Ahhhh
Ahhhh
veces, pero en esa ocasión estaba en la barra acompañado de un joven muy atractivo.
Enseguida comprendí que era uno de sus amigos, al que por cierto, no había visto
antes y que me pareció espectacular, sin que apenas pudiera ver claramente su cara,
pero observándole vestido con su indumentaria deportiva, le hacían parecer más
atrayente si cabe. Su camiseta se ajustaba a un cuerpo robusto y muy bien formado y
su pantaloncito de tenis corto permitía ver unos prominentes muslos.
Ya sé que en esos momentos una debe pensar que podría ser su madre, pues ese joven
debía tener la edad de mi hijo Darío, sin embargo, me ajusté el sostén tirando de
mi blusa hacia abajo para mostrar más canalillo y subí instintivamente mi falda de
tubo para enseñar algo más por encima de la rodilla; ya dije que soy muy coqueta,
siempre me ha gustado provocar de esa manera, no lo puedo remediar. A continuación
me acerqué a la barra.
Hacía tiempo que no vivía nada parecido y si bien es verdad que muchas veces me he
sentido atraída por un hombre, unas veces por su cuerpo, algunas otras por su
mirada o por su sonrisa, en ese momento yo estaba temblando de tener a un chico
perfecto delante de mí.
Estuve ciertamente toda la tarde bastante excitada y tuve que acostarme con el
calentón, porque una vez más Raúl se quedó en su despacho con sus papeles,
dejándome caliente y en esta ocasión más todavía.
Me metí en la bañera e intenté por todos los medios borrar de mi mente esa actitud
que me parecía infantil y poco sensata, pues ese chico, en cuestión de edad,
podría ser perfectamente mi hijo, esos pensamientos chocaban en mi mente, sabiendo
que estaba mal y por otro lado mi cuerpo seguía en sus trece y volvía a imaginarle,
a tener sus labios cerca de los míos y su voz susurrante en mi oído, era algo que
me poseía. Mis manos volvieron a acariciar mi sexo de forma suave al principio y
frenética después, como si aquello fuera algo que necesitase con urgencia. Sentía
un placer que me invadía por dentro y mi cuerpo se convulsionaba con cada caricia
imaginando las manos de Martín sobre mi piel.
Mi pose debía ser bastante expuesta, con mis piernas completamente abiertas, mi
espalda erguida, mis manos sobre mi cabeza subiendo y bajando la polea haciendo que
mi pecho oscilara a cada movimiento y Martin delante de mí, apuntando las
correcciones pertinentes, pero sin dejar de decir “bravo, genial, maravillosa,
campeona, bien guapa…”, vamos, que acabé mojada de sudor por fuera y creo que
también por dentro de mi pequeño tanga que a esas alturas debía estar empapado.
Pocas veces me he puesto tan mojada sin tocarme.
Era mi mano la que no se conformaba con acariciar mi rajita por encima de las
bragas, sino que se adentró por la costura de la pequeña prenda para empezar a
acariciarme directamente sobre mi empapada conchita y a medida que aquella
chiquilla iba contando todos los detalles la cosa se iba poniendo más y más
caliente. Por un lado yo estaba ya muy excitada con mi primera clase con Martín y
para colmo aquella conversación me estaba poniendo aún más.
La conversación además de ardiente era relatada con tanta pasión que me hacía estar
casi viviéndola, pero además su lenguaje sucio la hacían todavía más excitante. Ya
no sabía si era todo una exageración, una mentira o lo que fuera, pero desde luego
era algo muy muy acalorado.
Mis dedos seguían jugando con mi sexo y la otra mano ya se había colado por el
sostén para pellizcar uno de mis pezones.
- Joder, con lo bueno que está. Lo estoy viendo y me mojo entera, cabrona.
Y ¿qué pasó?
... en cambio mi mano seguía acariciando mi sexo por dentro de mis braguitas y la
otra pellizcando mi pezón con fruición.
No fui ni precavida, ni tuve ningún tipo de miedo en ese momento, pero es que no
podía quedarme así, y tuve que seguir masturbándome recordando las hazañas de esa
chica, que había vivido con tanta intensidad y nada menos que con mi espectacular
Martín. Los jadeos fueron en aumento hasta que tuve que soltar un gemido prolongado
teniendo un orgasmo brutal, como pocas veces había tenido dándome placer a mí
misma.
Esa mentira me hizo enrojecer aún más, primero porque ni yo misma era capaz de
creerla, pero mucho menos Darío, que tampoco es tonto. Aun así intenté ser todo lo
convincente posible, poniéndome seria y haciéndole entender que aquello que pensaba
era imposible. El hecho de saber que le pudieran gustar maduritas al bueno de
Martín, le ponía más picante todavía a todo aquello.
A partir de ese momento veía a ese chico de otra manera y le imaginaba aquel
miembro enorme colgando. Mis ojos se dirigieron inevitablemente a su paquete, como
queriendo adivinar que todo aquello que comentaban estaba realmente debajo y de
pronto me percaté en que la mirada de Martín estaba clavada en mis ojos, por lo que
me había pillado hipnotizada con “sus partes”. Me creí morir de vergüenza y
disimulé como pude, aunque por su sonrisa él no dudaba la dirección de mi mirada y
aquello debía ponerle más orgulloso y cachondo.
