BIBLIoTECA APotoeÉrrCe
MONSENOR, LE CAMUS
Obispo de La Rochele y Saintes
LOS ORÍGTI\ES DTL
ORISTIAI{ISMO
III
PRIMERA Pá.BTE
I, YIDÀ DE NU},STRO SfiNOR JESUCRISTO
VOTUMEN TERCERO
Tlva )ré1ovau oi d»|pwrot éivo.t ràv Tiõv rcA du|púrou;
-2ü eI ô Xproràs, ô TÍàs roü AeoA roi fôtutos.
«;Qui6n dicen los hombres quo es el Eijo del hombre?
eres el Cristo, el Eijo de Diog vivo.D
-Tú
(Mat,, XYI, 13, 16.)
TnEouccróN DE LÂ Z.* pprcróN rnescnsa
POB EL
Dr, D, Juan B,u Codina y Formosa, pbro,
cerrutÁltco DE rrBBBEo y onrroo EN ErJ sBMrNÀRIo ooNcrrJraB DE BABcaLoN^
Y N,MERARTTT,x1ff DE
,11oJ^
"ooorrura
CON LIOENOIÀ DEL OBDI§ÀBIO
BARCELONA
HERE DEROS DE JUA N GILI
Editores Conms, 581
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ES PAOPIEDAD
TIPOOB^DÍ^ DE LOS EDITOITIT, BARCRLONA
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I
SECCIÓN ITI
DreÍersr Jrsús Á Jpsuser,úly renr r,e Pescu rarÀL
CÀPÍTULO PRIMERO
Determina Jesús subir á Jerusalén para la última
Pascua
í-,aluna nueva de Nisáu.-Impresiones de Jesús.-Salida definitiva para Je-
rusalén.-Profetiza el Maestro lo que le ha de suceder.-Àmbición de los
hijos de Zebedeo.-Respuesta del Seflor.-Lección á todos los discípulos.
quiere ser el primero debe servir á los demás.-Jesús ha dado ejem-
-Qrrien
plo de el\o. ( Mare., X,, 32 4\ -Vat., XX, tz-za; Luc., XVIII, 31-34).
Miontras tanto, habíase mostrado en el cielo la luna
ilueva de lrlisán. Hogueras en las cimas de los montes y
emisarios á través de todo el país, anunciaban oficialmen-
te que, denbro de catorce días, Israel celebraría las fiestas
pascuales. Todos salutlaban con alegría el imperceptible
crecimienbo del asbro renaciente, y se preparaban á solem-
nizar el recuerdo de los prodigios realizados cuando la sa-
lida de Eqipbo. E,npezaban á, organizarse las earavana§,
.agrupándose por familias, y, á, fr,n de llegar á Jerusalén lo
basbante presbo para poder puriÍicarse antes de la fiesta,
poníanso en camino sin bardanza, es decir, hacia el cuarto
día de la luna, á" fines de l\farzo ó principios de Abril.
E[ tiempo era ya bueno en esta época. Elabían cesado las
lluvias, y, baio un eielo siempre puro, el sol aeariciaba
con sus rayos las primeras flores de la primavera. Todo
contribuía á hacer del viajo á la Ciudad Santa un piadoso
regocijo.
T. III
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MONST:ÍOR LE CÀMUS
Las aclamaciones del pueblo saludando la proximidad
de las fiestas pascuales debieron oprimir el corazón de
Jesús, que se hallaba en una de las ciudades de Perea.
Para los otros, Ia Pascua era la vida; para Él d"bí", set
Ia muerte. En otro tiempo, pudo Isaac, aI subir la montafla
de la inmolación, preguntârse dónde estaba la víctima;
Él no ignor"bu q"" iba á, ser el verdadero Cotdóro
^us
del próximo sacrificio. Había sonado la hora seflalada por
el Profeta, en que debía establecerse la abominaeión en el
lugar santo, y estas tropas de peregrinos, que Pasaban lle-
nando el aire con piadosos eánticos, debían parecerle otros
tantos testigos que subían á' Jerusalén Para ver, con
sus propios ojos, si sería fiel á la cita Que, desde tantos si-
glos, le habían asignado simultáneamente Ia jusbicia divina
y la malicia humana. Interrumpiendo su ministerio evan-
gélico, eI Maestro, que se encontraba en el camino de las
caravanas, tomó también la ruta en cuyo término veía aso-
mar la craz.
No dice expresamente el Evangelio si, en este momento,
hubo tribulación en lo interior de su alma, preámbulo acep-
(r)n
tado de la agonía en Getsemaní. Según San Marcos
pudieron conieturar los discípulos por su aspecto quo
acababa de tomar alguna doterminación suprema y te-
rrible. Iba solo, á" la cabeza del grupo apostólico, con la
actibud inbrépida del iefe que va al eombate, ó más bien,
. del héroe que se sacrifica por
Ia salvación de todos. Se-
guíanle los Apóstoles sileneiosos y tristes, y la muchedum-
Ér., oo sabiendo qué pensar, experimentaba un vago sen-
timiento de terror. Las situaciones solemnes, después de
habor asombrado un instante, acaban por atemorizar á,
los que no están en el seereto.
Cosa rara; sin este reflejo de grave trist'oza que veían en.
la frente del Maestro, los discípulos hubieran dado desde
(l) lfarc., X, 82. El cuadro que traza de esta partida, es eminenteme-nte
rlramático: Marcha Jesús delante, praececlebaú, los apóstoles están estupefac-
tos, étwpebant, y los que le siguen experimentan una impresión de terror,
tirnebanú.
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VIDÀ DE N(,ESTBO SEftOB JESUCRI§TO
luego su corazóo á,la alegría. según sus luces personales,
todo iba bien para la causa mesiánica y argoiab", feli-
ces aeontecimienüos en breve plazo. Si se encáminaban ha_
enemigo subiendo á Jerusalén, no iban solos; prece-
1i,a.el
díales ó les seg.uía tropel de entusiastas é intrépidos
_un
galileos, conquistados á la causa del Mesías. por otra par-
te, el resultado de la misión de los Diseípulos había .iao
consolador. Do todas partes se removíaÀ eiudacles y cam-
pos; rsrael buscaba á su cristo, y el cristo llegaúa á la
Ciudad santa subyúgando eon su bondad, con su-grr,eia y
su poder. Era, pues, ciertamente la hora de Dios.
. con obieto d-g no pe_rmitir que se extraviasen por más
tiempo en aquellas seductorur pur.pecüivas, se determinó
Jesús á, asociarlos á, los duroã toimentos de su alma.
Ellos soflaban en triunfos, y Él contemplaba su suplieio;
ellos andaba.,. en averiguaciones sobre cuál sería .o i.orro,
Él saluclaba de ante-íoo su cru z. Tomá,ndolos aparte, pa-
ra que no se eseandalizase la muchedumbre qo" l" ."grií*,
púsose á exponerles, esta vez sin figuras, lrs eordielones
de su advenimiento á la real. ru ,oirersal.
«H9
_aquí-les- dice-que vamos á Jerusalén, y serán
gumplidas todas las cosas que escribieron los profeias del
Hijo del hombre.) Si pudiera luebrantarse Áu fe con los
Íuturos acontecimientos, deberá mantenerla el pensamien-
to de que han sido previstos y anuneiados. L".historia
de la Pasión, desarrollándose en el mismo orden tra-
zado por los antiguos profetas, cremost rará. el eará"eter
mesiánico de Jesús, en yez se comprometerlo. Hecho
-1. significativo todavía y e, d.es_
cribirá Él *i.mo, hasta en I lo que
preparan sus enemigos, deja no tan
sólo ha tenido el mérito de ver el porvenir, sino el valor
de arrostrarlo conoeiéndolo. «El Hijo del hombre será
en_
tregado á lo9 príncipes de los sacerdotes y á los escribas,
ú
y le sentenciar'án á niuerte, y le entre
y le escarnecerá,n, y le eseupi.áo, y le
tará,n la vida.) Diríaseque ãs este un
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)
UON§EfrOR LE CAMIIS
después del sueeso; tan completo e8, tan exacto y preciso.
HrÀt, se advierte la afrentosa gradación de los sufrimien-
tos, desde la perfrdia de Judaã, Qüo vende al Hijo del
hombre, hasta la loeura de los judíos, que entregan su
Maosbro á las naciones; desde las ignominias del escar-
nio, y los látigos de la flagelación hasta la muerto en la
cruz. He ahí el abatimiento.
Pero he aquí n: desPués de la
profecía de la de la gloria' «Al
i"r..ro clía resu , Poro deeisiva ' La
última palabra de la lucha no quedará para su§ enemigos.
Puetlen abatirle en la muerte, Ét se levantará en la
vida, para inaugurar su reinado eterno.
AI oir estas dóclaraeiones, Ios discípulos quedaron fue-
ra de sí mismos. Turbóse su espíritu tanto como su cora-
zôn. Esta sueesión de tratamientos ignominiosos no podía
coneiliarse con sus ideas enteramente humanas del triun-
fo mesiánico; §u perspicacia era incapaz de acercar es'
tos dos extremos (l). La resurrección misma, después de una
muerte infame, les parecía una imposibilidad, y 8e pre-
de que hablaba poeo ha. Esta perspect-iva, exaltando los
volvió á poner en juego todas las ambiciones del
"rpí*ito*,
grupo apostólico.
- E.tonces Íué cuanclo ltna mujer de las que seguian á'
Jesús, ó que llegaba de Galilea con las caravanas, creyó
(1) Esto es lo
que los Apóstoles
mâ,s eran. por crer
todas sus icleas, que no querían enten
.:asi de las misma* empleadàs por él,IX, 4ó, después de una de-
"*p.à.i,,nes
claración análoga : rõ' Pi pa toiro xer pv 1tpévov'
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VIDA DE NUESTRO S}T§OB, JtsSUCRISTO
I
poder fundarse en la situación privilegiada de sus dos
hijos entre los discípulos, y también en su propio afecto,
para formular una demanda cuya infantil exigencia no
sospechó, al parecer, su amor maternal. Era Salomé, mu-
jut de Zebedeo y madre de Sarrtiago y de Juan. San
Mareos supone que la súpliea Íué dirigida á Jesús por los
dos hermanos, empero San Mateo, que conserva rmpor-
tantísimos matices en el relato, dice expresamente que la
madre habló por sí misma. En sus labios, tiene la súpliea
algo de merros extraflo que en la boca de sus hijos. Fue-
se cual fuese la ambición personal, ó simplemento el afec-
to de éstos haeia el Maestro, ies era preciso guardar algu-
na eireunspección al exponer sus sentimientos. Después
de todos los discursos que habían oído acerca del castigo
de los quo buscan los primeros puestos, hubiera sido poco
prudente reivindiear por sí mismos el primero y el segun-
do en el nuevo reino. En el fondo, sin embargo, desea-
ban ciertamente obtener este doble favor; y no atrevién-
dose á manifestar directamente su deseo, jazqaron que su
madre sería su excelente abogado para este caso. No tu-
vieron gran dificultad en penetrarla de su asunto, r, llena
de sumisión, se fué á encontrar al Maestro. SuE hijos la
siguiero, ('), para apoyar su empresa.
Escogieron el mor,e.to eD que Jesús estaba solo, pues
vemos Quo, después dei ineidente, reúne á los Apósto-
les para amonestarlos sobre la ley de humilde igualdad
que debe regir su Iglesia. Salomé, con todo el respe,
to de que era capaz, se prosternó delante de É1, signifi-
cando de este modo que tenía que pedir un favor. «iQue
quieres?»-difo Jesús.-«Di que est«rs mis dos hijoe
la madre sin otras precauciones elaf,eliss-
-eontestó
se sienten en tu reino, el uno á, tu derecha y el otro á tu
izquierda.) Esto no era solamente querer la mejor parte,
era reclamarla á expensas de los demás. En efecto, según
esto, Pedro, instituído ya el primero por Jesús, se con-
lú aun hablaroq llegado el momento, porque exclaman en Ma,,x x
22rlo mismo que en Marc., X, Bg: ôw&pefto., pãduào..
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t0 MONSÚffOB LE CAMUS
vertiría á, lo menos en tercero. Y sobre todo era forjar-
se la mayor ilusión aeerea del estableeimiento del .nue-
vo reino. Ibaso á fundarlo en los peligros, en la sangre, en
la lucha hasta el fin: no habÍa, pues, lugar á" la cuestión
de sentarse desde luego en el bienestar del triunfo; era
preciso eonquistar, no mendigar en él su sitio. Abusa Sa-
lomé al prestarse á interpretar las locas ambiciones de sus
hiios. Ellos no han entrevisto adonde lleva su demanda;
por eso merecen de Jesus esta respuesta: «No sabéie lo que
pedís. iPodéis beber el eá,liz que he de beber y ser ba.u!i-
zados con el bautismo que me espe1l? (1)y Era costumbre,
entre los antiguos, que el jefe de la casa ofreciese, duran-
te el festín, á sus convidados de derecha é izquierda, §u
propia copa con la bebida que en ella había preparado.
Aun hoy se demuestra en Oriente, con un procedimiento
análogo, su afecto á los invitados á quienes se quiere hon-
rar (2). Puesto que Santiago y Juan se representan el rei-
no de Dios co{no un barrquete, ise sienten capaees de par'
tieipar de la copa preparada para el Maestro? Esta copa
no es otra que el cá,Iiz de la ira divina destinadaá," los pe-
cadores por la justicia eterna, y que Jesús quiere beber
en nombre de toda la humanidad. EI primer banquete
ofrecido en el nuevo reino será, efectivamente, eI del do-
lor. iQuién anhelará tomar puesto en él? Só1o los que ig-
noran lo que ha de pasar. Él -i.-o, aun siendo l[om-
bre Dios, tiembla al solo pensamiento de tan cruel prue-
ba. El dolor invadirá no solamenbe su interior como una
bebirla, sino también todo su cuerpo como un bautismo.
He aquí Ia, inauguración real de su reino. Por ahí debe co-
rnenzarse. EI período glorioso y eterno vendrá en seguida.
(1) Marc., Xr 38, emplea el presentc rlvay panrllopoc' porQüe en reâ-
lidad, hace mucho tiempã que ha empezado el sacrifrcio de Jesús y se cumple
todos los días. Mat.rXXr22, prefiriendo lafórmula pâÀtr rtvew, se fija so-
bre todo en el sacriÍicio final.
(2) Así, casi siempre, queun jeque, en Bgipto, en Galilea, ó enSiria, nos
recibía á su mesa, consideraba conro un deber, ora beber antes que nosotros
en el vaso de agua que nos ofrecía, or& amasar t rabajosamente en sus manos
bolas de arroz y de ôa.oe que nos alargaba en seflal de amistad-
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\
VIDÀ DE NUESTBO SEfOB JESUCBISIO I1
t
Dando oídos á su entusiasmo mucho más que á los con-
sejos de una prudente modestia, ambos hermanos eTcla-
maron simultáneamente: «Sí, podemos.í iAh! También
beber, y seréis bautizados con el bautismo con que
yo he de ser bautizado; mas sentarse a mi diestra y
á'"ilii siniestra, no es mío darlo á vosotros, sino á aquellos
para quienes está preparado por mi Padre.) Esta res'
puesta ha creado dificultades teológieas desde eI tiempo
de Arrio. También entró en el pegsamiento de los predes-
tinianistas encontrar en ella un argumento para su siste'
y no eon promesa§.
No puede el IIijo eoneeder por favor los puestos reser-
vados al mérito por la justicia del Padre. Los más va-
lientes serán los primeros; el eampo está abierto para to'
dos; á eada uno toea poner manos á la obra (1).
De tal modo quedaron completamente frustrados los pa'
sos de la madra y de los hijos. En euanto los demás Àpós-
toles tuvieron eonocimiento de ello, se rnosbraron indig'
(r) la resP §entidode
que la ros dos Pertenece
volver está ya onsejos di-
vinos. an men de laliber-
Ilasta podría parecer que
mientras que eI Salvador
i*'3ilil.-;'i$"',:HffJâ
á las recomendaciones.
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I
I 72 MON§ENOB LE CÀMUS
nadísimos. Jesús aprovechó el incidente para dirigirles una
hermosa leceión de prudencia, Con su bondad inefable,
dispuesto siempre á eorregir sus yerros, reuniólos alrede-
dor de sí y les dijo: «Sabéis que aqueilos que se ven man-
dar á las gentes, se ensef,orean de ellas, y los príncipes de
ellas tienen potestad sobre ellas. Mas no será así entre
vosotros; antes el que quiera ser mayor, sea vuestro cria-
do, I el que entre vosotros quiera ser primero, sea vues-
tro siervo. )
La diferencia entre los reinos del mundo y el de Dios
está en que, en el uno, la primacía se da á la fuerza, y,
por eonsiguiente, es mantenido por la fuerza; en el otro,
se da á la caridad y por la caridad es mantenido. Ade-
md,s, en las soeiedades. humanas, el poder público tiene
por objeto imponer la autoridad que es la salvaguardia de
ellas; en la Iglesia cristiana, el poder tiene sobre todo la
misión de crear, de multipliear la vida, por el apostolado
y l, abnegación. En ellp, la eonciencia individual basta
para garantir el orden mediante la santidad. Pedir, pue§,
el primer lugar en la lglesia no es pedir la ocupación de un
trono para mandar, sino poner manos á la obra para tra-
baiar; no es querer reinar en medio de honores y goces
terrenales, sino anonadarse y sacrificarse por el bien ge-
neral,'no es alimentarse del rebaflo, sino alimentarlo á é1.
He aquí lo que quiere decir Jesús, y lo que explica admi-
rablemente, proponiéndose á sí propio, por eiemplo. «El
Ilijo del hombre-aflade-no vino para ser servido. sino
para servir y dar su vida en rescals (t) por muehos.» Por
I todos la ha ofreeido, eomo se dice en otros pasajes, pero no
todos se harr aprovechado de ella. En realidad, ha resc&-
tado sólo á aguellos que quisieron ser reseatados; muchos
son éstos, pero no llegan á ser la universalidad del linajo
humano. Al pie de la crtrz, habrá siempro traidores y blas-
(l) Está aquí claramente caracterizado el sacrificio expiatorio que debe
ofrecer Jesús. Da su alrna ó su vida con su sangre como el preeio enigido,
)rúrpov, para el reseate de los que están perdidos. La palabra avrt indica le
substitución del rescate por los prisioneros que serán libertados, graciar
al sacrificio de Jesús.
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YIDA DE NUE§TRO §EÍIOB JESIICBI§IEO r3
femos. De su anonadamiento y de su muerte sacará Jesús
la legitimidad de su poder sobre el mundo. Cuando, des'
pués de los duros trabajos de una vida pasada en difun-
ái, la verdad, en suprimir el mal, en transformar las al-
mas, se tienda sobre eI infame patíbulo Para satisfacer
en él el rescate de la humanidad, dando la vida á su pue-
blo en vez de pedírsela, merecerá que, encima de su cabe'
za, se escriban, en las tres lenguas del mundo, el tÍtulo de
su dignidad real. Su sacrificio le habrá hecho rey. No
existirán en su Iglesia otros reyes que los hombres gene-
fosos capaces de imitar su abnegación y de ofrecer§e como
víctimas.
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CAPITULO II
Jesús en Jericó
Las dos rutas de Perea.-Jericó antiguamente y en la actualidad.-Ova-
ción improvisada.-Ciegos curados.-Zaqueo encima del sicomoro.- Ge-
nerosa conversión.
- Parábol a de las m,inas.-Partida de Jesús. (Mat., XX,
29-31; Luc., XYIII, Bó-XIX, 2g; X,46-tz).
,Marc.,
Dos rutas había para llegar á Jerusalén e través de Pe-
rea: la una, más direeta, aunque más difícil, guê, pasando
por Pella, seguía ora las eaptichosas orillas del Jordán,
ora las pedregosas alturas que lo dominan; la otrâ, QUo,
'describiondo una curva hacia el E. hasta Gerasa, tenía
mayor longitud, poro era menos fatigosa y por eso más
concurrida. Una y otra partían de Gadara, y se junta-
ban no lejos de Beth-Nimra, antigua eapital de la tribu
de Gad.
Después de Beth-Nimra, no formaban, pues, los dos ca-
minos sino uno solo que conducía directamente á Judea. Y,
en efecto, una vez franqueado eI vado del Jordán, llegá-
base, en dos horas de marcha, á través de montículos de
arena dispuestos paralelamente entre sí, cual tiendas de
campaf,a blancas y amarillas olvidadas en otro tiempo por
los hiios de fsrael, al graeioso y riente oasis de Jericó.
Difícil sería hoy, al sentarse en las ruinas de la anti-
gua torre de Er-Rikha, reconstituir, aun con un podero,so
esfuerzo de. imaginación, los grandes recuerdos del pasa-
do que yacen en la pequef,a llanura. Dos construecio-
nes recientes, erigidas para albergar á, los peregrinos,
nada han cambiado de su aspeeto desolado. En vez de
la rica ciudad, guo, después de Jerusalén, fué la primera
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I YIDÀ DE NUESTBO SEfrOB JESUCRISTO
(')
de las cinco capitales de toparquía en Palestinu y mi-
1ó
dió veinte estaãios de circunferencia, se ve solamente un
miserable gruoo de cabaflas cubiertas de ramas de árboles
en que no se atrevería á tomar abrigo el viaiero' Cuatro
bachi-buzuks mantienen allí ei orden, entre una pobla- .
ción de trescien fetoz y asquero§o'
Las grandes pa , Y nada resta de
Ias b"ella. ,o.i. Libros Santos' À
Ia hermosa vegetación de otros tiempos han suce<iido ár-
boles cubierto. a" espilas, seders, zalcuTns, y grandes se-
tos de matorrales. Sálo subsiste tociavía la fuente de Eli-
seo (2); pero sus aguas se pierden inútilmente y no fecun'
dan, desde hace slglos, más que tierras incultas, cuando en
tiempo de Jesús .ã ditrodían por todas partes, gracias á
hábilmente dispuestos y cuyo curso ês todavía in-
"rrl"i.,
dicado por acueductos en ruinas. Este delicioso valle era
el paraíso de Judea. como .el terricorio de Clenesaret Io
era de Galilea. Algo elevado sobre el lago Asfalbibes,
pero situado unos irescientos metros bajo el nivel del
mar, veía crecer en un elima excepcionalmente benigno
todos los frutos tropicales. En medio de sus bosques de
palmeras, enriquecida por el bálsamo que recogía de §us
árboles, rodeada del perÍume de sus rosas (3), Jericó, con
su anfiteatro, su hipódromo y sus torres fortifieadas, pare-
eía una reina sentada en delicioso oasis (a). En todo
tiempo se han complacido los viajeros en hacer alto frente
á sus muros. Este era el punto de reunión en donde las
caravanas se disponían en orden de peregrinación para
subir á Jesusalén.
Cuando llegó Jesús, le seguía una gran muchedumbre
(t) Josefo, Anú', XIY, 5, 4j B. J.,lIf, :1, ã, Plinio, H.N.,V, 15.
(2) IY Reyes,II, Io-22.
(3) Leemos en Plinio, H. N,, V, 15: «Hiericuntem palmetis consitam,
fontibus irriguam.» El Eclesiástico,XXIY,14, habla de sus rosas; Deuú.,
XXXIY, 3, de sus palmerasl compárese Jueces,I, t6; III,13. El nombro de
Jericó significaba ciud,ad, de la luna, ó también d'e los per/urnes.
(4) Véanse las hermosas descripciones de Josefo; Anú.rXÍY, 4, l; IY,
t, z; B. J. IY, B, 31 I, 6, 6, etc.
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/
l6 MONSEÍOB LE CÀMUS
de. gente, compuesta indudablemenúe cie grupos de pere-
grinos guo, habiéndose encontrado ên pa.o del río, ha-
"l
bían tenido á honra escoltar al joven proÍ'eta. Avanzaba
el numeroso cortejo en medio de las más entusiastas aela-
maciones. No leios de las puertas de ia eiudad, cios ciegos,
sentados err el eamino, imploraban la caridad de los tian-
seuntes tr), ios cuales, oyendo ei tumultuoso movimiento
que se acentuaba, preguntaron su causa tz). Debieron res-
.
(I) Marcos y Lucas dicen de su ciego que mendigaba, àratrôtv 6 zrpoaaln1s,
Âun aceptando eI plural de &Íateo, pàra reconstiiuir el relato, manten-
dremos el dato de los otros dos sobre ia profesión de los curados milagro-
ramente.
(2) Hay en el relato de este incidente, conservado por la tradición si-
nóptica entera, dos divergencias que demuestran, con iriecusable claridad,
Ia perfecta independencia de nuestros Evangelistas. Yersan dichas divergen-
eias acerca der, ntíntero de los ciegos curados, y del lugar en que se efeãtuó
str curación. San e que rue)rotl
San }larcos yS uno, caeeuE
quid,ant Por otra que antes
de entrar en la ci los otros dos cuentan que 1o
hizo Jesús al salir icho, dice San Marcosry egre-
d,ientibus i,llis ab el foncl.o, aun cuando la diver-
gencia fuese irreconciliable, nada serio podría concluirse. No por eso existi-
ría menos la realiclad del milagro con toda su importancia.
Tan numerosos han sido los ensâyos para resolver la doble dificultad, que
parece definitivamente agotada la serie de las hipótesis posibles e imposi-
bles. Imaginaron unos que hubo cuatro ciegos curaclos, y que no deben
identificarse tres relatos absolutamente clistintos. Esta explicación no resis-
te el examen. Sería preciso, en efecto, clue hubiese salido dos veces de la
ciudad y que la escena pasase tres veces en las mismas condiciones y con los
mismos cliscursos. Otros admiten sólo dos curaciones diferentes de dos cie-
gos, uno antes de entrar en ia ciudad y otro á la salida. En este caso, Sau
Mateo habría reunido los clos incidentes en un solo relato; mas se equivoca-
ría también haciendo curar en un mismo lugar y en el mismo momento, á
dos hombres venidos en circunstancias diferentes. Algunos quieren explicar
estas palabras de San Lucas: dv rri ê1y'.t(eu o.úrài eís 'Iepq1.b, en un sentido
general: como estu,aiese cercano rí Jericó, sin precisar si esto sucedía antes
de entrar en la ciudad ó después de haber salido de ella. Mas esto es impo-
sible, porque inmediatamenie despues del milagro, San Lucas nos muestra
á Jestis entra,ndo en la ciudad: eiodrflóv. En fin, Paulus ha pretendido que
los peregrinos, dispuestos en orclen de prccesión, eran tan numerosos
que salían ya de la ciudad los primeros grupos, cuando los últimos âpenâs
entraban en ella. De esta manera, aun quedaudo en la verdad, pudo decir
San l-,,ucas que se efectuaba la entrada, y Ios otros dos que se realizaba la
salicla, en el momento en que se cumplía el milagro, porque salida y entrada
eran simultáneas.
Sea de ello Io {ue fuere, no es posible dejar de observar que también esta
yez, como en la liberación del endemoniado rle Gergesa, emplea San Mateo el
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VIDÀ DE NU.USTBO SEfrOR JESUCRISTO t7
ponderies que iba á pasar Jesús de Nazaret, hijo de David
y Mesías de fsrael. Al punto uno de ellos que parecía ha-
berso dado á conocer partieularmente por las demostra-
ciones de su fe, I tal vez también por el papel que desem-
pef,ó en la Iglesia naciente, Bartimeo, empezó á, gritar:
((iSeflor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!» Lo
mismo hizo su compaf,ero de inÍortunio. El primer movi-
miento de una multitud entusiasta es siempremostr.arsodes-
piadada hacia los que turban sus manifestaciones. Aquí la
ovación espontánea heeha al Maestro había tomado eI ca-
rácber de una marcha religiosa, y los griüos de los eiegos
iban á comprometer su armonía. Ir[o podía interrumpirse
el orden, lo cual sucedería necesariamente si se detuviese
Jesús para curar á los clos inforüunados. Todos, puos, pre-
tendieron hacorlos callar; pero su deseo de ser curados er.a
rnás fuerte que todas las imposiciones, asÍ que gritaban
suplicantes. Puesbo qtre el Maestro se deterrninaba á eon-
sagrar con urr milagro su improvisado triunfo, no había
más que dejarle haeer. Con ello ganaría el entusiasmo uni-
versal. (Ten buen ánirno-dicen al más cercano de los cie-
gos;--levántate q ue üe llama. ) AI punto Bartimeo (r),
arro.jando la capa en que se mantenía acurrueado, y como
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l8 MONSEftOR LE CAMIIS
si viese ya, corrió á Jesús que le llamaba. EI oüro IIegó 'á"
su vez, y, mirándolos á los dos, dijo el Maestro. «iQué
queréis que os haga?» (Sef,or, buen Maestro-le respon-
dieron,-que veamos.» Al instante, tocando sus oios düo
á cada uno: (Anda, tu fe te ha sanado.» En 'efecto, sus
ojos so abrieroni 5r en un transporte de reconocimiento, los
dos eurados milagrosamenbe se unieron aI corteio, glorifi-
cando á Dios con todas sus fuerzas. Esta Yez Jesús no
mandó á los curados que callasen.
La muchedumbre, quo no tonía necesidad de oste inci-
dente para celebrar las glorias del Profeta galileo, dejó,
eon más alborozo que nunca, estallar su gozo y admiraeión.
Los aeenbos de su reconoeimiento subían al cielo, y el Se-
flor no se opuso, como en otro tiempo, á estas piadosas y
legítimas demostraciones. IIabía llegado oI tiempo en que
todo el mundo debía gribar: (lHosanna al hiio de David!»i
y si quisieran caliar los hombres, como dirá pronto EI nis-
mo, las piedras probarían de hablar en lugar suyo.
La emoeión sin embargo era viva en toda la ciudad; ha-
bía euriosidad en los puntos por donde había de pasar la
comibiva. Todos querían ver con sus oios aljoven Profeta,
y no lo eonseguían sino con trabajo; tan numerosa era la
muehedumbre.
Entre los más estrujados y menos dichosos, á pesar de
(1)
los esfuerzos que hacía, se hallaba unhombre cuyavida
era notoriamente reprensible, pero euya alma, natural'
monte recba, no permanecía indiferente á los grave§ pro-
blemas de Ia cuestión religiosa. Era Zaqueo, jefe aduane-
ro Q). La aduana tenía importancia considerable en Jericó
por hallarse esta ciudad en la frontera de Judea y á' las
do eI que Bartimeo eclipsase á su compaflero en los recuerdos de la tradi-
o falta en San Mateo y en San Marcos. San Lucas, redac-
en'su estilo, vers. 4, 7, 9, permite entrever el origen arameo
. Nótese, vers. I Y sig., la serie de xat con queentreteieysu
ôv6p,o,n xo\oúp,evos, que recuerda 8s rol,e?rot tÇ ôv6pan-de I, 6l'
iZl EI título dó dplcrcÀózas significa uno de los jefes de ad.uana que
corráspondían directamente á los arrendadores generales romanos de que
hemos hablado en otra Parte.
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a
VIDÀ DE NUDSTRO SDfr'OR JESUCRISI]O
puertas de Perea, dos provincias de jurisdicción diferente,
*d-ioirtrada Ia una pãt los ro lano§ y la ot'ra por Hero-
des, y además servir de paso diario á las grandes carav&-
orr. á. mercaderes que, procedentes de Siria, se dirigí an' á
Egipto. Los derechos de tránsito originaban,pues, un ingre-
so ya muy erecido, pero había, sobre todo, otro impuesto
qoã pur.i[ir sobre los productos del p?ír: y particularmente
*Urã el bálsamo, que era, según confesión de los antiguos,
el mejor del mundà entero. De aquí eI número eonsiderablo
de ,glotes del fiseo reunidos en esta ciudad. Zaqueo, por
su nombre (1),
-ás"qo" fuese iudío de origen, según indica
o.oprbu en él ó1 puesto de director principal. La .qt*:
fort-una que pudiúa valerle esta situación no contribuía
sino á" ,.ugúrrrle meior la aversión y eI odio de sus com-
patriotas. Éabiendo oído ya hablar de Jesús, de sus obras
Ltr*ordinarias y de su báoerrolencia para con los publi-
canos, anhelaba vivamente verle cuando pa§ase. Des'
graciadamente, eI aduanero era muy bajo de estatura, y
iu -rr.hedumbre, al precipitarse siempre delante de é1, Ie
impedía satisfaeer su- curiosidad. Con esta seneillez de ma-
neras que conserva frecuentemente el hombre del pueblo,
,ro los sucesos le hayan enriquecido sin enorgu-
"oãndo
Ilecerlo, Zaqueo se apresuró á tomar definitivamente la
delantera dãl aeompaflamiento y subir á un sicomoro. Des-
de allí, dominando [a muehedumbre, podía distinguirlo to-
do cómodamente. En Oriente las grandes avenidas de las
ciudades se hallan frecuentemente, como eI de Chubra
en el Cairo, plantados de esos árboles 9uB, con sus ramas
bajas y pr.rl"las aI suelo, ofrecen á la gente, Ios días de
nu*trp,itliea, lugares privilegiados patl ver con comodidad.
En ellos sorprendimos algunas veoes á honorables eiudada-
nos espeçroáo el paso de grandes personaies y de su eseolta.
AI verlo asÍ apostado, la muehedumbre, d" quien era
muy conocido põr rz;z6n de sus funciones fiscales, mani-
fe.[O tal vez sú alegre sorpresa, pronunció §u nombre, ó '
Ãn"Ukai era un nombre hebreo- que quería decir el Jwsto, el Pwro
(isil,ras,Il, 9; Nehetm., YII, r+; Josefo, - wtob' 46)'
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UONSEfrOB LE CAIIUS
*r1 empezó á repetir, á oídos de Jesús, en palabras poco
earitativas, toda su historia. Mas el Salvadár no descãrro-
eía por sí mismo esta oveja perdida; y así como había llama-
do á l{atanael, sentado eon toda., .i"o.ia bajo una higue-
ra, así jazgó á propósito llam ar á, zaqueo, subido á un si-
eomoro. Llegado ante el árbol desde donde le miraba el
publieano, levantó los ojos, y con aquella bondad siempre
e-elosa de prevenir. los corazone. r.rãp.nticlos: «Zaqueô-
tlijo,-desciende presto porque es menester G) hoy tospe- ,
darme en tu easa.) Grande y singularmente dulãe aetio
ger la sorpresa, del publicàno ul oi. estas palabras.
iNo
g-u9ría más que ver pasar al Maestro, y era invitado í
alojarle! Descendió apresuradamente, y trrosportado de
alegría, eondujo á Jesús hasta su casa para hacerle en ella
los honores.
Como era de esperar, no á, todos satisfizo esta determi.
naeión súbita del joven Profeta. El partido
ierárquico se
hallaba profusamente representado en Jericó. HeLos vis-
to, por otra parte, que los sacerdotes y los levitas fijaban
gustosos su resideneia en esta eiudad veeina de Jerusa-
l9o, .y desde ella se dirigían periódicamente al remplo para
el cumplimiento de sus funeiones. La llegada de JeÃús con
tal pompa sólo pudo excitar su envidioso odio. Fácilmen-
te explobaron el ineidente de Zaqaeo, é inspiraron entre
el pueblo el espíritu que los animaba. Por eso se dice que
la mueheclumbre se escandalizó y murmuró al ver al
Maestro tomar hospeclaje en casa de un peajero. Poeo le
cuesta al pueblo pasarde la aclmiracióná" Ia injusticia. No
parece, sin embargo, que este movimiento de desaprobación
hubiese sido profundo, ora porq,e la autoridad del Sal-
vador esüuvieso por encima de las ealumnias de sus ad-
versarios, ora también porque la esperanza de ver la
conversión á" Dios de un peeador público legitimase á" los
ojos de los más sabios esta animosa resolueión.
Zaqueo, en efecto, estaba visiblemente trastornado por
(l) El ôca, es menesüer, que emplea aquí Jesús, revela el orden providcn-
cial según el cual Zaqteo se convertird.
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YIDÀ DE NUESTBO §EftOB JESUCRISTO 2l
las palabras que el Maestro le había dirigido y el insigne
honor que le haeía. La graeia opera presto prodigios, por
poco que el hombre se deje conducir por sus solicitaciones.
Aun llevando triunfalmente á s,r huésped, el publicano no
había perdido de vista los murmullos de la muchedumbre.
Había tomado su partido. No permitirá que Jesús entre en
§u casa, sin haberle dado, delante de todos, la seguridad de
que va á casa de un hombre en adelante honrado y trans-
formado por el más formal arrepentimiento. No quiere
que el Maestro coma á su mesa, con algún escrúpulo, un
par reputado Íruto de eulpables exaccionos, I menos aún
quiere que sea Aquel reprochado por su generosa earidad.
Deteniéndose, pues, en el umbral de su morada, como pa-
ra hacer frente (t) á las aeusaciones con que se Ie perse-
guía, y defender á Jesús, defendiéndose á' sí mismo, diio
con la seguridad de rtn hombre que proclama una reso-
Iución heroica: (Seflor, la mitad de cuanto tengo doy á"
los pobres; y si en algo he clefraudado á alguno, le vuelvo
.euatro tantos más.) Ele aquí lo eategórico. Ilaee de su for'
.tuna dos partes: la una que guarda prudentemente Para
,su familia, la otra que da generosamente á los pobres; y
por temor de que no se realiee su promesa, habla, no en fu-
turo: d,aré; sino en presente: doy. Así, desde luego, sacan
los pobres su provecho de esta visita del Salvador. Por su
lrarte, los ricos nada perderán en ella. Zaqteo vaá, exami-
nar con cuidado toda su vida, y, si eneuentra en ella in-
justicias, serán largamente reparadas. Y aun si alguien se
cree víctima, que se presente desde luego, que hable, y se
hará justicia á sus reclamaeiones. Que nadie, pues, se es'
candalice; cualquiera que haya sido su pasado, eI peajero,
.clesde hoy, se convierte en un lrombre honrado. La oveia
vuelve á entrar eu el redil. 2Quien se atreveú, á" afligir-
se por ello?
Jesús aprecia vivamente este triunfo de Ia gracia, I, gue-
riendo eomunicar su satisfaecion á los que le rodean, les
(l) Esto es lo que parece decir el texto stams a,utem etc.
2 T.III
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)
a
IION§EftOR LE CÀMUS
diee, mirando á. Zaqueo en la magnífica aetitud gue aeaba
de tomar frente á, la muchedumbre y frente á su deber:
(Hoy ha venido la salud á esta casa, porque él tam-
bién es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre vino á
busear y á salvar lo que había perecido.) Según todas
probabilidades, Jesús había entrado en Jericó después de
mediodía; y pasó la tarde y la noche en casa de su hués-
ped (t), aeabando con sus discursos lo que tan felizmento
había empezado la gracia.
Sin embargo, la ciudad estaba presa de extraordinaria
agitaeión por el gran suceso de aquel día. Por fin se reve-
laba el Mesías de los judíos. Decíase que subía á" Jerusa-
lén para hacerse coronar rey teocrático. Tenía lugar la
inauguraeión de una nueva era. Si los discípulos, á pe-
sar de todas las observaciones del Maestro, se sentían in-
venciblemente impulsados á esperar la inauguración de un
reino terrestre, ;euáles no debían ser las ilusiones cle la
multitud? Cuando quiso partir Jesús, al día siguiente, se
encontró en frente de un pueblo agitado, transportado,
extraviado por humanas esperanzas (2). Deplorando sn
error, y deseoso de prepararle para el eseándalo de su
eflJz, púsose, eomo discurso de despedida, á anunciarle,
baio los velos de una parábola, su marcha y su regreso,
su muert" y su resurrección. Si se ignora aún en torno-
suyo, es tiempo de saberlo: no vâ al triunfo, sino al supli-
cio. Que no haya decepción cuando sobrevenga la catástro-
íe. En vez de descorazonarse, todo verdadero fiel deberá
excitar vivamente su f" y afirmar la de los demás. No'
será larga la ausencia. Á su regreso, verá lo que ha hecho
eada uno con la verdad y con las graeias de que era depo-
sitario. Entonces solamente empezará, su reino efectivo, y
(I) Esto es loque se colige d,eLuea,s, XIX, 5, ofiy.epov ôeâ pe p,eiva,q y 7,
ctafi\,0e xa,ralt0oo,t.
(Z) Lwc., XÍX, ll, da á esta efervescencia popular las dos causas que in-
dicamos: «Jesús estaba cerca de Jerusalén», el lugar donde debía efectuarse
la gran manifestación mesiánica, eo quod esset prope Jerusalem, y, «pensa-
ban que luego se manifestaría el reino de I)ios», euistimarent quod, eonfes-
tirm regnum Dei ntanifestaretwr.
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VIDÀ DU NU!]STBO SEfrOIt JESUCBISTO
entonces también los siervos inteligentes y abnegados re-
cibirán, como rêcompensa, una autoridad particular en Ia
nueva socieriad. religiosa. EIe aquí eI sentido general de la
parábola de las m,inas quo se puso á, relatar el divino
Maestro.
(Un hombro noble-diio-fué á una tierra distante pa-
recibir allí un reino y después volverse.»
'raPodría verse aquí una alusión transparente á la histo-
mento patérno y pedir la investidura de los Estados que
le habían sido legados. Durante su viaie, §us súbditos,
obrando diplomáticamente, habÍan suplieado á" Augusto
que los librase de una dominación tan odiosa, constituyéo-
dose á sí mismo inmediato soberano suyo.
Aquí, el hombre de noble origen es Jesús, hijo de Da'
vid, como se Ie aclama á" su paso, pero también llijo de
Dios y Dios como su Padre. Emprende un lejano viaje,
porque á través de los misterios de la muerte, y en otro
mundo, debe ir á reclamar la investidura solemne de su
tealeza. Su ausencia, sin embargo, no será larga; rlo ha-
rá más que ir y venir; sus fieles no tendrán que aguardar-
le más que algunos días.
Al partir, el sef,or de la parábola quiso poner á' prueba
la fidelidad é inteligencia de sus amigos, y ver así qué
papel adminisbrabivo podría confiar á' cada uno cuando
volviese con la corona real. Habiendo, pues, llamado a diez
de sus siervos, les dió díez minas, una á cada uno, dicién'
(1).» Esta parte de
Ies: «Traficad entre tanto que venga
(l) Encontrando algunos que una m,ina-was 88 pesetas, si se trata de
unA mina atica, ó :l5O pesetas, si se trata de una mina hebrea que represen-
ta 190 siclos ó a,õ0 pesetas uno -era un depósito mezquino para ser confiado
á cada siervo, supusieron que el texto arameo, en el que bebe San Lucas,
llevaba no manim ó maneh, «mina,» sino manot 6 matnh, porción. En este
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MONSENOB LE CÀMUS
sus bienes que Jesús deja á sus diseípulos no e.s más que
el eonoeimiento de Ia verdad religiosa, la faeultad de defen-
derla y de comunicarla. Sin duda que este eonoeimiento
no es aún completo. Aeaso ês rü-v' débil el poder de con-
vencer c;ue les es confiado; poro iqué importa!, han recibi-
do una chispa; eI Seflor quiere ver qué harán de ella
mientras esperan srl regreso.
Partió, pues, el prÍneipe. (Mas los de su eiuclad le abo-
rreeían; y enviando en pos de él una embajada, le dijeron:
I{o queremos reine éste sobre nosotros.)) Irlénticas pala-
bras pronunciarán los judíos dentro de algunos días"ante
Pilato: (iMuerte á Jesús, y ningún otro rey qüe el César!»
Pero estos clamores de odio no impedirán que se atribuya
la corona á quien la haya merecido. «Y cuando volvió,
después de haber reeibido el reino, mandó llamar á aque-
llos siervos á quienes había dado el dinero, para saber lo
que había negociado cada uno.)
Así, Jesús, volviendo de su viaje á ias oscuras regiones
de Ia muerte, é inaugurando en Pentecostés su reino defi-
nitivo, querrá saber en seguida el empleo que han hecho
sus diseípulos de los dones que les fueron-entregado.. Á
ellos había sido dado ver de cerea al Maestro, eoufirmar el
cumplimiento de las profecías, y recibir una graeia especial
para anunciar el Evangelio. ll,es habrá servido esto para
desarrollar la fe de las multitudes después de la muerte y
mientras esperaban su vuelta? Ô bien thabían enterrado
rniserablemente el tesoro que recibieron, descuidando así
ios más caros intereses del Maestro?
Llegado el primer siervo, dijo: (Seflor, tu mina ha ga-
nado diez minas.) Estô creyente había conquistado diez
creyentes más, y había eomunieado á las almas de diez her-
manos la luz gue él mismo había recibido. (Está bien,
caso, habría sido confiada á" cada depositario la décima parte de los bienes
seõoriales. Mas nada autoriza esta suposición, y, por otra parte, ninguna ne-
cesiriacl hay de saber el valor exac.to de una mina. Semejantes detalles care-
cen de importancia en una parábola. Jesús quiere significar aquí, por la suma
confiada, nada más que las gracias del apostolado en estado rudimentario. Por
esto juzga EI mismo sin gra,n aalor, éu é)v7lcrq, el depósito en cuestión.
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VIDA DE NUESTBO §EfrOR JESUCRISTO
buen siervo, pues que en Io poco has sido fiel, tendrás Po'
testad sobre diez ciudades.) Su representación en la Igle-
sia será proporcionada al celo que haya desplegado duran-
te la ausencia del Seflor.
El segundo que se presenta ha ganado cinco minas de
plata; se le eonfiará autoridad sobre cinco ciudades. Siem-
pre se dispensarán las dignidades del nuevo reino en ra-
zan del éxito inteligente y del euidado puesto en los inte-
reses del Seflor.
Viene, por fln, un siervo, el cual, en ooosición así en obras
ccmo en palabras con los dos primeros, empieza á, deeir:
(Seflor, aquí tienes tu mina, la cual he tenido guarctada
err un lienzo (t); poreue tuve miedo de ti, que eres hombre
reeio de condición; llevas lo que no pusiste, I siegas lo que
no sembraste(2).» De tal modo creía poder abrigar, bajo un
tono impertinente, y escudar con la injuria, su fracaso y su
pereza. TaI es la historia de cuantos, después de recibir gra-
ãia. abundantes, prefirieron seguir sus pasiones;'buscan
una excusa en las dificultades del deber, las exigenciae del
legislador, el peligro de emplear mal los dones celestiales.
La razôn más verdadera se encuentra en su cobardía y en
su Pereza.
Por eso va el amo á cerrarle la boea con un argumento
personal, ineludible: «Mal siervo, por tu propia boca te
condeno; sabías que yo era hombre recio de condición, que
llevo lo que no puse, y siego lo que no sembré; Pue§ ãPor
qué no diste mi dinero al banco, para guê, cuando volvie-
ú, lo tomara con las ganancias?>) Puesto que conocía el
carácter duro y avaro del dueflo, debía declinar eI honor
(l)Et texto dice «en un sudario». Conocida es la costumbre, entre lagen-
te pueblo, de servirse de un lienzo ó de un paf,uelo para atar en él cui-
d.el
dadosautente el dinero qne no se quiere perder.
(Z) Bastante difícilmente se explica el motivo que alega aquí el mal sier-
vo para excusar su inacción. iQuiere decir que su dueflo esta habituado á re-
chàar lo que no ha dado, pidiendo, no sólo la suma confiada, sino también
lo pr«rducido por ella? Así lo pretenden varios. Parece, sin embargo, má8 na-
tural entender que no hizo trabajar el depósito porque sabía que era càpaz
su &mo, en el caso en que hubiese salido mal la operación, de querer indem-
nizarse en su haber personal.
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I
MON§I)ftOR, LE CAIITUS
de trabajar por é1, y
resignar en las manos de la Iglesia
su oficio de predicador y de evangelista. Seguramente, que
entregar á" otro eI dinero que debía hacer producir por sí
mismo, no hubiera sido más meritorio, pero, en fin, sería
lógico en quien rrada quería arriesgar por su amo. Guar-
darlo improductivo, eomo si no lo hubiese recibido, era
mostrar una indifereneia á todas luces culpable. Es preci-
so que el rey sepa con quién puede contar para la defensa
de sus intereses. El que quiera abstenerse debe advertirlo.
Lo que equivale á decir que Jesús no reconoee á los tibios
por sus amigos. Resueltamente afectos ó resueltamente
adversariosf he aquí como quiere que sean los que á ÉI
se allegan.
EI peligro, pretextado por el siervo, de perder lo que ha-
bía recibido al tratar de haeerlo fructificar, no era serio.
Por más que la semilla divina se exponga á" todo viento,
acaba por encontrar á Io menos una tierra dispuesta á re-
eibirla. En todo caso, si pereee, perece para eI Maestro. El
esfuerzo, 1r, por consiguiente, e[ mérito del siervo, subsiste á
pesar de los reveses que experimente. Lo peor que puede
sueeder aI apóstol será consumir su vida en el trabajo. El
depósito que quiso hacer fructificar á, toda costa, feeunda-
do por su sacrifieio, produeirá el céntuplo, y de ello quedará
satisfecho el Seflor. Las almas que se muestren eobardes en
aceptar una misión superior á sus fuerzas, manifiéstenlo y
confiesen su pereza; de lo contrario, el llijo del hombre tra-
tará" á estos falsos valientes como merece su hipóerita fideli-
darl. «Quitadle la mina y dádsela al que tiene diez mi-
nas.) En vano se le haú, notar que hay algo de sorpren-
dente en esta senteneia. «Yo os digo que á todo aquel que
tuviere, se le dará ,v tendrá más; rnas al que no tiene, se le
quitará aun lo que tiene.) Ile aquí el terrible juicio de
Dios sobre aquellos á quienes había confiado una misión
esuecial en la Iglesia. Nada hieieron por los demás, nada
harán tampoco por ellos . La fe quo no quisieron difundir
se extinguirá en su propio eorazón; la graeia que debían
hacer fructifiear en su apostolado permaneeerá, infecunda,
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VIDÁ D]T NUTSTRO SENOB JESUCA,IBTO
y estas manos, en primer -lugar destinadas Por la miseri-
cordia divina á el serán llamadat PoI la ius-
"-prnar "Jtro, de Ia eselavitud. Los es'
ticia eterna á" .ofri, las cadenas
confiado
forzados, ai contrario, verán ensanchado eI campo
á su celo. Cuanto más se dedica eI apóstol aI servicio de
Dios, tanto más dilata Dios delante de él los
horizontes'
AsÍ exclama Francisco Javier en éxtasis delante de los
(1Más todavía!
pueblos que ofrece Dios á su evangelización:
imás todavía!
(Y en cuantoitt áÁonuellos t ' enemlgos- -aflade eI rey-
aquellos mis
que no quisieroo q,rá yo reinase Tl* ellos' traédmelos
y matadlos àuluít" de mí'»> Tal es el iuicio U"^' !-"r"-
a cada
^"á,,judio después del
blo iuicio del discípulo perezoso.
,rrJ., castigã segúi: Ia gravedad de su falta'
Cal-
Si, entre so. pãrtidmlos, hay alguien-' después -del
por las
vario, temeroso à" predicar su clivúidad y probarla
8u
profecías, por sus obras y discursos y por su resurrecclon'
su fe' Otros' al
nombre permane eeút obscuro y '"üf*' gaút'
Berna'
contrario, aun recién t'enidoã, tales como Pablo y-
pron-
bé, serán constituídos príncipes de la Iglesia' por
-de-
la
to acá en la tierra, y ãurpués allá "o .I cielo, bajo alta
soberanía del R"y J-"?út-'
Por lo que toca aI judaísmo, ^,,se Áaorzonc
desvanecerá en su maIi-
cia. EI poãblo ,ebeldá caerá, bajo los_ golpes de
los eiérci-
imponiendo
tos romanos, y eI iuicio del Hiio del-hombre,
su irnperio al-universo mundo, se cumplíta á" Ia letra'
I{eaquíloporvenir.Nohay-querrjarseotro.Sihu.
habien'
biese qolrido i".ú. dar á entender á, Zaqteo gl9,
animo-
do recibido la luz del Evangelio, debía difundirla
no Íué
samente más tarde, podemos creer que la lección
de Oriente,
perdida. Conformo una antiquísima tradición
àt i"f" de los aduaneros, después_de haber
sido discípulo
desanPedro,ItegóáserobispodeCesárea(I)-
(l) Véase Hom. Clcm.,lII, 63; y Recogn"rl,Tz; II' r9'
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CAPÍTULO III
Detención en Betania
Jesús hace alto en Betania.-Si se ocupaban de El en Jerusalén.-Banque-
te de los amigos en casa de simón el Leproso.-La mujer del vaso de ala-
bastro'-María, que es la Magdalena, quiere en su homenaje recordar lo
pasaddy profetizar lo por venir.-\rergonzosa avaricia de Judas.- Lec-
ción conmovedora del tr{aestro.-María Magdalena será alabada en e}
mundo entero. (Juan, XI, ff-XII, 11; trtÍarc.,Xly, B-g; Mat.rXXVI, 6-
13). (1)
camrnos montuosos que llevan desde Jericó á, la Ciudad
Santa. Según todas las probabilidades, ocurría esto en el
8 de Nisán (2), vigilia de sábado. Convenía apre'urarse pa-
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[-
VIDA DE NUE§TBO SEfrOR, JESUCRISTO
ra llegar temprano y no quebrantar la ley del descanso.
Después de haber atravesado el lecho del Kelt, empe-
zaÍon.los peregrinos á subir aquellas rampas rocosas, 9uê,
á modo de inmenso contrafuerte,. sostienen los terrenos
más elevados de Judea, y forman el límite occidental del
valle del Jordán. Durante cerca de seis horas, caminaron
por un país absolutamente árido, á. través de desfilade-
ros eélebres por los asesinatos y robos de gue habían sido
teatro (I), y hacia el atardecer, llegaron al pie de la última
montafla que ocultaba Jerusalén á los oios de los viaieros.
Aquí hicieron alto Jesús y los suyos, mientras que el
resto de Ios peregrinos se apresuraban á llegar á la Ciudad
Santa, antes de la puesta del sol (2). Las noticias que lle-
varon debieron aerecentar la eÍerveseeneia de los espíri-
tus ya excitados. Nos cuenta San Juao (3), en efecto, que
todo eI mundo, en diversos sentidos, se ocupaba de Jesús
en aquella ciudad. Los príncipes de los saeerdotes y los
fariseos vigilaban atentamente su regreso, para eiecutar
§us resoluciones homicidas. Los peregrinos que ya habían
llegado ansiaban verle; y como esperaban encontrarle en
eI Templo, a1lí se mantenían á" pie firme, esperando con
alguna impaciencia. «iQué creéis?-se decían los unos á
los otros.-iNo vendrá á la fiesta?.» Grande debió ser 8u
alegría cuando supieron que había llegado á Betania con
sus discípulos, y que se disponía á" ir á Jerusalén dos días
más tarde, después de haber celebrado el sábado.
Efectivamente, también esta vez había querido el Maes'
tro recibir santa y cordial hospitalidad en casa de Marta
y María. El camino de las caravanas casi toeaba en el
pueblecillo habitado por ia piadosa familia. Pasar con
sus Àpóstoles sin detenerse, hubiera corrtristado vivamen-
estos seis días el de la llegada á Retania y el de Pascua, pero entonces no se
toman ya los textos en su significación natural.
(l) Luc.,X,l]0. La subida de Adumin (Khan Hadur) era famosa por los
crímenes que en ella se habían cometido. Se Ie había dado el nombre de §u-
bida-Roja, coyno si con la sangre de los viajeros desvaliiados se hubiesen te-
flido las rocas abruptas y rojizas.
(2) En este momento empezaba el sábado.
(3) Juq,m,XI, õ5-57.
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MCNSENOR LE CAMU§
te á tan fieles amigos. Por otra, parte, podía parecer impru-
dente ir, desde el primer día, á instalarse en Jerusalén, y
más todavía quedarse allí por la noche. Porque ino habían
resuelto sus enemigos p.renderle á favor de las tinieblas pa-
ra evitar un alboroto? trn realidad, la primera noche que
pasó en la Ciudad Santa, con ocasión de Ia comida pascual,
resultó ser la noehe fatal. IJna vez más, y durante seis
días, frjó, pues, su domicilio en Betania, proponiéndoso
volver á entrar en ella cada día, antes de anocheeido, co-
mo en Ia ciudadela tutelar, en que no podía penetiar el
odio de sus adversarios.
Desde la resurrección deLá"zaro, la piadosa familia no ha-
bÍa vuelto á ver á Jesús; con esto quedan expiicados los
transporbes con que debió ser acogido. Pasó la tarde en sua-
ves efusiones de piedad y ternura. Ifna vez má,s-y tal vez
se decÍan que sería la última tr)-oían aqueila palabra del
Maestro discurriendo eon serenidad y unción sobre Ia vida
bienaventurada en el nuevo reino. Satis{echos deiaban
transcurrir las horas escuchando las incomparables con-
versaciones del Huésped divino, y iamás fué meior san-
tificado sábado alguno que este último pasado por Jesús en
la tierra, or un meclio en que todos los corazones se ha-
eÍan eco de los aeentos religiosos de su alnra.
El sábado, día siguiente al de su llegada, se le ofreció
un banquete en la casa de Simón el Leproso. Si, eonforme
varios autores suponen, era.este personaie el jefe de la fa-
milia de Bebania, iefe desaparecido durante algún tiem-
po(2), puesto que no figura en el duelo deLá"zaro, en el que
debía tener naburalmente lugar junto á las dos desoladas
hermanas, la eseena siguiente pasó en casa de Marta y
MarÍa. Pero todo induce á, creer que Simón era seneilla-
(1) EI hecho de María, al día siguiente, permite creer, según la palabra
de Jesús (Juan, X, 7), que esta mujer esperaba la próxima catástrofe.
(2, Indudablemente, Simón debió hallarse mezclado de algrin mod'o en
los sucesos de la historia evangélica que nos son desconocidos. Se ha supues-
to, con bastante verosimilitud, que Jesús le había curado de la leprar IQUQ
€n consecuencia, éste y su familia se habían convertido en creyentes tan fir-
mes como afectuosos.
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VIDÀ DE NUESTIIO BIi§OR JE§UCRISTO BI
mente un amigo de Jesús, á quien el reeo-nocimiento había
inspirado Ia id"ea de ofi'ece, on banquet" 9u honor al Maes-
tro y á sus discípulos (1). IIa bia convocado á todos los fie-
les áe toda h pábt"ción, y no había sido olvidada la fami-
lia que alberjaba á Jeús. Esta fiesta era la protesta de
los amigo. l, actitud amenazadora de ios enemi'
"oo"tm
go.. Cuáa uno ha5ía llevado ella lo que podía realzat
ãI t.i..ofo del Maestro . Lá,2arc,^ sentado entre los convida-
dos, atestiguaba eI pofler sobrehumano que le había vuel-
to á,llamar á la "ida. Marta no habia querido dejar á, na'
die el honor de servir á su huésped y, al cederlo para un&
eomida, había cleseado seguirle ,-á, frn do rodearle también
de sus afectuosos cui,-ladôs. En fin, María se prePataba á,
sobrepujar todos con una demostraeión inesperada de
^
respeto y amor, que llegó á ser eI suceso culminante del
Íesiío. Por Io que'toea íptu"brs de afecto, Ias grandesal-
mas tienen io.pir".iones rúbitrt y sublimes,_ que d:l:" á"
una distancia iofioitr, en pos de ellas, todas las manifesta'
ciones, aun las más solícitas, del vulgo. se admiranr )7 aun
se escandalizan las que son incapaces de comprend:IlT'
(2)
En medio de la cãrrricla, vieron entrar á Ia joven lle-
vando en sus manos un vaso de alabastro en que §e halla-
ba encerrad.o el más exquisito de los perfumes. Era de pu'
nard.o {3), de gran precio, resto probable de sus va-
1ísin}c)
'3;"illl1'iT,',}ffi#i:fl",'i3áffi
eventual: Lazarus üero, unus erat eu d,iscumbentibus cum'
eo.
(Z) Los sinópti.o. .L obstinan en callar su nombre. Según h-gqos {a ob'
.u.ordo, dicen sãncillamente: una m.uierr lo mismo que había dicho Lucas
al hablar de la pecadora, cap. VII, 37.
(3) EI nardo es un Pe
extrae de una Planta con
Jatantansi, que crece en
bor aromático y amargo
Dioscórides, L, 77, rePl voPàívov
fume con aceite de nueces Y una
mirra, etc. (Y. Plinio, XIÍ,zt; XIV,
l3; Celso, Eierobot,r II, t Y sigs.
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32 MON§EfrOB LE CÁMUS
nidades de otros tiempos. Exigía la costumbre, entre los an-
tiguos 0), que el huésped honrase á sus convidados derra-
mando sobre su cabeza aceite odorífero (2). aun hoy son
rociados con agua de rosas. Á María estaba ,"r.,.rrâo es-
te importante papel. su mano, que tantas veces, en otrog
tiempos, habÍa derramado perfilmes á los eonvidados del
crrmen. se creía ahora bastante pura para ungir la cabeza
del Santo de los santos. Con la soltura naturul una mu.
jer que al mund.o, y al mismo", tiempo,
con el e o de respeto que tan bien caía en
una reh có solemnemente al Maestro. Su
actitud tenía algo del ereyente que se adelanta para ado-
rar, y algo también del saeerdote que va á eonsagrar á un
re.y ó á santificar una vÍctima.
Los vasos de perfume se vendían entonces, como hoy,
en todos los bazares de Oriente, cuidadosísimamente ce-
quiere destruirlo todo. Rompe, pues, violentamente eI cue-
llo de la boteila de alabastro, en vez de abrirla eon pre-
caución, y, mientras contempla, con tierna ador.aeión, la
augusta cabeza del Rey-Mesías, se extiende su brazo como
para eonsagrarla, y derrama piadosamente el perfume.
Luego, de pronto, venla detenerse admirada de su atre-
vimiento. àQué pensamiento atraviesa su alma? Si hoy no,
es indigna de tocar la cabeza del Maestro, os porque en
otro tiempo tuvo el valor de besar sus pies. Lo pasado
revive errtonces enterarnente, eon sus emoeiones sublimes,
err la inspiración de lo presente. Tambié., como aho-
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VIDÀ DE NUESTRO SENOB JESUCRISTO
ra, áü mitad del convite, fué perdonada en otro tiempo.
Cayendo de rodillas, quiere renovar la conmovedora es-
cena de la cual data su justificación, y cuyo recuerdo per-
manece indeleble en su ahna. EI vaso contenía una
libra del precioso líquido. I{o habiéndose agotado to-
do el perfume en aquel primer aeto de adoración, empieza
á rociar los pies de Jesús. Así destila el perfume sin reser.
va, como tiene entregada su alma, desde el gran dÍa de su
rehabilitación. Á decir verdad, sus ojos oo sabeo encon-
trar lágrimas. Los amigos de Dios no tienen ya q ue llorar.
La conciencia de su p:urezà moral les prohibe toda triste-
za. Y, sin embargo, Ia amiga fiel quiere luehar ahora con
generosa humildad contra la pecadora de otros tiempos.
Quédanle aún sus hermosos cabellos, recuerdo de un pasado
criminal; debían coneurrir, ellos también, al homenaje filial
que ella había preparado. Á medida que Jesús la deja ha,-
cer, se exalta á sÍ misma. Olvidando á todo el mundo, pâ-
ra no ver más que á su Salvador, desata sus trenzas se-
dosas, como para vituperar una vez más sus antiguas debi-
lidades. áQué le importa recordar su deshonra, si así debe
glorificar al Maestro? Con su cabellera enjuga piadosamen-
te los pies benditos que el nardo inunda. La comunicación
íntima que se establece entre ella y Jesús pareee arreba-
tarla en éxbasis. No teniendo nada más que dar, calla,
suspira y a,dora. El Maestro dirá muy prontà lo que pien.
sa rle una fe tan viva y de un amor tan ardiente.
Enbrotanto Ia casa entera había sido embalsamada por
la efusión del perfume. Al decir de Plinio (1), nada ..pu..
cía un olor más delicioso que el nardo. Ahora bien, según
los Eyangelistas, ei que aquí corría era de la mejor proce
dencia, y sin mezcla de elementos extrafr.os (2). Su vaior, á
(1) H,íst., Nat., XI[, Bb, y XII, 26.
(2) EI epíteto rtcrtrbs, que se encuerrtra en Jenofonte, Cirop.r I, 6, l0:
«razonamientos rtor«otrépou§;» en eI Gorgias de Platón, p. 455: el orador
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MONSEftOlr fE CAMUS
buen seguro, debía ser consiclerable. Por desgracia, aI
lado de almas sublirnes que vuelan por las regiones stlpe-
riores, hay otras vulgares que andân arràstrándose; así,
mientras aquéilas se dejan llevar por el movimientode sus
aspiraciones heroicas, éstas enborpecen su marcha con los
cáleulos esbrechos de intereses miserables, vícbimas del uti-
litarismo que tiende á suprimir toda generosidad, toda Poe-
sía, todo ideal de la roida. Algunos discípulos-dieen los Si-
nóptieos,-se escandalizaron cle una prodigalida<i, no sólo
superflua respecbo de un convidado del toclo indiferente
a, los refinamientos de un lujo tan exagera«io, siuo tam-
bién deplorable, en particulat', como suma de dinero derro-
chado.
San Jtran, precisando mejor los detalles, deja entrever
que un solo discípulo fué el responsable del descontento
general. Este fué el hijo de Simón, Judas fscariote, el mis-
mo que, dentro de poco, se mostrará enemigo del Maesbro
traicionándole. Después de haber comunicado sus impre-
siones á los demás, se hizo intérpreto de las impresiones
de todos. (iPor qué-gritó con la audacia que caraeteriza-
ba su naturale za cínica.-no se ha vendido este perfumo
por trescienbos denarios, para limosna de los pobres?» Así,
el mal discípulo reduce al punto á su valor en venta el
sacriÊcio que María acababa de hacer (1). Trescientos dena-
rios perdidos; he aquí todo Io que vió aquella alma terre'
na en un acto incomparable de amor y de adoración su-
prema. Sin duda guo, para paliar lo que hay de imperti-
nente en su crítica, habla de los indigentes á' quienes se
habría podido benefrciar con tan crecida suma; pero, en eI
fondo, se comprende que los pobres son Ia bolsa común,
de la que es él infiel custodio. En efecto, en ella mete su
d.e ,z.cartr6s. La interpretación que hace derivar rwrtxís de ,rtuu, y lo tradu-
ce por líquid,o, no está más fundada que Ia que saca §u etimología de un
nombre de país.
(1) Meróce notarse que Marc con Juan en la eva-
luación del perfurne en ii00 dena , valiendo entonces
el denario .ômrno 8ó céntimos u aprecitción, que
dominaba por completo la cuestión mônetaria y veía de una ojeada eI valor
de cada cosa.
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VIDÀ D}: NIIEST.RO §Efr'OR JESUCRISTO
(r).
mano sin eserúpulo, más para robar que para distribuir
Cuando está repleba, las fraudalentas substracciones que
practica ofreeen menos peligro y son más proveehosa§.
ittrUi, parado en ladrón porque era tesorero, ó bien trabía
procurado ser tesorero porque era ladrón? Nadie podría de-
cirlo. Las aptitudes particulares de aquella naturaleza fúa
y positivista habían podido determinar á los Apóstoles á"
proponerlo eilos mismos Para semejante empleo. Jesús, co'
-o lo hace la Providencia en el gobierno de los hombres,
respetó la libertad de la elección. No tenía que intervenir
en nombre de su presciencia divina, cuando la justicia so-
berana perseguía de esta suerte sus terribles designios. Etr
peor castigo de los malvados es con frecuencia el no en-
ãontrar ningún obstáculo en el camirio por doncle su mali-
cia los arrastra. Dios libra de Ia tentaeión al que qúiere
huir de ella, mas no impide que caiga en ella quien la busca.
Ignoramos 1o que Ia santa amiga del Maestro debió res-
ponder á Ia impertinente observación. Es de creer que só-
lo Ia conmovió medianamente. Los corazones que se remon-
tan muy alto no oyen los murmullos que proceden de tan
bajo. Por otra parte, encargándose de la réplica Jesús, no
había más que dejarle hacer.
La malicia de Judas y el murmullo injurioso, aunque
irreflexivo, de los demás diseípulos, le habían apenado. To'
mó al punto la palabra pâra poner de manifiesto la falta
de todos, mas con aquella bondad llena de tristeza que
humilla aI culpable y con frecuencia logra enternecerlo.
subsistencia y para las limosnas.
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MONSENOR LE CAMUS
Si á Judas le conviene una leeción más dura, se la reser-
va en una transparente alusión; y si suefla vâ en traicio-
nar á su Maestro, podrá eomprender que éste lee en eI
fondo de su alma tan negro proyecüo (1). (lPor qué moles-
táis á esta mujer? La obra que ha hecho eonrnigo es bue-
o". Á los pobres los tenéis riu-p."convosotros; pero á,mí
no rne tendréis siempre.) Este acento melancólico y tier-
no haeía el reproehe particularmente perloso para eoràzo-
nes amigos. Los verdaderos diseípulos debieron sentir pe-'
sar de ias imprudentes palabras que habían proferido. Je-
sús no había terrninado su iección. Se había invocado el
principio del utilitarismo. iAy! aquella unción no era in-
útil; porque su objeto real no había sido aumentar las deli-
cias de un festírr, sirro comenzar los honores de un sepelio.
EI amor ha clarlo á María una intuición profétiea.
Sabe lo que sucederá maüana; y mientras todos esperan el
triunfo, ella prevé seguramente Ia catástrofe. Qou los de-
más se entregu en á" sus sueflos arnbiciosos; á ella Ie embar-
gan ideas de muerte y de separación. Contemplando aque-
Ila cabeza amada entre las alegrías del banquete, lre detrás
de ella la muerte acechándola á punto de tocarla (2). Por eso
quiere embalsamarla de antemano, y defenderla de los
estragns del sepulcro. _ Conternpla los pies bendiüos del
Enviado celesüial: ;r cohsiderando que los malos van á"
(1) Para Judas, la palabra clel Maestro parcce querer decir: «Amigo mío,
refrena tu odio un momento todavía, pronto será satisfecho, porque voy á
ser inmolado por aquellos á quienes me entregarás. No lamentes el último
testimonio de amor que me da esta mujerl se armoniza con tus proyectos,
pues prepara mi sepultura. Si te crees con derecho á r'enderme, deia á
esta mujer el cle embalsamarme.» Se notará la particular precisión del relato
que Juan hace de esta escena. El es quien indica Ia unción característica de
los pies, el nombre de la mujer, María, eI de Judas, quien, después de haber
provocado el descontento entre sus colegas, lo repite en alta voz, en fin la
relación inmediata de la protesta de este Apóstol con su próxima prevarica-
ción; estos detalles son de un testigo ocular.
(2) Parece que el autor se deja llevar del entusiasmo que todos experi-
mentamos ante la hermosa acción de María de Magdala. Nada nos indica que
.ésta sospechara la relación simbólica que Jesús establece entre la unción del
,festín y su propia sepultura. Preferimos la nota del P. Scio: «Su misma obra
anuncia mi muerte, o,u,nqu,e contra sw intención, y previeue mi sepultura.»
Yéase Knabenb., CommenL in Euang. S. Joannis, p. 376.-N. del T.
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VIDÂ DE NUE§TTTO SEfi'OR JESUCTBISTO
detenerlos en su caruera, I'esuelve ungir'los para darles fuer-
za, con que correr aúu, cuando hayan pisoteado vicboriosa-
mente las aseclranzas de la muerte y del infierno. Así ol
embalsamarnienbo se extiende á todo el hombrê, I la con-
sagración abraza la víctima por completo. La hora de los
malos puede llegar', la presa esbá dispuesta para el sepul-
cro. María ha desem',.iefiado dignarnente el papel augusto
que le ha irispiratl.r su fc y su amor. (Ha hecho cuanto es-
taba en su rnàrlo, af,a.le Jesús. Derramarrdo sobre mi cuer-
po este bálsamo, Io ha hecho para disponer mi sepultura.
En verdad os digo, que doquiera que se predicare este
Evange'lio por todo ,:l mundo, se contará también en me-
moria de esba mu.jer io que ha hecho.»
La gloria de María Magdalena consistió en leer en lo por
venir, euando tocl«rs los discípulos, cegados por sus torrena-
1es ilusiones, nada veían; rnostrarse santamente pródiga,
cuanclo el murmullo de la avaricia la acusaba; publicar al-
tarnente su amor, cuando la hipocresía de Judas disimulaba
su rencor. Su gloria es la de una amistad fiel, de un arre-
pentimiento heroico, de una fe invencible. He aquí por qué
han transcurrido más de dieciocho siglos desde el día en
que Jesús profetizóla celebridad futur - de su amiga, ),
más que nunca es Magdalena conocida, r<irniradir, honra-
rla en bodas partes. lOuríntas almas han onvidiado su co-
rnet,ido en aquel festín de la santa carid:d! lCuántas bo
cas la han proclamado feliz! 1Cuán bas mujeres han quqrido
llevar su nombre! La poesía, las artes, la eiocuencia, la han
celebrado á, porÍía, y 1, humanidad, renditla de admira-
ción ante el gran corazôn de la pecaclcra converbida, Ie ha,
consagrado el culto más tierno y más consolador.
Po.- I* tarde, probablemente cuando el sábado había,
terminado (1), una gran multitud dirigióse desde Jerusalén
.á Betania para ver, no solamente á Jesús, sino también á
Lúzaro resucibado. Los judíos, llegados de todas partes, é
informados de los importantes sucesos recientemente acae-
(l) La distancia entreJerusalén y Betania era un poco mayor de la que
podía recorrerse, en semejante día, sin faltar ó la ley del descanso sabático.
T. III
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7
MONSEfrOR, LE CÀIIUS
eidos, debían tener el más vivo interés en ver Aquel que
se anunciaba como Mesías, y comprobar con sus propios
ojos, en Láuzaro vuelto de la tumbâ, la seflal auténtica de
su divina misión.
Este movimiento de legítima curiosidad, capàzde hacer
nacer Ia fe en muchas almas , amenazaba con dejar casi solos
á los iefes de la oposición en el momento mismo en quo
querían empeflar la lucha. Todos sus proyectos podían que,
dar súbitamente frustredos. Sin apoyo en el pueblo, eran
incapaces de tener en jaque la influencia de las caravanas
galileas, completamente fieles á Jesús, su compatriota.Ocu-
rrióseles entonCes el extraf,o pensamiento de matar áLá"-
zaro. Según todas las pr'obabilidades, le ereían sospechoso
de superchería en el incidente de su resurrección; de otra
Buerte, su resolución hubiera siclo una neeedad. pues si le
había resucibado una yez, podría resueitarlo de nuevo.
Siempre obstinados en no ver en las obras de Jesús más
que una serie progresiva de falsos rnilagros hábilmente
combinados para arrastrar al pueblo, se empeflaban en
querer demostrar que tenÍan razón.
Todo esto no impedía que la multitud se mostrase muy
felizmente dispuesta en favor del joven Profeta, y que
afirmase su entusiasmo, auu á despecbo de la oposición del
parl,ido jerárquico. Sólo esperaba un& ocasión para acla-
m&r á su Rey-Mesías, y esta ocasión no se hizo esperar.
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CAPÍTULO IY
Entrada triunfal en Jerusalén
Jesús se entrega al movimiento entusiasta dela multitud.-Cortejo triunfal
on su marcha á Jerusalén.-Oabalgadura que escogió Jesús.-Aclamacio-
nesdela multitud.-Aviso caritativo de los fariseos.-Respuesta de Je-
sús.-El Maestro llora sobreJerusalén.-Entrada en laciudad. - Eqpgión
general.-Rápida visita al Templo. (Junn, XIl, t2-t9; .Mar,, XI, t':tt;
Luc., XIX, 29, 44; tVat., XXI, r-l l).
Jesús no se negó á entregarse al movimiento popular,
porque, según el plan divino, debía ir á la muerte pasando
por el triuufo. iNo aeababa de ser consagrado simbólica-
mento rey y víctima en el banquete de Betania? No había
más que dejar hacer á amigos y enemigos.
El 10 de Nisán era, en el aflo judío, la fecha sacramen-
tal, en que cada familia apartaba el cordero para la Pas-
eua (l). Esta separación misteriosa santificaba la víctima,
y lu eonsagraba oficialmente para la próxima fiesta. Je-
sús, Cortlero místico, debía encontrar natural Bepararse
también de la mulbitud á la hora prescrita pgr la L"y.
Aeeptanrlo el triunfo que se le preparaba, enteãdía consa-
grarso libremente á la muerte pára salvar á la humanidad.
Los grandes recuerdos bíblicos estaban sin cesar presentes
á sus ojos, y quería realizar, hasta Ia úttima, eada una de
las profébicas figuras que le habían anunciado. En igual
día, Josué, después de atravesar el Jordán, había comen-
zado la lucha con los reyes cananeos (2). Semejante aniver-
(l) -Úxodo., XII,3.
(2) Josué,IV, lg, (*).
(*) Ira sido muy frecuente ver en Josué un tipo profético de Jesús. Sau
Jerónimol Ad Paulinwm, Migne, vol. I, epist. 58, escribe: «Veniam ad Jesum
Nave, qui typus Dourini non solum iq gestis, sed etiam in nomine, hostium
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MONSENOE LE CAMU§
sario se recomendaba mu,y naturalmente al verdadero guía
del pueblo de Dios para emprender la fundaeión de la
Iglesia, hacer Írente á sus enemigos, !', aunque cayendo ba-
io sus golpes, anonadarlos para siempre. Probablernente
fué hacia el:mediodía 0) euando, saliendo de casa de Mar-
ta, se puso en eamino para Jerusalén. La iiueva se exterr-
dió rápidamente y comenzí á, acudir la multitud cle to-
das partes.
Ésta aumentó más todavía, al llegar á Betfagé Pt, quo
estaba bastante cerca de la ciudad pâra autorizar á" que
Ios rabinos di,iesen: «EI pan hecho en Beüfagé es sagrado,
con1o si hubiese siclo preparado en Jerusalén (3).» Quizi,"los
carnpamentos de los peregrinos, qüe uo habían encolrtratlo
sitio en la ciudad, se prolongaban lrasta allá. Menos iiga-
regna subvertit, divisit terram victori populo, et per singulas urbes, vicu-
Ios, montes, flumina, torrentes atque confinia, Ecclesiae coelestisque Jerusa-
lem spiritualia regna describit.» Conviene, sin embargo, no olvidar gue mu'
chas de las explicaciones de la escuela figurista fueron recursos oratorios,
alegorías arbitrarias, mejor que verdadero sentido típico escripturístico.-
(N. del T.)
(tl Esto se puede deducir cLe que en Jerusalén tuvo solamente tiempo de
visibar el Templo antes de regresar á Betania, al anochecer.
(Z) Omitienclo la tradición sinóptica Ia parada hecha en Betania,los tres
primeros Evangelistas parecen conducir directamente á Jesús desde Jericó á
Jerusalén, donde haee su entrada triunfal. Juan llena esta laguna, y reanu-
da en seguida el relato de sus predeeesores en el momento en que Jesús, en-
tre Bet.ània y Jerusalén, encuentra la cabalgr,dura que debía clistinguirlo de
lamrrchedumbre que le ro.{eaba. Luea,s, XIX, 29, Y segtin los mejores do-
cumentos, Marcos, XI, l, parecen suscitar una dificultad topográfica sitrrando
á Betfagé antes deBetania. En efecto, San Lucas tlice: «Cum appropinquas-
set arL Bethphage et B:thaniam.» Ahora bien, si realmente los que iban á
Jenrsalén encontraban primeramente á Bebfagé y después á Betania, parece-
iía, en raz6t de Juan, XII, 14, que Jesús, salido de Betania. no había po.lido
tomar el asno más q_ue retrocecliendo, lo que no es natural. Pero, si consulta-
mos la verdaCera lección del texto de -l[ureos, Xf, ]: <<Ouando se acercaron
á Jerrrsalén, y á Betfagé y á Betania, en el rnonte de las Olivas,» se ve que,
una vez indicaclo el punto más importante, el térnrino de la peregrinación,
Jerusalén. cl Evangelista retrocede hasta Betania, punto de partida del cor-
tejo, pasando por Betfagé. punto donde se organiza definitivamente la mar-
clia trirrnfal. Como no tenemos ningírn dato preciso sobre el sitio de Retfa-
gé (1,r, easa cle los higos\, podríase igualmente suponer que el pequeflo burgo
estaba en el camino de las caravanas, en el punto en que este camino se bi-
flr.qrba para conducir á Betania. Pero, en este caso, ipodría aplicárselela
si:rie de textos en que el Talmu,l le supone á las puertas de Jerusalén?
(3) B+b. Pesachim, 6:|, 2; Mena,chotr T, 6. De Betfagé se dice también, en
estos libros, ew está' euüra rnu,ros, yhun in conspectw moenium urbis.
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VIDÂ DE NUE§TRO SEftOB JESUCRISTO 4l
dos con los habitantes de la capital,
y aeostumbrados á la
vida al aire libre, Ios galileos más particularmerrte se
aeantonaban por allí de muy buen grado. Sea como fuese,
el entusiasmo tomó, desCe aquel momento, proporciones
considerables. Por las laderas del monte del Olivar, la mul-
titud eorría delante de Jesús agitando en Éus mânos ramos
de palmera, eon presteza cortados. Este árbol es, en Orien-
te, el emblema de la fuerzay de la hermosura. Moisés, en el
Levítico (1), reeornerrdaba al pueblo que llevase estos l'amog
en la fiesta de los Tabernáculos, en seflal de alegr.iuy como
para haeer lrna ovación antieipada al l\{s-sías veniCero.
Ahora ei pueblo, creyendo ver con sus pr.opios ojos á este
I\{esías, no eontenía su iúbilo, y le saiudal.ra eon las sim-
bólicas palmas. Sus cánticos acababan la explieaeión de
grr pensarniento.
(rn salmo mesiánieo (2), que se eonrplacían en repetir en
srrs manifestaeiones religiosas, en la proeesión de los Ta-
bernáculos y al final de la eomida pascual, después del gran
Hallel, parecióles responder á las impresiones del momen-
to. A coro, la muehedumbre cantaba: (Hosanna! tal 1Sa-
lud! iBendito sea el que viene en nombre del Seflor;àro-
dito sea el Ruy de rsrael!» Para éstos, Jesús era, pues, no
sólo un profeta, si,o el Enviado mesiánieo, el nuevo rey de
la teocracia. Y el Maestro no imponía silerrcio á esta fe ,u-
Iiente y bulliciosa. Quiso, por ei eont.a'io, probar que ella
tenía razón de afirmarse así, r'eaiizando á la vista de to-
dos una proÍeeía muy signifieativa de Zaearías (a), el cual
había dicho que Ia realeza humilde y paeífica del Mesías
.1p"recería á la de los potentarios de la tierrai }' Que,
"o
(t) Leuit., XXIII, +0.
(z) ,9almo, CXYII, 25-26.
(3) Eoschaj-na significa <<Salva, te ruego,) sobreentendiéndose Jehotd.
Apenas se puede traclucir á nuestra lengua más que por iSaltdl ó tâmbién
por i Vún!
_
(! __z"rarías, rx, 9, pinta, en efecto, «el júbilo de Ia hija de sión saludan-
do la llegada de su_rey, justo y victorioso, humilde y cabâlgando sobre un
asn-o, sobre un pollino-. Los carros, los caballos,los artos deg;uerra, no tienen
nada que ver en su triunfo. Anuncia la paz á las nacionus.i Jua,n cita libre
é incompletamente este pasaje del Profeta,y -üIa,teo, que también lo abrevia,
parece mezclarlo con fsaíns, LXII, tt.
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42 }IONSI]NOB l,ts LIA}ÍUS
en medio de su triunfo, se mantendría dulce y modesto.
En esta doble seflal, Israel dehía reconocer á su Ruy y á"
su Salvador (l).
Pues bien, en aquel momento, para distinguirse de la
multitud que lo rodeaba y mostrarse á los amigos que lo
aclamaban, Jesús se deberminó á ocupar el sitio de honor
en aquella marcha triunfal á Jerusalén. En otro tiernpo,
sus anüepasados, David y Salomón, habían entrado solem-
nemente en la Ciudad Sanba. cabalgando en sendas mulas
de ricos eapàra"zones; Ét, verdadero Re,v, no de loe ejér-
"l
citos, sino de las almas, llegará modesbamente sobre un
asno; y su pueblo reconocerá que quiere ser para todos un
príneipe tan sencillo como bondadoso. «Id-dijo á dos de
sus discípulos,-á esa aldea que se ve en frente de vos-
otros, y, sin más diligencia, encontraréis una asna atada
y su pollino con ella, que ningún hornbre ha montado ia-
más. Desatadlos y traédmelos. Y si alguno os preguntare:
ãQué hacéis?, responded que el lVlaestro los ha de menes'
ter, y al insbante os los deiará llevar.» Obedeciendo esta
orden, los discípulos se fueron y encontraron, en efecto,
los dos animales atados fuera, delante de una puerta, en
el sitio donde dos eaminos se cruzabar, (2). Á t, seneilla ob'
servación de que su Maestro los neeesitaba, se les permi-
tió llevárselos. Los propietarios eran sin duda amigos de
Jesús í3). Por otra parte, iquién se habría atrevido á rehu-
sar su concurso en el triunfo del Rey MesÍas? A nte el Se-
flor que hablaba, no había otros setÍores, y el propietario
debía olvidar sus dereehos.
(B) Aunque los Sinópticos jamás hablan de las visitas de Jesús á Jeru-
.riéo, dejarentrever que en ella era conocido y tenía relaciones.
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____l
43
VIDÀ Dts NUESTAO §E§OR JDSUCBIBTO
En tiempos de los Patriarcas y los Jueces, eI asno
d,e
era una caÜalgadura mu-y honorable en Paiestina. Los ca-
ballos rro freio, inbroducidos en ella hasta más tarde, á,
eollsecuencia de las relacione§ comerciales estableeidas con
Arabia y Egipto. Desde entonces, eI asno no sirvió sino á
los *,i.jero.'.1à la clase media y ai pobrê pàra su trabajo'
(1), deja ver,
EI hii; de Sirac, en sus lecciones de sabidur'ía
en efecto, QUo en su tiempo se le tenía tan poco aPrecio como
en rruest.o. dí".; y ciertamente, Zacaúas, presgntando á su
Dlesías en tal cabalgaclura, no había querido anunciar á un
dominador soberbio, sino á utr rey de uu orden aparte, po'
como el pa que fuese permitido desti-
nar á un, fi que había antes servido á
las neeesicl el asna fué llevada con §u
borriquito, fué sin duda, par'â, que éste siguiese más fácil-
mentá en la marcha triunfal. San Mateo precisa e§te de-
talle insignificante solamente para mejor mostrar el cum-
este caso, eI símbolo dc'l paganismo, gue no había llevado
rey sobre los hombros del mund'o pagano.
(l) Eclesiástico, XXXIII, zr.
iri Núm., X11ç; 21 Dewú., XXI, 3; f Rey., VI, 7. Puede verse lo que peu-
oúío los paganos sobre esta materia en Iloracío, Ditod,., ÍXr 22 «intaptae
boves»; Yirgilio, Gcorg.,IY, 540, 551, etc.
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MONS-EfrOR, LE CAMU§
Los díscípuios pusieron sus vestidos más preciosos sobre
el jumento á" manera de gualdrapa, y el Maestro mon16 (t).
Llegados á la cumbre de la colina del Olivar, pudieron to-
dos saludar la Ciuda,cl Santa y sus grandes recuerdos. La
marcha solemne toma entonees un carácter más definido,
y revela un plan mejor Ceiineado. La hija cle Sión no te-
nía más que asomarse para, ver llegar. á suRey, justo, sal-
vador y pobre. Sobre su hurnilde eabalgadura, como los
Juêees del tiempo antiguo(2), llevaba á las naeiones pala-
bras de paz, San Juan precisà, que, al,distinguir á Aquel
que había resueitado Lá"zaro, eseoltado de un séquito
triunfal, el pueblo salió^de Jerusalén para recibirle (sl.
Nada rnás ecnmovedor que esta manifestación ála vez
seucilla y grandiosa. Se repetíau en todos los grupos las
obras rnilagrosas de JesÍrs, y muy particularmente la his-
toria de Lazaro rruerto ,r resucibado. Muehos habían sido
testigos de estc último prodigio, y el hermano de Marta,
que se hallaba, sin duda, en la multitud, daba á las pala-
bras de aquéllos la eonfirmación más brillante. EI entu-
siasmo erecía á eada paso. Los que llegaban corbaban tam-
bién ramas de árboles, cle mirtos y sobre todo de olivos, que
en aquellos paraies creeían abundantes, y, uniéndose al
eortejo, repetían á coro: (iHosanna! isalud y bendición al
que viene en nombre del Seflor! lBenclito sea el reino de
David, nuestro padre, que vemos renacsl'l. iPaz en el cielo!
SGIoria al Altísimo! iQue nuestros gritos de salud se re-
(l) El texto de San NIateo motiva aquí una nueva dificultad, siendo de
notar que ésta es del nrisrno género que las apuntadas á propósito de los en-
demoniados de Gergesa y de los ciegos de Jericó. Usa el plurai en vez del
singular. El texto: «y se sentó sobre ellos, ai,rôv», parecería indicar que ca-
balgó sobre los dos animales, lo que hubiese sido bastante raro. Es cierto
que puede evitarse la dificultad refiriendo el a,úrôv á aestimenta,rSr, en reali-
dad, Jesús se sentó sobre los vestidos. Pero el conjunto del pasaje excluye
esta explicación. IJn error de los copistas ó del traductor es probable. Pudo
ser motivada por una falsa interpretación de Zaea,rí,asrlX. Marcos, XI, 2, 3,
4r7, y LweasrXIX, 30, 31, 33, 34, 35, conservando, empero, el paralelismo
exacto con el prinrer sinóptico, persisten en no mencionar más que el poltino.
(2) Jueees, V, lo; X, 4; XII, 14.
(3) Juan, [II, tA, distingue de la multitucl que seguía á Jesús ]a que sa-
lió de la ciudad: «Et obviam venit ei turba.»
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YIDÀ DE NIIESTRO SEfrOB JESUCBISTO
monten de eielo en eielo (t)!» Al mismo tiempo sembraban,
de verde el eamino por donde Jesús debía pasar; otros ex-
tendían sus vestidos. Así había sido honrado en otro tiem-
po el rey Jehú en su proclamación (z). Así también se ha-
bían arrojado flores al paso de Alejandro Magno, para apa-
eiguar su cólera y evi tar á" la ciudad las últimas desgra-
cias (3). Pero entonees había sido el miedo quien abatía la
frente del pueblo ante monarcas terribles, mientras que lo'
único que inclinaba ahora las almas al paso del Salvador
era el amor.
Sin embargo, en la multitud inmensa había pôlítieos,
timoratos, ó también envidiosos, I San Lueas, caiificándo-
los de fariseos, nos autoriza para pensar que eran adver-
sarios de Jesús. Esta signiflcativa demostración los espan-
taba. Creían ver ya á los soldados romanos blandiendo sus
jabalinas de lo alto de la fortal eza .l-ntonia para reprimirla,
y querían llarnar á Jesús á la prudente moderación que
hasba entonces caracberiz-ara su apostolado. Quizás, bajo
esta apariencia de súplica caritativa, ocultaban el más hi-
póerita despecho. Después de haber proeurado en vano
imponer silencio á los Apóstoles, se dirigieron direetamen-
te al que les parecía respcnsable de Io que toleraba.
(Maesbro-le dijeron,-haz callar á tus discípuios.) Mas
Jesús se contentó eon responderles con profétiea majes-
tad: (En verdad os digo que si éstos callan, las misrnas
piedras darán voces.) En efecto, es necesario que se rinda
homenaje al verdadero R.y de Israel. El tlía en que el
miedo eierre la boea de los discípulos, los peflaseos se
hendirán, proclamando así la divinidad del Crucificado, y
cuando, echados de Jerusalén por Ia perseeución. los Após-
toles no dejen oir en ella la apología de su Maestro, las
piedras del Templo y de toda la eiudad, cayendo a los
golpes de los romanos, darán también testimonio de su di-
(1) Esta era otra serie de aclamaciones, que formaban también parte del
gratr Eallel, y de la súplica dirigida á Dios para apresurâr la venida del
Mesías.
(z» fY Reyes,IX, 13.
(3) Josefo, Ant., XIr 8,6.
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MON§EÍOR LE CÀMU§
vina misión y harán valer los dereehos clel Mesías Cesco-
noeido.
Como no cesaran ün instanue ios gritos de entusiasmo,
deeíanse los fariseos con despecho: (iVeis como no adelan-
tamos nada? he aquí que botlo el mundo se va en pos de
é1.»> En realidad de verdad, la vicboria del
ioven Yidente
pareeía completa. El partido jerárqrrico se quedaba solo
_y
,sin secuaees; y, á sus ojos, era esto una prueba de que la
resolución del Sanedrín había sido prudentemente toma-
da, ,v que urgía prescindir de términos rnedios, echando
mano de reeursos extremos.
Semejantes reeriminaeiones, indicio de malos sentimien-
tos, presagiaban ia hosbil acogida que á Jesús le esperaba
en Jerusalén. Por esto, á medida que bajaba haeia la ciu-
dad, cuyos soberbios edificios se extendían á" sus pies en
toda su magnificeneia, posábase sobre ella su mirada con
tanta tristeza como amor. Leía en lo por venir las más
horrorosas desgraeias, y de pronto, baflado su rostro en
lágrimas, exclamó sollozanfle (t)' «iAh! isi también tu co-
.noeieses , á,lo menos en este clía, lo que puede asegurarte
la paz! Mas ahora está todo ello oculbo á tus ojos.» iQué
conmovedora figura ia del veneedor olvidando sus triun-
fos para llorar por los infortunios de sus enemigos! iPor
qué Jerusalén quiere eontinuar infiel á" su R"y Mesías?
iCuán diferente sería el porvenir que le esp3ra, si por lo
menos á última hora, quisiera abrir los oios é imitar la fe
de esos galileos que forman el cortejo de Jesús! Su gloria
y su felicidacl renacerían con el reinado clel Salvador; todo
un pasado de crímenes sería olvidado y reparado por esta
eonversión generosa. Pero no; Jerusalén se obsbinará mrís
y más en no ver ni los bienes que pierde, ni los males que
ella misma se prepara. Por esto aflade Jesús con aeento
proÍundamente dolorido: «Días vendrán sobre ti, en que
tus enemigos te circunvalarán, 5r te rodearán, I te esüre-
(1) El texto dice ãrÀourev, y no éôú,xpuoer. Todo está maravillosamente
matizado en el relato de este incidente reproducido únicamente pQr Lucas,
XIX, at.
:1
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47
VIDÀ DE NU.EETEO SEÍOB JESUCB,I§TO
aharán por torJas partes, I te arrasarán con tus hijosl q-o"
teuch.ás eneerrados d"r,trá a" ti, y no dejarán en ti piedra
para el siguiente.
Àt *,roãh".er (2), se retiró á" Betania con los Doee; de-
j,r,ndo la ciudad sometida á la más viva ernoción, y á sus
,du"..ario. profundamente irritados Por tan hermoso
*'iun:|"
nsurnió Ia mayor parte de la tarde, y l[atcos,
uy avânzada la hora' (cum jam-vespera esset
,ái, fué el lugar donde retiróse Jesús. Ma'Úeo,
ación Para el día siguiente.
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)
CAPITULO Y
Lunes,-Reinado de Jesús en el Tômplo
Tristeza de Jesús.-La higuera por El malditq es imagen de
rsrael.-Toda-
vía mercaderes en el rempro.-acto d.e autoridacl y severa rección
alpo-
der religioso.- Curaciones de enfermos.-Aclamaciones entusiastas
de los
jóvenes levitas--observaciones de ros fariseos.-Respuesta
de Jesús.
( Marc., XI, tz-to; Mat., XXL t2_L9 Luc.,
; XIX, 46.48).
EI eorüejo que había acompaflado á Jesús en su triunfo
se componía .:!r" to{9 de peregrinos garileos y extranje-
ros que iban á Jerusalén para las fiestr..lu pastua. No ãu-
ría posible disimular que la i.rnensa mayoría de sus habi-
tantes, si no se retrajo, no demostró
-á. que vana curio-
sidad. aquella frívola poblaeión se co-flacÍ* más que
rrrn", en apreüar sobre süs ojos la venda fatal qre h te-
gaba. Para los pueblos, 1o mismo que para los ioàioidoos,
resistir á la gracia, equivale de o.àinario á abrir el cora-
zón á,las i,fluencias del mal. En arluella ocasión, no estar
resueltamente al lado de Jesús, ur* declararse contr, Ét.
Qou el sanedrin intente un golpe de audacia, y transfor-
mará en enemigos feroces á esos hombreu ,u"ílr.rtes que
tran visto pasar al humilde triunfador, corno se conte-pt*
un espectáculo nuevo, si, se.tir absolutamente nada el
"r,
fondo de su alma. Ir[o se han hecho buenos al verle bende-
cido y aclamarlo de torlos; continuarán siendo malos cuau-
do se lo presentarán acusado y maldito.
Jesús se retiró á Betania dominado por estos pensa-
mientos, {ue atormeutaron toda la noche su u,l,na. Cuando,
al amanecer (1), se eneaminó de nuevo á Jerusalén, estaba
. .(r). .r. {on-?r,-Xl., t?, quien-deja para el día siguiente de ld entrada
triunfal, alia dier los incidentes de que-vamos á hablãr. Si tuviésemor .oi*-
mente los relatos de §an Mateo y de san Lucas creeríamos que la purifià-
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VIDA DE NUESTR,O SEfrOB JESUCBISTO
triste. Su coraz6n, afligido por la evidencia de la obsti-
nada incredulidad de Israel, cuyo resultado sería la repro-
bación deÊnitiva de esbe pueblo, necesitaba desahogarse
.con sus discípulos.
Lfna higuerqu plantada junbo al camino y notable por
su sorprendente precocidad, llamó Ia atención de Jesús,
que vió en ella un emblema del pueblo de Dios. En otra
.ocasión, y en forma parabólica, había representado á"
Israel como una higuera plantada por Jehová en medio
de las naciones y afligiendo á su dueflo por su esterili-
-dad (1). E[ Maestro sabía de autemano que el presuntuoso
árbol no llevaba frutos, pues su lujut'ioso follaje había ab-
sorbido toda la savia. Por lo tanto, era obrar conforme á
'derecho pedirle algo más que un vanidoso adorno. Tam-
bién Israel, con sus hipócritas exhibiciones de piedad y de
iusticia, sólo había revelado harto clararnente su impoten-
cia en producir nada bueno para su l)ios y Seflor. En va-
no, á ruegos del viõador, se Ie había prolongado el tiempo
de la prueba, EI plazo expiraba, y los resultados habían
sido cada vez más detestables. Llegaba la hora de la jus-
ticia, que serÍa terribie. Para mayor claridad, recurrió Je-
sús, como los antiguos proÍetas, á un acto sirnbólico cuya
,significación palpable, por decirlo así, debía impresionar
vivamenbe el ánimo de los Apóstolos, I, tajo Ia apariencia
tlel eiernplo, grabar para sieurpre en él urra lección tan es-
pan bosa.
Los Evangelistas dicen que en aquel momento (Jesús
tuvo hambre». El hambre cle que aquí se t,r'ata debía ser
exclusivamente espiritual y sobrenabural, pues el Maestro
salía de casa de sus amig;os, y en menos de media hora
llegaría á Jerusalén. La.+necesidad tle corner, que sintió y
ción del ternplo había tenido lugar el rnismo día en que Jesús había triun-
falmente entrado. En efecto, Luca,s, XIX,45, prosigue la historia de la ova-
'ción mesiánica en estos términos: <<Eb ingressus in tenrplum, coepit ejicere
vendentes», y lo mismo ){u,teo, XXI, 12. Por clonde se ve, una vez más, que en
las narraciones sinópticas no hay que buscar una exactitud que su origen tra.
.dicional no toleraríà en mànera alguna.
(1) Lucas, XIII,6.
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,uur\sufrot úE cÀMUs
quería satisfacer Jesús, no era, pues, s no el símbolo de su
violento deseo de enconbrar en Israel, higuera mística del
Seüor, los frutos cuya aparicióo y ,nudorez desde Iargo
tiempo ansiaba. Acercóse con sus discípulos al ár.bol, y
después de haberlo inspeccionado deteniáamente, nada en-
contró sino follaje. Bien es verdad que (no era tiempo de
higos (1 .» Pero enbonees ipor qué ienía hojas? Los hiqos
aparecen anües ó sirnultáneamente con éstas; de lo con-
trario, es inútil esperarlos. if rnagen sorprende.te de la fa*
tuidad de rsrael que, en medio de todas las nacione§, corr-
siderábase á sÍ mismo como el pueblo excepcional, servi-
dor y amigo de Dios, porque tenía el Templo y la Ley,.
pero guo, realmerrte, encubría, b".io las menuidas aparien-
cias de una falsa justicia, la esterilidad más vergonzosa!
(iNunea, iamás-dijo el !Irestro--coma ya nadie Íruto de
ti, y nunca jamás lo produzcas!» La maldición de Dios ee'
un fuego devorador. Ella mató al instarrte la vida cle aquel
árbol hasta en sus raíces, de tal modo que los discípulos"
al pasar de nuevo por aquel siiio, al siguierrtg día, pudie-
ron comprobar su rnuerbe completa y definibiva iz). Tal es la
suerbe reservada al iudaísmo üan infr.ucbífero como apara-
toso. Cuiden los discípulos de comprender el simboiisrno (3).
(l) Todas las opiniones emitidas ptra establecer que es realmente posi-
ble encontrar higos maduros en tiernpo de Pascua, están fuera de [a verdad.
Los higos tempraneros 6 boccore no rna,luran h,rsta junio; los higos kermus
aparecen en agostol finalmente, los higos de invierno, lnàyoresque los otros,
de forrna más ovalacla y de color violeba, están bastante tiempo en elárbol,
aun después de la caÍda de las hojas, si bien no puc(len resistir á los prime-
ros f ríos. Àquí se trata de los higos de la primera cabegoría, que comienzan á
aparecer en nrarzo.
(zl La clivergencia aparente entre San Nlateo, que dice qrre la higuera se
secô al instante, y San Marcos qre pàrece diferir su muerte hasta elsigwien
A cl,í,t, se explica en cl sentirlo de que la muerte, instantdne*interi,ormente,
no fué aisible erteríormentehasta algunas horas después.
(:]) De esta suerte, en este incidente como en otros muchos de la historia
evangélica, desvanécense algunas diÊcult'rdes prcsentadas corro insolubles.
Pretender que, según los Evangelistas, Jesús quiso realmente comer higos
cogiclos de la higuera en tiempo de Pascua, es aduritir que le atribuyeron el
más extravagante de l,rs caprichos. (x;
(*) Merece notarse que Vigouroux, amigo de nuestro autor, y compafrero
suyo de viaje ó Balestina, afirrna tor.lo lo contrario: «Notre Seigneur pou-
vait trouver oacorç,{es fruits sur I'arbre aux environs de Pâqtres» (La S"
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VIDA Di: NUE'iTRO §DN'OR JESUOBTSTO á1
Sin otra d.:beneión, llegó Jesús á Jerusalén é hizo su apa-
rición en el Templo, donde pensaba afirmar su autoridad
y reinar como duef,o los pocos momentos que le quedaban
de vida. Ante tan anirnosa reivindicación de un derecho
mesiiínico, sus enemigos sorpreurlidos, desconcertados, no
pensarou sino en retirarse. Parecía que habían renunciado
también á sus proyectos odiosos y á sus pretensiones. Con
frecueucia los malos se eclipsan para meior preparar su
vuelta ofensiva en las sombros.
Nada es más difícil de desarraigar que los abusos, una
vez aclimaúaclos en la vida religi,-rsa de un pueblo. Vi-
mos á Jesús, en el comiertzo de su vida pública, arrc,jar
desapiadadamerrbe á los verrrledores del Templo; pero és-
tos, sin deseoraz()narse, habíanse de nuevo instalado allí al
aflo siguietrte, y lu autoridad ierárquica boleraba senreian-
tes usurpaciones, á pesar de la severidacl de la lección.
Qrrizás ella también entraba á la parte; pues el nombre do
Hrnnuyot, ó tiend,as d,e Hantis, qtre se daba á una sección
de mesas de mercaderes y de cambistas, nos autoriza á'
creer que este viejo y tlepuesto pontÍfice (r) había fundado en
la misma Casa de Dios uua es[)ecie cle empresa comercial.
De obra parbe, es probable que el exclusivisrno farisaico no
fuese ajeno á uqLrella bolerarrcia inauclita, deseoso de ale-
jar cada vez más clel 'Iemplo y de Jehová" á" quien no fue-
se de su ràza. E[ lugar reservado á los gentiles, en la Ca-
sa del verdadero Dios, le parecía sobrado, y de buena ga-
na cedía la rnayor parte á los mercaderes y oambistas, 6
también á los arrimales destinados al sacr iÍicio.
Durante las fiesbas dc Pascua, se producía este eseándalo
de un modo parbicular con el üráfico que se desarrollaba,
sin pu,lor, en el sagrado recinto. Precisamente aumentaba
también entonces el número de los genl,iles que llegaban pa'
ra oft'ecer sus homerrajes al Dios de Israel, encontrándose
tntt eoryolotte,vol. V II, p. 99). Hayque repetircon Knabenbauer. «Ifis-
ce üerbis ingenia interpretum plurirnrrrn exercebantur) (Cornm. in Euang.
swwdum S. .lf,wcum, p. 299). -(N. del T).
(1) Y.Lighttoot sobre esbe pasa.ie y Edersheim,, Li/e of Jesws, t. L lib.
III, cap. 5; Dcrebourg, Hiet. et Géogr. d,e la Pu,L, p. 467.
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MONSENOB LE CAMIIS
con que el departamento que se les destinaba había sido
vergonzosamente invadido. Era imposible adorar ú orar en
semeiarrte desorden (1). Aquel especbáculo afligía el eorazón'
de Jesús. Había crecido sin duda, desde Ia víspera, eI tu-
mulbo, pues los vendedores y los compradores eran cada
vez rnás nurnerosos á medida que se aproximaba la gran
solemrridad.
De improviso, el Maestro da rienda suelta á su indig-
nación. Esba vez no se arma de un látigo; manda con su
mirada, eon su gesto, eon su palabra, y todos tiemblan.
Ante esba majestad sobrehumana que avanza, los que
venden y ios que coÍnpran huyen en torpe confusión. De-
rriba las mesas de los cambistas, los asientos y los bancos
qlle Bervían á los mercaderes de palomas, y así, sin que Da-
die se atreva á resistirle, restablece por segunda vez el or-
den tan indignamenbe turbado en la Casa de su Padre. Su
severidad llega al exbrerno de prohibir que <«nádio trans-
portase ni tan sólo un vaso, atravesando por medio del
Ternplo). Era el mejor medio de cerrar la puerüa á todos
los abusos.
Después, para legibimar esbe acbo de auboridad, dijo al
pueblo que Ie rotleaba: (lPor ventura no esbá escribo: Mi
casa será llamada de bodas las genbes casa de oración? Pe-
ro vosobros habéis hecho de ella urra guarida de ladrones.»
Los dos textos, que Jesús reunió en uno solo. estaban to-
mados de los Profetas. Et prinrero, de fsaías (2), afirmaba
el derecho de Dios; el segundo, de Jerernías(3), reprobaba
los abusos del hombre. Et uno y el obro eran la condena-
ción terrible de aqueilos sacerdobes guo, por conrrivencia ó
(I) Como Jesús no había asistido á otra solemnidad pascual desde la
inauguración de su vida pirblica, no había tenido nuevà ocasión de protes-
tar contra esta indignidad. En la Íiesta de los Tabernáculos ó de la Dedica-
ción, el movimiento religioso era más' lirnitado, y los sacrificios menos nu-
meroros. No había Ia multitud inmensa y tumultuosa que daba al comer-
cio cle los cambistas y de los rnercaderes deanimalesunaimlnrtanciaexcep-
cional rturante la segunda sernana de Nisán.
(2) fsaías. LVI, 7.
(3) Jeretn,, VII, tt.
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VIDÀ DE NUESTR,O SEfrOR JESUCRISTO
debilidad, toleraban semejante profanaeión {1). Si los judíos
se habían propuesto aislar cada vez más la ley y la gracia
de Dios dentro de las paredes del Templo, rechazando por
eompleto á todos los que no fuesen hiios de Israel, indu-
dablemente lograrían su objeto. Los gentiles que anual-
mente aeudÍan á Ia solemnidad de la Pascua repetirían por
todo el mundo que, á pesar del divino llamamiento, no eran
admitidos en el Temitlo de Jerusalén; que allí el hombre
había sido susbibuído por viles animales; que sus mugidos
resonaban en el recinto donde las naciones no tenían yâ
el derecho de ir á ofrecer á" Jehová sus homenajes y §us
oraciones; que eII el lugar santo no había creyentes, sino
ladrones . La responsabilidad de un erimen tan grande re-
caía toda entera sobre el saeerdocio, guardián oficial del
Templo. La malicia humana, inberponiéndose entre Dios
y las almas piadosas de la gentilidad, impedía que Aqudl
mostrase sus bondades para con todas las criaturas, y que
éstas fuesen á dar gracias y adorar aI Creador.
EI pueblo, admirado de oir estas sublimes enseflanzas,
repetía complacido las obras milagrosas del joven Doctor.
Al mismo tiempo, Ios ciegos, Ios enfermos, que estaban á
las puertas del Templo para pedir limosna (z), suplicaban
su curación, y Ia obtenían. Así confirmaba Jesús, con el po-
der de Dios, la lección que acababa de dar á los sacerdo
tes, guardianes poco celosos cle la dignidad del Templo.
De pronto, no pudiendo contenerse por más tiempo eI
eubusiasmo general, de entre la rnultitud comenzaron á
salir algunos gritos de: (iHosanna! 1Salud y bendieión al
Hijo de David!» Eran jóvenes levitas empleados en el ser
la gentilidarl.
(z) ,Eechos,II.I, 2.
4 T. III
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MONSEfrOB LE CÀMT'§
vicio divino los que así aclamaban al Taumaüurgo, al Le-
gislador, al Rey teocrático, aparecido en la Casa de su Pa-
dre. Los niflos querían, pues, ofrecer también sus home-
najes á Jesús, que tantas veces los había distinguido eon
la ternura más exquisita. Esto era repetir eon mayor atre-
vimiento la ovación de la víspera; porque ahora Jesús era
proelamado Mesías en el Templo mismo y á, vista de la
propia autoridad religiosa. Ésta, vivamente indignada, se
aferró más que nunca á, sus proyectos homicidas; pero, al
igúal que otras veces, en presencia del inmenso favor po-
pular con que era acogido el joven Profeta, fué preciso re-
solver ese asunto en silencio. Sintiéndose impotãnte con-
tra toda una multitud, comprendió que sería preferible
esperar el momento oportuno para revolverla con habilidad
eonbra Aquel á quien aclamaba hoy con delirio y asociar-
la á la mayor de las iniquidades. Contentáronse, pues, los
jefes de los sacerdotss con acercarse a" Jesús y decirle:
(2Oyes lo que dicen éstos?)) Pedíanle su parecer sobre una
manifestaeión tan significativa, porque querían cargarle
eon la responsabilidad. (Sí, por cierto))-respondió Jesús
sin inmutarse.-Y para legitimar lo que los esean dalizaba,
afladió: (iNo habéis leído jamás el pasaje: De la boea de
los infantes y de los niflos de pecho es de donde sacaste
la más perfecta alabanzaz (1)» De este modo, realzaba, con
la autoridad misma de los Libros santos 2),la dignidad de
sus jóvenes admiradores, Quo los escribas parecían negar.
Piense como quiera Ia malicia de éstos, es lo cierto que en
aquellos niflos, según el parecer del Salmista, h"y que ver
el eondueto más ingenuo, más desinteresado y más puro
de la verdad.
(1) Salrno YIII,3.
(2) Es quel empleadns
en el seroi que d, quienns
leaamtaba ue J do acomo-
daticio las palabras del Salmista. Knabenbauer dice: «Si Christus vatici-
niumpropie dictumvel litteralevel typicum profert, id clareindicare solet.
cÍ.22,-azi Lwc.2z,B7;Joan. tB, 18. Uíã" de nãstra aifàáriir".,;;;. d;ü
dicit: Quod in genere dictum est a propheta, hoc Dominus speciei recte ac-
commodavit.» (Cornrn. in Daang. sec. Matth., p. 215).-N. del T.
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YIDÂ DE NUESTBO SEfIOR JESUCRISTO
Durante el resto de aquel día, continuó.Jesús instru-
)endo al pueblo, el cual, según diee San Lucas, kestaba
suspenso, eseuchándole», I, al atardeeer, tomando el ca'
mino del monte del Olivar, regresó á Betania, donde pasó
la noehe.
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- CAPITULO YI
Martesl en el Templo,-Respuesta del Sanedrín
y Parábolas significativas
Observaciones de Pedro delante de la higuera desecada.-Respuesta de Je
sús.-Cuestión que el Sanedrín Ie propone en el Templo.-Réplica de Je-
sús, que cierra la boca á los adversarios.-Parábola de los Dos hijos y su
de los Tifr,adares subl eoad,os.
-La piedra angular.-
aplicación.
-Parábola
Parábola de las Bod,as del, hijo d,el rey.-Necesidad del iestido nupcial
(Marcos, XI, zo-XTI, tz; Mat., XXI, 20-XX[, 14; Iarcas, XX, l-19).
No ignoraba Jesús que sus enemigos, resueltos á propo-
nerle de común acuerdo cuestiones capciosas, le esperarían
á pie firme el día siguiente. Al amanecer del martes, salió
de Betania, quizás para evitar que aquellos concitaran eon-
tra El á la multitud, siempre tan mudable en sus impre-
siones.
Al dirigirse á, Jerusalén, observaron los discípulos
que la higuera, maldita el día anterior, estaba seca
hasta las raíces (1). Y vienclo esto, maravillados decían:
«1Cómo se seeó luego la higuera!) Pedro, deseando una
explieaeión de este prodigio, cuya utilidad no com-
prendía, exclamó: (lMaestro, mira como la higuera que
maldijiste, se ha seeado!»> Entonces Jesús, prosiguiendo el
pensamiento que había querido dar á" entender con este
hecho simbólico, contentóse con repetir lo que en otras
ocasiones había dicho de la omnipotencia de los verdade-
ros creyentes: (En verdad os digo que si tuviereis fe, y no
dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, mas si á, este
monte diiereis: Quítate y échate en el mar, así lo hará. Y
(1) Si no lo habían notado el lunes, al regresar de Betania, es ó porque
habría cerrado ya la noche, ó porque habrÍan seguido otro camino.
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YrDÀ DE§NUESTBO SEftOR JESUCRTSTO
todo cuanto pidiereis en la oración, somo tengáis fe, lo al-
canzaréis.» Los Apóstoles tendrán dereeho de vida y
muerte, no solamentel sobre un árbol, sino sobre un pue-
blo. Á su voz, eI iudaÍsmo infiel, obstinado, perseguidor,
§e seeará, en su rencorosa malicia; y el monte Moria, que
desde largo tiempo intercepta el camino que conduce á"
Dios, desaparecerá á" una palabra, á una súplica de los
Apóstoles que en aquel*momento lo contemplan, y se hun-
dirá cou su sacerdoeio y su Templo en el mar inmenso de
la gentilidad eonvertida. Este es el porvenir que á Israel
le aguarda.
Jesús, Ilegado al Tempio, eomenzó á pasearso (1), como
un hombre pronto á" Ia lucha. Era todavía muy temprano,
y no había quizás mucha gente en eI lugar santo, pero Je-
sús, mientras esperaba,i,instruía á algunos que se le habían
acercado.
Sin embargo, no tardaron en apareeer sus adversarios.
Todo su afán, desde la vigilia, había consistido en esco-
ger una eomisión que hablara en nombre de todos. Ésta
fué la primera en presentarse. Compuesta de grandes sa-
erifieadores, de escribas y de ancianos del pueblo, en una
palabra, del triple elemento que constituÍa el Sanedrín,
debía tener á los ojos de la multitud un earáeter absoluta-
mente cficial. En todo caso, tomó frente á frente de Jesús
un tono altivo y aun hostil. (lCon qué dereeho-dijéron-
le aquellos emisarios,-haces estas cosas?;Quién te autoriza
para obrar de esta suerte?» I{o es ésta la primera vez
que vemos al partido jerárquico empefi.ado en atraer á'Je'
sús á este eampo candente en güê, caracterizando su mi-
sión, podía dar pretexto á una intervención jurídica. El
triunfo de la víspera le arrancaría quizás declaraciones más
explícitas sobre lo que pensaba de sí mismo. Esperaban
impacientes su respuesta. iCómo definiría la naturaleza
íntima de su autoridad? ,De dónde la derivaría? Es-
tas dos cuestiones, íntimamente relaeionadas entre BÍ,
(l) En efecto, Marc.rX.Ir 27, dicez Cum ambularet in templo,
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MONS.OfrOB LÜ CÂMU§
equivalíaná, preguntar si sumisión era divina ó humana.
En lugar de responder categórieamente, Jesús trató de
hacer que respondiesen sus adversarios. EI sistema de res-
ponder con una pregunta era muy del agrado de los dia-
lécticos de la sinagoga. Ifua répliea ó contrapregunta de
esta clase, para ser tópica, exigía una respuesta que debía
poner de manifiesto la ignorancia ó la mala fe de los que
la habían provocado. Jesús tenía doble ventaja en emplear
este procedimiento: de una parte, dispensábase de hacer
la deãlaraeión personal que .oo tanta malicia esperaban
los iudíos; de otra, parecía tributar un verdadero home-
naje al Sanedrín, iuez competente y autorizado de todas
las dificultades teológicas. (Yo también-díjoles Jesús,-
quiero haeeros una pregunta; y si me respondéis á, ella, os
diré luego con qué autoridad hago estas cosas.) ffna sola
pregunta no es mucho; pero, hábilmente escogida, será
más que suficiente para turbarlos. «EI bautismo de Juan,
;de dónde era? lde Dios ó de los hombres? Mas ellos, con-
sultándose unos con otros, se decían: Si respondemos que
fué del cielo, Él nos objetará: ,por qué, pú"r, no habéis
creído en él?» En efecto, había sido muy explícita Ia predi-
cación del Precursor anunciando la presencia del Mesías
entre su pueblo; y, sin embargo, Juan s-e vió abandonado
del partido ierárquico desde el momento en que declaró lo
que pensaba de Jesús: «Si decimos que su bautismo fué
del hombre--afladían los más avisados,-s] pueblo todo
nos apedreará, teniendo, por cierto, como tiene, que Juan
era un profeta.) En efecto, para la multibud, Juan Bau-
tista había sido un enviado celestial, y su trá,gíea muerte
había afladido una nueva aureola á su grande y hermosa
figura. Ante la inminencia de un escándalo formidable, los
sanedritas, prefiriendo deelararse ineompetentes, respon-
dieron: (No lo sabemos.» Pero, manifestarse incapaces de
resolver una cuestión religiosa tan elemental como capital,
áno era abdiear la autoridad dogmática de que pareeían
tan celosos? El soberbio monte comenzaba visiblemente á
desmoronarse; el árbol se secaba. Jesús, para acentuar la
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VIDÀ DE NIIESTRO SENOB JESUCEI§TO
humillación de aquéllos, pareció aceptar pura y simple-
mente la declaración hipócrita de su ignorancia, Y afla-
dió: «Pues ni yo tampoco os diré con qué autoridad hago
estas cosas.)
Y volviéndose hacia el pueblo (1), le dirigió una serie de
parábolas, que afirmabao I" dirrinidad de su misión, á'" la
par que desenmascaraban Ia malicia é indignidad de sug
adversarios.
testable.
riclad divina. Con afectada sumisión llamaron Seflor aI Dios
(1)
(2)
tra sól
se, no
blicos.
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MONSE§OB LE CAMUS
cuchan-que los publicanos y las ramera§ (1) os irán delan-
te al'reino de los cielos.) 2Podría darse cosa más natural?
Cuando Dios, sacando á Juan Bautista del desierto, comen-
zó á" llamarlos, aquellos hombres co'rectos del judaísmo
respondieron unánimes: (lMaestro, aquí nos tienes!» Y,
realmente, presentáronse á recibir el bautismo. Solamente
güo, después de haber comen zado por aelamar al Preeur-
sor, acabaron por acusarlo, detestarlo y perderlo. Los pe-
cadores públicos hicieron toflo 1o contrario: de pronto se
rebelaron, mas después obedeeieron. He aquí por qué son
propuestos como modelos á los orgullosos que los despre-
cian. (Yino Juan á vosotros por las sendas cle la justieia,
y rio Ie creisteis, al mismo tiempo que los publieanos y las
rameras le creyeron; mas vosotros, ni con ver esto os mo-
visteis á haeer penitencia para creer en é1». He aquí la ma-
licia de unos revoltosos llenos de cortesía, y el mérito de
unos descorteses llenos de obediencia. La impiedad es
tanto más odiosa euanto más hipócrita.
La de los fariseos llegará, por otra parte, á ios últimos
excesos. No solamente son capaces de reehazar á,los en-
viados eelestiales, sino también de hacerlos perecer. Des-
pués de haber entregado á Juan Bautista , matará,n al Hijo
de Dios. IJna segunda parábola, dirigida también á la mu-
chedumbre, va á preeisarlo más elaramente.
«Érase un padre de familia-diio Jesús,-que plantó
una vifla, y la eercó de vallado, I cavó en ella un lagar,
edificó una torre P), arr.endóla después á ciertos labradores
y se ausentó á un país lejano.» La vifla, plantada por
Dios, Padre de la humanidad, es el pueblo iudío protegi-
do, en efeeto, por la Ley, como por un seto bienhechor,
eontra las invasiones dei paganismo y de la idolatría. Ifn
(l) La frase rpoánovor úpôs tiene algo de mortificante: los peajeros y las
pecadoras públicas vienen á ser los conductores, los introductores de los fa-
riseos en el reino de Dios.
\2) fsaias, Y, f, aplica á Israel la imagen erupleada en esta parábola. En
nuestras excursiones á Palestina, hemos encontrado gran número de anti-
guos lagares en las viflas, sobre todo bajando de Ramat-el-Khalil áHebrón.
Yéase Notre Toyage aun Pays Bibl., vol. II, p.84.Las torres de los guar-
das son también muy numerosas.
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VIDÀ DE NUESTBO §EfrOB JESUCBISTO
ministerio doeente indefectible, perpetuándose de edad
en edad por los profetas ó la generación de los hombres
piadosos, Ie ha sido ase§urado como el místico lagar del
que eorría para él el vino de la verdad. El Templo era la
torre donde se albergaban los vigilantes eentinela§, encar-
gados de velar por su prosperidad.
