La vida cotidiana en la antigua Roma
Autor:
Jorge Ángel Livraga Rizzi
Editado por :
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Web : www.acropolisperu.org
Lima – Perú
Primera edición: Junio 2020
Tiraje: 1000 ejemplares
La vida cotidiana
en la antigua Roma
Desarrollar el tema de la vida cotidiana en cualquier
civilización de la antigüedad histórica, es decir, lo
suficientemente conocida, es tarea que desborda
largamente el marco de un artículo periodístico;
sobre todo, cuando la media de los lectores está
por encima de la mera información básica. Por eso
tocaremos puntualmente los temas que permitan
una reconstrucción actualizada de lo que hoy
se sabe de la antigua Roma, con elementos que,
desgraciadamente, aún no se han publicado
totalmente en la lengua en que escribo.
A finales del siglo XX, las fuentes que alimentan
nuestros conocimientos han rebasado la tradición
literaria, y se apoyan preferentemente en los
hallazgos arqueológicos, así como en las actuales
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interpretaciones del copioso material que conservan
museos y colecciones particulares.
Es evidente que se ha aumentado la certeza
interpretativa al agregar, al estudio de estatuas y bellos
objetos, el análisis de otros pequeños testimonios y
hasta de basurales que fueron despreciados hasta
la primera mitad del siglo XX. También prestaron
su ayuda los cateos físicos, químicos y radioactivos,
así como un cambio psicológico profundo que aún
está en marcha y constituye, esencialmente, la no
observación de los restos del pasado como algo que
forzosamente debe ser inferior al mundo en que
vivimos, pues ya no creemos que nuestra civilización
sea la corona de todas sus antecesoras sino, más
bien, una forma más dentro de una inmensa cadena
experiencial humana. Y tal vez lo más importante
es haber podido concebir que, aunque un avión
a reacción pueda trasladarse a cuatro mil o más
kilómetros por hora para abatir a sus enemigos,
y un antiguo carro de guerra no superaba los
cuarenta, esto no significa que quienes son y fueron
sus conductores estén separados por la misma
La vida cotidiana en la antigua Roma 5
diferencia; que lo que realmente ha evolucionado
es la máquina, pero no el hombre, por lo menos en
grados tan claramente perceptibles.
Este simple pero trabajoso cambio del enfoque
psicológico en la observación e interpretación de
los objetos arqueológicos, ha permitido recrear
la Historia, si bien no en los acontecimientos a los
que desde siempre se les dio gran importancia, sí
en todo lo demás: técnicas de construcción, redes
de caminos, maquinarias, armas, alimentación,
vestuarios, creencias, supersticiones, uso de
cubiertos y mobiliarios, higiene, medicinas, gustos
pictóricos y musicales, juegos y deportes, estados de
ánimo, humor, condiciones de trabajo, entre otros
Así, no voy a abrumar a mis lectores con laboriosas
explicaciones sobre cómo se alzó la cúpula -aunque
sea la más grande del mundo- el Panteón de
Roma, ni sobre los Misterios etruscos que pasaron
-especialmente los astrológicos- a la religión romana
propiamente dicha, sino que me limitaré a mostrar
6 La vida cotidiana en la antigua Roma
la vida cotidiana, hace unos dos mil años, en una
ciudad y en la campiña del Imperio.
Comenzamos afirmando que esas personas vivieron
de una manera muy semejante a la forma en que lo
hicieron las del siglo XIX y, en buena parte, a la que
estamos viviendo nosotros mismos. Por paradoja, el
llamado Mundo Clásico está mucho más cerca de
nosotros, de nuestras creencias y de nuestras dudas,
de nuestros gustos, trabajos y ocios, que el Mundo
Medieval, del que nos separan 500 años.
La sociedad de hace dos mil años en el Imperio
Romano es activa, metódica, inquieta, bastante
descreída y abierta a todo cambio, amante de las
novedades y las modas. Cuida la salud y la limpieza
de su cuerpo con esmero, está perfectamente
legislada y controlada desde lo político a lo tributario,
inclinada a los viajes turísticos a lugares antiguos, a
tener en casa colecciones diversas y a las ruidosas
diversiones que, a través de las brillantes noches,
llegan hasta el amanecer.
