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Keith Richards - Vida

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Asombrando

a propios y extraños, Keith Richards ha escrito sus memorias: asombro porque ha podido (ya
que a estas alturas nadie sospechaba que iba a conservar la vida o la lucidez suficiente para empuñar el
teclado) y asombro porque ha querido (ya que los entes satánicos no suelen acudir al confesionario). El
crítico Nick Kent compendia así su imagen en los años setenta: «Era el gran lord Byron; era un demente,
era un depravado y era peligroso conocerlo».
El aludido disiente con irónica sonrisa, otros insisten, y este libro viene a aclarar posibles malentendidos.
Porque aquí se disipan varias nieblas (transfusiones, efusiones, agresiones, etc.) y se presentan
finalmente los hechos que el foco de la leyenda había nublado: el uso y abuso de sustancias tonificantes o
estupefacientes no adquiridas en farmacias; las variadas discrepancias con autoridades más o menos
sanitarias; los encuentros, desencuentros y encontronazos con gendarmes de diferentes países; la
empedernida coalición con Mick Jagger; los intermitentes, y a menudo explosivos, contubernios con
personajes como Dylan, Lennon, Clapton, McCartney, Marley, Berry o Bowie, por citar a algunos de los
más ruidosos; las afinidades electivas con sujetos de mucha cara o siniestra catadura; los amoríos
pasajeros, las semanas de pasión y los dos amores contumaces (Anita Pallenberg y Patti Hansen); las
extenuantes sesiones de grabación; la apacible vida rural en una mansión de Connecticut franqueados los
umbrales de la senectud (aunque no de la madurez si consideramos las penúltimas inhalaciones); los
cuentos contados por idiotas… Pero al final, más allá del ruido y la furia (que, como es de rigor, nada
significan) emerge la música de los Rolling Stones, esa incesante banda sonora que acompaña nuestras
convulsiones desde hace casi medio siglo.
Keith Richards & James Fox

Vida
Memorias

ePub r1.2
Titivillus 31.01.2020
Título original: Life
Keith Richards & James Fox, 2010
Traducción: Helena Álvarez de la Miyar

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para Patricia
[Esto es Vida.
Aunque os cueste creerlo,
no he olvidado nada.
Gracias y loas].
1

En el que me detienen unos policías de Arkansas durante la gira norteamericana de 1975 y se llega a un punto
muerto.

¿Por qué paramos a almorzar en el restaurante 4-Dice[1] de Fordyce, Arkansas, durante el fin de
semana del Día de la Independencia (aunque el día es lo de menos)? Pese a todo lo que sabía después de
diez años conduciendo por el Cinturón Bíblico[2]. Un pueblo diminuto y los Rolling Stones en el menú
policial a lo largo y ancho de Estados Unidos: todos los polis querían pillarnos a cualquier precio,
ascender en el escalafón y cumplir con el deber patriótico de librar a la nación de aquellos mariquitas
ingleses. Era 1975, corrían tiempos de brutalidad y discordia. La veda de los Stones se había levantado a
raíz de nuestra gira anterior, la de 1972, también conocida como STP[3]. El Departamento de Estado
había observado disturbios (cierto), desobediencia civil (cierto también), sexo ilícito (¡a saber qué es eso!)
y violencia en toda la nación, y la culpa era nuestra, de unos simples juglares. Como, por lo visto,
habíamos incitado a los jóvenes a la rebelión y estábamos corrompiendo el país, se había decretado que
jamás volviéramos a pisar Estados Unidos. Siendo aquélla la época de Nixon, el tema acabó por
convertirse en una verdadera cuestión política. El presidente en persona ya había soltado sus perros y
empleado sus sucias tretas contra John Lennon porque pensaba que éste podía estropearle la reelección.
En cuanto a nosotros, según le dijeron oficialmente a nuestro abogado, éramos el grupo de rock and roll
más peligroso del mundo.
Nuestro fantástico abogado, Bill Carter, ya nos había evitado días antes un par de serios encontronazos
urdidos por las policías de Memphis y San Antonio, pero ahora Fordyce (un pueblo de 4.237 habitantes
cuya escuela tenía por emblema un bicho rojo muy extraño) podía acabar colocándose la medalla. Carter
nos había advertido que evitáramos viajar por Arkansas en coche y que, si lo hacíamos, bajo ningún
concepto saliéramos de la interestatal, eso por descontado; también señaló que, poco tiempo antes, el
estado de Arkansas había intentado promulgar una ley que prohibía el rock and roll (me hubiese
encantado ver su redacción: «de producirse un estruendo persistente en compás de cuatro por
cuatro…»). Pero allí estábamos, conduciendo por carreteras secundarias en un flamante Chevrolet Impala
amarillo. Seguramente no había en todo Estados Unidos un lugar más absurdo para pararse con un coche
cargado de droga: una comunidad sureña de palurdos conservadores no precisamente encantados de
recibir a unos forasteros de aspecto raro.
Me acompañaban Ronnie Wood, Freddie Sessler (todo un personaje, un buen amigo y casi un padre
para mí cuyo nombre aparecerá repetidas veces a lo largo de esta historia) y Jim Callaghan, nuestro jefe
de seguridad durante años. Recorríamos los más de 600 kilómetros que hay entre Memphis y Dallas,
donde teníamos un bolo al día siguiente en el estadio de fútbol americano, el Cotton Bowl. Jim Dickinson,
el muchacho sureño que tocaba el piano en «Wild Horses», nos había dicho que merecía la pena ver el
paisaje de Texarkana, y además estábamos hartos del avión, sobre todo después de un vuelo espeluznante
de Washington a Memphis en el que de repente descendimos varios miles de metros con mucho sollozo y
mucho grito, la fotógrafa Annie Leibovitz golpeándose la cabeza contra el techo y los pasajeros besando el
asfalto cuando por fin aterrizamos. A mí se me vio en la parte trasera consumiendo sustancias varias con
más dedicación de la habitual mientras íbamos dando tumbos por el aire: no quería desperdiciarlas. Un
mal rollo en el Starship, el viejo avión de Bobby Sherman.
Así que fuimos por carretera y Ronnie y yo hicimos algo particularmente estúpido: nos detuvimos en el
4-Dice, nos sentamos, pedimos, nos levantamos y nos fuimos al baño. Ya se sabe, un tonificante, just start
me up, y agarramos un buen colocón. Como no nos atraía demasiado ni la clientela ni la comida, nos
quedamos por los servicios echando unas risas. Debimos de estar allí unos cuarenta minutos, y eso no se
hace en un sitio así, no por aquel entonces. Fue lo que caldeó el ambiente y empeoró las cosas. Total, que
los camareros llamaron a la poli. Al salir encontramos un coche negro aparcado en la puerta (sin
matrícula) y justo cuando nos marchábamos (apenas habíamos avanzado veinte metros) empezaron las
sirenas y las lucecitas, y allí estaban ellos con sus pistolas en nuestras jetas.
Yo llevaba una gorra vaquera con varios bolsillos llenos de droga. Todo estaba lleno de drogas, hasta
las puertas del coche: bastaba con desencajar los paneles para hallar bolsas de plástico con coca, hierba,
peyote y mescalina. ¡Dios! ¿Cómo íbamos a salir de aquélla? Era el momento menos oportuno para que
nos trincaran. Ya era un milagro que nos hubiesen permitido entrar en el país para hacer la gira.
Nuestros visados pendían de un hilo hecho con requisitos (como bien sabía la policía de todas las
ciudades grandes) y los había conseguido Bill Carter después de mucho tejemaneje por los despachos del
Departamento de Estado y el Servicio de Inmigración durante los dos años anteriores. La primera
condición era, obviamente, que no nos arrestaran por tenencia de narcóticos, y Carter se había
responsabilizado personalmente de que no ocurriera tal cosa.
Por aquel entonces no le daba a lo más duro, lo había dejado antes de la gira. Y todo lo que llevábamos
lo podría haber metido en el avión. Hasta hoy no he logrado entender cómo pude arriesgarme a andar por
ahí con tanta mierda. Me habían dado el material en Memphis y la sola idea de regalarlo me resultaba
odiosa, pero lo podría haber metido en el avión y hacer el viaje sin nada encima. ¿Por qué se me ocurrió
cargar el coche hasta los topes como si fuera un camello aficionado? Igual se me pegaron las sábanas y
cuando desperté ya se había marchado nuestro avión. No lo sé, pero sí recuerdo que me pasé un montón
de tiempo sacando paneles para esconder la mierda en las puertas. Y eso que el peyote no es sustancia de
mi devoción.
En los bolsillos de la gorra tengo hachís, Tuinal, algo de cocaína… Saludo a la policía quitándome la
gorra con un delicado floreo que aprovecho para tirar las pastillas y el hachís entre los arbustos: «Buenos
días, agente (floreo). ¡Ay, vaya por Dios!, ¿hemos contravenido alguna ordenanza municipal? Le ruego me
disculpe… Soy inglés… ¿Iba conduciendo por el otro lado de la carretera?». Con eso ya los dejas
pensando y, mientras tanto, te has deshecho de la mierda que llevas encima, claro que no de toda. Ven un
cuchillo de monte tirado en el asiento y no se les ocurre otra cosa que confiscarlo por «ocultación de
arma», cabrones embusteros. Nos obligan a seguirlos con el coche hasta un garaje situado bajo el
ayuntamiento y de camino nos van observando; fijo que nos ven tirar toda la mierda por la ventanilla.
No nos registran inmediatamente cuando llegamos a la cochera. A Ronnie le dicen: «Venga, ve al coche
y trae tus cosas». Ronnie tenía una bolsita o algo así en el coche, pero logra echar toda la mierda en una
caja de pañuelos y al salir del auto me dice: «Está bajo el asiento del conductor». Cuando entro en el
coche (no tenía que ir a buscar nada, pero finjo que sí para poder ocuparme de la caja), la verdad es que
voy sin tener ni puta idea de qué hacer con ella, así que simplemente la aplasto, la pongo debajo del
asiento trasero y vuelvo diciendo que realmente no tenía que buscar nada. Todavía hoy sigo sin
explicarme por qué no desmontaron el coche.
A esas alturas ya saben a quién han pillado («¡miiira por dónde, qué buena pesca hemos hecho hoy!»)
y, de repente, tengo la impresión de que no saben qué hacer con esas estrellas mundialmente conocidas
que han acabado bajo su custodia. Ahora tienen que pedir refuerzos a otras comisarías del estado.
Tampoco parecen tener nada claro de qué acusarnos, y además saben que estamos intentando localizar a
Bill Carter y eso los ha debido de intimidar, porque en aquella zona del país Bill jugaba en casa: se había
criado en un pueblo llamado Rector, que estaba muy cerca, y conocía a todos los jefes de policía, a todos
los sheriffs, a todos los fiscales y a todos los políticos. Así que aquellos polis debían de estar empezando a
arrepentirse de haber informado a las agencias de noticias sobre las piezas que habían cobrado. Varios
medios de cobertura nacional se estaban congregando frente al juzgado; una televisión de Dallas alquiló
un avión a la Learjet para conseguir sitio en primera línea. Era sábado por la tarde y la policía llamaba
insistentemente a Little Rock para pedir instrucciones a las autoridades estatales. Así que, en vez de
encerrarnos y dejar que esa imagen diera la vuelta al mundo, nos mantuvieron bajo «arresto preventivo»
en el despacho del comisario, lo que significaba que teníamos cierta libertad de movimiento. ¿Dónde
estaba Carter? No había nada abierto porque era festivo y entonces no contábamos con teléfonos móviles,
así que tardaríamos un poco en localizarlo.
Mientras tanto intentábamos deshacernos de toda la mierda que llevábamos encima porque íbamos
hasta arriba de provisiones: en los setenta volaba al séptimo cielo con cocaína pura de los laboratorios
Merck, esos vaporosos tiros farmacéuticos. Freddie Sessler y yo fuimos al tigre y no nos acompañó nadie:
«¡Santo Dios! —así empezaban todas las frases de Freddie—, voy hasta las cejas». Llevaba varios frascos
llenos de Tuinal, y tirar las pastillas por el retrete lo puso tan nervioso que se le cayó uno: hasta la última
puta pildorita de color turquesa y rojo salió rodando mientras tiraba de la cadena para deshacerse de la
coca. Yo me quité de encima el hachís y la hierba, pero no había manera de que se fueran cañería abajo
porque con tanta hierba se había atascado el retrete, así que ahí me tienes, tirando de la cadena como un
loco cuando de repente veo las pastillas rodando por debajo de mi cubículo. Me puse a recogerlas y las
tiré también por el retrete, pero no llegaba a todas porque había un cubículo entre el de Freddie y el
mío… Vamos, que teníamos como mínimo cincuenta píldoras en el cubículo de en medio:
— ¡Santo Dios, Keith!
— Cálmate, Freddie, yo ya las he recogido todas por aquí, ¿has pillado todas las de tu lado?
— Sí, creo que sí.
—Bueno, pues ahora nos metemos en el de en medio y recogemos las que faltan.
Aquella cagada no tenía nombre, era increíble, miraras en el bolsillo que miraras… ¡Jamás me habría
imaginado que llevaba tanta coca encima!
El número bomba era el maletín de Freddie, que estaba en el maletero del coche todavía sin abrir y
que iba lleno de cocaína. Era imposible que no lo encontraran. Freddie y yo decidimos que la mejor
estrategia consistía en renegar de él esa tarde y decir que era un autoestopista desconocido, pero uno de
tal calibre que estábamos encantados de cederle a nuestro abogado, si ello era necesario, cuando éste
diera por fin señales de vida.
¿Dónde estaba Carter? Tardamos algún tiempo en reunir a las tropas y mientras tanto el vecindario de
Fordyce se iba agolpando hasta alcanzar dimensiones de turba. Y además iba llegando gente de Misisipi,
Texas o Tennessee atraída por el espectáculo. No se haría nada hasta que apareciese Carter, que no podía
andar lejos porque nos acompañaba en la gira, aunque que de vez en cuando se tomaba un merecido día
libre. Así que hubo tiempo para reflexionar sobre cómo había bajado la guardia y olvidado las reglas: no
hagáis nada ilegal y no os dejéis atrapar por la policía. Los policías de todas partes, y desde luego los del
Sur, tienen un montón de trucos semilegales para trincarte si les da la gana, y por aquel entonces te
podían encerrar noventa días sin problemas. Por eso Carter nos había dicho que no nos apartásemos de la
interestatal. El Cinturón Bíblico era mucho más severo en aquellos tiempos.
Durante las primeras giras hacíamos muchísimos kilómetros y los bares de carretera eran siempre una
interesante aventura. Más te valía mentalizarte, y además de verdad. Métete en un local de camioneros
del Sur o de Texas en 1964 o 65 o 66 y verás. Resultaba más peligroso que cualquier sitio en una ciudad:
entrabas, veías a aquellos chicarrones y lentamente advertías que no ibas a disfrutar de una apacible
comida entre camioneros con el pelo cortado a cepillo y temibles tatuajes. Así que picoteabas algo hecho
un manojo de nervios: «¡Ay!, mejor me lo pone para llevar, gracias». Nos llamaban nenas porque
llevábamos el pelo largo: «¿Qué tal, nenas? ¿Bailáis?». El pelo, una de esas menudencias en las que nadie
piensa pero que cambian culturas enteras. La manera como la gente reaccionaba entonces al ver nuestro
aspecto en ciertos lugares de Londres no distaba mucho de lo que hacían en el sur de Estados Unidos,
«hola, guapa» y todas esas chorradas.
Con el tiempo te das cuenta de que se libraba una guerra sin cuartel, pero entonces ni pensabas en
ello. Para empezar, eran experiencias nuevas y en realidad no tenías conciencia del efecto que podrían
tener sobre ti, más bien ibas percibiéndolo poco a poco. Y en esas situaciones descubrí que si veían las
guitarras y sabían que éramos músicos, de repente la cosa cambiaba y no había el menor problema. Lo
mejor era entrar con la guitarra en un local de camioneros: «¿Sabes tocar esa cosa, hijo?». De hecho, a
veces sacábamos las guitarras y cantábamos algo para poder cenar tranquilos.
Pero si querías aprender algo de verdad bastaba con atravesar las vías del tren: los músicos negros
nos cuidaban muy bien cuando tocábamos con ellos: «¿Quieres echar un polvo esta noche? Esa estaría
encantada. Seguro que no ha visto en su vida a un tipo como tú». Te ofrecían su hospitalidad, su comida y
su jodienda. La parte blanca de la ciudad estaba muerta, pero al otro lado de las vías había una marcha
increíble: si conocías a algún colega, todo iba sobre ruedas. Se aprendía mucho.
A veces hacíamos dos o tres actuaciones en un día, cosas cortas, como de veinte minutos o media hora.
Se trataba de que hubiera tráfico porque eran conciertos de exhibición, música negra, aficionados o
blancos de por allí, lo que fuese, y cuando te adentrabas en el Sur era interminable. Íbamos dejando atrás
pueblos y estados, lo llaman «fiebre de la línea blanca»: si vas despierto, te quedas embobado mirando las
líneas centrales de la carretera, y de vez en cuando alguien suelta un «tengo que cagar» o «me muero de
hambre», y es entonces cuando acabas en un local al borde de la carretera, estoy hablando de carreteras
secundarias de las Carolinas o Misisipi, ese rollo. Salías del coche meándote y veías el letrero de
«caballeros», pero un tipo negro que estaba allí plantado te decía «sólo negros», y tú pensabas «¡me
están discriminando!». Pasábamos por aquellos garitos de los que salía una música increíble y mucho
vapor por las ventanas:
—¡Eh, vamos a entrar aquí!
—Igual es peligroso.
—¡Venga ya! ¿Pero tú oyes esa música?
Y dentro te encontrabas con un grupo tocando, un trío, unos cuantos negrazos y unas tías bailando con
billetes sujetos en sus tangas. En cuanto entrábamos se hacía un gélido silencio porque éramos los
primeros blancos que veían allí, pero sabían que la energía era demasiado potente para que la alterase un
puñado de tíos blancos, sobre todo si no tenían pinta de ser de por allí. Así que a ellos les picaba la
curiosidad y nosotros acabábamos como en casa. Lo malo era que luego había que volver a la carretera
(«¡joder, podría haberme quedado aquí días enteros!»). Tenías que largarte, y unas encantadoras
señoritas negras te apretujaban entre sus inmensas tetas para despedirse. Cuando salías a la calle
estabas empapado en sudor y envuelto en una nube de perfume. Nos metíamos en el coche y
arrancábamos con nuestro delicioso olor y la música desvaneciéndose en la distancia. Para algunos de
nosotros era como si te hubieras muerto y hubieses ido al cielo, porque un año antes andábamos tocando
por los clubes de Londres (y no nos iba mal), pero al cabo de doce meses estábamos en un lugar que
antes nos parecía inalcanzable: estábamos en Misisipi. Llevábamos bastante tiempo tocando aquella
música, pero siempre con mucho respeto, y ahora en cambio la olfateábamos de cerca. Quieres tocar
blues y al minuto siguiente resulta que estás tocando blues con los que saben y ¡joder, tienes a Muddy
Waters justo a tu derecha! Pasa tan rápido que casi no te da ni tiempo a asimilar las sensaciones. Te das
cuenta luego, cuando vuelven las imágenes, porque en el momento es demasiado. Una cosa es tocar un
tema de Muddy Waters y otra muy distinta tocarlo con él.
Por fin encontraron a Bill Carter en Little Rock, estaba en una barbacoa en casa de un amigo que
resultó ser juez, una coincidencia de lo más útil. Iba a buscar un avión privado y llegaría en un par de
horas con el juez. Este amigo de Carter conocía al policía que iba a registrar el coche y le dijo que, en su
opinión, no tenían derecho a hacerlo. También le sugirió que esperase hasta su llegada. Todo quedó
congelado un par de horas más.
Bill Carter había trabajado desde la universidad en campañas de políticos locales, así que conocía
prácticamente a toda la gente importante del estado. Y algunas de las personas para las que había
trabajado en Arkansas eran ahora influyentes demócratas en Washington. Su mentor era Wilbur Mills,
presidente del Comité de Medios y Arbitrios en la Cámara de Representantes, tal vez el hombre más
poderoso del país después del presidente. Carter procedía de una familia humilde: se alistó en la aviación
durante la Guerra de Corea, pagó sus estudios de derecho con una beca del ejército hasta que se lo gastó
todo, se metió en el Servicio Secreto y acabó siendo escolta de Kennedy. No estaba en Dallas aquel día (lo
habían mandado a un curso), pero había recorrido el país con Kennedy, había planificado sus viajes y
conocía a personajes clave en todos los estados que visitó el presidente. En definitiva, tenía buenos
contactos muy arriba. Tras la muerte de Kennedy trabajó como investigador para la Comisión Warren[4],
luego abrió su propio bufete en Little Rock y se convirtió en algo así como un abogado del pueblo. Tenía
pelotas y se tomaba muy en serio el imperio de la ley, los procedimientos justos, la Constitución y todo
eso. Hasta daba seminarios a la policía sobre el tema. Una vez me dijo que se había puesto a ejercer de
abogado defensor porque estaba harto de los policías que abusaban de su poder interpretando la ley a su
manera (vamos, prácticamente todos los que se había ido encontrando de gira con los Rolling Stones en
casi todas las ciudades por las que habíamos pasado). Carter era nuestro aliado natural.
Sus viejos contactos de Washington eran el as en la manga que sacó cuando en 1973 nos denegaron
los visados para la gira: fue a Washington para ocuparse del tema a finales de ese año y se encontró con
que las consignas de Nixon habían calado hasta los niveles más bajos de la burocracia, y así le dijeron
oficialmente que los Stones no volverían a tocar en Estados Unidos jamás. Aparte de ser el grupo de rock
and roll más peligroso del mundo, aparte de incitar a la rebelión, causar desmanes y despreciar la ley,
había sentado muy mal que Mick apareciera en un escenario vestido de Tío Sam con un traje de barras y
estrellas. Eso ya era suficiente para impedirle la entrada en el país. ¡Estábamos hablando de la enseña
nacional! Por ese lado había que andar con pies de plomo: a Brian Jones lo arrestaron a mediados de los
sesenta (me parece que en Syracuse, Nueva York) porque agarró una bandera de Estados Unidos que
andaba por detrás del escenario y se la puso sobre los hombros. Por lo visto, una de las puntas rozó el
suelo. Fue cuando ya habíamos acabado de tocar: la policía nos metió a todos en un despacho y
empezaron a gritarnos: «Arrastrar la bandera por el suelo es algo muy grave, es ultrajar la nación, es un
acto sedicioso».
Y luego también estaba la cuestión de mi «trayectoria» (no había forma de ocultarla, era del dominio
público). ¿Qué se escribía sobre mí? Pues que era adicto a la heroína. Poco antes, en octubre del 73, me
habían condenado por tenencia de drogas en Inglaterra, y también en Francia en 1972. Carter empezó su
campaña para conseguirnos los visados cuando todo el tema del caso Watergate se estaba calentando y
acababan de meter entre rejas a unos cuantos matones de Nixon, que estaba a punto de caer también
junto con Haldeman, Mitchell y todos los demás; algunos de ellos habían trabajado en la sombra con el
FBI durante la campaña contra John Lennon.
La ventaja de Carter con el Departamento de Inmigración era que allí estaba en familia: había
pertenecido a las fuerzas del orden y lo respetaban por haber trabajado para Kennedy. Así que les soltó
un «ya sé cómo lo veis, tíos» y simplemente les dijo que quería ser escuchado porque le parecía que no
estábamos recibiendo un trato justo. Fue abriéndose camino poco a poco, tardó meses. Sobre todo se
centró en los funcionarios del nivel más bajo porque sabía que podían paralizar el asunto con
formalidades. Yo me sometí a unas pruebas para demostrar que estaba limpio; me las hizo el mismo
médico de París que ya había certificado mi salud otras veces. Mientras tanto, Nixon dimitió. Luego
Carter le pidió al mandamás del departamento que hablara con Mick y juzgase por sí mismo. Y claro,
Mick apareció muy trajeado y se lo cameló. Es un tipo realmente versátil, y por eso lo adoro: es capaz de
sostener una discusión filosófica con Sartre en francés y se entiende bien con gente de cualquier sitio.
Carter me comentó que había solicitado los visados en Memphis (no en Nueva York ni en Washington)
porque por allí estaba todo más tranquilo. Y el resultado fue increíble. De repente se concedieron todos
los permisos y visados, aunque con una condición: Bill Carter tenía que acompañar a los Stones y
garantizar personalmente al Gobierno que se evitarían los disturbios y no habría actividades ilegales
durante la gira. (También exigieron que nos acompañara un médico, un personaje casi de ficción que
volverá a aparecer en este relato y acabaría siendo una víctima de aquella gira: primero le dio por catar
la medicación y luego se largó con una groupie).
Carter los había tranquilizado ofreciéndose a llevar la gira al estilo del Servicio Secreto y en
colaboración con la policía. Además, gracias a sus muchos contactos siempre recibía el soplo cuando la
policía estaba organizando una redada. Eso nos salvó el culo en más de una ocasión.
La situación había empeorado desde la gira del 72 por las manifestaciones y marchas contra la guerra
y todo el lío de Nixon. Prueba de ello fue lo sucedido en San Antonio el 3 de junio. Aquélla era la gira de la
gigantesca polla hinchable que subía flotando desde el escenario mientras Mick cantaba «Starfucker»
{follaestrellas}. Genial, lo de la minga era genial, aunque lo pagaríamos después porque a partir de
entonces Mick se empeñó en usar grandes accesorios en todas las giras para tapar sus inseguridades. En
Memphis tuvieron la gran ocurrencia de meter elefantes en el escenario, pero éstos aplastaron las
rampas y empezaron a cagarse por todas partes durante los ensayos y se abandonó la idea. La polla no
nos dio ningún problema, por lo menos en los primeros conciertos de Baton Rouge, pero sí fue un reclamo
para los polis, que habían desistido de pillarnos en los hoteles, mientras viajábamos o en los camerinos. El
único sitio donde nos tenían a tiro era el escenario. Amenazaron con arrestar a Mick si la verga se
elevaba por los aires esa noche y aquello acabó siendo un verdadero pulso: Carter, que le había tomado la
temperatura al público, les advirtió que la gente no se iba a quedar con los brazos cruzados, pero al final
Mick optó por ceder ante la sensibilidad de las autoridades y no hubo erección en San Antonio. En
Memphis, cuando amenazaron con arrestar a Mick por cantar starfucker, starfucker, Carter los paró en
seco presentando una lista de las canciones emitidas en las emisoras locales de radio y dejó bien claro
que ésa había estado sonando durante dos años sin que nadie protestara. Lo que Carter observaba (y
estaba decidido a impedir en todo momento) era que la policía de todas las ciudades siempre intervenía
vulnerando la ley, siempre actuaba ilegalmente: pretendía cazarnos sin orden de arresto o hacer registros
sin motivos fundados.

Así que Carter ya venía con unos cuantos argumentos en la cartera cuando apareció en Fordyce
escoltado por el juez. Toda la prensa se había desplazado hasta allí, e incluso pusieron controles de
carretera para evitar que llegara más gente. Lo que los polis querían era abrir el maletero, donde estaban
seguros de que encontrarían drogas. Primero me acusaron de conducción temeraria porque las ruedas
rechinaron un poco y se levantó algo de grava cuando arranqué en el aparcamiento del restaurante: unos
veinte metros de conducción temeraria. Cargo número dos: «ocultación de arma blanca» (el cuchillo de
monte). Pero para abrir el maletero legalmente necesitaban «motivos fundados», es decir, tenía que haber
alguna prueba o indicio razonable de que se había cometido un delito. Si no, el registro sería ilegal y,
aunque encontraran lo que buscaban, se desestimaría el caso. Podrían haber abierto el maletero si
hubieran visto material sospechoso cuando asomaron la cabeza por la ventanilla, pero no vieron hada. El
rollo de los «motivos fundados» desencadenó las frecuentes discusiones a gritos que se sucedieron
durante toda la tarde. Para empezar, Carter dejó bien claro que aquellos cargos le parecían amañados. En
busca de un motivo fundado, el agente que me paró dijo que el coche desprendía olor a marihuana
cuando salíamos del aparcamiento y eso les dejaba el camino abierto para abrir el maletero. «Estos se
creen que me he caído de un guindo», nos dijo Carter. Según los polis, en el minuto que pasó desde que
dejamos el restaurante hasta que subimos al coche y salimos del aparcamiento nos había dado tiempo a
encender un canuto y llenar el coche de humo hasta el punto de que oliera a varios metros de distancia;
dijeron que ése era el motivo por el que nos habían arrestado. Sólo con eso, la credibilidad de la policía
quedaba por los suelos. Carter habló de todo esto con un jefe de policía que se subía por las paredes y
encima tenía el pueblo asediado, pero que también era muy consciente de que reteniéndonos en Fordyce
podía malograr el concierto de la noche siguiente en el Cotton Bowl de Dallas (para el que no quedaba ni
una entrada). Tanto Carter como nosotros veíamos en el jefe Bill Gober al típico agente palurdo, la
variante «cinturón bíblico» de mis amigos de la comisaría de Chelsea, siempre dispuestos a manipular la
ley y abusar de su poder. Gober estaba irritado con los Rolling Stones a título personal: por cómo
vestíamos, por los pelos, por lo que representábamos, por la música que hacíamos y, sobre todo, porque,
tal como él lo veía, desafiábamos a la autoridad establecida. Desobediencia. Hasta Elvis decía «sí, señor»,
pero aquellos gamberros greñudos no, ellos no. Así que Gober acabó abriendo el maletero (por más que
Carter le advirtió que llegaría hasta el Supremo si fuera necesario), y una vez abierto fue un verdadero
despelote, para partirse de risa.
Cuando cruzabas el río viniendo de Tennessee, donde entonces predominaba la ley seca, y pasabas a
West Memphis, que está ya en Arkansas, empezabas a ver licorerías que vendían, sobre todo, whisky
casero ilegal en botellas con etiquetas de papel marrón. Ronnie y yo nos habíamos vuelto locos en una de
esas tiendas y habíamos comprado sin freno extrañas botellas de burbon con marbetes estupendos
(Flying Cock, Fighting Cock, The Grey Major)[5], en realidad eran petacas con exóticas etiquetas
manuscritas y debíamos de llevar unas sesenta en el maletero. Ahora éramos sospechosos de
contrabando: «No, las hemos comprado todas para nosotros, y las hemos pagado». Creo que tanto alcohol
los confundió, porque estábamos en los setenta y por aquel entonces no era lo mismo un borracho que un
drogata, había una distinción muy clara: «Al menos son hombres de verdad y beben whisky». Y entonces
encontraron el maletín de Freddie. Estaba cerrado y él les dijo que había olvidado la combinación, así que
lo descerrajaron y, cómo no, encontraron dos pequeños envases con cocaína. Gober pensó que ya nos
tenía bien agarrados, o como mínimo a Freddie.
Tardaron un rato en encontrar al juez porque ya era de noche. Cuando por fin se presentó supimos que
había pasado el día jugando al golf y bebiendo: a esa hora estaba ya como una cuba.
Lo que siguió fue una comedia total, el absurdo en el más puro estilo del cine mudo. El juez sube al
estrado y empieza el desfile de abogados y polis que intentan embaucarlo con su versión de la ley. Gober
quería que el juez considerase legal tanto el registro como la confiscación de la cocaína y ordenase
nuestra detención por un delito grave (es decir, nos quería enchironar). Puede decirse que el futuro de los
Rolling Stones, por lo menos en Estados Unidos, pendía de este hilo legal.
Luego ocurrió más o menos lo que sigue, de acuerdo con lo que pude oír y con lo que me dijo después
Bill Carter. Y ésta es la manera más rápida de contarlo (con disculpas a Perry Mason).
Reparto

Bill Gober: jefe de policía vengativo y furioso.


Juez Wynne: juez de Fordyce; muy borracho.
Frank Wynne: fiscal y hermano del juez.
Bill Carter: célebre y agresivo penalista que representa a los Rolling Stones; oriundo de Arkansas.
Tommy Mays: fiscal idealista recién salido de la facultad de derecho.
Juez Fairley: llegado con Carter para impedir que haya juego sucio y que éste acabe en la cárcel.

En la puerta del juzgado:

Dos mil forofos de los Rolling Stones agolpados contra las vallas colocadas fuera del edificio; no paran
de corear «que suelten a Keith, que suelten a Keith».

Dentro del juzgado:

Juez: Bueno, parece que tenemos aquí un delito grave, un grave delito, cabashlleros. Ahora oirrré a las
partes. ¿Letrado?
Fiscal joven: Señoría, hay un problema con las pruebas.
Juez: Me van a tener que disculpar un minuto. Se suspende la sesión.
(Perplejidad general. Se interrumpe la vista durante diez minutos. Vuelve el juez. Su misión ha
consistido en cruzar la calle para comprar un frasco de bourbon antes de que cierren la tienda a las diez
de la noche. Lleva el frasco en el calcetín).
Carter (hablando por teléfono con Frank Wynne, el hermano del juez): Frank, ¿dónde te has metido?
Más te vale aparecer ahora mismo. Tom está ebrio. Sí, OK.
Juez: Prosheda, señor… eeeh… prosheda.
Fiscal joven: Entiendo que no podemos actuar conforme a derecho, señoría. No existe la menor
justificación para retenerlos. Opino que debemos soltarlos.
Jefe de policía (al juez, chillando): ¡Qué coño, claro que podemos retenerlos! ¿En serio que vamos a
soltar a estos cabrones? Juez, sabe de sobra que voy a tener que arrestarlo. Lo sabe bien. Está ebrio, está
borracho en público. No está en condiciones de sentarse en el estrado, está dando un espectáculo
lamentable ante toda la comunidad (intenta agarrar al juez).
Juez (gritando): ¡Suelta joputa! ¡Quítame lassh manos d’encima! Tú amenázame y vasssh a ir a dar con
el puto culo a… (forcejeo).
Carter (acercándose para separarlos): ¡Eh, eh, ya basta! ¡Chicos, chicos, calma! Dejemos de pelear;
mejor seguimos hablando. No es el momento de perder los estribos y… eeeh… eeeh… Tenemos ahí fuera
a la televisión y a toda la prensa internacional. No quedaría nada bien. Ya sabemos lo que diría el
gobernador. ¡Venga, sigamos! Creo que podemos llegar a un acuerdo.
Ujier: Perdone, señoría: los de la BBC están en directo desde Londres; quieren hablar con usted.
Juez: ¡Ah, sí…! Si me dishculpáis un momento, chicos, enseguida vuelvo (da un sorbo al frasco que
lleva en el calcetín).
Jefe de policía (todavía chillando): ¡Esto es un puto circo! ¡No me jodas, Carter, estos tíos han
cometido un delito! Les hemos encontrado cocaína en el maletero. ¿Qué más quieres? Los voy a joder
vivos; van a respetar nuestras leyes y les voy a dar donde les duele. ¿Cuánto te pagan, niño de Hoover?[6]
Y como el juez no declare legal el registro, lo arresto por escándalo público.
Juez (en segundo plano, hablando con la BBC): Sí, sí, eshtuve en Inglaterra durante la Segunda Guerra
Mundial. Era piloto de bombardero, Escuadrón 385, teníamos la base en Great Ashfield. ¡No veas cómo
me lo pashé! ¡Me encanta Inglaterra! Jugué mucho al golf, en algunos de los mejores campossh… tenéis
unos campos de golf buenísssshimos. ¿N’el de Wentworth? Sí, sí. Bien, comunico a todos que vamos a dar
una rueda de prensa con los chicos y explicaremos lo que ha pasado, cómo es que los Rolling Stones han
acabado por aquí y todo esho…
Jefe de policía: Los he agarrado y no los pienso soltar, quiero a esos mariquitas ingleses. ¿Quiénes se
han creído que son?
Carter: ¿Quieres provocar disturbios? ¿Has visto la que hay montada fuera? En cuanto salgas con un
par de esposas en la mano se te desmanda la gente. ¡Por Dios bendito, son los Rolling Stones!
Jefe de policía: Tus niñatos van a acabar entre rejas.
Juez (acabada su entrevista): ¿Por dónde vamosh?
Hermano del juez (en un aparte): Tom, tenemos que hablar. No hay ninguna justificación legal para
retenerlos, se nos va a caer el pelo si no cumplimos la ley a rajatabla en este caso…
Juez: Ya lo sé, ya lo sé, claro. Señor Carrrter, acérquese al estrado.
A esas alturas todo el mundo se había calmado excepto el jefe Gober. El registro no había revelado
nada que pudiera utilizarse a efectos legales, no había de qué acusarnos: la cocaína era de Freddie, el
autoestopista que habíamos recogido, y además la habían hallado de manera ilegal. La policía del estado
respaldaba ahora a Carter mayoritariamente. Tras mucho debate y bastante cuchicheo, Carter y los
fiscales llegaron a un acuerdo con el juez. Bien sencillo: el juez se quedaría el cuchillo y retiraría los
cargos respecto a ese punto (el arma sigue colgada en la pared del juzgado); además rebajaría la
conducción temeraria a una falta por la que debíamos pagar 162,50 dólares (poco más que una multa de
aparcamiento). Con los 50.000 dólares en metálico que llevaba encima, Carter pagó una fianza de 5.000
para que soltaran a Freddie por el asunto de la cocaína. Además se acordó que, más adelante, Carter
presentaría un recurso para que se desestimara el caso, así que Freddie también se podía marchar. Eso
sí, había una última condición: teníamos que dar una rueda de prensa antes de largarnos y hacernos una
foto con el juez. Ronnie y yo dimos la conferencia de prensa desde el estrado; yo iba con un casco de
bombero en la cabeza y me filmaron aporreando la mesa con el mazo del juez para anunciar a la prensa:
«¡Caso cerrado!». ¡Por poco!

Fue un final típico de los Stones. A las autoridades siempre se les planteaba un complicado dilema
cuando nos detenían: ¿quieres encerrarlos o hacerte una foto con ellos y ponerles escolta cuando se
vayan? Podían ganar votos haciendo tanto lo uno como lo otro. En Fordyce acabamos con la escolta por
los pelos: había tal muchedumbre que la policía tuvo que acompañamos a eso de las dos de la madrugada
hasta el aeropuerto, donde esperaba nuestro avión bien surtido de Jack Daniel’s y con los motores en
marcha.
En 2006, las ambiciones políticas de Mike Huckabee, el gobernador de Arkansas que se iba a
presentar a las primarias para la nominación como candidato presidencial por el Partido Republicano, lo
llevaron hasta el punto de concederme su perdón por mi fechoría de treinta años atrás. El gobernador se
considera además guitarrista, me parece que hasta tiene un grupo. Lo cierto es que no había nada que
perdonar porque no consta ningún delito en los archivos de Fordyce, pero eso da igual: recibí el perdón
de todos modos. Y todavía me pregunto qué demonios pasó con el coche: se quedo en el garaje de la
comisaría cargado hasta arriba de drogas. Me encantaría saber qué sucedió con el material aquel. Tal vez
nadie quitara los paneles. Quizá alguien siga conduciendo ese coche aún repleto de mierda.

Con Doris (Ramsgate, Kent, agosto de 1945).


2

Hijo único en las marismas de Dartford. Vacaciones en Dorset con mis padres, Bert y Doris. Aventuras con mi
abuelo Gus y el señor Thompson Wooft. Gus me enseña a tocar mi primera melodía con una guitarra. Aprendo a
recibir palizas en la escuela y después venzo al matón de la Dartford Tech. Doris me entrena los oídos con Django
Reinhardt y descubro a Elvis en Radio Luxemburgo. Paso de niño de coro a escolar rebelde y me expulsan.

Durante muchos años he dormido, como media, dos veces por semana, lo que significa que me he
mantenido consciente a lo largo de unas tres vidas. Pero antes de esas vidas tuve una infancia que
transcurrió en Dartford, al este de Londres y a la orilla del Támesis, que es donde nací el 18 de diciembre
de 1943. Según mi madre, ocurrió durante un bombardeo, y no lo discuto. Los cuatro labios están
sellados. Pero mi primer destello de memoria me presenta tumbado en la hierba del jardincito trasero
señalando los aviones que atravesaban zumbando el cielo azul por encima de nuestras cabezas mientras
Doris decía «Spitfire». Ya había acabado la guerra, pero yo me crié en un lugar donde doblabas una
esquina y te encontrabas con el horizonte, eriales, campos de maleza, tal vez un par de mansiones como
ésas que salen en las películas de Hitchcock y que habían sobrevivido milagrosamente. Una bomba
volante impactó en nuestra calle, pero no estábamos allí. Doris contaba que el artefacto fue dando tumbos
por la acera y se cargó a todo el mundo a ambos lados de nuestra casa. Un par de ladrillos aterrizaron en
mi cuna, lo cual prueba que Hitler andaba detrás de mí, aunque luego optó por el plan B. Después de
aquello, mi madre (bendita sea) llegó a la conclusión de que Dartford era algo peligroso…
Doris y mi padre, Bert, se habían mudado desde Walthamstow a la avenida Morland de Dartford para
vivir cerca de mi tía Lil, la hermana de Bert, mientras él estaba en el ejército. El marido de Lil era lechero
y se había mudado a Dartford porque le dieron esa zona de reparto. Cuando la bomba cayó en ese lado de
la avenida Morland, nuestra casa ya no se consideraba segura, así que nos fuimos a vivir con Lil. Un día,
cuando salimos del refugio después de un ataque aéreo, el tejado de la casa de la tía Lil estaba en llamas
(eso me contó Doris), pero allí, en la avenida Morland, era donde vivíamos apiñadas las dos familias
después de la guerra. En mis primeros recuerdos de la calle, nuestra antigua casa todavía estaba en pie,
pero un tercio de la calzada era un cráter inmenso con hierba y flores: allí íbamos a jugar. Nací en el
hospital Livingstone al son del «todo en calma» según, una vez más, la versión de Doris, y no me queda
más remedio que creérmela en este caso pues la verdad es que no estaba al tanto de todo desde el primer
día.
Mi madre creía que mudándonos a Dartford íbamos a un lugar más seguro que Walthamstow; total,
que habíamos acabado en el valle del Darent, ¡el callejón de las bombas!: allí estaban las fábricas de
armamento Vickers-Armstrong (o sea, básicamente una diana) y la empresa química Burroughs Wellcome.
Y encima era precisamente a la altura de Dartford donde los pilotos alemanes se acobardaban y soltaban
las bombas para salir pitando inmediatamente: «No veas cómo arrean por aquí». ¡BUUM! Es un milagro
que a nosotros no nos tocara. El sonido de una sirena todavía me pone los pelos de punta; debe de ser por
las muchas veces que terminé en el refugio con mi madre y el resto de la familia. Cuando se oye una
sirena es automático, una reacción instintiva. Veo muchas películas y documentales sobre la guerra, así
que oigo sirenas a menudo, y me sigue ocurriendo.
Mis primeros recuerdos son los típicos del Londres de posguerra: un paisaje sembrado de escombros,
la mitad de la calle desaparecida; y hubo sitios que se quedaron así una década. El principal efecto que
tuvo la guerra sobre mí fue la expresión «antes de la guerra», porque siempre oías a los adultos hablando
del tema: «Las cosas no eran así antes de la guerra…». Por lo demás, no me afectó demasiado… Supongo
que la falta de azúcar, dulces y caramelos tampoco fue mala cosa en el fondo, pero desde luego me
fastidiaba. Nunca se me dio bien el trapicheo. Mi proximidad a los traficantes se reduce hoy a los paseos
por el Lower East Side de Nueva York o las visitas a la confitería de East Wittering, junto a mi casa de
West Sussex, ¡la vieja confitería Candies! Hace poco fui hasta allí una mañana a eso de las ocho y media
con mi amigo Alan Clayton, el cantante de los Dirty Strangers; habíamos estado despiertos toda la noche
y nos moríamos por un poco de azúcar: tuvimos que esperar fuera una buena media hora hasta que
abrieron. Compramos caramelos, bombones, regaliz y confitura de grosella. No íbamos a degradarnos
trapicheando en el supermercado, ¿verdad?
El hecho de que no pudiera comprar una bolsa de caramelos hasta 1954 dice mucho sobre los
trastornos que se prolongan durante años tras una guerra. Pasaron nueve años hasta que por fin pude
entrar en la tienda y decir «una bolsa de eso» (tofes, barritas de anís); hasta entonces siempre era «¿traes
la cartilla de racionamiento?». ¡Qué estampido al estampar los sellos! La ración era la ración. Sólo daba
para una bolsita de papel marrón (diminuta) a la semana.
Bert y Doris se conocieron siendo los dos empleados de la misma fábrica en Edmonton (Bert era
impresor y Doris trabaja en la oficina) y comenzaron a vivir juntos en Walthamstow. Durante el noviazgo,
antes de la guerra, salían mucho de acampada con las bicicletas. Eso los unió: se compraron un tándem
en el que solían ir hasta Essex con los amigos. Así que cuando llegué yo, en cuanto pudieron me colocaron
en la parte trasera del tándem. Debió de ser justo después de la guerra, o incluso durante la guerra. Me
los puedo imaginar pedaleando en medio de un ataque aéreo sin variar el rumbo, Bert delante, luego mi
madre y yo detrás, en el asiento para bebés, expuesto a los implacables rayos del sol, vomitando por la
insolación. Ha sido la historia de mi vida desde entonces: siempre en la carretera.
Durante los primeros tiempos de la guerra (antes de nacer yo), Doris hacía repartos en furgoneta para
una cooperativa de panaderías pese a haberles advertido que no sabía conducir. Afortunadamente, por
aquel entonces casi no había coches en las carreteras. Mi madre estampó una vez la furgoneta contra un
muro cuando la estaba usando fuera de las horas de trabajo para ir a ver a una amiga, pero aun así no
perdió el trabajo. Debido a la guerra, en la zona más próxima a la cooperativa repartía el pan con un
carro para ahorrar combustible. Doris se encargaba también de distribuir tartas en una zona muy amplia
(media docena para unas trescientas personas). Y ella decidía quién se las llevaba:
—¿Me puede traer una tarta la semana que viene?
—Bueno… es que ya le traje una la semana pasada, ¿no?
Fue una guerra heroica. Bert tuvo un empleo protegido en una fábrica de válvulas hasta el día D. Tras
el desembarco lo mandaron como mensajero a Normandía, donde resultó herido durante un ataque de
mortero; todos sus compañeros murieron, fue el único que se salvó en aquella ocasión, pero le quedó un
tajo horroroso, una cicatriz que recorría su muslo izquierdo de arriba abajo. De pequeño quería tener una
igual cuando me hiciera mayor y le preguntaba a mi padre:
—Papá, ¿qué es eso?
—Lo que me libró de la guerra, hijo —contestaba siempre.
Pero de las pesadillas no se libró, lo acompañaron el resto de su vida. Durante los últimos años de
Bert, mi hijo Marlon vivió mucho tiempo con él en Estados Unidos y solían ir de acampada juntos. Marlon
dice que Bert se despertaba por las noches gritando: «¡Cuidado, Charlie, ahí viene! ¡Estamos jodidos,
bien jodidos, mierda!».
Los de Dartford somos unos ladrones. Lo llevamos en la sangre. Hay incluso un poemilla en homenaje
al carácter inmutable del lugar: «De Sutton, el cordero; de Kirby, la ternera; de South Dame, el pan de
jengibre y de Dartford, los ladrones»[7]. Las fortunas de Dartford solían proceder de asaltos al correo
Londres-Dover a su paso por la antigua carretera romana, Watling Street: la cuesta de East Hill es muy
empinada, luego de repente estás por fin en el valle del río Darent (no es mucho más que un arroyo) y
después viene High Street, que es muy corta; desde ahí tienes que subir West Hill, y a los caballos seguro
que les costaba: vinieras de donde vinieras, era el lugar perfecto para una emboscada. Los cocheros ni se
molestaban en parar a discutir, se aceptaba que parte del dinero del pasaje era para pagar el peaje de
Dartford y así poder seguir viaje sin sobresaltos; se limitaban a tirar una bolsa de monedas porque, si no
pagabas al bajar East Hill, hacían una seña a los que estaban más adelante (un disparo: «no ha pagado»)
y te salían al paso en West Hill. Vamos, que era un asalto doble, no había forma de librarse. Todo esto
acabó cuando el tren y luego el automóvil se impusieron, así que a mediados del siglo XIX seguro que los
lugareños andaban buscando alguna otra cosa con que entretenerse, una manera de mantener viva la
tradición, de modo que a lo largo de los años Dartford ha desarrollado una red delictiva increíble (no hay
más que preguntarles a algunos parientes míos). Es parte del día a día: siempre hay algo que se cae de la
caja de un camión, y uno no hace preguntas; si alguien luce un nosequé de diamantes, nunca le preguntas
«¿y de dónde lo has sacado?».
Durante más de un año, cuando tenía nueve o diez, me atacaban (en el más puro «estilo Dartford»)
casi todos los días cuando volvía a casa de la escuela. Sé qué significa ser un cobarde. Y no pienso volver
a eso jamás. Con lo fácil que es salir por patas, siempre aguanté las palizas. A mi madre le contaba que
me había vuelto a caer de la bici, a lo que ella me respondía: «Pues deja ya la bici, hijo». Tarde o
temprano, a todos nos acaban zurrando. Más bien temprano. El mundo está dividido en pringados y
matones. Aquello desde luego me marcó y me enseñó un par de lecciones que resultaron muy valiosas
cuando crecí lo suficiente para ponerlas en práctica. Básicamente, cómo aprovechar ese recurso llamado
«velocidad» con que cuentan los cabroncetes (en definitiva, cómo salir corriendo). Pero te acabas
cansando de correr. Aquello no dejaba de ser el viejo asalto al correo, tan típico de Dartford. Ahora
tenemos el túnel de Dartford con sus peajes por donde sigue pasando todo el tráfico de Dover a Londres,
pero quedarse con el dinero es legal y los ladrones van de uniforme. Siempre hay que pagar, de una
manera o de otra.
Puede decirse que nuestro jardín eran las marismas de Dartford, una tierra de nadie que se extiende
unos cinco kilómetros a ambos lados del Támesis. Es un lugar aterrador y fascinante al mismo tiempo,
pero desolado en cualquier caso. Cuando era niño nos gustaba bajar a la orilla del río, que estaba a una
media hora en bici. En la otra orilla, la norte, empezaba el condado de Essex y la verdad es que para el
caso podía haber sido Francia: se veía el humo de la Ford en Dagenham; en nuestro lado estaba la
cementera de Gravesend (por algo la llaman Gravesend)[8]. Todo lo que nadie quería se arrojaba en
Dartford desde el siglo XIX: lazaretos, leproserías, fábricas de pólvora, manicomios; una bonita mezcla.
Dartford era el principal centro inglés para el tratamiento de la viruela desde la epidemia de 1880. Los
hospitales ribereños derramaban su triste carga sobre los barcos anclados en Long Reach, una estampa
tenebrosa en las fotografías, o desde los barcos que navegaban camino de Londres. Pero la fama de
Dartford y sus alrededores se debía sobre todo a los manicomios, un conjunto de establecimientos
dirigido por la temida Comisión Metropolitana de Asilos para las personas mentalmente discapacitadas, o
como llamen ahora a los deficientes cerebrales. Los manicomios formaban un cinturón en torno a la zona,
como si alguien hubiera pensado: «¡Ya está, aquí es donde vamos a poner a todos los chiflados!». Hasta
hace poco había un hospital muy grande y de aspecto más bien siniestro, Darenth Park, que era una
especie de campo de trabajo para niños retrasados. Luego estaba también el Stone House Hospital,
nombre bastante más amable que el original: Asilo para Lunáticos de la Ciudad de Londres; en ese
edificio con frontones neogóticos y una atalaya de estilo Victoriano vivió recluido y murió de sífilis Jacob
Levy, un sospechoso de ser Jack el Destripador. Algunos de los loqueros eran para casos graves. Cuando
teníamos doce o trece años, Mick Jagger trabajó durante un verano en el de Bexley, que se llamaba
Maypole. Creo que esos majaras eran de clase algo más alta (tenían sillas de ruedas y cosas así) y Mick se
dedicaba a repartir comida por las habitaciones.
Casi todas las semanas se oían sirenas: otro loco que se ha escapado; y siempre lo encontraban a la
mañana siguiente en camisón y temblando de frío en el campo. Algunos, sin embargo, andaban huidos
unos cuantos días y se los podía ver vagando entre los arbustos. Eso era un aspecto de la vida durante mi
infancia. Tenías la impresión de que seguía la guerra porque utilizaban las mismas sirenas cuando se
escapaba alguien. Uno no se da cuenta hasta mucho más tarde de lo raro que es el sitio donde se ha
criado. Si alguien de fuera te preguntaba cómo se iba a un sitio, le contestabas con toda naturalidad:
«Está justo al otro lado del loquero; no el grande, el pequeño». Y la gente se te quedaba mirando como si
tú también fueras un paciente del manicomio en cuestión.
Aparte de los anteriores, el único lugar destacable era la cohetería Wells, en realidad unos cuantos
barracones aislados en medio de la marisma. Una noche, en los cincuenta, saltó por los aires, y con la
fábrica varios trabajadores. Fue espectacular. Cuando me asomé por la ventana tuve la impresión de que
había vuelto a estallar la guerra. Por aquel entonces sólo fabricaban tracas, bengalas, girándulas y, por
supuesto, petardos. Todos los de por allí lo recuerdan, la explosión que rompió cristales en varios
kilómetros a la redonda.
Por lo menos tenías tu bici. Un día yo y mi amigo Dave Gibbs, que vivía en Temple Hill, decidimos que
sería estupendo ponerle unas aletas de cartón a la rueda de atrás para que al rozar con los radios
hicieran un sonido parecido al de un motor. Oíamos cosas como «quitadle esas putas cosas a la bici, que
estoy intentando dormir un poco», así que optábamos por irnos a las marismas o al bosque del río; éste
era territorio peligroso porque había mucho indeseable suelto por allí, hombretones que te chillaban
«¡largo de aquí!». Acabamos quitándoles los cartones a las bicis. Aquello estaba lleno de locos, desertores
y vagabundos; muchos eran desertores del ejército británico, recordaban a aquellos soldados japoneses
para quienes la guerra no había terminado; algunos llevaban allí cinco o seis años, se apañaban una
caravana o una cabaña en un árbol. Eran unos salvajes, auténticas bestias. El primer disparo que recibí
en mi vida se lo debo a uno de esos cabrones: buen tiro, un balín en el culo. Uno de los sitios adonde más
nos gustaba ir era un viejo fortín, un nido de ametralladora de los muchos que había a lo largo de la orilla;
allí nos entregábamos a la literatura; o sea, a las arrugadas fotos de chicas que se amontonaban en un
rincón.
Un día encontramos a un vagabundo muerto acurrucado en una esquina y envuelto en una nube de
moscardones. Había revistas guarras, condones usados, zumbido de insectos. Y aquel vagabundo había
estirado la pata. Llevaba allí días, tal vez semanas. No se lo contamos a nadie. Salimos corriendo como
alma que lleva el diablo.
Me recuerdo haciendo el trayecto desde la casa de la tía Lil hasta la escuela primaria, que estaba en
West Hill; yo chillaba como un poseso: «¡Mamá, no, mamá, que noooo!». Iba a rastras pataleando y
berreando, pero iba. Los mayores siempre se las arreglan para salirse con la suya. Yo me resistía, pero
sabía que era una guerra sin cuartel. A Doris le daba pena, pero no tanta: «Así es la vida, hijo, no hay
nada que hacer». Recuerdo a mi primo, el hijo de la tía Lil. Un mocetón. Debía de tener unos quince años
y encandilaba a todo el mundo con su simpatía. Era mi héroe. ¡Y tenía una camisa a cuadros! Por no
hablar de que salía y entraba cuando quería. Me parece que se llamaba Reg. Era hermano de la prima
Kay, que me cabreaba un montón porque tenía las piernas muy largas y siempre me ganaba cuando
echábamos una carrera. Siempre me tenía que conformar con un digno segundo puesto. Claro que ella
era mayor que yo. La primera vez que monté a caballo (a pelo) fue con ella: por allí pastaba (aunque es
dudoso que aquello fuera «pasto») una yegua blanca que no sabía ni dónde estaba de puro vieja. Yo
estaba con un par de amigos y la prima Kay, saltamos la valla y nos las ingeniamos para subirnos a la
yegua. ¡Menos mal que era un animal de lo más pacífico, porque si se hubiera movido me habría dado una
buena costalada! No tenía brida.
Odiaba la escuela primaria. Odiaba cualquier escuela. Según contaba Doris, lo pasaba tan mal que en
más de una ocasión me llevó a cuestas hasta casa porque no podía ni caminar de lo mucho que temblaba,
y eso era antes de que empezaran los golpes y las burlas de los matones. La comida era espantosa.
Recuerdo que nos obligaban a comer una porquería llamada «tarta gitana». Yo me negaba en rotundo
porque me repugnaba; era un pastel con un engrudo chamuscado dentro, mermelada, caramelo o algo
así. Todos los escolares de entonces conocían esa exquisitez y a algunos incluso les gustaba. Pero aquello
no era mi postre ideal, así que intentaban obligarme a comerlo amenazándome con un castigo o una
multa. Era todo muy dickensiano. Con mi infantil caligrafía debía escribir trescientas veces «comeré lo
que me pongan». Después de un tiempo ya dominaba la técnica: «Comeré, comeré, comeré, comeré,
comeré, comeré, comeré… lo, lo, lo, lo, lo, lo, lo…».
Era famoso por mi mal genio (como si los demás no lo tuvieran). Un mal genio desatado por la «tarta
gitana». Viéndolo ahora con perspectiva, la verdad es que el sistema educativo británico durante aquellos
años de posguerra no contaba con muchos medios: el profesor de educación física venía de entrenar a
comandos y no veía por qué no iba a tratarnos exactamente igual que a ellos aunque tuviéramos cinco o
seis años. Muchos profesores acababan de licenciarse del ejército, algunos habían luchado en la Segunda
Guerra Mundial y otros habían vuelto hacía poco de Corea, así que te criabas a base de alaridos y toques
de corneta.

A mí deberían haberme condecorado por sobrevivir a los dentistas del Servicio Nacional de Salud.
Creo que teníamos dos revisiones anuales (se hacían inspecciones para comprobarlo) a las que mi madre
me arrastraba entre chillidos. A la salida debía gastarse un poco del dinero que tanto costaba ganar en
comprarme algo, porque cada vez que iba era un verdadero infierno. No había piedad: «Cierra el pico,
chaval». Aquel mandil de hule rojo, como en las historias de Edgar Allan Poe… En aquellos tiempos (el
año 49 o 50) usaban unos aparatos estruendosos, tornos temibles… y te ataban con unas correas como las
de la silla eléctrica.
El dentista también había estado en el ejército. Mi dentadura se arruinaría por culpa de esa
experiencia. Adquirí un miedo atroz a los dentistas cuyas consecuencias se hicieron bien visibles a
mediados de los setenta: una boca llena de dientes negruzcos. La anestesia era cara, así que sólo te
ponían una pizca. Y además ganaban más con las extracciones que con los empastes, así que todo se
arrancaba: en menos que canta un gallo te dormían un poco y te sacaban una muela de cuajo; lo malo era
que te despertabas en mitad de la operación. Viendo aquel tubo de goma roja y la máscara te sentías
como un piloto de bombardero, sólo que no había ningún avión. La máscara de goma roja y aquel hombre
inclinándose sobre ti como Laurence Olivier en Marathon Man. Es la única ocasión en que he visto al
demonio tal como lo imaginaba; estaba soñando y lo veía empuñando un tridente y riéndose a carcajadas;
luego despertaba y él me decía: «Deja de menearte, chaval, que hoy tengo veinte más». Y lo único que
sacaba de todo aquello era un juguetito o una pistola de plástico.

Al cabo de un tiempo, el ayuntamiento nos dio un piso que tenía justo debajo una verdulería, una de las
tiendas que bordeaban Chastilian Street. El piso tenía dos dormitorios y una sala. Sigue allí. Mick vivía a
una manzana, en Denver Street. A esa zona la conocíamos como «ciudad pija» (la diferencia entre casas
adosadas y exentas): estaba a cinco minutos en bici del campo y sólo a dos calles de la escuela a la que
fuimos tanto Mick como yo, la Escuela Primaria Wentworth.
Hace poco volví a Dartford a respirar un poco el aire de por allí y todo sigue más o menos igual en
Chastilian Street: ahora la verdulería es una floristería (Darling Buds of Kent se llama) cuyo propietario
salió a la calle con una foto mía para que se la firmara en el momento mismo en que puse un pie sobre la
acera frente a su tienda; se diría que me había estado esperando con la estampa preparada, y parecía tan
poco sorprendido de verme por allí como si fuera una cosa de todos los días, aunque no había ido en
treinta y cinco años. En cuanto entré en nuestra antigua casa (donde ahora vive el propietario de la
floristería) me vino a la mente el número exacto de peldaños que tenía la escalera; por primera vez en
medio siglo entré en lo que había sido mi habitación, un cuarto minúsculo que seguía exactamente igual;
el de Bert y Doris, también diminuto, quedaba a un metro en el mismo rellano. Viví en aquella casa de
1949 a 1952.
Al otro lado de la calle había una tienda de la cadena Co-op y la carnicería donde me mordió un perro,
mi primera dentellada canina. Era un malvado hinchapelotas que solían tener atado a la puerta. En la otra
esquina quedaba el estanco Finlays. El buzón de correos seguía en el mismo sitio, pero el inmenso
socavón de Ashen Sreet (un bombazo) estaba ahora cubierto. El señor Steadman vivía en la puerta de al
lado: tenía tele y dejaba las cortinas abiertas para que los niños la pudiéramos ver desde fuera. Pero mi
peor recuerdo, el más doloroso durante esa visita, fue el que asomó en el pequeño jardín trasero: el día de
los tomates podridos. Me han ocurrido cosas más bien desagradables a lo largo de los años, pero sigo
considerando aquél como uno de los peores días de mi vida. El verdulero solía apilar cajas en el jardín de
atrás y un amigo y yo encontramos un montón de tomates pochos. Total, que empezamos a espachurrarlos
e iniciamos una verdadera guerra de hortalizas. Lo pusimos todo perdido, había churretes por todas
partes, incluidos yo, mi amigo, las ventanas, las paredes… Estábamos en la calle lanzando tomates a
diestro y siniestro: «¡Esto es para ti, cerdo!» (tomatazo en la cara). Cuando por fin entré en casa, mi
madre me dio un susto de muerte:
—Lo he llamado para que venga.
—¿De qué me estás hablando?
—Lo he llamado para que te lleve con él, porque es imposible controlarte —ahí me derrumbé—. Vendrá
en quince minutos, no tardará mucho, y te vas a ir con él a un centro.
Me cagué de miedo: no debía de tener más de seis o siete años.
—¡Ay, mamá, no, no! —rogué y supliqué una y otra vez poniéndome de rodillas.
—Me tienes hasta aquí arriba, yo ya no te aguanto.
—No… mamá, por favor, por favor, por favor…
—Y además se lo voy a decir a tu padre.
—Nooo, mamaaaaaa…
Fue un día terrible; ella no daba su brazo a torcer, siguió con el cuento durante una hora, hasta que me
quedé dormido de tanto llorar. Luego comprendí que no iba a venir nadie y que mi madre había estado
tomándome el pelo. Pero me quedaba averiguar por qué: ¿sólo por unos cuantos tomates podridos?
Supongo que me hacía falta una lección porque esas cosas no se hacían allí y punto. Doris nunca fue
demasiado estricta, pero quiso dejar claro el límite: «Esto es lo que hay; unas cosas se hacen y otras no,
entérate de una vez». Fue la única vez que me metió el temor de Dios en el cuerpo.
En realidad no éramos una familia muy temerosa de Dios. Ninguno de mis parientes ha tenido vínculos
con la religión organizada. Ni uno. Uno de mis abuelos fue un socialista convencido, como su mujer, y
para ellos la Iglesia (la religión organizada) era algo a evitar. A nadie le preocupaba lo que hubiese dicho
Jesucristo, aunque tampoco afirmaban que Dios no existe o algo parecido; simplemente se mantenían al
margen de cualquier tipo de organización y los curas eran personajes que levantaban serias sospechas: si
ves a un tío con sotana, cámbiate de acera; y mucho ojo con los católicos, que son todavía menos fiables.
No había tiempo para esas cosas; y gracias a Dios, pues de lo contrario los domingos habrían sido todavía
más aburridos de lo que ya eran. Nunca íbamos a la iglesia, ni siquiera sabíamos dónde estaba.
La visita a Dartford la hice con mi mujer, Patti, que no conocía la ciudad, y mi hija Angela, que nos hizo
de guía porque es una lugareña (se había criado allí con Doris, igual que yo). De un local que hay en
Chastilian Street (una peluquería unisex, Hi-Lites, donde no caben más de tres clientes) salieron unas
quince jóvenes empleadas de una edad y aspecto que reconocí inmediatamente: me habría encantado que
hubiesen estado por allí cuando yo vivía en la ciudad. Peluquería unisex. Me pregunto qué hubiera dicho
el verdulero de todo aquello.
Durante los siguientes diez minutos la conversación discurrió por un camino que me resultó bastante
familiar:

Fan: ¿Nos puedes firmar un autógrafo, por favor? Para Anne y todas las chicas de Hi-Lites. Entra en la
peluquería, si quieres te cortamos el pelo. ¿También vas a ir a Denver Street, donde vivía Mick?
KR: Es la siguiente yendo para arriba, ¿no?
Fan: Y también querría que me firmaras uno para mi marido.
KR: ¿Estás casada? ¡Mierda!
Fan: ¿Por qué lo preguntas? Entra, entra en la peluquería… Voy a por un papel. ¡Mi marido no se lo va
a creer!
KR: Había olvidado cómo te acosan las chicas de Dartford.
Fan de más edad: Estas son demasiado jóvenes para apreciarlo, pero nosotras nos acordamos.
KR: Bueno… todavía sigo dando guerra. No sé qué música escucharéis ahora, pero sea la que sea no
existiría de no ser por mí. Esta noche voy a soñar con este sitio.
Fan: ¿Alguna vez te imaginaste adónde llegarías cuando estabas en ese pisito?
KR: Me lo imaginé todo, pero nunca creí que llegara a ocurrir.

Aquellas chicas tienen algo típico de Dartford: están a gusto pasando el rato juntas; son como chicas
de pueblo, en el sentido de que viven en una pequeña comunidad e irradian una sensación de amistosa
cercanía. Cuando vivía en Chastilian Street tuve unas cuantas novias, aunque por aquel entonces era todo
platónico y nada más. Siempre recordaré que una me dio un beso un día (debíamos de tener seis o siete
años); «pero guarda el secreto», me dijo. Todavía no he escrito la canción. Las tías siempre te llevan
metros de ventaja: ¡guarda el secreto! Fue mi primera novia, pero de niño tenía muchas amigas; mi prima
Kay fue una gran compañera a lo largo de unos cuantos años. Durante esa visita también pasé en coche
por Heather Street (ya cerca del campo) con Patti y Angela. Esa calle era de las elegantes, allí vivía
Deborah, con quien me obsesioné de una manera casi enfermiza cuando tenía once o doce años: me
plantaba en la acera con la mirada fija en la ventana de su cuarto, como un ladrón en la noche[9].
El campo empezaba a cinco minutos escasos en bici. Dartford es un sitio pequeño, así que en pocos
minutos podías salir de la ciudad (y salirte de madre) penetrando en un territorio de bosques y arbustos,
algo así como una arboleda medieval donde probar tu pericia sobre una bicicleta. ¡Los baches gloriosos!
Corrías con la bici bajo los árboles por aquellas cuestas y hondonadas dándote batacazos a todo trapo.
¡Qué nombre, «baches gloriosos»! Los he vivido muchas veces desde entonces, pero nada tan grande
como aquello; podías pasarte allí todo el fin de semana.
Por aquel entonces (tal vez siga ocurriendo), si ibas hacia el oeste te topabas con la gran ciudad, pero
si enfilabas hacia el este o el sur te adentrabas en tierra virgen: tenías la sensación de estar en la
frontera. En aquellos días, Dartford era un verdadero suburbio periférico, pero conservaba su propio
carácter, todavía lo conserva. No te sentías parte de Londres, no te sentías londinense. Tampoco recuerdo
que nadie sintiera orgullo local, más bien era un sitio del que todo el mundo quería salir. Cuando volví ese
día no me invadió la nostalgia, salvo por un detalle: el olor del campo; eso sí que me trajo recuerdos,
mucho más que cualquier otra cosa. Me encanta el aire de Sussex, donde vivo ahora, pero los campos de
Dartford tienen una mezcla particular, ese olor a aulaga y brezo que sólo hay allí. No vi los baches
gloriosos: o los ha cubierto la vegetación o no eran tan grandes como yo pensaba, pero pasear entre los
helechos me llevó de vuelta a aquellos tiempos.
Durante mi infancia, Londres equivalía a boñiga de caballo y humo de carbón. Durante los primeros
cinco o seis años que siguieron a la guerra había allí más movimiento de tracción animal que después de
la Primera Guerra Mundial. Era una mezcla penetrante que de verdad añoro. En lo que a los sentidos se
refiere, resultaba algo familiar, el pan nuestro de cada día. Tal vez la comercialice para la tercera edad.
¿Te acuerdas? Tufo de Londres.
No creo que Londres haya cambiado tanto salvo por el olor y el hecho de que ahora se ve la belleza de
edificios como el Museo de Historia Natural, donde han limpiado la mugre de las piedras y los azulejos
azules. Por aquel entonces no había nada así de cuidado. Otra diferencia es que la calle te pertenecía.
Recuerdo haber visto algo después unas fotos de la High Street de Chichester a principios del siglo XX y
sólo aparecen niños jugando a la pelota y un carromato: bastaba con apartarse de vez en cuando para que
pasara un vehículo.
También recuerdo que cuando era niño había unas nieblas espesas durante casi todo el invierno y que
si tenías que andar cinco o seis kilómetros para volver a casa eran los perros los que te guiaban. De
repente se presentaba el chucho de turno con su mancha negra alrededor de un ojo y no tenías más que
seguir al animal para encontrar el camino de vuelta a casa. A veces la niebla era tan densa que no veías
absolutamente nada y el chucho te guiaba hasta dejarte en manos de otro perro. Los animales andaban
sueltos por la calle, algo que ya no se ve. Habría acabado perdido y tirado en una cuneta sin la ayuda de
mis amistades caninas.
Cuando tenía nueve años nos dieron una casa de protección oficial en Temple Hill, un auténtico erial. A
mí me gustaba mucho más Chastilian Street, pero según Doris éramos muy afortunados, «tenemos una
casa» y todo el rollo ese. Total, que mueves el culo a la otra puta punta de la ciudad. Durante los primeros
años de la posguerra había una gran escasez de viviendas y mucha gente de Dartford vivía en las casas
prefabricadas de Princes Street (Charlie Watts seguía en una de ellas cuando lo conocí en 1962); muchas
personas echaron raíces en aquellos edificios de amianto con tejados de latón que cuidaban como si
fueran mansiones. Justo después de la guerra, poco podía hacer el Gobierno excepto tratar de limpiar y
poner un poco de orden en el desastre del que todos formábamos parte, aunque por supuesto ya se
encargaron los políticas de ponerse medallas mientras lo hacían: a las calles de las nuevas urbanizaciones
las bautizaban con los nombres de los suyos, de la élite laborista pasada y presente, algo tal vez
apresurado en el caso de la segunda categoría si tenemos en cuenta que sólo aguantaron seis años en el
poder. El hecho es que se veían como héroes en la lucha de la clase trabajadora, uno de cuyos adalides
más devotos era mi propio abuelo Ernie Richards, quien, junto con mi abuela Eliza, más o menos había
fundado el Partido Laborista de Walthamstow.
Aquella urbanización fue inaugurada en 1947 por Clement Attlee, primer ministro de la posguerra,
amigo de Ernie, y uno de los que tenían alguna calle a su nombre. Su discurso se conserva en el éter:
«Queremos que la gente viva en sitios agradables, casas donde sean felices, formen una comunidad y
tengan una vida social y cívica… Aquí, en Dartford, estáis dando ejemplo de cómo todo eso es posible».
«No, no, el sitio no era agradable —decía Doris—, era bastante duro». Hoy es mucho más duro: en
según qué zonas de Temple Hill más vale no meterse, son un infierno de pandillas callejeras. Cuando
nosotros nos mudamos todavía no habían terminado las obras; el panorama consistía en una caseta en
una esquina donde los obreros guardaban las herramientas, ni un solo árbol y un ejército de ratas
campando por todas partes. Parecía un paisaje lunar. Y, por más que estuviera a escasos diez minutos del
Dartford que yo conocía, el viejo Dartford, durante un tiempo, a aquella edad me sentí como si hubiera
aterrizado de repente en territorio desconocido; tardé casi un año en tratar a los vecinos y quitarme la
sensación de haber sido transportado a otro planeta. En cambio, a Bert y a Doris les encantaba aquella
casa, así que no tuve más remedio que morderme la lengua. En lo que a adosados se refiere, hay que
reconocer que aquél por lo menos era nuevo y estaba bien construido, ¡pero no era nuestro! A mí me
parecía que nos merecíamos algo mejor, y eso me daba rabia. Me veía como si perteneciera a una familia
noble condenada al destierro. ¡Qué presunción! En ocasiones hasta despreciaba a mis padres por haber
aceptado su suerte. Eso era entonces, cuando ni me imaginaba todo lo que habían pasado.
Mick y yo nos conocimos pura y simplemente porque vivíamos muy cerca, a la vuelta de la esquina, e
íbamos a la misma escuela. Pero entonces me mudé lejos de esa escuela, a la otra punta de la ciudad, y
me convertí en «uno que vive al otro lado de las vías»: ya no ves a nadie, ya no estás allí. Mick también se
mudó de Denver Street a Wilmington, un barrio muy bonito, mientras que yo acabé en el otro extremo de
la ciudad, al otro lado de las vías. Las vías del tren atraviesan literalmente el centro de la ciudad.
Temple Hill[10] suena algo pomposo. El hecho es que nunca vi ningún templo; eso sí, la colina estaba y
era el único atractivo que podía ofrecer aquel lugar a un muchacho como yo. Era un cerro con mucha
pendiente: es increíble lo que puedes llegar a hacer de crío con una cuesta si estás dispuesto a jugarte el
pellejo. Recuerdo que solía poner un libro enorme de Buffalo Bill que tenía encima del monopatín, a lo
ancho, me sentaba y bajaba zumbado por Temple Hill. Si se me cruzaba algo, mala suerte porque no tenía
frenos. Al llegar abajo del todo había una calle que tenías que cruzar, vamos, que no te quedaba otra que
jugar al corre que te pillo con los coches, aunque tampoco es que hubiera muchos… En cualquier caso, se
me ponen los pelos de punta de pensar en aquellas bajadas increíbles, sentado a escasos centímetros del
suelo encima de mi libro, ¡y que Dios se apiadara de la señora con el cochecito de bebé! Yo gritaba desde
lejos: ¡Cuidado! ¡Apártese!». Nunca me metí en ningún lío por mis bajadas a tumba abierta; en aquellos
tiempos todavía te librabas de alguna.
Me ha quedado una cicatriz inmensa de aquella época. Había unas losas de piedra enormes a los lados
de la carretera, sueltas, esperando a que las colocaran definitivamente con cemento; y claro, yo, que me
creía Superman, y una amiga quisimos apartar una porque nos molestaba para jugar al fútbol. Los
recuerdos no dejan de ser ficción y la versión ficticia de lo que pasó se la debo a lo que recuerda mi
amiga y compañera de juegos Sandra Hull después de tantos años. Según ella, me ofrecí galantemente a
moverla yo porque había un hueco demasiado grande entre una losa y otra y ella no llegaba saltando;
también se acuerda de que hubo mucha sangre cuando la losa se me cayó encima de un dedo
aplastándomelo, de que me fui a la carrera a lavarme la herida y de que la sangre no paraba. Luego
vinieron los puntos. Con el tiempo, el resultado de todo aquello (sin ánimo de exagerar tampoco) puede
haber tenido algo que ver con mi manera de tocar la guitarra, porque se me quedó el dedo plano y eso
afecta a los punteos. Podría estar relacionado con el sonido; tengo más tracción, por así decirlo, y en los
punteos engancho mejor las cuerdas porque me quedé sin un cacho de dedo. Total, que lo tengo plano y
afilado, lo que resulta muy útil de vez en cuando. La uña tampoco me volvió a salir nunca como antes,
está un poco torcida.
La escuela estaba lejos y, para evitar la imponente cuesta de Temple Hill, siempre me iba por detrás,
bordeando la colina, por un camino llano que llamaban el sendero de la carbonilla» y pasaba por la parte
de atrás de todas las fábricas, la planta de Burroughs Wellcome y la fábrica de papel de Bowaters, junto a
un arroyo maloliente donde burbujeaba una pasta pegajosa de color verde y amarillo. Era como si
hubieran venido a tirar toda la mierda química del planeta a aquel arroyo que borboteaba, igual que un
pozo de azufre hirviendo. Yo contenía la respiración y apretaba el paso. De verdad que parecía la típica
imagen del infierno. En cambio, por la parte delantera había un jardín y un estanque precioso con cisnes,
así que no había mejor manera de aprender lo que significa la expresión más fachada que Harrods»[11].
Durante la última gira que hemos hecho he ido apuntando letras e ideas en un cuaderno, también
cosas que se me ocurrían para estas memorias. Y hay una nota que dice así: «He sacado del baúl de los
recuerdos una instantánea de Bert y Doris haciendo chuminadas por ahí en los años treinta. Lágrimas en
los ojos». De hecho había unas cuantas fotos de ellos dos haciendo eso que antes se llamaba calistenia:
Bert haciendo el pino sobre la espalda de Doris, los dos haciendo volteretas laterales y también como en
una especie de representación en otras, Bert en particular presumiendo de forma física. En esas
fotografías de sus primeros tiempos juntos, Bert y Doris parecían estar pasándoselo muy bien juntos: se
iban de acampada o a la playa, tenían un montón de amigos. Él era un verdadero atleta, y un águila de los
scouts, que es la mayor graduación posible; también boxeaba, al estilo irlandés. Mi padre era mucho de
moverse y hacer actividades físicas. En ese sentido, creo que he heredado esa actitud de «¡anda, venga
ya, ¿qué quieres decir con que no te encuentras bien?»: el cuerpo es algo que ha de funcionar, le hagas lo
que le hagas, das por sentado que va a seguir funcionando. Olvídate de andar cuidándolo. Tenemos esa
constitución de familia, nos parece imperdonable que el cuerpo deje de funcionar. Y yo he seguido en esa
línea de «¡va, no es más que un balazo, una simple herida!».
Doris y yo estábamos muy unidos y, hasta cierto punto, Bert quedaba excluido, sencillamente porque la
mitad del tiempo no estaba. Él era uno de esos hombres que siempre han trabajado como cabrones, el
muy tonto; por unas veintitantas libras a la semana tenía que irse hasta Hammersmith a currar en la
fábrica de General Electric, donde era capataz. De válvulas sabía un montón, de la carga y el transporte.
Se mire por donde se mire, no puede decirse que Bert fuera ambicioso. Creo que debía de ser porque
creció durante la Depresión y su idea de la ambición era conseguirse un trabajo y aferrarse a él con uñas
y dientes. Se levantaba a las cinco de la mañana, volvía a casa a las siete y media de la tarde y para las
diez y media ya estaba en la cama, lo cual no le dejaba mucho tiempo para pasar conmigo. Eso sí, trataba
de compensarlo los fines de semana: me llevaba al club de tenis donde jugaba, o al campo, jugábamos a
fútbol un rato o trabajábamos un poco en el jardín. «Haz esto, haz lo otro…». «Vale, papá». «Trae la
carretilla… Pasa la azada por aquí… Arranca esos hierbajos…». Me gustaba observar cómo iban
creciendo las cosas y me constaba que mi padre sabía lo que se hacía: «Hay que plantar las patatas entre
esta semana y la que viene». Cosas así, básicas, como por ejemplo «va a ser buen año para las judías».
Era una persona más bien distante, no había tiempo para la intimidad, pero yo era feliz. A mí me parecía
un gran tipo. Pura y simplemente era mi padre.
Ser hijo único te obliga a inventarte tu propio mundo: para empezar, vives en una casa llena de
adultos, así que hay ciertas cosas de la infancia que te pierdes mientras te pasas el día escuchando
únicamente conversaciones de mayores y, después de tanto oír hablar de todos esos problemas sobre el
seguro y el alquiler y demás, no tienes a quien acudir… Cualquier hijo único corroborará que es así: no
tienes un hermano o hermana en quien refugiarte. Así que sales a la calle y haces amigos, pero lo de
jugar se te acaba cuando se pone el sol. Y además, la otra cara de esa moneda de no tener hermanos ni
primos hermanos que vivan cerca (tengo un montón de parientes pero ninguno vivía por la zona) es cómo
hacer amigos y de quién hacerse amigo. Se convierte en algo fundamental, de vital importancia para tu
existencia cuando tienes esa edad.
Desde ese punto de vista, las vacaciones eran unas fechas particularmente intensas: nos íbamos a
Beesands, en Devon, donde teníamos una caravana cerca de un pueblito que se llamaba Hallsands y había
acabado tragado por el mar, un pueblo en ruinas, cosa que era de lo más interesante para un niño. La
verdad es que parecíamos los de la serie Five Go Mad in Dorset con todas aquellas casas hechas polvo, la
mitad bajo el agua…, aquellas ruinas extrañas llenas de romanticismo justo a la vuelta de la esquina…
Beesands era un pueblo típico de pescadores, justo al borde de la playa adonde llegaban los barcos. Para
mí, cuando era niño aquello era genial porque acababa conociendo a todo el mundo al cabo de un par de
días o tres; y para cuando llevábamos allí cuatro días ya hablaba con acento cerrado de Devon y me
encantaba la sensación que tenía de ser del pueblo de toda la vida. Me venían los turistas con «¿por
dónde se va a Kingbridge?» y yo les respondía con un «¿a Kingbridge se dirigen ustedes?», una frase de
lo más isabelina… por allí todavía hablan en inglés antiguo.
A veces también íbamos de acampada, que era lo que siempre habían hecho Bert y Doris: aprendí a
montar la tienda (colocar bien la funda de abajo, poner la de arriba), a encender la lámpara de gas…
Estábamos solos los tres, así que cuando llegábamos me iba a explorar para ver si encontraba con quién
jugar… Y si no encontraba a nadie me desanimaba un poco, y si veía a una familia de cuatro niños y dos
niñas, me daba un poco de envidia. Pero, al mismo tiempo, todo eso te hace madurar. En definitiva, estás
expuesto al mundo de los adultos a no ser que te montes el tuyo propio, y ahí es donde entra la
imaginación, y también el que te busques cosas que puedes hacer solo, como cascártela. Cuando hacía
amigos, también era todo muy intenso: había veces que conocía a un montón de hermanos o hermanas
que estaban en alguna tienda de por allí cerca y luego cuando tocaba despedirse siempre se me partía el
corazón.
Lo que más les gustaba a mis padres era pasar el fin de semana en el Club de Tenis de Bexley, una
especie de prolongación del Club de Criquet de Bexley, que tenía un pabellón del XIX tan grandioso que
en el club de tenis siempre se tenía como sensación de ser el pariente pobre. Nunca te invitaban al club
de criquet. A no ser que estuviera lloviendo a cántaros, todos los fines de semana era igual: derechos al
club de tenis[12].
Sé más de Bexley que de Dartford. Todos los fines de semana, mis padres se marchaban para allá por
la mañana y luego iba yo después de comer en el tren con mi prima Kay a reunirme con ellos. Todos los
fines de semana. La mayoría del resto de la gente que andaba por allí, pertenecía sin lugar a dudas a otro
mundo, a esa clase de ingleses muy conscientes del tema de las clases precisamente, por lo menos por
aquel entonces. Tenían coches mientras que nosotros íbamos en bici. A mí me tocaba recoger las pelotas
que se iban por encima de las vías del tren, con el consiguiente riesgo de haber estado a punto de morir
electrocutado en alguna que otra ocasión.
Tenía mascotas para que me hicieran compañía: tuve un ratón; y un gato. Ya sé que cuesta creer que
eso fuera precisamente lo que tenía, pero igual explica en parte por qué soy como soy. El ratón era blanco
y se llamaba Gladys, me lo llevaba al colegio y si la clase de francés se ponía muy aburrida charlaba un
poco con él; le daba parte de mi comida y mi cena y volvía a casa con el bolsillo lleno de cagadas. Las
cagadas de ratón no dan mayor problema porque son una especie de perdigones duros como piedras, no
apesta ni nada por el estilo, ni son blanditos ni nada… Así que con vaciarte el bolsillo ya está. Gladys era
totalmente de fiar: rara vez asomaba la cabeza por el bolsillo para exponerse así a una muerte segura.
Pero Doris se llevó a Gladys y al gato al veterinario a que se los cargaran con una inyección; se cepilló a
todas las mascotas que tuve de niño. No le gustaban los animales; amenazaba con cargárselos y,
efectivamente, un día cumplía su amenaza. Recuerdo que pegué en la puerta de su habitación un dibujo
de un gato que tenía escrito debajo «asesina». Nunca se lo perdoné. La reacción de Doris fue la de
siempre: «Cállate, anda, no me seas así de delicado. Se meaba por todas partes».
Desde que yo era niño, prácticamente desde que se inventaron las lavadoras, Doris trabajaba haciendo
demostraciones de cómo funcionaban aquellos trastos (las de la marca Hotpoint para ser más exactos) en
la tienda de la cadena Co-op que había en la High Street de Dartford. Se le daba muy bien, era una artista
cuando se trataba de demostrar cómo funcionaba la lavadora; a Doris le hubiera gustado ser actriz,
subirse a un escenario, bailar… era cosa de familia. Yo solía pasar por la tienda, me metía en el corrillo de
gente que se formaba a su alrededor y la observaba mientras hacía la demostración de lo fantástica que
era la nueva Hotpoint. Ella, en cambio, no tenía lavadora, de hecho tardó años en conseguir una, pero
podía convertir la carga de la ropa en un verdadero espectáculo. Aquellos cacharros ni siquiera iban con
agua corriente, había que llenarlos y vaciarlos con un cubo. Por aquel entonces eran algo completamente
nuevo y la gente decía:
—Me encantaría tener una máquina que me lavara la ropa, pero ¡por Dios!, me parece más complicado
que mandar un cohete a la Luna.
—¡De eso nada! ¡Qué va! ¡Es muy fácil! —les respondía mi madre.
Y años después, cuando vivíamos bajo mínimos en aquel agujero mugriento de Edith Grove antes de
que los Stones despegaran, por lo menos siempre íbamos limpios porque Doris hacía sus demostraciones
con nuestra ropa, nos la planchaba y la enviaba de vuelta con su admirador, Bill el taxista. Se la
mandábamos por la mañana y la teníamos de vuelta por la noche. Lo único que necesitaba Doris era
material sucio y nosotros, de eso ¡vaya si teníamos!
Al cabo de los años, Charlie Watts se podía pasar días enteros en Savile Row de sastrería en sastrería,
comparando calidades de tejidos, decidiendo qué botones eran los que mejor iban… Yo, en cambio, no
podía aparecer por allí, creo que tenía que ver con mi madre, que se pasaba el día en las tiendas de telas
buscando algún chollo para hacer cortinas; y lo que yo opinara no tenía la menor importancia, me
aparcaba en una silla o en un banco, o en una estantería incluso, donde fuera, y yo la observaba. Siempre
conseguía lo que quería y cuando ya se lo estaban envolviendo se daba la vuelta y, «¡oh, no!», veía alguna
otra cosa que le interesaba y acababa llevando al dependiente al límite de su aguante. Por aquel entonces
en los sitios de venta al por mayor tenían un sistema en el que el dinero pasaba en una especie de cestitas
por unos tubos; yo me pasaba las horas muertas esperando a que mi madre decidiera qué era lo que no
nos podíamos permitir el lujo de comprar. ¿Pero qué va a decir uno de la primera mujer de su vida? Era
mi madre. Ella fue la que me crió, la que me alimentó, la que se pasaba el día repeinándome y
acomodándome la ropa, en público. Toda una humillación. Pero era mi madre. No me di cuenta hasta
mucho más tarde de que también era mi colega: me hacía reír; siempre tenía la música puesta y la echo
tanto de menos…

Es un milagro que mi padre y mi madre acabaran juntos: fue algo tan fortuito, eran tan opuestos en
personalidad y en biografía… La de Bert era una familia de estrictos socialistas, muy adustos: su padre,
mi abuelo Ernest G. Richards, tío Ernie para los conocidos, no era el típico incondicional del Partido
Laborista sin más, no, estaba verdaderamente comprometido con la lucha de la clase trabajadora, y
cuando él empezó todavía ni existía el movimiento socialista, no había Partido Laborista. Ernie y mi
abuela Eliza se casaron en 1902, poco después de fundarse el partido (en 1900 tenía dos diputados). Keir
Hardie, el fundador de la organización, ganó en aquel distrito gracias a Ernie, que luego pasaría a
defender aquel fuerte para Keir contra viento y marea, reclutando gente y haciendo campaña un día tras
otro, después de la Primera Guerra Mundial. En aquella época Walthamstow era terreno abonado para los
laboristas porque había absorbido un gran éxodo de trabajadores venidos de la zona este de Londres por
un lado, y por otro a toda una nueva comunidad de gente que trabajaba en el centro, al que se
desplazaban todos los días en tren, y estaban en primera línea política. Ernie era un partidario acérrimo
de la causa en el sentido más estricto de la palabra: nada de retroceder, nada de rendirse.
Walthamstow se convirtió en un feudo laborista, una circunscripción suficientemente segura como
para que se presentara por ella Clement Attlee, el primer laborista en llegar a primer ministro, que ganó
a Winston Churchill en 1945 y fue el diputado por Walthamstow en la década de los cincuenta. Cuando
Ernie murió, Attlee envió un mensaje en el que se refería a mi abuelo como «la sal de la tierra», y en su
funeral cantaron el gran himno marxista «Bandera Roja», una canción que hasta hace dos días aún se
podía oír en las reuniones del Partido Laborista. Nunca he entendido del todo las suspicacias que genera
la letra:

El rojo estandarte en alto alcemos,


pues bajo su sombra vivimos y morimos.
Vacilen cobardes y búrlense traidores que,
aun así, el rojo estandarte seguirá ondeando aquí.

¿Que cómo se ganaba la vida Ernie? Era jardinero y trabajó para la misma empresa alimentaria durante
treinta y cinco años. Pero, en cambio, mi abuela Eliza tenía, eso desde luego, mucho más salero que él: la
nombraron consejera del partido antes que a Ernie y en 1941 se convirtió en alcaldesa de Walthamstow.
Al igual que Ernie, había ido ascendiendo peldaños en la jerarquía política. Venía de una familia obrera de
Bermonsdey y puede decirse que, más o menos, fue quien llevó la protección social de menores a
Walthamstow, una verdadera reformadora. Debió de haber sido todo un personaje: acabó de presidenta
del Comité para la Vivienda de una zona que tenía uno de los mayores programas de promoción de la
vivienda en todo el país. Doris siempre se quejaba de que Eliza era tan estricta que se negó a darles una
casa de protección oficial a ella y a Bert cuando se casaron, no quiso mover sus nombres más arriba en la
lista de espera: «No te puedo dar una casa, eres mi nuera». Más que estricta, era inflexible. Así que
siempre me ha intrigado mucho cómo alguien de esa familia pudo acabar con alguien de la otra, que eran
poco menos que una pandilla de libertinos.
Doris y sus seis hermanas (vengo de un matriarcado por ambos lados de la familia) se criaron en una
casa con dos dormitorios, uno para ellas y otro para mis abuelos, Gus y Emma, en Islington. A eso lo llamo
yo vivir con estrecheces. Además tenían un salón que sólo utilizaban para las grandes ocasiones y una
cocina y una salita de estar en la parte de atrás; vamos, que vivían todos apretujados en aquellas dos
habitaciones y la cocina porque en el piso de arriba vivía otra familia.
Mi abuelo Gus (bendito sea) es a quien debo gran parte de mi amor por la música. Le escribo notas con
bastante frecuencia, «gracias, abuelo», y las cuelgo por ahí. Theodore Augustus Dupree, el patriarca de
esta otra familia siempre rodeado de mujeres, vivió junto a Seven Sisters [siete hermanas] Road con siete
hijas, en el número 13 de Crossley Street, código postal N7, y solía decir: «No son sólo las siete hijas: con
la mujer, eso hace ocho». Su mujer era Emma, mi abnegada abuela materna, cuyo apellido de soltera era
Turner y que tocaba el piano muy bien. Emma realmente iba un paso por delante de Gus, era una
verdadera dama, hablaba francés. ¿Cómo consiguió engatusarla para que se casaran? Ni idea. Se
conocieron en una noria, en la feria agrícola de Islington. Gus era un tipo guapo y siempre te contaba
algo divertido, siempre se las ingeniaba para hacerte reír. Ese talento, el de la risa, la costumbre de
reírse, fue precisamente lo que utilizó para seguir adelante en tiempos difíciles. Muchos de su generación
eran así. Desde luego Doris había heredado ese sentido del humor tan loco, y también su musicalidad.
Se supone que nadie conoce los orígenes de Gus, pero a decir verdad, tampoco sabemos de dónde
venimos nosotros en realidad; tal vez de las entrañas del infierno. En la familia corre el rumor de que ese
nombre tan elaborado no era suyo en realidad pero, por alguna razón misteriosa ninguno nos hemos
preocupado nunca por averiguar la verdad; eso sí, lo pone bien claro en el censo: Theodore Dupree,
nacido en 1892 en el seno de una familia numerosa de Hackney, once hermanos. Su padre aparece como
«empapelador», nacido en Southwark. Dupree es un apellido típico de hugonotes y llegaron muchos de
ellos de las Islas del Canal, refugiados protestantes procedentes de Francia. Gus había dejado la escuela a
los trece años para aprender el oficio de pastelero y de hecho se dedicó a ello, en la zona de Islington.
También aprendió a tocar el violín, le instruyó un amigo de su padre en Camden Street. Era un músico
todoterreno. En los años treinta tuvo una orquesta de las que amenizaban los bailes, él por aquel
entonces tocaba el saxofón, pero contaba que con los gases de la Primera Guerra Mundial, cuando volvió
del frente se encontró con que ya no tenía fuelle. No sé si sería verdad… Hay tantas historias… Gus se las
ingenió para rodearse de un halo de misterio. Bert me contó que en la guerra lo destinaron a las cocinas
(era pastelero) y que no pisó el campo de batalla, que se la pasó haciendo pan; de hecho, Bert llegó a
decirme una vez que el único gas al que pudo haber estado expuesto Gus «habría sido el del horno». Pero
mi tía Marje, que lo sabe todo y aún vive en el momento en que escribo estas líneas (tiene noventa y
tantos), dice que a Gus lo llamaron a filas en 1916 y que fue francotirador durante la Primera Guerra
Mundial, y también cuenta que se le llenaban los ojos de lágrimas siempre que hablaba de la guerra, que
no quería matar a nadie, y que lo hirieron en una pierna y en un hombro en Passchendaele o en el
departamento del Somme, en Francia. Cuando se encontró con que ya no podía tocar el saxofón, Gus
retomó la guitarra y el violín, pero la herida le impedía mover bien el brazo del arco y al final un tribunal
le concedió una paga de diez chelines semanales por lo del brazo. Gus era amigo íntimo de Bobby Howes,
que fue un músico muy famoso de los años treinta: habían estado juntos en la guerra y por lo visto
actuaban a dúo para los oficiales y además les cocinaban, así que pasaron la guerra mejor que la mayoría
de los soldados rasos, o por lo menos eso cuenta la tía Marje.
Durante la década de los cincuenta formó un grupo que tocaba música folklórica de baile (Gus Dupree
and His Boys) y no les iba mal actuando por las bases americanas. Durante el día trabajaba en una fábrica
de Islington y por la noche se subía al escenario, con camisa de las de pechera blanca y todo… Lo mismo
tocaban en bodas judías que en fiestas de logias masónicas, y solía traer de vuelta un trozo de pastel
metido en la funda del violín; todas mis tías se acuerdan de aquello. De dinero debían de andar muy mal
porque, por ejemplo, Gus nunca compraba ropa nueva, siempre iba con prendas y zapatos de segunda
mano.
¿Por qué cuando hablo de mi abuela la llamo «abnegada»? ¿Aparte de por haberse pasado en fases
diversas de embarazo un total de veintitrés años de su vida? Lo que más le gustaba a Gus era tocar el
violín mientras Emma lo acompañaba al piano. Pero durante un apagón lo pilló tirándose a una vigilante
de la ARP, la organización que se creó justo antes de la guerra para la protección de la población civil
durante los bombardeos; la típica historia. Y encima del piano además. Peor todavía. Emma no volvió a
tocar el piano para él jamás, ése fue el precio que le hizo pagar; era muy testaruda, de hecho no se
parecía nada a Gus y nunca entendió las excentricidades del temperamento artístico de su marido… Así
que él recurrió a la ayuda de las hijas, pero «ya nunca volvió a ser igual que antes, Keith —me solía decir
—, nunca volvió a ser igual». A juzgar por las historias que contaba, parecía que Emma era poco menos
que Arthur Rubinstein: «Emma era increíble, no había nadie mejor. No sabes cómo tocaba». Al final, Gus
convirtió aquello en una especie de anhelo por un amor perdido mucho tiempo atrás. Claro que, por
desgracia, no había sido su única infidelidad, sino que hubo un montón de líos de faldas y los
consiguientes plantes de su mujer. Gus era un mujeriego y Emma se hartó.
El hecho es que mi abuelo y su familia no eran nada habituales para la época: no se podía ser más
bohemio por aquel entonces. Gus alentaba una especie de irreverencia e inconformismo, y además era
algo que llevaban en los genes. Una de mis tías hacía teatro de repertorio, a nivel aficionado. Todas
tenían algún tipo de inclinación artística según las circunstancias. Teniendo en cuenta la época de la que
estamos hablando, aquélla era una familia muy liberal, muy poco victoriana. Gus era la clase de tipo que,
cuando sus hijas se iban haciendo mayores y las venían a buscar a casa los novios, mientras los chicos
estaban sentados en el sofá que había delante del ventanal de la sala, con las chicas sentadas enfrente, se
iba al baño y volvía con una goma usada colgando de un cordel y la sujetaba en alto en las mismas narices
de los muchachos, pero sin que las hijas lo vieran. Tenía ese tipo de sentido del humor. Y los pobres se
ponían rojos hasta las orejas y les entraba la risa, y ellas no tenían ni idea de qué coño estaba pasando. A
Gus le encantaba alborotar el gallinero un poco. Doris me contó lo mucho que se escandalizó Emma en
cambio cuando se enteró de que dos hermanas de Gus, Henrietta y Felicia, que vivían juntas en Colebrook
Row, andaban (lo decía en voz baja) «metidas en la vida alegre». No todas las hermanas de Doris eran
como ella, podría decirse que no todas tenían la lengua tan afilada, algunas eran serias y responsables
como Emma, pero ninguna negaba que Henrietta y Felicia se dedicaran a lo que se dedicaban.
Mis primeros recuerdos de Gus son los paseos que dábamos juntos, las escapadas que hacíamos, me
parece que sobre todo para que él pudiera salir un rato de aquella casa llena de mujeres. Yo era la
excusa, lo mismo que el perro, el señor Thompson Wooft. Gus nunca había tenido un niño en la casa, ya
fuera hijo o nieto, hasta que llegué yo, y creo que aquello fue un gran acontecimiento para él, una gran
oportunidad de salir a dar paseos y desaparecer. Cuando Emma quería que hiciera alguna tarea en la
casa, invariablemente él le respondía: «Me encantaría, Em, pero es que tengo un agujero en el culo». Un
gesto de cabeza acompañado de un guiño, ¡y a sacar al perro a dar un paseo! Caminábamos varios
kilómetros, a veces daba la impresión que durante días. Una vez, en Primrose Hill, fuimos a contemplar
las estrellas con el señor Thompson y, por supuesto, Gus se descolgó con un «no sé yo si nos va a dar
tiempo a volver a dormir a casa» y pasamos la noche al raso debajo de un árbol.
—Vamos a sacar a pasear al perro. (Era nuestro código secreto para decir que nos íbamos por ahí).
—¡Bueno! —respondía yo.
—Tráete el chubasquero.
—Pero si no llueve.
—Tráete el chubasquero.
En una ocasión, debía de tener yo cinco o seis años, Gus me preguntó un día que estábamos dando un
paseo:
—¿Llevas un penique encima por casualidad?
—Sí, Gus.
—¿Ves a ese muchacho que está en la esquina?
—Sí, Gus.
—Ve y dáselo.
—¿Cómo?
—Ve y dáselo, él está mucho peor que tú.
Le di el penique al muchacho.
Y Gus me dio a mí dos en compensación.
La lección me quedó muy clara.
Con Gus nunca me aburría. En la estación de New Cross, una noche, ya tarde, con una niebla densa
rodeándonos, Gus me dejó fumar mi primera colilla de cigarro: «Aquí no nos ve nadie». Un «gusismo»
típico era saludar a los amigos con un: «¡Qué pasa! No seas un hijo de puta toda tu vida». Y lo decía tan
bien, con aquella voz cadenciosa y un tono tan entrañable… Yo lo adoraba. Me caía un capón suave en la
cabeza acompañado del proverbial «tú no has oído nada». «¿Nada de qué Gus?».
Tarareaba sinfonías enteras mientras paseábamos. A veces íbamos a Primrose Hill, a Highgate, o
bajábamos hasta Islington por Archway, a la zona de Angel, ¡joder, nos lo recorríamos todo!
—¿Te apetece una salchicha saveloy?
—Sí, Gus.
—Pues no te la vas a tomar, nos vamos al restaurante, al Lyons Corner House.
—Bueno, Gus.
—No se lo cuentes a tu abuela.
—¡No, Gus, no le voy a decir nada! ¿Pero qué pasa con el perro?
—Conoce al chef, ningún problema.
Su calidez, su afecto, me envolvían; su sentido del humor hacía que me pasara la mitad del día
partiéndome de risa, y no era fácil encontrar cosas de las que reírse en el Londres de aquellos años, ¡pero
siempre quedaba la MÚSICA!
—Espérame aquí un minuto, voy a comprar unas cuerdas.
—Vale, Gus.
Yo no hablaba mucho, más bien escuchaba. Él con su gorra de visera y yo con mi chubasquero… Igual
de ahí me viene esa fascinación por salir a caminar. «Si tienes siete hijas viviendo en una casa de Seven
Sisters Road, y con la mujer ya son ocho, sales por ahí a que te dé el aire». Nunca bebía, que yo recuerde.
Pero tenía que hacer algo. Nunca fuimos a pubs, pero solía desaparecer por la trastienda de los comercios
con bastante frecuencia. Yo me quedaba contemplando el género de las estanterías con los ojos brillantes.
Y al cabo de un rato siempre salía diciendo lo mismo:
—¡Nos vamos! ¿Tienes al perro?
—Sí, Gus.
—¡Venga, señor Thompson!
Nunca tenías ni idea de dónde ibas a acabar, a veces en tienditas pequeñas de Angel o Islington, y él
simplemente desaparecía en la trastienda: «Quédate aquí un minuto, hijo; sujeta al perro». Después salía
al cabo de un rato: «¡Bueno, ya está!». Seguíamos camino y acabábamos en el West End, en los talleres de
las grandes tiendas de instrumentos musicales como Ivor Mairants y HMV. Conocía a todos los artesanos,
a todos los tipos que trabajaban allí reparando los instrumentos. Me sentaba en una estantería junto a las
latas de cola, con las herramientas colgadas por todas partes con cordeles: había un montón de tipos con
largos mandiles marrones pegando piezas, y luego al final había uno que probaba los instrumentos;
siempre se oía música. De vez en cuando aparecía por la puerta un hombrecillo muy apurado, salido
directamente del foso de la orquesta, que preguntaba: «¿Ya tienen mi violín?». Yo me quedaba sentado en
la estantería con una taza de té y una galleta, junto a las latas de cola que borboteaban suavemente (blub,
blub, blub); aquello era como un parque Yellowstone en miniatura y a mí me fascinaba. Nunca me aburría.
Había guitarras y violines colgados del techo con alambres que iban circulando lentamente allá en lo alto
gracias a una especie de cinta mecánica que daba toda la vuelta, y luego todos aquellos tipos
concentrados en reparar los instrumentos. Ahora que lo veo con cierta distancia, era todo muy de
alquimista, como El aprendiz de brujo de Disney. Yo, simplemente, me enamoré de los instrumentos.
Gus iba fomentando con mucha sutileza mi interés por la música, por tocar, en vez de ponerme un
instrumento en las manos sin más ni más y decirme: «¡Mira, se hace así». La guitarra quedaba
completamente fuera de mi alcance, era un objeto que contemplabas, en el que pensabas, pero al que
nunca le echabas la zarpa. Nunca me olvidaré de la guitarra que había sobre la tapa del piano de pared;
allí estaba siempre cuando iba de visita a casa de Gus desde los cinco años más o menos. Yo pensaba que
ése era su sitio, que siempre estaba allí, y me limitaba a mirarla, y él no me decía nada; al cabo de unos
años todavía seguía mirándola. «Cuando hayas crecido lo suficiente para llegar hasta donde está, te dejo
que hagas la prueba», me prometió. No supe hasta después de su muerte que sólo la sacaba y la ponía allí
arriba cuando sabía que yo iba a ir de visita. Vamos, que hasta cierto punto me estaba tomando el pelo.
Creo que empezó a observarme porque me vio cantar; cuando oíamos una canción en la radio nos
poníamos todos a cantar haciendo armonías, nos salía de forma natural: éramos muy cantarines.
No recuerdo bien el momento en que agarró la guitarra y me dijo: «Aquí tienes». Igual yo tenía ya
nueve o diez años, así que empecé bastante tarde. Era una guitarra española clásica con cuerdas de tripa,
una damita encantadora y dulce. Aunque yo no tenía la menor idea de qué hacer con ella. Recuerdo el
olor. Me sigue pasando ahora: cuando abro la funda de una guitarra vieja de madera, me entran ganas de
meterme dentro y cerrar la tapa. Gus no era un guitarrista demasiado bueno, pero sabía lo básico; me
enseñó mis primeros arpegios y mis primeros acordes, los acordes mayores de Do, Sol y Mi. Me decía: «Si
consigues tocar “Malagueña” puedes con cualquier cosa». Cuando por fin un día dijo «me parece que ya
lo vas pillando», me puse como loco de contento.
Mis seis tías (sin un orden especial): Marje, Beatrice, Joanna, Elsie, Connie, Patti. Sorprendentemente,
todavía viven cinco de ellas. Mi tía favorita era Joanna, que murió en los ochenta de esclerosis múltiple.
Era mi colega. Y además era actriz. Cuando entraba en una habitación venía envuelta siempre en una
especie de brisa glamurosa: pelo negro, brazaletes, olor a perfume. Además, todo era tan gris en aquellos
tiempos, principios de los cincuenta, que cuando llegaba Joanna era como si hubieran aparecido por la
puerta las Ronettes. Hacía obras de Chejov y cosas así en el teatro Highbury; y fue la única que nunca se
casó, aunque siempre tenía novio. Como a todos los demás, a ella también le gustaba la música, solíamos
hacer armonías juntos con cualquier canción que pusieran en la radio, siempre decíamos: «¡A ver, vamos
a probar con ésta!». Me acuerdo de cantar con ella «When Will I Be Loved», la canción de los Everly
Brothers.

La mudanza a Spielman Street, en Temple Hill, al otro lado de las vías del tren, al erial, fue una
catástrofe que me llevó a pasarme por lo menos un año entero viviendo una vida peligrosa y terrible;
debía de tener nueve o diez años. Por aquel entonces era muy bajito, no alcancé el tamaño que me
correspondía hasta los quince o así. Si eres un tirillas, como era mi caso, siempre estás a la defensiva. Y
además yo era un año más joven que los de mi clase por la fecha de mi cumpleaños, el 18 de diciembre.
En ese sentido, tuve mala suerte porque, a esa edad, un año es una diferencia muy grande. Me encantaba
jugar al fútbol, eso sí; y no era mal lateral izquierdo: corría mucho y hacía lo que podía para dar buenos
pases. Pero, claro, era el más pequeñajo: bastaba con un encontronazo un poco fuerte y acababa boca
abajo en el barro, con una simple entrada de un muchacho un año mayor que yo. Si eres así de pequeño,
puede decirse que te conviertes tú mismo en una pelota de fútbol… siempre vas a ser el tirillas. Total, que
siempre tenía que aguantar lo mismo: «¡Hombre!, ¿qué tal, minirichards?». Me llamaban «monito»
porque tenía orejas de soplillo. Todos teníamos mote.
El camino al colegio desde Temple Hill era una especie de senda del sufrimiento. Hasta la edad de
once años iba en bus y volvía andando. ¿Por qué no volvía en bus? ¡Joder, porque no me llegaba el dinero!
Me gastaba el dinero del bus, hasta me gastaba el dinero para cortarme el pelo, así que me lo cortaba yo
delante del espejo del baño: tris, tras, tras. En resumen, que tenía que volver cruzando todo el pueblo,
desde la otra punta, eran unos cuarenta minutos a pie y sólo había dos caminos posibles: por Havelock
Street o por Princes Street. Cara o cruz. Claro que sabía que en el momento en que cruzara las puertas
de la escuela estaría esperándome fuera aquel tío, y siempre adivinaba por qué camino iba a ir. Intenté
inventarme nuevas rutas, cruzar por los jardines de la gente; me pasaba todo el día preguntándome cómo
regresar a casa sin que me dieran una paliza, lo cual suponía un esfuerzo considerable. Y eso, cinco días a
la semana. A veces no llegaba a ocurrir, pero daba igual porque yo me había tirado todo el día sentado en
clase dándole vueltas al tema en cualquier caso: ¿cómo coño le doy esquinazo a este tío? El tío en
cuestión era despiadado, no había nada que yo pudiera hacer y el resultado era que vivía angustiado, con
el consiguiente efecto en mi capacidad de concentrarme.
Cuando volvía a casa con un ojo morado, Doris me preguntaba: «Pero ¿dónde te has hecho eso?». «Me
he caído», solía ser mi respuesta, porque si no la vieja se te alocaba: «¡¿Quién te ha hecho eso?!». Era
mejor decir que te habías caído de la bici.
Y, mientras tanto, mis notas van de mal en peor, y Bert me coge por banda: «¿Se puede saber qué está
pasando?». No puedes explicarle que te has pasado el día entero en la escuela preocupado por cómo
conseguir llegar hasta casa. Simplemente no puedes. Sólo un gallina haría algo así. Es un asunto que
tienes que solucionar tú solo. La paliza en sí no era el verdadero problema, yo había acabado por
aprender cómo reaccionar y no me hacían daño de verdad: aprendes a mantener la guardia alta, aprendes
a asegurarte de que el que te está zurrando piense que está causando un estropicio mayor del que es en
realidad: «¡Aaaaah, aaaaah!» y se piensan: «¡Dios!, va a ser que le he hecho daño de verdad».
Y luego me espabilé. Ojalá se me hubiera ocurrido antes: había un tío muy majo, no recuerdo cómo se
llamaba, que era un poco zoquete, vamos, que no estaba precisamente hecho para la vida académica, por
decirlo de alguna manera; pero era un tío grande y vivía en la misma urbanización que yo, y además
andaba preocupado con los deberes. Así que le dije: «Mira, yo te hago los putos deberes si tú me
acompañas a casa, no te tienes que desviar tanto». Así fue como, por el módico precio de hacerle los
deberes de historia y geografía, de repente pasé a contar con los servicios de un guardaespaldas. Siempre
me acordaré de la primera vez: había un par de muchachos esperándome como siempre, y pese a que lo
vieron llegar les dimos una somanta de palos. No hizo falta más que repetir la operación dos o tres veces,
un poquito de derramamiento de sangre, y cosechamos el triunfo más absoluto.
Pero hasta que empecé a ir a otro colegio, el Dartford Tech, las cosas no acabaron de ponerse en su
sitio. Para cuando me llegó el momento de hacer la reválida para pasar a secundaria, Mick ya se había
marchado al instituto, el Dartford Grammar School («¡ay, mira, los de los uniformes rojos!»), pero cuando
me tocó a mí al año siguiente, resulta que fracasé estrepitosamente, aunque no tan miserablemente como
para acabar en lo que entonces se llamaba «secundaria moderna». Ahora el sistema ha cambiado
completamente pero, con el sistema antiguo, si acababas en la secundaria moderna te podías dar con un
canto en los dientes si luego conseguías trabajo de operario en una fábrica. Lo único que te enseñaban
eran cosas que tenían que ver con el trabajo manual, los profesores eran nefastos y su única función, en
realidad, era mantener a raya a la chusma que tenían en clase. Yo fui a dar a una especie de zona
fronteriza que se llamaba la escuela técnica, un término que, ahora que lo pienso, es de lo más difuso
pero que en realidad significa que no conseguiste entrar en el instituto pero aun así parece que se te
puede sacar un mínimo partido. De eso te das cuenta después, al final descubres que estás siendo
evaluado y trasladado de acá para allá de acuerdo con un sistema completamente arbitrario que rara vez
(si llega a ocurrir) tiene en cuenta tu personalidad en todas sus dimensiones ni se plantea cuestiones del
tipo: «En clase no va demasiado bien, pero ¡oye!, se le da de maravilla el dibujo». Jamás tomaban en
consideración que tal vez te aburrías y no prestabas atención porque lo que te estaban contando ya lo
sabías.
El patio de recreo es el juez supremo, allí es donde se decide todo entre tú y tus compañeros. Lo
llaman «de recreo» pero en realidad se parece más a un campo de batalla y puede llegar a ser brutal; la
presión es insoportable: dos tíos moliendo a palos a un pobre canijo («es que son un poco brutos y por
algún lado les tiene que salir»). Era todo bastante físico por aquel entonces, aunque por lo general la cosa
se quedaba más bien en las provocaciones de viva voz, «mariquita» y cosas por el estilo.
Tardé mucho tiempo en averiguar cómo podía dar una hostia en vez de recibirla: llevaba ya tiempo
hecho un experto en sufrir palizas cuando, gracias a un golpe de suerte, le metí unas cuantas leches a un
matón; fue uno de esos momentos mágicos…, yo debía de tener doce o trece años: en cuestión de un
segundo y con un movimiento vertiginoso dejé de ser el objetivo a noquear para convertirme en el
grandullón de la escuela. Fue entre los macizos de flores, en el jardincillo de rocas y arbustos: el tío tuvo
la mala suerte de resbalar y en cuanto cayó al suelo me tiré encima. Cuando me peleo es como si tuviera
un velo rojo delante de los ojos, no veo nada pero sigo sabiendo en todo momento adonde quiero ir.
Insisto: es como si un velo rojo me cubriera los ojos. No tuve piedad, tío, de eso nada, ¡le di unas buenas
patadas! Al final nos tuvieron que separar los profesores y todo el rollo. ¡Qué dura es la caída de los
poderosos! Todavía recuerdo mi propia sorpresa cuando el tío cayó al suelo, aún puedo ver las flores, las
margaritas sobre las que fue a dar con sus huesos; como también recuerdo que no le di la menor
oportunidad de levantarse.
Cuando quedó claro que el matón oficial no era invencible, el ambiente cambió en el patio, fue como si
se me quitara un enorme peso de encima. Después de aquello, mi reputación creció y yo me liberé de
toda la angustia y la tensión de otros tiempos. No me había percatado de que el peso fuera tan grande
hasta que no me libré de él. Sólo entonces empezó a gustarme la escuela, más que nada porque pude
devolver unos cuantos favores que me habían hecho otros tíos. A los matones les encantaba meterse con
un pobre diablo que se llamaba Stephen Yarde, lo llamábamos «el Botas» porque tenía unos pies
inmensos; se metían con él todo el rato y, sabiendo como sabía yo lo que es estar esperando a que te den
una paliza en cualquier momento, salí en su defensa. De hecho, me convertí en su guardaespaldas: «Ni se
te ocurra hincharle las pelotas a Stephen Yarde». En realidad yo no tenía ganas de crecer para poder
darle una somanta de palos a cualquiera, me conformaba con llegar a ser lo bastante grande para evitar
que eso ocurriera.
Cuando por fin me pude quitar la preocupación por las palizas de la cabeza, mis notas mejoraron
mucho en el Dartford Tech, hasta me ganaba un cumplido de vez en cuando. Doris guardó algunas de mis
cartillas de notas: «geografía, 59%: progresa adecuadamente; historia, 63%: resultado satisfactorio».
Pero el profesor había puesto una marca que abarcaba todas las asignaturas de ciencias, y el panorama
no podía ser más de solador: para todas y cada una de ellas había escrito el mismo comentario
descorazonados «no avanza»; no avanzaba ni en matemáticas, ni en física ni en química; en cuanto al
dibujo técnico, ahí seguía aún «muy lejos de alcanzar el mínimo indispensable». Las notas de ciencias
eran un relato abreviado de la gran traición de que fui víctima y de cómo pasé de ser un alumno
relativamente aplicado a convertirme en uno de los terroristas de la escuela, en un delincuente dominado
por una intensa y duradera furia dirigida contra la autoridad.
Hay una foto de la clase, todos de pie en compañía de un profesor delante de un autobús, sonriendo a
la cámara. A mí se me ve en primera fila, todavía con pantalones cortos: tenía once años. La foto es de
1955 y se hizo en Londres, adonde habíamos ido a cantar en la capilla de St. Margaret de la Abadía de
Westminster; era un concurso de coros entre colegios al que había asistido la reina. Para el coro de
nuestro colegio aquello ya era todo un triunfo: podíamos ser un montón de paletos de Dartford, pero
habíamos ido ganando concursos y premios en todas las competiciones nacionales. Los tres sopranos
(Terry, Spike y yo) éramos las estrellas del grupo. El director del coro, que salía con nosotros en la foto, el
genio que había sido capaz de crear aquel miniescuadrón de héroes a partir de un material tan poco
prometedor, se llamaba Jake Clare. Era un hombre misterioso. Al cabo de muchos años me enteré de que
había sido director de un coro en Oxford, uno de los mejores del país, pero según contaban lo habían
mandado al destierro por andar retozando con los niñitos del coro. Vamos, que le habían dado otra
oportunidad en los territorios de ultramar. No es mi intención difamarlo, ni mucho menos, así que debe
quedar bien claro que esto es sólo lo que he oído contar. Pero no cabía duda de que había conocido
tiempos mejores en los que disponía de una materia prima más aprovechable que nosotros: ¿qué
demonios hacía en nuestra escuela? En cualquier caso, allí no se pasó de la raya con nadie, aunque era
famoso por andar tocándosela con la mano metida en el bolsillo del pantalón. Nos hizo trabajar como
bestias hasta convertirnos en uno de los mejores coros del país, y eligió a los tres mejores sopranos que
tenía a su alcance. Ganamos unos cuantos trofeos, que quedaron expuestos en la sala de actos de la
escuela. En lo que a prestigio se refiere, nunca he tenido un bolo mejor que el de la Abadía de
Westminster. Los otros chicos se burlaban: «Así que eres un modosito de esos que cantan en el coro, ¿eh?,
mariposa, mariposita». A mí me daba igual lo que dijeran porque el coro era genial: ibas en autobús a
Londres, te librabas de las clases de física y química para poder ensayar (y yo habría hecho cualquier
cosa con tal de no tener que aparecer por esas clases). En el coro aprendí un montón de cosas sobre el
canto, la música y el trabajo con músicos; aprendí a organizar una banda (a fin de cuentas, es lo mismo) y
a mantenerla unida. Pero entonces se fue todo al carajo.
Te cambia la voz (alrededor de los trece) y, cuando eso ocurrió, Jake Clare nos enseñó la puerta a los
tres sopranos. No sólo eso, además nos hicieron repetir curso: tuvimos que quedarnos rezagados porque
no teníamos ni idea de física, química o matemáticas: «Bueno, vale, pero fuisteis vosotros los que nos
dejasteis saltarnos las clases para ir a ensayar con el coro, y nos hemos dejado los cuernos cantando».
Bonita manera de agradecérnoslo. Ahí vino la gran depresión: de repente, a los trece años, me
encontraba con que tenía que repetir curso, un año entero; fue una verdadera canallada, pura y
simplemente. A raíz de aquello, Spike, Terry y yo nos hicimos terroristas. Estaba tan furioso que el deseo
de venganza me quemaba por dentro, me parecía que tenía motivos suficientes para destrozar el país y
todo lo que había dentro.
Los siguientes tres años me los pasé intentando joder a los responsables de mi desgracia. Desde luego,
si quieres forjar un rebelde, ésa es la manera. Se acabaron los cortes de pelo, llevaba dos pares de
pantalones (los ajustados por debajo de los de franela del uniforme, que me quitaba en cuanto salía por la
puerta de la escuela): cualquier cosa con tal de molestar. No conseguí nada a excepción de un montón de
miradas torvas por parte de mi padre, pero tampoco eso me detuvo. La verdad es que no me gustaba
nada la idea de decepcionar a mi padre pero… Lo siento, papá.
Todavía la recuerdo, la humillación. Todavía queda un mínimo rescoldo de aquel fuego. Fue entonces
cuando empecé a mirar el mundo de otra manera, de una manera distinta a como lo veían ellos. Entonces
fue cuando me di cuenta de que existían matones mucho más peligrosos que los del patio, de que también
estaban ellos, la autoridad. Fue como si se encendiera una mecha de combustión lenta. Podría haber
conseguido que me expulsaran con bastante facilidad (haciendo las cosas de otra manera), pero entonces
me habría tenido que enfrentar a mi padre y se habría dado cuenta desde el principio de que había
manipulado la situación para que me echaran. Así que tenía que ser una campaña de avance lento.
Simplemente perdí todo interés por la autoridad o por tratar de hacer las cosas bien según los criterios de
ésta. ¿Los boletines de notas? Si no eran buenas, las falsificaba. Acabé siendo bastante bueno en eso de
falsificar. «Podría haberse esforzado más»: y yo me las ingeniaba de algún modo para hacerme con un
poco de tinta y convertirlo en: «No podría haberse esforzado más». Mi padre leía aquello: «No podría
haberse esforzado más… ¿Y entonces por qué te pone un simple aprobado?». A veces se me iba un poco la
mano, pero mis padres nunca descubrieron las falsificaciones. La verdad es que yo medio deseaba que me
pillaran porque entonces habría podido largarme de allí (habría significado la expulsión directa). Pero por
lo visto se me daba demasiado bien, o mis padres decidieron que no iban a darme ese gusto, «no, hijo, eso
no».
Perdí completamente el interés por la escuela después de que el tema del coro se fuera al carajo.
Dibujo técnico, física, matemáticas… Todo me producía grandes bostezos porque, por mucho que
intentaran explicármelo, por más que intentaran meterme el álgebra en la cabeza, yo sencillamente no lo
entendía, y tampoco veía motivo alguno para entenderlo. No iba a estudiar aquello salvo a punta de
pistola, si me amenazaban con un látigo y me tenían a pan y agua. Lo habría aprendido, habría sido capaz
de aprenderlo, pero algo en mi interior me decía que no me iba a servir de nada y que si quería
aprenderlo algún día podría hacerlo solo. Al principio, justo después de que nos cambiara la voz y nos
dieran la patada, me pasaba el día con los otros dos muchachos del coro, porque todos sentíamos el
mismo resquemor por haber ganado aquellas medallas y trofeos de los que tanto presumían en la sala de
actos. Habíamos sacado brillo a sus zapatos y así era como nos lo agradecían.
Vas y te inventas un estilo rebelde de fabricación casera: en High Street había una tienda que se
llamaba Leonards donde vendían vaqueros baratos (justo cuando estaban empezando a convertirse en
vaqueros de verdad), y por aquel entonces, los años 56 y 57, también podías encontrar calcetines
fluorescentes, de los que brillan en la oscuridad para que ella sepa siempre dónde estás, decorados con
notas musicales, rosas y verdes. Yo tuve un par de cada; más audaz todavía: solía ponerme uno rosa en un
pie y uno verde en el otro, y eso sí que era increíble.
Había una cafetería-heladería que se llamaba Dimashio; el hijo del viejo Dimashio iba al colegio con
nosotros: un muchacho italiano inmenso que siempre hacía un montón de amigos llevándoselos al garito
de su padre. Tenían una máquina de discos, así que los críos andaban por allí escuchando a Jerry Lee
Lewis y Little Richard, aparte de otros cantantes que eran una mierda. Aquél era el único reducto
americano que podías encontrar en Dartford. Era un local pequeño, con la barra a la izquierda, la
máquina de discos, unas cuantas mesas, la máquina del helado. También iba al cine, por lo menos una vez
a la semana, y casi siempre a la matinal de los sábados, al Gem o al Granada. Jugábamos a ser el capitán
Marvel: «¡SHAZAM!» (si lo decías bien, igual pasaba y de verdad te convertías en un marvel); recuerdo
estar con mis colegas en mitad de un descampado («¡SHAZAM…! ¡Joder, es que no lo decimos bien!») y de
que otros chicos se reían de nosotros («¡reíos, reíos, que ya veréis cuando lo digamos bien! ¡SHAZAM!»).
¡Ay, Flash Gordon envuelto en aquellas nubecillas de humo! Flash Gordon tenía el pelo rubio de bote. El
capitán Marvel… Nunca te acordabas de la historia exactamente, pero sí de la transformación, de que era
un tío normal que, con decir una palabra, de repente desaparecía: «Yo también quiero aprender ese truco
—pensabas para tus adentros—, quiero largarme de aquí».
Y, a medida que íbamos creciendo y nos salía algo de músculo, empezábamos a darnos importancia. Lo
absurdo del Dartford Tech eran las pretensiones de ser una escuela privada de élite: los delegados de
clase llevaban un pomponcito dorado en la gorra, había un Pabellón Este y un Pabellón Oeste… ¡Vamos,
que intentaban reproducir un mundo que en realidad había desaparecido! Como si la guerra nunca
hubiera ocurrido, un mundo de criquet, copas, trofeos y grandes hazañas académicas. La calidad de los
profesores estaba muy por debajo de la media, pero aun así creían en aquel ideal, como si aquello fuera
Eton o Winchester, como si estuviéramos en los años veinte o treinta, ¡o incluso en la década de 1890! Y,
en medio de todo aquello, en los años que estuve allí después de la gran catástrofe del coro, se respiraba
un aire de anarquía que pareció durar una eternidad, una especie de caos prolongado. Igual sólo fue el
trimestre en que, por la razón que fuera, salíamos a los campos de juego como desatados, éramos como
una masa informe de negros nubarrones, los trescientos saltando y corriendo por todos lados. Me parece
raro, ahora que lo pienso, que nadie viniera a meternos en vereda. Seguramente éramos demasiados… Y
además nunca le pasó nada grave a nadie. Eso sí, aquello nos permitía un cierto grado de libertad, hasta
el punto de que cuando al jefe de delegados se le ocurrió venir a poner orden un día, casi lo linchamos;
era el típico tirano: capitán en todos los deportes, jefe de delegados, el mejor en todo. Se pavoneaba por
la escuela y se ponía en plan gran cargo oficial con los pequeños, así que decidimos darle a probar su
propia medicina. Se llamaba Swanton, lo recuerdo perfectamente. Aquel día estaba lloviendo: le quitamos
toda la ropa y lo perseguimos por el campo hasta que acabó subiéndose a un árbol; eso sí, le dejamos
puesto el gorro con el pompón dorado, nada más. Al final, Swanton bajó del árbol y con los años se
acabaría convirtiendo en catedrático de historia medieval en la Universidad de Exeter y escribiría su gran
obra magna: Poesía inglesa del período anterior a Chaucer.
De todos los profesores, el único que nos entendía un poco y no nos daba órdenes a gritos era el de
religión, el señor Edgington. Solía llevar un traje de color azulete con manchas de lefa en la pernera. El
señor Edgington, el pajillero. Clase de religión: cuarenta y cinco minutos de «vamos al Evangelio de
Lucas» y nosotros pensando que o se había meado encima o venía de tirarse a la señora Mountjoy (la
profesora de arte), o algo así.
Mi mente se había vuelto la de un delincuente consumado: lo que fuera con tal de joderlos. Ganamos la
competición de campo a través tres veces, sin correr (empezábamos con todos, luego nos desmarcábamos
por ahí y nos tirábamos una hora fumando para por fin reincorporarnos hacia el final), hasta que, a la
cuarta vez o así, se espabilaron y pusieron vigilantes a lo largo del recorrido: no se nos volvió a ver
después del primer kilómetro. «Su rendimiento sigue manteniéndose a niveles muy bajos» fue el resumen
de ocho palabras con que se describía cómo me había ido el curso en el boletín de notas de 1959. El
«manteniéndose» puede interpretarse (correctamente por otra parte) como que había tenido que realizar
un cierto esfuerzo para que mi rendimiento se quedara precisamente ahí.

Por aquel entonces, no paraba de absorber música de aquí y de allá, aunque sin saberlo. Inglaterra era
un país envuelto en niebla, sí, pero es que además la niebla también se instalaba entre las personas: no se
mostraban las emociones, la verdad es que en general se hablaba poco y, cuando se hablaba, era
alrededor de las cosas, con códigos y eufemismos… Había cosas que no se podían decir, ni siquiera aludir
a ellas. Todo aquello era todavía el poso de la era victoriana y quedaba maravillosamente reflejado en las
películas en blanco y negro de los sesenta como Sábado noche, domingo mañana y El ingenuo salvaje. La
vida era en blanco y negro; el tecnicolor estaba a la vuelta de la esquina pero en 1959 todavía no había
llegado. Y, aun con todo, la gente quiere llegar al otro, al corazón del otro, por eso existe la música: si no
eres capaz de decirlo, cántalo. No hay más que escuchar las canciones de aquella época: tremendamente
mordaces por un lado y románticas por otro, y que intentaban decir cosas que no se podían decir en prosa
ni sobre el papel: «Hace bueno. Ya son las siete y media y el viento ha parado. PD: Te quiero».
Doris era diferente porque, igual que a Gus, le encantaba la música. A los cuatro o cinco años, al
acabar la guerra, yo ya escuchaba a Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Big Bill Broonzy, Louis Armstrong.
Era una música que simplemente me llegaba, era lo que escuchaba todos los días porque era lo que ponía
mi madre en la radio. Creo que habría acabado descubriéndola yo de no haber sido el caso, pero mi
madre me entrenó el oído para tirar siempre hacia el barrio negro de la ciudad sin ni tan siquiera saber
que lo estaba haciendo. Yo entonces no tenía la menor idea de si los cantantes eran blancos, negros o
verdes pero, al cabo de un tiempo, si tienes un mínimo de oído musical, acabas notando la diferencia
entre «ain’t That a Shame» cantada por Pat Boone y «ain’t That a Shame» cantada por Fats Domino. No
es que Pat Boone fuera malo, de hecho cantaba muy bien, pero sonaba artificial, tenía poca profundidad,
en cambio la versión de Fats era tan natural… A Doris también le gustaba la música de Gus, que solía
recomendarle que escuchara a Stephane Grappelli, al Hot Club de Django Reinhardt (esa maravillosa
guitarra de swing) y a Bix Beirderbecke. A ella le gustaba el swing tirando a jazz. Unos años después, le
encantaba ir a escuchar a Charlie Watts al club de jazz de Ronnie Scott.
Tardamos mucho en tener tocadiscos así que, en casa, casi toda la música la oíamos en la radio, sobre
todo en la BBC; mi madre era una maestra del dial. Había algunos artistas británicos buenísimos, tipos
que tocaban en las orquestas de baile del norte y actuaban también en programas de variedades. Muy
buenos. No eran precisamente mancos. Si había algo bueno por ahí, mi madre lo descubría. Así que me
crié en ese ambiente buscando sin descanso música nueva. Ella siempre opinaba sobre quién era bueno y
quién era malo, hasta cuando estaba conmigo. Tenía oído para la música, mucho oído. A veces oía cantar
a alguien y comentaba «aulladora», cuando a todos los demás les parecía una soprano excelente. Esto era
antes de que hubiera televisión. Crecí escuchando música realmente buena, incluyendo también un poco
de Mozart y Bach de música de fondo, aunque en su día no entendí nada, pero aun así fue calando. Puede
decirse que era una auténtica esponja musical, y además me fascinaba ver a la gente tocar: si había
alguien tocando en la calle, indefectiblemente acababa acercándome, o me ponía al lado del pianista en el
pub, donde fuera. Mis oídos lo iban asimilando todo, nota por nota. No importaba si desafinaban o no:
había notas musicales, había ritmo y armonías, y todo eso empezaba a dar vueltas en mi cabeza. Era algo
muy parecido a una droga. De hecho, era una droga mucho más potente que el caballo: el caballo siempre
lo puedes dejar, la música no. Una nota lleva a la otra y nunca sabes exactamente qué viene después, y
tampoco quieres. Es como caminar por una bellísima cuerda floja.
Creo que el primer single que me compré fue «Long Tall Sally» de Little Richard, una canción
fantástica, incluso hoy. Las buenas, con el tiempo se hacen mejores. Pero la que me hizo despegar de
verdad, la que fue como una explosión en medio de la oscuridad, la oí en Radio Luxemburgo una noche
que estaba escuchando música en un transistor pequeñajo que tenía, cuando se suponía que ya estaba en
la cama y dormido: «Heartbreak Hotel». Esa fue la que me dejó sin palabras. No la había oído nunca
antes, ni esa canción ni nada parecido. Jamás había oído hablar de Elvis. Fue casi como si hubiera estado
esperando a que ocurriera algo así. Cuando me desperté al día siguiente era otra persona; de repente,
había tanto que escuchar que me abrumaba: Buddy Holly, Eddie Cochran, Little Richard, Fats… Radio
Luxemburgo era conocida por lo difícil que era no perder la señal: yo tenía un trasto pequeño con antena
y me pasaba las horas dando vueltas por la habitación con la radio pegada a la oreja mientras movía la
antena, y todo eso sin hacer ruido porque si no iba a despertar a mis padres. Si conseguía tener buena
señal, entonces me podía meter en la cama con la radio, dejando la antena fuera para moverla de vez en
cuando si hacía falta. Se suponía que tenía que estar durmiendo; se suponía que tenía que ir al colegio a
la mañana siguiente… Ponían muchos anuncios de James Walker («sus joyeros de confianza a la vuelta de
la esquina») y también de las casas de apuestas irlandesas, con las que Radio Lux tenía algún tipo de
acuerdo. La señal era perfecta durante los anuncios… «Y ahora vamos a escuchar a Fats Domino
cantando “Blueberry Hill”» y… ¡joder, se iba la señal!
Y también ponían cosas como «Since My Baby Left Me». Era el sonido, eso fue el detonante: fue el
primer rock and roll que escuché en mi vida y era completamente diferente, en la manera de interpretar;
era un sonido totalmente distinto, descarnado, calcinado, nada de gilipolleces; ni violines ni coros
femeninos ni sensiblerías; era completamente distinto, desnudo, iba directamente a unas raíces que
sospechabas que estaban ahí pero que todavía no habías escuchado. Tengo que quitarme el sombrero
ante Elvis por eso. El silencio es el lienzo en blanco, el marco, sobre lo que trabajas; y no tratas de
ahogarlo. Eso fue «Heartbreak Hotel» para mí: la primera vez que oía algo tan profundamente marcado.
Así que no pude evitar ponerme a investigar sobre lo que había estado haciendo aquel tío antes. Por
suerte me quedé con el nombre porque la señal de Radio Luxemburgo volvió justo a tiempo: «Hemos
escuchado a Elvis Presley interpretando “Heartbreak Hotel”». ¡Joooder!
Hacia 1959 (yo tenía quince años), Doris me compró mi primera guitarra. Ya tocaba, cuando conseguía
una, pero si no tienes la tuya propia no haces más que rascar las cuerdas un poco. Era una Rosetti, y
costó unas diez libras. A Doris no le concedían suficiente crédito en la tienda como para comprarla a
plazos, así que le pidió a no sé quién que la comprara y esa persona no pagó… Se montó un buen follón
(era mucho dinero para Doris y Bert) pero Gus debió de intervenir para solucionar el lío. Era de cuerdas
de tripa. Empecé por donde todo buen guitarrista tiene que empezar: con la acústica de cuerdas de tripa.
Ya te enchufarás luego… Bueno, en cualquier caso, yo no me podía pagar una eléctrica. Pero el hecho es
que tocar aquella vieja guitarra española, empezar por ahí, me dio algo sobre lo que construir. Y luego
vinieron las cuerdas de acero y por fin (¡guau!) la electricidad. Me refiero a que si hubiera nacido unos
cuantos años más tarde seguramente habría pasado directamente a la eléctrica, pero, si quieres llegar a
lo más alto, tienes que empezar por abajo, como pasa con cualquier otra actividad. Lo mismo puede
decirse si te dedicas a regentar prostíbulos. Yo aprovechaba cualquier rato libre para ponerme a tocar, la
gente me dice que me abstraía completamente de lo que me rodeaba, que me quedaba en una esquina
aunque en la habitación hubiera una fiesta o una reunión familiar y me ponía a tocar. Sirva como
indicador de mi amor por el instrumento recién descubierto el testimonio de mi tía Marje, que me cuenta
que cuando a Doris la ingresaron en el hospital y yo me fui a vivir con Gus una temporada, no me
separaba de la guitarra ni a sol ni a sombra; por lo visto la llevaba a todas partes debajo del brazo y
dormía con ella al lado y el brazo apoyado encima.
Todavía conservo mi diario y el cuaderno de dibujo de aquel año. La fecha es más o menos 1959, aquel
momento crucial en que andaba por los quince años, y está todo escrito con una letra pulcra hasta lo
obsesivo, en boli azul; las páginas están divididas en columnas con sus correspondientes
encabezamientos, y la página 2 (que viene después de una fundamental sobre los boy scouts, de los que
hablaré más tarde) se titula «discos de 45 rpm». El primero de la lista: «título: “Peggy Sue Got Married”.
Artista(s): Buddy Ho». Y debajo están escritos y marcados con un círculo los nombres de varias chicas:
Mary (tachado), Jenny (marca de visto), Janet, Marilyn, Veronica… En el apartado de «larga duración»
están The Buddy Holly Story, A Date with Elvis, Wilde about Marty (Marty Wilde, por supuesto, para
quienes no lo sepan), The Chirping Crickets. La lista incluye a los habituales —Ricky Nelson, Eddie
Cochran, los Everly Brothers, Cliff Richard («Travelling Light»)— y también a Johnny Restivo («The Shape
I’m In»), que era el número tres en una de mis listas, «The Fickle Chicken» de los Atmospheres, «Always»
de Sammy Turner… Joyas olvidadas. Aquéllas eran las listas de discos correspondientes al nacimiento del
rock and roll en las costas británicas. Elvis dominaba la escena en aquel momento y en mi cuaderno le
dedicaba una sección entera. El primer LP que compré contiene «Mystery Train», «Money Honey», «Blue
Suede Shoes» y «I’m Left, You’re Right, She’s Gone», la crème de la creme de lo que hizo con el sello Sun.
Después fui poco a poco comprando más, pero ése era mi tesoro. Ahora bien, por mucho que me
impresionara Elvis, todavía me impresionaban más Scotty Moore y su grupo, y lo mismo me pasó con
Ricky Nelson. Nunca compré un disco suyo, esos discos eran de James Burton. Lo que de verdad me
impresionaba eran los grupos con los que cantaban, tanto o más que ellos mismos. El grupo de Little
Richard, que prácticamente es el mismo que el de Fats Domino, era en realidad el grupo de Dave
Bartholomew. Y todo eso lo sabía. Lo que me fascinaba era el efecto del grupo tocando, cómo aquellos tíos
interactuaban, la exuberancia natural y aparente ausencia total de esfuerzo con que interpretaban. Había
una cierta displicencia, muy bella, o eso me parecía a mí. Y por supuesto eso es todavía más cierto si
hablamos del grupo de Chuck Berry. Ya desde el principio no era solo el cantante, lo que me impresionaba
era el grupo que llevaba detrás.
Ahora bien, también tenía otras preocupaciones. Una de las mejores cosas que me pasaron durante
aquellos años, por increíble que parezca, fue apuntarme a los boy scouts: su líder, Baden-Powell, un tipo
realmente majo que entendía bien a los niños y lo que les gustaba hacer, estaba convencido de que, sin
los scouts, el imperio se desmoronaría.
Y ahí llegué yo, miembro de la sección séptima de los scouts de Dartford, patrulla de los castores,
aunque el imperio daba la impresión de estar derrumbándose de todos modos por razones completamente
ajenas a la nobleza de carácter o la habilidad para hacer nudos. Creo que mi incursión en los scouts debe
de haber sido justo antes de que me diera fuerte por la guitarra, o igual justo antes de tener la primera,
porque cuando empecé a tocar de verdad se me abrió todo un mundo nuevo.
Era algo completamente aparte de la música: quería saber cómo sobrevivir, además me había leído
hasta el último libro de Baden-Powell y ahora me tocaba aprender todos aquellos trucos. Quería saber
cómo situarme en medio del campo, cómo cocinar bajo tierra… Por alguna razón, necesitaba aprender
habilidades de supervivencia, me parecía que era importante aprenderlas. Ya tenía una tienda en el jardín
donde me pasaba las horas muertas, comiendo patatas crudas y esas cosas. Cómo desplumar un ave.
Cómo destripar y limpiar bichos varios. Qué se deja y qué se quita. Y si se deja la piel o no. ¿Sirve para
algo? Menudo par de guantes, ¿te los has hecho tú? Era como un minientrenamiento en las fuerzas
especiales de aviación. Y sobre todo era una oportunidad para andar por ahí corriendo con un cuchillo en
el cinto, ésa era la principal atracción para muchos de nosotros porque el cuchillo no te lo daban hasta
que no tuvieras unas cuantas insignias.
La patrulla de los castores tenía su propio cobertizo: el de las herramientas de jardín del padre de uno
de los chicos, que no lo usaba, así que nos lo dejó. Allí era donde nos reuníamos para planear las salidas
de la patrulla y quién iba a hacer qué: a ti se te da bien esto; a ti, esto otro. Nos metíamos allí a hablar y
fumar, o hacíamos salidas a Bexleyheath o a Seven Oaks. El jefe scout Bass nos parecía muy viejo
entonces, pero seguramente no tenía más de veinte años: un tipo que sabía animar a la gente; nos decía:
«¡Bueno, venga!, esta tarde toca hacer nudos: el nudo margarita, el as de guía, el as de guía corredizo…».
Yo tenía que practicar en casa: cómo hacer fuego sin cerillas, cómo hacer un horno, cómo hacer fuego sin
que salga humo. Practicaba en el jardín toda la semana: ¿frotando dos palitos? De ningún modo, no con el
clima de Inglaterra, igual funciona en África o en otro sitio donde no haya tanta humedad; era más bien
cuestión de sacar la lupa y encontrar unas ramitas secas. Y, al cabo de no más de tres o cuatro meses, ya
tenía cuatro o cinco insignias y me hicieron líder de patrulla. ¡Tenía la camisa llena de insignias!
¡Increíble! No sé por dónde andará esa camisa ahora, pero no le faltaba detalle: barras, cordones e
insignias por todas partes… Casi daba la impresión de que me iba el rollo del bondage con tanta
cuerdecita.
Todo eso sirvió para darme confianza en mí mismo en un momento crucial, después de mi expulsión
del coro, sobre todo el hecho de que me ascendieran tan rápido. Creo que mi paso por los scouts fue más
importante de lo que me pareció a mí en su momento: tenía un buen equipo, conocía a los muchachos y
éramos un grupo sólido. Debo admitir que la disciplina era bastante relajada, pero cuando llegaba la hora
de «ésta es la misión de hoy», la hacíamos. Se hacía un gran campamento de verano en Crowborough y
un año ganamos la competición de construir puentes: esa noche nos pusimos de whisky hasta las cejas y
acabamos peleándonos dentro de la tienda. No se veía un carajo, no había luces, así que acabamos todos
dando tumbos y rompiendo cosas (sobre todo rompiéndonos nosotros). Allí me partí mi primer hueso, de
un golpe con uno de los palos de la tienda en mitad de la noche.
La única vez que de verdad eché mano del rango fue precisamente cuando mi carrera en los scouts
llegó a su fin: tenía uno nuevo en la patrulla, y era un pelotudo de mucho cuidado. Así que para mí fue
como: «¡Joder!, ¿tengo una patrulla de élite y ahora me salís con que me ocupe de este vago? ¡No estoy
para andar limpiándole los mocos a nadie! ¿Por qué me habéis encasquetado a este tío?». No sé qué hizo,
pero el caso es que le di un bofetón. Y cuando me quise dar cuenta estaba delante del comité
disciplinario. Me cayó la gran bronca, «los oficiales no van por ahí a bofetada limpia» y todo ese rollo.
Una vez, durante una gira con los Stones, estaba en un hotel de San Petersburgo y me sorprendí a mí
mismo viendo en la tele la ceremonia del centenario de los boy scouts que se celebraba en la isla de
Brownsea, donde Baden-Powell había organizado su primer campamento. Estaba solo en la habitación.
Total, que me puse de pie, hice el saludo con los tres dedos y dije: «Líder de patrulla, patrulla de los
castores, sección séptima de los scouts de Dartford, señor». Pensé que tenía que informar a los mandos.
También me buscaba trabajos de verano para pasar el rato, por lo general en tiendas, pero en una
ocasión fue cargando azúcar, y no lo recomiendo. Los camiones traían el azúcar en grandes sacos a la
parte de atrás del supermercado, y la cuestión es que el azúcar hace unos arañazos de lo más cabrones, y
además es muy pegajoso. Después de un día entero cargando sacos de azúcar a las espaldas estás
sangrando. Luego toca empaquetarla… Aquello debería haber bastado para que no volviera a probarlo en
mi vida, pero no fue así. Antes del azúcar fue la mantequilla. Hoy en las tiendas la mantequilla te la
encuentras en cuadraditos perfectamente cortados, pero no solía venir así sino en grandes bloques y la
cortábamos y envolvíamos en la trastienda de la tienda: te enseñaban cómo se envolvía doble, a pesar
como es debido y a colocarla en las estanterías para por fin poder comentar: «¡Mira qué bien ha
quedado!». Y mientras tanto las ratas correteando por la trastienda y cosas peores.
Más o menos por aquella época (mis trece o catorce años) tuve otro trabajo en una panadería los fines
de semana que, a esa edad, me abrió los ojos de verdad. Yo me encargaba de cobrar: había dos tipos que
iban haciendo la ronda en una camioneta eléctrica y los sábados y domingos yo iba con ellos tratando de
conseguir que la gente nos pagara. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que me llevaban de figurante,
de vigía, y mientras ellos: «Señora X… Ya lleva usted dos semanas sin pagar». A veces me quedaba
esperando en la Camioneta, pelándome de frío, y al cabo de veinte minutos aparecía el panadero con la
cara congestionada y subiéndose la bragueta. Poco a poco me fui dando cuenta de cómo se pagaban las
cosas. Luego también estaban ciertas ancianitas que, obviamente, se aburrían tanto que para ellas el
acontecimiento de la semana era la visita del panadero. Así que nos invitaban a tomar un té con los
pasteles que nosotros mismos les habíamos vendido y nos quedábamos un rato charlando hasta que nos
dábamos cuenta de que llevábamos allí una hora y se nos iba a hacer de noche antes de terminar la
ronda. En el invierno, me encantaba ir a casa de las ancianitas porque eran un poco como las de Arsénico
por compasión, que vivían en un mundo totalmente distinto.
Mientras andaba enfrascado con los nudos no me daba cuenta (de hecho no lo supe hasta años
después) de que Doris estaba metida en curiosas maniobras: alrededor de 1957 se lio con Bill, mi
padrastro, que se casó con ella en 1998 después de vivir juntos desde 1963, cuando él tenía veintitantos y
ella cuarenta y tantos. Yo sólo recuerdo que Bill siempre andaba por casa. Era taxista y nos llevaba aquí y
allá, siempre estaba dispuesto si se trataba de conducir, hasta nos llevó de vacaciones (a mi padre, a mi
madre y a mí), pero yo era demasiado joven para comprender qué tipo de relación era aquélla. Bill era el
tío Bill. No sabía lo que opinaba Bert, y sigo sin saberlo. Yo pensaba que Bill era amigo de Bert, amigo de
la familia.
Simplemente aparecieron un día, él y su coche. Eso fue, en parte, lo que decidió a Doris allá por 1957.
Bill nos había conocido, a ella y a mí, en 1947, cuando vivía al otro lado de Chastilian Street y trabajaba
en la tienda de Co-op. Luego se puso a trabajar para una empresa de taxis y no volvió a aparecer hasta
que Doris se topó con él un día saliendo de la estación de Dartford. Ella lo contaba así: «Yo sólo lo conocía
porque había vivido enfrente, pero un día que andaba con el taxi, justo salí yo de la estación de tren y me
dijo “hola”. Y luego vino corriendo y se ofreció: “¡Te llevo a casa si quieres!”. A lo que yo le respondí
“¡pues no te voy a decir que no!”, porque si no habría tenido que quedarme esperando el autobús un buen
rato, así que me llevó a casa. Y luego empezamos. ¡Aún no me lo puedo creer! ¡Fue una locura!».
Bill y Doris se lo montaron a escondidas, eso desde luego, y lo siento por Bert si lo sospechaba. Una
oportunidad que seguro aprovecharon fue la que les brindaba la pasión de mi padre por el tenis, que les
dejaba vía libre para salir juntos por ahí. Por lo visto, según cuenta Bill, iban a un sitio desde donde veían
a Bert saliendo del club de tenis y volvían a la carrera en el taxi para que Doris estuviera en casa cuando
llegara Bert. Mi madre recordaba: «Cuando Keith empezó con los Stones, Bill lo llevaba aquí y allá. Si no
hubiera sido por Bill, no habría podido moverse, porque Keith siempre estaba con “Mick dice que tengo
que ir a tal sitio”, a lo que yo le respondía “¿y cómo piensas ir?”, y Bill decía “ya lo llevo yo”». Ése es el
hasta ahora desconocido papel de Bill en el nacimiento de los Rolling Stones.
Aun así, mi padre era mi padre, y me aterrorizaba la idea de tener que enfrentarme con él el día en
que me expulsaran de la escuela, razón por la que debía programar una campaña a largo plazo, no podía
ser un único golpe certero. La idea era ir acumulando malas notas y malas conductas hasta que
advirtieran que había llegado el momento. Lo que me asustaba no era ningún tipo de castigo físico, sino la
desaprobación de mi padre, porque cuando se enfadaba hacía como si no existieras: de repente, estaba
solo en el mundo; no me dirigía la palabra y ni siquiera se daba por aludido cuando nos cruzábamos por la
casa; aquélla era su forma de impartir disciplina, pura y simplemente. No había segundas partes, no lo
complementaba con unos correazos ni nada por el estilo, eso nunca se lo planteaba. En cualquier caso, la
sola idea de darle un disgusto a mi padre, todavía hoy, hace que se me salten las lágrimas. No estar a la
altura de sus expectativas era lo peor del mundo.
Después de haber sufrido una vez su total indiferencia no querías volver a repetir la experiencia jamás,
porque te sentías invisible, como si no existieras, y además te decía: «Bueno, visto lo visto, mañana no
vamos a ir al campo» (los fines de semana solíamos ir al campo a jugar un rato al fútbol). Cuando supe
cómo había tratado a Bert su propio padre, me di cuenta de que tenía mucha suerte, porque Bert jamás
utilizó el castigo físico conmigo. No era una persona que exteriorizara demasiado sus sentimientos, algo
que hasta cierto punto agradezco, porque en algunas de las ocasiones en que lo cabreé de verdad, si
hubiera sido ese tipo de tío me habría dado unas palizas de cuidado, que era lo que les pasaba a la
mayoría de los muchachos que yo conocía. Mi madre era la única que me ponía la mano encima de vez en
cuando, me golpeaba las piernas por detrás, y sin duda me lo merecía. En cualquier caso, jamás viví
angustiado por que me fueran a castigar físicamente, era todo psicológico. Incluso al cabo de veinte años,
después de no haber visto a Bert durante todo ese tiempo, cuando estábamos preparando aquella reunión
histórica, todavía me daba miedo decepcionarlo, y desde luego yo había hecho unas cuantas cosas que
seguramente no le habían gustado en esos veinte años… Pero esa historia la dejo para después.
La gota que colmó el vaso y provocó mi expulsión de la escuela fue cuando Terry y yo decidimos no ir a
la asamblea el último día de curso. Ya habíamos estado en tantas… y queríamos ir a fumar un cigarrillo,
así que no nos presentamos. Creo que ésa fue la última gota. Como era de esperar, mi padre se puso
hecho una furia, pero yo creo que para entonces había perdido ya toda esperanza de que yo me
convirtiera algún día en un miembro respetable de la sociedad, porque a esas alturas ya tocaba la
guitarra, y Bert no tenía la menor inclinación artística, pero a mí lo único que se me daba bien eran la
música y el arte.
Llegados a este punto, la persona a quien tengo que agradecerle que me salvara del estercolero y del
menosprecio en serie es una maravillosa profesora de arte, la señora Mountjoy. Ella fue quien le habló
bien al director de mí: me iban a mandar a una especie de programa de formación profesional y el
director preguntó: «¿Qué se le da bien?». «Dibujar», contestó ella. Así que acabé en una escuela de arte,
el Sidcup Art College, promoción de 1959. Ahí empezó a perfilarse mi camino en la música.
A Bert no le gustó nada la idea:
—Búscate un trabajo como Dios manda.
—¿Como qué, fabricar bombillas, papá? —y empecé a ponerme sarcástico, algo de lo que ahora me
arrepiento—. ¿Fabricar válvulas o bombillas?
Entonces yo tenía grandes planes, incluso si no tenía la menor idea de cómo ponerlos en práctica. Para
eso todavía tenía que conocer a unas cuantas personas un poco más adelante. Simplemente creía que era
lo suficientemente listo como para, de algún modo, escaparme de aquella tela de araña que era la clase
social en que había nacido y salir a jugar al ancho mundo. Mis padres se criaron durante la Depresión,
cuando, si tenías algo, lo guardabas y te aferrabas a ello con uñas y dientes y punto. Bert era el hombre
menos ambicioso que he conocido jamás. Y, por otro lado, yo no era más que un crío y ni siquiera sabía lo
que era la ambición. Sencillamente era consciente de las limitaciones: la sociedad, el ambiente en el que
había crecido se me quedaban demasiado pequeños. Tal vez no era más que la testosterona y la angustia
típicas de la adolescencia, pero sabía que tenía que encontrar la manera de salir de allí.
A los quince años con la guitarra que me compró Doris (1959).
3

Voy a una escuela de arte que en realidad es mi escuela de guitarra. Primera actuación en público y acabo la
noche con una tía. En la estación de Dartford encuentro a Mick con sus discos de Chuck Berry bajo el brazo.
Empezamos a tocar: Little Boy Blue y los Blue Boys. Conocemos a Brian Jones en el Ealing Club. Consigo la
aprobación de Ian Stewart en el Bricklayers Arms y los Stones nacen en torno a él. Queremos que Charlie Watts
se una a la banda, pero no nos lo podemos permitir.

No sé qué habría pasado si no me hubieran expulsado de Dartford para mandarme a una escuela de
arte. El hecho es que en Sidcup había más música que artes plásticas, y mucha más música que en
ninguna de las otras escuelas de arte del sur de Londres, instituciones que no paraban de arrojar al
mundo beatniks de barriada, que era precisamente en lo que se suponía que me estaban ayudando a
convertirme a mí también. De hecho, casi no había clases de «arte» en el Sidcup Art College. Al cabo de
un tiempo acababas comprendiendo para qué te estaban formando, y no era para que te convirtieras en
Leonardo da Vinci precisamente. Solían pasarse por la escuela un montón de presuntuosos hijos de puta
con pajarita, de J. Walter Thompson o cualquier otra de las grandes agencias de publicidad, que venían a
reírse de los estudiantes de arte y a ver si ligaban con alguna tía. Eran nuestros dueños y señores, y te
enseñaban publicidad.
Cuando llegué a Sidcup, al principio la sensación de libertad era genial («¿me estás diciendo que te
dejan fumar?»). Compartías escuela con un montón de artistas diferentes, incluso si no eran artistas: las
actitudes eran distintas, que para mí era lo verdaderamente importante. Algunos personajes eran de lo
más excéntricos, otros meros aspirantes, pero en cualquier caso eran un grupo interesante de gente, eran
otra raza (gracias a Dios), completamente distintos de la pandilla con la que había estado tratando hasta
la fecha. Todos veníamos de escuelas masculinas, y en Sidcup tenías tías en clase. Todo el mundo se
estaba dejando el pelo largo, más que nada porque podías, porque tenías la edad que tenías y porque, por
alguna razón misteriosa, te gustaba. Y por fin podías vestirte como te diera la gana (todo el mundo venía
de colegios con uniforme). El hecho es que estabas deseando subirte al tren para ir a clase por las
mañanas, querías ir. En Sidcup yo era «Ricky».
Ahora advierto que estábamos recibiendo los estertores finales de la enseñanza del arte conforme a
una noble tradición que databa de la época de preguerra (las técnicas del aguafuerte y la litografía, clases
sobre el espectro óptico), todo lo cual estaba quedando relegado para dejar paso al arte de anunciar la
ginebra Gilbey’s. Muy interesante todo y, como a mí me gustaba dibujar, me parecía genial. Estaba
aprendiendo unas cuantas cosas. No te dabas cuenta de que en realidad te estaban programando para
convertirte en lo que llamaban un diseñador gráfico, seguramente en tipógrafo de Letraset, pero eso
vendría luego. De momento, la tradición artística seguía avanzando, si bien a bandazos, de la mano de
idealistas desencantados como el señor Stone, el profesor de pintura al natural con modelo, que había
estudiado en la Royal Academy. Todos los mediodías se tomaba varias pintas de Guinness en el Black
Horse, el pub de al lado, y luego llegaba a clase muy tarde y completamente borracho, con sus
proverbiales sandalias sin calcetines (invierno y verano). La clase de pintura con modelo solía ser para
morirse de risa, con aquellas encantadoras señoras, entradas en años y en carnes, desnudas en medio de
la sala (¡vaya tetas!), el olor a Guinness impregnando el ambiente y el profesor bamboleante agarrándose
a tu taburete para no perder el equilibrio. En honor a los niveles superiores del arte y la vanguardia a los
que aspiraba el personal docente, en una de las fotos oficiales de la escuela (concebida por el director)
salíamos todos posando como estatuas del jardín geométrico que aparece en la película de Alain Resnais
El año pasado en Marienbad, el cénit del existencialismo guay y la pedantería.
El día a día era bastante relajado en lo que a disciplina se refiere: ibas a tus clases, acababas tus
proyectos y luego te largabas a los baños, donde había una zona de vestuarios en la que nos solíamos
sentar a pasar el rato tocando la guitarra; eso fue lo que me dio el empujón definitivo para tocar, y a esa
edad aprendes a la velocidad del rayo. Un montón de gente tocaba la guitarra en Sidcup. En general,
salieron unos cuantos guitarristas muy buenos de las escuelas de arte en una época en que el rock and
roll al estilo británico estaba empezando. Aquello era una especie de taller de guitarra, sobre todo de
música folk (Jack Elliott y demás). Nadie se fijaba en si eras alumno de la escuela o no, así que la
fraternidad de música de la zona solía reunirse allí, y también solía dejarse ver Wizz Jones, con su corte
de pelo a lo Jesucristo y su característica barba. Era un guitarrista de folk excelente, un guitarrista
magnífico. Todavía toca: veo anuncios de sus conciertos por ahí y sigue teniendo la misma pinta, aunque
se ha quitado la barba. Casi no nos conocimos pero por aquel entonces Wizz Jones era para mí…
¡Uizzzzzzz! Me refiero a que era un tío que tocaba en clubes, estaba en el mundillo del folk, ¡le pagaban!
Tocaba como profesional mientras que nosotros tocábamos en los baños. Me parece que «Cocaine» la
aprendí de él (me refiero a la canción y el fraseo aquel, que fue crucial para la época, no a la droga).
Nadie, pero es que nadie, la tocaba al estilo de Carolina del Sur. A él se la enseñó Jack Elliott, mucho
antes de que la aprendiera nadie más, y a Elliott se la había enseñado el reverendo Gary Davis en Harlem.
Wizz Jones era un tipo que marcaba tendencias… Clapton y Jimmy Page también andaban pendientes de
lo que hacía o dejaba de hacer por aquel entonces, al menos eso dicen.
Yo era famoso en los baños por mi versión de «I’m Left, You’re Right, She’s Gone». A veces se metían
conmigo porque todavía me gustaba Elvis, y Buddy Holly: los demás no entendían cómo era posible que,
siendo estudiante de arte y aficionado al blues y al jazz, pudiera tener nada que ver con todo aquello.
Había una cierta actitud de «eso, ni de broma» en lo que se refería al rock and roll, las fotos en papel
cuché y los trajes ridículos. Pero para mí era simplemente música. Todo era muy jerárquico, y era la
época de los mods y los rockers. Había una línea divisoria clarísima entre los beats, que eran adictos a la
versión inglesa del jazz estilo dixieland (el más tradicional), y la gente a la que le gusta el R&B. Yo crucé
la línea por Linda Poitier, una belleza increíble con un jersey negro muy largo, medias negras y mucho
lápiz de ojos al estilo de Juliette Greco: me tragué un montón de Acker Bilk (el ídolo de los
tradicionalistas) sólo por verla bailar. Había otra Linda, con gafas, muy delgada pero con unos ojos
preciosos, a la que anduve cortejando con bastante poca gracia. Aquello se quedó en un par de besos
tiernos y poco más. Extraño: a veces un beso se te queda mucho más grabado que lo que sea que venga
después. Y también hubo una Celia a la que conocí en una fiesta del club Ken Colyer de aquellas que
duraban toda la noche; era de Isleworth; nos pasamos toda la noche juntos y no hicimos nada pero, por un
instante al menos, fue amor de verdad. En estado puro. Vivía en una casa de verdad, nada de adosado:
totalmente fuera de mi alcance.

Todavía visitaba a Gus de cuando en cuando. Como ya llevaba tocando dos o tres años, me decía:
«Venga, tócame “Malagueña”». Y al terminar me comentaba: «Ya la tienes». Luego yo me ponía a
improvisar, porque era un buen ejercicio, y él me recriminaba:
—¡No, no, así no es!
—No, abuelo, pero podría ser.
—Ya le vas cogiendo el tranquillo.
De hecho, al principio no me interesaba tanto lo de convertirme en guitarrista, no era más que un
medio para conseguir el fin, que consistía en producir sonido. Pero, a medida que fui aprendiendo, cada
vez me interesaba más el hecho de tocar la guitarra en sí y las notas concretas. Creo firmemente que
para llegar a ser guitarrista tienes que empezar con la acústica y luego pasar a la eléctrica: sólo porque
seas capaz de arrancarle a una eléctrica los típicos uiii uiii uaaa y sepas cuatro trucos, eso no te convierte
en el próximo Townshend o Hendrix. Primero tienes que conocer de verdad a la muy cabrona. Y hasta te
vas a la cama con ella si no tienes chica en ese momento, que además la forma es perfecta.