Organizado todo tan sabiamente, Dios había confiado
el cuidado de su vifla á los saeerdotes, á los escribas, á los
ancianos, en una palabra, á las autoridades teocráticas le-
galmente constituÍdas, que debían procurar que la tierra
fruetificara. Si el amo se ausenta un momento y deja de
intervenir de una manera inmediata en los destinos de
su pueblo, es para probar la inteligencia, abnegac{ón y
honrade z de sus operarios. (Yenida ya la sazón de los
frutos, el amo envió un criado á los renteros, p&ra que le
diesen de los frutos de la vifla; mas ellos, después de ha-
berle apaleado, le despacharon eon las manos vacías. En-
vió de nuevo otro eriado; pero á éste también le maltra-
taron apedreándole y descalabrándole, y le remitieron
sin nada. Envióles un tercero, que echaron Íuera de
la vifla y 1o mataron. Así sucedió con otros muchos (1).»
Bajo estas vivas imágenes, como en caracteres de san-
gre, Jesús reeordaba las muchas infidelidades de un pueblo
perverso. Á medida que los profetas habían aparecião, ha-
bÍan sido perseguidos, deshonrados, mutilados, apedrea-
dos, muertos (2). Israel no había encontrado otro censo
mejor con que pagar á" Jehová. EIías, Jeremías, Isaías,
Zaeaúa+ hijo de Joiada, podían dar testimonio de ello.
«El dueflo de la vifla tenía un hiio único á quien ama-
(1) Se notan algunas diferencias. poco importantes sin duda, pero nnme-
rosas, entre la narración de cada Sinóptico á propósito de los emisarios. Ma-
teo tiene solamente dos mensajesde varios criados á,la tez, los cuales son
golpeados, muertos, apedreados. Marcos no tiene más que un solo criado
para los dos primeros mensaies, y muchos para un tercero, y sus malos tra-
tos consisten en golpear, herir la cabeza y matar. Lucas tiene tres mensajes
deunsolocriado al quegolpean,afrentan y cubrendeheridas. Estas va-
riantes se explican por el evangelio oral del que proceden nuestros Evange-
lios escritos, y no tienen importancia alguua dogmática.
(2) Eebr., XI, pinta sus crueles tormentos.
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MON§EfrOB, LE CAMUS
ba tiernamente. Y dijo para sí: aQ"é haré ya?; Ie enviaré
á ellos; quízá,, cuando le vean, Ie tendrán más respeto.)
La parábola entraba en lo más importante de Ia situación.
Amigos y enemigos aguzaban los oídos para conoeer eI des-
enlace. Los menos perspicaces podían adivinar que, en el
pensamiento de Jesús, el enviado de la última hora, des-
pués del eual no podía haber otros, el Hiio muy amado
del Padre, era el mismo á quien poco antes se había pedi-
do cuenta de su misión. Así, categóricamente y con reso-
lueión, euando sus adversarios menos lo esperaban, Jesús
proclama sus derechos de Hijo rinico de Dios, unido a' su
Padre por una filiaeión no adopbiva, sino esencial, según
la eual es Dios como el Padre que lo engendró.
Sépanlo, püos, y que no se equivoquen: el Padre despren-
dió de su seno al Hijo, por decirlo así, y lo envió á su pue'
blo que quería salvar. Su prescieneia no ignoraba el reeibi-
miento que le estaba reservado; pero áacaso no era preeiso
cumplir las promesas heehas á los patriareas y eompade-
eer á" las almas piadosas que esporaban su rcalizaeión? Por
lo demás, la dtreza del pueblo judío y su reprobación de'
finitiva no impedirán ni la difusión de la verdad en el
mundo, ni la redención del género humano. Matando al
Hü, muy amado, los judÍos asegurarán la salvaeión de los
eseogidos.
(Los selsnos-prosiguió Jesús,-viendo venir al hüo
únieo, dijeron entre sí (1)' (Este es el heredero; venid, ma-
témosle y tomemos su heredad. Y habiéndolo tomado, le
echaron fuera de la vifla y le mataron.» Tal es el seereto
del odio profundo que el partido jerárquieo y el farisaieo
han jurado á Jesús. Á fi., de no perder su influeneia sobre
el pueblo, están resueltos á todo. La naeión entera está en
sus manos y no Ia quieren dejar escapar. Si Jesús eontinúa
su obra, será segura la deeadeneia de ellos; cueste lo que
cueste, es preciso no perder la heredad. He aquí lo que
(l) El término ôrcÀo,yÍfono empleado por Lutas, X{r 14 es una sorpr_en-
denie alusión á las conciliábulos ieci lntes de los jefes de Israel para deúa'
cerse de Jesús. Y. .Lfarcos, XI, 18 y sobre tado Lrn, XIX' e7 y 48.
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I
VIDÀ DE NUESTRO §EÍIOB JESUCRISTO
dice su egoísmo. EI Mesías será, pues, violentamente su-
primido. Los malvados Ie han exeiuído ya de su propia vi-
fla, lanzando contra é1 una especie de excomunión (1).
Se disponen á, expulsarlo más cruelmente aún, cuando
le arrastren fuera de la Ciudad Santa para matarle en
el Calvario. En esa sangre fría con que el Maestro habla
de su próximo fin, hry algo de profundamente trágico.
Los adversarios á quienes desenmascara no dicen nada;
tiernblan de ver la tormenta estallar más violenta todavía
sobre su cabeza.
(Pues bien-aflade Jesús,-euando viniere el seflor de
la vifla iqué hará á aquellos labradores?» EI pueblo res-
pondió: (A los malos destruirá miserablemente y alquila-
rá su vifla á otros labradores que Ie paguen el fruto á sus
tiempos.) Este era eI veredicto de la honradez humana
que acababa de oirse. Sin embargo, entre la multitud hu-
bo una protesta. (No sucederá así»-exclamaron algunos,
como para decir que los príncipes de los sacerdotes no
€ran capaces de eometer tal crimen, ó que, en todo ca-
so, los amigos de Jesús no lo dejarían cumplir.-El Maes-
tro echando una mirada severa hacia el grupo de donde
había partido aquella denegación: «Pues gué; ino habéis
leíclo jamás en las Escrituras-aflade Jesús:-la piedra que
desecharon los que edifieaban, esa misma vino á ser la cla-
ve del ángulo; el Seflor es eI que ha hecho esto, y es una
eosa admirable á, nuestros ojos?» El Salvador aplieaba al
MesÍas este pasaje del Salmo @; porque aun cuando
en él se hable de David, no puede negarse que se re-
fiere á aquel cuya figura era el gran rey. En realidad, ia
verdadera piedra, recha zada desde luego con desprecio y
reeogida después para ocupar el lugar principal en la cons-
(l) Ju,an,IX,, zz.
(2) Salm,o CXYIr, 22, cítado según los Setenta. Refiérense estas pala-
bras a[ fsrael fiel, viniendo á ser, después del cautiverio, el elemento de salud.
para el pueblo de Dios; pero este Israel no era más que lg, imagen del ver-
dadero Salvador que debía surgir más tarde. Todos los rabinos han aplicado
.este texto al jefe ideal de la teocracia (Y. Schoettgen, Hor. hebr. sobre este
pasaje).
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I
MONSEfrOB LE CAMUS
trueción del edificio, es el Mesías, en su persona y en su
obra. El judaísmo puede reehazar á Cristo y á,la fglesia,
pero Cristo y la Iglesia no por eso dejarán de ser la pie-
dra angular de las sociedades futuras,
(EI que eayere sobre esta piedra-aflade el Seflor, evo'
cando un doble recuerdo bíblico en apoyo de sus palabras,
har'á pedazosi 1, ella hará pedazos á aquel sobre quien
-se
cayere.) Isaías (t) había comparado el Mesías á una piedra
con la que los incrédulos debían ir á ehocar y aniqui-
larse. Este es, en efecto, el resultatlo final de las luckrae
del hombro contra Jesucristo. En su locura se extenúa
tratando de destruir la pirámidê, y, al cabo'de sus esfuer-
zos, se da cuenta que so ha deeoruído más que sus propias
Íuerzas; so ha consumido en el trabajo, y muere en la deses-
(e),
peración. Llegará el día en que, según palabras de Daniel
la piedra tomará la ofensiva. Desprendiéndose de la mon-
taf,a, caerá, sobre los enemigos de Dios y los aplastará'tan
bien que podrán ser pasados por la eriba de la eterna eó'
lera. (Por lo cual os digo-concluye Jesús-que os será
quibado á vosotros el reino de Dios y dado á' gentes que
rindan frutos de é1.» La sentencia era terrible. En dos
palabras consagraba la extinción del sacerdoeio mosaico,
y el advenimiento de la gentilidad á la heredad divina.
Como si fuese neeesario haeer entender meior esta sus-
titueión de las naciones paganas al pueblo iudío, Jesús so
puso á formular una segunda parábola. La había ya diri-
gido á los fariseos en otra eireunstancia (3); esta vez aía.-
dió á ella algunos rasgos particulares y significativos.
(En el reino de los cielos acontece-prosiguió-lo que
á eierto rey que eelebró las bodas de su hijo.) Estas bodas
son la unión solemne del Verbo de Dios con la humani-
(1) Isaías, VIII, 14.
(2) Daniel,II, a+.
(3) Se lee et Lucas, XIY, 15, Y ya la hemos explicado á su tiempg. En-
tont:es no se trataba de un rey, sino de un simple particular que ofrecía una
comida y no un festín de boda. Bavía un solo mensaje y no dos. Los invita-
dos formulaban excusas diversas, pero no maltrataban al enviado que los
invitaba. En fin, no eran castigados, como aquí lo serán, Y, en eI fondo, la
conclusión era diferente.
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YIDÀ DE NUE§TBO §EfrOB JE§UCRISTO
dad. El Padre convida al pueblo judío á tomar parte en
ellas el primero. Éste rehusa obstinadamente. «El rey en-
vió sus criados á llamar á los convidados á las bodas, mas
éstos no quisieron venir.) Esos emisarios son los Apósto-
les y los Discípulos que han anunciado en los campos y
,eiudades la venida del Mesías. De su invitación no han he-
cho apenas ningún caso; pero Ia bondad divina no se des-
a,nima ante una primera negativa del corazón humano.
Después del mensaie de los Doce y de los Setenta, vendrá
el de los mártires. Es de esperar güo, á lo menos, éstos por
su dulzura, su valor heroico ante los tiranos, se harán es-
cuehar. «Segundavoz el rey despachó nuevos criados con
esta orden: Decid á los convidados: Ele aquí, tengo dis-
puesto el banquete, he hecho matar mis terneros y demás
animales cebados y todo está á punto; venid, pues, á, las
bodas.) Sí, cuando tenga lugar esta segunda misión, todo
estará á" punto. La gran vícbima, Jesús, habrá sido in-
rnolada y puesta á la disposieión de todos . La salud esta-
rá suspendida en el árbol de ia crtrz, y los creyentes no
tendrán más que tomarla. lCosa extrafla! El desgraciado
pueblo judío ia despreciará. (Mas ellos no hicieron caso;
anbes bien se marcharon, quién á su granja ;, quién á, su
tráfico.) La humanidad sigue, eon preferericia á todas las
demás, esas dos voees del placer y del interés. Por eso al-
gunas veces, irritada de oirse siempre llamada al deber, es-
cucha la del odio, y, á" fin de desembarazarse de los remor-
dirnientos, mata á los predicadores. (Los demás cogieron á
los criad-os, y después de haberles llenado de ultrajes, los
mataron.» Ei judaísmo será el primero en verter la sangre
de los mártires. iAy de él! la venganza del cielo seguirá de
cerca su crimen. «Lo cual, oído por el rey, montó en cólera
. y enviaudo sus tropas, aeabó con aquellos homicidas y
abrasó su ciudad.)> Dios siempre tiene ejércitos gue, .i-
mulando servir á los eapriehos cle los príncipes guerreros,
en realidad ejecutan los decrebos de su justicia. Así los
romanos llegarán para destruir á los perseguidores, como
más tarde los bár'baros bajarán de las mesetas del Asia
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MONSEftOB I,E CÂMU§
central para destruir á los romanos. Jerusalén fué pasto
de las llamas, y de los primeros convidados al Evangelio
no queda más que un lamentable recuerclo.
Sin embargo, Ios beneficios de Dios no perecen sin que
alguien los recoja. (Entonces ol rey dijo á sus criados: Las
prevenciones para las botlas están hechas, mas los eonvi-
dados no eran dignos de asistir á ellas. Id, pues, á las sa-
lidas de los eaminos , y á todos euantos encontréis, convi-
dadlos á las bodas.) Por todos los caminos del mundo es
necesario recoger almas para conducirlas al festín del
Evangelio. «Saliendo los criados á los caminos, reunieron
á cuantos hallaron, buenos y malos, de suerte que la sala
de las bodas se llenó de gentes que se pusieron á, Ia me-
sa.) Esta es la historia de la predicación apostólica, des-
ptrés de Pentecostés. (Ya que rech azá,,ís la palabra de Dios
San Pablo á los iudíos de AntioquÍa de Pisidir,-
-dirá
y os juzgáis vosotros mismos indignos de Ia vida eterna,
he aquí nos volvemos á los gentiles (i).y Sin acepeión de
personas, buenos y malos, ricos y pobres, ignorantes y sa-
bios, todos serán admitidos, con la sola condición de que-
rer tomar parte en la fiesta. En efecto, nada más hete-
rogéneo que la composición de la Iglesia primitiva: filóso'
fos, soldados, gente del pueblo baio, seflores, esclavos,
griegos, romanos, bárbaros, hombres virtuosos ó disolutos,
todo entró mezclado y confuso en la sala del festín. Sin
duda que antes de permitirles la entrada, se les pregun'
taba si creían en Ia realidad de las bodas del Hijo do Dios
eon la humanidad por medio de su Encarnación y su Re'
dención. Respondían que «1sí!», y entraban. De esta ma-
nera llegan en gran número para haeer honor al convite
real. Solamenteque el hecho de aceptar la invitación no bas-
taba para tener el derecho de sentarse á la mesa y perma-
necer en ella, como la fe sola no basta para asegurar la
salvación; la fiesta exigía un porte conveniente, como Ia
'iustificación del peeador exige las obras que completan la
(l) E[echos XIII, 46.
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VIDÀ DE NÜESTR,O S.BNOB JE§IICBISIO
fe. Esto es lo que expliea el final de la parábola. E, efec-
to, Dios no podrá acoger á esos invitados que vienen con.
fusamente, sino eneontrando en éIlos, como testimonio de
reconocimiento, al menos eI deseo de honrar á su huésped
con un vestido eorrocto y una actitud conforme á las más
elementales conveniencias. La gracia mueve el cotazót
del hombre, dándole la fe, mas el corazón del hombre debe
'responder á
esta invitación por medio de las obras de sal-
vación guo, fruto parcial de nuestra libertad, constituyen
nuestro mérito.
(Entrando después el rey á ver los convidados, reparó
allí en un hombre que no iba con vestido de boda, y le
diio: amigo, ,cómo has entrado tú aquí sin vestido cle bo-
fla? G)y Se puede muy bien entrar en la Iglesia con una
franca profesión de fe; se puede también permanecer en
ella sin tener las demás virtudes cristianas; pero no se en-
fuaút, en el cielo en las mismas condiciones. Sóto forma-
rá,n parte de la rglesia de arriba los que hayan perte-
necido, oo
lr_al cuerpo, sino al alma de la rglesia dã aquí
bajo. iay del imprudente que se ha creído no estar outi-
gado á nada, aceptando la invitación! Severamente inter-
pelado, el hombre mal vestido de la, parábola permaneció
mudo. No tenía excusa alguna. Los condenados ante el
juicio de Dios tampoeo la tendrán. SLes fué tan fá,cílreves-
tirse de Jesucristo mediante una fe activa, la caridad y la
justicia! Este vestido obligatorio estaba al alcanee de todo
el mundo, pues, para obtenerlo, bastaba sólo querer ador-
narse con é1. La indiferencia,la presunción, las pasiones di-
versas, hacen suponer á algunos que basta ser Ilamado á la
salvación para ser salvo. Pecca /ortiter, sed, cred,e fortius,
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"68 I[ON8EfrOB LE CÀMUS
te ha dicho, y con esto principio, §e presentan al festín con
vestido de ignominia. Los fariseos pensaban tal voz, ante su
escándalo, que la indulgência de Jesús llegaba hasta allí, y
,que prometía la salvación á todos los que se inscribían en-
tre sus discípulos. El Maestro protesta contra una doctrina
tan detestable. Deelara que la vida feliz se compra por
medio de un trabajo personal, y que se pierde, euando se
cuenta, para asegurarla, con una fe muerta.
(Entonces diio el rey á sus ministros: Atado de pies y
manos, arrojadle fuera á las tinieblas, donde no habrá sino
llanto y crujir de dientes.» Tal es Ia sentencia que exclu-
ye á los condenados de la luz eterna. EI banquete se da
por la tarde. Ser echado cle la sala, equivale á ser arrojado
á la ealle, donde roina Ia noche oscura. La muerte nos di-
rige hacia las claridades divinas; si alguna indignidad nos
priva de llegar, nuestra suerte consistirá en sufrir eterna-
mente Íuera de la sala en que los demás se regociiarán.
iQué amargas penas y qué gemidos!
Los publicanos y los gentiles deben tener entendido que,
no porque sean llamados á suplantar á los fariseos orgullo-
sos y á los judíos obstinados, es motivo para creer que les
bastará un solo acto de fe para sentarse definitivamente
en eI puesto que aquéilos han abandonado. La fe abre la
puerta aI reino, mas, cuando no engendra obras, no pue-
de mantenernos en é1.
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CAPÍTULO YII
MaÉes,-Preguntas capciosas dirigidas á Jesús
Pregunta de los herodianos unidos á los fariseos: iDebe paga,rse eI tributo al
César?- Doble peligro de una respuesta. -Admirable solución.-Otra ilifi -
cultad. propuesta por los saduceos: La mujer siete veces viuda en la eterni-
nidad.-Brillante respuesta del Maestro sobre la certeza de la vida futu-
ra y sus condiciones.-Pregunta del escriba sobre el gran precepto de Ia
ley.-Su ad.miración al oir la respuesta. ( Marc., XII, 13, 34; iV.at., XXII,
ró-4o; Luc., XX, 20- 40.)
El Sanedrín, vencido en la interpelación solemne que
había tentado, se retiró; pero en seguida las sectas parti-
culaqes quisieron vengar la derrota general, presentándose,
cada una á su vez, á preparar una nueva tramp'a al Doe-
tor que, con su sabidurÍa, desconcertaba á todos sus ad-
versarios.
El primer grupo pârece que se formó, inteneionadamen.
te, de elementos políticos mu.,v inconexos, puesto que los
fariseos, partidarios deeididos de la independencia nacio'
nal, se eodeaban en él con los herodianos, amigos jurados
de la autoridad romana (1).
Nada más extraflo gue estas aproximaciones de persollas
que se detestaban cordialmente; pero no es raro ver for-
marse de repente tales alianzas, por mal combinadas que
(l) Sabido es cómo los Ilerodes se convirtieron en vasallos de los em-
peradores romanos, y mediante qué audaces empresas eI jefe de su dinastía,
en particular, había procurado imponer á los judíos la autoridad de César. En
toda nación hay almas que corren á la servidumbre con la esperanza del pro-
vecho. La defección en el partido nacional judío vino de lo alto. Manahem,
presidente del Gran Consejo, se pasó al campo de llerodes con gran número
de sus más notables conciudadanos, los cuales constituyeron en partido po-
deroso que la habilidad romana alimentaba con favores secretos ó públicos,
y eue, simulando âgruparse en torno de los hijos de Herodes, trabajaba se-
cretamente por el imperio. Eran más bien romanos que herodianos. V. Jose-
fo, Atutiq., XlV, 13, l; 15, lo; XVI, 9, 3.
T. III
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MONSENOR LE CÂ.MU§
parezcan, bajo la influencia de pasiones diversas y de un
interés común. Por Io demás, puede suponerse, según el
texto, que los fariseos no dejaron de avergonzarse de se-
mejante mezcolatzà con los partidarios del extranjero. San
Mateo observa, en efecto, gue los jefes se 'abstuvieron y
solamente enviaron algunos partidarios G).
Como era muy natural, tales emisarios debían colocarse
en el terreno político. Habiendo tomado para el caso un
aire de afectada justieia, se presentan, ciudadanoe
correetos hasta la exageración, á exponer"à-o un caso de con-
ciencia que los inquieta; pregunüan fingiéndose justos,
como indiea San Lucas. (Maestro-dicen con respeto y
adulación hipócritas,-Maestro, sabemos que eres yeraz, y
que enseflas el camino de Dios, conforme á la pura verdad,
sin respeto á, nadie; porque no miras á, la calidad de las
personas.) Este preámbulo reconoco que la independeneia
de Jesús asegura su veracidad, como su rectitud garantiza
su independencia. (Dinos, püos, que te parece de esto: lEs
ó no es lícito pagar tributo á César?»
Sin dificultad se distingue, al primer golpe de vista, todo
lo insidioso de la pregunta. Para Jesús, responder afirmati-
vamente era enajenarse el favor del pueblo, que, en secreto,
tascaba el freno impuesto por la tiranía romana, destruir
todas las esperalzas mesiánicas fundadas ensumanifesta-
ción y declarar que en lugar de sacudir el yugo del ex-
tranjero, El había venido á aceptarlo. Ante tal debilidad,
la multitud no podía menos de cambiar su admiración en
desprecio y su respeto en odio proÍundo. Responder nega-
tivamente-su conducta independiente hacía creer que tal
sería su decisión-era declararse en rebeldía y atraerse los
castigos de Ia autoridad romana. Cualquiera, pues, que
fuese su respuesta, ó bien debía ser denunciado al pueblo,
por el partido de los fariseos (z) patriotas, como un cobarde
quo aceptaba el yugo extranjero, ó bien llevado ante Pila-
to por el partido de los herodianos imperialistas, como un
(1) En efecto dicez Et mittunt ei d,iseip,los s'ttos cum&erod,ian'i,s.
(2) Josefo ha dicho de los fariseos: M6vov iryépto rol ôearírqv &zet\fiSwt.
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\-IDÀ DE NIIESTRO SE§OB JESUCEISTO 7t
sedicioso que soliviantaba la rnultitur:l persuadiéndola á,
rechazar el impuesto.
Mas los astutos easuistas no habían contado con la sa-
biduría del joven Maestro, Quien, de un vistazo, sâ-
bía dar eon el nudo de una difieultad y, en una palabra,
resolverla. Entro la alternativa que se Ie imponía: Dios ó
César, había un término inedio, una tercera hipótesis que
era la verdadera: Dios y César. .Los dos órdenes, humano
y divino, no dehen excluirse; están llamados á vivir para-
lelamente. César debe respetar los derechos de Dios, y, á
su vez, Dios salvaguarda los derechos del César. Injusta-
mente se procura poner en contradiceión á estas dos auto-
ridades. En el plan divino no deberán choear, puesto que
tienen sus esferas distintas, su origen eomún 5r, dentro de
graclos diversos, un fin idéntico: el bien de la humanidad.
Discerniendo Jesús sus malas intenciones, quiso desde
luego darles á entender lo que pensaba de sus eserúpulos:
«Ilipócritas-dijo,-rpor qué me tentáis?» Después de lo
cual, abordando resueltamente la dificultad propuesta:
(Ensef,adme-afladió-la moneda con que se paga el tri-
buto.) Ellos le presentaron la pieza(I) que saldaba el im-
puesto de la capitación, especie de cuota personal muy
odiosa al pueblo. Era el denario romano aeuflado al uso de
Palestina. Jesús, habiéndolo mirado, dijo: (iDe quién es es-
ta imagen y esta inseripción?» Respondieron: (De César»,
sospechar que con una palabra aeababan de rom-
-sin
per ellos mismos las mallas de la red que le habían tendi-
do.-En efecto,la solución de la dificultad estaba en su res-
puesta. Si Tiberio César tenía el derecho de batir moneda
con su imagen y su exergo, es porque era el seflor del país.
Sólo aquel en quien se personifica el Estado, tiene el dere-
cho de seflalar con su nombre y de cubrir con su responsa-
bilidad los valores corrientes que deben, como la moneda,
(l) Mateo, muy al corriente, por su antigua profesión, de las diversas mo-
tredas, pone' en boca de Jesús el término consagrado, numisnw, census,
mientras .que en Marcos y Lucas hallamos la palabra menos precisa ded,ma-
riwm. Y. Josefo, Anúi,q., XIY,l0, 6; Bel,l. JuiÍ,., ff, 16, 4.
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72 MONSEfrOR LE CÂMUS
servir para las transaceiones soeiales. Los judíos conceden
este derecho aI César, puesto que dan curso legal á las pie-
zas aeufladas con su efigie; luego reconocen á César como la
autoridad de hecho que regula sus destinos; luego deben,
con Ia obediencia y el respeto, el impuesto necesario para
administrar la cosa púbiica. Pagar este impuesto no es
obrar eontra la voluntad de Dios que ha permitid o á, Ce-
sar sujetar á, Palestina. Mas, por otra parte, el ser tribu-
tario de César no dispensa de ser servidor de Dios. Á eada
uno de los dos reyes sus derechos respectivos. Engáflanse
los fariseos al violar los derechos de César para reconocer
más altamente los de Dios, pues su fanatismo patriótico va
eontra la ley divina; y rnás eulpables son todavía los hero-
dianos guo, al saerifiear sus tradiciones naeionales y
aplaudir las criminales usurpaeiones del Estado en el do-
minio religioso, olvidan lg. derechos de Dios para en-
tregarse dàt todo á César. Á lo. dos partidos echa en cara
Jesús sus culpas recÍprocas, y su respuesta, breve y lúcida,
separa admirablemente Ia verdad de los dos puntos exbre-
mos en que ellos pretendían colocarla: (Dad á" César lo
que es de César», dijo-estas palabras iban para los fari-
seos que no aceptaban los derechos de Roma,-(I á Dios
1o que es de Dios», estas otras eran para los herodianos
que se ocupaban medianamente en los derechos de Jehová.
Ante esta solución tan sencilla y tan verciadera de la di-
tieultad, los adversarios acabaron por admirar al que ha-
bían ido á probar.
En seguida, y eomo para disimular esta derrota bajo un
lluevo ataquo, se presenta otra diputación para interrogar
de nuevo á Jesús y ponerle dificultades. Se componía de
saduceos. Los saduceos, como ya hemos dicho, eran los
materialistas de la época. No admitían más regla de fe
que los libros de Moisés-esto bastaba para no excluirlos
de los cargos públicos ó también del supremo poder sacrifi-
cador-y se contentaban eon esperar, como saneión de sus
virtudes ó de sus vieios, los biãn'es ó los males de Ia vidá
presente . La corteza de Ia religión mosaica bastaba á su
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VIDÀ DE NUESTRO SEfrOR JESUCBISTO
espíritu y á sus neeesidades; eran dentro del iudaísmo los
representantes cínicos de esos instintos groseros, á los cua-
les el legislador de fsrael había tenido que haeer eoncesio-
nes bastante serias. Tales hombres, Quê contaban con una
influencia considerable en el Estado-dos veces habían ob-
tenido Ia degollación en masa de los fariseos, sus enemigos,
inquietos sin duda alguna con las doctrinas es-
-andaban
piritualistas dã Jesús, por lo cral quisieron, á su hora, to-
mar parbe en aguella iucha suprema, que los hijos de las ti-
nieblas empeflaban contra el Rey de Ia luz y de la verdad.
La diflcultad que habían preparado descansaba sobre el
punto fundamental de sus doctrinas materialistas, gue era
la negación de la inmortalidad personal y de la resurrec-
ción de los cuerpos. LTn pasaje de la ley mosaica les pare-
cía destruir radicalmente las teorías de Jesús sobre la vida
futura. Dedujeron, pues, de é1 una singular objeción, ;r so
la propusieron con esa burla sarcástica y ligera de gue con
tanta complaeencia se jaeta semejante gente. Sus ideas
se inspiraban en sus gustos, y ponían enteramente sus gus-
tos en la carne. Puesto que negaban la existencia de las
almas, habían ideado preguntar á Jesús de quién sería en
la vida futura, si existía, la mujer que en la vida presen-
te hubiese tenido siete maridos eonseeutivos. La eues-
tión les pareció tan curiosa por Io original como difícil
de solución. «Masgfile-dijeron,-Moisés ordenó que si al-
guno muere sin hijos, el hermano se case eon su mujer
para dar sueesión á su hermano.) Sin citar el texto, decían
exaeüamente el sentido de la ley del levirato (1). El punto
de partida de su objeción era, pues, incontrovertible. fIn
hecho imaginario, exagerado á su arrtojo por aguellos liber-
tinos, constituía el segundo elemento. (Es el caso que ha-
bia entre nosotros siete hermanos; casado eI primero, vino
á morir, y no teniendo sucesión, dejó su mujer á su her-
mano. Lo mismo aeaeció aI segundo y aI tercero, hasta el
séptimo. Y después de todos ellos murió la muier. Ahora,
(1) Dewter., XXY,5,6. Y. Beruary, d,e üeb. leairatw, Berlín 1885.
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74 M(,NSEfrOR, LE CÀMUS
pue§, así quellegue Ia resurrección ide cuál de los siete
ha de ser mujer, supuesto que lo fué de todos?» La con-
clusión por ellos deducida de estas premisas era sin duda
guo, debiendo ser para todo hijo de Israel la autoridad de
Moisés tan cierta como la posibilidad clel hecho alegado, era
necesario rechazar Ia fe en Ia resurreceión, por cuanto ori-
ginaba, á lo menos en este caso, una dificultad insuperable.
Mediante una respuesta general, Jesús abruma en se-
guida á" tales adversarios; no disimula la lástima que
le inspira su ignorancia, quo traducen en una objeción
tan ridícula. Aquellos distinguidos legistas que con tanta
osbentación le citan á, Moisés, saben muy poco. ((Muy
errados andáis-les diee-por no entender las Escrituras
ni eI poder de Dios.» Era duro para su orgullo oir que
se les decía que ni entendían á, Moisés, cuya znutoridad
aceptaban, sin haber profunclizado sus escritos, ni á,
Dios, cuya existeneia admitían, sin concederle el que lla-
maso los muerüos á uua vida superior y eomparable á la
de los ángeles. Por duro que esto fueso, era, sin embargo,
verdadero. La respuesta directa á,la objeción vaá probar'-
lo. «Sí-dice Jesús, quien con una palabra transporta á,
sus adversarios á Ia realidad de un mundo superior donde
,ou objeción ya no .tiene razón de ser;-los hijos de este si-
glo contraen matrimonio recÍprocamente; pero entre los que
serán juzgados dignos del otro siglo y de la resurrección de
entre los muertos, ni los hombres tomarán mujeres, ni las
rnujeres maridos; porque ya no porirán morir otra vez,
siendo iguaies á los ánseles é hijos de Dios, por ser hijos
de la resurrección (1).>> La gente se casa en la vida presen"
te para llenar en la tierra los vacíos que ocasiona Ia muer-
te, I enviar al cielo el número de elegidos determinado por
Dios desde toda la eternidad. Ahora bien, en Ia vida futu-
(l) Notarásela antítesis entre hijosd,e estesiglo éhijosd,elaresu,mección.
Sobre ella descansa toda la argumentación de Jesús. Los primeros sôn, en la
tierra, hijos de hombres y destinados á engendrar otros hombresl los segun-
dos sonhijosde Dios y llamados á vivir como los ángeles en un mundo en
que Dios no reclama ya la cooperación de sus criaturas para engendrar la
vida.
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VIDÀ DE NUESTRO SE§OR JE§UCBISTO 7í
ra, de una parbe, Ios justos no mueren yâ, y, de otra, reci-
biendo todos los días nuevos reclutas que les vienen de aquí
bajo, no tienen neeesidad de reproducirse Para poblar la
eiudad eelestial. Al resucitarlos, Dios, que les ha comunica-
do su propia inmortalidad, los ha iniciado en una vida nue-
va; han venido á ser una vez más los hiios de Aquel que los
crea de nuevo; su felicidad consistirá, pues. en vivir, no eo-
mo esos hombres del siglo, euvos apetitos carnales (1) Jesús
estigmatiza en esta oeasión, sino eomo ángeles, como esos
puros espíritus gue, gozando de Dios, despreeian las gro-
seras satisfaeeiones de la tierra.
No sin inteneión evoca el Maestro el recuerdo de los án-
geles ante adversarios que se iaetan de no ereer en ellos.
En lugar de resolver solamente una objeción, quiere esta'
bleeer una tesis en su conjunto, y 1o hace eon tanta cien-
eia como autoridad. Después de haber respondido, va á"
instruir.
En tanto los sadueeos han propuesto tal cuestión, or
euanto niegan la vida Íutura, y la niegan porque los libros
de Moisés, los únieos que admiten, nada dieen de ella.
Pero este sileneio del gran Legislador, que sirve de punto
de apoyo á sus miras materialistas, âes tan real como
piensan? Á deeir verdad, un teólogo de la talla de los ra-
binos judíos podía tener dificultades pâra hallar en el
Pentateueo un texto explícito que afirmase la resurreceión.
En efecto, todo en él la supone y nada pareee afirmarlàQl-
Pero Jesús pertenee e á, otra eseuela diferente de la de los
doctores de la sinagoga, y su mirada sabe leer donde los
ojos de sus adversarios se habían detenido más de una vez
sin ver nada (e). De palabras en apariencia insignifieantes,
(1) La acumulación de expresiones es significativà,i yay"eev, êryap.tleoflat,
ard rle San Sulpi-
os de extraflarnos
de Moisés, negan-
4; B. J.,II, 8, 14.
(3) Según Lucas, XX, 37, en efecto, Moisés da á entender, ép'fiwoerr-Qü€
los patriaicas, muertos para la tierra, no lo son para Dios, y que su vida se
perpetúa más allá de la tumba.
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MONSENOB LE CAMUS
suponiendo, sin demostrarlo muy ampliamente, la reali-
dad de la vida futura, el nuevo Maestro hace brotar de
repente la luz más brillante. (Por lo demás, Qüo los muer-
tos hayan de resueitar-dijo, indicando que aquí estaba la
secreta inquietud de sus adversarios,-;no habéis leído
en el libro de Moisés, cómo Dios hablando con él en la
zarzà ardiendo G) le dijo: (Yo soy el Dios de Abraham y
el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Claro está que Dioe
no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él (2) to-
dos viven. Lrrego estáis vosotros en un grande error.) En
eI texto de Moisés, Dios dice, no ya Yo he sid,o, sino Yo
soy el Dios de Abraham; luego no puede ser el Dios de los
que ya no existen; Iuego aquellos patriarcas, por muertos
que sean para el mundo, viven todavía (3). Y ban cierto es
que viven, que Dios se declara dispuesto á cumplir las pro-
mesas hechas á su fe y cuy a realización asegurará su gozo
y su gloria.
Esta prueba, de una brevedad lurninosa, absolutamente
tópiea, y del todo dentro de los gustos de Ia teología ju-
día, tenía algo de tan inaudito y tan coneluyente (a), que
los saduceos quedaron esbupefaetos. Habían reconocido la
autoridad de Moisés y con ella habían ar:güido, pero eran
confundidos por el mismo Moisés. Los que habían sido ven-
cidos antes que ellos, clabieron regocijarse de un jaque se-
mejante, y algunos escribas, contentos con ver defendidas
tan felizmente sus doctrinas sobre la inmortalidad, excla-
(1) Enod,o,III, 6, 15.
(2) La palabraahQ no quiere decir: en su mentori,a, esto no probaría lo
que Jesús desea establecer, sino en relución, em cotnunicación con é1,
(gl Los Setenta y la Yulgata expresan este presente con las palabras
eip,[, swrnl el hebreo lo indica mediante la supresión del verbo: «Yo Elohim
de tu padre, Elohim de Abraham...»-(N. del T.)
(4) Para mejor apreciar lo que tenía de concluyente, hay que recordar
que, en la antigüedad, la cuestión de la inmortalidad de las almas y la de la
resurrección de los cuerpos se confundían en una sola. No se conrprendía el
alma viviendo sin el cuerpo, y Jesús, al probar de una mânera general la
vida de los patriarcas, después de su muerte, afirmaba en su arguJnentación,
no sólo la inmortalidad de las almas, mas también la resurrección del hom-
bre entero. Deseaba establêcer tcido lo que los saduceos negaban sobre esta
importante cuestión.
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YIDÁ DE NUE§TRO SENOR JESUCBISIO lt
maron con un entusiasmo que ya no podía eontenerse:
(Maestro, bien has respondido (1).»
frno de ellos, perteneciente á la seeta de los fariseos, se
aventuró, sin embargo, á proponer todavía una euestión. Si
Ley?»> Como legista, habla de lo que Ie interesa. Además, la
cuestión que propone era muy debatida en las escuelas y
entre las sectas iudías. El formalismo fa,risaico veía el pun-
to principal de la ley en los artículos que regulaba, el ãulto
externo del hombre. El materialismo saduceo lo buseaba
en las recompensas ó eastigos reservados, en esta vida, á
los servidores fieles ó infieles. Cada doctor tenía su teoría,
dadera religión sólo puede eonsistir en el acto moral
nrás rntimo, más generoso y más puro del alma, en el amor
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MON§EfrOB LE CÀMU§
gue ofrece truestros homenaies, nuestras obras y nuestra
vida. Esto es lo que Jehová había dicho á Israel, pero éste
no lo había comprendido ó lo había olvidado. Jesús, con
una palabra, eleva la teología judía á las alturas de donde
el espÍritu de seeta la habÍa hecho descender. «EI primero
de todos los mandamientos-tlice-es este: Escueha ioh
Israel! el Seflor Dios tuyo es eI solo Dios. Amarás al Se-
flor Dios tuyo con todo tu corazó, y con üoda tu alma y
eon toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el pri-
mero y más grande mandarniento.) No para otra cosa lo ha
puestá Dios al principio de su 1e;' sino para signifiear su
incontestable excelenei*, y iay del hombre que destruya
el orden divino! La verdadera religióu consist'e eu amar á
este Dios como á nuestro únieo Seflor, es decir, por sobre
todas las cosas. Amarlo á este tenor, será además asegu-
rar la santidad de toda nuestra vida religiosa, ya que la
perfecciórr moral clebe hallar, eil un amol'semeiante, su
principio y su término.
EI .r.rib, sólo había preguntado por el primer man'
damiento; Jesús va á, juntar á él el seguntio, que resume
nuestros deberes para eon los hombres, como eI primero
ha resumido nuesti'os deberes para con Dios. Si alguien
praetiea los dos. habrá conseguido la plenitud de Ia justicia'
«El ."grndo-af,ade el Maestro,-es semejaute al prime-
ro.» E; efecto, como aquél, se dirige asimismo al corazón
del hombre y regula eI amor. (amarás á tu próiimo .9To
á ti mismo.) La àridad que hay que tener al prójimo debe
Eer grande, atenta, abnegada, como la gue nosguardamo§
á nÃotros mismos. En otros términos, limita Dios de este
modo sus dos grandes mandamientos: para Ét reclama el
amor .ob.rroo, qo" por nacla es igualado, ni impedido, ni
empequeflecido; pr.r, é1 hombre prescribe- todo el afecto de
que somo. .rp^.Ls. «No hry otro mandamiento que sea
Jesús;-en esto§ dos mandamien-
-"yo, que ésios-aflade
tos está cifrada toda la L"y y los profetas.) En efecto,
todo cuanto ha sido prescrito ó prohibido á Israel §e re-
duce á uno de esos dos grandes y universales preceptos.
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VIDÀ D}C NUESTBO SEÉOR, JESUCRISTO
(Maestro, has dicho bien-exclama el escriba, encanta-
do de doctrina tan sublime,-y con verdad, gue Dios es
uno solo y no otro fuera de é1. Y que el amarle de todo
corazón y con todo el espíritu y con toda el alma y con
todas las fuerzas, y al prójimo como á sí mismo, vale más
que todos los holocaustos y saerifrcios.) Con laudable pers-
picacia ha penetrado, pues, todo eI pensamiento de Jesús
este hombre, al que San Ireneo (1) atribuye aún estas pa-
labras: «Largo tiempo ha que yo deseaba oir tal discurso,
y nunca lo había encontrado en labios de nadie.» Com-
prendía y proclamaba que el mejor homenaje que hay que
rendir á Dios es verdaderamente el del alma en el sacrifi-
eio de una earidad sin límites.
Algo es tener una inteligencia despejada aI servieio de
un buen 'corazón. Jesús, mirando aI escriba, le dijo: (No es-
tás lejos del reino de Dios.» El estímulo era grande para
un alma que buscaba la verdad. Es de creer que Ia gracia
hizo lo demás, y que el legista se eonvirtió etr creyente.
Acaso eonviene acabar en esbe ineidente la jornada del
martes, la cual parece sobrecargada, si se la prolonga hasta
después del discurso sobre eI fin de los tiempos. Es cierto
9üê, prosiguiendo su relato, ninguno de los tres Sinópticos,
salvo tal vez el primero(2), ofrece una interrupeión tan se-
flalada que permita pasar aI día siguiente. Mas ya estamos
aeostumbrados á esas negligencias cronológicas, explicadas
suficientemente por medio del Evangelio oral ó predicado
que fué su verdadero origen. Además, suponiendo que este
triunfo de Jesús dió fin al martes, se evita el tener que
consagrar todo el miéreoles aI silencio. Asimismo, el paeto
entre Judas y el Sanedrín se encontraút, directamente mo-
tivado, ora por Ia decepción causada en el discípulo por eI
discurso sobre la ruina de Jerusalén, ora por el furor exci-
tado por los anatemas de Jesús contra los fariseos y eI
partido jerárquieo.
(r) Ireneo, C. Haeres, I, 17.
(2) Moüco, XXII,4f.
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CAPÍTULO YIII
Miércoles.-Vuelta ofensiva de Jesús al Templo
Pregunta del Maestro á los que le han preguntado.-iCóno el Mesías, hijo
de David, puede ser el Seflor de David?-Culpable silencio de los fariseos.
-Estalla la indignación de Jesús.-Denuncia y maldición de los hipócri-
tas.-Rasgo consolador: las dos leptas de la pobre viuda. ( Múeo, XXII,
4l-XX[I, 39; Marcos, XII, 85-44; Lwcas, XX, 4I-XXf, 4, y XIII, 84-
3õ; XI, 37-ó4).
La prueba había sido sufieiente. En vano todoó los par-
tidos se habían medido eon eI divino Doctor. Su derrota
aparecía tan humiilante como eompleta. El último inei-
dente había ofrecido además ei fenómeno bastante raro de
un adversario rindiendo lealmente las armas para pasarse
al campo de Aquel á quien había ido á ataear. Jazgaron,
pues, que el silencio era el meior parbido que debían tomar,
y Jesús putlo gozü sin contradiceión de su victoria (1).
Yolviendo al punto á la tesis que desarrollaba cuando,
se presentaron los herodianos, determinóse á, dar á" sus
oyentes, que la deseaban, la verdadera noción del Mesías.
Demasiado había sido interrogado para tener el derecho
de interrogar á, los demás. Dirigiéndose, pues, á los fa-
riseos que formaban un grupo eonsiderable: «2Qué os
parece á, vosotros del Cristo?-les dice-ide quién es
hijo {z)!-De David,»-le respondieron.-Tal era, en efec-
(1) .ilIarcos, XII, 34, y Lucas, XX, 40, el primero luego después de la
pregunta del escriba, el segundo inmediatamente después de la de los sad.u-
ceos, puesto que no refiere la del escriba, convienen en reconocer que na-
die se atrevió á arriesgarse á interrogar á Jesús.
(2) También aquí se nota una ligera diferencia entre .l[ateorXXll, 41, y
los otros dos sinópticos. Aquél cuenta-y su texto nos haparecido el mejor
Jesús condujo á los fariseos, mediante una primera pregunta, á que
-que
estableciesen eI punto de partida de la dificultad que quería resolver: el
Cristo es Hiio d,e Daaid,. Marcos y Lucas suponen que Jesús mira la fiIiación
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YIDÀ DE NUESTRO SEfrOB JESUCBISTO 81
to, la enseflanza universal de los rabinos. «rCómo, pues-
prosigue Jesús,-puede decirse que el Cristo es Hiio de
David, euàndo David inspirado por el Espíritu Santo le
llama su Sef,or en el libro de los Salmos G): Diio el Seflor
á mi Seflor: siéntabe á mi diestra, mientras tanto que yo
pongo á tus enemigos por peana de tus pies? Pues si Da-
vid le llama su Sef,or, 2cómo cabe que sea Hrjo suyo?»
Era indispensable, para responder á esta pregunta, te.
ner la idea de una doble natur aleza en el Mesías. Como
los fariseos carecían de ella, la cuestión era superior á, su
eiencia. Mas no dejaba de imponerse como una dificul-
tad evidente. Negar el senüido mesiánico del salmo ale-
gado era imposible. Toda la tradición judía lo reeono-
eía, y David, con la precisión enérgiea, el brillo de imáge-
nes y la profundidad misteriosa que caracterizansu genio,
rro había descuidado nada para haeer conoeer al héroe de
su eántieo. Es Jehová quien habla á un Seflor de David.
Este Seüor comparte el trono de Jehová mismo y está aso-
d"tídi., del Mesías como conrúnmente ensef,ad.a por los doctores de Ia ley,
y su ârgumentación parte de lo que pârece un hecho establecido. Esta
variante prueba una vez más la independencia absoluta de nuestros.Evan-
gelistas. Se explica, como las demás, por la hipótesis de los d.ocumentos di-
rlersos donde eI Evangelio oral fué primeramente consignado.
(1) Es digno de notarse que Jesús atribuye el Saimo CIX á Davíd, Lu-
cas, XX, 42, y eue lo dijo inspirado por el EspÍritu Santo, Mateo, XXII,48;
Mareos, XII, a0. Que David fué el autor de este sahno está escrito con to-
das sus letras en el títuio que lleva: <<DeDaúd salmo,» y no á David, como
algunos han querido traducir por excepción y contra todas las reglas. La
partícula hebre,r, lamed denota regularmente Ia propiedad, la procedencia y,
por consiguiente, la paternidad del salmo. Mas si David es el autor del cánti-
co CIX, no puede ser el objeto de é1.Y, en realidad, le vemos poner en esce-
naá un personaje sa
que élnunca obtu y
ci.istintas, Ia tribu ú
de Leví con el de rá,
ríncipes y de los sacrificadoresr pues-
el. De ahí el título de «mi Sefior,»
gloria con Jehová, <<á cuya diestra
esías futuro. Jesús no ha tomado el
salmo CIX como de David.para conformarse con la creencia común,aunque
en realidad fuese de-un contemporáneo giorificando á David (opínión'de
Ewald), ó también de un poeta del tiempo de los }facabeos glorificando á
Jonatán (opinión de Hitzig). Esas hipótesis interesaclas y parciaies, cho-
cando con la autoridad misma del texto, no pueden aoeni.sã con la idea
que es preciso tener de Jesucristo y la verdadera crítica ha fallado.
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MONSEfrOR LS CAMTI§
ciado á su omnipotencia. Su origen es antes del tiempo;
parte de Sión para realizar Ia conquista del mundo y esta-
blecer, á través de numerosas catástrofes, su imperio so-
bre todos los pueblos. David y su descendencia no han te-
nido más que el poder real; los hiios de Leví han conserva'
do en sus manos el poder espiritual del saeerdocio; pero
' el vencedor del mundo, que debe venir en eI curso de los
siglos, reunirá sobre su cabeza las dos coronas de oro y de
plata de que hablará más tarde Zacarias (1): la corona
de los monarcas y la de los pontífices; será saeerdote y
rey como Melquisedee. Ahora bien, si por una parte,
quiso hablar David verdaderamente del Mesías y de su
obra, y si, por otra, es eierto que este Mesías dobe ser
Hrjo de David, icómo explicar que el Mesías será á,la vez
H,jo y Seflor del rey-profeta? Ifna palabra bastaría para
dar la respuesta; mas para encontrar esta palabra era ne-
cesario haber comprendido las divinas Escrituras, Y los
fariseos no habían pasado jamás de Ia corteza. EI Mesías es
Hijo y Seflor de David, porque en él hay dos naturalezas
distintas; es hombre y es Dios. Como hombre, desciende de
David y es realmente su Hiio; como Dios, es engendrado
por Dios Padre desde la eternidad, y, Dios como eI que le
engendra, es, bajo todos los títulos, Seflor de David. Tal es
el que Isaías (z) había claramente seflalado, Ilamándole Ad-
mirable, Dios, Fuerte, Poderoso, eI Parauliúo nacido para
nosotros; tal es también el que ol profeta Miqueas había
indicado distinguiendo dos naeimientos del Mesías: eI uno
en el tiempo, en Belén, y eI otro desde la eternidad
(3).
Pero los fariseos, en lugar de examinar estas revelacione§,
que debían iluminar eI porvenir de la humanidad, prefe-
rían eritiear las leyes ceremoniales. De la religión verda-
dera no sabían nada, ni enseflaban nada.
Respect o á,la pregunta que les había dirigido, enee-
rráronse en un silencio arrogante. Jesús no contenía ya
(r) Za,carínsrvl, 11.
(2) Isoiasr IX, 5.
(3) trfiquws,\,2.
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VIDÀ DÍ: NUESTITO SENOR JESUCR,I§TO
su indignación contra la secta detestable que, desde etr
comienzo de su vida pública, no había cesado de perse-
guirle y estorbar su obra. Su palabra tomó al punto un
acento terrible, y, anunciando el juicio de Jeruealén y del
mundo, empieza á acusar sin piedad á unos adversarios á
quienes su caridad había intentado en vano mejorar (1).
(Los eseribas y los fariseos (2) están sentados en la cá,-
tedra de Moisés (3); practicad, pues, y haced todo lo gue
os diieren.) Su derecho es indisputable. Sentarse en eI
trono de un rey es sucederle y heredar su poder. Sentarse
en la cátedra de Moisés es heredar su autoridad. Por tal
título, Jesús desde luego reconoce que se les debe respeto
y obediencia. En cualquier mano que resida, la autoridad
legítima es sagrada; pero es posible, sin dejar de respe-
tarla, despreciar la indignidad de los que la llevan. En
cada uno de esos fariseos y de esos escribas, convertidos
en guías del pueblo de Dios, hay dos hombres: el repre-
sentante ofieial de Ia jerarquía religiosa y eI individuo
privado con sus vicios ó sus virtudes. Como doetores de la
sinagoga, enseflando la ley de Moisés, tienen derecho á ser
eseuchados. Como hornbres privados, no han de proponer-
se como modelos, pues su eondueta es detestable. (Guar-
daos-prosigue Jesús-de hacer lo que hacen (+).» Y en
pocas palabras esboza vigorosamente el retrato de aque-
Comentadores de la. Le-y», XVII, 6,
5; X_X, z, 4, ó también «los ooeorai,
21 II,2r I, etc. Juvenal, §aú rpres le-
»
, sesentaba mas la
Talmud,to oy sig_
islativa, no da sino
las sinagog mp. yi-
(+l El rargum de Jerus sobre Núm., xx[r, rg, dice: «Eomines dicunt,
sed non faciunt»; y en Chag,igahrf.ol.l1, 2: «Memineris doctrinae ejus et non,
operum ejus.»
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MONSENOB LE CÀMUS
llos falsos devotos, de aquellos vanidosos ridículos, verda'
deros hipócritas de la época. (Son buenos para leer aI
pueblo las palabras de la ley, pero no para practiearlas.)
Su hipocresía va más leios. Afecta aspiraciones ex-
trafi.as hacia Ia perfección; reeomienda prácticas religiosas
extravagantes á innumerables, si bien deiando á' los de-
más el úid"do de realizarlas. «trl hecho es que van lian-
do cargas pesadas é insoportables y las ponen sobre los
hombrãs dã los demás, cuando ellos no quieren ni aplicar
la punta del dedo para rnoverlas.) A fin de presentarse
.oÀo prodigios de virtud, se aplican á multiplicar de este
modo las coodiciones de la santidad. Cuanto más eLevan y
más inasequible hacen el ideal de Ia perfección, tanto más
pretenden hacerse adrnirar, dando á" entender que luo
realizado 1o que han sabido concebir. De ahí esa invasión
ineesante de prácticas ceremoniales, que convierten en
imposible l, ,idu religiosa por todo Io que tienen de excesi-
vo y de tiránico. El pobre pueblo resulta cargado como Ia
acémila que se doblega bajo su carga. En cuanto á esos ce-
losos ooo-ador"r, ,r"úaderos tiranos de las conciencias, les
basta haber hecho creer en su eminente virtud, en tanto que
las almas buenas han de perseguir, sin iamás conseguirlo,
el fin que ellos les han propuesto. Ellos descansan, !, or'
guilosás por habe, -ut".ido de esbe modo la consideración
[,ibli.", jorg , que ya nada tienen que haeer sino se-
go'
L*. de ella. Ni siquiera es seguro que observen en
creto los punto. -á. esencialas de Ia ley divirra. El ojo de
Dios es irr,*, ellos menos temible q"e gl del hornbre. Pa-
recer y no ser, tal es, por 1o visto, su riivisa en cuanto á"
virtud y religión.
Esta es É ra,zôn de que, cuando se han recomendado
por sus doctrinas, procuran hacerse admirar Pol'Sll^S-mo-
ãrle.. De esbe -oilo escriben en sus vestidos la histo-
ria de su supuesta perfeceión, para que los transeuntes
pued.an leerlr; r"rlidad, no tienen en eI fondo dei cora-
"o
,Oo oi los primeros elementos de ella, y no es posible que
,su conci"rái" se duerma en mentira semeiante. «Todas sus
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\
YIDÀ DE NUESTRO SEfrOR JE§UCRISTO
obras-eontinúa Jesús-las hacen con eI fin de ser vistos de
los hombres; por lo mismo llovan las filaeterias más anehas
y despliegan desmedidamente las franjas de sus ncantos.)
En mayor escala que los demás vicios, la hipocresía tiene su
aspeeto ridículo. Reviste todos los caraeteres de una ver-
dadera locura. De un pasaje del Éxodo (1), se había dedu-
cido que el israelita debía llevar en su brazo ó sobre su
peeho el recuerrlo de los beneficios ó de los preeeptos de
su Dios. Los fariseos se cubrían literalmente eI cuerpo de
largos pergaminos en que habían escrito, para no obser-
varlas, las reglas de su vida. Moisés había querido que el
judío agregase una franja á" su manto para distinguirse
del gentil y acordarse de la ley (z). Los Í'ariseos, multipli-
cando la longitud de los tsitsiths simbólieoe, pretendían
mostrar y âumentar el horror que sentían por la gentili-
dad y la fidelidad que guardab aru á, los preceptos de Jeho-
vá. También eran, en su pensarniento, talismanes que ahu-
yeutaban al demonio y alejaban los malefrcios (a). iQué ex-
travagante cuadro el de aquellos hipócritas cubiertos de
amulebos, de pies á eabeza, en Ia frente, en las espaldas, eu
los brazos, y aruebozá,ndose con mantos adornados de fran-
jas azules de las más presuntuosas dimensiones! Jesús no
dice güe, para morbificarse: andaban choeando sus pies
conbra los guiiaruos, ó cerrando los ojos para no ver á las
mu.jeres (a), pero nos deja adivinar los demás detalleã de ese
rebrato vigorosamente esbozado, en que nog quiere dar a,
conocer, sobre todo, su fealdad moral.
Por lo demás, profundamente orgullosos, aquellos auda-
(l) Etodo, XIII r-16, y Dewter., Y, 4 9; XI, tB-22.
(2) Núm., XY, aa; Deuter., XXIL tZ; Zacar., VIII, 2:!.
(3) Los favores atribuídos al hecho de llevar estas filacterias erân nu-
s que los recomendaban: «Observate prae-
ta vobis imputabo, ac si dies noctesque in
p. I7aB. Lighfoot y Schtittgen tienen citas
X, h*cia el fin; Sota,Yr 7, y
del fariseo Nihfr,, que auda
anda encorvado; del fariseo
(Vease San Epifatio, ad,u.
T. III
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/
MONSENOB LE CÀMUS
ces impostores se creÍan llamados á recoger por todas par-
tes eI homenaje debido á su incomparable piedad. (Aman
también los primeros asientos en los banquetes-aflade
Jesús-y las primeras sillas en las sinagogas, y el ser
saludados en la plaza, y que los hombres les den el tí-
tulo de Maestros ó Doctores.) Como ya hemos notado, á
nada más tiende su afecbada piedad. Si remedan á los
santos, á, Ios hombres excepcionales, es sólo para atraer-
se la eonsideraeión del pueblo. El orgullo y el interés son
los rÉricos móviles de su aparente virtud.
(Yosotros por el eontrario no habéis de querer ser salu-
dados maestros-dijo Jesús, volviéndose hacia los discípu-
los que le escuchaban conmovidos y acaso inquietos por la
vehómencia de su palabra,-porque uno sóIo es vuestro
Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Tampoeo habéis
de llamar á nadie sobre la bierra Padre, pues uno sólo es
vuesüro Padre, el cual e§tá en los cielos. Ni debéis ser lla'
mados maestros, porque el Cristo es vuestro único Maes-
tro.) Tal es, en efecto, el carácter fundamental del cris-
tianismo: Qüe las individualidades humanas se eonfundan
todas en un rrrismo anonadamiento ante el Dios que las
d.omina, las crea, Ias gobierna á todas. No hay en la nue-
va sociedad otros grandes y verdaderos dignatarios que
Dios y su Cristo. Si el lenguaie eclesiástico conserva algu-
nos tÍlülos honoríficos para disbinguir los grados de la je-
rarquía, Ia fe los explica y corrige, recordando que la
Iglesia ve únicamente en los doctores una rep-resentación
Àe. O menos imperfecta del Doetor universal, que eB el
Espíritu Santo; en los p ,dres espirituales, imágenes
d"f pudre celestial, que por ellos comunica la vida á,' las
almas; en los guías ó directores, Ios representantes del
(1). No de otra
gran Director de la Iglesia, Jesucrislo
áro"r, eI uso cristiano ha adopbado las denominaciones
(z). La diÍeren'
especiales que eI Maestro parece proscribir
(l os divers«,rs grados de la jerarquía, padres, doctores y
dire los re1»esentantesdelas tres grandes influencias que
'' S
la ejerce en la Iglesia.
(r» Así Pabto se dá eI título áe pad,re con relaciín' a los corintios
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VI.DÂ DE NUESTRO SE§OIà JESUCBISTO 87
cia radical entre los fariseos y uosotros estriba en el sen-
tido atribuírlo á las palabras que Jesús pretende proseri-
bir. El fariseo se ereía doctor por su propia ciencia, padre
por su propia superioridad, guía por sus propias luces; el
cristiano, al aeeptar tales nombres, sabe que no manifies-
ta nada de sÍ mismo, sino todo de Dios, Quien le ha eo-
munieado con mucha abundaneia los dones de cieneia, pa-
ternidad, direeción. En los títulos que le dirigen ve un ho-
menaje rendido á Aquel á quien sustituye, y de ello se re-
gocija. Por esta sola razón los toleras; pues en cuanto a[
alma, todos los crisbianos son iguales ante Dios. To-
- dos son hermanos, todos discípulos, todos hijos; y si place
al Sef,or dar á, algunos la misión de representarle por las
r-recesidades especiales que lleva en sí la vida de la lglesia,
semejante gracia- no haee más que obligarlos á, mayor
humildad. Esto es 1o que Jesús declara al eÉplicar su pen-
samiento, pues las palabras siguientes prueban que admi-
te una jerarquía legítima: «El mayor entre vosotros ha de
ser ministro vuestro; que quien se ensalzare será humi-
llado y quien se humillare será ensalzado.)
Después, volviéndose súbitamente á sus adversarios ex-
clama con voz formidable: «1Ay de vosobros, escribas y fa-
riseos hipócritas, que cerráis el reino de los cielos á los
hombres; porque ni vosotros entráis ni dejáis entrar á los
que entrarían!» Como un obstáculo infranqueable, los ma-
los servidores de Dios se ponen sn la puerta de la Iglesia
no para entrar, sino par? cerrar el paso. Su malicia llega
rro solamente á,, rechazar'la luz, sino á impedir á los demáe
que la vean.
«iAy de vosotros, eseribas y Íariseos hipócritae, que
devoráis las casas de las viudas G) con el pretexto de ha-
cer largas oraciones; por eso recibiréis sentencia mucho más
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uoNsE§oB LE CÀlÍU§
rigurosa!» Aquellos falsos devotos, so pretexto de hacer
bien á los demás, sabían perseguir y hallar las ocasiones de
haeerse bien á sí mismos. Se instalaban en las casas de ias
viudas y, explotando su dolor al par que su piedad, Ies lle
vaban consuelos; se ofreeían á ayudarlas con sus consejos
espirituales y sus oraciones, y, ocultando bajo hermosas
palabras sus codiciosas intenciones, llegaban á devorar en
ellas, no sólo excelentes festines, sino tam bién la fortuna
misma de tan hospitalarias mansiones. La religión üransfor-
mada en instrumento do interés, en ocasión de buena mesa,
en medio de enriquecerse, y todo ello en periuicio de pr:-
bres y dignas mujeres, 3qué sacrilegio!
«iÀy de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que
andáis girando por mar y por tierra, á trueque de hacer
un prosélito (1); y después de converbido, le hacéis digno
del infrerno dos veces más que vosotros!» El proselitismo
del mal no puede ser más que un crimen abominable. Es
la eaza de almas para matarlas y arroiarlas aI abismo. EI
'farisaísmo no les quita los vicios que ya tenían, las compli-
ca.con otros también detestables, la hipocresía, la obstina-
ción, el orgullo. Esba es la razón de que los hijos que en-
genrlra sean, dos vecos más que é1, hiios del infierno, iQué
terrible paternidad se abreve á busear!
«iAy de vosobros, guías ciegos, que decís: E[ jurar uno
por e[ templo no es nada, mas quien jura Por el oro del
templo, está obligado! iNecios y ciegos! ,qué vale más, el
oro ó el templo que sanbifica aI oro? Y si alguno iura por
el albar, no imporba; mas quien iürare por la ofrenda pues-
ta sobre é1, se hace deudor. iCiegos! ,qué vale más, la
of,.cnda ó el altar que santiÊca la ofrenda?) Extraf,a ca'
suísbiea, de la cual hemos visto otros ejemplos no menos
choc.antes. Aquollos falsos doctores, cle tal modo se perdían
en disUinciones absurdas, inspiradas á sus espíribus enfer-
(l) El proselitismo de los judíos en esta époc*era muy ardiente en su
país'y en el extraniero. V. S,:hleusner, Ler. heb,rsobre esta palabra, y-el cu-
riosotrabajo cle Danz en Meuschen, i T. e ?alm. illwsú., p. 649, y sig., co-
nro á W'olf , Cwr. sobre l[ateo, XXIII, 15.
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YIDA DE NUESTRO SE§OR JESUCRI§TO
mos por el interés y.la vanidad. Ahora bien, todas esas ense-
f,anzas, al turbar las coneieneias, no hacían más que multi-
plicar inritilmente las faltas. He ahí la verdad restableci-
da por Jesús en dos palabras. Es de admirable sencillez:
«Cualquiera, pues, que iura por el altar, jura por éI y por
torlas las cosas que se ponen sobre el; y quien jura por el
templo jura por él y por aguel que lo habita; y el que iura
por el cielo, jura por el trono de Dios y por aquel que está
en él sentado.) Nada más elaro que esta teología del sim-
ple buen sentido. La distineión en grandes y pequeflos j.-
ramentos no tiene razón de ser. Todo iuramentr-r hace in-
tervenir á Dios como garantía de la palabra humaner, y,
por consiguiente, obliga á quien lo hace.
«iAy de vosotros, escribas y Íariseos hipócritas, que pa-
gáis diezmo de la yerba buena y del eneklo, y del comino
y habéis abandonado las cosas más esenciales de la Ley,
la justieia, la misericordia y Ia buena fe!» Moisés (1) había
preserito el diezmo do los frutos y de las rentas de la tie-
rra. Los fariseos entendían en el sentido más rigoroso tal
mandato, I hasta la última legumbre de sus jardines, to-
do, según ellos, debía á los saeerdotes su censo legal tzl.
Esto era un exceso de celo, pero que no hubiera tenido na-
da de eondenable si no hubiese eontrastado con el relaja-
miento más criminal en puntos de importaneia mucho nra-
yor. Pagar diezmos insignificantes, cuando se pisotean los
preeeptos más eseneiales de la moral, es cubrirse con la
máscara de la perf cción, permaneciendo profundamente
miserable: «Debierais observar esos rrrenores preceptos sin
omitir los más importantes. iOh guÍas ciegos, que eoláis
vuestra bebida por si hay un mosquito, y os tragáis un
camello (3)!» Esta es la inconsecuencia de la hipocresía.
(1) Leo., XXYIf, 80, y lugares paral.
(?) Nada más ridículo que las exageraciones á que se entregaban, conforme
á ciertos preceptos tradicionales (.Babyl, Jornta, f. LxxxrÍr,21. y. Light-
'wetstein
foot y sobre Mateo, xxlrl z:1. Se suponía que era un crimen el no
l:
sujetarse á ellos: Tr. Sa,nh., f. BB, «Qui comedit non decimata, reus est
mortis».
(s) Se debe entender por xrívura, cualquier mosquito del vino que se ha
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MON§DNOR, LE CÁMUS
«iAy de vosotros, escribas y fariseos hipócritae (1), que
limpiáis por defuera la copa y el plato; y por dentro estáis
llenos de rapacidad é inmundicia!» Nada se acomoda más
fácilmente á lo externo de la virbud que Ia injusticia y ia
lujuria, pasiones ambas que obtienen su fin á condición
sobre todo de que se presenten disfrazadas. Se consigue
fáeilmente el bien ó el honor de parte de los demás, cuan-
do uno ha logrado hacerse aceptar como hombre justo y
austero. (lOiego Íariseo, limpia primero por denbro la co-
pa y el plato si quieres que Io de afuera sea linrpio!» Esbe
es el gran principio cristiano que ataca de freqte á todo
el farisaísmo. La pure za viene de dentro. Las lustracioues
exteriores no podían ser más que un ernblema, ütr signo.
Cuando el corazôn es puro, purifica todo lo demás; pero lo
eontrario en manera alguna es verdadero. La pureza del
cuerpo no lleva consigo Ia pureza del alma, y sólo éstà es
agraclable á los oios de Dios.
«iAy de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque
sois semejantes á, ios sepulcros blanqueados (2), los cuales
por afuera parecer hermosos á los hombres, rnas por den-
tro estrín ilenos de huesos de muertos y de todo género Ce
podredumbre. Así bambién vosotros etr el exterior os mos-
tráis justos á los hombres; mas en el iriterior estáis lienos
de hipocresía y de iniquidad.»
Ifablando de esta suerte, Jesús miraba quizás en direc-
ción al Cedrón, donde, según se haeía todos los aflos á me-
diados del mes de Adar (3), se habían blanqueado las se-
ahogado en el líquido, en oposición al camello, animal cle muy alta talla é
inrpuro. Lea., XI, 4.
(l) Sch<ittgen, p. lg8, cita una sentencia curiosa de -foIid,r. Esth.,I, f. Iol,
4: (Decem portiones hypocriseos sunt in mundo, no\:em Hierosolymis, deci-
ma vero in toto orbe terrarum.» Se lee en el Salterio cle Salomón, IY, 7, á
propósito de ios fariseos: Koi év úroxpíoet (ôvres.b
(2) Se ha creído que había aquí una alusión á la costumbre judía de se-
flalar con cal los sitios donde un muerto había sido enterrado, á fin de evi-
tar que los transeuntes quedasen impuros durante ocho días. No era tal el
pensamiento del Salvador. Quiere recordar la orgullosa magnificencia que
hace olvidar á los muertos, y no la prudencia que los recuerda.
(3) Sheko.limr I, l, «Quintodecimo mensis Adar emendant vias et pla-
teas, etc., et pingunt sepulcra.»
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VIDA DE NUESIRO SEftOR JESUCRISTO 91
pulturas diseminadas en la vertiente oecidental del mon-
te Olivete. La vista de las tumbas de los profetas le
.arrancó su último grito de indignaeión.
«iAy de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que fa-
bricáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monu-
mentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en
tiempo de nuestros padres, no hubiésemos sido cómplices
en ia muerte de los profetas! Con esto ciais testimonio de
que sois hijos de los que mataron á los profetas. Acabad,
pues, de llenar la medida de vuestros padres. 3Serpien-
tes, raza de r,ívoras, icómo será posible que evitéis el ser
eondenados al fuego del infierno?))
Así vuelve Jesús al pensamiento que le domiua, el de
su muerte próxima. Sabe 1o que sus enemigos han trama-
do contr, É1 y los desenmascara sin piedad. lllipócritas!
lProtestan de que ellos jamás habrían teflido sus maüos
en la sangre de aquellos profetas, de aquellos i"s}t cu-
yas tumbas restauran y adornanil están en víspera§'de in-
molar al único Justo, al gran Profeta que está en medio de
ellos! lYerdaderas víboras, que esconden baio las flores de
sus hermosas palabras el veneno de sus eorazones! Ilorlo-
rízalos Ia sangre de los iustos, I, después cle haber derra-
mado Ia de Jesús, derramarán la de los Apóstoles. (Yoy
á" enviaros-aflade el Maestro-profetas, sabios y eseri-
bas, y mataréis á unos y los crucificaréis; azotaréis á otros
en vuestras sinagogas, y los perseguiréis de ciudad en ciu-
dad (1).) Así será colmada la medida de todos los crímene§,
y la hora del castigo llegará. Hasta este momento ha po-
áiao esperar Dios con paeiencia, pero entonces vengará 1o
presenbó y lo pasado. (Así recaerá sobre vosotros toda la
ã^ogtu inocente derramada Sobre Ia tierra, desde la san-
gre del justo Abel, hasba Ia de Zaearías, hiio de Bara-
(r) aunque no poseernos la historia comple@ d. los Apóstoles, sabemos
con qué terrible exãctitud, se realizó todo esto. Esteban apedreado, Santiago
decapitado, Pedro y Simeón, hijo de Cleofás, crucigcados, y_todos a_cosados,
persôguidoá .o*o bestias fieras, por no decir nada de las violenciasd'elosiu-
ãíos óntra Pablo, el Apóstol de los gentiles: he aquí la historia de la gene'
ración apostólica.
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l
MONSEfrOR LD CÀMU§
(t). En
quias, á quien matasteis entre el Templo y el altar
verdad os digo que todae estas cosas vendrán á caer sobre
esta generación.» He aquí eomo, en nombre de la justicia,
habla el Hijo de Dios.
Y, sin embargo, el Hiio del hombre no puede evitar un
movimiento cle aÍecl,uosa ternura ponsando en su ingrata
y clesventurada, patria. Su pesar encuentra un acenbo cu'
ya emoción rros conmueve todar'ía. (lJerusalén, Jerusaién,
que matas a los profebas y apedreas á los que á ti son en'
viados, euánt,as veces quise juntar á tus hijos, eomo la ga-
Ilina junta á sus pollueios debajo de sus alas, y tú no lo has
querido (2)!» Parece que al llegar aquí un sollozo interrum-
pe su pensamiento. «1He aquí-af,ade-que vuestra mora-
da va á quedar desierba! (3)»
(1) No hay que dudar de la identidad de este Zacarías con el que, por
orden del rey Joás, fué apedreado en el atrio del Templo. Jesús se propone
citar el primero y elúltimo homicidios referidos en la historia de IaÂntigua
Alianzqpl de Abel, Gen.r IYr S, y el de Zacarías, f I Paralip.rXXIY, 2o I
21. Comfi. Josefo, Amt.,IX,S, 3, donde Zacarías pone á Dios por testigo y
juez de sus sufrimientos: «Moriens tero Zacharías Deum testem fecit et ju-
dicem eorum quae patiebatur.» El asesinato del profeta Urías, âunque pos-
terior, no estaba contado más que eaJerem,., XXYI, 23. Jesús no lo mencio-
n&, porque su ntirada se dirigía irnicamente a.I Génesis y a ff Pq.ralip., Quo
abrían y cerraban respectivamente la serie cle los Libros históricos en el ca-
non de los judíos. En Lueas, XI, 51, nose encuentra sino un fragmento del
discurso que reproducimos aquí segírn Maú., XX[I. Jesús no nonrbra el pa-
tlre de Zacaríts, y parâ supdmir la dificultacl, muchos suponen que en rea-
lidad no 1o había nombrado. Si se toma eI texto de Mat., XXIIL 35, tal co-
mo es, la diÍicultad es grande, pues se dice en éi que Zacarías era hijo de
Baraqnías, cuando, según fI Parulip., XXIY, 20, parece haber sido hijo de
Joiada. ÍIIay que echar la culpa á un traductor ó á un copista que al esmi-
birpensó, muy intempestivamente, en el profeta Za,csrías realmente hijo de
Baraquías, Zoq.,I, 1, pero del que no se trataba equí? iDebe admitirse que
Joiada se llamó también Baraquías ó que Baraquías fue eI abuelo y no el
padre de Z-,acarias? De ambas maner&s podría solucionarse la dificultad. Lo
cierto es que no puecle pensarse aquí en Zacarías muerto por los Celadores,
B. J.,IV, 6, 4, y cuya muerte habría sido profetizada por Jesús unos cuaren-
ta aflos antes, pues un aoristo no puecle tomarse por un futuro, y además, el
paclre de este Zacarías se llarnaba Baruc, que no es lo mismo que Baraquías;
menos arin, digan lo que quieran Baronio y otros con el Protoett. de Sant.,
23, puede tratarse dei padre cle Juan Bautista.
(z) Este patético apóstrofe dirigido á Jerusalén está mejor colocado aquí
que en Lweas, XI[,34. Las palabras: (iCuántas veces quise juntar á tus
hijos!» dan á entender que si bien los Sinópticos pasaron en silencio las di-
versas estancias de Jesús en Jerusalén, no pretenclieron excluirlas.
(3) Dios la abandonará y el resultaclo final será la devastación, êpí1soac,
Mat^, XXIV, 4(t; Luc., XXI, zO.
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VIDÀ D.E NUESTRO SEfrON, JE§UCBISTO
Contempla las legiones romanas prontas á' exterminar
al pueblo prevaricador. Síguenlas el duelo, la desolación,
para ven[far tantos crímene.. Ét se irá para no volver has'
ta el terrible dÍa del juicio. (No me veréis más, hasta tan-
to que digáis: (iBendito sea eI que viene en el nombre del
Seflor!» Antes de que llegue esa hora, 1cuántas lágrimas
derramará Israel! Jesús no volverá á visitar á su pueblo
sino sentado sobre las nubes del cielo, para juzgar al mun-
do. Sólo entonces los judíos, por fin eonvertidos, le acla-
marán sobre las ruinas del universo.
Terminadas estas aterradoras inveetivas, el Salvador se
dispuso á abandonar el Templo. Aungue salía de éI para
siempre, y dominado por una emoeión profunda, guat'-
daba en su retirada una solemne majestad que se imponía
á todos.
Para esperar quizás á sus diseípulos, paróse un instan-
t" y se sentó en el patio de las mujeres, enfrente del Te-
soro del que ya hemos hablado. AIIí depositaba cada cual
su limosna en trece cepillos, scho/eroú, abiertos en forma de
bocina. Á Jesús le plació contemplar un momento aquel
espectáculo de la earidad ofieial. Muchos opulentos perso'
najes habían pasado, depositando con fausto sus rieas
ofrendas. Llegó á, su vez, rtna pobre viuda f , acercán-
dose al cepillo, echó piadosamente en él dos leptcus, es de-
cir, unos dos céntimos (l). Supuesto que tenía dos, Ia ne-
eesidad podía persuadirla de reservarse uno; pero su Íe
prefirió dar todo lo que poseía. Enternecido Jesús por tan
hermosa caridad, dijo, dirigiéndose á los discípulos: «En
verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el
arca que todos los otros juntos.) No había echado oro, si-
no su eorazín que valía mucho más. (Los otros han echa-
do algo de lo que les sobra, pero ésta ha dado, de su mis-
(1) San Marcos, gue escribía para el mundo romano, tradujo el valor de
la limosna en lenguaje romano. Equivalía al euad,rante, ó cuaúa,parte del ar
6 del sueld,o (x).
(*) Dice el texto: «Misit duo minuta (Àerrà ôúo), quod est quadrâns.»-
N. del T.
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MCNSEfrOB LE CÀIÍUS
ma indigenciaG), todo lo que tenía.» El valor de la limos-
ila no consiste en la eantidad, sino en la calidad. iQué di-
ferencia entre esta viuda que da á Dios todo lo que tie-
Do, aunque sea poco, y los fariseos guo, en nombre de
Dios, devoran los bienes de las viudas ricas, por muy cuan-
tiosos que sean! ,
Este rasgo fué un consuelo para el Salvador, en medio
de la hipomesía y de la impiedad que le rodeaba.
(I ) Este es el sentido, en Lueas, de torepí1pa, el déficit, el haber insufi-
ciente para vivir, y ea Marcos, de úcrepilasr la situación económica inleri,or
d lo necesario.
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CAPÍTULO IX
Jesús y los griegos en el atrio del Templo
Incidente inesperado.-Los griegos piden á Jesús una entrevista.-Felipe y
Ândrés, intermediarios naturales.-Respuesta del Maestro.-El grano de-
be morir para que se multiplique.- Emoción de Jesús en presencia de la
muerte.-La víctima se ofrece para glorificar al Padre.-La yoz del cielo.
del ministerio de Jesús en el Ternplo. (Juan XII, 20-36).
-Fin
Àquel mismo día probablemente o), hallándose todavía
en el Templo, una demostración muy significativa y du
feliz presagio para lo por venir, partió de improviso del
patio de los gentiles, contiguo al de las mujeres. San
Juan, realzando cuidadosamente este tràv:o luminoso en
un euaclro que va á oscurecerse con rapidez, Ilena muy á
propósito una laguna de los Sinópticos.
En aquel momento en que la ruptura eon fsrael se acen-
tuaba, y en que Jesús, descorazonado por la más inconce-
bible obstinaeión, se retiraba, definitivamente del Templo,
es interesante ver que la gentilidad hace las primeras di-
ligeneias para atraer al Maestro. AsÍ piden unos recoger
los dones que otros han rechazado.
Los griegos, de quienes habla San Juan, eran gentiles
que subían anuahnente á Jerusalén para adorar á Jehor,á.
No hay que confundirlos con los judíos que hablaban el
(l) Juan, que nada dice de Io que sucedió en el Templo después de la en-
tracla triunfal-de JesÍrs, nos cuentà el incidente de los giiegos, y se aprove-
-eha de él para dejarnos entrever en el alma del Illaestro las emociones que,
en los Sinópticos, se harán patentes solamente en el Huerto cle Getsemaní
Como Ia conclusión de esto es eI rompimiento final con Israel, y como en
adelante se abstendrá Jesús de reaparecel' en medio del pueblo, Juan, XTI,
36, debe lógicamente colocarse eI incidente clespués de los discursos en eI
Templo, y antes de la profecía sobre el fin de los tiempos.
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MONST)frOfi, LE CÀMUS
griego, dispersos en país pagano. Trátase aquí de gente
de origen y de lengua griega (t!. Ni siquiera parece que
hubiesen hecho profesión de judaísmo por Ia eircuncisión;
de otra suerte no se explicaría que Felipo y Andrés vaci-
laran antes de conducirlos á, Jesús, como tampoco se ex-
plicaría Ia alusión del Salvador al abismo que los separa-
ba del iudaísmo. Eran indudablemente de zr,quellos ex-
tranjeros que, sin pertenecer á Israel, como dice Salomón
en su plegaria para la consagración del Templo (z), ereían-
se, empero, obligados á parbir cle las más apartadas regio-
nes para ir á orar en la Casa del Seflor, porque el nombre
y eI poder de Jehová habían llegado hasta ellos. En un&
época en que las religiones paganas eaían en universal
deserédito, no hay que extraf,arse de eneontrar también
gentiles adoradores del Dios de los judÍos, y constituyen-
do una secta de deístas en el mundo pagano. Los l[eehos
de los Apóstoles seflalan su existencia (3).
Admirados de 1o que habÍan oído decir de Jesús (a), aquo-
(l) En §an tr[arcos, YII,26,vemosque la siro-fenicia es calificada de
griega. Aquí esos extranjeros son intencionadarnente llamaclos"EÀÀ7zes, y no
'EÀÀ7rrroÍ. Comp. Hechos, XVf, l; Juan, VII, .35.
(2) flf Reyex IX, 41.
(3) Hechos, XIII, 43,45; X\rI, I4; XVII, 17.
(4\ Si bien el Evangelio los llama griegos y no sirios) una antigua tra-
dición sostiene que fueron enviados por Abgar, rey de Edesa. En una carta
muy respetuosa, éste escribía á Jesirs «que habiendo oído contar sus obras.
milagrosas, había sacado la consecuencia que él era Dios. Si era desgracia-
do en medio de su pueblo, no tenÍa más que irse á su lado. Su ciudad era
grande y hermosa, y sería suficiente para ambos». En una carta, cuyo estilo
se acomodâ por completo al de nuestros Libros Santos, el Seflor le habría
dado las gracias por su generoso ofrecimiento, y le habría prometido que
después de su Ascensión le enviaría uno de sus discípulos para curarle. Et
rey sufría una enfermedad de la que deseaba vivaruente verse libre (la le-
pra, según Oedreno, Eist., p. 145, y la gota, seg[rn Procopio, Bell. Pers.,lL,
12). Al mismo tiempo, prometía la vida eterna á Abgar y á los suyos. Buse-
bio, por quien tenemos estos detalles (fL E.,Ir l3), afirma que los toma do
documentos siriacos conservados en Edesa. En el siglo V, Moisés de Khoren,
eD su Histoire d,e l' Armenier I.Ír 30, 33, los reproduce con algunas adiciones
importantes. Según é1, Jesús habrÍa enviado su retrato á Abgar. Abger ha-
bría escrito á propósito de Jesús al emperador Tiberio, á Narsés, rey cle Asi-
ria, á Arclaqués, rey de Persia, etc. En el decreto del papa Gelasio, Delibrit
recipiendis, en 494, la correspondencia cle Cristo con Abgar está clasificada
entre los apócrifos (V. Ilefele, Hist. d,es Conciles, vol. IIf, p. 223), con el
Pa,stor cle Ílermas, eL filnerarium Petri, etc., Yéase la cuestión de autentici-
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VIDÀ DE NUESTRO SE§'OB JESUCEISTO
llos griegos judaizantes deseaban verlo de cerca, y q'rí?
también lrrr,ilatlo á llevar eI Evangelio á sus comarcas. EI
acto significativo del Maestro, echando á los mereacleres
det TeÀplo para devolver á los gentiles el sitio guo, en todo
tiempo, les había sido reservado, alentaba á" aquellos hom-
bres de bueua voluntad. La amplibud de miras guo, según
todos decían, caracterizabaal Reformador, hacíales suponer
que el reino de Dios iba á abrirse para la humanidad en-
bera, y Ia actitud de los judíos deeÍa albamente que, Para
todos, había llegado la hora de entrar en é1.
Para asegurar el éxito de su tentativa, dirigiéronse á,
Felipe de Éetsaida. Á jorgar por su nombre, es posible
que este Apóstol fuese oriundo «ie una familia de lengua
griega, pues eran numerosas en las Íronteras de Galilea.
Quizás estos mismos griegos habían llegado de un&
de las ciudades de Decápolis, donde formaban una parte
considerable de la pob'lación. Dijéronle, pues, en términos
muy deferentes (1): (Sef,or, quisiéramos ver á Jesús.) De-
sean verlo, no por simple curiosidad, como Zaqueo, sino
con inteneión de hablarle seriamente. La fórmula vaga que
emplean no tiene otro objeto que el de atenuar su deman-
da, que sená tanto meior acogicla cuanto rnás modesta apa-
rezeà,. En el fondo, sü inteneiór"r se deja fácilmente adivi-
nar, y Felipe, aunque aborda,lo con desacostumbradas
a,teneiones-Ie han tratado solemnemente de sef,or,-no
se determina á" presenbar por sí mismo urra petición tan
grave. Dobado del natural eircurtspeeto que ya le conoce-
mos (2), quiere conocer la opinión de otro sobre su oportuni-
dad, ó también valerse de una influencia rnás poderosa
que la suya para tener buen éxito. Se dirige á Andrés,
quien, griego por su nombre, era como é1 de Betsaida, y
dad discutida por Lipsio: Die Edesrenisehe Áboa,r- Sage, Braunschweig, 1880.
La carta de Abgar y la respuesta de Jesús parece haber sido colocadas aI-
guna vez en el frontispicio de algunas casâs para proteger á sus moradores.
Cuando, en 1899, visitamos las exeavaeiones en Efeso, acababan de encon-
trar la de Abgar en la entrada de un edificio.
(1) La cortesía era la seüal característica de la educación griega.
(2» Jua,n, VI, tr y sig.; XIV, s-9.
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MON§E§OR LE CÂMUS
su eompaflero predileeto (1).
Podía también haber apeiado
provechosamente al crédibo de su hermano Pedro; sin em-
bargo, pareee que negociaron solos este asunto. como la
cuestión de la admisión de los gentiles en el reino mesiá-
nico era muv delicada-los Apósüoles no podían haber o1-
vidado la respuesta de Jesús á Ia Cananea.--determiná-
ronse á" no tomar sobre sí la responsabilidad de presentar
los griegos al Maestro, sin haber obtenido de antemano Bu
asentimiento. Transnaibiéronle, pues, suplicándole lo aten-
diera, el deseo de aquellos extranjeros.
En medio de las amarguras de aque tlía, era consolador
ver que aquellos paganos llamaban animosamente á, la,
puerta del reino mesiánico. Los Magos habían acudido de
Oriente para saludar al Mesías en su naeimiento; Ios grie-
gos llegan hoy de Oecidente para verle antes de morir.
Admitirlos eomo discípulos hubiera sido el supremo es-
cánclalo para Israel. I{o lo hizo, y su pensamiento se di-
rigió en seguida al terrible y próximo suceso quo debía
llenar el abismo abierto por el pecado entre la gentilidad
y el verdadero Dios. Sólo cuando Él s"r, levantàdo entre
el cielo y la tierra, podrá efr.cazmente atraer el universo.
Ilasta entonces ios gentiles deben estar fuera del reino.
É1 fra sido solamentã enviado á los hijos de la promesa, y
si alguna vez se ha dirigido á, los demás, ha sido para
anuneiar, por algunas raras excepciones, la gran revolueión
que prepara el porvenir.
En el texto de San Juan no se ve c ral fué la respuesta
de Jesús á la proposición de los griegos. En todo caso, no se
ve que hubiese dicho nada que los desalentara. Por lo con-
trario, declara que pronto tendrá lugar la aproximaeión
ofieial que solicitan (2). «Verida es la hora-diio-en que
debe ser glorificado el llijo del hombre.) La prueba está en
(1) Juam,I,44.
(2) Es también probable, no sólo que escuchó, de paso por el atrio de los
gentiles, á los que habían solicitado una audiencia, sino que ademris estos
griegos, siguiendo de cerca á Felipe y Andrés, oyeron las eonmovidas pala-
bras que pronunció con este motivo.
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VIDA DE NU.U§TRO EE§OR JESUCRISTO
esa diligencia de los gentiles, motivada, según todas las
apariencias, por la misma ingratitud de losjudíos. La hu-
millación, pera Jesús, llama la glorificaeión. Es esto lo que
entiende significar en la siguiente frase, profecía transpa-
rente de su próximo fin: «En verdad, en verdad os digo
que si eI grano de trigo, después de echado en la tierra,
no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mu-
eho fruto.) Esta imagen, por estar revestida de un color
que se armonizaba con el eaútcter de los oyentes-sabido
es, en efecto, el papel que jugaba el grano de trigo en los
misterios de la religión griega,-era mucho más penetran-
tu y terrible. Si el grano de trigo ha de multiplicarse, de-
be salir del granero, donde su vida permanece estéril, caer
en el surco, pasar por la prueba de la descomposieión,
romper su periearpio baf o la aceión de la humedad que lo
corroe, y sólo después de su anonadaeión llega á reprodu-
cirse por el más admirable de los fenómenos. Así Jesús,
semilla divina reservada por el Padre para hacer germinar
la verdad en el mundo, debe gustar la muerte antes de
'propagar la vida. Su sacrificio es, en realidad de verdad,
el acto por el cual crea la Iglesia, ó la soeiedad de los jus-
tos. Su paternidad, eon relación á, nosotros, procede de
esto, no menos que de su doctrina. La crvz ha valido al
mundo la gracia de comprender y praetiear el Evange-
lio.
«sí, eoneluye-y así entiende dict ar á,los discípulos sus
deberes para lo por venir, más aún que animarse á sí mis-
mo,-el que ama su vida í1), la perderá, mas el que la tie-
ne en poco en este mundo, la enconttaráu en la eternidad.»
Es necesario que los Apóstoles estén íntimamente conven-
cidos de esta necesidad del saerificio individual, sacrificio
que debe matar en elloe, diariamente, la vida natural pa-
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100 MONSEfrOB LE CÂMUS
ra transformarla en vida espiritual, euando no implique
además el supremo y sangriento testimonio del martirio;
sin esto la eonversión del mundo sería irrealizable, y la
Redenci ôn, á, pesar de su mérito infinito, quedaría infruc-
,tuosa, si nadie tuviese Ia caridad de aplicar los frutos de
aquélla á Ia humanidad. «EI que quiere servitme-dice,-
debe seguirrne.) Servir significa aquÍ participar en su obra
reparadora, propagar el Evangelio, ser soldado del prínci-
pe que marcha á la conquista del mundo; seguir quiere
decir compartir sus pensamientos, imitar su ejemplo, co'
rrer qui zá, la misma suerte. «Ailí donde yo estoy, también
estará el que me sirve , y á" quien me sirviese, Ie honrará
mi Padre.» Ilabrán sacrifrcado su vida, á eiemplo del
Maestroi por esto la eneontrarán de nuevo Él en la
"oo
eternidad, y, compafieros de su martirio y de su sacrifi-
cio, 1o serán también de su gloria y de su recompen§a.
Así, con rnotivo de esos griegos, Para quienes el ideal
de la vida humana consiste en el bienestar y en el libre
goee de todos los plaeeres, predica la abnegación, la re-
nuneia y la inmolación. Todo esto 1o considera primera-
mente como su propio deber, y después como el deber de
sus fieles. Ahora bien, este cuadro de los sufrimientos mo-
rales y físicos que Ie aguardan, Y en que la cttrz apareee
ignominiosa y sangrienta, impresiona vivamente su alma.
V"-or aquí el preludio de la angusbia de GetsemanÍ. San
Juan, á pesar de que escribo el Evangelio del Verbo, no
teme rovelarnos, bajo su aspecbo más humano, eI alma del
Maesbro; si no ha contado la lucha final que sufre Jesús
en frente dc la iusbicia del Padre y de la malicia de los
hombres, ha indieado elaramente los terribles precursoreg
de aquélla en eI presente pasaie. 0) «iMi alma se ha con-
turbado!»-exclama Jesús.-La seneíl\ez de esba eonfe-
( ra manifesta-
ció mo sacrificiol
se dolorosamen-
te n entonces de
acuerdo para describirla.
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VIDÀ DE NUE§TRO SE§OB JESUCBISTO 101
sión, delante de todos aquellos que le rodean, revela en eI
fondo de su corazón un combate del que en rnanera algu-
na se avergüenza. Dentro de poeas horas, sentirá, de un
modo más vivo, que el pavor, el disgusto, Ia tristeza tor-
turan su alma y arrancar, á" su cuerpo unsudorde sangre.
Lo que ahora siente no es más que el primer estremeci-
miento de Ia naburaieza. EL relato del Evangelista, corta-
do por muchas vaeilaciones, casi sin transiciones, revela
una violenta emoción. En su repentina turbación, eI Maes-
tro aflade: «Y iqué diré? 1Oh Padre, líbrame de esta ho-
ra! Mas no, que para esa misma hora he venido. 1Oh Pa-
dre! glorifica tu nombre.)) Todos los trabajos de su vida
han sido, en efecto, una preparación para esbe momento
decisivo en que debía ser inmolado. iCómo, pues, podría
pedir que se retardase? No, por muy espantosa que sea la
prueba, siente Jesús en su corazón un sentimiento que se
sobrepone á un terror tan legítimo: es el deseo de honrar
á su Padre. AI instante desaparece toda perplejidad, y ex-
claura: (Ante todo, oh Padre, glorifrca tu nombre.) Este
amor generoso, violento, heroico en su expresión, enterne
ce eI eorazôn del Padre. De pronto, resuena una voz des-
de las profundidades del cielo sobre la cabeza de la mu-
chedurnbre: «Le he' glorifi.cado yà, y le glorificaré todavía
más.) La grande obra de Dios en el rnundo, por el Evan-
geiio, no hace más que inaugurarse. El porvenir reserva
para el Rey del cielo otras glorias mayores que las del pa-
sado. Basta que Jesús fije el punto de partida, que es su
crv4 y los resultados no se harán esperar. Este pensa-
rniento fortifica su corazón contra los supremos terrores.
La muehedumbre que se hallaba más distante, ó era
quizá" rnenos apta p&ra eomprender las divinas mauiÍbs-
taciones, oyendo esta voz,la tomó pol' un trueno, y con-
cluyó que el cielo acababa de responder favorablemente
á, los deseos de Jesús (1t. Algunos, Ios más cercanos,
(1) Es muy cierto que, rnás de una vez, Dios había respondido con un
trueno á aquellos que le invocaban. Así (.I Reue\ XII, f8): «Samuel clamó á
Jehová, y Jehová tronó.» (Yease Salmo XXIX,hebr; Job,XXXVII, +; sal-
T. III
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LOZ MONSEfrOR LE CÀMUS
y sobre todo mejor iniciados en las cosas celestes, creyeron
reeonocer la voz de un ángel. Solamente los Apóstoles pa'
rece que distinguieron claramente las palabras de Dios.
De esta suerte el Padre, en el momento en que va á' eo'
melnzar la humillación de su I[rjo, renueva eI testimonio
que de Él di"rr, en los comienzos de su gloriosa carrera,
en las aguas del Jordâo,y más tarde, á"la mitad de su vi-
da pública, sobre la montafla de Ia Transfiguración. Po'
tenüe como el trueno, su voz anuncia eI advenimiento de-
finitivo de la L"y nueva, el próximo triunfo del Mesías y
el juicio del mundo. «Esta voz no ha venido por mí-diee
Jesús-sino por vosotros.) En efecto, al alma del Salva-
dor, para ser alentada y fortifieada, le bastaba oir la pa-
labra de Dios en el silencio del eorazón; pero eI mundo
necesitaba de una seffal imponente, y ésta le ha sido con-
cedida. Cuando el trueno anuncia la borrasca, eI hombre
debe ponerse en guardia. Los griegos, Ios judíos, Ios Após-
toles, han de proeurar estar muy atentos á' la formidabie
lucha que pronto comenzará, y á, Ia revolueión que debe
zao XYI[, lB, hebr.l Érod,o,IX, 23). Los mismos paganos interpretab-an con
frecuencia, este ruido solemne de la naturaleza como una respuesta favora-
ble de los cielos. Así sucedió con lJlises después de.su plegaria, y se alegró
(Od,isea, XX, 103). Pero en este pasaje de San Juan se trata de una voz çlue
se toma'por un trueno, y no de un trueno que Se tom-a por una v_oz. Los
oyentes están discordes solamente en si lo que se ha oído es la voz del true-
oô O h voz de un ángel; pero todos convienen en que es unâ voz. P,rr otra
parte, sería bastante-sorprendente que San Juan se hubiese permitido in-
ierpretar con toda seguridad, sin la qás pequefla vacilación, una respuesta
quô sería tan poco e"plícita, si no hubiese sido más que un ruido de la na-
turaleza (*).
(") Obsérvese, pues, que, entre este pasaje de San Juan y los que cita el
uoàor, la paridad. no es pãrfecta. En .I Re'1tres, se trata de_u_na tempestad que
se deóencãdena á ruegos de Samuel, y no consta que Jehová pronulciara
verd.aderas palabras. El texto dice: «iNo estamos ahora en la-siega d-e los
trigos? PueJvoy á invocar á Jehová y enviará truenos y lluvias,..- Clam'ó,
pu"es, sa,rnuel á- Jehoaá, ?/ Jehouá e llwaias en_ aquel _mi9l_mo
ãía.» «El pasaje del Énod,o dice: «Y ió su vara hacia el cielo,
y Jehová Lizo-tronar y granizar, y el I po-r la tierra...» Pues
-1a
Li.o, uo San Juan no hay tempestad, y el Evangelista _dice terminantemen-
te: <<vino del cielo uoa vort Le he glorificado y le glorificaré.» En cuanto al
texto de la Od,isea, un simple trueno, en tiempo apacible, responde á la ple-
garia de Ulises; póro tamp-oco sabemos que Júpiter prudente profirieranin-
guna Yoz articulada.-N. delT.
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VIDÀ DE NUESTRO SEfrOR JE§UCRISTO l0B
terminarla. «Ahora va á ser juzgado el mundo; ahora eI
príneipe de este mundo va á, ser lanzado fuera.) Ser jou-
gado equivale á ser condenado ó absuelto, castigado ó li-
bertado (1). Jesús quiere deeir aquí que el mundo será á la
vez eondenado y salvado: condenado en Bus obras, que
hasta entonces han sido malas, y cuya iniquiclad será ãe-
mostrada por el misterio de la eruz; en sus representan-
íos, injustos é inexcusables
e van á recibir; finalmente y
rá vencido y expulsado. Este
zgado, es decir, salvado, por-
que será roto el yugo satánico que pesaba sobre su cabeza.
El judaísmo, en su eeguedad, ,gourdu á, un Mesías que
marehe á la eonquista de las naeiones y le libre de h ãs-
elavitud extranjera. Este Mesías ha venido realmente;
pero al único enemigo á quien pretende destruir y aplas-
tar es satanás , y la liberaeión que quiere ur"go.Á, ôr la
de las almas. La eraz será el inÀtrumento de zu eonquista.
olvidando los dolores del eadalso, y considerándose ya
sentado en su trono sangriento, parâ reinar en lugar del
usurpado Satanás desposeído (2), se estremece de álegría:
«Cuando seré levantado en alto en la tierra, á todos at-rae-
ú á' mí.» Desde el patíbulo infamante, altar donde se ofre-
ee la víctima, debe la gracia, como desde su foco, irradiar
sobre el mundo entero. Sin violentar á nadie, pero como
irresistible imán, atraerá, á todos los hombres. Éo efecto,
haee diecinueve siglos que levanta en todas partes las al-
mas, las solicita y las arrastra tras de sí. Tai es la admi-
rable realeza que Jesús ha creado. Satanás se había cons-
tituído en eentro de la humanidad caída por la concupis-
ceneia que é1 eehaba en el corazón del hombre; Jesús se
estabieeerá eomo el centro de la humanidacl rostaurada
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104 IION§EfrOB LE CAMUS
por la gracia que en ella derramará. Esta es la antítesis y
el contrapeso de aquella G).
El pueblo, comprendiendo bastante mal este lenguaie,
comeÃ26 á, decir: (Nosotros sabemos por la L.y que el
Cristo debe vivir eternamente; ieómo dices, pues, que de-
be ser levantado eI Hijo del hombre? 2Quien es ese Hüo
del hombre?» lSiempre el mismo obstáculo para aquellos
que en la Escritura no quieren leer sino 1o que-se 1vie1e
.-oo .ot ideas terrenales, con sus preiuicios nacionales! El
Mesías triunfanto en la tierra y estableeiendo en ella su
reino eterno en medio del pueblo iudío, que toma parte en
su realeza gloriosa, h" aquí todo lo que han visto en
(3) y en Daniel (a). Bastábales esto;
Isaías (2), en ei Salmista
y han cerrado los ojos sobre todo lo demás. En vano el
pri^ero (5) mostrábales á su Mesías llegando al triunfo por
àl sufrimiento, Ia humillación y la muerte; no lo han no-
tado. En vano han cantado las lamentaciones del segun'
do (6) sobre el suplicio del Justo de fsrael; no las han com-
(7)
prendido. En vano el tercers profetizí anamuerte vio-
ienta para eI Hijo del hombre; no Ie han creído. Por el
eontrario, invocan con audacia la Ley ó la Escritura Para
contradecir á Jesús. El Maestro se desdefi'ará de respon'
der á una objeción inspirada evidentemente por Ia mali-
cia; pero las palabras llenas de compasióo y de ternura
'bro
que tará,i de sus labios, probarán que Ia inereduli-
á*.1 de los suyos ha herido nuevalnente su cotazón.
(La luz aún está entre vosoüros por un poco de tiempo-
ít \ En estas palabras «ser levantado de la tierra» se ha querido ver tam-
que este
Uiàí""n alusióná su reino eterno en tos gie]1:.:!_i
ro consecuencia, li"i.eneslacierto
victoria de la
e refiere á é1. Su linflujo de atracción
aun en el decurso de las edades. Es
cielo influye ahora en los destinos re-
uencia viene de la crtrz, como princi-
or venir. El Evangelista observa, pues,
significar de qué muerte había de mo-
(5) fsaías, LIII.
(6) Salnro, XXI.
(7) Dan.,IX, 26.
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YIDA DE NUESTBO §EfrOR JBBUCBISTO I05
diee profundamente emocionado.-Caminad, pue§, mieu-
tras tenéis luz,para que las tinieblas no os sorprendan; gue
quien anda entre tinieblas, no sabe á dónde va. Mientras
tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz.)
Habla de sí mismo como de una vida que se apaga. Esta
es la hora postrera de su Apostolado. Después de su muer-
te, los discípulos procurarán,, durante algunos días, abrir
los oios del pueblo incrédulo, pero su ensayo no será inú-
til por largo tiempo, pues el Espíritu les ordenará llevar
entre los gentiles Ia antorcha de la fe.
Parece que Jesús pronunció, sin otro comentario, estas
paiabras en las cuales podían descubrirse todas las supre-
mas inquietudes de su alma. (Estas cosas les dijo Jesús-
termina el Evangelista,-y fuese y se escondió de ellos. »
Israel no tenía que esperar ni otro llamamiento ni otra
despedida.
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CAPITULO X
El gran discurso profético
Jerusalén y el Templo visto desde lo alto del rnonte del Olivar.-Admiración
de los discípulos,-Terribles palabras de Jesús.-Las tres preguntas que
hacen al Maestro.-Próximo juicio del judaísmo.-El juicio futuro y
continuo d.e Ia Iglesia.-Parábola de las Th'genes y de los Tal,entos.-Jui-
cio final de la humanidad. (Mat., XXW y XXV; Marc.,X[I, L-37; Luc.
xxl,5-36).
Al salir del Templo (1),
el Maestro tomó, á, través del
monte Olivete, el camino de Betania. La pendiente erâ
pronuneiada. De repente, como agobiado de fatiga tles-
pués de una jornada tan penosa, Be detiene, 5r, volviéndo'
se, pasea una prolongada mirada de tristeza sobre la ciudad
guo, á pesar de tantos milagros, se obstinaba en su incre'
dulidad. EI sol en su ocaso derrama una luz indecisa sobre
los muros de la Ciudad Santa. Bafláudose en el crepúscu-
lo, el Templo, semejante á un inmenso navío anclado en el
puerto, permite ver aún sus grandes líneas exuberantes
de armonía y majestad. El espectáeulo es imponente (2).
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VIDÂ DE NIIB§Its,O SE§OR JE§UCRISTO r07
Los d.iscípulos, admirándolo, recordaron que Jesús, aquel
mismo dá, hubía predicho la ruina de aquelias maravillo'
sas construceion.r. Eotonces uno de ellos, Para llevarle de
nuevo á un asunto tan interesante, ó solamente con rn-
teneión de arrancarle de una cotrtemplación tanto más pe-
nosa cuanto eallada, exclamó: (lMaestro, mira qué Pi"-
dras y qué fábrica!» Pero Jesús, cuyo corazôn rebosaba
de trísteza, estaba lejos de compartir con ellos su entusias'
mo. (;Admiráis-les cliio-es". h"t-osas construcciones?
pues yo o. digo de cier[o que no quedará de ellas pjedra
sobre piedra (ii que no sea demolida.)) Esto había sido es-
crito, Lucho tiempo antes, en el litrro de Daniell2), y, se-
gún todas las probabilidades, lo admitía bambién Ia tra-
ái.iO, rabínica dr: esta époea ts). Siu embargo, uLIa de9la-
ración tan eategórica, sãrprendió a" Ios discípulos. Si eI
y el Mesías entregado á' la
ãspués de esto el reino mesiá-
En aquel momento, sóIo cua-
(4), se ha-
tro discípulos, Pedro, Santiago, Juan y Andrét
llaban alrededor de Jesús, sea que los otros, en grupo
aparte, se hubiesen adelantado hacia Betania, sea que, en
realidact, el Maestro no hubiese querido revelar sino á és:
tos los teruibles secretos de lo por venir.
destruído.
(2) Daniel,,lX, 26.
i,li Schoetígen', Eu.hebr'Il, P. 525y sig.; Gloesener, d'e gernirn fud"
bra cuidadosamente sus oYentes.
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r08 MONSX]§OR LE CÂMUS
San Mateo y San Mareos observan que entonees Jesús
se sentó. Estaba eomo aplastado bajo el peso de los males
que eontemplaba su alma. Bajo su mirada proÍética, se des-
arrollaban simultáneamente el juicio próximo del judaís-
mo, el iuicio futuro y eontínuo de ia Iglesia y el juicio
definitivo de la humanidarl: tres cüadros sorprendentes en
su eoniunto, y gue, por razón de que el uno debe servir
de preludio simbólieo al otro, llevan eonsigo eierta aproxi-
rnación y también cierta mezela eonfusa de sombras y de
l,;uz^ a través de las cuales es preeiso saber leer ]a historia
del mundo. Agrupándose los Apóstoles en torno suyo, pre-
guntáronle con ansiedad: (Maestro, dinos: lCuándo ten-
drá lugar esta eatástrofe? iCuáI será la seflal de tu veni-
da? ;Cómo sabremos que el siglo va á, berminar?» Para
ellos, estas tres preguntas no son en realidad sino una, y,
en efecto, San Lucas las ha reducido á esta: «Todo esto
lcuándo se realizará? En lo por venir, un solo punto los
inquiet'a: el advenimiento del R",r Mesías. Bien que ya,
están, en parte, aleccionados sobre sus groseras ilusiones
aeerca del caráeter de su reinado, éste no deia de pareeeries
una era de felicidad, cle rehabilitaeión, de recompensa, por
la que suspiran con toda su alma. En adelante, menos judíos
y más eristianos, pareee que sacrifiearán gustosamente el
Templo, y aun la nación incrédula, si pronto han de ver
sobre sus ruinas el triunfo de Jesueristo.
El Maestro va á responderles. Ahora sabrán cuándo se
eumplirá la amenazadora profeeía eontra el iudaísmo, y
aprendeútn á, esperar su venida, no con entusiasmo, sino
con temor, porque esta venida será un advenimiento de jus-
bicia para la Iglesia y para cada uno de sus miembros en
el decurso de las edades; finalmente, les anunciará, su reino
definitivo, no para esta vida, como ellos lo esperan, sino
para la eternidad. Tal parece ser el plan del discurso que
San Mateo, mejor que los otros, nos ha conservado en su
eompleto desarrollo. Por otra parte, estas tres grandes divi-
siones responden á lo que los Apóstoles habían preguntado.
Á t, prégunta primera: (iCuándo tendrá lugar la ruina
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YIDÀ DE NUESTBO SEfrOR, JESUCBISTO 109
de Jerusalén?», Jesús responde con Ia descripción de las
espantosas desgraeias que precederán á, la caída del ju-
daísmo oÍicial. La perturbación será coHpleta: falsos cris-
tos seductores de las muchedumbres, agitaciones belico-
sas, trastornos en la naturaleza, persecuciones violentas
contra los discípulos. Entonces comenzará, realmente eI
fin para la Ciudad maldiLa; la abominación estará en eI
Lugar santo y ia cólera divina descargará sobre los hijos
de fsrael. Por vez postrera la seducción intentará turbar
Ia obra de Jesús, ;r, en este supremo esfuerzo de los hom-
bres y de los elementos contra el Cristo, en medio del
desquiciamiento general, como fin de todos los doiores,
vendrá el Hijo del hombre á inaugurar su reino en eI uni-
verso.
«Ilirad-les dice,-que no os dejéis seducir, porque
muchos vendrán en mi nombre, diciendo: 1Yo soy el Mesías,
ya ha llegado el tiempo! Y muchos se dejarán ciertamente
engaf,ar.) fsrael debía ser entregado á los Íalsos mesías,
porque había peeado rechazando al Mesías verdadero.
Dios, para casüigar á los impíos, permite con muchÍsima
freeuencia que eaigan en la superstición. Por otra parte,
la aparición de esos hombres que se atribuyen una misión
extraordinaria, viniendo audazmente, con sus mentiras, á
aumentar las calamidades públieas y á explotarlas en su
favor, es una seflal característica de los tiernpos de des-
composición social y de universal miseria. Jamás abunda-
ron tanto los falsos profetas como en la época del cauti-
yslie (l).
No tenemos suficientes elementos históricos para com-
probar el eumplimiento de esta predicción; pero la dificul-
tad que esto parecería deber originar al exégeta prueba,
uD,a yez más, que aquí no se trata de una profecÍa post
eaentunt: pües, en este caso, habría sido calcada con mavor
cuidado sobre los datos que suministra la historia. De to-
dos modos, de que Josefo no haga mención de falsos mesÍas
(t) Jerem,., XXIX, 8-9; XIY, rB; Ezeq., XI[.
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110 MON§E§IOR LE CAMUS
antes de la ruina de Jerusaién, no se sigue que no los hu-
biera. El historiador judío se abstuvo, quizá por pruden'
cia polÍtica, de presentar bajo su aspecto religioso á" ios
perturbadores políticos de quienes habla (t), del mismo mo-
do que ereyó prudente decir muy poca cosa del mismo
Cristo. Además iacaso, para los judíos, no significaba Io
mismo ser el Cristo y iibertar á Israel del yugo extranie-
ro, según ias palabras de los discípulos de Emaús? Pues
bien, ,no era esto lo que querían todos esos Goels ó Re-
dentores de quienes habla la historia judía? aY aq.re1Teu-
das (2), guo, bajo Cuspiio Fado, gobernador de Judea, fué
acuchilliado con eI pueblo, al cual había prometido dividir
con una sola palabra ias aguas del Jordán, pala pasarlo á
pie enju to? iY todos aquellos otros salvadores que llama-
ban á las turbas aI desierto para darles eI espectáculo de
los más grandes prodigios? iY aquel egipcio que reunió en
el monte del Olivar á más de treinta mil hombres, con Ia
esperanza de ver cómo, por mandato suyo, se desploma-
ban los muros de Ia Ciudad Santa, y que únieamente Io-
gró hacerlos acuchillar por el gobernador Félix, salvando
él su vida en ia fuga? (s) Sin eontar los revolucionarios re-
ligiosos de quienes solarnente nos habia Ia historia religio-
.rr oo simón Mago, que se titulaba la firerza de Dios (a);
y aquel Dosiüeo eüo, segÚrn OrÍgenes (5), se atribuía ei tí-
tulo de Cristo.
Á esta agitación religiosa se unirá la agitación _ social.
(Oir:éis u.i-i.-o noticias de batallas y rumores de gue-
rra. Ir[o hay que turbarse Por eso; que si bien han de pre-
ceder estas cosas, no es esto eI término. Es verdad que so
atmaráu nación contra naeión, y un reino contraotroreinO,
y hambro§, y terremotos en varios luga'
n en el cielo cosas espantosas y prodigios
empero todo esto no es más que eI prin'
(l) Amü., XX, 8, 6; .8. J'ÍII,13, 5; YI, 5, l.
(2) Hechos, Y,36.
(3) Ibid., xxl, 38.
(4) Ibid., Yltl, e.
irl Corutra Cel'swm',lib.II; in MaÜ. tract,, XX\[I'
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YIDÀ DE NUESTBO SEfrOR J.ESUCRI§TO 1r1
do la vean. urgirá huir para evitar el terrible hundimien-
Iras que estallaron alrededor de Judea, de las luchas
de los dos hermanos judíos Asineo y Alineo conbra los
partos (I), de los israelitas acuchillados en Alejandría ó en
Babilonia, sabemos que Palestina, en aquella época, se
'convirtió en teatro de luchas intestinas, de sangrientas re-
vuelbas, de guerras civiles, que prePararou su ruina defr-
nibiva. (Cada ciudad-diee Josefo (2),-par ecía dividida
s.) Sirios y iudíos no creían Poder
mano en eI puflo de la esPada. Ce-
Iemaida, fueron testigos de sus Iu-
chas sanguinarias. AI rnismo tiempo eI pueblo, alarmado
por los rumores de guerras exteriores, temblaba por ver
su territorio invadido. Ora era Cayo César que se disponía
á castigar álos iudíos por haber Degado á su estatua un si-
tio en el Templo; ora Yardanes y después Yologeses que
(3); ora
declaraban Ia guerra á, Izates, rey de Adiaben6
también Yitelio, gobernador de Siria, Qüê se disponía á"
condueir su ejércíto, a través de Palestina, eontraAretas,
rey de Arabia (4), cuando sobrevino la muerte de Tiberio.
En el reinado de Claudio, eI hambre fué terrible, no sóIo
(5), donde, se-
en Greeia y Roma, sino también en Jerusalén
gún Josefo, la miseria fué tan grande, que movió á com-
-(fe*ú., xvUI, e,1.
(2) B.J.,II, 17, to; 18,1-8.
(3) Amt., XX, 3,3.
(4) hffi., xYIrI, r, a.
(ó) Hechos, XI, zs.
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172 MOIISDfrOR LE CAMUS
pasión á, Tzates y á Elena, su madre tl). En esta oeasión
fué probablemente cuando San Pablo recogió en todas
parües limosnas para los pobres de Jerusalén.
La peste, en oriente sobre todo, suele ser conseeueneia
ordinaria del hambre; no es, pues, lícito duclar, autorizán-
dose en el sileneio de la historia, de que hubiese hecho
estragos en Palestina en la época de que aquÍ se tra-
ta Q).
En tiempo de claudio y de Nerón, sintiéronse tem-
blores de tierra e. Asia Menor, en la isla de Creta, en
Frigia, en Apamea, oD Laodieea y otras muchas ciuda-
des (3). Era esto más que suficiente para acrecentar los te.
rrores populares; porque, como decía Plinio, (todo el mal
y todo ol peligro no están en estas violentas sacudidas del
suelo; desgraeiadamente son presagio de eatástrofes que.
las igualan ó aun las hacen olvidar.» Excitada por ese dãs-
quiciamiento general del mundo, la imaginaãión de la
multitud se ejercitaba entonces en sorprender sef,ales e§-
pantosas hasta en las profundidades de los eielos.
Sin embargo, entre estos si,iestros preludios y la ca-
tástrofe habrá un intervalo. Ei judaísmo, antes de morir,
prepa,rará, con una violenta persecución, el glorioso adveni-
miento del Cristianismo. En su locura, y i fin de aturdir.
se en medio de sus tristes presentimientos, tratará, á, los.
discípulos como fuató al 1\Iaestro; pero sus fürores no ha-
rán más que acumular sobre su eabeza las divinas ven-
ganzas, eada vez má,s espantosas. (Entonees-aflade Je-
sús,-s" apoderará de vosotros, / os perseguirán, y os IIe-
varán ante los tribunales, en las sinagogas, ante los go-
bernadores, ó también ante los reye. (a), por causa de mi
(1) Anü.,XX,2,6; Hech., XI, 23.
(2) Se sabe, de otra parte, clue ejerció entonces terribles estragos en las
regiones vecinas, en Babilonia, por ejemplo.
(3)
(4)
ante I{
vieron
tres que fueron con valor á confesar su fe ante los jueces y los verdugos.
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VIDÀ DE NUESTRO SEfrOR JESUCRI§TO 1r3
nombre tt). Os entregarán para ser atormentados, y os ma-
tarán Ql, y soréis aborrecidos de todas las gentes. Todo lo
cual os servirá de oeasión para dar un elocuente testimo-
nio de mí.» Así, la prueba interesará por igual aI judaís-
mo eadueo y al cristianismo naciente. Mas iqué diferencia!
éste lleva en su pecho el fuego sagrado de la generosidad,
de la fe, del amor; aquél se consüme en sü egoísmo, en su
incredulidad, en su odio. EI uno será el verdugo, eI otro la
víctima; la víctima dará" testimonio de Ia verdad, que no
rnuere, mientras que el verdugo con sus violencias no Io-
graút vivificar la mentira, y caerá finalmente á los golpes
de la justicia divina, seflalando con su muerte Ia hora
providencial del triunfo de aquellos á quienes quería supri-
mlr.
Sin embargo, en esta primera tempestad, que debe sa-
eudir al tierno arbolillo, nada faltaú, ni los furores de los
enernigos, ni la traición de los amigos, ni las amarguras
del coraz6n, ni las angustias del espíritu. (Entonces-diee
Jesús,-muchos se escan dalizará,n mutuamente, se traicio-
narán, se detestará"n (a). Se levautarán también falsos pro-
fetas (+) que pervertirár a mucha gente. Y porque abun-
dará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos. EI
hermano entregará" á,la muerte a1 hermatro, y el padre aI
hijo; y se levantarzÍn los hijos contra ios padrês, y les qui-
tarán Ia vida.)) ;Qrré pintura tan viva de las desgracias de
aquellos primeros tiempos, en que los discípulos no ten-
drán obra seguridad que el amor y el apoyo de su Dios!
(l) Conviene recordar aquí el hermoso texto de Tertuliano en st Apolo-
get.: «Credunt de nobis quae non probantur, et nolunt inquiri, ne probentur
non esse; quae malunt credidisse, ut nouren illius aemulationis inimicum
praesumptis, non probatis criminibus de sua sola confessione damnetur.
Ideo torquemur confitentes, et punimur perseverantes, et absolvimur ne-
gantes, quia nominis praelium est.)
(2) Esteban y Santiago son unÍI prueba de ello.
(3) Tal fué la suerte de Figelo, de lfermógenes, de Demas y de tantos
otros, cuyos nombres no ha conservado la historia.
(4) Estos son los falsos doctores de toda clase de nombres. Himeneo, Fi-
letas, Simón el Mago, Carpócrates, Cerinto, Ebión y otros que San Pablo
llanra airos loquentes peruersa. ( Hechos, XX, 3O); psewd,o aposúolos ( If Cot .,
XI, 13; etc).
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114 IÍONSE§OR LE CÀ}IUS
(Cuando os ilevarán ante los jueces-af,adía Jesús,-ro
discurráis de antemano lo que habéis de deeir; sino hablad
lo que os será inspirado en aquel trance; porque yo pon-
dré las palabras en vuestra boca, y una sabiduría á que no
podrán resistir ni contradeeir todos vuestros enemigos.)
Esta promesa se cumplió hasta tal punto que se vió á ni-
flos eerrar la boea de los sabios y de los jueees del mundo,
áignorantes sorprender áLa eiencia eon su filosofia, y á,.
tiernas doneellas deseoncertar á sus verdugos eon su va.
lor. Cosa extraf,a, convertían á, la multitud, qlre iba aI
pretorio ó al circo por curiosidacl; 6u veces aun los jueces y
los verdugos se hacían cristianos. Queríase proporcionar-
les una humillación en esas públicas exhibiciones, á las que
eran arrastrados como aeusa(ios y como víctimas; pero, en
realidad, sólo se lograba prepararles auditorios á quienes
trastornaban con su palabra ardiente, y en donde multi-
plieaban las más sorprendentes conquistas. 3Animo pues!
Los discípulos, á pesar de todo, marchará,,n á,la victoria.
(Ni un cabello de vuestra cabeza, se perderá (1); mediante
vuestra paeiencia salvaréis vuestras almas, porque el que
perseverare hasta el fin se salvará.» El triunfo personal de
los discípulos, á través de los sufrimientos, Ilevará el triun-
fo general de la causa eristiana. (Así, este Evangelio del
reino mesiánieo será predicado en todo el mundo, en tes-
timonio para todas lae naciones, y entonees vendrá el fin.)
fJna vez haya sido arrojada en el mundo la semilla de la
religión nueva, podrá ser desarraigado el árbol viejo del
judaísmo. Se necesitará todo este tiempo para preparar el
parto laborioso de la gentilidad en el Evangelio; á, través
de tantos trastornos, de tantos peligros, de tantas perse-
euciones, los obreros animosos habrán puesto loe funda-
mentos del edificio. I{ada impedirá que entonees la tem-
pestad se desencadene sobre el Templo y sobre Jerusa-
(l) No hay contradicción entre esta promesa y la afirmación que prece-
de: «muchos de vosotros morirán.» Lo que Jesús afirma aquí no tendrá, en
efecto. su cumplimiento sino en la vida futura, donde el que habrá perdido
su alma,la recobrará.
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VIDÂ DE NUESTRO SEÍOB JE§UORISTO 11 5.
lén; en Io sueesivo Dios tendrá por pueblo todas las eiu-
dades de la tierra, y por templo el mundo entero.
En aquel momento los fieles deberán ser sus propios
guardias, si no quieren quedar englobados en el eastigo
de los malos. Ilasta entonces han podido estar en seguri-
dad bajo eI huraeán que rugía sin estallar; pero si, en
aquella hora teruible, se hallasen todavía, en Jerusalén, el
mismo Dios no eonoeería á los suyos. É i*porta que los
suyos sean perdonados, porque forman el núcleo viviente.
de la primitiva rglesia y la esperanza del porvenir. Desde
este momento, Yâ bastante fuertes para romper eon todos
los prejuieios judaicos, bastante iluminados para compren-
der que el mosaismo ha terminado su misión, sufieientemen-
te vivaees para ser impunemente trasplantados, podrán sa-
lir en masa de la Ciudad Santa I, sin disgregarse, reÍugiar-
se en las montaflas, pues no estar á,n ya ligados por el lazo.
de las observancias eeremoniales, sino que un vínculo del
todo espiritual unirá sus almas hasta en sus profundida.
des más recónditas. Ile aquí por qué, aun después de se-
parados, los diseípulos se darán la mano, á través del
espaeio, y las diversas Iglesias que fundará,n,unidas todas
ellas en la misma fe, eonstituirán la grande y universal
Iglesia de Jesueristo.
(Cuando veréis que la abominaeión de la desolaeión
que predijo eI profeta Daniel (1) está esbablecida en el Lu-
gar santo y allÍ donde menos debiera,-el que ha leído etr
proÍeta (2), nótelo bien,--aquel será el momento decisivo.)