Llegué a casa intentando serenarme pero cuando me metí en mi cuarto y me bajé las
bragas, un hilo de flujo se unía desde mi sexo hasta la pequeña prenda. Estaba sin
duda muy excitada y aquello era demasiado cachondo como para no seguir
disfrutándolo.
Tuve que aliviarme de nuevo con unos masajes sobre mi vulva y mis labios mayores y
en poco tiempo volví a entrar en un orgasmo sin apenas rozarme. Fue de esas veces
en las que apenas un contacto leve de mis dedos sobre mi sexo me hizo explotar. Ya
no recordaba cuanto tiempo hacía que no me masturbaba tan a menudo y ese chico lo
había conseguido varias veces en pocos días.
Al día siguiente me puse otra de las mallas que había comprado para mis ejercicios.
En esta ocasión era una de color fucsia, casi más atrevida que la otra y un top
ajustado del mismo color dejando mi tripita al aire. Parecía haber olvidado mis
miedos y mis reparos pero es que la intriga y el morbo lo superan todo.
Me miré al espejo y me sentí mucho más rejuvenecida, no sabía muy bien si era tan
solo por la indumentaria o por todo lo que estaba sintiendo en mi interior,
teniendo impregnado aquel deseo tan bestial y a la vez de sentirme deseada por
aquel guapísimo joven.
Mi cabeza no dejaba de pensar por cuánto tiempo había permanecido ese chico ahí,
mirándome, totalmente desnuda sin yo enterarme, pensando que nadie me estaba viendo
y mucho menos él, que debió de recrearse en cada parte de mi cuerpo. Imaginaba que
había tenido una buena visión de mis tetas, mi sexo, mi culo y que incluso me viera
acariciarme, recordando precisamente la imagen de su cuerpo.
Me puse el vestido blanco y fino que se ajustaba a mi silueta. Salí afuera y allí
estaba él, vestido también con unos vaqueros ajustados al igual que su camiseta
negra y sin dejar de sonreír. Volvió a mirar mi cuerpo, esta vez bajo ese vestido
ceñido, creo que más de lo normal. Yo me sentía en la obligación de reñirle, de
decirle lo descarado y desvergonzado que había sido.
- Seré una tumba, Adri, pero te digo que ha merecido la pena y no deberías
sentir ninguna vergüenza, sino un gran orgullo, eres una mujer increíblemente
hermosa y has conseguido impactarme de lleno.
Su mirada volvió a clavarse en mis ojos, como queriendo sacar algo de dentro de mí
y yo no me veía capaz de regañarle, de decirle que eso no tenía que haber pasado,
de la vergüenza que sentía de haberme visto desnuda, pero él continuó su frase:
Me quería morir, él me sujetaba del brazo para que no dejara de mirarle a los ojos,
pero no fui capaz. Sentía una enorme vergüenza y al mismo tiempo me sentía
cachonda, era algo muy extraño.
Él llevaba también su pantalón de lycra ajustado hasta medio muslo y una camiseta
de tirantes muy ceñida a su cuerpo mostrando la silueta de toda su musculatura, que
para mí era perfecta. Me senté en el banco y mi postura era bastante expuesta, la
verdad, pues estaba tumbada boca arriba con mis piernas muy abiertas. Me colocó dos
mancuernas de pequeño peso en los brazos y me indicó que fuera acercándolas a mi
pecho.
No podía creerlo. Esa enormidad que escondía a duras penas bajo el slip, estaba
ahora pegada a la braguita de mi bikini. Al percibir ese contacto casi se me caen
las pesas al suelo y un suspiro hondo salió descontrolado de mi garganta. Podía
notar la dureza de ese pene tan gordo que ahora estaba posado directamente sobre mi
rajita y que no dejaba de rozarse sin parar de forma aparentemente casual, aunque
ambos sabíamos que no era así. Cuando miré hacia ese lugar podía ver como su glande
asomaba un poco más por encima de su bañador y él seguía colocándome las manos,
pero su clara intención no era esa, sino rozar su sexo contra el mío,
insistentemente, algo que me tenía loca de gusto. Por un momento se separó de mí y
yo hice otro movimiento de brazos estirando las pesas hacia afuera pero él volvió a
juntarse de una forma más fuerte, moviéndome incluso dentro de ese banco y
apretando toda su virilidad sobre mi sexo dando un golpe sexo contra sexo. Creo que
casi me da algo y no pude reprimir un gemido, algo que a él pareció gustarle
alargando su sonrisa y recreándose en nuevos roces una y otra vez con ese miembro
sobre mi mojada conchita. Él sabía cómo llevarme al paroxismo y para ser tan joven
conocía la forma de dar placer a una mujer de manera magistral. La imagen de su
miembro apenas comprimido bajo la tela de su bañador chocando una y otra vez contra
mí, sus pectorales casi rozando mi pecho y sus muslos rozando la cara interna de
los míos, era como si realmente me estuviera follando. Podría ser teatro o algo en
apariencia inconsciente, pero era a todas luces era un polvo sin penetración.
Sentada en el borde de ese banco, Martín empezó a buscar una supuesta lesión sobre
mis hombros quedando mi pecho pegado contra el suyo permaneciendo en un contacto
total, cuerpo con cuerpo. Él me tomó de los hombros y los acarició suavemente
buscando con sus dedos alguna distensión muscular o algún agarrotamiento que
realmente no existía. Yo sabía que él no estaba haciendo nada de eso, pero lo peor
es que él sabía que yo lo sabía. Nuestras miradas lo decían todo y ambos sentíamos
la tensión del momento pero sin poderlo frenar en ningún momento. Estábamos unidos,
abrazados y clarísimamente cachondos.