Todo lo que sé lo he aprendido en los discos. ¡Ah, poder tocar inmediatamente algo que acabas de oír
sin tener que bregar con todas las reglas y restricciones de la música escrita, con todos esos diapasones y
el rollo de los compases! Poder oír la música grabada fue una liberación para un montón de músicos que,
como yo, no tenían la pasta necesaria para aprender a leer y escribir música. Antes de 1900 tenías a
Mozart, Beethoven, Bach, Chopin, el cancán… Con las grabaciones llegó la emancipación del pueblo
siempre y cuando tú o alguien cercano pudiera permitirse comprar un aparato. De pronto podías
escuchar la música que hacía otra gente, pasar de las orquestas sinfónicas y las mafias musicales. Podías
escuchar lo que decía la gente casi sin ataduras, y por supuesto había mucha basura, pero también cosas
excelentes. Aquello supuso la emancipación de la música: de lo contrario no te hubiera quedado más
remedio que ir a las salas de conciertos, ¿y cuánta gente se lo puede permitir? No es coincidencia que el
jazz y el blues empezaran a conquistar el mundo en el momento en que aparecieron las grabaciones, en
cuestión de unos años, tal cual. El blues es universal, motivo por el que todavía sigue dando guerra, y la
sensación que genera se difundió gracias a los discos. Fue como si se levantara el telón respecto al
sonido. Y además era asequible, barato; la música ya no quedaba prisionera en manos de un grupo aquí y
otro en la otra punta, sin posibilidad alguna de acercamiento. Por supuesto, todo eso dio lugar a un tipo
de músico completamente distinto en cuestión de una generación: «No necesito el papel este, voy a tocar
de oído y punto; de aquí, del corazón directamente a los dedos; ya no hace falta que nadie se encargue de
pasar las páginas de la partitura».
{Texto manuscrito:
Se me olvidaba decir que tocar blues
es como escapar de la cárcel,
de esos meticulosos barrotes con las notas
agolpadas detrás como prisioneras.
Como caras tristes}.

En Sidcup había de todo, era un reflejo de la increíble explosión musical del momento, de la música
como estilo, de la pasión por todo lo que oliera a América. Yo iba cada dos por tres a la biblioteca pública
a buscar libros sobre Estados Unidos. Había gente a la que le gustaba el folk, a otros el jazz moderno, a
otros el tradicional; a algunos les iba el rollo más bluesero (escuchaban el germen del soul, vamos). Todas
esas influencias estaban ahí. Y además también había sonidos primigenios (el equivalente a las tablas de
la ley, por así decirlo) que nunca se habían oído antes. Y estaba Muddy; y «Smokestack Lightnin’» de
Howlin’ Wolf, y la música de Lightnin’ Hopkins. Y además había un disco que se llamaba Rhythm & Blues
Vol. 1, con Buddy Guy cantando «First Time I Met the Blues», y una canción de Little Walter. Tardé dos
años en saber que Chuck Berry era negro, y eso fue, claro, mucho antes de ver la película que inspiró a
miles de músicos (Jazz on a Summers Day) donde tocaba «Sweet Little Sixteen». Tampoco me enteré
hasta pasados unos cuantos años de que Jerry Lee Lewis era blanco. En aquellos tiempos no veías sus
fotos por más que fueran los primeros en las listas de Estados Unidos. Los únicos rostros que conocía
eran los de Elvis, Buddy Holly y Fats Domino. No tenía la menor importancia, lo que importaba era el
sonido. Y, cuando oí «Heartbreak Hotel» por primera vez, no fue que quisiera convertirme en Elvis (no
tenía ni idea de quién era), a mí lo que me fascinó fue el sonido, esa forma de grabar cuyo responsable
(según descubrí) era el visionario Sam Phillips del sello Sun Records: el uso del eco, la total ausencia de
añadidos forzados… Tenías la sensación de estar con ellos en la misma habitación donde estaban tocando,
de que estabas escuchando exactamente lo que había pasado en el estudio, sin perifollos, sin lazos, sin
nada. Eso tuvo una influencia tremenda sobre mí.

Aquel LP de Elvis tenía todas las grabaciones que hizo en los estudios Sun y también un par de la RCA,
lo tenía todo: «That’s All Right», «Blue Moon of Kentucky», «Milk Cow Blues Boogie»… Vamos, para un
guitarrista (o un guitarrista en ciernes), la gloria. Pero, por otro lado, surgía la pregunta: ¿qué coño está
pasando ahí? Tal vez no quisiera ser Elvis, pero no estoy tan seguro de no haber querido ser Scotty
Moore. Scotty Moore era mi ídolo. Fue el guitarrista de Elvis, el que toca en todas esas grabaciones de los
estudios Sun: en «Mystery Train», es él; en «Baby Let’s Play House», es él. Ahora lo conozco, he tocado
con él, conozco a su grupo, pero, en aquellos tiempos, el mero hecho de tocar hasta el final «I’m Left,
You’re Right, She’s Gone» ya era el no va más de la guitarra. Y luego también estaban «Mystery Train» y
«Money Honey»: ser capaz de tocarlas hubiese sido entonces el equivalente a morir e irme derecho al
cielo. ¿Cómo coño lo hacían? Ese fue el tipo de música que llevé a los baños del Sidcup tocando con una
Höfner prestada. Eso fue antes de que la música me llevara de vuelta a las raíces de Elvis y Buddy, de
vuelta al blues.
Aún no he conseguido sacar el fraseo de Scotty Moore y él no me lo enseña. Llevo cuarenta y nueve
años de intentos fallidos. Él me sale con que no recuerda el sonido del que le estoy hablando, que no se
niega a enseñármelo. Me dice: «Es que no sé de qué me hablas». Está en «I’m Left, You’re Right, She’s
Gone». Creo que es en Mi mayor y hay una breve frase de transición, un rundown, cuando llega a la
quinta cuerda, de Si baja a La y de La a Mi, y sale una frase con una especie de falsete que nunca he sido
capaz de lograr plenamente. También está en «Baby Let’s Play House», cuando llegas a but don’t you be
nobody’s fool /now baby come back, baby, justo ahí reaparece el mismo fraseo. Seguramente es un truco
sencillo, pero va tan rápido y hay tantas notas que es imposible captar adonde va cada dedo. No se lo he
oído nunca a nadie más. Los Creedence Clearwater hacían una versión de ese tema, pero cuando llegaban
ahí, nada. Scotty es un zorro, con un sentido del humor muy cáustico: «¿Qué, jovenzuelo, ya has
averiguado como va eso?». Cada vez que lo veo me pregunta lo mismo: «¿Ya has aprendido cómo va?».
El tío más enrollado del Sidcup Art College era Dave Chaston, un tipo famosísimo por allí en aquellos
días. Hasta Charlie Watts conocía a Dave por alguna conexión en el mundillo del jazz. Era el árbitro de lo
que estaba en la onda (en la onda más allá de lo puramente bohemio), tan enrollado que monopolizaba el
tocadiscos: conseguíamos un disco de 45 y lo escuchábamos una y otra vez, y otra y otra y otra más, como
si fuera una cinta continua. Fue el primero que tuvo un disco de Ray Charles, antes que nadie, hasta lo
había visto tocar, y la primera vez que yo lo oí fue precisamente durante una sesión de aquéllas que
montábamos a la hora del almuerzo.
A todo el mundo le preocupaba terriblemente el aspecto y la ropa, cosa que no resulta tan evidente
mirando la foto de la clase del 59, el año en que entré yo, porque aquello no era más que el principio: los
tíos todavía llevan los típicos jerséis de cuello en V y las adolescentes van vestidas para que parezcan
cincuentonas, prácticamente no se las distingue de las pocas profesoras que había. De hecho, todo el
mundo que aparece en esa foto, tanto tíos como tías, llevan jerséis negros que les quedan demasiado
largos excepto Brian Boyle, que era el mod más típico y tópico que te pudieras echar a la cara y venía con
ropa nueva todas las semanas. Los demás nos preguntábamos de dónde sacaría el dinero para las camisas
con trabilla en la espalda, los trajes Príncipe de Gales y aquella melena al viento… Y encima se compró
una Lambretta con una frondosa cola de ardilla en la parte de atrás. Es probable que Brian empezara él
solito el movimiento mod, que en un principio surgió de las escuelas de arte del sur de Londres. Fue uno
de los primeros en empezar a ir al Lyceum y a ponerse prendas típicamente mod. Era como si estuviera
compitiendo en una especie de loca carrera por ir a la moda: fue el primero en jubilar la chaqueta de
solapas y ponerse el proverbial tres cuartos; y en lo que a calzado se refiere, definitivamente iba por
delante con aquellos zapatos de punta afilada en vez de las redondeadas de siempre, zapatos de punta
con un poco de tacón ancho: toda una revolución. Los rockers no empezaron a usar zapatos de punta
hasta después. Brian fue a un zapatero y le pidió que le alargara las puntas unos diez centímetros, lo que
hacía que le resultara un poco complicado caminar. Era muy intensa, casi desesperada, aquella obsesión
permanente suya con ir a la última, pero también resultaba divertido observarlo; y él era un tipo
divertido.
Yo no me podía permitir las colas de ardilla, ya me podía dar con un canto en los dientes de poder
comprarme unos pantalones. El extremo contrario a los obsesionados con la moda eran los rockers y los
moteros. En cuanto a mí, no se me podía definir: de algún modo, me las había ingeniado para tener un pie
en cada lado, y sin romperme las pelotas. Me había inventado mi propio uniforme, que era siempre el
mismo, verano e invierno: chaqueta vaquera, camisa morada y pitillos negros. Al final me labré una
reputación de ser inmune al frío porque, hiciera el tiempo que hiciera, la verdad es que mi forma de vestir
no variaba mucho que digamos. En cuanto a las drogas, yo todavía no andaba en eso, a excepción del
ocasional chute con las pastillas para los dolores de la menstruación de Doris. La gente había empezado a
tomar efedrina, que era horrible, así que enseguida pasó de moda. Y muchos le daban a los inhaladores
nasales, que estaban llenos de dexedrina (dexanfetamina) y olían a lavanda: les quitabas la tapa, sacabas
el algodón y podías hacer pastillitas con lo de dentro (¡de dexedrina, el medicamento para el catarro!).

Tengo una foto de aquella época en la que salgo al lado de Michael Ross. Hay discos que no puedo oír sin
pensar en Michael Ross. Mi primera actuación en público fue con Michael: hicimos juntos un par de bolos
en colegios. Era un tipo muy especial, extrovertido, con mucho talento, siempre dispuesto a lanzarse a la
aventura y correr riesgos. Y además era un ilustrador magnífico (me enseñó muchos trucos con el plumín
y la tinta), por no hablar de que le encantaba la música, ¡y cómo! A Michael y a mí nos gustaba el mismo
tipo de música: la que pudiésemos tocar, por eso nos íbamos tanto hacia el country y el blues, porque
aquello lo podíamos tocar los dos solos. Lo habría podido hacer incluso sin él, así que siendo dos mejor
que mejor. A Sanford Clark (un verdadero cantante de country al estilo de Johnny Cash, salido de los
campos de algodón, que se hizo famoso por una canción titulada «The Fool») lo descubrí gracias a él.
Tocábamos otra canción suya, «Son of a Gun», en parte porque era lo único que se podía hacer con sólo
dos instrumentos, pero aun así es una gran canción. Recuerdo que fuimos a tocar a una fiesta en el
gimnasio de una escuela cercana a Bexley. Metimos un montón de country y lo hicimos lo mejor que
pudimos (teniendo en cuenta nuestras limitaciones en aquellos tiempos: dos guitarras y nada más). Lo
que más grabado tengo en la memoria de esa primera actuación es que nos ligamos a un par de tías y nos
pasamos toda la noche en un parque de la zona, en una de esas marquesinas con banco de esperar el
autobús. En realidad no hicimos gran cosa; yo a la mía le toqué las tetas, algo así. Total, que nos pasamos
toda la noche besándonos (un desmadre de lenguas retorciéndose como anguilas), y luego nos quedamos
a dormir allí hasta la mañana, pero recuerdo que pensé: «¡Coño, mi primer bolo y he pillado! ¡Joder! Igual
esto de la música tiene futuro».
Ross y yo tocamos juntos más veces: yo estaba un poco como en las nubes sin concentrarme
demasiado en nada, pero el caso era que volvías el fin de semana siguiente y había venido más gente. Y,
claro, pocas cosas animan más que tener cada vez más público. Supongo que aquél fue el primer
resplandor, el primer destello de luz en el horizonte.

Me había pasado toda la vida esperando el momento de hacer el servicio militar, lo tenía como grabado
a fuego en mi cabeza: iría a la escuela de arte y, cuando terminara, al ejército. Y de repente, justo antes
de cumplir los diecisiete, en noviembre de 1960, anunciaron que se había acabado, para siempre (el mal
ejemplo de los Rolling Stones fue empleado años después como argumento a favor del servicio militar
obligatorio). El caso es que aquel día prácticamente se pudo oír el suspiro colectivo en la escuela de arte,
la sensación de alivio lo impregnaba todo. Ese día feliz nadie hizo nada después cuando se conoció la
noticia. Recuerdo que los chicos de mi edad nos quedamos mirándonos los unos a los otros un poco
aturdidos, tratando de asimilar la idea de que ya no íbamos a acabar en un destructor o haciendo la
instrucción en Aldershot. Bill Wyman hizo el servicio militar, en la RAF, destinado en Alemania, y la
verdad es que no se lo pasó nada mal. Pero es algo mayor que yo.
Al mismo tiempo teníamos una sensación de «¡hijos de puta!» porque nos habíamos pasado años con
esa amenaza sobre nuestras cabezas; algunos tipos hasta habían empezado a trabajarse el típico tic
nervioso que delataba un peligroso trastorno de la personalidad incompatible con la milicia. Era algo muy
común, todo el mundo intercambiaba trucos para librarse de la mili: «Yo tengo juanetes, no puedo hacer
la instrucción».
Les cambia la vida a los tíos, yo lo vi con mis primos mayores y los amigos que todavía llegaron a ir:
básicamente, cuando volvían ya no eran los mismos. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. La
instrucción. Es como un lavado de cerebro, algo tan tonto que lo podrías hacer hasta dormido; de hecho
había tíos que la hacían dormidos. Pero les cambiaba la cabeza y su concepto de quiénes eran en realidad,
de su lugar en el mundo: «Me han puesto en mi sitio y ahora sé cuál es». («Es usted un simple cabo y no
crea que va a llegar mucho más lejos en la vida»). Yo se lo notaba enseguida a los tíos que habían hecho
el servicio militar, era como si les hubieran quitado un montón de fuelle: se marchaban dos años al
ejército y cuando volvían seguían siendo unos putos críos pero ya tenían veinte años.
De pronto tenías la impresión de que te hubieran regalado dos años de tu vida, cosa que por otro lado
era completamente ficticia, claro. El hecho era que no sabías qué hacer, ni tus padres sabían qué hacer
contigo durante esos dos años, porque se habían hecho a la idea de que ibas a desaparecer cuando
cumplieras los dieciocho. Fue todo tan rápido… Mi vida había ido progresando a paso tranquilo hasta que
me enteré de que no tenía que hacer el servicio militar: ahora ya no iba a haber forma de salir de aquel
laberinto, de la urbanización de casas de protección oficial y el horizonte limitado. Claro está que si
hubiera ido al ejército a estas alturas ya sería general, porque no hay forma de pararle los pies a un
troglodita: cuando me pongo, me pongo. En los scouts me habían hecho líder de patrulla en tres meses,
luego claramente lo de organizar a los muchachos se me da bien; dame una sección, y te los organizo;
dame una compañía, y lo haré todavía mejor; dame una división, y haré maravillas. Me gusta motivar a la
tropa, cosa que luego resultaría de lo más útil con los Stones. Se me da francamente bien lograr que un
grupo de tíos vayan en la misma dirección: si soy capaz de conseguir que un puñado de rastas inútiles se
conviertan en un grupo de música que funciona, y de hacer lo mismo con los Winos (sin lugar a dudas una
banda de desmadrados), debe de ser que tengo un don. No es cuestión de andar haciendo sonar el látigo
sino de estar presente, de arrimar el hombro para que se convenzan de que tú eres el primero que se
compromete y así liderar desde primera fila y no desde la retaguardia.
Y, para mí, no es cuestión de quién es el número uno sino de que funcione.

Poco antes de que este libro se publicara salió a la luz una carta escrita por mí y que tenía guardada
mi tía Patti desde hacía casi cincuenta años; hasta ese momento no la había leído nadie que no fuera de la
familia. Mi tía me la dio cuando todavía vivía, en 2009, y en esa carta hablo, entre otras cosas, de mi
encuentro con Mick Jagger en la estación de Dartford en 1961. Escribí la carta en abril de 1962, sólo
cuatro meses más tarde, cuando ya andábamos juntos intentando aprender cómo se hacía.

C/ Spielman n.º 6
Dartford, Kent
Querida Pat:
Siento mucho no haberte podido escribir antes (alego demencia en mi descargo) poniendo vocecilla de
moscardón. Salida de las tablas por la derecha en medio de estruendosa ovación.
Espero que estés muy bien.
Hemos sobrevivido a otro glorioso invierno inglés. Me pregunto qué día llegará el verano este año.
Pero, cariño, de verdad que noooo heeeee paraaaaado desde Navidades, además de tener que ir a clase. Ya
sabes que me encanta Chuck Berry desde hace tiempo y creía que era el único que lo conocía en un radio de
varios kilómetros a la redonda, pero hace poco, una mañana, en la est (es para no tener que escribir entera una
palabra tan larga como estación) de Dartford, estaba esperando el tren con un disco de Chuck en la mano cuando
se me ha acercado un tío que conocía de la primaria y resulta que tiene todos los discos de Chuck Berry, del
primero al último, y todos sus colegas los tienen también, y a todos les gusta el rhythm and blues, me refiero al
R&B de verdad (no la mierda de Dinah Shore, Brook Benton y compañía): Jimmy Reed, Muddy Waters, Chuck,
Howlin’ Wolf John Lee Hooker y todo el material del bueno de los músicos de blues de Chicago. Maravilloso. Bo
Diddley también, otro de los grandes.
Total, que el tipo de la estación (que se llama Mick Jagger) y todos sus colegas (tíos y tías) se reúnen los
sábados por la mañana en el Carousel, un garito con máquina de discos. Una mañana de enero pasaba por allí y
se me ocurrió entrar a ver si estaban. Todo el mundo fue muy enrollado conmigo, en cuestión de un rato ya me
habían invitado a diez fiestas, y además Mick es el mejor cantante de R&B a este lado del Atlántico, y lo digo en
serio. En resumidas cuentas: yo toco la guitarra (eléctrica) al estilo de Chuck, y nos hemos buscado uno que toca
el bajo y un batería, y otra guitarra para marcar más el ritmo, y estamos practicando dos o tres noches por
semana. ¡NO SABES QUÉ MARCHA!
Claro que todos están podridos de dinero y viven en unas casas inmensas, es de locos, hay uno que hasta tiene
mayordomo. Un día fui a casa de Mick con él en coche (en el de Mick, claro, no en el mío) ¡JODER, QUÉ DIFÍCIL ES
ESCRIBIR COMO ES DEBIDO!
—¿Desea algo más el señor?
—Un vodka con lima, por favor.
—Sí, señor, se lo traigo enseguida.
Te juro que me sentí como si fuera un lord o algo así, a punto estuve de pedir que me trajeran la corona
cuando me marchaba.
Por aquí todo sigue bien.
El problema es que no puedo desengancharme de Chuck Berry: hace poco me compré un LP suyo, lo pedí
directamente a Chess Records Chicago y me costó menos de lo que se paga por los discos aquí en Inglaterra.
Claro, por aquí todavía nos quedan los viejos presidiarios, ya sabes: Cliff Richard, Adam Faith y esos dos
nuevos que son la bomba, Shane Fenton y John Leyton. EN TU VIDA HABRÁS OÍDO UNA COSA IGUAL… A excepción
del seboso Sinatra, ja ja ja ja ja ja ja ja ja.
En cualquier caso, aburrirme no me aburro. Este sábado voy a una fiesta de las que duran toda la noche.

I looked at my watch
It was four-o-five.
Man I didn’t know
If I was dead or alive.[13]
Chuck Berry en «Reeling and a Rocking».

12 galones de cerveza, 1 barril de sidra, 3 botellas de whisky, vino. Mamá y papá fuera todo el fin de semana…
Voy a estar de fiesta hasta que el cuerpo aguante (me complace decir).
El próximo sábado Mick y yo vamos a llevar a un par de tías a nuestro club favorito de Rhythm & Blues en
Ealing, Middlesex.
Actúa un tío con la armónica eléctrica que es la leche: Cyril Davies, fantástico, siempre medio pedo, sin afeitar,
toca como un loco, maravilloso.
Bueno, ya no se me ocurre nada más con lo que aburrirte, así que me despido, queridos telespectadores
UNA SONRISA DE OREJA A OREJA
Y un beeeso Keith xxxxxxx
Quién si no iba a escribir una mierda de carta así.

¿Fue amor a primera vista? Si te metes en un vagón de tren con un tío que lleva bajo el brazo la
grabación de Chess Records del Rockin’ at the Hop de Chuck Berry y The Best of Muddy Waters también,
cómo no va a ser amor a primera vista, si el tío tiene en casa el tesoro del pirata Henry Morgan, las
movidas auténticas. Yo no tenía ni idea de cómo hacerme con nada de eso. Ahora caigo en la cuenta de
que ya me lo había encontrado una vez antes, delante del ayuntamiento de Dartford, un verano que él
estuvo trabajando de heladero. Por aquel entonces debía de tener unos quince años, fue justo antes de
que se marchara de la escuela, debió de ser unos tres años antes de que montáramos los Stones porque
mencionó que a veces le daba por ponerse a bailar por allí al son de Buddy Holly y Eddie Cochran.
Cuando lo dijo caí: aquel día que le compré un helado de chocolate; no sé, igual era un cornete… Me
acojo a la prescripción del delito. Y luego no lo volví a ver hasta ese día profético en la estación.
Y el tío iba con todo aquel material debajo del brazo. «¿De dónde coño has sacado todos esos discos?».
La cuestión, siempre, eran los discos, desde que tenías once o doce años, el gran tema era quiénes tenían
los discos y con ésos era con los que andabas. Los discos eran un tesoro. Yo, con suerte, podía comprarme
dos o tres singles cada seis meses. «Bueno, es que tengo esta dirección…», me contestó. El tipo ya
andaba escribiendo al sello de Chicago, al mismísimo Marshall Chess que, curiosamente, por aquel
entonces era un crío y estaba trabajando todo el verano en la empresa de su padre en la sección de
envíos; al cabo de los años, Marshall se convertiría en el presidente de Rolling Stones Records. Tenían un
sistema de compra por correo, tipo Sears y Roebuck; Mick había visto un catálogo (con el que yo no me
había topado jamás). Bueno, el tema es que nos pusimos a hablar: él todavía cantaba con un grupillo, las
movidas de Buddy Holly y tal. Yo no había ni oído hablar de nada de eso pero le dije: «Pues yo también
toco un poco… Podría ir a tocar con vosotros, probamos otras historias». Casi se me pasa la estación de
Sidcup porque todavía estaba copiando los números de las referencias de los discos de Chuck Berry y
Muddy Waters que llevaba Mick ese día. Rockin’ at the Hop: Chess Records CHD-9259.
Mick había visto tocar a Buddy Holly en el Wollwich Granada, ésa fue una de las razones por las que
me pegué a él como una lapa; y porque tenía muchos más contactos que yo; ¡y porque la colección de
discos de aquel tío era la leche! Yo no estaba nada metido en el mundillo musical por aquel entonces,
comparado con Mick, en cierto sentido era un paleto de tomo y lomo. Él en cambio tenía controlada la
movida de Londres, estaba estudiando económicas en la London School of Economics y conocía a gente
de todos los pelajes. Yo ni tenía dinero ni sabía un carajo de nada, como mucho llegaba a leer titulares
(«Eddie Cochran actúa con Buddy Holly») en revistas como New Musical Express. ¡Joder, cuando sea
mayor me voy a pillar una entrada! Pero claro, todos estiraron la pata antes.
Después de aquel encuentro, casi inmediatamente empezamos a quedar, y Mick cantaba y yo tocaba y
«¡oye, pues no suena mal!». Además no era un esfuerzo: no teníamos a nadie a quien impresionar excepto
a nosotros mismos y no nos interesaba impresionarnos… Yo estaba aprendiendo. Al principio
conseguíamos un disco nuevo, de Jimmy Reed por ejemplo, nos aprendíamos los acordes (yo) y la letra (él)
y sencillamente diseccionábamos las canciones hasta donde eso fuera posible:
—¿Va así?
—¡Pues sí, mira por dónde!
Y además nos divertíamos. Creo que los dos sabíamos que estábamos aprendiendo, y eran cosas que
queríamos aprender y aquello era diez veces mejor que ir a clase. Me imagino que en aquellos tiempos lo
que nos movía era la fascinación, el misterio de cómo se haría, de cómo era posible que sonara así, aquel
incontrolable deseo de que nuestro sonido molara tanto como aquél. Y luego conocías a un grupo de tíos
que estaban en lo mismo y a través de ellos a otros músicos y a más gente, y empezabas a creerte que se
podía conseguir.
Mick y yo debimos de pasar un año mientras se gestaban los Stones (e incluso antes) buscando discos
por todas partes. Había otra gente haciendo lo mismo, pateándose las tiendas y de paso reuniéndose en
ellas: aunque no tuvieras pasta para comprar nada ibas igual, a hablar. Pero Mick tenía contactos en el
mundillo del blues: había unos cuantos coleccionistas de discos, tipos que se las habían ingeniado para
encontrar una vía de acceso a lo que había en América antes que los demás: en Bexley-heath, por
ejemplo, vivía Dave Golding, que tenía contactos en Sue Records, así que gracias a él podíamos escuchar
a gente como Charlie and Inez Foxx (blues contundente de verdad), que tuvieron un gran éxito con una
canción titulada «Mockingbird» un poco después. Se decía que Golding tenía la mayor colección de discos
de soul y blues de todo el sudeste de Londres, y más allá incluso, y Mick lo conocía, así que solíamos ir a
su casa: no copiaba discos ni los mangaba, no tenía casetes ni cintas, pero en ocasiones sí que había
gente que hacía una copia de cinta a cinta de esto o aquello con una de aquellas Grundig. Los aficionados
al blues de los años sesenta eran una gente muy rara, ¡había que verlos! Se reunían en las casas, a la
manera de los primeros cristianos, sólo que en salitas de estar en algún lugar del sudeste de Londres, y
no necesariamente tenían algo más en común: las edades y profesiones variaban un montón. Realmente
era gracioso llegar a una casa donde lo único que importaba era que estaban escuchando lo nuevo de
Slim Harpo y eso era suficiente para que todo el mundo sintiera que los unía algo.
También se hablaba mucho de números de referencia…, y había un montón de conversaciones en voz
baja sobre si tenías el sello de goma-laca que certificaba que el disco era producto original de la
discográfica original. Al cabo de un rato, no se hablaba de otra cosa, y Mick y yo nos mirábamos de punta
a punta de la habitación y nos entraba la risa porque lo único que nos interesaba era enterarnos de algo
más sobre tal y tal nueva colección que acababa de salir y de la que habíamos oído algo por ahí. Para
nosotros, el verdadero atractivo era «¡joder, me encantaría sonar así!», ¡pero con menudos personajes
tenías que interactuar para conseguir el último disco de Little Milton! Los verdaderos puristas del blues
eran muy estirados y terriblemente conservadores, todo les parecía mal, eran los típicos repelentes con
gafas que se erigían en jueces de lo que era y no era realmente blues. Y tú pensando: «¿De verdad tienen
puta idea estos tíos?». Ahí los tenías, sentados en un cuarto de estar en Bexleyheath, Londres, una tarde
fría y lluviosa, escuchando «Digging My Potatoes»… No tenían ni idea de qué iban la mitad de las
canciones que escuchaban y, si lo hubieran sabido, se hubieran cagado del susto. Se habían hecho su
propia idea sobre lo que era el blues y estaban convencidos de que el de verdad sólo podían interpretarlo
negros de zonas rurales y, para bien o para mal, aquélla era su pasión.
Y desde luego la mía también, pero yo no tenía ganas de hablar del tema, no quería discutir sobre eso,
así que zanjaba el asunto con un: «¿Me podrías hacer una copia? Creo que sé lo que están haciendo pero
tendría que escucharlo con más calma para asegurarme». Básicamente, vivíamos para eso y, por aquel
entonces, era muy poco probable que ninguna tía nos desviara de nuestro objetivo, que siempre era algo
así como escuchar lo último de B. B. King o Muddy Waters.

Algún fin de semana los padres de Mick le dejaban su Triumph Herald y recuerdo que fuimos en él a
Manchester a un recital de blues donde actuaban Sonny Terry, Brownie McGhee y John Lee Hooker. Y
Muddy Waters: íbamos sobre todo a verlo a él, pero también queríamos escuchar a John Lee. También
actuaban muchos más, Memphis Slim, por ejemplo. Era una gira europea. Muddy salió al escenario con
su guitarra acústica y se puso a tocar los típicos tenías al estilo del delta del Misisipi: media hora en el
cielo; luego hubo un descanso y cuando volvió a salir venía con la eléctrica y el grupo entero enchufado…
¡prácticamente lo echaron del escenario con tanto abucheo! Pero él siguió, igual que un tanque, algo
parecido a lo que había hecho Bob Dylan en el Albert Hall un año antes. El caso es que el ambiente era
hostil, y ahí fue donde comprendí que en realidad la gente no escuchaba la música, que sólo les
interesaba formar parte de una especie de club de selectos eruditos. Muddy y su grupo tocaron de
maravilla, la banda era excepcional, me parece que llevaba a Junior Wells, y a Hubert Sumlin también.
Pero, para aquel público, el blues sólo era blues si alguien salía al escenario con un peto azul y cantaba
sobre la parienta que lo había abandonado. Ninguno de aquellos puristas del blues sabía tocar ningún
instrumento, pero sus negros tenían que ser negros de verdad, de los que dicen a todo «sí, señó» y van
con peto vaquero cuando, en realidad, son tíos de ciudad y no pueden estar más en la onda. ¿Qué tenía
que ver la eléctrica con todo aquello? Eran las mismas notas, sólo que tocadas un poco más fuerte y con
un poco más de contundencia. Pero no, según los puristas «eso es rock and roll, ¡que no me joda!». Lo
que querían era una foto fija, no se enteraban de que, escucharan lo que escucharan, siempre iba a ser
parte de un proceso, que siempre iba avenir de algún sitio e iba a evolucionar hacia otro.
En aquellos tiempos, las pasiones se desataban con mucha facilidad: no eran sólo los mods contra los
moteros, o el odio que nos tenían los tradicionalistas del jazz (que se sentían amenazados) a los
roqueros… Se montaban unas micropeleas que hoy resultarían increíbles. La BBC estaba retransmitiendo
en directo el Festival de Jazz de Beaulieu en 1961 cuando los tradicionalistas y los partidarios del jazz
más moderno empezaron a darse de leches y se montó tal batalla que tuvieron que cortar la emisión. Los
puristas consideraban que el blues era parte del jazz, así que cuando vieron las guitarras eléctricas les
pareció una traición, lo interpretaron como que toda una subcultura bohemia estaba siendo amenazada
por la chusma vestida de cuero. Sin duda había un trasfondo político en todo aquello. Alan Lomax y Ewan
MacColl (cantantes y famosos coleccionistas de folk, los patriarcas, poco menos que los ideólogos, del
folk) adoptaron la posición de que aquella música pertenecía al pueblo y había que protegerla de la
corrupción capitalista. Por eso «comercial» era poco menos que una palabrota en aquellos días. Más aún,
las batallas dialécticas de la prensa musical se parecían mucho a las peloteras de los políticos:
expresiones como «carniceros», «asesinato legal» o «venderse al mejor postor» estaban a la orden del
día. Se montaban unas discusiones ridículas sobre la cuestión de la autenticidad y, sin embargo, el hecho
era que los músicos de blues ciertamente tenían su público en Inglaterra. En Estados Unidos, la mayoría
de esos artistas se habían acostumbrado a tocar en cabarés y pronto se dieron cuenta de que esa fórmula
no funcionaba demasiado bien en el Reino Unido. Aquí podías tocar blues. Big Bill Broonzy se dio cuenta
de que se podía sacar bastante pasta en Europa si dejaba el blues de Chicago y se pasaba al blues con
aire folk. La mitad de esos negros no volvieron a América porque cayeron en la cuenta de que los habían
estado tratando como a la mierda mientras que, por otro lado, había un montón de danesas encantadoras
dispuestas a cualquier cosa para hacerles la vida agradable. ¿Para qué iban a volver? Se encontraron con
que, después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa los trataban bien, desde luego en París, adonde
se fueron Josephine Baker, Champion Jack Dupree y Memphis Slim. Y por eso también Dinamarca se
convirtió en una especie de santuario para los músicos de jazz en los años cincuenta.

Mick y yo tenemos exactamente el mismo gusto musical. Nunca nos hizo falta cuestionar ni explicar
nada, simplemente cuando oíamos algo nos mirábamos inmediatamente y ya estaba todo dicho. Lo
fundamental era el sonido: oíamos un disco y juzgábamos, «no está bien, no es auténtico» o «eso sí que es
auténtico»; o era o no era el rollo, fuera el tipo de música que fuera. Había música pop que me encantaba,
sí era el rollo. Pero desde luego existía un criterio claro de lo que era y no era el rollo. Y muy estricto.
Antes que nada, creo que para Mick y para mí era cuestión de aprender más, de saber que había mucho
más ahí fuera, porque luego nos dio por el rhythm and blues, y también nos encantaba el pop: las
Ronettes, o las Crystals. Me podía pasar toda la noche escuchándolas; eso sí, en el momento en que te
subías a un escenario e intentabas tocar una de aquellas canciones era algo así como «¡anda, márchate
de vuelta al cuarto oscuro!».
Pero yo andaba buscando el corazón de todo aquello, la expresión. No habría existido el jazz sin el
blues de los esclavos, y estamos hablando de esa versión particular más reciente de la esclavitud, no de
los pobres celtas padeciendo bajo la ocupación romana… Esa gente las había pasado putas, y no sólo en
América, pero los supervivientes de todo aquello habían creado algo que era muy elemental: no lo captas
con la cabeza sino con las entrañas, es algo que va más allá de la musicalidad (que al final es muy variada
y flexible), y hay muchos tipos de blues. Está el blues más ligero y el de la ciénaga, y en el de la ciénaga
es fundamentalmente donde me siento como en casa. No hay más que escuchar a John Lee Hooker: toca
de una forma poco menos que arcaica, la mayoría de las veces pasa de los cambios de acorde, los sugiere
más que los toca y, si está tocando con alguien, los acordes de ese otro músico cambian pero los de él no,
él no se mueve. Y además es algo implacable. Y la otra cuestión fundamental (aparte de la voz y el sonido
feroz de la guitarra) era el acompañamiento rítmico con el pie, como una serpiente gigante que se
acercaba reptando. Siempre llevaba un bloque rectangular de madera para amplificar el golpeteo del pie.
Bo Diddley era otro al que le encantaba tocar sólo un acorde elemental, todo en un acorde, y lo único que
cambia es la voz y la manera de tocar. De todo esto, la verdad es que sólo aprendí más mucho tiempo
después. Por otro lado, las voces tenían mucha fuerza, en especial las de Muddy, John Lee, Bo Diddley…
No cantaban muy alto necesariamente, pero eran voces que venían de muy adentro, todo el cuerpo
cantaba, la voz no salía del corazón sino de un lugar más hondo todavía, de las entrañas. Eso siempre me
impresionó. Y por eso hay mucha diferencia entre los cantantes de blues que no tocan y los que sí, ya sea
el piano o la guitarra, porque éstos tienen que desarrollar su propio código de llamada y respuesta:
cantas y entonces tienes que tocar algo que responda o que plantee otra pregunta, y luego resuelves; eso
hace que los tiempos y el fraseo cambien. En cambio, si eres un cantante solista te concentras en cantar y
en la mayoría de los casos es mejor, pero a veces se produce una especie de divorcio entre la voz y la
música.
Un día, al poco de habernos encontrado en la estación, Mick y yo fuimos a pasar el fin de semana a la
costa de Devon con mis padres y tocamos en un pub. No queda más remedio que volver a invocar al
fantasma de Doris para relatar aquel viaje tan raro, porque yo la verdad es que recuerdo poca cosa, pero
seguro que, si nos animamos a tocar, fue porque algo vimos, porque volvió a aparecer el destello en el
horizonte.

Doris: Un verano nos llevamos a Keith y a Mick a Beesands, en Devon, a pasar un fin de semana. Debían de tener
dieciséis años, diecisiete como mucho. Entonces se podía ir en autobús desde Dartford. Mick estaba más aburrido
que una ostra («es que no hay tías, no hay tías», se quejaba). La verdad es que no había nadie. El sitio es
precioso. Habíamos alquilado una casita en la playa y los chicos pescaban arenques ¡junto a la puerta! Luego los
vendían por seis peniques la pieza. No tenían mucho con que entretenerse: nadar… Se fueron al pub del pueblo
porque Keith se había traído la guitarra y todo el mundo se quedó bastante impresionado con lo bien que tocaban.
La vuelta la hicieron en coche con nosotros (unas ocho o diez horas de viaje en el Vauxhall que teníamos) y, cómo
no, empezó a fallarle la batería y nos quedamos sin luces. Me acuerdo de parar justo delante de la casa de Mick y
de la señora Jagger esperando a la puerta: «¿Pero dónde estabas? ¿Por qué vienes tan tarde?». Fue un viaje
infernal.

Mick salía con Dick Taylor, su amigo del instituto que también iba al Sidcup, y yo empecé a ir con ellos en
1961. También era del grupo Bob Beckwith, que tocaba la guitarra y tenía amplificador, lo que lo
convertía en un personaje realmente importante. En los primeros tiempos, muchas veces conectábamos
tres guitarras a un solo amplificador. Nos pusimos de nombre Little Boy Blue y los Blue Boys. Mi guitarra,
esta vez una Höfner archtop con cuerdas de acero, era Blue Boy (lo llevaba escrito en la cara) y por tanto
yo era Boy Blue. Esa fue mi primera guitarra con cuerdas de acero, sólo se la ve en fotos de actuaciones
anteriores a nuestro verdadero despegue. La compré de segunda mano en Ivor Mairants, al lado de
Oxford Street: se veía por las marcas y las manchas de sudor en el diapasón que sólo había tenido un
dueño y que éste era de los que tocan por arriba los punteos rápidos o de los que se manejan sobre todo
con los acordes; el diapasón es como un mapa, una especie de sismógrafo. Aquella guitarra me la dejé en
el metro, en la línea de Victoria o en la de Bakerloo. ¿Pero qué mejor lugar para enterrarla que la línea de
Bakerloo? Era de las que dejan cicatrices en las yemas de los dedos.
Nos reuníamos en el cuarto de estar de Bob Beckwith en Bexley-heath, y también fuimos a casa de
Dick Taylor un par de veces. Por aquel entonces Dick era de los muy aplicados, caía más bien del lado de
los puristas, lo cual no impidió que se convirtiera al cabo de un par de años en uno de los integrantes de
los Pretty Things. Pero con el blues era muy académico, y de hecho nos vino bien que lo fuera porque los
demás íbamos todos un poco por libre y lo mismo nos daba tocar «Not Fade Away» o «That’ll Be the Day»
o «C’mon Everybody» que lanzarnos directamente a «I Just Want to Make Love to You». Todo nos parecía
lo mismo. Bob Beckwith tenía una Grundig y con ella hicimos nuestra primera cinta todos juntos, nuestro
primer intento de grabar algo. Mick me dio hace tiempo una copia que había recuperado en una subasta:
una grabación de cinta a cinta con un sonido terrible. Nuestro repertorio inicial incluía «Around and
Around» y «Reelin’ and Rockin’» de Chuck Berry, «Bright Lights, Big City» de Jimmy Reedy, como guinda
del pastel, «La Bamba» cantada por Mick con una letra inventada en español macarrónico.

El rhythm and blues fue la puerta de entrada. Cyril Davies y Alexis Korner montaron un club, el punto
de encuentro de los jueves por la noche en el Ealing Jazz Club para los forofos del blues. Sin ellos, igual
no habría pasado nada, allí era donde podía acudir todo el mundillo del blues, todos aquellos
coleccionistas de Bexleyheath. La gente que veía los anuncios de los conciertos de los jueves bajaba hasta
de Manchester y Escocia para reunirse con otros devotos y oír a la Blues Incorporated de Alexis Korner,
que tenía al joven Charlie Watts a la batería y a veces a Ian Stewart al piano. ¡Allí fue donde me enamoré
de estos tíos! Prácticamente ningún pub incluía música así en la programación en aquellos tiempos. Allí
era donde nos reuníamos todos a intercambiar ideas y discos y pasar el rato. El rhythm and blues era una
distinción muy importante en los sesenta: o eras de los que les iba el jazz y el blues, o eras más de rock
and roll, pero el rock and roll había muerto (ya no quedaba nada) y se había transformado en pop.
Rhythm and blues era un término en el que no hacíamos más que insistir porque en definitiva significaba
grupos de jump blues muy potentes de Chicago. Atravesaba barreras. Solíamos suavizar un poco el golpe
a los puristas interesados en nuestra música que se resistían a aprobarla diciendo que no era rock and
roll sino rhythm and blues: una absurda clasificación de rollos que, al final, eran lo mismo; sólo dependía
de cuánto acentuaras el segundo y el cuarto tiempo en un compás de cuatro, el backbeat, o de lo vistoso
que tocaras.
Alexis Korner fue el padre del mundillo bluesero en Londres: él no tocaba demasiado bien, pero era un
hombre generoso y un verdadero cazador y promotor de talentos, además de una especie de intelectual
en el mundo de la música: daba clases de blues y jazz en sitios como el Instituto de Arte Contemporáneo.
También trabajó para la BBC haciendo entrevistas y pinchando, lo que equivale a decir que tenía trato
directo con Dios. El tío sabía un huevo y conocía a todos los músicos que merecían la pena. Era medio
austriaco medio griego y se había criado en el norte de África. Tenía una pinta agitanada con aquellas
inmensas y frondosas patillas, pero hablaba un inglés muy preciso con una voz sonora y un acento
británico de vieja escuela.
El grupo de Alexis era excelente. Cyril Davies tocaba la armónica como nadie, uno de los mejores que
he oído en mi vida. Trabajaba en un taller de chapa en Wembley y sus ademanes eran precisamente los
que habría cabido esperar de un mecánico de chapa de Wembley de los que se bajan el burbon a litros.
Claro que también lo envolvía una especie de aura porque había estado en Chicago y había visto a Muddy
y a Little Walter, así que había vuelto con ese halo que digo… A Cyril no le caía bien todo el mundo, y
nosotros no le gustábamos porque en cierto modo le recordábamos que soplaban vientos de cambio y él
no quería cambiar. Murió al poco tiempo, en 1964, pero para entonces ya se había separado del grupo de
Alexis para formar la R&B All-Stars, que tocaba todas las semanas en el Marquee durante el 62 (cuando
nosotros actuamos ahí por primera vez).
El Ealing Club era un club de jazz tradicional que invadían una noche a la semana, un local animado,
de atmósfera turbia, donde la condensación te llegaba a veces a los tobillos. Estaba justo debajo de la
estación de metro de Ealing, y el techo sobre el escenario era el típico empedrado de vidrio. Vamos, que
estabas tocando y oías a la gente caminando por encima de tu cabeza. De vez en cuando Alexis decía
«¿queréis venir a tocar?», y allí acababas: tocando la guitarra con el agua por los tobillos,
encomendándote a todo para que las tomas de tierra estuvieran bien hechas porque si no iban a saltar
chispas de verdad… Mi equipo siempre andaba muy justo: cuando empecé con las cuerdas de acero, éstas
eran muy caras, así que si se me rompía una la guardaba, y cuando se rompiera la siguiente la
empalmaba con otra, tensaba bien ¡y funcionaba!: con que la cuerda diera para todo el diapasón ya valía,
la atabas justo por encima de la cejilla y luego con el empalme llegabas hasta las clavijas. ¡Hasta cierto
punto no afectaba a la afinación! Te apañabas con media cuerda por aquí y otra media por allá, ¡y dando
gracias a Dios por todos aquellos nudos que había aprendido en los scouts!
Yo tenía una cosa que se llamaba «pastilla De Armond», algo bastante único: la podías colocar en la
tapa y se deslizaba arriba y abajo sobre un eje. No teníamos pastillas de bajo ni de trémolo, así que si
querías un sonido más suave, deslizabas el puto aparatejo por el eje hacia arriba en dirección al cuello y
así conseguías un sonido más de bajo. Y si querías trémolo, lo deslizabas hacia abajo. Por supuesto los
cables se jodían cada dos por tres, así que yo llevaba siempre encima un soldador para las emergencias,
porque podías estar deslizando el cacharro aquel arriba y abajo y de repente se te rompía, no aguantaba
nada. Me pasaba el día soldando y recableando detrás del amplificador, un Little Giant del tamaño de una
radio. Fui de los primeros en tener amplificador; antes de eso, nos apañábamos todos con las grabadoras
de cintas. Dick Taylor solía enchufarse a una de la marca Bush que tenía su hermana. Mi primer
amplificador fue una radio: simplemente desmonté el trasto. Mi madre se cabreó un huevo: la radio no
funcionaba porque yo la había desmontado para enchufar la guitarra intentando sacarle un sonido al
tema. Todo aquel bricolaje no fue mal entrenamiento para después, para afinar al máximo el sonido y
casar guitarras con amplis. Empezamos de cero, con tubos y válvulas; a veces, si quitabas una válvula
conseguías un sonido guarro, sucio, porque estabas forzando mucho la máquina, la estabas haciendo
trabajar el doble; y si ponías una válvula doble, entonces el sonido era más dulce. Me electrocuté un
montón de veces porque siempre se me olvidaba desenchufar el puto aparato antes de ponerme a
picotearle las tripas.

A Brian Jones lo conocimos en el Ealing Jazz Club. Por aquel entonces se hacía llamar Elmo Lewis
(quería ser como Elmore James): «Pues, tío, te vas a tener que poner al sol y crecer unos cuantos
centímetros». El caso es que la técnica del slide guitar, tocar deslizando un tubo o un cuello de botella
por los trastes, era algo nunca visto en Inglaterra, y Brian lo hizo esa noche. Tocó «Dust My Broom» y fue
increíble. Tocaba de maravilla. Todos estábamos impresionados con Brian. Me parece que Mick fue el
primero que se levantó para hablar con él y supo que tenía su propio grupo, la mayoría de cuyos
miembros se largaron durante las semanas siguientes.
Mick y yo habíamos ido juntos al club a hacer unas cuantas de Chuck Berry, lo cual molestó mucho a
Cyril Davies, que creía que aquello era rock and roll y además no sabía tocarlo en cualquier caso. Cuando
empiezas a tocar en público, y encima con tíos que ya lo han hecho antes, eres el último mono y siempre
tienes la sensación de estar pasando un examen: tienes que presentarte a la hora, con todo el equipo en
perfecto estado de funcionamiento (cosa rara en mi caso), tienes que dar la talla. De repente estás
jugando en el patio de los mayores y ya no es cuestión de hacer un poco el chorra en gimnasios de
colegio. ¡Joder, es profesional! Por lo menos semiprofesional: profesional sin cobrar.

Más o menos por aquella época dejé la escuela de arte. Llega un día en que los profesores te salen con
«¡vaya, esto no está nada mal!» y te mandan a J. Walter Thompson a una entrevista de trabajo y, para
entonces, hasta cierto punto ya sabes lo que te espera: tres o cuatro sabelotodos con las proverbiales
pajaritas: «¿Keith, verdad? Encantado. Bueno, a ver qué nos has traído —tú sacas tu carpeta y le enseñas
algunos de tus trabajos—. Mmm… Yo diría que le vamos a echar un vistazo a todo esto con calma, Keith,
no tiene mala pinta. Por cierto, ¿haces bien el té?». Le contesté que sí pero no para él, me largué con mi
carpeta debajo del brazo (era verde) y la tiré en la primera papelera que encontré en cuanto llegué a la
calle. Ese fue mi último intento de incorporarme a la sociedad en los términos que ésta marcaba. Segunda
vez que me enseñaban la puerta. Yo no tenía ni la paciencia ni la habilidad necesarias para hacer de
correveidile en una agencia de publicidad, iba a acabar siendo el chico del té… Cierto que no fui muy
amable en la entrevista… En realidad, lo que necesitaba era una excusa para que me dieran la patada,
para que me empujaran hacia la música. Me dije: bueno, tengo dos años libres, no hay que hacer mili; me
voy a convertir en músico de blues.
La primera vez que fui al Bricklayers Arms, un pub mugriento que había en el Soho, fue a ensayar con
lo que acabaría siendo los Stones. Creo que era mayo del 62, una tarde preciosa de primavera. El pub
estaba muy cerca de Wardour Street, en un callejón. Llego con la guitarra a cuestas y acaban de abrir:
típica camarera entrada en años con un pelo rubio teñido muy chillón; todavía no hay mucha clientela;
olor a cerveza rancia. En cuanto ve la guitarra, la camarera me suelta: «Arriba». Se oía desde abajo el
piano de boogie-woogie, temas increíbles de Meade Lux Lewis y Albert Ammons. De repente es como si
me transportaran a otro lugar, ¡me siento un verdadero músico y todavía ni he llegado al piso de arriba!
Pero podría haber estado en Chicago o en medio de Misisipi… Tengo que subir y conocer a ese tipo que
está tocando, tengo que tocar con él. Y si no estoy a la altura, pues entonces lo dejo y se acabó. En eso iba
pensando mientras subía las escaleras (ñic, ñac, ñic), pero, en cierto modo, cuando las bajé era otra
persona.
Ian Stewart estaba solo en la habitación, cuyo único mobiliario consistía en un sofá destripado por la
mitad y con el relleno fuera. Llevaba unos pantalones cortos de estilo tirolés y tocaba en un piano de
pared, de espaldas a mí, ya que por la ventana estaba vigilando la bici (que había dejado en la calle) y, al
mismo tiempo, observando a las strippers que iban de un club a otro con las sombrereras en la mano y la
peluca puesta: «¡Buff, mira eso!». Durante todo ese rato, las notas de una canción de Leroy Carr brotaron
sin parar de sus dedos. Yo aparecí con la guitarra metida en una funda de plástico marrón y me quedé allí
de pie sin saber qué hacer: era como si te llevaran al despacho del director de la escuela. Sólo esperaba
que no fallase mi amplificador.
Stu había ido al Ealing Club porque había visto uno de los anuncios que puso Brian Jones en Jazz News
durante la primavera del 62 buscando músicos interesados en formar un grupo de R&B. Brian y Stu
empezaron a ensayar con un montón de músicos: todo el mundo ponía dos libras para pagar el alquiler de
la habitación en el piso de arriba del pub. A Mick y a mí nos había visto en el Ealing Club tocando un par
de cosas y nos invitó a participar. De hecho, para reconocerle a Mick el mérito debido, he de decir que
Stu recordaba que Mick ya había estado en los ensayos y lo invitó, pero Mick dijo: «Sólo si viene Keith
también».
—¿Así que has encontrado el pub sin problemas?
Yo me puse a tocar, pero él me espetó:
—No irás a tocar un rock and roll de mierda, ¿verdad?
Stu tenía especial prevención contra el rock and roll, le parecía una música sospechosa.
—Sí —le solté yo, y me puse a tocar un poco de Chuck Berry.
—¡Oye!, ¿conoces a Johnnie Johnson? —me preguntó. (Johnnie era el pianista de Chuck).
Nos pusimos manos a la obra: boogie-woogie y nada más. Luego fueron llegando los otros poco a poco:
no sólo Mick y Brian, también Geoff Bradford (un guitarrista que hacía slide como nadie y había tocado
con Cyril Davies) y Brian Knight (un forofo del blues fascinado por «Walk On, Walk On», sabía tocar ésa y
punto). Así que Stu podría haber tocado con esa gente, nosotros éramos como de tercera regional; a Mick
y a mí nos había convocado para ver qué tal, como prueba. Aquellos tíos tocaban en clubes con Alexis
Komer, sabían un montón, y nosotros éramos unos novatos en esos círculos. Me di cuenta de que Stu se
veía en la tesitura de elegir o no a aquellos músicos de blues tradicional y más bien folclórico, porque
para entonces yo ya había estado tocando con él boogie-woogie del bueno y algo de Chuck Berry, y
además mi equipo se había portado… Hacia el final de la noche, sin embargo, yo ya tenía claro que
aquello iba a ser el principio de un grupo nuevo. Aunque nadie dijo nada, yo sabía que había conseguido
llamar la atención de Stu. Geoff Bradfordy Brian Knight acabarían formando su propio grupo, Blues by
Six, que tuvo bastante éxito, pero básicamente eran músicos tradicionales que no tenían la menor
intención de tocar nada más que lo ya conocido: Sonny Terry y Brownie McGhee, Big Bill Broonzy… Creo
que ese día Stu percibió lo que estaba en juego después de oírme cantar «Sweet Little Sixteen» y «Little
Queenie»; de algún modo hubo un pacto sin palabras. Simplemente conectamos:
—Entonces nos vemos otro día, ¿no?
—Hasta el jueves que viene —me contestó.
Ian Stewart. Todavía trabajo para él. Entiendo que los Rolling Stones le pertenecen: sin sus
conocimientos y su capacidad organizativa, sin el paso que dio arriesgándose a tocar con un puñado de
mocosos (un paso a ciegas considerando de dónde procedía él mismo), no habríamos llegado a ninguna
parte. No sé qué fue lo que Stu y yo vimos el uno en el otro, qué nos atrajo mutuamente, pero sin lugar a
dudas él fue el principal motor de todo lo que vino después. Para mí Stu era un tipo mucho mayor, aunque
la verdad es que sólo tenía tres o cuatro años más, pero a esa edad era una gran diferencia. Además
conocía a mucha gente y yo ni conocía a nadie ni sabía nada; acababa de llegar del culo del mundo.
Me parece que le empezó a gustar pasar tiempo con nosotros, que sentía que teníamos una energía
interesante, así que, no sé muy bien cómo, todos aquellos músicos de blues desaparecieron del mapa y
nos quedamos sólo Brian, Mick, Stu y yo con Dick Taylor tocando el bajo. Ese era el esqueleto del grupo
inicial y estábamos buscando un batería. Recuerdo que comentamos: «¡Dios, sería fabuloso si pudiéramos
pagar a Charlie Watts!». A todos nos parecía que Charlie Watts tenía poco menos que un don divino para
tocar la batería; así que Stu lanzó la red. Charlie dijo que estaba dispuesto a hacer tantas actuaciones
como fuera posible, pero tenía que ganar lo suficiente para compensar los viajes en metro con la batería a
cuestas: «Si me decís que tenéis un par de bolos en firme por semana, me apunto».
Stu sí que era firme, un tío con un aspecto sensacional, con una mandíbula prominente, pero guapo.
Estoy seguro de que su aspecto había tenido bastante que ver con su carácter y la manera como
reaccionaba la gente ante su presencia desde que era niño. Era un poco distante, muy seco, sencillo, y no
paraba de soltar frases que no venían a cuento: por ejemplo, a conducir bastante deprisa lo llamaba
«avanzar a una notabilísima velocidad en nudos». La autoridad natural que ejercía sobre nosotros, algo
que no cambió nunca, la expresaba con frases del tipo «¡venga ya, flores de pitiminí!» o expresiones como
«mis niños prodigio de tres acordes» o «mis surtidores de mierda». Buena parte del rock and roll que yo
tocaba lo horrorizaba; durante años no soportó a Jerry Lee Lewis («no es más que un montón de
aspavientos histriónicos»), pero al final acabó entrándole por los oídos y hubo de reconocer que Jerry Lee
era una de las mejores zurdas de todos los tiempos. La extravagancia y el espectáculo escandaloso no
eran su rollo: le gustaba tocar en clubes donde no había que llamar la atención.
Durante el día, Ian tenía un trabajo de los de traje y corbata en Imperial Chemical Industries, cerca del
Victoria Embankment, que fue casi con lo que nos financiaríamos después el alquiler de la habitación
para los ensayos. Hay que reconocerle que invertía el dinero en lo que le daba de comer, por lo menos en
lo que alimentaba su corazón, aunque de ese tema no hablaba mucho. La única fantasía que se permitía
Stu era aquel rollo de que era el legítimo heredero de Pittenweem, que es un pueblo de pescadores que
hay al otro lado del río a la altura del campo de golf de St. Andrews, siempre se andaba quejando de que
se lo habían usurpado por culpa de no sé qué líos entre linajes escoceses. ¡Cómo vas a discutir con un tío
así!
—¿Por qué no se oye el piano?
—Perdona, pero estás hablando con el señor de Pittenweem.
(Es decir: «Disculpa, pero ¿sabes?, este tema no merece ni medio minuto de discusión»).
Recuerdo que una vez le pregunté:
—¿Y cómo es la tela del clan de los Stewart?
—Pues blanca y negra con varios colores —me soltó.
Stu era un tipo seco que le veía el lado cómico a las cosas, y fue él quien tuvo que ir limpiando por
detrás cuando se montaba un follón. Había muchos tíos que podían tener una técnica diez veces mejor,
pero él tenía una sensibilidad en la mano izquierda que lo situaba a años luz del resto. Igual era verdad
que era el señor de Pittenweem, no sé, pero lo que es seguro es que su mano izquierda era de Chicago.

Para entonces Brian ya tenía tres hijos con tres mujeres distintas y vivía en Londres con la segunda,
Pat, y el hijo de ambos después de haber tenido que salir por patas de Cheltenham. Vivían en un sótano
lleno de humedades en Powis Square, con hongos en las paredes. Allí fue donde oí por primera vez a
Robert Johnson y Brian me tomó bajó su ala y empecé a profundizar de vuelta en el blues con él: lo que
oía me dejaba sin palabras, porque no era sólo tocar la guitarra, sino también escribir canciones,
interpretar, a un nivel completamente diferente. Y al mismo tiempo, nos desconcertaba, porque no se
trataba de un grupo sino de un solo tío. Al final la pregunta siempre era: ¿cómo podemos hacer lo mismo?
Y nos dimos cuenta de que los tipos que más tocábamos, como Muddy Waters, también habían crecido
con Robert Johnson y habían adaptado lo que oían al formato de grupo; en otras palabras: era
simplemente una progresión. Robert Johnson era como una orquesta andante en sí mismo, algunas de sus
mejores canciones tienen una estructura que es casi como la de las piezas de Bach. Por desgracia, la cagó
con las tías y no vivió mucho, pero fue un torrente de inspiración increíble. Y, de lo que no hay duda, es de
que nos ofrecía una plataforma sobre la que trabajar, igual que se la había dado a Muddy y todos los
demás que escuchábamos a todas horas. Lo que descubrí sobre la música y el blues, al remontarme al
origen de las cosas, era que nada aparecía por generación espontánea, que por muy bueno que fuera
algo, no era el resultado de un único golpe de genialidad. Un tío genial escuchaba a otro tío genial y lo
que producía era su propia variación sobre el tema, así que de repente te dabas cuenta de que todo el
mundo estaba conectado. No hay uno que es fantástico y los demás son una mierda, todos están
interconectados. Y cuanto más te remontabas en la música y el tiempo, y con el blues te vas a los años
veinte porque, a fin de cuentas, te estás peinando todas las grabaciones que existen, al final das gracias a
Dios por que se inventara la grabación: es lo mejor que le ha pasado a la humanidad desde la aparición de
la escritura.
Claro que a veces se colaba la realidad en tu mundo: en este caso, Mick había ido a ver a Brian una
noche, completamente borracho; se encontró con que Brian no estaba y se tiró a su parienta. Aquello
provocó un terremoto, Brian se cabreó de verdad y al final Pat lo dejó. A él además lo echaron del piso. Y
Mick, que se sentía responsable, le encontró otro en una casa destartalada en Beckenham, en una calle
tranquila de barrio periférico, y nos fuimos todos a vivir allí. En 1962, me trasladé de casa de mis padres
a aquel piso, aunque fue de forma gradual: primero una noche fuera de vez en cuando, luego una semana,
y al final para siempre, pero no hubo una fecha exacta ni un día en que cerrar la cancela a mis espaldas
para no volver.
Doris tenía que decir lo siguiente sobre este tema:

Doris: Desde los dieciocho hasta que se marchó de casa a los veinte, Keith siempre andaba entre dos trabajos,
nunca tenía nada seguro, por eso su padre estaba tan mosqueado («córtate el pelo y búscate un trabajo»). Yo
esperé hasta que Keith se marchara para hacer lo mismo, nunca me habría ido mientras él siguiera viviendo en
casa, no lo podía dejar tirado, ¿verdad? Sólo de pensarlo se me rompe el corazón. Y luego, el día en que me
marché, Bert se fue a trabajar, y Keith ya no estaba. Recuerdo que salí de casa con una factura de la luz en la
mano y se la mandé por correo a Bert para que la pagara él. Un gesto bonito, ¿eh? Bill compró un piso bajo
porque le dije que tenía que irme de casa, así que vio unos apartamentos que estaban acabando de construir, se
enteró, llegó a un acuerdo con la constructora y allí nos mudamos. Bill tenía algo de dinero, con lo que lo pudo
pagar al contado. El primer teléfono que tuve fue cuando Bill compró uno para aquel piso. Recuerdo que llamé a
Keith una noche:
—¿Diga?
—Keith, Bill y yo nos hemos mudado a un piso, y tenemos teléfono, ¿no es genial?
Por lo visto a él no le pareció tan estupendo como a mí.
Fue en Beckenham donde misteriosamente se empezó a formar a nuestro alrededor un pequeño grupo de
fans que incluía a Haleema Mohamed, mi primer amor. Hace poco alguien me vendió mi diario de 1963
(es el único diario que he escrito jamás, en realidad un registro de la evolución de los Stones en aquellos
primeros y difíciles tiempos), me lo debí de dejar en uno de los pisos por los que fuimos pasando, y quien
lo encontró lo había guardado todos esos años. El caso es que en la funda interior del diario hay una foto
tamaño carné de Lee, como la llamaba yo. Era toda una belleza, con rasgos ligeramente indios y unos
ojos… (siempre me pillaban por los ojos). La sonrisa también era preciosa, y tanto los ojos como la sonrisa
estaban en aquella foto, tal y como los recordaba. Era por lo menos dos o tres años más joven que yo
(debía de tener quince, a lo sumo dieciséis), y su madre era inglesa. Al padre no lo vi jamás, pero
recuerdo haber conocido al resto de la familia, de ir a recogerla a Holborn y entrar a saludar.
Estaba enamorado de Lee. Nuestra relación fue tiernamente candorosa, tal vez en parte porque si nos
lo hubiéramos querido montar tendría que haber sido en una habitación llena de gente, como hacían Mick
y Brian; además ella era muy joven y vivía con sus padres en Holborn; era hija única como yo.
Seguramente tuvo que aguantar lo que no está escrito, por mucho que yo le gustara, y me queda claro
que por lo menos rompimos una vez y luego nos reconciliamos porque así quedó recogido (no sin un
cierto regusto amargo) en el diario: «Segunda vuelta».
Lee era una de las chicas de un grupo de amigas que solían venir a vernos allá por 1962. No sé de
dónde salieron, aunque en el diario se dice que las conocíamos por lo menos de una ocasión anterior en el
Colyer Club. Por aquel entonces no teníamos club de fans, aquéllos eran los días anteriores al club. Más
aún, ni siquiera recuerdo si ya hacíamos actuaciones o no. Sí me consta que nos pasábamos las horas
ensayando y aprendiendo y, no sé cómo, nos asediaron unas cuantas quinceañeras (serían cinco o seis) de
Holborn y Bermondsey; hablaban en una fabulosa jerga cockney. La verdad es que te salían con unas
expresiones increíbles. Aunque eran muy jóvenes, se impusieron como tarea cuidar de nosotros y venían a
lavarnos la ropa y cocinar; y luego se quedaban a pasar la noche y hacían el resto. La verdad es que no
era para tanto porque el sexo, por aquel entonces, era más bien cuestión de «hace fresco, ven que así nos
damos calor». Teníamos una calefacción que funcionaba con monedas y… se habían acabado las monedas.
Yo estuve enamorado de Lee durante mucho tiempo; se portó muy bien conmigo. No es que hubiera una
atracción sexual tremenda ni nada por el estilo, era sólo que fuimos congeniando. Seguramente nos
agarramos una medio cogorza algún día, y eso también influye. El hecho es que siempre que nos veíamos
nos mirábamos todo el rato y era como si supiéramos que había algo entre nosotros… La cuestión era si
íbamos a cruzar la raya y hacer algo al respecto, que al final es lo que suele pasar. Y, según el diario, ella
volvió para jugar una segunda vuelta.
Debía de estar saliendo con Lee cuando nos dieron nuestro primer bolo como Rolling Stones, un
nombre que horrorizaba a Stu. Brian, después de enterarse de cuánto iba a costamos la llamada,
telefoneó a Jazz News, que servía un poco de guía en el mundillo, y dijo:
—Tenemos un bolo en…
—¿Y cómo se llama tu grupo?
Nos quedamos mirándonos los unos a los otros con cara de sorpresa: «¿El rollo este? ¿La movida que
hemos montado?». Y la llamada costaba pasta. ¡Muddy Waters, ven a rescatarnos! La primera canción de
The Best of Muddy Waters es «Rollin’ Stone»; la funda del disco estaba por el suelo en ese momento. A la
desesperada, Brian, Mick y yo nos tiramos a la piscina —Los Rolling Stones. ¡Joder, qué momento de
tensión! Gracias a no pensárnoslo mucho nos ahorramos seis peniques.
¡Un bolo! El grupo de Alexis Korner iba a actuar en una retransmisión en directo de la BBC el 12 de
julio de 1962 y nos pidieron que tocáramos por ellos en el Marquee. El batería esa noche fue Mick Avory,
no Tony Chapman como extrañamente se cree; y Dick Taylor tocó el bajo. Los Stones de los primeros
tiempos (Mick, Brian y yo) tocaban su repertorio de siempre: «Dust My Broom», «Baby What’s Wrong?»,
«Doing the Crawdaddy», «Confessin’ the Blues», «Got My Mojo Working». Ahí estás tocando con tus
colegas y piensas: «¡Sí, mola un huevo!». Es una sensación impagable. Y llega un momento en que te das
cuenta de que realmente has abandonado el planeta durante un rato y de que eres intocable flotando a
varios metros del suelo porque estás con otros tíos que quieren hacer exactamente lo mismo que tú y,
cuando funciona, eso te da alas. Sabes que te has ido a un sitio donde la mayoría de la gente nunca ha
estado, un lugar especial, y a partir de ese momento vuelves una y otra vez a ese sitio y luego aterrizas; y
cuando aterrizas siempre te trincan. Pero aun así no dejas de querer volver una y otra vez: es como volar
sin licencia.
Los Rolling Stones de los primeros tiempos en el club Marquee (1963).
Ian Stewart, nuestro fundador, aparece arriba a la derecha.

© Dezo Hoffmann / Rex USA


4

Mick, Brian y yo en Edith Grove, verano del 62. Aprendemos el blues de Chicago. Marquee, Ealing Club,
Crawdaddy Club. Guerra de guerrillas con los tradicionalistas del jazz. Llega Bill Wyman con su Vox. Desmadre
en el Station Hotel. Charlie se sube al carro. Andrew Leog Oldham nos consigue un contrato con Decca. Primera
gira por el Reino Unido con los Everly Brothers, Bo Diddley y Little Richard; nuestra música se desvanece entre
broncas y chillidos. Los Beatles nos pasan una canción. Andrew nos encierra a Mick y a mí en una cocina y
componemos nuestro primer tema.

Los Rolling Stones nos habíamos tirado la primera mitad de nuestra corta vida pasando el rato,
robando comida y ensayando: estábamos pagando el precio de convertirnos en los Rolling Stones. Mick,
Brian y yo vivíamos en el 102 de Edith Grove, en Fulham, un sitio realmente asqueroso, y casi podría
decirse que intentábamos por todos los medios que lo fuera ya que, de todas formas, teníamos muy pocos
medios para cambiarlo. Nos mudamos en el verano de 1962 y vivimos allí durante un año más o menos;
pasamos en aquel agujero inmundo el invierno más duro desde 1740, y los chelines con que
alimentábamos los contadores de la calefacción y la luz no eran tan fáciles de conseguir. Teníamos un par
de colchones y ni un solo mueble, sólo una moqueta raída. Bueno, también un par de camas, y no había un
orden de rotación estricto entre las dos camas y los colchones, y además no importaba mucho porque, por
lo general, los tres acabábamos despertándonos en el suelo alrededor de un tocadiscos (de esos con radio
que había entonces) que había traído Brian, un armatoste típico de los cincuenta.
Nos pasábamos horas trabajando la música en el Wetherby Arms de King’s Road, en Chelsea. Yo solía
escabullirme a la parte de atrás y robarles las botellas vacías para luego revendérselas: por cada botella
de cerveza te daban un par de peniques, que ya entonces no era mucho dinero. También birlábamos
botellas vacías en las fiestas: pasaba uno primero siempre y luego llegábamos los demás en tromba.
En la casa de Edith Grove había un vecindario de lo más peculiar: las tías del piso de abajo eran
estudiantes de magisterio, de Sheffield; y encima teníamos a dos maricas de Buxton. Nosotros estábamos
en el piso de en medio. ¿Qué coño hacíamos en mitad de Chelsea rodeados de todos estos personajes del
norte de Inglaterra?: un ejemplo claro de lo que era Londres, donde en realidad nadie era de Londres.
Las estudiantes de magisterio de Sheffield seguramente serán directoras de colegio a estas alturas
pero por aquel entonces andaban bastante cachondas, aunque la verdad es que nosotros teníamos poco
tiempo para ese tema: estábamos todo el día yendo y viniendo a la carrera. Mick y Brian anduvieron por
allí abajo pero yo nunca me lié con ninguna, no me ponían mucho que digamos. Aunque también he de
decir que eran unas vecinas de lo más útiles porque nos hacían la colada de vez en cuando, o si no mi
madre aprovechaba sus demostraciones para lavarnos la ropa y nos la mandaba de vuelta limpia con Bill.
Los maricas recién salidos del armario iban de marcha por los pubs de Earls Court con otros maricas
australianos, de los que había una cantidad ingente en Earls Court por aquel entonces. Earls Court era
territorio australiano, poco más o menos. Y muchos de ellos tenían una tonelada de pluma porque podían
ser más maricas en Londres que en Melbourne o Sidney o Brisbane, básicamente. Los tipos que vivían
encima de nosotros volvían de sus salidas por Earls Court hablando con acento australiano, decían cosas
como hello, cobber![14] («y pensaba que erais de Buxton»).
Nuestro compañero de piso se llamaba James Phelge y el seudónimo con que escribimos la mitad de
nuestras canciones de los primeros tiempos (Nanker Phelge) era en honor suyo: un nanker es una mueca
(la cara contorsionada y estirada en todas las direcciones al meterte los dedos por todos los orificios
faciales posibles), el verdadero especialista era Brian. En lugar de poner un anuncio en el periódico, lo
hicimos de viva voz, micrófono en mano, en el Ealing Club: buscábamos alguien con quien compartir piso
y gastos. Phelge debió de intuir en la que se estaba metiendo porque resultó ser tal vez la única persona
que habría soportado vivir con nosotros en aquel sitio horroroso e incluso superarnos en las cotas de mal
gusto y comportamiento soez alcanzadas. En cualquier caso, por lo visto era el único dispuesto a vivir con
unos tíos que se pasaban la noche en blanco tocando y las horas muertas aprendiéndose su música y sus
rollos y tratando de conseguir un bolo. Cuando estábamos juntos, éramos un hatajo de imbéciles, todavía
adolescentes aunque más bien enfilando ya la salida de esa etapa. Nos pasábamos la vida desafiándonos a
ver quién podía ser más repugnante («¿te crees que eso me da asco?, ahora vas a ver»). Igual volvíamos
de un bolo y nos encontrábamos a Phelge esperándonos en lo alto de las escaleras («buenas noches,
caballeros») en pelota picada y con unos calzoncillos adornados con lamparones de mierda en la cabeza, o
meándose encima de nosotros desde allí arriba, o tirándote lapos, que eran su verdadera especialidad. En
realidad se le daban bien los trucos con mucosidades procedentes de cualquier rincón de su anatomía,
porque también le encantaba entrar en una habitación con un moco colgándole de la nariz, tan inmenso
que le bajaba por la barbilla, pero por lo demás con un aspecto perfectamente respetable: «¡Hola!, ¿qué
tal? Encantado, Andrea… Encantado, Jennifer». Habíamos puesto nombre a todos los tipos de moco: había
Gilberts Verdes, Jenkins Rojizos… Y luego estaba también el Gabardina Helmsman, ése del que nadie es
consciente: estornudan y les aterriza un moco en la solapa igual que una medalla; era el mejor. También
había otro al que llamábamos Humphrey Amarillo, y la Uve Volante, que era el que se escapaba por un
lado del pañuelo. En aquellos tiempos la gente siempre estaba acatarrada, con lo que siempre tenían
sustancias goteándoles por la nariz y no sabían qué hacer con ellas. Y no podía haber sido cocaína porque
en aquellos años no había. Para mí que eran simplemente los inviernos ingleses.
Como no teníamos gran cosa que hacer (nos salían pocas actuaciones), acabamos estudiando a la
gente, y además siempre andábamos mangando cosas de los otros pisos: bajábamos abajo y
rebuscábamos en los cajones de las chicas mientras estaban en clase (solíamos sacar uno o dos chelines).
También habíamos escondido una grabadora en el trono: la encendíamos si entraba alguien al baño, sobre
todo si era una de las chicas del piso de abajo que venían al nuestro si en el suyo había cola.
—¡Hola!, ¿me dejáis pasar al baño, por favor?
—¡Claro, pasa! (¡Corre, tío, enciende la grabadora!).
Y luego, después de su «actuación», cuando llegaba el momento de tirar de la cadena, en la grabación
se oían aplausos. Después nos la escuchábamos: era como ir a la sesión del domingo por la noche del
London Palladium.
Lo que más espantaba a cualquiera que se atreviera a hacer una visita a nuestro piso de Edith Grove
era, sin duda, la montaña de platos sucios que había en la «cocina», las sustancias extrañas que cubrían
poco a poco los cazos, la grasa, las sartenes apiladas en pirámides irregulares de mugre que nadie osaba
tocar. Aunque debo decir que un día Phelge y yo nos quedamos mirando aquel paisaje y pensamos que
igual no quedaba otro remedio que limpiarlo. Considerando que Phelge era uno de los tíos más guarros
sobre la faz de la Tierra, aquélla fue una decisión histórica. El hecho es que la cantidad de porquería nos
abrumó, así que fuimos al piso de abajo y mangamos un bote de lavavajillas.
Entonces la pobreza nos parecía una constante, algo inamovible, y aquel invierno de 1962 fue desde
luego muy duro. Hizo mucho frío. Luego a Brian se le ocurrió la fantástica idea de traer a su amigo Dick,
que acababa de cobrar su paga extra del ejército. Brian fue despiadado con él, pero no nos importó
porque gracias a eso nos cayó algo y eran los días en que nadie tenía un puto penique en el puto bolsillo.
Dick era de Tewkesbuiy. Brian casi lo mata: lo obligaba a caminar detrás de él y pagarlo todo. Cruel,
cruel, muy cruel. Lo tenía de pie en la calle mientras nosotros comíamos en un bar, aunque Dick pagaba
lo de todos. Hasta Mick y yo estábamos escandalizados, y mira que los dos somos bastante hijos de puta.
A veces Brian lo dejaba entrar para el postre: desde luego tenía una vena cruel. Dick había ido al colegio
con Brian y adoraba el suelo que pisaba éste. Una vez Brian dejó a aquel pobre diablo en la calle sin ropa,
un día de nieve, y el pobre tío le suplicaba piedad y Brian se reía… Yo no iba a ser quien se acercara a la
ventana, me estaba partiendo de risa (¿cómo es posible que nadie consienta que lo traten así?). Brian le
había robado la ropa y lo había mandado a la calle en calzoncillos bajo aquella tormenta de nieve. «¿Qué
coño me estás contando de que te debo veintitrés libras? ¡Que te jodan!» (eso cuando llevaba toda la
noche pagando, que nos estábamos pegando a su costa un festín digno de reyes). Terrible, de verdad,
terrible. Al final tuve que decir algo: «Brian, tío, estás siendo un canalla». Era un hijo de puta, un
cabronazo, sólo que bajito y rubio. No sé qué sería de Dick, pero si sobrevivió a aquello, sobreviviría a
cualquier cosa.
Eramos cínicos, sarcásticos y maleducados si hacía falta. Solíamos meternos en el bar de la esquina,
que habíamos rebautizado como el Ernie porque allí todos se llamaban Ernie, o por lo menos esa
impresión teníamos. Y al final todo el mundo acabó siendo Ernie: «¡Joder, me cago en la… puto Ernie!».
Todo el que insistiera en cumplir con su trabajo sin hacerte un favor era un puto Ernie. Ernie era el típico
trabajador cuya única preocupación es ganarse algún que otro chelín más.
Si me dieran a escoger un único diario de cualquier trimestre en toda la historia de los Rolling, habría
sido el de éste, el del momento en que estábamos a punto de abandonar el nido para echar a volar, y de
hecho encontré un diario que va de enero a marzo de 1963. La verdadera sorpresa fue que me hubiera
molestado en escribir algo de aquella época, pero la verdad es que cubre una fase crucial, el momento en
que apareció Bill Wyman o, más importante aún, el momento en que apareció su amplificador Vox
acompañado por Bill; eran los tiempos en que estábamos intentando cazar (por decirlo de alguna manera)
a Charlie Watts. Hasta anoté el dinero que íbamos sacando con los bolos (las libras, los chelines y hasta
los peniques) aunque muchas veces era «o» porque tocábamos a cambio de unas cervezas en fiestas de
final de trimestre de escuelas diminutas. Pero también hay entradas más interesantes en la lista, como
por ejemplo: «21 de enero, Ealing Club: o; 22 de enero, Flamingo: o; 1 de febrero, Red Lion: 1 libra y 10
chelines». Por lo menos nos salía algún bolo. Si tenías algún bolo, la vida era maravillosa: ¡alguien nos
llamaba y nos preguntaba si estábamos disponibles para tal fecha! Vamos… ¡la leche! Algo debíamos de
estar haciendo bien. De no ser por esas excepciones, la rutina diaria consistía en robar en el
supermercado, recoger botellas vacías y pasar hambre. Poníamos un fondo para comprar cuerdas de
guitarra, arreglar los amplis y comprar válvulas, cosas así. Sacar suficiente dinero para ir tirando ya
suponía un gran esfuerzo.
En la tapa interior del diario pueden leerse, escritas con trazo grueso de boli y repasadas varias veces,
las palabras «Chuck», «Reed», «Diddley». Ahí están. No escuchábamos otra cosa, sólo blues americano,
rhythm and blues o country blues. Todas las horas que estábamos despiertos las pasábamos delante de
los altavoces, intentando averiguar cómo se hacía aquel blues. Al final caías rendido en el suelo con la
guitarra en la mano, y hasta la mañana siguiente. Nunca acababas de aprender, pero por aquel entonces
aún estábamos inmersos en la fase de búsqueda: tenías que producir sonidos si querías tocar la guitarra.
Nos decantamos por un blues al estilo de Chicago, por sonar lo más cerca que pudiéramos de ese ideal
(dos guitarras, un bajo, una batería y un piano) y nos sentábamos a escuchar todos los discos habidos y
por haber del sello Chess. El blues de Chicago fue una buena pedrada en la frente: todos habíamos
crecido escuchando las movidas que había por ahí en aquella época, rock and roll y todo eso, pero al final
nos centramos en el blues y, siempre que estábamos juntos, fingíamos que éramos negros. Nos
empapamos de la música, pero eso no nos cambió el color de la piel, en todo caso alguno acabó incluso
más blanco. Brian Jones era un Elmore James rubio de Cheltenham. ¿Y por qué no? Puedes venir de
donde sea y ser del color que sea (eso lo descubrimos más tarde). Cheltenham, la verdad sea dicha, ya es
llevar las cosas un poco demasiado lejos; desde luego los músicos de blues de Cheltenham no abundan.
Además nos importaba un carajo ganar dinero, despreciábamos el dinero, despreciábamos la higiene, sólo
queríamos convertirnos en unos cabronazos negros. Por suerte acabamos variando el rumbo, pero aquello
fue nuestra escuela, ahí fue donde se formó el grupo.

El maravilloso arte de tejer el sonido de dos guitarras, el weaving, empezó ahí también. Caes en la
cuenta de lo que puedes hacer tocando la guitarra con otro tío, y que los dos juntos elevan a la décima
potencia lo que se puede lograr, y luego añades más gente. El compañerismo y la naturaleza edificante de
un grupo de tíos tocando juntos también poseen una belleza especial. Se crea una especie de pequeño
mundo completamente aparte, es un verdadero trabajo de equipo en el que todo el mundo se apoya
mutuamente, todo con el propósito de alcanzar un único objetivo y, durante un tiempo, no hay palos en las
ruedas. Y además nadie dirige, todo depende de ti. Eso es el verdadero jazz, ése es el gran secreto: el
rock and roll no es nada más que jazz con un backbeat muy marcado.
Jimmy Reed fue un gran ejemplo para nosotros, y él siempre metía dos guitarras. Parecía casi un
estudio de la monotonía en cierto sentido, a no ser que entraras en el tema… Claro que, por otro lado,
Jimmy Reed siempre tocaba variaciones sobre la misma canción. Usaba dos tempos y nada más, pero
había entendido la magia de la repetición, de la monotonía, la había transformado en algo deliciosamente
hipnótico, en una especie de trance. A nosotros nos fascinaba (a Brian y a mí), nos pasábamos todo el día
intentando sacarle a la guitarra los sonidos que había creado Jimmy Reed.
Jimmy Reed siempre estaba borracho como una cuba. Se contaba que en una ocasión ya iba cuarenta y
cinco minutos tarde para una actuación cuando por fin consiguieron subirlo al escenario y él suelta: «Esta
se titula “Baby What You Want Me to Do?”» y acto seguido echa la pota encima de la gente de las dos
primeras filas. Seguramente ocurrió muchas veces. Siempre tenía a su mujer al lado susurrándole al oído
las letras de las canciones, hasta se puede oír en los discos a veces (goingup… goingdown), pero
funcionaba: para el público negro del Sur, y en ocasiones para el mundo entero, era uno de los mejores.
Su música, en definitiva, era un fantástico estudio sobre el arte de controlarse musicalmente hablando.
El minimalismo tiene cierto encanto: empiezas a escuchar algo y piensas «un poco monótono», pero
cuando termina desearías que siguiera. La monotonía no tiene nada de malo, todo el mundo tiene que
convivir con ella. Grandes temas como «Take Out Some Insurance», que no es precisamente un título muy
típico… Y la cosa siempre iba de que la parienta y él se habían peleado. «Bright Lights, Big City», «Baby
What You Want Me to Do?», «String to Your Heart» son todas canciones fabulosas. Jimmy cantaba don’t
pull no subway, I’d rather you pull a train[15], que en realidad significa «no te chutes, no te metas en el
túnel, más vale que le des a la bebida o a la coca». Tardé años en descifrarlo.
También me apasionaba el guitarrista de Muddy Waters, Jimmy Rogers, y los tíos que tocaban con
Little Walter, los hermanos Myers. ¡Eso sí que es hacer weaving a la antigua usanza!, eran unos maestros.
La mitad del grupo era «la banda de Muddy Waters» (que incluía a Little Walter también), pero mientras
grababa todos aquellos discos con ellos tenía también otro grupito: Louis Myers y su hermano David, los
fundadores de los Aces, dos grandes guitarristas. Pat Hare era otro que solía tocar con Muddy Waters y
también hizo unas cuantas canciones con Chuck Berry. Una de las que no llegaron a ver la luz se titulaba
«I’m Gonna Murder My Baby»[16] y apareció en el baúl de los recuerdos de los estudios Sun después de
que Pat hiciera precisamente eso y luego se cargara al policía que mandaron a investigar lo ocurrido: lo
condenaron a cadena perpetua a principios de los sesenta y murió en una cárcel de Minnesota. Luego
estaban Matt Murphy y Hubert Sumlin. Todos eran músicos de blues de Chicago, unos más solistas que
otros, pero, en grupo, si nos centramos en ese aspecto, los hermanos Myers sin duda están arriba del
todo en la lista. Jimmy Rogers con Muddy Waters: un weaving genial. Chuck Berry es fantástico, pero el
weaving lo fabricaba él solo, consigo mismo: hacía unas sobregrabaciones fantásticas porque era
demasiado tacaño para pagar a otro músico. Pero, claro, esas historias sólo están en los discos, no las
puedes recrear en vivo. Eso sí, «Memphis, Tennessee» es seguramente uno de los ejemplos más increíbles
de sobregrabación y mezcla que he oído, y es por supuesto una canción deliciosa. Nunca podré dejar de
insistir en lo importante que fue Chuck para mi formación musical; todavía me fascina cómo un tío solo
puede escribir tantas canciones y lanzártelas con semejante elegancia y gracilidad.
Así que nosotros nos pasábamos los días allí sentados, pelándonos de frío, diseccionando las canciones
hasta que ya no había con qué alimentar el contador y el frío se hacía insoportable. Una nueva de Bo
Diddley pasa por el bisturí: ¿te has quedado con el ua ua ese?, qué hacía la batería, cómo de alto estaban
tocando…, qué ritmo llevan las maracas… Tenías que desmontarlo todo para luego tratar de montarlo
desde tu punto de vista. Tenía que reverberar, y entonces sí que sí. Necesitamos un ampli. Bo Diddley era
muy tecnológico. Jimmy Reed era más fácil, iba más al grano, pero a la hora de diseccionar qué estaba
haciendo exactamente… ¡Dios! Tardé años en enterarme de cómo tocaba el acorde de quinta en la
tonalidad de Mi (el acorde de Si, el último de los tres acordes antes de largarte a casa, el que resuelve un
blues de doce tiempos), «acorde tónico» lo llaman. Cuando se pone a ello, Jimmy Reed produce un fraseo
inquietante, una disonancia llena de melancolía. Merece la pena, incluso para beneficio de los que no son
guitarristas, intentar describir lo que hace: en la quinta, en vez de hacer la típica cejilla, un Si en séptima,
que requiere un poco de esfuerzo de la mano izquierda, el tío pasa totalmente del Si, deja el La sonando y
simplemente desliza un dedo por la cuerda del Re hasta la séptima, y ahí es donde sale esa nota
inquietante, resonando con La. Así que no usa la nota fundamental en los acordes, sino que se tira a la
séptima. En serio: es a) la opción más perezosa y chapucera; b) una de las invenciones musicales más
fabulosas de todos los tiempos. En fin, así es como Jimmy Reed se las apañó para tocar la misma canción
durante treinta años y que colara. A mí me lo enseñó un muchacho blanco, Bobby Goldsboro, que tuvo un
par de éxitos en los sesenta; había trabajado bastante con Jimmy Reed y me dijo que me enseñaría sus
trucos. Yo conocía el resto de los movimientos, pero nunca había sido capaz de descifrar ése de quinta
hasta que él me lo enseñó en un autobús, en algún lugar de Ohio, a mediados de los sesenta.
—Me pasé años con Jimmy Reed en la carretera —me dijo—. Esa quinta la hace así.
—¡Joder!, ¿eso es todo?
—¡Eso es todo, cabrón! Nunca te acostarás sin saber una cosa más…
De repente se abren los cielos y lo captas. El sonido de aquella inquietante nota reverberando en el
aire, ignorando completamente cualquier tipo de regla musical, ignorando también al público y a todos
los demás. «Va así». Hasta cierto punto admirábamos más a Jimmy por eso que por su forma de tocar. Era
la actitud. Y que sus canciones eran inquietantes; tal vez estén construidas sobre unos cimientos
aparentemente simplones, pero no hay más que intentar tocar «Little Rain».
Una de mis primeras lecciones de guitarra fue que ninguno de todos esos tíos estaba tocando los
acordes tal cual, siempre había algún añadido, algún paso atrás. Nunca hay un acorde mayor y punto,
más bien es una amalgama, oscilaciones, enredos, marañas… El concepto de «como es debido» no existe.
Lo único que cuenta es cómo lo siente el que toca, uno va encontrando el camino a base de sentir… Un
mundo caótico. Me he dado cuenta sobre todo de una cosa: cuando estoy tocando un instrumento acabo
queriendo hacer lo que debería hacer otro instrumento; me pasa constantemente, tocando la guitarra,
que me sorprendo a mí mismo intentando tocar una partitura que correspondería al viento. Y cuando
estaba aprendiendo a tocar todas esas canciones, descubrí que muchas veces es una nota la que hace que
el conjunto funcione, por lo general un acorde sostenido, no un acorde completo sino una mezcla de
acordes, algo que me sigue encantando. Si tocas un acorde tal cual, lo que venga después debería tener
algo más; si es un La, un pellizco de Re; o, si la canción tiene otro sentimiento, con un acorde de La
debería haber por ahí una pizca de Sol, lo que no es ni más ni menos que una séptima, que te lleva a su
vez a otra cosa. Los lectores que así lo deseen se pueden saltar esta sección de Aprende a Tocar la
Guitarra con Keef, pero sólo estoy contando unos cuantos secretos básicos que desembocarían en los riffs
de años más tarde, los de «Jumpin’Jack Flash» y «Gimme Shelter».
Unos quieren tocar la guitarra y otros buscan un sonido. Yo buscaba un sonido durante todos aquellos
ensayos con Brian en Edith Grove, algo que pudiera hacerse sin problemas con tres o cuatro tíos sin que
te faltaran instrumentos ni se echara de menos ningún elemento sonoro. Y sonido, había para dar y
regalar, y delante de tus narices. Simplemente me limité a seguir el ejemplo de los jefes. Muchos de esos
músicos de blues de los cincuenta (Albert King y B. B. King) eran músicos de una sola nota. T-Bone
Walker fue uno de los primeros en utilizar notas dobles. Tocar dos cuerdas en vez de una… Y Chuck tomó
muchas cosas de T-Bone. Desde un punto de vista estrictamente musical es imposible, pero funciona. Las
notas chocan, se enmarañan. Estás tocando dos cuerdas a la vez y por tanto las colocas en una posición
donde, realmente, estás forzando la máquina, siempre hay algo sonando junto con la nota o la armonía.
Chuck Berry recurre mucho a las dobles cuerdas, casi nunca toca una sola nota. La razón por la que estos
compadres (T-Bone y los demás) empezaron a tocar así fue mera cuestión de economizar: se trataba de
eliminar la necesidad de una sección de viento. Con una guitarra eléctrica y un ampli podían tocarse
armonías de dos notas y, básicamente, te ahorrabas tener que pagar a dos saxofones y un trompeta. A mí
en los primeros tiempos de Sidcup me tenían un poco por un roquero descontrolado (y no un músico de
blues serio) precisamente por esta cuestión de las cuerdas dobles. Todos los demás tocaban una sola
cuerda. Pero a mí tocar dos a la vez me iba muy bien porque tocaba mucho solo, así que dos cuerdas eran
mejor que una. Y además abría la posibilidad de sacarle una disonancia y un ritmo particulares que no
puedes conseguir con una sola cuerda. La cuestión es encontrar las posiciones y los movimientos de los
dedos. Los acordes son algo que se busca. Siempre quedará por ahí el Acorde Perdido. Nadie lo ha
encontrado todavía.
Brian y yo dominábamos la música de Jimmy Reed. Eso sí, nos lo currábamos un montón, como locos. Y
claro, Mick se sentía un poco desplazado. Además él se pasaba en la London School of Economics casi
todo el día. El hecho es que no sabía tocar ningún instrumento, por eso empezó con la armónica y las
maracas. Brian le pilló el truco a la armónica muy rápido al principio, y creo que Mick no se quería
quedar atrás. No me sorprendería que, desde un primer momento, lo que lo motivara fuese precisamente
competir con Brian: quería ser parte del grupo, en el aspecto instrumental también, y resultó ser
fantástico con la armónica, yo diría que de los mejores de todos los tiempos; si tiene buen día. Todo lo
demás, ya sabemos de sobra que lo sabe hacer (nadie como él para dar espectáculo), pero, en tanto que
músico, Mick Jagger toca la armónica como nadie: sus fraseos son increíbles, muy parecidos a los de
Louis Armstrong, Little Walter… Y eso no es cualquier cosa: Little Walter Jacobs ha sido uno de los
mejores cantantes de blues de la historia y el intérprete por excelencia en lo que a la armónica se refiere.
Cuando lo escucho no puedo evitar quedarme con la boca abierta. Su grupo, los Jukes, no podían estar
más en la onda ni ser más cordiales. Lo que Little Walter hacía con la armónica (inspirado en los fraseos
de trompeta de Louis Armstrong) hasta cierto punto lo eclipsaba como vocalista, y seguro que se ríe en su
tumba cuando oye tocar a Mick. Los estilos de Brian y Mick eran completamente distintos: Mick aspira,
como Little Walter; Brian en cambio sopla, como Jimmy Reed; tanto uno como otro fuerzan las notas. Al
estilo de Jimmy Reed se lo conoce como high and lonesome {alto y solitario} y, cuando lo oyes, te llega al
corazón. Mick es uno de los mejores que yo he oído con la armónica de blues, no hay nada de calculado
en su manera de tocar. Ya le digo yo: «¿Y por qué no cantas así también?». Siempre me contesta que son
cosas diferentes, pero no es verdad: en ambos casos se trata de soltar aire por los morros.

El grupo era muy frágil porque nadie estaba buscando que despegara. Me refiero a que éramos
antipop, antisaladebaile, sólo queríamos ser el mejor grupo de blues de Londres y enseñarles a todos esos
cabrones lo que vale un peine porque sabíamos cómo hacerlo. Pero todos aquellos grupitos de bichos
raros empezaron a venir a oírnos: ni siquiera sabíamos de dónde salían ni por qué, ni cómo se habían
enterado de dónde tocábamos. No creímos que fuéramos a conseguir gran cosa aparte de informar a la
gente de la existencia de Muddy Waters, Bo Diddley y Jimmy Reed. No teníamos la menor intención de
convertirnos en nada. Grabar un disco nos parecía un sueño inalcanzable. Por aquel entonces, lo nuestro
era puro idealismo, nos dedicábamos a la promoción gratuita del blues de Chicago, al más puro estilo de
los caballeros andantes de brillante armadura y todo eso, y también con una actitud muy monacal, de
intenso estudio, por lo menos para mi. Desde que te levantabas hasta que te ibas a dormir, lo único que
hacías era aprender, escuchar y buscar la manera de conseguir algo de dinero: pura división del trabajo.
La situación ideal era: «Bueno, tenemos para vivir y unos cuantos billetes para un caso de emergencia; y
encima, ¡fantástico!, estas tías (tres o cuatro, Lee Mohamed y sus amigas) vienen a casa, limpian, nos
cocinan y se quedan a pasar el rato con nosotros». Qué coño vieron en nosotros en aquellos tiempos
escapa completamente a mi entendimiento.
Lo único que nos interesaba en este mundo era que no nos cortaran la luz y cómo mangar unas
cuantas cosas del supermercado. Las mujeres, realmente, ocupaban el tercer puesto de la lista.
Electricidad, comida y luego, ¡oye, igual tenías suerte y pillabas! Necesitábamos trabajar juntos,
necesitábamos ensayar, necesitábamos escuchar música, necesitábamos hacer lo que queríamos hacer.
Era una obsesión. No teníamos nada que envidiarles a los monjes benedictinos. Y cualquiera que se
alejara del nido para echar un polvo (o intentarlo) era un traidor. Se suponía que tenías que dedicarte en
cuerpo y alma a estudiar a Jimmy Reed, Muddy Waters, Little Walter, Howlin’ Wolf, Robert Johnson. Ésa
era nuestra verdadera misión, y cualquier minuto que le quitaras era poco menos que un pecado.
Vivíamos en ese ambiente, con esa actitud. Las mujeres que había más o menos cerca quedaban
ciertamente en la periferia. Era increíble el empuje que tenía el grupo (Brian, Mick y yo), estudiábamos
sin descanso aunque no en el sentido académico, más bien era cuestión de atraparlo intuitivamente. Pero
luego advertimos, como muchos otros jóvenes, que el blues no se aprende en un monasterio: tienes que
salir al mundo para que te rompan el corazón (a poder ser varias veces), y luego vuelves y entonces sí que
puedes cantarlo. En aquellos días lo estábamos asimilando en un plano puramente musical y olvidábamos
que aquellos tipos, de hecho, cantaban sobre su vida. Primero tienes que vivirlo y luego quizá puedes
cantar sobre ello. Yo pensaba que quería a mi madre, pero me marché, y ella seguía lavándome la ropa; y
me rompieron el corazón, pero no inmediatamente porque todavía seguía sin tener ojos más que para Lee
Mohamed.
Los garitos que aparecen en el diario son el Flamingo de Wardour Street, que era donde tocaban los
Blues Incorporated de Alexis Komer, que ya he mencionado; en Richmond, el Crawdaddy Club del Station
Hotel, que es donde despegamos de verdad; el Marquee, que por aquel entonces estaba en Oxford Street,
donde los R&B All-Stars de Cyril Davies actuaban cuando él se separó de Korner; el Red Lion de Sutton,
sur de Londres; y el Manor House, un pub del norte de Londres. Las cantidades de dinero que aparecen
anotadas son la mísera ganancia que conseguíamos después de rompernos los huevos tocando, pero poco
a poco mejoró la cosa.

No creo que los Stones hubieran cuajado realmente sin la labor aglutinante de Ian Stewart: él fue quien
alquiló la habitación para ensayar al principio, quien le decía a todo el mundo que estuviera allí a tal hora.
Sin él, todo un poco difuso. No teníamos ni idea de por dónde nos daba el aire. La visión era suya, y
básicamente fue él el que eligió quién iba a estar en él. Él puso la chispa, la energía y la organización
(mucho más de lo que sabe la gente) que mantuvo al grupo unido en los primeros tiempos, porque dinero
había poco, pero sí teníamos la idea romántica en la cabeza de que «podíamos traer el blues a Inglaterra.
¡Éramos los escogidos!». Soñábamos. Y, en ese sentido, el entusiasmo de Stu era increíble: había saltado
al vacío, se separó de la gente con la que había estado tocando hasta el momento y se atrevió a dar el
paso sin tener ni idea de cómo saldría. Era ir contra corriente, y le sirvió para que le dieran la espalda sus
antiguos colegas del mundillo de los clubes. Sin Stu, habríamos estado perdidos. Él llevaba mucho más
tiempo por los clubes, nosotros en cambio éramos unos novatos recién llegados.
Una de sus primeras estrategias fue declarar la guerra de guerrillas a los tradicionalistas del jazz, lo
que supuso un gran cambio en la cultura: a los grupos de jazz tradicional, o sea, los grupos de dixieland,
que eran unos medio beatniks, les iba pero que muy bien; canciones como «Midnight in Moscow», gente
como Acker Bilk, toda la gente aquella… tenían el mercado inundado y tocaban muy bien (Chris Barber y
todos aquellos tíos), dominaban el panorama musical, pero no fueron capaces de entender que las cosas
estaban evolucionando y tenían que introducir algo distinto en su música. ¿Cómo podíamos quitarle la
silla a la mafia del dixieland? La suya parecía una armadura compacta… Fue idea de Stu que tocáramos
en el Marquee durante el descanso, mientras Acker se tomaba una cerveza. No nos pagaban, pero el
descanso eran unas migajas que podíamos aprovechar. Stu fue el que pensó la estrategia, simplemente se
presentaba en el Marquee o en el Manor House y sugería la idea de que tocáramos (sin cobrar) en el
descanso. De repente, el grupo de la pausa se volvió más interesante que el principal (la banda del
descanso tocaba a Jimmy Reed). Quince minutos. Sólo era cuestión de meses que se desvaneciera el
monopolio de los tradicionalistas. Nos odiaban con todas sus fuerzas:
—No me gusta la música que hacéis. ¿Por qué no os dedicáis a tocar en salas de baile?
—Vete tú a tocar a las salas de baile, nosotros nos quedamos.
Pero en aquel momento no teníamos ni idea de que se estaban removiendo los cimientos, no éramos
tan arrogantes, simplemente nos conformábamos con que nos saliera un bolo.
Existe una parábola cinematográfica sobre el cambio en el reparto de poder entre el jazz y el rock and
roll en la película Jazz on a Summer’s Day. Fue importantísima para los aspirantes a roqueros de aquella
época, sobre todo porque aparecía Chuck Berry en el Festival de Jazz de Newport de 1958 tocando
«Sweet Little Sixteen». También salían Jimmy Giuffre, Louis Armstrong, Thelonious Monk… Pero Mick y
yo fuimos al cine para verlo a él. Aquel traje negro… Lo subieron al escenario (una maniobra de lo más
arriesgada) con Jo Jones a la batería, uno de los grandes del jazz (había pertenecido, entre otras, a la
banda de Count Basie). Creo que para Chuck aquél debió de ser su momento de más orgullo en la vida
hasta la fecha. No es una versión particularmente buena de «Sweet Little Sixteen», pero lo interesante es
la actitud del grupo que tocó con él, rotundamente en contra de la pinta que llevaba Chuck y de cómo se
movía: se estaban riendo de él, intentaban putearlo. Jo Jones levantaba la baqueta al cabo de unos
cuantos compases y se reía de su propia gracia como si estuviera en el patio de la escuela. Chuck sabía
que estaba con el viento de cara, y cuando lo escuchas te das cuenta de que no le estaba saliendo
particularmente bien, pero siguió hasta el final; tenía detrás a un grupo que lo quería arrojar al mar, pero
aun así continuó. Jo Jones la cagó: en lugar de apuñalarlo por la espalda, podría haber tocado como él
sabía y no lo hizo, pero Chuck se empeñó y lo consiguió.
En otra carta que le escribí a mi tía Patty (increíble haberla encontrado) y que ha aparecido mientras
se escribía este libro, quedan recogidos los bolos de los primeros tiempos, la sorpresa y la emoción de ser
un grupo que actuaba:

Miércoles 19 de diciembre
Keith Richards
C/ Spielman n.º 6
Dartford
Querida Patty:
Gracias por la felicitación de cumpleaños, ¡llegó justo el 18!
Espero que estéis los dos bien y todo el rollo, bla, bla.
A mí no me podría estar yendo mejor: vivo en el piso de unos amigos en Chelsea casi todo el tiempo y estamos
empezando a sacarle los primeros beneficios a esto de la música. Por aquí el rhythm & blues se ha convertido en
el último grito y la verdad es que demanda no nos falta. Esta semana hemos amarrado un acuerdo para tocar
todas las semanas en el Flamingo de Wardour Street a partir del mes que viene. El lunes fuimos a hablar con un
agente que cree que tenemos un sonido muy comercial y, si todo va bien y no resulta ser otro embaucador,
podríamos estar sacando sesenta o setenta libras en breve, y también hay una discográfica que nos está
empezando a mandar cartas para hacer una sesión en los próximos meses: ¡de cabeza a contar los billetes por
cientos!
Bueno, basta de hablar de mis obsesiones. Por aquí todo el mundo se va recuperando, lo único que yo sigo
teniendo brotes de lepra de vez en cuando, papá, jodido con el Parkinson, y mamá, atacada por la enfermedad del
sueño.
No se me ocurre mucho más que decir, así que me despido por el momento. Que pases unas Navidades
estupendas.
Un beso de Keef x
Es la primera aparición del apodo «Keef», lo cual demuestra que no se lo inventaron los fans. La familia
me llamaba «primo Beef», nombre que acabó evolucionando a «Keef» de forma natural.

El breve período que cubre el diario llega justo hasta el momento en que tuvimos el futuro asegurado,
cuando nos salió una actuación regular en el Crawdaddy Club de Richmond. Fue nuestro trampolín: la
fama en cuestión de seis semanas. Para mí, Charlie Watts fue el ingrediente secreto y eso me lleva de
vuelta a Ian Stewart («tenemos que conseguir a Charlie Watts») y a todos los tejemanejes que hubo para
conseguirlo. ¡Pasamos hambre para poder pagarle! ¡Literal! Tuvimos que robar la comida en las tiendas
para conseguir a Charlie Watts, nos redujimos las raciones. Estábamos tan desesperados por conseguir
que tocara con nosotros… ¡Y ahora no lo podemos devolver!
Al principio no teníamos ni a Bill ni a Charlie, pero a Bill ya lo menciono en la segunda entrada del
diario:

Enero de 1963
Miércoles 2
Nuevo bajista haciendo pruebas con Tony. Uno de los mejores ensayos que hemos tenido hasta ahora. Con bajo
el sonido tiene más fuerza. Además, si conseguimos a este bajista nos aseguramos también un ampli Vox de 100
tiros. Decidido programa para Marquee. Tiene que ser la leche si nos acaban dando una hora mejor y más tiempo.

¡Bill tenía amplificador!, venía totalmente equipado, el paquete completo. Solíamos tocar con otro bajista,
un tipo que se llamaba Tony Chapman, pero estaba un poco de parche. No sé si fue Stu o fue el mismo
Tony (en su propio perjuicio) quien dijo: «Pues yo conozco a un tío que toca el bajo»: era Bill. Y un día
aparecieron Bill y su ampli (por increíble que parezca, protegido con un Meccano con aquella movida
verde en los tornillos), un Vox AC30 que quedaba completamente fuera de nuestras posibilidades,
fabricado por Jennings en Dartford. Lo que nos despertaba ese trasto por aquel entonces era
prácticamente adoración, hincábamos la rodilla en tierra y lo venerábamos: tener un amplificador era
fundamental. Al principio, mi único objetivo era exclusivamente separar a Bill de su ampli. Pero eso fue
antes de que empezara a tocar con Charlie.

Jueves 3
Marquee con Cyril.
Pases de hora y media, entre 10 y 12 libras.
Muy buen pase. «Bo Diddley» recibida con gran aplauso. 612 personas. Primer pase, buen calentamiento.
Segundo pase ha ido como una seda. Algunos peces muy gordos impresionados. 2 libras. Paul Pond «Un éxito
completo». Harold Pendleton pidió que nos presentaran.

(¡El dueño del Marquee! Yo estuve a punto de cargármelo dos veces de un guitarrazo en la cabeza.
Odiaba el rock and roll y siempre llevaba una sonrisa desdeñosa en los labios).

Viernes 4
Publi del Flamingo: «Sonido original de R&B de Chicago con los Rolling Stones».

(Y eso que nunca habíamos ido más al norte del puto Wartford).

Bolo en Red Lion. Sutton. Se me partió la soldadura de la pastilla.


Red Lion: tocamos mal pero aun así muy buena acogida, sobre todo «Bo Diddley» y «Sweet Little 16». Tony
diabólico. Hablamos de presentación para Flamingo.
Buena reseña en MM (Melody Maker).
He ido por la tarde. Perdida cartera con 30 pavos dentro.
Me la deben haber robado.

Y el primer atisbo de grabación:

Sábado 5
Me han devuelto la cartera. Richmond.
Cagada. La pastilla se ha jodido del todo. Brian ha tocado la armónica y yo he usado su guitarra. «Confessin’
the Blues», «Diddley-Daddy», «Jerome» y «Bo Diddley» gustaron. Pelotera de escándalo con el promotor por la
pasta. Nos hemos negado a volver a tocar allí. Hablamos de nueva demo. La hacemos semana que viene con un
poco de suerte. «Diddley-Daddy» sonó bien. Con Cleo y el resto haciendo la parte vocal. El grupo ha sacado
treinta y siete libras esta semana.

¡Treinta y siete libras para cinco tíos!


Lunes 7
Flamingo. Hay que acabar de ligar el sonido de Stu, Tony y Gorgonzola juntos.
Mi guitarra ha vuelto en perfecto estado. Flamingo, en principio, no estuvo demasiado bien, pero Johnny
Gunnell más que satisfecho. Tony tiene que saltar. Eso significa Bill y el Vox. «Confessin’ the Blues» gustó. Ha
venido Lee. Llevas mi marca.

Con lo que parezco ponerme los galones de director musical. Johnny Gunnell de los hermanos Gunnell,
Johnny y Ricky, que eran los que llevaban el Flamingo. Y Bill y su Vox estaban asegurados. Una fecha
histórica. Esa última frase es de Muddy Waters: I’ve got my brand on you[17]. Definitivamente, estaba
loco por Lee.

Martes 8
¡30,10 libras!
Ealing.
El grupo ha tocado bastante bien. «Bo Diddley» todo un bombazo. Si sale igual en el Marquee va a ser la
hostia.
Empezamos en Ealing el sábado. «Look What You’ve Done» razonable.
¡6 libras! 50% más que la semana pasada.

Jueves 10
12 libras. Tony Meehan se fija en el grupo. (Era el batería de los Shadows). Marquee. Primer pase 8.30 o 9
musicalmente muy bueno pero no acabó de tirar. Segundo pase 9.45-10.15 fue mucho mejor. Brian y yo
mosqueados con la falta de volumen por obras en central eléctrica. «Bo Diddley» tremendo aplauso, como
siempre. Han venido Lee y las chicas. Trabajándonos a Charlie para trabajo regular.

En mitad del pase se fue la luz de repente, ¡jodidos de verdad! («¡joder, estamos haciendo rock!»). Y luego
vuelve la electricidad, pero con muy poca tensión porque estaban arreglando no sé qué. Nos quedamos
mirándonos los unos a los otros, y a los amplificadores y al cielo y al techo.

Viernes 11
Bill accede a quedarse incluso si echamos a Tony.

Lunes 14
¡Tony despedido! Flamingo.
¡Sorpresa! Rick y Carlo han tocado con nosotros. Seguro que los Stones han sido el mejor grupo de todo el
país esta noche. Rick y Carlo son dos de los mejores. El público había cambiado desde la semana pasada, que es
lo principal. El dinero no tan bien, 8 libras. Pero, bueno, debería ir mucho mejor a partir de ahora.

¡Rick y Carlo! Carlo Little era carnicero y un batería cojonudo, tenía una energía espectacular. Y Ricky
Fenson al bajo, un músico excelente. Se habían teñido el pelo de rubio para el bolo. ¿Y para quién
trabajaban en realidad?: el puto Screaming Lord Sutch. De vez en cuando tocaban con nosotros. Eso era
cuando todavía no estaba Charlie, que precisamente decidió subirse al tren por ese motivo: había oído
que la sección rítmica echaba humo. Si Ricky y Carlo hacían un solo, metían el maxiturbo, saltaban
chispas, la habitación despegaba, prácticamente salíamos propulsados del escenario de lo buenos que
eran. Los dos juntos. Cuando Carlo enganchaba la ola con el bombo de la batería, a eso me refiero.
¡Aquello sí que era rock and roll! Yo no era más que un crío y, para mí, tocar con aquellos tipos, que sólo
eran dos o tres años mayores que nosotros pero llevaban mucho tiempo, era la hostia. La primera vez que
me pillaron por banda («mira, va así») y de repente tenía el ritmo de aquella percusión por detrás, ¡guau!
Fue la primera ocasión en que me elevé metro y medio por encima del suelo y luego fui directo a la
estratosfera. Eso ocurrió antes de trabajar con Charlie y con Bill y todo eso.
Y además me sentí cómodo en el escenario desde el primer momento. Estás nervioso antes de salir ahí
fuera delante de un montón de gente, pero para mí la sensación era más bien de «abridle la jaula al
tigre». Tal vez no es más que otra versión de las famosas mariposas en el estómago. Puede. Pero siempre
me he sentido cómodo en el escenario, incluso si la cagaba, igual que un perro marcando su territorio:
levanto la pata y echo una meada por ahí. Mientras estoy allí arriba no puede pasar nada más: lo peor que
puede ocurrir es que la cague y si no la cago me lo paso en grande.
En la entrada del día siguiente aparece la primera mención de Charlie tocando con nosotros:

Martes 15
Toda la pasta del grupo confiscada durante un par de semanas para comprar un ampli y micros. Ealing-
Charlie.
Igual es que he agarrado un resfriado, pero a mí no me suena bien del todo, claro que Mick, Brian y yo medio
groguis, ¡¡¡con fiebre y escalofríos!!! Charlie es una caña, pero todavía no ha pillado el sonido del todo. ¡Rectificar
eso mañana!
Poca peña. Ni un penique. Lo dejamos. Darse un día de descanso. Mick y Carlo tocarán el sábado y el lunes.

Así que Charlie se apuntaba. Íbamos a ver si se nos ocurría la manera de separar a Bill de su ampli y aun
así salir ganando. Pero, al mismo tiempo, Bill y Charlie estaban empezando a tocar juntos y ahí había
algo. Bill es un bajista excepcional, sin duda. Eso lo fui descubriendo gradualmente. Todo el mundo
estaba aprendiendo y nadie tenía ninguna idea consolidada sobre lo que quería hacer, todos veníamos de
un trasfondo ligeramente distinto: Charlie era un músico de jazz, Bill venía de la RAF… ¡Por lo menos
había viajado!
Charlie Watts siempre ha sido mi andamio musicalmente hablando, así que leer esa anotación sobre
«rectificar» su sonido me parece algo extraordinario, pero, como Stu, había llegado al rhythm and blues a
través de la conexión de éste con el jazz. Al cabo de unos días escribo: «Charlie tiene swing,
definitivamente, pero no sabe hacer rock. Un tío estupendo, eso sí». Por aquel entonces no le había
pillado el truco al rock and roll. Yo quería que le pegara un poco más fuerte, todavía sonaba demasiado a
jazz para mi gusto. Sabíamos que era un batería estupendo, pero para tocar con los Stones Charlie tuvo
que ponerse a estudiar a Jimmy Reed y a Earl Philips (que era el batería de Jimmy Reed) para captar de
qué iba, para entender esa manera de tocar espaciando, minimizando. Y es algo que ha retenido hasta el
día de hoy. Charlie era el batería que queríamos, pero antes que nada: ¿nos lo podíamos permitir? Y
segundo: ¿abandonaría parte del jazz que corría por sus venas por nosotros?

Martes 22
Cero libras.
Ealing-Charlie.
Putada número dos. A las 8:50 sólo se habían presentado dos personas así que nos hemos ido a casa.
Pero hemos hecho un par de canciones, una con maracas, pandereta y un poco de lastimero rasgueo de
guitarra mientras Charlie tocaba un ritmo de la jungla de los buenos (prueba de que es capaz de hacerlo). Nos ha
parado la poli de vuelta al piso. Cacheados. Putos cabrones. No hay trabajo hasta el sábado.

El ritmo de la jungla en cuestión era el fraseo de «Bo Diddley». Shave and a haircut, two bits se llama ese
ritmo[18] y suena precisamente a eso. Bo Diddley, Bo Diddley, ¿have you heard? / My pretty baby said she
was a bird[19]. En cuanto al cacheo, cuando leí el diario pensé: «¿Ya entonces?». No llevábamos nada
encima, ni siquiera dinero. No es de extrañar que cuando muchos años después me cachearan con
motivo, yo ya supiera de qué iba la película. En aquella época era sin el menor motivo. Y mi reacción
sigue siendo la misma: putos cabrones quejicas (porque siempre sueltan esos lamentos). No puedes ser
madero si no eres un profesional del quejidito: «¡Venga ya, asume tu papel!». Por aquel entonces no había
nada que encontrar, y debieron de cachearme por lo menos cien veces antes de que el pensamiento
«¡Dios, llevo mierda encima!» cruzara mi mente.

Jueves 24
Marquee no.
Según Carlo y Rick, Cyril se caga al oír cómo nos aplauden. No nos dan ni un bolo allí este mes. Luego, si
entretanto no surge otra cosa, volveremos. Me he pasado el día practicando. ¡Espero que haya servido para algo!
Tengo que seguir con el punteo sin púa, un montón de oportunidades yo creo. Pero es jodido, cuesta controlar.
Una puta araña de mil patas, esa sensación tengo.

Sábado 26
16 libras.
Ealing-Ricky Carlo.
Grupo un poco oxidado, pero bastante bien. El público con marcha. Hasta arriba de gente, sudada.
¡Genial!
2 libras.
Ha venido Lee.
Curioso: no consigo colar todos los rollos que he estado practicando. No me relajo lo suficiente. Los otros tíos
un poco cínicos con eso después.

Lunes 28
La hermana de Toss ha dicho que Lee está loca por mí pero no quiere hacer el ridículo y que a ver si le echaba
yo un cable. Me parece que lo he hecho bien.

Lee y yo habíamos roto y ése era el primer paso de la reconciliación acordada. «Toss» es Tosca, la amiga
de Lee.

Sábado 2
16 libras.
Ealing. Charlie y Bill.
Noche fantástica con mucho público. El sonido ha vuelto a lo grande.
Charlie fabuloso.

El 2 de febrero, esa noche, ya estábamos tocando juntos todos los miembros originales del grupo, incluida
la sección rítmica: Charlie y Bill. ¡Los Stones!
De no haber sido por Charlie, yo nunca habría seguido aprendiendo y creciendo. Lo primero con
Charlie es que es un tío que lo pilla, lo siente, fue así desde el principio. Toca con mucha personalidad y
con mucha sutileza. Si se fija uno en el tamaño de la batería que usa, es ridículo comparado con el de la
mayoría de los baterías de ahora que están como parapetados detrás de un fuerte, una torre inmensa de
timbales, cajas y platos. Charlie, con la mínima batería clásica, puede tocar lo que haga falta. Un equipo
sin pretensiones pero luego lo escuchas y no es ya que guste, es que suena de fábula… Y además toca con
mucho sentido del humor. Me encanta observar su pie a través del Perpex, incluso si no lo oigo, puedo
tocar con él con sólo observarlo. Y luego está ese truco que tiene Charlie, creo que heredado de Jim
Keltner o Al Jackson: la mayoría de los baterías tocan los cuatro tiempos en el hi-hat, pero Charlie en el
primero no toca, levanta la baqueta: amaga como si fuera a tocar y luego la levanta, lo que le deja a la
caja todo el sonido en vez de tener interferencias por detrás. Te entra arritmia si te quedas observándolo
un rato; hace un movimiento extra completamente innecesario, lo que retrasa todo un poco porque tiene
que hacer ese esfuerzo adicional. Así que parte de la languidez característica de su manera de tocar se
debe a ese movimiento extra que hace cada tres tiempos. Es muy difícil de hacer, eso de parar el ritmo,
estar todo el rato yendo y replegándote alternativamente. Además tiene algo que ver con las
características físicas del cuerpo de Charlie, con dónde siente el ritmo. Todos los baterías tienen su marca
de la casa en lo que se refiere a si el hi-hat va un poco por delante de la caja, y Charlie va muy por detrás
con la caja y a tiempo con el hi-hat. La manera que tiene de estirar el ritmo y lo que construimos luego
encima es uno de los secretos del sonido de los Stones. Charlie, en esencia, es un batería de jazz, lo que
significa que el resto somos en el fondo un grupo de jazz en cierto sentido. Está arriba del todo, con los
mejores (Elvis Jones, Philly Joe Jones), tiene controlado el sentimiento, la holgura; y además economiza
mucho. Charlie solía hacer bodas y bar mitzvas, así que también sabe hacer perifollos, es lo que tiene
empezar pronto, tocar en clubes desde muy joven: sabe lo que es dar espectáculo sin ser él el
espectáculo. Pa-PAM. Me he acostumbrado a tocar con un tío así. Al cabo de cuarenta años, estamos más
unidos de lo que podríamos llegar a expresar, tal vez más de lo que siquiera somos conscientes de estarlo.
Me refiero a que hasta nos atrevemos a jodernos el uno al otro en el escenario de vez en cuando.
En aquellos tiempos yo solía tomarles el pelo a lo bestia a Stu y Charlie con el tema del jazz. Se
suponía que estábamos trabajando para dominar el blues y a veces los cazaba escuchando un poco de jazz
a escondidas («¡dejad ahora mismo esa mierda!»). Yo sólo intentaba quitarles el mal hábito, estábamos
intentando formar un grupo, ¡joder!: «Tenéis que escuchar blues, tenéis que escuchar al puto Muddy». No
les dejaba escuchar ni a Armstrong, y a mí me encanta Armstrong.
Bill siempre se sintió menospreciado, sobre todo porque su verdadero apellido es Perks[20] y se
levantaba todas las mañanas para irse hasta el sur de Londres a un trabajo sin futuro. Y además estaba
casado. Resulta que Brian era muy consciente de los rollos de clase y para él «Bill Perks» sonaba
claramente barriobajero. Phelge recuerda haberle oído decir a Brian: «¡Coño, ojalá encontráramos a otro
bajo, éste es un puto Ernie con esa greña grasienta!». Por aquel entonces, Bill todavía iba un poco de
teddy boy[21] con tupé, pero todo eso era superficial. Y, mientras tanto, Brian era la rata reina en aquella
banda de ratas.
Hacia febrero ya estábamos pagando cosas a plazos: yo me compré dos guitarras en un mes:

25 de enero
Día libre.
Comprar guitarra nueva: ¿Harmony o Hawk? Harmony está bien de precio, ¿pero tiene garantía? Hawk sí que
tiene y además te regalan la funda. Los dos modelos valen 84 libras.
He comprado dos púas. La Harmony de dos pastillas y acabado con corona solar más una funda en dos colores
74 libras.

Miércoles 13 (febrero).
Ensayo. ¡Me ha llegado la guitarra nueva de Ivors! ¡Una maravilla! ¡Menudo sonido!!! Canciones nuevas.
«Who Do You Love?» y «Route 66». ¡Genial! Nueva versión de «Crawdaddy» fantástica (todo ideas de Brian).

(Por lo menos lo reconozco).


Y se nos empezaron a acumular los bolos.

Sábado 9
18.00
Vence el plazo del ampli.
Ealing.
¿Fiesta en Collyer’s toda la noche? (tachado).
Debe de haber estado cerca de nuestro récord hasta la fecha, un calor de muerte y lleno hasta los topes. Ha
sido la leche. Las fans son muy jóvenes allí.
2 libras.
He pasado por el piso.
Plazo de 6 libras del ampli pagado.

Lunes 11
Día libre. Aburrido como una mona.

Las dos últimas entradas del diario son la clave para entender lo que ocurría: íbamos a grabar y estaba a
punto de salirnos el bolo de Richmond.

Jueves 14
Manor House.
Bastante bien. Poca gente. «Blues by 6» los ha asustado.
Lleva un poco de tiempo acostumbrarse a la guitarra nueva. Canciones nuevas. Gustaron.
Stu dice que Glyn Johns nos va a hacer una grabación el lunes o el jueves de la semana que viene con la idea
de vendérsela luego a Decca.
1 libra.

Viernes 15
Red Lion.
No hay quien le saque un sonido decente a este sitio.
Pelea durante el pase.
Nos han ofrecido tocar todos los domingos en el Richmond Station Hotel, empezando el próximo domingo. Nos
ha tocado el gordo.

En la cubierta interior del diario aparece la palabra «descontrol» y al lado, en la sección de notas
personales, la frase «en caso de accidente por favor infórmese a…», y he escrito «mi mamá». Ningún
detalle más.
Descontrol era lo que ocurría cuando toda aquella gente se ponía a bailar como loca, perdía la cabeza
y se subía por las paredes:
—¿Qué hacen?
—Se están poniendo como las cabras, ¿no?
—Por lo menos hemos conseguido eso…
Significaba que por aquello nos iban a pagar. En los bolos, en general, cada vez había más gente y más
marcha. Estábamos provocando una marejada en Londres. Cuando hay tres colas de gente esperando
para entrar al concierto que dan la vuelta a la puta manzana asumes que has tocado alguna fibra. Ya no
íbamos por ahí mendigando: sólo hacía falta mimar aquel fenómeno para que durase.
Los locales eran pequeños, cosa que nos iba bien. Le iba bien a Mick sobre todo. El talento artístico de
Mick lucía más en los locales pequeños donde apenas había espacio ni para respirar, igual incluso más de
lo que luciría luego. De hecho, creo que muchos de los movimientos característicos de Mick son el
resultado de haberse acostumbrado a tocar en escenarios muy muy pequeños: una vez montado todo el
equipo, a veces no quedaba libre más que el espacio que ocuparía una mesa. La banda estaba a un metro
escaso de Mick, y él justo en medio, no había desajustes ni despistes, y como Mick tocaba mucho la
armónica por entonces, Mick también formaba parte de la banda. No se me ocurre ningún otro cantante
inglés de aquellos tiempos que además de tocar la armónica fuera el vocalista principal. Y es que la
armónica puede ser (todavía puede ser) una parte muy importante del sonido, sobre todo cuando estás
haciendo blues. Dale a Mick Jagger un escenario del tamaño de una mesa y es capaz de trabajarlo mejor
que nadie (excepto quizá James Brown): contorsiones y piruetas, y las maracas a ritmo… C’mon baby!
Nos solíamos encaramar a unos taburetes y empezábamos a tocar, y él se iba moviendo entre nosotros
porque casi no había espacio; si balanceabas la guitarra corrías el riesgo de darle a otro en la cara. Hace
mucho que no le recuerdo las maracas. Las tocaba de maravilla. Y desde luego, incluso entonces, me
maravillaba cómo se apañaba para hacer tanto en un espacio tan pequeño, era como un bailaor de
flamenco.
Richmond es donde aprendimos a hacer bolos, allí fue donde nos dimos cuenta de que sin duda
teníamos una banda buena y éramos capaces de liberar a la gente durante unas pocas horas y generar
ese toma y daca entre el que se sube al escenario y el público. Porque… no es una «actuación». Diga lo
que diga Mick.

Mi sitio favorito, visto con la perspectiva de los años, era el Richmond Station Hotel, simplemente
porque todo empezó allí. El Ricky Tick Club de Windsor era una sala fantástica para tocar. El Eel Pie era
genial, fundamentalmente porque venía la gente de siempre, iban haciendo el recorrido con nosotros, nos
venían a ver donde fuera que tocáramos. Giorgio Gomelsky, otro personaje de aquellos tiempos: fue el que
nos organizó y nos consiguió los bolos en el Marquee y el Station Hotel, una persona clave para toda la
operación. Era emigrante ruso, grande como un oso y con una energía y un entusiasmo increíbles. Brian
hizo creer a Giorgio que, a efectos prácticos, él era el mánager de algo que no creíamos que necesitara un
mánager. La verdad es que hizo cosas increíbles por nosotros: nos tuvo en su casa, nos consiguió bolos…
pero no había mucho más que pudiera prometernos por aquel entonces. Nosotros estábamos siempre con
«necesitamos bolos, necesitamos bolos, corre la voz»; y por ese lado Giorgio fue una pieza clave durante
los primeros tiempos. Al final, Brian le dio la patada cuando comprendió que se avecinaba algo más
grande todavía. Al hilo de esto he de decir que era increíble cómo Brian manipulaba a la gente; tenías la
sensación de que había prometido cosas sin consultar a nadie, y cuando esas promesas no se cumplían
quedábamos todos como gilipollas. A Brian se le iba un poco la mano prometiendo. Giorgio se acabaría
convirtiendo en el mánager de los Yardbirds, incluido Eric Clapton, que ya estaban empezando a seguir
nuestra estela en el circuito. Y entonces Eric dejó los Yardbirds, se marchó de sabático seis meses, volvió
convertido poco menos que en Dios, y todavía andan con esa creencia, a ver si se les pasa la fiebre.
Mick ha cambiado muchísimo. Sólo cuando me pongo a pensar en aquellos años me doy cuenta de lo
unidos que estábamos durante la formación y los primeros tiempos de los Stones. Para empezar, nunca
nos hacía falta cuestionar el objetivo: no había duda sobre adonde queríamos llegar, cómo debería sonar,
así que no teníamos que discutirlo, sólo encontrar la manera de hacerlo. No teníamos que hablar de la
meta, sabíamos cuál era (básicamente grabar discos). A medida que avanzas, los objetivos se hacen más
ambiciosos. Nuestra primera meta como Rolling Stones era ser la mejor banda de rhythm and blues de
Londres y tener bolos todas las semanas, pero, hasta cierto punto, el gran objetivo global era hacer
discos, cruzar el umbral del sanctasanctórum, el estudio de grabación: ¿cómo vas a aprender sin ponerte
delante de un micrófono en un estudio? Vimos cómo las cosas se aceleraban. ¿Y ahora qué? Grabar
discos, no importa lo que debamos hacer. John Lee Hooker, Muddy Waters, Howlin’ Wolf eran quienes
eran, no hacían concesiones, y simplemente querían grabar igual que yo, eso es algo que tenemos en
común. Yo soy capaz de lo que sea con tal de grabar, lo que no deja de ser muy narcisista. Sencillamente
queríamos oír cómo sonábamos, queríamos oírnos. La remuneración ni entraba en nuestros cálculos, pero
oírnos sí que nos interesaba. En cierto modo, en aquellos tiempos ser capaz de meterte en el estudio y
salir con un vinilo debajo del brazo te legitimaba: «Ahora ya tienes rango de oficial» (en vez de ser mera
tropa). Tocar en directo era lo que más nos importaba en el mundo, pero grabar era el sello de
autenticidad: firmado, sellado y entregado.
Stu era el único que conocía a alguien que realmente pudiera abrirnos la puerta del estudio a altas
horas de la noche durante una horita. Por aquel entonces, eso era tan complicado como que te
concedieran audiencia en el palacio de Buckingham o lograr línea directa con el almirantazgo. Era
prácticamente imposible tener acceso a un estudio de grabación. Me resulta extraño que ahora
cualquiera pueda grabar un disco donde sea y colgarlo en Internet porque entonces era tan complicado
como poner un pie en la luna, un sueño. El primer estudio en el que entré fue el IBC de Portland Place,
justo enfrente de la BBC, aunque por supuesto no había ninguna conexión. Nos coló Glyn Johns, un
ingeniero de sonido que trabajaba allí y se las ingenió para conseguirnos un poco de tiempo de grabación.
Pero aquello fue una cosa excepcional.
Y entonces llegó el día en que Andrew Loog Oldham nos vino a ver tocar al Richmond y todo empezó a
moverse a una velocidad imparable: en dos semanas escasas teníamos un contrato para grabar un disco.
Andrew había trabajado con Brian Epstein y fue una pieza fundamental a la hora de crear la imagen de
los Beatles. Epstein despidió a Andrew porque tuvieron una bronca gorda, y Andrew se tiró a la piscina y
se puso a trabajar por su cuenta («vale, pues ahora vas a ver de lo que soy capaz»), con lo que a nosotros
básicamente nos usó para vengarse de Epstein: fuimos la dinamita y Andy Oldham el detonador. Lo
irónico del caso es que Oldham, el gran arquitecto de la imagen pública de los Stones, en un principio
creía que para nosotros suponía una desventaja que se nos viera como unos greñudos mugrientos y mal
educados, porque él era un tipo impoluto por aquel entonces. Toda aquella movida de los Beatles y los
uniformes, todos igualitos, seguía teniendo sentido para Andrew. Para nosotros, ninguno. Total, que nos
plantó el uniforme: llevábamos unas putas chaquetas de esas de pata de gallo, una pata de gallo inmensa,
cuando fuimos al programa de televisión Thank Tour Lucky Stars, pero nos deshicimos de ellas a las
primeras de cambio y nos quedamos con los chalecos de cuero que nos había comprado en Charing Cross
Road.
—¿Qué has hecho con tu chaqueta?
—No sé, creo que se la ha quedado mi novia.
Enseguida se hizo a la idea de que iba a tener que dejarlo por imposible. ¿Qué vas a hacer?: los Beatles
están por todas partes como la peste, ¿no? Y tú tienes otra banda, y son buenos. La clave está en no
intentar repetir los Beatles, así que íbamos a convertirnos en los antibeatles: no aspiraríamos a ser los
cuatro magníficos, todos vestidos iguales. Y al final Andrew pasó por el aro y llevó esa idea hasta sus
últimas consecuencias: todos van demasiado monos y aseaditos con sus uniformes, y todo es puro teatro.
Acabó siendo Andrew quien pulverizó el concepto vigente de la imagen que se debía dar y se decantó por
hacerlo todo mal, por lo menos desde la óptica del mundo del espectáculo según la interpretaba la prensa
de Fleet Street.
Por supuesto, no teníamos ni idea, íbamos de «somos demasiado buenos para esos rollos, tío, nosotros
somos músicos de blues (aunque tengamos dieciocho años), hemos recorrido el Misisipi, hemos pasado
por Chicago»: delirios… Pero el hecho es que le estábamos echando un verdadero pulso al orden
establecido, y por supuesto el momento no podía ser más oportuno. Por un lado están los Beatles: a las
madres les encantan, y a los padres también pero, en cambio, ¿dejarías que una hija tuya se casara con
esto? Fue más bien un golpe de genialidad, y no creo que Andrew ni ninguno de nosotros fuéramos
genios, simplemente dimos en la diana y, una vez tuvimos ese tema bajo control, nos dijimos: «Bueno,
ahora ya podemos entrar en el juego del mundo del espectáculo y seguir siendo nosotros mismos; no
tengo que cortarme el pelo igual que éste o aquél». Siempre pensé que Andrew era el relaciones públicas
por excelencia, me parecía un tío muy astuto, y me caía muy bien, por muy neurótico y desorientado
sobre su sexualidad que estuviera. Había estudiado en un colegio privado que se llamaba Wellingborough
y, a grandes rasgos y al igual que yo, no lo había pasado muy bien que dijéramos. Andrew, sobre todo por
aquel entonces, siempre estaba un poco desasosegado, era como el cristal, pero por otro lado tenía una
inmensa seguridad en sí mismo y lo que debía hacer, sólo que con ese poso de fragilidad en el interior. No
cabe la menor duda de que sabía montar fachadas de puta madre. Me encantaba cómo funcionaba su
mente, cómo pensaba y, después de haber pasado por la escuela de arte y haber estudiado publicidad, vi
enseguida que lo que estaba tratando de hacer tenía sentido.
Firmamos un contrato con Decca y al cabo de unos días estábamos en un estudio de Denmark Street
(¡y encima cobrando!), el Regent Sound Studio: no era más que un cuartucho forrado con hueveras y con
una grabadora Grundig, sólo que, para que tuviera aspecto de estudio, la grabadora estaba colgada de la
pared en vez de sobre una mesa, porque si estaba en una mesa, no era profesional. En realidad se
dedicaban a hacer jingles, melodías publicitarias para la radio («mentoles Murray, mentoles Murray,
mejores no hay»), no era más que un estudio de jingles, muy básico, muy sencillo, y para mí una
oportunidad de oro de aprender los rudimentos de la grabación. Una de las razones por las que lo
escogimos fue que grababan en mono, así que lo que se oía era lo que salía. La grabadora sólo tenía dos
pistas y con ella aprendí a hacer sobregrabaciones, lo que se llama ping-ponging para ser más exactos:
pones la cinta que acabas de grabar en una pista y vuelves a grabar encima. Por supuesto que es como
volver al tiempo de las cavernas, en lo que a sonido se refiere, porque le metes otra pasada, aunque
descubrimos que tampoco era tan mala idea… Así que nuestro primer disco, gran parte del segundo, «Not
Fade Away» (que fue el primer single con el que llegamos al tercer puesto de las listas en febrero de
1964) y «Tell Me» los grabamos rodeados de hueveras. Aquellos primeros discos los hicimos en varios
estudios con una gente increíble entrando y saliendo: Phil Spector, que toca el bajo en «Play with Fire»;
Jack Nitzsche al clavecín… Spector y Bo Diddley vinieron de visita con Gene Pitney, que grabó una de las
primeras canciones que escribí con Mick, «That Girl Belongs to Yesterday».
Por desgracia, el contrato con Decca hizo que Stu tuviera que bajarse en marcha: seis tíos son muchos
tíos y el que sobra es evidentemente el pianista. Así de brutal es este negocio. En vista de que Brian se
había erigido en líder del grupo, le tocó a él comunicarle la sentencia al reo. Fue una situación muy difícil.
Stu no se sorprendió y creo que de hecho ya había decidido qué iba a hacer si le tocaba marcharse; lo
entendió perfectamente. Nosotros pensamos que nos iba a salir con algo como «que os den por culo,
muchas gracias», pero ahí fue donde se vio lo grande que era el corazón del tipo, porque a partir de ese
momento fue en plan «bueno, pues entonces os llevo yo en coche a los sitios». Siempre estaba en las
grabaciones. A él lo único que le interesaba era la música.
Para nosotros nunca se marchó y él lo comprendió perfectamente: «No tengo precisamente la misma
pinta que vosotros, ¿a que no?». Tío, no existe un corazón más grande: había sido decisivo para reunirnos
y no iba a dejarnos porque tuviera que pasar a un segundo plano.
El primer single salió al poco tiempo de firmar el contrato; fue cuestión de días, no de semanas, y el
que fuera precisamente «Come On» de Chuck Berry fue una estrategia comercial deliberada. A mí no me
pareció lo mejor que hubiésemos podido hacer, pero sí era consciente de que dejaría huella, y como
grabación seguramente es mejor de lo que me lo pareció en su día. Ahora bien, tengo la sensación de que
creímos que era el único intento que íbamos a tener, porque nunca la hubiéramos tocado en los bolos que
hacíamos en clubes, no tenía nada que ver con lo que estábamos haciendo. En aquellos días la banda
todavía tenía una veta purista, aunque claro está que no era yo el que llevaba la voz cantante ahí: a mí me
encantaba el blues pero veía el potencial que tenían otros estilos. Y también me apasionaba el pop. Así
que consideré ese primer single (de manera bastante fría y calculadora) simplemente como la llave que
abría la puerta. Era cuestión de meternos en el estudio y lo que se imponía era inventarse algo muy
comercial; es una versión completamente distinta de la de Chuck Berry, de hecho imita mucho a los
Beatles. En Inglaterra se grababa de una manera que no te permitía andar poniéndote tiquismiquis: ibas
al estudio, grababas y a la calle. Creo que todo el mundo pensó que la canción tenía posibilidades de
verdad y en cuanto a la opinión del grupo mismo era más bien: «¡Estamos grabando un disco!, ¿te lo
puedes creer?». También flotaba en el ambiente la sensación de que se mascaba la tragedia («¡Dios!, si el
single funciona tenemos dos años y luego se irá todo al carajo, y entonces, ¿qué?») porque nadie duraba
más tiempo: por aquel entonces (incluso ahora en muchos casos) tenías fecha de caducidad y era al cabo
de dos años y medio. A excepción de Elvis, nadie había sido capaz de desmentir esa creencia.
Lo raro es que cuando salió aquel primer disco seguíamos todavía siendo, más que nada, una banda de
clubes. Yo creo que no habíamos tocado en ningún local mayor que el Marquee. Pero el disco fue
avanzando puestos hasta colocarse entre los veinte primeros de las listas y, de la noche a la mañana, en
unas cuantas semanas, nos habíamos convertido en estrellas del pop. Algo muy complicado si hablamos
de unos tíos que van del rollo:
—Sal aquí.
—Jódete.
De repente nos hacen andar por ahí vestidos con unos putos trajes de pata de gallo y la corriente es
tan fuerte que nos arrastra. Fue como un maremoto: un minuto estás deseando grabar un disco y al
siguiente ya lo has grabado, está entre los putos veinte primeros de las listas y tienes que ir a Thank Your
Lucky Stars. La tele era algo en lo que jamás habíamos pensado. Entramos en el mundo del espectáculo
algo así como propulsados y, como precisamente íbamos en contra de todo aquello, pasábamos, nos
parecía que ya valía, aunque luego nos dimos cuenta de que teníamos que hacer ciertas concesiones.
Ahora teníamos que encontrar la manera de que funcionara. Las chaquetas no duraron mucho. Igual
fue buena idea para el primer disco pero para cuando nos pusimos a grabar el segundo ya no quedaba ni
atisbo de todo aquel rollo. Venía tanta gente al Crawdaddy que Gomelsky trasladó el club al complejo
polideportivo de Richmond y, en julio de 1963, salimos de Londres por primera vez para dar un concierto
en Middlesborough, Yorkshire: primera experiencia de lo que era una batalla campal de verdad. Desde
entonces hasta 1966 (tres años), básicamente actuamos todas las noches, o todos los días, a veces hasta
dos bolos en un día. Debimos de hacer bastante más de mil bolos, prácticamente uno detrás de otro, casi
sin interrupción y con unos diez días de descanso en total.
Igual si nos hubiéramos puesto las chaquetas de pata de gallo y hubiésemos tenido aspecto de
muñequitos tal vez no habríamos cabreado tanto a los tíos del público que fue al Wisbech Corn Exchange,
en Cambridgeshire, en julio de 1963. Eramos tipos de ciudad que tocaban la música que se oía en la
ciudad, pero inténtalo en Wisbech hacia 1963 y con Mick Jagger. La reacción no tuvo nada que ver con lo
acostumbrado cuando salimos a tocar delante de aquella caterva de paletos que iban literalmente con la
brizna de hierba entre los dientes en aquel auditorio plantado en la zona de las marismas. Los disturbios
se desataron porque aquellos pueblerinos, los «mozos», no podían soportar que todas sus chicas
estuvieran como embobadas, locas por aquellos maricones (eso éramos para ellos) de Londres:
«¡M’cago’n…». Fue una broca monumental, y tuvimos suerte de salir enteros. En honor a los proverbiales
contrastes entre los distintos tipos de seguidores del rock and roll, la noche anterior habíamos estado
tocando en una puesta de largo que organizaba una tal lady Lampson en un sitio de lo más pintoresco, las
antiguas cuevas de contrabandistas de Hastings. Aquel bolo nos había llegado a través de Andrew
Oldham y resultó ser la típica movida insoportable de gente estirada de buenísima familia que se
entretenía jugando a los bajos fondos en las cuevas de Hastings, que son bastante grandes. Nosotros
éramos parte del entretenimiento. Nos dijeron que cuando no estuviéramos trabajando podíamos ir al
bufé, cosa que nos puso un poco en guardia, todo sea dicho, pero habíamos estado teniendo un
comportamiento intachable hasta que uno de aquellos tíos rancios le soltó a Ian Stewart: «Bueno,
muchachito del piano, ¿entonces también sabes tocar “Moon River”?». Bill lo tumbó directamente, o algo
parecido. Lord Lampson, o el que viniera, apareció preguntando: «¿Quién es ese hombrecillo horrible?».
Es decir, «podéis tocar en nuestras fiestas, pero os vamos a tratar igual de mal que a los negros», lo que a
mí personalmente no me importaba en absoluto, al revés, me enorgullecía; me refiero a que me encanta
que me traten como si fuera negro, pero tuvo que ser Stu la víctima del primer comentario de ese estilo
(«¡bueno, muchachito del piano!»).
Nuestro público fue eminentemente femenino hasta que, a finales de los sesenta más o menos, acabó
equilibrándose la cosa. Aquellos ejércitos de chicas salvajes perfectamente capaces de arrancarte una
extremidad si te ponías a tiro empezaron a aparecer en grandes cantidades aproximadamente hacia la
mitad de nuestra primera gira por el Reino Unido, en el otoño de 1963. La lista de participantes era
increíble: los Everly Brothers, Bo Diddley, Little Richard, Mickie Most… Para nosotros era como estar en
Disneylandia, o en el mejor parque temático que pudieras imaginar y, al mismo tiempo, suponía una
oportunidad de oro para ver cómo funcionaban los maestros. Solíamos colgarnos de las vigas de los
teatros Gaumont o los Odeon para ver a Little Richard, Bo Diddley y los Everly en acción sin perdernos
detalle. Fue una gira de seis semanas y estuvimos por todas partes (Bradford, Cleethorpes, Albert Hall,
Finsbury Park…), haciendo bolos grandes y pequeños. Teníamos esa sensación increíble de «¡coño, estoy
compartiendo camerino con Little Richard!»: una parte de ti es el fan («¡ay, Dios mío!») y otra parte te
está diciendo: «Calma, estás aquí con el puto amo, sé un hombre y no hagas el ridículo». Pisar el primer
escenario de la gira, el New Victoria Theatre de Londres, fue como si nos enfrentáramos a una llanura
infinita que se extendía hasta el horizonte: la sensación de espacio, la cantidad de público, la escala de
todo en general, eran imponentes. Nos sentíamos como unos mequetrefes allí arriba. Evidentemente,
tampoco éramos tan malos pero nos miramos los unos a los otros, presas del desconcierto. Y entonces se
levantó el telón y… «¡aaaaaaah!!!!!». ¡Tocar en el Coliseo! Te acostumbras bastante rápido, aprendes,
pero esa primera noche nos sentíamos diminutos. Además, por supuesto, no era el mismo sonido que
conseguíamos en una sala pequeña, de repente nos parecía que sonábamos como soldados de hojalata.
¡Teníamos tanto que aprender! ¡Y rápido! Ahí sí que fue zambullirnos directamente por donde cubría…
Seguramente lo hicimos desastrosamente mal en algunas de esas actuaciones, pero para entonces se
había generado una especie de corriente en torno nuestro: se oía más al público que a nosotros, lo que sin
duda era una ayuda (unos coros irrepetibles de las tías desgañitándose), con lo cual, en cierto modo,
aprendimos en medio de un aluvión de ruidos.
La puesta en escena de Little Richard era muy loca y además magnífica: nunca sabías por dónde iba a
aparecer, igual tenía a la banda tocando los acordes del principio de «Lucille» durante casi diez minutos
(que es mucho tiempo para estar repitiendo ese riff una y otra vez), se apagaban todas las luces, no se
veía nada más que las salidas de emergencia y entonces hacía su entrada desde el fondo del teatro. Otras
veces salía, corriendo al escenario, luego desaparecía y después aparecía otra vez. Prácticamente todas
las noches hacía algo distinto. Te acabas dando cuenta de que Richard se había estudiado el teatro, había
hablado con los encargados de las luces (¿desde dónde puedo salir?, ¿por aquí hay una puerta?) y había
identificado la manera como podía montar la entrada más efectista posible, ya fuera irrumpir (¡bang!)
como una exhalación de golpe y porrazo o dejar a la banda tocando cinco minutos y luego descolgarse del
techo. De repente ya no estábamos tocando en clubes donde la presentación no tiene importancia, donde
no hay espacio para moverse ni posibilidad de hacer nada. De pronto, descubrir aquella manera de
trabajarse el escenario (y la de Bo Diddley también) era alucinante, como si por arte de magia hubieras
ascendido a los cielos a departir con los dioses. Sonaban los primeros acordes de «Lucille», una y otra
vez, y otra y otra más, y empezabas a preguntarte si tenía pensado salir algún día y entonces un cañón de
luz enfocaba un palco y… ¡el reverendo vive! El reverendo Penniman. Y el riff sigue. Así que aprendimos
bastante sobre puesta en escena: Little Richard fue uno de los mejores maestros que hubiéramos podido
tener.
Ese truco suyo lo usé mucho con los X-Pensive Winos: se apagaban todas las luces y nos sentábamos en
círculo sobre el escenario a echar un canuto y tomarnos una copa; la gente no tenía ni idea de que
estábamos allí pero luego se encendían las luces y empezábamos. Eso lo aprendí de Little Richard.
Salen a tocar los Everly Brothers: iluminación tenue; ellos tocan muy suave y sus voces son tan
limpias, ese estribillo es tan bonito, casi místico, dream, dream, dream… y mientras iban tejiendo y
disolviendo armonías y unísonos. Esos tíos tenían mucho poso de bluegrass, y la mejor guitarra rítmica
que he oído jamás es la de Don Everly. Es algo en lo que nadie piensa, pero la guitarra rítmica de los
Everly es perfecta, y además la sincronización y la conjunción con las voces son de una belleza
indescriptible. Siempre eran muy educados, muy distantes. Yo conocía a la banda mucho mejor que a
ellos: Joey Page era el bajo y Don Peake tocaba la guitarra, y el batería se llamaba Jimmy Gordon,
acababa de salir del instituto y luego tocaría con Delaney & Bonnie y con Derek and the Dominos. El
muchacho tenía brotes esquizofrénicos y, en uno de ésos, acabó matando a su madre a golpes y cumplió
cadena perpetua en California, pero ésa es otra historia. Al cabo del tiempo sabría que los Everly tenían
problemas entre ellos, que siempre los habían tenido. Yo diría que existía un cierto paralelismo entre ellos
y Mick y yo: siempre codo con codo, a las duras y a las maduras, hasta que la cosa despega de verdad y
por fin tienes tiempo y espacio para comprender qué es lo que no te gusta del otro. Sí… Más sobre ese
tema en otro momento.
Recuerdo una escena inolvidable en los camerinos durante esa gira. A mí me gusta Tom Jones y lo
conocí entonces, cuando ya debíamos de llevar dos o tres semanas en la carretera con Little Richard (un
tipo con el que es fácil llevarse bien, lo sigue siendo, así que nos echábamos muchas risas) y llegamos a
Cardiff. Por allí, Tom Jones y su grupo, los Squire, iban cinco años por detrás y aparecieron todos en el
camerino de Little Richard con las chaquetas cruzadas de tela de leopardo y solapas de terciopelo negro y
demás: una auténtica procesión de teddy boys haciendo genuflexiones y reverencias. De repente, Tom
Jones se pone de rodillas (literal) delante de Little Richard, como si éste fuera el papa. Y…, claro, Richard
no desperdicia la oportunidad («¡hijos míos, queridos míos!»), y los otros, como no se han dado cuenta de
que Richard es una loca redomada, no saben cómo tomárselo y él sigue: «¡Nene, tú sí que eres un
auténtico melocotón de Georgia!»[22]. Un choque cultural salvaje, pero los galeses están tan encantados
de tenerlo delante que da igual lo que les diga, y Richard guiñándome el ojo y haciéndome gestos con la
cabeza («¡es que adoro a mis fans!»). El reverendo Richard Penniman: no hay que olvidar que procede de
las iglesias donde se canta góspel, igual que casi todos los grandes. Al final acabamos todos entonando
aleluyas. Al Green, Little Richard y Solomon Burke se habían ordenado sacerdotes porque los
predicadores no pagan impuestos: su ministerio tenía menos relación con Dios que con el fisco.
Jerome Green era el que tocaba las maracas en la banda de Bo Diddley: había participado en todos sus
discos y era un bebedor empedernido y un sentimental, uno de los cabrones más entrañables que te
pudieras echar a la cara, el tío se abalanza en tus brazos a la mínima. Casi podía decirse que él y Bo eran
socios: habían estado juntos desde el principio y seguían un poco un patrón de «llamada y respuesta»:
«Tío, tu vieja es tan fea que me la he tenido que quitar de encima con un palo de escoba». Si Bo siguió
con él, Jerome debe de haber sido muy importante para él… Eso sí, tocaba las maracas como nadie, solía
tocar con ocho, cuatro en cada mano (muy africano todo) y el sonido era increíble, estuviera borracho o
sereno, aunque siempre decía lo mismo: «No puedo seguir, ya no estoy borracho».
Por alguna razón, me convertí en el compañero de viaje de Jerome: había una simpatía mutua, y él era
divertidísimo, un tío enorme, se parecía a Chuck Berry. De repente, se oía a alguien que preguntaba a voz
en grito entre bastidores:
—¿Alguien ha visto a Jerome?
—Apuesto a que sé dónde está —contestaba yo.
Siempre lo encontraba en el pub más cercano al lugar donde estuviésemos tocando. Por aquel
entonces yo no era famoso, la gente no me reconocía, así que iba corriendo al pub y allí estaba él:
hablando con los parroquianos, todo el mundo pagándole rondas porque no veían muy a menudo a un
negro de Chicago de un metro noventa. Yo era como su guardaespaldas:
—Jerome, Bo te está buscando.
—¡Mierda, sí! Enseguida vuelvo…
Hacia el final de la gira se puso bastante enfermo, y ahí fue donde aprendí cuanto hay que saber sobre
llamadas al médico, organizado todo… Me lo llevé a vivir conmigo.
—Ya no puedo más con la comida inglesa, tío. ¿Dónde puedo encontrar algo de puta comida americana
por aquí? Quiero una hamburguesa —me iba corriendo a Wimpy’s para comprarle una—. ¿Y a esto lo
llamáis hamburguesa?
—Jo, Jerome, tío, lo siento.
En cierto modo lo hice porque nos reíamos mucho juntos, y porque de verdad era un tipo encantador.
Aunque tampoco tenía ningún problema con pedirte unos cuantos billetes si andaba mal de pasta… Pero
tenías la sensación de que si no fuera porque estabas tú, acabaría entre las ruedas de un bus o, mejor aún
si hubiera sido posible, se habría lanzado a sí mismo por el retrete y luego habría tirado de la cadena. Al
poco tiempo dejó la banda de Bo.
Esa primera gira fue rara: la verdad yo nunca había tenido demasiada confianza en mí mismo como
guitarrista, pero sabía que juntos podíamos hacer algo bueno, que pasaban cosas cuando tocábamos.
Empezamos siendo los primeros en tocar, para ir caldeando el ambiente; luego pasamos a ser los últimos
antes del descanso, después los primeros de la segunda parte y, en cosa de seis semanas, los Everly
Brothers estaban prácticamente diciendo: «¡Eh, visto lo visto, cerrad vosotros!». En seis semanas. Algo
pasó mientras recorríamos Inglaterra de cabo a rabo. A las tías empezó a darles por chillar como locas
(no eran más que unas crías, un montón de adolescentes siempre dispuestas a chiflarse con la última
moda de lo que fuera), lo que para nosotros, siendo «músicos de blues», era… bueno… señal de que
íbamos en muy mala dirección. Lo último que queríamos era ser una imitación chunga de los Beatles.
¡Joder, nos habíamos partido los cuernos para convertirnos en una gran banda de blues! Claro que el
dinero era todavía mejor y, de pronto, con semejante cantidad de público, tanto si nos gustaba como si no,
ya no éramos simplemente una banda de blues, sino que habíamos pasado a ser un grupo de pop,
concepto que despreciábamos profundamente.
En unas cuantas semanas pasamos de la nada a ser el éxito más sonado de Londres. Las canciones de
los Beatles no podían ocupar todos los primeros puestos de las listas, así que en los huecos que quedaban
se fueron colando algunas de las nuestras durante el primer año. Puede haber tenido algo que ver con
«The Times They Are A-Changing» de Dylan, pero el hecho es que algo se notaba en el ambiente, sabías
que algo estaba pasando, y además deprisa. Los Everly Brothers (y me encantan, que conste) también lo
presentían, sabían que se estaba cociendo algo y, siendo muy buenos, ¿qué van a hacer ellos cuando de
repente hay tres mil personas coreando «que salgan los Stones, que salgan los Stones»? Ocurrió todo tan
rápido… Y Andrew Loog Oldham fue el que supo aprovechar la oportunidad, lo tenía muy claro. Nosotros,
cuando menos, éramos conscientes de haberle prendido fuego a algo que, francamente, hoy sigo siendo
incapaz de controlar.
Lo único que sabíamos a ciencia cierta era que estábamos en la carretera todos los días, igual
librábamos uno para llegar de un sitio a otro, pero lo íbamos notando en la calle, mientras nos
recorríamos Inglaterra, Escocia y Gales. A las seis semanas casi podías olerlo en el aire. Fuimos a más y
cuanto mayor el éxito, mayor también la locura. Hasta que llegó un momento en que, de hecho, sólo
pensábamos en cómo llegar al bolo y luego en cómo salir de allí. Lo que era tocar, no tocábamos más de
cinco o diez minutos: en Inglaterra, durante dieciocho meses, yo diría que no llegamos a terminar ni una
sola actuación. La cuestión en realidad era cómo terminar cuando se había montado un lío de cojones
mientras tocábamos, la policía se había presentado a poner orden, había unos cuantos (demasiados) casos
de urgencia médica y, en medio de todo aquel infierno, teníamos que encontrar la forma de largarnos. La
tarea más importante del día era planear la salida después del bolo; de la actuación en sí no nos
preocupábamos demasiado. Era todo un caos indescriptible. En realidad íbamos a escuchar nosotros al
público: nada como sus buenos diez o quince minutos de adolescentes enloquecidas chillando como
posesas para disimular los errores que pudieras cometer tocando; nada como tener a tres mil crías
abalanzándose sobre nosotros o saliendo de la sala en camilla, sudorosas, con el pelo descompuesto, la
falda por la cintura, los ojos desorbitados y enrojecidos… ¡Así se hace, guapa! ¡Así es como nos gustan!
Siempre teníamos en el repertorio (lo señalo como dato) «Not Fade Away», «Walking the Dog», «Around
and Around», «I’m a King Bee»…
En ocasiones a los jefes de policía se les ocurrían unas estrategias ridículas. Recuerdo que una vez en
Chester, después de una actuación que había acabado (cómo no) con disturbios, tuve que seguir al jefe de
policía por los tejados de la ciudad: parecíamos una puta película de Disney con el resto de la banda
caminando en fila india detrás de mí y él guiándonos, enfundado en aquel uniforme impecable y con un
agente a cada lado. Y entonces el muy cretino va y se pierde y nos quedamos colgados en los tejados de
Chester al esfumarse de un plumazo el fantástico plan «la fuga de Colditz». Ahí viene cuando se pone a
llover. ¡Aquello parecía Mary Poppins, tal cual!: él uniformado de los pies a la cabeza (porra incluida),
algo absurdo… ¡Y pensar que aquél era el gran plan! En aquellos tiempos, aún creías a mi edad que la
policía sabía qué debe hacerse en cualquier situación, ¡eso era lo que tenías que pensar! Pero enseguida
advertías que aquellos tipos nunca se habían visto en una semejante, que para ellos era todo tan nuevo
como para nosotros, que todos éramos unos novatos sin la menor idea de por dónde nos daba el aire.
Había noches en que tocábamos la canción de Popeye el Marino y el público ni se enteraba porque en
realidad no nos oían, así que no estaban reaccionando a la música, en todo caso sería al ritmo porque
siempre oirían la batería, pero el resto ni de broma: ni se oían las voces ni se oían las guitarras,
imposible. La reacción venía por estar en un espacio cerrado con nosotros (Mick, Brian, yo), de quienes se
habían formado aquella idea en la cabeza, aquella ilusión. Igual la música era el gatillo pero la bala, ¡sabe
Dios qué era! Por lo general se organizaba una movida tremenda pero casi siempre sin consecuencias
para ellas, cosa que no siempre podíamos decir de nosotros. De los miles que venían a vernos, sólo unas
cuantas personas resultaron heridas, pero hubo algún muerto. Hubo una tía que se tiró desde un palco
del tercer piso a la muchedumbre que había debajo: a la persona sobre la que cayó le provocó graves
lesiones y ella se rompió el cuello y se mató. De vez en cuando pasaba una putada horrible como ésa.
Ahora bien, a los diez minutos de salir al escenario empezaban a pasarnos por delante los cuerpos inertes
de fans que habían perdido el conocimiento de la emoción, eso no fallaba. A veces incluso las dejaban
poco menos que apiladas a un lado porque había demasiadas, ¡era como el puto frente occidental! En
provincias (territorio desconocido para nosotros) la cosa empeoraba: en Hamilton, justo a las afueras de
Glasgow, en Escocia, pusieron la típica alambrada de gallinero delante del escenario para protegernos de
los peniques afilados en punta y las botellas de cerveza que nos tiraban los tíos, a los que no les hacía
mucha gracia ver a sus chicas chillando como locas por nosotros. Hasta tenían policía con perros
recorriendo nuestro lado de la alambrada. Aquello de la alambrada no era tan raro en según qué sitios,
sobre todo alrededor de Glasgow, y en realidad no era ninguna novedad, lo mismo pasaba en el Sur o el
Medio Oeste de Estados Unidos. «Midnight Hour» (el señor Wilson Pickett) se tocaba en escenarios cuyo
decorado consistía en unas rejillas con pistolas, y no eran imitaciones, estaban cargadas (seguramente
con sal, nada bestia, eso no), pero verlas allí ya era suficiente para quitarle a la gente de la cabeza la idea
de volverse loca arrojando cosas al escenario. Era pura y simplemente una medida de control.
Una noche, en un lugar del norte, tal vez cerca de York aunque podría haber sido en cualquier sitio,
habíamos decidido que la estrategia sería quedamos en el teatro un par de horas más después de que
acabara el concierto y cenar allí, hacer tiempo para que todo el mundo se hubiera ido a la cama y luego
marcharnos. Me acuerdo de salir otra vez al escenario cuando ya habíamos terminado y la sala estaba
vacía, ya habían recogido toda la ropa interior que nos habían tirado y demás. Andaba por allí un
empleado ya mayor, el vigilante nocturno, que al verme me comentó: «Muy buena actuación, no ha
quedado ni una sola butaca seca».
Tal vez les pasara lo mismo a Frank Sinatra y Elvis Presley, pero no creo que la cosa llegase nunca a
los extremos que alcanzó en tiempos de los Beatles y los Stones, por lo menos en Inglaterra. Era como si
alguien le hubiera dado a una palanca en alguna parte. A las chicas de los años cincuenta las habían
educado a todas para ser unos dignos y estirados palitos de escoba y luego, en algún momento, parece
que decidieron que querían soltarse la melena, les surgió una oportunidad de poder hacerlo, ¿y quién iba
a tener los huevos de impedírselo? La lujuria pura y simple lo empapaba todo; no sabían qué hacer con
ella, pero de repente te encuentras con que el blanco eres tú. Era un delirio. Una vez abiertas las
compuertas, la corriente era imparable y hubieras tenido más oportunidades de salir con vida de un río
infestado de pirañas porque se habían ido más allá de donde en realidad pretendían estar, habían perdido
el norte. Aquellas tías se agolpaban allí abajo, sangrando, con la ropa desgarrada, las bragas meadas… Y
al final lo asumías como el pan nuestro de cada día. Ese era el verdadero bolo. Podría haber sido
cualquiera y no necesariamente nosotros, la verdad, porque les importaba un carajo que lo que yo
pretendía fuera ser un músico de blues.
Para un tío como Bill Perks, cuando de repente se abre semejante panorama ante ti, resulta increíble;
una vez lo pillamos en la carbonera con una tía, debíamos de estar en Sheffield o en Nottingham:
parecían dos personajes sacados de Oliver Twist; «Bill, que nos piramos ya». Los encontró Stu. ¿Qué vas a
hacer, a esa edad, si resulta que las quinceañeras de todo el país han decretado que eres «lo más»? La
oferta era increíble: seis meses antes no habría conseguido echar un polvo ni a tiros, habría tenido que
pagar.

Ahora no tienes un árbol donde ahorcarte (ni de coña, en cuanto se lo ven venir hacen como que no se
enteran, «laaa la la laaa») y al minuto siguiente te lo están pidiendo a gritos. Y tú: «¡Guau, mira qué bien
haberme pasado de la Old Spice a Habit Rouge[23], ¿pero qué buscan exactamente? ¿Fama? ¿Dinero? ¿O
es real?». Claro, cuando tu trayectoria con mujeres guapas hasta la fecha es casi inexistente, todo te
parece un tanto sospechoso.
A mí me han salvado más veces las tías que los tíos. En ocasiones no eran más que un par de abrazos y
unos cuantos besos y nada más, alguien que te diera calor por la noche, tener a quien abrazarte en la
cama cuando corrían tiempos difíciles. Yo solía preguntar:
—Joder!, ¿por qué pierdes el tiempo conmigo si sabes perfectamente que soy un gilipollas y mañana ya
no estaré?
—No sé, me imagino que creo que mereces la pena.
—En ese caso no voy a ser yo quien te lo discuta…
La primera vez que me encontré en una situación así fue en el norte de Inglaterra, durante aquella
primera gira. Después del concierto acabas en un pub o en el bar del hotel y para cuando te quieres dar
cuenta estás en la habitación con una cría dulce como ella sola que estudia sociología en la Universidad
de Sheffield y ha decidido portarse de maravilla contigo.
—Creía que eras una tía espabilada. Yo soy guitarrista y sólo estoy de paso…
—Ya, pero me gustas.
Gustar es muy distinto de amar.

