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La Narrativa Universal Corta. 5to A

Este documento presenta el plan estratégico para la asignatura de Castellano en el tercer momento del curso de 5to año. La profesora Luisa Lara asigna la lectura del tema "La narrativa universal corta" y actividades relacionadas que los estudiantes deben completar y enviar a su correo electrónico antes del 21 de mayo de 2020. La actividad tiene un valor de 20 puntos y consiste en leer el cuento "Lo último en Safaris" de Nadine Gordimer y responder preguntas de análisis. El documento también incluye

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La Narrativa Universal Corta. 5to A

Este documento presenta el plan estratégico para la asignatura de Castellano en el tercer momento del curso de 5to año. La profesora Luisa Lara asigna la lectura del tema "La narrativa universal corta" y actividades relacionadas que los estudiantes deben completar y enviar a su correo electrónico antes del 21 de mayo de 2020. La actividad tiene un valor de 20 puntos y consiste en leer el cuento "Lo último en Safaris" de Nadine Gordimer y responder preguntas de análisis. El documento también incluye

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PLAN ESTRATEGICO

3ER MOMENTO (3ER. LAPSO)

Profesor: LUISA LARA Materia: CASTELLANO


Curso: 5to. AÑO Sección: A-B-C

ACTIVIDAD ASIGNADA ESTRATEGIA VALOR FECHA DE ENTREGA


DE EVALUACION

Leer el tema y realizar las 21 de mayo del 2020.


actividades que se anexan
GÉNEROS LITERARIOS: a continuación. Enviar a mi correo:
luisalara_2011hotmail.com
LA NARRATIVA UNIVERSAL CORTA. 20 PTS

NOTA:
CADA SECCION TIENE SU LECTURA

LA NARRATIVA UNIVERSAL CORTA.


5TO A
Mantener la atención del lector de una manera permanente durante el hilo del relato, es un reto
constante para el narrador para lograr una tensión sostenida, tiene que acudir a recursos
argumentales que hacen que la historia presente situaciones que pueden ocurrir de una manera
abrupta e inesperada: episodios profundamente humanos donde, con frecuencia, se presentan,
entre otras, la injusticia, la muerte o el amor. Hechos, que de repente cambian el orden normal de
la vida, de uno o varios actores sociales o de una comunidad. No necesariamente tiene que haber
personajes que ayudan a que la historia marche, y personajes que se oponen al desarrollo habitual
de los acontecimientos para que la historia marche, y personajes que se oponen al desarrollo
habitual de los acontecimientos para que se produzca la acción dramática. Pero, conservar esa
atención constante también obedece a la maestría del escritor en el manejo de la lengua, a su
capacidad para combinar las palabras y para utilizar los recursos literarios.

La narrativa corta de acuerdo con sus características, su breve extensión en relación con los
vastos espacios de la novela larga, sus ambientes delimitados en zonas no muy amplias y pocos
personajes, exige que el narrador se valga de su poder de síntesis para decir mucho con un
número restringido de palabras. Los propósitos del relato consisten en promover y transmitir
ideas, recrear emociones, sensaciones y visiones de la cotidianidad; generar en el lector un
desafió a su capacidad de interpretación. Los textos en un relato breve de calidad deben
sustentarse en una carga emocional donde la incertidumbre, lo inesperado y lo poético funcionen
como elementos constitutivos esenciales de la creación literaria

Realizar la lectura del cuento. Lo último en Safaris – Nadine Gordimer y responder las
preguntas para analizar. Valor 20 puntos.

Aquella noche mamá fue a la bodega y no regresó jamás. ¿Qué pasó? No lo sé. También papá se
había ido un día y tampoco regresó nunca; pero él se había ido a la guerra. Nosotros también
estábamos en la guerra, pero éramos niños y, al igual que la abuela y el abuelo no teníamos
armas. La gente a quien mi padre combatía −los bandidos los llama el gobierno− corrían por
todas partes y nosotros salíamos huyendo de ellos como pollos perseguidos por perros, sin saber
adónde ir. Nuestra madre fue a la bodega ese día, porque alguien le había dicho que estaban
vendiendo aceite de cocinar. Estábamos contentos pues hacía tiempo que no probábamos el
aceite. Tal vez lo consiguió y alguien la asaltó en la oscuridad y se lo quito o tal vez se encontró
con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. Dos veces vinieron a la aldea y corrimos a
ocultarnos en el monte, y regresabamos cuando se marchaban, para encontrar que se lo habían
llevado todo; pero la tercera vez que vinieron no hallaron nada que llevarse quedaba, ni aceite, ni
comida, ni nada; así que quemaron la paja, y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre
encontró unos pedazos de latas y los pusimos para cubrir una parte de nuestra casa. Allí
estábamos esperándola la noche que no regresó.

