INFOBAE
El G20, la macro y la micro
Salvador Di Stefano
6 de Diciembre de 2018
El evento más importante de nuestra historia fue el último G20, fue una
vidriera para que nos viera todo el mundo. Sin embargo, la tasa de riesgo
país es tan elevada que los efectos positivos tardarán en notarse. La
microeconomía vive en un mundo difícil, en donde innovar y reinventarse es
prioridad.
La Argentina logró mostrarse al mundo, realizó 17 reuniones bilaterales, firmó
tratados de mediano y largo plazo que son más que promesas, y cerró un
documento conjunto con los países más poderosos de la Tierra. El encuentro
se realizó sin sobresaltos, no hubo disturbios, y el saldo internacional fue
altamente favorable.
El mundo se mostró a Argentina, y Mauricio Macri fue la figura del
encuentro. Todo a pedir de boca. Terminado el encuentro, viene la parte
menos feliz, si Argentina no baja la tasa de riesgo país, todo lo firmado y
conversado es difícil de cumplir.
La tasa riesgo país es del 7%, esta es la diferencia entre lo que rinde un bono
de nuestro país y un bono americano. Esto implica una tasa del 10% anual en
dólares, convirtiéndose en la tasa de descuento de cualquier inversión que se
desea realizar en el país. Es una tasa muy elevada. En Chile, Perú, Uruguay,
Paraguay y Brasil no llega al 6% anual.
Si no bajamos la tasa de riesgo país, no habrá fuertes inversiones en
Argentina, ni siquiera en Vaca Muerta, explotando litio, haciendo agricultura
o ganadería. La Argentina tendrá una explosión de inversiones cuando el
riesgo país descienda y los tributos sean razonables. En el mientras tanto, que
nos visite el G20 ayuda, pero no son suicidas, todo lleva su tiempo.
La macroeconomía argentina mejora mes a mes. Las cuentas públicas
muestran una reducción permanente y constante del déficit fiscal. El
ministro Nicolás Dujovne, casi sin despeinarse, con perfil bajo y sin
entusiasmar a periodistas mediáticos, cumple su función de llevar el país a un
resultado primario equilibrado. El tan mentado déficit cero.
La balanza comercial mostraría en noviembre su tercer resultado positivo, la
contracción de las importaciones hace que dejemos atrás el déficit comercial.
No vemos aún una suba de las exportaciones, eso vendrá en el año 2019, por
ahora hay un duro ajuste de las importaciones, en especial en el rubro bienes
de capital, eso implica menos inversión.
Mientras, la macroeconomía se encamina a un escenario de orden fiscal, algo
poco común en las cuotas públicas argentinas. La microeconomía tiene que
convivir con una alta presión tributaria, elevadas tasas de interés y un efecto
pobreza en la población que genera una baja generalizada de ventas.
Volvemos al escenario: estamos mal, pero vamos bien. El presidente Mauricio
Macri podría terminar su mandato dejando una economía ordenada, pero sin
crecimiento. La microeconomía fue agredida por una suba de tarifas públicas
que era por todos esperada, pero nadie alcanzó a prever el impacto negativo
sobre los gastos estructurales de los comercios, los servicios y las empresas.
Una economía sin cepo y con tipo de cambio flotante le imprimiría una dosis
de mayor volatilidad a los precios. Vivimos en una economía bimonetaria, los
argentinos transcurren su vida cotidiana en pesos, pero ahorran en dólares. No
quieren la dolarización, pero aman acopiar billetes con la estampa de
Washington. Cada vez que sube el dólar, los precios alcanzan un nuevo pico,
cuando baja, difícilmente se reacomoden, la historia de siempre.
Los gastos en personal se hicieron elevados, las empresas comenzaron a
pensar en adquirir bienes de capital para bajar costos, la devaluación del año
2018 detuvo la inversión, momentáneamente. Los cambios en la estructura
laboral están a la vuelta de la esquina.
La microeconomía cambió abruptamente, las empresas, los comercios y los
servicios tuvieron que buscar más escala o agregados de valor. Esto obligó a
incrementar el capital de trabajo, que en esta coyuntura es imposible de
conseguir a tasas bajas. La falta de un mercado de capital hizo inviable que
muchas empresas se abrieran a la Bolsa, la alta presión tributaria no invita a
desnudarse en público.
Casi sin avisarles a muchos emprendedores, la economía cambió y
muchos lo notaron cuando las cuentas ya no cerraban. Lamentablemente
no tenemos políticas de Estado para proyectar a los sectores productivos.
Cuando el gobierno gestiona mal, aparece disfrazado de bombero, rompe
puertas, tira abajo paredes y apaga el fuego. En términos económicos sería que
el bombero llega, sube la tasa, pone nuevos impuestos, reflota retenciones y
resuelve su problema. Todo sin meditar, que muchos emprendedores quedan
en el camino, y solo la supervivencia del más apto hace que siga en carrera
hasta el próximo incendio.
El G20 fue la mejor puesta en escena que vivo el país en su historia. Le
permite al Gobierno relanzarse y recuperar protagonismo. Una semana
histórica para el país y su visibilidad mundial.
La macroeconomía todavía está penalizando a las inversiones, la tasa de
riesgo país es elevada, y el costo de oportunidad de la inversión se ubica en el
10% en dólares o 50% en pesos. Con estas tasas es imposible invertir a largo
plazo.
La microeconomía sufre por los altos gastos de estructura, la mayor presión
tributaria y la falta de financiamiento. Los emprendedores se viven
reinventando para sobrevivir y surfear la crisis, algunos pueden, otros
quedaron en el intento. La Argentina binaria del que puede sobrevivir al
incendio y construye un edificio, mientras que el que no logra sobrevivir
queda desamparado, y con una prefabricada.
Con tamaña volatilidad, pasadas estas crisis deberíamos levantar un
monumento al emprendedor desconocido, el que desapareció entre tantas
crisis, y que en algún lugar de la Argentina sigue soñando en levantar una
nueva empresa.
El autor es analista económico y de mercados.