(1) Aun cuando la profecía de Daniel, Itr.,26-27, que encuentra su com-
plemento en los capítulos Xf, ;it y XII, I, hubiese teniclo un primer cum-
(Zl Este paréntesis es probablemente del Evangelista, porque Jesús, al
hablar, no se ha cuidado de los lectores, y la palabrà à'o1rYvúaruy se en-
tiende sobre todo de uno que lee. Si se pretende que el Maestro mira la
palabra de Daniel, se tropieza con otra dificultad, cual es que el parénte-
sis se encuentra tanto en Marcos, que no menciona á Daniel, como en Mateo
que lo menciona. Por lo tanto, hay que admitir que el paréntesis se refiere
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L
t16 MONSENOR, LE CAMUS
San Lueas, que no menciona este pasaje de Daniel, pa'
rece explicar À, verrladero sentido: (Cuando viereis á"
Jerusalén cercada por un ejército, entonces tened por cier-
to que su desolación es inminente.)) Lo que constituirá Ia
abominación, de Ia que saldrá, como consecuencia, la ruina
ó \a desolación, no será un sacrilegio cometido en eI Tem'
plo, sino la preseneia de los enemigos alrededor de la Ciu-
ãad Santa. En efecto, cuando Tito eneerró Ia ciudad den-
tro de un círcrrlo de hierro y estableció eI centro de sus
operaciones militares en el monte del O1ivar, pareció que
en frente mismo del Templo levantaba los altares del pa-
ganismo. Sabido es que las legiones rotnànas llevabau por
iosignias unos eseudos er que estaban grabadas las imá-
g.rã. de los dioses y de los emperadores. f 'os soldados las
Iere*uban, y cuenta Suetonio que Artabán, despué. _du
pasar eI Euirates, acloró las águilas y las banderas del
i-perio. Tácito compara además eon uII templo esas b_ri-
llantes exhibiciones de águilas y de estandartes, adornados
con Ia efigie de los dioses y de los emperadores, que los
ejércitos ." .o-placían en multiplicar cuando estaban en
c"ampafla. Los júdios miraban como una profanación de
Tierra Santa la sola presencia de estas insignias. Sublevá-
ronse contra Pilato, que secretamente las había int'roduci-
d.o en Jerusalén, y supliearon á Yitelio, cuaudo éste mar'
chaba conbra Ateias, que les evitase eI dolor inmenso de
verlas pasar por sus tierras. Por otra parte, dificilmente
pod,ría d*r.. ott* explicación de esLa profecía. En realidad
à" ,r.rdrd, no puede referirse siuo á una profanación a,te-
rior á la ruina de la ciudad. Desde luego IIo hay que Pen-
sar ni en ia impiedad de Adriano erigiendo su estatua,
por.Je-
aI lector, interpelado por el Prangeli!-t*,-y to ?l oyente, inte_rpelado
sucristo.'p".o õo estetaso el Evaágelio fué red.actado antes del cumplimien-
ioá" i" ptofecía; d.e otra suerte, sería superflua la ad'vertencia de poner
aiención^á las recomendaciones que va á formular, para evitar la muerte
en
paréntesis (qui legit, inte'
Jesús á los oYentes. Ade-
ién'la frase: «qué fué d'icha
se lee en Mateo.-N. del T.
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VIDÀ DE NUESTRO SEfrOR JESUCRI§TO rr7
setenta aflos después, donde había estado el remplo,
ni en linguna empresa análoga intentada por Tito, p.ro
que la historia no menciona, pues la una y i* otra ."ií"o
posteriores al saqueo de Jerusalén. La abominación de
la clesolaeión G) de quo habla Daniel no podía tampoco
consistir en las matanzas en el Templo, ocaÃionadas po, la
seeta de los celadores; pues, á, Íuerza de repetirs", y*
un'sueeso ordinario el que la sangre humaoa se "r,
-ezclase
con la de las víctimas, y las palabras del profeta inclican
un sacrilegio nuevo, inaudito, eomo lo fué el eerco de la
ciudad por los ejércitos romanos.
{Eo aquella hora-prosigue Jesús,-los que se halla, en
Judea, huyan á las montaflas; los que haÉitan en medio
de la ciudad, retírense; los que viveo los contornos, no
"o en que se ha,
e_ntren; porqug dias de venganzà son estos,
de_eumplir todas las eosas que está, escritas.» La tempes-
tad será espantosa; deberán huir para que no los alcancen
los caseos. Los muros de la Ciudad Santa, tan inexpugna-
!1.: y bravíos, ,9 podrán ya prote ger á,los ciududàoJr, y
la feroz obstinación de los go.reralãs judíos no permitirá
que el vencedor se muestrã elementô con los íeneidos.
Los moradores de Jerusalén y los eampesinos, dejan-
do do alimentar inútiles ilusiones de resistãneia glorio*,
-y
de independencia nacional, deberán buscaruo u.ío en las
montaüas. Pronta deberá ser también su resolución, por-
guo, una vez empeflada la contienda, los jefes judÍos de-
gollarán á los que quieran huir ó rendirrã,y loÁ soldados
romanos no perdonarán á los que hayan podido burlar la
vigilancia de lgr.iudíos. (El que está"o no baje
á tomar algo de su casa; y el que esté"Íterrado,
en el .r*po, oo
vuelva atrás á tomar sus vestidos.» Como las azotár,
Judea, forman una serie de plataformas adonde se sube "o
T. III
I
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1r8 MONSEfrOB LE CÀMUS
por una escalera exterior, Jesús manda bajar y correr ha-
cia las puertas de la ciudad, sin entrar siquiera en la casa
para llevarse algún objeto (t). «iAy de las que estén en
cinta ó criando en aquellos días!» Es evidente que, no pu'
diendo andar de prisa, estarán expuestas á los más gran-
des peligros. «Rogad, pues, que vuestra huída no sea en
invierno ó en sábado (2).» Las precauciones que en estos
casos deberían tomarse contra el mal tiempo, ó por razón
de las prescripciones mosaieas, rebardarían la huída y
amenazarían comprometerlo todo. La catástrofe que iba á
estallar será, pues, tan repentina como el rayo. Nada más'
espantoso que sus estragos.
«El país se hallará en grandes angustias y Ia ira descar-
gaú" sobre sus habitantes. Parte morirán á filo de espada;
parte. serán llevados cautivos á todas las naciones, y Jeru-
salén será hollada por los gentiles, hasta tanto que los
tiempos de las naeiones acaben de cumplirse.) IIn millón
de iudíos fueron acuchillados, noventa y sieüe mil llevadoe
cautivos á Egipto y á, otras provineias del imperio, el Tem-
plo arrasado, Ias ruinas de la Ciudad Santa pisoteadas p-or
lor o"o.edores, y todo esto en medio de los horrores del
hambre, de Ia desesperación y de la tiranía. Ahora bien,
la humillación de Jerusalén durará hasta que /as gentes
hayan cumpliilo s?ts tiempos, es decir, hâsta la eonsuma-
ción de los siglos.
«La tribulación será entonces tan horrible, QUe no la
hubo semejante desde el principio del mundo ni Ia habrá
jamás». Conveníâ que la consumaeión del más grande de los
crí*eoes fuese eastigado con la más espantosa de las ex-
piaeiones. La destrucción do Jerusalén por Nabucodono'
ào*, eI cautiverio de Babilonia, habían preludiado la ruina
(l) En eI mismo sentido hip n en un grado inferior, se
orà"r, aI labrador, que salió en ra dedicarse á sus- faenas,
que huya renunciando al
e:
el
se
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T
VID; DE xlcstno SENT,R JTsUCRISTO tt9
y la cautividad deÍinit$as. Tantas advertencias habrían
podido corregir á, ese pueblo endurecicto y ahorrarle su
c_ompleta ruina, pero le plació desafiar la eólera divina
y
clebió sentir su espantoso peso.
-(si aquellos días no se acortasen, ninguna carne eería
salva;. -1. por causa de los escogidos, "aqueilos días
se
abreviarán.) La toma de Jerusaléi, si bien precedida de
un prolongado asedio, acaeció, en efecto, más-pronto de lo
(t)
lue se esperaba. Josefo y Táeito (2) dan la ,iróo de ello.
Este desenlace precipitado conservó la vida á una parte
de
los que habían evitado la violenta persecución
d"'lo. pr-
trioteros. Jesús los llama los u.eogiãos, ora porque se t
r-
bÍa-n hecho .ya eristianos, so*prerdídos por efsitià
antes de
p-oder escapar. ora porque debíao .oouórtirse á consecuen-
cia de una leeción tan áor*.
- Después de la catástrofe, el judaíBmo, deseoncertado,
buseará activamente al Mesíasl Reducido á pavesas
el
Templo, destruída la ciuclad, anonacladas definúivamente
sus fuerzas, se verá,obiigado á soflar en la era de la restau-
ración nacional. Los poãblo. veneidos y aniquilados
bus-
can en todas partes, por un movimiento espontáneo y
enteramente natural,.y aceptan á, ra rigera, hámbres
que
se atribuyen una misión sotrehumana. aqui este
d.reo
será tanto más enérgico cuantqestará sostÀido
por una
eonvicción religiosa. rsrael, no pudiendo cree. q.ru lo.
pro-
fetas se han engaf,atlo, ó que Dios ha olvidrdo .o,
p.J-u-
sas, Ilamará, á, su Mesías. Làs discípulos mismos
del Evan-
g.li9, es_pantado.s por tan grand". àesrstres, y todavía im-
buídos principios judaicos, no estarán telãs d".rpoou.
^de
que el cristo va de nuevo á enir para restaurarlo
todo.
No Íaltarán impostores que respooár, á esas inútiles ,.;i-
raciones de una n-a,ción aplas[ada por la justicia
dirrúa.
«si alguno os diee: EI cristo *qüi ó a[í, no re
".te y frl.o, profetas
ereáis; porque aparecerán falsos cristos
gue obr".1l grandes maravillas y prodigios, por manera
que, ei posible fuera, aun los ereógião. eãeríao
en error.»
(l) B. J.,Y, t2,1._(2) Eisú.,Y,2.
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120 MONSENOB, LE CA}ÍIUS
otra
eo. los fieles se d.en, pues, por adlertidos. No habrá
aparición personal p.r-anente del Mesías sobre la tierra'
Uiooqoe ãs digan: Ilelo aquí en el desierto no vayáis 11),
attí. y aorrqo"ã. digan: Müad que está en la parte más
inferior de i, casa, n"o lo ereáis.» El gran advenimiento del
Salvador en el tiempo, después de su resurrección, sin
duda se verificará, pã.o en otras condieiones. «Como eI
relámpago sale del oriente, y se deia "-tl- en un instante
hasta el"occidente, así será la venida del l{tjo del hombre'
Y donde quiere que se hallaro eI cadáver, allí se reunirán
los buib.u, tzl.» dn otros términos, atlí donde estará
el
p*t, verdadero y substaneial, allÍ se reunirán las almas
irambrientas cle verdud, tle iusbieia y de caridad'
Esba grandiosa imagen le sirve al salvador para_pasar
á la segiod* cuestión, d. tu qlt ++:j:tt:* en su discur-
so, iCí^o se realizará,la venida del I{ü9 del
hombre?
En la misma hora en que deje de existir la Jerusalén
infiel, empezará la Jerusalén de los creyentes. Mientras
los hijos'de Israel, malditos de Dios, buscarán á' su
Mesías en el desierto ó en obscuros rotiros, creyondo
qo" u.tá allí conspirando para salvar á Ia patria, eI ver'
áu.l"ro Mesías seLost, ^rá, ártodo el mundo con la f1lgu-
ranLe rapidez del rayo; seüalará su rasgo luminoso
desde
impetuosamente desde
Oriente á Occidentã, se lanzará,
atraí-
Palesbina al Imperio Romano, y las almas generosas,
das por esta .ritit, manifestación, volarán en tropel ? f"
,lr.áedo, para constituir su pueblo ó su Iglesia..TaI ha
cristiana'
sido, en efecbo, la,hisboria de ia gran revolución
reino del Hi'
Así se hizo la'Parousici,, ó inauguración del
jo del hombre en la humanidad'
pop-ularu*.y"-preparaban ordinariamente en el de-
T;o. movimientos ,i"ido .o él Iôs grandes directores ó proferas d.el
tràuieo h;;ã;
"iJ.to. a. Dios: Moisés, Elías, Juan Bautista'
,1;;^";; eI ásuila,
""LL1o ;;i;ü* óezóssino ' nd'ido-nocondesigna
en este proverbio populal,
el águila por los
oue no come cadáveres, el gran buitr.r-9ã
;;;*",r*,'ãt"ilr,';i."i:,"Í,-ri 'q'ti*tat', Íx, ; v -9o"
hallamos en ban-
dadas numerosísi*r. ."'toáa Siria. Óootâmos ,.tâ ri, cerca de Khan-Yub-
yusef, encima a"ilrg" a. G.o".r."t, dond'e un caballo abandonado por
una caravao*, yr.í, tuerto en med'io de gigautescos hinojos'
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vIDÂ QE NUESTRO SEfrOR JESUCBISTO l2t
En términos llenos de imágenes, guardando proporción
con lo restante de la profeeía, continúa Jesús este gr.an-
dioso cuadro cle su advenimiento, como rey, áula huÃani-
dad en general, y á, cada uno de sus miembros en parti-
cular 0).
«Y luego, después de aquellos días de turbaeión-dijo,
seflales en el sol, en la luna y en las estrellas. El
-habrá
sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, y las es-
trellas eaerán del firmamento. En la tierra, las naciones,
en su eongoja, estarán consternadas por la confusión que
causará el ruido del mar y de sus ondas; 1os hombres an-
tiarán yertos por eI temor y recelo de las cosas que sc,bre-
vendrán á todo el universo. Las mismas potestades de los
cielos serán conmovidas. Y entonces apareeerá en el fir-
mamento la seflal clel Hüo del hombre, eonsternando á,to-
'clas
las tribus de la tierra que le verán venir sobrê las nu-
bes con gran poder y majestad.» Ageo, desde mucho
tiernpo antes, había proÍetizado este advenimiento inter-
mecliario de Cristo al mundo, ba,jo la imagen de una per-
turbación universal. Haeía decirj á Jehovã: «aun ,ro
io.o
de tiempo, y- conmoveré los cielos, la tier.ra, el mar y los
corrbinentes (2).) Esta misma promesa es, tal vez,bajo laeo-
tiea inragen la que, desa,rolla Jesús en este lugar. Los
otros detalles por Él afladidos lo son todos en el ãstilo de
los profetas (3,. tr'ácil es entender su sentido. rsrael verát
Marcos: En aquel,l,os días, y desqru,és
e una relación de tiempo muy estre-
seguirl y, al declarar Jesús que Ia
iando, cierra irrevocablemente Ia
utender este pasaje del fin de los tiem-
que cdenrjamás se realizarán
oco ahora. Son solamente sím-
bolos, ynp gPe inquietarse por la utilidad, ó mejor, por Ia po.iuiliãra
\r
de todos los detalles quo entraían.
(9) .Agar'tt, o, z. -
(3) ast, rsaí,as, hablando de las desgracias que yan á caer sobre Babilo-
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122 MONSE§Oa, LE CÀMUS
su cielo oscurecerse y las tinieblas rodearlo Por todas
partes. Sus hijos, ![ue sobrevivirán aún á la ruina de la pa-
tria, desesperados por tal catástrofe, errantes en eI mun-
.lo y entregados á lo. de las naeiones, como el
"rprichos
oruío desaáp*rado qo"á* entregado al capricho de las
olas, exhalarán espantosos gemidos, ;r, ostupefactos, verán
empezar el triunfã de Aquei á quien habían menosprecia-
do;-a si se prefiere entender de Ia transformación del nrun-
do antiguo esa tenebrosa profecía,la caída de las estrellas
el lúgubre eoniunto de los fenómenos celesbes simboli-
y-zaráuo
É caída de Satanás, ese dios del paganismo multi-
plicado bajo tantas formas; al paso que las perouúlciones
terrestres lndicarán más especialmertt,e Ia crisis vioienta y
la dolorosa admiración de la humanidad en la hora de su
renovación religiosa. Sea Io que fuere, sólo después de - la
más deshecha tempesbad, verár iudíos y paganos briiiar'
en eI eielo la seflal dei Mesías. Esta seflal no será otla
(1i. Detrás rle ella
cosâ que su faerza mistna, ó su cÍuz
aparecerá el Cristo'Rey.
nia (cap. XIII, 9 y sig.), y del furor inexorable de Jehová, profetizó.el oscu-
recimiento de los ,Ji".. U"estra aI sol marchando rodeado de tiniebias y
ras los cielos tiemblan en §us profun-
a sus fundament«rs. La Pintura que
también este lenguaie, Y amenaza át
guâ§.
(l) El ad venimionto espiritual-y
tera' coincidió, en efecto, con la
Apóstole
o recorre
de ellos
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VIDA DE NUESTRO SE§OR JEBUCRISTO 12,3
La inauguraeión de su realeza en el mundo será solem-
ne. «Y entonces enviará sus ángeles, y al estridente son de
la trompeta, iuntaút" sus escogidos de los cuatro vientos, .
desde el cabo de la tierra hasta el cabo del cielo.» Así
se eonstituirá el nuevo pueblo de Dios, áIa voz de los he-
raldos evangélicos, que irán por todo el universo á des'
pertar y recoger, para agrupar en una, sola sociedad, las
almas dignas de oir y capaces de guardar la Buena Nue-
va. Tal será Ia realizaeión visible, aunque completamente
espiritual. de esta venida del l{iio del hombre que, desde
tarrto tiempo, interesa á los diseípulos.
iParu qué fecha habrá que esperarlo? «Cuando viereis
eomenzar el trasborno soeial que profetizo, elevad vues-
tras cabez,as y mirad el cielo, porque cerca está vuestra
redención.» Para quienes durante largo tiempo han gerni-
do bajo el yugo de la persecución y en el dolor, natural es
que levanten la eabeza en sefla.l cle liberación y acción de
gracias. Así procederá Ia Iglesia cuando, tras el laborioso
período de gestación, pueda desafiar eI odio de sus enemi-
gos. Esta hora no tardará. «Mirad la higuera-prosigue
el Maestro;-cuando sus ramos están ya tiernos y las ho-
jas han brotado, sabéis que está cerca el estío. Del mismo
modo, cuando viereis que acontece lo que yo os anuncio,
podréis decir que el reino de Dios está cerea, á, las puer-
tas. ) La savia que trabaia el árbol, bajo las primeras im-
presiones del calor, anuncia la venida próxima de la her-
mosa estación; la justicia de Dios trabajando los pueblos,
anunciaút, eL advenimiento del reino clivino.
Si no está todavía satisfecha Ia curiosidad de los discí-
pulos, si rec]ama una fecha más precisa, va á,fijarla Jesús,
en cuanto puede hacerse para un suceso del orden moral,
en el que desempefla su papel la libertad del hombre, de-
jando siempre lugar á lo imprevisto. (En verdad os digo:
no pasará esba generación que todos estos sucesos no sean
eumplidos. EI cielo y Ia tierra pasarán, mas mis palabras
predicado en todo el universo antes de la muerte de San Pablo, no empezó
á ramificarse realmente sino después de la caída del Estado judío.
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124 MONSTfrOB LE CÂMUC
no pasarán.) La generación presente verá, pues, cómo el
reino mesiánico se establece en el mundo entero.
En cuanto á, su pleno desarrollo en la eternidad, por la
agregación de todos los predestinados, es decir, en cuanto
al reino completado con la admisión de todos los sujetos
que deben constituirlo á través de las edades y llenar eI
número de los elegidos determinado porDios, áon qué tiem-
po habrá" de fijarse? Esto es más difícil de decir G). (De
aquel día ni de aquella hora, nadie sabe ni los ángeles
del eielo, ni el Hiio, sólo el Padre.» Ni la perspicacia del
ángel, ni siquiera la del Hif o, hablando de su inteligencia
humana, puede prever la hora en que será acabada la
obra divina sobre la tierra. Largos siglos transcurrirán sin
duda, porque corto será siempre el número tle los que se
aprovecharán de la Buena Nueva para asegurar su salva-
ción, y largos los espacios reservados al hombre en la pa-
tria eelestial. (Inos, cegados por sus pasiones carnales,
otros, víctimas de su indolencia ó de su presunción, deia-
rán pasar el don de Dios sin aprovecharse de é1, retardan-
do así la hora del reino definitivo y completo del Cristo-
R",r. Esto es lo que da á errtender Jesús en Ia serie de
adverteneias espirituaies que dirige át sus discípulos.
(Y así como en los días de Noé, así será también la ve-
nida del Hijo del hombre. Porque así como en los días an-
tes del diluvio estaban eomiendo y bebiendo, casándose
y dando en casamiento, hasta que entró Noé en el area,
y no Io entendieron hasta que vino el tliluvio y los llevó á
todos, así será también la venida del Hijo del hombre (2).»
En efecto, el advenimiento definitivo del reino mesiáni-
co se efectúa progresivamente, todos los días, para gran
(l) Esta distinción entre la inauguración y el coronamiento del reino
mesiánico parece que hace desaparecer las dificultades que, en este pasaje
y en el resto del discurso, se han convertidoen piedra de escándalo de los
intérpretes.
(2) San Lucas, en sus fragmentos (XV[, 26), af,ade á este ejemplo del
tiempo de Noé elde los conciudadanos de Lot: «Asirnismo como fué enlos
días de Lot: comÍan y bebían; compraban y vendían; piantabau y hacían
câsas; mas el día que salió Lot de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo
y los mató ó todos.»
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VIDA DE NUESTRO §EÍIOR, JE§UCRISTO t2í.
número de Lombres á, quienes la muerte, como antigua-
mente el diluvio, arrebata y arroja á"la eternidad. lCuán-,
tos hry que han previsto la catástrofe? Entregarse á,
todas las pasiongs constituye su único cuidado y, real-
mente, no entran en tropel dentro del area, símbolo de}
reino celestial. Sin embargo, ha sido menos fijado el nú-
mero definitivo de los ciudadanos que deben constituir
este reino, y hasta que esté completo durará el mundo. En
cuanto al resultado final, que es glorifi ear á, Jesús, se corr-
sigue de todos modos. El resultado individual, al contra-
rio, variará según las disposiciones y sobre bodo según
la vigilancia de cada uno.
I{ada más espantoso que la rupídez despiadada y, en
apariencia, ciega con que vendrá á probar á los suyos Ia
justicia de Dios. (Estarán dos hombres en el campo; el
uno será tomaclo y el otro será dejado. Dos mujeres mo.
lerán en un molirro; (t) la una será tomada y la otra será
deiada (2). Yelad, pues, porque no sabéis la hora á que ha
de venir vuestro Sef,or.) Este pensamiento de la vigilau.
cia ueces aria á, quien quiera salvarsc, es de tal importancia,
que el Salvador lo examina bajo todos sus aspeetos,
muitiplicando ias i ágenes y senaejarrzas de é1. Por otra
parte, conviene reconocer que tal era e-rl aspecto inmedia-
tamente práctico de la cuestión. Al recomendarles dispo-
siciones tan visiblemente personales, pretendía preparar-
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MÚNSEÍ'OB, LE CÀMU§
los para un suceso que debían ver con sus propios of os, y
que, por consiguiente, no podía ser ni eI fiu del mundo, ni
'el juicio universal. sino Ia muerte, asiendo á cada hombre
á su
!?tl para arroiarlos á los pies de su Juez y fijar su
.eternidad.
((Mirad por vosotros---hace decir San Lucas aI Salvador,
sea que vuestros corazones se carguen de glotonería y
-no
de enrbriagtez, y du los afanes cle esta vida, y que venga
de repente sobre vosotros aquel día. Porque así como un
lazo, vendrá sobre toclos los que están sobre la haz de ia
'tierra,» EI lazo que cae sobre los pájaros queseocupan er
comer en los campos es precisamenüe el de la muerte. lAy
de los hombres guê, incliriadoç haeia la tierra, absorbidos
por la sensualidad, clevolan demasiado ávidamente sus re-
goeijos para ver el lazo que avanza! Serán cogidos misera-
blemente, y perecerán sobre el grosero pasto á que se ha-
bían aficiouado. (Yelad, pues. en todo tiernpo, y orad, pa'
ra que evitéis ia terr:ible desgracia que os amenazar ) com-
parczeá"is eon confianza delante dei Hijo del hombre.)
Aguarclando el gran suceso que fijará la suerte eterna de
'eada uno, el aima tendr'á que orar para forüificarse. iPor
ventura no siqnifica nada tener que sufrir la visba del so-
berano Juez en su gloria, su pocler y su justicia?
«Sí, estad sobre aviso, velad y orad-aflade bodavÍa eI
Salvador (t).-porque no sabéis cuando serti el tiempo. Así
conro un hornble que, parbiérrdose lejos, dejó su câsa,v en-
eargó á eada uno de sus siervos Io que debía hacer y ma,n-
dó al portero que velase.)) Nuestra alma es Ia casa quo
pertenece á Jesús, este Duef,o que se aleja por algún
tiempo, pero á quien nuestra muerte va a llamar de nue-
vo en seguida. EI gobiemo de esba alma kra sido dado á,
nuestra liberüad; el eoniunto de nuestros deberes ha sido
dictaclo á nuestras diversas facultacles. Y á nuestto cotazôn'
Ie ha sido impuesia la obligación de velar. Si este guar-
dián de la vida rnoral no está conüinuamente alerta, §e
(l) -Varc., XIII,33.
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VIDÀ DT NUESTRO Sts1VOB JESUCBISTO t27
€xpone á una penosa sorpresa. ((Porque no sabéis cuando
vendrá el dueflo de la .rtr; si de tarde ó á media noche ó
.al canto del gallo ó á" la maflana. ) Como realmente no se
vela sino ., á tiempo del sueflo, la parábola fija Ia venida
inesperada del Seflór á diversas horas de la noche. Pa-
rece, pues, que la vida humana no es en realidad sino una
noehs muy àorta, preludio del gran día de la eternidad;
un tiempo de ensuef,os, de ilusiones, de sueflo, de fantas-
'mas, deÁpués del cual llega la vida real y l, verdad. En
las cuatro edades de esta vida como en las cuatro vigilias
'de Ia noche, tiene Jesús el derecho, puesto que Ia casa es
§uya, de venir á comprobar si sus siejrvos son dignos de su
.afecto ó de su eólera. Nada exeusará á los negligentes: ni
Ia debilidad de la infancia, ni las pasiones de la juventud,
ni los negocios de la edad madura, ni las enfermedades de
),a vejez. «Y lo que á vosotros digo á todos Io digo: lYelad!»
el Salvador.-Y á pesar de que ia hora era ya
-exclama
avanzada, les propone dos parábolas que debían haeer re-
,saltar la importancia de su recomendaeión.
(Entonces ser'á semejante el reino de los cielos á" diez
vírgenes guo, tomando sus lámparas, salieron á recibir aI
€sposo (1).» En Oriente, los easarnientos se celebran siem-
pre por la noche. De aquí las antorchas que vemos figr-
rar invariablemente en las «lescripciones de estas alegres
-ceremonias. En Palestina empléanse ordinariamente lám-
para§ (2), por ser más común el aceite que la resina. He
aquí poco más ó menos eómo se organizala fiesta. El no-
vio, aeompaflado de sus amigos, va á la easa de la joven
coronctd,a (callah), á quien encuentra en medio de su fa,-
milia y sus amigos. adornada con sus mejores ioyas, con
flores en la càbeza,, v aguardando la hora solemne. La
pide oficialmente al padre, y, después de haber:la obteni-
(1) El texto latino y la versión siriaca hellada recientemente en el Sinaí
.afladen: «y de la esposa.» Esta iección no está en los manuscritos griegos.
Pero nada se opone, en la aplicación de la parábola, á que se la adopte.
(2) Aun estas lámparas se parecen mucho á antorchas. Consisten en pa,'
los huecos en cuya extremidad se coloca un vaso lleno de aceite con une.
.mecha cubierta de pez.
rl
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t28 MONSE§OB LE CÂMUS
do, la conduce en medio de las bendiciones de todos loe
Buyo§, y seguida de un cortejo alegre y triunfante, á" su
propia habitaciôn, ó, si esta habitaeión parece insuficien-
te, á una sala preparada en otro sitio para él banquete-
nupeial. Durante este tiempo, algunas jóvenes se prepa-
ran á recibir el cortejo, y á introducir á la esposa en su
nueva habitación.
No está tomado al aeaso el número de díez que fija aquí
la parábola. Según las ideas judías, constituye una sociedad
completa (1). Podemos, pues, ver en ella el conjunto de los.
fieles que están invitados á haeer los honores al divino
Esposo, venido á Ia tierra á" tomar su esposa para intro-
ducirla en el banquete del cielo (2). Las lámparas llevadas
por las vírgenes son el emblema cle la fe, necesaúa á todo
eristiano. Pero, aun teniendo la misrna Í", los miem-
bros de la Iglesia no tienen la misma sabiduría. «Las cin-
co de ellas eran fatuas, y las cinco pmdentes.) Así, aun
entre ios ereyentes, apenas la mitad se ocupan seriamen-
te en conseguir su salvaeión. El resto cree y no practica.
(Y las einco fatuas, habiendo tomado sus lámparas, no
llevaron consigo aeeite. Mas las prudentes tomaron a.eeite
en sus vasijas juntamente eon sus lámparas.) Tener lá'm-
pâràs sin aceite, es tener fe sin obras. En este easo, la fe
según Ia frase de Santiago, es unü fe mtr,erta, incapaz de
brillar á" los ojos de todos. Los vasos que encierran el
aceite son el alma humana: eue lleva las obras meritorias,
ó bien la concieneia, que conserva el recuerdo de ellas.
«Y tardándose el esposo, comen zàrorr á cabecear y se
durmieron todas.» Si el esposo llegase sin hacerse aguar-
6 g*.taban diez c.nvid.ados para comer el cordero pascual: diez cons-
tituían una iglesia ( Qahal,), una asamblea.
(2) A decir verrl.ad, se presenta aquí una dificultad, y es la que, con ries-
go de hacer suponer, contra todos los usos, que la ceremonia nupcial se ter-
minaba en er,sa de Ia esposa, parece haber provocado en los manuscritos
griegos la supresión de Ia palabra esposd,, como acabamos de observar. Los .
fieles figurados por las vírgenes son al mismo tiempo Ia Iglesia simbolizada
en la esposa. Puede entenderse, sin embargo, que, dirigiéndose la paráboia
á particulares, cada uno debe considerarsê como en estado de prueba, y aú
no está cierto de si será admitido á formar parte de la Iglesia triunfante,
después de haberlo sido de la militante.
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VIDÀ DE NUESTBO SENOR J.EBUCRISTO 129
.dar, en los días de la adoleseencia, por ejemplo, cuando to-
do ee todavía puro, ó después de volver sobre sí mismo,
al día siguiente de una ruidosa conversión, no faltaría
aceite en la lámpara. Pero eon frecuencia tarda Jesús en
venir, y los méritos de los fieles, §in energía, sin consisten-
eia, Be desvaneeen insensiblemente. La somnolencia se
apodera de esas ahnas imprevisoras. Gastando lo que tie-
nen sin adquirir nada nuevo, se acarrean el más triste de
los desengaflos. Faüuas y prudentes, todas las vírgenes se
durmieron, como se duermen instintivamente todos los
arisbianos, con el sueflo que conduee á la muerte.
(Cuando,á"Ia media noche, se oyó gritar: Mirad que
vieno el esposo, salid á reeibirle.» Grande fué su sorpresa.
Después de haber aguardado largo tiempo, ya no aguar-
.daban. (Entonces se levantaron toclas aquellas vírgenes y
aderezaron sus lámparas.) Por desgracia, el aeeite había
sido consumido enteramente, y el contratiempo amenaza-
ba convertirse en lamentable.
No lo fué para todas. De las díezjóvenes, einco, eran
las prudentes, no sufrieron mucho; habían puesto de re-
serva lo que convenía para no ser cogidos de improviso.
Por el contrario, otras cineo, que mereeen con iusticia el
título de fatuas, entrevieron al punbo toda su impruden-
.cia eon sus funesbos resultados. «Dijeron, puos, Ias fatuas
á las prudentes: dadnos de vuestro aeeite, porque nuestras
lámparas se apagan.) Àsí, en el momento en que el ángel
anuncie la llegada del Ifijo del hombre, mientras los io.-
bos resumirán al punto en su concieneia la suma de
sus méritos, los pecadores, aterrados por no llevar en sus
manos, á guisa de virtudes, sino obras inútiles y culpables,
pedird,n auxilio á" Ios santos .y pretenderán beneficiar-
se eon su poderoso crédito. Éstos, ternblanclo al ver venir
el gran Jaez, encontrarán que no tienen bastante con sus
çaridades, con sus penitencias, con sus sacrificios para ase-
gurar su propia eternidad.
Las vÍrgenes prudentes respondieron: (Porque tal vez
uo aleanee para nosotras y para vosotras, id antes á los
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130 MON§ENOR Lts CAMUS
que lo venden y eomprad para vosotras.) Esto es un sim-
ple ornamento de la parábola. Siendo personales los méri-
tos, ni se toman prestados ni se compran, sobre todo si, por
falta de caridad en eL corazón, no es uno digno de parti-
cipar de los de Jesucristo y de sus miembros más venera-
bles. Lo que quiere decir el Maestro es güe, después de la
muerte, nadie guarda sino sus obras.
(Y mientras que las fatuas fueron á comprar eI aeeite,
vino el esposo, y las que estaban apercibidas entraron con
él á las bodas; y fué cerrada la puerta.» El. esposo, que se'
ha heeho esperar, no aguarda; penetra, con todos sus ami-
gos fieles y vigilantes, en la sala del festín. Las infelices
fatuas, después de haber corrido para reparar su falta,
vuelven á toda prisa; pero es demasiado tarde; ha termi-
nado ya el desfile, ha pasado el esposo y se ha cerrado la
puorta. Llegan hasta ellas, como para acrecentar su senti-
miento, los alegres cantos, los perfumes de la flesta. iYerse
tan cercanas a[ banquete, y estar condenadas á permane-
cer tan lejos! lElabían sido invitadas con tanta eordialidad,
y basta para excluirlas un momento de negligeneia! áSe
tendrá acaso piedad de su desesperación? Llaman á' Ia
puerta y se avenburan á decir: (1Seflor, Seflor, ábrenos!»
Mas el esposo responrLe: «En verdad os digo que no og
conozco.) Así, amigas íntimas un momento antes, deseono-
cidas y rcchazadas ahora, en vano las vÍrgenes fatuas ha-
brán benido la antorcha en sus manos, durante la primera
y segunda hora; era preciso saber alimentarla hasta eI fin.
Un instante de imprudencia comprometió su ebernidad.
Ya pueden repetir, delante de la puerta, que sólo hubo una
ligera interrupción en su vigilancia; fué más larga de 1o
que convenía. Pasaba el esposo en aquel momento; gritó
la muerte: (1IIe aquí eI II,jo del hombre!» I'{o estaban
dispuestas á, formar parte de su comitiva; todo está aeaba-
do, y acabado por una ebernidad. La puerta está cerrada-
Los que están en la sala del banquete'no salen ya y ésta
es su eterna eonsolaeión; los que no están no entrarán ja-
más, y ésta es su desesperación eterna.
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VIDÀ DE NUESTBO BBfrOB JIiSUCRISTO r3t
Esta parábola, tan perfecta en su coniunto y tan bella
en sus detalles, parece haber tenido por principal objeto
mantener en acbividad la vida interior en las almas. Al pun-
to se puso Jesús á proponer otra para precisar las eondicio-
nes de la actividad exterior, que constituye igr.raimente eI'
deber de todo eristiano. Si la parábola de Jas vírgenes pa-
rece ser la representaeión de la vida contemplativa, pue-
de verse, en la de los talentos, la historia de las almas de-
dicadas á la vida aetiva. En la una conviene velar; en la
otra eonvendrá obrar. Fuera de esto, representando eI
aceite, según toda probabilidad, las buenas obras, no se ve
que la significaeión de ambas semeianzas difiera de un&
manera notable. Es la misma idea repr.esentada bajo for-
ma diferente (1).
«Semejante es la historia del reino de los cielos-dijo Je-
sús,-á un hombre que, al partirse leios, Ilarnó á sus sier-
vos. y les entregó sus bienes. Y dió al uno cineo talentos,
y al obro dos, y al oüro dió uno, á cada uno según su ea-
pacidad.)) Así, el Hi.fo de Dios distribuye diversamente
sus gracias á sus fieles. En eI plan diviuo, Ias almas no tie-
nen Ia misma vocaeión ni las mismas necesidades, y las
misiones son diversas en la fglesia, porgue Ia armonÍa del
cuerpo debe resultar de la variedad de las funciones en los
(1) Conocemos ya, en cuanto al fondo, la parábola de los talentos. La'en-
eontramos completa en la parábola de las minas. l)esamollos particulares
permiten ver, sin embargo, en una y otra, un objeto diferente. Se trata aquí.
del dueflo de una casa, mientras que en la otra setrataba deun príncipe;
el uno, pues, se relacionará solamente consussiervosl el otro consus minis-
tros y tambiéu con sus súbditos rebeldes. Fuera del número de siervos, ele-
vado á diez en San Lucas, é indeterminado en San Mateo, hay todavía dife-
rencias notables en el resultado. En la parábola de San Lucas, por cuanto.
se reÍiere al advenimiento del Hijo del hombre en la vida presente y en la
historia de la humanidad, adivinamos, en forma de imágenes, la distri-
bución de las jurisdicciones apostólicas según los diversos méritos, la anun-
eiación de la ruina de Jerusalén, y la profecía de Ia matanza de los rebeldes.
En el presente relato, se trata sólo de la venida del lIijo del hombre á nues-
tra muerte. Solamente juega en ella la recompensa eterna. Por lo d.emrís,
como hay una diferencia en el capital confiado por el príncipe: una mina á
cada uno, y el capital «iistribuído por el dueflo de la casa: cinco taleutos al
uno, dos al otro y uno al tercero, hay también una diferencia en la recom-
pensa. Los que hicieron fructificar las minas reciben un salario desigual,
porque efectuaron desigual trabajo. Los que hicieron fructificar los talentos-
reciben un salario igual, porque emplearon fuerzas iguales.
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132 MONSEfrOB LE CAMUS
miembro.. Á nadie puede herir tal desigualdad. Quien
,más haya reeibitlo, más tendrá que trabajar; sólo tiene,
con más penoso trabaio, rrayor responsabilidad. Quien me-
nos haya reeibido, responrlerá de menos; no puede, pues,
.estar celoso ni de la misión ajena ni humillado de la su-
ya. En su esfera más modesta, se le ha dado toda facultad
de doblar su activo y obtener la misma recompensa gue
.los más favorecidos. iQué más quiere?
«Partió luego el duefloi y el que había recibido los cin-
.co talentos se flué á" negoeiar eon ellos, y ganó otros eineo.
Asimismo el que había reeibido dos, ganó otros dos.) Esta
es la historia de las almas enérgieas guo, sin perder un
instante, se aplican al trabajo para desarrollar sus virtu-
des, haeiendo fructifi.car la semilla de que son depositarios.
Mas 1ay! he aquí ahora la de los eristianos flojos y perezo-
sos. «El que había recibido uno, fué y cavó en la tierra y
eseondió allí el dinero de su seflor.) 1Cuántas almas sefla-
ladas con el signo de Crisbo no se inquietan ya ni de su
dignidad ni de sus deberes! No habiendo sido llamadas á
edificar á los demás y á salvarse á sí mismas sino por la
práctica de las virtudes ordinarias, se olvidan de sí mismas
en las inquietudes de la vida material y en los plaeeres
groseros. Su talento dormirá enterrado en el lodo.
(Después de largo tiempo, vino el Seflor de aquellos
siervos.» llabía dejado á, unos y otros espacio sobra-
do para probar sú inteligente aetividad ó su incuria. (Los
llarnó á cuentas» á todos. Por aquí coneluye la vida hu-
mana, sin que nadie pueda sustraerse á, esta verifiea-
ción. «Llegando eI que había recibido cineo talentos,
presentó otros cineo talentos y dijo: Seflor, eineo talen-
tos me entregaste, he aquí otros cinco he ganado de más.
Y su Seflor le dijo: Moy bien, siervo bueno y fiel, por-
que fuiste fiel en 1o poeo, te pondré sobre Io mucho, en-
tra, en el gozo de tu Seflor. Se llegó también el que ha-
bía reeibido. los dos talentos y dijo: Seflor, dos talen-
tos me entregasüe, aquí tienes otros dos quo he gana-
'bueno
do. Y su Seflor Ie diio: Bien está", siervo y fiel,
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VIDÀ DE NUESTRO SENOR JESTICRI§TO 133
porque fuiete fiel sobre lo poeo te pondré sobre lo mucho,
entra en el gozo de tu Seflor.»
El apresuramiento de estos dos siervos en ir í darle
cuentas se explica por la alegría misma que experimenta-
ban por haber trabajado tan bien, y triunfado tan feliz-
mente en sus combinaciones. La muerte no causa espanto
alguno á. los discípulos fieies. En eIIa, saludan con fe
eI atardecor de un d.ía ponoso y fatigado, la llegada del
Seüor que va á recompensarlos, y la hora llena de conso-
lación en que van á establecer sus méritos. Con satisfac-
ción legítima llevan en sus manos el fruto de sus esfuer-
zos: obras de piedad, de devoción, de justicia; vicios des-
truídos, gracias fecundadas, belleza moral eonquistada,
buenos ejemplos multiplicados, almas de hermanos redu-
cidos de nuevo á su deber. Pero, con perfecta humildad,
reconocen que todo esto, proviniendo en principio de la
complacencia del Seflor, al Seflor pertenece; porque si pu-
sieron ellos sus esfuerzos, el Maestro aportó el eapital
que ha fructificado. Tampoeo intentan guardar nada para
ellos, por lo güo, fieles siervos hasta el fin, pónenlo todo en
manos de su Seflor, encontrando bastante recompensados
sus esfuerzos con la alegría que sienten al testiÍicarle su
reconocimiento y adhesión. Mas al Seflor nadie puede ga-
narle en generosidad. Por de pronto no economiza sus elo-
gios á hombres tan fieles, y en estas primeras palabras:
(1Bien está!» que salen de sus labios, se encierra una recom-
pensa eàpaz de hacer olvidar las rudas pruebas de toda una
vida. 1Dios, la santidad perfecta, la iusticia ineorruptible,
la ciencia infinita diciendo aI hombre: (1Está bien!» No hay
aplausos en la tierra que puedan hacer sospechar la sua-
vidad de tan alta aprobación. Y, sin embargo, ies tan con-
soladora la recompensa que encuentra eI hombre en las le-
gítimas aclamaciones de sus semejantes! Pero no basta un
elogio para recompensar la virtud. EI Seflor quiere pro-
mulgar un deereto; así dará una consagración oficial al
testimonio de su reconocimiento. EI siervo será hecho prín-
cipe; ha fecundado afortunadamente su pedazo de tierra'
T. III
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t34 MONSENOR, Í,8 CAMUS
gobernará un territorio. Para tomar posesión do su nueva,
áignidad, es al punto invitado á entrar en el gozo del Se-
flor. La felicidad eterna es Ia misma vida de Dios, y á es-
ta vida se encuentra asoeiado, en proporcione§ envueltas
para nosotros en el misterio, poro lo bastante esclarecidas
pot I* fe para animar nuestro pobre cotazón. Fácilmente
sospecha-ot qo" la felicidad infinita del Creador bastará á
satisfacer las limitadas necesidades cle Ia criatura.
He aquí la sombra del cuadro: «Y llegando también el
que había recibido un talento, difo: Sef,or, sé que eres un
hombre de recia condición; siegas en donde no sembraste,
y allegas en donde no esparcisbe.) Palabras tan imperti-
nentes ee resienten de la irritación del condenado, §or-
prendido en el crimen por eI iuicio. Es culpable é insulta.
Después de este movimiento de eólera, pretende excusar-
.", p"ro sin lograrlo. «Y temiendo, me fuí y escon«lí tu
talento en tierra: aquí tienes lo que es tuyo.) Sí; lpero
qué hizo de su tiempo, de su inteiigencia, de su actividad
natural? Todo esto pertenece también al Seflot, Y, sin em-
bargo, no ha Íructificado para Ét. Si creía que realm-ente
tenía que habérselas con un personaje exigente y duro,
razón áe más para trabaiar con más ardor en contentarle.
Pero àcon qué derecho juzgaba él así de quien_con tanta
benevoleo.i, le había confiado su dinero? Este Seflor acü-
baba además de probar su bondad hacia los'otros dos sier-
vos; no poclía haber escogido peor hora para acüsarle de
severidad y egoísmo. Tener miedo de Dios, es la mayor
injuria qoã po"de inferírsele, si este miedo ahoga el amor.
No había que temer, era preciso amar. «Siervo malo y
perezoso, trbí*t que siego en donde no siembro y que
,ttugo en donde no he esparcido; debiste, pues, haber dado
-i dine.o á los banqueros, I viniendo yo, hubiera recibido
cierüamente con usura Io que era mío.) He aquí formula-
da la requisitoria. Dos crímenes cometió el siervo: fué
malo calumniando la bondad de su Seflor, y fué Perezoso
descuidando haeer fructifrcar su bien. He aquí su castigo:
«Quitadle, pues, el talento, y dádselo al que tiene diez;
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YI.DA DE NUE§TEO §Efr-OR JESUCBISTO I3ó
porque será dado á todo el que tuviere, y tendrá más; mas
ai que no tuviere, le será quitado aún là que parece que
tiene.» rnterés del dueflo es guitar al
-ri .i".rro lo pá.o
q ue le confió inútilmente, y trasladarlo al que dió las me-
jores pruebas de actividad, inteligeneia y afecto. aquÍ se
eneuentra todo el secreto de las gracias que Dios multi
plica en el alma de los santos, y ã"u hace más raras en la
cabeza de los indiferentes. Aquí tã-bién está Ia razón d,e
los grados de gloria que distribuirá en el cielo, dando á
los elegidos Ia porción de los condenados.
(Y ahora-prosigue el seflor,-al siervo inútil echadlo
e. las tinieblas exteriores; allí será el llorar y el crujir de
dientes.) He aquÍ, una yez más, la conclüsión de" tocla
vida pasada en el descuido con relación á Dios. A la hora
del juicio, el siervo indolente, como la virgen fatua, será
excluÍdó del banquete celestial.
Así se dividirán, sus obras, en dos grupos y por
_según
toda la eternidad, los buenos y los malos. bràndá u.te
eompleto el número de los elegidos, lo mismo que el de los
eondenados, después de la evolución de los siglos asig-
nados á la vida de este universo, el Rey del cielol ..ruoâo
de llamar uno á uno á los hombres purà que le den cuenta
de sus obras, se determinará á, iuzgarlos á todos juntos
convocando la gran audiencia de la humanidad. Su justi_
cia se complaeerá entonces en consagrar, con un juicio
general, Ios juicios individuales dictados en la serie áe h.
eclades. Después de lo cual, su reino será eompleto, defini-
tivo, eterno. Jeús disef,a, con rasgos de f.rego, este último
cuad_ro (t), gue r,yu de respuesta á lu t.r.era pregunta de
to: discÍpulos: lcuándo empezará, el fin del'si§lo y del
reino mesiánico?
Grandioso y terrible será el espectáeulo. (y cuando vi-
niere el-Iriio del hombre en su majestad y todos los ánge-
les con I!1, se sentará entonces sobre el trono de su
-rj".-
tad.» Nada faltaú" á este esplenclor de su manifestr.íórr.
(i) Mateo, XXY, Bt-46, es el único que la d.escribe.
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I
r36 MON§ESOB LE CÀMUS
Sin nubes, sin velos, la'gloria det lIijo del hombre se mos-
trará, á todos. Los ángeles, como obros üantos ministros
hombres, en habienclo sacudido el polvo de la tumba, se-
rán agrupados por familias, por tribus, por ra.zas,.), so en-
eontrará t..oo.tituído eu su conjunto maiestluoso eI árbol
de la humanidad.
Pueblos eivilizados y pueblos salvajes, hombres del Nor-
te y del Mediodía, del Oriente y del Occidente, represen-
tantes del mundo en su infancia, en su edad madura ó en
su decrepitud, todos, absolutamente todos, estarán aIIí,
inciinándo.. bajo el cetro del gran Ruy. eQué poder jo1-
tará, así el i.r*enso rebaflo? El mismo que lo creó en ia
sueesión de los siglos, ), 9ue, con un signo, 1o hará revivir.
Empezó el mundã po. un iuicio de Dios y acabará del
mismo modo. Sobre su obra, había dicho el Creador en otro
obedients (r). I[6s fácil será todavía reconocer á los peca-
dores y á los iustos. Eu su frente llevarán unos y otros la
seflal á" ,o= crímenes y de sus virtudes. Habrá en la mi-
racla cle los malos aquel fuego Iúbrico que en otro tiempo
deelaraba cínicamente la impUreza de sus almas; en sus
labios, las palabras de odio, de blasfemia, de mentira que
se complacian en pronunciar; y en sus manos, los estigmas
(l) Tal v q.,xxxlV, 1T y sig.,_en que lasovejas
representan mientras que los machos cabríos son el
eüblema de uidores'
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YIDÀ DE NUESTBO SENOR JESUC}USTO t87
de sus acciones criminales. Sus vicios traspirarán, por de-
cirlo así, por todos los poros de su cuerpo, y esos infames
machos eabríos esparcirán alrededor «ie ellos el olor de-
testable de su profunda indignidad. Los justos, al contra-
rio, revelarán en lo radiante de su alma, á través del velo
transparente de un cuerpo puro, \a paz de una conciencia
sin remordimientos, Ia alegría de Ia verdad amada y prac-
ticada, eI sentimiento del amor divino asegurado.
Ifn signo de Aquel que posee la omnipoterrcia para iur'
gar sef,alar'á el iustante de la separación. (Y pondrá las ove-
ias á su deleeha, y los machos cabríos á su izquierda.) La
división definitiva se hará, pües, no ent,re sabic,s é ignoran-
tes, ricos y pobres, pr'íncipes y súbditos, amigcs y enemigos,
sino entre buenos y malos. La justicia de Dios tomará, para
dividirlos, á los que estaban unidos por los más íntimos
lazos de la fortuna, de Ia ciencia, de la amistad y aun de
la sangre. De pie, en medio de estos dos ejércitos, uno y
obro temblando bajc, el gesto de su terrible mano, el Rey
va á, hablar. Mirando en primer lugar á" su dereeha con
sonrisa de bondad indecible: «Yenid, benditos de mi Padre
ei reino que os está preparado desde el es-
-dirá,-poseed
tablecimiento del mundo. ) Dulces palabras bien diferentes
dt, estas otras, de las cuales serán, sin embargo, felizcom-
pensación: «{Id, r,ended todo 1o quer tenéis, I dadlo á loe
pobres; tomad mi cruz y seguidme; yo os enr'Ío al mundo co-
mo oveja,s á un rebaflo de lobos.) 1Cuán dulee será á los Íie-
les siervos oirse proclamar benditos del Padre, y comprobar
guo, al fin de sus esfüerzos, realizaron en sí mismo los pla-
nes cle la divina misericordia! Llegarán, en efecto, como
una conclusión prevista y aguardada de las premisas pues-
tas por el Creador desde el principio de las cosas. Ha
querido, en realidad, constituir una soeiedad eelestial,
que ha conquistado, con su libertad y á través de las
pruebas de la vida, su eterna felieidad. Para ser perfeeta,
deberá alcanzar un desarrollo determinado. Cuando estén
conquistados todos los lugares del cielo, terminará aquí
bajo Ia historia de la humanidad. El tiempo acabará
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138 MON§ENOR LE CAMUS
con ella, y cada uno irá,, en la
eternidad, á, gozar de la
bienàven tnranza que para todos indistintamente había
preparado Dios, pero que sólo habrán sabido conquistar
los elegidos.La presciencia divina no habrá violentado, por
otra parte, el libre albedrío de nadie, al permitir que la
gracia ayuclase la impotencia de todos. (Tuve hambre
y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era
huésped y me hospedasteis; desnudo y me cubristeis; en-
f'ermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y me vinisteis á
ver o).»
Ante todo, los justos fueron buenos, por lo que Dios
se muestra bueno para con ellos. A deeir verdad, no ha-
bían sospechado todo eI alcance de sus uisericordias; mas
no por esto fué menor su mérito. Asombrados al verse
tan altamente alabados, puos la inmensa mayoría de ellos
no habrá visto á Jesús vivo eu la tierra, I, por eonsiguien-
te, no habrá podido hacerle los buenos ofieios enumerados,
exclamarán con eandorosa y modesta sencillez: (Seflor,
icuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, ó se-
diento y te dimos de bober? Y icaá"ndo te vimos huésped
y te hospedamos, ó desnudo y te vestimos? Ô icuándo te
vimos enfermo ó en Ia cárcel y te fuimos a" ver?» Y les
dirá eI Rey respondiendo: (En verdad os digo que en
cuanto Io (2) hicisteis á uno de estos mis hermanos peque-
flitos, á mí lo hicisteis.) iCuáI e§, pues, el secreto de esta
unión misteriosa, de esta solidaridad tan inesperada? EI
organismo de la Iglesia cristiana es como el organismo del
cuerpo humano. El dolor y el alivio que experimentamos,
(1) La razón que da el Juez de su benevolencia para con los justos no
quiere decir que basten las obras de caridad en general paraasegurar lasal-
vación. Es preciso, según el texto mismo, que estas obras sean hechas con la
vista fija en Dios, y, por consiguiente, que se inspiren en la fe como en su prin-
cipio vital. Toda Ia doctrina evangélica sobre estas materias se resume, en
efecto, en dos palabras: para vivir no deben sepârarse la fe y las obras.
(2\ Por más que se encuentra aquí alabada sólo una virtud, la cari-
dad para con los desgraciados, no puede concluirse que Jesús sólo apre-
cie ésta y deje las demás sin recompensa. Entre todas las obras meritorias,
toma unâ como ejemplo y la pone de relieve. Si escogió la caridad, es por-
que debía ser el distintivo de la lglesia naciente en medio del paganismo
egoísta y sin compasión.
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VIDÂ DE NUESTRO SE§OE JESUCRISTO 139
aun en las partes menos nobles de este cuerpo, correspon-
den d;rectamente al eerebro. El bien ó el mal que se ha
hecho á un miembro de la soeiedad eristiana va directa-
mente á, la eabeza de esta sociedad, que es Jesucristo.
Yive, en efeeto, el Seflor aun en los más pequeflos de sus
siervos, á quienes se digna llamar sus hermanos. En reali-
dad, sus discípulos, humildes y pobres, llevan su librea y
aun su pareeido moral. Amarlos y socorrerlos es amarle y
socorrerle á Él mismo. Menospreàiarlos es menospreciar al
Ruy y provoear la cólera del Juez.
Volviéndose en seguicla. con fulminante mirada, hacia la
aterrada multiüud que tiembla á su izquierda: (Àpartaos
de mí, malditos-exclamará con aeento formidable;-id
aI fuego eterno que está aparejado parâ el diablo y para
sus ángeles.)) Cada palabra de Ia divina sentencia crea un
suplicio. Lejos de Jesús, leios de Ia vida, Iejos de Dios
iqué suplicio! Bajo el golpe de la más despiadad, y de la
más devoradora rnaldición, entregados á su propia indig-
nidad iqué üormento moral! Al fuego material ó espiri-
tual tt)' 1qué vestido, qué habitación! Y todo esto idesespe-
rante perspectiva! será eterno, en Ia eompaflía de Satanás
y de sus ministros. Pero los malos lo habrán merecido,
porque habrán tenido el triste valor de no ser buenos para
nadie. (Tuve hambre-dirá Jesús-y no me disteis de co-
mer; tuve sed y no me disteis de beber; era huésped y no
me hospedasteis; desnudo y no me cubristeis; enfermo y
en la eárcel y no me visitasteis.) En vano los malditos,
asombrados de este lenguaje, exclam ará,n: «Seflor, ;cuándo
te vimos hambriento, ó sediento, ó huésped, ó desnudo, ó
enfermo, ó en la cárcel: ) Do te servimos?» Pronto tendrá
(l) Ya sea que e[ alma del condenado comunique al cuerpo la fiebre del
sufrimiento, como fuego devorador, ya sea que las criaturas tomen su des-
quite sobre este cuerpo que tantas veces las habrá manchado ó desviado de
su fin, imponiéndole una expiación en hogueras reales, el sufrimiento será
siernpre horrible, porque, en ambos casos, consumirá el organismo físico sin
matarlo jamás. (*)
(*) Perrone (Prael., Theol.): «Ilaec enim doctrina (de igne materiali et
corporeo) certa est, ita ut in dubium absque temeritate vocari nequeat.-
N. del T.
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140 MONSEfrOR LE CÂLÍLTS
una respuesta su objeción: (En verdad os digo que en
euanto oo lo hicisteis á uno do estos pequeflitos, ni á mí
lo hicisteis.)) Tampoco, como los justos, sospecharon los
malos Ia inmensa consecueneia de sus obras en la eterni'
dad. Ni unos ni otros sabían guo, según eI bello Pen-
samiento de un Padre de la Iglesia, no hay más que un
pobre, Jesucristo, que tiende la mano entre la universa-
lidad de los inÍelices que mendigan aquí bajo. Así como
«le Io que creemos haciendo eI bien,
lo que pensamos obrando el mal'
e sea la' sorPresa de Ia caridad al
darse euenta del extraflo misterio, tanto más penosa será
la sorpresa de la insensibilidad egoísta.
«Elrán éstos al suplicio eterno, y los iusbos á Ia vida
eterna.)
Así acab aún el mundo. Así emp ezara el reinado univer-
sal de Jesucristo sobre los rebeldes castigados, quienes, en
sus sufrimientos, proclamarán su justicit,y sobre los fieles
recompensados, Ios cuales, en su felicidad, exaltarán su
miserieordia.
Entre estos dos extremos de la eternidad, se abrirá un
abismo inÍranqueable. El ángel de Dios clamará que todo
está concluído. Sí, todo estará acabado para todos, mas no
de la misma manera.
Los discípulos, que habían ercuchado esta terrible reve-
lación de lo por venir, permanecieron silenciosos y tristes.
Así terminó esta grande y última jornada, bajo el peso de
la más dolorosa emoción.
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CAPITUTO XI
Resultado final del ministerio de Jesús
para .con su pueblo
Israol, pervertido, era incapaz de comprender á un Mesías como Jesús.-Lo
rcchazó en vez de aclamarlo.-Objeción y solución.-Su ceguera era cul-
pable.-Pruebas.-É1 n is^o mereció ser también rechazado. (Juan,XII,
36-50).
Ilabía acabado el ministerio público del Salvador. Nada
más desconcertante que sus resultados. San Juan nos mues-
tra, en efeeto, á Jesús, dejando el Templo, easi eomo un
hombre condenado, que se oculta (1) para evitar la mano
de sus enemigos; y los Sinópticos nos dejan oir, para aca-
bar el euadro, el anatema definitivo que pronuncia contra
el puebio judío aI salir de la Ciudad Santa.
iEra, pues, cierto que después de haberle esperado tan-
tos siglos, Israel, clesconociendo el cumplimiento de todas
las proÍecÍas, y de tantos otros signos del cielo, rechazaba
despiadado á su Mesías! Nada, sin embargo, había faltado
al Sef,or para merecer todas las simpatías de su pueblo:
ni la santidad de la vida, ni la sublimidad de la doctrina,
ni el poder de obrar los mayores prodigios. Había abierto
su boea en la dulzura y la severidad, con el acento del
amor más tierno, y á veces, de la justicia santamente in-
dignada. HabÍa aplastado con su lógiea divina y con su
incomparable pvreza á todos sus enemigos. âQué más le
faltaba para hacerse aceptar de los suyos? Sin duda colo-
carge á su nivel moral.
Enteramente terrenal, sôflaba Israel en un Mesías te-
(l) Ju,am, XII,36.
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r42 MONSEfrOB LE CAMUS
rrenal. Deseaba una revolución política, no una transtor-
maeión religiosa. Lo que sólo se dirigía al alma, apenas Ie
interesaba. I{abiendo colocado su ideal mesiánico en la
aparición de un rey cgnquistador que reinase sobre todo
el universo, era incapaz de reconocerle en el fundador Pa-
cífico de una religión nueva, tanto más cuanto esta religión,
uíiversal como Ia verdad, debía ser-y aquí estaba la pie-
dra de escándalo-para el mundo entero. El pueblo judío,
en su egoísmo, quería un Salvador exclusivamente iudio.
Un Meãías más humanitario que nacional, aportando sola-
mente bienes cle un orden invisible y del todo espiritual,
no podía ser el Mesías: tal era el razonamiento que preva-
lecía en Jerusalén.
Ante semejantes prejuicios, nada eran y nada probaban
las obras, Ias palabrãs, la omnipotencia, la absoluta santi-
dad de Jesús. Así se corría al desenlace fatal: Israel, re-
chazando á su Cristo, será á su vez rech azado,Ie dará la
muerte, y á su vez se exterminará á sí propio.
sí, mas ino hay aquí un escándalo para Ia razón huma-
na? El pueblo, que-debÍa hallar en el
Mesías, iencuentà Él *, perdic ado á
",
presentarle oficialmente aI nundo cono'
ãe! ;Acaso anduvo corta, en algún sentido, Ia sabiduría de
Dios? Todas estas objeciones suscitóse á sí misma la pri-
mera generación cristiana. San Pablo habla de ellas en su
epístia á los Romanos (1), I San Juan, llegadg '11" de Ia
,i.1, pública de Jesús, Be apliea á darnos su solueión.
En primer lugar, no hay que creer glu gsta -olstinación
del pueblo judío fuese una sorPresa de Ia última hora.
Dios la habíã previsto, como lo prevé todo en la historia
clel mundo, y io habían anunciado sus Profetas. aI lado
do los oráeuios que no§ muestran á fsrael regocüándose á
laluz de su MeÀías, se encuentra también Ia üriste Per§-
pectiva de un Israel obstinado, maldito y suplan-tado por
io pueblo nuevo. Conviene no. perder esto de vista, por-
(l) Rotn.r IX-XI.
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VIDA DE NUDSTRO SDNOR JESUCRI§TO i48
que aquí se encuentra la solución de Ia primera difi-
cultad.
(Aunque había hecho á presencia de ellos tantos mila-
gros (t)-dice S. Juan,-los judíos no creían en EI, para que
se cumpliese la palabra del profeta Isaías que dijo: Seflor,
2quién ha ereído á nuestro oído? iy á quién ha sido reve-
lado el brazo del Sefloy í2)?y En el momento de anunciar
las humillaciones futuras del Mesías, el profeta, admirado,
se pregunta quiérr creerá su palabra, y quién reconocerá
en el Enviado celestial cubierto de oprobios, el brazoomni-
potente del Seflor. Seguramente, no serán los más, porque,
se necesitará una fe robusta y un ahna elevada para acep-
tar tal misterio. Ahora bien, los judíos no mere.iuro, .or-
servar esta penetrante mirada del corazón, que permite
r,er aun á través de las tinieblas. (Por esto no podían
creer, porque dijo Isaías en otro lugar: Les cegó los ojos,
y les endureeió el corazón par.a que no vean de los ojos,
ni entiendan rfe corazór,y no se eonviertan, ni los sane (3).»
He aquí: pües, el hecho moral claramente estableeido.
Desmerece fsrael ante Dios; Dios le retira la lttz.y cesa de
ver. Todo esto estaba previsto y no puede admirar sino
á aquellos á quienes está cerrado el sentidode la Eseritu-
ra. No faltó, pues, la sabiduría de Dios. Había contado
eon lo que sucedió, y la malicia misma de los judíos concu-
ruió á," Ia rcalízación de sus consejos.
El castigo que merece y recibe el pueblo infiel entra pa-
ralelamente en el plan divino. Así, aun no viendo la luz
(1) AI hablar así el Evangelistâ,-roaoara, se refiere más á la cantidad
gue á la calidad; comp, YI, g; XXl, Il-nos demuestra que no limitaba á
loslgls prodigios contados por él la obra taumatúrgica de Jisús. Comp. Yrr,
a; XX, aO.
(2) fsaías, LIII,I.
(3) San Juan cita de memoria y sinatenerse á la exactitud literal.No sigue
ni al texto hebreo, ni á los Setenta, pero-conserva exactamente el sentido
del profeta. Y. .Is. YI, 9-10. En el hebreo, es Isaías quien ha de cegar y en-
durecer á este pueblo. Evidentemente, significa el Profeta que el poder de
Dios _realizará por el este castigo, y S. Juan concuerda con él al afiimar que
Dios ha cegado y endurecido á Israel. En los Setenta, es tll pueblo el que se
endurece ásípropio.
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144 MON§.Br\olt LE CÀ1\IUS
que está en su seno, Ierael no dejará de ser la antoreha
que esclarecerá de edad en edad la celeste faz del Mesías,
y su propia ceguera, predicha por los profetas, será una
prueba contundente de Ia misión divina de Jesús.
H*y varios medios para prestar homenaje al Hrio del
hombre. iAcaso no proclaman los demonios con su suplicio
y Bu odio Ia santidad de Dios? Israel, obstinado, maldito,
confundido, dirá á pesar suyo que Jesús era más que un
hombre. Si, en esta dulce víctima, no hubiera muerto más
que á un justo, no sufricra un castigo tan terrible y largo.
Pero enrojeció sus manos con la sangre de un Dios; ' he
aquÍ por qué con nacla puede lavarlas. El desgraciado blas'
Íerna todavía, pero el estigma del deicida, impreso en su
fi'ente, no da menor testineouio del cará'cter sobrehumano
de Aquel á quien insulta.
aQué hubiera sucedidor por otra parte, si fsraei, conser-
vando sus ideas exclusivistas y sus prejuicios nacionales,
hubiese aceptado en masa el Evangelio? iHubiera éste Io-
grado desprenderse de Ia Sinagoga? iQué suerte hubiera
sido la de la gentilidad? ile hubiera sido concedidojamás
eI derecho de predicar'le Ia Buena Nueva? (1) El esfuerzo
que fué preciso á Pablo y á los tlemás para hacer prevale-
cer el universalismo cristiano contra un pequef,o número
de judíos, convertidos, sin enrbargo, en discípulos del Evan-
gelio, àno es la prueba dei obstáculo fatal que hubiera
puesto todo fsrael, couverbido, á la difusión de la religión
nueva? Y si, por un imposible, Ia Sinagoga hubiese acepta-
do Ia evangelización del mundo, lno hubiera puesto, como
condición de la entrada de los paganos en su Iglesia iu-
dío-cristiana, Ia práctica de las observancias mosaicas á,
las cuales éstos habían de rehusar obstinadamente some-
terse?Examinando uno á uno todos los aspectos de la cues'
tión, nos vemos conducidos á" la conclusión deducida por
(l) Ya se comprenderá que estos problgmal que Le- propone el Autor
tienán solución adecuada en la consideración de que Dios hubiese vencido
la repugnancia de Ia Sinagoga como venció la del glupg de conversos que
se oponlao á la evangelización de los gentiles.-N. del T.
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YIDÀ DE NUESTRO SE§OR JESUCRISTO t4ó
San Pablo: Israel fué reehazado por sus faltas, Pero sus
faltas hicieron Ia fortuna del mundo, y su repudio fué la
salvaeión de la humanidad (1).
(Esto diio Isaías, euando vió su gloria tz) y habló de
Él»-rnade San Juan.-Ile aquí por qué no es posible que
el eumplimiento de semejante profeeía empequeflezea ó re-
trase eI triunfo de Jesús.
Por lo demás, no todo fsrael reehazô á' su Mesías,
y el Evangelista se eomplaee en reeonoeer que, aun , entre
los príneipes de su pueblo, varios habían creído en El. Sin
duda 9uo, (por miedo de los fariseos, no Io confesaban por
no ser eehados de la sinagoga, 1,. porque amaron más la
gloria de los hombres que la gloria de Dios;» pero, en
realidad, estaba eneendida la chispa en su alma, y era ca-
pàz,, llegada la hora, de abrasar al mundo.
Levantáronse, en efeeto, después de Penteeostés, atre-
vidos y valienbes eomo leones, aquellos hombres pusiláni-
mes y perplejos que había,n reeonocido interiormente Ia
misión divina de Jesús; y arrancando, por decirlo así, de
manos de los verdugos, la crvz, sangrienta todavía, fue-
ron á pasearla por el mundo entero, repitiendo la palabra
del Centurión: «Sí, ieste erucificado era llijo de Dios!» El
grupo que formaban y que se convirtió en la fglesia, fué
el verdadero fsrael de las divinas promesas. Los demáe
q uedaron eonstituyendo el Israel de Ia reprobación, y 1o
tenían bien merecido,
Nada, efectivamente, faltaba á su erimen para ser inex-
cusable; ni, de su parte, la malicia, ni, de parte do Dios,
la bondad pacient" y preventiva. Con objeto de ponernos
las pruebas á la visba, resume San Juan las declaraciones
formales hechas por Jesús. Eran eompletas en elari-
dad y autoridad (3). «Y había alzado la voz para que le
(1) Rom.,XI 11-15.
(2\ Puesto que, en el cap. Yf, contempla fsaías la gloria de Jehová, pue-
de concluirse con raz6n que aquí, como Io hizo San Pablo en otros luga-
res ( Eilip., II, 61 I Cor., X, 4), San Juan identifica á Jehová con Jesús, pro-
clamando con esto claramente la divinidad del Mesías.
(3) Este resumen, hecho aquí por San Juan, de los testimonios que Jesús
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146 MONSENOR, LE CAMTIS
oyesen (1): Quien c ee en mí, no cree en mí, sino en Aquel
que me envió, y el que á" mí me ve, ve á, Aquel que me en-
]|ió, (21.) Porque, según hemos observado con frecuencia,
había probado Jesírs, con sus milagros, que su causa era
la de Dios, I gue, en realidad, era uno solo con su Padre.
Fuera de É1, Doetor enviado del cielo á los hombres, ro
había más que tinieblas. Bastaba para demostrarlo una
o.jeada sobre el mundo. En sus palabras, había estallado
la verdad con toda su fuerza de persuasión. «Yo he veni-
do luz al mundo, para que todo aquel que en mí cree, no
permanezea en tinieblas ís). » Así: pues, lay de quien se
obstina en no reconocer al divino Doctor, y en cerrar loe
ojos ante su gloriosa manifestación! De sus propios labioe
han sabiclo los incréclulos la suerte que los aguarda. «Si
alguno, dijo, oyere mis palabras y no las guardare, yo no
le juzgo; porque no he venido á, juzgar al mundo sino á"
salvarlo. EI que me despreeia y no recibe mis palabras, tie-
ne quien le iuzgue; Ia palabra que he hablado, ella le juz-
gará, en eI clía posbrimero (a).» Esba palabra es, en efecto,
la del Padre. (Yo no he hablado de mí mismo-afladía^
aún,-mas el Padr que me envió, me dió mandamiento
de lo que tengo que decir y de 1o que tengo de hablar, y
sé que su mandamiento es la vida eterna. Pues lo que yo
hablo, como el Padre me Io ha dieho, asílo hablo (5).>r
Á p.u*r cle todo esto, Israel permaneció insensible, ter'-
co, hostil. En vano, según Ia profecía de fsaías evocada
se atribuyó durante su ministerio, sería muy irnprudente atrevimiento, si el
cuarto Evangelio fuese obra de un falsario.
(I) Es difícil admitir que San Juan consigne aquí un discurso especial
de Nuestro Seíor. iDónde habría sido pronunciado? iEn el Templo? Pero el
Evangelista acaba de clecir que se había alejado definitivamente para no re-
aparecer en público. iAnte sus Apóstoles? Entonces iá qué esta expresión
érpolev? Lo más sencillo es ver en este pasaje un resumen de las principales
declaraciones que hubieron de haber debido disipar la incredulidad judía.
Todo cuanto se lee en este fragmento es solamente una repetición de los
discursos antecedentes, y sería difícil coordinarlo con objeto de encontrar
en él la ilación de un discurso particular.
(2) Comp. cap. Y, 36; YI, 38; YII, 18; VI[, 18, 28; X, 38.
(3) Id. cap. III, 19; VI[, 12; IX, õ, 39.
(4) Id. cap. IIl, 17; Y,z+; VI[, ró.
(ó) Id. cap. V, Bt'l; YII, ra; YI[, L6,28,29.
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VIDÁ DE NUESTRO §ENOII JESUCRTSTO I4T
por San Pablo, Dios le tendió los brazos, todo el día, duran-
te el tiempo del ministerio de su Ilijo; no hizo más que
provoear su incredulidad y su oposición. Cansada de per-
seguirle, la gracia le entrega, por fin, á sus instintos crimi-
nales, y vamos á verle cometer á sangre fuía la ingratitud
más irritante, el crimen más odioso, el sacrilegio más exe-
crable gue pueda mancillar la memoria de un pueblo. De
tal suerte que el castigo divino, por terrible que Bea, será
todavía inferior á,la faLta.
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TERCERA PARTE
E.IN DEIJ MESÍAS
10 T. III
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I
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LIBRO PRIMERO
LA MUERTE
SECOIÓN PRIMERA
Pnrr,ruuvenrs DEL FrN
CAPÍTUIO PRIIVIERO
Judas propone al Sanedrín la entrega de Jesús
Reunión extraorclinaria del Sanedrín en casa «ie Caifás.-De las dos resolu-
ciones de la asamblea la una será modificada.-Sólo Jesús fija el día de
su muerte.-Diligencia de Judas y motivos que pudieron inspirarla.-
Pacto con el Sanedrín. ( Mat., XXYI, I-5 y t4-161 Mar., XIY, I y t0-ll;
Luc., XXÍI, r-6).
Como es de suponer, oI partido jerárquico había sido
aquel dÍa'demasiado severamente denuneiado á la indig-
naeión popular, para no sentir Ia necesidad de tomar un
cruel desquite, y acabar, sin tardanza, con un adversario
tan desapiadado como poderoso.
Llegada Ia noche, los miembros del Sanedrín reunié-
ronse en sesión extraordinaria (1), en la casa de Caifás (2i.
(I) Las sesiones ordinarias se tenían de día, en el Templo y en el local
oficialmente destinado ai Sanedrín.
(2) Supone una antigua tradición que se trataba aquí de su casâ de campo,
situada al Sur deJerusalén, en la montafla llamacla del Mal Consejory no
lejos de la cual se ha creído encontrar recientemente la tumba de Anás, sue-
gro de Caifás. Sin embargo, el texto d,e San Ma,teorXXVI, B, precisa que se
reunieron er eds rilv oú\í1v, en elatrioó en el palatio del gran sacerdote. La
palabra aüÀri significa, en efecto, el atrio interior, Juan,XYIII, 15, y con fre
cuencia el palacio mismo, como en Aten. Deipn., Y\ Iferodiano, lB, 16,
Píndaro y los trágicos en general.
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MOI\SENOIi LE CAIV1US
Allí se permitió á cada uno exponer sus quejas contra eI
joven Profeta, y el conjunto de las acusaciones llevó á su
paroxismo el furor de todos.
Bn realidad, Bê hallaban visiblemente doloridos de
los rudos golpes que acababan de recibir. EI Maestro
les había eehado en cara progresivamente su ignorancia,
sus vicios, sus pretensiones, su hipocresía. Sin discusión
contradictoria, detuviéronse á renovar, mas prometiéndo-
se ejecutarla sin pérdida de tiempo, la senteneia de muer-
te dictada hacía dos meses eontra Jesús. Sólo guo, sien-
do de temer el pueblo y sobre todo los galileos entusias-
tas de su Mesías, si intentaban un golpe de mano en pú-
blico, deeidieron proceder eon astueia y buscar un medio
de prenderle sin ruido, de improt'iso, cuando no se halla-
se con Ét t* muehedumbre. I ra esto responder, eon una
senteneia capital, á' la sentencia que acababa Jesús de
pronunciar en aquella misma hora eontra ellos y Ia nación
entera. Los dos anatemas, partiendo el uno del monte del
Olivar, y el otro de la montafla de Sión ó de la del Mal
Consejo , uuzá,banse sobre Ia cabeza de la desgraciada ciu-
dad é iban á tener los más terribles efectos. Ambas dicta-
ban la muerte, pero eon la diferencia de que la inicua sen-
teneia del Sanedrín no quedó sin apelación, sino que tuvo
un glorioso maflana, mientras que eI golpe de la divina
justicia fué irreparable y definitivo.
I{atural era que, dejando obrar á la malicia del hom-
bre, permaneciese Dios dueflo de modifrcar á su sabor sus.
ciiminales deeisiones. iCoincideneia notable! En el mo-
mento mismo en que declara el Sanedrín que es preciso
guardarse de poner la mano sobre Jesús durante las fies-
tas, para evitar eI tumulto y el eseándalo, afirma el Re-
dentor que será llevado al suplieio j ustamente el mismo
día qo" oo quieren sus adversarios. De modo que et Él
quien escoge é impone su hora á sus verdugos. En reali-
dud, oo poãden ésios tener sobre Él otto poder que el que
Ies concede.
Terminada su solemne pro(ecía, levantóse Jesús Y,
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VIDÀ DD NUESTAO S.UNOR JDSUCEISTT) 1ó3
abandonando la vertiente occidental del monte dei OIi-
var, voivió á, tomar el camino de Betania. Los discÍ-
pulos le rodeaban inquietos y sombríos. La triste reve-
lación de Io futuro los hubia ôonsternado. Ét mismo, su-
mido en el pensamiento de tan graves sucesos y de su
muerte próxima, empezó á clecir', como á través de un sus-
piro. (Sabéis que de aquÍ á dos días (t)sêrá la Pascua, y el
Htio del hombre será entregado para ser crucificado.) Na-
die respondió. Estas últimas palabras eran más entristece-
doras que todo lo demás. Terminaba el solemne clía someti-
dos todos á la emoción más dolorosa. Dentro de dos días
acabará el Maestro su vida en una cyvz. El Cordero car-
gado eon los pecados del mundo será inmolado,Y, sucedien-
do la realidad al símbolo, ocupará el puesto del cordero Pa§-
cual. Detrás del patíbulo en que será clavado, Jesús ha
permitido entrever el Templo cayendo en ruinas, la Ciu'
dad Santa destruída y el pueblo judío exterminado. Te-
rrible era la perspectiva; lo sufieiente para sumir en Ia
mayor eonsternación á los discípulos. Sin duda durmie-
ron un suef,o muy agitado aquella noche.
2Fueron los últimos discursos, las impresiones del día,
las que acabaron de separar del Maestro á uno de los Do-
çs? (2) Imposibie decirlo. Lo que hay de cierto es que en eI
momento en que sus colegas entraban en Betania con Je-
sús, Judas, triste J/ sombr'Ío, trabajada ei alma por horli'
bles pensamientos, erraba por las ealles de Jerusalén. Qoi-
zás, después de prolongadas luchas, acababa de abrir el
desgraeiado su corazín á Satanás (3).
(1) Según esta indicación cronológica, el discurso sobre el Firu d,e los tie'm'
posÍ:ué pronunciado dos días antes dela crucifixión y tambien dos días an-
tes de la celebración de la Pascua. La fecha indicada aquí por Mat., XXYI,
l, 2, y .Üfarc., XIV, l, 2, p.erà 6úo i1pépas, parece concordar exactamente con
el decir deJuam, XYIII, 28.
(2) l[ótese la importancia dada á esta fóruiula: ets rôw ôóôero, que se en-
euentra en los tres Sinópticos, en Juan, XII, 4, y en los Hechos,I l7. EIla
evoca el triste recuerdo de Io que fué Judas y de lo que debería haber sido.
(3) Juan, XIII, 2, menciona aI mismo tiempo que Luc., XXII, esta pri-
mera victoria de Satanás sobre Judas. En el cap. XIII, vers. 27, comproba-
rá la segunda, según la crral eI desgraciado discípulo entregará toda su alma
al rnal y la clesesperación final.
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/
tó4 MCNSENO.E LE OÂ}IUS
Si, como en otra parte hemos dicho, había seguido á"
Jesús movido tan sólo de miras ambiciosas y eon la e§Pe-
talza, de una recompensa humana, compréndese que en Ia
tarde de aquel día experimentara la más amarga decepción.
Seguramuot" ,o .rrll Maestro lo que éI había soflado.
ifãaiu ser realmente eI Mesías el mismo que proÍetizaba
ia roioa de Israel y su propia muerte en una ctazz- Insen-
sato ó impostor, Jesús-había engaflado á los suyos; Ju-dp
no tenía qoe hrcer más que romper con EI, entregánd-ole
á la tempãstad qru Él mism« había deseneadenado sobre
§u cabeia. Porúo sentimiento de vengan'za) sobrado na-
tural en las almas groseras contrariadas en sus más ar-
clientes concupiscencias, concibió Judas Ia idea de poner
por sí mismo al falso lVlesías en manos de sus enemigos.
Y, .onro todo se barajaba en §u eorazón con algún inte-
rés material, iuzgó que si Jesús no debía serle ya de algún
provecho duranté suvida, podía á lo menos ofrecerle algu-
na utilidad con su muerte. Decidióse, Pues, á venderlo á
subido precio. Si se vió reclucido á" entregarlo por poco,
fué porque en el último momento no pudo obtener más.
Tal ãs qoizi. Ia explicación de su crimen, la más natural
y- la mejor autorizada por el relato evangélico.
Reprãsentarse que Judas estaba sencillamente en duda
y no ãn estado de incredulidad positiva en frente de Je-
Áú,u, .qrivale á contemplar su p.rimer paso en el crimen
(1). Empero eI resultado
bajo una claridad menos odiosa
final es igualmente detestable. Cansado de ver al Maes-
tro anunãiando siempre su reino sin iamás inaugurarlo, y
no conteniendo más sus impacientes ambiciones, eI crimi'
nal discípulo debió precipitar el desenlaee. En eI momen-
to en quã .rneíu á, la muchedumbre admirada delante do
Jesús y á los galileos dispuestos á un vigoroso golpe de
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VIDA DE NUE§TRO §EfrOB JESUCBISTO
mano, debióse determinar á, entregarlo á los que habían
decretado su muerte, para ponerle en la alternativa de
probar su omnipotencia ó dejar ver su debilidad. La prue-
ba auda zmente impuesta era tal que no podía salir de eIIa
sino como Mesías triunfador ó impostor castigado. Así de-
bÍa verse el fin de una situación dudosa y zanjadas de
golpe todas las dudas. No es raro que el necio orgullo del
hombre pretenda apresurar, á,su sabor, la mareha de los su-
cesos providenciales, y adelantar', eonforme á su6 caprichos,
la hora de Dios.
Sea lo que fuere, con su fe eomprometida, su probidad
sospechosa y la afrenta recientemente sufrida en el festín
de Betania, Judas debía encorrtrarse fuera de su cent,ro en
eI círculo apostólico. Sin verdadero afecto por el Seflor,
sólo Ie unía á Él un resto de Íalsa vergüenza. fil deseo de
ver disuelto el grupo de los Doce ó transformado radical-
mente, á impulsos de una violenta catástrofe, atormentaba
su alma. Cuando Ia ambición, la duda, el orgullo resenti-
do, trabajan Ia eabeza de un hombre y sólo tienen por
contrapeso un corazón lleno de egoÍsmo, todo es posible. Por
otra parte ha entrado siempre en ei destino del Maestro
rechazar fatalmente á quienes no son atraídos por su per-
sona. Frente á frente de É1, nadie permane." la indi-
ferencia. Judas, partiendo tal vez de una simple "o duda,
Ilegó de un salto á los extremos dq la impiedari y de la
malicia. Aun cuando no hubiera sido, en Ia primera con-
cepción de su afrentoso proyecto, sino un audaz revolu-
cionario, es cierto que acabó como el más vil de los mal-
vados. EI dinero que se atrevió á pedir y aeeptar mancilló
sus manos. Hácenos olvidar las otras miras, por otra parte
muy criminales, aunque cle un orden superior, que hubie-
ran podido engaflarlo y arrastrarlo aI principio, y queda,
para la historia imparcial, el más odioso de los asesinos,
5r, para la Iglesia cristiana, eI más infame de los Apóstoles.
Dirigióse, pues, el miserable, á favor de la noche, hacia
la casa de Caifás. Su corazón, por malvado que fuese, de-
bía latir muy fuerte en el momento en güo, llamando á la
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r56 IION§ENOR, L.U CÀMUS
puerta, pidió ser introducido ante los enemigos de su
Maestro. La acogida que se le hizo Ie animó, sin duda, y,
ante la gran asamblea, muy satisfecha del paso que daba (t)
volvió á hallar la fría energía que le caracterizaba. To-
davía nos subleva la impudencia de su cinismo. «iQué
queréis darme y os lo entregaré?» Semejantemodode ha'
blar á un cuerpo constituído acusaba sobrado atrevimien-
to, pero el malvado se sentía á la aitura de tales jueces, y
trataba con ellos sin grandes miramientos. No obstante,
el paso direeto que acababade dar era, por su parte, una
Íalta irreparable. Después de haberse comprometido tan-
to, cualquiera que fuese la respuesta del Sanedrín, le era
imposible retroceder. Así Io entendieron los príncipes de
Ios saeerdotes. Puesto que Judas'les pertenecía irrevoca-
blemente, no valía la pena de que sd mostrasen con él ge-
nerosos; le ofrecieron treinta monedas de plata, ó treinta
siclos (2), unas noventa y tres pesetas de nuestra moneda.
Era el precio atribuído comúnmente á un esclavo (3). No
ltzgô el orgullo farisaico que Jesús debiese ser pagado
más caro. Por lo demás, no se dice que Judas hubiese in-
sistido para obtener más. El hecho de haber aceptado es'
ta recompensa, en realidad tan desproporcionada con eI
crimen que iba á cometer, nos permite entrever cuanto
tenÍan de grosero aquellas naturalezas de aldeanos, eleva'
dos súbitamente á una vocación de la que no eran dignos.
La educación primera impide siempro á los hombres de
(1) Marc., XIV, 1-lry Lue., XI[, 5, confirman la alegría del Sanedrín,
Qwi audimtes gaaisi sumú.
(2) EI siclo sagrad.o-era natural que el Sanedrín pagase con esta_mo-
ned.a-era una pieza de plata introducida en Palestina después de los Maca-
vaso
ode
prg_
:;;::
cieron dinero, à,yyriptov. Oiertamente que Mateo-se complace en hallar en esta
cifra el cumplimiento de una profecía, pero no hay razón alguna para creer
que Ia profeõía Ie sugiriese la cifra y Que, tal vez, Judas recibió mucho más.
Para un hombre del pueblo bajo, eu aquella época, 03 pesetas representa-
.ban verd.aderamente una sumâ bastante apreciable.
(S) Duod,o, XXI, az.
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bles que se los suPong?'
humillado,- por ha-
Judas, contrariudo"rio duda, mas no
dando- pala-
ber obtenido *" t; salió de Ia asamblea,
'---- ;;.",
bra de una ocasión segura de en-
tregar lvió á tomar eI camino de
Betani [e los IIifos de Hinnón Y las
sombrías gargantas del Cedrón, debíO
sentir Ia necesidad
de apretr, -í. de una vez eldinero del
crimen contra su
remordimient'os que
corazón,para no dejar salir de él los
lo sublevaban.
Satanás, no§ dice San Lucas' había
entrado en él'
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CAPITULO II
Cómo y qué día fué preparada la cena pascual
El jueves por la maflana se abstiene Jesús de comparecer eh Jerusalén.-
iPor qué?-Medio de que se sirve para que ignore Judas el lugar donde se
ha de reunirel juevespor la tarde.-La última cena del Seflor icoincidió
con la pascua judía, ôla precedió?-Posibles conciliaciones entre San Juan
y los Sinópticos sobre este punto. (MaI.,XXYI, l7-f g; Marc.,XIV, tZ-16;
Luc.,XXII, 7-rB).
Sabemos que Jesús contaba con partidarios decididos
entre los miembros del Sanedrín. Pudo ser que no hu-
biesen sido convocados en casa de Caifás, pero si llegaron
á tener conocimiento del resultado de esta reunión ex-
traordinaria y de los pasos crirninales de Judas, debieron
apresurarse á, prevenir de ello aI Maestro. Este, á decir
verdad, no tenía necesidad de sus informes. Antes que to-
dos y mejor que todos, conocía la malicia del traidor, y su
ojo divino seguía en la sombra los pasos del malvado.
El jueves, pues, por la maflana , eL. yez de volver á Je-
rusalén, manifestó la intención de permanecer en Betanian
ó en el monte del Olivar, á solas con Dios su Padre, en
aguel piadoso recogimiento del espíritu que prepara al
hombre para eI sacrificio. EI pueblo, por no esüar iniciado
en los misterios de iniquidad realizados durante la noche,
le aguardó en vano en el Templo, sin explicarse su ausen-
cia. Después de los triunfos de los días precedentes, esta-
ban todos lejos de sospechar una catástrofe inminente. Y
sin embargo, los enemigos la habían preparado tan biuo
guê, para Jesús, reaparecer en Jerusalén, equivalía6,, pro-
vocarla in mediatamente. La víctima se mantendrÍa, pues, en
el retiro todo este día, con objeto de no ser inmolado sino
al día siguiente, en la misma hora del gran sacrificio pas-
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VIDÀ DE NUESTRO SEÍIOB JESUCRISTO
cual, conforme al orden providencial y á la hermosa ar-
monía de las figuras proféticas.
Ningún detalle poseemos de los últimos momento§ que
pasó Jãsús
"o -udio de sus amigos, en aquella ca§a de
betania en que de tan santas alegrías había disfrutado.
iQué emociones debieron agitar su alma, cuando se acos'
tó, la víspera, baio este techo hospitalario, para dormir
allí, á,los treinta y tres af,os, su úlbimo sueflo de Ia tierra,-
con la clara perspectiva de ir, después del reposo de algu-
nas horas, á emprender el duro trabajo de su Pasión!
Como, desde la rrraflana del 13 de Nisán, fuese preeiso'
empezar á disponer la cena pascual, viendo los Apóstoles
que no se cuidaba Jesús de este asunto, Ie
dijeron:
«iEn dónde quieres que dispongamos para que comas Ia
pascua?» La pregunta, hecha delante de todos, interesa-
ta particularmente á Judas. Tal vez hasta fué él quign,
desãoso de cumplir la palabra dada al Sanedrín, la había
provocado. En este caso, debió queclar desagradablemente
Áorpreodido al verse de pronto reemplazado en stls fun-
ciones de intenclente ó de proveedor del eírculo apostólico;
pue§, en efecto, Pedro y Juan fueron los encargados p9,
Je*ús para combinar los preparativos de Ia cena pascual.
No coorrenía que el traidor pudiese ejecutar su obra ni
antes ni durante esta última y fraternal reunión. Por eso
vemos aI Seflor usar de precauciones en su respuesta para
que Judas ignore hasta el lugar en que debe aquélla
rLalizarse. Pedro y Juan son seguramente amigos fieles;
conoeida es su discreciótr, Y, sin embargo, no §e les revela-
rá ei nombre del huésped que debe recibirlos; solamente
lo conocerán cuando se hallen' en Jerusalén. Los demás
Apóstoles lo ignorarán.
«Luego que entréis en la ciudad-les respondió Jesús
un hombre que lleva un cántaro de agua;.
-encontraréis
seguidle hasta la casa en donde entrare, y decid al padre
dafamilias de la casa: El Maestro te dice: Mi tiempo está
Gerca; en tu casa hago Ia Pascua con tus discípulos 2dón'
de está el aposento que para esto necesitamos? Y él os
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160 MONSEftOR LE CAMUS
mostrará una gran sala aderezada: disponedla allí.>> (1)
Como Jesús cuenta eon seguridad con este aposento,
conocido en todos sus detalles de mobiliario y de vagtas
aeostumbrado á estas expresiorres, familiares á los íntimos
de Jesús.
sin embargo, no pol' efeeto de una convención previa,
como va.ios han supuesto, encontrarán los Apóstoles al
. siervo á Ia puerta de la ciudad. Jesús da su indicación,
después de haber apelado á su presciencia clivin a Q). En el
momento en que un individtro de cada familia va á, sacar
gru seguirle. En casa de su àmo habrá de tener lugar
la eena pascual.
Todo sueedió según sus indicaciones. Mientras que el
resto de los Á'póstoles y Judas mismo, profundamente pen-
sativo por la nueva actitud del Maestro con rela ción á, éI,
permaneeía en Betania, Pedro y Juan se llegaban á,la ciu-
dad, reconocían Ia sala del festín y hacían sus diligeneias
para preparàr'lo todo. Los preliminares de la cena pascual
'comprendÍan la presentación del cordero en el atrio del
'Templo,
en donde el ieÍe de familia debía ayudar á los levi-
(1) San Mateo, aun suprimiendo en este relato al hombre que llevaba el
cántaro, conserva exactamente los matices, y demuestra bien (ue Jesús no
quería dar á conocer eI nombre de aquel en cuya casa debían hospedarse.
«Id á la ciudad á easa de cierta persona,» hace decir al SalvadoÍ: rpõs rõt
ôei,o. Los otros dos sinópticos explican mejor que él cómo pudo dar á cono-
cer al hombre sin nombrarlo.
(2) Así se colige de todo el relato de San Marcos y San Lucas. De este
modo había visto Jesús á distancia que Lázaro había muerto, que el hifo
del oficial real t{e Cafarnaúm estaba curado, etc.
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I
VIDÀ DE NUE§TIiO SEfrOR JESUCBISTO r61
tas á inmolarlo, la confección de los panes á,zimos, en fin,
la compra de hierbas amargas. Mucbo quehacer era este
para el tiempo que les quedaba hasta la noehe; pero los dos
discípulos debieron desplegar Ia mayor. actividad, orgu-
llosos de reemplazar al Maestro en tan solemne circuns-
taneia.
Su misión no càrecía de significación simbólica. Se ha
sospeehado, y eon razóD, que, á su earáetet respectivo, de-
bían el honor de haber sido elegidos para representar, Pe-
dro el amor que obra, Juan eI amor que contempla, y
personifiear asÍ los dos elem rntos efectivos de todo des-
arrollo religioso en la humanidad. Pedro, por otra parte,
,no era ya el jefe designado de la nueva sociedad? Juan
le había sido dado como auxiliar, pârâ hacer entender que,
en la serie tle las edades, el episeopado tendría, de derecho
divino, su lugar oficial al lado del representante autoriza-
do de Jesucristo, I partieiparía de su paternidad, de su
sacerdoeio, de su autoridad.
Ofréeese aquí la difícil pregunta que, después de haber
dividido en todo tiempo á los intérpretes(r), deberá tal
vez á,la crÍtiea rnás reciente su mejor solueión: la cena ú1.
tima de Jesús con sus Apóstoles lcoincidió con la Pascua
judía ó la precedió? iTuvo lugar el 18 ó el 14 de §is{nz rz)
Según los Sinópbicos, parece haber coineidido con ella.
Según San Juan, ia precedió. Observan, en efecüo, los Si-
(r) v'
Gospels, p
chendorf,
Kirchner,
vol. III, p
(2) En cuanto al día de la semana, los cuatro Evangelios están acordes.
en admitir que fué un jueves y que Jesús fué crucificado un viernes. Maü.
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t62 MONSEfrOR LE CÀMUS
nópticos que Jesús ordenó preparar el festÍn el prirner d.,ía
d,e los dzimos, el d,ía e?L que erü n'tenester inmolar la pas-
s7tr6(r't. La comida, pues, Quo ponía fin á aquel día sería la
cena pascual, que caía el t4 de Nisán. Parece tanto más
dificil ponerlo en duda euanto los Apósboles habían pre-
guntado al Seflor en qué lugar conaenía prepürqr la
pd.,scun qtee d,ebían corrTüer, y que realmente, según San Ma-
teo, prepürcrron la püscud, (2). Àdemás, llegada la noche,
vemos á Jesús ponerse ü la mesa con los Doce, y abrir el
banquete sagrado con estas palabras adueidas por San Lu'
cas (3): Con d,eseo he d,esead,ô comer con uosotros esta pascuü.
Al mismo tiempo, parécenos estar autorizados, como ve-
remos, para eneontrar en el relato de la Cena las huellas de
los prineipales ritos que caracterizaban el convite pascual.
Así, despues del eulogio solemne, preludio obligatorio del
festín simbólico, el Maestro hará circular Ia primera coPa
de vino ln',, y, terminada la cena, Ia acostumbrada copa de
bendición (5). Así también, según San Marcos y San Ma-
teo, cantaút, al fin, el himno que era sin duda la última
parto de1 gran-IIallel. Seguramente que si no tuviésemos
otras indicaciones que las de los Sinópticos, sería preciso,
por muchos inconvenientes que hubiese, reconocer que Je-
sús comió la paseua el 14 de Nisán, después de puesto el
sol, fué crueiÊcado el 15, primoro de los siete días de la
Bemana pascual, gue aquel aflo caía en viernes, y que ha-
biendo permaneeido en el sepulcro el 16, resucitó el do-
mingo, 17 del mismo mes.
De todos estos inconvenientes, el más grave es admitir
gue, el día de Pascua, día santo entre los más santos, día
consagrado á Ia oración y á las eeremonias en el Templo,
desde la mafla na á, la tarde, Jesús habría sido conducido
ante tres tribunales distintos y crucifieado con sus dos
(l) MaI.,XXYI, 17 y paral.
(z) .lt[at., XXVI, 17, 19 y paral.
(3) Lwc.,XXII, 15.
(4) rd., xxLI, i7 .
(õ) fd.rXXÍI,2o;I Cor., X, 161 XI, zs.
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]rIDÀ DE NUESTEO SEÍOR, JESUCRISTO 163
eompafleros de suplieio. Hry en esto una imposibilidad
moral que pesa más en la balanza que todos los decires de
los Sinóptieos. De modo que si, lo que no creemoÊ, sus tex-
tos fuesen irreductibles, deberíamos concluir 9uê, contra
ellos, San Juan lleva eiertamente la razón Nadie quiere
sostener que los erueificados quedasen en las cruces du-
rante la fiesta; iy se habría inaugurado la fiesta clavándolos
en ellas! Es inadmisible.
En efecto, nuestro cuarto Evangelio indiea claramente
que Jesús tomó su última cena el 13 por la noehe, fuera
del preeepto Paseuali Que murió eI 14, en el momento en
que se inmolaban las víetimas en el Templo, haeia las tres
de la tarde; que permaneció en la tumba el 15, día doble-
mente sabátieo aquel afi.o, pues por una feliz eoineideneia,
era á,la vez el primero de las solemnidades paseuales y el
sábado ordinario de la semana; en fin, que resueitó el 16,
domingo, ó el primer día después del sábado. En una fra-
se, absolutamente eoncluyente, se diee que la últíma cena
se hizo a,ntes d,e la f,esta d,e Pascuo (t). Nada, ni en el re-
lato detallado del festín, ni en el informe de los magnífieos
diseursos que eonstituyeron su encanto, induee á creer que
la ciudad de Jerusalén cumplía en a,quel momento la obli-
gaeión paseual. Más todavía, el narrador observa gue,
euando Jesús,,al fin de la eomida, dijo á Judas: (Lo que
haees, hazlo presto,» imaginaron los Apóstoles quele pres-
cribía cornprd/se lo que se había menester pd,rü el d,ía eJe
la fiesta l2l, y, por consiguiente, pâra preparar el banquete
pascual. Y siguiendo siempre esta misma idea, nos mues-
tra, al día siguiente por Ia maflana, á los judíos rehusando
penetrar en el pretorio de Pilato, po1" no contq,minarse y
pod,er coríLer la pascuü (3). Por la tarde, pues, según é1, se
abrió la fiesta con Ia comida sagracla. He aquí por qué lla-
nra al día en que Jesús fué crucifieado la, prepara,ción d,e
la PascueÁa\. El día siguiente es para éI- un sábado ex-
-6-Jr^n, XI[I, l: rpà rfis éoyrfis rol rd"ayar. z. À.
(2) rd.,XIII,29.
- (3) .rd", xYIIl, 28.
(4) fd., lfIX, 14.
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764 M()NSEftOR, LE CÀMII§
cepcionalmente solemne (1), porque, sin duda, era á,la vez
sábado y primer día de la fiesta.
Por modo indirecto, apoyan también otras razone§ la
eronología de San Juan. Así, prohibía la ley (z) al israelita
gue franquease el umbral de Bu morada, desde la comida
pascual trasta eI día siguiente por la maflana. Ahora bien,
no solamente Judas, pero ni Jesús y sue discípulos, §i real'
mente habían comido la pascua legal, hubieran tenido
cuenta alguna de esta prescripción. Por su parte, el Sane-
drín, aquel rígido observador del descanso sabático, no hu-
biera tenido eserúpulo en enviar, después de Ia comida
pascual, en un momento en que cada familia debía recoger-
se piadosamente en su propia casa, á sus criados armàdos'
fuera de la eiudad para apoderarse de Jesús; éI mismo ha-
bría tenido de noche una sesión iudiciaria, preguntado y
juzgado á un acusado, y, aI día siguiente, depuêsto su
queja ante el proeurador romano, y eso, habiéndose Pro-
metido solemnemente no hacer Ia detención durante Ia
fiesta, cuando todo eI mundo estuviese en las calles de Je-
rusalén, por ternor á un alboroto. (3)
Todo esto nada tiene de verosímil. (4) Hay más. Según
los sinóptieos, el día en que fué crucifieado Jesús,'Simón
Cirineo volvía del campo, José de Arimatea compraba
un sudario nuevo, las mujeres se procuraban perfumes, y
Nicodemo, eon algunos amigos, se ocupaba en sepultar
el euerpo del Crucificado, después de haberlo embalsama-
do con cien libras de mirra y de áloe, llevadas al sepulero.
Podían, pues, el viernes, ocuparse en todas estas obras, se-
- veramenbe prohibidas, según la ley, en un día de deseanso
sabátieo, tal como eI primer día de la gemana pa§cuàI. Al
contrario, llegada Ia tarde, se suspende todo trabaio. La
amistad deja con sentimiento el muerto imperfectamenbe
(l) Jua,n, XIX, 3I.
(2) .Éuod,o,XIÍ, zz.
(S) MaI.,XXVI, r.
«ni Y. elTratado Beza,Y,2,v generalmente todas las indicaoiones taL
múdicas sobre eI descanso del sábad,o y de los días feriados.
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vrDÀ Dn NuEsrBo so§on Jgsrrcnrsro 165
embalsamado y su sepultura incompleta. La ley prohibe
hacer más; eondena á los más eelosos á eneerrarse en el re-
cogimiento y deseanso absolutos. EI mismo odio se desar-
ma en preseneia de Ia gran fiesta que va á, empezar. Dis-
ponsa de sufrir por más tiempo á los crucificados, y pide su
.mutilación, para no contristar, con el espectáeulo de su
agonía, los primeros goces de la solemnidad. 2No hay en
todo esto una serie de argumentos deeisivos en favor de
San Juan?
En todo caso, pareeió á muchos tan visiblemente irre-
"ductible la divergencia, que propusieron una solución
radieal, admitiendo que los Sinóptieos y San Juan habla-
.ron de dos comidas diferentes. En eI cuarto Evangelio se
trataría, en este caso, de un banquete ofrecido el 18 por
la tarde, en Betania ú otro lugar, y en los otros tres, de la
comida pascual tomada el 14 en Jerusalén. Pero tan au-
daz hipótesis, aun cuando no sea absolutamente insosteni-
ble, rio suprime la grave dificultad con qúe se tropieza ha-
ciendo eoincidir el juicio, la ejecueión y la sepultura de Je-
sús eon el primer día de la solemnidad paseual; ni tam-
poco expliea los eserúpulos de los judíos, absteniéndose
de entrar en casa de Pilato, en vista de la comida religio-
sa quo debían tomar al anochecer de aquel día. Además,
ies, por ventura, admisible que San Juan no hubieee tenido
intención de eontar la última cena de Jesús, cuando le
vemos realzar, una por una, en el relato de las postreras
expansiones del Maestro, las pruebas de su amor perseve-
rante hasta el fin? Aeeptar esta explicación sería romper
con brutaiidad el eneadenamiento visible de las diversas
cláusulas de tan admirable testamento y desconocer uno
de sus aspectos más delicados y verdaderos. Esta suce-
sión de discursos, quo empiezan de nuevo sin cesar, indica,
'efectivamente, bien á las claras el afeetuoso sentimionto
del Seflor en aquella hora en que, para retardar el momen-
to de la separación, encuentra siempre su corazín una pa-
labra que afladir á sus despedidas de padre y de amigo.
Por lo derrás, queda completamente zánjad,a la cuestion
1l T. III
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166 MON§EftOB LE CÀMUS
con las palabras de Jesús á Pedro: (I{o cantará el gallo sin
que mo hayas negado tres veces (t).» No habrá, pue§, otra
noche que esta ,ot.. de la caída de San Pedro, de 1o cual
resulta indudable que, en eI cuarto Evangelio, como en
los otros tres, se trata de la última comida de Jesús.
Es, pues, preciso aeeptar la dificultad tal como se impo-
tro, y, á menos de admitir que hay contradiceión flagrante
entre ellos, egforzarse en poner de acuerdo los Sinópticos
con San Juan. De las dos iudicaciones cronológieas 2cuál es
la que conviene mantener categóricamen te? iCú,l la que
conviene explicar?
Fácil es reconocer que ninguna de las dos resiste ente-
ramente á Ia buena voluntad y al valor de los intérpretes.
Así, en San Juan, propónense entender estas muy embara-
zadOras palabras ,a,ntes d,ela f,esta dePq,Scuúú, como si,que-
riendo acomodarse al modo de hablar de los griegos, para
la los cuales escribía,el Evangelista hiciese empezar el vier-
nes la fiesta inaugurada desde la vigilia á" la puesta del
(2),
sol. Explican también el pasaje, no menos concluyente
en que lemíao los judíos manciliarse entrando en casa de
Pilalo, y no poder comer la Pascua, como si se refiriese, no
al cordõro pascual, sino á otras víctimas, y en particular
á,la chagiga, que se comía Ia segunda tarde de la fiesta.
EI día de la muerte del Salvador sería, en este caso, Ilama-
do la prepq,rdtción de la Pascua, pâra indicar sencillamen-
te quã era Ia víspera del sábado pascuà,\; y la ordon dada
á Judas se entendería, ó de los preparativos que iba á"ha'
cer para los sacrificios del día siguiente, ó de la disbribu
ción de limosnas que debía disponer, puesto que era Ia vi-
gilia de una gran solemnidad. En fin, en cuanto á las pres-
áipciooes del descanso para el primer-día de la fiesta, po-
d.ían ser menos severas que para el úlbimo, ó aun para un
(3). Yarios pasaies del Talmud parecer
sábado ordinario
(r) -
(2)
(g) es formal, Números, XXVIII, 16; «El priPgr
mes, y la Pascua del Sefrot y el tf será solernnidad.
Duran pan srn levadura. De estos siete días, el pri-
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VIDT DE NUSSTRO SE§OP" JESUCRISTO 167
e_o_nfirmar práeticas bastante cliversas sobre este punto (1).
lNo vemos, por oüra parte, e, el mismo San Juan, á los
prÍneipes de los sacerdotes encargar á sus eria,dos, durante
la fiesta de los Tabernáeulos, que se apoderen de Jesús-no
Sobre est_e punto-, partieipan los rabinos de ,uestra opi-
nión, y afirma, (2) que Jesús, después de haber buscado .r,
vano un_ abogado durante cuatro días, fué, por fin, juzga-
do, apedreado, colgado en el madero antes que se d.iesen
por empezadas las fiestas.
Lo más prudente os, pues, examinar eon ate.eión los
textos de los Sinópticos. En realidad, sólo hay una cosa
que prohiba, aparentemente, dar la muerte á Jeús en la vi-
mero será venerable y santol no haréis'en él obra servil etc.» y. Euodorxrr,
l81Leu., XX[I, ó.
(l) véase la Mishna, tratado Yom Tob, b,2;Lfegillarr, Sl sabbath,zB,r,
_ (2» sanedrínr 6r z: «Traditio est vespera Pasciatis suspensum fuióse
Jesum.»
(gl Mat., XXYI, LZ y Marc' XIY, 12.
(4) Lwc.rXXII, 7: 'HÀâev ôà i1i1p.épo r6v à.fiip.wv.
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168 MONSENOR, LE CÀMUS
eis moderna supuso que ,lebía braducirse el texto grie'
go como ei hptpn op&r,r hubiera
i qou había de entenderse no
sino el d,í,a antes de los irzimo
Resch, en un interesantísimo
Evangelios (2), confirma esta
fuxto írebreo, no eI arameo, guo, según é1, fué el documento
general que sirvió á los Sinópticos, llevaba Ia palabra EIP
rin'uero, sino Pot antas- De
vo es eüo, fuera de esbe Pasa-
iinóptieos, de lnanera incons-
ciente, es cierto, mas no por eso menos decisiva, que Je-
sús fué condenado á muerte la víspera do Paseua. Así, nos
trasmiten, como acaeeidos el día de la crucifixión, una
serie de incidentes incompatibles con el reposo y _1,
santidad del primer día d; los ázimos: las sesiones del
Sanedrín, las confereneias eon Pilato, la compareeencia
ante lIerodes, Simón de Cirene volvien,Co del campo,
José de Arimatea yendo á eomprar una sábana, las santas
mujer á di
eI rep á im
Jesús sala
como antes de la hora, Por I
cercano, es decir, euo uI dí, siguienüe 19rÍa demasiado
tar-
de. En fin, las e*presiones siguientes: Y el otro d,ía qtt'e
es
el que sigue d, ta-Parasceae, paÍa, designar el día en que
estuvo Jesírs en el sepulcro; y cuan'd'o se hizo y! tarde
(pues era la Parascersu, qu, es la aí,spera d,el sd,bct'd,o) pata
incliear la hora en quo Jesús iba á ser sepultado, pareeen
acabar de confi.r-r, güê, para los Sinóptieos como para
á las
San Juan, ol día de Ir, cruãifrxión fué eI que precedió
fiestas pascuales.
ón de rpõrq rro era inaudita.
zw d,en Euanq, LeiPzig, r8gr. La
omada en eI sentido de zrpõtos por los
ch, el original hebreo llevaba: cAntes
se inmola la Pascua.»
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YIDÀ DE NUESTBO SEfrOR JESUCEISTO 169
Lo cual no les impide eonsiderar la última comida de
Jesús cual si fuese la eomida pascual. Aeerca de este pun-
to, su afirmación es irreductible, y es preciso averiguar qué
razones tuvieron para hablar así.
Á do* se redueàn estas razones: ó bien eostumbres par-
ticulares autorizaban á ciertas categorías de judíos á cele-
bt'ar la PascuÍr un día antes, ó bien, fuera de estas cos-
turnbres, pudo Jesúrs rleterminarse, en vista de su muorte
innrinente, á rnudar intcneionadarnente la eomida con la
cual quería cerrar ia Pascua antigua é ineiugurar la nueva.
Err estas hipótesis, Do terrerrros por qué c'cullarnos cle San
Juan que no hacc, durarrte su reiato, una sola alusión á la
comida paseual. Este silencio, por otra parte, no es más
sorprendente que el que guarda sobre la institución de la
Eucaristía.
Ifan supuesto, pues, varios autores que Jesús pudo ce-
lebrar legalmente la Pascua la tarde del 13 al 14, porque
ya en aquella époea habÍa dos maneras de fijar el primer
día de la luna. Los judíos rabinistas ó tradicionales, como
se les llamaba, determinaban, en efecto, la nueva luna se-
gÍrn el cáleulo astronómico, mientras gue los judÍos karai-
tas ó escriturarios admitían por regla la observación em-
pírica de las fases del planeta (1). Ahora bien, no era rar.o
Qüe, por razon de un tiempo lluvioso, su cuarto creciente
y casi invisible eseapase al ojo de los testigos que lo
buseaban en el cielo, noientras que no podían engaflar los
rigurosos eálculos de los sabios, acostumbrados á determi-
nrrr matemáüiearnente su aparición, según sus tablas. Re-
sultaba, pues, siempre posible una clivergeneia en la fija-
ció, de la Pascua, porque había riesgo de no darse cuenta
sino al día siguiente del creciente de la luna que había apa-
reeido, sin embargo, eI día anterior. Si estas dos suputacio-
nes, no concordaron este aflo, puede creerse que Jesús esco-
gió la de los rabinos, que era la más exacta (z). En este caso,
(l) Y. Iken, Dissert. phitotogico-theolog., vol. II, p. aeZ y siguiente, diser-
taciónr 9, 10, f 1; Burman, Harrn. Du.in Matúh, cap. XXt.
(2) Y. Michaelis, sobre Juan XIIL
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r70 MONSEÍOR I,U C!,MUS
habría celebrado la Pascua el jueves con los judíos tradi-
cionales, deiando á los escriturarios, que eran los más nu-
merosos, celebrarla solemnemente e1 viernes. Esta iugenio-
sísima solueión satisfaría cumplidamente, si Maimónirles,
que nos da á conocer este doble modo de observaeión, no
dijese que no empezó sino después de la ruina del Templo
y la disolueión del Sanedrín.
Con más acierto, imaginaron otros exégetas que, no pu-
diendo inmolar los sacerdotes, en tres horas de tiempo, los
doscientos eineuenta mil corderos (1) neeesarios á' las fa-
milias reunidas para comer la Paseua, se autorizaba, eon
objeio de evitar la acumulación en el Templo, á los judíos
venidos de fuera, á comer su cordero pascual el 13, mien-
tras que los de Jerusalén 1o comían el L4. Si al emitir
Ebrard esta ingeniosa hipótesis hubiera podido apovarla en
algunas pruebas, habría cerrado indudablemente el deba-
te Q); porque ésta, á Io menos, lo explica todo. De las dos
tardes, efectivamente, en que poclía celebrarse Ia comida
simbólica, Jesús escogió la primera, como todos k's gali-
leos; los prÍncipes de los sacerdotes y sus satélites se re-
servaron la segunda. Era privilegio de los habitantes de
la Ciutlad Santa permanecer en la legalidad absoluta, y
no renunciaban á é1.
Yarios, flnalmente-y esta explicación no parece la me-
nos satisfactoria,-han observado que, siendo de un rigor
extremo las prescripciones sabábicas, sobre todo después de
las innovaeiones farisaicas, era materialmente imposible
eelebrar sin inbervalo una gran soiemnidad y un sábado.
Esto hubiera sido exponerse á" graves incomod.idades y á
las más penosas privaciones. Por eso se había introduciclo
se asegura que esto se practica aún entre los iudíos,
-y si el primer día de los ázimos eaÍa en viernes. se
-Que,
(I) Según Josefo (8. J., YI, 9, 3),la cifra exacta dada por Lossacerdotes
su libro h"itik d,er eoang. Ges-
crifica en la segunda, § 92, por
rpdnq rôt à(úp,tov ( Mat., XXVI,
3 de Nisán.
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YIDA DE NUESTRO SEftOR JESUORISTO 171
difería para el sábado con objeto de evitar cuarenta y ocho
horas de reposo absoluto. Tal habría sido el easo del aflo
en que murió Jesús. Y aun quizás quiso denuneiar San
Lueas la violencia heeha por los fariseos á la ley mosaica,
euando rlijo: (Yino el día de los á,zimos en que ercú n'Lenes'
teq" matar la pascua.) Esta palabra parece, en efecto, su-
poner que no dejaba de existir la obligación, á pesar de Ia
práetica contraria. No aeeptando Jesús las exageraeiones
del partido farisaico en la observancia rlel deseânso sabá-
tico, tampoeo aeeptaba la supresión ó el traslado del pri-
mer día de los ázimos, .y fuera de los que Beguían la nue-
va interpretación de la Ley, celebró la Pascua el día en
que caía realmente. De aquí toda la divergeneia aparente
de los relatos evangélicos. Jesús comió eI cordero pascual
el día eatorce; Ios demás lo comieron el guince, para con-
fundir en una sola fiesta el primer día de los ázimos y el
sábado semanal.
Fuera de estas diversas hipótesis, no queda más que una
solución de la difieultad, y es la de reeonocer seneillamen-
te que Jesús comió,no la Pascua real,la comida legal, que
sólo podía tener lugar al día siguiente, sino una pascua
de intención ó de institueión. Queriendo ser inmolado al
mismo tiempo que eI cordero pascual, resolvió anticipar el
festín conmemorativo de lo pasaclo é inaugurar el banquete
de lo por venir. Por los ritos mosaieos que siguió, Ia eomi-
da fué, ciertamente, la Paseua an bigua, pero se convirtió
también en Paseua nueva por el saeramento instituído.
En esta explieaeión, los Apóstoles pensaron prepararlo to-
do para el viernes 14 de Nisán, hacia la hora en que em-
pezaría el primer d,í,a d,e los dzimos. Mas Jesús declara
súbitamente que la fiesta será para la tarde misma del
jueves. §u tiempo e.std cerca. Hace aI instante lo que
harán los demás al día siguiente. Si alguien se eseandali-
zà, los sucesos demostrarán que no hay por qué escanda-
lizarse. Si el cordero no puerle ser inmolado en el Templo
por los sacerdotes que han excomulgado aI Maestro y á,
los discípulos, se volverá, á, Ia práctica de los anüiguos, y
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172 MONS]ETiOfi, LI: CÀMUS
Pedro, delegado por Jesús, lo inmolará por sí mismo en
casa del huésped que los recibe. Por lo demás, iqué era eI
cordero simbólico en el Íestín en que se entre gó á sí mismo
el Cordero verdadero?
Pudieron, pue§, juzgar los Sinópticos que la última co-
mida del Seflor había sido para ellos la verdadera eomida
pascual. Es esta una apreciación que San Juan se guarda
de contradecir, mientras precisa, Io cual uada tiene de
inútil, gue, cuando murió Jesús, los judíos no habían co-
mido aún la Paseua.
Sea cual fuere la suposición que se adopte de estas últi-
ma§, 9uo, en realidad, son bastante naturales, se llega siem-
pre á este resultado, hoy generalmente admitido, estos es,
que después de haber hecho Jesús su última comida con sus
discípulos el 13 por la tarde, Íué crucificado el L4, en la
misma hora en que se inmolaba el cordero pascual. Con
razón, pues, el Apóstol, después de haber designadola no-
che de la institueión eucarística, no como la de la comida
pascual, sino como la de la traieión de Judas, pudo decir
ãe Jesús muriendo al día siguiente: «Él fué la pascua inmo-
Iada por nosotros.) Sin duda, podía llamar á Jesús nue§'
tra paseua, en razón de su papel propiciatorio, y sin alu-
sión necesaria al día y á" la hora de su muerte. Pero eI ar-
gumento que saca de los panes ázimos se convierte á,lavez
en coneluyente en favor de San Juan. El uso exclusivo de
los ázimos empezaba, en efeeto, eI t+ por la tarde, en§e-
guida de inmolado el cordero pascual. De morir Jesús el
15, no existiría la relación á, que se refería el Apóstol.
Así que estuvo todo preparado en Jerusalén, eI Seflor
se despidió de sus amigos de Betania. Tal vez §u palabra
particularmente triste y afectuosa, les permitió entrover
que era para no volver de nuevo.
EI sol descendía sensiblemente. La pequefla eomitiva se
dirigió hacia la Ciudad Santa sin sospechar la ruda tem-
pestad que allí le aguardaba.
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CAPÍTULo dI
La última cena y sus primeros incidentes hasta la
salida del traidor
Cómo comían los judíos el cordero pascual.-Primeras palabras de Jesús.
-Al bendecir Ia primera copa anuncia que su fin no está lejos.- Dispu-
ta de los discípulos con motivo de Ia precedencia.-Levántase el Maes-
tro para lavar los pies.
-Primeras insinuaciones contra el traidor.- Por
qué quiere Jesús hacer ver que le conoce y no quiere nombrarle.-Impa-
ciencia de Pedro y pregunta de Juan.- Judas se ve desenmascarado y
abandona la sala. (Luc., XX[, l4-Bg; Juan, XI[, l-3O; Mat., XXYf, z0-
2-o; LÍarc, XI\r, 17.21)(l).
Ora hubiese sido autorizado Jesús por un uso admitido,
ora se hubiese autorizado á sí mismo para adelantar un
día la comida pascual, consideramos, pues, como incontes-
table que entendió comer el jueves por la tarde, vigilia de la
verdadera fiest a de la Pascua (2), aquella tradicional comida.
No carece de iuterés la lectura del Talmud sobre los ri-
tos que debían observarse en ella con toda fidelidad. Este
conocimiento de las eostumbres judías (3) ayudaút al lector
á entenrier los relatos que siguen.
Cada familia debía reunirse por grupos cle díez perso-
nas á lo menos, y de veinte á, lo más. Dispuesta la mesa,
oeupaban todos su puesto alrededor de ella. En Egipto,
(1) Por una coincidencia que muestra, una vez más, la sinceridad de
nuestros Evangelistas, San Juan y San Lucas se dan aquí la rnano como
. por câsualidad, de modo que sus dos relatos ( Luz.,XXII,z+-ao; Juan,XIII
l-2o), deben unirse en uno solo si quiere encontrarse en ellos su sentido y
su encadenamiento natural.
(2) Junn, XIII, l, es explícito: IIpà rffs éogris. Jesús adelanta la fiesta,
pretendiendo demostrar así á los suyos toda su ternura.
(3) Y. Green, The Hebr. Ieast., f886; Kaiser, O. T. ?heol., 1894; Stan-
ley, Eist. of the Jewish Chwrch, vol. f, y Schurer, (fber, eoyiiv rõ rd,a23a,
Geissen, 1883.
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I
174 }ÍONSE§OII, LE CA}TUS
los hebreos habían eomido de pie el cordero paseual,
pues entonees les convenía la aetitud de siervos y de es-
clavos. Más tarde empezaron á eomer reeostados, como
hombres libres y aun como reyes, según la expresión de
los rabinos (1). El eonvite pascual, por otra parte, había to-
mado, con el tiempo, proporciones más eonsiderables que
en el prineipio, ), hubiera sido difícil mar.rtenerse de pie
durante todo é1. Instalábanse los eonvidarios en lechos de
poea altura, hasta cuatro ó cinco por diván, teniendo apo-
yado el brazo izquierdo sobre un almohaclórr, el brazo de-
recho libre (z) y los pies haeiá atrás, de modo que easi to-
ôaban en tierrl. L". mujeres admitidas al baoquete se
mantenían sencillamente sentadas, así por modestia, como
para indiear su inferioridad anbe el hombre á quien sola-
mente pertenecía el derecho de estar recostado. No vemos
'que se hallase ninguna en la última Cena de Jesús. Si la
reunión era numerosa, aeercábanse tres lechos,de modo gue
formasen tres lados de un cuadrado; preparábase la mesa
en el espaeio que quedaba en medio y contorneaba los le-
chos, presentando una gran escotadura por donde se hacía
,el servicio. De los tres divanes que formaba.n por su reunión
el triclinio, el má,s honroso era eI del medio; y en cada
uno de ellos, el lugar más solicitado era equel en que se
podía descansar eI brazo Ízquierdo en la balaustrada guê,
después de haber rodeado el lecho, se levantaba un poeo
en este paraje. Los demás eonvidados debían apoyarse so-
lamente en las almohadas, lo cual era menos cómodo (3).
(1) Maimónides, Pesach, X, 1.
(2) Cuando se dice que San Juan descansaba sobre el pecho dei Seüor,en
la última cena, debe entenderse que ocupaba el almohadón más cercauo á
Jesús.
tercero, tocanclo así á Juan el cuarto sitio de honor, inmediatamente á la de-
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YIDÀ DE IiUESTRO I.{ETOR JESUCRISTO tl6
fnstalados todos conforme á reglas de precedencia exac-
,tamente observadas, se vertÍa la primerâ copa de vino. Le-
vantándose entonces el jeÍe de Ia familia, pronunciaba so-
lemnemente la primera bendición: (Este día-decía-re-
cuerda nuestra iiberación. Es el recuerdo de nuestra salida
de Egipto. lBendito sea el Sef,or, el Eterno, gue ha creado
el fruto de la vid!>> Y después de beber en la copa, la pasa-
ba á" Ios convidados, que sucesivamente bebían como é1.
