Niños y Gallinazos en la Basura
Niños y Gallinazos en la Basura
A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros
pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera
encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de
otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran
penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos,
macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su
melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de
escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía,
policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los
cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna,
aparecen los gallinazos1 sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón
comienza a berrear:
Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con
la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven
crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual
su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y con
su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.
-¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras
o recogiendo piedras, de aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda.
Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes
que desemboca en el malecón.
Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz
de alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces
sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización
clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios
públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido
sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge
una acera de la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay
que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es
siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos
de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesan los restos de
comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por
las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de
tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de
cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos
tirantes con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el
acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes,
las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.
Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha
disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas
han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo
mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo
comentario:
-¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se
morirá de hambre!
Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el
viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a
gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
-¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos
no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!
-Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
-¡Bravo! -exclamó don Santos-. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el
muladar. Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos,
acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando
con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie.
Un vidrio le había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado,
no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero
don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo
que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
-Dentro de veinte o treinta días vendré por acá -decía el hombre-. Para esa fecha creo
que podrá estar a punto.
-¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de
Pascual! El negocio anda sobre rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no
se pudo levantar.
-Tiene una herida en el pie -explicó Enrique-. Ayer se cortó con un vidrio.
-¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
-Y ¿a mí? -preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo-. ¿Acaso no me duele la
pierna? Y yo tengo setenta años y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas!
Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora
después regresaron con los cubos casi vacíos.
-¡No podía más! -dijo Enrique al abuelo-. Efraín está medio cojo.
Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
-Bien, bien -dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó
hacia el cuarto-. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la
tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!
Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño
visitante: un perro escuálido y medio sarnoso.
-No come casi nada..., mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo,
me ayudará. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada,
soltó la vara, cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
-Tú te llamarás Pedro -dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde
Efraín.
-Te he traído este regalo, mira -dijo mostrando al perro-. Se llama Pedro, es para ti, para
que te acompañe... Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el
día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo
llegaba:
Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el
abuelo se ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón,
hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al
cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un
salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y
quedaba inmóvil como una piedra.
-¡Mugre, nada más que mugre! -repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la
noche y la mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos
después regresó.
-¡Está muy mal engañarme de esta manera! -plañía-. Abusan de mí porque no puedo
caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo
y me ocuparía yo solo de Pascual!
A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora
después regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo
había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
-¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo
había perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que
daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó desplomado
en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día
encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se
revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido
por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus
amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas
feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y
preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus
nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito
creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón
un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos
hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba,
cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa
hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran
ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna
Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando
lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y se quedaba
mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.
La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos.
Enrique había oído decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como
los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no
salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la
puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a
dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca,
mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:
Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del
abuelo parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y
abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.
-¡A Efraín no! ¡Él no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la
convalecencia lo hacían trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso
seguirlo.
Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era
como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de
rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba
en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera
en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba
hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido
pero el abuelo no se movió.
Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió
intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
-Pedro... Pedro...
-¿Qué pasa?
Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo
un mal presentimiento. De un salto se acercó al viejo.
Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún
quedaban las piernas y el rabo del perro.
-¡No! -gritó Enrique tapándose los ojos-. ¡No, no! -y a través de las lágrimas buscó la
mirada del abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique
comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando,
tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo
rodar por tierra. Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante,
miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que
tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al
viejo.
Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su
pómulo.
Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún
ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba
de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se
había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue
retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo
alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su
nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
-¡Pronto! -exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano -¡Pronto, Efraín! ¡El viejo
se ha caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados
hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el
portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad,
despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
FIN
A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de
objetos destruidos.
Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que
no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados,
maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida
purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo
erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora
pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como
una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y
destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas,
presidía la ejecución capital de los maniquíes.
En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre
despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta
empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a
que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.
A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando
de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la
empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al
principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola.
Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una
perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos,
sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una
barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.
Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome
perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y
dando un salto me alejé a la carrera.
Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas,
poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería
una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado
al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías
escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y
en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en
cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.
En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo
tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que
pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi
fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre,
contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas
apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas
manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para
seguir el paso de las nubes viajeras.
Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el
hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.
-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.
-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este
calor!
-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos
estén dormidos, caminaré por los techos.
-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame
al menos ser el rey de los gatos.
-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo
demás es mío.
-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de
persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un
hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron
en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un
hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca.
Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz».
Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que
yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.
-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: «Había
una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico
de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la
gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo
el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos.
Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento
de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto.
Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».
Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos
indagadores.
-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el
día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?
-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia
mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana?
Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.
Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando,
hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus
rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.
-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no
tengo nada qué hacer.
En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada
codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola.
Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.
-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que
quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.
-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.
-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.
-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que
pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así
estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.
Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por
sus barbas y humedecía sus manos.
-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de
pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber
cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.
A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él.
Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u
oscuras:
-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes
alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden
mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme
reverencias.
O decía:
-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.
-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su
casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él.
Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver
que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín,
después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre
tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.
A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las
pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad
y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa
arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la
perezosa.
Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de
periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía
silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.
-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una
escopeta de corcho!
Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de
cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.
-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años?
Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente
pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero
¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos
atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?
Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales
de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.
-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades
frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.
-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo..., de este largo verano.
Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi
madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la
perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a
arrojarlo a la basura.
-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche
cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.
-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la
azotea.
Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado
por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas,
miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano,
repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi
oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me
aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.
Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron.
Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce
incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las
vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.
Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y
pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño.
De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos
abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.
Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí
a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la
ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís
parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de
barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé
al otro lado.
FIN
La insignia
[Cuento. Texto completo]
Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño
basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de
coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco.
Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos
signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin
darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo
estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo
mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio,
me entregó una cajita, diciéndome: "Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su
bolsillo".
Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que
decidí usarla.
Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero
como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo
acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios
cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y
antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo
sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita
que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me
dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos
extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una
insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la
mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una
habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje
y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé
precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una
conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas
especulaciones filosóficas, y a unas digresiones sobre el cultivo de la remolacha fue
aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que
finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.
-Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido
identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.
-¿Quién? ¿Martín?
-Sí, Martín.
-Bueno... de Feifer.
-¿Qué le dijo?
-¿No lo sabía?
-Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen
con 38.
Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.
-¡Admirable! -exclamó- Trabaja usted con rapidez ejemplar.
Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por
ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Más
tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal.
Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas
residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos
celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un menor en gestos parlamentarios, y
aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar
a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastros.
De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una
ceremonia emocionante, fui elevado de rango. "Ha ascendido usted un grado", me dijo
el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que
pronunciar una breve alocución, en la que me referí en términos vagos a nuestra tarea
común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.
Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía
que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator,
tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo
en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en
una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.
A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo
un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había
siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me
obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades,
aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación
y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando
regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado
como cuando ingresé a la librería de Martín.
Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una
toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados
me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios,
sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que
viene a mí por las noches sin que yo la llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el
primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me
preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo
más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los
resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda
inexorablemente en la cábala.
FIN