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Gozo y festividad en Zacarías 8:19

El documento discute cómo el verdadero significado del mensaje de Zacarías 8:19 solo se puede entender considerando el contexto histórico. Los judíos habían establecido días de ayuno para conmemorar su cautiverio en Babilonia, pero Dios les dice a través de Zacarías que conviertan esos días en días de gozo y celebración. Esto significa que el evangelio trae felicidad, no infelicidad, una vez que se establecen la justicia y la relación correcta con Dios.

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Gozo y festividad en Zacarías 8:19

El documento discute cómo el verdadero significado del mensaje de Zacarías 8:19 solo se puede entender considerando el contexto histórico. Los judíos habían establecido días de ayuno para conmemorar su cautiverio en Babilonia, pero Dios les dice a través de Zacarías que conviertan esos días en días de gozo y celebración. Esto significa que el evangelio trae felicidad, no infelicidad, una vez que se establecen la justicia y la relación correcta con Dios.

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No Hay

Cristianismo
Sin
Fiesta
Martyn Lloyd-Jones

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“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el
ayuno del séptimo, y el ayuno del décimo, se convertirán para la casa de Judá en gozo
y alegría, y en festivas solemnidades. Amad, pues, la verdad y la paz.” —Zacarías 8:19

El verdadero significado del mensaje que contiene este texto solo se puede entender
y valorar si tenemos en mente el contexto y la ocasión exacta en que se pronunció.
No hay nada que tienda a privarnos tanto del beneficio pleno de algunos de los pasajes
más grandes de la Santa Escritura como la tendencia actual a dudar y cuestionar la
historicidad y el trasfondo histórico, y a decir que los hechos en sí y como
acontecimientos históricos no importan en un sentido u otro mientras recibamos el
espíritu del mensaje y su enseñanza. Esa es la postura que a menudo se ha adoptado
en los últimos cien años. «La historia del Antiguo Testamento —dicen los críticos— no

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solo puede ser errónea sino que a menudo lo es, pero eso no supone diferencia alguna
mientras asimilemos el mensaje y la enseñanza».

Ahora bien, esa actitud lleva a que perdamos la verdadera grandeza del mensaje.
Porque la Biblia no es un libro romántico o una novela que simplemente retrate e
imagine ciertas situaciones y dificultades y luego las resuelva por medio de alguna
palabra de ánimo. Es infinitamente más grande. Es un relato de hechos auténticos, de
acontecimientos y sucesos. Esto es de vital importancia para nosotros. Cuando leemos
una novela o una historia tendemos a decir: «Ah, sí, todo eso es maravilloso, pero no
forma parte de la vida ni sucede en la vida. Está bien como idea, pero es imaginario,
no es real». Y con respecto a la novela y la película es una crítica perfectamenteválida.
Pero, cuando se trata de la Biblia, es completamente falso: porque aqui tenemos
acontecimientos históricos, relatos de lo que ha ocurrido realmente. Sacude mi fe en
los hechos y sacudirás mi fe en las enseñanzas. No sirve de nada presentarnos la
salvación con que Dios está dispuesto a liberarnos en términos de su liberación de los
hijos de Israel de Egipto si ese acontecimiento es pura fantasía. ¿Los liberó o no?
¿Obró esos milagros a través de Moisés o no lo hizo? ¿Dividió el mar Rojo y habló
desde el monte Sinaí? ¿Dividió el Jordán e hizo que las murallas de Jericó se
derrumbaran milagrosamente? Estas preguntas son vitales, y solo en la medida que
aceptemos estos relatos como hechos tienen algún valor para nosotros como
indicaciones e ilustraciones de lo que Dios está dispuesto a hacer y puede hacer por
nosotros. La historia es fundamental, y en ningún lugar es tan cierto como en este
texto.

Aquí, el mandato a este pueblo es que convierta sus días de ayuno en días de gozo,
felicidad y alegre festividad. ¿Cuándo se dio? Como demostraré, el momento y el
contexto exactos son de vital importancia. Este mensaje fue dado por medio del
profeta Zacarías, que es uno de los llamados profetas postexílicos. Sus palabras iban
dirigidas al remanente de los judíos que habían regresado a Jerusalén de su cautividad
en Babilonia. Podemos recordar los hechos. A causa de su pecado y su desobediencia
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a Dios, los judíos, tras multitud de advertencias, habían sido atacados y derrotados
por las fuerzas de Babilonia. Su ciudad habia sido saqueada y destruida, y ellos mismos
habían sido llevados cautivos y como esclavos. Su Templo había sido demolido y todo
su antiguo poder y su gloria se habían desvanecido. Comprendiendo esto, en Babilonia
habían introducido estos distintos días de ayuno mencionados en el texto. El primero
es un recordatorio de la conquista de Jerusalén, el segundo es un recordatorio del día
en que fue destruido el Templo, el siguiente para conmemorar con vergüenza el vil
acto de traición contra uno de sus mejores hombres, y el último para recordar el día
en que comenzó el sitio de Jerusalén.

