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Espiriualidad

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Benito Baur O.S.B.

En la intimidad con Dios

Pensamientos para las horas de recogimiento


******
A modo de introducción

«Dos son las finalidades que puede perseguir un libro y


ambas influyen en su estilo. Una consiste en producir en el
lector cierta impresión mientras dura la lectura; la otra, en traer
a la memoria determinadas verdades, del modo más adecuado
para que queden bien grabadas. El presente volumen ha sido
escrito con este fin, y, por eso, he preferido proceder con la
máxima brevedad, compatible con la claridad de exposición,
teniendo en cuenta la amplitud del tema y lo mucho que éste
se presta a los equívocos».
Repito aquí estas palabras del P. W. Faber en su preciosa
obra El progreso espiritual, porque creo que se pueden aplicar
al presente trabajo. Y puedo añadir con el mismo P. Faber: «a
buena parte de las páginas de este libro se ha aplicado
fielmente la máxima nonum prematur in annum (debe madurar
durante nueve años)». Lo que aquí presento al lector ha ido
madurando y agrupándose en el transcurso de muchos años.
Los pensamientos que propongo a las almas sedientas de
perfección para que los mediten, fueron base de numerosos
ejercicios espirituales predicados en diversos sitios; la mayoría
de ellos aparecen en los últimos años de la revista «Das Innere
Leben» (La vida interior). Cediendo a numerosos ruegos para
que publicara todos los artículos refundidos en un solo libro,
los he reelaborado a fondo agrupándolos en torno a una idea
directriz. Es así como los transmito a las almas que
sinceramente se afanan en el perfeccionamiento de su vida
interior.
¡Sean, pues, para todas ellas, fuentes de luz y de fervor y
guía en la práctica de un fecundo y sereno ascetismo!
Beuron, febrero de 1938.
BENEDIKT BAUR, O.S.B.
Archiabad
Prólogos

Prólogo a la cuarta edición alemana


Al cabo de más de diez años debe ser publicado otra vez
Still mit Gott, obedeciendo a los requerimientos de muchas
personas. En esta cuarta edición se han introducido numerosas
modificaciones, especialmente en los capítulos iniciales y en
los que tratan de la oración y la santa misa.
Beuron, 17 de septiembre de 1951.
BENEDIKT BAUR, O.S.B.
Archiabad

Prólogo a la quinta edición alemana


Gracias a Dios me he sentido con fuerzas y he tenido estos
últimos meses el tiempo necesario para modificar
profundamente la obra Still mit Gott, aportando complementos
importantes. ¡Ojalá sirva de ayuda y de orientación a muchas
almas en el cultivo de la vida interior!
Beuron, 15 de agosto de 1957.
BENEDIKT BAUR, O.S.B.
Archiabad
I. NUESTRA VOCACIÓN

«Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que ha querido que nos
llamemos hijos de Dios, y lo somos» (1 Ioh 3, 1)

1. Estamos destinados por Dios a participar de su vida


divina y a compartirla con Él

¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Cuáles son sus planes sobre


