García de León, Antonio, “El Diablo entre nosotros o el ángel de los sentidos”, Arqueología
Mexicana núm. 69, pp. 54-61.
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sentidos?fbclid=IwAR3g5OLnAPyTnM-w_GxkuPSk3LL3NkHoqaM8Pev7_UPZJl8mO8q2y_bBkqE
La Caída del demonio, fresco realizado hacia 1562 por el pintor indígena Juan Gerson en la iglesia de San Francisco de
Asís, Tecamachalco, Puebla. Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces
EL DIABLO ENTRE NOSOTROS
El ángel de los placeres y los motivos del Mal
En los cánones de la ortodoxia católica, el Diablo suele ser caracterizado como la encarnación del
mal. Pero en la medida en que abrimos los horizontes a su verdadera naturaleza, o que
descendemos hacia las interpretaciones populares del culto, nos encontramos que los siete
pecados capitales, que se le atribuyen (y por los que merecemos el castigo si los frecuentamos)
constituyen la esencia misma de la felicidad del ser humano. Y es así como en ese espacio
vulnerable -el de los sentidos-, el demonio adopta un sinfín de apariencias, tiene la sutileza de la
ubicuidad, la suspicacia de convertirse en agua o en fuego, en frío o caliente, en crudo o en cocido,
en animal. objeto o persona, asumiéndose con una presencia ambivalente y plena de significados.
El demonio, señor de los infiernos de la tradición católica, se relaciona con los hombres como
proveedor de los placeres sujetos al castigo, resultando ser el más asequible de los dioses. De una
entidad casi inmaterial y abstracta, se forma un personaje viviente y humano de naturaleza secular
y cotidiana. Es una especie de dador del placer, un ángel de nuestra proximidad, que cobra sus
favores con altos intereses. involucrando el destino final de las almas.
En una religión que desarrolló inmensas compuertas para detener el avance de la materialidad
corporal, lo que se retoma y se interpreta como el Mal son los placeres, la liviandad de los
sentidos: los que a la postre conducen a1 castigo, a la negación misma de los goces una vez que se
ha traspuesto el umbral de la vida.
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EL DIABLO MESTIZO
El Diablo se convierte así en la noción ideal, en el ángel de los sentidos. y de allí proviene clara
mente su naturaleza tan seductora en una sociedad regida por las crisis, las limitaciones, las
barreras de clase, los tabúes y las restricciones de todo tipo. Eso explica por qué muchos arriesgan
-en el pacto con él y asumiendo sus obligaciones- el destino final de sus existencias: a pesar de la
carga de la fe, dándose a la liviandad, prefieren entregarse a la materia. Y es que el Diablo -al
menos en la tradición del vulgo- representa la libertad, el libre albedrío, la conducta humana
asociada al paladar. a la sensibilidad de la piel, a la riqueza material, a la malicia, al gusto musical y,
sobre todo, a los placeres de la carne.
Es por eso que el catolicismo, como epígono de la tradición judeocristiana, construyó, para
combatirlo y desalentar a sus posibles seguidores, toda una simbología terrible del Infierno basada
en la punición y la tortura eterna, y la figura del ángel caído apareció como algo de naturaleza
monstruosa y aterradora.
Pero en la construcción histórica de su advocación surge un espacio en donde los dioses, Lucifer,
los demonios -y muchos otros seres menores- pululan y conviven. Podemos decir que nuestro
Luzbel atravesado,nuestro Diablo mestizo, tal y como lo conocemos hoy es uno de los más
fascinantes personajes históricos de nuestros siglos XVI y XVII, y que muchos de sus atributos,
como productos del mestizaje, se maduraron entonces y adquirieron carta de identidad en las
mentalidades de esta, para los españoles, nueva tierra, demostrando una naturaleza polivalente y
de extrema flexibilidad, con una gran capacidad de adaptación.