Permanecieron en Babilonia durante setenta años de tristeza, remordimientos y


arrepentimiento. Y luego, en su momento y a su milagrosa manera, Dios intervino tal
como lo había prometido y los liberó. Abrió un camino mediante el cual todo aquel
que lo deseara podía volver a Jerusalén, y un remanente del pueblo lo hizo. Y aquí los
encontramos, de vuelta a Jerusalén, rodeados en un sentido de ruinas y dificultades.
¿Qué habían de hacer con respecto a aquellos ayunos que habían mantenido durante
su cautividad? La respuesta se ofrece en este texto. Esta es la Palabra de Dios para
ellos. ¿Puedes comprender su significado? ¿Captas su verdadero sentido?
Considerémoslo juntos recordando lo que ya he dicho, esto es, que aquellos ayunos
quedan constatados junto a toda la Escritura a fin de que, como dice Pablo, sean de
utilidad (cf. 2 Timoteo 3:16). Lo que Dios dijo aquí a estas personas a través de Zacarías
lo ha dicho y nos lo sigue diciendo de manera aún más gloriosa en su Hijo, Jesús de
Nazaret. El gran mensaje del evangelio de Dios es esencialmente el mismo en el
Antiguo Testamento que en el Nuevo. La única diferencia real entre ambos es
simplemente la forma de expresarlo: borrosa y difuminada en el Antiguo Testamento
y alta y clara en el Nuevo. ¡Qué agradecidos debiéramos estar a Dios por vivir en la
dispensación del evangelio! ¿Pero es así? Depende de si comprendemos y creemos lo
que el evangelio tiene que decirnos. ¿Qué es? Podemos responder a la pregunta
haciendo las siguientes observaciones:

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1. El efecto último que produce el evangelio en su relación con los hombres es
felicidad y un espíritu de gozo. Digo «efecto último» porque, tal como demostraré, es
de vital importancia comprender que este no es el único efecto producido por el
evangelio o ciertamente su efecto o interés más inmediato. La felicidad, el espíritu de
gozo y regocijo fruto del evangelio son productos finales. Son el resultado directo de
otra cosa. Ahí es donde difiere desde un principio el evangelio de todas las sectas que
ofrecen felicidad a los hombres. Se preocupan únicamente de la felicidad. Ese es el
único objetivo y propósito que tienen en mente y van directamente a esa cuestión. El
evangelio está interesado principalmente en otra cosa. Su preocupación es la justicia
y la verdad, así como proporcionarnos una relación adecuada con Dios. La felicidad y
la alegría solo pueden llegar tras cumplirse estas condiciones básicas. Pero al darse
estas, y en concordancia con sus leyes y caminos, el evangelio tiene el propósito de
hacernos felices y alegrarnos. Es vitalmente importante que comprendamos la
naturaleza exacta de esta propuesta y veamos que es esencialmente positiva. Lo que
se propone a los hijos de Israel en este texto no es una mera reducción de los días de
ayuno, ni tan siquiera el fin de esos días de ayuno en su totalidad, sino algo que está
infinita y gloriosamente por encima de eso. No deben acabar simplemente con el
ayuno, deben comenzar a hacer fiesta y regocijarse. Lo que se propone no es
meramente que sean algo menos infelices y desgraciados, sino que sean activamente
gozosos y felices. Ciertamente, el evangelio afirma en todas partes que solo él puede
hacernos verdaderamente felices:

Gozo fundamentado y placeres duraderos


solamente los conocen los hijos de Sion.

