RESUMEN
Sin duda, la ética puede considerarse una «gran palabra» en tanto refiere a algo
importantísimo en la vida de los seres humanos, una condición ineludible para la
conducción y consolidación de la vida entre diversas y muchas personas. Se dice,
pues, que la ética es uno de los ejes de la vida en sociedad y siempre se reitera su
necesidad en las acciones de cada ser humano, en tanto estas repercuten en la vida
de muchos más. De ahí que la ética tenga ganado un «sitial» en la regulación de los
comportamientos, a pesar de que no deje de ser problemático describir conductas
éticas, reconocerlas y asegurar su permanencia. En este sentido, la ética no es algo
sencillo, no es una noción que tenga una expresión práctica segura y acabada.
La ética es muy importante pero también es algo difícil de formular, de presentar como
concepto y, con ello, de asegurar su permanencia, sobre todo en contextos y
coyunturas tan cambiantes como las de la escena actual. Ello explica la comprensión
de la ética también como algo difícil de alcanzar o como algo que se alcanza
parcialmente, cuya presencia continua en la vida de las personas es un reto. La «gran
palabra» que puede ser la ética no debe distanciarse de aquello que la funda y
sostiene, es decir, las acciones del ser humano. De lo contrario, la palabra puede
devenir en un gran concepto sin expresión real, lo que atentaría contra el carácter
vivencial de la ética, perdiendo de vista el sin fin de experiencias humanas que le dan
sentido y la sostienen.
La ética, en principio, nos conmina a atender al sentido de ser humano, nos conduce a
comprender cómo somos sin desestimar ninguna de las maneras en que se expresa
nuestro ser. En atención a esto último, en la primera parte de este artículo nos
detendremos en la relación entre la ética y el ser del ser humano.
De este escenario parte la ética y en él se desarrolla. El origen del término «ética» da
luces al respecto. El término que está en los orígenes de lo que hoy llamamos ética es
el griego ethos, palabra cuya carga semántica se relaciona estrechamente con la
condición de con-vivencia de la vida humana y con lo que resulta de esta. De modo
que podemos afirmar que la ética y la moral son términos etimológicamente
equivalentes y, en función de ello, podemos tratarlos indistintamente.
Estamos con otros y también nos juntamos a otros, y en ese co-estar incorporamos
diversas cosas, desde hábitos y prácticas comunes, hasta supuestos y expectativas
determinadas. Vivir con otros en un grupo contribuye a adoptar una manera de ser,
identificando cosas, asumiendo significados y afirmando juicios de valor. Como
pensaban los antiguos griegos, un ethos se adopta y adquiere más sentido gracias a la
vida con otros, pues esto condiciona la afirmación de significados comunes, la toma de
distancia respecto de determinadas ideas y la consecución de ciertos fines. Con-
viviendo con otros planteamos y validamos creencias, prejuicios e ideales, los que, en
cierto grado, nos sostienen en la vida, dirigiendo nuestro andar cotidiano y
evidenciando que hay muchas y diversas aproximaciones a las cosas, y que ellas son
necesarias para desenvolvernos bien en la vida.
Desde esta perspectiva, vivir bien con otros descansa también en saber vivir bajo las
exigencias de esta vida. Pero, al tratarse la ética de una manera de ser, esta consiste
en un modo de vivir que, estando asentado en determinados supuestos, no es
estático, pues es un modo de vivir de individuos que así como adoptan ideas, también
las replantean, lo cual imprime dinamismo a esa manera de ser. Pero para disentir hay
que, primero, comprender supuestos y expectativas, conocer comprensiones de lo
bueno que, en cierto grado, incorporamos y, hasta cierto punto, van asentándose en
nuestra vida cotidiana. Una vez iniciado este proceso, podemos reconocernos o no en
tales ideales y, a partir de ahí, reafirmar creencias o tomar distancia respecto de las
mismas.
“Como tal, heredo del pasado de mi familia, mi ciudad, mi tribu, mi nación, una
variedad de deberes, herencias, expectativas correctas y obligaciones. Ellas
constituyen los datos previos de mi vida, mi punto de partida moral. Confieren en parte
a mi vida su propia particularidad moral”. Hay un punto de partida moral en la vida de
todo ser humano que responde a su condición de ser de comunidad, de sociedad o de
un colectivo .
Así comienza a perfilarse un modo de ser peculiar, una particularidad moral que
siempre estará en constante formación, pues las expectativas e ideales que acogemos
no son los mismos, ya que los referentes y guías que nos acompañan se replantean o
los percibimos de distinta manera de acuerdo al tiempo. Entonces, ser de un modo
consiste en situarse en un contexto particular y ver las cosas de una determinada
manera, describiéndolas, contemplándolas y evaluándolas según ciertos criterios,
evidenciando así prioridades y valoraciones. Pero los modos de ser no son eternos, en
cierto grado, siempre están cambiando en atención a las relaciones que entablamos
con los otros, a los grupos que formamos y a las cosas en las que vamos creyendo.
Ello determina el carácter cambiante de la ética en tanto modo de ser.