A finales de los años cincuenta, los adolescentes eran un nuevo mercado, una ocurrencia de los
publicitarios, fueron ellos los que, de manera bastante calculadora, se inventaron la palabra teenager.
llamarlos teenagers, quinceañeros, provocó un cambio en los adolescentes, creó una conciencia afectada
de su propia identidad. Además se creó un mercado, no sólo para la ropa y los cosméticos, sino también
para la música, la literatura y cualquier otra cosa; en definitiva, metió a aquel grupo de edad en otro saco.
Y además hubo por aquel entonces como una explosión, una especie de invasión de adolescentes recién
salidas del cascarón. Beatlemanía y stonemanía. En definitiva, un montón de crías que se morían por algo
nuevo, y cuatro o cinco tipos delgaduchos subidos a un escenario les proporcionaron la vía de escape que,
si no, hubieran encontrado en otra parte.
El imponente poder de las mocosas de trece, catorce o quince años que van en grupo se me ha
quedado grabado a fuego. Estuvieron a punto de matarme. Nunca he temido más por mi vida que por
culpa de ellas: si caías en medio de una multitud de chiquillas enloquecidas, te estrangulaban, te
rasgaban la ropa… Cuesta trabajo explicar lo terrorífico que podía llegar a ser. Hubieras preferido estar
en una trinchera que tener que enfrentarte a aquella oleada criminal e imparable de lujuria, deseo o lo
que sea (no lo saben ni ellas). La policía salía por patas y te quedabas solo frente a aquella explosión de
emociones descontroladas.
Creo que fue en Middlesborough donde no conseguí subirme al coche (un Austin Princess): yo
intentando entrar y aquellas zorras haciéndome trizas. El verdadero problema es que consigan echarte la
zarpa, porque no tienen ni idea de qué hacer entonces. Aquella vez casi me estrangulan con un collar:
una se puso a tirar de un lado, otra del otro, y las dos tirando y chillando «Keith, Keith» y de paso
ahogándome. Por fin conseguí alcanzar con la mano la puta manilla de la puerta, pero me quedé con ella
en la mano… Y aun así arrancan a toda velocidad y me dejan allí tirado con la manilla en la mano. Ese día
me dejaron en la estacada. Se ve que al conductor lo venció el pánico: los demás ya estaban dentro del
coche y él no tenía la menor intención de aguantar más tiempo en medio de aquella turbamulta, así que
me abandonó a mi suerte dejándome en manos de las hienas. Lo siguiente que recuerdo es despertarme
en el callejón de la entrada de artistas del teatro (por lo visto la policía había tomado cartas en el asunto)
porque me había desmayado, llegó un momento en que se me habían apagado las luces, las tenía por
todas partes («y ahora que he caído en vuestras garras, ¿qué vais a hacer conmigo?»).
También recuerdo una vez en que tuve contacto de verdad con estas chicas, fue una situación
completamente fortuita, una viñeta inesperada.
El cielo tenía un color plomizo que anunciaba lluvia. ¡Teníamos el día LIBRE y de repente se desata una
tormenta! Miré por la ventana y vi a tres fans de las incondicionales esperando fuera: ¡los cardados
estaban empezando a sucumbir a las inclemencias del tiempo, pero ahí seguían! ¡Qué va a hacer un pobre
diablo como yo ante semejante panorama!
—Anda, pasad, piradas.
Y de repente, ahí me tienes, sentado en la diminuta habitación del hotel con tres crías caladas hasta
los huesos (lo dejaron todo perdido de agua). Los peinados han pasado a la historia, tiemblan de frío y
seguramente de emoción también: ¡están en la habitación de su ídolo (uno de sus ídolos)! Reina la
confusión. No saben si cagarse de la emoción o del susto; y yo estoy igual de confundido, porque una cosa
es tocar para ellas desde el escenario y otra muy distinta tenerlas delante en un cara a cara. Las toallas
se convierten en una cuestión de vital importancia (el cuarto de baño también). Intentan resucitarse con
poco resultado visible: demasiados nervios, demasiada tensión. Les pido unos cafés que bautizo con un
poco de burbon, pero no hay la menor tensión sexual en el ambiente, nos sentamos a charlar y a echar
unas risas hasta que se aclara el cielo y luego les pido un taxi. Nos despedimos como amigos.

Septiembre del 63. No tenemos canciones, por lo menos ninguna que creamos que puede entrar en las
listas: nada de toda la reserva cada vez más agotada del repertorio del R&B parecía servir. Estábamos
ensayando en Studio 51, cerca del Soho. Andrew había desaparecido para dar un paseo y apartarse un
rato de aquel ambiente tan deprimente y se había encontrado con John y Paul que salían de un taxi en
Charing Cross Road. Se fueron a tomar algo juntos, ellos lo notaron preocupado y les contó lo que pasaba:
no había canciones. Volvieron al estudio con él y nos dieron una canción que habían metido en su próximo
disco pero que no iban a sacar como single, «I Wanna Be Your Man». La tocaron con nosotros, Brian le
metió un poco de slide guitar, la convertimos en una canción con un estilo inconfundible de los Stones y
no de los Beatles y ya antes de que se marcharan del estudio se veía claramente que teníamos un éxito
seguro entre las manos.
Nos la pasaron a nosotros deliberadamente: los tíos escriben canciones, es lo que hacen, y por tanto
están intentando que las canciones rulen, típico rollo Tin Pan Alley[24], y les pareció que la canción nos
iba. Además teníamos montada una especie de sociedad de admiración mutua: Mick y yo admirábamos
sus armonías y su capacidad para componer, y ellos nos admiraban por nuestra libertad de movimientos y
nuestra imagen, y querían unirse a nuestro rollo. La verdad es que la relación con los Beatles fue siempre
muy buena y a la vez muy astutamente planteada, porque en esos días los singles salían cada seis u ocho
semanas y tratábamos de organizamos para no coincidir. Recuerdo a John Lennon llamando para decir:
—Nosotros todavía no hemos acabado de mezclar.
—Pues nosotros tenemos uno listo ya.
— Entonces salid vosotros primero.

Cuando despegamos estábamos demasiado ocupados tocando por todo el país como para pensar en
escribir canciones, y además pensábamos que no era nuestro trabajo, no se nos había ocurrido que lo
fuera, nos parecía más bien que era una cuestión del tipo: yo monto el caballo y las herraduras que se las
ponga otro. Nuestros primeros discos eran todos versiones («Come On», «Poison Ivy», «Not Fade Away»);
nos limitábamos a tocar música americana para los ingleses y tocábamos de puta madre, hasta nos habían
oído algunos americanos también. Ya nos costaba mucho trabajo creernos que hubiéramos llegado hasta
donde habíamos llegado y nos parecía perfecto quedarnos en ser intérpretes de la música que más nos
gustaba; nos parecía que no había motivo alguno para salimos de ese marco, pero Andrew no dejaba de
insistir, por la presión del negocio, pura y dura: habéis dado con algo increíblemente bueno, pero sin más
material (y preferiblemente material nuevo), se acabó; tenéis que averiguar si sois capaces de hacerlo y,
de no ser el caso, hay que ponerse a buscar compositores, porque no vais a durar haciendo sólo
versiones. Ese paso de gigante de componer nuestra propia música nos llevó meses, aunque me resultó
mucho más fácil de lo que esperaba.

El famoso día en que Andrew nos encerró en la cocina de una casa de Willesden y nos dijo «inventaos
una canción» no es leyenda, realmente ocurrió. La razón por la que Andrew nos encerró a Mick y a mí (y
no a Mick y a Brian, o a mí y a Brian) la desconozco. Luego resultó que Brian era incapaz de escribir
canciones, pero eso Andrew no lo sabía aún. Supongo que fue porque Mick y yo pasábamos mucho tiempo
juntos en aquellos tiempos. Andrew lo explica así: «Supuse que si Mick era capaz de escribir postales a
Crissie Shrimpton y Keith sabía tocar la guitarra, juntos podrían escribir canciones». Nos pasamos una
noche entera en esa puta cocina… ¡Joder, éramos los Rolling Stones, los reyes del blues, y ahí estábamos!:
teníamos comida y para mear podíamos apañarnos con la ventana o el fregadero, daba igual, y recuerdo
que dije: «Si queremos salir de aquí, Mick, más vale que se nos ocurra algo».
Nos sentamos en aquella cocina y empezamos a probar acordes. It is the evening of the day (eso lo
podría haber escrito yo); I sit and watch the children play (seguro que eso no se me ocurrió a mí).
Teníamos dos frases y una secuencia de acordes interesante, y entonces algo se apoderó de nosotros en
medio de todo aquel proceso. No me estoy refiriendo a nada místico pero tampoco soy capaz de decir qué
fue exactamente. Cuando tienes la idea, el resto acaba viniendo solo, es como si hubieras plantado una
semilla, luego la riegas un poco y de repente aparece algo que te dice «¡eh, mírame!». Las emociones que
caracterizan a la canción (arrepentimiento, amor perdido) surgen mientras la creas: tal vez uno de
nosotros acababa de romper con su novia… El caso es que si encuentras[25] el arranque de la canción, el
resto es fácil, se trata de encontrar esa primera chispa, ¡y sabe Dios de dónde viene!
Con «As Tears Go By» no estábamos intentando escribir una canción pop comercial, simplemente eso
fue lo que salió. Yo sabía lo que buscaba Andrew: no me vengáis con un blues, no hagáis ni una parodia ni
una copia de otra cosa, que sea algo de vuestra propia cosecha. Una buena canción pop, en realidad, no
es tan fácil de escribir. Ante nosotros se abría el mundo nuevo y desconocido de componer nuestras
propias canciones, y descubrir que tenía un talento del que no era en absoluto consciente fue toda una
sorpresa, una experiencia a lo Blake, una revelación, una epifanía.
La primera que grabó «As Tears Go By» y la convirtió en un éxito fue Marianne Faithful, y para eso no
faltaban más que unas cuantas semanas. Después escribimos muchas cancioncitas tontas de amor
(ligeras y vaporosas, como les gustan a las tías) que no funcionaron. Se las íbamos dando a Andrew y,
para nuestro asombro, consiguió que la mayoría las grabaran otros artistas. Mick y yo nos negamos a
tocar con los Stones aquellas mierdas que escribíamos (se habrían descojonado de nosotros). Andrew
estaba esperando a que diéramos con «The Last Time».
Había que buscar el momento para componer, y a veces la única posibilidad era hacerlo después de las
actuaciones porque mientras viajábamos era imposible. En eso Stu era implacable: nos tenía encerrados
en la furgoneta Volkswagen con la que nos llevaba a todas partes (y además en esos trastos ibas sentado
encima del motor). Lo más importante era el material (amplis, micros con sus peanas, guitarras, etc.), y
luego, cuando por fin estaba todo aquello dentro, «apretujaos como podáis»; o sea, encuentra un hueco
donde puedas, y si quieres mear te jodes porque no pienso parar: hacía como que no nos oía, y además
llevaba un equipo estéreo inmenso (sonido en movimiento cuarenta años antes de lo de ahora) y unos
altavoces JBL gigantescos. ¡Aquello era una prisión móvil!

Las Ronettes eran la banda femenina más famosa del mundo, a principios del 63, acababan de sacar una
de las mejores canciones que se hayan grabado jamás, «Be My Baby», producida por Phil Spector.
Hicimos nuestra segunda gira por el Reino Unido con las Ronettes y yo me enamoré de Ronnie Bennett, la
más joven de las tres, que era la cantante principal. Tenía veinte años y era extraordinaria (oírla, mirarla,
estar con ella, era increíble). Me enamoré pero no dije nada y ella también se enamoró de mí. Era muy
tímida, así que no había mucha comunicación, pero amor había a espuertas. Teníamos que mantenerlo en
secreto porque Phil Spector era (y, como todo el mundo sabe, sigue siendo) un hombre tremendamente
celoso. Ronnie tenía que estar en su habitación todo el tiempo por si Phil llamaba, pero aun así creo que
él empezó a olerse enseguida que había algo entre nosotros, así que llamaba y daba órdenes de que no la
dejaran ver a nadie después de las actuaciones. A Mick le gustaba la hermana, Estelle, a la que no
controlaban tanto. Venían de una familia inmensa, su madre tenía seis hermanas y siete hermanos y vivía
en Nueva York, en el Spanish Harlem, y Ronnie había pisado el escenario del Apollo por primera vez con
catorce años. Luego me contaría que Phil era dolorosamente consciente de que se le estaba cayendo el
pelo y no soportaba mi abundante cabellera; su inseguridad era tan crónica que de hecho llegaría hasta
extremos insospechados para intentar aplacarla, hasta el punto de que cuando se casó con Ronnie en
1968 la hizo su prisionera en la mansión californiana donde vivieron, casi no la dejaba salir y no le
permitía cantar ni grabar ni hacer giras. Ella cuenta en un libro que una vez Phil la llevó al sótano, le
enseñó un ataúd de oro con la tapa de cristal y le advirtió que allí era donde acabaría expuesta si se le
ocurría desobedecer las estrictas reglas que le imponía. Ronnie tenía muchas agallas desde muy joven,
pero eso no la libró de las garras de Phil. La recuerdo cantando en los Gold Star Studios y oír cómo le
espetaba a Phil: «¡Cierra el pico, sé perfectamente cómo tiene que sonar!».
Ronnie recordaba cómo estábamos el uno con el otro durante esa gira:

Ronnie Spector: Keith y yo nos las ingeniábamos para vernos; recuerdo que, durante
esa gira por Inglaterra, muchas veces nos encontrábamos con tanta niebla que
teníamos que parar el autobús en el que viajábamos en medio de la carretera, y Keith y
yo salíamos y nos íbamos hasta una casita que había cerca donde nos abría la puerta
una viejecita un poco entrada en carnes y muy dulce, y yo me presentaba con un
«hola, qué tal, soy Ronnie de las Ronettes», y Keith hacía lo propio, «hola, soy Keith
Richards de los Rolling Stones; mire, el caso es que vamos viajando en autobús pero
no podemos seguir camino porque con esta niebla no se ve ni papa». A lo que ella nos
contestaba «¡ay, Señor, entrad, chicos, entrad, que os pongo algo de comer!», y nos
sacaba esos bollitos tan típicos, scones los llaman, con un té y además nos daba unos
cuantos para que nos los lleváramos de vuelta al autobús y, francamente, aquéllos han
debido de ser de los días más felices de toda mi carrera.

Teníamos veinte años y nos habíamos enamorado, ¿qué otra cosa vas a hacer cuando oyes una canción
como «Be My Baby» y de repente te la están cantando a ti? Pero era la historia de siempre: no se puede
enterar nadie. Así que en cierto modo fue terrible: básicamente y sobre todo eran las hormonas. Y la
compasión, porque, sin ni siquiera pensarlo, los dos nos dábamos cuenta de que éramos como dos
náufragos a merced de aquel océano de éxito repentino, de que otra gente nos dirigía; y no nos gustaba,
aunque poco podías hacer contra eso. Desde luego no mientras estabas de gira. Claro que, por otro lado,
nunca nos habríamos conocido de no habernos visto en aquella situación extraña. Ronnie era de las que
sólo quieren lo mejor para todo el mundo, pero nunca lo consiguió exactamente para sí misma; eso sí,
tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Una mañana fui muy pronto al hotel donde estaba, el Strand
Palace y me presenté en su habitación («sólo venía a darte los buenos días»). Estábamos a punto de salir
para Manchester, creo, y teníamos que irnos todos al autobús, así que se me ocurrió pasar a recogerla
para ir juntos. Esa vez no pasó nada, simplemente la ayudé a hacer la maleta, pero fue un gesto muy
atrevido por mi parte porque la verdad es que nunca había hecho el menor movimiento de aproximación
con ninguna tía. Poco tiempo después volvimos a vernos en Nueva York, luego lo contaré, y siempre he
mantenido el contacto con Ronnie: el 11-S estábamos grabando juntos una canción titulada «Love Affair»
en Nueva York (todavía un trabajo inacabado).

Con la arrogancia que da la juventud nos parecía que convertirnos en estrellas del pop o el rock era un
paso atrás comparado con ser músicos de blues y tocar en clubes y salas pequeñas. Para nosotros, tener
que meter un pie en las horribles aguas de la música comercial (estamos hablando de 1962-63) resultó,
durante un breve período de tiempo, algo desagradable. En los primeros tiempos, para los Rolling Stones
el límite de la ambición se situaba en ser los putos mejores de todo Londres; despreciábamos el éxito en
provincias, teníamos una mentalidad muy centrada en Londres, pero cuando el mundo se fijó en nosotros,
no tardó mucho en caérsenos la venda de los ojos. De la noche a la mañana el mundo entero se abría ante
nosotros, los Beatles lo estaban demostrando ya. Ser famoso no es nada fácil, de hecho no quieres serlo, y
luego te das cuenta de que ya has pasado la encrucijada en la que el pacto ha quedado sellado. Nadie dijo
nunca que hubiera pacto alguno, pero en pocas semanas (o meses) te das cuenta de que has firmado un
pacto y vas avanzando por una senda que no te parece la ideal desde un punto de vista estético: típico
idealismo estúpido de adolescente, purismos, chorradas; ahora viajas por el camino que toda esa gente a
la que, en cualquier caso, querías parecerte (Muddy Waters, Robert Johnson y demás) ya ha recorrido. Ya
has firmado el puto pacto y ahora no te queda más remedio que cumplirlo, igual que los hermanos y
hermanas que te han precedido. Ahora estás en la carretera.
Redlands, mi casa de Sussex, Inglaterra, al poco de comprarla en 1966.

© Michael Cooper / Raj Prem Collection


5

Primera gira por Estados Unidos. Conocemos a Bobby Keys en la Feria Estatal de San Antonio. Chess Records,
Chicago. Conozco a la futura Ronnie Spector y vamos al Apollo de Harlem. De vuelta a casa, la prensa (y Andrew
Oldham) crean nuestra nueva imagen popular: melenudos, irrespetuosos y sucios. Mick y yo componemos una
canción que podemos tocar con los Stones. Vamos a Los Angeles y grabamos con Jack Nitzsche en RCA. Escribo
«Satisfaction» dormido y conseguimos nuestro primer número uno. Allen Klein se convierte en nuestro mánager.
Linda Keith me rompe el corazón. Compro mi casa de campo, Redlands. Brian empieza a desmoronarse y conoce
a Anita Pallenberg.

Cuando por fin fuimos a Estados Unidos nos sentimos como si hubiéramos muerto y hubiéramos ido
derechos al cielo. Corría el verano del 64 y cada uno tenía su propio ritual, algo que no quería dejar de
hacer allí: Charlie iría al club Metropole, cuando aún tenía marcha, a ver a Eddie Condon; lo primero que
yo haría sería visitar Colony Records y comprarme todos los discos que encontrara de Lenny Bruce. Sí…
me sorprendió lo anticuado y europeo que me resultó Nueva York, muy distinto de como me lo había
imaginado: botones, metres y ese tipo de cosas. Aspavientos innecesarios y bastante inesperados. Era
como si alguien hubiera dicho «éstas son las reglas» y no se hubieran cambiado un ápice desde entonces.
Pero, por otro lado, también era la ciudad moderna donde las cosas pasaban al ritmo más trepidante del
planeta.
¡Y la radio! En comparación con Inglaterra era increíble. Estar por allí en un momento en que se
estaba produciendo una verdadera eclosión, sentado en un coche con la radio puesta, era una experiencia
que superaba incluso a lo que debía de ser el paraíso. Sintonizabas el aparato y tenías para elegir entre
unas diez estaciones de country, cinco de música negra… Y si estabas viajando por el país y acababas
perdiendo la señal, volvías a buscarla y enseguida se oía otra canción genial. Era el gran momento de la
música negra, había más energía que en una central eléctrica. En el sello Motown parecían tener una
fábrica de producir nuevos talentos, pero sin que fueran autómatas cortados por el mismo patrón.
Vivíamos de la Motown mientras viajábamos, a la espera del siguiente Four Tops o el próximo
Temptations. La Motown era nuestro alimento, tanto en la carretera como fuera de ella, a través de las
miles de emisoras que íbamos escuchando mientras recorríamos los más de mil kilómetros que nos
separaban del siguiente bolo. Esa era una de las cosas buenas que tenía América, y soñábamos con ella
antes de ir.
Yo era consciente de que el humor de Lenny Bruce seguramente no sería representativo de lo que le
hace gracia al americano medio, pero pensé que tomándolo como punto de partida podría ir
desentrañando los secretos de la cultura, él fue mi puerta de entrada a la sátira americana. El disco The
Sick Humor of Lenny Bruce {el humor soez de Lenny Bruce} me había permitido aficionarme a él incluso
antes de viajar a América y me había preparado para no sorprenderme cuando en el programa de
televisión de Ed Sullivan a Mick no le dejaron cantar «Let’s Spend the Night Together» {pasemos la
noche juntos} y lo obligaron a decir «Let’s Spend Some Time Together» {pasemos tiempo juntos] (eso sí
que es buscar la polisemia y los matices). ¿Qué estaba diciendo aquello sobre la cadena CBS? ¡No se
podía decir «noche»! Increíble. Nos partíamos de la risa, era puro Lenny Bruce: «¿“Teta” es una palabra
soez? ¿Qué es soez, la palabra o la teta?».
Andrew y yo entramos por la puerta del Brill Building, epicentro de Tin Pan Alley, a probar suerte y ver
si conseguíamos que Jerry Lieber nos recibiera. Alguien que andaba por allí nos reconoció y nos lo
presentó. Él nos puso un montón de canciones y salimos de allí con «Down Home Girl», el gran tema funk
de Lieber y Butler que grabamos en noviembre de 1964. Otra de nuestras excursiones por Nueva York fue
para buscar las oficinas de Decca y acabamos en un motel de la Calle 26 con la Décima Avenida junto a
un irlandés borracho llamado Walt McGuire, un tío con el pelo cortado a cepillo que parecía recién salido
de la marina y resultaba ser el director de la oficina de Decca en Estados Unidos. De repente nos dimos
cuenta de que la gran discográfica Decca tenía sus oficinas de Nueva York en un almacén… Era como un
truco de cartas: «Sí, sí, tenemos unas oficinas muy grandes en Nueva York» (y resultaba que estaban en
los muelles, en West Side Highway).
Escuchábamos mucha música de intérpretes femeninas, doo-wop {du-duá}, uptown soul… cosas como
las Marvelettes, las Crystals, las Chiffons, las Chantels, no escuchábamos otra cosa y nos encantaba. Y
luego estaban las Ronettes, claro, la banda femenina con más marcha que había en aquellos momentos.
«Will You Love Me Tomorrow» de las Shirelles: Shirley Owens, la cantante principal tenía una voz
prácticamente sin educar, pero preciosa con aquella simplicidad y fragilidad características que la hacían
sonar como si no fuera cantante profesional. También escuchábamos canciones como «Please Mr.
Postman» y «Twist and Shout» de los Isley Brothers (sin duda la música de los Beatles también tuvo su
influencia). Si hubiéramos intentado tocar algo así en el Richmond Station Hotel habría sido como «¿de
qué van?, ¿se han vuelto locos?», porque allí lo que querían oír era blues de Chicago del de verdad y
ningún otro grupo lo tocaba tan bien como nosotros. Desde luego los Beatles nunca lo habrían podido
hacer así. En el Richmond era donde hacíamos nuestras horas de oficina para no desviarnos del camino
recto.
Nuestra primera actuación en América fue en el Swing Auditorium de San Bernardino, California.
Bobby Goldsboro (el que me enseñó el fraseo de Jimmy Reed) también actuaba, y las Chiffons. Pero antes
de eso ya habíamos tenido la experiencia de que Dean Martin nos presentara en su programa de
televisión Hollywood Palace: en el Estados Unidos de aquellos años, si tenías el pelo largo eras maricón
además de un monstruo de feria, cuando íbamos por la calle nos chillaban cosas como «¡hola, haditas!», y
Dean Martin nos presentó describiéndonos como «estos prodigios melenudos venidos desde Inglaterra,
los Rolling Stones; en el camerino se han quitado las pulgas». Todo esto dicho con mucho sarcasmo y
poniendo los ojos en blanco; luego, acompañándolo con expresivos gestos de horror dirigidos hacia
nosotros, añadió: «No me dejéis solo con esto». Y eso viniendo del bueno de Dino, miembro rebelde de la
pandilla de Frank Sinatra que le había sacado el dedo al mundo del espectáculo de la época fingiendo
estar borracho todo el tiempo: la verdad es que nos quedamos de piedra, porque tal vez los presentadores
ingleses de programas parecidos se habían mostrado un poco hostiles con nosotros, pero desde luego
nadie nos había tratado como si fuéramos el hombre elefante (por cierto, antes de nuestra actuación hubo
otra de las voluminosamente enmoñadas King Sisters, un número de elefantes que bailaban sobre las
patas traseras). Me encanta Dino, hay que reconocer que era un tío gracioso por más que no estuviera
preparado para el cambio de guardia que estaba a punto de producirse.
De ahí a Texas; más apariciones en programas de números circenses, en una ocasión, en la Feria
Estatal de San Antonio, separados del público por la piscina que habían instalado delante del escenario
para el número con focas que nos había precedido. Allí fue donde conocí a Bobby Keys, gran saxofonista y
amigo íntimo (nacimos el mismo día, con una diferencia de horas), uno de los grandes precursores del
rock and roll, un hombre de una pieza pero también un depravado. El otro tío que tocaba en ese bolo era
George Jones. Hicieron su aparición con una planta rodadora de esas típicas de las zonas desérticas
pisándoles los talones, como si fuera un perrito faldero que los seguía a todas partes: una polvareda
increíble, un hatajo de cowboys. Pero cuando George se subió al escenario y empezó con sus yeah…
guau… no quedó la menor duda: todo un maestro.
Pregúntale a Bobby Keys qué tamaño tiene Texas… Me costó años convencerlo de que en realidad era
el inmenso territorio del que Sam Houston y Stephen Austin se habían apropiado en nombre de los
Estados Unidos («ni de broma, ¡qué dices!, ¡cómo te atreves!»). Se ponía rojo de ira, así que le llevé unos
cuantos libros sobre lo que había ocurrido realmente entre México y Texas y al cabo de seis meses me
dijo: «Por lo que parece, tu teoría tiene cierto fundamento». ¡Ay, Bob, ya sé cómo se siente uno! Yo antes
pensaba que Scotland Yard operaba de forma intachable.
Pero, como estamos con una historia tejana, debería dejar que sea Bobby Keys el que cuente nuestro
primer encuentro. Me hace bastante la pelota, pero en este caso se lo he permitido.

Bobby Keys: Conocí a Keith Richards en San Antonio, Texas. ¡Tenía tantos prejuicios en su contra antes de
conocerlo!: habían grabado una canción titulada «Not Fade Away» que era de un tío que se llamaba Buddy Holly,
nacido en Lubbock, Texas, como yo, y mi reacción había sido «¡eeeh, que esa canción es de Buddy!, ¿quién coño
son estos blancuchos con un acento muy raro y patillas de alambre para venir aquí a hacer negocio con la canción
de Buddy? ¡Me entran ganas de darles una patada en el culo!». Los Beatles tampoco me entusiasmaban, aunque
me gustaban más o menos en secreto, pero también tenía la impresión de que representaban la muerte del
saxofón, delante de mis narices, ¡porque ninguna de las dos bandas llevaba un saxofonista, tío! Me veía tocando
Tijuana Brass el resto de mi vida, así que no pensé «¡genial, vamos a actuar en el mismo espectáculo!»
precisamente. Yo tocaba con un tío llamado Bobby Vee que por aquel entonces tenía un número uno titulado
«Rubber Ball» y éramos los que abríamos hasta que aparecieron ellos y pasaron a ser los que abrían. ¡Joder,
estábamos en Texas, tío, en mi territorio!
Nos alojábamos todos en el mismo hotel de San Antonio y un día los vi tocando en la terraza de la habitación, a
Brian y a Keith, y creo que también estaba Mick. Salí afuera para oírlos y tengo que reconocer que, en mi
modesta opinión (y era algo que conocía bien porque se inventó en Texas y estuve presente cuando surgió),
aquello sonaba a rock and roll de verdad. En realidad eran una banda muy buena y de hecho tocaban «Not Fade
Away» mejor de lo que nunca lo hizo el propio Buddy. Claro que eso nunca se lo dije ni a ellos ni a nadie aunque,
eso sí, pensé que igual los había juzgado con demasiada dureza. Así que al día siguiente debíamos de tener tres
pases del espectáculo y, para cuando llegamos al tercero, estaba en el vestuario con ellos, oyéndolos hablar de los
artistas americanos, de que siempre se cambiaban de ropa antes de subirse al escenario, lo cual es cierto (nos
poníamos traje negro, camisa blanca y corbata, lo cual era una soberana estupidez porque en verano en San
Antonio teníamos cincuenta grados a la sombra). Estaban hablando de todo eso:
—¿Y por qué no nos cambiamos nosotros de ropa también?
—Sí… ¡buena idea!
Así que me esperaba que aparecieran con traje y corbata, pero lo que hicieron fue cambiarse la ropa, literal:
se la intercambiaron entre ellos. Aquello me pareció genial.
Hay que darse cuenta de que la imagen, la onda según el estándar del rock and roll del año 64, eran el traje de
mohair y la corbata y parecer el simpático muchacho de aspecto modosito que vivía en la casa de al lado. Y, de
repente, ¡se presentaba desde Inglaterra aquella panda de moscas cojoneras, unos intrusos, cantando una
canción de Buddy Holly! ¡Me cago en todo! Y la verdad es que tampoco se podía oír muy bien que dijéramos con
la calidad que tenían los amplis y el equipo de sonido por aquel entonces, pero, tío, lo sentía. Joder, lo sentía y me
arrancaba una sonrisa, me entraban ganas de bailar. No iban todos vestidos igual, no tenían un repertorio fijo,
rompían todas las putas reglas y resultaba que les funcionaba, eso fue lo que me acabó pillando por las pelotas.
Así que, al día siguiente, voy y me cargo con las uñas de los pies la costura delantera del pantalón al ponérmelo, y
no tenía otro de repuesto. Total, que me puse chaqueta y corbata con bermudas y botas de cowboy. No me
echaron pero sí me salieron con: «Pero… ¡¿qué coño?! ¡Cómo te atreves a…! ¿Qué estás haciendo, tío?». Aquello
me sirvió para reconsiderar un montón de cosas. El panorama musical en Estados Unidos, todos aquellos ídolos
de las adolescentes con sus pelos perfectamente cortados y esa pinta de niños buenos cantando sus cancioncitas
melosas, ¡todo eso se fue a la mierda cuando aparecieron estos tíos! Y encima con las movidas de los periodistas,
el rollo aquel de «permitiría a su hija» y demás: la fruta prohibida.
En cualquier caso, por alguna razón ellos se fijaron en lo que hacía yo y viceversa, puede decirse que más o
menos nos conocimos entonces, nuestras trayectorias se cruzaron tangencialmente. Después me los volví a
encontrar en Los Angeles cuando estaban haciendo el TAMI Show. Descubrí que Keith y yo nacimos el mismo día,
el 18 de diciembre de 1943, y él me dijo: «Bobby, ¿sabes lo que significa eso?, que somos mitad hombre y mitad
caballo y por tanto tenemos permiso para cagarnos en la calle» (¡una de las informaciones más fantásticas que
jamás haya recibido!).
El alma del grupo eran Keith y Charlie, vamos, saltaba a la vista para cualquiera que tuviera el menor sentido
musical, casi para cualquiera que tuviera dos neuronas conectadas: ellos eran la sala de máquinas. No tengo
ninguna formación musical propiamente dicha, pero siento las cosas y cuando lo oí tocar la guitarra me recordó
tanto a la energía que había notado cuando tocaban Buddy o Elvis: allí había algo auténtico, aunque estuviera
tocando a Chuck Berry, seguía siendo el rollo auténtico, ¿me explico? Y que conste que, siendo de Lubbock, he
oído tocar a unos cuantos guitarristas cojonudos. Orbison era de Vernon, a pocas horas de allí, y yo me sentaba a
escucharlo, y a Buddy cuando actuaba en la pista de patinaje, y Scotty Moore y Elvis Presley solían venir a tocar,
así que, como decía, he conocido a unos cuantos guitarristas de puta madre, y sin embargo Keith tenía algo que
me recordó inmediatamente a Holly. Son más o menos de la misma altura, Buddy también era un tío flaco, tenía
malos dientes… y Keith era un cuadro, pero el hecho es que hay gente que tiene algo en la mirada, y la de él
lanzaba un brillo que le daba un aspecto peligroso. Y ésa es la verdad.

Acababas descubriendo algo sorprendente sobre América: era civilizada por los bordes, pero si te
alejabas ochenta kilómetros de cualquier ciudad importante, ya fuera Nueva York, Chicago, Los Angeles o
Washington, verdaderamente era otro mundo. En Nebraska y sitios así nos acostumbramos a que nos
dijeran constantemente cosas del tipo «hola, nenitas»; simplemente hacíamos como que no lo habíamos
oído. Al mismo tiempo, la gente que nos decía esas cosas se sentía intimidada por nuestra presencia; sus
mujeres nos veían y pensaban «¡vaya, interesante!» porque no éramos lo que tenían en casa todos los
putos días, no nos parecíamos en nada al típico palurdo, al monstruo de la cerveza americano. Todo lo que
nos decían aquellos tíos era ofensivo, pero en el fondo los movía una actitud fundamentalmente defensiva.
Cuando parábamos en un bar sólo queríamos tomarnos un café y unos huevos con beicon, pero teníamos
que entrar preparados para alguna provocación. No nos metíamos con nadie, únicamente hacíamos
música, pero nos dimos cuenta de que en realidad habíamos caído en mitad de unos cuantos dilemas y
conflictos sociales de lo más interesantes y, por lo visto, también un montón de inseguridades. Se suponía
que los americanos eran desenvueltos y tenían mucha confianza en sí mismos: necedades. Era todo
fachada, sobre todo en el caso de los hombres, sobre todo en aquellos tiempos en que verdaderamente no
tenían muy claro qué estaba pasando. Todo iba muy deprisa. No me extraña que unos pocos tíos
simplemente no pudieran asumirlo.
La única muestra consistente de hostilidad que recuerdo era la de los blancos. Los hermanos negros y
los músicos, por lo menos, creían que éramos estrafalarios y por tanto interesantes. Con ellos se podía
hablar, pero en cambio resultaba mil veces más difícil conectar con los blancos porque tenías la impresión
permanente de que te veían como una amenaza. Y eso que te habías limitado a preguntar:
—¿Podría usar el baño?
—¿Eres un chico o una chica?
¿Qué vas a hacer ante semejante pregunta? ¿Sacarte la polla?
En Inglaterra teníamos un número uno, pero en un lugar perdido en medio de Estados Unidos nadie
nos conocía. Tenían más claro quiénes eran los Dave Clark Five y los Swinging Blue Jeans. Había
ciudades en las que nos enfrentábamos a una hostilidad palpable, nos atravesaban con unas miradas
asesinas, incluso a veces nos daba la sensación de que estábamos a punto de recibir una lección ejemplar,
en ese preciso lugar y momento, y no nos quedaba más remedio que abrirnos rápidamente en nuestra fiel
furgoneta con Bob Bonis, el responsable del grupo durante las giras, un tipo genial que había salido de
gira con enanos, monos actores y algunos de los más grandes artistas de todos los tiempos. Él nos facilitó
muchísimo el aterrizaje en América y además conducía 800 kilómetros al día.
Muchos de nuestros bolos del 64 y el 65 eran añadidos aprovechando las actuaciones de otras giras,
así que durante dos semanas nos integrábamos en la de Patti LaBelle y las Bluebelles, los Vibrations y un
contorsionista cuyo nombre artístico era Amazing Rubber Man [el increíble hombre de goma}, y luego
cambiábamos de circuito. A las primeras que vi mover los labios mientras cantaban en playback fue a las
Shangri-las («Remember (Walkin’ in the Sand)»): tres tías de Nueva York, guapas y todo lo demás, y de
repente te das cuenta de que no hay sonido directo, no hay banda, lo que se oye es una cinta. Y luego
estaban los Green Men (en Ohio, creo), que, haciendo honor a su nombre, efectivamente se pintaban de
verde para salir al escenario. Lo que se llevara esa semana o ese mes. Luego también había unos músicos
excelentes, sobre todo en el Medio Oeste y el sudoeste del país, bandas pequeñas que tocaban cualquier
noche de la semana en los bares y no iban a alcanzar la cima jamás, ni tampoco querían, eso era lo más
bonito de todo. Y había unos guitarristas cojonudos, era un verdadero hervidero de talento, un montón de
tíos que tocaban mil veces mejor que yo. A veces éramos el plato fuerte del programa, no siempre pero sí
a menudo. Una de las integrantes de Patti LaBelle y las Bluebelles era una jovencísima Sarah Dash,
siempre escoltada por una acompañante emperifollada con sus mejores galas de domingo que no la
dejaba ni a sol ni a sombra: si le sonreías a la muchacha te caía una mirada asesina de la otra. A Sarah la
llamaban «Inch» [pulgada]; era muy bajita y muy dulce. Al cabo de veinte años, volverá a aparecer en mi
historia.
Y, por supuesto, desde el año 65, estoy empezando a meterme (a estas alturas ya se ha convertido en
una costumbre de esas que duran toda la vida), lo que intensificaba mis impresiones sobre lo que ocurría.
Por aquel entonces sólo fumaba hierba. Los tipos que iba conociendo en la gira por todo el país, las
bandas de músicos negros con las que tocábamos, me parecían por aquel entonces tíos muy mayores (ya
habían pasado los treinta, algunos incluso los cuarenta). Nos pasábamos la noche en blanco por ahí con
ellos y luego íbamos al bolo y nos encontrábamos a aquellos hermanos negros con sus trajes de zapa, con
la cadena, el chaleco, el pelo engominado, perfectamente afeitados y acicalados, en plena forma, mientras
que nosotros llegábamos arrastrándonos. Un día, me encontraba de puto culo cuando llegué al teatro y
allí estaban aquellos hermanos con pinta de tenerlo todo bajo control, y hacían el mismo horario que
nosotros, así que le pregunté a uno, un trompetista creo:
—¡Joder! ¿Cómo coño lo hacéis para tener tan buena cara todos los días?
—Tómate una de éstas y fúmate uno de éstos —me contestó al tiempo que se metía la mano en un
bolsillo del chaleco.
Es el mejor consejo que me han dado jamás: me pasó una pastillita blanca, una anfetamina, y un porro.
Así es como nos apañamos: te tomas una de éstas y te fumas uno de éstos.
—¡Pero no se lo digas a nadie!
Esa fue la frase que puso punto final a nuestra conversación: ahora que lo sabes, no se lo cuentes a
nadie. Me sentí como si me acabaran de confiar los secretos de una sociedad clandestina.
—¿Se lo puedo contar a los otros tíos de la banda?
—Sí, pero que no salga de vuestro grupo.
Estas cosas eran habituales entre bastidores desde siempre. El porro me llamó poderosamente la
atención, tanto que se me olvidó tomar la benzedrina. En aquellos días también había un speed muy
bueno, muy puro, sí señor; y lo podías conseguir en cualquier gasolinera porque los camioneros lo usaban
para hacer su trabajo (para en tal sitio, busca el aparcamiento de camiones y pregunta por Dave: «un Jack
Daniel’s con hielo y una bolsa» o «dame un porro y una botella de cerveza»)[26].

El número 2120 de la avenida Michigan era territorio sagrado: las oficinas de Chess Records en
Chicago. Nos presentamos allí después de que lo organizara en el último momento Andrew Oldham,
cuando la primera parte de nuestra gira por Estados Unidos estaba siendo un semidesastre. Allí, en el
estudio de sonido perfecto donde todo lo que habíamos estado escuchando se había grabado, y tal vez de
puro alivio o simplemente por el hecho de que gente como Buddy Guy, Chuck Berry y Willie Dixon
entraban y salían a cada rato, grabamos catorce canciones en dos días: una era «It’s All Over Now» de
Bobby Womack, nuestro primer número uno. Hay gente (Marshall Chess incluido) que dicen que lo
siguiente me lo he inventado, pero Bill Wyman puede corroborarlo: entramos en los estudios de Chess y
hay por allí un tipo negro con un mono de trabajo puesto pintando el techo, y al fijarnos vemos que es
Muddy Waters, con un churrete de cal corriéndole por la cara, subido en una escalera. Marshall Chess
siempre sale con «¡qué va, nunca jamás lo pusimos a pintar!» pero por aquel entonces él era un niño y
trabajaba en el sótano del edificio. Y además Bill Wyman me contó que de hecho se acordaba de Muddy
Waters sacando los amplis del coche para llevarlos al estudio; no sé si fue porque era un tío amable o
porque no vendía discos en aquel momento, pero sí sé de sobra cómo eran los hermanos Chess: «Si
quieres seguir en plantilla ponte a trabajar». El hecho es que cuando conoces a tus héroes, tus ídolos, lo
que te resulta más raro es que la mayoría son personas extremadamente humildes y que te dan muchos
ánimos («toca esa frase otra vez», y al rato caes en la cuenta de que estás tocando con Muddy Waters).
Claro, con los años acabé conociéndolo: he estado muchas veces en su casa; en aquellos viajes del
principio creo que una noche me quedé en casa de Howlin’ Wolf, pero Muddy también estaba (y yo
sentado en la zona sur de Chicago con aquellos dos gigantes). El ambiente que se respiraba era muy
familiar, con un montón de niños y parientes entrando y saliendo; Willie Dixon también andaba por allí…
En Estados Unidos, gente como Bobby Womack solía decirnos: «La primera vez que os oí, tíos, pensé
que erais negros: ¿de dónde han salido estos cabrones?». Yo personalmente no acabo de entenderlo,
cómo Mick y yo, viniendo de donde venimos, logramos crear aquel sonido (salvo por el hecho de que si te
empapas con esa música día y noche en un piso mugriento de Londres, y con la intensidad con que lo
hacíamos nosotros, es como si estuvieras en Chicago). Era lo único que tocábamos hasta que nos
convertimos en lo que somos. No parecíamos ingleses. Y creo que eso nos sorprendió incluso a nosotros.
Cada vez que tocábamos (todavía lo sigo haciendo a veces) me daba la vuelta y decía: «¿Ese ruido lo
estamos haciendo sólo ése de ahí y yo?». Es casi como si fueras galopando a lomos de un caballo salvaje;
en ese sentido hemos tenido la gran suerte de trabajar con Charlie Watts, que toca como lo hacían los
baterías negros que trabajaban con Sam y Dave y se oyen en todo el material de la Motown, o los baterías
de soul: él tiene ese mismo toque; una buena parte del tiempo se lo pasa tocando con gran corrección y
las baquetas sujetas entre los dedos como es debido y como lo hace hoy la mayoría, y si te vuelves loco te
has ido de lo que está pasando. Se parece algo al surf: vale siempre y cuando te mantengas ahí arriba. Y,
precisamente debido a que ése es el estilo de Charlie Watts, yo podía tocar de la misma manera. En una
banda, una cosa lleva a la otra y todo tiene que fundirse en un único resultado; vamos, que es materia
líquida.
La parte más rara de la historia es que, por haber hecho lo que nos proponíamos siguiendo los
dictados de nuestro purismo y estrechez de miras adolescentes, que era llamar la atención de la gente
hacia el blues, lo que en realidad conseguimos fue recuperar el gusto de los americanos mismos por su
propia música. Seguramente ésa es nuestra gran contribución a la música, el haber conseguido que los
cerebros y oídos de los blancos dieran un volantazo para cambiar de dirección. Además, no diría que lo
hicimos nosotros solos porque si no llega a ser por los Beatles seguramente nadie habría logrado derribar
esa puerta. Y eso que, ciertamente, no eran músicos de blues.
La música negra americana avanzaba a toda máquina, pero los blancos (después de que Buddy Holly
muriera, y Eddie Cochran muriera, y Elvis se alistara y la cosa se torciera), la música blanca americana
que se oía cuando llegué por primera vez eran los Beach Boys y Bobby Vee. Seguían anclados en el
pasado, un pasado que no era muy lejano, seis meses. Pero las movidas cambiaban a toda velocidad. Los
Beatles fueron un hito en el camino y luego se quedaron atrapados en su propia jaula. «The Fab Four».
Así que, con el tiempo, aparecieron los Monkees y toda esa patulea de imitadores. En cualquier caso, creo
que había un vacío en la música blanca americana de aquellos tiempos.
La primera vez que estuvimos en Los Angeles se oía bastante a los Beach Boys en la radio, lo que nos
parecía bastante divertido (era antes de que sacaran Pet Sounds), era todo hot rod y surf rock, bastante
mal tocado, mucho fraseo conocido de Chuck Berry. Round, round get around /I get around me parecía
brillante; pero luego Pet Sounds me resultó… bueno… había un poco de sobreproducción para mi gusto;
ahora bien, Brian Wilson tenía algo. «In My Room», «Don’t Worry Baby». Me interesaban más sus
caras B, las que colaba. No había particular relación con lo que estábamos haciendo así que podía
limitarme a escuchar a otro nivel y me pareció que eran canciones que estaban muy bien hechas,
enseguida capté el lenguaje del pop. Siempre había escuchado todo tipo de música y Estados Unidos me
abrió un panorama amplísimo: escuchábamos discos que eran números uno a nivel regional, conocimos
discográficas locales y vimos muchas actuaciones, que es como nos topamos con «Time Is On My Side»,
en Los Angeles, cantada por Irma Thomas: era la cara B de un disco de Imperial Records, un sello que
conocimos porque era independiente y tenía éxito y oficinas en la zona de Sunset Strip.
Luego, a lo largo de los años, he hablado con tíos como Joe Walsh de los Eagles y otros muchos
músicos blancos y les he preguntado qué escuchaban cuando eran crios, y siempre era música muy
circunscrita a la zona y que dependía mucho de la emisora local de FM, que por lo general era de blancos.
Bobby Keys cree que es capaz de adivinar de dónde es alguien preguntándole por sus gustos musicales.
Joe Walsh nos oyó tocar cuando él estaba todavía en el instituto y me ha contado que le influyó mucho,
simplemente porque nadie que él conociera había oído jamás algo parecido, porque no había habido nada
parecido antes. El escuchaba doo-wop y poco más, nunca había oído hablar de Muddy Waters.
Sorprendentemente y según cuenta él mismo, el primer blues que oyó lo tocábamos nosotros. También
decidió en aquel preciso instante que la vida de juglar era para él y ahora no puedes ir a ninguna fiesta
sin oír su weaving de guitarra en «Hotel California».
Jim Dickinson, el chico sureño que tocaba el piano en «Wild Horses», entró en contacto con la música
negra a través de la influyente emisora negra WDIA, durante su juventud en Memphis, así que cuando se
marchó a la Universidad a Texas ya iba con una educación musical mucho mayor que la de toda la gente
que conoció allí, aunque nunca vio a ningún músico negro a pesar de vivir en Memphis, excepto la vez
que, con nueve años, oyó en la calle a la Memphis Jug Band con Will Shadie y Good Kid tocando la tabla
de lavar. El caso es que las barreras raciales eran tan fuertes que aquellos músicos resultaban
inaccesibles para él. Luego salió gente como Furry Lewis (en cuyo funeral acabaría tocando), Bukka
White y otros grupos que estaban apareciendo con el resurgir del folk. Quizá los Stones tuvieran mucho
que ver con la búsqueda de nuevos sonidos, con el hecho de que la gente le diera más vueltas al dial.
Sacar «Little Red Rooster», un blues descarnado de Willie Dixon, con slide guitar y demás fue en su
día (noviembre de 1964) un movimiento arriesgado. En la discográfica todo el mundo nos decía que no lo
hiciéramos, directivos y todo el mundo, pero sentimos que estábamos en la cresta de la ola y que
podíamos tirar un poco más de la cuerda. Casi puede decirse que lo hicimos para desafiar al pop.
Inspirados por nuestra arrogancia de por aquel entonces, queríamos hacer una especie de declaración:
I’m a little red rooster / Too lazy to crow for day[27]. A ver quién se las apaña para que eso llegue a
número uno, cabronazo. Una canción sobre un pollo. Mick y yo nos animamos y dijimos «venga, a ver
hasta dónde podemos forzar la máquina», ése era el asunto que nos traíamos entre manos. Y resultó que
se abrieron las compuertas y, a raíz de aquello, de repente a Muddy y Howlin’ Wolf y Buddy Guy les
empiezan a salir bolos. Fue un paso decisivo y llegó a número uno. Estoy convencido de que aquello
permitió a Berry Gordy de la Motown llevar su material a otro nivel, y desde luego también rejuveneció el
blues de Chicago.
Tengo un cuaderno donde hago dibujos y apunto ideas para canciones en el que puede leerse lo
siguiente:

GARITO EN ALABAMA, ¿O TAL VEZ EN GEORGIA?


¡Por fin estoy en mi salsa! Hay una banda impresionante subida a un escenario decorado con colores
fosforescentes: el vibrar quejumbroso de la música; la abarrotada pista de baile moviéndose al unísono, como
pasa con el sudor y los platos de costillas que se preparan en la parte de atrás. ¡Sólo llamo la atención por ser
blanco! Afortunadamente, nadie parece reparar en esa aberración; me aceptan, ¡me siento tan bien acogido que
me parece estar en el cielo!

La mayoría de las ciudades (la Nashville blanca, por ejemplo) eran poblaciones fantasma a las diez de la
noche. Estábamos trabajando con tíos negros como los Vibrations (Don Bradley creo que se llamaba el
bajo), tíos increíbles, lo hacían todo, hasta volteretas mientras tocaban. «¿Qué hacéis después del
concierto?» (eso ya era una invitación). Total, que nos metíamos en un taxi y nos marchábamos con ellos
al otro lado de las vías del tren de una ciudad cualquiera. Allí la marcha no había hecho más que
empezar: había comida, rock and roll, gente bailando, y todo el mundo se lo pasaba en grande; el
contraste con la parte blanca de la ciudad era increíble y se me ha quedado grabado. En el lado negro de
las vías se comía, se bebía, se fumaba, y además había unas matronas inmensas que, por algún motivo,
siempre nos veían como unos pobres y frágiles delgaduchos que despertábamos su instinto maternal,
cosa que a mí me parecía fantástica (apretujado entre dos enormes tetas).
—¿Te doy un masajito, tesoro?
—OK, señora, lo que usted diga.
Se respiraba libertad, todo fluía, y te despertabas en una casa llena de negros amabilísimos, tan
encantadores que costaba trabajo creerlo; ¡ojalá fuera así en casa! Pasaba lo mismo en todas las ciudades
por las que pasábamos: te despertabas y lo primero era «¿dónde estoy?». Y te encontrabas con una de
esas tías corpulentas que entraba por la puerta de la habitación (y tú en la cama con su hija) para traerte
el desayuno a la cama.
La primera vez que tuve el cañón de una pistola apuntándome entre ceja y ceja fue, creo, en los
servicios de caballeros del Civic Auditorium de Omaha, Nebraska. El arma era sostenida por la mano de
un inmenso policía que ya tenía sus años. Yo estaba con Brian haciendo una prueba de sonido. En aquel
tiempo solíamos beber whisky con Coca-Cola. El caso es que nos entraron ganas de mear y allí que nos
fuimos, dispuestos a responder a la llamada de la naturaleza con nuestras copas convenientemente
disimuladas en vasos de papel. Total, que estábamos regando las flores tranquilamente cuando oímos que
se abría la puerta a nuestras espaldas:
—A ver, daos la vuelta muy despacio —dijo una voz sibilante.
—Vete a cagar —contestó Brian.
—Ahora mismo —respondió la voz entre resoplidos.
Mientras nos la sacudíamos antes de enfundarla nos dimos la vuelta para encontrarnos cara a cara con
un madero gigantesco apuntándonos con un revólver; la mano era igualmente colosal y nos clavaba una
mirada amenazante. Se hizo el silencio; Brian y yo contemplamos aquel agujero negro. «Esto es un
edificio público, ¡no está permitido beber alcohol! Así que vais a tirar el contenido de esos vasos por el
retrete. ¡Ahora mismo! ¡Y nada de movimientos bruscos! ¡Vamos!». A Brian y a mí nos entró un ataque de
risa, pero aun así obedecimos porque él tenía la sartén por el mango. Brian masculló algo sobre una
reacción torpe y exagerada, lo cual sólo sirvió para poner todavía más furioso a aquel hijo de puta, tanto
que el cañón de la pistola empezó a temblar. Así que al final le soltamos un rollo sobre nuestro
desconocimiento de las ordenanzas municipales en lo tocante a la ingestión de bebidas alcohólicas en
aquel recinto, a lo que nos gruñó que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento o algo así. Yo
estaba a punto de preguntarle cómo sabía que estábamos bebiendo alcohol, pero me lo pensé mejor.
Total, teníamos otra botella en el camerino.
Al poco tiempo me agencié una Smith & Wesson del 38 especial. Aquello era el Salvaje Oeste, ¡y lo
sigue siendo! Me la compré en un bar de camioneros por veinticinco dólares, munición aparte. Así fue
como comenzó mi ilícita relación con tan venerable firma (¡desde luego no aparezco en sus registros
como cliente!). Varios tíos de los que viajaban con nosotros llevaban armas, estábamos trabajando con
unos cabrones que no se andaban con tonterías. Recuerdo esa otra cara de las cosas: un reguero de
sangre corriendo bajo la puerta de un camerino, darte cuenta de que le están dando una paliza a alguien
y saber que más te vale no meterte. Pero lo peor era ver aparecer a la policía, sobre todo entre
bastidores: ¡joder cómo corrían algunas de las bandas! Muchos de los tipos que andaban de gira tenían
cuentas pendientes con la justicia por alguna razón, por lo general cosas menores como no estar pagando
la pensión alimenticia o robar un coche. No trabajabas con santos precisamente, eran unos músicos
excelentes que podían meterse en un bolo y hacerse invisibles en medio de aquella nube de juglares… los
cabrones se sabían buscar la vida en la calle como nadie. Entre bastidores, de repente aparecía un
escuadrón de policía con una orden de detención para alguien que estaba tocando la guitarra en uno de
los grupos; aquello era como el desembarco de la pandilla plumilla: ¡Dios! Pánico total… el pianista de Ike
Turner bajando las escaleras de tres en tres.
Al final de nuestra primera gira por Estados Unidos creíamos que la habíamos cagado; nos habían
relegado al circuito de variedades, éramos el número circense de los greñudos, pero cuando llegamos al
Carnegie Hall de Nueva York nos reencontramos con las adolescentes (se desgañitaban igual que en
Inglaterra): América estaba empezando a vernos de otro modo. Ahí fue donde percibimos que aquello no
era más que el principio.
En el 64, cuando estábamos en Nueva York, Mick y yo no pensábamos largarnos sin ir al Apollo, así
que retomé el contacto con Ronnie Bennett. Nos fuimos al parque de Jones Beach con todas las Ronettes
en un Cadillac rojo. Me avisaron de recepción:
—Hay una dama esperándolo abajo.
—¡Venga, nos vamos! —le dije a Mick.
Además era la semana de James Brown en el Apollo. Tal vez debería ser Ronnie quien describa lo
buenos chicos que éramos, muy al contrario de lo que suele creerse:

Ronnie Spector: La primera vez que Keith y Mick vinieron a Estados Unidos no tuvieron éxito, durmieron en el
suelo del salón de la casa de mi madre en Spanish Harlem; no tenían dinero, y mi madre se levantaba por la
mañana y les hacía unos huevos con beicon, y Keith siempre se lo agradecía: «Muchas gracias, señora Bennett».
Yo me los llevé al teatro Apollo a ver a james Brown, eso fue lo que los decidió a no tirar la toalla: éstos se fueron
de vuelta a Inglaterra jurando que volverían siendo unas superestrellas y así fue. Les enseñé lo que hacía yo,
dónde crecí, y les conté que estuve por primera vez en el Apollo cuando tenía once años. Fuimos a los camerinos
y conocieron a todas las estrellas de rhythm and blues que andaban por allí. Me acuerdo de Mick temblando de la
emoción cuando pasamos por delante del camerino de James Brown.

La primera vez que vi el cielo fue cuando me desperté con Ronnie Bennett (Spector de casada) dormida a
mi lado con una sonrisa en los labios. Éramos unos críos: con los años no es mejor, aunque se vuelve más
refinado. ¿Qué puedo decir? Me llevó a casa de sus padres, a su dormitorio, varias veces, pero ésa fue la
primera; y yo no era más que un simple guitarrista, ¿me explico?
James Brown estaba actuando en el Apollo toda la semana. Ir al Apollo y ver a James Brown… ¡era
increíble! ¿Quién iba a decir que no a un plan así? El tipo era asombroso, único, realmente daba en el
clavo con lo que hacía. ¡Y nosotros nos creíamos una banda sólida! La disciplina que reinaba entre
aquellos tíos me impresionó más que nada: en el escenario bastaba con que James Brown chascara los
dedos porque le parecía haber oído que alguien se había comido un tiempo o había desafinado en una
nota y no veas la cara que se le ponía al músico en cuestión… Brown hacía una seña para indicar la multa
que le imponía al infractor, así que todos aquellos tíos no perdían de vista las manos del líder ni un
instante. Hasta vi cómo a Maceo Parker, el saxofonista que había creado la banda de James Brown (y con
quien por fin trabajé tiempo después con los Winos), le caía una multa de cincuenta dólares esa noche.
Fue un concierto fantástico. Mick no se perdía detalle de los movimientos, se fijó mucho más que yo ese
día: canta, baila, es el que manda…
Luego James Brown quiso lucirse delante de los ingleses: tenía a los Famous Flames actuando con él y
mandó a uno a por una hamburguesa, a otro le ordenó que le cepillara los zapatos…, le dio por humillar a
su propia banda. Para mí eran los Famous Flames y James Brown era en efecto el cantante principal, pero
esa noche se dedicó a ejercer su autoridad sobre los subalternos, los guardaespaldas y el grupo de
músicos que tocaba con ellos, lo cual a Mick le resultó fascinante.

Cuando volvimos a Inglaterra, la gran diferencia fue reencontrarnos con viejos amigos y músicos
conocidos asombrados de que nos hubiésemos convertido en los Rolling Stones: «Pero es que ahora,
encima, habéis ido a América, tío». De repente eras consciente de que habías llegado muy lejos por el
mero hecho de haber estado en Estados Unidos, cosa que enojó mucho a los fans ingleses (a los Beatles
también les pasó) porque ya no eras «suyo», había un cierto resentimiento por su parte, y nunca tan
patente como en Blackpool: allí, en el Empress Ballroom, pocos días después del regreso, volvimos a
afrontar la muchedumbre, que esta vez consistía en una chusma formada por borrachos escoceses
reclamando un poco de sangre a rebuzno limpio. Por aquel entonces había una cosa llamada «semana
escocesa» durante la cual todas las fábricas de Glasgow cerraban y prácticamente todo el mundo se iba a
Blackpool, una ciudad turística de la costa, de vacaciones. Empezamos a tocar y estaba hasta arriba de
gente, había muchos tíos, muchos de ellos muy borrachos, todos con sus mejores galas de domingo. Y, de
pronto, un cabroncete pelirrojo muy pequeñajo me lanza un escupitajo, así que me aparto, pero lo vuelve
a hacer y me acierta en la cara; me vuelvo a poner delante y me escupe por tercera vez y, claro, como yo
estaba en el escenario, la cabeza le quedaba a la altura adecuada, justo al lado de mi pie, perfecto para
chutar un penalty: le di un puntapié con un grácil movimiento que ni Beckham y lo tumbé; el tipo aquel
nunca volvió a ser el mismo, fijo. Ahí se desató el huracán: lo rompieron todo, hasta el piano, no
recuperamos ni un trozo del equipo que midiera más de diez centímetros y no tuviera un amasijo de
cables colgando, y nosotros conseguimos salir enteros de milagro.
Al poco de regresar de Estados Unidos aparecimos en Juke Box Jury, un programa de televisión que
llevaba mucho tiempo en antena; lo presentaba David Jacobs y la fórmula consistía en que los famosos del
«jurado» comentaran los discos que les ponía Jacobs y los clasificaran como aciertos o errores. Aquél fue
uno de esos momentos cruciales del que no fuimos en absoluto conscientes hasta pasado el tiempo, pero
que después en los medios se interpretó como una declaración de guerra generacional y eso desencadenó
todo el escándalo, miedo y desprecio que siguieron. Ese mismo día habíamos grabado una aparición en
otro programa, Top of the Pops, para promocionar el single de Bobby Womack «It’s All Over Now». Para
entonces me había acostumbrado a cantar en playback sin sonrojarme, así era como se hacía, en casi
ningún programa había música en directo. La verdad es que estábamos empezando a ver todo aquel circo
con cierto cinismo, porque acababas percatándote de que te habías metido en uno de los negocios más
chungos que existen por debajo del gansterismo, un sector en el que la gente sólo se reía cuando jodía a
otro. Tengo la sensación de que para entonces ya habíamos caído en cuál era el papel que nos habían
dado y en que no se podía luchar contra ello, y además era un papel que nadie había interpretado antes.
Igual era divertido. Nos la sudaba todo. Andrew Oldham describe nuestra aparición en Juke Box Jury en
su libro Stoned.

Andrew Oldham: Sin que yo les dijera nada, se empezaron a comportar como unos completos y absolutos
gamberros y, en cuestión de veinticinco minutos, consiguieron confirmar para siempre la peor opinión que
pudiera tenerse de ellos en el país. Hablaron a base de gruñidos, se rieron entre ellos, fueron implacables con las
ñoñerías que escuchaban y adoptaron una actitud hostil frente al imperturbable señor Jacobs. Aquello no fue
ninguna estrategia de prensa preparada. Brian y Bill hicieron un mínimo esfuerzo por ser educados, pero Mick,
Keith y Charlie pasaron de todo.

Nadie fue particularmente ingenioso ni nada por el estilo, simplemente hicimos trizas todos los discos que
nos pusieron. Mientras estaba sonando la música hacíamos comentarios como «yo no me veo capaz de
decir nada sobre esto» o «no puede ser que alguien escuche esto, ¡venga ya!». Y allí estaba el bueno de
David Jacobs intentando disimular: resultaba un poco grimoso de lo cursi, pero en realidad no era mal tío.
Todo había ido a las mil maravillas hasta la fecha, invitaban al programa a gente como Helen Shapiro y
Alma Cogan, típicas representantes del Variety Club, de todas esas asociaciones de artistas con las que
tan fácil era tratar y que tanto gustaban a todo el mundo, y entonces aparecimos nosotros no se sabe muy
bien de dónde. David seguro que estaba pensando «muchas gracias, BBC…, pues quiero un aumento de
sueldo después de haber tenido que lidiar con éstos, peor no puede ponerse». Pues espera a que conozcas
a los Sex Pistols, colega.
El Variety Club era una especie de círculo que aglutinaba a los nombres más importantes del mundo
del espectáculo: no quedaba claro si eran una logia masónica o una organización benéfica, pero desde
luego eran la camarilla que controlaba el mundillo en aquellos tiempos, extrañamente arcaica en muchos
sentidos, una mafia inglesa del mundo del espectáculo. Billy Cotton. Alma Cogan. Al cabo de un tiempo
acababas dándote cuenta de que aquellos artistas famosos (y muy pocos de ellos tenían talento de
verdad) eran los que movían el cotarro: quién tocaba dónde, quién te iba a dar con la puerta en las
narices y quién te la iba a abrir… Por suerte, los Beatles ya les habían dado un par de lecciones. La
profecía que anunciaba el fin de una era ya resonaba a lo lejos, así que, cuando aparecimos nosotros, no
supieron muy bien cómo darnos largas.
La única razón por la que firmamos un contrato con la discográfica Decca fue que Dick Rowe
rechazara a los Beatles: se los llevó EMI y Rowe no podía permitirse cometer el mismo error dos veces;
los de Decca estaban desesperados (me sorprende que no despidieran al tío). En aquellos tiempos, como
con cualquier otra cosa en el mundo del «espectáculo de masas», pensaron: será una moda pasajera, no
tenemos más que cortarles el pelo y los tendremos medio amaestrados. Así que, básicamente, sólo
conseguimos discográfica porque no se podían permitir cagarla dos veces; si no, no nos habrían dejado ni
pasar de la puerta, por simples prejuicios. Todo aquel sistema era obra del Variety Club, siempre se hacía
todo a base de guiños y gestos disimulados de cabeza, y en su día supongo que sirvió, sin duda, pero de
repente se dieron cuenta (¡bang!) de que había llegado el siglo XX. ¡Y ya estábamos en 1964!
Todo fue increíblemente rápido desde el momento en que apareció Andrew. Yo, por lo menos, tenía la
sensación de que las cosas se nos estaban yendo de las manos. Claro que también te das cuenta de que te
han echado el lazo, cariño, y no te va a quedar más remedio que ir por donde te manden. Al principio
tenía mis dudas, pero Andrew sabe que no tardé mucho en apartarlas de mi cabeza. Los dos lo enfocamos
de un modo parecido: vamos a ver cómo le sacamos partido a la prensa. En parte se debió a un incidente
durante una sesión fotográfica en que el fotógrafo comentó «van tan sucios». No hacía falta gran cosa
para encender la chispa en el caso de Andrew, que pensó que a partir de ese momento les iba a dar lo que
veían: de repente le encontró el sentido a la belleza de los extremos… Ya había trabajado con los Beatles
como colaborador de Epstein, así que me llevaba ventaja, pero desde luego en mí encontró a un socio
dispuesto a llegar hasta donde hiciera falta. Incluso a aquella edad, había una especie de química entre
nosotros, antes de que con el tiempo nos convirtiéramos en grandes amigos; por aquel entonces, yo lo
veía igual que él nos veía a nosotros: «estos cabrones me pueden resultar útiles».
Los medios resultaron muy fáciles de manipular, hacíamos lo que queríamos. Nos echaron de algún
que otro hotel, nos meamos en la entrada de un garaje… En realidad eso último fue un accidente: cuando
Bill echa una meada no para en media hora por lo menos (¡la madre que lo parió, no sé dónde lo mete con
lo pequeño que es!). El caso es que fuimos al Grand Hotel de Bristol con toda la intención de que nos
echaran; Andrew llamó a la prensa y les dijo: «Si queréis ver cómo echan a los Stones del Grand Hotel,
pasaos por allí tal día a tal hora». Todo porque no íbamos vestidos correctamente. Era increíble cómo los
manejaba Andrew, conseguía que acudieran perdiendo el culo por la más mínima tontería.
Y claro, aquello fue lo que desencadenó frases como el famoso «¿dejaría que su hija se casara con uno
de éstos?». No sé si fue Andrew el que le metió la idea en la cabeza a alguno o si simplemente se le
ocurrió a un periodista un día que se tomó alguna cerveza de más a la hora del almuerzo.
Eramos insoportables, pero toda esa gente era tan displicente que prácticamente no se lo vieron venir,
fue una verdadera guerra relámpago, en serio, un asalto en toda regla al orden establecido de la
maquinaria de las relaciones públicas. De repente te das cuenta de que ahí fuera hay el panorama que
hay, que toda esa gente está esperando que les digan qué tienen que hacer.

Mamá y papá a finales de los años treinta.

Un escolar de ocho años (1951).


Con mi triciclo en Southend-on-Sea; tenía cuatro años.

A los doce años en la costa meridional de Inglaterra (1956).


Con mis padres en Beesands, Devon (años cincuenta).

Izquierda: Haleema, mi primer amor.


Derecha: 1964.
Sentados (de izquierda a derecha): Doris, mi abuela Emma, mi abuelo Gus y mi tía Marjorie. De pie: mis tías Elsie, Joanna, Patty,
Connie y Beatrice.

En los estudios RCA de Hollywood con Mick y Andrew Oldham (1965).


Munich, septiembre de 1965: primer viaje a Alemania; Anita conoció a Brian Jones esa noche.

En 1963.
El público bien alejado durante una de las primeras giras por Estados Unidos (Ratcliffe Stadium, Fresno, California, mayo de
1965).

Preparando Aftermath en los estudios RCA (Hollywood, 1965).


Mick y yo en Redlands (1967).

Una buena taza de té con Charlie fuera del juzgado tras ser acusados de «conducta impropia»: orinar a la entrada de un garaje
(julio de 1965).
Un saludo amistoso desde el Jack Tar Hotel de Clearwater, Florida (mayo de 1965).

A punto de retomar una actuación durante la gira norteamericana de 1965: el sheriff había interrumpido el espectáculo por
«desórdenes públicos».
«Blue Lena», mi Bentley Continental Flying Spur.

Promoción de Between the Buttons (enero de 1967).


Saliendo del juzgado en Chichester: optamos por ir a juicio tras la incursión policial en Redlans (10 de mayo de 1967).

Tirados en la tienda tangerina de Ahmed. Detrás: Marianne y Mick; delante (de izquierda a derecha): Robert Fraser, Brian Jones y
Ahmed; Anita está de espaldas.
Con Anita en el Festival de Cine de Venecia tras su aparición en la película Barbarella.

Con Gram Parsons (asiento trasero), Tony Foutz (al volante), Anita y Phil Kaufman, manager de Gram (California, 1968).
Los Stones en 1969 con su nuevo guitarrista Mick Taylor.

Llegada de Marlon, al King’s College Hospital de Londres (10 de agosto de 1969).


Clausura de la gira Exile en el Madison Square Garden de Nueva York (julio de 1972).

Con Gram Parsons en Nellcote (1971).


La alineación de Exile (falta Charlie); de izquierda a derecha: Mick Jagger, Mick Taylor, Bill Wyman, Nicky Hopkins, Bobby Keys y
yo (1972).

En El Alamo, Texas: cada loco con su tema (1975).


Marlon y yo instalando un Scalextric en la cama del hotel durante la pesadilla de Toronto: había que entretenerse (1977).

Angela con cinco años (1977).


Nacidos con pocas horas de diferencia; él en Lubbock, Texas, yo en Dartford, Kent: mi gran amigo Bobby Keys.

Con Ron Wood en 1975.


Gira de 1972. En algún lugar de Estados Unidos.

Gira europea de 1973.

Mientras nos dedicábamos a montar todos aquellos pollos, Andrew andaba por ahí en su Chevrolet
Impala. Conducía Reg, su chófer gay con pinta de matón, un tío de Stepney, todo un personaje el muy hijo
de puta. Por aquel entonces era un milagro que un periodista especializado en rock te dedicara ni cuatro
líneas en New Musical Express, pero al mismo tiempo era muy importante porque había muy poca radio y
prácticamente nada de televisión. Había un tipo que se llamaba Richard Green y escribía en Record
Mirror a quien no se le ocurrió mejor idea que usar esas preciadas cuatro líneas para describir mi cutis (y
encima ni siquiera era verdad que yo tuviera la piel tan jodida); aquello fue la gota que colmó el vaso para
Andrew: se presentó con Reg en el despacho de aquel tipo, Reg le sujetó al periodista las manos justo
debajo de la ventana abierta (de las que se abren deslizando el cristal hacia arriba) y Andrew le dijo a
Richard (cito de nuevo lo que Oldham mismo cuenta en sus memorias):
Andrew Oldham: Richard, esta mañana me ha llamado por teléfono la señora Richards, y estaba muy disgustada.
Tú no la conoces pero es la madre de Keith Richards y me ha dicho: «Señor Oldham, ¿no puede hacer usted algo
para que ese hombre deje de decir esas cosas sobre el acné de mi chico? Ya sé que no puede evitar que se
publique esa basura de que no se lavan y demás, pero Keith es un muchacho muy sensible, incluso si no lo
muestra. Por favor, señor Oldham, ¿no puede hacer usted algo?». Así que, Richard, la cosa va así: si vuelves a
mear fuera de tiesto con Keith, si escribes una sola línea que disguste a su madre (piensa que yo soy responsable
ante la madre de Keith), te encontrarás con las manos en el sitio donde las tienes ahora, pero con una importante
diferencia: que Reg te machacará esas zarpas horrorosas con la ventana y así no podrás escribir durante una
buena temporada, maldito hijo de puta; y tampoco vas a poder dictárselo a nadie porque te tendrán que pegar la
puta mandíbula por donde te la haya partido Reg.

Y, con eso, se despidieron muy cortésmente y salieron de allí. Hasta que leí su libro ni siquiera sabía que
Andrew vivía aún en casa de su madre cuando andaba ya en este plan (aunque igual eso tuvo algo que ver
con el arrebato). Desde luego era más listo y más astuto que los sabelotodos de los medios o la gente de
las discográficas, que estaban completamente alejados de la realidad y no se enteraban de lo que estaba
pasando. Se podía uno presentar en el banco a robar, como quien dice tipo La naranja mecánica, pese a
que no hubiera una consigna general de «cambiemos el mundo», pero sabíamos que las cosas estaban
cambiando y que se podían cambiar, simplemente era todo demasiado cómodo, todo el mundo andaba
demasiado satisfecho y nosotros nos preguntamos: «¿Cómo podemos desmadrarnos?».
Por supuesto, todos nos dimos de bruces con el inmenso muro de los poderes establecidos, pero existía
una especie de tracción, ya se había alcanzado una velocidad imparable, como cuando alguien dice algo y
tienes la respuesta perfecta en la punta de los labios en cuanto lo oyes: sabes que deberías morderte la
lengua pero por otro lado hay que decirlo, incluso cuando no te cabe la menor duda de que te vas a meter
en un lío de cojones, la contestación es demasiado genial como para guardártela, te sentirías como un
gallina que se defrauda a sí mismo si no la soltaras.
Oldham se creó su propio personaje inspirándose en su ídolo Phil Spector, tanto en el papel de
productor como en el de mánager, pero, a diferencia de Spector, él no tenía una habilidad natural para
moverse por el estudio. Dudo mucho que Andrew me quitara la razón si digo que no tenía mucho oído
musical que digamos; sabía lo que le gustaba y lo que le gustaba a otra gente, pero hablarle de Mi
séptima era poco menos que equivalente a preguntarle por el sentido de la vida. Yo creo que un productor
es alguien que, al final, consigue que todo el mundo se marche a casa con la sensación de haber hecho
algo (¡yeah!) cuando se termina el trabajo. La aportación musical de Andrew era mínima y por lo general
se limitaba a la parte de las voces (metemos un la la laaa aquí), pero nunca se metió en cómo se hacían
las cosas, tanto si estaba de acuerdo como si no. Eso sí, como productor en el sentido estricto de la
palabra, uno que domina los entresijos de la grabación y sabe de música de verdad, tenía sus
limitaciones. Aunque, por otro lado, entendía muy bien el mercado, sobre todo desde que volvimos de
América. En cuanto llegamos a Estados Unidos fue como si se le cayera la venda de los ojos y viera con
total claridad de qué iban los Stones exactamente, y cada vez nos dejaba más hacer lo que nos diera la
gana. Creo que, básicamente, ahí residía la genialidad de su manera de producir, en que nos dejaba hacer
discos. Y además siempre aportaba un montón de energía y entusiasmo. Cuando ya vas por la toma
número treinta y estás empezando a hartarte, te hacen falta unas palabras de ánimo: «Sólo una más,
venga, sólo una más —y luego, con ese entusiasmo inasequible al desaliento, añadía—: Ya casi lo tenemos,
no queda nada».

Durante toda mi infancia y mi adolescencia, la idea de marcharme de Inglaterra me había parecido de


lo más remota: mi padre ya lo había hecho una vez, pero fue con el ejército, para irse a Normandía y que
casi le volaran una pierna. Me parecía completamente imposible. Leías sobre otros países, veías
programas en la tele y devorabas artículos del National Geographic donde te enterabas de que existían
tías negras con las tetas al aire y unos cuellos larguísimos, por ejemplo, pero nunca esperabas ir a verlo
jamás con tus propios ojos. Reunir el dinero necesario para salir de Inglaterra quedaba muy lejos de mis
posibilidades.
Uno de los primeros sitios adonde fuimos, después de Estados Unidos, fue a Bélgica, e incluso ese viaje
fue toda una aventura, poco menos que una expedición al Tíbet. Y luego estuvimos en el Olympia de París
y, para cuando quisimos darnos cuenta, estábamos en Australia y caes en que, realmente, estás viendo
mundo, ¡y encima te pagan! ¡Y vaya agujeros negros hay por ahí, por cierto!
Dunedin, sin ir más lejos, la ciudad casi más meridional de todo el planeta, en Nueva Zelanda. Tenías
la impresión de estar en un lugar tan dejado de la mano de Dios como Tombstone o algo así, y de hecho se
podía decir que era el caso… ¡si las calles todavía tenían postes para atar el caballo! Era domingo, un
domingo lluvioso de cielos plomizos en Dunedin, corría el año 65. Creo que no podría haber existido nada
más deprimente en el mundo entero, fue el día más largo de mi vida, no se acababa nunca. Por lo general
nos entreteníamos bastante bien, pero Dunedin hacía que Aberdeen pareciera Las Vegas a su lado. Era
muy raro que a todo el mundo le diera un bajón al mismo tiempo, por lo general siempre había alguien
que tiraba de los demás, pero en Dunedin todos estábamos hechos polvo porque no había la menor
posibilidad de redención ni de echarse unas risas, ¡ni el trago nos hacía efecto ya! Los domingos, de
repente se oían unos golpecitos en la puerta: «Eeeh, el servicio empieza dentro de diez minutos»; el
servicio religioso… Aquél era uno de esos días horrorosos y grises que me traían recuerdos de la infancia,
un día que no parecía ir a terminarse nunca, todo parecía teñido de un color desesperado y no se divisaba
ninguna luz de esperanza en el horizonte. Para mí el aburrimiento es una enfermedad, y no la padezco,
pero aquélla fue mi hora más baja: «Creo que me voy a poner a hacer el pino, a ver si reciclo las drogas».
¡Ah, pero Roy Orbison…! En primer lugar, fue sólo porque estábamos con Roy Orbison por lo que
acabamos allí, desde luego en el bolo de esa noche él era el plato fuerte, un auténtico haz de luz en medio
de la tenebrosidad que reinaba al sur del fin del mundo. ¡El increíble Roy Orbison! Era uno de esos
tejanos que pueden con todo, incluida su propia vida sembrada de tragedias: pierde a sus hijos en un
incendio y a su mujer en un accidente de tráfico; en lo personal, nada le fue bien al gran O, pero no
puedo pensar en un caballero más amable, ni en una personalidad más estoica. Tenía un talento increíble
para crecerse pasando de su escaso metro setenta a convertirse en un coloso de dos metros cuando se
subía a un escenario. Era increíble verlo. Igual venía de haberse pasado el día al sol, rojo como un
cangrejo y en pantalones cortos y nosotros estábamos por allí tocando la guitarra, charlando, bebiendo y
fumando y nos decía: «Toco en cinco minutos». Ya por curiosidad, nos asomábamos a ver el número que
abría el espectáculo y… era impresionante: el que salía al escenario era un tipo completamente
transformado que parecía haber crecido por lo menos treinta centímetros en presencia y control de la
situación y el público. Hace un minuto estaba en pantalón corto, ¿cómo lo hacía? Es una de las cosas más
impresionantes de subirte a un escenario: que entre bastidores igual sólo eres un colgado, pero en cuanto
se oye el «damas y caballeros» o el «con todos ustedes», ya eres otra persona.
Mick y yo nos pasamos meses y meses intentando componer antes de dar con algo que pudieran
grabar los Stones. Escribimos algunas canciones terribles con títulos como «We Were Falling in Love»
{nos estábamos enamorando} y «So Much in Love» {estábamos tan enamorados}, por no mencionar
«(Walkin’ Thru the) Sleepy City» {(caminando por) la ciudad aletargada}, una mala copia de «He’s a
Rebel» {es un rebelde}.
El hecho es que algunas tuvieron cierto éxito (Gene Pitney, por ejemplo, con «That Girl Belongs to
Yesterday» {esa chica es cosa del ayer], aunque la verdad es que mejoró nuestra letra y también el título
que le habíamos puesto en un primer momento, que era «My Only Girl» {mi única chica} Yo escribí una
joya olvidada, «All I Want Is My Baby», que grabó el escudero de J. P. Proby, Bobby Jameson; y también
compuse «Surprise, Surprise», grabada por Lulu. Por otra parte, pusimos punto final a la racha de éxitos
de Cliff Richard cuando grabó nuestro «Blue Turns to Grey» (fue una de las pocas veces en que uno de
sus discos no se situó directamente entre los diez primeros, tan sólo entre los treinta primeros). Y cuando
los Searchers hicieron «Take It Or Leave It», también les dio en toda la línea de flotación. Por lo visto la
otra cara de nuestra labor como compositores era sabotear a la competencia y que encima nos pagaran.
En el caso de Marianne Faithfull el efecto fue el contrario: «As Tears Go By», escrita con una guitarra de
doce cuerdas, la convirtió en una estrella (el título fue idea de Andrew, una variación del de la mítica
canción de Casablanca, «As Time Goes By»). Al principio pensamos «menuda mierda» pero se la
cantamos a Andrew y él nos dijo: «Va a ser un éxito»; y, efectivamente, la vendimos y ganamos dinero.
Mick y yo nos decíamos: «¡Qué manera más fácil de hacer pasta!».
Para entonces, los dos sabíamos que en realidad nuestro trabajo era escribir las canciones de los
Stones, pero tardamos ocho o nueve meses en componer «The Last Time», que fue la primera que nos
pareció presentable sin que los otros nos mandaran a la mierda. Si hubiéramos venido con «As Tears Go
By» nos habrían soltado algo como «largaos inmediatamente y no volváis en la puta vida». Mick y yo
estábamos intentando dar con la tecla, pero no se nos ocurrían más que baladas, nada que ver con la
música que tocábamos. Pero luego escribimos «The Last Time» y nos miramos y dijimos: «Probemos ésta
con los chicos». Esa canción tiene el primer riff de guitarra reconocible como típico de los Stones; el
estribillo pertenece a la versión de los Staple Singers de «This May Be the Last Time». Nos agarramos a
eso: ahora teníamos que encontrar la letra. La canción resultó tener un toque característico de los
Stones, era algo que tal vez no habríamos sido capaces de escribir antes, porque era una canción sobre
estar todo el día en la carretera y plantar a una tía (you don’t try very hard to please me)[28]. Desde luego
estaba muy lejos de ser la típica serenata al inalcanzable objeto de tu deseo. Ahí fue cuando realmente
encajó todo, con esa canción, por fin Mick y yo encontramos la confianza suficiente para enseñarles algo
a Brian y Charlie, y a Ian Stewart sobre todo, que en aquel tiempo era el verdadero árbitro del partido. En
cambio con las canciones anteriores nos habrían echado de la habitación a hostias. Esta, en cambio, nos
definió hasta cierto punto, y fue derecha al número uno de las listas en el Reino Unido.
Andrew trajo a mi vida algo maravilloso; yo nunca me había planteado escribir canciones, él me obligó
a aprender el oficio y, al mismo tiempo, darme cuenta de que, ¡sí!, se me daba bien. Y, poco a poco, se fue
abriendo ese mundo nuevo ante mis ojos, porque ya no era sólo músico, ya no estaba solamente
intentando tocar como otro. No era sólo la expresión de otro; si era capaz de escribir mi propia música,
podía empezar a expresarme yo también. Es casi tan intenso como la descarga de un relámpago.
«The Last Time» se grabó durante una etapa mágica en los estudios RCA de Hollywood, donde
estuvimos trabajando de forma intermitente entre junio de 1964 y agosto de 1966. Aquel período culminó
con el álbum Aftermath, en el que todas las canciones son de Mick y mías, de los glimmer twins, como
empezamos a ser conocidos al cabo de un tiempo. Fue una época en la que todo (componer canciones,
grabar, actuar) pasó a otro nivel, y también el momento en que Brian empezó a sacar los pies del plato.
El trabajo siempre era duro, el bolo nunca terminaba por el mero hecho de que te hubieses bajado del
escenario, luego tenías que volver al hotel y ponerte a escribir canciones nuevas. Y después, cuando se
acababa la gira, teníamos cuatro días para editar todo y sacar un disco, como mucho una semana. De
media, tardábamos unos treinta o cuarenta minutos por canción, no era difícil porque estábamos de gira y
la banda venía con el impulso y la complicidad de haber estado tocando juntos sin parar. Y teníamos unas
diez o quince canciones… No parábamos, la presión era tremenda, lo que seguramente no nos venía mal.
Cuando grabamos «The Last Time» en enero de 1965 acabábamos de terminar una gira y todo el mundo
estaba agotado. Habíamos ido al estudio a grabar el single y nada más, y cuando acabamos, los únicos
Stones que seguían de pie éramos Mick y yo. Phil Spector andaba por allí (Andrew le había pedido que
viniera y escuchara la canción), y Jack Nitzsche también. Apareció un empleado a limpiar, así que se oía
aquel murmullo sigiloso de la escoba en una esquina del inmenso estudio mientras que los que aún
teníamos fuerzas recogíamos los instrumentos. Spector cogió el bajo de Bill Wyman, Nitzsche se encargó
de los teclados. La cara B, «Play with Fire», se editó con la mitad de los Rolling Stones que quedaban en
pie y aquellos refuerzos de excepción.
Cuando llegamos a Los Angeles durante esa segunda gira, fue Sonny Bono el enviado al aeropuerto
con un coche, porque por aquel entonces era él quien hacía el trabajo de promoción para Phil Spector. Un
año más tarde, Sonny y Cher recibían todo tipo de agasajos en el Dorchester y Ahmet Ertegun los daba a
conocer al mundo entero, pero, en aquel momento, cuando se enteró de que buscábamos un estudio nos
puso en contacto con Jack Nitzsche y el primer sitio que nos sugirió fue RCA. Nos fuimos más o menos
derechos para allá, de cabeza al mundo de las limusinas y las piscinas después de una gira de tres días
por Irlanda: el contraste de culturas era casi surrealista. Jack entraba y salía del estudio, más que nada
para descansar un rato de Phil Spector y el «gigantesco muro de sonido» que era necesario crear. Jack
era el genio, no Phil, más bien Phil se apropió de la personalidad excéntrica de Jack y le chupó la sangre
hasta la última gota. El hecho es que Jack Nitzsche era el silencioso (y no remunerado, por razones que
aún no me explico salvo que lo hiciera por puro entretenimiento) arreglista, músico y aglutinador de
talentos; un hombre fundamental para nosotros durante aquellos tiempos. Venía a nuestras sesiones a
relajarse y aportaba alguna idea aquí y allá. Y si le apetecía también tocaba un rato: está en «Let’s Spend
the Night Together», donde se puso a tocar mi parte al piano mientras yo me tiré a por el bajo: un
ejemplo de sus variadas aportaciones. Yo lo adoraba.

Por alguna razón misteriosa, seguíamos sin tener dinero, incluso a finales de 1964. Nuestro primer
disco, The Rolling Stones, fue número uno y vendimos 100.000 copias, más que los Beatles de los
primeros tiempos, así que ¿dónde estaba la pasta? En realidad, nos habíamos hecho a la idea de que, si no
perdíamos dinero, ya nos dábamos por satisfechos. Pero también sabíamos que no estábamos
aprovechando el potencial del inmenso mercado que habíamos abierto. El sistema funcionaba de tal
manera que no recibías las ganancias de las ventas en Inglaterra hasta un año después de que hubiera
salido el disco, dieciocho meses más tarde si eran ventas internacionales. En las giras por Estados Unidos
no ganábamos nada, hasta dormíamos por las casas de la gente conocida (Oldham solía dormir en el sofá
de Phil Spector). A finales de 1964, el bolo del TAMI (en el que actuábamos después de James Brown) lo
hicimos para poder pagarnos los vuelos a Inglaterra. Sacamos 25.000 dólares, lo mismo que Gerry & The
Pacemakers, y Billy J. Kramer y los Dakotas. Un poco demasiado, ¿no?
El primer dinero en metálico que gané vino de la venta de «As Tears Go By», y recuerdo perfectamente
el día en que me lo dieron. ¡Me quedé mirando los billetes un rato, los conté, me los quedé mirando otra
vez! Y entonces los toqué, me fijé en el roce del papel sobre las yemas de los dedos. No hice nada más,
simplemente los guardé en una papelera y me repetía en voz baja: «¡Tengo tanto dinero! ¡Joder!». No
quería gastármelo en nada especial ni malgastarlo haciendo el cabra por ahí. Por primera vez en mi vida,
tenía dinero… Igual me compro una camisa nueva, cuerdas para la guitarra… pero básicamente mi
reacción seguía siendo: «¡Joder, no me lo puedo creer!». Allí estaba la cara de la reina, y las
correspondientes firmas, y había más billetes de los que jamás hubiera soñado con tener en las manos,
más de lo que ganaba mi padre en un año deslomándose y dejándose los cuernos en el trabajo. A ver: qué
hacer con ese dinero era otra historia, porque tenía otro bolo, y tenía trabajo, pero debo decir que la
primera sensación que me produjo recibir unos cuantos cientos de billetes crepitantes recién salidos del
banco no fue para nada insatisfactoria. En cuanto a qué hacer con el dinero, tardé un tiempo en
decidirme, pero aquélla fue la primera vez que experimenté la sensación de ir un paso por delante, y lo
único que había hecho para merecerlo era escribir un par de canciones y con eso había bastado.
Un gran inconveniente que tuvimos fue que Robert Stigwood no nos pagara la gira que hicimos como
parte de uno de sus espectáculos. Si nos hubiéramos informado como es debido antes, podríamos
habernos enterado de que aquélla era su forma habitual de funcionar: de pagar tarde pasó a no pagar en
absoluto y tuvimos que llevarlo a los tribunales, hasta el Supremo. Pero, antes de eso y por desgracia para
él, una noche nos lo encontramos en un club que se llamaba el Scotch of St. James y cometió el error de
ponerse a bajar las escaleras en el momento en que Andrew y yo las subíamos. Le cerramos el paso para
que yo pudiera sacarle lo que nos debía. Es muy difícil pegar patadas en una escalera de caracol, así que
tuvo que ser un rodillazo, bueno, unos cuantos, uno por cada mil libras que nos debía, dieciséis en total.
Incluso después de eso, nunca se disculpó, igual no le di con suficiente fuerza.
En cuanto gané algo más de dinero, me ocupé de mi madre. Doris y Bert se habían separado al año de
marcharme yo de casa. Mi padre es mi padre, pero a mi madre le compré una casa. Siempre mantuve el
contacto con Doris, lo que implicaba que no podía mantenerlo con Bert porque se habían separado. La
verdad es que no era capaz de elegir bando, y además tampoco tenía mucho tiempo para aquello porque
la vida estaba empezando a ponerse interesante de verdad y andaba todo el día de un lado para otro,
tenía otras cosas de que ocuparme y lo que anduvieran haciendo mi madre y mi padre no era algo que
estuviera muy arriba en mi lista de prioridades.

Entonces llegó «Satisfaction», la canción que nos catapultó a la fama internacional. Por aquel entonces
acababa de romper con una novia y todavía no me había buscado la siguiente, así que vivía solo en mi
piso de Carlton Hill, en St. John’s Wood. Tal vez eso explique el tono de la canción. Compuse
«Satisfaction» mientras dormía. No tenía ni idea de que la había compuesto, me di cuenta gracias a la
grabadora de casetes Philips porque, de puro milagro, se me ocurrió fijarme en ella esa mañana y
recordaba perfectamente que había puesto una cinta nueva la noche anterior y ahora la cinta estaba al
final. Así que la rebobiné hasta el principio y ahí estaba «Satisfaction»: sólo era un bosquejo muy
primitivo, el esqueleto de la canción, y por supuesto que no tenía ese ruido característico porque la había
hecho con la acústica. Luego también había cuarenta minutos de ronquidos, pero la estructura básica era
cuanto necesitaba. Conservé esa cinta durante un tiempo, y desearía haberla guardado, la verdad.
Mick escribió la letra al borde de la piscina, en Clearwater, Florida, cuatro días antes de que nos
metiéramos en el estudio a grabarla. Fue nuestro primer trabajo en los estudios Chess de Chicago, allí
hicimos la versión acústica; luego haríamos una con distorsión en los estudios RCA de Hollywood. En la
postal que le escribí a mi madre desde Clearwater no estaba exagerando en absoluto cuando decía:
«Hola, mamá. Trabajando como un burro, lo de siempre. Un beso, Keith».
Todo fue cuestión de usar un pequeño pedal, el pedal de distorsión Gibson, que acababa de salir hacía
poco. Sólo he utilizado los pedales en dos ocasiones, la otra fue para grabar «Some Girls» a finales de los
setenta, ahí usé un XR que producía un efecto de percusión rústico del estilo del eco de golpe seco
característico de Sun Records. Pero los efectos no son lo mío, yo voy más a por la calidad del sonido:
¿quiero que esto suene cortante y afilado o cálido y suave, tipo «Beast of Burden»? Vamos, que al final la
pregunta que te haces es: ¿Fender o Gibson?
En «Satisfaction» me estaba imaginando la parte de viento, intentando imitar el sonido para luego
meterlo cuando grabáramos. Ya había oído en mi cabeza el riff como lo haría luego Otis Redding, pero al
final no teníamos viento y pensé que simplemente le metería un eco. La distorsión resultó útil para darle
algo de forma a lo que se suponía que iba a hacer el viento, pero era un sonido que no se había oído jamás
en ninguna parte y fue lo que captó la atención de todo el mundo y, para cuando quise darme cuenta, nos
estábamos oyendo en la radio en algún rincón perdido de Minnesota como «éxito de la semana», ¡y ni nos
habíamos enterado de que Andrew había sacado el puto disco! Al principio yo estaba espantado porque
para mí aquello era todavía la versión de mezcla, ¡pero a los diez días de estar en la carretera éramos
número uno en todo el país! Fue el disco del verano de 1965, así que no le voy a poner peros, y además
aprendí una lección: que a veces puedes pasarte elaborando las cosas, que no todo está diseñado para tu
gusto y sólo el tuyo.
«Satisfaction» es un ejemplo típico de la colaboración que había entre Mick y yo por aquel entonces:
yo diría que, en general, yo creaba la canción y la idea general y Mick hacía el trabajo duro de ponerle
cara y ojos y hacer que sonara interesante. Por ejemplo, a mí se me ocurría I can’t get no satisfaction… I
can’t get no satisfaction… I tried and I tried and I tried and I tried, but I can’t get no satisfaction, y luego
nos reuníamos y Mick pensaba en algo como hey, when I’m riding in my car… same cigarettes as me y
luego lo trabajábamos a partir de ahí. En aquella época funcionábamos así. Hey you, get off of my cloud,
hey you… era mi contribución. En «Paint It Black» yo escribí la música y él la letra. No es estrictamente
cuestión de uno hizo tal y el otro hizo cual, pero los riffs suelen ser míos, yo soy el maestro del riff, el
único que se me escapó y fue él quien lo pilló es el de «Brown Sugar», y me quito el sombrero, ahí me
marcó un tanto. Luego yo limpié un poco por aquí y por allá, pero esa canción es suya, letra y música.
Algo peculiar de «Satisfaction» es que es un tema muy jodido para tocar en un escenario. Durante
mucho tiempo nunca la tocábamos, o muy rara vez hasta que pasaron diez o quince años porque no
conseguíamos que sonara bien, no tenía la onda que se suponía que debía, sonaba enclenque. A la banda
le llevó un montón de tiempo encontrar la manera de tocar «Satisfaction» en directo, de hecho nos
empezó a gustar cuando Otis Redding hizo su versión; en ésa y en la de Aretha Franklin, que produjo
Jerry Wexler, por fin oímos lo que habíamos querido escribir desde el primer momento, nos gustó y
empezamos a tocarla porque lo mejor del soul estaba cantando nuestra canción.

En 1965, Oldham se encontró con Allen Klein, aquel mánager de voz melosa siempre con su pipa en la
boca. Sigo pensando que lo mejor que pudo ocurrírsele a Oldham jamás fue ponernos en contacto con él.
A Andrew le entusiasmó la idea que Klein compartió con él de que ningún contrato vale ni el papel en el
que está escrito, algo que luego constataríamos de forma bastante dolorosa en nuestra relación con el
mismo Allen Klein. Por aquel entonces, mi actitud era que Eric Easton, el socio de Andrew y nuestro
agente, simplemente estaba demasiado cansado. De hecho, lo que acabó estando fue enfermo.
Independientemente de lo que pasó después con Allen Klein, hay que reconocer que era extraordinario a
la hora de hacer dinero, y también estuvo inmenso al principio, acorralando a las discográficas y
directores de gira que se habían estado pagando a sí mismos unos sueldos excesivos para encima hacer
su trabajo con muy poca dedicación.
Una de las primeras cosas que hizo Klein fue renegociar el contrato de los Rolling Stones con Decca
Records. Así que nos presentamos en las oficinas de Decca a interpretar el numerito que había pensado
Klein, una estratagema de lo más burda; nuestras instrucciones eran: «Hoy nos vamos a presentar en
Decca y van a ver esos cabronazos lo que es bueno, vamos a firmar un acuerdo con ellos que va a ser el
mejor contrato con una discográfica de la historia. No os quitéis las gafas de sol ni un minuto y no abráis
la boca, nos aleccionó Klein, simplemente entráis y os quedáis al fondo de la habitación mirando fijamente
a ese montón de vejestorios. No habléis, de eso me encargo yo».
A nosotros, básicamente, nos tocaba intimidar un poco y punto. ¡Y funcionó! Sir Edward Lewis, el
presidente de Decca, estaba sentado detrás de su escritorio y, ciertamente, ¡babeaba! No por nosotros,
claro está, pero babeaba. Luego aparecía alguien con un pañuelo y lo limpiaba. El tipo estaba en las
últimas, las cosas como son. Nosotros simplemente nos quedamos allí de pie con las gafas de sol puestas.
La verdad es que era una escenificación clarísima de la vieja guardia contra la nueva. Se achantaron y
salimos de allí con un contrato mejor que el de los Beatles. Por cosas como ésa es por las que hay que
descubrirse ante Allen. Luego los cinco, todavía en nuestro papel de matones, nos fuimos al Hilton con
Allen y nos pusimos hasta el culo de champán para celebrar nuestra brillante actuación. Pero, sir Edward
Lewis, por más que babeara, no era ningún idiota: hizo muchísimo dinero con aquel contrato, fue un
acuerdo increíblemente ventajoso para ambas partes, que es como se supone que tienen que ser los
acuerdos. Todavía cobro por aquello, lo llamamos el globo de Decca.
Para los Stones, Klein fue un poco lo que el coronel Tom Parker para Elvis («yo cierro los acuerdos y si
queréis algo no tenéis más que decirlo»), fue siempre todo un caballero en el trato con nosotros y en el
manejo del dinero, del que siempre le podías sacar algo: ¿querías un Cadillac chapado en oro?, te lo
conseguía, sin problemas. Yo lo llamé diciendo que necesitaba 80.000 libras para comprarme una casa en
el Chelsea Embankment, cerca de la de Mick, para que pudiéramos vernos cómodamente y componer, y al
día siguiente tenía la pasta. El asunto era que sólo sabíamos la mitad de la mitad, era una forma muy
paternalista de llevar a la gente, algo que evidentemente ya no se hace hoy en día pero no era raro por
aquel entonces. La actitud era diferente a la de ahora, que hasta el último puto guitarrista cobra y se le
tiene en cuenta a la hora de hacer números. Por aquel entonces era todo rock and roll.
Klein fue increíble al principio. En Estados Unidos, durante la siguiente gira bajo su dirección, fue ya
otro nivel muy distinto: avión privado para viajar de un sitio a otro, carteles inmensos en Sunset
Boulevard. ¡Así sí!
Tener un número uno te exige sacar otro muy rápido, si no enseguida empiezas a perder fuelle. Por
aquel entonces, se esperaba de ti que hicieras las canciones una detrás de otra como si nada. De repente,
«Satisfaction» era número uno en todo el mundo y Mick y yo nos mirábamos («esto marcha») y enseguida
venían a aporrear la puerta («¿dónde está la siguiente?, tiene que estar en cuatro semanas»), eso estando
de gira y haciendo dos bolos diarios. Había que sacar un nuevo single cada dos meses, tenías que tener
siempre otra bala en la recámara y además que fuera un sonido nuevo. Si hubiéramos sacado otro riff con
distorsión después de «Satisfaction», habría sido el principio del fin, repetir era entrar en la ley del
beneficio decreciente. Hay muchos grupos que han encallado precisamente en esa roca. «Get Off of My
Cloud» fue una reacción ante las exigencias de las discográficas que siempre estaban pidiendo más, y
además era un ataque por otro flanco, y también funcionó.
Así que estábamos hechos una fábrica de hacer canciones, empezamos a pensar como compositores y,
una vez que adoptas esa costumbre, te acompaña para el resto de tu vida, sigue siempre en marcha en el
subconsciente, en la manera como escuchas música. Nuestras canciones estaban empezando a tener unas
letras más afiladas, por lo menos estaban empezando a sonar más en consonancia con la imagen que
proyectábamos (cínica, desagradable, escéptica, grosera). En eso, parecíamos ir muy por delante de los
tiempos. En Estados Unidos aquélla fue una época de mucho conflicto con todos los muchachos que se
marchaban a Vietnam y demás. Por eso está «Satisfaction» en Apocalypse now, porque los muy chiflados
nos llevaron con ellos, la letra y el aura de la canción reflejaban el desencanto de esos chicos con el
mundo de los adultos en su propio país y, durante un tiempo, fuimos los únicos que le poníamos banda
sonora a los rugidos de la rebelión en ciernes, los que tocamos esa fibra sensible de la sociedad. No diría
tanto como que fuimos los primeros, pero sí que mucha de toda aquella atmósfera que se respiraba tenía
acento inglés, a través de nuestras canciones, pese a estar nosotros mismos muy influenciados por
Estados Unidos. Nosotros nos descojonábamos de todo a la manera de la más pura tradición inglesa.
Esa oleada de composición y grabaciones culminó con el álbum Aftermath, y muchas de las canciones
de aquellos tiempos tenían unas letras que podrían calificarse de «antichicas», y los títulos también.
«Stupid Girl» {chica estúpida}, «Under My Thumb» {sometida}, «Out of Time» {has perdido el tren},
«That Girl Belongs to Yesterday» {esa chica es cosa de ayer} y «Yesterday’s Papers» {los periódicos de
ayer}.

Who wants yesterday’s girl?


Nobody in the World.[29]

Tal vez las estábamos provocando un poco, quizá algunas de esas canciones les abrieron un poco el
corazón y los ojos al hecho de que «¡eh, somos mujeres, somos fuertes!». Lo cierto es que los Beatles y
(especialmente) los Stones tal vez las ayudaron a librarse de la actitud «no soy más que una damita». No
hubo intención por nuestra parte, simplemente se fue haciendo obvio mientras tocábamos para ellas.
Cuando tienes a tres mil tías delante rasgándose las bragas y lanzándose encima de ti, adviertes la fuerza
increíble que has desatado: todo lo que les habían enseñado a no hacer jamás podían hacerlo en un
concierto de rock and roll.
Las canciones también fueron el resultado de una gran frustración en ese sentido: te ibas de gira un
mes, volvías y te la encontrabas con otro (look at that stupid girl)[30], al final es una carretera de doble
sentido. También soy consciente de que estaba siendo injusto al comparar a las tías de casa con las que
nos íbamos encontrando de gira, que parecían mucho menos exigentes. Con las inglesas, o eras tú el que
las marcabas como tu posesión o te marcaban ellas a ti, era sí o no. A mí siempre me ha parecido que
para las negras ésa no era la cuestión fundamental, simplemente estábamos a gusto juntos, y si la cosa
iba a más, pues perfecto. Era parte de la vida, sencillamente. Ellas eran geniales porque eran tías, claro,
pero se parecían mucho más a los hombres que las inglesas, no te importaba que siguieran por ahí
después. Me recuerdo en el Hotel Ambassador en compañía de una chica negra llamada Flo con la que
andaba entonces. Ella me cuidaba. No era amor; respeto, sí. Siempre lo recordaré porque nos daba la risa
cuando oíamos a las Supremes cantando Flo, she doesn’t know[31] echados en la cama. Siempre nos
entraba un ataque de risa. Absorbía un poco de aquella experiencia y luego a la semana estaba otra vez
en la carretera.
Desde luego hubo algo de ese elemento consciente durante los tiempos de RCA, desde finales del 65
hasta el verano del 66, teníamos la sensación de estar entreabriendo una puerta poco a poco. Por
ejemplo, «Paint It Black», grabada en marzo de 1966, nuestro sexto número uno en Inglaterra. Brian
Jones, que para entonces se había convertido en un experto en varios instrumentos porque había «dejado
la guitarra», tocaba el sitar. Era un estilo completamente distinto al de todo lo que yo había hecho hasta
entonces, tal vez fue cosa del judío que llevo dentro, pero para mí es algo más parecido a «Hava Nagila» o
a una melodía típica de la música gitana. Igual lo aprendí de mi abuelo. Lo cierto es que viene de un sitio
muy diferente. Para entonces ya había visto algo de mundo, ya no era única y exclusivamente un músico
de blues de Chicago, tenía que extender las alas un poco, para que surgieran nuevas ideas y nuevas
melodías, aunque no puedo decir que hubiéramos tocado ni en Tel Aviv ni en Rumania, pero empiezas a
engancharte a cosas nuevas. Componer es un experimento constante, aunque nunca lo he hecho
conscientemente (tengo que explorar por aquí o por allá). Estábamos aprendiendo a hacer que el álbum
fuera el centro de atención, que fuera ése y no el single el formato de la música. Hacer un elepé solía ser
cuestión de reunir dos o tres singles de éxito y sus correspondientes caras B y luego meter algo más de
relleno. Los singles siempre eran de dos minutos y veintinueve segundos porque, si no, no te ponían en la
radio. Hace poco estuve hablando de esto con Paul McCartney. Nosotros lo cambiamos: todas y cada una
de las canciones del disco eran potencialmente un single, no había relleno y, si lo había, era un
experimento. Aprovechábamos que con un álbum teníamos más tiempo para lo que podría describirse
como una declaración de principios sobre algo.
Si los elepés no hubieran existido, probablemente los Beatles y nosotros no habríamos durado más de
dos años y medio. Tenías que estar siempre condensando, reduciendo lo que quisieras decir para
contentar al distribuidor. Si no las radios no te ponían las canciones. «Visions of Johanna», de Dylan,
marcó un antes y un después. «Goin’ Home» duraba once minutos: «No va a ser un single. ¿Se puede
extender y expandir el producto? ¿Es posible?». Ahí estuvo el verdadero experimento. Dijimos: «Este rollo
no se puede editar, o sale así o nada». Seguro que Dylan se sintió igual con «Sad-Eyed Lady of the
Lowlands» o «Visions of Johanna». Fueron alargándose las grabaciones, y la gran pregunta era: ¿iba a
aguantar la gente tanto? (duraba más de tres minutos), ¿se podía mantener su atención durante tanto
tiempo?, ¿no perderías a los oyentes? El hecho es que funcionó. Seguramente los Beatles y nosotros
convertimos el álbum en el vehículo de la grabación, y con eso aceleramos el declive del single. Por
supuesto no desapareció de la noche a la mañana, siempre te hacía falta tener un éxito en las listas, pero
simplemente aquello te daba mucho más alcance sin darte tú ni cuenta.
Y, como llevabas todo el día tocando, a veces haciendo dos y tres bolos diarios, las ideas fluían
fácilmente. Una cosa lleva a la otra. Igual estabas nadando un poco, o echando un polvo con una chica,
pero en algún rincón de tu mente seguías dándole vueltas a la secuencia de los acordes o algo
relacionado con la canción. No importaba qué más estuviera pasando, hasta te podían estar pegando un
tiro y tú pensando: «¡Coño, ésa es la transición!». No puedes hacer nada para evitarlo, no te das cuenta,
es inconsciente, subconsciente… o lo que sea. El radar está en funcionamiento, tanto si lo sabes como si
no, y no lo puedes desenchufar: oyes una conversación al otro lado de la sala: «Es que ya no lo aguanto
más»… Ahí tienes una canción. Simplemente fluye. La otra cosa que tiene ser compositor, cuando
adviertes que lo eres, es que para conseguir munición te vuelves muy observador, empiezas a distanciarte
de las cosas, estás en alerta permanente. A lo largo de los años vas desarrollando la habilidad de observar
a la gente y cómo reacciona, lo que te vuelve extrañamente distante en cierto sentido. En realidad no
deberías meterte, pero escribir canciones te convierte en un fisgón. Empiezas a observar lo que pasa a tu
alrededor y todo es susceptible de convertirse en un tema para una canción, la frase más trivial podría
ser precisamente la que hace saltar la chispa y que te digas a ti mismo: «¡No es posible que nadie se haya
dado cuenta antes!». Por suerte, hay más frases que compositores, más o menos.
Linda Keith fue la primera que me rompió el corazón. Fue culpa mía, me lo gané a pulso. La primera
vez que la vi fue la más intensa, observándola desde el otro lado de la habitación, moviéndose y
desplegando toda la artillería, y yo mirándola acojonado, sintiendo la fuerza de ese anhelo que se
despierta en tu interior y pensando que estaba completamente fuera de mi alcance. A veces, al principio,
me maravillaba que aquellas mujeres estuvieran conmigo, porque verdaderamente eran la creme de la
creme y yo acababa de salir del arroyo… ¡No me podía creer que aquellas mujeres tan guapas tuvieran el
menor interés en hablar conmigo, y mucho menos en enrollarse conmigo! Linda y yo nos conocimos en
una fiesta que organizó Andrew Oldham, un acto para promocionar un disco olvidado del inefable dúo
Jagger-Richards. Fue la fiesta donde Mick conoció a Marianne Faithfull. Linda tenía diecisiete años y era
preciosa, con el pelo muy oscuro y aquel estilo perfecto de los sesenta: una bomba, muy segura de sí
misma enfundada en sus vaqueros y su camisa blanca. Ya salía en las portadas, trabajaba como modelo.
David Bailey le hacía fotos… Aunque la verdad es que no le interesaba demasiado todo aquello: lo que
quería era entretenerse, tener alguna excusa para salir de casa.
Al principio, simplemente me parecía increíble que quisiera estar conmigo: una vez más, es la chica la
que me marca a mí, fue ella la que me llevó a la cama, no yo; vino derecha a por mí y yo estaba total y
absolutamente enamorado. Nos enamoramos. La otra sorpresa resultó ser que fui el primer amor de
Linda, el primer tío que le gustó. Ya había habido mucha gente detrás de ella pero los había rechazado a
todos. Todavía hoy sigo sin entenderlo. Linda era la mejor amiga de la por aquel entonces casi mujer de
Andrew Oldham, Sheila Klein. Aquellas chicas judías bellísimas eran todo un poder cultural en los círculos
bohemios de West Hampstead, que se convirtió en mi territorio y también el de Mick durante un par de
años. El centro neurálgico estaba en Broadhurst Gardens, West Hampstead, cerca de los estudios de
Decca y unas cuantas salas donde solíamos tocar. El padre de Linda era Alan Keith, que presentó durante
cuarenta años un programa de radio de la BBC titulado Your Hundred Best Tunes. Linda se crió sin que la
controlaran demasiado, le encantaba la música, el jazz y el blues, de hecho era un purista del blues que
en realidad no veía con buenos ojos lo que estaban haciendo los Rolling Stones. Nunca lo aprobó y
seguramente sigue sin aprobarlo. Desde muy joven, salía por un garito que se llamaba el Roaring
Twenties [los locos años veinte], un club de negros; aquello era cuando andaba por Londres sin zapatos.
Los Stones tocaban todas las noches, casi siempre estábamos de gira pero, durante un tiempo, de
algún modo nos las ingeniamos para tener una historia. Primero vivimos en Mapesbury Street, luego en
Holly Hill con Mick y su novia Chrissie Shrimpton, y luego ya solos en Carlton Hill, en mi piso de St.
John’s Wood. Nunca llegamos a decorar las habitaciones, todo estaba apilado contra las paredes, más un
colchón en el suelo, muchas guitarras por todas partes, un piano de pared… Pero, a pesar de todo,
hacíamos algo así como vida de casados. Íbamos en metro hasta que le compré a Linda un Jaguar Mark 2
con un tocadiscos en el que se negaba a poner a los Stones. Salíamos por Chelsea, íbamos al Casserole, al
Meridiana, al Baghdad House. Todavía sigue allí un restaurante de Hampstead que nos gustaba mucho,
Le Cellier du Midi, y seguramente aún tienen el mismo menú de hace cuarenta años. Por lo menos desde
fuera sigue igual.
Tenía que acabar pasando con aquellas ausencias tan largas, por el desconcierto más que nada, el
desconcierto de estar viviendo de repente aquella vida para la que nadie (desde luego nadie que yo
conociera) tenía un mapa. Eramos todos bastante jóvenes y hacíamos lo que podíamos, íbamos
improvisando por el camino («me marcho a América tres meses, cariño; te quiero mucho»), y mientras
tanto todos estábamos cambiando. Para empezar, yo había conocido a Ronnie Bennett y me pasaba más
tiempo con ella de gira que con Linda. Nos fuimos distanciando poco a poco, fue cosa de un par de años.
Nos seguíamos viendo, pero la banda no debió de tener más de diez días de vacaciones en tres años.
Linda y yo conseguimos irnos juntos al sur de Francia unos días, pero ella lo recuerda como una escapada
suya para salir de Londres: se puso a trabajar de camarera en Saint-Tropez y yo la seguí hasta allí, me la
llevé a mi hotel y la metí en un baño bien caliente. Por aquel entonces ya se estaba metiendo mucho. Es
irónico, lo sé, pero en aquellos tiempos yo no lo aprobaba en absoluto.
He vuelto a ver a Linda en un par de ocasiones, ahora está felizmente casada con un productor musical
muy conocido que se llama John Porter.
Ella también se acuerda de que a mí no me gustaba nada todo aquello; yo como mucho fumaba algo de
hierba, pero ella en cambio ya se metía a saco, cosas fuertes, y estaban empezando a tener un efecto
peligroso sobre ella. Se veía claramente. Vino conmigo a Nueva York una temporada justo antes de
empezar la gira del verano de 1966, nuestra quinta por Estados Unidos. Le había buscado una habitación
en el Hotel Americana y se pasaba casi todo el tiempo con su amiga Roberta Goldstein: cuando aparecía
yo lo escondían todo, los Tuinal, los tranquilizantes, toda aquella mierda que yo no me habría metido ni
loco (¡imagínate!) y dejaban tiradas por aquí y por allí unas cuantas botellas de vino, seguramente para
que sirvieran de explicación si daban algún traspié.
Luego conoció a Jimi Hendrix, lo vio tocar y a partir de entonces asumió su carrera como una misión
personal, intentó conseguirle un contrato de grabación con Andrew Oldham, y estaba tan entusiasmada
que (según cuenta ella) después de haberse pasado una noche entera con Jimi le regaló una Fender
Stratocaster mía que estaba en mi habitación del hotel. Y de paso (eso dice Linda) también se llevó una
copia de la demo de Timo Rose cantando una canción titulada «Hey Joe» que andaba por allí. Se fue con
todo a casa de Roberta Goldstein, que era donde estaba Jimi, y se la puso. Esto es historia del rock and
roll: por lo visto, esa canción se la di yo a Jimi.
Nos fuimos de gira y, cuando volvimos, Londres se había convertido en Villajipi. Yo ya estaba metido en
ese rollo en América, pero no me esperaba encontrármelo en casa. La movida había cambiado
completamente en cuestión de semanas. Linda se estaba metiendo ácido y a mí me dejó plantado. La
verdad es que no debería esperarse que, a esa edad, alguien te espere cuatro meses mientras hay tal
movidón en la calle. Yo ya sabía que estábamos al borde del precipicio pero tuve la presunción de creer
que me iba a estar esperando sentada en casa como una vieja, con dieciocho o diecinueve años que tenía,
mientras yo andaba por el mundo haciendo lo que me daba la gana. Me enteré de que Linda se había
liado con no sé qué poeta y me puse como loco. Recorrí Londres preguntándole a la gente si la habían
visto, llorando a lágrima viva desde St. John’s Wood hasta Chelsea, chillando «¡apártate de mi camino,
hijoputa!» a quien se me ponía delante. ¡Que se fueran a la mierda los semáforos! En varias ocasiones
casi me atropellan durante aquella delirante travesía por Londres camino de Chelsea. Cuando me enteré,
quise asegurarme, quería verlo con mis propios ojos. Les pregunté a los amigos dónde vivía aquel canalla,
hasta recuerdo su nombre: Bill Chenail. Un poeta, de eso iba, pero no era más que un jipi de mierda; por
aquel entonces, iba en plan Dylan, aunque no tocaba ningún instrumento. Un sucedáneo de tipo
enrollado. La estuve espiando en un par de ocasiones, pero recuerdo que pensé «¿qué coño voy a decir?».
En eso, en cómo enfrentarme a mi rival, todavía no había pensado. ¿En un Wimpy, en un restaurante
cualquiera? Llegué a seguirla a la casa que compartían en Chelsea, casi llegando a Fulham, y me quedé
allí fuera, plantado en la calle (ésta es una historia de amor). Me recuerdo contemplando sus siluetas tras
la persiana, y eso fue todo, como un ladrón en la noche[32].
Fue la primera vez que sentí ese dolor profundo. La ventaja de ser compositor es que, incluso cuando
estás bien jodido, siempre te puedes consolar y desahogarte escribiendo una canción sobre ello. Todo está
relacionado, no hay nada inconexo, modelamos una experiencia, un sentimiento o un conjunto de
experiencias. Básicamente, Linda es «Ruby Tuesday».
Pero nuestra historia no había acabado. Después de que me dejara, Linda empezó a ir de mal en peor
con las drogas, de los Tuinals pasó a cosas más fuertes, volvió a Nueva York y siguió viendo a Jimi
Hendrix, que tal vez le rompió el corazón, igual que ella me lo había roto a mí. Desde luego sus amigos
cuentan que estaba muy enamorada de él. El caso es que yo sabía que necesitaba ayuda médica porque
se estaba acercando peligrosamente al punto de no retorno, algo que ella misma reconocería después, y
yo no podía hacer nada porque había quemado mis naves, así que fui a ver a sus padres y les di todos los
números de teléfono y los nombres de los sitios donde podían encontrarla. «Mire, su hija está metida en
un lío. Ella no lo reconocería jamás, pero ustedes tienen que hacer algo. Yo no puedo, a mí no me quiere
ni ver y desde luego esto va a ser la gota que colma el vaso, me odiará, pero tienen que hacer algo
ustedes porque yo me marcho de gira mañana». El padre de Linda se plantó en Nueva York y la encontró
en una discoteca, se la llevó de vuelta a Inglaterra, donde le quitaron el pasaporte y la pusieron bajo
tutela judicial. A ella le pareció todo una gran traición por mi parte y no nos hablamos ni nos volvimos a
ver hasta muchos años más tarde. Después de aquello todavía tuvo algún peligroso escarceo con las
drogas, pero sobrevivió y se recuperó, formó una familia y ahora vive en Nueva Orleans.
Me compré Redlands, la casa que todavía tengo en West Sussex, cerca de Chichester Harbour, en uno
de los pocos días que teníamos libres entre giras por aquel entonces. Es la casa donde nos trincaron, la
casa que se quemó dos veces, la casa que me sigue encantando: en cuanto nos vimos, nos enamoramos.
Es la típica casa de campo con tejado de paja, bastante pequeña, rodeada por un foso. La encontré por
error, de hecho, tenía un folleto con un par de casas marcadas y andaba por la zona en mi Bentley («me
voy a comprar una casa»), se ve que me equivoqué en algún cruce y acabé en Redlands. Apareció un tipo,
muy amable, y me preguntó qué me llevaba por allí. Yo le contesté:
—Perdón, creo que me he equivocado.
—Sí, tienes que ir por la carretera de Fishbourne. ¿Estás buscando una casa? —añadió. (Era muy
auténtico, excomodoro de la marina).
—Sí.
—Bueno, no tenemos el cartel puesto, pero esta casa está en venta.
Lo miré y le dije «¿cuánto?» porque me enamoré de Redlands desde el primer instante. No podía dejar
pasar aquella oportunidad, era un lugar muy pintoresco, precioso. Me dijo que veinte mil. Debía de ser ya
la una de la tarde y los bancos cerraban a las tres.
—¿Va a estar usted aquí esta noche?
—Sí, claro.
—Si vuelvo luego con los veinte mil, ¿podemos cerrar el trato?
Así que volví a toda velocidad a Londres, justo a tiempo para llegar al banco, saqué la pasta (veinte mil
en una bolsa de papel marrón) y esa noche estaba de vuelta en Redlands, sentado frente a la chimenea.
Firmamos el contrato de compraventa y me dio las escrituras. Pagué la casa a tocateja, a la antigua
usanza.
Para finales de 1966 estábamos todos agotados, llevábamos en la carretera casi cuatro años sin haber
parado prácticamente y estaban empezando a verse las fisuras. Ya habíamos tenido una movida con el
formidable pero un tanto desquiciado Andrew Oldham en Chicago en 1965, mientras grabábamos en los
estudios de Chess. A Andrew le encantaba el speed pero esa vez también había bebido y su relación con
Sheila, su chica de entonces, pasaba por muy mal momento. El caso es que se presentó en mi habitación
del hotel con una pipa en la mano: francamente, no interesaba, no había ido hasta Chicago para que me
disparara el típico niño bonito de colegio privado, y ahora resulta que me tiene encañonado con un
pistola. En su momento la situación resultó de lo más espeluznante, acojona ver el agujerito negro delante
de las narices. Mick y yo conseguimos quitarle la pistola, le dimos un par de hostias, lo metimos en la
cama y nos olvidamos del asunto. Ni siquiera recuerdo qué hicimos con el arma (una automática),
seguramente la tiramos por la ventana. Aquello era el principio de los buenos tiempos: no hablemos más
del tema.
Pero con Brian la historia fue diferente. Lo que resultaba cómico de él eran sus delirios de grandeza,
incluso antes de hacerse famoso. Por alguna extraña razón creía que los Stones era su banda. La primera
muestra de las aspiraciones de Brian fue descubrir en nuestra primera gira que sacaba cinco libras más a
la semana que el resto porque había logrado convencer a Eric Easton de que él era nuestro «líder»,
cuando nosotros funcionábamos sobre la base de que todo se repartía a partes iguales, como los piratas:
ponías el botín encima de la mesa y repartías los doblones entre todos. «¡Joder, ¿quién te has creído que
eres? Yo escribo las canciones, por si no te has dado cuenta, ¿y tú eres el que se lleva cinco libras más
todas las semanas? ¡Quítate de mi vista antes de que te dé una hostia!». Al principio eran detalles como
ése, que luego fueron exacerbando las fricciones entre nosotros a medida que la cosa fue en aumento y
cada vez perdía más los papeles. En las primeras negociaciones, siempre era Brian el que se sentaba en
las reuniones como nuestro líder, a nosotros no nos dejaba ni aparecer, órdenes suyas. Me acuerdo de
Mick y yo esperándolo una vez (para ver qué había pasado) a la vuelta de la esquina, en Lyons Comer
House.
Todo ocurrió tan deprisa… Después de hacer un par de apariciones en la televisión, Brian se convirtió
en una especie de engendro insaciable que devoraba estrellas, fama y atención. Mick, Charlie y yo nos lo
tomábamos todo con cierto escepticismo «toda esta mierda es lo que tenemos que aguantar para poder
grabar discos», pero Brian, que no era nada tonto, se lo tragó. Le encantaba la adulación. Al resto no nos
parecía que estuviera nada mal, pero no nos lo creímos igual. Yo notaba la energía, sabía que se había
montado una gorda, pero hay tipos a los que basta que les pasen la mano por el lomo un par de veces y ya
no salen de ahí; «más, más» y… de repente andan por ahí diciendo «soy una estrella».
Nunca he conocido a nadie a quien la fama lo afectara tanto: en cuanto tuvimos un par de éxitos, ¡zas,
se creyó que era Venus y Júpiter todo en uno! Tenía un complejo de inferioridad tremendo en el que
ninguno había reparado. En cuanto las tías empezaron a chillar fue como si se operara un cambio radical
en él, justo lo que menos falta nos hacía, porque lo que sí necesitábamos, y mucho, era mantenemos
unidos y no perder el control de lo que nos traíamos entre manos. He conocido unos cuantos casos de
personas a quienes la fama verdaderamente se las ha llevado por los aires, pero nunca he visto a nadie
cambiar tan bruscamente de la noche a la mañana. «Tío, a ver, es sólo que hemos tenido suerte, esto no
es la fama». Se le subió a la cabeza y a lo largo de los siguientes tres o cuatro años de partirnos los
cuernos en la carretera, a mediados de los sesenta, no pudimos contar con él para nada: siempre estaba
completamente ido, y eso que era un intelectual, un filósofo místico. Le impresionaban mucho las otras
estrellas (pero sólo por el mero hecho de serlo, no porque fueran buenos en lo que hacían) y se convirtió
en un verdadero tormento, algo así como un apéndice podrido. Cuando tienes que pasarte 350 días al año
en la carretera, si encima vas arrastrando un peso muerto, al final la cosa se pone bastante fea.
Estábamos haciendo unos bolos por el Medio Oeste y su asma empeoró, hubo que llevarlo al hospital
en Chicago y… ¡oye, si un tío está enfermo te desvives por él! Hasta que vimos unas fotos suyas por ahí
de marcha en Chicago con no sé quién y no sé cuántos, babeando encima de las estrellas al tiempo que
hacía aquella inclinación estúpida de cabeza en señal de reverencia. Y nosotros habíamos tenido que
hacer tres o cuatro bolos sin él: tío, para mí eso significa hacer turno doble; somos cinco y precisamente
la gracia de esta banda es que llevamos dos guitarras, si de repente sólo hay una, yo tengo que encontrar
el modo de tocar esas canciones de manera completamente distinta, tengo que hacer la parte de Brian
también. Aprendí un montón sobre cómo hacer dos partes a la vez, sobre cómo destilar la esencia de la
suya sin dejar de tocar la mía y de paso deslizar mis propias cosas, pero era un trabajo arduo, y nunca me
dio ni las gracias por haberle salvado el culo, jamás. Le importaba todo un carajo. «Estaba colocado, tío»,
ésa era toda la explicación que te daba. ¿Entonces qué, me vas a dar tu parte de los beneficios? Ahí fue
donde se me hincharon las pelotas con Brian.
Durante las giras puedes acabar poniéndote muy sarcástico y cruel: «¡Cierra el pico, colgado de
mierda! Estábamos más tranquilos sin ti» (yo tenía una manera de decir las cosas que realmente jodía). Y
luego estaba todo el rollo de «cuando toqué con tal y tal…» (perdía la cabeza por las estrellas) o «ayer
estuve con Bob Dylan y me dijo que le caes mal». Yo creo que no tenía ni idea de lo pelmazo que podía
llegar a ponerse, así que le contestaba con un «¡cierra el pico, Brian!» o nos poníamos a imitar cómo se
retorcía del gusto y hacía reverencias con aquel cuello inexistente que tenía, y acabamos cebándonos con
él, supongo. Tenía un coche enorme, un Humber Super Snipe, pero era un tío bajito y necesitaba sentarse
encima de un cojín para ver por dónde iba. Mick y yo le robábamos el cojín para reírnos un rato, la típica
gamberrada de colegiales: nos reíamos sin piedad sentados en la parte trasera de la furgoneta: «¿Dónde
se ha metido Brian? ¡Coño!, ¿dónde está? ¿Viste lo que llevaba puesto ayer cuando lo vimos por última
vez?». Era la presión y, además, al menos en parte, teníamos la esperanza de que con aquel tratamiento
de choque tal vez consiguiéramos que reaccionara. De gira no hay tiempo para calmarse un poco y hablar
de las cosas. Con Brian teníamos una relación de amor-odio, porque podía ser un tipo muy divertido, a mí
antes de todo aquello me encantaba pasar el rato con él, los dos enfrascados en descubrir cómo hacían lo
que hacían Jimmy Reed, Muddy Waters o T-Bone Walker.
Seguramente lo que sacó de quicio a Brian fue que Mick y yo empezáramos a escribir canciones:
perdió primero el estatus y luego el interés. Venir al estudio a aprenderse una canción que habíamos
escrito Mick y yo lo deprimía; para Brian era una herida abierta y la única solución que se le ocurrió en
un principio fue pegarse como una lapa a Mick o a mí, lo que creó una especie de triángulo. En realidad,
Andrew Oldham, Mick y yo le tocábamos las pelotas, estaba convencido de que conspirábamos para
quitárnoslo de en medio o algo así, cosa que no era cierta en absoluto, pero alguien tenía que escribir las
canciones… «Si quieres las escribes tú, tío, si quieres me siento contigo y escribimos una, ¿se te ocurre
algo?». Pero con Brian no surgía la chispa, y luego empezaba con esos rollos de «ya no me gusta la
guitarra, quiero tocar la marimba»: otro día igual, tío, que ahora tenemos que salir de gira. Al final
teníamos que confiar en que no estuviera donde se suponía que tenía que estar y luego, si aparecía, pues
era un milagro. Cuando estaba, si estaba de verdad, era increíblemente versátil, podía tocar cualquier
instrumento que hubiera por allí tirado y sacarle algo bueno: el sitar en «Paint It Black», la marimba en
«Under My Thumb»… Pero luego no volvías a ver en cinco días al muy cabrón, y seguíamos teniendo que
grabar un disco, y había sesiones confirmadas y… ¿dónde está Brian? No había forma de encontrarlo, y
cuando por fin dábamos con él se hallaba en un estado lamentable.
Apenas tocó la guitarra en los últimos años con la banda. Nuestra marca de la casa era que llevábamos
dos guitarras, todo lo demás giraba en torno a eso, y si te falta una de las dos la mitad del tiempo o el otro
guitarra ha perdido interés, no te queda otra que grabar otra capa de sonido. En muchos de los discos se
me oye cuatro veces. Haciendo eso aprendí mucho más de lo que hubiera aprendido de otro modo;
también cómo salir del paso en situaciones inesperadas y, durante el proceso de grabación, hablando con
los ingenieros de sonido, aprendí también sobre micros, amplificadores, sobre cómo cambiar el sonido de
las guitarras… porque, si tienes una única guitarra tocándolo todo, ¡como no vayas con cuidado se oye!
Lo que quieres es que cada una suene diferente. En álbumes como Decembers Children y Aftermath yo
hice las partes que normalmente habría tocado Brian, a veces hasta superponíamos ocho guitarras y
luego usábamos sólo un compás de todo eso por aquí y por allí cuando mezclábamos para que, al final,
sonara como si hubiese dos o tres guitarras. Pero la verdad es que hay ocho entrando y saliendo en la
mezcla.
Entonces Brian conoció a Anita Pallenberg; fue hacia septiembre de 1965, en un concierto que dimos
en Múnich. Ella nos siguió a Berlín, donde hubo grandes disturbios, y luego, poco a poco, a lo largo de
unos cuantos meses, empezó a salir con Brian. Era modelo y viajaba mucho, pero al final siempre acababa
pasando por Londres y ella y Brian empezaron una relación que, casi desde el principio, tenía sus
repuntes de violencia y grandes gritos. Brian pasó a otro nivel al abandonar su Humber Snipe por un
Rolls-Royce (pero seguía sin ver la carretera).
El ácido hizo aparición en su vida alrededor de la misma época más o menos. Brian desapareció a
finales de 1965 cuando estábamos en plena gira, como siempre en medio de las habituales quejas sobre
su salud, y volvió a salir a la superficie en Nueva York, por donde andaba haciendo jam sessions con Bob
Dylan, saliendo por ahí con Lou Reed y la Velvet Underground y metiéndose ácido a saco. Para Brian el
ácido no era lo mismo que para el consumidor de drogas medio: por aquel entonces, las drogas no eran
tampoco un tema tan importante, por lo menos para la mayoría de nosotros; simplemente fumábamos un
poco de hierba y nos tomábamos unas cuantas anfetas para aguantar. Pero a Brian el ácido lo hizo
sentirse parte de una élite, lo veía como la gran prueba de fuego, era así de exquisito, quería pertenecer a
algo importante pero no sabía qué era. No recuerdo a nadie más que fuera por ahí diciendo «me he
comido un ácido»; en cambio Brian lo veía poco menos que equiparable a que te dieran la Medalla de
Honor del Congreso, así que te soltaba cosas como «tío, es que no te lo vas a creer, no sabes qué viaje he
tenido» mientras se atusaba el pelo (no paraba de acicalarse, horrible). Esas pequeñas cosas acabaron
por resultar insoportables, era el típico rollo de las drogas: hay gente a la que le hacen creerse
especiales, era algo así como el club del colocón. Había gente que te hacía preguntas del tipo «¿estás en
el colocón?» como si eso te diera un estatus especial. Era gente que se metía otras cosas, y su elitismo
era todo puto cuento. Ken Kesey debería dar unas cuantas explicaciones.
Recuerdo perfectamente el episodio que describe Andrew Oldham en sus memorias dándole una gran
importancia simbólica: cuando Brian se cayó redondo al suelo en los estudios de RCA en marzo de 1966;
de hecho acabó tirado encima de su guitarra, lo que provocó una distorsión que jodía el sonido. Tuvo que
venir alguien a desenchufarla y, según cuenta Andrew, aquello fue lo que mandó a Brian a la deriva para
siempre. Para mí no era más que un ruido molesto, concepto que tampoco nos sorprendía demasiado
porque Brian ya llevaba unos días yéndose de bruces al suelo de vez en cuando. La verdad es que le
gustaban demasiado los tranquilizantes (Seconal, Tuinal, Desbutal, de todo). Y tú te crees que estás
tocando como Segovia y que la cosa va de «di du diii di di du di di» pero en realidad es más bien «dum
dum dum». No se puede tocar con una banda a media asta: si hay algo que no va en el motor, tienes que
arreglarlo. En un grupo como los Stones, sobre todo por aquel entonces, no podías decir «¡a tomar por
culo, estás despedido!», pero, por otro lado, tampoco podíamos seguir con aquella fisura y aquel rencor
constante en un segundo plano. Y entonces Anita presentó a Brian a los otros, los Cammell y toda esa
gente, sobre los que luego habrá más malas noticias.
Brian, Anita y yo: alta tensión en Marrakech.

© Michael Cooper / Raj Prem Collection


6

Nos trinca la policía en Redlands. Huimos a Marruecos en mi Bentley. Escapada con Anita Pallenberg. Primera
aparición ante un juez; paso una noche en la cárcel de Scrubs y el verano en Roma.

No hay grupo más caótico a la mesa que ellos, el panorama después de cada desayuno, con los manchurrones
y restos de huevos revueltos, mermelada y miel por todas partes es impactante. La verdad es que puede decirse
que reinventan el significado de la palabra desorden… El batería de los Stones, Keith [sic], lleva una casaca estilo
siglo XVIII, un gabán negro de terciopelo por encima y los pantalones más ajustados que te puedas imaginar…
Todo como de mala calidad, mal cortado, con las costuras a punto de reventar. Keith tiene unos pantalones rosa y
lila donde él mismo ha cosido con pespuntes irregulares una franja de cuero para separar los dos colores. Brian
hace su aparición vistiendo unos pantalones blancos con un cuadrado negro enorme remendado en la parte de
atrás, muy elegante a pesar de que las costuras están a punto de ceder.
—Cecil Beaton, Marruecos, 1967; fragmento de Self-Portrait with Friends: The Selected Diaries of Cecil
Beaton, 1926-1974

1967 fue el año que marcó un antes y un después, el año en que las costuras cedieron. Flotaba en el aire
una sensación de que se avecinaba la tormenta, cosa que ocurrió más tarde con todos aquellos disturbios,
enfrentamientos en las calles y todo eso. Se palpaba la tensión en el ambiente, algo parecido a la
interacción de iones positivos y negativos antes de una tempestad, se percibía ese desasosiego previo a
que algo estalle. De hecho, algo se partió en dos.
Habíamos terminado una gira agotadora por Estados Unidos el verano anterior y no volveríamos en
dos años. Durante todo ese tiempo los cuatro primeros años del grupo), creo que no tuvimos más de dos
días seguidos de descanso entre actuaciones, viajes y grabaciones. Nos pasábamos la vida en la carretera.
Sentía que con Brian había llegado al final de un capítulo, por lo menos que las cosas no podían seguir
como cuando estábamos de gira. Mick y yo acabamos poniéndonos muy desagradables con Brian cuando
se convirtió en algo así como una broma, cuando realmente abandonó su puesto en la banda. Antes de eso
ya había habido problemas, tensiones, mucho antes de que Brian empezara a comportarse como un
auténtico gilipollas, pero a finales de 1966 yo todavía estaba intentando recomponer la situación. A pesar
de todo, éramos una banda. Yo andaba suelto y libre como el viento después de haber roto con Linda
Keith. Cuando Brian no trabajaba era más fácil y mi tendencia natural aún era pasar el tiempo con él (y
con Anita) en Courtfield Road, cerca de Gloucester Road.
Nos lo pasábamos muy bien (haciéndonos amigos otra vez, pillando colocones juntos), fue maravilloso
al principio, así que poco menos que me fui a vivir con ellos. Brian vio en mis intentos de llevarlo de
vuelta al grupo una oportunidad para vengarse de Mick. Brian necesitaba tener un enemigo imaginario y
en aquellos tiempos había decidido que era Mick Jagger quien lo había maltratado y ofendido
terriblemente. Yo andaba por allí de invitado y por eso disfrutaba de un asiento de primera fila para
asomarme al mundo que Anita generaba a su alrededor, que estaba formado por un grupo de gente
excepcional; solía volver a casa a las seis de la mañana atravesando Hyde Park a pie hasta St. John’s
Wood, sólo para pillar una camisa limpia y volver, y al final dejé de marcharme a casa.
En los días de Courtfield Road no tuve nada que ver con Anita en el sentido estricto; me fascinaba, sí,
pero desde una distancia que me parecía prudencial. Desde luego que pensaba que Brian había tenido
mucha suerte, nunca fui capaz de explicarme cómo había cazado semejante pieza. Mi primera impresión
de Anita fue que era una mujer muy fuerte y en eso llevaba razón; también era increíblemente inteligente,
una de las razones por las que se despertó en mí la atracción, y por supuesto era muy divertida y una
belleza. Muy graciosa además de más cosmopolita que nadie que yo conociera. Hablaba tres idiomas,
había estado aquí, allí y allá, a mí todo me resultaba muy exótico. Además me encantaba su espíritu,
incluso a pesar de que le gustaba pincharte, siempre le daba otra vuelta de tuerca a todo y manipulaba a
la gente. No te daba ni el más mínimo respiro; si yo decía «eso es bonito» me contestaba: «¿Bonito? Odio
esa palabra. No seas tan burgués, coño». ¿Nos íbamos a pelear por la palabra «bonito»? ¡Quién lo hubiera
dicho! Por aquel entonces su inglés todavía era un poco precario para según qué cosas, así que de
repente soltaba una parrafada en alemán cuando quería que algo quedase bien claro. «¡Perdona pero
tendré que pedir que me lo traduzcan y luego te contesto».
Anita, la muy sexy hija de puta. Una de las mujeres más increíbles del mundo. La cosa fue yendo a más
poco a poco en Courtfield Road. En ocasiones a Brian se le apagaba la luz de pronto y se caía redondo, y
Anita y yo nos mirábamos. Pero ése es Brian y ésta es su chica y ahí queda todo. No se toca. La idea de
robar la tía a otro miembro del grupo no cabía en mi cabeza, así que los días iban pasando.
La verdad era que yo miraba a Anita, y miraba a Brian, y la miraba otra vez a ella y pensaba: no hay
nada que pueda hacer para evitarlo, al final voy a tener que estar con esta tía. O doy yo el paso o lo da
ella, pero de un modo o de otro, vamos a acabar juntos. Ese descubrimiento no contribuyó precisamente a
mejorar las cosas. Durante meses hubo una conexión, una especie de electricidad entre nosotros, y Brian
cada vez fue quedando más relegado a un segundo plano. Yo tuve que ejercitar la paciencia al máximo.
Me quedaba por allí tres o cuatro días y luego, una vez a la semana, me iba a pie a St. John’s Wood: mejor
que corra el aire un poco, lo que siento resulta demasiado obvio. Eso sí, había mucha más gente por allí,
era una fiesta continua. Brian necesitaba ser el centro de atención de una forma desesperada, todo el
tiempo, pero cuanta más atención recibía más quería todavía.
Además yo estaba empezando a darme cuenta de lo que pasaba entre ellos, oía los golpes por las
noches, y a la mañana siguiente aparecía Brian con un ojo morado. Él era de los que pegan a las mujeres,
pero si había una mujer en el mundo a la que mejor no pegar ésa era Anita Pallenberg; siempre que se
peleaban Brian acababa vendado y lleno de moratones. Todo aquello no tenía nada que ver conmigo,
¿verdad? Yo sólo andaba por allí para pasar tiempo con Brian.
Anita venía de un mundo de artistas y la verdad es que ella misma tenía bastante talento, desde luego
le encantaba el arte, era muy colega de sus principales representantes de por aquel entonces y se movía
con total naturalidad en el mundo del arte pop. Su abuelo y su bisabuelo habían sido pintores, venía de
una familia que por lo visto se había desmoronado víctima de la sífilis y la locura. Anita sabía pintar. Se
crió en el caserón que tenía su abuelo en Roma, pero la adolescencia la había pasado en Munich, en un
colegio para vástagos de la nobleza decadente del que la expulsaron por fumar, beber y (lo peor de todo)
hacer autoestop. A los dieciséis años le habían dado una beca para estudiar en una escuela de diseño
gráfico de Roma, cerca de la Piazza del Popolo, y fue entonces cuando empezó (a tan tierna edad) a
frecuentar los cafés donde se reunía la intelectualidad romana del momento («Fellini y toda esa gente»,
como decía ella). Anita tenía mucho estilo, y también poseía una habilidad portentosa para generar, para
conectar a la gente. Estamos hablando de la Roma de La dolce vita; conocía a todos los directores (Fellini,
Visconti, Pasolini…), y en Nueva York había conectado con Andy Warhol, el mundo del arte pop y los
poetas de la Generación Beat. Gracias a sus habilidades tenía unos contactos increíbles en muchísimos
círculos y los grupos de gente más diversos, era un catalizador de mucho de lo que se movía en aquellos
tiempos.
Si existiera un árbol genealógico de la escena enrollada de Londres, el ambiente por el que todavía hoy
es famosa la ciudad, Anita y Robert Fraser (el galerista y marchante de arte) estarían al principio del
todo, además de Christopher Gibbs (anticuario y bibliófilo empedernido) y algún que otro cortesano clave,
y es sobre todo por las conexiones que tenían. Anita había conocido a Robert Fraser hacía mucho tiempo,
en 1961, cuando entró en contacto con los primeros brotes del arte pop a través de su novio de por aquel
entonces, Mario Schifano, uno de los principales pintores pop de Roma. Por Fraser conoció a Sir Mark
Palmer, el auténtico y genuino Barón Gitano, y a Julian y Jane Ormsby-Gore y a Tara Browne (que inspiró
la canción de los Beatles «A Day in the Life»), así que ya se habían sentado las bases para la conjunción
de la música (que desempeñó un papel muy importante en el arte underground desde el principio) y todos
aquellos aristócratas, aunque desde luego eran unos aristócratas atípicos: tres antiguos alumnos de Eaton
(Fraser, Gibbs y Palmer), aunque resultaba que a dos de ellos (Fraser y Gibbs) los habían expulsado o se
habían marchado prematuramente, y todos ellos poseían talentos especiales y excéntricos y una
personalidad muy fuerte; desde luego no habían nacido para seguir al rebaño. Por ejemplo, Mick y
Marianne harían peregrinaciones a Hertfordshire con John Michell (escritor y el mago Merlín del grupo)
para avistar platillos volantes y campos magnéticos y toda esa movida. Anita tenía otra vida en París,
donde se pasaba las noches bailando sin el menor reparo en Régine’s (entraba gratis), y tenía otra vida
más, igualmente llena de glamur, en Roma. Trabajaba como modelo y también le daban papeles en
películas. La gente con la que se codeaba era el núcleo duro de la vanguardia de aquellos tiempos,
cuando el concepto de núcleo duro todavía casi ni existía.
Fue entonces cuando comenzaba el estallido de la cultura de las drogas: primero llegó el Mandrax con
hierba, luego el ácido a finales del 66, después la coca en algún momento del 67 y el caballo siempre.
Recuerdo a David Courts, el que hizo mi primer anillo de calavera y todavía un gran amigo, saliendo de
un pub cerca de Redlands: se había tomado algo de Mandrax y unas cuantas copas y llevaba un colocón
considerable; Mick lo llevó a cuestas hasta el coche. Ahora nunca haría nada parecido y, al recordarlo, me
doy cuenta de lo mucho que ha cambiado. Pero ésa es otra historia.
Pululaba por allí gente fascinante. El capitán Fraser (que había pertenecido a un regimiento de los
Fusileros Reales Africanos, una poderosa fuerza colonial acantonada en el este de África, y estuvo
destinado a Uganda, donde Idi Amin fue su sargento) se había convertido en Strawberry Bob, y andaba
por ahí flotando, en zapatillas y pantalones onda Rajastán por la noche, y con trajes de raya diplomática y
ojo de perdiz como los de los gánsteres de día. La galería de Robert Fraser era la más vanguardista del
momento, era la que traía las exposiciones de Jim Dine. Fraser representaba a Lichtenstein, también hizo
la primera exposición de Andy Warhol en Londres…, exponía obra de Larry Rivers, de Rauschenberg…
Robert se veía venir los cambios, estaba muy metido en el arte pop, se puede decir que estaba en la
vanguardia de un modo hasta agresivo. A mí me gustaba la energía más que las obras necesariamente,
me encantaba esa sensación que se palpaba en el ambiente de que todo era posible. Por lo demás, la
sorprendente y descomunal presunción del mundo del arte me revolvía el estómago igual que si estuviera
con el mono, y eso que todavía no me metía nada. Una vez, Allen Ginsberg se quedó unos días en Londres
en casa de Mick y me pasé toda una noche oyendo a aquella cotorra pontificar sobre lo que no está
escrito. Era la época en que Ginsberg iba por ahí tocando penosamente una concertina, diciendo
«oooommmm» y fingiendo que le importaba un pito el entorno exclusivo en que se movía.
El capitán Fraser adoraba sus discos de Otis Redding y Booker T y los MG’s. Algunas mañanas me
dejaba caer por su piso de Mount Street (entonces el punto de encuentro para todo el mundo), después de
haber estado toda la noche por ahí, con lo último de Otis Redding o Booker T. Y allí estaba Mohamed, el
criado marroquí siempre con su chilaba: nos preparaba un par de pipas, y nos sentábamos a escuchar
«Green Onions» o «Chinese Checkers» o «Chained and Bound». A Robert le gustaba el caballo. Tenía un
ropero lleno de trajes de chaqueta de un corte impecable y telas carísimas, y camisas hechas a medida
pero que siempre tenían los puños y el cuello raídos, era parte de la imagen. Y solía tener papelinas
(aproximadamente un quinto o un sexto de gramo) por todos los bolsillos, así que siempre andaba yendo
al armario a rebuscar por los bolsillos de los trajes a ver si encontraba alguna. El piso de Robert estaba
lleno de objetos fantásticos (calaveras tibetanas bañadas en plata, huesos con los extremos de plata
también, lámparas art nouveau de Tiffany y unas telas preciosas por todas partes). Él revoloteaba de acá
para allá con aquellas camisas vaporosas de seda que se traía de la India. A Robert le encantaba
emporrarse («un hachís de primera, lo mejorcito de Afganistán»). Era un personaje singular, una mezcla
extraña de vanguardia y vieja escuela.
La otra característica de Robert que me encantaba era que resultaba un tipo encantador: se podría
haber escondido fácilmente tras todo el rollo de Eaton y el estilo patricio característico de los de su clase,
pero en vez de eso miró a su alrededor y, deliberadamente, mostró obras de arte de gente que no había
ido a la Royal Academy. Claro, luego también estaba su faceta de marica amanerado que también lo
desmarcaba un poco. No hacía alardes pero desde luego tampoco escondía nada. Tenía muy buen ojo para
todo y siempre admiré su coraje, y creo que muchos de esos rasgos de su personalidad se los debía a los
fusileros, de verdad. Tenía la vista puesta en África, el capitán licenciado Robert Fraser, y, si quería, podía
ejercer su autoridad. Ahora bien, con él yo tenía la sensación de que cada vez detestaba más la forma en
que las clases poderosas seguían aferrándose a algo que evidentemente se desintegraba por momentos, y
lo admiraba mucho por la actitud de «esto no puede seguir así» que adoptó. Creo que ése fue el motivo
por el que gravitaba en torno a nosotros y los Beatles y los artistas de vanguardia.
Fraser y Christopher Gibbs habían estado juntos en Eaton. Cuando Anita conoció a Gibby, hacía mucho
tiempo, éste acababa de salir de la cárcel por haber robado un libro de Sotheby’s a los dieciocho años
más o menos (siempre fue un coleccionista apasionado y muy entendido). Retomamos el contacto con
Gibbs a través de Robert cuando Mick decidió que quería vivir en el campo. A Robert no le iba ese rollo,
así que sugirió: para esto mejor Gibby, con que Gibbs fue el que empezó a enseñarles Inglaterra a Mick y
Marianne y estuvieron mirando varias propiedades y casas solariegas en distintos puntos del país. A mí
siempre me ha parecido que Gibby era genial a su manera; solía quedarme en su apartamento del paseo
Cheyne en la zona de Embankment donde tenía una biblioteca maravillosa: yo me sentaba a curiosear
aquellas primeras ediciones preciosas y aquellos libros con ilustraciones y dibujos maravillosos y otras
cosas en las que no había tenido tiempo de profundizar porque siempre estaba en la carretera. También le
encantaban los muebles, tenía unas piezas impresionantes y no perdía oportunidad de hacerse promoción
a sí mismo con ese tema: «Tengo un baúl delicioso, del siglo XVI». Siempre andaba intentando encajarte
algo, siempre tenía algo disponible y, al mismo tiempo, estaba como una cabra, el bueno de Christopher.
Es el único tipo que conozco que nada más despertarse se metía un popper (nitrito de amilo) por la nariz.
Eso, hasta a mí me dejaba de una pieza. Siempre tenía uno en la mesita de noche y en cuanto abría un ojo
se chutaba una ampollita, para ir despertándose. Lo vi con mis propios ojos: no me lo podía creer. No es
que tuviera nada en contra de los poppers, pero me parecían más bien para la noche…
Lo que había en común entre Robert Fraser y Christopher Gibbs era que tanto el uno como el otro
tenían más cara que espalda y no conocían el significado de la palabra miedo. Además los dos eran niños
de mamá, los dos se achicaban con sus respectivas madres. Tal vez por eso eran maricas. Strawberry Bob
le tenía pavor a su madre:
—¡Ay, que va a venir mi madre de visita!
—Bueno, ¿y qué?
No estoy queriendo decir que fueran blandos ni asustadizos, sino que el respeto que inspiraban en
ellos sus madres era sobrecogedor. Obviamente, las madres de ambos tenían un carácter muy fuerte,
porque estos tíos eran tíos muy fuertes también. Hace poco supe que la madre de Gibby fue reina de las
girl scouts a nivel mundial, la representante internacional. No era un tema que saliera en aquellos días.
En su momento no me di cuenta de la influencia que ejercieron estos dos, pero el hecho es que cambiaron
el panorama y tuvieron un inmenso impacto en el estilo de aquellos tiempos.
Gibbs y Fraser no eran más que los cabezas de lista, luego también estaban los Lampson y los
Lambton, los Sykes o Michael Rainey. Y cómo olvidar a Sir Mark Palmer, paje de la reina y nómada
empedernido (¡gran persona!), con su diente de oro y los galgos atados a las balas de cáñamo con las que
solía viajar por las posesiones de los amigos en su carromato: supongo que si te habían educado para
llevar la cola de la reina, un carromato gitano seguramente acababa resultando una opción interesante al
cabo de un tiempo, porque, mientras no te hubieran salido pelos en los huevos tenía un pase, pero
después:
—¿A qué te dedicas?
—Llevo la cola del vestido a la reina.
De repente, la mitad de la aristocracia del país nos hacía la pelota (los vástagos más jóvenes), los
herederos de inmensas fortunas con siglos de historia, los Ormsby-Gore, los Tennant, toda esa gente.
Nunca me ha quedado claro si ellos jugaban a bajar al arroyo o si éramos nosotros los que nos
entreteníamos haciéndonos los esnobs. En cualquier caso, eran una gente encantadora. Yo enseguida
decidí que a mí, total, me daba lo mismo: si tenían interés en nosotros, pues bienvenidos; si querían pasar
tiempo con nosotros, perfecto. Fue la primera ocasión de la que yo tengo conocimiento en la que la
nobleza buscó de manera activa la compañía de tantos músicos populares. Tal vez se dieron cuenta de
que había algo volando con el viento, como decía Bob Dylan. Yo creo que a los miembros de aquella panda
con tanto pedigrí les daba vergüenza seguir encaramados a su pedestal, y además tenían la impresión de
que si no se subían al carro iban a perderse algo gordo. Así que se produjo una extraña mezcla de
aristócratas y gánsteres, típica historia de fascinación mutua entre los dos extremos de la escala social, el
más exquisito y el más brutal. Ése era el caso de Robert Fraser en particular.
A Robert le encantaba mezclarse con la gente de los bajos fondos, tal vez como forma de rebelión en
contra de las limitaciones asfixiantes del mundo del que venía y la represión de su homosexualidad. El
hecho es que se sentía muy atraído por gente como David Litvinoff, que estaba ya en la frontera entre
artista y villano, amigo de los hermanos Kray, los gánsteres del East End. Sí, también hay villanos en la
historia, así fue como Tony Sánchez entró en escena, porque Tony Sánchez ayudó a Robert a salir de un
par de situaciones complicadas relacionadas con deudas de juego, así se conocieron Tony y Robert, y Tony
se convirtió en el enlace de Robert, su asistente personal en lo que a villanos se refiere, y su camello.
Tony tenía una casa de juego en Londres cuya clientela eran eminentemente camareros españoles, y
además trapicheaba con drogas y era el típico gánster con un Jaguar Mark 10 de dos toneladas, con los
típicos acabados de coche de proxeneta. Su padre era el encargado de un restaurante italiano de Mayfair.
Tony el Español era un tipo duro. ¡Pim, pam, pum! Ese rollo… Era genial hasta que descarriló. Su
problema, como el de tantos otros, fue que no puedes ir de eso y además ser yonqui, es incompatible: si
vas a ser un tío duro, si vas a ser de los listos que no bajan la guardia jamás, que es lo que Tony podría
haber sido y de hecho fue durante un tiempo, no te puedes permitir el lujo de meterte mierdas porque eso
te ralentiza. Si la vas a vender, perfecto, es tu historia, pero no andes haciendo catas… Hay una gran
diferencia entre un traficante y un consumidor y, para ser traficante, tienes que estar siempre alerta y en
primera línea, si no, no duras mucho, que es lo que le pasó a Tony.
En alguna que otra ocasión me la jugó sin yo saberlo (me enteré después) y me usó como conductor
para darse a la fuga una vez que atracó una joyería en el centro comercial Burlington Arcade. «¡Oye,
Keith, ya sabes que cuando quieras te puedes ir a dar una vuelta en mi Jaguar!»: lo que querían era un
coche y un conductor sin antecedentes, y obviamente Tony les había dicho a los otros tipos que se me
daba bien conducir de noche, así que los esperé a la puerta de aquel sitio sin saber realmente lo que
pasaba. Tony era buen amigo pero me solía enmerdar con cosas de este estilo.
Otro buen amigo con el que pasaba mucho tiempo era Michael Cooper, un fotógrafo estupendo. El tío
podía pasarse las horas muertas charlando, divagando y pasando el rato, y se metía de todo. Es el único
fotógrafo que he conocido que trabajaba con un pulso de mierda y aun así las fotos salían bien.
—¿Cómo te las arreglas con lo que te tiemblan las manos? Deberían salir todas las fotos borrosas.
—Sencillo: sé cuándo es el momento exacto de disparar.
Michael dejó un testimonio detallado de la vida de los Stones por aquel entonces porque no paraba de
hacer fotos. Para él la fotografía era un estilo de vida, las imágenes lo cautivaban o, más bien, era cautivo
de las imágenes.
Michael era hasta cierto punto una creación de Robert, que tenía un rollo un poco Svengali[33] con él y
al que además le encantaba Michael en todos los sentidos, pero sobre todo lo admiraba por sus dotes
artísticas y por eso se dedicó a promocionarlo. Le puso por mote «El poeta de la lente». Michael era de
los que saben hacerse una gran red de contactos, era un poco la masilla que nos mantenía a todos unidos,
el aglutinante de todas aquellas piezas dispares venidas de las cuatro puntas de Londres, los aristócratas
por un lado, los macarras por otro y luego el resto que no eran ni lo uno ni lo otro.
Si te metes todo lo que nos metíamos nosotros, siempre estás hablando de cualquier cosa menos del
trabajo, lo que implicaba que Michael y yo nos pasábamos horas charlando, por ejemplo sobre la calidad
de lo que fuese que nos habíamos chutado: dos colgados viendo a ver quién puede pillarse el colocón más
grande sin que se les resintiera demasiado la salud, nada de hablar del «gran trabajo» que yo o tú o quien
sea va a hacer. Eso era secundario. Ya sabía lo mucho que trabajaba Michael, era un adicto al trabajo,
como yo, lo dabas por sentado.
Lo que pasaba con él era que podía entrar en una espiral descendente de depresión muy chunga:
muchos fantasmas. El poeta de la lente era una criatura mucho más frágil de lo que cabía imaginar y fue
poco a poco adentrándose en una selva de la que era imposible salir. Pero, por aquel entonces, todavía no
éramos más que, básicamente, unos gánsteres. Y no es que hiciéramos ningún trabajito, pero sí
pertenecíamos a una élite muy restringida, estrafalaria, escandalosa y, francamente, empeñada en
atravesar todas las barreras porque había que hacerlo.

Realmente no hay mucho que decir sobre el ácido excepto «¡Dios, vaya viaje!». Adentrarse en ese
terreno entrañaba mucha incertidumbre, era territorio desconocido. En el 67 y el 68 la percepción de lo
que estaba ocurriendo era muy convulsa, había mucha confusión y mucha experimentación. Lo más
increíble que recuerdo haber hecho yendo de ácido es observar a unos pájaros en pleno vuelo: pájaros
que me pasaban volando por delante de la cara y que no eran reales, bandadas de aves del paraíso; y
luego resultaba que en realidad era un árbol mecido por el viento; yo iba por un camino en mitad del
campo, todo era muy verde y casi podía ver todas y cada una de las ramas moverse, todo iba a cámara tan
lenta que estaba tentado de decir: «¡Joder, eso lo podría hacer yo!». Por eso entiendo que de vez en
cuando a alguien se le ocurra saltar por una ventana, porque de repente el concepto de cómo se hace te
parece de una claridad meridiana. Una bandada de pájaros tardó una media hora en pasar volando ante
mí, fue una visión indescriptible de los suaves aleteos, podía ver cada pluma, y las aves me miraban
mientras pasaban y era como si me dijeran «¿cómo lo ves, te animas?». ¡Coño…! Vale, vale, de acuerdo,
hay cosas que no soy capaz de hacer.
Tenías que estar con la gente adecuada cuando te tomabas un ácido, si no… ¡mucho cuidado! Por
ejemplo, Brian de ácido era imprevisible: o estaba completamente relajado y divertido o se convertía en
uno de esos tíos que te podía arrastrar por el ramal equivocado cuando el bueno se cierra de repente y
para cuando te quieres dar cuenta te has metido en la Calle Paranoia. Y el hecho es que, si estás de ácido,
realmente no controlas. ¿Por qué me estoy metiendo en este agujero negro? Pero si no quiero ir ahí…
Volvamos a la encrucijada a ver si se abre el ramal bueno, quiero ver esa bandada de pájaros otra vez, y
tengo unas cuantas ideas geniales para la guitarra, sobre cómo encontrar el «acorde perdido», el santo
grial de la música (muy de moda por aquel entonces). Había un montón de prerrafaelitas por ahí con sus
pañuelos de terciopelo alrededor del cuello, como los Ormsby-Gore, buscando el santo grial, la corte
perdida del Rey Arturo, ovnis y campos de energía.
En el caso de Christopher Gibbs, la verdad es que costaba distinguir si iba o no de ácido porque él era
así. Tal vez nunca conocí a un Christopher que no fuera de ácido, pero debo decir que era un tipo con un
gran espíritu aventurero, siempre listo para dar un paso hacia lo desconocido, a adentrarse en el valle de
la muerte; estaba dispuesto a enfrentarse a lo que fuera, había que hacerlo. Nunca vi a Gibbs descolocado
por culpa del ácido, nunca detecté el menor signo de que estuviera teniendo un mal viaje. Mis recuerdos
de Christopher son de un tipo que se las ingeniaba de algún modo para mantenerse flotando a un metro
del suelo igual que un querubín. Tal vez todos estábamos en ésa.
Nadie sabía demasiado sobre el tema, estábamos jugando con lo desconocido. A mí me resultó muy
interesante pero al mismo tiempo vi a otra gente pasarlo bastante mal y eso es lo último que te hace falta
si estás colocado: tener que lidiar con alguien que está teniendo un mal viaje. La gente a veces cambiaba
y se volvía muy paranoica, o muy tensa, o muy asustada. Sobre todo Brian. Le podía pasar a cualquiera,
pero en cualquier caso, si ocurría, el resto también podía acabar yéndose por el mismo camino. Con el
ácido nunca se sabía, no tenías ni idea de si volverías o no. Yo personalmente tuve un par de viajes
terribles. Recuerdo a Christopher tratando de calmarme («eh, eh, no pasa nada, todo va bien, todo va
bien»), el tipo era como una enfermera del turno de noche. Ya ni siquiera recuerdo el infierno por el que
estaba pasando, sólo sé que no resultaba agradable. Igual era paranoia, puede ser, a mucha gente
también le daba paranoia con la marihuana. En definitiva es miedo, pero no sabes de qué y por tanto no
tienes manera de defenderte, y cuanto más avanzas por ese camino peor se pone la cosa. Hay veces en
que te tienes que dar una bofetada a ver si sales.
En cualquier caso, nada de todo eso impidió que yo siguiera con los viajes, era la idea de una barrera
que había que franquear lo que me movía (y también un cierto componente de estupidez): ¿no te fue
demasiado bien la última vez?, pues insiste; ¿de qué tienes miedo? Aquello era la prueba de fuego, puto
rollo Ken Kesey (me refiero a que parecía que si no habías flipado con el ácido no habías hecho nada en la
vida, lo cual era una actitud verdaderamente estúpida). Mucha gente se sentía obligada a comerse un
ácido incluso si no quería, sólo para quedarse y seguir pasando el rato con el resto del grupo. Era una
dinámica de bandas, y si no tenías cuidado te podía desquiciar mucho. Aunque sólo te hayas comido uno
en una ocasión aislada, puedes padecer las consecuencias. Es demasiado volátil.
Una historia verdaderamente épica de aquellos tiempos es una excursión con John Lennon, todos
ciegos de ácido, un episodio tan estrambótico que casi ni puedo recomponer las piezas. Me parece que
anduvimos por la costa, por Torquay y Lyme Regis, durante lo que me parecieron dos o tres días; nos
llevaba un chófer. Johnny y yo estábamos tan pasados de vueltas que, al cabo de los años, ya en Nueva
York, a veces me preguntaba todavía: «¿Qué pasó en ese viaje?». Iba con nosotros Kari Ann Moller, ahora
señora de Chris Jagger (me parece que los Hollies escribieron una canción sobre ella): una chica muy
dulce que vivía en Portland Square, la zona donde viví también durante unos dos años cuando estaba en
Londres. Sus recuerdos (le pedí recientemente que los rescatara para poder incluirlos en este libro) son
muy distintos de los míos, pero por lo menos para Kari Ann no se reducen a (más que nada) un montón de
horas en blanco, como es mi caso.
Lo que veo muy claramente ahora es que nunca se nos ocurrió que estuviéramos trabajando
demasiado, pero, si lo piensas después con detenimiento, no nos dábamos ni el más mínimo respiro. Así
que cuando de repente teníamos tres días libres perdíamos la cabeza. Yo me recuerdo en un coche con
chófer, pero Kari Ann dice que no llevábamos chófer. Era un dos puertas, y nos apretujamos dentro
nosotros tres y un cuarto pasajero a quien no recuerdo, así que tal vez íbamos con chófer. Según Kari
Ann, el recorrido empezó en la discoteca Dolly, precursora de Tramp, y estuvimos un rato dando vueltas
por Hyde Park Corner mientras decidíamos qué íbamos a hacer. Al final pusimos rumbo a la casa que John
tenía en el campo (eso dice ella), pasamos a saludar a Cynthia, y luego Kari Ann decidió que podíamos
seguir ruta y visitar a su madre, que vivía en Lyme Regis: menuda visita para la buena señora, recibir a su
hija y dos tíos puestos de ácido que llevaban un par de noches sin dormir… Llegamos alrededor del
amanecer, eso es lo que recuerda ella. No nos queríamos meter en el típico café mugriento de fritanga, y
además a John lo reconocieron y Kari Ann se dio cuenta de que no podíamos ir a ver a su madre porque
estábamos con un ciego impresionante. Después de eso tengo una laguna de unas cuantas horas, porque
a casa de John no volvimos hasta la noche. Recuerdo unas palmeras, así que seguramente nos quedamos
sentados en la explanada de las palmeras de Torquay durante un montón de tiempo, absortos en nuestro
mundo. Llegamos de vuelta a casa y todos tan contentos. Fue una situación de ésas en las que John quería
meterse más que yo. Tenía una bolsa enorme de hierba, una piedra de costo y ácidos. Yo por lo general
elijo con cuidado el escenario si se trata de comerse un ácido y lo de ir de acá para allá es mejor evitarlo,
al menos en mi opinión.
John me caía muy bien: en muchos sentidos era un tontorrón, y yo solía criticarlo por ponerse la
guitarra demasiado arriba. Había quien se la sujetaba a la altura del pecho, lo que verdaderamente limita
muchísimo los movimientos, es un poco como tocar esposado. «Llevas la puta guitarra justo debajo de la
barbilla, ¡joder! ¡No es un violín…!». Debía de parecerles que estaba muy en la onda ponérsela tan arriba.
Gerry y los Peacemakers, todas las bandas de Liverpool, se la ponían así. Nosotros le tomábamos el pelo a
John: «Tío, póntela un poco más abajo, prueba con una banda más larga; cuanto más larga, mejor tocas».
Lo recuerdo asintiendo con la cabeza y pensándoselo, y la siguiente vez que nos lo encontrábamos tenía
la guitarra un poco más abajo. Yo bromeaba con cosas como: «¡No me extraña que no te muevas, ¿sabes?
No me extraña que sólo seas capaz de balancearte un poco, ¡cómo vas a poder con eso ahí!».
John podía ser muy franco y directo, pero el único comentario poco educado que recuerdo que me haya
hecho jamás fue sobre mi solo en «It’s All Over Now». El día que lo oyó, a él le pareció una mierda. Igual
es que se había levantado con el pie izquierdo, aunque desde luego yo podría haber tocado mejor, pero lo
desarmabas si le respondías algo como: «Ya, sí, podía haber estado mucho mejor, John. Lo siento, siento
mucho que haya chirriado, tío. Tú tócalo como te dé la puta gana». Ahora bien, el que se molestara en
escuchar ya indicaba que tenía verdadero interés, que era abierto. De haberse tratado de otra persona
podría haber sido una situación bastante embarazosa, pero John tenía una honestidad en la mirada que
hacía que te cayera bien desde el primer minuto, y también era una mirada muy intensa. Era único, como
yo, y experimentamos desde el principio una extraña atracción mutua que desde luego, en un primer
momento, fue más bien un choque de machos alfa.

