Camino Sinodal: Comunión y Misión
Camino Sinodal: Comunión y Misión
Documento preparatorio
Índice
1. La Iglesia de Dios es convocada en Sínodo. El camino, cuyo título es «Por una Iglesia
sinodal: comunión, participación y misión», se iniciará solemnemente el 9-10 de octubre del
2021 en Roma y el 17 de octubre siguiente en cada Iglesia particular. Una etapa
fundamental será la celebración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, en el mes de octubre del 20231, a la cual seguirá la fase de actuación, que implicará
nuevamente a las Iglesias particulares (cf. EC, art. 19-21). Con esta convocatoria, el Papa
Francisco invita a toda la Iglesia a interrogarse sobre un tema decisivo para su vida y su
misión: «Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia
del tercer milenio»2. Este itinerario, que se sitúa en la línea del «aggiornamento» de la
Iglesia propuesto por el Concilio Vaticano II, es un don y una tarea: caminando juntos, y
juntos reflexionando sobre el camino recorrido, la Iglesia podrá aprender, a partir de lo que
irá experimentando, cuáles son los procesos que pueden ayudarla a vivir la comunión, a
realizar la participación y a abrirse a la misión. Nuestro “caminar juntos”, en efecto, es lo
1
que mejor realiza y manifiesta la naturaleza de la Iglesia como Pueblo de Dios peregrino y
misionero.
2. Una pregunta fundamental nos impulsa y nos guía: ¿cómo se realiza hoy, a diversos
niveles (desde el local al universal) ese “caminar juntos” que permite a la Iglesia anunciar
el Evangelio, de acuerdo a la misión que le fue confiada; y qué pasos el Espíritu nos invita
a dar para crecer como Iglesia sinodal?
Enfrentar juntos esta cuestión exige disponerse a la escucha del Espíritu Santo, que, como
el viento, «sopla donde quiere: oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va»
(Jn 3,8), permaneciendo abiertos a las sorpresas que ciertamente preparará para nosotros
a lo largo del camino. De este modo, se pone en acción un dinamismo que permite comenzar
a recoger algunos frutos de una conversión sinodal, que madurarán progresivamente. Se
trata de objetivos de gran relevancia para la calidad de vida eclesial y para el desarrollo de
la misión evangelizadora, en la cual todos participamos en virtud del Bautismo y de la
Confirmación. Indicamos aquí los principales, que manifiestan la sinodalidad como forma,
como estilo y como estructura de la Iglesia:
2
sobresalientes del contexto contemporáneo; 2) ilustra sintéticamente las referencias
teológicas fundamentales para una correcta comprensión y actuación de la sinodalidad; 3)
ofrece algunas indicaciones bíblicas que podrán alimentar la meditación y la reflexión orante
a lo largo del camino; 4) ilustra algunas perspectivas a partir de las cuales releer las
experiencias de sinodalidad vividas; 5) expone algunas pistas para articular este trabajo de
relectura en la oración y en la coparticipación. Para acompañar concretamente la
organización de los trabajos se propone un Vademecum metodológico, adjunto al presente
Documento Preparatorio y disponible en el correspondiente sitio3. El sito ofrece algunos
recursos para profundizar el tema de la sinodalidad, como apoyo a este Documento
Preparatorio; entre ellos indicamos dos, varias veces citados a continuación: el Discurso
para la Conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los
Obispos, pronunciado por el Papa Francisco el 17 de octubre del 2015, y el documento La
sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, elaborado por la Comisión Teológica
Internacional y publicado en el 2018.
5. Una tragedia global como la pandemia del COVID-19 «despertó durante un tiempo la
consciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal
de uno perjudica a todos. Recordamos que nadie se salva solo, que únicamente es posible
salvarse juntos» (FT, n. 32). Al mismo tiempo la pandemia ha hecho detonar las
desigualdades y las injusticias ya existentes: la humanidad aparece cada vez más sacudida
por procesos de masificación y de fragmentación; la trágica condición que viven los
migrantes en todas las regiones del mundo atestiguan cuán altas y fuertes son aún las
barreras que dividen la única familia humana. Las Encíclicas Laudato si’ y Fratelli
Tutti explicitan la profundidad de las fracturas que marcan los caminos de la humanidad, y
a esos análisis podemos hacer referencia para disponernos a la escucha del clamor de los
pobres y del clamor la tierra y reconocer las semillas de esperanza y de futuro que el Espíritu
continúa a hacer germinar también en nuestro tiempo: «El Creador no nos abandona, nunca
hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La
humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común» (LS,
n. 13).
