LAS CURVAS DEL AMOR
Desde muy chica fui enamoradiza. De las personas, de la naturaleza, de lo tangible e intangible.
De lo visible y hasta de lo que no se podía percibir con la mirada, como los olores. Creía en ese
amor eterno y real, duradero para toda la vida. Pero, estaba un poco equivocada.
Durante la primaria, estaba enamorada de Facundo, aquel chico de ojos claros. Mi visión estaba
puesta en él. Todo el recreo lo observaba y pensaba atentamente que plan estratégico podía
armar, para que me venga a hablar. Y así me fui poniendo objetivos por semana, los cuales
implicaban demostrarle de alguna forma mi sentimiento. Pero este proyecto, fracasó. Facundo,
estaba interesado en otra involucrada. Y acá, mi primer gran desilusión respecto al amor.
A medida que fui creciendo, entrando en la etapa de la adolescencia, mis metas se transformaron
en salir y salir. Pasar el rato con amigas, sin darle mucha relevancia al concepto del amor. Hablar
el tema era entrar en un análisis profundo, y no era mi misión en ese momento.
Pero luego, cuando tenía aproximadamente 20 años, conocí el mundo de las aplicaciones. Esas
aplicaciones de citas, de encuentros. Aquellas que te prometían encontrar al amor de tu vida,
mediante una pantalla, una foto. ¿Qué visión errada no? Guiarse solamente por un envase. Pero
estaba de moda, miles de aplicaciones se ofertaban en este mercado, y como la demanda era
amplia, las mismas se aprovecharon de las necesidades de las personas, y empezaron a cobrar un
precio, para pasar a una cuenta “pro”. De aquel recreo donde se regalan papas fritas, a darle cruz
o like a una simple foto, de lo que el otro nos quería mostrar, o mejor dicho, de lo que se
consume, como ser fotos de viajes, de mascotas, con amigos, etc.
Por supuesto me cree una cuenta y fui parte de esa interacción. Para que mentirles. En ella
plasmé mi mejor versión. Busqué que el otro vea en mi perfil, una apariencia de chica feliz y
simple.
Empezó un recorrido de varias citas, la mayoría terminaron en fracasos. Y las que tuvieron éxito,
llamo éxito a volverse a encontrar, muchas veces terminaron fracasando también. ¿Qué peligro
no? Encontrarse con alguien que conocemos solamente por una pantalla.
Las redes sociales, las aplicaciones, todo incitaba a conocer a tu cita ideal. Y que lejos que
estábamos de eso. El envase es lo que valía, lo que comercializaba, y la personalidad, poco
importaba. La perfección estaba en aquellas fotos editadas, en esos kilos que te sacabas. En
mostrar la sonrisa perfecta, en que tu pelo este planchado. Todo partía por la importancia de la
mirada del otro. El marketing y la publicidad hicieron lo suyo. Los medios de comunicación,
arruinaron muchas versiones de gente que estaba enamorada de sí misma, sin importar el cuerpo
que tenía. Las figuras se distorsionaron y entramos en un mundo donde, si no encajas, debes
deprimirte y encerrarte. Pero no te preocupes, que las mil pastillas, dietas, y ejercicios físicos que
se encontraban en las redes, te salvarían, siendo inconscientes de que no se apelaba a un
profesional. Todo para estar bien, y digo estar bien pero no para uno mismo, sino, para un resto.
Me cansé de estas aplicaciones, y de mis fracasos amorosos, y decidí dejar de buscar eso que me
impartían. Que la edad corre, que el novio, que para cuando.
Mis objetivos se centraron en tratar de conectarme conmigo misma, en tratar de entrar en lo más
profundo de mi ser, mediante herramientas de meditación y entender que, yo soy una persona
entera que no necesita de su “media naranja”, para lograr lo propuesto.
Fue un largo recorrido donde tuve varias decisiones que tomar. Varios dilemas que se me fueron
presentando y alternativas que elegir. El conocimiento de uno mismo no es fácil, porque
reconocer los errores muchas veces no es posible, a causa de nuestras cegueras de la realidad o
modelos mentales que venimos arrastrando, y muchos de ellos impuestos por nuestro contexto.
El escucharse activamente, el cuestionarse y el observarse, son tres conceptos fundamentales
para poder lograr tener una visión de lo que somos.
El camino del amor es así, tiene sus curvas, a veces se asciende y otras se desciende. Pero si
somos conscientes de que la mejor forma de amor que existe es hacia nosotros, esos momentos
donde todo parece gris, pasarán más rápido porque nos tenemos.
Nuestro peor enemigo, somos nosotros mismos. Para enfrentarnos a las adversidades, si no
estamos firmes, será muy fácil que nos derroten. El manejo de las emociones, hará que tomemos
mejores decisiones. Confiar en nuestra intuición, y creer que realmente tenemos poder.
Muchas metodologías de autoconocimiento, me las brindó la carrera que elegí estudiar con mil
dudas. Administración de empresas, que por cierto poco tiene de ciencia rígida, y se basa en la
flexibilidad. El pensamiento crítico que me aportó me ayudó a reconocer que todo lo que vemos
no siempre es lo correcto, o por lo menos para uno, y que poder caminar distinto y lograr una
revolución es posible. El mercado nos maneja, el big data crea nuestras necesidades, y adaptarse
para transformar parte de esto, podría ser una gran visión de acá a 10 años. Con los miedos que
implica pensar a largo plazo, entrar y ser compañera del mundo de la era tecnológica, sin dejar de
lado mi esencia es mi objetivo. Ir de la mano, acompañando los procesos que surgen de forma
cada vez más acelerada, y encontrar un mejor concepto del amor, donde lo que realmente
importa es estar bien, para luego, poder brindar lo mejor de uno. La estabilidad mental y
sentimental, jugarán roles fundamentales en nuestros puestos laborales, ya sea administrando
para otros o algo propio. Entender que todo pasa por las curvas del amor, donde se sube y baja
gente constantemente, nos conducirá a que, triunfar, viendo el camino completo, es posible. La
vida es un ciclo, renovarnos para no llegar a un final o caducidad, depende exclusivamente de
nosotros mismos. Negarse al mundo que nos rodea, sería no estar en el nuevo paradigma. Entrar
en él con nuestra mejor versión, nos hará destacar.