IDENTIDAD, REGIÓN Y CULTURA.
ALGUNAS REFLEXIONES A PROPÓSITO DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA.
Mauricio Ostria González
Universidad de Concepción
1. Exordio
Se nos ha invitado a reflexionar acerca de las relaciones entre 'identidad', 'cultura' y 'región'. Al menos en un
primer momento, el término identidad nos remite al sujeto capaz de conocer, de darse cuenta de su
existencia y, por lo tanto, de dar cuenta de sí: la identidad es la igualdad consigo mismo, el reconocimiento
de sí como distinto de los otros y del mundo. Si se me permite ensayar un axioma primario y pleonástico: la
identidad consiste en afirmar que yo soy yo. El término región, en cambio tiene como referente una porción
mundo, un espacio o entorno en el que el ser humano se sitúa, vive y del que, a menudo, se siente parte. La
región es un ámbito, primariamente geográfico, pero también y, fundamentalmente, social: el ser humano no
pertenece simplemente a un territorio, sino a un territorio habitado por otros seres humanos, con los que
comparte y construye mundo. De ahí que cultura, el tercer término de la triada propuesta, se nos aparezca
como un término gozne o bisagra entre los otros dos. En efecto, la cultura es el resultado del cultivo, del
trabajo sobre la tierra (se cultiva un terreno, un huerto, un jardín), pero, también, el efecto del cultivo
personal, del desarrollo de las potencialidades del individuo como persona (se cultivan virtudes,
conocimientos, disciplinas, artes). Así, cultura aparece justamente como el término vinculante entre
identidad y región: se es uno mismo en la medida en que se pertenece a una región, no como cuestión
meramente administrativa o jurídica, sino de modo raigal y profundo, de suerte que la manifestación de la
identidad conlleva, necesariamente, la regionalidad: parafraseando a Ortega puedo decir que yo soy yo y mi
circunstancia regional (entiéndase, social y cultural), soy yo y mi entorno regional. El sujeto ya no es sólo
un sí mismo, sino una conciencia de mundo que se asume existencialmente vinculado a un grupo humano
con el que comparte un lugar cuya fisonomía depende del trabajo o cultivo individual y grupal. Esa
identidad regional sólo es dable, precisamente, mediante un proceso cultural, es decir, el ejercicio consciente
de una acción humana sobre el mundo de manera que a partir de entonces hombre y mundo se han
transformado, han dejado el uno en el otro una huella que los vincula y los cambia, pudiendo reconocerse en
ambos y en sus productos una modalidad humana determinada.
2. La problemática identidad latinoamericana
Luego de este improvisado exordio, cabe preguntarnos: ¿pertenecemos verdaderamente a una región
cultural? O de otro modo, ¿es nuestra región identificable culturalmente? O todavía: ¿Cuál es nuestra
identidad cultural? La respuesta debería suponer que nos reconocemos como agentes a la vez que resultados
de procesos sociales y culturales identificables con una región (provincia, país, nación, continente).
En lo que sigue1, voy a situarme en el ámbito continental, y cuando digo continental digo o quiero decir,
América Latina. En efecto, desde una perspectiva cultural, América Latina no es un subcontinente, sino un
ámbito continental completo y complejo, cuya unidad es de tal manera heterogénea y contradictoria que
pareciera estar en pleno proceso de cocimiento, como lo intuyó sabiamente José María Arguedas 2·. De esos
1
La presente comunicación integra, sin que estime necesario advertirlo cada vez, algunas reflexiones
contenidas, a veces fragmentariamente, en otros trabajos ya publicados; me refiero a los anotados como
Ostria González 1984, 1987, 1989 y 1992.
2
Me refiero a las reflexiones del escritor peruano en el “¿Último diaro?”de El zorro de arriba y el zorro de
abajo:Todas las naturalezas del mundo en su territorio, casi todas las clases de hombre [...]. Y ese país en
que están todas las clases de hombres y natyralezas yo lo dejo mientras hierve con las fuerzas de tantas
substancias diferentes que se revuelven para transformarse al cabo de una lucha sangrienta de siglos... ”
[Arguedas 1971].
2
hervores a que alude el narrador per uano queremos hablar, con especial referencia a la función de la
literatura como signo y metasigno cultural, es decir. en tanto construcción de mundo identificable con una
región y espejo en el que la propia región se reconoce, se distancia, se interroga y se cuestiona.