Una fría mañana de febrero de 1967, el ambiente en Redlands podía describirse como de descenso
paulatino después de haber ido de ácido. Un ambiente postácido consiste eminentemente en que todo el
mundo vuelve a la realidad y te has pasado todo el día con esa gente haciendo todo tipo de estupideces y
riéndote como un loco, te has ido de paseo a la playa donde te has pelado de frío (además ibas descalzo) y
ahora te preguntas por qué te han salido sabañones. El aterrizaje es distinto para cada persona, hay
gente que ya está pensando en volver a meterse mientras que otros dicen basta. Y además te puedes
volver a ir de viaje repentinamente en cualquier momento, sin previo aviso.
Se oye alguien llamando a la puerta, me asomo por la ventana a ver quién es y veo una panda de
enanos en el jardín, ¡todos con la misma ropa! En realidad eran policías pero yo en ese momento no lo
sabía, a mí me parecían gente muy bajita vestida con trajes azules con chapas resplandecientes y casco.
«¡Vaya atuendo más guapo! ¿Os estaba esperando? Pues no me acuerdo, bueno, da igual pasad, pasad,
que en la calle hace fresco —estaban intentando leerme la orden de detención—. ¡Qué interesante! Hace
un poco de frío ahí fuera, ¿no? Entrad y me leéis ese papel que traéis delante de la chimenea». A mí
nunca me había venido la policía a casa a hacer un registro y además seguía puesto de ácido, así que todo
era amor, hacer amigos, y desde luego nunca se me hubiera ocurrido salir con «no pueden entrar hasta
que no hable con mi abogado» sino que más bien era todo «¡venga, pasad!». Y lo que siguió puede
resumirse como un brutal desengaño.
Mientras nosotros estamos aterrizando poco a poco después del viaje de ácido, ellos andan por toda la
casa a lo suyo, y ninguno les estamos prestando demasiada atención, la verdad. A los habituales nos
recorrió un escalofrío momentáneo, pero no parecía que pudiéramos hacer gran cosa, así que dejamos
que camparan a sus anchas mirando en los ceniceros. Sorprendentemente, no encontraron nada digno de
mención aparte de las colillas de unos cuantos porros y lo que Mick y Robert llevaban en los bolsillos, que
era una cantidad mínima de anfetaminas, compradas legalmente por Mick en Italia, y, en el caso de
Robert, unas pepas de heroína. Por lo demás, seguimos a lo nuestro.
Claro, luego estuvo el episodio de Marianne: después de un día de ácido, se fue al piso de arriba a
darse un baño, había terminado hacía un minuto y yo tenía una alfombra (o una colcha) inmensa hecha
con pieles de conejo, creo, y a ella no se le ocurrió otra cosa que envolverse con eso. Me parece que
también llevaba una toalla y estaba echada en el sofá tranquilamente después de haberse dado el baño.
Cómo acabó la chocolatina Mars formando parte de la historia, eso ya no lo sé: había una en la mesa, un
par de hecho, porque normalmente con el ácido te entran ganas de tomar azúcar. De ahí surgió todo el
rollo sobre dónde había encontrado el policía la chocolatina Mars que la ha perseguido desde entonces, y
hay que reconocerle que lo lleva con mucha deportividad. En cualquier caso, de dónde vino aquella
connotación y cómo la prensa se las apañó para convertir al Mars y a Marianne envuelta en pieles en una
especie de leyenda urbana ha pasado a ser poco menos que un clásico de los misterios sin resolver. Es
más, la verdad es que, por una vez, Marianne iba bastante recatada, porque por lo general era de las que
llevan tal escote que te cuesta trabajo saludarlas mirándolas a la cara, y ella siempre fue muy consciente
de que iba provocando: una dama muy dada a las travesuras, Marianne, ¡y tan buena onda! En esos
momentos iba más tapada con aquella colcha de pelo de lo que lo había estado en todo el día. Total, que
una policía se la llevó al piso de arriba, hizo que se quitara las pieles («¿qué más queréis ver?») y a partir
de ahí el resto ya no es más que una constatación de lo que discurre por la cabeza de la gente… Los
titulares de los periódicos de la tarde iban en la línea de «muchacha desnuda en una fiesta de los Stones
(según información obtenida directamente de la policía)». ¿Pero una chocolatina Mars haciendo las veces
de consolador? Eso ya es sacar las cosas de quicio. Lo curioso con estos mitos es que a la gente no se le
olvidan a pesar de que se ve claramente que no son ciertos, tal vez porque la idea es tan descabellada o
cruda o lasciva que parece inconcebible como invención. Imagínate a un grupo de policías examinando las
pruebas, exhibiéndola como prueba del delito: «Disculpe, agente, creo que se le ha pasado algo por alto,
mire».
También estaban en Redlands ese día Christopher Gibbs y Nicky Kramer, un aristócrata pasado de
rosca de esos que van dando tumbos por la vida y se llevaba bien con todo el mundo, un ser inofensivo y
completamente inocente de habernos traicionado, aunque David Litvinoff lo sacó por una ventana
sujetándolo por los tobillos para asegurarse. Y por supuesto, estaba también el señor X, como luego se lo
llamaría durante el juicio, David Schneiderman. Schneiderman había traído un ácido de una calidad
buenísima, hecho por Owsley, el famoso Rey del Ácido, creador de variedades como Strawberry Fields,
Sunshine y Purple Haze. ¿De dónde creéis que Jimi lo había sacado? Aquello eran unas mezclas
increíbles, así fue como Schneiderman entró en el grupo, porque traía ácido de puta madre. En aquellos
días en los que todavía prevalecía la inocencia (que ahora habían llegado a su fin de forma tan abrupta) y
nadie se preocupó por el tipo aquel tan guay, el camello de turno, aquello era una pura fiesta. De hecho el
tipo guay resultó ser un agente de policía que venía siempre con las alforjas llenas de rollos de primera
que incluían un montón de DMT (que no habíamos probado nunca), la dimetiltriptamina, uno de los
ingredientes de la ayahuasca, que es un alucinógeno muy potente. El tío estuvo en todas las fiestas
durante un par de semanas y luego desapareció misteriosamente sin dejar rastro y nunca lo volvimos a
ver.
La redada fue algo preparado conjuntamente por los del periódico News of the World y los polis, pero
el punto hasta el que todo había sido en parte un montaje no se vio claramente hasta meses después,
durante el juicio. Poco antes, Mick había amenazado con demandar a los del periodicucho sensacionalista
por haberlo equiparado con Brian Jones y publicar que había sido visto consumiendo drogas en una
discoteca. Ellos por su parte necesitaban pruebas para poder defenderse en los juzgados si la cosa
llegaba hasta allí. Fue Patrick, mi chófer belga, el que nos vendió a News of the World, que a su vez
informaron a la policía, que envió a Schneiderman. Yo a este tío le estaba pagando su buen sueldo, y la
movida iba así: tú el pico cerrado. Pero los del News of the World se lo llevaron al huerto, cosa que a la
larga no lo benefició en absoluto. Al cabo de un tiempo oí que por lo visto nunca volvió a caminar igual
que antes, pero todo esto llevó meses ir descubriéndolo. Lo que recuerdo es que el ambiente era bastante
relajado aquella mañana (¡coño, cualquier cosa que hubiéramos hecho, no era la primera vez!) y sólo
después, al día siguiente, cuando empezaron a llegar las citaciones legales y las comunicaciones oficiales
del Gobierno de Su Majestad y bla bla bla pensamos: «¡Joder, esto es serio!».

Decidimos que había que salir de Inglaterra y no volver hasta que se celebrara el juicio, y que mejor nos
íbamos buscando un sitio donde pudiéramos conseguir droga legalmente. Lo decidimos en un momento:
«¡Nos subimos en el Bentley y nos largamos a Marruecos!». Así que nos fuimos a principios de marzo.
Teníamos tiempo y el coche ideal para hacerlo: con el nombre de Blue Lena había bautizado yo a mi
Bentley azul, un S3 Continental, modelo conocido como Flying Spur [espuela voladora], un coche curioso,
de una serie limitada de ochenta y siete unidades; le había puesto el nombre en honor a Lena Horne,
hasta le mandé una foto a ella. Un coche así ya era un reclamo para meterse en líos porque, de entrada,
rompía las reglas de los poderosos (yo, claramente, no pertenecía a la clase social que solía ir por ahí en
ese tipo de vehículo). Con Blue Lena habíamos hecho ya más de un viaje puestos de ácido y la carrocería
incluía modificaciones especiales como un compartimento secreto para esconder sustancias ilegales.
Además tenía un capó inmenso y para tomar las curvas tenías que llevarlo casi como un camión. Blue
Lena requería cierto arte y conocimientos especializados que tuvieran en consideración sus dimensiones
y características especiales (también era quince centímetros más ancho por la parte de atrás). Uno tiene
que conocer su propio coche, eso desde luego. Tres toneladas de vehículo; un automóvil hecho para
conducir de noche a toda velocidad.
Brian y Anita habían estado en Marruecos el año anterior, en 1966; se habían quedado en la casa que
poseía allí Christopher Gibbs, quien había tenido que llevar a Brian al hospital porque se rompió una
muñeca cuando le lanzó un puñetazo a Anita que acabó en el marco de metal de la ventana de una
habitación del Hotel El Minzah de Tánger. A Brian nunca se le dio bien lo de conectar con Anita. Yo me
enteraría después de lo violento que se había vuelto con ella a medida que las cosas entre ellos fueron de
mal en peor: además de los puñetazos le había empezado a lanzar cuchillos, botellas y cosas así,
obligándola a atrincherarse detrás de los sofás. Seguramente no todo el mundo sabe que Anita había
hecho mucho deporte de niña (vela, natación, esquí, toda clase de deportes al aire libre). Brian no era
rival para ella, ni en lo físico ni en términos de ingenio. Ella siempre tuvo el control de la situación y él
siempre fue el segundón. Al principio al menos, las pataletas de Brian le parecían a Anita bastante
divertidas, pero habían ido perdiendo la gracia a medida que se volvían peligrosas. Anita me contó
después que en Torremolinos, camino de Tánger el año anterior, habían tenido unas broncas
monumentales por las que Brian había acabado en la cárcel (ella también, una vez, por robar un coche a
la salida de una discoteca). Se pasaba la vida sacándolo de las comisarías, chillándoles a los agentes: «No
lo pueden retener aquí, ¡suéltenlo!». Durante todo el tiempo que llevaban juntos habían ido
mimetizándose hasta el punto de parecerse como dos gotas de agua, era como si se hubieran fundido en
uno solo, por lo menos en lo que al aspecto exterior se refiere.
Brian, Anita y yo volamos a París, donde nos esperaba Deborah Nixon, una vieja amiga de Anita, en el
Hotel George V. Deborah era todo un personaje, una belleza tejana que había salido en las portadas de
todas las revistas en los sesenta. Brian y Anita se habían conocido durante la gira de los Stones, pero fue
en la casa de Deborah en París donde habían empezado su historia. El chófer que había contratado para
sustituir al chivato de Patrick, Tom Keylock (un tipo duro del norte de Londres que pronto acabaría
convirtiéndose en el conseguidor de los Stones), llevó a Blue Lena hasta París y emprendimos viaje hacia
el horizonte lejano.
Le envié una postal a mi madre: «Querida mamá: perdona que no te llamara antes de marcharme, pero
seguro que tengo los teléfonos pinchados. Ya verás como todo sale bien al final, no te preocupes. Por aquí
todo es genial, te mando una carta cuando lleguemos a destino. Un beso grande. Tu hijo Keef el Fugitivo».
Brian, Deborah y Anita iban en el asiento de atrás y yo iba delante al lado de Tom Keylock, cambiando
los vinilos de 45 en el tocadiscos Philips que llevaba el coche instalado. No es fácil explicar cómo fue
aumentando la tensión a lo largo del viaje del modo como lo hizo, pero desde luego algo tuvo que ver el
que Brian estuviera más pelma e infantil de lo ya habitual en él. Tom es un soldado curtido en mil
batallas, estuvo en la de Arnhem y todo eso, pero incluso él era incapaz de ignorar la tensión que se
respiraba en aquel coche. La relación de Brian con Anita había llegado a un callejón sin salida por culpa
de los celos cuando ella se negó a renunciar a sus trabajos como actriz para dedicarse a estar en casa
haciéndole de geisha a tiempo completo, aduladora, saco de las hostias y cualquier otra cosa que se le
fuera ocurriendo a Brian, incluida la participación en orgías, cosa a la que Anita siempre se negó
rotundamente. Durante este viaje, él no paró de quejarse y lloriquear ni un minuto sobre lo mal que se
encontraba, insistiendo en que no podía respirar. Nadie se lo tomó en serio. Era verdad que Brian tenía
asma, pero también era un hipocondríaco. Mientras tanto, yo seguía haciendo de DJ, alimentando
constantemente el Philips con putos discos de 45, pinchando lo que me gustaba, sobre todo Motown por
aquel entonces. Anita dice que claramente estaba escogiendo las canciones para comunicarme con ella;
era lo que sonaba en esa época, cosas como «Chantilly Lace» y «Hey joe». Pasa con todas las canciones:
puedes darles el significado que te convenga.
La primera noche de viaje por Francia dormimos los cinco en la misma habitación, una especie de
dormitorio de internado en el piso de arriba de una casa (no encontramos otra cosa). Al día siguiente
fuimos a Cordes-sur-Ciel porque Deborah quería conocerlo (un pueblo muy bonito en la cima de una
colina); cuando nos estábamos acercando, emergió de las murallas medievales una ambulancia y Brian
insistió en que debíamos seguirla hasta el hospital más cercano, que estaba en Albi. A Brian le
diagnosticaron una neumonía. Bueno, con Brian nunca sabías lo que era real y lo que no… El caso es que
lo trasladaron al hospital de Toulouse donde tendría que quedarse ingresado unos cuantos días y allí lo
dejamos. Mucho tiempo después me enteré de que le había dado instrucciones a Deborah de no dejarnos
a Anita y a mí solos, así que lo tenía bastante claro. En fin, le dijimos: «Bueno, tío, en cosa de unos días
estarás bien. Nosotros bajamos con el coche por España y luego tú te pillas un vuelo a Tánger
directamente».
Así que Anita, Deborah y yo cruzamos la frontera española y cuando llegamos a Barcelona nos fuimos a
un tablao flamenco muy famoso que había en las Ramblas. Por aquel entonces esa parte de la ciudad era
un poco áspera y cuando salimos a eso de las tres de la mañana nos encontramos con que se había
montado una buena bronca: había gente lanzando cosas al Bentley, y la cosa fue a más cuando nos vieron
llegar. Igual era un rollo en contra de los ricos o en contra de nosotros, o puede que fuera porque
llevábamos la bandera del papa ese día (yo solía ponerle al coche el típico mástil para llevar banderita,
como un vehículo oficial, y se la iba cambiando). Apareció la policía y cuando me quise dar cuenta estaba
metido en un juicio de charanga y pandereta en plena noche. La sala tenía el techo bajo y azulejos en las
paredes, había un juez de guardia y enfrente de él un banco larguísimo con por lo menos cien tíos en fila
(yo era el último). Entonces aparecieron unos policías porra en mano que empezaron a arrearles en la
cabeza a todos los que estaban en la fila, a todos sin excepción. Y se veía que los tipos se lo esperaban,
me dio la sensación de que era el procedimiento habitual. Yo era el último. Tom se había ido a por mi
pasaporte y tardó horas en volver; cuando por fin apareció se lo restregué por las narices a su señoría
(«su majestad la reina exige»), pero ellos siguieron a lo suyo y le dieron unos mamporros al tipo que tenía
justo al lado. Al cabo de unas noventa y nueve cabezas rotas, supuse que a mí me iban a dar también pero
no fue así: el juez quería que identificara a los culpables entre los que ellos habían escogido, un puñado
de sospechosos habituales, para presentar cargos contra ellos por haber destrozado el coche y provocado
los disturbios, pero yo me negué, así que al final la cosa quedó en una multa de aparcamiento, un papel
que había que firmar, dinero que cambió de manos e incluso así me tuvieron toda la noche retenido.
Al día siguiente fuimos a que nos arreglaran el parabrisas y salimos de allí con esperanzas renovadas
pero sin Deborah, que ya había tenido bastante tensión y bastante encierro y quería volver a París. Así
que, sin nadie que nos vigilara, seguimos hacia Valencia: Anita y yo descubrimos por el camino que
estábamos verdaderamente interesados el uno en el otro.
Nunca en mi vida he dado el primer paso para enrollarme con una mujer, simplemente no sé cómo
hacerlo, mi instinto es dejarle hacer a ella, lo que no deja de ser bastante raro, pero es que soy incapaz de
salir con frases del tipo «¿qué pasa, nena, cómo va eso?, ¿qué, echamos uno?» y todo ese rollo. Me quedo
sin palabras. Me imagino que todas las mujeres con las que he estado han tenido que poner las cartas
boca arriba mientras que yo hago mi parte de otro modo: creando una atmósfera insoportable. Alguien
tiene que hacer algo. O pillas el mensaje o no lo pillas, pero yo nunca he sido capaz de dar el primer paso.
Siempre he sabido moverme entre mujeres porque tengo un montón de primas, así que estoy cómodo
entre ellas. Si están interesadas, moverán ficha. Por lo menos en mi experiencia ha sido así.
Así que Anita movió ficha. Yo no podía entrarle a la chica de mi amigo, incluso a pesar de que éste se
hubiera convertido en un perfecto cretino (con Anita también). El sir Galahad[34] que llevo dentro me lo
impide. Anita además era muy guapa, cada vez estábamos más unidos y de repente, sin la supervisión de
su chico, fue la que tuvo los huevos de decir «¡al carajo todo!». En el asiento trasero de aquel Bentley, en
algún lugar entre Barcelona y Valencia, Anita y yo nos miramos: la presión era tan bestial que sin previo
aviso se puso a hacerme una mamada. La presión se disipó (¡puf!) y de repente estábamos juntos. No se
suele hablar mucho cuando ocurre algo así; sin necesidad de decir nada lo notas, sientes una sensación
de inmenso alivio porque ha llegado por fin el desenlace.
Era febrero y en España ya había llegado la primavera; en Inglaterra y en Francia todavía hacía
bastante frío, era invierno. Cruzamos los Pirineos y, en cuestión de media hora, se presentó la primavera,
y cuando llegamos a Valencia era verano. Recuerdo el olor de los naranjos en Valencia. Cuando te
acuestas por primera vez con Anita Pallenberg recuerdas esas cosas. Hicimos noche en Valencia, y en el
hotel dijimos que éramos el conde y la condesa Zigenpuss. Esa fue la primera vez que hice el amor con
Anita. En Algeciras, donde dimos los nombres de «conde y condesa Castiglione», tomamos el ferry y nos
fuimos a Tánger, directos al El Minzah. En Tánger estaban Robert Fraser, Bill Burroughs, Brion Gysin,
amigo de Burroughs y también artista del recorte (otro niño bien metido en la movida), y Bill Willis, el
decorador de todos los palacetes de los expatriados que había por allí. Nos recibieron con un montón de
telegramas de Brian ordenándole a Anita que volviera a recogerlo, pero no teníamos la menor intención
de ir a ningún sitio excepto a la casba. Nos pasamos una semana dando vueltas por la casba, echando
polvos y poco más; estábamos cachondos todo el rato, cierto, pero también nos andábamos preguntando
cómo íbamos a manejar toda la situación, porque se suponía que Brian iba a aparecer por Tánger, sólo lo
habíamos dejado atrás para que le trataran la neumonía. Recuerdo que tanto Anita como yo pensábamos
hacer un esfuerzo por ser educados en beneficio del otro: «Cuando Brian llegue a Tánger haremos esto y
haremos lo otro…». «Vamos a llamarlo a ver qué tal está» y todo ese rollo. Pero, por otro lado, era lo
último que nos preocupaba en esos momentos, en realidad estábamos pensando:
—¡Dios, Brian se va a presentar en Tánger y vamos a tener que empezar con el puto teatro!
—Ya, no estirará la pata por el camino…
Y de repente caí: estamos hablando de Anita; ¿está con él o está conmigo? Nos dimos cuenta de que se
había creado una «situación insostenible», incluso una amenaza para la supervivencia de la banda.
Decidimos cortarnos, hacer una retirada estratégica. Anita no quería abandonar a Brian, no quería
dejarlo entre lágrimas y gritos; le preocupaba el efecto que algo así podría tener sobre todo el grupo:
aquello era la gran traición que lo podía mandar todo a la mierda.

I just can’t be seen with you…


It’s too dangerous, baby…
I just can’t be, yes
I got to chill this thing with you.[35]

Fuimos a hacerle una visita a Ahmed, el legendario camello de hachís de aquellos primeros tiempos de las
drogas. Anita lo había conocido con Chrissie Gibbs durante su anterior visita: un marroquí bajito con una
especie de jarrón chino cargado al hombro que iba un poco por delante de ellos y sé paraba de vez en
cuando a mirar hacia atrás para comprobar si todavía lo seguían, guiándolos por la medina, cuesta arriba
hacia el Minzah, abriéndoles la puerta de una tienda diminuta que estaba completamente vacía de no ser
por una caja con unas cuantas piezas de joyería marroquí y un montón de hachís dentro.
La tienda estaba en una calle de escaleras, la Escalier Walle, una callejuela de tiendas de una planta
bajando del Minzah por la derecha, a lo largo del muro que daba a los jardines del hotel. Ahmed había
empezado con una tienducha a pie de calle y luego había ampliado el negocio y ya tenía dos cuartos más
justo encima. Para pasar de uno a otro había que subir unos cuantos escalones, por dentro era un poco
laberíntico, y los cuartos de arriba tenían unas camas con cabeceros de latón y colchones con fundas de
colores chillones sobre los que, después de haberte fumado un montón de costo, podías quedarte
tumbado un par de días. Y entonces te espabilabas un poco, ibas a buscar a Ahmed y fumabas de nuevo
hasta que perdías el sentido: algo así como una cueva sobriamente decorada con las maravillas de
Oriente (caftanes, alfombras, unos faroles preciosos…). Como la cueva de Aladino. En realidad era un
cuchitril, pero él se las había ingeniado para que pareciese un palacio.
Lo llamábamos Ahmed Cabeza Abollada porque rezaba tan a menudo que tenía un bollo en medio de la
frente. Era un buen comerciante: primero sacaba el té de hierbabuena, después la pipa. Le iba un rollo
más o menos espiritual, así que cuando te daba la pipa aprovechaba para contarte una aventura
maravillosa del profeta en el desierto. Desde luego era un buen embajador de su fe y un espíritu alegre,
además del típico marroquí sinvergüenza. Le faltaba la mitad de los dientes y sonreía todo el rato, una
vez que empezaba a sonreír ya no había quien lo parara. Y no te quitaba ojo. Pero tenía un costo fabuloso,
te ibas prácticamente a la tierra prometida que mana leche y miel con aquella mierda y, al cabo de unas
cuantas rondas, era casi como ir de ácido. Él iba entrando y saliendo, trayéndote dulces y pastelitos.
Costaba un huevo salir de allí; ibas con la idea de quedarte un rato para una fumada rápida y luego
marcharte a hacer algo, pero por lo general ya no salías, te podías tirar todo el día, toda la noche; te
podrías haber quedado a vivir. Y siempre tenía puesta Radio El Cairo con interferencias, ligeramente mal
sintonizada.
La especialidad marroquí era el kif una hoja mezclada con tabaco que fumaban en unas pipas muy
largas (sesbi se llaman) con una cazoleta pequeña en un extremo: un chute matutino acompañado de una
taza de té. Pero lo que Ahmed tenía en cantidades ingentes (y se las había apañado para envolverlo en
una aureola de glamur) era un tipo especial de hachís. Lo llamaban así porque venía en piedras parecidas
a las de costo, pero no era hachís exactamente: el hachís se hace con resina y esto en cambio era un polvo
suelto, como el polen de la planta prensado en pequeños bloques. Por eso era de color verde. Una vez oí
que una forma de recogerlo era untar a los niños en miel y mandarlos a correr desnudos por los campos
donde crecía la hierba: salían por el otro lado cubiertos de pies a cabeza y luego les quitaban la pringue.
Ahmed lo tenía de tres o cuatro calidades en función del tamiz por el que lo había pasado: había uno más
grueso, luego estaba el de veinticuatro dinares, casi un dirham (la moneda de Marruecos), y después el
de máxima calidad, que era el que pasaba por el tamiz más tupido de seda y era un polvo muy fino.
Ese fue mi primer contacto con África: cuestión de hacerse el viajecito atravesando España y cruzar el
estrecho. De pronto estabas en otro mundo, podías haber dado marcha atrás en el tiempo mil años y
soltabas un «¡joder, qué raro!» o un «¡coño, qué maravilla!». A nosotros nos encantaba transportarnos y
fumar como bestias, podría haberse dicho que íbamos por ahí de inspectores de calidad del costo por lo
mucho que le dábamos al tema. «Debemos reconsiderar nuestra opinión sobre las drogas —escribió Cecil
Beaton en su diario— porque estos muchachos, que parecen alimentarse de ellas, también dan la
impresión de estar muy fuertes y sanos. Ya veremos».
Aparte del sentimiento de culpa por haber traicionado a Brian y el vínculo tan apasionado y destructivo
que la mantenía unida a él, el problema de Anita radicaba en que Brian todavía estaba convaleciente y
pensaba que debía cuidarlo. Así que Anita volvió con él: lo recogió en Toulouse, se lo llevó a Londres para
que lo vieran más médicos y luego ella y Marianne (que venía a pasar un fin de semana con Mick en
Marrakech) lo llevaron a Tánger. Brian se había estado metiendo mucho ácido y además se encontraba
débil por culpa de la neumonía, así que, para alegrarlo un poco, Anita y Marianne (las hermanas
enfermeras) le dieron un ácido en el avión. Ellas se habían pasado toda la noche de juerga, también con
ácido, y, según contaba Anita, cuando por fin llegaron a Tánger sucedió no sé qué historia con Ahmed y a
Marianne se le soltó el sari (la única ropa que había traído): de repente se vio desnuda en medio de la
casba. Entonces se acobardaron, sobre todo Brian, que salió por patas y se largó al hotel cagado del
susto. Al final acabaron los tres por los pasillos del Minzah acurrucados en las esteras y pasmados con
unas alucinaciones salvajes. La recuperación de Brian no estaba teniendo un principio demasiado
prometedor…
Nos reunimos todos en Marrakech, incluido Mick, que había quedado allí con Marianne. Beaton estaba
siempre revoloteando a nuestro alrededor, admirando nuestra dinámica de desayuno y nuestros
«maravillosos torsos y sublimes cabezas»; estaba como hipnotizado con Mick («me fascinaban las finas
líneas cóncavas de su cuerpo, sus piernas, sus brazos…»).
Cuando Brian, Anita y Marianne llegaron a Marrakech, Brian debió de notar algo, aunque Tom
Keylock, el único que sabía lo ocurrido entre Anita y yo, no lo habría contado jamás, y nosotros dos
fingíamos un completo desapego. «Sí, Brian, el viaje estuvo bien, todo tranquilo. Fuimos a la casba.
Valencia es muy bonito». La situación, tan tensa que resultaba insostenible, quedó recogida por Michael
Cooper en una de sus fotos más reveladoras (encabeza este capítulo), una imagen espeluznante viéndola
en perspectiva, la última foto de Anita, Brian y yo juntos; la estampa todavía irradia tensión: Anita mira de
frente a la cámara mientras que Brian y yo miramos hacia un lado con gesto huraño; él tiene un porro en
la mano. Cecil Beaton nos hizo una en la que estamos Mick, yo y Brian, que se aferra a su grabadora Uher
como si le fuera la vida en ello; tiene unas ojeras tremendas y una expresión malévola y triste. No es de
sorprender que casi no trabajáramos aquellos días. El hecho es que no recuerdo haber compuesto nada
con Mick en Marruecos, cosa que por aquel entonces era muy rara: estábamos excesivamente ocupados.
Resultaba evidente que la relación de Brian y Anita estaba dando las últimas boqueadas: se habían
pegado demasiadas veces, ya no tenía ningún sentido. La verdad es que nunca supe qué pasó en realidad.
Yo en lugar de Brian la habría tratado un poco mejor y así la habría conservado, pero era una tía dura,
desde luego de mí hizo un hombre. Casi todas sus relaciones anteriores habían sido turbulentas, con
mucha violencia, y ella y Brian se habían peleado mucho desde el principio, siempre la misma historia:
Anita huyendo entre gritos y lágrimas mientras él la perseguía. Estaba acostumbrada a eso desde hacía
tanto tiempo que yo creo que casi le parecía lo normal, que en cierto modo la reconfortaba como algo al
menos conocido. No es nada fácil salir de una relación tan destructiva, saber cómo terminarla.
Y, como era previsible, Brian empezó con las burradas de siempre: en Marrakech, en el hotel Es Saadi,
intentó librar con Anita un combate de quince asaltos (seguramente una desagradable reacción a lo que
presentía entre ella y yo), pero fue él quien terminó con dos costillas y un dedo rotos y no sé qué más
(solía ocurrir). Y yo allí de observador, escuchando los alaridos. Pero Brian estaba a punto de montar la
cagada definitiva que nos allanaría el camino a Anita y a mí. Llegó un momento en que ya no tenía ningún
sentido la política de no intervención. Estamos varados en Marrakech, estoy enamorado de esta tía, ¿y me
voy a tener que callar en atención a no sé qué puto formalismo? Evidentemente, para entonces todos mis
planes de recomponer la relación con Brian se habían ido al garete porque, en el estado en que se
hallaba, ni era posible ni merecía la pena reconstruir nada con él. Yo había hecho lo que estaba en mi
mano, pero la situación se había vuelto insostenible. Y entonces fue cuando al tío no se le ocurrió otra
cosa que llevar a dos putas llenas de tatuajes a la habitación del hotel (a las que, por cierto, Anita
recuerda como dos «chicas muy peludas») y montarle una escena a Anita para humillarla; cuando empezó
a tirarle comida del montón de bandejas que había pedido, Anita escapó corriendo a mi cuarto.
Pensé que él quería salir de todo aquello y que si se me ocurría un buen plan lo aceptaría. Sir Galahad
otra vez. Pero el hecho es que quería recuperarla, quería acabar con aquel embrollo, así que le dije: «No
has venido hasta Marrakech para andar preocupándote por la somanta de palos que le has dado a tu
novio: déjalo en la bañera con las costillas rotas. Yo no lo aguanto más, no soporto oír cómo te pega y los
gritos y toda esta mierda. Esto ya no tiene sentido, larguémonos. Lo dejamos aquí y punto, estaremos
mucho mejor sin él. Ha sido muy difícil para mí aguantar esta semana sabiendo que estabas con él». Anita
era un mar de lágrimas porque por un lado no lo quería dejar y por otro se daba cuenta de que yo llevaba
razón cuando le decía que en una de ésas Brian iba a intentar matarla.
Así que me puse manos a la obra y planeé nuestra huida en medio de la noche. Cuando Cecil Beaton
tomó esa foto mía tendido junto a la piscina, de hecho estaba ideando nuestra ruta de escape, estaba
pensando: «A ver, le digo a Tom que tenga el Bentley preparado, quedamos en algún sitio cuando se
ponga el sol… Nos largamos». La maquinaria se había puesto en marcha para la gran evasión de
Marrakech a Tánger.
Metimos a Brion Gysin en el ajo, le dijimos a Tom Keylock que le diera órdenes de llevarse a Brian a la
medina de Marrakech, a la plaza Djemaa el Fna (la «asamblea de los muertos» donde están los músicos,
los acróbatas y los encantadores de serpientes), para grabar un poco con su Uher y evitar de paso al
ejército de periodistas que, según le contó Tom, trataba de dar con él. Mientras tanto, Anita y yo nos
fuimos a Tánger en coche. Salimos muy tarde, ya de noche, ella y yo solos con Tom al volante; Marianne y
Mick ya se habían marchado. Gysin ha dejado constancia escrita del dramático instante en que Brian
volvió al hotel y lo llamó: «¡Ven corriendo! Se han marchado todos y me han abandonado aquí, ¡se han
largado! No sé dónde coño se han ido, no me han dejado ningún mensaje y en el hotel tampoco me dicen
nada. Estoy aquí solo, ayúdame, ¡ven corriendo!». Gysin lo cuenta así: «Voy hasta allá, lo meto en la cama,
llamo al médico para que le dé algo y me quedo un rato para cerciorarme de que le ha hecho efecto, no
quiero que salte a la piscina desde un décimo piso».
Anita y yo nos refugiamos en mi madriguera de St. John’s Wood, lugar que casi no había usado desde
los tiempos en que vivía allí con Linda Keith. Para Anita, acostumbrada a Courtfield Road, fue un cambio
notable. Nos escondíamos de Brian, y pasó algún tiempo hasta que las cosas se calmaron: Brian y yo
seguíamos trabajando juntos, y él hizo intentos desesperados por recuperarla. No tenía la más mínima
posibilidad porque, una vez que tomaba una decisión, Anita era inquebrantable. Aun así hubo una intensa
temporada de ocultamientos y negociaciones con Brian, que utilizó todo aquello como excusa para andar
más colocado todavía. Dicen que se la robé, pero yo diría que la rescaté. De hecho, en cierto sentido
también lo rescaté a él, a los dos, porque iban camino de la destrucción.
Brian se fue a París y se presentó en la oficina del agente de Anita gritando como un poseso que todo
el mundo lo había abandonado, que todos lo jodían y luego se largaban. Nunca me lo perdonó y no se lo
echo en cara. Eso sí, se buscó a otra tía rápidamente, Suki Poitier, y de algún modo nos las arreglamos
para hacer juntos la gira de marzo y abril.
Anita y yo nos fuimos a Roma a pasar el resto de la primavera y parte del verano antes de que
empezara el juicio. Ella tenía que estar allí por trabajo porque le habían dado un papel en Barbarella, con
Jane Fonda y dirigida por el marido de Jane, Roger Vadim. El mundo de Anita en Roma giraba en torno al
Living Theatre, la famosa compañía teatral anarcopacifista con Judith Malina y Julian Beck al frente;
llevaban años actuando pero estaban empezando a despegar en aquella época de activismo y
manifestaciones en las calles. Las representaciones del Living Theatre eran particularmente demenciales,
radicales, los actores solían acabar arrestados por indecencia en un espacio público; por ejemplo, tenían
una obra en la que recitaban toda una lista de tabúes sociales que solía valerles una noche en el trullo. Su
actor principal, un negro muy guapo que se llamaba Rufus Collins, era amigo de Robert Fraser, y todos
andaban con el grupillo de Andy Warhol y Gerard Malanga. Así que la movida se cocía en un círculo
restringido y elitista de vanguardia, a cuyos miembros una de las cosas que más los unía era la afición por
las drogas, y cuyo centro neurálgico era el Living Theatre. La droga tampoco corría en cantidades
ingentes por aquel entonces, no era tan fácil encontrarla.
El Living Theatre generaba una dinámica muy poderosa, pero tenía encanto y en su órbita había una
serie de mujeres muy hermosas (Donyale Luna, que fue la primero modelo negra de Estados Unidos, Nico
y todas las chicas que andaban pululando cerca). Donyale Luna salía con uno de los actores; ésa sí que se
movía como una tigresa, parecía un leopardo, una de las tías más sinuosamente seductora que he visto en
mi vida. Claro que yo no moví ni un dedo en esa dirección (se veía claro que ella tenía sus propios planes).
Todo eso con la belleza de Roma como telón de fondo, lo que le daba todavía más intensidad.
Una noche, cuando estaba rodando Barbarella, Anita acabó en la cárcel: estaba con unos tíos del
Living Theatre cuando la registraron buscando drogas. Además la policía pensó que era un travesti y se la
llevaron al calabozo y, en cuanto abrieron la puerta para meterla dentro, todos los que ya estaban entre
rejas exclamaron: «¡Anita, Anita!». La conocía todo el mundo (eso era tener contactos y lo demás son
tonterías). Y ella en plan «¡chssss, chsss, callaos!» porque no sé qué le había contado a la policía de que
era una reina de algún país del África negra y no la podían arrestar (un poquito de teatro que le pareció
que tendría buena acogida con la policía de Roma siendo una ciudad tan artística, o tal vez simplemente
algo con que despistarlos). Se había tenido que tragar una piedra de hachís cuando la detuvieron, así que
para entonces llevaba un ciego considerable. La pusieron en la misma celda que al resto de las reinas de
la noche hasta que a la mañana siguiente vino alguien a sacarla de allí previo pago de la correspondiente
fianza. Por aquel entonces la policía realmente no tenía ni idea de cómo tratar la cuestión de las
variedades menos convencionales de la vida sexual, es que no tenían ni puta idea.
Los amigos de Anita, como siempre, eran los que más en la onda estaban, gente como el actor
Christian Marquand, que dirigió Candy, la siguiente película en la que iba a trabajar Anita ese verano y
en la que también intervinieron estrellas como Marlon Brando, que la raptó una noche y le estuvo leyendo
poesía. Como vio que por ahí no iba a conseguir nada, intentó seducirnos a Anita y a mí juntos («otro día,
compañero»). También eran parte de aquel grupo Paul y Talitha Getty, que tenían el mejor opio, y yo hice
migas con algunos otros depravados como el escritor Terry Southern, con el que me llevaba bien, y
también aquella figura de la época, picaresca y apenas creíble, el «príncipe» Stanislas Klossowski de
Rola, conocido como Stash e hijo del pintor Balthus. A Stash lo conocía Anita de París y Brian Jones lo
había enviado para tratar de recuperarla, pero, en vez de eso, resultó que al tío lo engatusó el cazador
furtivo (o sea, yo). Stash contaba con todas las credenciales de los charlatanes de la época (el discurso
místico, las grandes frases rimbombantes sobre alquimia y artes secretas), todo básicamente al servicio
de acabar echando un polvo. ¡Qué inocentes eran las tías! Aquel tipo era un libertino y un playboy, se
consideraba un Casanova; desde luego era una criatura increíble en medio de todas las convulsiones que
plagaban el siglo XX. Había hecho papeles cortos en películas de Louis Malle y Eric Rohmer, y había
tocado con Vince Taylor, un músico americano de rock and roll que fue a Inglaterra a probar suerte pero
no acabó de encontrar su hueco, aunque en Francia tuvo mucho éxito. Stash tenía un grupo donde tocaba
la pandereta con una mano enguantada en negro. Le encantaba tocar y bailar con aquel extraño estilo
aristocrático tan suyo (yo siempre pensaba que Stash iba a lanzarse a bailar el minué en cualquier
momento). Lo que él quería era ser uno más de los tíos, pero salía con todo aquel rollo de «soy príncipe y
tal y cual…». Puro humo.
Vivíamos juntos en un palacio maravilloso, la Villa Medici, que tenía unos jardines espectacularmente
cuidados, uno de los edificios más elegantes del mundo. Stash se las había ingeniado para que
pudiéramos quedarnos allí gracias a su padre, Balthus, que tenía un apartamento en el palacio por algún
tipo de cargo diplomático relacionado con la Academia Francesa, que era la propietaria del edificio.
Balthus no estaba, así que lo teníamos todo para nosotros. Nos bastaba bajar la escalinata de la Plaza de
España para ir a comer algo por ahí y nos quedaban al lado todas las discotecas, pero también pasábamos
mucho rato en la misma Villa Medid o íbamos a los jardines de Villa Borghese. Aquello era mi versión del
grand tour. Además se podía notar en el ambiente una especie de corriente subterránea de revolución,
con muchos matices políticos, todo una puta chapuza excepto las Brigadas Rojas después. Antes de que
empezaran los disturbios parisinos del año siguiente, los estudiantes ya habían comenzado una revuelta a
la que asistí en la Universidad de Roma. Montaron barricadas y me colaron dentro: un montón de
revolucionarios de pacotilla.
La verdad es que yo no tenía nada que hacer. A veces me acercaba al estudio a ver cómo trabajaban
Fonda y Vadim. Anita era la que trabajaba, yo no; era una especie de rufián a la romana: mandaba a la
mujer a trabajar y me quedaba en casa pasando el rato. Se me hacía raro. La verdad es que lo estaba
disfrutando pero, al mismo tiempo, sentía un cierto desasosiego. ¿No debería estar ocupado en algo? Y
mientras tanto había llegado Tom Keylock con el Bentley. Blue Lena tenía unos altavoces instalados
dentro de la parrilla delantera y a Anita le encantaba aterrorizar a los pobres romanos poniendo voz de
mujer policía y leyendo en voz alta los números de matrícula para luego ordenarles que giraran
inmediatamente a la derecha. El coche iba con bandera del Vaticano, las llaves de San Pedro y toda esa
movida.
Marianne y Mick se quedaron con nosotros una temporada. Esto es lo que Marianne cuenta de
aquellos tiempos:

Marianne Faithfull: Ése sí que es un viaje que no se me va a olvidar en la vida: yo, Mick, Keith, Anita y Stash; de
ácido, una noche de luna llena en Villa Medici. Era todo de una belleza increíble. Y sobre todo recuerdo la sonrisa
de Anita, me refiero a esa sonrisa maravillosa que llevaba siempre en los labios por aquel entonces y que
encerraba un sinfín de promesas; cuando Anita se lo estaba pasando bien irradiaba esa energía cargada de
promesa, esbozaba una sonrisa indescriptible que al mismo tiempo daba un poco de miedo con tanto diente, era
como un lobo, como un gato que acaba de beberse un cuenco de leche. Para los hombres debía de resultar muy
poderoso: era preciosa y además llevaba la ropa con un estilo impresionante, siempre iba perfecta para la
ocasión.

Anita tuvo una influencia increíble en el estilo de la época. Tenía la habilidad de poder combinar cualquier
cosa y que quedara bien. Yo, de hecho, había empezado a ir vestido con su ropa casi siempre: me
despertaba y me ponía lo primero que veía por allí tirado (a veces era mío, a veces era de la parienta)
porque como teníamos la misma talla más o menos daba igual. Si estoy durmiendo con alguien, por lo
menos tengo derecho a ponerme su ropa. A Charlie Watts, que tenía un vestidor inmenso lleno de trajes
impecables de Savile Row, le estaba empezando a tocar los cojones que yo me estuviera convirtiendo en
un icono de la moda por ponerme la ropa de aquella chica, pero por lo demás lo mío era el saqueo puro y
duro, yo en definitiva me ponía lo que pillaba del botín, lo que fuera que me tiraran al escenario o que se
quedaba por allí después del concierto y resultaba ser de mi talla. Por ejemplo, si le hacía un comentario
a alguien sobre lo que me gustaba la camisa que llevaba, por alguna razón misteriosa, la gente se sentía
obligada a regalármela. Vamos, que en otro tiempo iba vestido con lo que les quitaba a los demás.
La verdad es que nunca me preocupó demasiado mi aspecto, por así decirlo, aunque puede que al
decir eso esté mintiendo porque me solía tirar horas recosiendo pantalones viejos para darles un toque
diferente: por ejemplo, me pillaba los típicos pantalones de marinero con botones a ambos lados y les
metía la tijera a la altura de la rodilla para insertar una franja de cuero y un trozo de tela de otro color
que sacaba de otros pantalones: rosa y lila, como escribió Cecil Beaton. Yo ni me daba cuenta de que se
estuviera fijando en esas cosas.
Me lo pasaba muy bien con Stash y sus amigos degenerados (¡mira quién fue a hablar!), la verdad es
que me solucionaron la papeleta, pero yo sinceramente no tenía particular interés en introducirme en los
círculos de la alta sociedad europea y todo ese rollo, más bien se puede decir que los utilicé cuando tuve
ocasión. No quiero que se me malinterprete: me caía de coña y siempre me lo pasé bien con él, pero
también podría decir que es tan superficial que si hubiera sido agua no te habría llegado ni a la altura de
los tobillos, y Stash sabe perfectamente de qué estoy hablando y es plenamente consciente de que se
merece ese tipo de comentario, el muy liante. Ya me sacó él a mí todo lo que pudo y me hice el loco con
unas cuantas cosas. Sé exactamente lo duro que es: ¡una patada en el culo y ya lo has visto!

Yo solía creer en la ley y el orden y el imperio británico, pensaba que Scotland Yard era incorruptible:
¡me tragué el cuento de principio a fin!
Los polis con los que me topé me enseñaron de qué iba el rollo en realidad. Ahora cuesta trabajo
creerlo, pero el hecho es que para mí fue toda una sorpresa. Las detenciones, con la corrupción rampante
de la policía metropolitana de aquellos años y los que siguieron como telón de fondo, culminaron con el
inspector jefe despidiendo públicamente a muchos agentes de la Brigada de Investigación Criminal y
sentando en el banquillo a otros tantos.
Sólo porque nos trincaron nos dimos cuenta de lo frágil que era la estructura en realidad: se cagaron
de miedo porque nos habían trincado y ahora no sabían qué hacer con nosotros. Fue algo que
verdaderamente nos abrió los ojos. ¿Qué tenían en Redlands?: un poco de speed que Mick había
comprado en Italia y por tanto en cualquier caso era legal, y a Robert Fraser le pillaron con algo de
caballo encima y poco más. Y, como encontraron unas cuantas colillas de porro en un cenicero, a mí me
acusaron de permitir que la gente fumara marihuana en mi casa. Era todo tan tenue… No sacaron nada
en limpio; de hecho, lo que consiguieron fue acabar ellos con un ojo morado.
El mismo día, casi a la misma hora en que se presentaron cargos contra Mick y contra mí, el 10 de
mayo de 1967, también trincaron a Brian Jones en su apartamento de Londres, de forma simultánea. Fue
una operación tramada y orquestada con una precisión poco habitual pero, debido a un pequeño fallo de
puesta en escena, al final la prensa (cámaras de televisión incluidas) llegó unos minutos antes de que la
policía llamara a la puerta de Brian con una orden de registro en la mano. Resultado: la policía tuvo que
abrirse paso entre la nube de reporteruchos a los que habían convocado ellos mismos. Claro que aquello
pasó casi desapercibido en comparación con la farsa que vino después.
El juicio por lo de Redlands se celebró a finales de junio en Chichester, que se había quedado anclado
en los años treinta en lo que al poder judicial se refería. El caso le fue asignado al juez Block, quien
seguramente tenía sesenta y tantos años, más o menos la edad que tengo yo ahora. Aquélla era la primera
vez que yo pisaba un juzgado y uno nunca sabe cómo va a reaccionar, pero el hecho es que no tuve mucha
elección porque su señoría fue tan ofensivo, tan descarado en sus intentos de provocarme para obtener lo
que quería… Por haber usado mi casa para fumar cannabis me llamó «escoria» y «cerdo», y dijo que «no
debería estar permitido que este tipo de gente anduviese por ahí suelta». Así que cuando el fiscal me
espetó que yo estaba al tanto de lo que pasaba y quiso saber a cuento de qué venía lo de la chica desnuda
envuelta en pieles (que, fundamentalmente, era por lo que me habían detenido en realidad), no me limité
a responder: «No sabe cuánto lo siento, señoría».
En realidad, la cosa fue más o menos así:

Morris (el fiscal): Según nos consta, había en la casa una joven sentada en el sofá que no llevaba puesto nada
excepto unas pieles; aceptará usted que, en circunstancias normales, cabría esperar que la joven se hubiera
mostrado avergonzada si no llevaba encima nada más que una manta de piel, estando como estaba en presencia
de ocho hombres, dos de los cuales además eran meros conocidos que se encontraban allí circunstancialmente,
por no hablar de un tercero que era el sirviente marroquí.
Keith: En absoluto.
Morris: Le parece a usted absolutamente normal, ¿no es eso?
Keith: No somos unos vejestorios, no nos preocupamos de insignificantes cuestiones morales.

Aquello me valió un año en la cárcel de Wormwood Scrubs, aunque al final sólo cumplí un día de condena,
pero eso fue lo que opinó el juez de mi discursito: me sentenció a la pena máxima contemplada por la ley.
Luego sabría que el juez Block estaba casado con la heredera de los Shippam, los de la pasta de pescado
Shippam’s. De haber sabido lo de la pescadera se me habría ocurrido una respuesta mejor, pero vamos a
dejarlo ahí.
Ese día, 29 de junio de 1967, fui declarado culpable y condenado a doce meses en prisión. A Robert
Fraser le cayeron seis meses y a Mick tres. Esa misma noche a Mick lo mandaron a Brixton y a Fraser y a
mí a Scrubs.
¡Qué sentencia más absurda! ¿Hasta dónde puede llegar el odio que te tienen? Me pregunto quién
estaría susurrándole a la oreja al juez. Si hubiera tenido más en cuenta la información correcta habría
tratado el tema como un asunto de multa de veinticinco libras y a la calle, no había nada sobre lo que
sustentar el caso. Viéndolo ahora con los años, yo diría que el juez más bien nos lo sirvió en bandeja,
porque se las arregló para convertir aquel episodio en una maravillosa campaña de relaciones públicas
para nosotros, por más que debo reconocer que no disfruté particularmente mi estancia en Wormwood
Scrubs, incluso si no fueron más que veinticuatro horas. El juez consiguió convertirme en una especie de
héroe popular de la noche a la mañana y llevo desde entonces interpretando ese papel como puedo.
Ahora bien, el lado oscuro de todo esto fue descubrir que me había convertido en el blanco de las iras
de unos poderes fácticos, que andaban muy nerviosos. Ante lo que perciben como una amenaza, las
autoridades pueden hacer dos cosas: una es absorber y la otra crucificar. Con los Beatles ya no se podían
meter porque los habían condecorado, así que nos tocó a nosotros la crucifixión, y fue más serio de lo que
pensaba: me habían metido en la cárcel porque, claramente, había cabreado a las autoridades; no era
más que un guitarrista de un grupo de música pop y me había convertido en un objetivo del Gobierno
británico y su brutal cuerpo de policía, todo lo cual es muestra de lo asustados que estaban. Habíamos
ganado dos guerras mundiales y ahora esta gente se echaba a temblar hasta mearse en los pantalones.
«Todos vuestros hijos acabarán igual si no lo paráis ahora». La ignorancia de ambas partes era
descomunal: nosotros no éramos conscientes de estar haciendo nada que fuera a provocar el derrumbe
del imperio, y ellos andaban poniéndolo todo patas arriba en busca de algo pero no sabían el qué.
No impedí que lo intentaran una y otra vez, y otra vez, durante los siguientes dieciocho meses, que
coincidieron con su aprendizaje sobre lo que eran las drogas. Hasta entonces no habían ni oído hablar del
tema (yo solía recorrer Oxford Street con una tableta de hachís del tamaño de una tabla de monopatín
debajo del brazo, ni me molestaba en que me la envolvieran con algo). Eso era en el 65 o el 66: un breve
período de libertad. Es que ni se nos pasaba por la cabeza que lo que estábamos haciendo fuera ilegal y
ellos no tenían ni puta idea de nada que tuviese que ver con drogas. Pero, una vez que éstas se
convirtieron en un tema candente allá por 1967, vieron enseguida la clara oportunidad que suponían
como fuente de ingresos o como fuente de ascensos o como una forma más de incrementar el número de
arrestos. Es muy fácil trincar a un jipi, y acabó siendo muy fácil también «encontrarle» a la gente un par
de petas que en realidad no llevaban: se convirtió en una práctica tan común que ya era lo que se
esperaba.
La mayor parte de mi primer día en prisión fue un curso introductorio: llegas con el resto de los
nuevos, te meten en la ducha, te rocían con spray para los piojos (¡qué detalle!). Todo está pensado para
intimidarte al máximo. Los muros de Scrubs imponen (casi siete metros) pero luego viene alguien que te
toca el hombro y comenta: «Blake se lo saltó». Nueve meses antes, los amigos del espía George Blake le
proporcionaron una escalera de soga y se lo llevaron a Moscú (una huida de película), pero claro, si tienes
amigos rusos que te ayudan a escapar ya es otro tema. Estuve todo el día dando vueltas por el patio muy
formalito mientras se resolvía el papeleo, hasta que por fin vino la palmada en la espalda: «¡Keith, cabrón,
qué suerte tienes, te sueltan bajo fianza!». Tuve el detalle de preguntar a la gente: «¿Alguien tiene
mensajes para fuera? Me largo, así que me los dais ahora…». Llevé diez notas a otras tantas familias. Se
te partía el corazón. A la salida había unas cuantas madres coraje y sobre todo vigilantes. El hijoputa del
alguacil me despidió con un «volverás» cuando me metía en el Bentley, pero yo le contesté: «En todo
caso, eso no lo verás tú».
Nuestros abogados presentaron un recurso y me pusieron en libertad bajo fianza. Antes de que se
celebrara el juicio de amparo, el Times (gran paladín de los oprimidos, ya se sabe) acudió
inesperadamente en mi rescate: «Cabe sospechar —escribió William Rees-Mogg, el redactor jefe, en un
editorial titulado “¿Quién tortura a una mariposa en el potro?”—[36] que a Mick Jagger se le impuso una
condena más dura de la que habría recibido un acusado desconocido» (o sea: la habéis cagado y la
justicia británica ha dado una imagen penosa). La verdad es que Rees-Mogg nos salvó, porque de verdad
que en aquel momento me sentía como una mariposa sometida a tortura a la que iban a descoyuntar de
un momento a otro. Si consideramos la brutalidad con que actuaron las autoridades en el caso Profumo
(un asunto tan turbio como los de las novelas de John Le Carré, en el que a los personajes incómodos les
tendieron trampas y se los acosó hasta conseguir quitarlos de en medio), me sorprende bastante que con
nosotros no llegara la sangre al río todavía más. Ese mismo mes se revocó mi condena y la de Mick se
confirmó, pero no la pena que le habían impuesto. Robert Fraser, que se había declarado culpable de
posesión de heroína, no tuvo tanta suerte y no le quedó más remedio que comerse el marrón. Creo que,
en cualquier caso, su paso por los Fusileros Reales le dejó más huella que el tiempo que estuvo en
Scrubs: había enchironado (como suelen referirse los militares a los arrestos) a un montón de tíos, o los
había puesto a cavar letrinas, no era un tipo a quien lo del castigo y las celdas de aislamiento le sonara
precisamente a nuevo. Estoy seguro de que en África la cosa era más peliaguda que en ningún otro lugar,
así que entró en prisión echándole huevos y siempre se mantuvo imperturbable. A mí me dio la impresión
de que también salió echándole huevos, con pajarita y boquilla en mano. «Vamos a pillarnos un buen
colocón», lo saludé a la puerta.
El mismo día en que nos soltaron tuvo lugar la conversación televisiva más extraña que jamás se haya
grabado entre Mick (al que trasladaron en helicóptero a algún lugar de la verde campiña inglesa para la
ocasión) y toda una serie de representantes de las clases dirigentes. Aquellos tipos parecían piezas del
ajedrez de Alicia en el País de las Maravillas: un obispo, un jesuita, un fiscal general y Rees-Mogg. Los
habían enviado como quien manda una avanzadilla de exploradores, y con una bandera blanca bien en
alto, para descubrir si la nueva cultura que estaba echando raíces entre los jóvenes suponía una amenaza
para el orden establecido; algo así como tratar de tender un puente imposible con el que salvar el abismo
del conflicto generacional. Se les veía fervientemente interesados e incómodos, y fue todo disparatado. En
definitiva, las preguntas que se les ocurrieron se reducían a «¿pero qué queréis?». Nosotros nos
descojonamos: estaban intentando firmar la paz, como Chamberlain. Un simple papelito y «paz para
nuestro tiempo, paz para nuestro tiempo». En realidad, lo único que pretendían era seguir agarrados a la
silla, pero aquella preocupación y aquel interés tan profundo eran tan bella y conmovedoramente
británicos… Fue increíble. Claro que, por otro lado, sabes que tienen poder, que te la pueden jugar a lo
bestia, así que hay una especie de poso de agresividad subyacente disfrazada de curiosidad intrigada. En
cierto sentido estaban rogándole a Mick que les diera respuestas, y creo que Mick lo hizo muy bien
porque no intentó responder a nada. Simplemente les dijo: «Vivís en el pasado».
Durante la mayor parte de aquel año luchamos sin mucho orden ni concierto para sacar Their Satanic
Majesties Request: no queríamos hacerlo, pero había llegado el momento de que los Stones sacaran otro
álbum y Sgt. Pepper iba a salir en breve, así que nos lo tomamos como puro teatro. Eso sí, la nuestra es la
primera funda de vinilo en 3D de la historia (culpa del ácido también). Aquel decorado lo hicimos nosotros
mismos. Nos fuimos hasta Nueva York y nos pusimos en manos del único fotógrafo de todo el mundo que
tenía una cámara que podía hacer fotos en 3D. Algo de pintura y unas cuantas sierras, un poco de
poliestireno («¡nos hacen falta unas plantas!, bueno, no pasa nada, ahora mismo nos vamos a la zona de
las floristerías») y todo eso coincidió con la salida de Andrew Oldham: largamos al piloto, que andaba de
mal en peor, yendo a tratamiento de choque para superar no sé qué insoportable dolencia mental
relacionada con las mujeres; y además ya había empezado a dedicar mucho tiempo a su propia
discográfica, Immediate Records. Igual las cosas habrían seguido su curso sin necesidad de hacer nada,
pero entre Mick y él había un tema que no tenía solución, algo sobre lo que no sé nada a ciencia cierta,
con lo cual sólo puedo especular. El hecho es que ya no sintonizaban. Además, Mick estaba empezando a
ganar mucha confianza en sus habilidades y quería ponerlas a prueba pegándole la patada a Oldham y,
para ser completamente justos con Mick, hay que decir también que a Oldham se le estaba empezando a
ir la olla. ¿Y por qué no? Dos años atrás no era nadie y ahora se creía Phil Spector, pero lo único con lo
que contaba para conseguir emular a su ídolo era una banda de rock and roll con cinco tíos. Total, que se
pasaba un montón de tiempo, algo excesivo, tratando de grabar al estilo de Spector en cuanto había un
par de singles que iban bien en las listas. Andrew ya no se estaba concentrando en los Stones y, para
acabar de arreglarlo, ya no ocupábamos las portadas con la facilidad de los primeros tiempos, más bien
estábamos tratando de evitarlas, y eso significaba que otro de los cometidos de Oldham se había
convertido en algo innecesario. Se le había quedado vacía la chistera de los trucos.

Anita y yo volvimos a Marruecos con Robert Fraser en las Navidades de 1967, poco después de que él
saliera de la cárcel. Chrissie Gibbs le alquiló su casa de Marrakech a un peluquero italiano, una casa
grande con un jardín medio silvestre lleno de pavos reales y cuajado de flores blancas que asomaban
entre la maleza. Marrakech es muy seco y, cuando llueve, de repente brota un montón de vegetación por
todas partes. Tuvimos mucha lluvia y frío, así que nos pasábamos el día fumando costo junto a la
chimenea. Gibbs tenía un tarro inmenso de mayun (ese dulce marroquí hecho con hachís y especias) que
había comprado en Tánger, y a Robert le interesaba mucho un personaje con el que nos había puesto en
contacto Brion Gysin, un tipo que también hacía mayun, el señor Muybueno, que trabajaba en la fábrica
de «batiburrillo» (mermelada) y nos lo hacía de melocotón todas las noches.
Le habíamos hecho una visita a Ahmed cuando pasamos por Tánger camino de Marrakech: ahora tenía
la tienda decorada con collages de los Stones, se había dedicado a recortar imágenes de viejos catálogos
de semillas y de nuestras caras, que aparecían por aquí y por allí entre fotos de jacintos y guisantes de
olor. Aquélla era todavía la época en la que podías mandar el costo por correo de varias formas y el mejor
de todos, si lo conseguías, era el afgano de primera, que solía venir en dos formatos: en forma de platillo
volante con un sello, o en forma de sandalia o de suela de sandalia; tenía unas vetas blancas que por lo
visto eran mierda de cabra (parte de la masilla). Así que, durante el par de años que siguieron, Ahmed se
dedicó a enviar por todo el mundo grandes cantidades de hachís convenientemente sellado y metido en
candelabros de latón y al poco tiempo ya había abierto cuatro tiendas más una detrás de otra, conducía
unos coches americanos inmensos y contrataba noruegas como personal de servicio doméstico; le
pasaron un montón de cosas maravillosas, pero luego, al cabo de dos años, oí que lo habían mandado a la
trena y lo había perdido todo. Gibbs dio con él después de aquello y nunca perdió el contacto hasta que
Ahmed murió.
Tánger era un santuario de fugitivos y sospechosos, personajes marginales. Durante ese viaje, en la
playa de Tánger vimos a un par de bañistas de aspecto bastante raro (de traje, parecían los Blues
Brothers): eran los gemelos Kray (a Ronnie le gustaban los chicos marroquíes y Reggie solía darle a su
hermano el capricho); eso sí, no habían perdido el toque del Southend: el pañuelo atado a la cabeza con
cuatro nudos y los bajos de los pantalones remangados. Y por aquel entonces todavía leías en los
periódicos que se habían cepillado a su colega El Loco del Hacha y lo de toda esa gente que habían
asesinado. En Tánger, lo más chungo se mezclaba con lo más elegante. Paul Getty y su preciosa (y
desgraciada) esposa, Talitha, se acababan de comprar un palacio enorme en Sidi Mimoun y nos invitaron
a pasar una noche allí: también estaba un personaje llamado Arndt Krupp von Bohlen und Halbach
(recuerdo el nombre porque era el alegre y confiado heredero de la fortuna de los Krupp y un
degenerado, incluso considerándolo con mi vara de medir). Creo que este tipo estaba también en el coche
en uno de los episodios más aterradores que he vivido jamás en un vehículo de cuatro ruedas y desde
luego una de las ocasiones en que he visto la muerte más de cerca.
El que seguro que estaba es Michael Cooper, y puede que Robert Fraser, y alguien más que podría
haber sido Krupp. Si efectivamente era él, lo que estuvo a punto de ocurrir no habría dejado de ser
irónico: habíamos ido a Fez en un Peugeot alquilado y decidimos salir de noche para volver a Marrakech
bordeando el Atlas. Yo era el conductor. De pronto, cuando estamos bajando por aquella sinuosa
carretera, al salir de una curva nos encontramos de frente con dos motos («militares», pensé al darme
cuenta de que iban de uniforme) que ocupaban toda la calzada sin pedir permiso. Así que me las ingenio
como puedo para esquivarlos (doy un volantazo para un lado, el tío de la moto hace lo mismo), pero un
kilómetro más abajo ya se complica demasiado la cosa porque de repente me encuentro con un camión
inmenso y más motoristas delante de las narices; el conductor de aquel armatoste no tiene la menor
intención de apartarse, así que le cierro el paso a una de las motos y me las apaño para cruzarme con el
camión por los pelos. Se ponen como locos y, cuando los dejamos atrás, me doy cuenta de que llevan un
misil como un campanario. Justo acabamos de pasar la curva (con una rueda en el vacío) y parece que he
conseguido evitar el golpetazo («¡¿qué coño hacía ese tío en medio de la carretera?!») cuando, al cabo de
unos segundos, ¡BUUM! El camión saltó por los aires. Oímos un choque y acto seguido la enorme
explosión; fue todo tan rápido que seguramente ni les dio tiempo a adivinar lo que pasaba. Estamos
hablando de un puto camión articulado larguísimo… Lo que no me explico es cómo no nos metimos en un
lío de narices: no nos detuvimos, apreté el acelerador a fondo y a lidiar con las curvas (entonces era
famoso por mi destreza en la conducción nocturna). Cambiamos de coche en cuanto llegamos a Meknés;
simplemente les dijimos «este auto no va muy bien que digamos, ¿nos lo pueden cambiar?», y nos
largamos como alma que lleva el diablo. Yo me esperaba que la OTAN se nos echara encima o algo así,
por lo menos una respuesta militar inmediata, helicópteros, patrullas con linternas buscándonos por todas
partes y todo el lío… Al día siguiente nos abalanzamos sobre los periódicos: ni palabra. Caer por un
precipicio a lomos de un misil en el Tercer Mundo habría sido un final deplorable, pero tal vez el único
verdaderamente adecuado para el heredero del gran imperio armamentístico de los Krupp.
En aquel viaje agarré una hepatitis y, literalmente, salí del país a rastras, pero (dada mi suerte) para
caer en brazos de uno de los médicos arreglalotodo más grandes de todos los tiempos, el doctor Pierre
Bensoussan, de París. Anita me llevó a ver a Catherine Harlé, representante de modelos, sufí, una mujer
increíble que tenía contactos por todas partes y era algo así como la madre espiritual de Anita. La acogía
siempre que estaba enferma o tenía problemas y Brian Jones recurrió a ella cuando Anita lo dejó para
tratar de recuperarla. Fue Catherine la que me puso en contacto con el doctor Bensoussan; el nombre
(seguramente de origen argelino) ya me dio esperanzas de que no iba a ser un médico convencional. El
doctor Bensoussan solía ir a Orly a recibir a jeques, reyes o princesas de paso hacia algún otro punto del
globo y los recomponía en un abrir y cerrar de ojos, a cualquier hora del día o de la noche. En mi caso era
una hepatitis de las cabronas que me estaba consumiendo por completo: estaba en las últimas, sin
fuerzas. El doctor Bensoussan me puso una inyección que tardó veinte minutos en hacer efecto,
básicamente un cóctel de vitaminas, otras sustancias buenas para la salud y algo mucho más agradable…
El hecho es que llegué a su consulta a cuatro patas y al cabo de media hora salía en plan «me voy
caminando, olvídate del coche». ¡Increíble pico, una mezcla explosiva! No sé qué coño era exactamente,
pero me tengo que quitar el sombrero; me refiero a que, en cuestión de seis semanas, me dejó como
nuevo y no sólo me curó la hepatitis sino que además me puse como un toro y me sentía mejor que nunca.
Claro que mi sistema inmunológico es la leche: me curé la hepatitis C solo, sin hacer nada. Soy un caso
raro, y además se me da muy bien interpretar las señales que me manda el cuerpo.
El único problema fue que, con tanta preocupación y tantas interrupciones, los líos legales, el follón
con Oldham y demás, habíamos estado temporalmente muy distraídos y no nos habíamos ocupado de algo
que ahora resultaba evidente, y alarmante: los Rolling Stones se habían quedado sin gasolina.

Altamont: la cosa se pone fea (1969).

© Robert Altman / altmanphoto.com


7

A finales de los sesenta descubro la afinación abierta y la heroína. Conozco a Gram Parsons. Viaje en barco a
Sudamérica. Soy padre. Grabamos «Wild Horses» y «Brown Sugar» en Muscle Shoals. Sobrevivimos a Altamont y
reencuentro a un saxofonista llamado Bobby Keys.

Nos habíamos quedado sin gasolina. No creo que me diera cuenta entonces, pero me parece que ése
fue el momento en que nos podíamos haber ido a pique, hubiera sido el final natural de la típica banda de
grandes éxitos. Fue justo después de Satanic Majesties, que en mi opinión era todo un poco fraude. Este
es el momento en que apareció en escena Jimmy Miller como nuestro nuevo productor. Qué gran
colaboración. Pasamos de ir a la deriva a sacar de todo aquello Beggars Banquet, que llevó a los Stones a
otro nivel. Había llegado la hora de sacar el material bueno de verdad. Y lo hicimos.
Recuerdo la primera reunión con Jimmy. Mick fue fundamental para conseguir que se subiera al carro.
Jimmy era de Brooklyn pero se había criado en el Oeste, su padre era director de espectáculos en los
hoteles-casino de Las Vegas: el Sahara, el Dunes, el Flamingo. Nos presentamos en Olympic Studios y
dijimos que íbamos a hacer una pasada de prueba a ver qué tal iba: simplemente nos pusimos a tocar, lo
que fuera. La intención no era grabar nada ese día, sólo estábamos pillándole la medida al estudio, a
Jimmy, y él nos la estaba pillando a nosotros. Me encantaría poder volver como mosca pegada a la pared.
Lo único que recuerdo es que, cuando acabamos la sesión al cabo de unas doce horas, tenía muy buen
pálpito con él. Yo tocaba, iba de cuando en cuando a la sala de control, la misma senda de siempre… Y
también escuché lo que pasaba en la sala de grabación durante el playback (en bastantes ocasiones, lo
que tocas suena completamente distinto en los controles). Pero Jimmy estaba metido en la sala, oyendo el
original. Así que tuve un pálpito muy fuerte con él desde ese primer día. Se compenetraba con el grupo
de manera natural por lo que había estado haciendo antes, porque había trabajado ya con ingleses: había
producido cosas como el «I’m a Man» y «Gimme Some Lovin’» de Spencer Davis Group, había trabajado
con Traffic y Blind Faith. Pero, sobre todo, captaba de qué iba la movida porque era un batería cojonudo,
entendía el ritmo de las cosas, les captaba el pulso. Él es el batería que se oye en «Happy», y fue el
batería original de «You Can’t Always Get What You Want». A mí me hizo la vida muy fácil a la hora de
trabajar, sobre todo para fijar el ritmo, los tiempos; además, Mick y Jimmy se entendían bien. A Mick
también le dio confianza empezar a trabajar con él.
Lo nuestro era el blues de Chicago, de ahí sacábamos todo lo que sabíamos; nuestra casilla de partida
era Chicago. Si miras el río Misisipi en un mapa, ¿dónde nace?, ¿adónde va?; si vas remontando su curso
desde la desembocadura acabas en Chicago. La misma historia con el recorrido de grabaciones de todos
esos artistas. No había reglas. Si pensamos en la manera como se grababa normalmente, se hacía todo
mal. Claro que… ¿qué está mal y qué está bien? Al final lo que importa es lo que se oye. El blues de
Chicago era tan descarnado y estridente, tan lleno de energía… Si intentabas grabarlo limpio, ¡olvídate!
En casi todos los discos de blues de Chicago se oye mucha cosa excesiva, una carga brutal de capas y más
capas de sonido. Cuando escuchas un disco de Little Walter, da la primera nota con la armónica y luego la
banda desaparece hasta que deja de sonar esa nota, porque está cargando al máximo. En definitiva,
cuando grabas un disco lo que andas buscando es distorsionar las cosas. Esa es la libertad que te da
grabar, que puedes manipular y jugar con el sonido. Y no es cuestión de fuerza bruta, siempre es más
bien un tema de experimentar e ir probando: ¡este micro mola, pero si lo ponemos un poco más cerca del
ampli y pillamos el ampli pequeño en vez del grande y le plantamos el micro delante bien cerca, y lo
cubrimos con una toalla… a ver qué sale! Lo que estás buscando es dónde se funden los sonidos y tienes
ese ritmo detrás, y el resto simplemente tiene que plegarse y deslizarse en esa dirección. Si lo tienes todo
por separado, es insípido. Lo que buscas es potencia y fuerza sin necesidad de volumen (potencia que
salga de dentro), buscas alguna manera de reunir todo lo que está haciendo la gente en esa sala en un
solo sonido para que no sea dos guitarras más un piano más un bajo más una batería sino una única cosa,
no cinco. Estás allí para crear una única cosa.
Jimmy produjo Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers… todos los discos de los Stones hasta
Goats Head Soup en 1973, o sea, el eje central. Pero lo mejor que hicimos con Jimmy Miller fue «Jumpin’
Jack Flash». Esa canción y «Street Fighting Man» salieron de las primeras sesiones con Jimmy en los
Olympic Studios (para lo que luego sería Beggars Banquet) en la primavera de 1968, durante el mayo de
las revueltas parisinas. Y de repente empezó a surgir aquella nueva idea, aquel nuevo impulso, y cada vez
era más y más divertido.
A Mick se le estaban ocurriendo unas ideas geniales, canciones estupendas como «Dear Doctor» (creo
que ahí tuvo algo que ver Marianne) y «Sympathy for the Devil», aunque ésta no salió de la manera que
se la había imaginado cuando empezamos. Se ve en la película de Godard (ya hablaré luego de Godard);
en la peli se ve y se oye cómo se va transformando la canción. «Parachute Woman», con esa zona de
sonido extraña, como el zumbido de una mosca en la oreja, un mosquito o algo así…, esa canción vino
fácil. Yo creía que iba a costar porque tenía una idea sobre cómo debía ser el sonido y no estaba seguro
de que fuese a funcionar, pero Mick se compró la idea al tiro y no tardamos nada en grabar. En «Salt of
the Earth», por ejemplo, creo que el título y la idea general son míos, pero Mick hizo la letra. Aquello era
lo nuestro: yo lanzaba la idea (bebamos a la salud de los esforzados trabajadores, bebamos a la salud de
la sal de la Tierra) y luego era «Mick, todo tuyo». Cuando iba por la mitad me decía: «¿Cómo
estructuramos? ¿Dónde marcamos el centro? ¿Dónde metemos el puente?». Veía hasta dónde podía llevar
la idea y luego me miraba y soltaba: «Ahora tenemos que llevarlo por otro sitio». ¡Ah, el puente! Una
parte de todo eso es trabajo técnico, cuestión de debatirlo, y por lo general resulta rápido y fácil.
En Beggars Banquet había mucho country y mucho blues: «No Expectations», «Dear Doctor», hasta
«Jigsaw Puzzle», «Parachute Woman», «Prodigal Son», «Stray Cat Blues», «Factory Girl», todo es blues o
música folk. Para entonces estábamos pensando: «¡Danos una buena canción y la clavamos! Tenemos el
sonido y sabemos que podemos encontrar la manera, de algún modo, siempre y cuando tengamos la
canción: perseguiremos a la puñetera por toda la sala, por el techo si hace falta, hasta que salga; sabemos
que la tenemos y la encerraremos en la sala a cal y canto hasta descubrir cómo tocarla».
No sé qué funcionó tan bien en esa época, tal vez se debió al momento concreto, pero el hecho es que
casi no habíamos explorado a fondo nuestros orígenes, lo que nos había devuelto a los primeros tiempos.
En cierto sentido «Dear Doctor» y «Country Honk» y «Love in Vain» eran para ponernos al día con temas
atrasados, cosas que teníamos que hacer. La mezcla de música americana blanca y negra abría un campo
inmenso que explorar.
También sabíamos que los fans de los Stones estaban profundizando en eso, y para entonces ya eran
muchísimos, así que, sin pensarlo mucho tampoco, tuvimos la intuición de que les gustaría. Lo único que
tenemos que hacer es lo que queremos hacer, y les va a encantar. De eso vamos, porque si nos encanta a
nosotros, es que tiene algo dentro. Eran canciones cojonudas. Nunca nos olvidamos de un buen gancho.
Jamás hemos dejado pasar la oportunidad de aprovechar uno cuando lo hemos encontrado.
Creo que puedo hablar por los Stones casi siempre cuando digo que lo cierto es que no nos importaba
lo que quisieran ahí afuera, ése era parte del encanto de la banda. Y con los rollos de rock and roll con
que salimos en Beggars Banquet nos bastaba. Aparte de «Sympathy» y «Street Fighting Man», en
Beggars Banquet prácticamente no hay rock and roll «Stray Cat» es más bien funk, pero el resto son
canciones folk. Éramos incapaces de escribir bajo pedido, nada de «necesitamos una canción de rock and
roll». Mick lo intentaría después con bastante poca suerte. El rock and roll puro y duro no era lo
interesante de los Stones. En el escenario, mucho rock and roll, sí, pero luego no grabábamos mucho de
eso en el estudio, a no ser que tuviéramos entre manos un diamante como «Brown Sugar» o «Start Me
Up». Y además todo aquello casi hizo que los temas de ritmo rápido resaltaran aún más en comparación
con el telón de fondo de otras sin la menor pretensión pero verdaderamente geniales como «No
Expectations». Me refiero a que no se suponía que el grueso del trabajo te tenía que meter algo así como
un derechazo entre las cejas de entrada. No era heavy metal. Era música.
¡«Flash»! ¡Joder, menudo disco fue aquél! Los rollos que traía yo encajaron, y lo hicimos todo con un
reproductor de cintas. Con «Jumpin’ Jack Flash» y «Street Fighting Man» yo había descubierto que se le
podía sacar un nuevo sonido a la guitarra acústica, uno chirriante y sucio que surgió en moteluchos de
mala muerte donde el único equipo que tenías para grabar era aquel invento nuevo, la grabadora de
cintas. Y no molestabas a nadie. De repente tenías un miniestudio. Tocando con la acústica,
sobrecargabas la grabadora Philips hasta el punto de distorsión de modo que, cuando lo escucharas
luego, de hecho sonara como una eléctrica; vamos, que estabas usando la grabadora de pastilla y de
ampli al mismo tiempo, forzando a la acústica a pasar por la grabadora, y lo que salía por el otro lado era
eléctrico de cojones. Una guitarra eléctrica cobra vida de un salto en tus manos, es como si lo que
estuvieras sujetando fuese una anguila eléctrica; en cambio la acústica es muy seca y tienes que tocarla
de un modo distinto. Pero, si logras electrificar ese sonido diferente, lo que sacas es un tono increíble, un
sonido increíble. Siempre me ha encantado la acústica, siempre me ha encantado tocarla, y pensé: si
puedo meterle a esto un poco de potencia sin pasarme a la eléctrica… va a salir un sonido único. Se
produce una especie de cosquilleo en la caja. Cuesta explicarlo pero es algo que me fascinaba por aquel
entonces.
En el estudio, enchufaba la grabadora a un altavoz de extensión, le metía un micrófono al altavoz para
que tuviera un poco más de amplitud y profundidad y ponía la cinta: eso era la base. En «Street Fighting
Man» no hay instrumentos eléctricos excepto el bajo, que añadí como otra pista después; lo demás son
todo guitarras acústicas. En «Jumpin’ Jack Flash», tres cuartos de lo mismo. Ojalá pudiera hacer eso
todavía, pero ya no fabrican los equipos como antes, ahora les ponen un limitador para que no puedas
sobrecargarlos; estás empezando a sacar algo en limpio y te ponen un candado. En el grupo, a todos les
pareció que se me había ido la olla pero me dejaron seguir un rato por darme el capricho. El caso es que
yo había oído un sonido, sabía que podía sacarlo y Jimmy lo compró enseguida. «Street Fighting Man»,
«Jumpin’Jack Flash» y la mitad de «Gimme Shelter» se hicieron así, con grabadora de cintas. Yo solía
meterle capas y más capas de guitarra (a veces hay hasta ocho en una canción) para hacer un mejunje
con todas. La batería de Charlie Watts en «Street Fighting Man» es un equipo mínimo de principiante de
los años treinta, que iba en una maleta; la abrías y salía automáticamente todo: un címbalo, una
pandereta de un tamaño que era la mitad de lo normal y hacía de plato y poco más. Así es como se hizo
ese disco, jugando con cuatro mierdas en habitaciones de hotel.
Fue un descubrimiento mágico, pero los riffs también. Aquellos riffs fundamentales, maravillosos, que
salían solos (no sé de dónde). Para mí han sido una bendición y no acabo de entender del todo cómo va.
Cuando sale un riff como el de «Flash» te invade una sensación como de euforia, es una especie de júbilo
bestial. Claro que luego viene lo otro: convencer al resto de que es tan magnífico como tú sabes a ciencia
cierta que es. Tienes que comerte toda la mierda. «Flash», básicamente, es «Satisfaction» al revés. Casi
todos los riffs están estrechamente relacionados de algún modo, pero si me dijeran «sólo puedes volver a
tocar uno de tus riffs a partir de ahora hasta que te mueras», diría «vale, dame el de “Flash”».
«Satisfaction» me encanta y todo eso, pero esos acordes son poco menos que de rigor en lo que a escribir
canciones respecta; en cambio «Flash» es particularmente interesante. It’s aaaaaall right now suena casi
árabe, o como música clásica muy antigua, arcaica, es el tipo de ajuste inicial que sólo oyes en el canto
gregoriano o algo así. Y precisamente esa mezcla inesperada entre el rock and roll que estás tocando y
los ecos extraños de una música muy lejana (mucho más antigua que yo), una música que tal vez ni
conoces, ¡eso sí que es increíble!: la combinación produce como un recuerdo de algo indefinido, y la
verdad es que no sé de dónde salió.
Pero sé de dónde salió la letra: de un amanecer gris en Redlands. Mick y yo habíamos estado
despiertos toda la noche, llovía y el ruido de unas botas de goma cerca de la ventana (propiedad de mi
jardinero, Jack Dyer, un tipo de Sussex, un campesino de verdad) despertó a Mick:
—¿Qué es eso? —me pregunta.
—¡Ah, es Jack! Es jumping Jack[37].
Empecé a darle vueltas a la expresión con la guitarra (la tenía en afinación abierta) mientras cantaba
jumping Jack; y va Mick y dice flash. Y de repente teníamos una frase con un ritmo genial que además
sonaba bien, así que nos pusimos a ello y escribimos la canción.
Cada vez que toco «Flash», oigo a toda la banda despegando a mis espaldas, tiene una especie de
aceleración extraturbo adicional: te embalas, te abalanzas sobre el riff y él te toca a ti: «¿Tenemos
ignición? Pues entonces… ¡vámonos!». Y Darryl Jones está junto a mí al bajo: «¿Ahora qué va a ser,
“Flash”? ¡Pues, venga: un, dos, tres…!». Y luego ya ni nos miramos porque sabemos que estamos todos en
ello, en la misma ola. Es una canción que cada vez tocas de manera distinta dependiendo del tempo que
lleves tú ese día.
Hablar de levitación es seguramente la metáfora más cercana para lo que siento, ya sea con «Jumpin’
Jack Flash», «Satisfaction» o «All Down the Line». Cuando me doy cuenta de que he dado con el tempo
adecuado y tengo a toda la banda detrás, es como un avión despegando, ni noto si tengo los pies tocando
el suelo, me elevo a otro lugar. La gente me pregunta «¿por qué no lo dejas?». El hecho es que no me
puedo retirar hasta que no estire la pata. Creo que no acaban de entender lo que gano yo con todo esto.
No lo hago sólo por el dinero ni por ti. Lo hago por mí.
El gran descubrimiento de finales de 1968 o principios de 1969 fue la afinación abierta con cinco
cuerdas. Me cambió la vida. Así es como toco los riffs y las canciones por las que los Rolling Stones son
más conocidos: «Honky Tonk Women», «Brown Sugar», «Tumbling Dice», «Happy», «All Down the Line»,
«Start Me Up» y «Satisfaction». Y «Flash», desde luego, también.
Me había topado con una especie de barrera, pensaba que en realidad no estaba yendo a ninguna
parte con los acordes tradicionales, ya no aprendía, no encontraba los sonidos que de verdad quería
sacarle a la guitarra. Ya llevaba experimentando con la afinación bastante tiempo: en la mayoría de las
ocasiones cambiaba a otra tonalidad porque estaba trabajando en una canción y la oía en mi cabeza pero
no conseguía tocarla con la afinación de siempre por mucho que lo intentara entrándole al tema por todos
los ángulos, así que quería volver a lo básico y usar lo que hacían muchos guitarristas de blues y
trasponerlo a la eléctrica, pero manteniendo la misma simplicidad y sencillez de base, ese impulso
constante que oyes en la acústica de la guitarra de blues: sonidos simples, inquietantes, potentes.
Y luego aprendí un montón de cosas sobre los banjos. Lo de tocar con cinco cuerdas venía en gran
parte de cuando Sears (Roebuck) empezó a ofrecer la Gibson muy barata a principios de los veinte; antes
de eso lo que más se vendía era el banjo. Gibson sacó una guitarra barata, muy buena, y los tipos la
afinaban como un banjo de cinco cuerdas, porque casi todos tocaban el banjo. Y además no tenías que
pagar por la sexta cuerda; o te la podías guardar para ahorcar a la parienta… Casi toda la América rural
compraba por catálogo en Sears, allí era donde tenían el mercado de verdad. En las ciudades podías ir de
tiendas pero en el Cinturón Bíblico, las zonas rurales, el Sur, Texas, el Medio Oeste, ahí te buscabas el
catálogo de Sears o de Roebuck ¡y a pedir por correo! Así se compró Oswald la pistola.
Por lo general la afinación de banjo se usaba, en la guitarra, para hacer slide. La «afinación abierta»
significa que la guitarra está afinada previamente de acuerdo con un acorde mayor preestablecido, pero
hay varios tipos y configuraciones. Yo había estado trabajando la afinación abierta en Re y Mi, y entonces
me enteré de que Don Everly, un gran músico, la usaba en «Wake Up Little Susie» y «Bye Bye Love»:
simplemente una cejilla tapando el mástil con el dedo. Ry Cooder fue el primer tío a quien vi tocar un
acorde de Sol abierto. Debo decir que me quito el sombrero ante Ry Cooder; él me enseñó la afinación
abierta en Sol, pero la usaba única y exclusivamente para hacer slide y aún tenía puesta la cuerda de
abajo. Para eso usan la mayoría de los músicos de blues la afinación abierta, para hacer slide, pero yo
decidí que aquello era limitarse demasiado, y me pareció que la cuerda de abajo estorbaba; al cabo de un
tiempo llegué a la conclusión de que no la necesitaba: nunca se quedaba afinada y además se salía
completamente de lo que quería hacer. Total, que la quité, y usé la quinta cuerda, el La, como nota más
baja. No te tenías que preocupar de darle a la cuerda de abajo y montar la armonía u otros rollos que no
te hacían falta.
Empecé a tocar los acordes con afinación abierta: territorio desconocido. Cambias una cuerda y de
repente te encuentras con todo un mundo nuevo al alcance de las yemas de los dedos. Todo lo que creías
que sabías se había ido al traste: a nadie se le ocurría tocar acordes menores en una afinación abierta
mayor, porque la verdad es que tienes que hacer unos cuantos regates. No te queda más remedio que
repensarlo todo desde el principio, es como si tuvieras el piano afinado al revés y las notas blancas fueran
las negras y viceversa. Así que tienes que afinar de nuevo la mente y los dedos además de la guitarra. En
cuanto afinas la guitarra o cualquier otro instrumento en base a un acorde, te ves obligado a trabajártelo
todo porque te has salido del territorio de la música normal; estás remontando el Limpopo contra
corriente y con la bandera amarilla de cuarentena.
La belleza, la opulencia de la afinación abierta en Sol con cinco cuerdas para una guitarra eléctrica es
que sólo tienes tres notas (las otras dos son repeticiones la una de la otra con una octava de diferencia).
Se afina en Sol-Re-Sol-Si-Re. Algunas cuerdas suenan durante toda la canción, hay una especie de
zumbido de base todo el tiempo y, como la guitarra es eléctrica, reverberan. Sólo tres notas, pero gracias
a las diferentes octavas se llena por completo con sonido el hueco entre las notas de abajo y de arriba, te
da una resonancia y un sonido preciosos. Trabajando con la afinación abierta he descubierto que hay un
montón de sitios donde no hace falta poner los dedos: las notas ya están ahí. Y puedes dejar algunas
cuerdas abiertas del todo. Se trata de encontrar los espacios de en medio para que la afinación abierta
funcione y, si estás trabajando el acorde correcto, oyes otro por detrás que en realidad no estás tocando.
Pero está ahí. No tiene ninguna lógica y sin embargo está ahí diciéndote «fóllame». En ese sentido, es el
mismo cliché de siempre: es lo que se queda fuera lo que tiene importancia de verdad. Déjalo ir para que
una nota armonice con la otra y así, aunque hayas cambiado la posición de los dedos, la nota sigue
sonando y hasta la puedes dejar ahí suspendida. En armonía, a esa nota se la llama pedal o drone. Por lo
menos así la llamo yo. El sitar funciona parecido: sonido «simpático», o eso que llaman cuerdas
simpáticas. La lógica dice que no debería funcionar, pero cuando lo tocas y esa nota sigue sonando
incluso cuando ya has pasado a otro acorde, te das cuenta de que esa nota es la raíz, la base de todo lo
que estás intentando hacer: el drone.
A mí siempre me fascinó volver a aprender a tocar la guitarra y reaprender me volvió a cargar las pilas
porque hasta cierto punto era otro instrumento, casi en el sentido literal también. Tuve que hacerme las
guitarras de cinco cuerdas especiales para mí. Nunca he querido tocar igual que nadie excepto yo mismo
salvo al principio, cuando quería ser Scotty Moore o Chuck Berry, pero después de eso lo que me
proponía era ver lo que la guitarra o el piano podían enseñarme.
Con todo el tema de las cinco cuerdas acabé en una tribu del África Occidental: tenían un instrumento
de cinco cuerdas muy similar, una especie de banjo, pero usaban ese mismo pedal de base, una nota sobre
la que superponer las voces y la percusión. Por debajo siempre había una nota, todo el rato. Y si escuchas
algunas de esas composiciones tan meticulosas de Mozart o Vivaldi, adviertes que también lo sabían, que
tenían claro cuándo dejar una nota suspendida ahí arriba, donde le corresponde ilegalmente estar, y
permitir que el viento la meza y convertir un cadáver en una belleza viviente. Gus me lo solía señalar:
fíjate en esa nota colgada ahí arriba. Todo lo demás que esté pasando por ahí atrás es una mierda, pero
esa nota es sublime.
Hay algo primigenio en la manera como reaccionamos a las cadencias sin ni tan siquiera ser
conscientes. Existimos a un ritmo de setenta y dos tiempos por minuto. El tren, aparte de llevarlos del
Delta a Detroit, se convirtió en algo fundamental para los músicos de blues por el ritmo de la máquina, el
ritmo de las vías; y cuando cruza a otra vía el ritmo cambia. Es como el eco de algo en el cuerpo humano.
Así que cuando ya metes maquinaria en toda la historia, como el tren, o drones, aun así todo sigue todavía
incorporado como música que llevamos dentro. El cuerpo humano percibe los ritmos incluso cuando no
están. No hay más que escuchar «Mystery Train» de Elvis: uno de los grandes temas del rock and roll de
todos los tiempos; y no se oye ni un bombo. Tan sólo se sugiere, no hace falta que sea muy pronunciado.
Aquí es donde se equivocaron con todo el rollo del «rock tal» y el «rock cual». Tiene poco que ver con el
rock {mecer/sacudir} y mucho con el roll {rodar/fluir}.
Las cinco cuerdas me permitieron quitar de en medio mucho trasto, me dieron las líneas melódica y las
texturas de base. Casi puedes tocar la melodía por entre los acordes precisamente por las notas que le
puedes ir lanzando. Y, de repente, en vez de estar oyendo dos guitarras suena como una puta orquesta; o
ya no sabes quién está tocando qué y la idea, si es música buena de verdad, es que a nadie le importe.
Fantástico. Fue como si se me cayera la venda de los ojos y de los oídos al mismo tiempo. Aquello abrió
las compuertas.
Ian Stewart nos solía llamar en plan cariñoso «mis niños prodigio de tres acordes», y es un título
honorífico. Bueno, esta canción tiene tres acordes, ¿no? ¿Qué se puede hacer con esos tres acordes? Que
se lo pregunten a John Lee Hooker: la mayoría de sus canciones son de un acorde. Howlin’ Wolf: un
acorde; y Bo Diddley también. Oyéndolos percibí que el silencio es un lienzo en blanco. Llenarlo todo y
andar de acá para allá a toda velocidad ciertamente no era mi estilo, y tampoco era lo que me gustaba
escuchar. Con cinco cuerdas puedes ser más parco: ése es tu marco, con eso trabajas. «Start Me Up»,
«Can’t You Hear Me Knocking», «Honky Tonk Women»… Con todos esos huecos entre acordes… Creo que
fue lo que me impactó de «Heartbreak Hotel»: era la primera vez que oía algo tan aceradamente
marcado. Por aquel entonces yo no pensaba en esos términos, pero fue eso lo que me impactó, la increíble
profundidad, que no estuviera todo hasta arriba de florituras. Para un muchacho de la edad que yo tenía
entonces fue sorprendente. Las cinco cuerdas fueron como pasar una página: hay otra historia. Y todavía
sigo explorándola.
Mi colega Waddy Wachtel, un guitarrista como la copa de un pino, intérprete de mis incursiones
musicales a tientas, el as en la manga de los X-Pensive Winos, tiene algo que decir al respecto:

Waddy Wachtel: Keith y yo llegamos a la guitarra por caminos muy parecidos. Es gracioso. Una noche estaba
con Don Everly, que por aquel entonces bebía mucho, y le dije:
—Don, te tengo que hacer una pregunta. Conozco todas vuestras canciones (que es por lo que conseguí tocar
con ellos en un primer momento, porque me sabía todas las voces, todo lo que hacían las guitarras…), pero hay
algo que nunca he entendido de vuestro primer single «Bye Bye Love»: la intro. ¿Qué coño es ese sonido? —le
pregunté—. ¿Quién toca esa guitarra con la que empieza la canción?
Y Don Everly va y me contesta:
— ¡Ah, eso no es más que un acorde de Sol abierto que me enseñó Bo Diddley!
—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué has dicho que es?
El tío tenía una guitarra por allí así que la afinó en abierto de Sol y me soltó:
— Que sí, hombre, eso que se oye, soy yo.
Y lo tocó y yo le solté:
—¡La madre que me parió, eso es! ¡Eres tú! ¡Eras tú!
Recuerdo cuando descubrí aquella rara afinación (eso me parecía a mí) que estaba usando Keith. Era a
principios de los setenta y yo había ido a Inglaterra con Linda Ronstadt. Total, que llego a casa de Keith en
Londres y tiene una Strat en un soporte, con cinco cuerdas solamente. Y yo le digo:
—¿Qué le ha pasado a la Strat esta? ¿Cómo es que la tienes así?
—Precisamente es el rollo en el que estoy.
—¿El qué?
—¡Cinco cuerdas! La afinación abierta con cinco cuerdas en Sol.
—¿Afinación abierta en Sol? —le pregunté—. Un momento… Don Everly me habló en una ocasión de la
afinación abierta en Sol. ¿Tocas con afinación abierta?
Porque tú te crías aprendiéndote canciones de los Stones para luego tocarlas en los bares, pero sabes que hay
algo que no va, que no las estás tocando bien, que falta algo. Yo nunca había tocado nada de folk ni sabía nada de
blues, así que al oír que me contesta eso le suelto:
—¿Por eso no las toco bien? Trae que le eche un vistazo…
Y hay tantas cosas que son mucho más fáciles así, como por ejemplo «Can’t You Hear Me Knocking»: no la
puedes tocar sin la afinación que corresponde; si no suena absurda, ¡y en cambio con la afinación buena es tan
sencilla! Si bajas un nivel la primera cuerda, la de arriba, entonces la quinta está siempre sonando y eso es lo que
crea el sonido metálico, ese sonido inimitable, por lo menos del modo como la toca Keith.
Con esas dos cuerdas por las que se desplaza arriba y abajo se puede hacer mucho. Una noche salimos al
escenario con los Winos y estábamos a punto de tocar «Before They Make Me Run», y empezó con la introducción
y de repente suelta «¡no sé cuál es!», porque tiene tantas intros todas basadas en la misma forma (el Si y el Sol; o
el Si y el Re), así que va y me pregunta «tío, ¿cuál estamos haciendo? ¡Estoy perdido en el bosque de las intros!».
Tiene tantas que es como un derviche de riffs e intros en Sol girando sobre sí mismo sin parar.

Cuando conocí a Gram Parsons en el verano de 1968, descubrí un nuevo filón musical que todavía estoy
investigando y que amplió el espectro de todo lo que estaba tocando y escribiendo. Y también fue el
comienzo de una amistad que parecía de muchos años desde la primera vez que nos sentamos a hablar;
para mí, que nunca he tenido uno, supongo que fue como un reencuentro con un hermano al que hacía
años que no veía. Gram era una persona muy especial, y lo sigo añorando. Ese mismo año había
empezado a tocar con los Byrds: «Mr. Tambourine Man» y todo eso, pero acababan de grabar Sweetheart
of the Rodeo; fue Gram el que consiguió darle completamente la vuelta al grupo y convertirlos de un
grupo de pop en un grupo de country y conseguir que crecieran. Ese disco, que a todo el mundo le hizo
mucha gracia en su día, acabó siendo la incubadora del country rock, toda una referencia. Estaban de
gira, de camino a Sudáfrica, y los fui a ver al Blaises Club. Esperaba que tocaran «Mr. Tambourine Man»
pero salieron con algo tan diferente… Luego fui a verlos al camerino y conocí a Gram.
«¿Tienes algo de material?», fueron seguramente las primeras palabras que me dirigió, igual un «eeeh,
no sabrás dónde… eeeh…» más discreto. Y yo inmediatamente respondí con un «¡claro!, pásate luego
por…». Creo que fuimos a casa de Robert Fraser a estar un rato allí y meternos alguna cosa. En aquellos
tiempos yo ya le daba a la heroína y para él no era nada nuevo, doodgy la llamaba. Era una amistad entre
músicos pero también nos unía un amor parecido por la misma sustancia. A Gram desde luego le gustaba
pillarse un buen ciego (con lo que ya éramos dos) y, como a mí, también era de los que les gusta ir a por
la máxima calidad, el bueno de Gram tenía mejor coca que la mafia. Era sureño, muy entrañable, muy
tranquilo cuando se había metido, calmado. Tenía un pasado chungo, mucho árbol con las ramas llenas de
líquenes y mucho jardín del bien y del mal.
Esa noche en casa de Fraser nos pusimos a hablar de Sudáfrica y Gram me preguntó: «¿Qué movida es
esta que llevo notando desde que estoy en Inglaterra? Cuando digo que voy a tocar en Sudáfrica me
miran con una cara…». El tío no tenía ni idea de toda la historia del apartheid. No había salido en su vida
de Estados Unidos. Así que cuando le expliqué de qué iba el asunto de las sanciones, que nadie iba allí,
que no trataban bien a los hermanos, me soltó: «¡Ah! ¿Igual que en Misisipi? —y luego, inmediatamente
—: ¡Que les den por culo!». Renunció a ir esa misma noche. A la mañana siguiente salía para Sudáfrica,
así que le dije que se podía quedar y vivimos con Gram meses, desde luego todo el verano del 68, sobre
todo en Redlands. Al cabo de un par de días yo ya tenía la sensación de que nos conocíamos desde
siempre, hubo un reconocimiento mutuo inmediato. Qué no habríamos hecho si llegamos a encontrarnos
unos cuantos años antes. Nos poníamos a charlar una noche y al cabo de cinco todavía estábamos
sentados hablando y acordándonos de los viejos tiempos, que eran cinco noches antes. Y tocábamos todo
el rato, nos sentábamos al piano o con guitarras y nos hacíamos todo el repertorio del country de la
primera a la última, más algo de blues y unas cuantas ideas más para ponerle la guinda al pastel. Gram
fue quien me enseñó country, el que me explicó cómo funciona, las diferencias entre el estilo Bakersfieldy
el de Nashville. Lo tocaba todo al piano: Merle Haggard, «Sing Me Back Home», George Jones, Hank
Williams. Aprendí a tocar y empecé a escribir canciones al piano con él. En lo que a música country se
refiere, algunas de las semillas que plantó Gram todavía siguen en mí, razón por la que puedo grabar un
dúo con George Jones sin el menor problema. Sé que tuve muy buen maestro en ese sentido. Gram era mi
amigo y me hubiera gustado que lo hubiera seguido siendo durante mucho más tiempo. No pasa muy a
menudo que encuentres a un tío con el que te puedes tumbar en una cama a pasar el mono juntos. Pero
esa historia es para luego.
De los músicos a los que conozco personalmente (aunque Otis Redding, a quien no conocí, también
encaja), los dos que tenían una actitud hacia la música que coincidía con la mía eran Gram Parsons y John
Lennon, y la cuestión era: el saco donde la industria te quiera meter no tiene importancia, eso es sólo
para vender, una herramienta para que resulte más fácil; te van a encajar como sea en esta o aquella
casilla porque eso les facilita luego todo el rollo de las listas y ver cómo van a vender. Pero Gram y John
eran músicos muy puros, lo único que les gustaba era la música, pero se encontraron en medio de todo el
circo y, cuando eso pasa, o juegas o te rebelas. Hay gente que ni se da cuenta de cuáles son las reglas del
juego, y Gram además era atrevido. Nunca tuvo un gran éxito; algunas cosas se vendieron bien, sí, pero
nunca un bombazo, y sin embargo su influencia es más fuerte que nunca: básicamente, no habría habido
Waylon Jennings ni todo el movimiento outlaw sin Gram. Fue él quien les mostró un nuevo enfoque, quien
les enseñó que la música country no se reduce a un estilo estrecho de miras que sólo les gusta a los
palurdos blancos del Sur. Y lo hizo él solo. No es que fuera un cruzado ni nada por el estilo, simplemente
le encantaba la música country, aunque no le gustara el negocio montado en torno a ella y no creyese que
Nashville es el centro del mundo: la música es más grande que todo eso, ha de llegar a todas partes.
Gram compuso grandes canciones. «A Song for You», «Hickory Wind», «Thousand Dollar Wedding»…
Grandes ideas. Era capaz de hacerte una canción que tomara la curva y se colocara en cabeza, desde
atrás, y encima con un toquecito especial. «He escrito una sobre un tío que hace coches», y luego la
escuchas y es una historia: «The New Soft Shoe». Habla del señor Cord, imaginativo creador del
automóvil Cord, financiado con su propio dinero y que el triunvirato Ford-Chrysler-General Motors se
encargó de aplastar inmediatamente. A Gram se le daba muy bien contar historias y además tenía esa
cualidad única que nunca he conocido en ningún otro: podía hacer llorar a las tías. Hasta a las camareras
del bar Palomino, con muchos kilómetros a sus espaldas, mujeres que ya lo habían oído todo; era capaz de
hacer que se les llenaran los ojos de lágrimas, de despertar ese anhelo melancólico. A los tíos también los
atizaba a base de bien, aunque el efecto sobre las mujeres era bestial. No era rollo bua-bua, era tocar la
fibra sensible y sabía llegar como nadie a esa fibra, al corazón de las mujeres. Yo andaba con los pies
mojados de tanto vadear los charcos de lágrimas.
Recuerdo muy bien el viaje con Mick, Marianne y Gram a Stonehenge, con Chrissie Gibbs haciendo de
guía, una mañana muy temprano. Michael Cooper hizo unas fotos de aquella excursión que, además, son
un testimonio de los primeros tiempos de mi amistad con Gram. Gibby lo cuenta así:

Christopher Gibbs: Salimos muy pronto de no sé qué club en Kensington, a eso de las dos o las tres de la
mañana, en el Bentley de Keith. Fuimos andando desde donde vivía Stephen Tennant en Wilsford hasta
Stonehenge por una especie de senda, para que fuera un acercamiento con la debida reverencia, y vimos
amanecer allí. Íbamos todos de ácido hasta las cejas. Desayunamos en un pub de Salisbury: el panorama consistía
en un montón de gente puesta de ácido tratando de limpiar arenques ahumados, de quitarles la espina.
Imagínatelo si puedes. Y, como tantas cosas cuando vas de ácido, tengo la sensación de haber tardado mucho,
pero en realidad debieron de ser treinta segundos: no creo que nadie le haya quitado la espina a un arenque
ahumado más limpiamente ni más rápido jamás.

Es difícil recomponer exactamente el período entre mediados y finales de los sesenta porque nadie tenía
claro qué estaba pasando: una extraña bruma lo envolvía todo y había mucha energía por todas partes,
pero nadie sabía a ciencia cierta qué hacer con ella. Y, por supuesto, al estar todo el mundo tan ciego todo
el rato y experimentando sin parar (incluido yo) flotaban en el aire un montón de ideas vagas a medio
hacer. Te das cuenta, «los tiempos están cambiando», pero también piensas: «Bueno, ¿y para qué?, ¿en
qué dirección?». Hacia 1968 se estaba empezando a convertir en algo político, y no había forma de
evitarlo. También se estaba volviendo todo desagradable: a la gente le abrían la cabeza. La Guerra de
Vietnam tuvo mucho que ver con darle la vuelta a las cosas, porque en América empezó todo cuando se
pusieron a mandar a los jóvenes a Vietnam. Entre el 64 y el 66, luego el 67, la actitud de la juventud en
Estados Unidos empezó a dar un giro dramático. Tras la matanza de la Universidad Estatal de Kent en
Ohio, en mayo de 1970, la cosa se puso fea de verdad. Aquella tragedia nos afectó profundamente a
todos. No habría surgido una canción como «Street Fighting Man» sin la Guerra de Vietnam. Existía una
realidad que poco a poco iba calando.
Y luego se convirtió en una historia de «nosotros contra ellos». Yo no me habría podido imaginar jamás
que al imperio británico le diera por meterse con unos cuantos músicos. ¿Dónde está la amenaza? ¿Tienes
armadas y ejércitos y te da por enviar a tus malvadas tropas de mierda a atacar a un puñado de
trovadores? Para mí, aquello fue la primera muestra de lo inseguros que son en realidad los poderes
establecidos y los gobiernos; y de lo sensibles que pueden llegar a ponerse frente a cosas que en realidad
son triviales. Pero el hecho es que, cuando detectan una amenaza, no paran de buscar al enemigo
infiltrado sin darse cuenta de que la mitad del tiempo en realidad ¡son ellos! Fue un asalto a la sociedad
en toda regla. Tuvimos que lanzar un ataque contra la industria del entretenimiento y luego el Gobierno
nos empezó a tomar en serio, después de «Street Fighting Man».
Un retrato de esa época es el que nuestro amigo Stanley Booth, el cronista oficial de las primeras
giras, pinta en The True Adventures of the Rolling Stones. En Oakland, a finales de los sesenta o
principios de los setenta, Stanley vio un folleto que proclamaba: «Esos cabrones ven que os escuchamos
en la radio y saben que no escaparán al fuego y la sangre de la revolución anarquista. Escucharemos
vuestra música, queridos Rolling Stones, mientras formamos en bandas que marchen al son del rock and
roll para lanzarse a destrozar las prisiones, liberar a los cautivos y dar armas a los pobres. Tatuemos
“¡vais a arder!” en el culo de los vigilantes y los generales».
Llevaron «Street Fighting Man» o «Gimme Shelter» al extremo pero, en cualquier caso, fue una
generación rara. Lo extraño es que yo había crecido con todo aquello pero, de repente, me encontraba
como observador en vez de participante. Había visto crecer a todos esos tíos y vi morir a muchos de ellos
también. Cuando fui por primera vez a Estados Unidos conocí a un montón de gente, tíos jóvenes, y tenía
sus teléfonos; y cuando volví al cabo de dos o tres años los llamé y resultaba que su cuerpo estaba metido
en una bolsa volviendo de Vietnam. A muchos de ellos les hicieron la cama, y todos lo sabemos. Ahí fue
cuando se me abrieron los ojos: el rubito aquel tan majo, el que tocaba la guitarra tan bien y era muy
simpático, nos lo pasamos de coña con él; y al viaje siguiente la había palmado.
En el 64 o el 65 no pasaba el tráfico por Sunset Strip: estaba hasta arriba de gente y nadie se iba a
apartar por un coche. Era casi una zona de acceso restringido. Simplemente te acercabas por allí a estar
un rato en la calle, te unías a la masa y ya estaba. Recuerdo a Tommy James, de los Shondells
(consiguieron seis discos de oro y se lo fundieron todo). Yo iba en el coche a Whisky a Go Go y Tommy
James pasaba por allí:
—¡Eh, tío!
—¿Y tú quién eres?
—Tommy James, tío.
«Crimson and Clover» me sigue asombrando. Ese día el tipo iba repartiendo unos folletos sobre el
reclutamiento, porque obviamente estaba convencido de que lo iban a mandar al ejército. Eran los
tiempos de la Guerra de Vietnam. Muchos de los que vinieron a oírnos tocar la primera vez nunca
regresaron a casa. Aunque sí que escucharon a los Stones en el delta del Mekong.
La política nos rondaba, tanto si nos gustaba como si no. En una ocasión adoptó la forma de Jean-Luc
Godard, el gran innovador del cine francés. Estaba fascinado por lo que ocurría en Londres ese año, y
además quería hacer algo radicalmente distinto de todo lo que se hubiera hecho antes. Seguramente se
metió unas cuantas sustancias inadecuadas (dada su falta de costumbre) para ambientarse un poco. Creo
que nadie ha sabido jamás de verdad qué era lo que se proponía. La película Sympathy for the Devil es en
todo caso un testimonio de nuestra grabación de la canción del mismo título, de la gestación en el
estudio. La canción pasó, tras unos cuantos intentos, de ser un tema folk bastante dylanesco y ampuloso a
convertirse en una samba vigorosa (de cagada a número uno) por medio de un cambio de ritmo, todo
grabado en etapas por Jean-Luc. En la cinta se oye la voz de Jimmy Miller quejándose «¿dónde coño está
el latido del ritmo?» en las primeras tomas. No había. También quedan registrados unos cuantos cambios
instrumentales curiosos: yo toco el bajo, Bill Wyman las maracas y Charlie Watts, de hecho, es el que hace
los uuu-uuu del estribillo (con Anita y Marianne también). Hasta ahí, todo bien. Me alegro de que lo
filmara, ¡pero Godard…!: no me lo podía creer, el tío parecía un cajero de banco en versión francesa.
¿Adónde coño creía que iba? No traía ni tan siquiera el bosquejo de un plan coherente en la cabeza
excepto salir de Francia y meterse un poco en la movida londinense. La película resultó una auténtica
mierda: doncellas en una barcaza por el Támesis, la sangre, esa escena tan floja de unos negros (también
conocidos como Panteras Negras) entregándose torpemente unas armas en un descampado de Battersea.
Jean-Luc Godard hasta ese momento había hecho películas de una confección impecable, incluso se
podría decir que muy parecida a la de Hitchcock. Claro que era uno de esos años en los que todo valía.
Otra cosa es que despegara… A ver, ¿por qué iba Jean-Luc Godard (nada menos) a tener interés en una
insignificante revolución de jipis en Inglaterra e intentar transformarla en otra cosa? Yo creo que alguien
le dio un ácido, el tío se pasó de vueltas y ese año decidió que era el de la pose de la superdirecta
ideológica.
Godard se las ingenió para incendiar los Olympic Studios. El estudio número uno, que era donde
estábamos tocando, había sido un cine antes. Para difuminar la luz, tapó con papel de seda unos focos
muy potentes que había en el techo y, en pleno rodaje (creo que hay por ahí unas tomas que no se
aprovecharon en las que de hecho se ve), el papel de seda, más bien todo el techo, empezó a arder a una
velocidad increíble. Era como estar dentro del Hindenburg. Toda la pesada estructura metálica que
sostenía los focos en el techo se estrelló contra el suelo porque se habían quemado los cables: luces
apagándose, chispas… Para que luego hablen de compasión por el puto demonio… Hay que largarse,
joder. Aquello eran los últimos días antes de la caída de Berlín: al búnker. Fin. The End.

Escribí «Gimme Shelter» un día de tormenta, sentado en el apartamento de Robert Fraser en Mount
Street. Anita estaba rodando Performance por aquel entonces, no muy lejos de allí, pero yo no iba a ir al
plató. A saber lo que estaría pasando. Como toque final al guión, Tony el Español andaba intentando
mangar la Beretta que estaban usando como parte del decorado, pero la razón por la que no había ido era
que no me gustaba Donald Cammell, el director, un manipulador y un tramposo cuya verdadera pasión en
esta vida era jodérsela a los demás. Quería distanciarme de la relación entre Anita y él. Donald era un
tipo decadente, un mantenido de la familia, los Cammell de los astilleros; y también un tipo muy guapo y
con una mente prodigiosamente rápida rebosante de vitriolo. Había sido pintor en Nueva York. El hecho
es que el talento de los demás lo volvía loco, quería destruirlos a todos, era el cabroncete más destructivo
que he conocido en mi vida y también otro Svengali, un depredador nato, muy bueno manipulando a las
mujeres, debe de haber fascinado a muchas de ellas. A veces se descojonaba de Mick por su acento pijo
de Kent, y de mí, un pueblerino de Dartford. No me importa que me metan un poco de caña de vez en
cuando, yo tampoco soy manco, pero para él reírse de los demás era casi una adicción. Había que poner a
todo el mundo en su sitio. Cualquier cosa que hicieras delante de Cammell era susceptible de convertirse
en material para que se riera de ti. Tenía un complejo de inferioridad bastante desarrollado escondido por
ahí.
La primera vez que oí hablar de él fue porque se había metido en un ménage á trois con Deborah
Dixon y Anita, mucho antes de que Anita y yo acabáramos juntos, y estaban todos encantados y se lo
montaban de coña. Él era el proxeneta, el que organizaba las orgías y los tríos, verdaderamente el que
hacía de chulo, aunque no creo que Anita lo viera así.
Una de las primeras broncas que tuvimos Anita y yo fue por toda la mierda de Performance. Cammell
quería joderme porque él había estado con Anita antes que con Deborah Dixon, y claramente le encantaba
pensar que era la causa de que las cosas se jodieran entre nosotros. Estaba todo preparado: Mick y Anita
interpretaban a una pareja. Me lo vi venir. Conocía a Mouche (Michéle Bretón, la tercera en discordia en
la escena de la bañera: yo tampoco estaba completamente fuera de plano), que solía cobrar por «actuar»
como pareja con su novio. Anita me contó que Michéle se tenía que tomar un Valium antes de cada toma.
Vamos, que Cammell básicamente estaba rodando porno de tercera. La historia que se contaba en
Performance era buena, pero es la única de cierto interés que hizo en toda su vida y le salió por quienes
tenía trabajando con él, como Nic Roeg, que era el director de fotografía, y James Fox, al que volvió loco:
el por lo general comedido Fox acabó hablando igual que un gánster de Bermondsey dentro y fuera del
plato hasta que al final lo rescataron los Navigators, una secta que captó su atención durante las
siguientes dos décadas.
A Donald Cammell de hecho le interesaba más manipular que dirigir. Se la ponía dura todo el tema de
las traiciones íntimas y eso era lo que estaba montando con Performance, y tanto como pudiera. Sólo hizo
cuatro películas y tres acababan igual: o le pegaban un tiro al protagonista o el protagonista se lo pegaba
a alguien muy cercano. Y él siempre mirando. Michael Lindsay-Hogg, director de Ready Steady Go! en los
primeros tiempos y después del Rock and Roll Circus de los Stones, me contó que cuando estaban
rodando Let It Be (el canto del cisne de los Beatles desde los tejados) miró al tejado de al lado y allí
estaba Donald Cammell. Presente en el momento de la muerte, una vez más. La última película de
Cammell es un vídeo real de sí mismo pegándose un tiro (de nuevo la escena final de Performance),
cuidadosamente preparado y grabado a lo largo de muchos minutos. La persona cercana en este caso era
su mujer, que se encontraba en la habitación de al lado.
Al cabo del tiempo me encontré una vez con Cammell en Los Angeles y recuerdo que le dije: «¿Sabes,
Donald?, no se me ocurre nadie a quien hayas hecho feliz jamás, y no creo que tú te hayas hecho feliz a ti
mismo; la verdad es que no tienes adonde ir ni a quién recurrir, lo mejor sería que acabaras de una vez
como un verdadero caballero y te pegaras un tiro». Eso fue dos o tres años antes de que, efectivamente,
se quitara de en medio.
Del asunto entre Mick y Anita tardé mucho tiempo en enterarme, pero me lo olía. Sobre todo por Mick,
cuyo comportamiento no levantaba la menor sospecha, algo ciertamente sospechoso. Mi señora volvía
tarde a casa del rodaje quejándose del plato, de Donald y de bla bla bla. Pero yo me la conozco y, cuando
no venía en toda la noche, yo le hacía una visita a una amiga.
Nunca esperé nada de Anita. Me refiero a que, al fin y al cabo, yo se la había levantado a Brian. «¿Así
que ahora tienes que montártelo con Mick? ¿Qué te apetece más, esto o aquello?». Era un poco como
Peyton Place por aquel entonces, mucho intercambio de mujeres y de novias: «¿Te lo tenías que tirar?
Bueno, pues nada». ¿Qué podía esperarse? ¿Estás con una mujer como Anita Pallenberg y piensas que no
le van a tirar los tejos otros tíos? Yo había oído rumores y pensé: «Si va a ir a por él, le deseo buena
suerte a Mick, a ésta no la vuelve a pillar en otra igual». Tengo que asumirlo. Anita es una buena pieza.
¡Seguramente le partió la espalda!
No soy un tipo demasiado celoso. Ya sabía de dónde venía Anita: había estado con Mario Schifano, que
era un pintor famoso, y con otro tipo que era marchante en Nueva York. Nunca tuve intención de atarla
en corto. Aquello abrió una brecha considerable entre Mick y yo, pero sobre todo por parte de Mick, no
por la mía. Y probablemente para siempre.
A Mick no le dije nada en relación con Anita y decidí esperar a ver en qué acababa todo. No era la
primera vez que competíamos por una mujer, había ocurrido incluso con algún ligue pasajero estando en
la carretera. «¿Quién se va a llevar a ésa? ¿Quién es el Tarzán por aquí?». Era una pelea de machos alfa.
Todavía lo es, la verdad. Pero, claro, eso no sienta una base muy sólida para la amistad, ¿verdad? Podría
haber montado un buen numerito con ella por todo aquel tema, ¿pero qué sentido tenía? Estábamos
juntos. Yo pasaba mucho tiempo en la carretera y me había vuelto demasiado cínico con el rollo ese. Me
refiero a que yo se la había robado a Brian y podía suponer que Mick se la tiraría bajo la dirección de
Donald Cammell. Dudo que hubiese ocurrido de no ser por Cammell. Pero ¿sabes?, mientras tanto yo me
estaba tirando a Marianne, tío. Vaya lo uno por lo otro. De hecho, un día tuve que abandonar la casa de
forma bastante abrupta cuando se presentó el titular. Fue sólo esa vez: tórrido, mucho sudor. Estábamos
allí echados, envueltos en lo que Mick llama el resplandor de después en «Let Me Down Slow», yo tenía la
cabeza entre esas dos peras maravillosas, y en esto que oímos el coche: levántate de un salto, carreras
por la habitación buscando la ropa… Tuve que salir por la ventana: agarré los zapatos, salté por la
ventana y me largué por el jardín, pero entonces me di cuenta de que me había dejado los calcetines.
Bueno, Mick no es de los que se pone a buscar calcetines. Marianne y yo todavía bromeamos con eso, me
manda mensajes: «Sigo sin encontrar tus calcetines».
Anita es de las que juegan arriesgando, y todos los jugadores la cagan en una apuesta de vez en
cuando. Por aquel entonces, el concepto de statu quo estaba terminantemente prohibido para ella, todo
tenía que cambiar. Y además no estábamos casados, éramos libres, lo que sea. Eres libre siempre y
cuando me mantengas informado. En cualquier caso no se lo pasó demasiado bien con el pequeño picha
floja: me consta que tienes unos cojones como un piano, pero con eso no basta para estar a la altura,
¿verdad que no? No me sorprendió, en realidad me lo esperaba, por eso estaba aquel día en casa de
Robert Fraser escribiendo I feel the storm is threatening my very life today[38]. Fraser nos había
alquilado su piso mientras Anita hacía Performance, pero al final acabó por no marcharse él, así que
cuando Anita se iba a trabajar yo me quedaba en casa con Strawberry Bob y Mohamed, que seguramente
fueron los dos primeros en oír la canción: War, children, it’s just a shot away, it’s just a shot away![39]
Era un horrible día de tormenta: estaba en Mount Street con un diluvio cayendo sobre Londres, así
que entré en esa onda mientras por la ventana del piso de Robert miraba a la gente pasar con los
paraguas del revés y corriendo en busca de refugio hasta que escampara. Se me ocurrió la idea. A veces
tienes suerte. Hacía un día de mierda. No tenía nada mejor que hacer. Evidentemente, todo parece mucho
más metafórico si se pone en el contexto de lo que estaba pasando y demás, pero en ese momento no me
decía: «¡Dios, tengo a la parienta rodando una película metida en una bañera con Mick Jagger!». Más
bien pensaba en las tormentas que caen sobre las cabezas de otros, no sobre la mía. Y surgió así en aquel
momento. No me di cuenta hasta después: esto va a tener más significado del que pensaba: Threatening
my very life today. Suena amenazador, lo reconozco. Da miedo. Y los acordes están inspirados en Jimmy
Reed, el mismo truco inquietante: deslizas los dedos por los trastes mientras suena el zumbido del Mi por
detrás y vas subiendo hacia La mayor, Si mayor… y dices «¡eh!, ¿dónde vamos a acabar?». En Do
sostenido menor. De acuerdo. Un acorde muy raro a la guitarra, pero hay que saber reconocerlo cuando
lo oyes: en ocasiones como en ésa surge por casualidad.

Anita y yo nos habíamos metido en la heroína; llevábamos uno o dos años esnifándola con cocaína
pura: speedball. Una fantástica y extraña ley vigente en aquellos días, cuando el Servicio Nacional de
Salud empezaba, establecía que si eras yonqui tu médico te incluía en un registro oficial como adicto a la
heroína y te daban cápsulas de caballo puro con una ampolla de agua destilada para que te lo pincharas.
Y, por supuesto, todos los yonquis van a pedir el doble de lo que en realidad necesitan y, al mismo tiempo,
tanto si la querías como si no, te daban la misma cantidad de cocaína. La teoría era que la coca
contrarrestaba el efecto del caballo y tal vez así los yonquis podrían convertirse en respetables y útiles
miembros de la sociedad, mientras que si sólo consumían heroína iban a acabar tirados meditando y
leyendo cosas y luego se cagarían y apestarían. Los yonquis vendían la coca: decían que necesitaban el
doble de caballo y así la mitad se lo guardaban para venderlo junto con toda la coca. ¡Un fraude perfecto!
Sólo cuando interrumpieron el programa aquel empezó a haber un problema de drogas en Gran Bretaña.
Los yonquis no se lo podían creer: «Nosotros queremos ir para abajo, ¿sabes?, y van y nos dan esta
mierda para un subidón». Casi todos los yonquis pagaban el alquiler vendiendo la coca porque no les
interesaba ésta lo más mínimo o, en todo caso, se quedaban sólo un poco por si les hacía falta animarse.
Ese fue mi primer contacto con la cocaína, pura May & Baker directa del frasco; en la etiqueta antes
decía «puros cristales esponjosos». ¡En la etiqueta! Además ponían el dibujo de una calavera con un par
de tibias cruzadas debajo y la palabra «veneno». Una etiqueta muy bella por su ambigüedad. Así me metí
en el tema con Tony el Español, Robert Fraser y otros. Ahí empezó todo, porque ellos tenían contactos con
todos esos yonquis. Y la razón por la que todavía sigo aquí es probablemente que nunca nos metíamos, en
la medida de lo posible, nada que no fuera droga de la mejor calidad. Con la coca empecé sólo porque era
puro químico: ¡bum! Mi debut fue con droga purísima. No tenías que preocuparte de la composición ni de
toda la mierda esa que ocurre cuando compras en la calle. Aunque en alguna ocasión sí acababas
descendiendo a los infiernos, cuando ya te tenía cogido por las pelotas. Con Gram Parsons caí alguna vez
muy bajo (pillábamos pura bazofia), pero, básicamente, mi entrada en el mundo de las drogas fue con la
crème de la creme.
Al final, todo el mundo adoptaba a su yonqui particular como mascota. Steve y Penny eran una pareja
de yonquis censados. Seguramente me los presentó Tony el Español, que solía comprarles en Londres.
Vivían en un destartalado sótano de Kilburn, y cuando llevábamos un par de meses yendo por allí
empezaron a decir: «Nos gustaría salir de este agujero, vivir en el campo». Y yo: «¡Pues tengo una casita
en el campo!». Así que Anita y yo los instalamos en la casa de los guardas en Redlands, que era donde
vivíamos por aquel entonces. Una vez a la semana lo convocábamos («¡Steve!»): salíamos camino de
Chichester, nos metíamos en la primera farmacia un momento y vuelta a casa; yo me quedaba la mitad del
jaco que le daban. Steve y Penny eran unos personajes muy dulces, tímidos y sencillos. No eran unos
tirados. El tenía un punto de asceta con su barbita bien cuidada, un verdadero filósofo que andaba
siempre leyendo a Dostoievski y Nietzsche; alto, grande, delgado, pelirrojo, con bigote y gafas. Parecía un
puto catedrático de universidad, aunque no olía a cátedra. Debimos de pasar así un año. Una pareja
encantadora («¿te apetece una taza de té?»), nada que ver con la imagen que solemos tener de los
yonquis. Todo muy civilizado. A veces llegaba a la casita y, como ellos se la chutaban, le preguntaba a
Penny:
—¿Steve sigue vivo?
— Creo que sí, cariño, pero tómate una taza de té primero y luego vamos a despertarlo.
Todo muy amable y cordial. Por cada yonqui que se ajusta al estereotipo te puedo nombrar diez que
llevan vidas perfectamente ordenadas, gente que trabaja en bancos y cosas así.
Ésos fueron los años dorados. Al menos durante el 73 y el 74 todo era perfectamente legal. Después lo
jodieron y ya no hubo más que metadona, que es peor, o no es mejor en cualquier caso. Una caca
sintética. Un día los yonquis amanecieron y descubrieron que sólo les daban la mitad de lo indicado en la
receta, una parte en heroína pura y la otra en metadona. Y entonces se desató el mercado; fueron los
tiempos de la tienda abierta veinticuatro horas en Piccadilly. Yo aparcaba a la vuelta de la esquina.
Siempre había una cola de gente esperando a que aparecieran sus yonquis mascota para repartirse la
mierda. En realidad el sistema ya no podía soportar más la voraz demanda. ¡Estábamos creando una
nación de yonquis!
No tengo un recuerdo exacto de la primera vez que me metí heroína. Seguramente estaba mezclada
con una raya de coca en un speedball, y si no andabas con gente acostumbrada a la mezcla, ni lo sabías:
«Lo de ayer por la noche fue muy interesante, ¿qué era?». Así es como te vas enganchando poco a poco,
porque ni te acuerdas de cuando has empezado a meterte, precisamente ése es el tema, y de repente ahí
está.
No la llaman «heroína» por casualidad. Es una seductora. Puedes meterte durante un mes o así y
parar. O te largas a un sitio donde está disponible y no te interesa tanto tampoco, es sólo algo que te
metes de vez en cuando. Y puede que te pases un día un poco hecho polvo, como si tuvieras gripe, pero al
día siguiente ya estás de pie y te encuentras bien. Y luego vuelve a surgir la oportunidad de meterte y le
das un poco más al tema. Van pasando los meses. Y la siguiente gripe te dura un par de días. Ningún
problema, ¿por qué arman tanto revuelo? ¿Esto es el mono? Nunca pensé demasiado en ello hasta que no
estuve enganchado de verdad.
Es algo muy sutil, te va atrapando lentamente. Después de la tercera o cuarta vez vas captando el
mensaje, y entonces comienzas a chutártela para economizar. Pero yo nunca he sido de pincharme. No, la
delicadeza que requiere el pico, todo eso nunca ha sido para mí, jamás busqué ese fogonazo; yo me metía
para poder seguir. Si te la chutas en vena tienes un destello increíble, pero al cabo de dos horas ya estás
queriendo meterte otra vez. Y además deja marcas, cosa que yo no me podía permitir. Y encima nunca
encontraba la vena: las tengo muy finas, hasta a los médicos les cuesta encontrármelas. Así que me la
solía inyectar en el músculo: me podía clavar una aguja como si tal cosa y no sentir nada, pero, si te
metes bien el chute, la sacudida que te pega es más fuerte que el dolor del pinchazo. Porque el receptor
está reaccionando a eso, y mientras tanto la aguja ya ha entrado y salido. Resulta muy interesante en el
culo, aunque no sea políticamente correcto.

Aquélla fue una etapa muy productiva y creativa (Beggars Banquet, Let It Bleed) en la que
compusimos buenas canciones, pero nunca pensé que las drogas en sí tuvieran mucho que ver. Quizá
influyó en unos cuantos acordes o versos aquí o allá, pero nunca sentí que la droga añadiera o quitara
nada especial a lo que estaba haciendo. Y desde luego no pretendía que el caballo le aportara nada a mi
trabajo. Probablemente habría escrito «Gimme Shelter» de todos modos, estando colocado o no. La
heroína no afecta al juicio, pero a veces sí que ayuda a perseverar un poco más de lo habitual, a seguir
tenazmente en la brecha cuando en otras circunstancias habrías tirado la toalla diciendo «no soy capaz de
resolver esto ahora mismo». En cambio seguías dándole vueltas y más vueltas hasta que lo sacabas.
Nunca me he tragado esa historia, y ahí están esos saxofonistas que empezaron a chutarse porque creían
que eso era lo que hacía genial a Charlie Parker. Como todo en esta vida, es bueno o es malo para ti. O
digamos que por lo menos tiene utilidad para ti. Un montón de heroína encima de una mesa es algo
totalmente inocuo; la única diferencia está en si te la vas a meter o no. Yo he probado un montón de cosas
que no me gustan y no he repetido.
Supongo que la heroína me ayudó a concentrarme en algo o a proseguir una tarea hasta un punto que
no habría sido normal de otro modo. Mi conclusión: la vida de yonqui no es recomendable para nadie; yo
era de los que mejor se lo montaban y aun así era una vida bastante jodida. Y desde luego no es el camino
hacia la creación musical ni nada por el estilo. Es andar por la cuerda floja. Tengo un montón de cosas
que hacer y esta canción es interesante y quiero reflejar todo esto… y me pasaba cinco días en el alero,
guardando ese difícil equilibrio entre heroína y cocaína. Pero la cuestión es que, al cabo de seis o siete
días, olvidaba dónde estaba el equilibrio o se terminaba uno de los dos ingredientes necesarios para
mantenerlo. La clave para mi supervivencia fue que sabía dosificarme.
En realidad nunca se me fue la mano. Bueno, tampoco voy a decir que nunca, a veces acababa en un
puto coma, pero sinceramente creo que para mí se convirtió en una herramienta. Me di cuenta de que yo
llevaba el depósito lleno y el resto no, y hacían lo que podían para seguirme el ritmo, pero es que yo iba a
toda marcha. Era capaz de seguir porque consumía cocaína pura, nada de mierdas, tenía el tanque llego
con gasolina de muchos octanos y si me parecía que me estaba pasando un poco o necesitaba relajarme,
pues me metía una pizca de caballo. Ahora suena más bien ridículo, pero la verdad es que ése era mi
combustible, el speedball. Eso sí, debo insistirle a quien lea esto en que estoy hablando de una cocaína
inmejorable y de la heroína más pura que había, no de la basura que te venden por la calle. Era material
de primerísima calidad. Me sentía todo el tiempo como Sherlock Holmes: afinando y calibrando para
gestionar la propia mortalidad, la propia levedad. Y con eso me podía tirar días y días sin darme cuenta
de que tenía a los demás sudando la gota gorda.
Conocí a John Lennon más y mejor al cabo del tiempo. Pasábamos bastante tiempo juntos porque él y
Yoko venían por casa a menudo. El problema con John era que (a pesar de sus bravatas) no aguantaba mi
ritmo. Siempre intentaba meterse todo lo que me metía yo: un poco de esto y un poco de lo otro, un par
de sedantes y otro de estimulantes, algo de coca y otro algo de caballo, ¡y listo para trabajar! Yo iba
cuesta abajo y sin freno; John, en cambio, siempre acababa abrazado a la taza del váter. Se oía a Yoko por
detrás «no debería hacer esto», y yo en plan «¡oye, que nadie lo ha obligado!». Pero siempre volvía a por
más, estuviéramos donde estuviéramos. Recuerdo la noche que vino a mi habitación del Hotel Plaza y
luego desapareció. Yo estaba hablando con unas tías que había por allí y sus amigos preguntan: «¿Dónde
se ha metido John?». Me lo encontré en el baño, tirado en el suelo cuan largo era: demasiado vino tinto
mezclado con caballo. Bostezo en tecnicolor. «No me muevas, ¡estas baldosas son una maravilla!». Estaba
verde. A veces me preguntaba si todos aquellos tíos venían a pasar el rato conmigo o si había una especie
de concurso y yo ni me había enterado. No creo que John saliera jamás de mi casa salvo en la horizontal;
o por lo menos bien apuntalado.
Igual aquel ritmo de vida tenía algo que ver. Yo me tomaba un barbitúrico nada más despertarme (un
aperitivo comparado con la heroína, pero peligroso en cualquier caso). Ese era mi desayuno. Un Tuinal
pinchado (metiéndole una aguja para que saliera más rápido). Y luego una taza de té bien caliente y a
decidir si me levantaba o no. Después igual un Mandrax o un Quaalude. Si no, simplemente me sobraba
energía. Así que te vas despertando poco a poco ya que tienes tiempo. Y cuando se te pasa el efecto al
cabo de dos horas más o menos, estás suave como la seda, más relajado imposible, ya has desayunado un
poco y te puedes poner a currar. A veces me tomaba algún sedante que me bajara un poco, sólo para
poder seguir trabajando. Si me he levantado, sé que no me va a dar sueño porque, si estoy de pie, es que
obviamente ya he dormido; pero lo que sí va a hacer el sedante es allanarme el camino durante los
próximos tres o cuatro días. No tengo intención de volver a meterme en la cama en un rato largo y sé que
tengo tanta energía que, si no la ralentizo un poco, la voy a quemar toda antes de terminar lo que creo
que voy a terminar, en un estudio, por ejemplo. Yo usaba las drogas como las marchas de un coche, rara
vez me metí nada por placer. Por lo menos ésa es mi excusa. Me allanaban el camino para ponerme en
marcha.
No intenten esto en sus casas. Ni yo puedo andar así ya. Hoy las drogas no las hacen como antes. De
pronto, a mediados de los setenta, se ve que decidieron que iban a hacer unos sedantes que directamente
te duermen sin el subidón previo. Registraría los cajones del mundo entero en busca de barbitúricos como
los de antes. Seguramente en Oriente Medio, en Europa en algún sitio, los encontraría. Me encantan los
sedantes. Tenía una energía tan desbordante que no me quedaba otra que suprimirla hasta cierto punto.
Si no querías irte a dormir sino simplemente disfrutar del colocón, te levantabas y te ponías a escuchar
música. Tenían carácter. Eso diría yo de los barbitúricos. Carácter. Cualquiera que sepa de barbitúricos
de verdad sabrá de lo que estoy hablando. Y ni eso me bajaba, simplemente me mantenía a raya. En mi
opinión la forma sensata de drogarse es hacerlo con rollos que sean puros: Tuinal, Seconal, Nembutal. El
Desbutal seguramente sea de los mejores de todos los tiempos: unas cápsulas de dos colores, un rojo raro
y un tono crema. Eran mejores que las versiones posteriores, que actuaban sobre el sistema nervioso
central y las meabas en veinticuatro horas, no se te quedaban pululando por todas las terminaciones
nerviosas.
En diciembre de 1968, Anita, Mick, Marianne y yo nos embarcamos en Lisboa rumbo a Río, unos diez
días de travesía. Pensamos: vámonos a Río y hagámoslo a la antigua. Si alguno de nosotros hubiera
estado enganchado de verdad nunca habríamos elegido ese medio de transporte. Todavía estábamos
chapoteando en la orilla, excepto tal vez Anita, que iba a ver al médico del barco de vez en cuando para
pedirle morfina. No había nada que hacer a bordo, así que nos dedicamos a dar vueltas filmando en súper
8. Las imágenes todavía andan por ahí; yo creo que hasta puede que salga la Mujer Araña, como la
llamábamos. El barco aquel era un carguero con unos congeladores inmensos que también llevaba
pasajeros, todo muy años treinta, tenías la sensación de que te ibas a topar con Noël Coward por
cualquier esquina. La Mujer Araña era una de ésas con todos los abalorios y la permanente y los vestidos
caros y el cigarrillo en boquilla. Solíamos bajar a verla en acción e invitarla a una copa de vez en cuando.
«Fas-ci-nan-te, queriiido». Era algo así como la versión femenina de Stash: todo pose. El bar estaba
siempre abarrotado con un montón de ingleses de clase alta bebiendo como locos: pink gins, champán
rosado y conversaciones como las que se estilaban antes de la guerra. Yo llevaba puesta una chilaba
transparente, zapatos mexicanos y sombrero militar de los que se llevan en los trópicos:
intencionadamente estrafalario. Al cabo de un tiempo se enteraron de quiénes éramos y eso los perturbó
mucho, empezaron a hacer preguntas: «¿Qué os proponéis? A ver, explicadnos de qué va todo ese lío».
Nunca les respondimos, y un día la Mujer Araña se acercó y nos dijo: «¡Venga, dadnos una pista, un
simple destello aunque sea!». Y Mick va y le contesta: «Somos los gemelos destello». Nos bautizamos en
el ecuador como los glimmer twins, el nombre que usaríamos luego como productores de nuestros discos.
Para entonces ya conocíamos a Rupert Loewenstein, que no tardaría mucho en empezar a ocuparse de
nuestros asuntos, y nos buscó habitación en el mejor hotel de Río. Y de repente Anita estaba escrutando
la guía de teléfonos con aire misterioso. Le pregunté:
—¿Qué estás buscando?
—Un médico —recuerdo que me contestó.
—¿Un médico?
—Sí.
—¿Y para qué?
—Tú no te preocupes.
Cuando volvió esa tarde me espetó: «Estoy embarazada». Marlon.
¡Joder… genial! Me puse muy contento, pero no quisimos interrumpir el viaje (íbamos camino del Mato
Grosso). Estuvimos unos cuantos días en un rancho donde Mick y yo escribimos «Country Honk» sentados
en el porche igual que dos vaqueros, con las botas apoyadas en la barandilla, imaginándonos que
estábamos en Texas. Era la versión country de lo que acabaría convertido en «Honky Tonk Women»
cuando volviéramos a la civilización. Decidimos meter «Country Honk» también, las dos están en Let It
Bleed, que salió al cabo de unos meses, a finales del 69. La compusimos con acústica y recuerdo aquel
sitio perfectamente porque cada vez que ibas al baño y tirabas de la cadena salían brincando unas ranas
ciegas de color negro: un espectáculo interesante.
Marianne volvió a casa para buscarle un médico a su hijo Nicholas, que se había puesto enfermo en el
barco y se pasó casi todo el viaje metido en el camarote. Así que Mick, Anita y yo fuimos subiendo por el
mapa hasta llegar a Lima, y de ahí nos marchamos a Cuzco, que está a más de tres mil metros de altura.
Todos andamos un poco faltos de resuello, llegamos al hotel y resulta que tiene una pared cubierta con
botellas de oxígeno. Subimos a las habitaciones y, en medio de la noche, Anita descubre que no funciona
el retrete, así que se pone a mear en el lavabo y, justo en plena meada, el lavabo se estrella contra el
suelo y empieza a salir agua a chorros por la cañería. Todo en el más puro estilo de los hermanos Marx,
un desmadre, invéntate algo… unas toallas para tapar el agujero, llama a recepción… El lavabo se había
roto en mil pedazos que quedaron esparcidos por todas partes, pero lo raro es que cuando por fin
mandaron a alguien, ya a altas horas, los peruanos fueron verdaderamente amables, no empezaron con
«pero ¿qué han hecho, cómo se ha podido romper el lavabo?». Se limitaron a secarlo todo y nos dieron
otra habitación. Y yo pensaba que iban a aparecer con la policía.
Al día siguiente, Mick y yo fuimos a dar un paseo, nos sentamos en un banco y nos pusimos a hacer lo
que hace uno allí durante el día: mascar hojas de coca. Cuando volvimos al hotel nos encontramos con
una nota enviada por el cónsul inglés: «El general nosequé… sería un placer reunirnos». El general en
cuestión era el gobernador militar de Machu Picchu, nos invitaba a cenar en su casa y resultaba un poco
complicado rechazar una invitación así porque estaba al mando de la zona y concedía los permisos de
viaje y esas cosas. Y por supuesto se aburría como una ostra en aquella región apartada, así que nos
convocó a una villa situada a las afueras de Cuzco. Vivía con un DJ alemán, un muchacho rubio. No se me
olvidará en la vida la decoración: lo había hecho traer todo de México o directamente de Estados Unidos.
Era uno de esos tipos que dejan los muebles con el plástico puesto, tal vez porque los mosquitos se lo
comerían todo en cuanto los quitara. Eran unos muebles horribles, pero la villa en sí no estaba mal, era
como una inmensa misión española, al menos por lo que recuerdo. El general resultó un tipo encantador y
un gran anfitrión; cenamos muy bien. Y entonces llegó el plato fuerte a cargo de su novio, el pinchadiscos
alemán: empezaron a poner unos twists horrorosos, soul de pega (estamos hablando del año 69) y luego
el militar va y le ordena al pobre muchacho que nos enseñe el swim, un baile tan viejo que yo casi había
olvidado que existía. El tipo se tiró al suelo y empezó a rodar y a dar brazadas. Mick y yo nos miramos:
«¡Pero qué es esto! ¿Cómo nos lo montamos para abrirnos?». Era prácticamente imposible no empezar a
descojonarse allí mismo porque aquel pobre infeliz estaba dándolo todo y se creía que bailaba el swim
mejor que nadie a ese lado de la frontera. «¡Yeah, así se baila, tío!». Habría hecho cualquier cosa que le
hubiese ordenado el general. «Ahora baila el mashed potato»[40], y el tío obedecía al instante. De verdad
que tuvimos la impresión de haber retrocedido un siglo en el tiempo.
Nos marchamos a Urubamba, un pueblo que no queda lejos de Machu Picchu a orillas del río del
mismo nombre. Aquello era el culo del mundo. No había nada. Desde luego no un hotel. Aquel lugar no
aparecía en los mapas de los turistas. Los únicos forasteros que veían por aquellos lares eran los
extraviados, que era básicamente nuestro caso. Pero al final encontramos un bar y cenamos
estupendamente (gambas con arroz y frijoles) y le contamos a todo el mundo que, bueno, es que sólo
tenemos el coche, ¿no habrá por ahí un sitio donde dormir? (hablando medio en inglés medio en español
como pudimos). Al principio todo eran negativas, pero se dieron cuenta de que llevábamos una guitarra,
así que Mick y yo les dimos una serenata de una hora o así estrujándonos los sesos para ver qué podíamos
cantarles. Por lo visto, sólo nos alojarían si lo votaba la mayoría, y la verdad, con Anita embarazada yo
quería que al menos ella durmiese en una cama. No debimos de hacerlo del todo mal: les ofrecimos un
poco de «Malagueña» y otras canciones vagamente españolas que Gus me había enseñado. Lo cierto es
que al final el dueño del bar nos dejó quedarnos en un par de habitaciones que tenía arriba. Es la única
vez que Mick y yo hemos cantado a cambio de una cama.
Fue una buena época para componer, las canciones iban fluyendo. «Honky Tonk Women», que salió
como single antes de Let It Bleed en julio de 1969, fue la culminación de todo lo que tan bien
manejábamos por aquel entonces: era funky, era sucia y fue la primera vez que usamos en serio la
afinación abierta, con lo que el riff y la guitarra rítmica ponen la melodía; tenía todo el blues y la música
negra asimilados desde Dartford en adelante, y Charlie tocó de maravilla en esa canción. Sin lugar a
dudas tenía ritmo y fue una de esas cabronas que, en cuanto las terminas, ya sabes que van a ser número
uno. Por aquel entonces yo metía los riffs, los títulos y el gancho, y Mick lo vestía. Así funcionábamos. La
verdad es que ni lo pensábamos demasiado ni lo sudábamos. Ahí tienes, ésta va así: I met a fucking bitch
in somewhere city[41]. Toda tuya, Mick, ahora te toca currar a ti, yo ya te he dado el riff, nene; tú vete
poniéndole chicha a ésta y mientras yo voy pensando en otra. Y Mick sabe componer, vaya que sí. Con que
le des la idea, ya no necesita más.
También trabajábamos en función de lo que se conoce como «movimiento vocálico» (muy importante
para los que escriben canciones): los sonidos que funcionan. Muchas veces no sabes qué palabra hay que
meter, pero sí que forzosamente debe tener tal vocal o tal sonido. Porque puedes escribir algo que tiene
muy buena pinta sobre el papel pero que no contiene los sonidos correctos. Las consonantes las vas
poniendo alrededor de las vocales. Hay un sitio donde hacer «uuu» y otro donde lo que toca es «daaa». Y
si te equivocas, suena como el culo. No es necesariamente una rima en ese momento; luego también
habrá que buscar palabras que rimen, pero sabes que debe estar presente una vocal en particular. El doo-
wop no se llama así por casualidad: eso era todo movimiento vocálico.
«Gimme Shelter» y «You Got the Silver» fueron las primeras canciones que grabamos en los Olympic
Studios para lo que luego sería Let It Bleed, el álbum en el que estuvimos trabajando durante el verano
del 69, el verano en que murió Brian. «You Got the Silver» no fue el primer solo de voz que grabé con los
Stones (ése fue «Connection») pero sí el primero que escribí yo solo de arriba abajo y le puse delante a
Mick. Y lo cantaba solo porque había que repartirse el trabajo. Siempre habíamos cantado haciendo
armonía, como los Everly, así que no era como si de repente me hubiera puesto a cantar pero, como con
todas mis canciones, nunca tuve la sensación de que fuera una creación mía. En realidad lo que pasa es
que tengo una antena cojonuda para captar las canciones que están flotando en el ambiente, eso es todo.
¿De dónde salió «Midnight Rambler»? No lo sé. Eran los viejos tiempos intentando darte un capón: «¡Eh,
tío!, no te olvides de nosotros, escribe una canción de blues de puta madre, una que sea el blues de
siempre pero con otra forma, sólo por un rato». «Midnight Rambler» es un blues de Chicago. La
secuencia de acordes no, pero el sonido es puro blues de Chicago. Yo sabía cómo debía ir el ritmo: el tema
estaba en lo ajustada que era la secuencia de acordes, los res y los las y los mis. No era una secuencia de
blues pero sonaba como blues del de verdad. Ese es uno de los blues más originales que jamás oirás de
los Stones. El título, el tema, simplemente surgió de un titular sensacionalista de esos que no duran más
de un día: Midnight rambler on the loose again[42]. ¡Y a me lo quedo yo!
El hecho de que le pudieras meter a las letras ese punto jugoso mezclando historias del momento o
titulares o lo que parecía el discurso trivial de todos los días se alejaba de la música pop de esos tiempos,
o de Cole Porter o Hoagy Carmichael… I saw her today at the reception[43]. Era un coñazo, no había el
menor dinamismo, no se sabía hacia dónde ir. Creo que Mick y yo nos miramos y dijimos: a ver, si John y
Paul pueden… En ese sentido, los Beatles y sobre todo Bob Dylan cambiaron la manera de componer
canciones, y también las actitudes de la gente hacia la voz: Bob no la tiene particularmente buena, pero sí
expresiva y sabe usarla, lo cual es más importante que cualquier virguería de técnica vocal. Es casi
anticanto, pero al mismo tiempo oyes que es real.
«You Can’t Always Get What You Want» es básicamente de Mick. Lo recuerdo entrando en el estudio
diciendo: tengo esta canción… Y yo le pregunté si tenía ya la letra y me contestó que sí pero que a ver
cómo sonaba. Porque la había escrito con la guitarra, en ese momento era una canción folk. Yo tuve que
inventarme el ritmo, una idea… Solía tocarle a la banda lo que iba saliendo, les dejaba las secuencias ahí,
suspendidas en el aire. Y luego igual Charlie se decidía por una. Era cuestión de ir probando, de
experimentar. Y al final (totalmente deliberado) fue cuando le metimos el estribillo. Vamos a probar con
un estribillo directo; en otras palabras: a ver si conseguimos llegar a la gente de ahí arriba también. Era
una especie de desafío. Mick y yo opinábamos que hacía falta un coro, una cosa de góspel, porque
habíamos estado tocando con cantantes negros de góspel en Estados Unidos. Y luego dijimos: «¿Y si en
vez de eso se lo damos aun coro inglés de los buenos, con todos esos blanquitos cantando
maravillosamente, a ver qué les podemos sacar?; les metemos algo de caña, que se muevan un poco,
¿sabes? You caaan’t always». Era una yuxtaposición magnífica.
A principios de junio, cuando estábamos trabajando a diario en todas esas canciones en los Olympic
Studios, le di unas cuantas vueltas de campana al Mercedes con Anita embarazada de siete meses de
Marlon dentro. Ella se rompió la clavícula. La llevé al hospital St. Richard y la recompusieron en media
hora mientras yo esperaba fuera (una gente maravillosa), pero a la salida nos estaban esperando los del
Departamento de Investigaciones Criminales de Brighton, que nos llevaron a la comisaría de Chichester
para interrogarnos. Tengo a una embarazada con la clavícula rota, ¡joder!, son las tres de la mañana y
ellos dándonos por saco. Cuanto más trato con la policía (sobre todo con la británica, debo decir), más
convencido estoy de que cuando les dan la formación hay algo que no se hace bien. Mi actitud
seguramente no ayudó, ¿pero qué quieren que haga, que me tire panza arriba? Ni loco. Sospechaban que
en todo aquel asunto había algo de drogas. Por supuesto que las drogas habían tenido algo que ver.
Deberían haber mirado en el roble que había al lado. Empezaron con: «¿Cómo volcó el coche? Debías ir
pasado». Pues la verdad es que no. Al dar una curva, cerca de Redlands ya, se encendió una luz roja y
dejó de funcionar todo. Un fallo hidráulico. Los frenos no funcionaban, la dirección no funcionaba… El
coche simplemente se me fue a un prado (terreno resbaladizo) y empezó a dar vueltas. Era un
descapotable: tres toneladas de coche cayéndole encima al parabrisas y la estructura que sujetaba la
capota. El milagro fue que el parabrisas aguantó. Luego me enteré de que había sido porque aquel coche
era del año 47 y por tanto fabricado con piezas sueltas de tanque y acero blindado inmediatamente
después de la guerra, con restos alemanes que habían quedado tirados por el campo de batalla, lo que
tuvieran a mano. Aquello era acero resistente de verdad. Vamos, que yo iba por ahí conduciendo un
tanque con capota de lona. No me extraña que se cruzaran Francia en seis semanas… No me extraña que
casi conquistaran Rusia… Los panzer me salvaron la vida.
Fue como si mi cuerpo abandonara el coche, lo vi todo desde fuera, a unos dos o tres metros por
encima del suelo. Es posible salir del propio cuerpo, te lo digo yo. Llevaba intentándolo toda la vida, pero
aquélla fue la ocasión en que lo experimenté de verdad. Vi cómo el trasto daba tres vueltas de campana a
cámara lenta, muy tranquilo, como si no fuera conmigo. Yo era un mero observador. Ni la menor emoción.
Ya estás muerto, ¡olvídate! Pero, mientras tanto, antes de que se me apagara la luz, tuve tiempo de
fijarme en los bajos del coche y vi que el bastidor tenía unas piezas remachadas en diagonal con una pinta
muy sólida. Todo parecía ir a cámara lenta. Aguantas la respiración un rato muy largo. Y soy consciente
de que Anita va en el coche y una parte de mi cerebro se está preguntando si ella también lo estará
viendo desde arriba. Me preocupa más ella que yo, claro, porque yo no estoy en el coche ya: me he
escapado a la mente, o adondequiera que vaya uno cuando pasan cosas así en cuestión de una décima de
segundo. Pero entonces el coche se desploma en el suelo con las ruedas para abajo, después de dar tres
vueltas, y choca contra un seto. Y de repente estoy de vuelta al volante.
Así que Marlon tuvo su primer accidente de tráfico dos meses antes de nacer. Claro, por eso nunca ha
conducido, por eso ni tiene carné de conducir. Su nombre completo es Marlon Leon Sundeep. Brando
llamó a Anita al hospital cuando dio a luz para felicitarla por Performance. «Marlon es un nombre que no
está mal. ¿Y si lo llamamos Marlon?». El pobre crío tuvo que pasar por toda una ceremonia religiosa
cuando volvimos con él del hospital a la casa de Cheyne Walk: el arroz, los pétalos de rosa, los cánticos…
Bueno, Anita era la madre, ¿no? Lo que tú digas, madre, acabas de dar a luz a nuestro hijo. También
vinieron a cantar unos baul de Bengala, cortesía de Robert Fraser, y además Robert le encargó una cuna
preciosa con pies de mecedora. Así que su nombre completo es Marlon Leon Sundeep Richards. Que es lo
más importante. El resto no es más que puro pretexto.

Resulta extraño recordar (teniendo en cuenta que había tenido que desenchufarle el ampli a Brian tres
años atrás, el día que se cayó redondo en medio de una grabación) que todavía está en algunas canciones
de 1969, el año en que murió: en «You Got the Silver» toca la autoarpa, la percusión en «Midnight
Rambler». ¿De dónde salía todo eso?: era la última bengala del náufrago.
En mayo estábamos probando a su sustituto, Mick Taylor, en los Olympic Studios: ya está en «Honky
Tonk Women», su pista ha quedado para la posteridad. No nos sorprendió lo bueno que era. Parecía tener
una habilidad natural para entrar en el momento justo. Todos habíamos oído tocar a Mick y lo conocíamos
porque había trabajado con John Mayally los Bluesbreakers. Todo el mundo me estaba mirando por ser el
otro guitarra, pero mi actitud era de «toco con el que sea». La única forma de saber si iba a funcionar era
tocar juntos. Y juntos hicimos cosas geniales, algunas de las mejores que han hecho los Stones. Mick lo
tenía todo: el toque melódico, un sostenido maravilloso y una habilidad especial para leer la canción;
sacaba un sonido magnífico, una movida que conmovía; llegaba a donde quería ir yo incluso antes que yo.
Había veces que me quedaba embobado escuchándolo, sobre todo cuando hacía slide, como por ejemplo
en «Love in Vain». En ocasiones, cuando no estábamos más que calentando, improvisando un poco, de
jamming, yo me quedaba: ¡buah! Supongo que ahí surgía la emoción. El tipo me encantaba, me encantaba
trabajar con él, pero era muy tímido y muy distante. Yo tenía la sensación de que se producía un cierto
acercamiento cuando estábamos trabajando en alguna movida o tocando y, cuando se soltaba el pelo, era
muy, pero que muy gracioso, pero siempre me costó mucho adivinar algo más que no fuera el Mick Taylor
que conocía del primer día. Se ve en la pantalla en Gimme Shelter: su cara no tiene expresión. Siempre
estaba luchando consigo mismo en algún lugar en su interior, y no hay mucho que pueda hacerse al
respecto; con tíos así es lo que pasa: no hay forma de que salgan a la superficie, tienen que luchar con sus
propios demonios. Igual conseguías sacarlo de ahí durante un par de horas, hasta puede que una tarde o
una noche enteras, pero al día siguiente volvía a estar rumiando algo. Dejémoslo en que no era el alma de
la fiesta. Bueno, hay gente a la que le tienes que dejar su espacio. Al final te das cuenta de que, con
algunos tíos, el primer día que los conoces, te enseñan todo lo que vas a ver de ellos jamás. Con Mick
Jagger en cambio es exactamente al revés.

Ya habíamos despedido a Brian hacía dos o tres semanas cuando murió: la cosa había llegado a un
punto en que era imposible seguir así, con lo cual Mick y yo nos fuimos para la casa de Winnie-the-Pooh
(la granja Cotchford, que había sido del escritor A. A. Milne y Brian acababa de comprar hacía poco). Nos
apetecía un carajo aquel encuentro, pero agarramos el coche, nos plantamos allí y le dijimos: «Oye, Brian,
se acabo, tío».
Estábamos en el estudio grabando con Mick Taylor cuando nos llamaron por teléfono: hay una
grabación de un minuto y treinta segundos de «I Don’t Know Why», una canción de Stevie Wonder, que se
corta porque sonó el teléfono y nos dijeron que Brian había muerto.
Conocí a Frank Thorogood, que en su lecho de muerte confesó haber ahogado a Brian en la piscina
donde lo encontraron muerto pocos minutos después del momento en que varios testigos lo vieron todavía
con vida. A mí lo de las confesiones en el lecho de muerte siempre me ha dado un poco de mala espina
porque la única persona que estaba allí aparte del muerto es un tío, una hija, lo que sea. «En su lecho de
muerte confesó que había matado a Brian». No tengo ni idea de si lo hizo o no. Brian tenía asma y se
metía Quaalude y Tuinal, que no son precisamente lo mejor para zambullirte en una piscina… es muy fácil
ahogarte si vas de esos rollos: estaba fuertemente sedado. Desde luego que su tolerancia a las drogas era
alta, no lo discuto, pero si se compara eso con el informe del forense… pleuresía, hipertrofia cardíaca y
trastornos renales. Aun así, me puedo imaginar una situación en la que Brian se pusiera insoportable con
Thorogood y los obreros que estaban haciendo obras en la casa de Brian y que seguramente se
descojonaban de él. Se cayó y no volvió a salir a la superficie. Pero cuando alguien confiesa «yo me
cargué a Brian», como mucho diría que fue homicidio involuntario. Vale, igual lo empujó, pero la intención
no era cargárselo. Seguro que les tocó los cojones a los obreros quejándose por todo y dando por saco.
Independientemente de si los obreros estaban por allí o no, había llegado a un punto en su vida en que ya
nada tenía sentido.
Tres días después, el 5 de julio, hicimos nuestro primer bolo después de dos años, en Hyde Park, un
concierto gratuito al que asistió aproximadamente medio millón de personas, fue increíble. Para nosotros
lo más importante era que actuábamos por primera vez desde hacía mucho tiempo y con cambios en la
plantilla porque fue nuestro primer concierto con Mick Taylor. Íbamos a tocar de todos modos. Claro que
por supuesto que se tenía que hacer algún tipo de comunicado, así que lo convertimos en un concierto en
memoria de Brian. Queríamos despedirlo a lo grande. Los altibajos de la relación con el tío son una cosa,
pero cuando resulta que ya no está… soltemos las palomas o, en este caso, dos sacos de mariposas
blancas.

Hicimos una gira por Estados Unidos en noviembre del 69 con Mick Taylor. B. B. King, y Ike y Tina
Turner eran los teloneros, lo que en sí mismo ya constituía un espectáculo en toda regla. Además, era la
primera vez que íbamos a largar delante del público los riffs con afinación abierta, el gran sonido nuevo.
Al que más le impresionaron fue a Ike Turner. La afinación abierta lo fascinó igual que me había pasado a
mí. Un día me arrastró a su camerino prácticamente a punta de pistola, creo que era en San Diego, y me
dijo: «Enséñame el rollo ese de las cinco cuerdas». Así que nos tiramos allí unos cuarenta y cinco minutos
y le enseñé lo básico. Luego sacaron Come Together, ese álbum maravilloso de Ike y Tina, y era todo con
cinco cuerdas. ¡Lo captó en cuarenta y cinco minutos! ¡Así! Pero, para mí, lo impresionante era: ¿yo le
estoy enseñando algo a Ike Turner? Con los músicos, hay una divisoria extraña entre la admiración, el
respeto y el reconocimiento. Cuando otros tipos se acercan y te dicen «enséñame eso», y son tíos a los
que llevas escuchando toda la vida, entonces es cuando sabes que te has hecho un hombre: bueno, no me
lo creo pero el hecho es que estoy en primera fila, con los mejores. Y la otra cosa que pasa con los
músicos (por lo menos con la mayoría) es que hay una reciprocidad, una generosidad mutua. «¿Sabes
cómo va eso? Sí, mira, va así». Por lo general no hay secretos, todo el mundo intercambia ideas. «¿Cómo
lo has hecho?». Te lo enseña y comprendes que en realidad es muy sencillo.
Cuando la máquina ya estaba perfectamente engrasada y funcionaba a buen ritmo, a principios de
diciembre, acabamos en los Muscle Shoals Sound Studios, en Sheffield, Alabama, al final de la gira (o casi
al final porque todavía quedaba a lo lejos el concierto de Altamont, donde íbamos a tocar en unos días).
En Muscle Shoals fue donde grabamos «Wild Horses», «Brown Sugar» y «You Gotta Move»: tres
canciones en tres días, en esos estudios perfectos para grabar en ocho pistas, genial para trabajar, sin
pretensiones ni hostias. Allí podías hacer pruebas sin andar con chanchullos, tal cual: «Oye, espera,
¿podemos poner el bajo aquí?». Simplemente entrabas, tocabas y ahí quedaba. Era la crème de la crème
de los estudios, sólo que estaban en el quinto pino. La gente que había montado el estudio (los dueños
eran un puñado de sureños geniales: Roger Hawkins, Jimmy Johnson y un par más) eran todos músicos
conocidos, miembros de la Muscle Shoals Rhythm Section que durante un tiempo había pertenecido a la
banda residente de los estudios FAME de Rick Hall, ubicados entonces en la ciudad de Muscle Shoals,
Alabama. Eso ya le daba al tema cierto empaque porque algunos de los mejores discos de soul de los
últimos años habían salido de allí: Wilson Pickett, Aretha Franklin, el «When a Man Loves a Woman» de
Percy Sledge. Así que, para nosotros, estaba a la altura de Chess Records, por mucho que estuviera en un
lugar dejado de la mano de Dios y que hubiésemos querido grabar en Memphis. Pero lo mejor es oír al
difunto Jim Dickinson, el pianista de «Wild Horses», contar lo que pasó. Era sureño y por tanto se le daba
muy bien contar historias.