Ahora bien, no cabe duda alguna de que una declaración como esa suscita gran
extrañeza y sorpresa en la mayoría de las personas en la actualidad, dado que su
concepto del evangelio y la religión es extrañamente distinto. Supongo que la idea
más común con respecto a la religión es que hace desgraciadas e infelices a las
personas: se considera como algo que se interpone entre nosotros y cualquier cosa
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que haga que la vida sea alegre y agradable. La mayoría de las personas que rechazan
la religión con desprecio lo hace porque la considera algo que convierte la vida en
poca cosa, aburrida y carente de interés; algo que limita la vida y coarta la experiencia
propia y su disfrute completo; algo que impide todo lo que proporcione vida en un
sentido real. Se concibe como una idea que nos hace afrontar perpetuamente los
hechos de la muerte y la tumba y nuestra vida y existencia futuras, pero que no tiene
nada que darnos u ofrecernos ahora. Por eso se dice que la religión está bien para los
viejos que ya han tenido su momento y que, habiendo perdido su salud y vigor, no les
queda ya más que morir. Adoptar, pues la religión cuando se es joven es envejecer
prematuramente y privarte de la verdadera dulzura de la vida. Pero no me hace falta
explayarme. A todos nos resulta familiar esa idea. Debido a que consideran la religión
como algo que hace la vida aburrida y triste no solo rechazan las conversaciones
religiosas sino que consideran que es una cuestión solo apta para las bromas y el
desprecio. No hay ningún epíteto que se esgrima más a menudo contra los cristianos
que la palabra «amargados». La mayoría de las personas considera abandonar la
religión al alcanzar una cierta edad como un acto de liberación y emancipación. Para
tales personas, oír que la propuesta del evangelio es convertir nuestro ayuno en fiesta
y regocijo es confrontarles con algo que consideran completamente increíble.

Hay otros a quienes resulta igualmente increíble por una razón diferente. La
verdadera propuesta y el objetivo último del evangelio es una sorpresa no solo para
los irreligiosos sino también para gran número de personas que son religiosas y creen
en la religión. Me refiero a un gran número de personas que acuden a la religión en
su necesidad y sus problemas. Pueden haberlo hecho por múltiples razones. Puede
que, como resultado de un proceso de reflexión, hayan visto el absoluto vacío de la
anterior postura que acabamos de describir. Su inteligencia sola, o su conocimiento
de la historia y de la vida, les ha mostrado que existe un elemento trágico en la vida y
que esta en sí, lejos de ser una nimiedad por la que pasamos a la ligera, es más bien
una lucha y contienda que requiere todas nuestras fuerzas y nuestros recursos. O
puede que la propia experiencia de la vida les haya llevado a esa conclusión a pesar
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de ellos mismos y sus ideas. Llegan la enfermedad, los problemas, la prueba, la
amargura, la aflicción y la muerte y, en su desesperación y debilidad, se dirigen a la
religión. No había otra cosa que pudiera ayudarles, de modo que se dirigen a esto.
¿Por qué? Para consolarse, tranquilizarse y recibir ayuda. ¡Pero desgraciadamente no
van más allá! o más bien, no ven más allá. Para ellos, la función y el propósito de la
religión es aliviar nuestras penas, consolarnos en nuestra tristeza, salvarnos de la
desesperación absoluta y quizá del suicidio, y proporcionarnos semana tras semana
nuevo coraje y fortaleza para afrontar la agotadora tarea de vivir. En una palabra, la
función de la religión es generar en nosotros un estado de resignación tranquila y
satisfecha. No quiero ser injusto con esas personas y con tal idea. Lo que quiero decir
es que esta corrupción de la religión es tan errónea y falaz como la del primer grupo
que hemos tratado. Para este segundo grupo, la religión sigue siendo algo puramente
negativo. No la consideran, tal como hacen esas otras personas necias e ignorantes y
superficiales, como algo que en realidad hace desgraciadas a las personas. No, ¡la vida
ya ha hecho eso por ellos! Agradecen cualquier cosa procedente de la religión que les
ayude a ahogar su desdicha y a calmar de algún modo su pesar.

Pero el concepto sigue siendo puramente negativo. La religión solo alivia la tristeza,
mitiga meramente el sufrimiento. No transforma la vida, simplemente ayuda a hacerla
soportable y factible. O, como dice nuestro texto, se queda en reducir el ayuno o
abolirlo: no pasa a proclamar fiesta y regocijo. Y, sin embargo, eso es precisamente lo
que el evangelio propone y ofrece hacer. Su afirmación no es que puede mejorar la
vida, sino que puede cambiarla, revolucionarla y transformarla por completo. El ayuno
debe convertirse en fiesta y la tristeza en alegría.

¿Por qué está tan difundida esta falsa idea de la religión? ¿Por qué se pierde de vista
su verdadera gloria? No cabe duda alguna de que existen principalmente dos
respuestas a esa pregunta. Una es que las personas insisten en juzgar la religión por
lo que ven en algunos de sus peores y más ignorantes exponentes: existe esa

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constante tendencia fatal a confundir la religión nominal y la mera respetabilidad con
el cristianismo verdadero.

