0% encontró este documento útil (0 votos)
86 vistas47 páginas

El Amor: Corazón de la Liturgia

El documento habla sobre el amor como el mandamiento más importante en la fe cristiana. Jesús enseñó que amar a Dios y amar al prójimo son inseparables. La misa insta a los fieles a compartir el amor de Dios con los demás y a perdonarse unos a otros.

Cargado por

harveylizarazo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
86 vistas47 páginas

El Amor: Corazón de la Liturgia

El documento habla sobre el amor como el mandamiento más importante en la fe cristiana. Jesús enseñó que amar a Dios y amar al prójimo son inseparables. La misa insta a los fieles a compartir el amor de Dios con los demás y a perdonarse unos a otros.

Cargado por

harveylizarazo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Liturgia Viva del Domingo 31º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

1. El amor: Cumbre y Compendio de Todos los


Mandamientos
2. Comparte el Amor de Dios

Saludo (Ver la Segunda Lectura)

Jesús, aquí en medio de nosotros,


se ofrece a sí mismo por nosotros.
Él vive para siempre
para interceder por todos nosotros que venimos a él.
Que su gracia y su paz estén siempre con ustedes.

Introducción por el Celebrante

1. El Amor: Cumbre y Compendio de todos los


mandamientos

No hay mayor amor que el que nos dispone a dar nuestra


vida por los demás. Jesús, quien que nos dice esto, demostró
con su propia vida y con su muerte que lo decía en serio.
Insiste en que el amor a Dios y el amor al prójimo son una
sola y misma cosa; son inseparables. Nos resulta quizás fácil
amar a un Dios a quien no vemos, pero con mucha
frecuencia nos resulta muy difícil amar a gente cuyas
debilidades vemos, gente que puede ser rara, cascarrabias,
violenta y nada de fiar. Pero si no podemos amar a esa gente,
realmente no amamos a Dios. Jesús, que es el amor de Dios
vivo, puede otorgarnos su amor infinito y digno de fiar.

2. Comparte el Amor de Dios


Las personas que se aman profundamente están dispuestas a
sacrificarse mutuamente. Sin embargo, lo que más importa
es su mutuo amor, más que el sacrificio mismo; el amor es la
auténtica raíz. El amor es algo tan estupendo porque, antes
que nada, es un regalo de Dios, quien nos amó primero. Si
caemos plenamente en la cuenta de esto, nos será fácil amar
a los hermanos y estar en paz y en amor con nosotros
mismos, porque Dios nos ama en medio de nuestra debilidad
e inconstancia, y continúa aceptándonos con benevolencia.
¿Por qué, pues, no habríamos de aceptar también a los que
nos rodean? En esta eucaristía le pedimos al Señor que
podamos experimentar este amor y que haga capaces de
compartirlo con nuestros hermanos.

Acto Penitencial

¿Quién no ha fallado a veces en el amor?


Pidamos al Señor y a aquellos a quienes hemos ofendido que
nos perdonen con generoso corazón.
(Pausa)

Señor Jesús, comparte tu amor con nosotros ya que eras


atento y amable con todos y curabas sus enfermedades. R/
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, comparte tu amor con nosotros ya que acogías


y abrazabas aun a pecadores y marginados. R/ Cristo, ten
piedad de nosotros.

Señor Jesús, comparte tu amor con nosotros ya que te diste


hasta el extremo de aceptar la muerte para salvar al injusto,
al ingrato, al cruel. R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor, perdona todos nuestros


pecados. Haznos capaces de amar con un amor que nunca
excluya a nadie y llévanos a la vida eterna.

Oración Colecta

Roguemos a Dios, fuente de todo amor, que reavive nuestro


amor.
(Pausa)

Señor Dios nuestro, Padre amoroso:


Todo amor auténtico procede de ti y conduce a ti.
Tú te has entregado a nosotros
en una alianza de amor eterno
en la persona de Jesucristo.
Ayúdanos a responder a tu amor con todo nuestro ser
y a vivir tus mandamientos
no como leyes impuestas desde fuera sobre nosotros,
sino como oportunidades de amarte sincera y cordialmente
a ti y a los hermanos.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

Primera Lectura (Dt 6,2-6): Amen al Señor con todo su


corazón
Dios dice, tan temprano como en el Antiguo Testamento:
Escuchen, pueblo de la Alianza: El Señor Dios les ama.
Amen a Dios con todo su corazón.

Segunda Lectura (Heb 7,23-28) Cristo, el Sumo Sacerdote


Definitivo
Cristo es el definitivo mediador y sumo sacerdote, porque él
es el Hijo eterno de Dios y se sacrificó a sí mismo totalmente
por nosotros. Solamente él puede otorgarnos real comunión
con Dios.
Evangelio (Mc 12,28b-34): No hay Mandamiento Mayor
que Estos Dos.
Escucha, pueblo de la nueva Alianza: Ama al Señor Dios
con todo lo que hay en ti; recuerda que el amor incluye a
todos y cada uno.

Intercesiones Generales

El amor difícilmente puede ser “mandado”, sin embargo,


debería ser el corazón de todo lo que hacemos. Pidamos al
Padre de todo amor la capacidad de amarle auténticamente a
él y a nuestros hermanos, estén cerca o lejos. Digamos:

R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.

Para que la Iglesia, por la que Cristo murió, crezca hasta


llegar a ser una comunidad universal de amor, que haga
visible a todos, el amor incondicional de Dios, roguemos al
Señor.

R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.

Para que los cristianos, en todas partes del mundo, no sean


gente de legalismos y de observancias exteriores, sino gente
con corazón, que hacen lo que deben hacer y mucho más,
porque son hijos de Dios, roguemos al Señor.

R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.

Para que las naciones del mundo aprendan a respetarse y a


ayudarse unas a otras, y a construir paz y progreso no a
expensas de los otros, sino sobre la base de justicia y
distribución equitativa de los bienes de la tierra, roguemos al
Señor.
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.

Para que nosotros seamos amigos dignos de fiar para cuantos


sufren de cualquier forma; que sepamos aligerar sus cargas y
ayudarles a seguir confiando en Dios y en los hermanos,
roguemos al Señor.

R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.

Para que nuestro anémico, débil y mustio amor se vuelva


rico y espontáneo, como un fresco aliento de vida y alegría,
que anime las vidas de los que nos rodean, y sea como un
canto de alabanza sin palabras a Dios, roguemos al Señor.

R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.

Oh Dios, fuente de amor: Fácilmente declaramos que te


pertenecemos a ti y a tu Hijo Jesús. Ayúdanos, por medio de
tu Espíritu de amor, a dar un rostro humano a tu amor para
que sepamos hacer felices a los demás y ser todos juntos tu
pueblo alegre y feliz, en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Oración sobre las Ofrendas

Oh Dios y Padre nuestro:


Por medio de estas ofrendas de pan y vino
permítenos unirnos a tu Hijo Jesús
en su perfecto sacrificio de amor.
Acepta nuestro corazón, nuestra vida,
nuestros pensamientos, palabras e intenciones,
nuestras penas y nuestras alegrías
como una manera agradecida de responder a tu amor,
y para llevar vida y alegría a nuestros hermanos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Introducción a la Plegaria Eucarística

Con un solo corazón y una sola voz demos gracias a Dios


por el amor que nos ha mostrado en Cristo, un amor que nos
hace a nosotros capaces de amar. La obediencia de Jesús
también nos ha hecho capaces de dar a Dios una respuesta de
amor.

Invitación al Padre Nuestro

Por el poder del Espíritu Santo que mora en nuestros


corazones, rogamos a nuestro Padre del cielo. R/ Padre
Nuestro...

Líbranos, Señor

Líbranos, Señor, de todos los males


de insensibilidad, cálculo y egoísmo,
y ábrenos decididamente a tu amor.
Líbranos siempre del miedo a entregamos con amor
a cualquiera que nos necesite.
Y que nuestro amor por los que nos rodean
sea la prueba de calidad de que te amamos a ti.
Ayúdanos a ser un solo corazón y una sola alma
y a ser una comunidad generosa para el servicio,
mientras esperamos con gozosa esperanza
la segunda venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Invitación a la Comunión

Este es el Cordero de Dios que entregó su vida por nosotros


y que dijo: Conocerán todos que ustedes son mis discípulos
si se aman unos a otros como yo les he amado.
Dichosos nosotros invitados a participar
este banquete de amor de Jesús.

