Marta Gerez Ambertín, Violencia en la filiación - Nuevas tecnologías reproductivas y
enigmas del padre
Violencia en la filiación - Nuevas tecnologías reproductivas y enigmas del padre*
Marta Gerez Ambertín
Versão Preliminar
Autor:
Datos Académicos: Doctora en Psicología. Univ. Nacional de Tucumán (UNT). Argentina.
Máster en Teoría Psicoanalítica. CIEP. México.
Posdoctorada en Psicología Clínica -Mención Psicoanálisis-. Pontificia Univ. Cat. de San Pablo
(Brasil).
Directora de la Carrera de Doctorado en Psicología (UNT).
Directora de Proyectos de Investigación en:
a) Univ. Nac. de Lomas de Zamora (Argentina);
b) Univ. Nac. de Tucumán (Argentina);
c) Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (Argentina)
Integrante de la Asociación Universitaria de Investigación en Psicopatología Fundamental.
Mail: diotima@[Link]
Dirección: Marcos Paz 749. (4000) San Miguel de Tucumán. (Argentina)
Tel.: (54-381) 421-3533
1. Introducción: paternidad y tecnociencia
Los enigmas en torno a la paternidad siguen vigentes a pesar de los tiempos de la ciencia.
Con este trabajo pretendo demostrar que los interrogantes en torno a la función del padre
no pueden ser despejados por los nuevos saberes de la tecnociencia que prometen
certezas. Pese a que se puede rastrear el ADN, del lado del nombre, del lado nominante ha
de permanecer una incógnita no totalmente despejable: ¿qué de aquel cuyo lugar
posibilita el soporte de filiación y genealogía en tanto encadena al sujeto a una historia que
lo inscribe en la serie generacional?
El saber científico no puede esclarecer el enigma sobre la paternidad el cual, al contrario,
se complejiza ante el avance indiscutible, por otra parte, de nuevas formas de procreación
y de lazos parentales: complejos culturales que cobran actualidad como nuevas formas del
malestar en la cultura.
La verdad sobre la paternidad en Freud se afirmaba desde el adagio “pater semper incertus
est”, la madre, en cambio, es “certíssima”. Corresponde interrogar porqué el padre en
psicoanálisis no puede ser abarcado por ninguna operación de constatación definitiva -
más allá de todo test, el ADN aún no resuelve el interrogante en torno al padre-.
La función paterna, en tanto artificio de filiación, es enigmática, una incógnita imposible de
despejar totalmente... siempre habrá, en torno al padre, un no-todo significable y
descifrable.
Las nuevas tecnologías reproductivas hacen posible la procreación “artificial” y el
alumbramiento de un hijo. Basta la reunión de un gameto femenino y un gamento
masculino, para engendrarlo, pero el padre ¿puede acaso reducirse a un gamento
masculino? Sabemos que no.
El lugar del padre no puede dejar de ser incierto para tornarse certísimo gracias a la prueba
de ADN, porque la cuestión del Nombre no pierde su valor simbólico, más allá de lo que
intente demostrar la soberana ciencia.
Ya en 1957 Lacan complejiza la inadecuación entre el genitor y la función del padre. Refiere
un noticia que le llega de América. “Tras la muerte de su marido, una mujer, comprometida
con él por el pacto de un amor eterno, se hace hacer un hijo suyo cada diez meses” (Lacan.
1956-57: 377).
Relata que en tal caso la inseminación artificial fue posible porque la previsora mujer, ya
durante la enfermedad del marido, hizo almacenar una cantidad suficiente de semen para
prodigarse a gusto.
Lacan considera que esto no despeja sino que pone una vez más sobre la mesa el enigma
de la paternidad. Y es que en este caso algo se recorta del padre real, pero también -y es lo
más importante-, se corta la palabra del padre, la palabra del ancestro que tiene que
inscribirse en el niño y tiene, además, que instituirlo como sujeto en el mundo simbólico.
Si la institución de la vida social y jurídica va más allá de lo biológico, ¿cómo plantear
entonces la cuestión del padre? ¿Cómo pensar hoy la transmisión de filiación y genealogía?