Nos daba mucho miedo salir, aún a hacer nuestras necesidades, pues los bandidos si habían
venido; no a la casa de nosotros –que como no tenía techo debía parecer que no había nadie en
ella, que estuviera vacía por completo−, pero sí al resto de la aldea. Oíamos a la gente gritar y
correr, pero nos daba miedo hasta correr, sin mamá que nos dijera hacia dónde. Yo soy la del
medio, la niña, y mi hermanito se apretaba a mi barriga, con sus brazos alrededor del cuello y las
piernas rodeándome la cintura, como un monito a su mamá. Mi hermano mayor se pasó toda la
noche con un pedazo de uno de los palos quemados de la casa en sus manos, para defendernos si
los bandidos nos encontraban.

Nos quedamos allí todo el día, esperando a mamá. No sé qué día era; en nuestro pueblo ya no
había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.

Cuando empezaba a anochecer, llegaron la abuela y el abuelo. Alguien de la aldea les había dicho
que los niños estábamos solos, que nuestra madre no había regresado. Pongo a la abuela antes del
abuelo porque es así: ella es alta y fuerte, y no es vieja, el abuelo es pequeño, casi no se ve dentro
de sus enormes pantalones, sonríe aun cuando no oye lo que le dices, y su pelo parece como si se
lo hubiera dejado lleno de espuma de jabón, La abuela nos llevó −a mí, al bebé, a mi hermano
mayor y al abuelo− a su casa y todos teníamos miedo (salvo el bebé, que iba dormido en la
espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos en el camino. Esperamos mucho tiempo en
casa de la abuela, como un mes. Teníamos hambre, pero mamá jamás regresó. Mientras
esperábamos que viniese a buscarnos, la abuela no tenía comida para darnos, ni siquiera para el
abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito,
aunque él en casa comía atol, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas
silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no encontramos ni una hoja.

El abuelo, caminando de último siempre, salió, junto a unos jóvenes a buscar a nuestra madre,
pero no la encontró. La abuela lloró con otras mujeres y yo canté junto con ellas. Trajeron algo de
comida −frijoles−pero a los dos días estábamos otra vez sin nada. El abuelo había llegado a ser
dueño de tres ovejas y una vaca y una huerta, pero ya hacía tiempo que los bandidos se habían
llevado las ovejas y la vaca, ellos también tenían hambre; y al llegar la época de la siembra el
abuelo no tenía, ya, semillas que sembrar.

Así que decidieron –la abuela, porque el abuelo apenas hizo unos ruiditos, balanceándose, pero
ella no le prestó atención− que nos iríamos. A nosotros, a los niños nos gustó la idea. Queríamos
irnos del sitio donde mamá no estaba y donde solo teníamos hambre. Queríamos ir a un sitio sin
bandidos y con comida. Nos alegraba pensar que existiera un lugar así, aunque fuese allá lejos.

La abuela cambió su ropa de domingo por unas secas mazorcas de maíz, que cocinó y envolvió
en un trapo, y que nos llevamos al partir. Ella esperaba que encontráramos agua en algún río,
pero no encontramos ninguno y nos dio tanta sed que tuvimos que regresar. Pero no hasta casa de
los abuelos, sino hasta un pueblo donde tenían bomba de agua. Ella destapó la cesta donde
llevaba algo de ropa y el maíz. Saco sus zapatos y los vendió para comprar un bidón de plástico
para llevar el agua. Yo le dije: Gogo, ¿cómo vas a ir a la iglesia ahora si ni siquiera tienes
zapatos?, pero ella dijo que el viaje muy era largo y llevábamos demasiado peso.

En aquel pueblo encontramos a otras personas que también se iban y nos unimos a ellos porque
parecían saber mejor que nosotros para dónde ir.

Para llegar allá lejos, teníamos que atravesar el Parque Kruger. Habíamos oído hablar del Parque
Kruger como de un país donde solo viven animales: elefantes, leones, chacales, hienas,
hipopótamos, cocodrilos, todo tipo de animales. Antes de la guerra, en nuestro país teníamos
algunos de esos animales, (la abuela lo recuerda, nosotros, los niños no habíamos nacido aun),
pero los bandidos matan a los elefantes para vender sus colmillos, y los bandidos y nuestros
soldados se han comido todos los antílopes. En el pueblo había un hombre sin piernas: un
cocodrilo se las arrancó en nuestro río; pero a pesar de ello nuestro país es un país de gentes y no
de animales. Habíamos oído hablar del Parque Kruger porque algunos de los hombres del pueblo
iban a trabajar allí, a unos sitios donde acudían los blancos de visita para ver animales.
Otra vez emprendimos el camino. Había mujeres, y otras niñas como yo, que teníamos que llevar
a los pequeños a cuestas cuando las mujeres se cansaban. Un hombre nos guiaba hasta el Parque
Kruger. ¿Ya llegamos?, ¿ya llegamos?, le preguntaba a cada momento a la abuela. Todavía no,
decía el guía, cuando ella le repetía mi pregunta. Él nos explicó que tendríamos que dar una gran
vuelta para rodear la cerca que nos mataría, nos dijo, asándonos la piel con solo tocarla, como los
alambres que hay allá arriba en los postes de la luz en nuestras aldeas. Recuerdo que he visto ese
dibujo de una cabeza sin ojos ni piel ni pelo, en una caja de hierro del hospital de la Misión que
teníamos antes de que lo dinamitasen.

