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Relaciones de Esposos en la Biblia

Este documento discute las relaciones entre esposos y esposas según la Biblia. Explica que según Efesios 5:22-23, las esposas deben someterse a sus esposos como a Cristo, mientras que los esposos deben amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia, entregándose a sí mismo por ella. También describe los propósitos de Dios para el matrimonio, incluyendo el compañerismo, la ayuda mutua, la caracterización y la procreación, todo para dar gloria a
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Relaciones de Esposos en la Biblia

Este documento discute las relaciones entre esposos y esposas según la Biblia. Explica que según Efesios 5:22-23, las esposas deben someterse a sus esposos como a Cristo, mientras que los esposos deben amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia, entregándose a sí mismo por ella. También describe los propósitos de Dios para el matrimonio, incluyendo el compañerismo, la ayuda mutua, la caracterización y la procreación, todo para dar gloria a
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FUNDAMENTOS BÍBLICOS DE LA FAMILIA

Lección 4
LAS RELACIONES DE ESPOSOS EN LA BIBLIA
Contenido
I. Esposos y esposas según Efesios 5:22-23
II. El entendimiento de un esposo del matrimonio
III. Los propósitos de dios para el matrimonio
IV. Maneras en que el esposo puede tratar a su esposa
V. La ayuda de la esposa
VI. Maneras en que ella puede ayudar a su esposo
VII. Para la gloria de Dios, no tu propia ventaja
VIII. Santidad y relaciones íntimas
IX. El papel del esposo específicamente conlleva el amar
X. El hombre y la mujer en el matrimonio
XI. La constitución del matrimonio
*****