Lacan se encamina para responder esta pregunta tras la afirmación de Goethe: la paternidad
es una cuestión de confianza... Diríamos, una cuestión de creencia y de confianza. Porque si
“en la experiencia analítica el padre no es mas que referencial” (16/06/1971. Seminario
XVIII. Inédito) es porque “la sanción” de la función del padre remite a lo simbólico. Y aquí se
utiliza sanción como el acto que otorga fuerza de ley a la función instituyente del padre.
Si el padre es un referencial en torno a una creencia ¿cómo confundir, entonces, al semen,
al espermatozoide, al gameto masculino con el padre? Padre es el que dona la vida en tanto
legislada y en ese acto de donación se desliza siempre un deseo y un enigma.
Un texto de Pedro Lipcovich -“El verdadero padre” (Diario Página 12 del 27/07/2004) relata
mejor que nada esto que venimos diciendo y que, además, hoy escuchamos con frecuencia
relatado por nuestros pacientes.
“Tenemos, por ejemplo, siete años. Papá ha ido esta tarde a buscar el análisis de paternidad
por ADN. El resultado fue que “no tiene relación biológica” con nosotros. Papá llega a casa,
abre la puerta. Nos mira (…). Su mirada baja hacia nosotros. Todavía no sabemos qué hará,
pero debemos saber que ningún análisis de ADN lo eximirá de su responsabilidad ante
nuestro llanto”.
Y es que así se anuda la paternidad: ningún test exime la responsabilidad del padre ante el
sufrimiento de esos hijos sobre los cuales ha inscripto su paternidad y su deseo, ni exime a
esos hijos de interrogar por la confianza y la creencia otorgada a la palabra de ese padre.
Y es que, como dice el autor de la nota, “la pregunta por quién es el padre del hijo, como
otras, no se contesta en sí misma, ya que expresa una pregunta por el propio ser: señala el
punto en que cada ser humano depende de una verdad que sólo puede darle otro ser
humano que a su vez, aunque quiera, no puede garantizarle una certeza. Esta vulnerabilidad
extrema está en la raíz de la condición humana y ningún dictamen de laboratorio podría
suprimirla”.
Hay, sin duda, en la función del padre, una gran vulnerabilidad, la misma que ronda a la
humanidad y al deseo que nos habita, pero no por vulnerables los abandonamos en el
camino a pesar de las certezas que ofrece la tecnociencia. El lugar del padre no se arma en
un laboratorio, se construye en un acto de creación y, como toda creación simbólica, el
artificio de la paternidad genera enigmas. Sobre dichos enigmas y sus malestares vamos a
centrarnos a continuación.
2. La función del padre y sus enigmas
Decíamos antes que la función y el lugar del padre no se arma en ningún laboratorio sino
que se construye a partir de la palabra que surge como acto de creación que tiene fuerza de
ley. Tal el lugar que Lacan otorga a dicha función cuando afirma: "Si el complejo de Edipo
tiene sentido es precisamente porque plantea como fundamento de nuestra instalación
entre lo real y lo simbólico, así como de nuestro progreso, la existencia de aquél que tiene la
palabra, de aquél que puede hablar, del padre. Por decirlo todo, lo concreta en una función
que en sí misma es problemática. La pregunta ¿qué es el padre? está planteada en el centro
de la experiencia analítica como eternamente irresuelta, al menos para nosotros, analistas”
(Lacan. 1956-57: 374).
Desde luego que es una función problemática y si la pregunta ¿qué es el padre? es
irresoluble es porque ese enigma es crucial para el psicoanálisis, hace al fundamento de la
teoría y la clínica psicoanalítica en tanto los desarrollos de Freud y Lacan se edifican sobre
tal pregunta. Damos a continuación los fundamentos sobre esto para retornar luego a la
cuestión de la tecnociencia.
Freud abrió las vías para interrogar sobre el lugar del padre en psicoanálisis desde el mito
moderno de Tótem y Tabú en 1913, aunque es casi en las postrimerías de su obra -Moisés
y la religión monoteísta- de 1938 donde responde que el padre es un artificio, una creación,
una abstracción, un "progreso en la espiritualidad" pues su función estriba en la
instauración de la ley que regula el acceso a lo permitido y lo infranqueable de lo prohibido.
