LA CENICIENTA (Charles Perrault)
Hace muchos años, en un lejano país, había una preciosa muchacha de
ojos verdes y larga melena. Además de bella, era una joven tierna que
trataba a todo el mundo con amabilidad y siempre tenía una sonrisa en los
labios.
Vivía con su madrastra, una mujer déspota y mandona que tenía dos hijas
tan engreídas como insoportables. Feas y desgarbadas, despreciaban a la
dulce muchachita porque no soportaban que fuera más hermosa que ellas.
La trataban como a una criada. Mientras las señoronas dormían en
cómodas camas con dosel, ella lo hacía en una humilde buhardilla.
Tampoco comía los mismos manjares y tenía que conformarse con las
sobras. Por si fuera poco, debía realizar el trabajo más duro del hogar: lavar
los platos, hacer la colada, fregar los suelos y limpiar la chimenea. La
pobrecilla siempre estaba sucia y llena de ceniza, así que todos la llamaban
Cenicienta.
Un día, llegó a la casa una carta proveniente de palacio. En ella se decía
que Alberto, el hijo del rey, iba a celebrar esa noche una fiesta de gala a la
que estaban invitadas todas las mujeres casaderas del reino. El príncipe
buscaba esposa y esperaba conocerla en baile.
¡Las hermanastras de Cenicienta se volvieron locas de contento! Se
precipitaron a sus habitaciones para elegir pomposos vestidos y las joyas
más estrafalarias que tenían para poder impresionarle. Las dos suspiraban
por el guapo heredero y se pusieron a discutir acaloradamente sobre quien
de ellas sería la afortunada.
– ¡Está claro que me elegirá a mí! Soy más esbelta e inteligente. Además…
¡Mira qué bien me sienta este vestido! – dijo la mayor dejando ver sus
dientes de conejo mientras se apretaba las cintas del corsé tan fuerte que
casi no podía respirar.
– ¡Ni lo sueñes! ¡Tú no eres tan simpática como yo! Además, sé de buena
tinta que al príncipe le gustan las mujeres de ojos grandes y mirada
penetrante – contestó la menor de las hermanas mientras se pintaba los
ojos, saltones como los de un sapo.
Cenicienta las miraba medio escondida y soñaba con acudir a ese
maravilloso baile. Como un sabueso, la madrastra apareció entre las
sombras y le dejó claro que sólo era para señoritas distinguidas.
– ¡Ni se te ocurra aparecer por allí, Cenicienta! Con esos andrajos no
puedes presentarte en palacio. Tú dedícate a barrer y fregar, que es para lo
que sirves.
La pobre Cenicienta subió al cuartucho donde dormía y lloró amargamente.
A través de la ventana vio salir a las tres mujeres emperifolladas para
dirigirse a la gran fiesta, mientras ella se quedaba sola con el corazón roto.
– ¡Qué desdichada soy! ¿Por qué me tratan tan mal? – repetía sin consuelo.
De repente, la estancia se iluminó. A través de las lágrimas vio a una mujer
de mediana edad y cara de bonachona que empezó a hablarle con voz
aterciopelada.
– Querida… ¿Por qué lloras? Tú no mereces estar triste.
– ¡Soy muy desgraciada! Mi madrastra no me ha permitido ir al baile de
palacio. No sé por qué se portan tan mal conmigo. Pero… ¿quién eres?
– Soy tu hada madrina y vengo a ayudarte, mi niña. Si hay alguien que tiene
que asistir a ese baile, eres tú. Ahora, confía en mí. Acompáñame al jardín.
Salieron de la casa y el hada madrina cogió una calabaza que había tirada
sobre la hierba. La tocó con su varita y por arte de magia se transformó en
una lujosa carroza de ruedas doradas, tirada por dos esbeltos caballos
blancos. Después, rozó con la varita a un ratón que correteaba entre sus
pies y lo convirtió en un flaco y servicial cochero.
– ¿Qué te parece, Cenicienta?… ¡Ya tienes quien te lleve al baile!
– ¡Oh, qué maravilla, madrina! – exclamó la joven- Pero con estos harapos
no puedo presentarme en un lugar tan elegante.
Cenicienta estaba a punto de llorar otra vez viendo lo rotas que estaban sus
zapatillas y los trapos que tenía por vestido.
– ¡Uy, no te preocupes, cariño! Lo tengo todo previsto.
Con otro toque mágico transformó su desastrosa ropa en un precioso
vestido de gala. Sus desgastadas zapatillas se convirtieron en unos
delicados y hermosos zapatitos de cristal. Su melena quedó recogida en un
lindo moño adornado con una diadema de brillantes que dejaba al
descubierto su largo cuello ¡Estaba radiante! Cenicienta se quedó
maravillada y empezó a dar vueltas de felicidad.
