24.
EL AMOR AL PROJIMO
24.1 EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA PRÓJIMO
Jesús respondió a esta pregunta, afirmando que es prójimo todo aquel que, aquí y ahora, necesita
de nuestro amor y de nuestra ayuda. En principio no hay límite de parentesco, raza o pueblo. La
caridad cristiana abraza a todas las criaturas que están en amistad con Dios o que son capaces de
dicha amistad.
En el Antiguo Testamento prójimo no debe confundirse con la palabra hermano, aunque con
frecuencia le corresponde. Etimológicamente expresa la idea de asociarse con alguno, de entrar
en su compañía. El prójimo, contrariamente al hermano, con el que está uno ligado por la relación
natural, no pertenece a la casa paterna; si mi hermano es otro yo, mi prójimo es otro como yo,
otro que para mí puede ser realmente “otro”, pero que también puede llegar a ser un hermano. Así
puede crearse un vínculo entre dos seres, ya en forma pasajera (Lv. 19,13.16.18), ya en forma
durable y personal, en virtud de la amistad (Dt. 13,7) o del amor (Jr 3,1.20), o del compañerismo
(Job 30,29). El prójimo al que hay que amar es otro, sea o no hermano. Son prójimo el uno para
el otro.
En el Nuevo Testamento, cuando el escriba pregunta a Jesús: “¿Quién es mi prójimo?” (Lc
10,29), es probable que todavía asimilara a este prójimo con su hermano, miembro del pueblo de
Israel. Jesús va a transformar definitivamente la noción de prójimo. Por tanto consagra el
mandamiento del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No sólo concentra en él los
otros mandamientos, sino que los enlaza indisolublemente con el mandamiento del amor a Dios
(Mt 22, 34-40).
Luego, Jesús universaliza este mandamiento: uno debe amar a sus adversarios, no sólo a sus
amigos (Mt 5,43-48); esto supone que se ha derribado en el corazón toda barrera, tanto que el
amor puede alcanzar al mismo enemigo.
En la parábola del buen samaritano (Lc 10,29.37) Jesús deja claro que no me toca a mí decidir
quién es mi prójimo. El hombre que se halla en apuros, aunque sea mi enemigo, puede
convertirse en mi prójimo. El amor universal conserva así un carácter concreto: se manifiesta
para con cualquier hombre al que Dios ponga en mi camino.
24.2 LOS MOTIVOS EN QUE SE FUNDA EL AMOR AL PRÓJIMO
Lo que determina al cristiano a amarse y amar al prójimo no es solamente un mandamiento; el
amor de sí mismo encuentra un estímulo en el natural instinto de conservación: el hombre se
ama a sí mismo por necesidad; y el amor al prójimo expresa un altruismo innato que nos inclina
a él, buscando su compañía; esto es cierto, sin embargo, la caridad cristiana encuentra su
verdadero motivo en la bondad de Dios, una bondad participada a nosotros y al prójimo;
hablando, sobrenaturalmente, el hombre no puede amarse más que al prójimo, porque los motivos
de ambos son los mismos: semejanza con Dios Padre, el seguimiento de Cristo y la inhabitación
de Espíritu Santo.
Dios ha impuesto el precepto de amar por el hecho mismo de darnos la potencia de amar, pero
también por habernos dado un ejemplo inigualable (Ef 4,2). Encontramos los motivos
sobrenaturales del amor al prójimo, pero revelado como precepto estricto, la fórmula más
enérgica es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 17) y la regla de oro es “Cuanto
queráis que los hombres os hagan, hacedlo vosotros ellos, porque ahí está la ley y los profetas”
(Mt 7,12; Lc 6,31). En Jn 13,34 y 15,12 el mandamiento es elevado a mayor altura, constituye el
mandamiento nuevo. Stg 2,8 lo llama ley regla: “Si en verdad cumplís la ley regla de la
Escritura, amarás al prójimo como a ti mismo, bien hacéis”.
24.3 CRISTO COMO MEDIDA DEL RECTO AMOR A NOSOTROS MISMOS Y AL
PRÓJIMO
La caridad, el amor sumo a Dios, se expande como una luz y se proyecta sobre todos los seres
capaces de recibir la vida divina. Alcanza también a uno mismo y al prójimo. Esta expansión de
la caridad, es atestiguada por la Sagrada Escritura y enseñada por la teología. Cristo al proponer
el amor, muestra la íntima conexión que existe entre el amor a Dios y el amor al prójimo. San
Pablo y san Juan, identifican el amor al prójimo con el amor a Dios, infundido por el Espíritu
Santo de modo que forman una disposición espiritual.
Esta misma doctrina aparece en santo Tomás y en teólogos posteriores, donde sólo el amor a Dios
constituye el objeto primario de la Caridad, y todas las criaturas que participan de la Gloria de su
creador son el objeto secundario de la misma.
