100 Micro Cuentos
100 Micro Cuentos
barba
pequeñitos
100cuentos
Ana Maria Shua
Corro hacia la playa. Si las olas hubieran dejado sobre la arena un pequeño barril de
pólvora, aunque estuviese mojada, una navaja, algunos clavos, incluso una colección de
pipas o unas simples tablas de madera, yo podría utilizar esos objetos para construir una
novela. Qué hacer en cambio con estos párrafos mojados, con estas metáforas cubiertas de
lapas y mejillones, con estos restos de otro triste naufragio literario.
Ana Maria Shua, Robinson desafortunado
Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera
negra.
Mario Benedetti
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente
los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se
durmió. Cuando despertó, el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el
muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro
Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en
seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su
nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de
felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él,
ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que
comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la
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altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir
auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
Había en el bosque osos, castores y caribúes, pero ni rastro del lobo feroz.
«¿Lobo estás?», preguntó Caperucita excitada, conociendo los hábitos nocturnos
del lobo.
Juan Carlos Muñoz , Caperucita Roja
Joseba Sarrionandía
Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad.
Imagínatelo en una calle de Berlín.
En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa -Grunewaldtrass, 13-
y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en
una tarde nublada y tranquila.
Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo
mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
-No, no se ha perdido -le dice Franz Kafka.
Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y
que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes.
-Hace poco me he encontrado con tu muñeca -dice Franz Kafka-, a la salida de la
ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito.
Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la
profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero.
El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para
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Aquel pintor tan pobre y barbilampiño no sólo llevaba pintado un fino bigote sobre su
labio superior; también sus calcetines, que higiénicamente cambiaba cada día de color, eran
pintados. Y la mujer con la que dormía estaba pintada sobre la sabana.
Ángel Guache, Las apariencias del pintor
Augusto Monterroso
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser
bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada
cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar
sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a
pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables
tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca,
hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus
pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba
mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía
y no se daba cuenta de nada.
Augusto Monterroso, La tela de Penélope, o quién engaña a quién.
José de la Colina
Julio Cortazar
Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los
impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto,
su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío!
Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos
después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos
y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa
(estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para
que se repita una escena.
Jorge Luis Borges, La trama
Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para
encontrarte.
Juan José Arreola, Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco
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Isaac Asimov
Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ése que hace que las
tribus se queden aleladas ante sus palabras.
-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años,
hubo una gran explosión, y el universo..
Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres
años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo
hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)-. Pero, ¿vas a contar la historia de
la Creación a lo largo de un periodo de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ése es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo,
palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.
Para entonces yo había dejado el estilete sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro?- dije.
-¿Qué?
Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no
incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.
-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de
papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho
para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo
bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabaran cayendo. Además, aunque
podamos comprar todo ese papiro, y tu tengas la voz y la fuerza suficientes, ¿quién va a
copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder
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William Drummond
Una dama de calidad se enamoró con tanto frenesí de un tal señor Dodd,
predicador puritano, que rogó a su marido que le permitiera usar de la cama para procrear un
ángel o un santo; pero, concedida la venia, el parto fue normal.
William Drummond, La venia (1618).
Idries Shah
—¿Qué soñaste?
—Soñé que estaba vivo, y no sé por qué soñé eso. ¿Serán nostalgias de mi otra vida?
—No, no creo —dijo el otro cadáver, y agregó, espantado—: Temo que sea una
premonición.
Julio César Parissi, Cuento nocturno
Vicente Huidobro
María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas,
reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. su parte Olga
permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad.
María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía
que él no comprendiera. María cumplía su deber, la parte de Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede
traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados,
sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de
matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz,
muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.
Vicente Huidobro. Tragedia
Todos los viernes por la mañana Nasrudín llegaba al mercado del pueblo con un
burro al que ofrecía en venta.
El precio que demandaba era siempre insignificante, muy inferior al valor del animal.
Un día se le acercó un rico mercader, quien se dedicaba a la compra y venta de
burros.