I. ESPOSOS Y ESPOSAS SEGÚN EFESIOS 5:22-23


Pablo principia con la más alta de las relaciones familiares, la que existe entre
esposo y esposa. La relación entre padres e hijos es un producto del amor
entre un hombre y una mujer, en tanto que la relación entre amos y siervos es
parte de lo que un hombre hace para proveer lo que su familia necesita. Sin
embargo, tanto una como la otra de estas dos interdependencias sociales
portan un significado profundo en la vida cristiana en esta “primera gran
frontera de la existencia humana”. El punto en que principia la cesación de la
discordia es un lazo santo entre esposo y esposa (Taylor, 2010, 257).
A. La sumisión de esposas (5:22–24)
Cada relación personal contiene un elemento de sumisión. En el orden natural
de cosas el esposo ocupa una posición de prioridad. Pablo lo reconoce
cabalmente al pedirles a las esposas que estén sujetas (22; 1 Co. 11:2–16; Col.
3:18). Sin la relación marital, el hombre y la mujer por creación son iguales,
pero en la estructura familiar el esposo tiene que asumir ciertas prerrogativas
divinamente ordenadas, y la esposa debe aceptar alegremente esta relación.
No es “que las esposas sean inferiores a sus esposos, sea natural o
espiritualmente. Pero Pablo reconoce una jerarquía divinamente ordenada en
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el orden de la creación, y en este orden la esposa tiene un lugar en seguida
después del esposo”. Las esposas deben estar dispuestas a rendirse a sus
esposos a fin de que el esposo pueda ejercer la autoridad de la que es
responsable. Muchos matrimonios modernos han fracasado porque las
esposas no han estado dispuestas a reconocer este principio tal como se
relaciona al trabajo del esposo, la ubicación del hogar y la disciplina de los
niños. La esposa ha de hacer esta deferencia como al Señor, o sea, como una
parte del deber de ella hacia el Señor. Debe darse por sentado que aquí Pablo
está hablando acerca de familias cristianas, donde esta clase de sumisión
debería ser al mismo tiempo factible y posible (Taylor, 2010, p.257-258).
Para ubicar su apelación dentro del marco de referencia de esta carta, Pablo
introduce la analogía del señorío de Cristo como un argumento adicional en
favor de su aseveración de que las esposas deben someterse a sus esposos
(v.23). En 1 Corintios 11:3, Pablo escribió: “Ahora quiero que os percatéis de
que la cabeza de todo hombre es Cristo; que la cabeza de la mujer es el
hombre; y que la cabeza de Cristo es Dios”. En esta “ascendente cadena de
relaciones” dos ideas importantes son evidentes. (1) El ser cabeza “denota
primordialmente una autoridad que controla y el derecho de (recibir)
obediencia”. (2) El control y la obediencia ocurren “dentro de un organismo
viviente en el cual las dos partes se complementan mutuamente”. La unidad
yace en la base de las tres relaciones mencionadas en la nota en Corintios, y
Pablo ve la esperanza de familias unidas en esta comprensión de la relación
entre esposo y esposa
Una interpretación estricta nos guiaría a aplicar la última frase del texto
primordialmente a Cristo, quien es “el liberador y el defensor de la iglesia que
es su cuerpo”. Desde luego que el esposo no puede ser el salvador de su esposa
en términos redentores, pero sí puede ser su protector y proveedor. Cualquier
sacrificio y dádiva de sí mismo que genere un sentimiento de bienestar y
seguridad normalmente producirá una sumisión voluntaria y amorosa de su
esposa. Martin concluye diciendo: “El esposo debe encontrar la pauta de su
conducta en la conducta de Cristo hacia su iglesia” (Taylor, 2010, p.258).
B. El amor de esposos (Efesios 5:25–33).
Pablo tiene algo que decirle al esposo también:
Amad a vuestras mujeres (v.25), les dice Pablo a los esposos. Detrás de esta
exhortación e impartiéndole un significado infinito está la majestuosa analogía
de la iglesia como la esposa de Cristo, que fue introducida un poco antes pero
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que ahora es desarrollada hasta llegar a su culminación (v. 27). La palabra
amad es un imperativo presente (agapate) y significa “continuad amando” o
“seguid amando”. El amor que trajo al esposo y a la esposa a su matrimonio
debe ser nutrido y expresado conforme pasan los años. Durante todos los años
de la relación marital los esposos deberían amar a sus esposas tal como lo
hicieron el día que se desposaron con ellas.
Los esposos deben amar a sus esposas así como Cristo amó a la iglesia.
Mediante esta analogía Pablo caracteriza el amor que un esposo ha de tener
para su esposa. El amor de Cristo para su iglesia es el ejemplo supremo de
todos los amores, y en este caso es el amor que un esposo debe demostrar
hacia su esposa (Taylor, 2010, p.259).
El amor de Cristo fue un amor que se dio a sí mismo (5:25). Cristo “se entregó
a sí mismo por la iglesia” (v.25). En la mente de Pablo, Cristo fue dado por Dios
a la humanidad, y a su vez Cristo se dio a Sí mismo por la liberación del hombre.
(Ro. 5:8). En Gálatas 1:4 el apóstol habla de “nuestro Señor Jesucristo, el cual
se dio a sí mismo por nuestros pecados”. En Tito 2:14 Pablo describe a Cristo
como “quien se dio a sí mismo por nosotros”. Previamente el apóstol ha
mencionado ya esta verdad esencial en 5:2, donde apela a sus lectores a andar
“en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por
nosotros”.
En la teología altamente cristocéntrica de Pablo, Cristo es la norma para el
todo de la vida. Aquí, el amor que se da y se sacrifica a sí mismo constituye la
mismísima esencia de la vida cristiana. Si “caminar en amor” es necesario para
toda la vida, se sigue que es compulsoria para esta relación particular de la
vida. Por ende, la aplicación es que, así como Cristo se dio a Sí mismo por su
iglesia, un esposo debe estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio, y hasta el
sacrificio de su propia vida, si tal cosa fuese necesaria, para el bienestar y la
felicidad de su esposa. Pablo dice: “Amad a vuestras esposas, con un amor que
siempre tiene el calor del primer verano de su alegría humana pura, pero que
ha sido mantenido alto y fiel desde entonces mediante un ideal tan grande
como el cielo.” El afecto supremo de Cristo incluye pasión, devoción
imperecedera, sensibilidad a la necesidad, y la negación de sí mismo. Los
esposos deben amar a sus esposas con esa clase de amor (Taylor, 2010, p.260).