El amor cristiano es proclamado por el mandamiento supremo de Cristo, ya que el Señor sólo
manda el amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37ss), pero en el segundo manda el amor a sí mismo,
ya que éste constituye el presupuesto y la medida del amor al prójimo; la purificación moral del
amor a sí mismo, es realizada por el amor a Dios y al prójimo.
El amor cristiano forma una unidad esencial con el amor a Dios, tiene por objeto su dignidad, y
su destino sobrenatural la participación en la vida divina propia de los hijos de Dios. Esta
dignidad es conocida por la fe, y debe ser estimulada por el amor, el cual eleva al alma sobre la
naturaleza y se arraiga de un modo especial y profundo a Dios.
En el amor a sí mismo se halla incluido el amor a Dios, ya que la Caridad ama por Dios a todas
las criaturas; el amor a sí mismo es necesario como un medio y requisito para la salvación, ya que
sin él se hace imposible el cumplimiento de las obligaciones de la vida cristiana. Su necesidad de
precepto está contenida en el mandato cristiano del amor.
Las palabras del Señor indican que el amor a sí mismo es el requisito indispensable y el modelo
del amor al prójimo. Aunque el mandato se refiere de manera inmediata al amor al prójimo, sin
embargo, Cristo Jesús supone sin lugar a dudas el amor a sí mismo como algo general e
independiente. El amor al prójimo debe guiarse por el amor a sí mismo en su ejercicio. El mismo
sentido posee estas otras palabras: “todo lo que quieran que les hagan, háganlo también ustedes a
ellos” (Mt 7,12)
Las palabras del Señor: “amarás al prójimo como a ti mismo” han planteado la cuestión sobre el
significado exacto de la palabra como, es decir, si indica igualdad o solamente semejanza,
veamos así:
El objeto de la caridad es Dios : la mayor proximidad del hombre a Dios mediante su
perfección moral crea una jerarquía objetiva en el mismo amor al prójimo. Cuanto más cerca
de Dios está un hombre, tanto más digno es de ser amado. Esta superior estima exige también
el deseo de que tal persona logre la felicidad eterna en una medida más alta.
El sujeto del amor al prójimo no se halla ligado con todos sus semejantes de igual manera :
Algunos se encuentran más cerca del mismo por razones de familia, educación, trabajo, etc.;
esta mayor proximidad crea también una jerarquía subjetiva dentro del amor al prójimo. Esta
relación no se funda solamente en los vínculos de la sangre, sino también en los del espíritu.
El amor a los enemigos: Hay que amar a los enemigos con verdadero amor de caridad; pero
no en cuanto enemigos, sino en cuanto hombres capaces de la bienaventuranza eterna.
La razón teológica que manifiesta Santo Tomás, es el mandato de amar al enemigo no porque lo
sea, sino a pesar de ello, viendo en ellos a seres humanos capaces de compartir con nosotros
algún día la eterna bienaventuranza. Esto porque la caridad es estrictamente sobrenatural y por lo
tanto no es necesario sentirla solamente en la parte sensitiva y pasional.
El precepto de amar a los enemigos obliga a otorgarles ordinariamente los signos comunes de
amistad y de afecto, y, en determinadas circunstancias, incluso signos especiales.
24.4 ALCANCE DEL AMOR AL PRÓJIMO EN SUS DIVERSAS NECESIDADES
El amor al prójimo al servicio de las necesidades corporales : La labor del evangelizador
traiciona el Evangelio si se detiene en la simple proclamación del mensaje cristiano y descuida
sus implicaciones prácticas. Porque el hombre al que debemos amar es una totalidad corporal y
espiritual, el verdadero cristiano, ha de ser sacramento del amor de Dios para el necesitado y en
sentido inverso, el pobre es un sacramento de Cristo para quien pueda socorrerle.
En el Evangelio las obras de misericordia serán indicativos para saber si hemos amado a Cristo
realmente en la persona del prójimo. De este modo, la verdadera caridad no tiene como fin
exclusivo remediar la necesidad corporal, sino que aspira a ennoblecer al necesitado, haciéndose
sentir amado y digno de amor.
Obras de caridad en las necesidades espirituales del prójimo : Todo cristiano está llamado a
procurar la salvación del prójimo siempre y donde pueda. Nada tan anticristiano como creer que
la obligación de trabajar por las almas es propia del sacerdote o las monjas… se trata de un deber
que surge de la misma vocación cristiana y que alcanza a todos según sus posibilidades. La
misión del cristiano consiste en comprender que su salvación está en trabajar por la salvación del
prójimo.