Lacan, que continúa la vía abierta por Freud sobre el enigma del padre, también ubica a
éste como un artificio: el Nombre del Padre es una construcción, algo que fundamentalmente
surge como un efecto mediato, nunca inmediato.
Freud -que no llegó a conocer las pruebas de ADN ni las tecnologías reproductivas actuales-
podía afirmar: “pater semper incertus est”, la madre, en cambio, es “certíssima”.
Corresponde interrogar porqué el padre en psicoanálisis aún hoy continúa “incertus” y no
puede ser abarcado por ninguna operación de constatación definitiva de filiación biológica.
El padre, en tanto artificio de filiación, continúa siendo enigmático y problemático.
Este complejo lugar del padre en Lacan se complementa con las puntualizaciones freudianas
pues ubica a la madre como Otro primordial e innombrable, justamente, opuesto al del
padre -que surge en torno al artificio de la palabra, se estructura en tanto nombre
(Nombre-del-Padre) y en tanto nombrante-. Un nombrante que, paradójicamente, “no tiene
nombre... propio” porque lo fundamental de su creación implica que la incógnita que
acompaña a su función nunca podrá ser definitivamente despejada... y eso es lo que hace
que Dios y el padre sean... inconscientes. Ruptura fundamental, aquí, entre el
psicoanálisis y las religiones.
Una vía regia para trabajar esto en la obra de Freud se abre en Proyecto de psicología
para neurólogos a partir del siguiente enunciado "... entendimiento (verständigung; o
«comunicación») y el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos
los motivos morales" (1895:363). La conjunción de lenguaje -que sostiene la función del
padre- y el desvalimiento -que hace posible la vigencia del Otro primordial- abren las
pistas al decurso del Complejo Edípico: lo inconmensurable de das-Ding y lo conmensurable
de la función del padre que contornea y pone límites (desde su ley de la palabra) al circuito
articulable del deseo que deja como in-satisfecho el acceso al cuerpo mortífero -y no por ello
menos anhelado- de la madre. Es así como el Edipo, en su estructura, es la fuente de todos
los motivos morales o, más bien, específicamente éticos, por las paradojas que la codicia de
la-Cosa y su bien, confrontados a la ley del padre, despiertan en la subjetividad.
Sin embargo, hasta aquí, y en el trayecto de nuestros enigmas sobre la cuestión del padre
en psicoanálisis, encontramos algunas vías de respuestas: el padre como creación y artificio
se crea en torno a lo nombrante que surge del lenguaje y la palabra; así, esta función, que
se erige alrededor de un significante, es un referente y un ordenador fundamental que
permite construir el lugar del sujeto en la cadena generacional. Función del padre:
ordenadora que coloca la numeración posible en la serie generacional.
Borges explicita mejor mi desarrollo en su poema Junín:
"Soy, pero también el otro, el muerto,
el otro de mi sangre y de mi nombre [...]
Con dos pinceladas metafóricas Borges delinea el trazo del padre: es un donador a quien se
le adeuda filiación y genealogía: uno no nace de sí mismo, el cachorro humano no se hace él
mismo, tampoco es sólo el fruto del vientre materno, nace de un Otro, el que otorga sangre
y nombre. Se puede testear la sangre, puede incluso plantearse una escisión entre sangre y
nombre, pero la cuestión del padre ha de girar fundamentalmente en torno al nombre.
Un psicoanalista, maestro y amigo, cordobés de nacimiento y radicado en México, el Dr.
Néstor Braunstein, dirá: Deuda genealógica. “Existir en la sociedad es estar inscrito en ella
en relación con el nombre de los antepasados. Lo habitual en nuestras culturas es recibir el
nombre del padre. Occidente vive en la tradición emanada del derecho romano. La existencia
es humana en tanto que enganchada y colgada de algún árbol genealógico. Recibir un
nombre establece desde el principio el deber de portarlo. Se debe y es deuda, Schuld; los
traductores de Freud pondrían guilt, culpa. La vida, perdón por la obviedad, depende del
símbolo y los romanos ya establecían que había un doble nacimiento, físico, de la madre, y
político, del padre. Ex padre natus. Sobra aclarar que el nacimiento físico es también un
efecto de la Ley que preside las alianzas. Nada, nadie, nace sin la palabra que lo nombra”
(Braunstein. 2001:42/3) .