Oración después de la Comunión

Oh Dios y Padre nuestro:


Hemos aprendido de tu Hijo
no solamente a amar a otros
como nos amamos a nosotros mismos,
sino, si es necesario,
a amarlos más aún que a nosotros mismos.
Por la fuerza de esta eucaristía,
disponnos a alegrarnos con los que se sienten alegres y
felices
y también a llorar con los tristes,
a cultivar lo mejor en nosotros mismos
y a ofrecerlo a los otros como don gratuito.
Ayúdanos a no acoger nunca a Cristo sin el pueblo
y, a la inversa, a nunca acoger al pueblo sin Cristo,
que es nuestro Señor y Salvador por los siglos de los siglos.

Bendición

Hermanos: ¿Necesitábamos realmente que nos recordaran


que el amor es el corazón de nuestra fe, así como el corazón
de toda vida humana? Sí, si somos conscientes de que con
frecuencia nos olvidamos de ese amor.
Quizás no es más fácil de alguna manera guardar el amor de
Dios, porque parece que Dios está con frecuencia muy lejos
de nosotros. Pero nuestro prójimo está ahí, con todas sus
imperfecciones y malos hábitos. No debemos olvidar que
nuestro prójimo es el mismo Cristo, quien se encuentra con
nosotros en el camino de la vida.
Que el Señor nos colme con su amor y nos bendiga: el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.
Vayamos y caminemos justos por el camino de amor del
Señor.

TODOS IGUALES

Acción de gracias

Este es el momento dentro de nuestra celebración


de darte gracias, Dios y Padre nuestro,
porque nos has creado, nos das la vida
y estás en todos y cada uno de nosotros.
Ya es una maravilla que podamos llamarte 'Padre',
pero aún lo es más que Tú nos consideres hijos tuyos
y nos quieras a todos por igual, incondicionalmente.
Por eso te bendecimos y soñamos que algún día
todos los seres humanos te reconozcamos
como Dios bueno y nuestro Padre.
En nombre de todos tus hijos repartidos por el mundo,
que nos acompañan en esta aventura de la vida
e integran nuestra gran familia de hermanos,
te dirigimos este himno de gloria y acción de gracias.

Memorial de la Cena del Señor

Te damos gracias en especial, Padre Dios,


por tu hijo Jesús, que es como nuestro hermano mayor,
nos ha descubierto tu rostro verdadero
y nos ha enseñado a quererte como Padre.
Nos ha insistido en que somos todos hermanos,
que debemos cuidar unos de otros
y llevar una sola bandera, el bien de la humanidad.
Jesús optó por los marginados,
para que dejaran de serlo y se integraran en la familia.
Y optó por los pobres y oprimidos, porque no es de justicia
que tantos hermanos se sientan desamparados.
Nos hizo ver que somos todos caminantes
y que hemos de marchar de la mano hacia tu encuentro.
Él ha ido por delante en el camino.

Invocación al Espíritu de Dios

Querríamos, Señor y Padre nuestro,


recibir ahora una bendición especial tuya,
para que esta celebración nos impacte,
nos ayude a comprender mejor el ejemplo de Jesús
y nos lleve a moldear la mente y cambiar la actitud.
No nos sentimos hermanos cabales de todos.
Tú lo sabes, no lo estamos haciendo bien.
Pero te prometemos cuidar mejor de todos tus hijos,
en especial de los más necesitados.
Queremos recuperar para la sociedad
a quienes antes hemos marginado.
Haznos creer que podemos hacer del género humano
una auténtica familia de la que nadie se sienta excluido.
Con cariño filial, honramos la memoria de tu hijo Jesús,
y brindamos en tu honor en señal de agradecimiento.
AMÉN.

31º domingo Tiempo ordinario (B)

EVANGELIO

No estás lejos del reino de Dios.


+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-
34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:


“¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. Respondió
Jesús: “El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro
Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu
ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti
mismo”. No hay mandamiento mayor que estos”.

El escriba replicó: “Muy bien. Maestro, tienes razón cuando


dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y
que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y
con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale
más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo
que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos
del reino de Dios”.

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra de Dios.

LO IMPORTANTE

Un escriba se acerca a Jesús. No viene a tenderle una trampa.


Tampoco a discutir con él. Su vida está fundamentada en
leyes y normas que le indican cómo comportarse en cada
momento. Sin embargo, en su corazón se ha despertado una
pregunta: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?"
¿Qué es lo más importante para acertar en la vida?
Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre. Cuando
en la religión se van acumulando normas y preceptos,
costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos, sin saber
exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de
manera sana. Algo de esto ocurría en ciertos sectores del
judaísmo.

Jesús no le cita los mandamientos de Moisés. Sencillamente,


le recuerda la oración que esa misma mañana han
pronunciado los dos al salir el sol, siguiendo la costumbre
judía: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único
Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón".

El escriba está pensando en un Dios que tiene poder de


mandar. Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de
escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y
cumplirlos. Lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios
que nos habla sin pronunciar palabras humanas.

Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en


nosotros una atracción hacia el amor. No es propiamente una
orden. Es lo que brota en nosotros al abrirnos al Misterio
último de la vida: "Amarás". En esta experiencia, no hay
intermediarios religiosos, no hay teólogos ni moralistas. No
necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera. Sabemos que
lo importante es amar.

Este amor a Dios no es un sentimiento ni una emoción.


Amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir
amando la vida, la creación, las cosas y, sobre todo, a las
personas. Jesús habla de amar "con todo el corazón, con toda
el alma, con todo el ser". Sin mediocridad ni cálculos
interesados. De manera generosa y confiada.
Jesús añade, todavía, algo que el escriba no ha preguntado.
Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Sólo se
puede amar a Dios amando al hermano. De lo contrario, el
amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin
amar a sus hijos e hijas?

No siempre cuidamos los cristianos esta síntesis de Jesús.


Con frecuencia, tendemos a confundir el amor a Dios con las
prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y
solidario a quienes viven excluidos por la sociedad y
olvidados por la religión. Pero, ¿qué hay de verdad en
nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a los que sufren?

LO DECISIVO

Amarás...

A Jesús le hicieron muchas preguntas. La gente lo veía como


un maestro que enseñaba a vivir de manera sabia. Pero la
pregunta que esta vez le hace un “letrado” no es una más.
Lo que le plantea aquel hombre preocupaba a muchos: ¿qué
mandamiento es el primero de todos?, ¿qué es lo primero
que hay que hacer en la vida para acertar?

Jesús le responde con unas palabras que, tanto el letrado


como él mismo, han pronunciado esa misma mañana al
recitar la oración “Shemá”: “Dios es el único Señor: amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con
toda tu mente, con todo tu ser”. A Jesús le ayudaban a vivir
a lo largo del día amando a Dios con todo su corazón y todas
sus fuerzas. Esto es lo primero y decisivo.
A continuación, Jesús añade algo que nadie le ha
preguntado: “El segundo mandamiento es semejante:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Ésta es la síntesis de
la vida. De estos dos mandatos depende todo: la religión, la
moral, el acierto en la existencia.

El amor no está en el mismo plano que otros deberes. No es


una “norma” más, perdida entre otras normas más o menos
importantes. “Amar” es la única forma sana de vivir ante
Dios y ante las personas. Si en la política o en la religión, en
la vida social o en el comportamiento individual, hay algo
que no se deduce del amor o va contra él, no sirve para
construir una vida humana. Sin amor no hay progreso.

Se puede vaciar de “Dios” la política y decir que basta


pensar en el “prójimo”. Se puede vaciar del “prójimo” la
religión y decir que lo decisivo es servir a “Dios”. Para Jesús
“Dios” y “prójimo” son inseparables. No es posible amar a
Dios y desentenderse del hermano.

El riesgo de distorsionar la vida desde una religión “egoísta”


es siempre grande. Por eso es tan necesario recordar este
mensaje esencial de Jesús. No hay un ámbito sagrado en el
que nos podamos ver a solas con Dios, ignorando a los
demás. No es posible adorar a Dios en el fondo del alma y
vivir olvidado de los que sufren. El amor a Dios, Padre de
todos, que excluye al prójimo se reduce a mentira. Lo que va
contra el amor, va contra Dios.

OLVIDAR LO ESENCIAL

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.


Se ha dicho que el hombre contemporáneo ha perdido la
confianza en el amor. No quiere “sentimentalismos” ni
compasiones baratas. Hay que ser eficaces y productivos. La
cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y
el rendimiento material, y tiene miedo al corazón.

Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas


enfermas, débiles o necesitadas. Se las encierra en las
instituciones o se les encomienda a la Administración, pero
nadie las quiere cerca.

El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no


deseamos encontramos con quienes están en paro. Nos
molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda
en nombre de la justicia o del amor.

Se levantan entre nosotros toda clase de barreras. No


queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los
africanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y
cada persona se encierran en sí mismos para defenderse
mejor.

Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo


en la rentabilidad, el crecimiento económico, la
competitividad. Recientemente, una inmobiliaria publicaba
el siguiente anuncio: “Nuestra filosofía reposa sobre cuatro
principios: rentabilidad inmediata, seguridad de
emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un
patrimonio generador de plus valía”.

Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida “el amor al


prójimo”. Los mismos que se dicen creyentes, tal vez, hablan
todavía de caridad cristiana, pero terminan más de una vez
instalándose en lo que Karl Rahner llamaba “un egoísmo
que sabe comportarse decentemente”.

Pero lo importante no son las palabras, sino los hechos. Si


queremos ser fieles al principal mandato del Evangelio, los
cristianos hemos de ir descubriendo constantemente las
nuevas exigencias y tareas del amor al prójimo en la
sociedad moderna.

Amar significa hoy afirmar los derechos de los parados antes


que nuestro propio provecho. Renunciar a pequeñas y
mezquinas ventajas para contribuir a una mejora social de
los marginados. Arriesgar nuestra economía para
solidarizarnos con causas que favorecen a los menos
privilegiados. Dar con generosidad parte de nuestro tiempo
libre al servicio de los más olvidados. Defender y promover
la no-violencia como el camino más humano para resolver
los conflictos.

Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo


del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y
de amarlo de manera desinteresada y gratuita. Por eso es
bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a
tu prójimo como a ti mismo”.

CIENCIA Y AMOR

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.

Hace años tuvo amplio eco entre los teólogos un estudio de


Bernard Lonergan titulado Método en teología (Ed.
Sígueme, Salamanca 1988). El propósito del prestigioso
teólogo canadiense era encontrar un camino (método) que,
respondiendo al anhelo más genuino del espíritu humano,
permita llegar a un conocimiento más profundo de la
realidad total.

Es sabido que el método científico se funda básicamente en


la observación y la experimentación. Su éxito extraordinario
se debe a que se observan cada vez más datos, se llevan a
cabo nuevos experimentos y se pueden formular así nuevas
teorías. El resultado es una explosión tal de conocimientos
que comienza a ser difícil almacenarlos y utilizarlos de
forma correcta.

Este método, observa Lonergan, no conduce más allá de este


mundo. La ciencia en sí misma no lleva hasta Dios ni puede
hacerlo. El método científico tiene sus límites. Ayuda a
conocer mejor cómo funcionan las cosas, pero no puede
avanzar en el conocimiento del misterio último que sostiene
y da sentido a toda esa realidad conocida científicamente.

Bernard Lonergan propone seguir unos preceptos


trascendentales que, en su formulación más simple, suenan
así: “Sé atento, sé inteligente, sé razonable, sé responsable,
enamórate”. El buen científico está atento a los datos, los
comprende de forma inteligente y los utiliza de modo
razonable. Pero no es suficiente. Para abarcar toda la
realidad, es necesario además “ser responsable” y buscar el
bien del hombre (conversión ética) y es necesario “mirar
con amor” el misterio último de la realidad (conversión
religiosa).

Dios siempre se nos ofrece como misterio (quasi ignotus), y


la ciencia lo sabe pues Dios “escapa” constantemente a sus
métodos. El camino del científico (como el de todo ser
humano) hacia Dios no es la experimentación razonada, sino
el amor. El misterio de Dios puede ser amado, aunque no sea
pensado. Del amor proviene la sabiduría que permite abrirse
hacia el misterio que rodea a la vida humana y que envuelve
al mundo.

También el científico ha de escuchar el gran precepto:


“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (Mc 12, 29-30).
Este amor no va contra la ciencia y puede desencadenar en el
científico un modo de pensar, sentir, decidir y actuar que le
permite vivir religado al Misterio último de Dios de manera
honesta y responsable.

CAPAZ DE ENAMORAR

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.

Siempre ha insistido la teología en que no hemos de


pretender encerrar a Dios en nuestros conceptos e imágenes.
Dios lo trasciende todo (Deus semper maior). Los nombres
que le atribuimos sólo sirven para orientar nuestro corazón
hacia ese misterio insondable que está en lo más íntimo de la
realidad.

Pero lo cierto es que toda religión va elaborando su imagen


de Dios a partir de la cultura en la que nace y se desarrolla.
Así ha sucedido también en el cristianismo que, durante dos
milenios, ha hundido sus raíces en una sociedad patriarcal y
monárquica, fuertemente jerarquizada. No es extraño en esa
cultura invocar a un Dios Soberano, Juez, Señor y Rey.
Es evidente que este Dios ha dejado hoy de atraer los
corazones. Ya ni atemoriza ni fascina. La indiferencia parece
crecer siempre más. Algunas veces me pregunto qué
resonancia puede tener en la conciencia de muchos ese “Dios
todopoderoso y eterno” que se repite en las oraciones
litúrgicas. Pero, ¿qué es lo que está hoy en crisis —se
preguntan no pocos teólogos—, la fe en el misterio
insondable de Dios o esos modelos culturales claramente
envejecidos?

¿Es un despropósito pensar que el cristianismo desarrollará


en los próximos siglos modelos más idóneos para expresar la
fe en un Dios Amor? ¿Por qué no se va a descubrir en el
Dios cristiano a un Dios amigo de la vida, Padre y Madre de
todos, un Dios amante, enamorado de cada ser, servidor
humilde de sus criaturas? ¿Por qué no se va a creer en un
Dios que ama el cuerpo, impulsa la vida, libera de miedos,
despierta la responsabilidad y quiere ya desde ahora la paz y
la felicidad para todos? ¿Por qué no creer en un Dios grande
que no cabe en ninguna religión ni iglesia, el Dios que sufre
donde sufren sus criaturas, el Dios que acompaña a todos día
a día y que, lejos de provocar la angustia ante la muerte,
estará abrazando a cada persona mientras agoniza
rescatándola para la vida eterna?

Tal vez entonces descubrirán muchos que ese Dios está ya


anunciado por Cristo que nos revela a un Dios que no busca
ser servido por los hombres, sino servirlos (Marcos 10, 44),
un Dios que ama a buenos y malos, y hace salir el sol para
todos (Mateo 5, 45). Un Dios así es capaz de atraer y
enamorar. Ante este Dios resuenan de forma muy distinta las
palabras de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu
ser” (Marcos 12, 30).
INDIGNACION

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Se ha dicho que ya no quedan palabras para condenar la


perversión de ETA y el carácter inhumano de sus asesinatos.
No es cierto. Nos queda una palabra, aparentemente frágil y
vulnerable, cargada de amor al ser humano. Una palabra que
es, en su debilidad, más fuerte que todas las armas y todos
los fanatismos: NO.

Un NO que nace de la indignación de la conciencia. Esta


indignación no es odio, menos aún deseo de venganza. Es la
reacción firme e irreprimible de quien rechaza desde lo más
hondo de su ser el envilecimiento.

ETA está siendo derrotada donde menos lo esperaba: en la


conciencia de los vascos. Su terrorismo no tiene salida. Por
una parte, si quiere continuar sembrando terror, ha de
cometer asesinatos cada vez más execrables; por otra parte,
son precisamente esos crímenes los que ponen cada vez más
al descubierto su locura, y provocan el rechazo cada vez más
radical del pueblo vasco.

Al parecer, ETA no había contado con la conciencia de los


vascos, o, si lo ha hecho alguna vez, ha creído que era fácil
eliminarla o manipularla con grandes discursos
justificatorios. No ha sido así. La conciencia de este pueblo
es más noble y más grande que todo lo que se le ha
predicado desde el terror.
Por eso, de cada secuestro y de cada asesinato, ETA sale más
derrotada y con menos apoyo social. Sus asesinatos, lejos de
generar adhesión, hacen crecer la indignación y el rechazo.

Un sentido ético elemental está trabajando las conciencias de


las gentes: ¿Qué amor al pueblo es éste de ETA, que la lleva
a asesinar en contra de la voluntad absolutamente
mayoritaria de la sociedad? ¿Qué lucha por los derechos es
ésta que comienza por atacar el primero y más fundamental
de todos, que es el derecho a la vida? ¿Qué “Movimiento de
Liberación” es éste que pretende tener aprisionada por el
miedo y la coacción la conciencia de sus propios militantes?

Y, mientras tanto, ¿qué sucede en la conciencia de quienes


dan la orden de eliminar vidas concretas, los que disparan o
los que ofrecen la información o colaboración necesarias?
¿Por qué tanta ceguera y tanto fanatismo? ¿Cuál es la razón
suprema para tanta sinrazón?

Esta sociedad necesita que alguien le recuerde con fuerza el


primer mandamiento de todo pueblo que quiera ser humano:
“Amar a Dios como único Señor y amar al prójimo como a
uno mismo.” Es esto lo que necesitamos escuchar. No gritos
de odio ni discursos ideológicos. Cada uno sabrá dónde tiene
que hablar y ante quienes. Unos hemos de hacerlo en
público. Otros en su propio ámbito. Pero hemos de mantener
viva la indignación contra todo lo que viola el mandato
supremo del amor.