En este momento, lievaban á,la sala una jofaina con agua
para las puriticaciones aeostumbradas, y todos se lavatran
l.as manos. En seguida se servían las hierbas arrargas G),
destinadas á reeordar el alimento de Egipto, y parte de
ellas eran comidas con la salsa llanrada charosetfu Ql, que
tenía tarnbién una significación simbólica, ó sin ella.
Consistía, según unos, en una mezcla de agua y vinagre;
según otros, en una preparación muy picante de vinagre,
recha del Maestro. En cuanto á Judas, se encontraba el último ó el penúlti-
mo, en el lecho presidido por Santiago. Ife aquí la disposición tal cual pode-
,mos imaginárnosla:
PFF
ADID
ã t, cl-
ó.4
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E{
-cÍ I o
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!l Ped,ro Judas
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.l Felipe YacÍo para Simón 6
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E, Bartolomé el Tadeo o
6
ol Tomás serYlcto Santiago Alfeo o
-cl
ol I q)
ol (D
Êl Mateo Sant'iago Ê
Por singular distribución, se encontraba así el Seüor entre «el discípulo
á quien amaba» y «Judas, que iba á entregarle».
(1) Lechuga, rábano silvestre, achicoria, perejil, berro, etc.
(2) De este oondimiento se trata probablemente en Juan, XIII, 26 y
Mat., XXYL 23. No hablan de el los libros de Moisés, mas no era por eso
menos indispensable á la comida pascual.
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u6 MONS}:ÂOR LE CAMUS
higos, dátiles y almendras (1). Decíase que este plato, que
venía á ser una especie de cocido bastante consistente,
recordaba, por su color, la arcilla que en otro tiempo ha-
bían amasado fatigosamente, para edifiear las ciudades de
los faraones sus opresores. Circulaba en seguida el pan sin
levadura. Podía ser éste de trigo, espelta, cebada, avena,
eenteno; nunca, empero, de arroz ó de maíz (2). Confeccio-
nábase de ordinario con la fl.or de trigo en agua muy limpia
y en vasos cuidadosamente purificados, sin darle tiempo de
fermentar. Era de forma redonda y muy aplanada. Tenía
el sabor de nuestros bizcochos modernos, y recordaba el
pan de la aflicción comido en Egipto, á la hora de la pre-
cipitada fuga hacia el mar Roio.
Presentábase, finalmente, el cordero pascual y deiába-
seie en medio de la mesa, delante del jefe de la farnilia.
Inmolado ordinariamente en el Templo, según los ritos
conmemorativos de Io pasaclo, era servido entero, con ca-
beza, patas é intestinos; éstos se hallaban ligados en los
costados mientras se le asaba, y el cordero, según una ex-
presión rabínica, tomaba así el aire de un soldado armado
de pies á, eabeza. Servíanse. para colocarlo en el fuego, de
un asador de madera de granado, el cual, adieionado con
una pequefla traviesa, tenía exacta forma de cruz. San,
Justino (3) encontró en esto otra semejanza entre el corde-
ro simbólico y el Cordero verdadero, Jesucristo.
Por segunda vez se derramaba vino en Ia copa, ;i, se-
gún el precepto de Moisés (a), el hiio pedÍa al padre que le
explicase la signifieaeión de Ia fiesta. Entonces el jeÍe de
farnilia eontaba minueiosamente lo que habÍan sufrido sus
padres en Egipto, cómo habían sido arrancados de la ser-
vidumbre, v entonaba eL Hallel, que ernpezaba á" canbar la
reunión entera desde eI salmo: «Alabad, niflos, al Seflor,
(l) En Jerusalen y en Napluse vimos preparar un plato análogo. Nos
pareció poco apetitoso, pero los orientales lo encuentran exquisito.
(2) Pesachim,ÍI, ó.
(:r) Digna es de tenerse en cuenta esta observación que proviene de un
sabio originario de Samaria. ( Dial,,, c. Tryph., c. XL).
(4) Erod,o, XII,26.
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YIDA Dtr NUESTRO SENOR, J.E§UOII,ISTO r77
alabad el nombre del Sef,or tt),y hasta el fin del ditirambo,
€n que se celebra la salida de Egipto y Ia liberación clo la
'casa de Jacob de las manos de un pueblo bárbaro.
Después de estg, el cordero paseual era despedazado y
comido. Todavía eirculaba una tercera copa, y poco des-
pués la cuarta. Cantábanse cuatro salmos (z); los dos pri-
meros expresaban sentimientos más personales de confian-
za y de reconocimiento haeia Jehová, mientras que los
otros dos entraban en el tono entusiasta de la fiesta. En-
tonces se de*amaba la quinta copa de vino, y todo ter-
minaba gozosamente con los cánticos que parecen haber
constituído más especialmente el gran Hallel @.
No esperemos enconürar todos los detalles del rito mo-
saico exactarnente realzados en los relatos siguientes. Los
Fvangelistas se propusierou consignar el aspócto cristiano
de la última Cena, y no el judío. Si dejaro, bastantes indi-
caciones para demostrar que eI Salvador permaneció, has-
ta el fio, souretido á, la Ley, les dan muy poca impor-
üancia, para hacernos entender que, mientras celebrabã h
Pascua judía, quería cerrarla para siempre é inaugurar la
Pascua eristiana. Desde entonees la ceremonia Losaica
'desaparece en su relato, como desaparece el fondo en un
'cuadro, y sólo el festín eucarístico absorbe todos los rayos
lurninosos.
En cuanto hubo enti'ado en la espaciosa y hermosa
sala dispuesta para la fiesta, Jesús, al impuiso de u.a
emoción proftinda, empezó á desahogar su Àl-, con sus
afectos, sus sentimientos v sus deseoÀ. San Lucas que, sin
embargo, no conserva un orden cronológico irrepráchable
en esta parte de su narración (4), concuerda con San Juan
para seflalar explícitamente io que los otros dos evange-
(1) Salmo, CX[.
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u8 MONSEfrOR I,PJ OAMUS
listas conservaron sólo como matiees. (Antes del día de la
fiesta de la Pascua (t)-dice eI discípulo amado-sabiendo
Jesús que era venida su hora de pasar tle este mundo aI
Padre, habiendo amado á los suyos que estaban en el mun-
do, los amó hasta el fin (2).» Prueba elocuente de ello de-
bían ser los diversos ineidentes del festín, la institución
del gran Sacramento, sus discursos y finalmente su muer-
te. Luego, acercándose á la mesa, af,adió según San Lüeas:
(iCon deseo he deseado comer con vosotros esta paseua
antes que padezeà (3)!» Estas afectuosas palabras rebosa-
ban profundísima tristeza. No se habla de morir sin quo
la naturaleza se yerga y se estremezca de horror. Sin
embargo, declara Jesús qo" Ét deseó vivamente la pre-
sente hora, por terrible que deba ser la que siga. Este eon-
vite de despedida le indiea el próximo regreso á su Padre,
el fin del destierro aquí bajo, el principio de la redonción
para la humanidad.
Y al mirar la mesa en donde se hallan los manjares detr
festín, dice con emoción creciente: «Os digo que no come-
ré más de la pascua, hasta que sea cumplida en eI reino de
Dios.) Era, pues, preciso precindir de toda ilusión, Porque
toeaban ya al fin. Los Apóstoles, que nunca quisieron creer
en una eatástrofe, la verán realizada dentro de algunas
horas. Para Jesús no habrá y^ más banquetes en la tie-
rra. Después de ésbe, irá á" sentarse en el de la Pascua
eterna en la gloria de su Padre.
Según el eeremonial ordinario, debía entonees servÍrsele
(l) Este es, parécenos, el sentido natural de sus palabras: rpà rqs éoprffr
roA rd,a7go..
(2) Traducen mal la locución eis râos los que la toman como si significa-
se hasta el término de su vida. Es evidente que no quiso decir el Evangelis-
ta que Jesús no cesó de amar ó los suyos hasta el momento de su muerte.
Debemos entender que se trata del fin ó de los últimos límites, no de la vida,
sino del âmor. Jesírs agotó en esta última tarde de despedida cuanto es ca-
de imaginar el afecto más tierno.
-paz(3) DelJnte de EI tiene la comida pascual, roaro rõ rd.oya. Si le ha sido
servida la vigilia del día seflalado en la Ley, es porque ha querido comerla
con los suyos antes de morir. Adelanta la bora porque maflana sería dema-
siado tarde.
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VTDÁ DI' NUE§TRO §E§OR, JESUCA,ISTO 179
una copa (t) llena de vino para el eulogio solemo". Á Ét te
toeaba, por todos títulos, el papel de jefe de far,ilia. Des-
pués de la bendición, habiendo humedecido sus labios en
el eá,liz, dijo: «Tomadlo v distribuidlo entre vosotros, por-
que os digo que no beberé más del fruto de vid(2), hasta
que venga el reino de Dios.) Así precisa, eada vez má"s,la
inminencia de su muerte. Esta es no sólo su última pascua,
sino su Írltima cena.
Empezó á circular la copa, tal vez sin seguir el orden,
ordinario,le precedeneia. Ifubo antagonismos, reclamaeio-
nes, suscitándose al punto viva discusión. No era aquel ni
el tiempo ni el lugar; pero ya se sabe Ia importaneia que
da la vanidad humana á tales cuestiones, y con qué ,.áo,
reivindica frecuentemente sus derechos menos probados.
En este rnomento (B), todos, a'tes de tomar en la mesa
su lugar definitivo, debían ir á purificarse á, un lebrillo
común (a). Hemos dicho que toda familia judía guardaba
severamente eI orden de precedeueia en la comida pascual.
lqoi, ta), vez, después de las irregularidades ya compro-
badas en la distribución de la copa que preludió la cómi -
_-_Q_ Esto parece . decir la_ expresiín ôe{d.p.evos. Esta copa ó cáliz, Luc.,
xI[, 17, roú1prcv sin artículo,
se distingue, en cuanto á importancia, deÍ
cáliz qq9 consagró más tarde, vers. 20, ro}ro rõ rorí1prcv.
(2) Encuéntrase en esta expresión
hemos oído más arriba de los labios d
.llarc., XIV, 24, colocrn estas palabra
toles. iTienen raz6n contra Lwe.,XX.
que este menciona 1o que descuidaron
distribución del vino que caracteriza
Esta vez Lucas parece más preciso.
(3) Es muy sorprendente que ciertos intérpretes hayan querido colocar
esúando sera'id,a, estando dispuesta la c
jandrina ytvop,évov z.anja la dificultad, significando que la comida empezaba
apenas.
(4) Este lebrillo es mencionado, JuanrxÍrl, 5, con el artículo rràv vurrfipar,.
para indicar que era obligatorio en todo depaitamento donde se data
una comida'
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180 MONSENOB, LE CAMUS
d.a, eran de temer desagradables disputas en cuanto á,'la
colocación de cada uno. Jesús, piadoso y tierno, repitió á"
los Ápóstoles las hermosas lecciones que en otro tiempo
les había dirigido, poro de las que tan poco §e habían
aprovechado. «Lot reyes de las gentes se enseflorean de
y los que tienen poder sobre ellos son llamados bien-
"ilru,
hechores tr).» Con frecuencia la lisonja y eI temor llegan
hasta alabar y agradecer á los tiranos por su despotismo.
Tal es el excãso á" la neeedad humana que osa conceder
át, tan malvados príneipes el tíbulo de bienhechores,
sin
d.ucla por el bien que hacen, no á sus pueblos, sino á' sí
-is-olr. (Mas vosotros no así-prosigue Jesús-antes el
que es mayor entre vosotros, hágase como eI menor, y el
qr" pru."á" .o-o el que sirve.) En la idea cristiana de la
pri*àeír,, re es primero para dar, no para recibir. Cre-
ã". .o la jerarquía de la Iglesia no es otra cosa quo haeer
más imperiosa la obligación de sacrifi,carse por mayor lÍ-
moro. «Porque icuáI es el mayor, el que está sentado á la
mesa ó eI qúe sirve? 2l{o es mayor eI que está sentado á
Ia mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros así como el
que sirve (2).»
Y no bien hubo acabado de hablar, cuando se puso de
pie, dispuesto, en un trasporte de humildad sublime, á,
iuntar óI ";.,rplo al precepbo. Cuanto más conocedor era
de que el Padre había puesbo todas las cosâs en sue
manos, Y gue, venido de Dios, iba á" volver á Ét, tan-
to más ã" ôUtig*ba á dar á todos una leceión memorable.
En vano se conmueve su eorazón al pensar que habrá- de
haeer aI traiáor mismo eI más humillante de los oficios;
eon viveza, se ha despojado de los vestidos exteriores que
podían estorbarle, ha cef,ido una toaila á" Sus lomos, ),
irr.r.fo.mado así en siervo, se dispone á lavar y enjugar
«rl e.i uno de los Tolomeos había sido sobrellamado Eae
chor. Filínda también á calígula este título adulador: o(/'tilp
(2) LnI.,XXII, 27, no parece sospechar-el actc preciso á qu
pri"[r* a.i S."or. Nada dice, en efet:to, del lavatorio de los pies, contado
ã;i;;;;.ie por Juan, XI[, a, y sig. Los documgntors de qug se sirvió no
Ãencionabaá este incídente. La armonía entre los dos Evangelistas, á través
d,e la comprobada laguna, resulta mucho más notable'
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VIDA DE NUII§TB,O SENOR, JESUCRI§TO I8I
los pies de los discípulos que le miraban esüupeÍactos. Al
trazarnos San Juan esta incomparable escena, parece ha-
llarse todavía bafo la impresión profund, qoã le había
producido.
(Seflor'-exclamó, viendo que Jesús, de rodillas, trataba de
divinas manos-itú me lavas á mí
xquisita dulzura: «Lo que yo ha-
abes tú ahora, mas lo sabrás des-
pués. » Pide obediencia por de pronto, luego promete ex-
plicaciones. Pedro, empero, no ve, no oye más que una
€osa; á su Maestro que quiere haeerse su criado y, con
mayor energía aún, da un grito en eI que se comprende el
movimiento de un hombre que pretende con vívera liber-
tar sus pies, ya tomados por Jesús: (iNo me lavarás los
ples r, con el acento de Ia. bondad que
admi óo, y se pregulta si tendrá ãf-
solut adelante, replica: «Si no te lavare,
igo. » La amenaza era perentoria.
todo su aleance, se diee que resistir
le, á, romper con el Sef,or. Esto bas-
ta para cambiar su determinació D, y, sin esperar otro argu-
mento, con el ardor de aquella naturaleza que ya le cono-
cemos y que, con gran presteza, pasa de un extremo á otro,
«ioh, Seflor!-exclama-no solamente mis pies, mas las
manos también y ]a cabe za) Y Jesús, siempre grave y bue-
no, Ie contesta: «EI que está lavado no necesita sino lavar
pues está todo limpio (2). »
5]..,
Hii;1,h11,.J ã1.$'.â',:
la acción desde hacía
da, y el püas, oAv, signi-
(2) -0s probable que los discípulos, para preparerse mejor á la fiesta pas-
72 T. III
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182 MONSEÍIOR LE CAMUS
AI punto, en una gradación rápida, pa§a §u pensamien-
y luego, como si una impresión dolorosa le despertase á"
ia rea"lidad, ó como si su mirada se hubiese detenido ins-
tintivamente en Judas, aflade con tristeza: (iMas no
todos estáis limpiosl) Por de pronto no Ya más leios la
alusión al traidãr. Jesús le eubre todavía con una bondad
tanto más misericordiosa, cuanto al lavarle Jos pies, ha
visto la impotencia de su gracia ante un eorazón tan mal-
vado.
Ilabiendo vuelto á tomar en seguida los vestidos de que
se había despojado, púsos e á,la utesa para empeza_r la co-
mi.da. Inshlíráo." también los discípulos en sus divanes,
sin atreverse esta vez á, suscitar una nueva disputa. La
leeción tan heroicamente dada los había conmovido viva-
que ejemplo os he dado, para que como yo he hecho á"
vosotros, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad
. La sola parte d.e su cuerpo que pudo'
dó d.urante el camino, eran los pies.
racteres de los discursos de Jesús, en
una conyersación sencilla y familiar,
s altas de lo sobrenatural. El Maestro
le sentido trascendental y familiar,
ada de su limpidez.
ramento. Da un ejemplo, tzrôieryv'arde
seguir. Por eso dice que hagamos no'
1o ha hecho.
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YIDA DE NUÚST1TO SEfrOR JESUCRISTO 183
os cligo: EI siervo no es lnayor que su seflor, ni el envia«lo
que aquel que le envió. Si esto sabéis, bienaventuraclos se-
réis si 1o hiciereis.)) Lfna vez más oyen clecir los discípulos
que ser el primero en dignidad es ser el primero en el sacri-
ficio. Si, pues, existe algu.a primacía, clebe hacerse olvirjar
por su generosidad en la abnegación. Jesús sólo es re),-
para sacrificar su vida á los intereses de su pueblo, de una
humanidad. «No
yo sé los
-pues
conseguido Judas
eaminarse gradualmente haeia el abismo de malieia donde
estaba que el corazón de Jesús conocería todos los dolores.
La ingratitud impudente del traidor
fin, no debía ser la menos amarga. Así
tima, recibiéndolos de reehazo, todos
tas palabras del Salmista (l); y su adaptaeión es perfeeta,
Tt*^r I} toz d.onde el justo afligido cita, entre sus pruebas,la traición
de un amigo. .Históricamente ie trata dl David. El rey, e" ute.táj pid; p.;-
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184 UONSEfrOR, LE CÀMUS
porque se encuentran en la mesa, y Judas come eI pan de
Aguel á quien traiciona.
Esta del pérfido con Ia bestia gu€, á trai-
"á-p*.rción
ción, pega su coz al dueflo, ocupado en darlo eI pienso,
estaba fãlizmente eseogida para humiliar el orgullo d91
traidor, á riesgo de arrirrar su odio reconcentrado v terri-
ble. Jesú* oo ú*, ya, de miramientos; quiere desenmas-
cararle. Prevista y predicha, la traición del discípulo l"r-
verso fortificará 1, fu ,tu los que han permanecido fieles'
Aparentar que no ia ha sospechado, sería autorizar Ia
du qoe ha caído aI goipe de una conspira_ción im-
".ãur.i*
prevista. Qoie*e dejar sentado á" Ios ojos de'todos 9uo,
,rÍcti*r, voluntaria hasta la hora postrerar p€rmanecía,
aun traicionado y crucificado, rnás Íuerte que sus opre§o-
res. «Desde ahora os Io digo antes que sea, Para que cuan-
do fuere hecho, creáis que Yo soY.)
al rnismo tiempo, paia iu.bur coo un último remordi-
miento el alma dul *i..rable, lleva Ia conversación á"la dí'
chosa suerte de sus verdaderos amigos. (Yosotros sois-
dice-los que habéis permanecido conmigo en mis tenta-
eiones; y por esbo dispongo yo del reino para vosotros, co-
mo mi Érd.e dispusó aã ei para mí.» Por de pronto, 1o
tendrán en la tierra dondo serán los representantes de
Dios mismo. En efecto, (el que recibe a[ que yo enviare' á
mÍ mo recibe; y quien me recibe á mí recibe á" aquei .qy"
mo onvió (2).» También ejercerán la raaleza en el cielo:
(Comeréis y beberéis á mi mesa en mi reino, y os_ senta-
réis sobre tronos para iazgar á las doce tribus de Israel'»
En cuanto á" Joár*, el u.obi.ioro, el egoísLa, el traidor,
nada de esto tendrá, porque no ha sabido esperarlo en la
fidelidad pacionte y i" fe generosa. EI que desciende á
por el socorro delo altocontra sus
, en el que se reúnen los dolores
Jesús.
XttI, 20, no t'iene relación alguna
en ei texto de Lucas, XXIL 29,en
o, precisamenbe porque los relatos de
los dos Evaugelistas requieren ser ref unclidos aquí en uno solo.
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VIDA DE NUESTRO SEftOB JE§UCRI§TO l8ó
los eaminos del erimen está seguro de no eneontrar en
ellos sino Ia vergü enza y el dolor. Mi"otras que los demás
Apóstoles eontinuarán siendo en la tierra y ã" el cielo los
representantes attorizados y honrados del Maestro, Judas
vivirá en eterno remordimiento por haber sido su ase-
gino. I
_ La hipoeresía,, bien ealeulada, presta á los malos frente
de b.ro_nce, y los golpes más dirãetos parece dejarlos in-
sensibles. Ante todas estas alusionesf el apóstol infiel
ponía tan blena eara, que nadie había entraão en sospe-
ehas de é1. Y afortunadamente, porque la justa indigna-
eión de todos le habría jugado ,oà
-àla particla, e,,to"rpe-
eiendo así la realizació, del plan providenãirt. Sin enrb"úo,
á partir de este momento, vemôs en el relato euangéúo
que la presencia del miserable pesa, eada vez más, ão el
eorazón del Sef,or, y le eonturba. Ya no hay tiempo sino
de llegar á los medios deeisivos, á fin de desembaiur"rr"
de é1, si sólo quiere tener alrededor de sí amigos fieles
en la hora de su última despedida. y, en efecto, multipli-
eará" Jesús las insinuaeiones siempre vivas y trasparurt"r,
hasta güo, denunciándose á sí mismo el tràidor, se deter-
mine á abandonar bruseamente la reunión (1).
(En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me
_entregará.» Esta declaració,, categóricamente formulada,
los asustó y llenó de tristeza. No sieodo designado nadie
nominalmente, todos quedaban acusados. E-pã zaron á mi-
rarse uno§ á otros como si, por ser los ojos el espejo del
alma, qrrisiesen dar por probada su inoceoãia, en tantô que
pretendían descubrir al verdadero eulpable. Luego, .io-
tiéndose fuertes con el buen testimonio ãe su eoneião"ir, y
deseosos de llegar á la verdad por el camino de la e*clu-
sión, cada uno de ellos (2) eomen z6 á, deeir: «lpor ventura
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r86 MONSEfrOR LE CA}IUS
§oy yo, Seflor?» Jesús se eontentó con responder: «Ifno de
lo, do.u, Qüe mete conmigo la mano en el plato, éste es el
que me.otr.gurr{, (tr., Estas palabras no preci.lb1".co.sa
porq,I" eran sólo una variante de las del Salmis-
"lgoor,
ta] y, í""o.*aas, para deeir que e,l traiclor era uno de los
.oorridrdos. AsÍ lo ãntendieronlos Á.postóles, y la impacien-
cia se apoderó de los más adictos, porque la nueva afirma-
ción deisaluador había hecho más angustiosa la situación.
San Juan nos ha conservado un relato personalísimo
que responde admirablernente á, esta disposición {e l.os
(Ifno de los discípulos, dice-ylrabla de sí mis-
".pt.it*. El Maes-
-i tzl-esüaba reeostado sobre el seno de Jesús.»
Pedro, hallán-
tro le honraba con un aÍeebo particularísimo.
dose demasiaclo lejos para obtener directamente la con-
franza que anhelaba, htzo sefla á este discípulo -para.que
preguntase, con mayor discreción qu9 pudiera hacerlo él
y Juan, el
-iriro, d. cuál cle io. Doce se trataba. Pedroa.postólico,
uno la cabeza y " el otro el corazón del colegio
, aquéI por la dignidarl recibida, éste
(3)
patticipaba, vivían en relaciones de
grandes comPrenderse con un
Para
sencillo gesto.
Ineorp"orántlose al punto en su diván, el discípulo ama-
25, Parece dirigirla en
lo que Juan ha deta
revela al tesbigo inme
aquí una indicaoión Precisa, I que
mismo momento de hablar así Jesús'
o hubiera podido evitar el Seflor que
dos? Además, hubiera sido suPerflua
á quien
regreso,
el que
caracl
*;:,lJ
ai pueden aplicarse las promesas de larga
' del vers. 22.
vida
ILI' 4; YIII' ta'
Aí- ,lr*r, XX, 2; XXI, 71 Luc',Y, 1o; xX[, 8; Hechos'
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VIDA DE NU.U§'TRO SItfrOR JDSUCRITiTO r87
do echó amigablemente su cabeza hacia atrás, hasta apo-
yarla en el pecho de Jesús, I, en voz baja, mientras que
los demás eambiaban sus inopresiones, preguntó quién era
el traidor. Jesús consintió en clecírsulo, pã.o con una pre-
.caución que impidió llegase á conocimiento del fogoso San
Pedro. (Aquel es á quien ),o le diere el pan mojado.) iEra
este el momento de la comida en que el jefe de familia,
arrollando en el pan ázimo algunas hierbas amargas, las
mojaba en el charosetà y las distribuía sucesivamente á los
convidados? Es posib'le;pero, siendo eosturnbre en Oriente
guê, de vez en cuando, durante la eomida, eI duef,o de la
casa ofrezca un pedazo de pan mojado ó de carne á sus hués-
pedes para atestiguarles su afeeto (t). puede también Bupo-
nerse que Jesús eligió esta seflal para dar la última llama-
da al corazón del traidor, Y por euanto no fué escuchado
tal llamamiento, triunfó el demonio definitivamente. Juan
comprendió la indicación; mas viendo que el Maestro no
quería pronunciar el nombre del culpable, juzg6 que tam-
bién él debía guardarlo. La afi'entosa revelación afligió su
alma, y se encerró en muda tristeza. Por eso quedó Pedro
tan perplejo como antes.
En cuanto aI traidor, vecino inmediato, ó á" lo meno§
muy eercano, á Jesús, puesto que podía recibir de su ma-
no un pedazo de pan ;rroiado, había oído probablemente
su eorrtestación á, la pregunta cle Juan. Menos atento
que los otros á emitir sospechas ó atestiguar su sorpresa,
vigilaba más que nadie los actos v las palabras del Seflor.
Yiéndose deseubierto, no le queclaba otro recurso que arro-
jarse de rodillas ó emprender la fuga, EI peciazo de pan que
acababa de recibir proberba que Jesús le amaba todavía,
que no había roto eon él tocla comunicación y que siempre
continuaba siendo posible el perdón. Sólo gue, para mere-
cerlo, era preciso mucho esfuerzo y un alma grande; y el
miserable no tenía sino una gran perversidad. Desoyó el
(l) Ya hemos indicads más arriba estas atenciones, cle gusto completa-
mente oriental, que mueyen al dueflo de la casa á amasar en el hueco de sus
manos un bocado que alarga luego á uno de sue convidados para honrarle.
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188 MONSEfrOB LT] CÀMUS
grito de la eonciencia, ) el violento esfuerzo que hizo para
resistir á las inspiraciones de Ia gracia aeabó de abrir su
eorazón á las últimas influencias del mal. Esto es probable-
mente lo que hace deeir á San Juan 9uo, después de haber
tomado el pedazo de pan, Judas quedó eonvertido en Po§e'
sión del demonio. La turbaeión de su alma se reveló hasta
en lo exterior. Su aetitud se hizo detestable, I Jesús, no'
eontenien«io ya su indignaeión, le arrojó bruseamente estas
palabras, continuación de un diálogo mudo establecido,
haeía un momento, entre la vícbima y el verdugo: «Lo
que haees, hazlo presto.) Como los demás no estaban al
eorriente de todo lo que había preeedido, y Judas, con su
hipocresía, había engaflado siempre á todos, no entendie-
ron el sentido. Según ellos, el Maestro aeababa de man-
dar al intenclente ordinario de1 grupo apostólico, el cual'
por eonsiguiente, tenía la bolsa eomún, que se procu-
rase lo necesario para la fiesta del día siguiente, ó tam'
Jesús, en efeeto, había tomado un acento solemne y Pro-
fético: «El Hijo del hombre va eiertamente, como está es-
erito de El; pero iay de aquel hombre por quien será en-
tregado et llijo del hombre! Mas le valiera á aquel hom-
bre no haber naeido.)) Al mismo tiempo, Judas se había
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VIDÀ DE NUE§TRO SEffOR JESUCBISTO l8$
Era de noche.
Esta sencilla palabra de San Juan da la úItima pince-
lada á Ia terrible escena. Las tinieblas, tristes y frías, han
descendido sobre las almas como sobre eI recinto de la
ciudad.
seguido Ia indicación aparente de Lue., -KXII, 19-29; perc Mare., XIY, f8-
22,y so-bre todo MaI.,XXYI, zt-26,d
en lahistoria de esta noche, el tercer
iEs posible que habiendo respondido
hubiese éste permanecido en la mesa
ramente. Âdemás, desde la más remota antigüedad, d,esde el autor de las
Constiúwciones Apt
los menos autoriza
do que la Sagrada
cjl de admitir que Jesús hubiese permitido aI odio hipómitao llegar á recibir,
de sus propias manos, el Sacramento de su amor, disüribuído poi vez prime.
rl_. Í,Pudo tan augusta institución ser mancillada por tan indigno sacrilegiot
El que no quiso empezar sus discursos de despediãa y expansionar su alma
en el corazón de sus discípulos antes que Judas hubiese salido, ipudo resol-
angre como prendas de una redención
a ternura que str mal corazóaera inca-
é indicando Jesús á los Apóstoles
de este fruto de la vid hasta el día en
que lo beba de nuevo con ellos en el reino de su Padre, indica que sólo en-
cuentra glegid,os á su alrededor, y da á entender que había salido Judas,
porque el rralvado no debía tener parte en el banquóte eterno.
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I
CAPÍTULO IY
Continuación de la Cena y conversaciones diversas -
Echa Jesús una mirada á su carrera mesiánica que va á terminar.-Cuando
no esté ya en el mund,o, toda la fuerza de la Iglesia se encontrará en el
nuevo precepto que le impone.-Seflor, idónde vais?-Los Apóstoles le
-Profetiza Jesús la caída de
abandonarán. Pedro.-.Dos espadas, es más
de lo que se necesita . (Juan,XI[, 3r-38; lfat.,XXYI, 31 35; tVarc,, XIVI
27-31; Lwc., XXI[ 31-38/ (1).
' La salida de Judas fué un consuelo para el Seflor;
no teniendo que tratar sino con amigos, su alma se ex-
pansionará libremente en lo sucesivo. Mientras que los
discípulos terminan la comida pascual, por un momento
interrumpida con el aecidente del traidor, empieza É1, coo
la admirable serie de sus últimos diseursos, su testamento
espiritual e Si nada haY más conmo'
vedor que I del hombre que va á mo-
rir, p.eciso haY más divino que los
últimos adioses de Jesús.
Como el trabajador, aI Íin de la jornada, eontempla el
resultado de sus fatigas, así el Seflor, en eI término de su
carrera, abraza de una ojeada eI eonjunto de su vida. A
ejemplo del Padre, que se cornplació en su obra la tarde
aL t, creación, u,firma también É1, después de su misión
penosa é ingrata, que, sienrpre fiel, iamás ha conocido el
(I) Creemos deber clasificar los avisos dados á los Apóstoles_y l?.pre
dicción de la caída de Pedro antes de la institución cle la Sagrada Eo."l
ristía, con objeto de no dejar para el fin del banquete todas las conmoved'o-
ras recomendaciones del Senoi. Cuanto más natural es suponer que alimen-
re§efv&r
locar la
a salida
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VIDA DE NUESTÀO SI4NO.R JE§UCTTÍSTO 191
.desaliento. «He aquí-exclama,-que ahora e8. glorifiea-
do el Hrjo del hombre, y Dios es glorificado eo É1. Mas si
Dios es glorificado en EI, Dios también lo glorifi cará á EI en
sí mismo,y luego le glorifi cará,.) Ifna vida llena de virtudes,
'de la cual todos debieron dar testimonio, es el himno más
hermoso que pueda entouar el hombre á la gloria de Dios.
La de Jesús, poi' s\r santidad: pol'su carid*d y su sacrifi'
eio, no ha sido más que una perpetua alabanza dirigida á
su Padre. También, en cambio, ei Padre bienaventurado
débele atestiguar su recottocimiento y glorificarle en la
tierra y en el cielo. La clara visión que tiene Jesús de su
recompensa ceiestial y de su decisiva acción sobre el mun-
do en cuanto haya sido levantado en la crnz, constituye
el consuelo de su alma en el momento de la agonía. EI
acto de confi ar.zà" que formula aI contemplar lo pasado y
lo por venir, es legítimo homenai" á la perfeeeión de
su obra. Más tarde, Pablo, con la sencillez de una na-
turaleza profundamente religiosa, le imitará, recordando
también el Luen combate que libró y l, r'ecompensa que
le estaba reservada.
Por un instante, pârece deseansar en este dulce senti-
miento; luego, de repente, cual si hubiese siclo traspasado
su espíritu con un amargo pensamiento, llenóse su palabra
de ternura y emoción. Acaba de mirar la muerte frente á'
t frente. «Hiiitos-dijo,-aun estoy un poco con vosotros.
Me buscaréis, y asÍ como dije á los judíos: á donde yo voy
vosotros no podéis venir, lo mismo digo ahora á vosotros.)
;Bondad admirable! Se inquieta por el sentimiento que ex-
perimen tará,n sus pobrecitos hijos, cuando, al buscarle, no
le encuentren. Sin duda, asistirá todavía á los que rueguen
en su nombre, Ir con su doctrina, influencia y gracia, no
cesará de vivir en medio de ellos; eI sacramento que va á
instituir en seguida Ie mantendrá en el substancialmente
presente hasta el fin de los siglos; pero nada de todo esto
hará á Jesús visible, palpable, cubriendo á su tímido re'
,baflo con su mirada, calentándole con su amor, excitándo-
Ie con sus ejemplos, marchando á su cabeza como eI fefe
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MONSEfiTO.R, LD CÂ}ÍUS
que mandu y el padre que protege. En parte, tendrán los.
Apóstoles que bastarse á sÍ mismos, y encontrar en eI fondo
de su corazínfuerza suficientemente enérgica para asegu-
rar la vida de la Iglesia y su pleno desarrollo. Esta faerza,
la más necesaria después de la gracia de Dios, va á ser
definida y precisada en estos momentos.
(Un mandamiento nuevo os doy-dijo:-que os améis
los unos á los otros, así como yo os he amado, para que vos-
otros os améis también entre vosotros mismos. En esto co-
nocerán todos que sois mis discípulos, si tut'iereis caridad
entre vosotros,) I{ada más inaudito, en la historia de la
humanidad, que Íundar una sociedad sobre la caridad, co-
mo signo distintivo de sus miembros, principal medio de
defensa, y faerza de desarrollo. Y, siu embargo, esto es lo
que decretó Jesús. Mientras vivió en medio de la Iglesia,
fué el nudo vital, visible, efieaz, mantenedor de la unión;
luego que desaparezca de una manera visible, será pre-
ciso que le reemplace un sentimiento potente y genero-
so. Este sentimiento, que es la más pura expresión de su
propia vida, no es otra que Ia caridad. Y, en efecbo, esta ley
de amor lleqó á ser la influencia gue aseguró eI desarrollo
rápido de la Iglesia naciente. Ante aquellos hombres que
se amaban, al decir de Minucio Félix, aun antes de cono-
cerse, llenóse de admiración eI paganismo, y, habiéndolos
estudiado de cerca, se hizo cristiano para imitarlos.
Sin detenerse en tan sublime precepto, Pedro, cuyo co-
razón estaba dispuesto, no á reemplazat al Seflor ausente,
sino á impedirle partir, exclamó con vive?a: (Seflor iá"
dónde vas?» Su afecto no reconoee obstáculos bastante po-
derosos para impedirle ir en pos de É1, udoode quiera que
dirija sus pasos. «A donde yo voy-dijo Jesús,-no mG
puedes ahora seguir; mas me seguirás después (t). lPor
qué no te puedo seguir ahora?»-replicó eI Apóstol.-Ol-
vidaba en su entusiasmo que tenía un papel providencial
que cumplir entre sus hermanos, antes de ir á juntarse con
(l) Debía ir Pedro, no sólo al martirio, sino al martirio de la cruz.
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VIDÀ DE NUESTR,O STNOB JESUCRISTO i93
el Seflor. Àdemás, si hubiese conocido los misterios de la
graeia, habría sabido que antes de poder morir por el Se-
ff.or, era preciso aguardar á que el Seflor hubiese muerto
por todos (1). Esto ee lo que Jesús va á hacerle comprender
al anuneiarle su próxima defección.
«Simón, Simón, mira que Satanás oB ha pedido para
zandarearos como trigo; mas yo he rogado por ti para que
no falte tu fe; y tú, una vez convertido, confirma á tus her-
manos {z).» EI libro de Job nos muestra á Satanás reivin-
dicando ante Dios el dereeho de probar al hombro, y pro-
metiéndose asociarlo por Ia tentaeión á su propia perver-
sidad. Complácese esbe espíritu malo en poner en duda la
'constancia de los justos y hacer sospeehosa su virtud.
Convencido de que puede, á su voluntad, eorromperlas, pi-
de á Dios que se las entregue; y entonces, por una serie
de pruebas, pasánclolos por ia criba de la tentaeión, pre-
tende comprobar á los ojos de todos lo que hay en ellos de
jusüicia verdadera. Así, el hombre del campo echa en
la era los restos de la eosecha y comprueba lo que contienen
de verdadero grano, después que eI viento se ha llevado la
paia y la criba ha dejado pasar los malos granos. Afortu-
nadamente para Pedro, al lado de la infl.uencia violenta
do Satanás, hay Ia acción más dulce, pero no menos pode-
rosa del Salvador. Bien pueden ser los Apóstoles muy dé-
biles aún en su fe, entregados por Dios á,la acción diabó-
lica; Jesús ha rogado por ellos, y su eaída, por vergonzosa
que deba ser, no será definibiva. Pedro, or particular, el
(l) ÍQuid festinas, Petre?-dice San Agustín-nondum te suo spiritu
solidavit Petra.»
pronunciado en el mismo sentido.
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194 I\IONSEftOR L!] CAMTIS
más cobarde de todos por su negaeión, será quien más
generosa y deeisivamente so eonvierta. Su f", en efecto,
momentáneamente comprometida por una flaqveza moral,
jamás se eclipsará, é, indefeetible, avivará la de sus
hermanos, no menos probada que la suya.
«Todos, en efeeto-afladió Jesús,-padeceréis eseánda-
lo en mí esta noche; porque eserito está: Ileriré al Pastor
(1). Mas después que resucita-
), se desearriarán las ovejas
ré, iré delante de vosotros á Galilea.) Porque veía, en sus
humillaeiones próximas, un eseándalo muy capàz de com'
prometer la fidelidad de los suyos, se apresuraba eI Maes-
tro á, evocar el rayo de luz al lado de las tinieblas; como eI
día siguiente de la Pasión y del Calvario, anunciaba la re-
surrección y la estaneia en Galilea. Mas Pedro nada ell-
tiende de todo esto; no eseucha más que á sí mismo. Pro'
siguiendo, pues, sus entusiastas demostraciones: «Aunque.
todos-exelama,-so escandalizaren en ti, yo nunca me es-
candalizaré. Seflor, apare'iado estoy para ir eontigo aun á la
cáreel y aün á la muerte. )-(iAh!-vuelve á decir Jesús
eon una ironía perfeetamente indicada en San Juan,-itu
alma pondrás por mí? En verdad, en verdad te digo que
esta noche, antes que el gallo haya eantado dos veces, me
habrás negado tres.» Distinguían los judíos tres eantos del
gallo: el primero después de media noehe; el segundo á lae
tres; el tercero al alba (2). Dentro, pueõ, de algunas horas, y
«rl emde Jesús á, Zac., XlI, 7. El pastor, efectivamen-te,-en estaprofe-
cía, no puede ser otro que el Mesías, y el rebaflo el pueblo de la Alianza,üJ.-
ya primera representación son los Apóstoles. Este Pas-aJe está citado, no se-
guo tos Setenta, que parecen haberlo entendido mal, sino según el texto ori-
"Einal.
(2) Y. Buxtfort, p. 384, Keriaú haggeber,y Lightfoot in Jo, XIU, 38, que
cita las tres denominaciones dadas en el tratado Jom,a, fol. 21, á estos
tres eantos del gallo. Comp. Winer en la palabraNaehtwache.Casitodos los
pueblos de la antigüedad se sirvieron de estas tres llamadas del ave vigilan-
i" pa., reconocer las horas de la noche. La segunda de ellas, llamada por l:s
auiores latinos secwnd,agallicina, y )or los griego§ rô ôeúrepov ô.\.ercrpúuv, ES
sin duda, ála que aluden los Evangelistas que mencionan un solo canto clel
gallo. Era el principal y el más ruidoso. De tal modo que el segundo Sinóp-
iico, hablando de un canto doble, concuerda con ellos para aÍirmar que la
negación tendría lugar aquella misma noche antes del segundo canto. En
eI fondo, concuerdan todos en decir que Jesús predijo á Pedro que le habría,
negado tres veces antes de las tres de la madrugada.
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YIDÂ DE NUESTBO SEfOR JESTICRISTO 195,
antes de la aurora próxima, Pedro, el hombre resuelbo, el
amigo animoso, el diseípulo fiel y valiente, habrá negado
eobardemente á su Maestro. Por lo menos, los otros se con-
tentarán eon huir del campo de batalla; mas él permaneceút,
allí, no para batirse, según había prometido, sino para
rendir las armas ante una criada; no para defender á,
Jesús, sino para protestar de que no le conoeía. Esta mis-
ma protesta será formulada, en seguida, eon tanta más im-
pudeneia cuanto mayor es su obstinación aetual en hablar
de su afecto indefeetible. Fuerte, efectivamente, en sus
disposiciones presentes, se obstina el presuntuoso, á pesar
de las palabras del Maestro, en auÉIurar lo por venir. Igno-
ra que las más enérgieas resolueiones del alma. á impulsos
de una mala influencia, se desvanecen como la nieve bajo
un rayo de sol. Con creciente energía, exelama: «Aunque
sea menester morir yo contigo, no te negaré.» Y los demás
aseguraban 1o mismo.
Nada más afladió el divino Maestro. Entraba en sus
miras permitir que orgullo tan imprudente se estrellase
en una eaída vergonzosa para instruir y formar así, eon
dolorosa experiencia, al que debía gobernar su lglesia.
No es raro que se eomplazea la naturaleza eD. devolver la
salud á los enfermos, á" través de una de estas crisis vio-
lentas en que parece que deben dejar la vida. Siempre re-
sulta provechoso que el hombre, antes de llegar á ser pas-
tor de las almas, guste la prueba con sus amarguras; pues
en sus propios pesares adquiere la eiencia y el valor de
eompadecerse de las miserias ajenas.
La tempestad será más ruda de 1o que creen. «Cuando
os envié sin bolsa y sin alforja y sin calzado-dice Jesús,
ventura os faltó alguna eosa?» Y ellos respondie-
-ipor
ron: «Nada.» Así sueedía efectivamente entonees, en el
hermoso tiempo del apostolado. Numerosos amigos los aeo-
gían en su camino; sosteníalos la celebridad del Maestro,
y nadie se atrevía nada contra ellos. Pues á aquellos días
felices van á, sucederse horas bien crÍticas. (Ahora-dice
Jesús-quien tiene bolsa,tómela,y también alforja;y el gue
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196 MONSENOR, I,E CAMUS
no la tiene, venda su túnica y compre espada. Porgue os
digo que es necesario que se vea cumplido en mí aun esto
que está escrito: Y fué contado con los inicuos (1). Porqué
las cosas que miran á. mí tienen su cumplimiento.) La
maldición lanzada contra eI Maestro envolverá á los dis-
'eÍpulos, y eus enemigos se convertirán en sus irreconcilia-
bles adversarios.
Tomando los Apóstoles á la letra esta recomendaoión de
Jesús, imaqinaron que se trataba aquí de hacer provisión
de armas homicidas, mientras que era sólo cuestión de
fuerza moral; por esto respondieron con sencillez que te'
nían dos espadas á su servicio. «Basta (2)», dif o Jesús. Muy
otra era la inquietud de su alma en estos momentos.
(l) fs.,LlIÍ, tz.
(2) Fudo el Sefror haber"pronunciado esta palabra «basta», con un tono
irónico; pues saltaba, áLa vista lo demasiado inútiles qne habían de resultar
las espadas materiales en m&nos de unos cobardes que sólo tendrían ardor
para la fuga. Pudo también haber dicho «basta,» como se da á los niflos una
respuesta evasiva, esperando que los hechos expliquen más claramente lo
-que ellos no comprendieron.
I
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CAPÍTULO Y
Institución de la Sagrada Comunión
Ira postrera palabra del amor divino.-Jesús bendiciendo el pan y e[ vino.
Presencia real y transubstanciación.-Lutero y Calvino.- La Iglesia ca- -
trílica.-La Eucaristía, Bacramento y sacrifi cío. (.,Vat., xxvr, 26-2g;llo,r-
cos, XIV, 22.26; Luc.,XXII, 19-20; I Cor., XI, 2B_2õ) (r).
El amor de Dios al hombre tiene rasgos de genero-
sidad inconcebibles; y la Cruz, esa loeura divina,-pareee
ser la suprema expresión de ellos. ;Prodigio inefabl"! Ima-
s1nó Jesús y realizó, en la última hora, algo más deei-
sivo todavía, si asÍ püede decirse: la Euca*istía. f)arse una
y"?ur" todos como reseate, parecÍa poeo á su ternura. eui-
el silencio que
ede explicarse
e destinado á
cuentran allí muchas cosas que repitió
toria de los p,streros momentos <iel
salvador, y cuya impor
que constituye el objeto
.relabo de los admirables
de la Eucaristfa, sino qu
intercalarla. Y, sin emba
raciones cle Jesús sobre
y entre sí nrismos por la caridad, no so
nta Eucaristía. El Sacnrmento era la representación ó la realización física de
la doctrina.
Por otra parte, y esto es lo que hace más extrafra esta anomalía, no puede
negarse que en la época en.que fué escrito el cuarto Evangelio,t"t.r"Ããnlo
de la .sagrada cena era el rito más usrclo, el más .orrúido de todos er,
la uaciente Irlesia; y los adversarios de la a
'âJil§#,Ti:H::r.:â'i;lf.H+::
le más una ciba que cien ornisiones.»
T. III
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r98 MONSENOR LE CAMUS
so darse á todos de una manera permanente y convertirse
en alimento real de la humanidad hambrienta. Puede de-
cirse de la Comunión euearística lo que se escribió de la
Enearnaeión: (Por sabio, por poderoso, por rico que Dios
fuese, no porlía imaginar, realizar, clar nada más estupendo'
que este sacramento.)
Toeaba la cena á su término; con los restos del cordero
paseual se desvanecían los últimos signos de la antigua
alianza. Jesús esperaba esta hora para instibuir el Testa-
mento de lo por venir (1).
Tal lr., .. había vaciado ya Ia última copa que debía
(2), otros,
poner término á la fiesta. IJnos comían todavía
habiendo terminado, conternplaban al Seflor eon la aureo-
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VIDA DE NUESTRO SEfrOR JESIICBISTO 199
la de víetima que le daba su resignacla tristeza. ya no ba
blaba. De repente ilumínase su inirada, revístese B. ac-
tiüud de una majesbad más grande todavía que cuando
mandaba á las olas, en el
-*r de Garilea, d ila muer.te,
ante la tumba de Lá"2afi. Tierre en sus manos un pan ázi-
mo que ha tomado de la mesa, elévanse sus ojos al cielo,
da-gracias y bendiee .á la vez(r). En un transpo"rt" de amor
)' de reeonoeimiento por el milagro que va A realizar,,áL-
zase su alma hasta Dios, de donde vuelve á descender
ha-
eia este pan que va á, ser transubstanciado. con un mo'i-
mier,to de energía superior, ella le trabaia y le dispone á
suÍrir la palabra sacramental que va á dl,rora, una subs-
tancia para poner otra en su lrgrrr «Touao .. coDÍED-
dice en seguida con aeento sole,one-EsrE ES Mr cun*po
QUE ES DADO Y PARTIDO POR, YOSOTROS. » TOMANdO EN SEgUi-
lu copa cle vino que debía ser, e, el orden del rito pasJual,
-,-l*
lâ eopa de acción de gracias, transflorma también su con
tenido, con un acto de su omnipotencia. TouE» ., BEBED
TODOS, PORQUE E§TA ES MI SANGRE DEL NUEYO
TNSTAUNIT.
TO, QUE SERÁ »PNNAMÀDÂ POR IIOS PECADOS DE MUCEOS.
Estas palabras son, en sí mismas, serrcillas como el ac-
to ereador de Dios, el fi,at lur, el d,pparecct rtrid,ct, sü
seneillez recha-,a toda explicaeión q-,r", dejanclo á" .u*
)
literal, no esté fundada .,, ãl sentido 'clirectJ de Ias pala-
br1s, por sorpre_ndente que sea á la razón. La rglesià ca-
tóliea ha ente,dido siempre que, en aquel momenio, el pan,
dejando de ser pan, fué reemplazado por el cuerpo do Je-
sús y el vino fué cambiado en sangre. IJ,o y .t.ã, urridos
á" su divinidad, permanecían
cies ó apariencias de las subs-
do; pero no por estar. cu-
anquilizador, era menos cier-
to aquel inereible prodigio. su misma exbrarteza había
dg .:r.-o-tra prueba de su realidad, porque, en fin, no e§
admisible que los apósboles no se hubiàsen esforzado en
es lo que quieren decir ros Evangelistas al emplear los dos par.
.,jrJ,^^r.,P
IrCrprOs cúlrayfiaos ! ef4çpoú1oas.
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200 MONSts§OR I,E CAUU§
dar al principio, como lo hicieron otros más tarde, un sorl-
tido figurado á las palabras del Seõor; y si eilos ias inbor-
prehrón á la lebra, imponiendo 'á" la primera generación
cristiana la idea de la presencia real como la tenemos hoy,
no fué seguramente sino después de haber pedido y obte-
nido, por su propia cueuta, de los mismos labios de Jesús,
nuevas y categóricas declaraciones. Tampoco ellos, como
nosotros, eran llevados á una ciega credulidad, Y, del pr,-
pio rnodo que nosotros, Íormulaban obieciones.
E[ tcstimonio de la tladición primitiva debe, Pues, te-
ner decisiva importaneia cuando se tratadediscutirypro-
bar Ia realidad y el modo de la presencia real; sabido es
con qué magnifico resulbado ha sido evidenciado por los
doctores católicos (1).
FaÍcilmente reconoció Lutero quê no podía susbraerse á
é1, y se resignó á ello, no, sin embargo, sin introducir en Ia
ordinaria de la Iglesia una modificación sobradb
"rrrtfru,nza
irnportante para separarse, tarnbién aquÍ, de la fe cabóIica.
Irnaginó que las pa'labras cle la consagración, no solamente
dejan subsistenbes las apariencias, sino también Ia misma
sutstancia del pan y del vino, y que ei cuerpo de Jesús se
encierra en ella, del mismo mocio 9uo, por la Encarnación,
se hallaba aprisionada su divinidad en nuestra naturaleza.
Provenía §tr error de nociones fi.losófi.cas incompletas sobrt:
la substancia y los accidentes.
JVLís raclical, el sistema calvinista no deiaba en Ia Euct+-
risbía sino un sírnbolo, efrcaz, escierto, pero no por sí mis-
rno, sino por el recuerdo que despierba. Segúnsusdefenso'
res, se come el cuerpo de Jesús -y so bebe su sangre, no por
la boca, sino por la Íe. Sin admibir presencia real ninguna,
hablan, sin embargo, de urra manducación verdadera de la
subsbancia del cuerpo. La, fe del comulgante atrae una
irrtr,diación 6 comunicación de este cuerpo, glorioso en el
cielo, como el movimienbo de nuestro oio atrae en nos-
obros, por los rayos quo recoge, al sol, permaneciendo eu-
(I) Y. Lq, Perpétwité de tn foi d,e l' Etlise catholiqwe touchant I' Eueha-
risúíer 4 vol. in 4.", Paris, 1701, y su defensa, por ltenaudot'
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VIDÂ DE NUEBTRO §EfrOR JESÜCRI§TO
tero sobre nuesbras eabezas, y jamás empobrecido por la
multiplicidad cle las miradas que piden ã, luz. De igual
manera que se da á los simples ravos el nombre de sol, así
la virtud espeeial que emana del ã.r"rpo .lefsaluador pue
de llamarse su euerpo.
Luteranos y ealvinistas entendieron mal Ia Eucaristía,
deja.do en ella aqtréllos demasiado, ésbos demasiado poco.
àQué tiene que haeer el fiel de la substancia del pan ã a"t
vino en el augusto saeramento? Á Dio. sólo busJ", y toda
9!r, gosa que no sea Dios le es inútii. Ire aquí por qué no
diee Jesús: <<Aquí está mi cuerpo)), sino «Esbe ô. ori cuer-
po)). No hay, plres, que tener en cuenta al
Jran para nacla;
es exeluído eategórieamentê pcr una palabra clara y pre-
_cisa.
La grosera sustaneia es de"o"ada y consumiár-por
la presor.,óiu divina. Nada ,eal puede pár,,,ro..., entre
las manos del saeerdote sino Jesueristo, con las aparien.
eias para velarle; y Lutero imaginó una unión d; subs-
tancias tarr rara como exbrafla á, la enseflanza cle los
Padres y de la t4adieión. Calvino, no queriendo reconoeer
en la Eucaristía sino sólo un símbolo especialmerrte efi,eaz
para de_spertar el pensamiento, ó aun la presencia de Jesu-
eristo, destruíar por su parte, la i-portaneia suprema y
única del Sacramento. Por más gu€, en efecto, la hoeuris-
tía reeuerde la última Cena del seflor, y âunque el pan con
su blaneura, dividido en las manos del pontífice, rep.esente
su euerpo d-eeolorado por la muerte y partido por nosotros,
y se& el vino la imagen de su sangre derrarrrada por
nuestros erímenes, es evidente que nuestra fe eneonbraría
en l_a ertrz, por eiemplo, un símbolo igualmente significati-
vo de nuestra redención. Mejor qru ,, poco de pã., ó u,a
copa de vino, el árbol de la errJz,llevanáo en sus ramasel
fruto que nos reseata, sería apto para evocar el reeuerdo,
la presencia espiritual y la vida del Salvador en nosotros.
No, el fenómeno sobrenatural que quiso prod.ucir Jesucris-
to en la Euearistía, no puede ser una si-pl, r.elaeión de
ideas ó un eontacto espiritual; de otro .ooáo,
"l emblema
elegido no sería ni el más natural ni el más elocuente. Es,
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202 MONSEfrOR I,S CAMUS
pues, una realidad viva lo que pretendió crear, I, según
iu pro-esa hecha al día siguiente de Ia multiplicación de
los panes en el desierto, se constituyó real y sustancialmen-
te en alimentE nuestro.
iPor qué no reconocer que pudo hacer.lo y que lo hizo p,-,r
amor? iQuién es el hombre guo, en el momento de morir, no
experimenba el deseo de sobrevivir, á lo meno§ en imagen,
ante aquellos á quienes ha amado? Para perpetua,r§e €rI
medio de su pueblo ó de su farnilia, pide al artista que la-
bre eI mármol ó el bronce, ó que anime la tela con ios más
vivos colores; con delicada atención, distribuye á sus ami-
gos lo que tocó á su cuerpo, lo que le sirvió en las necesi-
ã^des de lo vida, lo que fué una parte de §Í mismo; y á"
quienes rnás ama lega sus despoios urortales, ó meior aún,
* .orurón, ese órgano que fué en él el primero en vivir y
eI último en morir. Escuchando en esto el grito de Ia na'
turraleza, sólo tiene un sentimiento: el de no poder legarde
todo éI, lleno de vida y de realidad, á los que Ie amaron.
La misma necesidarl experimentó el alma de Jesús, porque
estaba llena del amor más tierno y generoso. Pero, mien-
tras que nuesbro afecto, áu la visba de la muerte, no encuen-
tra nàda comparable á Ia energía de sus deseos sino eI sen-
tirniento de su impotencia, el Salvador tenía, en servicio
de su amor inmenso, un poder infinito. Sólo tttvo que ha-
blar eI amor para que su omnipoterlcia hiciese lo que res-
taba. Jesús, p.,"., se legó á Ia Iglesia como recuerdo, poro
recuerdo oioÀ, ó meior, existencia continuada, Hombre,
Yíctima, Dios; á todo Éi poseemos en la Eucaristía. No
tieno derecho á quejarse la tazón humana si no entiende
ei cómo del prodigio, porque ignora aún el sentido clefini-
tivo de las pàlrb*ã. que invoca para apoyar sus objeciones'
Mientras lr. escuelaÁ filosófieas no hayan dado definieio-
nes idénticas y generalmente aceptadas de la substancia,
de la.materia, de los accidenbes, del espacio, nuestro orgu-
lloso espíritu deberá empezar por Ponerse de acuerdo con-
sigo mis-o, antes de hallarse desacorde con las obras del
OLnipotente. En resumen, siempre quedará algo más
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L
VÍDÂ DE NUESTRO §ENOB JESÜCBI§TO
evidente aún que todas las clificultades: la sencillez irre-
sistible de las palabras divinas, este es mi cuet"po, esta, es
mi sanqt"e, que diciendo 1o que quieren decir y nada más
de lo que dicen, excluyen todo comentario.'
La consagración del cáliz es el complemento simbólico
de la consagración del pan. Al rlarse para la serie de los
siglos, Jesús entierrde recordar su clonación saugrienta y
húoica del Calvario. Por eso la doble subst,anciu qr" sim-
boliza el alimento espiritual propuesto á sus discípulos,
represenba, al misrno tiernpo, la separaeiórr violeuta de la
sangre y del cadár,er err Ia ctoz. El pan y el vino son á la
ver, el ernblema clel alinrento y du la bebicla, ;v el memorial
del más generoso de los sacriflcios eu su mísfica división.
Sólo Ia Iglesia católiea ha comprenCido toda la profundi-
dad del perrsamiento clel Seflor, al afirmar que la Eucaris-
tía reproduce, á través de los tiempos. el saerificio de la
ervz. No que sea solamente su representaeión, esto no se-
ría decir Io bastante; ni su renovaeión pura v simple, esto
sería decir demasiado, puesto que nada puede haber de
sangrienlo en donde la víctirna, glorificada por la muerte,
es para siempre invülnerable é irnpasible. Es preciso en-
tender que la Eucarisbía es ia extensión pacífiea 'n'' llena
de ternura del sricrificio de la crtrz. EI ra)ro luurinoso no
suprime el astro que lo proS,eeta, mas 1o supone como prin-
aipio v como causii. Al proelam.lr'la realidad ciel sacrificio
eucarístieo, no negarnos al de la cruz su virtutl satisfacto-
ria, puesto que afirmams-s, con la epístr-rla á los Hebreos,
que Jesuerisüo sólo fué ofreeido una \zez por los pecados de
todos, .y Que, en unà oblación úrrica, consumó par.a siempre
la iustificaeión rle los elegidos (t). Enterrdemos soiamente
que los méritos de esba expiaeión complcta y única del
Calvario, á,Ia cual, estando tod,o cot'Lsu,mctclo, eL mismo Je
sús declara que no le falta nada, nos son aplieados por el
sacriÊcio del altar'. La disputa que suscitó Luter.o, con este
motivo, era más vana de lo que comúnmente se supone.
No mediaba eubre su rnori.o de explicar la justificación y
T-arar., X, lo-14; comp.Ix, e8.
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IION8T]ftOB, L,E CÀMU§
Ia de la Iglesia sino una diÍerencia do menos á má,s. Según
é1, en efecbo, el hombre, para ser justificado, necesita de la
fe como de un instrumento que lo hace participar de Ia re-
dención de Jesucristo. Ora sea justiÊcado en lo exberior
por imputación ó en lo interior por zr,plicación do los méri-
tos del Salvador, falta todavía un medio de alcanzar y de
apropiarse, en grados diversos, esta gracia de la regenel'a-
ción ofrecida á la humanidad. Los protestantes aceptau,
no solamente la fe, sino sacramentos que son signo y pren-
da de iustificación. En esto, no destruyen la bella teoría
dol Apóstol sobre la ornnipotencia expiatoria de la crn.z,
como no Ia suprimimos nosobros al admitir ei sacrificio de
la misa. La gran idea teológica del cristianisnro es Jesu-
cristo perpetuando su vida en medio de la humanidad por
su influencia real, inmediata y personal en la Iglesia. Sólo
Él continúa enseflando en ella y por ella; sólo Ét bendice,
consagra, absuelve ó cor,dena, como lo hacÍa durante su
vida mortal; sóio Él sube al aitar, como subió al Calvario
para ofrecer el holocausto de expiación, de acción de gra-
eias ó de propiciación; porque si, hasta É1, hubo sucesio-
nes de pontÍÊces, destronando la muerte á, unos después
de otros, Jesús, siempre según la bella doetrina de la Epís-
tola á los llebreos (1), inauguró el saeerdocio. único, inde-
fectible y eterno.
àQué hay de extraf,o on pretender que este Mediadur,
siempre vivo é infatigable (2). se cornplazca en interceder
por nosobros, bafo un símbolo que recuerda la grande y
decisiva mediaeion de la cruz? I,io puedo ser nruerto, pero
puede parecerlo, y este es el sentido de esta división he-
cha, como por una espada, por la palabra del saeerdote
que coloca á un lado el cuerpo y al otro la sangre, el uno
desurozado, la otra derramada por nosotros. Así, continúa
la inmolación baio una forma, no sangrienta, sino mísbica,
y con una realidad que obligà ú reconocer en la Eucaristía
la renovación, ó mejor dicho, la extensión y aplicación per-
(l) Hebr., YII, 23.
(2) rbdd"yIl,26.
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VIDÀ DE NUE§TBO EENOB JICEUCBI§TO
manente del saerificio de la cruz. EI miemo acto Por eI
cual Jesús, glorioso en el cielo, 8e somete á un estado 8a-
cramental que recuerda su muerto expiatoria, constituyo
la esencia del sacrificio eucarístico. En el altar, efectiva-
mente, reviste una forma místiea que reproduco §u acti-
tud humillada v suplicante del Calvario, y vuelve á con-
verüirse en víctirna, no para adquirirnos eI derecho al per-
dón, conquisúado por' Ét desde hace mucho, sino Para fa'
cilitarnos ia participación á este perdón, eontinuando en
inberceder por nosobros, y dándose á sí mismo como pren-
da así como medio de reconciliación á uuestras almas ham-
brientas de Dios.
Àsí debía curnplirse la profecía de Malaquías (1), anuD-
ciando güo, erl lugar de todos los sacrificios del mo'
saísmo, en adeiante abrogados, Y mientras recibiese el
nombre de J.hová de Orien te á" Occidente una pçlorifica-
ción excepeional, ser'ía inmolado en todos los lugares y'
ofrecido en su honor utt sacrifieio (z) sin mattcha. Este §a-
crificio recuerda también Ia obiación de Melqrrisedeeh,
quien, según la Epístola á los Hebreos (3) interpretando un
pasaje tle los Salruos, Íué figura del Seflor. El pan y el vi-
no se encontraban aquÍ como los elementos del sacrificio
que caracberizaba el sacerdocio excepcional clel rey de Sa-
lem. En Ên, substituía á,Ia inmolación del Cordero Pascual
y sellaba soiemnemente el pacto de la Iluevâ alianza.
Esbo indicaban las palabras del divino Maesbro al pre'
sentar el cá,,liz de la comunión: ((Este cá,liz-LtabÍa dicho,
cl Nuevo Testarneuto (a) en mi sangre, que será derra-
-es
les era pa.rte integrante.
(3) I{ebr.,Y,6.
(l) Éste, en efecto, ha pernranecido siendo en la Iglesia el símbolo per- '
manente del contrato nuevo que Dios establecía con el hombro. Ofrece Dios
el.don gratuito de la salvación; el hombre Io acepta en Bu fe y arrepenti-
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:206 MONsEfrOB LE CÁMUS
mada por vosotros.) Y luego, dando una orden que supo-
nía u, poder simultáneamente coneedido: «f[aced esto-
af,adió,-en memoria de mí (l). Los apóstoles recogieron
este precioso testamento (e), y asÍ los vemos ora ofr"""t
por sí mismos el sacrificio eucarísüico (B), ora establecer un
paralelo entre la mesa y el altar de los crisüianos y la mesa
y el altar de los paganos (4), es decir., e.tre el saãrificio de
unos y de otros. El autor de la Epístola á 1os l[ebreos no
pone en duda que la Iglesia tenga su altar dondo se inmola
la vÍctima, sin que pueda, parbicipar rle él los iudÍos, ser-
vidores de su ley abrogada (5). Reconocen unánimemente
los fieles que tienen sacerdobes, po,tífices; íy se conci-
' ben pontífices sin sacrificios
qu3 ofrecer? loi-Por fin, en
todos lados álzanse altares para inmolar la víctima.
Á decir ve.dad, estos altares son una mesa, u.a comi-
du, como lo observa Calvino, pêro precisamente esto
'es otra prueba de que hay una vÍcbima ofrecida, puesto
que debe ser consumida en ellos. Desde el *o*"rr-
to que el protestantismo negó la realidad del eacrificio
eucarístico, empezó por declarar que se habían equivoca-
do todos los Padres de la rglesia; y sabido es lo que debe
e-a"r, âcerca los labios al cáiizdivino, y la sangre, una vez más, sella la
alianza de la criatura y del Creador.
(1) S-egún hemos indicado ya, los dos prirueros Sinópticos no contienen
e-stas paiabras tan importantes que dieron á los Apóstoles y á sus sucesores
ol derecho de hacer lo que Jesús misrno acababa de cumplir é instituir. San
Lucas y San Pablo nos las conservaron. Inútil es decir que, ,uo faltand«r su
testimonio, el lugar_seflalado, desde el principio, á la Sagrada. Eucaristía,
en la_liturgia_apostólica, habría sido más que suficiente paraatestiguar ei
mandato del Sefror de mantener en su Iglesia el sacramentó que debía man-
tener en ella la vida.
_ (2) cuando consagra, el sacerdote no hace más que prestar sus labios ó
Jesús misrúo que es el que habla. Aquél es solamente un instrumento de
que se sirve el Seflor para renovar el acto consagrador dc la Cena. Esto ex-
plica que el sacerdote comulgue lo mismo que los fieles. Sólo á Jesús no to-
' caba comulgar, porque sólo EI no tenía necesidad de unirse á sí mismo. Era
como la madre que, sin beber de su propia leche, alimenta con ella á sus hi-
Jos.
(3) Hechos, xrrr, 2; \eoovyyoúzrcoz significa, en efecto, el acto del sacri-
ficio.
. (4) f Cor.,X, 18.
(5) Eebr., XIU, 10. Emplea la palabra misma de iluoworí1pot.
(6) Eebr.,YIIL
E
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VJDA DE NUBSTRO SEfrOR JESUCRICTO
concluirse de tal afirmaeión. Sin sospeeharlo, hizo más, por-
.que desconoció el centro real,vivo, influyente de la Iglesia
ontera. Podemos repetirle, efectivamente, las palabras de
San Jerónimo ai diácono Lucifer: «Sin saeerdote, no hay
Eucaristía; sin Euearistía, no hay Iglesia.)
Aeababa tle cumplirse, con sencíllez que real zabaBugrall-
d,eza, el sueeso más considerable cie aquella noche. Jamás
'en su vida había el Sef,or deiado ver más de cerca su divi-
nidad. Si no era en modo alguno iclea humana la de ofrecet'-
;8ê como víctinra por el rnundo, preciso es convenir que
menos,lo era todavía el proyecto de convidar á" la huma-
nidad en todos los tiempos á alimentarse de Él para ase-
gurar su redencióri. Con una perspicaeia, que deja admi-
rada á la misma ineredulidad, se veía á sí misnlo como res-
eate ofrecido y acepbado en la uuz; ), ahora, por la Eu-
caristía, esta crrtz, de pie en el mundo, clamaba 'à todo
hombre: «iSi quieres ser libre y salvo, come, toma tu res-
cate!) Es muy de nobar, en efecto. que Jesús se eoloease
en el altar, no para, ser adorado-por más que sea absolu-
tamente adorable,--sino para ser eomido. Imaginar que te-
nemos así la redención por el sacrifieio á, disposición de
quienquiera apropiárselo, y ver las generaeiones futuras
comiéndola y bebiéndola en la carne y en la Bangre de la
sagrada Víctima, cosa era de un Dios, ó nuestra razón es
ineapaz de distinguir entre el cielo y la tierra, las tinieblae
y la luz, lo finito y lo infinito.
Habiendo legado á los suyos este vivo y divino recuer-
do, este medio de salvaeión, esta prenda de alianza, sólo
restaba á Jesús pronunciar su postrer adiós; y así lo hizo
en el lenguaje más sublime que hayan oído jamás oídos
humanos. Se ha dicho cle San Juan, al conservarnos estas
§upremas confidencias del Seflor, que había sido como el
gran sacerdote, entreabriénrlonos el Santo de los santos,
para revelarnos al Dios err toda su majestad.
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CAPÍTULO YI
Primer discurso de despedida
Palabrae fortificantes.-LEs Apóstoles deben permanecer unidoe á Jesús por
tresrazones decisivas._.La primera porque son para elcielo y Jesús es el
único camino que á él conduce .-La segunda porque han de fundar la Iglo-
sia y para ello les dará Jesús el poder de hacer milagros y el eocorro del
Espíritu Santo. - La tercera porque buscan un consuelo, que debe ser de-
do por Jesus comunicándoles la vida de Dios. (Jtnn, XIV, t-Bt) (t).
Estaba, pues, terminada la Pascua antigua, é inaugura,-
da santamente la nueva. Los Âpóstole§, completamento
entregados á los suaves sentirnientos de su unión con Dios
mediante el Seflor, se mantenían en la actitud exbática do
hombres iniciados en una nueva felicidad, en una nueva
vida. Bien sabe Jesús que no durarí la calma, 5r su pen-
samiento se fija con más viveza que nunca en los sucesor
de las horas siguientes.
(No so turbe vuestro corazón,)) dice con aquella apaci-
ble autoridad del padre que anima á sus hijos. No que los-
condene á mosbrar una indiferencia estoiea ante las des-
gracias que á Ét *i.*o le conmueven, sino que quiere qus
su tristeza \o degenero ni en abatirniento, ni en descon-
franza después de tantas promesas divinas. De ordinario,
explota Satanás la turbación del corazôn, para hacer gor-
minar en él Ia incredulidad y la desesperación. «Creéis en
Dios-continúa Jesús,-creed también en mí.» El Padre
y el l{ijo son solidarios. EI poder del uno pertenece a}
otro; y esta es la razón de que, por más humillaciones quo
«ft fror Sinópticos, por lo mismo que son el resultado de la predicación
oral del Evangelio, no contienen ninguno de estos discursds, demasiado tras-
cendentales parâ ser predicados corrieutemente á los primeros auditorios
cristianos. En San Juan, estas admirables páginas son fieles recuerdos,
históricos conservad.os por su alma meditativa de amigo y de semita.
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VIDÀ DE NUESTBO SENO}I, JTSUCBTSTO
,ecepto, dispondrá siempre el llijo de fuerza suficiente para
sosbener á los suyos y salvarlos. Perman ezcann, pue§, uni-
'dos los Buyos después de su muerte como lo han estado
durante su vida. Poderosos mobivos tienen para ello; y así,
con un acento de ternura no menos conmovedor que Io
elevado del pensamiento, se complace Jesús en enumerar-
los. Son para el cielo, y Él es el único camino que allí con-
duee; deben establecer Ia Iglesia aquí bajo, y Él es la fuer-
za que les asegurará el éxito, daudo á su fe suplicante el
poder de obrar milagros y ei socorro del Espíritu Santo;
buscan un consuelo, y sólo É[ puede ofrecérselo; porque si
le permanecen Íielee, aun desde entonces, la vida de Diosse
convertirá en su vida propia. De ineomparable belleza va ú
ser el desarrollo progresivo de estas tres ideas principales.
(En Ia casa de rni Padre-dice el Sef,or-hay muchas
moradas. Si así no fuera, ieómo podría cleciros: voy á apa-
rejaros un lugar? Y cuando me fuere y os àparejare lu-
gat, vendré otra yez y os tonraré conrnigo, para que en
donde yo estoy, estéis bambién vosotros.» El pensamiento
del cielo es el más consolador que puede evocarse duranüe
la prueba. Leves, en efecto, parecen los sufrimientos de la
vida presente, cuaudo se miran las recompensas de la vicia
futura; gusbosamente se lucha un día, con tal de obbener
el reposo en la eberrra vicboria. Por eso habla Jesús con tal
complacencia de esta casa de su Padre en la guo, como en
un inmenso palacio, hay un depar:bamento parà cada hijo
del rey, por muy rlumerosa que sea la familia. EI cieio,
pues, no es solamenbe uu esbado, es tarnbién un iugar.
i0uát es ésbe tr)? No ha sido rlada á la humana curiosidarl
la respuesba á semejante pregunta. Lo que hay rle ciert,o
es que todo lugar eu clonde plazea á Dios conrunicarse on
lLr. visión intuitiva, el arnor perfecto y la posesión cornplera,
debe llamarse cielo. Por rnás que nada se diga do la natu.
(1) Los que Io buscan en los planetas y en las estrellas fijas deben tener
otras ràzones qrre un gesto supuesto de Nuestro Sef,or. En aquel momcnto,
no podía mostrar los asbros encima de su cabeza, porque todavía se hallaba
en la sala del banquete.
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210 MONSE§OR LE OAMUS
raleza ó del sitio de las moradas celestes, no quiere Jesús
que se ponga en duda su realidad. Con una ternura llena
de sencillez, se complace en indicarles que si no existie-
ee eI cielo, no abusaría de ellos hablándoles de los tronoe
que los esperan y que va á" prepararles. Esta preparación
consiste en su muerüe expiaboria, que obliga á la justicia
divina á abrir las puertas á" la humanidad rehabilitada,
y en la inauguración del triunfo eterno, por la eabeza de
esta humanidad.
No le basta al Seflor haber preparado el luga.. Él mis-
mo vendrá á bus ear áu los suyos para inbroducirlos en la
patria conquistada. No se trata aquí de su venirla solem-
ne al fin de los tiempos; su promesa es más inmediata. Nos
asegura gu€, en nuestra hora postrera, podremos entrever
esta dulee imagen de Jesús, vinienclo á tomarnos por la
mano para coodueirnos á su Padr". Á la eabecera del mal-
vado, se erguirá e[ Salvador como un recuerdo penoso, como
una sombra temible; á la del justo, se inelinat'á eomo un
amigo consoladot, y, á ejemplo del protomártir Estebar, (I),
el fiel saludará Él la realización de sus esperanzas y el
objeto de su
"o
arnor.
«También sabéis-continúa Jesús-á donde yo voy,y sa-
béis el camino.) Los discípulos conocían, en efecto, eI eami-
no que conduee á la vida eterna. Buen cuidado había teni-
do el Seflor de repetirles que creet uo É[, era tener la vida
eterna; que reeibir su palabra, era participar de esta vida;
y que, siendo É1 -is*o la resurrección y la vida, quien-
quiera que tuviese fe un É1, no podía ya morir. Ellos esta-
ban, pues, en este camino del cielo, puesto que creían en
Jesueristo. Empero su sagacidad ó su intuición religiosa
no sospechaba Ia misma maravilla que constituía su vida
sobrenatural (2). He aq uí por qué Tomás, hablando en
nombre de todos, dijo: (Seflor, no sabemos á' donde
vas; pues ieómo podemos saber el camino?» Y Jesús con
autoridad y majestad admirables: (Yo soy-dijo-el ca-
(1) Hechos,YII,55.
(2) «Sciebant discipuli, sed, scire nesciebant,» dice §a,a Agustín.
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t,
VIDÀ D.U NUSSTRO SE§OR JESUCRI§TO 2rl
mino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por
mí.» Por tal manera, reehaza, con una palabra, todos los.
sistemas que busean fuera de Ét t, salvaeión. Ni las reli-
giones de la antigüedad, ni las teoríae más estudiadas de
los filósofos modernos valen nada; sólo hay un medio de
ealvaeión, y es Jesús. Éi es el eamino, porqre Él es quien
une el eielo á la tierra. Nadie puede franquear el abismo
que separa estos dos extremos sino pasando por este puen-
te, obra maravillosa de la sabiduría' miserieorclia divina.
Entrar en el eamino no es otra cosa que entrar en Jesu-
eristo mismo. por la fe, por el amor y por las obras. De
igual modo, y porque Et es el eami.o, es también la verdad
que debemos hacer nuestra asimilándonosla. Ahora bien
esta verdad, en cuanto nos es ofrecida, es igualmente vida
destinada á transformar el alma que la recibe. De manera
que estos tres términos: camino, verdad y vida, sê impli-
can mutuamente; y sólo Jesús, verdadero Salvador, es
.perfecta
y místiea realizaeión de eada urra de ellos. pues-
to que entrar eo Él es encontrar la vida divina. y te,er
la verdad es poseer la vida, debe comparársele, no ya á un
camino que conduee, sino á un camino que lleva al lugar
adonde se ha de ir, eomo el río que indica la ruta al v-ia-
jero, y á' la vez le arrastra e. la corriente de sus olas.
De ordinario, en los discursos del Seflor el pensamiento
sq eleva por grados; aquí aleanza,de un solo rasgo, las esfe-
ras teológicas más traseendentaies. («Si me conoeéis á mí-
dice,-pretendiendo dernostrar de esta manera la definición
que ha dado de sí mismo, conocéis también á, mi paclre.»
En realidad, el Hi.jo es sólo la extensió. del padre, y por
ende el camino directo que á Ét conduee. Si ver á.1.ã,i. u.
ver la irradiación del Padre, unirse á Él es alean zai- y po-
seer al Padre mismo; pues Él no solamente el
".
que conduce al Padre, sino el santuario, "u-iro
el espejo, la ima-
gen manifiesta del Padre. «Sí-aflade,-desde ahora le co-
noeeréis y le habréis visto.) Felipe, que había seguidocon
exacbitud la demosbración, tomó la palabra y propuso coD
sencillez á Jesús que aeabase con una manifestación mila.
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212 M(,NSEfrOR LE CÀMU§
grosa que respondiese á los deseos de todos. «S'eflor, mués-
tranos al Padre, y basta.) Saboreando sólo á medias lo que
el Maestro explica, porque no lo comprenden, .supone quo
los otros no lo aprecian más que é1. Les gusbaría más algo
positivo: uoa aparición del Padre en los aires, un efocto.
teatral, que eonfirmase la fe de todos, como si la esencia
divina fuese la omnipotencia, y no la bondad y la verdad.
Dista mueho de sospechar que este Padre debe revelarse
á los hombres á través de una existeneia humanâ, Y guo,
en realidad, la encarnación rcalizó este objeto. Por los la-
bios de Jesús hizo hablar D;os su verdad. En su alma mos-
tró su sanbidacl, ;l on sus obras probó su bondad. No es
preeisamente al laclo rle Jesús donde debemos desear ver
al Padre, sino eza Jesús. El l{iio se hizo hombre para que
el Padre fuese visible á la humanidad; )' la humanidad' por
boea de Telipe, pide todavía ver á l)ios; ino es esto sor-
prendente? «iTanbo tiempo ha que estoy ccn vosotros-di-
ee Jesús,-y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve
á"mí, ve también al Padre; icómo, pues, tú diees: lVIuéstra-
nos al Padre? lNo crees que yo estoy en el Padre y el Pa-
'dre en mí? Las palabras que yo os hablo no las hablo de
mí mismo; *u. LI Padre, qru está en mí, Ét haee las
obras.)
No hay en todo el Evangelio una pígina en donde afir'
me Jesús su divinidad de una manera más clara é indiscu'
tiblo. En efccbo, la unión de que aquí se trata entre Él y el
Padre no puerle ser una simple unión moral; da á entender
quo parbicipa de la esência divina, y la vida del Padre es la
guo,como Hifo, real y subsbancialmente reproduee. Pro'
nuncia, en efecbo. las palabras del Padro, Y le presta así
sus lal.lios para hablar; el Padre, por su parüe, hace sus
obras, y le comunica asimismo su poder para obrar. Están
ambos ínbirnarnenbe unidos en el Yerbo, el eual nunea sO
Bepar.a rlel Padre, como tampoco el Padre puede estar se-
paraclo de su irnagen ó de su Hiio. <{;No creéis que yo
esboy en el Paclre, y el Padre en mí? Y si no, ereedlo por
'las mismas obras.)
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VIDÀ DE NTIE§TBO SEfrOR JESUCRISTO 2L:3
_ síguese de este primer argumento que, siendo eI hom-
bre para Dios, y siendo Jesucristo el l^ro cle u.ió. entre
Dios y el hombre, si quiere éste alcanzar su fin, debe que-
dar unido á Jesucristo, por la misma razón que es pr.ái.o,
qara llegar al eentro, tomar y seguir el radio. Hry más. Los
Àpóstoles tienen Ia misión de fúndar la rglesia-.
lpodrán
realizm esta obra sobrehumana sin el prirrilegio dL obrar
milagros y sin la asisteneia del Esp?ritu sánto? ahora
bien, únieamente por Jesús les vendrá este doble socorro.
(En verdad, en verdad. os digo: El que en rní eree,-
es deeir, el que se une ú mí por la f.e,--ér también hará
las obras que-yg h_ago, ;, mayo.". que ésbas las hará,, por_
que yo voy al Padre; y todo lo que pidiereis al padre en
-i 1o-bre, yo _lo haré para qrã .., el pad.re glorificado
en el Hrjo. si algo me pidiereis en mi nombre, -lo haré.»
rns Apóstoles y los fieles de las eclades sucesivas tuvieron,
efectivamente, la gloria de realizar obras de salvación su-
periores á las que el mismo Jesús había obrado. Toda la
vida del seflor, sus milagros, sus diecursos habían tenido
un solo fin: la transformaeión religiosa de la humanidad.
ahora bien, el
_fin es siempre más grande que los medios.
La fundaeión de la Iglesia iba á convertirse en un suceso
más eonsider?lI" que todo cuanto había preeedido. No
siendo realizable sino después de la muerte àel salvador,
euando, levantado de la tierra, tratase de atraerlo todo
á sÍ,
debÍa ser obra personal de los Apóstoles. sabemos, en efec-
to, que éstos extendieron más leios que su Maestro el rei-
uo de Dios, y, de todos los prodigios que obraron, de tal
mâ,nera continuó aquél siendo el más importante,
que casi
-pr"pr.r-
no se meneionaron los otros que habían sido ,o
ción.
{ p..r, de esto, el agentl real, aunque invisible, de la
transformación del mundo, será el seflor mismo; pues
solo después de haberlos pedido en su nombre, obraroo
lo.
apóstoles Bus milagros. subirá al eielo su plegaria, autori-
zándose en los der-echos y_ en ros méritos dãl Muuriro;
y ei
Padre, reeonoeiendo en ella la voz de su propio Hrjo, ;;"-
d,ará, á este Hrjo que haga lo que se desea.
aNo
L4 "r"uá".o
T. III "1
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2L4 MONSENOB .l.E CÂMU§
Hijo quien ha de eiecutarlo que-el Padre.concede? Que pi'
arí ior fieles la clilabacióu del reino de Dios en el mundo, y
el ll'rjo conducirá los pueblos al pie de la eurz Para purifr'
crrloã ásu influeneia. Qo. pidan lo que conviene responder
á las objeciones de la ciencia v á las violencias de la tiranía,
y el l{ilo hablará por su boca. En una palabra, ellos serán
los canales que .ordo.i.án las agua§ feáur,drntes, -". Él
será el manantial que los abastecorá. Dc la unión de los ea-
nales con su orig.u clepenclerá Ia efrcacia de su aposbolado'
De esba uoión-les ,rãndrá todavía, eomo elemento de vi-
talidad para Ia Iglesia naciente, la asisteneia de un Pará'
clito, .btgado y ãonsolador. (Si me arnáis-dice eI Sef,or,
de la
-guard"d -i. mandamientos.) aeababa de hablarse
,rrrIóo del espíribu por la Íe; trátase ahora de la unión do
ia voluntad por i*s obrrs. (E' retorno, yo rogaré aI Pa-
,lre y os r:lará otro Consolador
(1),
para que more siempre con
uo.ãtror, el Espíritu de verdad, á qoieo no puede recibir el
munclo, porqrrá ni lo ve ni Io conoce; mas vosobros lo cono-
eeréis, pórqú" morará cor vosotros y estará con vosotros.)
Sólo á i"s quo Io desean llega ei Espíritu de Dios y
"l-u,
sólo ellas Io clesean y lo conocen. Según esto, eI mundo no
tiene tlerecho á esperarlo. Los discípulos quc Ie contemplan
en Jesús desde h*ie tres af,os, Ie t,ienen anbe sus oios y
ad-
más que perseverar en
miran sus obras divinas. No tienen
su unión con Jesús; y, en recomPensa de su fidelidad, esbe
(2)
Espíritu vendrá á, ellos como el Abogado poderoso que
haülará por ellos en el gran pro_ceso .inbentado conbra
prgrrrismo, ó también como Consolador que secará
"l
sus'lá!.imas, curará sus heridas y reanimará su esfuerzo.
en
Jesús-había ofrecido Ia ve'dad; eI Espíribu la implantará,
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VIDÂ DE NUESTRO SEfrOB JESI'CBISTO 216
las almas, llena de vida, complet a, efieaz. Es el arma más
útil que pueda tiar á los que van á luchar contra el error.
Al mismo tiempo, su aeeión vivificadora se ejercitrrá direc-
tamente sobre el mundo, ya quebrantado por la prediea-
eión de la verclad. Así eomo hizo nacer á Jesús eo el seno
do María, le hará nacer tarnbién, mas de diferente rnanera,
en la humanidad transflormada. Su misión será, en efecto,
ineulcar Ia vicla divina en las aLnas, para elevarlas hasta
la alüura de Jesucristo (1).
Como resultado, esta misión clel Espíritu consumará la
unión de los discípulos eon el Maestro, y, mediante É1,
con la Trinidad entera. Esto es.lo que va á explicar aban-
donándose á un sentimiento de ternura eada vàz más eon-
movedor. (No os cleiaré huér.fanos-les dice;-vendré á
vosotros. Todavía un poquito, el mundo ya, no me ve;
r
màs vosotros me veis. Porque yo vivo y vosotros viviréis.)
Nadie podrá pretender que las apariciônes de Jesús,
después de la resurrección, supuesto que fueron sólo
transitorias y eoneedidas á un pequeflo nrimero, r.espon-
diesen á' esta promesa hecha de una manera general
á los fieles de todas las edades y de toclos los paíõs. En
cuanto á su venida en el día del
iuicio, será clemasiado
t_?"9u parà consolar á sus discípulos huérfanos, y en con-
diciones en que no resulta exacbo cleeir que el mundo no
verá á Jesús, puesto que todos los pueblós se hallarán en-
tonees reurridos_al pie de su trono. Se trata, puos, aquí,
según va á" estableeer el contexto del discur.o, ãu ,rr" .rr.-
nida espi.ibual, preparada por las manifestaciones de Je-
sús resueitado, y co.sumada por el aclvênimiento de Cris-
to Juez. Las manifestaeionu. à".per-tarán, fortificándola, la
fe de los discípulos, y crearán la ão.riente de vida sobrena-
tural que lna,tendrá Jesús en adelante eon sus íntimas co-
municacio.es. La vida sobrenatural ras terminará todas,
eonsagrando la fidelidad de los unos y la infidelidad de los
otros á la acción misericordiosa del Seflor. Deberán verlo y
(l) Galat.,IV, tg; .ü/es.,Iy, lB.
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916 MCNSENOR LE CÀITTU§
busearle en el fondo del alma Ios creyentes. En banto que
tal modo, bajo los rayos del sol que admiran,las criaturas
reciben laliz y el erlor, eondiciones indispensables de su
desarrollo.
(1) ff Cor.,II! ra.
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VIDA DE NUESTBO SEfrOB JESI'CRISTO 2r7
no ya solamente con amor de compasión, sino con amor de
Padre, porque ve en éI al discípulo, imagen y hermano de
su Hijo. También Jesús que le había amado aun antes de
su fidelidad, le querrá más tiernamente todavía cuando en-
cuentre en él su propia semejanza y el objeto del afecto
de su Padre.
Tal es la única teofanía, ó manifestaeión divina, que
deben esperar los discípulos. Por más que no se realice al
exberior, eomo deseaba entonces Felipe, no es ni menos
verdadera ni menos admirable.
A esto, sin embargo, Do se acomoda sino imperfecta-
nrente el espíritu de algunos Apóstoles; pue§ 1o que espe-
t'aban erâ un heeho que eayese bajo el dominio de los sen-
ticlos. iHabíase car-,rbiado el plan mesiánico? Judas, no eI
Jscariote-observa San Jua1l-sino Judas Tadeo ó Lebeo,
exclama: (Seflor, áqué es la causa que te has de manifes-
tar á nosotros y no al mundo?» Por toda respuesta, le re.
pite Jesús, desarrollando más expiícitamente todavía io
que ya ha dieho: «Si alguno me ama, guardará mi pala-
bra, y mi Padre le amará, y vendremos á é1, y haremos
morada en é1.» El eielo entero, pues, bajará al alma del
fiel para eonsunnar en ella la unión nrás inefable. En el li-
bro del Apocalipsis (1) encontramos este consolador pensa-
miento eon una energía particular: «He aquí que estoy á
la puerta y llamo-dice Jesús;-si alguno oyere mi voz y
me abriere la puerta, entraré á, el y cenaré eon él y él con-
migo.) Establécense, pues, entre Dios y el fiel las relacio-
rnes más íntimas y familiares. La unión de la tierra presa-
gia y da principio á Ia unión del cielo. «El que no me am&
el Sef,or, aludiend o á," la segunda parte de la
-prosigue
pregunta de Judas y á, la suerte del mundo que no debe
gozar de su marÍifestación,-no guarda qis palabras; / la
palabra que habéis oÍdo no es mía sino del Padre que me
envió.» Ile aquí el erimen del mundo infiel; no escuchando
sus discursos, menosprecia la autoridad misma de Dios
(l) Apoc.,III, ZO
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218 ul,tNs.0No}t IJE cÂ\lLJs
que los dicüa; he aquí por qué no se manifiesta Jesús ú, él-
Moy insuficiente, sin duda, es la penetraeión de
los Apóstoles para compt'ender tan strblimes enseü.anzas.
Pero lo que hoy bosqueia apenas Jestis, lo continttar'á
otro Docbor, haciéndole más inteligible. «Estas eosits
os he hablado, estando con vosotros; pero el Consola,lor,
el Espíritu Saubo, que enviará el Padre en mi nombre, El
os enseflará todas las cosas y os recordará todo aquello que
yo r.rs hubiere dieho.) IJna vez más, observéntoslo de paso,
hállase aquí clernostrada la Santísima Trinidad. lQrre
otra cosa son, en efecto; estas tles Personas, que difieren
tanbo por el nombre que llevan como por el papel que cles-
empef,an? EI Flijo empezó la formación religioda de los
nuevos doctores, depositando el germen divino en una tie-
rra ingrata. El Padre, á su ruego ,v en su honor, enviará
el Espíritu que cultivará este gerlnen, le dará calor y lo
f,ecundará. Et trabajo del Corrsolador, dedieándose á, ha-
cer revivir en la memoria de los discípulos las palabras cle
Jesús, y precisando su sentido exacto á inteligencias en
adelante esclarecidas con sus luces, será deeisivo.
Sabemos, efectivamente, con cuán maravillosa energía
Í'ué llevada á eabo esba misión. Desde eI principio, el Es-
píriUu Santo, por la Escritura y Ia tradición, conservó el
áog^" crisbiano; en la serie cle I':s edades, lo desarrolló
dofiniciones infalibles inspiradas á, la Igles,ia. Corno
"oo fué el Redenbor de la hurnanidad, así Íué Elsu Doc-
Jesús
tor. si el Hiio creó la vida, el Espíritu Ia distribuyó. Esta
existencia perpetua, aseguracla á loe Apóstoles, será una
garantía conbra las flaquezas de su propio espíritu y las
I empresas 4e la raz6n humana, de manera que, á pesar de
todo y de todos, el Defensor y Docbor celestial bastará á
hacer prevalecer la verdad.
Después de una pausa, motivada indudablemente por
una de las ceremonias finales de la cena, afladió Jesús:
KLa paz os defo, mi paz os doy; no os la doy yo como la
da el mundo.) Efectivamenbe, nada hay en ella de §eme-
jante ni en el fondo ni en la forma. Mientras que la paz
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VIDA DE NUE§TITO SEfrOR J.ESUCBISTO 3t9
del mundo, completamente extet'ior, yendo de fuera á,
dentro, es siempre metrtirosa v perecetlera como los falsos
bienes que la constitulon, la paz de Jesueristo es toda in-
terior, verdadera, durable. Yendo de dentro á fuera, Pro-
yecta una sereniclad real sobre la vida, aun sobre la más
desgraciada y turbada. En el rnomento en que habla, ino
nos ofreee Jesús en sÍ mismo la mejor prueba de ello?
âHay algo más hermoso que el especbáeulo de su alma,
conservando la calma más inalterable, porque se siente
fuerte en el deber cumplido, en su Dios á quien ama y en
sus esperanzas Íuturas?
Tal felicidad es desconocida del mundo, y cuando éste,
pol' convenieneia, proclam a la paz, la propone ó la anhela,
tabemos que su palabra tiene sólo por resultado compro-
bar una necesidad de nuestro corazón, más fáeil de confe-
§ar que de satisfacer. Jesús. por lo contrario, la ofrece y
asegura realmente, porque, después de haber enseflado la
viriud, da íuerzas para practióarla. Ahora bien, sólo Ét
concede al alma la tranquiliclad del ordelr, que es la paz
verdadera.
. (Así,püês-concluye Jesús, volviendoá,,laprimeraparte
de su discurso,-ro se turbe vuestro corazôn, no se aeobar-
de. Ya habéis oído que os he clicho: Yoy y vengo á' vos-
otros. Si me arnaseis, os gozal'íais eierbamerrte, porque voy
al Padre, porque el Patlre es mayor que yo,) Muy doloro-
ea será la vía por la cual irá," á" su Padre, y, sin embargo,
brinda á los suyos a, que se regocijen de su partida. 1Qué
maÉfnanimidad! 1Cuánto heroísmo! 1Ouán visiblemente di-
vino es todo esto!
Seguramenbe, los partidarios de Arrio estuvierou mal
inspirados al busear en este pasaie una prueba de la inÍe-
rioridad del Hijo respecto del Padre. Sin duda, acaba Je-
sús de colocarse explícitamente debajo de su Padre, mas
no sin razón; hablando, en efecto, conro hombre, puesto
que saluda la recompensa eterna después de la muerte, no
puede menos de reconocerse inferior á Dios. Con todo, si se
observa más de cerca, la misma comparación que estableco
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UON§EftOR, LE CAMUS
entre Ét y sü Padre, se convierte en una prueba de que, aun
siendo hombre, se cree Dios. âQué sabio diría en serio:
Dios es más grande que yo? 2Puede parangonarse la nada
con el infinito? Toda aproximaeión ,no supone á Io menos
un término comparable? Ahora bien, en Dios, que es eI
acto puro, el ser simple por excelencia, no hay más que un
solo ténnino, el Ser; 5l, para compararse á, El, es preciso
tener en sí el Ser que constituye la divinidad. Jesús 1o
posee por la unión hipostábica, por eso puede haeer una
ão-prr"ción. Si solamente tuviese á Dior É1, difíci}
",
sería entender que fuese menos que el Padre (1); pero tie-
ne también el hombre, y por esta parte parece como ami-
norado. De Dios se ha hecho esclavo, he aquí por qué en-
contrará su felicidad en volver á ser Dios; no que en rea-
lidacl se haya humanizado su divinidad en el hombre, co-
mo tampoco su humanidad se divinizó en el Dios; sino
que del mismo modo que estuvo Dios ligado íntimamente
á las humillaciones del hombre, será eI hombre eternamen-
te asoeiado á la glorificación del Dios. Este consolador pen-
samiento ensefia á los Apóstoles á que miren la muerte de
Jesús, no como un mal, sino como el camino de la rehabi-
litación y del triunfo.
«Y ahora-prosigue Jesús,-os lo he dicho antes que
sea, para que lo creáis euando fuere hecho. Ya no hablaré
con vosotros muchas cosas, porque viene el prÍncipe de este
mundo. ilIas nada tiene en mÍ. Con todo, Para que el mlln-
do conozca que amo aI Padre, ;r cómo me dió el manda-
miento el Padre, así hago; levantaos y Yamos de aquí.»
Por el pecado, tiene, pues, Satanás cierto derecho sobre los
(l) Algunos de los más autorizados, conceden
que, a,un como cirse inferior al Padre, no p_orque
en realidad sea una misma cosa, sino porque el títu-
lo de Hijo, eugendrado y vivo en el seno del Padre, implica como una espe-
cie de sutordinación. De todos modos, observan los santos Doctores, dicha
subordinación no crea una desigualdad real, porque ser Eijo en Dios, e§ ser
dre; y no habiendo sido hechonicreado,sino
Hl?'f#f."u;!:H'.:,f ff
inferior al Padre, por más que en realidad sea su igual.
"T,xl,""TÊ:jt*
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VIDA DE NUtsSTRO SEfrOE JESUCR,ISTO 221
pecadores. Sobre el justo nada puede sino cuando Dios lo
permite. De esta manera, da Jesús, una vez más, testimo-
'nio
á su pureza perfecta. Con un acento de sinceridad que
se impone, se declara exento de pecado, I, por consiguien-
te, otra cosa que un desgraeiado hijo de Adán. No va á,
entregarse para expiar sus faltas, sino para borrar las
nuestras. Así lo ha exigido el Padre. I{e aquí la vÍctima
que se levanta á buscar á los verdugos. Tal es el último
cumplimiento del Ecce uenio.
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CAPITTILO VtI
Segundo discurso de despedida' al levantarse
de la mesa
los sarmientos, el Padre el labrador. -Estar unido
.Jesirs esla vid, nosotlos
á Jesús es la alegríaverdadera.-Amar á sus hertnanos es continuar lo que
hizo el Seflor. - El mundo está lleno de odio contra los Apóstoles, contra
Jesús, contra Dios.-La venida del Espíritu Santo.- Su papel en la lucha.
--Consoladora profesión de fe arrancada á los Apóstoles como conclusióu
de este discurso (,hnn, XV y XVI.)
En invitación del Sefror', levántanse Io§ Após-
efect o,á,la
toles. iElan recitado el final del Hallel (1), ó ha iuzgado
estas santas y suaves expansiones, en las Quo, á través de
la signifieativa ondulación del pensamiento y de la_emo-
.ción, el alma del Seflor, llena de ternura, se enüregaba en
toda su belleza. Tal vez también el temor, el afecto, la
incertidumbre de lo que iba á suceder los tenía inmovili-
zados. Jesús mismo pareció experimentar algún senti-
miento en romper tan dulce conversación.
AI verlos sillnciosos y en pie alrededor de É1, el recuer-
.do de los misterios eucarÍsticos que' acaba de instibuir
como signo de unión con eilos, y la perspectiva de los es-
(l) El texto de Mateo,XXYL 30, y de Mareos, XIV, 26, et-hymnodiab,
<oiáwntrparece decirlo, í menos que aluda á los magníficos discureos con
rer"ados por San Juan, y que son en realidad un himno incomparable.
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YII)A DE NUESTBO ST'IÀSOR J-TqFUU.IITSTO
fuerzos intentados por el enemigo para romper los lazos
que quiso haeer indisolubles, le dictan una reeomenda-
eión suprema. Su sangre, ofreeida bajo la especie de viuo
para transfundir su vida en las venas de la humanidad,
pareee inr:licarle mejor que nada el papel que ha de cum-
plir en ia nueva soeiedad. Quiere que Ia idea de que está
llerro sea sensibilizada al punto y populaúzada para sienr-
pre por una ini,rgen. fIn emparrado, que quizás, exten-
día sus vigo.osos sarmientos á lo lar.go de la terr.aza, que
debía at.avesa.se á la salida de la alta sala (1), le dió pie
pala el símbolo tleseaclo. No es raro hallar en las terra-
zas de Palestina estas hermosas par'a§. Dijo, pues: «1Yo
soy la verdadera vid, y mi Padre es el Iabr.aclor!»
sabido es que Dios había colocado á Israel en medi<., de
los pueblos cc.,mo su vifla eseogida y privilegiada (z); y asÍ
debía reeordario á los judíos el raeimo de oro suspendido
á la puerta del Templo restaurado por Herodes ir). P"ro
esta vif,a había degenerado, y más de una yez, se indignó
Dios de su transformación, de su esterilidad ó de los frulos
.amàrgos que producía (a). EI Mesías era, pues, en quien,
según Isaías (5), debían realizarse los destinos y el ideal de
rsrael en cuanto à Íecundar la vifla llamada á cubrir el
mundo con sus ramas y alimentarla con su vida. Si Él era
la luz verdadera, comparado con Juan Bautista que fué
sólo un respla,dor pasajero que conducí a á," la gian luz; si
era el verdadero pan de vida, eon r.elaeión al maná, que
alimentaba sin preservar de la muerte; si era el verdadãro
, *"" Pastor en comparación de los falsos pastores de
(1) El recuerdo de la copa consagrada pudo también haber inspirado la
comparación de^que se sirve aquí Jesús. Este sería el único indicio que Be
descubriría, en San Juan, del acto rnisterioso realizado por la institirción
eucarística-
8 19, en particular, no a-
antada por El, después a-
Is., Y; Dzeq., XlX, 10.
f,#:r3'.'j,Xn,HffJ i:
(3) Arú., XV, rr; B. J.Y, t.
(4) Jerem., XI, zt; fs.,Yrz.
(5) fsaías, XLIX, B.
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MONSÚftOB, LE CÀMUS
fsrael, es mejor aún la verdadera vid del Seflor en medio de
las naeior... D" su corazón brotará la savia que fruetiÍi-
eará, en las ramas, es decir, en la Iglesia, cuyos miembros
le eetán unidos; y, por la novedad de los hermosos frutos
que Ie hará producir, llamará la ateneión y preparará Ia
transformación de los pueblos incrédulos. EI labrador que
vela sobre Ia vif,a, es el Padre, yel trabaio á' que se dedi-
ca, con respecto á ella, eonsiste en cortar los sarmientos
estériles y expurgar los sarmientos fecundos de los retof,os
inútiles que periudicarían á la eoncentración de la sauia
en eI raeimo y al desarrollo del fruto. «Todo sarmiento
que no diere fruto en mí-prosigue el. Salvador-lo qui-
tatá", y todo aquel que diere fruto, Io limpiará para que dé
más Íruto.)) La semejanza comprende, pues, solamente á
las almas yà iniertadas en el Salvador por la adhesión á su
clocbrina, rnas cuyas disposiciones son diversas. Ifnas pro-
ducen fruto, con Io cual demuestran su comunicación con
el tallo. divino mediante la fe, que se manifiesta en Bus
obras. Á ést*. se complace eI Padre en cuidarlas con du'
teza aparente, pues no duda en someterlas al hierro mor-
tífero para limpiarlas, expurgarlas y fortalecerlas; no lee
falta ninguna suerte de pruebas, hasba que, desprendidas
de las superfluidades de la vida, trabajan solamente para
glorificar á Dios. Otras se mantienen en eI troneo, ma§ su
fe estéril es una fe muerta, 1z el Padre: Quê las ve, aPena-
do, recargar demasiado tiempo la vifla mística con su in-
utilidad,pe*mite que se desprendan por la herejía,la inere-
dulidad y Iu muerte.
Los Àpóstoles son sarmientos vivos y llenos de espe-
ralaa,. Jesús los tranquiliza, advirtiéndoles que Dios ha
ejereido ya sobre ellos su ciencia de viticultor. (Yosotros
ya estáis limpios por la palabra que os he hablado.) La
palabra divina, en efecto, como euchillo cortante, penetró
sus *lmas, cercenando en ellas el egoísmo, la indifereneia
y demás pasiones que las deslucían. La operación, á deeir
verdad, ,o completa; ma§ esta palabra trabajará toda'
".
vía sus naturalezas vigorosas, y, cesando de difundirse la
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VIDA DE NUT§TRO SEÍIOR JE§UCRISTO
savia por los brotes inútiles, se conve rt|r:á,, por Íin, eI día de
Penteãostés, en riquísimos y suavísimos frutos. Por de
pronto, nada han de hacer sino manterterse unidos al tron'
ão mediante una fe viva. La fe es, efectivamente, eI iujer-
to que los inf erta en Jesueristo; es Ia articulación que une
eI miembro al cuerpo y le comuniea la vida. (Estad en mí
,v yo en vosotros. Como el sarmiento
no puede de sí mis-
mo llevar fruto sino estuviere unido á la vid, así vosotros
no podréis llevar fruto si no estuviereis en mí. Yo soy la
vid, vosotros los sarmientos; eI que está en mí, Y Yo en
el, éste lleva mucho fruto, porque sin mí no podéis haeer
nada.) La primera eondición cle vida y de fecundidarl para
el sarmiento, es su unión á la eepa. Lo mismo PaBa con eI
hombre en el mundo sobrenatural. Nada puede si no está
en comunieación perpetua con la savia viva que brota de
Jesús, troneo divino destinado á sostener toda la huma-
nidad. Claramente se halla aquí indieada la insufi.eien-
eia de nuestra naturaleza y cuán impotentes son las hu-
manas virtudes para producir frutos de vida eterna, si
no están animadas por el soplo del Redentor.
Sin embargo, la afirmación eategórica de la necesidad
de la gracia de la libertad; así, .al
i-porãroos de permanecer
"o
É1,
la Ía Ét a nuestro arbitrio;
"rpor"
y tanto guo, al lado de este euadro en que el sarmiento,
unido voluntariamente á' Ia cepa, multipliea sus Írutos
maravillosos, eoloca el otro en que el sarmiento, eon un
abuso de su libre albedrío, se separa del tronco que debía
darle la vida, parangonando así la dichosa suerte del uno
con el triste destino del otro, es decir, la consagración del
mérito de los buenos y el demérito de los malos. «El que no
ostuviere en mí será echado fuera, así como el sarmiento,
y se secará, y Io moterán en el fuego, y arderá.) lExclusión
fatal gue conduee á la hoguera! Separándose de Jesús, el
hombre Be separa del alma de la fglesia, y, cesando Ia
gracia de sostener su vida espiritual, se seea, en vez de
dilatar su vegetaeión en flores y frutos; es recogido err se-
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226 MONSENOR LE CAMU§
guida por la muerbo en su esberilidad, y Sabanás lo arroja
al fuego para que arda (ri.
iCuán diferente es la suerüe del fiel! (Si estuviereis en
mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedir:éis cuanto
quisiereis, y os será hecho. En esto es glorifieado mi Padre,
en que llevéis mueho fruto, y en que seáis mis discípulos.»
En esta unión ínbima en que el hombre y Jesús se entre-
gan mubuamente, aqrrél en su fe y Érbe en su palabra, no
tenemos más que pedir para que sean despachados nues-
tros deseos. La razôn de ello esbá en que si, por una par-
te, esüos deseos, dictados por el amor de Dios, son ne-
eesariamente razonables, por oüra, aeogidos por el co-
razón de quien se dará enberamenbe por nosotros, d" '
ningún modo pueden ser rechazados por Bu infinita bene.
volencia. Cuanto pidamos, permanecerá siempre inferior á
lo que Éty, nos haya dado- Entonces se cubrirá de frubos
e[ sarmiento, I, por ellos, la vid glorificará y alegrará al
vibiculbor. Después de su vida morbal, Jesús glorificará al
Padro aquí bajo, no ya porsonalmente,sinoá través de sus
discípulos, en quiones hará fl,orecer sus propias virtudes.
De este modo mostrará grabibud á los que se eonverbie-
ron en eanales fieles de su propia vida; estos tales serán
verdaderamente sus amigos.
lPodrían declinar los Apóstoles misión tan elevada?
(Como el Padre me amó, así también yo os he amado;
persoverad en mi amor.» Sí, porque esbe amor es genero-
so. Compréndese que el Paclre haya amado al llijo que era
su imagen, reflejo de su belleza y do su pensamienbo; pero
los Apóstoles i,qué eran respecbo de Jesús? Nada tenían
de É1, y, sin embargo, el Padre los amó como le amó á Él
mismo. La conclusión que de ahÍ se sigue es que, rodeados
do este amor, deben eomplaeerse eo Éty perseverar eo É1,
fielmente como perseveró Él en el amor de su Padre. «Si
(1) San Agustín, in Jo,, tract. LXXXI, ha dicho muy acertadamente so-
bre este pasaje: «Ligna vitis tanto sunt conternptibiliora, si in vite non mân-
serint, quanto gloriosiora, si manserint. Unum de cluobus palmiti congruiÇ
aut vibis, aut ignis. Si in vite non est, in igne erit; ut ergo in igne non sit,
in vite sit.»
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lB
VIDA DE NIIE§TBO SE§OB JESUCEISTO
guardarois mis mandamientos-prosigue,-porsêveraréis
en mi amor, asÍ como yo también he guardado los manda-
mientos do mi Parlre, y estoy en su amor.) Seguir la vo-
luntad de otro es modelar nuestra vida sobre sú vida, to-
mar por regla eI pensamiento mismo que lo gobierna, en
una palabra, unir íntimamente nuestra alma á su alma, y,
por consiguiente, demosürarle, del modo más elocuente,
todo nuesbro afecto. Jesús atesbiguó su amor á su Padre
por su fidelidad absoluta; á nosotros nos toca atestiguar el
nuestro al Salvador con una fidelidad semejante; en esto
estí el origen de la perfecba felicidad.
Estas recomendaeiones del divino Maestro aseguran,
en efecto, la fclicidad á quienes las e-scuchan para haeer de
ellas la ley do su vida. (Esüas cosas os he dicho, para quo
mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.»
E[ gozo que encuentra Jesús en su unión eon el Padre es
inefable, 5r no lo será menos eI que comunique á sus fieles
en la unión que les propone; porque irrundará, eL corazóo
del hombre, teniendo algo de in6nibo eomo Dios, de donde
proeede. De la misma manera que, un momento antes,
daba su paz, así promete ahora el Sef,or su gozo; es suyo
porque lo gusta con gran viveza. Demuesbra la expe-
riencia que las almas más dichosas son siempre las quo
más unidas esüán corr el Salvador, pues gozan á,la vez, no
sólo de la felicidad que Jesús les comunica con eI delicioso
senbimiento de su presencia, mas también de la quo le clan
ellas mismas con su afecto, su valor y su generosidad. De
tal suerbe que este gozo se aerecienta á medida que ss
desarrolla en nosobros Ia capacidarl de amar al Salvador y
la cerüidumbre cle ser amados de É1.
Y por cuanto la caridad debe asegurar el éxito de la
obra mesiánica y el resulbado de la Redención, repite el
Seüor en todas sus formas eI precepto divino. Después do
haber ordenado que nos unamos á É[, eomo Ét está unido
a,l Padre, y que amemos así en Ét Padre, va á, ordenar
que queramos rí los hombres, como "t Ét mi.ro ha querido á
sus discípulos. Siendo el modelo y eI origen de la caridad
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I
}TONSE§OR LE CÀMUS
en todas sus direcciones y bajo todas sus formas, tiene per-
fecto derecho á convertirse en legislador de ella.
(Este es mi mandamiento (t),-dice,-que os améis los
unos á los otros eomo yo os amé.) De esto depende la vida
de la Iglesia y el perfecto desarrollo del espíritu cristia'
no. Por eso Ia religión nueva se diferenciará esencialmente
de todas las religiones humanas; por eso desafrará todos
loe esfuerzos del enemigoi por eso desarrollará toda su
vida y asegurará su triunfo definitivo. Emporo toma de
muy alto el ejemplo y el motivo de esta caridad. Príncipe
que no declina él mismo las obligaciones de sus súbditos,
empieza por realizar en sí lo que mandaú' á' los demás, é
interpreta magnífieamente., en su propia vida, la ley que
puede admirarlos. Como El nos ha amado, es preciso que
amemos á nuestros hermanos, y nuestra caridad debe ser
tan generosa como grande es Ia suya. Pues bien, va á de-
cir Io que fué la suya, á fin de no solamente precisar nues-
tro deber, sino facilitar sobre todo su eumplimiento.
lCon qué deli eadeza, en efecto, recuerda á los discípulos
cuánto ha hecho por ellos, 5l, por consiguiente, lo que tiene
derecho á pedirles! «Ninguno-dice-tiene mayor amor
que este, que es poner su vida por sus amigos.) Esta pro'
posición general alude á las heroicas disposiciones de su
.eorazón Sabe perfectamente, é insinúa, que el gran modelo
de la earidad et Él mismo; porque, para seguir el impulso
de esta caridad, se deiará eondu cir á,la muerte. «Yosotros
'sois mis amigos-diee insistiendo en estas palabras, Quê
establecen la unión entre su proposición general y las de-
,duceiones que quiere sacar,-vosotros sois mis amigos, si
hiciereis las cosas que yo os mando. No os llamaré ya sier-
vos (2), porque el siervo no sabe lo que hace su seflor; ma§
(l) Dice mi mandamiento en el sentido en que, no ha mucho, había di-
'cho: uu mandamienl,o mueao.
(2) Desde mucho s había dado el título de
,amigos y había vivid la mayllintimidad, con'
"fiânãolú los secretos Mat., XYl, 21). Sin em-
bargo, como poco después, en el vers. 20, les llame au_n-siervo!, hln propues-
to algunos aiimilar oixén á oúr, que con frecuencia debe traducirse pot no
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YIDA DE NUESTBO SESOR JE§IICRISTO
á vosotros os he llamado amigos, porque os he hecho co-
noeer todas las cosas que he oído de rni Padre G). No me
elegisteis vosotros á, rí, mas yo os. elegí á, vosotros,
y os he puesto para que vayáis y llevéis Í'ruto, ), que
permanezca vuestro fruto, para que os dé el Padre
todo lo que pidiereis en mi nombre.) La' faerza del
la dignidad de Apostóles, la de difu.dir un bien real v du-
radero, y aun la de tener, mediante la oración, el pod.er cle
Dios en su mano. Y no se limitó á esto su ternura. Éaeiendo
de ellos sus enviados, sus heraldos, podía tenerlos en legíti-
ma humillaeión ante Ét. t,a honra de ser llamados á"ser-
vir á tal Sefror era ya mu.,v superior á sus méritos. y,
*1" e_mbargo, sus apóstoles quiso hacer amigos, vi-
_-d"
viendo con ellos, no ya en relaciones oficiales, Jioo en
las más tiernas expansiones de eonfianza. En fin, con una
{one3 del apostolado. Do este m,do, el orden seguido por
san Juan, conserva todo su rigor v, después de-su aa-i-
rable digresión, asístele al Seflor el deúcho de concluir
tanto, y tradueen así el'pasa,je: «No tanto os he llamad,o siervos como
ami_
me toda difieultad, porqu-e Jesúsdeclara, que loe ha Àir"ão
come_ siervos y como amigos. En todo caso, s* bondad
no
ncederles este último tÍtulo.
queza; en,efecto,
ü decirles, peroque
d
T. III
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MONEEIYOB I,E CÀMUS
volviendo á su punto de parbida: «Esto os mando, que os
améis los unos á los otros G).»
Con transición natural, frente á, la Iglesia, que fun-
da sobre los lazos de la earidad, coloea al mundo, esta
8u
soeiedad cle odio, que será eI adversario implacable_ $e
obra. El cuadro qo" va á, delinear de su malicia debería,
como todo Io restante, determinar á los fieles á mantener-
se unidos entre si en la earidad y, por Jesucrist'o,
unidos
á Dios en una fe inquebrantable. La tereera parte de esta
alocución será así la conÊrmación de las dos primeras.
«Si el munclo os aborreee-dice,-sabed que me aborre-
t-:ió á mí antes que á vosotros. Si fuerais del
mundo, el
rnundo amaría io qo" suyo; ma§ Porque no sois del
"r,
rnundo, antes yo ot eseogí del mundo, por eso o§ aborreee
,:l mundo.» Es ,o para los cristianos perseguidos
pensar que sufren por causa del Maestro, porque el Poo-
"oo.oãlo
,lo p".rigo" uo ellos aI Maesbro. Deben sentirse orgullosos
de llevar §u semeian za á, un grado tan asombroso que
ha-
,ao su recuerdo, su esPíritu
lo demás, si el mundo los
ado de ser sus Partidarios, Y
lad y de su gloria verdadera'
Ia
Extrafla anornalía sería el ser bien vistos de él; donde
c bera es maldiba no pueden ser honrados los miembros;
por otra parte, los diseíp"lo.* son llamados á
representar'
ào -odiodel mundo, las ideas que son viva
condenaeión
asÍ serán de-
d.e éste. Como son detesbados lostránsfugas,
para
testados por el mundo los quo 1o hayan abandonado
ueguir á Jesucristo.
de mi palabra que yo os he dicho: el siervo
"«A.ordaos
tloesmayorquesu-seflor.Siámíhanperseguidotl^.
lrie" p"r."goirán á, vosotros; si maliciosamente han
",
piros.
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VIDÀ DIT NUES'IIiO 8EfrOIr Jü§UOI'IS,IO 23t
espiado rni palabra, asÍ espiarán la vuestra(r); y todas
estas cosas se harán por eausa de mi nombre, porquo no
c-onocen á aquei que me ha enviado.» sí, el o,cio dei
do eontra los discípulos tendrá por origen el odio de Jesu-
-uo-
cristo; mas éste tendrá po. .urÀ* el á"."ooocimiento de
Dios; r, de la misma manera que es grande er crimen de
menosp.eciar á los_Àpóstoles, sobre tódo porque se menos-
preeia en ellos al Maestro que los envia, así la increduli-
dad haeia Jesús es tanto más culpable cuanto se re-
suelve, en úlbimo resultado, en la increáulidad para con
Dios
mismo. «si no hubiera yo venido ui les hubiera hablado,
,o-tendrÍan- pecado, mas ahora no tienen excusa de su
pe-
cado.» Hubieran podido, en efecbo, no ser absoluta-"otu
responsables, porque vivían en ra ignorancia; en adelante
no podrá invocarse este pretexto, porqou les ha sido
au-
ténbicamente anunciadu y probada i, ,rLrd*d. La eviden_
cia de la manifestación *"Ãiári.a, qtie se imponía por
el
milaglo, h_a puesto á Dios en iuego, y toclo inerédulo ante
el Evangelio se ha convertido en io.rddrlo ante Dios mis-
mo. «EI que me aborrece también abor.rece á mi padre.
si
no hubiese hecho entre ellos obr.as, que ninguno otro
ha
hecho, no tend.rÍan pecado; ah_o.a y, hÁ han visto, y
mo aborrecen á, mí y áu mi padre.
-1.
_Mas úr, que se cumpra
lapalabra que está escrita en su reyr
eoe mo han aborre-
cido de grado (2).))
. He a_quÍ, pues, la malieia del mundo, enemigo de loe
apóstoles, enernigo de Jesucristo y enemigo du"Dio.. pe_
ro, por grande que sea esta malicia, no trriun fará,. x'rente
al alzamiento sacrílego de la increduliclad, habrá un in_
«rl nr lerbo nlpetv, quard,arr -no puede traducirse aquí por seguirrsino en
sentido irónico, por.que Jesús quiere-decir que t; p-r"d; de ellos no será mág
respetada y obedecida re la suya. El sentido
h,acer199 ver esta pala "ri,r.ãfàu
rri..*ããü;;;;,
eso ;omâmos el verbo rqpiv al
el sentido de guardar ó c ntu a atacarlo, como si fuese
roparqpe?v. Los Setenta (r
XX, iio u-pt""; .;;.t"-;;-
mo sentido.
, confe-
el furor
lejos, y
srael.
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282 IIONSEüOR LE OÀMUS
menso é irresistible testimonio de la fe que derribará á"
los malos. (Pero cuando viniere eI Consolador que yo og
enviaré del Paclre, el Espíritu de verdad, que procede del
Padre, Él dará testimonio de mí, y vosotros daréis testi-
monio, porque estáis conmigo desde el principio.? El Espí-
ritu está, po"., en eI Padõ, como eI Hiio, desde toda la
eternidaa; y era que Éste ha salido de
nf por lu" él saldrá por su efusión. Et
Hiio lo enví había sido enviado P9t +
prâr", ,v d.e n en la eonsubstancialidad,
ha concluído legítimamente I
píritu Santo proeede del Hi
La ruz6n teológiea lo estable
cia. La noción teológiea que
demuestra al Pud.eãrrgei.d.ando desde tocla la eternirlarl
su Pensamiento 6 su Verbo; engendránd.olo, lo ama
con
atrlor infinito, y el mismo Yerbo se refiere naturalmente
al Padre, un amor
aho re las clos
i+1ual;
idea de
pri*"r*.
rocede lo
la tercera
*ir-o del Hiio que del Pad resultan-
te de los dos amores? EI Espíribrr es el lazo que une_ t1'
estreehamente al lliio .orno aI Padre, y que procede
de
ambos á, la yez, para unirlos en su infrnita persona'
lidad.
será testimonio autorizado y eloeuente. Su palabra
nf
resonará ante todo en el cotazón de los Apóstol"., 1
quie-
nes ilurninará y armará eon todas las fuerzas de
la ver-
dad. Mas Ét tã"drá también una voz exterior que trastor-
na,rá,el mundo, un soplo quo hará revivir
las naciones
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I
VIDÂ DE NUI.ISTBO SE§OB JEBUCBI§TO
AsÍ, aungue distintos, estos dos testimonios se confunCi-
rán en uno solo (1).
Fuertes en esta promesa que asegura su triunfo, no han
de descorazonarse ni abatirse jamás, suceda lo que suceda.
La última palabra será para Ia l,erdad y la virtud, y los
impÍos, á pesar de sus violencias, serán aplastados bajo eI
tesbimonio divino. (Esto os he dicho, para que no os es-
caudalieéis-observa Jesús.-Os echarán de las sinagogas,
y viene la hora en que cualquierà que os mate, pensará
que hace servicio á l)ios (2). Y os harán esto, porque no
conocieron ai Padre ni á mí.) Nada peor que el fanatisuro
religioso: es Ia pasión humana antorizá,ndose con Ia inspi-
ración divina. iQué desgracia imaginarse ser agradable
á Dios, rnatando á sus hermanos! Y, sin embargo, esta des-
gracia es posible, cuando no se posee Ia verdad ni la cari-
dad, es decir', cuando no se está bajo el rayo de ia luz ce-
lesüial. El ejemplo de Pablo es prueba de s|16 (a).
(Mas todo esto os he dicho para gu€, cuando viniere la
hora, os acordéis de ello, que yo os lo dije.)) Así, pue§, en
aquellos días de persecueión, no tendrán que creer que Je-
sús los abandonó á sus enemigos ni, con mayor razón, QUê
los hubiese engaflado. Después de Ia profecía tlel Maestro,
encontrarán en las pruebas que los esperan la razón mis-
ma de su fe, y en su fe el motivo de su constancia. (No os
dije estas cosas,(a) al prirrcipio, porque estaba eon vosotros.
(2) Estas palarbras corresponden á una máxima célebre del fanatism«r ju-
s sanguinem improborum,aequaiis est illi quisacrificium
Rabba, fol. 829). Verdad es que Moisés ( Enod,., XXXII,
levitas que mataron á los idólatras: «Consecrastis ma-
nus vestras.»