mí? ¿Cuál es el verdadero sentido de nuestra vida como
hombres y como cristianos? He aquí la cuestión fundamental.
Sólo la revelación sobrenatural, sólo Dios mismo nos puede
dar respuesta segura e infalible a esta pregunta; nos la da en
cada página del Antiguo y Nuevo Testamento de la Sagrada
Escritura. Todas ellas tratan del magno tema de la inefable
grandeza de nuestra vocación y destino a participar de la
infinitamente sublime, rica y beatificante vida de Dios Padre,
Hijo y Espíritu. El íntimo sentido de nuestra vida se eleva
hasta lo infinito por encima de la esfera propia de nuestra
naturaleza humana, con todas sus aspiraciones y facultades.
Dios nos ha destinado por la gracia «a huir de los placeres
corrompidos del mundo y a ser partícipes de la naturaleza
divina» (2 Petr 1, 3-4) y, por lo tanto, de la vida divina, que
compartimos verdadera y realmente, si bien en forma
misteriosa, limitada, y cuyo desarrollo iniciamos ahora aquí en
la tierra para poder completarlo después en el cielo.
«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre,
«para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La
vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el
Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que
constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a
través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos»
(Ioh 1, 14).
«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus
riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida, con el
hombre, con el polvo, con la nada.
Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente
bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a
difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo,
pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al
trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado
número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas
de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de
la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla.
Al hablar de coposesión y convivencia, no lo hacemos
pensando que vayamos a ser iguales a Dios, dejando así
nuestra condición de criaturas. Ni tampoco figurándonos que
haya de injertarse en nosotros una parte del ser o de la vida de
Dios, que de este modo se convertiría en algo propio nuestro.
Ni siquiera pensando que podríamos vivir esa vida divina con
su misma plenitud infinita, o como la vive el Verbo,
engendrado de la sustancia del Padre y consustancial con el
mismo. Lo que queremos decir es que Dios, por la fuerza de su
caridad, infunde en nosotros un algo –la gracia santificante–
por la que obtenemos una pureza, belleza y santidad limitadas,
pero que, en realidad, son propias de la esencia divina y que
sólo a ella corresponden esencialmente. Convertida en
semejante a Dios un alma así dotada, podemos llamarla, con el
lenguaje de los Padres de la Iglesia, «divina» y «deiforme», ya
que es reflejo de aquella magnificencia, hermosura, santidad y
plenitud que distingue a Dios de todo lo creado y le coloca a
un nivel infinitamente elevado sobre cuanto no es Él.
Cuando la vida divina se difunde por nuestra alma, nos pasa
algo así como al hierro: el hierro que se pone al fuego, sigue
siendo hierro, pero va perdiendo la dureza y color naturales,
para ir adquiriendo, en cambio, el brillo, el ardor y la energía
que son propios del fuego y no del hierro. En virtud de la
gracia santificante adquiere el alma una cualidad nueva, algo
que sobrepuja en mucho a su naturaleza, algo gracias a lo cual
se transforma en imagen de Dios, en «deiforme» o semejante a
Dios, y adquiere la capacidad de convivir la vida de Dios en
forma perfecta, aunque limitada. A pesar de que este algo,
nuevo y superior, es también creado y del todo diverso de la
vida de Dios, basta para elevarnos altísimamente sobre nuestra
naturaleza humana, incluso sobre la naturaleza angélica, y