OLVIDAR LO ESENCIAL

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.


Se ha dicho que el hombre contemporáneo ha perdido la
confianza en el amor. No quiere “sentimentalismos” ni
compasiones baratas. Hay que ser eficaces y productivos. La
cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y
el rendimiento material, y tiene miedo al corazón.

Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas


enfermas, débiles o necesitadas. Se las encierra en las
instituciones o se les encomienda a la Administración, pero
nadie las quiere cerca.

El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no


deseamos encontrarnos con quienes están en paro. Nos
molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda
en nombre de la justicia o del amor.

Se levantan entre nosotros toda clase de barreras. No


queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los
africanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y
cada persona se encierran en sí mismo para defenderse
mejor.

Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo


en la rentabilidad, el crecimiento económico, la
competitividad. Recientemente, una inmobiliaria publicaba
el siguiente anuncio: “Nuestra filosofía reposa sobre cuatro
principios: rentabilidad inmediata, seguridad de
emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un
patrimonio generador de plus valía”.

Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida “el amor al


prójimo”. Los mismos que se dicen creyentes, tal vez, hablan
todavía de caridad cristiana, pero terminan más de una vez
instalándose en lo que Karl Rahner llamaba “un egoísmo
vividor que sabe comportarse decentemente”.

Después de veinte siglos, el riesgo de los cristianos es pensar


que basta con cumplir aquello que siempre se ha predicado:
no hacer mal a nadie, colaborar en las colectas que se hacen
en el templo y dar algún donativo o limosna, si no
encontramos nada mejor para salir del paso.

Y, sin embargo, la gran tarea del cristianismo es introducir el


“amor real” en esta cultura que sólo genera “egoísmo sensato
bien organizado”. Producir grietas y aberturas que permitan
vislumbrar el gran vacío de una sociedad que ha excluido el
amor. Gritar una y otra vez que sin amor nunca se construirá
un mundo mejor.

Pero lo importante no son las palabras, sino los hechos. Si


queremos ser fieles al principal mandato del Evangelio, los
cristianos hemos de ir descubriendo constantemente las
nuevas exigencias y tareas del amor al prójimo en la
sociedad moderna.

Amar significa hoy afirmar los derechos de los parados antes


que nuestro propio provecho. Renunciar a pequeñas y
mezquinas ventajas para contribuir a una mejora social de
los marginados. Arriesgar nuestra economía para
solidarizarnos con causas que favorecen a los menos
privilegiados. Dar con generosidad parte de nuestro tiempo
libre al servicio de los más olvidados. Defender y promover
la no-violencia como el camino más humano para resolver
los conflictos.

Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo


del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y
de amarlo de manera desinteresada y gratuita. Por eso es
bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a
tu prójimo como a ti mismo”.

EL AMOR SE APRENDE

Amarás a tu prójimo.

Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir


aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da
por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente.

Por eso se pueden detectar tantos errores y tanta ambigüedad


en ese mundo misterioso y atractivo del amor.

Hay quienes piensan que el problema del amor consiste


fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se
pasan la vida esforzándose por lograr que se los ame.

Para estas personas lo importante es ser atractivo, resultar


agradable, tener una conversación interesante, hacerse
querer. En general, terminan siendo bastante desdichados.

Otros están convencidos de que amar es algo sencillo y que


lo difícil es encontrar personas agradables y apropiadas a las
que se les pueda querer. Estos sólo se acercan a quien les cae
simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida,
su “amor” se desvanece.

Hay quienes confunden el amor con el deseo. Todo lo


reducen a encontrar a alguien que satisfaga su deseo de
compañía, afecto o placer. Cuando dicen “te quiero”, en
realidad están diciendo “te deseo”, “me apetece”.

Cuando Jesús habla del amor a Dios y al prójimo como lo


más importante y decisivo de la vida, está pensando en otra
cosa.

Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la


vida pues nos puede liberar de la soledad y la separación
para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los
otros.

Pero, concretamente, ese “amar al prójimo como a uno


mismo” requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible
para quien tiene a Jesús como Maestro.

La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de


comprender lo que ocurre en su intimidad. Sin esa escucha
sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es
posible el verdadero amor.

Lo segundo es aprender a dar. No hay amor allí donde no


hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El
amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro,
utilizarlo, aprovecharse de él.

Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro


con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente
la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad
del reencuentro. Devolver bien por mal.

EL ATEISMO DEL CARBONERO


Dios es el único Señor.

Son bastantes los que, durante estos años, han ido pasando
de una fe ligera y superficial en Dios a un ateísmo
igualmente frívolo e irresponsable. Se podría decir que viven
un “ateísmo de carbonero”.

Hay quienes han eliminado de sus vidas toda práctica


religiosa y han liquidado cualquier relación con una
comunidad creyente. Pero, ¿basta con eso para resolver con
seriedad la postura personal de uno ante el misterio último
de la vida?

Hay quienes dicen que no creen en la Iglesia ni en “los


inventos de los curas”, pero creen en Dios. Sin embargo,
¿qué significa creer en un Dios al que nunca se le recuerda,
con quien jamás se dialoga, a quien no se le escucha, de
quien no se espera nada con gozo?

Otros proclaman que ya es hora de aprender a vivir sin Dios,


enfrentándose a la vida con mayor dignidad y personalidad.
Pero, cuando se observa de cerca su vida, no es fácil ver
cómo les ha ayudado concretamente el abandono de Dios
vivir una vida más digna y responsable.

Bastantes se han fabricado su propia religión y se han


construido su propia moral a medida. Nunca han buscado
otra cosa que situarse con cierta comodidad en la vida,
evitando todo interrogante que cuestionara seriamente su
existencia o les obligara a plantearse una conversión.

Algunos no sabrían decir si creen en Dios o no. En realidad,


no entienden para qué pueda servir tal cosa. Ellos viven tan
ocupados en trabajar y disfrutar y tan distraídos por los
problemas de cada día, los programas del televisor y las
revistas de fin de semana, que Dios no tiene sitio en sus
vidas.

Pero, nos equivocaríamos los creyentes sin pensáramos que


este ateísmo frívolo se encuentra solamente en esas personas
que se atreven a decir en voz alta que no creen en Dios. Este
ateísmo está también en el corazón de los que nos llamamos
creyentes, pero sabemos que Dios no es el único Señor de
nuestra vida ni siquiera el más importante.

Hagamos solamente una prueba. ¿Qué sentimos en lo más


íntimo de nuestra conciencia cuando escuchamos despacio,
repetidas veces y con sinceridad estas palabras: “Escucha...
El Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu
mente, con todo tu ser.”?

¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi


mente, en todo mi ser?

LO PRIMERO DE TODO

No hay mandamiento mayor.

Pocas experiencias cristianas más gozosas que la de


encontrarnos de pronto con una palabra de Jesús que ilumina
lo más hondo de nuestro ser con una luz nueva e intensa.

Así es la respuesta a aquel escriba que le pregunta: “¿Qué


mandamiento es el primero de todos?”.
Jesús no duda. Lo primero de todo es amar. No hay nada
mayor que amar a Dios con todo el corazón y amar a los
demás como nos amamos a nosotros mismos. La última
palabra la tiene siempre el amor.

Está claro. El amor es lo que verdaderamente justifica


nuestra existencia. La savia de la vida. El secreto último de
nuestra felicidad. La clave de nuestra vida personal y social.

Y no se trata sólo de palabras. Hombres de gran inteligencia,


con una capacidad de trabajo asombrosa, de una eficacia
sorprendente en diversos campos de la vida, terminan siendo
seres mediocres, vados y fríos cuando se cierran a la
fraternidad y se van incapacitando para el amor, la ternura y
la generosidad.

Su vida tan prometedora desde diversas perspectivas termina


en un fracaso en cuanto a lo esencial. Y aunque pretenda
llenar su vacío en una relación amorosa egoísta con el otro
sexo, “solamente será un funcionario del sexo, un burócrata
que contabiliza placeres ante la carencia del goce supremo:
el amor creador” (Roger Garaudy).

Por el contrario, hombres y mujeres de posibilidades


aparentemente muy limitadas, poco dotados para grandes
éxitos, terminan con frecuencia irradiando una vida auténtica
a su alrededor, sencillamente porque se arriesgan día a día a
renunciar a sus intereses egoístas y son capaces de vivir con
atenta generosidad hacia los demás.