Curiosamente yo acate sus órdenes como una niña buena cuando debía haberle dicho
que no, sabiendo incluso lo que podría suceder. Me rendí una vez más a mis
instintos más primitivos, esos que no me dejaban ser racional. Todo mi cuerpo
estaba cachondo y no había un centímetro de mi piel que no fuera sensible a sus
roces, incluyendo mi cerebro al que no podía dominar por mí misma.
Me tumbé boca abajo en aquella bancada alargada notando la dureza de la madera bajo
mi pecho y dejé caer los brazos por los costados, tal y como él me indicaba. A
continuación empezó a acariciar mi espalda, pero se había untado las manos con
algún gel y las caricias eran todavía más increíblemente placenteras. Me extasiaba
notar esos dedos contra mi piel pasando por distintos sitios y después apreciar
masajes muy suaves en la parte de mis omoplatos, a lo largo de mi columna, por la
cintura, hasta llegar a mis caderas. ¡Dios qué sensación!
- No te apures, todo irá bien - me decía él, sin dejar de acariciar mis
hombros y haciéndome entender que aquello no era nada malo, sino todo lo contrario.
Su polla dura seguía yendo y viniendo contra mi vagina haciéndome ver las
estrellas. Si no hubiéramos tenido esa tela de por medio, estaríamos seguramente
echando el polvo de nuestra vida.
No solo era percibir ese tremendo tamaño, sino su extrema dureza, era algo fuera de
lo normal, que para mí representaba el placer más absoluto para redondear la
atracción que profería aquel chico en mí. De vez en cuando yo miraba hacia abajo,
en ese lugar en el que nuestros cuerpos estaban más en contacto y podía ver ese
bulto hinchado y como su glande quería salir en cada empuje que él hacía con su
pelvis sobre mí, pudiendo llegar a sentir la suavidad del roce de ese capullo en
buena parte de mi piel, algo que se sentía más que delicioso.
Sus manos seguían por mis brazos y en un momento dado acarició mis pechos
suavemente, haciendo que diera un respingo.
Su pecho se unió al mío y esta vez pude notar sus pectorales contra mis tetas
directamente, piel contra piel. Me sentía en la gloria abrazada a ese chico,
sintiendo como mis tetas se aplastaban contra su pecho, como si fuera un muro de
hormigón y el acariciaba mi espalda en un abrazo delicioso, sin que nuestros sexos
se separaran, sino que seguían restregándose impúdicamente. Era yo misma, la que
hacía también un movimiento pélvico para sentirle todavía más. No podía ni quería
separarme pero a pesar de eso, él seguía sosteniéndome por los hombros, para que
nuestro contacto fuera total.
¡Dios!, parecía que todo estaba orientado a volverme definitivamente loca. Por
mucho que yo intentara poner algo de raciocinio en mi cabeza las cosas se
encaminaban una y otra vez para que mi cuerpo se expusiera a todo tipo de pruebas y
riesgos. El solo hecho de volver a estar con Martín me daba mareos, no quería
responder a mis instintos más infantiles y deseaba comportarme con una mujer madura
que había cumplido sus cuarenta y cinco.
Esa noche me costó bastante conciliar el sueño, por un lado pensando en la forma de
decirle a Martín que debíamos parar aquello y que aún estábamos a tiempo de no
rebasar ninguna frontera, que de seguro nos íbamos a arrepentir, pero por otro lado
mis recuerdos a lo sucedido esa misma tarde en el gimnasio era demasiado para no
sentirme excitada de nuevo y a que mis dedos jugaran con los labios de mi vagina .
Volvía a ver en sueños esa polla embutida en el pequeño slip queriéndose salir y
cómo se empujaba esa dureza contra mi sexo haciendo que me estremeciera con cada
movimiento. No dejaba de pensar en cómo se debía sentir un pene tan grande dentro
de mí. Miré a mi costado y mi marido roncaba plácidamente sin darse cuenta de que
yo tenía las manos metidas bajo mi camisón y me estaba acariciando mientras estaba
pensando en el mejor amigo de su hijo, en los roces, caricias y restregones que
tuvimos esa tarde en el gimnasio, medio desnudos y sabedores de que estábamos muy
cerca de cometer la mayor de las locuras, que ambos estábamos predestinados a pecar
irremediablemente y que casi todo se nos ponía de cara, aunque nosotros quisiéramos
evitarlo, yo sobre todo. Seguí jugando con mi dedo frenéticamente a lo largo de mi
raja, que estaba totalmente empapada y me daba golpecitos con los dedos imaginando
que era la enorme polla de Martín, como lo hiciera en el gimnasio y de pronto todo
mi cuerpo se convulsionó teniendo que apagar con la almohada los gemidos y jadeos
provocados por un nuevo orgasmo para no despertar a Raúl.
Una vez lo tuve todo preparado me dediqué a mi misma por un buen rato. Siempre me
ha gustado deslumbrar y resaltar mis atractivos, aunque en esa ocasión algo me
pedía por dentro gustar especialmente a una persona en concreto, por mucho que yo
me lo negara a mí misma. Me di uno de mis baños relajantes con sales.