hace que podamos entablar relaciones totalmente
insospechadas con Dios, con nosotros mismos, con el prójimo,
las cosas todas y la vida.
En este sentido y sólo en éste hay que entender la frase
«vida divina en nosotros».
Nosotros, los hombres, podemos y debemos ser copartícipes
de esta vida divina; nosotros que, por causa del pecado
original, somos «hijos de la ira» (Eph 3, 3), «vasos de ira aptos
para la perdición» (Rom 9, 22) y que, sin embargo, la
benignidad infinita de Dios los transforma en «vasos de
misericordia, haciendo ostentación de las riquezas de su gloria
sobre los que han sido destinados por Él a la misma» (Rom 9,
23).
Los hombres participamos de la vida divina en la gloria
eterna de los cielos.
Allí será realidad eterna y beatificante lo que nos está
prometido: «He aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres;
y erigirá su tabernáculo entre ellos, y ellos serán su pueblo y el
mismo Dios será con ellos, y enjugará las lágrimas de sus ojos,
y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni
trabajo, porque todo esto es ya pasado» (Ap 21, 3-4). Como
dice el Concilio Vaticano, «Dios, en su bondad infinita, ha
destinado al hombre a participar de los dones divinos, que
superan toda inteligencia humana» (sesión 3, cap. 2).
Dios ha plasmado sabiamente nuestra naturaleza humana de
tal forma que, siempre y en todo lugar, el deseo ardiente de
nuestro espíritu y de nuestro corazón tiende al infinito, a lo
eterno, y no encuentra su sosiego más que en Él. Nuestro
espíritu reclama su saber sin límites, nuestro corazón exige un
amado que le pueda saciar para siempre y le haga eternamente
feliz: nuestros transitorios goces terrenos aspiran a desembocar
en una beatitud sin fin. Lo que de más notable hay en el
hombre tiende a amplitudes y profundidades infinitas: en
último término a la coposesión de la vida divina.
En la vida eterna que nos aguarda en el cielo, «desaparecerá
todo lo que es imperfecto» (1 Cor 13, 10); entonces sí que
tendremos «vida, y vida abundante» (Ioh 10, 10), «seremos
semejantes a Él» (1 Ioh 3, 2), poseeremos la vida de modo
parecido al suyo, no ya como aquí en la tierra, sólo como un
momento parcial y fugaz de nuestra existencia, sino para
siempre, en su fuerza y plenitud indivisas, igual que Dios la
posee simultánea y enteramente por eternidad de eternidades.
Las potencias de nuestro espíritu se verán penetradas,
transformadas e iluminadas por una nueva luz, luz que se
enciende al contacto con la llama de la divinidad y, una vez
encendida, sigue brillando eternamente en toda la plenitud de
su fuerza y de su ardor. Por medio de esta luz abrazaremos de
una sola ojeada al infinito, sus profundidades insospechadas,
sus ilimitadas amplitudes. Lo veremos «tal cual es» (1 Ioh 3,
2): sin velos, claramente, en un acto de visión único y eterno.
No como aquí en la tierra, paso a paso, en continuo forcejeo
desasosegado, en constante tantear, incierto siempre, siempre
afanoso, intranquilo, insatisfecho, sino con plenitud
eternamente perfecta. Nuestro espíritu participará entonces de
la sublimidad y perfección de la visión divina y concluirá ya
para siempre nuestra dolorosa tarea de amor fragmentario.
Seremos absorbidos por la llama del amor divino y nos
veremos cautivados por él.
Amaremos en un acto eterno de caridad, único,
ininterrumpido, semejante al de Dios. Al contacto con la llama
del amor divino se habrá renovado el nuestro a imitación del
suyo: amaremos con fuerza serena y entera todo lo es de Dios,
todo lo que Él encierra dentro de sí y todo lo que Él ama
amorosamente y ha sido creado por Él.
¿Quién puede comprender lo que Dios quiere hacer de
nosotros, los hombres, y lo que hará, a pesar de nuestra
absoluta indignidad? Lo único que podemos hacer es
asombrarnos y prorrumpir en una continua acción de gracias:
esto es, también, lo que haremos eternamente en la otra vida,
en los goces del cielo a los que Dios nos tiene destinados.