Al preguntar otra vez, me respondieron que ya llevábamos como una hora caminando por el
Parque Kruger. Pero todo tenía el mismo aspecto que el chaparral por donde habíamos
caminamos todo el día, y no habíamos visto más animales que monos y pájaros como los que hay
donde vivimos, y una tortuga que, como es natural, no pudo escapar de nosotros. Mi hermano
mayor y los otros chicos se la trajeron al guía para matarla, guisarla y comérnosla. Pero él la dejó
libre porque dijo que no podíamos encender fuego mientras estuviésemos en el Parque porque el
humo mostraría donde estamos y la policía y los guardias vendrían y nos obligarían a volver por
donde habíamos venido. Dijo que teníamos que ir de un lado a otro como animales entre
animales, lejos de las carreteras, lejos de los campamentos de los blancos. Y justo en aquel
momento oí, estoy segura de que fui la primera en oírlo, un crujir de ramas y el sonido de algo
que se abría paso entre la hierba, y casi chillé porque creí que era la policía, los guardias (de
quienes el guía nos dijo que nos cuidásemos mucho) que nos habían encontrado. Y era un
elefante, y otro elefante, muchos elefantes, grandes manchas oscuras que se movían por todas
partes entre los árboles. Arrollaban la trompa en las hojas rojas de los árboles de mopane y se las
llevaban a la boca. Los más chiquitos se pegaban a sus madres y los que eran un poco mayores
peleaban entre sí, igual que mi hermano mayor con sus amigos, pero con la trompa en lugar de
usar los brazos. Yo los observaba con tal interés que se me olvidó que tenía miedo. El guía nos
dijo que permaneciésemos quietos y en silencio mientras los elefantes pasaban. Pasaron muy
lentamente, porque los elefantes son demasiado grandes para necesitar huir de nadie.

Los ciervos corrían ante nosotros. Saltaban tan alto que parecían volar. Los jabalíes se paraban en
seco al oírnos, y se alejaban zigzagueando como siempre lo hacia aquel muchacho del pueblo con
la bicicleta que su padre trajo de las minas. Seguimos a los animales hasta los pozos donde ellos
bebían. Cuando se iban tomábamos algo de agua. Por eso nunca pasábamos mucha sed, pero los
animales comían, comían constantemente, siempre que los veías estaban comiendo hierba,
árboles, raíces. En cambio, para nosotros no había nada. El maíz se nos había terminado. Lo
único que podíamos comer, a veces, era lo que comían los monos, unos pequeños higos resecos
llenos de hormigas, que crecen en las ramas de los árboles junto a los ríos. Era duro ser como los
animales.

Cuando hacía mucho calor, durante el día, encontrábamos leones echados y durmiendo. Eran del
color de la hierba y no los descubríamos a primera vista, aunque el guía sí, y nos hacía retroceder
y dar un largo rodeo para no pasar por donde dormían. Yo quería echarme como los leones. Mi
hermanito estaba cada vez más delgado, pero pesaba igual. Cuando la abuela me buscaba, para
cargármelo a la espalda, yo intentaba escaparme. Mi hermano mayor dejó de hablar; y cuando
descansábamos tenían que sacudirlo para que se volviese a levantar, como si ahora se hubiese
puesto sordo, al igual que el abuelo. Vi que la abuela tenía la cara llena de moscas y que no se las
espantaba y eso me asustó. Cogí una hoja de palmera y se las espanté.

Caminábamos de día y de noche. Veíamos los fuegos donde los blancos cocinaban en los
campamentos y olíamos el humo y la comida. Mirábamos las hienas que iban agachadas como si
sintiesen vergüenza, deslizándose por el chaparral siguiendo aquel olor. Si una de ellas volvía la
cabeza se le veían unos ojos grandes y brillantes, como los nuestros cuando nos mirábamos unos
a otros en la oscuridad. El viento traía voces en nuestra lengua desde los cercados donde viven
quienes trabajan en los campamentos. Una de las mujeres que iba con nosotros quería ir a verlos
por la noche y pedirles que nos ayudasen. Pueden darnos la comida de los cubos de basura, dijo,
y empezó a lamentarse a gritos y la abuela tuvo que agarrarla y taparle la boca con la mano. El
guía nos había dicho que debíamos evitar cualquier contacto con aquellos de los nuestros que
trabajaban en el Parque Kruger pues si nos ayudaban, los botarían del su trabajo. Si llegaban a
vernos, lo único que podían hacer era fingir que lo que habían visto eran animales.