La vida cotidiana en la antigua Roma 7
En Roma -y las grandes ciudades- existen jardines
botánicos, zoológicos, museos, exposiciones de
pintura y escultura, juegos florales, literarios y
musicales… y, hoy sabemos, colecciones de piezas
de animales prehistóricos, como la famosa del
Emperador Augusto.
Todo está debidamente inventariado, desde el
número de piedras utilizadas en un acueducto hasta
los elementos de la mochila del soldado. Las amas de
casa llevan o hacen llevar una estricta contabilidad.
La prodigalidad del romano es más aparente que
real y todos los servicios son pagados, hasta los de
los mismos esclavos que, ahorrando -debido a que
tienen casa y comida gratis- pueden comprar su
libertad.
Taxímetros marcan las distancias de los carros de
alquiler, registrando el número de vueltas de sus
ruedas y también los hay, si bien menos exactos,
para barcos, como el conocido servicio fluvial del
Nilo en el área de Alejandría. Por si los usuarios
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fuesen extranjeros o no supiesen leer, pequeñas
bolitas de colores les indican el precio a pagar… y
la propina que se espera de ellos. Parecidas bolitas
coloreadas y asimismo incisas con una letra son las
que marcan las entradas de los teatros, anfiteatros
y circos, así como el sector que corresponde a cada
uno y el asiento a ocupar. Tallas en las piedras de
los umbrales, semejando una pisada humana,
señalan el sentido de la marcha, pudiendo por una
sola puerta salir y entrar gente al mismo tiempo y
conservando cada cual la derecha. Igual sentido
tiene el tráfico general de vehículos en carretera, y en
lugares que entrañaban peligro de deslizamiento se
cavaban “huellones” profundos que, dado el ancho
entre ruedas regulado en todo el Imperio, actuaban
como “vías” de encastre a la manera de las actuales
muescas de las de los trenes.
La ciudad
El Imperio más grande y funcional del que tenemos
memoria ha sido el romano y partió de una ciudad:
Roma. Los oradores comenzaban sus arengas
gritando“A la ciudad y al mundo”, adelantándose con
La vida cotidiana en la antigua Roma 9
ello al concepto urbanístico de relación de campos
psicológicos que, teniendo como base el hogar,
encuadran al hombre en su proyección imaginativa
hacia la ciudad y el mundo, recién alcanzado por los
especialistas en los últimos decenios del siglo XX.
Todas las ciudades construidas por los romanos, o
modificadas por ellos, tenían una forma perimetral
aproximadamente cuadrada; las cruzaban dos
grandes avenidas, Decumana y Cardo, que las
dividían en cuatro segmentos de tamaño progresivo.
Cuatro puertas principales le daban entrada y salida
sobre los flancos. Y su división interna se hacía
en base a figuras geométricas cuadriláteras, de
manera que las calles interiores fueran lo más rectas
posibles y de fácil circulación. Esta distribución
verdaderamente natural y tan perfecta que aún nada
ha logrado superarla, provenía de los campamentos
militares que los ejércitos en marcha levantaban
cada noche que acampaban, o en los períodos de
invierno cuando las tropas quedaban inmovilizadas
10 La vida cotidiana en la antigua Roma
por razones meteorológicas o estratégicas.
Pero había una excepción: la propia ciudad-madre:
Roma. Es que esta urbe, que en tiempos del Imperio
llegó a albergar no menos de 1.220.000 personas,
tuvo su origen remoto en el considerado mítico
hasta hace pocos años, Eneas, el despojado príncipe
troyano que escapó de su ciudad en ruinas llevado
por los presagios de la fundación de una “Nueva
Troya”. Así, a finales del segundo milenio a.C., habría
desembarcado en un punto cercano al río Tíber,
siendo acogido por el rey Latino. Eneas se casó con
su hija y fundó la ciudad de Lavinio. Julio, hijo de
Eneas, fundó Albalonga en la cual, a lo largo de unos
400 años, reinaron catorce reyes. Al final de muchas
peripecias, aparecieron Rómulo y Remo, quienes
fundaron una ciudad a semejanza de las anteriores,
arcaicas, aunque ya la llamaron la “Roma Cuadrada”,
con cuatro puertas. En un duelo, Rómulo mató a
Remo, y durante las festividades de Palas quedó
oficialmente fundada la nueva ciudad, en el 754 a.C.