También aquí en la tierra tenemos el inestimable privilegio
de compartir la vida divina; pues «así como el Padre tiene la
vida en sí mismo, así dio también al Hijo el tener vida en sí
mismo» (Ioh 5, 26), la misma vida que tiene el Padre.
Procedente del Padre, el torrente de vida divina se derrama sin
límites, en plenitud increada e incesantemente en el Hijo, en el
Verbo, que es «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de
Dios verdadero». Al hacerse hombre encarnándose, el torrente
inmenso de vida divina ha irrumpido en el mundo creado, y, en
primer lugar, en la naturaleza humana asumida por el Hijo de
Dios en el seno de la Virgen. «Lleno de gracia y de verdad, y
de su plenitud todos hemos recibido» (Ioh 1, 14-16). El eterno
Hijo de Dios, en virtud de la aceptación de la naturaleza
humana, se ha convertido para nosotros en una especie de vid,
como Él mismo se designa: «Yo soy la vid, vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho
fruto» (Ioh 15, 5). El sarmiento recibe en sí la vida que de la
vid se difunde; del mismo modo recibimos nosotros, los
sarmientos, la vida de Cristo, si nos incorporamos a Él. Y no
hemos de temer que nuestra vida natural, humana, vaya a
extinguirse en esta unión vital con Cristo, antes al contrario, se
verá irrigada por su vida y sumergida en su plenitud y
feracidad. De este modo nuestra vida sobrenatural será tan
sublime, tan pujante y tan fecunda, que descollará
inconmensurable sobre todas las grandezas meramente
humanas y sobre todos los valores naturales.
El Hijo de Dios se hizo hombre y se inmoló en la cruz
precisamente para que pudiéramos participar de la vida divina.
«Porque tanto amó Dios al mundo, le dio su unigénito Hijo,
para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la
vida eterna» (Ioh 3, 16).
Participamos de esta vida divina uniéndonos a Cristo,
incorporándonos a Él por la fe y por la recepción del
sacramento del santo bautismo. El bautismo es un
renacimiento (1 Petr 1, 23), un nacimiento «según Dios, que
no según la carne» (Ioh 1, 13; 1 Ioh 3, 9). Los bautizados
somos una «nueva criatura» (Gal 3, 10; 2 Cor 5, 47), un
«hombre nuevo» (Eph 4, 24; Gal 3, 10), copartícipes de la
vida divina que nos ha sido infundida, «hijos de Dios» (1 Ioh
1, 12).
Lo que en el bautismo se inició, va desarrollándose en
constante crecimiento hacia la perfección por medio del
sacramento de la santa eucaristía. En ella viene a nosotros el
Señor en persona, como Dios y como hombre. «He venido
para que tengan vida, y la tengan abundante». Todos los días
quiere saciarnos de su vida, para introducirnos así cada vez
más profundamente en su intimidad e identificarnos con su
manera de pensar y querer, con sus juicios y su amor, su
oración y su constante oblación, de modo que, poseyendo su
vida, podamos llegar a decir, sin temor a engañarnos, «ya no
vivo yo, es Cristo quien vive en mí», La santa eucaristía es «el
pan de Dios que bajó del cielo y da la vida al mundo (Ioh 6,
33). «El que come mi carne y bebe mi sangre, tendrá la vida
eterna y yo le resucitaré el último día» (Ioh 6, 48; 51, 54).
Llenos de santa admiración, meditemos el sublime misterio
de haber sido llamados y elegidos para participar de la vida
divina; nada más grande podía ni puede dársenos. ¿Qué
significa la vida puramente natural y humana, tanto la corporal
como la espiritual, frente a esta vida divina? ¿Qué son el
talento, el genio, la ciencia, los bienes terrenos, el favor y la
estima de los hombres, la salud, la fuerza física o la del
espíritu, el prestigio, el poder y cuanto la vida terrena puede
brindarnos? ¡Qué pena sería que no conociéramos el don de
Dios, que no lo estimáramos en su justo valor!
Sólo Dios puede saber cuántos son los que prefieren trocar
el único bien verdadero, la participación de la vida divina, por
un bien terreno, pasajero, vano. «¡Señor, perdónalos, que no
saben lo que hacen!».