II. EL ENTENDIMIENTO DE UN ESPOSO DEL MATRIMONIO

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Se dice que nueve de diez adultos creen que el matrimonio es una institución
pasada de moda. Muchos hombres del mundo (y algunos de la Iglesia) piensan
que es una virtud alargar la soltería lo más posible. Para ellos, solo los débiles
o locos se atreverían a ser “conquistados” por el sexo opuesto y a estar
destinados a una vida de conformidad cobarde o de conflicto sin esperanza.
Mientras que nosotros como hombres cristianos puede que no tomemos tales
puntos de vistas extremos, nuestras propias ideas y frustraciones acerca del
matrimonio puede dejarnos con temores similares. Un punto de vista negativo
ciertamente no es la perspectiva de Dios, ni es lo que Él tuvo en mente cuando
instituyó el matrimonio. El esposo que está buscando imitar a Cristo querrá
saber y cumplir las intenciones de Dios. Al hacer esto, también tomara parte
de las bendiciones que vienen al honrar a Dios en este arreglo maravilloso
llamado “el matrimonio”. (Scott, 2008, p.53).

III. LOS PROPÓSITOS DE DIOS PARA EL MATRIMONIO


Dado que fue Dios mismo quien instituyó e inició el matrimonio, sabemos que
el matrimonio es bueno y tiene propósitos perfectos. El propósito total de Dios
para el matrimonio es el de dar gloria a Su Nombre. Esto es claramente logrado
a través de las áreas más específicas de compañerismo, ayuda, caracterización,
satisfacción sexual, y procreación.
Compañerismo
Después de crear a Adán, Dios hizo este enunciado:
“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda
idónea para él”. Génesis 2:18
Este versículo aclara que Dios planeaba hacer a alguien “idóneo” para Adán.
La palabra hebrea usada aquí (kenegdo) significa ‘comparable o que le
corresponde a él’. Entonces, inmediatamente siguiendo el plan revelado, Dios
le trajo los animales a Adán para que los nombrara. Este es un orden
interesante de eventos. La Biblia declara que entre todos los animales “no se
halló una ayuda idónea para El” (Génesis 2:20).
Ciertamente, Dios sabía que ninguno de esos animales sería adecuado para
Adán. Entonces, ¿quién estaba haciendo la búsqueda? Debió haber sido Adán.
Es como si Dios a propósito llamara la atención hacia los animales emparejados
para hacer que Adán se apercibiera de esto. Ahora tanto Dios como el hombre
estaban anticipando a alguien más que solo una presencia (cualquier animal)
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y más que un simple ayudante (como un buey). Dios iba a proveer un
compañero. Solo alguien como Adán (o “comparable” con él) podía ser un
compañero.
Desde la creación, está claro que una de las razones por las cuales Dios proveyó
el matrimonio es para el compañerismo. En la Biblia, la palabra para
compañero (chaber) es usada al hablar de la esposa de uno (Malaquías 2:14).
Significa “un compañero entrelazado.” Aunque este aspecto del matrimonio
puede crecer algo por el tiempo, el esposo ejemplar se propondrá tratar a su
esposa como su compañera especial. También hará todo cuanto pueda por
convertirse en un mejor compañero para ella (Scott, 2008, p.53-54).