6. Esta situación, que, no obstante, las grandes diferencias, une a la entera familia humana,
pone a prueba la capacidad de la Iglesia para acompañar a las personas y a las comunidades
para que puedan releer experiencias de luto y de sufrimiento, que han encubierto muchas
falsas seguridades, y para cultivar la esperanza y la fe en la bondad del Creador y de su
3 Cf. http://www.synod.va/
3
creación. Sin embargo, no podemos escondernos: la misma Iglesia debe afrontar la falta de
fe y la corrupción también dentro de ella. En particular, no podemos olvidar el sufrimiento
vivido por personas menores y adultos vulnerables «a causa de abusos sexuales, de poder
y de consciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas»4.
Continuamente somos interpelados «como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros
hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu»5: por mucho tiempo el de las víctimas
ha sido un clamor que la Iglesia no ha sabido escuchar suficientemente. Se trata de heridas
profundas, que difícilmente se cicatrizan, por las cuales no se pedirá nunca suficiente perdón
y que constituyen obstáculos, a veces imponentes, para proceder en la dirección del
“caminar juntos”. La Iglesia entera está llamada a confrontarse con el peso de una cultura
impregnada de clericalismo, heredada de su historia, y de formas de ejercicio de la autoridad
en las que se insertan los diversos tipos de abuso (de poder, económicos, de conciencia,
sexuales). Es impensable «una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de
todos los integrantes del Pueblo de Dios»6: pidamos juntos al Señor «la gracia de la
conversión y la unción para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra
compunción y nuestra decisión de luchar con valentía»7.
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tener presente el modo en que repercuten, dentro de la comunidad cristiana y en sus
relaciones con la sociedad, las fracturas que caracterizan a esta última, por razones étnicas,
raciales, de casta o por otras formas de estratificación social o de violencia cultural y
estructural. Estas situaciones tienen un profundo impacto en el significado de la expresión
“caminar juntos” y en las posibilidades concretas de ponerlas en acto.
10. «Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra
“Sínodo”»8, que «es una palabra antigua muy venerada por la Tradición de la Iglesia, cuyo
significado se asocia con los contenidos más profundos de la Revelación»9. Es el «Señor
Jesús que se presenta a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6)», y «los
cristianos, sus seguidores, en su origen fueron llamados “los discípulos del camino”
(cf. Hch 9,2; 19,9.23; 22,4; 24,14.22)»10. La sinodalidad, en esta perspectiva, es mucho
más que la celebración de encuentros eclesiales y asambleas de obispos, o una cuestión de
simple administración interna en la Iglesia; la sinodalidad «indica la específica forma de vivir
y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en
concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar
activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora»11. Se entrelazan así
aquellos elementos que el título del Sínodo propone como ejes principales de una Iglesia
sinodal: comunión, participación y misión. Ilustramos en este capítulo de manera sintética
algunas referencias teológicas esenciales sobre las cuales se fundamenta esta perspectiva.
11. En el primer milenio “caminar juntos”, es decir, practicar la sinodalidad, fue el modo de
proceder habitual de la Iglesia entendida como “un pueblo reunido en virtud de la unidad
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»12. A quienes dividían el cuerpo eclesial, los Padres
8 Francisco, Discurso para la Conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (17
de octubre de 2015).
9 CTI, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018), 3.
10 Ivi.
11 Ivi, n. 6.
12 Cipriano, De Oratione Dominica, 23: PL 4, 553.
5
de la Iglesia opusieron la comunión de las Iglesias extendidas por todo el mundo, que San
Agustín describía como «concordissima fidei conspiratio»13, es decir, como el acuerdo en la
fe de todos los Bautizados. Aquí echa sus raíces el amplio desarrollo de una praxis sinodal
a todos los niveles de la vida de la Iglesia – local, provincial, universal –, que ha encontrado
en el Concilio ecuménico su manifestación más alta. Es en este horizonte eclesial, inspirado
en el principio de la participación de todos en la vida eclesial, donde San Juan Crisóstomo
podrá decir: «Iglesia y Sínodo son sinónimos»14. También en el segundo milenio, cuando la
Iglesia ha subrayado más la función jerárquica, no disminuyó este modo de proceder: si en
el medievo y en época moderna la celebración de sínodos diocesanos y provinciales está
bien documentada junto a la de los concilios ecuménicos, cuando se ha tratado de definir
verdades dogmáticas, los papas han querido consultar a los obispos para conocer la fe de
toda la Iglesia, recurriendo a la autoridad del sensus fidei de todo el Pueblo de Dios, que es
«infalible “in credendo”» (EG, n. 119).
