Anatomía de La Destructividad Humana (Erich Fromm)
Anatomía de La Destructividad Humana (Erich Fromm)
Destructividad Humana
Erich Fromm
A medida que pasan las generaciones se vuelven peores. Vendrá un tiempo en
que serán tan malvadas que adorarán el poder; la potencia tendrá razón para ellas, y
dejarán de reverenciar el bien. Finalmente, cuando nadie se indigne ante el mal ni se
avergüence en presencia de un miserable, Zeus los destruirá también. Pero aun
entonces podría hacerse algo si la gente del común se alzara y debelara a los
gobernantes que la oprimen.
Cuando veo la historia, me vuelvo pesimista ... pero cuando veo la prehistoria, soy
optimista,
J. C. SMUTS
PREFACIO
Este estudio es el primer volumen de una amplia obra sobre teoría psicoanalítica.
Empecé por el estudio de la agresión y la agresividad porque, aparte de ser uno de los
problemas teóricos fundamentales del psicoanálisis, la oleada de destructividad que está
anegando el mundo lo convierte también prácticamente en uno de los más importantes.
AI empezar esta obra, hace más de seis años, subestimé las dificultades con que
tropezaría. Pronto comprendí que no podría escribir adecuadamente de la destructividad
humana si me encerraba dentro de los límites del principal campo de mis conocimientos: el
psicoanálisis. Aunque esta investigación tiene la intención de ser ante todo psicoanalítica,
necesitaba también algún pequeño conocimiento de otras materias, en particular la
neurofisiología, la psicología animal, la paleontología y la antropología para no trabajar
dentro de un marco de referencia demasiado angosto y por ende deformador. Tenía que
estar en condiciones al menos de comparar mis conclusiones con los datos más importantes
de otros campos para cerciorarme de que mis hipótesis no los contradecían y determinar si,
como esperaba, ellos confirmaban mis hipótesis.
Como no había obra que comunicara e integrara los descubrimientos sobre la agresión
en todos esos campos, ni siquiera que los resumiera en algún campo específico, tuve
también que realizar el intento yo mismo. Este intento, pensaba, serviría también a mis
lectores al ofrecerles la posibilidad de compartir conmigo un modo de ver globalmente el
problema de la destructividad, y no una opinión partiendo del punto de vista de una sola
disciplina. Claro está que en tal empresa puede haber muchas trampas. Era evidente que yo
no podía adquirir la competencia en todos esos campos, y menos en aquel en que me
aventuraba con pocos conocimientos: las ciencias de los nervios. Pude adquirir algún
conocimiento en este campo no sólo estudiándolo directamente sino también gracias a la
amabilidad de los neurocientíficos, algunos de los cuales me orientaron y me resolvieron
muchas cuestiones, y otros de ellos que leyeron la parte del manuscrito relacionada con su
especialidad. Aunque los especialistas comprendan que no tengo nada nuevo que ofrecerles
en su campo particular, tal vez les parezca bienvenida la oportunidad de tener mejor
conocimiento de datos procedentes de otros campos sobre un asunto de tan central
importancia.
Un problema insoluble es el de las repeticiones y traslapes respecto de otras obras mías.
Llevo más de treinta años de trabajar en los problemas del hombre y en el proceso he
enfocado nuevos territorios al mismo tiempo que ahondaba y ensanchaba mi visión de los
antiguos. No podría escribir de la destructividad humana sin presentar ideas que ya he
expresado anteriormente pero que siguen siendo necesarias para entender los nuevos
conceptos de que trata este libro. He tratado de reducir las repeticiones lo más posible, y he
citado cuanto he podido los estudios más amplios de publicaciones anteriores; pero de
todos modos las repeticiones fueron inevitables. Un problema especial al respecto es The
heart of man, que contiene en forma principal algunos de mis últimos descubrimientos de
necrofilia y biofilia. Mi presentación de estos descubrimientos está muy ampliada en la
presente obra, tanto en la teoría como en lo tocante a ilustración clínica. No traté algunas
diferencias entre las opiniones que expreso aquí y las de escritos anteriores porque eso
hubiera requerido mucho espacio y por otra parte no es de gran interés para la mayoría de
los lectores.
Sólo me queda la agradable tarea de dar las gracias a quienes me ayudaron a hacer
este libro.
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Deseo darlas al doctor Jerome Brams, a quien debo mucho por su ayuda en la
aclaración teórica de problemas de conductismo, así como por su infatigable búsqueda de
literatura relevante al respecto.
Tengo una deuda de gratitud para con el doctor Juan de Dios Hernández por su ayuda
en mi estudio de la neurofisiología. En horas de discusión aclaró muchos problemas, me
orientó en la vasta literatura y comentó conmigo aquellas partes de mi original relativas al
problema de la neurofisiología.
Estoy agradecido a los siguientes neurólogos que me ayudaron mediante
conversaciones personales y cartas, a veces bastante prolongadas; al difunto doctor Raúl
Hernández Peón, a los doctores Robert B. Livingston, Robert G. Heath, Heinz von
Foerster y Theodore Melnecliuck, que también leyeron las secciones de neurofisiología
del manuscrito. Estoy también en deuda de gratitud con el doctor Francis O. Schmitt por
concertar para mí una entrevista con miembros del Neurosciences Research Program del
Instituto Tecnológico de Massachussets, en que los miembros discutieron las cuestiones
que yo les había planteado. Agradezco asimismo a Albert Speer, que en conversaciones y
correspondencia me ayudó mucho a perfeccionar mi semblanza de Hitler. También
agradezco a Robert M. W. Kempner por la información que había recogido en calidad de
uno de los fiscales del juicio de Nuremberg.
Agradezco igualmente al doctor David Schecter, al doctor Michael Maccoby y a
Gertrud Hunziker-Fromm su lectura del manuscrito y sus valiosas indicaciones críticas y
constructivas; al doctor Iván Illich y al doctor Ramón Xirau por sus valiosas sugerencias
en materia filosófica; al doctor W.A. Mason por sus comentarios acerca de la psicología
animal; al doctor Helmuth de Terra por sus útiles comentarios sobre paleontología; a Max
Hunziker por sus valiosas sugerencias en relación con el surrealismo y a Heinz Brandt por
su aclaradora información y sus sugerencias en relación con las prácticas del terror nazi.
Agradezco también al doctor Kalinkowitz por el interés activo y alentador que manifestó
en este trabajo. Agradezco igualmente al doctor Illich y la señorita Valentina Boresman su
ayuda en la utilización de los medios bibliográficos del Centro Intercultural de Docu-
mentación de Cuernavaca, México.
Quiero aprovechar esta ocasión para expresar mi calurosa gratitud a la señora Beatrice
H. Mayer, que en los últimos veinte años no sólo ha mecanografiado y remecanografiado
las muchas versiones de cada uno de mis originales, incluso el presente, sino que también
los ha preparado para la imprenta con gran sensibilidad, entendimiento y conciencia en
materia de lenguaje y me ha hecho muchas y valiosas indicaciones.
En los meses que estuve fuera, la señora Joan Hughes cuidó mi original con gran
competencia y constructividad, que reconozco Lleno de agradecimiento.
Sostuvo en parte esta investigación el Public Health Service Grant No. MH 13144-01,
MH 13144-02 del National Institute of Mental Health. Reconozco asimismo una
contribución de la Albert and Mary Lasker Foundation, que me permitió tomar un
ayudante para mi labor.
E. F.
Nueva York, mayo de 1973
TERMINOLOGÍA
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En esta obra he empleado la palabra "agresión " para la agresión defensiva, reactiva,
que he incluido en la "agresión benigna", pero llamo "destructividad" y "crueldad" a la
propensión específicamente humana a destruir y al ansia de poder absoluto ("agresión
maligna"). Siempre que he empleado "agresión" por parecerme útil dentro de determinado
contexto distinto del sentido de agresión defensiva, la he modificado de alguna manera
para evitar malos entendimientos.
Otro problema de semántica plantea la palabra "él" cuando me refiero a los seres
humanos, porque decir a cada paso "é1 o ella " resultaría pesado. Creo que las palabras
son muy importantes, pero que no se debe convertirlas en fetiche e interesarse más en
ellas que en lo que expresan.
En beneficio de la cuidadosa documentación, las citas dentro de esta obra van
acompañadas de la mención del autor y el ano de publicación, con el fin de permitir al
lector hallar la referencia completa en la bibliografía. Por eso no siempre se dan las
fechas, en relación con los datos como en
la cita de Spinoza (1927).
1
Debería observarse sin embargo que Freud no dejaba de darse cuenta de esas diferencias. (Cf. el apéndice.)
Además, en el caso de Freud, el motivo subyacente para su terminología es difícil de hallar en una orientación
conductista; es más probable que se contentara con seguir el uso establecido y además prefiriera emplear los
vocablos más generales con el fin de acomodarlos a sus propias categorías generales, como la del instinto de
muerte.
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impulsado por e amor o por la pasión de destruir; en uno u otro caso satisface una de sus,
necesidades existenciales: la de "poner por obra" o afectar algo, de "producir un efecto" o
hacer mella en algo. El que la pasión dominante del hombre sea el amor o la destructividad
depende en gran parte de las circunstancias sociales; pero estas circunstancias operan en
relación con la situación existencial biológicamente dada y las necesidades que en ella
tienen su origen, y no con una psique indiferenciada, infinitamente maleable, como supone
la teoría ambientalista.
Mas cuando queremos saber cuáles son las condiciones de la existencia humana, nos
vemos conducidos a otras cuestiones: ¿cuál es la naturaleza del hombre? ; ¿en virtud de qué
es hombre? Innecesario es decir que el clima actual de las ciencias sociales no resulta muy
favorable para la discusión de estos problemas. En general se considera que su estudio
pertenece a la filosofía y la religión; en el pensamiento positivista se las trata como
especulaciones puramente subjetivas sin ningún derecho a pretender validez objetiva. Como
sería inoportuno anticipar aquí la compleja argumentación que más adelante ofrezco basada
en datos, me conformaré por ahora con unas cuantas observaciones. En nuestro intento de
definir la esencia del hombre no nos referimos a una abstracción conseguida por medio de
especulaciones metafísicas como las de Heidegger y Sartre. Nos referimos a las condiciones
reales de la existencia común al hombre qua hombre, de modo que la esencia de cada
individuo es idéntica a la existencia de la especie. Llegamos a este concepto por el análisis
empírico de la estructura anatómica y neurofisiológica y sus correlaciones psíquicas que
caracterizan la especie horno. Hacemos pasar así el principio de explicación humana del
principio fisiológico de Freud a un principio histórico sociobiológico. El punto de vista desde
el cual serán tratados estos problemas aquí es sociobiológico. Puesto que la especie Homo
sapiens puede definirse en términos anatómicos, neurológicos y fisiológicos, debemos
también poderla definir como especie en términos psíquicos. El punto de vista adoptado
aquí para tratar estos problemas puede llamarse existencialista, aunque no en el sentido de
la filosofía existencialista.
Esta base teórica nos abre la posibilidad de discutir detalladamente las diversas formas
de agresión maligna arraigadas en el carácter, en especial el sadismo —pasión de poder
irrestricto sobre otro ser dotado de sentimiento— y la necrofilia —pasión de aniquilar la
vida y atracción hacia todo lo muerto, decadente y puramente mecánico. El entendimiento
de estas estructuras de carácter se facilitará, espero, mediante el análisis del carácter de
cierto número de sádicos y aniquiladores bien conocidos del pasado reciente: Stalin,
Himmler y Hitler.
Habiendo señalado los pasos que seguirá este estudio sería útil indicar, siquiera
brevemente, algunas de las premisas y conclusiones generales que el lector hallará en los
capítulos subsiguientes: 1] no nos interesaremos en el comportamiento separado del
hombre que lo tiene; trataremos de las pulsiones humanas, independientemente de .que
sean o no manifiestas en un comportamiento directamente observable; significa esto, en
relación con el fenómeno de la agresión, que estudiaremos el origen y la intensidad de los
impulsos agresivos y no el comportamiento agresivo independiente de su motivación. 2]
Estos impulsos pueden ser conscientes, pero con mayor frecuencia son inconscientes. 3]
La mayor parte de las veces están integrados en una estructura de carácter relativamente
estable. 4] En una formulación más general, este estudio se basa en la teoría del
psicoanálisis. De ahí se deduce que el método que emplearemos es el método psicoanalí-
tico de descubrir la realidad interna inconsciente mediante la interpretación de los datos
observables, con frecuencia aparentemente insignificantes. Pero la palabra "psicoanálisis"
no se emplea aquí en relación con la teoría clásica sino con cierta revisión de ella. Más
adelante examinaremos los aspectos clave de esta revisión; ahora quisiera decir solamente
que no se trata de un psicoanálisis basado en la teoría de la libido, para evitar los
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amor, de poder, de fama o de desquite. Los casos de suicidio por falta de satisfacción
sexual son virtualmente inexistentes. Esas pasiones no instintivas excitan al hombre, lo
inflaman, le hacen la vida digna de ser vivida. Como dijo una vez Holbach, el filósofo de
la Ilustración francesa, "un homme sans passions et désirs cesserait d'étre un homme (un "
hombre sin pasiones ni deseos dejaría de ser hombre). (P. H. D. d Holbach, 1822.) Son tan
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menos que aquéllas una solución al problema de la existencia humana. El hombre más
sádico y, destructor es humano, tan humano como el santo. Podrá decirse de él que es un
hombre enfermo y torcido que no ha podido hallar una solución mejor al problema de
haber nacido humano, y así es; también podría decirse que es un hombre que tomó un
camino equivocado en busca de su salvación.8
Estas consideraciones no implican de ninguna manera que la destructividad y la
crueldad no sean vicios; lo único que significan es que el vicio es humano. Ciertamente,
destruyen la vida, el cuerpo y el espíritu; no sólo destruyen a la víctima sino también al
mismo destructor. Constituyen una paradoja: expresan la vida volviéndose contra sí
misma en el afán de buscar su sentido. Son la única perversión de verdad. Entenderlas
no significa condonarlas. Pero si no las entendemos, no tenemos modo de llegar a conocer
cómo reducirlas ni los factores que tienden a incrementarlas.
Este entendimiento es de particular importancia actualmente, en que la sensibilidad a
lo destructivo y cruel está disminuyendo rápidamente, y la necrofilia, la atracción hacia lo
muerto, decadente, sin vida y puramente mecánico va en aumento por todas partes en
nuestra sociedad industrial y cibernética. El espíritu de necrofilia lo manifestó por primera
vez en forma literaria F. T. Marinetti en su Manifiesto futurista de 1909. La misma
tendencia puede observarse en buena parte del arte y la literatura de las últimas décadas,
donde se hace gala de particular fascinación por todo lo corrupto, inánime, destructor y
mecánico. El grito falangista de “¡Viva la muerte!” amenaza convertirse en principio
secreto de una sociedad en que la conquista de la naturaleza por la máquina forma el
verdadero significado del progreso y en que la persona viviente se convierte en apéndice
de_ la máquina.
En este estudio se intenta aclarar la índole de esta pasión necrófila y de las condiciones
sociales que tienden a fomentarla. La conclusión será que la ayuda en sentido lato sólo
podrá venir por cambios radicales en nuestra estructura social y política que repondrían al
hombre en su papel supremo en la sociedad. El deseo de "justicia y orden" (no de vida y
estructura) y de un castigo más estricto de los criminales, así como la obsesión por la
violencia y la destrucción entre algunos "revolucionarios" son sólo otros ejemplos de la
poderosa atracción que ejerce la necrofilia en el mundo contemporáneo. Tenemos que
crear las condiciones que harían del desarrollo del hombre, ser imperfecto e incompleto —
único en la naturaleza— el objetivo supremo de todos los contratos sociales. La verdadera
libertad y la independencia y el fin de todas las formas de poder explotador son las
condiciones para la movilización del amor a la vida, única fuerza capaz de vencer al amor
a la muerte.
PRIMERA PARTE
LOS INSTINTIVISTAS
8
"Salvación" viene del radical latino sal, la sal (en español ha dado salud). El significado se debe al hecho de
que la sal protege la carne de la descomposición; "salvación" es así lo que protege al hombre de su
descomposición. En este sentido, todo hombre necesita "salvación" o salud (en un sentido no teológico).
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No presentaré aquí una historia de la teoría del instinto, que el lector puede hallar en
muchos textos.9 Esta historia empezó hace mucho en el pensamiento filosófico, pero en lo
concerniente al pensamiento moderno data de la obra de Charles Darwin. Toda la
investigación posdarwiniana de los instintos se ha basado en la teoría de la evolución
expuesta por Darwin.
William James (1890), William McDougall (1913, 1932) y otros han redactado largas
listas en que cada instinto se entendía motivar tipos correspondientes de comportamiento,
como los instintos de imitación, rivalidad, belicosidad, simpatía, caza, temor,
adquisitividad, cleptomanía, constructividad, juego, curiosidad, sociabilidad, secreto,
limpieza, pudor, amor y celos —extraña mezcla de cualidades humanas universales y rasgos
específicos de carácter socialmente condicionados. (J. J. McDermott, ed., 1967.) Aunque
esta lista de instintos parece hoy algo ingenua, la labor de estos instintivistas es muy
compleja, abunda en ideas teóricas e impresiona por la altura de su pensamiento teórico,
que todavía tiene cierta validez. Así, por ejemplo, James tenía perfecto conocimiento del
hecho de que podía haber un elemento de aprendizaje incluso en el primer desempeño de
un instinto, y McDougall no dejaba de comprender la influencia modeladora de las
diferentes experiencias y antecedentes culturales. El instintivismo de este último forma un
puente a la teoría freudiana. Como ha subrayado Fletcher, McDougall no identificaba el
instinto con un "mecanismo motor" y una respuesta motriz rígidamente fija. Para él el
meollo de un instinto era una "propensión", un "ansia", y este núcleo afectivo innato de
cada instinto "parece capaz de funcionar en forma relativamente independiente tanto de la
parte cognitiva como de la motriz de la disposición instintiva total". (W. McDougall,
1932.)
Antes de pasar a estudiar los dos representantes modernos más conocidos de la teoría
instintivista, los "neoinstintivistas" Sigmund Freud y Konrad Lorenz, veamos un aspecto
común a ambos, y además a los instintivistas antiguos: la concepción del modelo
instintivista en términos de mecánica e hidráulica. McDougall se representaba la energía
contenida por "compuertas" y "rebosando" en determinadas condiciones (W. McDougall,
1913). Posteriormente utilizó una analogía en que cada instinto estaba presentado como
una "cámara en que constantemente se está liberando gas". (W. McDougall, 1923.)
Freud, en su concepto de la teoría de la libido siguió también un esquema hidráulico. La
libido aumenta — la tensión se eleva el desplacer aumenta; el acto sexual hace bajar la
tensión, y el desplacer, y después la tensión empieza a subir nuevamente. De modo
semejante, Lorenz consideraba la energía específica de reacción como "un gas que
continuamente se está metiendo con bomba en un recipiente " o como un líquido en un
depósito que puede salir mediante una válvula con resorte situada en el fondo. (K.
Lorenz, 1950.) R. A. Hinde ha señalado que a pesar de varias diferencias, estos y otros
modelos del instinto "comparten la idea de una sustancia capaz de energizar los
comportamientos, contenida en un recipiente y después liberada para la acción". (R. A.
Hinde, 1960.)
9
Recomiendo en especial la penetrante historia que de esa teoría hace R. Fletcher (1968).
10
En el apéndice se hallará una historia detallada y un análisis del concepto freudiano de agresión.
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El gran paso hacia delante que dio Freud respecto de los instintivistas antiguos, y en
particular McDougall, fue unificar todos los "instintos" en dos categorías: los instintos
sexuales y el instinto de conservación del individuo. La teoría freudiana puede
considerarse así el último paso en el desarrollo de la historia de la teoría de los instintos;
como haré ver más adelante, esta misma unificación de los instintos en uno (a excepción
del instinto del ego) fue también el primer paso para la superación de todo el concepto
instintivista, aunque Freud no se dio cuenta de ello. En adelante trataré sólo del concepto
freudiano de la agresión, ya que su teoría de la libido es bien conocida para muchos
lectores y puede hallarse en otras obras, y mejor que en ninguna en sus Introductory
lectures on psychoanalysis (1915-6, 1916-7 y 1933).
Freud había dedicado relativamente poca atención al fenómeno de la agresión
mientras consideró que la sexualidad (libido) y la conservación del individuo eran las dos
fuerzas que predominaban en el hombre. A partir de los veintes, el cuadro cambió por
completo. En The ego and the id (1923) y en sus obras posteriores postuló una nueva
dicotomía: la de instinto(s) de vida (Eros) e instinto(s) de muerte. Y describía la nueva
fase teórica del modo siguiente: "Partiendo de las especulaciones acerca del comienzo de
la vida y de paralelos biológicos llegué a la conclusión de que además del instinto de
conservar la sustancia viva debía haber otro instinto contrario que trataría de disolver
esas unidades y hacerlas volver a su estado primitivo, inorgánico. Es decir, así como un
Eros, había un instinto de muerte." (S. Freud, 1930.)
El instinto de muerte se dirige contra el mismo organismo, y es por ello una pulsión
autodestructora, o bien se dirige hacia fuera y entonces tiende a destruir a los demás y
no a sí mismo. Cuando se mezcla con la sexualidad, el instinto de muerte se transforma
en impulsos menos dañinos, que se manifiestan por el sadismo o el masoquismo.
Aunque Freud sugirió en diversas ocasiones que podía reducirse el poder del instinto de
muerte (S. Freud, 1927), seguía en pie la idea fundamental: el hombre estaba sometido
al influjo de un impulso de destrucción de sí mismo o de los demás y no podía hacer
gran cosa para escapar a esa trágica alternativa. Luego desde la posición del instinto de
muerte, la agresión no era en lo esencial reacción a los estímulos sino un impulso que
manaba constantemente y tenía sus raíces en la constitución del organismo humano.