Se le conocen tres épocas: la Monárquica (753-509
a.C.), la Republicana (509-27 a.C.) y la Imperial (27
La vida cotidiana en la antigua Roma 11
a.C.-476 d.C.). Luego vendría una larga agonía en
que la esplendorosa Roma quedó convertida en
un vasto basural y cantera de piedras, habitada en
plena Edad Media por menos de 30.000 personas.
En la época de Augusto y en los comienzos de la Era
donde nos colocamos, la vida cotidiana reflejaba
subconscientemente estas tres etapas.
El jefe del hogar o pater familia era una especie
de rey en su casa, tanto que, hasta la época de
Octavio Augusto tenía -si bien más nominal que
tácticamente- el poder de vida y muerte sobre toda
su familia carnal. Él oficiaba ante el altar de los dioses
Lares y los antepasados tres veces al día: al amanecer,
a media jornada y cuando el sol desaparecía. Su
esposa, hijos y demás parientes, así como los
esclavos servidores de la casa, colaboraban con él
de alguna manera y debían estar presentes.
Por otra parte, el pater familia estaba muy abierto al
diálogo y en las “sobremesas” romanas se trataban
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todo tipo de temas; al caer la noche, luego de la
cena, solía informar a todos de las novedades del
día, de los rumores y de lo que el Diario Oficial había
publicado. A su vez, era un emperador en pequeño,
que recibía un trato cariñoso; pero en lo formal, sus
ropas y actitudes, su mobiliario y joyas resaltaban su
condición especial, que se percibía a simple vista.
En el momento de su máxima extensión y grandeza,
Roma era una ciudad en la cual fulgían los bellos
templos y palacios a la vez que se amontonaban los
primeros “rascacielos” de la historia, los insulae, pues
abarcaban pequeñas “manzanas”, y sobre las calles
estrechas daban una sensación de mayor altura y
aislamiento que la que en realidad tenían.
El mismo César Augusto limitó su altura a nueve
pisos, equivalentes a unos 35 metros de altura,
pero esto no siempre se respetaba. El piso principal
era el segundo, y a medida que se ascendía, los
pisos y departamentos eran más humildes. Todos
tenían ventanas a la calle y los unía una escalera,
frecuentemente de madera. El agua, tan abundante
La vida cotidiana en la antigua Roma 13
en Roma, y que llegaba a todas partes por un
excelente sistema de tuberías de plomo, en muchos
de estos edificios no tenía presión como para pasar
la segunda o tercera planta, por lo que las superiores
la obtenían por simples cubos en montacargas, que
también servían para elevar la comida, cosa que aún
se usa en ciudades como Nápoles y Estambul, como
el autor de este trabajo pudo comprobar.
Estos “rascacielos”, que llegaron a tener en algunos
casos 50 metros de altura, eran un peligro para la
ciudad, pues los incendios se extendían fácilmente
en ellos, dado que sus áticos eran de madera y la
calefacción no era del tipo“central”, como en los buenos
edificios, sino en base a hornillos, y se alumbraban con
inestables lámparas de barro. Los bomberos, que los
había en Roma y en todas las ciudades importantes
del Imperio, así como en las grandes villas, munidos
de bombas aspirante-impelentes y mangueras de
boca de bronce rematada por un caño flexible hecho
probablemente en hule, no podían hacer llegar los
chorros de agua a tan gran altura, y algunas veces
estos edificios se demolían con tiros de catapultas
14 La vida cotidiana en la antigua Roma
especiales, que también llevaban los bomberos.
El peligro del fuego era siempre grande en la ciudad
romana, y en la capital existían enormes murallas
interiores cortafuegos, cosa que no alcanzó a
impedir varios desastrosos incendios que los
rumores atribuían a incendiarios de todo tipo, desde
guerrilleros urbanos hasta a emperadores, aunque
lo más probable es que hayan sido de origen
accidental.