A veces nos deteníamos a dormir un poco durante la noche. Dormíamos muy juntos. No sé qué
noche fue (porque caminábamos y caminábamos siempre y a todas horas), pero una vez oímos
que los leones estaban muy cerca. Sus rugidos no eran como los que se oían desde lejos. Jadeaban
como nosotros al correr, pero diferente, pues no habían corrido, solo acechan por allí cerca. Nos
apretábamos unos contra otros, unos encima de otros, y los de los lados intentaban refugiarse en
el centro, donde estaba yo. Me aplastaron contra una mujer que olía mal porque tenía miedo, pero
me alegré de poder agarrarme fuertemente a ella. Rogué a Dios que hiciera que los leones
cogieran a alguien de los lados y se marcharan. Cerré los ojos para no ver el árbol desde donde
cualquier león podía saltar y caerme justo encima. Pero en lugar del león saltó el hombre que nos
guiaba; se puso de pie y comenzó a golpear el árbol con una rama seca. Nos había enseñado a no
hacer ruido nunca, pero él ahora gritaba. Gritaba a los leones como solía hacerlo un borracho de
nuestro pueblo, que le gritaba al aire. Y Los leones se retiraron. Los oímos rugir, devolviéndole
los gritos desde lejos.

Estábamos cansados, cansadísimos. Mi hermano mayor y el guía tenían que levantar al abuelo y
pasarlo de piedra en piedra cuando cruzábamos algún río, cuando encontrábamos lugares para
cruzar los ríos. La abuela es fuerte, pero le sangraban los pies. Ya no podíamos seguir llevando
las cestas en la cabeza, no podíamos cargar con nada, excepto mi hermanito. Dejamos nuestras
cosas debajo de un arbusto. Cargar nuestros cuerpos hasta allí ya será bastante, dijo la abuela.
Luego comimos frutos silvestres que en el pueblo no conocíamos y nos dieron cólicos.
Estábamos entre la hierba que llaman elefante porque es casi tan alta como un elefante, aquel día
que nos dieron los dolores, el abuelo no quiso agacharse allí delante de todos como mi hermanito,
y se fue un poco más allá para hacerlo a solas. Tenemos que seguir, no paraba de decirnos el
guía, no podíamos retrasarnos decía, pero le pedimos que esperaramos al abuelo.

Así que todos aguardaron a que el abuelo nos alcanzase. Pero no nos alcanzó. Era en pleno día;
los insectos zumbaban en nuestros oídos y no lo oímos moverse entre la hierba. No podíamos
verle porque la hierba era muy alta y él muy bajito. Pero debía de andar por allí, metido en sus
anchos pantalones y en la camisa rasgada que la abuela no le pudo coser porque ya no tenía hilo.
Sabíamos que no podía estar lejos porque era débil y lento. Fuimos todos a buscarle, pero en
grupos, no fuese que también nosotros nos perdiésemos de vista entre la hierba. Esta se nos metía
en los ojos y en la nariz. Continuábamos llamando al abuelo, pero el zumbido de los insectos
debió de llenar el pequeño espacio que le quedaba para oír en sus orejas. Miramos y miramos,
pero no dábamos con él. Estuvimos entre aquella hierba tan alta toda la noche. En sueños, me lo
encontré acurrucado en un espacio que había apisonado con los pies, igual que hacen los
antílopes para ocultar sus crías.

Al despertarme seguía sin aparecer. Así que continuamos buscando, y para entonces vimos
senderos que habíamos abierto de tanto pasar entre la hierba, sería fácil para él encontrarnos si
nosotros no le encontrábamos. Todo aquel día no hicimos más que quedarnos sentados y esperar.
Todo está muy tranquilo cuando tienes el sol encima de la cabeza, dentro de la cabeza, aunque te
acuestes como los animales, bajo los árboles. Yo me tendí boca arriba y vi esos feos pájaros de
pico de gancho y cuello desnudo volando en círculo por encima de nosotros. Habíamos pasado
muchas veces por delante de ellos mientras descarnaban huesos de animales muertos, de los que
no quedaba nada que pudiésemos comer también nosotros. Ronda tras ronda, elevándose y
descendiendo y de nuevo elevándose. Veía sus cabezas asomar por todos lados. Volando en
círculo sin parar. Noté que la abuela, quieta allí sentada con mi hermanito en su regazo, también
los veía.

Por la tarde, el guía se acercó a la abuela y le dijo que los demás debían continuar y le dijo que, si
sus hijos no comían, morirían pronto.

La abuela no dijo nada.

Le traeré agua antes de marcharnos, dijo él.

La abuela nos miró, a mí, a mi hermano mayor y a mi hermanito, que estaba en su regazo.
Nosotros observábamos cómo los demás se levantaban para marcharse. Yo no podía creer que
pronto se vaciaría todo alrededor, la hierba donde ellos habían estado, que nos quedaríamos solos
en aquel lugar, en el Parque Kruger, y que la policía o los animales nos conseguirían. Me saltaron
lágrimas de los ojos y de la nariz y me cayeron en las manos, pero la abuela no dijo nada. Se
levantó, con los pies separados tal como los pone para alzar un haz de leña, allá en casa, en
nuestro pueblo, se colgó a mi hermanito a la espalda y lo ató con su vestido (la parte de arriba se
le había desgarrado y llevaba sus grandes pechos al aire, pero no había nada en ellos para él). Y
solo dijo: Vámonos.
Así que dejamos el lugar de la hierba alta. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el
hombre que nos guiaba. Emprendimos la marcha, otra vez.