IV. MANERAS EN QUE EL ESPOSO PUEDE TRATAR A SU ESPOSA


Estando con ella e involucrándola.
• Planea tiempo para estar con ella a solas.
• Desarrolla intereses comunes con ella.
• Hazle saber como ella puede ayudarte/trabajar a tu lado.
• Llámala del trabajo.
• Dile acerca de lo que haces en tu trabajo.
Buscando entenderla y ayudarla.
 Pregúntale que hizo hoy y luego escucha.
 Averigua acerca de su bienestar y entonces presta atención.
 Planea un tiempo regular para hablar acerca de sus preocupaciones y
luego ora/ estudia/y ayúdale a encontrar soluciones.
 Pregúntale como puedes orar por ella.
 Ora con ella.
 Ayúdala cuando ella lo necesite.
Apreciándola.
 Agradécele a Dios por ella.
 Piensa y verbaliza cualidades específicas o hechos de los cuales estés
agradecido.
 Habla bien de ella a otros.
 Déjale una nota de aprecio.
Tratándola especialmente en comparación con los demás.
 Abre las puertas para ella.
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 Planea citas.
 Pon sus “necesidades” y deseos por encima de los demás.
 Muéstrale afecto no sexual.
 Sé sexualmente íntimo con ella, enfocándote principalmente en su
disfrute.
Revelándote a ella.
• Comunícale tus pensamientos, perspectivas, y metas.
• Hazle saber cómo ella puede orar por ti.
(Scott, 2008, p. 54-55).

V. LA AYUDA DE LA ESPOSA
Dios ha dicho claramente que la esposa debe ayudar a su esposo en esta vida.
El significado original de la palabra hebrea ayudante (‘ezer) significa ‘auxiliar’.
Una esposa, entonces, es supuesto que, en un sentido muy real, a auxiliará a
su esposo. Como este es el diseño de Dios, es bueno y el camino de bendición
para ambos el esposo y la esposa.
“Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda
idónea para él”. Génesis 2:18
Al igual que el compañerismo, la ayuda es obviamente otro propósito principal
del matrimonio. De hecho, en este versículo acerca de la creación de la mujer,
¡la palabra “ayuda” precede la palabra “idónea”! Dios acababa de poner a Adán
en el huerto para que lo “labrara y lo guardase” (Génesis 2:15). A Adán se le
había dado una encomienda por hacer. Dios decidió que no era bueno que el
hombre estuviera solo y dijo que le haría una ayuda. La forma más directa de
interpretar este pasaje es que Dios tuvo la intención de que Eva ayudara a su
esposo en el trabajo que se le había dado para que hiciese. Naturalmente,
debido a que esto fue antes de la Caída, Adán tenía solamente un tipo de
trabajo, labrar y guardar el huerto. Aparentemente, Dios se propuso que Adán
tuviera parte en la provisión de comida y en el mantenimiento de la creación
de Dios. Se supone que Adán estaría ocupado en el trabajo y también lo estaría
Eva. Él debía trabajar para Dios y ella debía trabajar para Dios al ayudar a su
esposo.
Dios siempre ha tenido la intención de que la esposa asista a su marido en su
trabajo para Dios. Este es el principio que nuestra sociedad y muchos en la
Iglesia no entienden. Muchas esposas están haciendo lo que quieren para su
Pág. 6
propia “satisfacción”. Esta no es una actitud bíblica. El mundo ve el perseguir
la satisfacción personal como necesaria para el bienestar y “la felicidad”.
Tristemente, aun los esposos están animando a sus esposas en esta búsqueda.
Ciertamente una esposa es muy capaz de hacer las cosas que quiere, pero este
no es el diseño de Dios. Al final el hacer lo que uno quiere es una búsqueda
muy vacía y sin fruto. Ni el esposo cristiano ni su esposa deberían estar
buscando la auto-satisfacción, sino deberían estar usando sus dones, talentos,
y habilidades para servir los propósitos de Dios (Mateo 28:19–20) (Scott, 2008,
p.55-56).
El ayudar a su esposo no necesariamente prohíbe “otro” trabajo para la
esposa, mientras sea provechoso para el hombre y la esposa esté todavía
buscando cumplir su labor de ayudante (es decir, un trabajo para ayudar con
las finanzas que no le obstaculice cumplir las responsabilidades dadas por Dios
hacia su esposo e hijos). Los esposos y esposas pueden encontrar gozo y
satisfacción en hacer aquello para lo que fueron creados. Aun la esposa de un
esposo inconverso (que no está haciendo su trabajo para Dios) puede cumplir
el propósito de Dios al ayudar a su esposo en cualquier trabajo que el haga