Roma tenía agua en abundancia; se calcula que cada
ciudadano consumía unas siete u ocho veces más
agua que un habitante actual de la capital de Italia.
Grandes acueductos convergían sobre la ciudad,
provistos de “sifones” y plantas de purificación en
base a arena y piedras en los casos necesarios. Toda
el agua que llegaba a Roma era potable. Las casas
estaban conectadas a la red por tubos laterales y el
líquido impulsaba también las maravillosas fuentes
públicas que, como la “Metasudans” de época
neroniana, se elevaban a más de 30 metros sobre las
cabezas de los peatones.
La vida cotidiana en la antigua Roma 15
Roma era una ciudad congestionada, tanto, que a
principios de nuestra Era, su centro fue declarado
estrictamente peatonal y los vehículos solo entraban
por las noches, para los abastecimientos.
Las gentes, salvo las Vestales y otras damas notables
que utilizaban palanquines, iban andando y eran
tranquilas, pero grandes caminantes. Los caballos
se utilizaban poco dentro de la ciudad, salvo en las
festividades, “Triunfos” y desfiles militares.
Esto se había promovido en época imperial para
mantener la higiene de las calles, que eran lavadas
y barridas cada noche, pues no existía un servicio
especializado en recolectar los desperdicios que
solían amontonarse en espacios delimitados de
cada manzana.
Por lo demás, las alcantarillas eran enormes, lo que
impedía inundaciones. Testigo de ello es la Cloaca
Máxima de Roma, de probable origen etrusco-
romano, fabricada en piedra, en base a arquería de
16 La vida cotidiana en la antigua Roma
medio punto, que aún funciona perfectamente…
después de unos veinticinco siglos de uso.
En ciudades como Pompeya, relativamente
pequeñas y con bases pétreas, las rejillas de desagüe
eran escasas y en los cruces de las principales calles
había aceras de piedra que unían las otras comunes,
con espacios para que pasasen, encarriladas, las
ruedas de los carros.
Para la noche, la ciudad contaba con un alumbrado
público en base a farolas de bronce, cilíndricas,
cuyos velones se protegían -a manera de vidrios-
con pantallas de vejiga de cabra enceradas, lo que
las hacía traslúcidas y de difícil rotura. A su vez, las
casas tenían en su puerta lámparas equivalentes o
antorchas de muy larga duración. Los transeúntes,
a pesar de que la ciudad estaba muy vigilada por
un equivalente a la actual policía, solían estar
precedidos por servidores con farolas o antorchas.
Toda ciudad estaba dividida en “barrios”, y había
algunos de mala fama por los cuales no era prudente
La vida cotidiana en la antigua Roma 17
transitar desarmados.
En Pompeya se ha mantenido un resto de barrio
dedicado a burdeles, y lo notable era que para tener
acceso a esos establecimientos, los usuarios tenían
que pasar previamente por casas dedicadas al dios
Seraphis, patrón de los médicos, que allí ejercían
su profesión impidiendo la entrada a quienes
presentasen síntomas de enfermedades venéreas,
malformaciones o trastornos psíquicos. Estas casas
públicas estaban anunciadas naturalmente, como
si expendiesen cualquier otro servicio y tenían una
zona estrictamente restringida dentro de la urbe.
Lo mismo pasaba, aunque con menos rigor, con
las panaderías, pescaderías y demás comercios.
Aun las fastuosas casas de los ricos solían tener,
a ambos lados de la puerta principal, locales
comerciales que alquilaban; y en los fondos,
pequeños huertos, gallineros, conejeras y
similares elementos para que sus habitantes no
dependiesen exclusivamente de lo foráneo en
18 La vida cotidiana en la antigua Roma
su economía y alimentación. La sombra de los
antiguos reyes-labriegos vivía latente en cada
romano, aun en los de más alta condición.
Todos sabemos de las impresionantes Termas,
verdaderos monumentos palaciegos a la higiene
y al ocio, que encerraban, además de sus
instalaciones propiamente dichas, bibliotecas,
exposiciones de pintura y salitas de concierto.