LA CLAVE COLONIAL O NUESTRA OSCURA EDAD MEDIA
La ensambladura histórica de nuestro Diablo a través de los siglos sintetizó entonces varias
condensaciones previas: por una parte, el demonio medieval de los cultores de la fe y el de las
tradiciones populares ibéricas, teñidas de algunos rasgos culturales africanos y asiáticos. Por la
otra, todas estas simbolizaciones del Viejo Mundo desembocaron entonces en el terreno abonado
de los ritos mesoamericanos, en un panteón abigarrado en donde los dioses se comportaban
como seres humanos, lo mismo ateniéndose a las normas del ritual que cometiendo toda clase de
excesos, y de allí que los misioneros los asociaran con los dioses también humanos, de los
panteones paganos del Viejo Mundo. Dioses de naturaleza ambivalente, que lo mismo causaban la
muerte, los males y las enfermedades, que ofrecían riquezas, protección y resguardo. Acosados
desde un principio, asociados a la nueva noción del pecado, sufrieron la mutilación, y de sus
fragmentos dispersos se formaría la visión colonial de demonios y santos revestidos con los
atributos de muchos de ellos.
Así se hicieron presentes cuando los evangelizadores del siglo XVI asociaron al infierno, regido por
el Príncipe de las Tinieblas, con el Lugar de los Muertos, en donde el primero tendría un atributo
caliente, el de las llamas eternas y los carbones encendidos, y el segundo el aspecto de la frialdad,
la nocturnidad y la muerte. Los puntos de confluencia y los motivos de estas oposiciones lograron
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integrarse paulatinamente, debido a que también en el Viejo Mundo tenían esta naturaleza
ambigua.
EL DIABLO Y EL DUEÑO DEL CERRO
Así, en Mesoamérica, además de relacionarse al Diablo con el Dueño del Cerro, o con otros
habitantes de otros mundos inferiores, habría que mencionar que algunos atributos “fríos” del
“señor de la tierra caliente” (como se le llama en algunos documentos inquisitoriales del siglo XVII)
se asocian todavía con los del Dios de los Muertos, por ejemplo, Kisin entre los mayas yucatecos,
Miktantek entre los nahuas de la región de los Tuxtlas, por mencionar solamente algunos de sus
nombres. O sus manifestaciones se unen a los del “borracho nocturno” (yowaltawan), al “viento
nocturno” (yowalehegat) y los tzitzimimeh, “salvajes” o “chilobos" en las creencias nahuas del sur
de Vera cruz y en otras que proliferan hoy en lo más profundo del país.
Pero aquí, como había ocurrido en la Europa de los primeros tiempos cristianos, el demonio se
formó de las cenizas de los dioses de la gentilidad, amasado con las singularidades de Tezcatlipoca,
Huitzilopochtli, Mictlantecuhtli y muchos otros. Es por eso que los primeros cronistas asociarán a
los númenes de la tierra con los dioses, semidioses, náyades, nereidas y ninfas del panteón de la
Grecia antigua.
EL DIABLO ES UN CHARRO NEGRO
El Diablo de esta tierra, el nuestro, el Santiago Mulato, el Diablo Monicato, el mismo de las
pastorelas: nuestro Diablo cojuelo y burlón con los atributos del mestizo, del mulato, del negro o
del español-un ser transformado en chivo, o en mono como Tezcatlipoca-, habita no sólo la
memoria colectiva y la trama de nuestras pesadillas y maravillas, sino que está vivo precisamente
en esa asociación entre la astucia y las identidades de mezcla, la que se fijó en la memoria
colectiva desde los siglos coloniales, o que sigue latiendo en los atributos del negro visto por los
indios (¿qué otra cosa, sería el “Diablo negro” de los tzeltales de Chiapas, o del mulato de los
popolucas de Veracruz?), o en lo diabólico de los diversos oficios -por lo general vedados a los
indios-, que pesaron sobre las comunidades ) que se asociaban como demonios a las poblaciones
de mezcla: el traficante, el ventero, el músico, el contrabandista, el pirata, el arriero (en los Tuxtlas
el Diablo es un arriero mulato que ha convertido a sus almas cautivas, a los “empautados”, en
mulas de una recua que se dirige eternamente al inframundo ... ). En toda la Nueva España, el
Diablo es un ser oscuro, ataviado de charro negro y montado sobre un caballo del mismo color
que despidiendo chispas por las espuelas alumbra con sus ojos de carbón encendido las calles
nocturnas de cualquier poblado.
En este contexto, el Diablo tuvo siempre una fuerte presencia asociada con el poder y la riqueza:
una noción alimentada en un momento de desamparo y reacomodo de las grandes fuerzas que se
abrieron paso desde el México colonial al moderno y que se reprodujo a lo largo de los siglos.