La mayoría de los psicoanalistas, aunque siguiendo a Freud en todo lo demás, se
negaron a aceptar la teoría del instinto de muerte; tal vez se debiera esto a que aquella
teoría trascendía el antiguo marco mecanicista y requería un pensamiento biológico
inaceptable para los más, para quienes "biológico" era idéntico a fisiología de los
instintos. De todos modos, no rechazaron totalmente la nueva posición de Freud, sino
que efectuaron una transacción reconociendo un "instinto destructor" como el otro polo
del instinto sexual, y así pudieron aceptar el nuevo énfasis de Freud sobre la agresión sin
someterse a un modo de pensar de género enteramente nuevo.
Había dado Freud un paso importante hacia delante, de un modo de ver puramente
fisiológico y mecanista a otro biológico que considera el organismo como un todo y
analiza las fuentes biológicas del amor y el odio. Pero su teoría adolece de graves
defectos. Se basa en especulaciones bastante abstractas y raramente ofrece pruebas
empíricas convincentes. Además, mientras trata de interpretar, con gran pericia, los
impulsos humanos en función de la nueva teoría, su hipótesis resulta inconsecuente con
el comportamiento animal. Para él, el instinto de muerte es una fuerza biológica en todos
los organismos vivos: esto quiere decir los animales también y se refiere a sus instintos
de muerte contra sí mismos o los demás. De donde resultaría que debíamos hallar más
enfermedades o muerte temprana en los animales menos agresivos con los demás, y
viceversa; pero, naturalmente, no hay datos que sustenten esta idea.
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Aunque la teoría de la agresión de Freud fue (y todavía es) muy prestigiosa, era
compleja y difícil, y nunca llegó a ser muy conocida en el sentido de que la leyera
mucha gente ni impresionara a muchos. En cambio, la obra de Konrad Lorenz Sobre la
agresión es un libro de muy agradable lectura, y lo mismo su anterior obra, El anillo
del rey Salomón (1952), y muy diferente en esto de los pesados tratados de Freud
sobre el instinto de muerte o, para el caso, los artículos y libros del mismo Lorenz
escritos para el especialista. Además, como señalábamos en la introducción, gusta a
mucha gente que hoy prefiere creer que nuestra derivación hacia la violencia y la
guerra nuclear se debe a factores biológicos en que nada podemos, en lugar de abrir
los ojos y ver que las causas son la circunstancias sociales, políticas y económicas
creadas por nosotros mismos.
Para Lorenz 11, como para Freud, la agresividad humana es un instinto alimentado
por una fuente de energía inagotable y no necesariamente resultado de una reacción a
estímulos externos. Sostiene Lorenz que la energía específica para un acto instintivo
se acumula constantemente en los centros nerviosos relacionados con esa pauta de
comportamiento, y si se acumula energía suficiente es probable que se produzca una
explosión aun sin presencia de estímulo. De todos modos, el animal y el hombre
suelen hallar estímulos que descargan la energía acumulada de la pulsión; no tienen
que esperar pasivamente a que aparezca el estímulo apropiado, sino que ellos buscan
y aun producen estímulos. Siguiendo a W. Craig, Lorenz llamó a este comportamiento
"apetitivo" o "de apetencia". El hombre, dice, crea los partidos políticos para hallar
estímulos que le hagan soltar la energía acumulada, y no son los partidos políticos la
causa de la agresión. Pero en los casos en que no puede hallarse ni producirse
estímulo exterior, la energía del impulso agresivo acumulado es tan grande que
reventará y se aplicará in vacuo, o sea "sin estimulación externa demostrable ... la
actividad en el vacío, realizada sin objeto —manifiesta una semejanza
verdaderamente fotográfica con el funcionamiento normal de las acciones motoras de
que se trate . . . Esto demuestra que las pautas de coordinación motora de la norma de
comportamiento instintivo son determinadas por herencia hasta en los menores
detalles ". K. Lorenz, 1970; originalmente en alemán, 1931-42.)12
11
Para una revisión detallada y ahora clásica de los conceptos de Lorenz (y N. Tinbergen) acerca del instinto y para
una crítica general de la posición de Lorenz véase D. S. Lehrman (1953). Además, para una crítica de Sobre , la
agresión véase la reseña de L Berkowitz (1967) y la de K. E. Boulding (1967). Véase también la evaluación crítica
de la teoría de Lorenz por N. Tinbergen (1968), la colección de ensayos críticos de M. L. A. Montagu sobre la teoría
de Lorenz (1968) y la breve y penetrante crítica de 1. Eisenberg (1972).
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Para Lorenz, pues, la agresión es ante todo no una reacción a estímulos externos
sino una excitación interna "consustancial" que busca su soltura y hallará expresión
independientemente de que el estímulo externo sea o no adecuado: "Es la
espontaneidad del instinto la que lo hace tan peligroso." (K. Lorenz, 1966, subrayado
por mí.) El modelo de agresión de Lorenz, como el modelo de libido de Freud, ha sido
acertadamente calificado de modelo hidráulico, por analogía con la presión ejercida
por el agua o el vapor acumulados en un recipiente cerrado.
Este concepto hidráulico de la agresión es, efectivamente, uno de los pilares en
que se basa la teoría de Lorenz; se refiere al mecanismo mediante el cual se produce la
agresión. El otro pilar es la idea de que la agresión está al servicio de la vida, de que
sirve para la supervivencia del individuo y de la especie. Hablando en términos
generales, Lorenz supone que la agresión intraespecífica (agresión entre miembros de
la misma especie) tiene la función de favorecer la supervivencia de la especie. Lorenz
propone que la agresión cumple esa función espaciando los individuos de una especie
en el hábitat disponible, seleccionando el "mejor", de importancia en conjunción con
la defensa de la hembra, y estableciendo un orden jerárquico social. (K. Lorenz,
1964.) La agresión puede tener esta función preservativa con eficacia tanto mayor por
cuanto en el proceso de la evolución la agresión mortífera se ha transformado en un
comportamiento compuesto de amenazas simbólicas y rituales que desempeñan. la
misma función sin daño para la especie.
Pero, dice Lorenz, el instinto que servía para la supervivencia del animal se ha
"exagerado grotescamente" en el hombre y se ha "vuelto loco". Así la agresión se ha
hecho una amenaza más que una ayuda para la supervivencia.
Parece como si el mismo Lorenz no hubiera quedado satisfecho con estas
explicaciones de la agresión humana y sintiera la necesidad de añadir otra, que de todos
modos lleva fuera del campo de la etología. Dice así:
Por encima de todo es más que probable el que la intensidad destructora del impulso
agresivo, todavía un mal hereditario de la humanidad, sea la consecuencia de un proceso
de selección intraespecífica que operó en nuestros antepasados durante unos cuarenta mil
anos, aproximadamente, o sea el primer período de la Edad de la Piedra. [Lorenz
probablemente se refiere al último período.] Cuando el hombre hubo llegado a la etapa en
que tenía armas, vestidos y organización social, o sea vencido los peligros de morir de
hambre, de frío o comido por los animales silvestres, y esos peligros cesaron de ser
factores esenciales que influyeran en la selección, debe haberse iniciado una selección
intraespecífica mala. El factor que influía en la selección era entonces la guerra entre
tribus vecinas hostiles. Es probable que entonces se produjera la evolución de una forma
extremada de las llamadas "virtudes guerreras" del hombre, que por desgracia todavía
muchos consideran ideales deseables. (K. Lorenz, 1966. )13
Este cuadro de la guerra constante entre los cazadores recolectores "salvajes" desde la
cabal aparición del Horno sapiens sapiens, 40 o 50 mil años a. C., es un cliché muy
corriente adoptado por Lorenz sin mencionar las investigaciones que tienden a demostrar
que no hay pruebas de que así fuera14. La suposición por Lorenz de cuarenta mil años de
guerra organizada no es sino el antiguo cliché hobbesiano de que la guerra es el estado
natural del hombre, presentado como argumento para probar que la agresividad humana
12
Posteriormente, debido a la influencia de las críticas de cierto número de psicólogos norteamericanos y de N.
Tinbergen, Lorenz modificó este enunciado para dejar margen a la influencia del aprendizaje (K. Lorenz, 1965).
13
Esta cita corresponde solamente en parte a un párrafo de las pp. 269-70 de Sobre la agresión: el pretendido mal, por
Konrad Lorenz, Siglo XXI Editores, 1971. Como se explica en la nota al pie de la p. 260 de la misma ed., hubo cambios
en la ordenación del material, debidos a que el mismo Lorenz lo organizó de modo distinto en sus diferentes ediciones.
Fromm debe haber tenido presente la edición inglesa. FT.]
14
La cuestión de la agresión entre los recolectores y cazadores se estudia ampliamente en el capítulo 8.
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15
Debo al profesor Kurt Hirschhorn una comunicación personal en que esboza el problema de genética que
entraña la opinión arriba mencionada.
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poderosa de Eros (la vida, la sexualidad), mientras que para Lorenz, el amor mismo lo
produce un instinto agresivo.
Tanto Freud como Lorenz convienen en que si la agresión no se manifiesta por la
acción es perjudicial para la salud. Freud había postulado en el primer período de su
obra que la represión de la sexualidad podía conducir a enfermedades mentales;
posteriormente aplicó el mismo principio al instinto de muerte y enseñó que la represión
de la agresión dirigida hacia fuera es insana. Lorenz declara que "el hombre civilizado
actual padece de una descarga insuficiente de su impulso agresivo". Ambos llegan por
diferentes caminos al cuadro de un hombre en que continuamente se está produciendo la
energía agresiva y destructiva que a la larga es muy difícil, y aun imposible, de
domeñar. Lo que en los animales se llama maldad se convierte en verdadero mal en el
hombre, aunque según Lorenz su origen no sea malo.
"
Prueba" por analogía. Estas semejanzas entre la teoría de Freud y la de Lorenz en
relación con la agresión no deben sin embargo hacernos olvidar su principal diferencia.
Freud estudiaba el hombre; observaba agudamente su comportamiento manifiesto y las
diversas manifestaciones de su inconsciente. Su teoría del instinto de muerte podría ser
errónea o insuficiente, o apoyarse en escasas pruebas, pero se debe al proceso de observar
constantemente al hombre. Lorenz, por otra parte, es un observador de los animales (y
sobre todo de los animales inferiores), sin duda muy competente en su campo. Pero su
conocimiento del hombre no va más allá del de una persona común y corriente, y no lo
ha perfeccionado mediante la observación sistemática ni el conocimiento suficiente de la
literatura16. Supone ingenuamente que las observaciones sobre sí mismo y sus relaciones
son aplicables a todas las personas. Su método principal sin embargo no es la
observación de sí mismo sino las analogías sacadas del comportamiento de ciertos
animales con el del hombre. Hablando científicamente, esas analogías no prueban nada;
son sugestivas y agradables para el que quiere a los animales. Van de la mano con un
alto grado de antropomorfización que encanta a Lorenz. Precisamente por procurar a una
persona la agradable ilusión de que "comprende" "lo que sienten" los animales se han
hecho muy populares. ¿No nos gustaría acaso tener el anillo de Salomón?
Lorenz basa sus teorías de la índole hidráulica de la agresión en experimentos
realizados con animales, principalmente peces y aves en condiciones de cautividad. Lo
que se trata de saber es esto: ese impulso agresivo que hace matar si no es redirigido —y
que Lorenz ha observado en ciertos peces y aves— ¿opera también en el hombre?
Dado que no hay prueba directa en favor de esta hipótesis en relación con el hombre
y los primates no humanos, Lorenz presenta cierto número de argumentos en apoyo de
su tesis. Su modo principal de abordar el problema es la analogía; descubre semejanzas
entre el comportamiento humano y el de los animales que él ha estudiado y saca la
conclusión de que ambos tipos de comportamiento tienen la misma causa. Muchos
psicólogos han criticado este método; ya en 1948, el eminente colega de Lorenz, N.
Tinbergen comprendía los peligros "inherentes al procedimiento de servirse de las pruebas
fisiológicas de los niveles evolucionarlos y de organización neural inferiores y de las formas
de comportamiento más simples a manera de analogías para sustentar teorías fisiológicas de
mecanismos comportamentales en niveles más elevados y complejos". (N. Tinbergen, 1948.
Subrayado mío.)
16
Lorenz, por lo menos cuando escribía Sobre la agresión, no parece haber tenido un conocimiento directo de la
obra de Freud. No tiene una sola mención directa de sus escritos, y las referencias que hace son relativas a lo
que algún amigo psicoanalista le dijo acerca de la postura de Freud; es una lástima que no siempre sean justas o no
hayan sido entendidas exactamente.
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Anatomía De La Destructividad Humana Erich Fromm
No parece ocurrírsele a Lorenz que las experiencias personales con su tía, sus
compañeros prisioneros de guerra o consigo mismo no significan necesariamente que
esas reacciones sean universales. Tampoco parece darse cuenta de una interpretación
psicológica más compleja que podría darse del comportamiento de su tía, en lugar de
aquella hidráulica en virtud de la cual su potencial agresivo aumentaba cada ocho o diez
meses hasta tal grado que necesariamente tenía que dar un estallido.
Desde un punto de vista psicoanalítico supondríamos que su tía era una mujer muy
narcisista y aprovechada; exigía que la criada le fuera totalmente "abnegada ", que no
tuviera intereses propios y aceptara encantada el papel de criatura feliz de servirla.
Entonces aborda a cada nueva sirvienta con la fantasía de que ésta realizará sus
esperanzas. Después de una breve "luna de miel" en que la fantasía de la tía es todavía
suficientemente efectiva para no dejarle ver el hecho de que esta criada no es "una perla"
—y tal vez contribuyendo el que la criada al principio haga todo cuanto pueda por gustar
a su nueva patrona—, la tía abre los ojos y comprende que la sirvienta no está dispuesta a
vivir el papel que ella le ha asignado. Este proceso de comprensión dura, naturalmente,
17
La tendencia a establecer analogías totalmente ilegítimas entre los fenómenos biológicos y los sociales había
sido ya patentizada por Lorenz en 1940 con un desdichado artículo (K. Lorenz, 1940) en que sostenía que las
leyes del Estado deben remplazar a los principios de la selección natural cuando éstos no atienden debidamente
a las necesidades biológicas de la raza.
18
Término de N. Tinbergen.
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cierto tiempo, hasta que se hace definitivo. En este momento, la tía siente gran decepción
y coraje, como toda persona narcisista y aprovechada cuando se ve frustrada. No
comprendiendo que la causa de su rabia está en sus imposibles exigencias, racionaliza sus
decepciones acusando a la criada. Como no puede renunciar a sus deseos, despide a la
muchacha y espera que la nueva sea la buena. El mismo mecanismo se repite hasta su
muerte o hasta que ya nadie va a servirla. Este fenómeno no se advierte de ninguna
manera solamente en las relaciones entre patronos y empleados. A menudo es idéntica la
historia de los conflictos matrimoniales; pero como es más fácil despedir a una criada
que divorciarse, la consecuencia suele ser un batallar de toda la vida en que cada
miembro de la pareja trata de castigar al otro por agravios que no dejan de acumularse. El
problema que nos encontramos aquí es el de un carácter específicamente humanó, que es
el narcisista aprovechado o explotador (abusivo) y no se trata de una energía instintiva
acumulada.
En un capítulo sobre "Pautas de comportamiento análogas a la moral" declara Lorenz
lo siguiente: "No obstante, el que ahonda efectivamente en lo que estamos tratando no
tiene más remedio que maravillarse cada vez que ve cómo esos mecanismos obligan a los
animales a un comportamiento desinteresado y cuyo único objetivo es el bien de la
comunidad ... el mismo que a nosotros nos impone la ley moral. " (K. Lorenz, 1966.)
¿Cómo se reconoce el comportamiento "desinteresado" en los animales? Lo que
describe Lorenz es una pauta de acción determinada instintivamente. La palabra
"desinteresado" está tomada de la psicología humana y se refiere al hecho de que un ser
humano puede olvidar su propia persona (digamos más correctamente su yo, o ego) en su
deseo de ayudar a los demás. Pero, ¿tienen una oca, un pez o un perro una personalidad
(yo o ego) que puedan olvidar? ¿No depende ese desinterés, ese olvido de sí mismo del
hecho de la conciencia que de sí tiene el ser humano y de la estructura neurofisiológica
en que se basa? Esta misma cuestión se presenta con tantas otras palabras que emplea
Lorenz cuando describe el comportamiento de los animales, como "crueldad", "tristeza",
"perplejidad".
Una de las partes más importantes e interesantes de los datos etológicos de Lorenz es
el "vínculo" que se forma entre los animales (su ejemplo principal son los gansos) en
reacción a las amenazas externas contra el grupo. Pero las analogías que establece para
explicar el comportamiento humano son a veces sorprendentes, como cuando dice que la
agresión discriminatoria contra los extraños y el vínculo que une a los miembros de un
grupo se refuerzan mutuamente. La oposición del "nosotros" y el "ellos" puede unir a
entidades a veces terriblemente contrapuestas. "Frente a la China actual, los Estados
Unidos y la Unión Soviética dan a veces la impresión de sentirse nosotros. El mismo
fenómeno, que entre paréntesis tiene algunas características de la guerra, puede
estudiarse en la ceremonia de redoble y chachareo del ganso silvestre." (K. Lorenz,
1966) ¿Determinan la actitud norteamericanosoviética las pautas instintivas que hemos
heredado del ganso silvestre? ¿Trata el autor de ser más o menos divertido, o tiene
realmente la intención de decirnos algo acerca de la relación que pueda haber entre los
gansos y los dirigentes políticos norteamericanos y soviéticos?
Lorenz va aún más allá en sus analogías entre el comportamiento de los animales (o las
interpretaciones del mismo) y sus ingenuas nociones acerca del comportamiento humano,
como cuando dice que "el vínculo personal, la amistad entre individuos, sólo aparecen en
los animales de agresión intraespecífica muy desarrollada y que de hecho, ese vínculo es
tanto más firme cuanto más agresivos son el animal y su especie. (K. Lorenz, 1966.)
Hasta ahí, bien está; supongamos que las observaciones de Lorenz son acertadas. Pero
de ahí da un salto a la esfera de la psicología humana, y después de afirmar que la
agresión intraespecífica es millones de años más antigua que la amistad personal y el
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amor, deduce que "no hay amor sin agresión" (K. Lorenz, 1966). Esta afirmación
absoluta, sin ninguna prueba en su apoyo en lo relativo al amor humano, pero
contradicha por hechos más observables, va acompañada de otra en que no se trata
de la agresión intraespecífica sino del "odio, feo hermano menor del amor
entrañable. Al contrario que la agresión habitual, el odio va dirigido hacia un
individuo determinado, exactamente igual que el amor, y es lo más probable que
presuponga la existencia de éste (subrayado mío): sólo se puede odiar verdaderamente
cuando primero se ha amado y, aun cuando se niegue, se sigue amando". (K. Lorenz,
1966.) A menudo se ha dicho que el amor a veces se transforma en odio, aunque sería
más acertado decir que no es el amor el que padece esa transformación, sino el
narcisismo herido de la persona amante, o sea que es el desamor el que causa el
odio. Pero decir que uno odia sólo donde amó, es volver una verdadera absurdidad
el elemento de verdad de la declaración. ¿Acaso el oprimido odia al opresor, la
madre del niño a quien lo mató, el torturado al torturador porque una vez lo amó o
todavía lo ama?
Saca otra analogía del fenómeno del "entusiasmo militante", que es una forma
especializada de agresión comunal, claramente distinta de las formas más
primitivas de vulgar agresión individual, pero sin embargo funcionalmente
relacionado con ella. (K. Lorenz, 1966.) Es una costumbre "sagrada" que debe su
poder motivante a las pautas de comportamiento desarrolladas filogenéticamente.
Lorenz afirma que no puede caber la menor duda de que el entusiasmo militante
humano nació de la reacción de defensa en común de nuestros antepasados
prehumanos. (K. Lorenz, 1966.) Es el entusiasmo que comparte el grupo en su
defensa contra el enemigo común.
Cualquier persona capaz de sentir emociones más o menos fuertes conoce por
experiencia la reacción de que estamos tratando. En primer lugar se produce esa
cualidad emocional que llamamos entusiasmo: un estremecimiento "sagrado"
recorre la espalda y, como se ha comprobado mediante observaciones precisas, la
parte externa de los brazos. Uno se siente por encima de todas las obligaciones
cotidianas y está dispuesto a dejarlo todo por acudir al llamado del sagrado deber.
Todos los obstáculos que se atraviesen en el camino de su cumplimiento carecen de
importancia y sentido, y las inhibiciones instintivas que impedían dañar y matar a
sus semejantes pierden desgraciadamente buena parte de su fuerza. Las consi-
deraciones de índole racional, el sentido crítico y las razones que hablan en contra
del comportamiento dictado por el entusiasmo colectivo han de callar, porque una
notable inversión de valores las hace aparecer no solamente indefendibles sino
totalmente despreciables y deshonrosas. Total: como dice un proverbio ucraniano,
"Cuando ondea la bandera, la razón está en la trompeta." (K. Lorenz, 1966.)
Expresa Lorenz una esperanza razonable de que nuestra responsabilidad moral
pueda sobreponerse a la pulsión primigenia, pero dice que nuestra única esperanza
de que así sea se sustenta en el humilde reconocimiento del hecho de que el
entusiasmo militante es una reacción instintiva con un mecanismo desencadenador
determinado filogenéticamente, y que el único punto en que pueda dominar una
vigilancia inteligente y responsable está en el condicionamiento de la reacción a un
objeto que con el escrutinio de la cuestión categórica demuestra ser un valor
genuino. (K. Lorenz, 1966.)
La descripción que hace Lorenz del comportamiento humano normal es bastante
pasmosa. Sin duda muchos hombres saborean el sentimiento de estar absolutamente
en lo justo cuando cometen atrocidades —o, para decirlo de un modo más propio de
la psicología, muchos gozan al cometer atrocidades sin ninguna inhibición moral y
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Trata de hallar medios que ayudarían a la sociedad a evitar los trágicos efectos del
instinto agresivo; y ciertamente, en la era nuclear se ve casi obligado a buscar
posibilidades de paz con el fin de hacer aceptable su teoría de la destructividad innata
del hombre, Algunas de sus propuestas son semejantes a las de Freud, pero hay una
diferencia considerable entre ellas. Las sugerencias de Freud están hechas con
escepticismo y modestia, mientras que Lorenz declara no tener inconvenientes en
reconocer que está en condiciones de enseñar a la humanidad la manera de cambiar
por su bien, y que esa convicción no es tan presuntuosa como podría parecer . . . (K.