Aparte de ello, muchas casas romanas solían tener
retrete y baño. Los había públicos para los que
carecían de esas comodidades. Eran notables los
retretes con agua corriente, y diseñados de tal
manera que, sin ofender el pudor se introducía
por un orificio un palo que sujetaba una esponja
natural embebida en vinagre de vino y agua, que
permitía la higiene personal. Por lo que sabemos,
este servicio existía solamente para hombres y
en cuanto a las llamadas Termas, tenían horarios
diferentes para damas y caballeros. Todos estos
servicios eran gratuitos y recompensados tan solo
La vida cotidiana en la antigua Roma 19
con propinas. Los circos, teatros y anfiteatros no
eran de entrada gratuita, aunque en las festividades
el pueblo entraba libremente.
Los romanos eran muy afectos a los espectáculos
grandiosos, a los animales exóticos y a las batallas
navales -simuladas en circos y anfiteatros inundados-
llamadas “Naumaquias”. Uno de los juegos más
apreciados era el de los gladiadores, en los que,
siguiendo modelos que provenían de los Misterios
etruscos, combatían hombres con determinados
atributos, como ser los “Redarios”, “Tracios”, entre
otros... Estas luchas terminaban, no pocas veces, con
la muerte de alguno de ellos, pero eso no parecía
ofender más la sensibilidad del pueblo romano que
el toreo con la agonía y muerte de la res en España y
países hispanoamericanos de hoy… ¡Misterios de la
psicología colectiva!
20 La vida cotidiana en la antigua Roma
En el mundo romano había libertad para todos
los cultos religiosos reconocidos, que en época de
Augusto sumaban unos trescientos, aparte de la
religión oficial de la cual era Pontífice Máximo el
propio Emperador. Las persecuciones que dieron
tanto que hablar en siglos posteriores, no se
producían por razones de fe, sino de orden público.
Por ejemplo, al no existir en el Imperio los actuales
medios de comunicación, la única manera de que
el pueblo conociese el rostro y el nombre de su
Emperador era mediante el levantamiento de un
busto en la plaza central. Este hecho, para los judíos
y las sectas que de ellos habían emanado, constituía
un sacrilegio, pues consideraban que se adoraba
una efigie humana. Tal episodio, pueril para nuestra
época, fue sin embargo la causa del levantamiento y
ruina de Jerusalén, bajo el cerco de Tito.
Las comidas romanas no eran demasiado copiosas.
Había banquetes impresionantes en casos muy
especiales, en los palacios oficiales o particulares,
pero normalmente se comía tres veces al día, siendo
La vida cotidiana en la antigua Roma 21
la más abundante la cena, de cuyas sobras se solía
componer el desayuno; frutas, verduras y carnes
livianas, eran la base de un almuerzo bastante
tardío, como todavía hoy utilizan algunos países
costeros del Mediterráneo. Aunque la caña de
azúcar abundaba en India, y Roma tenía relaciones
comerciales con Oriente, no se utilizaba, pero sí en
abundancia la miel. Bebían vino mezclado con agua,
zumos de frutas, un licor de miel y, aquellos que
habían tenido contacto con los galos, cerveza.
Para comer se utilizaban unos divanes amplios
llamados “triclinium”, en cada uno de los cuales se
podían acomodar tres personas recostadas sobre
un codo. Solían sumar tres de estos muebles,
dejando un paso abierto para los servidores y con
una mesa baja en el centro. Empleaban cucharas,
tenedores y cuchillos muy semejantes a los actuales,
así como platos y fuentes. Las cocinas, en las casas
bien montadas, eran muy semejantes a las que se
usaban en el siglo XIX en Europa, teniendo como
base una cocina “económica” que funcionaba con
22 La vida cotidiana en la antigua Roma
leña o carbón vegetal. Los utensilios eran también
iguales o semejantes a los del siglo pasado, con
algunas curiosidades: por ejemplo, las sartenes para
freír huevos tenían depresiones, en su fondo, para
contenerlos separadamente.