Lo creamos o no, día a día se va construyendo en cada uno


de nosotros un pequeño monstruo de egoísmo, frialdad e
insensibilidad a los otros, o un pequeño prodigio de ternura,
fraternidad y solidaridad con los necesitados.
¿Quién nos podrá librar de esa increíble pereza para amar
desinteresadamente y de ese egoísmo que reside en el fondo
de nuestro ser como un cáncer invisible pero eficaz?

Ciertamente, el amor no se improvisa ni se inventa ni se


fabrica de cualquier manera. El amor se acoge, se aprende y
se contagia.

Una mayor atención al amor de Dios revelado en Jesús, una


escucha más honda y un silencio más prolongado ante Dios,
una apertura mayor a su Espíritu, pueden hacer surgir poco a
poco de nuestro ser posibilidades de amor que hoy ni
sospechamos.

DIOS NO ES UN SER QUE AMA, SINO EL AMOR


QUE UNIFICA TODO
Fray Marcos
Mc 12, 28-34

CONTEXTO

Hoy cambiamos de escenario. Jesús lleva ya unos días en


Jerusalén. Ha realizado ya la purificación del templo; ha
discutido con los jefes de los sacerdotes, maestros de la ley y
ancianos sobre la autoridad de Jesús para hacer tales cosas;
con los fariseos y herodianos sobre el pago del tributo al
cesar; con los saduceos sobre la resurrección.

Tenemos que arrancar estas discusiones de los prejuicios con


que las hemos interpretado hasta el presente. Las discusiones
doctrinales eran muy frecuentes en aquella época y no
presuponen hostilidad especial contra Jesús; más bien
podrían indicar una valoración importante de la persona. El
letrado que se acerca hoy a Jesús, no demuestra ninguna
agresividad, sino interés por la opinión del Rabí.

EXPLICACIÓN

La pregunta tiene sentido, porque en la Torá, se


contabilizaban 613 preceptos. Para muchos rabinos todos los
mandamientos tenían la misma importancia, porque eran
mandatos de Dios y había que cumplirlos solo por eso. Para
otros el mandamiento más importante era el cumplimiento
del sábado. Para otros el amor a Dios era lo primero.

Aunque responde recitando la "shemá" (Dt 6,4-5), Jesús va a


dar un salto muy importante en la interpretación, porque une
ese texto, que hablaba sólo del amor a Dios, con otro que se
encuentra en Lv 19,18, que habla del amor al prójimo. No
solo los pone al mismo nivel, sino que termina haciendo de
los dos mandamientos uno sólo.

El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor al amo


poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era
absoluto, el amor al prójimo relativo, "como a ti mismo".
Para la inmensa mayoría de los letrados, el prójimo era el
que pertenecía a su pueblo y raza. Según la Torá, era
perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio
absoluto no solo a los extranjeros sino también a amplios
sectores de su propia sociedad judía. En Lucas preguntan a
Jesús ¿quién es mi prójimo? y contestó con la parábola del
buen Samaritano.

La palabra mandamiento tiene un significado distinto cuando


la aplicamos a Dios. Dios no manda nada. Dios, al crear,
pone en la criatura el plano, la hoja de ruta por la que tiene
que transitar para llegar a su plenitud. Dios no tiene ningún
deseo añadido para nosotros. Su "voluntad" es la más alta
posibilidad de la criatura, no algo añadido desde fuera
después de haberla creado.

En Juan encontraremos repetidas veces: "Un mandamiento


nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he
amado". Jesús no dice que ames al prójimo como a ti mismo,
sino que ames a los demás como él te ha amado a ti. El
cambio es radical. La inmensa mayoría de los cristianos, no
se han dado cuenta de esta novedad. Dios no es solo un ser al
que puedo amar, sino el AMOR con el que debo amar.

Dios es ágape, don absoluto, infinito y total. Ese amor se


manifestó en Jesús. Es puro don, pura gracia que se nos da y
nos capacita para amar con ese Amor. En realidad, es el
único amor. Juan dice: "El amor no consiste en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó". Esa
realidad es el fundamento de toda vida espiritual. Es la
misma esencia de Dios en la base de nuestra propia
existencia. En Dios todo es UNO.

Nuestro amor cristiano sería "caritas", la síntesis del eros


humano y el ágape divino en una manera concreta y singular
de acción relacional con los demás. Se trata de una
posibilidad específicamente humana. Por eso desarrollar esa
capacidad es crecer en humanidad.

APLICACIÓN

Hablar con propiedad de Dios-Amor-Unidad, es imposible.


Nuestro lenguaje está hecho para expresar las realidades
sensibles. Al emplearlo para hablar de lo divino se convierte
en apunte que pretende ir más allá de lo que puede expresar.
Antes de llegar a Dios con nuestros conceptos hemos tocado
techo. La única manera de trascender el lenguaje, es la
vivencia. Solo la intuición nos puede llevar más allá de todo
discurso.

El AMOR es la punta de lanza de la evolución. En realidad,


el camino hacia el amor empezó en las primeras
millonésimas de segundo después del Big-Bang; cuando las
partículas primigenias se unieron para formar unidades
superiores. Esta tendencia de la materia, lleva en sí la
posibilidad de perfección casi infinita. La aparición de la
vida fue un gran salto hacia esa capacidad de unidad. La vida
consigue unificar billones de células.

Llegada la inteligencia, el ser humano está capacitado para


una unidad que no es la del egoísmo individual. Un
conocimiento más profundo y la voluntad, hacen posible una
nueva forma de acercamiento entre seres que pueden llegar a
un grado increíble de unidad, aunque no sea física.
Descubierta esa unidad, surge lo específicamente humano.
Esta capacidad de salir de la individualidad e identificarme
con el otro, es lo que llamamos amor.

Este amor es consecuencia de un conocimiento, pero no


racional. Este amor solo llegará después de haber
experimentado la presencia en nosotros del Amor que es
Dios. Lo mismo que llamamos vida a la fuerza que mantiene
unidas a todas las células de un viviente, podemos llamar
AMOR a la energía que mantiene unidos a todos los seres de
la creación. Si descubro que la base de todo ser es lo divino,
descubriré la "razón" del verdadero amor.

Todos los místicos de todas las religiones, de todos los


tiempos nos hablan de la indecible felicidad de sentirse uno
con el Todo. Esa sensación de integración total es la máxima
experiencia que puede tener un ser humano. Una vez llegado
a ese estado, el ser humano no tiene nada que esperar.
Fijaros hasta qué punto demostramos nuestro despiste,
cuando seguimos llamando "buen cristiano" al que va a
misa, se confiesa, comulga...

No debo comerme el coco tratando de averiguar si amo a


Dios. Lo que tengo que examinar es hasta qué punto estoy
dispuesto a darme a los demás. Solo eso cuenta a la hora de
la verdad. El amor teórico, el amor que no se manifiesta en
obras y actitudes concretas, es una falacia. Ya lo decía Juan
en su primera carta: Si alguno dice que ama a Dios y no ama
a su prójimo, es un embustero y la verdad no está en él.

Meditación-contemplación

Es el tema más importante que se puede plantear un ser


humano.
Lo malo es que planteado desde la razón no tiene salida.
Por mucho que hable del mejor vino, no me emborracharé.
Para saber cómo es un vino, hay que beberlo.
.....................

Tampoco tendrán éxito los mandamientos y preceptos.


El amor es lo más contrario a una obligación impuesta.
O surge espontáneamente de lo hondo del ser
o se queda en una programación estéril.
...................

Aprender a amar es la tarea más importante para todo ser


humano.
Ser más humano es ser capaz de amar más.
Todos los aprendizajes que no te lleven a esa meta,
serán una pérdida de tiempo y tarea inútil.
..............

