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Pinocho y Caperucita Roja: Cuentos Clásicos

Pinocho era un muñeco de madera al que el carpintero Gepeto dio vida mágicamente. Pinocho quería ir a la escuela pero se distrajo en el camino y terminó engañado por un zorro y un gato que le robaron su dinero. Más tarde, Pinocho mintió y su nariz creció. Finalmente, Pinocho rescató a Gepeto de una ballena y el hada lo convirtió en un niño de verdad.

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Pinocho y Caperucita Roja: Cuentos Clásicos

Pinocho era un muñeco de madera al que el carpintero Gepeto dio vida mágicamente. Pinocho quería ir a la escuela pero se distrajo en el camino y terminó engañado por un zorro y un gato que le robaron su dinero. Más tarde, Pinocho mintió y su nariz creció. Finalmente, Pinocho rescató a Gepeto de una ballena y el hada lo convirtió en un niño de verdad.

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Pinocho

Hace mucho tiempo, un carpintero llamado Gepeto, como se sentía muy solo, cogió de su taller un trozo de
madera y construyó un muñeco llamado Pinocho.
–¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Lástima que no tenga vida. Cómo me gustaría que mi Pinocho fuese un
niño de verdad. Tanto lo deseaba que un hada fue hasta allí y con su varita dio vida al muñeco.

Pinocho
–¡Hola, padre! –saludó Pinocho.
–¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Gepeto mirando a todas partes.
–Soy yo, Pinocho. ¿Es que ya no me conoces?
–¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo!
Gepeto pensó que aunque su hijo era de madera tenía que ir al colegio. Pero no tenía dinero, así que decidió
vender su abrigo para comprar los libros.
Salía Pinocho con los libros en la mano para ir al colegio y pensaba:
–Ya sé, estudiaré mucho para tener un buen trabajo y ganar dinero, y con ese dinero compraré un buen abrigo a
Gepeto.
De camino, pasó por la plaza del pueblo y oyó:

Pinocho y Gepetto Bailando


–¡Entren, señores y señoras! ¡Vean nuestro teatro de títeres!
Era un teatro de muñecos como él y se puso tan contento que bailó con ellos. Sin embargo, pronto se dio cuenta
de que no tenían vida y bailaban movidos por unos hilos que llevaban atados a las manos y los pies.
–¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Pinocho bailar sin hilos.
–¿Quieres formar parte de nuestro teatro? –le dijo el dueño del teatro al acabar la función.
–No porque tengo que ir al colegio.
–Pues entonces, toma estas monedas por lo bien que has bailado –le dijo un señor.
Pinocho siguió muy contento hacia el cole, cuando de pronto:
Nariz Pinocho
–¡Vaya, vaya! ¿Dónde vas tan deprisa, jovencito? –dijo un gato muy mentiroso que se encontró en el camino.
–Voy a comprar un abrigo a mi padre con este dinero.
–¡Oh, vamos! –exclamó el zorro que iba con el gato–. Eso es poco dinero para un buen abrigo. ¿No te gustaría
tener más?
–Sí, pero ¿cómo? –contestó Pinocho.
–Es fácil –dijo el gato–. Si entierras tus monedas en el Campo de los Milagros crecerá una planta que te dará
dinero.
–¿Y dónde está ese campo?
–Nosotros te llevaremos –dijo el zorro.
Así, con mentiras, los bandidos llevaron a Pinocho a un lugar lejos de la ciudad, le robaron las monedas y le
ataron a un árbol.
Gritó y gritó pero nadie le oyó, tan sólo el Hada Azul.
–¿Dónde perdiste las monedas?
–Al cruzar el río –dijo Pinocho mientras le crecía la nariz.
Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz, se puso a llorar.
–Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá si vuelves a mentir –dijo el Hada Azul.
Así, Pinocho se fue a la ciudad y se encontró con unos niños que reían y saltaban muy contentos.
–¿Qué es lo que pasa? –preguntó.
–Nos vamos de viaje a la Isla de la Diversión, donde todos los días son fiesta y no hay colegios ni profesores.
¿Te quieres venir?
–¡Venga, vamos!
Entonces, apareció el Hada Azul.
–¿No me prometiste ir al colegio? –preguntó.
–Sí –mintió Pinocho–, ya he estado allí.
Y, de repente, empezaron a crecerle unas orejas de burro. Pinocho se dio cuenta de que le habían crecido por
mentir y se arrepintió de verdad. Se fue al colegio y luego a casa, pero Gepeto había ido a buscarle a la playa
con tan mala suerte que, al meterse en el agua, se lo había tragado una ballena.
–¡Iré a salvarle! –exclamó Pinocho.
Se fue a la playa y esperó a que se lo tragara la ballena. Dentro vio a Gepeto, que le abrazó muy fuerte.
–Tendremos que salir de aquí, así que encenderemos un fuego para que la ballena abra la boca.
Así lo hicieron y salieron nadando muy deprisa hacia la orilla. El papá del muñeco no paraba de abrazarle. De
repente, apareció el Hada Azul, que convirtió el sueño de Gepeto en realidad, ya que tocó a Pinocho y lo
convirtió en un niño de verdad.