Lorenz, 1966.)
Ciertamente, no sería presuntuosa si Lorenz tuviera algo de importancia que
enseñar. Por desgracia, sus sugerencias apenas pasan de ser clichés manidos.
"preceptos simples" contra el peligro de que la sociedad se desintegre del todo por el
mal funcionamiento de las pautas de comportamiento social:
1. Mi primera recomendación . . . es el conócete a ti mismo, o sea "ahondar en el
conocimiento de las concatenaciones causales que determinan nuestro propio
comportamiento ". (K. Lorenz, 1966.) Se trata de las leyes de la evolución. Un
elemento de este conocimiento al que concede un lugar descollante Lorenz es
el estudio etológico objetivo "de las posibilidades de abreacción de la
agresividad en su forma original sobre objetos sustitutivos". (K. Lorenz,
1966.)
2. El estudio psicoanalítico "de lo que se llama sublimación".
3. "Fomentar el conocimiento personal y, si es posible, la amistad entre
individuos miembros de familias o grupos de ideología diferentes."
4. "La cuarta y más importante medida, que debe ser tomada inmediatamente, es
canalizar el entusiasmo militante de un modo inteligente y responsable, o sea
ayudar a las generaciones más recientes ... a hallar en nuestro mundo moderno
causas verdaderamente dignas de ser servidas con entusiasmo."
Veamos este programa punto por punto.
Lorenz hace una aplicación torcida de la noción clásica del conócete a ti mismo, y
no sólo de ella sino también de la de Freud, cuya ciencia entera y cuya terapia del
psicoanálisis están edificadas sobre el conocimiento de sí mismo. Porque el
conocimiento de sí mismo freudiano significa que el hombre tenga conciencia de lo
inconsciente; es éste un proceso sumamente difícil, porque tropieza con la fuerza de
resistencia con que el inconsciente se defiende ante todo intento de hacerlo
consciente. El conocimiento de sí mismo en el sentido freudiano no es solamente un
proceso intelectual sino simultáneamente uno afectivo también, como lo era ya para
Spinoza. No es tan sólo conocimiento por el cerebro, sino también por el corazón.
Conocerse a sí mismo significa penetrar más hondamente, intelectual como
afectivamente, en regiones hasta ahora ocultas de nuestra psique. Es un proceso que
puede durar años en una persona enferma que quiere curarse de sus síntomas y toda
una vida en una persona que de veras quiere ser ella misma. Su efecto es el de una
energía incrementada, porque se libera energía de la tarea de apoyar las represiones;
así cuanto más está en contacto el hombre con su realidad interior, tanto más despier-
to y libre está. Por otra parte, lo que Lorenz da a entender con ese conócete a ti
mismo es algo muy diferente; se trata del conocimiento teórico de la evolución y
concretamente de la índole instintiva de la agresión. Una analogía con la idea
lorenziana del conocerse as í mismo sería el conocimiento teórico de la teoría
freudiana del instinto de muerte. En realidad, según el razonamiento de Lorenz, el
psicoanálisis como terapia consistiría sencillamente en la lectura de las obras
completas de Freud. Recordamos una declaración de Marx en el sentido de que si
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alguien se encuentra en alta mar y no sabe nadar no tendrá más remedio que ahogarse,
aunque conozca las leyes de la gravedad; como dice un sabio chino: "La lectura de las
prescripciones no nos remedia."
Lorenz no insiste en el segundo de sus preceptos: la sublimación; el tercero
("fomentar el conocimiento personal y, si es posible, la amistad entre individuos
miembros de familias o grupos de ideología diferentes") concede Lorenz que es algo
"evidente" ... efectivarnente, hasta las líneas aéreas anuncian los viajes internacionales
como útiles para la causa de la paz; lo malo de este concepto de que el conocimiento
personal tiene una función reductora de la agresión es que no es cierto. Hay de ello
pruebas abundantes. Los ingleses y los alemanes se conocían muy bien antes de 1914,
pero su odio mutuo al estallar la guerra fue feroz. Hay pruebas aún más reveladoras. Es
notorio que ninguna contienda entre naciones provoca tanto odio y crueldad como la
guerra civil, en que no falta el conocimiento mutuo entre los dos bandos beligerantes. Y
el hecho del mutuo conocimiento íntimo ¿disminuye la intensidad del odio entre los
miembros de una familia?
No puede esperarse que el "conocimiento mutuo" y la "amistad" reduzcan la
agresión porque representan un conocimiento superficial acerca de otra persona,
conocimiento de un "objeto" que vemos desde fuera. Es totalmente diferente del
conocimiento penetrante, empático, en que se comprenden las experiencias del otro
movilizando las propias, que son iguales o semejantes. El conocimiento de este tipo
requiere que la mayoría de las represiones dentro de uno mismo se reduzcan de
intensidad hasta un punto en que haya poca resistencia al conocimiento de nuevos
aspectos de nuestra inconsciente. El logro de un entendimiento no juzgador puede
reducir la agresividad o incluso hacerla desaparecer; depende del grado en que una
persona se sobreponga a su propia inseguridad, codicia y narcisismo y no a la cantidad
de información que tenga acerca de los demás19.
El último de los cuatro preceptos de Lorenz es "canalizar el entusiasmo militante";
una de sus recomendaciones especiales es el deporte. Pero la verdad es que los
deportes competitivos estimulan mucha agresión. Hasta qué punto es así pudo verse
últimamente en Latinoamérica, donde los hondos sentimientos despertados por un
match de fútbol internacional ocasionaron una pequeña guerra.
No hay pruebas de que el deporte reduzca la agresión, y al mismo tiempo debemos
decir que no hay pruebas de que el deporte tenga por motivo la agresión. Lo que suele
producir la agresión en los deportes es el carácter de competencia del suceso, cultivado
en un clima social competitivo incrementado por una comercialización general, en que
los fines más atractivos no son ya el orgullo por la proeza sino el dinero y la
publicidad. Muchos observadores atentos de los malhadados juegos olímpicos de Mu-
nich en 1972 han reconocido que en lugar de fomentar la buena voluntad y la paz,
habían fomentado la agresividad competitiva y el orgullo nacionalista20.
19
Es interesante la cuestión de por qué las guerras civiles son efectivamente mucho más terribles y por qué despiertan
impulsos mucho más destructores que las guerras entre naciones. Parece plausible que la razón esté en que por lo
general, al menos en las guerras internacionales modernas, el objetivo no es el aniquilamiento ni la extinción del
enemigo. Su objetivo es limitado: obligar al contrario a aceptar condiciones de paz perjudiciales pero de ningún
modo amenazadoras para la existencia de la población en el país derrotado. (Nada podría ilustrar esto mejor que el caso
de Alemania, que perdió dos guerras mundiales pero después de cada derrota fue más próspera que antes.) Son
excepciones a esta regla las guerras que tienden a la extinción física o el esclavizamiento de toda la población enemiga,
como algunas de las guerras —pero no todas, ni mucho menos— que hicieron los romanos. En la guerra civil los dos
bandos contrarios apuntan, si no a acabar con el otro físicamente, sí a destruirlo económica, social y políticamente. De
ser acertada esta hipótesis, significaría que el grado de destructividad depende de una manera general de la gravedad de la
amenaza.
20
La pobreza de lo que dice Lorenz acerca de la canalización del entusiasmo militante resulta particularmente
evidente si uno lee el clásico artículo de William James, The moral equivalents of war (191 1).
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Algunas otras de las declaraciones de Lorenz sobre la guerra y la paz valen la cita
por ser buenos ejemplos de su ambigüedad en este campo:
Lorenz hace ciertas salvedades a la negativa del deseo de destruir a todo un país cuando
dice "de todo corazón" y "sin reservas". Pero ¿qué significa no desear "de todo
corazón" la destrucción, o qué es un odio "con reservas"? Más importante es su
condición para no desear la destrucción de otro país si hay allí gente que comparte sus
propios gustos y entusiasmos particulares (los que reverencian a Darwin sólo parecen
tener derecho si además son celosos propagandistas de sus descubrimientos): no le
basta que sean seres humanos, Es decir: sólo es indeseable el aniquilamiento total de un
enemigo si éste tiene una cultura semejante a la de Lorenz, y precisamente por eso, y
aún más concretamente, si tiene sus propios intereses y valores.
No cambia el carácter de estas declaraciones el que Lorenz pida una "educación
humanista", o sea una que ofrezca un óptimo de ideales comunes con que un individuo se
pueda identificar. Tal era el tipo de educación sólito en las universidades alemanas antes de
la primera contienda mundial, pero la mayoría de los que enseñaban ese humanismo
eran probablemente de mentalidad más belicosa que el alemán común y corriente.
Solamente un humanismo muy diferente y radical, en que la identificación
primordial sea con la vida y con el género humano, puede tener influencia contra la
guerra.
La idolatría de la evolución. La posición de Lorenz no puede entenderse a cabalidad
si uno no conoce su actitud casi religiosa respecto del darwinismo. No es rara esta
actitud, y merece un estudio más detallado por ser un fenómeno sociopsicológico de
la cultura contemporánea. La honda necesidad que el hombre tiene de no sentirse
perdido y solo en el mundo se satisfacía, claro está, anteriormente, con el concepto
de un Dios que había creado este mundo y se preocupaba por todas y cada una de
sus creaturas. Cuando la teoría de la evolución acabó con la idea del Dios creador
supremo, la confianza en Dios como padre todopoderoso del hombre cayó también,
aunque muchos lograron combinar la creencia en Dios con la aceptación de la teoría
darwiniana. Pero para muchos de aquellos cuyo Dios había sido destronado, la
necesidad de una figura divina no desapareció. Algunos proclamaron un nuevo dios,
la Evolución, y adoraron a Darwin como su profeta. Para Lorenz y otros muchos, la
idea de evolución fue el núcleo de todo un sistema de orientación y devoción.
Darwin ha revelado la verdad última en relación con el origen del hombre; todos los
fenómenos humanos que podrían estudiarse y explicarse mediante consideraciones
de orden económico, religioso, ético o político habían de entenderse desde el punto
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AMBIENTALISTAS Y CONDUCTISTAS
AMBIENTALISMO ILUSTRADO
CONDUCTISMO
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EL NEOCONDUCTISMO DE B. F. SKINNER
21
Como una amplia consideración de los merecimientos de la teoría skinneriana nos apartaría mucho de nuestro
principal problema, me limitaré a la presentación de los principios generales del neoconductismo y a la discusión más
detallada de algunos puntos que parecen de sazón. Para el estudio del sistema de Skinner habría que leer B. F. Skinner
(1953). Para una versión breve véase B. F. Skinner (1963). En su último libro (1971) examina los principios generales
de su sistema yen especial su relación con la cultura. Véase también la breve discusión entre Carl R. Rogers y B. F.
Skinner (1956) y B. F. Skinner (1961). Para una crítica de la posición skinneriana, cf. Noam Chomsky (1959). Véase
también el contraargumento de K. MacCorquodale (1970) y N. Chomsky (1971). Las revisiones de Chomsky son
completas y de mucho alcance, y están expresadas con tal perfección que es innecesario repetirlas. No obstante, las
posiciones psicológicas de Chomsky y las mías están tan alejadas unas de otras que me veo obligado a presentar algunas
críticas en este capítulo.
22
Al contrario de muchos conductistas, Skinner concede incluso que los "sucesos privados" no tienen por qué ser
excluidos totalmente de las consideraciones científicas y añade que "una teoría conductista del conocimiento indica que
el mundo privado, si no enteramente incognoscible, por lo menos no es fácil de conocer bien". (B. F. Skinner, 1963.) Esta
rectificación hace la concesión de Skinner poco más que una atenta inclinación de cabeza a la psique-alma, la materia que
estudia la psicología.
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Objetivos y valores
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son claras, mientras que las que guían al diseñador de la cultura que hace la bomba
no lo son. No podemos pronosticar el éxito o fracaso de una invención cultural con
la misma precisión con que pronosticamos el de una invención material. Por esta
razón se dice que recurrimos a juicios de valor en el segundo caso. A lo que
recurrimos es a tratar de adivinar. Sólo en este sentido pueden intervenir los juicios
de valor, cuando la ciencia se abstiene. Cuando podamos diseñar pequeñas
interacciones sociales y, tal vez, culturas enteras con la confianza que ponemos en la
tecnología material, las cuestiones de valor no se plantearán. (B. F. Skinner, 1961.)
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Esto me parece indignante; se nos pide que creamos que la relación entre amo y
esclavo es recíproca, aunque la noción de explotación no deje de tener sentido. Para
Skinner la explotación no es parte del episodio social en sí; sólo lo son los
procedimientos de control. Esta es la opinión de un hombre que ve la vida social como
un episodio en su laboratorio, donde todo cuanto importa al experimentador es su
procedimiento . . . y no los "episodios" en sí, puesto que no tiene ninguna importancia
en este mundo artificial el que el cobayo sea pacífico o agresivo. Y por si fuera
poco, Skinner afirma que la idea de la explotación por el amo está "claramente
relacionada " con la cuestión de los juicios de valor. ¿Cree Skinner que la
explotación, o digamos el robo, la tortura y el asesinato no son "hechos" por estar
claramente relacionados con los juicios de valor? Esto significaría por cierto que
todos los fenómenos sociales y psicológicos dejan de ser hechos que pueden
examinarse científicamente si pueden también juzgarse en cuanto a su valor 24 .
Sólo se puede explicar lo que dice Skinner de que esclavo y amo están en
relación de reciprocidad por el ambiguo uso que hace de la palabra "control". En el
sentido en que suele usarse esa palabra, no cabe duda de que el amo controla
24
Con la misma lógica resultaría "recíproca " la relación entre torturador y torturado, porque el torturado, con la
manifestación de su dolor, condiciona al torturador para que emplee los instrumentos de tortura más eficaces.
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(domina, manda) al esclavo, y que no hay nada de "recíproco" en ello, salvo que el
esclavo puede en cierto modo ejercer un mínimo de contracontrol . . . por ejemplo,
mediante la amenaza de rebelión. Pero Skinner no habla de eso. Habla de control en
el sentido abstracto, precisamente, del experimento de laboratorio, en que no
penetra la vida real. Repite efectivamente con toda seriedad lo que ha sólido decirse
en broma, el cuento ese del conejillo de indias que cuenta a otro conejillo cómo ha
condicionado a su experimentador: cada vez que el conejillo toca una palanca, el
experimentador tiene que alimentarlo.
Como el neoconductismo no tiene teoría del hombre, sólo puede ver el
comportamiento y no la persona que se comporta. Sea que alguien me sonría porque
quiera ocultar su hostilidad, o que una vendedora sonría (en las mejores tiendas)
porque le han dado instrucciones de hacerlo así o que un amigo me sonría porque
esté contento de verme, para el conductismo todo es igual, porque "una sonrisa es
una sonrisa". Resulta difícil comprender que al profesor Skinner en tanto que
persona le sea igual, a menos que esté tan enajenado que la realidad de las personas
ya no le importe. Pero si la diferencia importa, ¿cómo podría ser válida una teoría
que no la toma en cuenta?
Tampoco puede el neoconductismo explicar por qué unas cuantas personas
condicionadas para ser perseguidores y torturadores caen enfermas mentalmente a
pesar de la continuación de los "refuerzos positivos". ¿Por qué éstos no impiden que
otros muchos se rebelen, por la fuerza de su razón, de su conciencia o su amor,
cuando todos los condicionamientos operan en sentido contrario? ¿Y por qué
muchas de las personas más adaptadas, que deberían ser testimonio sobresaliente del
éxito del condicionamiento, son profundamente infelices y conturbadas o padecen
de neurosis? Debe haber en el hombre impulsos inherentes que ponen límites al
poder del condicionamiento; y el estudio del fracaso del condicionamiento se antoja
tan importante, científicamente hablando, como su éxito. Ciertamente, puede
condicionarse al hombre para que se conduzca casi de cualquier modo deseado; pero
sólo "casi " . Reacciona en modos diferentes y averiguables a aquellas condiciones
que entran en conflicto con las necesidades humanas básicas. Puede condicionársele
para que sea un esclavo, pero reaccionará con la agresión o un declinar de la
vitalidad. 0 puede condicionársele para que se sienta parte de una máquina, pero
reaccionará con el hastío, la agresión y la infelicidad.
Fundamentalmente, Skinner es un racionalista ingenuo que quiere ignorar las
pasiones del hombre. En contraste con Freud, no le impresiona el poder de las
pasiones y cree que el hombre siempre se comporta como requiere su egoísmo. E
incluso el principio entero del neoconductismo es que el interés del individuo es tan
poderoso que apelando a él —sobre todo en la forma de que el medio recompense al
individuo por obrar en el sentido deseado— puede determinarse cabalmente el
comportamiento del hombre. En definitiva, el neoconductismo se basa en la
quintaesencia de la experiencia burguesa: la primacía del egotismo y del interés
personal sobre todas las demás pasiones humanas.
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Skinner cree que el hombre es maleable, sujeto a las influencias sociales y que
nada de su "naturaleza" puede considerarse obstáculo terminante a la evolución
hacia una sociedad pacífica y justa. Su sistema atrae así a los psicólogos liberales,
que hallan en él un argumento con que defender su optimismo político. Seduce a
quienes creen que los fines sociales deseables, como la paz y la igualdad, no son
ideales sin arraigo, sencillamente, sino que pueden establecerse en realidad. La idea
en general de que uno pueda "diseñar" una sociedad mejor sobre una base científica
interesa a muchos que antes hubieran podido ser socialistas. ¿No quería Marx
también diseñar una sociedad mejor? ¿No llamó "científico" a su socialismo para
distinguirlo del "utópico"? ¿No es particularmente seductor el método de Skinner
en un momento histórico en que la solución política parece haber fracasado y las
esperanzas revolucionarias están gravemente debilitadas?
Pero el optimismo implícito de Skinner por sí solo no hubiera bastado a hacer
sus ideas tan atractivas sin su combinación de las opiniones liberales tradicionales
con su negación misma.
En la era cibernética, el individuo cada vez está más sometido a manipulación.
Su trabajo, su consumo y su ocio se manipulan mediante el anuncio, las ideologías,
lo que Skinner califica de "refuerzos positivos". El individuo pierde su papel activo,
responsable en el proceso social; queda completamente "ajustado" y aprende que
todo comportamiento, acto, pensamiento o sentimiento que no encaje dentro del
plan general lo pone en grave desventaja; de hecho 61 es lo que se entiende que
debe ser. Si se empeña en ser sí mismo pone en riesgo, en los estados policíacos, su
libertad y aun su vida; en algunas democracias, corre el riesgo de no avanzar y en
casos menos frecuentes, de perder su trabajo y, tal vez lo más importante, de sentirse
aislado, privado de comunicación con los demás.
Hay muchas personas que no tienen conciencia clara de su malestar, pero
sienten confusamente el temor a la vida, al futuro, al tedio causado por la
monotonía y la falta de sentido de lo que están haciendo. Sienten que los mismos
ideales en que quieren creer han perdido sus amarras en la realidad social. Qué
alivio puede ser para ellos saber que lo mejor es el condicionamiento, la solución
más progresista y eficaz. Skinner recomienda el infierno del hombre aislado,
manipulado de la era cibernética como el paraíso del progreso. Acalla nuestros
temores de adónde vamos diciéndonos que no tenemos por qué asustarnos, que el
rumbo tomado por los que dirigen el sistema industrial es el mismo que aquel con
que soñaran los grandes humanistas, sólo que científicamente asentado. Además, la
teoría de Skinner parece cierta porque lo es (casi) para el hombre enajenado de la
sociedad cibernética. En resumen, el skinnerismo es la psicología del oportunismo
presentada como un nuevo humanismo científico.
No estoy diciendo que Skinner quiera hacer el papel de apologista de la era
"tecnotrónica". Al contrario, su ingenuidad política y social a veces le hacen
escribir en forma más convincente (y confusa) que si tuviera conciencia de aquello
para lo que está tratando de condicionarnos.
CONDUCTISMO Y AGRESIÓN
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Anatomía De La Destructividad Humana Erich Fromm
Por "intento " entiende Buss el intento consciente. Pero Buss no deja de ser sensible
al enfoque psicoanalítico: "Si el enojo no es el impulsor de la agresión, ¿es útil
tomarlo por un impulso? La posición aquí adoptada es
que no lo es." (A. H. Buss, 1961.)25
Psicólogos conductistas tan descollantes como A. H. Buss y L. Berkowitz son
mucho más sensibles al fenómeno de los sentimientos del hombre que Skinner, pero
el principio básico de éste de que el objeto debido para la investigación científica es
el hecho, no el agente, sigue siendo cierto también en su posición. Por ello no
conceden la debida importancia a los fundamentales descubrimientos de Freud: los
de las fuerzas psíquicas que determinan el comportamiento. el carácter en gran parte
inconsciente de esas fuerzas y el "conocimiento " ("comprensión ") como factor que
puede producir cambios en la carga y la dirección de la energía en esas fuerzas.
Los conductistas afirman que su método es "científico " porque no tratan de lo
visible, o sea el comportamiento declarado. Pero no reconocen que el
"comportamiento " en sí, separado de la persona que se comporta, no puede
describirse adecuadamente. Un hombre dispara un arma y mata a una persona; el
acto conductual en sí—hacer el disparo que mata a la persona— aislado del
"agresor" no significa gran cosa psicológicamente. De hecho, solamente sería
25
L Berkowitz ha adoptado una posición en muchos respectos semejante a l a s d e A. H. B u s s ; no es muy
indiferente a la idea d e las emociones motivantes, piro en lo esencial se atiene al marco de la teoría conductista;
modifica la teoría de la agresión y la frustración, pero no la rechaza. (L. Berkowitz, 1962 y 1 9 6 9 . )
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adecuada una afirmación conductista acerca del arma; en relación con ella, la
motivación del hombre que aprieta el gatillo no hace al caso. Pero su
comportamiento puede sólo entenderse plenamente si conocemos la motivación
consciente e inconsciente que le mueve a apretar el gatillo. No hallamos una sola
causa a su comportamiento, pero podemos descubrir la estructura psíquica en el
interior de este hombre —su carácter— y los muchos factores conscientes e
inconscientes que en cierto momento le hicieron disparar. Descubrimos que
podemos explicar el impulso de disparar, que lo determinan muchos factores de su
sistema de carácter, pero que el acto de disparar es el más contingente de todos los
factores, y el menos predecible. Depende de muchos elementos accidentales de la
situación, como el fácil acceso al arma, la ausencia de otras personas, el grado de
estrés y las condiciones de todo su sistema psicofisiológico en ese momento.