Llegamos así, en este viaje en pos de los enigmas del lugar del padre en psicoanálisis a otra
estación de arribo, estación que no sólo permite responder que el padre es artificio, sino
también agregar: artificio ordenador y referente de genealogía y filiación, aunque la
incógnita de su función no se agota sino que se mantiene y se sostiene. Así, dirá Lacan:
"... el padre tiene tantos (nombres) que no hay Uno que le convenga, si no el Nombre de
Nombre de Nombre. No de nombre que sea su Nombre-Propio, sino el Nombre como ex-
sistencia" (01-09/1974:113). Nuevamente Borges viene en nuestro auxilio, su escritura
allana el camino de formulaciones que, desde el psicoanálisis, pueden parecer meras
abstrusidades. En el poema “Al hijo” dirá:
"No soy yo quien te engendra. Son los muertos.
Son mi padre, su padre y sus mayores;
Son los que en un largo dédalo de amores
Trazaron desde Adán y los desiertos
De Caín y de Abel, en una aurora [...]
[...] Siento su multitud. Somos nosotros
y entre nosotros tu, y los venideros...
3. La función del padre y el efecto sujeto
Es preciso, ahora, hacer un alto para sacar réditos de nuestro avance en torno al enigma del
padre. Hasta aquí hemos destacado al padre en psicoanálisis como un lugar (el de un
significante) y una función (lógica). Mantuvimos especial cuidado en no entramparnos con
las formulaciones antropológicas o psicológicas, ya que en psicoanálisis no se trata del padre
como persona, personaje o sujeto, ni de las posibles formas en que se ejerce el rol de padre
y se sostiene su status: el padre no es una persona ni un sujeto, ni un rol, sino únicamente
un significante que opera como referente, ancla, esto es, punto de capitón que permite
detener el movimiento errático del efecto sujeto. La función paterna, como Nombre-del-
Padre, posibilita una función de anclaje; de no ser por tal función el efecto sujeto sería el de
una deriva constante -en tanto el sujeto es vacío y se define por un significante que lo
representa para otro significante- lo que aparece como un observable clínico en la
dispersión subjetiva, frecuente en psicosis, y también, altamente frecuente en neurosis
cuando trastabilla la función de anclaje del padre.
Lacan puntualizará que la falla de la función del Nombre-del-Padre no puede vincularse a la
simple carencia paterna referida a la persona del padre, "... el padre tonante, el padre
bonachón, el padre todopoderoso, el padre humillado, el padre engolado, el padre irrisorio, el
padre casero, el padre de picos pardos... " (Lacan. 1958:559). En todo caso la falla de su
función, ya sea por su eventual desfallecimiento en neurosis o su forclusión en psicosis, ha
de vincularse siempre al significante "ser padre" en lo que refiere al Nombre-del-Padre. Es en
el Seminario III donde encuentra una metáfora muy clara sobre ese significante, el de la
carretera principal: "La carretera principal es así un ejemplo (...) de la función del
significante en tanto que polariza, aferra, agrupa en un haz a las significaciones..." (Lacan.
1955/56:416). Esto nos permite afirmar que, en suma, el significante Nombre-del-Padre es
un significante polarizante, sin él, sin el efecto de su abrochamiento en la cadena
significante, el sujeto queda errabundo.
Tal significante funciona como carretera principal ya que en torno a él se ordenan los
múltiples caminitos por donde circula la dispersión imaginaria y el efecto de lo real del goce
del sujeto. Pero no se trata de un ordenamiento que emana de una orden -trabajé esta
cuestión más precisamente en mi libro Las voces del superyó-, se trata de un
ordenamiento que emana de una legalidad, legalidad que deriva de la función que cumple la
ley de la palabra que vehiculiza el padre: ley de prohibición de incesto y parricidio. Tal la
fuerza de ley de la sanción del padre.
Así, en torno al padre en psicoanálisis, no se trata de carencia o exceso de padre, de
carencia o exceso de papá, se trata de la función que el significante Nombre-del-Padre
inscribe para poner límites al goce que embarga a la madre y al hijo.