12. A este dinamismo de la Tradición se ha anclado el Concilio Vaticano II. Esto demuestra
que «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión
alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le
sirviera santamente» (LG, n. 9). Los miembros del Pueblo de Dios están unidos por el
Bautismo y «aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores,
dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad
entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los Fieles en orden a la
edificación del Cuerpo de Cristo» (LG, n. 32). Por lo tanto, todos los Bautizados, al participar
de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, «en el ejercicio de la multiforme y
ordenada riqueza de sus carismas, de su vocación, de sus ministerios»15, son sujetos activos
de evangelización, tanto singularmente como formando parte integral del Pueblo de Dios.
13. El Concilio ha subrayado como, en virtud de la unción del Espíritu Santo recibida en el
Bautismo, la totalidad de los Fieles «no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa
peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo
cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal
en las cosas de fe y costumbres» (LG, n. 12). Es el Espíritu que guía a los creyentes «hasta
la verdad plena» (Jn 16,13). A través de su obra «la Tradición, que deriva de los Apóstoles,
progresa en la Iglesia» porque todo el Pueblo santo de Dios crece en la comprensión y en
la experiencia «de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el
estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón (cf. Lc 2,19.51), ya por la
percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos
que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad» (DV, n. 8). En
efecto, ese Pueblo, reunido por sus Pastores, se adhiere al sacro depósito de la Palabra de
Dios confiado a la Iglesia, persevera constantemente en la enseñanza de los Apóstoles, en
la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración, «y así se realiza una maravillosa
concordia de Pastores y Fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida» (DV, n. 10).
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consulta al Pueblo de Dios no implica que se asuman dentro de la Iglesia los dinamismos
de la democracia radicados en el principio de la mayoría, porque en la base de la
participación en cada proceso sinodal está la pasión compartida por la común misión de
evangelización y no la representación de intereses en conflicto. En otras palabras, se trata
de un proceso eclesial que no puede realizase si no «en el seno de una comunidad
jerárquicamente estructurada»17. Es en el vínculo profundo entre el sensus fidei del Pueblo
de Dios y la función del magisterio de los pastores donde se realiza el consenso unánime de
toda la Iglesia en la misma fe. Cada proceso sinodal, en el que los obispos son llamados a
discernir lo que el Espíritu dice a la Iglesia no solos, sino escuchando al Pueblo de Dios, que
«participa también de la función profética de Cristo» (LG, n. 12), es una forma evidente de
ese «caminar juntos» que hace crecer a la Iglesia. San Benito subraya como «muchas veces
el Señor revela al más joven lo que es mejor»18, es decir, a quien no ocupa posiciones de
relieve en la comunidad; así, los obispos tengan la preocupación de alcanzar a todos, para
que en el desarrollo ordenado del camino sinodal se realice lo que el apóstol Pablo
recomienda a la comunidad: «No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías;
examínenlo todo y quédense con lo bueno» (1Ts 5,19-21).
15. El sentido del camino al cual todos estamos llamados consiste, principalmente, en
descubrir el rostro y la forma de una Iglesia sinodal, en la que «cada uno tiene algo que
aprender. Pueblo fiel, Colegio episcopal, Obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y
todos en escucha del Espíritu Santo, el “Espíritu de verdad” (Jn 14,17), para conocer lo que
Él “dice a las Iglesias” (Ap 2,7)»19. El Obispo de Roma, en cuanto principio y fundamento
de la unidad de la Iglesia, pide a todos los Obispos y a todas las Iglesias particulares, en las
cuales, y a partir de las cuales existe la Iglesia católica, una y única (cf. LG, n. 23), que
entren con confianza y audacia en el camino de la sinodalidad. En este “caminar juntos”,
pedimos al Espíritu que nos ayude a descubrir cómo la comunión, que compone en la unidad
la variedad de los dones, de los carismas y de los ministerios, es para la misión: una Iglesia
sinodal es una Iglesia “en salida”, una Iglesia misionera, «con las puertas abiertas» (EG,
n. 46). Esto incluye la llamada a profundizar las relaciones con las otras Iglesias y
comunidades cristianas, con las que estamos unidos por el único Bautismo. La perspectiva
del “caminar juntos”, además, es todavía más amplia, y abraza a toda la humanidad, con
que compartimos «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» (GS, n. 1). Una
Iglesia sinodal es un signo profético sobre todo para una comunidad de las naciones incapaz
de proponer un proyecto compartido, a través del cual conseguir el bien de todos: practicar
la sinodalidad es hoy para la Iglesia el modo más evidente de ser «sacramento universal de
salvación» (LG, n. 48), «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano» (LG, n. 1).
