Estimado rector:
Reciba mis saludos cordiales.
Le escribo para compartir con usted una situación de la mayor seriedad y que estimo debe conocer en
su calidad de máxima autoridad de la Universidad Alberto Hurtado. Los detalles de lo que sigue a
continuación se encuentran consignados en la respectiva carta de autodespido.
En efecto, el día 28 de octubre pasado presenté un autodespido de dicha institución y luego las
acciones legales correspondientes. Esta decisión se asienta en una vulneración de mis derechos
fundamentales, figura que resume de buena manera lo que ha sido mi experiencia de tres años en el
Departamento de Trabajo Social, al cual me integré en agosto de 2018 cuando Carolina Rojas era su
directora. Lo hice muy motivada por el proyecto académico al que me convocaba y para el cual fui
seleccionada de acuerdo con los protocolos institucionales. Lamentablemente, esto cambió cuando en
octubre del mismo año Carolina dejó el cargo y asumió Katia García (hasta hoy). Muy en síntesis, lo
vivido a partir de allí podría resumirse en: sostenidas situaciones de maltrato por parte del entonces y
actual director de carrera, Oscar Navarrete (denunciadas ante la Mutual de Seguridad en el marco de
una extensa licencia); diversas y permanentes limitaciones y obstáculos al trabajo investigativo, núcleo
de mi trabajo; una dirección departamental no solo deficiente en el enfrentamiento de lo descrito sino
también partícipe de ello; y, finalmente, una gestión displicente y falta de toda empatía por parte de
la decana de la Facultad de Ciencias Sociales, Paulette Landon, frente a hechos que considero
intolerables en un espacio laboral, académico y formativo, todo lo cual se ha traducido en un clima
laboral negativo y altamente desgastante.
Respecto de lo primero, desde mi llegada pude percibir el modo autoritario y agresivo de relacionarse
del director de carrera, no solo conmigo sino también con otros colegas, lo cual era especialmente
visible hacia las mujeres, con quienes evidenciaba un trato misógino e infantilizador. En mi caso,
planteaba todo en un tono y con una gestualidad amenazante, especialmente cuando debíamos tratar
temas relativos a pregrado, muchas veces presionándome sin entregar fundamentos técnicos de sus
decisiones. En este contexto, las reuniones con él me dejaban muy mal, siempre eran a puertas
cerradas y sin dejar respaldo escrito de lo señalado. Todas estas situaciones me generaron mucha
angustia y estrés, lo que se tradujo posteriormente, conforme se agudizaron los hechos, en el inicio de
un tratamiento médico con neuróloga (por temblores) y posteriormente con psiquiatra, que continúo
hasta el día de hoy. Fue tal el miedo, que llegué a creer que me podían despedir en cualquier momento
en virtud de lo que él me decía, pues siempre dibujaba un panorama sombrío si uno no acataba sus
planteamientos.
Por ello, cuando en agosto del presente año la directora del departamento informó en reunión de
equipo (telemática), que él asumiría nuevamente dicho cargo comprendí lo que se vendría para mí de
ahí en adelante, esto es, una suerte de repetición de todo lo vivido en 2019, incluidos sus malos tratos.
El fin de semana inmediatamente siguiente pensé incluso en abandonar mi trabajo, con todo lo que
ello significa, con tal de no exponerme a más situaciones de violencia de su parte, las que
probablemente se irían acrecentando dado el regreso paulatino a la presencialidad en el trabajo.,
Además, tras un período extremadamente complejo como ha sido desde octubre de 2019 (revuelta
social y pandemia mediante), sentí que no podría hacer frente a una situación como la que me
esperaba. Más aún, me pareció incomprensible que la dirección de pregrado quedara nuevamente a
su cargo, no solo por mí y por otros colegas, sino también por las y los estudiantes, quienes en 2019
habían protestado en su contra en razón del mal trato dispensado hacia ellos, manifestación que fue
por todos conocida dado su carácter masivo y público.
En relación con la gestión de la directora del departamento, ha estado marcada por la actitud pasiva
ante las conductas de maltrato referidas (que le comuniqué personalmente en 2019), como también
frente a los problemas de relaciones y para trabajar en equipo por parte del director de pregrado, las
que junto a otros integrantes y en diversos espacios y momentos también le transmitimos. Sus
respuestas siempre apuntaban a que estaba de acuerdo con nosotros; que tenía claro que Oscar ‘no
era una persona fácil para trabajar’; pero que, no obstante, no sabía cómo pedirle que flexibilizara el
trabajo y su forma de llevarlo a cabo. En una ocasión llego a pedirnos que ‘le ayudáramos a pensar
cómo decirle las cosas’ pues temía su reacción.
También como sello de su gestión departamental se encuentra la escasa apertura a voces disidentes,
su estilo tosco y autoritario de dirección, sumado al desconocimiento y la falta de visión sobre lo que
implica el quehacer de un departamento que incluye no solo la carrera de pregrado, sino también la
formación de posgrado (Magíster y Doctorado) y de extensión (Diplomados), una revista y una
colección de libros, vinculación con el medio e incidencia pública. De todo esto fui testigo, además, en
mi calidad de encargada del área de investigación y publicaciones durante estos años. Su total
inexperiencia en el campo investigativo la llevó a adoptar una actitud de permanente sospecha sobre
quienes sí hemos hecho de la investigación el centro de nuestro quehacer académico. En varias
ocasiones me correspondió ocupar tiempo en largas y cansadoras explicaciones sobre lo que implica
investigar y la relevancia de esto para el departamento; o respecto de la participación en congresos y
salidas a terreno para realizar trabajo de campo, frente a su práctica de enviarnos mails, mensajes y
llamadas vía WhatsApp que bien podrían esperar al regreso, sin respetar incluso la diferencia horaria
y solo con un afán controlador.