-No puedo comprender cómo lo hace, Nasrudín. Yo vendo burros al precio más bajo
posible. Mis sirvientes obligan a los campesinos a darme forraje gratis. Mis esclavos cuidan
de mis animales sin que les pague retribución alguna. Y, sin embargo, no puedo igualar sus
precios.
-Muy sencillo -dijo Nasrudín-. Usted roba forraje y mano de obra. Yo robo burros.
Idries Shah. Detrás de lo obvio
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Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al
sexo femenino) que como es natural llamaremos objeto, se encontraron una noche
cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y otro
porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente
sea tendido y los abismos franqueados.
Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá -con un
poco de suerte-se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron
contra la pared y la hicieron objeto -objeto de palabras abusivas, objeto del comentario
crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un
objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas mas
tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. C a r n e
dentro de carne, lo de siempre.
La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más
proclive. El objeto asumió de inmediato -casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal
llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Desplazamiento del sujeto y el
objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.
Istvan Örkény
Luisa Valenzuela
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Qué bueno.
Luisa Valenzuela. El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde
a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde.
Augusto Monterroso
Eduardo Galeano
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de
pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la
buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita
cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano
izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida,
jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días
hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a
construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a
entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la
maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino
a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su
huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la
declinación de la tarde.
Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja
ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era
servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus
alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos,
rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo
llevó al desierto.
Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en
Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y
muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras
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que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el
paso." Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de
hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.
Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír,
cantar, caminar rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de
mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.
Diaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas,
recibe un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros.
Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.
Al domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están
prohibidos, y el dibujo pasa. Diaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores
que aparecen en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:
-¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?
La niña lo hace callar:
-Ssssssshhhhh.
Y en secreto le explica:
-Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.
Fredric Brown
El Final
El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
—Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras
botón un apretando.
—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la.
Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.
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Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.
Final El
Fredric Brown. El final
Luisa Valenzuela
Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado
prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas denotaciones reminiscencias
sacudidas precursoras seguidas creadoras multiplicadoras transformadoras extinguidoras
de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó
imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó
barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la
jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con
ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró
repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen
el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el
bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a
veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el
bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo
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jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento
raya, y así se volvió tierra.
Luisa Valenzuela
Max Aub
Max Aub
controla con visitadoras sociales los hogares de los concursantes. Hay hijos que salen
perdiendo, pero a otros el cambio les conviene. También se dice que algunas madres hacen
trampa, que se equivocan adrede.
Un día fue a ver a la mujer para la que las cartas, dispuestas con cierto rigor y
sometidas al azar de su desvelamiento, eran como un libro abierto.
—¿Cuánto viviré?
—Tienes una larga vida —informó la pitonisa.
—¿Cuánto? —insistió.
—Hasta los 90.
“¡Me quedan 60 años de vida!”, pensó. Pero sus ganas de creer eran tan fuertes como
su deseo de demostración. Entonces subió al edificio más alto, para retar esa sabiduría en la
que la mitad de su convicción se afincaba, y se lanzó del último piso.
Tardó 60 años en caer.
Mónica Lavín
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Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche,
al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las
sábanas.
Álvaro Barragán
Cuando escribió la palabra “fin” se dio cuenta de que su personaje aún respiraba,
pero ya era tarde para ayudarlo, así que cerró la pluma y lo dejó morir.
Eduardo Galeano
metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo
-Y anda bien -le pregunte
-Atrasa un poco -reconoció.
En la sala repleta circuló un aire helado cuando don Luciano, con todo el peso de su
prestigio y su insobornable capacidad de juicio, al promediar su conferencia tomó aliento
para decir: "Como siempre, quiero ser franco con ustedes. En éste país, y salvo
excepciones, mi profesión está en manos de oportunistas, de frívolos, de ineptos, de
venales".
A la mañana siguiente su secretaria le telefoneó a las ocho: "Don Luciano, lamento
molestarlo tan temprano, pero acaban de avisarme que, frente a su casa, hay como
quinientas personas esperándolo". "¿Ah, si?" dijo el profesor de buen ánimo. "¿Y qué
quieren?"."Según dicen pretenden expresarle su saludo y admiración." "Pero, ¿quienes
son?". "No lo sé con certeza, Don Luciano. Ellos dicen que son las excepciones."