16. El Espíritu de Dios, que ilumina y vivifica este “caminar juntos” de las Iglesias, es el
mismo que actúa en la misión de Jesús, prometido a los Apóstoles y a las generaciones de
los discípulos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. El Espíritu, según la
promesa del Señor, no se limita a confirmar la continuidad del Evangelio de Jesús, sino que
7
ilumina las profundidades siempre nuevas de su Revelación e inspira las decisiones
necesarias para sostener el camino de la Iglesia (cf. Jn 14,25-26; 15,26-27; 16,12-15). Por
eso es oportuno que nuestro camino de construcción de una Iglesia sinodal se inspire en
dos “imágenes” de la Escritura. Una emerge en la representación de la “escena comunitaria”,
que acompaña constantemente el camino de la evangelización; la otra se refiere a la
experiencia del Espíritu en la cual Pedro y la comunidad primitiva reconocen el riesgo de
poner límites injustificados a la coparticipación de la fe. La experiencia sinodal del caminar
juntos, siguiendo las huellas del Señor y en la obediencia al Espíritu, podrá recibir una
inspiración decisiva de la meditación de estos dos momentos de la Revelación.
17. En su estructura fundamental, una escena originaria aparece como una constante del
modo en que Jesús se revela a lo largo de todo el Evangelio, anunciando la llegada del Reino
de Dios. Los actores en juego son esencialmente tres (más uno). El primero, naturalmente,
es Jesús, el protagonista absoluto que toma la iniciativa, sembrando las palabras y los signos
de la llegada del Reino sin hacer «acepción de personas» (cf. Hch 10,34). De diversas
maneras, Jesús se dirige con especial atención a los que están “separados” de Dios y a los
“abandonados” por la comunidad (los pecadores y los pobres, en el lenguaje evangélico).
Con sus palabras y sus acciones ofrece la liberación del mal y la conversión a la esperanza,
en nombre de Dios Padre y con la fuerza del Espíritu Santo. No obstante, la diversidad de
los llamados y de las respuestas de acogida al Señor, la característica común es que la fe
emerge siempre como valoración de la persona: su súplica es escuchada, a su dificultad se
da ayuda, su disponibilidad es apreciada, su dignidad es confirmada por la mirada de Dios
y restituida al reconocimiento de la comunidad.
19. Algunos siguen más explícitamente a Jesús, experimentando la fidelidad del discipulado,
mientras a otros se les invita a volver a su vida ordinaria: todos, sin embargo, dan testimonio
de la fuerza de la fe que los ha salvado (cf. Mt 15,28). Entre los que siguen a Jesús destaca
la figura de los apóstoles que Él mismo llama desde el comienzo, destinándolos a la
cualificada mediación en la relación de la multitud con la Revelación y con la llegada del
Reino de Dios. El ingreso en la escena de este tercer actor no tiene lugar gracias a una
curación o a una conversión, sino que coincide con la llamada de Jesús. La elección de los
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apóstoles no es el privilegio de una posición exclusiva de poder y de separación, sino la
gracia de un ministerio inclusivo de bendición y de comunión. Gracias al don del Espíritu del
Señor resucitado, ellos deben custodiar el lugar que ocupa Jesús, sin sustituirlo: no para
poner filtros a su presencia, sino para que sea más fácil encontrarlo.
20. Jesús, la multitud en su variedad, los apóstoles: he aquí la imagen y el misterio que ha
de ser contemplado y profundizado continuamente para que la Iglesia llegue a ser siempre
más aquello que es. Ninguno de los tres actores puede salir de la escena. Si falta Jesús y
en su lugar se ubica otro, la Iglesia se transforma en un contrato entre los apóstoles y la
multitud, cuyo diálogo terminará por seguir los intereses del juego político. Sin los apóstoles,
autorizados por Jesús e instruidos por el Espíritu, el vínculo con la verdad evangélica se
interrumpe y la multitud queda expuesta a un mito o a una ideología sobre Jesús, ya sea
que lo acepte o que lo rechace. Sin la multitud, la relación de los apóstoles con Jesús se
corrompe en una forma sectaria y autorreferencial de la religión y la evangelización pierde
entonces su luz, que proviene solo de Dios, el cual se revela directamente a cada uno,
ofreciéndole su salvación.