Caperucita Roja

Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su
abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito
de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar
Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:“Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino,
llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes
de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte
y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle,
“Buenos días”, ah, y no andes curioseando por todo el aposento.”

“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente.

Caperucita Roja
La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el
bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura
pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él.

“Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.”

– “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?”

– “A casa de mi abuelita.”

– “¿Y qué llevas en esa canasta?”

– “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para
fortalecerse.”

– “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?”

– “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos
avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en
silencio a sí mismo: “¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito – y será más sabroso que esa viejita. Así que
debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un
pequeño tramo del camino y luego le dijo: “Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no
vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que
vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de
maravillas.”
Caperucita Roja
Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las
bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi
abuelita y que le encantarán.Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito,
siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía
otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo
aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.“¿Quién es?” preguntó la abuelita.

“Caperucita Roja,” contestó el lobo.

“Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.”

– “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.”

El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y
de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las
cortinas.

Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no
podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al
encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma:

El lobo feroz
“¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita.” Entonces
gritó: “¡Buenos días!”, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar
la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.

“¡!Oh, abuelita!” dijo, “qué orejas tan grandes que tienes.”

– “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.”

– “Son para verte mejor, querida.”

– “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.”

– “Para abrazarte mejor.” – “Y qué boca tan grande que tienes.”

– “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se
tragó también a Caperucita Roja.

Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar
fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y
pensó, ¡Cómo ronca esa viejita!Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se
acercó a la cama vio al lobo tirado allí.“¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.”¡Hacía tiempo que
te buscaba!”
Caperucita con la cesta

Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que
aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre
del lobo durmiente.

En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña
Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: “¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del
lobo!”, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita
Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quizo correr e irse
lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.

Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió
el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó:

“Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya
prohibido hacer.”

El enano saltarín
Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea
en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse
importancia: – Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca. El rey,
francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.

El enano saltarín
Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja,
donde había también una rueca: – Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y
convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada. La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que
apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar.

La hija del molinero le entregó la joya y… zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en
oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro. Cuando el rey
vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó: – Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación. – Y le
señaló una estancia más grande y más repleta de oro que la del día anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el
enano saltarín: – ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? – preguntó al hacerse visible. – Sólo tengo
esta sortija – Dijo la doncella tendiéndole el anillo. – Empecemos pues, – respondió el enano. Y zis-zas, zis-zas,
toda la paja se convirtió en oro hilado.

Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció: –
Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa – Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un
molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el
grotesco enano: – ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? – Preguntó, saltando, a la chica.

– No tengo más joyas que ofrecerte – y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. – Bien, en
ese caso, me darás tu primer hijo – demandó el enanillo. Aceptó la muchacha: “Quién sabe cómo irán las cosas
en el futuro” – Dijo para sus adentros. Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a
medida que el extraño ser la hilaba.

Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó
a sus súbditos para la celebración de los esponsales. Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un
precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se
asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.

– Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras. – ¿Cómo puedes comparar el
valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo – exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la
mujer, que conmovió al enano: – Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te
quedes con el niño.

Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la
respuesta correcta. Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines
del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una
pequeña cabaña cantando: – “Yo sólo tejo, a nadie amo y Rumpelstilzchen me llamo”

Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: – ¡Te llamas
Rumpelstilzchen! – ¡No puede ser! – gritó él – ¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo! – Y tanto y tan
grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando
intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.
El gato con botas – corto
El hijo pequeño de un molinero se lamentaba de su suerte, pues además de haberse quedado sin padre, por toda
herencia había recibido un gato gris.

-Si consigues unas botas y un sombrero para mí –le dijo un día el gato a su sorprendido dueño-, verás en poco
tiempo todas las cosas que yo puedo hacer por ti.

Con un saco y una zanahoria el gato preparó una trampa y cogió un conejo gordo y orondo.

Después, se presentó ante el rey. –Majestad –le informó el gato-, mi amo os envía este conejo, uno de los miles
que hay en sus campos.

Al monarca le parecía increíble lo bien que se expresaba un gato.