– ¡Oh, qué preciosidad de vestido! ¡Y el collar, los zapatos y los
pendientes…! ¡Dime que esto no es un sueño!
– Claro que no, mi niña. Hoy será tu gran noche. Ve al baile y disfruta
mucho, pero recuerda que tienes que regresar antes de que las
campanadas del reloj den las doce, porque a esa hora se romperá el
hechizo y todo volverá a ser como antes ¡Y ahora date prisa que se hace
tarde!
– ¡Gracias, muchas gracias, hada madrina! ¡Gracias!
Cenicienta prometió estar de vuelta antes de medianoche y partió hacia
palacio. Cuando entró en el salón donde estaban los invitados, todos se
apartaron para dejarla pasar, pues nunca habían visto una dama tan bella
y refinada. El príncipe acudió a besarle la mano y se quedó prendado
inmediatamente. Desde ese momento, no tuvo ojos para ninguna otra
mujer.
Su madrastra y sus hermanas no la reconocieron, pues estaban
acostumbradas a verla siempre harapienta y cubierta de ceniza. Cenicienta
bailó y bailó con el apuesto príncipe toda la noche. Estaba tan embelesada
que le pilló por sorpresa el sonido de la primera campanada del reloj de la
torre marcando las doce.
– ¡He de irme! – susurró al príncipe mientras echaba a correr hacia la
carroza que le esperaba en la puerta.
– ¡Espera!… ¡Me gustaría volver a verte! – gritó Alberto.
Pero Cenicienta ya se había alejado cuando sonó la última campanada. En
su escapada, perdió uno de los zapatitos de cristal y el príncipe lo recogió
con cuidado. Después regresó al salón, dio por finalizado el baile y se pasó
toda la noche suspirando de amor.
Al día siguiente, se levantó decidido a encontrar a la misteriosa muchacha
de la que se había enamorado, pero no sabía ni siquiera cómo se llamaba.
Llamó a un sirviente y le dio una orden muy clara:
– Quiero que recorras el reino y busques a la mujer que ayer perdió este
zapato ¡Ella será la futura princesa, con ella me casaré!
El hombre obedeció sin rechistar y fue casa por casa buscando a la dueña
del delicado zapatito de cristal. Muchas jóvenes que pretendían al príncipe
intentaron que su pie se ajustara a él, pero no hubo manera ¡A ninguna le
servía!
Por fin, se presentó en el hogar de Cenicienta. Las dos hermanas bajaron
cacareando como gallinas y le invitaron a pasar. Evidentemente, pusieron
todo su empeño en calzarse el zapato, pero sus enormes y gordos pies no
entraron en él ni de lejos. Cuando el sirviente ya se iba, Cenicienta apareció
en el recibidor.
– ¿Puedo probármelo yo, señor?
Las hermanas, al verla, soltaron unas risotadas que más bien parecían
rebuznos.
– ¡Qué desfachatez! – gritó la hermanastra mayor.
– ¿Para qué? ¡Si tú no fuiste al baile! – dijo la pequeña entre risitas.
Pero el lacayo tenía la orden de probárselo a todas, absolutamente todas,
las mujeres del reino. Se arrodilló frente a Cenicienta y con una sonrisa,
comprobó cómo el fino pie de la muchacha se deslizaba dentro de él con
suavidad y encajaba como un guante.
¡La cara de la madre y las hijas era un poema! Se quedaron patidifusas y
con una expresión tan bobalicona en la cara que parecían a punto de
desmayarse. No podían creer que Cenicienta fuera la preciosa mujer que
había enamorado al príncipe heredero.
– Señora – dijo el sirviente mirando a Cenicienta con alegría – el príncipe
Alberto la espera. Venga conmigo, si es tan amable.
Con humildad, como siempre, Cenicienta se puso un sencillo abrigo de lana
y partió hacia el palacio para reunirse con su amado. Él la esperaba en la
escalinata y fue corriendo a abrazarla. Poco después celebraron la boda
más bella que se recuerda y fueron muy felices toda la vida. Cenicienta se
convirtió en una princesa muy querida y respetada por su pueblo.
CAPERUCITA ROJA (CHARLES PERRAULT)
Érase una vez una preciosa niña que siempre llevaba una capa roja con
capucha para protegerse del frío. Por eso, todo el mundo la llamaba
Caperucita Roja.
Caperucita vivía en una casita cerca del bosque. Un día, la mamá de
Caperucita le dijo:
– Hija mía, tu abuelita está enferma. He preparado una cestita con tortas y
un tarrito de miel para que se la lleves ¡Ya verás qué contenta se pone!