21. Además existe otro actor “que se agrega”, el antagonista, que introduce en la escena
la separación diabólica de los otros tres. Ante la desconcertante perspectiva de la cruz, hay
discípulos que se alejan y gente que cambia de humor. La insidia que divide – y por lo tanto
contrasta un camino común – se manifiesta indiferentemente en las formas del rigorismo
religioso, de la intimación moral que se presenta más exigente que la de Jesús, y de la
seducción de una sabiduría política mundana que pretende ser más eficaz que el
discernimiento de espíritus. Para eludir los engaños del “cuarto actor” es necesaria una
conversión continua. A este respecto resulta emblemático el episodio del centurión Cornelio
(cf. Hch 10), antecedente de aquel “concilio” de Jerusalén (cf. Hch 15), que constituye una
referencia crucial para una Iglesia sinodal.
22. El episodio narra ante todo la conversión de Cornelio, que recibe verdaderamente una
suerte de anunciación. Cornelio es un pagano, presumiblemente un romano, centurión
(oficial de bajo grado) del ejército de ocupación, que ejerce una actividad basada en la
violencia y la prepotencia. Sin embargo, se dedica a la oración y a la limosna, es decir,
cultiva su relación con Dios y se preocupa por el prójimo. Precisamente el ángel entra
sorprendentemente en su casa, lo llama por su nombre y lo exhorta a enviar – ¡el verbo de
la misión! – a sus siervos a Haifa para llamar – ¡el verbo de la vocación! – a Pedro. El texto
se refiere, entonces, a la narración de la conversión de este último, que ese mismo día ha
recibido la visión en la cual una voz le ordena matar y comer de los animales, algunos de
los cuales son impuros. Su respuesta es decidida: «De ninguna manera, Señor» (Hch 10,14).
Reconoce que es el Señor que le habla, pero le opone una neta resistencia, porque esa
orden anula preceptos de la Torá, irrenunciables por su identidad religiosa, que expresan
un modo de entender la elección como diferencia que implica separación y exclusión
respecto a los otros pueblos.
23. El apóstol queda profundamente turbado y, mientras se pregunta acerca del sentido de
lo ocurrido, llegan los hombres mandados por Cornelio, que el Espíritu le indica como sus
enviados. A ellos Pedro responde con palabras que evocan las de Jesús en el huerto: «Yo
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soy el que buscan» (Hch 10,21). Es una verdadera y profunda conversión, un paso doloroso
e inmensamente fecundo de abandono de las propias categorías culturales y religiosas:
Pedro acepta comer junto con los paganos el alimento que siempre había considerado
prohibido, reconociéndolo como instrumento de vida y de comunión con Dios y con los otros.
Es en el encuentro con las personas, acogiéndolas, caminando junto a ellas y entrando en
sus casas, como él descubre el significado de su visión: ningún ser humano es indigno a los
ojos de Dios y la diferencia instituida por la elección no es preferencia exclusiva, sino servicio
y testimonio de dimensión universal.
24. Tanto Cornelio como Pedro implican a otros en sus caminos de conversión, haciendo de
ellos compañeros de camino. La acción apostólica realiza la voluntad de Dios creando
comunidad, derribando muros y promoviendo el encuentro. La palabra asume un rol central
en el encuentro entre los dos protagonistas. Cornelio comienza por compartir la experiencia
que ha vivido. Pedro lo escucha y a continuación toma la palabra, comunicando a su vez lo
que le ha sucedido y dando testimonio de la cercanía del Señor, que va al encuentro de
cada persona para liberarla de aquello que la tiene prisionera del mal y la mortifica en su
humanidad (cf. Hch 10,38). Este modo de comunicar es similar al que Pedro adoptará
cuando, en Jerusalén, los fieles circuncidados le reprocharán y le acusarán de haber violado
las normas tradicionales, sobre las que ellos parecen concentrar toda su atención,
desatendiendo la efusión del Espíritu: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido
con ellos» (Hch 11,3). En ese momento de conflicto, Pedro cuenta lo que le ha sucedido y
sus reacciones de desconcierto, incomprensión y resistencia. Justamente esto ayudará a sus
interlocutores, inicialmente agresivos y refractarios, a escuchar y acoger aquello que ha
ocurrido. La Escritura contribuirá a interpretar el sentido, como después sucederá también
en el “concilio” de Jerusalén, en un proceso de discernimiento que es una escucha en común
del Espíritu.