América Latina es parte del proceso civilizador occidental y, dentro de él, está signada por relaciones de
dependencia, marginalidad y pobreza. Estas circunstancias condicionan el surgimiento de una realidad
cultural en la que predominan los moldes occidentales, sin que desaparezcan ciertos componentes,
suficientemente pertinaces, de las culturas autóctonas. Lo latinoamericano es, pues, un concepto geográfico,
racial, cultural y político [Fernández Moreno 1986]. Somos una región dependiente, periférica y pobre del
mundo occidental. La dependencia, la marginalidad y la pobreza nos identifican y, al mismo tiempo, nos
separan, nos hacen diferentes de Occidente. Esta contradicción todavía sin resolver constituye parte
substancial de nuestra ambivalente identidad.
"La identidad cultural -anota Fernando Aínsa- aparece como un conjunto interdependiente de formas de
comportamiento humano, de regulaciones existentes en un medio social [...] constituyendo 'un sistema
totalizador o global, un todo social, un principio coherente', generado y modificado dentro de un todo
histórico" [Ainsa 1986:32]. Esta idea de identidad cultural como sistema totalizador, coherente, no calza
exactamente con la realidad cultural de América Latina que, por el contrario, en vías de integración, exhibe
todavía importantes zonas fragmentarias que, en distintos niveles y ámbitos provocan el ajeno y el propio
desconocimiento respecto de amplias zonas y repliegues de una identidad plural, cambiante, heterogénea.
De aquí que la identidad cultural latinoamericana no sea una esencia a la que hay que tender o que hay que
encontrar, es, más bien un camino que recorrer, una búsqueda en cuyo proceso la identidad se irá forjando y
encontrándose en cada coyuntura histórica; es el reconocimiento de una historia común y de situaciones
convergentes, no obstante las diferencias y más bien con ellas. Pienso que la identidad, el ser
latinoamericano, se sitúa, precisamente, en la dimensión del deseo no realizado, en la conciencia de ser otro
distinto del que nos han dicho que somos, en el saber que la pobreza, la marginalidad, la dependencia, la
pobreza que nos condicionan impiden, precisamente, el éxito de esa búsqueda necesaria e imperiosa de lo
que queremos ser, de lo que intuimos que somos. En otras palabras, yo siento que el problema de la
identidad latinoamericana se juega en el terreno de la lucha por su liberación, liberación de los poderes
externos que nos hacen dependientes y de los poderes internos que nos condenan a la desintegración, a la
desigualdad social, al silencio de las culturas minoritarias.
3. Máscaras y mestizajes
En efecto, más que un descubrimiento, América significó para Europa una invención [O’Gorman 1958], la
posibilidad de concreción de sucesivos sueños, y utopías y de consecuentes desencantos; nos impusieron
imágenes, estereotipos, mitos que todavía no acabamos de sacudirnos y que no sólo representaron la
proyección imaginaria de Occidente, sino que contribuyeron en la forma de componentes ideológicos al
proceso de dominación todavía vigente.
Por otra parte, el encuentro de culturas -más bien el enfrentamiento- que significó el llamado
descubrimiento de América originó, de hecho, procesos de mestizaje en os más diversos grados y niveles,
aún no conclusos. De modo que para entender la cultura latinoamericana resultan falsas tanto las soluciones
europeístas como las indigenistas. Desde un comienzo, somos o vinimos a ser ambas cosas: occidentales de
América, mestizos, y el mestizaje nos define y nos explica, nos caracteriza y nos orienta. A ese mestizaje
inicial se unieron, como se sabe, otros componentes: el africano, producto de la trata de esclavos y los que
originaron las migraciones -predominantamente europeas- en el siglo XIX.
Desde entonces, situada entre dos razas y dos culturas, en un amasijo todavía no resulto, América Latina
oscilará permanentemente entre ambos polos sin pertenecer exclusivamente a ninguno; simultáneamente,
nuestra conciencia, doblemente marginal, se jugará entre los nacionalismos separatistas y las tentativas de
integración continental. De ahí, también, que se busque con tenacidad inquebrantable dotar a las formas
3
culturales de occidente, que nos son propias, un modo de ser original que exprese la diferencia, y que se
asuman las formas artísticas occidentales, no sin dotarlas de una interpretación distinta. Como señala
Leopoldo Zea: "se va estableciendo un mestizaje cultural en el que se combina lo propio, lo local, con lo
aparentemente extraño, lo universal. Lo occidental hasta ayer postizo y falso, se va transformando en parte
esencial y, por esencial, propio de nuestra cultura" [Zea 1953:78-79].