– ¡Estupendo, mamá! Yo también tengo muchas ganas de ir a visitarla – dijo
Caperucita saltando de alegría.
Cuando Caperucita se disponía a salir de casa, su mamá, con gesto un
poco serio, le hizo una advertencia:
– Ten mucho cuidado, cariño. No te entretengas con nada y no hables con
extraños. Sabes que en el bosque vive el lobo y es muy peligroso. Si ves
que aparece, sigue tu camino sin detenerte.
– No te preocupes, mamita – dijo la niña- Tendré en cuenta todo lo que me
dices.
– Está bien – contestó la mamá, confiada – Dame un besito y no tardes en
regresar.
– Así lo haré, mamá – afirmó de nuevo Caperucita diciendo adiós con su
manita mientras se alejaba.
Cuando llegó al bosque, la pequeña comenzó a distraerse contemplando los
pajaritos y recogiendo flores. No se dio cuenta de que alguien la observaba
detrás de un viejo y frondoso árbol. De repente, oyó una voz dulce y
zalamera.
– ¿A dónde vas, Caperucita?
La niña, dando un respingo, se giró y vio que quien le hablaba era un
enorme lobo.
– Voy a casa de mi abuelita, al otro lado del bosque. Está enferma y le llevo
una deliciosa merienda y unas flores para alegrarle el día.
– ¡Oh, eso es estupendo! – dijo el astuto lobo – Yo también vivo por allí. Te
echo una carrera a ver quién llega antes. Cada uno iremos por un camino
diferente ¿te parece bien?
La inocente niña pensó que era una idea divertida y asintió con la cabeza.
No sabía que el lobo había elegido el camino más corto para llegar primero
a su destino. Cuando el animal llegó a casa de la abuela, llamó a la puerta.
– ¿Quién es? – gritó la mujer.
– Soy yo, abuelita, tu querida nieta Caperucita. Ábreme la puerta – dijo el
lobo imitando la voz de la niña.
– Pasa, querida mía. La puerta está abierta – contestó la abuela.
El malvado lobo entró en la casa y sin pensárselo dos veces, saltó sobre la
cama y se comió a la anciana. Después, se puso su camisón y su gorrito de
dormir y se metió entre las sábanas esperando a que llegara la niña. Al rato,
se oyeron unos golpes.
– ¿Quién llama? – dijo el lobo forzando la voz como si fuera la abuelita.
– Soy yo, Caperucita. Vengo a hacerte una visita y a traerte unos ricos
dulces para merendar.
– Pasa, querida, estoy deseando abrazarte – dijo el lobo malvado
relamiéndose.
La habitación estaba en penumbra. Cuando se acercó a la cama, a
Caperucita le pareció que su abuela estaba muy cambiada. Extrañada, le
dijo:
– Abuelita, abuelita ¡qué ojos tan grandes tienes!
– Son para verte mejor, preciosa mía – contestó el lobo, suavizando la voz.
– Abuelita, abuelita ¡qué orejas tan grandes tienes!
– Son para oírte mejor, querida.
– Pero… abuelita, abuelita ¡qué boca tan grande tienes!
– ¡Es para comerte mejor! – gritó el lobo dando un enorme salto y
comiéndose a la niña de un bocado.
Con la barriga llena después de tanta comida, al lobo le entró sueño. Salió
de la casa, se tumbó en el jardín y cayó profundamente dormido. El fuerte
sonido de sus ronquidos llamó la atención de un cazador que pasaba por
allí. El hombre se acercó y vio que el animal tenía la panza muy hinchada,
demasiado para ser un lobo. Sospechando que pasaba algo extraño, cogió
un cuchillo y le rajó la tripa ¡Se llevó una gran sorpresa cuando vio que de
ella salieron sanas y salvas la abuela y la niña!
Después de liberarlas, el cazador cosió la barriga del lobo y esperaron un
rato a que el animal se despertara. Cuando por fin abrió los ojos, vio como
los tres le rodeaban y escuchó la profunda y amenazante voz del cazador
que le gritaba enfurecido:
– ¡Lárgate, lobo malvado! ¡No te queremos en este bosque! ¡Como vuelva a
verte por aquí, no volverás a contarlo!
El lobo, aterrado, puso pies en polvorosa y salió despavorido.
Caperucita y su abuelita, con lágrimas cayendo sobre sus mejillas, se
abrazaron. El susto había pasado y la niña había aprendido una importante
lección: nunca más desobedecería a su mamá ni se fiaría de extraños.
LOS TRES CERDITOS
Había una vez tres cerditos que vivían al aire libre cerca del bosque. A
menudo se sentían inquietos porque por allí solía pasar un lobo malvado y
peligroso que amenazaba con comérselos.