Había una carpa muy grande, más grande que una iglesia o una escuela, sujeta al suelo. No podía
imaginar que aquello fuese lo que era llegar allá lejos. Vi una cosa parecida la vez que nuestra
madre nos llevó a la ciudad porque se enteró de que nuestros soldados estaban allí y quería
preguntarles si sabían dónde estaba nuestro padre. En aquella carpa la gente cantaba y rezaba.
Esta es azul y blanca como aquella, pero no es para rezar y cantar; vivimos en ella junto a
muchos otros que han llegado de nuestra tierra. La monja del hospital dijo que éramos como
doscientos sin contar los bebés; pues han nacido algunos por el camino a través del Parque
Kruger.

Dentro está muy oscuro, aun cuando brilla el sol afuera, y es como una especie de pueblo. En
lugar de casas, cada familia tiene unos pequeños espacios separados por sacos o cartones -lo que
se tenga a mano- para que las demás familias sepan que es tu espacio y que no deben entrar,
aunque no haya puerta ni ventanas ni techo, de manera que si estás de pie y no eres una niña
pequeña puedes ver el interior de la casa de todo el mundo. Algunos incluso han hecho pintura
con piedras del suelo y han dibujado cosas en los sacos.

Pero sí que hay un techo de verdad: la carpa es el techo, alto, muy alto. Como el cielo. Como una
montaña, y nosotros estamos dentro de ella; por las grietas de la carpa caen chorros de polvo y
tierra, tan densos que parece que se pudiera trepar por ellos. La carpa no deja entrar el agua por
arriba, pero si entra por los lados y por las callecitas que separan nuestros espacios (por donde
solo puede pasar una persona cada vez) y los otros niños como mi hermanito juegan con el barro.
Hay que saltar por encima de ellos para pasar. Mi hermanito no juega. La abuela lo lleva al
hospital cuando viene el médico los lunes. La monja dice que le pasa algo en la cabeza, y cree
que es porque no teníamos comida por la guerra. Porque nuestro padre no estaba. Y porque había
pasado mucha hambre en el Parque Kruger. Solo quiere estar todo el día encima de la abuela, en
su regazo o pegado a ella, y no hace más que mirarnos y mirarnos. Quiere pedir algo, pero se nota
que no puede. Si le hago cosquillas solo sonríe un poquito. En el hospital nos dan un polvo
especial para hacerle atol y puede que un día se ponga bien.

El día que llegamos estábamos con él, mi hermano mayor y yo. Casi no me acuerdo. Los vecinos
del pueblo que está cerca de la carpa nos llevaron al hospital, donde tienes que firmar que has
llegado, desde muy lejos, por el Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y todo estaba llenos de
barro. Había una monja muy bonita con el pelo muy lacio y unos bonitos zapatos de tacón alto,
que nos trajo el polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo
despacio. Nosotros rasgamos los paquetes con los dientes y lamimos todo el polvo; a mí se me
quedó pegado en la boca y me chupé los labios y los dedos. Otros niños que hicieron el viaje con
nosotros vomitaron. Pero yo solo notaba que todo se revolvía dentro de mi estómago, y que lo
que me había tragado bajaba y se me enrollaba como una serpiente en el estómago, y me dio un
hipo muy fuerte. Otra monja nos dijo que nos pusiésemos en fila en la entrada el hospital, pero no
pudimos. Nos quedamos todos por allí sentados, cayendo unos sobre otros; las monjas nos
ayudaron a todos a levantarnos cogiéndonos del brazo y luego nos clavaron una aguja. Con otras
agujas nos sacaron la sangre y la metieron en unas botellitas. Era contra la enfermedad, pero yo
no entendía nada, y cada vez que cerraba los ojos sentía que aún caminaba, y que la hierba era
alta, y veía a los elefantes, y no entendía que ya habíamos llegado allá lejos.