VI. MANERAS EN QUE ELLA PUEDE AYUDAR A SU ESPOSO


Como hombres cristianos de hoy, tenemos más trabajo que tuvo Adán. Desde
la caída del hombre, nuestro trabajo de proveer ha sido expandido al incluir
vestido y refugio de los elementos. También, a los esposos se les ha dado el
trabajo del ministerio (el avance del Reino de Dios) y el trabajo de dirigir a
nuestras familias espiritualmente. Como Dios no especificó cómo la esposa ha
de ayudar a su esposo, creo que este principio debería ser aplicado tanto como
sea posible a todo el trabajo del esposo.
Un esposo debería buscar maneras para que su esposa le sea una ayuda
generalmente, personalmente, y específicamente. Dios le ha mandado a la
esposa ser la trabajadora principal en el hogar (Tito 2:4–5). Esto ciertamente
le ayuda al esposo a tener el tiempo que necesita para hacer su trabajo. Tu
esposa puede también personalmente ayudarte por medio de la oración, el
aliento, apoyo, entendimiento, y la amonestación respetuosa y amorosa
cuando lo necesites.
Al ayudarte específicamente, sería bueno para ella el preguntar diariamente
como puede asistirte. Ella puede asistirte en el pastoreo y entrenamiento de
los niños ya que ella está con ellos gran parte del tiempo. Ella puede ayudarte
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también en el trabajo del ministerio. Dondequiera que estés ministrando, tu
esposa debería estar haciendo cualquier cosa que pueda para ayudarte a llevar
a cabo tu ministerio como al Señor. De hecho, esto debería siempre ser su
ministerio prioritario fuera del (hogar) (Scott, 2008).

VII. PARA LA GLORIA DE DIOS, NO TU PROPIA VENTAJA


Existen dos advertencias obvias cuando se trata de entender el propósito de
Dios aquí. Primero, el hombre debe ser cuidadoso de no ver a la mujer
solamente como una obrera para ayudarlo. Ya hemos discutido como ella debe
también ser su compañera. Ella también tiene responsabilidades hacia su
relación con Dios, sus hijos, y la Iglesia (Colosenses 2:6–7; Proverbios 31:10–
31; Tito 2:3–5; 1 Pedro 4:10). Un esposo necesita tomar en consideración los
otros deberes de su esposa y no esperar que ella esté a su lado ayudándole las
veinticuatro horas al día. Segundo, podría ser tentador usar el papel de su
esposa como ayudante para darse a sí mismo un descanso o para abandonar
sus propias responsabilidades. Un esposo no debería egoístamente alentar el
papel de su esposa como ayudante, sino por el contrario alentarlo porque es
la voluntad de Dios y es para su bien.
El entender este propósito del matrimonio debe afectar tus esfuerzos de
involucrar a tu esposa en tu vida. También debería afectar las decisiones que
los dos hacen concerniente al estilo de vida financiero, la esposa trabajando
fuera del hogar (si, cuando, y cuanto), el uso del tiempo, y las elecciones de
ministerio. Nuestra meta es cumplir la obra que Dios nos ha dado para hacer,
y necesitamos la cooperación de nuestras esposas en la creación y
cumplimiento de esos planes.
“Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y
tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por
causa del varón”. 1 Corintios 11:8,9
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y
se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado
en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí
mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa
semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos
deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su
mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia
carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia,
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porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos”.
Efesios 5:25–30
(Scott, 2008, p.57-58).