La nueva realidad mestiza, aunque no puede ser reducida a los patrones valorativos europeos, funda sus
jerarquías en las de los centros dominantes y sus creaciones culturales, en general, se inspiran en y siguen
las pautas de los modelos europeos. Se origina así una cultura excéntrica, caracterizada por un desarrollo
disparejo y heteróclito, por la aproximación y entrecruzamiento de etapas históricas y de formas
socioeconómicas, políticas y culturales arcaicas, intermedias y modernas; todo lo cual ha determinado
procesos y estructuras en los que no se repiten las etapas y formas de la cultura europea, aunque la
irresistible imitación cree apariencias en contrario; sino que, al revés, se han producido combinaciones
específicas, inéditas y, a veces, insólitas [Kaplán 1969:11-17; Miró Quezada 1972:3-13; Aínsa 1986]; v. gr.:
la mezcla de los más diversos y hasta contradictorios estilos en nuestras ciudades, que a falta de no tener uno
llegan a inventarlo (Carpentier 1964); la existencia persistente durante mucho tiempo de regímenes
dictatoriales apoyados en constituciones de corte liberal o los sincretismos religiosos (por ejemplo, las
cofradías de danzantes andinos, el candonblé y el budú, las macumbas y santerías y hasta la misma teología
de la liberación), prácticas todas en las que se mezclan inextricablemente creencias y ritos procedentes de los
más diversas orígenes, de corrientes o visiones de mundo abiertamente opuestas y hasta contradictorias.
Cierto, aunque es posible hallar una cierta, tal vez precaria, homogeneidad cultural, política, social,
lingüística, religiosa [Fernández Moreno 1986:9], la identidad cultural de América Latina debe ser entendida
como la unidad problemática de lo diverso, como un sentido de comunidad abierta que no excluye o no debe
excluir la presencia y participación de pluralidades étnicas, sociales, lingüísticas y culturales en los más
diversos grados de desarrollo y de integración. Por eso, el concepto de cultura mestiza no explica
cabalmente la situación cultural de América Latina sino se le añaden atributos como pluralidad y
heterogeneidad [Cornejo Polar 1989, 1994].
4. La heterogénea diversidad de la literatura latinoamericana
A estas alturas ya resulta obvio señalar que la literatura latinoamericana como conjunto de obras, saberes,
estilos y técnicas o como proceso complejo de interacción textual no posee una autonomía sino relativa: la
literatura latinoamericana, así como en general nuestra cultura, forma parte, de la literatura de Occidente,
dentro de la cual la latinoamericana es una variedad. En otras palabras, somos una región cultural con
relación al mundo occidental. Vivimos en las márgenes o en las inmediaciones, como le gusta decir a
Octavio Paz, de un universo cultural al que pertenecemos a partir de la empresa de conquista y colonización
que los europeos llevaron a cabo.
Reconocida la filiación occidental de nuestra literatura (sin ser la única, indiscutiblemente, es la
predominante) y, ya está dicho, de nuestra cultura toda, deben reconocerse, a su vez, en el terreno
estrictamente literario, los efectos de la marginalidad, la dependencia y el mestizaje. Juntamente, surge la
pregunta por la identidad. En efecto -señala Rubén Bareiro Seguier- " un problema latinoamericano
esencial ha sido y sigue siendo encontrar su identidad cultural, situación que refleja la literatura al buscar la
apropiación de un lenguaje y la concreción de un contenido en un idioma en cierta medida prestado"
[Bareiro Seguir 1986].
Aunque en la colonia ya se plantea la disyuntiva, no es sino con las nacientes repúblicas, producida la
independencia, que se plantea polémicamente el problema de una 'lengua nacional'; pero tal vez sólo con el
modernismo empiezan a percibirse rasgos originales en la literatura latinoamericana: desde entonces una
nueva sensibilidad caracteriza al castellano (o al portugués) literario americano.