Un día se pusieron de acuerdo en que lo más prudente era que cada uno
construyera una casa para estar más protegidos.
El cerdito más pequeño, que era muy vago, decidió que su casa sería de
paja. Durante unas horas se dedicó a apilar cañitas secas y en un
santiamén, construyó su nuevo hogar. Satisfecho, se fue a jugar.
– ¡Ya no le temo al lobo feroz! – le dijo a sus hermanos.
El cerdito mediano era un poco más decidido que el pequeño pero tampoco
tenía muchas ganas de trabajar. Pensó que una casa de madera sería
suficiente para estar seguro, así que se internó en el bosque y acarreó
todos los troncos que pudo para construir las paredes y el techo. En un par
de días la había terminado y muy contento, se fue a charlar con otros
animales.
– ¡Qué bien! Yo tampoco le temo ya al lobo feroz – comentó a todos
aquellos con los que se iba encontrando.
El mayor de los hermanos, en cambio, era sensato y tenía muy buenas
ideas. Quería hacer una casa confortable pero sobre todo indestructible, así
que fue a la ciudad, compró ladrillos y cemento, y comenzó a construir su
nueva vivienda. Día tras día, el cerdito se afanó en hacer la mejor casa
posible.
Sus hermanos no entendían para qué se tomaba tantas molestias.
– ¡Mira a nuestro hermano! – le decía el cerdito pequeño al mediano – Se
pasa el día trabajando en vez de venir a jugar con nosotros.
– Pues sí ¡vaya tontería! No sé para qué trabaja tanto pudiendo hacerla en
un periquete… Nuestras casas han quedado fenomenal y son tan válidas
como la suya.
El cerdito mayor, les escuchó.
– Bueno, cuando venga el lobo veremos quién ha sido el más responsable y
listo de los tres – les dijo a modo de advertencia.
Tardó varias semanas y le resultó un trabajo agotador, pero sin duda el
esfuerzo mereció la pena. Cuando la casa de ladrillo estuvo terminada, el
mayor de los hermanos se sintió orgulloso y se sentó a contemplarla
mientras tomaba una refrescante limonada.
– ¡Qué bien ha quedado mi casa! Ni un huracán podrá con ella.
Cada cerdito se fue a vivir a su propio hogar. Todo parecía tranquilo hasta
que una mañana, el más pequeño que estaba jugando en un charco de
barro, vio aparecer entre los arbustos al temible lobo. El pobre cochino
empezó a correr y se refugió en su recién estrenada casita de paja. Cerró la
puerta y respiró aliviado. Pero desde dentro oyó que el lobo gritaba:
– ¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Y tal como lo dijo, comenzó a soplar y la casita de paja se desmoronó. El
cerdito, aterrorizado, salió corriendo hacia casa de su hermano mediano y
ambos se refugiaron allí. Pero el lobo apareció al cabo de unos segundos y
gritó:
– ¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Sopló tan fuerte que la estructura de madera empezó a moverse y al final
todos los troncos que formaban la casa se cayeron y comenzaron a rodar
ladera abajo. Los hermanos, desesperados, huyeron a gran velocidad y
llamaron a la puerta de su hermano mayor, quien les abrió y les hizo pasar,
cerrando la puerta con llave.
– Tranquilos, chicos, aquí estaréis bien. El lobo no podrá destrozar mi casa.
El temible lobo llegó y por más que sopló, no pudo mover ni un solo ladrillo
de las paredes ¡Era una casa muy resistente! Aun así, no se dio por vencido
y buscó un hueco por el que poder entrar.
En la parte trasera de la casa había un árbol centenario. El lobo subió por él
y de un salto, se plantó en el tejado y de ahí brincó hasta la chimenea. Se
deslizó por ella para entrar en la casa pero cayó sobre una enorme olla de
caldo que se estaba calentado al fuego. La quemadura fue tan grande que
pegó un aullido desgarrador y salió disparado de nuevo al tejado. Con el
culo enrojecido, huyó para nunca más volver.
– ¿Veis lo que ha sucedido? – regañó el cerdito mayor a sus hermanos –
¡Os habéis salvado por los pelos de caer en las garras del lobo! Eso os
pasa por vagos e inconscientes. Hay que pensar las cosas antes de
hacerlas. Primero está la obligación y luego la diversión. Espero que hayáis
aprendido la lección.
¡Y desde luego que lo hicieron! A partir de ese día se volvieron más
responsables, construyeron una casa de ladrillo y cemento como la de su
sabio hermano mayor y vivieron felices y tranquilos para siempre.
