14.
EL PECADO Y LA VOCACION MORAL
14.1. DEFINICION DEL PECADO
1849. El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al
amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a
ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.
Ha sido definido como "una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna" (San
Agustín).
1850. El pecado es una ofensa a Dios: "Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a
tus ojos cometí" (Sal 51,6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y
aparta de El nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una
rebelión contra Dios por el deseo de hacerse "como dioses", pretendiendo conocer y
determinar el bien y el mal (Gn 3,5). El pecado es así "amor de sí hasta el desprecio de
Dios". Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la
obediencia de Jesús que realiza la salvación.
La idea o noción de pecado es netamente religiosa, si se sale de este campo, ya no se
le llama pecado, sino: trasgresión, quebrantamiento, infracción, error,… y hasta
‘fragilidad humana’.
14.2. VISION DEL PECADO DESDE LA ESCRITURA
En la Escritura la conciencia de pecado y la íntima dignidad del hombre, va
estrechamente vinculada a la experiencia, casi tangible, de la grandeza y majestad de
Dios, es decir, de la santidad de un Dios incomprensible y abismalmente diferente del
hombre y sus aspiraciones. La percepción de la santidad de Dios, despierta en el
hombre la conciencia de su pecado, no al contrario, como a veces se afirma
frívolamente (Ex 3, 4-5). No es la conciencia previa de culpa la que se fabrica un Dios
como solución heterónoma; es precisamente la certeza de la bondad de Dios, cuya
esencia es su presencia, la que hace surgir la conciencia religiosa del pecado. Es la fe
en el Dios de la historia, la aceptación de su alianza, el recuerdo de la liberación, lo que
determina la conciencia ética del creyente.
Es verdad que el A.T no hace una reflexión sistemática del pecado, sin dejar de
enfrenarse a él, lo vemos en los textos más antiguos, donde se presenta el esquema de
la fidelidad del Señor, la infidelidad de las generaciones “que hacen lo que desagrada al
Señor y sirven a los Baales (Jue 2, 6 – 19)”, hasta los que ven el pecado como
desgracia personal ( Con la vida de Job). El A.T no cuenta con un concepto central
general para el pecado como en el N.T, pero se nos dice que el pecado es una realidad
del pueblo y del individuo que aparta al hombre del amor de Dios y de su proyecto. El
pecado es una impiedad, desobediencia, rompe la armonía con los otros, injusticia, una
insensatez.
El pecado primordial (Adán), no es presentado como exterior o mágico, sino en la
decisión que frustra el plan armonioso de Dios. El hecho que el pecado se produzca por
decisión del hombre hasta entonces inocente, subraya que la naturaleza humana no
está corrompida en sí misma, el mal no es necesario. En el relato de la torre de babel,
en la del becerro de oro, se ve que el pecado es un abandono de la esperanza.
El A.T, ofrece otra visión, la del profeta, que ha descubierto la justicia de Dios y
injusticia a su alrededor. Sólo Dios es justo y quien lo busca debe hacerlo
decididamente por la justicia, no es verdadero creyente el que adora a Dios y desprecia
al hombre, no es verdadera religión la que consiente al hombre sentirse satisfecho de
sus prácticas de culto al tiempo que pretende ignorar las necesidades de sus
hermanos. El profeta Amos, nos ofrece otra realidad, el pecado no es un privilegio de
Israel, se encuentra en los otros pueblos (Am 1, 3-2, 3) y aunque las interpretaciones de
los profetas son duras, no cierran la puerta a la esperanza.
La palabra en los evangelios y en los escritos apostólicos más empleada para designar
el pecado es hamartía, y es el pecado del hombre en cuanto dirigido a Dios, pero es
interesante saber que en los sinópticos aparece muy en relación con el perdón. Pero
junto a esta palabra aparece otra nueva, adikía o injusticia, en referencia a las
relaciones injustas entre los hombres; juntas son el reflejo de la mayor intensidad de la
marca del pecado de quien se encuentra bajo su poder.
Jesús por su parte, se presenta como el que da cumplimiento y la ley de Moisés y por
eso los mandamientos se resumen en la perfección de vida; lucha para purificar la
conciencia de pecado desligándola de las concepciones meramente ritualistas.
Se puede resumir entonces, que el pecado es una actitud ante Dios, la del que no
acoge el Reino de Dios como puro don gratuito y desea construir su vida ofreciéndose
así mismo la salvación; paradójicamente el que más pecado tiene es el que se
considera así mismo justo ante Dios (Lc 18, 9 – 14); Pablo destaca que el pecado es
una cierta privación de la Gloria y de la Santidad que de Dios brotan (Rom 3, 23) y que
se manifiesta en Jesucristo (Ef 1,7).