El vidrio era caro, por lo que en comidas normales
se utilizaba poco, pero al contrario de lo que se
creía hasta hace algunos años, se empleaba en las
ventanas, aunque ya es imposible saber cuánta
transparencia tenían esas planchas.
El casamiento era a la vez civil y religioso; la mujer iba
a vivir y se asimilaba a la casa de su esposo. Existía el
divorcio cuando había mutua voluntad o por causas
de inmoralidad comprobada.
Los impuestos eran mayores para los solteros,
pues Europa en general, salvo las Galias, tenía una
población escasa. En todo el Imperio, sobre tres
continentes, los censos no registraron más de cien
millones de habitantes.
La vida cotidiana en la antigua Roma 23
El ejército estaba formado por profesionales y
voluntarios, así como de levas en casos necesarios. El
número de hombres en épocas de paz no superaba,
en todo el Imperio, a los 330.000, pero su disciplina y
equipo eran los mejores de su tiempo. Sus armas de
artillería, como la catapulta y el onagro, se siguieron
usando hasta muy avanzado el siglo XV.
Las “Doce Tablas de la Ley” fueron las bases del
Derecho Romano, grabadas en bronce en el 450 a.C.,
y estaban a la vista de todos. Este Derecho romano,
con sus adaptaciones, es la médula espinal del que
aplicamos en la actualidad.
Aparte de los idiomas locales, toda la Administración
Imperial hablaba el latín. Sobre todas las acuñaciones
regionales primaba la moneda del Imperio. Tal
unificación, soñada y tratada de recrear tantas veces
luego, jamás fue alcanzada.
24 La vida cotidiana en la antigua Roma
La campiña
Estaba cruzada por una red de caminos tan
perfecta que un estudio realizado en Francia
demostró que la actual red está sobremontada
casi en su totalidad a los viejos caminos romanos.
Las calzadas, muchas de las cuales llegaron enteras
a nuestros días, eran preferentemente rectas,
pasando a través de montañas en base a túneles,
y de ríos y valles con portentosos puentes que
aún nos asombran. Eso le permitía, a un hombre
portador de un mensaje, hacerlo pasar de mano
en mano y a lomo de caballo, desde Roma hasta
París (Lutetia) en diez días. Aunque las rutas eran
muy útiles para el uso de las tropas de caballería
e infantería, también servían para carros y coches
particulares. Había unos carros-buses, de los cuales
hay una excelente reproducción en el Museo de
Colonia en Alemania Occidental, que llevaban
incorporado un retrete y camas; la suspensión con
flejes de cuero es magnífica y las ruedas giraban
sobre los ejes en base a rodamientos, invento
que aportó la tecnología gala. Del mismo origen
La vida cotidiana en la antigua Roma 25
eran las trilladoras mecánicas, que cortaban y
acomodaban las espigas, tiradas por un asno y
manejadas por un solo hombre. Otras máquinas,
simples y robustas, servían para extraer el aceite
de olivo, la harina de trigo...
Muchos especialistas se han preguntado por qué
los romanos, teniendo tan buena tecnología,
organización, administración y mano de obra;
conociendo los rieles, la bomba aspirante-
impelente, la caldera, los engranajes y demás
mecanismos necesarios, no llegaron jamás a
construir locomotoras, barcos o automóviles, ya
que, cuando estos surgieron, en el siglo XVIII, la
tecnología no era superior. La respuesta es difícil…
en verdad no lo sabemos. Parece ser que la causa
fue más bien una alienación psicológica, un temor
instintivo a las máquinas que aún se refleja en
algunos lugares deprimidos económicamente de la
Tierra, en los cuales no se usan arados de metal “para
no envenenar la tierra”.
26 La vida cotidiana en la antigua Roma
La campiña estaba, cuando cultivada, bien irrigada
y cuidada. Grandes villas encerraban verdaderos
emporios, algunos con puerto y flota propios. También
abundaban las pequeñas casas de los campesinos, y
conviene aclarar que en el mundo romano la miseria
solo se daba en algunos suburbios de las grandes
ciudades, donde se acumulaba la creciente población
de desocupados. En el campo no ocurría eso.