HANSEL Y GRETEL (HNOS GRIMM)
En una cabaña cerca del bosque vivía un leñador con sus dos hijos, que se
llamaban Hansel y Gretel. El hombre se había casado por segunda vez con
una mujer que no quería a los niños. Siempre se quejaba de que comían
demasiado y que por su culpa, el dinero no les llegaba para nada. – Ya no
nos quedan monedas para comprar ni leche ni carne – dijo un día la
madrastra – A este paso, moriremos todos de hambre.
– Mujer… Los niños están creciendo y lo poco que tenemos es para
comprar comida para ellos – contestó compungido el padre.
– ¡No! ¡Hay otra solución! Tus hijos son lo bastante espabilados como para
buscarse la vida ellos solos, así que mañana iremos al bosque y les
abandonaremos allí. Seguro que con su ingenio conseguirán sobrevivir sin
problemas y encontrarán un nuevo lugar para vivir – ordenó la madrastra
envuelta en ira.
– ¿Cómo voy a abandonar a mis hijos a su suerte? ¡Son sólo unos niños!
– ¡No hay más que hablar! – siguió gritando – Nosotros viviremos más
desahogados y ellos, que son jóvenes, encontrarán la manera de salir
adelante por sí mismos.
El buen hombre, a pesar de la angustia que sentía en el pecho, aceptó
pensando que quizá su mujer tuviera razón y que dejarles libres sería lo
mejor.
Mientras el matrimonio hablaba sobre este tema, Hansel estaba en la
habitación contigua escuchándolo todo. Horrorizado, se lo contó al oído a su
hermana Gretel. La pobre niña comenzó a llorar amargamente.
– ¿Qué haremos, hermano, tú y yo solitos en el bosque? Moriremos de
hambre y frío.
– No te preocupes, Gretel, confía en mí ¡Ya se me ocurrirá algo! – dijo
Hansel con ternura, dándole un beso en la mejilla.
Al día siguiente, antes del amanecer, la madrastra les despertó dando
voces.
– ¡Levantaos! ¡Es hora de ir a trabajar, holgazanes!
Asustados y sin decir nada, los niños se vistieron y se dispusieron a
acompañar a sus padres al bosque para recoger leña. La madrastra les
esperaba en la puerta con un panecillo para cada uno.
– Aquí tenéis un mendrugo de pan. No os lo comáis ahora, reservadlo para
la hora del almuerzo, que queda mucho día por delante.
Los cuatro iniciaron un largo recorrido por el sendero que se adentraba en el
bosque. Era un día de otoño desapacible y frío. Miles de hojas secas de
color tostado crujían bajo sus pies.
A Hansel le atemorizaba que su madrastra cumpliera sus amenazas. Por si
eso sucedía, fue dejando miguitas de pan a su paso para señalar el camino
de vuelta a casa.
Al llegar a su destino, ayudaron en la dura tarea de recoger troncos y
ramas. Tanto trabajaron que el sueño les venció y se quedaron dormidos al
calor de una fogata. Cuando se despertaron, sus padres ya no estaban.
– ¡Hansel, Hansel! – sollozó Gretel – ¡Se han ido y nos han dejado solos!
¿Cómo vamos a salir de aquí? El bosque está oscuro y es muy peligroso.
– Tranquila hermanita, he dejado un rastro de migas de pan para poder
regresar – dijo Hansel confiado.
Pero por más que buscó las miguitas de pan, no encontró ni una ¡Los
pájaros se las habían comido!
Desesperados, comenzaron a vagar entre los árboles durante horas.
Tiritaban de frío y tenían tanta hambre que casi no les quedaban fuerzas
para seguir avanzando. Cuando ya lo daban todo por perdido, en un claro
del bosque vieron una hermosa casita de chocolate. El tejado estaba
decorado con caramelos de colores y las puertas y ventanas eran de
bizcocho. Tenía un jardín pequeño cubierto de flores de azúcar y de la
fuente brotaba sirope de fresa.
Maravillados, los chiquillos se acercaron y comenzaron a comer todo lo que
se les puso por delante ¡Qué rico estaba todo!
Al rato, salió de la casa una mujer vieja y arrugada que les recibió con
amabilidad.
– ¡Veo que os habéis perdido y estáis muertos de hambre, pequeños!
¡Pasad, no os quedéis ahí! En mi casa encontraréis cobijo y todos los
dulces que queráis.
Los niños, felices y confiados, entraron en la casa sin sospechar que se
trataba de una malvada bruja que había construido una casa de chocolate y
caramelos para atraer a los niños y después comérselos. Una vez dentro,
cerró la puerta con llave, cogió a Hansel y lo encerró en una celda de la que
era imposible salir. Gretel, asustadísima, comenzó a llorar.