OCARM

Reflexión
• El evangelio de hoy nos presenta una conversación
bonita entre Jesús y un doctor de la ley. El doctor quiere saber
de Jesús cuál es el primero de todos los mandamientos. Hoy
también mucha gente quiere saber lo que es más importante
en la religión. Algunos dicen que es ser bautizado. Otros dicen
que es rezar. Otros dicen: ir a Misa o participar del culto el
domingo. Otros dicen: amar al prójimo. Otros se preocupan
sólo con las apariencias o con los cargos en la Iglesia.
• Marcos 12,28: La pregunta del doctor de la Ley. A un
doctor de la ley, que había asistido al debate de Jesús con los
saduceos (Mc 12,23-27), le gustó la respuesta de Jesús, y
percibió su gran inteligencia y quiso aprovechar la ocasión
para plantear una preguntar: “¿Cuál es el primero de todos los
mandamientos?” En aquel tiempo, los judíos tenían una gran
cantidad de normas para reglamentar en la práctica la
observancia de los Diez Mandamientos. Algunos decían:
“Todas estas normas tienen el mismo valor, pues todas vienen
de Dios. No nos incumbe a nosotros introducir distinciones en
las cosas de Dios”. Otros decían: “Algunas leyes son más
importantes que las otras y, por esto, ¡obligan más!” El doctor
quiere saber la opinión de Jesús.
• Marcos 12,29-31: La respuesta de Jesús. Jesús responde
citando un pasaje de la Biblia para decir cuál es el primero de
todos los mandamientos: es “¡amar a Dios con todo el corazón,
con toda la inteligencia y con todas las fuerzas!” (Dt 6,4-5). En
el tiempo de Jesús, los judíos piadosos hicieron de este texto
del Deuteronomio una oración y la recitaban tres veces al día:
de mañana, a medio día y por la noche. Era tan conocida entre
ellos como hoy entre nosotros lo es el Padre Nuestro. Y Jesús
añade, citando de nuevo la Biblia: “El segundo es éste:
‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Lev 19,18). No existe
otro mandamiento mayor que éstos”. ¡Respuesta breve y
profunda! Es el resumen de todo lo que Jesús enseñó sobre
Dios y sobre la vida (Mt 7,12).
• Marcos 12,32-33: La respuesta del doctor de la ley. El
doctor concuerda con Jesús y saca las conclusiones: ““Muy
bien, Maestro; tienes razón al decir que amar a Dios y amar al
prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.”. O
sea, el mandamiento del amor es más importante que los
mandamientos relacionados con el culto y los sacrificios en el
Templo. Esta afirmación venía ya de los profetas del Antiguo
Testamento (Os 6,6; Sal 40,6-8; Sal 51,16-17). Hoy diríamos que la
práctica del amor es más importante que novenas, promesas,
misas, rezos y procesiones.
• Marcos 12,34: El resumen del Reino. Jesús confirma la
conclusión del doctor y dice: “No estás lejos del Reino de
Dios!” De hecho, el Reino de Dios consiste en reconocer que
el amor hacia Dios es igual que el amor al prójimo. Pues si
Dios es Padre, nosotros todos somos hermanos y hermanas y
tenemos que demostrarlo en la práctica, viviendo en
comunidad. "¡De estos dos mandamientos dependen toda la
ley y los profetas!" (Mt 22,4) Los discípulos y las discípulas
deben fijar en la memoria, en la inteligencia, en el corazón, en
las manos y en los pies esta primera ley del amor:
¡sólo se llega a Dios a través del don total al prójimo!
• El primer mandamiento. El mayor y el primer
mandamiento fue y será siempre: “amar a Dios con todo el
corazón, con toda la inteligencia, y con todas las fuerzas” (Mc
12,30). En la medida en que el pueblo de Dios, a lo largo de
los siglos, fue profundizando en el significado y en el alcance
del amor a Dios, fue percibiendo que el amor de Dios sólo será
real y verdadero, si se hace concreto en el amor al prójimo. Por
esto, el segundo mandamiento que pide el amor al prójimo es
semejante al primer mandamiento del amor a Dios (Mt 22,39;
Mc 12,31). “Si alguien dijese “¡Amo a Dios!”, pero odia a su
hermano, es un mentiroso” (1Jn 4,20). “Toda la ley los profetas
dependen de estos dos mandamientos” (Mt 22,40).

Para la reflexión personal

✓ Para ti, ¿qué es lo más importante en la religión y en


la vida? ¿Cuáles son las dificultades para poder vivir aquello
que consideras lo más importante?
✓ Jesús dijo al doctor: “No estás lejos del Reino de Dios”.
Hoy, ¿estoy más cerca o más lejos del Reino de Dios que el
doctor elogiado por Jesús?

ALESSANDRO PRONZATO

El amor se expresa con todas las facultades del hombre:


corazón, alma, mente, ser.
Hay que tener presente que en la antropología semítica el
corazón no se considera tanto como la sede de los afectos y
de los sentimientos, cuanto más bien de la inteligencia y de
la voluntad.
"Alma" quiere decir vida. Y puede significar además de la
exigencia de amar a Dios en todas las circunstancias de la
existencia, también la de sacrificarle la vida misma si así lo
exigiera la fidelidad a él. (...)
"Con todo tu ser" según algunos, se entiende la voluntad.
Otros dicen "todas las fuerzas" y entienden las posesiones y
los bienes terrenos.
Por tanto, más que cada una de las expresiones, habrá que
tener en cuenta la idea de fondo, que es la totalidad y
plenitud. Hay que amar a Dios con un amor que brota del
centro de la persona e invade todas las facultades. La
respuesta del hombre debe ser completa.
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Es importante la puntualización "como a ti mismo". Se
sugiere la posibilidad e incluso el deber de amarse a sí
mismo (lo cual obviamente es muy distinto de ser egoísta).
Hay un sano amor a sí mismo que está en la base del
auténtico amor a los demás. Hay una buena relación consigo
mismo que constituye el fundamento de las relaciones
auténticas con los demás. Personalmente creo que muchos
cristianos y no pocas personas religiosas son incapaces de
aceptar y amar verdaderamente a los demás porque son
radicalmente incapaces de amarse y aceptarse a sí mismo.

EUCARISTÍA

-Primero Dios.
Era costumbre, no hace mucho, al hacer planes para el
futuro, añadir la condicional "Dios mediante". En Costa Rica
en tales ocasiones suelen decir, con idéntica intención,
“primero Dios”. Esto es lo que nos recuerda hoy
solemnemente esta perícopa tomada del libro del
Deuteronomio, que hemos leído. Y nos exhorta a tenerlo
presente constantemente en la vida. El autor detalla todas las
situaciones de la vida, recomendándonos que lo tengamos
presente: en la educación de los hijos, en las relaciones con
los demás, dentro y fuera de casa y de camino, enfermos o
sanos, en casa y en la puerta, a mano y en la mente. Lo que
importa es que no se nos olvide nunca. Porque para un
creyente, lo primero es Dios. -Primero el amor. Porque para
nosotros Dios no es una idea, una abstracción. Tampoco la
religión es un conjunto de creencias, sino la vida. Y Dios es
el origen de la vida, la fuente de donde procede todo lo que
vive sobre la tierra. Y en la vida lo primero es el amor. El
amor de Dios es la única explicación teológica para la
creación del mundo y del hombre.
Dios lo hizo todo porque quiso, sin que nadie le ordenase,
pero, sobre todo, lo hizo porque nos quiso. Por eso, también
para el hombre, para el creyente, lo primero es el amor, el
amor de Dios, la correspondencia amorosa a la predilección
divina. La religión no es otra cosa.
Para los amantes lo importante es amar y ser amado; para el
creyente, ser amado y amar, sentirse, experimentar el amor
de Dios (oración, sacramentos, Biblia), y amar a Dios sobre
todas las cosas. Haciendo esto, dice el Deuteronomio, vivirás
tú y los tuyos y prolongarás tu vida.

-Primero el hombre.
Jesús nos aclara aún más las cosas en el evangelio de hoy. El
primer mandamiento es amar a Dios, pero el amor al prójimo
también es primero, igual que el primero, indisolublemente
unido al primero. Y es que sólo en el hombre, en el otro
como nosotros, podemos ver y amar a Dios efectivamente,
sin caer en la idolatría de hacernos falsas ideas de Dios. Así
lo confiesa y reconoce la Iglesia. Así consta en el Concilio
Vaticano II, así lo repitió literalmente Juan Pablo II en la
"Centessimus Annus”, al decir que el hombre es el camino
de la Iglesia hacia Dios. No hay otro camino, sólo hay
rodeos que, como en la parábola del buen samaritano,
pueden desviarnos de Dios y hacernos perder en
elucubraciones. En Jesús Dios se ha hecho hombre de un
modo especial, hipostáticamente, de manera irrepetible y
singular. En el Evangelio Jesús une al hombre con Dios de
una manera inexcusable e indisoluble. De modo que lo que
Dios ha unido, ¡que no lo separe el hombre!

-Primero el Evangelio.
Para nosotros, creyentes en Jesús, lo primero es el
Evangelio. De ahí venimos, de la Buena Noticia. Y
ciertamente no hay noticia mejor para un creyente que esa
unión amorosa con Dios, que vivimos sacramentalmente y
que debemos tratar de vivir realmente. Si tenemos que
expresar en la oración, en la eucaristía, en los sacramentos el
amor a Dios, ¿cómo expresarlo si no lo vivimos de acuerdo
con las palabras de Jesús? Y las palabras de Jesús son
tajantes: amarás al prójimo como a ti mismo. Este amor, que
experimentamos ejemplarmente en el seno familiar, es el
mismo que debemos vivir luego con todos los hermanos de
la familia humana, avanzado, como decía Juan XXIII, por
los diferentes niveles: vecindad, pueblo, país, región, mundo
entero. Las fronteras no deben separarnos, sino unirnos con
mayor fuerza. La familia es el primer núcleo prójimo, pero
no el único, como el pueblo o la nación.