Ahora bien, todo lo antes descrito fue puesto en conocimiento de la decana, a quien solicité una
reunión para plantearle lo que estaba ocurriendo dentro del departamento y mi decisión de renunciar,
encuentro que se concretó el 17 de agosto pasado. De manera sucinta, hoy puedo englobar sus
respuestas de ese día, y en perspectiva retrospectiva de estos años en, primero, no tomar una posición
al respecto, desentendiéndose de los problemas que se acarreaban hacía años y que se agudizaron
tras el cambio en la dirección departamental, pese al trabajo de coaching organizacional que se había
realizado entre fines de 2018 e inicios de 2019, y que este año volvieron a emerger en el contexto de
la discusión acerca del nuevo director de carrera. En concreto, su respuesta fue que ella tenía
entendido que estaba todo superado puesto que así se lo transmitía la actual directora del
departamento. Segundo, consecuencia de lo anterior, aceptar dicha valoración sin acercarse al equipo
para conocer nuestro punto de vista, pues tal como le planteé, no era yo la única académica afectada
(le di incluso los nombres de los aludidos con su debida autorización). Sin embargo, justamente a través
de ellos sé que tampoco se ha acercado durante este tiempo. Tercero, minimizar la situación de
maltrato y abuso de poder reiterado del director de carrera hacia mí, ofreciéndome solo, en caso de
que yo quisiera, averiguar acerca de los protocolos internos de la universidad, ya que ante mi consulta
dijo no saber dónde debía denunciar la situación. Esto último me parece especialmente delicado y falto
de cuidado, debido a lo que implica una situación de maltrato, y particularmente negligente como
máxima responsable y cabeza de la facultad. Más aún, en esta forma de actuar de parte suya resuena
el cómo abordó la crisis de dirección vivida el año 2018 cuando rebotó al propio departamento la
gestión de la misma, sin entregar el apoyo y respaldo explícito a quien entonces era su directora, quien
terminó renunciando al cargo, entre otras razones, por la permanente resistencia y agresiones de parte
del mismo director de carrera. Y como una cruel paradoja, esta conversación con la decana se produjo
a solo días de haberse aprobado en Chile la ley que sanciona el acoso sexual, la violencia y la
discriminación en los espacios académicos.
Estimo que cada uno de estos puntos resume, en el fondo, una gestión de facultad con insuficiente
capacidad de abordar conflictos, a la vez que una poca cercanía a los equipos más allá del contacto
formal a través de sus direcciones. Y, más grave aún, su poca empatía en lo humano -me señaló
textualmente que tal vez yo estaba muy sensible y que por eso habría sobre o mal interpretado como
violencia ciertas situaciones- así como su inaceptable y pasiva tolerancia frente a hechos que no
pueden ser admitidos bajo ningún punto de vista.
Mi partida de la universidad significa para el Departamento de Trabajo Social, entre otros, la pérdida
de un Fondecyt en desarrollo, de una integrante del claustro doctoral y el descabezamiento del equipo
editorial tanto de la revista Intervención como de la Colección Trabajo Social. Pero nada de esto parece
ser relevante para la directora del departamento TS. Tampoco para la decana Facso, quien aún con
todo esto a la vista me señaló que lamentaba mi alejamiento en razón del aporte que representaba,
pero que ‘lo comprendía’ si eso me dejaba más tranquila, sin hacer el menor intento por evitar mi
salida. Sin duda esto es reflejo de una limitada visión de la proyección de los departamentos, en
particular de Trabajo Social, y explica el que en los últimos años se haya dejado ir a otras tres
académicas con Fondecyt (en el marco de una unidad académica con muy baja productividad
investigativa). Por esto, hasta hoy no logro entender la inacción ni menos el apoyo tácito hacia el
director de carrera por parte de ambas autoridades.
Haberme alejado de la Universidad Alberto Hurtado ha sido para mí una decisión muy difícil y dolorosa
tanto en lo humano como en lo profesional, pero espero sirva para que situaciones como las que me
tocó vivir no se sigan repitiendo con otras compañeras/os ni menos con estudiantes. Crecí en un hogar
en que había una profunda admiración por la Compañía de Jesús, y en particular por el rigor intelectual
de sus miembros, lo cual imaginé estaba también presente en el departamento al que me integré en
2018. Llegué ilusionada con ser parte de una universidad cuyo prestigio en el mundo académico es
innegable. Yo misma así lo había conocido años antes, cuando en 2001 cursé en la UAH un diplomado
en filosofía de primer nivel y en el cual fui premiada como la mejor alumna de esa cohorte. Y antes de
ello, incluso, porque conocía la antigua biblioteca Bellarmino, donde de niña acudía con mi padre y
donde ya de adolescente la bibliotecaria de aquel entonces me prestaba algunos libros con su carnet.
Mis primeras aproximaciones a la filosofía fueron escuchando al padre Arturo Gaete s.j. hablar sobre
Hegel, su pasión de vida, y sobre las preguntas fundamentales en la filosofía de Kant; un apreciado
recuerdo tristemente opacado por lo vivido estos últimos tres años.
Disculpe lo extenso de esta carta, pero me ha parecido necesario transmitirle lo sucedido.
Atentamente,
Paulina Morales Aguilera
Asistente social (UTEM)
Magíster en Filosofía (U de Chile)
Doctora en Filosofía (U de Valencia, España)
Integrante de la Cátedra Unesco
de Educación en Derechos Humanos Harald Edelstam