– ¡Tú, niñata, deja de lloriquear! A partir de ahora serás mi criada y te
encargarás de cocinar para tu hermano. Quiero que engorde mucho y
dentro de unas semanas me lo comeré. Como no obedezcas, tú correrás la
misma suerte.
La pobre niña tuvo que hacer lo que la bruja cruel le obligaba. Cada día, con
el corazón en un puño, le llevaba ricos manjares a su hermano Hansel. La
bruja, por las noches, se acercaba a la celda a ver al niño para comprobar si
había ganado peso.
– Saca la mano por la reja – le decía para ver si su brazo estaba más
gordito.
El avispado Hansel sacaba un hueso de pollo en vez de su brazo a través
de los barrotes. La bruja, que era corta de vista y con la oscuridad no
distinguía nada, tocaba el hueso y se quejaba de que seguía siendo un niño
flaco y sin carnes. Durante semanas consiguió engañarla, pero un día la
vieja se hartó.
– ¡Tu hermano no engorda y ya me he cansado de esperar! – le dijo a
Gretel – Prepara el horno, que hoy me lo voy a comer.
La niña, muerta de miedo, le dijo que no sabía cómo se encendían las
brasas. La bruja se acercó al horno con una enorme antorcha.
– ¡Serás inútil! – se quejó la malvada mujer mientras se agachaba frente al
horno – ¡Tendré que hacerlo yo!
La vieja metió la antorcha dentro del horno y cuando comenzó a crepitar el
fuego, Gretel se armó de valor y de una patada la empujó dentro y cerró la
puerta. Los gritos de espanto no conmovieron a la chiquilla; cogió las llaves
de la celda y liberó a su hermano.
Fuera de peligro, los dos recorrieron la casa y encontraron un cajón donde
había valiosas joyas y piedras preciosas. Se llenaron los bolsillos y huyeron
de allí. Se adentraron en el bosque de nuevo y la suerte quiso que
encontraran fácilmente el camino que llevaba a su casa, guiándose por el
brillante sol que lucía esa mañana.
A lo lejos distinguieron a su padre sentado en el jardín, con la mirada
perdida por la tristeza de no tener a sus hijos. Cuando les vio aparecer, fue
corriendo a abrazarles. Les contó que cada día sin ellos se había sido un
infierno y que su madrastra ya no vivía allí. Estaba muy arrepentido. Hansel
y Gretel supieron perdonarle y le dieron las valiosas joyas que habían
encontrado en la casita de chocolate.
¡Jamás volvieron a ser pobres y los tres vivieron muy felices y unidos para
siempre!
EL PATITO FEO (Hans C. Andersen)
Era una preciosa mañana de verano en el estanque. Todos los animales
que allí vivían se sentían felices bajo el cálido sol, en especial una pata que
de un momento a otro, esperaba que sus patitos vinieran al mundo.
– ¡Hace un día maravilloso! – pensaba la pata mientras reposaba sobre los
huevos para darles calor – Sería ideal que hoy nacieran mis hijitos. Estoy
deseando verlos porque seguro que serán los más bonitos del mundo.
Y parece que se cumplieron sus deseos, porque a media tarde, cuando todo
el campo estaba en silencio, se oyeron unos crujidos que despertaron a la
futura madre.
¡Sí, había llegado la hora! Los cascarones comenzaron a romperse y muy
despacio, fueron asomando una a una las cabecitas de los pollitos.
– ¡Pero qué preciosos sois, hijos míos! – exclamó la orgullosa madre – Así
de lindos os había imaginado.
Sólo faltaba un pollito por salir. Se ve que no era tan hábil y le costaba
romper el cascarón con su pequeño pico. Al final también él consiguió
estirar el cuello y asomar su enorme cabeza fuera del cascarón.
– ¡Mami, mami! – dijo el extraño pollito con voz chillona.
¡La pata, cuando le vio, se quedó espantada! No era un patito amarillo y
regordete como los demás, sino un pato grande, gordo y negro que no se
parecía nada a sus hermanos.
– ¿Mami?… ¡Tú no puedes ser mi hijo! ¿De dónde habrá salido una cosa
tan fea? – le increpó – ¡Vete de aquí, impostor!
Y el pobre patito, con la cabeza gacha, se alejó del estanque mientras de
fondo oía las risas de sus hermanos, burlándose de él.
Durante días, el patito feo deambuló de un lado para otro sin saber a dónde
ir. Todos los animales con los que se iba encontrando le rechazaban y nadie
quería ser su amigo.
Un día llegó a una granja y se encontró con una mujer que estaba barriendo
el establo. El patito pensó que allí podría encontrar cobijo, aunque fuera
durante una temporada.
– Señora – dijo con voz trémula- ¿Sería posible quedarme aquí unos días?
Necesito comida y un techo bajo el que vivir.