-¿cómo has dicho que se llama tu amo?

-¡El marques de carabás! –respondió con orgullo el gato.

-Amo –le dijo un día el gato con botas a su dueño-, de bes casarte  con la hija del rey.

-¿Y cómo un pobre como yo podría casarse con una princesa?

-Sigue mis instrucciones.

Hoy a las doce en punto debes meterte en el río y estarte calladito. El chico no entendía nada, pero obedeció.

El gato sabía que era costumbre del rey pasar todos los días a las doce en punto de la mañana en su carroza por
el puente que 0había sobre el río.

Cuando vio que aparecía el carruaje, el gato salió de su escondite gritando:

-¡Ayuda!¡Mi señor el marqués de carabás ha sido asaltado por unos ladrones!¡Han aprovechado que se estaba
bañando y le han robado hasta la ropa!

Al rey le faltó tiempo para reaccionar y mandar a sus servidores que vistieran con los más ricos ropajes al
marqués de Carabás.
Felices y contentos regresaron todos a palacio, donde el monarca decidió casarle con su única hija, la princesa
Florlinda.

Y así fue: el gato con botas, con su ingenio, consiguió hacer de su amo todo un príncipe.

Ya rey, el antiguo marqués nombró a su gato gran chambelán, que es, después de sus majestades, quien más
manda en el reino.

El agua que cura todo


Tres príncipes jóvenes veían cómo su padre, el rey, agonizaba en una cama gravemente enfermo. Ni siquiera los
mejores curanderos de la región habían podido sanar al pobre rey, ninguna pócima, por mágica que fuera, le
había devuelto la sonrisa.

Un buen día, mientras los tres muchachos caminaban entristecidos por el palacio, se apareció un anciano vestido
con ropas andrajosas. Enseguida, dos de los príncipes quisieron echarlo, pero el menor de ellos se compadeció y
le escuchó.

– He sabido que vuestro padre ha enfermado terriblemente. Pero desde ahora les digo que lo único que podrá
sanarle es el agua de la vida. Vayan pronto a buscarla y lo podrán salvar.

Al oír las palabras del anciano, los hermanos se llenaron de esperanza. El mayor de ellos partió rápidamente
hacia su caballo y salió del castillo corriendo a toda velocidad. “Si obtengo el agua de la vida me ganaré el favor
de mi padre para convertirme en rey”, pensaba el intrépido príncipe mientras se adentraba en el bosque. Justo en
ese momento, se topó con un duendecillo que atravesaba el camino.

– ¿A dónde te diriges con tanta prisa, jovenzuelo? – preguntó la criatura.

¡No me molestes, estúpido! ¡Sal de mi camino! – gritó el príncipe sin detener su frenética marcha.

Entonces, el duende se irritó tanto que lanzó un hechizo sobre el joven y lo hizo perderse entre las montañas.
Con el paso del tiempo, el segundo de los hermanos comenzó a impacientarse. “Si yo encuentro el agua de la
vida mi padre me coronará como rey”, murmuró el jovenzuelo mientras ensillaba su caballo y se desprendía
galopando hacia el bosque. Nuevamente, el duende se cruzó en el camino del segundo hermano.

– ¿A dónde vas con tanta prisa, jovenzuelo?

– ¡Aparta, imbécil! – chilló el príncipe – No tengo tiempo para tus preguntas.

Y dicho aquello continuó su veloz carrera. El duende, molesto por la actitud del príncipe volvió a lanzar un
hechizo para que se extraviara entre las montañas del bosque.

– ¡No me molestes, estúpido! ¡Sal de mi camino! – gritó el príncipe sin detener su frenética marcha.

Entonces, el duende se irritó tanto que lanzó un hechizo sobre el joven y lo hizo perderse entre las montañas.
Con el paso del tiempo, el segundo de los hermanos comenzó a impacientarse. “Si yo encuentro el agua de la
vida mi padre me coronará como rey”, murmuró el jovenzuelo mientras ensillaba su caballo y se desprendía
galopando hacia el bosque. Nuevamente, el duende se cruzó en el camino del segundo hermano.
– ¿A dónde vas con tanta prisa, jovenzuelo?

– ¡Aparta, imbécil! – chilló el príncipe – No tengo tiempo para tus preguntas.

Y dicho aquello continuó su veloz carrera. El duende, molesto por la actitud del príncipe volvió a lanzar un
hechizo para que se extraviara entre las montañas del bosque.

Varias horas después, el más pequeño de los príncipes se preocupó por sus hermanos, pues aún no habían
regresado con el agua de la vida para su enfermo padre. Sin pensarlo dos veces, ajustó su caballo y salió hacia el
bosque. Por supuesto, el duende del bosque también vio al pequeño príncipe y decidió cruzarse en su camino.