Pero la abuela aún era fuerte, todavía podía tenerse en pie, y como sabe escribir, firmó por todos
nosotros. La abuela nos consiguió este rincón en la carpa junto a una de sus paredes; es el mejor
sitio porque, aunque entra algo de agua cuando llueve, podemos levantar la lona cuando hace
buen tiempo y nos da el sol, y se van los olores feos. La abuela conoció a una mujer que le
enseñó dónde hay buena hierba para hacer esteras para dormir, y la abuela nos las hizo. Una vez
al mes llega a la clínica el camión de la comida. La abuela va con una de las tarjetas que firmó y
cuando le hacen el agujero nos dan un saco de maíz. Hay carretillas para llevarlo a la carpa; mi
hermano mayor lo carga por ella, y luego él y los otros chicos hacen carreras con las carretillas
vacías hasta el hospital. A veces tiene suerte y un hombre que ha comprado cerveza en el pueblo
le da dinero para que se la carguen; aunque esto no está permitido, porque hay que devolver las
carretillas enseguida a las monjas apenas se desocupen. Él se compra un refresco y me da un
trago si lo descubro. Otra vez al mes, la iglesia deja un montón de ropa vieja en el patio de la
clínica. La abuela tiene otra tarjeta para que le hagan el agujero, y entonces podemos elegir algo:
yo tengo dos vestidos, dos pantalones y un suéter, así que puedo ir a la escuela.
Pues los del pueblo nos dejan ir a su escuela. Me sorprendió que hablasen nuestra lengua. La
abuela me dijo que por eso nos dejan estar en su carpa. Hace mucho tiempo, en tiempos de
nuestros padres, no existía la cerca que mata, no estaba el Parque Kruger entre ellos y nosotros, y
éramos todos un solo pueblo, bajo nuestro propio rey, desde el hogar de donde nos marchamos
hasta este sitio allá lejos adonde hemos llegado.

Llevamos ya mucho tiempo en la carpa (yo he cumplido once años y mi hermanito tiene casi tres,
aunque es muy pequeño, solo tiene grande la cabeza, y aún no está del todo bien) y han
arado por todo alrededor y han sembrado frijoles y trigo y acelgas. Los ancianos entretejen ramas
para cercar sus jardines. No está permitido que nadie vaya a buscar trabajo en los pueblos, pero
algunas mujeres, sin embargo, lo hacen y así pueden comprar cosas. La abuela, como todavía está
fuerte, consigue trabajo donde la gente construye casas; porque en este lugar la gente construye
bonitas casas con ladrillos y cemento, y no con barro como las que teníamos en nuestro pueblo.
La abuela mueve ladrillos y cestas de piedra en la cabeza para ellos. Así que tiene dinero para
comprar azúcar y té y leche y jabón. En el almacén le ha regalado un calendario que ella ha
colgado en la lona de nuestra carpa. Voy muy bien en la escuela, mi abuela guardó los papeles de
los anuncios que la gente bota al salir de comprar en el almacén y me forró los libros. A mi
hermano mayor y a mí nos manda afuera para hacer las tareas todas las tardes antes de que
anochezca, porque no hay espacio aquí dentro en nuestro lugar en la carpa más que para estar
acostados, muy juntos, como lo hacíamos en el Parque Kruger, además las velas son demasiado
caras. La abuela todavía no ha podido comprarse un par de zapatos para ir a la iglesia, pero nos
ha comprado, a mi hermano mayor y a mí, zapatos negros colegiales y crema para limpiarlos.
Todas las mañanas, al levantarnos, los niños lloran, la gente se empuja frente a las llaves de agua
de afuera y algunos niños se chupan los restos del atol pegados en las ollas donde comimos por la
noche y mi hermano mayor y yo nos limpiamos los zapatos. La abuela nos hace sentar en las
esteras con las piernas estiradas para ver los zapatos y asegurarse de que están bien. Nadie más en
la carpa tiene verdaderos zapatos colegiales. Al mirar a los demás es como si estuviésemos otra
vez en una verdadera casa, sin guerra, y no aquí, allá lejos.

Llegaron unos blancos a tomarnos fotografías a los que vivimos en la carpa; dijeron que estaban
haciendo una película, que es algo que nunca he visto pero sé lo que es. Una mujer blanca se
metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela unas preguntas que otro que entiende la lengua de
la mujer blanca nos las decía en la nuestra.

– ¿Cuánto tiempo llevan viviendo de este modo?

– ¿Quiere decir aquí?, dijo la abuela. En esta carpa, dos años y un mes.

– ¿Y qué espera del futuro?

– Nada. Estoy aquí.

– ¿Y para sus pequeños?

– Quiero que aprendan para que puedan conseguir buenos empleos y dinero.

– ¿Esperan en regresar a Mozambique, a su país?

– No volveré.

– ¿Pero cuando termine la guerra… y ya no puedan quedarse aquí? ¿No desea volver a su hogar?

Me pareció que la abuela no tenía ganas de seguir hablando. Me pareció que no le iba a contestar
a la mujer blanca. La mujer volteó la cabeza, nos miró y nos sonrió.

La abuela sin mirar a la mujer blanca, dijo:

– Ya no hay nada. Ya no hay hogar allí.

¿Por qué dirá esto la abuela? ¿Por qué? ¡Yo si regresaré! ¡Regresaré a través del Parque Kruger!
Cuando termine la guerra, cuando ya no queden más bandidos, quizá mamá nos esté esperando.
Y puede que aquel día que dejamos al abuelo solo, él al final terminó por encontrar el camino, y
se regresó poquito a poco, a través del Parque Kruger, y esté también allí esperándonos. ¡Estarán
en casa, y yo los encontrare! ¡Nunca olvidare!

Una vez leído el texto precise.