Lacan, al trabajar el artificio del padre, dice que por tal se entiende un significante sustituido
a otro significante. ¿Qué quiere decir esto? para significatizarlo basta con leer la fórmula
de la metáfora paterna -especificada en "De una cuestión preliminar..." y en el Seminario V-
para entender que el significante sin respuesta posible del deseo de la madre -pura
incógnita- es sustituido por el del Nombre-del-Padre. Esa metáfora produce un plus de
significación, una respuesta -si bien una respuesta no única sino pluralizable e inagotable-,
en suma, una respuesta posible a la falta del Otro por las múltiples coartadas que propone
el falo imaginario (-j):
Nombre del Padre Deseo de la madre (A) A
-------------------------------------------------> Nombre-del-Padre ________ _______
Deseo de la madre Significado al sujeto (Falo) -j
La fórmula de la metáfora paterna dice que sin el significante Nombre-del-Padre la pregunta
por el deseo de la madre queda sin respuesta en el sujeto, pues lo único que la madre puede
querer de él como Otro primordial es el apego, el todo con ella para colmarla y colmarse, es
decir, renunciar a cualquier otro destino y saturar el goce mortífero.
En cambio el padre, como significante que hace sustitución, instaura variedad y serialidad
de respuestas a la falta de la madre y del Otro y, fundamentalmente, posibilita al sujeto un
destino sexuado y la alternativa de responder al deseo del Otro (A) con señuelos (-j) y no
con el "¡¡presente!!", que deja al sujeto enclaustrado y a merced del goce del Otro. De modo
pues que, el saber no sabido del inconsciente implica responder con señuelos (-j) porque hay
pérdida de goce; en suma, porque hay castración.
Cabe aclarar, en lo que hace a la manera en que presentamos la segunda alternativa de
resolución de la metáfora paterna como tachadura del Otro (A) y negativización del falo (-j),
que es el modo de pensar, ya desde los seminarios V y VI, los caminos abiertos por Lacan y
arribar al pasaje del singular Nombre-del-Padre a su pluralización Los Nombres-del-Padre
(clase única del seminario interrumpido Los Nombres del Padre del 20-11-1963). Porque si
son múltiples las respuestas posibles a la inconsistencia del Otro, el padre como significante
que aglutina los significantes, ya sea como punto de almohadillado, el padre como carretera
principal, el padre como muerto y como Tótem, el padre como anudante del complejo de
castración en el Edipo, en suma el padre como Nombre, no refiere sino a una función que
rodea a una pluralidad: el Edipo, el síntoma, la mujer, etc., variedades posibles de los
Nombres-del-Padre, aún cuando la función padre siga soportando lo fundamental, esto es,
brindar al sujeto un significante que cumple la función de soporte aglutinante para
responder sobre el deseo del Otro.
La pluralización “los Nombres del Padre” no se podría haber sostenido sin la formulación
lógica que Lacan había realizado en el seminario inmediato anterior al interrupto, esto es, el
Seminario X de "La Angustia" (1962-3). Allí había quedado claro que la angustia emerge
donde los recursos del sujeto para contornear al objeto a fracasan. ¿Qué son los Nombres-
del-Padre sino modos posibles para bordear al objeto a, modos posibles para poner límites a
la-Cosa que a-Cosa?
De esa pluralización de los Nombres-del-Padre me ocupé precisamente en mi tesis
posdoctoral “Sacrificio y paradojas de los Nombres del Padre” (Pontificia Univ. Católica de
San Pablo. Brasil) en la que relaciono los mitos de Edipo, Tótem y Tabú y el sacrificio de
Abraham.
A esta altura del recorrido es preciso reconocer que, en cuanto al enigma del padre en
psicoanálisis, encontramos diversas respuestas posibles: artificio, función, lugar,
significante aglutinante, metáfora, carretera principal, ley simbólica, respuesta al deseo del
Otro, contorno al objeto a, pero ninguna es una respuesta definitiva ya que ese enigma,
como dice Lacan, no es totalmente despejable.