Pero quizá la causa real deba atribuirse a una completa ignorancia de lo que la Biblia
dice verdaderamente. Hoy en día, las personas hablan acerca de la Biblia sin haber
llegado a leerla. La rechazan sobre la base de lo que han leído en otro lugar y en todas
partes excepto en el propio Libro. Abramos la Biblia y escuchemos su tesis. Leámosla
de principio a fin y hallaremos por todas partes que ofrece como su efecto último la
felicidad, la alegría y la paz. Ciertamente, el mayor insulto que se puede hacer al santo
nombre de Dios es señalar que desea nuestra desdicha y que obedecerle y vivir la vida
que quiere que vivamos es el camino directo a la infelicidad. No, él es el Padre. Él ama
a sus hijos y no le satisfará nada excepto ver a sus hijos felices y con gozo. Y él ha
creado un camino para que eso se lleve a cabo, como saben todos los que lo aceptan.
Escuchemos al salmista celebrando esa experiencia y aún más a todos los santos del
Nuevo Testamento en el libro de Hechos y en las distintas Epístolas. Observémoslo en
las vidas e historias de los santos. Ciertamente, podríamos ir más allá y decir que Dios
no solo desea que seamos felices, sino que nos lo ordena. Este texto era un mandato
para estos judíos exactamente de la misma forma que Pablo ordena a los filipenses
que se regocijen en todo momento, aún en los problemas y en las tribulaciones. En
otras palabras, esto es tan esencial en toda la enseñanza de la Biblia que debemos
considerarlo como la prueba concluyente de nuestra profesión. Un cristiano no es
meramente alguien que es un poco menos desgraciado de lo que era. Es alguien que
se regocija. Nuestro Señor, en sus últimos discursos, dijo a sus discípulos —y a través
de ellos a todos los que le siguen desde entonces— que su tristeza se tornará felicidad,
y que los tratará de tal forma tras su muerte y resurrección que «se gozará vuestro
corazón, y nadie os quitará vuestro gozo» (Juan 16:22). Por otro lado dice: «Pedid, y
recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido» (Juan 16:24), y «en el mundo tendréis
aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Eso es lo que ofrece:
alegría auténtica a pesar de todo. ¡No algo menos de tristeza y un poco de consuelo,
ayuda y fortaleza, no una mera modificación del ayuno, sino convertir el ayuno en
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fiesta! No nos exhorta meramente a estar tranquilos, a ser fuertes, a resignarnos a la
dura tarea de vivir con fortaleza y resignación estoica. Nos ofrece victoria, triunfo y
gozo. Representar, pues, a Cristo y su religión como algo que ofrezca menos que eso
y llamarnos cristianos poseyendo y experimentando cualquier cosa por debajo de eso
es ser falsos con él y su causa. No solo se supone que el cristiano debe ser feliz, ¡se le
ordena que sea feliz! La afirmación del evangelio es que solo él puede hacernos felices
a pesar de la vida, a pesar de todo. ¿Es eso cierto en tu vida? ¿Lo has experimentado?
¿Lo conoces? Si no es así, ¿por qué no?

2. Podemos ayudar a responder a esa pregunta considerando el tipo de persona en la


que el evangelio produce este efecto último de la felicidad. En una palabra, es
solamente en aquellos que han sido desgraciados. ¡Solo aquellos que han ayunado
reciben el mandato de la festividad! No hay ningún sitio donde la historia exacta sea
más importante que en relación con estos ayunos y debemos recalcarlo porque es
precisamente aquí donde muchos se extravían y, en palabras de Pedro, «tuercen,
como también las otras Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3:16). Porque
este mandamiento de ayunar y regocijarse no se hace indiscriminadamente a
cualquiera; y no se hace para cualquier tiempo. Las promesas de Dios siempre tienen
condiciones vinculadas y los hombres no obtienen la bendición debido a que pasan
por alto esas condiciones. Aquellos que convierten la felicidad en la condición
primordial de su vida nunca la encuentran verdaderamente, y aquellos que se acercan
a la religión primordialmente para recibir consuelo nunca experimentan la felicidad
plena del evangelio. Solamente aquellos que habían pasado por el ayuno recibían el
mandamiento de regocijarse y convertirlo en festividad.

Permítaseme expresarlo de manera clara e histórica en el caso de los hijos de Israel.