1) Punto de vista del narrador. 1pto


2) Describir el ambiente donde se desarrolla la historia. De ejemplo 3ptos
3) ¿Cuál es el motivo del viaje? 2ptos
4) Identifica el tema 3ptos
5) Cuál es la problemática de carácter político y social presente en la historia? 3ptos
6) ¿Qué ocurrió con el abuelo? ¿Qué decisión tomó la abuela, a qué le dio más importancia?
3ptos
7) Realice un resumen de la historia. 5ptos.

¡ÉXITOS!

5TO AÑO SECCIÓN B

La narrativa universal corta consiste en un género literario de breve extensión,


ambientes cortos y pocos personajes, en donde el autor o escritor busca mantener la
atención del lector durante el desarrollo del relato valiéndose de recursos, argumentos
que hacen que la historia presente situaciones inesperadas.

Entre las características de la narrativa universal corta se pueden mencionar:

- Breve extensión en comparación con los grandes espacios de otras novelas.

- Ambientes delimitados

- Exige poder de síntesis por parte del narrador

- Representa un desafío para el lector al probar su capacidad de interpretación

- Las emociones constituyen un elemento importante para esta narrativa.

Realizar la lectura del texto. Y responde las preguntas valor 20 ptos.

EL COLLAR (1884)

Originalmente publicado en el periódico Le Gaulois (17 febrero 1884)

ERA UNA DE esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia
de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún
medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó
entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir
en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su
belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de
elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo
con las más grandes señoras.
Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría
contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea
indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa,
la torturaban y la llenaban de indignación.

La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y
delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas
por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones,
amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas
antiguas, en los finos muebles repletos de fi gurillas inestimables y en los saloncillos coquetones,
perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y
agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.

Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de
tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción: “¡Ah! ¡Qué buen
caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!”, pensaba en las comidas delicadas, en los
servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves
extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en
fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que
se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.

No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que carecía le gustaba;
no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser
envidiada, ser atractiva y asediada!

Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque
sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de
desesperación.
Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho
sobre.
—Mira, mujer —dijo—, aquí tienes una cosa para ti.
Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía:
“El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de
pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio.”
En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa,
murmurando con desprecio ¿Qué haré yo con eso?

—Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan
oportuna la ocasión que hoy se te presenta!... Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener
esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los
empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
— ¿Qué quieres que me ponga para ir allá?
No se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:
—Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...

Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de
sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El hombre murmuró:

— ¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?


Más ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila voz,
enjugando sus húmedas mejillas:

—Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se
encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él estaba desolado, y dijo:

—Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras
ocasiones, un traje sencillito?
Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir
sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.
Respondió, al fin, titubeando:
—No lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta,
pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las
alondras los domingos.
Dijo, no obstante:
—Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que
hacemos el sacrificio.
El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el
vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:
— ¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondió:

—Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos, una
miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.

—Ponte unas cuantas flores naturales —replicó él—. Eso es muy elegante, sobre todo en este
tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.

Ella no quería convencerse.

—No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero su marido exclamó:

— ¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te
preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

La mujer dejó escapar un grito de alegría.

—Tienes razón, no había pensado en ello.

Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.

La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la
señora de Loisel:

—Escoge, querida.

Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería
primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse
a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:

— ¿No tienes ninguna otra?

—Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.

De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón
empezó a latir de un modo inmoderado.

Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció en éxtasis
contemplando su imagen.

Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:

— ¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.

—Sí, mujer.

Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.


Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y
estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su
nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El
ministro reparó en su hermosura.

Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el
triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los
homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertad os, por una victoria
tan completa y tan dulce para un alma de mujer.

Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío,
junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.

Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir
ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y
quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo:

—Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.

Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.

Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los
cocheros que veían pasar a lo lejos.

Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas
berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su
miseria durante el día.

Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y entraron tristemente en el
portal. Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de
contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:

¿Qué tienes?

Ella volvióse hacia él, acongojada.

Tengo..., tengo... —balbució — que no encuentro el collar de la señora de Forestier. Él se irguió,


sobrecogido:
— ¿Eh?... ¿cómo? ¡No es posible!

Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No
lo encontraron.

Él preguntaba:

— ¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?

—Sí, lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.

—Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.

—Debe estar en el coche.

—Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?

—No. Y tú, ¿no lo miraste?

—No.
Contempláronse aterrados. Loisel se vistió por fin.

—Voy —dijo— a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.
Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin
lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.

Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.


Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio ofreciendo
una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía
ofrecérsele alguna esperanza.

Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.
Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.
—Es menester —dijo— que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y
que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.

Ella escribió lo que su marido le decía.

Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.

Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco años,
manifestó:
—Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se le ía en su interior.
El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:

—Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un
cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola,
describiéndola, tristes y angustiosos.

Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció idéntico al que
buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición que les daría por él
treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo
pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se
comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por
las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las
privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el
mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:

—Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.

No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la sustitución, ¿qué
supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?
La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una
resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían... Despidieron a la
criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.

Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgastando
sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa
sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la
basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre
mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la
cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a
céntimo su dinero escasísimo.

Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces
escribía a veinticinco céntimos la hoja.