Jim Dickinson: Esta es una parte de la historia que no sabe nadie porque hasta Stanley Booth, por el motivo que
sea, prefirió no contarla en su libro, pero llegaron a Muscle Shoals a través de Stanley: él viajaba con ellos por lo
de la biografía y un día me llamó en mitad de la noche. Mi mujer y yo lo conocimos en Auburn y estuvimos con él
en el concierto pensando que ahí quedaba la cosa, pero resulta que me llama al cabo de una semana, semana y
media y me dice: ¿hay algún sitio en Memphis donde puedan grabar los Stones? Tienen tres días al final de la gira
y como llevan tantas semanas tocando juntos van ya lanzados y tienen material nuevo. Por aquel entonces, la
Federación Americana de Músicos le daba a una banda extranjera un permiso para hacer una gira o un permiso
para grabar, pero no para las dos cosas. Y en Los Angeles les habían prohibido grabar. Por lo que yo había oído,
Leon Russell había intentado organizarles una sesión en Los Angeles y el sindicato de músicos le había puesto
una multa. En cualquier caso, andaban buscando un estudio que quedara fuera del alcance del radar y se les
ocurrió que podía ser Memphis. Bueno, los Beatles ya intentaron grabar en Memphis, en el Stax, y les habían
dicho que no por temas de seguro, o por lo que fuera, y la verdad es que en Memphis no había ningún sitio donde
hubieran podido grabar bien manteniendo el anonimato. Así que eso fue lo que le dije a Stanley, que se cabreó
mucho y me salió con:
— ¡Pues muy bien!, ¿y qué coño les tengo que decir?
—Pues diles que vayan a Muscle Shoals, allí no tienen ni idea de quiénes son —le contesté. (De hecho no
sabían quiénes eran).
Pero a Stanley no le gustó la idea:
—Pero es que yo no conozco a los palurdos esos… ¿Cómo se supone que voy a…?
—Llama a Jerry Wexler, él te lo organizará.
Lo que yo no sabía en esos momentos, lo que nadie sabía, era que el contrato de los Stones con EMI estaba
dando las últimas boqueadas. Bueno, apuesto lo que quieras a que Wexler lo sabía porque lo organizó todo en un
abrir y cerrar de ojos. El caso es que no vuelvo a oír nada más del tema durante una semana o diez días y
entonces Stanley me llama otra vez de repente a altas horas y me dice: nos vemos en Muscle Shoals el jueves, los
Stones van a grabar; no se lo digas a nadie. Así que no fui en mi coche sino en el de mi mujer, que no reconocería
nadie. Bajé hasta allí en coche. Los viejos estudios están al lado de la carretera, enfrente del cementerio, de
hecho antes lo que había habido allí era una fábrica de ataúdes. Era un edificio muy pequeño. Total, que voy para
la puerta y me abre Jimmy Johnson, pero sólo una rendija, me mira y dice:
— Dickinson, ¿qué quieres?
—He venido a la sesión de los Stones —le contesto.
—¡Joder! ¿Lo sabe todo el mundo en Memphis o qué?
—No, Jimmy, no lo sabe nadie, no pasa nada, no te preocupes.
Todavía no había llegado nadie, ellos tampoco. Cuando aparecieron, yo creo que ése fue el avión más grande
que había aterrizado en el aeropuerto de Muscle Shoals hasta la fecha. Me pude quedar porque estaba con
Stanley. Hay varias personas que dicen que estaban allí pero la verdad es que no había nadie. Me han preguntado
varias veces si Gram Parsons estaba: ¡joder!, si hubiera estado Gram Parsons desde luego yo no habría tocado el
piano, habría sido él… No había absolutamente nadie de fuera. Keith y yo nos caímos bien desde el primer
momento y, mientras esperábamos a Jagger y a no sé quién más, empezamos a improvisar un poco. Hoy día
todavía creen que soy un pianista de country, no tengo muy claro por qué, porque el hecho es que casi no sé tocar
música country. Sí que sabía un par de fraseos de Floyd Cramer…, pero yo creo que fue por Gram Parsons. Se
hicieron amigos de Gram y me parece que Keith estaba como fascinado con el country, así que esa tarde
estuvimos tocando un rato canciones de Hank Williams y jerry Lee Lewis y me dejaron quedarme.
Y cuando Mick estaba cantando «Brown Sugar», me di cuenta de que la frase que daba paso al estribillo era
diferente. Yo estaba en los controles con Stanley y le dije: Stanley, se está dejando una frase muy buena. Y, justo
en ese momento, se oyó una voz que salía de un sofá que teníamos detrás: Charlie Watts estaba allí sentado, y yo
no me había dado cuenta, porque si no, no habría dicho nada. El caso es que Charlie me suelta:
— ¡Díselo!
— ¡Yo no se lo voy a decir!
Y va Charlie y se acerca a la consola y aprieta el botón del micro a sala:
— ¡Díselo! —me insiste.
— ¡Bueno, bueno…! Esto, Mick, te estás dejando una frase. En la primera estrofa dices hear him whip the
women just around midnight[44] que es una frase genial.
Y Jagger medio se ríe y dice:
—Ah, ya… ¿Quién es el que habla, Booth?
—No, es Dickinson —le aclara Charlie Watts.
—Es lo mismo —contesta Jagger
No tengo muy claro qué quiso decir, seguramente «otro sureño sabiondo». Así que, si me puedo poner la
medalla de haber hecho alguna contribución a la historia del rock and roll, es ésa, porque ¡juro por Dios que hear
him whip the women está ahí gracias a mí!
Dickinson era un pianista excelente. Seguramente supuse que era pianista de country solamente porque
era del Sur. Luego me enteré de que tenía un repertorio bastante más amplio. Tocar con tíos así era un
respiro porque al final te quedabas atrapado en esa movida de ser «estrella» y había un montón de tíos de
los que habías oído hablar y con los que querías tocar pero nunca surgía la oportunidad. Así que trabajar
con Dickinson y simplemente pillarle el punto al Sur de verdad, y la manera como por allí nos aceptaban
automáticamente, eso era maravilloso. Te decían: «¿Eres de Londres? ¿Y cómo coño es que tocas así?».
Jim Dickinson, que era el único músico aparte de los Rolling Stones e Ian Stewart que estuvo presente,
se quedó de piedra cuando el tercer día empezamos a trabajar en «Wild Horses» y Stu se retiró a segunda
fila sin problema: «Wild Horses» empezaba con un acorde en Si menor y él no tocaba acordes menores
(«puta música china»). Así fue como Dickinson acabó tocando en la grabación.
«Wild Horses» casi se escribió sola. Tuvo mucho que ver (una vez más) con el tema de jugar con la
afinación. Encontré unos acordes, sobre todo tocando con una guitarra de doce cuerdas al principio, que
le daban a la canción un carácter especial, hay un cierto aire de tristeza desamparada que le puedes
sacar a una de doce. Creo que empecé en una de seis normal con un acorde abierto de Mi, y sonaba muy
bien, pero hay veces que simplemente se te ocurren cosas: ¿y si le meto afinación abierta a una guitarra
de doce? Al final, era traducir lo que estaba haciendo Blind Willie McTell (slide con guitarra de doce) a
una de cinco, lo que en definitiva significaba una guitarra de diez cuerdas. Ahora tengo un par, hechas
especiales. Fue uno de esos momentos mágicos en que todo encaja, como con «Satisfaction».
Simplemente es como un sueño y, de repente, lo tienes todo al alcance de la mano. Una vez que lo ves
claro en tu cabeza, una vez que tienes la imagen de wild horses[45] entonces, ¿qué haces con ella?, ¿cuál
va a ser la siguiente frase? Tiene que ser couldn't drag me away[46]. Esa es una de las cosas geniales que
tiene componer canciones, que no es una experiencia intelectual. Igual de vez en cuando tienes que usar
la cabeza aquí y allí, pero básicamente se trata de capturar los momentos. Jim Dickinson (¡gran tío!), que
murió el 15 de agosto de 2009 mientras se escribía este libro, dirá luego «sobre qué» va «Wild Horses».
Yo no estoy seguro. Nunca entendí la composición de canciones como una forma de escribir un diario,
aunque con el paso del tiempo te das cuenta de que así era en muchas ocasiones.
¿Qué es lo que te mueve a escribir canciones? En cierto sentido, quieres tocar el corazón de otra
gente, quieres plantarte ahí, o por lo menos sacar un eco cuando esas otras personas se convierten en un
instrumento mucho mayor que el que estás tocando tú. Llegar a otra gente acaba siendo una obsesión.
Escribir una canción que se recuerde y se lleve en el corazón supone un momento de reconocimiento, de
pararse a ver qué pasa con el otro. Es como un hilo por el que todos estamos unidos, una puñalada al
corazón. A veces pienso que componer va de tensar las fibras sensibles todo lo que se pueda sin
provocarle a nadie un infarto.
Con lo que dice aquí, Dickinson me ha recordado la velocidad a la que hacíamos las cosas por aquel
entonces. Estábamos en plena forma después de las semanas de gira, no hacía falta ensayar. Aun así, se
acuerda de que «Brown Sugar» y «Wild Horses» las hicimos en dos tomas: nada que ver con lo de épocas
posteriores en las que me miraría con lupa cuarenta o cincuenta versiones de una canción buscando la
chispa. Lo que tenía grabar con ocho pistas era que se trataba de enchufar y lanzarse. Y era un formato
perfecto para los Stones: entrabas en aquel estudio y sabías dónde iba a ir la batería y cómo iba a sonar.
Poco después empezarían las grabaciones con dieciséis y hasta veinticuatro pistas y andaría todo el
mundo a gatas por unas consolas inmensas, lo que hace mucho más complicado grabar un disco porque el
lienzo se hace inmenso y cuesta mucho más centrarse. Ocho pistas es mi forma preferida de grabar para
una banda de cuatro, cinco, seis.
Puesto que todavía seguimos tocando esas canciones, ahí va un último comentario de Jim sobre aquella
sesión hasta cierto punto histórica:

Jim Dickinson: La primera noche empezaron a darle una vuelta a «Brown Sugar» pero no llegaron a grabar
nada. Yo observaba a Mick mientras escribía la letra: tardó cuarenta y cinco minutos, ¡un escándalo, el tío la
compuso tan rápido como le daba la mano para escribirla! Nunca he visto nada igual. Tenía un cuaderno de esos
de papel amarillo a rayas y escribía una frase, sólo una, un verso, y luego pasaba la página, y cuando ya había
llenado tres, empezaron a grabar. ¡Era increíble!
Si escuchas la letra, oyes que dice skydog slaver [negrero de perros celestes] aunque en las transcripciones
siempre se lee scarred old slaver [viejo negrero con cicatrices]. ¿Y eso qué significa? Skydog [perro del cielo] es
el apodo que le pusieron a Duane Allman en Muscle Shoals porque siempre estaba drogado, y se ve que Jagger se
lo oyó decir a alguien, pensó que era una palabra estupenda y la usó. Estaba escribiendo sobre el Sur, y era
increíble ver cómo lo hacía. Y lo mismo pasó con «Wild Horses». Keith tenía «Wild Horses» escrita, pero era una
nana. Iba sobre Marlon y no querer irse de casa porque acababa de tener un hijo. Luego Jagger la reescribió y,
claramente habla de Marianne Faithfull: estaba obsesionado con ella, como un colegial, y la canción va sobre eso.
Tardó un poco más que con «Brown Sugar», igual una hora, pero no mucho más.
Lo hacían así: Keith tenía unas cuantas palabras y las iba gruñendo y gimiendo y entonces alguien le decía a
Mick «¿pero te estás enterando de algo?», y Jagger se quedaba mirando al que preguntaba con cara de «por
supuesto»; como si estuviera traduciendo, ¿sabes?
Las partes vocales eran muy descarnadas, tal cual. La última noche se pusieron los dos de pie delante del
micro con un quinto de burbon que se iban pasando y se cantaron la melodía y la armonía de las tres canciones
de un tirón; poco más o menos ventilaron el tema todo lo rápido que pudieron.

De Muscle Shoals nos fuimos al circuito de Altamont: de lo sublime a lo ridículo.


Altamont fue extraño, sobre todo porque nosotros íbamos bastante relajados después de haber estado
de gira y grabando. ¡Claro, haremos un concierto gratuito, ningún problema!, ¿por qué no? Muchas
gracias a todo el mundo. Y luego se apuntaron los Grateful Dead: los invitamos porque ellos eran los que
hacían ese tipo de cosas todo el tiempo, así que nos pegamos a su rueda y dijimos: ¿nos dará tiempo a
organizar uno para dentro de dos o tres semanas? La cuestión es que Altamont no hubiera sido Altamont
en absoluto si no llega a ser por la estupidez del cerril y muy poco inteligente ayuntamiento de San
Francisco: lo íbamos a hacer en su equivalente a Central Park; ya tenían el escenario montado y luego de
repente cancelaron los permisos y las licencias y lo desmontaron. Lo de Altamont surgió en plan «podéis
usar este sitio»; estábamos grabando en Alabama, en algún lugar perdido, así que dijimos, vale, lo que
digáis, decidnos dónde y nosotros nos presentamos a tocar.
Al final resultó que el único sitio que había era el circuito de Altamont, que está más allá del quinto
infierno. No había seguridad de ningún tipo excepto por los Ángeles del Infierno, si es que eso se puede
llamar seguridad. Pero era el año 69 y la anarquía campaba por sus fueros. Se veía poca policía en el
recinto: me parece que vi a tres polis para medio millón de personas; seguro que había alguno más, pero
en cualquier caso la presencia era mínima.
Algo así como una inmensa comuna surgió de la nada y se mantuvo durante dos días. Tenía todo una
pinta muy medieval: tíos con campanillas entonando cánticos («hachís, peyote»)… Se ve todo en Gimme
Shelter. Fue una verdadera apoteosis de la comunión jipi y una muestra de lo que puede suceder cuando
las cosas se tuercen. De hecho, me sorprendió que las cosas no salieran aún peor.
Asesinaron a Meredith Hunter y otras tres personas murieron en sendos accidentes. En espectáculos
de esas dimensiones a veces hay cuatro o cinco que mueren asfixiados o pisoteados. En un concierto
completamente legal de los Who murieron once. Pero en Altamont vimos el lado oscuro de la naturaleza
humana, comprobamos lo que puede ocurrir en el lugar más tenebroso; fue un regreso a las cavernas en
cuestión de horas gracias a Sonny Barger y su cuadrilla de «Ángeles», al tinto barato (Thunderbird and
Ripple, el peor matarratas de uva fermentada que existe) y al ácido chungo. Para mí fue el final del sueño.
Claro que también estaba el lado flower power, aunque de eso no vimos mucho, pero quedaba al menos la
intención; y no dudo de que vivir en Haight-Ashbury[47] entre el 66 y el 70, e incluso después, fuera
estupendo; todo el mundo se llevaba bien y era una forma distinta de hacer las cosas. Pero América era
extrema, oscilaba entre los cuáqueros y el amor libre… Y todavía sigue así. Por aquel entonces se
respiraba un ambiente de rechazo a la guerra y la gente estaba en plan déjame en paz, yo sólo quiero
agarrar un ciego.
Stanley Booth y Mick volvieron al hotel después de que inspeccionáramos el lugar, pero yo me quedé
porque el ambiente era de lo más entretenido y pensé: «No me voy a ir al Sheraton para volver otra vez
mañana. Voy a estar de principio a fin (eso pensé), tengo no sé cuántas horas para sintonizar con lo que
está ocurriendo aquí». Fue fascinante. Se notaba en el aire que podía pasar cualquier cosa. Hacía
bastante buen tiempo durante el día (como suele ocurrir en California), pero cuando se iba el sol hacía un
frío que pelaba. Y ahí empezó a dar los primeros coletazos el averno de Dante. Algunos (los jipis)
procuraban denodadamente ser encantadores; casi se puede decir que había una cierta desesperación
con el amor y la concordia: querían que fuese verdad, querían sentir que existía.
Y ahí los Ángeles del Infierno ciertamente no ayudaron. Ellos tenían otro plan: básicamente,
desentenderse de aquello tanto como fuera posible. No era precisamente una fuerza de seguridad
organizada. Algunos tenían los ojos en blanco, se mordían los labios… Y luego estaba la provocación
deliberada de plantar las motos delante del escenario, porque, según parece, no se puede tocar la moto
de un Ángel, está totalmente prohibido. Hicieron una barrera con las harleys y avisaron de que nadie
podía ponerles una mano encima; pero, claro, con la muchedumbre empujando hacia el escenario era
inevitable. En Gimme Shelter, se ve la cara de un Angel que lo dice todo: al tío le sale espuma por la boca;
tiene los tatuajes, el cuero y la coleta; está esperando a que alguien toque su moto para ponerse manos a
la obra. Además venían bastante bien armados con palos de billar cortados, y todos llevaban cuchillo. Yo
también, pero una cosa es llevarlo y otra usarlo; ahí está la diferencia: es el último recurso.
Cuando empezó a oscurecer salimos al escenario. La atmósfera tenía tintes siniestros. Ya lo dijo Stu
(también estaba): «Menuda situación, Keith». «No nos queda otra que tocar, Stu», le contesté. Había un
montón de gente y con las luces (que en el escenario te dan siempre en la cara) sólo podíamos ver a los
de las primeras filas; así que de hecho estábamos medio ciegos, no podíamos ver lo que estaba pasando.
Nos limitábamos a cruzar los dedos.
Y además, ¿qué ibas a hacer? Los Stones están tocando, ¿con qué te voy a amenazar para que no te
desmandes? «No tocamos», farfullé. «Calma, de lo contrario no volveremos a tocar, eso seguro», dije yo.
¿Qué sentido tiene arrastrar el culo hasta aquel agujero si no vas a ver nada? Para entonces la suerte ya
estaba echada.
Poco después empezó el caos. En la película se ve a Meredith Hunter con una pistola en la mano, y
también cómo lo apuñalan. Llevaba puesto un traje verde pálido y un sombrero; y a él también le salía
espuma por la boca, estaba tan enloquecido como los demás. Ponerles un arma a los Ángeles delante de
las narices era una insensatez: ¡era eso lo que están esperando! El detonante. Dudo que estuviera
cargada, pero el tío quería hacerse el gallito: mal momento y mal sitio.
Nadie advirtió que la puñalada lo había matado y el concierto siguió. Gram también estaba, ese día
tocaba con los Burritos. Nos amontonamos todos en su moto, no sé ni cómo. Fue como salir de cualquier
otra actuación. Gracias a Dios que escapamos de allí porque, efectivamente, fue aterrador. Estábamos
acostumbrados a las salidas terroríficas, aunque ésta tenía otra dimensión y en un sitio que
desconocíamos; pero no fue peor que salir del Empress Ballroom de Blackpool. De hecho, si no hubiera
sido por el asesinato nos habría parecido que había ido todo como una seda, aunque por los putos pelos.
También fue la primera vez que tocamos «Brown Sugar» delante del público, un bautismo de fuego en el
tumulto de aquella noche californiana. Nadie se enteró de lo que había pasado hasta que llegamos al
hotel o incluso puede que fuera a la mañana siguiente.

Que Mick Taylor estuviera con la banda en esa gira del 69 desde luego sirvió para unir a los Stones de
nuevo. Así que hicimos Sticky Fingers con él. Y la música cambió, casi de manera inconsciente. Compones
con Mick Taylor en mente, sin darte ni siquiera cuenta, porque sabes que puede hacer cosas diferentes.
Le tienes que dar algo con lo que disfrute de verdad, no el mismo rollo de siempre, que era lo que le
llegaba con John Mayall y los Bluesbreakers. Así que no paras de buscar maneras distintas de dárselo. La
idea es que, si consigues entusiasmar a los músicos, lo lograrás con el público también. Algunas de las
canciones de Sticky Fingers se basaban en la convicción de que Taylor iba a salir con algo genial. Cuando
volvimos a Inglaterra, ya teníamos «Sugar», «Wild Horses» y «You Gotta Move». El resto las grabamos en
casa de Mick, en nuestro nuevo «Mighty Mobile», un estudio de grabación móvil, y alguna cosa en los
Olympic entre marzo y abril de 1970. «Can’t You Hear Me Knocking» salió sola: yo simplemente encontré
la afinación y el riff y empecé a tocarla, y Charlie se subió en marcha y todos pensando: «¡Hey, esto tiene
su ritmo!». Así que con ésa todo fueron sonrisas. Para un guitarrista, esos acordes entrecortados, las
ráfagas de staccato, no tienen mayor complicación: muy directo y sin artificios. Marianne tuvo mucho que
ver con «Sister Morphine». Conozco la manera de escribir de Mick, que por aquel entonces vivía con
Marianne, y algunas de las frases son de ella. «Moonlight Mile» es de Mick de cabo a rabo: hasta donde
puedo recordar, él llegó con la idea y la banda simplemente encontró la manera de tocarla. ¡Y Mick sabe
escribir! Es increíble lo prolífico que era en aquella época, a veces hasta llegabas a preguntarte cómo
coño se cerraba el grifo. Había ocasiones en que se le ocurrían tantas cosas: «Estás saturando las ondas,
tío». No me quejo, es genial poder hacerlo. No es lo mismo que escribir poesía o simplemente letras
porque tiene que encajar con lo que ya hay; el verdadero letrista hace eso, es un tío al que le dan una
pieza musical y monta la parte vocal sobre eso, y a Mick se le da de miedo.
Por aquel entonces empezamos a invitar a diferentes músicos a tocar con nosotros en alguna canción:
los llamados «supersubalternos» (algunos todavía andan cerca). Nicky Hopkins estaba casi desde el
principio; Ry Cooder vino y casi se larga. En Sticky Fingers retomamos el contacto con Bobby Keys, el
gran saxofonista tejano, y su compañero Jim Price. A Bobby lo habíamos visto brevemente (por primera
vez desde nuestra primera gira por Estados Unidos) en los Elektra Studios donde él estaba grabando con
Delaney & Bonnie. Jimmy Miller estaba trabajando allí en Let It Bleed y llamó a Bobby para que tocara el
solo de «Live with Me»: era una canción cruda, directa, rock and roll del que encoge las pelotas, hecha a
medida para Bobby. De ahí surgió una larga colaboración. Él y Price pusieron un poco de viento al final de
«Honky Tonk Women», pero luego en la mesa de mezclas los bajaron tanto que sólo se les oye en el último
segundo y medio, y apagándose. Chuck Berry metía un saxofón al final del todo en «Roll Over Beethoven»
y nos encantó la idea de añadir otro instrumento justo al final.
Keys y Price habían ido a Inglaterra a hacer unas cuantas sesiones con Clapton y George Harrison y
Mick se los encontró en una discoteca. Así que fue un poco cuestión de agarrarlos mientras los teníamos
a mano. Juntos eran la bomba, y Mick opinaba que necesitábamos meter algo de viento, y por mí no había
ningún problema. El bulldog de Texas me lanzó una mirada:
—Hemos tocado juntos antes —me dijo en tejano.
—¿Ah, sí?, ¿dónde?
—En la Teen Fair de San Antonio.
— ¡Ah! ¿Estabas?
—¡Joder, y tanto que estaba!
—¡A la mierda con eso! ¡Vamos a hacer rock! —dije llegados a ese punto.
Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja acompañada de un apretón de manos que casi me la tritura.
¡Eres un hijo de puta, Bobby Keys! Fue en la sesión de diciembre del 69 en la que Bobby se soltó la
melena con «Brown Sugar»: para aquellos tiempos, un bombazo tan grande como cualquier otra cosa que
pudiera escucharse en las ondas.

Gram Parsons y yo intentamos dejar la droga un par de veces en aquella época: en ambas ocasiones
sin éxito. He pasado más monos que ramas hay en los árboles; al final ya me tomaba la semana de
infierno como algo habitual, como parte de lo que estaba haciendo. Pero, francamente, con pasar el mono
una vez ya hay más que suficiente, y así debería ser. Aunque, por otro lado, me sentía invencible, y
además también me sacaba un poco de quicio que la gente me anduviera diciendo lo que podía o no podía
meterme en el cuerpo.
Siempre tuve la impresión de que, por muy ciego que estuviera, podía cumplir con mi parte del trato. Y
además era presuntuoso en el sentido de que creía que podía controlar la heroína, que podía tomarla y
dejarla cuando quisiera. Pero es mucho más seductora de lo que uno cree, porque durante un tiempo la
tomas y la dejas, pero cada vez que la dejas te cuesta un poco más. Por desgracia, no puedes elegir el
momento en el que debes dejarla. Empezar a tomarla es fácil, pero dejarla es difícil y en realidad no
quieres estar nunca en una posición en la que de repente llegue alguien en tromba y te diga
«acompáñeme, por favor», y te das cuenta de que tienes que dejarla porque no estás en condiciones de ir
a comisaría a pasar allí el mono. Tienes que pensar en eso y decir: bueno, la manera más fácil de que eso
no me llegue a pasar jamás es no meterme.
Pero seguramente hay un millón de razones por las que sí te metes. Creo que tiene que ver con subirse
a un escenario: los niveles de adrenalina y energía son tan altos que requieren (si lo encuentras) un
antídoto. Y el caballo lo veía como parte de toda la historia. ¿Por qué te haces algo así a ti mismo? A mí
nunca me gustó particularmente ser famoso y si estaba ciego me resultaba más sencillo enfrentarme a la
gente, claro que para eso también me habría servido el alcohol, ésa no es toda la respuesta. También
sentía que lo hacía para no ser una «estrella del pop». Había algo que realmente no me gustaba con
relación a ese aspecto de lo que estaba haciendo: el bla bla bla. Me costaba mucho lidiar con eso y si
estaba con el caballo no me resultaba tan difícil. Mick eligió los halagos, que son como el jaco: una
evasión de la realidad. Yo elegí la heroína. Y además estaba con mi mujer, Anita, a la que le iba el tema
tanto como a mí. Creo que sencillamente queríamos explorar un camino nuevo, aunque, en realidad, sólo
teníamos intención de recorrer unas cuantas manzanas, pero al final nos lo hicimos entero.
Fue Bill Burroughs el que me consiguió la apomorfina y a Smitty, la malvada enfermera de Cornualles.
La cura que hicimos Gram Parsons y yo con ella era una terapia de aversión total a la heroína. A Smitty le
encantaba aplicarla: «Ya es la hora, chicos». Y Gram y yo en mi cama: «¡Joder, no, por ahí viene Smitty
otra vez!». Los dos necesitábamos desengancharnos; fue justo antes de la gira de despedida del 71,
cuando él y la que pronto sería su mujer, Gretchen, vinieron a Inglaterra y nosotros empezamos en
nuestra línea como de costumbre. Bill Burroughs nos recomendó a aquella mujer odiosa para que nos
administrara la apomorfina de la que Burroughs hablaba sin parar, una terapia que resultó bastante inútil
aunque a Burroughs le parecía una maravilla. Yo la verdad es que al tipo no lo conocía demasiado excepto
por las conversaciones que habíamos tenido sobre drogas: sobre cómo dejarlas o sobre cómo conseguir la
calidad que estás buscando. Smitty era la enfermera favorita de Burroughs y resultó ser una sádica; la
cura consistía en chutarnos aquella mierda y luego quedarse vigilando: «¡Deja de lloriquear, niñato, no
estarías como estás si no la hubieras cagado antes!». Aquella cura la hicimos en mi casa de Cheyne Walk,
Gram y yo tirados en mi cama con dosel (el único tío con el que he dormido en mi vida), sólo que no
hacíamos más que caernos de la cama por culpa de las convulsiones que nos provocaba el tratamiento.
Teníamos un cubo para vomitar, eso si conseguías dejar de temblar violentamente durante más de dos
segundos para acercarte: «¿Tienes el cubo, Gram?». Nuestra única vía de escape, si lográbamos ponernos
de pie, era bajar a tocar el piano o cantar un rato, o todo el rato posible para matar las horas. Es una cura
que no le recomiendo a nadie. Muchas veces me he preguntado si no sería una broma de Burroughs
recomendarme la que seguramente era la peor terapia por la que había pasado.
No funcionó. Son setenta y dos horas interminables que te has pasado meándote y cagándote encima,
con espasmos y temblores y, después de eso, te quedas (si te queda algo) agotado. Cuando te metes, es
como si mandaras a dormir las otras cosas, tus endorfinas. Es como si dijeran «¡ah, bueno, pues eso es
que no nos necesita!» porque te estás metiendo otra cosa. Total, que tardan setenta y dos horas en
despertarse y volver a ponerse en marcha. Después de todo eso, de una semana de esa mierda, necesitas
un chute: la de veces que he pasado el mono para ir a meterme en cuanto ha pasado, por lo duro que es el
mono en sí.
Los poderes establecidos no podían someter a tortura a una mariposa pero lo intentaron una y otra vez
en mi casa de Cheyne Walk a finales de los sesenta y principios de los setenta. Acabé acostumbrándome a
que me lanzaran de un golpe contra la puerta de mi propia casa cuando volvía de algún club a las tres de
la mañana: justo cuando estaba llegando a la verja, aparecían entre los arbustos unos tíos con porra. Vale,
vale, aquí estamos otra vez, asumámoslo. «Contra la pared, Keith». Esa familiaridad fingida me tocaba los
cojones. Lo que querían era que te achantases, pero yo ya había pasado por eso unas cuantas veces: «¡Ay,
pero si es la Patrulla Voladora!». Y ellos me salían con «desde luego no volamos tan alto como estás
volando tú ahora» y todo ese rollo. Nunca tenían orden de registro, pero estaban jugando a su propio
juego.
«¡Esta vez sí que te tenemos, compañero, la madre que te parió! —las caras de júbilo al pensar que me
habían pillado—. ¡Ay, pero a ver!, ¿qué tenemos aquí, Keith?». Y yo sabía que no llevaba nada encima.
Pero se ponían en plan duro porque querían ver si podían hacer que una estrella del rock and roll se
cagara de miedo. Pues os lo vais a tener que currar mucho más. A ver hasta dónde estáis dispuestos a
llegar. Oficiales entrando y saliendo y mirando papeles, y que además no las tenían todas consigo sobre
qué iba a pasar cuando la prensa se enterara de que me habían vuelto a detener y se preguntaban si el
detective Superagente habría tomado la decisión correcta esa noche al dejarse llevar por su fervor en el
cumplimiento de la sagrada misión de librar al mundo de otro guitarrista yonqui.
Además era verdaderamente molesto levantarte todas las mañanas con aquellos moscardones azules,
los bobbies, merodeando a la puerta de tu casa, despertarte dándote cuenta de que eres un criminal. Al
final empiezas a pensar como tal. Hay una gran diferencia entre salir de la cama por la mañana diciendo
«¡bonito día!» y asomar la nariz por las cortinas para ver si siguen ahí fuera los coches sin matrícula (o
levantarte dando gracias de que no hayan llamado a la puerta en mitad de la noche). ¡Menuda manera de
comerte el tarro! No estábamos destruyendo la virtud de la nación pero ellos estaban convencidos de que
sí, así que al final nos arrastraron a la guerra.

Fue Chrissie Gibbs el que puso a Mick en contacto con Rupert Loewenstein cuando se vio claramente
que teníamos que cortar con Allen Klein y sus artimañas. Rupert era ejecutivo de un banco comercial,
muy correcto, de fiar, y pese a que no llegamos a hablar con él hasta que no pasó algo así como un año
desde que había empezado a trabajar para nosotros, desde el primer día me llevé muy bien con él. Rupert
descubrió que me gustaba leer y, libro a libro, yo iría acumulando una biblioteca entera de volúmenes
enviados por él.
No le gustaba el rock and roll, creía que «componer» era una cosa que se hacía con lápiz y papel,
como Mozart. Ni siquiera había oído jamás cantar a Mick Jagger la primera vez que habló con él. A lo
largo de un período de diecisiete años interpusimos siete demandas contra Allen Klein y al final era todo
una farsa, con ambas partes saludándose amigablemente y parloteando en la sala en que se reunían como
si aquello fuera un día normal en la oficina. Rupert por lo menos aprendió la jerga del sector, aunque
nunca se involucró emocionalmente con la música.
Nos llevó un tiempo enterarnos de qué había tomado Allen Klein sin permiso y qué era y no era
nuestro ya. Habíamos montado una empresa en el Reino Unido llamada Nanker Phelge Music, en la que
todos participábamos. Así que cuando llegamos a Nueva York firmamos un contrato en el que se
estipulaba que todo debía pasar por una empresa llamada también Nanker Phelge que (eso supusimos)
era Nanker Phelge USA, la filial americana de la británica. Pero, claro, al cabo de un tiempo acabaríamos
descubriendo que la empresa de Klein en Estados Unidos no tenía la menor relación con Nanker Phelge
UK y era propiedad única y exclusivamente de Klein. Así que todo el dinero iba a Nanker Phelge USA.
Cuando Mick quiso comprarse la casa de Cheyne Walk tuvo que esperar dieciocho meses para que Klein
le diera el dinero porque Allen estaba intentando comprar MGM.
Klein era un abogado frustrado al que le encantaba la letra pequeña y el hecho de que la justicia y la
ley no tuvieran nada que ver; para él era un juego. Al final resultó que era propietario de los derechos y
los másteres de todo nuestro trabajo, de todo lo que habíamos compuesto y grabado durante todo el
contrato con Decca, que acababa a finales de 1971, pero que en realidad terminó en 1970 con Get Yer Ya-
Ya’s Out! Klein era el dueño del material inacabado o en proceso hasta el límite de 1971 y ahí estaba la
verdadera complicación: lo que estaba en litigio era si las canciones entre ese disco y las del año 71 le
pertenecían. Al final le concedimos dos, «Angie» y «Wild Horses». Él se quedó con los derechos de autor
de las canciones de varios años y a nosotros se nos concedió una parte de las regalías.
Todavía tiene los derechos de «Satisfaction», o sus herederos, porque él murió en 2009. Pero a mí me
la trae floja. Nos sirvió de lección. Hiciera lo que hiciera luego, fue él quien nos llevó corriente arriba, fue
el que lo puso todo en marcha, aunque claro está que «Satisfaction» ayudó bastante en su momento. He
ganado más dinero cediendo los derechos de autor de «Satisfaction», y además mi intención nunca ha
sido forrarme. Evidentemente, en un primer momento sí lo fue («¿ganamos lo suficiente para pagarnos
las cuerdas de guitarra?»), pero luego se convirtió en «¿ganamos lo suficiente para montar el tipo de
espectáculo que queremos montar?». Diría lo mismo de Charlie, y de Mick también. Sobre todo al
principio; no es que no nos importe ganar dinero, pero la mayor parte lo reinvertimos para financiar lo
que queremos hacer. Así que el resumen es que Allen Klein fue a la vez el que nos hizo y el que nos jodió.
Marshall Chess, que fue ascendiendo desde la sección de envíos hasta convertirse en presidente de la
discográfica Chess cuando murió su padre, acababa de vender la empresa y andaba queriendo montar un
nuevo sello: juntos montamos Rolling Stones Records en 1971 y llegamos a un acuerdo con Atlantic
Records para la distribución, que es cuando entró en escena Ahmet Ertegun. ¡Ahmet!: un turco elegante
que con su hermano Nesuhi revolucionó el sector de la música, por lo menos en lo que se refiere a qué
podía y no podía escuchar la gente. Se dejaron oír los ecos del idealismo (juvenil, eso sí) de los Stones.
¡Joder, echo de menos a «la madre»!, la última vez que lo vi fue entre bastidores en el teatro Beacon de
Nueva York: «¿Dónde coño está el baño?». Le enseñé por dónde era, cerró el pestillo. Yo salí al escenario.
Después del concierto me enteré de que se había resbalado allí dentro; nunca se recuperó. Yo adoraba a
aquel tipo. Ahmet fomentaba el talento y estaba muy presente en su manera de hacer las cosas. No era
como con EMI o Decca, unos conglomerados inmensos. La empresa surgió y se fue construyendo sobre la
base del amor por la música, no por el negocio. Jerry Wexler también estaba metido, era una cosa familiar
hasta cierto punto. ¿Necesito enumerarlos uno por uno? Aretha… Ray… demasiados para no dejarte
ninguno. Te sentías como si formaras parte de la élite.
Pero en 1970 tuvimos un problema.
Nos encontramos en una situación ridícula en la que Klein nos tenía que prestar dinero que nunca
podríamos permitirnos devolverle porque él no había pagado los impuestos y en cualquier caso nos lo
habíamos fundido. El tipo impositivo de los 70 en el tramo más alto de ingresos era del 83% y ascendía
hasta el 98% para inversiones y lo que llamaban por aquel entonces «ingresos no ganados». Vamos, como
que te digan que abandones el país.
Y me tengo que quitar el sombrero ante Rupert por haber encontrado la manera de sacarnos de
aquella deuda descomunal. Fue él quien nos aconsejó que nos convirtiéramos en no residentes: la única
manera de salir del atolladero financiero en que estábamos metidos.
Yo creo que lo último que se esperaban los poderes establecidos cuando vinieron a por nosotros con
sus supertributos era que dijéramos: vale, nos vamos; nos apuntamos al carro de los que no os pagan
impuestos. Simplemente no tuvieron en cuenta esa posibilidad. Con aquello nos hicimos todavía más
grandes y además de todo aquel asunto salió Exile on Main St., que tal vez sea lo mejor que hemos hecho.
No se creyeron que podíamos seguir con lo que estábamos haciendo aunque no viviéramos en Inglaterra
y, para ser completamente sincero, nosotros también teníamos serias dudas. No sabíamos si lo
conseguiríamos pero, si no lo intentábamos, ¿qué íbamos a hacer entonces?, ¿quedarnos sentados en
territorio inglés a que nos dejaran un penique por cada libra que ganábamos? No teníamos el menor
deseo de que nos clausuraran, así que agarramos los bártulos y nos fuimos a Francia.

Con Gram Parsons, mi huésped en Nellcôte,


durante la grabación de Exile on Main St.

© Dominique Tarlé.
8

Nos marchamos a Francia en la primavera de 1971 y alquilo Nellcôte, una mansión en la Riviera. Mick se casa en
Saint-Tropez. Montamos un estudio móvil en un camión para grabar Exile on Main St. y empezamos a hacer un
horario de grabaciones nocturnas que resulta muy prolífico. Vamos a desayunar a Italia en una lancha
fueraborda. Agarro el ritmo con la guitarra de cinco cuerdas. Aparece Gram Parsons y Mick se pone celoso. Me
aíslo con las drogas y nos agarra la policía. Veo por última vez a Gram en Los Angeles, pasamos un tiempo juntos
y me engancho seriamente con mierda de segunda. Huyo a Suiza con Anita para hacer una cura, afronto los
horrores del mono y escribo «Angie» mientras me recupero.

La primera vez que vi Nellcôte pensé que seguramente iba a poder aguantar el exilio: era una casa
increíble, justo al lado de Cap Ferrat, con vistas a la bahía de Villefranche. La había construido alrededor
de 1890 un banquero inglés y tenía un gran jardín, un tanto asilvestrado, tras sus imponentes verjas de
hierro de la entrada. Las proporciones eran magníficas: si te sentías un poco hecho polvo por la mañana
al levantarte, te ibas a dar una vuelta por aquel castillo resplandeciente y se te pasaba. Era como una
gran sala de los espejos, con techos de seis metros, columnas de mármol y escalinatas imponentes. Me
despertaba pensando «¿y ésta es mi casa?» o «¡ya era hora de que se hicieran bien las cosas!». Aquella
grandiosidad era lo que sentíamos que nos merecíamos después de la mísera mezquindad del Reino
Unido. Y, como nos habíamos decidido a vivir en el extranjero, ¿tan difícil iba a ser quedarse sentado
esperando un rato en Nellcôte? Llevábamos ni se sabía el tiempo en la carretera y ¡Nellcôte era mil veces
mejor que el Holiday Inn! Creo que todo el mundo sentía una especie de liberación después de lo que
había estado pasando en Inglaterra.
Nunca fue nuestra intención grabar en Nellcôte, íbamos a buscar estudios en Niza o en Cannes,
aunque la logística resultaría bastante complicada… Charlie Watts se había buscado una casa a
kilómetros de distancia, en Vaucluse: eran varias horas de viaje. Bill Wyman estaba en las montañas,
cerca de Grasse, y pronto estaría pasando el rato con Marc Chagall, nada menos: la pareja más
improbable que se me ocurre, Bill Wyman y Marc Chagall, pero eran vecinos, lo típico: pásate a tomar
una taza de té (ese brebaje inmundo que Bill llama té). Mick estuvo viviendo primero en el Hotel Byblos
de Saint-Tropez mientras llegaba el día de su boda, y luego alquiló una casa que pertenecía al tío del rey
Rainiero, y después otra que era propiedad de una tal madame Tolstoi. ¡Para que luego hablen de
codearse con la basura cultural europea o ellos con la basura blanca! Ellos por lo menos nos recibieron
con los brazos abiertos.
Una de las cosas que tenía Nellcôte era una escalera por la que se bajaba a un pantalán en el que
pronto tuve atracada la Mandrax 2, una potente fueraborda, una Riva de seis metros construida con
madera de caoba, la crème de la crème de las motoras italianas. Mandrax era un anagrama del nombre
original, sólo hizo falta quitar un par de letras y mover otro par de sitio. No pude resistir la tentación de
ponerle ese nombre. ¡Se la compré a un tipo, la rebauticé y levé anclas! No tenía licencia de patrón de
barco ni nada por el estilo. El dueño anterior ni se molestó con un mínimo «¿te has subido a un barco
alguna vez?». Por lo visto hay que hacer exámenes para llevar un barco por el Mediterráneo. Para poner
la Mandrax a prueba en las cristalinas aguas del mar y lanzarnos a la aventura por la Riviera hizo falta la
colaboración de Bobby Keys, Gram Parsons y unos cuantos más. Pero eso fue después. Lo primero era el
asunto de la boda de Mick con Bianca, su prometida nicaragüense, que se celebró en mayo, cuatro
semanas después de que llegáramos. Marianne había desaparecido de la vida de Mick en 1970, el año
anterior, para adentrarse en su década perdida.
Mick organizó lo que a él le parecía una boda discreta para la que escogió Saint-Tropez en plena
temporada alta. No se quedó en casa ni un solo periodista. En aquellos días anteriores a la seguridad
organizada, la pareja y sus invitados tuvieron que abrirse paso por las calles, en medio de una nube de
fotógrafos y turistas, desde la iglesia al ayuntamiento: fue un combate cuerpo a cuerpo, como intentar
llegar a la barra en un pub hasta arriba de gente. Yo me escabullí dejándole a Bobby Keys, que era muy
amigo de Mick por aquel entonces, la tarea de ayudante de padrino o lo que fuera. Roger Vadim era el
padrino.
El papel de Bobby se menciona porque la dama de honor de Bianca era la preciosa Nathalie Delon,
esposa de la estrella de cine francés Alain Deion (de quien estaba distanciada) y, de manera fulminante y
peligrosa, Bobby se entusiasmó con ella. El matrimonio Delon protagonizaba por aquellos días un gran
escándalo que de alguna manera había salpicado al primer ministro Georges Pompidou y su mujer, así
como a todo el submundo del crimen organizado entre Marsella y París. Al guardaespaldas yugoslavo de
Delon, con el que Nathalie había tenido una historia breve, lo habían encontrado con un balazo en un
vertedero situado a las afueras de París. Delon había dejado a Nathalie y se había liado con la actriz
Mireille Darc. Era todo un lío monumental rodeado de considerables niveles de peligro: detrás de
Nathalie y Alain había gente muy poderosa de Marsella, que quedaba a unos cuantos kilómetros de
distancia, así como una banda de yugoslavos malencarados. Sin la menor duda había muy mal ambiente y
algo de chantaje político en toda aquella historia; al coche de la misma Nathalie le habían aflojado las
ruedas. Vamos, que tal vez no era el mejor momento para convertirse en su nuevo pretendiente.
Bobby, que no sabía nada de todo esto, quedó completa e instantáneamente fascinado por ella e hizo
todo lo posible por atraer su atención esa noche en la fiesta. No podía dejar de mirarla. Regresó a
Londres una temporada pero luego volvió para trabajar en la música que estábamos haciendo en Nellcôte
y Nathalie todavía seguía por allí, en casa de Bianca. ¿Qué ocurrió entonces? Bueno, los dos siguen vivos
en el momento en que escribo estas líneas, pero no estoy muy seguro de por qué. Pasaron unas cuantas
semanas antes de que empezaran los problemas.
Cuando me escabullí de la boda, fue para meterme en un cubículo de los baños del Byblos, y estoy
echando una meada y oigo a alguien aspirando por la nariz en el cubículo de al lado. «Tío, que no se te
oiga o que no se diga que no repartes». A lo que una voz me contestó: «¿Quieres un poco?». Y así fue
como conocí a Brad Klein, que se convertiría en un gran amigo. Lo suyo eran los transportes, reconducir
la droga y conseguir que llegara de A a B. Era un tío muy culto y con pinta de niño bueno, cosa que
aprovechaba para encontrar rutas alternativas para la mercancía. No empezó a traficar con coca hasta
más tarde y se involucró más de lo que hubiera debido, pero cuando yo lo conocí era sólo costo. Brad está
muerto. La misma historia de siempre: si la vas a vender, no andes haciendo también tus pinitos como
consumidor; pero los hizo y era de los que siempre querían ir un poco más lejos. En fin, la cosa es que el
día en que nos conocimos dejamos que la boda siguiera a su ritmo y nos fuimos los dos por ahí mano a
mano.
No empecé a ver las cualidades de Bianca hasta después: a Mick no le gusta que hable con sus
mujeres, siempre acaban llorando en mi hombro porque se han enterado de que él anda por ahí de
conquista otra vez. ¿Y qué voy a hacer? Bueno, el aeropuerto queda lejos, cielo, déjame que piense. ¡La de
lágrimas que han vertido sobre este hombro Jerry Hall, Bianca, Marianne, Chrissie Shrimpton! Me han
arruinado un montón de camisas. ¡Vienen a preguntarme a mí qué tienen que hacer! ¿Y yo qué coño sé?
¡No folles con él! Un día Jerry Hall se me presentó con una nota de otra tía que le había encontrado a
Mick, escrita de atrás hacia delante (¡un truco buenísimo, Mick, tío!): con ponerla delante de un espejo se
leía perfectamente: «Seré tu amante siempre». ¡Qué cabrón es el tío! Y ahí me tienes a mí, en el
improbable papel de «tío Keith», una faceta que mucha gente no sospecha.
Al principio pensaba que Bianca era una guapa sin cerebro, y además ella se mostraba bastante
distante, cosa que no contribuyó a que el resto le tomáramos demasiado cariño. Pero, a medida que la fui
conociendo, me di cuenta de que era muy inteligente, y lo que de verdad me impresionó al cabo de un
tiempo es su fuerza. Se convirtió en portavoz de Amnistía Internacional y una especie de embajadora
errante de su propia organización para la defensa de los derechos humanos, lo cual es todo un logro. Muy
guapa y todo lo demás, pero también con un carácter de armas tomar. No me extraña que Mick no
pudiera con ella. Eso sí, no era de las que se pasan el día de risas precisamente. Todavía estoy intentando
pensar en algo que la haga reír. Si llega a tener sentido del humor, el que se casa con ella soy yo.
Mick empezó con Bianca justo cuando nos íbamos de Inglaterra, así que había un cisma, claro, una
ruptura. Bianca venía con su propio equipaje y su mundo, en el que Mick se metió pero que no nos
interesaba lo más mínimo al resto y dudo que interese ni a la misma Bianca ya. Incluso así, no tenía nada
en contra de ella a título personal, era sólo que no me gustaba la influencia que ella y su entorno ejercían
sobre Mick: lo separaban del resto de la banda; y Mick siempre anda buscando formas de separarse, de
diferenciarse del resto del grupo. El tío desaparecía dos semanas de vacaciones, iba y venía de París.
Bianca estaba embarazada y tuvieron a su hija Jade en el otoño, en París. A Bianca no le gustaba la vida
en Nellcôte, y no la culpo. Así que Mick tenía el corazón dividido.
En esos primeros tiempos de Nellcôte íbamos a pasear por los pueblos de la zona, o al Café Albert de
Villefranche, donde Anita se tomaba sus pastis. Llamábamos bastante la atención por allí, aunque también
estábamos muy fogueados y nos daba bastante igual lo que la gente pensara. Pero la violencia salta
cuando menos te lo esperas. Tony el Español, que había venido de visita hacía poco, me salvó la vida un
par de veces (metafóricamente) y, en un pueblo llamado Beaulieu durante una de esas excursiones que
hacíamos cuando salíamos de Nellcôte, me salvó el pellejo de verdad. Yo tenía un Jaguar E-Type con el
que había bajado al puerto de Beaulieu con Marlon y Tony y habíamos aparcado en lo que luego nos
indicaron (unos individuos que daban la sensación de ser empleados del puerto) era un sitio donde estaba
prohibido estacionar. Uno de los tipos se nos acercó y nos llamó a mí y a Tony con un id para que
pasáramos a la oficina del puerto, así que nos fuimos los dos para allá dejando a Marlon en el coche
durante lo que nos imaginamos iban a ser un par de minutos, y además lo veíamos.
Tony se lo olió antes que yo: dos pescadores, unos tipos ya mayores, y el que teníamos detrás se había
vuelto para cerrar la puerta con llave. Tony se limitó a decirme «¡cúbreme las espaldas!» y, moviéndose a
la velocidad del rayo, me encasquetó una silla en las manos, se subió de un salto a la mesa agarrando otra
y se lió a hostias con las astillas saltando por todas partes. Aquellos tíos iban de vino hasta el culo y se
habían metido entre pecho y espalda una buena comilona, parte de la cual seguía todavía sobre la mesa,
así que yo sólo tuve que ponerle el pie en el pescuezo a uno para que no se moviera del suelo mientras
Tony se ocupaba del otro para luego venir a por el mío, que ya estaba cagado de miedo. A éste, Tony le
dio otro buen golpe en los riñones y después sentenció tranquilamente «vámonos de aquí». Abrió la
puerta de una patada. Toda la operación debió de durar escasos segundos, y los tíos en el suelo, gimiendo
de dolor, clarete derramado por todas partes, muebles rotos… Lo último que se esperaban era que los
atacáramos, eran unos tíos grandes, marineros curtidos de los que no se andan con gilipolleces, y se ve
que pensaron: ¡mira!, a éstos les vamos a meter un par de hostias para descojonarnos un rato. Su
intención era entretenerse un poco con los greñudos. Marlon seguía sentado en el Jaguar: «¿Dónde te
habías ido, papá?». «¡Bah!, a un sitio un momento —brummm, brummm—. Nos vamos». ¡Qué recital de
Tony el Español! Fue como un ballet, su momento cumbre. Ese día no tenía nada que envidiarle a Douglas
Fairbanks. Es la maniobra más rápida que he visto en la vida, y he visto unas cuantas. Aprendí una gran
lección: cuando notes que va a haber problemas, actúa, no esperes a que empiecen.
A los tres días apareció la policía en casa. Tenían una orden de detención sólo para mí porque de Tony
no tenían ningún dato y además ya se había marchado de vuelta a Inglaterra. Se montó un buen follón de
magistrados pasándose el caso, pero para cuando el tema llegó al segundo o tercer nivel se dieron cuenta
de que no tenían nada con lo que echarme el guante. Cuando se supo que nos habían intimidado, que yo
tenía un niño en el coche y que, para empezar, no había motivo alguno para meternos en la oficina, de
repente, como por arte de magia, los cargos se esfumaron. No me cabe la menor duda de que me costó
una pasta en abogados, pero al final aquellos tipos decidieron retirar la demanda y asumir que dos
ingleses chiflados les habían dado de hostias en su propio despacho.
Yo no me había desenganchado del todo cuando llegué a Nellcôte, pero hay una diferencia entre no
haberte desenganchado del todo y estar enganchado. Estás enganchado cuando no vas a hacer
absolutamente nada hasta que no consigas un poco de material primero, cuando toda tu energía la pones
en eso, en conseguirte la droga. Me había llevado una pequeña dosis de mantenimiento, pero a todos los
efectos me acababa de desenganchar. En algún momento del mes de mayo, no mucho después de que
llegáramos, fuimos a un circuito de karts en Cannes donde el mío volcó y me arrastró unos cuantos
metros por el asfalto: se me raspó toda la espalda hasta el hueso, y justo cuando estaba a punto de
empezar un disco. Lo que me faltaba. El médico me dijo: «Le va a doler bastante, monsieur, tiene que
tener la herida siempre limpia, así que le mandaré a alguien todos los días para que le haga las curas».
Total, que todas las mañanas aparecía por casa un enfermero que había sido paramédico del ejército y
estuvo en primera línea de fuego en Dien Bien Phu (último bastión francés en Indochina) y en Argelia. El
tío había visto mucha sangre y tenía un estilo contundente muy acorde con su trayectoria: un hombrecito
de piel ajada y uñas duras. Todos los días me ponía una inyección de morfina, que yo necesitaba
desesperadamente, y luego siempre lanzaba la jeringuilla como si fuera un dardo al mismo sitio, un
cuadro que había en la pared: acertaba en el ojo derecho todas las veces. Después se acabaron las curas,
pero para entonces yo estaba enganchado a la morfina, justo cuando me había desenganchado de las
otras mierdas. Así que lo primero es lo primero: necesito algo de material.
Jacques el Gordo era nuestro cocinero, que pronto pasó a estar pluriempleado al convertirse también
en conseguidor de heroína. Él era la conexión marsellesa y tenía unos colegas que era mejor tener en
nómina por si acaso, todos muy buenos haciendo «recados». Jacques entró en escena porque yo pregunté:
«¿Alguien sabe ¿dónde se puede encontrar droga por aquí?». El tío era joven, gordo y sudoroso, y un día
se marchó en tren a Marsella y volvió con una bolsita de polvo blanco fantástico y con un saco inmenso,
casi del tamaño de uno de cemento, de lactosa, que era la sustancia con el que se mezclaba. Me explicó
cómo iba el tema y nos las apañamos para entendernos, él con su inglés de mierda y yo con mi francés de
mierda; me lo tuvo que escribir: 97% de lactosa por 3% de caballo. La heroína era pura. Por lo general ya
se compra mezclada, pero en ese caso la mezcla te la tenías que hacer tú, y más te valía medir con total
exactitud. Incluso en esas proporciones eran unos tiros bestiales.
Así que yo me metía en el baño con la balanza a pesar a la centésima de miligramo: noventa y siete /
tres. Era muy escrupuloso con las cantidades porque la parienta y un par de personas más también se
metían; había que tener muchísimo cuidado: noventa y seis / cuatro, y podías estirar la pata. Y si te metías
un tiro de heroína pura, ¡bum! Adiós.
Comprar en tales cantidades tenía sus ventajas. De precio no subía tanto porque venía directa de
Marsella a Villefranche, que estaba al lado, así que no había costes de transporte, sólo el billete de tren
para que Jacques fuera a Marsella. Además, cuantas más veces tienes que salir a pillar, más posibilidades
hay de que algo se joda. Claro que, por otro lado, hay que andar con cuidado de no pasarse porque,
cuanto más pillas, más gente está interesada. Se trata de tener suficiente para un par de meses, para no
tener que andar por ahí buscando. Ahora bien, aquella bolsita parecía durar eternamente: «Bueno,
cuando nos terminemos ésta nos desenganchamos…». Digámoslo así: duró de junio a noviembre y todavía
dejamos algo.
Yo me tenía que fiar de las instrucciones con las que venía, y debían ser correctas porque siempre
estaba perfecta y nadie se quejó. Me pegué un papel con las proporciones en la pared para que no se me
olvidaran: noventa y siete / tres. Naturalmente se me pasó por la cabeza escribir una canción con ese
título, pero luego pensé que tampoco era cuestión de ir cacareándolo por ahí. Me tiraba media tarde allí
arriba mezclando cuidadosamente, con una balanza antigua de cobre muy muy bonita y un cucharón para
la lactosa: noventa y siete gramos; eso ahora a un lado; una cucharadita de la bolsa de heroína; tres
gramos; luego se mezcla bien mezclado (hay que agitar). Recuerdo que solía andar por allí arriba
bastante, porque no mezclaba mucha de una vez sino que hacía para un par de días o un poco más.

Estuvimos mirando estudios en Cannes y en más sitios, investigamos un poco cuánta pasta pretendían
sacarnos los franceses. Y, por otra parte, en Nellcôte había un sótano inmenso y teníamos nuestro estudio
móvil de grabación. El Mighty Mobile, como lo llamábamos, era un camión con todo el equipo necesario
para grabar en ocho pistas instalado dentro que nos había ayudado a montar Stu, y la idea había surgido
sin tener nada que ver con mudarnos a Francia. Era la única unidad móvil de grabación que existía por
aquel entonces. No nos dimos cuenta cuando lo montamos de lo extraordinario que era, pero al cabo de
poco tiempo se lo estábamos alquilando a la BBC y la ITV, que sólo tenían un estudio de grabación cada
una. Fue otra de esas cosas hermosas, elegantes y fortuitas que les pasaron a los Stones.
Así que un día del mes de mayo el Mighty Mobile apareció por las verjas de hierro de Nellcôte, lo
aparcamos delante de la puerta principal y lo enchufamos. Desde entonces ya no he vuelto a trabajar de
otra manera. Cuando tienes el equipo y la gente adecuada no te hace falta nada más en lo que a estudios
se refiere. El único que todavía piensa que hay que hacer las cosas en estudios «de verdad» para que
salga un disco «de verdad» es Mick. Pero se demostró que no tiene razón en A Bigger Bang (nuestro
último disco en el momento de escribir este libro) porque lo grabamos entero en su chateau de Francia.
Teníamos el material listo y entonces él fue y dijo «bueno, ahora vamos a llevarlo a un estudio de verdad»,
y Don Was y yo nos miramos, y Charlie me miró a mí: «¡Pero qué coño dices! Ya lo tenemos donde lo
queremos tal como está. ¿Para qué quieres meterte en semejante lío? ¿Para poder decir luego que se
grabó en tal estudio? ¿Por el tabique de cristal y la sala de control? No vamos a ningún sitio con esto,
compañero». Así que al final cedió.
El sótano de Nellcôte era suficientemente grande, pero estaba dividido en muchos compartimentos y
recovecos. La ventilación, sin embargo, era muy escasa, de ahí el «Ventilator Blues». Lo más extraño era
andar buscando por allí abajo al saxofonista: Bobby Keys y Jim Price se colocaban donde les parecía que
obtenían el sonido correcto, que era generalmente contra la pared de un corredor muy largo y estrecho
donde Dominique Tarlé les hizo una foto en la que aparecen con cables de micrófono asomando por una
esquina. Al final acabamos pintando de amarillo los cables de la sección de viento: si querías dar con ellos
sólo tenías que seguir el cable. Se perdía uno por allí, era una mansión enorme. A veces Charlie estaba en
una habitación tan apartada que tenía que recorrer medio kilómetro para encontrarlo, pero teniendo en
cuenta que en definitiva estábamos en unas mazmorras, fue divertido trabajar allí.
Las características y particularidades de aquel sótano las descubrieron los otros tíos: durante una
semana más o menos nunca se sabía dónde estaba Charlie porque se iba cambiando de un cuarto a otro
cada noche. Jimmy Miller lo animó a que probara al final del pasillo pero Charlie le dijo: «¡Joder, si estoy a
un puto kilómetro!, demasiado lejos, necesito estar más cerca». Así que fuimos probando todos los
cubículos. No queríamos eco electrónico a menos que fuera necesario, lo que queríamos eran ecos
naturales y por allí abajo encontramos unos cuantos muy extraños. Yo a veces tocaba en una habitación
con azulejos, girando el amplificador para que apuntara a una esquina a ver qué captaba el micro;
recuerdo haberlo hecho para «Rocks Off», tal vez para «Rip This Joint» también. Pero, por muy raro que
fuera grabar allí, sobre todo al principio, cuando por fin echamos a rodar tras una semana o dos ya nos
resultaba completamente natural. No decíamos «vaya forma más rara de grabar» entre nosotros o
hablando con Jimmy Miller o el ingeniero, Andy Johns; no, era más bien «hemos pillado el punto y ahora
sólo nos queda perseverar».
Grabábamos desde bien avanzada la tarde hasta las cinco o las seis de la mañana. De repente
amanecía y teníamos la lancha: bajábamos las escaleras, atravesábamos una cueva hasta el pantalán y
«¡vámonos con la Mandrax a desayunar a Italia!». Simplemente nos íbamos en la motora Bobby Keys, yo,
Mick, quien se apuntara… A veces (la mayoría) íbamos a Menton, un pueblo italiano que está dentro de
Francia por algún extraño tratado de ésos, otras llegábamos hasta Italia propiamente dicha. Sin
pasaporte: pasábamos junto a Montecarlo cuando despuntaba el sol con la música todavía retumbando en
los oídos (llevábamos un reproductor de cintas para ir oyendo algo que hubiéramos hecho, para escuchar
la segunda mezcla); atracábamos en el muelle y a zamparnos un buen desayuno italiano. Nos encantaba
cómo hacían los huevos y el pan en Italia. Además, el hecho de que acabáramos de cruzar una frontera y
nadie hiciera nada ni le importara un carajo te daba todavía más sensación de libertad. Les poníamos la
mezcla a los italianos, a ver qué les parecía… Si dábamos con los pescadores podíamos comprarles pargo
recién pescado y llevárnoslo a casa para el almuerzo.
A veces hacíamos una parada en Montecarlo para comer o charlar un rato con la panda de Onassis o
de Niarchos, que tenían por allí sus inmensos yates (casi podías ver los cañones de las armas
apuntándose). Por eso lo titulamos Exile on Main St. En Estados Unidos funcionó porque casi todas las
ciudades tienen una Main Street, pero la nuestra, nuestra calle mayor, era la costa de la Riviera; y éramos
exiliados, así que sonaba perfectamente auténtico y comunicaba todo lo que necesitábamos decir.
Todo el litoral mediterráneo es una inmensa red de conexiones, una calle mayor sin fronteras. He
estado varias veces en Marsella, y la ciudad era (supongo que aún lo es) todo lo que se cuenta y más,
como la capital de un país que parece extenderse hasta la costa española y el norte de África, que abarca
toda la orilla del Mediterráneo. Aquello es un país en sí mismo hasta que te adentras unos kilómetros
hacia el interior: quienes viven en la costa (pescadores, marineros, contrabandistas) pertenecen a una
comunidad independiente, incluidos los griegos, los turcos, los egipcios, los tunecinos, los libios, los
marroquíes, los argelinos y los judíos. Es una conexión ancestral que las fronteras y los estados no
pueden romper.
Dábamos vueltas por allí, nos íbamos a Antibes, muchas veces a Saint-Tropez a ver qué chicas había.
Aquella motora iba de miedo, tenía un motor potente, y el Mediterráneo (cuando está en calma) es una
delicia para navegar. El verano de 1971 fue uno de esos en que luce el sol todos los días y apenas hacía
falta saber algo de navegación, con seguir la costa bastaba. Nunca usé una carta náutica. Anita se negó a
subirse en la lancha porque decía que yo no tenía ni puta idea de dónde podía haber rocas sumergidas,
así que se quedaba en tierra oteando el horizonte por si lanzábamos bengalas tras habernos quedado sin
gasolina. Yo, la verdad, pensaba: «Si han sido capaces de meter un portaaviones en la puta bahía, yo debo
de ser capaz de manejar este trasto». Sólo había que tener un poco más de cuidado con el aterrizaje (o
sea, la maniobra de atraque) porque para un barco el verdadero peligro es siempre la tierra firme; la
llegada a puerto era el único momento en que recordaba las habilidades de los navegantes. El resto era
una risa.
El puerto de Villefranche era muy profundo y por eso solía parar por allí la marina de Estados Unidos.
Un día ancló un portaaviones gigantesco en medio de la bahía. La armada haciendo la consabida visita de
cortesía, se ve; ese verano andaban de gira por todo el Mediterráneo, bandera para arriba, bandera para
abajo. Cuando estábamos saliendo del puerto nos llegó una ráfaga de marihuana y vimos que por los ojos
de buey salía una humareda considerable: se estaban poniendo hasta las cejas. Bobby Keys venía
conmigo. Nos fuimos a desayunar y cuando volvimos di un par de vueltas en torno al portaaviones: todos
aquellos soldados, felices de no estar en Vietnam, se asomaban por la borda. Y yo allí con mi diminuta
Mandrax. Olisqueamos un poco el aire y les dijimos: «Tíos, ¿cómo va eso? Oye… para mí que huele a…».
Se enrollaron y nos tiraron una bolsa de hierba; nosotros para agradecérselo les dijimos cuál era el mejor
burdel de la ciudad: el Cocoa Bar, aunque el Brass Ring tampoco estaba mal.
Cuando estaba la flota en el puerto, las calles siempre oscuras de Villefranche se iluminaban de pronto
como si aquello fuera Las Vegas. Todo se llamaba Café Dakota, Nevada Bar o Texan Hang (lo que sonara
americano). Las calles de Villefranche cobraban vida bajo los neones y los farolillos de colores. Las putas
de Niza venían para la ocasión, y también las de Montecarlo o Cannes. Un portaaviones lleva una
tripulación de unos dos mil hombres, todos salidos y dispuestos a presentar armas (suficiente para
alborotar toda la costa). Pero cuando la flota no estaba, Villefranche era un cementerio.

Es increíble que la música producida en aquel sótano siga dando guerra, sobre todo porque cuando
apareció tampoco tuvo una gran acogida. Las tomas que no entraron en Exile on Main St. salieron al
mercado como parte del relanzamiento de 2010. Es música grabada en 1971, hace casi cuarenta años en
el momento en que escribo esto: si en 1971 yo hubiera escuchado música grabada cuarenta años antes,
habrían sido cosas que apenas podemos llamar grabaciones, tal vez algo de Louis Armstrong o Jelly Roll
Morton. Supongo que cuando hay una guerra mundial por medio cambia la perspectiva…
«Rocks Off», «Happy», «Ventilator Blues», «Tumbling Dice» y «All Down the Line» son de cinco
cuerdas con afinación abierta en su máxima expresión. Estaba empezando a crearme una marca distintiva
de verdad. Las compuse en pocos días. De repente, tocando con cinco cuerdas, me salían las canciones
por las yemas de los dedos como si tal cosa. Mi primer intento de verdad con cinco cuerdas había sido
«Honky Tonk Women», un par de años atrás, y por aquel entonces había sido más bien cuestión de «oye,
esto es interesante». Y luego estaba «Brown Sugar», que salió el mes en que nos marchamos de
Inglaterra. Cuando nos pusimos a trabajar en Exile, yo estaba empezando a encontrar esos nuevos
movimientos y aprendía a manejar acordes menores y acordes suspendidos. Descubrí que tocar con cinco
cuerdas se vuelve muy interesante si empleas una cejilla, lo que deja mucho menos margen de maniobra
(sobre todo si la colocas entre el quinto y el séptimo traste), pero también crea un sonido peculiar, una
cierta resonancia que, de hecho, no se puede lograr de ninguna otra forma. Se trata de saber cuándo
usarla y cuándo no debes abusar de ella.
Si es una canción que se le ha ocurrido a Mick, no empiezo con cinco cuerdas sino con afinación
normal: simplemente me la aprendo y voy buscándole el punto y probando cosas al estilo clásico. Luego
Charlie le mete algo más de ritmo y le da un toque diferente, y yo digo «déjame pasar esto a cinco
cuerdas un momento a ver cómo cambia el bicho». Evidentemente, al hacer eso se simplifica el sonido, de
modo que te estás limitando a unas cuantas cosas preestablecidas, pero si encuentras el tono adecuado,
como en «Start Me Up», eso genera la canción. He oído a millones de bandas intentando tocar «Start Me
Up» con afinación regular: sencillamente no funciona, compañero.
Teníamos un montón de material que ya llevábamos un tiempo incubando en Nellcôte. Yo me
encargaba de cazar el título o la idea: «Esta se llama “All Down the Line”, Mick. I hear it coming, all down
the line… Toda tuya». Se me ocurrían un par de canciones cada día y funcionaban o no funcionaban. Mick
se enganchó a aquel ritmo frenético con unas letras muy ingeniosas y muy genuínamente rockeras, con
frases pegadizas y repeticiones. «All Down the Line» salió directamente de «Brown Sugar», que había
escrito Mick. Yo en definitiva sólo tenía que buscar un par de riffs y unas cuantas ideas que pusieran a
Mick en marcha. Mick no tenía problemas con la composición misma; el asunto era encontrar la forma de
convertir buenas grabaciones en algo que se pudiera tocar sobre un escenario. Yo era el carnicero, el que
cortaba la pieza, y a veces no le gustaba el resultado. No le gustaba «Rip This Joint» (demasiado rápida).
Quizá la hayamos superado alguna vez desde entonces, pero «Rip This Joint», en términos de tiempos por
minuto, es una especie de récord mundial. Puede que Little Richard hiciera algo aún más rápido, pero, en
cualquier caso, nadie se proponía batir el récord. Los títulos de algunas de las canciones que no llegaron
a incluirse en el disco son bastante raros: «Head in the Toilet Blues» {blues de la cabeza en el retrete},
«Leather Jackets» {chaquetas de cuero}, «Windmill» {molino de viento}, «I Was Just a Country Boy»
{sólo era un chico de pueblo}, «Dancing in the Light» {bailando bajo la luz} (sospecho que ésa es de
Mick), «Bent Green Needles» {verdes agujas torcidas}, «Labour Pains» {dolores de parto}, «Pommes de
Terre» {«patatas» en francés}; estábamos en Francia, ¿no?
Compusimos también «Torn and Frayed» {rasgado y raído}, que no se toca mucho pero sigue teniendo
cierto interés:

Joe’s got a cough, sounds kinda rough.


Yeah, and the codeine to fix it.
Doctor prescribes, drugstore supplies.
Who’s gonna help him to kick it?[48]

Aparte de «Sister Morphine» y unas alusiones a la cocaína, la verdad es que nunca escribimos canciones
sobre las drogas. El tema, simplemente, surgía por aquí o por allá en las canciones, como pasa en la vida
real. Pero siempre había rumores y un poco de folclore en torno a las canciones: para quién se ha escrito,
de qué va en realidad… «Flash» es supuestamente sobre la heroína, y puedo ver la connotación, la
referencia a jack[49] pero «Jumpin’ Jack Flash» no tiene nada que ver con el caballo. De todos modos, las
raíces de los mitos son siempre profundas. Escribas lo que escribas, siempre va a haber alguien que lo
interprete de otro modo, que vea códigos ocultos en la letra. Por eso hay teorías de la conspiración.
Alguien estira la pata. ¡Ay, Dios! ¿A quién le van a echar la culpa esta vez cuando lo cierto es que el tío
simplemente se ha ido para el otro barrio? El alimento de las buenas conspiraciones es precisamente que
nunca se conocerá la realidad: la falta de pruebas las mantiene vivas. Nadie averiguará jamás si me
renové la sangre, la historia ya no está al alcance de las pruebas o (si nunca ocurrió) de mis desmentidos.
Claro que… sigue leyendo. Llevo muchos años intentando evitar el espinoso tema.
«Tumbling Dice» {dados en danza} quizá tuvo algo que ver con la timba que montamos en Nellcôte
(había juegos de cartas y ruletas). Montecarlo, además, estaba a la vuelta de la esquina; Bobby Keys y
varios más fueron una o dos veces. Efectivamente, jugábamos a los dados. El mérito de «Tumbling Dice»
se lo concedo a Mick, pero la canción todavía tenía que evolucionar desde su forma original, un tema
titulado «Good Time Women»: en ocasiones puedes tener toda la música, un riff genial, lo que quieras,
pero falta el asunto, y basta con que un tío diga «estuve jugando a los dados toda la noche» para que
nazca la canción. Got to roll me, dice la letra[50]. Las canciones son criaturas extrañas. Unas notitas por
aquí y por allá. Y si cuajan, cuajan. Con la mayoría de las canciones que he compuesto, honestamente,
siempre he tenido la sensación de que había un hueco enorme esperando a que alguien lo llenara: esta
canción se debería haber escrito hace siglos, ¿cómo es que nadie se ha fijado en esa laguna? Te pasas la
mitad del tiempo buscando huecos que otros no han llenado y te dices: «¡No puedo creer que nadie haya
tapado ese puto agujero! Es tan obvio. ¡Lo teníais delante de las narices!». Yo voy descubriendo agujeros.
Ahora advierto que Exile se hizo en circunstancias muy caóticas con unos procedimientos de grabación
muy innovadores, pero ésos nos parecían problemas menores; el más acuciante era: ¿tenemos canciones?
Y luego venía: ¿hemos hallado el sonido? Todo lo demás nos parecía secundario. En muchas de mis tomas
no aprovechadas se me oye decir al final: «Bueno, se acabó, hasta aquí hemos llegado por hoy». Claro que
es sorprendente cómo reaccionas cuando estás en primera línea de fuego y no te queda otra que hacer
algo porque tienes a todo el mundo mirándote en plan «¿y ahora qué?». Te plantas delante del pelotón de
fusilamiento: «Ponedme la venda, pero antes me dais un último cigarrillo y luego ¡vamos!». Es increíble
todo lo que llega uno a dar de sí antes de morir, sobre todo cuando estás engañando a quienes creen que
sabes exactamente lo que vas a hacer cuando en realidad tú eres plenamente consciente de que ves
menos que un murciélago y no tienes ni idea. Pero confías en ti mismo. Seguro que surge algo. Se te
ocurre una idea, le metes una frase a la guitarra y luego sale otra. Se supone que ahí reside tu talento, no
en intentar averiguar con todo lujo de detalles cómo se ensambla un Spitfire.
A eso de las diez de la mañana podía caer rendido (si caía rendido) y luego me levantaba hacia las
cuatro de la tarde, todo esto con las variaciones habituales. Nadie iba a llegar antes de la caída del sol en
cualquier caso, así que tenía un par de horas para pensar o escuchar lo que se había hecho la noche
anterior y seguir desde el punto donde lo habíamos dejado; o, si ya lo teníamos, la cuestión era decidir
qué se hacía cuando llegaran los demás. A veces te entra el pánico cuando te das cuenta de que no tienes
nada que ofrecerles, siempre se experimenta esa sensación si hay unos tipos esperando más material
como si cayera del cielo, cuando en realidad cae de mí o de Mick. En el documental de Exile da la
impresión de que nos pasábamos horas improvisando en el búnker hasta que surgía algo, hasta que
estábamos preparados para grabar, como si confiáramos en que nos llegaría algo que estaba flotando por
el éter. Así es como ha quedado plasmado y puede que algo de eso hubiera, pero que le pregunten a Mick.
Él y yo nos mirábamos: «¿Qué coño les damos hoy? ¿Qué munición metemos, chico?». Sabíamos que todo
el mundo iba a continuar subido al carro mientras hubiera una canción, algo que tocar. De vez en cuando
nos dábamos una tregua y grabábamos una pista sobre algo hecho el día anterior, pero la mayor parte del
tiempo Mick y yo pensábamos que era nuestra obligación crear canciones, un nuevo riff, una idea nueva,
o mejor dos.
Eramos prolíficos. Nos parecía imposible que no se nos ocurriera algo todos los días o cada dos días, y
eso era lo que hacíamos, incluso si se trataba del esqueleto básico de un riff, pero con eso ya teníamos
algo con que ponernos en marcha, y luego, mientras los demás intentaban captar el sonido o nosotros
darle forma al riff, la canción surgía y encajaba en su sitio ella sola. Una vez agarrado el ímpetu de los
primeros acordes, el primer concepto rítmico, vas descubriendo el resto (si hace falta un puente hacia la
mitad, etc.). Era como caminar por el filo de una navaja porque no había preparación; pero eso es lo de
menos, así es el rock and roll: la idea es crear el esqueleto de un riff, meterle batería y ver qué pasa; y,
visto ahora, la espontánea inmediatez de todo el proceso lo hacía más interesante. No había mucho
tiempo para reflexionar ni para arar el terreno dos veces, era «ya está y a ver qué sale». Y es entonces
cuando te das cuenta de que, con una buena banda, sólo necesitas la chispa de una idea y antes de que
acabe la noche tendrás algo estupendo.
Llegó un momento en que se nos acabó la inspiración. «Casino Boogie» vino cuando Mick y yo
estábamos ya extenuados. Mick me miraba, yo me encogía de hombros. Y entonces recordé el viejo
método de los recortes del bueno de Bill Burroughs: recortamos unos cuantos titulares de periódico y
páginas de libro y lo mezclamos todo en el suelo a ver qué sale. Obviamente no estábamos de humor para
componer nada con el método tradicional, así optamos por emplear un sistema ajeno. Y funcionó para
«Casino Boogie». Me sorprende que no lo hayamos vuelto a utilizar, la verdad, pero en ese momento era
pura desesperación. Una frase rebotaba en otra y, de repente, todo adquiría sentido aunque las palabras
estuvieran inicialmente desconectadas porque esa frase transmitía la misma sensación. En todo caso, tal
vez ésta sea una buena descripción de lo que supone escribir una letra de rock o pop.

Grotesque music, million dollar sad


Got no tactics, got no time on hand
Left shoe shuffle, right shoe muffle
Sinking in the sand
Fade out freedom, steaming heat on
Watch that hat in black
Finger twitching, got no time in hand[51]

Recuerdo que me decepcionó un poco que Charlie hubiera decidido vivir a tres horas de distancia. Me
hubiera encantado que estuviera a la vuelta de la esquina para poder llamarlo y decirle «tengo una idea,
¿te pasas y te la cuento?». Pero la manera como Charlie quería vivir y el lugar donde quería vivir
quedaban a unos doscientos kilómetros, en la región de Vaucluse, al norte de Aix-en-Provence. Así que
bajaba de lunes a viernes, esos días sí que lo tenía a mano, pero me habría venido bien usarlo un poco
más. En cuanto a Mick, pasaba mucho tiempo en París. Lo único que me preocupaba de Exile era que, por
vivir tan separada, la gente se descentrara; y cuando los tenía allí conmigo no los quería soltar ni un
minuto. Nunca había estado al mando del trabajo, pero una vez que me puse dije: «¡Coño, lo hago y me
dejo la piel en esto! Si yo puedo, vosotros también podríais arrimar un poco el hombro». Pero con Charlie
ni soñarlo. El tipo tiene un temperamento artístico y la Costa Azul en verano es una horterada: demasiada
vida social y demasiado bla bla bla. Lo puedo entender perfectamente. Charlie es la clase de persona que
iría en invierno, cuando es un coñazo desolador. El caso es que encontró dónde quería vivir y desde luego
no era en la costa, y mucho menos en la zona de Cannes, Niza, Juan-les-Pins, Cap Ferrat o Montecarlo. A
Charlie los sitios así le dan grima.
Un ejemplo sublime de una canción que llegó volando por el éter es «Happy»: la hicimos al mediodía,
en sólo cuatro horas; grabada y terminada. A mediodía ni siquiera existía y a las cuatro ya estaba grabada
en una cinta. En realidad no es una grabación de los Stones, aunque lleve el nombre: en realidad consiste
en Jimmy Miller a la batería, Bobby Keys con el saxo barítono y poco más; y luego yo hice las pistas del
bajo y la guitarra. Estábamos esperando a los demás para empezar con la sesión de verdad de la noche y
pensamos «ya que estamos por aquí, vamos a aprovechar a ver si se nos ocurre algo». Yo había empezado
con el esqueleto ese día. Nos pusimos a tocar para pasar el rato y resultó que pillamos una veta, íbamos
como por raíles y dijimos: bueno, pues empezamos ya a ver qué podemos ir avanzando y luego la
rematamos cuando lleguen los demás. Decidí probar con cinco cuerdas y slide, y ahí estaba. Así de
simple. Para cuando llegó el resto ya la teníamos. Cuando das con algo, sencillamente lo dejas volar solo.

Well, I never kept a dollar past sunset


Always burned a hole in my pants
Never made a school mama happy
Never blew the second chance, oh no
I need a love to keep me happy[52]

Las palabras fueron brotando solas de mis labios, en ese preciso lugar y en ese preciso momento. Cuando
te pones a escribir, no te queda otra que plantarte delante del micrófono y escupirlo: algo saldrá. Varios
versos de «Happy» son míos, pero no sé de dónde los saqué. Never got a lift out of Learjet/ When I can
fly way back home[53]. No era más que aliteración, intentar sacar una historia. Tiene que haber una
trama mínima, aunque en muchas de mis canciones te costaría encontrarla. Pero en ésta: no tengo un
centavo y es de noche y quiero salir pero no tengo nada; estoy jodido antes de empezar; necesito un amor
que me haga feliz porque si es amor verdadero será gratis, ¡no tendré que pagar! Necesito un amor que
me haga feliz porque me he gastado todo el puto dinero y no me queda nada, es de noche y me lo quiero
pasar bien, pero estoy sin blanca. Así que necesito un amor que me haga feliz. Nena, ¿no quieres hacerme
feliz?
Me habría encantado que muchos otros temas hubieran salido como «Happy». Las grandes canciones
se escriben solas, te llevan a rastras tirándote de la nariz o las orejas. La habilidad consiste en no
interferir demasiado. Ignora la inteligencia, ignóralo todo, simplemente síguela a donde te lleve. En
realidad no tienes ni voz ni voto, y de repente ahí está, «¡ya sé cómo va!», y no te lo puedes creer, porque
piensas que nada surge así. Te preguntas: ¿de dónde he robado esto? No, no, es original. Bueno, todo lo
original que puede llegar a ser, y caes en que las canciones se escriben ellas mismas; tú eres la correa de
transmisión.
Lo cual no quiere decir que no me lo haya trabajado. Algunas nos hicieron hincar la rodilla en tierra,
las hay que tienen treinta y cinco años y todavía no las tengo acabadas del todo. Puedes escribir la
canción, pero ahí no acaba la cosa. La cuestión es qué tipo de sonido, qué tempo, qué clave y si todo el
mundo se ha subido al carro. Costó unos cuantos días sacar «Tumbling Dice», recuerdo haber trabajado
en esa intro varias tardes. Cuando escuchas música acabas distinguiendo cuánto de movimiento calculado
y cuánto de dejar que fluya libremente hay. No puedes dejar las cosas fluir por donde sea todo el rato y
verdaderamente es cuestión de cuánto cálculo (mucho o poco) puedes meter y no al revés. Tengo que
domar a esta fiera de algún modo, pero ¿cómo? ¿Con suavidad o dándole una paliza? ¡Te voy a joder, te
voy a llevar al doble de la velocidad a la que te compuse! Con las canciones se tiene ese tipo de relación,
les puedes hablar a las cabronas: no estás acabada hasta que no estés acabada, ¿entendido? Ese tipo de
movida. O: no, se supone que no tienes que meterte ahí; otras veces te disculpas: lo siento, ya, ya sé que
por ahí no era. Son una cosa curiosa; como bebés.
En cualquier caso, una canción debería salir del corazón. Yo nunca he tenido que pensármelo,
simplemente he agarrado la guitarra o me he ido hasta el piano y he dejado que me fueran llegando las
cosas. Siempre viene algo. Entra material. Y, si no era el caso, me ponía a tocar las canciones de otros y
nunca he llegado al punto de tener que decir: «Hoy no escribo». Nunca jamás me ha pasado. Cuando
descubrí que podía, me pregunté si después de la primera habría una segunda, y luego vi que brotaban de
mis dedos como perlas. Nunca me ha costado escribir canciones, siempre fue un absoluto placer y un
regalo maravilloso que no era consciente de haber recibido. Nunca deja de sorprenderme.

En algún momento del mes de julio Gram Parsons vino a Nellcôte con Gretchen, su joven prometida. Él
ya estaba trabajando en las canciones de su primer disco en solitario, GP. Para entonces ya éramos
colegas desde hacía un par de años y yo tenía la sensación de que aquel tío estaba a punto de salir con
algo increíble (de hecho revolucionó la música country y ni siquiera se quedó lo suficiente como para
enterarse). Sus primeras obras maestras las grabó con Emmylou Harris un año después, canciones como
«Streets of Baltimore», «A Song for You», «That’s All It Took», «We’ll Sweep Out the Ashes in the
Morning». Siempre que estábamos juntos tocábamos, estábamos tocando todo el tiempo, componíamos
cosas… Solíamos trabajar juntos por la tarde, cantábamos temas de los Everly Brothers. Es difícil
describir el profundo amor que Gram sentía por su música, era lo único para lo que vivía; en realidad, no
sólo su propia música sino la música en general. En eso Gram era como yo: se despertaba con George
Jones y luego se desperezaba y salía de la cama con Mozart. ¡Absorbí tanto de Gram!: ese estilo
Bakersfield de interpretar las melodías y también las letras (distinto a la dulzura de Nashville), la
tradición de Merle Haggard y Buck Owens, las letras de los modestos operarios inmigrantes de las
granjas y los pozos de petróleo de California, por lo menos ahí fue donde tuvo su origen en los años
cincuenta y sesenta. Esa influencia del country se dejó sentir en los Stones; por ejemplo, se puede oír en
«Dead Flowers», «Torn and Frayed», «Sweet Virginia» y «Wild Horses», que se la pasamos a Gram para
que la incluyera en el disco de los Flying Burrito Brothers titulado Burrito Deluxe antes de sacarla
nosotros mismos.
Gram y yo teníamos muchos planes; o por lo menos grandes expectativas. Trabajas con alguien que es
así de bueno y piensas: ¡bueno, tenemos años por delante, tío no hay prisa, ¿es que vamos a apagar algún
fuego?; vamos a hacer cosas muy buenas juntos, seguro. Y esperas que vaya evolucionando todo: en
cuanto pasemos el próximo mono, ¡entonces sí que vamos a salir con unas movidas cojonudas! Creimos
que disponíamos de todo el tiempo del mundo.
A Mick no le gustaba Gram Parsons, y tardé mucho tiempo en advertir algo que la gente que me
rodeaba ya había observado: me cuentan que Mick le hacía la vida imposible a Gram, que se insinuaba
constantemente a Gretchen para presionarlo; en una palabra, le dejaba bien claro que no aceptaba de
buen grado su presencia. Stanley Booth recuerda que Mick era como una «tarántula» cuando andaba
cerca de Gram. Que yo estuviera componiendo y tocando con otra persona le parecía una traición, aunque
nunca me lo comunicó en esos términos y a mí nunca se me pasó por la cabeza por aquel entonces. Yo lo
veía simplemente como ampliar el club, ir por ahí conociendo más gente. Fuera como fuese, todo eso no
impidió que Mick se sentara con Gram a tocar y cantar, que era lo único que uno quería hacer cuando
estaba con Gram. Era una canción detrás de otra.
Gram y Gretchen se marcharon envueltos en una cierta nube de mal rollo, aunque hay que decir que él
tampoco estaba realmente en muy buena forma durante aquella época. La verdad es que no recuerdo las
circunstancias de su marcha con detalle, yo me había aislado de los numerosos dramas que se
desarrollaban en la casa.
Viéndolo con la perspectiva que da el tiempo, no me cabe la menor duda de que Mick estaba muy
celoso de que me hubiera hecho amigo de otro tío. Estoy seguro de que eso suponía una dificultad mayor
que si hubiera sido una tía o algún otro tema. Tardé bastante en darme cuenta de que Mick
automáticamente le hacía el vacío (o por lo menos miraba con aire de sospecha) a cualquier amigo varón
que yo pudiera tener. Cualquier tipo con el que yo entable una buena amistad siempre acaba diciéndome
en algún momento: «Creo que a Mick no le caigo bien». Mick y yo estábamos muy unidos y habíamos
pasado mucho juntos, pero tiene tendencia a ponerse posesivo de una manera extraña. Para mí no era
más que una especie de aura difusa, pero otra gente me lo señaló: no quiere que tengas amigos varones
excepto él. Tal vez su deseo de exclusividad tenga algo que ver con su propia mentalidad de estar
sometido a un asedio permanente, o igual cree que así me protege: «¿Qué quiere este gilipollas de
Keith?». Francamente no sé qué será, pero a la gente que, según él, estaba empezando a tener una
relación estrecha conmigo la excluía de antemano (o lo intentaba) antes de que la cosa fuera a más, como
si fueran novias más que simples amigos.
Y, sin embargo, en aquella época con Gram, ¿se sentía Mick excluido? A mí ni se me habría ocurrido
pensarlo entonces porque todo el mundo andaba por ahí conociendo gente nueva y experimentando cosas
distintas. No sé si Mick estaría siquiera de acuerdo con esto, pero tengo la sensación de que él pensaba
que yo le pertenecía, y en cambio a mí no me lo parecía en absoluto. Me ha llevado años siquiera concebir
la idea porque quiero a ese tío un huevo, sigo siendo su colega. Pero desde luego te lo pone muy difícil
para ser su amigo.
La mayoría de los tíos que conozco son unos gilipollas. Tengo grandes amigos que son unos gilipollas,
pero es que ésa no es la cuestión. La amistad no tiene nada que ver con nada de eso sino con si puedes o
no puedes pasarte las horas con una persona, sobre si eres capaz de hablarle sin que tengas la sensación
de que haya la más mínima distancia entre los dos. La amistad es un acortamiento de la distancia entre
las personas. Para mí, es eso y además una de las cosas más importantes de este mundo. A Mick no le
gusta confiar en nadie: confiaré en ti hasta que demuestres que no eres digno de confianza. Tal vez ésa es
la gran diferencia entre él y yo. Sinceramente, no se me ocurre otra forma de expresarlo. Me parece que
debe de tener algo que ver con ser Mick Jagger y con cómo ha tenido que llevar el hecho de ser Mick
Jagger. No puede dejar de ser Mick Jagger ni un minuto. Igual sale a su madre en eso.

Bobby Keys estaba instalado en un apartamento que no quedaba lejos de Nellcôte y en el que organizó
un follón tremendo un día que le dio por empezar a tirar los muebles por la ventana en un arrebato de
expresión personal al más puro estilo tejano, pero luego enseguida la bella Nathalie Delon lo apaciguó e
hizo que se amoldara a las costumbres francesas. Después de la boda, Nathalie estaba pasando una
temporada en casa de Bianca, que también quedaba a tiro de piedra. Cuando le pedí a Bobby que hiciera
memoria sobre cómo se conocieron, fue como si para él todavía fuera una cosa reciente.

Bobby Keys: No sé por qué seguía allí, igual estaba esquivando las balas. Mick tenía una casa al norte de Niza,
allí estaban viviendo él y Bianca, y yo iba a hacerles visitas en mi flamante moto para ver a Nathalie. Mick y yo
nos compramos las motos a la vez: él se pilló una 500 o una 450 o lo que coño fuera, y entonces vi la 750, que
tenía siete cilindros: cuatro putos tubos de escape. «Tío, me llevo ésa de los cuatro tubos de escape. ¡Necesito
cuatro tubos de escape porque hay una estrella de cine francés que me quiero llevar por ahí en este trasto!».
Nathalie y yo casi fundimos la Costa Azul yendo de aquí para allá a toda velocidad y chillando como locos por toda
la Moyenne Corniche, de Niza a Montecarlo en un suspiro, ella casi desnuda y yo con el depósito lleno y hasta las
cejas de crack. Vamos… puro rock and roll. ¡Dios del cielo!, ¿acaso se puede poner la cosa mejor todavía? Nos
íbamos al interior, a recorrer pueblitos franceses con una botella de vino y un bocadillo, y Nathalie me enseñaba
francés. Ese tipo de cosas son las que luego recuerdas toda la vida, ir por aquellas carreteras comarcales
francesas. Era un encaje increíble. Ella era muy graciosa, de un modo sutil, tranquilo, y también nos solíamos
pellizcar en el culo; un toque especial. Era como estar en un Disneyland para adultos. Nathalie era preciosa. Me
robó el corazón. Todavía la quiero. ¿Cómo iba a ser de otra manera?

Cabría añadir que Bobby estaba casado por aquel entonces con una de sus múltiples esposas, y que esa
esposa en concreto estaba en el apartamento de Bobby mientras él andaba por ahí tonteando con
Nathalie. Bobby ha debido de superar algún récord en la historia de las relaciones matrimoniales
tirándose cuatro noches seguidas durmiendo fuera de casa mientras todo el mundo le está contando a la
mujer dónde está.
Pero aquel idilio terminó de manera abrupta al cabo de unos meses, cuando Nathalie le dijo a Bobby
que se había acabado y que no la volviera a llamar jamás ni tampoco intentara ponerse en contacto con
ella nunca más. A Bobby le rompió el corazón: nunca alguien a quien hubiera estado tan próximo lo había
rechazado de ese modo y sin mediar explicación. Durante décadas tuvo que vivir con ese misterio hasta
que hace poco un periodista que había seguido el caso de cerca le explicó que habría resultado
demasiado peligroso que Nathalie y él se dejaran ver juntos en público. El hijo de ella, Anthony, iba con
guardaespaldas y Nathalie también tenía protección policial. Nadie estaba seguro de quién se había
cargado al guardaespaldas con el que se había liado Nathalie, aunque a ella la habían estado molestando
sus colegas yugoslavos de manera sistemática desde entonces. Bobby recordaba haberle oído mencionar
algo sobre el peligro pero no había prestado demasiada atención. Si Nathalie sentía algún afecto por
Bobby no podía continuar con el romance, fue la explicación que le dieron a él. Cuando Bobby oyó
aquello, para él fue como una revelación: estaba unos días en mi casa y, cuando bajó a desayunar al día
siguiente, se sentía como nuevo, lleno de profundo agradecimiento hacia Nathalie por haberle salvado la
vida y alegrándose de que, en su día, no le hubiera explicado cuáles eran los verdaderos motivos por los
que ponía punto final a la relación, porque él habría adoptado la insensata actitud de «¿quiénes se creen
que son estos putos franchutes?, yo soy tejano, ¡me los voy a follar!», como habría dicho él. Lo cual no
habría funcionado. Bobby vivió para contarlo y que le partieran el corazón muchas otras «Brown Sugar»,
aunque, como se verá, siguió viviendo peligrosamente.

¿Cómo se produjo toda esa música, dos canciones al día escritas teniendo una adicción a la heroína
combinada con lo que parecía ser un exceso de energía? Por todas las desventajas que conlleva, no se lo
recomendaría nunca a nadie, aunque la heroína tiene sus usos: el caballo realmente es un gran
estabilizador en muchos sentidos porque, una vez que estás puesto, da igual lo que se interponga en tu
camino, te ocupas de ello. Estaba aquella cuestión de poner en movimiento a los Rolling Stones en aquella
casa del sur de Francia: teníamos un disco que grabar y sabíamos que si fracasábamos entonces los
ingleses habrían ganado la partida. Y en aquella casa, en aquel campamento de beduinos, vivían entre
veinte y treinta personas por aquel entonces, lo cual nunca me molestó porque tengo el don de que no
molesten las cosas o porque estaba totalmente concentrado en la música.
A Anita sí que le jodía; la sacaba de quicio. Ella era una de las pocas personas que hablaban francés, y
alemán a la criada austriaca, así que se convirtió en el equivalente del portero de discoteca encargada de
deshacerse de la gente que encontraba dormida debajo de las camas o que abusaba y no había cómo
hacer que se largara. Sin duda había tensiones, paranoia (he oído las historias de su época terrible como
portero de discoteca) y, por supuesto, mucha droga. También había muchas bocas que alimentar, un día
hasta se presentaron unos santos varones con túnicas naranja y se sentaron a la mesa y, en cuestión de
segundos, echaron mano de la comida y nos dejaron limpios, ¡se lo comieron todo! En lo que a la relación
con los empleados se refiere, Anita acabó limitándose a ir para la cocina y a amenazar con cortarle el
cuello a quien la importunara. Se sentía muy amenazada por todos aquellos vaqueros pululando por allí.
Jacques el Gordo vivía a la vuelta de la esquina, en la casita que había pegada a las cocinas, que
estaban separadas del edificio principal. Un día oímos una explosión tremenda, un golpe sordo atronador;
estábamos todos sentados alrededor de la inmensa mesa del comedor y de repente aparece Jacques con
los pelos chamuscados y la cara cubierta de hollín, como en los tebeos: la cocina había explotado (se
había dejado el gas puesto demasiado tiempo antes de encenderlo) y nos anunció que no iba a haber cena
porque (literal) estaba todo por las nubes.
El caballo me ayudó con la mentalidad de asedio, era como mi muro de protección frente a todo lo que
pasaba a diario, porque, en vez de enfrentarme a ello, lo ignoraba para concentrarme en lo que quería
hacer. No podías andar por aquella casa sin haberte aislado completamente. Sin la heroína, no habría sido
capaz de entrar en una habitación en según qué casos y lidiar con la situación que fuera, en cambio con
ella ibas bien preparado y podías mantener un estado de perfecta calma; y luego volvías a salir, te ibas a
por la guitarra y seguías con lo que estabas tratando de terminar. El caballo hizo que fuera posible
porque, si no, no sé…, pasaban demasiadas cosas por allí todo el rato. Mientras tú te aislabas así, por otro
lado vivías con una gente que seguía los movimientos del sol y la luna: se despertaban cuando tocaba,
luego se iban a dormir… Si rompes ese ciclo y llevas cuatro o cinco días sin dormir, tu percepción de esa
gente que se acaba de levantar, que ha dormido, se vuelve muy distante. Tú has estado trabajando,
componiendo canciones, pasando cosas de cinta a cinta, ¡y esa gente llega y resulta que se han metido en
la cama y toda la movida! ¡Hasta han comido! Y mientras tú, sentado frente a un escritorio con la
guitarra, papel y lápiz… «¿Dónde coño os habíais metido?». Llegó un momento en que acabé pensando:
¿cómo puedo ayudar a esta pobre gente que necesita dormir todos los días?
Para mí, cuando estoy grabando no existe el concepto del tiempo. Más bien el tiempo cambia. Sólo me
doy cuenta de que el tiempo sigue pasando y existe cuando empiezo a ver a la gente cayendo como
moscas a mi alrededor. Si no fuera por eso, yo seguiría y seguiría. Mi récord son nueve días. Obviamente,
llega un momento en que acabas pinchando pero, en lo referente a la percepción del tiempo, Einstein
llevaba bastante razón: todo es relativo.
Mi supervivencia no sólo la atribuyo a la altísima calidad de las drogas que me metía sino también a
que era muy meticuloso con cuánto me metía: nunca le he puesto un poco más para estar un poco más
ciego. Ahí es donde la mayoría de la gente la caga, al sucumbir a la codicia que hasta cierto punto
participa en todo el proceso y que realmente a mí no me afecta. La gente, una vez que está puesta, se
cree que si se meten un poco más les va a subir un poco más. No existe tal cosa. Sobre todo con la
cocaína. Una raya de coca debería tenerte colocado toda la noche. Pero no…, a los diez minutos ya se
están metiendo otra, y otra, y otra. Es una locura, porque no te vas a colocar más. Tal vez yo tenga una
cierta capacidad especial de control y quizá en eso sea raro. Puede que ahí yo tenga ventaja.
Me volví muy rígido e intransigente, no pasaba una: si tengo una idea y es buena, hay que ponerse con
ella ahora. Igual dentro de cinco minutos se me ha ido de la cabeza. Me di cuenta de que a veces era
mejor aparecer con cara de estar cabreado y que la gente no supiera por qué: les sacaba más jugo porque
pensaban «¡joder, qué tío más raro!, se está volviendo cada vez más excéntrico y cascarrabias», pero al
final lo que yo andaba buscando en una canción o en una sesión de grabación salía. Era un truco que sólo
usaba cuando me parecía absolutamente necesario, y además me daba cuarenta minutos para largarme al
baño a meterme mientras los dejaba allí meditando sobre lo que acababa de decirles.
Supongo que el horario era bastante raro. Acabó conociéndose como el Tiempo Keith, que a Bill
Wyman lo ponía de bastante mala leche aunque nunca dijo nada. Al principio dijimos que íbamos a
empezar a las dos de la tarde pero nunca había manera; así que lo pasamos a las seis, que por lo general
acababa siendo la una de la madrugada. A Charlie no parecía importarle. A Bill le molestaba
particularmente. Y lo entiendo. Me labré una reputación: me largaba al baño pensando en una canción en
la que estuviéramos trabajando, me metía y a los cuarenta y cinco minutos todavía seguía allí dándole
vueltas. Debería haber dicho «chicos, os podéis tomar un descanso, me lo estoy pensando», y no lo hice.
Una total falta de educación (y consideración) por mi parte.
Si yo decía «voy a subir un momento a acostar a Marlon» era, por lo visto, señal de que no aparecería
en unas cuantas horas. Andy Johns cuenta una historia de Jimmy Miller, Mick y él manteniendo la
siguiente conversación al pie de las escaleras:
—Bueno, ¿quién va a despertarlo? ¡Esto ya no hay quien lo aguante!
— ¡Joder, yo no pienso ir! ¿Por qué no vas tú, Andy?
—Pero si no soy más que el pobre Andy, ¡venga ya, tíos!, yo no soy el que se tiene que ocupar de esto…
Sólo puedo decir que fue a peor en la gira de finales de los setenta, cuando llegó un momento en que
el único que tenía permiso para despertarme era Marlon.
Pero de algún modo funcionó. Dejemos que sea Andy, el infatigable ingeniero de sonido del Mighty
Mobile, quien dé su testimonio:

Andy Johns: Estábamos trabajando en «Rocks Off» y todo el mundo se había ido a casa, debían de ser las cuatro
o las cinco de la mañana. Keith me dijo: «Pónmela otra vez, Andy» y se quedó dormido mientras escuchaba el
playback, así que pensé «¡genial!, puedo irme a dormir». Total, que me marché a la villa que Keith había tenido la
amabilidad de alquilar para Jim Price y para mí y justo estaba metiéndome en la cama cuando empieza el ring
ring ring ring ring ring… «¿Dónde coño estás? ¡Acabo de tener una idea genial!». Era media hora en coche. «¡Ay,
Keith, perdona! ¡Ahora mismo vuelvo!». Así que me subí al coche, volví y me tocó esa otra parte con una
Telecaster, que es por lo que «Rocks Off» tiene ese intercambio entre las dos guitarras que me sigue pareciendo
espectacular. Y se puso a ello y salió a la primera. ¡Ya está! ¡Hecho! Y me alegro un montón de que fuera así la
cosa.

Al final el circo levantó el campamento y nos quedamos solos Anita, Marlon y yo con un equipo mínimo.
Llegó el otoño y las nubes, las tormentas y el cielo gris, y cambiaron los colores; y luego llegó el invierno,
que fue bastante duro, sobre todo si se comparaba con el verano. Además, empezaron a ponerse las cosas
feas. La brigade des stupéfiants, que es como llaman por allí a la brigada de estupefacientes, nos estaba
siguiendo la pista muy de cerca, recabando pruebas, tomando declaración a sus sospechosos habituales
sobre la actividad ciertamente significativa que tenía lugar en Nellcôte, no sólo por mi parte y la de los
vaqueros sino también por parte de todos los demás consumidores de stupéfiants que había en el grupo.
Habían estado metiendo las narices por todas partes y espiando, y además tampoco es que fuera muy
difícil. En octubre nos entraron a robar en la casa y se llevaron mis guitarras (un montón de ellas). Nos
habríamos marchado pero las autoridades no nos dejaron: por lo visto estábamos siendo objeto de una
investigación oficial por toda una serie de cargos graves y tendríamos que presentarnos a declarar ante
un juez de instrucción de Niza, momento en el que saldrían a la luz todas las acusaciones y los chismes
sobre lo que ocurría en Nellcôte, que habían salido por boca de informantes descontentos con nosotros
por algún motivo o sometidos a presión policial. Teníamos un grave problema. En Francia el habeas
corpus brillaba por su ausencia, las autoridades tenían un poder total y nos podían tener encerrados
durante meses mientras se desarrollaran las investigaciones si el juez decretaba que existían pruebas
suficientes para ello; y, si no, seguramente también. Ahí fue donde entró en juego la estructura (todavía
incipiente) creada por nuestro administrador, el príncipe Rupert Loewenstein, que luego organizaría para
nosotros toda una red mundial de abogados, pistoleros togados de primera fila para protegernos. En
aquel momento contrató los servicios de un abogado francés llamado Jean Michard-Pellissier. No podría
haber escogido uno mejor: había sido el abogado de De Gaulle y lo acababan de nombrar asesor del
gabinete del primer ministro Jacques Chaban-Delmas, que era su amigo del alma. Además, nuestro
representante también era asesor legal del alcalde de Antibes y, por si todo eso no fuera suficiente, el
brillante señor Michard-Pellissier resultaba ser amigo del prefecto de la región, que era quien tenía a su
cargo a la fuerza de policía. Muy buena, Rupert. La audiencia se celebró en Niza, con Rupert haciéndonos
de intérprete. Lo recuerdo cuando terminó todo describiendo las cosas de las que nos acusaba la policía
como «aterradoras». Pero también fue todo bastante cómico (hilarante, de hecho), como una de esas
comedias francesas de Peter Sellers, una escena en la que un detective escribe a máquina
parsimoniosamente y con gesto muy grave mientras el juez lo va entendiendo todo al revés. El nuestro
estaba convencido de que teníamos montada una inmensa red de prostitución, de que unos personajes
siniestros con acento alemán y un guitarrista inglés andaban por allí comprando y vendiendo droga.
—Quiere saber si conoces al señor Alphonse Guerini. (O algo así).
—No he oído hablar de él en mi vida.
—Non, il ne le connaît pas.
Quien nos estaba delatando había tenido que maquillarlo todo con unas exageraciones ridículas y unas
invenciones descabelladas para avenirse a los deseos de la gendarmería. Así que de todo aquello sólo
salió un montón de información falsa y nada más. Loewenstein tuvo que aclarar que no, que ese caballero
sólo pretendía comprar, no vender; y los canallas de turno intentaban cobrarle el doble o el triple de lo
habitual. Mientras tanto, Michard-Pellissier había puesto toda la maquinaria en marcha. Así que, en vez
de contemplar la lejana perspectiva de la cárcel, hasta cabía la posibilidad, una posibilidad real, de que
Anita y yo acabáramos entre rejas, incluso algunos años. Al final nos vimos pactando uno de los acuerdos
legales in extremis de los que me he beneficiado a lo largo de mi vida: se decidió que debíamos
abandonar suelo francés hasta que a mí «se me permitiera de nuevo la entrada en el país», pero tenía que
seguir alquilando Nellcôte y pagar una especie de fianza que ascendía a unos 2.400 dólares semanales.
La prensa se había hecho eco de que los Stones tenían un juicio por tráfico de heroína, con lo que
empezó una larga historia: se había abierto la caja de los truenos, por así decirlo. ¡Ajá, un problema de
heroína en el grupo y en la industria musical en general! Todo transcurrió aderezado con los bulos
habituales (como que Anita vendía heroína a menores), y empezaron a circular un montón de cuentos de
terror en torno a los hechos horribles que habían sucedido en Nellcôte. El asunto no había acabado en
Francia: nos fuimos a Los Angeles, pero en diciembre la policía registró Nellcôte y encontró lo que
andaba buscando, aunque tardaron un año entero en presentar cargos y hacerse con la orden de arresto
contra nosotros, y cuando llegó nos declararon culpables de posesión de drogas, nos multaron y nos
prohibieron la entrada en Francia durante dos años. Las acusaciones de tráfico se retiraron, por fin pude
dejar de pagar el alquiler de Nellcôte y de tirar los billetes de mil.
Lo que llevamos de Francia a Los Angeles era la materia prima para Exile, el esqueleto sin pistas
sobregrabadas. Prácticamente en todas las canciones había un momento en que decíamos algo como «a
eso le tenemos que poner un estribillo, hacen falta unas voces de tía ahí, ésta necesita más percusión». Y
a estábamos pensando de cara al futuro pero sin apuntar nada. Así que en Los Angeles le dimos cuerpo:
durante cuatro o cinco meses a principios de 1972 nos dedicamos a la mezcla de Exile on Main St. Me
recuerdo sentado en el aparcamiento de los estudios Tower Records o los Gold Star Studios, o
conduciendo arriba y abajo por Sunset escuchando la radio y esperando el momento en que nuestro DJ
favorito estuviera a punto de poner una canción inédita de las que teníamos entre manos para que
pudiéramos ver qué tal quedaba. ¿Cómo sonaba en la radio? ¿Funcionaba para un single? Lo hicimos con
«Tumbling Dice», «All Down the Line» y muchas otras, llamábamos al pinchadiscos de la emisora KRLA y
le mandábamos una primera mezcla recién salida del horno, y nosotros nos metíamos en el coche a
escuchar. Wolfman Jackson u otro de los DJ de la ciudad ponía la canción que le habíamos mandado con
un tío que se quedaba esperando a que acabara para llevársela de vuelta. Exile on Main St. tuvo un
principio flojo. Por lo visto sacar un álbum doble traía mal fario, o al menos eso decían las discográficas,
llenas de ansiedades sobre precios y temas de distribución y todo eso. El hecho de que nos plantáramos y
dijéramos «mirad, es lo que hay, esto es lo que hemos hecho, y sólo cabe en dos discos, así que eso es lo
que vamos a usar» fue una jugada arriesgada por nuestra parte y que iba totalmente en contra de la
opinión de todo el mundo en la industria. Al principio parecía que llevaban razón, pero luego las ventas
fueron subiendo y subiendo y yendo cada vez mejor, y las críticas siempre fueron excelentes. Además, si
no te arriesgas nunca llegas a ninguna parte, joder. Tienes que traspasar los límites. Sentíamos que nos
habían mandado a Francia a hacer algo y lo habíamos hecho, y ahora se lo iban a comer de principio a fin.
Cuando acabamos, Anita y yo nos fuimos a vivir a Stone Canyon y fue la última vez que pasé una
temporada con Gram, la última vez que lo vi. Stone Canyon estaba bien, pero todavía quedaba por
resolver el tema de dónde pillar droga. Hay una foto de Gram en su Harley, conmigo detrás con gafas de
aviador (precisamente íbamos a pillar).
—¡Hey, Gram!, ¿dónde vamos?
—A ver qué encontramos por las cloacas de la ciudad.
Me llevaba a unos sitios que nunca había sabido ni que existieran. De hecho, muchos de los camellos
que recuerdo que visitamos eran tías. Yonquis tías (también conocidas en el ambiente como FJs, de
female junkies). En un par de ocasiones igual era un tío, pero, si no, todos los contactos de Gram eran
tías: le parecían más organizadas y tranquilas que ellos en lo que al trapicheo y la disponibilidad se
refería.
—Tengo la pasta pero no tengo qué meterme.
—Ah, pues conozco una tía…
Conocía a unas cuantas que vivían en el Riot House {la casa del desmadre} (así se conocía al
Continental Hyatt de Sunset): pasaron por allí muchas bandas porque era barato y se podía aparcar la
furgoneta a la puerta. Y te encontrabas con una tía muy guapa, una yonqui total, que te prestaba la aguja.
Esto era antes del sida, entonces no había ese problema.
Fue por aquel entonces cuando Gram conoció a Emmylou Harris, cuando la oyó cantar por primera
vez, aunque todavía tardarían un año en grabar aquellos dúos fantásticos. Ahora bien, apostaría a que la
cosa no empezó pensando en dúos vocales. El muy cabroncete era un salido. Por lo demás, la mala noticia
era la terrible escasez de droga que afectaba a toda la Costa Oeste de Estados Unidos, así que no tuvimos
más remedio que conformarnos con pura bazofia. Estamos hablando de un material callejero de verdad,
marrón, que venía de México. Y parecía cuero machacado, a veces hasta lo era, así que debías probarla
primero: quemabas un poco en una cuchara para ver si se licuaba y olerlo, porque tiene un olor
característico cuando lo quemas; y no te importaba si el olor que salía era el de la mezcla, porque la
heroína vieja, la de calle, la mezclan con lactosa, pero aquello era una masa espesa, había veces que casi
ni pasaba por la aguja. Andábamos bastante tirados.
Yo por lo general no dejaba que la cosa llegase a un punto donde no pudiera pillar de la limpia, ponía
el límite en tener que ir a buscar a la calle: ésa no era lo bueno, con aquello no iba a ir adonde quería,
sólo valía para que no se parara el motor.
Un día te despiertas y ha habido un cambio de planes, te tienes que ir a algún sitio de repente y te das
cuenta de que en lo primero que piensas es «bueno, y el tema de la droga ¿cómo lo arreglo?». Lo primero
de la lista no es la ropa interior ni tu guitarra, es: ¿cómo consigo colocarme? ¿Me la llevo de aquí y tiento
a la suerte o tengo números de teléfono a los que puedo llamar donde sea que vaya y donde sé que me la
van a pasar seguro? Más o menos por aquella época, cuando ya andábamos preparando la siguiente gira,
fue cuando caí: había tocado fondo, no quería estar atrapado en el culo del mundo sin tener para
meterme, ésa era mi mayor preocupación. Prefería desengancharme antes de salir de gira. Ya es
suficientemente malo tener que desengancharte solo, pero la idea de poner en peligro toda la gira por mi
culpa era demasiado, incluso para mí.
Mi visado para Estados Unidos había caducado, así que de todos modos me tenía que largar. Además
había llegado el momento de que Anita se largara de Los Angeles porque estaba embarazada de Angela:
«Es la hora de desengancharse». No creo que Anita estuviera particularmente enganchada, no la
necesitaba todo el tiempo, y evidentemente la fuerte y robusta Angela prueba que no había riesgos serios
para su salud. Anita se metía algo de vez en cuando, en cambio yo sí que estaba enganchado y además de
verdad. La cosa estaba chunga. Vivíamos al límite pero no creo que Anita o yo tuviéramos la menor duda
de que podíamos con aquello, sólo era cuestión de ponerse y hacerlo. No recuerdo ninguna sensación de
miedo o aprensión por pensar en dejarlo, más bien la actitud era: hay que hacerlo y hay que hacerlo. Y
como no podíamos volver ni a Inglaterra ni a Francia, decidimos que nos iríamos a Suiza.
Me puse hasta el culo antes del vuelo porque, cuando llegara, ya iba a ser directamente a pasar el
mono y no tenía ningún contacto en Suiza que me pudiera pasar nada. La verdad es que fue bastante
horrible. Cuando llegamos se montó bastante lío, lo poco que recuerdo es todo bastante confuso: me
llevaron en ambulancia del hotel a una clínica. June Shelley, que era quien se había encargado de todo en
Nellcôte y también la que supervisaba aquel episodio, escribió en sus memorias que creyó que me iba a
morir en la ambulancia. Desde luego debía de tener aspecto de que eso era lo que iba a pasar. No lo
recuerdo, sólo que me llevaban de acá para allá como un peso muerto. Que me lleven al sitio ese y vamos
a ponernos ya con esta mierda. Y dadme algo para que me duerma y así pasar el mínimo posible de las
setenta y dos horas de infierno que me esperan consciente.
El médico a cargo de la cura era un tal Denber, de una clínica de Vevey, un americano que parecía
suizo: perfectamente afeitado y con gafas sin montura, himmleresco. Tenía acento del Medio Oeste. El
hecho es que a mí me resultó inútil el tratamiento del doctor Denber. Un cabroncete nada de fiar. Hubiera
preferido tener junto a la cama a Smitty, la enfermera favorita de Bill Burroughs, aquella matrona peluda.
Pero el doctor Denber era el único que hablaba inglés… No podía hacer nada al respecto: a un tío que
está pasando el mono lo manejas como te dé la gana.
No sé lo que se creerá otra gente que es el mono, pero es un puto horror. Si se compara, es mejor que
perder una pierna en las trincheras y es mejor que morir de hambre; pero no es buen sitio para estar. El
cuerpo entero se te pone del revés y se rechaza a sí mismo durante tres días, aunque sabes que en tres
días se va a calmar. Van a ser los tres días más largos de tu vida y te vas a preguntar por qué te haces
esas cosas a ti mismo cuando podrías estar siguiendo con tu vida perfectamente normal de puta estrella
del rock con pasta de sobra. En cambio allí estás: potando y subiéndote por las paredes. ¿Por qué te haces
algo así? No lo sé. Todavía no lo sé. Te entran escalofríos, las entrañas se te remueven, no puedes evitar
que unos espasmos violentos sacudan todo tu cuerpo, tiemblas sin parar y estás vomitándote y cagándote
encima todo al mismo tiempo, y te salen mierdas por los ojos, por la nariz… La primera vez que te pasa y
es real, ahí es donde un hombre razonable dice «estoy enganchado», pero ni eso impide que un hombre
razonable vuelva a meterse.

Yo estaba en la clínica y Anita un poco más abajo, en la misma calle, trayendo al mundo a nuestra hija
Angela. Una vez que pasó el trauma habitual de los primeros días, agarré una guitarra que tenía y escribí
«Angie» sentado en la cama en una tarde, porque por fin podía mover los dedos otra vez y ponerlos donde
se suponía que iban, y ya no sentía que me tenía que cagar en la cama o subirme por las paredes ni
estaba frenético. Así que empecé a cantar «Angie, Angie». No era sobre nadie en particular, no era más
que un nombre, podía haber sido «ooooh, Diana», de hecho no sabía que Angela se iba a llamar Angela
cuando compuse «Angie». Entonces no se sabía el sexo del bebé hasta que nacía; lo que es más, Anita le
puso Dandelion… Sólo le cayó Angela de segundo porque nació en un hospital católico donde insistieron
en que se añadiera también un nombre «como es debido». En cuanto creció un poco, la propia Angela
dijo: «No me volváis a llamar Dandy en la vida».

El Starship, antiguo avión de Bobby Sherman, durante la gira de 1972 por EE. UU.

© Ethan Russell
9

Nos embarcamos en la gran gira de 1972; el doctor Bill abre su maletín de médico y Hugh Hefner nos invita a su
casa. Conozco a Freddie Sessler. Nos mudamos a Suiza y luego a Jamaica. Bobby Keys y yo nos metemos en líos
mientras estamos de gira y nos salva el Rey de la Piña de Hawai. Me compro una casa en Jamaica; Anita acaba en
la cárcel y expulsada del país. Muere Gram Parsons y a mí me incluyen en la lista de quienes seguirán su camino.
Ronnie Wood se une a la banda.

La espantosa gran gira del 72 empezó el 3 de junio. Es comprensible que una persona sensible como Keith
necesitara medicación, pero a mí nada de todo eso me animaba; yo esperaba algo mejor. El idealismo de la gira
de 1969 había acabado en desastre. El cinismo de la de 1972 incluía a Truman Capote, Terry Southern (habría
incluido a William S. Burroughs si el Sunday Review hubiera tenido presupuesto para pagarlo), la princesa Lee
Radziwill y Robert Frank, y entre los personajes de reparto más destacados estaban, entre otros, el médico de la
gira, hordas de camellos y groupies y un sinfín de participantes en memorables escenas de sexo y drogas. Podría
describir con todo lujo de detalles los escándalos y las orgías que presencié y en las que participé durante esa
gira, pero llega un momento en que ya has visto tantos espaguetis sobre tapicerías de terciopelo, tantos charcos
de orina caliente en moquetas mullidas y tales cantidades de órganos sexuales de los que manan fluidos a
borbotones que se convierte todo en una especie de amalgama uniforme. Por decirlo de alguna manera: vista una,
vistas todas. Las variaciones son irrelevantes.
—Stanley Booth, Keith: Standing in the Shadows

Nunca he participado en nada igual. He estado de viaje con mucha gente extraordinaria en otras ocasiones,
pero la energía siempre iba de dentro afuera, mientras que esto excluye completamente el mundo exterior: no
salir jamás, no saber nunca en qué ciudad estás… No consigo acostumbrarme.
—Robert Frank, fotógrafo y cineasta, Cocksucker Blues

A la gira del 72 también se le dieron otros nombres («la gira de la cocaína y el tequila sunrise» o «la fiesta
itinerante de los Stones»), y se creó en torno a ella algo así como un mito muy en línea con la lista de
excesos que rememoraba Stanley Booth algo más arriba. Personalmente, yo nunca vi nada de todo eso.
Stanley ha debido de exagerar (o era un chico extremadamente inocente en aquella época). Ahora bien,
por entonces ya no nos reservaban habitación en ningún hotel de categoría superior al Holiday Inn, y fue
el inicio de las reservas de plantas enteras en los hoteles a las que se prohibía el acceso a cualquiera
ajeno a la organización, a fin de que algunos de nosotros (yo, por ejemplo) pudiéramos disfrutar de unas
ciertas garantías de que, si decidíamos corrernos una juerga, podíamos controlar la situación
mínimamente o por lo menos de que nos avisaran si iba a haber problemas.
El séquito que iba con nosotros, la legión de operarios de montaje, técnicos, adláteres y groupies,
había aumentado exponencialmente. Por primera vez viajábamos en nuestro propio avión privado con el
logotipo de la lengua pintado en el fuselaje. Nos habíamos convertido en una nación pirata viajando a lo
grande bajo nuestra propia bandera, con abogados, bufones, asistentes… Los tipos encargados de la
coordinación de todo aquel tinglado se apañaban con una máquina de escribir desvencijada y los
teléfonos de los hoteles (o incluso públicos) para coordinar una gira a gran escala por toda América del
Norte que incluía treinta ciudades, toda una hazaña organizativa por parte de nuestro flamante director
de gira, Peter Rudge, un general de cuatro estrellas en medio de aquel hatajo de anarquistas. Dimos
todos los conciertos sin fallar en ninguno, aunque a punto estuvimos de que sucediera en alguna ocasión.
El tipo que nos hacía de telonero en casi todas las ciudades era un Stevie Wonder que acababa de cumplir
veintidós años.
Recuerdo historias de Stevie durante las giras europeas con su gran banda. Los tipos decían: «¡El
cabrón ve! Entramos en un hotel donde no hemos puesto los pies jamás, y el tío coge su llave y se va
derecho hacia los ascensores». Al cabo del tiempo me enteré de que se había aprendido de memoria la
distribución del Four Seasons: cinco pasos hasta aquí, dos pasos más hasta el ascensor… A él no le
resultaba tan complicado, en realidad lo hacía para joderlos un poco.
Durante aquella gira, la banda estaba que se salía; pero será mejor oír lo que tiene que decir al
respecto otro de sus escritores residentes, Robert Greenfield (en aquella gira había un montón de
escritores porque todo el asunto había adquirido visos de campaña política, por lo menos en lo que a
cobertura se refiere). Nuestro viejo amigo Stanley Booth se retiró asqueado con la nube de personajillos y
autores famosos cuya presencia había diluido un territorio en otro tiempo puro con the ballrooms and
smelly bordellos / and dressing rooms filled with parasites[54]. Pero nosotros seguimos tocando.

Robert Greenfield: En Norfolk, Charlotte y Knoxville, el escenario parece volar de principio a fin, los músicos
están perfectamente conectados entre sí y completamente imbuidos del ritmo, es como un equipo de campeones
pasando por su mejor momento, el de mayor fluidez. Claro que sólo la gente que escucha, como Ian Stewart, y los
propios Stones y sus músicos de apoyo, se da cuenta de la magia que se está creando. En cuanto al resto, o está
preocupándose de la logística o intentando encontrar la manera de echar un polvo.

Al médico de la gira aludido por Stanley lo llamaremos doctor Bill para meter un toque estilo Burroughs.
Su especialidad podría denominarse «medicina de emergencia». A Mick, debido a las amenazas y a los
locos obsesionados con él, a la gente que se le acercaba para darle una bofetada y al hecho de que los
ángeles del infierno querían verlo muerto, la posibilidad de que alguien intentara algo contra él le estaba
provocando la correspondiente dosis de nerviosismo: quería que hubiera un médico cerca que pudiera
salvarle la vida si le pegaban un tiro sobre el escenario. Sin embargo, el principal objetivo del doctor Bill
eran las mujeres, y como era un médico bastante joven y guapo, encontró más que suficiente de lo que
buscaba.
Se hizo unas tarjetas de visita en las que ponía «Doctor Bill. Médico personal de los Rolling Stones», y
antes de cada concierto repartía unas veinte o treinta entre las chicas más guapas del público, incluso si
iban con un tío; en el dorso de la tarjeta escribía el nombre del hotel y el número de habitación, y había
tías, incluso de las que iban acompañadas, que se iban a casa y luego al hotel, le enseñaban la tarjeta al
de seguridad y le hacían una visita al bueno del doctor, quien sabía que, de las seis o siete que vinieran,
por lo menos a dos o tres se las podría beneficiar diciéndoles que les presentaría a los Stones. Al doctor
Bill le iba lo de pillar con una tía todas las noches, y además tenía un maletín con todas las sustancias que
te puedas imaginar, Demerol, lo que quisieras. Y podía recetar en todos los estados. Solíamos enviar tías a
su habitación para buscar el maletín, o a veces la gente hacía cola, jeringuilla en mano, mientras él
repartía el Demerol.
En Chicago, además de los problemas habituales con los recepcionistas encargados de las reservas,
nos encontramos con que había una escasez tremenda de habitaciones: por lo visto había una convención
de representantes de maquinaria, otra de McDonald’s, otra más de muebles. Total, que los vestíbulos
estaban llenos de individuos acreditados con su nombre en la solapa. Así que a Hugh Hefner le pareció
que se echaría unas buenas risas invitándonos a unos cuantos a la Mansión Playboy… Creo que luego se
arrepintió. Hugh Hefner, ¡menudo pirado! Nos hemos relacionado con todo tipo de chulos, desde lo más
miserable hasta la máxima sofisticación, y Hugh Hefner es sin duda la máxima sofisticación, pero un
chulo después de todo. Nos abrió las puertas de su casa y nos tiramos allí más de una semana, metidos en
la sauna la mitad del tiempo con conejitas por todas partes… En definitiva, una casa de putas, algo que la
verdad no me gusta nada. Ahora bien, tengo unos recuerdos muy, pero que muy borrosos de todo aquello.
Sé que nos lo pasamos bastante bien; y sé que la casa quedó hecha unos zorros. A Hefner le habían
intentado pegar un tiro hacía poco, así que aquello parecía la mansión del típico dictador de república
bananera, con personal de seguridad armado por todas partes, pero Bobby y yo conseguimos
escaquearnos de todo eso y de los turistas que habían ido a vernos tocar en la Mansión Playboy y nos
buscamos un rinconcito donde montarnos la fiesta por nuestra cuenta.
El amigo doctor también andaba por allí y lo que hacíamos era conseguirle conejitas. El trato era: «Tú
nos dejas meter mano en tu maletín y te puedes quedar con Debbie». El guión ya estaba escrito, y yo
actuaba hasta las últimas consecuencias. Claro que tal vez a Bobby y a mí la actuación se nos fuera un
poco de las manos cuando le prendimos fuego al baño. Bueno, no fuimos nosotros, fueron las drogas. No
fue culpa nuestra. Estábamos los dos sentados en el suelo del cuarto de baño tan tranquilos, un baño
estupendo, y teníamos el maletín del doctor Bill allí, así que nos dedicamos a probar un poco de todo
(«¿éstas para qué serán?»), y en un momento dado (para que luego hablen de nebulosas y brumas) Bobby
va y me suelta «aquí hay mucho humo», y yo lo miro pero no lo veo, porque las cortinas están en llamas,
el baño entero está a punto de arder y ya ni lo veo porque ha desaparecido en medio de aquella
humareda: «Sí, tienes razón, hay un poco de humo». Fue una de esas reacciones tardías. Y de repente se
oye barullo al otro lado de la puerta, y empiezan a sonar las alarmas de incendio: bip bip biiiip.
— Oye, Bob, ¿qué es ese ruido?
—Ni idea, ¿abrimos la ventana?
Gritos desde fuera:
—¿Estáis bien ahí dentro?
— ¡Sí, tío, de puta madre!
Con lo cual, quien sea que hubiera venido a preguntar se larga y nosotros nos quedamos allí sin saber
muy bien qué hacer (igual si salimos discretamente sin hacer ruido y pagamos los destrozos…), cuando de
repente se oye a alguien aporreando la puerta (camareros y tíos uniformados con traje negro pasándose
cubos de agua) que por fin consiguen abrir y nos encuentran a los dos tirados en el suelo con los ojos
como platos, y yo voy y les suelto: «Eso lo podíamos haber hecho nosotros, ¿cómo os atrevéis a entrar así
a meter las narices donde nadie os llama?». Poco después Hugh se largó para mudarse a Los Angeles[55].
Algunas de las noches más salvajes que supuestamente he vivido me las creo sólo porque hay pruebas
que corroboran que efectivamente ocurrieron. ¡No me extraña que tenga fama de juerguista! Las mejores
fiestas, las buenas de verdad, son aquéllas de las que no te acuerdas, de las que únicamente te quedas
con unas cuantas imágenes de lo que hiciste. «¡Ah!, ¿así que no recuerdas haber disparado con aquella
pistola? Pues levanta la alfombra y mira los agujeros que hay en el suelo —da un poco de vergüenza, un
cierto bochorno—. ¿De verdad que no te acuerdas de eso? ¿Y tampoco de cuando te sacaste la polla y te
colgaste de la lámpara del techo, “quien la quiera que la enrolle con un billete de cinco libras?”». No, no
me acuerdo absolutamente de nada.
Todos esos excesos juerguistas resultan muy difíciles de explicar, no es que dijeras: «Muy bien, esta
noche la vamos a armar». Simplemente pasa. Supongo que buscas olvidarte de todo, aunque no
conscientemente, pero el hecho es que al estar en una banda te sientes enjaulado en muchas ocasiones, y
cuanto más famoso te haces más prisionero te sientes. ¡Es increíble hasta dónde puedes llegar para dejar
de ser quien eres durante unas cuantas horas!
Soy capaz de improvisar cuando estoy inconsciente. Por lo visto es una facultad que tengo. Intento
mantenerme en contacto con el Keith Richards que conozco, pero sé que, de vez en cuando, hay otro
Keith acechando entre las sombras. Algunas de las mejores historias que se cuentan sobre mí son de
momentos en los que en realidad yo no estaba allí, o por lo menos no de manera consciente: es obvio que
estar estaba, porque hay demasiada gente que me lo ha confirmado, pero puedo llegar a un punto, sobre
todo cuando llevo varios días de coca, en el que simplemente me desfaso, pienso que he caído en redondo
y que estoy durmiéndola, pero en realidad sigo haciendo cosas, y bastante escandalosas por cierto. Es lo
que se llama tirar demasiado de la cuerda, sólo que nadie me avisaba de que estaba a punto de romperse.
Llega un momento en que pierdes la noción de la realidad porque se te ha ido la mano, pero te lo estás
pasando demasiado bien, escribiendo canciones, y hay tías por ahí… Al final, es la movida del rock and
roll, y vienen un montón de amigos a verte y a llevarte provisiones, y llegas a un punto en que se te apaga
la luz pero todavía andas moviéndote por ahí. Es como si entrara en funcionamiento otro generador,
aunque la mente y la memoria hayan dejado de funcionar. Mi amigo Freddie Sessler, que en paz descanse,
habría sido una verdadera mina de información sobre todo esto.
Por lo que respecta a las lámparas de techo, sí que conservo un recuerdo de algo que podría calificarse
como un escarceo con la muerte. Sobre ello escribí algo en un cuaderno bajo el epígrafe «Un escopetazo
celestial».

Una dama (anónima) a la que yo había estado entreteniendo insistió, como prueba de su gratitud, en
entretenerme ella a mí un rato; se quitó la ropa y de un salto se colgó de la inmensa araña de cristal que colgaba
del techo para luego proceder a la ejecución de toda una serie de movimientos gimnásticos de lo más impactantes
mientras la lámpara se balanceaba de lado a lado proyectando luces y sombras por toda la habitación. De lo más
entretenido, eso desde luego. Por fin se soltó y, con una agilidad digna de una trapecista, vino a aterrizar a mi
lado en el sofá; en ese preciso instante, la lámpara se soltó para estrellarse contra el suelo mientras nosotros dos
nos acurrucábamos abrazados y muertos de la risa bajo una lluvia de cristales. Y luego la cosa se puso más
divertida todavía.

También nos echamos unas buenas risas con Truman Capote, el autor de A sangre fría, uno de los
amigos del círculo social de Mick que se había unido a la gira, y también estaba la princesa Radziwill,
para nosotros princesa Radish {rábano}, así como Truman era simplemente Truby. Él venía
supuestamente porque quería escribir un artículo para no sé qué prestigiosa revista, vamos, que en teoría
estaba trabajando. Un día, detrás del escenario, le dio por quejarse y tocar las pelotas, se puso en plan
coñazo, a refunfuñar por el ruido que había, el típico comentario malicioso de reinona ofendida. Yo por lo
general paso bastante, pero hay veces en que se me hinchan los huevos. Fue después del concierto, de
modo que yo llevaba un ciego considerable. El muy hijo de puta, con aquella actitud de neoyorquino
presuntuoso, estaba pidiendo a gritos que le dieran una buena lección, «ahora estás en Dallas, tío». A mí
se me fue un poco la cabeza. Recuerdo que al volver al hotel fui a su habitación y me lie a patadas con la
puerta, que previamente había embadurnado con ketchup robado de un carrito: «¡Sal aquí, puta reinona!
¿A qué has venido? ¿Quieres ver un poco de sangre fría? ¡Pues aquí la tienes, Truby! Sal al pasillo y
verás». Fuera de contexto parezco una especie de Johnny Rotten, pero está muy claro que debió de
provocarme.
Lo verdaderamente divertido fue que, por alguna razón misteriosa, Truman se encaprichó con Bobby.
Poco después de su pequeño periplo con los Stones, Capote fue al programa de televisión de Johnny
Carson y éste le preguntó qué le había parecido toda esa historia del rock and roll y cómo había sido la
experiencia: «¡Ah, sí, he estado unos días acompañando a los Rolling Stones en su gira!». Bobby estaba
viendo la tele, y en esto Johnny le pregunta a Truman: «Bueno, cuéntanos algo, ¿has conocido a gente
interesante?»; «¡pues sí, he conocido a un joven encantador de Texas!». Y Bobby diciendo «¡no, ni se te
ocurra!». Al cabo de un par de minutos ya lo estaban llamando de la Liga de Caballeros de Texas: «Así
que tú y Truman, ¿eh?».
Recuerdo el concierto que dimos en Boston el 19 de julio de 1972 por dos razones. La primera, por la
escolta motorizada que nos organizó la policía de Boston para llevarnos hasta el estadio cuando sus
colegas de Rhode Island intentaron meternos entre rejas. Veníamos de Canadá y habíamos aterrizado en
Providence y, mientras nos registraban el equipaje, me puse a echar una siesta recostado en el
guardabarros de un camión de bomberos, uno de esos antiguos bien anchos y de formas redondeadas. De
pronto noté una súbita explosión de calor, el fogonazo de un flash en toda la cara, y me levanté de un
salto y agarré al fotógrafo por el cuello de la camisa… «¡Vete a tomar por culo!». Me lié a patadas con el
fotógrafo. Me arrestaron. Y Mick, Bobby Keys y Marshall Chess insistieron en que los detuvieran
conmigo. Eso se lo tengo que reconocer a Mick. Pero el caso es que ese día los puertorriqueños se habían
cabreado y estaban montando una buena en su barrio, con disturbios y todo. Total, que el alcalde de
Boston dijo: «Soltad a esos tíos ahora mismo, porque ya tengo un lío de la hostia por aquí y lo último que
necesito es que los fans de los Rolling Stones me monten otro el mismo día». Así que nos soltaron y la
policía de Boston mandó a un montón de agentes para escoltarnos a toda prisa hasta el estadio, y fue
como un desfile, con gente siguiendo a la comitiva y toda la fanfarria ciudadana.
El otro gran acontecimiento del día fue la llamada a la puerta de mi habitación del hotel y encontrarme
cara a cara por vez primera con Freddie Sessler. No sé cómo llegó hasta allí, pero el caso es que por
aquel entonces todo el mundo acababa en mi habitación. Eso ya no me pasa (no podría aguantar el ritmo),
pero resultó que ese día no estaba haciendo nada en particular y el tipo me pareció muy curioso. Judío a
más no poder, con una ropa bastante ridícula. Menudo personaje. «Tengo algo que te va a gustar —me
dijo, y sacó un pote con unos veintiocho gramos de cocaína pura, de la de Merck, con el sello sin romper,
material auténtico—. Es un regalo. Me encanta vuestra música». Era coca de la que sale volando del
frasco cuando lo abres. Shsssss. Por aquel entonces me metía cocaína de vez en cuando pero, aparte de la
que conseguías entre los yonquis de Inglaterra, lo demás era todo mierda callejera. Nunca sabías si era
anfetamina. Y a partir de ese momento, Freddie se presentó todos los meses con los consabidos
veintiocho gramos de cocaína pura, siempre sin cobrar un centavo. Freddie no quería que se lo tachara de
«proveedor». No era un camello al que pudieras llamar y decir: «Oye, Fred, ¿tienes algo de…?».
Fue mucho más que eso. Freddie y yo congeniamos desde el primer momento. Era un tipo increíble,
veinte años mayor que yo. Su historia, incluso comparada con la experiencia de cualquier judío que
hubiera vivido la invasión de Polonia por los nazis, es un relato de horror y de supervivencia casi
milagrosa. Es una historia parecida a la del joven Roman Polanski; como él, Freddie había tenido que
buscarse la vida para huir de los nazis, que habían encerrado a toda su familia en los campos de
concentración. Yo de todo eso no me enteré hasta pasado un tiempo, pero mientras tanto Freddie se
convirtió en otro componente fijo de la gira. Asumió el papel de mi segundo padre durante los diez o
quince años siguientes, seguramente sin darse cuenta de ello. Vi algo en Freddie de inmediato: era un
pirata, un aventurero y un outsider, aunque al mismo tiempo tenía unos contactos extraordinariamente
buenos. Y además era muy divertido, con un ingenio afilado y carros de experiencia a sus espaldas. Se
había hecho millonario cinco veces y las cinco lo había acabado perdiendo todo, pero siempre se había
vuelto a levantar y había seguido adelante. La primera fortuna la hizo vendiendo lápices. Se dijo: «¿Qué
se hace más corto cuando lo usas?». Y se forró vendiendo material de oficina. Luego se le ocurrió otra
idea dentro de un avión que sobrevolaba Nueva York esperando permiso para aterrizar, contemplando los
edificios y todas las luces. «Quien suministre todas esas bombillas tiene que estar haciendo una puta
fortuna». Al cabo de dos semanas, él era ese proveedor. Casi siempre se trataba de ideas muy sencillas.
Claro que otras veces no eran tan simples, ni de tanto éxito, como por ejemplo la del veneno de serpiente
para curar la esclerosis múltiple, o todo el dinero que metió en el fallido Amphicar, un vehículo anfibio
que llegó a ser descrito en un artículo como «el coche que podría revolucionar la idea de morir ahogado».
Aquello no acabó de cuajar. Dan Aykroyd tiene uno, pero, aparte de él, ¿quién necesita un coche que
pueda cruzar ríos habiendo puentes? Freddie era una especie de Leonardo da Vinci, pero en absoluto
para los negocios. En cuanto algo funcionaba empezaba a aburrirse como una ostra y acababa echándolo
todo a perder.
Por supuesto, a Mick, al igual que a otra mucha gente, no le gustaba nada Freddie. Era una bala
demasiado perdida. Seguramente Mick y yo nos distanciamos más por culpa de Gram que de Freddie,
porque en el caso del primero estaba también la música por medio, pero Mick despreciaba a Freddie y
sólo lo aguantaba porque meterse con Freddie era lo mismo que meterse conmigo. Creo que Freddie y
Mick se lo pasaron bien juntos en un par de ocasiones, pero era algo muy raro. Freddie le hacía favores a
Mick y no me lo contaba, cosas como ponerlo en contacto con tal puta o tal tía. Le allanaba el camino,
vamos. Mick recurría a Freddie cuando quería algo y Freddie se lo conseguía.
La gente lo criticaba, decía que era grosero, ofensivo, vulgar… ¿y por qué no? Podías pensar lo que
quisieras de él, pero Freddie Sessler fue uno de los mejores tipos que he conocido en mi vida. Horrible,
asqueroso, un tipo excesivo que se lo pasaba todo por el forro, estúpido en ocasiones, pero un tío de una
pieza. No se me ocurre nadie que en todo momento fuera más de una pieza que él. Yo también era
estúpido y excesivo por aquel entonces, y de hecho retaba a Freddie para que se comportara de un modo
más descontrolado de lo que realmente quería, lo cual era culpa mía, pero sabía que aquel tío tenía algo
especial: le importaba todo un carajo, le daba todo igual porque estaba convencido de que había muerto a
los quince: «Total, ya estoy muerto, incluso estando vivo. Así que venga lo que venga me lo tomo como un
regalo, hasta si es una auténtica mierda. ¡Convirtamos la mierda en salsa si podemos!». Así es como
entendía yo esa actitud suya de «a tomar todo por culo». A los quince años había visto cómo dos oficiales
nazis torturaban a su abuelo, la persona a quien más veneraba en el mundo, y a su tío, y luego les
pegaban un tiro a plena luz del día en la plaza mayor de su pueblo mientras él se abrazaba a su
horrorizada abuela. Su abuelo había sido escogido para aquel castigo ejemplar porque era el líder de la
comunidad judía de la zona. Después también se llevaron a Freddie, y ya no volvió a ver a ningún
miembro de su familia polaca. Acabaron todos en campos de exterminio.
Freddie dejó un manuscrito autobiográfico dedicado a mí, algo que me resulta embarazoso porque la
otra persona mencionada en la dedicatoria es Jakub Goldstein, el abuelo a quien vio morir asesinado.
Describe todos los horrores por los que tuvo que pasar, pero también es una fascinante historia de
supervivencia, con una temática muy al estilo de Pasternak, que explica a la perfección cómo llegó a ser
ese hombre al que tanto quise. Empieza describiendo a su familia, judíos de clase media acomodada de
Cracovia que, como todos los años, durante el verano de 1939 se marcharon a pasar las vacaciones en el
campo, a una casa con establos y graneros, jardín de césped bien cuidado, ahumaderos y demás. Un día
se topó con una gitana que venía por un campo de amapolas y le dijo: «Te leo la fortuna a cambio de una
moneda de plata». La mujer predijo una gran desgracia para toda la familia excepto para tres de sus
miembros: dos que estaban fuera de Polonia, y Freddie, a quien vaticinó que iría al este, a Siberia.
Los alemanes llegaron en septiembre de 1939. A Freddie lo mandaron a un campo de trabajo en
Polonia, una prisión improvisada, de la que escapó. Pasó varias semanas vagando por los bosques
helados, moviéndose de noche y escondiéndose de día, robando comida de las granjas, siempre
avanzando hacia el este, en dirección al sector polaco ocupado por los rusos. Cruzó un río helado de
noche, con las balas silbando a su alrededor, y cayó directamente en manos del Ejército Rojo. Aquéllos
eran los tiempos del pacto entre Hitler y Stalin, pero cualquier cosa era mejor que los alemanes. Lo
enviaron a un gulag en Siberia, tal como había vaticinado la gitana.
Freddie tenía dieciséis años. La trama de castigos continuados y desesperación, así como la
descripción de las condiciones de vida en Siberia y cómo se las arregló para sobrevivir, recuerdan al
Cándido de Voltaire. Al cabo de los años, Freddie todavía sufría pesadillas de las que se despertaba
gritando.
Cuando Alemania invadió Rusia, él y los pocos prisioneros polacos que seguían con vida fueron
liberados. Junto con miles de prisioneros liberados de otros campos, emprendieron una marcha de cientos
de kilómetros hacia las vías del tren. Sólo trescientos consiguieron llegar. Freddie se unió al ejército
polaco en Tashkent, contrajo el tifus, lo licenciaron y se alistó en la marina polaca en 1942. Su trabajo era
vigilar la pantalla del radar. Fue el médico del barco quien le dio a probar la cocaína farmacéutica. A
partir de entonces, las cosas empezaron a ir un poco mejor.
El hermano de Fred, Siegi, el otro superviviente de los siete hermanos, estaba estudiando en la
Sorbona de París cuando los alemanes invadieron Polonia. Se alistó en el ejército polaco y al final logró
llegar a Inglaterra. Freddie se reunió con él en Londres después de la guerra. Siegi llegó a ser un famoso
empresario, dueño de clubes y restaurantes, copropietario de Les Ambassadeurs, sala que no tardó en
convertirse en un lugar frecuentado por generales de cuatro estrellas y astros de Hollywood que iban a
animar a las tropas estadounidenses. Cuando abrió el Siegi’s Club, en Charles Street de Mayfair, en 1950,
ya era amigo personal de celebridades como Frank Sinatra, Ronald Reagan o Bing Crosby. El club se
convirtió en el sitio favorito de la princesa Margaret, el Aga Khan y gente por el estilo. Así que Seigi y
Freddie, que conocían a Marilyn Monroe y a Sinatra, tenían muy buenos contactos. Eso le vendría muy
bien a Freddie en al menos dos ocasiones, que yo sepa: una vez lo detuvieron en el aeropuerto de Nueva
York por algo que llevaba en la maleta, algo que le iba a costar la cárcel, pero al final no fue así, todo
quedó archivado; y mucho tiempo después, en 1999, durante la gira No Security, lo arrestaron en Las
Vegas por posesión de drogas, lo metieron en el calabozo y toda la historia, pero Freddie hizo una llamada
de teléfono (de ello fue testigo Jim Callaghan, mi guardaespaldas por aquel entonces) y al cabo de tres
horas tenía una carta de la oficina del alcalde pidiéndole disculpas. Le devolvieron el material y el dinero
que llevaba encima.
Cuando lo conocí, Freddie todavía tenía un Centro de Extensiones Capilares en Nueva York inspirado
en los accesorios que él mismo lucía en el pelo. La cocaína y los Quaaludes eran sus drogas favoritas y
podía conseguir material de la mejor calidad. (En Miami montó un centro para tratar la obesidad con
inhibidores del apetito y Quaaludes, clínica que luego acabaría convirtiéndose en el Instituto del Veneno
de Miami para tratar enfermedades degenerativas con veneno de serpiente y que acabó cerrando la
Agencia Federal de Alimentos y Fármacos. Entonces Freddie se mudó a Jamaica, donde tuvo serios
problemas con el Gobierno). De hecho, Freddie era propietario de unas cuantas farmacias, y también
tenía una serie de médicos estratégicamente repartidos por la ciudad de Nueva York que extendían
recetas para sus establecimientos. Compró un negocio de papelería y colocó allí a un viejo doctor con su
cuadernito de recetas, y todas las semanas sus tiendas movían medicamentos por valor de unos 20.000
dólares. Nunca vendió drogas «recreativas», pero le gustaba que sus amigos disfrutaran de las facilidades
que él tenía; le gustaba ahorrarles la molestia de tener que salir a la calle a buscarlas. Encontraba una
gran satisfacción contribuyendo al placer de los demás o a la mayor gloria del rock and roll.
Los atuendos de Freddie eran terribles. Se ponía un chándal con el pantalón metido por dentro de
unas botas vaqueras. «¿Qué te parece el modelito que llevo? ¿Mola, eh?». Una puta chaqueta de seda con
pantalones de tiro corto y la mitad de su enorme culazo asomando por atrás. Freddie entendía la moda de
una manera absolutamente increíble. Un sentido de la moda polaco. Y luego se echaba unas novias que lo
vestían a propósito de la forma más ridícula posible y le decían: «¡Estás estupendo!». Una camisa
hawaiana y un traje Nudie marrón con pedrería al estilo Elvis metido por dentro de las botas y de guinda
le ponían un bombín. Pero a Freddie le importaba un carajo, se daba perfecta cuenta de lo que pasaba.
Siempre andaba a la caza de chicas jóvenes y groupies en el vestíbulo del hotel. A veces me resultaba
repulsivo. Tres tías que parecían menores en la habitación. «Freddie, sácalas de aquí. Eso sí que no,
chico».
Una vez en Chicago se montó una gran juerga en mi habitación, con un montón de groupies de
Freddie. Ya llevaban allí doce horas y yo estaba empezando a hartarme, no hacía más que decirles que se
fueran, pero nada. Quería que se largara todo el mundo y no había manera de que me escuchara nadie.
«A la puta calle todos». Lo intenté durante cinco minutos. Así que ¡bum!, saqué la pistola y disparé al
suelo. La habitación que quedaba justo debajo de la mía era la de Ronnie y Krissie (su primera mujer),
que en ese momento estaban en la mía, así que sabía que no había nadie. Y eso sí que consiguió vaciar la
habitación al momento en medio de un torbellino de faldas y sujetadores en estampida. Lo que más me
sorprendió fue que, después, guardé la pistola esperando que se presentaran los de seguridad del hotel o
la policía y ¡no subió nadie a ver qué coño había pasado! Cuántas veces se han oído disparos en una
habitación de hotel y no ha aparecido nadie ni seguridad ni policía… Por lo menos en Estados Unidos. He
de decir que me pasaba usando armas, pero para entonces ya estaba un poco harto de ellas. Cuando me
desenganché, las dejé también.
A mucha gente no le gustaba Freddie; los de «organización» lo odiaban. «Ese tío es malo para Keith».
Gente como Peter Rudge, el director de la gira, y Bill Carter, el abogado de la banda, veían a Freddie
como un enorme riesgo. Pero lo de Freddie no era sólo colocarse y buscar la gratificación a toda costa.
Tenía además la extraña y hermosa visión de que debemos ser quienes somos, pase lo que pase. En cierto
sentido seguía formando parte del rollo de los sesenta y tenía esa audacia temeraria para «romper todas
las barreras». ¿Por qué coño tenemos que doblegarnos ante cada puto poli, ante todas las convenciones
sociales? (Y la cosa ha ido a peor. Freddie odiaría ver cómo está la cosa ahora). Solo había que rascar un
poco la superficie, veamos qué hay debajo de esa gente. Y casi siempre te encontrabas con que, si ibas de
frente, había muy poca convicción sólida en ellos. Se derrumbaban. Freddie y yo sabíamos lo que
debíamos darnos el uno al otro. Él me ofrecía protección. Se las ingeniaba para alejar o filtrar a la gente
que se nos iba pegando por el camino. Entiendo que algunos vieran a Freddie Sessler como una amenaza.
En primer lugar porque estaba muy próximo a mí, lo que significaba que no lo podían domar fácilmente. Y
eso era básicamente el noventa por ciento de la barrera. Y luego porque corrían historias sobre cómo
Freddie se aprovechaba, cómo me andaba chuleando, gorroneando entradas y demás… ¿Y qué coño
importaba eso en comparación con el espíritu y la amistad? «Adelante, colega, ¡gorronea lo que te dé la
puta gana!».

Suiza se convirtió en mi base de operaciones durante los siguientes dos años. No podía vivir en
Francia por razones legales ni en el Reino Unido por razones fiscales. En 1972 nos mudamos a Villars, en
las montañas de Montreux, al este del lago Lemán, a una casa muy pequeña y apartada. Se podía llegar
esquiando (esquié) hasta la misma puerta. La casa me la encontró Claude Nobs, un colega mío que fundó
el Festival de Jazz de Montreux. Hice otros contactos: Sandro Sursock se convirtió en un buen amigo. Era
el ahijado del Aga Khan, un tipo encantador. También había otro tipo, llamado Tibor, cuyo padre tenía
contactos en la embajada de Checoslovaquia. Era el típico eslavo, un cachondo muy salido. Ahora vive en
San Diego y se dedica a la cría de perros. Sandro y él eran amigos. Se pasaban las tardes esperando a la
puerta del colegio femenino a que salieran las chicas y hacían su elección. Eso los volvía locos. Y todos
íbamos por ahí con cochazos, en mi caso un Jaguar E.
Por aquel entonces hice unas declaraciones de las que vale la pena dejar constancia aquí: «Hasta
mediados de los setenta, Mick y yo éramos inseparables. Tomábamos todas las decisiones que afectaban
al grupo. Nos juntábamos y la cosa funcionaba, escribíamos todas nuestras canciones. Pero, cuando nos
distanciamos, yo tiré por mi camino, que era una cuesta abajo hacia Villachute, mientras que Mick
ascendió hacia Jetsetlandia. Teníamos que enfrentarnos a un montón de problemas que se habían ido
acumulando, siendo quiénes éramos y lo que habían sido los sesenta».
De vez en cuando, Mick venía a verme a Suiza y hablábamos de la «reestructuración económica». ¡Nos
pasábamos la mitad del tiempo hablando de abogados! De los entresijos de la legislación fiscal holandesa
en comparación con la de Inglaterra y Francia. Teníamos a todos aquellos forajidos del fisco pisándonos
los talones. Yo solo quería pasar de todo aquello. Pero Mick era un poco más práctico al respecto: «Las
decisiones que tomemos ahora afectarán a bla, bla, bla…». Mick tomó las riendas; yo me concentré en el
caballo. Los efectos de las curas no duraban si no estábamos en la carretera, si no estaba trabajando.
Anita se había desenganchado cuando se quedó embarazada, pero en cuanto dio a luz recayó
inmediatamente, cada vez más y más y más. Pero al menos pudimos viajar juntos a Jamaica, con los niños,
cuando fuimos a grabar Goats Head Soup en noviembre de 1972.
Yo había estado en la isla por primera vez en 1969, pasando unos días en un lugar llamado
Frenchman’s Cove. Allí oías el ritmo por todas partes: reggae libre, rock steady y ska. En esa zona no
estás muy cerca de la gente del lugar, allí son todo tíos blancos completamente aislados de la cultura
local, a menos que quieras de verdad salir a buscarla. Conocí a algunos tipos muy majos. En aquel
momento yo escuchaba un montón de Otis Redding y había tíos que se acercaban y me decían: «Esa
música mola». Descubrí que en Jamaica se sintonizaban dos emisoras de Estados Unidos, cuya señal
llegaba hasta allí con suficiente claridad: una era una emisora de Nashville que ponía música country,
obviamente; y la otra era de Nueva Orleans, y también llegaba con una potencia increíble. Y cuando volví
a Jamaica a finales de 1972, me di cuenta de que se habían dedicado a escuchar aquellas dos emisoras y
las habían mezclado. No hay más que escuchar «Send Me the Pillow That You Dream On», la versión
reggae que sacaron por entonces los Bleechers. La sección rítmica es puro Nueva Orleans, la voz y la
canción son Nashville. Básicamente era rockabilly, lo blanco y lo negro mezclados en una fusión increíble.
Las melodías de uno con el ritmo del otro. La misma mezcla de blanco y negro de la que había surgido el
rock and roll. Y me dije: «¡Bueno, joder, parece que estoy a mitad del camino!».
La Jamaica de entonces no tiene nada que ver con la de ahora. En 1972, el lugar estaba en plena
eclosión: los Wailers acababan de firmar con Island Records, Marley estaba empezando a dejarse crecer
las rastas, Jimmy Cliff estaba en los cines con Caiga quien caiga, y el público de Saint Ann’s Bay se lio a
tiros con la pantalla en cuanto salieron los créditos, en un familiar (para mí) impulso de júbilo rebelde. La
pantalla ya estaba perforada… quizá de algún spaghetti western, que por entonces causaban furor. Había
muchos tíos con pistola en Kingston. La ciudad rebosaba de una energía exótica, una sensación vibrante,
cálida, gran parte de la cual brotaba de los estudios Dynamic Sounds del infame Byron Lee. Estaban
construidos como una fortaleza rodeada de una verja de madera blanca, tal y como se ve en la película.
Jimmy Cliff grabó «The Harder They Come» en la misma sala donde grabamos parte de Goats Head Soup,
con el mismo ingeniero de sonido, Mikey Chung. Era un estudio fabuloso de cuatro pistas. Sabían
exactamente dónde sonaba mejor la batería, y para probarlo, pim pam, ¡clavaban el taburete al suelo!
Estábamos todos congregados en el Hotel Terra Nova, que antes había sido la residencia familiar de
Chris Blackwell en Kingston. Por aquel entonces ni Mick ni yo podíamos obtener visados para entrar en
Estados Unidos, lo que explica en parte por qué estábamos en Jamaica. Fuimos a la embajada de Estados
Unidos en Kingston. El embajador era el típico chico de Nixon que obviamente obedecía órdenes y que
además nos odiaba a muerte. Y nosotros solo intentábamos conseguir un visado. En cuanto nos vio entrar
por la puerta supimos que no nos lo iba a dar, pero aun así tuvimos que aguantar todo su discursito
envenenado: «Gente como ustedes…». Nos soltó un sermón. Mick y yo nos mirábamos: ¿no hemos oído
todo esto antes? Más adelante descubrimos, a raíz de las negociaciones que llevó a cabo Bill Carter para
conseguirnos los visados, que lo que tenían sobre nosotros en los archivos era bastante primitivo: algunos
recortes de periódicos sensacionalistas, un par de titulares escandalosos, una historia sobre una meada
contra la pared. El embajador fingió examinar los papeles, habló de heroína, nos los restregó por la cara.
Mientras tanto, Goats Head Soup nos estaba dando algunos quebraderos de cabeza, a pesar de
Dynamic Sounds y del fervor del momento. Creo que Mick y yo nos habíamos quedado un poco en dique
seco después de Exile. Acabábamos de estar de gira por Estados Unidos, y ahora otro álbum. Después de
Exile, con unos temas tan maravillosos que parecían encajar a la perfección, nos costaba encontrar de
nuevo ese nivel de cohesión. Llevábamos un año sin pisar un estudio, pero teníamos algunas ideas
buenas: «Coming Down Again», «Angie», «Starfucker», «Heartbreaker». Disfruté haciendo aquel disco.
Nuestra manera de trabajar fue cambiando mientras lo grabábamos, y poco a poco fui sintiéndome cada
vez más jamaicano, hasta el punto de que al final me quedé. También hubo cosas malas. Para entonces
Jimmy Miller empezó a meterse, y también Andy Johns, y yo veía aquello y pensaba: «Joder, no… Se
supone que tenéis que hacer lo que digo, no lo que hago». Por supuesto, yo también me metía. No hace
mucho dije que no podría haber escrito «Coming Down Again» sin la heroína. No sé si la canción iba
sobre la droga. Sólo sé que era un tema profundamente triste… y esa melancolía la buscas en tu interior.
Evidentemente yo andaba buscando grandes ritmos, grandes riffs, rock and roll, pero luego está la otra
cara de la moneda que todavía quiere volver al lugar de donde salió «As Tears Go By». Y para entonces
había trabajado mucho en el terreno del country, sobre todo con Gram Parsons, y esa elevada y solitaria
melancolía ejerce cierto influjo sobre las cuerdas del corazón. Quieres ver si puedes pulsarlas con algo
más de intensidad.
Hay quien cree que «Coming Down Again» trata de mi huida con Anita, pero para entonces todo eso ya
era puta agua pasada. Todos tenemos altibajos. La mayor parte del tiempo yo estaba muy muy arriba,
pero cuando bajaba llegaba hasta el fondo. Lo que más recuerdo es una sensación de gozo y felicidad, y
mucho trabajo duro. Pero cuando la mierda impactaba contra el ventilador, lo hacía de verdad. Estabas
exhausto. Te trincaban. Durante mucho tiempo estuve de juicios, o con un caso pendiente, o con
problemas de visados. El telón de fondo era siempre ése. Así que era una pura delicia meterte en el
estudio y dejarte ir, poder olvidarte de todo durante unas horas. Sabías que cuando salieras de allí, por
una cosa o por otra, tendrías que enfrentarte de nuevo a alguna mierda.
Cuando terminamos de grabar, y como habíamos decidido quedarnos, Anita, Marlon, Angie y yo nos
trasladamos a la costa norte, a Mammee Bay, entre Ocho Ríos y Saint Ann’s Bay. Se nos acabó la droga:
de mono en el paraíso, lo de siempre. Si vas a desengancharte, hay sitios peores donde hacerlo. (Aun así,
el mono fue sólo ligeramente más suave). Sin embargo, todo acaba pasando, así que no tardamos en
volver a comportarnos como seres humanos normales, y fue entonces cuando conocimos a algunos de los
hermanos rastas que vivían en la costa. El primero fue Chobbs, Richard Williams según su partida de
nacimiento, un tío de esos enrollados y con mucha cara con los que te topabas por la playa. Iba vendiendo
cocos, ron y cualquier otra cosa que te pudiera encasquetar, y solía sacar a los niños de paseo en su
barca. Todo empezó como de costumbre: «¡Hey, tío, ¿no sabrás dónde conseguir un poco de maría por
casualidad?». Luego conocí a Derelin, a Byron y a Spokesy, que más adelante se mató en un accidente de
moto. Todos vivían de los turistas de la zona de Mammee Bay y prácticamente todos eran de Steer Town.
Poco a poco fueron entrando en nuestra vida cotidiana y empezamos a hablar de música, ellos y más
gente: Warrin (Warrin Williamson), «Iron Lion» Jackie (Vincent Ellis), Neville (Milton Beckerd), un tipo de
largas rastas que todavía vive en mi casa de Jamaica. Y también estaba Tony (Winston «Blackskull»
Thomas) y Locksley Whitlock, «Locksie», que era algo así como el líder, el jefe; lo llamaban Locksie [el
bucles] porque presentaba un caso gravísimo de rastas. Locksie podría haber sido un jugador de criquet
de primera, era un bateador fantástico (antes tenía por ahí una foto suya en la base), hasta tuvo una
oferta del mejor equipo de Jamaica, pero no pudo ser porque se negó a cortarse las rastas. El único que
se ganaba la vida con la música era Justin Hinds, el Rey del Ska. Una pérdida muy sentida. Un cantante
maravilloso: la reencarnación de Sam Cooke. Una de sus mejores canciones, de Justin Hinds y los
Dominoes, titulada «Carry Go Bring Come», fue un gran éxito en Jamaica en 1963. En los últimos años
antes de su muerte en 2005 también grabó algunos discos con su banda, los Jamaica All Stars. Y siempre
siguió siendo uno de los hermanos de Steer Town, un sitio tremendo, que imponía a base de bien, un poco
hacia el interior. Jamás me habría aventurado por allí (digamos que no habría sido muy bien recibido)
antes de conocerlos a ellos, pero el hecho es que fui entrando poco a poco a través de Chobbs y al final
hasta me dejaron asistir a la Alianza, que era como llamaban a sus reuniones itinerantes.
«Ven a la Alianza, eres bienvenido cuando quieras, hermano». Joder, no sé exactamente la importancia
que tendrá para ellos, pero si me invitan yo voy. La verdad es que no se veía mucho, con el humo que
había siempre. Solían fumar lo que llamaban el cáliz, un coco con una especie de cuenco de barro encima
(donde metían un cuarto de kilo de hierba) con un tubo de plástico saliendo por un lado. Se trataba de ver
quién era capaz de fumar más. Los atrevidos además llenaban el coco de ron y fumaban como si fuera una
pipa de agua, sólo que con ron. En cualquier caso, le metías fuego al cuenco de barro y empezaba a
llenarse todo de un humo espeso. «¡Fuego abrasador, alabado sea Jah!». ¿Quién era yo para cuestionar
las costumbres locales? Bueno, a ver si aguanto. Estamos hablando de una hierba muy potente. Pero,
curiosamente, nunca me dio una pálida. Creo que eso los impresionó. Yo ya llevaba unos cuantos años
fumando, pero nunca en semejantes cantidades. En cierto sentido fue una especie de desafío, un rollo tipo
«a ver cuánto tarda el blanquito en caerse de morros al suelo», mientras que yo no paraba de repetirme
mentalmente: «No pienso caerme de morros, no pienso caerme de morros». Logré mantenerme en pie y
me quedé con ellos. Ojo, acabé cayendo de morros, pero luego, cuando ya me había marchado.
Daba la impresión de que en Steer Town todo el mundo era músico, y la música que hacían consistía en
su propia y maravillosa versión de viejos himnos cantados al ritmo de tambores. Para mí era como estar
en el séptimo cielo. Por lo general cantaban todos al unísono y no tenían noción alguna de armonía, y el
único instrumento que tocaban eran los tambores: un sonido de una potencia increíble. Sólo voces y
tambores.
Las letras, los cánticos, ya tenían más de un siglo, eran viejos himnos, salmos que reescribían para
adaptarlos a sus gustos. Pero la melodía era la misma que en la iglesia, y en muchas iglesias de Jamaica
también se utilizaban tambores. Se pasaban toda la noche haciendo música. Algo hipnótico. Como un
trance. Un ritmo implacable. No paraban de cantar más y más canciones, algunas verdaderamente
rompedoras. Los tambores eran cosa de Locksley, que estaba a cargo de un bombo tan potente que se
decía que su sonido podía llegar a matarte, como una inmensa granada aturdidora. De hecho, algunos
contaban haber sido testigos de aquella vez en que a un poli insensato no se le ocurrió otra cosa que
meterse en una casa de Steer Town y Locksley lo miró (estaban en una habitación pequeña) y dijo «fuego
abrasador», refiriéndose a que se iba a poner a tocar el tambor para avisar a los demás de que se taparan
los oídos, y entonces le dio con todas sus fuerzas y el poli cayó al suelo inconsciente. Le quitaron el
uniforme y lo echaron ordenándole que no volviera por allí jamás.
Steer Town era un reducto rasta por aquel entonces. Ahora es mucho más grande, pero en aquella
época, para poder entrar, tenías que ir con algo así como un salvoconducto. Estaba al borde de la
carretera principal a Kingston, con el típico cruce, las chabolas y un par de tabernas, y no se te ocurría
meterte a husmear así como así porque, incluso si decías «oh, conozco a éste y también conozco a este
otro», otro tíos podían no conocerte y decidir que merecías un siete en alguna parte del cuerpo. Aquél era
su bastión, y eran de los que sacaban el machete a la mínima. Y además tenían mucho que temer, tanto
que ellos mismos se habían vuelto temibles para que la poli no osara poner un pie allí. No había pasado
mucho tiempo desde los días en que, si veían a dos rastas andando por la calle, la policía le disparaba a
uno y al otro lo dejaban con vida para que se llevara arrastrando el cuerpo. Esos tíos estaban en primera
línea de fuego y siempre los he admirado por eso.