Leamos las profecías de Isaías anteriores a la cautividad así como las profecías de
Jeremías, Ezequiel, Oseas, Joel y todos los que profetizaron antes de la cautividad.
¿Mandan al pueblo que hagan celebración y se regocije? ¿Se les ofrece la felicidad?
Cualquiera que conozca los escritos de estos profetas aun de manera superficial sabe
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que ese no es el caso. El mensaje al pueblo antes de Babilonia es de ira y condenación.
Es el vaticinio del desastre y la condenación que pende sobre ellos. Es cierto que en
ocasiones hay llamamientos y exhortaciones, en algunos casos en los términos más
tiernos y afectuosos que se puedan encontrar en toda la Biblia; pero en cada caso,
junto con el ofrecimiento de perdón está el llamamiento al arrepentimiento y al
abandono de su pecado. Pero el pueblo no quería escuchar. Prosiguieron por su cauce
pecaminoso y desobediente, y la Palabra de Dios, la carga de Dios, se fue haciendo
más amenazante hasta que finalmente sobrevino el desastre, fueron llevados cautivos
y la ciudad y el Templo fueron destruidos. Las personas comprenden demasiado tarde
su pecado y necedad. Ven entonces la locura de no hacer caso a Dios y adorar a los
ídolos y reconocen cómo han quebrantado la ley y pecado contra Dios. Despiertan a
su verdadero estado. Lo que la predicación y los llamamientos de los profetas no
habían conseguido, pronto se produjo al encontrarse junto a los ríos de Babilonia. ¡Sí!
Allí se lamentaron al recordar Sion y colgaron sus arpas de los sauces (cf. Salmo 137:1,
2). Como el hijo pródigo, ellos mismos se encontraron en tierra extranjera y
comprendieron su pecado y necedad. Y fue a la luz de eso cuando instituyeron los días
de ayuno. Aun esto, les dice el profeta, no fue tan profundo como pudo y debiera
haber sido. Aun entonces estaban más preocupados por su sufrimiento que por su
pecado, pero hasta cierto punto lo habían visto y admitido. Luego llegaron la
liberación y el regreso a Jerusalén y solo entonces Dios se dirigió a ellos con palabras
como estas; y, aun aquí, observamos que además del ayuno y la promesa hay una
severa advertencia y una exhortación ética.

El cumplimiento de las oraciones más misericordiosas y gloriosas en todos los


profetas, todas esas magníficas promesas evangélicas, se refieren a Judá tras su
cautividad. Esta es una cuestión vital para la verdadera comprensión del evangelio. El
arrepentimiento precede al perdón, y solo aquellos que se han entristecido a causa
de su pecado reciben la misericordiosa Palabra de Dios en Cristo ofreciendo perdón,
felicidad y paz. La manera directa de llegar a la cetebración es el ayuno previo; es
siempre la «tristeza» convertida en «alegría» por la intervención de Cristo.
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Comprendamos este hecho con claridad. Solo aquellos que lamentan sus pecados
pueden experimentar el gozo de la salvación; y, como ya hemos visto, es dudoso que
exista tal cosa como salvación sin gozo de la salvación.

Ahora bien, puede que intentemos evitar el ayuno y los problemas diciendo que ese
no es un principio universal, sino atgo cierto solo de algunos tipos de persona. Están
aquellos que argumentan que únicamente experimentan este gozo los que han
cometido crímenes viotentos y luego experimentan una conversión dramática. No es
para todo el mundo —piensan—, y ciertamente no es para personas criadas en la
religión y que nunca han pecado gravemente. Suponen que el arrepentimiento es más
bien una cuestión de temperamento y psicología, o que depende únicamente de la
cantidad o modalidad del pecado. El tipo de persona seria, introvertida y morbosa que
tiende a reaccionar gravemente y el pecador que ha pecado violentamente son los
únicos que encuentran el gozo de la salvación. La persona media, normal, no está
destinada a ello. Y ese es el motivo por que esta persona media corriente no solo
admira y convierte en un héroe al cristiano converso que en una época fue un pecador
violento, sino que en ocasiones llega casi a codiciar su pasada experiencia
pecaminosa.