La máxima conductista de que el comportamiento observable es un dato
científico seguro sencillamente no es cierta. El hecho es que el comportamiento en
sí es diferente según el impulso motivante, aunque pueda no ser advertible la
diferencia con una inspección somera.
Un sencillo ejemplo nos lo demostrará: dos padres, cada uno de ellos con
diferente estructura de carácter, dan cada quien una tunda a su hijo porque creen que
el niño necesita esa corrección para su desarrollo normal. Ambos se conducen de
una manera en apariencia idéntica. Golpean al hijo con la mano. Pero si
comparamos el comportamiento de un padre amante y solícito con el de uno sádico
veremos que el comportamiento no es el mismo en realidad. Su modo de agarrar al
chiquillo y de hablarle antes y después del castigo, su expresión facial, hacen el
comportamiento de uno y otro muy diferentes. De modo correspondiente, la
reacción del niño difiere según el comportamiento. El uno siente lo que hay de
destructivo o sádico en el castigo; el otro no tiene razón para dudar del amor de su
padre. Tanto más por cuanto ese ejemplo del comportamiento paterno es tan sólo
uno de muchos casos que el niño ha experimentado antes y que han formado su
imagen del padre y su reacción a éste, El hecho de que ambos padres tengan la
convicción de que están castigando al niño por su propio bien apenas importa, salvo
que esa convicción moralista puede obliterar las inhibiciones que de otro modo
podría tener el padre sádico. Por otra parte, si el padre sádico jamás golpea al hijo,
tal vez por temor a su esposa o por ir contra sus ideas progresistas en materia de
educación, su comportamiento "no violento" producirá la misma reacción, porque
sus ojos comunican al niño el mismo impulso sádico que le comunicaría su mano al
golpearlo. Como los niños son en general más sensibles que los adultos, responden
al impulso del padre y no a un fragmento aislado de comportamiento.
O bien tomemos otro ejemplo: vemos a un hombre gritando y con el rostro
colorado. Describimos su comportamiento diciendo que "está enojado". Si
preguntamos por qué está enojado, la respuesta podría ser "porque está asustado".
"¿Por qué está asustado? " "Porque padece una honda sensación de impotencia." "¿A
qué se debe? " "A que nunca disolvió los lazos con su madre y emocionalmente es
todavía un niño." (Naturalmente, esta serie no es la única posible.) Cada una de las
respuestas es "verdad". La diferencia entre ellas está en que se refieren a niveles de
experiencia cada vez más profundos (y por lo general menos conscientes). Cuanto
más profundo es el nivel a que se refiere la respuesta, más importante es para
entender su comportamiento. No solamente para entender sus motivaciones, sino
para reconocer el comportamiento en cada detalle. En un caso como éste, por
ejemplo, un observador agudo verá la expresión de impotencia espantada en su
rostro y no solamente su rabia. En otro caso, el comportamiento patente de un
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hombre podrá ser el mismo, pero la sagaz conciencia de su rostro mostrará dureza y
una intensa destructividad. Su comportamiento colérico es sólo la expresión
controlada de impulsos destructores. Los dos comportamientos parecidos son en
realidad muy distintos, y aparte de la sensibilidad intuitiva, el modo científico de
comprender las diferencias requiere el conocimiento de la motivación, o sea de las
dos diferentes estructuras de carácter.
No he dado la respuesta acostumbrada de "está enojado porque lo han insultado
—o así se siente—", porque esa explicación pone todo el énfasis en el estímulo
desencadenante, pero no toma en cuenta que la capacidad de estimular del estímulo
depende también de la estructura de carácter de la persona estimulada. Un grupo de
personas reaccionan de diferente modo al mismo estímulo según sus caracteres. A
será atraído por el estímulo, B repelido, C asustado y D no hará caso.
Naturalmente, Buss está en lo cierto cuando dice que el intento es un suceso
privado que puede o no ser susceptible de verbalización. Pero éste es precisamente
el dilema del conductismo: como no tiene método para examinar los datos no
verbalizados, ha de restringir su investigación a los datos que puede manejar, por lo
general demasiado toscos para que se presten a un sutil análisis teórico.
26
CF. el discurso de J. Robert Oppenheinur (1955) y muchas declaraciones análogas de descollantes científicos.
27
Entrecomillo las dos palabras porque con frecuencia se emplean de una manera imprecisa y a veces han llegado a
confundirse con socialmente adaptado e inadaptado, respectivamente.
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dólares por su participación en el experimento. Pero a los sujetos se les dijo que el
pago era sencillamente por acudir al laboratorio y que se les entregaría el dinero
independientemente de lo que sucediera después de su llegada.
En cada experimento había un sujeto ingenuo y una víctima (cómplice del
experimentador). Se había ideado un pretexto que justificaría la administración de
un electroshock por el sujeto ingenuo 30 . Se realizaba efectivamente mediante una
estratagema. Después de una introducción general acerca de la supuesta relación
entre castigo y aprendizaje se les decía a los sujetos:
"Pero en realidad sabemos muy poco del efecto de los castigos en el
aprendizaje, porque casi no se han realizado estudios científicos de él en seres
humanos.
"Por ejemplo, no sabemos qué grado de punición será mejor para el
aprendizaje . . . y no sabemos quién será mejor para administrar el castigo, si el
adulto aprende mejor de una persona más joven que él o de una mayor, y así
sucesivamente.
"Por eso en este estudio juntamos cierto número de adultos de diferentes
edades y ocupaciones. Y pedimos a algunos de ellos que hagan de enseñantes y
a otros de educandos.
"
Sólo queremos averiguar qué efecto producen las diferentes personas en las
demás como enseñantes y educandos, y además qué efecto tendrá el castigo
sobre el aprendizaje en esta situación.
"Por eso pediré a uno de ustedes que sea el maestro aquí esta noche y al otro
que sea el educando.
"¿Tiene alguno de ustedes una preferencia? "
Los sujetos sacaban entonces papeletas de un sombrero para decidir quién sería
el maestro y quién el aprendiz en el experimento. Las suertes estaban arregladas de
tal modo que el sujeto ingenuo era siempre el maestro y el cómplice siempre
resultaba el educando. (Las dos papeletas contenían la palabra "maestro".)
Inmediatamente después de echar a suertes, el maestro y el alumno pasaban a una
sala adyacente, y el alumno era amarrado con correas a un aparato de "silla
eléctrica " .
El experimentador explicaba que las correas eran para impedir el movimiento
excesivo cuando el educando recibía un castigo eléctrico, con el fin de hacerle
imposible la huida de tal situación. Se sujetaba un electrodo a la muñeca del
educando, y se aplicaba una pasta de electrodo "para evitar las ámpulas y
quemaduras ". Se les decía a los sujetos que el electrodo estaba unido al generador
de electroshocks situado en la pieza vecina.
... Se indica al sujeto que debe administrar un "toque" al aprendiz cada vez que
dé una respuesta equivocada. Además —y aquí está la clave de las instrucciones— el
sujeto debía "poner en un nivel más alto el generador de shocks cada vez que el
aprendiz diera una respuesta errónea " . También se le dice que anuncie el nivel del
voltaje antes de administrar el toque. Esto era con el fin de recordar continuamente
a los sujetos la creciente intensidad de los toques que administraban al
educando . . . En todas las condiciones, el aprendiz da una serie predeterminada de
respuestas a la prueba de un par de palabras basada en un plan de aproximadamente
tres respuestas equivocadas por una correcta. En la actual condición experimental
no se oye ninguna reacción vocal ni otra señal de protesta del educando antes de
llegar al nivel de shock 300. Cuando se administra el toque de 300 voltios, el
educando golpea la pared de la pieza en que está sujeto a la silla eléctrica. El sujeto
30
En realidad no se administraban electroshocks, pero este hecho no lo conocían los sujetos enseñantes.
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puede oír los golpes. A partir de este momento, las respuestas del educando ya no
aparecen en el tablero de cuatro vías . . . Si el sujeto indicaba no estar dispuesto a
seguir adelante, el experimentador respondía con una serie de estímulos o
"acicates", y empleaba tantos como era necesario para convencer al sujeto.
Acicate 1 : Continúe, por favor, o Siga, por favor.
Acicate 2: El experimento requiere que continúe.
Acicate 3: Es absolutamente esencial que continúe.
Acicate 4: No hay remedio, tiene usted que seguir.
Los acicates se seguían siempre por orden: sólo si el número 1 fallaba se podía
recurrir al número 2. Si el sujeto se negaba a obedecer al experimentador después
del acicate número 4, el experimento había terminado. El tono de voz del
experimentador era siempre firme, pero no descortés. La serie empezaba de nuevo
cada vez que el sujeto se detenía o se mostraba renuente a obedecer las órdenes.
Acicates especiales. Si los sujetos preguntaban que si el aprendiz podía quedar
físicamente afectado para siempre, el experimentador decía:
"
Aunque los toques pueden ser dolorosos, no hay lesión permanente en los
tejidos, así que por favor, continúe. " (Seguían los acicates 2, 3 y 4 si era necesario.)
Si el sujeto decía que el aprendiz no quería proseguir, el experimentador
replicaba:
"Le guste o no al aprendiz, tiene que continuar hasta que haya aprendido
debidamente todos los pares de palabras. Así que por favor, continúe. " (Seguían los
acicates, 2, 3 y 4 si era necesario.)
¿Cuáles fueron los resultados del experimento? "Muchos sujetos daban señales de
nerviosismo en la situación experimental, y sobre todo al administrar los toques más
fuertes. En gran número de casos, el grado de tensión llegaba a extremos raramente
vistos en los estudios sociopsicológicos de laboratorio." (Subrayado mío.) Se veía a
los sujetos sudar, temblar, balbucir, morderse los labios, gemir y hundirse las uñas
en la carne. Éstas eran reacciones características, más que excepcionales, al
experimento.
Una señal de tensión era la ocurrencia regular de carcajadas nerviosas. Catorce de
los 40 sujetos dieron señales claras de risa y sonrisa nerviosa. Las carcajadas
parecían totalmente fuera de lugar y aun extrañas. Se observaron accesos bien
configurados e incontrolables en 3 sujetos. En una
ocasión observamos uno tan violentamente convulsivo que fue necesario detener el
experimento. El sujeto, vendedor de enciclopedias, de 46 años de edad, estaba
seriamente embarazado por su mal comportamiento, tan incontenible. En las
entrevistas posexperimentales, los sujetos se empeñaban mucho en señalar que no
eran sádicos y que su risa no indicaba que estuvieran gozando cuando propinaban
los toques a su víctima.
En cierto contraste con lo que el experimentador había esperado al principio,
ninguno de los cuarenta sujetos se detuvo antes del nivel de shock 300, en que la
víctima empezaba a patear la pared y ya no respondía a las preguntas de elección
múltiple del maestro. Sólo cinco de los cuarenta sujetos se negaron a obedecer a las
órdenes del experimentador más allá del nivel de 300 voltios; otros cuatro
administraron un toque más, dos se interrumpieron en el nivel de los 330 voltios y
uno en los 345, otro en los 360 y otro más en los 375. Así pues, un total de catorce
sujetos (= 35%) desobedecieron al experimentador. Los sujetos "obedientes " con
frecuencia lo hacían con gran tensión . . . y daban muestras de temo semejantes a
las de quienes desobedecieron al experimentador; pera obedecían.
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¿Es así en verdad? ¿Hemos aprendido realmente a "no hacer daño a los demás"?
Tal vez sea eso lo que les dicen a los niños en el catecismo. Pero en la escuela
realista de la vida, aprenden que deben buscar su propia ventaja aun en detrimento de
los demás. Parece que en eso el conflicto no es tan grave como cree Milgram.
Creo que el descubrimiento más importante del estudio de Milgram es la pujanza
de las reacciones contra el comportamiento cruel. Cierto es que 65% de los sujetos
podrían ser "condicionados " para conducirse cruelmente, pero en la mayoría de ellos
se patentizó una clara reacción de indignación u horror contra ese comportamiento
sádico. Por desgracia, el autor no proporciona datos precisos sobre el número de
"sujetos " que se mantuvieron calmados durante todo el experimento. Sería sumamente
interesante saber más de ellos para comprender el comportamiento humano. Al
parecer, había en ellos poca o ninguna oposición a los crueles actos que estaban
ejecutando. Habría ahora que preguntarse por qué. Una respuesta posible es que
gozaban haciendo sufrir a los demás y no sentía remordimiento al estar su
comportamiento sancionado por la autoridad Otra posibilidad es que fueran personas
tan enajenadas o narcisistas que estaban aisladas respecto de lo que podían sentir las
otras personas: o tal vez fueran "psicópatas ", sin ningún género de reacción moral. En
cuanto a aquellos en que se manifestó el conflicto en diversos síntomas de tensión
fatigante y ansiedad, debe suponerse que eran personas desprovistas de carácter
sádico o destructor. (Si hubiéramos emprendido una entrevista en profundidad,
hubiéramos visto las diferencias de carácter e incluso hubiéramos podido hacer un
docto cálculo acerca de cómo se comportarían las personas.)
El resultado principal del estudio de Milgram parece ser uno en que él no insiste:
la presencia en muchos sujetos de la conciencia, y el dolor cuando la obediencia los
hacía obrar contra su conciencia. Y así, mientras el experimento puede interpretarse
como una prueba más de la fácil deshumanización del hombre, las reacciones de los
sujetos más bien prueban lo contrario: la presencia dentro de ellos de fuerzas
intensas a las que resulta intolerable el comportamiento cruel. Esto señala un
importante modo de enfocar el estudio de la crueldad en la vida real: considerar no
solamente el comportamiento cruel sino también la conciencia de culpabilidad —a
menudo, inconsciente— de quienes obedecen a la autoridad. (Los nazis hubieron de
recurrir a un complicado sistema de enmascaramiento de las atrocidades para
habérselas con la conciencia del hombre común.) El experimento de Milgram es un
buen ejemplo de la diferencia entre los aspectos conscientes e inconscientes del
comportamiento, aunque no se haya empleado para explorar esa diferencia.
Otro experimento es particularmente indicado aquí porque trata directamente el
problema de las causas de la crueldad.
El primer informe de este experimento se publicó en un breve trabajo
(P. G. Zimbardo, 1972) que, como me escribió su autor, es un resumen de un informe
oral presentado ante una subcomisión del Congreso para la reforma de las prisiones.
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A causa de la brevedad del trabajo, el doctor Zimbardo no lo considera una base justa
para una crítica de su obra: atiendo a su deseo, aunque sintiéndolo mucho, ya que hay
algunas discrepancias, que me hubiera gustado señalar, entre él y el trabajo posterior.
(C. Haney, C. Banks y P. Zimbardo, en prensa.) 31. Mencionaré sólo brevemente su
primer trabajo en relación con dos puntos cruciales: a] la actitud de los guardianes y
b], la tesis central de los autores.
El propósito del experimentador era estudiar el comportamiento de las personas
normales en una situación particular: la de desempeñar el papel de presos y el de
guardianes respectivamente en un "simulacro de prisión". La tesis general que creen
los autores demostrada por el experimento es que a muchas personas, quizá la
mayoría, se les puede obligar a hacer casi cualquier cosa por la fuerza de la situación
en que se les ponga, independientemente de su moral, sus convicciones personales y
su escala de valores (P. H. (á. Zimbardo, 1972); más concretamente. que en este
experimento la situación carcelaria transformaba a la mayoría de los sujetos que
hacían el papel de "guardianes" en bestias sádicas v a la mayoría de los que hacían el
papel de presos en personas abyectas, espantadas y sumisas, y que algunos
presentaron síntomas mentales tan graves que hubo de dárseles soltura a los pocos
días. De hecho, las reacciones de ambos grupos fueron tan intensas que el
experimento, que debía haber durado dos semanas, se interrumpió a los seis días.
Dudo de que este experimento probara la tesis de los conductistas y expondré las
razones de mis dudas. Pero primeramente debo dar a conocer a los lectores los
detalles del mismo tal y como se presentan en el segundo informe. Unos estudiantes
se ofrecieron en respuesta a un anuncio en el periódico que pedía voluntarios varones
para participar en un estudio psicológico sobre la vida en las prisiones, a cambio de
un pago de 15.00 dólares diarios.
31
Salvo cuando se apunta otra cosa, las citas siguientes están tomadas del trabajo conjunto, cuyo original tuvo la
amabilidad de enviarme el doctor Zimbardo.
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Como verá el lector por la descripción de los métodos empleados en la prisión, queda muy
por debajo de la verdad del trato aplicado en el experimento, sólo vagamente insinuado en
las últimas palabras. Los métodos empleados en realidad fueron de humillación y
degradación graves y sistemáticas, no sólo debido al comportamiento de los guardianes
sino también por las reglas de la prisión convenidas por los experimentadores.
Con el empleo de la palabra "prisión" se da a entender que todas las prisiones de los
Estados Unidos por lo menos —y de hecho de cualquier otro país— son de este tipo. Así
se olvida el hecho de que hay otras, como algunas prisiones federales de los Estados
Unidos y sus equivalentes de otros países, que no son tan malas como el simulacro de
prisión de nuestros autores.
¿Qué trato se dio a los "presos"? Se les había dicho que estuvieran listos para el inicio
del experimento.
Con la cooperación del departamento de policía de la ciudad de Palo Alto, todos los
sujetos que debían recibir el tratamiento de presos fueron "arrestados" súbitamente en sus
residencias. Un oficial de policía los acusó de sospecha de robo con escalo o robo a mano
armada, les comunicó cuáles eran sus derechos legales, los esposó, los cateó a fondo (con
frecuencia ante las miradas de los curiosos vecinos) y se los llevó al cuartelillo de policía
en la parte de atrás del coche celular. En el cuartelillo pasaron por los acostumbrados
trámites de toma de huellas digitales, tarjeta de identificación y traslado a una celda de
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detención. A todos los presos se les vendaron los ojos y después uno de los
experimentadores y un sujeto guardián los llevaron a nuestro simulacro de prisión.
Durante todo el procedimiento de la detención, los oficiales de policía participantes
mantuvieron una actitud grave y formal, evitando responder a las preguntas de aclaración
en cuanto a la relación de su "arresto" con el estudio en un simulacro de prisión.
Al llegar a nuestra prisión experimental, se mandó desnudar a todos los presos, se
les roció con un preparado despiojador (un desodorante) y se les hizo estar en pie y
solos, en cueros, durante cierto tiempo en el patio del sótano. Después de darles el
uniforme anteriormente descrito y tomárseles una fotografía de I.D. (para
identificación de sospechosos), se llevó a cada uno a una celda y se le mandó estar
callado.
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saboreaban el poder y la autoridad tan grandes que habían ejercido, y a los que de
mala gana renunciaban.
Describen los autores la actitud de los "guardianes":
Es una lástima que no se nos proporcione más información exacta que "algunos",
"unos cuantos", "otros", etc. Parece ésta una innecesaria falta de precisión cuando
hubiera sido muy fácil citar números exactos. Todo ello es tanto más sorprendente
por cuanto en la comunicación anterior de Trans-Action se hicieron algunas
declaraciones algo más concretas y sustancialmente diferentes. El porciento de
guardianes activamente sádicos, "muy dotados de inventiva en sus procedimientos
para quebrantar el espíritu de los presos" se calcula haber sido allí de un tercio
aproximadamente. El resto se dividía entre las otras dos categorías: (1) "rudos pero
justos" o bien (2) "buenos guardianes desde el punto de vista de los presos, ya que
hacían pequeños favores y eran amistosos". Este es un modo muy diferente de
presentar a los que "eran pasivos y raramente instigaron poder coercitivo", como
dice el segundo informe.
Estas descripciones indican cierta ausencia de precisión en la formulación de los
datos, cosa tanto más lamentable por cuanto se presenta en relación con la tesis
principal del experimento. Los autores creen que demuestra cómo la situación por sí
sola puede transformar en unos días a personas normales en individuos abyectos y
sumisos o en sádicos despiadados. A mí me parece que si algo prueba el
experimento es más bien lo contrario. A pesar de todo el ambiente de este simulacro
de prisión que según el concepto del experimento estaba destinado a degradar y
humillar (evidentemente, los guardianes deben haber caído rápidamente en la cuenta
de ello), dos tercios de los guardianes no cometieron actos sádicos por gusto
personal, el experimento más bien parece demostrar que uno no puede transformar
tan fácilmente a las personas en seres sádicos proporcionándoles la situación
apropiada.
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Uno de los incidentes más notables del estudio se presentó durante una sesión del
tribunal de libertad bajo palabra en que a cada uno de cinco presos con derecho a
pedirla le preguntó el autor de más edad si estaría dispuesto a renunciar al dinero que
había ganado estando preso si se le dejaba libre bajo palabra (excluido del estudio).
Tres de los cinco presos dijeron que sí, que estaban dispuestos a hacerlo. Nótese que
el incentivo original para la participación en el estudio había sido la promesa de
dinero y que al cabo de sólo cuatro días estaban dispuestos a renunciar por completo a
aquella suma. Y, cosa aún más sorprendente, cuando se les dijo que esa posibilidad
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habría de discutirse con los miembros del mando antes de tomar una decisión, cada
uno de los presos se levantó calladamente y se dejó acompañar por un guardián otra
vez a la celda. Si se consideraban sencillamente "sujetos " participantes en un
experimento por dinero, ya no tenían ningún incentivo para seguir en el estudio, y
fácilmente podían haber escapado a aquella situación, que tan claramente aborrecible
se había vuelto para ellos, marchándose. Pero era tan fuerte el imperio que la
situación había llegado a adquirir sobre ellos, aquel medio simulado se había hecho
tan real, que no podían ver cómo había desaparecido su único y original motivo para
seguir allí, y volvían a sus celdas a esperar la decisión de "libertad bajo palabra" de
sus captores.
