Bajo la mirada amorosa de Santa María de Guadalupe
Se cumplen 490 años del acontecimiento guadalupano
P. Gilberto Hernández García, DMJBP | Codipac Tuxtla
Este diciembre de 2021 estamos celebrando 490 años de las apariciones de Santa María
de Guadalupe, “Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las
personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la
tierra…”; acontecimiento fundante de la nación mexicana, como suelen catalogarlo
muchos estudiosos de las sociedades.
Apenas pocos años después de la llegada del Evangelio a estas tierras, en el año de 1531,
Santa María de Guadalupe hizo resonar en sus palabras, la bondad y novedad del anuncio
cristiano, que tristemente había sido lastimada por la espada de la conquista.
En María de Guadalupe los mexicanos encuentran una Madre amorosa, rostro materno de
Dios, imagen prístina del amor de Dios por nosotros. Esta patria y esta vivencia de la fe
que, desde sus inicios, enfrentaron serias dificultades para alcanzar la unidad, encontraron
en Santa María de Guadalupe una madre que les ayudó a superar sus enormes diferencias
iniciales, para empezar a caminar hacia el sueño de Jesús de ser uno, como Él y el Padre
son uno (cfr. Jn 17,21). Santa María de Guadalupe en su diálogo con San Juan Diego y, a
través de él, con Fray Juan de Zumárraga, ofrece a la fe y a la patria nacientes una imagen,
lenguaje común que acercaba a las partes en conflicto; una verdad que vino a llenar el
vacío y el desamparo de los indígenas, los hijos pequeños; y una petición que poco a poco
fue logrando que todos se involucraran en una tarea común, construir "la casita" de todos.
El Acontecimiento Guadalupano, que comenzó con las apariciones de la Virgen de
Guadalupe en el Tepeyac en el año 1531, ha provocado —a lo largo de casi 500 años—
una enorme gama de manifestaciones de piedad popular y un sinnúmero de reacciones de
fe en el pueblo cristiano, que han configurado, a lo largo de la historia, la riqueza
extraordinaria de la devoción guadalupana, extendida ahora a prácticamente todo el
mundo”.
El consuelo que promete Santa María de Guadalupe, no es un simple restablecimiento
materno de la alegría, sino algo con mayor alcance: el cumplimiento y realización de la
justicia y la paz, de las que tanto carece nuestra sociedad y de las que nuestra Iglesia tiene
que ser su humilde, pero consolador comienzo. Por eso, “la casita” que Nuestra Señora
pide construir, es la Iglesia del Hijo que lleva en el vientre; promesa del linaje que
aplastará la cabeza del padre de la mentira
llenos de gratitud, hemos vuelto los ojos hacia el momento histórico del primer encuentro
que los hombres y las mujeres de estas tierras mexicanas tuvimos con Jesucristo a partir
del primer anuncio del Evangelio por la Iglesia misionera que, acompañada y guiada de
manera extraordinaria, y quizás única, por María, repitió por especial condescendencia de
la Divina Misericordia el milagro de Pentecostés en las tierras de América: hombres de
diferentes lenguas, procedencias y culturas entendieron el lenguaje, el gesto, la mirada del
signo elocuente, verdadero y bello, entre las flores y el canto, de Santa María de
Guadalupe al indio Juan Diego47.
Ella tomó en sus manos una nación rota y la transfiguró en unidad diversa. Lo hizo desde
el más débil. Desde el vencido. Su pedagogía es sublime. Y es la única pedagogía que une
nuestras «dos mitades», que decía Octavio Paz: la indígena y la española.
Hemos perdido el sentido de la trascendencia. Y nos ha alcanzado el desarraigo hasta en
lo espiritual. María de Guadalupe es el camino de retorno para volver a construir una
nación. Nuestra nación. Quizá, también, nuestra América.
“Después de medio milenio del Acontecimiento Guadalupano, su celebración eclesial
significa docilidad de espíritu para dejarse confrontar por el llamado de Santa María, ante
el que nosotros, como el humilde Juan Diego, debemos preguntarnos, si por ventura nos
hemos hecho dignos del mensaje del cielo, si hemos hecho de nuestra nación aquel
espacio de bonanza que anhelaron nuestros ancestros. En otras palabras, nos
preguntamos si el Tepeyac y sus moradores, México y sus habitantes, ¿gozan del consuelo
de una sociedad más justa y pacífica? Más aún, podemos cuestionarnos si, como Iglesia
¿somos “esa casita”, construida con dinámicas sociales y alternativas económicas
humanizadoras, ajenas al sistema liberal de corrupción y explotación de los más
empobrecidos?”
Los obispos de México afirman su convicción de que “la Iglesia en México necesita
sentarse a los pies de la Virgen Madre para alentar la esperanza de ser un solo pueblo”.
¿Cómo estamos edificando la “casita” de consuelo, la familia de esos reyes que hacen
prevalecer la justicia y la paz? Es pues preciso reconocer, que hemos robado la esperanza
de nuestros más pequeños y hemos descuidado el fundamento de nuestra sociedad: la
familia.
En el rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe vemos la propuesta de un mensaje de
comunión. Es posible superar las diferencias entre las razas a través de la paz y la armonía.
El mestizaje no es mostrado como un hecho humillante, sino como una riqueza. Pero
además, María de Guadalupe ha unido a los mexicanos de una manera asombrosa en
muchos momentos de la historia de nuestra patria y lo ha hecho, sobre todo,
mostrándonos a su hijo Jesucristo.
Dios nos está llamando a generar esperanza, a fortalecer y reconstruir una vida humana
más plena para todos sus hijos, especialmente los descartados por estos nuevos
fenómenos, una vida que refleje en cada persona a Cristo el hombre perfecto y se
manifieste en condiciones dignas para cada uno.