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Soy La Espuma

El documento contiene varios diarios o entradas de una persona que se ha mudado recientemente a Uruguay desde Argentina. Relata su proceso de asentamiento en un nuevo país, incluyendo momentos de incertidumbre sobre su decisión de mudarse, así como detalles sobre su vida cotidiana, relaciones interpersonales y ajustes a su nueva vivienda y entorno.
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Soy La Espuma

El documento contiene varios diarios o entradas de una persona que se ha mudado recientemente a Uruguay desde Argentina. Relata su proceso de asentamiento en un nuevo país, incluyendo momentos de incertidumbre sobre su decisión de mudarse, así como detalles sobre su vida cotidiana, relaciones interpersonales y ajustes a su nueva vivienda y entorno.
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Córdoba, Argentina, 29 de enero

Vuelvo a la que se supone es mi casa… y como no tengo shampoo improviso una fórmula
natural de mi época extrema: bicarbonato de sodio con unas gotas de aceite esencial de
limón Just y vinagre de arroz de cuando hacía algo parecido al sushi.
Y me seco el cuerpo con un repasador de cocina.

Encuentro hermosa mi casa, casi mágica, pero ya no quiero vivir en ella.


Cómo desmontar una casa tan linda?
Llegué antenoche a las 2 am. Como no tenía llaves ni sábanas dormí en lo de mis padres.
Me sentí volviendo de un largo viaje de mochilera. Eso que nunca hice. Y en realidad
volvía de Punta del este. Después de 6 meses.
No quería volver. Hasta que me caí de la bici en bajada. Sobre el asfalto.

Desde los 6 años que no me caía en bici. Justo estaba pensando en volverme ciclista
profesional con ayuda de un vecino que me puso el asiento bien alto para que trabaje
mejor las piernas.  

Apenas aprendí a andar en bicicleta, mis padres nos llevaron a mi hermana y a mí a un


autódromo y nos acompañaban de cerca desde el auto mientras pedaleábamos, yo sin
parar, incluso en la bajada. Me gritaron que en bajada no había que pedalear pero yo no
alcanzaba a oírlos bien…. Hasta que me di un porrazo y entendí. Después no quise ir a
un cumpleaños porque tenía toda la cara con cascaritas.

Ahora también, la rodilla derecha y una costra en la palma de la mano izquierda, que va
tirando toda la piel de alrededor para ir reconstituyéndose. Yo cada vez que la veo pienso
que tiene forma de corazón y cada vez pienso que sólo yo puedo verla como un corazón.
Y hasta me gusta tenerla.
Me gusta volver un poco machacada.

Hotel Suizo, Nueva Helvecia, Uruguay, 15 de febrero

Los mosquitos me desvelaron y no puedo encender la luz porque mis padres duermen en
la misma habitación del hotel. Triple

¿Qué había venido a hacer a Uruguay?, no paro de preguntarme. De noche se oye el


zumbido desquiciante de los mosquitos y mi plan se vuelve poco claro.

El colchón de mi casa quedó guardado de pié en la sala de atrás. Allí dejé bajo llave todas
las cosas de aquella vida que quería resguardar. Traté que quede lo más parecido a una
casa mía, que funcione en mi mente como una de ésas bolas de recuerdos de algún sitio
de vacaciones.

Me estoy viniendo a vivir a Uruguay. Sin casa ni trabajo. Estará bien? A mis 39 años. Y
mis padres me traen en coche. Lo cual no ayuda a que parezca menos extraño.
En el momento en que luchaba contra el cubrecolchón y el peso del colchón y el calor y el
cansancio de todo el trabajo que había hecho para desmontar parte de mi casa y a la vez
montar ésa pequeña casa ficticia al fondo, sentí que tanta determinación sólo respondía a
un llamado de mi corazón. No hay duda de que estoy haciendo lo que tengo que hacer.
Salvo ésta noche.
La barra, Pde, URUGUAY, 18 de febrero / Casa verde

No sé si estoy de vacaciones en la playa con mis padres o si me vine a vivir a otro país.

Tengo una especie de cita y me siento más adolescente. La siesta, mis padres, yo
tomando un poco más de sol y luego el aceite de bodyshop por todo el cuerpo bronceado
y ansioso después de 3 semanas de esperar rozarse con ése otro cuerpo (que ahora
comparo todo el tiempo con el de mi padre que anda semi desnudo por la casa que
alquilaron).