¿Podían haber escapado tan fácilmente a la situación'? ¿Por qué no se les dijo en
aquella entrevista que los que quisieran irse podían hacerlo libremente, con tal que
renunciaran al dinero? Si hubieran seguido todavía después de tal anuncio,
ciertamente hubiera estado justificado lo que dicen los autores acerca de su docilidad.
Pero diciendo que "esa posibilidad habría de discutirse con los miembros del mando
antes de tomar una decisión" se les daba la respuesta burocrática clásica que en el
fondo significaba que los presos no tenían el derecho de irse.
¿"Sabían " realmente los presos que todo aquello era un experimento'' Depende del
sentido que se le dé a "saber " y de los efectos que tenga en los procesos mentales de
los presos si desde el principio se había creado intencionalmente la confusión y ya no
podía "saberse" realmente cuál era la verdad y cuál no.
Aparte de la falta de precisión y de evaluación autocrítica de los resultados, el
experimento adolece de otra cosa: el no comparar s resultados con las situaciones
carcelarias reales del mismo tipo. ¿Son la mayoría de los presos en el peor tipo de
prisión norteamericana servilmente dóciles y la mayoría de los guardianes sádicos? Los
autores citan solamente a un ex convicto y un capellán de prisión en prueba de la tesis
de que los resultados de la prisión simulada corresponden a los que suelen hallarse en
las prisiones de verdad. Como se trataba de una cuestión decisiva para la tesis principal
de los experimentos, hubieran debido establecer más comparaciones —por ejemplo
mediante entrevistas sistemáticas con muchos ex prisioneros. Y también, en lugar de
hablar sencillamente de "prisiones" hubieran debido presentar datos más precisos sobre
el porcentaje de prisiones de los Estados Unidos que corresponden al degradante tipo
de prisión que quisieron reproducir.
El no haber los autores contrastado sus conclusiones con una situación real es
particularmente lamentable, ya que hay bastante material disponible acerca de una
situación carcelaria mucho más brutal que la de la peores prisiones norteamericanas:
los campos de concentración de Hitler.
En cuanto a la crueldad espontánea de los SS, la cuestión no ha sido estudiada
sistemáticamente. En mis propios, limitados esfuerzos para : recabar datos acerca de
la incidencia de sadismo espontáneo de los guardianes —o sea de comportamiento
sádico que sobrepase la rutina prescrita y motivado por el goce sádico individual— he
recibido estimaciones de antiguos prisioneros que van de 10 a 90%, y los cálculos
más bajos suelen proceder de los que fueran presos políticos 3 2 . Para determinar los
hechos sería necesario emprender un estudio a fondo del sadismo de los guardianes
en el sistema de campos de concentración de los nazis; para ese estudio podrían
emplearse diversos modos de enfoque. Por ejemplo:
32
Comunicaciones personales de H. Brandt y el profesor H. Simonson —ambos pasaron muchos años en campos de
concentración en calidad de presos políticos— y de otros que prefirieron no ver mencionado su nombre. Cf. también H.
Brandt (1970).
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33
Sé por el doctor J. M. Steiner que está preparando un estudio para la prensa basado en tales entrevistas; promete
ser una contribución importante.
34
En aquel tiempo, el guardián sólo tenía obligación de informar por escrito cuando había matado a un prisionero.
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lugar de decidir qué es lo real y qué la ficción, sigue pensando en la media luz de la no diferenciación entre ilusión y
realidad.
38
Por esta razón, un sueño asesino ocasional sólo permite la afirmación cualitativa de que se tienen esos impulsos,
pero nada cuantitativo acerca de su intensidad. Sólo su frecuente recurrencia permitiría también un análisis cuanti-
tativo.
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Hay otros muchos estudios de la agresión orientados de modo conductista 39, pero
ninguno presenta una teoría general de los orígenes de la agresión y la violencia, a
excepción de la teoría de frustración y agresión expuesta por J. Dollard et al. (1939),
que pretenden haber hallado la causa de toda agresión, y más concretamente, que "la
presencia de comportamiento agresivo siempre presupone la existencia de frustración
y a la inversa; la existencia de frustración siempre conduce a alguna forma de
agresión". (J. Dollard et al., 1939.) Dos años después, uno de los autores, N. F. Miller,
abandonó la segunda parte de la hipótesis y concedió que la frustración podía
provocar cierto número de reacciones de diferentes tipos, de los cuales sólo uno era
agresión. (N. E. Miller, 1941.)
Según Buss, esta teoría la aceptaron prácticamente todos los psicólogos, con unas
pocas excepciones. Buss mismo llega a la conclusión crítica de que "el énfasis en la
frustración ha hecho desdichadamente desatender la otra gran clase de antecedentes
(estímulos nocivos), así como la agresión en tanto que respuesta instrumental. La
frustración es sólo un antecedente de la agresión, y no el más poderoso. (A. H. Buss.
1961.)
Nos es imposible examinar a fondo la teoría de agresión y frustración dentro del
marco de este libro, debido a la extensión de la literatura que sería necesario tratar 40.
En lo que sigue me limitaré a unos cuantos puntos fundamentales.
Afea grandemente la simplicidad de la formulación original de esta teoría la
ambigüedad de lo que se entiende por frustración. Básicamente, la palabra se puede
entender con dos significados: a] la interrupción de una actividad que avanza y se
dirige hacia un objetivo. (Por ejemplo, un niño con la mano metida en el tarro de las
galletas cuando entra la madre y le hace detenerse, o una persona sexualmente
excitada interrumpida en el acto del coito.) h] Frustración en forma de negación de un
deseo –"privación" según Buss. (Por ejemplo, el niño pide a la madre una galleta y
ella se la niega, o un hombre hace proposiciones a una mujer y es rechazado.)
Una de las razones de que la palabra "frustración" resulte ambigua es que Dollard
y sus colaboradores no se expresaron con la debida claridad. Otra razón es
probablemente que la palabra "frustración" suele emplearse en el segundo sentido, y
que el pensamiento psicoanalítico también ha contribuido a ese empleo. (Por ejemplo,
la madre "frustra" el deseo de amor de un hijo.)
Según el significado de la frustración, nos hallamos ante dos teorías enteramente
diferentes. La frustración en el primer sentido sería relativamente rara porque
requiere que la actividad decidida haya empezado ya. No sería suficientemente
frecuente para explicar toda o una parte considerable de la agresión. Al mismo
tiempo, la explicación de la agresión como resultado de interrumpir una actividad tal
vez fuera la única parte sana de la teoría. Para demostrarlo o refutarlo serían de valor
decisivo nuevos datos neurofisiológicos.
Por otra parte, la teoría que se basa en el segundo significado de la frustración no
parece resistir al peso de las pruebas empíricas. Ante todo, podríamos considerar un
hecho fundamental de la vida: que nada importante se logra sin aceptar la frustración.
La idea de que se puede aprender sin esfuerzo, o sea sin frustración, será buena para
anunciar algo, pero ciertamente no es verdad cuando se trata de adquirir
conocimientos importantes. Sin la capacidad de aceptar la frustración, el hombre
apenas hubiera podido progresar. Y ¿no vemos todos los días gente que padece
frustraciones sin reacción agresiva? Lo que puede producir, y con frecuencia produce,
39
Cf. una excelente revisión de los estudios psicológicos sobre la violencia (F. I. Megargec, 1969).
40
Entre los estudios más importantes sobre la teoría de frustración y agresión mencionar, aparte de la obra de
A. II. Buss, está frustration-aggression hypothesis revisited (1969), de L. Berkowitz. Aunque crítica, la obra de
Berkowitz es en su conjunto positiva, y cita cierto número de los experimentos más recientes.
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UN TERRENO COMÚN
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42
El trozo citado por Fromm, se halla en la p. 6 de Biología d e l comportamiento (raíces instintivas d e l a agresión, e l
miedo y l a libertad), por K. Lorenz y P. Leyhausen, Siglo XX1, 1971. [T.]
43
La posición de Lorenz y Leyhausen tiene su paralelo en una forma distorsionada de psicoanálisis según la cual
éste equivale a entender la historia del paciente sin necesidad de entender la dinámica del proceso psíquico tal y como
es en la realidad.
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Una debilidad quizá más grave en el actual tratamiento psicológico del instinto está
en el supuesto de que es adecuado un sistema de dos clases para clasificar el
comportamiento complejo. La implicación de que todo comportamiento debe ser
determinado por el aprendizaje o la herencia, ambos sólo parcialmente entendidos, es
enteramente injustificada. La forma final de cualquier respuesta es afectada por una
multiplicidad de variables, de las cuales sólo dos son factores genéticos y
experienciales. Es a la identificación y el análisis de todos estos factores a donde
debiera dirigirse la psicología. Con esta tarea debidamente concebida y ejecutada no
habrá necesidad ni razón para conceptos ambiguos del comportamiento instintivo. (F.
A. Beach, 1955.)
Con vena semejante escriben N. R. F. Maier y T. C. Schneirla:
Dado que el aprendizaje desempeña un papel más importante en el comportamiento
de los seres superiores que en el de los inferiores, las pautas de comportamiento
determinadas nativamente de los seres superiores son mucho más modificadas por la
experiencia que las de los seres inferiores. Mediante esta modificación, el animal
puede adaptarse a diferentes medios y librarse de los estrechos lazos que le impone
la condición óptima Por eso, los seres superiores dependen menos para su
supervivencia de las condiciones ambientales específicas externas que las formas
inferiores.
A causa de la acción recíproca de los factores adquiridos y los innatos en el modo de
comportarse es imposible clasificar muchas pautas de comportamiento. Cada tipo de
comportamiento debe investigarse por separado. (N. R. F. Maier y T. C. Schneirla,
1964.)
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la especie, y las "pulsiones no orgánicas " (pasiones radicadas en el carácter) 44, no pro-
gramadas filogenéticamente y no comunes a todos los hombres: el deseo de amor y
libertad; la destructividad, el narcisismo, el sadismo, el masoquismo.
Con frecuencia, esas pulsiones no orgánicas que forman la segunda naturaleza del
hombre se confunden con las pulsiones orgánicas. Por ejemplo, en el caso del impulso
sexual. Es una observación psicoanalíticamente bien establecida que a menudo la
intensidad de lo que se siente subjetivamente como deseo sexual (incluso sus
manifestaciones fisiológicas correspondientes) se debe a pasiones no sexuales, como
el narcisismo, el sadismo, el masoquismo, la ambición de poder y aun la ansiedad, la
soledad y el tedio.
Para un varón narcisista, por ejemplo, la vista de una mujer puede ser sexualmente
excitante, porque le excita la posibilidad de probarse a sí mismo cuán atractivo es. O
una persona sádica puede excitarse sexualmente ante la oportunidad de conquistar a
una mujer (o un hombre, como podría ser el caso) y dominarla. Muchas personas
están unidas emocionalmente durante años por ese solo motivo, sobre todo cuando al
sadismo de la una corresponde el masoquismo de la otra. Es bastante conocido que la
fama, el poder y la riqueza hacen a quien los posee sexualmente atractivo si reúne
ciertas condiciones físicas. En todos estos casos movilizan el deseo físico pasiones no
sexuales que así se satisfacen. Podríamos con razón preguntarnos cuántos niños deben
su existencia a la vanidad, el sadismo y el masoquismo en lugar de deberla a una
atracción física genuina, no hablemos ya de amor. Pero la gente, sobre todo los
hombres, prefiere creer que es "archisexuada" y no "archivana" 45.
El mismo fenómeno se ha estudiado con toda detención clínicamente en casos de
comer compulsivo. Este síntoma no es motivado por hambre "fisiológica" sino
"psíquica", engendrada por la sensación de estar deprimido, ansioso, "vacío".
Es mi tesis —a demostrar en los capítulos siguientes— que la destructividad y la
crueldad no son pulsiones instintivas sino pasiones radicadas en la existencia total del
hombre. Son uno de los modos de que la vida tenga sentido, y no podrían hallarse en
el animal porque por su índole misma radican en la "condición humana". El error
principal de Lorenz y otros instintivistas es haber confundido los dos tipos de
pulsión: la que radica en el instinto y la que radica en el carácter. Una persona sádica
que espera la ocasión, como suele suceder, de expresar su sadismo, parece concordar
con el modelo hidráulico del instinto acumulado. Pero sólo las personas de carácter
sádico esperan la ocasión de portarse sádicamente, de igual manera que las personas
de carácter afectuoso esperan la ocasión de manifestar su afecto.
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46
Esta interpretación histórica no tiene nada que ver con la validez de la teoría de Darwin, aunque tal vez sí con el
desdén por algunos hechos, como el papel de la cooperación, y con la popularización de la teoría.
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Algunos escritores de este campo sólo tienen una vaga idea de las implicaciones
políticas y filosóficas de sus teorías respectivas. Tampoco han merecido mucha
atención de los comentaristas de esas teorías las relaciones de ese tipo. Pero hay
excepciones. N. Pastore (1949) comparaba las opiniones sociopolíticas de
veinticuatro psicólogos, biólogos y sociólogos en relación con el problema de
naturaleza v alimentación. Entre los doce "liberales" o radicales, once eran
ambientalistas y uno hereditarista:
entre los doce "conservadores", once eran hereditaristas y uno ambientalista. Aun
considerando el pequeño número de personas comparadas, el resultado es muy
revelador.
Otros autores tienen conciencia de las implicaciones emocionales, pero casi por lo
general de las hipótesis de sus contrarios exclusivamente. Un buen ejemplo de esta
conciencia parcial es lo que declara uno de los representantes más distinguidos del
psicoanálisis ortodoxo, R. Waelder:
Me refiero a un grupo de críticos que fueron marxistas declarados o por lo menos
pertenecían a esa rama de la tradición liberal occidental de que fue vástago el propio
marxismo, o sea esa escuela de pensamiento que creía apasionadamente que el
hombre es "bueno" por naturaleza y que cualesquiera males y dolencias que se
adviertan en los asuntos humanos, se deben a las instituciones corrompidas . . . quizá
a la institución de la propiedad privada o, en una versión más reciente y moderada, a
la llamada "cultura neurótica" .. .
Pero ya sea evolucionista o revolucionario, moderado o radical, o de vía estrecha,
nadie de los que creen en la bondad del hombre y en la responsabilidad exclusiva de
las causas externas para el sufrimiento humano podía evitar que le conturbara la
teoría de un instinto de destrucción o de muerte. Porque si esta teoría es cierta, las
potencialidades de conflicto y padecimiento son inherentes a las cosas humanas y los
intentos de abolir o mitigar el sufrimiento parecen si no empresas desesperadas, por
lo menos mucho más complicadas de lo que se imaginaran los revolucionarios
sociales. (R. Waelder. 1956.)
Aunque las observaciones de Waelder son penetrantes, es notable el que sólo vea las
deformaciones tendenciosas de los antiinstintivistas y no las de quienes comparten su
propia posición.
¿Ofrece el psicoanálisis un método para entender la agresión que evite los defectos
tanto del modo de ver conductista como del instintivista? A primera vista, parece
como que el psicoanálisis no únicamente ha evitado esos defectos sino que en
realidad está afligido de una combinación de unos y otros. La doctrina psicoanalista
es al mismo tiempo instintivista 47 en sus conceptos teóricos generales y ambientalista
en su orientación terapéutica.
Es demasiado conocido para necesitar justificación el hecho de que la teoría
freudiana 48 es instintivista y explica el comportamiento humano como consecuencia
de la lucha entre el instinto de la autoconservación y el instinto sexual (y en su teoría
47
Freud emplea la palabra Trieb, que suele traducirse por "instinto" y se refiere al instinto en un sentido amplio,
como una pulsión radicada somáticamente, un comportamiento consumatorio impulsor pero no estrictamente
determinante.
48
En el apéndice se hallará un análisis detallado del desarrollo de la teoría freudiana de agresión.
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con su carácter. Ciertamente, el rasgo de carácter nos dice cómo le gustaría obrar a
una persona. Pero debemos añadir una importante modificación: si pudiera.
¿Qué significa este "si pudiera"?
Debemos volver aquí a una de las nociones más fundamentales de Freud: el
concepto del "principio de realidad", basado en el instinto de conservación de sí
mismo, frente al "principio de placer", basado en el instinto sexual. Sea que nos
mueva el instinto sexual o una pasión no sexual en que esté radicado un rasgo de
carácter, el conflicto entre lo que nos gustaría hacer y las necesidades de la propia
conservación sigue siendo crucial. No siempre podemos comportarnos de acuerdo
con la impulsión de nuestras pasiones, porque debemos modificar hasta cierto punto
nuestro comportamiento para conservar la vida. La persona media halla un término
medio entre lo que su carácter le haría desear y lo que tiene que hacer para no
padecer consecuencias más o menos peligrosas. Naturalmente, el grado en que una
persona sigue los dictados de su propia conservación (interés del ego) varía. En un
extremo, los intereses del ego equivalen a cero, como en el mártir o en el matador
fanático. En el otro extremo está el "oportunista", para quien su propio interés
incluye todo cuanto podría hacerle más venturoso, conocido o acomodado. Entre
estos dos extremos se pueden poner todas las personas, caracterizadas por una
mezcla específica de interés propio y de pasiones radicadas en el carácter.
El punto hasta donde una persona reprime sus pasiones depende no sólo de los
factores que lleva dentro sino también de la situación; si ésta cambia, los deseos
reprimidos se hacen conscientes y se ponen por obra. Es así, por ejemplo, para la
persona de carácter sadomasoquista. Todo el mundo conoce esa clase de personas
sumisas ante el patrón y que dominan sádicamente a su esposa y sus hijos. Otro caso
es el cambio de carácter que se produce al cambiar totalmente la situación. El
individuo sádico que tal vez se hiciera pasar por dócil y aun amistoso se convierte en
un demonio en una sociedad terrorista en que el sadismo es más estimado que
deplorado. Otro tal vez reprima el comportamiento sádico en todas las acciones
visibles y lo manifieste en un matiz de expresión del rostro o en alguna observación al
parecer inocente y marginal.
La represión de los rasgos de carácter se produce también en relación con los
más nobles impulsos. A pesar del hecho de que las enseñanzas de Jesús todavía
forman parte de nuestra ideología moral, el hombre que obra de acuerdo con ellas
suele ser considerado tonto o "neurótico": de ahí que muchas personas racionalicen
todavía sus impulsos generosos como si fueran motivados por un interés egoísta.
Estas consideraciones demuestran que en el poder motivante de los rasgos de
carácter influye en grados diversos el interés propio. Implican que el carácter
constituye la principal motivación del comportamiento humano, pero restringida y
modificada por las exigencias del interés propio en las diversas condiciones. La gran
conquista de Freud no es sólo haber descubierto los rasgos de carácter subyacentes en
el comportamiento sino además haber ideado los medios para estudiarlos, como la
interpretación de los sueños, la asociación libre y los lapsus linguae.
Aquí está la diferencia fundamental entre la caracterología conductista y la
psicoanalítica. El condicionamiento opera mediante su atractivo para el interés
egoísta, como el deseo de alimento, seguridad, alabanza, evitación del dolor. En los
animales, el interés del individuo resulta tan fuerte que mediante refuerzos repetidos
y espaciados óptimamente, el interés propio demuestra ser más fuerte que los demás
instintos, como el sexual o la agresión. Naturalmente, el hombre también se conduce
de acuerdo con su interés personal; pero no siempre, y no necesariamente de ese
modo. Con frecuencia actúa de acuerdo con sus pasiones, las más bajas y las más
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Resumiendo. Lo que hizo época en los descubrimientos de Freud fue que halló la clave
para entender las fuerzas que componen el sistema del carácter del hombre y sus
contradicciones internas. El descubrimiento de procesos inconscientes y del concepto
dinámico del carácter era radical porque llegaba a las raíces del comportamiento
humano; y era inquietante porque ya nadie podría esconderse detrás de sus buenas
intenciones: y peligroso, porque si todo el mundo supiera todo cuanto pudiera saber de
sí mismo v los demás, la sociedad retemblaría hasta en sus mismos cimientos.
Cuando el psicoanálisis triunfó y se hizo respetable. olvidó su esencia radical y
ostentó lo generalmente aceptable. Conservó aquella parte de lo inconsciente que
Freud había puesto de relieve: las apetencias sexuales. La sociedad de consumo se
deshizo de muchos tabúes victorianos (no por influencia del psicoanálisis sino por
cierto número de razones inherentes a su estructura ). Ya no fue desquiciante el
descubrir uno sus propios deseos incestuosos, el "miedo a la castración " o la "envidia
del pene ". Pero descubrir rasgos de carácter reprimidos como el narcisismo, el
sadismo. la omnipotencia. la sumisión, la enajenación, la indiferencia, la traición
inconsciente a la propia integridad, la índole ilusoria del propio concepto de realidad,
el descubrir todo eso en uno mismo, en la trama social. en los dirigentes que uno
sigue . . . eso es sin duda "dinamita social". Freud sólo trató con un ello instintivo;
esto era perfectamente satisfactorio en un tiempo en que no veía otro modo de
explicar las pasiones humanas sino en términos de instintos. Pero lo que entonces era
revolucionario hoy es convencional. La teoría de los instintos. en lugar de ser
considerada una hipótesis, necesaria en cierto período, se convirtió en corsé de hierro
de la teoría psicoanalítica ortodoxa y entorpeció el ulterior desarrollo de la
comprensión de las pasiones humanas, que había sido el principal interés de Freud.
Por estas razones propongo yo que la clasificación del psicoanálisis corno teoría
"instintivista", correcta en sentido formal, no lo es en relación con la sustancia del
psicoanálisis, que es esencialmente la teoría de los afanes inconscientes, de la
resistencia. la falsificación de la realidad según las propias necesidades y
expectaciones subjetivas ("transferencia "), del carácter y de los conflictos entre
apetencias pasionales incorporadas en rasgos de carácter y las necesidades de la
propia conservación. En este sentido revisado (si bien basado en el meollo de los
descubrimientos freudianos), el enfoque de este libro en materia de agresión y
destructividad humana es psicoanalítico, no instintivista ni conductista.