25. Iluminado por la Palabra y fundado en la Tradición, el camino sinodal está enraizado en
la vida concreta del Pueblo de Dios. En efecto, presenta una particularidad que es también
una extraordinaria riqueza: su sujeto – la sinodalidad – es también su método. En otras
palabras, constituye una especie de taller o de experiencia piloto, que permite comenzar a
recoger desde el comienzo los frutos del dinamismo que la progresiva conversión sinodal
introduce en la comunidad cristiana. Por otra parte, no se puede evitar la referencia a las
experiencias de sinodalidad ya vividas, a diversos niveles y con diferentes grados de
intensidad: los puntos de fuerza y los éxitos de tales experiencias, así como también sus
límites y dificultades, ofrecen elementos valiosos para el discernimiento sobre la dirección
en la que continúan avanzando. Ciertamente se hace referencia a las experiencias realizadas
por el actual camino sinodal, pero también a todas aquellas experiencias en las que se
experimentan formas de “caminar juntos” en la vida ordinaria, incluso cuando ni siquiera se
conoce o se usa el término sinodalidad.
10
La pregunta fundamental
26. La pregunta fundamental que guía esta consulta al Pueblo de Dios, come se ha
recordado en la introducción, es la siguiente:
En una Iglesia sinodal, que anuncia el Evangelio, todos “caminan juntos”: ¿cómo se realiza
hoy este “caminar juntos” en la propia Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el
Espíritu para crecer en nuestro “caminar juntos”?
a) preguntarse sobre las experiencias en la propia Iglesia particular que hacen referencia
a la pregunta fundamental;
b) releer más profundamente estas experiencias: ¿qué alegrías han provocado? ¿qué
dificultades y obstáculos se han encontrado? ¿qué heridas han provocado? ¿qué
intuiciones han suscitado?
c) recoger los frutos para compartir: ¿dónde resuena la voz del Espíritu en estas
experiencias? ¿qué nos está pidiendo esa voz? ¿cuáles son los puntos que han de ser
confirmados, las perspectivas de cambio y los pasos que hay que cumplir? ¿dónde
podemos establecer un consenso? ¿qué caminos se abren para nuestra Iglesia
particular?
· el plano del estilo con el cual la Iglesia vive y actúa ordinariamente, que expresa su
naturaleza de Pueblo de Dios que camina unido y se reúne en asamblea convocado por
el Señor Jesús con la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Este estilo se
realiza a través de «la escucha comunitaria de la Palabra y la celebración de la
Eucaristía, la fraternidad de la comunión y la corresponsabilidad y participación de todo
el Pueblo de Dios, en sus diferentes niveles y en la distinción de los diversos ministerios
y roles, en su vida y en su misión»21;
· el plano de las estructuras y de los procesos eclesiales, determinados también desde el
punto de vista teológico y canónico, en los cuales la naturaleza sinodal de la Iglesia se
expresa en modo institucional a nivel local, regional y de la Iglesia entera;
· el plano de los procesos y eventos sinodales en los cuales la Iglesia es convocada por
la autoridad competente, según procedimientos específicos determinados por la
disciplina eclesiástica.
Aunque son distintos desde el punto de vista lógico, estos tres planos se interrelacionan y
deben ser considerados juntos en modo coherente, de lo contrario se trasmite un testimonio
contraproducente y se pone en peligro la credibilidad de la Iglesia. En efecto, si no se
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encarna en estructuras y procesos, el estilo de la sinodalidad fácilmente decae del plano de
las intenciones y de los deseos al de la retórica, mientras los procesos y eventos, si no están
animados por un estilo adecuado, resultan una formalidad vacía.
28. Además, en la relectura de las experiencias, es necesario tener presente que “caminar
juntos” puede ser entendido según dos perspectivas diversas, fuertemente interconectadas.
La primera mira a la vida interna de las Iglesias particulares, a las relaciones entre los sujetos
que las constituyen (en primer lugar, la relación entre los fieles y sus pastores, también a
través de los organismos de participación previstos por la disciplina canónica, incluido el
sínodo diocesano) y a las comunidades en las cuales se articulan (en particular las
parroquias). Considera, además, las relaciones de los obispos entre ellos y con el Obispo de
Roma, también a través de los organismos intermedios de sinodalidad (Sínodos de los
Obispos de las Iglesias patriarcales y arzobispales mayores, Consejos de los Jerarcas y
Asambleas de los Jerarcas de las Iglesias sui iuris, Conferencias Episcopales, con sus
respectivas expresiones nacionales, internacionales y continentales). Se extiende, además,
al modo en el que cada Iglesia particular integra en ella la contribución de las diversas
formas de vida monástica, religiosa y consagrada, de asociaciones y movimientos laicales,
de instituciones eclesiales y eclesiásticas de diverso género (escuelas, hospitales,
universidades, fundaciones, entes de caridad y asistencia, etc.). Finalmente, esta
perspectiva abraza también las relaciones y las iniciativas comunes con los hermanos y las
hermanas de las otras Iglesias y comunidades cristianas, con las cuales compartimos el don
del mismo Bautismo.