El movimiento rastafari era una religión, pero una de fumadores de hierba. Su principio era «ignorar el
mundo», vivir al margen de la sociedad. Evidentemente, eso era imposible: el rastafarianismo es una
empresa utópica y sin esperanza. Pero, al mismo tiempo, qué utopía tan hermosa. Mientras los barrotes,
los grilletes y la mano de hierro se cerraban cada vez con más fuerza en torno al resto de las sociedades
en todas partes, los rastafaris se liberaban de todo aquello. Esos tíos encontraron la manera de ser
espirituales y al mismo tiempo no dejarse arrastrar. Se negaban a dejarse intimidar, incluso si eso
significaba perder la vida, que fue lo que les pasó a algunos. También se negaban a trabajar dentro del
sistema económico imperante. No tenían la menor intención de trabajar para Babilonia, no iban a trabajar
para el Gobierno. Para ellos equivalía a caer en la esclavitud. Lo único que pretendían era tener su propio
espacio. Si intentas profundizar en su teología, lo más probable es que te pierdas un poco: «Somos la
tribu perdida de Judá». Vale, lo que vosotros digáis, pero por qué un puñado de negros jamaicanos se
consideraban judíos no deja de ser un tanto sorprendente. Había una tribu perdida por ahí y alguien tenía
que asumir el papel. Tengo la sensación de que era algo así. Y luego encontraron una deidad también
perdida en el personaje un tanto medieval de Haile Selasi, con todos sus títulos bíblicos. El León de Judá.
Si se oía un retumbar de rayos y truenos, «¡ajá! —todo el mundo se ponía de pie—; ¡alabad al Señor y dad
gracias!». Por lo visto era la señal de que Dios estaba actuando. Se sabían la Biblia de pe a pa, eran
capaces de citar el Antiguo Testamento un versículo tras otro. A mí me encantaba la pasión con que lo
vivían porque, fueran cuales fueran los matices religiosos, el hecho era que vivían al límite. Lo único que
tenían era su orgullo, y lo que se traían entre manos no era, al fin y al cabo, una religión sino un último
desafío contra Babilonia. No todos seguían al pie de la letra los preceptos de la ley, eran muy flexibles a
ese respecto: tenían un montón de normas que se saltaban alegremente. Eso sí, resultaba fascinante
verlos discutir sobre alguna cuestión doctrinal, porque no existía nada parecido a un parlamento o un
senado o un consejo de ancianos. La política rasta (los «razonamientos fundamentales») se parecía más a
las intervenciones en la Cámara de los Comunes, en este caso con un montón de tíos muy fumados y en
medio de densas nubes de humo que lo envolvían todo.
Lo que de verdad me cautivó era que no existía el concepto de tú y yo, solamente el de yo y yo. Así se
eliminaba la diferencia entre quién eres tú y quién soy yo. Nosotros dos nunca podríamos hablar, pero yo
y yo sí que podemos. Somos uno. Precioso.
Yo diría que aquélla fue la época más seria de los rastas. Y, justo cuando estaba empezando a tener la
impresión de haberme metido en una secta desconocida y muy peculiar, aparecieron Bob Marley y los
Wailers y de repente ser rasta se puso de moda en todo el mundo. Se convirtieron en un fenómeno
mundial en cosa de un año. Antes de hacerse rastafari, Marley intentó formar parte de los Temptations.
Como cualquier otro músico dentro de ese mundo, ya tenía una larga carrera, rock steady, ska, etc. Pero
hubo gente que dijo: «¡Oye, Bob Marley no tenía ni una puta rasta, ¿sabes?, no se hizo rastafari hasta que
no se puso de moda». Poco después, la primera vez que los Wailers actuaron en Inglaterra, casualmente
tocaron en Tottenham Court Road y fui a verlos.
Me parecieron bastante flojos en comparación con lo que había estado oyendo en Steer Town, pero
desde luego hay que decir que pronto se espabilaron. Family Man se les unió al bajo y evidentemente Bob
ya tuvo todo cuanto necesitaba.
Soy de los que responden de manera instintiva a la amabilidad, sin ningún tipo de ataduras. Por aquel
entonces, cuando andaba por Steer Town, podía entrar en la casa de cualquiera sabiendo que se
desviviría por atenderme. Me trataban como si fuera de la familia y yo actuaba como si lo fuera. ¡No, no
actuaba! Me comportaba como si fuera de la familia, acabé siendo de la familia. Hermano Keith barre
patio, hermano Keith machaca cocos, hermano Keith prepara cáliz para fumar en ceremonia
sacramental… Era más rasta que ellos. Había ido a dar con una panda de tíos cojonudos y con sus
parientas. Otra de esas experiencias de cruzar las vías, de sentirme aceptado y recibido con los brazos
abiertos en un mundo que ni sabía que existía.
Y además aprendí unos cuantos trucos muy útiles con el ratchet, una especie de machete jamaicano,
un cuchillo típico que se utilizaba para pelar y cortar pero también para luchar y protegerse. With a
ratchet in your waist[56] como cantaban Derrick Crooks de los Slickers en «Johnny Too Bad». Casi
siempre he llevado una navaja encima y ésta en particular requiere una técnica especial. La he utilizado
para dejar muy claro lo que quería decir… o para hacerme oír. Tiene una arandela para bloquear la hoja,
y con presionar un poco se abre como una normal. En ese juego hace falta ser rápido. Tal y como me lo
explicaron, si vas a usarla, gana el que primero hace un corte horizontal en la frente de su adversario. La
sangre empieza a caerle por los ojos formando una especie de cortina y no puede ver nada, aunque
realmente tampoco es que le hayas hecho gran cosa, simplemente has puesto punto final a la pelea
porque el otro tipo no ve un carajo, y el arma está de vuelta en tu bolsillo antes de que nadie se entere.
Las reglas fundamentales de las peleas con arma blanca son: a) no lo hagas en casa y b) nunca jamás uses
la hoja de la navaja. Está ahí para distraer al oponente: mientras está distraído mirando el acero
resplandeciente, le das una patada en los huevos de aquí Dios y después gloria… y ya es tuyo. ¡Un
pequeño consejo!
Al final acabaron trayendo los tambores a casa, lo que fue todo un hito en lo que a saltarse sus normas
sagradas se refiere, aunque en su momento yo no lo supiera. Y empezamos a grabar allí, en cintas, y a
tocar toda la noche. Por supuesto yo agarraba la guitarra y me ponía a tocar, a buscar los acordes que
podían encajar, y en cuanto a ellos, también rompieron sus propias normas, y se volvían hacia mí y me
decían: «¡Hey, tío, eso suena bien!». Así que fui encontrando mi sitio poco a poco, sugiriendo que igual
aquí o allá podría ir bien un poco de armonía, y me fui abriendo paso con la guitarra. Me podrían haber
mandado a tomar por culo o no, así que básicamente lo dejé en sus manos. Pero cuando oyeron cómo
sonaban al escuchar la cinta les encantó, les entusiasmó oírse. «¡Claro que sí, joder, sois cojonudos! ¡Sois
unos hijos de puta únicos!».
Seguí yendo por allí durante años y simplemente grabábamos en la sala. Si teníamos grabadora y
cinta, la poníamos; y si no, pues daba igual; y si se acababa la cinta también daba igual. No estábamos allí
para grabar sino para tocar, y yo me sentía otra vez como un niño de coro. Iba tocando algo en segundo
plano y esperaba que no les molestara: un ceño fruncido y me callaba. Pero la cosa es que me aceptaron.
Y luego, un día, me dijeron que en realidad yo no era blanco. Para los jamaicanos, para los que yo
conozco, soy negro pero me he vuelto blanco para ser su espía, algo así como «nuestro hombre en el
norte». Yo me lo tomo como un cumplido: soy blanco como la nieve, pero con un exultante corazón negro
que se deleita en su secreto. Mi transición gradual de blanco a negro no ha sido única. Algo parecido le
pasó a Mezz Mezzrow, un músico de jazz de los años veinte y treinta que acabó siendo un negro
naturalizado. Él fue quien escribió La rabia de vivir, el mejor libro sobre blues que existe. Mi misión, en
cierto sentido, era conseguir que aquellos tíos grabaran. Finalmente, cuando nos juntamos en 1975,
arrastramos a todo el mundo hasta Dynamic Sounds, pero la movida del estudio resultó demasiado para
ellos. No estaban en su ambiente. «Tú ponte por aquí, y tú ahí…». La idea de que les dijeran lo que tenían
que hacer les resultaba incomprensible. La experiencia resultó un completo fracaso, de verdad. Por más
que fuera un buen estudio. Ahí fue donde me di cuenta de que, si quería que aquellos tíos grabaran, iba a
tener que ser en el cuarto de estar, en casa, donde se sintieran a gusto y no estuvieran pensando todo el
tiempo en el hecho de que los estaban grabando. Tuvimos que esperar veinte años para conseguirlo, para
sacar los cortes que queríamos, que es cuando se dieron a conocer como los Wingless Angels [ángeles sin
alas].

Yo me desenganchaba para las giras, pero en mitad de una muy larga siempre había alguien que me
pasaba algo y entonces quería más, así que me decía: «Bueno, ahora tengo que conseguir más, porque
necesito tener más tiempo para desengancharme». He conocido a algunas yonquis encantadoras en la
carretera, tías que me han salvado la vida, que me han sacado de un apuro aquí o allá. Y la mayoría no
eran unas tiradas. Muchas eran mujeres sofisticadas y muy inteligentes que también se metían. No era
como bajar a las cloacas o a las casas de putas para encontrar material. De hecho, solía haber en las
fiestas privadas de después de los conciertos o en las que daba la gente de la alta sociedad, y mucha de la
mierda que me he metido en la vida me la ofrecieron ellas, esas yonquis primerizas, benditas sean.
Pero, incluso entonces, era incapaz de estar con una mujer que no me gustara de verdad, por más que
fueran sólo una o dos noches, un puerto en medio de la tormenta. A veces ellas se encargaban de
cuidarme, otras era yo quien las cuidaba, y en la mayoría de los casos no tenía nada que ver con el
fornicio. En muchas ocasiones he acabado con una mujer en la cama y no ha pasado nada, simplemente
nos hemos acurrucado y a dormir. Y a muchas las he querido de verdad, porque siempre me impresionaba
muchísimo el hecho de que ellas también me quisieran. Recuerdo a una tía de Houston, una amiga
yonqui, creo que debió de ser durante la gira del 72. Se me había acabado la droga y estaba jodido, con el
mono. Me topé con ella en un bar y me dio algo de material. Durante una semana la quise y ella me quiso,
y me ayudó a pasar un momento duro. Había roto mi propia regla y me había quedado colgado sin droga.
Y aquella chica tan dulce acudió a rescatarme, se mudó a vivir conmigo. No sé ni cómo la encontré. ¿De
dónde vienen los ángeles? Esas mujeres saben de qué va la cosa y ven a través de ti, a través de la mirada
jodida de tus ojos, y te dicen: «Tienes que hacerlo». Viniendo de ti, lo acepto. Gracias, hermana.
A otra la conocí en Melbourne, Australia. Tenía un bebé. Era una chica muy dulce, tímida, sencilla y
estaba bien jodida: su hombre la había dejado plantada con la criatura. Me conseguía cocaína pura,
farmacéutica; venía todos los días al hotel a traérmela, así que al final le dije: «Oye, ¿y por qué no me
mudo a tu casa?». Vivir una semana en las afueras de Melbourne con una madre y su hijo de meses fue
bastante raro. Al cabo de cuatro o cinco días estaba hecho todo un padre de familia australiano. «Sheila,
¿dónde cojones está el desayuno?». «Aquí lo tienes, cariño». Era como si siempre hubiera vivido allí. Y era
una sensación genial, tío: podría llegar a acostumbrarme a esa vida, al adosado y todo ese rollo. Yo
cuidaba al bebé y ella se marchaba a trabajar. Hice de marido durante una semana. Le cambiaba los
pañales al niño. Hay alguien en las afueras de Melbourne que no sabe que le he limpiado el culo.
Y luego también está la historia de las chicas que Bobby y yo nos ligamos en Adelaida. Unas tías
encantadoras que nos cuidaron de maravilla: tenían algo de ácido y a mí no es que me entusiasme el
ácido, pero teníamos un par de días libres en Adelaida, las tías eran guapas y tenían un bungalow en las
montañas, con todo el rollo de las cortinas, las velas, el incienso y las lámparas de aceite. Así que…
bueno, ¡llevadme adonde sea! Ni sabíamos el tiempo que llevábamos de hotel en hotel, teníamos la
sensación de que nos habíamos pasado toda la vida en la carretera, así que salir de todo aquel ambiente
era un verdadero alivio. Y cuando llegó el momento de marcharnos, porque teníamos que ir de Adelaida a
Perth, que está en la otra punta del puto continente, les dijimos que por qué no se venían con nosotros y
aceptaron, pero seguíamos todos con un ciego impresionante. Nos subimos al avión y, en algún punto a
medio camino hacia Perth, Bobby y yo estábamos sentados juntos en la primera fila y las vimos salir
medio desnudas del baño delantero del avión: se lo habían montado juntas y acababan de salir del baño
dando bandazos y muertas de la risa. Un verdadero par de sheilas australianas de mucho cuidado. A
nosotros también nos entró la risa («¡no os cortéis, enseñad todo lo que tengáis!»), y entonces se oyó un
grito colectivo a nuestras espaldas: por un momento habíamos creído estar en nuestro propio avión y se
nos había olvidado que íbamos en un vuelo regular con otro montón de pasajeros. Nos dimos la vuelta y
nos encontramos con unos doscientos rostros impactados y boquiabiertos, hombres de negocios y
matronas australianas. Fue como si la cabina se quedara sin aire cuando todos contuvieron la respiración
a la vez. Luego algunos empezaron a reírse, pero otros se fueron derechos a ver al capitán y exigieron
que se hiciera algo al respecto inmediatamente, así que nos amenazaron con arrestarnos en cuanto
llegáramos al aeropuerto de Perth. Nada más aterrizar nos tuvieron retenidos un buen rato pero, no sé ni
cómo, conseguimos salir de aquello inventándonos un rollo. Bobby y yo les contamos que no habíamos
tenido nada que ver, que simplemente íbamos sentados en nuestro sitio sin meternos con nadie. Ellas
explicaron que «se estaban intercambiando la ropa». Todavía no puedo creer que aquello colara.
Se quedaron con nosotros en Perth, dimos el concierto y luego nos marchamos en nuestro propio
avión, uno de carga, un Super Constellation. Perdía aceite, no estaba insonorizado, era en plan montátelo
como puedas, tráete un colchón o dos para echarte un rato. Tardamos quince horas en ir de Perth a
Sidney. Por mucho que alzaras la voz daba igual. Era como estar metido en un bombardero de la Segunda
Guerra Mundial sólo que sin la benzedrina, y por supuesto le sacamos el máximo partido. Conocíamos a
aquellas tías desde hacía una semana. Ese tipo de cosas pasa mucho cuando estás en la carretera:
relaciones muy intensas que luego se desvanecen, casi como un flash. «Esa chica y yo estábamos muy
unidos, me gustaba de verdad, hasta casi recuerdo cómo se llamaba».
No es que fuera por ahí coleccionándolas, no soy Bill Wyman ni Mick Jagger anotando cuántas han
tenido. No estoy hablando de echar polvos. Nunca he sido capaz de irme a la cama con una mujer por el
sexo y nada más. No me interesa ese rollo. Yo quiero abrazarla y besarla y hacer que se sienta bien y
protegerla. Y que al día siguiente me haya dejado una nota muy amable que diga no perdamos el
contacto. Prefiero cascármela que tirarme a alguien sólo por sexo. Y nunca en la vida he tenido que pagar,
aunque a mí sí que me han pagado. A veces era una especie de soborno: «A mí también me gustas mucho,
y mira, ¡aquí hay un poco de caballo!». Otras veces era por echar unas risas. «¿Crees que te puedes ligar
a ésa? ¡A ver! Suéltale tu mejor rollo». Por lo general me interesaban más las chicas a las que no se les
caía la baba y se te echaban a los brazos sin más ni más. Salíamos por ahí y la cosa surgía, a ver si
consigo montármelo con la mujer del banquero…
Recuerdo una vez en Australia, mi habitación estaba justo enfrente de la de Bill Wyman y me enteré de
que éste había hecho un trato con el portero del hotel porque debía de haber como unas dos mil chicas en
la puerta. «Esa de rosa. No, ésa de rosa no, ésa de rosa». Aquel día subieron un montón de mujeres a su
habitación y ninguna se quedó más de diez minutos, así que probablemente sólo les dio una taza del
insípido té que le gusta a Bill: agua caliente, una pizca de leche y sumergir un poquito la bolsa.
Simplemente no había tiempo material para hacer nada y volver a vestirse, y ninguna salía
«desmelenada», por así decirlo, pero ya estaba anotada: «¡Con ésa he estado!». Llegué a contar nueve en
cuatro horas. No se las estaba tirando, así que me imagino que les estaba haciendo una audición: «¿Eres
de por aquí?». Bill era así, no se cortaba un pelo. Lo curioso es que, tan distintos como parecen, de hecho
Bill Wyman y Mick Jagger tenían bastante en común, cosa que cabrearía mucho a Mick si se me ocurriera
mencionarlo; pero si los veías juntos mientras estábamos en la carretera o leías sus diarios, te dabas
cuenta de que al final eran muy parecidos. Excepto porque Mick tenía algo más de clase: estaba al frente
de la banda, era el vocalista y todo eso. Pero si los veías fuera del escenario, si hablamos de cómo se
comportaban, «¿a cuántas te tiraste anoche?», eran iguales.
Las groupies no tenían nada que ver con las quinceañeras y las jovencitas que hacían cola para tomar
el té con Bill. Quiero romper una lanza en su favor para decir que eran unas jóvenes encantadoras, que
sabían qué querían y qué ofrecer por su parte. Claro que había algunas oportunistas descaradas como las
plaster casters, cuyo gran objetivo era hacerse con un molde en escayola de la polla de cuantos más
músicos de rock mejor. No consiguieron la mía. Jamás me habría dejado hacer eso. O las butter queens[57]
enemigas mortales de las plaster casters y a las que les he de reconocer su gran entrega. En cualquier
caso, no me gustan las profesionales que van por ahí en plan depredadoras: a éste me lo tiré, y a éste
también, y a ése… como una especie de Bill Wyman a la inversa. Nunca me interesaron. De hecho, no me
las tiraba a propósito: les decía que se desnudaran y luego muy bien, ya te puedes marchar, porque sabías
que sólo buscaban apuntarte en su lista.
Pero había un montón de groupies que simplemente eran buenas chicas a quienes les gustaba cuidar a
los tíos, que a su modo eran muy maternales, y luego, si la cosa se terciaba, pues igual acababas en la
cama con ellas, echabas un polvo, pero ésa no era la cuestión fundamental con las groupies. Eran amigas
y la mayoría ni siquiera eran especialmente atractivas. Se dedicaban a ofrecer sus servicios. Llegabas a
una ciudad, Cincinnati, Cleveland, y había una o dos chicas que sabías que vendrían a verte para
asegurarse de que estabas bien, para cuidarte, asegurarse de que comías bien. Llamaban a la puerta de
la habitación del hotel, echabas un vistazo por la mirilla y… «ah, es Shirley».
Las groupies eran como una gran familia, una red de contactos bastante informal. Y lo que más me
gustaba de ellas es que no había movidas de celos ni actitudes posesivas ni nada por el estilo. Por aquel
entonces existía una especie de circuito. Tocabas en Cincinnati, luego estabas actuando en Brownsville, y
de allí bajabas a Oklahoma: había una especie de ruta. Y le iban pasando el testigo a la amiga que tenían
en la siguiente ciudad de la gira, te presentabas allí y pedías ayuda. «¡Estoy en las últimas, chica! Llevo
cuatro conciertos seguidos y me va a dar algo». Y ellas eran básicamente enfermeras. Casi se podría decir
que su papel era parecido al de la Cruz Roja. Te lavaban la ropa, te bañaban y toda la historia. Y tú
mientras pensando: «¿Por qué estás haciendo todo esto por un guitarrista? Hay millones de tíos como yo
por ahí».
Flo, a la que ya he mencionado antes, era una de mis favoritas; vivía en Los Angeles, pertenecía a un
grupo de chicas negras. Flo iba con otras tres o cuatro groupies, y si me faltaba un poco de hierba o lo
que fuera, ella mandaba a una a buscar lo que hiciera falta. Dormíamos juntos muchas veces y nunca
follábamos, o muy rara vez. Simplemente nos tirábamos en la cama a dormir o nos quedábamos
despiertos oyendo música. Mucho de todo aquello tenía que ver con la música. Yo siempre tenía lo último
y ellas me traían las novedades de lo que se escuchaba a nivel local. Si acababas o no montándotelo con
ellas era lo de menos, en serio.

Bobby Keys y yo nos metimos en otro lío al final de la gira por el Lejano Oriente de principios de 1973.
De hecho, Bobby se metió en un problema tan grave que seguramente todavía seguiría entre rejas si no
llega a ser por una milagrosa intervención deus ex machina. Esta vez acudieron las piñas en su rescate.
El primer concierto de la gira había sido en Honolulu, que era el punto de salida y entrada para
Estados Unidos durante aquella gira que nos llevó hasta Australia y Nueva Zelanda. Al salir de Hawái
había que registrar los instrumentos musicales y luego a la vuelta verificar la lista, para comprobar que
no estábamos importando nada de contrabando.
Pero debe ser Bobby quien cuente la historia, ya que es el protagonista principal:

Bobby Keys: Keith, yo y los Rolling Stones hicimos una gira por Australia y el Lejano Oriente a principios de
1973. Eso era en los tiempos en que el doctor Bill viajaba con nosotros, y se hacían algunas concesiones con Keith
y conmigo en cuanto a automedicación para aliviar un poco la tensión de estar en la carretera. De vuelta a
Estados Unidos pasamos por la aduana en Hawai. Yo llevo todos mis saxofones conmigo, y quieren verificar los
números de serie para asegurarse de que son los mismos instrumentos que salieron del país, así que un tío les va
dando la vuelta a todos porque el número de serie está grabado en la parte de abajo. Total, que aquel tipo le da la
vuelta a uno de los saxofones y oigo un repiqueteo sospechoso. «¡Ay Dios, ya sé qué es ese ruido!». BOOOINNNNG:
una jeringuilla rebotando por el mostrador, y unos cuantos porros que aterrizan justo delante de las narices del
aduanero. Y claro, una cosa lleva a la otra. Keith está conmigo, en la misma fila. Nos separan inmediatamente, me
llevan a una sala donde me registran de arriba abajo y me encuentran unas grandes cápsulas llenas de caballo y
no sé qué más. Casi no pueden creerlo. ¡El tipo de aduanas acaba de cumplir con su cuota de todo el puto año! Y
se pone a escribir como un loco a máquina. «¡Joder, tío, acabamos de pescar a un pez de los gordos, y también a
su compinche! ¡Esta vez sí que los tenemos cogidos por las pelotas!». Y es verdad. Nos acaban de hacer las fotos
y nos toman las huellas digitales y se lo están pasando en grande… «¡Je, je, diez años! ¡Diez años!». Como era el
final de la gira no quedaba ya mucho séquito que digamos, todo el mundo se había largado. Tenía derecho a una
llamada.

Vestido comprado (no sin dificultad) un domingo para el juicio de Toronto (octubre de 1978).
Con conductores de limusina durante la gira de los New Barbarians (1979).

A punto de entrar en acción con Ron Wood y los New Barbarians; el batería Joseph «Zigaboo» Modeliste está junto a Ronnie y el
bajo Stanley Clarke aparece detrás de mí (Los Angeles, mayo de 1979).
Ian Stewart, «Stu», fundador de los Rolling Stones, durante la gira de 1981.

Mi punto de apoyo: con Charlie en 1982.


Con Patti en 1982.

Patti y yo en la playa de Barbados (1982).


De izquierda a derecha: Woody, yo, Robbie Shakespeare, Sly Dunbar y Joseph “Zigaboo” Modeliste (1979).

Visita a Mick en Mustique (1980).


Tocando con Muddy Waters en el Checkerboard Lounge de Chicago (22 de noviembre de 1981).

Navidades de 1982 en Dartford con Doris, Bill Richards, Patti y Angela.


Los Wingless Angels en Jamaica; a mi izquierda: Locksley Whitlock, Winston Thomas, Justin Hinds, Jackie Ellis, Warrin Williamson
y Maureen Fremantle.

Canción de bodas, Cabo San Lucas, 18 de diciembre de 1983.


Mi hija Theodora en 1985.

Visita de John Lee Hooker durante la gira de los X-Pensive Winos (San Francisco, 1993).
El mejor Chuck Berry: concierto en el Fox Theatre de San Luis para la película Hail! Hail! Rock ‘n’ Roll (16 de octubre de 1986).

Los X-Pensive Winos triunfan en el Aragon Ballroom (Chicago, 1988).


Los glimmer twins entre España y Portugal (1990).

Mi padre, Bert, en 1997.


Con Patti y nuestras hijas Alexandra (izquierda) y Theodora (derecha), Connecticut, 1992.

Alexandra en la casa irlandesa de Ronnie Wood (1993).


Cruzando el Puente de Brooklyn: íbamos a la rueda de prensa que dio inicio a la gira Bridges to Babylon (agosto de 1997).

Pierre de Beauport, experto en guitarras y jefe de equipo, durante la gira Forty Licks (Ford Center de Oklahoma City, enero de
2003).
Blondie Chaplin (izquierda) y Lisa Fischer (derecha), durante la gira Forty Licks (2003).

Charlie, Mick y yo grabando Bridges to Babylon en los estudios Ocean Way de Hollywood (julio de 1997).
Reunido con Jane Rose (mi mánager) y su perrita Delilah en 1999.

Paul McCartney durante una de sus diarias visitas playeras en Parrot Cay (enero de 2005).
Tom Waits nos visita durante la gira de 2003.

Con Johnny Depp en una foto tomada por la revista Rolling Stone durante el rodaje de Piratas del Caribe (2006).
Los leales reclusos de Parrot Cay; Steve Crotty (a mi derecha) y James Fox.

El perro Rasputin (alias «Raz»), salvado en las calles de Moscú y refugiado en Parrot Cay.
La familia Richards; detrás (desde la izquierda): Patti, Angela, Lucy (esposa de Marlon), Orson (su hijo), yo, Marlon, Ida (hija de
Lucy y Marlon) y Ella (su hija mayor); delante: Alexandra y Theodora.

En mi biblioteca de Connecticut.

A mí me tenían retenido también, pero no me habían encontrado nada, viajaba completamente limpio.
Eso sí, me lo registraron todo con lupa. A esas alturas me estoy imaginando que Bobby ya está entre
rejas, porque es imposible que te salga volando una jeringuilla del saxofón y te dejen ir así como así.
Tengo que hacer una llamada porque tengo muy claro que Bobby va a necesitar un abogado, así que
muevo cielo y tierra para llamar a San Francisco o a Los Angeles para conseguirle a alguien que lo
represente. Al final me dejan subirme al siguiente avión que sale para San Francisco, así que me voy para
la puerta de embarque… ¿y a quién me encuentro en la cola justo delante de mí? Al mismísimo puto
Bobby Keys.
—¿Qué coño estás haciendo aquí, tío? ¡A mí me acaban de mirar hasta en las muelas! ¿Cómo cojones
has conseguido que te suelten antes que a mí?
—He hecho una llamada de teléfono —me suelta.
—¿Una llamada? ¿A quién?
—Al señor Dole.

Bobby: El tal señor Dole era un importante exportador de piña, el Rey de la Piña de Hawai. Quien haya abierto
alguna vez una lata de piña Dole sabrá de quién estoy hablando. Y también era el propietario de la franquicia de
un equipo profesional de fútbol americano que jugaba en la World Football League. No me acuerdo muy bien
cómo, Keith y yo habíamos conocido a su hija cuando tocamos en Hawái camino de Australia, y ésta nos invitó a
su casa a pasar la tarde con ella y sus amigas, unas damas encantadoras de verdad, todas muy bronceadas,
bronceadas y ricas. Pasamos un rato de lo más agradable, intercambiamos números de teléfono, disfrutamos
durante toda la velada hasta que se hizo de noche y yo me puse muy cariñoso con la guapa hija del señor Dole, y
estoy seguro de que bebimos un montón de zumo de piña. Aquello fue antes de todo el rollo de la seguridad,
podías moverte a tus anchas por el mundo, y pasaban un montón de cosas. Así que allí estábamos, «doleando» a
todo trapo en aquella mansión, y a la mañana siguiente se presenta el señor Dole y se produce una situación muy
incómoda, con la chica diciendo: «¡Ay, hola, papi!». El padre contempla la escena de bacanal que se ha montado
en su salón, con Keith Richards y conmigo. Y la hija dice: «Te presento a mis nuevos amigos». A Keith le falta
tiempo para escabullirse por la puerta como una sombra, pero el señor Dole, en vez de llamar a los perros y gritar
«¡comeos a esa gente!», contesta: «Encantado de conoceros». Papi resulta ser un tipo comprensivo. La situación
no puede ser más incómoda, porque me he estado tirando a la Princesa de la Piña, pero el señor Dole me da su
tarjeta y me dice: «Bueno, está claro que sois amigos de mi hija, así que si alguna vez estáis por Hawai y hay algo
que pueda hacer por vosotros, llamadme. Este es mi número privado, yo mismo contesto». Así que tomo la tarjeta
del señor Dole, me la meto en la cartera y no vuelvo a pensar en ello.
Y entonces, viéndome al borde de muchos años de trabajos forzados bajo el sol de Texas, tengo derecho a una
llamada de teléfono y no tengo el número de nadie. Nadie del equipo de los Stones sabe dónde coño estamos. Y
en esto que encuentro la tarjeta del señor Dole en la cartera: es la única tarjeta que llevo encima, el único
número de teléfono. Así que llamo y de forma asombrosa contacto directamente con él y le digo:
— Señor Dole, ¿se acuerda de un tipo a medio vestir y otro tío inglés con cara de estar medio muerto que
conoció en su casa el otro día? Bueno, pues soy uno de ellos.
— ¡Ah, sí, hola Bobby!, ¿qué tal?
Le explico que hemos tenido un problemilla, que nos han encontrado esto y lo otro encima, y las jeringuillas
y… no sabemos qué hacer. Y él dice: «¿Dónde estáis? ¿Qué ha pasado exactamente? ¿En qué vuelo ibais?». Se lo
digo y me responde «bueno, veremos qué puedo hacer», y cuelga. No sé qué estará pasando con Keith, pero yo
estoy cagado de miedo, convencido de que vamos a acabar en Leavenworth. Estoy esperando a que vengan los
tíos con las cadenas en cualquier momento para trasladamos. Así que allí me tienes, sentado en un cuarto
separado por un vidrio de espejo de los payasos que nos han detenido. Y de repente suena el teléfono de la mesa
del tío que nos ha estado sermoneando con toda esa mierda, y sólo por el cambio en su postura puedes ver que
pasa algo. El tipo me mira, vuelve a mirar el teléfono, cuelga y acto seguido sacude la cabeza lentamente
mientras rompe en pedacitos la hoja con los cargos. Luego me devuelven todos mis trastos, nos meten en un
avión con un «¡que no se vuelva a repetir!» y volamos felices hacia la puesta de sol.

Pero la cosa no acaba ahí. Nos subimos al avión y yo empiezo: «Joder, tío. Después de lo que hemos
pasado, lo mejor será contactar con alguien en San Francisco para que nos esté esperando con algo de
material. ¿Conoces a alguien en Frisco? ¿A quién llamamos?». Y entonces, no sé por qué, saco la cartera y
enseguida noto bajo la piel dos bultitos raros. Inconfundibles: llevo dentro dos cápsulas de tamaño doble
cero llenas de caballo, o sea, una dosis cojonuda de heroína pura. Nos las habían dado las chicas de
Adelaida, nuestras sheilas. Los aduaneros me habían revisado de arriba abajo al milímetro, ¡me habían
mirado hasta en el culo! Si llegan a encontrarme eso encima me habrían prohibido volver a entrar en el
país para siempre. ¿Cómo se les había pasado por alto? Suele ocurrir con los tipos de aduanas: si tú estás
convencido de que no llevas nada, no te encuentran nada. Y yo estaba totalmente convencido de que
viajaba limpio. Así que me fui al baño inmediatamente y de pronto todo se tiñó de color rosa.
«Compartiremos una cápsula ahora, esnifa porque no tenemos aguja». Con esto aguantaremos hasta que
lleguemos y una vez en Frisco podemos hacer unas cuantas llamadas. Otra vez por los pelos. Se les coló
por la escuadra y ni lo vieron.
En aquellos años, Bobby y yo parecíamos tener mucha suerte juntos, sobre todo en los aeropuertos. En
una ocasión estábamos pasando el control de seguridad en el aeropuerto de Nueva York, y Bob se
encargaba del equipaje. Una de mis maletas había que facturarla, no podíamos pasarla por el control
porque llevaba dentro una pistola y unas quinientas balas. Antes iba mucho de ese palo. Ninguna de mis
armas era legal porque, como tengo antecedentes, no se me permite llevar armas de fuego. Si la
facturaba, la pistola pasaría desapercibida y ningún problema. Pero Bobby se había hecho un puto lío, y
de repente vi la bolsa con la pistola a punto de pasar por los rayos X. ¡Joder, no! Le grité «¡BOB!», y
todos los que estaban controlando los aparatos se vuelven, me miran y apartan la vista de la pantalla. No
la vieron pasar.

Volví derecho a Jamaica, donde se habían quedado Anita y los niños. La primavera de 1973 la pasamos
en Mammee Bay, y las cosas ya estaban empezando a ponerse algo peliagudas. Anita comenzaba a actuar
de un modo imprevisible, le daban ataques de paranoia y mientras yo estaba fuera de gira había
empezado a recoger a gente que estaba abusando bastante de su hospitalidad: muy mala combinación.
Incluso cuando yo andaba por allí, la casa estaba abarrotada, era un caos. Sin darnos cuenta, estábamos
escandalizando al vecindario. Un hombre blanco con una casa enorme y todo el mundo sabía que los
rastas venían todas las noches a tocar y grabar música. A los vecinos no les hubiera importado «los fines
de semana» o algo así, pero no un lunes o un martes. Y estábamos empezando a reunirnos todas las putas
noches. ¡Y luego estaba el tufo que salía de la casa! Aquellos tíos quemaban kilos de hierba en el cáliz y el
humo llegaba a un kilómetro a la redonda. A los vecinos todo aquello no les gustaba un pelo, y más tarde
me enteré de que Anita había cabreado a bastante gente. Le habían llamado la atención varias veces y
había sido más que desagradable tanto con la policía como con cualquiera que se quejara. De hecho, la
llamaban «la chica maleducada». También la llamaban, y esto tenía más gracia, Mussolini, porque
hablaba italiano. Anita puede ser muy brusca. Yo estaba casado con ella (sin estar casado con ella), y se
metió en problemas.
Me marché a Inglaterra, y la poli se presentó en la casa esa noche, poco antes de que aterrizara en
Londres… un montón de policías de paisano. Hubo disparos, por lo visto uno de ellos obra de un tal
agente Brown cuando Anita tiró al jardín medio kilo de hierba que le pasó muy cerca. Después de mucho
forcejeo se llevaron a Anita a la prisión de Saint Ann’s, y dejaron a los niños solos. Marlon apenas tenía
cuatro años y Angela uno; y Marlon, al menos, lo vio todo. Una experiencia aterradora. Y yo, ya en
Londres, enterándome de lo que había pasado. Mi reacción inmediata fue volver a Jamaica en el primer
vuelo, pero me convencieron de que era mejor presionar desde Londres, de que si me presentaba allí
seguramente me detendrían también. Los hermanos y hermanas se ocuparon de los niños, se los llevaron
a Steer Town antes de que las autoridades tuvieran tiempo de pensar «¿y qué vamos a hacer con esos dos
críos?». Y allí se quedaron mientras Anita estuvo en prisión, perfectamente cuidados por los rastas. Y
aquello fue algo muy importante para mí, fue un gran alivio saber que estaban a salvo y protegidos,
mucho más que si se los hubieran llevado a una casa de acogida. Angie y Marlon se lo pasaron en grande
jugando con un montón de amigos que todavía los recuerdan y que ahora son ya unos tíos grandullones.
Entonces pude concentrarme en sacar a Anita de la cárcel.
Han corrido muchos rumores e historias sobre la estancia de Anita en prisión, la mayoría propagados
por Tony el Español y por el negro que le escribió el libro sobre mí, libro que luego han copiado fielmente
otros autores: que a Anita la violaron en la cárcel, que tuve que pagar una gran cantidad de dinero para
sacarla, que fue todo una conspiración de los nababs blancos de Jamaica y tal y cual… Pero no es cierto.
Eso sí, las celdas de la cárcel de Saint Ann’s no eran muy agradables: no había colchón ni nada parecido
donde dormir, a Anita apenas le permitían lavarse y estaba todo lleno de cucarachas. Nada de eso
ayudaba precisamente a calmar los ataques de paranoia y las alucinaciones que sufría por aquel
entonces. Y además se burlaban de ella: «¡Chica maleducada, chica maleducada!». Pero nadie la violó y
yo no tuve que pagar ningún soborno. La redada había sido simplemente un castigo por haber ignorado
sus advertencias. Todo eso se lo explicaron al abogado, Hugh Hart, que fue el que la sacó de allí, y
también descubrió que, en realidad, las autoridades respiraron aliviadas cuando por fin se libraron de
Anita porque no sabían qué hacer con ella. De hecho, aún no habían presentado ningún cargo contra ella.
Hart logró que la soltaran con la promesa de que la sacaría de la isla, así que desde la cárcel la llevaron a
recoger a los niños y de allí directamente al aeropuerto para tomar un vuelo a Londres. Anita no estaba
actuando precisamente de la manera correcta en el momento adecuado. Al mismo tiempo, Anita es Anita.
No puedes tenerla sin poner nada de tu parte. Yo todavía la quería y además era la madre de mis hijos.
No soy de los que pegan la espantada, a mí me tienen que echar a patadas. Aunque Anita y yo
empezábamos a no estar bien juntos.
En contraste con la expulsión de Anita, mis raíces jamaicanas se fueron haciendo cada vez más
profundas, aun cuando no pude volver durante unos cuantos años. Antes de que trincaran a Anita, ya me
había dado cuenta de que yo necesitaba un poco más de protección, de que estábamos demasiado
expuestos en la playa de Mammee Bay. Y yo me había enamorado de Jamaica lo suficiente para empezar a
buscar una buena casa allí. Ya estaba harto de alquileres. Así que recorrimos la isla con nuestro casero de
entonces, Ernie Smatt, que me enseñó la casa de Tommy Steele, escondida en las colinas de la zona de
Ocho Ríos. La casa se llamaba Point of View y todavía la tengo. Estaba en un sitio perfecto, al borde de un
pequeño acantilado que dominaba la bahía, en medio de una zona de bosques bastante frondosos. Su
ubicación había sido elegida cuidadosamente por un prisionero de guerra italiano llamado Andrea
Maffessanti, que había sido llevado a la isla junto con otros prisioneros italianos. Maffessanti era
arquitecto, y mientras estuvo preso se dedicó también a buscar lugares perfectos para construir casas. Y
luego, o bien las construyó o bien vendió sus proyectos, porque muchas casas de la isla se le atribuyen a
él. Se pasó allí dos o tres años estudiando los vientos y el clima, y por eso la casa tiene una forma
parecida a una L. Durante el día la brisa del mar entra por la parte frontal que da a la bahía, y hacia las
seis de la tarde cambia de dirección y sopla desde las colinas. La forma de la casa está pensada para que
esa brisa fresca procedente del interior entre por la cocina. Es una pequeña joya arquitectónica. La
conseguí por ochenta mil libras. Pero la casa era un tanto oscura, con unos aparatos de aire
acondicionado de los que me deshice inmediatamente. Gracias al diseño de Maffessanti había una
ventilación natural perfecta, así que pusimos unos cuantos ventiladores más y la cosa siempre ha
funcionado así desde entonces.
La compré y dejé el tema aparcado. Fue un período muy ajetreado, y además me seguía chutando.

Hicimos una gira por Europa en septiembre y octubre de 1973, después de que saliera Goats Head
Soup. Entonces la formación incluía, casi de forma permanente hasta 1977, a Billy Preston a los teclados,
normalmente al órgano. Billy ya había tenido una carrera meteórica, había tocado con Little Richard y
con los Beatles, prácticamente como el quinto miembro de la banda, además de componer y sacar sus
propios números uno. Era californiano, aunque nacido en Houston, un músico de soul y góspel que acabó
tocando con casi todos los grandes. En la gira llevábamos entonces dos trompetas, dos saxofones y dos
teclados, el órgano de Billy junto con el piano de Nicky Hopkins.
Billy nos dio un sonido diferente. Si escuchas los temas que hicimos con él, como «Melody», encajaba a
la perfección. Pero durante las actuaciones con Billy te dabas cuenta de que era alguien que iba a
imprimir su propio sello en todo. Estaba acostumbrado a ser una estrella por derecho propio. Una vez en
Glasgow estaba tocando tan fuerte que casi no se oía al resto de la banda, así que me lo llevé entre
bastidores y le saqué la navaja: «¿Sabes qué es esto, Bill? Querido William, si no le bajas el volumen al
puto teclado ahora mismo lo vas a saber y lo vas a sentir. Esto no es Billy Preston y los Rolling Stones. Tú
eres el teclista de los Rolling Stones». Pero la mayoría del tiempo no teníamos ningún problema con él.
Desde luego a Charlie le gustaba bastante el toque jazzístico, y lo cierto es que hicimos muchas cosas
buenas juntos.
Billy murió a causa de las complicaciones provocadas por una serie de excesos en 2006. Y no había
ninguna razón para que tuviera que marcharse de aquel modo. Podría haber seguido subiendo y subiendo
cada vez más alto. Tenía todo el talento del mundo. Pero creo que llevaba demasiado tiempo en el tema,
empezó muy joven. Y además era gay en una época en la que nadie era abiertamente gay, lo cual hizo que
su vida resultara todavía más complicada. La mayor parte del tiempo, Billy podía ser un tipo muy
divertido, pero a veces se le iba la olla. En una ocasión tuve que sujetarlo para que no le diera una paliza
a su novio en un ascensor. «Billy, corta ese rollo ahora mismo o te arranco la peluca». Llevaba una
ridícula peluca afro. Se lo veía estupendamente bien con el aspecto de Billy Eckstein que había debajo.
Un día estaba meando junto a Bobby Keys en Innsbruck, justo después de un concierto, y Bob siempre
soltaba un par de paridas en esas situaciones. Pero ese día estaba muy callado, y de repente me dice:
«Esto, tengo malas noticias… GP ha muerto». Fue como si me hubieran dado una patada en el plexo solar.
Lo miré. ¿Gram, muerto? Pero sí creía que se había desenganchado, pensaba que estaba de puta madre.
«Ya se sabrá la historia —dice Bobby—, sólo he oído que está muerto». ¡Joder, tío! Nunca sabes cuánto te
va a afectar, nunca te golpea al momento. Otro adiós a otro buen amigo.
Luego nos enteramos de que Gram estaba limpio cuando empezó la gira. Y entonces se metió una dosis
normal. «¡Oh, sólo una…!». El problema es que, después de haber pasado el mono, su cuerpo ya no tenía
la misma tolerancia que antes y… ¡bum! Es un error fatal que cometen muchos yonquis. Cuando alguien
se desengancha, el cuerpo acaba de pasar por todo ese shock. Y entonces piensa que se va a meter un
pequeño chute de nada, pero en realidad es la misma dosis que estaba tomando la semana pasada y para
la que su cuerpo había ido desarrollando la tolerancia necesaria a pasos agigantados, que es por lo que
desengancharse es un proceso tan duro. En fin, que cuando pasa es como si el cuerpo dijera: «¡A tomar
por culo, me rindo!». Si se va a hacer algo así, uno debería intentar acordarse de la cantidad que se metió
la primera vez que lo probó. Empezar de nuevo. Un tercio menos. Una pizca.
Para intentar asimilar la muerte de Gram dije que no me podía quedar en Innsbruck esa noche, que iba
a alquilar un coche y nos íbamos a largar a Múnich y embarcarnos en una misión imposible. Íbamos a
buscar a una mujer porque había oído hablar de ella, habíamos coincidido un par de veces y me
fascinaba. Ya sé que no tiene el menor sentido, pero nos vamos a Múnich a buscarla. Esta misma noche.
Olvidemos lo que ha pasado y hagamos otra cosa. Odio andar por ahí llorando y toda esa mierda. No hay
nada que se pueda hacer. El cabrón se ha muerto y lo único que consigues es cabrearte con él por
haberse marchado, así que lo mejor es distraerte con otra cosa. Voy a salir a buscar a una de las mujeres
más guapas del mundo. No la voy a encontrar, es imposible, pero eso es lo que vamos a hacer. Un
objetivo. Una meta. Y Bobby y yo alquilamos un BMW, eso fue a la una de la mañana, y nos largamos.
El objetivo era Uschi Obermaier. Si había alguien que podía consolarme en esos momentos, era ella.
Una mujer preciosa, bastante célebre en Alemania por su trabajo de modelo que luego se había
convertido en un icono de las protestas estudiantiles que estaban poniendo patas arriba las relaciones
intergeneracionales y amenazaban con romper el país. Uschi era la chica de los carteles de la izquierda,
su foto estaba por todas partes. Y además le encantaba el rock and roll, que fue el motivo por el que
conoció a Mick. Este la había invitado a ir a Stuttgart y ella lo estaba buscando en el hotel, pero se
encontró conmigo en vez de con él y la acompañé hasta la puerta de Mick. Pero yo la había visto en
carteles y revistas, y había algo en ella que me atraía. Su novio, Rainer Langhans, había sido uno de los
fundadores de la Commune I, una comuna abierta concebida para oponerse la proliferación nuclear y el
poder del estado autoritario. Ella pasó a formar parte de la comuna cuando empezó a salir con Rainer,
pero su otro título, del que estaba muy orgullosa, era el de «bávara bárbara». Nunca se había tomado la
ideología demasiado en serio, bebía abiertamente la proscrita Pepsi-Cola, fumaba mentolados y en
general incumplía todas las reglas del grupo. Salió desnuda liando porros en unas fotos para la revista
Stern: desde luego no podía negarse que hacía cuanto estaba en su mano por escandalizar a la burguesía
alemana. Pero cuando el mundo de las comunas acabó dividiéndose en dos sectores enfrentados (el de los
grupos terroristas como la banda Baader-Meinhof y el de los verdes), Uschi se quitó de en medio, por lo
menos lo dejó con Rainer y volvió a Múnich. Su camino está sembrado con los despojos de los tipos que
intentaron domesticarla, que intentaron domar lo indomable. Es la mejor chica mala que conozco.
En fin, esa noche nos fuimos derechos al Hotel Bayerischer Hof, donde todo el mundo tiene un
Rembrandt encima de la cama, uno auténtico. Bob dijo: «Bueno, Keith, ¿y ahora qué hacemos?». Y yo le
contesté: «Bob, ahora nos vamos a Schwabing, a patearnos la zona de los clubes y garitos. Hagamos lo
que habría hecho Gram si uno de nosotros la hubiera diñado». Añadí: «Tenemos que encontrar a Uschi
Obermaier en esta ciudad. Necesito un objetivo». No lo elegí por ninguna razón en particular, sólo porque
era la única meta que podía perseguir en Múnich. Ni siquiera sabía si ella estaba en la ciudad. Total, que
nos entonamos un poco y empezamos a recorrer los clubes. Y la cosa iba bien, pero no era lo que
andábamos buscando. En el quinto o sexto garito estaban poniendo una música cojonuda, así que fui a
hablar con el DJ y resultó que nos conocíamos, era George el Griego, que encima también conocía a
Obermaier.
Pero incluso si la encuentro, ¿qué voy a hacer? No estoy en condiciones de liarme con ella y además no
tenemos mucho tiempo. Así que… Bueno, muy bien, por lo menos hemos encontrado a alguien que la
conoce, lo cual ya es un milagro, pero a partir de aquí no se me ocurre ningún plan. George me cuenta
que sabe dónde vive, pero que sale con un tío, y yo le contesto: George, vamos a pasarnos por allí. Así que
aparcamos enfrente del apartamento y digo: «George, ¿por qué no subes y le dices que KR la está
buscando?». Con la muerte de GP estaba decidido a cerrar el circulo. Así que George sube y llama a la
puerta, y ella se asoma a la ventana y pregunta quién eres. ¿Por qué? No sé por qué, se acaba de morir un
amigo mío y estoy bastante jodido. Sólo he venido a saludar. Tú eras el objetivo y ya te he encontrado.
Dejémoslo así. Y entonces bajó, me dio un beso y volvió a casa. ¡Pero eh, lo conseguimos! Misión
cumplida.
La segunda vez que intenté ponerme en contacto con Uschi le pedí a Freddie Sessler que averiguara
por teléfono dónde estaba. Freddie llamó a su agencia y el agente le dijo «no estoy autorizado a dar
números de teléfono», pero mi amigo sacó su artillería y lo engatusó: cuando Freddie se ponía en ese plan
no había quien lo detuviera (además hablaba muchos idiomas). Uschi y yo no hablábamos el idioma del
otro. Cuando por fin conseguí su número y la llamé, ella dijo «hola, Mick». Yo dije «no, soy Keith». Por
entonces vivía en Hamburgo y envié un coche para que la llevara a Rotterdam. Prácticamente dejó
plantado a su novio. Tuvieron una pelea, se subió al coche y se largó a Rotterdam. Esa noche me arrancó
un pendiente en la cama. Estábamos en un hotel decorado al estilo japonés. A la mañana siguiente,
cuando me desperté, advertí que tenía la oreja pegada a la almohada por la sangre seca. A raíz de
aquello, tengo una malformación en el lóbulo derecho.
Lo de Uschi Obermaier, sobre todo por aquel entonces, era pura y simple lujuria. Pero luego le tomé
cariño y acabó llegándome al corazón. Para comunicarnos hacíamos dibujos o nos entendíamos por señas,
pero aunque no pudiéramos hablar, había encontrado una amiga. Tan sencillo como eso, en serio. Yo la
quería mucho. Nos estuvimos viendo de vez en cuando durante una temporada en los setenta, y luego ella
se marchó a Afganistán con su nuevo amor, Dieter Bockhorn, y salió de mi mente y de mi corazón. Al cabo
de un tiempo me dijeron que había muerto a consecuencia de un aborto en algún lugar de Turquía. Lo
cual resultó ser casi cierto, pero sabía que ella era más lista que todo eso. Conocí la verdadera historia
muchos años después en una playa de México, el día más importante de mi vida.

Aquella época fue terrible en cuanto al número de bajas. Hacia finales de ese verano murió mi abuelo
Gus; y Michael Cooper, mi gran amigo, se suicidó: tenía una mente muy frágil, siempre lo vi como un
suicida en potencia. Todos los buenos se te mueren. ¿Y dónde te deja eso? La única respuesta es hacer
amigos nuevos. Pero entonces algunos de los vivos se iban cayendo de la lista de amigos en activo.
Tuvimos que deshacernos de Jimmy Miller, que sucumbió lentamente a las drogas y acabó grabando
esvásticas en la mesa de mezclas mientras trabajaba en el álbum que fue su canto del cisne con nosotros,
Goats Head Soup. Andy Johns duró hasta finales de 1973. Estábamos grabando «It’s Only Rock ‘n’ Roll»
en Múnich cuando lo despedimos por la misma razón: pasarse con el rollo de la droga dura. (Sobrevivió y
ha seguido trabajando desde entonces). Y luego fue mi colega Bobby Keys, al que no pude salvar de su
propio naufragio rocanrolero más o menos por la misma época.
Bobby se buscó la ruina metido en una bañera llena de Dom Pérignon. Según parece, es el único
hombre del planeta que sabe cuántas botellas hacen falta para llenar una bañera, porque en eso era en lo
que estaba flotando. Fue justo antes de la antepenúltima actuación de la gira europea del 73, en Bélgica.
Cuando se reunió la banda ese día, no había ni rastro de Bobby por ninguna parte, así que al final me
preguntaron si sabía dónde estaba mi colega: en su habitación no contestaba nadie. Total, que fui para
allá y le dije: «Bob, tío, tenemos que marchamos, tenemos que marchamos ahora mismo». Me lo encontré
fumando un puro metido en la bañera llena de champán con una tía francesa. Y él me soltó: «Vete a la
mierda». «Pues eso haré. Una imagen muy espectacular y todo lo que quieras, pero puede que luego te
arrepientas, Bob». Más tarde el contable informó a Bobby de que prácticamente no había ganado dinero
en esa gira por culpa de esa bañera; de hecho, debía pasta. Y a mí me costó diez putos años que volviera
a la banda porque Mick se mostró implacable, y con razón. Mick puede ser despiadado. Yo no podía
responder por Bobby. Lo único que podía hacer era ayudarlo a desengancharse, y lo hice.

En cuanto a mí, la prensa, empezando por la musical, empezó a incluirme con gran entusiasmo en la
lista fatídica. Un nuevo ángulo. Ya no les interesaba tanto la música a principios de 1973. New Musical
Express sacó una lista de las diez estrellas del rock que era más probable que murieran pronto, y me
colocó en el número uno. Soy también el Príncipe de las Tinieblas, el hombre hecho polvo con más
elegancia y demás: todos esos títulos que me encasquetaron fueron acuñados entonces, y me quedé con
ellos de por vida. En aquella época sentí a menudo que querían verme muerto, incluso personas bien
intencionadas. Al principio eres una novedad, pero eso también era lo que pensaron del rock and roll,
incluso en los sesenta. Y deseaban que te fueras a tomar por culo. Y cuando eso no ocurría, deseaban que
te murieras.
¡Fui número uno en esa lista durante diez años! Aquello me hacía reír. Es la única lista en la que he
estado diez años en el número uno. En cierto modo estaba muy orgulloso de mi posición, que creo que
nadie más ha ocupado durante tantos años como yo. Me llevé realmente un gran disgusto cuando empecé
a bajar en la lista. Finalmente caí hasta el puesto nueve. ¡Ay, Dios, todo ha terminado!
La historia de que iba a Suiza a cambiarme la sangre (tal vez la única cosa que todo el mundo parece
saber de mí) les dio un verdadero subidón a esos nigromantes. Claro, para Keith no es problema, él puede
ir que le cambien la sangre de vez en cuando y luego volver a las andadas como si tal cosa. Dicen que he
hecho un pacto con el diablo bajo las profundidades del suelo empedrado de Zúrich, la cara blanca como
el papel, una especie de mordisco de vampiro a la inversa, y mis mejillas recuperan su color rosado. ¡Pero
nunca me he cambiado la sangre! La historia surgió porque cuando fui a Suiza, a la clínica para
desengancharme, tuve que aterrizar en Heathrow y cambiar de avión. Y allí estaba la prensa,
siguiéndome como siempre:
— ¡Hey, Keith!
—Mira, cierra el puto pico. Voy a que me cambien la sangre.
¡Bum! Eso fue todo. Y seguí andando hacia el avión. Después de aquello fue como si estuviera escrito
en la Biblia o algo así. Sólo lo dije para tomarles el pelo y quitármelos de encima. Pero se ha quedado
para siempre.
No sabría decir hasta qué punto accedí a interpretar el personaje que inventaron para mí. Me refiero
al anillo con la calavera, el diente roto, el kohl en los ojos y demás. ¿Mitad y mitad? Creo que, en cierto
modo, tu personaje público, tu imagen (así llamaban antes a la cosa), es una bola de presidiario que llevas
atada al tobillo con una cadena. La gente cree que sigo siendo un puto yonqui. ¡Y hace treinta años que
dejé las drogas! La imagen es una sombra muy alargada que se sigue viendo incluso cuando ya se ha
puesto el sol. Me parece que en parte se debe a que la presión para que seas ese personaje es tal que
quizá acabas por convertirte en él hasta un punto medianamente soportable. Es imposible no acabar
convertido en una parodia de la máscara que fuiste en otro tiempo.
Hay una parte de mí que además quiere provocar eso en los demás, porque sé que es algo que todos
llevamos dentro. Hay un demonio en mi interior, y también lo hay en los demás. La respuesta que yo
recibo es particularmente ridícula: me llegan calaveras a espuertas enviadas por personas
bienintencionadas. A la gente le encanta esa imagen. Fueron ellos los que me imaginaron, los que me
crearon, la gente misma es la que ha inventado esa especie de héroe popular, bendita sea. Y yo voy a
hacer todo lo que pueda por satisfacer sus necesidades. Desean que yo haga las cosas que ellos no
pueden hacer. Ellos tienen su trabajo, su vida, son vendedores de seguros… pero, al mismo tiempo, llevan
en su interior un Keith Richards luchando por salir a la superficie. En lo que a héroes populares se
refiere, es la gente la que te escribe el guión y más te vale no salirte de él. Y yo he hecho cuanto he
podido. No es una exageración decir que hubo un tiempo en que prácticamente viví como un forajido. ¡Y
me metí hasta el fondo! Estaba en la lista negra de todo el mundo. Sólo hacía falta era que me retractase
y todo iría bien. Pero eso era algo que sencillamente no podía hacer.

Lo de las drogas y la policía pisándote los talones había llegado a un punto insoportable. Todo se iba al
garete. Pero nunca sentí que eso me pasara a mí. Pensaba: «Puedo manejar la situación». Así son las
cosas, así me vienen dadas, y lo que hace falta es seguir para delante. Tal vez por este lado me vengan un
montón de mierdas que me amargan la existencia, pero sé que ahí fuera hay un montón de gente
animándome. Es como una elección sin urnas: ¿quién gana, las autoridades o el público? Y yo ahí en
medio, o los Stones ahí en medio. Supongo que en aquella época hubo momentos en que me preguntaba
si no sería algo para divertir a todo el mundo. «Oh, han vuelto a trincar a Keith». Vienen a por ti a las
tantas de la madrugada, cuando apenas llevas un par de horas dormido y tienes a los niños en casa. No
me importa que me arresten, pero con buenos modales. Lo que me molestaba era la falta de educación:
entraban en tromba como si fueran un comando de las fuerzas especiales, y eso me tocaba los cojones. El
hecho es que, en ese momento, no puedes hacer nada al respecto, no te queda más remedio que tragar. Y
sabes que alguien te la ha jugado.
—El señor Richards dice que lo empujaron violentamente contra la verja y le ordenaron que pusiera los
brazos contra la pared y separara las piernas, y que luego le dieron una patada en los tobillos.
—¡Oh, no, no, no! Jamás haríamos algo así. El señor Richards está exagerando.
No ser residente en el Reino Unido significaba, por aquel entonces, que solamente podías pasar en
casa unos tres meses al año. En mi caso, en Redlands y en la casa de Cheyne Walk en Londres. En 1973,
esta última estaba sometida a vigilancia policial las veinticuatro horas del día. Y no era sólo yo. Lo mismo
pasaba con la casa de Mick, y a él también le cayeron encima en un par de ocasiones. Durante todo ese
verano casi no pude ir a Redlands. Se había quemado en julio, mientras estábamos allí con los niños. Un
ratón mordisqueó un cable y provocó un cortocircuito. Marlon, con cuatro años, fue quien lo descubrió y
gritó: «¡Fuego, fuego!».
Fue sobre todo por Marlon (Angela todavía era demasiado pequeña para advertirlo) por lo que empecé
a tomarme más en serio el constante acoso policial a que nos sometían. El niño me empezó a hacer
preguntas.
—Papá, ¿por qué miras por la ventana?
—Estoy buscando el coche sin identificar —le contestaba yo.
—¿Y por qué, papá? —y yo pensaba «¡joder!, yo puedo jugar a esto solo, pero está empezando a afectar
a mis hijos»—. ¿Por qué le tienes miedo a la policía?
—No tengo miedo, sólo estoy echando un vistazo.
Pero se había convertido en algo automático: todos los días me asomaba por la ventana a ver si
estaban aparcados al otro lado de la calle. Era como estar en guerra. Lo único que tenía que hacer era
dejar de meterme. Pero pensaba: «Primero vamos a ganar esta guerra, y luego ya veremos». Lo cual
seguramente era una actitud de lo más estúpida, pero así era. No iba a rendirme ante aquellos hijos de
puta.
Se presentaron un día en casa al poco de volver de Jamaica en junio de 1973, recuerdo que Marshall
Chess estaba de visita una temporada. Encontraron cannabis, heroína, Mandrax y una pistola ilegal. Tal
vez ésa fue la redada más famosa de todas porque me enfrentaba a un montón de cargos. Había cucharas
quemadas con residuos, jeringuillas, pistolas, marihuana… Veinticinco cargos.
Además también contaba con un abogado extraordinario, Richard Du Cann, un tipo con un aspecto
imponente, esbelto, serio. Se había hecho famoso por defender al editor de El amante de lady Chatterley
de D. H. Lawrence cuando el fiscal lo acusó de obscenidad, y poco después de encargarse de mi caso (tal
vez a pesar de ello) lo hicieron presidente del Colegio de Abogados. Du Cann me dijo: «No podemos hacer
nada respecto a todas las pruebas que han encontrado, así que vas a tener que declararte culpable y
pediremos una reducción de condena». «Culpable, señoría, culpable». Después de decirlo quince veces
empiezas a estar un poco afónico. Y el juez estaba ya aburrido y quería llegar de una vez al alegato de Du
Cann, pero la policía tuvo la feliz idea de añadir otro cargo a la lista, el número veintiséis: tenencia de
arma con cañón recortado, que significaba automáticamente un año en prisión. Y de repente voy y digo:
— Inocente, señoría.
—¿Cómo? —el juez ya estaba preparado para irse a almorzar; ya habían acabado conmigo—. ¿Por qué
se declara inocente de este cargo?
—Porque si es una recortada, señoría, ¿cómo es que hay una mira en la punta del cañón?
Era una antigüedad en miniatura, un arma de juguete para cazar pájaros fabricada para un noble
francés en la década de mil ochocientos ochenta, con unas incrustaciones preciosas, un acabado perfecto
y todo lo que se quiera, pero no era una recortada. El juez alzó la vista hacia los policías, que se quedaron
lívidos al darse cuenta de que se les había ido la mano. Paso en falso, por codiciosos. Para mí fue un
momento sublime. Claro que no te puedes poner a dar saltos de alegría porque sabes que les acabas de
pegar una patada en los huevos; el juez los miró furibundo y dijo: «¡Ya lo teníamos, idiotas!». Y entonces
Du Cann pronunció un fantástico discurso chespiriano sobre los artistas y sobre cómo, reconozcámoslo, el
caballero aquí presente está siendo víctima de una flagrante persecución. Nada de todo esto parece
necesario. Es sólo un simple juglar, etc. Y el juez le dio la razón, por lo visto, porque se volvió hacia mí y
sentenció: 10 libras por cargo, 250 en total. Nunca olvidaré el desprecio con que miró a los policías. Creo
que con aquella leve sentencia quería ponerlos en evidencia por haber intentado tenderme una trampa.
Así que nos fuimos a comer, Du Cann y yo.
Después me marché al Hotel Londonderry para celebrarlo. Por desgracia, la habitación se incendió: se
llenó todo el pasillo de humo, a mi familia tuvieron que evacuarla y a mí se me prohibió volver a poner los
pies en mi hotel favorito. El fuego empezó en mi habitación y Marlon estaba dormido en la cama, tuve que
saltar entre las llamas, agarrar al niño y luego esperar a que se armara todo el follón. No hubo ningún
comportamiento irresponsable ni peligroso por nuestra parte (como dio por hecho la prensa
sensacionalista), sino que fue culpa de un cable defectuoso. ¿Pero quién se lo iba a creer?

Ronnie Wood entró en escena a finales de 1973. Nos habíamos visto unas cuantas veces, pero no éramos
muy amigos. Yo sabía que era un buen guitarrista, tocaba con los Faces. El caso es que una noche yo
estaba en Tramps, uno de esos clubes que por aquel entonces estaban abiertos las veinticuatro horas, y
una rubia se me acercó y me dijo:
—Hey, soy Krissie Wood, la vieja de Ronnie Wood.
—¡Ah, hola, encantado! ¿Cómo estás? —le contesté—. ¿Qué tal está Ronnie?
—Se ha ido a la casa de Richmond, está grabando allí. ¿Te apetece venir?
—Me encantaría ver a Ronnie. ¡Vamos!
Así que me marché con Krissie a Richmond, a su casa, que se llamaba The Wick, y me quedé allí
semanas. Por aquel entonces los Stones se habían tomado un descanso (Mick estaba mezclando las voces
de «It’s Only Rock ‘n’ Roll»), pero yo tenía ganas de tocar. Cuando llegamos me encontré con gente
grande como Willie Weeks al bajo, Andy Newmark a la batería e Ian McLagan, el colega de Ronnie en los
Faces, a los teclados. Me puse a tocar con ellos. Ronnie estaba haciendo su primer disco en solitario, I’ve
Got My Own Album to Do[58] (magnífico título, Ronnie), yo aparecí en medio de una sesión y me dieron
una guitarra. Así que el primer encuentro con Ronnie empezó con un par de guitarras bien calientes. Al
día siguiente, me dijo:
—A ver si acabamos lo de ayer.
—Vale —le contesté—, pero tengo que volver a casa, a Cheyne Walk.
—No, bastará con que te traigas un poco de ropa.
Ronnie le había comprado The Wick al actor John Mills y había instalado el estudio en el sótano. Era la
primera vez que veía un estudio construido ex profeso en el sótano de una casa (y no aconsejo eso de vivir
encima de una fábrica, lo sé porque lo hice para Exile). Eso sí, la casa era preciosa, con un jardín en
pendiente que llegaba hasta el río. A mí me instalaron en lo que había sido el dormitorio de Hayley, la hija
también actriz de John Mills y casi tan famosa como él, aunque la verdad es que no lo usé demasiado,
pero cuando lo hacía leía mucho a Edgar Alan Poe. Al quedarme allí pude zafarme un tiempo de la
vigilancia a que me tenía sometido en Chelsea, por más que al final acabaron sabiendo lo que pasaba. A
Anita no le importó. Ella también se vino.

En aquel momento y lugar se produjo una extraordinaria concentración de músicos y talento en torno
al trabajo de Woody. George Harrison apareció una noche, y Rod Stewart también se dejaba caer por allí
de vez en cuando, hasta Mick vino y cantó para el disco, y Mick Taylor tocó. Después de no alternar
mucho por la escena del rock and roll de Londres durante un par de años, fue muy agradable ver a todo el
mundo sin tener que moverte, porque iban todos a Richmond. Siempre había gente improvisando. Ronnie
y yo congeniamos desde el primer momento y nos echábamos un montón de risas todos los días. Me
comentó que se le estaban acabando las canciones, así que le hice un par: «Sure the One You Need» y
«We Got to Get Our Shit Together».
Fue entonces cuando oí por primera vez «It’s Only Rock ‘n’ Roll»; fue en el estudio de Ronnie. Es una
canción de Mick, y la había grabado junto a Bowie. Mick tuvo la idea y empezaron a trabajarla juntos. Era
demasiado buena. «Joder, Mick, ¿por qué la estás haciendo con Bowie? Venga, vamos a quitársela a ese
hijo de puta». Lo hicimos sin mucha dificultad. Ya el título en sí era sencillamente hermoso, incluso si no
hubiese sido una canción genial por derecho propio. Joder, it’s only rock and roll but I like it![59]
Mientras Ronnie seguía trabajando en su disco, en diciembre de 1974 nos fuimos a Múnich a grabar
Black and Blue, en realidad sólo los cortes básicos de temas como «Fool to Cry» y «Cherry Oh Baby». Y
ahí fue cuando Mick Taylor soltó la bomba: nos dijo que se largaba del grupo, que se quería dedicar a
otras cosas, algo que no nos podíamos creer ninguno. Habíamos empezado a planificar la gira del 75 por
Estados Unidos y más o menos nos dejó en la estacada. Mick nunca fue capaz de explicar por qué se
marchó. Yo creo que ni él lo sabe. Siempre le he preguntado «¿por qué te fuiste?», y él siempre contesta
«no lo sé». Sabía bien cómo me sentía con su marcha, porque yo soy de los que siempre quiere mantener
al grupo unido. Te puedes ir en un ataúd o licenciado con honores tras largos años de servicio, cualquier
otra razón no vale. No le puedo leer el pensamiento al tío, quizá tuvo algo que ver Rose, su mujer. Pero al
final la prueba definitiva de que no encajaba del todo es que se marchó. Es más, creo que no quería
encajar del todo. Tal vez pensó que con las credenciales de haber tocado con los Rolling Stones podría
ponerse a componer, a producir. Pero no hizo nada.

Así que a principios del 75 andábamos buscando guitarrista y estábamos en Rotterdam trabajando en más
temas para Black and Blue: fueron los tiempos de «Hey Negrita», «Crazy Mama», «Memory Motel» y el
embrión de «Start Me Up», una versión reggae que no conseguimos que funcionara después de cuarenta
o cincuenta tomas en el estudio. Al cabo de dos años todavía seguíamos dándole vueltas, y al cabo de
cuatro también: fue el lentísimo nacimiento de una canción cuya perfecta naturaleza no reggae ya
habíamos descubierto por casualidad en una de aquellas tomas sin darnos cuenta, e incluso olvidamos
que la habíamos hecho. Pero ésa es una historia para más adelante.
Anita, los niños y yo llevábamos ya una temporada viviendo en The Wick con Ronnie cuando me tuve
que marchar a Rotterdam a grabar. Para entonces ya habíamos descubierto a policías con prismáticos
subidos a los árboles, al más puro estilo de las comedias paródicas Carry On. No eran alucinaciones mías
y, por más ridículo y absurdo que resultara, era igualmente grave. Nos vigilaban todo el tiempo,
estábamos rodeados, y yo seguía metiéndome mi dosis habitual, así que le dije a Anita que íbamos a tener
que marcharnos discretamente en mitad de la noche. Pero primero tenía que llamar a Marshall Chess,
que ya estaba en Rotterdam. Marshall también estaba enganchado. Estábamos en esto juntos, así que
pillaríamos juntos. Le dije: «Marshall, asegúrate de conseguir droga. Yo no me muevo de aquí hasta que
no me digas que has pillado porque ¿qué sentido tiene irse a Rotterdam a trabajar estando con el mono?».
El día que salí para allá me aseguró: «Sí, sí, la tengo, aquí mismo, en la mano». Bueno. Pero cuando
llegué a Rotterdam me encontré con que Marshall tenía una expresión compungida en el rostro: es arena
para gatos. Le habían vendido arena para gatos en vez de caballo. En aquella época la heroína, por lo
general de Sudamérica o mexicana, era marrón, unos cristalitos de color beis que ciertamente tenían la
misma pinta que La arena para gatos. Me quedé lívido. ¿Pero de qué iba a servir matar al piloto? Los
putos surinameses le habían vendido arena para gatos. Y la habíamos pagado a precio de oro.
En vez de salir disparado para el estudio y ponerme a trabajar, ahora tenía que buscar droga donde
fuera. Esas cosas, al menos, te hacen un hombre. Pasamos un par de días horribles. Intentar negociar
mientras tienes el mono no te coloca en una posición muy fuerte que digamos. El hecho de que
volviéramos al bar de los surinameses es prueba de ello. Nos adentramos en los más bajos fondos de los
muelles, un sitio como sacado de una novela de Dickens: como una de esas ilustraciones antiguas de
chabolas y edificios de ladrillo. Fuimos a aquel bar, hablamos con el tío que Marshall pensaba que era
quien le había vendido aquello, y nos suelta la típica frase: «Os la he colado, lo siento». Y se morían de
risa. ¿Y tú qué podías hacer?
Al carajo con todo. Es el mono, tío. Pero no me disculpé con los Stones. Hey, id calentando, empezad a
sacar el sonido, dadme otras veinticuatro horas. Todo el mundo sabe de qué va el rollo. Hasta que no esté
en condiciones, no aparezco.
Ronnie no era necesariamente la pieza perfecta como nuevo guitarrista, por más unidos que
estuviéramos entonces. Para empezar, seguía siendo miembro de los Faces. Probamos con unos cuantos
guitarristas antes que él: Wayne Perkins, Harvey Mandel. Dos músicos fantásticos, ambos están en Black
and Blue. Ronnie apareció el último, y la verdad es que fue una elección hecha un poco al azar. Nos
gustaba mucho Perkins, era un guitarrista excepcional, de nuestro mismo estilo, que no habría chocado
con lo que Mick Taylor había estado haciendo hasta entonces, muy melódico, que tocaba muy bien. Luego
Ronnie dijo que tenía problemas con los Faces, así que la cosa estaba entre Wayne y Ronnie. Ronnie es un
todoterreno. Es capaz de tocar un montón de cosas y estilos diferentes, y acabábamos de pasarnos seis
meses tocando juntos, así que al final nos decantamos por él. Y, a fin de cuentas, no fue tanto por su
forma de tocar. ¡Fue por el hecho de que Ronnie era inglés! En definitiva es una banda inglesa, aunque
ahora a veces no lo parezca, y pensamos que debíamos mantener la nacionalidad de la banda. Porque
cuando estás en la carretera y preguntas «¿te suena esto?», todos tenemos el mismo bagaje. Ronnie y yo,
por el hecho de haber nacido los dos en Londres, ya teníamos esa cercanía de manera natural, una
especie de código, y eso nos permitía mantener la calma en situaciones de estrés, como dos soldados
rasos que han estado juntos en el frente. Ronnie resultó ser un aglutinante cojonudo para el grupo, fue
como un soplo de aire fresco. Sabíamos que tenía muchas tablas, que sabía tocar, pero lo que nos decidió
fue su increíble entusiasmo y su capacidad para llevarse bien con todo el mundo. Mick Taylor siempre fue
un poco huraño. Nunca te lo encontrabas tirado en el suelo agarrándose los costados muerto de risa. En
cambio Ronnie hasta levantaba las piernas al aire.
Si agarras a Ronnie y consigues que se centre, que no piense en nada más, puede ser un músico con
mucha sensibilidad hacia lo que están haciendo los demás. Y en ocasiones te sorprende. Todavía disfruto
tocando con él, mucho, muchísimo. Una vez estábamos tocando «You Got the Silver» y le dije: «A ver, la
puedo cantar, pero no puedo cantar y tocar a la vez, tienes que hacer mi parte». Y lo hizo tan bien que fue
maravilloso. Hace el slide como nadie, además de ser alguien que de verdad ama la música: es inocente,
completamente puro, sin bordes ni aristas. Conoce a Beiderbecke, conoce su historia, también a Broonzy,
tiene una base muy sólida. Y además se adapta perfectamente a la nuestra vieja forma de tejer el sonido,
el weaving (cuando no puedes distinguir la guitarra solista de la rítmica), y ése era el estilo que había
desarrollado con Brian, la base original del sonido de los Rolling Stones. La división entre guitarras,
solista y rítmica, que teníamos con Mick Taylor volvió a esfumarse. Para hacer eso hay que estar
conectados intuitivamente, algo que nos pasa a Ronnie y a mí. «Beast of Burden» es un buen ejemplo de
ambos tejiendo felizmente nuestros sonidos. Así que dijimos «¡Adelante!». Al principio iba a ser algo
temporal para ver qué tal iba. Ronnie nos acompañó en la gira de 1975 por Estados Unidos, aunque
todavía no era un miembro oficial.
Ronnie es el tipo más maleable que he conocido jamás, un verdadero camaleón. El hecho es que no
sabe quién es en realidad. No es que no sea sincero. Simplemente sigue buscando su sitio, y por otro lado
tiene una especie de deseo desesperado por experimentar el amor fraternal. Necesita pertenecer a algo.
Necesita una banda. Es un hombre muy familiar. En los últimos tiempos lo ha pasado bastante mal: han
muerto sus padres y sus dos hermanos. Para él es muy duro: Y tú le dices «Hey, Ron, lo siento mucho». Y
él te contesta: «Bueno, ¿tenía que pasar algún día, no? A todo el mundo le llega su hora». Pero hay veces
en que Ronnie se lo guarda todo dentro, y durante mucho tiempo. Sin su madre está un poco como
perdido, porque además, al ser el pequeño, siempre fue el niño de mamá. Y yo sé que soy muy parecido.
Ronnie se calla muchas cosas, es un cabroncete muy duro, con mucho aguante, un puto gitano. La suya
fue la última familia de gitanos de los canales en trasladarse a tierra firme, todo un hito en la historia de
la evolución, aunque a veces tengo la sensación de que Ronnie no se ha quitado del todo las escamas. Tal
vez por eso está siempre recayendo en la bebida, porque no le gusta estar seco, porque en el fondo quiere
volver al agua.
Algo en lo que Ronnie y yo no nos parecíamos es que él era bastante excesivo, en que carecía
completamente de control. Yo soy de los que beben, por decir algo, pero Ronnie lo hace todo hasta el
límite. Yo puedo levantarme y tomarme una copa, pero en su caso el desayuno solía consistir en un
combinado de tequila y agua. Y si le llevabas cocaína de verdad no le gustaba, porque lo que había estado
tomando era speed, sólo que a precio de cocaína. Tratabas de metérselo en la cabeza: no te estás
metiendo coca, te estás metiendo speed, te acaban de vender speed a precio de coca. Al mismo tiempo,
tampoco es que su nuevo trabajo fuera un terreno propicio para dejar sus hábitos.
Hubo un memorable momento iniciático para Ronnie justo antes de la gira por Estados Unidos, a
finales de marzo de 1975. Estábamos ensayando con la banda en Montauk, Long Island, y decidimos
hacerle una visita a Freddie Sessler, que por aquel entonces vivía en Dobbs Ferry, al norte de Manhattan
por el río Hudson. Freddie nos desafió a meternos allí mismo unos treinta gramos de coca farmacéutica.
Aquello era como arrancar de golpe tres páginas de tu diario. Freddie nos servirá para arrojar luz sobre
esta historia porque yo guardo un recuerdo bastante vago:
Freddie Sessler: Estaba dormido como un tronco hacia las cinco de la madrugada cuando oí que llamaban con
golpes fuertes a la puerta. Con los ojos medio cerrados todavía conseguí abrir, y me recibió, y despertó, el
inconfundible sentido del humor de Keith. «¿Se puede saber qué coño haces durmiendo mientras nosotros nos
partimos los cuernos trabajando y acabamos de hacer casi doscientos kilómetros en coche para venir a verte?».
«Vale —y dije, «ya estoy despierto, dejad que vaya a lavarme la cara». Me puse un zumo de naranja para mí y le
pasé a Keith una botella de Jack Daniel’s. Enseguida fue derecho al estéreo y puso una cinta de música reggae, a
todo volumen, claro, y empezó la fiesta. Al poco rato les pregunté a Keith y a Ronnie si les importaría unirse a mí
en un brindis para despejarse. Yo tenía en la mano un frasco de ventiocho gramos de Merck, fui al dormitorio,
agarré un cuadro enmarcado con cristal y decidí proponerles un juego inventado por mí. Uno de mis mayores
placeres ha sido siempre el ritual de abrir un frasco de cocaína sellado: el mero hecho de mirarlo, de
contemplarlo, de romper el sello, me produce un subidón instantáneo, una euforia, un placer mayor que
consumirla. Rompí el sello, coloqué sobre el cristal dos tercios del frasco, y luego preparé dos montoncitos
idénticos, de unos ocho gramos cada uno, para Keith y para mí, y otro de cuatro gramos para Ronnie.
Cuando acabé, le dije a Keith lo siguiente: «Keith, quiero ponerte a prueba. Ver qué tipo de hombre eres». Le
dije sabiendo muy bien que aceptaría cualquier desafío que le planteara. Hice dos rayas, cogí una pajita y con un
rápido movimiento me esnifé mis ocho gramos. «Ahora, veamos si tú puedes hacerlo». En toda mi vida adulta
nunca, jamás, había visto a nadie darse un homenaje con una cantidad de tal magnitud. Keith me miró, se quedó
pensando un momento con la mirada fija, agarró la pajita y me siguió el juego sin pestañear. Luego le pasé la
pajita a Ronnie y le dije: «Tú eres un principiante. Esto es lo que te toca. Hazlo». Y lo hizo.
La cocaína farmacéutica no tiene ni punto de comparación con la que se produce en América Central o
Sudamérica. Es pura, no te da bajón ni te atonta, te provoca una euforia completamente distinta, una que es
creativa, que se genera inmediatamente cuando la absorbe el sistema nervioso central. Y no hay síndrome de
abstinencia.
Cuando le acerqué su tiro a Ronnie, yo ya estaba en el séptimo cielo, con un subidón increíble. ¡Joder, menuda
sensación! No hay nada que se le pueda comparar, absolutamente nada. Lo que le dije a Ronnie fueron las últimas
palabras que salieron de mi boca durante las seis horas siguientes. Y luego pusimos rumbo a Woodstock.

Cocaína pura. ¿Te animas o no? Y luego te subes al coche y a conducir. No teníamos ni idea de adonde
íbamos, fue un poco como aquella excursión con John Lennon, simplemente nos pusimos en marcha. No
tengo ni idea de cómo pudimos llegar a algún sitio. Obviamente condujimos bien y de manera muy
responsable, porque no nos pararon ni una sola vez. Echamos gasolina, hicimos todo lo que había que
hacer, pero pensando con otra cabeza. He recibido informes bastante telegráficos de que pasamos la
noche en Bearsville con The Band, seguramente con Levon Helm. No sé si fuimos para algo en concreto.
¿Queríamos ir a ver a alguien? No creo que Bob Dylan estuviera viviendo allí por aquel entonces. Luego
por fin volvimos a Dobbs Ferry y tengo la extraña sensación de que Billy Preston también estaba, pero en
el coche no iba.
El combustible de la gira de 1975 en la que estábamos a punto de embarcarnos fue la cocaína Merck,
ahí fue cuando empezamos con la costumbre de esconderla en los altavoces del escenario para poder
meternos un tirito entre canción y canción: una canción, un tirito; ésa era la regla que seguíamos Ronnie
y yo. En aquellos días, incluso tres años después de la gira STP, todo se hacía en unas condiciones muy
precarias e improvisadas si se juzga con los criterios de ahora. ¿Cómo eran las cosas entonces? Que lo
cuente Mary Beth Medley. Era la coordinadora de la gira, la que fijaba las fechas y negociaba con los
promotores por todo Estados Unidos. Tenía veintisiete años y trabajaba para Peter Rudge sin ningún
equipo de ayudantes.

Mary Beth Medley: Se hacía todo con fichas de 7 × 12 cm. Cuando lo cuento ahora la gente me mira como si les
hablara en suajili: una guía Rand McNally de carreteras, un mapa del país; nada de fax ni teléfono móvil ni FedEx
ni ordenador; un Rolodex giratorio para las fichas y un teléfono fijo normal y corriente; más el télex para
contactar con la oficina de Europa. En cuanto al estilo de vida roquero, habría cabido esperar que lleváramos la
lección bien aprendida después del incidente de Fordyce y que actuásemos con cautela, pero hubo otro episodio
después, al final de la gira, en agosto de 1975, que por lo que yo sé me parece que nunca se ha contado, y en el
que se vio envuelto Keith, pero también todo el mundo. Estábamos en Jacksonville, Florida, y teníamos que ir a
Hampton, Virginia, y Bill Carter había oído que iban a registrar el avión cuando llegáramos. Él tenía contactos en
la policía por todos los estados. Ya habíamos pasado por una de esas situaciones en Louisville, Kentucky, donde se
nos habían metido en el avión sin más ni más. Así que para evitar algo por el estilo recogimos el contrabando de
todo el mundo: pistolas, navajas, drogas, cualquier cosa que pudiera considerarse ilegal, lo metimos en dos
maletas y volé en un avión privado de Jacksonville a Hampton, Virginia, con aquellas dos maletas y luego alquilé
un coche y me fui al hotel. El vuelo no era lo que me preocupaba, porque para los aviones privados no tenías que
rellenar ningún formulario en aquellos días. Creo que volé sin ni tan siquiera dar mi nombre. Lo que me destrozó
los nervios fue el trayecto en coche desde el aeropuerto. Iba como a cien por hora mínimo. Sola. Cuando llegué al
hotel me fui a una habitación que no era la mía y puse todo el material encima de la cama. Luego llegaron los
demás y fueron pasando a recoger sus cosas. Annie Leibovitz tiene por alguna parte una foto del tesoro que iba
en aquellas maletas.
De gira con Marlon (1975).

© Annie Leibovitz
10

Marlon se convierte en mi compañero de gira. Muere nuestro hijo Tara. Nos vamos a vivir con John Phillips y su
familia a Chelsea. Me trincan en Toronto y me acusan de tráfico de drogas. Dejo la heroína con la ayuda de una
caja negra y el Jack Daniel’s. Los Stones graban Some Girls en París. Conozco a Lil Wergilis, que me ayuda a
desengancharme. Me conceden la condicional en 1978 a cambio de dar un concierto para ciegos. El novio de
Anita se pega un tiro jugando a la ruleta rusa; ella y yo finalmente nos separamos.

Hubo tantas ocasiones en que nos libramos por los pelos… El episodio de Fordyce durante la gira de
1975 había sido potencialmente el más letal. Ya había agotado mis siete vidas de gato. No valía la pena
llevar la cuenta. Habría más situaciones límite, redadas y detenciones, balas perdidas y coches saliéndose
de la carretera. En algunos casos escaparía gracias a cierta dosis de suerte. Pero una sombra se cernía
sobre todo: se avecinaba tormenta. Vi otra vez a Uschi: se reunió conmigo durante la gira para pasar
juntos una semana en San Francisco, y luego desapareció durante años. Ese otoño, los Rolling Stones
pasaron una temporada en Suiza, ya que allí era donde yo vivía entonces, trabajando algo más en el
álbum Black and Blue: el disco cuya publicidad (aparecía una mujer medio desnuda, llena de moratones y
maniatada) provocó un llamamiento a boicotear a la Warner Communications. Trabajamos en canciones
como «Cherry Oh Baby», «Fool to Cry» y «Hot Stuff». En Ginebra, en marzo de 1976, Anita dio a luz a
nuestro tercer hijo, un niño al que llamamos Tara.
Apenas tenía un mes cuando dejé a Anita en casa para marcharme a una larga gira europea que iba a
durar de abril a junio, y me llevé a Marlon, que entonces ya tenía siete años, como compañero de
carretera. Anita y yo nos habíamos convertido en dos yonquis que vivían vidas separadas excepto en lo
que tuviera que ver con nuestros hijos. Para mí no resultaba tan difícil porque pasaba mucho tiempo de
gira, y entonces Marlon solía estar conmigo. Pero el ambiente no era agradable, es muy difícil convivir
con tu mujer cuando ésta también es una yonqui, de hecho más que yo incluso. En aquella época, Anita
sólo me dirigía la palabra para preguntar: «¿Ha llegado?». Lo único que le importaba en la vida era la
droga y empezó a írsele la olla de verdad: ruido de cristales en mitad de la noche, y resultaba que había
lanzado una botella de zumo o de vino contra la pared de la casa que acabábamos de alquilar: «¿Te hace
falta un chute, cariño?». Yo lo entendía, pero no era necesario redecorar toda la puta casa. Por entonces
ya no venía de gira con nosotros, ni a las sesiones de grabación; cada vez estaba más aislada.
Cuanto más se complicaba todo, más tenía yo al niño conmigo. Nunca antes había criado a un hijo, y
me resultaba fascinante verlo crecer, decirle: «Necesito tu ayuda, chico». Así que Marlon y yo nos
convertimos en un equipo. En 1976, Angela todavía era demasiado pequeña para venir de gira.
Marlon y yo íbamos a los conciertos en un coche inmenso, y él hacía de copiloto. En aquella época
todavía había países, no existía la Europa sin fronteras. Yo le encargaba ese trabajo para que se
entretuviera: aquí está el mapa, avísame cuando lleguemos a la frontera. Para ir de Suiza a Alemania
pasábamos por Austria, así que era cruzar la frontera Suiza, bum, entrar en Austria, bang, treinta
kilómetros por Austria y, bang, entramos en Alemania. Había que cruzar muchas fronteras para llegar a
Múnich, no quedaba otra que ser muy meticuloso, sobre todo cuando había nieve o hielo en la carretera.
A Marlon no se le escapaba una; si, por ejemplo, me decía «quince clics desde la frontera, papá», ése era
el momento en que tocaba parar a meterse un poco y luego tirar el material o esconderlo en el equipaje.
Otras veces me daba un codazo y me decía: «Papá, te toca parar. Te estás quedando dormido, se te
cierran los ojos». Se comportaba como si fuera mucho mayor. Algo muy necesario cuando tienes a la
policía detrás constantemente. «¡Eh, papá!». «¿Sí?». (Me está despertando, zarandeándome). «Los
hombres de traje azul están abajo».
Yo no solía llegar tarde a los conciertos, y nunca me salté ni uno, pero cuando llegaba tarde, llegaba
espectacularmente tarde. Y aun así el concierto solía ir de maravilla. Según mi experiencia, al público no
le importa esperar siempre y cuando al final te presentes, des la talla. Aquella especie de nebulosa, de
neblina jipi, lo envolvía todo. En los setenta, el concierto empezaba cuando me despertaba, que igual era
tres horas tarde, pero no existía toque de queda para el final. Si ibas a un concierto era para estar allí
toda la noche. Nadie había dicho que fuera a empezar a la hora. Si llegaba tarde, lo siento, pero era la
hora justa para que empezase la actuación. Y nadie se marchaba. Pero no quería tentar demasiado la
suerte, e intenté reducir al mínimo esos conciertos con retraso.
Por lo general, si llegaba tarde era porque me había quedado dormido como un tronco. Recuerdo a
Marlon despertándome, de hecho se convirtió en una costumbre. Jim Callaghan y los de seguridad
estaban enterados de que yo dormía con una pistola debajo de la almohada y no querían despertarme, así
que media hora antes de salir al escenario metían a Marlon en mi habitación: «Papá…». El niño pilló el
truco enseguida, sabía lo que debía decir: «Papá, de verdad que ya es la hora». «Eso son dos horas más,
¿no?». «Papá, ya les has hecho esperar…». Era un auxiliar excelente.
Yo era un tanto impredecible por aquel entonces, o eso pensaban los demás. Nunca le he disparado a
nadie, pero siempre existía el miedo a que me despertara de un humor de perros y me diera por liarme a
tiros pensando que me estaban intentando robar. Y no es que no haya alimentado un poco esa creencia:
puede resultar muy útil. Nunca fue mi intención encañonar a nadie, pero el programa era de locos y yo
viajaba con un niño y además andaba bastante jodido.
Por lo general salía al escenario recién levantado, y una cosa es levantarte de la cama y otra muy
distinta estar despierto. Yo tardo entre tres y cuatro horas; y luego tengo que ponerme en marcha. Las
veces en que pasó menos tiempo entre levantarme de la cama y estar en el escenario probablemente
fueron ésas en las que debía estar allí hacía ya una hora.
—¿Qué llevo puesto?
—El pijama, papá.
—¡Bueno, deprisa!, ¿dónde están los putos pantalones?
De todas formas, casi siempre me acostaba con lo que iba a ponerme para tocar. Y al cabo de media
hora: «Damas y caballeros, con ustedes, los Rolling Stones». Es una manera interesante de despertarse.
Que lo cuente Marlon.

Marlon: La gira del 76 fue por Europa. Me pasé con ellos todo el verano dando tumbos hasta el último concierto,
que fue en Knebworth en agosto, cuando tocaron con los Zeppelin. Me pedían que despertara a Keith porque
tenía muy mala leche y no le gustaba nada que lo despertaran. Así que Mick o algún otro venía y me decía: «Nos
tenemos que marchar dentro de unas horas, ¿por qué no vas a despertar a tu padre?». Yo era el único que podía
hacerlo sin recibir una bofetada. Le decía: «Papá, levántate, tienes que ponerte en marcha, ya es hora de irse, hay
que coger el avión». Y él lo hacía. Mi padre era muy tierno. Íbamos a los conciertos y luego de vuelta al hotel, y
no recuerdo que hubiera mucha bacanal, de verdad que no. Él y yo compartíamos el cuarto, uno con dos camas, y
yo lo despertaba y pedía el desayuno al servicio de habitaciones: helado o tarta para desayunar; muchas veces las
camareras me hablaban en un tonito condescendiente («¡ay, pobre niño!») y yo les decía que se fueran a tomar
por culo porque era algo que me molestaba mucho. Además aprendí muy rápido a tratar a los que se pegaban
como lapas y a la gente que intentaba llegar hasta Keith a través de mí. Y también me acostumbré enseguida a
quitármelos de encima diciendo: «Mira, no quiero verte por aquí, lárgate». Keith usaba la excusa de «tengo que
acostar a Marlon» para librarse de la gente. Había algunas tías o tipos muy pesados a quienes decía: «Largo de
aquí, mi padre está durmiendo, déjanos en paz». Y como era un niño, nadie se atrevía a decirme nada y obedecían
sin rechistar.
Mick se portó muy bien conmigo durante esa gira. Una vez en Alemania, en Hamburgo, Keith estaba
durmiendo y Mick me invitó a su habitación. Yo nunca había tomado una hamburguesa y me pidió una: «¿Nunca
te has comido una hamburguesa, Marlon? Pues vas a comerte una hamburguesa en Hamburgo». Así que cenamos
juntos. Por aquel entonces era muy cariñoso, encantador. Y cuidaba mucho de Keith, se ocupaba de todo, de que
estuviera bien. Era algo que se veía. Y además por aquel entonces Keith estaba hecho polvo.
Keith siempre me leía cuentos. Nos encantaban los de Tintín y los de Astérix, pero él no sabe francés y eran
ediciones francesas, así que se lo inventaba todo. Sólo al cabo de los años, cuando volví a leer un libro de Tintín,
caí en la cuenta de que el muy cabrón no tenía ni idea de la historia y se la iba inventando sobre la marcha, algo
que, teniendo en cuenta todo el caballo que se metía, las cabezadas aquí y allá y todo lo demás, no deja de ser
impresionante. Me acuerdo de no tener más que un par de zapatos y unos pantalones, y que me pasé con ellos
toda la gira.
Y luego estaban los guardaespaldas, Bob Bender y Bob Kowalski, los dos Bobs. Ambos medían casi dos metros
y eran unos tíos inmensos, verdaderos armarios, unas moles. Uno era rubio y el otro moreno. Jugaba con ellos al
ajedrez en el pasillo porque eso era lo que hacían, estar sentados en el pasillo jugando al ajedrez para pasar el
rato. Yo me lo pasaba en grande. Todo aquello a mí no me parecía traumático, lo encontraba muy divertido, eso de
ir cada noche a un concierto en una ciudad diferente, quedarme levantado hasta las cinco de la mañana y luego
amanecer a las tres de la tarde. Seguía el horario de Keith.
Las drogas nunca me llamaron la atención. Toda aquella gente me parecía espantosamente ridícula, pensaba
que no hacían más que auténticas estupideces. Anita dice que fumé muchos canutos cuando tenía unos cuatro
años o así en Jamaica, pero no me lo creo en absoluto: suena al típico cuento de Anita. Las drogas me parecían
repulsivas, pero aprendí a arreglar el desorden, a no tocarlas y a no dejarlas por ahí tiradas. Si veía algo, lo
guardaba inmediatamente, y hubo unas pocas ocasiones en que al ir a coger una revista o un libro salieron
volando unas cuantas rayas. Keith no se enfadaba demasiado por eso.
Al final de la gira tuvimos un accidente de coche volviendo de Knebworth. Fue cuando arrestaron a Keith. Se
quedó dormido mientras conducía y chocamos contra un árbol. Íbamos siete y nadie se hizo nada serio porque,
afortunadamente otra vez, era el Bentley. Ese coche se ha llevado unos cuantos golpes. Hasta hace cinco o seis
años todavía se veía la marca de mi mano ensangrentada en el asiento de atrás, y en el salpicadero había una
muesca donde me había golpeado con la nariz. Me parecía muy impresionante haber hecho una muesca, y me
llevé una gran desilusión cuando la quitaron.

Soy buen conductor, pero nadie es perfecto, ¿verdad? En algún momento perdí el control, me quedé
dormido y nos salimos de la carretera, y yo lo único que oía era a Freddie Sessler en el asiento de atrás
gritando «¡me cago en la puta!», pero conseguí acabar en un campo que había junto a la carretera, lo
cual, dadas las circunstancias, fue lo más sensato que podía hacer. Por lo menos no chocamos con nadie
ni matamos a nadie, y nosotros tampoco nos hicimos nada. Pero luego los polis me encontraron ácido en
la chaqueta. ¿Que cómo me libré de aquélla? Veníamos de una actuación. Las chaquetas que llevábamos
eran algo así como el uniforme de concierto, de distintos colores pero todas iguales. Podía haber sido la
chaqueta de Mick Jagger, o la de Charlie, la primera que había pillado. Podía ser la chaqueta de
cualquiera. Esa fue mi defensa.
Recuerdo haber soltado un discurso en plan «ésta es mi vida, así es como vivimos y estas cosas pasan;
vosotros no vivís como yo; simplemente hago lo que tengo que hacer; si la he cagado, lo siento mucho;
tengo una vida muy tranquila y pacífica; dejadme ir a la siguiente actuación». En otras palabras: ¡hey, es
sólo rock and roll! Pero cuéntale eso a un puñado de fontaneros de Aylesbury. Quizá «engatusó al jurado»,
como escribió alguien de la prensa. Cuesta creerlo, porque mi actitud era más bien la de «necesito un
jurado donde por lo menos la mitad de los miembros sean guitarristas de rock para que haya alguien que
entienda de qué coño estoy hablando; un jurado de colegas como Jimmy Page, un conjunto de músicos,
tíos que han estado en la carretera y saben cómo es la movida; mis colegas no son una doctora y un par
de fontaneros; como parte del sistema legal británico, respeto muchísimo al jurado, pero por favor…». Y
parece que, básicamente, lo entendieron. Por lo visto, en esta ocasión nadie estaba intentando darme una
lección y me dejaron ir con una buena multa y un pequeño sermón.
Estaba de gira en París, con Marlon, cuando me dieron la noticia de la muerte de mi hijo Tara con solo
dos meses, se lo habían encontrado muerto en la cuna. Me llamaron cuando estaba preparándome para
salir para el concierto: «Siento mucho comunicarle que…». Es como si te pegaran un tiro. Y luego:
«Evidentemente querrás que cancelemos el concierto». Me lo pensé unos instantes y contesté que por
supuesto no íbamos a cancelar. Habría sido lo peor, porque no tenía ningún otro sitio adonde ir. ¿Qué iba
a hacer, volver en coche a Suiza para averiguar lo que había pasado? Ya había ocurrido, ya no había nada
que hacer. O quedarme en la habitación del hotel llorando y volviéndome loco pensando «¿cómo, por
qué?». Por supuesto llamé a Anita, que estaba hecha un mar de lágrimas, y todos los detalles eran muy
confusos. Se tenía que quedar en Suiza para ocuparse de la incineración y todo el papeleo antes de venir
a París, y yo lo único que podía hacer era proteger a Marlon de todo aquello, intentar que lo afectara lo
menos posible. Lo único que me hizo seguir adelante fue Marlon y el trabajo diario que suponía cuidar a
un niño de siete años mientras estás de gira. No tengo tiempo para andar llorando por las esquinas, tengo
que asegurarme de que el niño está bien. Doy gracias a Dios de que estuviera allí. Era demasiado
pequeño para captar realmente lo que pasaba y lo único bueno de toda aquella historia fue que él y yo por
lo menos nos libramos del primer impacto. Tenía que salir al escenario esa noche, y después fue cuestión
de seguir como pude de gira con Marlon y mantener todo aquello al margen. Sirvió para unirnos a Marlon
y a mí, pasara lo que pasara. Había perdido a mi segundo hijo: no iba a perder al primero.
¿Qué pasó? Sé muy poco sobre las circunstancias. Todo lo que sabía era que Tara era aquel bebé
precioso al que dejé acostado en su cuna.
«Pequeñajo, te veo cuando acabe la gira, ¿de acuerdo?». Parecía perfectamente sano, era como un
Marlon en miniatura. Al pobre cabroncete nunca llegué a conocerlo, o apenas; debí de cambiarle el pañal
dos veces como mucho, creo. Fue un fallo respiratorio, lo que llaman muerte súbita. Anita se lo encontró
muerto por la mañana. Desde luego no me iba a poner a hacer preguntas en esos momentos. Sólo Anita
sabe cómo fue. En cuanto a mí, nunca debería haberlo dejado. No creo que fuera culpa de Anita: fue
simplemente una muerte súbita. Pero marcharme cuando todavía era un recién nacido es algo que nunca
me perdonaré. Es como si hubiera desertado de mi puesto.
Anita y yo no hemos hablado nunca de aquello. Yo lo dejé estar porque no quería reabrir las heridas. Si
ella hubiera querido que nos sentáramos a hablarlo, seguramente habría estado dispuesto a hacerlo, pero
yo no podía sacar el tema. Ninguno de los dos (estoy seguro de que también es su caso) lo hemos
superado del todo. Esas cosas nunca se superan. Y aquello no hizo sino erosionar aún más nuestra
relación y provocó que Anita se adentrara aún más en el abismo del miedo y la paranoia.
Sin lugar a dudas, perder a un hijo es lo peor que te puede pasar; por eso le escribí a Eric Clapton
cuando murió su hijo, porque sabía lo que estaba pasando. Cuando te ocurre algo así, al principio te
quedas totalmente embotado durante un tiempo. Sólo poco a poco van aflorando las posibilidades
truncadas con ese niño. No puedes afrontarlo todo de golpe. Y es imposible perder a un hijo sin que eso te
persiga durante el resto de tus días. Se supone que todo sigue un orden natural. Pero ver marcharse a tu
bebé es algo totalmente distinto. Es algo que ya no te deja descansar. Ahora hay un vacío gélido y
permanente en mi interior. Viéndolo desde una perspectiva egocéntrica, si tenía que pasar, me alegro de
que por lo menos ocurriera entonces, cuando todavía era demasiado pequeño para haber entablado una
relación con él. Ahora es algo que me golpea como una vez a la semana. He perdido un hijo. Podría haber
aspirado a grandes cosas. Cuando estaba preparando este libro escribí en mi cuaderno esta frase: «De
vez en cuando, Tara me invade. Mi hijo. Ahora tendría treinta y pocos años». Tara vive dentro de mí, pero
ni siquiera sé dónde está enterrado el pequeñajo, si es que está enterrado en alguna parte.
El mismo mes en que murió Tara miré a Anita y comprendí que sólo había un lugar adonde podíamos
mandar a Angela mientras solucionábamos toda la situación: con mi madre. Y cuando empezamos a
considerar la posibilidad de que volviera a casa, nuestra hija ya se había instalado cómodamente en
Dartford con Doris. Así que pensé: «Bueno, mejor dejarla con mi madre. Tiene una vida estable, no toda
esta locura alrededor, y podrá criarse como una niña normal». Así ha sido, y de forma genial. Doris
andaba por los cincuenta y aún tenía energía para criar a otro niño, y cuando surgió la oportunidad y la
necesidad, aceptó. Ella y Bill lo hicieron juntos. Yo sabía que me detendrían más veces, muchas más, ¿y
qué sentido tenía criar a una hija así, sabiendo que teníamos a los polis en la puerta? Por lo menos me
tranquilizaba saber que Angela estaba protegida, a salvo del mundo desquiciado en que vivía yo. Así que
se fue a vivir con Doris y al final estuvo allí durante los veinte años siguientes. Marlon se quedó conmigo,
en la carretera, hasta que terminó la gira en agosto.

Cuando ese año (1976) Ronnie Wood emigró a América por motivos fiscales, fui a recoger todas mis cosas
a The Wick. A la casa de Cheyne Walk no podíamos volver porque estaba vigilada las veinticuatro horas y
siempre te encontrabas con un «¡hola, Keith!». Si nos quedábamos allí tendría que ser con las ventanas
cerradas y las cortinas echadas, una existencia hermética, un verdadero asedio, totalmente encerrados
con nosotros mismos.
Lo único que intentábamos era seguir a flote y mantenernos un paso por delante de la ley en todo
momento, siempre viajando previa llamada para preguntar: «¿Puedes conseguir agujas allí?». El pan
nuestro de cada día en la vida de un yonqui. Una prisión que yo mismo me había construido. Estuvimos
una temporada en el Hotel Ritz de Londres hasta que nos obligaron a marcharnos debido a que la
habitación necesitaba una redecoración completa, cortesía de Anita. Marlon empezó a ir al colegio en
serio por primera vez, a Hill House, una escuela donde los alumnos llevan uniformes de color naranja y
parecen pasarse la mitad del tiempo caminando en fila de a dos por las calles de Londres. Los niños de
Hill House eran toda una institución en Londres, como los pensionistas de Chelsea. Para Marlon,
obviamente, aquello fue un tremendo shock, o como él mismo lo calificaría después, «una puta pesadilla».
Por aquel entonces John Phillips, antiguo miembro de los ya disueltos The Mamas & The Papas, estaba
viviendo en Londres. Él, su mujer y su bebé Tamerlane tenían una casa en Glebe Place, en Chelsea, y nos
dieron asilo durante un tiempo. Así que nos mudamos con ellos. Ya habíamos hecho planes de trabajar
juntos, de que Rolling Stones Records produjera un álbum en solitario de John donde colaboraríamos
Ronnie, Mick, Mick Taylor y yo. Ahmet Ertegun lo financiaría con Atlantic Records. Muy buena idea
todo… sobre el papel. John era un gran tipo, muy divertido, y trabajar con él era muy interesante (aunque
estaba un poco chiflado). Prácticamente todas esas canciones de los Mamas que marcaron una época las
había escrito él, algunas con su ex mujer Michelle: California Dreamin’», «Monday, Monday», «San
Francisco (Be Sure to Wear Flowers in Your Hair)».
Phillips era increíble. Nunca he conocido a nadie que se enganchara a droga tan rápido como él, y me
temo que yo tuve algo que ver. La noche en que Ronnie se marchaba de The Wick llamó John y dijo:
«Tengo un frasco con una cosa de la marca Merck. ¿A alguien le interesa? A mí no me va ese rollo». Le
contesté que me pasaría por allí cuando acabara en casa de Ronnie, y de ésta me fui derecho a casa de
John. Nos pusimos a tocar y todo eso y luego me enseñó el frasco. Al cabo de dos o tres horas le pregunté
si podía usar su baño para meterme algo. Entré y me chuté. No quería hacerlo delante de toda la familia
ni nada de eso, pero cuando salí del baño John me preguntó:
—¿Qué estabas haciendo ahí dentro?
—John, se llama caballo.
Y entonces hice algo que nunca, o muy raramente, hago. En realidad creo que ésa fue la única vez,
porque no vas por ahí reclutando a futuros heroinómanos. Es algo que guardas para ti. Pero acababa de
regalarme un frasco de cocaína, y me dio por: «¿Quieres saber qué estaba haciendo? Esto es lo que
estaba haciendo». Y le metí un pico. Justo en el músculo.
Siempre me he sentido responsable porque yo fui quien lo introdujo en la heroína. Al cabo de una
semana, el tío ya tenía una farmacia en casa y se había convertido en camello. Nunca he visto a nadie
volverse yonqui a tal velocidad. Por lo general la gente tarda meses, a veces incluso años, en estar
completamente enganchada. John, en cambio, al cabo de diez días ya lo estaba. Aquello cambió su vida.
Luego volvió a Nueva York, y yo también, al año siguiente, cuando ocurrieron cosas todavía más
demenciales, pero de eso ya hablaré luego. La música que hicimos juntos, con Mick y otra gente, no salió
a la luz hasta después de la muerte de John, en 2001, en un álbum titulado Pay Pack & Follow.

Anita, Marlon y yo íbamos de aquí para allá. Estuvimos una temporada en el Hotel Blakes, pero allí
tampoco duramos mucho y nos mudamos a Old Church Street, en Chelsea, a una casa alquilada que
acababa de dejar Donald Sutherland. Fue allí donde a Anita se desquició totalmente conmigo. Deliraba, se
había vuelto completamente paranoica. Fue una de sus etapas más oscuras, y la droga no hizo más que
contribuir. Allá donde fuéramos estaba convencida de que alguien se había dejado un alijo escondido
antes de largarse corriendo, así que lo ponía todo patas arriba tratando de encontrarlo: el baño del Ritz,
sofás, el papel o los paneles de madera de las paredes… Recuerdo una vez que me la llevé a pasear en el
coche y le dije que se concentrara en las matrículas, algo de lo más prosaico para intentar calmarla, para
conectarla de nuevo con la realidad. A petición suya hicimos el pacto de que nunca la ingresaría en un
manicomio.
Me gustan las mujeres con carácter, y con Anita sabías que tenías contigo a toda una valquiria: la
mujer que decide quién muere en la batalla. Pero acabó descarrilando por completo, se volvió letal. Anita
estaba siempre furiosa, tanto si iba colocada como si no, pero si no había droga se volvía loca. Marlon y
yo vivíamos con miedo, miedo de lo que podía llegar a hacerse, por no hablar de lo que podría hacernos a
nosotros. Yo me llevaba al niño al piso de abajo, a la cocina, y nos quedábamos allí sentados en el suelo,
diciendo «vamos a esperar a que a mamá se le pase» mientras ella arrojaba de todo contra las paredes.
Podría haber lastimado al niño. A veces volvía a casa y me encontraba con las paredes cubiertas de
sangre o de vino. Nunca sabías lo que iba a ocurrir al minuto siguiente. Y nosotros allí confiando en que
siguiera dormida y no se despertara gritando con un ataque de ira, chillando en lo alto de la escalera
como Bette Davis, arrojándote objetos de cristal. Era una hija de puta muy dura. No, no fue nada
divertido estar con Anita a mediados de los setenta. Acabó volviéndose insoportable. Era una auténtica
cabrona conmigo, con Marlon y con ella misma. Y ella lo sabe, y yo lo estoy diciendo en este libro.
Básicamente, yo andaba dándole vueltas a cómo salir de todo aquello sin dañar a los niños. La quería
mucho. No me implico tanto con una mujer si no la quiero de verdad. Siempre tengo la sensación de que
si las cosas no funcionan, si no consigo que se arreglen y que todo vuelva a ir bien, la culpa es mía. Pero
con Anita fui incapaz de arreglar nada. Se había vuelto autodestructiva de una manera imparable. Era
como Hitler: quería que todo el mundo se desplomara con ella.
Yo había intentado desengancharme un montón de veces, pero Anita no. De hecho, era más bien al
contrario: si se lo sugerías, se ponía en plan rebelde y se metía todavía más. Las obligaciones familiares y
domésticas, en ese punto, no eran algo que la entusiasmara precisamente. Y yo me decía: «¿Pero qué
coño estoy haciendo? Muy bien, es la madre de mis hijos. Tienes que tragar con eso». Yo la quería y
estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. «¿Tiene un problema? Yo me hago cargo. La ayudaré».
«Sin escrúpulos» no es una mala manera de describirla. No me importa echárselo en cara ahora, y ella
lo sabe. Es algo con lo que tiene que vivir. Yo hice lo que debía hacer y Anita tendrá que seguir
preguntándose cómo coño pudo cagarla tanto. ¡Todavía estaría con ella! Yo soy de los que no andan
cambiando, sobre todo si hay niños por medio. Ahora Anita y yo podemos pasar un rato juntos en
Navidades con los nietos e intercambiar sonrisas. «Hola cabra loca, ¿cómo lo llevas?». Anita está en plena
forma, ahora es un espíritu benigno y una abuela maravillosa. Ha sobrevivido. Pero las cosas podrían
haber ido mucho mejor, nena.
La mayor parte del tiempo me aislaba de Anita, o era ella la que no tenía el menor interés en juntarse
con nosotros en el estudio del último piso de la casa. Casi siempre estaba metida en el dormitorio
conmemorativo de Donald Suthferland, que tenía unas cadenas imponentes colgadas en la pared,
puramente decorativas pero que contribuían a crear un cierto ambiente sadomaso. Venían a vernos los
colegas de toda la vida: Stash, Robert Fraser… Y por aquel entonces también veía mucho a la gente de
Monty Python, sobre todo a Eric Idle, que solía venir y quedarse.

Fue durante esa época en Church Street cuando batí mi récord personal de días sin dormir con la
inestimable ayuda de los laboratorios Merck: nueve épicas jornadas sin pegar ojo. A la novena todavía me
mantenía en pie. En todo ese tiempo había echado un par de cabezadas, pero de apenas veinte minutos.
Estuve muy liado con mis sonidos, pasando esto de aquí allá, tomando notas, componiendo, y me había
vuelto un maníaco, un auténtico ermitaño. Aunque durante esos nueve días fue mucha gente a visitarme a
la cueva. Toda la gente que conocía en Londres por aquel entonces se fue pasando por allí un día u otro,
pero para mí fue todo como un día muy largo. Ellos habían estado haciendo otras cosas, lo que fuera.
Habían dormido y se habían cepillado los dientes y todo ese rollo, y yo mientras allí arriba escribiendo
canciones, reorganizando los sonidos y haciendo copias dobles de todo. En aquella época se trabajaba con
cintas y me dediqué a decorar artísticamente las etiquetas. La de reggae tenía dibujado un hermoso León
de Judá.
Iba por el noveno día y, en mi opinión, seguía en plena forma. Estaba copiando una cinta en otra. Ya lo
tenía todo, había anotado cada corte, ¡bum!, le di al play. Me aparté y de golpe me quedé dormido de pie
durante tres décimas de segundo, entonces me caí hacia delante y me golpeé contra el altavoz JBL. Lo
cual me despertó, pero no veía un carajo. Sólo una cortina de sangre delante de los ojos. Había tres
escalones, todavía los recuerdo, y me las apañé para saltármelos todos y caer rodando escaleras abajo
hasta acabar dormido en el suelo. Me desperté al cabo de un día más o menos, con la cara cubierta de
sangre seca. Ocho días enteros, y al noveno cayó.

La banda me estaba esperando en Toronto a principios de 1977. Yo ya llevaba muchos días retrasando
el viaje, y me enviaban telegramas: «¿Dónde estás?». Teníamos una actuación en El Mocambo de la que
sacaríamos más material para Love You Live. Necesitábamos ensayar unos días, pero por lo visto yo era
incapaz de abandonar mis rituales de Church Street. Y además tenía que sacar a Anita de casa y
llevármela conmigo, lo cual era todavía más difícil. Al final tomamos un vuelo el 24 de febrero. Las
actuaciones (dos noches en el club) estaban programadas para diez días más tarde. Me metí un chute en
el avión y, no sé muy bien cómo, la cuchara acabó en el bolsillo de Anita. En el aeropuerto a mí no me
encontraron nada, pero a ella le pillaron la cuchara y la detuvieron. Y entonces se tomaron su tiempo, se
molestaron mucho en preparar a conciencia mi detención por todo lo alto en el Hotel Harbour Castle,
convencidos de que me encontrarían algo: no tenemos más que seguir a los yonquis. Habían interceptado
un paquete de droga que me había enviado a mí mismo para tenerlo allí cuando llegara. Alan Dunn, el
hombre que más tiempo ha trabajado para los Stones, el gran jefe de transporte y logística, descubriría al
cabo del tiempo que, aparte de los empleados habituales del hotel, de repente habían aparecido un
montón de eventuales a los que se había contratado sobre todo como ingenieros de televisión y telefonía.
La policía lo estaba preparando todo al milímetro: todo un despliegue de recursos para trincar a un
guitarrista. Seguro que el director del hotel lo sabía, pero por supuesto nadie nos avisó de nada. Para
ahorrar dinero, Peter Rudge, el director de la gira, había eliminado el personal de seguridad de los
pasillos, así que los polis subieron directamente hasta la habitación. En circunstancias normales Marlon
nunca le habría abierto la puerta a ningún policía, pero éstos venían vestidos de camareros. No
conseguían despertarme y, por ley, tienes que estar consciente para que te arresten: tardaron cuarenta y
cinco minutos, porque yo llevaba cinco días sin dormir y me acababa de meter un chute de los fuertes, así
que estaba en otro mundo. Era el último día de ensayos y debía de llevar dos horas durmiendo. Lo que
recuerdo es despertarme con aquellos tipos de la Montada dándome bofetadas, arrastrándome por toda la
habitación a hostia limpia hasta conseguir que por fin estuviera «consciente». Bang bang bang bang
bang. «¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Sabes dónde estás y por qué hemos venido?». «Me llamo Keith
Richards y estoy en el Hotel Harbour. No tengo ni idea de por qué habéis venido». Entretanto habían
encontrado el material: más o menos treinta gramos: bastante, aunque no más de lo que uno necesita.
Vamos, que no iba a dar precisamente para toda la ciudad. Pero, evidentemente, los tipos sabían lo que se
hacían, igual que yo, y estaba claro que aquel caballo no era de Canadá. Había venido de Inglaterra,
camuflado en una esas cajas negras de transporte.
Así que me detuvieron y me llevaron a una comisaría de la Policía Montada, y encima no era mi mejor
momento del día precisamente. Se pusieron manos a la obra con todo el papeleo y, dada la cantidad que
me habían pillado, decidieron presentar cargos por tráfico, lo que en Canadá equivalía a una condena
automática de bastante tiempo. Yo les dije: —Muy bien, lo que digáis, pero devolvedme un gramo.
—Ah, no podemos hacer eso.
—¿Y qué vais a hacer entonces? Sabéis de sobra que lo necesito y que lo voy a conseguir de un modo u
otro. ¿Y qué vais a hacer, seguirme trincarme otra vez? ¿Vais de eso? A ver, ¿cómo os lo vais a montar?
Devolvedme un poco hasta que piense cómo manejar esta situación.
—Ah, no, no.
Y ahí fue cuando Bill Wyman me echó un cable. Fue el primero en venir a preguntarme «¿qué puedo
hacer?». Le contesté, francamente, que mi problema era la falta de droga y que la necesitaba. Y, por
supuesto, ése no es un tema que Bill controlara lo más mínimo, pero me dijo que vería qué podía hacer. Y
encontró a alguien. Habíamos estado trabajando en El Mocambo, así que teníamos contactos locales. Bill
se portó y me consiguió algo de material para ir tirando y pasar el bache por lo menos. Y tuvo que correr
un gran riesgo, teniendo en cuenta lo vigilado que yo estaba. Debió de ser el momento de mayor conexión
emocional que jamás hemos tenido Bill y yo.
Los de la Montada no volvieron a intentar arrestarme nunca más. Se me cita diciendo algo así como:
«Aquí se juzga lo que siempre se ha juzgado, la vieja historia de “ellos y nosotros”. Empiezo a estar un
poco harto de todo esto. Ya he hecho todas las horas que me correspondían en el banquillo. ¿Por qué no
vais a por los Sex Pistols?». Pero, una vez más, alguien se había empeñado seriamente en darme por culo,
y la situación se complicó aún más cuando Margaret Trudeau, la mujer del primer ministro Pierre
Trudeau, se mudó al hotel como un apéndice de los Stones, sirviéndole en bandeja a la prensa
sensacionalista otra vuelta de tuerca en la historia: la joven esposa del primer ministro con los Stones, y
si a eso le añades el ingrediente de las drogas, tienes para tres meses de titulares. Al final, aquello podría
haber jugado a mi favor, pero en ese momento resultó ser la peor combinación posible. Cuando se
casaron, Margaret Trudeau tenía veintidós años y Trudeau cincuenta y uno, un poco como Sinatra y Mia
Farrow: el poderoso y la muchacha de las flores en el pelo. Y ahora la mujer de Trudeau (se cumplía
justamente su sexto aniversario de boda) andaba en albornoz por los pasillos del hotel de los Stones. Así
que la historia era que había dejado a su marido. De hecho, se había mudado a una habitación contigua a
la de Ronnie y se lo estaban pasando en grande, o como lo describe Ronnie con gran delicadeza en sus
memorias: «Durante aquel breve tiempo compartimos algo muy especial». Ella se marchó a Nueva York
para huir del escándalo, pero Mick también se fue para allá, de modo que se dio por hecho que allí pasaba
algo. La cosa cada vez se ponía peor. Era una groupie, pura y simplemente, nada más. Y eso no tiene nada
de malo. Pero si quieres ser una groupie no puedes estar casada con un primer ministro.
Yo estoy fuera tras pagar una fianza de muchos dólares, pero se han quedado con mi pasaporte y tengo
prohibido salir del hotel. Estoy atrapado. Y sigo esperando a ver si acaban metiéndome en la cárcel. Para
ellos sería como coser y cantar. En otra audiencia ante el juez añadieron el cargo de posesión de cocaína
y revocaron la libertad bajo fianza, pero esa vez me libré gracias a un tecnicismo. Me hubiera encantado
retarlos a que me metieran entre rejas. Era todo puto humo, no tenían huevos para hacerlo, les faltaba
confianza en lo que estaban haciendo. El resto de la banda se marchó de Canadá, por precaución, y desde
luego fue lo más sensato. Yo fui el primero en decirles: «Tíos, largaos inmediatamente porque si no os
acabarán implicando a vosotros también. Tengo que aguantar el chaparrón yo solo. Es mi movida».
Lo más probable era que acabara en prisión. Seguramente me caerían un par de años, según mis
abogados. Fue Stu el que sugirió que aprovechara la espera para grabar algunas canciones mías: dejar
algo para la posteridad. Alquiló un estudio con un magnífico piano y un micrófono. El resultado de todo
aquello lleva ya un tiempo dando vueltas por ahí: KR’s Toronto Bootleg. Hicimos canciones country, nada
distinto de lo que estaba tocando cualquier otra noche, pero rezumaban un cierto patetismo porque las
cosas estaban verdaderamente mal. Interpreté las canciones de George Jones, Hoagy Carmichael y Fats
Domino que tocaba con Gram. «Sing Me Back Home» de Merle Haggard es bastante desgarrada en
cualquier caso: el carcelero acompaña al reo por el corredor de la muerte.

Sing me back home with a song I used to hear…


Sing me back home before I die[60]

Una vez más fue Bill Carter quien acudió al rescate. Su problema era que en 1975 había prometido a las
autoridades que no había ningún problema de drogas. Y ahora me habían detenido en Toronto acusado de
tráfico. Carter voló directamente a Washington, pero no para visitar a sus colegas del Departamento de
Estado o de Inmigración, quienes ya le habían dicho que jamás se me volvería a permitir la entrada en el
país. Fue derecho a la Casa Blanca. Primero, cuando envió el pago de mi fianza, le había asegurado al
juez canadiense que yo tenía problemas médicos y que necesitaba curarme de mi adicción a la heroína.
Luego les contó la misma historia a sus contactos en la Casa Blanca (Jimmy Carter era el presidente)
sirviéndose de toda la influencia política a su alcance. Habló con uno de los asesores sobre drogas de
Carter, al que por suerte, por aquel entonces, se le había encomendado la tarea de encontrar soluciones
más eficaces que el castigo. Bill les contó que su cliente había recaído, que tenía problemas médicos, y les
pidió que tuvieran piedad y me concedieran un visado especial para viajar a Estados Unidos. ¿Por qué a
Estados Unidos y no a Borneo? Bueno, porque solo había una mujer capaz de curarme, se llamaba Meg
Patterson y hacia una «terapia de caja negra» con vibraciones eléctricas. Ella estaba en Hong Kong y
necesitaba un doctor que la avalara en Estados Unidos. Hasta esos extremos llegó Bill Carter. Y funcionó.
Milagrosamente, sus contactos en la Casa Blanca dieron orden a Inmigración de que me concedieran un
visado y Carter consiguió el permiso del tribunal canadiense para que me dejaran marcharme a Estados
Unidos. Se nos permitió alquilar una casa en Filadelfia, donde Meg Patterson me trataría a diario durante
tres semanas. De allí, una vez realizada la cura, nos trasladamos a Cherry Hill, en Nueva Jersey. Yo tenía
prohibido salir de Filadelfia en un perímetro de cincuenta kilómetros a la redonda, dentro del cual estaba
Cherry Hill. Los abogados, los médicos y el Departamento de Inmigración llegaron a un acuerdo. Ahora
bien, para Marlon no fue todo tan bien.

Marlon: Lo dejaron entrar en el país para hacer una terapia, que es cuando nos fuimos a Nueva Jersey. A mí me
mandaron a vivir con la familia de un médico, una familia muy religiosa. De hecho, eso fue lo más traumático,
tener que marcharme del hotel donde estaban los Stones y todo el mundo para meterme en casa de una familia
de cristianos fundamentalistas de Nueva Jersey, con su valla blanca de madera, los monopatines y todo lo demás.
Hasta me mandaron a un colegio donde tenías que rezar todos los días. Para mí fue todo un shock. Iba a ver a
Keith y Anita al hotel, que estaba a tiro de piedra, cada tres o cuatro días y, francamente, siempre estaba
deseando salir de aquella casa un rato. Creo que me comporté como un mocoso insoportable y la familia pensó
que era un salvaje: llevaba el pelo largo, no me ponía zapatos, apenas llevaba ropa encima y usaba el lenguaje
más soez que se pueda imaginar en un niño de siete años. Creo que les daba pena. Era todo un poco patético. Esa
familia no me gustaba lo más mínimo, estaban intentando convertirme en el típico niño americano modosito. Y
además era la primera vez que estaba en América y todavía pensaba que aquello estaba lleno de indios y búfalos
vagando por las praderas. De repente aterricé en Nueva Jersey y pensé: «Dios mío, si salgo ahí fuera me cortarán
la cabellera».

Aunque me estaba desenganchando con la terapia de Meg Patterson, una cura impuesta por las
autoridades no es capaz de imbuir mucha convicción íntima. Supuestamente el método de Meg era una
salida indolora: electrodos colocados en la oreja que transmitían endorfinas, las cuales, en teoría,
neutralizaban el dolor. Meg también creía en el alcohol (en mi caso Jack Daniel’s, que es una bebida muy
fuerte) como sustituto, como distracción por así decirlo. Así que bebía a mansalva bajo la maternal
supervisión de Meg. A decir verdad, el método de Patterson me interesaba bastante y desde luego me
ayudó, pero aun así no fue precisamente divertido. Cuando terminé la terapia, en cuestión de un par de
semanas más o menos, Inmigración anunció que tendrían que hacer un seguimiento durante un mes. «Me
he desenganchado, ¿no?». Y además estaba cada vez más nervioso encerrado en aquel agradable barrio
residencial de las afueras. Me sentía como si estuviera en la cárcel y al final me harté. Meg Patterson hizo
un informe donde comunicaba a los departamentos de Estado e Inmigración que estaba siguiendo el
tratamiento médico y, en resumen, el tema acabó en que me dieron por rehabilitado: a efectos oficiales,
para Inmigración era como empezar de cero, mi historial quedaba limpio y no había constancia de ningún
delito. Eran otros tiempos, se tenía más fe que ahora en la rehabilitación. El visado que sustituyó al
primero, que era únicamente para recibir atención médica, invalidó todas las restricciones anteriores. Se
me amplió de tres a seis meses, de una a múltiples entradas, con permisos para salir de gira y trabajar,
basándose en la confirmación de que me había rehabilitado y me estaba curando. Seguir un tratamiento
de desintoxicación era como subir un nivel, y luego otro, y así sucesivamente hasta que se te declaraba
plenamente rehabilitado, si es que lo entendí bien. Y he de decir que siempre le he estado muy
agradecido al Gobierno de Estados Unidos por haberme dejado entrar en el país a fin de conseguir ayuda
para desengancharme.
Liberamos a Marlon y nos mudamos de Nueva Jersey a una casa de alquiler en South Salem, Nueva
York, que se llamaba Frog Hollow: el típico edificio de estilo colonial que estaba embrujado (según una
Anita cada vez más embrujada ella misma que veía fantasmas de indios mohicanos patrullando por la
colina). Estaba en la calle donde vivía George C. Scott, quien tenía la mala costumbre de chocar contra
nuestra valla blanca de manera regular, borracho como una cuba y conduciendo a ciento ochenta por
hora. El caso es que allí fue donde acabamos, cerca del monte Kisco, en el condado de Westchester.
También fue más o menos por aquella época cuando Jane Rose empezó a llevar mis asuntos de manera
extraoficial. Jane trabajaba sobre todo para Mick, pero éste le pidió que se quedara en Toronto y me
echara una mano cuando todos los demás se largaron. Y aún sigue conmigo, al cabo de treinta años
continúa siendo mi arma secreta. Debo decir que durante todo el jaleo en Toronto, de hecho siempre que
me trincaba la poli, Mick me cuidó con mucho cariño y nunca se quejó de nada. Él era quien pasaba a
encargarse de todo, hacía todo el trabajo y organizaba a las fuerzas para rescatarme. Mick se ocupó de
mí como lo habría hecho un hermano.
Por aquel entonces, Jane se describía a sí misma como la loncha del sandwich: estaba entre Mick y yo.
Fue testigo de los primeros roces entre nosotros cuando salí de la bruma estupefaciente, cuando se
despejó mi neblina mental y quise ocuparme otra vez de las cosas, por lo menos en el terreno musical.
Mick venía a verme a Cherry Hill para escuchar mi selección de temas para Love You Live, temas en los
que ya habíamos estado trabajando durante ese tiempo de manera esporádica, y luego iba a ver a Jane y
se cagaba en todo. De la colaboración habíamos pasado al forcejeo y el desacuerdo. Es un álbum doble, lo
que en definitiva significa que un disco es de Mick y el otro mío. Yo empezaba a hablar de asuntos de
trabajo otra vez, de temas que había que solventar, y supongo que a Mick le resultó extraño, chocante.
Era como si yo hubiese resucitado de entre los muertos después de leído el testamento. Pero aquello no
fue más que una escaramuza en comparación con lo que habría de venir al cabo de unos años.
Tardé diecinueve meses en ir a juicio, desde que me detuvieron en marzo de 1977 hasta octubre de
1978, pero por lo menos entonces vivía a tiro de piedra de Nueva York. Los visados, claro está, se me
habían concedido con ciertas condiciones: tenía que presentarme en Toronto para varias audiencias,
debía demostrar que me había desenganchado y que mi rehabilitación seguía con paso firme. Y me
obligaron a ir al psiquiatra en Nueva York para que me hicieran una evaluación y luego someterme a una
terapia. Me asignaron una doctora que me solía recibir diciendo:
—Gracias a Dios que has venido. Llevo todo el día peleando con los cerebros de otra gente —y abría un
cajón del que sacaba una botella de vodka—. Vamos a sentarnos aquí media horita y a bebemos esto.
Tienes pinta de estar bien.
—Me encuentro bastante bien.
Pero el hecho es que me ayudó. Hizo su trabajo y se aseguró de que el programa funcionara.
Mientras estaba en South Salem, un día me llamó John Phillips: «Tengo uno. Ven para aquí cagando
leches y te lo enseño, confirmado, ¡tengo uno!». Con la coca alucinaba y creía que tenía bichos. Pensé:
«Tendré que echarle una mano a mi amigo, ya que tiene uno». Todo el mundo llevaba semanas llamándolo
loco porque se había convencido de que estaba infestado de bichos. Así que fui para allá, y John me sacó
una servilleta, un Kleenex con un agujerito en medio: «¿Lo ves? Tengo uno». «John, ¿me lo estás diciendo
en serio? Vas a tenerte que replanteártelo, chico». Y yo que había conducido durante hora y media para
ver eso… Estaba hecho trizas; me refiero a que tenía todo el cuerpo lleno de costras. Pero esa vez estaba
convencido de que tenía uno. Miró el Kleenex y dijo: «¡Joder, se ha escapado!». John era una farmacia
ambulante. ¿Y quién no en aquellos tiempos? Freddie Sessler era propietario de unas cuantas farmacias.
Y John estaba en una situación lamentable. Se había hecho instalar una cama de hospital en el dormitorio,
una de esas que suben y bajan, pero sólo funcionaba la mitad de las posiciones. El espejo del cuarto de
baño estaba pegado a la pared con cinta de embalar y hecho añicos, lo miraras por donde lo miraras.
Había agujas clavadas en las paredes, de cuando se entretenía jugando a los dardos con ellas. Aun así
estuvimos tocando juntos; nunca empezábamos antes de la medianoche, a veces a las dos de la mañana
incluso, y venían también otros músicos. Y conseguí sobrevivir a aquello sin meterme ni un gramo de
caballo. John tenía un proyecto de disco en solitario, pero, dadas sus condiciones, Ahmet Ertegun optó
por cancelarlo.

En las sesiones de estudio para Some Girls siempre tuvimos viento de cola, desde el primer día en que
nos pusimos a ensayar en aquella sala de forma tan extraña de los estudios Pathé Marconi de París. Fue
como si rejuveneciéramos, lo cual no dejaba de ser sorprendente teniendo en encuenta el momento tan
crítico por el que pasábamos, porque cabía la posibilidad de que yo acabara en la cárcel y los Stones se
separasen. Claro que tal vez eso también influyó: hagamos algo como es debido antes de que ocurra. Se
podía distinguir un cierto eco de Beggars Banquet: un largo periodo de silencio para luego volver con
todo el empuje, con un sonido nuevo. Siete millones de discos vendidos y dos canciones en el Top Ten,
«Miss You» y «Beast of Burden», hablan por sí solos.
No llevábamos nada preparado antes de entrar en el estudio. Todo lo íbamos componiendo allí día a
día, así que fue como en los primeros tiempos con RCA en Los Angeles a mediados de los sesenta: las
canciones brotaban sin cesar. Otra gran diferencia en relación con los últimos álbumes era que no había
ningún músico más tocando con nosotros: ni viento, ni Billy Preston. Las otras pistas se metieron después.
Tanta acumulación de colaboradores nos había llevado por otro camino en los años setenta, y en
ocasiones nos había alejado de nuestros mejores instintos. Así que aquel disco dependía única y
exclusivamente de nosotros y como era el primero que grabábamos con Ronnie, dependía del weaving, el
cruce de las dos guitarras en canciones como «Beast of Burden». Estábamos más centrados y tuvimos que
trabajar muy duro.
El sonido que sacamos se debió en gran medida a Chris Kimsey, el ingeniero de sonido y productor con
quien trabajábamos por primera vez. Aunque lo conocíamos de cuando era todavía un aprendiz en los
Olimpic Studios, y el tipo conocía nuestra música desde el principio. A raíz de aquella experiencia
ejercería como ingeniero o coproductor de ocho álbumes más para nosotros. Teníamos que sacar algo
distinto, no otro disco de los Rolling Stones metidos todavía en el bache. Él quería que volviera el sonido
real en vivo, apartarse de las grabaciones limpias y asépticas por las que nos habíamos decantado en los
últimos tiempos. Estábamos en los estudios Pathé Marconi porque eran propiedad de EMI, con quien
acabábamos de firmar un gran contrato. Quedaban a las afueras de París, cerca de la fábrica Renault en
Boulogne-Billancourt, y por allí no había nada ni remotamente parecido a un bar o un restaurante
Estaban a una buena distancia en coche desde el centro, y recuerdo que oía mucho el Running on Empty
de Jackson Browne durante los viajes diarios de ida y vuelta. Al principio alquilamos una sala de ensayos
inmensa, una especie de plato con un cuarto de control diminuto donde apenas cabían dos personas,
equipada con una primitiva consola de dieciséis pistas de los años sesenta. La forma también era rara
porque la consola ocupaba toda la esquina entre la ventana y una de las paredes, que era donde estaban
colocados los altavoces, pero la pared en cuestión no formaba un ángulo recto, con lo que siempre tenías
más lejos uno de los altavoces cuando entrabas a escuchar lo que se había grabado. El estudio de al lado
tenía una mesa de mezclas mucho mayor y un equipo mucho más sofisticado, pero de momento nos
quedamos tocando en aquel almacén, sentados en semicírculo por el suelo, separando distintos espacios
con paneles. Al cuarto de control apenas entramos durante esos primeros días: no cabíamos.
Kimsey se dio cuenta inmediatamente de que aquel estudio tenía muchas posibilidades sonoras. Como
era una sala de ensayos, el alquiler nos salía barato, lo que fue una suerte porque ese disco nos llevó
mucho tiempo y nunca nos cambiamos al estudio más convencional de al lado. La primitiva mesa de
mezclas resultó ser del mismo tipo que la que había diseñado EMI para los Abbey Road Studios: muy
sencilla y modesta, con poco más que un botón de trémolo y otro de bajo, pero también con un sonido
magnífico del que Kimsey se enamoró. Por lo visto algunas reliquias salidas de aquella mesa se han
convertido en piezas de coleccionista. El sonido era muy claro pero al mismo tiempo un tanto sucio, con
un toque turbio de música de club que encajaba a la perfección con lo que estábamos haciendo.
Era una sala magnífica para tocar, así que, a pesar del consabido «ahora vamos a un estudio en
condiciones» de Mick, nos quedamos allí, porque en una sesión de grabación, y en particular con ese tipo
de música, todo tiene que dar la sensación de fluir a la perfección. No se trata de nadar contra corriente,
no somos salmones. Buscábamos planear en las alturas y, si tienes problemas con la sala, empiezas a
perder confianza en lo que van a captar los micrófonos y al final empiezas a cambiarlo todo. Sabes que la
sala es buena cuando ves a la banda con una sonrisa en los labios. Gran parte de la esencia de Some Girls
se debe a una cajita verde, un pedal MXR que producía un efecto de reverberación. Lo uso en casi todas
las canciones del disco y fue algo que, por así decirlo, elevó a toda la banda y le dio un sonido diferente.
En cierto sentido, al final fue todo cuestión de meter un poco de tecnología, como lo que ocurrió con
«Satisfaction», cuestión de una simple cajita. En Some Girls encontré el modo de que aquella cosa
funcionara, por lo menos con las canciones rápidas. Y desde luego Charlie se subió al carro, y Bill Wyman
también, debo decir. Flotaba en el ambiente un cierto espíritu de renovación que, en gran medida, surgió
cuando nos dijimos: «Tenemos que ser más punks que los punks, porque ellos no saben tocar y nosotros
sí; ellos sólo saben ser punks». Sí, ya sé, puede que eso fuera una espina clavada en nuestro costado, los
Johnny Rotten del mundo, «esos putos críos». A mí me encantan las bandas nuevas. Por eso sigo en esto,
para animar a la gente a tocar y a montar grupos, pero si no tocan si lo único que hacen es escupirle al
público… ¡Venga ya! Seguro que se puede hacer algo mejor. Además teníamos una sensación añadida de
prisa porque la perspectiva de mi juicio se cernía sobre nuestras cabezas y después de tanto jaleo, la
detención, el ruido mediático, la rehabilitación y demás, yo necesitaba demostrar que había algo detrás
de todo eso: algún objetivo, un propósito que diera sentido a tanto sufrimiento. Y todo encajó de
maravilla.
Como no habíamos estado juntos desde hacía bastante tiempo, necesitábamos recuperar nuestra
antigua forma de escribir y colaborar, trabajar todo el día, aquí y ahora, componer desde cero o casi
desde cero. Nos lanzamos a ello, de vuelta a nuestras raíces, con increíbles resultados. «Before They
Make Me Run» y «Beast of Burden» fueron básicamente colaboraciones. En «When the Whip Comes
Down» yo hice el riff. Mick la escribió y yo miré a mi alrededor y dije: «¡Coño, por fin ha escrito una
canción de rock and roll! ¡Él solo!». «Some Girls» la hizo Mick. «Lies» también. Se presentaba diciendo
«tengo una canción y yo le iba sugiriendo: «¿Y si la hacemos de esta forma o de esta otra?».
«Miss You» no fue de las que más nos entusiasmaron mientras la grabamos, más bien nos lo tomamos
en plan: «¡Ah, Mick ha ido a la discoteca y ha salido tarareando otra canción». Es el resultado de las
noches que pasó en Studio 54 oyendo música discotequera. Mick dijo: «Metámosle melodía a este ritmo».
Los demás pensamos que arrimaríamos el hombro aunque Mick quisiera hacer algo de rollo disco, sólo
para tenerlo contento. Pero cuando nos pusimos a ello resultó que era un ritmo bastante interesante y nos
dimos cuenta de que tal vez habíamos dado con la quintaesencia de un disco indiscutible. Y acabó siendo
un gran éxito, pese a que el resto del álbum no tiene nada que ver con «Miss You».
Y después hubo problemas con la carátula, con Lucille Ball, quién iba a decirlo, que no quería que su
imagen apareciera, y luego se sucedieron montones de demandas. En la funda original había una pieza de
la que tirabas e iban apareciendo caras, como en los cuentos ilustrados, se incluían los rostros de mujeres
famosas de todo el mundo, todas las que nos encantaban. «Lucille Ball, ¿te gusta? ¡Pues no se hable
más!». A quienes tampoco les gustó un pelo fue a las feministas. Siempre nos ha complacido cabrearlas
un poco. ¿Dónde estaríais sin nosotros? El verso supuestamente ofensivo de «Some Girls» decía: «Las
chicas negras sólo quieren que las follen toda la noche». Bueno, hemos estado con bastantes negras en la
carretera a lo largo de los años y en muchos casos era así. Podrían haber sido amarillas o blancas.
En 1977 hice un intento de lo más serio por desengancharme con la caja negra de Meg Patterson, pero
durante un tiempo la cosa no acabó de cuajar. Mientras trabajábamos en Some Girls me encerraba en el
lavabo a meterme un chute de vez en cuando, aunque lo hacía con cierto método. Siempre pensaba
primero para qué exactamente, con qué objetivo, y me quedaba allí para meditar sobre tal canción que
estaba quedando muy bien pero que todavía teníamos a medias, sobre hasta dónde podíamos llegar con
ella y qué era lo que no funcionaba, y por qué llevábamos ya veinticinco tomas y seguíamos pinchando
siempre al llegar al mismo punto. Cuando salía era con algo como «¡tíos, ya lo tengo, le metemos más de
velocidad y nos cargamos los teclados de la parte central». A veces llevaba razón y a veces no, pero ¡eh!,
no habían sido más de cuarenta y cinco minutos. Mejor que cuarenta y cinco minutos de todo el mundo
dando su opinión a la vez («ya, ¿pero por qué no hacemos esto otro?»), que en mi opinión es lo peor. Muy
de vez en cuando daba un par de cabezadas en mitad de una canción. Seguía de pie, pero había
desconectado de los problemas del momento, aunque me reincorporaba a los pocos segundos. Claro que
aquello nos retrasaba porque, si estábamos grabando, esa toma ya no valía.
Por pura y dura longevidad, por tiempo invertido, no conozco otra canción como «Before They Make
Me Run». Ese tema que canté yo en el disco fue un grito que me salía del corazón. Pero también es
verdad que para sacarla quemé al personal como con ninguna otra: me pasé cinco días enteros en el
estudio sin parar.

Worked the bars and sideshows along the twilight zone


Only a crowd can make you feel so alone
And it really hit home
Booze and pills and powders, you can choose your medicine
Well here’s another goodbye to another good friend

After all is said and done


Gotta move while it’s still fun
Let me walk before they make me run[61].

Surgió de todo lo que había padecido en los últimos tiempos y de lo que seguía padeciendo con los
canadienses. Les estaba diciendo lo que tenían que hacer: dejad que salga caminando de esta puta jaula.
Cuando la sentencia es indulgente suele decirse «lo han dejado caminar».
—¿Por qué sigues empeñado con esa canción? No le gusta a nadie.
— ¡Verás cuando esté terminada!
Cinco días sin pegar ojo. Tenía a un ingeniero que se llamaba Dave Jordan, y a otro más; se iban
turnando para tumbarse en el suelo debajo la consola a echar un sueñecito durante un par de horas
mientras yo seguía con el otro. Cuando terminamos, todos teníamos unas ojeras increíbles. No sé qué nos
costaba tanto, pero simplemente no estaba del todo bien. Por suerte siempre hay tipos que van a estar a
tu lado. Acabas allí de pie con la guitarra al cuello y todos los demás están desparramados por el suelo.
¡«No, Keith, otra toma no, por favor!». La gente llevaba comida, pain au chocolate. Los días se convertían
en noches pero yo no podía dejarlo. Casi estaba, casi lo podía rozar con la punta de los dedos, pero
todavía no lo tenía en la mano. Es algo así como el beicon frito con cebolla: todavía no le has hincado el
diente pero el olor es fantástico.
Hacia el cuarto día, a Dave parecía que le habían puesto los dos ojos morados y hubo que sacarlo de
allí. «Ya está, Dave, ya está», y alguien llamó a un taxi. Desapareció, y cuando por fin terminamos yo me
quedé frito debajo de la consola, debajo de todo el equipo. Al final me desperté, nunca conté las horas que
habían pasado, y entonces me encuentro con que la banda de la policía municipal de París, una puta
banda de viento, ha tomado la sala. Eso fue lo que me despertó. Estaban escuchando algo que acababan
de grabar y no tenían ni idea de que yo estaba allí debajo, y yo mirando todos aquellos pantalones con la
raya roja mientras sonaba «La Marsellesa» y preguntándome: ¿Cuándo será un buen momento para salir?
Pero me estaba meando, llevaba material encima (agujas y demás) y estaba rodeado de policías. Así que
esperé un poco más y pensé: «Voy a ser muy inglés». Salí de mi escondrijo, dije «¡oh, Dios mío, lo siento
muchísimo!» y antes de que pudieran reaccionar ya me había largado mientras ellos seguían con el alors!;
como unos setenta y pico policías serían. Recuerdo que pensé. ¡Son como nosotros! Están tan absortos
con su disco que ni se han molestado en trincarme».
Cuando te enfrascas tanto en el trabajo a veces puedes perder el norte, pero si sabes que hay algo ahí,
es que está ahí. Es de locos, algo así como la búsqueda del Santo Grial: una vez que te metes vas a por
todas y ya no hay marcha atrás, de verdad. Tienes que salir de allí con algo y al final lo consigues.
Seguramente ése ha sido mi récord. Ha habido otras ocasiones en que he andado cerca (por ejemplo con
«Can’t Be Seen»), pero el verdadero maratón fue «Before They Make Me Run».
Hay un epílogo a aquellas sesiones para Some Girls que debería dejar que contara Chris Kimsey.

Chris Kimsey: «Miss You» y «Start Me Up» se grabaron de hecho el mismo día. Cuando digo el mismo día me
refiero a que «Miss You» costó unos diez días hasta que conseguimos el máster final, y cuando ya estaba acabado
fueron y grabaron «Start Me Up». «Start Me Up» empezó como una canción reggae que ya habían grabado en
Rotterdam hacía tres años. Cuando empezaron a tocarla esta vez no sonó reggae, sino como la gran «Start Me
Up» que conocemos hoy. Era una canción de Keith, y simplemente la cambió. Quizá después del rollo disco de
«Miss You» la abordó con un enfoque distinto. Es la única ocasión en que he grabado dos másteres en la misma
sesión. No nos llevó demasiado tiempo hacer éste. Y cuando acabamos la toma y todo el mundo pensó «esto ha
sonado bien», Keith entró a escucharla y dijo: «No está mal, suena como algo que hubiera oído en la radio,
debería ser una canción reggae. Bórrala». Seguía dándole vueltas, pero todavía no le gustaba. Recuerdo haberle
oído decir en algún momento que prefería borrar todos los másteres una vez acabados y terminadas las canciones
para que nadie pudiera cogerlos después y hacer algo con ellos. Pero evidentemente no lo borré, y tres años
después se convertiría en la gran canción de Tattoo You.

Una vez más, todo giraba en torno al material para meterte. No se podía hacer ni organizar nada sin
encargarse antes del siguiente chute. Yo cada vez estaba peor. Había que montar unos despliegues
complicadísimos, algunos más cómicos que otros. Tenía un contacto, James W., al que llamaba cuando iba
a Nueva York. Me solía hospedar en el Hotel Plaza, y James, un joven chino muy simpático, venía a verme
a la suite (la grande a poder ser), yo le daba la pasta en metálico y él me entregaba el material. Y siempre
de la manera más educada. Saluda de mi parte a tu padre. En los setenta era complicado conseguir
agujas hipodérmicas en Estados Unidos, así que cuando viajaba siempre llevaba una aguja con la que
clavaba una pluma en la cinta del sombrero, como si fuera un alfiler Luego metía el sombrero con su
pluma roja, verde y dorada en la sombrerera. Así que cuando aparecía James, tenía la mercancía. Muy
bien, pero entonces necesitaba la jeringuilla. El truco era pedir un café, porque también me hacía falta
una cuchara para quemar, y luego iba hasta FAO Schwarz, la tienda de juguetes que hay cruzando la
Quinta Avenida desde el Hotel Plaza. Y subía al tercer piso, donde puedes comprar un botiquín para jugar
a médicos y enfermeras, una cajita de plástico blanco con una cruz roja pintada. Dentro había una
jeringuilla donde podía insertar la aguja que tenía yo. Así que iba disimulando: «Me llevo dos osos de
peluche, este coche con control remoto… ah, y póngame también en uno de esos botiquines de juguete.
Es para mi sobrina, le encantan estas cosas y hay que estimular su vocación». FAO Schwarz era mi
contacto. Luego, vuelta apresurada a la habitación, montar el tinglado y meterse el chute.
Para entonces ya había pedido mi café, así que tenía la cucharilla. La llenas hasta arriba, la calientas
por debajo con un mechero y observas como arde. Debería ser transparente, con una consistencia
parecida a la de la melaza, y no debería ponerse negra, eso significa que lleva demasiada mezcla. James
nunca me defraudó en ese aspecto, siempre era droga de primera calidad. A mí no me interesaba la
cantidad, sino la potencia. Estaba enganchado y necesitaba meterme, pero nunca me interesaron las
grandes cantidades. Pillaba en tandas de siete u ocho gramos, porque ademas la calidad podía cambiar de
una semana a otra y no te interesa acabar con una bolsa entera de pésima calidad, así que siempre
controlas el mercado. James W. era mi hombre. «Mira, esto es lo mejor que tenemos ahora mismo, pero no
te aconsejo que compres más de ésta. La semana que viene nos llega una espléndida». James era de fiar
al cien por cien. Y además tenía un gran sentido del humor, muy directo, siempre al grano. Nos reíamos
una y otra vez con la pregunta: «¿Ya has ido a la juguetería?».

Cuando te conviertes en un yonqui, el caballo es el pan nuestro de cada día. En realidad ya no te pone
mucho. Claro que hay yonquis que no paran de aumentar la cantidad, por eso acaban con una sobredosis.
Para mi era más bien una cuestión de mantener los niveles, de marcar el ritmo del día. Y luego estaban
esos momentos agónicos, cuando no había nada en el mercado y la parienta se desquiciaba: «¡Quiero
meterme algo!». «Y yo también, cariño, pero hay que esperar». Esperar al tipo. Cuando la heroína
escaseaba la cosa podía ponerse bastante fea. A veces cerraban el grifo a cal y canto, y entonces
empezaba el rollo de la gente tirada por la habitación, vomitando en las esquinas, hechos polvo, y tenías
que caminar sorteando los cuerpos tirados por el suelo. A veces no es que haya realmente escasez: es sólo
una treta para subir el precio. Y no importa mucho cuánto dinero tengas. No puedes decir: «¿Sabes quién
soy yo?». Eres sólo otro yonqui.
Cuando no hay droga por ninguna parte toca bajar a las cloacas, y ya sabes que aquello va a ser un
estanque lleno de pirañas. Me pasó un par de veces en el East Side de Nueva York y en Los Angeles. Ya
nos sabíamos el cuento: pillabas en el piso de arriba y luego estaban los de la otra banda esperándote
abajo para quitártela. La mayoría de las veces oías lo que pasaba mientras esperabas a que llegara tu
turno. El truco estaba en salir discretamente, y si veías a alguien fuera (porque nunca sabías si te iba a
pasar o no) por lo general le dabas una patada en los huevos y punto. Pero en un par de ocasiones fue
más en plan: «Muy bien, vamos a ello. Tú me cubres. Quédate aquí y, cuando baje con el material, yo
disparo y luego disparan ellos y luego disparas tú. Tiramos a las bombillas, unos cuantos tiros al aire y
salimos por piernas cagando leches. Luego, con un poco de suerte, estaremos fuera. No hay muchas
posibilidades de que te den cuando eres un blanco móvil. Son de mil contra una, así que saldremos de
ésta». Pero para acertarle a una bombilla has de estar muy cerca y tener buena vista. Luego se queda
todo a oscuras. Flash, bang, hostia y a la calle. Me encantaba. Era una auténtica aventura a lo OK Corral.
Sólo lo hice dos veces.
Era una rutina que exigía tiempo y dedicación. Por las mañanas, nada más levantarte, al baño a
meterte un pico. Ni te lavas los dientes. Y luego: «¡Joder, tengo que ir a la cocina a por una cuchara!».
Todos esos rituales estúpidos que tienes que hacer. «¡Coño, debería haber subido una cuchara ayer por la
noche para no tener que bajar a la cocina ahora!». Cada vez costaba más que te diera la subida, y el
deseo de volver a meterte nada más desengancharte era cada vez más fuerte. «¡Bah, sólo uno ahora que
estoy limpio!». Ese «sólo uno» fatal, ese festejo, es catastrófico. Y, para empeorar las cosas, tú te has
desenganchado, pero todos tus amigos siguen siendo unos yonquis. Quien lo deja ha escapado del círculo.
Y, tanto si te quieren como si no, lo único que desean es arrastrarte de vuelta. «Esta mierda es buena de
verdad». De acuerdo con la actitud dominante en el reino de los yonquis, si alguien se desengancha y no
recae es porque los demás han fallado en algo. En qué han fallado, eso ya no lo sé. ¿Cuántos monos puede
aguantar uno? Es ridículo, pero cuando estás metido en la droga no te das cuenta. Estando con el mono,
me ha pasado varias veces estar convencido de que en la pared había una caja fuerte que tenía dentro
todo el equipo, cucharilla incluida, listo para usar. Y finalmente me quedaba frito y cuando me despertaba
veía marcas de putos arañazos en la pared porque resultaba que había estado intentando abrir la jodida
caja. ¿De verdad merece la pena? El hecho es que por aquel entonces, mi respuesta era sí.
Puedo ser tan presuntuoso como Mick, igual de frívolo y demás, pero cuando eres un yonqui no te
puedes permitir ese lujo porque hay ciertas realidades que de verdad te mantienen con los pies en la
cloaca, más abajo incluso de lo necesario. No en la calle: en la cloaca. Y por supuesto, aquélla fue la
época en que Mick y yo acabamos yendo en direcciones opuestas, prácticamente 180 grados. Él no tenía
tiempo para mí y mi estado de supuesta estupidez permanente. Me acuerdo de estar una vez en una
discoteca de París donde debía encontrarme con mi contacto, y yo estaba muy jodido. La gente bailaba
bajo las bolas de espejitos y yo estaba tirado debajo de un sofá, escondido y vomitando porque el tío no
llegaba. Y me preguntaba: «¿Me encontrará aquí abajo? Igual cuando venga, si viene, mira un poco
alrededor, no me ve y se larga otra vez». Andaba bastante angustiado, por decirlo suavemente. El tío me
encontró, pero verte en esa situación, cuando al mismo tiempo eres número uno en todo el mundo, te
hace tomar conciencia de lo bajo que has caído. El mero hecho de ponerte en semejante tesitura te
provoca un desprecio hacia ti mismo del que cuesta deshacerse. «¡Menudo hijo de perra, harías lo que
fuera por conseguir la mierda esa! Pero yo soy quien manda en mi vida —te dices—, nadie tiene que venir
a decirme qué debo hacer». Pero aun así comprendes que, dada tu situación, estás completamente en
manos del camello, y eso es repugnante. «Tener que esperar a ese cabrón, ¿y encima suplicarle? Es ahí
donde surge el desprecio hacia uno mismo. Se mire por donde se mire, los yonquis son gente que se pasa
el día esperando al camello. Tu mundo queda reducido a la droga y nada más, la droga se convierte en tu
mundo.
La mayoría de los yonquis acaban idiotas. Al final fue eso lo que me hizo dar la vuelta, el hecho de que
sólo teníamos una cosa en mente: la droga. «¿Seré capaz de no ser tan cretino? ¿Qué coño hago aquí con
estos colgados? Esta gente es un coñazo». Peor aún, muchos de ellos son en realidad muy inteligentes, y
todos sabemos que nos hemos engañado, ¿pero por qué no? Todo el mundo es víctima de algún tipo de
engaño; por lo menos nosotros sabemos que nos estamos engañando a nosotros mismos. Nadie se
convierte en un héroe por el mero hecho de meterse droga, más bien puedes llegar a ser un héroe si
consigues dejarla. A mi me encantaba esa mierda. Pero ya había tenido más que suficiente. Además, tus
horizontes se veían totalmente reducidos, y al final sólo te relacionabas con otros yonquis. Yo necesitaba
ampliar horizontes. Pero claro, de todo esto sólo te das cuenta cuando ya has conseguido salir. Eso es lo
que te hace la droga. Es la hija de puta más seductora que existe.

La causa que tenía pendiente en Canadá se alargaba más y más. Viajaba entre Nueva York y Toronto
todas las semanas, pero aun así no dejé de chutarme. A Nueva York volaba en avión privado desde un
pequeño aeropuerto situado cerca de Toronto. Una vez entré en el baño a meterme un chute antes de
despegar. Estoy en mi cubículo calentando la cucharilla y veo que asoman por debajo de la puerta dos
espuelas que no anuncian nada bueno. Hay un puto agente de la Montada en los lavabos. El tío quiere
echar una meada y, por supuesto, va a oler el caballo que está empezando a quemarse… Cling, cling…
Ahora sí que estoy jodido. Derecho al infierno. Cling, cling, cling… y las espuelas se desvanecen.
«¿Cuántas carambolas como ésta me quedan?». Llevaba demasiado tiempo jugando con fuego. Había una
nube negra cernida permanentemente sobre mi cabeza, esperando el momento en que la mierda volviera
a impactar contra el ventilador. Me enfrentaba a tres cargos: tráfico, posesión e importación. Iba a
pasarme una temporadita en el trullo. Más me valía prepararme.
Esa fue una de las razones por las que finalmente me desenganché. No quería pasar el mono en la
cárcel. Quería darme tiempo para que me crecieran las uñas, las únicas armas que te quedan cuando vas
a la cárcel. Y además, por mucho que me gustara la droga, poco a poco me acercaba a un estado en el
que me iba a resultar imposible moverme por el mundo y trabajar. Al mes siguiente, en junio de 1978,
teníamos programada una gira para Some Girls, y sabía que tendría que estar limpio para hacerla. Jane
Rose ya llevaba un tiempo preguntándome «¿cuándo te vas a desenganchar?», y siempre le contestaba
que mañana. Lo había hecho el año anterior, pero después la cagué y volví a las andadas. Aquélla sería la
última vez. No quería oír hablar de drogas nunca más. Hasta aquí hemos llegado. Te das unos diez años y
luego paras, te condecoran y te licencias. Jane estuvo a mi lado todo el tiempo, bendito sea su puto
corazón. La buena de Jugs (que es su apodo) estuvo a la altura en todo momento. Para ella debió de ser
espeluznante, mucho peor que para mi ver cómo te subes por las paredes, te cagas encima, pierdes la
chaveta… ¿Cómo fue capaz de soportarlo? Los Stones estaban entonces en los Bearsville Studios de
Woodstock, Nueva York, ensayando para la gira, y yo en casa con Anita. Que sea Jane quien hable del
momento en que dejé la heroína.

Jane Rose: Me había convertido en el correo: todo el día llevándole a Keith dinero o droga al condado de
Westchester. El seguía chutándose, y por entonces estaba enganchado a base de bien y se negaba a reconocerlo,
y yo no podía más con los viajes a Westchester. Así que me presenté allí; estaban también Antonio y Anna Marie,
unos amigos de Anita que vivían en el apartamento de Keith en la Rue Saint Honoré de París (luego Antonio
acabaría convirtiéndose en Antonia). En fin, que andaban todos por allí, y Keith estaba esperando dinero o
drogas. Anita también estaba. Llegué a la casa y dijeron: «¿Dónde está el dinero?». «No tengo el dinero —
respondí—, está en Nueva York». Se pusieron histéricos y Anita se montó en el coche enfurecida. Yo le dije
«Keith, hoy es mañana», porque siempre me decía que lo iba a dejar «mañana». Y aquello era en mayo, justo
antes de que empezara la gira. Ese mismo día, algo más tarde, él y Anita tuvieron una bronca monumental. Keith
subió furioso al piso de arriba. Antonio y Anna Marie contemplaron a la chica judía de Nueva York que tenían
delante y le dijeron: «Se puede dar por muerta. ¿A quién se le ocurre presentarse aquí sin el dinero?». Luego por
fin se hizo el silencio y subí al piso de arriba, al dormitorio de la cama con dosel, y dije «hola». Keith se había
quitado los zapatos y me dijo: «Está bien, lo haré. Tengo la máquina. Lo voy a dejar». Le pregunté: «¿Quieres ir a
Woodstock? Es donde se van a hacer los ensayos. Lárgate, hazlo. Yo iré contigo». Al cabo de tres horas vino y me
dijo que de acuerdo, y nos pusimos a prepararlo todo para marcharnos antes de que volviera Anita, porque yo
sabía que tenía que ser así. Pero ella regresó antes de que nos fuéramos. Hubo una gran trifulca y alguien bajó
volando por las escaleras. Al final Keith se metió en el coche y nos fuimos a Woodstock. Anita se quedó con el
dinero o la droga, y Keith se marchó a Woodstock, donde aguantó el mono con la ayuda de su máquina. Mick y
Jerry [Hall] vinieron a pasar dos días conmigo. Yo me pasé con Keith las veinticuatro horas del día, en su
habitación, allí estuve. No sé cuántos días duró aquello, ni si hablé con alguien. Pero estaba convencida de que se
iba a poner bien. Simplemente tenía fe en él.

Si quieres sonsacarle algo a alguien, yo diría que la mejor manera es drogar a la persona en cuestión
durante un mes o dos y luego dejarla sin nada: seguro que habla. Jane me acompañó durante aquellas
setenta y dos horas. Me vio subirme por las paredes (por eso ya no me gusta el papel pintado). Eres
incapaz de controlar las contracciones musculares y te mueres de vergüenza. Pero tienes que hacerlo. Y
luego no fui a buscar otro chute, porque después de desengancharme me encerré en una habitación. Jane
estuvo conmigo. Fue ella quien consiguió que me desintoxicara. Y aquélla fue la última vez. No pienso
volver a eso jamás.
Anita, en cambio, no fue precisamente una gran ayuda porque se negó a cumplir su parte: «Si vamos a
estar juntos, tenemos que hacerlo juntos». Pero ella no lo hizo. Estábamos perdiendo el control y yo no
podía compartir la casa con alguien que aún se chutaba. No es sólo cuestión de reacciones químicas en el
cuerpo, también afecta a tu relación con los demás. Eso es lo verdaderamente complicado. Seguramente
habría seguido con Anita hasta el final de mis días, pero cuando llegó el momento clave en que tocaba
dejar las drogas para siempre, ella no lo hizo. De hecho, no las había dejado nunca. Cuando paramos
durante unos meses en 1977, ella siguió metiéndose a escondidas. Yo sabía que se chutaba, se nota en las
pupilas. Así que ahora ni siquiera podía ir a verla. Y fue entonces cuando dije: «Bueno… Anita es así». Ahí
se hundió todo.