Por lo general, Europa y el Norte de África estaban
arboladas de una manera que hoy nos resulta
inconcebible; las aguas y los aires no estaban
contaminados y luego de la Paz Augusta los caminos
eran seguros y tenían a sus lados posadas calculadas
de manera que ningún viajero se viese forzado a
pasar la noche sin techo.
Los recónditos templos de los misterios y las cavernas
Sagradas, así como los bosquecillos dedicados a las
Divinidades, daban a todo el conjunto un hálito de
religiosidad que en las grandes ciudades ya se había
perdido en buena parte en manos de los aparatosos
La vida cotidiana en la antigua Roma 27
cultos oficiales y de los filósofos, que siendo sofistas
muchos de ellos, sembraban la duda en las almas y
la vacilación en las inteligencias.
No podemos cerrar este trabajo sin referirnos, muy
brevemente, a las causas que precipitaron la caída
del Imperio romano.
A medida que la cultura y civilización de Roma se
extendieron, se mezclaron con otros elementos,
algunos positivos y otros negativos. No es cierto que
Roma haya carecido de inventiva y lo debiese todo
a los griegos; Roma tenía su particular inventiva,
volcada a lo social, que le permitió hacer llegar a
millones de seres humanos lo que antes estaba
reservado a unos pocos. Además, las últimas
investigaciones arqueológicas demuestran hasta
qué punto la civilización etrusca, los samnios y
otros pueblos influyeron en sus orígenes. Cuando
nos referimos a elementos “positivos” o “negativos”
no elevamos un juicio moral, sino simplemente
si resultaron favorables o no a la unidad del
28 La vida cotidiana en la antigua Roma
Imperio. Esta unidad estuvo siempre más o menos
comprometida, y las guerras civiles en tiempos
de la República y del mismo Imperio debilitaron
las riquezas espirituales, morales y materiales. Los
frecuentes pactos con pueblos bárbaros llevaron a
estos desde el neolítico hasta la Edad de Hierro de
manera violenta, y poco a poco Roma fue perdiendo
todas sus características propias.
Su eclecticismo (y en cierta forma, indiferencia)
religioso le fue fatal, y con Juliano, injustamente
llamado “el Apóstata”, finaliza el ciclo histórico de
Roma. Los “bárbaros” ya no estaban fuera de sus
fronteras, sino dentro mismo de su aparato político,
social y religioso. El imperio se partió en dos y
nació la llamada Edad Media. Solo en Bizancio, la
entonces Constantinopla, quedaron vestigios de la
antigua Roma hasta aproximadamente el año 1000,
en que las Cruzadas la destruyeron y saquearon,
especialmente la cuarta, quedando una ciudad en
ruinas detrás de imponentes murallas, a merced de
los musulmanes turcos, que la tomaron en el siglo
La vida cotidiana en la antigua Roma 29
XV con la complicidad de media Europa, dando fin
a la Edad Media.
Aquella vida cotidiana placentera y “moderna”
del siglo I se fue diluyendo en la brutalidad y la
simpleza, elementos sin embargo necesarios
para la renovación de los ciclos. Es probable que
también a nuestra civilización le toque la hora de
la desintegración para que las tierras, las aguas, los
aires y los hombres vuelvan a ser puros. No tiene
esto nada que ver con supuestas maldiciones
divinas ni con el fin del mundo, que tantos
charlatanes han predicado desde hace milenios,
sino con la muy natural ley de los ciclos, esa que
hace que a un día le siga la noche y a esta otro día;
que haya inviernos y veranos, etc.
Y, sin embargo, el filósofo cierra los ojos, y sueña
con un mundo donde la belleza no se deforme, la
juventud no envejezca, donde, como decía Augusto
en su Ara Pacis, “el milano no persiga a la paloma”.
30 La vida cotidiana en la antigua Roma
De existir ese mundo, no será en este plano de
conciencia… aquí es imposible… pero siempre
es bueno y necesario soñar con imposibles, esas
divinas mentiras que son verdades para el alma…
hasta que el alma se alza y llega a habitar en esas
otras verdades imperecederas, más allá del tiempo
con sus granos de arena.
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