29. La segunda perspectiva considera cómo el Pueblo de Dios camina junto a la entera
familia humana. La mirada se concentrará así en el estado de las relaciones, el diálogo y las
eventuales iniciativas comunes con los creyentes de otras religiones, con las personas
alejadas de la fe, así como con ambientes y grupos sociales específicos, con sus instituciones
(el mundo de la política, de la cultura, de la economía, de las finanzas, del trabajo, sindicatos
y asociaciones empresarias, organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil,
movimientos populares, minorías de varios tipos, pobres y excluidos, etc.).
30. Para ayudar a hacer emerger las experiencias y para contribuir de manera más
enriquecedora a la consulta, indicamos aquí a continuación diez núcleos temáticos que
articulan diversos aspectos de la “sinodalidad vivida”. Deberán ser adaptados a los diversos
contextos locales y en cada caso integrados, explicitados, simplificados y profundizados,
prestando particular atención a quienes tienen más dificultad en participar y responder:
el Vademecum que acompaña este Documento Preparatorio ofrece al respecto
instrumentos, caminos y sugerencias para que los diversos núcleos de preguntas inspiren
concretamente momentos de oración, formación, reflexión e intercambio.
En la Iglesia y en la sociedad estamos en el mismo camino uno al lado del otro. En la propia
Iglesia local, ¿quiénes son los que “caminan juntos”? Cuando decimos “nuestra Iglesia”,
¿quiénes forman parte de ella? ¿quién nos pide caminar juntos? ¿Quiénes son los
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compañeros de viaje, considerando también los que están fuera del perímetro eclesial? ¿Qué
personas o grupos son dejados al margen, expresamente o de hecho?
II. ESCUCHAR
La escucha es el primer paso, pero exige tener una mente y un corazón abiertos, sin
prejuicios. ¿Hacia quiénes se encuentra “en deuda de escucha” nuestra Iglesia particular?
¿Cómo son escuchados los laicos, en particular los jóvenes y las mujeres? ¿Cómo integramos
las aportaciones de consagradas y consagrados? ¿Qué espacio tiene la voz de las minorías,
de los descartados y de los excluidos? ¿Logramos identificar prejuicios y estereotipos que
obstaculizan nuestra escucha? ¿Cómo escuchamos el contexto social y cultural en que
vivimos?
Todos están invitados a hablar con valentía y parresia, es decir integrando libertad, verdad
y caridad. ¿Cómo promovemos dentro de la comunidad y de sus organismos un estilo de
comunicación libre y auténtica, sin dobleces y oportunismos? ¿Y ante la sociedad de la cual
formamos parte? ¿Cuándo y cómo logramos decir lo que realmente tenemos en el corazón?
¿Cómo funciona la relación con el sistema de los medios de comunicación (no sólo los
medios católicos)? ¿Quién habla en nombre de la comunidad cristiana y cómo es elegido?
IV. CELEBRAR
V. CORRESPONSABLES EN LA MISIÓN
La sinodalidad está al servicio de la misión de la Iglesia, en la que todos sus miembros están
llamados a participar. Dado que todos somos discípulos misioneros, ¿en qué modo se
convoca a cada bautizado para ser protagonista de la misión? ¿Cómo sostiene la comunidad
a sus propios miembros empeñados en un servicio en la sociedad (en el compromiso social
y político, en la investigación científica y en la enseñanza, en la promoción de la justicia
social, en la tutela de los derechos humanos y en el cuidado de la Casa común, etc.)? ¿Cómo
los ayuda a vivir estos empeños desde una perspectiva misionera? ¿Cómo se realiza el
discernimiento sobre las opciones que se refieren a la misión y a quién participa en ella?
¿Cómo se han integrado y adaptado las diversas tradiciones en materia de estilo sinodal,
que constituyen el patrimonio de muchas Iglesias, en particular las orientales, en vista de
un eficaz testimonio cristiano? ¿Cómo funciona la colaboración en los territorios donde están
presentes diferentes Iglesias sui iuris diversas?