Recordando las palabras de Raúl, me decidí por una ropa interior muy sexy que
apenas había podido estrenar. Elegí el negro sabiendo que es el color favorito de
mi esposo. Unas braguitas finas de encajes y casi transparentes que mostraban
claramente la forma abultada de mi rajita. Un sostén también negro e igualmente
transparente y para rematar la faena, un liguero muy fino, con unas medias negras
que resaltaban mis muslos mucho más. De esa guisa me miré al espejo y mi cuerpo
rezumaba erotismo, algo que me gustaba y más saber que mi marido iba a apagar esa
noche todos los fuegos que ardían en mi interior. Veía mis pechos erguidos sobre
ese corsé negro tan fino y caro, lo mismo que mis braguitas casi transparentes tipo
tanga. El liguero completaba el atuendo dándome un aspecto muy sensual además de
unos carísimos zapatos de tacón que realzaban mis piernas y hacían que mi culo
fuera más respingón.
Después de trastear en el armario con unos cuantos vestidos, me decidí por uno rojo
muy ceñido largo hasta los pies, con una abertura lateral que mostraba buena parte
de mi muslo, un gran escote por delante para enseñar canalillo a raudales y la
espalda abierta, desnuda, hasta llegar casi al comienzo de mi trasero. Sin duda iba
a impactar a mis invitados. Todavía no me lo había puesto cuando entró mi marido de
nuevo en la habitación encontrándome con aquel conjunto de lencería tan sexy.
Supongo que mi cara de asombro le hizo mucha gracia porque no paraba de sonreír y
tampoco de restregar todo su paquete contra mi cuerpo. No sólo, no me podía separar
de él, pues me tenía sujeta firmemente con sus manos sobre mis caderas, sino que
algo dentro de mí empujaba contra él, para sentirle aún más pegado, notando como
esa dureza se percibía tan notoriamente a través de la tela de mi vestido... Mis
pezones no tardaron en hacer acto de presencia y con el hecho de no llevar sostén,
se me marcaban aún más sobre la tela. Mi excitación iba en aumento a medida que
girábamos con aquel baile y ese chico tan fuerte me sujetaba. Miraba a mi alrededor
queriendo que nadie se percatase de la maniobra de ese bandido y mis ojos iban en
busca de mi marido, que parecía muy enfrascado en una conversación con un grupo de
amigos, ni con mi hijo que se divertía con algún chiste de sus compañeros del club
o Martita que tampoco me prestaba atención muy centrada en recolocar algunas
guirnaldas caídas. Mi cabeza buscaba ojos acusadores, pero mi cuerpo no deseaba que
la música acabase ni que aquel cuerpo robusto dejara de estar pegado a mí
restregándose una y otra vez contra el mío.
Supongo que el verme totalmente desnuda y tan solo con las medias y el liguero le
dieron una contundente impresión a tenor del crecimiento que se veía bajo su
calzoncillo. No sentí vergüenza de que me mirase y no sé muy bien por qué, pero
estaba muy decidida a mostrarle mi desnudez, me gustaba hacerlo, seguramente entre
excitada y los efectos del alcohol que me estaban desinhibiendo del todo.
Fue Martín el que lo impidió agarrándome por la cintura y sosteniéndome contra él.
Al hacerlo todo su cuerpo desnudo quedó pegado a mi espalda y su enorme verga se
coló entre mis muslos haciéndome emitir un pequeño grito contenido, casi gutural
que intenté apagar con el dorso de mi mano para evitar ser oída. El contacto era
continuo y no solo entre mis muslos sino que notaba pegado ese miembro contra mi
sexo piel con piel percibiendo su largura, dureza y calor contra mí. En ese momento
me hubiera caído de mis tacones sino hubiera sido por las manos de Martín que
seguían bien sujetas a mi cintura.
Las manos de ese chico subieron de la cintura, pasaron a mis tetas y empezó a
acariciarlas suavemente en un principio y con más fuerza después, pellizcando mis
pezones. Al mismo tiempo, su daga seguía haciendo un movimiento acompasado de
alante a atrás, rozándome sin cesar sobre mi entrepierna. El hecho de que yo
cerrara los muslos intentando frenar lo irrefrenable, no evitaba el roce, sino más
bien al contrario, hacía que el contacto fuera aún mayor. Tenía todo el pecho de mi
entrenador sobre mi espalda y sus caricias en mis senos y su verga rozando sobre mi
sexo, eran demasiado como para querer escapar. Ya no podía, estaba exageradamente
caliente para detener un tren a toda máquina.
Tenía que darme la vuelta y decirle que se detuviera, prohibirle que dejara de
tocarme las tetas, insistirle en que no rozase por más tiempo toda su hombría sobre
los labios dilatados de mi sexo, sin embargo no le detuve.
Me maldecía a mí misma, por la poca fuerza de voluntad que debía otorgar a esa
locura y aun siendo consciente de que aun estaba a tiempo, no quería suspender esos
avances. También maldecía a mi hijo Darío, por haberme presentado a este semental
que iba a penetrarme sin remisión y al que no hice caso cuando me dijo del poder de
atracción que tenía. También insulté por dentro a mi propio marido por poner a ese
joven ante mí, completamente en bandeja, por dejar que jugáramos en el gimnasio
medio desnudos, que bailara con él sin braguitas bajo mi vestido o que dejase que
durmiese en nuestra casa, como quién deja entrar al lobo a comerse su rebaño.