Un número creciente de psicoanalistas ha abandonado la teoría de la libido freudiana
pero es frecuente que no la hayan remplazado por otro sistema teórico igualmente preciso
y sistemático: los "impulsos" o "pulsiones" que emplean no tienen suficiente agarre ni en la
fisiología, ni en las condiciones de la existencia humana ni en un concepto adecuado de la
sociedad. Con frecuencia se sirven de categorías algo superficiales —por ejemplo la
"competición" de Karen Hornee— no muy diferentes de las "normas culturales" de la
antropología norteamericana. En contraste, cierto número de psicoanalistas —la mayoría
de ellos con influencia de Adolf Meyer— han abandonado la teoría freudiana de la libido
y han ideado lo que me parece uno de los perfeccionamientos más prometedores y
originales del psicoanálisis. Basándose principalmente en su estudio de pacientes
esquizofrénicos llegaron a calar cada vez más hondo en los procesos inconscientes que se
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SEGUNDA PARTE
LA NEUROFISIOLOGÍA
El fin que persiguen los capítulos de esta parte es mostrar datos importantes de
neurofisiología, psicología animal, paleontología y antropología que no sustentan la
hipótesis de que el hombre nace dotado de un instinto agresivo espontáneo y
automático.
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ayuden mutuamente; esto es posible tan sólo si por ambas partes hay algún
conocimiento elemental que permita al menos a cada una entender el lenguaje de la
otra y apreciar sus descubrimientos fundamentales. Si los estudiosos de ambas
ciencias estuvieran en tan estrecho contacto descubrirían algunos terrenos en que los
descubrimientos de la una pueden relacionarse con los de la otra; tal es el caso, por
ejemplo, en relación con el problema de la agresión defensiva.
No obstante, en la mayoría de los casos, las investigaciones psicológicas y
neurofisiológicas y sus respectivos marcos estructurales están muy aparte y el
neurocientífico no puede actualmente dar satisfacción al deseo del psicólogo de
obtener información referente a cuestiones como la del equivalente neurofisiológico
de pasiones como la destructividad, el sadismo, el masoquismo o el narcisismo 53 , ni
el psicólogo puede ser de gran ayuda al neurofisiólogo. Parece como si cada una de
esas ciencias debiera seguir su propio camino y resolver sus problemas por sí sola hasta
que un día uno tuviera que dar por supuesto que ambas habían adelantado hi suficiente
para poder abordar los mismos problemas con sus diferentes métodos e interrelacionar
sus descubrimientos. Sería seguramente absurdo que cada una de ellas esperara a que la
otra hubiera presentado pruebas positivas o negativas a las hipótesis por ella
formuladas. Mientras una prueba neurofisiológica clara no contradiga la teoría
psicológica, el psicólogo sólo debe tener respecto de sus descubrimientos la cautela
científica normal, con tal que estén basados en la debida observación e interpretación
de los datos.
R. B. Livingston hace las siguientes observaciones a propósito de las relaciones
entre ambas ciencias:
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diferentes regiones neurales del cerebro. Se ha demostrado, por ejemplo, que la reacción
afectiva de rabia y su correspondiente pauta de comportamiento agresiva pueden
activarse por estimulación eléctrica directa de diversas regiones, como las amígdalas, la
parte lateral del hipotálamo, algunas partes del mesoencéfalo y la materia gris central; y
puede inhibirse estimulando otras estructuras, como el tabique, la circunvolución del
cíngulo y el núcleo caudal60. Con gran ingeniosidad quirúrgica, algunos investigadores 61
lograron implantar electrodos en ciertas regiones determinadas del cerebro y establecer
una conexión de dos sentidos para la observación. Con una estimulación de voltaje bajo
en una región pudieron estudiar los cambios de comportamiento en los animales, y
después en el hombre. Consiguieron demostrar, por ejemplo, la provocación del
comportamiento intensamente agresivo por la estimulación eléctrica directa de ciertas
partes y la inhibición de la agresión al estimular otras. Por otra parte, pudieron medir
la actividad eléctrica de esas diversas partes del cerebro cuando los estímulos
ambientales suscitaban emociones como la rabia, el miedo, el placer, etc. También
pudieron observar los efectos permanentes producidos por la destrucción de ciertas
partes del cerebro.
Es ciertamente muy impresionante presenciar cómo un aumento relativamente
pequeño en la carga eléctrica de un electrodo implantado en uno de los subestratos
neurales de la agresión puede producir un súbito acceso de rabia incontrolada y
asesina y cómo la reducción de la estimulación eléctrica o la estimulación de un
centro inhibidor de la agresión puede detener esa agresión de un modo no menos
subitáneo. El espectacular experimento de Delgado, quien detuvo un toro que
embestía estimulando en él (a control remoto) una región inhibitoria ha despertado
considerable interés popular en ese procedimiento. (J. M. R. Delgado, 1969.)
No es únicamente característico de la agresión el que una reacción sea activada
en algunas partes del cerebro e inhibida en otras: la misma dualidad se advierte en
relación con otros impulsos. De hecho, el cerebro está organizado en forma de
sistema dual. Si no hay estímulos específicos (externos o internos), la agresión se
halla en un estado de equilibrio fluido, porque las regiones activadores e inhibidoras
se mantienen mutuamente en un equilibrio relativamente estable. Esto puede echarse
de ver con particular claridad cuando se destruye una región activante o inhibidora.
Partiendo del experimento clásico de Heinrich Klüver y P. C. Bucy (1934) se ha
demostrado, por ejemplo, que la destrucción de la amígdala transformaba los
animales (mono macaco de la India, glotón americano, gato montés, rata y otros) a
tal punto que perdían —por lo menos temporalmente— su capacidad de reaccionar
de modo agresivo y violento, aun fuertemente provocados 62. Por otra parte, la
destrucción de regiones inhibidoras de la agresión, como por ejemplo pequeñas
porciones del núcleo ventromedial del hipotálamo, produce gatos y ratas
permanentemente agresivos.
Dada la organización dual del cerebro, surge la cuestión crucial: ¿cuáles son los
factores que trastornan el equilibrio y producen rabia manifiesta y el comportamiento
violento correspondiente?
Ya hemos visto cómo uno de los medios de lograr ese trastorno del equilibrio
puede ser la estimulación eléctrica o la destrucción de algunas de las regiones
60
El neocórtex ejerce un efecto predominantemente excitador en el comportamiento de rabia. Cf. los
experimentos de K. Ackert con la ablación del neocórtex del polo temporal. (R. Ackert, 1967.)
61
Cf. W. R. Hess (1954), J. Olds y P. Milner (1954), R. G. Heath, ed. (1962), J. M. R. Delgado (1967, 1969, con
amplia bibliografía). Cf. además el volumen recientemente publicado por V. H. Mark y F. R. Ervin (1970), que
contiene una exposición clara y concisa, fácil de entender incluso para el lego en esta materia, de los datos
esenciales de neurofisiología referentes al comportamiento violento.
62
Cf. V. H. Mark y F. R. Ervin (1970).
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Los datos sobre combate y fuga como reacciones de defensa hacen ver con un aspecto
muy peculiar la teoría instintivista de la agresión. El impulso de huir desempeña —
neurofisiológica y conductualmente— un papel igual o tal vez mayor en el
comportamiento animal que el impulso de combatir. Neurofisiológicamente, los dos
impulsos están integrados del mismo modo; no hay base para decir que la agresión es
más "natural" que la fuga. ¿Por qué entonces los instintivistas hablan de la intensidad de
los instintos innatos de agresión y no del instinto innato de fuga?
Si hubiéramos de aplicar el modo de razonar de los instintivistas acerca del impulso
de combate al de fuga llegaríamos a un enunciado de este tipo: “Mueve al hombre el
impulso innato de huir; a veces trata de dominar este impulso por su razón, pero su
dominio será relativamente ineficaz, aunque pueda hallarse algún medio de refrenar el
poder del ‘instinto de fuga’.”
Considerando el énfasis que se ha dado a la agresión humana innata como uno de los
problemas más graves de la vida social, desde las posiciones religiosas hasta la obra
científica de Lorenz, una teoría que gire en torno al "incontrolable instinto de fuga"
puede parecer extraña, pero neurofisiológicamente es tan buena como la de la "agresión
incontrolable". De hecho, desde un punto de vista biológico parecería que la fuga es más
eficaz que la pelea para la conservación del individuo. A los jefes políticos o militares
seguramente no les parecerá nada extraña, sino harto familiar. Saben por experiencia que
la naturaleza del hombre no parece inclinarle al heroísmo y que es necesario tomar
muchas medidas para hacer que pelee y evitar que corra por salvar su vida.
El que estudia la historia podría suscitar la cuestión de si el instinto de fuga no ha sido
un factor por lo menos tan poderoso como el de combate, y llegar a la conclusión de que
no es tanto la agresión instintiva como los intentos de suprimir el "instinto de fuga" del
hombre lo que ha movido la historia. Podría especular que una buena parte de los
convenios sociales y los esfuerzos ideológicos del hombre se han consagrado a este fin.
Se ha amenazado al hombre con la muerte para insuflarle un sentimiento de pavor ante la
sabiduría superior de sus dirigentes, para hacerle creer en el valor del "honor". Se le
intenta aterrorizar con el temor de que lo llamen cobarde o traidor, o simplemente se le
embriaga con licor o con la esperanza del botín y las mujeres. El análisis histórico podría
demostrar que la represión del instinto de fuga y la aparente dominancia del de lucha se
deben en gran parte a factores culturales, más que a factores biológicos.
Estas especulaciones sólo tienen por objeto señalar la propensión tendenciosa de la
etología en favor del Horno aggressivus; queda el hecho fundamental de que el cerebro
de los humanos y los animales tiene integrados mecanismos neuronales que movilizan el
comportamiento agresivo (o fugitivo) en reacción a amenazas a la supervivencia del
individuo o de la especie, y que este tipo de agresión es biológicamente adaptativo y
sirve para la vida.
DEPREDACIÓN Y AGRESIÓN
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Hay otro tipo de agresión que ha ocasionado mucha confusión, y es el de los animales
depredadores o rapaces terrestres. Zoológicamente están bien definidos, y comprenden
las familias de los felinos, hienas, lobos y osos64.
Se están acumulando rápidamente pruebas experimentales que señalan cómo la base
neurológica de la agresión rapaz es distinta de la de la agresión defensiva 65. Lorenz ha
observado lo mismo desde el punto de vista etológico:
64
Los osos son difíciles de catalogar: algunos son omnívoros; matan animales menores o heridos y devoran su carne,
pero no los cazan al acecho, como hacen por ejemplo los leones. Por otra parte, el oso polar, que vive en condiciones
climáticas rigurosas, acecha focas para matarlas y devorarlas y así puede considerársele animal de rapiña.
65
Mark y Ervin han puesto de relieve este punto (1970) y Egger y Flynn lo han demostrado con sus estudios,
estimulando la zona específica de la parte lateral del hipotálamo y logrado un comportamiento que recordaba a los
observadores el de un animal al acecho o dando caza a su presa. (M. D. Egger y J. P. Flynn, 1963.)
66
Un hecho importante es que muchos animales rapaces —los lobos, por ejemplo— no son agresivos respecto de su
propia especie. No sólo en el sentido de que no se matan entre sí —que puede explicarse suficientemente, como hace Lorenz,
por la necesidad de restringir el uso de sus feroces armas a la causa de la supervivencia de la especie— sino también en el
sentido de que son muy amistosos y afables en sus contactos sociales.
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datos neurofisiológicos está relacionado con aquella forma de agresión que caracteriza al
hombre y que no comparte con otros mamíferos: su propensión a matar y torturar sin
ninguna "razón", como un fin en sí, un objetivo que se persigue no para defender la vida
sino deseable y placentero en sí.
La neurociencia no ha emprendido el estudio de estas pasiones (a excepción de las
que ocasiona alguna lesión cerebral), pero sin temor puede asegurarse que la
interpretación instintivista hidráulica de Lorenz no concuerda con el modelo cerebral que
funciona como lo ven muchos neurocientíficos, y no hay pruebas neurofisiológicas que la
apoyen.
EL COMPORTAMIENTO ANIMAL
El segundo campo crítico en que los datos empíricos contribuyen a determinar la validez
de la teoría instintivista de la agresión es el del comportamiento animal. La agresión
animal debe separarse en tres clases: 1] la agresión rapaz o depredadora, 2] la agresión
intraespecífica (contra animales de la misma especie) y 3] la agresión interespecífica
(contra animales de otras especies).
Como ya indicamos, entre los estudiosos del comportamiento animal (incluso
Lorenz) hay acuerdo en que las pautas de comportamiento y los procesos neurológicos de
la agresión depredadora no son análogos a los otros tipos de agresión animal y por ello
deben ser tratadas separadamente.
En lo tocante a la agresión interespecífica, la mayoría de los observadores concuerdan
en que los animales raramente matan a los miembros de otras especies, salvo para
defenderse, o sea cuando están en peligro y no pueden huir. Esto limita el fenómeno de la
agresión animal en forma principal a la agresión intraespecífica, o sea la agresión entre
animales de la misma especie, el fenómeno que Lorenz trata exclusivamente.
La agresión intraespecífica presenta las siguientes características: a] En la mayoría
de los mamíferos no es "sangrienta", no apunta a matar, dañar o torturar sino que es
esencialmente una postura de amenaza que hace de advertencia. En general vemos a los
mamíferos disputar, reñir o amenazar mucho, pero muy pocos combates sangrientos y
muy poco destrozo como lo que vemos en el comportamiento humano. b] Sólo en ciertos
insectos, peces, aves, y entre los mamíferos en las ratas, es sólito el comportamiento
destructivo. c] El comportamiento de amenaza es una reacción ante lo que el animal
parece poner en peligro sus intereses vitales, y es por ende defensivo, en el sentido del
concepto neurofisiológico de "agresión defensiva". d] No hay pruebas de que haya en la
mayoría de los mamíferos un impulso agresivo espontáneo contenido y represado hasta
que haya una oportunidad más o menos adecuada de descargarlo. En tanto es defensiva la
agresión animal, se basa en ciertas estructuras neuronales normadas filogenéticamente, y
no habría querella con la posición de Lorenz si no fuera por su modelo hidráulico y su
explicación de que la perniciosidad y crueldad humanas son innatas y radican en la
agresión defensiva.
El hombre es el único mamífero sádico y que mata en gran escala. El objeto de los
capítulos siguientes es responder a la cuestión del porqué. En esta discusión sobre el
comportamiento animal quiero demostrar pormenorizadamente que muchos animales
combaten a los de su propia especie, pero que lo hacen de un modo "no perturbador"
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Anatomía De La Destructividad Humana Erich Fromm
LA AGRESIÓN EN CAUTIVIDAD
Al estudiar la agresión entre los animales, y sobre todo entre los primates, es
importante empezar distinguiendo entre su comportamiento cuando viven en su
hábitat propio y su comportamiento en cautividad, que es esencialmente en los
zoológicos. Las observaciones muestran que los primates en libertad dan señales de
poca agresividad, mientras que los de los zoológicos pueden resultar excesivamente
destructivos.
Esta distinción es de fundamental importancia para el conocimiento de la
agresión humana, porque hasta ahora en toda su historia el hombre raramente ha
vivido en su "hábitat natural", a excepción de los cazadores y recolectores y los
primeros agricultores hasta el quinto milenio a.C. El hombre "civilizado" ha vivido
siempre "en zoológico" —quiere decir, en diversos grados de cautividad y de
ausencia de libertad— y todavía es así, aun en las sociedades más avanzadas.
Empezaré con unos cuantos ejemplos de primates en zoológico, que he estudiado
bien. Los más conocidos son quizá los cinocéfalos hamadryas, que estudió Solly
Zuckerman en el zoológico londinense de Regents Park ("Monkey hill" o Colina de los
monos) en 1929-30. Su terreno, 30 X 18 m, era grande para lo acostumbrado en los
zoológicos, pero muy pequeño para las extensiones naturales de su hábitat.
Zuckerman observó mucha tensión y agresión entre estos animales. Los más fuertes
oprimían brutal y despiadadamente a los más débiles, y las mismas madres eran
capaces de quitar el alimento de la boca a sus pequeñuelos. Las víctimas principales
eran las hembras y los animales jóvenes, que a veces padecían lesiones o morían
accidentalmente durante los encuentros. Zuckerman vio a un macho fanfarrón atacar
deliberadamente dos veces a un monito, que en la noche apareció muerto. De 61
machos, 8 murieron de muerte violenta, y otros muchos de enfermedad. (S.
Zuckerman, 1932.)
En Zurich realizó también observaciones en zoológicos Hans Kummer (1951) 69 y
en Whipsnade Park, Inglaterra, Vernon Reynolds (1961) 70 .
Kummer tuvo a los cinocéfalos en un recinto de 15 X 27 m. Las mordeduras
graves, que ocasionaban feas heridas, eran allí cosa corriente. Kummer hizo una
comparación detallada de la agresión entre los animales del zoológico zuriqués y
entre los que viven en el campo libre, que había estudiado en Etiopía, y descubrió
que la incidencia de actos agresivos en el zoológico era nueve veces más frecuente
en las hembras y diecisiete veces y media en los machos adultos que en los tropeles
salvajes. Vernon Reynolds estudió veinticuatro macacos de la India en un recinto
octogonal, cada lado de 10 m nada más. Aunque el espacio en que estaban
confinados los animales era menor que en Monkey hill, el grado de agresividad no
era tan grande. De todos modos, había más violencia que en la selva; muchos
69
Citado por C. y W. M. S. Russell (1968).
70
Ibid.
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animales recibían heridas, y una hembra estaba tan lastimada que fue necesario
matarla.
Presentan particular interés para la influencia de las condiciones ecológicas en la
agresión diversos estudios realizados con macacos (Macaca mulata), en especial los
de C. H. Southwick (1964), y también C. H. Southwick con M. Beg y M. Siddiqi
(1965). Descubrió Southwick que las condiciones del medio y sociales
invariablemente ejercen una gran influencia en la forma y la frecuencia del
comportamiento "agonístico" (o sea el comportamiento en reacción al conflicto) en
los macacos cautivos. Su estudio permite distinguir entre los cambios ambientales, o
sea el número de animales en determinado espacio, y los cambios sociales, o sea la
introducción de otros animales en un grupo ya existente. Llega a la conclusión de
que al reducirse el espacio aumenta la agresión pero que los cambios en la
estructura social por la introducción de nuevos animales "producían incrementos
mucho más impresionantes en la interacción agresiva que los cambios ambientales " .
(C. H. Southwick, 1964.)
La mayor agresión al reducirse el espacio ha tenido por consecuencia el
comportamiento más agresivo en otras muchas especies de mamíferos. L. H.
Matthews, basándose en el estudio de la literatura y en sus propias observaciones en
el zoológico de Londres, dice que no pudo hallar casos de lucha a muerte entre
mamíferos sino en condiciones de hacinamiento. (L. H. Matthews, 1963.) Un
excelente investigador del comportamiento animal, Paul Leyhausen, ha puesto de
relieve el papel que ejerce el trastorno de la jerarquía relativa entre los felinos
cuando están enjaulados en un espacio pequeño. "Cuanto mayor es el hacinamiento
en las jaulas, menor es la jerarquía relativa. Finalmente surge un déspota, aparecen
los ‘parias’, y los continuos y brutales ataques de todos los demás los ponen
frenéticos y provocan en ellos toda suerte de comportamientos antinaturales. La
comunidad se vuelve una turbamulta malévola. Raramente descansan, nunca parecen
estar a gusto y continuamente están bufando, gruñendo y hasta peleando." (P.
Leyhausen, 1956.) 71
Incluso el hacinamiento transitorio en estaciones de alimentación fijas produjo un
incremento de agresión. En el invierno de 1952, tres científicos norteamericanos, C.
Cabot, N. Collias y R. C. Guttinger (citados por C. y W. M. S. Russell, 1968),
observaron unos venados cerca de Flag River, Wisconsin y averiguaron que la
cantidad de peleas dependía del número de venados que había en el terreno fijo de la
estación, o sea de su densidad. Cuando sólo había cinco o siete venados, sólo se veía
una pelea por venado y por hora. Cuando hubo de veintitrés a treinta venados, la tasa
era de 4.4 peleas por venado y por hora. Observaciones semejantes hizo con las ratas
salvajes el biólogo norteamericano J. B. Calhoun (1948).
Conviene tomar nota de que las pruebas existentes demuestran cómo la presencia
de una abundante provisión de alimento no impide que aumente la agresión en
condiciones de hacinamiento. Los animales del zoológico londinense estaban bien
alimentados, pero el hacinamiento condujo a un incremento de la agresividad. Es
también interesante el que entre los macacos hasta un 25% de reducción en la comida
no produjo modificaciones en las interacciones agonísticas, según las observaciones
de Southwick, y que sólo una reducción de 50% condujo a un importante
decrecimiento del comportamiento agonístico 72.
71
Cf. también el estudio que hace Leyhausen del hacinamiento (1965), y en particular de la influencia que ejerce
en el hombre.
72
Fenómenos parecidos pueden advertirse entre los humanos, donde las condiciones de hambre hacen disminuir en lugar
de aumentar la agresividad.
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hallar más hacinamiento que en Woodstock o la isla de Wight durante los festivales
juveniles, pero en ambos brilló notoriamente por su ausencia la agresividad.
Tomemos otro ejemplo: la isla de Manhattan era uno de los lugares más densamente
poblados del mundo hace treinta anos, pero no se caracterizaba, como hoy, por una
violencia excesiva.
Cualquiera que haya vivido en un edificio de departamentos donde moran varios
cientos de familias sabe que hay pocos lugares donde una persona pueda retirarse y
donde no invada su privado la presencia de los vecinos de al lado como en uno de
esos grandes edificios densamente poblados. En comparación, es mucho mayor la
vida privada en un pueblecito, donde las casas están mucho más separadas y la
densidad de población es mucho menor. En el multifamiliar, las personas tienen
mayor conciencia unas de otras, se vigilan y murmuran de sus vidas privadas, y
constantemente están en el campo visual de los demás. Otro tanto sucede, aunque no
a tal grado, en la sociedad suburbana.
