Oruro, Año XXII, Nº 557,
Domingo 28 de septiembre de 2014, página 9
Suplemento cultural
El Duende
"Una mirada crítica sobre el indianismo y
la descolonización" de Hugo Celso Felipe
Mansilla
• Discurso de presentación por el académico de la lengua Blithz Lozada
Pereira en el marco de la XIX Feria Internacional del Libro - 2014
SEGUNDA DE TRES PARTES
Así, la condena fundamentalista de Occidente no tiene sentido, como resulta absurdo negar
a cualquier ser humano el derecho a acceder a los productos tecnológicos y científicos de
la civilización occidental; productos que hoy día constituyen un legado patrimonial de la
humanidad sin propiedad exclusiva. No obstante, al persistir tales discursos, la obsecuencia
no repara en tener actitudes cínicas respecto de lo que la teoría debería imponer a la acción,
también personalmente. La lista de trasgresiones teóricas es infinita porque, de otro modo,
resultaría imposible la vida actual. Se trata de una nómina que abarcaría, además de los
transportes, la tecnología industrial y el mercado; a la agroindustria y la ganadería de alto
rendimiento; el vasto universo de las comunicaciones –desde el primer teléfono
estadounidense hasta la más moderna telefonía celular- y los objetos de alta tecnología
procedentes del desarrollo militar, por ejemplo, los vehículos para el transporte masivo, las
computadoras, el Internet y los hornos de microondas.
Es absurdo negar a cualquier persona que, por un mínimo de coherencia con su discurso
fundamentalista, esté prohibido de usar y disfrutar de los muebles, los libros, los equipos
de imagen y sonido para el entretenimiento o la tecnología de impresión; es absurdo
restringirle transitar por carreteras y vías planificadas según modelos occidentales, a
habitar en ciudades y ambientes de arquitectura moderna, o a seguir pautas básicas de la
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vida urbana, según formas de organización racional, cumpliendo y reproduciendo el diseño
de la vida actual que ha creado innumerables bienes culturales como patrimonio, en gran
medida, de la civilización occidental.
Por esto en el libro de Mansilla también resuena el imperativo de demandar a los
sustentadores del rechazo a Occidente, que se abstengan de multiplicar los clichés
ideológicos orientados a desconocer, devaluar o criticar en extremo a tal civilización,
arguyendo de que lo que Occidente hizo y sigue haciéndolo es deleznable totalmente. Es
decir, la crítica del Dr. Felipe Mansilla es a la obsecuencia de quienes son consumidores
compulsivos y sin límite de los bienes producidos por la civilización que condenan.
Esta, entiéndase bien, no es una apología a ultranza del industrialismo, la civilización
tecnológica ni la sociedad de la ciencia y el conocimiento. En el libro de Mansilla se
advierte que como buen crítico que él es, formado según las orientaciones de la Escuela de
Frankfurt; es imprescindible criticar con igual o mayor acidez, las condiciones de los
productos de la civilización occidental, en particular, la racionalidad instrumental de la
inmediatez y las condiciones de poder que se satisficieron para alcanzar los logros. Pero,
por esta misma razón, una diferencia epistemológicamente sustancial entre la sociedad
moderna y las culturas tradicionales radica en que solo la civilización occidental y no las
sociedades que reivindican lo propio como si fuese superior al legado global, motiva la
autocrítica. Se trata de una diferencia sustantiva porque aquí radica la causa que explica la
diferencia de desarrollo; es decir, el desenvolvimiento civilizatorio se ha dado, en gran
medida, gracias al valor y el papel de la crítica, auspiciándose de manera intencional y
consciente, el despliegue de la autocrítica moderna.
En efecto, desde su surgimiento, la civilización actual con contenido democrático, ha
fomentado la autocrítica; ha protegido, promovido, valorado y sustentado que personas
como Felipe Mansilla, sin reparos, sin eufemismos ni intenciones pedestres, sin ansias de
procurar poder o dinero, critiquen a la sociedad y sus gobernantes. Porque la condición
para el desarrollo, para la regulación y auto-corrección colectiva, la base para imponer
cambios de marcha en los procesos emprendidos por las sociedades y los pueblos velando
por y para sí mismos, laburando en búsqueda del bien común e integrando lo ajeno con lo
propio, es el despliegue, sin censura y con una valoración extendida, de la crítica y la
autocrítica. Por lo mismo, para esta labor, el trabajo de los intelectuales es insustituible y
fundamental; al punto que cuanto más y mejor critiquen, sin ídolos intocables que
aparezcan como personajes de brillante o diluida imagen, cuanta mayor acidez viertan con
sus palabras diciendo lo que pocos quieren escuchar, desencantando el mundo, deplorando
que los pueblos amen intensamente sus propias mentiras fundacionales; es que a tales
críticos y no a los fantoches de propaganda, la sociedad, en verdad, les debería otorgar el
reconocimiento y admiración que se merecen, porque aparte de ser los mejores hombres,
son los valientes visionarios del largo plazo y los autores intelectuales que desbrozan el
futuro posible, instando a que la sociedad comience a forjarlo.