La barra, Pde, URUGUAY, 19 de febrero / Casa Paloma

Doblo la esquina por calle Los suspiros y lo veo aparecer en su cuadriciclo. Los dos nos
quedamos como congelados haciendo puro acting, yo con la boca abierta, él frenando en
medio de la calle. No es raro cruzarnos por el barrio, pero nos estábamos buscando.
Decimos en 20 minutos en casa Paloma.

Llego y alcanzo a verlo queriendo improvisar una cortina con una tela mía. Toco la puerta
sin parar como hacía él cuando venía a verme. Nunca sé si lo que yo deseo va a suceder
con él. Pero todas las posibilidades siempre estuvieron dentro de ésta casa.

Me abre y mientras doy vueltas alrededor del círculo que forman todas mis cosas
amontonadas hace 3 semanas y que ahora vengo a llevarme, él se desnuda y me
persigue.

Supongo que porque nunca hubo un lugar donde tirarse y porque la casa la había
alquilado él, siempre terminamos dando vueltas sin ropa por el espacio casi vacío
comentando detalles domésticos. Éste recorrido es parte de nuestro juego sexual.

Otra vez el tema son las cortinas. Viví 40 días en Paloma sin más muebles que una cama
de una plaza y dos sillones de mimbre blancos a punto de romperse. Las cortinas siempre
me habían tenido sin cuidado y más en ésta situación. Pero él había hecho poner barrales
sobre las ventanas y me había traído cortinas y, ciertamente sin ellas todo lo que hiciera
fuera del baño podía verse desde la calle a través de la puerta ventana del living comedor
y la ventana de la habitación.

Es la hora de la tarde en la que los vecinos de enfrente se sientan a tomar mate en la


vereda apuntando hacia mi casa, y aún bajan turistas a la playa caminando por la calle.
Los soporta barrales nunca quedaron bien fijados a la pared y ya se cayeron del todo
junto a las cortinas.

Asique buscamos los puntos ciegos. Lo ubico en una columna. De pié. Y pienso en lo
mucho que me gusta que me apoyen contra la pared. Mientras abrazo entre mis piernas
su miembro hacia afuera y hacia adentro, él estira los brazos hacia arriba y hacia atrás
tomándose de la columna. Y pienso en lo atractivo que se ve en esa pose, a pesar de su
edad.
Luego pasamos por todas las posiciones y escenas de pié, en el sillón de mimbre sin
almohadón y en la cama intentando no sobresalir por el recuadro de la ventana. Yo la
abro por el calor y él la cierra por mis gemidos. Es como un exhibicionismo pero al revés.
La gracia está en hacerlo de todas las formas posibles cerca de ser vistos pero
evitándolo.

Ninguno está casado, y ya no es mi jefe pero seguimos siendo como dos amantes.

La Barra, Pde, URUGUAY, 21 de febrero / Casa Paloma

Mis cosas siguen amontonadas en un rincón. Y yo también.


No sé si esconderme o hacer que él me vea aquí. La ventana abierta es la señal.

Y funcionó ayer. Se asomó cuando vino a buscar el cuadriciclo y nos encontramos, él


afuera, en el palier del otro lado de la ventana, yo adentro, en la cama, tirada. Le dije que
aún no estaba lista para irme a mi próxima casa. Me había dejado las llaves para que
retire todas mis cosas y me dijo, nos vamos a tener que volver a ver.

Paloma es mi casa en éste país. Pero ya no es mía. Estoy ocupándola.


Le dije que hoy me iba pero no puedo.

La Barra, Pde, URUGUAY, 22 de febrero

Reclino los asientos traseros del auto y cargo:


La maleta enorme roja, la bolsa con el mat de yoga y los almohadones, el banquito, el
balde y las cosas de limpieza, el big tupper con comida, el big tupper con mis cosas de
dibujo, el rollo de papeles de dibujo, el scanner envuelto en la manta que me prestó Ale, el
bolso naranja con cosas del baño, el traje de neoprene, y adelante la maceta de aloe vera
la maleta azul samsonite y la comida fresca en otra bolsa.

Y arriba del auto la tabla de paddle surf.