La mujer le miró de reojo y aceptó, así que durante un tiempo, al pequeño
pato no le faltó de nada. A decir verdad, siempre tenía mucha comida a su
disposición. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que un día, escuchó a la
mujer decirle a su marido:
– ¿Has visto cómo ha engordado ese pato? Ya está bastante grande y
lustroso ¡Creo que ha llegado la hora de que nos lo comamos!
El patito se llevó tal susto que salió corriendo, atravesó el cercado de
madera y se alejó de la granja. Durante quince días y quince noches vagó
por el campo y comió lo poco que pudo encontrar. Ya no sabía qué hacer ni
a donde dirigirse. Nadie le quería y se sentía muy desdichado.
¡Pero un día su suerte cambió! Llegó por casualidad a una laguna de aguas
cristalinas y allí, deslizándose sobre la superficie, vio una familia de
preciosos cisnes. Unos eran blancos, otros negros, pero todos esbeltos y
majestuosos. Nunca había visto animales tan bellos. Un poco avergonzado,
alzó la voz y les dijo:
– ¡Hola! ¿Puedo darme un chapuzón en vuestra laguna? Llevo días
caminando y necesito refrescarme un poco.
-¡Claro que sí! Aquí eres bienvenido ¡Eres uno de los nuestros! – dijo uno
que parecía ser el más anciano.
– ¿Uno de los vuestros? No entiendo…
– Sí, uno de los nuestros ¿Acaso no conoces tu propio aspecto? Agáchate y
mírate en el agua. Hoy está tan limpia que parece un espejo.
Y así hizo el patito. Se inclinó sobre la orilla y… ¡No se lo podía creer! Lo
que vio le dejó boquiabierto. Ya no era un pato gordo y chato, sino que en
los últimos días se había transformado en un hermoso cisne negro de largo
cuello y bello plumaje.
¡Su corazón saltaba de alegría! Nunca había vivido un momento tan mágico.
Comprendió que nunca había sido un patito feo, sino que había nacido
cisne y ahora lucía en todo su esplendor.
– Únete a nosotros – le invitaron sus nuevos amigos – A partir de ahora, te
cuidaremos y serás uno más de nuestro clan.
Y feliz, muy feliz, el pato que era cisne, se metió en la laguna y compartió el
paseo con aquellos que le querían de verdad.
EL GATO CON BOTAS (HNOS GRIMM)
Érase una vez un molinero que tenía tres hijos. El hombre era muy pobre y
casi no tenía bienes para dejarles en herencia. Al hijo mayor le legó su viejo
molino, al mediano un asno y al pequeño, un gato.
El menor de los chicos se lamentaba ante sus hermanos por lo poco que le
había correspondido.
– Vosotros habéis tenido más suerte que yo. El molino muele trigo para
hacer panes y tortas y el asno ayuda en las faenas del campo, pero ¿qué
puedo hacer yo con un simple gato?
El gato escuchó las quejas de su nuevo amo y acercándose a él le dijo:
– No te equivoques conmigo. Creo que puedo serte más útil de lo que
piensas y muy pronto te lo demostraré. Dame una bolsa, un abrigo elegante
y unas botas de mi talla, que yo me encargo de todo.
El joven le regaló lo que le pedía porque al fin y al cabo no era mucho y el
gato puso en marcha su plan. Como todo minino que se precie, era muy
hábil cazando y no le costó mucho esfuerzo atrapar un par de conejos que
metió en el saquito. El abrigo nuevo y las botas de terciopelo le
proporcionaban un porte distinguido, así que muy seguro de sí mismo se
dirigió al palacio real y consiguió ser recibido por el rey.
– Majestad, mi amo el Marqués de Carabás le envía estos conejos – mintió
el gato.
– ¡Oh, muchas gracias! – respondió el monarca – Dile a tu dueño que le
agradezco mucho este obsequio.
El gato regresó a casa satisfecho y partir de entonces, cada semana acudió
al palacio a entregarle presentes al rey de parte del supuesto Marqués de
Carabás. Le llevaba un saco de patatas, unas suculentas perdices, flores
para embellecer los lujosos salones reales… El rey se sentía halagado con
tantas atenciones e intrigado por saber quién era ese Marqués de Carabás
que tantos regalos le enviaba mediante su espabilado gato.
Un día, estando el gato con su amo en el bosque, vio que la carroza real
pasaba por el camino que bordeaba el río.
– ¡Rápido, rápido! – le dijo el gato al joven – ¡Quítate la ropa, tírate al agua y
finge que no sabes nadar y te estás ahogando!