4
Al preguntarnos por la identidad de la literatura latinoamericana, volvemos a encontrar la cuestión
unidad/diversidad como una relación cambiante, concretada en las más inesperadas combinaciones, cruces,
mezclas, sincretismos. Así, por ejemplo, la coexistencia del humanismo renacentista más acendrado,
característico del El Inca Garcilaso de la Vega y la escritura con resabios pictográficos de Felipe Huamán
Poma de Ayala, del Ollantay, drama quechua, y poemas líricos que imitan a Góngora, todo junto en el
abigarrado virreinato del Perú; o, en la cosmopolita Buenos Aires, de fines del XIX y comienzos del XX, la
presencia de la poesía gauchesca, cuyo discurso incorpora formas estilizadas del habla rural pampeana, junto
a novelas como La gloria de Don Ramiro, de Enrique Larreta o El embrujo de Sevilla, de Carlos Reyles, que
intentan reproducir el mundo y el lenguaje castizo del siglo de oro castellano y de la Andalucía del XIX,
respectivamente; del surgimiento del lunfardo en cierta poesía popular urbana, aledaña a las formas
compadritas del tango, al enciclopedismo borgiano y el precario autodidactismo de Roberto Arlt; o, en el
multicultural territorio mexicano, la transcripción de relatos orales como los de Juan Pérez Jolote junto a las
refinadas y universalistas obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan José Arreola, o Carlos Fuentes en la
actual narrativa mexicana. En Chile, pensemos en la confluencia coetánea del ruralismo mistraliano, el
afrancesamiento y cosmopolitismo de Huidobro, la desmesura torrencial y popular de Pablo de Rohka, la
efervescencia metafórica y solemne, ritual, de Neruda, o en la contención docta, no exenta de fuerza ígnea de
Gonzalo Rojas y el irreverente coloquialismo creador de Nicanor Parra, en el pesimismo letrado de Enrique
Lihn y en la gracia sin par de Violeta Parra, genio oral y popular, por excelencia. Y todo esto, sin salirnos
casi del llamado canon literario.
Y es que el nombre de literatura latinoamericana recubre un complejo de sistemas literarios diferentes, tanto
con relación a la lengua (español, portugués, francés, créole, lenguas indígenas, etc.) como a los estratos
culturales (literatura 'culta', literatura de masas, literatura popular, oral o escrita) y zonas o regiones
culturales suficientemente diferenciadas (Mesoamérica, el Caribe, el ámbito andino, la zona guaraní, la
pampeana, la rioplatense, etc.). Y por otra parte, comprende la suma de las literaturas nacionales producida
en los diversos territorios políticamente independientes.
5. La literatura factor de unidad
No obstante ese mundo heterogéneo y vario, existen, sin duda, vínculos estructurales y tradicionales que
tienden a configurar una fisonomía cultural, basada en formas similares de existencia histórica, de respuesta
económica, social y cultural (marginalidad, dependencia) que encuentran su expresión en el discurso
literario [Pizarro 1985]. De hecho, la fragmentación política de América Latina y el nacionalismo
subsecuente han perturbado, como observa Angel Rama, "la natural expansión y desarrollo de las comarcas
semejantes, donde los elementos étnicos, la naturaleza, las formas espontáneas de la sociabilidad, las
tradiciones de la cultura popular convergen en parecidas formas de creación literaria". "Estas comarcas
-continúa diciendo el crítico uruguayo- no sólo naturales, sino también culturales- son desfiguradas por la
balcanización política, pero, sin embargo, debe reconocerse en ellas elementos de suyo tan poderosos como
para que hayan sobrevivido, otorgándoles unidad característica, en este siglo y medio de vida independiente,
dividida, de América Latina. Más aún, si han continuado siendo notorias y notables las aproximaciones de
un país con otro dentro de la misma comarca, ello se debe en primer término a la literatura, sobre todo a
aquella -novela o poesía- más embebida en las formas populares" [Rama 1969:292].
En el mismo sentido escribe Octavio Paz: "La literatura es más amplia que las fronteras. Es verdad que los
problemas de Chile no son los de Colombia y que un indio boliviano tiene poco que ver con un negro
antillano. La pluralidad de situaciones, razas y paisajes, no niega la unidad de la lengua y la cultura. Unidad
no es uniformidad. Los grupos, los estilos y las tendencias literarias no coinciden con las divisiones
políticas, étnicas o geográficas [...]. Por lo demás, la actual geografía política de América Latina es
engañosa. La pluralidad de naciones es el resultado de circunstancias y calamidades ajenas a la realidad
profunda de nuestros pueblos. América Latina es un continente desmembrado artificialmente por la
conjunción de las oligarquías nativas, los caudillos militares y el imperialismo extranjero. Si desapareciesen
esas fuerzas (y van a desaparecer), otras serían las fronteras. La existencia de una literatura
5
hispanoamericana es, precisamente, una de las pruebas de la unidad histórica de nuestras naciones" [Paz
1969:12-13].