2. Estamos destinados por Dios a convivir su vida divina

Realmente, somos copartícipes de la vida de Dios, aunque


de modo limitado, creado. Esta coparticipación de la vida
divina nos impulsa y obliga a apropiárnosla, a realizarla en
nosotros, imitándola, en convivencia con Dios, ya que sólo
participamos, en realidad, de la vida divina cuando la
convivimos simultánea e íntimamente con Él. Es decir,
obtenemos esa participación por la unión de nuestro espíritu
con Dios, y un espíritu sólo se une con otro por la ejecución en
común de sus actos vitales.
Con esta reflexión se nos descubre un nuevo horizonte y
otra excelencia de nuestra vocación: en la participación de la
vida divina, se trata nada menos que de asimilar el modo de
pensar, saber, querer, amar propio de Dios, y así convivir con
Él; se trata de obrar siempre de tal forma que nos unamos
continuamente a la obra de Dios, que vive en nuestra alma.
Unión, por supuesto, a modo humano y limitado, en absoluta
subordinación a Dios y en completa y libremente consentida
sumisión a su voluntad.
Convivir la vida de Dios, compartir su modo de pensar y de
amar, ejecutar de común acuerdo los planes divinos, ¡qué
grandeza! Nuestra vida no se mueve ya dentro del corto plano
de los criterios, juicios, aspiraciones y acciones meramente
humano-naturales; se convierte en vida «sobrenatural», vida
elevada a un nivel infinitamente superior al de toda vida
puramente humana y que se va acercando de un modo gradual
a la infinitamente rica y potente vida de Dios. Éste, que vive y
obra en el alma así agraciada, la llena de su luz, de su pureza,
de su aversión a todo lo impuro y lo malvado, de sus
pensamientos, de su poder, de su amor y de su felicidad. Y así
el alma se hace «deiforme», imagen pura y brillante de Dios,
manifestación e irradiación de la vida de Dios, no ya
solamente en su misma sustancia, sino en su modo de pensar y
de amar, en sus sentimientos, en toda su conducta. Éste es el
secreto de nuestros santos; ellos sí que lo entienden bien y han
plasmado en sus vidas con la gracia de Dios la vida, los
sentimientos y los designios divinos que han experimentado en
el santuario íntimo de sus almas.
Éste es el excelso cometido para el que hemos sido
llamados: convivir la vida del Dios santo, fuerte e inmortal.
¡Convivir la vida de Dios! Para eso desciende a nuestras
almas el Dios infinito, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
estableciendo en ella su tienda y su morada. ¡Somos
habitación de Dios! «Si alguno me ama, guardará mi palabra,
y mi Padre le amará, y vendremos a Él y en Él haremos
morada» (Ioh 14, 23). En efecto, Padre, Hijo y Espíritu Santo
habitan en el alma que posee la gracia santificante, y viven en
ella la misma vida santa, rica y feliz que en el cielo: el Dios
santo y amoroso se entrega al alma, la penetra, la abrasa, la
aviva con la plenitud de su luz, de su poder y de su santidad, la
atrae al seno de su propia vida juntamente con todo el
complejo de sus potencias y sus acciones. No puede menos, el
alma, de convivir con gozo y con entera, pero libre, entrega
personal y amorosa, la misma vida que Dios vive en su
intimidad infinita. Así se ve cada vez más y más dominada y
transformada por el torrente de la vida divina. Se va elevando
progresivamente sobre el plano meramente natural y humano,
dejando atrás su impotencia, su estrechez de miras, su apego a
lo vil, a lo efímero, a lo pasajero. Se va despegando de esa
difícil atadura del amor desordenado al «Yo», de la afición a
las cosas, acomodándose progresivamente a las exigencias de
la vida de Dios, y su vida se convierte en deiforme, en vida
santa.
Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, vive ante nosotros
esa vida divina en forma visible, intuitiva, asequible,
humanizada.
Lo que piensa y quiere, hace y omite, su oración y su
sacrificio, sus obras y su doctrina, todo constituye la
manifestación de la vida divina en forma humana entre
nosotros y para nosotros, los hombres. Por eso nos dice el
Padre: «Oídle» (Mt 17, 5); por eso el Señor nos intima,