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VI. DIALOGAR EN LA IGLESIA Y EN LA SOCIEDAD
El diálogo entre los cristianos de diversas confesiones, unidos por un solo Bautismo, tiene
un puesto particular en el camino sinodal. ¿Qué relaciones mantenemos con los hermanos
y las hermanas de las otras confesiones cristianas? ¿A qué ámbitos se refieren? ¿Qué frutos
hemos obtenido de este “caminar juntos”? ¿Cuáles son las dificultades?
Una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. ¿Cómo se identifican los
objetivos que deben alcanzarse, el camino para lograrlos y los pasos que hay que dar?
¿Cómo se ejerce la autoridad dentro de nuestra Iglesia particular? ¿Cuáles son las
modalidades de trabajo en equipo y de corresponsabilidad? ¿Cómo se promueven los
ministerios laicales y la asunción de responsabilidad por parte de los fieles? ¿Cómo funcionan
los organismos de sinodalidad a nivel de la Iglesia particular? ¿Son una experiencia fecunda?
En un estilo sinodal se decide por discernimiento, sobre la base de un consenso que nace
de la común obediencia al Espíritu. ¿Con qué procedimientos y con qué métodos discernimos
juntos y tomamos decisiones? ¿Cómo se pueden mejorar? ¿Cómo promovemos la
participación en las decisiones dentro de comunidades jerárquicamente estructuradas?
¿Cómo articulamos la fase de la consulta con la fase deliberativa, el proceso de
decisión (decision-making) con el momento de la toma de decisiones (decision-taking)? ¿En
qué modo y con qué instrumentos promovemos la transparencia y la responsabilidad
(accountability)?
X. FORMARSE EN LA SINODALIDAD
La espiritualidad del caminar juntos está destinada a ser un principio educativo para la
formación de la persona humana y del cristiano, de las familias y de las comunidades. ¿Cómo
formamos a las personas, en particular aquellas que tienen funciones de responsabilidad
dentro de la comunidad cristiana, para hacerlas más capaces de “caminar juntos”,
escucharse recíprocamente y dialogar? ¿Qué formación ofrecemos para el discernimiento y
para el ejercicio de la autoridad? ¿Qué instrumentos nos ayudan a leer las dinámicas de la
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cultura en la cual estamos inmersos y el impacto que ellas tienen sobre nuestro estilo de
Iglesia?
31. El objetivo de la primera fase del camino sinodal es favorecer un amplio proceso de
consulta para recoger la riqueza de las experiencias de sinodalidad vividas, con sus
diferentes articulaciones y matices, implicando a los pastores y a los fieles de las Iglesias
particulares a en todos los diversos niveles, a través de medios más adecuados según las
específicas realidades locales: la consulta, coordinada por el obispo, está dirigida «a los
presbíteros, a los diáconos y a los fieles laicos de sus Iglesias, tanto individualmente como
asociados, sin descuidar las preciosas aportaciones que pueden venir de los Consagrados y
Consagradas» (EC, n. 7). De modo particular se pide la aportación de los organismos de
participación de las Iglesias particulares, especialmente el Consejo presbiteral y el Consejo
pastoral, a partir de los cuales verdaderamente «puede comenzar a tomar forma una Iglesia
sinodal»22. Será igualmente valiosa la contribución de las otras realidades eclesiales a las
que se enviará el Documento Preparatorio, como también de aquellos que deseen enviar
directamente su propia aportación. Finalmente, será de fundamental importancia que
encuentre espacio también la voz de los pobres y de los excluidos, no solamente de quien
tiene algún rol o responsabilidad dentro de las Iglesias particulares.
32., La síntesis, que cada una de las Iglesias particulares elaborará al final de este trabajo
de escucha y discernimiento, constituirá su aportación al camino de la Iglesia universal. Para
hacer más fáciles y sostenibles las fases sucesivas del camino, es importante tratar de
condensar los frutos de la oración y de la reflexión en una síntesis de unas diez páginas al
máximo. Si fuera necesario para contextualizarlas o explicarlas mejor, se podrán adjuntar
otros textos como anexos. Recordamos que la finalidad del Sínodo, y por lo tanto de esta
consulta, no es producir documentos, sino «hacer que germinen sueños, suscitar profecías
y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer
relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario
positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos»23.
Siglas
22 Francisco, Discurso para la Conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos.
23 Francisco, Discurso al inicio del Sínodo dedicado a los jóvenes (3 de octubre de 2018).
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