Así pues, a su modo, las formas discursivas literarias han ido creando una conciencia de unidad, a pesar de
las diferencias y, precisamente, con esas diferencias. Ha sido la literatura, en verdad, uno de los
instrumentos más eficaces en la configuración de esa conciencia unitaria continental. Y es que la creación
literaria, al representar uno de los momentos de la reflexividad con que la cultura suficientemente madura se
autocomtempla, se constituye en una forma de conocimiento del mundo y de reconocimiento de sí en el
mundo y, por lo tanto, en una instancia de percepción de la propia identidad cultural.
En efecto, la literatura -el arte y la creación intelectual, en general- construye imágenes de la cultura que al
reproducirla la interpretan, y al interpretarla la cambian, la cuestionan... la inventan: la imagen cultural de la
pampa argentina es, para nosotros, consustancial a la visión de Sarmiento, al canto de Martín Fierro, a la
evocación nostálgica de Don Segundo Sombra o a la 'radiografía' de Martínez Estrada. Macchu Picchu es
otro a partir del Canto general; Lima no puede separarse, en nuestra percepción, del abolengo virreinal que
rezuman las Tradiciones de Ricardo Palma o de las visiones modernas de Salazar Bondy o Vargas Llosa;
nuestras minas de carbón están adheridas a las imágenes de Sub terra, así como nuestra percepción del siglo
XIX a las novelas de Blest Gana: "... la naturaleza no es sino un punto de vista -señala Octavio Paz-: los
ojos que la contemplan o la voluntad que la cambia. El paisaje es poesía o historia, visión o trabajo.
Nuestras tierras y ciudades cobraron existencia real apenas las nombraron nuestros poetas y novelistas" (Paz
1966:16-17). Por eso y con toda razón, con razón poética que es la más verdadera de las razones, llamó
Neruda a Alonso de Ercilla, el 'inventor de Chile'.
6. Leer los signos ocultos
La notable variedad y diversidad de textos y tipos de discurso que exhibe el proceso literario en
Latinoamérica no siempre permite ver con claridad ese trabajo de integración, esa conciencia de lo uno en lo
vario. ¿Qué tiene que ver, por ejemplo, Paradiso, de Lezama Lima, con El mundo es ancho y ajeno, de Ciro
Alegría, o la poesía de Octavio Paz con la de Violeta Parra, o la de Nicolás Guillén con la de Jorge Luis
Borges o Vicente Huidobro? O, en el ámbito de las literaturas nacionales, ¿Martín Fierro con 62 modelo
para armar, o Umbral de Juan Emar, con Zurzulita, de Mariano Latorre o con La última niebla, de María
Luisa Bombal?
Hay que calar más hondo, sin embargo, para descubrir en lo diverso las señales de semejanza estructural y
unidad de sentido. Uno de los rasgos de lo que podríamos llamar nuestra cultura latinoamericana ha sido
-me parece- la relación conflictiva con el mundo, expresada generalmente en imágenes de ajenidad o
desarraigo y en las consecuentes figuras de búsqueda o visiones utópicas: la dinámica representada en
nuestras ficciones suele incluir un doble movimiento de separación y regreso con variados componentes,
tanto en el sentido de su valoración -positiva o negativa- como en sus matices expresivos -nostalgia,
necesidad de raíz o fundamento, deseo de emulación y originalidad, conciencia de vacío o descentramiento-.
Todo lo cual es reductible -y aquí empieza a vislumbrarse el sentido unitario- a un evidente sentimiento de
escisión, de enajenación y carencia, no una escisión puramente metafísica o existencial, sino histórica:
"nuestra literatura es la respuesta de los americanos a la realidad utópica de América. Antes de tener
existencia propia empezamos por ser una idea europea", señala Octavio Paz [1969:13]; de aquí que "el
desarraigo de la literatura hispanoamericana no es accidental; es la circunstancia de nuestra historia: el haber
sido fundados como una idea de Europa" [Paz 1969:17]. De modo que si ahora volvemos sobre los textos
nombrados -aparentemente tan dispares y sin conexión- empezamos a intuir que no son tan distintos y que
dibujan -con muchos otros- un complejo sistema de relaciones en que las voces se repiten, se convierten en
ecos unas de otras, se contestan, se invierten, se transforman, constituyendo un enorme concierto en el que la
diversidad se hace unidad sinfónica. Y es que cada uno de esos textos, y muchos otros -tal vez todos-,
significan un esfuerzo intuitivo de búsqueda, construcción, invención de una identidad cultural, esfuerzo de
autoconocimiento, afirmación de su ser distinto con relación a los centros metropolitanos de la cultura
occidental.