Estos ejemplos tienden a mostrar que no es el hacinamiento en sí, sino las
condiciones sociales, psicológicas, culturales y económicas en que se presenta, lo
que causa la agresión. Es evidente que el exceso de población, o sea la gran
densidad de población en condiciones de pobreza, ocasiona estrés y agresión; las
grandes ciudades de la India y los cinturones de miseria de las ciudades
norteamericanas son un ejemplo. El exceso de población y la consiguiente gran
densidad demográfica son malignos cuando por falta de alojamiento decente las
personas no tienen las condiciones más elementales para protegerse de la intrusión
constante y directa de los demás. El exceso de población significa que el número de
miembros de una sociedad dada sobrepasa la base económica para proveerlos de
alimentación, y vivienda adecuadas y de un tiempo de ocio que signifique algo. Sin
duda, el exceso de población tiene malas consecuencias, y el número de personas
debe reducirse a un nivel apropiado a la base económica. Pero en una sociedad que
tiene una base económica suficiente para mantener a una población densa, la
densidad misma no priva al ciudadano de su capacidad de retirarse a un privado y no
le expone a la constante intrusión de los demás.
Pero el nivel suficiente de vida sólo atiende a la necesidad de retiro privado y de no
estar expuesto constantemente a la invasión de los demás. No resuelve el problema
de la anomia, de la falta de Gemeinschaft, de la necesidad que el individuo tiene de
vivir en un mundo de proporciones humanas, cuyos miembros se conozcan unos a
otros en tanto que personas.
La anomia de la sociedad industrial sólo puede hacerse desaparecer cambiando
radicalmente toda la estructura social y espiritual: que el individuo no sólo esté
debidamente alimentado y alojado, sino que sus intereses sean los mismos que los de la
sociedad; que el principio rector de la vida social e individual sea la relación entre
nuestro semejante y la manifestación de nuestras facultades, y no el consumo de cosas
y el antagonismo con nuestro semejante. Esto es posible en la situación de fuerte
densidad demográfica, pero requiere una revisión radical de todas nuestras premisas y
un cambio radical de la sociedad.
De estas consideraciones se deduce que todas las analogías entre el hacinamiento
animal y el humano tienen un valor limitado. El animal posee un "conocimiento"
instintivo del espacio y la organización social que necesita. Reacciona instintivamente
por la agresión para remediar cualquier trastorno de su estructura espacial y social. No
tiene otro modo de responder a las amenazas contra sus intereses vitales en estos
respectos. Pero el hombre sí tiene otros modos. Puede cambiar la estructura social,
puede crear lazos de solidaridad y de valores comunes por encima de lo que le es dado
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LA AGRESIÓN EN LA SELVA
Por fortuna, hay estudios recientes de animales en libertad que muestran claramente
cómo la agresividad que se observa en condiciones de cautividad no se presenta cuando
los mismos animales viven en su hábitat natural77.
Entre los simios, los cinocéfalos tienen la fama de ser algo violentos, y los han
estudiado atentamente S. L. Washburn e I. DeVore (1971). Por razones de espacio sólo
mencionaré la conclusión a que llegan Washburn y DeVore, o sea que si no se trastorna
la estructura social general, son poco agresivos; como quiera que sea, el
comportamiento agresivo se compone esencialmente de ademanes o posturas de
amenaza. Es digno de nota, considerando lo antes dicho sobre el hacinamiento, que no
comunican haber observado combates entre las tropillas de cinocéfalos que se reunían
en el aguadero. Una vez contaron más de cuatrocientos en torno a un bebedero y no
observaron ningún comportamiento agresivo entre ellos. También observaron que los
cinocéfalos no eran nada agresivos con los animales de otras especies. Confirma y
completa este cuadro el estudio realizado con el cinocéfalo de Chacma (Papio ursinus)
por K. R. L. Hall (1960).
El estudio del comportamiento agresivo entre los chimpancés, los primates más
parecidos al hombre, ofrece particular interés. Hasta hace unos años era casi nada lo
que se sabía de su modo de vida en el África ecuatorial. Pero últimamente se han
llevado a cabo por separado tres estudios de observación de los chimpancés en su
hábitat natural que presentan material muy interesante en relación con el
comportamiento agresivo.
V. y F. Reynolds, que estudiaron los chimpancés de la selva de Bodongo,
comunican una incidencia de agresión sumamente baja. "Durante 300 horas de
observación vimos 17 conflictos con combate real o actitudes de amenaza o enojo, y
nunca con duración superior a unos cuantos segundos." (V. y F. Reynolds, 1965.) En
cuatro sólo de estos diecisiete conflictos entraron dos machos adultos. Las
observaciones con chimpancés de la reserva del río Gombe por Jane Goodall son
esencialmente iguales: "Se advirtió comportamiento amenazador sólo en cuatro
ocasiones en que un macho subordinado trató de comer antes que el dominante ...
Raramente observamos casos de ataque y sólo en una ocasión vimos pelear a machos
maduros." (J. Goodall, 1965.) Por otra parte, hay "cierto número de actividades y gestos
como el comportamiento de cuidados sociales de la piel y el de cortejo", cuya función
77
Los primeros estudios sobre el terreno de primates no humanos los hicieron H. W. Nissen (1931) con el chimpancé,
H. C. Bingham (1932) con el gorila y C. R. Carpenter (1934) con el mono aullador. Durante casi veinte años después
de estos estudios, todo el asunto de los estudios de campo de los primates quedó parado. Aunque en los años que
mediaron se hizo cierto número de breves estudios sobre el terreno, no empezó una nueva serie de observaciones
cuidadosas por largo plazo sino mediados los cincuentas, con la fundación del Japan Monkey Center de la Universidad de
Kyoto y el estudio que hizo S. A. Altman de la colonia de macacos de la India en Cayo Santiago. Actualmente hay
bastante más de cincuenta personas dedicadas a estos estudios. La mejor colección de trabajos sobre el
comportamiento de los primates se halla en DeVore, ed. (1965), con una bibliografía muy amplia. Entre los trabajos de
este volumen quiero mencionar aquí el de K. R. L. Hall y DeVore (1965), el de C. H. Southwick, M. Beg y M. R.
Siddiqi (1965) sobre los macacos del norte de la India (Rhesus monkeys in north India); el de G. B. Schaller (1965)
sobre el comportamiento del gorila montañés (The behavior of the mountain gorilla) ; el de V. y F. Reynolds (1965)
sobre los chimpancés de la selva de Bodongo y el de Jane Goodall sobre Chimpanzees of the Gombe stream reserve.
Goodall prosiguió con la misma investigación hasta 1965 y publicó sus ulteriores descubrimientos junto con los
anteriores con su nombre de casada, Jane van Lawick-Goodall (1968). En lo que sigue me han servido también A.
Kortlandt (1962) y K. R. L. Hall (1964).
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principal parece ser establecer y mantener buenas relaciones entre los miembros de la
comunidad chimpancé. Sus formaciones son en gran parte temporales, y no pudieron
descubrirse otras relaciones estables que las de madre-hijo. (J. Goodall, 1965.) No se
observó una jerarquía de dominancia propiamente dicha entre estos chimpancés,
aunque se observaron setenta y dos interacciones de dominancia claramente
caracterizada.
A. Kortlandt menciona una observación relativa a la incertidumbre de
los chimpancés que, como después veremos, es muy importante para comprender la
evolución de la "segunda naturaleza" del hombre: el carácter. Y dice:
Todos los chimpancés que observé eran seres cautelosos y vacilantes. Esta es una de
las principales impresiones que uno saca al estudiar de cerca los chimpancés en
libertad. Detrás de sus ojos vivos y escrutadores se adivina una personalidad
dubitativa y contempladora, siempre tratando de entender el mundo, tan
sorprendente. Es como si a la seguridad del instinto hubiera remplazado en los
chimpancés la inseguridad del intelecto .. . pero sin la resolución y decisión que
caracterizan al hombre. (A. Kortlandt, 1962.)
Apunta Kortlandt que las pautas de comportamiento de los chimpancés, como han
mostrado los experimentos con animales cautivos, son mucho menos innatas que las
de los monos inferiores 78 .
De entre las observaciones de van Lawick-Goodall quisiera citar aquí una
concretamente porque presenta un buen ejemplo de la importancia de lo que dice
Kortlandt acerca de la vacilación y la falta de decisión observadas por él en el
comportamiento del chimpancé. Hela aquí:
Un día, Goliat apareció a cierta distancia en lo alto de la pendiente con una hembra
desconocida sonrosada (en celo) inmediatamente detrás de él. Hugo y yo pusimos al
punto un montón de plátanos donde los dos chimpancés pudieran verlos y nos
ocultamos en la carpa para observarlos. Cuando la hembra vio nuestro campamento
trepó a un árbol y miró atentamente hacia abajo. Al instante, Goliat se detuvo
también y alzó la vista hacia ella. Después miró los plátanos. Avanzó un poco ladera
abajo, se detuvo, y volvió a mirar a su hembra. Esta no se había movido.
Lentamente siguió bajando Goliat, y esta vez la hembra bajó calladamente del árbol
y se perdió entre la maleza. Cuando Goliat miró en torno suyo y vio que no estaba,
se puso a correr, sencillamente. Un momento después, la hembra volvió a trepar a un
árbol, seguida por Goliat, con todos los pelos erizados. La peinó un momento, pero
sin dejar de echar sus miradas al campamento. Aunque ya no podía ver los plátanos,
sabía que estaban allí, y como llevaba unos diez días ausente, es probable que la
boca se le estuviera haciendo agua.
Acabó por bajar y otra vez avanzó hacia nosotros, deteniéndose a cada pocos
pasos para quedarse mirando fijamente a la hembra que estaba atrás, inmóvil; pero
Hugo y yo tuvimos la neta impresión de que quería abandonar la compañía de
Goliat. Cuando éste estuvo un poco más lejos ladera abajo, era evidente que la
vegetación no le permitía ver a la hembra, porque miró hacia atrás y rápidamente
volvió a subir al árbol. Ella seguía allí. Volvió a bajar, caminó unos metros y corrió
otra vez a lo alto de un árbol. Todavía estaba ella allí. Pasaron otros cinco minutos
en que Goliat siguió avanzando hacia los plátanos.
78
K. J. y C. Hayes, de los laboratorios Yerkes de biología de los primates en Orange Park, Florida, que criaron un
chimpancé en su hogar y lo sometieron sistemáticamente a una educación humanizadora "forzosa", calcularon su
cociente de inteligencia en 125 a la edad de dos años y ocho meses. (C. Hayes, 1951, y K. J. Hayes y C. Hayes, 1951.1
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Cuando llegó al claro del campamento, Goliat se encontró con otro problema: ya
no había árboles adonde subirse y desde el suelo no podía ver a la hembra. Tres
veces dio unos pasos hacia el terreno descubierto, se volvió y corrió a lo alto del
último árbol. La hembra no se movía. Súbitamente, Goliat pareció decidirse y a un
buen trotecillo, casi al galope, corrió hacia los plátanos. Agarró uno solo y se volvió
para trepar otra vez a su árbol. La hembra seguía sentada en la misma rama. Goliat
acabó su plátano y como un poco más tranquilizado, volvió aprisa al montón de
fruta, cogió una brazada y se apresuró a volver al árbol. Esta vez, la hembra se había
ido; mientras Goliat cogía los plátanos había bajado de su rama, echando miradas
hacia él por encima del hombro, y se había esfumado en silencio.
Era divertido ver la consternación de Goliat. Dejando caer los plátanos volvió a
subir rápidamente al árbol donde la había dejado, oteó los alrededores y después se
hundió también en la espesura. Estuvo unos veinte minutos buscando a la hembra.
Cada pocos minutos lo veíamos subir a otro árbol y mirar fijamente en todas
direcciones, pero no la halló, y al final renunció a la búsqueda, volvió al
campamento, visiblemente exhausto, y se puso a comer plátanos poco a poco. Pero
sin dejar de volver la cabeza y mirar ladera arriba. (J. van Lawick-Goodall, 1971.)
La incapacidad de tomar una decisión el macho acerca de si comería primero
plátanos o montaría a la hembra es verdaderamente digna de nota. Si hubiéramos
observado este mismo comportamiento en un hombre, diríamos que padecía de duda
obsesiva, porque el individuo humano normal no tendría dificultad en obrar de
acuerdo con el impulso dominante en su estructura de carácter; el carácter receptivo
oral primero se comería el plátano y pospondría la satisfacción de su impulso
sexual; el "carácter genital" hubiera dejado esperar la comida hasta quedar
sexualmente satisfecho. En uno u otro caso hubiera obrado sin vacilaciones. Como
es difícil suponer que el macho de este ejemplo padezca de neurosis obsesiva,
seguramente la explicación del por qué se conduce de ese modo se halla en lo que
dice Kortlandt, que desgraciadamente no menciona Jane van
Lawick-Goodall.
Kortlandt describe la notable tolerancia del chimpancé para con los animales
jóvenes así como su deferencia respecto de los viejos, aunque ya hayan perdido
mucho antes sus facultades físicas. Van Lawick-Goodall insiste en la misma
característica:
Los chimpancés suelen ser bastante tolerantes en su comportamiento entre ellos.
Sobre todo es así en los machos, y no tanto en las hembras. Un caso típico de
tolerancia de un dominante para con un subordinado se produjo en ocasión en que
un macho adolescente estaba comiendo del único racimo maduro de una palmera.
Un macho mayor subió pero no trató de obligar al otro a irse sino que se puso junto
al joven y ambos comieron mano a mano. En condiciones semejantes, un chimpancé
subordinado llegaría hasta el dominante, pero antes de ponerse a comer lo tocaría en
los labios, los muslos o la región genital. La tolerancia entre los machos es
particularmente advertible en la estación del apareamiento, como por ejemplo, en la
ocasión arriba descrita, en que se observó la copulación de siete machos con una
hembra sin que hubiera entre ellos señales de agresión; uno de aquellos machos era
adolescente. (J. van Lawick-Goodall, 1971.)
En gorilas observados en libertad, G. B. Schaller comunica que en general era
pacífica la "interacción" entre grupos. Hubo cargas de alarde agresivas por parte de
un macho, como ya se dijo, y "una vez observé una agresividad débil en forma de
cargas incipientes contra intrusos de otro grupo por parte de una hembra, un animal
joven y un pequeñuelo. La mayor parte de la agresividad intergrupal se limitó a
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miradas fijas y bocados al aire". Schaller no presenció ataques agresivos serios entre
gorilas. Esto es tanto más digno de atención por cuanto los territorios domésticos de
los grupos de gorilas no sólo se traslapaban, sino que parece frecuente que los
compartiera la población gorila, cosa que hubiera propiciado de sobra las fricciones.
(G. B. Schaller, 1963, 1965.)
Debemos conceder atención especial a lo que comunica Lawick-Goodall acerca
del comportamiento de alimentación, porque sus observaciones han sido utilizadas
por algunos autores como argumento en favor del carácter carnívoro o "depredador"
de los chimpancés. Dice que "los chimpancés de la reserva del río Gombe (y
probablemente de la mayoría de los lugares por donde está extendida toda esta
especie) son omnívoros . . . El chimpancé es primordialmente vegetariano; quiero
decir que la mayor parte, con mucho. de los alimentos que constituyen su régimen
en general son vegetales". (J. van Lawick-Goodall, 1968.) Había algunas
excepciones a esta regla. En el curso de su primer estudio, ella o su ayudante vieron
chimpancés comer la carne de otros mamíferos en veintiocho casos. Además,
examinando muestras ocasionales de heces fecales en los dos primeros años y medio
y otras regulares en los dos y medio últimos, descubrió en total en el estiércol restos
de treinta y seis tipos de mamíferos, además de los que vieron devorar a los
chimpancés. Informa por otra parte de cuatro casos en aquellos años, tres de un
chimpancé macho que agarraba y mataba a un pequeñuelo de cinocéfalo y otro en
que fue muerto un mono rojo colobus, probablemente hembra, amén de sesenta y
ocho mamíferos (en su mayoría primates) devorados en cuarenta y cinco meses,
aproximadamente uno y medio por mes, por un grupo de cincuenta chimpancés.
Estas cifras confirman la declaración anterior del autor de que "el régimen de los
chimpancés es en general vegetal" y por ello es excepcional el que coman carne.
Pero en su conocida obra In the shadow of man dice la autora llanamente que ella y
su marido vieron "chimpancés que comían carne con bastante frecuencia" (J. van
Lawick-Goodall, 1971), mas sin mencionar los datos atenuantes de su obra anterior,
que señalan la relativa infrecuencia de la dieta cárnea. Insisto en esto porque en
publicaciones realizadas de acuerdo con este estudio se comenta el énfasis en el
carácter "depredador" de los chimpancés, con base en la versión de los datos de van
Lawick-Goodall de 1971. Pero los chimpancés son omnívoros, como han declarado
muchos autores, y su régimen es principalmente vegetariano. Comen carne de vez
en cuando (en realidad raramente), y ese hecho no los hace carnívoros y menos
animales depredadores. Pero el empleo de las palabras "depredador" y "carnívoro"
insinúa que el hombre nace con una destructividad innata.
TERRITORIALISMO Y DOMINANCIA
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los artrópodos, y aun en éstos en forma muy irregular." (J. P. Scott, 1968a.) Otros
estudiosos del comportamiento, como Zing Yang Kuo, se sienten "más bien
inclinados a pensar que la llamada ‘defensa territorial’ no es en definitiva sino un
nombre imaginado para designar las pautas de reacción a los extraños, con sabor de
antropomorfismo y darwinismo decimonónico. Son necesarias otras exploraciones
experimentales más sistemáticas para decidir el caso." (Zing Yang Kuo, 1960.)
N. Tinbergen distingue entre el territorialismo de las especies y el del individuo:
"Parece seguro que los territorios se escogen ante todo con base en propiedades a
que los animales reaccionan de modo innato. Esto hace que todos los animales de la
misma especie, o por lo menos de la misma población, escojan el mismo tipo
general de hábitat. Pero la vinculación personal de un macho a su territorio —
representación particular del hábitat o criadero de la especie— es consecuencia de
un proceso de aprendizaje." (N. Tinbergen, 1953.)
En la descripción de los primates hemos visto cuán frecuente es que los territorios
se corten o traslapen. Si la observación de los monos nos enseña algo es que los
diversos grupos de primates son muy tolerantes y flexibles en relación con su
territorio y sencillamente no presentan un cuadro que autorice la analogía con una
sociedad que guarda celosamente sus fronteras e impide por medio de la fuerza la
entrada a cualquier "extranjero".
Es además erróneo por otra razón suponer que el territorialismo sea la base de la
agresión humana. La defensa del territorio cumple la misión de evitar la grave lucha
que sería necesaria si invadieran el territorio a tal grado que llegara a faltar el
espacio. La pauta de amenaza en que se manifiesta la agresión territorial es el modo
instintivamente configurado de mantener el equilibrio espacial y la paz. El bagaje
instintivo del animal tiene la misma función que la organización jurídica en el
hombre. De ahí que el instinto caduque cuando hay otros medios simbólicos de
demarcar un territorio y advertir: "prohibido el paso". Vale también la pena recordar
que, como después veremos, muchas guerras se desencadenan para conseguir ventajas
de distintos tipos y no en defensa contra ninguna amenaza al territorio. Los únicos
que no lo piensan así son los fautores de guerra.
Abundan también las impresiones erróneas acerca del concepto de dominancia. En
muchas especies, pero no en todas, vemos que el grupo está organizado
jerárquicamente. El macho más fuerte tiene preeminencia en la comida, el sexo y los
cuidados sociales de la piel sobre los otros machos que le son inferiores en
jerarquía 79. Pero la dominancia, como el territorialismo, no existe de ninguna manera
en todos los animales y tampoco se halla regularmente en los vertebrados y
mamíferos.
En lo referente a la dominancia entre los primates no humanos advertimos una
gran diferencia entre algunas especies de simios como los cinocéfalos y macacos, en
que hallamos sistemas jerárquicos estrictos y bastante bien desarrollados, y los
antropoides, que tienen normas de dominancia mucho menos fuertes. Dice Schaller a
propósito de los gorilas montañeses:
Se observaron 110 veces interacciones definidas de dominancia. Lo más frecuente es
que ésta se afirmara a lo largo de angostas sendas cuando un animal pretendía tener el
derecho de paso o en la elección de asiento, en que el animal dominante suplantaba al
subordinado. Los gorilas manifestaban su dominancia con un mínimo de acciones.
Por lo general un animal de categoría inferior sencillamente se quitaba del lugar en
79
Es más raro que se trace un paralelo entre esta jerarquía y las raíces "instintivas" de la dictadura que entre el
territorialismo y el patriotismo, aunque no sería menos lógico. La razón de este diferente modo de razonar está
probablemente en que es menos popular la idea de una base instintiva para la dictadura que para el "patriotismo".
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Entre paréntesis: la mayoría de los psicólogos del animal no calificarían de “enteramente naturales” las
condiciones proporcionadas por ningún cercado, y sobre todo siendo éste tan pequeño que los individuos chocaran
corriendo a lo largo de la barda.
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Había muchas idas y venidas de acá para allá sin oposición . . . tan frecuentes que
algunos individuos recibieron el mote de mensajeros. (S. Carrighar, 1968.)81
En contraste con los vertebrados y los invertebrados inferiores, como ha señalado J.
P. Scott, uno de los más destacados conocedores de la agresión animal, ésta es muy
común entre los artrópodos, como se ve en los terribles combates de la langosta
americana, y entre insectos sociales
No sólo dan muestras los primates de poca destructividad sino que todos los demás
mamíferos, rapaces o no, no ostentan el comportamiento como las avispas y algunas
arañas, en que la hembra ataca al macho y lo devora. También puede hallarse mucha
agresividad entre peces y reptiles. Y dice:
La fisiología comparada del comportamiento combativo en los animales conduce a
la conclusión, extremadamente importante, de que la estimulación primaria en el
comportamiento combativo es externa; o sea que no hay estimulación espontánea
interna que obligue a un individuo a pelear independientemente de lo que le rodee.
Los factores fisiológicos y emocionales que intervienen en el sistema del
comportamiento agonístico son, pues, muy diferentes de los que entran en el
comportamiento sexual y en el ingestivo.
Todos los datos que tenemos actualmente indican que el comportamiento combativo
entre los mamíferos superiores, entre ellos el hombre, se debe a estimulación interna
y no hay pruebas de que haya estimulación interna espontánea. Los procesos
emocionales y fisiológicos prolongan y agrandan los efectos de la estimulación,
pero no le dan origen. (J. P. Scott, 1968a.) 82
81
Cf. S. A. Barnett y M. M. Spencer (1951) y S. A. Barnett (1958, 1958a).