Cuando Lacan pregunta “¿Qué es un padre?” desliza lo problemático de la respuesta: “Esta
pregunta es una forma de abordar el problema del significante del padre, pero no olvidemos
que también se trata de que los sujetos acaben convirtiéndose a su vez en padres. Plantear
la pregunta ¿qué es un padre? es todavía algo distinto que ser uno mismo un padre, acceder
a la posición paterna. Veamos. Si es cierto que para cada hombre el acceso a la posición
paterna es toda una búsqueda, no es impensable decirse que en verdad, al fin y al cabo,
nadie lo ha sido nunca por entero" (Lacan. 1956-57: 207).
Esa enunciación enfatizada por Lacan "nadie lo ha sido nunca por entero", no sólo
tranquiliza los desesperados esfuerzos por ser todo-padre en el que se empeñan
obsesivamente algunos sujetos, sino que reafirma que la inconsistencia del Otro hace
imposible serlo todo. Sin embargo, hoy, en los inicios del nuevo milenio y ente la
vertiginosa caída de emblemas e ideologías -el film Goodbye Lenin es un ejemplo maravilloso
de esto- no dejamos de insistir: si bien la función del padre toda no puede sostenerse,
como anudante del sujeto a la ley es condición y posibilidad del destino deseante del
sujeto.
La ley que se sostiene en las variaciones posibles de los Nombres-del Padre puede poner
coto al asedio incansable del goce del Otro que, bajo las formas más monstruosas del
sacrificio amenazan, en este inicio del siglo, con la desaparición del sujeto -intento de
objetivizarlo-. Se trata entonces de poder anudar la función de los Nombres del Padre con la
subjetividad, algo que pende del campo de la palabra donada más allá de las donaciones que
puedan practicarse en los laboratorios tecnocientíficos.
4. Enigmas del padre, nuevas técnicas de reproducción y subjetividad
¿Qué nos plantea ante todo esto la clínica psicoanalítica que practicamos?
El sujeto del psicoanálisis no es ajeno a los avatares que proponen los nuevos tiempos de la
ciencia y las tecnologías. Las nuevas técnicas reproductivas (NTR) ya han atravesado
nuestra subjetividad y así como nuestros pacientes llegan para anunciarnos que van a
hacerse un lifting, que van a agrandar o achicas sus pechos o glúteos, también algunas
mujeres nos comunican que se harán inseminar y algunos hombres que “alquilarán un
útero”. ¿Qué podemos hacer nosotros? escuchar al sujeto de la enunciación, escuchar cómo
se despliega el deseo o el goce en torno del hijo e indagar cómo ha de producirse la
nominación, la sanción del nombre del padre. Sin duda que vamos a encontrarnos con
disímiles situaciones y a cada una habrá que otorgarle su valor de singularidad luchando
contra la resistencia del analista de pretender normativizar al enigma del padre.
Sabemos que a partir de 1950 -llevamos más de medio siglo en esto- comenzó a
experimentarse con la técnica que logra congelar el semen masculino para el
“engendramiento” artificial de un hijo.
Conviene destacar por todo lo que desarrollamos antes que tal engendramiento vinculado a
la procreación masculina -disyunto de la sexualidad- no puede confundirse nunca con el
acto simbólico de la función paterna que otorga -desde la palabra del padre- filiación y
genealogía, lo que implica la capacidad de recibir un legado para que la subjetividad de un
hijo pueda historizarse.
Tanto la Técnica Artificial Intraconyugal (IAC), como la Inseminación artificial con donantes
(IAD) que diversificó la Asistencia Médica a la Procreación (AMP) y es también conocida
como Procreación Artificial con Donante (PAD), o la Fecundación in Vitro con Transplante
(FIVET), hacen posible hoy la fecundación y la reproducción artificial.
Pero, es preciso reiterar nuestra pregunta inicial: ¿el padre, su función, puede quedar
reducida a un poco de semen, a un simple gameto masculino? Por todo lo expuesto decimos
que no. Lo problemático de la paternidad no se determina por técnicas biológicas o
biotecnológicas, sino que se establece en referencia al don de la palabra que puede crear
un pacto que atraviese las generaciones. Es allí donde la inscripción simbólica de los
Nombres del Padre puede o no inscribirse.
5. Viñeta clínica: “¿qué padre?”
Recibo a un matrimonio en la consulta derivado por el ginecólogo de la señora. Insisten en
ser recibidos los dos, vamos a llamarles Juan y Rosa. Ambos tienen alrededor de 50 años.