24.5 OBSTÁCULOS AL AMOR QUE SE DEBE AL PRÓJIMO
El odio: El extremo opuesto al amor al prójimo lo constituye la carencia total de esta virtud, esta
falta es un pecado grave. De esta actitud indiferente y puramente negativa ante el hombre se
diferencia del odio, la oposición positiva al amor al prójimo. El odio consiste en un acto de la
voluntad por el cual no solo se le niega al prójimo el amor debido, sino que se le rechaza como un
mal.
La envidia: No se opone al amor al prójimo tan radicalmente como el odio, pero precisamente,
por ser humana, constituye frecuentemente la raíz y la causa del odio, y es la razón de los demás
pecados contra el prójimo. La envidia es el disgusto y la tristeza por el bien y la felicidad del
prójimo, por creer que en su prosperidad constituye una merma del propio bienestar. Este pecado
se opone radicalmente a la virtud de la caridad.
El resentimiento: De la envidia se deriva espontáneamente la perversa alegría por las desgracias
ajenas, su malicia moral se mide por la gravedad del daño ajeno ante el cual se alegra el
envidioso. La envidia produce a menudo el resentimiento que consiste en la disposición interna y
pecaminosa por la cual el envidioso trata de compensar el menosprecio que se imagina le causan
los éxitos ajenos.
La seducción: Es el esfuerzo premeditado e intencional, para hacer caer al prójimo en el pecado,
acontece instando, ordenando, obrando de tal manera que el otro entienda que se le quiere inducir
a pecado. El seductor peca siempre contra la caridad y además contra la virtud en la que intenta
hacer caer al hermano: robo, desobediencia, impureza etc. La seducción procede casi siempre del
deseo de hallar cómplices en la maldad. Cuando procede de la intención de que el otro se pierda
es todavía más grave.
El escándalo: Es una actitud o un comportamiento que induce a otro a obrar el mal. El que
escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho, puede
ocasionar a su hermano la muerte espiritual, es decir, que pueda tornarse en lazo de tropiezo en el
camino de la salvación; comparando con la seducción, en ella se tiende un lazo intencionalmente,
en el escándalo falta la intención, sin embargo se da una negligencia o una imprudencia en alguna
forma. Disposiciones del escandaloso y manera de escandalizar: El escándalo procede
fundamentalmente de la poca importancia que se da a la salvación del prójimo:
Hay en primer lugar el escándalo del mal ejemplo; es el escándalo más común y el más peligroso
y encierra un poder especial cuando procede de una persona amada, o de una persona investida de
autoridad.
En segundo lugar hay el escándalo de los débiles; hay circunstancias en las que puede darse
escándalo aún grave mediante acciones consideradas en sí mismas buenas o indiferentes. Si nos
atenemos a San Pablo en 1Co 8,1ss y Rm 14, dos causas obran en el que así es escandalizado:
una primera causa la debilidad, la fragilidad moral; una segunda causa la incapacidad de discernir
el deber en su situación.
Hay obligación seria de prestar atención a la debilidad del prójimo cuando ello redunda en
provecho espiritual suyo y cuando es cosa factible sin embargo la atención no ha de ser tal que
paralice la actividad en favor del Reino de Dios, la atención no ha de ser tal que disminuya la
alegría en el servicio a Dios, tampoco hay obligación de perjudicarse a sí mismo por temor a la
debilidad ajena cuando no es seguro que el prójimo se vaya a escandalizar seriamente.
En tercer lugar hay el escándalo de los mal intencionados, el mero hecho de llevar una vida
auténticamente cristiana es necesariamente piedra de escándalo para el mundo enemigo de Dios,
estamos apuntando a la noción de escándalo tal como lo entiende la Biblia, fue precisamente la
santidad la que desenmascaro la maldad, la furia, lo que permite decir que Cristo mismo es el
gran escándalo Lc 2, 34; Rm 9, 33; Mt 21, 44 junto con Cristo también la vida de los discípulos,
la predicación de los apóstoles 1Co 1, 17-25.
Frente a este tipo de escándalo no hay porque retroceder, por el contrario hay que desafiarlo
resueltamente; el pastor de almas, el apóstol no pueden suprimir la oposición entre la sabiduría
de Dios y la sabiduría de este mundo. Querer acomodar el evangelio. Las exigencias a los débiles
hay que darlas en la medida en que vayan estando más formadas, de lo contrario nos hacemos
responsables de la caída de muchos.
La cooperación: La cooperación en los pecados ajenos tiene diferentes formas. Cooperar, en
general, significa obrar juntamente con otro, la cooperación al mal puede definirse: el concurso
físico o moral prestado a una mala acción de otro. Decimos concurso para distinguir la
cooperación del escándalo en el que no se concurre al pecado del otro, sino que se induce o se da
ocasión a ese pecado, el escándalo da ocasión a la caída de un prójimo que todavía no está
decidido a pecar, en cambio la cooperación ayuda a cometer un pecado a quien ya está decidido a
cometerlo.