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La Vida de Jesús: De la Infancia al Sacrificio

Jesús nació de María y Dios Padre. A los 12 años enseñó en el templo sobre Dios. A los 30 fue bautizado por Juan y Dios dijo que era su Hijo amado. Enseñó sobre amar a Dios y al prójimo, curó enfermos y alimentó a miles con poco pan. Fue crucificado y murió por los pecados de la humanidad, pero resucitó al tercer día como el primero en vencer a la muerte.

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La Vida de Jesús: De la Infancia al Sacrificio

Jesús nació de María y Dios Padre. A los 12 años enseñó en el templo sobre Dios. A los 30 fue bautizado por Juan y Dios dijo que era su Hijo amado. Enseñó sobre amar a Dios y al prójimo, curó enfermos y alimentó a miles con poco pan. Fue crucificado y murió por los pecados de la humanidad, pero resucitó al tercer día como el primero en vencer a la muerte.

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Universidad Católica de Honduras

“NUESTRA SEÑORA REINA DE LA PAZ”

Alumna: Noelia Alexandra Chávez Maldonado

Docente: Dorian Vigil

Clase: El hombre frente a la vida

Sección: 1002

LA VIDA DE JESÚS
Un ángel del Señor se le apareció a María y le dijo que ella iba a ser
la madre del Hijo de Dios, y ella le preguntó cómo iba a ser eso
posible. Él le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el
poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el
Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios”.
Jesús es la única persona en la tierra que nació de una madre mortal
y de un Padre inmortal, y esa es la razón por la que se le ha llamado
el Hijo Unigénito: de Su Padre heredó poderes divinos y de Su
madre heredó la mortalidad y, por consiguiente, quedó sujeto al
hambre, a la sed, a la fatiga, al dolor y a la muerte.
Para la época en que tenía 12 años de edad, había aumentado el
entendimiento de Jesús de que había sido enviado para hacer la
voluntad de Su padre. Fue con Sus padres a Jerusalén. Cuando Sus
padres iban de regreso a casa, se dieron cuenta de que el niño no se
encontraba entre las personas del grupo y volvieron a Jerusalén a
buscarlo. Le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores
de la ley, y éstos le oían y le hacían preguntas y todos los que le oían
se asombraban de su entendimiento y de sus respuestas.
Cuando Jesucristo tenía 30 años de edad, fue a ver a Juan el Bautista
para que le bautizara en el río Jordán. Juan se mostró renuente a
bautizar a Jesús porque sabía que Jesús era mayor que él, pero Jesús
le pidió que lo bautizara a fin de “cumplir toda justicia”. Juan
bautizó al Salvador sumergiéndolo completamente en el agua.
Después de que Jesús fue bautizado, Su Padre habló desde los cielos
y dijo: “…Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco” y el
Espíritu Santo descendió en forma de paloma.
Poco después de su bautismo, Jesús ayunó durante 40 días y 40
noches para estar con Dios, después de lo cual Satanás se le presentó
para tentarlo. Jesús resistió firmemente todas las tentaciones de
Satanás y le ordenó que se retirara.
Jesús comenzó Su ministerio entre los hombres. Él vino a la tierra
no sólo para morir por nosotros, sino también para enseñarnos la
forma en que debemos vivir. Nos enseñó que hay dos grandes
mandamientos; el primero: amar a Dios con todo nuestro corazón,
mente y fuerza; y el segundo: amar a los demás como a nosotros
mismos.
Jesús pasó su vida al servicio de los demás; curó enfermedades, hizo
que el ciego recobrara la vista, que el sordo oyera y que el cojo
caminara. Una vez, estaba sanando enfermos y se hizo tarde y la
gente tuvo hambre. En lugar de mandarles que se retiraran, bendijo
cinco hogazas de pan y dos peces y en forma milagrosa dio de
comer a una multitud de cinco mil personas. Nos enseñó que
siempre que hallemos a alguien que tenga hambre o frío, que esté
desnudo o se sienta solo, debemos ayudarle en todo lo que esté a
nuestro alcance. Cuando ayudamos a los demás, estamos sirviendo
al Señor.
Jesús quería que Su evangelio se enseñara a todos los habitantes de
la tierra, por lo que eligió a doce apóstoles para que testificaran de
Él. Ellos fueron los primeros líderes de Su Iglesia, los cuales
recibieron la autoridad para actuar en Su nombre y para llevar a cabo
las obras que le habían visto hacer a Él.
Hacia el final de Su ministerio terrenal, Jesús se preparó para hacer
el sacrificio supremo por todos los pecados de la humanidad; había
sido condenado a morir porque Él había testificado a la gente que
era el Hijo de Dios. La noche antes de Su crucifixión, fue a un
huerto que se llamaba Getsemaní; pronto se sintió agobiado por una
gran angustia y lloró mientras oraba.
Al día siguiente, Jesús fue golpeado, humillado y escupido, y fue
obligado a llevar Su propia cruz; luego fue levantado y clavado en
ella. Fue torturado de la forma más cruel que los hombres jamás
hayan concebido; y después de sufrir en la cruz, clamó en agonía:
“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”.
Cuando el Salvador supo que el Padre había aceptado Su sacrificio,
clamando a gran voz dijo: “¡Consumado es!”. “…Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu…”; e inclinando la cabeza entregó
voluntariamente su espíritu. El Salvador había muerto y un violento
terremoto sacudió la tierra.
Algunos de Sus amigos llevaron el cuerpo del Salvador a un
sepulcro, donde permaneció hasta el tercer día. Durante ese tiempo,
Su espíritu fue y organizó la obra misional entre los otros espíritus
que tenían que recibir Su Evangelio. Al tercer día, un domingo, Su
espíritu volvió a su cuerpo y lo tomó nuevamente. Él fue el primero
en vencer la muerte. La profecía de que “…era necesario que él
resucitase de entre los muertos” se había cumplido.
Poco después de Su resurrección, el Salvador se apareció a los
nefitas y estableció Su Iglesia en las Américas; Él enseñó a la gente
y la bendijo.

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