Todo eso está completamente en contra de la enseñanza del evangelio y es una


absoluta falsificación de todo lo que dice. Semejante idea solo puede ser fruto de un
completo fracaso en la comprensión del evangelio. Se puede rechazar y refutar
claramente por medio de la siguiente consideración: simplemente no es verdad que
solo un cierto tipo de hombres o con un determinado tipo de carácter experimenten
el gozo de la salvación, porque el hecho es que, en el pasado, todo tipo y clase de
hombres lo han experimentado y sigue siendo así en la actualidad. Solamente el
círculo de los Apóstoles muestra todas las posibles diferencias de trasfondo y carácter,
pero todos disfrutaban de este gozo y así ha sido desde entonces. Estos detalles
psicológicos suenan muy importantes y plausibles en teoría: la historia de la Iglesia
trata de hechos. Los introvertidos y extravertidos han disfrutado por igual del mismo
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gozo, y el cambio del ayuno en fiesta ha sido tan común —si no más— entre las
personas criadas en la iglesia (como lo fueron Lutero, Wesley y otros) como en
aquellos que han vivido una vida malvada y pecaminosa de crimen y violencia. Pero,
aparte de eso, el Nuevo Testamento no limita el ofrecimiento a cierto tipo de
personas. Lo ofrece a todos. No establece distinciones entre un tipo y otro y nos
asegura a todos que «el mismo Dios que está sobre todos es bueno para con todos».
Dios no recompensa el exceso de pecado dando después un exceso de gozo. Indicar
que lo hace no solo es imputar una acción inmoral a Dios sino también insultar su
santo nombre. Pero el verdadero problema de las personas que sostienen semejantes
ideas es que forman su opinión desde la perspectiva del sentimiento interno en lugar
de partir del punto de vista de las realidades eternas objetivas.

Permítaseme ilustrar lo que quiero decir. Imaginemos a dos hombres que tienen
problemas y dificultades en el mar y ambos se están ahogando. Un tercer hombre los
rescata a ambos arriesgando su vida en el intento. ¿Se puede decir seriamente que su
respectivo gozo, felicidad y gratitud estarán determinados únicamente por su
carácter? Sin duda el carácter y la psicología prácticamente no tienen nada que ver
con la cuestión. Lo que cuenta es la comprensión que tenga el hombre de su situación;
su comprensión en primer lugar del peligro y después de su seguridad. El tipo de
persona más flemático, estólido y menos emocional se alarma cuando piensa que se
está ahogando y ve que su situación es desesperada, y su gozo y gratitud no conocen
límites cuando comprende que ha sido salvado. No es el estado del hombre ni sus
sentimientos los que importan, sino su aprehensión y apreciación de su posición y
situación. Precisamente lo mismo sucede en relación con la religión. ¿Has
comprendido tu situación? Olvida todo tu carácter y formación. Olvida toda tu
educación y todo el pecado que has cometido. Olvida al pecador violento, olvida a las
otras personas y simplemente considera tu caso. ¿Has comprendido cuál es tu
situación en este momento? ¿Lamentas tu pecado? ¿Lo has lamentado alguna vez? Si
no es así no es porque no seas pecador, sino simplemente porque no has
comprendido que lo eres. Los niños no se asustan del fuego, las personas que
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desconocen la electricidad no son conscientes del peligro de tocar un cable con
corriente: los necios pasan por donde los ángeles temen pisar. Pero la ignorancia no
afecta o cambia los hechos en lo más mínimo. Y los hechos son estos: la Biblia dice
que todos nacemos en pecado; que todos hemos pecado realmente contra Dios; que,
aun a pesar de que no hayamos sido gravemente pecadores a los ojos del mundo,
ninguno alcanza la gloria de Dios y todos hemos quebrantado su ley. ¿Le has honrado
como debieras? ¿Le has alabado y adorado como hizo Jesucristo? ¿Ha sido lo más
importante en tu vida? ¿Has sentido una absoluta y completa dependencia de él y le
has agradecido constantemente por toda su bondad para contigo?