Llevo puesta mi falda atigrada con un paisaje hawaiano en el centro y el top de lycra
negra con  tiras en la espalda.
Así bajo a mi nueva casa, me reciben bien y decido ir descargando. Con la misma fuerza
casi sobrenatural que me hizo cargar todo practicamente en ayunas.

Estoy lista para vivir en una nueva casa con gente que no conozco.

La barra, Pde, URUGUAY, 27 de febrero / Casa del mar

Yo quiero ser la esposa, la madre, la hermana en ésta casa. Quiero ser la que enciende la
luz. La que se da cuenta lo que hace falta y pide. La que pone orden.

Pido que me traigan detergente para la ropa. Que bajen el volumen de la música. Que
saquen la basura temprano porque huele a la corvina del otro día. Tengo todo lo que
necesitan: agua oxigenada para la encía lastimada, cacao amargo para el batido, una
tijera, curry.

Organizo la limpieza. Vidrios que parecen nunca haber sido lavados. Baldear. Lampazo
en vez de fregona. Y también apago las luces que están encendidas de más. Soy la ama
de casa y el jefe del hogar.
Hago de cuenta que tengo un marido. Le pido que me ayude a subir cosas pesadas al
altillo, y que se encargue del lavarropas, le reclamo cuando desaparece y duermo algunos
ratos con él, nos entrelazamos los pies pero no llegamos a tener sexo. Le cocino.
Comparto la mesa con todos. Y me convidan platos veganos. Doy un poco de más a la
que tomé de hija. La llevo, la traigo. La aguanto.

Me molesta cuando los que serían mis hermanos ponen música que no me gusta en un
parlante que suena mal. Y me da miedo que la que elegí como hija se malacostumbre.
Pero decido que será la bendecida.

Todos se irán yendo, a medida que vaya terminando el verano y quedaré sólo con mi
supuesta hija. Aprenderemos a encender el fuego. Y para entonces seremos buenas
amigas.

***
Giorgio no volvió anoche. Me dijo que ayer había estado todo el día en la playa pero
mientras me lo decía nos mirábamos sonriendo y fijamente, yo desconfiándole y él tal vez
pidiéndome perdón.

Denu me manda mensajes dentro de la casa. Desde su habitación. Me comunica cada


uno de sus movimientos. Se levantó y quería que la acompañe a comprar Colet al
almacén de la esquina. Es la primera mañana que se despierta en la casa. No puedo
creer que desayune leche chocolatada de un mini tetra brick con pajita pero me da gracia.

Los masajistas parecen hindús. Y cocinan como hindús. Hoy no fueron a trabajar porque
el día está feo, no hay playa. Pensé que eran gays y que podía andar en ropa interior por
la casa, pero anoche le pregunté a uno de ellos y me dijo que no. El lunes se van a
Montevideo pero quieren seguir viniendo los fines de semana durante el año para dar
sesiones particulares. Yo puedo darles o no alojamiento.

Giorgio debería irse también, pero hasta que no se acabe el último sunset en José Ignacio
nadie lo sacará de aquí. Denu, él y yo seríamos una linda familia. Pero no da, somos los
tres lindos.
…………

Manatiales, Pde, URUGUAY, 1 de marzo

soy la espuma blanca del borde del oceáno


soy la luz que encandila sobre ésa espuma
y también soy la arena marrón mojada
revuelta y mareada

soy la fuerza contenida


en las mandíbulas
detrás del ombligo
en las pantorrillas
y como ofrenda de amor,
al lado tuyo
………
Manantiales, Pde, URUGUAY, 4 de marzo

Hoy no estoy parada de la misma forma, no siento esa conexión con el océano que me
hace sentir cada vez una Venus renaciendo del borde de las olas. Es que estoy
acompañada. Giorgio está más allá, juntando basura de la playa y hablando con unos
niños. Es la primera vez que comparto mis casi diarias caminatas con alguien. Visto así,
de lejos -y de cerca más- tiene una apariencia perfecta. Las curvas de sus músculos, el
tono del bronceado, la línea que dibuja su torso en el pecho, abdomen y el final del
abdomen… todo en la medida justa. Y yo no puedo dejar de mirarlo. Pero no quiero. Sé
que se está apoyando en mí para intentar poner orden a su vida sin forma. Y mientras
pienso en eso una ola más fuerte que todas me hace perder el equilibrio. Afirmo los pies
como cuando estoy sobre la tabla de paddle surf, levanto los brazos para estabilizarme
segura de que es sólo una ola salpicándome... Pero me caigo con un buen envión. Sobre
la arena por suerte. Yo que siempre caigo de pié, que prácticamente nunca me he caído
desde que practico remo de parada sobre el agua, me caigo por segunda vez en lo poco
que va del año. Me incorporo y voy a sentarme más lejos de la orilla a recuperarme y
verme las heridas… chorreo sangre de la misma rodilla que la otra vez. Tengo piedritas
de arena gruesa incrustadas debajo de la piel y pienso por un instante que tengo que ir a
un hospital para que me las saquen, me aterro…  e inmediatamente las arrastro hasta que
salen por el mismo agujero por donde entraron.