agrupándonos en torno suyo: «Aprended de mí» (Mt 10, 29).
Dios vive ante nosotros su vida divina en la persona de Cristo.
El que vive con Cristo la vida divina, tiene que elegir, como
Él, la pobreza, la sumisión a la voluntad ajena, el
empequeñecimiento, la humillación ante los hombres, la
privación, la cruz, la vida retirada de silencio y de oración; en
una palabra, justamente lo que el hombre natural rehúye y se
esfuerza en alejar de sí por todos los medios. «Aprended de
mí».
Nuestra sublime vocación es «conformarnos con la imagen
de su Hijo» (Rom 8, 29), «revestirnos del Señor Jesucristo»
(ibid. 13, 14), para que «así como llevamos la imagen del
hombre terreno, llevemos también la imagen del hombre
celestial» (1 Cor 15, 49).
Cuanto más realicemos en nosotros la imitación de Cristo,
tanto más viviremos la vida divina, y seremos «deiformes»,
semejantes a Dios. De aquí que la imitación de Cristo ocupe el
centro de la vida y la aspiración cristiana, como ejemplo y
módulo de nuestra posibilidad de convivir la vida de Dios en
nuestro carácter de criaturas humanas y de alcanzar la
perfección.
Para que de hecho vivamos esta vida divina y podamos dar
un valor divino a nuestras acciones, fatigas y preocupaciones
cotidianas, Cristo, nuestro Señor, nos admite a la comunión de
vida consigo y nos transforma en miembros de su cuerpo,
sarmientos de la vid que Él es. «Yo soy la vid, vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho
fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (Ioh 15, 5-6). Con
este fin de hacernos convivir su vida divina, Cristo nos ha
incorporado a sí en el santo bautismo, y refuerza esta
incorporación en cada comunión que recibimos, otorgándonos
fuerza para superar las maneras de pensar, sentir y obrar
puramente naturales y humanas, y manteniéndonos en la
convivencia y prolongación de su vida, lo mismo que la vid
hace con el sarmiento.
Además, en el santo bautismo nos ha infundido Dios, a la
vez que la gracia santificante, todas las virtudes
sobrenaturales: las tres virtudes teologales, fe, esperanza y
caridad, y las cuatro virtudes cardinales, prudencia, justicia,
fortaleza y templanza, y, en perfecta trabazón con ellas, toda la
compleja serie de las demás virtudes sobrenaturales, que
forman la corte de la gracia santificante, como la virtud de la
veneración de Dios, la humildad, castidad, paciencia,
obediencia, etc. Estas virtudes sobrenaturales, que son al
principio delicadas semillas, echan sus raíces en nuestra alma
y se desarrollan hasta convertirse en disposiciones habituales
mediante las cuales podemos apartar de nosotros con cierta
naturalidad y seguridad, todo lo malo, y comprender y soportar
la vida cotidiana con sus pequeñeces, los hombres, las
obligaciones, los sinsabores y sufrimientos, casi por nuestra
cuenta y apoyados en nosotros mismos. Todo esto lo hacemos
de un modo que contrasta con los juicios, sentimientos y
vivencias del hombre mundano; lo hacemos de un modo
semejante al divino: como Él ve, juzga, piensa y valora las
cosas y los hombres, sus pensamientos, sus intenciones y sus
obras, o sea de un modo «sobrenatural».
Por eso es fundamental la virtud de la santa fe. Por la fe nos
elevamos infinitamente sobre la capacidad y la luz de la razón
natural. La fe ilumina sobrenaturalmente la razón, prestándole
las fuerzas necesarias para identificarse con los juicios y
criterios de Dios y poder verlo todo, si se admite esta
expresión, con los mismos ojos de Dios. Por la fe nuestro
espíritu se vincula tan íntima y estrechamente con el Espíritu
de Dios, que asimila el modo de pensar, juzgar y saber divinos,
su sublimidad, certeza y verdad. El acto de fe excede toda
potencia racional natural y humana: es un acto «sobrenatural»
de participación en el saber divino, un ver con los ojos de
Dios, un juzgar y valorar a tenor de las medidas de Dios. Por
esto, es la fe, y sólo ella, la que está en grado de admitir y
comprender teóricamente las bienaventuranzas del sermón de
la montaña, y, si llega a ser viva, también prácticamente: la
bienaventuranza de los pobres de espíritu, de los mansos, de
