semitráiler. Las
puertas del Palacio Miércoles han destrozado los logos de Coca-Cola. Mientras
aseguran la furgoneta, Beatriz, el Conservador y yo pasamos corriendo al Lexus. El
semitráiler se pone en marcha con una sacudida y una nube negra de humo de diésel.
El semitráiler, el Lexus, el Transit y los dos Hummers de la SIS damos una vuelta a la
manzana antes de volver a salir a la avenida.
Al cabo de unos pocos cientos de metros, nos cruzamos con la policía y los
hombres del Palacio Miércoles. Bajan por la avenida como una legión romana: un
Ford Excursion negro, dos Land Rovers y ocho coches de policía con las sirenas
sonando y las luces parpadeando. Los dejamos pasar. Al mismo tiempo Beatriz recibe
una llamada al móvil. Cuando cuelga dice:
—El avión que había fletado está rodeado por la policía.
—Mierda —digo.
—Al contrario —dice Beatriz—. Están haciendo exactamente lo que había
previsto.
Mientras las tropas de Esteban persiguen la otra furgoneta de Coca-Cola y su
cuerpo de policía corrupto rodea el avión fletado en el aeropuerto, nuestra pequeña
columna gira a la izquierda, da la vuelta en una rotonda y se dirige al puerto.
3
DOS MINUTOS más tarde llegamos a la zona del puerto, que me recuerda a una punta
de tierra en la desembocadura de un río.
El conductor de Lexus recibe un aviso en el walkie-talkie. Es el del conductor de
la furgoneta de Coca-Cola. Nos cuenta que la policía y los guardas de seguridad del
Palacio Miércoles están a punto de alcanzarlo, pero se encuentran ya a decenas de
kilómetros de la ciudad.
—En la furgoneta no van a encontrar más que catorce sacos de yam y dos barriles
de ron casero —nos explica Beatriz—. Además de cincuenta cajas de latas de
Coca-Cola.
Pasamos por delante de cobertizos, almacenes, barracones, tanques de petróleo,
grúas, una zona de contenedores y unas pilas de algo que parece caña de azúcar,
corcho y arena fina para exportación.
—Bien —dice Beatriz—. Hemos llegado.
DESIDÉRIA
1
ANTE nosotros, amarrada al muelle con tal cantidad de tensas maromas que se diría
que la retienen contra su voluntad, nos aguarda el Desidéria.
Es una nave estilizada. La torre está iluminada y en la primera cubierta vislumbro
las caras de los oficiales que relucen pálidamente bajo la luz de los focos de la nave.
El semitráiler se detiene junto al buque, en paralelo al borde del muelle. El Lexus y
el Transit aparcan al lado. Los Hummers se adentran en la sombra que arroja el
almacén más cercano.
Salimos del coche. A nuestras espaldas, resuenan las sirenas que han invadido la
ciudad. El puerto huele a petróleo, agua salada y exóticas especias. Un pelícano que
parece haberse tragado una ballena avanza tambaleándose por un espigón.
Beatriz saca la furgoneta del semitráiler y la acerca a la escalera. Los estibadores ya
están atareados cargando las mercancías en el buque. Beatriz quiere que seamos
nosotros quienes llevemos las dos cajas con el ataúd y los manuscritos a bordo de la
nave y las bajemos al contenedor climatizado.
El Conservador abre la puerta trasera de la furgoneta. De pronto se gira. Sigo su
mirada.
2
TRES COCHES negros con los faros apagados avanzan por el muelle.
Se detienen a pocos metros de distancia.
Las puertas se abren.
De los coches negros salen ocho hombres. Reconozco a un par de ellos de
haberlos visto en el Palacio Miércoles. A otro lo recuerdo de Islandia. Todos están
armados.
Finalmente sale Esteban Rodríguez.
—Me sorprendes, Beatriz —dice.
Con un gesto de hastío vital, se apoya contra la puerta abierta del coche.
Beatriz se encuentra entre su hermano y el Conservador y yo.
—Me admiras —continúa Esteban.
—¡Ahórratelo! —le espeta ella.
—Nunca habría pensado que podías ser tan concienzuda. El avión que has fletado.
El buque. Las dos furgonetas. Las maniobras para despistarnos. El modo en que me
has engañado con tu encanto falso y tus mentiras. ¡Realmente impresionante!
—Yo siempre te he engañado, Esteban. ¡Siempre!
Suelta la puerta del coche. Paso a paso se va acercando con una sonrisa forzada.
—Siempre ha habido algo especial entre tú y yo, Beatriz.
—Sólo en tu corrompida imaginación.
—¡Beatriz, mujer!
Él le tiende la mano y ella da un paso atrás.
—Ven, hermana. Vuelve conmigo al palacio y estaré dispuesto a olvidar todo esto.