14.3. CRISTO, LIBERTADOR DEL PECADO
14.3.1. El Misterio Pascual de Cristo.
Ni la pasión y muerte, ni la resurrección y glorificación de Cristo pueden comprenderse
sin relación con el pecado. La Encarnación fue el primer paso mediante el cual inició
Cristo el plan de reconciliación del hombre caído en la culpa; las obras y la pasión de
Cristo son la lucha que él sostiene contra el pecado, el sacrificio en la cruz es el acto
fundamental de la reparación del pecado; y la resurrección de Cristo y la de nosotros en
Cristo es la prueba de la victoria sobre el pecado. El pecado es la razón del Misterio
Pascual de Cristo (Cfr. 1Co 15, 3-4).
14.3.2. La Predicación de Jesús.
Cristo mismo se presenta como libertador del pecado, en sus parábolas Él explicita la
tremenda realidad de lo que es el pecado; en su mensaje Él relaciona su venida con el
pecado: “Id pues y aprended qué significa ‘misericordia quiero, no sacrificio’. Porque no
he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13); “Habrá más alegría en el cielo
por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan
necesidad de conversión” (Lc 15, 7). Según Jesús, su poder más sublime consiste en
perdonar los pecados: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder
de perdonar los pecados…Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9, 6). Cristo
liga íntimamente su sacrificio con el pecado (Cfr. Mt 26, 28) y él mismo deja a su
Iglesia la potestad de perdonar en su nombre (Cfr. Jn 20, 23).
14.3. 3. El Acontecimiento-Cristo, Encarnación.
Con la venida de Cristo, Dios nos da a conocer su voluntad de amor y, por eso, el
pecado se hace mucho más terrible (Cfr. Jn 15, 22). Pero ahora, no tienen excusa de su
pecado: “El que me aborrece a Mí, aborrece a mi Padre, pero ahora no sólo han visto, y
me aborrecen a Mí y aborrecen a mi Padre”. Cristo como piedra angular (Cfr. Lc 2, 34)
coloca al hombre ante una alternativa: o puede levantarse con su ayuda o caer en lo
más profundo del pecado. La humanidad no fue capaz de tanta maldad antes de la
venida de Cristo, como sí lo es después de su venida; por eso, era necesaria y urgente
la venida de Cristo.
14.4. EL SEGUIMIENTO DE CRISTO Y EL PECADO
El cristiano debería convencerse de que vivir en pecado y vivir en Cristo son dos
realidades incompatibles (Cfr. Rm 6, 2). El discípulo de Cristo debe tener presente la
gravedad del combate contra el pecado; si el signo de la victoria es la Cruz, el
cristiano debe luchar contra las fuerzas del mal, debe luchar contra malas inclinaciones
de su corazón. ¿Para qué está bautizado el cristiano?, para abrazar la Cruz, para ir al
combate, para resucitar con Cristo. Se habla a veces de un pecado que no tiene
perdón, y en realidad el que se hace sordo o duro a la voz del Señor, después de haber
sido reconocido hijo de Dios, mediante la gracia del Espíritu Santo comete un pecado
que no tiene esperanza de perdón. El peor de los pecados consiste entonces en
apartarse de Cristo completamente por la incredulidad (Cfr. Jn 8, 24; 16, 9), es el peor
de los pecados porque mientras no se haya perdido la fe, queda una esperanza de
retorno mediante la acción del Espíritu Santo.
Conclusión: Nuestra vida es trinitaria, por eso, debemos entender el pecado en
términos relacionales: pecado es no agradar al Padre (Cfr. Jn 3, 31-36); es no ser
fieles discípulos de Jesús (Cfr. Lc 9, 23-26; Jn 16, 8-9); es contristar al Espíritu que habita
en nosotros (Cfr. Mt 12, 31-32). Es no actuar correspondientemente entre el ser y actuar.
3. EL PECADO COMO FRUSTRACIÓN DEL SER HUMANO (PECADOS GRAVES
Y LEVES).
El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una
infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin
último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial
deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere. (CEC 1855).
La distinción entre pecado grave y pecado venial se formula cada vez más en dirección
y en dependencia de la decisión profunda de la persona; Santo Tomás afirma que con
el pecado mortal el hombre se dirige a una criatura como a su fin último, mientras que
con el pecado venial permanece habitualmente polarizado hacia Dios como hacía su fin
último, pero sin dejarse guiar por esta polarización, aquí y ahora, en la elección de los
medios para alcanzar el verdadero fin último.