– ¿A dónde vas con tanta prisa, jovenzuelo?

– Estoy buscando el agua de la vida para mi padre enfermo. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?

– ¡Claro que sí! – exclamó el duende con alegría al ver que por fin, alguien le había tratado con amabilidad –
Debes buscarla en la cueva encantada. Pero ten cuidado, porque un terrible oso protege la entrada.

– ¿Entonces, cómo hago? – preguntó el príncipe.

– Toma este pan. Dáselo al oso y podrás entrar a la cueva. Antes que el oso termine de comer deberás haber
salido. Date prisa.

Y así lo hizo. El menor de los príncipes siguió el camino indicado por el duende y a las pocas horas arribó a la
cueva encantada. Como le habían advertido, el oso se encontraba justo en la entrada. Era un animal enorme con
garras afiladas y mirada furiosa, pero el príncipe hizo todo lo que el duende le había dicho.

Cuando le lanzó el pan al oso, este se entretuvo devorándolo y el príncipe se apresuró hacia el interior de la
cueva. Todo se encontraba oscuro en aquel lugar, pero a lo lejos podía verse un manantial lleno de luz, y el
joven no tardó en rellenar con aquella agua mágica un pequeño frasco que llevaba consigo.

Justo antes de marcharse, el príncipe oyó una voz tierna que provenía desde lo lejos. Era la voz de una
muchacha hermosa, con cabellos risos y rubios que llegaban hasta el suelo.

– ¿Quién eres? – preguntó el chico.

– Soy una princesa y he quedado atrapada en esta cueva. Por favor, sálvame.

En ese momento, el príncipe recordó que no contaba con mucho tiempo, pues el oso estaba a punto de terminar
con el pan. Besando las manos de la muchacha prometió regresar a buscarla, y se marchó de la cueva a toda
carrera. Una vez en el bosque, el príncipe se encontró nuevamente con el duendecillo.
– Amigo duende, debo agradecerte por todos tus consejos – dijo el príncipe con una sonrisa en los labios –
ahora mi padre podrá beber esta agua y curarse para siempre.

– Me alegro que así sea, jovenzuelo – exclamó la criatura.

– Ahora sólo me preocupan mis hermanos. Quisiera que volvieran a casa conmigo para celebrar la buena
noticia.

– No te preocupes. Tus hermanos han recibido un castigo justo, pero cuando llegues al palacio los encontrarás
junto a tu padre.

Agradecido por la bondad del duende, el príncipe reanudó su camino hacia el castillo y el rey por fin pudo
tomar el agua de la vida. Al instante, el monarca quedó recuperado. Estaba tan alegre que se puso a cantar y a
dar saltos en su cama.

Por la noche, la familia real convocó a una gran fiesta para celebrar la sanación del rey. Sin embargo, el menor
de los tres príncipes no estaba del todo contento, y cuando le preguntaron, aprovechó para contarles de aquella
hermosa muchacha que había quedado atrapada en la cueva encantada.

Entonces, sus dos hermanos sintieron envidia y quisieron salir a rescatar a la bella chica para casarse con ella.
En la oscuridad de la noche, los dos príncipes partieron con sus caballos hacia la cueva encantada, pero se
olvidaron del temible oso que custodiaba la entrada.

Al verlos, el oso lanzó un grito feroz y les enseñó sus colmillos gigantes, y a los hermanos no les quedó más
remedio que salir huyendo muertos de miedo. Tiempo después, llegó el más pequeño y valiente de los príncipes.
Como sabía que al oso le gustaba el pan, decidió pintar una pequeña piedra de color blanco, la ató a su caballo
con una larga cuerda y luego la lanzó hacia el oso.

La bestia no pudo resistir la tentación y salió corriendo en busca del supuesto pan, pero el caballo del príncipe
se lanzó a correr con la piedra atada a su cuerpo, mientras el oso la perseguía inútilmente. Cuando por fin quedó
libre la entrada de la cueva, el joven se apresuró hacia el interior.

Finalmente, pudo rescatar a la bella princesa y al llegar al palacio todos quedaron impresionados con su
valentía. En poco tiempo, los jóvenes se casaron y cuenta la leyenda que fueron muy felices por el resto de sus
vidas.

El ratoncito Pérez
Erase una vez Pepito Pérez , que era un pequeño ratoncito de ciudad , vivía con su familia en un agujerito de la
pared de un edificio.
El ratoncito Pérez

El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una
panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer. Un día Pepito
escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta
llegar a la primera planta. Allí vió un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros…, parecía que alguien se iba
a instalar allí.

Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el
piso de arriba habían puesto una clínica dental. A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que
hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta
de cartón. Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su
hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina.

Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso. Venían ratones de todas partes para que los curara.
Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones
pequeños, grandes, gordos, flacos… Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.
Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían
comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez
pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una duda,
subió a la clínica dental a mirar. Allí vió cómo el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano.
Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran
enormes y no le servían a él para nada.

Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá.
El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El
doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: “Iré a la casa de ese niño y le
compraré el diente”, pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un
enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la
habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su
almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño
un bonito regalo.

A la mañana siguiente el niño vió el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio.
Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los
recoge y les deja a cambio un bonito regalo. cuento se ha acabado
El oso de caramelo

Había una vez un niño llamado Marc que vivía junto a sus padres y hermano mayor a las afueras de
la ciudad. Su padre trabajaba en la fábrica de dulces ositos de caramelo que estaba a una milla de su
casa.

A Marc le encantaban esos dulces y los comía a todas horas.

Un día su padre llegó a casa escondiendo algo en su espalda.

- ¿ Qué llevas ahí ? - preguntó curioso Marc 

Su padre le mostró entonces un enorme osito de plástico de color naranja igual a los deliciosos ositos
de caramelo que fabricaba.

Marc se puso muy contento con el regalo sorpresa de su padre y aquella noche durmió con el osito al
lado de su cama.

De repente, el osito naranja, comenzó a mover sus grandes ojos negros de un lado para el otro y en
un instante estaba pegando saltos por la habitación. Estaba tan entusiasmado correteando por todos
lados que tiró al suelo varios juguetes y Marc sobresaltado se despertó por el ruido. Se sentó en la
cama y cuando vio a su osito corretear por su cuarto se quedó patidifuso, sin habla.

El osito, que vio como Marc le miraba atónito, se fue hacia él y cogiéndolo de la mano lo llevó hasta
la ventana y sin que Marc lograra reaccionar ambos saltaron hacia el jardín.

Cuando sus pies tocaron el suelo, Marc vio que aquello no era su jardín, si no un mundo hecho
enteramente de caramelo. Los arboles eran piruletas, las flores golosinas de fresa y los caminos
lenguas de azúcar.
Marc, reaccionando ante tal despliegue de dulces, comenzó a dar saltos de alegría diciendo:

- ¡ Esto es fabuloso ! - y empezó a comer dulces sin parar llenándose los carrillos.

Con la barriga ya llena de caramelo Marc miró a su osito y este sonriendo echó a correr y Marc
decidió seguirlo. 

Cuando ya casi no le quedaba aliento al niño de tanto correr con la panza llena, vio que el osito se
paraba y se daba la vuelta mirándole fijamente. Marc miro alrededor y vio que ya no había caramelos
y que en su lugar estaba rodeado de dientes por todo el suelo.

- ¿ Que es todo esto ? - preguntó extrañado y angustiado a su oso.

- Son los dientes de los niños que han comido muchos caramelos y no se han lavado los dientes -
respondió el oso todo serio mientras levantaba una ceja y miraba fijamente a Marc.

Marc vio que los dientes estaban feos y negruzcos y haciendo una mueca de desagrado se quedó
pensativo.

De repente exclamó:
- ¡ Por favor osito dime donde puedo lavarme los dientes ! , ¡ no quiero quedarme sin dientes !

El osito le cogió de la mano y lo acompaño de nuevo por el mismo sendero de azúcar que habían
recorrido y parándose frente a la casa de Marc le señaló la ventana de su habitación.

Marc dudó por un momento, pero encaramándose a la marquesina que sujetaba una hermosa planta
trepadora llegó hasta la ventana. Se dispuso a dar el último saltito para entrar en su habitación y
cuando puso sus pies en el suelo se dio cuenta que estaba sentado en su cama.

- ¡ Todo ha sido un sueño ! - exclamó - ¡ estaba dormido y acabo de despertar !

Mirando hacia la silla de al lado de su cama allí estaba el enorme oso naranja de plástico, rechoncho
y gordote.

Marc se puso en pié, tomó al oso en brazos y dirigiéndose hacia el baño decidió que nunca más
desobedecería a sus padres y todos los días tras comer los deliciosos ositos de caramelo se lavaría
sin falta los dientes.

Mientras Marc se lavaba los dientes, el osito descansaba sobre el taburete del baño y sin ser visto,
dibujo una enorme sonrisa en su redondota carita de oso.

- No ha estado mal - pensó - he conseguido que Marc sea cuidadoso con sus dientes.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

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