Sabes que de todos modos me voy a llevar el ataúd y los escritos, y sabes que no
tengo otra opción en lo que respecta a ellos… —dice señalándonos con la cabeza al
Conservador y a mí—. Pero tú y yo podemos volver a casa y correr un tupido velo
sobre este asunto.
Beatriz aprieta los labios.
—Intento ser razonable —continúa Esteban—. Lo entiendo. Eres una mujer y te
dejas llevar por los sentimientos y el idealismo ingenuo. Te perdono todo esto, Beatriz.
Vuelve conmigo al palacio.
—Desde que éramos niños siempre has creído que te admiraba, que te amaba. La
verdad, Esteban, es que siempre me has repugnado.
—Beatriz…
—Sabes perfectamente por qué. Estás enfermo de la cabeza. Siempre has tenido
una cabeza enferma, sólo que tú no lo sabes.
Las lágrimas corren por sus mejillas.
—Acompáñame a casa, querida Beatriz. A casa, en el palacio.
—¡Nunca!
—El palacio es tu sitio. Allí, conmigo. —El rostro y la mirada reflejan los
sentimientos que lo atormentan. La voz se le endurece—. Si no vienes por propia
voluntad, me obligarás a forzarte, Beatriz. ¿Acaso piensas que no he sabido lo que te
traías entre manos? ¿Crees realmente que te voy a dejar marchar con el buque? No soy
ningún idiota. Me entero de las cosas. Tengo aquí ocho hombres armados y todos
tienen experiencia en la guerra. En los dos Hummers de allí atrás, tienes seis
guardaespaldas de la SIS. Supongo que están armados con MP5. ¿Tal vez vosotros
tengáis una pistola cada uno? En fin, estáis perdidos. Tus amigos estarán acabados
dentro de pocos minutos, pero nadie te va a poner a ti un dedo encima, Beatriz, ya lo
sabes. Nunca te haría daño.
El pelícano sobre el espigón se vuelve hacia nosotros. Luego eructa y sigue
paseando.
—Sospechaba que registrarías mis cartas —dice Beatriz.
—Tú me conoces tan bien, tortolita…
—Por eso… he hecho algunos planes más. —Esteban ladea la cabeza—. Planes
que tú no podías controlar, hermano, que era imposible que descubrieras.
Una ráfaga de asombro le cruza la cara.
El pelícano contempla la posibilidad de echarse a volar.
Como si alguien hubiera dado una orden invisible. Aparecen soldados vestidos de
comando. Unos diez o quince que han estado escondidos a bordo del buque, otros
diez en los contenedores, cuatro o cinco sobre el tejado del almacén más cercano.
Entre su arsenal distingo todo tipo de armas, desde pistolas automáticas y
ametralladoras, hasta rifles de precisión.
Esteban se ríe perplejo.
—Me sorprendes, Beatriz, me sorprendes.
El pelícano despliega sus largas alas y se zambulle en el agua con un golpe seco.
Esteban contempla a su hermana con una expresión insondable.
Lentamente se lleva las yemas de los dedos a los labios y le sopla un beso a
Beatriz.
3
TODO OCURRE muy rápido.
Esteban va a coger algo en el bolsillo de su chaqueta y sus hombres, como por
reflejo, alzan sus metralletas.
Pero los soldados de comando son más rápidos.
Se intercambian los disparos. Diez o doce estallidos en la noche.
Esteban, que estaba de pie, vacila y se derrumba. En un charco de sangre se
acurruca como un feto.
Unos estertores recorren su cuerpo antes de quedarse inmóvil.
Beatriz inspira con un largo sollozo.
Los ocho guardas de Estaban han muerto. Ninguno alcanzó a disparar.
—Yo tampoco soy ninguna idiota, Esteban —dice Beatriz.
—Beatriz… —susurro.
—Chist. Ahora no.
Uno de los soldados de uniforme se coloca ante ella.
—¡Disculpe! —dice brevemente—. ¿Seguimos adelante con el plan?
—Sí, haced como hemos acordado.
—¿Acordado? —pregunto.
—Vámonos de aquí.
—Pero…
Beatriz me coge las manos.
—No necesitas saber más, Bjørn.
—Es que quiero saber. Ese ha sido siempre mi problema.
Con una risilla, asiente para sus adentros.
—¿Qué va a pasar ahora, Beatriz?
—Nos marchamos.
—Y… ¿esto?
—Los cadáveres, a excepción de Esteban, serán enterrados en un apartado
cementerio a cien kilómetros de la ciudad. Esto no ha ocurrido nunca.
—¿Y Esteban?
—Esteban tiene su propio mausoleo, como puedes suponer. En el Palacio
Miércoles.
—Pero la policía…
—Ya he arreglado las cosas con la policía.