Por lo demás, es responsabilidad de los pueblos; es decir, de su grado de conciencia,
educación, ilustración, cultura, altruismo e inteligencia; disponer de los medios sociales
donde se fragüe la crítica para la construcción del futuro, sin ídolos sagrados, sin caudillos
autoritarios intocables, sin regímenes totalitarios ni familias dinásticas encaramadas
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indefinidamente en el poder. De los pueblos depende los gobiernos que tengan, depende el
futuro que tendrán y es su responsabilidad el contenido del implacable juicio de la historia
que condenará o absolverá a sus líderes. La historia condena sin perdón ni redención, a
quienes siendo protagonistas de procesos falaces y cínicos, son responsables de las
oportunidades irremediablemente perdidas.
En sentido contrario, tienen un sitial imperecedero y luminoso en los registros
transparentes de la historia mundial, destacando por valores universalmente reconocidos,
por ejemplo, Gandhi y Mandela. Se trata de dos líderes que vivieron realidades sociales
sojuzgadas secularmente por procesos de colonialismo político efectivamente patente hasta
el extremo del apartheid; ambos fueron luchadores íntegros en contra del colonialismo,
capaces de conducir a sus pueblos por el camino de la victoria derrotando a los regímenes
impuestos por el país colonialista por excelencia en la historia moderna de la humanidad:
Inglaterra. Ambos fueron intelectuales formados y educados con lo mejor que ofrecía la
propia colonia inglesa en cada contexto; ambos fueron hábiles para volcar su educación y
visión política de su filosofía personal, para liberar y beneficiar a sus sociedades.
De este modo, la historia ha consagrado a Mahatma Gandhi y su consecuencia existencial
evidenciada en sus acciones, actitudes y manifestaciones contra el colonialismo inglés:
llegó al extremo de hilar su propia ropa, de comer frugalmente los productos endémicos de
su país, de rechazar todo medio de transporte y comunicación, de vivir en radical
austeridad desvalorando con absoluta dignidad moral y eficacia política, el mundo
colonial; inclusive hasta el punto de rechazar por convicciones religiosas profundas, los
valores placenteros de la relaciones conyugales íntimas. Por su parte, Nelson Mandela fue
capaz de abofetear moralmente a los ingleses haciendo que su país y su raza fuesen
respetados por el mundo entero; tuvo la inteligencia para aplastar espiritualmente de
manera ejemplar y definitiva la ideología del apartheid, y gracias a su visión plasmada en
el discurso de reconciliación nacional, en la manifestación pública que perdonó también a
sus carceleros por décadas de reclusión; gracias a su generosidad fruto de su admirable
ethos personal –causa que motivó a que abandonara el poder cuando concluyó su mandato-
fue posible que la sociedad sudafricana comience a enfrentar y capear los problemas, las
cicatrices y el dolor secular ocasionados por la discriminación y el racismo. Así, el sitial de
Mandela en la historia, universalmente reconocido, no es por el color de su piel, sino por
su integridad moral, su inteligencia y generosidad, y porque de verdad y en serio, se
constituyó en líder contra el colonialismo, conduciéndose moral e inteligentemente: dejó la
Presidencia cuando debía hacerlo y fue capaz de establecer las bases para crear las
condiciones para que, en contra de las argucias discursivas y las manipulaciones
mediáticas, tanto los negros como los blancos de Sudáfrica aporten en la construcción del
futuro expectable y posible de una sociedad tolerante, progresista e igualitaria.
A contrahílo de la congruencia existencial anti-colonial de Gandhi y a contrahílo del
discurso de reconciliación de Mandela, el indianismo vernáculo y la descolonización nativa
tienen, como otras corrientes ideológicas de izquierda que Mansilla desnuda y critica, una
visión dicotómica que presenta el agonismo de amigos contra enemigos, aliados contra
opositores, adláteres contra críticos. Se trata de una visión de la realidad que apenas sirve
como coartada discursiva para ocultar prosaicos intereses de sus propugnadores, por el
poder y el dinero. Por lo demás, la obsecuencia de los indianistas radicales y de los
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"profesionales de la descolonización" como Mansilla los llama, no tendría límite.
Históricamente apenas discurren una concepción infantil marcada por un maniqueísmo
simplón, que presenta a la civilización occidental como "malvada" y "perversa", en
oposición al discurso pueril que presenta a la cultura tradicional de raíz indígena imaginada
como "buena", "sufrida" y victimizada, al grado de que la suma de sus desgracias y
dolores, sería exclusivamente el efecto de la acción del otro. Se trata de una visión carente
de autoestima y sin la energía para reponerse de la postración secular, construyendo el
futuro mediante la inclusión e integración sistémica que aúne los aportes provenientes de la
diversidad étnica y cultural.
Por su parte, la crítica científica a Occidente debe poner el dedo en la llaga, pero no puede
hacerlo con un sesgo ideológico dirigido a la manipulación. Debe mostrar las
contradicciones de la civilización, pero también sus logros; por ejemplo, debe criticar las
armas de alta sofisticación y las tecnologías de exterminio racial, pero también valorar la
posibilidad de resolver los problemas de la humanidad en actual crecimiento exponencial,
problemas concernientes a la demanda de alimentación, salud, educación e información
que solo pueden enfrentarse con los recursos tecnológicos del presente.
Continuará