El hijo del molinero no entendía nada pero pensó que no tenía nada que
perder y se lanzó al río ¡El agua estaba helada! Mientras tanto, el astuto
gato escondió las prendas del chico y cuando la carroza estuvo lo
suficientemente cerca, comenzó a gritar.
– ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi amo el Marqués de Carabás no sabe nadar!
¡Ayúdenme!
El rey mandó parar al cochero y sus criados rescataron al muchacho ¡Era lo
menos que podía hacer por ese hombre tan detallista que le había colmado
de regalos!
Cuando estuvo a salvo, el gato mintió de nuevo.
– ¡Sus ropas no están! ¡Con toda esta confusión han debido de robarlas
unos ladrones!
– No te preocupes – dijo el rey al gato – Le cubriremos con una manta para
que no pase frío y ahora mismo envío a mis criados a por ropa digna de un
caballero como él.
Dicho y hecho. Los criados le trajeron elegantes prendas de seda y unos
cómodos zapatos de piel que al hijo del molinero le hicieron sentirse como
un verdadero señor. El gato, con voz pomposa, habló con seguridad una
vez más.
– Mi amo y yo quisiéramos agradecerles todo lo que acaban de hacer por
nosotros. Por favor, vengan a conocer nuestras tierras y nuestro hogar.
– Será un placer. Mi hija nos acompañará – afirmó el rey señalando a una
preciosa muchacha que asomaba su cabeza de rubia cabellera por la
ventana de la carroza.
El falso Marqués de Carabás se giró para mirarla. Como era de esperar, se
quedó prendado de ella en cuanto la vio, clavando su mirada sobre sus
bellos ojos verdes. La joven, ruborizada, le correspondió con una dulce
sonrisa que mostraba unos dientes tan blancos como perlas marinas.
– Si le parece bien, mi amo irá con ustedes en el carruaje. Mientras, yo me
adelantaré para comprobar que todo esté en orden en nuestras
propiedades.
El amo subió a la carroza de manera obediente, dejándose llevar por la
inventiva del gato. Mientras, éste echó a correr y llegó a unas ricas y
extensas tierras que evidentemente no eran de su dueño, sino de un ogro
que vivía en la comarca. Por allí se encontró a unos cuantos campesinos
que labraban la tierra. Con cara seria y gesto autoritario les dijo:
– Cuando veáis al rey tenéis que decirle que estos terrenos son del
Marqués de Carabás ¿entendido? A cambio os daré una recompensa.
Los campesinos aceptaron y cuando pasó el rey por allí y les preguntó a
quién pertenecían esos campos tan bien cuidados, le dijeron que eran de su
buen amo el Marqués de Carabás.
El gato, mientras tanto, ya había llegado al castillo. Tenía que conseguir que
el ogro desapareciera para que su amo pudiera quedarse como dueño y
señor de todo. Llamó a la puerta y se presentó como un viajero de paso que
venía a presentarle sus respetos. Se sorprendió de que, a pesar de ser un
ogro, tuviera un castillo tan elegante.
– Señor ogro – le dijo el gato – Es conocido en todo el reino que usted tiene
poderes. Me han contado que posee la habilidad de convertirse en lo que
quiera.
– Has oído bien – contestó el gigante – Ahora verás de lo que soy capaz.
Y como por arte de magia, el ogro se convirtió en un león. El gato se hizo el
sorprendido y aplaudió para halagarle.
– ¡Increíble! ¡Nunca había visto nada igual! Me pregunto si es capaz de
convertirse usted en un animal pequeño, por ejemplo, un ratoncito.
– ¿Acaso dudas de mis poderes? ¡Observa con atención! – Y el ogro,
orgulloso de mostrarle todo lo que podía hacer, se transformó en un ratón.
¡Sí! ¡Lo había conseguido! El ogro ya era una presa fácil para él. De un salto
se abalanzó sobre el animalillo y se lo zampó sin que al pobre le diera
tiempo ni a pestañear.
Como había planeado, ya no había ogro y el castillo se había quedado sin
dueño, así que cuando llamaron a la puerta, el gato salió a recibir a su amo,
al rey y a la princesa.
– Sea bienvenido a su casa, señor Marqués de Carabás. Es un honor para
nosotros tener aquí a su alteza y a su hermosa hija. Pasen al salón de
invitados. La cena está servida – exclamó solemnemente el gato al tiempo
que hacía una reverencia.
Todos entraron y disfrutaron de una maravillosa velada a la luz de las velas.
Al término, el rey, impresionado por lo educado que era el Marqués de
Carabás y deslumbrado por todas sus riquezas y posesiones, dio su
consentimiento para que se casara con la princesa.
Y así es como termina la historia del hijo del molinero, que alcanzó la dicha
más completa gracias a un simple pero ingenioso gato que en herencia le
dejó su padre.