Más concretamente, el pecado mortal extingue la vida sobrenatural en el alma del
justificado; el pecado venial, es en cierto modo, contrario a la vida de la gracia, más no
llega a suprimirla. Tres elementos están en el pecado mortal: 1) un objeto que cae bajo
un precepto o prohibición grave, o es juzgado como tal; 2) conocimiento
suficientemente claro de la importancia del objeto, o sea de la gravedad del pecado; 3)
voluntad libre en la decisión. En cuanto a la gravedad del objeto, el pecado es grave,
más no en razón de la gravedad del objeto en sí, sino de la mala voluntad por la que se
estaba dispuesto a quebrar un precepto grave (un precepto divino en materia grave), no
es fruto de una conciencia escrupulosa para la que todo es pecado grave, porque falta
en muchos casos el empleo de la libertad, el caso de los pecados contra la sinceridad.
Se señala la recta intención.
En cuanto al conocimiento, se requiere tal grado de conciencia, que se vea que tal cosa
es gravemente pecaminosa. En cuanto al libre consentimiento, cuando se reduce en
grado esencial el conocimiento o la atención real a la gravedad de la cosa, también se
reduce el uso de la libertad, pues la decisión de la libertad sólo se extiende hasta donde
alcanza la conciencia moral. Es imposible establecer un control absolutamente seguro
del grado de libertad. Normalmente se ha de tener por regla prudente, que el acto
hecho con plena advertencia lo ha sido también con plena libertad.
La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la
respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes,
no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y tu madre” Mc
10,19. La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más
grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también,
la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un
extraño”. (CEC 1858).
El pecado venial, es aquel que no se opone esencialmente al precepto de Dios, ni es
contrario a la aspiración hacia Dios como a fin último, y por lo tanto no llega a extinguir
la caridad habitual para con Dios: el pecado venial puede ser leve por su índole, porque
la cosa es verdaderamente leve o se considera como tal; por la imperfección del acto,
porque la libertad o la advertencia no fueron completas. Por tal motivo, el pleno
concepto de pecado se realiza sólo en el pecado mortal. El pecado mortal desde el
punto de vista subjetivo, es la persecución absoluta de un bien creado como fil último, el
venial es totalmente compatible con la total orientación hacia Dios. El mortal es la
oposición a la vida sobrenatural y el aniquilamiento de esta.
El pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento.
Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de su
oposición a la ley de Dios. Implica también un conocimiento suficientemente
deliberado para ser una elección personal. La ignorancia afectada y el
endurecimiento del corazón no disminuyen, sino aumentan, el carácter
voluntario del pecado. La ignorancia involuntaria puede disminuir, si no
excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie
ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de
todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden
igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las
presiones exteriores o los trastornos patológicos. (CEC 1859 – 1860).
COMO PRESENTAR EL TEMA DEL PECADO
La crisis del concepto de pecado y de la conciencia de culpa que afecta la cultura
actual obedece al sentido religioso de la existencia de Dios. Si desaparece Dios
del horizonte de la vida moral no cabe el concepto de culpa que es el aguijón más
fuerte para despertar la situación de pecado.
1) Recuperar las constantes bíblicas: la Alianza, la Misericordia, el sentido
del otro, el profetismo. En el NT se da en la figura de Jesús.
2) Unir razón y revelación: las condenas del pecado son razonables, dado
que el pecado ofende a Dios y rebaja la vida personal y social.
3) Presentar el pecado en el marco de la salvación: el amor misericordioso
de Dios y la muerte redentora de Jesús, lo que demanda la vida de
conducta del cristiano.
4) Atención a los derechos humanos: el pecado lesiona el amor de Dios,
incluso cuando no se respeta la dignidad del que gozan todos los hombres.
5) El pecado y la libertad: se piensa que lalibertad queda mermada con las
exigecnias morales, la vida moral acab con las esclavitudes con las que el
pecado somete al hombre (V.S.)
BIBLIOGRAFIA.
C.E.C. Catecismo de la Iglesia Católica.
FLECHA ANDRÉS, José Román. Teología Moral Fundamental. Madrid: B.A.C.
1999. pp 297 – 299.
A. BOUCHEZ. Biblia Clerus. Motor de búsqueda 3.0.126 para Windows 7. Piazza
Pio XII (Roma).