6
Todo este complejo proceso no sólo aparece documentado en la literatura latinoamericana sino, muy
frecuentemente, augurado, conjurado, imaginado por su discurso más allá y más hondamente que cualquier
trabajo mimético más o menos puntual. Es, pues, en este contexto, caracterizado por sincretismos y
anacronías -con relación al proceso cultural central-, y por voces plurales, aparentemente dispersas, que la
literatura latinoamericana, junto con representar un testimonio del carácter marginal de nuestra cultura, ha
logrado desarrollar formas originales de expresión en procura de objetivar, a través de perspectivas
personales, la conciencia colectiva -dolorida- de su ser alienado. Si, por una parte, no deja de exhibir su
condición de especular y subsidiaria, incluso en sus esfuerzos de liberación (tentativas honestas en pos de
autenticidad artística) y en sus manifestaciones más documentalistas (costumbrismo, nativismo, telurismo,
sociologismo, literatura de reconstrucción histórica o de carácter testimonial, etc.); por otra, ha conseguido
productos de la más alta jerarquía estética (muchas veces sobrepasando o transgrediendo los modelos o
normas canónicos centrales), cabalmente representativos de un arte nuevo, americano: "una nueva ola de
creatividad intelectual y de conciencia posible se expresa críticamente en el mundo de los pueblos
desheredados", ha señala do Darcy Ribeiro [1969].
7. Sistemas literarios
Nuestra literatura -nuestro arte-, en sus manifestaciones verdaderamente creadoras, afronta, pues, una doble
problemática: la que deriva de su condición de parte de un proceso mayor (satelitismo cultural) y la que
surge de la necesidad de develar y objetivar su propio ser (americanismo cultural). Así, nuestra narrativa,
nuestra lírica y aun nuestro drama -en sus obras más logradas y maduras- no sólo se han mostrado eficaces
en la representación de los conflictos universales de la existencia humana (mecanización y deshumanización
de la vida, desintegración de la economía y la sociedad, cosificación y mercantilización de la cultura,
alienación e incomunicación del individuo, consumismo y pragmatismo despersonalizadores, sentimiento de
inseguridad general, etc.), sino también en la figuración artísticamente lograda de la coyuntura histórica
hispanoamericana (el ensimismamiento contemplativo, el sentimiento de orfandad y soledad, la pervivencia
de la conciencia mítica, las desigualdades y escisiones sociales, la dicotomía entre apariencia y verdad,
formas exteriores y realidades profundas, la conciencia de marginalidad y dependencia, etc.).
Mientras, por un lado, la literatura hispanoamericana ha reproducido -con los anacronismos y sincretismos
aludidos- las tendencias y movimientos renacentista, barroco, neoclásico, romántico, naturalista,
parnasiano-simbolista, vanguardistas, etc., surgidos en Europa; por otro, ha elaborado sus propias respuestas
a las sucesivas crisis históricas percibidas por la conciencia americana; así, la visión utópica y maravillosa o
la idea del continente del futuro, el barroco de Indias, la oposición civilización-barbarie, la 'América
enferma', el progresismo y culturalismo, la disyunción criolliismo/cosmopolitismo o
indigenismo/europeísmo o, últimamente, las ideas de mestizaje, hibridismo y heterogeneidad cultural, de lo
real-maravilloso americano, del neobarroquismo o del arte de convergencias, etc.