VIII. SANTIDAD Y RELACIONES ÍNTIMAS


La mujer cristiana debe sujetarse sexualmente a su esposo inconverso. El
fundamento bíblico “Vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros maridos”
incluye los asuntos sexuales. Desafortunadamente muchas mujeres cristianas
hoy día alegan: Ya que soy cristiana no debo... no osaría... usted sabe, Jaime...
una mujer santa no debe tener relaciones sexuales con su esposo inconverso.
Existen muchos conceptos erróneos acerca del significado de una vida santa.
Admito que la sexualidad es un tema delicado, pero es imprescindible hablar
con claridad (Mirón, 1990, p.18-19).
“El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer
con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino
el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo,
sino la mujer”. 1 Corintios 7:3-4

IX. EL PAPEL DEL ESPOSO ESPECÍFICAMENTE CONLLEVA EL AMAR


El mandato para los esposos de amar a sus esposas es repetido varias veces en
las Escrituras. Obviamente, este debe ser un aspecto principal del papel del
esposo. Su esposa lleva la responsabilidad de amarlo como persona (amigo o
enemigo-Mateo 5:44; 22:39), como creyente (1 Juan 4:7), y como cónyuge
(Tito 2:4). ¡Pero a nosotros como esposos se nos ha dicho específicamente
cuatro veces que amemos a nuestras esposas! Debemos buscar amarlas como
personas, como creyentes (si es ella una), y como nuestro cónyuge. Luego por
encima de esta triple responsabilidad de amar, se nos da el mandato de amar
a nuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia.
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y
se entregó a sí mismo por ella”. Efesios 5:25
“Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos
cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie
aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como
también Cristo a la iglesia”. Efesios 5:28–29

Pág. 9
X. EL HOMBRE Y LA MUJER EN EL MATRIMONIO
Con la Biblia se puede pronunciar generalidades sobre el ser humano, pero
éstas conciernen a la especie más bien que a la persona humana, la cual
difícilmente es reductible a generalizaciones. Es la persona la que interesa ante
todo a los autores bíblicos, ya que está integrada en el cuerpo de Cristo para
llegar a ser uno de sus miembros. Así, cuando la Biblia emplea un término para
designar una colectividad humana recurre gustosamente a especificaciones
tales como pueblo, santos, pecadores, naciones, hombres o mujeres, antes
que al término abstracto de “humanidad”.
Por razón de la novedad radical del tiempo inaugurado por la efusión del
Espíritu, este partido quería acabar con el matrimonio, impidiéndole si no
estaba todavía constituido, interrumpiéndolo si ya estaba contraído. A este
problema dedica San Pablo lo esencial del capítulo 7 de su primera epístola a
la Iglesia reunida en Corinto. Si se quiere comprender este capítulo no se
puede olvidar que es una respuesta de Pablo a preguntas que él, sin duda
alguna, no habría formulado de la misma manera.
En la medida que sea posible, impedir que la fe cristiana ocasione desórdenes
y trastornos; quiere que los posibles cambios sean dictados solamente por la
obediencia a las imperiosas indicaciones del Señor. La máxima de este
capítulo, y su clave, es: “que cada uno, hermanos, permanezca delante de Dios
en la situación en que estaba en el momento en que fue llamado” (v. 24. v. 17,
26s.), o en que se ha puesto a causa de su conversión (Maldonado, 2006, p.61).
Para san Pablo el matrimonio no es un pecado para nadie. Por eso, la única
razón válida para rechazarlo es la vocación a una total disponibilidad a las
órdenes de Cristo (1 Co. 7:32s.). El celibato toma sentido en la medida en que
se coloca al servicio de la edificación de la Iglesia, en la cual no existe repliegue
sobre sí, sino que es una forma de obediencia comunitaria. En efecto, la
inminencia de la parusía (la segunda venida del Señor) no es la causa por la
que san Pablo le dé al celibato una virtud muy positiva. La inminencia
constante de la parusía no impide ni el trabajo, ni el comercio, ni la
participación en la cultura. Y el matrimonio, si bien obliga a los cónyuges a
estar presentes el uno para el otro, no es un obstáculo insuperable para la
vigilancia cristiana. No se podrá hacer nunca del celibato una orden
apremiante ni un estado que haga despreciable el matrimonio (Maldonado,
p.62-63).