El glande de ese enorme miembro se colocó entre mis labios vaginales y emití un
gemido prolongado cerrando los ojos. Nuestros sexos intercambiaron fluidos ¡Dios
qué sensación!
− Siii
− ¿Quieres que te la meta?
− Siii
− ¡Pídemelo!
− Hazlo.
− ¡Fóllame!
− ¿El qué?
Aun no había entrado un centímetro y yo estaba más que derretida. Mientras una mano
de ese hombre seguía pellizcando mi pezón, jugando con mi ombligo o acercándose
hasta rozar mi pubis, la otra debía estar sujetando su miembro a pesar de no verlo,
pero sabía que estaba colocándose mejor para penetrarme sin remisión.
Creo que estaba a la mitad y él me besaba la espalda repitiéndome las veces que
había soñado con ese momento, mientras yo intentaba responderle y no me salían las
palabras, sólo suspiros, gemidos y pequeños gruñidos.
Se detuvo unos instantes y yo abrí los ojos, Por un momento pensé que se había
arrepentido y lo iba a dejar todo, sin embargo no fue así. De una sola embestida me
clavó sus 23 centímetros hasta lo más hondo, haciendo que casi quedase empotrada
contra la mesa y cayendo mi pecho sobre ella. Mi cara estaba contra la madera y no
sentía la dureza, creo que todo mi cuerpo estaba concentrado en un solo punto y no
era otro que el centro de mi vulva que estaba completamente invadida por un miembro
descomunal.
Después de tomar aire sin que apenas pudiera moverme, Martín salió despacio hasta
dejar solo su glande metido en mi interior y tras cogerme por las caderas y
servirse de apoyo me ensartó toda su longitud de nuevo de golpe. Volví a gemir
desesperadamente, sintiendo ese roce intenso y delicioso en las paredes de mi
vagina llenándome como nunca.
Su pelvis seguía martilleándome cada vez con mayor velocidad, dándome un gusto
fuera de lo normal y después de tantos días de tensión acumulada y de excitación
continua esa era la medicina que tanta falta me hacía. Una vez más volví a maldecir
a Raúl por haberse dormido después de mi mamada y casi le estaba diciendo un “¿ves?
esto te pasa por tenerme descuidada”
El chico seguía follándome cada vez con mayor fuerza, haciendo que nuestros cuerpos
desnudos chocaran en cada empellón, en un chas-chas que acompañado de jadeos y
respiraciones entrecortadas eran los únicos sonidos en aquella cocina en penumbra,
sintiendo ese pollón enorme adentrándose y cómo mi sexo se abría paso aferrándose a
él, acariciándolo, abarcándolo, apretando mis músculos para sentirlo aún más.
Así se quedó con toda su largura en mi interior sin dejar escapar una gota. No
pensé en el hecho de que se hubiese corrido dentro, pero es que tampoco se lo
hubiera impedido, era exactamente lo que necesitaba… lo que yo quería más que nada
en el mundo.
En ese momento, un ruido nos dejó paralizados. Alguien se estaba acercando. La luz
del pasillo se coló bajo la puerta de la cocina y eso era señal de que se
aproximaban a la cocina. Nosotros estábamos enganchados. Mi cuerpo medio apoyado
sobre la mesa, con mis tetas aplastadas contra la madera, mi cabeza ladeada, con mi
culo en el borde y Martín sobre mí, ambos despelotados y ensartados gracias a su
gigantesca daga clavada en mi apretado coño que parecía no querer soltarse.
Recogimos las toallas y con Martín más calmado volvimos a la casa de la playa. Sin
despojarnos de los trajes de baño, como siempre solíamos hacer, disfrutamos de unos
canapés en la terracita. Yo notaba que mi marido me miraba de vez en cuando,
especialmente mi culo al aire y esa tira que se escondía entre mis nalgas. Martín
hacía lo propio y yo estaba encantada de sentir esas miradas y que mis hijos no
pusieran objeción.
Tras la comida, cada uno empleamos el tiempo en relajarnos a nuestra manera:
Martita se metió en la casa a jugar con sus muñecas, Darío se calzó su traje de
neopreno, sus aletas y las gafas de bucear a perderse un buen rato, y mi esposo,
Martín y yo nos tumbamos en unas toallas en la arena. Raúl centrado en sus números
con su tablet y yo en el medio de los dos hombres boca abajo. Martín no perdía ojo
a mi lado observando mi cuerpo prácticamente desnudo y especialmente mi culo que
estaba en pompa y bien expuesto con esa tanga tan pequeño.
Las manos del chico bordeaban mi cuerpo y pasaban de mis pechos a mi cintura y a
mis caderas dibujando mi silueta. En un momento dado bajó la braguita de mi tanga y
me dejó completamente desnuda. Me giré de repente quedando frente a él.
Entonces me di cuenta de que él también estaba desnudo frente a mí. Sus ojos
recorrían mi cuerpo y los míos se dirigieron inmediatamente a su miembro que estaba
completamente tieso. Con la luz del día me pareció más grande todavía. ¡Madre mía!
Yo tampoco era consciente de los posibles riesgos y obedecí, pues sabía que me iba
a transportar de nuevo al paraíso. Nada más tumbarme en la cálida y fina arena de
aquella cala, el hombretón se arrodilló entre mis piernas. No dejaba de admirar su
cuerpo ahora totalmente despojado de ropa, viendo su musculatura perfecta, sus
brazos y sobre todo su verga monumental apuntando hacia arriba.