Manuel Moya
Como todos los días, Salvador Lafontaine cuelga sobre el muro la jaula de
perdices y nada le importa que desde hace cuatro años, cuando aquellos días de helada
que lo quemaron todo, ya no haya perdices, porque él las sigue escuchando y no admite la
menor réplica sobre el asunto. El día para él transcurre de esa forma, es decir, al lado de la
jaula, trajinando sobre las varetas de olivo que en sus manos diestras parecen más bien
mantequilla o juncia. Un artista de eso, y a ver, a ver qué daño hace. Salvador Lafontaine no
se mete con nadie, dicen que por no quebrar el trajín de sus perdices, que se pasan el día
refiriendo historias de esos lejanos países que vuelan en la noche.
Los domingos, todos los domingos sueltan por el pueblo dos autobuses llenos de
turistas que se llevan el áspero aceite del molino, embutidos caseros, quesos sudados,
piñonates y tortas del Carmona y con un poco de suerte las cestas de Salvador Lafontaine,
que él cuelga de cualquier forma en el mismo clavo donde los otros días reposa la jaula
perdicera. Él de eso vive, de eso y de la paguita de treinta mil pesetas que le sacó Mariano el
del ayuntamiento cuando lo dejaron solo en este mundo y a ver de qué se iba a valer. De
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eso, quiero decir, y de escuchar durante horas sus perdices, temiendo que llegue la noche y
al descolgar la jaula descubra que han volado.
Después se retiró con el mismo sigilo, regodeándose por adelantado. A esperar que
el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la
broma vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le
quedaron las manos a la estatua de la señorita fundadora.
En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis
Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna
vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo
buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y
poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres
lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que
anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar,
quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el
puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se
anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los
hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los
años pasan, inútiles.
Jorge Luis Borges. El puñal
La pitonisa me dijo que mi vida cambiaría de forma radical. Pero no me dijo en qué
consistiría ese cambio.
Viendo que el tiempo pasaba y todo seguía igual, me divorcié de mi marido, aunque
en realidad lo quería, me mudé de ciudad, aunque mi ciudad me gustaba y me busqué un
trabajo totalmente distinto al que tenía, aunque la verdad es que el trabajo me daba mucha
satisfacción.
Ahora, cuando veo mi vida tan cambiada, echo de menos a mi marido, a mi ciudad y a
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mi trabajo, pero he llegado a la conclusión de que qué le voy a hacer, si ese era mi destino.
Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había
visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado,
con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres
años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de
atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una
niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la
universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que
más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. A ú n a s í , y
pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
El día que se casaba el inglés, los padrinos –que iban a ser sus pseudohermanos-
fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.
Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la
habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros,
para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.
Julio Cortazar
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí
contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como
bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la
ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va
creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con
todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la
barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha,
nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se
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tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las
emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas.
Adiós gotas. Adiós.
Julio Cortazar, Aplastamiento de las gotas
Gabriel Jiménez Emán
Había confundido tanto la vigilia con el sueño que antes de acostarse clavaba con un
alfiler cerca de su cama un papelito que decía: Recordar que mañana debo levantarme
temprano.
Ernesto Santana
Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de las
blasfemias. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden,
en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro,
ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno de los más arraigados
prejuicios que ofuscan a la gente devota.
A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las "b" y a las "f"
pertenecía un anciano obispo de Mirepoix, que a comienzos de este siglo pasaba por ser un
santo. Cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers, su carroza se atascó en los horribles
caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los caballos no podían
hacer más.
-Monseñor -exclamó al fin el cochero, a punto de estallar-, mientras permanezcas ahí
mis caballos no podrán dar un paso.
-¿Y por qué no? -contestó el obispo.
-Porque es absolutamente necesario que yo suelte una blasfemia y Vuestra
Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si no me lo permite.
-Bueno, bueno -contestó el obispo, zalamero, santiguándose-, blasfema, pues, hijo
mío, pero lo menos posible.
El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin
novedad.
Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es
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Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no
podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba
revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando
cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.
Juan Armando Epple, Para mirarte mejor.