-Primero los pobres.


Pero amar a todo el mundo puede conducirnos a la misma
ambigüedad e imprecisión que amar a Dios. Por eso nadie
más prójimo que el que nos necesita, los necesitados, Ios
pobres. Decía el profeta que Dios, que es justo, no puede ser
parcial y "por eso está con los pobres". Y Jesús en el
evangelio, en su vida y en sus enseñanzas, insistió
sobradamente que en los pobres es donde mejor podemos ver
a Dios (en los ricos podríamos confundir a Dios con el
dinero, y en los poderosos y sabios, igual). Y con ellos quiso
identificarse de una manera especial. De manera que los
pobres deben ser los primeros en el amor cristiano. Eso es lo
que dice la Iglesia, cuando habla de la opción preferencial
por los pobres. ¿La nuestra?
✓ ¿Qué es para nosotros lo primero en la vida? ¿Qué es lo
que más nos importa? ¿Por qué estamos dejándonos la vida?
✓ ¿Creemos en Dios? ¿Simplemente creemos que existe?
¿Existe para nosotros? ¿Se nota Dios en mi vida?
✓ ¿Cómo vivimos el amor a Dios? ¿En la oración,
eucaristía, Biblia...? ¿Vivimos el amor a Dios amando al
prójimo?
✓ ¿Es nuestra la opción por los pobres? ¿Los amamos
como a nosotros mismos? ¿Estamos por ellos? ¿Y con ellos?

P. EDUARDO MARTÍNEZ ABAD, ESCOLAPIO

El domingo pasado se nos hablaba de las fuerzas o virtudes


teologales, que recibimos en germen en el sacramento del
Bautismo. Las tenemos que desarrollar y hacer crecer durante
toda nuestra vida. Estas fuerzas o virtudes son los medios
privilegiados para escuchar a Dios y hablar con Dios y
conseguir así, realizar y dar cumplimiento a nuestras tres
opciones fundamentales en la vida. Y recordar, que la primera
opción fundamental para llegar a Dios, al triunfo, a la
felicidad es el matrimonio.
Las tres virtudes teologales, pues, son la fe, la caridad y la
esperanza. Las hemos aprendido, diciendo: fe, esperanza y
caridad. Pero el orden lógico es el que os he dicho
anteriormente, que corresponde a la enseñanza que se nos está
haciendo estos tres domingos. Domingo 30: la FE – Domingo
31: La CARIDAD – Domingo 32: La ESPERANZA
El domingo pasado se presentaba a Jesús un pobre ciego, que
por ciego y pobre salió al camino. Y le buscó, y le preguntó,
y le pidió a gritos: "¡Que vea, Señor, que vea!" Y vio por fuera
y vio por dentro, y siguió a Jesús, camino adelante, camino de
la Pascua. Se encontraban en Jericó, a 20 km. cuesta arriba
hacia Jerusalén. Y a mil metros de altura. Bartimeo se llamaba
y caminaba junto a Jesús con un nuevo modo de ver y una
nueva manera de vivir. Todo había cambiado en su vida. Su
Fe, su confianza en Jesús le cambió por completo.
Hoy Jesús, vemos que ya ha llegado a Jerusalén y un escriba,
pobre en ideas, desorientado en su vida ante los 600 y más
preceptos de la ley judía, le sale al encuentro, como le salió
Bartimeo le busca, hacia él se dirige, se le acerca para
interrogarle, haciéndole una pregunta fundamental.
¿A quién busco yo en mi vida? Esto es lo importante para ti y
para mí en este relato, que me interpela. ¿Hacia quién me
dirijo, a quién me acerco, a quién y qué pregunto?.
El Evangelio es un detector de actitudes. El evangelio
escudriña tu vida. Está lleno de detalles significativos, como
éste que acabamos de escuchar: un escriba que se acerca Jesús
y lleno de interés e inquietud le pregunta: "¿Qué
mandamiento es el primero de todos?"
¿Cuáles son mis apetencias, en qué mundo de intereses me
desenvuelvo, cuáles son mis inquietudes? Un buen programa
para bucear dentro de nosotros mismos esta semana. Una
imagen y un episodio fáciles de recordar: el escriba que se
acerca y pregunta a Jesús. Este debe ser mi trabajo, algo difícil
y comprometido al realizarlo, pues debo: examinar mi mundo,
mis intereses, mis preocupaciones, mis relaciones, mis
preguntas, quizás de curiosidades malsanas, de
murmuraciones o calumnias o de chismes por la
superficialidad de mi vida.
¿Qué le pregunta?: ¡qué mandamiento es el primero de
todos! Búsqueda, pues, de las cosas de Dios, búsqueda de lo
esencial, de lo primero. ¿Qué interés tengo yo por las cosas de
Dios, si es que tengo algún interés? ¿Busco lo esencial, lo
primero, o me entretengo en bagatelas, fruslerías, en
superficialidades y en chismes?
¿Qué libros leo, si leo alguno? ¿Qué revistas ojeo? ¿Están en
la línea de los valores divinos o en la línea de las pasiones
humanas: noveluchas, revistas de cotilleos, pero nada serio?
El escriba del evangelio de hoy se interesaba por la búsqueda
de lo divino, porque, a pesar de ser escriba, conocedor y
especialista de la ley, no cree saber todas las cosas de Dios, se
siente pobre de espíritu y alarga su mano, como Bartimeo, con
un interrogante, con una pregunta.

La respuesta de Jesús: ¿El primer mandamiento, me


preguntas? Hele aquí: Amar al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu
ser. La acumulación de términos: corazón, alma, mente, ser,
quieren significar una plenitud de amor, que compromete
todas nuestras facultades para amar.
Es necesario, pues, que el amor nos queme de la cabeza a los
pies, de la mente al cuerpo, de la mañana a la tarde, y de la
tarde a la mañana, de la infancia a la vejez. ¿Amo yo así a
Dios, con la totalidad de mi vida, con la totalidad de mi ser?
Cuántas preguntas me hace Dios en este relato del Evangelio
que hoy hemos proclamado. De mis respuestas sinceras y
valientes, depende mi progreso como cristiano, para no
quedarme atrapado por simples costumbres, que son una
mortaja en mi vida.

El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Tú


eres la medida del amor a tu prójimo. No tienes que buscarla
lejos de ti, que en ti está: como tú te amas a ti mismo, que
buena medida es.
Ni una espiritualidad, pues, de huida del mundo para
refugiarse egoístamente sólo en Dios, ni querer remplazar el
primer mandamiento: Amor a Dios, por sólo una sociología
barata de amor filantrópico, al simple hombre.
No es suficiente amar al prójimo. Es necesario en primer lugar
amar, reverenciar, alabar y darle gracias a Dios.
Ahora cumplamos lo primero en nuestra Eucaristía: amar a
Dios, darle gracias, alabarle y glorificarle para que no sea
hueco, vano, superficial y sin consistencia el amor a nuestros
hermanos.
En la conjugación de esos dos amores está el verdadero amor.
Amar, primer mandamiento y amar, segundo mandamiento.
El denominador común es: amar.
La respuesta de Jesús no tiene originalidad, pues El repite y
recuerda lo que ya estaba en la Ley judía, en el libro del
Deuteronomio y lo encontramos en todas las religiones, que
ninguna manda odiar y matar al prójimo.
La originalidad está en la aproximación que hace de esos dos
mandamientos, que, en el pensamiento de Jesús, se apoyan el
uno en el otro, tienen la misma importancia de mandamiento
mayor.
Le preguntaron por el mayor o el primer mandamiento y Jesús
dio dos respuestas en una. Porque no se puede practicar el
primero sin en el segundo, ni el segundo sin el primero. Por
eso nos dirá San Juan en una de sus cartas: "quien dice amar
a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve,
es un mentiroso". Amar a Dios sin amar al prójimo es una
mentira.
Pero, atención, dar tan solo trabajo, comida, medicamentos,
vivienda, diversiones al prójimo, hacerle, en fin, un paraíso en
este mundo, sin Dios, es esclavizarle a la larga y a la corta; es
dejar sin sentido su vida, por eso las gentes huyen de esos
paraísos comunistas o capitalistas: les falta Dios, que da peso,
contenido y sentido al misterio de la vida del hombre. Y si no,
preguntarles a las gentes en los velatorios o en las puertas de
los cementerios, cuando han dejado allí y para siempre a un
ser muy, muy querido, aun no siendo creyentes os dirán como
Adolfo Becquer, incrédulo, pero dudando y creyendo ante la
realidad de la muerte:

"Vuelve el polvo al polvo? - ¿Vuela el alma al Cielo? -Todo


es vil materia, podredumbre y cieno? -No sé, pero hay algo
que explicar no puedo, -que a la par produce inquietud y
miedo, -al dejar tan solos, tan tristes, los muertos.
Que en esta Eucaristía le digamos a Dios todo lo que le
queremos porque mucho queremos a nuestros prójimos.