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I
UONSENOIi LE CÀUII8
Mas ahora voy á aquel que me envió.» Mientra. Él
".-
tuvo allí, Él mismo afrontó la tempestad, en nombre de
torlos, y los preservó de sus efectos. En adelante, no será
así, y los Apóstoles no deben ignorar que les aguardan
días malos.
(Pues bien-clijo volviendo de nuevo á su tranquiliza,-
dora promesa-ninguno de vosotros me pregunta: iÀ
dónde vas? (l) Y porque os he dicho estas eosa§, la tristeza
ha ocupado vuestro eora zón.D En vez de no ver más ({ue
las penas ó las pruebas, conviene tener presente la recc;rn-
pensa. Después de los dolores de la vida presente, hay al-
go más; àpor qué perderlo de vista? Esta perspectiva disi-
pa toda tristeza. Puesto que la etuz tiene dos caras, âpor
gué detenerse á no mirar sino una, la que rompe el cora'
zón, y olvidar la que consuela? Jesús, pues, les recuerda
que va á la gloria de su Padre.
(Mas yo os digo la.verdad: os conviene á vosotros que
yo me vaya, porque sl no me fuere, no vendrá á vosot'ros
oI Consolador; mas si mefuere, os Io enviaré.) f[emosvis-
to más arriba cuál era el sentitlo de estas palabras, y por
qué Ia partida de Jesírs debía preparar la llegada del Es-
píritu Santo. La reconeiliaeión de los hombres con Dios
estaba subordinada á la expiaeión del Calvario. Ahora
bien, el Espíritu no porlía ir á los que vivían en elpecado.
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VIDÀ DE NUESTBO SEfrOB JE§IICRIETO
(r),
He aquÍ por qué, según Ia doctrina de San Pablo
(Jesús debió hacerse maldición por nosotros, p&Ía obtener-
nos el Espíritu Santo.) Lógicamente, antes de adornar al'
go, lo purificamos; pues bien, no habÍa purificación posible
antes de la muerte del Redentor. Este debe, pue§, interve-
nir como causa primera, y la venida rlel Espíritu sigue, co-
mo el fruto procede naturalmente del grano del trigo
muerto para darle la vida. Elistóricamente hablando, sólo
después de su Pasión y su Resurrección, dice Jesús á los
Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo.»
Obtenido al precio de un sacrificio tan duro, el Espíritu
resarcirá al Salvador de sus humillaciones eon la demos-
traeión de su divinidad y la eonsagración de su triunfo en
La tierra. «Y cuando Él ,rioi.re, argüirá al mundo de Pa'
cado, y de justicia, y do juicio.) Y explica al puntoel sen-
tido y el alcance de esta victoria: (Del pecado ciertamen-
te, porque no han creído en mí; y de la justicia, Porque
voy al Padre y ya no me veréis; y del juicio, porque el
príneipe de este mundo eB ya juzgado.) La aeeión del Es-
píritu consistir'á en convencer á los hombres del pecado del
mtrndo, de Ia justicia de Jesucristo y del juicio de Sata-
nás. En términos análogo§ (2), había pintado Jesús el re-
eulüado de su muerte en la ervz. AquÍ se apliea á' dar á'
ontender que, si su papel es el de alcanzar el triunfo, la
aceión del Espíritu será haeer ver 'á, todos el triunfo al-
canzado.
EI peeado del mundo está en su ineredulidad, la cual,
después de las obras de Jesús, erà ya inexcusable, pero gue,
transformándose desdo el principio en odio homicida, lo se'
rá mucho más cuando haya maldecido y muerto al Cristo.
Condenar á muerte al Salvador y
crucifiear al Hifo de
quedarse con los tristes pensamientos de la prueba,sin inquietarse yapor
las alegrías de la recompen§a futura. Bl Seíor hubiera querido encontrar,
en aquella hora de dolorosa separación, menos abatimiento en sus almas, y
más vivo deseo de entrever lo de más allá de la tempestad que iba á es-
tallar.
(tl Oalat.,III, 13, la.
(3) Jtnn, XII, ar y ar.
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MON§EÍTOB LE CAMU§
Dios lno es el hecho más inaudito? EI Espíritu Santo,
por boca de los Apóstoles, lo reprochará Beveramente al
judaísmo, I, convenciéndole de su crimen, llegará más de
una voz á darle á entender la necesidad del arrepentimien-
6e (t). Existe, pues, una diÍ'erencia entre la acción que el
Espiritu intenta en el mundo y la intentada por Satanás.
EI mundo es convencido de su pecado, y Satanás lo es de su
juicio. El pecado no excluye definitivamente la penitencia
y la rehabilitaeión. El juicio consuma la desgracia. En la
serie de los siglos, los predicadores del Evangelio no ha-
rán otra cosa que servir de órgano al EspÍritu Santo, r.e-
prochando al mundo su iufidelidad y los vicios que son su
consecuencia inevitable.
La justicia de Jesús quedará establecida por su rosu,
rreceión (2). Los hombres le han condenado como culpable;
Dios le glorificaút, como justo; aquéllos Lo han matado, És-
te lo resucita rá; y , para que no haya la menor duda sobre
la rehabilitación, el cuerpo mismo de ia víctima será en-
tregado a" los verdugos. EI triunfo del Justo será, pues,
completo. Yolverá á su Padre, y, recibido en la divina
gloria, los hombres no le verán más. La humanidad, así
convencida de haber desconocido al Enviado del cielo, àse
moverá por fin á postrarse de hinojos ante Aquel á quien
habrá cruciflcado, .y adorar á Aquel á quien habrá malde-
cido? La aeción del Espíritu Santo la inducirá á, esta re-
tractación leal, y sobre todo, saludable.
En cuanto al príncipe de las tinieblas, el EspÍritu esta-
bleeerá que queda definitivamente juzgado. Satanás, heri-
do de impotencia en Bu malicia, derrotado al pie de la
crttz, derribado por su víctima, cuya resürrección no ha,
brá podido impedir, será definitivamente desposeído de su
tiránico poder. EI mundo no tendrá urás que abrir los ojoe
para comprobarlo. Es evidente que la querella del infierno
con Jesucristo habrá terminado, que la lucha habrá cou-
(l) Eecltos,II, as; y III, f9.
(2) Muehos han supuesto que podía tratarse igualmente aquí de le ju$i-
cia puesta por la muerte de Jesús al alcance de todos.
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I
VIDÂ D.E NUE§TBO SI)frOB Jü§UCBI§TO
cluído, I 9ue, por una aentencia sin apelación, el ma.Io ha-
brá eido declarado vencido.
Mientras que Él de esta suerte al mundo, el
"oo.,encerá
Espíritu Santo inst ruirá á los fieles y completará la obra
cioctrinal del Salvador. «Aun tengo otras muchas cosas que
deciros, mas por ahora no podéis comprenderlas-aflade el
Maestro.-Cuando, empero, venga el Espíritu de verdad,
él os ensef,ará todas las verdades; pues no hablará de su-
yo, sino que dirá todas las eosas que habrá oído, y os pro-
nunciará las venideras.)) Al modo que Moisés, en el mo-
'mento de dejar al pueblo de fsrael, le consolaba designan-
do á Josué como su nuevo guía (1), así Jesús declara á"
sus fieles que el Espíritu los introducirá en el corazón de
la vcrdad religiosa. Sin duda que Éi *i.-o les ha distri-
buído las ensefianzas que eran capaces de entender, los ha
saeado de Egipto y del desierto, arrancárrclolos «le la escla-
vitud y las incertidumbres del error; les ha asegurado
también la posesión de la tiema prometida; pero no entra-
rán en ella plenamente, sino por el Espíritu Santo. A És-
te le incumbe abrir sus inteligeucias, hacer que nazca la
ciencia religiosa, cuyos gérmenes poseen, y multipliear sus
virtudes, Bajo su infl.uencia, el dogma eristiano y la moratr
serán enteramente promulgados, enseflados y aceptados.
Por É1, la nueva.oói"dud recibirá su regla dsfe, sirr sufrir
jamás las influencias del error y de las pasiones huma.nas.
Él guiará Ia Iglesia en las dedúcciones que deberán sacar.-
se de las enseflanzas del Maestro, y constituirá su infali-
bilidad. Como Jesucristo instruyendo á los hombres er&
simplemente el eco fiel, el que llevaba la voz del Padre, así
el Espíritu será el que lleve la vozdel Padre y del Hijo. Yi-
ve en ellos,puesto que, proeedente del uno y del otro, es el
nudo de la vida divina; ipodría, pues, tener un lenguaie
distinto del de Dios? No enseflará solamente lo que es, sino
también lo que será; inspirará á los doctores y á los profe-
tas. Á aquéllos les revelará la ciencia de la religión quô
(l) Deuter., XXXI, 23.
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UONBE OB LE CAUIIB
deberán defonder, á éstos los secretos do lo por venir que
deberán anunciar. Sabido es el papel que los profetas des-
empeflaron en la Iglesia primitiva. El de los doctores no
ha cesado jamás en el transeurso de las edades. Así el Es-
píritu Santo glorifieaút, al Hiio, terminando su obra.
(El me glorificará-prosigue Jesús,-porgue recibiráu de
lo mío, y os lo anunciará,. Todo lo que tiene el Padre, es
mío. Por eso he dicho que recibirá de lo mÍo, y os lo anun-
ciará.» El Padre tiene desde un principio la verdad en sí;
mas el Hüo, que es su pensamiento, la posee igualmente,
y la refleia toda entera. Por otra parte, el Espíritu, que es
el amor del Padre y del Hijo, participa también de esta
verdad, y la posee eternamente del Padre y del Hiio {t).
. EI diseurso parece interrumpirse aquí. Jesús, eu el mo-
mento de abandonar la terraza, donde probablemente se
había detenido, vuelve de nuevo á, la inquietud primera
de la hora presente, y aflade estas palabras: (Dentro de
poco ya no me veréis; mas poco después, Dê volveréis á
ver, porque me voy al Padre.)) Baio esta forma paradófi-
ca, Ia afirmación del Maestro tendía á" despertar una Yez
más la curiosidad de los discípulos, y motivar una nuoYa
unto decisivo para su fe.
algunos de ellos dijéronse, en un
nder, puesto que cada uno, en aquel
momento, tomaba sus disposiciones Para Ponerse en mar-
cha: «iQué nos querrá decir con esto: Dentro de Poco no
mas e ofundo, Jesus Púede
?i'ji;
mbrad
'"1'J';"í"1'J,::tu";
El otro sentido es el
mejor.
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\IIDÀ DE IÍU]ISTRO §EfrOIT JE§UCII,ISTO
trasentido, y su vuelta del viaje al Padre tenía algo más
ininteligible aún. Do ahí las preguntas que se hacían á
media voz. Jesús, conociendo que deseaban interrogarle,
se adelantó, diciéndoles: (Yosotros osbáis tratando y pre-
guntándoos unos á otros por qué habré dicho: Dentro tle
poeo ya no me veréis; mas poco clespués me volveréis á
ver. En verdad, en verdad os digo que vosotros lloraréis
y genairéis, urientras el mundo se regociiará.) Esta e§ la
historia del día siguiente contada la víspera anterior'.
Cuando haya espirado en la crvz, Satanás, el mundo, los
príncipes de los sacerdotes, se regocijarán; los fieles, los
diseípulos, los amigos, se afligirán y llorarán; aquéllos
eantarán su victoria, éstos lamentarán su aparente de-
rrota.
Sin embargo, esta inquietud de los A póstoles eesat'á
bien pronto. (Os contristaréis-prosigue Jesús,-pero
vuestra tristeza se eonvertirá en gozo. La mujer en los
dolores del parto, está poseÍda de tristeza, porque le vino
su hora; mas una vez que ha dado á,luz un infante, ya no
se acuerda de su angustia con el gozo de haber dado un
hombre al mundo. Así vosotros á la verdad padecéis tris-
teza, pero yo volveré á, visitaros, y vuestro corazón se ba-
flará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo.D Más de
una vez los Profetas habíanse servido, para pintar una vi-
va angustia (1), de la imagen de la mujer que da á,}uz á un
hiio; Jesús se sirve aquí de la misma imagen para significar
principalmenbe el tránsito rápido del extremo dolor á, la
más viva alegría, y hacer entender lo que había de conso-
lador en esta Írase: (Todavía Lln poco), destinada á indi-
ear la proximidad de Ia rehabilitación, como había indica-
do la proximidad del abatimiento. Se le ver'á súbitamento
anonadado y súbitamente glorificado. Si la mujer se ale-
gra diciendo que un hombro ha naeido, Ios discípulos so
alegrarán mucho más repitiendo que Jesús ha resucitado;
y su alegría, motivada por el triunfo del Maestro, será tan
duradera como este mismo triunfo.
(l) Miqu,eas, IY. 9, lo 1 f saía,srXVl 17 ; Jerern{as. IV, 31 1 O seasrXIII, t a.
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MONSENOR, LE CAMUS
(Entonces no habréis do preguntarmo cosa alguna.» El
gran hecho de la resurrección, y sobre todo, la venida de}
Espíritu Santo disiparán todas las dudas é infundirán
en sus almas la verdad con toda su evidencia. Pose-
yendo la verdad de Dios, dispondrán también de su poder;
y desde entonces, nada podrá retardar su victoria sobre el
mundo, ni turbar su satisfacción de Àpóstoles y de eon-
quistadores. (En verdad, en verdad os digo que cuauto
pidiereis aI Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta
ahora nada le habéis pedido en mi nombre; pedidle y re-
cibiréis, para que vuestro gozo sea completo.» Para pedir
efrcazmente en nombre de Jesús, ó mejor, para hacer que
Jesús pida en nombre de nosotros, €s preciso haber pues-
to ya á Jesús en nuestros corazones. Los Apóstoles no ha-
bían pedido aún nada en nombre de Jesús, porque no lle-
vaban todavÍa á Jesús viviente en sí misnros. Estaba re-
servado al gran prodigio de la Resurrección y á" la asom-
brosa manifestación de Pentecostés el perfeccionamiento-
de su fe que debía capaeitarlos para hablar en su nombre.
Se habla tanto mejor en nombre de alguien, cuanto más
unido se le está, no tanto por signos exteriores y conven-
cionales como por los pensamientos y el afecto. Ahora
bien, esta unión de corazón y de espíritu, en los Apósto--
les, debía ser el fruto de su fe probada en eI Calvario y
definitivamente realzada por las apariciones milagrosas
que seguirían á la Resurrección.
(Estas cosas os he dicho usando de parábolas, pero va
llegando el tiempo en que ya no os hablaré con parábolas,
sino que abiertameuto os anunciaré las cosas del Padre.»
El lenguaje de Jesús, aunque en sí era muy inteligible,
quedaba oscuro y misterioso para los Àpóstoles. Era como
una parábola cuya transparente onvolüura no sabían pe'
netrar. Será necesaria toda una revolución para abrir sus.
ojos cegados, y esta revolución se verificará después de la
Resurrección. Solamente entonces deberá Jesús llamar su
atención sobre los textos de la Escritura, para hacerles ver
su eumplimiento y revelarles así Ia admirable econornía
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VIDÀ DE NIIESTRO SE§OR, JESUC.RISTO 241
de la nueva religión. A esto llama hablar abiertamente del
Padre, como si, detrás de este nombre del Padre, se abri-
gase todo el coniunto de esta religión.
La ciencia, no menos que el pocler, les será, pues, plena-
mente eomunicada por la oraeión. Esto es lo que dice, ba-
jo una forma un poco «liferente y con una acentuaeión
más viva, repitieqdo las palabras que preeeden: «Entonees
le pediréis en mi nombro, y no os digo que yo intercederé
con mi Padre por vosoüros, siendo eierbo que el Padre os
ama, porque vosotros me habéis amado, y ereído que he
salido de Dios.» EI pensamiento de Jesús está aquí ineom-
pletamente exoresado: entiende significar que su interee-
sión, por más que se perpetúe án favor de los suyos, no les
será ya necesaria, porque ellos se recomend.arán, clesde
luego, por su fe perfecba, .y, sin neeesidad do las súplieas
de srr l{iio, atenclerá el Padre á" los que ame como vivas
imágenes de este H,jo. EI objeto del Maestro es dar la más
elevada itlea del mérito ,lel alma que se adhiere á su divi-
ni«lad por un aeto de fe sin reserva.
«Salí del Padre-diee, preeisa ndo una vez más cuáI
debe ser el objeto primero de esta fe,--:salí del Padre, y vi-
ne al mundo; ahora deio al mundo; y otra yez .voy al Pa-
dre.) Estas cuabro proposiciones resumen toda la religión
eristiana. El llijo sale del Padre y no de la nada, eomo
una simple criatura; por consiguiente, es Dios. Sale del
Padre por una misericordia infinita, pues deja la gloria
eterna pàra haeerse hombre, y por su pasión restaurar á la
humanidad. Ile aquí las dos prirneras fases de su vida. El
contrapeso de estas dos proposiciones está en las dos res-
tantes. Jesús se eleva de la tierra eon la naturalezahn-
man& de que se ha revestido, y entra en el seno del Padre
que había dejado, llevándose consigo su conquista, á la
que glorifica «leificándola. IJna frase de San Agusbín resu-
mo estas admirables transÍormacicnes: Deus factus est ho-
,rno, ut homo
fi,eret Deus. He aquí el. eompendio de la fe
cristiana.
' Admirados losApóstoles por este resumen claro y sucinbo
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242 MONSÚNOR LIC CÀMU§
del pasado de Jesús y de su pol'venir, sorprendidos igual-
mente de verle adivinar sus más secretas inquietudes,so po-
nen de acuerdo para formular una profesión de fe que será
como su última palabra sobre el Maestro, así como el home-
naie al poder de su palabra: (Ahora sí que hablas claro-
exclaman,-y no en proverbios. Ahora conocemos que Tú
lo sabes todo, y no has menester que nad.ie te haga pre-
gunbas; por esbo creemos que TÚ sar,rsrr DEL sENo DE
Dros.) Esto equivalía á deeir que, para eilos, Jesús era el
Crisüo, el Hijo del Dios vivo. Era la antigua proÍesión de fe
de Pedro, convertida en profesión de todos, en 1o que se
resumía, con una nibideztanto más significativa cuanto más
lentamente producida, eI pensamicnto del Colegio Apostó-
lico sobre Ia persona de Jesús. EI Maestro quiso que este
homenaje brotase de los labios de los Àpóstoles antes de
su defeeción, y hace eonstar que le ha sido diÍicil afran-
eársela, exclamando: (1Por fin cnnÉ1g(1).) La victoria le es
tanto más consoladora cuanto ha sido más laboriosa. Se
Íelicita de no sentir en torno de Ét sino corazones que la-
ten al unísono del §uyo. Pronto dará, so.lemnemente por
ello gracias al Eberno Padre.
Desde esto momento, el porvenir se presenta menos de-
Besperante. Si el miedo dispersa á sus amigos, una misma fe,
un mismo amor, podrán reunirlos: Este es el último consus-
lo quo quiere dejarles al declarar que comienzày^ el terri-
ble drama. Los malos arman ya áu sus soldados para pren-
derle: «Sabed-dice-que viene el tiempo, y ya llegó, en
que seréis esparcidos cada uno de vosotro§ Por su lado, y me
áejaréis solo; bien que no estoy solo, porque el Parlre está
Estas cosas os he dicho con eI fin de que halléis
"oo*igo.
que Yamos ó oir.
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l
VIDA DE NIIEBTBO SETOB JESUCBIETO 243
en mí la paz. En ol mundo tendréis grandes tribulaeiones;
pero üened confianza, yo he vencido al mundo.) Por tan-
to, cualquiera que Bee la cobardía de los soldados, el gens-
ral será vencedor, y los desertores, salvadoe y rehabilita-
dos por É1, podrán aún asoeiarse á eu victoria
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CAPÍTULO YIII
La oración de Jesús
La oración del Gran Sacerdote de Ia nueva Ley.-Reivindica la glorificeción
para sí y en interés de los suyos.-Oómo la ha merecido.-Pide Ia unión,
la santidad en la verdad, la consumación de su obra en la gloria pare aque-
llos que le han sido confiados. (úran, XY[).
Cuando el alma está sometida á una viva impresión de
tristeza y de amor, Be pone naturalmente en oraeión. Jesús,
.en aquel momento, no tuvo que hacer más que abrir sus la-
bios pará dejar salir la sriplica más herrnosa que haya jamás
subido al cielo. Es una página que no tiene igual en nue§-
tros Libros Santos. EI gran Saeerdote de la Ley nueva
nos muestra magníficamente, en su lenguaie sencillo y su-
,blime, cuán grande era la excelencia de soberano sacri'
'Íieador que iba á reivindicar eon eI preeio de su sangre.
Habla en alta Yoz, por APósto-
les sepan lo que todavía | á' mere'
cer por ellos. Es preciso e inicia-
dos en los lazos íntimos quo le unen al Padre, f c[ue aPren-
rlan á or&r eomo É1.
Levantados sus oios al eielo, diríase que su alma busea,
con aquella mirada, el rostro delPadre, y quo quiere hablar
más dã cerca á su miserieordia todopoderosa: (Padre, la ho-
ra es llegada; glorifiea á tu Hijo, para que tu H,jo te glori-
Íique á, ti. iLcaso no le has dado poder sobre el linaje hu-
mano, para que dé la vida eterna á todos los que has se-
flalado?» Esta hora es claramente la de su muerte' mas
como preparación inmediata de su gloria. Es indudable
que el Hijo pide que el Padre le sostenga en la lucha, Po-
,r.o sobre todo que haga glorioso 8u sepulcro. Si bien su ac-
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VIDÀ DT' NUEST.R,O SEÀSOR JESUCBISTO 245
titud paciente y magnánima debe glorificar al Padre, du.
rante la Pasión, es neeesario eoneeder mayor alcance á su
plegaria, pues prebende hablar eiertamente de su resurrec-
ción, de su reintegración en la gloria, y de la asoeiaeión
de Ia naturaleza humana á la beatitud divina. La conse.
cueneia de esta glorificación postrera será multiplicar su
poder de aeción en el mundo, al que levantará más fácil-
mente con su influeneia, y eonducirá con mayor seguri-
dad á la verde, d y á la virbud. lAeaso no entra esto en el
plan divino? 2Por ventura todo poder no ha sido eoneedi-
do al Hüo sobre toda carne, (á fin de reunir en É1 to-
das las eosas en Bu unidad suprema (l)))? Y áqué hace Je-
sús en su petieión sino conformarse eon los deseos del Pa-
dre? Pide la vida divina en la gloria, para honrar á este
Padre, asegurando á los hombres la vida eterna por la luz
.de la verdad. «La vida eterna-aflade-consiste en cono-
certe á ti, el solo verdadero Dios (z), y á Jesucristo, á quien
(t) Dfesios, I, Io.
_ (2) san agustín y muchos -otros Padres de la rglesia han creído que de-
bía leerse así esta frase del Salvador: «La vida eteina consisteuorecãoocer-
te á' tiy á Jesucristo, tu enviado, como el solo verdadero Dios: «ut te et quem
misisti Jesum Christum cognoscant soium verum Deum.» Así lo entienden
también San Ambrosio, San rrilario, Beda, Santo Tomás, etc. aunque sea
difícil combatir esta exposisión del texto, se prefiere comúnmentô hacer
frente á la objeciól dg- los arrianos y defeuder là traducción que nosotros
seguimos, porque de ella no se sigue en manera alguna que el pàdre sea lla
mado el solo aerd,ad,ero Dios, con exclusión de Jesúcristô. Se observa de or-
dinario, y esta respuesta sería suficiente, que el Padre es llamado el,soloaer-
d'ad,ero D_í,os por relación á las falsas.divinidadgs del paganismo y no por re-
lación á Jesucristo, que, en este pasaje, es consideradô mejor.op1t Meàiador
I
que como l)ios. Pero en el fondo, se puede aceptar la afirmación en toda su
el solo oerdad,ero Dios,la prerroga-
re_ado-, ni engendrado, mienirr* q-r"
x*dl*I#-t?i':3.ir,t?,'il:{":*:indrada'vraotraprocedentesiendo
mos dicho en otra parte, al exponer
Padres de la Iglesia. Son igualmente
Padre, en tanto Io es en cuanto tiene
deben concebirse necesariamente uni
tu. Sin embargo, la fuen
mente, en el Padre, y de
.á las otras dos personas.
16 T, III
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246 MON§-EFOIi I/E CAMU§
Tú enviaste(1).» Por tanto, al pedir para sí mismo la vida
en la gloria, y al prepararla para los demás, su deseo e8
qr" Padre ."* to.,oeido. Los hombres no conoeerán á
"l
Dios allá arriba sino en cttanto Io han eonocido aquí bajo.
El cielo no es más que la vida religiosa de la tierra trans-
aquellos á quienes se han eomplaeido los hombres en lla-
-àr, según Ia frase de San Pablo dioses en el cieio y en
(2),
la tierrà, y por oposición á todos los seres que, no sien-
ar Ia vida eterna, es igualmente necesario conocerle á
oerd,ad,ero Dios; y San Juan, en su 1." Epístolar-Y, 20,
á este pasaje, dôspués de haber dicho qu9 eI Padre es-el
uerdad,ero Dios d, quien hay q"á gracias á,lu d,iscreción particwlar
"or*rir,
que el Hijo nos hi d,ad,o, dóclãra qlure este tterdnd,ero Hiio d'el Pad,re es elaer-
il,ad,ero Dios y la ttid,a eterna (x).
(*) Creeúos que, en eI terreno gramatical, la frase d.e la Vulgata, lite-
raüente traduciãa del griego: (Ut cognoscant te, solum Deum verum, et
quem misisti Jesum Christum,» pod_ría difícilmente reducirse á la construc-
ción latioa ind.icada por el autor.-Santo Tomás (Swmnru Theo!', -pars pri-
*rlq.:lf, art.4),después d.e explicar eI múltiple sentido de la locución:
§orui poitr est'beus,d.e la cual ádvierte que «non est extend'enda, sed pià
;;p;;;"d" sicubi iníeniatur in authenticÀ scriptura_,» escribe, áuerum", propósito
noÍt
dei texto de San Juan: «Cum d.icit Dominus: Úe solum Dewm'
Patris, sed de toba Trinitate; ut Augustinus exponit
. 9). Y;l si intelligatur de personà Patris, non exclu-
prãpter essentiaõ unitatóm: prout lY solut-.exc\dit
tantum aliud,,ut dictum est lin corp. art).» vigouroux, La, S. Bible Pol.,
.ã*"rt"elEvangelio en estos'términ-os: «Il ne faut pas méconnaitre le vrai
Dieu, us-Christ, comme
(1) a á sí mismo el n
porqu necesario saber a
unión Y humana, en la
Dios. Algunos han creído sospech-osa esta manera
íJ§rfrãor, y han acusado á Sãn Juan de haberse distraído dando al len-
des-
ouaie del Maestro oor forma absolutamente inadmisible. Este reproche
ilbl; absoluta de sentido crítico, pc,rque, en realidad de ver-
"", "*".ia lan .Tuan none en boca dà Jesús convienen perfectísi-
pronunciada en esta ocasión-; Pues
conduce al Padre, al Mediador, al
lenguaje quiere evidenciar estos
DioJ y un solo verdadero Mesías-
(2) f Cor.,VIII, r.
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VIDA DE NUE§TiiO SDÉOB, JE§UCRISTO 247
do É1. resultan, á su lado, ilusión, humo y mentira. Su
culto sin mezela constituirá su gloria, no menos que eI
mér'ito de sus adoradores. En euanto á Jesús mismo, debe
ser conocido como su Padre, pero menos como verdade-
Di-os que como cristo y Mediador. El hombre no pue-
1o
de salvarse sino uniéndose á Él para entrar en Ia vida so-
b.enaturai. Ahora bien, para unírsele, es preeiso conocer y
amar.
(Yc. por mí te he glorificado en la tierra-prosigue Je-
sús, con la sencillez del obrero divino que hace justicia á
su obra;--tengo acabaria la obra, cuya ejecución me eneo-
mendaste. ahora glorifícame Tú, 1oh Padre!, en ti mismo,
con aquella gloria que tuve yo en ti, antes que el mundo
fuese.) Ira cumplido fielmente su misión, como su concien-
cia lo certifiea: el Padre debe ahora recompensarle. Como
Yerbo, nada tiene que reclamar, porque Á, gloria y su
triunfo son eternos; pero, como hombre, pide Io que há me-
recido, esto es, la asociaeión de la naturaleza humana á la
gloria de la naturaleza divina. Supuesta la unión hipostá-
tiea,;podría ser de otra suerte? Jesús lo pide, sio e^bar-
go, eon humildad y amor, no por miedo de verse Ír,:strado
en'sus derechos, sino porquo siente particular satisfac-
ción en este aeto filial de subordinación y.de plegaria.
El resumen de su obra es flíeil de hacer. «pãdre_dice,
-yo separándolos deltumundo.
he manifestado nombre á los hombres que me has
dado Tuyos eran, y m; los diste,
y ellos han puesto por obra tu palabra. Ahora han conoci-
fo que todolo que me diste, viene de ti, porque yo les di
Ias pala-b_ras que tú me diste, y ellos las han y han
reconoeido verdaderamente que yo salí de ti, "".;b;áo,
y han ãreído
que tú er€s el que me has enviado.» Tal es la historia de
aquellos que le rodeaban y le oían orar. {.Inidos desde un
prineipio á Dios por la rectitud de su co,-azón, estos ver-
daderos y puros israelitas han sido desligados del munclo
q ue ponía trabas á su desenvolvimiento religioso. E[ padre,
á quie" pertenecían, no solamente como eriaiuras suyas, si-
no también como servidores, según lenguaje de la lLy
-o-
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a
MONSEfrOR, I,E CÂMUB
saica, los ha cedido á su llfio Para haeer de ellos ias pri-
micias do la nueva religión. Jesús, abriéndoles los oios, les
ha hecho conocer, mediante una revelación progresiva y
paciente, el nombre, la imagen, la vida del Padre y eI ca-
,á"t.r especial del Mesías, que en lo sucesivo ya no les
pareeerá un conquistador temiblo ó un rey. poderoso^, sino
ão-o eI lazo de unión entre eI cielo y la tierra. A fuerza
de caridad, los ha dispuesto á reeibir y guardar las pala-
bras que les ha llevado del eielo, y paulatinamente han
Ilegado á, saludar aI Maestro como Mesías y verdadelo
Hií, de Dios. La profesión de fe colecbiva que ha1 hecho
poeo ha, es el resultado de este penoso trabajo. _Jesús se
,buotlora gustos o á,la dulce impresión que en elio ha ex'
perimentado.
Si otros encuentran que la mies es mediana después de
tantas fatigas, el Obrero div no, menos exigente, declara
que está sJisfecho. Es que su oio ve en_. este puf,ado de
úo*b.". la chispa que producirá el incendio, el ejército que
revolueionará ól -undo, los seflores de lo por venir. Con
una ternura tanto más intensa cuanto que son reducidos
on número para llevar á cabo ban grandes co§48, cúbrelos
con su soliciiud, porque amâmos sobre todo aquello 9üe,
habiendo costado mucho, mucho debo producir.
(Por ellos ruego-dice.-No ruego Por el tnundo, sino
por estos que m
pado el afecto
mentos que Puo
EI que suplica es el Mediado:
A-*do dei Prdre, y suplica por ellos, por eI rebaflo tan
caramente comprado, y que es la esperanza de lo por venir.
Si rogase por el mundo, por aquellos Quê, estando fuera
do su"influencia, no le pertenecen, su oración podría no ser
escuchada G); pero Él iotercecle por los gue §on §uyos
y
«Yo no ruego Por eI mun'
acta, Y estaría en evidente
declara que ha venido, no
necesario orar Por los ma-
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VIDÀ DE NUESTRO SENOB JESUCRTSTO
del Padre. âEs posible que no sea atendido? «Todas mie
cosas son tuya§, eomo las tuyas Eon mías, y en ellos he si-
do glorificado.» si el Padre, á ejemplo del Hüo, concede á
este earo rebaflito su amor y eu proteeción todopoderosa,
se seguirá que el Hijo po, *. fiejes en el uoirerJo entero
será glorifieado,y que la gloria de1 Hijo recaerá en el Pa.
dre. Lo que el Padre debe á los apóstoles, lo que debe á
su Hijo, lo que debe á sí mismo, he aquí el conjunto de los
nrotivos que el eorazón de Jesús encuentra y acumula, co-
mo al azar, para haeer aeeptable su oración. Todos ellos
deseansan en las relaciones divinas de un orden elevadí-
8rmo.
(Yo ya no estoy más en el mundo, pero éstos quedan
en el mundo; yo estoy de partida para ti. ;Oh Padre Sarr-
to!, guarda en tu nombre á, estos que me has dado, á fin
de que sean una misma cosa, eomo nosotros lo somos.) No
es suficiente que sean dignos de la protección del Padre,
tienen necesidad de esta proteeción. Jesús ya no estará
allí para defenderlos; va á" morir, /, €ntre su muerte y su
glorifieaeión, sobrevendrá el momento penoso en que el
rebaflo, si el Padre no lo soeorrie.", .orrãría pelig.o dL dis.
persarse. EI Padre, pues, deberá continuar * obra y
mantenerlos unidos en su nombre, hasta que clespués dâ
la Ascensión llegue Penteeostés y comienãe la *.ãió, d"l
Espíritu santo. Entonees, eomo Ài"-p.", nada se hará sin
la voluntad del Pad_re,
_quien así como ha dado el r{ijo
para salvar al mundo, dará el Espíritu Santo para santifi-
earlo; por lo que Jesús invoca con razón su bãnevolencia,
no pâra los apóstoles y por algún tiempo,
1ó_lo ,sino para
la rglesia entera y para siempre. srpuesto que Ia vida de
esta Iglesia depende enteramente dela unión de los rniem-
bros que la componen, su modelo debe ser la unión misma
de las tres Porsonas divinas; y como estas viven de un
a- -
ãH
por
I mis-
ffifâ
ad de
marchar por este camino.
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,UO^\Sf,:ÊOB LE CÂL1US
mismo pensamiento, de una misma voluntad y de un mis-
mo amor, deben también los fieles estar uuidos en la mis-
ma fe, la miema regla de costumbres y la misma caridad,
La sociedad cristiana, fuerte con este triple lazo, no teme-
ú, á, nadie, y triunfará de todo. Jesús lo sabe, y he aquí el
por qué de su plegaria. iQué dulzura y qué afecto en su
lenguajo! lCon qué ternura se dirige aI Padre Santo, á
guien honra con sus títulos más earos, como si quisiera,
halagándole, merecer eon mayor seguridad ser atendido!
Después, insistiendo con filial confian za, aíade: «Mien-
tras estaba yo con ellos, yo los defendía en tu nombre. He
guardado los que tú me diste, y ninguno de ellos se ha
perdido sino el hiio de perdición, eumpliéndose así la Es-
ãritura. Mas ahora vengo á" tí; y hablo esbo en el mundo
para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos.) Este es
óI potlter servicio que Jesús les presta en la tierra. Su vi-
gilante solicitud: eüo los ha preservado á todos, á excep-
ãia" de Judas, va á cesar de probegerlos. Sólo resta el
poder de Ia oraeión para, asistirlos, y en ella generosamen-
te se prodiga.
No basta á, sus deseos mantenerlos tales como gon; e§
neeesario además que el Padre consienba en santifiearlos y
que los preserve, no sóio contra la violeneia física del
Àurd.o, sino también contra su aeción moral. (Yo les he
comunicado tu doctrina, y eI mundo los ha aborrecido,
porque no son del mundo, así como yo tampoco soy del
mundo. ) EI Padre, debe, por lo tanto, estar interesado
en defender á aquellos á' quienes eI odio del mundo per-
sigue, precisamente porque han aeeptado la palabra del
Pá«l.e. (No te pido que los saques del mundo, sino que
los preserves del mal. Ellos ya no son del mundo,
ni yo tampoeo soy det mundo. Santifíealos en tu
"o-ó
verdad; io p"lrÉ.* es la verdad.» No puede desear Je-
sús llevárselos consigo fuera de este mundo, donde deben
quedarse para perpetuar su doctrina y su obra. No quie'
1€ apartarlos del campo de batalla, donde han de lu-
char y vencer, pero pide que no sean heridos y que, vi-
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VIDA DE NU.T'SI}IO §EfOR, JESUCBISI'O 25L
viendo en medio del rnal para destruirlo, no se resientan
de su influjo. Por esto pide al Padre que los fortifique rnás
y más en la virtud, y los afiance en la justicia, asegurán-
dolos en su verdad. Generalmente el mal no entra en eI
corazón hasta que el error ó la ilusión Lran penetrado en
la cabeza. Por esto pide el Salvador que el Padre conti-
núe asistiéndolos con su palabra para impedir que el ene-
rnigo los engaflu y los seduzca.
Su voeación hace todavía más necesaria su virtud. Para
que los Âpóstoles puedan contribuir á" la justifieación
de los demás, deben mantenerse en Ia lusticia. «AsÍ
como tú me has enviado al mundo, así yo' los he enJiado
también á ellos al mundo; y yo por amor de ellos me san-
tifico á mÍ mismo, con el fin de que ellos sean santificados
en la verdacl.» El Padre ha sido eonstante modelo y fuen-
te de vi<ia espiritual cou relación aI Hijo á quien envió á
Ia llumanidad; el Hifo desea estar siempre en la misma
relación con aquellos á quienes á su vez ha enviado. Jesús
se santifiea: es decir, Iucha contra las flaqu ezal de la na-
turaleza humana de que se ha revestido, inmola en sí
aquello que quisiera evitar el sacrificio, en una palabra,
continúa, desde su más tierna infaucia, su progreso (1) en
Ia sabiduría y l, virtud, para ser el nrodelo cle sus Após-
toles. Se santifica también, y este es quizás el sentido más
profundo y verdadero de esta palabra, ofreciéndose
como víctima por ellos. En eÍ'ecto, la víetima, según el
Ienguaie de los judíos, r'esultaba santa por el solo hecho
de que, separada de todo uso profano, era reservada para
el sacrificio, como si Dios, á quien se la destinaba, la hu-
biese cubierto desde luego con su propia santidad, en se-
flaI de su aceptación.
(l) Este pasaje nos recuerda las palabras de Luca,s, II, 40 y 52: EI nifro
erecía, etc...» (*)
(*) Yéase volumen primero, p. 247. Santo Tomás ( Swnma Theol., paw
tertia, q. 7, art. l2): «In eo (in Christo) non potuit esse gratiae augmentum,
sicut nec in aliis beatis... Proficiebat sapientiâet gratià, sicutetaetate,quia
secundum processum aetatis perfectiora opera faciebat ut se verum homi-
riem demonstraret.-N. del T.
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2i,2 MONSEÂ1OB LE CÀMUS
(Pero no ruego solarnente por estos-aflade Jesús,-
sino también por los que han de creer en mí por la pala-
bra de ellos. ) La palabra de los Apóstoles, primeramente
hablada, y después eserita, narrando las obras del Maes'
tro, ó sacando las deducciones dogmáticas y morales de
sus enseflanzas, hará germinar Ia fe en el mundo y agru-
paút" bajo un mismo pensamiento y bajo utra misma ley á
los miembros de la nueva sociedad.
«3Qué todos sean una misma cosa!» La fuerza de cohe-
sión tiene importancia decisiva en la Iglesia para resistir
á todos los peligros y suplir Ia presencia visible de Jesu-
cristô. El reiuo que se divide abre sus puertas al enemigo-
No sería, sin embargo, suficiente estar reunidos en un
solo cuerpo, si, por una unión superior, este mismo cuerpo
no recibiese Ia vida del centro que debe distribuirla. Este
centro es Dios, eon quien Jesucristo une su Iglesia. (Co-
mo tú, oh Padre, estás en mí, y yo en ti, así sean ellos una
misma cosa en nosotros, para que crea el mundo que tú
me has enviado.) Nada más sorprendente, en el deeurso
de las edades, que esta perpetua unión cle Ia Iglesia con
Jesucristo, y, pot É1, con Dios. Es tan íntima, que Jesu-
cristo y Dios parecen vivir en Ia sociedad cristiana, como
en su manifesbación permanenbe (1).
(Yo les he dado la gloria que tú me diste, pâra que sean
una misma eosa, como 1o somos nosotros. Yo estoy en ellos
y tú estás en mí, á fin de que sean consumados en Ia uni-
dad, y el mundo eon ozea que tú me has enviado , y á ellos
los has amado, como á" mí me amaste.) Jeeírs desea que
sus discípulos sean una misma cosâ, no ya solamente en-
tre sí, sino prineipalmente con Dios. Graei as á, esta unión,
última perfeceión de la vida de aquéllos, participarán de
la gloria cuyo germen han recibido por Ia Enearnación.
(1) Este fenómeno de un orden trascendental no podía menos de iTo-Pre-
sionâr á los incrédulos de todos los tiempos, que han intentado suprimirlo, á
fin de eludir un argum to para ellos. No pudiel{o
lograrlo, han reconoóido ano divina en esta admirable
obra sobrehumana, si bi de besarla filialmente y ado-
rarla.
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VIDÀ DE NIIESTRO SEfrOR JESUCRISTO 2íB
El Padre deberá ratificar lo que eI Ilijo ha tan bien co-
menzado, y aeeptar á, los fieles como hifos de adopción,
hermanos de Jesucristo, y coherederos de su gloria. El
Maestro pide que este prodigio de la divina misericordia
empiece ya en esta vida, y que tenga luego su corona-
miento en la eternidad. ;Puede consentir en separarse de
los suyos? «iOh Padre!-aflade,-yo deseo que aquellos
que tú me has dado, estén conmigo allí mismo donde es-
toy, para que eontemplen mi gloria, cual tú me la hasda'
do. porque tú me amaste desde antes de Ia creaeión del
mundo.) Durante la vida presente, una flaqueza es suf,-
eiente para separar de la unión divina el alma que se de-
ja llevar al mal; en la eternidad, nada podrá romper la ea-
dena que ligará al cristiano eon Jesucristo, y l, gran ale-
gría del cieio ser'á ver Ia Iglesia triunfante, no formando
más que un corazón y un alma, aclamar perpetuamente á
su Rey vencedor, llevando ella sobre su frente un refleio
de Ia gloria divina qre Él ha conquistado. Esta será la úl-
tima palabra de la Encarnación: la Iglesia ligada con Je-
sueristo como los soldados con su jefe; Jesueristo unido á
Dios eomo el lItjo cor su Prr,dre; finalmente, la creación
eondueida de nuevo con toda felicidad al Creador como á'
su punto de parbida (1). Al propio tiempo, la santidad y
los atributos divinos que irradian sobre Jesueristo pasa-
rán, por una comunicaeión maravillosa, de la eabeza á los
miembros, y la humanidad, por un prodigio del amor del
Padre, dentro de uhos límites que no es fáeil sef,alar, se en-
eontrará asociada á la vida divina.
Indudablemente, esto es mucho pedir. Jesús supliea que
la misericordia del Padre ayude su buena voluntad, sin
admitir. con todo, que la justieia pueda sufrir detrimento
alguno, antes bien entiende que ésta no tiene más que'
saneionar un favor tan inaudito. «Oh Padre justo, el mun-
(1) Tal es la admirable realización del progralna resumido por San Pablo
y del cual hemos hablado más arriba. «Recapitular todas las cosas (waxe6a-
\aultoanlat) en Cristo. Somos de Cristo, y Cristo es de Dios.» Dfesiosrl,l0;
f Cor.,flf, z, 3.
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MONBENOE LE CAMU§
'do no te ha conocido; yo sí que te he conocido, y estos han
conoeido que tú me has enviado.) IJnidos á Jesús Por la
fe, han entrado eu la participación de sus méritos, y tie-
nen derecho á su recompensa.
(Yo por mi parte les he dado y daré á conocer tu nom-
bre, á fin de que el amor con que me amaste, en ellos es-
té, y.yo en ellos.» Si la ciencia de los discípulos parecía
aún insuficiente al Padre, Jesús se obliga á" desarrollarla,
después de su resurrección, y sobre todo, en Pent'ecostés,
de suerte que Él pu.rrá totlo entero en ellos, Ilenando su
espíritu eon su doctrina, su voluntad eon su ley, su cora-
zón con su amor; en una palabra, animando la vida de ellos
con su propia vida. Converbidos asi en irnágenes vivas del
Hüo muy amado, no pueden menos que ser caros aI Pa-
dre.
Aquí termina la conmovedora plegaria. De pie entre
Dios y su pueblo, el PontÍfice había lanzado el grito del
suplicante. Restábale tan sólo ofrecer su sacrificio.
Arrancando vivamente á los suyos de la contemplación
€n que los habÍa sumido una súplica tan sublime y fiIial,
los arrastra fuera de la cas& impaciente de aeometer la do-
,lorosa prueba que sus enemigos Ie han preparado.
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SECCION II
Er, pxocrso DEL MrsÍls
CAPÍTULO PRIMERO
La angustia en Getsemaní
Entrada en el huerto.-La hora terrible.-El asalto de Satanás.--Turba-
ción, horror, fatiga en el alma de Jesús.-Súpliea primera.-Sudor de
saogre y agonía.- Sueflo de los Apóstoles.-Súplica segunda y tercera.-
El Angel consolador.-Yictoria final: Levantaos y vámonos. (Junn,
XY[I, l1 Mat., XXYL 30, 86-46; Marc.,XIY, 26, 82-42; Lwe., XXÍI"
39-46).
Serían poco más ó menos las diez de la noche (l). Àtra-
vesando las ya desiertas calles de la ciudad, bajaron al
valle del Cedrón (2) en dirección al monte del Olivar. Se-
guían, pues, el eamino de Betaniai pero aquella noche Je-
sús no debía reunirse con sus amigos.
El grupo apostóIico, después de atravesar el torrente,
(l) La cena había debido de comenzar á eso de las siete, y teniendo en
cuenta los incidentes y las conversaciones que, durante la misma, habían te-
nido lugar, creemos que había muy bien durado tres horas.
(2) Las lecciones varían entre rôwKéôg'tv, roi K:eõpv, roi Keigiv.Estaúltima
es la mejor. Josefo ( Anú., VlI, t, 5), la apoya, si bien no considera á E.eõglv
como indeclinable, pues dice:'o Xstpaiios Keôpôros. Los Setenta traducen
Nahal Qid,rm ( f I Reyes, XV, %; IfI Reyes,III, :r7) por ô 7eíl,r,t'ios Ké6po».
En tod.o caso. gería atribuir al autor del cuarto Evangelio una singular equi-
vocación el querer hacerle decir: el Toruente d,el Cedro ó d,e los Ced,ros. La
palabra Qi&ron en hebreo significa rugro. También los griegos tenían. co-
rrientes de aguas que llamaban MéÀos ( Eet"odoto, YIII, 58, etc.). Los torren-
tes no llevan sino aguas cenagosas, en un lecho abierto de ordinario profun-
damente. Aquí el nombre se derivaba de las gargantas sombrías del Uad,( qte,
apenas sensible en el norte de Jerusalén, alcanza 60 metros de profundidad
entre el área del Templo y el monte del Olivar y, dirigiéndose hacia el Mar
Muertq pasa junto á Marsaba, entre rocas abruptas de más de 150 metroe íle
altura. El Oedrón casi nunca lleva agua, salvo en tiempo de grandes lluvias.
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MONSEfrOR LE CAMUS
§e detuvo delante de un jardín llamado Getsemaní 6
Prensa d,e aceite (1). En el bosquecillo, probablemente cer-
eado, había una grania, mejor quizás una quinta (2), cuyo
propietario era tal vez amigo de Jesús; y aun muchos han
supuesto que esta haeienda perten ecía á" la familia de Lá-
zàro. Sea eomo sea, el Maestro no iba allí por yez prime-
ra, (sino que solía retirarse muchas veces allí con sus dis-
eípulos (3),»'eomo á un lugar de reunión. al salir de Jeru-
salén, antes de encaminarse á Ia aldea de Marta y de Ma:
ría. La previsión de que Judas condueiría á sus enemigos
á aquel sitio no le movió á modifiear el programa ordina-
rio de todas las noebes (a).
Jesús penetró en el recinto, y, habiendo invitado á los
Apóstoles á sentarse y esperarle eerca de Ia entrada, Qui-
zís en la misma casa, se internó en el Íondo del bosqueci-
llo eon Pedro, Santiago y Juan, parâ orar.
Comenzaba el terrible drama. La potente voz de Dios
interpelando en otro tiempo bajo la lujuriante enramada
del Edén al hombre caído: «Adán, Adán, idónde estás?,»
no había obteuiclo respuesta por espacio de cuatro mil
afios
Ningún hijo de la humanidad eaída había tenido vaior
suficiente para deeir: (Heme aquí;) sólo el hombre nuevo
debía quebrantar este largo silencio. En efecto, Jesús, dis-
puesto á pagar por todos, parece desafiar la eólera divina
exclamando: lUcce oen'io! iAclán espera á su juez!
Por esta resolución libre y generosa, entendía tomar so-
bre sí á ia humanidad toda entera haciéndose responsable
de sus erímenes, y hablar, obrar, expiar, eomo si Ét solo
fuese esta humanidad. Así, de una manera real, se eonsti-
(I) Esta palabra se deriva, efectivamente, de gath, prensa y schemen,
aceite.
(2) Puede deducirse del incidente del joven que, en .llarcosrxlY, 51, se
mezcla en la escenâ de la prisión en traie de noche. Por otra parte, Josefo
nos dice que en los alrededores de Jerusalén había muchas quintas de re-
( B. J., Y\ l, l, y Y, 3, 2.1
clleo.
(3) Juam, XY[I, z.
(4) Esto es lo que quiere decír Lucas, XXII, 392 secwnd,um, cansuetw-
d,hnrn.
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VIDA D.E NUESTIiO SEÍOR JESUCftISTO 267
tuía en nuevo Hombre que resumía, por substitución, en su
vida todas las vidas, en su corazón todos los corazones, y
€n su alma todas las almas. Pero 1cuán espantosa er.a
semejante aceptación! Decir al Padre: «iOlvida á, tu
Hiio, y no veas en mí más que la humanidad caída que
desea expiar sus seculares infidelidades, y á la cual bu
justicia debe castigar sin conrniseración!», era ofreeerse
á toda suerte de suplicios; porque ios crímenes) rle la hu-
manidad son, no solamente diversos, sino innurnerables.
Si cada uno de ellos reclarnaba urra reparaeión especial,
icuán terriblemenbe no herirían todos juntos ei cuerpo, el
corazór y ei alma de Aquel que se ofreeía á expiar"los cles-
de ei primero al úlbiuro! Tanto más cuanto, por duro que
fuese el trabajo, Jesús pa'a llevarlo á cabo, no debía esperar
el socorro de nadie. Solo, según la palabra del Profeta (1)-
tlebía entrar-en el lugar de la cólera divina.
Lo que aumentó sus sufrimientos fué una prueba tan
inüolerable para Él misüeriosa para oo.oiror. De re-
pente, su alma, Qüo,"o^o
por derecho y desde su nacimiento,
gozaba de la visión beatífiea, sufrió un extraflo eelipse.
Pareció que Dios, corno ocultándose, abando'aba al hombre
á sus propias fuerzas con desapiadada severidad, hasta
provocar aquel grito desgarrador que en lo alto de Ia qaz
le arrancarán sus exbrernados padecimientos: (Dios mío,
.àpor qué me has abanrionado?» ,Cómo compreuder este
prodigioso fenómeno, supuesto que la unión hipostática
es indisolublo? I{uestra mirada no penetra esta nube,
y nuestra curiosidad debe debenerse ante ]os proble-
<»-!*tas; LXrII,3. Merece notarse que el lugaren que se hailaba Je-
la Prensa. (*)
sús se llamaba
(+) En sentido literal, Isaías describe la victoria de Jehová sobre los
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25E MON§E§OTT fE CAMUS
mas de un orden tan trascendental. Nos hallamos en Pre-
sencia del misterio. Nada de cuanto pudiéramos decir,bas-
taría para explicarlo y correría peligro de comprometer su
armonía. Atengámonos firmeme rLte á los dos datos del pro-
blema, tan ineontestables el uno como eI otro, á saberr Que
la natur aleza divina, en Jesús, era inseparable de la natu-
raleza humanar ;l Que, por tanto, ésta ha sufrido la prueba,
ha luehadq ha padecido, eomo si estuviese separada de
aquélla. Es imposible, en efecto, imaginar una agonía más
dura y más real que la que hizo correr sudor de sangre G)-
El cuadro que los Sinópticos (2) nos han trazado del es-
tado de Jesús, en el momento en que se aleia de los discí-
pulos, es sorprendente. La humanidad del Seflor se ve allÍ
plenamente en toda su realidad y santidad. Un vago te-
rror pesa sobre Ét y le aplasta. Viene en seguida la fatiga,
y prorroca una profunda tristeza (3). Este esiremecimiento
de la naturale za entra de lleno en los fenómenos esencia-
les de la vida. Cuanto más pura y preservatla de pasiones
violentas es la humanidad, tanto más delicada y sensiblo
se muestra baio eI abrazo del dolor moral. Deiando de
contener su emoción, el Maestro exclama: (iMi alma está
triste hasta Ia muerte!»> Así pasaba muy bruscamente de
(1) r
humano
tada, me
misterio
Pan vida (YI.).
- de Los
«al dàs p.i*"ro. Sinó_pticos indican los diversos grados de.esta dra-
.Àtí", agonía ãn términos dolorosamente sugestivosz cantristari, paaerer'
taed,ere.
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VIDÂ DE NUÜSTa,O SEÍOB JESTICBISTO
aquella dulce paz que le había inspirado el último adiós
de la cena á una súbita agitaeión que trastornaba todo su
ser moral. ;Por ventura la roca, que de improviso so des-
prende del flanco de la montafla, no basta para enturbiar
la diafanidad de la fuente, agitándola hasta lo más pro-
fiindo? 2Acaso el huracán no levanta, de repente, las ôlu.
del océano y las arenas del desierto? Para oeultar á, los
tres discÍpulos privilegiados el espectáculo de su angustia,
el Maestro se separó algunos pasos. Diríase que, á pesar
de sentir eierto humano consuelo en su eompaf,ía, prófería
alejarse por temor de causa'les algún daflo. «Quedáos
aquí-les dijo,-velad conmigo, y orad , á fin de no sucum-
bir á la tentación.) Su pensamiento era, pues, asociarlos,
pero de leios, al gran acto de amor, de obediencia, de sa-
crificio que iba á cumplir. iAy! no debía encontrar en ellos,
á pesar de ser lo más eseogido dei Colegio Apostólico, sino.
á hombres medio dormidos y sin ningún verdadero senti-
miento de una situación tan solemne.
(Apartándose de ellos como la distancia de un tiro do.
piedra, hineadas las rodillas, oraba.) Esta actitud conve-
nía á,' la víctima que esperaba el golpe mortal, y analizaba
de antemano, como para saborearla, toda su violeneia. Si su
mirada profética no hubiese sondeado el abismo de los dc-
lores en que iba á sumergirse, Satanás se habría encargado
por sí solo de presentarle el sombrío y horrible .r"dro.
sabemos que el espíritu tentador, después de su primera
lueha infruetuosa, se había reservado el encontrar más
tarde la ocasión favorable (lj para un nuevo asalto. La ho_
ra presente todavÍa era suya (2), «Jesús suplieaba guê, si
ser pudiese, se alejase de él aquella hora (3).» Como Sata-
nás había estado en el desierto, estuvo también en Getse-
maní.
La tentación se dirige al corazón del hombre, ora por
(1). En- otra pa{ê hemos hecho not_ar- las palabras con que r.ntcasrry, lB,
termina el relato de la tentación: diabolus rácessit ab il,l,o, üsque ad, u;pus.
(2) Juan,XIY, B0,y Luaas, XXII, rA.
(3) -Varcos, XIY, 85.
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MON§EfOR LB CÀMUS
violentos deseos, ora por loeos terrores. Jesús que en otro
tiempo había sido insensible á, la codicia, ise deiaría ven-
cer ahora por el temor? Esto es lo que eI demonio, en me-
dio de sus luces mezcladas de tinieblas, podía preguntarse.
'Cuando quiere apoderarse de un hombre por el miedo, su
habilidad consiste en iufundir un vago terror en el alma,
repugnancias en el cotàzón, vacilación en la voluntad. Así
-cambia con frecuencia, en sentido inverso, nuegtras reso-
luciones, nuestras aspiraciones, uuestras eonvicciones me-
ior fundadas.
Á Jesús, püesto en Ia presencia de su Padre para tra-
'tar de nuestra redención, le representó prirneramentb, con
los más vivos colores, eI coniunto de sufrimientos físicos y
morales que sus enemigos le reservaban; después el beso
de Judas hasta la hiel mezclada con mirra y vinagre; en
seguida las grotescas escenas hasta la última desolación
de la ctuz, sin olvidar las sangrientas varas de la flagela-
ción y la corona de espinas; Iuego el orguilo ultraiante de
Caifás, el desprecio cínico de Ilerodes, la cobardía egoísta
de Pilato, hasta los insultos que resollaron sobre Ia roca
del calvario; nada quedó olvidado. Jesús sabÍa mejor que
él Io que debía haber de horrible en todo aquelio, )r, á me-
dida que precisaba Ia horrorosa repre§entación, su primer
movimiento cle terror se transformaba en un sentimiento
de estupor (1) que le deiaba inmóvil.
Al mismo tiempo, pârâ que el asalto fuese más Íormida-
ble, Satanás parecía echar en su alma, uno á uno, todos
'los crímenes de Ia humanidad, y querer aplastarle baio eI
peso de tantas infamias. EI Justo, mirando Bus manos,
ieíalas cubiertas con la sangre derramada por los homici-
das de todos Ios siglos. En su alma asombrada, resonaban,
como voces de impiedad y de blasfemia, gritos abominables
de la humanidad rebelada desde tantos siglos, la cual ahora
§e encerraba súbitamente un Él para hacerle responsable
de sus escandalosos desvaríos. Su corazón purísimo estre'
(1) Este es eI sentido de las palabras: coepit pa,aere-
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YIDA DE NUESTBO §EfrOB JESUCRISTO
rnecíase bajo el tumulüo cle las más violentas pasiones. Sin
duda guo, on su sanbuario más reeóndito, estaba máe que
nune& completamente unido eon Dios; pero una pesada
atmósfera malsana le rodeaba procurando invadirle. Su
inalüerable santidad rechazaba enérgicamente eI manto
odioso de erímenes que la malicia humana ponía sobre sus
hombros; Satanás se los remitía diciendo: «Si quieres la-
varlos, debes llevarlos (1).» Indignamente transformado
así, no debía merecer el Hiio más que los justos rigores de
su Padre. Et Mry amado resultaba ser el maldito. Cargar
con resporrsabilidad semejante, aeeptar la pena sin haber
cometido la falta, iqué caridad tan heroica!
Bajo el peso abrumador que reivindicaba, Jesús había
inclinado irrsensiblemente su eabeza hasta el suelo. De re-
pente el semblante enojaclo del Padre, al que acababa de
€ntrever, trastorna su alma. Ya no se eontiene, y, en-
derezándose, exclama: ((Padre, si es posible rz), y todas
las cosas te son posibles, aparta de mí este cálizi mas no
sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.) satanás no
tiene, pues, nacla que hacer aquí. Jesús trata de cerrar á so-
Ias con su Padre el espantoso trabo. iPor ventura la
iusti-
cia divina no puede suprimir nada de ün cá,liztan horroro-
samente amargo, de un eá,liz rebosante? ;Es el peeado una
injuria _tan grande, para que sea preciso e*piarlo eon tan
horrenda roparaeió,? Ha aeeptado desde largo tiempo la
muerte, y' nada podrÍa impedirle salvar el mundo; p.rà
ipo-
drá mo'ir llevando Ia maldición del padre? y, ein .*úà.-
go, es preeiso que sea así, porque si bien es el Cordero de
Dios,_que jamás conoció el peeado, se ofreee en lugar de los
pecadores; y precisamente por ruzón de esto ofráimiento,
Bu griüo_suplieante no ha penetrado en los cielos, y el
nombre dcl Padre, pronunciado con tanto amor, ha que-
dado sin virtud en sus labios. En realirlad, pice ior-
"oo
(l) Esto es el
ipse tulit;» de la
,peccatum ruundi
(2) Jesús acu
sibilidad inÍinita
17
T. III
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MONSE§OB I,E CÀMUS
tancia, poro sin querer violentar la voluntad de este Pa-
clre, la órrl esta vez no eoneuerda con la suya, sin gue ha-
ya, empero, on esta divergencia la menor sombra de im-
p"rfu..i.ln. EI Padre, con todo dereeho, no escuchando más
qo" r, justicia, quiere el sacrificio. Jesús, con todo dere'
eho también, oo más que su naturaleza huma-
"..o"hando
na, no lo quería. La naturaleza humana no ha sido crea«la
para el sufrimiento, yr, por instinto, lo techaza eon ener'
gi*. Si" esta ,"pognroãi" innata, la aceptación del dolor
io serí, iamás L,,- ,r"rificio. Cuando hay qu9 aceptar la
inmolacián, un grito espontáneo de la naturaleza dice ne-
cosariamente: iúl Este movimiento instintivo de la natu-
raleza puede lia.r.se voluntad: poro no es toda la volu'n-
tad, y oi *iqoi"r, una parte de la verdadera voluntad'
porqr" está subordinado á un mandamiento superior del
,t-, que ve el deber allí donde exigencias superiore_s -so
lo *uóstran. Este mandamiento superior es el que debe
imponer sileneio al grito, por otra parte legítimo,.de.la
ortoril" zai y él es qri"o á Iã primera parte de la súplica
de Jesús: «§i es pósible, que este eá,liz se aleie de mí»,
aflade la segunda, que la reduce á sus verdaderas propor-
ciones, suprl-iendo to,io conflicto: «Pero ante todo, Padre,
hágase tu voluntad Y no la mía.)
§e hu dicho qr" Salvador sufrió entonces todas las
"i
penas del infierno, salvo la desesperación. Lo que hay de
àiurto es que la emoción de su alma trastornó por comple-
to su ,.* ií.i"o. La sangre, vivamente saeudida, aeabó por
extravasarse, y se con el sudor abundanteque.hg-
"..rpó (1). EI combate resultaba cada
rreaba de todl su cuerpo
(t)
Hlt:
mosa
cido. El hecho ocurrió en Soreze, en
de lo moral sobre lo físico se produc
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YTD{ DE NUT:STRO SE§I,R JESUCRISTO 263
yez má,s violento. La carne, el alma, el espíritu, todo que-
rÍa evitar el doloroso spcrificio; solamente Ia voluntacl se
mantenia firme, y teniendo cogidas, por deeirlo así, las
tres írltimas, arrastr'ábalas, á pesar de ellas, á la inmola-
eión, conformándose eon lo que exigía el beneplácito del
Padre. En la vida de Jesús, nada hubo más g.ande que
esta lueha sobrehumana llamada eon razón sr.l agonía.'
Como Dara fortaleeerse con la vista cle aquellos á quie-
nes ama, y de quienes espera quizás una palabra'de
"f."-
to en metlio del coneierto espantoso de odios y cle furores
que le rodea,, el Maestro se levanta y -a,lch* en bus-
ca de los tres diseípulos á quienes invitó á orar y á velar
coo É1. Habíanse ãor-ido. Dirigiéndose eon acento de
tierno reproehe al rnás adicto de ellos, á pedro,
Que ha ju-
rado morir, si preciso fuera, y que ni siquier, eapaz'de
velar É1, (Simón, ití dueimes?-l; dice.-rd ", posi-
ble que "or,
no hayas podido velar una hora .oo*rigo?» Lo
cornprueba como con penosa sorpresa, mas es dolo.o.r-
mente cierto que todo le abandona, hasta sus más caros
a.miqos, p9r quienes había viviclo y por quienes va á mo-
rir. Su indifereneia, en hora tan solemne, presagiaba una
uróxima deserción. «Yelad y orad-afladio-pr-r, que no
caigáis en tentaeión.) No es bueno dormitar cuaodo huy
,
que tomar una determinación enérgica. Al adormecerse,
desaparece la elara visión de lo que el deber impone, y se
qur-d" una parte de la libertad necesaria para ãjecuta.lo.
En los graves aconteeimientos de la vida, ã. pr.ái.o tener
despiertos los sentidos y elevada el alma l, oraeió,.
"r, Estas
«EI espíritu está prol_tg, pero la earne es flaca.) pala-
bras insinúan la terrible prueba que Él experi-"o-
si
-is-o
los ojos de aquéllos, -.oó. eargados de srieflo, hu-
-t?br.
biesen, observado, al pálido reflejo de la luna, su Íaz au-
gusta, la hubiesen eneontrado transfiguracla, no ya en la
gloria, como sobre la montafla, sino uolt dolor. DL donde
"en otro tiempo había imadiad o la laz, brotaba ahora un
tenso en las naturalez-as delicadas y sensibles. Lucas, en calídad de médico
no podía menos de relatar este fenómt no.
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264 M(,NSEfrOR LE CAUUS
eudor de sangre. Razón tenía al decir que la carne es fla-
eà, y que so ãecesit, gran faerza de voluntad para eondu-
cirla á la muerte.
No eneontrando alivio en los Apósboles, á quienes deia
por segu rrda vez, de nuevo Jesús se dirige á Dios. Arrodí-
llase otra yez para explayar anlorosamente ante Ét su
alma ,ilesolada y sus más ardientes plegarias. Sus kígrimas
y su sangre baflan Y sa
.iglo. hâ. lAdmirable si
perdido á su Posteridad
para dar su verdadero senti-
a enbre eI eielo Y la tierra.
Aclán nos,había perdiclo alzando 8u cabeza eon orgullo,
nos
codicia y sensualidad, hacia el árbol prohil-rido; Jesús
salva con el rosüro pegado al suelo, en la hunrillación, ei
sufrimiento y la abàe[ación, baio el pacÍfrco olivo de Get-
semarrí.
Naclio pareco escuchar los reiterados elamores qYe exha-
la en .u dolor eI augustc suplican te. Lanza ettbonces un
segunrlo grito al cielã, si bien acenbuantlo más
vivamente
*úo,, .o ,"".ignación. Pareeo, en efecto, que
los rigo'es-del
.
Padre le han hecho mrís bímido. «Padre mío-dieo,-si
no
puede pasar esto cá,liz sin qrte.{o 19 bcba' hágase
üu vo-
iuot^,I(').» No, esbo no es posibte; he aquí por qrré, sobre
le
su eabeza, el cielo p..-",ró"u totlavía mudo. Satanás
ropl.esenta quizá. á., este momento Ia inutitidad de su sa-
erifrcio. Los hombres, por quiertes va á, morir, se
reirán de
su suf imienbo en torno *ir-o de su crttz' Sólo un redu-
ad.a entre lt primero súplica y la segun-
que este cáliz se aleje de mí; Pero
,'niín.»
La segundà vez exclarnó más
ecá
pia
tarl,
v,
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YIDA DE NUE§TRO SE§OB JESUCBISTO
cido número itá, á" agruparse y á orar bajo el árbol de Ia
vida. lYale la pena plantarlo con tantos dolores y re-
garlo además con su sangre? Y Jesús responde: (Moriré,
sin embargo, y mi Padre será glorificado y mis amigos se-
rán salvos.»
Se levanba de nuevo entonces para ir á, ver otra vez ú
los tres discípulos, esto earo núcleo de la íutura Iglesia.
Contemplarlos, aunque dormidos, le servirá de leni[ivo.
Pedro, Santiago y Juan dormían más profurrdamente quo
antes. Jamás se duerme mejor que de..pués de una viva
agitación moral. Las emociones de la tarde, Ia tristezao),
la hora avanzada de la noche habían corrtribuítlo á en-
torpecer sus párpados. Cuando el Maestro les habló, no
pudieron ya ni siquiera responder. Afligido por semejante
espectáculo, Jesús no iusistió más.
Retiróse á orar por últim a vez?). Había quizás una co-
rrespondencia reai entre esta triple plegaria y los senti-
mierrtos de pavor, de cansancio y cle tristeza gue, como
una triplo tentación, babían invadido su espír.itu. EI Pa-
dre, siempre inexorable y mudo, se ocultaba á las miradas
inquietas de la pobre Yíctima. Sin embargo, como esta
parecía enteramente anonadada, envió un ángel á fortale-
cerlo (3).
(3) En muchos
jand,rino, faltan es
San Epifanio, San
glosa del copisúa) en el episodio del ángel de Betsaida (vol. I, p. gõa). ob-
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266 MONSEfi'OR LE CÀMUS
El ángel deelaró que Jesús era verrcedor (l). En efecto, aI
lucha había terminado. Las últimas repugnaneias de la
naturaleza se habÍan desvanecido ante la iusticia celes-
tial gue permanecía inexorable. Jesús se levantó resuel'
tamente y volvió á juntarse con sus diseípulos, cubier'-
to todavía con las sef,ales de la sangrienta lucha, coruo
vuelve del combate el atleta venceclor'. «Dormid .va-les
dice cou acento de profunda eompasión-y descarrsad. Esto
ha terminado (2).» La transición del abatirniento aI valor
es tan pronta colno lo habÍa siclo la de la ealma á la angus-
levantaos.»
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VIDA DE NU.usT.Ro sENtIn JEsUcRIsTo
tia. Ela visto ú oído aI enemigo que se aproxima, y vuelve
en sí, no sin que las seflales de turbación y de emoción no
se dejen ver todavía en Ia rapidez cor que Bu alma y su pa-
labra pasan, como por sobresaltos, de uua advertencia ó de
una invitación á, otra, pero mostrando con evidencia que la
voluntad arrastra victoriosamente á, Ia víctima y que Ia
humanidad será rescatada. (La hora es llegada; y ved aquí
que el Hrjo del Hombre va á ser entregado en manos de
los pecadores. Levanbaos de aquí, y vamosi Que ya el trai-
dor está cerca.)
AI mismo tiempo, Jesús se dirigía hacia los demás Após-
toles que estaban á Ia entrada del jardín. Tenía prisa de
protegerlos contra el enemigo que llegaba.
Podía ser media noche (1).
(l)
De esta frase dé Jesús: «No habéis podido velar uru, tre1a senmigo),
sededuce que cada plegaria duró menos de una hora, yr por coneiguientg
que la agonía entera duró unas dos horas.
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CAPÍTULO II
Prisión de Jesús
El valle del Cedrón y Getsemaní.-Lo que Judas había hecho al salir del Ce'
nóculo.-La expedición organizada.-El beso del traidor.-La escen& con
los soldadotr <;Á quién buscáis?»-La espada en manos de Pedro y la oro'
ja de Melco.-Beproche á los príncipes de los sacerdotes.-Huída de los
Apóstoles.-Prisión de Jesús. ( ÀÍaú, XXYI, 47-16; trIarc., XIY, 43'62;
Luc., XXII, +7-ot; Ju,an, XY[I, 2-rl.)
El jardín de Getsemaní esbaba á' la izquierda del to.
rrento, en el sibio mismo por donde pasaba el camino que
iba á Betania. EI sitio está todavía hoy deberminado con
bastante exactitud por el pequeflo muro que han edifica-
do, en esbs lugar tradicional, los religiosos franciscanos.
En el pequef,o cercado, tocando por un lado la orilla elo-
vada del Cedrón, y escalando suavemente por el otro la
base del monte del Olivar, ocho árboles, muchas veceg
seeulares, levanban, como antiguas columnas tnedio trun'
cadas, sus troncos nudosos, de los que penden pesadas y
extensas ramas. Aun cuando fuese verclad que Tito, en la
época del sitio, destruyó alrededor de la ciudad todo ve§-
tigio de vegetación (1), no so ve claramente el por qué es-
tos ocho olivos no serían los renuevos de aquellos que, ta-
lados entonces por el ejércibo romano, habían abrigado ba-
jo su sombrío ramaie los misterios de la divina Agonía. Es
cosa sabida la asombrosa longevidad do esbe árbol. Las
lágrimas de los piadosos peregrinos que l9t riegan siglos
ha, parece asegurarles interminable vejez(zl.
Desde esüe lugar silencioso y solitario, era fácil oir y
aun ver un grupo armado que salía de Jerusalén. Bl valle
-«rl r J. Y. 8, 2.
(2) Y. Notre Toyage aun Payt bibliques, vol. f, p. 2õ3.
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YIDA DE NUE§TI'O Sɧ'OB JE§UCRISTO
del Ced rón, í media noche, está en calma, y el menor ruido
basüa para despertar los ecos. Contemplado á,laluzde una
hermosa luna liena, á principios de Abril, el paisaje encie-
rra siempre algo cle proÍundamente melancólico. Tanto si'
Judas y los suyos siguieron, para descender al valle, eI
camino que va desde el Templo, como el que desemboca en
el barranco por la Puerta de las Oveias, Jesús, desde el
fondo del bosquecillo, podía segrrir los movimientos de la
siniestra escuadra, provista de antorchas, y seflalando su.
paso por un reguero de luz páiida proyectada sobre las
grandes murallas de la ciudad. EI paso precipitado, el
silencio prudente de ia tropa, el choque de las at'maduras,
todo revelaba una expedición on regla y un go)pe de mano
seriamente organ izado.
Judas, en eÍbcto, habiendo salido furioso del Cenáculo,
había ido á, declarar á los prírrcipes de los sacerdotes que
esbaba dispuesto á cumplir sus compromisos. Esta vez,lu
ocasión parecía absolutamente propicia. Sabía donde en-
contrar á Jesús, y en aquella hora, estaba todo eI mundo
encerrado en su casa con su familia, tanto en Jerusalén,
como en los carnpamentos levantados en torno de la ciu-
dad; por lo tanto no había que temer un escándalo. Su pro-
posición pareció aeeptable, y sin pérdida de tiempo, los
jefes del Sanedrín, de prisa, reunieron sus ministriles, sue
selvidores, así como los guardianes del Tenoplo, y los arma-
ron de espadas y bastones. Después, ante la perspectiva
de un eonflicbo, siempre posible con los montaf,eses gali-
leos, cuyo valor no era un secreto para nadie, parece que
reclamaron, á fin de reforzar esta tropa mal arnrada y sin
disciplina, el auxilio de los soldados romanos (1). Esta de-
(l) Todo, efectivamente, en San Juan, induce á creer que una cohoúc
româna tomó parte en el arresto. La palabraooe?po, eüo emplea, se entiende,
en el §uevo Testamento, solamente desoldados romanos (Ma|.,XXYII, zZ;
Hechos, X, r; XXVII, r); además, el capitán recibe el nombre de 1rÀÍopxor, qlre
los griegos reservaban 1»ra los tribunos romanos ( Eechos., XXI 311 Ant.,
XlX, 2, B). Josef.o ( Ant., XX, 5, 3), nos dice que en las fiestas de Pascua lor
gobernadores euviaban una compaflía de soldados para montar laguardia en
la puerta del Templo, y prevenir cuaJquier motín. Observa además ( B. J.,
Y, ó, 8) que la forüaleza Antonia, apoyada en el muro septentrional del Tem-
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MON§UfrOE I,E CÀMUS
manda, dirigicla al procurador durante la noche, fué Ia que
.quizás llenó el espíritu de su mujer de'sueflos penososcon
respecto á Jesús. Pilato, llegado de Cesárea para cuidar
de la conservación del orden durante las tiestas de Pascua,
probablemente se alegró de demostrar aI Sanedrín su bue-
na voluntad, y coneedió un pequef,o destacamento con utr
'tribuno pala conducir Ia expedición.
Sea que ei cielo estuviese cubierto y el tiempo sombrío,
.á pesar de la luna llena (1), sea que se temiese haber de
perseguir a" Jesús á, través de las asperezas del terreno,
hasta en las tumbas abiertas en Ia vertientê occidental
del monte del Olivar, se proveyeron de antorchas y de lin
ternas. Para evitar todo error y distinguir bien á aquel á
quien se debía preuder', Judas había couvenido con sus
hombres uu signo partieular. «Ai gue yo besare, aquél es,
prendedle.» Se ha preguntado si los discípulos tenían.la
costumbre de besar al Maestro cuando se juntaban con El.
No es probable. En todo caso, hubiesen besado sus manos
'ó su pecho en seflal de respeto. Después de los últimos
incidentes del Cenáculo, parece qlre Jüdas, sobre todo, no
podía, sin otros preliminares, permibirse sémeiante farni-
liaridad. Aquí no se trata de un beso ordinario, sino guo,
,según todas las probabilidades, el desgraciado, afladiendo
al crimen una perversidad inaudita, había imaginado pre-
gentarse al Maestro, no ya como un amigo, sino como un
arrepentido. Sirnulando pedir su gracia, parecía cosa muy
natural echarse á su cuello y besarle con efusión. Debe
'eonvenirse en que nada podía ser más abominable que es'
ta transformación del beso, dulee signo de paz, en signo
de guer rà,, y la historia de la humanidacl no conoce trai'
plo, tenía escaleras oor las cuales subían y bajabau los soldados romanos
óncargados de guardar el orden. «De suerte-aflade,-que si el Templo era la
.ciudaãeladelaciudad,latorre Antonia era la ciudadela del Templo:custod,ia
enim, wrbis erat templum,, úempli Ántonia.D Este cuerpo de guardia es pro-
bablemente el que el Evangelista design& conel artículo, rilv ozreipar, porsêr
conocido de todos. En manera alguna entiende decir que toda la cohorte hu'
biese sido ouesta en movimiento.
(l) Á ti. diez de la noche, el ta de Nisán, la luna, por su posición' deja
en parte en la sombra el valle del Cedrón.
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VIDA DE NUE§TBO SENOR JESUCRI§TO 27L
"eión más negra que esta mordedura de serpiente, disimu-
lada de esta suerte bajo apariencias de ternura.
De ordinario los malos, una vez determinados aI crimen,
,no descuidan rrada para lograr su éxito. Por eso Judas ha'
bía recomendado á los soldados que rodeasen cuidadosa-
.mente á Jesús cuando le hubieseu cogido, y lo llevasen con
precaución. Ternía que el amor de los verdacleros discípu-
,los fuese más Íuerbe que su odio, y que su fidelidad toda-
vía prevaleciese sobre su traición.
Preparada cle esta suerte por Ia astucia y sostenida por la
íaerza pública, la expedición llegaba á Getsemaní en el mo-
mento en que Jesús acababa de iuntarse al grupo apostólico.
La escena tuvo lugar en Ia entrada del jardÍn(1).
Según San Lucas, e[ traidor precedía á la muchedum-
bre (2), y tal vez desde aiguna distanci a, á ftn de que ésta no
pareeiese hacer causa común con é1. En efecto. si Judas se
hubiese presentado con la multitud, la demostración afee-
tuosa que quer'Ía simular se hubiera hecho, no sólo extrafla,
sino poco menos que impracticable é inútil. Parecer eI jefe
de una tropa visiblemente hostil, y llegarse al Maestro pa-
ta a,brazarle, eran dos cosas incompatibles. La gente ar-
mada se quedó, puos, á distancia, tal vez detrás del seto ó
.muro del cereado, espiando Io que iba á suceder. Judas se
presentó solo. (Maesbro, Maestro-dijo, traicionando con
esta repetición Ia turbaeión cle su alma,-salve.) Y avan-
zando, se dispuso á besarle. Con una palabra quiso Jesús
.debenerle, y evitarle el horrible sacrilegio. (Amigo (a),
iá,
qué has venido aquí?»-le dijo. EI miserable ya no escu-
'chaba nada, sino que extendía sus brazos hacia la cabeza
.augusta del Salvador, como hacia la víctima que quería
ahogar. EI texto evangélise (+) parece insinuar que tuvo la
(t) Ju,a,n, XYIII, 4.
(2) Judas... anteced,eba,t eos, dice en el vers. 47.
(3) La palabra, éraipe, de que se sirve, supone una tierna familiaridad.
,( tVat., XX, t3; XXII, I2).
(4) La palabra entiende de un beso con ternura, con efu-
xareSl)rtloev se
sión. Leemos en Jenofonte, Mern.r IIr 6, 33: ós roüs p"b ro)\oüs St\fi0on6s yav,
roüs d d,yofloüs rordQÀrjoanos. Y. Tob., VII, 6; Ecli., XXIX, 5.
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MONSEfrOE LE CAMU§
impudencia de prolongar sü beso, como si Íuese todavía
un signo insuficiente de su amor y de su arrepentimiento-
Jesús, sujeüándole con su abrazo divino, Ie dijo una pala'
bra quo era el supremo llamamiento de la gracia. Se nece-
sitaLra ser Dios para hallar tanta mansedunrbre y ternura
en presencia de tanto odio é hipocresía. «ioh Judas! iCon
un beso enbregas al IIijo del hombre?>» Nada falbaba al re'
proche para hacerlo más punzante. Eu efecto, Jesús re-
cuerda al miserable quién es: Juda§, uno de los Doce, des^
de largo tiempo admitido en su inbimidad; á quién haco
traición: al Hijo del hornbre, que es al misrno tiempo Hijo
de Dios, al Mesías, á quien ha servido y honrado hasta es'
te momento, y cuyo reino va á comenzar; cómo le hace
traición: con un beso, la más odiosa perfidia.
.gro, su primer movimiento es diponerse á sostener la lu-
I
àhr, Jesús los contiene con una seãal. Después, inquietán-
dose por la vida de ellos, que no quiere exponer, se vuelve
hacia Ia mulbibud y hacia Judas, que se hacía confundido
con ella, y les dice: «;Á quién buscáis? A Jesús de Naza-
reb,))-respondiéronle los emisarios del Sanedrín, no at,re-
viéndose á decir valerosamente: <l1A ti!» y ponerse de este
modo en relación direcba con Ét.-No podían ya dudar do
que Jesús era el mismo que hablaba. «1Yo soy!»-diio
el Maestro, con aquel gesto y aquella miracla llenos de
maiestad que aterrorizarán á los condenados en eI día del
juicio.-Y esta frase: (Yo soy), los lrizo rebroceder y caer
por tierra. La historia conocía, en la vida de un Ma-
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YIDA DE NUESTRO BENOR, JESUCRISTO
rio ó de un Marco Àntonio (2), el poder de Ia majestad
(1)
humana imponiéndose á los verdugos; en este mismo libro,
hemos adrnirado la aeeión irresisbible de Jesús sobre los
profanadores del Templo; sin embarglo, nada iguala a[ rayo
que aquí consberna y pone en confusión á todos estos hom-
bres armados y prontos á, prenderle (3). Yerdaderamente,
no hay cosa que se comunique eon mayor rapidez que el
rniedo en una tropa vacilante y que se halla súl-,ibanrente
en presencia, no de una víctima, como pensaba, sino de
un enemigo que no Ia teme. Jutlas sobre todo, y los que
conocían á Jesús debieron temblar, hallando en su palabra
el aeento de auboridad con que la habían oíclo dominar
Ia vida y la muerte. Et prínicã de algunos soklados ha pa-
recido á muchos explicar sufieientemente la caída de todos
los demás; pero el pensamiento del Evangelista indica cla-
ramente que Jesús imprimió á, su respuesta una energía
sobrenatural capàz de anonadar á Ia cohorte entera, si Ét
no hubiese suavizado el eflecto. 2Era aeaso Ét menos po-
tente que Elías ó que Eliseo @? iLa palabra de su discípu-
lo no basbará, más tarde, para derribar á Ananías y darlo
la muertrs @? lNo es Bl qrrien había dicho: (Hizo mi boca
como una agutla espad, t0)!y EI solo alierrüo de su boea lno
tendrá un día, según San Pablo (7), el poder de desür'uir al
Aubicrisbo? Todavía hry àno vemos que su voz tiene en
iaque á los impíos y á, los perseguidores, cuantas veces,
por el órgano de la Iglesia-les dice: «Á quién buseáis?»
(l) Veleyo Patérculo, If, lg, 3.
(2) Valerio }láximo, VlII, g, 2.
(3) La fràse crufure in terram significa á veces prostrtarsé, pero la in-
terpretrción tlel autor es la verdadera. La irnponen el contexto y el carácter
especial del cuarto Evangelio. Jesús se entrega libre y espontánearnente:
Oblrtus est quia ipse voluit. Comentando San Jerónimo estas palabrar
(Is,r.lux, LttI, 7) escribe: (Poterat eos qui ad se missi fuerant declinarg
quibrrs occurrit intrepidus, et ultro se obtulit, dicens: quenr quaeritis? Qrri
rhrtim ceciderunt retrorsum; vocem eninr praesentis Dei ferre non poteranl»
del T.
-N.
(4) f V Reyes I, l0; TÍ, Z+;Y,27.
(5) Hechos, Y, Í>.
(6) fsaí,,r,s, XLIX,2.
<7) Il 'I'csu,l.,1I, 8.
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2i4 MONSENOR LE CAMU§
Y si aflade: (1Heme aquí!», los deseoneierta y tiemblan.
Cuando los soldados, repuestos de su estupor, se hubie-
ron levantado, Jesús, eon más dulzura, pero eon el visible
sentimiento de un triunfo que quería dejar sin resultados
personales, repitió: «iA quién buseáis?» Ellos respondie-
ron otra vez: KA Jesús l{azareno. Ya os he dicho que yo
soy,» respondió Jesús. Y saeando en seguida la conclusión
que desde un principio le había inquietado, dijo: (Ahora
bien, si me buscáis á, m| dejad ir á éstos.) De esüa suerte
quería establecer que, siendo Él solo el perseguido, se debía
respetar la vida de sus discípulos, llamados á ser pronto sus
testigos y sus predieadores. Realizaba eon ello una yez
más el símbolo patétieo del pasbor, guo, en vez de huir,.
abandonando sus ovejas á Ia rapacidad del lobo, las prote-
ge con su valor y las salva al precio de su propia vida.
De esta suerbe, observa San Juan, el Maestro fué fiel á su
promesa, y tro dejó perecer á ninguno de los que el Padre
le había dado. iQué habría sido de este rebaf,o tímido, si
hubiese debido parbicipar del cá,\íz reservado al Maestro?'
El más animoso de todos, Pedro, tro resistió á la palabra
de una sirvientai icómo resistirían los demás á los iue-
ees y á los suplicios que podían infligirles? Ahora bien,
si el grupo apostólieo hubiese flaqueado, iqué habría sido
del Evangelio? A decir verdad, en aquel momento, los.
Apóstoles parecían llenos de resolución. En efecto, mien-
tras Jesús, paetando con el enemigo, pedía para los suyos
la vida y la libertad, éstos se disponían á tomar la ofensi-
va. Yiendo Io que iba á suceder, habían dicho ya al Maes-
tro: (Seflor, theriremos eon la espada?» Y, sin esperar res-
puesta, Pedro (1), con su ardor natural, aeababa de herir á
uno de los enemigos más próximos. Ifabía dirigido el gol-
(1) Los Sinópticos habían callado el nombre d.e este Apóstol animoso, y
San Juan lo descubre. Se ha buscado el motivo en la fecha respectiva de la'
rêdacción de los Evangelios, como si los Sinópticos, escritos en vida'de Pe-
dro, hubiesen temido exponer al Apóstol al odio de los judíos deuunciando '
su acto atrevido, en tanto que Juan, escribiendo después de su muerte, ha-
bía juzgado que no debía tomar esta precaución. Extraf,a explicación de'
uno de tantos detalles que, en el Evangelio, deben quedar sin explicación.
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VIDÀ DT NU.USTBO STÍOB JI]§UCRISTU 2ií
pe á la El herido se llamaba Male6 (1). Esta demos-
eabeza.
traeión vigorosa y temeraria del jefe de los Apóstoles se
expliea, no sólo por el temple de su earáeter, sino también
por lo que aeababa de pasar. El poder de una palabra de
Jesús sobre la multitud le había exaltado. El peligro del
Maestro acaba de ponerle firera de sí. El espeetáeulo de la
eobardÍa de tanta gente acometiendo á un hombre solo,
lleno de mansedumbre á pesar cle su omnipobencia, le hace
olvidar ei peligro que hay en chocar de frerrte eon enemi
gos àrmados, numerosos y sostenidos por un destacamen-
to de soldados romanos. Pedro piensa que si él comienza
la batalla, Jesús sabrá perfectamente acabarla y ganarla.
Maleo estaba al servieio del Sumo Sacerdote. Pedro las
emprendió eontra é1, sea porque este servidor, hallándose
en primera fila, se mostrase más atrevido que los demás,
sea que el primero de los «liseípulos estuviese deseoso rle.
medirse eon el emisario del principal enemigo de su Maes-
tro. El golpe, asestado á la eabeza, mal dirigido, ó talvez
desviado por la misma mano de Jesús, sólo toeó la oreia
dereeha Ql, y eon fuerza bastante escasa para no eortarla
enberamente (3). Jesús no tuvo más que toearla para fijarla
de nuevo, y curarla. Este aeto de omnipoteneia y de cari-
(1) San Juan estambién_el-que dael nombre de este criado herido, por-
que, según veremos pás__t3_r_derla servidumbre del Sumo Sacerdote le era par-
ticularmente conocida (XVI[, 16). Así, el vers. 26 prueba que estaba ãsi-
mismo al corriente de la parentela de Malco. Ifn falsario no inventa estos
detalles.
(2) Observando las enormes proporciones que tienen con mucha frecuen-
cia las orejas de los orientales, y que éstas tienden á separarse bajo el peso
de sus turbantes, se comprende que un golpe torpe de espacla pudiera cortar
la de Malco sin lastimarle mucho la cabeza. El incidente lo refieren los cua-
tro Evangelistas, pero nrerece notarse que Juau y Lucas están de acuerdo en
precisar el insignificante detalle de que la oreja cortada fué la derecha. Pla-
ce esta. a_proximación ines_perada entre el cuarto Evangelio y un Sinóptico;
pero, si Juan quiso llenar las lagunas de los Sinópticos ipor qué notó esta
particularidad, y pasó en silencio la angustia de Getsemanílt Estas cuestio-
nes son insolubles.
(3) EI dimin
puesto algunos,
cabezt, como lo
bién San Juan:
do fundamento en las palabra_s de Lucas: «Et cum tetigisset (Jesus) auricu-
Iam ejus, sanavit eum.»-N. del T.
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I
MONSEÚOR LE CÀMUS
dad expliea el por qué Pedro no fué cogido ni malbrabado
."goi,l, por la multitud. (Basta ttl-dijo el Maesbro
"o ,úboritlad,-vuelve tu espad a í la vaina, porque todos
"oo que se sirvieren de la espada, á espada morirán. lPien-
los
sas que no puedo acudir á mi Padre, y pondrá en el mo-
*onio á mi clisposición más de doce legiones de ángeles?
Mas ieómo ." ãr-plirín las Eseriburas, según l_as cua'les
,conui"ne que suceda así? Et cáliz que me ha dado mi Pa-
(2)?»
dre the de deiar yo do beberle
Po. lo demás, si con la resistencia se lograse evitar el
peligro, poniendo en fuga á" Ia turba malvada, ieómo se
ãu*pli.ía el decreto divino sobre la redención de Ia huma-
nidad? Mucho ha rogado Jesús hace poco para que esbe de-
.crebo sea modiÍicado, y el cielo no le ha eseuchado; ahora
no le toca más que apurar la copa preparada por la iniqui-
,dad de los hombres y l, iusticia de Dios.
Mientras Jesús dirige á los Apósboles esta gran leeción,
,apn,recen en primer término algunos recién llegados mo'
oi,lo. por el odio y la impaciencia de ver concluir pronta-
.ments Ia criminal emprosa. Son varios príncipes de los
saeerdobes, magistrados del Templo y ancianos del pueblo.
ocultos eutre
;Llegaban en aquel instanbe, ó habían esbado
Ía m"uttitud hasla el momento deeisivo? Poco imporba. AI
verlos, Jesús tes dirige un reproche que es asimismo la cle-
.claraeión solemne de su inoceneia y de su honor ofendi,lo:
.(Como contra un ladrón habéis salido eon espadas y con
palos á prenderme; cada día estaba sentado entre vosoür'os
.ànseiránr-loos en el Templo, I nunca me prendisteis. Mas
esba es vuestra hora y la potesbad de las tinieblas. Yerdad
es que todo esto ha sueedido para que se eumplan las Es-
criburas de los Profetas.) La noche es propicia para ol eri-
men;los malvados sieuten la neeesidad de ocultar §u obra
(l) Tal es el sentido probable de las palabras'Eôte ãars ro{r1ou, que muchos
quieran;»
n^), q',*iào t*ao.ir: « Dejad qu-e estos malcs lleg*en hast-a donde
ãi..1úi0", .efiriéodose á ll herjda de Malco: «Dejadme llegar hasta esto
hombre.»
- (2l Ésta frase, que no se lee.sino en Srn Juan' es probablemente una
-"f ,i.íOú l* Getsemaní, que eI Evangelista pasa en silencio.
"gori.ãe
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VIDÀ DE NIIESTRO §]CNOB JESUCTiI§TO 277
á los ojosnde los hombres, y tambi éná, sus propios ojos. No
se habían atrevido á prender á Jesús en pturo día, lo que
prueba su inoeencia; porque, si, euando .ã tiuo. la fuerza,
la ocasión, la autoridad, ó1 deseo, no se obra, seflal es cle
' que el derecho no está de su parte. Y además, 2qué ne-
eesidacl había de esta ridícula demostración de áspad^s,
bastones v soldados? No es Jesús ningún eriminal
do en una fort"l??? que sea preciso .itia.. No hay "r.rrr*-
más quo
intimarle la rendición, y Él está siempre prontó * seguir
á sus enemigos adonde quierar. condueirle. pero es iúis-
pensable todo esto para esüableeer la violencia, eomo e§
neeesaria la noche para velar el erimen. La hora del infier-
no ha sonado. El rey de las tinieblas ha encontrado sus
cooperadores; sólo resta dejar que el malo termine su obra,
y realiee al pie de la letra todas las profeeías que se refie-
rerr al Mesías sufrido. Jesús da á" enterde, qol Él no im-
pedirá al espíritu del mal la eonsumación dLl crimen del
cual debe salir la salud del género humano. Solamente
triunfando se matará el mal á sí mismo; en su propia
victoria será ahogado.
Los apóstoles, desanimados por esta resignación, y tal
vez espantados también por >l creeiente furor de la multi-
tud, se dieron á" la fuga. un ineide,te, conservado por
S.an MSrcos, p."*? que el peligro era real, y que .i qr"-
rían salvarse no debían perder ni un
-o..oio. frn jooeo,
abraído pot el-ruido, y no llevando otro vesüido que ia tú-
niea de tela blanca con que se envuelven los oriãntales al
aeostarse, no podía resolverse á, abandonar á Jesús on
aquella oeasión. Comenzó á" seguirle euando empezaban
á arrastrarle hacia la ciudad; advirtiólo la turba, é io-u-
diatamente se preparó á jugarle una mala partida; mas
é1, presa
{e pavor, se eseapó en seguida, dejando abando-
nado ligero vestido en -roo. d, ros que le perse-
:-y
guían (1).
(r). Desde- los primeros siglos de ra rglesia, se ha creído que este joven
era Marcos, el cual, por ser el único en contar este incidente, sin imp;;d;;á,
si no oculta un persõnaje conocido, parece haber que;id; dÃ-;fii[;;_
18
T. III
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MONBE§OR LE CAMUS
Jesús quedó, pue§, solo en poder de 8u8 tinemigos"
Àtáronle lrs m&no§, como á un malhechor. La turba triun'
fante, en meclio de gritos y blasÍemias, ernprendió el cami-
no de la ciudad. Los príncipes de los sacerdotes se felici-
taban de esta acertada eaptura, y seguían eI cortejo,
después de haberle dado la consigna de presentarse inme-
diatamente en casa de Anás, suegro de Caifás.
el Evangelio que legaba á los cristianos- Supuesto
, según És Ilechos de los Apóstoles, po-seía en Jeru-
stante càpaz para servir de oratorio á los priAeros
fieles, podía ser muy bien propietÀria
-.".a ãe Getsenraní, (Prensa de aceite.) Mar-
cós naUtta salido de esta p*ra mezclarse con la multitud, ht{" que el
miedo de ser cogido le obligó íhuir. La manera como desaparece de repen-
te parece .oot"ãi. al tempãramento del que abandonó de una manera bas-
taulte brusca á Pablo y Bôrnabé, cuando éstos desembarcaron en Asia Me-
p*t*.úprender rin ministerio más peligroso que eldeChipre-, dondeel
"or,
úo y .t sobrino habían estado como en su propia casa. Muchos ex{getashan
creído que este joven era Lázaro.
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CAPÍTUIO III
EI proceso religioso
Jesús en presencia deAnás.-fnterrogatorio preliminar sin resultado.-Lae
dos primeras negaciones de Pedro.-Ante el tribunal de
Caifás.-Losfalsos
,lTIIiTi;;*ff::":i:,::,"':Ll:,,^t::
mirada de Jesús.-Sesión de la maflana._
rsrael va á entregar á su Mesías en manos de pilato. ( Juanrxvlr, r2-z1;
il.aü., XXYI, 57-75; Marc., XIV, $.72; Lue., XXII, õ4-7t.)
Jesús Íué llevado al palaeio de los sumos sacerdotes. En
él habitaban juntos (I) Anás y CaiÍiís, el uno antiguo sacri-
ficador desposeído por Yaleúo Grato, el otro g.io sa..ifi-
cador en funciones.
(I) Esta es la mejor trr&nera de explicar que pedro negara á su Maestro
durante el interroga_torio de anás, ro mismo que duranteãt ae caitir-. óili-
to es que habría podido quedarse en el
negaciones en tanto que Jesús se hallab
de que sería preciso renunciar al resulta
rería d
guiese
n á Pedro, había uno por lo menos
(2) Isto explica_que san Lucas (rrr, 2,) lo coloque, como sumo gacerdo-
te, en el -ismo grado que Caifás.
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MoNsElÍoB LE cÂüus
aflo eélebre, como dice San Juan, recibía de aquél todas
sus inspiraeiones.
Podemos representarnos eI palacio que habitaban eon
uno ó varios p^tios eenbrales, comunes á las diversas alas
del edificio. En uno de estos patios so colocaron los sorvi-
dores alrededor de un fuego de carbón encendido de prisa
y corriendo para calentarse. En Palestina, aun en Abril,
ãt f.io .rodo hacia el término de la noche. Jesús fué
",
introdueido en las habitaciones de Anás
(1). Entonces se
rebiraron los soldados romanos, no reapareciendo hasta el
día siguiente. IIabiéndose conservado el orden público,
y una vez remitido el acusado á la autoridad religiosa, su
misión había terrninado.
Mientras se haeían las diligencias necesarias para re'
(2)
unir en casa de Caifás á los miembros del Saneclrín, Anág
quiso sentar los preliminaros del proceso que iba á eomerl-
zar. EI astuto vieio pensó que en primer lugar era necesa-
rio interrogar á Jesús sobre sus discípulos y sobre su doc-
trina (a). Tal vez supcnía que Jesús profesaba una ense-
(l) Nada dicen los Sinópticos de esta primera, comparecencia, porque
ei6. no teqía autorida,l oÍicial, y. por otra parte, nada importante ocurrió
en su casa.
-(Z) Es bastante sorprendente que algunos exégetas, por otra parte__muy
p.).íi.^."s, hayan podiclo empeüarse en que, aun eg casa ,ile Anás, dirigió
^po.qo.,
õrifas los áebaier, diõen, la denominación de sumo sacerdote sólo
poÀia *pricarse Lwcas, ÍL\.!-y-!echos,ÍY'6, demuestra
y,
[o .orrtà.io, de Ju,a,n, XVIII, 24, se cita á anás en-
-i,li al acusa
viando de Caifás'
propu-
Gr"n número de comentaristas soutienen que San Juan no se
so referir el interrogatorio de Jesús en casa de Anás, sino más bien el de casa
suegro, en
áà C*itA.. Para estõ suponen que después de haber meneionado al
""v1 :_111
convenlen
yrirro. y,
"'Í'.i1?,?lhtn'".1'lr*:J.ffi3,":1
éste es el último que r_ec_ibe tal ca-
iificación. za' cor la grave dificultad del vers' 24,
ão"á" se dice qae Aná,s enaió d, Jesús ácasa d,e Caffis. Por tanto,
no había
ido todavÍa. Paia suprimirla, se ha supuesto que este -versículo había
sido
ã estar después del vers. 13,ótambién
marse en el sentido de plusquamper-
que había olvidado notar después del
ía enuiaclo á Jesús á Caifás.
dificultad: tal es que Juan inclica cla-
. Dícenos, vers. 13, que Jesús fué con-
o que supone, qtte en segund,o l,ugarrlo
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a
VTDÁ DN: NU.ESTIIO SENOR JESUCRI§TO
f,anza del todo,.misteriosa, reservada á los íntimos, y de-
seaba ilustrarse sobre la espeeie de sociedad secreta que
ereía ser eI gran medio revolucionario del'joven agitador. El
Maestro no tenía por qué responder á quien Ie interrogaba
fuera de todo derecho. Con una calma admirable, eludió la
cuestión y remitió á los otros el cuidado de responder:
(Yo he predicado públicamente delante de todo el mundo;
siempre he enseflado en la sinagoga y en el Templo, á don-
de eoneurren todos los iudíos; y nada he hablado en se-
creto lqué me preguntas á, mí? Pregunta á los que han
oído lo que yo les he enseflado; pues ésos saben cuaies co-
sas haya dicho yo.» Así, sin hacer alarde de su inocencia,
la probaba. Recordaba al mismo tienrpo guo, si el Sane
drín y sus jefes tenían el derecho de examinar á aquellos
que se atribuían una misión profét,ica en Israel, no dejaban
de cometer eont., Él un aeto de violencia tan arbitrario
como inútil. Se acababa de prenderle de una manera bru-
tal y de noche, como un malhechor, cuando Él había en-
seflado públieamente, sin rehusar responder jamás á las
cuestiones propuestas por la autoridad religiosa. No ha-
biendo temido nunca la \uz, apela al testimonio, no ya
solamente de sus discípulos, sino también de cuantos le
han oído. Su doeürina no se ha concretado á un círculo de
iniciados, sino que se ha dirigido á todo eI mundo. De or-
fElo yerno Caifás, cuyos tr en el
vers. 24 está categóricamente yer-
dad es que no menciona lo qu s. 2g
nos muestra á Jesús conducid o s rs
sación, insuficientemente le_gitimada desde el punto de vista judicial. En
casa de Caifrís tuvo lugar el verdadero proceso-legal:
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a
MONSEfrOB LE CAMU§
dinario ha hablado en público, ó, si ha ensef,ado en parti-
cular, ha sido con el deseo de haeer público desde los te-
rrados lo que decía al oído.
Este llamamiento al pueblo no podía meDos de embara-
zar á, quienes pretendían eondenarlo sin el pueblo. En to'
do caso, su respuesta clara y seneilla no tenía nada de lo
que esperaba el improvisado jaez. En lugar de comprome-
ter al que la había dado, esüorbaba al preguntante, y de-
clinaba visiblemente su eompetencia, mediante una forma
evasiva que el acusado no eurpleará ni delante de Caifást
ni delante de Pilato, por tener ambos magistrados el dere-
eho de preguntarle.
La situacióu de Anás se hacía difícil y Ia leceión era
bastante Bevera para embarazarle. Su fraeaso no escapó á
ninguno de los que escuchaban, y un eriado-el azàr da
eon frecuencia á los malos seflores siervos tan malvados
como ellos-juzgando que era necesario un escándalo para
salvar la dignidad del vieio, levantó la mano, 1,1 cor fana-
tismo feroz, hirió á" Jesús en el rostro (1) diciendo: (iAsí
respondes tú al pontífice?» EI Salvador, sin inmutarse
ante tal violencia, se limitó á decir: «Si yo he hablado
mal, manifiesta lo malo que he dicho; pero si bien ipor qué
me hieres?»
Tanta ealma hacía resalbar eI legíbimo derecho del acu-
sado, y amena zaba asegurar su triunfo, si proseguía el in-
terrogatorio. Ànás eomprendió que el asunto [rabía co-
-ot rrdo mal y que era tiempo de recurúr á" otro tribunal.
TaI vez también Ie habían avispdo que ei Sanedrín, preci-
pitadamente reunido, entraba en sesión . H:izo atar de nue-
uo á" Jesús, manteniendo de esta strerte su culpabilidad
aparente, y lo envió á Caifás.
Esbe primer proeeso no tuvo otro resultaclo.
mal tratamiento diferente de êpó,ruet.
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VIDA DE NUE8TBO §ENOB JESDCBISIO
iCoincidencia singular! en el momento mismo en que
Jesús apelaba al testimonio de los suyos, y decía á Anás:
«1Pregúntales!» Pedro, el jefe de los Àpóstoles, pregunta-
do por los criados respondía: (No conozco á este hombre.»
Si esta vergonzosa negación prueba Ia eiencia perfecta que
el Maestro tenía de Io por venir, no deja de ser asimismo
uno de los más crueles dolores infligidos, durante aquella
noche, á su eorazón de amigo y de padre.
En el momento de entregarse Jesús á sus adversarios,
el pánico, según hemos visto más arriba, fué muy profun-
do entre los Àpóstoles, dándose todos á la fuga. Pedro, sin
embargo, no tardó en cobrar un poco de ánimo, Y, siguien-
do de lejos el eriminal eorteio, quiso ver Io que acontecía.
Otro discípulo estaba con é1. El Evangelio no lo nombra,
si bien generalmente se supone que era Juan. En efecto,
parece basbante naturai que el diseipulo muy amado tu-
viera algún sentimiento en abandonar aI Maestro, y, de
hecho, veremos que le siguió hasta el pie de Ia cruz. Por
otra parte, se había convertido, desde algún tiempo, en el
eompaflero ordinario de Pedro, y la forma anónima eon
que le designa el relato responde exactamente á" las pre-
cauciones que toma nuestro cuarto Evangelista euantas
veces trata de sí mismo.
Lleeados al pa)acio de los porrtífices, los dos Apóstoles
se separaron un instante. Juan entró sólo, porque era co'
noeido del Sumo Ponbífice (1); Peclro permaneció en Ia puer-
(1) Por una coincidencia tanto más preciosa cuanto no es buscada pbr
el autor del cuarto Evangelio, este discípulo, que conocíâ muy bien cl Sumo
Sacerdote, es el mismo, para nosotros, que, al escribir su Evangelio, se
interesa en todos los detalles de la servidumbre de aquéI. EI es quien nos
dice el nombre del criado á quien Pedro cortó la orejal él quien seflalará
prontorelaciones de parentesco entre uno de los interlocutores de Pedro y
ãL,is*o Malco; éI qulen sabe que la portera era una 'ioaen, y que los cria-
dos se habían agrupado en torno de un fuego de carbón para calenta1s9..
Se ha pregurtadó cuáles podían ser las relaciones de Juan con eI Sumo
§acerdoti, de quien, según eI Evangelio, erâ personalmente conocido._ t4ry
que buscai eI origen de estas relaciones en la profesión misma de Zebedeo
que, haciendo vender en Jerusalén-el producto de sus pesquerías, podía ser
áI proveedord.e la casapontificia? Ó bien, ;,sería mejor busõar h causa en la
nat-uraleza profundamente religiosa de Juan que, desde muy joven, antes- de
rerrdiscíputô aet Bautista y ,le Jesús, había quizís procurado ver y escuchar
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)
284 !(ONSEÍ]OB LE CAMU§
ta. Dos razones le retenían: la primera, porque no estaba
§eguro de que se le permitiese la entrada, la segunda, por-
que después de su hazaía contra Malco, corrÍa peligro de
Ber reconocido y castigado (l).
En Oriente, ias casas importantes tienen todas un gran
patio interior rodeado de un claustro espacioso. Dan á Ia
caile por medio de una puerta monumental, en la que se
abre un estrecho portillo, euya custodia tiene el conserje,
y por donde pasa, después de darse á conocer, sobre todo
durante las horas de la noche, el que tiene algún motivo
para entrar.
Cuando Juan hubo conseguido que Ie admitieran, vol-
vió por Pedro para introducirle, 1o que logró, en efecbo,
con una palabra que drjo á" la portera. Después, Do-
nos espantado que su compaf,ero, dirigióse directamento
adonde se interrogaba á Jesús. Pedro, habiendo quedado
solo, ocultóse desde luego en Ia sombra, querienrlo darse
cuenüa de la situación; después, por miedo de que una ac-
tibud demasiado tímida no resultase comprometedora, de-
terminóse á" mostrar audacia, ó á, lo menos, á tomar una
actitud más resuelta. Se aeercó al brasero, en torno del cual
se habÍan agrupado los servidorês, I sentóse en medio de
ellos (2). ConÍundirse entre los enemigos era ya un princi-
pio de cobardía.
A Soà Sacerd.ote, y continuaba siéndole adicto como al representante oficial
del judaísmo? No se sabe. Lo cierto es que Juan tenía libre acceso en eI pa-
lacio, y que los criados le demostraban alguna consideración.
(1) La seguridad de los dos Apóstoles iba á ser muy diferente en el atrio
del palacio, y esto explica el estado más diferente aún de su espíritu. Pue-
de Juan ir y venir sin peligro. .r[o tiene aprensiones personales. No se ig-
norâ que ha sido de la comitiva del acusado, pero se sabe que es conocido
del Sumo Sacerdote, y nadie se atreverá á acusarle. Pedro, por el contrario,
ha entrado por favor, y está amenazado de una acusación posible, en ra-
zón de su acto de violencia contra Malco. La prudencia le dicta no compa-
recer en un medio tan peligroso, pero el amor Ie prohibe quedarse delante
de la puerta. El desgraciado escuchará á su afecto, sin pesar suficientemente
sus fuerza,s, y queriendo ver más de cerca, al Maestro, verá ante todo su pro-
pra mrsena.
(2) ha observado que Juan pone á los criados
de pie, los Sinópti.cos los representan sentadosl pe-
ro r,aca un ,grupo semejante hubiese unos senta-
dos yotros de pie? Por otra parte, San Mateo,después de haberdicho que
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VIDÀ DE NUA§TBO S$ftOB J.ESUL:P.ISTO
Tan sólo la portera poseÍa el secreto de este hombre, 6
lo sospechaba. Etla no le había deiado pasar sino bajo la
garantía de Juan; ahora bien, conoeía á, éste como diseípulo
de Jesús (1). Liegóse aI patio para saber lo que hacía, y,
sorprendiéndole en medio de los criados, juzgó que Pedro
no estaba muy seguro de su de ala-
cio, puesto que se quedaba en Te-
miendo en seguida haberse en €rrr-
pestivamente á uu intruso, cumplió demasiado tarcle, con
el atrevimiento propio de la gente de su oficio, el deber
guê, en consideración a" Juarr, Do había cumplido desde
un principio. nivisando á Peclro en medio del grupo: (iNo
eres tú tanrbién de los diseípuios de este hombre?»-
le diio.-Esta pregunta urodujo en el apóstol el efeeto
de un rayo. iNo iban á r'econoce, en él al atrevido com-
batie.te que había desenvainado su espada, haeía poeo,
contra aquellos á, cuyo lado se sentaba ahora? Ya todas
tira: (IrIo sé er lo que diees (2)», respon-
de. En su tu o comprometer, mediante
tal pretexbo, verdad. Mas la obstinada
eo), según Sau Lueas. La primera negación , empezà-
(r)_ La palabra tantbién,en su preguntq prueba que las relaciones cle Juan
con Jesús eran conocidas de esta mujer.
(2) ., XIYI, 70, que dan á su primera respuesta
estê probablemente son aquí más precisos que los
otros
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MONSENOE LE CÀUU§
da corl alguna vaeilación, más acentuada después, había
llegado á ser eompleta bajo todas sus partos, y era tan im-
pudente como pública. En efecto, ante todo el grupo, Pe-
dro, con insisüencia, había deelarado que no conocía á su
Maestro. La capriehosa cüriosidad de urra eriada acababa
de eehar por tierra todo el valor del presuntuoso, y dar
un mentís á sus más enérgieas protestas.
En aquel momento fué conducido Jesús desde Ia casa de
Ànás á la de Caifás Í1), es decir, que pasó de un extremo á
otro del palacio, atravesando ei patio. Gracias al movi-
miento que se originó para ver al aeusado, pal'ece que Pe-
dro, no pudiendo soportar', rlespués de su primera uegati-
va, la vista del Maestro indignantente cargado de atadu'
ras (2), como un criminal, intentó retirarse. Llegado á las
columnas que conducían al vestíbulo (3). se paró, sintién-
dose reanimar en la oseuridad. Entonces fué cuando su
'momentá"nea soledad le permitió oir, como observa San
Marcos, el carito rlel gallo (a). Era ya más de media noche.
Àquel canto le recordó la predieción del Maestro, ) tur'-
bó su alma más vivamente aún que todo lo demás.
Para eolmo de su desgracia, la clesapiadada portera quo
le seguía con la mirada, iuzgando por sus falsas manio-
(l) San Juan dice que fué enviado á Caifás después dela primera llregà-
ción, y San Lucas dice que estaba eerca de Pedro, Y, Por consiguient_e, 9n-el
atrio,-ó debajo del pórtião, en la últinm, cuando echó sobre el discípulo infiel
la mirada que le convirtió.
(2) Juan, XVIIT, 24, con una frase soitada como al azat, misit ligatutn,
ha pintado Ia actitud humillada de Jesús.
tâl Esto es lo que quiere dec\r Marcos, XlV, 68: et eniitforas ante atiwrn,
comLinado con Màteo, XX\rt, 7l: ereunt;e autem illo januam. Sale del atrio
para gânâr la puerta, y, colno vacila, sus idas y venidas son notadas.
ód.'Algooos han pretendido que, según una ley-antigua,
Llà':'r,x§'*H:J,"".:T:'J3â,tr1'3àJ:J*'"H'Íi"l"u';
allí toda suerte de bichos impuros, que podían manchar deittproviso, con su
contacto, á los hombres y laiofrendas del templo. Mas está demostrado que
esta ley judía n ta más ta
salén, nõ solam Antonia,
de elios pare se la noche,
de, de estos animales
d.o murió de tau horrible herida' Por otra parte, he-
mo mismos iudíos divid'ían la noche según los c&ntos
del gallo.
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VIDA DE NUEBTRO §EfrOR JE§UCRISTO
bras que ella no se había equivoeado, Ie apremió aún más
con sus acusaeiones. Esta yez ya no se dirige á Pedro, sino
á los criados, delante de los cuales había reeibido el men-
tís. Mostrando á Pedro en la sombra, exclama que eviden-
temente es uno de los diseípulos cle Jesús. Por esta afirma-
'ción, r'eiterada con tanta insistencia, el desgraciado es de
nuevo llevado, de grado ó por fuerza, al primer campo
de batalla. Yuelve otra vez junto al brasero Para defen-
'deree aún, y mostrar su audaeia negándolo, como la primera
vez. Empero, el asalto dado á su cobardía se eomplica. Se-
gún San Mateo(l), otra sirvienta, Que a,vudaba tal vezá,'la
portera, y participaba de la misma desconfi anza con respec-
to al personaje sospechoso, interviene, Y declara á todo el
grupo que Pedro estaba con Jesírs de Nazaret. Mas eI dis-
-cípulo protesl,a y jura que (no eonocía al hombre». Según
San Lucas, uno de los concurrentes, apoyando á" las dos
sirvientas, Ie abrumó también eon la misma acusación. Con
más aúdacia aún, exclama Pedro: (iHombre, no soy de los
,suyos!» Ante una negación tan categórica, que parecía
revestir algrín acento de sinceridad, el grupo de uiieres
y de eriados permaneció indeciso; pero, interesado en eI
asunto, quiso saber á, qué atenerse. Para ello el oeio
de aquella noehe fastidiosa, les daba tiempo de sobra. En-
tonces, según San Juan, entretuviérorrse todos en acosar
á Pedro eon maliciosos apóstrofe.. Á cada nueva pregun-
ta respondía el Apóstol con una nueva negación.
Pero, desde hacía algunos momentos, eI inberés estaba en
'otra parte. Jesús, eonducido á easa de Caifás, encontró re-
unido el Sanedrín. Mucha diligencia fué menester para
lograr reunir tan rápidamente á los iefes de los sacrifica-
dores, á los ancianos del pueblo y á los escriLas ó legistas
'que componían el bribunal supremo. Al poco tiempo, todos
se habían presentado tz). Sin inquietarse por la ilegalidad
(l) Es de notar que eB siempre este mismo Evangelista el único que du-
'plica los personajes: dos endenroniados en Gladara, dos ciegos en Jericó, y
,aquí dos criadas.
(2) Los Sinópticos están acordes en mencionar las tres categorÍas: sacer-
-dotes, laicos influyentes y rabinos ó doctores de la ley, que constituíaneltri-
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}IONS,UNOR -LE CÂMUS
de la reunión á semejante hora, so pretendía desde este
momento entablar un proceso en debida forma. El plan del.
partido jerárquico era no sólo hacer morir á Jesús-un ac-
to de violencia hubiera bastado, como bastó más tarde pa-
ra Esteban,-sino más bien deshonrarlo con una sentencia
judicial, .y entregarlo después á los romanos como un vil
criminal. Era necesario para eso una sentencia en forma,
5r, por consiguiente, una acusación regular', testigos y ire-
ces. Habiendo Jesús, ante Anás, apelado á, sus oyentes
diarios, logran reunir aigunos, todos ellos de mala fe y ga-
nados de antemano al partido jerárquico.
CaiÍiís abrió la sesión, ;l comenzo á, interrogarlos. Aho-
ra bien, sueedió que sus deposieiones, mal eoncertadas, no.
eonvenían entre sí; por otra parte, eran insuficientes para
notivar una serrtencia de muerte. La contrariedad de los
jueces se hacía evidenbe (1). Al fin, se presentaron dos hom-
bres que adujeron simultáneamento contra Jesús este testi-
monio: (Nosotros le oímos deeir: Yo destruiré este templo
hecho de mano de los hombres, y en tres días edifiear6
otro sin obra de mano alguna.) La deposición era falsa en
el fondo y en Ia forma . La frase auténtica á que se aludia,
y que se remontaba á, dos aflos (2), asignaba á Jesús tln
papel muy diferente de la que se le imputaba. Él no ha-
bía dicho ní pued,o d,estruir ní d,estruiré eI templo, sino
'd,estruid,lo;
Io que significaba: (Yosotros destruiréis el tem- .
plo, y yo entres días 1o reedificaré.» Podía haber pecado'
por fatuidad, pero, en eI fondo, nada había dicho contra
la religión. Esta acusación era, pues, insuficiente. Además,
alegar estas palabras, era alegar lo que no se había enten-
bunai en pleno, rà auvéôprov dÀoz. Sin embargo, veremos más tarde que al-
do esta frase, de modo que pare-
pronunciada, rinden á la veraci- -
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VIDÀ DE NUESTTTO SEfrOB JESUCRTSTO
"dido, y, por consiguiente, mostrarseini,stos. Jesús, en efec-
to,_que las habÍa pronunciarlo, no había pensado jamás en
volver á levantar en tres días las piedrar del Templo ter-
minado y embellecido por Herodes. Para É1, el Templo
'era-su cuerpo, que había prometido arranear de las garrag
de Ia muerte, ó mejor, el judaísmo, que clebía ser clestruí-
'do a,l matar al Mesías, y que Ét iu, á leva,tar cle nuevo,
bajo la forma crisbiana, resucitándose á sí mismo al tercer
día (I).
Á todo esto el aeusado narla respondía. No valía la pena,
puesto gue, encargándose unos testigos de deshacer lo quo
habían dicho los otros, ,inguna de las afirmacio.r". 1"-
nían la faerza ni Ia auboridad desearlas por el Sanedrín.
La aeüibud impasible y el silencio del acusado desconeer-
taban eada vez más á" los jueces. De repente Caifás,
exasperado, se levant*, y avanzando hacia el centro de Ia
Para termi.ar, promoviendo sin más rodeos la euestión
cand-ente que palpitaba en el fondo de todo el proeeso, algu-
nos de los asesores del gran sacerdote rJijeron: «Si tú ereÀ'el
'Cristo, dínoslo.» Y Jesús, explicando ãoo su serena res.
- (t) I-,a interpretac
bat de templo corpori
autem clice_
tor ha escri_
to (vol. I,pág. Bl7): « que la pri_
'mera y nrás controvertible en las condi »_N. aei f.
- (?) eqol hay ciertamente una alusión á las preguntas que Jesús había
'heclro-rsr.tidas veces á sus atlversarios, sin pode^r oüt"o"" rãspuesta. (Mar-
,eos, XI, 33y paral.; Maú.
XXIr, 46, etc.)
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MONSSÍOTT .L.U CAMUS
Entonces el gran sacerdote, tomando por su propia cuen-
ta la cuestión propuesta por sus asesores, con toda Ia so-
lemnidad de que era càpaz, dijo: (Yo te coniuro (li de par-
te del Dios vivo, que nos digas si tú eres el Cnrsto, EL
Hr.ro DE Dros.» Jesús respondió: «SÍ, rú r,o HAS Drcuo:
Yo soy.»
No ignoraba que tal respuesta era su sentencia de muer-
te. Pero el Rey de los márbires no podía perder una oca-
sión tan propicia cle manifesbar con qué valor debe decir-
se Ia verdad, aun á lo-o tiranos que tienen nuestra vida eu
sus manos. Cuando quisieron llevarle en triunfo y obli-
garie á" inaugurar su reino, rehusó llamarse el Cristo;
ahora que esta confesión debe conducirle á Ia muerbe, la
formula con una sencillez sublime. Ei mundo que, desde
tantos siglos, espera esba declaración, sabrá desde ahora
donde está su Mesías.
Y para tlue la profesión de Íe sea completa, Jesús, QUê,
declarándose el Cristo, y, de una manera más exacta, eI
Húo de Dios, ha afirmado la encarnación de Dios en ei
hombre, quiere también proclamar la glorificación futura
de la humanidad hipostáticamente unid a ála divinidad; y,
á riesgo de consumar el eseándaio esperado por Caifás, afla-
Ce: (y aun os declaro que veréis después á este Hijo del
(2), venir
hombre, sentado á' Ia diestra del Todopoderoso
sttbre las nubes del cielo.)) No es un acusado, es un rey eI
que oyen. lQué majestad! iqué plena conciencia de su po-
der! 1qué clara visión de su porvenir! EI, el acusado de'
hoy, será el juez de mafratrà, Y ellos, los jueces, estarán
temblorosos baio sus pies, como criminales responsables
tlelante de una justicia mucho más riguro§a que Ia de aquí
bajo.
mando que d,igas baio
, de suerte que sejuz-
tanto, Jesús va á de-
( UI Reyes, XXII, 26,
ct passirn.)
(rl Etiexto dice rfs iwtpecos, d,ela Potenci*, tétmino abstracto destina,'
doáhacer resaltar mejor el poder omnímodo de Dios.