—¿Cómo…?
—Esta noche el Palacio Miércoles ha sido asaltado, por unos ladrones, unos
terroristas, qué sé yo. Mi valeroso hermano ha intentado detenerlos y yo me he
salvado en el último momento.
Le dedica una última mirada a su hermano.
—Adiós, Esteban —dice con frialdad.
4
MIENTRAS apilan los cadáveres en los Hummers, nosotros trasladamos las dos cajas
con la momia y los manuscritos a bordo de la nave. Sin más contemplaciones, los
estibadores agarran la pila de maletas y bolsas de Beatriz, que están en el Ford Transit.
Todo sucede con rapidez y efectividad.
Alguien me coge del brazo y me ayuda a cruzar la escalera y subir a bordo del
buque.
La tripulación suelta amarras. El Desidéria dirige la proa hacia el mar.
5
MEDIA hora más tarde salgo a cubierta y apoyo los codos contra la borda, mientras
que el Desidéria se dirige hacia el Sureste. El motor resuena rítmicamente y hace
vibrar el casco.
Miro por última vez hacia Santo Domingo. En la ciudad distingo la multitud de
ventanas iluminadas, los anuncios luminosos y la fila de coches que arrastran tras de
sí sus velos rojos.
Arrojo la última muleta por la borda y desaparece como una flecha en las
profundidades.
Una puerta se abre y se cierra de un portazo.
Por un momento hay silencio.
—Aquí estás —dice Beatriz con la voz tan baja que apenas la oigo.
Se cubre los brazos con la blusa antes de reclinarse sobre mi hombro. Suena como
si llorara. Coloco la mano en torno a su cintura. El buque se mece sobre las olas.
Gasas de espuma me humedecen la cara. El aire del mar es fresco y salado. Después
de los días que he pasado en la pestilente celda, el mar trae consigo un aroma de
esperanza. Permanecemos así, de pie y acurrucados, sin decir una palabra,
contemplando la ciudad que cada vez está más lejos y las luces que se tragan la noche
y el océano.
EPÍLOGO
ASIM
THE NEW YORK TIMES
Año 2007
—¿QUÉ QUIEREN decir cuando afirman que el Vaticano tiene en su poder una copia de
este… manuscrito…, cardenal obispo?
Ante la ira del Papa, el cardenal obispo empezó a juguetear nerviosamente con la
gran cruz que llevaba colgada de la cadena de oro.
—Santo Padre —dijo—, nuestros predecesores confiscaron la copia en copto que
el sumo sacerdote Asim hizo del manuscrito, allá por el siglo XI. Así que cuando,
quinientos años más tarde, la momia y el texto original aparecieron en Santo
Domingo, el papa Julio II y el cardenal obispo Castagna pensaron que lo mejor era
que continuaran allí.
El cardenal obispo tendió al Papa un documento empalidecido con el acta de la
reunión entre Julio II y Castagna.
—Pero ¿por qué? —preguntó el Papa.
—Supongo que no querían generar inseguridad, Su Santidad.
El Papa miró fijamente al cardenal obispo con una mezcla de asombro y enfado.
—Y esto se ha mantenido en secreto…
—¡Por supuesto, Santo Padre!
—¿… Incluso para los papas que sucedieron a Julio II?
—Algunas cosas, Su Santidad, es mejor que las manejen sus humildes
subordinados, sin que Su Santidad se vea involucrado por su conocimiento.
CORRIERE DELLA SERA
EL PAÍS
EGIPTO
Año 2007
LA NOCHE que la momia fue trasladada a hombros a su cámara mortuoria original los
haces de luz de los focos acariciaban el cielo estrellado.
La ceremonia fue retransmitida en directo por televisión a todo el mundo. Una
imponente serie de artistas actuó en el escenario provisional que se construyó a los
pies del Templo de Amón Ra.
En algunas de las fotografías de la tribuna, los telespectadores podían distinguir a
un hombre pálido y de pelo blanco, con unas gruesas gafas de sol, sentado entre una
mujer de mediana edad con cascadas de alegres rizos y un escuálido anciano de nariz
aguileña.
Bjørn, Beatriz y el Conservador eran los invitados de honor. Se habían tomado
unos días libres del Instituto Schimmer, donde apoyaban al grupo de investigadores
que trabajaban en la restauración y traducción de los antiquísimos textos en papiro.
Aquella misma mañana, en el hotel de Luxor, Bjørn le había escrito un correo
electrónico a Thrainn, Terje, Øyvind, Laura y todos los que le habían prestado ayuda.
«Queridos amigos —decía el correo—, tal vez suene un poco pomposo, pero esta
noche se cumplirá por fin la promesa que hicieron los custodios hace mil años.
Somos los últimos custodios, colegas. El trabajo está terminado».