El proceso literario hispanoamericano viene a ser, entonces, el resultado de dos tipos de relaciones
dialécticas: unas internas, determinables diacrónicamente, otras, externas, verificables por contigüidad. Las
primeras son el producto de un esfuerzo de rescate histórico, de vinculación raigal; las segundas se originan
en un doble movimiento de aproximación y distanciamiento con relación a la cultura metropolitana. Las
primeras encuentran expresión en textos como Los comentarios reales, del Inca Garcilaso de la Vega en el
siglo XVII, algunos fragmentos del Canto general, de Pablo Neruda (especialmente, "Alturas de Macchu
Picchu") o en novelas como Hombres de maíz del guatemalteco Miguel Angel Asturias, El reino de este
mundo o Los pasos perdidos, del cubano Alejo Carpentier, o en ensayos como Radiografía de la pampa, del
argentino Martínez Estrada o El laberinto de la soledad, del mexicano Octavio Paz. Las segundas tienen
cabal concreción, por ejemplo, en el Primero sueño, extenso poema barroco en que la monja mexicana Sor
Juana Inés de Cruz poetiza el esfuerzo por el conocimiento total, en la poesía modernista, en el creacionismo
huidobriano, en novelas como Rayuela, de Julio Cortázar o El obsceno pájaro de la noche de José Donoso
y, por supuesto, en toda la obra de Jorge Luis Borges.
7
8. El proyecto: de la escisión a la reconciliación
Nuestra literatura ha conseguido expresar, sin renunciar a la circunstancia hispanoamericana, las
preocupaciones generales del hombre y el artista de nuestro tiempo, presentando sus particularidades
contextuales y situacionales en conexión de sentido con la totalidad del movimiento histórico [Morán 1971];
“ha logrado una madurez estilística, una riqueza de invención que le permiten abarcar temáticamente los más
vastos horizontes sin dejar de ser por ello profundamente latinoamericana" [Cortázar 1979-80:13]. El
esfuerzo de búsqueda -"especie de exploración total y fabulosa de nuestra realidad" [Cortázar 1979-80:13]-
se expresa en discordancias, polimorfismo e intensa apertura intertextual, así como en buceos
antropológicos, históricos, filológicos, lingüísticos que posibiliten un diálogo con todas las culturas. El
esfuerzo se concentra, por una parte, en la producción de una imagen plurivalente de lo real, capaz de evocar
la realidad compleja, problemática, confusa, ambigua y contradictoria, tal como aparece a la conciencia del
hombre contemporáneo, y, por otra, a restablecer el diálogo entre los distintos elementos componentes de
nuestra cultura mestiza, mediante estructuras lingüísticas y semiológicas capaces de sugerir la reconciliación
de los mundos escindidos.
Así, pues, el deseo de unidad, de recuperación del hombre total (hombre y naturaleza en relación de eficacia
creadora), pasa -en nuestra literatura- por la conciencia de escisión histórica y por la necesidad de encontrar
nuestra identidad cultural. Todas nuestras grandes novelas, así como nuestras más genuinas creaciones
líricas, revelan o figuran esa escisión: conciencia de pertenencia a dos mundos disjuntos que no acaban de
integrarse y, de igual forma, anhelan el encuentro, la conciliación del hombre latinoamericano consigo
mismo -"búsqueda de una escritura que nos exprese mejor, de una temática que nos confronte con lo más
hondo de nuestra conciencia y aun de nuestro inconsciente" [Cortázar 1979-80:16]-, con los heterogéneos
universos culturales que lo sitúan en una posición excéntrica -"asimilación de lo extranjero a los jugos y a
la voz de su tierra"-, visión en la que "sus valores originales se insertan en una trama infinitamente más
amplia y más rica y por eso mismo [...] se 'recobran' en lo que puedan tener de más hondo y de más
valedero" [Cortázar 1969:211-2], en fin, en la realidad concreta sociohistórica: "la literatura que merece ese
nombre en nuestros países no sólo es un producto estético o lúdico, sino una responsabilidad" [Cortázar
1979-80:14]. Todos estos aspectos se sintetizan muy bien en el juicio certero de Octavio Paz acerca de la
poesía de Vallejo: "El lenguaje de Trilce no podía ser sino de un peruano, pero de un peruano que fuese
asimismo un poeta que viese en cada peruano al hombre y en cada hombre al testigo y a la víctima" [Paz
1981:210].
En fin, en lo mejor de nuestra producción literaria -que no es escasa como todos sabemos- vislumbramos
una notable capacidad de exploración de lo humano, de superar lo meramente ideológico, de comunicación
rica y verdadera y de significación trascendente en cuanto imagina proyectos que expanden al hombre y
anticipan su libertad. Por eso, nuestra mejor literatura es expresión de esa "ardiente paciencia" que proclama
Neruda [1971: 31-37], a la espera del tiempo latinoamericano, 'nuestro' tiempo de justicia y de fraternidad:
"Una nueva y arrasadora utopía de la vida -subraya García Márquez [1983]-, donde nadie pueda decidir por
otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad y donde las
estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la
tierra".