Comenzó con suaves besitos por la cara interna de mis muslos al tiempo que sus
manos acariciaban y pellizcaban mis tetas haciéndome temblar. A continuación su
boca se fue acercando a mi sexo y anduvo jugando con mis ingles, mis labios
externos hasta que se me quedó mirando fijamente a los ojos desde su posición. En
ese instante todo me dio vueltas cuando esa cálida y húmeda lengua se apoderó de mi
rajita y empezó a lamerla como nunca nadie había hecho. Recuerdo perfectamente la
conversación de aquellas chiquillas en el vestuario hablando de las bondades de la
boca de Martín y ahora veía que aquella joven se quedaba corta describiéndolo. Ese
chico hacía maravillas en mi sexo, pasando de morderme ligeramente a jugar con la
punta de su lengua bordeando mis labios, incluso metiéndose ligeramente para
después subir y rodear mi botoncito sin tocarlo directamente pero haciendo que mi
cuerpo se estremeciera. Agarre su pelo apretando la cabeza con mis muslos y
atrayéndolo más hacia mí.
Después de una sonrisa, la cabeza del chico volvió al ataque y ese nuevo contacto
era todavía más explosivo y alucinante, podía notar como todo mi cuerpo se erizaba,
cómo mis pezones se ponían como piedras, mis piernas temblaban, mi boca se inundaba
de saliva y mis carrillos ardían. De golpe su lengua y su boca empezaron a
golpetear contra mi clítoris, no sé de qué forma, no era capaz de verlo, pero sí de
ver las estrellas, el firmamento y hasta lejanas galaxias allí tumbada, sintiendo
un orgasmo como pocas veces he tenido. No sé si grité, gemí, lloré… pero sí que
viví un momento único en mi vida.
Cuando por fin abrí los ojos, allí estaba Martín entre mis piernas, disfrutando de
mi propio orgasmo, pero imaginaba que terriblemente excitado.
− Esto - dije sosteniendo ese miembro por la base que miraba al cielo.
− Dilo, Adri.
− ¡Tu polla!
− Eso es.
Me arrodillé entre sus muslos y por fin me lancé a devorar ese trozo de carne
enhiesta. Mi primer impacto fue con los labios dando besitos a toda su largura,
sintiendo la suavidad y el relieve de sus venas que parecían a punto de explotar.
Después llegué al glande y también le rodeé con mis labios, tras echarle una mirada
a mi amante que sonreía satisfecho viendo cómo le aplicaba aquellos chupeteos con
tanta dedicación. Le devolví la sonrisa y saqué la lengua para jugar con esa cabeza
púrpura que empezaba a soltar pequeñas gotas de líquido pre seminal que tragué
gustosa, sabiéndome a miel. Después con la lengua dibujé ríos desde la punta hasta
la base, recreándome en sus huevos depilados que eran bolas grandes que también me
metía alternativamente en mi boca. A continuación volví a subir con mis labios
besando hasta la punta sin dejar de mirarle fijamente a los ojos. Con la punta de
mi lengua empecé a dibujar círculos en su frenillo y podía oírle gemir en cada
roce. Él disfrutaba de lo lindo con mis jugueteos y con su mano que estaba
acariciando mi espalda y mi pelo en señal de agradecimiento.
En ese momento abrí mi boca y me introduje una buena porción de esa polla hasta que
casi pudo tocarme la campanilla. Creo que no llegué a la mitad. Volví a atrás antes
de que provocara una arcada y apretando mis labios con mucha fuerza volví a bajar
por ese tronco sintiendo como se metía en mi boca totalmente aferrada a él. Llegué
un poco más adentro, pero seguía sin avanzar mucho más porque aquella verga era
larguísima. Ahora entendía cuando muchas actrices porno se entrenan con su garganta
para poder hacer esa operación de tener completamente metida en su boca un aparato
tan grande, debía esforzarme más en eso, pero me resultaba realmente imposible.
La respiración de Martín se hacía más y más fuerte en señal de que estaba a punto
de caramelo y cuando volví a subir los labios apretados hasta tener solo la punta
dentro, me miró con sus ojos vidriosos.
Podía haberme apartado y dejar que salieran sus espasmos al aire, sin embargo, me
apetecía estar ahí aguantando su capullo entre mis labios e hice algo que nunca
antes había hecho, metérmela más adentro todavía para saber qué se sentía
tragándomelo todo. Nunca se lo permití a Raúl, pero ahora quería… necesitaba que
Martín se vaciase dentro de mi garganta.
No se hizo esperar mucho más y pronto empezó con el primer chorro que entró
directamente por mi garganta. Cogí aire por la nariz para no ahogarme y el segundo
impacto chocó dentro de mi paladar, inundando toda la cavidad, incluyendo mis
dientes, pues aquello no dejaba de emanar grandes borbotones hasta prácticamente no
caberme una gota más. Saqué su polla y cerré la boca. Me miró, esperando que
seguramente lo escupiera ante sus ojos, sin embargo, seguí mirándole fijamente,
moví mi garganta y tragué a hasta la última gota. Le sonreí, al ver cómo le había
extasiado aquello. Después me dediqué a limpiar aquella daga a base de bien, con
mis labios y mi lengua, dejándosela brillante con mi saliva.
− ¡Dios, Adri, qué maravilla! - decía él, que se había sentado y acariciaba mi
culo metiendo un dedo para acariciar mi sexo totalmente empapado.