La Barra, Pde, URUGUAY, 17 de marzo / Casa del Mar

Ésta sí es. La luz del auto reflejando en mi habitación. Durante los tres segundos que
tardo en incorporarme para ver la entrada de la casa pienso si debería lavarme el pelo o
arreglarme un poco, si me encontraría dentro de la ducha o si debería hacerme la
ofendida…  hasta que me doy cuenta. No es. No viene a ésta casa, alguien asomó el auto
para dar la vuelta. Un amague.
Algo que me resulta familiar.

Giorgio se fue ayer y aún no vuelve. El día en que todos decimos que se acabó el verano.

Es tarde y salgo a buscar ese alfajor de maicena que vi la otra noche que acompañé a
Denu a la estación de servicios. Y entro en la zona Marcelo. Que prácticamente comienza
en cualquiera de las esquinas de mi casa. Desde la estación hasta Paloma por la avenida
es el área que en los mapas aparecería de color más intenso. Pero como sé que está de
viaje salgo vestida como si estuviera dentro de casa. Igual voy buscando mi reflejo en los
vidrios de los negocios. Ya debería haber regresado. Ya me lo puedo cruzar. En la
estación misma o donde todos doblan y una vez nos vimos, él en camioneta y yo en su
bici que me había prestado.

Desde la cama sigo mirando cada tanto por la ventana como si fuera un movimiento
involuntario. Las cosa está bien definida, dentro de casa uno, fuera de casa otro.
Ambos tan poco reales.
………………..

Me doy cuenta cada vez que lo hago. Algunas amigas ya me conocen el gesto. La mirada
se me desvía unos segundos y vuelvo rápido a enfocar en quien tengo en frente como
para que no crea que no lo estoy escuchando. Lo hago sólo en los lugares públicos.
Siempre me ubico mirando a la entrada. Y siempre controlo la entrada. Siempre estoy
esperando que llegue. Alguien. A veces no sé quién.

Éste verano trabajé en la puerta de un restaurante y mi tarea consistía justamente en eso:


estar atenta a la gente que llegaba (y detenerlos para ser yo quien les diera una mesa o
los anote en una lista de espera si no había una que se adecue a su número de
personas). Y casi siempre ésa persona que esperaba ya estaba dentro. Marcelo, el
dueño, mi jefe. A veces llegaba más tarde que yo, y aparecía diciéndome Uno (la cantidad
de personas) o Dos (si venía con su perro).

La primera vez que me ofreció trabajo le dije que no, que ya tenía otro. La primera vez
que me dio un beso me salí de dentro de su boca suavemente. La primera vez que dormí
con él me fui muy temprano de su casa en la chacra. Un tanto confundida por la flacidez
de su cuerpo pero dejándome encandilar a medida que recorría cada kilómetro en
dirección a Paloma. En ésa distancia, en ésos 20 minutos me enomoré.

……………….

Eso de pensar que tal vez aún no es el momento me está mal llevando hace años y ahora
también. Mientras hace tareas domésticas con el torso desnudo veo tan perfecto a Giorgio
que imagino que empieza a trabajar y deja de fumar marihuana y se vuelve perfecto del
todo. Y luego pienso que cuando termine la temporada y Marcelo se relaje con el trabajo
me va a buscar. Tampoco diría que son opuestos, Giorgio también ha trabajado dirigiendo
restaurantes. Pero lleva un año de vacaciones y los padres lo mantienen o algo parecido
(ahora en cierto sentido yo lo mantengo a cambio de sus tareas en la casa). Marcelo
parecía obsesionado con el trabajo y desde que empezó fuerte la temporada o desde que
logró acostarse conmigo (lo cual sucedió de una noche a la mañana siguiente) puso en
primer lugar la relación laboral. Ya no es mi jefe. Pensé que sería bueno. Pero lo único
que está sucediendo es que yo le escribo primero a él y él siempre está complicado, como
cuando era su asistente.