Yo estaba limpio y ensayábamos para la gira de 1978 en los Bearsville Studios de Woodstock, Nueva
York. Un buen día, bajando de las nubes en helicóptero, apareció Lil. Venía con su amiga Jo, que se
convertiría pronto en la mujer de Ronnie, para celebrar el cumpleaños de éste. Debían de faltar diez días
para el comienzo de la gira y fue casi un milagro encontrar a una nueva amiga en aquellas circunstancias.
Su verdadero nombre es Lil Wergilis, aunque cuando escriben sobre ella siempre la llaman Lil «Wenglas»
o Lil Green, su nombre de casada. Es sueca, aunque al cabo de diez años en Londres nadie lo habría dicho
Hablaba como una auténtica londinense, con frases del tipo oh, fuckin naff y todo eso. Era una
esplendorosa rubia en la flor de la vida. Cuando la conocí parecía Marilyn Monroe. Despampanante con
aquellas medias de color rosa metalizado y la melena rubia. Pero además era muy lista y tenía un gran
corazón. Una chica encantadora, una amante fabulosa: yo acababa de dejar la droga, pero ella apareció y
me hizo reír. Me sacó de todo aquello con la risa. Me rescató del abismo. Dejar esa mierda después de
diez años y cinco o seis monos no es tan fácil como puede parecer cuando lo cuento. Además, una cosa es
dejarlo y otra no recaer, y Lil, bendita sea, hizo que olvidara completamente todo ese rollo. Fue como un
soplo de aire fresco: alegre, divertida salvaje, siempre dispuesta a cualquier locura, increíblemente
graciosa, con mucho ingenio, y encima estaba buenísima. Derrochaba energía, la tenía a raudales, no
paraba de hacer cosas. Como prepararme el desayuno y asegurarse de que me levantaba a la hora. Y yo
necesitaba un poco de eso. A Mick no le caía bien porque no era la típica chica de Studio 54, y no
entendía qué estaba haciendo con ella. Aquélla fue una época bastante turbulenta para nuestros
matrimonios o desmatrimonios. Bianca le había pedido el divorcio y ahora estaba con Jerry Hall, y yo me
llevaba muy bien con Jerry.
Me llevé a Lil de gira, y fue mi acompañante en otro de los episodios en que burlo a la muerte por los
pelos: la lista ya era demasiado larga para tomarse el asunto a la ligera. Esta vez fue un incendio en la
casa que habíamos alquilado en Laurel Canyon, Los Angeles. Lil y yo nos habíamos acostado y ella, eso
contó después, oyó un lejano estampido: se levantó, entreabrió las cortinas y le pareció ver una extraña
claridad fuera. Algo no iba bien. Luego abrió la puerta del baño y una llamarada invadió el dormitorio.
Apenas tuvimos unos segundos para saltar por la ventana. Yo sólo llevaba una camiseta y ella iba
desnuda. Allí estábamos, exhibiéndonos en cueros mientras la gente se iba congregando estupefacta e
intentaba apagar el incendio: una gran historia cuando llegue la prensa. En esto que se para un coche a
nuestro lado y nos montamos muy agradecidos. Asombrosamente, ¡era la prima de Anita! Nos llevó a su
casa, nos prestó algo de ropa y luego nos acercó a un hotel. Al día siguiente, alguien se pasó por allí a
echar un vistazo y sobre el césped carbonizado, vio un gran letrero que decía: «Muchas gracias, Keith».
En octubre de 1978 se celebró por fin el juicio de Toronto. Sabíamos que aquello podía hundirnos a
todos, pero algunos decidieron buscarle el lado bueno. «No creo que sea para tanto —dijo Mick—, pero si
ocurre lo peor y Keith acaba en régimen abierto con la señora Trudeau, yo voy a seguir saliendo a la
carretera. Quizá podamos hacer una gira por Las prisiones canadienses. ¡Ja, ja, ja!».
Cuanto más se alargaba el proceso, más claro empezó a verse que el Gobierno canadiense se quería
quitar de encima aquel muerto. Los de la Montada y sus aliados pensaban: «¡Estupendo! ¡Gran trabajo!
Lo hemos puesto en manos de la justicia con el anzuelo en la boca». Y los Trudeau pensaban: «¡Ay, ay,
colega!, esto es lo último que necesitamos». Cada vez que aparecía yo por el juzgado se agolpaba en la
puerta una muchedumbre de quinientas o seiscientas personas que coreaba: «¡Soltad a Keith, soltad a
Keith!». Y sabíamos que el enemigo (si se quiere calificar de enemigo al Gobierno canadiense de la
época), nuestro perseguidor, andaba con pies de plomo. En cambio a mí me daba todo igual, y además
llegué a la conclusión de que, cuanto más fuerte me dieran, más fácil me resultaría salir de todo aquello.
La Montada, o por lo menos el fiscal, no quería olvidarse del asunto. Pero, como señaló Bill Carter, en casi
todos los casos por los que se nos juzgó durante aquella época la ley no tenía las manos limpias. Sabían
de sobra que no era culpable de tráfico, pero querían asegurarse de que el asunto llegara ante el jurado
cuanto antes para conseguir una condena histórica. Ese fue su gran error. «Mirad a Keith Richards. No
está vendiendo droga. Tiene todo el dinero que necesita. La acusación de tráfico, presentada sólo para
que le caiga una sentencia muy severa, es absurda. No es más que un pobre adicto. Tiene un problema
médico». Mis abogados redactaron un informe donde demostraban que, conforme a los precedentes
legales y la jurisprudencia vigente, si yo no hubiera sido Keith Richards seguramente no me habría caído
más que la condicional. Hasta el último momento no retiraron los cargos por tráfico para rebajarlos a
posesión y añadir otro por tenencia de cocaína. Pero ese cambio debilitó su posición y los dejó en
evidencia, dejó más en evidencia al Gobierno canadiense que a mí. «Oye, ¿sabes qué? Keith Richards se
chuta caballo». ¿Y qué tiene eso de novedad? Pero la esposa del primer ministro dando vueltas por el
hotel ya era otra cosa. Así que lo segundo eclipsó a lo primero, por así decirlo. Yo, desde luego, tenía la
impresión de que, fueran cuales fuesen los cargos finales, el asunto me venía demasiado ancho (o
estrecho, según se mire). ¿Acaso sabe alguien lo que se cuece? Es el sucio juego de la política.
Sabíamos que todo aquello era papel mojado y ahora la cuestión era cuánto iban a tardar en soltarme.
Se habían metido en aquel follón ellos solitos y ahora no querían saber nada del asunto, ¿pero cómo iban
a salir del atolladero? Estábamos esperando a ver cómo recogía velas el Gobierno de Canadá.
En realidad fueron los canadienses de a pie quienes me salvaron el pellejo. La jugada magistral fue
apoyarnos en el desliz de Margaret Trudeau. Si me hubieran despachado de forma rápida y contundente
podrían haberme jodido sólo por el cargo de importación, pero cuando el caso llegó a los tribunales había
un juez nuevo que claramente deseaba darle carpetazo al asunto: «No queremos saber nada más de todo
esto; nos está costando demasiado tanto en dinero como en prestigio, no merece la pena». El día del
veredicto acudí al juzgado, una sala que recordaba a las de Inglaterra en los años cincuenta con un
inquietante retrato de la reina todavía colgado en la pared. El actor Dan Aykroyd a quien había conocido
poco antes mientras hacíamos Saturday Night Live, acudió como canadiense y como testigo relevante. El
creador y productor de ese programa, Lorne Michaels, habló ante el juez sobre mi papel como humilde
cocinero en el gran restaurante de la cultura. Hago una actuación de lo más elegante. A mí la situación no
me intimidaba en absoluto, porque ya sabía que ellos tenían un verdadero problema. También sabía, por
mi experiencia en situaciones similares, que la mayoría de los gobiernos viven completamente alejados de
la realidad de sus ciudadanos y que eso podía repercutir en mi beneficio. Hay veces en que puedes oler la
inminente derrota del adversario, por más que te esté apuntado con toda la artillería pesada, y aquélla
fue una de esas ocasiones.
Me declararon culpable, pero el juez concluyó: «No voy a encarcelarlo por ser adicto y rico». «Hay que
ponerlo en libertad —dictaminó— de modo que pueda seguir con su tratamiento, pero con una condición:
dará un concierto para invidentes». Me pareció una decisión muy sabia, la sentencia más salomónica que
me había caído en muchos años. Todo aquello se debió a una chica ciega que había estado siguiendo la
gira de los Stones por todo el país: Rita, mi ángel ciego. A pesar de su ceguera había ido haciendo
autostop a todos nuestros conciertos. Aquella muchacha no le tenía miedo a nada. Yo había oído hablar de
ella, y la idea de que tuviera que andar haciendo dedo en mitad de la noche me había parecido demencial,
así que había organizado una red de camioneros encargada de asegurar que viajaba sin riesgo y comía
bien. Cuando me detuvieron, Rita se las ingenió para presentarse en la casa del juez y le contó toda la
historia. Y así fue como a su señoría se le ocurrió lo del concierto para ciegos. El cariño y la devoción de
gente como Rita nunca dejará de sorprenderme. Así que al final encontramos una salida.
A raíz de aquella aparición en Saturday Night Live, Lil y yo solíamos alternar con Dan Aykroyd, Bill
Murray y John Belushi en el club que tenían, el Blues Bar de Nueva York, allá por 1979. Belushi era un
personaje desmesurado, por decirlo suavemente. Recuerdo que una vez le dije: «John, como suele decir
mi padre, no es lo mismo rascarse el culo que hacérselo pedazos». John era un tipo divertidísimo, un
absoluto loco para salir de marcha. Era una experiencia extrema, incluso para mis cánones. Un tipo único.
Cuando era un crío solía ir a casa de Mick. Si querías algo de beber, abrías la nevera y no había nada
salvo quizá medio tomate. Era un frigorífico inmenso. Treinta años más tarde voy al apartamento de Mick,
abro la nevera, una más grande incluso, ¿y qué hay? Medio tomate y una botella de cerveza. Por la época
en que salíamos con John Belushi, Ronnie, Mick y yo estuvimos tocando a lo largo de toda una noche y
luego nos fuimos al apartamento de Mick. En esto llaman a la puerta, abrimos y nos encontramos a
Belushi con uniforme de portero y un carrito que transporta doce putas cajas de albóndigas de pescado.
Entra por la puerta haciendo como que no nos ve, enfila derecho hacia la nevera, mete todas las cajas
dentro y dice: «Ahora está llena».
Animados por el éxito de Some Girls y el final feliz de mi juicio nos fuimos a Nassau, en las Bahamas, a
trabajar en los Compass Point Studios. Las discusiones entre Mick y yo eran ya constantes y pronto se
convertirían en una gran bronca continua, pero todavía no. Empezamos a tocar y a componer para
Emotional Rescue. Mientras estábamos allí, el papa Juan Pablo II hizo una parada imprevista en Nassau
para repostar combustible. Bahamas es un país eminentemente católico, al menos mientras el papa está
por allí, y se anunció que su santidad iba a dar una gran bendición pública en un estadio de fútbol. Decidí
que como Alan Dunn, nuestro director de gira, era católico y no le importaría acudir a recibir la bendición
papal, debía coger las cintas de lo que estábamos grabando y llevarlas al estadio para que el papa las
bendijera. ¿Y por qué no? ¡Nunca se sabe! Alan consiguió una entrada a través de un colegio de la zona y
llevó las cintas en medio de un calor sofocante: unas cintas enormes de unos 5 centímetros de ancho que
pesaban una tonelada, más aún cuando se rompieron las asas del cesto de paja donde las llevaba, según
me contó él mismo. En fin, sujetó la cesta contra su pecho mientras el pontífice lanzaba su bendición
sobre todos los presentes, incluido Alan. Desde luego para él funcionó, porque al cabo de unos días sería
rescatado de forma milagrosa junto con su novia cuando la lancha en la que daban una vuelta por el
arrecife de coral acabó en alta mar. Se le había averiado el motor y no llevaba remos. Eso habría
significado una muerte segura, pero la madre de Alan cree que el bote que pasó por allí y los rescató fue
un regalo de Dios, por mediación del papa.
Por aquella época también participé en una de las mejores sesiones de grabación de toda mi vida,
cuando Lil y yo nos fuimos a Jamaica y me encontré con Sly Dunbar y Robbie Shakespeare, que estaban
grabando un disco de Black Uhuru. Sly y Robbie formaban una de las mejores secciones rítmicas del
mundo. Grabamos seis canciones en una sola noche y una de ellas, «Shine Eye Gal», se acabaría
convirtiendo en un gran éxito y en un clásico. Otra fue un tema instrumental titulado «Dirty Harry» para
el disco que preparaba Sly, Sly, Wicked and Slick, y las demás todavía las tengo. Las grabamos todas
sobre cuatro pistas en Channel One, en Kingston. Tocamos lo que a la gente le apetecía en cada
momento, la mayoría a partir de riffs, pero la banda que improvisamos era increíble: Sly y Robbie; Sticky
y Scully, que eran los percusionistas de Sly y quienes se encargaron de las partes más complicadas; Ansell
Collins al órgano y el piano: yo a la guitarra; otro guitarra que tal vez fuera Michael Chung…
Fue una noche magnífica. Recuerdo que dijimos: «Vamos a repartirnos las cintas, yo me llevo tres y
vosotros las otras tres». Ellos consiguieron un gran éxito con «Shine Eye Gal». Al cabo de un par de años
vinieron de gira con nosotros.
Mick no quería salir de gira en 1979, pero yo sí. Me sentí un poco frustrado y contrariado, pero aquello
también significaba que podía ir a mi aire. Ronnie había montado los New Barbarians, que era una banda
increíble, con Joseph «Zigaboo» Modeliste a la batería, uno de los mejores de todos los tiempos. Y por eso
me apunté sin pensármelo dos veces. Los percusionistas de Nueva Orleans, entre los que Ziggy es uno de
los más grandes, leen las canciones como nadie, las entienden, las sienten y saben por dónde van a ir
incluso antes que tú. Yo ya conocía a Ziggy porque los Meters habían trabajado con los Stones en varias
giras, con George Potter al bajo. Los Meters tuvieron una gran influencia en mi manera de apreciar el
funk. Son puro Nueva Orleans en su ritmo y en el uso del espacio y el tiempo. Nueva Orleans es la ciudad
más peculiar de Estados Unidos, y eso se nota en su música. También he trabajado con George Recile,
que ahora es el batería de Bob Dylan, otro grande de esa ciudad. Bobby Keys también se unió a los New
Barbarians, junto con Ian McLagan a los teclados y el gran bajista de jazz Stanley Clarke. Fue una gira
divertida, nos echamos grandes risas, y no me tuve que preocupar por nada de lo que normalmente me
toca supervisar durante las giras, no tenía ninguna responsabilidad. Para mí fue un paseo, una juerga
increíble, porque básicamente yo era un músico más contratado para la gira. La verdad es que no
recuerdo demasiado, así de bien me lo pasé. Para mí lo importante era: «Joder, me he librado de ir al
trullo una temporada y estoy haciendo lo que más me gusta en el mundo». Y además estaba conmigo Lil,
la chica para pasarlo bien en todo momento. Pero entonces la madre de Lil se puso enferma y ella se tuvo
que marchar a Suecia. Y en su ausencia tuve una breve recaída: en Los Angeles le compré un poco de
caballo para esnifar a una mujer que se llamaba Cathy Smith. Por aquel entonces yo me describía como
alguien que estaba «viviendo su segunda juventud de roquero». Cathy Smith fue la perdición de Belushi.
Para John fue sencillamente demasiado. El era un tipo muy fuerte, pero se le fue la mano y se pasó de la
raya. Además no estaba en forma. Fumaba freebase, como Ronnie había empezado a hacer también por
aquella época. Hubo una alta tasa de mortalidad entre los participantes en aquel Saturday Night Live.
John murió en el Chateau Marmont. Llevaba demasiados días sin pegar ojo, demasiadas noches, y era
algo que hacía muy a menudo. Demasiadas noches y demasiado peso que arrastrar.
Tal vez tuviera que ver con haber dejado las drogas, el lento resurgimiento de toda una serie de
impulsos y sensaciones enterrados. No lo sé. El hecho es que cuando volví a París para terminar
Emotional Rescue en los Pathé Marconi, de nuevo con Lil, tenía siempre el dedo en el gatillo,
metafóricamente hablando. Mis reacciones eran más rápidas, y también mi ira. Hay veces en que se me
calienta la sangre y pierdo los papeles, y odio a la persona que me lleva a reaccionar así. Cuando algo se
desata en tu interior, casi podría decirse que tienes más miedo de ti mismo que del que tienes enfrente,
porque sabes que has llegado a un punto de no retorno y que serías capaz de cualquier cosa, que podrías
matar a alguien y luego te despertarías preguntando: «¿Qué ha pasado?». «Que le has partido el cuello a
un tío». Cuando me ocurre, me doy miedo. Quizá tenga que ver con el hecho de haberme acostumbrado a
recibir palizas de pequeño por ser el más canijo de la clase. Desde luego es algo que me viene de muy
atrás.
Gary Schultz, mi encargado de seguridad y gran amigo, estaba conmigo una vez en una discoteca de
París. Había por allí un cabroncete francés que se había puesto a tocar los cojones a base de bien, el tío
iba muy pasado de vueltas. Yo estaba con Lil, bendita sea, y aquel tipo no hacía más que tirarle los tejos
en plan coñazo, así que al final le solté: «¿Qué has dicho?». Y él: «¿Qué?». Yo tenía en la mano una copa
de tallo largo. Le partí la base y me quedé con el tallo como arma. Ya tenía al tío en el suelo de rodillas y
le puse el pincho en la garganta. Y deseaba para mis adentros que no se me rompiera la copa en la mano,
ya que en ese momento yo tenía la sartén por el mango. Porque el tío iba con un montón de amigos, no se
trataba sólo de él sino también de sus colegas, así que era cuestión de echarle bastante teatro.
«¡Quitádmelo de delante!». Y lo hicieron. Menos mal, porque si no los amigos nos habrían dado una buena
tunda.
Las navajas sólo deberían usarse para ganar tiempo; las pistolas, para que tu mensaje quede bien claro
en ocasiones. Pero tienes que ser convincente. Por ejemplo, recuerdo un incidente de aquella época:
intentaba coger un taxi en París y era extranjero. Te encuentras una fila de veinte taxis con los tíos
sentado dentro mano sobre mano. Te vas para el primero y te manda al de atrás, y éste te manda de
vuelta al primero. Al final caes en la cuenta, «no les importa el negocio, lo que quieren es putear a la
gente», y ahí es donde empiezas a gruñir y a quejarte y a armar un poco de follón. El concepto de
diversión que tienen esos cabrones consiste en hincharles las pelotas a los extranjeros, hasta los he visto
hacérselo a ancianas. Un día decidí que ya había aguantado bastante y le puse la navaja a uno en el
cuello: «Me vas a llevar». Sólo más adelante me di cuenta de que se comportaban aún peor con los
franceses de provincias.
Fue en París donde comprendí que realmente había dicho adiós a la heroína para siempre. Más o
menos al cabo de un año salí una noche a cenar con Lynda Carter, la «mujer maravilla», Mick y unos
cuantos más. No tengo ni idea de por qué le dio a Mick por ahí, a veces es así de raro. Me dijo:
«Acompáñame al Bois de Boulogne, he quedado allí con un tío». Mick creyó que estaba comprando
cocaína.
La transacción se hizo en el parque, el grupo se disolvió, y Mick y yo acabamos en casa. Y resultó que
la bolsa que le habían pasado estaba llena de heroína, no de cocaína. Típico de Mick Jagger. No tenía ni
idea: «Mick, tío, esto no es coca». Y me quedé mirando aquella magnífica bolsa llena de caballo. Llovía en
la Rué Saint-Honoré. Volví a mirar la bolsa. Reconozco que me quedé un gramo e hice una pequeña
papelina, pero el resto lo tiré a la calle. Y ahí fue donde me di cuenta de que ya no era un yonqui. Aunque
llevaba sin probar el caballo dos o tres años, ser capaz de tirarla por la ventana fue la prueba de que ya
no tenía ningún poder sobre mí.

Con Anita las cosas llegaron a un verdadero punto de no retorno cuando su joven novio se voló la tapa
de los sesos en nuestra casa, en la cama. Yo estaba a casi cinco mil kilómetros de distancia, grabando un
disco en París, pero Marlon estaba allí, y oyó los gritos de Anita y la vio bajar corriendo las escaleras
cubierta de sangre. El muchacho se había pegado un tiro en la cara jugando a la ruleta rusa, según
cuenta la historia. Yo lo había conocido. Un mocoso chiflado de diecisiete años, el novio de Anita.
Recuerdo que le dije: «Oye, nena, me marcho, hemos terminado, se acabó, pero ese tío no es para ti». Y al
final lo demostró. La razón de liarse con ese chico, un perfecto capullo, era, creo, intentar joderme. Por
entonces, de todas formas, yo ya no vivía con ella. Sólo pasaba por allí de vez en cuando a recoger mis
cosas, o iba a ver a Marlon. Vi al tipo una vez, jugando con Marlon, y cuando volví le advertí que se
mantuviera alejado del niño, cosa que sin duda le sentó fatal. Y le dije a Anita que dejara a ese imbécil,
pero no me refería a que fuera así.

Marlon: Acababa de salir la película El cazador, donde hay una escena en la que juegan a la ruleta rusa, y eso
era precisamente lo que estaba haciendo él, jugar a la ruleta rusa. Todo muy oscuro… Tenía diecisiete años y no
hacía más que decirme (era un muchacho muy desagradable) que iba a pegarle un tiro a Keith, y eso me
preocupaba mucho, así que sentí un cierto alivio cuando fue él quien se pegó el tiro.
Recuerdo perfectamente la fecha, el 20 de julio de 1979, porque era el décimo aniversario de la llegada del
hombre a la Luna. También recuerdo que sólo llevaba por casa unos cuantos meses y que Anita se comportaba de
forma muy autodestructiva. Era la época en que Keith estaba con Lil, y Anita se lo tomó en plan «muy bien, ya le
enseñaré yo». Era una venganza, por decirlo de algún modo. Así que presumía de novio ante todo el mundo. De
hecho, Keith coincidió con él un día. Total, que yo estaba viendo un programa sobre el aniversario de la llegada a
la Luna y oí un ruido. No me pareció un disparo, un simple pum como el estallido de un petardo. Y entonces Anita
bajó corriendo las escaleras cubierta de sangre y pegando gritos.
Pensé: «¡Dios mío, joder!». Tenía que echar una miradita, así que subí y vi todos aquellos sesos desparramados
por la pared. Luego llegó la policía, bastante rápido. Larry Sessler, uno de los chicos Sessler, vino para
encargarse de todo, y a la mañana siguiente me marché a París con Keith. La pobre Anita tuvo que quedarse y
afrontar todo aquello. Empezaron a circular todo tipo de historias en la prensa; decían que era una bruja, que en
casa se celebraban misas negras. Decían disparates.
Fue pura mala suerte. No creo que tuviera intención de pegarse un tiro, era sólo un idiota de diecisiete años
colocado, enfadado y jugando con una pistola. Al principio Anita tampoco se dio cuenta de que había sido un
disparo, no hasta que se volvió y oyó un ruido de gorgoteo, según contó. Vio que le salía sangre por la boca y su
primera reacción fue agarrar la pistola y ponerla sobre la mesa, así que sus huellas estaban también en el arma.
Una bala en la recámara, una bala en la boca, así de simple; no es como si la pistola hubiera estado totalmente
cargada. Pero entonces nos tuvimos que marchar de aquella casa a toda prisa. Anita aparecía todos los días en los
periódicos y tuvo que esconderse en un hotel de Nueva York.

Cuando se enteró la policía quisieron interrogarme el primero, pero yo estaba en París. Joder, qué
puntería, acertarle a un tío con la Smith & Wesson desde París. ¿Y Anita? Estaba decidido a asegurarme
de que ella no acabara en la cárcel cuando perdieron interés por mí. Y la verdad es que el caso se
desvaneció milagrosamente. Seguramente porque la pistola pertenecía a la policía y había sido comprada
en el mercadillo de armas de un aparcamiento de comisaría. Así que de repente no había caso. Fue
archivado como suicidio. Los padres del muchacho intentaron presentar cargos por corrupción de
menores, pero aquello no prosperó. Anita se marchó a Nueva York, al Hotel Alray, y empezó una nueva
vida. Fue el telón entre Anita y yo, aparte de los viajes para ver a los niños. El final. Gracias por los
buenos recuerdos, chica.

Con Patti Hansen en Nueva York: un nuevo idilio (1980).

© Jane Rose
11

En el que conozco a Patti Hansen y me enamoro. Sobrevivo a una desastrosa primera visita a sus padres. Se va
fraguando el desencuentro con Mick. Me peleo con Ronnie Wood y recupero a mi padre al cabo de veinte años. La
historia de Marlon sobre las mansiones estilo Gran Gatsby de Long Island. Boda en México.

Mick se pasaba el día en Studio 54 de Nueva York, que ciertamente no era muy de mi gusto: una
discoteca con decoración emperifollada, o eso me parecía a mí por aquel entonces, una sala abarrotada
de maricones en pantalones bóxer agitando botellas de champán delante de tus narices. Las colas para
entrar daban la vuelta a la manzana, y el tipo con la cuerdecita de terciopelo decretando quién entraba y
quién no. Yo sabía que trapicheaban en la parte trasera, motivo por el que al final la policía los machacó.
No debía de bastarles la pasta que ganaban. Pero no eran más que críos pasándoselo bien, nada más que
un montón de chicos alegres. Lo raro es que conociera a Patti Hansen en Studio 54. John Phillips y yo nos
habíamos refugiado allí porque Britt Ekland me perseguía, estaba loca por mí. Y, eh, Britt, me encantas,
eres una chica muy simpática y todo eso, dulce, tímida y sin pretensiones, pero tengo la agenda hasta
arriba, ¿me explico? El caso es que ella no se daba por aludida y me perseguía por toda la puta ciudad, así
que se nos ocurrió que el sitio ideal para escondernos era Studio 54, porque era el último lugar de la
Tierra donde podrías encontrarme. Resultó que era el día de San Patricio, el 17 de marzo. Corría el año
1979.
Así que nos escondimos pensando: «Aquí Britt no nos encontrará en la vida». Y Shaun, una de las
colegas de Patti, se acerca y nos cuenta que es el cumpleaños de una amiga suya. «¿De cuál?», le
pregunto yo, y me señala a una rubia preciosa que estaba bailando con la melena al viento. ¡Dom
Pérignon ahora mismo! Le mandé una botella de champán y me acerqué a saludar, sólo eso. Después no la
volví a ver durante algún tiempo, pero aquella visión se me quedó grabada.
Luego, en diciembre, llegó mi cumpleaños. Cumplía treinta y seis y, en consonancia con la locura de los
tiempos, alquilamos la pista de patinaje Roxy para dar una fiesta. Jane Rose había mantenido en su radar
a Patti durante todos esos meses, porque por lo visto había percibido que aquella primera noche saltaron
chispas, así que se aseguró de que Patti estuviera invitada. En fin, el caso es que volví a ver a Patti, y Patti
vio que la miraba. Y se marchó. Al cabo de unos días la llamé y empezamos a salir. A los pocos días, en
una entrada de mi diario de enero de 1980, escribí:

Increíble. He conocido a una mujer. ¡Un milagro! Tengo un montón de tías a mi disposición con sólo chasquear
los dedos, ¡pero he conocido a una mujer! Me cuesta trabajo creerlo porque es la mujer más hermosa
(físicamente) del MUNDO. ¡Pero no es eso! Por supuesto que ayuda, pero es su mente, su alegría de vivir y
(maravilla) cree que este yonqui hecho polvo es el tío al que ama. Estoy meándome en los pantalones. Le encanta
el soul y el reggae, de hecho le gusta todo. Yo le hago cintas de música y disfruto casi tanto como estando con
ella. Se las envío como cartas de amor. Voy camino de los cuarenta y estoy perdidamente enamorado.

Yo no me podía creer que estuviera dispuesta a andar por ahí conmigo, porque por aquel entonces mis
colegas eran un montón de tíos y nos pasábamos el día por el Bronx y por Brooklyn metidos en
extravagantes locales antillanos y en tiendas de discos. Nada que pudiera ser de interés para una
supermodelo. Mi amigo Brad Klein andaba por ahí: creo que Larry Sessler, el hijo de Freddie, también; y
Gary Schultz, mi guardaespaldas, al que llamábamos siempre Concorde, un apodo que procedía de los
Monty Python (Brave, brave Concorde! You shall not have died in vain / I’m not quite dead, sir[62], etc.); y
también Jimmy Callaghan, mi gorila personal durante muchos años; y Max Romeo, la estrella del reggae,
y algunos más. «Encantado de conocerte, encantado de que hayas venido, ¿te apetece conocer a un
puñado de gilipollas? Como quieras, ¿eh?, tú verás». Pero ella aparecía todos los días, y yo sabía que
estaba a punto de pasar algo, pero cómo y cuándo (y quién iba a dar el primer paso) era ya otro tema.
Nos tiramos así días y días, y yo nunca apreté demasiado el acelerador, no moví un dedo en realidad.
Nunca se me ha dado bien lo de conquistar a las tías, no encuentro jamás la frase adecuada o una frase
que no esté ya muy oída, nunca he tenido esa habilidad con las mujeres. Así que lo hacía en silencio, muy
al estilo de Charlie Chaplin: el gesto de rascarse la mejilla, la mirada, el lenguaje corporal, ¿lo captas?
Ahora depende de ti. El rollo de «¡hey, chica!» simplemente no es lo mío. Yo necesito retraerme un poco y
ver como la tensión va en aumento hasta un punto en que tiene que acabar pasando algo. Y si son capaces
de aguantar esa tensión, entonces todo va a ir bien. Lo llaman osmosis inversa. Al final, después de una
asombrosa cantidad de días, fue ella la que se tumbó en la cama y me dijo ¡adelante!
Por aquel entonces yo vivía con Lil. De repente desaparecí durante diez días y alquilé una habitación
en el Hotel Carlyle, y Lil preguntándose dónde coño me había metido, aunque captó el mensaje
enseguida. Por entonces llevaba con ella dieciocho meses y nos habíamos instalado cómodamente en un
apartamento muy agradable. Lil es una tía fantástica y yo acababa de plantarla… Tenía que compensarla
de alguna manera.
Hace mucho tiempo que tenía ganas de oír la versión de Patti sobre todo aquello.

Patti Hansen: Yo no sabía nada de Keith, no seguía su música. Evidentemente, si por aquel entonces oías la
radio era imposible que no supieras quiénes eran los Rolling Stones, pero no era el tipo de música que yo solía
escuchar. Era marzo de 1979, mi cumpleaños, y estaba en Studio 54; acababa de romper con un tío con el que
había estado años saliendo y me había ido a bailar con mi amiga Shaun Casey, que vio a Keith llegar y sentarse en
uno de los reservados. Ya habían cerrado la barra, así que Shaun se fue para allá y le dijo: «Es el cumpleaños de
mi mejor amiga. ¿Te importaría regalarle una botella de champán? Es que a nosotras a estas horas ya no nos
sirven». Y añadió: «Ah, por cierto, soy amiga de Bill Wyman». Y ella fue quien me presentó a Keith, apenas un
momento. Casi ni me acuerdo. Sé que volví a la pista. Debían de ser las tres de la mañana. Me parece que era la
primera vez que él iba a Studio 54 y que no volvió por allí jamás. Era más bien mi tipo de local. Y se fijó en mí.
Luego, en diciembre del 79, yo estaba trabajando con Jerry Hall en el estudio de Avedon y ella me contó que
iba a haber una gran fiesta para celebrar el cumpleaños de Keith Richards, y me preguntó si me apetecía ir. Jerry
y yo no éramos amigas, pero trabajábamos juntas como modelos; a ella y a Mick apenas los conocía. La cuestión
es que salí a tomarme un vodka con un amigo y le dije: «Vamos a una fiesta en el Roxy a ver a ese tío». La
mayoría de mis amigos eran gays, con lo cual me ponía bastante nerviosa toda aquella historia de que un tipo
quisiera conocerme, y además estaba todo preparado y por tanto era algo cutre, un poco de tía demasiado
lanzada. Pero también estábamos a finales de los setenta y yo tenía veintitrés años. Así que fuimos y tuve un
momento extraño y maravilloso de mariposeo en el estómago. Ya estaba amaneciendo, y mi amigo Bill y yo
decidimos volver andando a mi casa, y supongo que en algún momento debí de darle mi teléfono a Keith, porque
al cabo de unos días me llamó a las dos de la mañana: «¿Qué ha pasado contigo? Oye, ¿te apetece que quedemos
en Tramps?». Tocaba no sé qué grupo. Uno de mis amigos gays me dijo: «¡Ni se te ocurra ir! ¡No vayas, no lo
hagas, Patti!». Pero le contesté: «Voy, ¡esto es genial!».
Desde el concierto en Tramps me pasé cinco días seguidos con él, sin pegar ojo. Dimos vueltas en coche,
estuvimos en varios apartamentos, fuimos hasta Harlem buscando una tienda de discos. El quinto día, cuando
estaba empezando a ver borroso por el sueño, acabamos en una gran fiesta en casa de Mick. Yo trabajaba mucho
de modelo en aquella época, salía a menudo en la portada de Vogue, pero aun así no me iba mucho lo de hacer
vida social, y aquella fiesta en casa de Mick era de lo más exclusivo, así que le dije a Keith: «Me voy para casa, ya
no puedo más. Supongo que después de eso cada uno sigue con su vida durante una temporada».
Y lo siguiente que recuerdo es que estaba en Staten Island pasando la Nochevieja con mi familia. Y me
acuerdo de montarme en el coche para volver a toda prisa a mi apartamento de la ciudad después de
medianoche, y encontrarme un reguero de sangre bajando por los peldaños de la escalera desde mi apartamento.
Él estaba esperándome, apoyado en la puerta. No sé lo que había hecho, pero se había cortado el pie o algo así.
Mi apartamento estaba en la Quinta Avenida con la Calle 11, y creo que por entonces él estaba trabajando en la
Calle 8. Supongo que habíamos hablado de quedar allí. Y fue maravilloso.
Keith decidió que nos quedáramos en una habitación del Carlyle, y recuerdo que se ocupó de que el ambiente
fuera perfecto: cambió la iluminación, colocó cortinas y unos pañuelos preciosos cubriendo las luces. Era una
habitación de dos camas. El sexo era parte de la historia, sí, pero no lo más importante, en ese aspecto fuimos
bastante despacio. En cambio tengo cajas y cajas de cartas de amor desde el primer día. Keith me hacía dibujitos
con su propia sangre. Y me siguen haciendo mucha ilusión esas notas que me manda, siempre deliciosas y llenas
de ingenio.
Aquellos primeros días fueron fantásticos. Y luego, poco a poco, la gente empezó a dar voces de alarma. Keith
iba y venía, se marchaba en mitad de la noche para volver a Long Island: ¿Tienes una familia? ¿Tienes una familia
en Long Island, tienes un hijo?». Estaba de los nervios. Yo no sabía lo de Anita, y desde luego no sabía que tuviera
una novia que se llamaba Lil Wergilis. Un tío me invita a una fiesta, y supongo que está libre. No sabía que venía
con todas esas historias a cuestas. Lo que sí recuerdo es la sensación de que aquel tío necesitaba un lugar donde
quedarse. La gente me empezó a decir lo que no estaba haciendo bien, las cosas que no debía decir: «No le hagas
los huevos así a Keith, no le digas eso, no hagas lo otro». Era todo muy raro. Luego le empezaron a llegar a mi
familia unas cartas horribles sobre Keith, pero ellos siempre se fiaron de mi buen juicio. Le di las llaves de mi
apartamento y me marché a trabajar a París unas semanas. Yo me preguntaba: «¿De verdad está pasando todo
esto?». Pero lo cierto era que quería estar con él, me gustaba de verdad. Y me emocionaba mucho que me llamara
a París para preguntarme: «¿Cuándo vuelves a casa?». Y más o menos en marzo de 1980 fui a California para
rodar una película a las órdenes de Peter Bogdanovich. Pero era algo de locos, mantener una relación con Keith y
al mismo tiempo comportarme como una profesional en mi primera experiencia como actriz. Incluso Bogdanovich
escribió a mi familia para advertirles sobre Keith, algo que ahora lamenta.
Y si yo no sabía mucho sobre Keith, mi conservadora y luterana familia de Staten Island sabía todavía menos.
Mis hermanos y hermanas se criaron en la otra orilla de los sesenta, la orilla de Doris Day. Mis hermanas mayores
fueron de las que se hacían aquellos inmensos moños cardados. Se perdieron toda la era hippy. Me parece que
mis hermanos sí que probaron la marihuana, pero no creo que nadie de mi familia tuviera mucho que ver con las
drogas, aunque tampoco se pueda decir que fueran abstemios. Todos han tenido sus historias, somos una familia
de bebedores. Y cuando finalmente Keith fue a casa de mis padres para que lo conocieran por Acción de Gracias,
en el otoño de 1980, fue un completo desastre.

La primera vez que fui a Staten Island a conocer a la familia de Patti llevaba días sin dormir. Además
tenía una botella de vodka o de Jack Daniels en la mano, y pensé que simplemente iba a entrar así, en
plan la la la la. No es broma, soy vuestro futuro yerno. Estaba muy pasado. Había llevado conmigo a
Stash, el príncipe Klossowski. No es que fuera la mejor compañía, pero necesitaba a alguien con cierto
encanto, y por alguna razón me pareció que presentarme con un príncipe en su casa era la estrategia
perfecta. Un príncipe auténtico. El hecho de que además fuera un auténtico cretino no me pareció, por lo
visto, muy importante. Necesitaba un colega que me acompañara. Sabía que Patti y yo acabaríamos
juntos de todos modos, sólo era cuestión de recibir la bendición de la familia, porque así todo resultaría
mucho más fácil para ella.
Saqué la guitarra y les ofrecí un poco de «Malagueña». ¡«Malagueña»! No hay nada igual, siempre te
abre cualquier puerta. La tocas y la gente se cree que eres un puto genio. Así que la toqué
maravillosamente y me imaginé que con eso me había metido en el bolsillo, al menos, a todas las mujeres.
Habían preparado una cena exquisita, nos estábamos dando un gran festín, y todo era muy correcto y
educado. Pero para el Gran Al, el padre de Patti, yo era un poco raro. Él era conductor de autobús en
Staten Island y yo una «estrella del pop internacional». Y toda la conversación fue por ahí, sobre
«estrellas del pop». Yo comenté que era un poco como un disfraz que se ponía uno y todo eso. Stash es
quien recuerda bien la historia, mejor que yo, porque para entonces ya llevaba un colocón considerable.
Recuerda que uno de los hermanos dijo: «Y entonces, ¿cuál es tu chanchullo?». Y de repente me sentí en
la picota. Stash se acuerda en particular de una hermana de Patti diciendo algo como «creo que has
bebido demasiado para tocar eso». Y entonces, ¡bang! Se me fue la olla, solté un «¡ya basta!» y rompí la
guitarra contra la mesa. Para lo cual hace falta bastante fuerza. La cosa podría haber salido por cualquier
lado. Me podrían haber echado de allí para siempre. Pero lo sorprendente de esa familia es que no se
ofendieron. Puede que se quedaran un poco desconcertados, pero todo el mundo iba un poco achispado.
Al día siguiente entoné una retahíla de disculpas verdaderamente abyectas y, en el caso del padre, el
Gran Al (un buen tipo), creo que eso por lo menos lo ayudó a ver que estaba dispuesto a luchar por su hija
y me parece que le gustó. Durante la guerra lo habían destinado a un batallón de ingenieros en las islas
Aleutianas. Supuestamente tenían que construir una pista de aterrizaje, pero acabaron luchando contra
los japos porque no había nadie más por allí para hacerlo. Al final me llevé al Gran Al a jugar al billar a su
bar favorito del barrio y dejé que pensara que me había tumbado bebiendo: «¡Todavía hay clases, hijo,
conmigo no puedes!». «¡Y que lo diga, señor, lleva toda la razón!». Pero la pieza clave para que la familia
me aceptara fue Beatrice, la madre de Patti, que siempre estuvo de mi lado y con quien compartiría
muchos buenos momentos más tarde.
Así es como vio Patti el día en que me presentó a su familia:

Patti Hansen: Sólo recuerdo estar en el piso de arriba, llorando, cuando se armó el gran follón. Debió de pasar
algo antes, porque recuerdo que yo no estaba en la mesa cuando ocurrió. Debí de ver que se le estaba yendo la
situación de las manos y simplemente quería esconderme en un agujero. Era una celebración familiar, pero
alguien dijo algo y de repente salió una guitarra volando por encima de la mesa en dirección a mis padres. No sé
qué pasó, pero de pronto se convirtió en la estrella de rock, en una persona que ninguno de nosotros conocíamos.
Y mi madre dijo: «Algo va mal, Patti, algo va muy mal». Sé que estaban aterrorizados, muy preocupados por mí.
Mi padre era conductor de autobús, un hombre tranquilo en cualquier caso, que se estaba recuperando de un
ataque al corazón, y aquélla era la primera vez que veía a Keith, con su cazadora de cuero y sus piernas de
alambre embutidas en unos pantalones pitillo. Y yo era su pequeña, la menor de siete hermanos. ¡A saber qué se
había metido Keith, seguramente tranquilizantes y alcohol! Me recuerdo sentada en la escalera llorando, y él
abrazado a mí llorando también, y toda mi familia mirándonos. Teniendo en cuenta que nunca se habían visto en
semejante situación, yo diría que no lo llevaron mal del todo. Estaban en casa otros familiares y algunos vecinos,
siempre teníamos la casa llena.
Lo siguiente que recuerdo es a mi madre abrazándome y diciendo que Keith iba a cuidar de mí, que no pasaba
nada, que era un buen chico. Él luego se sentía fatal por lo que había hecho y al día siguiente le envió a mi madre
una nota preciosa diciéndole que sentía profundamente lo ocurrido. No sé cómo pudo confiar en él después de
aquello, pero el hecho es que lo hizo. Yo fui incapaz de quedarme a dormir y volví a la ciudad con Keith. Debieron
de quedarse aterrados al verme en el coche con aquel desquiciado. Mis otros hermanos varones estaban en
California esa noche, pero Keith también acabó enfrentándose con ellos más adelante. Solía sacar pecho y
decirme: «¡O ellos o yo, Patti!». Yo respondía: ¡Pero si ya sabes que te elijo a ti!». Siempre me hacía lo mismo.
Sólo para asegurarse.

En cuanto a los tres hermanos de Patti, el más duro de pelar fue el Gran Al Jr., a quien por aquel entonces
yo no le gustaba lo más mínimo. El tío andaba buscando pelea, quería tener una al estilo OK Corral, así
que un día, en su casa de Los Angeles, le dije: «Dejémonos ya de chorradas vamos afuera, Al,
solucionemos esto de una puta vez, ahora mismo. Tú mides un metro noventa y tantos y yo un metro
setenta y cuantos, lo más seguro es que me mates, pero nunca volverás a caminar igual de bien, eso te lo
aseguro, porque soy rápido. Antes de que me mates, te separaré para siempre de tu hermana, te odiará
durante el resto de sus días». Al final tiró la toalla. Yo sabía que con aquello se zanjaría el asunto. El resto
eran bravuconadas de machito sin ninguna importancia. Su manera de ponerme a prueba.
Greg me costó un poco más. Es un tipo muy amable, tiene ocho críos, trabaja un montón para sacar
adelante a la familia y no para de tener niños. La familia con la que me he casado es muy religiosa, van a
la iglesia todos los domingos, se colocan en círculo y se ponen a rezar Nuestras ideas sobre la religión son
muy distintas. Por ejemplo, el cielo nunca me ha parecido un lugar muy interesante, al menos para mí. De
hecho, considero que Dios, en su infinita sabiduría, no se molestó en hacer dos garitos distintos: cielo e
infierno. Son el mismo lugar, sólo que en el cielo tienes todo cuanto puedas desear y te reencuentras con
mamá y papá y tus mejores amigos, te das un abrazo y un beso y todo el mundo se pone a tocar el arpa. El
infierno está en el mismo sitio (sin fuego ni azufre), pero todo el mundo pasa de largo sin verte. No hay
nada, ningún reconocimiento. Tú estás saludándolos con la mano («¡soy yo, tu padre!»), pero eres
invisible. Estás en la nube con tu arpa, pero no puedes ponerte a tocar con nadie porque nadie te ve. Eso
es el infierno.
Rodney, el tercer hermano, era capellán de la marina cuando yo conocí a Patti, así que con él hablaba
de teología. «¿Quién escribió este libro en realidad, Rodney? ¿Es la palabra de Dios o una versión
corregida? ¿Ha sufrido modificaciones?». Y, por supuesto, no tiene respuesta para ninguna de esas
preguntas, pero nos sigue encantando discutir sobre esos temas. Para él es muy importante y además le
apasiona el reto. A la semana siguiente siempre vuelve a la carga: «Bueno, el Señor dice que…». «Ah, eso
dice, ¿eh?». Tuve que pelear mucho para hacerme un sitio en la familia de Patti, pero en cuanto te
aceptan darían la vida por ti.

La verdad es que fue una suerte tener todo eso para distraer el corazón durante aquella época, porque
había empezado a fluir entre Mick y yo una corriente amarga. Surgió de modo bastante inesperado y para
mí fue una conmoción. La cosa venía de los tiempos en que yo dejé la heroína. Escribí una canción
titulada «All About You» que se incluyó en Emotional Rescue en 1980 y en la que yo cantaba, cosa rara
por aquel entonces. La gente a la que le da por analizar las letras de las canciones suele interpretarla
como un tema para despedirme de Anita. Da la impresión de ser la típica discusión chico-chica, una
canción de amor llena de despecho, una de ésas en la que anuncias tiras la toalla:

If the show must go on


Let it go on without you
So sick and tired
Of hanging around with jerks like you.[63]

Las canciones nunca tratan de una sola cosa, pero si esa canción es sobre algo concreto, seguramente es
más sobre Mick. Había algunos dardos apuntando en esa dirección. Por aquel entonces yo me sentía
profundamente herido. Me di cuenta de que Mick había aprovechado algunos aspectos de mi adicción:
como mínimo, eso había permitido que yo no interfiriera en los asuntos del día a día. Pero ahí estaba yo
ahora, ya no me chutaba y había vuelto con la actitud de «muy bien, muchas gracias, te relevo de la
carga; un millón de gracias por llevarla tú durante años mientras yo andaba por ahí perdido; con el
tiempo te iré recompensando». Nunca la había cagado y le había dado unas cuantas canciones
magníficas. El único jodido de verdad era yo mismo. «Pero he conseguido salir, Mick, por los pelos pero lo
he conseguido», y él también había salido por los pelos de unas cuantas cosas. Supongo que yo esperaba
un torrente de gratitud, algo así como «¡gracias a Dios, colega!».
En cambio me encontré con «el que manda aquí soy yo». El problema fue ese rechazo. Yo le
preguntaba «¿qué está pasando con esto?, ¿qué vamos a hacer con esto otro?», pero no obtenía ninguna
respuesta, nada en absoluto. Acabé comprendiendo que Mick manejaba todos los hilos y no tenía la menor
intención de soltar ni uno. ¿Interpreté bien todo aquello? No tenía la menor idea de que el poder y el
control fueran tan importantes para Mick, siempre había pensado que funcionábamos de acuerdo con lo
que era positivo para todos nosotros. Un pendejo idealista, ¿verdad? Mick se había enamorado del poder
mientras yo andaba en una onda más… artística. Pero sólo contábamos con nosotros mismos, ¿qué
sentido tenía andar peleando? Mira qué ejército más exiguo: Mick, Charlie y yo; y luego Bill.
La frase que más recuerdo de aquellos tiempos es: «¡Oh, cierra pico, Keith!». Mick la usaba muy a
menudo, en muchísimas ocasiones en reuniones, en todas partes. Incluso antes de que me hubiese dado
tiempo a explicarme, ya estaba con «¡cierra el pico, Keith, no digas tonterías!», y ni siquiera se daba
cuenta de que lo hacía. Era un puto grosero, pero lo conocía desde hacía tanto que se lo pasaba todo.
Aunque al mismo tiempo te deja pensando; y duele.
Yo estaba acabando de grabar «All About You» y recuerdo que me llevé a Earl McGrath, la persona que
en teoría estaba al frente de Rolling Stones Records, a contemplar una maravillosa vista de Nueva York
desde la azotea de los Electric Lady Studios. Le dije: «Si no haces algo al respecto, ¿ves esa acera de ahí
abajo? Toda tuya». Lo levanté del suelo, literalmente, y le dije: «Se supone que tú debes hacer de
mediador entre Mick y yo. ¿Qué está pasando? Eres incapaz de controlar la situación». Earl es un tipo
encantador, y yo entendía que no estaba hecho para soportar los aprietos de una mediación entre Mick y
yo cuando teníamos una mala noche, pero también quería que supiera lo que sentía. No podía subir a
Mick allí arriba y empujarlo al vacío, pero tenía que hacer algo.
Además estaba perdiendo a Ronnie, pero en su caso por motivos bien distintos. Más concretamente,
Ronnie se estaba perdiendo. Le había dado por fumar freebase. Hacia 1980, él y Jo vivían en Mandeville
Canyon y tenían detrás a un séquito que se drogaba con ellos. El crack es peor que la heroína. Yo nunca
me metí esa mierda. Jamás. No me gustaba cómo olía, ni lo que le hacía a la gente. Recuerdo una vez en
casa de Ronnie; él, Josephine y todos los demás estaban poniéndose hasta el culo de freebase, y cuando
estás con eso ya no te importa nada más en el mundo. Pululaban por la casa muchos aduladores que
revoloteaban alrededor de Ronnie, tíos estúpidos con sombreros Stetson emplumados. Me metí en el
baño, y allí estaba él con un montón de parásitos y camellos de tres al cuarto hablando por teléfono,
tratando de conseguir más de aquella mierda que se estaban metiendo. Había alguien fumando en la
bañera. Yo entré, me fui directo al retrete, me senté y me puse cagar: «¡Hey, Ron!». Ni una palabra. Era
como si no estuviera allí. Bueno, se acabó, al tío se le ha ido la cabeza. Por lo menos ahora sé de qué
estamos hablando; a partir de este momento tengo que tratarlo de otro modo. Le pregunté:
—¿Por qué coño lo haces?
— ¡Tú no lo entenderías!
—¿En serio?
Esa frase ya la había oído en labios de drogatas hacía muchos años y pensé: «Bueno, quizá no lo
entienda, pero habrá que tomar una decisión».
Nadie quería que Ronnie estuviera en la gira del 81 por Estados Unidos (andaba demasiado ido), pero
yo insistí, dije que respondía por él, lo que significaba que me comprometía a asegurar que todo iría bien
y prometía que Ronnie se portaría como es debido. Cualquier cosa con tal de que los Stones salieran otra
vez a la carretera. Pensé que sería capaz de manejarlo. Pero a mediados de octubre de 1981 ocurrió lo de
San Francisco. Estábamos de gira, la J. Geils Band venía con nosotros, y nos alojábamos en el Hotel
Fairmont, que parece el palacio de Buckingham, con su ala este y su ala oeste. Yo estaba en una y Ronnie
en la otra, y me enteré de que había una gran fiesta en su habitación, donde todo el mundo se estaba
poniendo ciego de freebase, un comportamiento irresponsable por su parte. Me había prometido que no
se metería durante la gira. El telón cayó. Bajé al vestíbulo, lo crucé a grandes zancadas con Patti
siguiéndome, tratando de sujetarme y suplicando «Keith, no, no te vuelvas loco, no lo hagas». Me
desgarró la camisa tratando de sujetarme. Pero mi respuesta fue: «A la mierda, está poniéndonos a mí y
al grupo en la cuerda floja». Si algo fallaba íbamos a perder unos cuantos millones y se iría todo al carajo.
Me presenté en su habitación, y cuando abrió la puerta le di un puñetazo. «¡Hijo de puta!». Bum. Cayó de
espaldas encima del sofá y yo me desplomé sobre él con el impulso del golpe; se volcó el sofá y a punto
estuvimos de salir volando, sofá incluido, por la ventana. Nos dimos un susto de muerte. El sofá iba
derecho una ventana en la que los dos teníamos clavada la vista pensando: «A que salimos por ahí…». De
lo que pasó después apenas recuerdo nada. Había dejado muy clara mi postura.
Desde entonces, Ronnie ha seguido unos cuantos programas de rehabilitación. Hace poco pegué en la
puerta de su camerino un letrero que decía: «La rehabilitación es para los rajados». Se mire por donde se
mire, ir a esos centros donde en realidad no te ayudan lo más mínimo es tirar un montón de dinero para
volver exactamente a lo mismo de antes en cuanto pones un pie fuera. Hay centros de rehabilitación para
jugadores, y a uno de ellos fue Ronnie. La rehabilitación de Ronnie era, fundamentalmente, una
estrategia para escapar de la presión. Últimamente ha encontrado un centro que le encanta. Me cuenta
historias, y aquí repito sus palabras:
—He dado con uno fantástico en Irlanda.
—¿Ah, sí? ¿Y qué hacen?
—Nada, ¡es genial! Aparecí por allí y les pregunté: «Bueno, entonces, ¿cuál es el programa diario?». Y
van y me contestan: «Aquí no hay ningún programa establecido, señor Wood. La única norma es que no
puede recibir llamadas o visitas». «¡Perfecto!, ¿o sea que no tengo que hacer nada?». «No».
De hecho, lo dejan ir al pub del pueblo tres horas cada noche, y se pasa allí el tiempo con jugadores,
gente que, como él, se está escondiendo para quitarse de encima durante un rato la pesada maldición del
día a día.
Tras una rehabilitación me dije: «Ahora está bien. Lo he visto totalmente colocado y también
perfectamente sobrio, y la verdad es que no noto una gran diferencia. Pero tengo la impresión de que está
algo más centrado». Y básicamente lo confirmo. Eso era lo más raro si te paras a pensarlo: que después
de tantas cabronadas y de gastarse tanto dinero en meterse mierda y en desengancharse de ella, no se
apreciara mucha diferencia. Si acaso ahora te mira un poco más a los ojos. En otras palabras, la droga no
es el problema, el problema es otro. «Ni te lo imaginas».

He vivido todo tipo de situaciones con Ronnie, y se nota. Pasado un año o así desde nuestra pelea,
hubo una rara ocasión, cuando él ya había dejado la pipa de crack, en que le pedí que estuviera en
perfectas condiciones para no dar el menor paso en falso. El tío cumplió e hizo un gran trabajo: se trataba
de acompañarme a Redlands para estar allí conmigo cuando me reencontrara con mi padre por primera
vez después de veinte años.
Me aterraba la idea de volver a ver a Bert. Para mí seguía siendo el tipo de hacía dos décadas, cuando
yo era un adolescente. A lo largo de los años me habían ido llegando noticias de que estaba bien a través
de familiares que lo habían visto y me contaban que era de quienes se pasan el día en el pub. Me daba
miedo volver a verlo por todo lo que yo había hecho durante todo ese tiempo. Esa era la razón por la que
había tardado veinte años en retomar el contacto. Se me había metido entre ceja y ceja la idea de que
para mi padre era un depravado (con tantas historias sobre pistolas, drogas y detenciones policiales), de
que todo aquello era para él una vergüenza, una deshonra, de que lo había humillado. Eso era lo que
pensaba: que lo había defraudado. Con cada nuevo titular, «Richards detenido otra vez», se me hacía más
difícil ponerme en contacto con mi padre. Pensaba que para él sería mejor no verme.
A estas alturas hay muy pocos tíos que me den miedo. Pero durante mi infancia defraudar a mi padre
era algo terrible para mí. Me aterraba su desaprobación. Ya he contado antes que el mero hecho de
pensarlo, la idea de no estar a la altura de lo que esperaba de mí, podía hacer que se me saltaran las
lágrimas, porque cuando era niño su rechazo me dejaba completamente aislado, era como si me hiciera
desaparecer. Y eso era algo que se me había quedado anquilosado con el paso del tiempo. Gary Schultz,
que me había contado lo mucho que lamentaba no haberse reconciliado con su padre antes de que éste
muriera, fue quien me convenció, aunque yo siempre supe que llegaría un día en que habría de hacerlo.
No me costó mucho trabajo dar con él a través de otros familiares. Por lo visto había estado viviendo
en un apartamento encima de un pub de Bexley durante todos esos años, aparentemente sin necesitar
nada de mí, y desde luego sin pedirlo jamás. Así que le escribí.
Me recuerdo sentado en la cama de un hotel de Washington D. C. en diciembre de 1981, poco antes de
mi cumpleaños, sin poder apenas creerme que estaba leyendo su respuesta. No podíamos vernos hasta
que no empezara la gira europea del 82, unos meses más tarde, y Redlands era el lugar convenido para el
encuentro. Así que, entretanto, le respondí:

¡¡Estoy deseando volver a ver tu fea jeta después de tantos años!!


Apuesto a que seguirás acojonándome. Con mucho cariño, tu hijo
Keith.

P. D. Además tengo un par de nietos que enseñarte.


Ya queda poco.
K

Me llevé a Ronnie para que hiciera de colchón, de bufón, de acompañante, de amigo, porque la verdad es
que no me veía capaz de enfrentarme a aquello solo. Envié un coche a Bexley para que recogiera a Bert y
lo llevase a Redlands. Gary Schultz también andaba por allí y recuerda que yo estaba contando las horas
hecho un manojo de nervios: estará aquí dentro de dos horas; dentro de una hora; dentro de media hora.
Por fin llegó, y veo salir del coche a un viejecito que me mira y me saluda: «Hola, hijo». Estaba
completamente cambiado, me impresionó mucho volver a verlo: aquellas piernecitas torcidas, la ligera
cojera por culpa de la herida de guerra. Era como tener delante al típico anciano granuja, parecía un
pirata retirado. ¡Lo que pueden cambiarte veinte años! Aquella mata de rizos canosos y la impactante
combinación de patillas grises y bigote. Siempre llevó bigote.
Aquel hombre no era mi «papá». Por supuesto no esperaba que tuviera el mismo aspecto después de
tantos años: entonces era un hombre fornido de mediana edad, fuerte, robusto. Pero tenía delante a una
persona completamente distinta. «Hola, hijo». «Papá». Con eso se rompe el hielo, doy fe. Hubo un
momento en que Bert se alejó un poco y, según me cuenta Gary Schultz, me volví hacia él y le solté: «¿A
que nunca te conté que era hijo de Popeye?». Así que le dije: «Vamos dentro, papá». Y en cuanto se metió
en casa ya no pude desprenderme de él. Seguía fumando picadura St. Bruno en pipa, el mismo tabaco
oscuro que recordaba de mi infancia.
Lo raro es que mi padre resultó ser un profesional del bebercio. No cuando yo era niño, porque
entonces igual se tomaba una cerveza alguna noche, o los fines de semana si salíamos por ahí, poco más.
En cambio ahora se había convertido en uno de los mayores bebedores de ron que jamás haya conocido,
me refiero a «¡joder, Bert, la madre que te…!». Todavía quedan unos cuantos taburetes por los pubs de
Inglaterra, sobre todo de Bexley, que llevan su nombre. Lo suyo era el ron. Ron negro Navy.
El único comentario que hizo sobre los titulares de prensa fue: «Parece que has estado incordiando un
poco, ¿verdad?». Así que ya podíamos hablar de hombre a hombre. Y de repente me encontré con que
tenía un amigo más. Volvía a tener padre. Era algo a lo que había renunciado, ya no contaba con la
presencia de una figura paterna en mi vida. Fue como cerrar un círculo. Empezamos a hacernos
confidencias amistosas y descubrimos que nos caíamos realmente bien. Fuimos pasando más y más
tiempo juntos y al final decidimos que había llegado el momento de que Bert viajara. Yo quería que viera
el mundo desde las alturas, y también alardear un poco, supongo. ¡Devoró el maldito globo! No era que el
mundo lo impresionara, sino más bien que se empapó de todo lo que había ahí fuera. Así que empezamos
a pasárnoslo bien para compensar todos los años en que no había habido tiempo para eso. El trotamundos
Bert Richards, que nunca había subido a un avión, que hasta entonces nunca había ido a ningún sitio
excepto a Normandía durante la guerra… Su primer vuelo fue a Copenhague: la única vez en mi vida que
he visto a Bert asustado. Cuando empezaron a acelerar los motores observé que tenía los nudillos blancos
de la fuerza con que estaba agarrando la pipa, creí que la iba a partir en dos. Pero hizo de tripas corazón
y en cuanto despegamos se relajó. El primer despegue asusta a todo el mundo, seas quien seas. Luego se
puso a ligar con la azafata y se olvidó de todo.
Y cuando me quiero dar cuenta lo tengo de gira conmigo y estamos yendo a Bristol en coche: mi amigo
James Fox, el escritor, y yo en la parte de atrás; Svi Horowitz, mi guardaespaldas, y Bert delante. Svi le
dice a Bert:
—Señor Richards, ¿le apetece beber algo?
—Pues mira, me tomaría una pinta de cerveza, gracias, Svi.
Yo bajé el panel de separación y le espeté:
—¿Cómo? ¿En sabat, papá?
Y me dejé caer en el asiento, riendo ante la ironía de la situación.
En Martinica, Bert tenía todo el día a Brooke Shields sentada en el regazo. Yo a duras penas conseguía
colar una frase en las conversaciones. Mi padre siempre tenía a tres o cuatro estrellas jovencitas
revoloteando alrededor. «¿Dónde está mi padre?». «¿Tú qué crees? Pues abajo en el bar rodeado de
bellezas». Desde luego derrochaba energía. Recuerdo que pasamos cinco o seis noches jugando al dominó
y todos los demás estaban ya tirados debajo de la mesa, pero Bert seguía bebiendo ron como si tal cosa.
Nunca se emborrachaba, no perdía los papeles. En eso nos parecíamos y ése es el problema: puedes
beber más que el resto porque en realidad no te afecta demasiado. Es simplemente algo que haces, como
despertarte o respirar.

Mientras tanto, Anita, fugitiva de la prensa desde que aquel muchacho se pegara un tiro en casa, se
había refugiado con Marlon en el Hotel Alray de Nueva York, en la Calle 68. Larry Sessler, el hijo de
Freddie, estaba allí para cuidarlos. La vida de Marlon no giraba precisamente en torno al colegio, por lo
menos no en el sentido convencional, sino en torno a los nuevos amigos de Anita, en torno al universo
pospunk que se concentraba en el Mudd Club, esa antítesis de Studio 54 situada en White Street. Anita
vivía en el mundo de Brian Eno, los Dead Boys y el Max’s Kansas City. Está claro que nada había
cambiado, y seguramente ella recuerda aquellos tiempos como una de las peores épocas de su vida, o se
considera muy afortunada por haber sobrevivido a todo aquello. Nueva York era entonces un sitio muy
peligroso, y no sólo por el sida. Chutarse en los hoteles del Lower East Side no es ninguna broma. Ni
tampoco andar por la cuarta planta del Hotel Chelsea, donde las especialidades son el polvo de ángel y la
heroína.
En un intento de darles algo de estabilidad, alquilé la casa que acababa de dejar Mick Taylor en Sands
Point, Long Island: fue la primera en una larga serie de cinematográficas mansiones de Long Island
donde vivieron durante aquella época. Yo iba de visita cuando podía para ver a Marlon. El cumpleaños de
Anita de 1980 aparecí por allí y me encontré con Roy «Skipper» Martin, uno de esos personajes que Anita
recogía en el Mudd Club. Roy actuaba cada noche haciendo unos monólogos bastante radicales. El tipo
había preparado una gran cena: cordero asado, pudin Yorkshire y todo eso, y de postre tarta de manzana
con natillas. Le pregunté «¿son natillas de verdad?», y me contestó que sí, a lo cual yo respondí que ni de
broma, que eran de lata. «Las putas natillas las he hecho yo, venían en un paquete de vainilla Bird’s, y se
hacen con leche». Total, que tuvimos una agarrada y le tiré un vaso desde el otro lado de la mesa.
Por lo general, con mis amigos de toda la vida siempre se ha producido una conexión inmediata, al
minuto de conocernos: enseguida tengo la impresión de que entre nosotros hay confianza mutua, como un
contrato vinculante. Roy es uno de ellos, desde esa primera noche. Una vez establecida la conexión, para
mí el mayor pecado es fallarle a un amigo, porque eso significa que no has entendido lo que significa la
amistad, la camaradería, que es lo más importante en este mundo. Volveré a hablar de Roy porque, aparte
de ser un buen amigo, se ocupa de mi casa de Connecticut y lleva al servicio de la familia, a falta de una
expresión mejor, desde aproximadamente un año después de aquel primer encuentro.
No sé dónde estaría sin mis amigos: Bill Bolton, mi guardaespaldas en la carretera, siempre serio y
distante, grande como un armario; Tony Russell, otro de mis guardaespaldas desde hace muchos años;
Pierre de Beauport, técnico de guitarra y asesor musical. El único problema con amigos de verdad como
éstos es que siempre estamos perdiendo el culo por salvarnos los unos a los otros. «Yo, tú no, yo me llevo
el golpe». Amigos de verdad. Son la cosa más difícil de encontrar, de hecho nunca los buscas: te
encuentran ellos, y luego se forja la amistad. Soy incapaz de ir a ninguna parte sin estar
convenientemente rodeado de verdaderos colegas. Jim Callaghan en el pasado, y Joe Seabrook, que estiró
la pata un par de años antes de escribir este libro, eran eso. Bill Bolton está casado con la hermana de
Joe, así que todo queda en familia. Son tíos con los que he compartido de todo, bueno y malo, y son muy
importantes para mí.
Por alguna razón, todos mis grandes amigos han pasado tiempo entre rejas en algún momento de sus
vidas. No me había dado cuenta hasta que no los vi a todos juntos en una lista con un resumen de sus
currículos. ¿Qué me indica eso? En realidad nada, porque las circunstancias de cada uno son diferentes.
Bobby Keys es el único que ha estado en la cárcel varias veces, y siempre, como dice él, por delitos que
desconocía haber cometido. Somos una piña, yo y la panda de indeseables. Lo único que pretendemos es
hacer lo que tenemos que hacer y que no nos vengan a joder con necedades. Nos encantan Las aventuras
de Keith Richards, que sin duda tendrán un final peliagudo, eso fijo. Es todo un poco como en las historias
de Guillermo el Travieso[64], la verdad. Roy, por ejemplo, se marchó de casa y se enroló en La marina
mercante con quince años. Es de Stepney, en el East End de Londres, lo que ya dice mucho sobre él.
Luego, a principios de los sesenta, cambió de oficio y empezó con el contrabando de oro. Un espíritu
libre, el bueno de Roy. Compraba el oro en Suiza, se lo metía en unas chaquetas especiales y por los
calzoncillos, cuarenta kilos de oro, y volaba con todo eso encima al Lejano Oriente, a Hong Kong, a
Bangkok. Eran lingotes de oro puro, de los de Johnson Matthey. Un día Roy se montó en un taxi después
de haber estado veinticuatro horas metido en aviones y luego no era capaz de bajarse por culpa del peso.
Cayó de rodillas junto al coche y el botones del hotel tuvo que a levantarlo. A Roy lo mandaron a la
famosa prisión de Arthur Road en Bombay por otros motivos, tal y como se cuenta en el libro Shantaram.
Sin cargos, sin juicio. Cosas de la represiva Ley de Defensa de la India promulgada en 1915. Y se escapó.
Quería ser actor y lo fue durante un tiempo en el circuito del teatro independiente (seguramente por eso
estaba haciendo monólogos en el Mudd Club). Es uno de los tipos más graciosos que conozco, aunque a
veces se descontrola con su exceso de energía, es una energía maníaca. «¿No se anima nadie? Ahora vais
a ver». Una vez, en el Hotel Mayflower, había un montón de gente después de un concierto, y de repente
oigo un golpeteo en la ventana, estábamos en el piso dieciséis o así, y veo a Roy al otro lado del cristal,
colgado del alféizar mientras da con los nudillos en la ventana: «¡Socorro, socorro!». Y abajo en la acera
están empezando a llegar los coches de policía y a formarse un corrillo de gente: «¡Eh, ahí arriba, un
suicida!». «No tiene ni puta gracia, Roy. Mete tu gordo culo aquí dentro, anda». Por debajo de la ventana
sólo había un estrecho saliente de ladrillo donde tenía apoyada la punta de los pies. Hay tíos que en teoría
no deberían seguir vivos.
Después de la gira del 81 convencí a Roy de que se dedicara a cuidar a Marlon y Anita a tiempo
completo, y una de sus tareas era conseguir que Marlon fuera al colegio. Bert se fue a vivir con ellos
después de la gira europea del 82. Menudo ménage a trois. Bert, Marlon y Roy viviendo en mansiones
estilo Gran Gatsby con Anita entrando y saliendo. Bert siempre pensó que Anita estaba como una cabra. Y
sí, en aquellos tiempos estaba bastante ida, seguía en lo mismo, completamente perdida en su mundo.
Eran como una tripulación abandonada a su suerte y cobrando media paga en aquellas mansiones
deshabitadas. Una especie de cruce entre Harold Pinter y Scott Fitzgerald. En cualquier caso, Roy era un
marinero. Bert y Marlon, no. Pero todos iban un poco a la deriva, por decirlo así, en aquel país extranjero,
aunque Marlon estaba tan acostumbrado a vivir en distintos países que ya no le importaba lo más mínimo
en cuál estaba. Roy vivió con Bert desde 1982 hasta que éste murió. Los tenía allí juntos mientras yo
estaba en la carretera. Sólo iba de visita de vez en cuando, me pasaba a saludar, así que debería dejar
que sea Marlon quien cuente las góticas aventuras que vivieron durante esos años perdidos en las costas
de Long Island.

Marlon: Lo peor de todo fue mi infancia en Nueva York, porque a finales de los setenta era un sitio que daba
miedo. Durante todo 1980 no volví al colegio. Vivíamos en el Hotel Alray de Manhattan, lo cual no estaba mal del
todo: un poco como la Eloise de los cuentos en el Plaza. Íbamos al cine y Anita solía llevarme a ver a Andy Warhol
y William Burroughs, que, si no recuerdo mal, vivía en un baño de caballeros del Hotel Chelsea. Estaba todo
cubierto de azulejos y había un tendedero de pared a pared con condones usados colgando. Un tipo muy raro.
De allí nos mudamos a la casa que acababa de dejar Mick Taylor en Sands Point, Long Island, donde pasamos
unos seis meses. La primera versión cinematográfica de El gran Gatsby se rodó allí: Sands Point era East Egg,
con kilómetros y kilómetros de césped, un enorme paseo a lo largo de la playa y una piscina de agua salada, todo
muy decadente. Oíamos jazz de los años veinte procedente del cenador, murmullo de fiestas, copas de cristal
entrechocando y risas que se evaporaban a medida que te acercabas. Desde luego la casa tenía alguna conexión
con la mafia. En la buhardilla encontré fotos de grupo en las que salían Sinatra y Dean Martin, toda la panda, en
la década de los cincuenta. Allí fue donde apareció por primera vez Roy, antes de instalarse con nosotros
definitivamente: un inglés loco que se trajo Anita del Mudd Club, donde hacía un número en el que se bebía una
botella entera de coñac mientras contaba chistes, parloteaba y recitaba un poema de Shel Silverstein titulado
«The Perfect High» {el colocón perfecto}, que iba sobre un muchacho llamado Gimmesome Roy {Dameunpoco
Roy}, al tiempo que se iba quitando poco a poco la ropa. Todo eso por doscientos dólares y una botella de coñac.
Anita se lo llevó a aquel caserón inmenso y al principio se instaló en la buhardilla, pero la destrozó
completamente durante una borrachera. El tío daba miedo, prácticamente tuvimos que echarlo de casa. Se bebía
una botella de coñac por la mañana y le daba por cantar, así que lo mandamos a la caseta del perro, que era como
un cobertizo. Desde luego había cierta afinidad entre él y el labrador que teníamos entonces: se pasaba horas
cantando y aullando con el animal. Fue una primavera bastante templada, así que no era para tanto.
Anita se dedicaba a coleccionar personajes estrambóticos. El escritor y poeta beat Mason Hoffenberg también
se quedaba a menudo con nosotros. Aquel pequeño y barbudo gnomo judío se sentaba desnudo en el jardín y
escupía a los coches que pasaban. Estaba atravesando una etapa nudista, lo que tal vez asustara un poco a los
vecinos de Long Island. Lo llamábamos el gnomo de jardín. Ese verano se quedó con nosotros una temporada.
Roy se convirtió en un componente fijo de la casa a finales del 81, después de haber estado un tiempo de gira
con Keith, y pasó a ser una especie de guardián oficial cuando nos mudamos a Old Westbury, otra inmensa
mansión en la que vivimos de 1981 a 1985. Era enorme para los cuatro que estábamos allí, y se hallaba en un
estado casi ruinoso; no había ni un mueble ni calefacción, pero tenía un salón de baile magnífico (por el que yo
solía patinar) con las paredes forradas de un papel pintado de los años veinte que se estaba cayendo a tiras. De
hecho, en los últimos tiempos de nuestra estancia aquella construcción, con sus dos grandes escaleras centrales y
sus dos alas, parecía la mansión de la señorita Havisham.
El único mueble era un enorme piano blanco Bosendorfer frente al que Roy se sentaba a hacer su numerito a
lo Liberace. Yo había instalado la batería al otro lado del salón y nos montábamos nuestras sesiones de
improvisación. Teníamos un buen sistema de sonido y todos los discos de Keith, así que poníamos uno y hacíamos
un poco el tonto, y luego Roy abría una lata de lo que fuera para cenar: «¿Qué lata te apetece esta noche, Spam
o…?». Me hice vegetariano después de aquello. «No, no quiero más carne de cerdo enlatada, Roy, muchas
gracias».
Anita pasaba por una etapa muy autodestructiva en esa época. Estaba perdida en un lugar muy oscuro. Si iba
a Nueva York, luego bebía muchísimo cuando volvía para calmar los efectos de lo que se había metido y le daban
unos ataques muy violentos cuando se emborrachaba. A pesar de todo, gracias a Anita aparecía por allí un
montón de gente interesante: Basquiat, Robert Fraser, los amigos punks de Anita (como los Dead Boys) y algunos
miembros de los New York Dolls. Era todo bastante loco. Creo que a Anita nunca se le reconoció su contribución
al movimiento punk, pero el hecho es que muchos de ellos, por lo menos los neoyorquinos, venían a pasar el fin
de semana en casa. Anita volvía del Mudd Club o el CBGB con el coche lleno de tarados con el pelo rosa. Buena
gente por lo general, en realidad unos judíos empollones.
De vez en cuando, Roy se pasaba por la oficina de Nueva York con un montón de recibos, y volvía con unos
sobres muy gordos llenos de billetes de cien dólares, que era el dinero para pasar el mes. Era para morirse de
risa. Cuando me daban la paga, ¿qué hacía con mi flamante billete de cien? Lo único que quería era comprarme
tebeos y andaba por ahí con un billete de cien en la mano.
Al final se acostumbraron a nosotros en Long Island. Roy conducía a ciento cincuenta por hora pegando gritos.
Solíamos alquilar unos Lincoln Continental enormes, unos cochazos inmensos de chuloputas. Cada dos meses,
Roy estrellaba uno y había que cambiarlo por otro. De vez en cuando se tomaba unos días libres y anunciaba:
«Bueno, me voy un par de días, no me molestéis». Se largaba a pillar una borrachera antológica y luego volvía
lleno de moratones y cortes. Durante una de esas salidas memorables tuvo una pelea en no sé qué bar de Long
Island. Se fue del bar, volvió a los diez minutos con el coche y lo estampó contra la cristalera del garito llevándose
por delante tres coches y unas cuantas motos. Y luego salió del vehículo y se metió en el mismo local a llamar por
teléfono. Al día siguiente lo detuvieron y lo metieron en la cárcel, pero pagamos la fianza. Bert tenía mucha
paciencia con todo aquello: «Ah, ¿Roy se ha metido en un lío otra vez?». Por suerte para Roy, la policía del pueblo
era privada, así que cuando se daba un trompazo por ahí los mismos agentes lo llevaban a casa en el coche
patrulla. Bert solía ir por las noches a un bar frecuentado por ángeles del infierno que estaba junto a la estación
de Westbury. Se tiraba horas y horas entre aquellos tíos con gorras y cazadoras de cuero, y también iba Roy, que
entretenía a todo el mundo con sus canciones y sus gritos.
Bert, por otro lado, llevaba una vida de estricta rutina. Por la mañana nadaba un rato en la piscina y luego se
hacía el desayuno. Con el asunto de las comidas, que ahora preparaba Roy, seguía un horario muy rígido: siempre
se tomaba una copa de Harveys Bristol Cream a las siete en punto porque a las siete y media, ponían en la tele La
ruleta de la suerte. Le encantaba la presentadora, Vanna White; vitoreaba o silbaba a la pantalla, y gritaba a la
gente que era grosera con ella. A las ocho cenaba y después veía la televisión otro rato hasta medianoche más o
menos mientras se tomaba unas cervezas Bass y varios tragos de ron negro Navy.
Lo bueno de aquellas casas es que eran lo suficientemente grandes para que pudieras desaparecer y no ver a
nadie. Podías quedarte un ala para ti solo, y a veces me tiraba semanas sin saber qué hacían los demás. Luego
alguien comentaba: «¿Recuerdas la semana que estuvo por aquí Jean-Michael Basquiat de visita?». «¡No! Quizá
estaba en el ala este esos días». Nos cambiábamos de dormitorio cada pocos meses para darle un poco de interés
a la cosa. A veces me pasaba dos semanas sin ver a Roy, y ni siquiera sabía dónde quedaba su habitación.
El casero jamás arregló nada, así que todo se iba deteriorando poco a poco. Cuando mi dormitorio empezaba a
caerse en pedazos y allí ya no se podía estar, me iba a otro (por suerte había unos quince). Al final me mudé a la
buhardilla. ¡Era el último lugar que quedaba! Se trataba de un espacio inmenso, parecía una catedral por dentro,
y tenía mi televisión y mi escritorio allá arriba, así que cerraba la puerta con llave y no dejaba entrar a nadie.
Llegó un momento en que dijimos: «Aquí ya no podemos seguir, se nos está cayendo la casa encima. O quizá la
estamos destrozando nosotros». Y entonces nos marchamos a la última mansión de la serie; estaba en Mill Neck,
al borde de Oyster Bay.
Hacia 1983, Anita volvió a Inglaterra porque tuvo problemas con el visado, pero al final se quedó allí y sólo nos
visitaba de cuando en cuando, así que no vivió en esta última casona de doce o trece dormitorios donde nos
helábamos durante el invierno. Había una chimenea en la sala de estar y calefacción en los cuartos de Roy y de
Bert. De vez en cuando nos encontrábamos por la cocina. Para andar por el vestíbulo te tenías que poner el
abrigo. La casa contaba con ascensor. Un día se averió y no bajamos en dos semanas porque descubrimos que nos
habíamos dejado la puerta principal abierta y se había congelado el piso de abajo hasta quedar convertido en una
pista de patinaje con estalactitas colgando de las lámparas del techo. Era como Narnia, igual que el castillo de
Gormenghast. Las ranas africanas que teníamos de mascotas se habían congelado en su estanque (muchos años
antes de Damien Hirst).
Fue por aquel entonces cuando le pregunté a Keith si podía estudiar guitarra. «Ningún hijo mío va a ser
guitarrista —me contestó—. ¡De eso nada! Quiero que de mayor seas abogado o contable». Estaba bromeando,
claro, pero lo dijo muy secamente, y me traumatizó bastante.
Lo más asombroso es que iba al colegio, al Portledge, una escuela muy pija situada en Locust Valley, y me
llevaba Roy en coche. Aunque de forma intermitente, pongámoslo así. Mi historial de asistencia a clase no era
muy bueno que digamos. La verdad es que la autosuficiencia no me molestaba lo más mínimo, de hecho incluso
me alegraba de no tener a todo el mundo encima constantemente, porque vivir con Anita y con Keith era
agotador. Sólo quería ir al colegio tanto como pudiera, dedicarme a mis cosas y llevar una vida más o menos
normal, y tenía la sensación de que lo podía hacer mucho mejor solo, o al menos sólo con Roy. Al final me echaron
de Locust Valley por falta de asistencia, por no hacer los deberes, etc., y la verdad es que tiré la toalla en lo que al
colegio se refiere. Ciertos individuos le estaban diciendo a Keith que yo me había convertido en un perfecto
delincuente y que debía mandarme a una academia militar, incluso hubo alguno que sugirió West Point. La verdad
es que tampoco me habría importado, pero Keith me preguntó: «A ver, ¿qué quieres hacer? ¿Quieres dejar la
escuela definitivamente?». Y le dije que no, que quería tener una educación, que quería ir a Inglaterra porque ya
no me encontraba bien en Estados Unidos. Así que fui a Londres en 1988 y me instalé en un piso de Tite Street,
en Chelsea, justo enfrente de donde vivía Anita. Y por si acaso añadiré que empecé a sacar sobresalientes.

Para Marlon, y para mí, aquél fue un momento decisivo. Él tomó la decisión de volver a Inglaterra. Me
dijo: «Aquí solo voy a aprender chorradas de Long Island». Y entonces tuve que quitarme el sombrero.
Podría haber elegido cualquier otra cosa, podría haber optado por convertirse en un mocoso de Long
Island, pero, gracias a Dios, es mucho más inteligente que todo eso, así que buscó otro mundo y se las
apañó para salir adelante. Puede que Bert fuera uno de los primeros anclajes sólidos en su vida, tal vez
fuera él la gran fuerza estabilizadora. Al final sólo cuentan los hechos. No me cabe duda de que las cosas
se podrían haber planteado mucho mejor, pero siempre estábamos huyendo. Y, desde luego, Marlon tuvo
una infancia única, de todo menos normal. Seguramente por eso ha criado a sus propios hijos en un
entorno muy seguro y siempre ha estado pendiente de ellos: él nunca tuvo algo así. A estas alturas
Marlon lo entiende, sabe que las circunstancias y la época no lo ayudaron. Era muy difícil ser un Rolling
Stone y encargarte de los hijos al mismo tiempo.
En cuanto a Anita, también sobrevivió. Ahora ejerce de dulce abuela con los tres niños de Marlon y de
viejo icono para la tribu de la moda, el mundo donde está metida. La gente la ve como una fuente de
inspiración. Además, últimamente le ha dado por la jardinería. Yo sé un poco del tema, pero creo que ella
lo conoce bastante mejor. Fue Anita quien se encargó de salvar mis árboles de Redlands. Les quitó toda la
hiedra, que estaba asfixiando a varios de ellos. Le di un machete y ahora los árboles están magníficos: ni
rastro de hiedra. Sabe lo que se hace. Me parece que tiene una parcela en algún lugar de Londres para
cultivar sus cosas; y va en bici.
En diciembre de 1983, Patti y yo llevábamos cuatro años juntos. Amaba todo su ser, y sabía en lo más
profundo de mi corazón que quería convertir aquello en algo legítimo. Además, estaba a punto de cumplir
los cuarenta. ¿Qué mejor momento? Habíamos ido a México D. F. para rodar el vídeo de «Undercover of
the Night» con Julien Temple, que dirigía muchos de nuestros vídeos por aquel entonces. De hecho,
aprovechamos para hacer tres o cuatro mientras estábamos en el país. Y al final me decidí. «Muy bien, a
la mierda, llegó el momento, vámonos a Cabo San Lucas», que por entonces era una pequeña ciudad con
sólo dos hoteles en la playa, uno de ellos el Twin Dolphin.
Yo y mis amigos desperdigados por el mundo nos veíamos en «conferencias», asambleas como las de
los obispos: estábamos siempre dispuestos a reunir el cónclave. Teníamos las conferencias este y oeste de
Estados Unidos, que no suponían mayor complicación, pero la conferencia sudoeste era una auténtica
locura, y casi siempre se celebraba en Nuevo México. Los nombres de sus miembros: Red Dog, Gary
Ashley (que ha muerto) y Stroker, cuyo verdadero nombre es Dicky Johnson. Les adjudico la «conferencia
sudoeste» porque nunca los verías al este del Misisipi. Son hombres de una pieza, unos auténticos locos
todos ellos. No admitían ninguna interferencia de la cordura en sus asuntos, benditos sean. Me junté con
esos tíos en muchas ocasiones. En ese viaje llegué a Cabo San Lucas y, al cabo de una semana, conocí a
Gregorio Azar, que tenía una casa allí. El padre de Gregorio es el propietario de Azar, la mayor empresa
de frutos secos de todo el Sudoeste. Gregorio se enteró de que yo me hospedaba en el Twin Dolphin, uno
de los pocos hoteles que había. Todavía no nos conocíamos, pero él era amigo de los miembros de la
conferencia sudoeste, así que se presentó con los avales adecuados en el momento justo: «¿Eres amigo de
Gary Ashley y Red Dog? ¡Genial, pasa, pasa!». Y así empezamos a vernos, y al final lo invitamos a unirse
al grupo.
Le propuse matrimonio a Patti en la azotea de la casa de Gregorio en Cabo San Lucas: «Venga,
casémonos el día de mi cumpleaños». Ella dijo «¿lo dices en serio?», y yo le contesté «sí». En ese
momento se me lanzó al cuello. La verdad es que no noté nada, pero oí un ligero chasquido, y cuando bajé
la vista había dos regueritos de sangre brotando de la uña de un dedo gordo. O sea, que a los cinco
segundos de haberle dicho que sí me había roto un dedo del pie. Lo siguiente sería el corazón, ¿no? Al
cabo de media hora se me empezó a hinchar el dedo y acabé teniendo que ir con muletas dos semanas.
De hecho, pocos días antes de la boda andaba persiguiéndola por el desierto mexicano con muletas y un
gabán negro. Nos habíamos peleado por algo relacionado con los preparativos de la ceremonia, ya ni
recuerdo qué, pero ahí estaba yo, tratando de alcanzarla, «¡ven aquí, zorra!», arrastrando la pierna entre
los cactus del desierto igual que Long John Silver.
La víspera de la boda, Gregorio me dice: «Por cierto, ¿ya te has enterado de que anda por aquí una tía
alemana con una camioneta Mercedes y un tipi indio?». Me quedé petrificado: «¿Alemana? ¿Con una
camioneta Mercedes y un tipi? ¡Estás de broma!». El vehículo estaba aparcado en una de las playas, y yo
sabía por las revistas que, en los años anteriores, Uschi Obermaier había recorrido el circuito jipi
(Turquía, Afganistán, la India, etc.) en una gran camioneta con el interior forrado de pieles y una sauna
dentro. Viajaba con su marido, Dieter Bockhorn. Supe a ciencia cierta que estaba en Cabo San Lucas
cuando un día abrí la puerta de mi habitación en el Twin Dolphin, que está frente a la playa, y veo ahí
fuera un jarroncito con flores. La coincidencia no podía ser más extraña: encontrarnos de nuevo la
víspera de mi boda en aquel lugar perdido de México, lo más lejos que se podía estar de Afganistán,
Alemania o cualquier otro sitio donde pudiera estar Uschi. ¿Qué la traía por allí? Uschi vino con Dieter de
visita y le conté que me casaba y que estaba muy enamorado de Patti. Hablamos de los años que habían
pasado desde la última vez que nos vimos, de los rumores de que había muerto… y la realidad era que
había estado dando la vuelta al mundo en su camioneta: la India, Turquía y Dios sabe dónde. Poco
después, el día de Nochevieja, Dieter se mató en un accidente de moto: su cabeza cercenada dentro del
casco quedó en la cuneta, el cuerpo cayó por un puente. Fui a ver a Uschi. Había un gigantesco perro
negro ladrando en la puerta.
—¿Quién es?
— El inglés —se abrió la puerta—. Me he enterado de lo que ha sucedido. ¿Puedo hacer algo para
ayudarte?
— Gracias, pero no. Estoy con amigos y ellos ya se han encargado de todo.
Así que me marché dejándola en aquellas extrañas y trágicas circunstancias. Nuestros más que
improbables encuentros siempre habían tenido un trasfondo de desconcierto y profundo dolor: primero el
mío y luego el suyo.
Doris y Bert vinieron a la boda. Era la primera vez que se veían desde hacía veinte años (Angela los
encerró en una habitación y no los dejó salir hasta que se hablaron). Marlon también vino, y Mick fue el
padrino. Patti y yo llevábamos cuatro años juntos, cuatro años de rodaje a lo largo de los cuales yo había
vertido suficiente esperma para fecundar el mundo entero, y no teníamos hijos. La verdad es que no
esperaba tener hijos con ella.
—No puedo tener niños —me había dicho.
— Bueno, ¡ya me imagino que no puedes! Pero ésa no es la razón por la que me voy a casar contigo.
Fue ponerle una anilla de cortina en el dedo y a los seis meses… ¡adivina!, «¡estoy embarazada!». Así
que la mazmorra prevista quedó olvidada: ahora iba a ser una guardería. Muy bien: lo pintamos todo de
rosa, ponemos una cuna, quitamos las cadenas y los espejos de las paredes. Creía que con Marlon y
Angela se había acabado mi etapa de padre. Se habían criado estupendamente, al final lo habíamos
conseguido. Se acabaron por fin los pañales. ¡Pero no! Aquí llega otra. Se llama Theodora. Y al cabo de un
año, otra más, Alexandra. «Little T&A», y ni siquiera las divisaba en el horizonte cuando compuse la
canción.

Con Voodoo, el gato redimido, en Barbados, agosto de 1994).

© Jane Rose
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Tratos ocultos, intrigas y artimañas. Estalla la Tercera Guerra Mundial entre los glimmer twins. Me alío con Steve
Jordan y ruedo una complicada película con Chuck Berry; luego me lo monto por libre y formo los X-Pensive
Winos. Reunión con Mick en Barbados; Voodoo, el gato redimido (página anterior) y su salón; renacimiento de los
Stones y comienzo de las megagiras con Steel Wheels. Bridges to Babylon y cuatro canciones con relatos
paralelos.

Fue a principios de los ochenta cuando Mick empezó a resultar insoportable. Cuando se convirtió en
Brenda, o Su Majestad, o simplemente Madam. Durante los meses de noviembre y diciembre de 1982
estuvimos en París, otra vez en los estudios Pathé Marconi, trabajando en las canciones de Undercover.
Fui a W. H. Smith, la librería inglesa que hay en la Rué Rivoli. No recuerdo el título del libro, pero ahí
estaba: no sé qué novela escabrosa de Brenda Jagger: «¡Ya te tengo, tío! Ahora eres Brenda, tanto si lo
sabes como si no, tanto si te gusta como si no». Desde luego no le gustó, aunque tardó algún tiempo en
descubrirlo. Hablábamos sobre «esa hijaputa de Brenda» con él delante y no se enteraba de nada. Pero
había empezado a generarse una dinámica terrible, algo parecido a nuestro comportamiento con Brian:
cuando comienzas a segregarlo, el ácido te corroe.
Aquella situación era el colofón de muchas cosas que ya llevaban años pasando, pero el problema
candente era que Mick había desarrollado un deseo febril de controlarlo todo: desde su persepectiva
éramos Mick Jagger y los demás. Ésa era la actitud que percibíamos todos y, por mucho que lo intentara,
no podía evitar aparecer, ante sí mismo al menos, como el número uno. Había dos universos: el de Mick
(hecho de vida mundana) y el nuestro. Y aquello no funcionaba en absoluto a la hora de mantener a la
banda unida o feliz. ¡Por Dios! Después de tantos años se nos subía el humo a la cabeza. La suya estaba
tan hinchada que ya no cabía por la puerta. Los miembros del grupo nos habíamos convertido
básicamente en sus empleados. Ésa había sido siempre su actitud con todos los demás, pero nunca con la
banda. Y cuando nos dimos cuenta fue la gota que colmó el vaso.
Un ego inflado es muy difícil de gestionar en una banda, sobre todo una que lleva mucho tiempo, está
muy cohesionada y se apoya, al menos por lo que respecta a sus miembros, en una especie de extraña
integridad personal. Una banda es como un equipo y en cierto sentido es muy democrática. Todo se tiene
que decidir entre todos: lo que vale para el muslo izquierdo vale también para los testículos. Si alguien
trata de ponerse por encima de los demás, se pone en peligro a sí mismo. Charlie y yo alzábamos la vista
al cielo. «¿Te lo puedes creer?». Y durante un tiempo estuvimos aguantando cuando a Mick le daba por
manejarlo todo. Si te paras a pensarlo, llevábamos juntos unos veinticinco años cuando la mierda empezó
a impactar realmente contra el ventilador. Así que la opinión general era que debía ocurrir, que al final les
pasa a todas las bandas y que aquélla era la verdadera prueba de fuego: ¿aguantará sin desmoronarse
todo?
Debió de ser bastante horrible para quienes estuviesen cerca de nosotros mientras trabajábamos en
Undercover. Se respiraba un ambiente hostil, de discordia. Apenas hablábamos ni nos comunicábamos, y
si lo hacíamos era para reñir o soltar maldades. Mick atacaba a Ronnie y yo salía en su defensa. Al final,
cuando intentábamos terminar el disco en los estudios de París, Mick se presentaba desde el mediodía
hasta las cinco de la tarde, y yo desde medianoche hasta las cinco de la mañana. Aquello eran todavía las
primeras escaramuzas, el principio de la guerra, y el trabajo en sí no era malo, el álbum fue bien.
Bueno, a Mick se le llenó la cabeza de grandes ideas. Les pasa a todos los vocalistas, es una dolencia
conocida como SCB, síndrome del cantante de banda. Ya había habido algunos síntomas en el pasado,
pero ahora era un caso flagrante. Un vídeo proyectado en el estadio de Tempe, Arizona, donde
actuábamos los Stones y Hai Ashby rodaba Let’s Spend the Night Together, anunció: «Mick Jagger y los
Rolling Stones». ¿Desde cuándo? Mick controlaba hasta el último detalle y no toleraba la supervisión de
ningún productor. Pero se suprimieron las imágenes.
Si se combina el SCB congenito con un bombardeo constante de adulación durante años y años, ya se
puede uno imaginar el resultado. Incluso si no te halaga o la rechazas, la adulación al final se sube a la
cabeza, acaba afectando. Y, aunque no te lo creas del todo, dices: «Bueno, todos los demás lo creen, así
que me voy a dejar querer». Olvidas que es parte del trabajo. Resulta asombroso ver hasta dónde puede
llegar el fenómeno en personas normalmente sensatas como Mick Jagger. Acaban creyendo de verdad que
son especiales. Desde los diecinueve años, siempre he tenido problemas con eso de que vinieran a
decirme «eres fantástico» cuando sabes que no es así. La ruina, tío. Tanta gente sucumbía (y con tan
pasmosa facilidad) que me convertí en una especie de purista al respecto. «Nunca iré por ese camino, si
es necesario me desfiguro», y eso hice dejando que se me cayera algún que otro diente. No voy a jugar a
ese juego. No estoy en el negocio del espectáculo. Tocar música es lo que sé hacer mejor, y sé que esa
música merece la pena.

Mick había empezado a sentirse inseguro, a dudar de su propio talento; y eso, irónicamente, parecía la
causa de su fatuidad. Durante muchos años, durante toda la década de los sesenta, fue increíblemente
encantador y divertido. No había artificio. La forma que tenía de manejarse en pequeños espacios como
vocalista y bailarín era electrizante. Y era fascinante verlo y trabajar con él: los giros, los gestos… Nunca
se lo pensaba de antemano, su actuación impresionaba sin que él pretendiese hacer nada peculiar. Y
sigue siendo bueno, aunque en mi opinión la magia se disipa un poco en los grandes escenarios. Eso es lo
que la gente quiere ver: espectáculo. Pero no es necesariamente lo que mejor se le da.
En algún punto, sin embargo, perdió la naturalidad. Olvidó lo bueno que era en esos escenarios
pequeños. Olvidó su ritmo natural. Sé que no está de acuerdo conmigo en esto. Cualquier cosa que
hicieran los demás le interesaba mucho más que su propio trabajo. Incluso empezó a comportarse como si
quisiera ser otro. Mick es bastante competitivo, y comenzó a serlo con respecto a otras bandas. Se fijaba
en lo que estaba haciendo David Bowie y quería imitarlo. Bowie era una enorme atracción encima de un
escenario. A Mick le había salido un competidor en la sección de vestuario y extravagancia. Pero lo cierto
es que Mick cantando «I’m a Man» en vaqueros y camiseta puede expresar diez veces más que Bowie.
¿Por qué quieres ser otro cuando ya eres Mick Jagger? ¿Ser el mejor artista en el mundo del espectáculo
no basta? Olvidó que él era lo nuevo, la persona que marcaba tendencias, y durante muchos años.
Asombroso. No consigo entenderlo. Es casi como si Mick aspirara a ser Mick Jagger, como si persiguiera
a su propio fantasma. Y encima contratando a expertos en diseño para que lo ayudaran en la tarea. Nadie
le había enseñado a bailar hasta que le dio por asistir a clases de danza. Charlie, Ronnie y yo sonreímos a
menudo cuando, en vez de ser él mismo, lo vemos ejecutar un paso que algún profesor de baile le ha
enseñado. Sabemos distinguir perfectamente el momento en que se vuelve de plástico. ¡Joder, Charlie y
yo llevamos viendo ese culo durante más de cuarenta años! Sabemos cuándo sacude la hucha y cuándo
está siguiendo instrucciones. Mick también ha tomado clases de canto, pero eso podría ser para
conservar la voz en buen estado.

Observé que, cuando nos reuníamos de nuevo al cabo de unos meses, el gusto musical de Mick a
menudo había cambiado de forma bastante drástica. Me quería encasquetar el último gran éxito que
había oído en la discoteca. Pero eso ya lo han hecho, colega. Cuando hacíamos Undercover en el 83,
intentaba sonar más disco que nadie. A mí todo eso me parecía un refrito de algo que él había oído en
algún club. Ya cinco años atrás, en Some Girls, habíamos sacado «Miss You», que se convertiría en una de
las mejores canciones disco de todos los tiempos. Pero Mick estaba empeñado en estar a la última con las
modas musicales y a mí me supuso graves problemas que quisiera anticiparse siempre a la reacción del
público. «Esto es lo que se lleva este año. Ya, ¿y el año que viene qué, tío? Así te acabas convirtiendo en
uno más del montón. Y, en cualquier caso, ésa nunca ha sido nuestra manera de trabajar, hagámoslo como
siempre, preguntándonos si nos gusta: ¿pasa nuestro filtro?». Al fin y al cabo, Mick y yo habíamos
compuesto nuestra primera canción en una cocina. Tan grande como el mundo. Si hubiésemos pensado en
cómo iba a reaccionar el público jamás habríamos hecho un solo disco. Pero también entendía el
problema de Mick, porque los cantantes siempre acaban metiéndose en esa competición: ¿qué está
haciendo Rod?, ¿qué está haciendo Elton?, ¿en qué anda metido David Bowie?
Todo esto hizo que, en cuestiones musicales, adoptase una mentalidad de esponja. Oía algo en una
discoteca y al cabo de unas semanas creía que lo había compuesto él, y yo le decía: «No, eso se lo has
birlado a alguien». He tenido que vigilarlo un poco en ese aspecto. En ocasiones le he tocado canciones
compuestas por mí, ideas, y me ha dicho «está muy bien», y las hemos trabajado un poco, pero luego las
hemos dejado aparcadas. Y a la semana es capaz de presentarse diciendo «mira lo que he compuesto». Y
sé que es inocente, que no se da cuenta, porque no sería tan idiota. Los créditos de «Anybody Seen My
Baby?» incluyen a K. D. Lang y a otro coautor. Mi hija Angela y una amiga suya estaban en Redlands,
puse el disco y ellas empezaron a cantar una canción completamente distinta. Estaban oyendo el
«Constant Craving» de K. D. Lang. Fueron Angela y su amiga quienes lo pillaron y el disco salía en una
semana. «¡Joder, ya ha birlado otra canción!». No creo que lo haya hecho deliberadamente jamás, pero es
una esponja. Total, que tuve que llamar a Rupert y a todo el escuadrón de abogados para decirles que
verificaran aquello inmediatamente porque si no nos iba a caer una demanda. En cosa de veinticuatro
horas recibí una llamada: «Tienes razón. Hemos tenido que incluir a K. D. Lang en los créditos».
A mí me encantaba pasar el rato con Mick, pero creo que hace como veinte años que no pongo los pies
en su camerino. A veces añoro al amigo. ¿Dónde coño se ha ido? Sé que si me salta la mierda y tengo un
problema serio podría contar con él, o él conmigo, porque eso está por encima de cualquier disputa. Creo
que, a lo largo de los años, Mick se ha ido quedando cada vez más aislado, y en cierto modo lo entiendo.
Trato de impedir que me ocurra, pero a menudo necesitas alejarte de lo que sucede a tu alrededor. En las
entrevistas de Mick que he visto últimamente he detectado un trasfondo de «¿qué queréis de mí?». Es
como un ensalmo protector. ¿Qué quieren de ti? Pues, obviamente, respuestas a unas cuantas preguntas.
¿Qué temes darles? ¿O es el simple hecho de dar algo a cambio de nada? Por otro lado, cualquiera puede
imaginar que todo el mundo quería un trozo de Mick cuando era el Mick de entonces, el de los tiempos
gloriosos, y que no resultaba fácil. Pero su manera de afrontarlo fue tratar a todo el mundo con una
actitud defensiva. No sólo a los desconocidos, sino también a sus mejores amigos. Hasta que llegó un
punto en que le decía algo y notaba, mirándolo a los ojos, que se estaba preguntando: «¿Qué saca Keith
con esto?». ¡Y yo no buscaba nada! La mentalidad de asedio va a más: ya te has construido una muralla,
¿cómo sales ahora?
No puedo señalar exactamente dónde y cuándo pasó. Antes era mucho más cálido, pero no durante
muchos años. Básicamente se metió a sí mismo en la nevera. Primero fue «¿qué quiere la gente de mí?», y
luego fue cerrando el círculo hasta que yo también me quedé fuera.
Para mí es muy doloroso porque sigue siendo mi amigo. ¡Por Dios, me ha hecho sufrir mucho a lo largo
de la vida! Pero es uno de mis colegas, y para mí es un fracaso personal no haber conseguido que volviera
a la alegría de la amistad, que volviera a la tierra.
Hemos pasado por tantas etapas juntos… Lo quiero de verdad, pero hace mucho que no existe
cercanía entre nosotros. Supongo que ahora, o al menos de momento, nos respetamos, y ese respeto está
enraizado en una amistad profunda. «¿Conoces a Mick Jagger?». «Sí, ¿cuál?». Porque lo cierto es que
tiene unas cuantas personalidades igualmente seductoras, y es cosa suya cuál tiene a bien lucir. Según el
día elige si va a ser distante o frívolo o «mi colega», y eso nunca funciona demasiado bien.
Y diría que últimamente percibe su aislamiento. ¡A veces hasta habla con los del equipo! Hace años ni
siquiera hubiera sabido cómo se llamaban, ni se hubiese molestado en saberlo. Cuando subía al avión
para salir de gira, los compañeros le preguntaban «¿cómo va eso, Mick?», pero él seguía caminando como
si nada. Y eso nos incluía a Charlie, a Ronnie y a mí. Era famoso por ello. Y esa gente podía hacer que
sonaras de maravilla o como el culo si quería. Por ese lado logró que las cosas resultaran muy difíciles,
pero si Mick no lograba que las cosas fueran difíciles empezabas a pensar que estaba enfermo.
Y cuando había alcanzado su punto más insoportable cayó una bomba en medio de nuestra pequeña
congregación. En 1983 nos estábamos convirtiendo en una preocupación creciente. Habíamos firmado un
contrato de varios discos con la CBS y su presidente, Walter Yetnikoff, por veintitantos millones de
dólares. Lo que no supe hasta bastante después es que, aprovechando ese acuerdo, Mick había firmado
su propio contrato con la CBS para grabar tres discos en solitario por muchos millones, naturalmente sin
decir una palabra a ningún miembro de la banda.
No me importa quién seas: nadie saca tajada de nuestros contratos, pero Mick creyó que tenía libertad
para hacerlo. Fue una total falta de consideración con el grupo, y me hubiera gustado enterarme antes de
que ocurriera. Yo estaba enfurecido. No formamos la banda para apuñalarnos por la espalda unos a otros.
Se hizo evidente que el proyecto venía de muy atrás: Mick era la gran estrella y Yetnikoff (entre otros)
apoyaba totalmente la idea de que se lanzara a una carrera en solitario, todo lo cual halagaba a Mick y lo
alentaba en sus planes de asalto al poder. De hecho, Yetnikoff llegaría a decir después que en la CBS todo
el mundo pensaba que Mick podía llegar a ser tan grande como Michael Jackson: estaban promoviendo
activamente esa idea con el indudable beneplácito del interesado. Así que el verdadero objetivo del
contrato con los Rolling Stones era que Mick lo usara como trampolín.
A mí, básicamente, me pareció una jugada bastante estúpida. No advirtió que si se ponía a hacer otra
cosa iba a romper una cierta imagen en la mente del público, que es muy frágil. Como cantante de los
Stones, Mick estaba en una posición única, y debería haber sido capaz de comprender mejor lo que eso
significaba realmente. Cualquiera puede sucumbir a un ataque de orgullo de vez en cuando y pensar
«esto lo puedo hacer yo con cualquier grupo de músicos». Pero Mick acabaría demostrando que eso no es
cierto. Puedo entender que alguien quiera salirse un poco del guión un rato, a mí también me gusta tocar
con otra gente y meterme en nuevas aventuras, pero él no tenía otra cosa en mente que ser Mick Jagger
sin los Rolling Stones.
La manera como lo hizo fue muy poco elegante. Tal vez habría podido entenderlo si los Stones
hubiesen estado a la deriva, habría sido un caso de rata que abandona el barco. Pero el hecho era que a
los Stones les iba muy bien y lo único que debíamos hacer era mantenernos unidos en vez de perder
cuatro o cinco años vagando por el desierto para luego tener que recomponerlo todo otra vez. Todo el
mundo se sintió traicionado. ¿Qué había sido de la amistad? ¿No me podía haber dicho desde el principio
que estaba pensando en hacer otra cosa?
Lo que de verdad me cabreó entonces fue la obsesión de Mick por cultivar la amistad de grandes
ejecutivos, en este caso Walter Yetnikoff. Un reguero incesante de llamadas para impresionarlos con sus
conocimientos, transmitirles el mensaje de que estaba al mando de la nave, cuando en realidad nadie
podía estar al mando de nada. Y además se inmiscuía en asuntos que unos individuos con sueldos
estratosféricos sabían hacer mucho mejor que él.
Nuestra única baza era marcar distancias y mantener un frente unido, como cuando firmamos el
contrato con Decca: nos limitamos a quedamos entre las sombras y forzamos uno de los mejores contratos
discográficos de todos los tiempos. Mi teoría sobre la relación con los tipos de las discográficas es que
nunca se debe hablar con ellos personalmente excepto en eventos sociales. En ninguna otra ocasión
debes acercarte a ellos, no te involucras en el trasiego diario: pagas a alguien para que lo haga. Nada de
andar preguntando por los presupuestos de publicidad y oye Walter, ¿dónde está…?». Nada de ponerte a
disposición del tipo con quien trabajas. Si haces eso te degradas a ti mismo, pierdes poder, reduces la
importancia de la banda porque la cosa acaba en «otra vez ese Jagger al teléfono». «Pues dile que luego
lo llamo». Eso es lo que pasa. A mí Walter me cae muy bien, creo que es un sujeto estupendo, pero Mick
nos dejó con el culo al aire cuando le dio por tratarlo como si fuera un amigo de toda la vida.
Allá por 1984 se produjo un curioso episodio: Charlie lanzó uno de sus ganchos percusivos, un
puñetazo que sólo he visto un par de veces y es realmente mortífero; requiere equilibrio y buena
coordinación de movimientos. Eso sí, lo tienen que provocar al máximo. A Mick le arreó uno de esos.
Estábamos en Ámsterdam para asistir a una reunión y, pese a que Mick y yo no pasábamos por nuestro
mejor momento, le dije «¡venga, vámonos por ahí!». Hasta le presté la chaqueta que llevaba el día de mi
boda. Volvimos al hotel a eso de las cinco de la mañana y Mick llamó por teléfono a Charlie. Le dije que no
lo llamara a esas horas, pero lo hizo y le espetó: «¿Dónde está mi batería?». No hubo respuesta y colgó. Al
cabo de unos veinte minutos, Mick y yo seguíamos por allí bastante puestos (dale un par de copas y ya
está trompa), y oímos que llamaban a la puerta. Era Charlie Watts, perfectamente arreglado con su
elegante traje de Savile Row, impecable, con corbata, afeitado, hecho un figurín.
¡Hasta olía a colonia! Abrí la puerta y ni siquiera me miró; entró, se fue derecho hacia Mick y le dijo:
«Nunca más vuelvas a llamarme “tu batería”». Después lo agarró por las solapas de la chaqueta y le atizó
un gancho de derecha. Mick cayó de espaldas encima de una bandeja plateada de salmón ahumado que
había en la mesa y empezó a deslizarse hacia la ventana abierta y el canal que había debajo. Y yo
pensando: «¡Esa sí que ha sido buena!». Pero luego recordé que llevaba la chaqueta de mi boda, y en el
último instante lo agarré antes de que cayera a uno de los canales de Amsterdam. Tardé veinticuatro
horas en calmar a Charlie. Pensé que lo había conseguido cuando lo acompañé a su habitación, pero al
cabo de doce horas seguía diciendo: «¡Joder, voy a arrearle otra galleta!». Y eso que hace falta tocarle
mucho las pelotas para que pierda los papeles. «¿Y por qué lo agarraste?». «¡Era mi chaqueta, Charlie,
era mi chaqueta!».
Cuando nos reunimos en París para grabar Dirty Work en 1985, el ambiente se había enrarecido
mucho. Hubo que retrasar las sesiones porque Mick estaba trabajando en su propio álbum y luego anduvo
ocupado con la promoción. Apenas llevaba canciones con las que trabajar porque las había metido todas
en su disco. Muchas veces ni siquiera aparecía por el estudio.
Así que empecé a componer canciones para Dirty Work. El espantoso ambiente que se respiraba en el
estudio estaba afectando a todo el mundo. Bill Wyman prácticamente dejó de acudir y Charlie se volvió a
casa. Viéndolo ahora, muchas de las canciones del disco estaban cargadas de amenazas y violencia: «Had
It with You», «One Hit (to the Body)», «Fight». Hicimos un vídeo de «One Hit (to the Body)» que más o
menos contaba la historia: casi llegamos a las manos, mucho más allá de nuestras obligaciones
interpretativas. «Fight» da una cierta idea del amor fraternal que se tenían los glimmer twins por aquel
entones:

Gonna pulp you to a mess of bruises


‘Cos that’s what you’re looking for
There’s a hole where your nose used to be
Gonna kick you out of my door.

Gotta get into a fight


Can’t get out of it
Gotta get into a fight[65]

Y luego también estaba «Had It with You»:

I love you, dirty fucker


Sister and a brother
Moaning in the moonlight
Singing for your supper

'Cos I had it I had it I had it with you


I had it I had it I had it with you…

It is such a sad thing


To watch a good love die
I’ve had it up to here, babe
I've got to say goodbye

‘Cos I had it I had it I had it with you


And I had it I had it I had it with you.[66]

De ese humor estaba yo. Escribí «Had It with You» en el salón de la casa de Ronnie en Chiswick, justo a
orillas del Támesis. Estábamos esperando para volver a París, pero hacía tan mal tiempo que nos
quedamos tirados hasta que restablecieran el servicio de ferri en Dover. Peter Cook y Bert también
andaban por allí. No había calefacción, la única manera de caldear un poco aquello era encender los
amplis. Creo que nunca había escrito ninguna canción, aparte tal vez de «All About You», cuyo
protagonista fuera claramente Mick.
El disco en solitario de Mick se tituló She’s the Boss {ella manda} título que lo dice todo. Nunca he
llegado a escucharlo entero. ¿Quién lo ha hecho? Es un poco como Mein Kampf, todo el mundo tenía una
copia, pero nadie lo escuchaba. No voy a pronunciarme sobre la esmerada redacción de los títulos
siguientes, Primitive Cool [calma/elegancia primaria] y Goddess in the Doorway [princesa en el portal],
aunque tampoco puedo resistirme a rebautizar éste último como «caca de perro en el portal». Él me
acusa de no tener modales y ser un malhablado, hasta ha escrito una canción sobre el tema, pero su
contrato discográfico fue una grosería mucho peor que cualquier palabrota.
Ya por la mera selección del material me dio la impresión de que realmente había descarrilado, y fue
muy triste. Mick no estaba preparado para la posibilidad de no causar un gran impacto y desde luego se
llevó un gran disgusto. Pero lo que me cuesta imaginar es cómo pudo pensar que aquello podría
funcionar. Ahí fue donde empecé a sospechar que había perdido el contacto con la realidad.
Al margen de lo que hiciera Mick o cuáles fueran sus intenciones, no pensaba quedarme sentado
acumulando resentimiento y veneno. Además, en diciembre de 1985 mi atención se volvió súbita y
forzosamente hacia otro acontecimiento: la terrible noticia de que Ian Stewart había muerto.
Falleció de un ataque al corazón a los cuarenta y siete años. Yo lo estaba esperando esa tarde en el
Hotel Blakes, junto a Fulham Road. Iba a encontrarse conmigo después de ver a su médico. A eso de las
tres de la mañana me llamó Charlie. «¿Sigues esperando a Stu?». Le dije que sí. «Bueno, pues no va a ir»,
así fue como me dio la noticia. El velatorio fue en el club donde Stu jugaba al golf (en Leatherhead,
Surrey). Él habría sabido apreciar la broma de que aquélla fuese la única manera de arrastrarnos hasta
allí. Dimos un concierto en su honor en el 100 Club: la primera vez que nos subíamos juntos a un
escenario desde hacía cuatro años. La de Stu fue la muerte que más me afectó hasta entonces, aparte de
la de mi hijo. Al principio te quedas como anestesiado y sigues igual que siempre, como si no se hubiera
ido. Y el caso es que siguió presente, apareciendo de un modo u otro durante mucho tiempo. Todavía lo
hace. Las cosas que te vienen a la mente son de las que te hacen sonreír, las que lo mantienen cercano,
como la forma de alzar la barbilla cuando hablaba.
Todavía se nota su presencia, por ejemplo cuando recuerdo cómo dio su brazo a torcer sobre Jerry Lee
Lewis. Al principio, mi amor por la forma de tocar del «killer» me hizo perder puntos con Stu. «Un marica
aporreando el piano» me viene a la mente como típica reacción suya. Pero luego, al cabo de unos diez
años, Stu se me acercó una noche y me dijo: «Debo admitir que hay algunos elementos que salvan a Jerry
Lee Lewis». ¡Así sin más! Entre unas tomas. A eso lo llamo yo «seguir presente».
Él nunca hablaba de la muerte salvo que alguien hubiera estirado la pata. «¡Pobre imbécil, se lo estaba
buscando!». La primera vez que fuimos a Escocia, Stu paró el coche y le preguntó a alguien «¿puede
decirme por dónde se va al Odeon?» con el acento de un orgulloso escocés… de Kent. Stu marcaba sus
propias reglas con aquellas chaquetas de lana y las camisetas polo. Cuando la cosa fue a mayores y
tocábamos en estadios con retransmisiones vía satélite y públicos multitudinarios, él seguía saliendo al
escenario con sus Hush Puppies, con una taza de café y un sándwich de queso que colocaba encima del
piano mientras tocaba.
Me enfadé mucho con él cuando me dejó (mi reacción habitual cuando un amigo o alguien que quiero
se marcha antes de tiempo). Pero su legado perdura en muchas personas. Chuck Leavell, de Dry Branch,
Georgia, que había estado con los Allman Brothers, era el protegido de Stu y su sucesor. Tocó por primera
vez los teclados con nosotros durante la gira de 1982, y a partir de ahí intervino en las que vinieron
después.
Cuando Stu murió, Chuck ya llevaba varios años trabajando con la banda. «Si estiro la pata, y Dios no
lo quiera —dijo Stu—, vuestro hombre es Leavell». Tal vez cuando lo dijo ya sabía que estaba enfermo. Y
añadió: «No olvidéis que Johnnie Johnson sigue vivito, coleando y tocando en San Luis». Todas frases
suyas del mismo año. Tal vez el médico le dijo: «Te queda poco tiempo».

Dirty Work salió a principios de 1986 y yo tenía muchas ganas de hacer una gira con el nuevo disco. Lo
mismo les pasaba a los otros miembros del grupo. Pero Mick nos envió una carta diciendo que no iba a
salir de gira, que quería centrarse en su carrera en solitario. Poco después de que llegara la carta leí en
un tabloide inglés que Mick había dicho que los Rolling Stones eran como una losa colgada al cuello.
Efectivamente, lo dijo. Trágate ésa, cabrón. No me cabe ninguna duda de que una parte de él pensaba
eso, pero decirlo es otra historia. Ahí fue cuando se declaró la Tercera Guerra Mundial.
Abortada la gira, recordé el comentario de Stu sobre Johnnie Johnson. Johnson había sido el pianista
de la formación original de Chuck Berry y, si Chuck era honesto, también el coautor de muchos de sus
éxitos. Pero Johnson ya no tocaba demasiado en San Luis. Desde que Chuck lo mandó a tomar viento, más
de una década atrás, era conductor de autobús y se dedicaba a llevar a ancianitos de acá para allá casi
olvidado del mundo. Ahora bien, su colaboración con Chuck Berry no era lo único que distinguía a Johnnie
Johnson. Era uno de los mejores pianistas de blues que ha habido jamás.
Cuando estábamos grabando Dirty Work en París, el batería Steve Jordan se pasó por el estudio y
acabó tocando en lugar de Charlie, que pasaba por su particular momento bajo (andaba algo perdido a
causa de varios stupéfiants, como los llaman los franceses). Steve debía de rondar los treinta años y ya
era un músico y cantante experimentado y versátil. Había podido ir a París porque le dieron unos días de
descanso en su trabajo con la banda del programa de David Letterman. Antes de eso había tocado en la
banda de Saturday Night Live y salió de gira con los Blues Brothers de Belushi y Aykroyd. Charlie se fijó
en él ya en 1978, cuando tocaba en Saturday Night Live, y no lo había olvidado.
Aretha Franklin me llamó porque estaba participando en una película titulada Jumpin’ Jack Flash, con
Whoopi Goldberg, y quería que yo produjera el tema principal de la banda sonora. Recordé que Charlie
Watts había dicho en alguna ocasión: «Si trabajas con otros, Steve Jordan es tu hombre». Y pensé:
«Bueno, si voy a hacer Jumpin’Jack Flash con Aretha, tengo que montar otra banda, hay que empezar de
cero». En cualquier caso ya conocía a Steve, pero así fue como se forjó un nuevo grupo: a raíz de la banda
sonora para Aretha. La sesión fue genial. Y se me quedó grabado que, si iba a hacer alguna otra cosa,
sería con Steve.
Yo presenté a Chuck Berry como uno de los primeros músicos para el Salón de la Fama del Rock and
Roll en 1986, y resultó que la banda que acompañó a Chuck esa noche y tocó durante toda la gala era la
de David Letterman, con Steve Jordan a la batería. Lo siguiente que recuerdo es que Taylor Hackford me
pidió que fuera el director musical de una película que estaba haciendo para el sesenta cumpleaños de
Chuck Berry, y de repente las palabras de Stu resonaron otra vez en mi cabeza: Johnnie Johnson sigue
vivo. En cuanto me puse a considerar el tema comprendí que el primer problema era que Chuck Berry
llevaba tanto tiempo tocando con bandas de tercera que se le había olvidado cómo se trabaja con los
mejores, y sobre todo con Johnnie Johnson, con quien no había tocado desde que se separaron a
principios de los setenta. Cuando, con su inimitable estilo, le dijo «Johnnie, a tomar por culo», Chuck se
cortó una mano.
Pensaba que seguiría teniendo éxitos eternamente. ¿También estaba padeciendo el SCB, aunque fuera
guitarrista? El hecho fue que no volvió a tener un gran éxito desde que la banda original se separó, a
excepción de su canción más famosa «My Ding-a-Ling». ¡Venga, Chuck! Él y Johnnie Johnson eran la
combinación perfecta, un equipo de ensueño, ¡por Dios! «Ah no, sólo cuento yo. Puedo encontrar a otro
pianista, y además me saldrá más barato», diría Chuck. Lo que más le preocupaba era el dinero.
Cuando fui con Taylor Hackford a visitar a Chuck en su casa de Wentzville, justo a las afueras de San
Luis, esperé hasta el segundo día para colar la pregunta. Estaban todos hablando de la iluminación y
entonces le dije a Chuck: «No sé si es una buena pregunta, porque no se que relación tenéis ahora, ¿pero
todavía anda por ahí Johnnie Johnson?». Y respondió: «Creo que está en la ciudad». Yo añadí: «Lo
importante es si podríais tocar juntos». «Sí, joder, sí», me dijo. Un momento de tensión. De repente había
vuelto a reunir a Chuck Berry y Johnnie Johnson, y las posibilidades eran infinitas. Chuck accedió sin
pensárselo y fue una buena decisión, porque de todo aquello sacó una gran película y una gran banda.
Pero luego, fabulosa ironía del destino, llegó mi turno. Yo quería que Charlie tocara la batería para
aquel proyecto. A Steve Jordan también le interesaba, pero pensé que no dominaría aquella música, y en
eso me equivocaba, pero entonces no lo conocía bien. Le dije: Gracias, colega, pero creo que Charlie está
interesado». Y entonces Chuck vino a verme para que escuchara algo urgentemente, y me puso un vídeo
de la actuación final durante la ceremonia de ingreso en el Salón de la Fama: y allí estaba Steve, dándole
a las baquetas con toda alma, aunque el ángulo de la cámara le cortaba la cabeza. Pero tocaba de
maravilla, y Chuck me dice: «Tío, quiero a ese batería, ¿quién es? Quiero a ese batería en la película». Así
que tuve que llamar a Steve decirle: «Esto, eh, tal vez puedas entrar». Seguro que Steve disfrutó mucho
con aquello. Pero aún hubo otra vuelta de tuerca en la historia. Mejor que lo cuente él:

Steve Jordan: Chuck vino a vernos a Jamaica y se iba a quedar en la casa de Ocho Ríos, así que fuimos a
recogerlo al aeropuerto. Hacía un calor insoportable, treinta y muchos grados, todos salían del avión en
pantalones cortos o bikini porque ya sabían qué los esperaba fuera, pero Chuck apareció con su chaqueta y sus
pantalones de poliéster, maletín en mano. Fue para morirse de risa. Y luego nos sentamos en el cuarto de estar y
la batería ya estaba montada y se suponía que íbamos a tocar juntos. Sólo teníamos un par de amplificadores
Champ y unas guitarras para empezar a tocar y trabajar un poco las cosas, pero Chuck va y dice: «Bueno, ¿dónde
está el batería?». Yo por aquel entonces llevaba rastas, tenía la misma pinta que Sly Dunbar. Entonces Keith le
dice: «Este es el batería, Steve, él es el batería». Y Chuck: «¿Ese es mi batería?». Se quedó mirando las rastas y
exclamó: «¡Este tío no es mi batería!». Mi cabeza quedaba fuera de plano en el vídeo que había visto y no sabía
que yo llevaba rastas. Se pensó que yo era un batería de reggae que andaba por allí y no quería tocar conmigo.
Pero en cuanto empezamos todo fue bien.

Le pregunté a Johnson cómo se habían compuesto «Sweet Little Sixteen» y «Little Queenie» y me
contestó: «Bueno, Chuck traía algunas letras y nos poníamos a tocar algo de blues y yo iba organizando la
secuencia». Le dije: «Johnnie, eso se llama componer, y te deberían haber dado al menos el cincuenta por
ciento. A ver, podrías haber llegado a un acuerdo y aceptar el cuarenta, pero tú compusiste con él todas
esas canciones». Johnnie me contestó que nunca se le había ocurrido verlo así, que simplemente había
hecho lo que sabía hacer. Steve y yo hicimos el examen forense de la cuestión y descubrimos que todo lo
que Chuck había escrito estaba en Mi bemol o Do sostenido: ¡notas de piano, no de guitarra! Ya no cabía
la menor duda. Porque no son notas muy buenas para guitarra. Obviamente, casi todas las canciones
habían nacido en el piano, y luego Chuck se había incorporado haciendo cejillas con sus manazas. ¡Me da
la impresión de que seguía la mano izquierda de Johnnie Johnson!
Chuck tiene unas manos enormes que le permiten llegar a todos esos acordes de cejilla, unas manos
muy largas y esbeltas. A mí me llevó un par de años encontrar el modo obtener ese sonido con unas
manos más pequeñas, y fue cuando vi Jazz on a Summer’s Day, donde Chuck toca «Sweet Little Sixteen»:
observé sus manos, dónde ponía los dedos y cómo los movía, y descubrí que si traducía todo aquello a
acordes de guitarra, algo con una nota raíz, podía ver el truco para hacerlo a mi manera. Tal como hacía
Chuck. Lo más bonito de Chuck Berry es que tocar parece no costarle el menor esfuerzo. Nada de sudar
la camiseta y hacer muecas de concentración, sólo swing puro y aparentemente sencillo, como los
movimientos de un león.
Resultó fantástico, y me quedo corto, volver a reunir a Chuck y Johnnie. Lo más interesante fue ver
cómo reaccionaron al reencontrarse: llevaban mucho tiempo sin tocar juntos, pero, por el mero hecho de
estar allí, Johnnie le recordó a Chuck cómo se hacían las cosas de verdad y éste se tuvo que poner las
pilas. Chuck llevaba años tocando con tarugos, con las peores bandas de la ciudad, siempre de un lado a
otro con su maletín. Para un músico, tocar por debajo de tu nivel te destruye el alma, y él se había tirado
años haciéndolo, hasta el punto de haberse vuelto completamente cínico con la música. Pero cuando
Johnnie entró en materia y despegó, Chuck le decía «¡eh!, ¿te acuerdas de ésta?», y saltaba a otra cosa
que no tenía nada que ver. Fue extraño y divertido ver a Chuck espabilándose para seguir a Johnnie, y
también al resto de la banda, porque tenía a Steve Jordan a la batería y tampoco había tocado con un
batería así desde el puto 1958. Monté un grupo que fuera a la búsqueda de Chuck Berry, en la medida en
que eso era posible. Mi objetivo era ofrecerle una banda tan buena como la suya original y creo que lo
conseguimos, a nuestra manera, aunque el muy cabrón es escurridizo como una anguila. Claro que estoy
acostumbrado a tratar con cabrones escurridizos.
Algo realmente fantástico salido de aquella película fue que le di a Johnnie Johnson una vida nueva. A
raíz de aquello volvió a tener la oportunidad de tocar en público con un piano en condiciones y, durante el
resto de sus días, se dedicó a actuar por todo el mundo con mucho éxito: le salían actuaciones, se
reconocía su talento y, lo más importante, recuperó el respeto por sí mismo porque fue valorado como el
gran músico que era. Siempre pensó que nadie conocía su intervención en aquellos discos maravillosos
De Chuck Berry.
Desde luego, nunca disfrutó de los créditos y correspondientes regalías por todo lo que compuso.
Quizá tampoco tuviera la culpa Chuck, tal vez fue cosa de Chess Records. No habría sido la primera vez.
Johnnie nunca pidió nada, así que nunca le dieron nada, pero al final disfrutó de quince años más tocando
para la gente, haciendo lo que debería haber hecho siempre. Al final se reconoció su inmenso talento y no
acabó sus días malviviendo al volante de un autobús.
No suelo criticar demasiado a los demás (fuera de mi círculo más cercano), pero debo decir que Chuck
Berry fue una gran decepción para mí. Era mi gran héroe. «Joder —pensé—, tiene que ser un tipo
cojonudo para tocar así, para componer así y cantar así, para repartir caña así. Tiene que ser un gran
tío». Pero juntamos su equipo y el nuestro para la película y luego me enteré de que había estado
cobrando a la productora el uso de sus amplificadores. Y desde el primer compás de la primera noche de
concierto en el Fox Theatre de San Luis, Chuck se dedicó a mandar al carajo todo lo que habíamos
preparado cuidadosamente y se puso a tocar completamente a su bola en claves completamente distintas.
La verdad es que no importaba: fue el mejor concierto de Chuck Berry en la historia. Como ya dije cuando
lo presenté en el Salón de la Fama, le he robado hasta el último fraseo. Así que se lo debo: tengo que
aguantarme cuando se pone en plan provocador y seguir tocando contra las cuerdas hasta llegar al final.
Y desde luego me llevó al límite, algo que se ve claramente en la película. En principio no permito que la
gente abuse de mí, pero eso es exactamente lo que Chuck hizo con todos nosotros entonces.
Sea como fuere, lo que de verdad pienso del tipo es lo que le escribí un día en un fax después de
haberlo escuchado en la radio por millonésima vez en mi vida:
[Texto manuscrito: Querido señor Berry: Permíteme decirte que, a pesar de nuestros altibajos, ¡te adoro! ¡Tu trabajo es tan
hermoso, tan maravillosamente atemporal! ¡Sigo sin palabras! Confío en que no hagan a otro como tú. No podría soportar la
emoción. ¡Tal vez pienses lo mismo de mí! ¡Con todo mi cariño, hermano! En lo que pueda valer. Keith P. D. ¡Tu inglés es mejor
que el mío!].

La gran traición de Mick, la que me cuesta perdonar, una maniobra que parecía diseñada con el
propósito de acabar con los Rolling Stones, fue que anunciara en marzo de 1987 que saldría de gira con
su segundo álbum en solitario, Primitive Cool. Yo pensaba que haríamos una gira en pero no fue así por
las tácticas dilatorias de Mick. Y ahora ya quedaba todo claro. Tal como lo expresó Charlie, había dado
carpetazo a veinticinco años de Rolling Stones. Esa es la impresión que daba. Los Stones no hicieron ni
una sola gira entre 1982 y 1989, y no pisamos un estudio juntos entre el 85 y el 89.
Según declaraciones del propio Mick: «Con los Rolling Stones… ya no puede ser, a mi edad y después
de todos estos años de dedicarle la vida entera… Sin duda me he ganado el derecho a expresarme de otra
manera». Y vaya si lo hizo: se expresó saliendo de gira con otra banda a cantar canciones de los Rolling
Stones.
La verdad es que no creí que Mick se atreviese a hacer una gira sin los Stones. Para nosotros aquello
fue una bofetada en la cara, una condena a muerte pendiente de apelación. ¿Y todo para qué? Me había
equivocado, estaba furioso y dolido: Mick se fue de gira.
Arremetí con todo lo que tenía contra él, sobre todo en la prensa. El primer disparo fue: «Si no sale de
gira con los Stones y lo hace con la banda de Huevón o Pelotudo, le voy a rajar el puto cuello». Y Mick
respondió altivamente: «Quiero mucho a Keith, y lo admiro, pero siento que ya no podemos trabajar
juntos». Ya ni recuerdo todos los comentarios mordaces y las burlas que salieron de mi boca: «es un disco
boy; el grupito para que Jagger se haga una paja; ¿por qué no se junta con Aerosmith?». Eran las
andanadas con las que alimentaba a los agradecidos tabloides. Llegó un punto en que la cosa se puso muy
fea, y un día un periodista me preguntó: «¿Cuándo vais a dejar de decir perrerías?». «Pregúntale al
perro», fue mi respuesta.
Y luego pensé: «Que haga lo que le plazca, ¡deja que se parta la cara él solito». Había dado muestras
de la más absoluta falta de amistad y camaradería, carecía de lo necesario para mantener unida a una
banda. Todo era una mierda. Creo que a Charlie lo afectó todavía más que a mí.
Vi un vídeo del espectáculo de Mick y llevaba un par de guitarristas con pinta de Keef tocando a dúo,
haciendo gestos de guitarrista heroico. Cuando estaban ya de gira, me preguntaron qué me parecía, y dije
que encontraba un tanto triste que hubiese incluido tantas canciones de los Rolling Stones, que si vas a
hacer algo por tu cuenta, lo normal es que toques las canciones de tus dos discos en solitario. No
pretendas que te has independizado si luego tienes a dos tías dando brincos por el escenario mientras te
hacen los coros de «Tumbling Dice». Los Rolling Stones se habían pasado mucho tiempo tratando de
forjar una cierta reputación de integridad, tanta como es posible en la industria musical. El modo como
Mick llevó su carrera en solitario puso en peligro todo eso y me sacó de quicio.
Mick había cometido un error de cálculo garrafal. Para empezar, dio por sentado que cualquier banda
podía ser tan compatible con él como los Rolling Stones, pero lo cierto es que ni él mismo sonaba igual.
Desde luego tenía unos músicos fantásticos, pero es un poco como el Mundial de Fútbol: la selección
inglesa no es el Chelsea ni el Arsenal. Es otro tipo de competición y tienes que trabajar con un equipo
diferente. Ahora que has contratado a todos esos tíos que están entre los mejores, debes consolidar una
relación con ellos, y eso no es precisamente lo que mejor se le da a Mick. Sin duda era capaz de andar por
ahí pavoneándose, plantar la estrella en la puerta del camerino y tratar a todos como meros asalariados,
pero con eso no se saca buena música de ninguna sitio.

Después de aquello me dije: «¡A tomar por saco! Quiero una banda». Estaba decidido a seguir
haciendo música en ausencia de Mick. Escribí un montón de canciones, empecé a componer de un modo
nuevo temas como «Sleep Tonight», con un sonido más profundo, uno que no había conseguido antes y
que funcionaba bien para el tipo de baladas que estaba empezando a escribir. Así que empecé a llamar a
tipos con los que siempre había querido trabajar, y sabía por quién tenía que empezar. Casi puede decirse
que mi colaboración con Steve Jordan se remontaba a París, cuando grabábamos Dirty Work. Steve me
animó, percibió algo en mi voz que, en su opinión, podía servir para hacer discos. Si daba con una
melodía y empezaba a trabajar en ella, le pedía que la cantara él. Además, sólo con la colaboración llego
realmente a algún sitio, necesito una reacción para decidir que estoy haciendo algo valioso. Así que
empezamos a pasar tiempo juntos en Nueva York y compusimos muchas canciones. Luego también se
unió su colega Charley Drayton, que sobre todo toca el bajo, pero que también es un batería excelente, y
empezamos a tocar juntos en casa de Woody. Después Steve y yo nos marchamos a Jamaica una
temporada: allí nos hicimos amigos y comprendimos que «¡también nosotros podemos componer!». Es el
único con quien puedo, ha de ser Jagger/Richards o Jordan/Richards.
Que cuente Steve cómo fue la historia:

Steve Jordan: Keith y yo estuvimos muy unidos durante la época en que compusimos juntos, antes de formar la
banda, cuando sólo éramos nosotros dos. Entramos en un estudio llamado Studio 900, a la vuelta de la esquina
de mi casa y en la misma calle de Nueva York donde él vivía. Aparecimos por allí y nos pusimos a ello. La primera
vez nos tiramos doce horas sin parar. ¡Keith no salió ni para mear! Fue increíble, lo que nos unió fue el puro amor
a la música. Y para él fue claramente muy liberador, porque tenía un montón de ideas que quería expresar y
desde luego estaba enojado, o por lo menos se notaba cuando nos poníamos a escribir. Mucha de aquella música
no dejaba lugar a dudas, era sobre su antiguo colega. «You Don’t Move Me» es un clásico, y acabó en su primer
álbum en solitario, Talk Is Cheap.

Yo sólo contaba con un título, You don’t move me anymore, y no tenía ni idea de por dónde tirar: podía ser
un tío hablándole a una tía o una tía a un tío. Pero entonces, cuando escribí el primer verso, me di cuenta
de hacia dónde se encaminaba mi mente y de repente tuve claro el foco: Mick. Pero tratando también de
ser gentil al mismo tiempo, claro que según mi versión de la gentileza.

What makes you so greedy


Makes you so seedy[67]

Steve y yo pensamos que deberíamos hacer un disco y empezamos a formar la base de los X-Pensive
Winos, como fueron bautizados posteriormente cuando me fijé en que se habían traído al estudio una
botella de Château Lafite a modo de refresco. Bueno, todo es poco para esta increíble banda de
hermanos. Steve me preguntó con quién quería tocar, y el primero que mencioné fue Waddy Wachtel a la
guitarra. Y él me contestó: «Me lo has quitado de la boca, hermano». Yo conocía a Waddy desde los
setenta y siempre había querido tocar con él, uno de los guitarristas con más gusto y mayor capacidad
para la empatía que conozco, y con un gran sentido musical. Lo entiende, te pilla la onda cuando toca
contigo, nunca hace falta explicarle nada. Y además tiene un oído increíble, siempre afinado tras tantos
años de subirse a las tablas. Estaba tocando con Linda Ronstadt y con Stevie Nicks (bandas de mujeres),
pero yo sabía que mi colega quería hacer rock, así que lo llamé y simplemente le dije: «Estoy montando
una banda y tú estás dentro». Steve estuvo de acuerdo en que Charley Drayton debía ser quien tocara el
bajo, y creo que hubo también consenso general en que Ivan Neville, de la familia de Aaron Neville de
Nueva Orleans, tocaría el piano. No hubo audiciones ni nada por el estilo.
Los Winos se formaron con mucha astucia: casi todos los miembros de la banda lo tocan casi todo,
pueden cambiar de instrumento sin problemas y prácticamente todos cantan. Ivan es un cantante
magnífico. Aquel grupo base, desde el momento en que tocamos el primer compás juntos, despegó como
un cohete. Siempre he tenido una suerte increíble en cuanto a los tíos con los que he tenido el privilegio
de tocar y es imposible escuchar a los Winos sin elevarte del suelo. Eran un subidón garantizado,
desprendían tanta energía que me costaba trabajo creerlo. Para mí fue como volver a la vida, me sentí
como si acabara de salir de la cárcel. De ingeniero teníamos a Don Smith, a quien eligió Steve. Se había
formado en la discográfica Stax de Memphis, y había trabajado con Don Nix, que escribió «Going Down».
También con Johnnie Taylor, uno de mis héroes de los primeros tiempos, un tipo que había salido con
Furry Lewis a recorrer los garitos de Memphis. Le encantaba su música.
Waddy describe nuestro recorrido y ofrece un testimonio muy halagador sobre mis progresos como
cantante desde mis inicios de promesa frustrada en el coro de Dartford:
Waddy Wachtel: Subimos hasta Canadá y allí hicimos todo el primer disco, Talk Is Cheap. Creo recordar que la
segunda canción que grabamos fue «Take It So Hard», que es una composición magnífica, y recuerdo que pensé:
«¿Voy a poder tocar esto? ¡Adelante!». La tocamos unas cuantas veces, supongo que podría decirse que
ensayamos, y luego hicimos una toma que salió espectacular, tan bien que casi resultaba ridículo. Era la segunda
melodía de la noche y salió una toma magnífica, de una sintonía total. Recuerdo que volví a casa pensando: «Si
hemos escalado el Everest, las demás montañitas van a ser coser y cantar después de haber coronado la cima
más alta». Y Keith no se lo quería creer, en plan «no quiero que estos tíos se piensen que son tan buenos». Y nos
la hizo repetir. No sé por qué. La primera toma decía a gritos «soy yo, ¡soy la buena, tío!». Cuando la tienes, la
tienes. Luego, a la hora de decidir el orden de las canciones en el disco, yo sugerí que la primera fuese «Big
Enough», porque la primera vez que oyes a Keith cantando en esa canción te quedas sin palabras con la primera
frase. ¡Su voz suena tan maravillosamente bien y canta, aparentemente, con tan poco esfuerzo! Recuerdo que
dije: «Cuando la gente oiga esto no se van a creer que quien canta es el puto Keith Richards». Y luego los rematas
con «Take It So Hard».

De hecho, en Talk Is Cheap no sólo toca nuestra banda. Buscamos hasta debajo de las piedras. Fuimos a
Memphis a reclutar a Willie Mitchell e incluimos a los Memphis Horns como sección de viento en «Make
No Mistake». ¡Willie Mitchell! Fue el ingeniero, arreglista, productor y compositor de todo el material de
Al Green, ya fuera con Al Green, con Al Jackson o con ambos. Así que nos fuimos al estudio donde
grababa todos los discos de Al Green y le pedimos que hiciera unos arreglos para trompeta. Fuimos a por
quienes nos interesaban y los conseguimos a casi todos: conseguimos a Maceo Parker, Mick Taylor,
William «Bootsy» Collins, Joey Spampinato, Chuck Leavell, Johnnie Johnson, Bernie Worrell, Stanley
«Buckwheat» Dural, Bobby Keys, Sarah Dash. Y Babi Floyd cantó con nosotros durante la gira: gran
cantante, una voz increíble, uno de los mejores. Babi Floyd cantaba «Pain in My Heart» y hacía el
numerito a lo Otis poniéndose de rodillas y demás. La última noche de la gira de los Winos lo atamos por
el tobillo al pie del micrófono porque nos parecía que ya se estaba pasando. ¿Cómo se consigue atar a
alguien al pie de un micrófono sin que se dé cuenta? Con muchísimo cuidado.
Yo en realidad sólo había compuesto regularmente con Mick, pero ya no escribíamos gran cosa juntos,
cada uno componía por su lado. Hasta que no trabajé con Steve Jordan no me di cuenta de lo mucho que
lo había echado de menos y de lo importante que es colaborar. Cuando la banda estaba reunida en el
estudio, muchas veces me ponía a componer allí mismo, simplemente plantándome allí en medio,
buscando sonidos vocálicos y canturreando a gritos, lo que hiciera falta, un proceso que al principio le
chocó mucho a Waddy:

Waddy Wachtel: Me parecía muy gracioso. El concepto que tenía Keith de componer era:
—Monta unos cuantos micros.
—¿Eh? Bueno, vale.
—Pues venga, vamos a cantarlo.
—¿A cantar qué?
— ¡Vamos a cantarlo!
—¿De qué coño estás hablando? ¿A cantar qué? ¡Si no tenemos nada!
—Sí, ya, bueno… Vamos a inventarnos algo.
¡Y así iba la cosa!, ése era el proceso. Así que Steve y yo nos colocábamos allí en medio con él y de vez en
cuando Keith soltaba un «¡qué coño, eso suena muy bien!», mientras trataba de sacar la letra. «Lánzalo todo
contra la pared, a ver si se queda pegado».
Básicamente así era como funcionaba. Era increíble. Y hasta sacamos unos cuantos versos de todo aquello.

Empecé a escribir y a cantar las canciones de manera diferente porque, para empezar, ya no estaba
componiendo para Mick, pensando en cómo las interpretaría él en el escenario. Pero además, y sobre
todo, estaba aprendiendo a cantar. Lo primero que hice fue poner las canciones en una clave más baja, lo
que me permitió bajar la voz en temas de notas agudas como «Happy». Las melodías también eran
distintas de las que hacía para los Stones y estaba aprendiendo a cantar plantado ante el micrófono, en
vez de entrar y salir a ráfagas mientras hacía como que tocaba la guitarra, que era lo que solía hacer en
el escenario hasta entonces. Don Smith arregló los micros y los compresores para que lo oyera todo a
mucho volumen por los cascos, lo que significaba que no podía cantar a gritos como había estado
haciendo. Empecé a escribir canciones más serenas, baladas, canciones de amor. Canciones que salían
del corazón.
Salimos de gira y de repente yo era el líder. «Bueno, a ver, vamos a probar esto y aquello. Eso me hizo
mucho más comprensivo respecto a algunas excentricidades de Mick. Cuando tienes que cantar todas las
putas canciones no te queda otra que desarrollar cierta capacidad pulmonar. Estás haciendo a diario
conciertos de una hora como mínimo en los que no sólo cantas sino que también andas dando brincos por
el escenario y tocando la guitarra, y eso me potenció la voz. Unos se espantan con mi voz, y otros la
adoran. Es una voz con carácter, y desde luego no es la de Pavarotti, pero tampoco es que me guste
mucho la voz de Pavarotti. Ser el vocalista de una banda resulta agotador, aunque sólo sea por todo el
rollo de respiración que implica. Cantar una canción detrás de otra acaba tumbando a la mayoría de la
gente, consumes una cantidad de oxígeno increíble. Así que algunos días acabábamos el concierto ¡y
tenía que irme derecho a la cama! Por supuesto, otras veces nos íbamos de juerga y luego directamente a
la siguiente actuación, pero en muchas ocasiones era más bien «¡ni hablar!». Durante la gira con los
Winos disfrutamos como niños, recibimos ovaciones con el público puesto en pie al final de casi todos los
conciertos, tocamos en teatros pequeños y se vendió hasta la última entrada, así que no perdimos dinero.
El nivel de virtuosismo musical de los tíos que estaban en el escenario era increíble. Tocamos de puta
madre todas las noches, la música fluía de una manera increíble. Aquello ya era planear por las alturas.
De verdad que fue mágico.
Al final, ni Mick ni yo vendimos demasiados discos en solitario porque la gente sólo quiere a los
malditos Rolling Stones, ¿no? Por lo menos, de todo aquello saqué un par de discos magníficos y
credibilidad.
Pero Mick salió a escena con la intención de convertirse en una estrella del pop, plantó la bandera en
lo alto del cerro y al final tuvo que arriarla y marcharse con ella de vuelta a casa. No es mi intención
regodearme, pero lo cierto es que tampoco me sorprendió. Al final no le quedó otra alternativa que volver
a los Stones y redefinir su identidad… para redimirse.

Así que aquí llegan las piedras de molino para salvarte del hundimiento, hermano. Yo no iba a ser el
primero en tantear el terreno: por entonces ya pasaba, no me interesaba seguir con los Stones en las
condiciones de los últimos tiempos. Ya tenía un buen disco a mis espaldas y me estaba divirtiendo con lo
que hacía. De hecho, habría grabado el segundo con los Winos inmediatamente si no llega a ser porque
recibí una llamada de teléfono. Hubo tejemanejes diplomáticos y por fin una reunión que no fue nada fácil
de organizar. Había corrido la sangre, de modo que debíamos escoger un terreno neutral. Mick se negaba
a ir a Jamaica, el lugar donde estaba yo (debía de ser a principios de enero del 89), y yo no quería ir a
Mustique. Al final se decidió que sería en Barbados. Los estudios Blue Wave de Eddy Grant quedaban a la
vuelta de la esquina.
Lo primero que hicimos fue acordar que se debía poner fin a aquella situación. «Me niego a que el
Daily Mirror haga de portavoz mío. Los muy cabrones se lo están pasando en grande con todo esto y nos
están devorando vivos». Hubo un breve intercambio de pullas, pero luego nos entró la risa al recordar las
cosas que nos habíamos dicho en la prensa. Seguramente ése fue el momento en que se restañaron las
heridas: «¿Que te llamé qué?». Conectamos de nuevo.
Tal vez Mick y yo no seamos amigos (demasiado desgaste para eso), pero somos dos hermanos tan
unidos que nada puede separarlos. ¿Cómo describir una relación que se remonta tan atrás en el tiempo?
Tus mejores amigos son tus mejores amigos. Pero los hermanos se pelean. Yo me sentí verdaderamente
traicionado. Mick lo sabe, aunque tal vez no haya visto la profundidad de la herida. Sea como fuere, estoy
hablando del pasado; todo eso ocurrió hace ya mucho. Yo puedo decir estas cosas, me salen del corazón,
pero, al mismo tiempo, nadie más puede decir algo malo de Mick en mi presencia porque le rajaría el
cuello.
Independientemente de lo que haya podido pasar, Mick y yo tenemos una relación que todavía
funciona. ¿Cómo si no, al cabo de casi cincuenta años, podríamos plantearnos aún (en el momento en que
escribo esto) volver a salir juntos a la carretera? (Incluso si nuestros camerinos tienen que estar a un
kilómetro de distancia por razones prácticas: él no aguanta mis ruidos y yo no soporto oírlo cantar escalas
durante una hora). Nos encanta lo que hacemos. Cada vez que nos volvemos a encontrar, sean cuales
sean los conflictos que hayan podido generarse mientras tanto, dejamos a un lado las rencillas y
empezamos a hablar del futuro. Siempre se nos ocurre alguna cosa cuando estamos juntos a solas. Entre
nosotros hay como una chispa electromagnética, siempre la ha habido. Eso es lo que ambos ansiamos, lo
que esperamos de nuestros encuentros, y eso es lo que enciende a la gente.
Y eso fue lo que pasó durante la reunión en Barbados. Significó el principio de la distensión de los
ochenta. Yo suelo dejar que corra el agua. Puede que no perdone, pero tampoco soy capaz de guardar
rencor durante mucho tiempo. Mientras tengamos entre manos algo que funciona, todo lo demás se
convierte en secundario. Somos una banda y nos conocemos bien, así que más nos vale encontrar la
manera de reconducir nuestra relación, porque, a fin de cuentas, los Rolling Stones son más importantes
que cualquiera de sus miembros. ¿Somos capaces de trabajar juntos y hacer buena música? Eso es lo
nuestro. La clave como siempre, fue que no estuviera presente nadie más. Hay una diferencia muy
marcada entre el Mick de cuando estamos él y yo solos y el Mick que aparece si hay alguien más en la
habitación, aunque sea la doncella, el chef o cualquier otra persona. La historia cambia completamente.
Si estamos solos, hablamos de lo que está pasando («¡ah por cierto, mi señora me ha echado de casa!»);
surge una frase y empezamos a trabajar canciones al piano o la guitarra. Y la magia vuelve. Nos sacamos
provecho mutuamente. Mick tiene la habilidad de hacer las cosas de un modo que no se te habría
ocurrido a ti, sin planificar simplemente ocurre.
Al cabo de poco tiempo todo quedó olvidado. Apenas dos semanas después estábamos grabando
nuestro primer disco en cinco años, Steel Wheels, en los AIR Studios de Montserrat, de nuevo con Chris
Kimsey como coproductor. Y la gira Steel Wheels, el mayor circo montado hasta la fecha, estaba
programada para comenzar en agosto de 1989. Tras haber estado a punto de disolver los Rolling Stones
para siempre, Mick y yo afrontábamos ahora otros veinte años en la carretera.
Yo sabía que se trataba de empezar de cero otra vez. O la cosa se rompía y se nos caían todas las
ruedas de golpe o sobrevivíamos. Todo el mundo se había tragado la píldora y había superado el pasado.
Si no, habríamos sido incapaces de empezar otra vez. En fin, que fue una especie de amnesia en lo que al
pasado reciente se refería, aunque los moratones todavía se vieran.
Nos preparamos a conciencia. Pasamos dos meses enteros ensayando sin parar. Aquello era una nueva
operación y además a gran escala. El escenario lo diseñó Mark Fisher y era el más grande que se había
construido hasta entonces: en realidad había dos escenarios, y uno lo íbamos enviando por delante para
que diera tiempo a montarlo. Llevábamos camiones inmensos con una ciudad a cuestas. Había de todo,
desde salas de ensayo hasta la mesa de billar donde calentábamos Ronnie y yo antes de los conciertos. Ya
no éramos una nación pirata en la carretera. Aquello suponía un cambio, tanto en la personalidad como
en el estilo, de Bill Graham a Michael Cohl, que había sido nuestro promotor en Canadá. Fui consciente
de la envergadura del gran espectáculo en el que estaba metido (enorme, gigantesco), otro nivel.
Los Stones no empezaron a hacer dinero con las giras hasta los años ochenta: las del 81 y 82 fueron
las primeras en que usamos grandes estadios y batimos récords de taquilla para conciertos de rock. Bill
Graham era entonces nuestro promotor. Era el rey de los conciertos de rock, un gran paladín de la
contracultura, de los artistas desconocidos y las buenas causas, y también de bandas como los Grateful
Dead y Jefferson airplane. Pero la última gira había acabado siendo un asunto más bien turbio: había
puntos oscuros y no salían las cuentas. Para decirlo más claramente, necesitábamos recuperar el control
de nuestros espectáculos. Rupert Loewenstein había puesto orden en las finanzas para que, básicamente,
no nos mangaran el ochenta por ciento de los beneficios, lo cual no estuvo nada mal. Hasta ese momento,
de una entrada que costaba cincuenta dólares nosotros nos llevábamos tres. Fue él quien encontró a los
patrocinadores y peleó a brazo partido por los contratos promocionales. Limpió la casa de timadores y
fulleros, o por lo menos la mayoría. Nos hizo viables desde un punto de vista económico. A mí Bill me
encantaba, era un tipo estupendo, pero se le estaba empezando a ir la cabeza con sus delirios de
grandeza, como les pasa a todos cuando llevan demasiado tiempo en esto. Sin que Bill se enterara, sus
socios nos estaban robando dinero y encima presumían de ello abiertamente: uno hasta llegó a alardear
de haberse comprado una casa a nuestra costa. Yo no me meto en los tejemanejes internos. Al final, lo
mío es salir al escenario a tocar. Para todo lo demás pago a otra gente, para que se ocupe de ello. Pero la
cuestión es que sólo puedo hacer lo mío si tengo el espacio necesario. Por eso trabajo con gente como Bill
Graham o Michael Cohl o quien sea, porque me quitan esa carga de los hombros, aunque está claro que
se van a llevar un buen tanto por ciento. Todo lo que necesito es contar en mi equipo con alguien como
Rupert o Jane, que se aseguran de que al final los doblones acaban en el bolsillo que corresponde. En una
de las islas hubo una gran reunión donde decidimos contar con los servicios de Michael Cohl, y a partir de
entonces fue él quien hizo todas nuestras giras hasta la de A Bigger Bang en 2006.
Mick tiene un gran talento para descubrir a gente capaz, pero luego acaban desechados o arrumbados
en un rincón. «Mick los encuentra, Keith los conserva», se suele decir en nuestro círculo, y los hechos lo
corroboran. Hubo dos personas en particular que Mick había fichado para su carrera en solitario, y, sin
saberlo, me puso en contacto con algunos de los mejores: tipos a los que ya no dejaría marchar nunca
Pierre de Beauport, el único asistente que Mick se trajo a Barbados cuando nos reunimos allí, fue uno.
Era universitario, había buscado un trabajo de verano para aprender a hacer discos en Nueva York y Mick
se lo llevó durante su gira en solitario. Pierre no sólo es capaz de arreglar cualquier cosa, desde una
raqueta de tenis hasta una red de pescar sino que además es un genio con los amplificadores y las
guitarras. A Barbados yo sólo me había llevado un ampli Fender de los forrados con lana que ya casi no
funcionaba. Sonaba fatal. A Pierre lo había reclutado Mick y, obviamente, se le había advertido que no
cruzara la línea del frente, como si aquello fueran las dos Coreas en plena Guerra Fría cuando en realidad
se trataba como mucho de Berlín Este y Berlín Oeste. Pero un buen día, Pierre, pasando de todo eso,
agarró el ampli, lo desmontó, volvió a armarlo y logró que funcionase perfectamente Yo no pude evitar
darle un abrazo y no tardé mucho en darme cuenta de que era mi hombre, porque además (y esto lo
mantuvo en secreto durante mucho tiempo) el cabrón tocaba la guitarra de puta madre Toca mejor que yo
de largo. Nos hicimos amigos por culpa de nuestra fascinación y amor obsesivo por la guitarra y, a partir
de entonces, se convirtió en mi asistente entre bastidores, quien me va pasando las guitarras. Es quien se
encarga de cuidarlas y prepararlas. En lo que a la música respecta también somos un equipo, hasta tal
punto que, si creo que se me ha ocurrido una canción buena, se la toco a Pierre antes que a ninguna otra
persona.
Todas esas guitarras que pueblan los dominios de Pierre tienen sus respectivos nombres y
personalidades, y él conoce al dedillo sus sonidos y peculiaridades. La mayoría de quienes las fabricaron
en el 54, el 55 o el 56 ya han muerto. Si por aquel entonces tenían cuarenta o cincuenta años, ahora ya
habrían pasado los cien. Pero todavía pueden leerse nombres de quienes les daban el visto bueno final
escritos dentro, que cada guitarra tiene un nombre: el del probador. Para «Satisfaction» toco mucho con
Malcolm, una Telecaster, y para «Jumpin’ Jack Flash» suelo usar a Dwight, otra Telecaster. Micawber es
de las que valen para todo, con muchos agudos. Malcolm en cambio tiene más profundidad. Y Dwight es
un término medio.
Me quito el sombrero ante Pierre y todo su equipo de retaguardia. En el escenario las cosas se tuercen
de repente, y ellos tienen que estar preparados para cambiar a toda prisa la cuerda de una guitarra que
se ha roto, y tener otra guitarra a punto que suene parecido para colgársela al guitarrista al cuello en
cuestión de diez segundos. En los viejos tiempos, ¡a la mierda! Si se te jodía la guitarra salías del
escenario y los demás seguían sin ti hasta que conseguías arreglarlo tú mismo y volvías. Ahora, con tanta
película y tanto vídeo, todo está sometido a un escrutinio constante. Ronnie es de los que rompe muchas
cuerdas, y Mick es con mucho el peor: cuando toca la guitarra la hace trizas con la púa.
El segundo fichaje de Mick era Bernard Fowler, que ha cantado con la banda desde entonces junto con
Lisa Fischer y Blondie Chaplin, que llegaron unos años más tarde. Bernard también trabajó para Mick
durante sus aventuras en solitario, y luego ha cantado en mis discos y en todas las canciones que he
escrito desde que apareció en escena. Recuerdo que lo primero que le dije a Bernard un día en que vino a
hacer coros al estudio fue:
—¿Sabes? No quería que me cayeras bien.
—¿Por qué no?
— Porque eres uno de los suyos.
Bernard se echó a reír y así se rompió el hielo. En cierto sentido tuve la impresión de que se lo estaba
robando a Mick, pero en cualquier caso quería dejar a un lado esa mentalidad de enfrentamiento
permanente entre dos bandos. Y, además, cuando cantamos juntos sonamos bien, así que todas esas
rencillas quedaron olvidadas.
A Bobby Keys conseguí volver a colarlo en 1989, para la gira Steel Wheels, pero no fue fácil. Llevaba
diez años fuera de juego, aparte de algunos conciertos ocasionales. Tardé todo ese tiempo en lograr que
volviera. Y cuando lo hice, al principio no se lo dije a nadie. Estábamos ensayando para la nueva gira en el
Nassau Coliseum. Ya íbamos a empezar los ensayos con vestuario y a mí no me convencía cómo sonaban
los vientos, así que llamé a Bobby y le dije: «Agarra un avión y cuando llegues que no te vea nadie».
Estábamos tocando «Brown Sugar» y Bobby ya andaba por allí, pero Mick no lo sabía. Simplemente le
dije a Bobby: «Cuando llegue el solo de “Brown Sugar” entras». Llegó el momento del solo y Mick se
volvió hacia mí y dijo: «¿Pero qué coño…?».
Yo me limité a responderle: «¿Ves lo que te decía?». Y cuando termino la canción Mick me lanzó una
mirada de «pues sí, no hay discusión posible, esto sí es rock and roll». Pero me costó años meter de nuevo
a Bobby en la banda. Como ya he dicho, tengo amigos que a veces la cagan de verdad, pero lo mismo
puede pasar conmigo, o con Mick, todo el mundo la caga alguna vez. Si no la cagas nunca, ¿dónde está tu
halo?
Mi vida está llena de halos rotos. Mick no le dirigió la palabra en toda la gira, pero Bobby se quedó.
Otro miembro reclutado para la cuadrilla de Richards fue Steve Crotty: una de esas personas que
simplemente me encontró, y nos hicimos amigos inmediatamente. Steve es de Preston, Lancashire. Su
padre era carnicero y un tipo duro, razón por la que Steve se marchó de casa con quince años para
embarcarse en una sufrida vida de aventurero. Lo conocí en Antigua, donde regentaba un famoso
restaurante frecuentado por músicos y marineros, el Pizzas in Paradise. Cualquiera que grabase en los
AIR Studios de George Martin en Montserrat volvía luego a Antigua, así que Steve conocía a mucha gente
del mundillo. Nosotros nos alojábamos en el Nelson’s Dockyard, que estaba cerca del restaurante.
Enseguida reconocí en Steve a un alma gemela. Otro que había pasado por la cárcel, cómo no. Mis
colegas son de los que han estado en los centros penitenciarios más distinguidos. En el caso de Steve,
había salido hacía poco de uno que hay a las afueras de Sidney, Australia, en Botany Bay, donde
desembarcó el capitán Cook. Le cayeron ocho años de trabajos forzados, de los que se pasó allí tres y
medio, encerrado veintitrés horas al día. Parte de la razón por la que Steve consiguió sobrevivir indemne
a la brutalidad de aquel lugar es que se sabía que había mantenido el pico cerrado y no había delatado a
dos cómplices a los que no pillaron. Es ese tipo de tío. Y para el carácter tan afable que tiene, a pesar de
ser también un tipo duro, la verdad es que se ha llevado muchas palizas. Una vez, unos marineros
españoles que llevaban un ciego monumental se presentaron en su bar a las tres de la mañana. Les dijo
que ya estaba cerrando y casi lo matan: estuvo en coma varios días, tuvo aneurismas y perdió nueve
dientes y la visión durante un par de semanas. ¿Por qué le dieron una paliza tan brutal? Las últimas
frases que intercambiaron fueron más o menos así:
—Volved mañana y os invito a una copa —dijo Steve.
Se volvió hacia la barra y oyó:
—Me follo a tu madre.
Y Steve replicó:
—Bueno, alguien tuvo que hacerlo. ¿Quieres que te llame papá?
Y pagó las consecuencias.
Cuando Steve se recuperó le pedí que viniera conmigo a Jamaica y se encargara de mi casa, donde
sigue hasta hoy como sheriff de la conferencia del Caribe. Mientras escribía este libro, un tipo armado
con una pistola entró a robar en la casa. Steve lo derribó arreándole con una guitarra eléctrica. Al caer, el
codo del ladrón golpeó contra el suelo y el arma se disparó. La bala entró en la pierna rozando la minga
de Steve y salió sin tocar ninguna de las arterias principales. Lo que llaman una herida limpia. El ladrón
fue abatido por la policía.
Hubo una ocasión, mientras estábamos ensayando en Montserrat, en que fue necesario sacar la
navaja. Estábamos grabando una canción llamada «Mixed Emotions». Uno de los ingenieros de sonido lo
presenció todo, y será mejor que lo cuente él. No incluyo esta historia para alardear de mi buena puntería
como lanzapuñales (aunque en esta ocasión fue una suerte que acertara donde quería), sino para ilustrar
el tipo de situaciones que me encienden la sangre: en este caso, alguien que no tocaba ningún
instrumento ni tenía la más remota idea de lo que yo estaba haciendo entró en el estudio e intentó
decirme cómo mejoraría la canción. Bla, bla, bla. Tal como recuerda el testigo ocular:
Un pez gordo de la industria invitado por Mick se presentó en Montserrat para hablar de no sé qué contrato
relacionado con la gira. Estaba claro que alardeaba de grandes conocimientos sobre producción musical, porque
estábamos en la zona del estudio escuchando una grabación de «Mixed Emotions», que iba a ser el primer single.
Keith estaba allí de pie con la guitarra y Mick también, escuchando. Acaba el tema y el tipo dice: «Una gran
canción, Keith, tío, pero si cambias los arreglos un poco te digo yo que sonaría mucho mejor». Así que Keith se va
para su maletín de médico, saca la navaja y se la arroja: aterrizó justo entre las piernas del tipo. ¡Boooingg! Fue
como de Guillermo Tell, algo fantástico. Y Keith le dice: «Mira, hijito, yo ya estaba componiendo canciones cuando
tú todavía no eras ni una chispa en la polla de tu padre. No vengas a decirme cómo se compone». Y se largó.
Luego Mick tuvo que suavizar la situación, pero fue increíble. Nunca lo olvidaré.