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I
VIDA DE NU.ESTITO SEfrOR JtrEUCBISTO 291
En esta adverteneia de la misericordia, Caifás no podía
vor más que una pretensión saerílega. Su corazón, cegado
por el odio y lu pasión religiosa, era incapaz de compren-
der aquel lenguaje grave y severo como la verdad. Espe-
raba una excusa ó una explicación tímida, y había recibi-
do, como un rayo, la más valiente y la más categórica de
las reivindieaeiones. Lrdignado, fuera cle sí, rasgó al punto
sus vestiduras (1), dieiendo: (lB1asfemado ha! ;qué necesi-
dad tenemos ya de testigos?» Esta frase, descubría, sin
que é1 lo sospechase, de una parte, su deseo de eondenar al
acusado, ;r, de otra, eon la insuficencia de los precedentes
testigos, el ternor de no hallar otros más perentorios. La
violeneia de su fingido clolor, gue, públicamente, hacía iiro-
nes su traje sacerdotal, inauguraba la ruina oficia1 del
mosaísmo. Por la tarde Dios misrno desgarraría, á, su vez,
el velo del Templo. A la nueva religión le era preciso algo
que fuese más universal que eL racional, signo simbólico
de las doee tribus de fsraei que cubría el pecho del Sumo
Sacerdote, un lugar de oración más vasto que el Templo,
un sacerdocio más universal. Caifás al negar Ia divinidad,
de Jesueristo, abdicaba sus dereehos de soberarro sacrifica-
dor. De antemano Simón, á quien Jesús desde largo tiem-
po había dado el sobrenombre de Cefas ó Caifás, los había
recogido, diciendo aI Maestro en eI camino de Cesárea:
«iTú eres eI Crisbo, el Hijo de Dios vivo!»
(Yosotros mismos acabáis de oir la blasfemia 2qué os pa-
rece?» De esta suerte Caifás no ponía á examen la reali-
dad de Ia blasfemia, sino que pedía la aplicación de la ley,
suprimiendo toda discusión de culpabilidad. Esto era eri-
gir la arbitrariedad en juez; pero ,qué importa? Todos los
jueces, y esta unanimidad tiene algo de espantoso por su
maldad, respondieron: (Reo es de muerte.)
(l) Yerdad es que, según Leaí,tico, X, 6; XXI, 4, 10, los sacerdotes no de-
bían jamás rasgar sus vestiduras ni con ocasión de una rnuerte, ni por un
duelo privrdo; pero aquí se trataba de un escándalo público, de una blasfe-
mia inaudita, ylaley mosaica no preveía estos casos excepcionales. (Comp.
Mac.rXI, 71, y Josefo, iB. J' II, 15,4, donde los sacerdotes ponen su pe-
cho al descubierto, rasgando sus vestiduras)
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MONSEftOB, IJE CÂMUB
aI mismo tiempo, levantaron la sesión, abandonando á
Jesús á los insulüos do la mulbitud. iSe retiraron para ir
á dormir sobre su erimen esperando el día, ô bien para
ocuparse en asegurar la ejecución de su sentencia? La se-
gunda hipótesis pareee mucho más probablo por cuanto el
día no estaba lejos, y, por otra parte, podía pàrecerles útil
allanar, sin tardànza,las ilegalidades de que estabaman-
'ehado su juicio. Jesús había sido juzgado de noche, preci-
pitadamente, por un tribunal gue, si era eonforme á la ley
en cuanto ai número, por lo menos parecía haber excluído
los amigos de Jesús (2). Aclemás, ei Sanedrín tan sóIo ha-
bía acusado al detenido de blasfemia ó de falsas doctrinas;
podía infligirle penas disciplinarias, pero no condenarlo á
muerte. Para una sentencia eapital. era necesario el eon-
curso de la autoridad romana (l)' ahora bien, ésta no inter-
venía sino en los erÍmenes polítieos, I Jesús había evita-
.do siempre mezelarse en polítieá. Era preciso, pues, ima-
1
'ginar un medio de transformar la aeusaeión formulada y
admibida contra Ét. À este trabajo dediearon, sin duda,
las úlbimas horas de la noche.
Jesús las pasó de muy distinta manera. AI parbir los jr"-
ces, abandonáronle en manos de los criados del Sumo Sa-
eerdote. Sabemos que los antiguos guardaban respobo al
.condenad.o, como á la tumba: Res sacrü reu,s, deeíaniaquí
el eondenado no obtiene ninguna rle las consideraeiones
que endulzan la hora de la expiación. EI odio religioso
mulbiplicó contr. Ét los más inauditos ulbrajes. Después
de haberle rodeado, insultado, convertido en objeto de bur-
la, los siervos se dedicaron á eseupirle en el rostro y á gol-
pearle brutalrnente, los unos con sus manos, los otros con
palos (2). Jesús permanecía iuipasibie bajo aquellos prime,ros
(1) Sabemos, en efecto, que en esta sesión, la condenación fué pronun-
ciada por unanimidad. Il,larcos, XIV, 64, dice: Qui omnes eondemnauenont
eu,m; al paso que, según Luca,s, XXIII, st, José de Arimatea votó contra
esta criminal decisión: Hic mon consenserat consilio.
(z) Cuenta Josefo ( Ant., XX, g, t) que el surno sacerdote Anás, acusado
.de haber reunido el Sanedrín para pronunciar una sentencia de muerte, en
auseícia del gobernador romano, fué inmediatamente destituÍdo
(3) Mat., XXYI, 67, distingue dos géneros de malos tratamientos, según
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VIDÂ DE NUE§TRO SEfrOB JESIICBISTO
golpes de la horrible tompestad, realizanclo admirablemen-
te lo dieho por el profota: (Entregué mi cuerpo á los que
.me azotpban, y mis mejillas á los que mesaban mi barba;
no retiré mi rostro de los que me escarnecían y eseupÍan.
El seflor Jehová es mi proüector, por eso no he queãado
yo eonfundido; y por eso presenté mi cara como una pie-
dra durísima(1).» La fiIosofía pagana había imaginadoque
el espectáculo más bello que se daría al munão sería el
Justo impasible bajo las ruinas del universo que le aplasta.
H"y algo más grande todavía, es el Justo suÍrienáq los
últimos ultrajes sin queja.se, y dejando vivir á sus insul-
. tadores, euando con una seflal podía aniquilarlos. Cubrieron
después eon un velo el rostro de Jesús, y los malvados, or-
ganizando en torno de Él una ronda infórnal, se atrevieron
á abofetearle, diciendo: «Cristo, profetízanos quién es el
que te ha herido.) Cuando Sansón se cansó de ser juguete
de sus enemigos, llamó á todas sus fuerzas, y, sacudiendo
violentamente las columnas del templo, sepultó baio sus
ruinas á lo_s que se reían de su desgracia. Jesús no apela
eino á su dul zvra y á Bu misericordia. Mudo á los goip..
que le hieren, halla en su eorazón bastante valor pr-r. ão-
brir á sus verdugos con su amor y su perdón.
Un solo instante parece que def ó de ser impasible
en m'edio de los ultrajes con que todos se complaei.o en
asediarle; fué cuando oyó que el mismo pedro le negaba.
No habló para quejarse, poro miró al cobarde con unã
-i-
rada tal de eompasión, de reproehe y de amor, que le des-
garró el alma implacablemente, .reduciéndolo asi al arre-
pentimiento y á, la vida.
(l) Isoías,L, B.
t9 T. III
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IICNBENO8, L]T CAMU§
Deiamos á, Pedro en el patio, entre los que le perso-
guian con sus malévolas preguntas. En él conbinuaba
todavía cuando su Maestro faé conducido allí para su-
frir los insultos de la chusma lacayuna de los sumos
sacerdotes y de los criados del Templo. La situación de
Pedro se había agravado. En el ardor de Ia diecusión, ó
por lo menos, en la energía de sus negacione§, se había
descubierto por compieto, hablando su dialecto y su acen-
to galileo. Alguno de los circunstantes lo notó, y todos
eon,yinieron inmediatamente en lo mismo. iQué podía ha-
cer, á aquellas horas, un galileo en el palacio del Sumo
Saeerdote, si no era un discípulo del Nazareno? Cuanto.
más conocían que estaban á punto de convencerlê de men-
tira, tanto rnás se esforzaban en abrumarle con nuevas
pruebas.
Completamente entregado, hacía ya casi una hora á (1)"
aquella turba que emp ezaba á alborotarse, Pedro, como el
animal acosado por la jauría en un círculo cada vez má,s
estrecho y peligroso, había acabado por perder la cabeza.
No daba sino respuestas cada vez má"s comprometedoras,
obstinándose en repetir que éi no comprendía lo que que-
rÍan deeirle. Nada era, sin embargo, más inteligible que
este último reproche, esto es, su confesión de que era ga-
lileo. Su torpeza, que descubría de un modo visible su tur-
bación é indicaba su culpabilida<i, no podía menos de im-
pulsar á los demás á confundirle. Acabaron por rodearle,
.y, de repente, uno de ellos formuló una acusación llena de
amerta,zàs: (iNo te vi yo on el huerto con Étg» EI que aca-
baba de hablar de esta suerte era precisamente un parien-
te del siervo á quien Pedro había eortado la oreja. El peli-
gro no podía eer más grave. EI Apósüol, dejando á un lado
sus respuestas evasivas,'recurrió á las imprecaciones y dijo
con juramonto: (No, no, yo no conozco á, este hombre.»
Debían ser lae tres de la madrugada. En aquol momento
el gallo cantó por segünda vez. Entonces Jesús, apartan-
(l) Lu,w,s, XX[, rs.
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VIDA DD NUESTRO §BÍTOR JE§UCEI§TO 29.í
clo un instanüe su eabeza de las bofetadas y saliv azos de
que se le cubría, miró al desgraeiado r"oug"áo, pero sin d.e-
cir nada.
Sólo Pedro podría e
lla mirada. Su eorazón
al punto tocla la profu
para un alma honrarla- y Pedro era de éstas, _ que
faltar al honor y á, la amietac para con el desvalido. Al .rer
el afligido rostro de su Maesiro, pudo deeirse: (El cria-
do del surno saeerdote le hirió lu eara, mas yo le he
herido en el eorazón.» Cubierto de ", vergüenza, oõultó en
seguida su cabeza baio su manto tt) y lalió del palacio.
Nadie se atrevió á, eerrar el eamino á aquel dolor sentido
y humillado, que en adelante no pensarla ya ,ri en el pe-
ligro, ni en los enemigos, ni en la muerte, pero que hüía,
en la sombra y en la soled ad, á" derramar las más efieaces
y amargas lágrimas (2i.
Jesús habÍa rogado para que su fe no naufragase por
gompleto-rlespuós de semejanbe falta. Su plegarialué oíã".
Judas, mientras reeonocía en el Maestro-«u-n justo y un
inocente) a,te sus mismos enemigos, debía acabar áo
h
desesperación. Pedro, después d" Àâbur renegado indignl-
mente, exciamando que no eonocía a <<aquel hombre) se
(tl De este modo, desde Teofilacto, han interpretaclo vàrios autores la
palabra- énpa\úv, al paso que otros ia han ente'ndido como si siguifi;ase
que Pedro había echad,o stls ojgs sobre Jesús en el momento en quõ
é.t. l"
miraban ó también como sí se hwbiese precipitad,o fuera del palacio a-iàa*
prisa. Ilemos prefe-rido la primera interpretación,porqu. to. ,otig;;;
por costumbre ocultar su cabeza bajo ãr rnanto,^al Àentirse h.iiao.ã;;"
;r;;"
gran dolor.
(2) Es indudable que las diverg
tas, en el relato de las negaciones,
fuudirlas en un solo relato. Sin em
reconstituyendo con bastante clarid
sumo sacerdote. como siempre, Juan es el que debe servir de guía" cuenta
como historiador y separa categóricamente las tres negaciones a"" puaro.
frà.
el Evangelio oral, en
auditorios populares,
Apóstoles. De aquí, la
mirada de Jesús'soüre
ido valor para evocer este recuerdo en
su predicación.
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MONSEÍOR LE CÀMIIS
grimas su derecho aI gobierno supremo de la Iglesia y á
ia admiración de las edades fut,uras. Ilay, en efeeto, algo
más sorprendente que la virtud sin desfallecimiento, y es
la virtud caída qou ." Ievanta, horoica en su arrePenbi-
miento, para permaneeer eternamente fiel en su§ Promesa§
si Dios había podido olvidar su caída, su amor guardaba
Jesús, sileneioso y magnánimo, sufrió así, en casa de sus
primeros iueees, Ia malicia humana en todo su exceso.
para con§ervarse en la correeción legal (2), desde el ama-
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VIDÀ D[ NI'ESTBO SENOB JESUCBISTO
acudido todos los sanedritas (t). 2Sufrió entonces Jesúg un
segundo interrogatorio semejante al primero, como Parece
indicarlo San Lucas? iSe contentaron con leer el Proceso
verbal del interrogatorio precedente, haciéndolo ratificar
tanto por los jueces como por eI aeusado? Es posible. En
todo caso, San Lucas reproduce, en el relato de esta se-
sión, exactamente 1o que los otros dos Sinópticos nos dicen
de Ia sesión de la noche, con la diferencia de gu€, en éste,
no habla ya el Sumo Sacerdote, sino el Sanedrín entero.
Parece eomo que hubieran querido sencillamente regulari-
zar el proceso.
La gran inquietud, una vez confirmada Ia sentencia, con-
sistía ahora, según San Mateo, en obtener la aplicaeión de
la pena capital tz). Quería busearse un medio de inducir á
Pilato á que sancionase Ia sentencia de muerte (3). Púsose á
diseusión el plan, dirigido por los más hábiles. Se trataba
«ie demostrar un delito polÍtico en el crimen religioso, á Io
cual podía llegarse haciendo del Crisbo, Hijo de Dios vivo,
el Cristo, Ruy de los judíos; y del rey delos iudíos, eI one'
migo del César.
Con objeto de impresionar más hondamente aI goberna-
dor romano, se organizó una eepecie de procesión solemne,
y, sin creer humillarse, el Sanedrín en corporación dirigió-
se al pretorio de Pilato.
Jesús los seguía con las manos atadas y en la aetitud
de un condenado.
Israel iba oficiaimente á entregar su Mesías á los gen-
tiles.
(r) Dice, en efecto, ünàme Concilium,.
(2) Tal era el objeto de la reunifu: At eurn morti tradu'mt.
Les es preciso disponer de la vida del acusado.
(3) Por sí mismos, como muy luego reconocerán, habían perdido el Jus
gladi.i.Y. Ántiq. XYIIL l, 1; Tácito, Amn. XII,54, y el Talmtd, Samh,24,
2, dice: «Quadraginta annis ante vastatum templum ablata sunt judicia ca'
pitalia ab Israele.»
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I
CAPÍTULO IY
El proceso civil
Blprocurador Pilato. -Diálogo con la muchedumbre.-Pretende Pilato Ber
juez, y no solamente verdugo.-Interrogatorio de Jesús.-iEs rey?-iEn
qué sentido?-Pilato proclama su inocencia.-Nuevas acusaciones.-Jesús
doferido á }ferodes.-Lo que pensó y lo que hizo el epicúreo tetrarca.-
Jesús declarado de nuevo inocente. -Expedientes detestables.-Barrabás
libertado.-La mujer de Pilato.-El procurador se lava las manos.-La
flagelación.-Uu rey coronado de espinas.-lEcce Homo.-;Se haoe Hijo
de Dios!-Ultimas luchas d'e Pilato con su concienciay su interés.-La
palabra del fin.-/áis ad crucem.(Juan,XVIII, 28;XIX,16;Mot*, XXVII,
ll-so;' Marc., XY, z-ts; Luc.rXXÍIÍ, z-2n.1
Según hemos dieho, desde la deposición «le Arquelao,
Judea había perdido su independencia, y, como Samaria,
había siclo anexionada por Augusto á la provincia roman&
do Siria. Era administrada directamente,y por un procura-
dor que, aun dependiendo del pretor ó gobernador de Si-
ria, no dejaba de ser verdadero seflor del país. A su tribu-
nal oran llevadas las causas capitales; dictaba órdenes y
arrestaba á soberanos, y tenía un cuerpo tle tropas para
hacer respetar su autoridacl. Residente de ordinario en Ce'
sárea, en la orilla del mar, se trasladaba á Jerusaién, ccn
sus soldados, siempre que las fiestas judías, por la gran
aflueneia de peregrinos, atneu azàbun or:iginar movimien-
tos sediciosos. Tal Yez también hallaba complacencia
so en los regocijos públicos, Que los
s del país, y aulr algunos grande§ se-
por convicción religiosa ó por curiosi-
dad, no desdeflaban frecuentar:. EI fausto de la majestad
romana gustaba de aparecer eD público en Eemejantes cir-
cunBtancias.
El sexto de loe procuradores QUo, bajo la dominación
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VIDA DE NTIESTBO SEfrOR JE§UCR,ISTO 299
romana, administraron á Judea, fué Poneio Pilato (1), que
permaneeió en su cargo desde el aflo 2G hasta el 87 des-
pués de Jesueristo, reinando los emperaclores Tiberio y Cu-
lígula. Filón nos le representa como un hombre altivo y
voluntarioso (2); y Josefo (B), aun haeiendo justieia ábiertas
eualidades del administrador, deelara que, en ocasiones, era
violento y lleno de odio para eon el pueblo judío. Llegado
probablemente á su eargo á, faerza de muehos ardides, as-
tucias y humillaeiones, menospreeiaba, granclemente á log
hombres v probablemenee ásí mismo. Temeroso ante todo de
<lesagradar á los que eran superiores á é1, trataba á los de-
más eomo á un rebaflo de eselavos y degenerarlos. sin la
menor eonsideraeión. Por temperamento, tal vez hubie-
ra prefericlo no ser eruel, pero sin otros prineipios en
rnoral que un utilitarismo cínico, caía en la erueldad
siernpre que en ella esperaba haliar algo cle proveeho. En
el fondo, dominado por ese esceptieismo lleno de eáleulo
que caraeteriza las épocas tie servidumbre y decadeneia,
no era eapaz de seguir un buen impulso, sino á eondi-
(1) iPertenecía este personaje á la antigua familia de los Poncios que ha-
bÍa empezado á hacerse ilustre, en la historia romana, con O. Poncio Heren-
nio, el famoso general samnita? No podÍa serlo sino como liberto ó hijo de
iiberto. EI cargo de procurador, siendo cle segundo orden, nunca era atri-
buído á los patricios. Era eonfiado á los caballeros ó aun á simples libertos.
Nos clice Tácito del emperador Claudío, Eist., Y, 9: «Judaeam provinciam
equitibus romanis aut Iibertis prornisit.» Josefo precisa categóricamente
que Coponio fué simplementedel orden eenestre, Antiq.,XX[I, l, l1 a'ir or-
d,ini,s equestris. EI sobrenombre de Pilato, si viniese d.e pileat,us, en re-
cuerdo del bonete que se ponía en la cabeza de los esclavos vueltos á la Ii-
bertad (Suetonio, Nero, LXII: Plebs pileata tota urbe discurrit), indicaría
que erâ un liberto llegado á una situación envidiable por su habilidad ó
&caso por su casamiento, si escierto, según elEa.d,e Nicod,emo,Thilo,p.522,
que su mujer se llamaba Claudia Prócula, y estaba unida, de algún modo á
la gens Claudia. Es posible, por otra parte, que este sobrenombre de Pilato
indicase, ora la predilección del caballero por la jabalina en su carrera mili-
tar, y asÍ, encontramos en Virgilio, Dneida, XlI, rzt; «pilata qua plenis se
fundunt portis;» ora tamblén algún hecho de armas que le hubiese valido un
venablo de honor. Ciertas inscripciones restauradas en Orelli, números 3574,
6852, etc. nrencionan una condecoración nrilitar llamada dela hasta pw"d.
(2) Legat. ad, Caium, 38,en donde se eneontrará la larga enumeracióu de
sus iniquidades. De él se dice: (E.v, ri1v Qúow, ô.xoptrlp- xol perà. roa aúild,ôous
â,pcArzor.
(3) AwI.,XYIII,cap. 2,3y 4.8. J.,II,9,2.
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MONStrN-OR, LE CAMUS
eión cle no tener gue saerifiear nada, ora de su tranquili-
dad'en Palestina, ora de su eonsideración ante el empera-
dor. Entre sus intereses y la justicia, no vacilaba jamás.
Tal era eI hombre ante quien llevaron al aeusado Jesúe
2ResidÍa en la Antonia, la poderosa fortaleza Quo, aI
noroeste del Templo, servía de aeuartelamiento á los sol-
dados romanos? Así lo supone una antiquísima tradición,
y sabido eB que la piedad de los fieles cree todavía seguir
b Ví,a Dolorose,, partiendo del punto donde se hallaba ci-
mentada en Ia roca la antigua torre, junto al muro sep'
tentrional del Elaram-es Cherif, hasta el Calvario. Pero
sin hablar de los gustos fastuosos de que alardeaban ge-
neralmente los gobernadores romanos, sobre todo cuando
se veían, como en las fiesüas de Paseua en Jerusalén, en
contaeto y codeándose eon los reyezuelos ó prÍncipes del
país,- gustos que no podían encontrar satisfaeción en un
cuartel, por muv bien amueblado y adornado que nos lo
describa Josefo, hay razones positivas para creer que Pi-
lato habitaba el palacio eonstruído por Herodes el Gran-
de al noroeste de la ciudad alta, cerca de las torres' Ma-
riamna, Hípico y Fasael, y designado con el nombre de
morada real, rà paat\en. Allí fué donde, más tarde, vemos ins-
taiado á Floro en el momento de estallar un motín. Delante
de este mismo palaeio se levantó el tribunal en que tomó
asiento y á euyo pie eomparecieron, lo mismo poeo más ó
menos que en el proceso civil de Jesús, Ios sacrificadores
y los personajes importantes de la ciudad, para dar raz6n
de los ultraies inferidos aI procurador G). El majestuo-
so edificio, mitad espléndido palaeio, mitad temible forta-
leza, parecía, en efecto, haber sido én todo tiempo resi-
deneia oficial de los gobernadores romanos y de una parte
de sus tropas, las cuales, en caso de conflicto, corrían á
prestar auxilio á la cohorte aeantonada en la Antonia (2).
(1) Florus autem tunc quidem in regia deversabatur; die vero sequenti
pro tribunali anteeanr positosedet, profectique ad eum pontifices cum viris
omnibus summae auctoritatis at dignitatis tribunali adstiterunt, S. J.rII,
14, 8.
(.2) Florus ex aula regia eduvit eos qui secum erant, etc. B. J., ÍTr1õ, 5.
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VTDA DE NUESTRO §EftOR JE§UC.EISIO 3tl1
En todo caso, un testimonio positivo parece establecer que
Pilato se había estableeido en éI. En el eurso del relato
que hace de su embajada ante Calígula, atestigua Filón
9üo, habiendo coloeado éste, como adorno, en el palaeio de
Ilerodes, convertido en suyo, algunos escudos de oro eon
inscripeiones en lronor de Tiberio (1), Ilegó á ser tan gran.
de el eseánclalo á" los habitantes de Jãrusalén, qoã foe
preeiso, por orden misma de aquel á quien estaban consa-
grados, trasladarlos á Cesárea á orillas del mar, al templo
dedicado al emperador. «El palaeio de I{erodes-deeía el
judío alejarrdrino á Calígula-no era, sin embargo, más que
la habitación privada de los procuradores, y ho;,, hasta en
el templo, en el Santo de los Santos, donde sólo entra el
Sumo Saeerdote una vez al aflo, querrían eoloear, no sola-
mente escudos gue, por otra parte, no representan per-
sonaje alguno, sino una estatua eolosal, ultraje sacrílego
á la majestad del verdadero Dios.) En vista de tales tes-
timonios, no vemos por qué Pilato había de juzgar exeep-
eionalmente á Jesús desde la Antonia. En Cesárea (2), co-
mo en Jerusalén, debía experimentar una satisfacción or-
gullosa aquel caballero romano, ó tal vez simple liberto 6
hijo de iiberto, en ostentar su luio y en hacerse admirar en
el palaeio de los reyes desposeídos por Roma. IIn muro
de treinta eodos de alto, almenado y erizado de torres,
verdaderas maravillas de arquiteebura, protegían eI sober-
bio edificio.
En dos alas separadas, en una de las euales estaba ins-
crito el nombre de César y en la otra el de Agripa, in-
mensas salas cubiertas de oro y de mármoles preeiosos ser-
vían para los banquebes y reuniones de fiesta, mientras
que innumerables eámaras, perisbilos, patios, jardines ador-
(l) Filón, de Leg. ad, Caiunu precisa, § 88, que Pitato colocó estos escu-
al Íin de la página sig. §
más que la habitaci&n
ser puesto en lnrangón
(?) En- cuanto 1 lo de Cesrírea, vemos, Eechos XXIII, 84, que el procu-
rador Félix ocupaba allí el pretorio de Eerodesr Tractriwnt, Eeroitis.
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MONSEüOB LE CAMU§
nados de fuentes, de estatuae, de flores y de verdura, os-
tentaban profusamente todo lo que había imaginado de
más luioso el gusto oriental. En el lado norte del inmen'
so euadrilátero, cerca de las tomes, se hallaban situados
los cuarteles rle la legión romana. La entrada del pala'
eio miraba á, Oriente. AIIí tomaba asiento el propretor
euando debía administrar justicia; y allí probablemente
fué condueido Jesús por los que acababan de pedir su
muerte.
Podían ser las seis de la maflara (1), puesto que los ma-
gistrados romanos acostumbraban á abrir la sesión desde
el amanecer. Pilato, güê, desde la vigilia, había eedido sus
soldados para efectuar el arresto del acusado, había esta-
do, sin duda, al corriente de los ineidentes de la noehe.
Así parecen indicarlo las aprensiones de su esPosa. Espe-
raba probabilísimamente ver llegar sin tardanza,las auto-
ridades iudías. Éstas debÍan, en eÍeeto, desear que se ter-
minara cuanto antes, á fin de no dar tiempo á los amigos de
Jesús para mezelarse on eI asunto y libertar al aeusado.
Por otra parte, estaba á punto de empe zat la, solemnidad
pascual, y convenía tenerlo todo terminado con tiempo
para poder entregarse libremente á las prácticas religio-
sas por ella impuestas. Observa San Juan, efectivamen-
te, que los hipóeritas judíos, al paso que suscitaban un
tumulto alrededor del pretorio, rehusaron penett'ar en é1,
por temor de maneharse y ha,llarse por ello impedidos de
comer la comida paseual.
Pilato, eediendo á sucr prejuicios, salió á la esealinata
del palacio, no sin algo de mal humor, como lo indiea la
{orma breve y seca de su prirnera pregunta. Le disgusta-
ba verse molestado de aquella manera y eneontrar, al Ie-
vantarse, una especie cle agitación revolucionaria á' las
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VIDÀ DE I§UESTBO SDüOB JESUCBISTO
puertas del pretorio. «iQué aeusación traéis contra este
üombre?»-dijo.-Entrar así en materia sin más preám-
bulo, era dar á entender desde luego que ansiaba acabar
presto; pero la idea que tenía de la causa, por Io que se le
había notifieado durante la noche, podía justifiear también
este tono brusco, por otra parte, en armonía con su tenr-
peramento. Sabía, según observa San Mateo (1), que los
príncipes del pueblo le llevaban á Jesús movidos de un
odio envidioso, y se indignaba de verlos obrar como iuez y
parte cn un asunto en que iba la vida de un hombre.
Naturalmente, los miembros del Sanedrín habían espe-
rado arrancar al gobernador, sin la menor discusión, una
sencilla confirmación de su sentencia. Su deferenciapara con
la auüoridacl de éste, la demostración de la muchedum-
bre alrededor del palacio, §u presencia en corporación,
era más que sufieiente para que Pilato se sometiese, sin
más dilación, á su modo de apreciar el asunto. Grande
fué, pues, su sorpresa cuando vieron al magistrado roma-
no suprimir de un golpe, con su altiva respuesta, su pro-
cedimiento de Ia noche, y transformar los jueces en sim-
ples acusadores,
Molestados, por tanüo, á causa de esta inesperada acti-
tud, respondieron con impertinente vivaeidad: «Si éste no
íuera malhechor no te lo hubiéramos entregado.) La cosa,
pues, estaba clarísima: no aeudían al tribunal del procura-
dor sino para ofrecerle el papel de verdugo, reservándose
para ellos el de juez. No se equivocó Pilato, y pareeiendo
penetrar en su pensamiento: «Tomadle allá vosotros-dijo
jorgadle según vuestra ley.» Puesto que quieren ser
-y
únicos jueces del acusado, no tienen más que castigarle se-
gún su sabio juicio. En cuanto á' é1, sólo desea ejecutar eri-
minales cuya causa haya informado legalmente. La l"y
romana: Ne quis ind,icto, cürisü cond,emnetur se lo imponía
como obligación. Por lo demás, como la eompetencia de
los que le acusan tiene límites determinados, y Jesús
(l) Mat., XXYII, re.
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MONSENOR L.B CÁMUS.
sólo podía ser excomulgado por ellos, Pilato no tiene ape-
nas que inquietarse por la autorizacíón que les concéde ni
por sus consecuencias.
Sin embargo, en la alternativa de someter aI acusado á
juicio ante el procurador, dando por no sucedido lo he-
cho durante la noche, ó castigarle según Ia autoriza-
ción que acababan de recibir, pero sin darle muerte, pu€s-
to que no tenían derecho para ello, preferen los iudíos
ver comenzar nuevamente todo el proceso. . Aceptando,
pues, públicamente su degeneración política, exclaman:
(No nos es lícito á nosotros matar á alguno.) Semejante
confesión debía haber recordado á los que Ia hacían la an-
tigua profecía de Jacob. Puesto que el cetro había salido
definitivamente de Judá, ápor qué no buscar al Mesías en
medio de fsrael? Ô el anciano patriarca se había engafla-
do, ó el Mesías había aparecido. lAh! Allí estaba entre sus.
manos, y la muchedumbre amotinada le saludaba con eI
nombre de malhechor. Observemos que, abdicando sus de-
rechos, los príncipes del pueblo no abdicaban su odio. Si
consentÍan que el gobernador volviese á tomar Ia causa,
lo hacían esforzándose en prejuzgarla,y su respuesta dic-
taba abiertamente una sentencia de muerte. Ahora bien,
obtenida Ia sentencia de muerte, se sabía de antemano el
género de suplicio que le sería infligido. De este modo, se-
gún observa San Juan, entraban, sin quererlo, en el cami-
no que debía asegurar Ia realización de las profecías del
Maestro acerca de su muerte en la crrrz. Pasar á, la ju-
risdicción romana era, en efecto, para un acusado reconoci-
do como culpable de crimen capital, ir al terrible suplicio.
La jurisdicción judía le hubiera condenado á" la lapida-
ción.
Al punto empezaron á vociferar los eabecillas calumnio-
sas acusaerones: «A este hemos hallado pervirtiendo á"
nueetra nación, y vedando dar tributo al César y dicien-
do que Él es Cristo Rey (t).» Así, después, de transfor-
(I) Lun,, XX[I, 2, nos ofrece esta parte de acusación, utiüsima para
entender la pregunta que Pilato va á hacer al momento á Jesús. Cou todo,
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VIDA DE NUESTBO SB§OR JESUC}I,ISTO
marse de jueces en aeusadores, tenían Ia audaeia de hacer
alarde de falsos testimonios. En toda ocasión, había evi-
tado Jesús agitar aI pueblo, rechazando invariablemente,
excepto el día <le Ramos, eI paeífico homenaje de su en-
tusiasmo. Anbe todos y en el Templo, había afirmado la
obligación común de pagar el tributo al César. Por fir,
la úlüima acusación imputada podía ser cierta en un sên-
tido, porque Jesús se había llamado el Cristo; pero era c&-
lumnioso en el otro, porque esta palabra no tenía prr, Él
ninguna signifieaeión política. Ante el Saneclrín, Cristo
signiÊeaba Hijo de Dios; ante el representante del César,
significará Rey cle la tierra. Ele aquí el arma de dos filos
imaginada por el Gran Consojo. El mismo título que hizo
eondenar á Jesús como blasfemo por jueces religiosos, de-
be hacerle responsable como faeeioso ante el tribunal ro-
mano.
Pilato era sobrado pers picaz para sospeehar del celo sú-
bito que impulsaba á unos judíos á convertirse en defenso- ,
res de los dereehos de César. I{o queriendo instruir la cau-
sa en medio de las vociferaeiones de la muehedumbre, y
también, quizás, por consideración al aeusado, llevó á Jesús
al interior del palacio y preguntóle: (lEres tú Rey de los
judíos? (I)» Irabía en su pregunta una ironía visible. Pue-
de, por otra parte, comprenderse que fué sorprendido al
ver atribuir á un hombre de tan humilde aparieneia sue-
flos de grandeza y de raareza imaginarios. Repuso Jesús:
(2Dices esto de ti mismo ó te io han dieh'o otros de mí?»
Para dar una buena resprresta, üenía, efectivamente, neee-
sidad de saber en qué sentido entendía Pilato la paiabra
rey: ihablaba como judío ó como pagano? En el senticlo
ni este Evangelista, ni los otros dos Sinópticos, traen el principio,. por cle-
más característico, del proceso. Sólo Juan nos lo ha transmitidõ. -
(D Aquí podemos darnos cuenta de las lagunas que ofrecen los sinópti-
cos hasta en los discursos de Jesús. Mientras con Juan en hácer
"oncueidan
acusado: «iEres reyde los judíos?), se contentan con resumir
en una sola palabra: «Tú lo dices,» que nos embarazaría gran-
su laconismo, si no tuviéramos el desarrollo que la precede en
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MONSEI{OB LÍ] CAMUS
teoerátieo, debía decir Jesús: 1Sí! en el político dirá: iNol
Pilato, que no comprendió esta distinción y que había eon-
tado con una respuesta rotundamente negativa, exelamó
medio en broma: «;Soy acaso yo judío? Tu naeión ylos
pontífices te han puesto en mis manos; iqué has hecho?»
En esta forma estallaron de repente el orgullo y la dure-
za del proeurador. 2lIabía de inquietarsu É1, romano, por
los asuntos religiosos de los judíos, entrometerse en su§
suüiles dis[inciones ó en las disputas de sus escuelas? No,
seguramente; los despreeia demasiado para que tal haga.
Intima, pues, al acusado á que se eircunseriba al hecho-
Jesús, imperturbable, prosiguiendo su idea, empieza á dis-
tinguir dos suertes de reinos: el uno, que es el suyo, eB
del orden sobrenatural; el otro, que deja para el César, es
del orden temporal: «Mi reino no es de este mundo»-dice.
Y en estas palabras, de las que se ha pretendido abusar
para sustraer el Estado á las saludables influencias de la
fglesia, no quiere deeir Jesús que su reino no esté sobre
la tierra-los fieles que han reeibido ya su doetrina pro-
testar'ían que ellos son precisamente sus súbditos,-sino
solamente que no es d,e la tierra. Tomando de arriba su
origen, se apodera de las almas, y no busca sino Ia trans-
formación espiritual de la humanidad. De este modo, es de
un orden superi or á, las perecederas combinaciones de toda
polítiea. Ahora bien, al afirmar su origen celestial, procla-
ma implícitamente su universalidad terrestre. Lo que es
de arriba debe dominar á lo que es de abaio. àNo había
profetizado Daniel (1) el advenimiento de este reino, des-
pués de la caída de los cuatro imperios del mundo? Y no
debía eoexistir con los demás, rodeado de un muro infran-
queable, sino erigirse sobre las ruinas de éstos, teniondo
por súbditos á todas las naeiones (2). Nada, en efecto, más
lógico que ver á' la verdad tendiendo insensiblemente á
reformar, no sólo lo interior, mas también lo exterior del
hombre, y apoderarse así de la dominación universal.
(r) Daniel,r II, 34, 86,441YII, 13, 14.
(2) Estoes lo que se dice en el Ápocalipsis, XI' 15.
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YIDÀ Dü NUESTRO SX:ÍIOB JUSUCB,ISTO
«si de este mundo fuera mi reino-prosigue Jesús,-
mis ministros sin duda pelearían para qú" yo fuera en-
tregado á los judíos.) Esta es la demosirr"ióo "o evidente de
que no es rey como los reyes de la tierra. No ha tenido.
soldados á su alrededor para defenderle; los judíos le han,
echadcj mano sin hailar la menor resistencia; su reino,
pue§, no_ puede, en caso alguno, contrarrestar la suprema-
cÍa,del césar. «I{o-dice, insistiendo en la negación,-mi
reino no es de este mundo.)-(Luego írey..". tú?»-ex-
clama asombrado Pilato; y Jesús respoocã' «Tú dices que
yo soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al múnào,
para dar testimonio de Ia verdad. Y todo aquel que de la
vcrdad es, escucha mi voz...) Iba sin duda á af,a-
diendo: (Quien oye mi voz es mi súbdito.) pilaüo,"orr.loir
empe-
ro, le interrumpió diciendo: «2Qué cosa es verdad?» y sa-
lió sin aguardar la respuesta.
El romano había suscitado una cuestión que no desea-
ba ver resuelta. como la alta sociedad. de r" época y de
su país, se hallaba afectado indudablemente de-increduli-
dad y escepticismo {t). ;Qué atractivo podían tener, pa,ra
aquel temperamento de hombre posiüivista ante tãdo,
semejantes teorías sobre la realidad dei mundo espiritual?
Jesús considera la verdad que vino á anunciar ai mundo
como La razôn de ser de su reino, el arma con que io fun-
da, r el elemento que 1o mantendrá. Para pilató, h verdad.
es precisamente una idea, un fantasma, á los que
iamás
debe el sabio sacrificar los intereses de Ia vida presente. En.
todo caso, si, con su irreflexiva pregunta, ha ofrecido a J e-
sús ocasión de hacer un discurso, le significa, levantándo-
se al punto para salir, que no está para escucharle. No.
quiere oir sermones, como si se tratase de convertirlo. Lo
más que puede exigirse de é1 es que juzgue un asunto;
dispónese, pues, á acabar con éste, cuyo Íondo ve eon cla-
ridad. El acusado no puede ser un agitador político, como.
n-alalras de Plinio, nat,II,5: «Solum iuter
Eist.
ül» La verdl,I,_pam el mundo al que p."t"oãri"
no una reolidad, como para Bruto ti vifuu{
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MONSENOR LE CÀMIIS
se decía; á lo más, es un soflador, un filósofo de nueva escue-
la. Por 1o tanto, hay que proclamar su inocencia ante el
pueblo, y darlo todo por terminad,o. (Yo no hallo en este
hombre ninguna causa»-dijo á la muchedumbre.-Equi'
valía esto á, dar á, Jesús, en forma breve y altiva, un tes-
timonio tan categórieo como desinteresado.
Oyó el Seflor, seguramente, desde Ia esealinata del pa-
lacio, al juez que pareeía determinado á ponerle en liber-
tad. Su alma experimentó, sin duda, algún consuelo. Por
vez primera se le hacía iusticia por el único hombre
imparcial y auborizado que tenía derecho á apreciar 8u
.causa. Pero de entre de Ia muchedumbre eleváronse al
punto gritos para insistir (1) en la acusaeión que Pilato re-
husaba admitir. Hablaban los eabecillas del alboroto. Los
príncipes de los sacerdotes, lo mismo que los aneianos del
pueblo, ereían, sin menoseabo de su autoridad, deber vo-
ciferar por sí mismos nuevas acüsaeiones. Esta conducta
sorprendió y embarazó á Pilato. Ilubiera deseado que eI
aeusado se encargâse en adelante de refutar á sus adver-
sarios. Jesús era de otro parecer. Encerróse de nuevo en
un sileneio lleno de gran daza y autoridad. Ilabiendo res-
pondido solemnemente cuando se le preguntó por su rni-
sión, j:uzgó que no le convenía discutir su inocencia Y su
virtud.
«iNo oyes cuantos testimonios dieen eontra ti?--pregun-
tóIe Pilato.-iNo respondes nada?» El aeusado no abrió la
boca,y el gobernador,que sólo quería una palabra suya para
salvarle, admirado de no obtenerla, quedóse pensativo. Era
cosa para un pagano Ia de reeonooer en eI augusto acusa-
do, aquel iusto ideal soflado por los filósofos de Greeia y
Roma, más grande y más fuerte en su silencio que eI mun-
do entero armado contra é1. EI contraste ofreeía algo
.sorprendente y decisivo: por una parte, la multitud, furio-
sa,'vociferandã sus falsas acusaciones para hacerse duefla
de un hombre, y, por otra, oste hombre, absolutamente
(l) Esto es lo que dice el verbo ér.loywv, Luc-TXXIII,'f.
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VIDA DE NIIESTRO §E§OR JESUCBISTO
solo, redueiendo á la inacción á la nnultitud sublevada con-
tra é1. Entre el furor de los unos y la serenidad del otro,
'no era posible la duda, y el sentido práctieo del goberna-
<lor romano veía porfeetísimamente áe parte de
{uién es-
taba el derecho, la virtud y l, justicia.
Con todo, según el retrato moral que de él nos han deja-
do Filón y Josefo, Pilato, más ambieiãso que honrado, tenta
en muy poco el amor al deber, pâra tratar de imponer su
convieción. Tal vez todo un pasado de actos violen[os leva-
dos á cabo durante su gobierno (r) le había hecho tardía-
mente tímido y poeo dispuesto á zan)ar resueltamente el
debate. No es raro ver á los que han abusado por mucho
tiempo de su autoridad, temer usar de ella ," día, aun
cuando lo ordene la equidad, por miedo de hacerl'estailar el
deseontento general con un acto cle justa energía. paréce-
les que el pueblo, al que han exasperado con sus eapri-
ehos, no está dispuesto á sufrir otra eontrariedad, uoriou
sea la más legítima. Se ven condenados á la debilidacl pãr-
que inoportunamente fueron demasiado fuertes.
En sus aeusaeiones, la muehedumbre se esforzaba en
presentar á, Jesús como sedicioso: (Tiene alborotado al
pueblo-deeían-con la doctrina que esparce por toda
Judea, comenzando desde Galilea haÀta Jerusalén (2).» alu-
dían con esto á la entrada triunfal en la Ciudad Santa.
Al nombrar á, Galilea,, pretendían prineipalmente llamar la
atención cle Pilato, porque, regularmentã, de esta tierra sa-
lían todos los alborotadores cuyo patriotismo intentaba por
todos los medios saeudir el yugo de los romanos. Los
tafleses tienen ordinariamente más pronunciado el senti- -ão-
miento
naeión lTlg'-
esionó'
,en efee vista.
Se ofre bido es que los polítieos se
A i B. J.,If, 9.
í2) rrr, r; es el único que especifica los detalles de Ia ins-
tancia a_acusación, y encuintra-en ella ra transición natural
á la co Jesús anüe Herodes, incidente tt.;;ã ilt"fi"õ"
pasan los otros en silencio.
T. III
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310 IÚONSEfrOR I,E CÂUUS
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VIDÀ DE NUESTBO SEftOR J.ÚSUCBISTO
3ll
v esperaba verle haeer obras sorprendentes. Los grandes,
euando están oeiosos, con novedades.
Reeibir á un hombre de del día, pr...iO,
pues, al tetrarca, una buena igió al'punto á,
Jesús pregunta' que tendían, sin dúa,
:al_as á sitisfaeer
su euriosidad y á divertir á ros eortesanos que le
rodeaban.
En cuanto el hombre se haee esclavo de la pasiones
de la
earne, es ineapaz de entrever las grandezas
del mundo
sobrenaturai. Irerodes tomó al pri,i".o de sus
súbditos
por una especie de adivino ó de mago prestidigitador.
La
humillaeión fué profunda para Jesúã. i tuo ult-rajoso
inte-
rrogatorio nada debía responder; callóse, pues. piluto,
el
pagano, aeababa de admirar su silencio; Herodes,
el judío
hastiado, lo despreeió. Empe zaron entonees los
príneipes
de los saeerdotes y los eseribas á abrumarle de
irrrr.'io_
nes' mas no lograron arranearre de este silencio
más elo_
euente que todos los discursos. Herodes y los
su.,vos con.
eluyeron de esto que Jesús era un menteeato
ó un loeo.
Por burla, el tetrarca le hizo cubrir eon una vestidura
blanea {1) y, en este estado, le remiüió á pilato.
ue ereyó debía hacer al eul-
ejereió sobre é1. ;Singular
haeerle una cruel injuria,
tributarle un glorioso ho,
a, entre ]os romanos, el ves-
tido de todo el que solicitaba una_ dignidad: de 'rqoi -ãl
nombre de cand,id,ato. Los reyes de drieote llevabrr,
du
(l) Así
rpós quiere
yan creído
vocadamentel
rór para decir
ra resplandeci
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312 MONSENOR LE CAIIUS
ordinario, mantos de blancura tan resplandeciente como
la nieve, J,, sobre las espaldas de sus dioses, los Persa§ y
los egipciás eehaban de igual modo vestiduras blancas' Fi-
,rl-ãote, con ellas erân también cubiertos los insensatos'
Herodes, Qüe, sin penotrar más en eI asunto, mandaba ador'
nar con elia á JeÁús, parecía confirmar involuntariamente
que el acusado era t6ãas estas cosas á" la vez, y
su burla
se convertía así enla coÀsagración oficial, aunque incons-
ciente, de los d,iversos caraeteres del Mesías, verdadero
R.y, verdadero Dios y aun §ublime Insensato. Cubierto
coJ esbe vestido de loco, en efecto, eI Salvador, según la
frase de San Pablo, iba í eneaminarse á Ia locura de la
ctu,z,
Significando la vestidura blanca, ante todo, la inoconcia
clel a"eusado, se hallaba éste absuelto por una nueva iuris-
dicción. Ser un fanático, üD iluminado, un loco, no podía
constibuir un crimen capital. Aerecentóse, pues, y mucho
el emba ràzo del goberrrudo, romano, cuando vió que vol-
vía Jesús. No habiendo conducido á nada su primer expe-
diente, imaginó al punto un segundo, más eobarde todavía
y" no menos detestable. . r. .
Eo efecto, volviendo á tórnar su papel rle jtez, se dirr-
gií a los príncipes de los_sacerdot,es, á" los ancianos y al
(Me habéis presentado este hom-
fiueblo qoá lo. rãdeaba.
Lr" .o*ã pervertidor del pueblo y ved que preguntántloie
sotros. no hallé en este hombre culpa al-
cusáis. Ni Elerodes tamPoco;
aquí que nada se ha Probado
Estaba, pues, jurídicamente
diversas informaciones: ni en
Judea, ni en Galilea, había Jesús exeitado á la revolución'
condenarle al último suplieio parecía imposible. (así, Ie
soltaré-diio Pitato-después áe haberle caúigado.)-si es
un visioor,rio, será eurado con esta lección. El brutal tra'
tamiento pued.e satisfacet á,la muchedumbre I "9 _ex_imi-
rá al gobornador del remordimiento de una iniquidad su'
Prema.
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VIDÂ DE NUE§TBO §EfrOB JE§I'CRI§TO 313
Por lo demás, y deseando mostrarse complaeiente y
hábil hasta el último extremo, imagina aún otrã expedien-
te, complemento del segundo, y càpaz, al parec"", á" dar
razón á' la muchedumbre, sin sacrificar la vida del acusa-
do. rre aquí todo el plan coneebido por su criminal sabi-
duría. Reelaman para Jesús la p"r, de crueifixión. En
cuanto pueda, la coneedeú,, pero tan sólo en apariencia;
en realidad, piensa salvar al inoeente. El afre-ntoso su-
plieio.-se compone de dos partes: la flagelació, y la crucifi-
xión (t). La primera va á,ser aplicacla seireramente; en cuan-
to á" la segunda, sólo moralmente será infligida á Jesús. por
supuesto, se le tratará eomo condenado, y, por eonsiguierr-
te, será deshonrado. sólo que, según coslumbre ã" ]as
fiestas de Pascua, tal vez?) en ,ecuerdo de la liberación
obtenida por rsrael en tiempo de los faraones, de clar li-
bertad á un preso, el procurador se reserva el derecho de
haeer que se perdone ar inÍeliz aeusado. Tiene, en efêe-
to, en la cáreel un eriminal llamado Barrabás, preso y con-
d..-"1lo por haber tomado parte en una .urgr:iuota" sedi-
ción (3). Paran_gonar á los dós acusados, ., ,."lgrrar cierta-
mente la vida de aquel en quien nada rep"rensible en-
cuentra.
(Costumbre tenéis vosotros que os suelten uno en ia
Paseua.» Y el pueblo exclamó, .ugúo san Marcos: (sí, es-
ta es la eostumbre y el derecho.» Entonce., creyendo casi
la
es
K;
monrar á ra época de ros Macabeos . *';ffiI;;:t;r'."":x#rT:lffi"*:
os romanos, deseosos de hacer su omi-
bién en relacionar este uso con la fies-
), pero no tiene que ver má,s costumbre
trata, que con el pasaje ale_
a de bandoleros que reclama-
ellos detenido, á diez de sus
camaradas prisioneros.
,!,r)^^ry:
dctootu, TYf
como si
], habla- delttarnad,2Bg,yabás y de ta inswrrecciún,inse_
todo esto fuese conocido histórieamente por los lectorâs. --
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314 MONSE§IOR LE CÀIIUS
seguro nación: (Pues bien-diio Pila'
to,-iá, s entregue libre? ií Barrabás ó
á Jesús Cristo, rey de los judíos?» Le
parecía imposible que, entre todo este pueblo, no §e encon-
trasen los suficientes parbidarios de Jesús Para pedir §u per-
dón, y que los príncipes de los sacerdotes, movidos por eI
odio en todo este asunto, 1o fuesen, á última hora, aban-
donados por la muchedumbre. Elubo, en eÍecto, un mo-
mento de deliberaeión. Los amigos de Jesús, mezclados et]-
tre la muchedumbre, consideraban llogada su ocasión. EI
parangón entre debÍa ser decisivo, ô
me.Jor, nr stqurer seno. En todo ca§o,
nadie se hubiera er que, en Jesús, ei es-
píritu revolucionario fuera tan peligroso como en el homi-
cida Barrabás.
Para mayor solemnidad, y puesto que va á' obrar eÍr
nombre de su autoridad suprema, Pilato, mientras espera
en la religión de los judíos, ta Pa-
ganos. Se-ha supuesto que era Tal
ie, la. doctrinas de Jesús le lar'-
mente la atención, y su corazón parecía haber guardado
una secreta beoe.,álencia por el predicador de una reii-
gión superior al judaísmo. En bodo caso, las noticias co-
áooicuáu, desde Ias primeras horas de Ia noche sobre el
Iglesia griega la honra como santâ.'
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VIDA DE NUE§TBO SEfrOB JESUCRISTO 3Ió
.arresto de Jesús la habían impresionado tan vivamonte, que
§u sueflo había sido turbado con terribles pesadillas. No
es raro güe, reflejándose en nuestra alma las impresio-
nes de la vigilia, nos anuneien á, veces los sucesos del
día siguiente. Calpurnia, mujer de César, habiendo tenido
en sueflos un misterioso presentimiento del próximo asesi-
nato de su esposo, proeuró impedir que compareciese
en el Senado el día mismo en que se le asesinó. Del mismo
modo, queriendo Claudia disuadir á Pilato de que tomase
parte en el erimen tramado por los judíos, le envió, en el
momento solemne, un recado para comunicarle las apren-
siones que experimentaba respecto de Jesús. A veces da
Dios á los hombres miserables, que para nada miran al
eielo, eompafleros puros y santos, que, eomo ángeles solíci-
tos, velan sus pasos y procuran animosamente aruancarlos
de la deshonra y el abismo. (Nada tengas tú con aquel
justo; porque muchas cosas he padecido hoy en visión por
'causa de é1.»
Todo, pue§, se unía para acrecentar los eserúpulos de
Pilato, é imponerse, en su eoneieneia de jaez, á los gritos
que de nuevo se ievantaban contra el acusado. La muche-
dumbre, en efecto, trabajada pol' los príncipes de los sa-
cerdotes y los ancianos, vociferaba: ((Haz morir á Jesús y
suéltanos á Barrabás.) Tal es á veces la injusticia de los
juicios populares. Dos hombres son puestos en parangón;
por una ironía rle la suerte, ambos llevan easi el mismo
nombre, porque el uno se llama Jesús llijo de Dios, 5, el
otro Jesús Hijo del Padre (1); Aquél prediea la paz á sus
semejantes, éste les hace una guerra bomicida. Pues bien'
(l) Según ciertos manuscritos, sostenidos por la versión armenia y una
versión siriacarBarrabás se llamaba también Jesús. Orígenes (in Math.,tZt)
leyó en algunos libros de su tiempo: «Jesús Barrabás,» y supone que, en los
,otros, se suprimió el nombre de Jesús, porque se eneontraba chocante que el
malvado procesado llevase el nombre bendito del Salvador. Bar-abbd,s
significa hijo del, padre y es basüante común en el Talmud. La otra orto-
grefía de este nombre, Bar-rabbds, seguida por Tertuliano (c. Marc,IY,42)
I gue, aegún San Jerónimo, al comentar este pasaje, pârece haber sido la del
fioangelio según los Hebreos, le da un significado un poco diferentnz el, hijo
dd rolina ó dnl ncerdntc.
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3r6 MONSEfrOR LE CAMUS
se pido el perdón del malvado, y se vota la muerte del
justo.
Estupefacto y turbado el gobernador, como si no diese
crédito á sus oídos, propone por segunda vez á la muche-
dumbre Ia pregunta, eon tanto furor contestada: «iQué
queréis que haga del rey de los iudíos llamado el cristo?»
Y todos juntos clamaron todavía: «Crucifíeale, cruciÍícale.»
A nada ha conducido la polÍtica de Pilato. No atreviéndo'
se á imponet su voluntad, tendrá que someterse á la del
pueblo á quien consulta. Sin embargo, es tan irritante Ia
iniquidad que se le pide, que se Ye obligado á resistir to-
davÍa. iAh, pero con una cobardía cada vez más evi-
dente! EI espectáculo tiene algo de singular. Un pagano
defiende al Meeías contra los judíos que Ie insultan y le
matan. Por vez tercera (t), Pilato, declarándose á favor de
Jesús, exclama con indignación: «Pues àqué mal ha hecho?
Yono hallo É1 ninguna causa de muerte; le castigaré y le
"o
soltaré.) Así volvía al segundo expediente,por un moment;o
entrevisto, pero no puesto todavía en eiecución. La mrt-
chedumbre, á la que la sed de sangre pone fuera de sí
cuando se subleva, al verle ceder, muéstrase cada vez mtí,s
exigente: (iCrucifícale! lcrucifícale!»-grita.-Al notar
estÀ recrudescencia de Íuror, y ante su propia irresolución,
dió Pilato por perdido á, Jesús. Desde este momento, y
con matices que no es posible inventaran los Evangelis-
tas, eI alma del juez se convierte en teatro de una lucha
cada vez más angustiosa entre sus convicciones y §uB inte-
reses.
I{abiendo pedido agua, lavóse l:-s manos ante eI pue-
blo y diio: (Inoeente soy de Ia sangre de este justo; allá
os Ià veáis vosotros.) A fin de expresar de modo que lo
entendiese la plebe guo, como iuez, no ve ningún crimon
que castigar, y que, como gobernador, pretende declinar
toda solidaridad en el crimen impuesto á su debilidad,
recurre á este signo simbólico, muy propio de las costum-
(1) Luc.rXXIII, 22, recuerda así categóricamente, ille tertio d,iait, t1trc
Piialo proclamó enÍonces, por la tercera tezrla inocencia de Jesus.
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VIDÀ D]I NUE§TBO SE§OB JE§UCRISTO 3L7
bres judías G). Al mismo tiempo, la multitud, reivindican'
do toda la responsabilidad declinada Por el romano, ex-
clama: (Sobre nosotros y sobre nuestros hifos sea §u
sangre.) Inútil es decir si fué oÍda por Dios la saerílega
bravata. Esta sangre del justo pesa todavía sobre los
hijos de los 'culpables, sin que hayan podido borrarla
ni los siglos, ni la eivilización moderna, ni el escepticismo
universal. Con sus riqu ezas, su espíritu mereantil, su indo-
mable energía, este pueblo, que por todas partes se eneuen'
tra sin reinar ert parte alguna, que posee el oro de la tierra
sin poder cr;rrstituir para sí una patria, vive, pasa y muere
despreciado, uraltratado, maideciclo, como si se leyese to-
davía en su frente, eserita con sangrientos caraeteres, la
causa de su desgracia: lDeicida!
Pilato, que acababa de declarar Justo al pobre acusa-
do y de estigmatizar, como crimen abomirrabie, la muerte
exigida por el amotinado pueblo, ordena, sin embargo,
que se sometiera Jesús á la pena de la flagelaeión. Este
suplicio era la preparaeión inmediata de la crucifixión.
En_traba el gobernador en ios sanguinarios deseos del po-
pulacho, mas no, como veremos, sin esperanza de detener-
se aún en el eamino, y de arra,ncar de la muerte, en el úl-
timo momento, á la infeiiz víetima
Jesús fué flagelado públicamente cielante del pretorio, al
lado del tribunal (2). Semejante tratamiento tenía algo
(l) Leemos, en efecto, Deut., XXI, 6, y Josefo, Ant,,IV, 8, 16, que cuan-
do sc cometía nn asesinato en el campo, si su autor era desconocido, se
inmolaba un ternero en el lugar del crimen, y, lavándose las manos sobre la
víctima, cada uno de los ancianos de la ciudad más próxima debía pronun-
ciar estas palabras: «Nuestras manos no han deuamado esta sangre' y nues-
tros ojosnohan visto derramarla.» Y. Sota, YIII, 6. Los pasajes de lleto-
doto, I, 35; Yirgilio, Aen.r II, 7 tz; Sófocles, Ayan, 654, invocados para eom-
probar que Pilato pudo conformarse con una práctica usada por los paga-
nos, nada tienen que ver aquí. Pilato no se lavalas manos después de come-
tido el asesinato; se las lava en vista del que se va á cometer, y con ello
librarse de su responsabilidacl.
(2\ Yemos, en efecto, Mat., XXVIf, 27rq:ue después de la flagelación, le
conducen los soldados al pretorio, para la afrentosa escena de la burla.
Marc., XY, 16, dice em el interior d,el palacio, im atrium praetcrrii, es decir,
en el patio interior. Exigia la ley romana que la flagelación fuese adminir-
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318 MON§EÍIOR LE CÂMUs
tan horrible que no era raro ver á la víctima expirar mien-
tras lo sufría. Los romanos lo administraban ora eon
v&ras, ora con látigos, cuyas tirae de cuero estaban arma-
das de huesos cuadrados ó de balas de plomo0). El pacien-
te era atado á un poste. de modo que presentase el dorso
'encorvado y la piel muy tensa. Probablemente fué azo-
tado Jesús eon látigos, porque sólo á los lictores pertene-
ela azotar con va,ras, y, Pilato, mero procurador, no tenía
lietores á su servieio. La barbarie que desplegaron en la es-
cena de escarnio quo siguió, es prueba suficiente de que
los soldados eumplieron eon severidad la orden. Por otra
parte, Pilato, esperándoio todo de un movimiento de pie-
dad que deseaba provocar, como úItimo recurso, debió sin
'miramientos
duda mandar que no se tratase con al paeien'
te. Pero eI amor de Jesús era más fuerte que üodos los su-
frimientos, I, soportando los golpes que magullaban su
carne, decía á la justicia del Padre, al furor del infierno,
á la ingratitud de los hombres: (iNo me abatiréis; golpead
sin deseanso!»
Durànte el suplicio, Pilato habíase retirado al interior
del pretorio, para recogerse y dar á su eoneiencia el último
asalto. No hubiera tolerado ver á Jesús insultado por su§
soldados más eruelmente aún de Io que lo había sido por
los de llerodes. En efecto, mientras éstos le habían de-
vuelto,vestido de blaneo,como un pretendiente á la corona,
trataron aquellos de proclamar su realezà; y así, arras-
trándole al pretorio, después de haber convocado en tor-
trada en público. Ante el tribunal de Floro es administrado dicho suplicio,
14, 9). (In medio foro,» dícese en Oicerón, Teru.rY.62.
(8. J.r II,
(l) Tito Livio, XXXIII,36; Q. Uurcio, YII, 11,28; Yalerio Max..f,7;
Comp. .fosefo, 8.J' Y, 11, t. La mayor parte de los detalles de la flagela-
eión son suministrados por los autores paganos. «I, lictor, conliga manus,)
dice Cicerón, p. Rab., lY; courp. Tito Livio, I, 26; XXYII, 13; «In forome-
dio nudari ac deligari, et virgas expediri jubet,» leemos en Yerr. V, 6:. Po-
d,ría citarse todo este clásico pasaje del gran orador para demostrar que al
suplicio de la cruz precedía inmediatamente el de los azotes. «Adstringit ad
columnam fortiter,» en Plauto, Bacch.,IY,7, z+. El látigo es llamado Çurr$
en Aten., 153, y Luciano, Asin.r 38. «Flagrum pecuinis ossi-
â,orpo1o,\,ont1,)
bus caten atum,» en Apuleyo, Met. 8. Comp. Dionisio de Halic. IX; Aulo
Glelio, Noct. Átt.rX, 3.
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VIDA D.IC NUESTBO SBÀ.OE JESUCEISTO 319
ino de Ét ta cohorte entera G), pretendían realzar la so-
lemnidad de su coronaeión aumentando el número de sus
súbdibos. En honra del nombre romano, creeremos que
Pilato, como los demás procuradores (:!), no tenía á su ser-
vicio sino auxiliares reclutados en las provineias del Im-
perio. Medio bárbaros, cifraban aquellos mercenarios su
.cruel gozo en prodigar sus moÍas á los reos (3).
Extenrlierou sobre los hombros cle Jesús un manto tle
(4)
escarlata, harapo miserable de algún vesbido de soldado
hallado al acaso. Conviniéndole corno re)' una corona,
teiieron una con espinas y se la hincaron en ia cabeza.
Luego, pusieron en su mano derecha una eaüa, á guisa de
cetro, y, pasando uno á uno delante de É1, doblaban la
rodilla diciendo: (iDios te salve, R.y de los judíos!» Sieu'
do también costumbre besar la frente aI nuevo rey consa'
grado, le abofeteaban y golpeaban la cabeza eon el ridícu-
lo eetro que aruancaban de sus manos. En fin, para com-
pletar la odiosa parodia, ya se prosternaban para adorarle,
_ya se ievantaban para escupirle en la eara.
Jesús permanecía callado.
lTenía fija su mirada en lo por venir, en aquel ejército
de soldados fieles que debían reconocerle, aun coronado de
espinas, por re,v único y verdadero, como Moisés había re-
-conocido á Dios en Ia zarza ardiendo; en aquellos mártires
guê, dando su sangre por la gloria de É1, sentiríanse orgu-
llosos, en la sucesión de las edades, de renovar, con sus
valerosos testimonios, eI manto de púrpura de su indeÍbc-
(t) Ma,t., XXVII, 27,y Marc.. XV; 16, entiendenlpor totam cohortern,
no la décima legión, sino solamente los soldados que Pilato había llevado
consigo de Cesárea, como cuerpo de guardia, un mero pelotón ó piqueüe de
honor.
(2) Josefo, B. J' Y, ll, l; Plauto, Most.,I, l, 2; Dionisio de Halic., YlI,
ffi Estos auxiliares tenían un odio particular contra los judíos. B. J.,
II,12, l.
(3) Esto á lo menos induce á creer el n.o 5, B, de las fnscript. rotn. de
l" Àlgérie.
(4) Algunos soldados llevaban vestiduras de colores vistosos y abigarra-
doe. Plutarco. SertoriusrXTYr y\o.1nioo àv1uo,?slPhilop. fi',apúôuv õqtiltopétut.
Yéase Ilermann, Prioataltq'tà., § XXI ,20. Tal vez recogieron los desechos
'de alguno de ellos.
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MOI.{SBNOB Lts CÂMUS
súbditos que le amarían como á" un padre, le servirían
como á un rey, le adorarían como á un Dios, sin que nada
pudiese eambiar ni disminuir, ni descorazonar esta eorte
de honor á" través de las generaciones futuras? ó bi.o,
volviendo sus ojos al cielo, ase oÍrecía alPadre como el cor-
dero enredado en el zarzal y destinado á. reempla zar, á,
rsaac en sn saerifieio; como el nuevo Adán, reeogiendo los
abrojos que brotan de una tierra maldita; en fin, como el
Mesías coronado de las espinas que Israel, la vid infecun-
da. ofrecía á su Seflor eL vez de frutos? Todo esto es pro-
bable. Lo que hay de cierto es que, víctima expiatoriu y
rey de lo por venir, ofreció más tarde su augusta cabeza,
adornada de la sangrienta eorona como el sol de sus rayos,
á la adoraeión de los hombres! /, eon esta aureola imposible
de ser mancillada por injusticia alguna, ni comprada por
ninguna otra víctima, fuera de El mismo, lq mirada y el co-
razón de los justos saludan todos los días el amor y la ma-
jestad de un Dios (1).
Había llegado para Pilato el momento de dar el asalto
definitivo á Ia despiadada muchedumbre. Salió él el pri-
mero, y empezó abogando por la causa de la víetima, rei-
terando lo que ya había dicho: (Os le presento para que
le veáis. Ifna vez más os digo que no encuentro en Él eao-
(t) Sin alcanzar jamris tan odioses proporciones en crueldad, estas esce-
nas de escarnio con seres débiles y desarmados, parece que fueron en cierta
medida del gusto la época. Filón, in filacc., p. 920, cuenta que, el af,o 88 de
J. C., gueriendo el p
brado rey de los judí
cido en la población,
sio, le transformó en
una diadema de papel, en sus espaldas un tapqte á guisa de manto y en
sus manos una caía como si fuese un cetro; y mientras algunos ciudadanos,
transformados en soldados, simulaban dar guardia en torno suyo, otros le
pedían que les administrase justicia, y todos juntos le saludaban con el
nomtre de Seüor. iMari -üIari! exclamaban en siriaco, pare burlarse de é1.
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VIDA DE NUEST.BO SEfrOfi, JESUCRISTO :]21
sa alguna.» Su última defensa consta, puos, de dos argu-
montos: ha heeho maltratar á, Jesús más aún de lo que ha-
bía prometido, pudiendo el pueblo darse por satisfeeho
por tan duro castigo; y además está más convencido que
nunca de su inoceneia. aNo se le podría tener en cuenta
su eobarde eomplaeencia, y terminar en este punto un ne-
gocio tan abominable?
Siguióle Jesús, coronado de espinas 5, eubierto con eI
manto de esearlata. Pilato, con un gesto de compasión, le
mostró ála muchedumbre y dijo: (He lquÍ er, HouBRE.»
Aquel era, en efecto, el Elombre-Redentor esperado por
la humanidad, el lfombre por oxcelencia, el verdadero
Adán. EI procurador romano aeababa de pronunciar una
palabra cuyo sentido misterio.so era ineapaz de entrever.
Aquel era también el Hombre que no ela ya hombre: tan-
to le habían desfigurado la violencia de sus enemigos. La
profeeía de Isaías(1), como la del Salmista(2), quedaban afren-
tosamente cumplidas. Aquel era, en fin, el hombre temi-
ble á quien denunciaban los príncipes.de los sacerdotes co-
mo un revolucionario peligroso, como un pretendiente aI
reino, como rival del César. Al mirarlo, experimentaba
Pilato indecible compasióo, y, sin embargo, no era ni su
eorreligionario, ni su eonciudadano. Creía que los enemi.
gos del acusado, enternecidos por este espectáculo, le per-
donarían por fin. Se engaflaba. Menos aecesible á ias im-
presiones de la justicia natural, de Ia piedad y de Ia gr.a-
eia es el eorazón de un pagano que el de un impío ó de un
falso devoüo. EI odio religioso que Satanás hace germi.ar
en cualquiera parte, es despiadado; y nada huy más
duro que las almas güê, habiendo visto do cerea la inocen-
cia, la verdad, Ia belleza moral, no han comprendido su va-
lor ineomparable.
Con todo, una exhibición tan lastimera ofrecía el peligro
de emocionar al pueblo, el cual, entregado á sí mismo, tiene
buenos instintos. Apresuráronse, puog, los príncipes de los
(r) .Is., LIII,3.
(2) Salmo XXIII, 7.
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322 IUONSEfrOE LE CÀMUS
saeerdotes y sus criados á prejuzgar su respuesta, excla-
mando al punto: (iCrucifícale! lCrueifícale!» Pilato, ofendi
do de tal inhumanidad: (iTomadle allá vosotros y erueifi-
cadle!-exclamó,-porque yo no hallo eo Él causa.)) Equi-
valía esto, como la vez primera, á negar la condenación
eapital y despedir á, la muchedumbre, con una autoriza-
ción que no satisfacía sus proyeetos homicidas. Pero los
más hábiles agitadores sospechaban güo, no por haberse
erguido con tanta altívez. estaba menos dispuesta á eapi-
tular la coneiencia del gobernador. Era en extremo ficti-
eia su aparente energía. Ante todo, temía Pilato desagra-
dar al pueblo, y éste estaba seguro de que prevalecía
sobre un juez que tanto vacilaba en imponer la justicia.
(Nosotros tenemos ley-respondieron,-y según esta ley
debe morir, porque se hizo Ilijo de Dios.) Estas palabras,
easi impertinentes, insinuaban gue, si los judíos aceptaban
la soberanía, era á, eoudición de que los romanos hicieran
respetar la ley judía. Además, llevaban el proeeso á su
primibivo terreno, abandonando el aspecto político, que
nada criminal había ofrecido á Pilato.
De tal modo formulada, la nueva acusación religiosa hi-
zo surgir en el ánimo del procurador una inquietud por
demás inesperada. No estimando, como los judíos, que es-
tas palabras: (Yo soy el Hrjo de Dios», er labios de1 ad-
rnirable hombre á quien jazgaba, Íüesen en absoluto una
blasfemia, preguntóse qué fundamento podían tener. 2Se
a
hallaba, por ventura, en presencia, si no de un verdadero
Hiio de Dios, á Io menos de un Justo, amigo del cielo, á
quien los dioses se encargarían, tarde ó temprano, de ven-
gar? IJna superstición naturalísima evoeaba á los ojos del
pagano sombrías perspectivas. Entró al punto en el preto-
rio, llevando consigo á Jesús. Allí, bajo la viva impresión
que le dominaba: «;De dónde eres tú?»,-le dijo.-La
pregunta de Pilato no podía tener más que un sentido:
(Eres del eielo ó de la tierra? iEres hombre ó Dios? G)»
(r) Comp. Junm, VII, za; XVIIL 36-37.
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VIDÀ DIN NU.GST.IIO SENOT' Jü.9UCIiI§TO
Sabía perfectarnente, en efecto, que Jesús era galileo. Si
no habla en términos más explícitos, es porque no se atre-
ve á, aventurarse en un dominio religioso extraflo á" su
educaeión, y en el que corría peligro de mostrar pronto su
incapacidad. Jesús no respondió. El pagano no estaba de
ningún modo dispuesto á oir la Buena Nueva. Su pregun-
ta no partÍa de un corazón que buscaba la verdad, Ia guê,
poco antes, después de preguntar qué era la ,r.rd^d, se ha-
bÍa dado prisa en salir para rro saberlo. Dios, por bueno que
sea, no deja de eiercer su justieia sobre los que rechazan su.
misericordia. Pilato no quiso oir á Jesús cuando hablaba,
y Jesús, á su vez, calla cuando Pilato quiere oirle. Desde el
punto de vista general de la causa, el proeurador sabía
bastante sobre la inoeencia del acusado para no tener ne-
eesidad de nuevas luces. Aun el sileneio de éste confe-
saba su origen divino. No rechazar enérgicamente la nue-
va acusación: «Se hizo Hiio de Dios), equivalía á, recono-
cer que era fundada. «àÁ mÍ no me habias?-dice Pilato
con extraf,eza;-ino sabes que tengo poder para crucifi-
carte y que tengo poder para soltarte?» El orgullo del
magistrado romano acentúa estas últimas palabras. Ha
mostrado algún afecto al acusado, I éste le signifiea, con su
silencio gue, después de sus indignas capitulaciones ante
la muchedumbre, ro mereee respuesta. De aquí el tono
altanero de su obsorvación. Tiene, en efecto, el pocler
de matar ó perdonar la vida. como Io probará el resultado
to, á, ella, sino güê, con una majestad que se impo-
ne, se contenta con decir aI presuntuoso rom&no: (No ten-
drías poder alguno sobre mí,'si no te hubiera eido dado de
arriba. Por tanto, el que á ti me ha entregado, mayor pe-
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MONSENOB, LE CÀMUS
cado tiene.) Pilato, pues, es realmente duef,o de Jesús,
porque Roma, duefla de Palestina, delegó en Êu procura-
dor la faeultad de vida y muerte. Pero, aun con su auto-
ridad, Pilato es el instrumento cle una mano superior que
conduce á todos los reyes de la tierra, -v á la cual pertenece
regular la suerte de todo hombre, y más particularmente
la tlel Salvador de la humanidad (1). Le sienta muy mal
mostrarse tan orgulloso de su autoridad (2Puede enorgu-
llecerse el haeha en manos del que se sirve de ella para dar
el golpe»-había clieho eI Profet2l (2),-ssta vez, sobíe todo,
que va dirigido contra un inocente? En vez de preva-
lerse de una autoridad que ilegalmente va á ejercer, debería
lamentar el ser su representaute. Preferible es que no sea
gobernador el que no sabe gobernar en justieia.
Sin duda que puede encontrar Pilato en el abuso de
poder gue va á cometer una cireunstaneia atenuante. No
se ha inmiscuido libremente en este proceso. Éi lo sopor-
ta, siendo así que los judíos lo han intentado y condu-
cido contra toda iusticia. Más culpable que él es el Sane-
.drín; sin embargo, no por eso tiene menos parte de res-
ponsabilidad, y así se lo da á entender Jesús con impo-
nente autoridad. Pilato no replica, pero, más que nunca,
multiplica las combinaciones y los esfuerzos para librar
al inocente. Los judíos ni siquiera escuchan slls propo-
sieiones. iQué trastorno en los papeles! El juez se con-
vierte en abogado, y los aeusadores en iueces. Sóio la
víetima se calla, aceptando cle antemano la inicua con-
rlenaeión. Pilato, por su parte, se obstina en dejar ver q.ue,
(I) Leemos, efectivamente, en los Eechos, IV, 28, que Herodes, Pilato,los
gentiles y los judíos coligados contra Jesús no hicieron otra cosa que cum-
plir 1o que sobre este punto había sido regulado por la mano y la sabiduría
divinas. Los malos, en su libertad, realizan sencillamente los designios de
la providencia. Este modo de entender un texto por sí mismo embarazador,
no deja, aunque lo adoptemos, de tener sus dificultades. Tal vez conviniera
entender por üvu|eu el reino de Satanás, que es de una región superior â la
nuestra, y entonces todo se explicaría fácilmente. El poder de vida ó muerte
sobre Jesús es dado á Pilato por los representantes de Satanás, los judíos,
que llevan ácabo la obra diabólica. Ife aquí porqué, enelfondo, aun siendo
.culpable, Pilato es menos criminal que aquellos satélites del infierno.
(2) fsaías, X, ló.
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YIDA DE NU.ESTRO SEfrOB Jr.SUCBI§TO
á falta de queias serias, se inclina á una absolueión so-
lemne. Su carácter brusco y violento está á punto de zan-
iar la cuestión. La muchedumbro lo eree todã perdido. En-
pendeneia. ll,ocos y eobardes! Israel se eonstituye aboga-
do de los derechos de Roma ante el p.ocrr"dá, qou"l"
suby*ga y aplasta en nombre mismo dã esbs derechos.
Realmento, contra un político ambicioso eual pila-
üo, Ia maniobra había de se, decisiva. Sacrifi ear á,Jesús ó
(1) Ánn., rlr, 88: «Majestatis crimen omnium accusationum complemen_
tum eraf.)
(2) Yiúa, ?ib., c. LYrrr: «eui atrocissime exercebat legee majestatis.»
2I T. III
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326 MON§ENO.R LE CAIIUS
ã-
ropente, en una provilcie suyà, había habido alguien rlue
se había abrogado el título de rey, para que el procurador
(1). Y la desgracia
viese la cerbeia de eu desgracia definitiva
equivalí a á, la muerte. Las' almas tet'renas quieren ante to-
dã gorrr dô la, tierra. Ante todo su posición, Iuego la con-
cieucia.
Dosconcertado con esta última amenaza, Pilato mandó
que se presentase Jesús, á quien había deiado en el preto-
r1o. S"gún la costumbre romana, el acusado debía oir por
sí misÀo su sentencia; más aún, ordenaba la l"y que eI
iuicio 8e pronuneiase(3). en público tz) y desde un lugar que'
dominase ia multitud Este lugar se llamaba en lengua
aramea Gabbatha ô em,inencia, y erà, de ordinario, un
tr.ono portábil, al que se subía por gradas, En griego, lla'
mábael el paraje dãsde el cual el juez administraba ius
ticia, Lithàstro,üor, o Atrio d,e ntosaico, potque eI pavimen-
to sobre el cual se colocaba ei trono judicial estaba hecho
(a). El procurador,
eon fragmentos de mármoles preciosos
que hab"ía subido una vez aI Gabbatha para absolver á'Je-
ús, subió de nuevo Para eondenarle'
Era entonce§, obsêrv, San Juan con una Precisión que
no se desmiente y que explica la importancia de los §uce'
sos, la preparación á. l" Pãscua y como la hora sexta(5).
Filón ( LegaÜ.
(1) sobre todo después d_e_pg_{emás acusaciones que,-segúnquebrantado
xVlI, B' J', I, 2, s'), habían ya
C"ti*./ y Josefo i^e'"t. 14;
"i
su crédito' .
(2) B. J. TI,9 14, 8. '
(3) Suetonio, designando'
(;í õb.érou.u Lithostrotos,
.o)Jo designaban sentido' Gabbatha, que-se'
á;;i;".;üebreo degab,Í ib'ah,indica la formaeie-
a"f tribunal, y el griego .hú1arpozos derivado de(Josefo, ÀIdos f, !'p!":t"
"ràà
áã"ãtr el piso ãriuitor aJmeimot sobre eI cual se alzaba. 4, {,'{\
i, ãíã, áll Éf "o ãu áio. favimentos ricame rte dispuestos se hallaba in-
"ro dàsde lôs tiempos de Sila'
ii.aiah" en Roma 26)'
Í"rio césar, para realzar;'riJf§.lir',:
ttl"-lil",
á" ." pretoriã mõsaicos v T4rmoles
X',i-
como los tenían
yãUi J. erigía el trono judicial. Los gobernadores
*irl
siguieron
- esteej,emplo' . nuestra nniniÁn sr el día en quq:T*
ult *"ib' Lt*ot expuesto -,,aorra opinisa sobre
que varios, con
.oàiírto toé conaã"úãy ejecutado. La indicación presente,
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VII,.C. DÜ NUESTRO ST:fr(,B JTBUCR,I§TO t27
_ al Pilato: «lYed aquí vuestro
aparecer Jesús, exclamó
Rey!» ;I{abía solamente en estas palabras una amarga
ironÍa con Ia eual se vengaba Pilato del acto de debilid;d
gue se le arrancaba, ó bien es preciso hallar en ellas el úl-
timo y solemne homenaje al aeusado? Ambos sentidos son
prúables. La sangrie,ta frase era exacta, y el pueblo
reparación,
no§ parece
dicho. Sig-
cua, inmo-
sán. iQué razóahabía para aüadir zo0
T!o4! después de rapoaxeü|1, si rarao*.r4 siguificase sencillarmente viernes?
ji$Lf podía ignorar, después de lo dicho y, por el Evangelista, xrir,-u
XYIII, 28, etc., que se hallaban en la semao, du pascua.
La determinación de la hora de la crucifixión ofrece una nueva dificultad.
4o!., XXVrI, 4ó1 Marc., Xy, :le; Lue, XXIII, ++
día hacÍa ya algún tiempo que Jesús estaba en la
nieblas se difunden sobre la iierra desd.e esta hora
otra parte, Marc., xv, 25, poniéndose frente á frente d,e Juan, xrx, r{ dice
categóricamente que Jesú§ fué crucificado en ra hora tercia y ,o roiu Jrrt"-
Para re §u-
pusiero
àtro,
meJor
i, Xi;
arbitraria. Los testimonios de algunos
manus_critos N' D'opp" L, x, A, ó aun del ()hronicon aleu.rr".ão du
autoridad suficient_e p?Iâ, apoyarlo. otros han imaginado qou S*o Juan
había seguido la división rômana de las horas, miintras
[ue sus ante-
eesores habían seguido la división judía. Mas esta división ro*or"-j."
halla establecida históricamente? Hemos visto, vol. r, pág. 2g6, que Ln
Oriente, y an escribía su Evan'g.iio, ." toiráU*o
las horas á r de media no
que hacían g, observa Jes
horas, y en exta coincide
que más se dejan sentir el admisible
que la sentencia de Pilato, sesión del
Sanedrín, después de la co ,r. ,,i.,n,rr,
extens_amente, évÀó7ors txavo?srhacerle H-'HH:
del goberl_ador y de las escenas de la flagelación y coronación de
hubiese sido pronunciada á las seis de la úaüana. "upioru,
que la contr
iEs preciso .ooo"ii, ã,
de una hora
equivocado?
XIX, 14, no
sábado, es d
, â las I
de la maflana, concordando
en el cuarto Evangelio. Otros,
e aproximativa que allí se en-
ar un término medio, en el cual las
diodía de San_Juan. Pormrís que, di-
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328 UONSEÚOB LE OÀUUS
rugió anto la humillación que se le infligía. «1Quita, quita!
YPilato, antes de capitular, Pro-
-exclamó;-ierucificale!»
siguiendo hasta el fin su veng anza,: «;Á vuestro Rey he de
erucificar?», preguntó. Entonees fué cuando, sellando su
abdieación con la últimabajeza, los príncipes de los sacer-
dotes, los que personificaban el vieio parüido de la inde-
. pendencia,
respondieron: (3No tenemos por Ruy sino á"
César!» De este modo abolían su vieia teocraeia aquellos
orgullosos patriotas, y pedían ser confundidos en adelante
eon los oüros pueblos esclavos del imperio romano. Se en-
tregaban á" ié.ut con tal de suprimir á Jesucrieto. Éste
los había salvado, aquél les degollará dentro de algún tiem-
po, el día rnismo aniversario de las fiestas pascuales. Al
vei" que el partido sacerdobal se entregaba de tal suerte,
Pilato no tibubeó ya en sacrifiear á' Jesírs. Tan solomne
abclicación bien valía esta recompensa.
Y la sentencia fatal fué pronunciada. La astucia, la ma-
licia, el fanatismo del Sanedrín habían logrado arranearla á
un magisbraclo sirr honraclez. Pilato diio al acusado las pala-
bras saeramentales: (Yas á ser cruciÊeado: ilbis od cru-
cem!»
cen, el díase dividiese en 12 horas, según las palabras dgl .Maestro (Jryrro
Xt, g» con más frecuencia, segÍrn el uso establecido, se dividían estas doce
horasen cuatro sec,:iones de tres horas cadauna, la prima desde el ama-
necer hasta las nuevel la tercia desde las nueve á mediodÍa; la sexta desde
el mediodía á las tres, y la nona desde las tres al anochecer. E[ pueblo par-
ticularmento se contentaba, para distribuir la jornada con estos cuatr«r pun-
tos'de parbida, tces de los cuales estaban determinados_por la plegaria.pú-
blica en el Templo. Cuando, pues, los Sinópticos ó la tradición popirlar dicen
qüe Jesús fué crueificado en la hora tle tercia, indican que-se estaba en la
stgun,la sección del día, entre las nueve y el mediodía, hacia eI fin de esta
hora do tercia, lag once, por ejemplo, porque es preciso buscar tiempo
para clasifrcar los numerosos incidentes de la maflana. Al decir Juan que era,
ôup* ds la hora sexta cuando se pronunció la sentencia, pudo querer indi-
. car solamento que iba á empezar la tercera parte del día y que se acercaba el
mediodía. Pero es preciso una voluntad á toda prueba para darse p-or_ eatisfe'
cho con esta solución. Aun cuando uo se tratase en Ju,anr I, 39, de lo hora dé-
cima, y IV, 62, dola séptima ,y eo Mut.,,XX,$, de la undécima, lo-cual comp-ro-
mste Ía división del dia en cuatrosecciones, es evidente que, si la tercera ho-
ra puedo re«lucirse á la sexta,óz
ca este modo de explicarse.Es ne
dición oral recogida por los Sinóptic
quísima del copisla. En todo caso, deb
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SECCIÓN UI
Le'c.ErásrBonlE
a
CAPÍTULO PRIMERO
Jesús en el suplicio
La cruciÍixión no era un suplicio judío. Icleada por una
mujer, semíramis, la vemos practicáda primeramente
en-
tre los asirios,- persas y escitas; ruego, ngipto y carta-
"" griega
go. Á su vez, la aceptlroo las civilürciooes
y ro-
*"1r, r, por terrible que fuese tU,' había ilegadã á ler el
suplicio ordinario de los esclavos, seraile ,upfitiriu*.
se-
gün la l? Moisés ("), un crimioal podía ser decapitado,
9"
estrangulado, qy"Trqo ó apedreado. -Noo.u era puesto
en
eruz sino después de la muãrte, y para infligir a ,,
cadá-
ver unê injuria suprema. La feroãia'"a de alei"jand.ro Janeo,
quien h1bi1. mandado crucifi ear á,ochocienbÁ prisioneros,
era citada (s) eomo una maldad abominable. pero un
siglo
más tarde, importaron los romanos en palestina
este gJi"-
(l) ciceron (in,ywrem, v, 66) la lraua con razón: «cruderissimum,
te_
terrimumque supplicium ».'
(:21 Deut.,XXI zz, zB.
(s) B. J.,I,4.
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}IONSE§OR LE CAMUS
ro de castigo, usado en las demás provincias del imperio
para casti[ar. á los sediciosos _y malheehores. Desde Yaro,
a la muer-
iue ejecutz de este modo dos mil rebeldes después de
à d." H.rodes el Grande, hasta Tibo, 9uo,
la ruina de Jerusalén, levantó bajo los muros de la ciurlad
tantas cruces como árboles y sitio encontró en los alre'
dedores, los proeuradore.'iofligia, el afrentoso tormento
á los agitadóres políticos ó religiosos que eaían en sug
(1).
manos
Es de notar guo, aI eondenar á Jesús al más afrentoso de
los suplicios, la iurisdicción romana le proporcionó el único
en que había de conservar, Po
compleba libertad de esPírit
cttJz, en efecto, será como la s
de, hasta el último momento,
en que eseogerá, á su arbitrio, el instante de entregar su
al., á Dios. Àpedreado ó deeapitado, huloiera podido 3a-
recer menos dueflo de sí mis-á y, on todo caso, más difí-
eilmente se hubiera convertido err bandera de la Iglesia, en
el signo elocuente que debía eernerse sobre eI mundo de
lo por venir. Ê.r ,
7,,,niles, enpecli cyu,cen't,, había afladido Pilato, segtin
la Íórmutu, qoá completaba regularmente.(2).la senteneia: y
los soldados ,i[e traer una cruz Era de made-
"eabrbr,
- (»-lnt, xvII, 10, r01 x-x,5, t!;-8. J.,IÍ,12,6y 13,2' 14,9; v' tt'
i;i E; .; ".i;A;É crí, habia .l*Xt ..,"T,t,.X"'.j:.?,#T.".;i.J,,ü"lil1
palda los crucifrcados. La forma de
^Ora
la cruz, formada Por dos trave-
ora se comPonía de un solo Poste, con
letra T. «Ipsa
-
est, dice c. Tertuliano,
àü, nostra antem T species crucis»'
dicha letra 300, pensafon
ó la que se asemeiaba. ahora bien, significando
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VIDÀ DE NUESTBO SEfrOR JE§UCRI§TO 331
ra de pino, ó de cualquier otra eonífera, cu)ias variedades
no escasean er) Palestina i1). Con odiosa previsión, la auto-
ridad romana teriía siempre de reserva instrumentos de
suplieio pa.a los crirninales. El terrible poste no debía ser
ni demasiaclo alto ,i demasiado pesado, porque al eonde-
na«lo se le obligaba á llevarlo por sí mismo {2}.
1cr.-. a. alej., stron., vr; san Paulino, Ep. rr) en el arca de B0o codos de
olto que había salvado á los justos en el'tiempo del diluvio, Ezot,pôs év rQT,
dice la Ep. de Bernabé, IX, épe\Àer é7ew riTv yiprr.
La tradición más común y antigua (Eusebio, d,e Yita Consüantina, I, :lt),
lo mismo que la inscripción- colocáda encima de la cabe za de Jesús, ioáo.i-
{ar.r á creer que el instrumento del suplicio fué lo que vulgarmente se ha
dado en llamar cruz latina, u'u":-irnntisia,t, es d.ecir, ãquella-enla queeltra-
vesaflo principal se eleva sobre el transversaL rren. Haer., rr, 24, +, la des-
'cribe de esta manera: «Habitus crucis fines et summitates trâUei quinque,
d.uos in longitudine et duos in latitudine, et nuum in merilio in quo ruqoies-
cit is qui clavis affigitur.» Sin erubargo,la representación más prinritiva que
tenemos de la crucifixión, el grafito del Pala[ino con el Gristo ãon cabeza-de
asno, supone que la cruz fué en forma de T, y que los pies clel ajusticiado
descansaban en un ' ^r..o.daba"(Barnab.,
;, ü ..,r,
!y.' \ 12; Justino
Moisés elevando lo
8'9; Tert. ada. Mare.,.i[, rel e
n los israelitas en las Iánuias
del Rafidin ( Éuod,o, XVII,
apoyado, ó también los dos
serpiente de bronce, según
Hijo del hombre crucificacl
trar comúnmente en la naturaleza el signo de la cruz, ora en los cuatro
puntos cardinales, ora en las actitudes del irüêrpo humano en ciertos mo-
mentos de los más solemnes cle la vida, ora en fin en ciertas armonías del
reino- vegetal, fueron provocadas principalmente por la necesidad de dis-
minuir el escándalo de tal suplicio (Minücio Félix, ocú., XXrX) á los ojos
* :.*,:,.,*:f "i" dG.[:,ffi.$_ :t
ent O. Zockler, Das l{reuz Christi,
f87 ert, Zu,r Enüstehungsgeschichte
des licó en I ggl una curiosisima memo_
ria C. Algnnas alhajas asirias y fenicias
gon en forma de cruz.
(r)Lasreriquia'.[';onJ;:::l::!*lli',f
,i:-ãJ#,T,:fl L"ÍJkJiH:
género de suplicio. v. B, Rohault cre Freury Mérnoire íui trt
la Passion, 1869.
(2)- Los^.pasajes de Juan xlx, lz B,aard.(ov éovre rõv cravpóv,y el incidente
-
de Simón Cirineo no eonsienten duda alguna aeerca, de este p"rtirolr.. Los.
iiutores _paganos atestiguan, por otra paite, que esto era el uso corriente.
-nl"lq Mil.,gla".,Il,4, 6: «Tibeirt eúnclum õxtra portam, patibulum cum
habebis». Plutarco, de Sera Nunu aind,ict. § g, "nrà, õ, ,o,*i,iprrv éxeépet ràt
&nzoO crovp6v, r. 7. y. Artemidor o, Oneir,2, 6": ó'pdÀÀ osv craupÇ l'.poaq;a,ofrcLa1 rp6-
rcpov oüràv Board,(x.
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382 MONBENO}i LE CÀMOS
Sin perder momento, desembarazaron á Jesús de todo
el rpuàto de su irrisoria realeza, y con sus vestidos or'
' dinarios, tal como estaban todos acostumbrados á verle
cuando hablaba al pueblo, se Ie obligó áL tomar el
camino que conducía á" la muerte. Justo era que todo eI
mund.o reconociese aI hombre que por todos iba á ser in-
molado. Por lo demás, según la ley, debia hacerse llevar
delante del condenado, ó atar á sus espaldas, escritos en (r)'
I caracteres griegos, su nombre y el motivo de la condena
Para col-o ãe humillación, dos malhechores, condena-
dos aI mismo suplicio, escoltaban á" la augusta Yíctima.
I Los encargados du proeecler á la ejecución eran soldados,
puesto
- que Pilato no disponía de lictores'
At ,uÍi, del palacio dei procurador, el lúgubre corteio se
clirigió, por eI ãu-i.ro más directo, hacia una de las puer-
- üas de la ciudad. Para
acabar presto,
rodeos por las calles y lu pompa lúgubr
(2)-
Ir[o conven
semejantes circunstancias
tiemlo de libert ar á, su ioven Profeta. Si, según hemos su-
po.rio, se hallaba Pilato en el palacio de Herodes el Gran-
(3)
àu, ,igoieron la dirección noreste y debieron salir por la
puertá de Gennath ó d,e los Jctrd,ines, pa,ra tomar un ca-
(4).
-ioo que conducía al campo Si se supg:: que- residÍa
en la Antonia, el *.o-pâf,arniento se dirigió hacia el
oeste. En toclo caso, sóio una piadosa creencia puede
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T
VIDÀ DE NUE§TRO SEfrOB JTSUOBI§TO
encontrar las huellas de la santa Yíctima en la Yíct, lla-
mada Dolorosa, que se sigue, á trar'ée do las calles mo'
dernas, á más de áiez metros, y con frecuencia de veinte'
por encima de las ruinas de la antigua Jerusalén. Había
predicho Isaías que el Mesías llevaría en su§ hombros la
seflal de su realezin, y sobre ellos, en efecto, aPoya Jesús su
crvz. Verdadero Isaac, arrastra consigo el leflo del sacrifi-
eio, pero sin esperar que intervenga mano alguna celestial
para detener el brazo del Padre, ni que salga de la tierra
ninguna víctima para substituirle en la inmolación.
Con todo, el inocente eondenado daba muestras de
un visible agotamiento. Empezaba á, agobiarse bajo la
pesada carga (1). Compréndese que las emociones de la no-
che, la flagelaciót y la coronación de espinas, le hubiesen
debilitado. Dado su paso vacilante: comPrendieron los sol-
dados que era preciso detenerse y darle tiempo para re§-
pirar, si querían llegar al lugar del suplicio. Un hombre que
volvía del campo se compadeció, sin duda (2), de la euerte
del paciente. Se le requirió aI punto para quo llevase la
cruz; I, por muy viva repugnancia que experimentase á
cumplir tal ministerio, no pudo prudentemente rehusarlo"
En los pueblos conquistados, siempre se ha complacido
(3).
el eoldado en abusar de su autoridad sobre e] paisano
De grado ó por fuerza, tomó, pues, la craz. Jesús camina-
ba delante de é1, como para dar á entender que iba á'
oxpiar, no sus propios crímenes, sino los de la humanidad
los dos palos, sino en el lugar
(2) No se explicarÍa que tantos otros judíos debían
ver en torno suyo, hubiesen que no formaba parte del
séquito, sino que entraba pacÍficamente en la ciudad, si él mismo, con §u ac-
titüd, no hubiera dado lugar á ello. Algunos han supuesto que era esclavo,
pero sin razones plausibles.
- (3) Arriano, IV. t, dice: «Si un soldado te impone una molestia, guárdate
de reeistirle ni aun de murmurarl de otra suerte, recibirás golpes y per-
derás además tu asno.»
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MONSE§OR LE CAMU§
que le seguía. Bueno era guê, ya que no sufrieee ella
misma, arrastrase, á lo menos, esta humanidad eulpable
el instrumento del suplicio {t).
Aquel hombre, requerido así, de improviso, se llamaba
Simón, y, ó personalmente, ó por su padre, había pertene-
cido á, la eolonia iudía transportada attiguamente á Ci-
rene, en la Libia afrieana, por Tolomeo Lago, de don-
de le había quedado el sobrenombre de Cireneo. Ilabitaba
probablemente en Jerusaléo (2), y tenÍa dos hijos, Aleian-
dro y Rufo, que desempeflaron buen papel en la Iglesia pri-
mitiva (3). Así, no estando Simón-Pedro donde debía estar,
ocupa su puesto otro Simón, sobre quien recaerá honra eter-
na por haber sido asociado tan íntimamente al grande ae-
to de la Expiaeión. lTenía ya inspiraeiones cristianas en
su corazón, y experimentaba por Jesús, no sólo una sim-
patía enteramente humana, sino el afecto de un verdade-
ro discípulo? Lo ignoramos. Lo que hay de cierto es que
llevó la felicidad á, toda su familia, porque, además de sus
hijos, su mujer (a)misma se halla mencionada con elogio
entre los primeros cristianos. El que tan poca intervención
tuvo en el suplieio de Jesús, supo sacar de é1, para sí y
los suyos, grandísima parte del beneficio do la Redención.
Debía ser mediodía. La gran ciudad, por la que eircu-
laba la nueya de la condenación de Jesús, mostraba
vivos deseos de adquirir informaciones más precisas.
Acudía gente de todas partes. IJníanse los curiosos al
acompaflamiento, /, üna vez fuera de la ciudad, procura-
ban adelantarse al grupo de los soldados para ver más de
(4) Las pinturas que representan á Sinrón no llevando más que el pie de
la cruz, olvidan que nada de esto se halla en el Evangelio, y que si hubieso le-
vantado simplemente la extremida.d que tocaba á tierra, en vez dealiviar á
Jesús, solo hubiera conseguido fatigarlo más y más.
(2) À no ser por la circunstancia de que volvía del campo, y, según to-
da probabilidad, de trabajar en é1, habría que creer que Simón se hallaba
solamente de paso en la Ciudad Santa, coIrro tantos otros judíos que iban
de países extranjeros para celebrar lás fiestas pascuales. Los cireueos te-
nían una sinagoga en Jerusaléu,. ( Eechos, If, 101 VI, 9.)
(3) Hechos, XIX, 3B;T Tim.,I,20.
(4) Run., XY[ ta.
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I
33Ír
VIDA DE NUESTBO §ENOB JESUCRISTO
eerca al condenado. Sabido e§ que las mujeres en particu-
Iar muéstranse áv.idas de estos ãmocionantes esPectáculos,
y de buen grado dan á las infortunadas víctimas pruebas
lã".i.re"m ão-pasión. Aquellas mujeres lloraban_ y se la'
mentabar. Un.s se exclamaban de la desgracia del joven
Doctor, á quien habían oído en el Templo, y cuy? manse-
dumbre y torrd"d habían conmovido sus almas. Otras, co-
, nro las gálil"r. que se habían eonsagrado
al servicio del
Maestrõ, lloraban al amigo. En medio de éstas, debió en'
contrarse una más animorá, .rrque más rudamente herida
que las demás, Porgue, aI seguir á la víctima, seguía á su
Hiio; era María, madre de Jesús, á la que encontraremo§
muy pronto al pie de la crtrz.
No se trata áe esbas últimas en el incidente menciona-
do por san Lucas, sino de las mujeres de Jerusalén. Ni
inie]iadas en los misterios det IIijo de Dios, ni asoeiadas á
su vida, lloraban aI Profeta que iba á ser inmolado Por
oclio y contra toda ,-azón. Sus gemidos eran el primer tes-
timonio de simpabía reeogido por Jesús, desde que se- tra-
bía desencadenldo Ia terrible tempestad en que sóIo blas-
Íemias y matdiciones habían llegado á sus oídos. Por esto,
,orrpieodo el severo silencio que había guardado desde
Ia úitima entrevista eon Pilato, se dignó' con una tierna
advertencia, recompensar su piedad natural. «Hiias de
.Jerusalén, no lloréis sobre mí, antes llorad sobre vosotras
mismas y sobre vuestros hijos. Porque vendrán días en
que dirán: Bienaventuradas las esbériles y los vientres que
io correibieron, y los pechos que no dieron de mamar. En-
tonces comeDza rá,n á," decir á los montes: Caed sobre nos-
otros, y á los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol
verde hacen esto, ien el seco qué se hará?» Si lloran en
vista do la iniquidad cometida, mucho más llorarán al ver
el eastigo de la iniquidad. La desgracia de un hombre las
conmueve: iqué dirán de la desgracia de un pueblo? se
-complaee JeÀús en recordarles que se acerca la justicia de
DioS, para que se escandalicen menos de su paciencia en el
.eri-ei qru *t está cometiendo. Si É1, po, haber con-
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}ÍONS.BNOB LE CAMUS
dole de eerea el espectáculo del castigo (t).
No es en manera alguna seguro que el paraje eseogido
para crucificar á" Jesús fuese el sitio ordinario de lae
ejeeuciones eapitales (2). El hecho de que un hombre rico.
como José de Arimatea tuviese allí un jardín de reereo,
parece indiear todo lo contrario. Sea 1o que fuere, la pe-
. queüa elevación de terreno en que se detuvieron se llama-
ba Gólgota, ó el crd,neo,la cabeza, probablemente porque.
la forma del montículo, roqueflo, grisáceo y sin o"gutu-
ción, evocaba el perrsamiento de un cráneo pelado (B). En
nuestras lenguas modernas, el Gólgota es llamado más co.
múnmente Calvario.
IU-ientras algunos soldados preparaban la cruz y ha.
brían la fosa en que aquella debía ser plantada, otroÀ ofre-
(_t)__Quintrlilno. D9clarn,274;Cicer6n, .in Yer-rem, y, 66: Tácito, án-
YL-,XY, aai Tlto !irrg., Y_II_I, Pl Justino, t8, Z; 2r, 4; zz, 7- «Specranda
civibus» decía Plinio, H. N. XXXVI, 24,8. Josefo, B. J.,y, lt, l, precisa:
ro0 zelÀous ànt7fr, y 6, õ: zpà rcO reí7ous.
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VIDA DA NUESTRO STNOB JES{ICAISTO
eían al eondenado una bebida adormeeodora, cuyo objeto
'ora haeer menos eruel el último suplieio. Consistí& on una
mezcla -do vino y mirra, narcóbico que, por su sabor, Be
pareeía mucho á la hiel eon vinagre ó á la absenta pura (u.
«al condena,lo á' muerteiiee el ralmud-(2) darás á,
beber ,n grano de ineienso en un vaso do vino, á, fin de
gou pierda la conciencia de sí mismo.) Jesús gustó la be-
bida, para cumplir Ias palabras del Profel" ta); pero so con-
tentó con moiar en ella los labios (a), deseoso de sufrir,
hasta el último momento, los horribles dolores de la
muerte.
En seguida le crueifiearon.
E[abía dos maneras de erucificar á los eondenados: eran
sujetados al árbol fatal eon cuerdas ó con clavos. Lfno y
.otro sistema estaba en uso en tiempo de Jesús (5). La
crueldad de los verdugos prefirió el segundo, y enormes
clavos abravesaron las rúanos y los pies del Salvrdor.
lFue-
ron éstos unidos por un solo elavo en una misma herida?
Así lo han supuesto Nono y San Gregorio Naeianeeno.
- (l) fifal, XX_YII,.34, dice: ottov pr.ü 7o\,fis peprypéto4 y Marc.,, Xv, :4
éalnpvoérct olvor. Los otros dos Evangelistag no habian dó eeta rubia*.'S;l
b-ido
9_s__que
á los mártires se les dabá á veces un brevaje ani,logo. Tertutiano;
Jej.rXI\ lo llama «condito urero.»
(2) Esta práctica
Y.' Bab. S,riht,tr;n, '"
runt, granum thuris r
riamente las mrr.ieres s
(B) Salmo LXYI
XXYII, 3{, en quo se dice que Jesús
Yr 2:t, en que leemos que no lo quiso,
r por burla, y antes de las tinieblas,
(ó) Ausonio, Cupid,o erucíft^x
Oncirocr., l, 76; Plauto, Mrtsíe\.,
II[, 60, etc. Jenofonte de Efeso,
solamente eran atados á la cruz.
rnixbo, según el cual, aun cla,vando los pies y las manos, se ataba ol cuerpo
-d,e
al poste- por medio de cuerdas. san Eilirio, Trinitate, x,l3, supone qie
así se hizo con Jesús. E: casi el único en sostenor tal opinión. Sin ôrbarlo,
varios Padres de la Igloria entendieron la profocía hecha á Pedro: «Otro"te
cef,irá los_lomos,» de -las ligaduras que dàbían atar al Apóstol á la cruz
(Petrus ab altero vinciüur-dice Tertuliano, Scrop,l5,-cúm cruci adstrin-
Plinio. E. N. x[yrtt, tl, sef,ala el'«spartum e crucs,» lo autda,
g-it_ur.»
d^el, erucífi,cado, como poseyendo una influencia mágica.
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MONSEfiOR, LE CAMUS
Otros autores eclesiástioos, sobre todo en Occidente, han
seguido más comúnmente el sentir de San Cipriano, qu,e
adLitia un clavo para eada píe: Clauis ped,es terebranti^
bus. Este Padre había visto todavía, en su tiempo, infli-
gir, en África, el suplicio de la elrrz (1), I un pasaje de
Plauto parece darle la razón (2).
Cuanão la crueifixión (3i se practicaba mediante elavos
que fijaban los cuatro miembros, se efectuaba en tierra. Je-
sús fué despojado de sus vestiduras, Y ('), desnudo, debió
tenderso sobre el pabíbulo. Generosamente extendió sug
brazos sobre las dos ramas del posbe fatal. Puesto que erl
primer Adán había perdido al mundo llevando su mano aI
árbol del paraíso, en eI acto de Ia desobediencia, el IIom-
bre nuevo extendÍa las suyas, en el acto del amor, sobre
el madero de la Redeneión. Hubo un momento terrible pâra
los espeetadores, aun para los más escépticos: fué aquel en
el cual el árbol de la vida, eargado con su sangriento fruto,
fué elevado de la tierra, ;r €n güê, al eaer dentro del ho-
yo, mantuvo suspenso al Justo, resignado, animoso, mag-
nánimo, reconeiliador supremo entre Dios y la humani-
dad (5).
(1) Dedrón, en su hermosa obra de iconografía cristiana, observa que,
*oà.r del siglo XIII, los pintores representaban indiferentemente á Cristo
en la cru4 otu tres clàvos, ora con cuatro. Después de esta fecha, oo se
pusier "oo s clavos.
(2) Tranión dice: «Ego dabo ei talentum
pri.o t, sed ea lege, uÜ ffigantur bis pefus bis
bracchia.»
(li) Firmico Materno, Astrón., YI, St dice: «Patibulo suffixus in crucem
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YIDÀ DE NUE§TIIO SANOR JÚ§UCa,ISTO
Los dos ladrones, Qüo, condenados como Él suplieio,
habían sido erucificados uno'á su derecha y otro "l á, su iz-
quierda, eompletaban la humillante exhibición, Y rcaliza-
ban plenamente la profecía de Isaías (t): el Mesías era odio,
samente comparado á" los malheehores y eonfundido eon
los culpables. Era aquel el momento más vivo doi dolor
físico. La augusta Yícbima dió un grito, expresión su-
prema del heroísmo y de la santidad: (lPadre--exelama
porque no saben lo que se hacen!» Á la letra,
-perdónalos,
pues, practieaba su doctrina: (Rogad por los que os per-
siguen.) iMagnanimidad sublime! Intereede, no solamen-
te por los soldados que le crueifican, sino por los judíos y
los malos de todos los siglos que le hacen erucificar.
Por obra de Pilato eoloearon, en lo alto de lrr errtz,un Ie-
troro, probablemente el mismo que habÍan llevado delante
del condenado al ir al suplieio, r gue, escrito ordinariamen-
te en letras negras sobre fondo blaneo, debía explicar á los
transeuntes el crimen del crueifrcado ízl. La redaceión,
obra del mismo gobernador, conservaba algo moiesto para
los judíos:
Jnsús Nazennxo, Rny op Los .ruoÍos (3)
Estas palabras estaban eseritas á" la vez, en hebreo, len-
gua nacional, en griego, lengua usual, en latín, lengua de.
los Césares conquistadores. Así, pues, como resultado
final, Ia realeza del Seflor, se hallaba proelamada en los
tres que á La sazón representaban la humanidad
_idiomas
ciadol y c. Marc., ITI, 18; (unicornis medius, stipitis palus.» y. también
Iren., ad,a. Haeres.,I l2). De otra manera los músculos delas manos,difícil-
so. Es menos cierto que
:liilH? jü1"13:"i1:
ación no han dado más
autorid,ad á su sentimiento.
(l) .Is., LIII, tz.
(z) Dión casio (Lrv, :]) habla de un siervo á quien su amo hizo crucifi-
car-,después de haberle heúo_pas?r p_or.la_plaza_pública con un letrero que
indicaba su crimen. Eusebio (8. D., YII) dice, al contar el martirio de At-
taloz rbrrcos dtn6v rpooyôvros' êv 6 heyép&rro Po4niarc. O0r6s éoro 'Arrohos it
Xpwrrr,,v6s. Véase Suêtonio, Calígula, XXXYIII, 8.
(A) Detalle digno de ser tenido on cuenüa por los defensores de la exac-
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MONSEftOR LE CÀI[U8
civilizada. Dios había permitido que un pagano, cediendo
.á un capricho de su earáeter, àtestiguase a la fazdel mun-
do, que el Rey de los judíos era al mismo tiempo R.y de la
gentilidad entera. En esto pobre crucificado so cumplían
las antiguas profecías de los patriarcas. Jafet iba á' acer-
€arse á Sem, para habibar bajo sus tiendas, y las naciones
no tenían más que inelinarse ante eI Shiloh, ó el MesÍas
llegado (t).
Transeuntes y curiosos, llegados de la ciudad para con-
templar el afrentoso espectáculo, leían la senüencia y ad-
vertían la amarga y humillante ironía que en ella 8e en-
"cerraba. Los grandes sacrificadores se conturbaron al Yer
la inscripeión, y presentaron sus reclamacionos á" Pilato:
(No eseribas-le observaron-Rey de los iudíos, sino que
Ét ai,lo: Ruy soy de los iudíos.) Éste, cansado por fin de
sus exigencias, recurrió, cuando ya no era tiemPo, á la ru-
deza que consbituía el fondo de su carácber, y los despidió
bruscamenbe con esta respuesba: «Lo que he escrito, he es-
eribo.) Así, pues, los celos dol parbido jerárquico no triun-
faron defrnitivamenbe del rey de los judíos. Pudieron con-
denarle á, muerbe sus enemigos; per fueron impotentes
pxra destruir eI tíbulo do su realeza. Dontro de algunos
afrls, se eneargarían los sueesos de demosbrar quo la ins-
..cripeión era una profecía. Prodieado á, bodos los pueblos,
en las tres lenguas que habían pregonado la causa de su
muerbe, el crucifieado llegó í, ser el rey del mundo entero.
Según la ley romana (2), Ios vestidos de los aiusticiados
.qoudrbo, ."grlurmente de propietlad le los verdugos. Ét-
(1) GéL.,LX,27 ,Y XLÍX, 10.
(2) Diq. XLYII, eO; De bonis d,amnat.,6.
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VIDA DE NUE§TBO SEfrOB JESIICBI§TO 34I
tos eran cuatro, según San Juan. polibio dicê, en efecto,
que cuabro era el número de soldados que se requerían para
'un_piquete de guardia (I). TaI vez había otros 1anfus pur.
cada uno de los ladrones. Sin más dilaciones, p"o.ã,roo
ê,n reparüirse lo! despojos de las víetimas. Ef reparto
de las diversas piezas de los vestidos, gorros, sardãlia.s,
'cinturones, debió haeerse amigabl.^uotr. También pu-
do ser fácilmente divisible el manto de Jesús formido
'de cuatro cambas (2); pero su túnica, obra paciente de
la mano de una madre, ó don de un generoso,
"or^rio lote de
era demasiado preciosa para ser razonablemente
uno solo. No tenía eostura, sino que era toda tejida de aI-
to á" bajo tsl. Jazgaron, pues, que no procedía dividirla, si-
no echarla á" la suerte. Algunos dados puestos en un cas-
co (4), ú otro signo couvencional, ,aoiarãn la cuestión, cum-
pliéndose así las palabras del Salmista: (Repartieron mis
vestidos entre sÍ, Y echaron suertes sobre mi vestidura (5).))
Su pueblo no tuvo siquiera sus d.espojos; los únicos bienes
que poseÍa aquí bajo quedaron en posesión de los soldados
pagano§. Después de lo cual, clayaron en tierrasus lanzas
y, según costumbre (6), se sentaron para guardar la vícti-
ma. No teniendo nada de interesantó prrã euos el suplicio
del moribundo, cumplieron lo resüante de su coosigoi, coo
la más completa indiferencia.
Mry leios estaban de guardar esta misma actitud sus
enemigos reales. Su odio guê, por fin, había triunfado, no
a
(l) P_olibio, Yr, Bs. Yéase Hechos, xlr, +; Filón tn .placcum, p. 981.
(2) Deuter., XXII, f2.
I, T, 4, observa que así debía ser cl vestido de los sa_
aesú. hebr,, p. B4Z.
dejectamque aerea sortem, accepit galear» dícese en
cu>
T. III
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MONSENOB LE CÁIIUS
dida. Al Paso que una Part-e del
istancia y miraba aI ajust'iciado -con
quieüud, los lefes del eomPlot des-
le prodi
jur;
itú,
ent
.ciende de cruzl No comprendÍan aquellos insensatos
la
que eran su8 prop
el templo de Dios,
tres días, iba Jesús
impudencia de ir á contem-
exclamaron con unà ironía
salvó y á sí mismo no Puede'
salvarse!» De tal manera pretendían, ó negar
los milagros'
de Jesús, ó sontar que procedían de otro podel- uue
el
a inscripción que Pilato Pu-
ecera de la ctrtz, afladían:
nda de la cruz Y creeremos
n mofándose de 8u Piedad:'
(confió en Dioe: líbrelo ahora, si le ama; Pues difo:.Hiio
õ au Dios.) Los mismos P9* salir de
su indiferente actitud, y t
haber tomado
su comida, hacia las doá de
eoro con los'
bien á Ia reale-
insultadones 0). sus mofas se dirigían más
za judía y á la decadencia del pueblo i'encido
que
al iro.ificrdo, (Si eres rey le los judíos, sálvate á ti mis-
mo.) y como si quisiorro ãfr"cer al rey Ia
copa del- festín,
J"rg*Urn á Jesúl h bebida fortificante que ya había re-
ehazado.
Nada, en fin, faltó a[ terrible asalto de todos
aquellos
Profeta
malvados, tan iegítimamente compa,rados p9r
el á,
to*o, indámitor, ã furiosos unicornios, á rugientes
leones,
De los dos la'
reuniclos para rr*lt*. al Justo abandonado..
-illo.efo.B. J.,Y,lr, cueúa que los soldados deTito semofabaniguaL
*à;'t" de los que lrabírn crucificado
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VIDA DE NUESTRO §EfrOB JESUCBICTO
drones erueifieados uno á la derecha y
el otro á la izquier_
da del salvador, uno á lo menos (r) unía Bus blasfemias
á las de la muehedumbre: «;si tú eres el
cristo, sálvate á
ti mismo y á nosotros!» y á estas palabras, quedemostra-
ban clarame.te el
_egoísmo de oo", alma ,rii, iunüábanse
o.tras ultrajantes. Jesús no respondía.
No menos que esto
sileneio heroieo_, su plegariu poi los verdugos
tocó, sin du-
da, el corazón del otroJ"dron rzl. rndudaüleo,eotá,
p"o.ó
guo, para llamar á Dios Padre suyo, e, el mismo
momento
tanto rigor, y para permane-
medio de tan vivos tormentos,
ócrita y un eriminal. «;Ni aun
Jesús un esforzado testimo-
nio en medio de las indignidades eon que le
oprimían-
ni aun üú temes á, Dios esta do en ei mis-o .rrpti.iol»
nes no ha llegado aún la ho_
va á, entrar eu la eternidad,
Enviado, en el umbral mis-
sufrimos en verdad por
lo que merecen nuestras
heeho.) Palabras que en-
arrepentimiento y un ho_
á la inocencia.
as buenas palabras que
la buena obra que aca-
un destello de esperan_
üre, aun en los corazones agita_
o* n* las más violentas pasiones, la sagrada centella,
X {-qig.) ha dadoá estos dos criminales
ó Dimas y Gesmas. El Evangetio *pi..i-
Dumaco, y el de Nicodemo Gãnas
íCu._
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3'44 MONSEftOR LE CÀMOS
natural'
ellos un soplo de generosidad
siempre que reine "en lo
«§"fu-;fladió .õo acento suplicante, Quo atenuaba vinieres
atrevido de su plegaria,-asu{1ãah de mí euando
á tu reino.) Se contenta con un recuerdo' y'
por criminal
(1) en eI que ha rogado por su§ verdugos'
que sea, espera
algo más pre-
Este mismo recuerdo ti"o podría valerle
cioso, cuando Jesús haya entiado en
su gloria. iQué en
imaginaba el
tendía po. ..*u;u"tu ,J.o"rdo eI ladró r? iSe
en lo por ve-
advenimiento dá oo reino mesiánico terrenal
É1 oo puede
nir? No es probable. Jesús y él van á morir.
,,*pi*, .ioo á una vida dichása fuera de la tierra,
en eI
esta fe tan viva y
mundo cle las almas. iDe dónde procedía
Jesús en su§ predi-
tan clara? Es d" "r."r" que había oído á
caciones, y qo;, crimiort -u P?:." 191
E"llgelio' abriga'ba
mediante un salva'
alguna esperanza de la rehatilitación
dor. , ,
Jesús le respondió: (En verdad
te digo: IIoy estarás
en el prruí.o
(r).».El reino mesiánico no llegará,
"roÃigo
r)ues, en leiano'po.rrurir sino
al instante. Todavía algu-
sus ojos, Io3 su-
ilff;r, í l, muerte, eerrando á los dos recolPensà d.e la
mergirá eo aqoell, felicidad suPrema'
santidad iralier*ble del uno y dã t, santidad
reconquista-
o le escoltabt
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I
I
VIDÀ DE NUESTRO SEfrOR JESUCRISTO
da del otro. Por tal modo empieza Jesús, desde Io alto de
\a eraz, su oficio de Juez, demostrando hasta dónde llega
la misericordia divina provocada por el arrepentimiento.
En un instante, el ladrón se convierte en justo, y la-
drón hasta el fin, según la hermosa flase de San Agustín,
aun el cielo supo robar.
Con todo, á través de aquella muchedumbre, indiferen-
te ó impía, que iba á contemplar la sagrada Yíctima é in-
sultarla, algunos pocos amigos, pero de los más fieles, se
habían deslizado hasta el pie de la crnz. Los soldados co-
mían, bebían ó jugaban. De vez en cuando, se levantaban
para alejar á las piadosas mujeres gue, con sus gemidos
llamaban su atención. Mas en vano pretenriían echar -
las de allí, porque de nuevo volvían á aproximarse (t). En-
tre ellas figuraba en primer lugar ia Madre del Crucifi-
cado, acompaflada de su herrnana ó de su cuf,ada, María,
mujer de Alfeo ó Clopas, de María Magclalena, de Salo-
mé, mujer de Zebedeo, 5r, en fin, de Juan, que por discre-
ción no se nombra ni á sí ni á su madre.
Es imposible imaginar nada más dramático que el es -
pectáculo de María asistiendo áula agonía de su Hüo. Con-
templa, presa de la más penetrante emoción, aquella
cabeza amada que tantas veces estrechó contra su pecho,
.,v que ahora busca, sin encontrarlo, un apoyo para su últi-
rno sueflo; aquellos labios refrigerados en otro tiempo con
su leehe, ahora abrasados de fiebre ardiente; aquella
sangre que fluye de todas partes y que es suya; en fio,
aquellos ojos cuya dulcísima y penetrante mirada se vela,
poeo á poeo, con las sombras de la muerte. Y, sin embar-
go, no está abatida por el dolor. El Evangelista nos la
muestra de pie. Es la aetitud del saerifieador, actitud guo,
en efeeto, le conviene por los derechos gue tiene sobrá el
holocausto que se inmola. No solamente es Hrjo único
(l) Esto elplica como San Juan nos las muestre ju,mto, rapárá"la utz, al
pâso que San Mateo y San l\farcos declaran que miraban de /e7os. Pintan si-
tuaciones diferentes, porque la brutalidad de los soldados las modificaba á
cada instante.
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MONEEfrOB LE CAMU§
de Dios el que es muerto, es también hijo suyo, y gusto-
sa lo entrega la magnánima madre por la salvación del
mundo. Dando realmente algo de sí misma, lo 'que tiene
de más caro, su Hijo, para la redeneión de Ia humanidad,
compra, con tan duro sacrificio, el título, de Madre de los
hombres, Quo le asegu rará,la Iglesia por toda la serie de
los siglos. En ella se rcaliza eI antitipo do la primera mu-
jer que perdió al mundo. Á ella pertenece el dictado de
Mad,re delos aiaos, porque, nueva 4u, que cumple la an-
tigua profecía, aplasta eon su pie, en eI Calvario, la cabeza
de la serpiente. Y para haeerlo entender así, Jesús, en su
último adiós, va á, darle solemnemente el nombre sacra-
mental y profético de mujer. En su boca este nombre será
más grande y bello que el de madre; tendrá algo tan
vasto como el plan divino.
Elevándose, en efecto, por eneima de todas las cavi-
laciones comunales, el CruciÍicado ve menos la desolación
del eorazón de la madre que pierde su hijo, que la magna-
nimidad de la mujer que da este hijo para salvar á los
hombres. Se apodera É1, pues, de esta alma heroica en
el arrebato'mismo de su generosidad, 5z, mostrándola al
T mundo cristiano: Quo nace al pie de la eruz, le dice:
(1Mujer, he aquí á tu lIijo!» Con la mirada seflalaba aI
apóstol San Juan, que, de pie á su lado, representaba la
Iglesia. Lueso, dirigiéndose al discípulo: (;He aquí á tu
madre!-aflaciió.-Este es el último de los legados que el
Seflor hace á los suyos. No debía ser el r)eno§ precio'
(1).
so
Juan, siguiendo la reeornendación del Maestro, incluyó
á María en el núrnero de los suyos y la arnó como á' su
(t) Esta es la prueba más decisiva de que \[aría no tenía otro hijo. Hon-
rará los padres, cuidándolos con la solicitud que merecen, no es sólo un
deber, sino un privilegio de que no podrían verse privados los hijos verda-
deros. No hay (ue decir que Jesús confiaba su madre á Juan porq_ue sus
herrnanos incrédulõs. Jesús, que sabía lo que se encierra en el hom-
bre yque "táo- juzgado de antemano á Pedrolo n-.,ismo que á Judas, bie-n
había
-p.er..t
podia que lãs galileos, llamados sus hermanos, se convertirían ofi-
õialmeote en creyentes á partir de aquel dia. (Eechos, I, I4).
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rrIDÂ DE NIIE§TÊo snNon JE§UcBIsTo 347
nueva madre. Preludiaba así el afecto filial, por diverso mo-
'tlo glorioso y durable, que le reservaban los fieles e! lo por
venir. Los que se admiran ó se eseantlalizan de àuestra
devoeión á María y de nuestro eelo en perpetuar su culto
entre nosotros, olvidan que hemos reeibido esta buena
y dulce Madre como piadoso depósito de Jesús' moribun-
do. Nuestra devoeión raeional no haee más que conti-
nuar la obra del discípulo amado, que reco giô á, María, la
guardó y l, amó (l).