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Esto es válido también para los que ejercen para la Iglesia y en la Iglesia un
ministerio que absorbe toda su existencia. San Pablo no guarda rencor a Cefas,
a los apóstoles y a los hermanos del Señor por hacerse acompañar por una
hermana como mujer (1 Co. 9:5), y sabe que tiene el mismo derecho. Aunque
Pablo renuncia a este derecho, su manera de vivir no es una ley para cada
ministro. Conviene añadir unas palabras respecto a aquellos que son solteros
por no haber encontrado un cónyuge. Una cosa es segura también para ellos,
que su soledad ha acabado por causa de su integración en la Iglesia
(Maldonado, 2006, p.63).

XI. LA CONSTITUCIÓN DEL MATRIMONIO


San Pablo debía tener en sus libros y pergaminos (2 Ti. 4:13) esta palabra del
Señor: “que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt. 19:6). Es Dios
mismo quien se encuentra al origen del matrimonio. Se dan como prueba las
siguientes consideraciones Incluso si la necesidad del matrimonio se hace
sentir por el ardor de los sentidos (1 Co. 7:9) y por “una vitalidad desbordante”
(1 Co. 7:36)17, no hay que ver en ello una vergüenza, sino un don, un carisma
recibido de Dios (1 Co. 7:7). Su sed de salir de su aislamiento y de encontrar un
sentido a una parte esencial de ellos mismos que sufre por su vacuidad, como
el aburrimiento punzante de Adán enumerando los animales del paraíso (Gn.
2:20b), viene de Dios.
Es decir, que Dios por su activa voluntad es quien trae la esposa al esposo para
que él no la tome, sino que la reciba de su mano. Si San Pablo explica el
matrimonio a la luz de las relaciones epitalámicas (referente a las nupcias) de
Cristo y la Iglesia (Ef. 5:22–33), es evidente que el origen del matrimonio
humano es el mismo que el de los esponsales entre el Señor y su pueblo. San
Pablo jamás considera el matrimonio como un pecado. Es, más bien, una forma
de obediencia cristiana, de sumisión a la voluntad de Dios
¿Pero cómo se manifiesta en la Iglesia esta voluntad divina de unir un hombre
y una mujer? Por un lado, por los votos de los cónyuges y, por otro, por el
ministerio de la Iglesia que asiente a estos votos. Parece que para san Pablo,
este asentimiento incluso precede al voto de los esposos y lo autoriza. Un
nuevo matrimonio de una viuda, por ejemplo, debe hacerse “en el Señor” (1
Co. 7:39). Lo mismo debe de ser para los otros matrimonios de cristianos. No
es exagerado pensar que en todo matrimonio cristiano —prototipo del cual es
el de Génesis 2 (Mt. 19:4ss. y paralelos; Ef. 5:31)— este papel del amigo de
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bodas, desempeñado por Dios mismo en el relato de la creación, forma parte
regular del matrimonio, y el que desempeña este papel actúa en nombre de
Dios.
El matrimonio humano es el reflejo de la unión entre Cristo y su Iglesia, ya que
para el Nuevo Testamento no hay más que un Cristo y una Iglesia, el
matrimonio no puede unir más que un hombre y una mujer. Efesios 5 sería
incomprensible fuera de una noción monogámica del matrimonio. Para que se
constituya un matrimonio cristiano no sólo es necesario que esté constituido
por la voluntad de Dios, expresada por medio de la Iglesia; tampoco es
solamente necesario que una a un hombre y una mujer. También es necesario
que los esposos acepten consagrarse el uno para el otro. Su voto es
constitutivo del matrimonio que formarán. También aquí tenemos que
reconocer que Pablo sólo habla indirectamente, pero lo hace con bastante
claridad por medio de su ética conyugal, comprensible solamente como el
desarrollo de un voto, el respeto de una alianza y de sus cláusulas. Ya que para
el apóstol estas órdenes se refieren a la unión entre Cristo y la Iglesia, la noción
bíblica de “alianza” o pacto nos permite comprender los votos constitutivos
del matrimonio cristiano.

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