Enuncian que “quieren tener un hijo”. Precisan una madre que done sus ovocitos (lo cual
provoca el rechazo de Rosa ya que considera que no será hijo de su sangre ni de la sangre
de su padre); precisan, además, un padre que done la esperma. Juan está de acuerdo con
esto, se muestra anhelante de un hijo. El conflicto se presenta cuando plantean su forma de
vida: se casaron hace unos 10 años, trabajan en el negocio que Rosa tiene instalado en la
casa de sus padres. Rosa afirma que el negocio es totalmente de ella, el marido viene a ser
su “ayudante”. Juan responde con un ambiguo gesto de resignación ante esto y comenta:
“No vamos a discutir eso ahora, estamos aquí porque queremos tener un hijo”.
Hay un detalle más que importante: a la casa del matrimonio ella va solamente a dormir,
nunca dejó allí ni un calzón ni un cepillo de dientes. En suma, nunca se fue de la casa
paterna a la cual está aferrada muy gozosamente. Tanto a la casa paterna como a su
venerado padre.
Luego de esa primera entrevista ella pide seguir viniendo. Juan considera que debe “cederle
el lugar”, nuevamente, a pesar de su marcado anhelo por un hijo no deja de comportarse
como “el ayudante”. Poco a poco Rosa relata su plan: aceptar, a pesar de su rechazo, que
una madre done el ovocito, aceptar el semen del donador, hacer todos los trámites legales
para tal empresa con Juan, pero... embarazarse y luego demostrar por medio de un ADN
que su marido no es el padre del niño, lograr el divorcio y vivir con el niño en casa de sus
padres: su padre criaría al niño, le dejaría toda la herencia y el chico viviría según el modelo
de sus padres y no de “ese extraño” con el cual ella nunca disfrutó ni siquiera una vez del
encuentro sexual. La pregunta surge inmediatamente ¿cuál el padre para ese niño?: el
biológico que dona el semen, el jurídico que tramita los pasos de la reproducción, la
procreación y que donará su apellido y nombre, o el abuelo que convivirá con el niño, el que
por otra parte, le está “regalado” o más bien, es preciso decir, “sacrificado” a él.
Ardua la tarea de pensar en la función del padre en el caso que el proyectado niño llegara a
nacer. Pero es preciso aquí volver a prestar atención al plan de Rosa, la madre. ¿Qué hace el
analista ante una demanda como la propuesta por Rosa? Por suerte como “los no incautos
yerran” al decir de Lacan, puesto a parlotear el inconsciente deslizó un lapsus: “no se si es
lícito que este hijo sea hijo de tal «fraude»” (puesto fraude en el lugar de “padre”). Se abría
desde allí un espacio para que Rosa interrogara su deseo de ser madre, como también
vislumbrara su goce en relación a su idealizado padre.
Así, entonces, no bastan las nuevas tecnologías reproductivas, es preciso contar con el deseo
y la demanda de aquellos que anhelan un hijo, ponerlos a hablar es la cuestión. Como puede
leerse desde el fragmento clínico que presentamos, la cuestión del padre no se resuelve en el
laboratorio, es preciso que la palabra del sujeto diga los avatares del padre.
Ref. bibliográficas
Braunstein, Néstor (2001) Por el camino de Freud. México: Siglo XXI.
Freud, Sigmund (1895) Proyecto de psicología para neurólogos. O. C. I. Bs. As.: Amorrortu.
1982.
Lacan, Jacques (1955-56) Las psicosis. El Seminario III. Barcelona: Paidós. 1984.
Lacan, Jacques (1956-57) La relación de [Link] Seminario IV. Barcelona: Paidós. 1994.
Lacan, Jacques (1958) De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis.
En Escritos II. Bs. As.: Siglo XXI. 13ª ed. 1985.
Lacan, Jacques (01/09/1974) El despertar de la primavera. En Intervenciones y Textos II.
Bs. As.: Manantial. 1988.
* Trabalho apresentado no VIII Encontro Científico da Associação Universitária de Pesquisa
em Sicopatología Fundamental realizado em Petrópolis, RJ, de 11 a 15 de novembro de
2005. Versão preliminar.