82
Zing Yang Kuo, en sus estudios experimentales de combate contra animales en los mamíferos ha llegado a
conclusiones análogas (1960).
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primitivas. Incluso en una cultura tan alta como la de los griegos, se sentía como que
los esclavos no eran del todo humanos.
Hallamos el mismo fenómeno en la sociedad moderna. Todos los gobiernos
intentan en caso de guerra despertar en sus connacionales el sentimiento de que el
enemigo no es humano. No se le llama por su propio nombre, sino por otro, como en
la primera guerra mundial se denominó a los alemanes "hunos" (por los ingleses) y
"boches" (por los franceses). Esta destrucción de la calidad de humano del enemigo
llega a su colmo cuando los contrincantes son de otro color. En la guerra de Vietnam
83
Creo que podría subyacer una razón semejante en el ritual judío de no comer carne con leche. La leche y sus
productos son símbolos de vida; simbolizan el animal vivo. La prohibición de comer juntos productos lácteos y
cárneos parece indicar la misma tendencia a distinguir claramente entre el animal vivo y el que se emplea como
alimento.
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84
Reflexionando acerca de la matanza en gran escala de rehenes y reclusos por las fuerzas que tomaron al asalto la
prisión de Attica, Nueva York, Tom Wicker escribió al respecto un artículo muy considerado. Menciona una declaración
publicada por el gobernador del estado de Nueva York, Nelson A. Rockefeller, después de la masacre de Attica, que
empieza diciendo: "Nuestros corazones están con las familias de los rehenes que murieron en Attica", y añade Wicker:
`Buena parte de lo que andaba mal en Attica –y en otras muchas prisiones y `correccionales' norteamericanas– puede
descubrirse en el simple hecho de que ni en esa frase ni en ninguna otra, ni el gobernador ni ningún otro funcionario
manifestaron con una sola palabra su simpatía a las familias de los presos muertos.
"
Verdad es que entonces se creyó que la muerte de los rehenes había sido ocasionada por los presos y no –como se
sabe ahora– que se debiera a las balas y perdigonadas mandadas disparar por las autoridades del estado por encima de los
muros. Mas aunque hubieran sido los prisioneros y no la policía los que mataran a los rehenes, no por eso hubieran
dejado de ser seres humanos, y con seguridad lo hubieran seguido siendo sus madres, esposas e hijos. Pero el corazón
oficial del estado de Nueva York y sus funcionarios no estaban con ninguno de ellos.
"
Ahí está la clave de la cuestión: los presos, y sobre todo los presos negros, en muchos, demasiados casos no son
considerados ni tratados como seres humanos. Y por ende, tampoco sus familias."
Continúa Wicker: " De vez en cuando, los miembros del grupo especial de observadores que trataron de negociar una
solución en Attica oyeron a los presos aducir que ellos también eran seres humanos y que por encima de todo querían
que los trataran como a tales. Una vez, en una sesión de negociación a través de un portón con barras de acero que
separaba el territorio ocupado por los presos del ocupado por las fuerzas del estado, el Assistant Corrections
Commissioner Walter Dunbar dijo al jefe de los presos, Richard Clark: 'En 30 años, nunca mentí a un recluso'."
“’¿Y a un hombre?’ preguntó tranquilamente Clark.” (The New York Times, 18 de septiembre de 1971.)
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LA PALEONTOLOGÍA
Debemos recordar que Lorenz emplea datos sobre animales referentes a la agresión
intraespecífica y no a la agresión entre especies diferentes. La cuestión que se presenta
ahora es saber si podemos estar realmente seguros de que los humanos en sus relaciones
con otros seres humanos los sienten conespecíficos y reaccionan por ello con pautas de
comportamiento preparadas genéticamente para los conespecíficos. Por el contrario, ¿no
vemos que en muchos pueblos primitivos se considera totalmente extraño y aun no
humano al individuo de otra tribu o que vive en un poblado vecino a unos cuantos
kilómetros, y por lo tanto no hay endopatía para él? Solamente con el proceso de la
evolución social y cultural ha ido aumentando el número de las personas que se aceptan
como a seres humanos. Parece haber buenas razones para suponer que el hombre no tiene
conciencia de que su semejante sea miembro de la misma especie, porque no facilitan ese
reconocimiento aquellas reacciones instintivas o semejantes a reflejos por las cuales el
olor, la forma, algunos colores, etc., anuncian al animal de inmediato la identidad de su
especie. De hecho, en muchos experimentos con animales se ha demostrado que aun el
animal puede ser engañado y puede hacérsele vacilar acerca de cuáles son sus
congéneres.
Precisamente por tener el hombre un bagaje instintivo mucho menor que cualquier
otro animal no reconoce ni identifica tan fácilmente como los animales a sus
conespecíficos. Para él determinan quién es conespecífico y quién no el lenguaje
diferente, las costumbres, la vestimenta y otros criterios que percibe la mente, no los
instintos, y todo grupo que resulta ligeramente diferente se entiende que no participa de
su misma humanidad. De ahí la paradoja de que el hombre, precisamente por no tener el
bagaje instintivo, tampoco tiene la conciencia de la identidad de su especie y para él el
extranjero o extraño es como si perteneciera a otra especie. En una palabra: es la índole
de humanidad del hombre la que lo hace tan inhumano.
Si estas consideraciones son atinadas, la causa de Lorenz se hunde, porque todos sus
ingeniosos razonamientos y las conclusiones a que llega se basan en la agresión entre
miembros de la misma especie. En este caso se plantearía un problema enteramente
diferente, a saber, el de la agresividad innata de los animales contra los miembros de
otras especies. En lo que concierne a esta agresión interespecífica, los datos de animales
muestran si acaso menos evidencia de que tal agresión interespecífica esté programada
genéticamente salvo en los casos en que el animal es amenazado por o se halla entre
rapaces. ¿Podría defenderse la hipótesis de que el hombre desciende de un animal
depredador? ¿Podría suponerse que el hombre, si no lobo del hombre, es cordero del
hombre?
¿Hay alguna prueba que indique que los ancestros del hombre fueron animales
depredadores?
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El homínido más antiguo que pudiera haber sido uno de los antepasados del hombre
es el Ramapithecus, que vivió en la India hará unos catorce millones de años85. La forma
de su arcada dental era semejante a la de otros homínidos y mucho más parecida a la del
hombre que las de los antropoides actuales; aunque haya podido comer carne además de
su dieta principalmente vegetariana, sería absurdo pensar que fuera un animal
depredador.
Los fósiles de homínido más antiguos que conocemos después del Ramapithecus son
los del Australopithecus robustus y el más avanzado Australopithecus africanus, hallado
por Raymond Dart en Sudáfrica en 1924 y que se cree date de casi dos millones de anos.
El australopiteco ha sido objeto de mucha controversia. La inmensa mayoría de los
paleoantropólogos acepta actualmente la tesis de que los australopitecinos eran
homínidos, mientras que algunos investigadores, como D. R. Pilbeam y E. L. Simons
(1965), suponen que debe considerarse el A. africanus la primera aparición de Horno.
En la discusión de los australopitecinos se ha examinado mucho su empleo de
instrumentos para demostrar que fueron humanos o por lo menos antepasados del
hombre. Pero Lewis Mumford ha señalado en forma convincente que la importancia
de la fabricación de útiles como identificación del hombre induce a error y radica en
la deformación tendenciosa del concepto actual de técnica. (L. Mumford, 1967.)
Desde 1924 han aparecido nuevos fósiles, pero su clasificación es controvertida, así
como la cuestión de si el australopiteco era en grado considerable carnívoro, cazador
o fabricante de instrumentos 86. De todos modos, muchos investigadores están de
acuerdo en que el A. africanus era omnívoro y se caracterizaba por la variedad de su
dieta. B. G. Campbell (1966) llega a la conclusión de que los australopitecos comían
reptiles pequeños, aves, mamíferos pequeños como los roedores, raíces y fruta; o sea
los animales que podían capturar sin armas ni trampas. En cambio la caza presupone
la cooperación y una técnica adecuada que apareció mucho después y coincide con el
surgimiento del hombre en el Asia, unos 500 000 anos a. C.
Fuera o no cazador el australopiteco, no cabe duda de que los homínidos, como
sus antepasados los antropoides póngidos o mpungu no fueron animales depredadores
con la dotación instintual y morfológica que caracteriza a los depredadores carnívoros
como el león y el lobo.
A pesar de esta prueba inequívoca, no sólo el teatral Ardrey sino incluso un
científico serio como D. Freeman trató de identificar al australopiteco como un "adán"
paleontológico que llevaría el pecado original de la destructividad a la raza humana.
Freeman habla de los australopitecinos como de una "adaptación carnívora" con
85
Todavía se discute si el Ramapithecus fue o no un homínido y un antepasado directo del hombre. (Véase la
presentación pormenorizada de la cuestión en D. Pilbeam, 1970.) Casi todos los datos paleontológicos se basan
en buena dosis de especulación y por lo tanto son muy controvertibles. Siguiendo a un autor se puede llegar a un
cuadro muy distinto que siguiendo a otro. Pero para nuestro objeto no son esenciales los muchos y controvertidos
detalles de la evolución humana, y en cuanto a los puntos principales del desarrollo, he tratado de presentar lo
que parece ser el consenso de la mayoría de quienes estudian este campo de conocimiento. Mas incluso en relación
con las fases principales de la evolución humana omito del contexto algunos puntos de controversia por no
recargarlo. Para el análisis siguiente he utilizado ante todo estas obras: D. Pilbeam (1970), J. Napier (1970), J.
Young (1971), I. Schwidetzki (1971), S. Tax, ed. (1960), B. Rensch, ed. (1965), A. Roe y G. G. Simpson (1958,
1967), A. Portmann (1965), S. L. Washburn y P. Jay, eds. (1968), B. G. Campbell (1966) y cierto número de
trabajos menores, algunos de ellos indicados en el texto.
86
S. L. Washburn y F. C. Howell (1960) dicen que es muy poco probable que los más antiguos australopitecos, de
escasa estatura, que aumentaban su dieta fundamentalmente vegetal con carne, mataran mucho, "mientras que los
tipos posteriores, más grandes, que los remplazaron probablemente podrían habérselas con animales pequeños o los
no llegados a madurez, o unos y otros. No hay pruebas que indiquen que aquellos seres fueran capaces de apresar los
grandes mamíferos herbívoros tan característicos del pleistoceno africano". La misma opinión expone Washburn en
un trabajo anterior (1957), donde dice que "es probable que los australopitecinos fueran la presa y no los
cazadores". Pero posteriormente se ha sugerido que los homínidos, y con ellos los australopitecinos, "pudieron" haber
sido cazadores. (S. L. Washburn y C. S. Lancaster, 1968.)
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ANTROPOLOGÍA
La cosmovisión de los primeros carnívoros humanos debe haber sido muy diferente
de la de sus primos vegetarianos. Los intereses de éstos hallaban satisfacción dentro
de un espacio reducido, y los demás animales importaban poco, salvo algunos que
87
Washburn y Lancaster (1968) contiene material abundante acerca de todos los aspectos de la vida del cazador.
Cf. también S. L. Washburn y V. Avis (1958).
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amenazaban atacar. Pero el deseo de obtener carne lleva a los animales a conocer
extensiones más vastas y a aprender las costumbres de muchos animales. Los hábitos
territoriales y la psicología de los humanos son fundamentalmente diferentes de los
de simios y antropoides. Durante 300 000 años por lo menos (quizá el doble) se
suman a la inclinación a averiguar y el afán de dominio del mono la curiosidad y
agresión de los carnívoros. Esta psicología de carnívoro estaba ya perfectamente
formada mediado el pleistoceno y tal vez tuviera su origen en las depredaciones de
los australopitecinos. (S. L. Washburn y V. Avis, 1958.)
El grado en que han entrado a formar parte de la psicología humana las bases
biológicas del acto de matar puede medirse por la facilidad con que se logra interesar
a los chiquillos en la caza, la pesca, la lucha y los juegos bélicos. No es que ese
comportamiento sea inevitable sino fácil de aprender, satisfactorio y en la mayoría de
las civilizaciones ha sido recompensado socialmente. El talento para matar y el placer
que procura su ejercicio se desarrollan normalmente en el juego, y las normas del
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88
La matanza de los comntunards franceses en 1871 por el ejército vencedor de Thiers es un ejemplo señalado.
89
Cl. los autores citados por Mahringer. Una actitud semejante puede hallarse en los rituales cinegéticos de los
indios navajos; cf. R. Underhill (1953).
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Las observaciones de Laughlin apoyan plenamente una de las tesis principales de Lewis Mumford relativa al papel
de los instrumentos en la evolución de la humanidad.
91
Hoy que casi todo lo hacen las máquinas notamos poco placer en la destreza, salvo quizá el placer que la gente
siente con aficiones como la carpintería fina o la fascinación de las personas corrientes cuando tienen ocasión de ver
trabajar a un orfebre o un tejedor; tal vez la fascinación que ejerce el violinista ejecutante no se deba sólo a la belleza
de la música que genera sino también al despliegue de su habilidad. En las culturas donde la mayor parte de la
producción se hace a mano y se basa en la destreza, es evidente que el trabajo causa satisfacción debido a la destreza que
entraña y al grado en que interviene. La interpretación de que el placer de la caza es el placer de matar y no el de la
destreza denota la persona de nuestra época, para quien lo único que cuenta es el resultado de un esfuerzo, en este caso
la muerte, y no el proceso en sí.
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Las ideas de Washburn sobre la psicología del cazador son sólo un ejemplo de su
predisposición en favor de la teoría de que la destructividad y la crueldad son
innatas en el hombre. En todo el campo de las ciencias sociales se puede observar
un alto grado de partidarismo cuando se llega a cuestiones directamente
relacionadas con los actuales problemas emocionales y políticos. Cuando se trata de
las ideas y los intereses de una sociedad, la objetividad suele ceder a la tendencia.
La sociedad contemporánea, con su disposición casi ilimitada a suprimir vidas
humanas por razones políticas o económicas puede defenderse mejor contra la
cuestión elemental humana de su derecho a hacerlo así entendiendo que la
destructividad y crueldad no son engendradas por nuestro sistema social sino que
son cualidades innatas en el hombre.
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fuerza. En sus primeros días llevó a cabo la reforma más grande de la historia, el
vencimiento de la naturaleza primate en el hombre, y con ello se aseguró el futuro
evolutivo de la especie. (M. D. Sahlins, 1960.)
Hay ciertos datos directos sobre la vida del cazador prehistórico que se pueden hallar en
los cultos de animales y señalan el hecho de que le faltaba la supuesta destructividad
innata. Como hace notar Mumford, las pinturas rupestres relativas a la vida de los
cazadores prehistóricos no presentan ningún combate entre hombres94.
A pesar de la cautela que requiere el establecimiento de analogías, los datos más
impresionantes son de todos modos los relativos a los cazadores recolectores todavía vivos.
Colin Turnbull, especialista de este estudio, comunica:
En los dos grupos que conozco, hay una ausencia casi total de agresión, emocional o física,
y esto se sustenta en la ausencia de guerras, querellas, brujerías y magias.
Tampoco estoy convencido de que la caza sea en sí una actividad agresiva. Esto hay
que verlo para comprenderlo; la acción de cazar no se ejecuta con ningún temple agresivo.
Debido a la conciencia de que se agotan los recursos naturales, ahora se lamenta la muerte
de un ser vivo. En algunos casos puede haber en el acto de matar incluso un elemento de
compasión. Mi experiencia de los cazadores me ha hecho ver que son gente muy amable y
si bien es cierto que llevan una vida durísima, no lo es que sean agresivos. (C. M. Turnbull,
1965.)95
94
La misma opinión manifiesta el paleoantropólogo Helmuth de Terra (comunicación personal).
95
Cf., para una animada presentación de esta afirmación general, el modo que tiene Turnbull de presentar la vida social de
una sociedad primitiva africana de cazadores: los pigmeos mbutu (C. M. Turnbull, 1965).
96
Las sociedades de que trata Service son las siguientes: los esquimales, los cazadores algonquinos y atabascos del Canadá,
los shoshones de la Gran Cuenca, los indios de la Tierra del Fuego, los australianos, los semangs de la península malaya y los isleños
de Andamán.
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Meggitt, 1964.) Sólo los esquimales viven exclusivamente de la caza y la pesca, y la mayor
parte de la pesca la hacen las mujeres.
En la caza hay gran cooperación de los varones, concomitante normal del bajo nivel de
desarrollo tecnológico en la sociedad de bandas. "Por diversas razones relacionadas con
la misma simplicidad de la tecnología y la falta de dominio del medio, muchos
pueblos cazadores recolectores son en un sentido perfectamente literal los pueblos
más ociosos del mundo." (E. R. Service, 1966.)
Las relaciones económicas son especialmente instructivas. Dice Service:
Debido a la índole de nuestra economía estamos acostumbrados a creer que los seres
humanos tienen "una tendencia natural al trueque y el cambalache" y que las
relaciones económicas entre individuos o grupos se caracterizan por el "economizar ",
el "aprovechar al máximo" el resultado de nuestro esfuerzo, el "vender caro y
comprar barato". Los pueblos primitivos empero no hacen nada de esto, y de hecho,
muchas veces parece que hicieran lo contrario. "Tiran cosas", admiran la generosidad,
cuentan con la hospitalidad y castigan la tacañería por egoísta.
Y lo más extraño de todo es que cuanto peores son las circunstancias y más
escasos (o valiosos) los bienes, menos "económicamente" se conducen y más
generosos parecen. Estamos considerando, naturalmente, la forma de intercambio
entre las personas de una sociedad, y en la sociedad de bandas esas personas son
todos los miembros de la parentela en cualquier grado. Hay en una banda muchos más
deudos que personas en nuestra sociedad que mantengan relaciones sociales
estrechas; pero puede trazarse una analogía con la economía de una familia moderna,
porque también ella contrasta directamente con los principios adscritos a la economía
formal. ¿No "damos" alimento a nuestros hijos? "Ayudamos" a nuestros hermanos y
"
proveemos para" nuestros padres ancianos. Otros hacen, hicieron o harán lo mismo
que nosotros.
En el polo generalizado, por reinar relaciones sociales más estrechas, las
emociones del amor, la etiqueta de la vida familiar, la moral de la generosidad
condicionan juntas el modo de tratar los bienes, y de tal manera que la actitud
económica respecto de los bienes es poco importante. Los antropólogos han querido a
veces denominar las transacciones que realizan con palabras como "regalo puro" o
"regalo libre" para hacer ver el hecho de que no es un trato sino un trueque, y que el
sentimiento que entra en la transacción no es el de un intercambio equilibrado. Pero
estas palabras no dan idea cabal de la verdadera índole del acto e inducen algo a
error.
Una vez entregó a Peter Freuchen un poco de carne un cazador esquimal y él
respondió agradeciéndoselo sentidamente. El cazador se manifestó deprimido, y un
viejo corrigió pronto a Freuchen: "No tienes que darle las gracias por tu carne; es
derecho tuyo recibir una parte. En este país, nadie desea depender de los demás. Por
eso, nadie da ni recibe regalos, porque con eso se hace uno dependiente. Con los
regalos se hacen esclavos del mismo modo que con los fuetes perros."97
La palabra "regalo" tiene un matiz de caridad, no de reciprocidad. En ninguna
sociedad de cazadores recolectores se manifiesta gratitud y de hecho sería un error
ensalzar por "generoso" a alguien que comparte su caza con sus compañeros de
campamento. En otra ocasión podría decirse que es generoso, pero no en relación con
un incidente particular de la compartición, porque decirlo equivaldría a manifestar
gratitud: se daría a entender que la parte era inesperada, que el donador no era
simplemente generoso como cosa natural. Sería justo alabar a un hombre por sus
proezas cinegéticas, pero no por su generosidad. (E. R. Service, 1966.)
97
Peter Freuchen (1961).
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esas cosas sólo tiene sentido si unas personas las poseen y otras no . . cuando por
decirlo así resulta posible una situación de explotación. Pero es difícil imaginar (e
imposible de hallar en informes etnográficos) un caso de una o varias personas que
por algún accidente no tuvieran armas ni vestidos y no pudieran tomarlos prestados o
recibirlos de parientes más venturosos. (R. E. Service, 1966.)
Las relaciones sociales entre los miembros de la sociedad de cazadores y
recolectores se caracterizan por la ausencia de lo que en los animales se llama
"dominancia". Dice Service:
Las bandas de cazadores recolectores difieren más de los monos en esta cuestión de
la dominancia que cualquier otro tipo de sociedad humana. No hay orden de picoteo
basado en la dominancia física ni ningún orden de superior a inferior basado en
otras fuentes de poder como la riqueza, la clase hereditaria, el puesto militar o
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Esta ausencia de jerarquía y de jefes es tanto más digna de nota porque es un cliché
generalmente aceptado que esas instituciones de mando que se hallan virtualmente
en todas las sociedades civilizadas se basan en una herencia genética del reino
animal. Hemos visto que entre los chimpancés, las relaciones de dominancia son
bastante suaves, pero de todos modos existen. Las relaciones sociales de los
primitivos demuestran que el hombre no está preparado genéticamente para esa
98
M. 1. Meggitt (1960), citado por E. R. Service (1966), ha llegado a conclusiones casi idénticas en relación con
los ancianos australianos. Cf. también la diferencia establecida en E. Fromm (1941) entre autoridad racional e
irracional.
conducirse mal y su comportamiento perjudica a otros grupos aparte del suyo, éste
mismo puede incluso decidir matarlo. Pero casos de este tipo son muy raros, y la
mayoría de los problemas los resuelve la autoridad de los individuos más ancianos y
sabios del grupo.
Estos datos contradicen patentemente el cuadro hobbesiano de la agresión innata
del hombre, que conduciría a la guerra de todos contra todos si el Estado no
monopolizara la violencia y el castigo, satisfaciendo así indirectamente la sed de
venganza contra los facinerosos. Como señala Service,
débil para triunfar o si tiene tanto talento de cantante que se sienta seguro de ganar.
Esto se comprende, ya que los groenlandeses orientales se interesan a tal punto en el