Estaba ya todo preparado para empezar la gran gira Steel Wheels cuando recibí una visita de Rupert
Loewenstein (no de Mick, que era quien debería haber venido en persona) para decirme que Mick no
haría la gira si venía Jane Rose. Jane era (y sigue siendo) mi mánager: ya he contado antes cómo se
mantuvo heroicamente a mi lado cuando me desenganché por última vez en los días del caso de Toronto,
y luego durante los meses y años de vistas en los juzgados canadienses. Jane ha sido una presencia
invisible pero permanente en mucho de lo que ha ocurrido desde entonces. A esas alturas del verano del
89, diez años después de aquellos acontecimientos, desde luego también se había convertido en una
espina en el costado de Mick, pero una que él mismo se había clavado. Rose había estado trabajando
tanto para Mick como para mí durante lo que parecía una eternidad, desde lo de Toronto hasta 1983,
aunque durante un tiempo estuvo junto a mí de manera extraoficial: Mick le había encargado que se
quedara conmigo para ayudarme a salir adelante Pero en 1983 Mick decidió que se quería deshacer de
ella y la despidió No me dijo una palabra y cuando me enteré me negué en redondo. «¡De eso nada,
colega! No pienso echar a Jane Rose». Yo creía en ella, se había quedado conmigo en Toronto, pasó por
todo aquello a mi lado, y además había estado haciéndome de mánager. Así que la volví a contratar el
mismo día.
Inmediatamente, Jane se convirtió en una fuerza a tener muy en cuenta. Cuando Mick se negó a salir
de gira en 1986, ella empezó a moverse para buscarme proyectos: primero un especial de television con
la cadena ABC junto con Jerry Lee Lewis; luego Jumpin’ Jack Flash, con Aretha Franklin; después un
contrato con Virgin, que acababa de desembarcar en Estados Unidos, para grabar el disco de los Winos.
Éramos Jane y yo, y ella era quien lo llevaba todo. Y ahora Mick insistía en que ella no podía venir a la
gira. Era el mismo problema de siempre: alguien que estaba demasiado próximo a mí y obstaculizaba su
control, alguien que desbarataba los planes de Mick para manipular todo el tinglado. Jane es muy tenaz,
es mi bulldog: no suelta la presa y por lo general gana ella. En este caso estaba luchando para que Mick
me consultara las cosas importantes, algo que él evitaba siempre que podía, así que dinamitaba
directamente sus pretensiones de mandar en todo. Y lo peor para ella en esa situación, el factor que la ha
obligado a pelear el doble: es una mujer.
El hecho es que Jane ha hecho grandes cosas para mí, desde el contrato discográfico para los Winos
hasta mi aparición en Piratas del Caribe, que fue el resultado de su implacable tenacidad. Después de que
me consiguiera el contrato con Virgin, Rupert le preguntó si creía que la discográfica podría estar
interesada también en los Stones, y en 1991 firmamos un fabuloso contrato con ellos. Jane puede ponerse
muy pesada a ratos, bendita sea. Y desde luego ha dejado más de una herida: a menudo la gente se
enfrenta a ella pensando que se achantará y dejará la vía libre, pero se encuentran con una roca en su
camino. En ella tengo un tigre camuflado, y uno muy leal además. Cuando salió con aquel ultimátum
imponiéndole el veto a Jane en 1989, Mick estaba cabreado conmigo por haber vuelto a colar a Bobby
Keys en la formación, por haber desafiado su prohibición de contratarlo, acostumbrado como estaba a
mandar en todo. Tal vez fuera su manera de vengarse de mí, pero mi respuesta al ultimátum fue la que
cabía esperar: si no quieres a Jane Rose en la gira, no hay gira. Así que la gira siguió adelante con Jane, y
creo que en cierto sentido Mick nunca lo superó del todo. Pero estaba pisando un terreno muy peligroso.
Todo aquello no dejaba de tener algunos aspectos cómicos: uno de ellos era la incapacidad patológica
de Mick para consultarme antes de llevar a la práctica sus grandes ideas. Mick siempre pensó que
necesitaba más parafernalia y más efectos especiales. Todo un arsenal de artefactos. La polla hinchable
fue genial. Ahora bien, como un par de cosas habían funcionado en su momento, al empezar cada gira
tenía que dedicarme a desbaratar montajes. Es mejor no hacer tanto teatro. Con un poco basta. En
muchas ocasiones he impedido estos montajes ya en plena gira, como cuando quería meter a gente con
zancos en el escenario: por suerte, durante los ensayos llovió y todos acabaron cayéndose. Otra vez tuve
que despedir a treinta y cinco bailarinas que iban a aparecer durante medio minuto en «Honky Tonk
Women». Visto y no visto, las mandé a casa. Lo siento, chicas, os tenéis que largar. Pero la broma
ascendía a cien mil dólares. Mick se había acostumbrado a funcionar mediante hechos consumados
durante los setenta en la creencia de que yo no notaría lo que estaba pasando. Pero casi siempre me daba
cuenta, incluso entonces, sobre todo en lo que respecta a la música. Mis faxes exasperados decían más o
menos esto:

Mick, ¿cómo es posible que las canciones de los Stones estén casi mezcladas y a punto de salir sin pedir permiso
a nadie? Me parece, cuando menos, muy extraño. Además son unas mezclas horribles. Si a estas alturas no te das
cuenta de eso… A mí me ha llegado como un hecho consumado. ¿Cómo has podido ser tan torpe? ¿Quién ha
escogido las canciones? ¿Quién ha escogido las mezclas? ¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza que era una
decisión tuya? ¿Es que no vas a entender que no puedes tocarme las pelotas así?
Las grandes giras (Steel Wheels, Voodoo Lounge, Bridges of Babylon, Forty Licks y A Bigger Bang,
macroespectáculos itinerantes que nos tuvieron muchos meses en la carretera entre 1989 y 2006) fueron
concebidas tanto por Mick como por el resto de la banda. En realidad surgieron debido a las exigencias
del propio público, que expandieron los conciertos hasta alcanzar esas magnitudes. La gente pregunta:
«¿Por qué sigues en ello? ¿Cuánto dinero necesitas?». Veamos, a todo el mundo le gusta ganar dinero,
pero lo que de verdad queríamos era dar conciertos. Y nos vimos trabajando en un medio desconocido por
el que te sentías atraído como una polilla a la luz, porque era lo que había y lo que la gente quería. ¿Y qué
vas a decir? «Bueno, pues debe de ser lo que toca. Vosotros lo habéis pedido, ahí lo tenéis». Yo prefiero
los teatros, ¿pero dónde vas a meter a tanta gente? Nunca calculamos la magnitud que acabaría
alcanzando todo. «¿Cómo es posible que tenga estas dimensiones cuando tampoco estamos haciendo
nada distinto de lo que hacíamos en el Crawdaddy Club en 1963?». Nuestro repertorio habitual incluye
dos tercios de temas estándares de los Stones, los clásicos. Lo único que ha cambiado es que el público
ha crecido en número y los conciertos son ahora más largos. Cuando empezamos, los grandes no solían
tocar más de veinte minutos. Los Everly Brothers quizá llegaban a la media hora. Cuando hablas de una
gira, en realidad estás hablando de aritmética pura y dura: cuántos culos en cuántos asientos, cuánto
cuesta montar el espectáculo… Es una ecuación. Puede decirse que Michael Cohl fue quien amplió el
asunto hasta esa escala, pero lo hizo en función de la demanda (después de ocho años sin salir de gira) y
corriendo un riesgo. No estábamos seguros de que la demanda siguiera siendo tan alta, aunque se vio
claro que Cohl había acertado cuando salieron las entradas a la venta aquel primer día en Filadelfia: se
habría vendido el aforo completo tres veces.
Las giras eran el único modo de sobrevivir. Las regalías de los discos apenan cubrían los gastos fijos, y
ya no podíamos salir de gira con la excusa de haber sacado un nuevo disco como en los viejos tiempos. A
fin de cuentas, las megagiras eran el combustible esencial para mantener la maquinaria en marcha. Si lo
hubiéramos hecho a una escala menor, no habríamos tenido la garantía de cubrir gastos. Los Stones eran
una rareza del mercado porque el espectáculo que llenaba estadios seguía basándose en la música y nada
más. No ibas a ver números de baile ni te iban a poner cintas. Sencillamente ibas a oír a los Stones, y a
verlos.
Ciertos aspectos de esas giras habrían sido impensables en los setenta. Abundaban los rumores
escandalizados de que nos habíamos convertido en una gran empresa y en un soporte publicitario para
los patrocinadores, pero eso también era parte del combustible básico, de la ecuación. ¿Cómo, si no, se
financia una gira? Aunque el trato ha de ser honesto, tanto para el público como para nosotros. Había
elementos de corte claramente corporativo como las sesiones de «encuentros a las que venía la gente
para darte la mano y sacarse una foto contigo. Las imponía el contrato y, de hecho, resultan divertidas
porque consisten en una larga fila de gente beoda («¿cómo lo llevas, nene?», ¡oh, te amo!», «¿qué pasa
contigo, hermano?», etc.). En definitiva se trata de mezclarse con la gente, que además trabaja en
empresas que nos patrocinan. Y, por otro lado, también forma parte del trabajo, es el comienzo de la
jornada laboral: ya hemos echado la partida de billar y ahora toca «encuentros con», que en cierto
sentido te da tranquilidad porque significa que dentro de dos horas estaremos subidos en el escenario, así
que ya sabes dónde estás. A todo el mundo le gusta que haya un mínimo de rutina en la vida, sobre todo
cuando cambias de ciudad casi cada día.
Nuestro mayor problema con los estadios y los escenarios gigantescos, los sitios al aire libre, era el
sonido. ¿Cómo conviertes un estadio en un club? Un teatro perfecto para tocar rock sería un garaje muy
grande hecho de ladrillo con una barra al final. El concepto de sala ideal para conciertos de rock and roll
no existe, no hay ni una sola en todo el mundo diseñada específicamente para tocar ese tipo de música.
Lo que haces es acomodarte a locales construidos para otro tipo de eventos. Lo que nos gusta es que el
espacio esté controlado. Hay teatros espléndidos como el Astoria, salas de baile excepcionales como el
Roseland de Nueva York o el Paradiso de Amsterdam. En Chicago hay un local muy bueno llamado
Checkerboard. Hay, en efecto, un tamaño y un entorno óptimos, pero cuando estás tocando al aire libre
en escenarios inmensos nunca sabes con qué te vas a encontrar.
Durante los conciertos al aire libre se une un miembro a la banda: Dios. O se muestra magnánimo o le
da por sacarse de la manga un viento que sopla en la mala dirección y arrastra el sonido fuera: entonces
hay gente que está oyendo el mejor sonido de los Rolling Stones, pero se halla a tres kilómetros de
distancia y no quiere oírlo. Por suerte tengo la varita mágica. Antes de que empiece el concierto hacemos
una prueba de sonido, y por tradición llevo en la mano una vara con la que hago toda una serie de signos
cabalísticos apuntando a los cielos y al suelo del escenario. Muy bien, con el tiempo no va a haber
problemas. Es un fetiche, pero si voy a un concierto al aire libre sin la vara piensan que estoy enfermo. El
tiempo siempre se comporta a la hora de la actuación.
Algunas de nuestras mejores actuaciones se han producido en las peores condiciones imaginables. En
Bangalore, donde dimos nuestro primer concierto en la India, llegó el monzón en mitad del primer tema y
estuvo lloviendo a mares durante todo el show. No veías ni el mástil de la guitarra del agua que caía por
todas partes. «Monzón en Bangalore», así es como lo seguimos llamando, y aquel concierto pasó a la
historia. Fue genial. Aguanieve, nieve, lluvia o lo que sea: el público siempre se queda, y si tú te quedas
allí con ellos, en las peores circunstancias del mundo, al final se dejan llevar por la música y se olvidan de
todo. Lo peor es cuando baja mucho la temperatura porque en ese caso es un esfuerzo tremendo tocar
con los dedos helados. No suele pasar (tratamos de evitar la posibilidad), y cuando se da el caso Pierre
siempre tiene a gente entre bastidores con unas bolsitas de agua caliente para calentarnos las manos un
poco entre canción y canción.
Tengo una cicatriz de una vez en que me quemé el dedo hasta el hueso en la primera canción del
concierto. Fue culpa mía. Le dije a todo el mundo que se quedara bien atrás, porque el concierto
empezaba con un gran montaje pirotécnico en la parte delantera del escenario, y luego yo me olvidé. Así
que empezaron los fuegos artificiales y me cayó en el dedo una chispa incandescente de fósforo blanco. Y
el dedo empieza a humear y a arder, pero sé que no puedo tocarlo porque con eso sólo hubiera
conseguido que se extendiera. Estoy tocando «Start Me Up» y dejo que mi dedo arda hasta el hueso. Me
estuve viendo el blanco del hueso durante las siguientes dos horas.
Recuerdo un concierto en Italia durante el cual era consciente de que estaba a punto de desplomarme.
Fue en Milán en los setenta, y apenas podía mantenerme en pie, no podía respirar. El aire estaba
totalmente viciado, hacía un calor de muerte y noté que empezaba a darme vueltas la cabeza. Mick
andaba por el estilo, aguantando a duras penas. Charlie suele instalarse más o menos a la sombra, pero
yo estaba ahí fuera en medio de la polución milanesa, con un sol de justicia y los productos químicos
impregnando el ambiente. Ha habido un par de conciertos así. A veces me he despertado con casi
cuarenta de fiebre pero sigo adelante. Puedo con ello, y lo más probable es que me baje la fiebre sudando
en el escenario. La mayoría de las veces eso es lo que pasa: tenía una fiebre terrible al principio del
concierto y al final me encontraba perfectamente, sólo por la naturaleza del trabajo. Hay veces en que
debería haber cancelado, haberme quedado en la cama, pero si pienso que puedo arrastrarme hasta allí
lo hago y, sudando un poco, consigo reponerme. Pero también hay ocasiones en las que, de hecho, he
acabado vomitando sobre el escenario. ¡Cuántas veces me he escondido detrás de los amplis a echar la
pota, no os lo creeríais Mick se va a vomitar entre bastidores, y Ronnie también. Hay veces en que es por
las condiciones: no hay suficiente aire o hace demasiado calor. Y en realidad vomitar no es tan grave, es
algo que haces para encontrarte mejor.
—¿Dónde se ha metido Mick?
—Está ahí detrás echando la pota.
— ¡Pues ahora me toca a mí!
Cuando actúas en esos grandes estadios confías en que las primeras notas llenarán el espacio y no
sonarán como un susurro allá al fondo. A veces ocurre que algo que sonaba de maravilla el día anterior en
una pequeña sala de ensayos lo llevas al inmenso escenario y suena como tres ratoncillos pillados por la
cola en una ratonera. Durante la gira Bigger Bang teníamos a Dave Natale, el mejor especialista en
sonido directo con el que he trabajado jamás. Pero incluso si cuentas con alguien con su nivel de
conocimientos, en un estadio nunca puedes probar de verdad el sonido hasta que no se llena de gente, así
que nunca sabes cómo va a sonar la primera noche. Además, cuando Mick se aleja de la banda para dar
sus paseítos por las rampas, ya no te puedes fiar de que lo que él esté oyendo allí sea lo mismo que
estamos oyendo nosotros. Puede ser cuestión de una fracción de segundo, pero se pierde el ritmo. «Y
ahora va a cantar la canción al estilo japonés a menos que echemos el freno un segundo». Eso es un
verdadero arte. Hace falta tener a unos tíos que se entiendan muy bien en el escenario para enderezar
toda la cuestión rítmica y lograr que Mick acabe donde debe acabar. La banda se desacopla y acopla de
nuevo un par de veces a fin de conseguirlo, y el público ni se entera. Yo espero a que Charlie mire a Mick
para ajustar el ritmo siguiendo su lenguaje corporal, no por el sonido, porque hay eco y de eso no te
puedes fiar. Charlie aguanta con un ligero redoble mientras observa cuándo va a entrar Mick y… ¡bang!,
yo me engancho.
Sientes una necesidad imperiosa de correr por las rampas, y eso no le hace ningún favor a la música,
porque realmente es imposible tocar muy bien mientras corres. Y encima luego tienes que volver, y te
preguntas: «¿Por qué hago esto?». Pero con el tiempo hemos aprendido que, al margen de lo grande que
sea el estadio, si logras que toda la banda se concentre en torno a un punto, puedes simular que estás
tocando en un espacio pequeño. Ahora, con las pantallas gigantes, el público puede ver a cuatro o cinco
tíos tocando verdaderamente juntos, y es una imagen mucho más poderosa que vernos dispersos
correteando por ahí. Cuantos más conciertos hacemos, más me convenzo de que es la pantalla lo que
mira la gente. Yo soy un palillo, mido poco más de metro ochenta y ya no voy a crecer me ponga como me
ponga.
Cuando estás en la carretera haciendo esas giras maratonianas acabas convertido en una máquina,
toda tu rutina diaria está orientada al concierto. Desde el momento en que te levantas te estás
preparando para la actuación; te tiras todo el día pensando en ello, incluso cuando crees que sabes lo que
vas a hacer. Cuando acaba te puedes tomar unas cuantas horas libres si quieres, si no estás muy
destrozado. Cuando empiezo una gira tardo como dos o tres conciertos en encontrar mi sitio, en hallar el
ritmo, y luego ya podría seguir para siempre. Mick y yo tenemos un enfoque distinto: él tiene mucho más
desgaste físico aunque yo lleve a cuestas una guitarra de entre dos y tres kilos, así que la concentración
de energía es muy distinta. Él entrena mucho; yo lo único que hago a modo de entrenamiento y para
conservar energía es seguir respirando. Lo que agota son los viajes, la comida de los hoteles todo eso. A
veces resulta un ejercicio duro, pero, en cuanto te subes al escenario el cansancio desaparece por arte de
magia. Lo que agota no es la actuación. Podría pasarme la vida tocando el mismo tema día tras día, año
tras año. Cada vez que la tocamos, «Jumpin’ Jack Flash» sale distinta, nunca es una repetición, es siempre
una variante. Siempre. Jamás volvería a tocar una canción que creyera muerta. Seríamos incapaces de
seguir dándole a la manivela. La verdadera liberación es salir al escenario, porque estar ahí fuera tocando
es divertido, es un placer
Por supuesto que hace falta cierta resistencia de corredor de fondo, y la única manera de mantener el
impulso durante las largas giras es alimentarse con la energía que emana del público. Ese es mi
combustible Lo único que tengo es esa energía abrasadora, sobre todo con una guitarra en las manos.
Siento una fuerza desbordante cuando se levantan de los asientos. «¡Eso es, venga, vamos allá! Tú dame
algo de energía que yo te devolveré el doble». Es casi como una dinamo o un generador gigantesco. Es
indescriptible. Y estoy empezando a depender de ello, uso esa energía para seguir adelante. Si no viniera
nadie a vernos sería incapaz de hacerlo. En cada actuación, Mick se hace más de quince kilómetros, y yo
casi diez con la guitarra a cuestas. Seríamos incapaces sin la fuerza del público, es que ni se nos pasaría
por la cabeza intentarlo. Y además logran que queramos dar lo mejor de nosotros mismos. Hacemos cosas
que van más allá de lo que se espera. Pasa todas las noches: estás con la banda esperando a que llegue la
hora («¿con cual íbamos a empezar?, ¡venga, hazte otro porro!»), y de repente, al minuto siguiente, estás
ahí fuera. Y no es que te sorprenda, porque de hecho para eso estás ahí, pero noto que la energía de todo
mi cuerpo sube un par de grados: «Señoras y señores, los Rolling Stones». Llevo cuarenta años oyendo
esa frase, pero en cuanto pongo un pie en el escenario toco la primera nota, de lo que sea, es como pasar
repentinamente de un Datsun a un Ferrari. Cuando toco el primer acorde puedo oír en mi cabeza cómo va
a golpear Charlie y cómo va a entrar Darryl. Es como estar montado encima de un cohete.

Pasaron cuatro años entre Steel Wheels y Voodoo Lounge, que arrancó en 1994. Eso nos dio tiempo
para dedicarnos a otro tipo de música, grabaciones en solitario, colaboraciones, discos de homenaje e
idolatrías de varios tipos. Al final acabé tocando con casi todos los héroes de mi juventud que seguían
vivos: James Burton, los Everly, los Crickets, Merle Haggard, John Lee Hooker o George Jones, con quien
grabé «Say It’s Not You». El reconocimiento del que estoy más orgulloso es la entrada de Mick y mía en el
Salón de la Fama de los Compositores en 1993, porque fue avalada por Sammy Cahn en su lecho de
muerte. Tardé años en apreciar el inmenso valor artístico de las composiciones de Tin Pan Alley: solía
menospreciar aquellas canciones o me dejaban indiferente. Pero cuando me hice compositor comprendí la
destreza y la capacidad creadora de aquellos tipos. Y a Hoagy Carmichael también lo tenía en tan alta
estima como a ellos, así que nunca olvidaré que me llamara seis meses antes de morir.
Patti y yo nos habíamos escapado a Barbados un par de semanas y una noche entró la asistenta:
«¡Señor Keith! El señor Carmichael al teléfono». Lo primero que pensé fue que era Mick, pero ella
insistió: «Creo que ha dicho Carmichael». «¿Carmichael? No conozco a ningún Carmichael». Luego me
recorrió una especie de escalofrío y le dije: «Pregúntale su nombre de pila». Ella volvió diciendo que era
Hoagy. Miré a Patti. Era como si los dioses me convocaran al Olimpo, una sensación muy extraña. «¿Está
al teléfono Hoagy Carmichael? Alguien me quiere gastar una broma». Al final me puse al teléfono y,
efectivamente, era Hoagy Carmichael. Había oído mi versión de «The Nearness of You», que le había
enviado nuestro abogado Peter Parcher. A Peter le gustó la grabación con los arreglos de piano y se la
mandó a Hoagy. Mi versión es tabernaria, lo cual altera el tema de forma deliberada. Yo no toco bien el
piano, así que estaba improvisando, por decir algo, apañándomelas a mi manera. Y ahora tengo a
Carmichael al teléfono diciéndome: «Oye, tío, cuando oí tu versión, ¡joder, es justo como la oía en mi
cabeza cuando la estaba escribiendo!». Siempre había tenido a Carmichael por alguien muy conservador
y de derechas, y dudaba mucho que jamás viera con buenos ojos mi trabajo con su canción. Así que no me
lo podía creer cuando me llamó para decirme que le gustaba lo que había hecho. Y oír eso de… He muerto
y estoy en el cielo, ¿no? Y además ha sido la muerte más dulce y fulgurante. «¿Estás en Barbados? —me
preguntó—. Pues tienes que ir a un bar y pedirte un corn ‘n’ oil». Es una bebida que hacen por allí con
ron negro de melaza y falernum, un sirope de caña de azúcar. No bebí otra cosa en dos semanas: corn ‘n’
oil.

Al final de la gira Steel Wheels liberamos Praga, o ésa fue la impresión que tuvimos. Pedrada en el ojo
de Stalin. Hicimos un concierto allí. Al poco de la revolución que puso fin al régimen comunista. «Se van
los tanques, llegan los Stones», era el titular. Fue un gran golpe organizado por Václav Havel, el político
que se había puesto al frente de Checoslovaquia sin derramamiento de sangre unos meses antes, una
jugada maestra. Los tanques se marchaban y ahora iban a tener a los Stones. Nos alegró mucho ser parte
de todo aquello. Tal vez Havel sea el único jefe de Estado que ha hecho (o al que pueda imaginar
haciendo) un discurso sobre el papel que desempeñó el rock en los acontecimientos políticos que llevaron
a la revolución en los países del Este. Es el único político de cuyo trato me enorgullezco. Un tipo
encantador. Tenía en el palacio un gigantesco telescopio metálico apuntando a la celda donde había
estado encerrado seis años: «Todos los días miro un rato para ayudarme a solucionar los problemas». Le
iluminamos el palacio presidencial: ellos no se lo podían permitir, así que le pedimos a Patrick Woodroffe,
nuestro gurú de los focos, que iluminara el inmenso castillo. Patrick lo organizó todo, le montó una
iluminación tipo Taj Mahal. Luego le dimos a Václav un mando a distancia adornado con la lengua del
grupo. Fue caminando por todo el palacio encendiendo luces, y de repente las estatuas cobraron vida.
Parecía un niño apretando aquellos botones y exclamando «¡uau!». No te ocurre muy a menudo que
conozcas al presidente de un país y pienses: «¡Vaya, me encanta este tío!».
En cualquier banda siempre estás aprendiendo a tocar con los otros. Siempre percibes que la
comunicación es cada vez más fluida. Es como la familia más cercana. Si una persona se marcha, viene un
período de luto. Cuando Bill se largó en 1991 me puse muy desagradable, le solté de todo, no me porté
nada bien. Dijo que ya no quería subirse más a un avión. De hecho, ya llevaba una temporada yendo en
coche a todos los conciertos porque le había entrado pánico a volar. Eso no es excusa… ¡No jodamos! Era
increíble. El tío había estado conmigo en los aviones más destartalados que te puedas imaginar y nunca
había levantado una ceja, pero supongo que es algo que te puede pasar con el tiempo. O tal vez hizo un
análisis estadístico por ordenador. Le encantan esas cosas. Fue de los primeros en tener uno, encajaba
muy bien con su meticulosa mente, supongo. Lo más seguro es que algún programa de ordenador le diera
las probabilidades de morir en un accidente de aviación después de haber volado tantos miles de millas.
No sé por qué le preocupa tanto morirse. No es cuestión de evitarlo. ¡Es dónde y cómo!
¿Y a qué se dedicó entonces? Después de haberse librado (gracias a la suerte y el talento) de las
restricciones que impone la sociedad, esa oportunidad que se da en un caso entre diez millones, no se le
ocurrió mejor cosa que volver al redil, al comercio minorista, e invertir su energía en pub. ¿Por qué iba a
abandonar una de las mejores bandas del puto mundo para abrir un local de fish & chips (que bautizó
como Sticky Fingers, llevándose consigo el título de una de nuestras canciones)? Por lo visto no le va nada
mal.
No puede decirse lo mismo de Ronnie y su igualmente inexplicable incursión en el sector de la
hostelería, en su caso una verdadera pesadilla (siempre estaba pendiente de que la gente no metiera
mano en la caja). El sueño de Josephine era tener un spa, así que abrieron uno, y fue un desastre que
acabó en naufragio en medio de una marejada de demandas por deudas impagadas.
No informamos al mundo de que Bill se había marchado hasta 1993, cuando encontramos sustituto, lo
cual nos llevó un tiempo. Gracias a Dios hallamos a un tipo que era capaz de conectar musicalmente. Al
final no tuvimos que ir a buscar muy lejos, porque Darryl Jones está muy próximo a los Winos, y es un
gran amigo de Charley Drayton y Steve Jordan. Así que estaba un poco en la periferia. Darryl, en mi
opinión, es un gigante, un músico excepcional y muy versátil. Y, por supuesto, el hecho de que hubiera
estado cinco años tocando con Miles Davis no molestó lo más mínimo a Charlie Watts, que se había
formado en la escuela de los grandes baterías de jazz. Además, Darryl encajó en la banda enseguida. Me
encanta tocar con él, siempre me está provocando y nos lo pasamos en grande en el escenario. «¿Quieres
ir por ahí? Muy bien, a ver si llegamos un poco más lejos todavía. Sabemos que Charlie lo tiene todo
controlado, así que nos podemos permitir desmadres. ¡Vamos a meter un poco de caña!». Y Darryl nunca
jamás me ha fallado.

Los X-Pensive Winos se dispersaron, pero dejaron tras de sí un rastro humeante en la cultura popular
con melodías tan calientes como su colaboración en la banda sonora de Los Soprano, donde suena «Make
No Mistake» junto con el «Thru and Thru» de los Stones. Estábamos preparados para nuestro regreso, y
nos reunimos en Nueva York para ponerlo en escena: una panda con un aspecto un tanto más castigado
en comparación con los músicos de caras radiantes que habían respondido a la llamada a las armas cinco
años atrás. Hacía mucho que el vino había dejado paso al Jack Daniel’s como bebida favorita de la banda.
Cuando fuimos a Canadá a grabar el primer disco estábamos en un lugar apartado del mundo, perdido en
los bosques, ¡y nos bebimos todas las botellas de Jack Daniel’s en cien kilómetros a la redonda! Eso fue al
final de la primera semana. Habíamos dejado limpias las tiendas de toda la zona y tuvimos que mandar a
alguien a por más a Montreal. Así que cuando nos reunimos por segunda vez, y el Jack y otras cosas
empezaron a correr de nuevo como el agua, la cosa se salió un poco de madre y todo comenzó a
prolongarse lo que parecía demasiado tiempo. Tanto que yo, el mismísimo Keith Richards, prohibí el Jack
Daniel’s durante las sesiones de grabación. Aquél fue el momento en que oficialmente me pasé del Jack al
vodka, y desde luego la prohibición agilizó las cosas. Dos, quizá tres miembros de la banda dejaron la
bebida después de aquello y no han vuelto a probar ni una gota desde entonces.
Antes de que empezara a racionarles el alcohol, tuvimos que enfrentarnos a un repentino ataque de ira
de Doris cuando ésta vio, a través del cristal del estudio, nuestras técnicas dilatorias para no trabajar.
Doris había ido de visita a Nueva York, se acercó al estudio y Don Smith la hizo pasar a la sala de control.
Don murió mientras se escribía este libro y lo echo terriblemente en falta. Así rememoraba la visita de
Doris:

Don Smith: Keith y el resto de la banda están ahí en el estudio para grabar unos acompañamientos vocales, pero
se han puesto a cotorrear y ya llevan así veinte minutos más o menos. Y entonces Doris me pregunta qué es todo
aquello y cómo puede hablarles desde los controles, así que le enseño cuál es el botón para hablar con ellos, lo
aprieta y empieza a chillarles: «A ver, chicos, dejad de hacer el tonto y poneos a trabajar ya… Este estudio cuesta
dinero, y vosotros ahí hablando de estupideces, y además no se entiende ni una palabra de lo que decís, así que
poneos a trabajar de una puta vez. He venido hasta aquí desde la maldita Inglaterra, y no tengo toda la noche
para estar aquí sentada oyendo vuestras chorradas». En realidad la bronca fue mucho más larga y más fuerte.
Durante un ratito los acojonó y luego se echaron a reír, pero enseguida se pusieron manos a la obra.

Así que gracias a Doris nos pusimos a trabajar con energía renovada. Al final aquello se convirtió en un
régimen de castigo que tiene que describir Waddy:
Waddy Wachtel: Al principio empezábamos a las siete de la tarde y trabajábamos por lo menos doce horas
seguidas. Luego, a medida que transcurrían los días, fue lo típico de «bueno, con que empecemos a las ocho». Y
luego a las nueve y luego a las once. Y de pronto, juro que fue así como acabó la cosa, estábamos empezando a la
una o a las tres de la madrugada. Una mañana íbamos en el coche y Keith estaba allí sentado con su copa en la
mano y las gafas de sol puestas, hacía un sol radiante, y va y pregunta: «Un momento, ¿qué hora es?». «Las ocho
de la mañana», le contestamos. Y añadió: «¡Da la vuelta! ¡No pienso trabajar a las ocho de la mañana!». Había
invertido por completo la jornada de trabajo.
Nos pasamos allí semanas intentando acabar el disco. Estábamos en Nueva York y era verano, pero apenas vi
la luz del sol. Salíamos de trabajar a primera hora de la mañana, cuando todavía estaba el cielo gris y no había
terminado de amanecer. Me iba derecho a la habitación a dormir todo el día, y por la noche me levantaba otra vez
y de vuelta al estudio. La siguiente anécdota es buena para hacerse una idea de lo que tardamos: por aquel
entonces yo fumaba un cigarrillo detrás de otro y llevaba encima un encendedor Bic pequeñito. Jane Rose había
dicho que teníamos mes y medio, así que le dije a Keith:
— Oye —estaba encendiendo un cigarrillo—, ¿sabes una cosa?, estos encendedores duran un mes y medio más
o menos, así que deberíamos haber terminado cuando este mechero rosa se agote.
—Muy bien, tío, estupendo, iremos echándole un ojo al mechero.
Pasó mes y medio. Me compré otro encendedor rosa y no dije nada. Y luego ya eran casi dos meses. Cada vez
que Keith se fumaba un cigarrillo, yo me aseguraba de encendérselo con el mecherito rosa, y él se fijaba.
«Todavía tenemos tiempo, ¿eh?». Tres encendedores más tarde, mi mujer, Annie, vino a verme a Nueva York y le
dije: «Cariño, te voy a encargar un recado: tienes que encontrarme todos los mecheros como éste que puedas».
Para entonces ya estábamos mezclando la última canción, «Demon», y la cosa estaba quedando muy bien. Así que
durante los tres o cuatro últimos días anduve por ahí con el bolsillo lleno de mecheros rosa, por lo menos una
docena. Al final acabamos «Demon», y Keith entró en la sala todo contento, y dijo: «Ahhh, me apetece un
cigarrillo». Y yo: «Déjame que te lo encienda». Y me saqué del bolsillo todos aquellos encendedores. «¡Qué
cabrón! —me soltó—. ¡Ya sabía yo que pasaba algo raro!».

Incluso llegar a las sesiones podía ser toda una aventura. Un día hubo un pequeño malentendido en un
bar de Nueva York donde me estaba tomando una copa con Don antes de ir al estudio. Me suele pasar que
a algún cabrón le da por tocarme los cojones sólo porque soy yo. Y esa vez fue una tontería, la cosa más
estúpida, lo que me cabreó. Don fue testigo:

Don Smith: Yo solía encontrarme con Keith en el apartamento, nos íbamos a trabajar dando un paseo y hacíamos
una parada en un bar para tomar algo. Una noche el DJ, al poco de entrar nosotros, se puso a pinchar canciones
de los Rolling Stones. A la segunda, Keith se levanta y le pide educadamente que por favor no haga eso.
Simplemente estamos tomándonos una copa la mar de tranquilos antes de irnos a trabajar. Pero el tío va y pone
otra de los Stones, y otra y otra. Keith va hasta allí, agarra al tío y ya lo tiene en el suelo clavándole una rodilla en
la espalda. Y nosotros en plan: «Hey, Keith, ¿nos vamos? Ya, vale».

Hicimos otra gira tumultuosa con los Winos y fuimos a Argentina, donde nos recibieron en medio de un
pandemónium de los que no se veían desde principios de los sesenta. Los Stones nunca habían estado en
el país, así que nos metimos de cabeza en una especie de beatlemanía a lo grande que parecía haber
estado hibernando todos esos años, esperando a que llegáramos. El primer concierto lo dimos en un
estadio ante cuarenta mil personas, y el ruido, la energía, fueron increíbles. Convencí a los Stones de que
sin duda allí teníamos mercado, un montón de gente a la que le gustaba nuestra música de verdad. Me
llevé a Bert a Buenos aires, a un hotel fantástico, uno de mis favoritos en todo el mundo, el Mansión,
donde nos alojamos en una suite estupenda con varias habitaciones de proporciones perfectas. Bert se
despertaba muerto de risa todas las mañanas al son de «olé, olé, olé, Richards, Richards». Era la primera
vez en su vida que oía su apellido coreado con tambores para anunciar el desayunar. Me dijo: «Pensaba
que me lo cantaban a mí».

Mick y yo habíamos aprendido a convivir con nuestras desavenencias, pero todavía hizo falta cierta
labor diplomática para que volviéramos a reunirnos en 1994. Barbados fue una vez más el lugar elegido
para comprobar si seríamos capaces de grabar juntos otro disco. La cosa fue bien, como solía pasar
cuando estábamos solos. Yo me había llevado a Pierre, que entonces ya trabajaba para mí. Vivíamos en un
recinto situado dentro de una plantación de limoncillos, y allí conocí a un nuevo compañero que acabaría
dando nombre al disco y a la gira que siguió: Voodoo Lounge.
Se había desatado una tormenta, uno de esos aguaceros tropicales, y había salido un momento a
comprar tabaco. De repente oí un ruido y pensé que sería uno de esos enormes sapos que hay en
Barbados y que emiten unos sonidos similares a maullidos. Me di la vuelta y vi que, asomando por una
cañería sobre la acera, había un gatito empapado. Me mordió la mano. Yo sabía que por allí había un
montón de gatos. «Has salido de la tubería, ¿eh? ¿Dónde vive tu madre?». Lo empujé un poco para
dentro, me volví y salió otra vez disparado. En otras palabras, no lo querían. Lo intenté de nuevo. Le dije:
«¡Venga, vete con los tuyos!». Pero volvió a salir otra vez, y aquel pequeño canalla se me quedó mirando.
Así que dije: «Joder, está bien, vamos». Me lo metí en un bolsillo y volví corriendo a casa, para entonces
ya calado hasta los huesos. Llegué hasta la puerta con un albornoz de leopardo empapado que me llegaba
a los tobillos, como un brujo al que han duchado a manguerazos, sosteniendo un gatito en brazos. Pierre,
nos ha salido una tarea extra. Estaba muy claro que si no nos ocupábamos de él no llegaría al día
siguiente, así que Pierre y yo probamos con lo básico: le llevamos un platito de leche, le metimos el hocico
dentro y se animó. «Así que es duro de pelar. Lo único que hemos de hacer es asegurarnos de que sale
adelante, de que come y crece». Le pusimos de nombre Voodoo porque estábamos en Barbados y había
sobrevivido contra todo pronóstico: magia y hechizo vudú. Aquel gatito me seguía a todas partes. Así que
el gato se llamaba Voodoo y la terraza se convirtió en el Voodoo’s lounge, el salón de Voodoo: hasta puse
señales alrededor de su territorio. Aquel animal siempre estaba encaramado a mi hombro, o muy cerca.
Lo tuve que proteger durante semanas de todos los gatazos que merodeaban por allí y no querían
competencia. Así que me pasaba el día tirándoles piedras, pero ellos se reunían a cierta distancia en
corrillo, igual que una turba dispuesta a linchar a alguien: «¡Entréganos a ese cabroncete!». Voodoo
acabó en mi casa de Connecticut. Después de todo aquello no íbamos a separarnos. Y por allí estuvo hasta
que desapareció en 2007. Era un gato salvaje.
Nos largamos todos a la casa que tiene Ronnie en Irlanda, en el condado de Kildare, para empezar a
trabajar en Voodoo Lounge, y la cosa fue muy bien. Un día nos enteramos de que Jerry Lee Lewis estaba
muy cerca, por lo visto escondiéndose del fisco americano o algo así. Y como la zona por donde vivía él
quedaba a una hora o dos de coche, le preguntamos si quería venir a tocar. Por lo visto, lo que Jerry
entendió en aquel momento, o lo que quiso entender, era que iba a grabar un disco de Jerry Lee Lewis
con los Stones acompañándolo, aunque lo que dijimos fue simplemente si quería venir a tocar, un poco en
plan improvisación: «Para esas cosas somos muy relajados, tenemos el estudio montado, hagamos un
poco de rock and roll». Así que tocamos un montón de cosas con él, fue genial, y debe de estar todo
grabado en alguna cinta, pero cuando nos pusimos a oírlo más tarde, Jerry va y empieza con cosas como:
«Ahí el batería va un poco lento». Se puso a despellejar a la banda. «Esa guitarra está un poco…». Lo
miré y le dije: «Jerry, simplemente hemos escuchado lo que acabamos de hacer, ya sabes a lo que me
refiero, no estamos grabando nada. Sencillamente estamos tocando». Ya empezaba a encendérseme la
sangre y le advertí: «Si lo que quieres es destripar a mi banda… ¿Cómo decías que te llamabas? Lewis,
¿no? Eres un poco bravucón. Yo me llamo Richards y también soy un bravucón, así que te voy a mirar a
esos ojos celestes que tienes, y tú vas a mirar a mis putos ojos negros y, si quieres que salgamos afuera,
por mí ningún problema, pero no vayas puteando a la banda». Salí de allí hecho una furia y escribí
«Sparks Will Fly» a partir de aquello mientras contemplaba una hoguera que había fuera. Nuestro
veterano jefe de equipo, Chuch Magee, me contó que Jerry simplemente se volvió y comentó: «Bueno, por
lo general funciona». Pero la música que hicimos con él esa noche fue espectacular, y también fue un
verdadero honor para mí tocar en una situación como aquélla, en la que bastaba con decir «Jerry, ¿qué
tienes?». «Muy bien, hagamos “House of Blue Lights”». Fue genial. Ese es el tipo de nivel en el que tipos
como Jerry y yo tenemos que encontrarnos, y desde entonces ha sido un hermano.
La nueva loncha de sándwich entre Mick y yo era Don Was, que se convirtió en nuestro productor. Un
tipo demasiado inteligente para achantarse ante nada. Don poseía una mezcla de habilidades
diplomáticas y musicales muy depurada. No era de los que se dejan llevar por los demás, y desde luego no
por las modas. Y, además, si algo no estaba saliendo bien lo decía («me parece que esto no marcha»), cosa
que hace muy poca gente. La mayoría nos deja seguir aunque el asunto no funcione. O se limita a decir
muy educadamente: «Dejemos esto por ahora: hagamos otra cosa y luego volvemos a ello». Gracias a su
gran capacidad, Don sobrevivió a los siguientes cuatro discos. En la industria musical siempre se lo ha
conocido como un productor con mucho talento. Ha trabajado con una lista interminable de grandes
intérpretes, pero ante todo es un espléndido músico, lo cual facilita mucho la tarea. Y lo que es más
importante, estaba curtido personalmente en las batallas psicológicas de una banda, contiendas en las
que Mick y yo éramos perros viejos. Don tuvo un grupo que se llamaba Was (Not Was). Lo creó con un
amigo de la infancia y nunca discutieron hasta que empezaron a tener éxito. Estuvieron seis años sin
hablarse, y todo se fue al carajo en medio de un huracán de acritud y reproches. ¿Suena familiar?
También gracias a Don, la banda y la amistad sobrevivieron. Su teoría sobre el ADN de cualquier banda
es que tarde o temprano los dos miembros principales acaban enfrentados porque uno de ellos no puede
soportar la idea de que, para dar el máximo, debe trabajar con el otro, la idea de que ambos se necesitan
mutuamente para tener éxito o incluso para que alguien se moleste en escucharlos. Al final acabas
odiando a la otra persona. Bueno, en mi caso no fue así porque yo quería que dependiéramos el uno del
otro y seguir así.
Que Don describa hasta dónde habían llegado las cosas cuando estábamos haciendo las mezclas en Los
Angeles:

Don Was: Cuando hicimos Voodoo Lounge, Keith y Mick intercambiaban comentarios sobre un partido de fútbol o
lo que fuera durante medio minuto, y luego se iba cada uno a su esquina de la sala. Se ponían manos a la obra,
pero la interacción que pudiera haber entre ellos siempre era en el contexto del grupo. Durante todo el tiempo
que estuvimos haciendo ese disco supuse que se llamaban a las cinco de la mañana para hablar de lo que iba a
pasar al día siguiente y todo eso. Fue sólo al llegar al final cuando me enteré de que no se llamaban jamás. Según
me contó Mick, sólo hablaban por teléfono cuando Keith se equivocaba con la tecla de marcado rápido en su
habitación del Sunset Marquis y llamaba a Mick a la casa que éste había alquilado en las colinas para pedirle más
hielo. Pensaba que hablaba con el servicio de habitaciones.

En cualquier caso, Don ya se llevó un buen susto muy al principio, cuando se desató una bronca repentina
y aparentemente definitiva entre Mick y yo en el estudio Windmill Lane de Dublín, sin previo aviso y a
pesar de la supuesta tregua que habíamos pactado. Yo creo que la causa fue la total y absoluta falta de
comunicación, la escalada de rencores mal curados. Aquello supuso la culminación de muchas cosas, pero
creo que sobre todo de los problemas causados por aquella obsesión de Mick por controlarlo todo, que a
mí me costaba tanto digerir y soportar. Ronnie y yo acabábamos de volver al estudio y Mick estaba
imitando unos riffs a la guitarra con una flamante Telecaster. Era una de sus canciones, se titulaba «I Go
Wild», y allí estaba rasgando las cuerdas un poco. Me cuentan que le dije: «Hay dos guitarristas en esta
banda y tú no eres uno de ellos». Seguramente lo solté en broma, pero a Mick no le hizo ninguna gracia:
se lo tomó mal, y cuanto más lo pensaba peor le sentaba. Al final yo me puse desagradable y, de nuevo
según testigos presenciales, acabamos echándonos todo en cara a gritos, desde Anita hasta los contratos
y las traiciones. Fue bastante terrible, con los dos lanzándonos ataques y contraataques. «¿Y qué me
dices de esto?». «Bueno, ¿y de aquello otro qué?». Todos se quitaron de en medio, los asistentes, Ronnie,
Darryl y Charlie, todos escurrieron el bulto y se largaron a la sala de control. No sé si estuvieron
escuchando o no, pero varias personas presenciaron aquel combate de insultos. Don Was, erigiéndose en
mediador, hizo un intento de poner fin a las hostilidades por la vía diplomática, porque al final nos fuimos
cada uno a una punta del edificio. «Pero si es que los dos decís lo mismo», ese tipo de cosa. El viejo truco.
Don me confesaría después que en aquellos momentos creyó sinceramente que, si salía una sola palabra
más de la boca de alguno de los dos, todo el mundo se iba a subir a un avión y se iba a marchar a casa
para siempre. Lo que él no sabía es que llevábamos treinta años teniendo ese tipo de broncas. Después, al
cabo de hora y media, nos dimos un abrazo y volvimos al trabajo.
Fue Mick quien contactó al principio con Don Was. Siempre había querido trabajar con Don porque es
un productor de ritmos increíble. Música bailable, ese tipo de cosas. Pero, cuando terminamos Voodoo
Lounge, Mick dijo que no iba a trabajar nunca más con él porque lo había contratado para ser
precisamente eso, un productor de música pegadiza, y en cambio Don había querido hacer Exile on Main
St. Y Mick aspiraba a ser Prince o algo así. Mick, una vez más, buscaba lo que había oído en el club la
noche anterior.
Su mayor miedo por aquel entonces, tal y como no dejaba de comunicar a la prensa, era que lo
encasillaran, como decía él, en Exile on Main St. Sin embargo, Don estaba más interesado en proteger el
legado de lo que era bueno de los Stones, y no quería hacer nada que estuviera por debajo de lo que
habíamos sacado a finales de los sesenta y principios de los setenta. ¿Por qué le tenía Mick miedo a Exile?
¡Era tan bueno! Por eso precisamente. En cuanto lo oía apostillaba: «No queremos volver atrás y recrear
Exile on Main St.». Yo pensaba: «Ojalá fueras capaz, colega».
Así que cuando llegamos a Bridges of Babylon, primero una gira y más tarde un disco que salió en
1997, Mick quería asegurarse de que haríamos una música acorde con la última moda del momento. Don
Was todavía era nuestro productor pese a las frustraciones de Mick, porque era muy bueno y trabajaba
muy bien con nosotros, pero esta vez Mick tuvo una idea que en principio no sonaba tan mal: que
participaran distintos productores, todos bajo la supervisión de Don, en las diferentes canciones. Sin
embargo, cuando llegué a Los Angeles para trabajar me encontré con que había contratado a quien había
querido sin consultar a nadie, a toda una serie de gente que había ganado Grammys y estaba en la cresta
de la ola. El único problema fue que nada de aquello funcionó. Yo intenté cooperar con aquellas figuras
recién llegadas: si me pedían otra toma la hacía, por muy buena que fuera la que acabábamos de grabar;
y luego otra y otra, pero al final comprendí que no captaban el asunto, que no sabían lo que querían. Y ahí
ya dije «basta». Mick también se dio cuenta de que había cometido un error y andaba pidiendo que lo
sacaran de aquel atolladero. Por ejemplo, no fue precisamente una buena señal descubrir que uno de esos
productores estrella había hecho un loop con Charlie Watts: había metido su batería en una caja de
ritmos. En fin, aquello no sonaba a los Stones. Hasta se oyó la queja de Ronnie Wood desde un sofá:
«Todo lo que nos queda es el fantasma del pie izquierdo de Charlie».
Mick probó con tres o cuatro productores. Lo que pretendía no tenía la menor coherencia, así que con
todos aquellos productores y músicos, entre los que había nada menos que ocho bajistas, la cosa se
desmadró completamente. Al final estuvimos a punto, por primera vez en nuestra historia, de acabar
haciendo dos discos: el de Mick y el mío. En ese álbum, la mitad del tiempo tocaba todo el mundo excepto
los Stones. Hubo un momento, cuando la situación era más tensa entre Mick y yo, en que nuestra
colaboración se limitaba a Don Was sentado con Mick para trabajar con las letras. Don era como mi
abogado, me representaba, y era él quien leía los garabatos con frases sueltas que se encargaba de
anotar una chica canadiense del equipo mientras yo improvisaba al micrófono; luego Don usaba todo ese
material como punto de partida con Mick para buscar rimas, versos y demás. Nada que ver con la cocina
de Andrew Oldham: más bien una colaboración en ausencia. Mick había contratado a toda la gente con la
que quería trabajar, y yo quería que estuviera Rob Fraboni. Nadie tenía ni idea de quién hacía qué, y Rob
tiene la irritante costumbre de decirle a quien haga falta: «Bueno, por supuesto ya sabes que si eso pasa
por el micrófono M35 no va a servir para nada». De hecho no lo saben.
En cualquier caso, me sigue gustando mucho Bridges of Babylon, hay cosas interesantes en ese disco.
Todavía me gustan «Thief in the Night», «You Don’t Have to Mean It» y «Flip the Switch». Rob Fraboni
me había presentado a Blondie, cuyo verdadero nombre es Terence Chaplin, cuando hicimos las mezclas
de Wingless Angels en Connecticut, y éste también se pasó por el estudio a hacer alguna cosa. Es de
Durban, hijo de Harry Chaplin, un famoso intérprete de banjo sudafricano que trabajaba en el Blue Train,
el tren que va de Johanesburgo a Ciudad del Cabo. Con Ricky Fataar (el batería que suele tocar con
Bonnie Raitt) y el hermano de éste, Blondie tenía un grupo llamada los Flames. Era la banda más
conocida de Sudafrica; y eso que a Blondie lo clasificaron como «de color» (junto con los demás
integrantes del grupo) pese a que podría pasar por blanco. Así era el apartheid. Cuando fueron a Estados
Unidos, los Beach Boys los cobijaron bajo su ala y se mudaron a Los Angeles. Blondie acabó
convirtiéndose en el sustituto de Brian Wilson, y era él quien cantaba en el gran éxito de los Beach Boys
«Sail On, Sailor». Ricky se convirtió en el batería del grupo. Fraboni fue quien produjo el álbum Holland
de los Beach Boys, y de ahí salieron algunas ramas de otro árbol musical. Blondie empezó a pasarse por
allí, a petición mía, durante el período en que ensayábamos para Bridges of Babylon, y desde entonces
tenemos una relación muy buena. Las canciones que yo estaba desarrollando procedían en gran medida
de mi trabajo con Blondie y Bernard, sus acompañamientos vocales se convirtieron en parte del proceso
de composición. Ahora Blondie colabora conmigo todo el tiempo. Es uno de los tipos con el corazón más
grande que conozco.

Con las canciones y el proceso de composición a menudo se genera una especie de relato paralelo: la
historia ligada a la historia. Aquí van unas cuantas que tienen historias relacionadas.
«Flip the Switch» es una canción de Bridges of Babylon que compuse casi en broma, pero que, en
cuanto la escribí, resultó ser inquietantemente profética.

I got my money, my ticket, all that shit


I even got myself a little shaving kit
What would it take to bury me?
I can’t wait, I can’t wait to see.

I’ve got a toothbrush, mouthwash, all that shit


I’m looking down in the filthy pit
I had the turkey and the stuffing too
I even saved a little bit for you.

Pick me up — baby, I’m ready to go


Yeah, take me up — baby, I’m ready to blow
Switch me up — baby, if you re ready to go, baby
I’ve got nowhere to go — baby, I’m ready to go.

Chill me freeze
To my bones
Ah, flip the switch.[68]

A unos ciento cincuenta kilómetros de distancia, en San Diego, justo después de que terminara esa
canción (quizá unos tres días más tarde), tuvo lugar el suicidio colectivo de treinta y nueve miembros de
una secta ufológica llamada Heaven’s Gate: decidieron que la Tierra estaba a punto de ser destruida y
que lo mejor sería ponerse en contacto con los ovnis que llegarían tras el fatídico meteorito. Su tarjeta de
embarque fue el fenobarbital mezclado con puré de manzana y vodka y administrado en tandas. Y luego
se tumbaron todos con sus uniformes a esperar el traslado. Esos tíos lo estaban haciendo de verdad, y yo
no tenía ni idea hasta que me desperté al día siguiente y oí que aquella gente se había quitado de en
medio, todos allí tumbaditos en perfecto orden esperando para emigrar a otro planeta. Fue, por decirlo de
manera suave, una situación extraña por la que no me gustaría volver a pasar. El líder de la secta, que
parecía un personaje salido de E. T., se llamaba Marshall Applewhite.
Yo escribí alegremente:

Lethal injection is a luxury


I wanna give it
To the whole jury I’m just dying
For one more squeeze[69]

Hay un burdel cerca de Ocho Ríos, donde tengo mi casa jamaicana, que se llama Shades y está regentado
por un gorila que conocía de cuando él trabajaba en Tottenham Court Road. El local en cuestión tiene el
aspecto típico de una casa de citas: balcones, arcos, una pista de baile con una jaula y barras verticales y
un considerable suministro de bellezas locales. Todo son siluetas, espejos y mamadas en el suelo. Una
noche acabé allí y pedí una habitación. Necesitaba salir de mi casa porque estaba teniendo broncas con
los Wingless Angels, que no estaban tocando como es debido, y además se había ido la luz. Así que los
dejé solos un rato para que solucionaran las cosas, y me llevé a Larry Sessler y a Roy al Shades. Quería
trabajar en una canción, así que le pedí al dueño que me trajera a dos de sus mejores chicas. No tenía
intención de hacer nada con ellas, sólo necesitaba un sitio donde estar a gusto. «Te voy a traer las
mejores», me dijo el tipo. Así que me instalé en uno de aquellos cuartos con la cama imitación caoba, un
aplique de plástico en la pared, escobero, colcha roja, una mesa, una silla, un sofá tapizado en rojo, verde
y dorado e iluminación tenue en tonos rojos. Había llevado la guitarra, tenía una botella de vodka y algo
de hielo casi derretido y les dije a las chicas que se imaginaran que estábamos allí para el resto de
nuestros días, juntos. Les pregunté cómo decorarían la habitación. ¿Piel de leopardo? ¿Parque Jurásico?
¿Qué les decían a los clientes canadienses del Shades? «En dos segundos ya están», me contestan. «Y les
dices lo que sea, que los amas. No hace falta hablar en serio». Luego las chicas se quedaron dormidas,
respirando acompasadamente con sus diminutos bikinis: para ellas aquél no era el servicio habitual, y
estaban cansadas. Si me atascaba con una frase o no se me ocurría nada, las despertaba y charlábamos
un rato más, les hacía preguntas: «¿Cómo os parece que está quedando? Bueno, venga, dormid otro
rato». Así fue como escribí «You Don’t Have to Mean It» esa noche en el Shades.

You don’t have to mean it


You just got to say it anyway
I just need to hear those words for me.

You don’t have to say too much


Babe, I wouldn’t even touch you anyway
I just want to hear you say to me.

Sweet lies Baby baby


Dripping from your lips
Sweet sighs
Say to me
Come on and play
Play with me, baby.[70]

El amor ha vendido más canciones que pelos tenemos en la cabeza. Ahí está: Tin Pan Alley en estado
puro. Aunque todo depende de si la gente sabe qué es el amor. Es un tema tan manido que uno se
pregunta si es posible darle un nuevo giro, encontrar una nueva expresión. Si te esfuerzas mucho resulta
artificial. Tiene que salir del corazón. Y luego viene la gente y te pregunta: «¿Es sobre ella? ¿Es sobre
mí?». «Sí, tiene un poco de ti en la segunda parte del último verso. Básicamente es sobre amores
imaginarios, una recopilación de todas las mujeres que he conocido».

You offer me
All your love and sympathy
Sweet affection, baby It’s killing me.
‘Cause baby baby
Can’t you see
How could I stop
Once I start, baby[71]

«How Can I Stop». Estábamos en el estudio Ocean Way de Los Angeles. Don Was fue el productor, tocó
los teclados y aportó un montón de sugerencias e ideas. A medida que iba tomando forma, la canción se
complicaba más hasta que llegó un punto en que estábamos diciendo: «Y ahora, ¿cómo coño salimos de
aquí?». Estaba con nosotros Wayne Shorter, a quien había traído Don y que probablemente es el mejor
compositor de jazz vivo, no digamos ya saxofonista, del planeta, un tipo que se ha criado tocando en las
bandas de Art Blakey y Miles Davis. Don tiene un montón de contactos y conoce a músicos de todos los
tipos, formas, tamaños y colores. Ha sido productor de muchos de ellos, prácticamente de casi todos los
buenos, y además lleva muchos años en Los Angeles. Wayne Shorter, un músico de jazz, llegó diciendo
que le iban a tomar el pelo sin piedad por tocar lo que en su mundo llamaban «música de guardia». Pero
el tío salió con un solo increíble. «Yo pensaba que venía como músico de guardia y me estoy saliendo»,
dijo. Porque para la parte final de la canción le indiqué: «Haz lo que te dé la gana, siéntete libre de tirar
por donde quieras, toda tuya». Y dio con algo fantástico. Y Charlie Watts, que es uno de los mejores
baterías de jazz del puto siglo, estaba tocando con él. Fue una sesión fabulosa. «How Can I Stop» es una
canción que nace del corazón. Tal vez sucedía que todos nos estábamos haciendo viejos. La diferencia
respecto a las canciones de los primeros tiempos era que ahora los sentimientos quedaban expuestos, se
mostraban abiertamente.
Siempre creí que en eso consistía realmente componer canciones, se supone que no cantas sobre lo
que escondes. Y cuando mi voz mejoró y se hizo más fuerte, pude comunicar esos sentimientos en carne
viva. Así que me puse a escribir canciones más tiernas, canciones de amor, si se quiere. No podría haber
compuesto así quince años atrás. Componer una canción como ésa, delante de un micrófono, en cierto
modo es como abrazarte a un amigo y decirle: «Guíame tú, hermano, yo te sigo y ya arreglaremos los
detalles más tarde». Es como si te llevaran a dar una vuelta por ahí con los ojos cerrados. Puede que
tenga un riff una idea y una secuencia de acordes, pero no tengo ni la menor idea de qué cantar sobre esa
base. No soy de los que le dan vueltas a unos versos durante días. Y lo que me fascina es que cuando te
plantas delante del micrófono y dices «bueno, vamos allá» surge algo que ni te habrías podido imaginar. Y
al cabo de una décima de segundo tienes que inventarte algo más que añadir a lo que ya has dicho. Es
una lucha contigo mismo y, de repente, has dado con algo y ya tienes un marco para trabajar. La cagarás
muchas veces haciéndolo así, pero pura y simplemente tienes que soltarlo delante del micro y ver hasta
dónde puede llegar la cosa antes de quedarte sin fuelle.
«Thief in the Night» hizo un viaje dramático y a contrarreloj al estudio para producir el máster. El
título lo saqué de la Biblia, que leo bastante a menudo; hay unas cuantas frases muy buenas. Es una
canción sobre varias mujeres y en realidad se remonta a cuando era un adolescente en Dartford. Sabía
dónde vivía ella y dónde vivía su novio, y me quedaba en la calle delante de aquel adosado durante horas.
Básicamente, ése es el punto de partida de la historia; y además va sobre Ronnie Spector y sobre Patti y
sobre Anita también.

I know where your place is


And it’s not with him…

Like a thief in the night


I’m gonna steal what’s mine[72]

Mick le puso voz a la canción, pero no la sentía, no la captaba, y sonaba fatal. Rob no la podía mezclar
con esa parte vocal, así que intentamos arreglarla una noche con Blondie y Bernard, que casi no se tenían
en pie de cansancio e iban dando cabezadas por turnos. Volvimos al estudio y nos encontramos con que,
mientras tanto, habían saboteado la cinta. Se urdían todo tipo de intrigas. Al final Rob y yo tuvimos que
robar los voluminosos másteres (unos cinco centímetros de grosor) de las mezclas a medio terminar. Nos
los llevamos a la Costa Este, ya que volvía a mi casa de Connecticut. Pierre encontró un estudio en Long
Island donde nos pasamos dos días con sus correspondientes noches mezclando todo de nuevo a mi gusto,
con mi voz. En algún momento de una de esas noches Bill Burroughs murió, así que en honor a su trabajo
envié una airada nota en el más puro estilo Burroughs a Don Was, el productor que andaba por medio.
«Escucha, rata, esto lo voy a terminar a mi manera», todo con grandes letras recortadas de periódicos y
dibujos de torsos sin cabeza. ¡Cierren las escotillas! ¡Esto es la guerra! Tuve una agarrada muy seria con
Don por culpa de todo aquello. Lo adoro y enseguida hicimos las paces, pero le envié unos mensajes
terribles porque, cuando estás acabando un disco, cualquiera que se interponga en tu camino y suponga
un obstáculo para lo que te propones conseguir es poco menos que el Anticristo. Faltaba muy poco para la
fecha en que tenía que estar todo terminado, así que la forma más rápida de llevar las cintas de vuelta a
Los Angeles era transportarlas en lancha fueraborda desde Port Jefferson, Long Island, hasta Westport, el
puerto más cercano a mi casa en la costa de Connecticut. Lo hicimos en plena noche, bajo una luna
preciosa, a toda velocidad por el canal de Long Island, entre los rugidos del motor e ingeniándonos como
pudimos para sortear las nasas de langosta mediante un grito por aquí y un viraje por allá. Al día
siguiente, Rob se las llevó a Nueva York, y de allí las mandamos en avión de vuelta al estudio de Los
Angeles para que hicieran el máster y se pudieran incluir en el disco.
De manera excepcional para una canción de los Stones, en los créditos aparece Pierre de Beauport con
Mick y conmigo.
El gran problema era que yo iba a cantar en tres canciones del álbum, algo inaudito hasta entonces e
inaceptable para Mick.

Don Was: Yo creía firmemente que Keith tenía derecho a cantar una tercera canción, pero Mick se negaba en
redondo. Estoy seguro de que Keith no tiene ni idea de todo lo que se hizo para conseguir que «Thief in the
Night» apareciera en el disco, porque llegó un punto en que ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a
torcer, ninguno iba a ceder lo más mínimo, y al final se nos iba a pasar la fecha de lanzamiento y la gira iba a
tener que empezar sin que el disco estuviera en el mercado. La noche antes de que se cumpliera el plazo tuve un
sueño. Luego llamé a Mick y le dije: «Entiendo tus objeciones a que cante tres canciones, pero si pusiéramos dos
seguidas al final del disco sin dejar casi espacio entre una y otra, parecería que es un gran corte de Keith al final.
Así, las personas por las que estás preocupado, las que no aprecian las canciones de Keith, pueden parar el disco
después del último tema cantado por ti, y para los que sí aprecian lo que hace Keith, hay una última entrega al
final; no lo veas como una tercera canción sino como un popurrí, dejamos bastante espacio antes para marcar
bien la separación y muy poco entre las dos canciones». Y Mick accedió. Estoy seguro de que Keith no tiene ni
idea, ni Jane; nadie se enteró. En fin, aquello le proporcionó a Mick una salida digna, porque estábamos metidos
en un callejón sin salida. Así fue como esas dos canciones se convirtieron en una. Sin embargo, el tema que se
combinó con «Thief in the Night» es «How Can I Stop», una de las mejores canciones de los Rolling Stones en
toda su historia.
Es asombroso. Keith en estado puro, y Wayne Shorter, qué extraña pareja, tener a Wayne Shorter tocando,
volviéndose Coltrane, convirtiéndose en «A Love Supreme» hacia el final. La canción tenía algo. Había como diez
personas tocando a la vez y fue una sesión mágica, sin pistas añadidas, salió tal que así. Y además esa noche,
cuando la estábamos editando, Charlie ya se marchaba; era el final, la última canción que editábamos para el
disco, al día siguiente se desmontaba el tinglado. Charlie tenía un coche esperándolo fuera. E hizo una floritura
con la mano al final, es la última toma, como un gran hurra. Y así es como se sentía todo el mundo cuando por fin
terminamos aquel disco. Nadie creía que pudiésemos hacer otro nunca más. Y pensé que «How Can I Stop» era
el colofón, creí que iba a ser lo último que grabaríamos jamás, ¡y qué gran manera de terminar! How can I stop
once I’ve started?[73]. Bueno, simplemente paras.
En el Amsterdam Arena (31 de julio de 2006).

© Peter Pakvis / Getty Images.


13

Grabo con los Wingless Angels en Jamaica. Montamos un estudio en mi casa de Connecticut y me rompo unas
cuantas costillas en la biblioteca. Una receta de salchichas con puré de patatas. Safari en África de resaca. A
Jagger lo nombran caballero y volvemos a componer juntos. Paul McCartney aparece por la playa. Me caigo de
una rama y me doy un golpe en la cabeza. Operación de cerebro en Nueva Zelanda. Piratas del Caribe, las cenizas
de mi padre y la última crítica de Doris.

En 1995, unos veintitantos años después de que empezara a tocar con músicos rastafaris, volví a
Jamaica con Patti por Acción de Gracias. Había invitado a Rob Fabroni y a su mujer a pasar con nosotros
unos días. Al igual que yo, Rob ya había conocido a esa gente en 1973. Fraboni se quedó sin vacaciones
porque resultó que en ese momento todos los miembros del grupo aún vivos estaban en la isla y
disponibles, cosa rara: había habido muchas bajas, vaivenes y detenciones, así que era una oportunidad
para grabarlos de las que sólo se presentan una vez en la vida. Fraboni, de alguna manera, se agenció
algo de equipo gracias al ministro de Cultura de Jamaica, y se ofreció inmediatamente a grabar el
proyecto. ¡Un verdadero regalo de los dioses!
Un regalo porque Rob Fraboni es un genio que se aparta del método habitual. Sus conocimientos y
habilidad para grabar en los lugares más inusuales son increíbles. Rob produjo la banda sonora de The
Last Waltz y remasterizó todo el material de Bob Marley. Es uno de los mejores ingenieros de sonido que
te puedas echar a la cara. Vive muy cerca de mí en Connecticut y en mi estudio hemos hecho muchas
grabaciones juntos sobre las cuales contaré más cosas después. Como todos los genios puede ser un
verdadero coñazo, pero eso viene en el paquete.
Ese año bauticé al grupo como los Wingless Angels a raíz de unos garabatos que hice y que luego
acabarían en la portada del disco: la figura de un rasta volando, un dibujo que se quedó danzando por allí.
Alguien me preguntó qué era aquello y, sin pararme a pensarlo, contesté que un ángel sin alas. Hubo una
incorporación final al grupo en la persona de Maureen Fremantle, que tiene una voz con una fuerza
excepcional y es una presencia femenina poco habitual en los dominios eminentemente masculinos del
mundo rasta. Así es como acabamos trabajando juntos, según cuenta ella misma:

Maureen Fremantle: Una noche, Keith estaba con Locksie en el bar Mango Tree de Steer Town y yo pasaba por
allí. Entonces Locksie me dice: «Hermana Maureen, vente a tomar algo». Así que entro y me presentan a ese tío.
Keith me da un abrazo y dice: «Esta hermana parece de las auténticas. Tomemos algo, yo un ron con leche». Y
luego fue… no sé, el poder de Jah. El caso es que me puse a cantar. Sí, simplemente me puse a cantar y Keith dijo:
«Esta dama tiene que venir con nosotros». Y ya nunca me aparté de ellos. Yo sólo me puse a cantar y me daba
vueltas la cabeza. Empecé a cantar amor, paz, júbilo, y todo se hizo uno. Fue algo especial.

Fraboni puso un micrófono en el jardín, y al principio del disco se oyen los grillos y las ranas, y el océano
a lo lejos. Las ventanas no tienen vidrio, sólo postigos de madera. Se oye a la gente jugando al dominó en
segundo plano. El resultado es una sensación muy poderosa y las sensaciones lo son todo. Nos llevamos
las cintas a Estados Unidos y empezamos a darle vueltas a cómo preservar el corazón de lo que habíamos
grabado. Ahí fue cuando conocí a Blondie Chaplin, que vino a las sesiones con George Recile, quien luego
se convertiría en el batería de Bob Dylan. George es de Nueva Orleans, y por allí hay mucha mezcla de
razas: él es italiano, negro, criollo, una combinación de todo. Lo más desconcertante son los ojos azules,
porque con esos ojos azules se las arregla para salir airoso de todo, incluso para cruzar las vías del tren.
Yo quería hacer a los Angels más visibles en todo el mundo, y empezó a venir gente de todas partes a
las sesiones de Connecticut para grabar pistas: el increíble violinista Frankie Gavin, fundador de
DeDannan, el grupo de música folk irlandesa, apareció con su fantástico (e irlandés) sentido del humor.
Una atmósfera muy particular comenzó a envolver todo el proyecto. Obviamente aquel disco no iba a
tener un gran tirón comercial, pero había que hacerlo y sigo estando muy orgulloso de él, tanto que había
otro preparándose cuando escribía estas líneas.

Poco después de Exile se produjo tal avalancha de tecnología que hasta los mejores ingenieros de
sonido no sabían en realidad lo que estaban haciendo. ¿Cómo es posible que con un solo micrófono
pudiera conseguirse un fantástico sonido de timbal en aquel estudio de Denmark Street, y ahora, con
quince micros, lo que se oía sonaba a alguien cagando sobre un tejado de zinc? La gente se volvió
demasiado loca con la tecnología, pero poco a poco está empezando a regresar hacia lo básico. En música
clásica están regrabando otra vez todo lo que ya regrabaron en digital durante los ochenta y noventa
porque aquello no funciona realmente. Yo siempre tuve la sensación de estar en guerra con la tecnología,
de que ésta en realidad no ayudaba en absoluto y de que ésa era la razón por la que se tardaba tanto en
hacer las cosas. Fraboni ha pasado por todo eso, por los tiempos en que se pensaba que si no le ponías
quince micros delante a la batería no tenías ni idea de lo que estabas haciendo. Y luego al bajo lo
desterraron, y al final tenías a todo el mundo metido en cubículos y compartimentos estancos. Estabas
tocando en una sala inmensa y no aprovechabas el espacio. Esa idea de separación es la antítesis del rock
and roll, que consiste en un puñado de tíos en una habitación produciendo un sonido juntos, no
separados. Todos esos mitos estúpidos sobre el estéreo, la alta tecnología y el Dolby van completamente
en contra de lo que debería ser la música.
Nadie tenía huevos para desmantelar todo aquello, y yo empecé a pensar en qué había sido lo que me
atrajo para querer dedicarme a esto. Habían sido los tipos que hacían los discos metidos en una sala con
tres micrófonos. No se dedicaban a grabar hasta la última nota que salía de la batería o el bajo, sino el
sonido de la sala. No puedes obtener ese sonido indescriptible dedicándote a descuartizar la música. El
entusiasmo, el espíritu, el alma, llámalo como quieras… ¿dónde hay un micrófono para eso? Podríamos
haber hecho los discos mucho mejor en los ochenta si hubiésemos comprendido antes todo esto en lugar
de dejamos arrastrar por la tecnología.
En Connecticut, Rob Fraboni creó un estudio, mi «cuarto llamado L» (tenía forma de L), en el sótano
de casa. Me tomé un año de descanso entre 2000 y 2001, y lo aproveché para montarlo con Fraboni.
Pusimos un micrófono de cara a la pared, no apuntando a ningún instrumento ni a ningún ampli, para
intentar grabar lo que salía del techo y las paredes en vez de dedicarnos a diseccionar el sonido de todos
y cada uno de los instrumentos. De hecho, para grabar no hace falta un estudio, lo único que se necesita
es una sala, una habitación. La cuestión es dónde poner los micrófonos. Nos agenciamos una grabadora
fantástica de ocho pistas fabricada por Stephens: es una de las mejores del mundo y se parece un poco al
monolito de 2001 de Kubrick.
La única canción grabada en «L» que he sacado hasta ahora es «You Win Again». Aparece en un disco
de homenaje a Hank Williams titulado Timeless, que ganó un Grammy. En ella toca Lou Pallo, que fue el
segundo guitarra de Les Paul durante años, puede que siglos. A Lou se lo conocía como «el hombre del
millón de acordes». Es un guitarrista excepcional. Vive en Nueva Jersey. «¿Cuál es tu dirección, Lou?», y
el tío te contesta: «La calle Muchodinero, pero no hace honor a su nombre». En esa canción quien toca la
batería es George Recile. Estábamos montando una banda en casa y quien quisiera pasarse por allí a
tocar era bienvenido. También participó Hubert Sumlin, el guitarrista de Howlin’ Wolf, de cuya música
Fraboni haría después una grabación excelente, un disco llamado About Them Shoes. El 11 de
septiembre de 2001 nos pilló en medio de una sesión con mi antiguo amor Ronnie Spector; estábamos
trabajando en un tema titulado «Love Affair».
Si sólo tocas con los Stones puedes acabar metido en una burbuja. Hasta con los Winos te puede pasar.
Me parece muy importante trabajar en otros campos. Fue un gran estímulo colaborar con Norah Jones,
Jack White, Toots Hibbert (hemos hecho juntos dos o tres versiones de «Pressure Drop»). Cuando no
tocas con otra gente corres el riesgo de quedar atrapado en tu propia jaula. Y si te quedas quieto en la
percha puede que venga el viento y te lleve volando.
Tom Waits fue uno de los primeros músicos con quienes colaboré a mediados de los ochenta, y no supe
hasta mucho tiempo después que él nunca había compuesto con nadie (exceptuando a su mujer,
Kathleen). Es un tipo único y encantador, y uno de los compositores más originales que conozco. Siempre
tuve la impresión de que sería muy interesante trabajar con él. Empecemos con una tanda de halagos por
parte de Tom Waits. Es una reseña maravillosa.

Tom Waits: Estábamos haciendo Rain Dogs. Yo por aquel entonces vivía en Nueva York y me preguntaron si
había alguien con quien quisiera tocar en el disco. Y dije: «¿Qué tal Keith Richards?». Estaba de broma, era como
decir Count Basie o Duke Ellington, ya sabes. Entonces estaba con Island Records y Chris Blackwell conocía a
Keith de Jamaica, así que alguien se puso a hacer llamadas y yo en plan ¡no, no, no! Pero ya era demasiado tarde
y, cómo no, recibimos un mensaje: «La espera ha terminado. Hagámoslo». Así que Keith vino a RCA, un estudio
enorme de altos techos, con Alan Rogan, su asistente para las guitarras, y unas ciento cincuenta guitarras.
A todo el mundo le gusta la música. Pero lo que andas buscando es que tú le gustes a la música. Y ése me
pareció que era el caso con Keith. El proceso requiere una cierta cantidad de respeto. Tú no estás componiendo la
música, ella te compone a ti. Eres su flauta y su trompeta, eres sus cuerdas. Todo eso queda muy patente con
Keith. Es como una sartén hecha con un buen metal. Puede calentarse hasta temperaturas muy altas sin
quebrarse, sólo cambia de color.
Todos tenemos ideas preconcebidas sobre la gente que ya conoces por sus discos, pero la experiencia real, con
suerte, resulta mejor. Desde luego, así fue con Keith. Al principio nos olisqueamos un poco moviéndonos en
círculo a cierta distancia, como un par de hienas, clavamos la vista en el suelo, luego nos reímos y ya nos pusimos
en sintonía, echamos agua a la piscina. Tiene un instinto infalible, como un depredador. Tocó en tres canciones de
ese disco: «Union Square», «Blind Love» (donde también cantamos juntos) y «Big Black Mariah» (donde hizo una
parte rítmica espectacular). La verdad es que sin lugar a dudas le dio un empujón al disco. No me importaba si se
vendía o no. Para mí ya estaba vendido.
Al cabo de unos años nos encontramos en California, y nos juntábamos todos los días en una pequeña sala que
se llama Brown Sound, una de esas salas de ensayo sin ventanas y con moqueta en las paredes que huelen un
poco a gasoil. Nos pusimos a componer. Tienes que estar muy relajado con alguien para ser capaz de arrojarle
cualquier demencia que se te pase por la cabeza, para estar así de cómodo. Recuerdo que un domingo fui con el
sermón de un predicador baptista que había grabado en la radio de camino al estudio. ¡El título del sermón era
«Las herramientas del carpintero»! Iba de eso literalmente, de un carpintero que va con todas esas herramientas
a cuestas… Nos estuvimos riendo de aquello durante un buen rato, y Keith me puso una versión que tenía de
«Jesus Loves Me» cantada por Aaron Neville, algo que había cantado a capela en un ensayo. Vamos, que le gustan
los diamantes en bruto, la música zulú, la música de los pigmeos, lo arcano, lo oscuro, lo imposible de meter en
ninguna categoría musical. Escribimos muchas canciones, entre ellas «Motel Girl» y «Good Dogwood». Y allí fue
donde compusimos «That Feel», tema que incluí en Bone Machine.
Una de las cosas que más me gustan de todo lo que ha hecho es Wingless Angels. Me entusiasma porque lo
primero que oyes son los grillos y te das cuenta de que están al aire libre. Su contribución a la hora de capturar
esos sonidos en el disco es algo típico de Keith. Tal vez sobre todo del Keith con el que yo he tenido contacto y he
colaborado. Es como un obrero en muchos sentidos, como un lobo de mar, un viejo marinero. Observé que
algunas de las cosas que se suelen oír sobre la música parecían aplicables a Keith. En los viejos tiempos decían
que el sonido de la guitarra podía curar la gota y la epilepsia, la ciática y las migrañas, pero hoy en día parece
haber un serio déficit en lo que a capacidad de asombro se refiere. Y Keith da la impresión de maravillarse
todavía con estas cosas. Se para a veces con la guitarra en alto y se la queda mirando un buen rato cautivado por
ella. Te maravillas y vuelves a maravillarte como ante todas las cosas verdaderamente grandes de este mundo: las
mujeres, la religión o el cielo…

En 1980, Bobby Keys, Patti, Jane y yo hicimos una visita a los supervivientes de los Crickets en Nashville.
Debió de ser alguna ocasión especial, porque alquilamos un Learjet para volar hasta allí. Fuimos a ver a
Jerry Allison, alias Jivin’ Ivan, el batería de los Crickets, el que realmente se casó con Peggy Sue (aunque
no duró mucho). Su casa, que él llama White Trash Ranch[74], está justo a las afueras de Nashville, en
Dickson, Tennessee. Allí encontramos a Joe B. Mauldin, bajista de Buddy. Don Everly también estaba por
allí, y tocar con él, allí sentados… eran los tipos a los que yo escuchaba en la puta radio veinte años antes.
Su trabajo siempre me había fascinado y el mero hecho de estar en su casa ya era un honor.
Hicimos otra expedición para grabar un dúo con George Jones para The Bradley Barn Sessions, una
canción titulada «Say It’s Not You» en la que yo me había fijado gracias a Gram Parsons. George era
genial para trabajar, sobre todo cuando aparecía con su característico peinado. Un cantante fabuloso. Por
lo visto, Frank Sinatra dijo en una ocasión: «El segundo cantante de este país es George Jones». ¿Quién
era el primero, Frank? Estábamos esperándolo y no venía, creo que pasaron un par de horas. Para
entonces yo ya estaba detrás de la barra preparando unas bebidas, sin acordarme de que George era
abstemio y sin saber por qué tardaba tanto. Yo también he llegado tarde muchas veces, así que eso no era
ningún problema. Y por fin apareció con aquel tupé estilo pompadour: es un peinado fascinante, imposible
apartar la mirada, y además es capaz de soportar vientos de cien kilómetros por hora y seguir en
perfectas condiciones. Luego me enteré de que George había estado dando vueltas con el coche porque lo
ponía un poco nervioso eso de trabajar conmigo.
Se había estado documentando un poco y no las tenía todas consigo sobre cómo iría aquel encuentro.
En el terreno del country me siento muy próximo a Willie Nelson, y a Merle Haggard también. He
hecho tres o cuatro apariciones en televisión con Merle y Willie. Willie es fantástico, le encanta la hierba.
Quiero decir: en cuanto se levanta de la cama; yo por lo menos espero diez minutos por la mañana. Y qué
gran compositor. Uno de los mejores, y también de Texas. Willie y yo nos llevamos muy bien. Le preocupa
mucho el tema de la agricultura en Estados Unidos y lo que está pasando con los pequeños granjeros, y
casi todo lo que he hecho con él ha sido en beneficio de esa causa. Las grandes corporaciones se están
quedando con todo, y él lucha contra ellas, y vaya si les está plantando cara. Willie tiene un corazón de
oro, es de los que no se amilanan ni se achantan, está verdaderamente comprometido con su causa, pase
lo que pase. Poco a poco me he ido dando cuenta de que crecí escuchando su música, porque era
compositor mucho antes de subir a los escenarios: «Crazy» y «Funny How Time Slips Away». Siempre me
ha desconcertado un poco que personas como él, a las que llevaba mucho tiempo venerando de rodillas,
me dijeran: «Oye, ¿quieres tocar conmigo?». «¿Me tomas el pelo?».
Un caso típico fue el de las fantásticas sesiones de 1996 en casa de Levon Helm en Woodstock, Nueva
York, para participar en All the King’s Men, con Scotty Moore, el guitarrista de Elvis, y D. J. Fontana, su
batería en las primeras grabaciones con Sun. Aquello sí que fue algo serio. Los Rolling Stones son una
cosa, pero vértelas con tus viejos ídolos es otra. Además, esos tíos no son necesariamente piadosos con
otros músicos, esperan lo mejor y no paran hasta conseguirlo, así que no puedes perder el rumbo y
desinflarte. Las bandas que trabajan con George Jones y Jerry Lee Lewis son lo máximo, y tienes que
estar siempre a la altura. Eso me encanta. No suelo trabajar mucho el terreno del country. Pero esa ha
sido para mí otra faceta: está el blues y está el country. Y reconozcámoslo, son los dos ingredientes
fundamentales del rock and roll.
Otra gran cantante y una chica que me ha robado el corazón (además de ser mi señora en un
«matrimonio roquero») es Etta James. Lleva haciendo discos desde principios de los cincuenta, cuando
era cantante de doo-wop, y luego ha evolucionado ampliando sus horizontes hacia todo tipo de géneros.
Tiene una de esas voces que te conquista cuando la oyes en la radio, y si ves un disco suyo en la tienda no
te queda más remedio que comprarlo. Ella te vende a ti. Y el 14 de junio de 1978 actuamos juntos. Etta
formaba parte del cartel junto con los Stones en un concierto en el teatro Capitol de Passaic, Nueva
Jersey. El caso es que había sido yonqui, así que sentimos cierta complicidad casi al instante. Creo que
por aquel entonces no se metía, pero eso es lo de menos. La cuestión es que con una mirada a los ojos
basta para reconocerse. Increíblemente fuerte, con una voz que te podía precipitar a los infiernos o
transportarte al cielo. Así que pasamos el rato en un camerino y, como todos los ex yonquis, hablamos de
la droga, de qué nos llevaba a hacerlo, toda la movida del análisis introspectivo. Aquello culminó en una
boda entre bastidores, lo que en el mundo del espectáculo equivale a casarse sin matrimonio.
Intercambias votos y demás sobre las escaleras del escenario. Me puso un anillo y yo otro a ella, y de
hecho fue en ese momento cuando decidí que se llamaba Etta Richards. Ella ya sabe de lo que hablo.

Cuando nacieron Theodora y Alexandra, Patti y yo vivíamos en un apartamento de la Calle 4 de Nueva


York, pero nos pareció que no era un buen lugar para criarlas. Así que decidimos mudarnos a Connecticut
y empezamos a hacernos una casa en un terreno que yo tenía ya comprado. La geología del lugar no
difiere mucho de la de Central Park, con rocas y bloques de pizarra o granito emergiendo del suelo, todo
rodeado de un frondoso bosque. Hubo que sacar toneladas de piedra para construir los cimientos, razón
por la que llamé a la casa Camelot Costalot {Camelot cuestamucho}. No nos mudamos hasta 1991. La
casa está junto a una reserva natural donde hay un antiguo cementerio indio, era territorio de caza de los
iroqueses, y en los bosques que la rodean se respira una serenidad primigenia que debía de resultar
idónea para los espíritus ancestrales. En la verja del jardín hay una puerta con llave que da directamente
al bosque, por donde damos largos paseos sin rumbo fijo.
En ese bosque hay un lago muy profundo con una cascada. Un día del año 2001 andaba por allí con
George Recile (estábamos trabajando juntos). Se supone que está prohibido pescar, así que íbamos como
Tom Sawyer y Huckleberry Finn: queríamos agarrar unos peces enormes y muy sabrosos, oscars los
llaman. George es un pescador experto y me dijo que no suele haberlos al norte de Georgia, así que le
dije: «¡Vamos a echar otro anzuelo!». Y de repente noto un tirón muy fuerte del sedal: una gigantesca
tortuga lagarto, grande como un toro, verde y embarrada, saliendo del lago pesadamente… ¡con mi pez
en la boca! Fue como enfrentarse a un dinosaurio. La expresión de terror en mi cara y en la de George…
¡ojalá hubiéramos tenido una cámara! Aquella bestia estaba preparándose para atacar (tienen un cuello
larguísimo, les sobresale más de un metro), y era colosal, debía de tener sus buenos trescientos años. A
George y a mí nos pareció que habíamos vuelto a las cavernas. «¡Joder, este puto bicho va en serio!». Tiré
la caña, agarré una piedra y se la lancé al caparazón con toda mi alma. «¡Maldita sea, o tú o yo, colega!».
Son unos animales muy cabrones, te pueden arrancar el pie de un mordisco. Al final se volvió al fondo.
Las criaturas que acechan en las profundidades, centenarias e inmensas, son verdaderamente
aterradoras, para helarte la sangre en las venas. Seguramente ese animal llevaba tanto tiempo ahí que en
su anterior salida a la superficie se encontró con los iroqueses.
Aparte de dedicarme a la pesca furtiva, que no he vuelto a practicar después de aquel episodio, llevaba
una vida de auténtico caballero: escuchaba a Mozart y leía muchos, muchos libros. Soy un lector voraz,
devoro los libros uno detrás de otro, y además leo de todo. Y si no me gusta, lo dejo y a por otro. En lo que
se refiere a ficción me encantan George MacDonald Fraser, los tebeos de Flashman y Patrick O’Brian, de
cuyos libros me enamoré al instante. El primero fue Capitán de mar y guerra, y no tanto porque la acción
se desarrolle en la época de Nelson y Napoleón, sino más bien por las relaciones personales. El tema
histórico sirve más bien de trasfondo. Y, por supuesto, aislar a los personajes en medio del océano te da
más margen de maniobra, y las caracterizaciones son excelentes, que es lo que más me gusta. Habla de
amistad, de camaradería. Jack Aubrey y Stephen Maturin siempre me han recordado un poco a Mick y a
mí. Además, la historia, sobre todo la relacionada con la Armada inglesa durante ese período, es una de
mis grandes aficiones. Por aquel entonces el ejército de tierra no pintaba gran cosa, lo importante era la
Marina, los tíos que acababan en sus filas contra su voluntad, las levas forzosas… Y para que toda aquella
maquinaria funcionara tenías que hacer de aquel hatajo de rebeldes un equipo que funcionara a la
perfección, lo que me hace pensar en los Rolling Stones. Siempre tengo algo de tema histórico entre las
manos. Sobre todo me interesa cualquier cosa que tenga que ver con la época de Nelson o con la Segunda
Guerra Mundial, pero también con la antigua Roma, y algunos aspectos del período colonial británico, el
«gran juego» de los rusos y los ingleses en Asia Central y todo eso. Tengo una biblioteca muy bien nutrida
con libros sobre estos temas, muy bien ordenados en sus correspondientes estanterías de madera oscura
que llegan hasta el techo. Ese es el lugar donde me escondo a menudo y donde un día sufrí un grave
percance.
Nadie se lo cree, pero la verdad es que estaba buscando un libro de anatomía de Leonardo da Vinci. Es
un libro voluminoso, y ésos los tengo en los estantes de arriba. Agarré la escalera y me subí a lo alto. Los
anaqueles con pesados tomos reposan sobre clavijas: justo cuando rocé el estante, una de esas piezas
cedió y me cayó una avalancha de libros en toda la cara. ¡Bum! Me di con una mesa en la cabeza y perdí
el conocimiento. Al cabo de un rato (no sé cuánto, como media hora), me desperté y me dolía. Dolía
mucho. Al verme tirado en el suelo rodeado de libros por todas partes, en circunstancias normales me
habría entrado un ataque de risa por lo irónico de la situación, pero me dolía demasiado. ¿No querías
consultar algo sobre anatomía humana? Me arrastré como pude hasta el piso de arriba (me costaba
trabajo respirar) y me metí en la cama con la parienta: «A ver cómo me encuentro por la mañana». Al día
siguiente estaba incluso peor, y Patti me preguntaba: «¿Qué te pasa?». «Me he caído, pero estoy bien».
Pero el hecho era que seguía sin respirar bien. Tardé tres días en decirle a Patti: «Cariño, esto me lo van a
tener que mirar». Y no estaba bien: me había perforado un pulmón. Teníamos programado empezar la
gira europea con un concierto en Berlín en mayo de 1998, y hubo que retrasarla un mes: la única vez que
se ha tenido que posponer una gira por mi culpa.
Un año después me hice lo mismo en el otro lado. Acabábamos de llegar a Saint Thomas, en las islas
Vírgenes, y me había puesto aceite bronceador. Alegremente me encaramé de un salto a una especie de
vasija de barro para mirar no sé qué al otro lado de una valla, y el aceite hizo el resto. Me resbalé y…
¡crac, bang! Mi mujer tenía Percodan, así que me atiborré a analgésicos y punto. No me enteré de que me
había roto tres costillas y se me había perforado el otro pulmón hasta un mes después, cuando tuve que
hacerme un chequeo médico antes de salir de gira. Es un reconocimiento completo, con un montón de
pruebas, andar por la cinta y todo el rollo. Y además te miran por rayos X: «Ah, por cierto, se ha
fracturado tres costillas y se ha perforado el pulmón derecho. Pero ya está todo curado, así que no tiene
importancia».

Cuando estoy en casa suelo hacerme yo la comida, por lo general salchichas con puré de patatas (la
receta, a continuación), introduciendo algunas variaciones en el puré de vez en cuando, pero poca cosa.
Me preparo eso o alguna otra comida típica inglesa. He de decir que mis comidas son bastante solitarias
ya que se producen a horas insólitas, algo que empezó a raíz de pasar tanto tiempo en la carretera, con
horarios opuestos a los del resto del mundo. Sólo como cuando tengo hambre, algo que es casi inaudito
en nuestra cultura, y desde luego nunca antes de subirme al escenario. Y cuando me bajo hay que esperar
por los menos una hora o dos a que vaya remitiendo el chute de adrenalina, lo que suele ocurrir a eso de
las tres de la madrugada.
La cuestión es comer cuando te lo pide el cuerpo. Nos tienen amaestrados desde pequeños para
hacerlo tres veces al día y siempre a la misma hora: un concepto muy de fábrica, de revolución industrial,
de reglamento alimenticio. Antes no era así, la gente comía menos y más a menudo, casi cada hora, pero
llegó un momento en que necesitaban controlarnos y organizamos: «¡Venga, hora de comer!». En eso
consiste el colegio: olvídate de la geografía, las matemáticas y la historia; te están enseñando a trabajar
en una fábrica, comes cuando suena la sirena. Y lo mismo pasa con los trabajos de oficina, o incluso si te
están instruyendo para llegar a primer ministro. Bueno, pues resulta que no es nada bueno para el cuerpo
meterse esos atracones de golpe. Es mucho mejor comer un poquito, luego otro poco al cabo de un rato,
un par de bocados cada hora o cada dos horas. Así el cuerpo humano digiere con mucha más facilidad los
alimentos que cuando te inflas en una hora.
Llevo toda la vida cocinando salchichas y hasta hace poco no supe (por una señora de la televisión) que
conviene hacerlas en una sartén fría, nada de calentarla antes. Parece que si calientas la sartén luego «se
agitan» las salchichas. Hay que hacerlas a fuego lento, empezando con la sartén en frío. Luego te
preparas una copa y a esperar. Y funciona, no se arrugan ni se destripan, salen bien orondas. Es cuestión
de paciencia. La cocina es cuestión de paciencia. Goats Head Soup lo cociné muy lentamente.
Mi receta de salchichas con puré de patatas:

1. Lo primero, encontrar un carnicero que haga salchichas frescas.


2. Se prepara un sofrito de cebolla y panceta bien especiado.
3. Se ponen las patatas a cocer con un chorro de aceite, unas cuantas cebollas picadas y sal
(condimentar al gusto). Se añaden unos pocos guisantes a las patatas (o unos trocitos de
zanahoria, según los gustos). Ahora vamos por buen camino.
4. Luego se puede optar por hacer las salchichas hervidas, al grill o fritas. Se añaden al sofrito de
panceta y cebolla (o se ponen en una sartén sin precalentar, como dice la señora de la tele, y se
les añade el sofrito al cabo de un rato) y se deja que se vayan haciendo poco a poco dándoles la
vuelta cada pocos minutos.
5. Se hace el puré y demás.
6. Las salchichas ya están desgrasadas (¡en la medida de lo posible!).
7. Servir con su jugo (si no hay objeción).
8. Salsa HP según el gusto personal.

Mi abuelo Gus hacía los mejores huevos con patatas fritas del mundo. Todavía estoy intentando igualarlo
en eso, y en el pastel de carne, el shepherd’s pie, que es un arte en constante evolución. En realidad
nadie ha conseguido todavía hacer el pastel de carne por antonomasia, todos salen ligeramente distintos.
Mi manera de prepararlo ha evolucionado con los años, pero lo básico es ponerle carne picada de la mejor
calidad y añadirle guisantes, zanahoria y todo eso. Pero el truco, según me enseñó Big Joe Seabrook, mi
guardaespaldas durante años (bendito sea, ya no está), es que antes de ponerle las patatas por encima
hay que picar un poco más de cebolla, porque la cebolla que le has puesto para cocinar la carne se ha
reducido. Big Joe llevaba toda la razón: la cebolla extra le da ese je ne sais quoi… ¡Es sólo un consejo,
amigos!
Tony King, que ha trabajado con los Stones y con Mick, y también ha participado en temas de
publicidad de vez en cuando desde que empezamos en los sesenta, deja constancia seguidamente de la
última ocasión en que alguien se comió mi pastel de carne sin pedir permiso.

Tony King: En Toronto, durante la gira Steel Wheels, vinieron a entregar un pastel de carne en los vestuarios, y
los tipos de seguridad se comieron un trozo. Entonces llegó Keith y se dio cuenta de que alguien se le había
adelantado en el ritual de cortar la crujiente masa tostada de arriba. Exigió saber los nombres de los culpables,
de aquellos facinerosos que se habían comido un trozo de su pastel. Así que Jo Wood andaba por ahí
preguntándole a todo el mundo «¿te has comido un trozo de pastel de carne?», y la gente le contestaba que no
sabía nada del tema, excepto los de seguridad, claro, que se habían puesto las botas y no podían negarlo. Yo lo
negué todo, aunque también me comí un trozo. Keith dijo: «No pienso salir a tocar hasta que me traigan otro».
Así que encargamos otro pastel rápidamente, y fui yo quien tuvo que ir a informar a Mick:
—La actuación se va a retrasar porque Keith no saldrá al escenario hasta que le traigan un pastel de carne.
—No me lo dirás en serio… —me contestó.
— ¡Pues esta vez creo que sí!
Así que se produjo una escena memorable con alguien diciendo por el walkie-talkie: «El pastel de carne ya
está en el edificio».
Se lo llevaron a Keith directamente al camerino, junto con su salsa HP, por supuesto. Y luego el tío ni siquiera
lo probó, sólo lo partió con el cuchillo y se fue hacia el escenario. Lo que quería era meterle el cuchillo a la
corteza. Desde entonces siempre hace que le lleven los pasteles de carne al camerino para no preocuparse de que
se le adelante nadie.

Hay una norma cuando estoy en la carretera que ya se ha hecho legendaria: nadie toca el pastel de carne
hasta que no lo haya catado yo. ¡No me jodas la corteza, chico! Lo pone en el contrato. Si entras en el
camerino de Keith Richards y tiene uno aún intacto en el horno portátil con el relleno borboteante, el
único que puede meterle cuchillo a la corteza es él. Cabrones codiciosos, en cuanto te descuidas van y te
dejan sin nada.
Francamente, todos esos numeritos los monto para echarnos unas risas, porque rara vez como antes
de salir al escenario. Es lo peor que puedes hacer, por lo menos en mi caso: el estómago lleno de comida
medio digerir y tú tienes que salir ahí fuera a tocar «Start Me Up» y luego otras dos horas más.
Simplemente quiero tener el pastel de carne allí por si caigo en la cuenta de que ese día no he comido, y
puede que necesite un poco de combustible. Mi metabolismo funciona así: tengo que tener el depósito
mínimamente lleno.
Cuando mi hija Angela se casó en 1998 con Dominic, su novio de Dartford de toda la vida, hicimos la
fiesta en Redlands, una magnífica celebración. Dominic fue hasta Toronto a pedirme su mano y lo estuve
mareando durante dos semanas. Pobre chico. Yo ya sabía a qué venía, pero él no sabía que yo lo sabía y le
hice la vida imposible evitando por todos los medios que encontrara el momento: siempre provocaba una
distracción o no le daba tiempo para entrar en materia. El problema era que yo tenía que marcharme
pronto de gira. Y cada mañana, aunque Dominic hubiera estado levantado hasta las tantas, Angela le
preguntaba «¿se lo has dicho ya?», y él decía que no. Finalmente, una de esas noches, a altas horas,
cuando ya casi no quedaba tiempo, le solté al muchacho: «¡Joder, tío, pues claro que te puedes casar con
ella!». Luego le lancé un brazalete con una calavera para que recordase siempre aquel momento.
En Redlands instalamos unas carpas por todo el jardín y los prados, y quedaron tan bien que las dejé
puestas una semana. Los invitados formaban el grupo más heterogéneo que te puedas imaginar: los
amigos de Angie de Dartford, la gente de la gira, todo el equipo, la familia de Doris… gente a la que no
veía hacía años. Al principio tocó una banda de viento, y luego Bobby Keys, a quien Angie conoce desde
pequeña, tocó «Angie» mientras caminaba hacia el altar. También cantaron Lisa y Blondie, y Chuck
Leavell tocó el piano. Bernard Fowler leyó la confirmación un tanto desconcertado porque no le habían
pedido que cantara, pero Angela había dicho que le encantaba su voz al hablar. Blondie cantó «The
Nearness of You». Todos nos pusimos de pie, Ronnie, Bernard, Lisa, Blondie y yo, y tocamos y cantamos.
Y luego tuvo lugar el incidente de las cebolletas: las cebolletas que iba a añadir al puré de patatas que
estaba preparando para acompañar a mis legendarias salchichas. El problema fue que alguien me las
birló delante de mis narices. Hay muchos testigos presenciales del incidente, incluida Kate Moss, quien
dará un testimonio fidedigno de la cacería humana que siguió.

Kate Moss: La comida del tipo que a él le gusta es uno de los pocos caprichos que se permite Keith, mientras
que con todo lo demás le da un poco igual. Y como sus horarios son un tanto erráticos, se prepara su propia
comida muchas veces. Eso era precisamente lo que estaba haciendo la noche de la boda de Angela. Debían de ser
las tres de la mañana y todo el mundo estaba de fiesta, hacía una noche magnífica, todos estaban fuera bebiendo
y bailando, era una gran boda y la juerga seguía. Patti y yo estábamos en la cocina y Keith se había puesto a
hacer salchichas con puré de patata, y tenía también unas cebolletas. Las salchichas se estaban cocinando y tenía
las patatas hirviendo. Yo estaba de pie al lado del Aga Khan y charlando con Patti. Keith se volvió y preguntó:
—¿Dónde están mis cebolletas?
Y nosotros:
—¿Cómo dices?
—Las tenía aquí hace un momento. ¿Dónde se han metido?
¡Ay, Dios!, pensamos, se le ha ido la olla, pero estaba tan enfadado que empezamos a buscarlas por todas
partes, hasta en la basura, y Keith insistía: «Las tenía justo aquí, ahí mismo, estoy seguro». Así que seguimos
buscando por debajo de las mesas, por todas partes… «Estoy convencido de que estaban aquí». Para entonces ya
estaba empezando a ponerse hecho una furia. Y nosotros:
—Igual no estaban ahí, puede que las pusieras en otro sitio.
—¡Que no, joder, las puse aquí encima!
Todo el mundo pensaba que se había vuelto loco cuando apareció un amigo de Marlon por la puerta: «¿Qué
pasa, Keith?». Y él, casi ciego de ira, hecho una furia, le contesta «estoy buscando unas putas cebolletas»
mientras rebusca en el cubo de la basura.
En esto que alzo la vista y fue como cuando ves un accidente a cámara lenta y piensas: «¡Nooooo, no hagas
eso!». El tipo venía con las cebolletas detrás de las orejas. «¿Por qué lo has hecho?». Supongo que para llamar la
atención, obviamente, pero la atención que acabó recibiendo no era la prevista. Keith también alzó la vista y vio
las cebolletas. Explosión. En Redlands tiene un par de sables colgados en la pared encima de la chimenea. Los
agarró y salió corriendo detrás del muchacho hasta que los perdimos de vista en la noche. «¡Ay, Dios, lo va a
matar!», decía la pobre Patti realmente preocupada. Fuimos todos corriendo detrás, «¡Keith, Keith!», y volvió
todavía hecho una fiera. Aquel tipo se pasó casi todo lo que quedaba de noche escondido entre los arbustos del
jardín, y cuando volvió a la fiesta se había puesto un pasamontañas para que Keith no lo reconociera.

Dada mi vocación y el estilo de vida que la acompaña, es muy raro que siempre haya tenido perros desde
el año 1964. El primero fue Syphilis, un inmenso perro lobo que tuve antes de que naciera Marlon. Y
luego vino Ratbag, al que traje de tapadillo de América en el bolsillo, con el hocico tapado. Se lo di a mi
madre y vivió con ella muchos años. Me paso meses enteros fuera de casa, pero el tiempo que estás con
ellos cuando son cachorros crea un vínculo indestructible. Ahora tengo varias jaurías por ahí
desperdigadas que no se conocen debido a las limitaciones impuestas por océanos y distancias entre
continentes, aunque tengo la sensación de que se huelen en mi ropa. En los malos tiempos sé que puedo
contar con mis amigos caninos. Cuando estoy solo con los perros, hablo sin parar. Se les da muy bien
escuchar. Seguramente daría la vida por cualquiera de ellos.
En la casa de Connecticut tenemos unos cuantos: un viejo labrador de pelo claro que se llama Pumpkin
y sale a nadar conmigo en las islas Turcas y Caicos, y dos bulldogs franceses jóvenes. Le compramos uno
a Alexandra que ella mismo eligió, y le puso Etta en honor a Etta James. Patti se enamoró del cachorro, y
acabamos comprando también a la hermana de Etta, que se había quedado sola en su jaula de la tienda. A
ésa la llamamos Sugar, por el «Sugar on the Floor» de Etta James, uno de sus mejores discos. Y luego está
el famoso perro (famoso para el equipo de los Stones) llamado Raz, abreviatura de Rasputin, un pequeño
chucho con un carisma y un encanto extraordinarios, y he conocido a unos cuantos. Su historia es un
tanto turbia: al fin y al cabo, es ruso. Por lo visto, junto con otros trescientos o cuatrocientos perros
callejeros como él, andaba rebuscando entre los cubos de basura del estadio Dynamo de Moscú, donde
tocamos en la gira de 1998. Rusia había entrado en una crisis económica grave y la gente los abandonaba
por toda la ciudad. ¡Una vida de perros! No sé muy bien cómo, consiguió atraer la atención del equipo
que estaba montando el escenario y la demás gente que teníamos ya por allí trabajando. Al final lo
adoptaron y se convirtió en la mascota oficial en muy poco tiempo. Una vez conquistados los montadores,
fue poco a poco abriéndose paso en el escalafón hasta llegar a la cocina, y de ahí a vestuario y maquillaje.
Después de tanto tiempo teniendo que pelear a diario por la comida, no entraba precisamente por la vista
(conozco la sensación), pero aun así derretía al más duro de los corazones.
Cuando los Stones llegaron para las pruebas de sonido, Chrissy Kingston, que trabaja en el
departamento de vestuario, fue la que me habló de forma entusiasta acerca de aquel asombroso chucho.
El equipo había visto a gente dándole golpes y echándolo a palos de los alrededores del estadio, pero él
seguía viniendo; y habían acabado admirándolo tanto por sus agallas que se lo quedaron. «De verdad que
lo tienes que ver», insistió Chrissy. Aquél era nuestro primer concierto en Rusia, y los perros no entraban
en mi agenda. Pero conocía a Chrissy, y había algo en la intensidad y la urgencia con que me hablaba, en
las lágrimas asomando a sus ojos, que despertó mi curiosidad. En el equipo todo el mundo es muy
profesional, así que tuve la sensación de que debía tomarme aquello en serio: de Chrissy te puedes fiar.
Theo y Alex también estaban allí, y el infalible «¡papá, papá, vamos a verlo, por favor!» logró ablandar
incluso el corazón de este perro viejo. Me olía que aquello era una trampa, pero no tenía manera de
escabullirme: «Vale, que lo traigan». Al cabo de unos segundos Chrissy volvió con el terrier negro de
aspecto más sarnoso que he visto jamás envuelto en una nube de pulgas. Se sentó justo delante de mí y
me clavó la mirada. Yo se la devolví. El tipo ni pestañeaba. Dije: «Déjamelo aquí, a ver qué se puede
hacer». A los pocos minutos llegó al «campamento rayos x» (mi camerino) una delegación de montadores,
tíos enormes con barbas, tatuajes y los ojos llorosos, a darme las gracias. «Es un chucho cojonudo,
Keith». «Gracias, tío, estamos todos como locos con él». No tenía ni idea de qué iba a hacer con el perro,
pero al menos el show podía continuar. El chucho debió de oler la victoria, porque me dio un lametón en
los dedos. Ya me tenía a mí también. Patti me dedicó una mirada llena de amor y desesperada
resignación, y yo me encogí de hombros. Hubo que montar un gran operativo para vacunarlo y arreglarle
los papeles, sacarle visado y demás, y al final volvimos con él a Estados Unidos: un perro con suerte.
Ahora es el zar de Connecticut y comparte residencia con Pumpkin, el gato Toaster y las dos bulldogs.
Una vez tuve un pájaro mina y no lo recuerdo como una experiencia muy agradable. En cuanto ponía
música empezaba a chillarme. Fue como vivir con una tía octogenaria y cascarrabias. El muy cabrito
nunca te agradecía nada, es el único animal que le regalé a no sé quién. Igual estaba demasiado colocado,
porque por entonces había mucha gente fumando grandes cantidades de hierba en mi casa. Para mí era
como tener a Mick en la habitación metido en una jaula y frunciendo el pico constantemente. La verdad
es que con los pájaros enjaulados no tengo muy buen historial precisamente, porque en otra ocasión tiré a
la basura al periquito de Ronnie sin querer: pensé que era un despertador de juguete que ya no
funcionaba, porque estaba metido en su jaula sin mover un músculo, plantado allí al fondo de su casa sin
reaccionar ante nada excepto para lanzar un mecánico graznido de tanto en tanto. Así que lo tiré a la
basura, y cuando advertí mi error ya era demasiado tarde. La reacción de Ronnie fue: «¡Gracias a Dios,
menos mal!». Odiaba a aquel bicho. Creo que en realidad Ronnie no es un gran amante de los animales,
aunque está rodeado de ellos. Le gustan los caballos. En Irlanda tiene establos con cuatro o cinco
potrillos, pero si le dices «vamos a montar un rato» no se acerca ni loco. Le gustan pero a distancia, sobre
todo el caballo por el que ha apostado que cruzará primero la línea de meta.
¿Entonces por qué vive rodeado de estiércol, boñigas y potrancas de tres patas? Dice que es por su
sangre gitana. Romaní. Una vez en Argentina, Bobby Keys y yo salimos a montar a caballo y lo
arrastramos con nosotros. Eran unos animales muy hermosos. Si llevas un tiempo sin montar, te duele el
culo, de eso no hay duda. Salimos a dar un paseo por la pampa y Ronnie iba agarrándose al caballo como
si le fuera la puta vida en ello. «¡Pero si tú tienes caballos, Ronnie! Creía que te encantaban». Bobby y yo
nos partíamos de risa. «¡Por ahí viene Jerónimo, arréale un poco!».

Connecticut es el lugar donde Theo y Alex se han criado llevando una vida tan normal como es posible
y yendo al instituto de la zona como todo el mundo. Muchos familiares de Patti viven a tiro de piedra,
como mi sobrina política Melena, que está casada con Joe Sorena. Hemos hecho vino en su garaje,
acabando con la escena típica en la que te quitas los calcetines y te pones a pisar uva en el barreño,
diciendo: «Esta va a ser una buena cosecha». Es muy divertido. Alguna vez también lo he hecho en
Francia, en un par de ocasiones, y no sé que será, pero sentir las uvas rezumantes entre los dedos de los
pies tiene algo especial. De vez en cuando hasta hemos ido de vacaciones «normales»: para probarlo hay
una caravana Winnebago perfectamente equipada, curtida en mil batallas y aparcada junto a una pista de
tenis virgen. A los Hansen les encantan las reuniones familiares y también les chifla ir de acampada, y
siempre a algún sitio absurdo como Oklahoma. Yo sólo he ido en dos o tres ocasiones. Pero la cosa
consiste en salir de Nueva York y conducir hasta… Oklahoma. Gracias a Dios que fui con ellos a uno de
esos viajes, ya que si no se habrían ahogado o no habrían podido encender un fuego. Hubo unas increíbles
riadas repentinas que casi nos arrastran… vamos, lo típico cuando vas de acampada. Nadie me reconoció
porque me pasé el día con chubasquero y calado hasta los huesos. Y mi entrenamiento de boy scout
resultó de lo más útil: «¡Corta esa leña! ¡Clava bien las estacas de la tienda!». Lo de encender fuegos se
me da de maravilla. No soy ningún incendiario, pero sí un pirómano.
Entrada en mi cuaderno de 2006:

Estoy casado con la mujer más hermosa. Elegante, grácil y sencilla a más no poder. Inteligente, práctica,
cariñosa, atenta y digna de la más ardiente consideración cuando se encuentra en posición horizontal. Supongo
que tiene mucho que ver con la suerte. Debo decir que a veces su lógica y su sentido práctico me desconciertan,
porque logra encontrar sentido a mi errático estilo de vida, lo que en ocasiones va en contra de mis tendencias
nómadas. Aplicar la lógica es algo que no me va, ¡pero cómo la aprecio! Me inclino ante ella con toda la
reverencia de la que soy capaz.

Hubo un memorable fin de semana de safari con las niñas en Sudáfrica, cuando un cocodrilo casi me
arranca la mano de un bocado: estuve al borde de la jubilación anticipada. Sólo estuvimos allí dos o tres
días, en medio de la gira Voodoo Lounge, y nos llevamos a Bernard Fowler y Lisa Fischer. Estábamos en
una reserva donde todos los empleados eran antiguos funcionarios de prisiones blancos. Y,
evidentemente, la gran mayoría de los presos habían sido negros. Lo podías ver en la cara del camarero
cuando Bernard o Lisa le pedían un Glenfiddich doble: desde luego, no era una expresión muy cordial.
Mandela había sido liberado hacía apenas cinco años. Lisa y Bernard llegaron deseosos de vivir aquel
momento y buscar sus raíces y todo eso, y salieron del país profundamente cabreados. Todo lo que
descubrieron fue que los negros no eran aceptados. Nada parecía haber cambiado respecto a las viejas
actitudes del apartheid.
Una mañana, después de haber estado despiertos toda la noche y cuando apenas llevaba dormido una
hora (no estaba realmente preparado para aquello), me sacaron de la cama para meterme en la parte de
atrás de un jeep abierto e irnos de safari. Para empezar, no estaba del mejor de los humores yendo en la
parte trasera de aquel trasto traqueteante, y el paisaje no era en plan «¡oh, Dios mío, esto es África!»,
sino sólo arbustos y matorral. De repente nos detuvimos al salir de una curva. «¿Por qué paramos?».
Había unas rocas y la entrada a una cueva. En ese preciso instante salió de ella lo que es para mí la
imagen de la señora Dios: un facóquero. Tenía toda la cabeza llena de barro y se quedó allí de pie,
resoplando y gruñendo delante de mis narices. Justo lo que necesito ahora (menudos colmillos), y además
me mira con esos ojillos enrojecidos… Es la criatura más fea que he visto jamás, sobre todo a esa hora del
día. Ese fue mi primer encuentro con la fauna africana. La señora Dios, ésa con la que no te quieres
encontrar. «Perdone, ¿podría ver a Dios, por favor? Bueno, será mejor que vuelva mañana». Hablando de
volver a casa y que te reciban con el rodillo en la mano… Empecé a ver rulos y una vieja bata de estar por
casa. Todo su cuerpo despedía energía y veneno al mismo tiempo. Es una visión maravillosa, pero no
cuando sólo has dormido una hora y tienes una resaca atroz.
Otra vez nos ponemos en movimiento por aquel camino de cabras, y un tipo muy simpático, un
muchacho negro llamado Richard que va encaramado en la parte de atrás del Land Rover, señala en
dirección a una pila inmensa de algo y dice: «Mirad eso». Se baja, abre un poco por arriba aquel montón
de no se sabe qué y sale volando una paloma blanca. Era mierda de elefante. Por lo visto hay unos pájaros
blancos que siguen a los elefantes y se comen las semillas que éstos no digieren. Tienen las plumas
cubiertas de una especie de aceite, así que no se pringan de mierda, y además son capaces de respirar
dentro de la montaña de estiércol durante horas y horas. De hecho, se abren camino para salir a medida
que van comiendo. Y aquel pájaro levantó el vuelo con un plumaje impoluto, como la paloma de la paz, de
un blanco inmaculado. Luego, al salir de otra curva, nos encontramos con un elefante gigantesco en
mitad del camino. Está muy atareado derribando dos árboles de unos diez metros de alto, agarra los dos a
la vez con la trompa. Nos paramos, nos lanza una mirada de «estoy muy ocupado» y sigue arrancando los
árboles.
En ese momento, una de mis hijas dijo: «¡Papá, mira, tiene cinco patas!». Y yo respondí: «Con la
trompa, seis». Tenía una polla de tres metros que arrastraba por el suelo. Me sentí humillado, muy
humillado. A eso lo llamo yo llevar el arma cargada. De hecho, en el camino de vuelta, Richard nos señaló
las huellas: se veían unas pisadas inmensas de elefante y en medio la línea continua dejada por su picha
sobre el suelo. También vimos guepardos. ¿Cómo supimos que andaban por allí? Porque vimos un antílope
colgado de la rama de un puto árbol. Un guepardo tenía que haberlo subido hasta allí para devorarlo más
tarde.
Y luego llegó el turno de los búfalos de agua: un grupo de unos tres mil concentrados en una ciénaga.
Esos animales son increíbles. Uno de ellos se pone a cagar y antes de que la mierda toque el suelo viene
otro por detrás, la caza al vuelo y se la zampa. Se beben su propia orina. Y luego, para rematarlo, por no
hablar de las moscas, nos encontramos de frente con una hembra que está pariendo, ¡y vienen los machos
y se comen la placenta! ¿Cuánto más tenemos que aguantar? Nos largamos de allí y, ya en el camino de
vuelta, al imbécil del conductor se le ocurre parar junto a una gran charca, agarra un palo, dice «mirad
esto» y lo tira al agua. Yo iba medio tumbado en la parte de atrás con una mano fuera del jeep, y de
repente noto un aliento cálido y oigo una dentellada: las mandíbulas de un cocodrilo me habían pasado
rozando la mano como a un par de putos centímetros. Casi mato al conductor. El aliento de un cocodrilo:
no recomiendo la experiencia.
También nos topamos con algunos hipopótamos, que me encantan. Pero mi pregunta seguía siendo:
«¿Cuántas puñeteras criaturas de Dios tengo que ver en un solo día antes de poder dormir un poco?».
Mentiría si dijera que fue fabuloso. Es más bien un placer retrospectivo. Y lo que verdaderamente me
sacó de mis casillas fue la manera como los blancos trataron a Bernard y a Lisa. Eso me amargó toda la
visita.

Tal vez debería haber sido capaz de interpretar la señal de que Mick se estaba colocando las cadenas
de la contribución cívica al cuello cuando le dio por recibir el nuevo milenio inaugurando el Mick Jagger
Centre en su antigua escuela primaria, la Dartford Grammar. Me llegaron rumores, que resultaron ser
infundados, de que en la Dartford Tech se había abierto, sin mi permiso, un ala Keith Richards. Ya me
estaba preparando para presentarme allí en helicóptero y hacer una pintada en la azotea que dijera
EXPULSADO. Poco después del numerito con el corte de la cinta, Mick me llamó para decirme: «Te tengo
que contar una cosa: Tony Blair insiste en que acepte el nombramiento de caballero». Mi respuesta fue:
«Siempre puedes rechazar lo que no quieres, colega».
Y no dije más. Para mí era incomprensible que Mick aceptara, aquello tiraba por tierra su credibilidad.
Llamé a Charlie:
—¿Qué movida es esa de que lo van a hacer caballero?
—Ya sabes que siempre lo ha querido.
—¡Pues no, no tenía ni idea!
¿No sabía absolutamente nada sobre mi amigo en realidad? El Mick con el que me crie era un tío que
les habría dicho: «Os metéis vuestros titulitos honoríficos por el culo. Os lo agradezco mucho, pero no,
gracias». Es algo denigrante. Lo llaman la lista de honor, pero a nosotros ya nos habían honrado
suficiente. El público nos ha rendido honores. ¿Vas a aceptar un título honorífico de un sistema que ha
intentado mandarte a la cárcel sin que hubieras hecho nada para merecerlo? Joder, si estás dispuesto a
perdonarles eso… La conciencia de clase de Mick se había hecho cada vez más evidente con el paso del
tiempo, pero nunca me imaginé que sucumbiría a aquella mierda. Debió de ser otro ataque de SCB.
En vez de la reina, hubo un lío con las fechas y a Mick le tocó que fuese el príncipe Carlos, el heredero
al trono, quien lo armara caballero con los golpecitos de espada en el hombro; me temo, por tanto, que
recibió el titulo de cur {bellaco}, no de sir. Por lo menos, y a diferencia de otros caballeros de reciente
cuño, no te exige que lo llames «sir Mick». Aunque nos reímos un montón con todo el tema a sus
espaldas. En cuanto a mí, no seré lord Richards, seré el puto rey Ricardo IV, con la I y la V de
«intravenoso». Desde luego sería apropiado. Vamos a por ello, venga. Tengo mi propio botón para
impulsarlo.
Pese a todo ello, o tal vez gracias al efecto calmante que tuvo sobre Mick, el año siguiente, 2004, fue
de los mejores que he pasado con él desde sabe Dios cuánto tiempo. Se relajó muchísimo y no sé por qué.
Quizá fuera simple cuestión de ir cumpliendo años y darte cuenta de que al final esto es lo que tienes,
pero creo que tuvo mucho que ver con lo que le pasó a Charlie. Yo había ido a la casa de Mick en Francia
para comenzar a preparar juntos un nuevo disco (el primero en ocho años), que finalmente llevaría por
título A Bigger Bang. El primer día, Mick y yo estábamos allí con las guitarras acústicas, tratando de
empezar a componer algo, y va Mick y me suelta: «Joder, tío, Charlie tiene cáncer». Hubo un silencio muy
elocuente, como de «¿qué podemos hacer?». Para mí el impacto fue brutal, porque además estaba
diciendo: «¿Lo paramos todo a la espera de ver qué pasa con Charlie?». Me lo pensé un minuto y por fin
dije: «No, vamos a ponernos a ello, estamos empezando a componer y a estas alturas aún no nos hace
falta Charlie. Y Charlie se cabrearía un montón si paráramos porque él está incapacitado de momento. No
sería bueno para Charlie y, joder, tenemos un montón de canciones que escribir. Hagamos unas cuantas y
se las enviamos en una cinta para que las vaya escuchando y vea cómo vamos». Eso fue lo que hicimos.
El chateau de Mick es fantástico, a unos seis kilómetros del Loira, rodeado de hermosos viñedos y con
unas bodegas que se construyeron para almacenar el vino a unos siete grados, año tras año. Es un castillo
al más puro estilo del capitán Haddock, muy Hergé. Durante aquella temporada nos sentimos muy
cercanos e hicimos unas cuantas cosas buenas. Había menos arrebatos temperamentales. Cuando tienes
claro que realmente quieres trabajar con el otro, en vez de hacerlo con la actitud de «bueno, a ver qué
podemos sacar», la cosa es muy diferente. Me refiero a que si llevas prácticamente cuarenta años
trabajando con el mismo tío, no va a ser todo siempre coser y cantar, ¿no? También tienes que tragarte los
sapos: es como un matrimonio.

Mi retiro (después de Jamaica) es Parrot Cay, en las islas Turcas y Caicos, al norte de la República
Dominicana. Jamaica no tiene nada que envidiarle, pero a mi familia la isla no le hace mucha gracia
después de unos cuantos sustos e incidentes. En cambio en Parrot Cay, el cayo del Loro, no hay
absolutamente nada que perturbe la paz, y mucho menos loros. Nunca ha habido ni un solo loro en Parrot
Cay, y está claro que el nombre original de Pirate Cay fue cambiado por los preocupados promotores
inmobiliarios de antaño. Es un lugar donde mis hijos y nietos pueden andar tranquilamente, y paso allí
largas temporadas. Puedo escuchar emisoras de radio de Estados Unidos especializadas en distintos
géneros: tengo puesta siempre una de rock de los cincuenta, hasta que siento que es la hora de la
emisora de bluegrass, que es cojonuda, o si no hay para elegir: hip-hop, rock retro, música alternativa…
Pongo el límite en el rock de estadios. Me recuerda demasiado a lo que hago.
En mi cuaderno tengo escrito:

Después de llevar aquí como un mes, empiezo a detectar un extraño ciclo. Durante una semana hay
escuadrones de libélulas revoloteando en un alarde aéreo digno de Farnborough, y luego… desaparecen. Al cabo
de unos días, no obstante, llegan bandadas de diminutas mariposas de color naranja que empiezan a polinizar las
flores. Da la impresión de que todo obedece a un plan. Aquí convivo con varias especies. Dos perros, un gato, Roy
(Martin) y Kyoko, su señora japonesa (o al revés, Kyoko con Roy, su diamante del East End). Luego está Ika, la
bella (pero intocable) mayordoma. ¡Bendita sea! ¡Balinesa! El señor Timothy, un negro isleño encantador que
cuida del jardín y a quien le compro las cestas que hace su mujer con hojas de palma trenzadas.
Ah, y un montón de gecos (de todos los tamaños), y seguramente una o dos ratas. Toaster, el gato, trabaja para
ganarse la vida. ¡Caza polillas gigantes! Después están los camareros javaneses y balineses (unos fenómenos).
Los marineros locales añaden color a la estampa. Pero mañana tengo que volver al congelador. Tengo que hacer
las maletas otra vez. Deseadme suerte.

Eso lo escribí a principios de enero de 2006, después de unos días de vacaciones navideñas en medio de
la gira Bigger Bang. Estaba haciendo las maletas para tocar primero en la Super Bowl en febrero y, dos
semanas después, hacer uno de los mayores conciertos de rock de la historia, en Río, ante más de un
millón de personas. Teníamos un principio de año muy movido. Exactamente un año antes, mientras
andaba paseando por la playa y escalando rocas, divisé por la orilla a Paul McCartney, justo antes de su
actuación en la Super Bowl de ese año. Desde luego fue el lugar más extraño para encontrarnos después
de tantos años, pero también el mejor, porque los dos teníamos tiempo para hablar, quizá por primera vez
desde aquellos primeros tiempos cuando ellos sacaban una canción tras otra y nosotros todavía no
componíamos. Simplemente apareció por allí, dijo que se había enterado de dónde vivía por mi vecino,
Bruce Willis. Y añadió: «Oh, me he presentado sin avisar. Espero que no te moleste que no haya llamado».
Nunca respondo a las llamadas de teléfono, así que era la única manera. Tuve la impresión de que Paul
necesitaba alejarse un tiempo de todo. Esa playa es larga, y bueno, ese tipo de cosas se intuyen: había
algo que no iba bien. Su ruptura con Heather Mills, que estaba con él en ese viaje, se produjo al poco
tiempo.
Paul empezó a pasarse por allí todos los días cuando su hijo estaba dormido. No lo había conocido
demasiado bien en el pasado. John y yo llegamos a conocernos bien, también traté a Ringo y a George,
pero Paul y yo nunca habíamos pasado mucho tiempo juntos. Lo cierto es que los dos disfrutamos mucho
de coincidir allí y conectamos enseguida hablando un montón acerca del pasado, de componer
canciones… Y hablamos de cosas extrañamente simples, como la diferencia entre los Beatles y los Stones,
y de que los Beatles eran un grupo vocal porque todos podían hacer la voz principal, mientras que
nosotros éramos más bien una banda de músicos: sólo teníamos un cantante. Me contó que, como era
zurdo, John y él se podían colocar frente a frente y tocar la guitarra como quien se mira en un espejo,
observándose las manos. Así que nos pusimos a hacer lo mismo, hasta empezamos a escribir una canción
juntos, un tema McCartney/Richards, cuya letra estuvo colgada en la pared durante muchas semanas. Lo
desafié a tocar «Please Please Me» en la Super Bowl, pero dijo que tenía que avisar de cualquier cambio
con semanas de antelación. Recuerdo su divertidísima imitación de Roy Orbison cantándola, así que la
acabamos cantando juntos. Tuvimos conversaciones sobre casetas de perro inflables diseñadas para que
el interior coincida con el pelaje del inquilino: a motas para los dálmatas, etc. Y luego acabamos hablando
de un proyecto especial que íbamos a lanzar: excrementos de famosos secados al sol y purificados con
agua de lluvia. Sólo había que convencer a unos cuantos personajes conocidos de que hicieran sus
donaciones, lacarlas y luego encargar a algún artista de renombre que las decorara. Elton fijo que lo
hace, es un gran tipo. George Michael se apunta a un bombardeo. ¿Y qué tal Madonna? Nos moríamos de
risa. Lo pasamos muy bien juntos.
Y un año más tarde, dos semanas después de tocar en la Super Bowl, estamos en la playa de
Copacabana para dar un concierto gratuito pagado por el Gobierno brasileño. Nos habían construido un
puente por encima de la carretera que bordea la playa para que pudiéramos bajar directamente al
escenario desde el hotel. Cuando vi el vídeo de ese concierto me di cuenta de que estaba centrado a tope.
Quiero decir, ¡en plan cabrón! Lo que tenía que estar bien era el sonido, colega, el resto no importaba. Me
había convertido en una especie de institutriz, asegurándome de que todo estuviera bien. Y era
comprensible, porque íbamos a tocar para un millón de personas, y la mitad estaba en la bahía siguiente,
así que no paraba de preguntarme si el sonido les llegaría bien o se quedaría en un confuso embrollo
sonoro a medio camino. Sólo veíamos a una cuarta parte del público. Habían instalado pantallas a lo largo
de casi cuatro kilómetros. Aquello podría haber sido una despedida triunfal, aparte de un par de
conciertos en Japón, a una larga carrera de muchos años repartiendo caña. Porque poco después me caí
de la rama.

Nos habíamos ido los cuatro a Fiyi y estábamos pasando unos días en una isla privada. Fuimos a hacer
un picnic en la playa. Ronnie y yo nos dimos un baño mientras Josephine y Patti organizaban la comida.
Había una hamaca, y creo que Ronnie fue más rápido y se la pilló. Nos estábamos secando un poco
después del baño y justo allí había un árbol. Nada de palmera. Era un árbol bajo y retorcido,
prácticamente una rama horizontal.
Se veía que ya se había sentado allí más gente antes, porque la corteza estaba gastada. Y debía de
tener, creo, algo más de un par de metros de alto. Así que estoy allí encaramado, esperando la comida
mientras me seco. Entonces oigo que dicen: «¡A comer!». Había otra rama delante de mí, y pensé: «Me
agarro a ésa y me dejo caer suavemente». Pero me olvidé de que todavía tenía las palmas de las manos
mojadas y llenas de arena, y al ir a agarrarme de la rama resbalaron las manos. Así que aterricé
bruscamente sobre los talones y la cabeza se me fue hacia atrás y golpeó contra el tronco. Fuerte. Y eso
fue todo. En ese momento no me preocupé.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí, no pasa nada.
—¡Buf! No vuelvas a hacer algo así.
Al cabo de dos días todavía me encontraba bien y salimos a dar una vuelta en barco. El agua estaba
lisa como un espejo hasta que nos alejamos un poco de la costa y empezó ese oleaje majestuoso del
Pacífico. Josephine estaba en la proa y dijo: «Eh, mirad eso». Así que me fui para allá y justo en ese
momento vino una gran ola, perdí el equilibrio y caí de culo en el asiento que tenía detrás. De repente
noté que algo pasaba. Me entró un terrible dolor de cabeza. «Tenemos que volver ahora mismo», les dije.
Pero aun así pensaba que no era más que eso. El problema es que el dolor de cabeza iba cada vez a más.
A mí nunca me duele la cabeza, las pocas veces que ocurre se me pasa con una aspirina. No soy de
dolores de cabeza, y siempre me ha dado mucha lástima la gente como Charlie, que sufre migrañas. No
puedo imaginar cómo deben de ser, pero probablemente aquello se parecía bastante.
Luego me enteré de que tuve mucha suerte de sufrir ese segundo golpe, porque con el primero me
había fracturado el cráneo y podría haber seguido meses y meses antes de descubrirlo, o antes de morir:
la hemorragia podría haber seguido extendiéndose bajo el cráneo. Pero con el segundo golpe se hizo
evidente que había un problema. Esa noche me tomé un par de aspirinas, precisamente lo último que
debería haber hecho porque la aspirina licua la sangre: ¡las cosas que aprendes cuando te estás matando!
Por lo visto sufrí dos ataques mientras dormía. Yo no los recuerdo. Pensé que me había dado un golpe de
tos y que me ahogaba, y me desperté con Patti preguntándome: «¿Estás bien, cariño?». «Sí, estoy bien». Y
entonces me dio otro, y ahí fue cuando vi a Patti moviéndose por la habitación, «¡ay, Dios mío!», y
haciendo llamadas. Ella ya sufría un ataque de pánico, pero se controló, no se quedó paralizada. Por
suerte, al propietario de la isla le había pasado lo mismo hacía unos meses y reconoció los síntomas: antes
de que me diera cuenta estaba en un avión camino de Fiyi, la isla principal. Allí me hicieron un
reconocimiento y dijeron que tenía que ir a Nueva Zelanda. El peor vuelo de mi vida fue aquel de Fiyi a
Auckland. Me sujetaron con una especie de camisa de fuerza atada a la camilla y me metieron en un
avión. No me podía mover y era un vuelo de cuatro horas. Quiero decir: qué importa la cabeza… ¡no me
puedo mover! Y yo preguntando:
—¡Joder!, ¿no me podéis dar algo para el dolor?
—Bueno, tendría que haber sido antes de despegar.
—¿Y por qué no lo hicisteis? —iba maldiciendo como un poseso—. ¡Por Dios santo, dadme un calmante!
—No podemos mientras estemos volando.
Cuatro horas con esas chorradas hasta que por fin aterrizamos en Nueva Zelanda y me llevaron al
hospital donde Andrew Law, un neurocirujano, ya me estaba esperando. ¡Por suerte era un fan mío!
Andrew no me contó hasta más adelante que de joven tenía una foto mía a los pies de la cama. A partir de
ahí estaba en sus manos, y la verdad es que no recuerdo gran cosa más de esa noche. Me pusieron
morfina, y cuando desperté me encontraba bien.
Estuve allí unos diez días, un hospital muy agradable, con enfermeras muy simpáticas. Tenía una
encantadora enfermera nocturna que era de Zambia y era genial. Durante una semana, el doctor Law me
hizo pruebas todos los días, y al final le pregunté:
—Bueno, ¿y ahora qué?
—Estás estable. Ya puedes volar para que te vea tu médico en Nueva York, en Londres o donde sea.
Suponía que quería elegir entre los mejores especialistas del mundo.
—¡No me marcho a ninguna parte, Andrew! —por entonces ya lo conocía bastante bien—. No voy a
subirme a ningún avión.
—Pero es que te tienen que operar…
—¿Sabes qué te digo? —le contesté—. Que me vas a operar tú. Y además vas a hacerlo ya.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Quise retirar aquellas palabras en cuanto salieron de mi boca. ¿De verdad había dicho eso? Estaba
dándole permiso a alguien para que me abriera la cabeza. Pero sí, también tenía muy claro que era lo que
había que hacer. Y sabía que él era uno de los mejores: nos habíamos informado bien. No quería que me
operara alguien a quien no conocía de nada.
Así que el doctor Law volvió a las pocas horas con su anestesista, Nigel, un escocés. Y a mí no se me
ocurrió nada más inteligente que soltarle:
—Nigel, te va a costar tumbarme. Nadie lo ha conseguido hasta ahora.
Y él dijo:
—Mira esto.
Y en cuestión de diez segundos ya estaba frito. Al cabo de dos horas y media me desperté sintiéndome
estupendamente y dije:
—Bueno, ¿cuándo empezamos?
Y Law me dice:
—¡Ya estás listo, amigo!
Me había abierto el cráneo, había aspirado todos los coágulos de sangre y luego me había vuelto a
colocar el hueso en su sitio como un sombrerito con seis grapas de titanio sujetas al resto del cráneo. Yo
me encontraba bien, salvo por haberme despertado enchufado a un montón de tubos: tenía uno en el pito,
otro saliéndome por aquí, otro por allá…
—¿Qué coño es toda esta mierda? ¿Para qué son?
— Ese es el gotero de la morfina —me aclaró Law.
— ¡Ah, bueno, pues ése lo dejamos!
No me estaba quejando. Y, de hecho, no he vuelto a tener un dolor de cabeza desde entonces. Andrew
Law hizo un gran trabajo.
Me tuvieron ingresado una semana más. Y me trajeron un poquito e morfina extra. Se portaron de
maravilla conmigo, una gente encantadora. Al final entendí que quieren que te sientas a gusto. Yo no solía
pedir medicación, pero cuando lo hacía su actitud era de «bueno… va, ten. El tipo de la cama de al lado
tenía una lesión parecida a la mía, un accidente de moto sin casco, y estaba gimiendo y quejándose todo
el rato. Y las enfermeras se pasaban horas con él, hablándole para que se serenara con una voz muy
dulce. Mientras tanto, yo ya estaba prácticamente restablecido y a punto de largarme. Sé cómo te sientes,
compañero.
Después me tiré un mes más en un hotelito Victoriano de Auckland, y vino toda mi familia, benditos
sean. Y Jerry Lee Lewis me envió un mensaje, y Willie Nelson otro. Jerry Lee también me mandó un disco
de 45 rpm firmado: la primera edición de «Great Balls of Fire». Ese va derecho a la pared. Bill Clinton
también me envió una nota: «Recupérate pronto, querido amigo». La primera frase de la que me mandó
Tony Blair decía: «Querido Keith, siempre has sido uno de mis héroes…». ¿El destino de Inglaterra está
en manos de alguien que me considera uno de sus héroes? ¡Aterrador! Incluso recibí una nota del alcalde
de Toronto. Todo aquello fue como un interesante adelanto de mis obituarios, una idea general de lo que
me esperaba. Jay Leno dijo: ¿Por qué no hacemos los aviones con el material de que está hecho Keith? Y
Robin Williams: «Lo puedes magullar, pero no lo puedes romper. A raíz de aquel golpetazo saqué unas
cuantas frases buenas.
Lo que me dejó alucinado fueron las historias que se inventó la prensa: como ha sido en Fiyi debe de
haberse caído de una palmera, desde una altura de unos diez metros, mientras intentaba coger un coco. Y
luego añadieron lo de las motos acuáticas, que son unos cacharros que detesto porque son ruidosos y
ridículos, y además destrozan los arrecifes.
Así es como lo recuerda el doctor Law:

Andrew Law: Recibí una llamada el jueves 30 de abril a las tres de la mañana. Era de Fiyi, donde trabajo para un
hospital privado, diciendo que tenían un paciente con una hemorragia intracraneal, y que era una persona
bastante conocida, que si podía encargarme. Entonces me dijeron que se trataba de Keith Richards, de los Rolling
Stones. Recuerdo que tenía su póster colgado en la pared cuando estaba en la universidad, así que siempre he
sido fan de los Rolling Stones y fan de Keith Richards.
Lo único que sabía era que estaba consciente, que el escáner mostraba un hematoma cerebral severo y su
historia sobre la caída del árbol y el episodio del barco. Así que ya contaba con que iba a necesitar cuidados
neuroquirúrgicos, pero en ese momento no estaba seguro de que fuera a ser necesario operar, que es el caso
cuando un lado del cerebro ejerce presión sobre la otra mitad provocando un desplazamiento de la cisura central.
Esa primera noche recibí un montón de llamadas de neurocirujanos de todo el mundo, de Nueva York y de Los
Angeles, gente que quería colaborar de algún modo. «Bueno, sólo llamaba para ver cómo está todo. He hablado
con tal y cual, y tienes que asegurarte de que haces esto y lo otro». A la mañana siguiente le dije a Keith: «Mira,
Keith, esto no puede seguir así. Recibo llamadas de gente a las tantas de la madrugada despertándome para
decirme cómo tengo que hacer un trabajo que hago a diario». Y él me contestó: «Tú habla conmigo primero, y a
todos esos les dices que se vayan a al carajo». Esas fueron sus palabras. Y me quitó un peso de encima. A partir
de entonces todo fue más fácil, porque podíamos tomar las decisiones juntos, y eso es precisamente lo que
hicimos. Todos los días hablábamos de cómo se encontraba, y le dejé muy claro cuáles serían los indicios que
aconsejarían un operación inmediata.
Hay casos de gente con hematomas subdurales en los que el coágulo se disuelve solo en unos diez días y se
puede aspirar a través de unos agujeritos en vez de tener que abrir un ventanal. Y eso era lo que esperábamos
que sucediera, porque se le veía bastante bien. El objetivo era aplicar el tratamiento menos invasivo posible o
proceder a la operación más sencilla. Pero en el escáner se vio que tenía un coágulo de un tamaño considerable y
se apreciaba un desplazamiento de la cisura central.
No hice nada de momento, solamente esperar, y entonces el sábado por la noche, cuando ya llevaba en el
hospital algo más de una semana, estuve cenando con él y vi que no se encontraba bien. A la mañana siguiente
me llamó diciendo: «Me duele la cabeza». Y quedamos en que le haríamos un escáner el lunes a primera hora.
Para el lunes por la mañana estaba mucho peor, con mucho dolor de cabeza había empezado a arrastrar un poco
las palabras, se apreciaban los primeros síntomas de debilidad. En el segundo escáner vimos que el coágulo se
había hecho más grande y que el desplazamiento de la cisura central también era significativamente mayor, así
que fue una decisión sencilla, ya que no habría sobrevivido si no llegamos a operar. Cuando lo bajamos al
quirófano ya estaba bastante mal. Creo que la intervención fue a eso de las seis o las siete de la tarde ese mismo
día, 8 de mayo. Resultó ser un coágulo bastante grande, de al menos un centímetro y medio de espesor, quizá dos,
y una consistencia gelatinosa. Lo aspiramos. Además nos encontramos con una arteria que estaba sangrando, y
también la taponamos, la saneamos y la arreglamos. Y cuando se despertó después de aquello, lo primero que
comentó fue: «¡Dios, mucho mejor ahora!». Al extraer el coágulo se había aliviado inmediatamente la presión y
por eso se sentía mucho mejor, incluso en la mesa de operaciones.
En Milán, en el primer concierto que dio después de la operación, estaba nervioso, y yo también. Lo que más
me preocupaba era el lenguaje, tanto a nivel receptivo como expresivo. Hay quien dice que la habilidad musical
reside más en el lóbulo temporal derecho, pero en realidad es cuestión de cuál es el hemisferio dominante de tu
cerebro, la parte elocuente de tu cerebro. En los diestros, es el lado izquierdo. Todos estábamos preocupados.
Puede que no recordara cómo se hacía algo, hasta le podía dar un ataque en el escenario. Andábamos todos muy
tensos esa noche, todo el mundo. Keith trataba de disimularlo, pero cuando se bajó del escenario al terminar el
concierto estaba eufórico porque había demostrado que podía hacerlo.

Me dijeron que no podría volver a trabajar en seis meses. Yo dije que seis semanas. Al cabo de seis
semanas estaba de vuelta en los escenarios. Era lo que necesitaba. Estaba listo. O te vuelves un completo
hipocondríaco y haces caso de todo lo que te digan, o tú decides. Si hubiera sentido que no podía hacerlo
habría sido el primero en decirlo. Claro que la gente te sale con: «¿Y tú qué sabes? No eres médico». Y yo
insistía: Os digo que me encuentro bien».
Cuando Charlie Watts volvió milagrosamente a escena al cabo de un par de meses de tratamiento
contra el cáncer (con un aspecto más estupendo que nunca), se sentó a la batería y dijo «no, esto tiene
que ir así», un inmenso suspiro de alivio recorrió toda la sala. Y hasta que fui a Milán y toqué en ese
concierto, también todo el mundo estuvo conteniendo el aliento. Lo sé porque son todos amigos míos y me
consta que estaban pensando: «Puede que esté bien, ¿pero estará a la altura?». El público había ido con
palmeras hinchables, bendito sea. Mi gente es genial. Una sonrisilla de medio lado, una bromita entre
nosotros. Me caigo de un árbol y me traen uno.
Me recetaron un medicamento que se llama Dilantin para espesar la sangre. Es el motivo por el que no
he vuelto a probar la coca desde entonces: licua la sangre igual que la aspirina. Andrew me lo advirtió en
Nueva Zelanda. Hagas lo que hagas, no más coca, y yo le dije que entendido. La verdad es que me he
metido tanta por la nariz a lo largo de mi vida que no la echo de menos lo más mínimo. Creo que es la
coca la que me ha dejado a mí.
Para julio estaba otra vez de gira. En septiembre debuté como actor con un cameo en Piratas del
Caribe III, donde interpretaba al capitán Teague, padre del personaje de Johnny Depp, un proyecto que
tuvo su origen cuando Depp me preguntó si me importaba que se inspirase en mí para trabajar su
caracterización. Yo sólo le enseñé cómo se dobla una esquina cuando estás borracho: nunca separes la
espalda de la pared. El resto fue de su cosecha. Con Johnny nunca sentí que tuviera que actuar.
Confiamos el uno en el otro, nos miramos directamente a los ojos. En la primera escena que hice, hay dos
tipos hablando en torno a una gran mesa con muchas velas, uno de ellos dice algo y yo aparezco en la
puerta y le pego un tiro al cabrón. Esa es mi carta de presentación, «el código es la ley». Todo el mundo
hizo que me sintiera como en casa, me lo pasé en grande y me hice famoso como «Richards dos tomas». Y
más adelante, ese mismo año, Martin Scorsese rodó un documental en torno a dos conciertos de los
Stones en el teatro Beacon de Nueva York, que luego se convertiría en la película Shine a Light. Íbamos
disparados.
Puedo dormirme en los laureles. Creo que ya he provocado revuelo más que suficiente en esta vida y
puedo vivir con ello, y sentarme a ver cómo otros lo llevan. Pero esa palabra, «retirarse»… Me retiraré
cuando estire la pata. Se nos critica mucho porque ya somos viejos. El hecho es, como siempre he dicho,
que si fuéramos negros y nos llamáramos Count Basie o Duke Ellington todo el mundo nos animaría a
seguir, «sí, venga, venga». Por lo visto, los roqueros blancos ya no deben ejercer a nuestra edad. Pero yo
no sigo en la brecha porque quiera hacer discos o ganar dinero. Estoy aquí para decir algo y para llegar a
la gente, a veces con un grito desesperado: «¿Conoces este sentimiento?». En 2007, Doris empezó a
apagarse poco a poco tras una larga enfermedad. Bert había muerto en 2002, pero su memoria revivió
unas semanas antes de que falleciese Doris gracias a un periodista según el cual yo afirmaba haberme
esnifado las cenizas de mi padre mezcladas con un poco de coca. Hubo titulares, editoriales, artículos
sobre canibalismo, todo en el más puro y vergonzoso estilo de la indignación periodística contra los
Stones. Se oyó a John Humphrys preguntando en la radio en horario de máxima audiencia: «¿Crees que
esta vez Keith Richards ha ido demasiado lejos?». ¿A qué se refería con «esta vez»? También se
escribieron artículos argumentando que era un comportamiento perfectamente normal que se remontaba
a la Antigüedad: la ingestión de los antepasados. Daba la impresión de que se habían formado dos
escuelas de pensamiento. Yo, que soy un profesional y un perro viejo, me limité a decir que se había
sacado la frase de contexto, sin negar ni confirmar nada. «La verdad del caso —le escribí a Jane Rose
cuando la historia empezó a desmandarse— es que después de haber guardado las cenizas de mi padre en
una caja negra durante seis años porque no me sentía capaz de arrojarlas al viento, planté un robusto
roble inglés para esparcirlas a su alrededor. Y, cuando estaba abriendo la tapa de la caja, una ligerísima
nube de cenizas fue a aterrizar sobre la mesa. No podía apartarla sin más, así que la recogí con la yema
del dedo y esnifé los restos. Polvo eres de padre a hijo. Ahora Bert está nutriendo a un roble, y eso le
habría encantado».

Mientras Doris se moría, el ayuntamiento de Dartford le estaba poniendo nombres a las calles de una
urbanización nueva en la zona de Spielman Road: Sympathy Street, Dandelion Row, Ruby Tuesday Drive.
Bautizan calles en nuestro honor cuando aún estamos vivos, tan sólo unos años después de habernos
tenido contra las cuerdas. Tal vez el ayuntamiento volvió a cambiar de idea tras la historia de las cenizas.
No me he molestado en comprobarlo. Mientras tanto, en el hospital, mi madre hacía lo que quería con los
médicos con su desparpajo habitual, pero cada vez estaba más débil. Angela lo expresó muy bien diciendo
que ya sabíamos todos lo que estaba ocurriendo: la chica se nos iba, sólo faltaba saber qué día. Y Angela
me pidió que llevara la guitarra y le tocara algo a Doris. «Buena idea, no se me había ocurrido». Suele
pasar cuando se está muriendo tu madre: no piensas con demasiada claridad. Así que la última noche que
pasamos juntos saqué la guitarra, me senté a los pies de la cama y le pregunté:
—¿Cómo estás, madre?
—Esto de la morfina no sienta nada mal —me contestó, y luego quiso saber dónde me alojaba.
—En el Claridge’s.
—Parece que hemos prosperado, ¿eh?
A ratos se dormía por efecto de los opiáceos, pero le toqué algunos fragmentos de «Malagueña» y de
otras cosas que conocíamos los dos y que yo tocaba desde niño. Al final se quedó dormida del todo. Al
otro día, mi asistente Sherry, que cuidó de ella con gran amor y devoción, fue a verla como hacía todas las
mañanas y le preguntó:
—Keith estuvo tocando la guitarra para ti anoche, ¿verdad?
Y Doris dijo:
—Sí, aunque sonaba un poco desafinada.
Así era mi madre. Pero tengo que darle la razón porque tenía un oído infalible y un maravilloso sentido
de la musicalidad heredado de sus padres, Emma y Gus, que fue quien me enseñó «Malagueña». La
primera reseña de mi vida me la hizo Doris. Recuerdo que un día volvió a casa del trabajo. Yo estaba
sentado en lo alto de la escalera tocando «Malagueña». Ella entró en la cocina, se puso a trastear con
ollas y sartenes y empezó a tararear la música. De repente se acercó al pie de la escalera: «¿Pero eres tú?
Pensaba que era la radio». Dos compases de «Malagueña» y lo has conseguido.
El autor agradece los permisos otorgado para citar las letras de las siguientes canciones: «(I Can’t Get
No) Satisfaction»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards: © 1965 Renewed, ABKCO Music, Inc.
www.abkco.com. Utilizada con permiso; todos los derechos reservados. «Get off of My Cloud»; compuesta
por Mick Jagger y Keith Richards: © 1965 Renewed, ABKCO Music, Inc. www.abkco.com. Usada con
permiso; todos los derechos reservados. «Gimme Shelter»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards:
1970 Renewed, ABKCO Music, Inc. www.abkco.com. Usada con permiso; todos los derechos reservados.
«Yesterday’s Papers»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards: © 1967 Renewed, ABKCO Music, Inc.
www.abkco.com. Usada con permiso; todos los derechos reservados. «Salt of the Earth»; compuesta por
Mick Jagger y Keith Richards:© 1969 Renewed, ABKCO Music, Inc. www.abkco.com. Usada con permiso;
todos los derechos reservados. «As Tears Go By»; compuesta por Mick Jagger, Keith Richards y Andrew
Oldham: © 1964 ABKCO Music, Inc. Renewed U. S. © 1992; todos los derechos de publicación en EE. UU. y
Canadá: ABKCO Music Inc. / Tro-Essex Music Inc. Usada con permiso © internacional garantizado. «Can’t
Be Seen»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Promopub B. V. «Tom and Frayed»;
compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Colgems-EMI Music Inc. «Casino Boogie»;
compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Colgems-EMI Music Inc. «Happy»; compuesta
por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Colgems-EMI Music Inc. «Before They Make Me Run»;
compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Colgems-EMI Music Inc. «All About You»;
compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Colgems-EMI Music Inc. «Fight»; compuesta
por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Promopub B. V. y Halfhis Music. «Had It with You»;
compuesta por Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood; publicada por Promopub B. V. y Halfhis Music.
«Flip the Switch»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Promopub B. V. «You Don’t
Have to Mean It»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Promopub B. V. «How Can
I Stop»; compuesta por Mick Jagger y Keith Richards; publicada por Promopub B. V. «Thief in the Night»;
compuesta por Mick Jagger, Keith Richards y Pierre de Beauport; publicada por Promopub B. V y
Pubpromo Music.
Agradecimientos

Mi agradecimiento a todos por ayudarme con Vida: memorias, ahora y siempre:


Jerry Ivan Allison, Shirley Arnold, Gregorio Azar, Neville Beckford, Heather Beckwith, Georgia Bergman,
Chris Blackwell, Stanley Booth, Tony Calder, Jim Callaghan, Lloyd Cameron, Gretchen Parsons Carpenter,
Bill Carter, Seymour Cassel, Blondie Chaplin, Barbara Charone, Bill Chenail, Marshall Chess, Alan
Clayton, David Courts, Steve Crotty, Fran Curtis, Sherry Daly, David Dalton, Pierre de Beauport, Stash
Klossowski de Rola, Johnny Depp, Jim Dickinson, Deborah Dixon, Bernard Doherty, Charley Drayton, Sly
Dunbar, Alan Dunn, Loni Efron, Jackie Ellis, Jane Emanuel, Ahmet Ertegun, Marianne Faithfull, Lisa
Fischer, Patricia Ford, Bernard Fowler, Rob Fraboni, Christopher Gibbs, Kelley Glasgow, Robert
Greenfield, Patti Hansen, Hugh Hart, Richard Heller, Barney Hoskyns, Sandra Hull, Eric Idle, Dominic
Jennings, Brian Jobson, Andy Johns, Darryl Jones, Steve Jordan, Eve Simone Kakassy, James Karnbach,
Vanessa Kehren, Linda Keith, Nick Kent, Bobby Keys, Chris Kimsey, Tony King, Hannah Lack, Andrew
Law, Chuck Leavell, Fran Lebowitz, Richard Leher, Annie Leibovitz, Kay Levinson, Michael Lindsay-Hogg,
Elsie Lindsey, Prince Rupert Loewenstein, Michael Lydon, Roy Martin, Paul McCartney, Earl McGrath,
Mary Beth Medley, Lorne Michaels, Barry Mindel, Haleema Mohamed, Kari Ann Moller, Kate Moss,
Marjorie Mould, Laila Nabulsi, David Navarrete, Willie Nelson, Ivan Neville, Philip Norman, Uschi
Obermaier, Andrew Oldham, Anita Pallenberg, Peter Parcher, Beatrice Clarke Payton, James Phelge,
Michael Pietsch, Alexandra Richards, Angela Richards, Bill Richards, Doris Richards, Marlon Richards,
Theodora Richards, Lisa Robinson, Alan Rogan, Jane Rose, Peter Rudge, Tony Russell, Daniel Salemi,
Kevin Schroeder, Gary Schultz, Martin Scorsese, Simon Sessler, Robbie Shakespeare, June Shelley, Ernest
Smatt, Don Smith, Joyce Smyth, Ronnie Spector, Maurice Spira, Trevor Stephens, Dick Taylor, Winston
Thomas, Nick Tosches, Betsy Uhrig, Ed Victor, Waddy Wachtel, Tom Waits, Joe Walsh, Don Was, Nigel
Waymouth, Dennis Wells, Lil Wergilis, Locksley Whitlock, Vicki Wickham, Warrin Williamson, Peter Wolf,
Stephen Yarde, Bill Zysblat
Notas
[1] «Cuatro dados»; juego de palabras con el nombre del pueblo. <<
[2]
Bible Belt; nombre dado a la región meridional de Estados Unidos donde predomina el
fundamentalismo cristiano. <<
[3] Stones Touring Party, un tour muy publicitado que The Rolling Stones realizó en los Estados Unidos y

Canadá entre los meses de junio y julio de 1972. <<


[4] Comisión establecida en noviembre de 1963 para investigar el asesinato de Kennedy; la dirigía Earl

Warren, presidente del Tribunal Supremo estadounidense. <<


[5] Cock significa «gallo» o «pene», de modo que flying cock equivaldría a «gallo/ pene volador» y fighting

cock a «gallo/pene de pelea»; grey major significa «comandante gris». <<


[6] Alusión a John Edgar Hoover (1895-1972), fundador y jefe hasta su muerte del FBI. <<
[7] Poesía popular inglesa: «Sutton for mutton, Kirby for beef, South Darne for gingerbread, Dartford for a

thief». Las cuatro parroquias (Sutton, Kirby, South Darne y Dartford) se hallan muy próximas. <<
[8] Literalmente, «final de las tumbas». <<
[9] Alusión al tema de los Rolling Stones «Thief in the Night». <<
[10] Colina del templo. <<
[11] Harrods es el gran almacén mas importante de Londres. <<
[12] Parodia de las novelas de «los cinco» de Enid Blyton. <<
[13] Miré el reloj,/ las cuatro y pico./ Tío, ya ni sabía/ si aún seguía vivo. <<
[14] Cobber es una palabra típicamente australiana que significa «amigo», «compañero». <<
[15] No tires de metro, más te vale ir en un tren. <<
[16] Voy a asesinar a mi chica. <<
[17] Llevas mi marca. <<
[18] «Afeitado y corte de pelo, 25 centavos»; frase rítmica de siete notas (coincide con la pauta de la clave

afrocubana) que aparece en una canción norteamericana de 1899 y reaparece en infinidad de


composiciones populares a lo largo del siglo XX, sobre todo al final del tema. Se oye incluso como tonada
en las bocinas de los coches. <<
[19] Literalmente «Bo Diddley, Bo Diddley, ¿te has enterado? / Mi chica me dijo que era un pájaro»; bird,

«pájaro», significa «chica» en argot británico. <<


[20] Beneficios, privilegios o prebendas. <<
[21]
Nombre dado durante los años cincuenta al joven (generalmente pandillero) que vestía ropa de
principios del siglo XX. <<
[22] Alusión a la expresión cariñosa Georgia peach («melocotón de Georgia») que daría título a un álbum

recopilatorio de Little Richard en 1991. <<


[23] Marcas de perfumes masculinos. <<
[24] Zona de Nueva York donde se concentraban muchos compositores, productores y editores de música

popular, estudios de grabación, tiendas de instrumentos, etc. (el equivalente en el Londres de los años
veinte era Denmark Street). Con el tiempo, el término acabó designando tanto un tipo de música como el
sector profesional a ella asociado. <<
[25] Cae la tarde del día / me siento y veo jugar a los niños. <<
[26] Alusión a «Gimme a Pigfoot and a Bottle of Beer», tema que a lo largo de los años han interpretado,

entre otras, Bessie Smith, Billie Holiday, Nina Simone y Diana Ross. <<
[27] Soy el gallito rojo, / demasiado perezoso para cantar al alba. <<
[28] No te esfuerzas mucho por complacerme. <<
[29] ¿Quién quiere a la chica de ayer? / Nadie en este mundo. <<
[30] «Mira a esa chica estúpida», verso de la canción «Stupid Girl». <<
[31] Flo no se entera. <<
[32] Alusiones a los temas «Silhouettes» (popularizado en 1957 por los Rays y en 1965 por Herman’s

Hermits) y «Thief in the Night», de los propios Stones. <<


[33] Svengali es el nombre del malvado hipnotizador que protagoniza la novela de George du Maurier

Trilby. Svengali convierte a Trilby en una gran cantante, pero sólo cuando la lleva a un trance hipnótico.
<<
[34] Virtuoso caballero de las leyendas artúricas que consiguió alcanzar el grial. <<
[35] No pueden verme contigo… / es demasiado peligroso, nena… / no puede ser, tengo que enfriar esta

historia contigo. (De una canción titulada «Can’t Be Seen»). <<


[36] El título original, «Who Breaks a Butterfly on a Wheel?», es un verso de Alexander Pope. <<
[37] Jack el saltarín. <<
[38] Siento que la tormenta amenaza hoy mi vida misma. <<
[39] Chicos, la guerra está sólo a un disparo de distancia, ¡a un disparo de distancia! <<
[40] «Puré de patatas», baile muy popular en Estados Unidos hacia 1962. <<
[41] Conocí a una puta zorra en no sé qué ciudad. <<
[42] El merodeador nocturno anda suelto otra vez. <<
[43] La he visto hoy en la recepción. <<
[44] Óyelo fustigar (o pescar) a las mujeres alrededor de medianoche. <<
[45] Caballos salvajes. <<
[46] No podrían separarme ni a rastras. <<
[47] Barrio de San Francisco donde se escenificaron muchos de los inconformismos de los sesenta. <<
[48] Joe tiene tos, no suena nada bien, / sí, y la codeína que lo arregla / la receta el médico, la vende la

farmacia. / ¿Quién lo ayudará a acabar con eso? <<


[49] Sinónimo jergal de heroína; variantes como jack flash son, tal vez, productos de la canción misma. <<
[50] Tienes que lanzarme. <<
[51] Música grotesca, un millón de dólares triste. / No tengo táctica ni tiempo en las manos, / se arrastra el

zapato izquierdo, se abriga el zapato derecho / hundiéndose en la arena. / Libertad desvanecida, calor
asfixiante. / Mira ese sombrero negro, / dedos que se menean sin tiempo en las manos. <<
[52] Nunca me quedaba un dólar tras la caída de la tarde, / siempre me quemaba en los pantalones. /

Nunca hice feliz a una buena madre. / Nunca desaproveché una segunda oportunidad. / Necesito un amor
que me haga feliz. <<
[53] Nunca le he sacado un vuelo a Learjet / si puedo volar yo mismo de vuelta a casa. <<
[54] Salas de baile y burdeles malolientes / y camerinos llenos de parásitos. (Versos de la canción «Torn

and Frayed»). <<


[55] En Hefs Little Black Book hay una entrada con fecha 28/06/1972 que dice así:

«Para su información, enumero los daños resultantes de la visita de los Rolling Stones: la moqueta del
baño de la habitación azul y roja se quemó y hubo que cambiarla; también se quemaron y hubo que
reemplazar el asiento del retrete dos alfombrillas y cuatro toallas; el sofá y una de las sillas de la
habitación roja están tan manchados que seguramente habrá que tapizarlos de nuevo; la colcha de la
habitación roja tiene unas manchas enormes, esperamos que consigan quitarlas en la tintorería». (Nota
del autor). <<
[56] Con un machete al cinto. <<
[57] Cynthia Albritton, conocida como Cynthia Plaster Caster, fue una groupie que en 1968 se propuso

obtener moldes en escayola de penes pertenecientes a las estrellas del rock. Butter Queen («reina de la
mantequilla») es el apodo de una conocida groupie de los Rolling Stones cuya entrega y profesionalidad
llegaba hasta el punto de usar mantequilla como lubricante. La letra de «Rip This Joint» habla de «bajar a
Tejas con la reina de la mantequilla». <<
[58] Tengo que hacer mi propio álbum. <<
[59] Es sólo rock and roll pero me gusta. <<
[60] Llévame a casa con una canción que solía escuchar… / Llévame a casa con una canción antes de

morir. <<
[61] Me he trabajado los bares y tugurios de la zona oscura;/ sólo la multitud puede hacer que te sientas

tan solo./ Y entonces me di cuenta./ Alcohol y pastillas y polvos, puedes elegir tu medicina./ Bueno, otro
adiós a otro buen amigo. // Cuando ya está todo dicho y hecho,/ hay que moverse mientras aún sea
divertido./ Dejadme caminar antes de que me hagan correr. <<
[62] ¡Valeroso Concorde, vuestra muerte no habrá sido en vano!/ Todavía no estoy muerto, señor. <<
[63] Si la función debe continuar,/ que sea sin ti./ Estoy tan harto, tan cansado,/ de andar con imbéciles

como tú. <<


[64] La serie de libros de aventuras escrita por Richmal Crompton. <<
[65] Te voy a machacar hasta que seas un montón de moratones,/ porque eso es lo que estás buscando./

Hay un agujero donde antes tenías la nariz./ Te voy a echar a patadas por la puerta. // Tengo que
pelearme,/ no lo puedo evitar, tengo que pelearme. <<
[66] Te quiero, sucio cabrón,/ hermano y hermana,/ gimiendo a la luz de la luna, cantando para conseguirte

la cena./ Porque ya no te aguanto más,/ ya no te aguanto más, ya no te aguanto más. // Es tan triste/ ver
cómo muere un amor./ Estoy harto, tengo que decir adiós/ porque ya no te aguanto más ya no te aguanto
más,/ y ya no te aguanto más, ya no te aguanto más. <<
[67] Lo que te hace tan avaro/ te hace también tan sórdido. <<
[68] Tengo dinero, el billete y toda esa mierda, / hasta me he agenciado un neceser de viaje./ ¿Qué haría

falta para enterrarme?/ No puedo esperar, no puedo esperar a verlo. //Tengo cepillo de dientes, enjuague
y toda esa mierda/ y estoy mirando hacia el mugriento agujero oscuro./ Me he comido el pavo y también
el relleno,/ incluso te he guardado un poco. //Levántame, nena, estoy listo para marcharme./ Sí,
recógeme, nena, estoy listo para explotar./ Enciéndeme, nena, si estás lista para irte./ No tengo adonde ir,
nena, estoy listo para marcharme. // Enfríame, congélame/ hasta los huesos./ Ah, dale al interruptor. <<
[69] La inyección letal es un lujo/ y se lo quiero ofrecer/ a todo el jurado./ Me estoy muriendo/ por un

último abrazo. <<


[70] No tienes que decirlo en serio,/ sólo tienes que decirlo,/ simplemente necesito oír que me hablas. // No

tienes que decir mucho,/ nena, no te tocaría de todos modos,/ sólo quiero oír que me lo dices. // Dulces
mentiras, nena, nena,/ brotando de tus labios./ Dulces suspiros./ Dímelo. Ven y juega,/ juega conmigo,
nena. <<
[71] Me ofreces/ todo tu amor y comprensión./ La dulzura, nena,/ me está matando. // Porque, nena,/ ¿es

que no lo ves?/ ¿Cómo voy a parar/ una vez que he empezado, nena? <<
[72] Sé dónde vives/ y no es con él… // Como un ladrón en la noche/ voy a robar lo que es mío. <<
[73] ¿Cómo voy a parar habiendo empezado? <<
[74] Literalmente «rancho de la basura blanca»; el término white trash se aplica a los blancos de más baja

condición social. <<

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