los tristes, de los pacíficos, de los injuriados, desterrados,
perseguidos por amor a Cristo. La fe nos suministra una
actitud frente a las cosas y a los acontecimientos, un
enjuiciamiento y valoración de los mismos, que jamás podría
por sí solo obtener el pensamiento puramente natural, y que
por eso mismo parece, ante la consideración de los hombres
meramente racionalistas, algo totalmente irracional y
antinatural, que debe rechazarse.
La segunda virtud fundamental es la virtud sobrenatural de
la esperanza, que se nos infunde en el alma, mediante el santo
bautismo, juntamente con la semilla de la fe y de la caridad.
Ella es la fuerza motriz de la vida cristiana. Ella nos brinda la
segura expectativa de la eterna bienaventuranza, que Dios nos
ha prometido y nuestro Redentor nos ha merecido. Ella nos da
la firme convicción de que Dios nos dará todos los medios
necesarios para nuestra salvación eterna. Puesto que Dios nos
ha empeñado su palabra, confiamos en alcanzar con su gracia
la gloria que nos ha prometido. Sabemos, sí, las dificultades
que asedian a la consecución de la vida eterna. Conocemos
también lo desproporcionadas que son las fuerzas humanas
para la conquista del reino de Dios. Reconocemos de buen
grado que «somos incapaces de pensar algo
(sobrenaturalmente bueno) como de nosotros mismos» (2 Cor
3, 5). A pesar de todo, exclamamos con el Apóstol: «todo lo
puedo en Aquél que me conforta» (Phil 4, 13).
Aquí radica el secreto del cristiano: cuanto menos confíe en
sus propias fuerzas para salvarse, tanto más tendrá a su
disposición la ayuda y la gracia de Dios. Y cuanto más cuente
con la gracia y la ayuda de Dios, con su fidelidad y
omnipotencia, tanto más tendrá conciencia de que Dios
colabora con él y podrá decir con el Apóstol: «me basta su
gracia: puesto que de las flaquezas hemos de sacar la virtud.
Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis
debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo
cual me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en
las necesidades, en las persecuciones, en las angustias, por
Cristo; pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy
fuerte» (2 Cor 12, 9-10). En el desvalimiento del cristiano se
revelan el poder omnipotente y la acción omnicomprensiva de
Dios, a los que el cristiano se adhiere en sus pensamientos,
deseos y acciones sobrenaturales, colaborando con Dios en
sumisión completa a su voluntad. Alegre, victorioso,
rebosando ánimo y confianza en Dios, puede hacer suya la
expresión del Apóstol: «lo puedo todo». Y «la esperanza no
quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en
nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha
sido dado» (Rom 5, 5).
«Ahora quedan estas tres cosas: la fe, la esperanza, la
caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad» (1 Cor
13, 13). La caridad del cristiano es enteramente nueva, divina,
es una participación de la caridad de Dios. Es una caridad
completamente saturada del ardor y la pureza de la caridad
divina, y, por eso, pertenece a esa especie singular de amor
que es propia de Dios.
Dios se ama a sí mismo y ama todo lo creado: a sí mismo
como sumo bien que comprende y resume toda bondad; a los
seres, creados precisamente por amor, como reflejo, imagen e
irradiación de su propio ser, como seres en los que se reconoce
y redescubre, en los que se ama a sí mismo. Nuestra condición
de cristianos nos eleva a esta forma divina de amar: amamos a
Dios por sí mismo; los seres creados, los hombres y las cosas,
los amamos por amor de Dios y en relación con Dios, es decir
como Dios los ama. Con nuestro amor entramos en Dios, y
cuanto amamos lo amamos a partir de Dios. Así los cristianos
amamos a Dios y cuanto Él ha creado, del mismo modo que Él
ama. Nuestra caridad queda incluida, así, en el torrente de
amor infinitamente santo con que Dios ama, y orientada hacia
Él. Es una caridad realmente sobrenatural, elevada
inmensamente sobre todo amor puramente humano, natural,
por noble que fuere; cuánto más sobre el amor impuro, sensual
e instintivo. La caridad cristiana es el amor del que escrito