Sandro Centurión
Romeo yacía muerto en la tenebrosa cripta, asesinado por su propia mano, por su
propio puñal. Todo había terminado. El corazón de los capuletos había recibido una
puñalada certera. Cuando Julieta despertó de su fingida muerte observó el cuerpo
sangrante de Romeo y supo que su plan había sido un éxito. Luego, esquivó el cadáver con
desdén y abandonó la cripta. Afuera la esperaba un joven inglés, de apellido Shakespeare,
con quien pronto se casaría. Mientras tanto, en la bulliciosa Verona la vida y el amor corrían
por las calles como la moneda más corriente.
Sandro Centurión, La verdad acerca de Julieta
a éste le coja afición, como le ocurrió a madre, que después de irse con todos los que
pasaban por aquí, ya de mayor, se largó con uno y nunca más quiso saber de nosotros. A mí,
que siempre he sido una incomprendida, me dio por los hombres y ya ve usted, aquí me
tiene, en el Texaco Girl's y esperando a Cristina, que, como le digo, tiene que estar al llegar.
Manuel Moya, Huracanes
La cebolla no paraba de sonreir, ni siquiera mientras la apuñalaba y la cortaba
a juliana. Estuve una tarde sin parar de llorar. Al principio por el jugo que me saltaba a los
ojos, luego por todo lo que dije, después por todo lo que callé.
Día tras día, verdulería tras verdulería, supermercados y badulakes. No encuentro,
no hay más cebollas sonrientes.
Mira que lloré y lo a poco que me supo. Necesitaría diez cebollas sonrientes más
para llorar todo lo que me falta, todo lo que me sobra, todas las espaldas que no acaricié,
todos los sitios a los que no fui, todas las veces que aparté la mirada, todos los cuentos
que ya no escribo.
Ambrose Bierce
Cada vez que me dolía la cabeza, él me acariciaba el cabello con una ternura
exquisita, me besaba en los ojos y susurraba con los labios pegados a mi frente que ojalá
todo ese dolor lo sufriera él.
Comprendí que lo nuestro había terminado cuando me descubrí deseando que se
cumpliera su deseo.
Anónimo
Raul Brasca
Juan Armando Epple
A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por
el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se
engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me
engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que
perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.
Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las
costillas intactas.
Omar Lara
José Antonio Martín, Cuento que me contó una vez mi hija Adriana, fastidiada de que le pidiera un
cuento
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Yo contra los huevos fritos no tengo nada. Son ellos los que me miran con
asombro, desorbitados.
No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que
ningún marido tiene la menor idea.
Oscar Wilde
Alba Omil
Soñé que me besaban: era sólo el latido de tu nombre que esa noche se durmió
entre mis labios.
Alba Omil, Obsesiones
Un fama anda por el bosque y aunque no necesita leña mira codiciosamente los
árboles. Los árboles tienen un miedo terrible, porque conocen las costumbres de los famas y
temen lo peor. En medio de todos está un eucalipto hermoso y el fama al verlo da un grito de
alegría y baila tregua y baila catala en torno al perturbado eucalipto, diciendo así:
- Hojas antisépticas, invierno con salud, gran higiene.
Saca un hacha y golpea al eucalipto en el estómago, sin importarle nada. El eucalipto
gime herido de muerte y los otros árboles oyen que dice entre suspiros:
- Pensar que este imbécil no tenía más que comprarse unas pastillas Valda.
Julio Cortazar, Fama y eucalipto.
Unas monedas, pidió el mendigo tras su historia, así que el rey mandó que lo
arrojaran desde lo alto del palacio, como ejemplo para sus súbditos de que el dinero requiere
esfuerzo. Aun se cantan canciones de aquel día, en que el pueblo se indignó, y se alzó como
nunca antes. Se aprendieron lecciones diferentes, aquel día. El rey también aprendió algo,
aunque nunca pudo contarlo a nadie, y quienes le conocieron dicen que, antes de ser
colgado, mantenía su porte y su arrogancia. Pero todo esto son historias que se cuentan, ya
sabéis, a cambio de unas monedas, majestad.
Jordi Cebrián, Unas monedas
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