Y vivieron así diez años.


Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las
renovaciones usurarias.
La señora Loisel parecía entonces una vieja. Habíase transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de
las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba
los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, sentábase junto a la
ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan
festejada.
¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién
sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la
semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de
Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habiéndolo pagado ya
todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.

Se puso frente a ella y dijo:

—Buenos días, Juana.

La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbució:
—Pero..., ¡señora!.., no sé. .. Usted debe de confundirse...

—No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga lanzó un grito de sorpresa.

—¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás...

—¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias.... tod o por ti...
—¿Por mí? ¿Cómo es eso?

—¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
— Sí, pero...

—Pues bien: lo perdí...

—¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!

—Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás
que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y
estoy muy satisfecha.

La señora de Forestier se había detenido.

—¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?


—Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.

Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente


impresionada, cogióle ambas manos:

—¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos
francos a lo sumo!..

ACTIVIDADES REALIZA LA LECTURA Y RESPONDE LAS PREGUNTAS

1. Identifica el tema del relato. 2ptos


2. Describe las características psicológicas de los personajes 3ptos.
3. Identifica el ambiente como real o imaginario ¿Por qué? 2ptos
4. ¿Quién narra la historia?. 2ptos
5. ¿Cuáles virtudes o defectos se pueden encontrar en los personajes? 3ptos.
6. Hechos similares a los planteados en la historia ¿pueden suceder en la vida real? 2ptos
7. Elabora una síntesis del cuento leído 6ptos.

5TO AÑO SECCIÓN C

La narrativa universal corta consiste en un género literario de breve extensión,


ambientes cortos y pocos personajes, en donde el autor o escritor busca mantener la
atención del lector durante el desarrollo del relato valiéndose de recursos, argumentos
que hacen que la historia presente situaciones inesperadas.

Entre las características de la narrativa universal corta se pueden mencionar:

 Breve extensión en comparación con los grandes espacios de otras novelas.


 Ambientes delimitados
 Exige poder de síntesis mayor por parte del narrador
 Representa un desafío para el lector al probar su capacidad de interpretación
 Las emociones constituyen un elemento importante para esta narrativa

REALIZA LA LECTURA DEL CUENTO Y RESPONDE LOS PLANTEAMIENTOS.

VALOR 20 PTOS.

Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia 1928 - México DF,


2014)

UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS ENORMES

AL TERCER DÍA de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que
Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién
nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la
pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una
misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como
polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La
luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de
haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba
en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre
viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes
esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que
estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio.
Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un
trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy
pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había
desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio
desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y
con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del
asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y
él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante.
Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy
buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el
temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las
cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel –les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan
viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel
de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de
estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían
tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde
la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras
del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche,
cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco
después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron
magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones
para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio
con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero,
retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los
huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un
animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la
noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del
amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo.
Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de
espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para
que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado
como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios
que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cur a, había
sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y
todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de
lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas.
Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras
de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a
las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró
algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los
buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al
comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros.
Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un
insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias
y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza
miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces
abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los
riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de
recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las
alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y
un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin
embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al
Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se
divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto
de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto
que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto
barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco
centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un
acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre,
pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral.
Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre
mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le
alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba
el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer
dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad.
En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y
Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron
de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para
entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El
tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de
infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las
alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de
acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los
ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos
papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo
que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud
sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando
le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en
sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y
hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de
cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el
costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar
inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua
hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un
remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no
parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de
rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la
mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino
la de un cataclismo en reposo.

El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas


de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la
naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la
urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su
dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta
de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de
parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento
providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias
errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había
convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo
costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda
clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés,
de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula
espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo
más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que
contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de
la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después
de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en
dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en
araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas
quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad
humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un
ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos
milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el
del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del
paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del
leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de
consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado
ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de
aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el
patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres
días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.

Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero


recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y
con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con
barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo
estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para
siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas
satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban
las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo
único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron
las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por
conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas
partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió
a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron
olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara
los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas
se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los
mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de
perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que
atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos
soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que
estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas.
Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no
podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia
habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá
como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un
momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al
mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo
por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una
desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos
de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los
horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas.
Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el
cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas
delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que
se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia
había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con
los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del
patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las
alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien
parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de
estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie
oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una
mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando
un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la
ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes,
que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de
desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no
encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro
de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas,
sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió
viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya
no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida,
sino un punto imaginario en el horizonte del mar

REALIZADA LA LECTURA

IDENTIFIQUE
 Tema del relato. 3 ptos
 Personajes rasgos físicos y psicológicos 3ptos
 Ambiente en el que se realiza la historia 2ptos

TIPO DE NARRADOR 2PTOS


 Acciones que se narran en la obra 3ptos
 Valores, humanos, sociales, literarios presentes en el texto
3ptos
 Resumen de la obra 4ptos.

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