Ambos nos zambullimos en la pequeña poza natural que quedaba dentro de aquella
bóveda y que servía de eco de nuestras voces, en algarabía, gritos y juegos dentro
del agua, con nuestras sensaciones a flor de piel y nuestros cuerpos desnudos
cubiertos hasta el cuello.
Enrosqué mis piernas sobre el cuerpo de mi amante y nos besamos, como dos
chiquillos… bueno él lo era, pero yo me veía también rejuvenecida bajo sus brazos.
De pronto Martín ubicó su glande contra mi conchita y yo abrí los ojos de par en
par. No podía creerme que tuviera un tiempo de reacción tan rápido después de la
gran mamada que acababa de hacerle apenas unos minutos antes, luego comprendí que
su juventud y su potencia le daban todos los puntos para ser el amante perfecto. De
un golpe me insertó sus 23 centímetros quedando empalada en aquel tronco que me
hacía estar en otro mundo, sintiendo la tensión y el abrazo de las paredes de mi
vagina contra ese enorme miembro.
Así, estábamos abrazados, unidos y sintiendo los últimos espasmos de nuestros sexos
cuando escuchamos una voz que nos saludaba a lo lejos. Nos separamos al instante.
De pronto vimos que se aproximaba Darío por la playa. Casi me muero cuando le vi y
estaba atormentada porque nos hubiera visto en aquella pose, yo sobre mi amante
totalmente ensartada, abrazados, besándonos…
Me vestí, pero al notar que la braguita del tanga aun estaba húmeda, decidí no
ponérmela y solo me coloqué el vestido sobre mi cuerpo desnudo. Me estaba gustando
mucho esa nueva sensación de no llevar nada bajo mi ropa. Recogimos todo con los
chicos, aprovechando alguna ocasión para echar una miradita furtiva con mi
preparador, que me ponía a cien con esos ojazos y esa forma de observarme. Nos
metimos en el coche cuando ya estaba anocheciendo, pero en esta ocasión Martin me
dijo que quería ponerse en la ventanilla. No puse objeción pero no entendí cuáles
eran sus planes. Cuando mi marido puso el coche en marcha ya se nos había echado la
noche encima y la oscuridad dentro del coche era casi total. El chico colocó su
boca en mi oído para volver a decirme cosas que me encendían.
Nada más entrar en la habitación, me abrazó dejándome asombrada una vez más, ya que
en apenas dos días, estaba mostrando más acción que en todo nuestro último año
entero. Sus manos se apoderaron de mi culo, colándose bajo el vestido, tocando los
cachetes al descubierto, al tiempo que su boca no dejaba de chupetear mi cuello. Yo
estaba muy caliente como para no querer recibir tanta pasión, aunque lo que deseaba
era que fuera mi profesor quien me la estuviera impartiendo.
No había mucho que quitar, pues el vestido era abotonado y en cuanto me desabroché,
al no llevar nada debajo, me quedé desnuda ante sus ojos en un instante. Miré el
cuerpo despelotado de Raúl y no pude evitar hacer comparaciones. Era mi esposo y le
amaba, claro que sí, pero aquel cuerpo fofo estaba muy lejos del hombre con el que
deseaba volver a estar, impregnarme de su olor, de su poder de atracción, de esa
perfección hecha hombre, de su endiablada mirada, de su enorme polla…
Yo sabía que en los últimos días me había comportado de forma muy diferente, casi
se podía decir que estaba transformada, pero no sabía que fuera tanto como para que
Raúl me prestara esa atención y estuviera mucho más ardiente que en muchos de los
últimos años de nuestro matrimonio. Seguramente las sesiones de gimnasia, mi
actitud mucho más desenfadada y el hecho de respirar por cada poro de mi piel, el
erotismo y el deseo al máximo por un hombre, debía también reflejar mis hormonas en
el ambiente. Todo era una auténtica paranoia en estas últimas semanas.
No me demoré más y agarrando esa verga entre mis dedos me apliqué a una buena
sesión de chupeteos, besos y mordiscos, acabando con una felación de las que hacen
historia, eso sí, con mis ojos cerrados, pues solo veía a Martín en mi pensamiento
creyendo que era su polla la que estaba chupando.
Mi marido duró menos de lo que me esperaba, pero al contrario que con mi nuevo
profesor, no quise que lo hiciera en mi boca y le dejé que se corriera sobre mis
tetas, algo que también le sorprendió mucho, pues nunca antes se lo permití. Bufaba
y respiraba entrecortado apresado en un gran placer, que me hacía sentirme
orgullosa de un buen trabajo. Lo dicho: me convertía en más puta cada vez.
Le puse mi dedo en sus labios y le hice señas para que no hablase, solo para que
desahogásemos nuestra pasión, en el más absoluto de los silencios o al menos dentro
de lo posible.
Para que no se escuchase más ruido, eché mi cuerpo sobre el suyo y sin dejar de
montarlo, empecé a besarle frenéticamente mientras sus manos iban de mis caderas a
mi culo en caricias maravillosas. Aquella largura extrema inundaba las paredes
internas de mi sexo, sintiendo cada embestida como chispazos eléctricos y
ardientes, para rematar con su lengua dentro de mi boca, jugando con la mía.
¿Podría haber algo mejor en el mundo?