Este es el proyecto que la literatura y el arte latinoamericanos hacen y deshacen, imaginan y vuelven a
imaginar, incansablemente, sin perder la esperanza y aún contra ella.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Aínsa, Fernando. 1986. Identidad cultural de iberoamérica en su narrativa, Madrid, Gredos.
Arguedas, José María. 1971. El zorro de arriba y el zorro de abajo, Buenos Aires, Losada.
8
Bareiro Seguir, Rubén. 1986. "Encuentro de culturas", en César Fernández Moreno (ed), América Latina en
su literatura, México, Unesco/Siglo XXI, 10ª.
Cándido, Antonio. 1096. "Literatura y sociedad", en César Fernández Moreno (ed), América Latina en su
literatura, México, Unesco/Siglo XXI, 10ª.
Carpentier, Alejo. 1964. Problemática de la actual novela latinoamericana", en Tientos y diferencias.
Ensayos, México, UNAM.
Cornejo Polar, Antonio. La novela peruana, Lima, Horizonte.
----. 1994. Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas, Lima,
Horizonte.
Cortázar, Julio. 1969. "Acerca de la situación del intelectual en América Latina, Ultimo round, México,
Siglo XXI.
---- . 1979-1980. "La literatura latinoamericana a la luz de la historia contemporánea", en Inti (Cortázar en
Barnard), 10-11.
Fernández Moreno, César. 1986 "Introducción" a C.F.M. (ed) América Latina en su literatura, México,
Unesco/Siglo XXI, 10ª:5-18 .
García Márquez, Gabriel. 1983. "La soledad de América Latina", El Sur (Concepción), 9, enero.
Kaplán, Marcos. 1969.Formación del estado nacional en América Latina, Santiago, Universitaria.
Miró Quezada, Francisco. 1972 "Realidad y posibilidad de la cultura latinoamericana", Revista de la
Universidad de México, XXVI, 6-7: 5-13.
Morán, Fernando. 1971 Novela y semidesarrollo. Una interpretación de la novela hispanoamericana y
española, Madrid, Taurus.
Moraña, Mabel. 1984. Literatura y cultura nacional en Hispanoamérica. 1910-1940, Ninneapolis, Instituto
para el Estudio de Ideologías y Literatura.
Neruda, Pablo. 1971. "Discurso de Estocolmo", Anales de la Universidad de Chile, CXXIX, 157-60: 31-37.
O’Gorman, Edmundo. 1958. La invención de América. El universalismo de la cultura de Occidente, México,
FCE.
Ostria González, Mauricio. 1984. "La figura de la búsqueda. En torno a la escritura de Julio Cortázar",
Atenea, 449: 191-218.
----. 1987. "Roa Bastos: una escritura en la encrucijada", Mundo, 1,4 (México, D.F.): 53-63.
----. 1989. "Lo uno y lo diverso en la literatura hispanoamericana", Estudios Filológicos, 24: 97-102.
----. 1992. “Marginalidad y diferencia. Situación de la cultura y la literatura latinoamericana”, vv.aa.,
Reflexiones en torno al V Centenario, Rosario, U.N.R. Ed.
Paz, Octavio. 1961. "Literatura de fundación", Puertas al campo, México, UNAM.
----. 1981. Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia, 3a. ed., Barcelona, Seix Barral.
Pizarro, Ana. 1985. "Introducción" en Varios, La literatura latinoamericana como proceso, Buenos Aires,
Centro Editor de América Latina.
Rama Angel. 1969. "Diez problemas para el novelista latinoamericano", en Juan Loveluck (ed), La novela
hispanoamericana, 3a. ed., Santiago, Universitaria.
Ribeiro, Darcy. 1969. Las Américas y la civilización, cit. en Fernández Moreno, César (ed), América Latina
en su literatura, México, Unesco/Siglo XXI, 10ª: 13.
Zea, Leopoldo. 1953. El Occidente y la conciencia de México, México, Porrúa.
1998. "Identidad, región y cultura. Algunas reflexiones a propósito de la literatura latinoamericana", en J. G. Ararya
(ed), III Coloquio de Educación y Humanidades, Chillán, U. del Bío Bío: 33-45.