Por encima de todo, afronta esta cuestión: ¿has sentido tu absoluta indignidad ante
Dios? Porque todos los santos la han sentido. Solo personas como los fariseos, cuyo
pecado condenó tan severamente nuestro Señor, se sienten satisfechas consigo
mismas. La mayor prueba de la completa pecaminosidad es la satisfacción propia y la
incapacidad para ver nuestra desesperada necesidad de la gracia de Dios. Solo
aquellos que ven esa necesidad pueden regocijarse y alegrarse al ver la gracia y
comprender lo que nos ofrece. ¿Te ha hecho feliz el evangelio de Cristo? ¿Hay una
canción en tu corazón? Si no es así, se debe únicamente al hecho de que nunca has
visto tu necesidad de ello. Pero considera esa necesidad de nuevo. ¿Cómo vas a
enfrentarte a Dios? ¿Cómo vas a morar en el Cielo y a disfrutar de su pureza? ¿Cómo
vas a satisfacer las exigencias de la ley? Saulo de Tarso se sintió impotente; el joven
Lutero que había renunciado al mundo, vivía en una celda, ayunaba y oraba, sentía
que no había esperanza alguna; el virtuoso John Wesley se sentía más y más
consciente de su pecado. Lo mismo ha sido cierto de todos los más santos hombres
que haya visto el mundo. ¿Y estás satisfecho y contento? ¿No ves tu terrible y
alarmante situación? Humíllate. Llora por tu pecado. Ayuna y arrepiéntete. ¿Lo ves
ahora? ¿Te preocupa? ¿Estás aterrorizado? ¿Ves la impotencia y la desesperación de
tu situación? Bien, si lo haces, el evangelio tiene algo glorioso que decirte. Porque,
maravilla de maravillas, es a personas como tú a las que envía este glorioso mandato
de abolir el ayuno y dar comienzo a la celebración. Jesús no vino a salvar a justos sino
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a pecadores. Aquellos que pueden nadar y salvarse a sí mismos jamás recibirán ayuda,
solamente los que se ahogan y están desesperados pueden disfrutar del gozo de ser
tomados por los brazos eternos de Dios en Jesucristo. Fue por estos por los que el Hijo
de Dios no solo arriesgó su vida, sino que la entregó en rescate. Sí, a pesar del pecado
y de la desobediencia que habían llevado a la destrucción del Templo y de la propia
Jerusalén y a la cautividad en Babilonia —a pesar de toda la desobediencia y el
pecado—, una vez que estas personas lo vieron, lo lamentaron y se arrepintieron y,
llenos de vergüenza, pasaron sus días ayunando, Dios les perdonó y les dio el mandato
de convertirlo en festividad y regocijarse. Si tú esta noche te sabes pecador, si tus
pecados te entristecen y atormentan, si finalmente has visto tu necedad e iniquidad,
si sientes que estás fuera del perdón y la esperanza, esta Palabra es para ti:
¡Regocíjate! ¡La fiesta debe ir antecedida esencialmente por el ayuno y tú lo has
cumplido!

3. «¿Pero cómo puede ser esto?», dices. Permítaseme mostrarlo. Justo aquí llegamos
al corazón mismo del glorioso mensaje del evangelio. El mandamiento de la
celebración, el regocijo y la felicidad no se basa en sentimientos y emociones. Estas
personas en Jerusalén no se sentían felices en aquel momento, pero eso no suponía
diferencia alguna, Dios les ordena que sean felices. Esta felicidad tampoco se basaba
en nada que hubieran hecho, porque lo único que habían hecho era pecar y
desobedecer a Dios despertando así su ira, encontrándose en Babilonia en su
desesperación e impotencia. Claramente, la felicidad y el gozo no se basaban en
ninguna acción o actuación por su parte. Por lo que a ellos concernía, aún estarían en
Babilonia. Su propio esfuerzo no podría haberlos sacado jamás de allí o haberles
procurado la libertad. Fue la acción de Dios la que supuso toda la diferencia, y el
mandamiento de celebrar fiesta y regocijarse siempre se basa en el hecho de lo que
Dios ha hecho. Es la incapacidad de verlo lo que explica la amargura y la infelicidad en
las vidas de muchas personas buenas que se esfuerzan por vivir la vida religiosa y
piadosa. Eso es exactamente lo que descubrió John Wesley. Estaba haciendo todo lo
que un hombre podía hacer y, sin embargo, no hallaba la felicidad. Pero de pronto la
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poseyó. ¿A qué se debió? Simplemente a la comprensión de lo que Dios había hecho
en Cristo. Cuando Wesley lo entendió, su corazón fue renovado y se volvió feliz. Lo
mismo sucede con Lutero, Bunyan y los demás. Si consideramos el evangelio
meramente como un plan y un proyecto vital, ya sea social o personal; si lo
consideramos meramente como algo que nos llama a lo elevado y lo heroico y a cierto
orden moral; jamás conoceremos el gozo y la felicidad que ofrece. Si consideramos la
vida cristiana principalmente como algo que se debe hacer, lejos de hacernos felices
nos hará desgraciados, porque seremos constantemente conscientes de nuestro
propio fracaso. Pero la gloria del evangelio es que se basa en algo que Dios ha hecho
de una vez por todas en la persona de Cristo. ¿Qué es lo que ha hecho? Queda
perfectamente ilustrado en el caso de estos judíos en aquel punto. ¿Por qué ordena
Dios a estas personas que se regocijen y sean felices y dejen de ayunar para celebrar
una festividad?