La ceremonia se cerró en torno a medianoche con fuegos artificiales. Miles de
cohetes fueron lanzados al cielo y explotaron en cegadoras llamaradas, alegres colores
y una relumbrante llovizna de plata. Una paloma blanca emprendió el vuelo desde su
nido en lo alto de los peñascos y echó a volar hacia el oscuro silencio del desierto,
pero eso no lo vio nadie.
MAHATMA GANDHI
FIN
AGRADECIMIENTOS
HAN sido muchos los expertos que, de buen grado y dispuestos a ayudarme, aunque
probablemente también con una cierta preocupación reprimida, han seguido mis
estragos en sus campos de investigación. Quisiera dar las gracias a todos aquellos que
me han ayudado con sus buenos consejos, sus sugerencias y gran cantidad de
información. Yo soy el único responsable de los errores que hayan podido aparecer y,
evidentemente, de todas las elucubraciones y fantasías que surgen de la realidad
histórica y de las teorías históricas y teológicas sobre las que se basa esta ficción. Tal
vez sea necesario recordar que Los custodios del Testamento es una novela en la que
me he tomado ciertas libertades. Tanto el contexto histórico como las teorías
teológicas han sido adaptadas a la realidad ficticia del libro y ninguno de mis
informantes ni de mis fuentes tienen la menor responsabilidad sobre el modo en que
he utilizado los retazos de información con los que me han apoyado. Como cualquier
otra novela que se sitúe en la zona gris entre los hechos y la fantasía, Los custodios del
Testamento es únicamente un juego de la imaginación; un juego que empieza allí
donde termina la realidad y la ciencia.
Ningún libro surge sin el amparo de otros libros. En el trabajo con Los custodios del
Testamento me han sido de especial utilidad las siguientes fuentes:
ELLIOTT FRIEDMAN, Richard, Who Wrote the Bible, Summit Books, 1987/1997.
(Versión castellana: ¿Quién escribió la Biblia?, Martínez Roca, Barcelona, 1988).
KELLER, Werner, Men Bibelen hadde rett, Dreyer, 1955. (Versión castellana: Y la
Biblia tenía razón, Folio, Barcelona, 2006).
MURDOCH, David, Tutankhamun: The Life and Death of a Pharaoh, Nueva York,
DK Discoveries, 1998. (Versión castellana: Tutankhamón, vida y muerte de un Faraón,
Ediciones SM, Boadilla del Monte, 1999).
OSMAN, Ahmed: Moses and Akhenaten - The Secret History of Egypt at the Time
of the Exodus, Bear & Company, 1990 − 2002.
PHILLIPS, Graham, The Moses Legacy. The Evidence of History, Sidgwick &
Jackson, 2002.
ROHL, David, A Test of Time - The Bible from myth to History, Century, 1995.
SINGH, Simon, The Code Book: The Science of Secrecy from Ancient Egypt to
Quantum Cryptography. Anchor, 2000. (Versión castellana: Los códigos secreto: el
arte y la ciencia de la criptografía, desde el antiguo Egipto a la era Internet, Círculo de
Lectores, Barcelona, 2000).
Su debut literario tuvo lugar en 1988 con una novela de terror y desde entonces ha
publicado numerosas novelas. Sus obras son grandes best-sellers en su país,
mezclando horror, historia, intriga y suspense. Los libros de Egeland se reeditan
constantemente y se han traducido a más de quince idiomas.
Sus obras más conocidas a nivel internacional son: «Sirkelens Ende» o como lo
conocemos en español «El final del círculo» y «Paktens Voktere» o en español «Los
custodios del testamento».
Notas
[1]Ø o ø es una letra vocal utilizada en las lenguas danesa, feroesa y noruega aunque
también en el antiguo euskera.
En danés, feroés y noruego modernos, la letra es una vocal única [AFI (ø)], y no un
diptongo (como las vocales en los lenguajes anglosajones), ni una ligadura, ni una
variante de la letra «O». Como dice una guía turística de Noruega: «¡No es una “O”
con una barra, es una “Ø”!». N. del E. D. <<
[2]Bet-peor: Lugar moabita, cerca del monte Pisga, donde los israelitas acamparon
antes de cruzar el Jordán (Deuteronomio. 3:29; 4:46). En esa región fue sepultado
Moisés (34:6). N. del E. D. <<
[3]Palacio Miércoles: Es un palacio renacentista de quinientos años de antigüedad que
se encuentra en un gran parque a las afueras del casco viejo de Santo Domingo en la
República Dominicana. Una detallada explicación y su relación con esta historia será
encontrada al llegar a la parte 3 capítulo 6, casi al finalizar el capítulo. N. del E. D. <<
[4] Santificado seas, Olav, nuestro buen rey