A partir de este momento, empez6la muerte á" apode-
rarse de Ia Yíebima, y la naturaleza éotera parooió vestir
de luto. Desde la hora sexta á la nona, es decir, desde me-
diodía á las tres, se difundieron las tinieblas por toda la
tierra. Semeiante noehe no podía ser r:esultado de un
eelipse solar, puesto que había luna llena, y en aquel mo-
mento los dos astros se encontraban diametralmente opue§-
tos. 2Fué produeida por una causa atmosfériea milagrosa?
O bien, âempezaba la tierra, antesde conmoverse1rasta en
sus eimientos, á desprender vapores que insensiblemeute se
habíarr conderrsado lo sufieierrte para obscurecer el sol? Lo
mismo dr; Dios veló como le plugo la faz del astro que
rehusaba alumbrar un drama tan horribte. La misma au:
tigüedad paganâ, pareee haber conservado el recuerdo de
tan sorprendeute fenómeno (2). En todo üiêrnpo, supusie-
(1) No es fácil determinar en qué lugar dió San Juan hospitalidad á esta
madre que acababa de serle confiada. Según antiquísimastradiciones, el dis-
cípulo amado tenía una casaen .Ierusalén (Nicéforo, H. E'IIr41)rendonde
permaneció María hasta el aflo +g cle nuestra era. Es de admirar, sin em-
bargo, si fué asi, que Pablo, que después de su conversión, pasó quince días
en la Ciudad Santa declare que, fuera del jefe de los Apóstoles, no hubiese
visto en ella á o[ro personaje apostólico que Santiago, hermauo del Seflor
(Gal.,I, 19). Parece más natural que María se retirase con Juan á Galilea.
Aquel medio estaba más en harmonía con las necesidades de su alma. Asi
se explica que San Juan hubiera tomado parte tan tardíamente.en las ni-
-estancia
sioneÀ fuerÀ de Palestina. En cuanto á la de María en Éfeso, r,éase
nuestro Youage aun Sept .Églises, p. 133.
(2) En Eusebio, Cron. ad, Otymp.2OZ, Phlegon, autor de una crónica
escrita en tiempo del emperador Adriano, dice que el aio 4.o de la Olimpíada
2OZ (785 de Roma), ocurrió: érÀerry'rs i1)ttou p.eliorq rôv éyvoop,évut rpórepov, xol tü.Ê
úpç émp rffs fipépos êYéveror 6are xal àarép' êv oúpavô eavfivou Julio Âfricano
en Georg. Sync. Chronogr. f, cuenta también que el historiador pagano Ta-
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348 MON§EfrOB LE CAMU§
ron los hombres una relación íntima entre la natur aleza y
la humanidad, como si, siendo ésta el alma del mundo vi-
sible, sus erímenes ó desgracias debieran tener un contra-
peso en las conmociones de éste (t). iPuede acaso sorpren-
der el que Dios permitiese que esta naturaleza 8e estre-
meeiera y se difundieran las tinieblas por el Calvario, co-
mo para ocultar á los ojos de los ángeles el crimen que
en é1 se cometía?
Fenómeno por diverso modo prodigioso en un orden
superior: la noche pareció invadir el alma misma de Je-
sús. Para comprender el misterioso sentido de esta Prue-
ba moral, sería preciso poseer el secreto de la unión hi-
postática, y éste no lo poseemos. Contentémonos, pues'
eon deeir, sin entender bien el sentido exacto de estas pa-
Iabras, que la divinidad se retiró cada vezmás á las Pro-
fundidades del alma del Salvador, ;' revistió en el Yerbo las
apariencias de severidad que guardada en el Padre y e-n
(2),
el Espíritu Santo. Si los dolores fÍsicos eran intolerables
eI dolor moral lo era mucho más cruelmente. Este era eI
úitimo golpe que la justicia del cielo y l, malicia del in-
fierno reservaban á,Ia Víctima; una y otra herían con te-
rrible violencia.
Io atribuía estas tinieblas á un eclipse, lo que científicamente se demuestra
ser imposible.
-Es
(1) bien (Georg., I, 463):- «Sol
tibi signa dabi etc. Véase también á
Plinio, H. N., ; Dión Casio, á ProPó-
rubicundez vivísima en
a de más terrible, es que'
T,-,',:rT""thr?'rli":í:::
saba de recibir la sangre enviada por el ventriculo izquierdo del corazón.
Este, á su vez, no recibía libremente la sangte que venía de los pulmones, y
el mismo ventrículo derecho, no pudiendo arrojar en los pulmones yallenos
la sangre que elaboraba, aumentaba el desorden y producía un sufrimiento
mris violento que la muerte.
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T
VIDÀ DA NUE§TB,O §ENOR JESUCR,ISTO 349'
En aquel momento de congoja inenarrable, lleno de
amor, á pesar de su profunda turbación, exclamó el Justo:
(iDios mío, Dios mío! Zpor qué me has abandonado?»
iQué fidelidad la de este afecto, guê, desconocido, re-
chazado, martirizado, no cesa de llamar á" Dios sLr Dios,
demostrando así que, bajo las despiadadas severidades de
la divina iusticia, en el mismo momerrto que es hecho
maldición por nosotros, Jesús no ha perdido en manera
alguna el sentimiento de su comunión íntima é indisolu-
ble con su Paclre!
. Al oir Ia palabra Eld u que pronunció en su exclama-
ción, imaginaron algunos que llamaba en su socorro al pro-
feta Elías, protector del israelita en las necesidades extre-
mas, según Ia popular creencia, y se preguntaban con iro-
nía si iria EIías á librarle. Oüros, sobrecogidos de estupor
ante tal agonía, y conmovidos, por otra parte, á eausa de
la turbación de la naturaleza misma, no ocultaban la agi-
tación de sus corazones, temiendo que, si realmente Jesús.
era el Mesías, apareciese su precursor EIías, en un torbe-
llino, para exterminar á los eulpables.
Casi en el mismo momento, del pecho de Jesús so esca-
pó otra palabra: «<Tengo sed»-di;o{z).-La sed, en efecto,
era en los crueificados tan terrible, que les causaba la
muerte. Todo concurría á, exeitarla: los dolores físicos,
la distensión de las entraflas, la pérdida progresiva de
(l) La frase citada por San l[ateo: Elí. Eli,lama sabalttoni! ó, según
San Marcos: Elohi, Elohi,lantnta sabalúani, no pertenece completamente ni.
aI hebreo ni al siriaco, sino al dialecto popular que se hablaba en Judea.
.Lsí, Eli era conforme á la lengua hebrea, porque en siriaco se decía Elohi; et
cambio, Sabahtani era del siriaco; en hebreo se hubiera dicho Jazabüani-
Nada rnás natural aI hombre que hablar, en los momentos de grande dolor
ó grande alegría, la lengua de su infancia.
(2) Observa San Juan que Jesús pronunció esta palabra por cumplir la
Bscritura. Se trata del Salmo LXYII, 22 «Y en mi sed, me dieron á be-
ber vinagre.» Jesús, en efecto, reproduce todos los rasgos de las profecías
mesiánicasr yr êD vez de contener la sensación cruel que le causa la sed,
la expresa por medio del grito que debe câusâr providencialmente la rea-
lización del irltimo oráculo del Salmista. Adrede dijo el Evangelista: íyo.
teherclfi. Este grito era también eI símbolo de la sed de las almas proba-
das por El, como el vinagre era el emblema de las respuestas que dan las
almas á su generoso llamamiento.
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350 M(,NSEfrOR, LE CÂMU8
sangre y, para Jesús, todos los tormentos y pruebas
: precedentes. Aquel grito del dolor del cuerpo, después
del dolor del alma, excitó Ia compasión de unos y pro-
vocó la burla de otros. Mientras éstos decían: «Dejad,
veamos si viene EIías á librarlo,) los soldados mojaron una
'esponja en un vaso que eontenía Ia posca $1, mezcla de
vinagre y de agua, que servía para apagar la sed, y colo-
eáudola en el extremo de un tallo de hisopo, (2) encontrado
allí al acaso, lo acercaron á la boca del Crucificado. Cuan-
do hubo gustado Jesús aquella bebida, dijo: (lConsumado
es!» Este era el grito del triunfo; había apurado el eá'liz
hasta la última gota, devorado, sin rechazar uno solo,
todos los sufrimientos, pasado por encima de todas las
pruebas, cumplido todas las profecías. Bien permitido le
et'a, al fin de Bu empresa, tributarse á sí mismo el tes-
timonio de que nada había declinado de su pesada carga.
Como el trabajador agotado, eue vâ, por fin, á tomar su
descanso, repiie con alégría: «iÍodo está aeabado!», así É1,
antes de dormir el sueflo de la. muerte, exclama que toclo
está eonsumado. Entonces, con libertad completa, el que
había dicho: <<Nadie toma mi vicla; sólo yo tengo pocler de
darla y du tomarla), exhaló el último grito tal. expresión
conmovedora de su piedad y eonfianza en Dios: (1Paclre,
en tus manos encomiendo mi espíritu (4)!», y, dejando caer
(I)Esparciano, Tita Ad,riani,t0, Ulpiano: De erog. m,il. ünnom.
(2) la palabra de que se sirve San
Se ha torturado de diversas maneras
Juan (II Reyes, IV,33) es unaplan-
(úooóms) á" pretexto de que el hisopo
ta rastrera, y de que
fla. Varios, pues, han s
ponja al extremo de la c
de San Mateo, y úaooro
que el hisopo y Ia cafla
un palo, un tallo de hisopo. I-,as suposiciones de "ooE ó de {vorÇ, que reem-
plazan aI hisopo por una lanza, son tanto más iuútiles cuanto se encuen-
lran fácilmente tàilos de hisopo de dos pies de largos. Esto probaría única-
rnente que la cruz no era muy elevada.
(B) San Mateo y San Marcos hablan sirnplemente de un grito úItimo que
exhaló Jesús. Es probable que las palabras puestas en este mornento por
San Lucas en sus-labios, completen la indicación de los dos primeros Sinóp-
ticos.
(4) Ifn momento antes, en lo rnás lusrte de su congoja, hablaba á su Dios;
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VIDA DE NUESTB,O SD§OR JE§UCBISTO 351
su cabeza, que hasta el último momento había mantonido
enhiesta, entregó el espíritu.
En el mismo punto el velo del Templo tr) so dividió en
'dos partes de arriba abajo. Como el Sumo Sacerdote desga'
'rraba su vestidura al anuneio de un grave saerilegio, así
Dios desgarraba el velo de su santuario para reprochar el
.erimen cometido por su pueblo. Pregonaba muy alto que
el Santo de los Santos, en adelante pabente á" todas las
rniradas, no existía ya, que ei anbiguo Templo perdía su
maiestad, y que las figuras, dejando de ser veladas en sus
significaciones simbólieas daba lugar á la realidad augus-
,ta (2). El írnieo verdadero y definitivo sacrificio se inaugu-
raba solemnemente sobre la ruina ie las instituciones mo-
,saicas. Tembló la tierra, hendiéronse las piedras (3) I §e
entreabrieron va,t'ios sepuleros; volvieron a la vida los
cuerpos de algunos santos, I,saliendo de sus tumbas, aPa'
reeieron en la Ciudad Santa (a).
ahora vuelve á ver la luz, el rostro del Padre que se acerca, y no dice ya
iDiosmía! sino: lPadre m,io!
(l) La palabra indica el velo que estaba ante el Santo de los
ro,ro,zéraap,o
Santos: Erod,o, XXYI, 371Leo., XXl, 23;I Mac.rIr22l eI otro que estaba
ante el Santo es llamado por los Setenta rcá'lvp'1to'.
(z) Hebr., VI, ts; IX, 6; X, 19.
(3) EI Evangelio de los Hebreos, citado por San Jerónimo (in MaÜ.,
XXVII, 51), dice: «Superliminare templi, infinitae magnitudinis, fractum
'est atque divisum». Un pasaje dela Gem,a,ra dice que, cuârenta afros antes
'de la ruina de Jerusalén, las puertas del Templo se abrieron por sí misma,s.
Finalmente, en la época del eclipse mencionado por Flegon, la ciudad de
Nicea, en Bitinia, fué destruída parcialmente por un terremoto.
(4) IIa suscitado verdaderas dificultades este pasaje de San Mateo que
se refiere á la resurrección de algunos iustos. Se ha preguntado si decía
el Evangelista que resucitaron antes de la resurrección de Jesús ó sim-
plementã después. En la primera hipótesis, 1en que se convertía eI testi-
monio rie San Pablo al llamar á Jesús: el primero d,e los que duerrnem, Irfl,-
m,o.qénito d,e entre los rnuertos? Bn el segundo caso, i,por qué relacionar con
el temblor de tierra una resurrección que no tuvo lugar sino ai día siguiente?
que San Mateo cons la deposición de aari
yeron haber visto re puesto que todo en Ia
taba contra el horro ce lógico admitir que
salieron del Scheol para tributar homenaje al Crucificado, y se manifesta-
ron á las almas piadosas de la Ciudad Santa.
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MONSEfrOR LE CAMUS
iSentíanse impulsados á tributar al Crucificado los ho-
menajes que le rehusaban los vivos? iEra la larga fila.
de patriarcas y profetas que deseaban ver de cerca al
que habían saludado de lejos tantas veees? Lo cierto es quo
uada faltó al dramático cuadro para arrancar á, eada uno'
de ellos el grito de la fe consolada. 1Cuán bien reconocían
todos aquelia augusta fisonomía del Redentor, bajo la im-
ponente solemnidad de la muerte! Había consistido su mi-
sión en diseflarla rasgo por rasgo en Ia serie de las edades;
era derecho
,
suyo contemplarla ahora en su armonioso
conjunto y admirarla en su perfecta reali zación.
fsaías podía saludar en aquellas carnes trabajadas por
el sufrimiento á su varón de dolores, y, profundaments
emoeionado por la sangre que lo cubría, confesar que ha-
bía entrado realmente en el batán de la ira divina para.
haeer en él Ia obra única de salvación.
David, mirando las llagas de sus pies y de sus manos'
contando sus huesos decarnados, sorprendiendo en sus la-
bios los rastros de la hiel y el vinagre, debía reconocer en
Él su renuevo y su Mesías.
En presencia de aquella perturbación general de los
elementos y de las almas, en el momento en que, dentro
del Templo, el Santo de los Santos entreabría sus miste-
riosas profundidades, Daniel no tenía que hacer más que'
proclamar la abominación de la desolaeión, Jeremías podía
venerar á su peregrino descarriado en Ia tierra, Ezequiel'
á su pastor, JoeI al justo por excelencia, Malaquías á Ia
víctima del saerificio universal.
Á Moisés sólo Ie toeaba inclinarse ante el gran legisla.
dor de lo por venir, grande con toda la majestad de su vo-
luntaria inmolaeión. Jesús de Nazaret, era rey por su,
propia sangre, y la inscripción coloeada sobre su cabeza
decía a, Jacob guo, si había salido eI cetro de Judá,
alguien lo había reeogido, y éste era eI Mesías, espe-
rado de todos los pueblos, I, on 1o sueesivo, dispuesto á
iuagurar su reino sobre el universo entero.
Isaac, Abraham, Sem y Noé no podían desconoeer el fru.
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VIDÀ DE NU.ESTRO SENOR, JNSUCRISTO
'to de sus entraflas y de su fe, y á Adán mismo no le rosta-
,ba más que abrigarse detrás de este hijo de la mujer que
acababa de aplastar la cabezade la serpiente. Todoe, á una,
q si pasaron ante el patíbulo sangriento, debieron afirmar,
.al extender la mano sobre la víctima palpitante, que que-
.daba cumplido el misterio de la redención.
Por lo demás, entre los vivos, varios eeharon de ver una
protesta divina en este conmovedor testimonio de la natu-
.raleza l,urbada. EI centurión que mandaba el piquete de
Ios soldados romanos fué el primero que se conmovió, y
exclamó: (lYerdaderamente este hombre era iusto!» Pero,
ó Jesús no era esto, ó era más que esto; porque se había
dado por Hijo de Dios, y el centurión mismo había podido
oirle dos veces, en \a cruz, invoear á su Padre. Por esto,
arrastrando á los soldados á un nuevo aeto de Íe, repitió
con ellos: (iYerdaderamente este hombre era IIiio de
Dios!» De tal modo, apenas elevado de la tierra, atraía
Jesús á sí las primieias de Ia gentilidad.
DÍcese (1) que, entre los iudíos, más de uno marchóse de
allí muy caviloso ó hiriendo su peeho en seflal de dolor.
De una manera más general, se difundió por todas las
almas una impresión de seereto terror, pero sin despertar
en ellas otros sentimientos. Aquel era Israel, siempre baio
la ley del temor y vacío el cora zón de aquella generosidad
güê, entre los paganos, hacía nacer la fe y el amor.
Los conocidos y amigos de Jesúe miraban de leios el fin
del drama, ya porque los soldados los hubiesen separado
de nuevo, ye porque hubieran querido apartar á María de
tan doloroso espectáculo.
Si los príncipes de los sacerdotes se aplaudieron por su
triunfo, no debió ser sin algún sobresalbo, I acaso tembla-
ron Bus manos al inmolar las víctimas del Templo, en la
misma hora (2) en que expiraba en el Calvario Ia sagrada
Yíctima de su rencor odioso y sacríIego.
(l) Luc., XXIII, 48.
(2) Josefo, Ánt.rXYI,6,2, observa, en efecto, que la preparación de la
Pascua empezaba á las tres de la tarde : ô,trõ &pas êvvá;rqs Comp. Ant. XIY , +,1-
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354 MONSEfrOR, LE CAMUS
Ifna atmósfera de muerte, penosos recuerdos, estupor
profundo pesó sobre la ciudad el resto de aquel día (t),
gue consumaba la malicia y la salvación del mundo.
(l) Si Jesús murió realmente antes del principio de la solemnidad pas-
cual, el 14 de Nisán, y si este día fué viernes, como afirman Ios Evangelistes,
restan sólo dos fechas que escoger para fiiar el aflo de su muerte. La mayor
diferencia cronológica que puede admitirse media, en efecto, desde el aío 28
al a6 de nuestra era. Ahora bien, según los cálculos más recientes, V.'Wurm
(Bengel, Árchia.r l8f6,II) y Oudemans, profesor de astronomía en Utrecht.
( Reaw de Teolog.r 1863), la Pascua no cayó en sábado sino en los af,os 30 y
34 de la era cristiana (783 y 787 de Roma). Convendría, pues, pronunciarse
por una de estas dos fechas; el aflo 30 sería la más probable.
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CÀPÍTULO II
Jesús es sepultado
Apresúranse los enemigos de JesÍrs á acabar con el horrbre y la causa.-
Paso ante Pilato.-El crucifragiwm.-Lalanzada.-Mana sangre y agua.
-José de Arimatea se afinna como amigo de Jesús.-Nicodemo.-El
cuerpo descendido de la cruz es sepultado después de un embalsamiento
provisional.-Las mujeres en el sepulcro.-Terror de los enemigos.-El se-
pulcro sellado y guardado.-Jesús desciende á los infiernos. (Juanr, XIX,
Jt-42; Mat., XXVII, õ7 -66; Llare., XY, 42-47 1 lruc., XXI[, 50-56).
Sin embargo, se acercaba el fin del dÍa, y dentro de dos
horas, iba á empezar el sábado solemnísimo (1). \-o podía
tolerarse que permaneciesen los criminales en lacraz, para
turbar con susr gemidos, ó aun con sus blasÍemias, la so.
lemnidad paseual. Parecía guo, si hubiese sido oomún al
pueblo de Dios y á los erucifieados el día del Seflor, habría
perdido parte de su santidad y de su belleza.
Por 1o demás, los enemigos de Jesús tenÍan prisa de
acabar auu con su cadáver, el cual, en la terribie majes-
tad de Ia muerte, después del trastorno de la naturaleza,
continuaba siendo su implacable acusador.
Con objeto de sepultar más presto en el olvido al hom-
bre y la causa, dirigiéronse, pues, á pedir á Pilato, como
un favor, que hiciese rematar á, los crucificados, parâ
guo, descendidos sus cuerpos de Ia eruz, fuesen inme-
diaüamente enterrados. Según la costumbre romana, de-
bieran haber pormanecido en el patíbulo hasta ser devo-
rados por las aves, las bestias feroees y la corrupeión (2).
A "f,r*z, XIX, Bl, dice, en efecto, de este sábado que difería de los de-
mris: fz tàp p*tá).q i hwp"'nt^u,t"ürrÍi'iheldori
quidem nihil interesr,
{orac1o, Dp. I,16, 48: «Non pases in
a_ti»'en
Miles Glor-, If, 4, lg, clama el esclavô: «Scio
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MONSE§OR LE CÀMU§
En tan breve tiempo, no podían haber muerto los tres
crueificados, porque un hombre bien constituído vivía
hasta doee horas etr eruz, y se habían visto aigunos muy
robustos resistir hasta más de tres días á la horrorosa tor-
tura (1). Esüaban, pües, convencidos los judíos de que, á las
tres de la tarde, or el momento de presentarse á Pilato,
vivían aún los condenados, para quienes reelamaron que
-al suplieio rle la ctvz sucediera otro más expeditivo, el
crucifreqium,, bastante usado entre los romanos. Quebrá-
banse á golpes de maza las piernas de los malhechores, y
se les dejaba morir á conseeuencia de esta horrible mutila-
ción, cuando no se tenía Ia crueldad de arrojarlos en la
fosa vivos todavía Q). De ordinario asestábanles en la eabe-
za ó en el pecho el golpo fatal.
Dió, pues, Pilato orden á los soldados de que quebrasen
las piernas de los crucificados, y desde luego, dice San
Juan, infligieron este suplicio á los ladrones. Por más que
.Jesús tuviese completo derecho á ser eiecutado antes gue
sus dos veeinos, explícase fácilmente que 1o deiaran pa-
ra después. Los soldados le habían visto morir, y, por
'consiguiente, no tenían por qué apresurarse á" precipi-
tar su muerte. Por otra parte, debÍan sentir por aquel
"ser tan extraordinario el mayor respeto. Por eso, siguien-
do el espíritu y no la letra de la orden expedida por Pila-
.to, uno de ellos, que quiso comprobar Ia muerte de la au-
gusta Yíctima, ó aeelerarla, si, contra toda apariencia,
no fuese aún un hecho, hirió á Jesús de una lanzada, como
.se hubiera herido á un hombre cle honor. No podía resig-
rrucem futurum mihi sepulcrum, ibi sunt mei majores siti.» Conp. Plutar-
ra que los c
Kosegarten,
n miércoles,
el Sudán los
LXXX, S rl, y Àmiano Marcelino, Eósú.,
: «Crura, hercle, defringentur.» Cicerón,
ii loco dici soleti perire eum non posse'
sunt et vivit.»
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VIDA DE NUE8TRO 8EftOR JESUCRISTO
narse d, magullarle indignamente eomo á un esclavo; por Io
que dirigió elgolpe aleorazóneomo úlbimo re[ugio delavida.
Por otra parüe, eolociíndose en fr.ente del Crucificado para
examinar aterrtarnenüe si todavía respiraba, y teniendo la
lanzaen la mano derecha, debió herir el costado izquierdo.
La herida íué proflun«la,, porque veremos á Jesús, algu,
nos días después, invilar á, Tomás á meter en ella su mano.
E[ soldado, de robusbo brazo, no tenía mobivo alguno para
tratar con lenidad á la '-ríebima. Si, al herir, había obede-
cido á un sentinrienüo de respeto y compasión-y lo que
queda clicho del centurión y ,le sus hombres autoriza esta
auposicifn (l),-sl golpe mortal debió ser bastante vigoroso
para librar al purrto á Jesris de los írlbimos sufrimientos.
Si ob.ó movido do la brubalidad, la violencia del golpe es
más cierta todavíal2t.
De la hericla brotó sangre y aglla, lo cual pareció extra-
flo á los especbarlores, y á Sa, Juan particularmente, euien
lo asegura con eierta solernnidad. (Y el que lo vió dió tes-
timonio, y verdarlero es el testimorrio de él , y él sabe que
diee verdad para que vosotros también ereá,is.) En reali-
dad, la medicina ,o ha cornprobado caso análogo; mas tam-
poeo podría afinnar sin terneridarl que Jesús, con su natu-
raleza perfeebamenbe delicada y el peso sobrehumáno de1
dolor que había suf.ido, no eonstibuyese una exeepeión.
Les vivas angusl,ias q'te había senbido una y otra vez po-
dían haber ft-rrmarlo rlepósitos acuosos al.eáedor del
zóo. La ruptura cle ün vaso prirreipal, después del "o.r- gran
grito que p.ecerlió al úlbimo suspiro, pudo también bal vez
recoger en su peeho rnueha sangre todavía fluide, pero que
empezaba á" transforrnarse en §uero y §angre negruzca.
La misma posición del carlíver bastaba para que manase
por una heritla hecha de abajo á arriba. La eiencia, no
obstante declarar que la sang'e no es más fluida una ho.
(tl Mat., XXVII, 6t; trfare., XV, ls; Lue., XXttI,47.
(Z) ca un-pinchazo, y tiene como sinónin^o, en el v.
i|4, xev ntienden conrirnmente de una herida profunda y
hecha erc lliud,u,, Y, 4ó, nZ; Josefo, B. J.r III, Z, ar.
T. III
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MON§EIÍOR LE CÂMU§
lógica de un fin tan preeipitado (1). Lo más seguro aquí.es
eI tesbimonio del Evangelista que vió, con sus propios ojos
circunstancias, á pesar de todos los usos en eontra, á pesar
talvez de la intención criminal de los judíos, que habian
pedido Ia mutilación de Jesús, eI Mesías, verdadero Cor-
à"ro paseual, no tuvo quebrados sus huesos, 1r, según ob-
,".u, San Juan, hasba la prescripción mosaica se había
respqtado en f 1 tal. Más todavía, la lanzada, al evitar una
deúoorosa mutilación, completaba e[ retrato clel Mesías
rnoribundo trazado por los Profetas, y, por este úlbimo
signo, hubieran debido reconocer los judíos la sagrada
(a).
Yíctima, traspasada eon sus manos eriminales
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VIDA, DIf NUEB'f}tO BINOS, JESUUÍi,ISTO
La reali zución de torias estas profecías cn el momento
en qüe moría Jesús produjeron una irnpresión deeisiva, no
eólo en San Juan, sino tanrbién en los otros discípulos á
quienes el miedo había mantenido aleiados hast* .itor"u*
del drama sangriento. Yióse, e, efecio, hombres que no
habían osado aclamar al Mesías y rodearlo públicamente,
en ios días de su poderío, apiflarse alrededor d" .o cuerpo
inanimado, e, la hora de la s' prema humillación. Lee-J.,
efecbivamente, que dos de sus prosélitos, pertenecientes
uno y otro á la alta soeiedad juclía,, tuvieron el valor de
afirmarse como tales cuando hubo dad.o el últir,o suspir.o.
No son ràr'as semejantes ineonsecueneias en la his[oria
tie la humanidad. Diríase qrle, a,vergonzados de su dema.
siaclo prolo,gada pusilanimida,d, é inclignados contra sí
rnrsmos, estos arnigos se veri obligados á expiar su cobe."r.-
clía de ayer eon su valor tle maflana.
Irno de ellos fué á" ercontrar resueltamente á pilato, ,
;
alegando que había sido discípulo de Jesús, p€ro en secr.e-
to-cliee san Jua,,-reelamó su cuerpo til para darle
honrosa sepultura. Era José de arimate (2), ciudadano
^
rico. justo v virtuoso, honorable consejero (r), miembro del
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UONSEfrOB LE CÀUU8
sanedr:ín, que había permaneeido aieno á los culpables
maneios do sus eolegas. Creía en el advenimiento del reino
de Dios, habiendo eomprobado el providencial eumplimien-
to de las profecías mesiánicas.
Según ia eostrrmbre judía, el cadáver de un aiusti-
:iado'no podía ser enterrado en un sepulcro de familia.
El Sanedrín tenía fijados dos lugares de sepultura' uno
para los deeapitados. ahoreados ó erucifieados, y otro prl*
io. ,pe,lread.os ó qtremados. Enseflaban los rabinos que la
rnaldición de Dios y la maneha legal permanecían pega-
das á, los huesos de los aiusbiciados, y he aquÍ que un
miembro del gran Conseio reivinrlicaba el honor de reeo-
ger como precioso tesoro y §epulbar por sÍ mismo al Naza-
,I=no e.ucifrcaclo. Dados lãs tá.mioo. de la legislación
0),
la autoriclad romana no tenía que ocupàrse en la sepul-
tura cle los condenados á muerbe. Ordinariamenbe, y sin
otra formaliclad, concedÍa su eadáver á los parientes que
lo reclamaban. Al punbo mandó Pilato que se preser-
tase el ccnturión, y le preguntó si había ya muerto Je-
sús (2); y habiendo respondido afirmativameute, el gober
nador dió sin retribución el cuerpo á" quien lo recla'
maba (3).
qrln^Ut"Ua á los romanos' w sen'L'1or ttenu'able, uÀcurrisl para
San Lu."s, que se dirigÍa á los griegos' un nuembto 'o
ciurludano
bueno u .iwsio,Bru\ertls Ünípyaí, **í *;1p d7o0Js xoi ôi es que el
--iii griego del hornhre era roÀôs roi
ideat à1a0às
'ütil"no, XlVf[[, zt, r, Di,1. L. t. D. de cadr,a. pu'nil. dice: «Corpo-
ra eorum qur crprte Camnaniur, cognabil iprorurn neganda non sunt; et id
observasse etiarn ,licus a,rgrutris tiu. x ele viia sua scribit.» Qr.riúiliano,
iiA,. Vt, g, confirm,r qou "Í ver,lrrgo no se ollrnÍa á lay sepultura: «Sepeliri
carni[ex non vetaU.i Si lee,n',s en Suetoni o, Tih., 6t Tacito, Ann', VI,- 19,
t9; q;; iil:erio había tom rdo otras disposiciones, era para casos parüicu-
lares.
(2) Erhr pregunta de Pilato en S,tn }larcos sorprende de pronto al acor-
Mas
daincrs de la'orún daàa en ^§ út,,f,ü,rn.lo aeabar con los cruciÍicados.
puode suponerse que elen-viado rle Pilato, teniencto encargo
iler al erjtif raúunr, reabab,r apenàs de s rlir, cu;rndo se presen
clamar el c.atláver. Pilato, pue., sabít que su or,len no podía
ã"tra.. Rerponcler ó la dificult.a,l dicienrlo qrre el quebran
piern'as no m rt'aba inmerliatamen
ãvi,lenüe Qrle no se quitabadelac
su vi,-la, y no se acababa con su v
(3) San Mlrcos subraYa aquí
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YIDA DE NUESTITO §rfrOE JESUCRIETU 86r
José, pues, provisto de una autorización en regla, se ocu-
pó en hacer desceuder á Jesús de la eruz,, á fin de sepul-
tarlo con todos los testimonios del aÍ'ecto más respetuoso.
Otro judío, en otro tiempo tímido como é1, é igualmen-
te de elevada condieión, había acudido á, prestarle ayu-
da. Tal vez estos dos hombres, Quê ejercían las mismae
funciones judiciales y tenían las mismas aspiraciones, vi-
vían en relaeiones particulares do intimidad. En todo ca-
Bo, uniólos el amor de Jesús en un mismo acto de valor y
generosidad. EI recién llegado al pie de la uuz era Nieo-
demo, el rnismo á quien vimos al principio celebrar', de
noche, con el Maestro una eonferencia llena de excelentes
resultados, el mismo cuya palabra honrada y convencida
trató de reducir al Sanedrín á nrejores sentimientos res-
pecto de Jesús (r).
José compró una sábana tz) de lino fino, y Nicodemo
aportó, por su parto, una cantidad considerable de aromas,
mirra y áloe, como unas eien libras (s). Á ejemplo de Ma-
ría Magdalena, quiso haeer con toda magnificencia á, Je-
sús esta última limosna. Empezaba la gran rehabilitación.
Todo debía ser nuevo y grarrde para el Justo inmolado.
Manos piadosas y amigas(a) desclavaron de la cruz la
f,e, á propósito de Yerres, cómo la codicia de los gobernadoree hacía pagat
á veces el cuerpo de los ajusticiados á los parientes que lo reivindicaban.
Ycrr.r II, ls y V, as; Plutarco, Galb, Xf.VllL
(l) Juan, VlI, OO.
(2) Esta sábana. comprada en el mismo insta.nte. según Marc., XV, 40,
demuestra que Jesús no murió en un día sabático. Bxplica el Talmud que,
ei la Pascua cayese al día siguiente del sábado, permítense hacer los prepa-
rativos de Pascua el día del sábado, porque la Pascua aventaja aI sábado.
§i hubiege sido permitido conrprar el díu de Pascua, porque el día siguiente
era sóbado, éste hubiera llevado la ventaja á aquélla. Además, ies admisible
que 8e hubiese designado el día más santo del aão, el te de Nisán, solemni-
ded de la Pascua, como todo viernes ordinario, la preparació
del úbadot ".opoorevfi,,
(B) Envolvían al muerto enteramente en aromas (Paralip. XVI, la.) De
equí que ertt canticlad de'aromas pareciese ó primera vista exagerada. Pare
los funerales de Herodes se emplearon quinientos criados para llevar loa per-
Íumes destinados al embalsarniento. Ánt., XYLI, 8, B.
(4) En este momento,
indican quese hallaban á
de Jecúg pudieron sin dud
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)
362 MONSE§OE Lts CAMU§
dulce Yícüima. Con precaución, para o desgarrarlos de-
masiado, fuoron desprendidos los pies y las manos de
los clavos que los sujetaban, y el cuerpo fué traeladado
al punto á, un jardín muy cercano (l) en que José se ha-
bía hecho abrir un Bepulcro (2). Allí, lejos de las miradas
indiseretas, pudieron proceder con tierna solicitud al
amortajamiento. Como el cuerpo estaba eubierto do san'
gre, hubieron de lavarlo (3t. Esta purifieaeión postrera era
el acto preparatorio obliga,Jo para el embalsamiento. Como
el tiempo urgía, se apresuraron á eubrir el cuerpo cle aro-
mas y vendarlo, según la costumbre iuclía (4). Luego, no
sin haber besado por última vez la augusta frente del
Maesbro. á pesar de toda la majestad de Ia muerte, cubrie-
ron la eabeza con un blanco lienzo, que debÍa onvolver
tarnbién lo restante del cuerpo, y depositaron el preeioso
despoio en el nicho principal, ô sobre el lecho de piedra
central, del sepulcro, apenas terminado. Parece, en efecto,
que éste fué cerrado con una puerta provisional para Pre'
servar (5), según costumbre, al muerto de la profanación de
los malvados y de la voracidad dc las bestias feroees. Los
úlüimos rayos del sol se ocultaban detrás de los montes, y
(6)
eon ellos el Sef,or de la vida se oeultaba en un sepulcro
Íç rolr+ orov earúvpú}r1, rffros, un.iard,ín, y q.ue en este jardín, rol rÇ rfiiÇ,
,-^t
€v êv
miendan Ia teoría de un origen escrito.
(3)
(4) |
XCIIT
.diendo
car los perfumes al exterior y en todo el cuerpo.
(5) Gen.,XLYI, 4,Lr l; Eusebio, Mart. Pal.rXI.
(6) M.at, XXYII, 60, roi rpoarv\tcus )ttlov péyw ,i 0Ún, y Maru, XY.-
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YIDÂ DE NUfi§TRO SEÍOR JBEUCBI§TO
que no había conocido la corrupeión, y en un lecho de per-
fumes de que no tenía neeesidad para defenderse de los
estragos de la muerte. Durante este tiempo, cada familia,
después de inmolar en el Templo el cordero pascual, se pre'
paraba á comerlo sin sospeehar que la hostia del Calvario
áeababa de suprimir la ,riili.lrd áe todas las demás. Á Je-
sús solo tocaría en adelante el derecho de librar de la
muerte, porque É1 solo iba á ser príneipe rie la vida.
Por fin, después cle háber cerrado la entrada del sepul-
cro con una euorme piedra, retiráronse los hombres. Las
piadosas mujeres esperaban todar,ía. Habían observado la
manera como José y Nieodemo habÍan dispuesto el cuerpo(l),
y su amor propio parecía clecirles que p«rdía y debía hacerse
algo más, si no entonces, por lo menos pasada la fiesta.
Con objeto de tenerlo todo dispuesto, algunas de ellas
han falüado en la Iglesia alnras eonsagradas á la
-iamás
vida activa-se apresuraron a, comprar otros perfumes
más eseogidos, á su entender, que los empleados por José y
Nicodemo. La primera hora de la fiesta las condenó á"deiar
para el tlía siguierite la prosecución de sus adquisieiones.
Les convenía, costase lo que costase á su eorazón, obser-
var severamente este último y solemne sábado de Ia An-
tigua Alianza. Dos de ellas, Magdalena y María, madre de
José-honra son de la sociedad humana las naturalezas
meditativas y arnigas de la eontemplación,-permanecierort
las últimas iunto al sepulcro. Olvidaudo gu€, para eom-
probar mejor la realidad de su resurreceión, no era la
amistad sino el odio el que clebía guardar el difunto, se
,16, y XVI, 4, parecen indicar, no la piedra redonda 6 golal que cerraba regu-
larmente los sepulcros, y no era grande, sino una piedra en3rme crilocada
provisionalmente á la abertura. Con todo, el verbo ruÀí<,r, empleado aquí in-
variablemente, en sus diversas modificaciones, para indicar el acto de ade-
lantar ó de retirar la piedra, conviene muy particularmente al golu,l propia
mente dicho.
(l) Á oo ser por el testimonio explícito de Juan, podría suponerse que
el cuerpo de Jesús no fué embalsamado. No sólo no dicen nada los tres Si.
nópticos, sino que Marcos y Lucas nos presentan á las santas mujeres yen-
do, al día siguiente, á practicar el embalsamiento que resultó inútil, puesto
que Jesús había ya resucitado. La explicación que damos de esta aparente
contradicción parece plausible.
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UONSEftOB LE CAIIUE
habían sentado, y transidas de dolor, contemplaban la
piedra que cubría los preciosos despojos, cual si esperasen
oir todavía al que ya no hablaba, ó como si, á travée del
sepulcro, continuasen adorando al que habían muerto los
malvados. iEncantadora imagen de la virbud, bajo su doble
aspeeto, la de estas dos galileas, derramando, para, glorifi-
ear á, Jesucrisbo, la una las lágrimas de la pecadora con-
verüida, Ia otra las de la mujer siempre correcba en la vi'
da de faurilia, pero sin dejar de ser á la vez símbolo del
a,mor fiel y de la pierlad inagotable en su efusión!
No diee el Evangelio hasta qué hora continuaron las.
rlos amigas dando de esta suerte guardia «le honor al se-
pulcro. La obscuridad de Ia noche debió obligarles á re'
tirarse.
Por su parte, los enemigos del CruciÊcado no estaban más
tranquilos que sus nmigos. Despiadado é inquiebante, per-
seguíales el recuerclo de la YÍctirna, y la impresión gene-
ral de túsbeza que reinaba en Ia ciudad, después de los
Bucesos de la tarde, no hacía más que acrecentar sus Ya-
gos terrores. Sea que por sí mismos hubiesen oído alguna
vez á, Jesús anunciar su resurrección Íutut'a, sea queseles
hubiese hablado de las esperanzas guo, con tirnidez, sin
duda, poro con insistencia, mantenían sus discípulos, te'
mían al que, sin embargo, estaba bien muerbo. Por otra
parte, el pueblo, aterrado de pronto por la súbita catás-
trofe, pero recobrando poco á poco su confianza, se decía,
como lo dice con frecuencia de sus grandes hombres, erê
Jesús volvería, lo cual contribuía no poco á acrecentar lae
inquietudes de los príncipes de los sacet'dotes.
Desde la mafrana misma de la fiesta de Pascua, eoncer-
táronse (l) éstos pa,ra comunicarse sus i presiones, y algu-
nos do ellos Íueron á encontrar Íi Pilato: (Seflor, nos acor-
damos que dijo aquel impostor, cuando todavía estaba en
vida: Después de tres días rosucitaré. Manda, pues, que
(l) Nada autoriza ó decir que el Sanedrín fué reunidp solemnemente Ó
que fuerou en eorporeción á casa de Pilato. Bastó que algirnos de los másie.
fluyentes, obrando en nonrbre de todos, tratasen el asunto.
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YIDA DT TiUtrSTItO t!.EiO}I JEIiUCITSTO 36ó.
so guardo el sepulcro hasta el tercero día, no sea que ven-
gan Bus discípuios y lo hurten y digan á la plebe: Besuci-
tó de entre loe muertos; y será el postrer error peor quo
el primero.» Asír puos, si por casualidad, se les anuncia, que
Jesús ha resucitado, los jefes del pueblo ya tienen prepa-
rada la respuesta.
Cansado do tanta exigencia, les replicó Pilato con algo
do malhumor: (Guardas (l) tenéis; id y guardadlo como sÍr-
béis.» Âsí se burlaba de su vano terror. Tienen á, su dis-
posición toda una cohorte; parece que con ello hay lo su-
ficiente para defenderse contra un muerto. Jamás malhe-
chc,r alguno había ocasionado tanta inquietud después de
su suplicio; y sobre todo, iamás crucificado alguno había
tenido Ia honra de ser guardado por un piquete de sol-
dados (2).
Marcháronse, pues; y habiendo sin duda comprobado
que el cuerpo se hallaba todavía en el sepulcro, sellaron
la piedra do la entrada, según la eostumbre oriental,
con ayuda do una cuerda fija en la roca, y cuyas dos ex-
tremidades, recibían la impresión del sello (3).
(l) Creen algunos que Pilato habla aquí de los ujieres del Templo quo
los principes de los sacerdotes tenían á su servicio, y de los que podían
echar mano para vigilar un sepulcro. Con más facilidad que los soldadoo
romanos podían declarar semejantes guardas que se habían dornrido en vez
de velar. Con todo, la palabra xovaroiio, tomada del latín, parece indicar
precisamente la guarda romana, y la mención del capitán, rot, iryephtos, tr[at.,
XXVIII, 14, debe hacer prevalecer esta opinión.
(2) ,Vat., XXVII, 62, 66, ee el único que consigna este hecho tan impor-
tante. Será también, XXVI{I, a y Il.lõ, el único cyre seíalará las cousecuen-
cias de é1. Nunca se hace alusión á él ni en los demás Evangelios,ni en la
predicoción de los Apóstoles; al contrario, hasta se encuentran indicaciones
que están lejos de hacerlo suponer. Asi, parece, según los restantes Evange-
listas, que las mujeres, al ir á embalsamar ri Jesús, nada sabían del sepulóro
sellado ni de los soldados puestos para su guarda, porque lo que constiüuye
su iuquietud, no es el si se les permitirá la entrada en eI sepulcro, sino quién
les abrirá la puerta de é1. Estas Iagunas considerables permiten entiever
que pueden hallarse otras no ruenos importantes en nuestros relatos eya,n-
gélicos.
(:i) El lugar que venera hoy la piedad de los fieles es realmento el mic-
mo en que estuvo el Santo Sepulcro. La prueba principal, según nosotroq
se retluce ó un argumento histórico que no han podido destruir los descu-
brimientos topográficos hechos hasta el dÍa.
No cabe duda que, al principio, los Âpóstoles y los primeros fieler @
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.366 }ICNSE§OR LE CÀMUS
Solamente eutonces se creyeron duef,os de su víctima; y
habiendo hundido así y aprisionado en el sepulcro las úl-
tirnas esperanzas mesiánicas de la naeión, fueron á solern-
ntzar el gran dÍa de Ia Pascua. Con satisfaeción confiatla
dejaban á algunos soldaclos el euiclatlo cle defender al iu-
nocieron exactísimamente el lugar preciso donde Jesús h*bía sido sepultado
y había resucitâdo. Los Evangelistas,que hablan de él treinta y cincuenta
pie, qn eI templo, y la inscripción C. A. C. ó Colonia Aelia Capitolina.iNo
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YIDÀ D8 NUESTBO SE§OR JE§UCBISTO 367
'daÍsmo contra las empresas de un muerto ó los atrevi-
mientos de algunos de sus partidarios, de tal modo absor-
tos en su dolor, Quê parecen haber ignorado hasta eI últi-
mo momento la presencia de una guardia alrededor del
sepulero ('). fgooraban, iinsensatos! que no es posible apri-
sionar los ra,vos del sol, y gue, llegada la hora, la vida, á
pesar de todo, se deeborda é irradia. No puede ser Dios en-
eadenado por la mano del hombre, y esüa guardia servirá,
ÍIo para irnperlir, sino para probar la resurreeción (2).
teriar. No cabe dudar que si, á falta de datos positivos, hubiera sido nece-
sario imaginar ó crear un sitio, racionalmente hubiera sido éste colocado
No sólo no se ha encontrado--lo que, convenimos en ello, hubiera sidodeci
sivo-que el segundo muro de Jerusalén encerrase en la óiud"d de Herodes
remontan cierüamente ó la época judía. Puede buscarse en ellos los recuer-
y José de
anterior á
I Oalvario
(l) Al ir las santas mujeres al sepulcro, se preguntan, en efecto, quién
les levantará la piedra, como si debiese ser absolutamente libre lavantarla
y embalsamar el cadáver.
ha creído que Pilato había diri-
eso y la ejecución de Jesús. San
dirigida á Antonio Pío, apela á
los milagros y de la santidad,
Tevopévuv oúrôt 1nfleiv ôúyotile. I-ro
mismo hace Tertuliano, en el cap. XXr de su apologético. <b, omnia super
'Christo Pilatus, et ipse, jam pro sua conscientia ohristianue, Caesari túnc
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t68 IIONSEI(OE LE CAMUE
Miontras así se agitaban, sin respetar su último sábado,
inauguraba Jesús, con su descanso en el sepulcro el eába-
do eterno. Como eI Padre había descansado después de
los seis días de la Creación, descansa el Hijo después de
los trabaios clo la Redención. Tarnbién Él t realizado
"bia
su obra. Podía, pues, dormir, en la tarde de eu larga ior-
nada, en su gloria eberna.
Enséf,anos, con todo, la Escritura (l) y nos lo repite el
sírnbolo católico gue, aun en su muerte, Jesús no perma-
neció inacbivo. No era tan sólo lo presento y lo futuro lo'
que debía ser llamado á la salvación; todos los jo!t_9. de 1*
aoàigtiedad tenían que recibir la Buena Nueva. Mientras
deseansaba en el sepulcro eI cuerpo del Salvador, su alma
unida á, la divinidad descendió al Limbo, ó Scheol,
para evangeli zar allí á, muertos. A su vista, saltaron de'
gozo los hombres virbuosos de todos los tiempos y países
que con sus deseos habían clamado por el Libertador"
Rompiéronse las puertas de bronce de la morada subte-
rrá,nea, según expresión del Profeta, y la muerte halló
eu vencedor. Sólo una cosa sabemos de esto mundo de'
espíribus: que exisbe. iEn qué eondiciones se deslizaba la
vida inmorbal de estas almas, lo escogido de la humanidad
pasada? Nadie podrá decirlo (2). Con todo, compréudese fá'
Tiberio nuntiaviü». Asegura Eusebio (I/.
d leer Tiberio el parte de Pilato sobre la
Jesús, propuso al Senado que le coloca
Una homilía atribuída á San Crisóetomo
(l) Efes.,IV, 3-lo; I Pedro,IlI, l9; IV,6.
iZi Sabemos.quo, desde muy temprano. tal tez deede finee del siglo re.-
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VIDÀ DE NUE§TR,O SE§OR JESUCRI§TO 36D
,cilmenüe que, formando üna soeie«iad dichosa, sin duda,
pero llena aún de deseos y neeesidades, poseyendo la vida
sin la laz plena. aquellos profebas, aquellos patriarcas,
aqrretlos filósofos, aquellos justos de todas las edades y de
todos los países prorrumpieron en un grito de entusiasmo
al ver llegar á la morada de Ia muerte la Esper anza, el
Rey, el Salvador de la hurnanidad. Evangelizó á"los muer-
gundo, cierto autor aprierifo, consignando probablemente un fondo de le-
yenda popular, escribió la historia del Desecndimiento de Jesuristo ú lot
infurnasr libro en once capítulos que, unidos ó los dieciséis de los Eeclgc
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MONSEÚOR [E CAMU§
tos, al deeir de San Pedro; y cuantos habían adivinado,
presentido, ó anunciado el Evangelio lo aeogieron con in-
mensa alegría. Había terminado el destierro, la tristeza
se hallaba eonsolada y asegurada la felicidad. Agrupándo-
se alrededor de su Mesías, recibieron sus enseflanzas, es-
perando la hora en que, resueitado el primero de entre los.
muertos, este Mesías debía abrir las puertas del cielo á la
eautividad convertida en su gloriosa y triunfante :on-
quista.
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I
CAPÍTUIO III
De la suerte reservada á los enemigos de Jesús
Israel crucificado á su vez.-Anás herido en sus descendientes.- Oaifás de=
puesto.-Herodes desterrado.-Remordimiento de Judas.-Fin del trai-
dor. ( Maü., XVII, B-lO, Eechos, f , lB, l9).
Natural cosa es el deseo de averiguar la venganza que
apliea Dios á" las maldacles cuya perpetración p"r-itu,
pues la concieneia pública se siente aliviada .r*oto com-
prueba el restableeimiento del derecho por el castigo de
los culpables.
EI verdadero culpable en el crimen que aeabamos de.
narrar era Israel. Y cuando, euarenta af,os después de
esta Íecha, y en igual día, permitió Dios á los soláados de
Tito entrar en la ciudad santa y quomar el remplo, que
n9 d9bí3, ser ya reediÍicado, obró rinieamente la justiáia.
alrededor de ias murallas, y en el lugar en clor,de los
iu-
díos habían crueificado á Jesús, fueron vistos ,qr"lios
rnismos iudÍos crucificados á su vez por los romanos; y tal
fué la rabia de los vencedores, que sólo suspendiero, l"s
e.ieeuciones cuando falüaron árboles para fabriear eruces y
lugar-para pla.tarlas (1). Diríase que, r.ecordando que fue-
ron obligrdos en otro tiempo á matar un
iusto, pr"i"rdían
ahora lavar este crimen con la inmolaeión cle
-iltares de
eulpables. Irníanlos de dos en dos en el mismo patÍbulo; el
resto de los habitantes fué pasado á cuchillo. L^ historia
no ha coneervado recuerdo de una catástrofe comparable
á ésta.
Pero á la cabeza de este pueblo estaban algunos hombres,
(t) V. Josefo, 8.J., Y, If, l.
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372 MONSEüOR LE CÀUUS
gue habían consentido en personificar su malicia y en ha-
corla triunfar: Anás, Caifás, Ilerodes, Pilato, y sobre todo,
Judas. La historia ha conservado, en parte, Ias desgraeias
que los hirieron á todos.
Si hubier:a vivido bastante, habría podido ver Anás á
uno de sus hijos, que llevaba poco más 6 menos su nom'
bre,y aventajó á sus hermanos por sus rapiflas r) y violen-
' cias (2), asesinarlo por algunos amobinados. ;Extrafla coinci'
deneia! La sublevación popular Ie dió por compaflero de
euplieio á un Sumo Sacerdobe llamado Jesús. Los idumeos
pisotearon sus cadáveres, los cuales como quedaran sin se-
pultura, se convirtieron en pasbo de los perros (81.
E[ af,o 36, Caifás fué depuesto de Bu cargo por Yitelio,
)egado de Siria, por haber pediclo el pueblo su destitu-
ción (a).
Herodes, impulsado por la ambición siempre creciente
de su mujer, dirigióse por sí mismo á Roma en busea de
su propia desgraeia. Pretendía el tíbulo de Rey, y Calígu-
la le dió eI destierro perpetuo (5), terminando miserable-
monto su vida en las Galias, en Lión ó en una pequefla
loealidad a[ pie de los Pirineos (6).
Pilaüo, que habíe sacrificado á Jesús paraevibar que e8-
tallase un tumulbo en Jerusalén, vióse obligado: poco des-
ptrés, á marchar, á la eabeza de los suyos, para, reprimir
otro mucho más grave en Samaria. También había allí un
Mesías, pero falso Mesías, rodeado de parbidarios arrnados
y turbulenbos. Ningún parecido había entre éste y eI au-
gusbo aeusado guo, en el pretorib, le había admirado por
(t) Et Talmud anatematizô toda esta casa de Anás, enriquecida con el
comêrcio de las cosas santas: «lMaldición á la casa de Anás!-díceae en
Pcs.67. a.-lMaldición á sus eilbidos de serpiente!»
(2) Antíq., XX,9, 2-4.
(3) Josefo, B.J.,IY, ô,2.
(4) Antiq. XVIII, 1, 3. .?asti sac,ri, nos. I495 y 1498.
ce que fué deportado-á Lugdunum; perc como
J ace morir en Espaõa, han creído varios quo de-
b Convenarum, Saint-Rertrand de Commingeq,
no Lión.
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VIDÀ DE NUBSTBO BEffOB JEEUCBIETO
Bu majestad y su silencio. Llegaron á las manos, y el pro-
eurador mostróse feroz en Bu triunfo (I). Los samaritinos
llevaron sus quejas á Yitelio, gobernador entonees do Si-
ria. Pilato reãibió orden cle presentarse en Roma para jus-
tiÊcarse. El que había sacrificado á, Jesús po, i"*o* du
perder la amistad del César, conveneióse entoo.". d.e que es
mucho rnás seguro, para no sufrir decepción, permanecer
amigo incorruptible de la verdad y la justicia. Aeababa de
morir Tiberio y lo había reemplazadocalígula (86 a. J. C.).
pl procurador fué severamente reprendiJo y àesterrado á
Yiena, en las Galias. Todavía .u *ourtra en dicha ciudad,
dondo murió, según anüigua tradición, la elevacla pirámide
.que le sirvió do sepulcro.
frna de las-leyendas populare§-son muchas las que
existen sobre el miserable proeurador,-dice que llegóhasta
Suiza á oeultar sus remordimientos junto ,l Lgo dãLucer-
na, en la montaf,a que lleva su nombro, y que ailí,Ileno de re-
mordimientos y oprimido por la miseria, àcabó con Bu vida
precipitándose en el abisrno abierto en la cima del monte
rnisterioso. De vez en cuando los pastores clel valle creen
ver salir todavía su sombra del abismo, en la actitud cle
un hombre que se lava las mar)os; y cuanclo vueive á en-
trar en é1, se levanta sobro el lago inÍernal una nube
rlegra_, preflada siempre de tempesüades y desgraeias. Ta-
les relatos no so. otra cosa que .oã. ó menos
"*p...ióo,
cánclida, de la indignación que sublevã el alma de los hom-
b.es honrados por ia debilidad criminal del gobernador (:r).
si ia gloria es una recompensa de ra virtucll t* inrurnia es
el castigo del crimen. Nada más severo podía imaginar la
rglesia para el juez inicuo que estigrnatizar: su nombre en
(L) Antiq., XYIII, 4, I y sig.
- 1z; Eusebío, Ir. E;,rf z,_âi.e que se suicidó en mpo de calígura, rorrÀcÍr
.'eptreoàt oytteoeais. Orosi! ,, 5, y'Freculpo. Ch .,1I, l, tz,'Íu hí"en mà-
YIr
rir en las Galias. La_leyencla deÍ monte piiato Lucerna dat. út
del siglo xI. G. a }Íü[ler, pontius pilatus, strtg*i,
""u."áãáirss, reunió todo ro
que produjo la litcra_tura apócrifa sobre este tristã pó.or"j.,
qo" ooo. hr-
cen morir desesperado y otios penitente, y hasta, .ü;ii* IdÉà;phr;;-
mo mártir de la fe.
y4 .I. Ill
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374 MONSEftOR IJE CÀMUS
el símbolo. Y así lo hizo, exponiéndolo para siempre á la
(1).
execración de los pueblos
Pero, el que, por su negra traieión, ha llegado á ser par-
tieularmente odioso á" loã amigos del Seflor, es Judas-
Había merecido un castigo más duro y rápido que los de'
más; los Evangelistas se encargaron de darnos á conocer
su suerte desg"raciada. Nada *ás af.entoso ql._ eI fin d.e
esta vida, ilÃada á ser gloriosa err el Apostolado, termi-
nada y aeabando tan tristemente en la desesperación y eI
suieidio.
Apenas hubo traicionado el infeliz á su Maestro, cuan'
do sintió torturado su cotaz,Sn por los más agudos remor-
dimientos. El recuerdo de la dulce y augusta Yíctima no
le abandonaba. Quizás por algún tiempo conservó todavía
la esperanza fle lr"t qr" Jesús, más fuerte que §us enemi-
gos, inutíIizabasu traicióoy evitaba sus últimas consecuen-
ãiu.. Pero el viernes por Ia maflana comprendió que to.d"
estaba perdiclo. La sentencia del Sanedrín y las diligencias
oficialeió ante Pilato ya no permitían la menor duda acer-
ca del desenlace. HuÚía ,.ndido su Maestro á los verdu-
gos; al entregarlo, le había muerto.
(2). La
Entonces se recrudeció la amargura de su pesar
rosponsabilidad en que había incurrido, le abrumaba' Se
l" á.o.rió la idea de deshacerse á tiempo de ella, y desear-
garla, en el último momento, sobre quienes le habían ani-
ãr"do al crimen. Pero no era esta una contrición verdade-
ra (3). En el fondo de su alma había más orgullo que arre-
c
r
San Juan, hallaría su Pleno
do de San Pedro, descubier
el deseo, naturalísimo entre los crist
mezclada lo menos posible al afrent
ne d.e fundada.
-i;i -
Aii.,iXVII; B, precisa que.el traidor padeció esta crisis moral en
-entregado
el momento *ir*o^r-;ó':, ;; d. a Jesirs en manos de Pi-
"iO
*iát
lato.
indica sentimiento, pero
La expresión del Evangelistà, p.erape\tdels,
un sentimi.oto .Ãprái*à"1? ú"*roo,'del' quó dice San Pablo, IL Cor','
YII, 10, queProduce la muerte.
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VIDÀ DE NUESTRO SEftOB JESUCRISTO 376
pentimiento. aun indignado contra su propia cobardía, en
mànera alguna se habÍa convertido á Dios con un sen-
tiiniento de humildad y cle amor. Repetíale tal vez su eo.
razón las tiernas palabras del Maestro en el momento del
b.1o
{atal, pero eran como el martillo que rompe el már-
,ol si, ablandarlo. Sin embargo, el hate, .u..ifi.ado una
existeneia tan ,oble y belia, un justo, üD amigo, el mejor
de los maestros, por treinta dineros, le parecía Ia más í".
coneebible de las locuras. El dinero queor"ba entonees sus
rlrrnos,- crispadas de desesperaeión. Resolvió no guardarlo,
y, eorriendo al Templo, buseó á los cómplice. del horren-
flaba. I{o á ellos, á Jesús, de-
ealmar sus remordimientos,
e pecado-les d,jo con vio-
ando Ia sangre inoeente.)
ita en ia boca de un hombre
qlte, para atenuar su propio crimen, hubiera deseado ha-
ilar á" Jesús culpable, anulaba las falsas aeusaeiones
provoeadas por el Sanedrín. En su agitaeión, olvidando
torla mesura, llegó Judas hasta arrojar el precio de la san-
g*e á la eara, por decirlo así, de sus .o*rrrptores, y la pla-
ta, rodando por el pavimen66 (t) ds] Templo misLo, d..-
pertó un instante la suspicaeia de los ,rieios é hipócri-
tas easuistas. Contentáronse con mandarla ,..oglr, y
respondieron al malvado discípulo, acogido, la lru, pri--"rr,
eon tanta eomplaeeneia, estas desesperantes palabras:
«2Qué nos importa á ,osotros? Yiéraslã tú.» El miserable
se volvió, sin que el precio de la sangre, devuelto á" sus
corruptores, hubiese aligerado la carga que pesaba en su
corazón. La altanera respuesta de los rroãdritm, el remi-
tirle á los remordimientos de su conciencia, no hizo más
que irritar su dolor y disponerle á un aeto supremo de
desesperaeión. La graeia le habría inspirado q"; fuese á,
haeerse atar á una eruz para morir, el làdrón, bajo
"ã-o
- (1) La expresiónév yÇ zoÇ parece indicar el templo mismo en que llena-
ban los sacerdotes sus funciones, y no las dependdncias que ro ,ãaururo.
Estas constitúan el iepor, por oposicíón a roas.
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I
uoNsEftoB LE OÀtrtus
la mirada y en miserieordia del Maestro. Satanás le
ia
persuadió quo se ahorcara, rechazando todo perdón y se-
iluodo sus ã.ímenes con la desesperación final.
Después de cleliberar., juzgaron los miembros del Gran
Corr."jo que el precio cle la .ungtu no -po-día entrar en el
(1). Su eelo hipócrita Ie en-
tesoro sagrado ãio *aocharlo
eontró otfo clestino. Con esta módiea sumà (93 pesetas)
comprar'on el campo de un alfarero en el valle de l[innom,
al sud de Jerusalén, proponiéndose desfinarlo para sepul-
tura de los exbranierós, f urlícs ó prosélitos, que muriesen
en la Ciudacl Santa. Así daban un destino piadoso á esbe
dinero completamenl,e manchado con la sangre d_el Ju-sto.
ial fué Ia pri- era raz6n ds llamar á este lugar llaeelda-
ma, Campo d,e la sangre lltl'
Casi aÍ pu.rto surgió otra. Presa de una angusbia eada
vez más .ro.l, Judas, á los pocos clías de sufrimiento
(B),
eiecutó su funesbo proyecto en el mismo cementerio
corr eI fruío de su iniquidad. En esbe lugar
"â*p.u,lo
rl TernPlo.
(2) Ileqal-Dema, Iroy Hakk.ld Danrm, osario de Chaudemâr
en tiompo
Jerusalén' Eusebio' por una distrac-
de las crttzarlas, se encuentra al Snr de
ción singular,lo situó al norte,.ér Bopeíot's;,pt
enterrado en este campo fl,6[ q,lÍarero,
e Jesucristo fué más tarde privilegio
I siglo XLV fué compratLo por los do-
onvento con una iglesia, Pero no Pu-
rerlaciones de los musultnanes. Sola-
sto rectángulo adosacto á la montafla-
rr,bía abiertas en la roca numeroses c&-
del siglo XttI,
u famoso Carn-
echo Santa Ele-
iso consbruir cl cementerio del Yati-
--irt
cano.
DeI cliscurso de San Pedro se deduce que' para Pentecostés,
estaba
rnuerto.
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VIDÂ Dü NUüBTRO 8D§OB JEsÜCBI§TO 377
abominable, que debia recordar su crimen á lasgeneracio-
nes futuras, se ahorcó, siendo así, según la terrible exPre'
sión de San Pedro, el primero en tomar posesión deaque-
lla tierra maldiba, para gozàr de ella hasta el fin de los
tiempos.
;Rãmpióse el árbol ó la cuerda, por efecto del peso del
malvado, aI que sostenía, ó cortaron la cuerda los tran'
suentes? Poco importa. EI cadáver'se destrozó aL caer,
y, clespan'arnadas por todas partes las entraflas del traidor,
pudo decirce en verdad que aquel campo era realmente
d,e sangre, com1rado por la Bangre del Justo y regado con
la sangt'e del impío tt).
vezla narración misma de la Resurrección, no hicieron ntás que acre-
centar los remordimientos
cuerdo de su crimen y que
comprado con un dinero á
alma, y lo escoge por eI
morir en él de unà uraneta
paiallamarlo Haceldama, campn de lcc
olvidar que tenemos en San Mateo un
leüra, y en los Eechos, un discurso en e
forma oratoria. Convengamos, después
cación, queda uno muy admirado al ver á San Mateo, de un lado, reproducir
solamente la primera parte del drama, y el discurso de San Pedro, del otrq
sólo la segunda. Una antiquísima tradición, puestoque fué acogida por Pa-
pias, y consignada en el IY libro de su DaJnsiciónd,e los discursosdel, Sefror,
se relaciona más directamente cou la narración de los Élechos, que da por §a-
bida. La encontramos recogida en la Catema ad Áct. Apostolorurn, I, 18, de
Teofilacto, X ên Routh, Reliquiae Sacra,c, vol. I, pág.26. Como ejemplo üe-
rrible del castigo de la impiedad en este mundo, el cuerpo del traidor se
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I
MON§EfrOE LE CÀMU§
Hallábase el campo fatal en el sombrío valle cle los hi-
jos de Hinnom, 5r Bu lugar está indicaclo por Ia traciición.
Reeuerdos tan terribles grabáronse indeleblemente en la
primitiva Iglesia. Todos tuvieron horror á este lugar, y,
según la expresión del Salmista, cibado por San Peclro, el
aeilo del traidor permaneció solitario. y desolado. E[ dine-
ro de su crimen no había ofrecido otro resulbado que clarle
por morada el más de'shonrado de los sepulcros {1).
hinchó tan extraflamente que no podía pasar ni por donde pasaba c,imoda-
mente un carro. Costábale trabajo sostener su cabeza que se le había hecho
monstruosa. Sus pupilas hinchadas cerraban sus ojos á"lah;z. 'Iodosucuer-
po, en una palabra, había tomado las más odiosas pr0porciones. De todas
partes de él salían agua y €íusanos. Después cle las rnás crueles torturas físi-
cas y morales, murió, según dicha traclición, en srl propia tierra, év i6to: 7çupías,
tierra malrlita y abandonada, ante la cual nadie pasaba sin taparse las nari-
ces; tan detestable era el hedor que se desprendía de ella.
Más tarde, Ecumenio, en un comentario sobre los Hechos, I, I8, cuenta,
no se sabe con qué fundamento, que Judas fué atropellado (es el rp\vhs tev6-
peros del texto de los Hechos) por un carro que, pasândo por encima de su
cuerpo, lo cortó en dos, haciendole saltar sus entrafras. iCuán lejos está to-
do esto de la sabia sobriedad del texto sagrado, y cómo se advierte la forma-
ción rápida de la leyenda popular!
(t) San Mateo, atento á seflalar las profecías realizadas en la historia
evangélica, indica que, con la compra del Carnpo d,el Alfarero, se cumplió lo
que estaba escrito en el profeta Jerenrías. Su observación ha suscitado nu-
merosas dificultades. Créese generalmente que hay, en primer lugar, un error
de nombre en la designación del Profeta, error antiquísimo, puesto que está
en casi todos los manuscritos. Algún copista poco instruído escribió Jeremías,
donde debía leerse Zacarías, en abreviatura. Varios, con San Agustin, d,e
Cons.'Doang, ÍIII, 7, admiten una inspirada distracción del Evangelista,
escribiendo Jeremías en vez de Zacarías. Zacarías, en efecto, XI, 13, nos
muestra al Sef,or renunciando á sus funciones de pastor sobre su rebaflo, que
es entregado á la muerte. Este rebaflo es la infortunada nación judía. Al re-
signar su cargo, á causa ile la incredulidad obstinada del pueblo, pide su sa-
lario y se le dan treinta monedas de plata; 5,, descontento de tan mezquina
paga, lo arroja desdefrosamente en el Templo. Es arrojado de allí como im-
puro, es llevado al Campo d,el Alfarero)e\donde permanece como prenda de
la venganza divina, hasta el día del iuicio reservado ála nación. Si nos ate-
nemos, no á la forrna, sino á Ia substancia misma de la profecía, es imposible
armonizarla con lo que dice San Mateo. El pastor que se disgusta clel rebaflo
malo y que, resignando el cargo, pide su paga, es Jesús. Israel, por el órgano
del Sanedrín, aprecia en treinta dineros el trabajo del Pastor divino, Dios,
mediante un movimiento de pesar que arroja en el alma de Judas, hace de-
volver al Sanedrín la irrisoria suma en que había sido valorada la vida del
Pastor, y este dinero, recogido en el Templo, en donde fué esparcido, se em-
pleó para lacompra del Cam.po del Alfarero, con ei fin de perpetuar el re-
cuerdo de un crimen tan detestable. Con todo, poco satisfechos de una in-
terpretación tan laboriosa, suponen varios exégetas que San Mateo alude á
alguno de los fragnrentos perdidos de Jerernías. San Jerónimo declara ha-
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LIBRO SEGUNDO
LÂ VIDA
CAPÍTULO PRIMERO
La mafrana del tercer día después de la muerte
Muy de maflana va al sepulcro el grupo cl.e las mujeres.-Lo que acababa de
suceder en - Corre Magdalena á avisar á Pedro y á Juan.-Las demás
é1.
muieres los ángeles en eI sepulcro.-Después de salir ellas, llegan Pe-
y
- dro y Juan.-Magdalena sola contra la piedra del sepulcro.-Primera
aparición de Jesús.- Noli me tangere.-Aparición á las demás mujeres.-
Por qué Jesús no se muestra á la ciudad entera.-Yoces que hicieron co-
rrer los soldados. ( Juan, XX, 1-18; Lue., XXI\, t-tz; Man"c., XVI, t-tt;
Mat., XXYIII, r-r5) (1).
Tristes y abatidos pasaron los amigos de Jesús el pri-
mer día de la fiesta. Entre las mujeres, más fieles tal vez
y más demostrativas en sus afecciones, estos sentimientos
§e complicaban con una impaciencia muy viva. Parecíales
suprema y envidiable eonsolación tributar por sí mismas
ber leído dicho pasaje en un manuscrito perteneciente á un nazareno, mas
rechaza su autenticidad. Eusebio, Dem-an. X, 4, suponequelosjudíos losu-
primieron rnuy pronto en Jeremías.
(l) A primera vista tiene algo de desconcertante el parangón de los cua-
tro relatos evangélicos. Así, segirn San Mateo, al amanecer del día siguiente
al sábado, María Magdalena y la otra María van á visitar el _sepulcro. Un
suceso que parece haber ocurrido ante ellas, pero que puede también suponer-
se anterior á su llegada tomando los aoristos éyévero, àrrú)uoev, etc., por
pluscuamperfectos, lo había trastornado todo alred.edor del sepulcro. Ifn án-
gel resplandeciente de luz había revuelto la piedra, y los soldados puestos
para su guarda permanecíân como muertos. Sentado en la piedra, el men-
sajero celestialles anuncia, invitándolas á que lo comprueben, que el Cruci-
ficado no está ya en el sepulcro, y les encarga que vayan á llevar Ia nuevaá
los discípulos, afladiendo que el Sefror les precederá en Galilea y que allí le
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I
380 MONSEfrOE Í,8 CÀIIUB
los úlbimos servicios al Maestro amadísimo, empezar §u
embalsamiento, verle y tocarle una vez más.
Por esto, clespués de haber hecho, desde el sábado Por
la tarde , á,laexpiración de la Íiesta, §us provisiones de per-
fumes, el domingo por la maflana, aPresuráronse á adelan-
verán. gría á avisar á los APósto
les, se Y les reitera el encargo del
ángel. cliscípulos se dirigen á Ga-
lilea á Y reciben sus ul-
I Maestro,
timas recomendaciones. De este modo termina el primer Evangelio.
de importancia completamente distinta.
San Lucas nos múestra á las santas mujeres, cap. XXY, 55, es decir, Ma'
Âscensión.
En fin, San Juan, po
ría Magdalena hacia el
tracla, supone la santa
anunciarloáPeclroyá
más clue el sudario y las vendas, se vuelven á sus casas. Ilagdalena, Iloran-
do delante del sepulcro, se i
les, vestidos d.e bltrnco, sent
raje donde había reposado e
causa, de su desesperacióu y
das. le hace la misma pregunta. Es Jesús gue se da á conocer, y le dice
que vâye á anunciar á sus hermanos que EI vuelve á su Padro y ó su
Dios. Corre María }Íagctalena á afirmar á los discípulos que ha visto al
Maestro y que El le ha hablado. Por la tarde, âparece Jesús á los Apóstoler.
Ocho dÍai más tarde, pâra convencer á Tomás, se les aparece de nuevo, siem'
p vangelio finaliza con el apéndice del cap. XXI
e ên la orillá del lago de Genezaret.
I final de nuestrosestudios sobre los Evangelioq
una última prueba de la independencia que sus autoresguardaron,losunot
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VIDÀ DE NUESTBO §DNOB JESUCRISTO 381
tarse al día para correr al sepuicro (1). Semeiante momento,
en el que eúpieza la aurora á disipar las tinieblas de la
noche, era justamente la lrora simbóliea escogida por los
Profetas, u,. sus poéticas descripeiottes, para seflalar eI
paso de la trisbeza á la alegr'ía, clel sufrimiento á la dicha.
El grupo, pues, en su agitaeión, podía parecer Ia imagen
go,junto al sepulcro en doude debían gloriÍicar al Resucitado.
Después de esto, nada tiene de particular que en el relato de la Resurrec-
por sumario que sea, tiene una importancia considerable; ya Yereuros el c-a-
so que conviene hacer del rnisrno para la disposición cronológica do las di-
versas apariciones.
(I) Segrin San Juan, es nluy de mailann' y todavÍa de nocho: rgot ororlos
Itt oío1sl según San Lucas, es también muy do maüanaz 6p0pov p.c0drrrsl §o-
gún Sau Mateo, empezabaúlu+ir el primer día de la semana: rfi ktQoxoúon;
según San Marcost era igualmenté muy d,e mafinna.' ÀÍov rpari, pero empeza-
ba ya á apuntar el sol: du,orel\omos rou' riÀIou Lo cual equivale á decir que era
el momento en que la aurora, rporórerÀos fós, dora al cielo eon sus primero*
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382 MONSENOR LE CÁMUS
viva de la humanidad luchando para llegar á través de las
últimas sombras que flotaban sobre su cabeza (1), al glorio-
so día de su propia resurreeción.
Entre aquellos amigos fieles, se encontraba en priurer
lugar María Magdalena; á" nadie debía ceder el puesto de
honor. Á .o lado, estaba Ia otra María, madre de Santiago
y de José, que parece haberse convertido durante los días
de prueba en su compaflera inseparable. Hallábanse tam-
bién Salomé y Juana de Chusa, y, con ellas, varias más
unidas desde mucho tiempo hacia á Jesús por el reconoci-
'miento y la a«lmiraeión.
Ignorando que había sido enviado un piquete de sol-
dados para guardar el cadáver, se preguntaban: «iQuién
nos quitaráIa piedra del sepulcro?» Dios se había cuidado
de eontcstar de antemano á esta legÍtima inquietud. Efec-
tivamente, mientras velaba todavía la guardia, poro pro-
bablemente poco antes de Ia aurora, ó á sus primeros al-
bores, una sacudida violenta y súbita habÍa conmovido el
sepulcro y el jardín en que se encontraba. Era el Muerto
que se despertaba, I que, en su omnipotencia, rompía los
lazos en que se le había atado. Al punto, descendiendo
del cielo, como el criado que va á" abrir la puerta á, su
dueflo, dispuesbo á salir {z), quita el ángel del Seflor la pie-
dra del sepulcro haeiéndola girar sobre sí misma, y siénta-
se en é1, lleno de gloria y de belleza. Resplandecía como
el rayo, y sus vestidos eran blancos eomo la nieve. Á uu
vista, los guardas, penetrados de terror, habían sido de-
rribados en tierra, y, por un momento, permanecieron
como medio muertos (3).
rayos, porque, aun notando que era noche, observa Juan que Magdalena vió
la entrada del sepulcro libre, y quitad,a la piedra.
(1) .Is., LY[I, 6, 10, ll,etc.l Oseas, YI, a.
(2) No se dice, sin embargo, que Jesús hubiese salido en aquel momento
del sepulcro; menos todavía que le hubiesen visto salir los soldados. Podría
haber ocurrido que la piedra de la abertura hubiese sido rechatada violen-
tamente hacia fuera, sólo con el objeto de certifcar la ausencia delmuer-
to en el sepulcro.
(s) Ifabiendo precedido esta escena, según nosotros, á la llegada de las
santas mujeres, fué indudablemente conocida por el relato de los mismos sol-
dados que la contaron, ora oficialmente á los miembros del Sanedrín, ora con-
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VIDÀ DE NUESTRO SENOR JESUCBTSIO
Se recobraban apenas de su espanto, vagando talvezde
acá para allá",cuando llegaron las santas mujeres. La piedra
que cerraba vertiealmente el sepulcro era muy grande,
como observa San Marcos; por esto les fué fácil reconocer
de lejos que había sido separada y gue, por consiguiente, eI
sepulcro estaba abierto. Este inesperado inciclente, y tal
vez también el aspecto de los hombres armados que ellas
veían huir precipitadamente, Ies sugirió la idea de un cri-
mén cometido eir los despojos del Maestro. En efecto, en-
traba en lo posible que los prÍncipes de los sacerdotes,
envidiosos de lahonrosa sepultura concedida á Jesús, hubie-
sen hecho robar eI cuerpo para arrojarlo al muladar con
el de los criminales. La pronta y viva imaginación de
Magdalena entrevió ya el indigno sacrilegio. Retrocedien-
do súbitamente, vuela esta piadosa amiga para anuneiar
á Pedro y Juan la aterradora noticia. Simón-Pedro no era,
sólo por su autoridad, el primero de los Apóstoles, sino
también, por temperameuto, eI más valeroso y abnegado.
Había demostrado en Getsemaní cuán presto sabía pasar
'de las palabras á las obras, y podía eontarse con él para
un golpe de mano. Por otra parte, la pecadora convertida
sabia, por propia experiencia, la necesidad gue experi-
menta todo buen eorazón en demostrar su amor al clía si-
guiente de la caída. Pedro estaba hospedado probablemente
en Ia misma casa que Juan. Magdalena pensó, pue§, ad-
vertirlo á los dos. 2No había sido Juan el único amigo Íiel
hasta en el Calyario? Y puesto que era conocido del Sumo
.Sacerdote, de haberse atentado algo contra los despojos
mortales de Jesús, ;no debÍa, más útilmente que ningún
otro, practicar las diligencias necesarias para impedir una
profanaeión?
Al distinguir, por fin, eI doble socorro en cuya busea iba,
fidencialmente á sus amigos. Entre unos y otros, se encontraron discípulos que
no dejaron perecer un testimonio tan importante. Por otra parte, no puede
concluirse, del versículo ll de Sau Mateo, que todos los soldados se deiasen
corromper por el oro de los sacerdotes. El centurión, á quien hemos visto tan
vivamente penetredo de la santidad del Crucificado, pudo obtener de sus
hombres revelaciones que llenaron de regocijo á la naciente Iglesia.
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384 ![ON8EfrOB LE CAMUS
exclama Magdalena, como si hubiera reconocido realmente
con Bus propios ojos el sepulero (1): «EIan quitado al Seflor
del sepulero y no sabemos (2) donde lo han puesto.)
Sin embargo, las otras mujeres se habían acereado á la
cueva vacía, y habían tenido valor perà entrar (a) y ver lo
que allí había pasado. Ya no se encontraba en ella Jesús;.
dos ángeles (a), sentaclos uno í la derecha y otro á' la
izquierda, guardaban el lugar en doncle eI cuerpo habÍa
sido depositado. Yestían de blanco y apareeían radiantes.
de luz. Esta inesperada visión llenó de terror á' las san-
tas mujeres, QUe se prosternarorl al punto, pegando su
rostro al suelo. Mas uno de los ángeles las anintó dicien-
do: (No os asusbéis; buscáis á Jesús Nazareno, el quo
fué cruciÊcado. lPor qué buseáis entre los muertos aI
que vive? Ha resucitaCo, no está aquí; ved aquí el lu'
gar en doncle le pusieron. Acordaos de lo que os habló
estando aún en Galilea, diciendo: (Es menesber que eI
(l) Si Magdalena hubiera seguido rí las demás mujeres hasta el sepulcro,
habría oÍdo las declaraciones de los ángeles y no hablaría á Pedro de un la-
trocinio probable. Además. el ángel no hubiera tenido que preguntarle so'
gunda viz lo que la'hacía llorar. En fin, no se comprenderían su inquietud,
como mbalsamiento del muerto (*).
(:]) s grandes familias iudías eran vastas excavaciones'
que t hastâ tres y cuatro metros de profundidad y otro
tanto de ancho.
Dios. Las al spsrecer Y
diversas ac e no debían
es en el ds como on la
se revestido Por qué son
llamados útõpes por Lwc, XXIV, 1, y reeilaxot por Marc., XYI, 6.Comp- E*
chosr l,lO.
(*) La Yulgata üraduce por el singulaar, mescio, según la lección olôc, {uê'
es la del teatus receptus.-N. del T.
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VIDÀ DE NUESTRO ÊEfON, JEBUCBIBTO
Ilijo del hombre (l) sea entregado ;en manos de hombres
pecadores y que sea crucificado, y resucite al tercer día.)
Id luego y decid á sus discípulos, sobre todo á Pedro, Qu@
va delante de vosotros á" Galilea; allí lo veréis como oB
diio(z). Ele aquí os lo he avisado de antemano.)
Tal fué el primer discurso pronunciado sobre la resu-
rrección de Jesucristo. En realidad, no se ha imaginado
posüeriormente una argurnentación más sencilla y com-
pleta para estableeer el gran milagro que es la piedra fun-
darnenbal del cristianismo. Jesús había si«lo puesto en el
sepulcro, y ya no estaba en é1. E[e aquí el primer he-
eho que se imporrc á," Ios testigos. Antes de morir había
a,nunciado que sueederÍa de esba manera; su resurrección
no es un acontecimiento fortuito, sino previsto. He aquí
eI segundo, ro menos cierto, y que tiene su importancia.
En fin, se invitará á todos á" cornprobar directamente la
realidad de la resurrección, viendo y tocando al Resucita-
do. He aquí la tercera, que será la demostraciórr más aca-
bada para, los incrédulos.
Jesús había anunciado siernpre ei proyecto de reconsti-
tuir su Iglesia en Galilea, en cuanto hubiese resueitado(8).
Allí había ella nacido y crecido, I allí debía encontrar sus
meiores elementos cle progreso, gracias al natural recto y
enérgico de los esforzados püeblos que la habitaban. El
rebaf,o, por un momenüo disperso, puede, pues, reunirse de
ouevo, porque el Pasüor vive todavía; va á, reaparecer y
condueir á sus ove.jas, precediéridolas, l-rasba Ga[iiea.
No es el pensamiento de los áugeles excluir toda apari-
(l) Recuerda aquí el ángel el título de llijo del hombre que Jesús se
daba durante su virla, pero que ya no tonra después de su resurrección.
(2) Se ha observado q'ne Lue., XXIV, 5 y sigs., no habla de las aparicio-
nes en Galilea. 6Será porque conocía sólo las sucedidas en Jerusalén? De he-
cho, tan sólo cuenta estas últimas. Pero les admisible que el compaflero y
discípulo de Pablo ignorase las obras? Bn los Hechos,I, B, permite enten-
der qtre sabía más de lo que decía. Sin embtrrgo, si precisa en ellos lo que de
ningún modo se hubiera sospechado, al leer el Íinal de su Evengelio, que hu-
bo cuarenta clías de intervalo entre la Resurrección y la Ascensión, parece
ateuerse á una tradición que no hablaba ni del regreso de los Apósüo-
les, ni de las apariciones de Jesús en Galilea. llechosrI,4.
(3) illarc., XIV, za; l[at., XXVf, Bz.
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ts86 MONSENOR LE CAMUS
ción antes que los ereyentes galileos hayan vuelto á ganar
sus hogares; sino que se limitan á, dejar para esta époea
las manifestaciones rnás frecuenbes y familiares. He aquí
por qué los Evangelistas, &un manteniendo sus palabras,
no creen conbraclecirlas coo las apariciones sobrevc,nidas
en Jerusalén y eon las que vamos á ver al punto.
Sin embargo, las. santas muieres, sobrecogirlas de espan-
to lo misrno que de alegría anbe nueva tan maravillosa,
habíanse apresurado á" salil de la bumba, p&ra dirigirse,
corrienrlo, á la ciudad y busear en ella á los Apóstoles. La
emoción precipitaba su marcha y las clejab" sin palabra (1);
de aquí que no contaran el prodigioso suceso más que á los
Apóstoles mismos, cuanclo los descubrieron. Convencidos
éstos de que habían sido víctimas de una ilusiórr, rehusa-
ron dar Íe á sus discursos.
Bueno es bener presente, parà armonizar todos los tela-
tos cle los Evangelistas, güo, en aquel momento, Pedro y
Juan no estaban con ellos. AvisaCos separadamente, pero
en términos distinbos, por Magdalena, corrían ya á todo
eorrer (2) hacia el sepulcro que creían indignamente viola-
(1) Suponer, con varios críticos, q:ue Mat"c., XYI, 8, pretende decir que.
las mujeres guardaron el secreto absoluto sobre lo que habían visto, es atri-
buirle gratuitamente rrna inverosirnilitud para tener el placer de provocar
una diÍicultad inútil. Callan durante el camino, pero hablan llegadas á,Iaca-
sa. Mat, XXVIII, 8; LwI.,XXIY, 10 y 23.
(2) Si, según atestiguan la mayor parte de los manuscritos, Lwc,, XXIY,
12, es auténtico, tendríamos alguna raz6n para admirarnos de que, después de
haber puesto los discípulos en ridículo á las santas mujeres y rehusado dar
crédito á sus discursos, se hubiera levantado súbitamente Pedro pâra co-
rrer al sepulcro. La verdad es que San Lucas arroja en este lugar, como al
acaso, una nota encontracla en los documentos de que dispone, pero en don-
de faltan completamente todos los demás detalles. Se ve algo indeciso y
vago en su redacclór, y el vers. 12 pertenece á otra fuente que el lf. El
vers. 34 supone igualmente algo que él no ha referido. Si se atiene á
aquella escrupulosa fideiidad que aquí, como en todas partes, le hace un de-
ber consignar todo lo que sabe, parece contradecir lo que precede. A-hora
bien, con gran oportunidad, explica Juan lo que parece inexplicable. Habla-
ron las santas mujeres á los discípulos, y Magdalena se dirigió á Pedro y á
Juan, que probablemenbe no se hallaban entonces con el grupo principal de
los fieles. Se observará además que, por su parte, San Lucas,:XX.fV, 24, po-
niendo en boca de los discípulos de -Emaús: Algunos de los mu,estros /weron
al sepuluq da testimonio á San Juan, pues que emplea el plural después de
haber meucionado solamente á San Pedro.
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VIDÀ DE NIIESTR,O SEfrOB JESUCRISTO
do. Juan, más joven que Pedro, Ilegó el primero; mas sea
por defereneia hacia su compaflero, sea por un sentimien-
to de secreto terror al ver el sepulcro abierto, no osó pe-
netrar en é1. Asomándose al interior, á donde se bajaba,
tal vez, por gradas, pcir más que la puerta fuese vertical
ya que desde bastante lejos se la veía abierta,--
-dijimos
se contentó con mirar, y no vió más que los iienzos que
habían envuelto aI muerto. Llegó un momenüo después
Simó,-Pedro, é inmediatamente, con su natural ardiãnte
y resuelto, penetró en el sepulcro. Los ángeles no fueron
visibles para ellos, pero hallábanse por tierra las vendas;
y el sudario que había envuelto Ia eabeza del Maestro, se-
parado de todo lo restante, estaba en vuelto ;, puesto en
un lugar á parte. Para un atento obseruador, ãsta era la
p-rt1eb1 de que el sepulero había sido teatro, no de un pre-
cipitado robo, sino de un sosegado y apacible despe*irr.
'-
Entonces Juan penetró tambiéÀ un .i sepulcro,
,v, áor.rs
propios oj'os, inspeccionó todo el interior. Sólo en aquel
momento sinüió renacer la fe en su alma. Como los demás,
tampoco había entendido las Eserituras, al asegurar que
Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Presa de las reflexiones más diversas, ora llenos de es-
peranza, ora abatidos é ineiertos, volvieron ambos Após-
toles rí la eiudad, contando recoger en ella nuevas más ex-
plÍeitas, y, en todo caso, después de haber comunicado á
los demáe sus impresiones, acordar las determinaeiones
que eonvenía tomar (1).
Magdalena, que sin duda habÍa llegado poco después de
ellos, los dejó marchar sin seguirlos. Del amadísirrô Maes-
tro no le quebaba más que el sepulcro vacío. I{o podía resol-
verse á abandonarlo. De pie, apoyada edhtra la piedra, abra-
zaba piadosamente este úlbimo recuerdo del Salvador des-
aparecido, lo regaba eon sus'lágrimas, lágrimas preciosa§, que
le habían valido en otro tiempo su perdóo, y qoL actualmen-
te iban á mereeer ver, la primera, á, JesúÀ rãsucitado. Llo-
(l) Luc.,XXIY,tz.
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I
.UONSEfrOB LE CÀXUS
rando, se inclinó para mirar denbro dei sepulcro. Sea que
su alma se hallase me,ior dispuestâ que la de los Apóstoles
para ver las manifestaciones celestiales, sea que Dio. lo
'quisiese rohusar á su ardiente amor lo que había coneedi'
áo á sus amigas llegadas, con ella, las primeras al sepul-
cro, se le aparecieron dos ángeles cubiertos de blancas ves-
tiduras, emblema de la gloria celestial. Estaban en la ae-
titucl de siervos que han úerminado 8u obra, sentados ol
'uno á la eabecera y eI otro á los pies del glorioso lecho en
que había deseansado el Crucificado. fnbrpelándola en
."1 *o-ento en que se inclinaba sobre la abertura dol so-
pulcro: (Muier-le diieron,-ipor qué lloras?» Y ella, sin
manifestar espanto (1)ante aquella aparición, como si su
inmenso dolor le prohibiese toda otra inquietud, se con-
tontó con responder: ((Porque se han llevado de aquí á mi
Sef,or y no sé donde le han Puesto.)
Al mismo tiempo, con un movimiento natural, como si
no pudiera sostener la vista tan fáeilmente como la conver-
r*"ióo de sus inüerlocutores, ó también, eomo si buscase
-auxilio, se vuelvat2) y ve á alguien muy corca de ella. Era
-Jesús; mas, absorba en 8u lamenbación, y buseando un
(3). Por otra parto,
muerto y no un vivo, no le reconoció
puesta toda su atención en el sepulero en que aeababa de
(1) ía tomado á los ángeles
poi t imPerfectamente,. sg1Po1r-
que e , epagase algo el britlo de
ólln.. ndida resPuesta la causa
lo ignoramos (*).
(-, E[ autor advertirá pronlo que la ftase in alia efigie se lee eolainente
en Marcos, XVI, 12.- N. del T.
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YTDÀ DB IÍIITSTBO BE§OÉ JEEIIOBIETO
produeirse la aparieion eelestial, D9 Ee fij* por mueho
tiempo en el que estaba á su lado. (Muier-le diee el des-
conocido,-ipor qué lloras? iÁ quién buseas?» Y Magdale-
o&, ereyendo hablar eon el hortelano G), le contesta
ein mirarle, pero siempre inclinada haeia el sepulcro {2), de
donde esperaba una explicación más categórica: «Sefl.o, (8),
si tú lo has quiüado de aquí, dime en donde lo has puesto,
y yo lo llevaré.» Jesús entonces, eon un tierno reproche,
se contenta eon responderle: (;María!» No era aquello más
que un nombre; pero un nombre, en una boea amiga, eg
un reeuerdo, una historia, una vida. Con una sola pala-
bra, aeababa de .expresar Jesús todo lo que Magdalena
hab(a sido para É1, y todo lo que Ét para ãtt". Â
este llamamiento, Ia ilusür:e ereyente se"rÃestremece hasta
lo más profundo de su ser, !, en la violenta saeudida del
amor, responde con un grito que manifiesta toda su alma;
«iRaboni! illfaesüro míot» Al mismo tiempo, arrebatada
9o-! por una eonmoción eléctrica, se eneuentra á los piee
de Jesús. àEs É1, resuciüado realmente y vivo corporal-
men-te, á, quien olla oye, á quien ve, ó sus oídos, sus ojos,
víctimas de una ilusión, le hacen tomar por el miÀmo
Maesbro d. una simple visión que va á eonsolarla? Turbado
eI espíriüu por la alegría y la sorpresa., no sabe ya, sino
creer, y sus manos se extien len hacia Ét prra convencer-
so, tocando sus pies'ó eus vesüiduras. «No me toques (4,-
T.III
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390 MOTd§EftOB I/E CAMII§
dice Jesús,-porque aún no he subido á mi Padre. Mas ve
á mis hermano. y dil".: Subo á mi Padre y á vuestro Pa'
dre, á mi Dios y á vuestro Dios.) iQon qué tornura llama
hermanos á los que acaban de abandonarie tan eobarde-
mente! lCon qué solicitud les hace advertir que se aeerca
para É1 lu hora de la glorifieación divina! Irá' á,la diestra
ãel Padre tan pronto corno estén sufieientemente afirma-
dos en la fe de su resurrección.
Desapareeió Jesús mientras Magdalena estaba aún e8-
c,rchando. Fuera de sí misma, la generosa creyente voló á
anuneiar á los diseípulos que había visto, con sus propios
ojos, al Maestro. Tal es el àrnor penitenbe qle 8e conver-
tía eo primer mensajero de la grrn nueva. Él "r, el que
e.rg"odraba, en los corazones de todos, la esperanza y Ia fe
en Io venidero.
según el apéndice de san Marcos, Magdalena encontró'
(1). Y rehusaron dar eré-
á los Apóstolãs afligidos y llorosos
dito á su testimonio.
pretaciones mós ó menos satisfactorias. Así, varios han traducido: «No pier-
ãr. ãi iiáÀpo en abrazar mis rodillas; tendrás-otras ocasiones' -porque no he
*"úiáã ioa":ría á mi Padre; ve pronto á anunciarla noticia ámishermanos»;
ã:á*Ui*: «No me deteng'as ,s-í, oo subo en seguida á mi Padre'» me
Pero el
vefbO ílzrreolot no es el veibo xpa,retv. Jor esto dicen otros: «NO adOresr'
porq.ue no he entrado aún en
coor se toma Por adoraÍ cuan
lo es nunca cuando está solo.
santas mujeres abrazar sus pies para
ración de Tomás. Àlgunos entienden
transformación, no me toques.» Per
sus discípulos á que le toquen. ( Lwc ,
i'"X'; subido
fuese un estado tiansitorio, :l:1 n'" :"ü':l
desapariciones sucesivas, hu-
, y preparado su regreso defi-
to.
abiendo resucitado p,or la maüana el
eramente á María Magdalena, de la
la lo fué á decir á los que habían esta-
osos. Y ellos, cuando oyoron que esta-
creyeron.) Evidentemente hay- aqd
n Juan, á 1o menos,de lo que se halla-
Evangelio debía desarrollar más ta,t
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VIDÀ DE NUE§TBO SE1VOB JESUCBI§TO 391
Sin ernbargo, casi en el rnismo momento, se manifesta-
ba Jesús á las obras muieres que, habiendo tenido en el
de. Este resumen suscita la cuestión de la autenticidad de los doce últimos
versículos que leemos en San Marcos.
nuln1errflitrToappd.rov, como si esto no hubiera sido dicho más arriba en el
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393 UONEEftOB LE CAüUS
sepulcro (t) la primera noticia de la resurrección, habían
vuelüo á la ciudad, mientras Magdalena conducía á Podro y
Juan á visitar el sepulcro. Siguiendo eaminos diferenües,
los dos grupos, no se habían encontrado. Por otra parte, nO
precisa San l![ateo que se les hubiese aparecido mientras
àsbaban en el ea'mino. Sea lo que fuere, mosürándoseles el
Maestro, les dijo: (Dios os guarde.) Ya preparadas por Ias
palabras del ángel á la idea de la resul'rección, se sorpren-
diuro., menos que Magdalena, pero no ein penebrarse de un
santo pavor. Reconociendo en seguicla í Jesús, ante su voz
como ante sus rasgos, abrazairotr stls rodillas y le adoraron,
pegado su rostro á tierra. Al ver su emoción, empezó el Se-
íor a animarlas desde luego. (No temáip,» les diio. Pen-
sando luego en los discípulos, á quienes convenía sobre
todo animãr, les repibió lo que había dicho el ángel. «Id,
dad la nueva á mis hermanos Para que vayan á Galilea,
alií me verán.) Estos hermanos aquí mencionados, como
en el rnensaje dado á Magdalena, no son solamenbe los
Apóstolur, ,io., en realidrã, ,r"rán á Jesús antes de 'ãgte'
ru. á sus montaüas, sino al coniunbq de los discípulos, á los
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VIDA DE NUE8TBO EEÍOB JEEUCBIETO
ouales conviene persuadir que se alejen de Jerusalén, me-
dio lleno de peligro para hombres tan pusilánimes, y que
rogresen á, §us casás, sin desesperar de lo por venir. Allí
enconbrarátn á" su Jefe y Pastor; allí se constituirá el reino de
Dios, leios de la persecución farisaica. Es preciso que se '
preparen en el reeogimierrto para ver al Resucitado. El
plan de Jesús es mostrarse í las almas, á medida, solamen-
üe, que las almas se preparen para ver'le. Magdaiena lo ve
desde luego; llegará después el turno á los discípulos que se
dirigen á Ernaírs; y en fin el grupo de los Once recibirásu
visita oficial y prolongada. Procede gradualmente, á fin de
arraigar, poco á poco, mas con seguridad, en los corazones,
la fe en su resurrección.
Podríase preguntar por qué no quiso manifestarse Jesús
inmediatamente á todos sus fieles, en medio de Jerusalérr,
v á Ia faz de sus enemigos. En primer lugar, no es seguro
que la aparición á los quinientos discípulos reunidos no
hubiese tenido lugar en el momento en que ias caravanas
salían de la Ciudad Santa. Esta hipóbesis ro es er abso-
luto insostenible. Pero, adrnitiendo que se hubiese prociu-
cido en Galilea, fricil es entrever las razones que impidie-
ron al Salvador most,rase abicrtaurente, cuando se hallaba
aún en Jerusalén. Loe fieles no hubieran dejado de precii-
ear al punto la grari nueva, con riesgo de provocar vio-
lentÍsimas hostiliclades, y de levantar prematuramente
una tormenta que no eran eapaces de afi'ontar. Era preÍe-
rible aguardar á que su alma estuviese bien fortificadu y
se hallaso protegid-" por el Espíritu Sanüo contra sus pro-
pias flaquezas. Por el momento, parecía que el designio
providencial era mantener las esperanzas mesiánicas «le Ia
muchedumbre con el pensamiento de una visiüa en Gali-
lea y la Íe de los jeÍes de esüa muchedumbre con apari-
ciones parciales y sueesivas; las cuales, debiendo bastar á
preparar uua explosión final do enbusiasmo el día de Pgn-
tecostés, al paso qne mantenían el fuego sagrado en estado
do centella, no podían provocar el Íuror rlel partido fari-
saico, que se contentaba con mofarse de las voces esparci-
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MONSEftOB LE CÂMUS
das sobre el Resucitado, como de tantas fábulas sin impor-
tancia.
al preguntar por qué no se mostró'Jesús á sus misrnos
enemigos para confundirlos con su giorioso triunfo, olvi-
da el racionalismo que Dios da su gracia con medida, y
que retira aun los rayos del sol á los obstinados que cie-
rran los ojos. La fe sólo es méribo en cuanto no exige la
evideneia. Los iudíos, que no creJveron en las palabras ni
en las obras de Jesús, esbaball .ya juzgados. Tampoco cree-
rían en la vida del Res,teitado, y, en bodo eago, creerian
sin rnérito, corno los deuronios en eI infierno. Exige Dios
un eonfiado asentimieuto del coraz6n, sentimiento que los
verdugos, al ver á su víctima resucitada, eran incapaces de
experimentar.
Mas, er] cuànto á los cliseípulos mismos, no es de ereer
que Jesús se mostrase en las concliciones físicas en que
había viviclo preeedentemente. Su estado era en abso-
luto espir.itual; aparecía,y desaparecía súbitamente; solo
se le reconoeía cuando EI quería, darse á eonoeer, §ea por
su voz, §ea por sus formas físicas. Era eI Resucitado, Y
para poder distinguirle en su Iruevo estado, era preciso
ieoe*-el ojo que se reservaba abrir el Espíritu de Dios.
(1)
E[ alma debía esbar preparada para esta visión sobrenatu'
ral; Ia de ios .ou-igos de Jesús no lo estaba, porque la
de los mismos amigos Io estaba sólo imperfectamente. A ios
fariseos v sus aliados no podía aparecerse Jesús sino para
juzgarlos, y Ia hora del juicio no había sonado bodavÍa.
'
Sucedió, sin embargo, güê, sin presentarse á ellos, Ies
significó, con tesbimonios uada sospechosos, qu9 todavía
eJ.b, vivo. Mientras, en efecto, por una parte, Ios repre-
sentantes de la Iglesia naciente, Ilegados á embalsamar al
muerto, estaban encargados de ir á anunciar á sus herma'
nos que el Maestro había resucitado, por otra, los guar-
daS apostados por los príncipes de los sacerdotes Para
retenerle en eL sepulero, se habían visto en la oxtrafla ne'
(l) Luc.,XXIY, 3t; Juan, XX, 16.
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VIDA DE NUESTBO SEúOR JEEUCBISTO
aesidad de ir á decir á sus amos que el muerto había des'
aparecido. Así, amigos y enemigos habían vuelto aPresu-
,Ãd.-.ote á la ciuãad prque el sepulcro estaba vacío;
éstos eon la alegría de tau Íal\z nr-leva, aquéllos con el
terror de tan extraflo suceso.
Observa San Mateo, en efecto, que volvieron á entrar
todos casi simultáneamente elr Jerusalén. «Y mientras
ellas iban-diee,-he aquí algunos de los guardas fueron
á la ciudad y dieron aviso á los príncipes de los sacerdotes
de todo lo que había pasado.) Tal fué, pue§, la notifica-
eión oficial de la resurrección, que el Sanedrín, por amarga
buria de la suerte, se procur'ó por sÍ mismo. iDichoso éI si
se hubiera aprovechado de elia! Pero los malosno venel bien
sino para aboruecerlo más, y los mentirosos á torlo están dis-
puestos con tal de ahogar la verdad. Concertáronse, pues,
eon objeto de saber lo que pociría responderse á, tan des-
agradable nueva, y como todos viesen claramente sus gra-
ves consecueneias, decidieron que era preciso que de todos
modos y hasta el fin llevasen ellos la razón iCuál hubiera
sido, por otra parte, la situación de k s asesinos, si la víe-
tima hubiese sido reconocida públicamente iusta y sa,nta
por un testimonio completamente clivino? àQué Íuera del
partido perseguidor en presencia de Ia glorificación supre-
ma del perseguido? Resolvieron, puos, los sanedritas tapar
con oro la boea de los inoportunos testigos, enviados por
ellos mismos para confirmar el triunfo de su víctima.
Audaz era el pro;zecto; de todos modos se atuvieron á él
y pagaron á los soldados para que dijesen: «Yinieron de
noche sus discípulos y lo hurtaron mientras nosotros es-
tábamos durmiendo. ) t
Observa el Evangelio que se les dió una cantidad de di-
nero en proporción con la mentira exigida. A esta cuenta,
la recompensa debió ser considerable, porque grande era
el crimen quo se obstinaba en desfigurar la obra de Dios,
tan visiblemente revelada. Por lo demás, no era menor la
necedad de la excusa. Dormían Ios guardas y lo habían
visto; lo habían visto y no 1o habían impedido. La explica-
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IIONSENOB LE CÂXU§
ción que proponen del milagro era, ú Íe, digna de personas
que suefran despiortas. Pero el oro ha sido siempro medio
fácil de hacer decir á seres mezquinorcualquiera cosa, §o-
bre todo cuando, viniendo de lo albo la corrupción, prome-
te la impunidad, süceda lo que suceda. En eI ôrso prãsente,
si ios soldados de la guardia eran los triieres del Templo,
el Sanedrín era dueflo absoluto de sus empleados; §i,
como hemos supuesto, pertenecían al eiército romano,siem-
pre resultaba posible porsuadirlos de que, en el sepulcro,
habían sido vícbimas de algúrn fraude, ó de alguna arte
mágiea preparada por los discípulos. Como pagano§, debían
ser naturaLnente crédulos. De haberso producido una in-
tervención sobrenatural, provocada por los Âpóstoles, loe
eoldados no podían ser responsables ante Pilato, pues na-
die está obligatlo rí luchar conbra Íaerzas invisibles y dee-
eonocidas. En cualquier hipóbesis, era preciso atenerse 6
laafirmación genéral que debía satisfacer la vana, curiosi-
dad del pueblo: Los discípulos habían robado al muerto. Si
Pilato llegase á inquiebarse por el rumor popular, los mie-
mos príncipes de los sacerdobes se encargarían de defender
á los inberesados, restableciendo, siempre quo Íuere nece-
sario, on las albas esferas, los hechos tal como habían pa..
sado, pero haciendo circular siernpre Bntre el pueblo las
voces de un latrocinio comotido y de una supercheria co:
ronada con el éxito.
No tardaron los soldados en quedar porsuadidos. Toma-
ron el dinero, y deiaron quo se difundieso entre los judíos
el rumor de que los discípulos habían robado el cadáver.
San Mateo dico güo, en el tiempo en que escribía su Evan-
gelio, tenía aún alguna creoncia esto rumor, del cual so
encuentran vestigi«rs en oI Talmud (1,; y San Jusüino nos
informa en qué forma el Sanedrín comunicó el incidente á
los judíos que habitaban en Palesbinà y í los quo vivÍan
en el extraniero (2).
(l) Y. el odioso libro del Toldothleschq citado en Eisonmenge4 Etü-
ileckt. Ju,&nth.r l, p. lgo y Bigs.
(2) Diol. c Tryph,l08: (Se ha suscitado una sects impÍr-decírn rr1uo-
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YII)À DE NUTBTEO EEÍOB JESIICBIBTO 397
De este modo, desde la maüana del tercer día, supo ofi-
cialmente la ciudacl entera que no estaba ya en el sepul-
cro el cuerpo del Orucifieado. Según unos, los discípulos.
le habían oculbado; según otros, nadie sabía qrré se había
hecho de El. Un pequeflo número afirmaba, fundado en la
palabra de los ángeles, que había resucitado. Yendo más
leios que todos, las santas mujeres sostenían que le habían
visto vivo. i
llos emisarios-que tienen por jefe á un impostor galileo que Be llama Jesús
Habiéndole nosotros crucifcado, sus dicí1,ulos, durante la noche, 'luxtl,s,lo
robaron del sepulcto, r\,({otres o.ütoy àrà nA p'lpatos. en donde bal.ría sido
depoeitado Bu cuerpo, alserdescendido de la cruz. Y ahoraengafran á todo
el nundo, r\avôot nb bilgÁrous, haciendo creer que resucitó de entre los
muertos, y subió al cielo». Comp. Tert., Ápol.,2l,y Specü., 30; Orígener,
a Ceh.r I, 56, y Áctm Pilati en Thilo, p. 6ló.
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CAPITULO II
La tarde del mismo día, en el camino de Emaús
ü
Los dos discípulos que iban á Emaús.-Tercer viajero que se mezela en su
conversación.-Inquietud de los discípulos.-La gran lección de exége-
sis apologética.-«QuéCate con nosotros, porque se hace
tarde.»-Reconó-
. cenle en la fracción del pan.-Regreso precipitado á Jerusalén.-Jesús
había aparecido á Pedro, é indudablemente también á María, su Madre.
L*., XXYL tB-85; Marc., XYI, r2-IB).
Por la tarde de este mismo día, iban dos discípulos á
Bmaús, población que se encuentra á, sesenta estadios de
Jerusalén. Todo lo que sabemos de ellos es que uno se lla-
maba Cleofás. Este nombre, sin ninguna otra indica-
eión{l), representa probablemente un personaje nuevo en
la historia evangéliea; nosotros no nos decidimos á reeo.
nocer en él al padre de Santiago y de José. En cuanto al
otro, se han hecho sobre él las conjeturas más diversas y .
gratuitas (z).
La aldea de Emaús, adonde se dirigían, no e§, como cre-
yeron Eusebio y San Jerónimo, la capibal de la toparquía
que tomó más tarde el nombre de Nicópolis (3), al S. E. de
Lydda, y á cionto setent^ y seis estadios de Jerusalén. Se
(1) Luc.rXXIY, 18, lo pronuncia accidentalmente para designar aquel
de los dos viajeros que respondió el primero á Jesús.
(2) Según ciertos autores, ó fué Santiago en compaiía de su padro Clo-
pas, ó fué Pedro mismo, que, sin embargo, se halla excluído por los vers. 22
y 24i según otros, Natanael, y hay quien supone que fué el mismo San Lu-
cas, quienr'al consignar aquÍ un incidente en que se halló afortunadamente
mezclado, se impuso guardar el anónimo. Mas por admirable que sea la
vivez* del relato, no basta para apoyar esta hipótesis. Auúcuando nofue-
se casi cierto que, en aquella fechq Lucas, de origen pagano y morando
muy lejos de Jerusalén, no podía hallarse mezclado en manera alguna en
oste detelle de Ia historia evagélica, el sello arameo de la página en cue§-
tión, bastarla para indicar que el Evangelista la encontró completamente
(3) I Mac., III,40, õ7.
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VIDÀ DE NUESTRO §TfOR JE§UCBISTO 399
trata aquí tr) deun lugar meno§ alejado, y Josefo, en efec-
to, mentiona una poblaeión de Emaús, á sesenta estadios
de la Ciudad S"nt", cuyo territorio, después de la
",
guerra de los iudíos, coloeó Tito ochocientos veteranos. àEn
ãOrd" se hallaba exactamente esta aldea? No podemos Pre-
eisarlo eon eertidumbre.
Caminaban conversando sobre lo que aeababa de pasar
en Jerusalén, 1, eambiaban sus impresiones con cierta tris-
tezary deseorazonamiento. Como aI acaso, juntósel.:-oo
tercer viajero eI) su eamitro ,v se puso á caminar eon ellos.
Este viajero no era otro que Jesús, pero los ojos de ellos
no le reãorrocieron. Por una parte, nada podía estar más le-
jos de su pensamiento que la sospecha de que se hallaba.al
jrdo de elios el mismo que sabían estaba en el sepulero, ó á
lo menos, enbre los muertos; y, cle otra, Jesús había tornado
las aparieneia de un viajero unido á ellos como por_ casuali-
Según hemos ya observado, una de las propiedades-del
<1ad.
Resucitãdo era Ia cle modificar su aspeeto, aparecer y des-
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400 MOTiSENOR, LE CAUUS
aparecer conforme quería (t). Familiarmente, el recién ve-
nido se mezcló en la conversación de los dos amigo§: «rQué
plátieas scn esas que tratáis entre vosotros, caminando, y
por qué esbáis tristes?» Con su pregunba daba á entender
el inberlocutor que ni siquiera sospeehaba sus penosas in-
quietudes. Gra.de fué Ia extrafleza de los discípulos al.
encontrar, err las mismas puertas de Jerusalén, un hornbre
tan poco al corriente de los sucesos que á ellos les traían
tan apasionados, y uno de ellos, ilamado CleoÍlís, etcla-
mó con alguna vivacidad: «2Tú sólo er.es forastero en Je-
rusalén y no sabes lo que allí ha pasado estos días?»-
«2Qué cosa?»--replicó Jesús, afectando, eada vez más, una
ignorancia morbificarrte para hombres tan penetrados de-
Bu asunto.-(Pues-dijerorr simultáneamente con una in-
dignación que debió ser particularmente agradable á
su interlocutor, porque revelaba una fe deseosa de diia
P-o r*tiard,
Josefo. B. J.,Vl[, 6, 6, nos habla de uu país que tenía por
1oylrg Itrmaús, ropíov... draÀe?zar'Appoois, á 60 estadíosãe Jeiusalén, y qo.
Íué dado Íi 800 veteranos del ejército romano, d
Jerusalen. Se ha puesto en cluda, en Josefo cóu,
leyendo unos 160 y otros B0 solamcnte, pero sin
prgcigo buscar en un radio de 60 estadioi alredeclor de Jerusalén, el Emaúa
del Evangelio, que parece haber sido identificado con el de Josefo. En lo
pnmero que ocurro pensar es en Kolonich, cuyo nombre recuerda Ia colonis '
de los pero de Kolonieh á Jerusalén no bay 60 estadios, ll kil.,
-veteranosl
y siendo esto así Kolonieh sólo puede servir de seflal para fijarnos en la re-
gión en que habían sido acantonados los veteranoi. Fll-Toptov 6roÀeizcr-
)appooas,
podía extenderse, hacia poniente, hasta Kiriet. el-Anab, ó hacia el
uno y otro exactam e Jerusalén.
no Iugar es el que m franciscana-
de los veteranos es sur á norte,
entre los dos grandes caminos que, al oeste, abordaban á Jerusalén. Tal vez.
Beit-r\Iitsa ó Môsa, Hamôsa con el artículo, identificada en el Talmud, §1rÉ-
kah,.IY, ó, con Kolo-ui-eh, y que se encuentra en el Uadi, como punto de
unión entre Kubeibeh y Kolonich, conserva aproximadamente- el nom,
bre del pequeio distrito de Emaús eu donde, siàrnpre según et Talmudi
!:.oi:h J:,,.?: ã:',x':il,::'.1 flr tif
cerca de ra cuar habríao.".td3fl'.l,'.i i;-:?*Tt:.1i,lffimn ht#âf
en tiemp-o-de-las cruzad_as, Fyente de Dmaús, y conseivadaaún bajo la crip
ta de la iglesia de Abu-Ghosch Y. Mauss, l' tr)glise d,e Saint.Jét émie à Abstt-
Gosch, París, 1892.
- (t)
B.sto es lo que entiende San Marcos por estas palabras: orúcnstu csl
úr alh cfrs*.
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YIDÀ DE NUBETRO §Bfi'OB JESUCBIETO
tarse-de Jesús Nazareno, que fué un varón profeta, po-
deroso en obras y en palabras delante de Dios y cle los
hombres! y eómo le enbregaron los Sumos Sacerdotes y
nuestros príneipes á la condenación de muerte y Ie eruci-
ficaron.» Adviértese, en Ia rapidez de su relato, que su boea
habla de lo que llena slr corazón.Parece como si se interrum-
piesen, como si se ayuriasen mutuamente para referir meior
estos sucesos exbraordinarios ignorados por su nuevo com-
paflero. Luego, con un acento de tristeza que revela, si no
una decepeión eompleta, á lo menos una inquietud profunda:
(Mas nosotros-afladen, que É1 era G) el que
-esperábamos
había de redimir á fsrael; y ahora, sobre todo esto, es hoy
.el tercer día que han aconbecido estas cosas.)) No se atreven
,á articular lo que se halla en el f,rndo cle su peneamiento,
que Jesús había prometiclo resueibar al tercer día, y que
ya no era posible eontar con la realización de esta pro-
mese. (Aunquo también unas mujeres de las nuestras
nos han espanbado, las euales antes del amanecer íuerbn
al sepulcro, y no haLriendo hallado su cuerpo, v«llvieron,
.dieiendo que habían visto allí visión de ángeles l:s cuales
dicen que Ét vive. ) Ad mira no en eon trar mencionados
aquí los primeros rumores de la aparición; pero el tono mis-
rno tlel relato permibe ver que los dos discípulos no esüaban
dispuesbos á par.ecer demasiado erédulos. Ilablan de las
apariciones angélieas como de un hecho que ha podido
pxsar rnuy bien en las imaginaeiones de las mujeres. (Y
algunos de los nuestros (2) Í'uer:on al sepulcro; y lo halla-
ron así como las mujeres lo había referido; mas á Él no lo
hallaron.)) Esbas úlbirnas palabras corrfirman el testimonio
de los Evangelisbas sobre la incretlulidad absoluta de los
diseípulos cuando las rfiujeres Íueron á contar la aparieión
de Jesús resucibado. Los clos viaieros no honran, siquiera
-;(t) Yarios mtnuscritos llevan: «Esperáb&mos que El es».
no debemos deiarnos guiar por
T#lt ã"J:: il Xl::Tliii; Iffi
( ;
r,,e recti-
ficación, hecha como at acaso, arlquiere
","#ltli$Iffi:tf'solo'
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ÀIONEÚNOR LE CAMUS
con una simple merrción, el relabo quc aqué[as hicieron;
era intludablemente más inverosímil aúrn que sus visiones
de ángeles y seres sobreuaturales.
El Maestro había pregirntado "v escuchado bastante.
Liególe el t,urno de habiar', y Io 6izo con una vivacidad
de lenguaje capaz rle arlmirar á sus interiocubores, si no.
se hubiesc hallado en arrnotría con sus más íntimas espe-
ranzas, y sostenida por una demosbracióu perenboria:
«iOh necios y barclos de corazón para creet' todo lo que los
profetas han dicho! Pues qué, àno era necesario (r) que'
ol Cristo padeciese est,as cosas y que así entrase en su
gloria?» ilnsensatos! Como todos los judíos ciegos, sola'
menbe han leído una parte de las profecías mesiánicas, la
que presenba al Mesías triunfante y glorioso; si hubieran
vuelto la página, hubieran visto que la humillaeión debía.
preceder á la glorir,y que la resurrección tenía por preám-
bulo neeesari o la crtz y el sepulcro. Tal era el plan divi-
uó, ,v nadie podía modificar en él cosa alguna.
Entonces empezó á dar una magnífica leccirin de beolo-
gía exegébica. E[ campo era vasüo. Comenzando por Moi-
sés, pasa revista, uno por uno, á todos los Profetas. Encon-
trándose anunciado á si rnismo en eada página de sus Ii-
bros, demuesbra á sus dos admirados oyentes cómo, en los.
menores deballes, había realizado Jesús de Nazaret todoe.
los oráeulos mesiánicos. Más particularmente les hizo to-
car con el dedo que los sufrimienbos del Mesías eran Ia,
eondición neeesaria de su glorifieaeión y de la redención
del mundo. Así, una vez más, establecÍa á los ojos de los'
fieles que Ia Escritura era realmente el libro en que
Dios, mediante la pluma de Ios autores inspirados, habÍa
trazado de antemano el retrato y lã historia de su Hrjo.
Según toda probabilidarl, la mayor parte de las apliea-
ciones guo, después de Pentecostés, hicieron los Apóstoles.
(l) Yolvemos á encontrar aquí el inexorable ôeâ, es mecesa,rio, .Mat.rXXVI.
VIII, 311 Lwc., XXIV, 7, 26; Juan, XII, 3+, etc. que debiera ha*
:541 Mo,rc.,
ber llamado la atención de los dos discípulos y recordarles el lenguaje deL
Maestro.
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VIDÁ DE NUEBTRO BEfOR üESUCRISTO
de la Biblia á, los principales sucesos de la vida de su
Maestro, no fueron más que reprodueeión de las indica-
ciones dadas por el mismo 3'.16.'(t).
Mo,r, corto leís pareció el viaje distraídos con tan intere-.
sante diálogo. Habían llegado á la aldea adonde se encami-
naban los dos discípulos. Jesús fingió querer continuar su
camino. ComplaeÍase sobre todo en sondear aquellos dos cs-
razones tau profundamente conmovidos. iExistía en ellos
un verdadero deseo de escuchar aún al incomparable apo-
logista? La graeia que aeababan de recibir iles despertaba
la sed de una graeia mayor, prefería detenerse en este
punto su fútil euriosidad? Los dos discípulos, Ilenos de es-
peranza y penetrados ya de un ardor completamente Bo-
brenatural, respondieron á la piado., p.r"bu como Jesús
deseaba. Rehusaron dejarle partir. Sus almas estaban ávi-
das de oir todavía aquella palabra que tan directamente se
armonizaba eon sus secretas aspiraciones. Reiteráronle las
más apremiantes instaneias para obligarle á detenerse. Le
decían: (Quédate eon nosotros, porque se hace tarde y está
ya inclinado el día.) Sus corazones principalmente se ha-
bían llenatlo de luz después de las eseenas de la Pasión..
Jesús consintió en entrar con ellos en la easa en donde
iban á alojarse. rgnoramos si esta casa era de ellos 6 de
alguien de su familia. Lo más probable es que, hallándose
al parecer solos eon Jesús, se encontraban ó en una hos-
pedería ó en una easa de reereo inhabitada, cedida gratui-
tamente, y á' la que ellos mismos habían llevado Bug
provisiones.
Llegada la hora de la cena, cedióse la presidencia de la
mesa al misterioso viajero. Ordinariamente el padre de
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TONEEÍOB LE CAXUS
'familia era el que bendeeía la eomida, pero eedía este pri-
vilegio á un doctor de la f ey, si se hallaba alguno en la
reunión, y éste después do haber partido el pan, 1o distri-
buÍa á los eonvidados. Esto hizo Jesús. Hubo, sin duda,
'en su plegaria algo tan suave, en su voz un aeenbo tan pe'
'neürante, que el alma de sus discípulos, tan vivamente con-
movida, ya no rraciló on reconocer á Aquel que hablaba el
lenguaje del eielo. La fraeción del pan completó la reve'
laeión 2Consagró Jesús este pân, como la noche de la Cena,
.ó eomunicó senei[amente una, graeia de iluminación al
'fragmento que les alargó? (t) E[ resultado fué el mismo,
po'rque, á través de esbe pan, cayó un rayo de luz sobre el
que lo oflreeía. Abriéronse los oios de los dos discípulos has-
ta entonces eerrados, y el Sef,or se mosüró transfigurado.
Elubo un movimienüo de arrobamiento extático, por desgra-
eia demasiado eorbo. Y errando, despttés de haber consola'
do y forbifieado su fe, desapareció súbitamente el l\[aes-
tro (2), trataron do resumir sus impresiones. (lPor ventu-
ra no ardía nuesbro corazía (3) dentro de nosoüros, ctrando
en el camino nos hablabla y nos explicaba las Escrituras?»
Así, volvían espontáneamente á aquel bendito instante en
que habían senbirlo renacer la Íe en su corazóo, y to-
màr cuerpo la conbella de sus esperanzas, al poüente
soplo de Jcsúr. Dasde el momenüo en que eI alma habiüa
definitivamente en las tranquilas y serenas regiones de la
sanbidad, se coinplaee en el recuerdo de la hora decisiva
que preeedió á su transflormación, porque esta hora, más
que todas las obras, fué la de Ia misericordia y el amor.
Al punbo los dos cliscípulos, sin cuidarse ya de Ia co-
mida, que apenas empezaba, se levantaron, 1r, no pudien-
do guartlar para sí solos, un monlento más, la buena nue-
(t) No es de creer qte Lucas, XXIV,30, 31, 35, se refiera á la consagra-
ción eucarística, pues difíciltttente puede suponerse que los dos discípulos
conociesen la institución del gran Sacratttento.-N. del T.
(2\ Lt expresióo d.çonos iyüero,ir' oinãv indica que Jesús volvió á sn
estado ordinario, que erà el cle ser invisible. De él salió al mostrarse.
(:J) Esta observacirin tan íntinra y llena de candorosa verdad, idebe reve-
larnos al autor del rel:r,to reprotlucido aqrtí por nuestro evângelistq autor
que hrrbría sido uno de los dos discípulos? Acaso.
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YIDA DE !{UE8TTüO SEÍOB JESUCBIBTO
va, eorrieron á Jerusalén para anuneiarla á los Apóstoles.
Eneontraron á los Once y á los demás fieies reunidos 0),
todos pre'sa de la más viva emoción. Desde los relatos de
las santas mujeres, había sobrevenido un testimonio nue-
vo, de una gravedad particular: el de Pedro, que asegura-
'ba haber visto al lVfaestro.