Abrió los ojos de par en par en señal de estar a punto de caramelo. Separé mi cara
dejándola muy cerca de la suya. Me gustaba observarle en ese punto de clímax. No me
aparté ante lo inminente, sino que apreté más aún los músculos vaginales y al
hacerlo se corrió dentro de mí haciéndome sentir su leche caliente dentro. Sin
dejar de moverme sobre él y con sus manos acariciando mis tetas, mi cintura, mi
espalda, mi culo, me llevó a empezar a sentir yo también ese cosquilleo tan potente
que no quería que acabara, para terminar en un orgasmo a continuación del suyo que
apagué dejando caer todo mi cuerpo sobre el suyo aprisionando mi boca contra la
almohada para que no se oyera mi intenso gemido.
Podía haberle dicho que no, que aquel lugar era reservado para mi marido, sin
embargo el hecho de saber que me iban a sodomizar desvirgando mi culito en mi
propia cama, en el lecho más sagrado de mi matrimonio, eso me ponía todavía más, me
hacía sentirme más cachonda.
Martín sin sacar su verga de mi ardiente coño agarró mi culo y me dejó insertada en
él, quedando mis piernas abrazadas a su cintura y mis brazos a su cuello. Por un
momento pensé que me iba a bajar, pero lejos de eso, comenzó a caminar con nuestros
cuerpos unidos, saliendo de la cocina… yo colgando de su cuello y penetrada hasta
lo más profundo. Lo más sorprendente fue cuando comenzó a subir las escaleras
aguantando el peso de mi cuerpo y haciendo pequeñas penetraciones a medida que
subía cada escalón. Casi me muero allí mismo abrazada a aquel prodigioso cuerpo
musculado y capaz de todo lo inimaginable. ¡Qué fuerza, qué potencia, qué
maravilla…!
De pronto lo sacó, acariciando con sus manos toda mi espalda, mi cintura, mis
caderas, poniendo al fin su glande a la entrada de mi ano. La cabeza entró sin
excesivo problema gracias a la lubricación. Podía notar cómo se dilataba mi
esfínter recibiéndolo. Después el cuerpo del chico se iba apretando contra el mío y
centímetro a centímetro me fue llenando el culo con su polla gigante. ¡No me lo
podía creer!
Sacó la buena porción de polla que me había metido, creo que hasta la mitad y de
nuevo volvió a meterla, haciendo que todo mi cuerpo temblara, mis pezones se
endurecieran, mi boca no dejara de emitir pequeños gritos…
Volvió a salir de mi interior y casi me parecía sentir estar vacía, sin eso tan
enorme dentro de mí, lo añoraba, me encantaba cada porción de regalo en mi virginal
agujerito. Lo más extraño era no sentir casi dolor, sino una especie de tensión que
se iba aliviando gracias a la maestría de aquel jovenzuelo muy experto en esas
lides.
De pronto su polla pasó ese punto crítico y avanzó, avanzó hasta que estuvo
totalmente adentro. ¡Era increíble! Mi boca emitió otro gemido grande y cuando su
pelvis dio el último empujón en señal de estar totalmente metida fue cuando salió
de mi boca un lamento en forma de chillido, que gracias a estar solos en casa, esta
vez no silencié lo más mínimo.
− ¡Siiii!
Me sentía feliz, pletórica, llena como nunca en todos los sentidos, incluso en el
literal, pero agradeciendo haber permitido a mi joven profesor que me estrenara un
culito y descubriese el fantástico placer que ello suponía. Sabía que me iba a
correr en breve y aunque quise durar más tiempo sintiendo ese trozo de carne entrar
y salir, no pude aguantar más, cuando una de las manos de mi monitor se adentró por
debajo hasta acariciar mi clítoris haciéndome estremecer entre movimientos
convulsivos de mis piernas que eran apagados por el martilleo de Martín contra mi
culo sin perder el ritmo que acompasaba cada deliciosa embestida con ese “chas,
chas” de su pelvis contra mis posaderas. Después se le oyó gemir cada vez más
fuerte y pude notar sus dedos apretándose contra mis caderas. Tras un largo suspiro
y un jadeo más fuerte se corrió dentro de mi culo inundándome al completo, pudiendo
percibir el calor de su semen caliente dentro de mi agujero inexplorado.
Permaneció unido a mí, y todavía sentía los espasmos de ese miembro en mi interior,
lo mismo que mis propios temblores de la cabeza a los pies. Martín se separó de mí,
mientras acariciaba mi culo en agradecimiento, pero lo corroboró con sus palabras.
Me levanté y me abracé desnuda al cuerpo de aquel chico que tanto placer me había
dado, como nunca en mi vida y me había transportado a un nuevo paraíso desconocido
para mí, como era esa sodomización que tanto me había aterrado siempre, la que
tantas veces negué a mi esposo y ahora había descubierto con enorme placer ese sexo
anal… aunque para ser sincera, con mi amante, cualquier cosa es maravillosa.
Giré mi cabeza sin dejar de abrazar a Martín y vi sobre la mesita de noche la foto
de mi esposo junto a mí, el día de nuestra boda. Cogí aire una vez más, pensando en
lo insensata que estaba siendo, pero curiosamente no me arrepentí lo más mínimo, no
quería que aquello se quedase ahí en una simple infidelidad pasajera. Era demasiada
la dependencia de ese chico, de todas sus cualidades físicas y amatorias, con una
enorme polla que me hizo vivir cosas impensables.