a) Lo hace porque se ha eliminado la causa del ayuno. ¿Por qué ayunaban? A causa
de su culpa, a causa de su vergüenza y debido al hecho de que se encontraban en
Babilonia en lugar de estar en Jerusalén. Pero Dios había intervenido y a su manera
les había traído de vuelta a Jerusalén. Les había restaurado a su antigua situación y
lugar. Claramente, pues, había perdonado su culpa y les estaba ofreciendo un nuevo
comienzo desde su vergüenza. «Regocijaos y celebrad —dice Dios—; la causa de
vuestro ayuno y amargura ha sido eliminada». Eso es lo que principalmente nos dice
en Jesucristo su Hijo. Dios ha actuado. Ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para
vivir, morir y resucitar de nuevo por nosotros y para nuestra salvación. «¿Cómo puedo
celebrar y regocijarme?». Mira a Jesucristo en la cruz y ve tu culpa cargada en él y
limpiada por él. «¿Cómo puedo ser feliz —dices— cuando estoy tan lleno de
vergüenza a causa de lo que he hecho?». A lo que el evangelio contesta:

El pasado será olvidado,


se concederá una felicidad presente.

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En Cristo hay un nuevo comienzo y ya no eres esclavo del pecado. Y, de la misma
forma, te dice que toda tu posición y situación también han cambiado. En Cristo te
conviertes en hijo de Dios y eres considerado como tal por él. Has sido un enemigo y
un extraño, pero ahora eres un hijo. No consideres tus propios sentimientos, tu propia
historia. Mira a Dios y la historia de lo que ha hecho en Jesucristo. Regocíjate, canta,
clama, alégrate; Cristo ha limpiado tu pecado y te ha restaurado al favor de Dios que
habías perdido. Sí, el regocijo se basa puramente en lo que Dios ha hecho.

b) Pero también se basa en lo que Dios hará. Estos judíos que se encontraban ahora
en Jerusalén no tenían mucho de lo que regocijarse a su alrededor. El Templo no había
sido reconstruido y se encontraban rodeados de problemas, dificultades y pruebas en
todos los aspectos. La perspectiva y la situación no eran demasiado alegres ni
prometedoras. Pero Dios les ordena que se regocijen, celebren fiesta y sean felices.
¿Por qué? En parte, como hemos visto, porque habían vuelto a Jerusalén. Estar de
vuelta en Jerusalén aun en ruinas es mejor que estar en los palacios de Babilonia. Pero
existe una razón mucho más fuerte para celebrar y regocijarse: ¡La brillante y gloriosa
perspectiva de futuro! Se podía confiar en el Dios que les había liberado de Babilonia,
de aquella situación insoportable, que les guardaría y sostendría hasta el fin. De haber
confiado únicamente en sí mismos y en sus fuerzas, con todos sus enemigos a su
alrededor, la estampa habría sido terrible y ominosa. Pero Dios estaba con ellos y el
Dios que les había salvado también podía guardarles. «Aunque las cosas estén como
están —dice Dios a estas personas—, regocijaos, yo estoy con vosotros. Confiad en
mí. Celebrad vuestras victorias aun antes de obtenerlas». Ese es el mensaje que, al
escribir a los romanos, Pablo expresa de la siguiente forma: «Porque si siendo
enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más,
estando reconciliados, seremos salvos por su vida» (Romanos 5:10).

«¿Cómo puedo ser feliz —dices— siendo tan débil y frágil y el enemigo tan fuerte y
poderoso? ¿Y el mañana? ¿Y el futuro?». ¡Déjalo todo en sus manos! ¡Confía en él!
«Basta a cada día su propio mal» (Mateo 6:34). El Cristo que murió a fin de liberarte
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y darte nueva vida y un nuevo comienzo no te abandonará. ¡Estará contigo hasta el
fin! ¡Te sostendrá y guiará! Es debido a eso por lo que Pablo podía decir: «Por lo cual
estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida […] nos podrá separar del amor de Dios,
que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38–39). Antes de escribir eso había
dicho: «¡Miserable de mí!» (Romanos 7:24). Pero Cristo convierte en alegres a los
miserables y en fuertes a los débiles. ¿Estás cansado de ti mismo y de tu pecado y te
sientes débil e impotente? ¡Mira a Jesucristo y lo que ha hecho y comienza a cantar y
regocijarte!

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