Nada sabemos de esta aparición, citada, si.Ir embargo,
por San Pablo (2) como la primera de todas. Tales lagunas,
por sorprendontes que seat), se encuentran á veces bastan-
te indicadas por los mismos Evangelistas, para que nos
auboricen á sospechar las que no indican. AsÍ àqué cosa
más natural que suponer una aparición de ,Jesús á su Ma-
dre? Y, sin embargo, en ninguna parte se halla mencio-
nada.
Probablemente Jesús se apareció á Simón (3) poco antes
de la partida de los discípulos para Emaús. Las dos prime-
ras apariciones oficiales parecen, pue§, haber sido para Ma-
ría la pecadora y para Simón el renegado, como si los cora-
zones más quebrantaclos por el arrepentimiento fuesen
también los más abiertos á la gracia.
Estae sorprendentes relaciones de testigos tan diversos
agitaban viçamente los espíritus, p€ro San Marcos nos de-
clara que no consiguieron convencer todavía al Círculo
Apostólico (a); era necesaria una manifestación ante todos.
Jesús no permitió que se aeosbaran sin este consuelo.
(l) Los dos viajeros, pues, no pertenecían al número de los Once.
(2) I Cm, XY, 6.
(B) Ila observarlo alguien que Pedro se llama, y sus hermanos le llaman,
Siruón, en vez de Pedro. á partir de sus negaciones. Diríese que es un hon-
bre decaído de su dignidad, ri quien se arrebata el título de nobleza recibido
.en el canrpo de batalla , í raízde una victoria, y perdido en seguida con un&
vergonzosla derrota.
(4) También aquí hay una divergencia entre el apéndice de .[farc.. XYL
l3: oüôà êreívors érlorevoav y el relato de Luc,, XX[V, 3.1, en que los Após-
toles reciben á los do.s diàcÍpulos diciéndoles: tnép|n ó Kúpros ôtt«lls. Cabê in-
{udablemente la suposición de que los sentimientos se hsllaban divididos,
ó bien que los Apósüoles rehusaba creer, no que Jesús hubiese resucitado,
pu aparecido á Ped a menifestadotanrbién
ât . En todo caso, la inclopendencia .{eI
fin eqto qne parece Lucas en eI mornen-
to en que parecía resumirle.
26 T III
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CAPÍTULO III
La noche de la resurrección. Primera aparición
al Círculo Apostólico
La reunión de los Apóstoles.-Jesus entra estando cerradas las puertas.-Yn
sin embargo, ro es un fantasma.-«lVed y tocad!»-Dudarmás, nosería
ya razonable.-Misión confiada á loe Apóstoles mientras esperan la
fiesüa de Pentecostés.-Poder de perdonar los pecados. (Luc., XXIV, 36-
44; Juan. XX, ts-zr 1 .Marc., XYI, 14).
Todo había, pues, concurrido ampliamente, durante
aquel día, á" preparar á los Apóstoles para la decisiva ma-
nifestaeión que iba á" cerrarlo G). EI sepulcro estaba va-
eío; todos debieron convencerse de ello desde la mafr,ana.
Magdalen& en primer lugar, y las santas mujeres después,
pretendían haber visto al Resucitado. Pedro acababa de
tener también su aparieión, y los discípulos de Emaús, con-
firmando todo esto, aseguraban haber viajado, conversado.
largamente y aun eomido con É1. Po. muchas que fueran
todavía las dudas del Colegio Aposbólico ante ban gra-
ves afirmaciones, no es menos cierto que todos sentían
profundamente conmovido su corazón. Tenian, si no la es-
peranza, á lo monos el vivodeseo cle comprobarpor símis-
mos el extraf,o prodigio.
Conversábase eon toda naturalidad aeerca de los diver-
sos relatos de la aparición. Cada uno los discutía, loe ata-
caba ó los defendía á su modo. Las puerbas de la sala en
donde se habÍan reunido se hallaban cuidadosamente ce-
rradas. Era preciso mantenerse al abrigo de los indiscro-
(l) Larc.,Y,36ysig., Ju,a,n, Y, lq y la conclusión de Ma,rc., XYI, r4
concuerdan admirablemente acerca de la hora: la tarda, dice Sen Juan,
atanda sentadat úl,a mcwrdice San Marcosl al, regreco dc los d,i,scí7rulos-dc
Enu,cl*, dice San Lucas.
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YIDA DE NUESTBO SEfrOB JEEIICBI8TO
tos, y sobre todo «le los enemigos. Nadie disimulaba que
los rumores esparcidos por la eiudad desde la maflarta
podían convertirse en una sef,al de persecución violenüa.
IIn vago terror se cernía sobre el pequeflo rebaf,o. De re-
pente, haeiéndose visible, se presenta Jesús allí, en medio
de los suyos, los euales, siu titubear, le reeonocen. Sólo 9üê,
coÍno había enbratlo sin abrir las puertas, creyéronse en
preseneia de un fantasma, y, olvidando todo otro peligro,
se dejaron llevar de ese sentimienbo de terror instin-
tivo que causan las manifestaciones de ultratumba.
KiPazá vosotros!»-dijo Jesús al punto, queriendo tran-
quilizarlos. Esba fórmula, en hebreo, scha,lom lekem, era el
saludo ordinario entre los judíos; pero, al emplearlo, el
Seflor tiene presente sin duda Ia promesa de su postrer
adiós. Moy poco dueflos de sí mismos para entender la alu-
sión, muestran más terror todavía al oir hablar aI que
habían tomado por un fantasma. (Yo soy-aflade Jesús
temáis.» Con bondad eucanbadora comprobaba Bu
-no
propia identiclatl. Sin embargo, ieuán diÍerente era de sí
mismo antes de su muerbe y sobre todo, en su Pasión! Se
presentaba triunfanbe delante de los que le habían aban-
donaclo eobardemenbe. La conciencia de su defección y de
su incredulidad, excitaba en ellos un vivo sentimiento de
vergüenza. Mas É1, co-o admirado de ver que su preseu-
eia inspiraba otras emociones que Ia alegría y Ia confian-
za: KiPor qué-les dice-eetáis turbados, y suben pensa-
mientos á vuestros corazones?» Era, pues, siempre el mis-
mo oio el quo eseudriiraba las profundidades de las almas:
la muerte no le había arrebatado su divina penetración.
Leía las objeciones seeretas, las diseusiones íntimas, las
dudas que impedían á los Apóstoles el que reconociesen
pura y sencillamente al que volvía de entre los muertos. Era
también la misma misericordia, que no debía deiar subsie-
tente ninguna obstinación, la misma complacencia, que se
ponía generosamente al alcanee de todas las debilidades.
Ante estas primeras seflales tan caracberÍsticas, no podía
ser desconocido el Maestro.
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IIIONSEfrOB, LE CAUTIB
Con todo, para que la demostraeión Bea cotnpleta, ofi.e-
cerá otra.s. No sólo se manifiesta aquí su alma, sino tam-
bién su euerpo, en su realidad; he aquÍ por qué su resu-
rreeción es perfeeba. La esencia de la resurreceión no esbá,
efecbivamenbe, en la supervivencia del principio espiritual,
eino en la renovaeión de la virla corporal. No porque per-
marezca enberamente sometido al irnperio del alma, Ír.an-
queando el espacio, apareciendo y desapareeienclo cuanrio
ella lo ordena, rleia de tener el Resueitado una existencia
físiea muy real; vive en las eondieiones de un munclo su-
perior y desconoeido para nosotros, pero puede, siempr.e
que 1o quiere, estableeerse en las concliciones del mundo ou
que vivimos. IIa eambiado su modo de exisbencia, mas no
su realidad.
(Yed mis manos ,v mis pies-les dice,-que yo mismo
soli palpad y ved gue el espíritu no tiene carne ni huesos,
como veis que yo tengo.» Al mismo tiempo, les mostraba
sus manos y su costado con sus cicatrices gloriosas. Sí, Él
mismo era, guardando aún en su triunfo las horribles hue-
llas del marbirio. Los Apóstoles no podían dar fe á, sug
ojos, su alegría y admiración eran tan grandes, quo paj
recían'aún indecisos. Llevanrlo, pues, más allá la comproba-
ción, af,adió Jesús: (;Tenéis aguí algo de comer?» Sucerlía
esüo hacia al fin de la cena; presenüá,ronle parbe de un pez
asado-eomo anbiguos pescadores esbaban naturalmerrte
provistos de semejantes provisiones-y un panal de miel.
Jesús cornió de esto, no por necesidad, pues tal suposición
destruiría la idea teológiea cle un cuerpo glorioso, sino
para eomprobar la realitlad de su naturaleza corporal 0).
Al verle tomar el alimento con sus manos, comerlo
y hasta disüribuirlo á los que le rodeaban, ya no duda-
(1) Como ya lo hemos inclieado, la idea que podemos formarnoe de uu
cuerpo resucitado y glorioso es que se presta pasivamente á todos los im-
pulsos del almu y uo tiene otras necesidades que las del alnra misma. Sin ser
aniquilado, está sujeto rí ta,les.condiciones, que sigue todos los deseosdel
cspíritn y no estó someüido á ciertas leyes de la naturaleza físice, (lus de la
densidad, del espacio de la irnpermeabilidad, etc.), cuando el alma lo exige.
Por esto Jesús, mediante las experiencias del orden sensible más elemenüal,
podía estàblecerla realidad de su naturaleza corporal resucitada.
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vIDÀ,?Dt rirIEsTBo sEfrOR Jf,SUCBISTO
I'on los Apóstoles. El Maestro se'mezclaba de nuevo en su
vida; Íâmiliarizáronse: pü€s, al punto .o, Él y ereyerol)
haberle encontrado definitivamente. Más tarde, Ios vere'
rnos recordar que han comido con el Resucita6o {t). [,n-
tonces se puso Jesús á reprocharles con dulzura §u incre-
duliclad y l, obstinación de sus corazones, en presencia.de
los numaroao. test,inronios recogidos sobre Eu resul'I'ección
desde la maflana. Les hizo ver. cómo, mier,tras vivía, ha-
bÍa profetizado todo"ioique habÍa sucedido, y cónoo, antes
qre-É1, los escritor.ee inspirados, desde Moisés, y los auto-
res de los salmos, hasta el últinrc, de los Prgfetas, habían
visto, en las humiilaciotres del Mesías, el preliminar obli-
gado de su glorificación suprema. a fin de que la demos-
tración fuesã másjprovechosa, haciéndose más inteligible,
abrióles el espírittt, y entonces se les hizo admirablemen-
te elaro (z) el sentido cle lasiEscrituras.
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410 IIONSENOB LE CÀUUg
Á medida que ontraba la eonvicción en su alma, la
inundaba de gozo. iPodría sucederles nada más diehoso
que sentir elevarse su fe, completamente viva, y más viva
quo nunea? De este modo entraban también ellos e-n una
vida nueva, por la tarde de aquel gran día de la Resurrec'
ción, enardeeiéndose su corazón, no menos que el de los dos
discípulos en el camino de Emaús, al escuchar Ia palabra
del Maestt:o. Jesús, que la vez primera les había dicho, eon
ob.jeto de ealmar sus inquietudes y hacer cesar sus dudas:
KPaz á vosotros,)) les renovó este mismo deseo, pero dardo
otro sentido á sus palabras. Actualmeute, en efecbo, les de-
sea, para lo venidero, la paz y la fidelidad á sus nuevos debe-
res. «Pazá.vosotros. Como elPadre me envió, así también
yo os envío G).» Terminada la obra del Maestro entre }os
hombres , va áempezar la de los discípulos. AI término de
su glorioso trabajo, les encarga que emprendan ellos mis'
mos esta obra, que la desarrollen y la aeaben. iNo les ha Pro-
metido ya uruchas veces esta elevada misión? Entrado en
la vida nueva, representa al Padre mismo, ;r, con su autori-
Sin duda que, puede decirse que, teniendo el proyecto de volverátomaren
el libro de los Hechosla historia del período precedente á la Ascensión, pudo
contentarse con dar el sentido general de las últimas enseõanzas del Maes-
tro á los Apóstoles,5r trsrminar bruscamente en la postrera glorificación.
Todo esto comprueba un hecho, pero no explica el que no se haya dicho na-
da de la estancia intermediaria de e.stos apóstoles en Galilea, y que aun se
deje entender que éstos no habÍan abandonado todavía á Jerusalén cuân-
do Jesúrs subió al cielo. 1Y, sin embargo, San Lucas fué el evangelistâ que
tomó la plurna con intención de escribir una historia seguida y sabiamente
ordenada de la Buena Nueva! Juzguemos por aquí de las lagunas que hay
en los otros, hgunas que, como se ve en el caso presente, los inquietaron
muy poco. Pudiendo, en efecto, con una palabra, si no llenarlas, á lo menoa
indicarlas, es evidente que no se propusieron hacerlo. trPor qué el Hijo de
Dios, venido á la tierra para, darse enterarnente á nosotros, no quiso
,que nos quedase una historia menos incornpleta de 9u vida? iT3l tez
para dejar á la fglesia el cuiclado de continuarla haciéndola, más útilmente
que los libros, sobrevivir en el desarrollo de su doctrina y mediaute el flore-
cimiento perpetuo de sus santos? No atinamos con otra respuestaáunapre-
gunta tan grave.
(l) San Juan coloca en esta primera entrevista la misión definitiva de
los Apóstoles y la comunicación del Espíritu Santo. iSerá porque, querien-
do detener de pronto su Evangelio en el acto de fe de Tomás, deseó âgru-
par, resumiéndolas en el relato de la primera aparición, las instrucciones da-
das más tarde á los Apóstoles? ilIubo realmente una colación de poderes y
de dones graduada y sucesiva? Todo esto es posible.
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I
VIDA DE NUESTRO SÜfrOB JESIICRI§TO 4ll
dad, como el Padre le había enviado, está personalmente
en el derecho de enviar, á su vez, sus representantes al mun-
do. Ésfus nada tendrán que temer de sus enemigos. Con el
miiagro de la resurreceión, su Maestro deia probada sufi-
cientemente su omnipoteneia. Pero no sólo les desea la paz,
sino que se la asegura, y naclie sería càpàz de arrebatár-
sela. EI mundo está abierto delante de ellos, ), como á un
aguerrido ejército, los incita Jesús á que avancen sin temor,
a,nunciando á. todos el gran prodigio que acababa de
eumplirse. I{ecesitarán uua firmeza indomable y un celo
esforzado, mas el Espíritu de Dios se eilcargará de comu-
nicárselo.
Y Jesús sopló sobre ellos y les diio: <<Recibicl el Espíri-
tu Santo: á los que perdonareis los pecados, perdonados Ie
son, y á los que se los retuviereis, les son retenidos.» No
es esto la simple promesa de Pentecostés, ni Pentecos-
tés rnismo. D; JÀsús á los suyos el socorro eelestial de
que tienen necesidad para agruparse, sostenerse y resis"
tir, hasta el momento solemne en que llegue el Espíritu
Sarrto con la abundancia de sus dones. La presente comu-
nieación del Espíritu á los diseípulos eB á la Resurrección
lo que Penteeostés será á la Aseensión. Como Jehová ha-
bía infundido, soplando (1), la vida al primer hombre,
Jesús, que posee también la plenitud de la divinidad, so-
pla para dar la vida nueva á Ia nueva creación; y eomo el
soplo de Dios había producido en el alma de Adán la ima-
gen misma del Creador, así eI soplo del Hrjo resucitado
imprimi rá, en el alma de los Apóstoles la semeianza del
Redentor, y ies asegurará su propio poder.
Los Apóstoles, en efecto, tendrán el derectro de perdo'
nar ó retener los pecados' Jesús ha eiercido, durante §u
vida públiea, esta admirable prerogativa, Y, sin ella, hu-
biera sido irrealizable el establecimiento del reino de Dios;
porque, ante todo, es preciso juzgar de la dignidad ó de la
indignidad de los hombres que piden participar de ella.
(l) Oén.,II,7,
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4t2 UONSEÍOB IJE.CAUUS
Teniendo la nueva sociedad sus bienes, su honor, su vida
propia, es preeiso ser aeeptado, r, para ser aeeotado, será
neeesario ser examinado .), iuzgado. Sobre esta base des-
cansa la doetrina eatólica de la eonfesión, y es, para todo,
espíritu exento de prevenciones, de una lógica irrefutable.
àCómo admitir á la eom,nión de los bienes de la Iglesia á
los que no la conocen? ;Cómo eonoeerlos sin y sin
eonÍ'esión? Una sustaneiado el proeeso, el "*u*àn
Apóstol ejer-
'ez
ce el más augusto de los dereehos dietando sentencia; da
la vida ó la muerte, abre ó cierra la puert a, abraza ó mal-
cliee.
El eiereicio de este poder era de i,mediata necesidad,
porque varios de los enemigos del Crueifieado, tocados
del arrepentimiento, debían solicitar pronto el favor
de ser inseritos como prosélitos clel Resucitado. ;Quién
iba, pues, á conceder el perclón? No estando ya allí el Rey,
parecían indispensablesiueces ofieialmente tielegados; pueg
bien, para tan elevada Íunción diputó JesÍrs á los Apóstoles.
Su misión se ha perpetuado á través de las edades, y la
Iglesia absuelve ó condena, no solamente en sus concilios
generales, sino en esos iuicios secretos y privados en que
el sacerdote, oídas las revelaciones de un alma y su arre-
pentimiento, deelara que esta alma es digna ó indigna
de participar de los santos misterios; que es pura ó impu-
ra; que está ingertada en Jesucristo, 6 que vive lejos de
El. No solamente juzga, sino qne también cura y rehabilita,
perdonando por sí misma el pecarlo. ;Extraflo fenómeno en
ol orden moral! A partir del día en que habló así ell\Íaestro,
toda un& raz& de hombres, sef,alados con el sello de Dios,
ha reivindieado públicamente este derecho de oerdonar el
pecado. Ahora bien. la incredulidad misma no es capaz de
negar que estos hombres han logrado en todo tiempo ac&-
llar en el alma de los mayores criminales los remordimion-
tos más desgarradores, y darles un verdadero eoneuelo en
su úlbimo suspiro. II"y más, y es que estos mismos homhres,
han logrado frecuentísimamente reformar la vida moral de,
los que se les han presentaclo para hacerles suq arrepentidas
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YIDÀ DT NUESTRO SENOB JESÜCRISTO 4r&.
y someterles humildemente el estado de §us
confesiones,
almas. Nadie pondrá en duda 9uo, ni aun clesde un punto
de vista puramente filosófico, no encuentre el pecado, en
la confesión, tal eomo Ia pracbica el eatolicismo, su contra-
peso más natural. Si, en efecbg, fué orgullo, Ia humilla-
ción lo expía; si fué rebelión, Ia confesión le ofrece un re-
conciliador autorizadçt ds l.)ios; si fué locura, la confesión
le da una gran lección de sabiduría. Y, desde hace dieci'
nueve siglos, he aquí que unos jueces, en nada parecidos á
los de la tierra, siguetr con secreto impenetrable. con ca-
ridacl absolutarnente paternal, los ntás diversos ,v singula-
res proeesos: dejan á los cuipables acusarse solos, admi-
ten su deposición sin eomprobación, y tienen la inagota-
ble caridacl de pronunciar sobre ellos una senteneia quo
rehabilita en vez de manchar, Qüe da la vida á quien sólo
podía esperar la muerte. iNo hay aquí una seflal de quo
la institueión es cosa divina, y que la confesión es la con'
seeuencia lógica del derecho concedido á los Apóstoles de
retener ó perdonar los pecados?
Indudablemente había pronunciado Jesús con alguna
solemnidad las sacr&mentales palabras que daban jueces á
la lglesia. Su soplo, al pasar sobre la cabeza de los suyos,
acababa de penetrarlos de una virtud nueva. Todos que-
daron eonmovidísimos, y el Maestro los había ya abando-
nado, cuando ellos creían escuchar todavía su voz y reco'
ger sus bendiciones.
El reqto de la velada l'ué consagrado á las expansiones ds
alegría causada por las nuevas prerogativao que aeaba-
ban de recibir, y á las graves reflexiones que les inspiraba
el hecho en adelante incontestable de la Resurrección.
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CAPITUTO IY
Octava de la Resurrección,-segunda aparición de
Jesús á los Apóstoles
lPor qué antes á Galilea ctebían creer todos, y por qué no creía
<le regresar
Tom:ls?-Condiciones que había impuesto parâ su acto de fe.-Cómo las
acepta Jesús y las cumple.-El discípulo ante las llagas del Maestro.-
1Sefror y Diosrnío!-iQué fe es la más meritoria? Juan,
( XX, 24-29) 0)
Los Apóstoles pasaron toda Ia semana paseual en Jeru-
salén, pues á ello Ies obligaba la l.y mosaica. Elubieran
podido partir el día siguiente del sábado, es decir, eI día
mismo de la octava de la Resurrección; pero parece muy
natural que hubiesen querido solemnizar allí tan solemne
aniversario.
Y, efectivamente, volvemos á encontrarles cuidadosa-
mente encerrados en el Iugar de su retiro, como al día si-
guiente de Ia Pascua; lo cual es una prueba de que los
judíos no habían eesado de mostrar eontra ellos una ac-
titoa ameuazadora. Quiso Jesús colmar §u alegrÍa,
renovando, en medio de ellos, su primera aparición. Por
que fuese, no participaba aún de la fe de sus hermanos.
É".o el Colegio Aposbólico sóIo podía volver á Galilea pa-
ra predi"r, uo ella Ia gran Nueva, á condición de ir todos
(l) El final de Marcos, XVI,14, r_esume así esta aparición y la preceden-
teiil'inatmente, estando senháos á 1 mesâ los Once, se les -apareció; yles
afeó suincredulídad y dureza de corazón por no haber creído ó los que le
ú"Ut*" visto resucitaâo.» Ira continuación recuerda absolutamente á San
í"ú, r.i como su falta de perspectiva en lo referente á laÀscensión
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VIDÁ. DE NIIEETBO SETOB JE§UCBISTO 41ó
á una, sin tener más que un eorazón, un alma y una con-
vicción.
Cuando tuvo lugar la primera aparieión, Tomás Dídi-
mo se hallaba ausente. 2Por qué? No lo dice eI Evangelis-
ta. lSe había apoderado la desanimaeión de su melaneóli-
'oa alma? 2Se había separado de los demás parâ entregarse
por entero á la tristeza de su decepeión? iQuería evibarles
el escándalo de su ineredulidad? iHabía sido su ausencia
efeeto del simple acaso? Poco probable era esto en un día
tan lleno de grandes noüicias y á,la hola de la comida. Sea
lo que fuere, había debido eomprobar que el aislamiento,
en estas horas decisivas de la vida moral, rara vez eÊ pro-
veehoso á un corazín turbado. Cuandcl, á las persistentes
voces de las apariciones de Jesús, se rieterminó á reunirse
á sus eomphf,eros, le diieron éstos eon alborozo: (lHemos
visto al Seflor!» Y expusieron probablemente los detalles
de la visita, sin llegar á despertar, con todo, en el obstinado
eseéptico la fe que sentían desde entonees tan viva en su§
propios eorazones. Tomás se limitó, en efeeto, á, acusarlos
de credulidad 5r, êncerrándose rr.rás que nunca en sus obje-
'ciones y sus dudas: (Si no viere en sus manos-les dijo,-
,las hendiduras de los clavos, y metiere mi dedo en el
lugar de los elavos, y metiere mi mano en su costa-
do, no lo creeré.)) La forma de esta respuesta y la triplê
condición que pone á su acto de fe, muestran bien á las
claras lo muy resuelto y tazonado de su incredulidad. No
'quería solamente ver, como pretendían haber visto sus
hermanos; exigía tocar los signos distintivos del Crueifiea-
do. Compréndese lo muy vivo que había quedado el
cuadro del Calvario en Ia imaginación del discípulo siem-
pre. amante, aunque incrédulo, y tanto más descorazonado
cuanto más amante.
Lfna semana había transeurrido sin que la alegría de
Bus amigos, tan afortunadamente convencidos, hubiera
cambiado en nada el triste estado de su alma. Sin embar-
go, Ia convicción de los otros no le desplacía, antes bien,
"eontinuaba fielmente viviendo eon ellos. Tal vez esperaban
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416 MONSÜNOR LE CÀEUB
todos una nueva maniÍestación para festejar ia oc
tava de aquella que los había llenado de tanto consuelo.
Por obra parbe, esbaban en vísperas de partir para Galilea:
iiba el Maestro á dejar entrar aquel joven y esforzado
ejército en 6us montaflas, sin darles su orden postrera?
En efecto, al atardecer del octavo día, y en la misma sa-
la en que habían tomado la comida pascual--glorioso Ce'
náculo al eual los unian los más càros recuerdos,-s.1"o'
do aún cerradas las puertas, se presentó Jesús de nue-
vo en medio de los suyos diciendo: KiPaz á' vosotros!»'
Grande debió ser la euroción cle Tomás, sobre todo cuan-
do, tomándole á parte el Maesüro, le dijo: (Mete aquí tu
dedo, y mira mis marlos, y da acá tu mano, y métela en
mi costado; y uo seas incrédulo, sitto fiel.» Este es el mo-
ment«-r psicológico en que todo se pierdo y todo se gana, el
prtnto en que se clirige el alma defrnitivamente hacia la Íe
ó haciala incredulidad final, erl que elige la vidaó Iamuerte-
iYolverá á eneonbrar Tomás su fe de apóstol ó se convertirá
en un renegado? Tomar así una por una, con tal exactitud,
las exigurr.irt brutalmettte formuladas Por el discípulo,
equivalía á demostrar, quien hablaba, era sin la menor du'
da el mismo Jesús. Si, en rnedio de tanta bontlad, daba á
su proposición un tínte ligeramente irónico, era porque de-
teaba conmover más profundamente el ahna del pobre obs-
tinado. Al mismo tiempo, enseflaba sus manos eon sus te-
rribles estigmas, deiaba ver la llaga de su costaclo, y Paro'
cÍa esperar la experiencia decisiva que Tomás había recla-
mado. La escena se iba haciendo particularmente intere'
sante. EI Apóstol, lleno de turbación, al oir repetidas ôon
tanta exactitud palabras que, sin embargo, no había Pro-
nunciado ante el Maestro, se había levantado. Sorprendi'
do, transportarlo, se acercó al Resucitado. La luz celestial
lo inunrlaba eon sus rayos, la evidencia Ie oprimía, §u con'
ciencia le acusaba. La visión de la verdad, como la dO'
Dios, pone al hombre fuera de sí. El Apóstol, eomo en éx'
tasis, cae do rodillas, ;r, quebrantado por la emoción, ox-
clama: (iSeflor mío y Dios mío!» Àsí, de un solo golpe,
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YIDÀ DE NUEBTR,O SEfrOB JESUOEISTO 4r7
pasaba estâ alma inquieta desde la incredulidad más obs-
tinada rí la fe más cabegórica. «iNo creeré!»-había dicho
Tomás el primer día.-(iEres mi Seflor y mi Dios!» exela.
ma ahora. Con estas palabras traspasaba todos los home-
najes tributados á Jesús durante su vida mortal, y demos-
traba gue, aun para formular afortunadamente v de súbi-
to un acto de fe, los últimos pueden pasar á ser repenti-
namente los primeros.
En vano se intentaría transforrnar en exclamaeión vul-
gar una afirmación dogmática, tan enérgieamente acon.
tuada. No le era permitido a,l judío emplear el nombre de
Dios para expresar su sorpr"esa ó su alegrí, (1), y', por otra
parte, el Evange]ista seflala eon todas sus letras que To-
má"s responclió á, Jesús t2) al decir: (iSeflor mío
;, Dios
mío!» Á É1, pues, se apliea el título de Dios, lomismoque
el de Seflor, y sólo á Él puede apliearse. Por lo demár, oo
son éstas unas palabras que. en sus labios, vayan más
allá de su pensamiento. Como todae las almas que racioci-
nan mucho antes de ereer, y que ereen enérgicamente y
para siempre, una vez convencidas, Tomós formula su sím-
bolo (3), y á él quedará adieüo hasta la efusión de su san-
gre, porque sabemos que su vida aeabó eon el martirio. Su
palabra y su pensamiento, que tan felizmente pareeen ter-
minar (4) urr Evangelio que empieza por estas palabras:
«Y el Verbo era Dios,) fueron el dogma primero y funda-
mental de la nacienbe Iglesia. Poco después, en efecto, Pli-
nio anunciará á Trajano que los cristianos cantan lúmnos
q,l Cristo como ri un Dios. En su errüusiasmo, el Apósbol
(1) Erod,o, XX,7.
(2) Jm,n,, XK, 28, responrlit eú d,iriü ei.
(3) La energía que muestra es notable. saluda al 1\faestro: co xtr-
ptôs poull
-v luego conlo Dios:
(ral óêeóspou!» No sólo es significativa la gra-
dación, sinoque también la repetición del artículo y de la palabra pr^ó"o-
túan admirablemente el grito del-alma creyente quã posee ôl ob;eto de su fe
yse adhiere á él enérgicamente.
(4) Bn efeeto, San Juan con
sión de fe. Muchos otros prodig
para el objeto qrre se proponía.
saber, que Jesús es precisament
fe dé la vida á los que la profesen. (J.wtn, xx, 80, Bt). y lo consiguió.
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4t8 MONSTftOR I.É CÀMUs
había sido sobre todo lógico. Relacionando lo que en otras'
ocasiones había oído deeir al Maestro acerca de sus rela-
eiones eon el Padre (!), y lo que conbemplaba accualmenbe,.
veíase obligado á afirmat que el Maesüro era Dios.
Por esto , en vez de afear este acbo de fe, que el entusias-
mo parecía transformar en blasfemia, el Seflor lo aprueba-
No dice á Tomás. como á Juan el Ángel del Àpocalipsis:
(No adores más que á Dios;» sino gue, (y precisamente por
euantoreconocer en Él ut Se flor y á Dios es la condición
esencial de la fe) conctu,ve: ((Porqrre me has visto Tomás hae
creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron.) Dis-
tingue Jesús dos clases de fe: una que no quiere entregarse
sino después de habet'visto, y sobre su propia experiencia;
otra que se entrega ante un sencillo testimonio euya ve-
racidad ha comprobado. No rech azà, en absoluto la prime-
ra, y el ejemplo de Tomás prueba que á Yece§ se digna con-
descender con sus exigeneias, aun con las más excesivas.
Pero esto no puede ser más que una excepción; de otro mo-
do, Dios sería deudor de un milagro á cada creyente. La
fe verdadera que constituirá á la Iglesia crisbiana, la fe de
las edades futuras, será aquella misma que cree porque
obros vieron, y gue, remitiéndose á su leal testimonio, can-
tará,: «iSí, sin haberlo oído por mí mismo, ereo que Dios ha
hablado!»
Después de la earitativa lección, desapareció el Maes-
tro, y ios Apóstoles no pensaron ya sino en la dicha do
volver á verle pronto en Galilea.
(l) Juun, XIV, s.
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\
CÀPÍTULO Y
Aparición de Jesús en las orillas del lago de Tiberíades
L'os Apóstoles en Galilea.-Pesca en el lago.-El hombre en la ribera.-
- «Echad las redes á Ia derecha.)-«1Es el Maestro!»-Pedro en el agua.-
La comida en la arena.-«Simón i,me amas?»-Triple expiación y rehabi-
litación plena.- «Ápacienta rnis emd,eros, apacienta tnis oueias.»-profe-
cía sobre el martirio de Pedro.-Palabrn§á propósito cle San Juan.-
(Jua,n, XXI, r-24 G) ).
No estaba exenta de peligros la estancia de los Àpós-
toles en Jerusalén. Como el partido jerárquico Ios hacía
vigilar, viér'onse obligados á partir después de las fiestas,
y, según el conseio del Maestro, entrar de nuevo en
Galilea. Lo por venir era aún para ellos un misterio, mas
esperaban graves aeontecimientos.
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420 MONSEftOR, LE CÀIIUB
Su primer euidado fué probablemente difundir por el ea-
mino ü g*", nueva de la Resurrección de Jesús, á fin de
destruirL p.nosa impresión eausada por el anuneio de su
mtrerte. Átido. de sostenorse mutuamente y de dar á sus
testimonios mayor faerza, mantuviéronse agrupados.alre-
dedor de Pedro, su jefe. Cafarnaúm fué su mí,s indicada
,morada. Allí se hallaban elementos graves ,v serios prepa-
rados'desde hacÍa mueho tiernpo para eonstituir la nueva
soeiedad eristiana, y allí podíar-r dedicarse á un aposbolaclo
Íructuoso. Así se explica la reunión de los siete personajes
meneionados por el Evangelio al principio del pres_ente
relato: SimóÀ-Pedro, Tomís Dídimo, Natanael de Caná
ile Galilea, los clos hijros rle Zebedeo
(l) y otros dos de
entre los diseíPulos (u).
Ifna tarde, como si hubiera querido dar tregua á sus
graves pensamientos, v tal vez también porque era preci-
.o prooàer á la subsisbeneia de todos, diio Pedro á sus
,rnigo., (Voy á" pescar. »-Pues bien-<liieron esbos,-
vam"os tambibn nosotros contigo.) Y subieron juntos
á
Natarutelen vez d.e Bartolomé; el d,iscípulo d quien Jesús amaba etc),
sino
di-
también .,, -"n.., fA.if i' *o .r"aotosa oivacidad' En cuanto á ciertas
e ntr-
ficultad.es insignificantes de
;i;;;;;íti;", p-o.d.., explicar *:-
los
bió ser escritô Y aôadido este
compuesto fué
caracteres de un apéndice
No
nnido ciertamente âi tetto,de.aà ta pti
..ú" un.ontraclo un solo manuscribõ que no lolleve. Esto es concluyente,-y
sól sertó San Juan en el mismo cuerpo de
au XX' Varios autores' con eI ob-
iet opinión
-unido {e-
que este. pasaje,' es-
cri é á la continúación de su
"Evangelio de lugal fue-
iii'" H; los hijos
ca
Y
Puede verse
ra del que todoJlos
.en esto la Precisamen to' Se atri-
buye á sÍ y se designa por una indicación general:
n ser estos dos discípulos innominados.
nservó este encantador relato! Se ha
tero, mencionados Por PaPias como
s temerario que Pretender colocar
tar prematuramente á Clalilea algunos
jamás fueron á ella.
:efesios que, según toda probabilidad,
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\
YIDÀ DE NUE§ITRO SEfOB JESUCBI8TO
una barca. Se complaeían sin duda en haeer revivir, en las
a,zuladas ondas del lago, los dulces recuerdos de otros
tiempos; ailí habían sido llamados, instruídos y amados
del Maesbro. Pero he aquí que mientras su alma se dejaba
llevar de piadosas emoeiones, la pesca, proseguida á través
de tantas distracciones, estaba muy lejos de dar el re-
sulbado apetecido. Toda la noche pasó sin que hubieran
,peseado nada.
Haeia la maflana, apareció un hombre en la ribera. A
distaneia y ú través de la niebla, no se distinguía sino im-
perÍectamento su figura. Lejos estaban los diseípulos de
suponer gue era el Maestro. Ésbe, como para entrar en
conversación,empezó á gritarles: (Deeid, hijos, 2tenéis algo
de eomer?» Y le respondieron; «iNo!» Tomáronle por un
viajero apremiado por el hambre y en busea de víveres.
(Echad la red á la derecha del barco-afladió el misterioso
interlocubor-y hallaréis.» Iliciéronlo así, y pesearon tal
cantidad de peces, que arrastraban sus redes eon gran
trabaio. La dereeha ha sido siempro, según la Escriüura,
así en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el mejor
lado. Benjamín, eI hif o de la derecha, es el privilegiado de
su padre y el querido de Jehová (r). Las oveias ó los elegi-
dos están á la derecha del soberano Jaez, mientras que los
rnachos cabríos ó los malos pasan á su izquierda. Con todo,
la causa real de la pesca prodigiosa que aeababa de tener
lugar no era preeisamente la direeción impresa á las redes,
sino la iudicación dada por el interlocutor y aceptada por
los Apóstoles. Siempre quo arrojen la red fiados en la pa-
labra del Maesbro, jamás perderrín el tiempo los pescado-
res de hombres.
Iliraban los diseípulos, llenos de asombro, al que les
había dado una adverbencia tan oportuna,pero sin que nin-
guno de ellos pareciese reeonocerle. Juan el primero, eon
su mirada de águila, ó mejor, con aquella mirada del cora-
(l) Génes., XLIY, 22; Deat, XXXUL 12, (*).
(*) _E_l
aubor alude á la etimologia de Bin-yaminn que en hebreo signi-
.frca «Eilius-d,eutera,e i. e. felicitatis q. d. Felix» (Gtesen-)-N. del T.
T. III
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422 MONSEfrOB I,E CÀMUS
la
zôn o..ya faerza penetra ":*rr1. r_ffr§"T:r"'"§nã;::
su túnica, Y cubriéndose con
t1), se preeipitó en el mar
ás, remolcando con su bar-
abordando lentamente' Se
hallaban á d.oscientos codos de la ribera'
Mry felizmente determi ilglesia'
:I ".'-
úteter y el papel Íuturo de
Juan sãrá úo*bre contemP
el hom-
que Ie
bre enérgieo que obra. Sin pe
"1 o
adelántase hasta eI que
flr-it, Z"-iou. sobre lrs ,guas,llega. Esba actividad entu-
ir"o ha adivinatlo. Nada, "oir", de los §uce-
siasta se ha eonvertido en el carácter distintivo
omo por misión Provideneial,
a verdad, adivinar el error,
rren á Jesús Y á su luz, guia-
dos por su entuslasmo y su ardor, mientras
que los--otros
no llegan
con sus libros, su elocuãoeir, su paeiente trabaio,
la contra
sino bastante después. Regularmente, en
lucha
las horejías, Pedro preced" y los -otros Elguen'
un brasero
Bajaáos á tierra, encont'aron los Apóstoles
asando y Pan i2l'
encendiclo, un pescado que se estaba
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L
YIDA DE NIIEIITBO SEfOR JESUCRISTO 423
zDe dóndo había salido todo aquello? No se cuida el
Evangelista cle d.ecirlo, como no se
euida tampoco
de decirnos eómo entró en el cenáculo
estando ras puer-
tas eerradas. Para é1, Jesús es el'seflor,
inquietarse del eómo de las cosas,
y no tiene que
euando en ellas se en.
euentre mezclado. si en ros días de
su vida mortal,
biaba el agua en vin_o y multipri.*b,
"
"*-
ü.'iuou. y los peces,
en el curso de su
yid-, roperiár ino ,uril más eap az attn
de procurarse, ereándolo, io que deba
servir á la formaeión
moral de sus diseípulos?
euià.e hacer aquÍ los honores de
u,a nueva comida milagrosa, porque con
este pan y eete
r)ez va á alimentar á" los siete p"..uaores. No se ha
Jdu"r_
ahora,) pero eB para obliga
inventario, eehándolos .o'i,
ta de ra peseaggdigio., ffiTàJ":ill.
me,te, subiendo Pedro en el t'LJJil.
-ismo momento á ra barea, saeó
fuera la red llerra con ciento eincuenta
y trà. peces. Detalle
digno de ser tenido en euenta: eon semejante
peso no se
rompieron las redes. Han supuesto ,lguoâ,
que estos eien-
to cineuenta y tres peces, qru ,upr..*t"bun toda
la fauna
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424 UON§EfrOB I,E OATUS
del lago (1), eran imagen de las numerosas almas qy9 lot
Àpóstãles, con l* cooperación del Espírib.u Santo, debían
coger pronto en eI -oo.1o, y arrasbrar victoriosamente
á
los pies del Maestro.
Ilasta este momento, los demás discípulos se habÍan
la
mantenido respebuosamente á" distancia. Comprobada
pe§ca milagrosr, diiol.s Jesús:-«Yenid, comed.>>
adelan-
tándose entoncesr poro con algrin temor, no se atrevían,
según el Eo"rg"list", clirigirlã la palabra para preguntarle
que
qoiéo era y trrÜar así eonversación. En realidad, veían
Re-
e.u Jesús, pero ta[ vez eneontraban en los rasgos del
celestial, quo les
sucib,ado algo misterioso, exbraordinario,
prohibía pensar en renovar
ãtrot tiempos. Acercóse á ell
el pez, empezó á distribuir
teneia, con aquello hubo s
'los hermosos tiempos del minisberio galileo, en-
Como en
de un mi-
conbrábanse, pues, en Ia playÁ del lago, en torno
lagroso y fraiern*l banquete, presidido Po-r eI M.ae5tro'
,Jrd"d"ro jefe de familia. Nada sabemos de los piadosos
discursos que constituyeron su principal alegría. Ill ":, "l
silencio fué ]a .*pr..ión más eloeuente de felicidad
en
comunicó
todos ellos. Naclaimpide creer 9üo, siJesris se
p".o en palabras, se cÍió entero bajo el símbolo del pan
co-
q,ss'tts, Olutistus est_passus!
il "r, lu primera eena. Piscis
Su., Agustín. En este caso, el festín ofrecido en Ia
-a;jo no fué íol"*"rrte eI emblema, sino sobre todo el gus-
to aoúi.ipado clel cielo, e. el que el Hiio de Dios, al
"r"r"", comu-
se convierte en su
nicarse A las almas como recompensa,
(2)'
alimento Y eterna felicidad
se Precisa
iir'"l'r"JT"
"
buena fortuna' cuarto
(ri- õ;;; si quisiera rectificar una vez más á los
^,,iqiorq reetiffcar
los sinóptiroa,
"l
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I
YIDÀ DE NTIA§TBO SEfrOB JESUCIiISTO
El doble milagro que acababa de tener lugar no era
más que la preparación de una escena más importante y
poy digna por sí sola de motivar la adición de un capítu-
lo suplementario al Evangelio de San Juan.
Esbaba te.minada la comida. Después de su eaída, y no
obstante su arrepentimiento, Simón. aun cuando no hu-
biese perdido ei primer lugar entre sus hermanos-una
debilidad no suprime la dignidad conferida por Dios al
hombre; además, Jesús había honrado al jefe d; los após-
toles con una aparición particular,-mostrábase trisie y
humillado. Su falta le parecÍa tanto más imperdonable
cuanto má,s ineontestada era su supremacía. Creyó Jesúe
que esta humillación debía tener un término. La oea-
sión parecía busea,da exprofeso para una rehabilitación
pública. La barca que se balanceaba eu las olas y la pesca
milagrosa que acababa de efectuarse invitaban á Simón rÍ
remibirse al día bendito en que la rrisericordia del Maes-
tro le había eseogido por diseípulo, mientra' esperaba, ha-
cerle apósbol; aquel había sido el día más hermoso de su
vida. Àl mismo tiempo, el brasero que humeaba d su lado
porlía recordarle el fuego juuto al cual, en el atrio del
Sumo Sacerdote, du'ante la noche terrible, había renega,co
indignamenre por tres veces del que le había eie§ido,
aquella noche era el punto negro de su existencia. Jãsús,
en su misericorclia, quiso borrar, eu preserrcia de todos, el
afrentoso recuerdo. Una triple protesta de amor iba á ha-
cer olvidar la triple infidelidad. «Simón, hijo de Juan-le
d,jo, reeordándole con esta cle'ominación ei tie-po en que
todavÍa no era Pedro,-irre amas más que éstos?» La pru-
gunta, propuesta en estos términos, aludÍa evidentemente
á las palabras de Pedro: (Aurt cuando tod,os se escan d,aliza_
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MCNSBfrOR LE CÀMU§
ren en ti, yo no me escandalizaú jamás,) y recordaba sus
presuntuosas protestas de antes de la eaída. Con humil-
áad profunda-respondió Simón:-«Sí, Sef,or, tú lo sabes
que te amo.) No busca ya comParaeión alguna con sus her-
manos; hasta desearta la que Jesús Ie propone. además, el
Seflor ha empleado en Bu pregunta una palabra que indi'
ea el amor profundo, y Pedro,- en su respuesta, la cambia
(t). su humildad
por otra que expresa solamente su afecto
lr-", en lo sucesivo, decir demasiado y producir solamen-
te obras inferiores á sus protestas. Después de todas estas
precauciones de lenguaje, se eontenta eon apelar á' l'^-i:-
La, ,pruciación de quien únicamente puede lee.r en el fondo
de laã almas. El Maestro entonees, con una autoridad lle-
(2).»
na de benevolencia, le dice: (Apacienta mis corderitos
Por supuesto que el verdadero Pastor será siempre e[ mis-
*o, poique los corderos quedan todavía suyo§; son tY'-
alienable rebaflo: KOaes rneüs-.observa iustamente San
Agustín ,-s[6y[ nleüs pascq non sicut tuas.D No debiendo
quldm de un modo visible entre ellos, natural e§ que
óti;" aI representante pri rcipal y esencial, por euya
mádiació, ,."gore á su debilidad los más atentos y afec-
tuosos cuidados. Apacenbar, es decir, alirnentar con el
pan de la verdad (3), distribuir ia vida substancial, será,
pr"r, el primer deber tle Pedro, Y, después de é1, de todos
Ios pastores.
Hubo un momento de silencio, después del cual volvió
á decir Jesús con creciente solemnidad: (Simón, h,io de
Juan, ãme amas? Esba vez suprinre toda comParación, Por-
qou ,ri.iblemente no le gusta á Pedro; Pero Ia comparación
suprimid..i, no arninora ãl alcance de Ia pregunta. No se
(l) Esta es la diferencia que media entre à1anã'v, afrpleado por Jesús,
y ;;í.rn ;;;ogia, p61 J discípuio. Así Io dejamos explicado en el tomo II
pág. alá.
'-7r)-- L^ expresión à"pvta, ên lugar df yp:?r, indica la ternura que .siente
et Fístor por la por.iOi, más jovãn, -'á. falta de experiencia
y más intere-
a, se sirve Jesús del verbo phorcarqu-e signifi ca ltacer
e*ple" el verbo rotp,olvto, que indica el cuidarlo
"'
Lr..i" vuelve á la expresión empleada aI principio'
.
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VIDÀ Dfi NUESTRO SEfrOR JESUCBISTO 427
trata de saber si Pedro ama más que los otros, Io que tal
vez no fuera decir demasiado, sino si ama, absolutamento
hablando. Sorprendido, sin duda, por esta insisteneia, res-
ponde el discÍpulo con la misma humildad que la vez pri-
mera: «Sí, Seflor, tú eabes que be amo.) Y aflade Jesús:
«Apaeienta mis ovejitas (t).) Éstas tienen neeesidad, no sólo
de ser alimentadas, sino también de ser gobernadas,
pata que no permanezcan estacionarias en el redil.
En fin, por tercera yez-era la antítesis de ia tercera
negación-dice Jesús: ((Simón, hijo de Juan, ime amas?»
Pedro se entristeeió, sea porque se hieiera más evidente
la alusión á su triple negaeión, sea porque creyese que el
Maestro dudaba de su amor (2). Recogiendo toda ., ôoer-
gía, sin perder, no obstante, nada de la conmovedora re-
serva que había dictado sus primeras respuestas, dijo:
(Sef,or, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo.))
Diríase guê, por más cierto que esté de su afeeto, cono-
ce demasiado dolorosamente por experiencia cuán im-
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428 UON§EffOB LE CÂUUB
conferidas las llaves del reino, como aI dueflo de Ia casa, al'
pastor primero y supremo. Ahora, convertido, tiene eI
ãebe, dã confirmar á sus hermanos, y deberá hacerlo eon
paeiencia y bondad. EI que ha caído es más indulgent-"::"
ir. fl*qu los demÀs. Si Jesús Ie mantiene su misión-
"à^rde
á pesa, de su pecado, y tal vez á, causa de su pecado expia,
dô, e. porque l" ou, para en 1o sucesivo, más propicio que
todos á lu -rosedumbre para con los hombres y al celo
para la gloria de Dios. Tres veces ha afirmado Pedro que
i-rb, ãt Maesbro, porque cuanto más elevado se ha-
lla en dignidad, en caridad. Está obli-
más à"bã elevarse
gado á amar tres veces más que los fieles, y d9t veces
ilá. qo" sus hermanos. La vigilancia, la abnegación y eI
sacrifrcio serán la prueba de este amor.
Por Io demár, lVlaestro no le ha dicho aún Ia pos-
trera palabra de"lsu testamento. Simón, efecbivamente,
será su sucesor, no sólo en el gobierno del rebaflo, sino en eI
camino más rudo y no menos. glorioso del sacrifrcio' Mar'
chará por el upo.iolado al *urbirio, como se dirigi o á él eL
Maestro. Esto, según eI Evangelista
(1)-y los exégetas uo
tienen que buscar-otro sentidõ,-es Io que expresan fa1 si-
guientes palabras clel Salvador: (En verdad, en verdad te
ãigor cuando eras mozo, te ceflías, é ibas á donde querías;
-i, cuando ya fueres viejo, extenderás tus mano§, y te
llevará otro adonde tú no quieras.) Jesús distingue, Pue§'
dos fases en la vida de Pedro: una aquella en que ha
dispuesto libremente de sí mismo, como un ioven que cox-
..ruu toda su inclependencia, mientras permanece -solo;
otra aquella en ç[ue, al aeeptar Ia vida seria de iefe 9" {r-
milia, de perder su liberbad. La independencia del
".rb,
hombre, en está siempre en raz6n inversa de la
"fe.to, toma, en 6 eI hogar
autoridad que recibe, -doméstico.
Esta ,"gord, fase, que caracberíza de ordinario la edad
m*dorr] cambia entãramente su existeneia. De tal modo,
por razón de su primacla, Pedro será esclavo de §u8 nuo-
(r) Jrnm, xxl r0.
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T
YIDA DE NSESTIiO SRNOB JIiSUCBI§ITO 4W
vos deberes. Dios se cuidará de ligarlo tan bien, que no'
pueda desprenderse de sus ligaduras, ], arrastrado de sa'
crificio on sacriÊcio, acabará dando su vida para aseg'urâr
el porvenir del rebaflo.
Tal es el sentido general de la profecía. I)ebemos ver'
además, en la forma figurada que emplea, la indieación
del suplicio reset'vado al jefe de los Apóstoles. I)e ordina-
rio, en efecbo, el estilo profético sigue un doble sentido
paralelo, tan verdadero uno como otro, y no puede me-
nos de reconocerse, en el ancialro que extiende sus brazos.
ante el que lo ata, á Simón'Pedro, al jefe venerable «ie la
farnilia cristiana, 4e.iánaose elrcaclenar, al fin cle su Iabo-
rioso apostolado. A ejernpio del Mae§tro, c:rtninará resuel-
tamente á donde rehusti, ir la naturaleza, aL horriblesupli-
cio de la eruz (1), I, poniendo sus manos temblorosas en e}
terrible árbol, buscará en él las palmas de un glorioso
martirio (2).
Al terminar Jesús su profeeía, como [uviese avisos se-
cretos que darle, invitó á Pedro á que le siguiese. Pedro le
siguió; pero, avergonzado Juan de haber permanecido en
la barea y no haber imitado la diligencia de su amigo, no
quiso deiar partir á Jesús sin acompaf,arle, á lo menos un
momento. Por otra parte nos indica las razones que pare-
cen autorizar su temeridad. 2No era por ventura el discí-
(l) Âtestigua la antigüedad que Pedro fué condenado á muerte en la
porsecución de Nerón. Tod.os los tesüimonios coinciden en afirmar que fué
crucificado. V. Tertuliano, Scora. 16, Pracscr., 351 Eusebio, .EI. D., IÍ, 2e.
Cuenta Orígenes, en Eusebio, II, 2ó, y II[, l, que pidió ser crucificado ca-
beza abajo, lo que responde perfectamente á la naturaleza ardiente y pro-
funda humildad del convertido Pedro
(z) Al observar el Evangelista que estas palabras profetizabanlamuerüe
de Pedro, muerte que supono conocida de los lectores en sus dramáticos Íle-
talles, indica con esto que Bu Evangelio fué publicado después del martirio
del jefe de los Apóstoles, es decir, d.espués del aüo 64 de J. C. Si se da á ca-
da detalle de Ia profecía un valorreal, podrá verse en ella el cuadro exacto
de la crucifixión: Pedro en el término do su carrera, cum senltéra's, exteuderá
sus brazos ó sus nranos, cnten'd,es n&nus htns, ptra dejar que realicen en é1.
susintentos;alguien ceõirá sus lomosralíus te cinget, y lelevantaníoasí
atadq d,ucetr llevóndolo ó donde no querría ir la naturaleza, qua üu twn ois.
Estâ lenguaie de Jesús, recienhmtnte crucificad.o, permiiiría creer que.
l,a cnrcifixión so practicaba rqgularmente con cuerdas.
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MONSE§OB LE CAMUS
pulo amado de Jesús? 2Podía creer que eI Seflor, qui-
siera haeer para él un seereto de lo que iba á confiar á
Pedro? iNo le habÍa revelado á é1 el Seflor en la riltima
Cena, el nombre del traidor? Después de haber servido de
intermediario á Pcdro y de confidente á Jesús en una cir-
cunstancia tan grave, icómo podía ser ahora un estorbo á
su conversación? Juan, pues, fué hacia ellos. Por lo demás,
desde haeía algún tiempo no sabía separarse del hijo de
"Juan. (;Y éste que?>> preguntó entonees Simón guo, ha-
biendo oído los pasos de su amigo, quería ó introducirle en
la conversación, ír obtener á 1o menos una buerta palabra
para él ttl.
«Si yo quiero que él quede hasta que yo venga ;á ti qué
te va?-dijo Jesús.-tú, sígueme.)) Estas palabras, que, re-
primiendo el afecbo indiscreto de Pedro, tenían por objeto
manbener á Juan apartado, pareció una profecía á los que
las oyeron, pues creyeron guê, habiendo anunciado Jesús
la muerte violenta del uno, había también anunciado, en
términos velados, Ia inrnortalidad del otro t2). Se equivo-
'caban, como lo observa el Evangelista, porque de ningu-
na manera había dicho el Maestro que Juan no moriría; Y
si había en su respuesta otro sentido que el natural de las
palabras, si el verbo qued,ar significaba, no sólo quedar con
el grupo apostólico, en vez de seguir á Pedro intempestiva-
mente, sino también quedar en este siglo, sería preciso
eoncluir que la muerte del mártir y la del iusto di-
fieren una de otra en que el mártir se conceptúa que va á
Jesús por sí mismo, en un transpol'te de generosidad,
mientras que Jesús vaáu buscar al justo que muere de ve'
j", para introducirle en el cielo (3). La longevidad ex-
(l) Parece poco razonable buscâr en la pregunta de Pedro otra cosaque
un sentimiento de tierno afecto á Juan. El iefe de los Apóetoles amó siem'
pre al discípulo á quien mostró siempre el Maesüro un afecto particular.
Vivió siempre con él; 1,serán separados en el martirio, la gloria suprema que
'sele predice?
(2)
Este era la antítesis: Tu, úguerne, él debe qundar, que autorizaba-e1
.apariencia el sentido asignado á las palabras referentes á San Juan. (ifr,
sígueme á larnuerta! ;T{queda enlaa'ida.»
«el Esta es tal vez la mejór explicación de un texto por demás dificultoso.,
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VIDÀ DE NUESTBO SEfrOR JE§UCBISTO 4:11
traordinaria de Juan había hecho creer que viviría haeta
el advenimiento del Hijo del hombre, voces absurdas quo
se veía obligado á destruir por sí mismo.
Diciendo esto, Jesús se alejó con Pedro. Es de suponer
que Ie dió entonces las instrucciones personales que debían
guiarle en la fundación y'gobierno de Ia Iglesia. Tal Yez
le fijó también el lugar y el dÍa en que los Apóstoles reci-
birían ofrcialmente su visita, visita prometida (r) é impor-
tantísima, en razón de Io que deseaba prescribir á los que
se hallasen entonces reunidos para verle y tributarle ho'
menaje.
estavenida se prolongó hasta la muerte del Apóstol, esto es,desde el af,o 70
hásta el fin del primei siglo. Otros han creído que aludíaá lamanifestación
apocalípüica que reservaba á Juan, antes de llamarle ó sí 1,Pero es esto una
parusia (*)?
(*) El griego emplea la condicional êàv 0âo. Por esto haescritoGlaire:
«Le texte grec porte:'Si je ozuu, et, laisse ainsi la choee dans Io doute.».-
N. d.el T.
(l) Concordaría esto con la cita supuesta en, MaLTXXVII,l6,inrnan'
tnm,, u,bi constiüufrrat illis Jesus.
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CAPITULO YI
Otras apariciones de Jesús
Enumeración de las cristofanías en San Pablo.-Partido que puede sacarse.
de ellas.-Aparición á los quinieutos hermanos,-á Santiago,-á los Once
en una montaía de Galilea.-El Dios que abre el mundo á la ambiciór
de sus soldados.-Instruir y bautizar en el nombre de la Trinidad.- f
soy cun. oosotros. (-l[at., XXYIII, 16-20; trfarc., XYL 15-18).
AI contar la aparición de Jesús á orillas del lago, obser-
va el cuarto Evangelio que era ya la tercera concedida aI
Colegio Apostólico. Esto indica que hubo otras, lo que
confirma San Lucas extensamente, precisando, desde êi
principio del libro de los Heehos, que las manifestacionee
del Resucitado se perpetuaron durante cuarenta días. San
Pablo, escribiendo á los eorintios, meneiona varias de ellas,
las que indudablernente supone que les han de 'causar
más honda impresión. AsÍ, nada dice de las apariciones
á MarÍa Magdalena y á sus compaf,eras, pues muy poco
pesaba, entre griegos v rornanos, el testimonio de la mu-
jer. (t) Al contrario, las hechas á Pedro y á Santiago, de las
que ninguna particularidad eonocemos, parécenle impor-
tantes, vista la notoriedad y consideración de que gozaban.
aquellos dos personajes apostólieos. Hay, empero, una
particularmente decisiva y acerca de la eual, por desgra-
cia, no da cletalles. Tuvo lugar ante más de quinientos
hermanos reunidos. Yarios de ellos vivían totlavía en el
momento en que el Apósbol escribía su carta á los corin-
(l) En efecto, parece iududablemente cronológico el orden en el cual, I
Cor., XV, 5 y sig., enumerâ las diversas cristofanías. Las palabras ettarluego,
y ê.r.elr.c-, en seguida, cuyo alcauce puede comprobarse, vers. 23r 24r 46, con-
ducen á la aparicíônfi,nnl, éoTo,tot,la misma con la cual él mis6e fué fave
recido.
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I
YIDÀ DE NUESTBO SEÍOB JESUCRISI1O
tios, de manera que parece que con ella apelaba á su au-
torizado testimonio.
Si San Pablo quiso seguir un orden cronológieo, lo cual
pareco resulbar de la fórmula misma que emplea, puede
suponerso que dicha manifesbación tuvo lugar poeo des-
pués de la Resur.r"eeción, cuando estaban los fieles á punto
do salir de Jerrrsalén, después de las fiestas de Ia Paseua.
Este número eonsiderable de quinientos se expliearía fá"-
cilmente por la agrupación en caravauas, que se hacía en
el momento en que se disponían todos d, volver á sus ho-
gares. La dificulbad que pudiera sacarse del euarto Evan-
gelio, que eoloea la aparieión en las orillas del lago, eomo
la tereera, no es insuperable, si se considerà que, en Juan,
se trata exclusivamenbe de las apariciones al grupo apos-
tólico, y que, habiendo pasado los Apóstoles toda la sema-
na, á,lo menos hasta el segundo domingo, €r Jerusalén,
es muy posible que no se eneontrasen con los quinien-
tos peregrinos que se alejaban de la Ciudad Santa. Con
todo, no precisando nada San Pablo, ni en cuanto al lugar,
ni en cuanto ó la feeha de esta importantísima manifesba-
ción, no se ve imposibilidad en trasladarla, si así se quio-
re, á, Galilea y después de la de las orillas del lago; sólo
güo, en este caso, es preeiso suponer una couvocación pre-
via y aetiva para reunir la eonsiderable cifra de quinien-
tos tesüigos.
Sea lo que fuere, esta eristoflanía no puede en manera
alguna idenbificarse con la que se refiere en San Mateo,
la cual tuvo lugar en una montafla de Galilea. San Pablo,
en efecto, Ia distingue expresamente de las coneedidas
antes y después al grupo apostólieo; es para él una mani-
fesbación parbicular concedida á los ltermanos, es decir, á"
los miembros turbados, perplejos y clignos de ser recon-
fortados, que constituyen el núeleo de la Iglesia naeiente.
Ahora bien, en San Mateo se trata de una aparición á los
Once solos, y en la cual se muostra Jesús, efeebivamen-
te, para eoneeder podores y una misión que sólo era para
ellos.
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MONSEfTOE LE CÀMUS
Hasta parece que el pasaje final del primer Evangelio
fué redactado, más como un resumen precipitado, global,
por decirlo así, de las diversas aparieiones á los Apóstoles,
que como relato exacto de una soia. De 1o contrario, icómo
comprender gu@, después de las manifestaciones anteee-
dentes, no referidas, sin duda, por é1, pero que es preciso.
admitir, puesto que esbán abestiguadas por los otros, en
una de ]as últimas, acaeeidas en Galilea, rlna parte de los
Once hubiese dudado de la realidad de la Resurreceión,
pues de los Once solamente se trata?. Pero solamente al prin-
cipio dudaron los Apósboles y Tomás en partieular. Como
nota general, Ia tradición sinóptica había eonservado el re-
cuerdo cle aquella reprensible acbitud de una parte del Co-
legio Apostólico, y muy probablemente quiso San Mateo.
hacerse eco de ella en la única cristofanía que euenta y co-
loca en Galilea. Según esba hipótesis, se había mantenido
en las líneas generales de Ia exactitud; mas á, juzgar por eI
modo como precipita y resume los úlüimos aconteeimientos
de la historia evangélica, no pareee que procurase suje-
tarse á ellas más estrictamente. Debemos tomarlo tal co-
mo es. San Pablo se muestra más lacónico que él todavía;
habla como quien demuesbra una tesis, y evoca somera-
mente los hechos que la demuestran. Sin embargo, esti-
mamos que el orden que pone en las apariciones debe estar
tomado más á Ia letra y hacernos fe.
Así, después de la aparición á los quinientos hennanos'
se colocará Ia aeordada á Santiago, acerca de la cual, por
otra parbe, eomo en la eoneedida á" Pedro, no tenemos.
detalle alguno auténtico. Es de creer que San Pabio, en
sus divorsos viajes á, Jerusalén, oyese la historia de
estas dos manifestaeiones de ios mismos labios de aquellos
dos personajes favoreeidos personalmente con ellas. La
aparición á Pedro se eneuentra sencillamente meneionada
en el Evangelio de San Lucas; la hecha á Santiago se ha-
llaba contada más extensamente en el Evangelio de loe
I[ebreosr poro con datos visiblemente legendarios.
Á creer un fragmento de este libro reproducido por San
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VIDA DE NIIESTBO SEfrOB JESUCR,ISAO
Jerónimo (1), Santiago el Justo había jurado no comer más
pan (para los orientales equivalía esto á abstenerse de to-
do alimento) á partir del momento en que había bebido
la copa del Sef,or, hasta que viese á este misrno Sef,or re'
sucitado de entre los muertos. Pues bien, apenas hubo sa-
lido Jesús del sepulero, cuando, remitiendo su sudario al
siervo del Sumo Saeerdote, fué á mostrarse á Sanliago, y
tomando pan lo bendiio, lo partió y Io ofrecio á" Santiago
el Justo, clieiendo: (Hermano rnío, come tu patr, puesto
que el H,jo clel hombre ha resueitado de entre los muer-
tos.) Esie Santiago el Justo es ciertamente aquel que, se-
gún Hegesipo (z), había sido apallidado Oblias, el Antenxu'
ral d.,el pueblo, v sobre el cual se contaban, como prácti-
cas ascétieas y nazarenas, cosas extraflas. Aun cuando el
detalle referido por el Evangelio de los Ilebreos al pre-
sentarnos á Jesús remitiendo su sudario al siervo del Sumo
Sacerdote, no deseubriese su origen apócrifo, siempre ten-
dríamos el derecho de admirarnos de que, en el momento en
que todos los Apóstoles pareeían tan seguros de su fe, uno
de ellos, euyo papel hasba entoneed no había adquirido re-
Iieve, hubiese hecho voto de no comer hasta que viese á su
Maestro resucitado. Tal actitud hubiera influído en gran
manera en la de ios demás, Hry aquí uira imposibilidad
moral que acaba de hacer sospechoso todo el relato.
Lo único verdadero, porque 1o toma de una tradición.
apostóliea, es que Jesús apareció realmente á Santiago,
su primo, futuro pastor de la lglesia de Jerusalén. EI
hecho del juramento, motivanclo una aparieión guo, en
el orden crorrológieo, debería ser colocada antes de las de-
más, puesto que Jesús sólo habría tenido el tiempo preci-
so de desembarazarse de su sudario eoloeándolo en ma-
(1) De air ill.,IÍ.
(2) Ilegesipo, citado por Eusebio, H. .ü., II, 28. Comp. Epifanio,
Haer., LXXVII,7r13-14, y el Seudo Abdías, Hisü. Áposü., YI, r. En Eu-
sebio, H. E.r II, I, Olemente de Alejandría supone que Jesús ensefló pri-
meramente su doctrina esotérícar, riy Tveru á Santiago el Justo, á Pedro
y á Juan, después de resucitado. Estos instruyeron luego á los demás após-
tolee y discípulos.
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IIOITBBfrOB LE OÀI[U8
nos de un testigo de su resurrección, para correr á San-
tiago, que ayunaba desde hacía dos días y medio, no Pue-
do ser sino una leyenda de }a Iglesia jurtío'cristiana, Quê
reivindieaba para su jefe un papel singularmento nobable
y honrado.
Las aparioiones mencionadas por San Pablo, después de
la concedida á Santiago, so hallan designadas baio este tí-
tulo general: «Á todos los Apóstoles (1).) Fueron eierba-
.mente numerosas y Írecuentes, según eI aubor del libro de
los Hechos. iQué objetivo podía toner Jesús durante los
cuarenba días que pasó, por decirlo así, entre el eielo y la
tierra, sino fortalecer pacientemente y de todos moclos (2)
la fe de sus amigos? Acaso convenga ver una huella de es-
ta acción sobre ellos en las palabras de San Lucas: (En-
tonees les abrió el sentido para que entendiesen las Eseri-
turas (3).»
En toda hipótesis, y como ya hemos dicho, debe enten-
derse en estas apariciones finales d, tod,,os los Apóstoles no
.sólo la de la Ascensión, sino también la 9uo, según San
Mateo, tuvo lugar en una monüafla de Galilea. Por sus
recomendaciones, portenece aI período de las últimas dos-
pedidas. r.
La cita en Galilea había sido dada por Jesús desde la
vigilia de la Pasión, y luego reiterada á los Apóstoles por
mediación de las sanbas muieres (a). Parece que San Mateo
procuró únicamente establecer, como conclusión sumaria
de la resurrección, que se había pormanecido fiel á ella, y
cuenta sencillamente la manifesbación do Jesús en una
montafla de Galilea, mientras que San Lueas, tomando
una posición complebamente opuesta, se limiba á hablar de
las apariciones en Jerusaléo, sin que parezca haber conoci-
do las clemís (5). Dando, por decirlo así, la mano d, uno y á
(1) I Cor., XY, ?: deinde Ápostolis omnibs.
(2) ilechos, l,Szin multis argtmentis.
(3)
(4) [, to; lfar., XIV, 28, XVI, 7.
(5) en que es preciso resolver en él estadifieul-
tad ad solución do contimidad ouüro lus versículos
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t
YIDA DE NUESTBO SE§OR JEEUCBI§TO 437
otro, Juan parece haber querido completarios á los dos. Es-
tablece, en efecto, que los apóstoles, en vez de permane-
cer en Jerusalén hasta Pentecostés, pasaron algúrn tiempo
en Galilea, recibiendo las eonsoladoras visihs ãel Sefiór,
'como las habían recibido en Jerusalén. Mas aún, nos per-
mite entrever, en la graciosa escenà descrita á orillas del
l1qo, que se había reeonstiüuído por momentos Ia antigua
vida de Galilea, con su eneantadora familiaridad. oÀ el
Maestro se manifiesba á los suyos en la ribera en que ha-
bía desembarcado con tanta frecueneia, o'a en la màntafla
en que tantas misericordias había predicado.
Las alturas son particularmente propicias á las manifes-
taeiones del mundo sobrenatural. Permanecemos en ellas en
sileneio, al abrigo de las miradas profanas, y como en un si-
tio más vecino del cielo. En una montafla había escogido
Jesús á sus Apósboles; en una montaf,a quería delegJrles
por última, vez sus poderes. Ignoramos el punüo preciso
.en que tuvieron la santa reunión.
Tan pronto eomo se mostró el Sefior, cayeron todos con
el rostro en la tierra para adorarle G). En aquel momento,
,
43 á,49,atnque sólo sea pâra permitir â los Apóstoles
volver á Galilea. La for-
ma visiblemente compendiosa que toma entonces su relato autoriza para
hacer más de una. Así, podemos detener en el versículo 44 el relato ae tÃo-
nif ver en los vers. 44 y 4b la indicaciO" áár.r.f
de durante sus diversas aparicionu. C"fi-
lea rsículo 46 empezaría er discurso finar"r"
en.lu."-
salén antes de Ia ascensión. Podrá parecer extrafra eemejante di..";úilp"-
ro se impone, puesto que es cierto que los Apóstoles fueion á Galilea dàs-
pués de la semana pascual, y allí se detu
ino que Jesúsles prohibióforntalmen-
te (vers. 49) que se alejasen de alrí.
.es,
€n
para-Mares, primera y. úlrima.
lü* I"-ffi"#:^:f,:HJitLH $X
modo alguno quiere el Evangelista disimulai los sentimientos d.i-
T. UI
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![ON8EfrOB LB CÂUUB
adelantándoso maiestuosamente hacia ellos, díioles Jesús:
(Se me ha dado toda pobestad en el cielo y en la tierra')'
Entonces tal vez, insistiendo en aquella solemne declara-
ción, les hizo compronder-aquí correspondería una parte'
del texto de San Lucas
(l)-sómo había comprado esta su-
rimientos y su muerte. Así
alo de su cruz, Probando que-
ofetas, había sido el nece-
d o eo n p acien ci a nuev o, n Jl"?[T#illli
ii]"l' âH
l;
",
.i"-prá llenas de prejuicios iudaicos. En los Libros Santos
era àoo,l" quería hueurles eneont,rar la vordadera fison«r-
mía del Ruv-M"sías, así como las eondiciones de su reino'
universal.
Aseguróles además que lo por ve.nlr probaría pronto Ia
realidad de su omnipotãneia ão "l cielo y en la tierra. Del
cielo, adonde iba, á pr"pr.rr el lugar de sus siervos, debía
enviar el Espíritu santo; para seflalar, santificar y escoger
los miemb.os de su reino. En la tierra proyectaba la
con-
quista de los pueblos, despertar la indiferencia, converüir
lL. pu"udores, fundar, dilatar lq Iglesia' Y' aI
"on."'o"',
fin àel mundo, iurg ?á,la humanidad toda entera, cuyo'
§otouao. y Ruy ô*". Po. tal modo, osto porler absoluto'
en el tiempo y en la ebernidad se convertía en recomperr-
sa de su vida"y de su muorte. No se lo ha adjudicado;
lo conquistó, ; el Padre se 1o ha cedido eD toda su ple-
nibud.
Desde entonces, duef,o del mundo, enviará sus mensa-
jeros para tomar posesión de él' «Id-dice á
ad, á" toclas las gentes, baubizándolas
-.o.Lfl
del Padre y del llijo y del Espíritu Santo')
fin del exciusioismo iudío. EI verdadero Dio
,ã**r.,
(*) Much
pretación qu
era verdader
Traductor.
(1) I'w.,XXÍV, 46'
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\
VIDA DE NUEBTBO SEfOB JE8UCBISTO
pertenecer á un solo pueblo, quiere ser el Dios de todas
las naeiones. Moisés había ocerrado en el arca las Ta-
blas de la ley, é rsrael, celoso, lae había guardado allí,
arrebatándolas, por decirlo así, al resto de la humanidad;
en a escrito las suyas en cl corazón
rie
de
'"iãi::'.";ffi:Ililffil,,11:
dad será la virtud nativa de la rglãsia cristiana. Irio le e§
permitido descansar en la contemplación. Militante, debe
ponerse en movimiento, insiruir y haeer prosélitos. se
apoderará de las almas y de los .ú.rpo., ponieodo Jesúe
en aqutíllas por la predicaeión del Evangelio, é imprimien-
d.o en éstos por el bautismo, el signo dlstintivo áel cris-
tiano.
;Enseflad á todas las gentes! Los pueblos, aun los más
salvajes, están, pues, llamados á entrar en el nuevo reino,
y toda criatura, según la expresión de San Marcos (r), tie-
ne derecho á esperar la buena Nueva. El Maestro quiere
hacer del mundo entero su discÍpulo (2). Grande es la obra
que hay que roalizar, pero los apóstoles során sostenidos
por el poder mismo del que los envía.
En realidad, desde su origen, la r$lesia no ha cesado
un solo dÍa de-trabaiar por la difusion det Evangelio y en
la conversión de los paganos. Sus apóstol". .r*.,-por tádos
los eaminos del mundo, eobre las olas del océa"o, a través
de los bajo el abrasador soi de los trópicos, or
_b9squ9s,
medio del hielo de los polos, predicando, bautiraido y ha-
eiendo eristianos.
El Evangelio y el bautismo son los únicos medios de con-
quista; el uno será la eonsagraeión del otro. El Evangelio
es la palabra, y el bautismo el signo de Jesucristo. C"rã^o-
nia usada entre lo-s judíor p"r"1" admisión de los paganog
,
-_1 mosaísmo, el bautiemo, según hemos visto, trrüia ri-
rrloeq Jeeús parece dar á enten-
entera, que esta á su servicio,
predicación del Evangelio.
pahltcúüoic en eet€ pasaje de Mot,,
6t, y Eechos, XIV, 21.
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XONSEüOB I,E CAUUS
do empleado por San Juan como símbolo de penitencia -y
pr"p*àción i,rmediata á la venida del Mesías. También
ios discípulos de Jesús lo habían practicado momontánea-
(r). Actual'
mente cào 1o, que solicitaban seguir al Maestro
menüe lo promulga Jesús como ley á" que debe someterse
todo el que quiera entrar en ia sociedad de los elegidoe'
Será el .igrro' obligatorio de alistamiento en Ia milicia
cristiana. P".o, siendo signo efi.caz, como todo sacramento,
prod.ucirá desde luego eo el alma la santidad qrre signifrca'
be este mot'ilo, anteã de ser a istado, será purificado, reha-
bilitado y glorificado el nuevo soldado.
Las trestioio". Personas deben presidir eI nacimieuto
espiribual del cristiano, I su nombre, solemnemente invo-
daró al agua bautismal el poder de llegar al alma y
"*ão,
lavar sr-rs rrrui.h".. No hry ningún otro texto en el
Evangelio en donde Jesús nombre simulbáneamenbe las tres
divinis Personas, y aduee aquí, al colocarlas como iguales,
uno do los argu-ut to. decisivos en que descansa eI dogma
capital de la Santísima Trinidad. Cuand'o se bautizó Jesu-
crisbo en el Jordán, habíase visto á Dios rovelarse como
Padre que hablaba, como llijo que era bautizado y como
Espíritu que doseondía del cielo. En el baubismo de todo
fiel, uoa profosión explíciba de fe unirá eI nuevo crisbiano,
no solamente al nombre, sino á la esencia vital de las tres
Personas tlivinas. Ilabrá contraído Para con ellas un com-
promiso sagrado.
Nadio igãora quo, en todo tiempo, la Iglesia ha visto en
las palab.ã. del Salvador Ia fórmula necesaria para admi-
nisbrrr regularrnente el bautismo. San Justino 1o afirma
(2). Los pasajes de los Hechos ó de
en términos explícitos
las Epístolas que hablau del baubismo en eI nomb.re de
Jesúrs, no son .ioo una fórmula abreviada que significa-el
bautismo cristiano por oposición al bautismo f udío. En
(l) Jut'n,TY, z.
iti A.not.,L dt ,1, ?9. Dice.que los que querían profesar la doctrina de
f"àí..t.do b"uiir*ao., «in nnmine Patiis omnium et domini Dei' et Sal-
"rroJesu Ohrisüi, et Spiritus
vatoris nosbri sancti'» .
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l
VIDÂ DE NUESTBO 88frÚB JE8UCBISTO 441
realidad siempre que se trata del bautismo en su admi-
nistración oficial, es conÍerido en el nombre del Padre, del
Hüo y del Espíritu Santo.
Cuando la Trinidad entera haya tomado posesión del
bautizado, deberá éste tributarle el homenajl de su vida
mediante la fe en los dogmas del Evangelio y la práctiea
de la ley eristiana. (Ensefladles-diee Íesús-á úservar
todas las eosas que os he mandado. El que creyere y fue-
re bautizado, será salvo, mas el que no creyer" .urá con-
denado.) La promulgaeión del Evângelio impone, pues,-1"á
la humanidad la obli"gación de someãur." y d"
verdad. Nadie podrá rechazar impunementã la buenã "..it",Nue-
11 Âl pasar el Apóst ol á, alguna otra parte, dejará la vida
ó la muerte trás de sí. Los crÊyentes serán ,.Íro*, y los
infieles perdidos. Después de la misericordia, el juicio; áquel
á quien los hombres no hayan querido como salvador, ."
impondrá eomo juez.
«Y estas seflales seguirán á, los que ereyeren: lan-
zará,n los demonios en mi nombre, - hablarân lenguas
nuevas, quitarán serpientes, y si bebieren alguna .o.*
mortÍfera, no les daflará; pondrán las manos .oú" los en-
fermos, y sanarán (1).» La omnipotencia de Jesús pasará,
pues, á las manos de los discípulos, quienes la ejercerán,
bajo las Íormas más diversas, en el mundo de los espíritus
lo mismo-que en ei mundo de los cuerpos. No hay que te-
mer que jamás les falte. El Maestro, aflade, e, efecto, es-
tas últimas palabras gue deben electrizar á sus soldados:
(Mirad que yo estoy eon vosotros toclos los días hasta Ia
consumación de los siglos.) Este yo tiene un alcance deci-
sivo. El Yencedor del mundo y de la muerte, el omnipo-
,.*: seflor de cielos y tierra, como acaba de deãi",
, se leen estos privilegios de Ios ver-
tólica vió la realización de ellos: don
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UONEEfrOB LE OÀUUS
el Hiio de Dios, sorá con sus fieles Para sostenerloe hasta
el fin de los tiempos. àQué más necesitan? Loe sueesos han
demostrado si ha sido fi'el áu su promesa.
Dicho todo esto, el Maestro abandonó á sus discípulos
dejándolos dichosos y orgullosos de lo que aeababan de
oi.. L* pequeüa IgleÁia sã sentía renaeer; aeercábase la
hora en qrre Jesús la encontraría bastante compacta Para
abandonarla definitivamente, y bastante vigorosa Pere
ompeflarla en la gran lucha en las fiestas'solemnes de Pen-
tecostés.
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l
CAPITULO YII
Nada tan cierto y concluyente como la resurrección
de Jesús
tn la certidumbre de la Resurrección descansa la verdad del Oristianis-
mo.-Si, muerto el viernes, Jesús se hallaba vivo el domingo, es porque
hubía resucitado,-Pruebas de que estaba muerto el viernes.-Pruebas de
que vivía el donringo.-Ningún medio humano es câpaz de explicar esta
rueva vida que sucede á la muerte.-Evidencia del milagro.-Encuen-
tra su sanción en la fglesia cristiana salida del eepulcro de Jesucristo.
No era ciertamente neeesaria esta serie de apariciones,
durante cuarenta días, para afirmar la fe de los disóípu-
los en la Resun'ección. Puede decirse guo, desde el domingo
por la tarde, después de la rnanifestación ante los Apósto-
les reunidos, todo el grupo, salvo Tomás, tenía plena con-
vicción de ella, y no vemos que nada la haya quebrantado
,en lo sucesivo. He aquí un heeho eapital y decisivo que da
á las diversas cristoÍanías, tanto más difÍciles de armoni'
zar en un todo seguido cuanto guardan un carácter visible'
mente fragmentario, la Íuerza fehaciente más irresistible.
Con todo, tomaremos aquí, como corolario de los capí-
tulos precedentes, la argumentación victoriosamente for-
mulada en todo tiempo por Ia razónfilosófica: pâra demos-
trar la certidumbre de la Resurrección.
Semejante milagro, al sellar la larga serie de los prodi-
gios que habían llenado la vida del Seflor, tiene una im-
portancia tan claramente decisiva en la historia cle nues-
tra religión que, según confesión de todos, fieles é infieles,
siendo verdadera, todo es verdadero, siendo falsa, todo es
mentira, ;rr como dice San Pablo, nada hay más vano que
nuestra fe.
fle aguí, püês, la tesis que puede establecerse. La re-
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444 UONSE§OR LE CÂMU§
surrección es la aid,a que suce de á" la rnuerte en el mismo
individuo, sin gue sea posible poner en duda la realidad,.
ora de la muerte que ha preeedido á la segunda vida, ora
de esüa segunda vida que ha seguido á la muerte. fJna vea
probados invenciblemente estos dos estados sucesiv«.rs en
el mismo hombre, sólo pertenece al milagro, es deeír, á la
mano de Dios, ligar el uno con el otro, y revelarnos el seere'
to de io quo 1)arece eontrarlecirse. Ahora bien, si un milagro'
qué milagro!-ha sellado divinamente toda la obra de
-iy
Jesús, es porque su doctrina era verdadera, porque su mi-
sión era divina, porque, conforme él mismo había afirmado'
era realmente Dios.
Para no admitir prodigios, el racionalismo ha negado,.y&
la muerte de Jesús (1), ya su segunda vida (z). Ha dicho: Si
de la cruz, no podía menos de morir, en ei sepulcro, porque el contacto del
cuerpo, víctima ya
producir la congela
lación regular. Por
encerrándolo en un
los aromas, en un lugar herméticamente cerrado, hubiera acabado con u11.
(2) Niegau su segunda vida los que, desde los príncipes de los sacordo-
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\
VIDÀ DE NUU§TRO SÚftOB JESUCBIETO 446-
ha resucitado, es que no había muerto, ó, si murió, uo ha
resucitado.)
Ahora bien, dos hechos, tan ciertos el uno como el otro
responden á este dilema. El primero, que el viernes por la
tarde Jesús estaba muerto; y el segundo, que apareció
lleno de vida el domingo y los días siguientes.
Qr" muriese el viernes por la tarde nadie 1o puso en
duda, ni en el Sanedrín, ni en el pretorio, ni en eI Calva-
rio. Sólo Pilato se admiró de que hubiese entregado tan
pronto su alma, pero su admiración no hizo sino provocar
un nuevo testimonio que eorroboró la afirmación de los
que reclamaban su cadáver.
Amigos, pue:, y enemigos, al mirar al'Crucificado, reco,-
nocleron r:esueltamerite que ya no existía. Para meior cor,
firmarlo, el centur.ión lo traspasó con su lanza, y el ca-
dáver no se movió. De la herida salió una mezcla de
agua y sangre que revelaba una deseomposición violenta
de los elementos vitales. I)ícese que la sangría es mortal
eD el síncope; en esta ocasión no mató aI que ya esbaba
muerto. Las condiciones en que se produjo demuestran,
en efecto, que, desde algunos uromentos hacía, Jesús había
eesado de vivir , y á, ninguno de sus adversarios más inteli-
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u8 UONSEfrOB LE CÀMU§
gentes, como los príneipes de los saeerdotes, se le ocurrirá,
poner en duda la realidad de su muerte. Todo lo que te-
.men es un fraude de parte de los discípulos, que podrán
robar el cadáver, pero rro de parte de Jesús á' «1uien
han visbo expirar. Le han deeeendido de Ia ctuz, y e-l q-ue
no había dado seflal alguna de vida aI recibir la lanzada del
solclado, permanece inÃóvil y helado en los btazos que lo
recogen, lo trasladan, Io embalsaman, lo envuelven y lo
depositan en el sepulcro, después de haberlo cubierto con
ios testimonios de su desolacióo y de su amor. iEs posible
imaginar un desmayo más obstinado que éste, y sobre-
ourido más á" propósito? Afládase que habría coronado
muy fortuiba-.ntr una vida tan prodigicsa Ia,, en sí_mis-
ma, por su santidad y tan feeunda por su influencia. lQoin-
cidencia imposible, que sería aún más milagrosa 9!e la
resurrección misma! Digamos, Por otra parte, que si Jesús
sólo qo hubiese desmayado, no podía, sin mancillar su ea-
rácüor, dejar creer que hubiese muerto. En vez de Pasar
por resucitado, hubiera debido deeirse simplemente con-
seroad,o por un efecto del acaso. En el fondo, tampoeo
aquí, como en todas las demás páginas del Evangelig, sa-I-
dremos de este dilema: ó Jesús fué el Justo, eI hombre de
Dios, ó fué para la humanidad sólo un gran culpable. si
se dió po" ,ãrocitado, sin serlo, mintió, y debe negársele
la más vulgar honradez.
Por esto, en todo tiempo, eI racionalismo ha preferido
comúnmelrte, por respeto á, su carácter, suponer que nO
había resucitado. Pero entonces, nos encontramos de fren'
te con el despiadado sepulcro vacío que nunca se llegará á
explicar (t), t, además, en lucha con el testimonio unánime
(l) La crítica más reciente se reduce á- sospechar- c-on Réville, Jesús da
Xi*rrtt rvol. II, p. 462,que la solución de esta insoluble dificultad poqúP
judíosr_é
.encontrars" .o or" de hs ãxplicacionr s corrientes entre los iróni-
tamente expuesta en la peroiación del tratado de Tertuliano, !'e -SpeYAay
hls.. «El hotelano arrebat'ó el cuerpo por temor de que la muchedumbre de
los que iban y venían no echase á perder menos
ã; ü;;it* p'rofunda compasión sãmeian n libro
; A ,G el'encanto de la forma s
apenâs iondo'
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VIDÀ I,E NUEBTBO BEfrOB JESIUCBIBTO 447
'é ineluctable de los que han visto al Resueitado con sus
propios ojos, y lo han toeado eon sus manos. Este testi-
monio afirma que Jesús no estaba ya en la tumba el do-
mingo; que fué visto aparecer, andar, comer; que fué oído
hablar los días siguientes; que se manifestaba con una na-
turaleza eompletamente diferente de la naturaleza terres-
tre y mortal; en una palabra, que ejerció las funciones de
la vida humana como antes de su muerte, pero con algo
más que durante su vida.
Si Jesús, depositado en el sepulcro el viernes, no estaba
en él el domingo es, ó porque Íué robado, ó porque salió de
'él por sí mismo. No hay medio: iFué robado? Pues âpor
quién? 2Por enemigos ó amigos? Los primeros pusieron una
eseolta de solclados para guardarle; luego no pensaron en
haeerle desaparecer. Su prudencia no podía, por otla parte,
aeonsejárselo, pues cle este modo, hubiérase podido dar fáeil
eurso á los cuentos que sobre la resurreeción hubieran po-
dido imaginar su diseípulos. Lo más prudente para ellos era
guardarlo eomo instrumento de eonvicción. Aeí se ponían
en'eondieiones de responder á" Ias pretensiones que ame-
nazaban surgir: (Pero lved el eadáver! No ha resucitado.»
lFueron los amigos? Éstos ni coneibieron la idea de arre-
batarlo, ni hubieran podido ponerla en ejecusión. No la
concibieron, porque àqué les importaba un muerto que, en
contra de sus promesas, era ineapaz de resueitarse á sí
mismo? 2I{i qué beneficio podían esperar de su fraude? ade-
más, ó bien Jesús era el Mesías, y entonees debía confirmar
por sí mismo su omnipoteneia, ó no lo era, y en este caso,
lo único que tenían que hacer era tratar con menospre-
eio la reliquia del que había abusado de ellos ó abusado
aeaso de sí mismo. Tampoco pudieron arrebatarlo, pues era
preeiso burlar la vigilancia de los guardas, quitar la
'enorme piedra que eerraba el sepulcro, cargar con el cuer-
pot I todo esto sin ser vistos. Ninguno de los discípulos
había tenido valor de defenderle mientras vivía; lcle dónde
habrían, pues, sacaclo súbitamente atrevimiento para ro-
barlo una vez muerto? Desafiar á los soldados p".ã tomar
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448 MONSEfrOR LE CÂMU§
un cadáver, era audacia poco en armonÍa con su pusilani'
midad. No se eneontraban basbante §eguros en 8u casa,.
puesto que tenían cerradas las puertas por temor á los ju-
dÍos, 2y se les supondría capaces de ir, pasando por mo-
dio de una t,ropa armada, despierta ó dormida, que esto'
poco importa, á ejecutar semeialte latrocinio, con tanta
temeridad como sangre fría? llmposible!
Y, sin embargo, el domingo por la maf,ana, Por conÍ'o-
sión de los mismos judíos, que pretendían explicar la des-
aparición, I según testimonio uuánime de los Apóstoles y
dL lrs santas mujeres, el sepulcr.o se hallaba vacío, y las
telas que habían servido para la sepulbura, aisladas y cui-
dadosamente plegadas. iCómo explicar esbe prodigio?
Si Jesús se despertó súbitamente en la muerte, es per-
fectamenbe cornprensible que hubiese salido, por sí mismo
y triunfante, de la cárcel en que creían haberle eucerrado.
Si oo pudo despertarse, si no quisierou ui pudieron arre-
babarlo, ;cómo desapareció? Tal es la inexorable pregunta
que embarazará siempre á los que quieran pagar§e de
ieorÍus psicológicas, más fantásticas que serias, sobrd eI
amor y I* imaginación, que evoca visiones y hace así re§u-
citar un muerto.
Por lo demás, sólo tenemos que alegrar aquí un arguulen-
to negativo. El argumenbo positiYo es por símismo de una
Íuerzi aplastante. No Íué visbo Jesús, es cierto, en el acto
de .esucltar, pero se le vió resucitado, y no una vez, sino
gran número de veces; no de leios, sino de cerca, Porque
Ie tocaron; iro fué urr hombre sólo el que le vió y oyó, fue-
ron hombres y mujeres que le conocían bastante Para no
tomarlo por otro, y fueron hasta quinientos los que Ie re-
conocieron á la vez.
Todos estos testigos 1o 4firm&n, y ésta es la base prime-
ra de la predicación evarrgélica (1). Y Io afirman á pesar do
la persecúción y con peligro de su vida. Para anunciar, en
(l) Con ella inaugrrra San Pedro su ministerio ante los judíos, Heclpt
II,}a1III, 15, eüc; y San Pablo la considgra como punto de partida de la fe:.
I Cor.,YIr 14; XV, l5; lI Cor.rIYr 14, etc.
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VIDA. DB NUESTIIO SE§OB JE§UCBISTO
"efeeto, la resurrección al mundo, saerifican sü tranquila
existencia, las alegrías del hogar doméstico, su patrà, la
dicha, en una palabra; y, bajo las varas el hac-ha de los
.y
lictores, en el anfiteatro,.en meclio de lrs bestias, en las
cruces y patíbulos, exclama.: «;No poclernos callarlo:
-Jesús resueibó verdaderarnente!)
âeué irt".é, pueden te-
ner en mori. por uua mentira?
iLa gloria cle fundar una
religión? Mas esbe sentimiento es .upã.ior á su educaeión
natural, ó mejor, jarnás entró en su eándida y senci-
lla. iEl deseo de honrar al Maestro? "r-*
pero si el Maãstro los
'e.gaíó, icómo se creerían obligados á glorifiearle? No, ,o
'es acmisible que die.a, su cabárapo,, ,ir^ mentira, sobre
todo yendo ésta contra sus más caros intereses.
;Se clirá que los apóstoles, vícbimas cle un er.ror de sus
sentidos ó de la exeitaeión de su espíritu, murieron por lo o
-que ereyeron ver y no por lo
que vierorr? Mas esüo es ad-
'mitir uri fenómeno de orden
ble, uues sería preciso qud to
chas veces, hubiesen sufrido
hubiese hallaclo, entre todos
un sólo hombre razonable. Esüa suposición es un absurdo
tanto mayor cuanto nada en su conducta los revela como
visionarios. son, al contrario, muy tardos en ereer,
'los once, so encuentra á lo menos uno r, de
que quiere ver y
toear. Tomás se rinde sólo á la evidencia, á la visüa de
los
'demís diseípulos. su obsbinada increduiidad
prueba su-
perabundantemente que no se dqiaban llevar .Iô u,
entu-
siasmo irreflexivo. El ilumi,ismo no hubier:a transfor.mado
á pescadores galileos en conquistadores religiosos; .i
ta al hombre, en el fondo, no aumenta su ,"lor. "*rl-
si el deseo de que Jesús lrubiese resucitad, hizo suponer
á.los discípulos que realmente lo estaba, y si ra firme
con-
vieción d.e gue lo esbaba les hacc creer qíu lo
tienen de-
la'uüe, ieómo explicar que sus visiones, ulo ,"rde
mulbipli-
€arso en razón misma del a rr.ecenüarnierto de su fe,
des_
,g'.e.lu" súbitamente después del cuadragésimo ji, rr)e
(1) La manifestación de Jesús á san pablo en el camino
de Damasco
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460 uoNsEfrOri I/E CAUU§
ftrera Ia causa de sus visiones'
merecióser ol
aparicione. sto
idice-á S les
resurrección del cuerpo. Poco importa
tado.
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\
461
YIDÀ D8 NIIESTBO 8ÉiOB JE8IICEIETO
convencer, éstos los hubieran enviado al sepulcro, y
allí el
más desesperador espectáculo les hubiera cerrado la boca'
No, la hipótesis de las oisiones no se mantiene en pie más
ya
que las ot.". anto el sepulcro vacío. Si Jesús no estaba
,Uí, ,o teniendo nadie interés en sacarlo, salió §eguramente
por sí mismo; y este solo heeho, tan incontestable como con-
ãloy"rt., po"du dar euenta del cambio súbito, raclical, de-
firriii'oo, acaecido en eI alma y en la actitud de los Apósto-
les. Sin la resurrección del Maestro, imposible sería unir
á
la
su vida lo que le precerlió ni lo que le siguió. Admitida
realiclad d" tu .".Lrr".ción, todo se expliea y encadena-
No hay efecto sin causa. Su entusiasmo no ha nacido al
desanimaclor espectáculo de un muerto se_pultado, sino
á
la vista eonsolaáora de un muerto resucitado.
La Iglesia es, puês, el Íruto de |a re§urreeción, al mismo'
, como la resurreeción es el
ivinidad de la Iglesia. Estos
n mutuamente.
hry más imPosible de admi-
tir que Ia resurrección de un hombre. se engafla. Hry
algo más imposible, y es la tra nsformación religiosa y To-
r.uT d"l -r..ráo po, oo crucifiea do, si el cruciÊeado
no hu-
biera resucitado.
De la tumba de un iluminado ó de un impostor, del pia'
doso latrocinio de algunos insensabos, de unas voces vaga-
mente difundidr., ,àt*" los huesos disecados de un pobre
muerto, nacerá, §e engrandecerá, más fuerte que tlodas las
tempertades, y utos más maravillosos, el,
graudioso árbol
Mas he aquí de la sinrazón'
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LIBRO TERCERO
IJA GLORIA
CAPÍTUIo ÚNrco
La Ascensión.-Jesús Rey de cielos y tierra
[ra joven Iglesia sube á Jerusalén para las fiestas de pentecostés.-pregun-
ta sobre el restablecimiento del reino de Israel.--Jesús se detiene en el
monte del Olivar.-Se eleva en unà nube luminosa.-Yuelven á entrar los
Apósüoles en Jerusalén.-JesúsRey del cielo yde la tierra. (Luc.,xilv,
fu 62; Marc., XYI, lg 20; Hechos,I, B_12.)
La estancia de los discípulos en Galilea no duró un mecr
"entero (1). Por grande que fuese el gozo que llenaba su al-
ma con las frecuentes aparieiones del Maestro, en un me-
dio en el que todo estaba para ellos lleno de deliciosos re-
euerd.os, llegó la hora de emprender de nuevo el eamino á
Jerusalén. Dcl rnismo modo que habían reeibido orden do
abandonar Ia Ciudad Santa para reunirse de nuevo en sug
monbaõ.as, así fueron invitados á volyer á Judea, para es-
perar una suprema manifestación, antes de las fiestas de
Penteeostés (2).
O,'ganizóse,
_pu-os,
la pequefla caravana, compuesta de
los apósboles, de María, la dichosa madre del Resucitado,
(t) San Lucas, en el lib
merâs apariciones hasta la
ben descontarse la semana
como via.ie ó como espera e
(2) _ Segúrn hemos ob_servarlo, no se halla indicado esto en eI Evangelio;
pero daclos los relatos de San Juan y de San Mateo &cerca de Ia estanc"ia
de
l_os-cliscípulos en Galilea, se adivina.áo fá.ilmente los motivos qo,
tá, *o-
dujeron á Jerusalén.
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l
VIDÀ DE NUE§ITBO SEfrOB JESUCRISTO
creyentes, y
uyo
nombre
imentaba un
§ucesos que
más íntimas
á, Jerusalén
{ul qle le había precedido inmediatamente! Entoneee
iban al martirio del Maestro; ahora á,
;;;;-rãr".n-
eación.
. Llegados á la ciudad sa_nta, los proséritos garileos se
instalaron en ella eomo pudieron, é rii.iuroo
acaso por ma-
l"-r* de permanecer o.ültor entre sus amigos de tá*,r*r-
bales. El Maestro eontinuaba viviendo
familiarmente en
medio de ellos, sentándose á su mesa, convoeándolos
á, rc-
uniones particulares_{z)y hablando dei reino
de Dios, de su
porvenir, de las condiciânes er ue iba á desarrollarsá,
para
aleanzar, á,tra das peleas, la vietoria defi-
'nitiva. iQué d ía inundar las almas cuando
el buen Maest y glorioso, les distribu ía, en
'su palabra 6 en la Euearistía,-eoilo antiguamente,
er pan
'de vida! I{o se ha eonsiderado suficien?emente
esta fase
oxcepeional de la estancia de Jesús
eotr" sus diseípulos.
Al indicárnoslo san Lucas en er ribro de los rrr"hir,- oo
nos da de ello sino una idea n uy ineompreta.
Bien es ver-
dad que pueden relaeionarse con esto
ciertas parabras de
su Evangelio.
Ànunciábale
sa det p"dre,
oo"1.j1, y
d
que
,,rfft:."3; 3":m::
.los en hombres nuevos. ya
no debían volver á" sue bareas ni
á, sus redes. rrabían
acabado con su hermoso país de Garilo,
l* durzuras de
cción. En la forma media significa
Algunos manuscritos llevan ;u-rr,Âr-
_menos pr
on vía,
aid,a, d,e sw al
:cong?ega,ng, aes_
29
T. III
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IIONSEfrOB LE CAUUS
la familia, Ia apacible vida en
sagra'
dos que Ies tení; ligado el cor 'i".1?-
de patrta
-.oi" rotos, ó en ví"speras
ni parientes;
sacrificio. La
mente en eI
Jesús que Permanecreserr orl t I
ra recitir ãtti el bautismo de
sentarse denodadamento fre
Llevando toda su ateneión á
de G)' «así está eserito' y así
ero día de entre los muertos'
tencia Y remisión de
ando Por Jerusalén' Y
as cosas.Y Yo envío aI
promet,idodemiPadresobrevosotros;masvosotrosperma.
investidos de la
neced aguí en la eiud'ad, hasta qu-e -seái1
cot agua, mas
virtud au to alto. Juan, en verdad, bautizô
el EspÍritu Sa
alear.zar bien
s discípulos, Y
arrente ligada
miento del reino de Dios'
En sus frecuontes marchâs y pa,!go:'. ya sentándose' ya
(2), I;B dirigió sus postroros.avi-
reuniénd.olos on torno suyo
sos. Ifn día * Ios habia cond'ucido al mont'e del Olivar'
(3), y les hablaba así de Io por
en Ia direcció'n de Betania
45-49.
áa ., Hechos, Í, 6, supone'ó que
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VIDA DE NUE§TBO §ENOB JE§UCRISTO
venir: (seflor, lsi restiüuirás en esüe tiempo
el reino de
rsrael?»-preguntáronle con una alegría fá,eilde reconocer
por el mismo gi.9
4g l" preguntr.
.
láeoé entendían e[os
r_or.e.stas palabras? Después de t*. iri.tes eseenas
de Ia
Pasión, lesperaban aún sacudir. yugo
de ros romanos y
ver la dorninaeión judía difundi..o "l p& todo
el mundo? Di_
fícil es creerlo,. á menos que er ,.rrrr.io du
la próxima ye-
nida del Espíritu sanb,àe esta faerzade
ro ,'rro zd,e
trastornar al mundo, no res infundiese la
esperanza"ufucre que
todo les sería en aderante posible, en el
ord'en de r* ;*;,
raleza como en el de la graciu.
sea de ello lo que fueie, Jesús, en vez
de responder á su
impaeiente curiosidad, se contenta eon
deeirles: (I{o toca í
vosotros saber.los tiemp_os ó ros momentos
que posee er pa_
dre en su propio poder. Mas reeibiréis lo
oiriud ã;i
santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis E"pi"it"
testigos en
Jerusalén_ y en toda Judea, y s"-*ii
y hasta ras exüre-
midades de la tierra.» El ."üdo oo ti.o"
que conoeer er día
en que le plazca al amo ejecutar sus
pr.oyeetos; er soldado
uo pregunta al ge.eral el r,omento
ó e-l lugar de la próxima
batalla. Basta al uno y al otro conocer r*
oÉrig".ióü;;;i"-
nen que eumplir y r, march que rreben
seguir. con todo,
la respuesta del Maestro permite suponer que la
"ur.irru
hora está cercana. Basta abrir lo ã1o. ver que su mi_
sión sobre la tierra queda ya acab"ar.orr"
sóro le resta reti_
rarse para abrir
_paso ar organizador del reino qo. rr" a*
venir. D-espués de tantas ap"ariciones y áu.upariciones
su_
cesivas, los suyos se han foimado
át ."oti*i"nto de su
"o
.-** r. habÍa edificado una beilísima basírica en er paraje
Jesús se elevó al cielo. arruinado y ,u ror.t"oiao mismo en que
tuario, quizás es larezquita actuâr au r, or.i*'ü;t"i'r'#ür"r"Jl"
À.."Ãil;.?. nuestro yoyage
Pavs Bibt' vol. r. si,
-según
r, .rããr-.i?_.";ú;;;T;iú" auréntico, no aur
traducirse el texro de san Lucas, xry;;õ;;l;À debe
de Betania. rle comprobado, *'uf*to,'que il "-avto.v,, po.r á, ra uista
-ri''*.rqoita
a".d.
Tur, no se hubiera oisto Betãri, ;i;; .i"i*oaãrã;i;. de Kefr-er_
aires. por orra parre,
lo es más que r, mitad de là que
Iii3;,',lT'ftlu,Til,fl [if *:X1:
'monte estaba á una d.israncia sabática Ascensión, dice qoô u.to
u. ,J"1ã*
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MONSENOB LE CÀMUS
en ade-
presencia invieible; con ella habrán de contentarse
lante. Por otra parte, no puede enviar al Espíritu
Santo
sino después de haber subido aI Padre'
dete-
En este momento, las miradas de Jesús debieron
nerse con tristeza sobr.e Ia infiel Jerusalén,
teatro de sus
los Apóstoles y
humillaciones, y luego con alegría sobre
No hablaba
los diseípulos, fúrrdu*"unto de sus esperanzas.
yà,y.o, b.rros se habían extendidó "o-o p-'ii
}:"l::t-*
euando ll[' mlen-
Todãt se Preguntaron qué iba á suceder'
emPezó á'
tras brotaban de su boãt múltiples bendiciones,
se cubría 8u cuer-
elevarse insensiblemente en los aires ,v
po con un nimbo glorioso'
'- El Hiio del hotãbre pasaba al estario d,ivino, q"e]: per-
Hiio-deDios' y'
tenecía, po, d"r"cho dá naturalezà' como
p". a"rlàuo au conquista, como salvador. de
la humani-
á, las miradas de los
dad. IJna brillante nube le arrebató
SUYO§' . t ,1 '- íII cl-- A ^^^-oi/
Asíterminabasuhistoriadeaquíba|o(t).SuAscension
(1)Admiraciertamenteelnohallarnarradoelp.rodigiofinald'elaAs.
éste^lo inãica solamente de
censión sino por S;;i;;ú Sr" ú;;;:-e""
u,,amaner"*"r'.lil;'i;"d;;;ll}J?;r:l:'#:ã:3Bfd}t3à1"Êit3:
sitto
lÍti
;:11;
pone en boca del Maestr ill:
i mi Padre», Y antes (ca tÍ
G' ó'7) stlpone' sln cesart
bre subir á donde antes este' Óom-p' Xl' 12' Evi-
oue Jesús está sentado t echo más universalmente
áentemente, la tradición rvencido de que Jesús su-
reconocido y aceptado q
rchos'ÍÍ' 82'33)'
bió á los cielos, V t'
-iAirit"r',L 'ntzz)' Pabtq se convirtió solamente por un
P'ei.,itt,
áecir, subido á los cielos. y .vugllo
áffi:ffi;:;; ;i;.in;d;; el.; lobo
c ierrible que d'evastaba la lele
20' vrI' ;1]' a;
Epístolas [iir*',\íit!.'n, Dfe.s,I'
á Timoteo (II[
f
Ascensión ããióã"""É" ú primera
Oiot' La Epístola á los IIe-
ecibido ü;1";i' ã"
es menos""exPlícita'
Io la Ascen-
silencio de
ural corolario Para ellos
dado refe-
del Maestro;
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\
YIDÂ DE NTIESTBO §EfrOB JESOCBISTO 4ó7
era paralela. á su- concepción sobrenatural. El que habÍa
bajado del cielo á la tierÀ, ,rolvía de la tierra il lielo.
La
virtud de lo alto, había descansado en María para
Jru
crear en ella al rlombre _
nuevo, elevaba actualmenie á
este Hombre adornado con su santidacl, hermoso
con su
sacrificio, glorioso con sus méritos, y lo llevaba á
la mo-
rada de la felicidad.
La Ascensión tiene puesto se de Je_
sús, como consecuencia naüural
Resu-
rrección. Su cuerpo resucitaclo, I
6iem-
po y del espacio, sólo habÍa pasado al estado espiritual (r)
p-ara llegar, en la última evofución hacia la vida^perfecta,
al reposo en la gloria. sentarse á la diestra del p'rdre
e.u
para Jesús tomar posesión de su reinado celestial,
y .oo
tinuar al mismo tiempo su soberana mediación entre Dios
y los hombres. seflor eternamente glorioso, pontífice in-
mortal, salvando también el mundo- po, su incesante
sú-
plica, debía eneontr.ar en su indefectible triunfo la recom
pensa de su obra mesiánica.
Esta obra era inmensa; su análisis no ha abarcad.o
aún
ni todos los eontornos ni todas las ramificaciones. Lo
que
podemos decir de
hombre é r{ijo de
hasta Dios, é incli
l":",i;T;#;*,*:i
hasta el hombre. lHe
,qli el gran milagro de los sigios!
si no hubiese sido más que un hijo del hombre, hubie-
ra podido rcalizar virtudes individu*1e., y conseguir
una
perfeeeión natural, pero sin otro resultado
q,r" el ãel buen
ejomplo dado al resúo de la humanidatl.
Era el Hr.ro pnr-, HoMBRE, es decir, er hombre nuevo,
er
hombre ideal y-universar, el segundo adán,
QUo, lrevando
-:alma la humanidad de lã pasado y d"io po" '.rurir,
"" .
Y, 4-6.
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458 MONSEfrO.R LD CÀMUS
se había encargado de purificar en ella las aspiraciones, y
grr,.ã eza nativa, engendrándola de nue-
de reconstituir"so "riuificaclora
vo con su palab." y- los rnéritos de su sacri-
ficio. Había venido para coodrlirnos al Punto de partida
de antes de la caídr, y Io hizo en condiciones, no
sólo
equivalentes, siDo visiblemente meiores' El Hijo del
hom-
bre ha elevado al hombre tan alto, que va á,, sentarlo
a}
lado de Dios.
En la tierra lo deia con la plena conciencia de su digni-
dad moral, de so fiÍiu.ión divina, de sus destinos eternos'
iQué gérmenes de transformación
individual y social! Y al
lado cle esto, la l.y de vida promulgada para t?*^ot' ]'
verdad religiosa ,roÍgurirad.a, la caridaá creada y difu"qi-
da por toda"s purt"s."Preciso era ser Dios para este trabajo,
verdad que Jesús era Dios'
"y eoNo fué laàado un Hiio de Dios-otros habrán podido
Ilevar este título, que indica simplemente la filiación adop-
tiva,-sino Er, Hr.lo pn Dros, aquel :oTo eI cual no hay
;;;;, "iÚ;ü ãt nilo de Ia eternidad' sólo Él hubiu di-
cho á Dios: Padre *ío, deiando á los otros que
le dijesen:
Padre nuestro, porque sOio Ét e§, por naturaleza'Dios
é
los secretos
Hijo de Dios. A É1 to.u, revelar con autoridad
d.el cielo, hablar del Paclre, darlo á conocer y
amar. E+1,
Dios
Dros y el IIoMBRE, Ios tlos extremos, se encontraron;
y eI ht-bre se abrazToo e.n soberana reconciliación '
la obra
Mesías, Redentor, Bey, Dios, marcha al triunfo:
tu
está acaba6a y bien ,cuÚud*. Entra en el cielo,
que
-es
Glorifi-
reiuo; go"rd"ia tierra, que es tu campo de batalla'
baio defendido,
cado aIIá arriba por Io. áogeles, serás aquí
Aquéllos en la bien-
preclicado, udorrho pol lo*"ho-bres.
repetirán con
aventur aD.zà, éstos áo Io. clolores de la lucha,
el mismo la misma alegría y el mismo amor:
"oir.iasmo,
QUE nstÁ sENrÀDo EN su
TR'oNo'
Al Rpv
Ar, Con»ERo QUE rra salvÀDo ÀL MUNDo'
Bnu»rcróN, uoxon', GLoBrÀ Y PoDER'
Ew r,os srol,os DE Los srGl,os
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.\
VIDÀ DE NUESTBO §EfrOR JESUCRI§TO
Dos hombres-eran dos ángeles, flíeiles de conocer
Frr pnr, ToMo TERCEBo
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ixDICE
spccróx rrr
DrnÍçpsp Jusús Á Jpnuser,Éx pLnl r,e plscu FÂTÂL
CAP]TULO PRIMERO
Dtrrnutue Jnsús soBrR Á JpnuselÉrv rene r,e úr,rrue p.lscue
rÁos.
La luna nueva de Nisán.-rmpresiones de Jesús.-salida definitiva
para Jerusalén.-Prof.etiza el IlÍaestro lo que le ha de suceder.-Ambi-
ción de los hifos de Zebedeo.-Respuesta del Sefror.-Lección á todos
los discípulos.-Quien quiere ser el primero debe servir á los demás.
dado ejemplo de ello. (Marc., X, B2-45; Ma,ú., XX, t?-es;
-Jesus_ha
IntE., XYI[, sl-s4).
CAPÍTULO II
Jrsús ull Jrnrcó
Iras dos rutas de Perea.-Jericó antiguamente y en la actualidad.
-ovación improvisada.- ciegos curados. - zaqueo encima del sico-
moro.-Generosa conversión.-Parábola de las rninas.-Partida de
Jesús. (Mat,, XX, ze-aa 1 Lue.,XYI[, Bó
-XIX, zg1' Marc., X, 46-62). l4
CAPÍTULO IIT
DstrucróN DN Bnr.nNre
Jesris hace alto en Betania.-si se ocupaban de El en Jerusalén.-
Banquete de los amigos en casa de simón el Leproso.-r-,a mujer del
vaso de alabastro.-María, que es la Magdalena, quiere en su home-
rgonzosa avari-
aría Magdalena
ttl Marc.,XIV,
aaa
CAPÍTUIO IY
ErvtnLo.L rRruNFÀL ru Jrnuser,És
Josus se entrega al movimiento entusiasta de la multitud.-corte-
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462 íuorco
rÁos
jo triunfal en su marcha á Jerusalén.-Cabalgadura que
-.úr.-A.lrmaciones
escogió Je-
de la multitud.--Aviso caritativo de los fariseos'
de Jesús.-EI maestrc llora sobre Jerusalén.-Entrada
-Respuesta
en la ciudad.-Emoción general.-Rápida visita al Templo. Jua,n,
XII, 12-191 túar, XI, l-li Lwc.,XI.X,29-44;Mat., XXI, r-1r)' 39
CAPÍTULO Y
Luxrs.-RDrNÀDo oo JesÚs EN EL Tnupr'o
Tristeza de Jesús.-La higuera por EI maldita, es imagen de lsrael.
mercederer eo ei Templo.-Acto de autoridad y seYera
-Todavía
lección al poder religioso.-Curaciones de enfermos.-'Aclamaciones
entusiasta-s d.e los jó--venes levitas.-Observaciones de los
fariseos'-
Respuesta de Jesú"s. (Marc., XI, tz-t 9; l[at1 XXL 12-19; Du'c"XIX'
48
OAPÍTULO VI
M,e.nrns: nu nr, Trup-r,o.-Ruspursre nul S'e'xronÍN v PeeÁror"e's
SICINIFICÀTIVÀS
Observaciones de Pedro delante de la higuera desecada.-Respues-
ta de Jesús.-Cuestión que el sanedrín le propone en eI Templo.-
Réplica
los -Dos
pi
-La
cesidad
56
XXIII, 14; Lunas, XX, 1-19).
OAPÍTULO VII
Menrrs.-PnreuNres cÀPorosÀs DrRrGrDÀs Á JpsÚs
69
CAPÍTULO YIII
lftÉncolns.-YurltÀ oFENSlvr' ou JnsÚs 'e'r' Trupr'o
reguntado. -iCómo el Me-
Dcvid?-CulPable silencio
Jesús.-Denuncia Y maldi-
las dos lePtas de laPobre
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\
INDIC.E 468
PÂGE.
viuda. (Mateo, XXII, 41-XX[I, B9; Marcos, XII, 85-44; Lu,w.s,
XX, at-XXf, 4,y XIII, B4.3rt; XI, Bz-54).. . go
CAPÍTULO IX
Jrsús y Los GRrEGos BN EL ÂTRro »nr, Trupr,o
Templo. ( Juo,n, XII, 20-86). 95
CAPÍTULO X
Er, onlN Drscunso pnorÉrrco
Jerusalén y el remplo visto desde lo alto del monte del orivar.-
admiración de los discípulos.
-Terribles palabras de Jesús.-Las
r06
CAPÍTULO XI
Rrsulteoo x'rNAL DEr. MrNrsrgnro or Jfisús paBA coN su puEBLo
_ Israel, pervertido, era incapaz de comprender á un Mesías como
Jesús.-Lo rcchazó et vez de aclamarlo.-objeción y solución.-su
ceguera era culpable.-Pruebas.-El mismo mereció ser también re-
chazado. (Ju,an, XII, 86-50).. ! . 141
TERCERA PARTE
FIN DEL MESíÀS
LIBRO PRIMERO
LÂ MUERTE
Secciún pri,rnera: yrelir.-irrures d,cl, fim
CAPÍTULO PRIMERO
' Juors pBopoNE .1,r, SexronÍx r,.L ENTBEea pn Jmús
Reunión exhaord.inaria del Sanedrín en casa de Caifás.-De las dos
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464 INDICB
rÁes.
reeoluciones de la asamblea la una será modificada.-Sólo Jesris'$ja
el día de su muerte.-Diligencia de Judas y motivos que pudieron
inspirarla.-Pacto con el Sanedrín. (Maú., XXVL l-5 y 14-161 Mar,
XlY,rylo-rl;Lu,c,,XXII, l-6). . o lrt
CAPÍTULO II
Cóuo v quÉ oÍa ruÉ PREPABADÀ LA cElIÀ PÀsouaL
abstiene Jesús de comparecer en Jeru'
queBe sirve para que ignore Judas eI
I jueves por la tarde.-La última cena
del Sef,or icoincidió con la pascua judía, ó la precedió?-Posibles con-
ciliaciones entre San Juan y los Sinópticos sobre este punto. (Mm,,
XXVI, U-19; Mat., XW, 12-16; Luc.rXXÍI, 7'13). ló&
CAPITULO III
Lr úr,rrrr cENÀ Y sus PBIMERoS INCIDENTE§ EÀ§TÀ L §ÂLIDÀ DEL
TBAIDOB
Cómo comíqn los iudíos el cordero pascual.-Primeras palabras de
Jesús.-Al bendecir la priurera copa anuncia que su fin no estó lejos.
de los discípulos con motivo de
-Disputa
se elMaestro para lavar los pies.-Primer
traidor.-Por qué quiere Jesús hacer ver
nombrarle.-Impaciencia de Pedro y pregunta de Juan.-Judas se
vo desenmascarado y abandona la sal a. (Iru"., XXII, I 4- 3 I ; Jua;nrXÍll,
l€o; MaL, XXVI, 2o-26; Marc., XlV, l7'2L). U&
CAPÍTULO Iv
CoNrrxuecróN DE r,.a. CsN.a' Y coNvúBSAcToNEB DTvEBSAS
Echa Jesús una mirada á su earrera mesiánica que va á terminar.
no esté ya en el mundo, toda la fuerza de la Iglesia se en-
-cuandoen el nuevo precepto que le impone
contrará
Los Apostoles le abandonarán.-Profeüiza J
es1»das es má,s de lo que se necesita. (
-Dos
XXVI 3l-36; Marc., XIV, 27-3L;Iruc.,XXII, 3l-38).. . - 19Ô
CAPÍTULO V
lnsrrrucrór os r.e' Sesnaol Couusrón
La postrera palabra del amor divino.-Jesús beudiciendo el pan y
el vinó.-Presencia real y transubstânciación.-Lutero y Calvino.-
La Iglesia católica.-La Eucaristía, sacramento y sacrificio. ( Mat.,
XXVI, 26-29; Marcos, XIV, 22-26; Lwc., XXII, 19-20; I Cw., XI,
28-26). . . r9I'
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-I
INDICE 466
CAPÍTTTLO VI
Pnruua DrscuRso DE DESpEDTDA
P O{t.
Dios (Juan, XIV, t-sI). 208
CAPÍTULO YII
stouroo Drscunso DE DEspEDTDÀ, ÂL LEvÂNTÀBSE DE LA utsa
Jesus es la vid., nosotros los sarmientos, el padre el labrador.-Es-
tar unido á Jesús es Ia alegría verdadera.-amar á sus hermanos e§
continuar lo que hizo el Seflor.-El mundo está lleno de odio contra
Ios apóstoles, contra Jesús, contra Dios. venida del Espíritu
santo.-su papel en la lucha.-consoladora -Laprofesión
de fe irrro-
g{1 a los apóstoles como conclusión de este ãi.curso (Juan, Xy y
XYD. 222
CAPÍTULO YIII
Le oucróN DE Jpsús
La oración del Gran sacerdote de la nueva Ley.-Reivindica la
gloriffeación para sí y en interés cl.e los suyos. la ha mereci-
do.-Pide la unión, la santidad en la veráad,-cómo la consumación de su
:!11_"" la gloria para aquellos que le han sido confiados. (Juan
xvII). 244
SECCIÓN II
Er, pnocnso DEL Mpsfus
CAPÍTULO PRIMERO
Le ervousrrÀ EN GrrsrueNÍ
421 laa., XXII, 39-46).
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t
466 INDICE
CAPÍTULO II
PnrsróN op JrsÚs
rÁoe,
El valle del cedrón y Getsemaní.-Lo que Judas había hecho al
salir del Oenáculo.- La expedición organizada.-El beso del traidor.
escenâ con los soldados: «iÁ quién buscáis?»-La espad.a en ma-
-Ira
nos de Pedro y la oreja de Malco.-Reproche á los príncipes {e _!o_s
sacerdotes.--Éuída dá los Apóstoles.- Prisión de Jesús. (Ma1.,,XXVI,
47-66; Marc., XIY, 43-52; Luc.,XXIÍ, +7'sl; Juan, XV[I, 2-rl)' 268
CAPÍTULO III
El psocsso Rnr/tcroso
manosdePilato. (Juan,XVIII, 12-27; IlIaú, XXVI, í7'76; Marc,
XIV, 53-72; Lu,r',XXII, 54 7I). 27e.
CAPÍTULO W
Er, pnocrso crvrl
298
2-19; Luc., XXIII, 2'26)-
SECCION III
L.a, cetÁsrnorn
CAPÍTULO PRIMERO
Jrsús EN EÍ, EuPr,rcro
El suplicio de la cruz.-Oamino del Calvario.-Simón Ciren'-.*-
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I
INDICE 167
PAG§.
monio de los muertos y de los vivos. (Maü., xvrl, Bl-56; Marc.rxy,
20-41; Lwc., XXIII, z6-+s; Juan, XIX, I6-Bt. Bzg
CAPÍTULO II
Jnsús Es sEpuLTÁDo
Àpreúranse los enemigos de Jesús á acabar con elhombreylacau-
sa--Paso ante Pilato.- El crtrcifragiwm.-La rarzada..-Mana. san-
/rv, 42-47 ) Ltrc., XXfIL 5Gõ6). 35ó
OAPÍTULO III
DE LA suEBTE BEsEBvnoe Á r,os ENEMr*os DE Jrsús
endientes.-
de Judas.-
. ôF
trzl
LIBRO SEGUNDO
LA VIDA
CAPÍTULO PRIMERO
Ll u-1,§exl DEL TaRcEB oÍl onspuÉs ou LÀ MUERTE
CAPÍTULO U
Le tlnop DEL Mrsuo oÍ.n, rr EL c^r[rNo »p Eulús
Los dos discípulos que iban á Emaús.- Tercer via.iero que se mezcla
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ADVERTENCIA
En la página 155, línea 34, dice: <el más infame
de los apóstoles»; léase:
«el más infame de ics aPóstatas'»
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I
VICARIATO GENERAL
DE LA
DIÓCESIS DE BARCELONA
Por Io que á Nos toea, eoncedemos nuestro permiso para {publicarse el
libro titulado: Los onÍcrxss orr, cnrsrrÁNrstr o, primera parte, La oida
de Nuestro Seííor Jesucristo, Tomo tercero, escrito en francés por Mons. Le
camus, obispo que fué de La Rochera y saintes, y traducido al castellano
por el Dr. Don Juan B.' codina y Forprosa, pbro., mediante que de nuestra
orden ha sido examinado y no contiene, según ]à censura, cosa alguna con-
traria al dogma católico y á la sana moral. Imprínrase esta licencia al prin-
cipio ó final del libro y entréguense dos ejemplares clel mismo, rubricados
por el Censor, en la Curia de nuestro Vicariato.
Barcelona, tB de Julio de 1909.
El Vüaúo CaPitula,
P. O.
JosÉ PeLuABoL.r, Qab. eclco.
Por nandado dc Su Senoú*,
Lrc. JosÉ I\Í.o op Ros, püra
Scrio. Can.
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