Creía haber descubierto el antídoto, ahora que Giorgio cocinaba todos los días y
comíamos todos juntos. No tenía previsto que desaparezca.

La Barra, Pde, URUGUAY, 21 de marzo

Hace un rato intenté calcular cuál proporción del tiempo gana, si los ratos en que adoro a
Denu o los momentos como hoy en que la quiero matar.

Estoy abriendo un bar en mi casa nueva. Vermú. Aperitivos, fuego, música en vivo y algo
para picar. Sólo los miércoles, a las 20 hs. Invité a Denu y Giorgio a que sean parte de
alguna manera. Pero vengo haciendo todo sola. Mañana es la inauguración y Denu se fue
ayer temprano a Montevideo y acaba de llegar muy fresca. Giorgio me silbó desde su autp
por la avenida ésta mañana cuando yo volvía caminando y dijo que sí me ayudaría a
cocinar pero nunca vino por la casa.

Ayer un chico que alquiló una habitación por cuatro noches hablaba de lo duro que es
pasar un invierno aquí (tema infaltable de conversación para los pocos que quedamos) y
que había que ser fuerte para encarar una propuesta que intente hacer la cosa más
llevadera. Lo decía por mí. Y es lo que sentí éstos días cada vez que salía en el auto
rumbo a Maldonado a comprar vasos, asaderas, bebidas, frutas, verduras, hierbas y
especias que necesitaba. Esa mezcla de entusiasmo, ansiedad y un terrible envión
naciendo como una ola desde mi estómago.

Marcelo contestó con unos emoticones que supongo quieren decir que vendrá. Y Giorgio
es menos predecible aún (sólo lo era dentro de las casa con sus rutinas domésticas). Un
chico que parece un rolling stone y parece gustar de mí se ofreció a hacer de barman. Y
vendrá otro que me dice preciosa y me manda audios cada mañana pasándome el parte
de su actividad surfer junto al estado de las olas. Y otros.

-----------

Hoy llegó mi edredón de plumas de Córdoba. Pensé que se vería muy bien en mi
habitación. Pero prefiero que todo haga juego con mi nueva vida. Le puse el
cubreedredón que venía con la casa. En algún momento -cuando vivía en Paloma y no
tenía muebles- pensé en traerme algunos de mis muebles preferidos para mi estadía del
resto del año. Alguien me dijo que antes de traerme nada pase un invierno. Es lo que
dicen aquí. Hay que pasar un invierno.

Yo ya sé que éste es mi lugar en el mundo.

La Barra, Pde, URUGUAY, 25 de marzo de 2017

Vermú ya es un pequeño éxito.

Hoy caminé entre mis dos puntos sagrados. La roca donde el mar me tiró. Y una esquina
de césped desde la cual en un mismo giro de cabeza se puede ver a la izquierda el
bosque y a la derecha una de las más extensas vistas del oceáno. Allí hago siempre el
ritual de colocar la frente sobre el césped acolchonado, en gesto de reverencia. Allí por fin
mi cabeza descansa. Y me entrego agradecida (rogando que ningún conductor se
detenga a ver si me desvanecí).

El ruido constante del mar precipita mis pensamientos, todos. Los que más me agobian. Y
los limpia como una meditación. Junto al agua salada que también cae de mis ojos. Al
regreso de la caminata algo se ha aclarado.
Ésta vez pude resurgir después de quedar eclipsada. No me salió aquella primera vez que
me enamoré hace 15 años. Mi gran herida. Tal vez hoy la estoy sanando. Con Vermú y
con sal. Entonces -igual que ahora con Marcelo- busqué que él me vuelva a mirar
fascinado, después de haberme visto perder todo mi poder, de haberle ido entregando en
pequeñas cuotas todo lo que le había atraído de mí. Como una ofrenda marina que una
vez fuera del mar pierde todo su valor. Aquella vez logré resurgir luego de muchos años,
tal vez 15. Cuando su mirada ya no importa.

Hice Vermú para Marcelo. Sabía que a él le iba a encantar. Y a mí me encantó que él
venga hacia mí. Ser yo la jefa.

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