ESCUCHA Y AMA

¡Escucha, Israel! Escucha, pueblo de Dios, ¡escucha


bautizado!
Esto lo primero de todo: que escuches la voz de tu Dios.
Tu Dios te habla en cada celebración, cuando se proclama la
Palabra, y quiere dialogar contigo.
“Escucha Israel", “y que las palabras que yo te dirijo hoy
queden grabadas en tu corazón”.
Como enseñó el Sacerdote Elí al joven Samuel que "oía"
aquella desconocida voz: “cuando te sientas llamado,
responde: Habla Señor, que tu siervo escucha”.
Y si te cuesta escuchar la voz, ora como el rey Salomón,
cuando siendo aún joven le dijo Dios: “pídeme lo que
quieras que te dé”. Y Salomón respondió: “Concede a tu
siervo un corazón que escuche”. Agradó tanto al Señor
aquella petición, que le respondió: “Cumplo tu ruego y te
doy un corazón sabio e inteligente”.
Cada mañana, al estrenar el día, podemos recordar las
palabras de Isaías: “El Señor me ha dado lengua de
discípulo, y mañana tras mañana despierta mi oído para
que escuche como un discípulo. El Señor me ha abierto el
oído”.
En la primera plegaria del día, Laudes, a menudo repetimos:
“¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro
corazón” (Salmo 5, 7,8).
En el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, se nos dice:
“El que tenga oídos que escuche lo que el Espíritu dice a
las Iglesias” (2, 7.11.17,29). Porque el Espíritu de Dios
habla también hoy a la Iglesia, invitándola a la renovación y
a la fidelidad.
Y nos animan las palabras de Jesús: “en verdad, en verdad
os digo: el que escucha la voz del Hijo de Dios ha pasado
de la muerte a la vida” (Jn 5, 25).
Tu Dios te habla en el fondo de tu corazón/conciencia,
empujándote siempre hacia el bien y el amor. Allí en tu
corazón resuenan muchísimas voces. Algunas de ellas
encienden tus más bajos instintos: la rabia, el rechazo al que
es distinto, la comodidad, el egoísmo, la agresividad, la
venganza, la búsqueda de ventajas personales por encima de
los otros, el dejarte llevar por lo que hace todo el mundo, el
no complicarte la vida... Pero junto a ellas también está la
voz de Dios. ¿Cómo distinguir una de otras?
“El Señor, nuestro Dios, es solamente uno”. Los otros
nunca deben ser tomados como dioses, porque no lo son. Al
único Dios lo reconocemos porque nos saca de la tierra de la
esclavitud para darnos la libertad. Los otros “dioses” nos
atan, nos someten, nos manejan. A este único Dios le mueve
el clamor del pobre, del necesitado, del más frágil, del que
sufre, del más pequeño. Los otros “dioses”, en cambio, los
silencian, sólo dejan oír la voz del egoísmo. Este único Dios
quiere hacer de nosotros un gran pueblo, una gran
comunidad de hermanos, y solo nos ofrece una Ley
importante: la Ley del amor, con ella, busca hacer de ti una
persona “grande” y fraterna pues tendrás un corazón enorme
lleno de amor.
Me ha ayudado meditar este testimonio personal:
En cierta ocasión le pregunté a Dios qué deseaba decirme o
pedirme. Era un momento de ardiente fervor en el que me
sentía preparado para escuchar cualquier cosa. En un
momento de tranquila escucha, oí interiormente las
siguientes palabras: “te amo”. Y me sentí desilusionado:
¡ya lo sabía! Pero Él volvió a mí de nuevo con esas mismas
palabras. Y de repente, me di cuenta con mucha claridad de
que nunca había aceptado e interiorizado realmente el
amor de Dios por mí. En ese instante lleno de gracia, vi que
“yo sabía” que Dios había sido paciente conmigo y me
había perdonado muchas veces. Pero me asombró no
haberme abierto nunca a la realidad de su
amor. Lentamente caí en la cuenta de que Dios tenía
razón. Nunca había escuchado realmente el mensaje de su
amor. Cuando Dios habla, siempre habrá “algo
sorprendente, distintivo y duradero”. (John POWELL, Las
estaciones del corazón. Sal Terrae)
Por eso sólo a él le darás “todo tu corazón”. Porque sólo él
te ha amado tanto, tanto, tanto... y su amor no te ata nunca,
no te domina ni te impone, ni te maneja, sino que te hace ser
más tú. Sólo te pide esto: “ama”. Y entonces, toda voz que
no te ayude a ser más libre, más responsable, más generoso,
más dispuesto, más acogedor, más atento, más justo. menos
individualista... no es la voz de Dios.
Tu Dios te habla también en la voz de los hombres que
necesitan algo de ti. Ha escrito don Santiago Agrelo, un
pastor excepcional y obispo emérito de Tánger:
Aceptamos que el "amar al Señor Dios con todo el corazón"
es el primer mandamiento de la ley; pero no hay razón para
que pensemos que ese mandato tenga algo que ver con unos
extranjeros vigilados, controlados, desplazados, deportados
en nombre de nuestro bienestar; podemos amar a Dios y
desentendernos de esos hijos suyos que, por no tener
papeles, han dejado de ser hijos suyos. Ocuparse de ellos
sería ‘buenismo' indigno de personas razonables.
Aceptamos eso de "amar al prójimo como a uno mismo";
pero es evidente que unos extranjeros sin dinero no son
"prójimo" nuestro, y mucho menos son "nosotros mismos":
gentes así son sólo una amenaza para nuestro trabajo, para
nuestra identidad, para nuestra seguridad; y como una
amenaza han de ser apartados de nuestra vida. Cualquier
otra disposición sería mero sentimentalismo.
Puede que bosques, fronteras y pobres nada tengan que ver
con el evangelio de nuestra eucaristía. Puede que
consigamos amar a Cristo sin amar su cuerpo que son los
pobres. Puede que consigamos comulgar con Cristo y
subvencionar a quienes añaden sufrimientos atroces a su
pasión. Si así fuese, si nuestra misa nada tiene que ver con
los caminos de los pobres, mucho me temo que tampoco
tenga algo que ver con el camino que es Cristo Jesús.
Jesús unió inseparablemente el amor de Dios y al prójimo
en un solo mandamiento. Y el modo de comprobar que
amamos a Dios como único Dios, por encima de todas las
cosas es el amor al prójimo. No es posible amar a Dios... si
nos desentendemos de los que él ama más: de cada
hijo/hermano sin exclusión. El amor, los demás, y el mundo
creado son temas principales para revisar nuestra conciencia
y crecer, procurando concretar: ¿A quién?, ¿cómo y cuándo
debo expresar mejor mi amor (y mi escucha)?
En este contexto se entiende mejor que el Papa desee una
Iglesia de la escucha, a la escucha: “El tiempo de Sínodo en
el que estamos nos ofrece una oportunidad para ser Iglesia
de la escucha, para tomarnos una pausa de nuestros
ajetreos, para frenar nuestras ansias pastorales y
detenernos a escuchar. Escuchar el Espíritu en la adoración
y la oración... Escuchar a los hermanos acerca de las
esperanzas y las crisis de la fe en las diversas partes del
mundo, las urgencias de renovación de la vida pastoral y las
señales que provienen de las realidades locales”.
Escuchar es el camino para poder amar: escuchar sin estar
pensando lo que vamos a responder, escuchar sin hacer
juicios, escuchar con atención las palabras, los gestos, los
sentimientos, la situación vital. Escuchar dejando que me
afecte lo que escucho, que me toque por dentro. Escuchar
para discernir. Escuchar para acompañar y caminar juntos
(=Sínodo) Escuchar, como María, guardando la Palabra y las
palabras en el corazón. Escuchar comprendiendo y amando.
Termino con estas palabras del Papa Francisco: "Escucha
también la melodía de Dios en tu vida, y no limitarte a abrir
los oídos, sino abrir el corazón. Y es que, quien canta con el
corazón abierto toca el misterio de Dios, incluso sin darse
cuenta. Un misterio que es, en definitiva, el amor que
despliega su maravilloso, pleno y único sonido en
Jesucristo".
Que el Señor nos afine el oído y nos dirija para interpretar y
cantar juntos la partitura del Amor.

También podría gustarte