está: «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones
por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,
5).
¿Por qué, pues, hemos de extrañar que la caridad cristiana
sea tan vigorosa, pura y heroica, y que todo lo supere? «La
caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es
jactanciosa; no se hincha; no es descortés, no es interesada, no
se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se
complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo tolera» (1 Cor 13, 4-7). La caridad cristiana es
tan sublime y potente precisamente por ser una participación
de la divina; penetra y cautiva nuestra voluntad de tal manera,
que la asimila a la de Dios, haciéndole compartir sus
designios, siempre infinitamente santos y puros. Y ¿puede
haber para nosotros algo más santo y más alentador que
compartir la voluntad divina y diluir nuestros deseos en los de
Dios? ¡Feliz el que haya conseguido este «amor de
uniformidad» en todo, en las alegrías y en los sufrimientos, y
no atienda ya a sus deseos y caprichos, habiéndose sumergido
totalmente en la identidad con la voluntad divina!
Pero nuestra vocación cristiana alcanza todavía más alto. En
el bautismo se nos infundieron, además de la gracia
santificante y de las virtudes sobrenaturales, los llamados
dones del Espíritu Santo: don de sabiduría, de entendimiento,
de consejo, de piedad, de ciencia, de fortaleza, de temor de
Dios. Aunque esté sometida al influjo de la gracia, nuestra
naturaleza sigue siempre sujeta a los efectos del pecado
original, es decir, a su propia imperfección, y no es capaz de
aspirar por sí misma, de un modo perfecto, a la meta
sobrenatural. Le falta ese estímulo interno, tan peculiar y tan
necesario también en cada momento, para elevarse a las
cumbres de la santidad cristiana, Pero Dios quiere que
escalemos estas cumbres; para esto infunde en nuestra alma
los dones del Espíritu Santo, que nos capacitan para seguir sin
resistencia la llamada de Dios y dejarnos arrastrar por el soplo
del divino Espíritu a las alturas de la existencia cristiana. Nos
domina y mueve un poder del todo nuevo: no ya las
ponderaciones y reflexiones humanas, sino directamente el
mismo Espíritu Santo, que nos impulsa.
Podemos compararnos a una barca en el agua a la que ya no
hiciéramos avanzar a golpe de remo, sino dejando que el
viento hinchara sus velas. Poseídos y arrastrados por el
Espíritu Santo, realizamos obras realmente santas, y en ellas
nos elevamos sobre el modo de obrar meramente humano.
Nuestra voluntad humana ha adquirido el ritmo y la
regularidad del querer y el obrar de Dios; nuestras acciones
son más suyas que nuestras. Es entonces cuando
experimentamos como nunca cuán cierto es que, más allá de
todo querer y obrar nuestro, puramente humano, estamos
totalmente absorbidos en el obrar y el querer divinos. «Que el
que se gloríe, se gloríe en el Señor» (1 Cor 1, 31), «que es el
que infunde en nosotros el querer y el obrar según su
beneplácito» (Phil 2, 13).
La cumbre de nuestra vocación, el pensar, querer y obrar
siempre a lo divino, en una palabra, el convivir la vida de
Dios, obtiene su realización perfecta en la vida del más allá, en
el cielo. Entonces «seremos semejantes a Él, porque le
veremos tal cual es» (1 Ioh 3, 2). «Ahora veo por un espejo y
oscuramente, entonces veremos cara a cara. Al presente
conozco sólo en parte, entonces conoceré como soy conocido»
(1 Cor 13, 12). ¡Conocer a Dios como es en sí mismo, en toda
la plenitud de su ser, de sus perfecciones, de su sabiduría, de
su justicia y misericordia, de su pureza y santidad, de su
fecundidad infinita, que se despliega eternamente en las tres
divinas personas! A esta contemplación de Dios hay que unir
el éxtasis de amor nunca experimentado aquí, en la tierra, que
llena y arrebata toda el alma, amor que la hace profundamente
feliz, amor que no se extinguirá jamás.
Pero ¿cómo es posible esta visión de Dios y el eterno
éxtasis de amor? Solamente porque Dios nos permite
participar de su naturaleza, y de su modo de conocerse y
amarse, y asimilarnos este conocimiento y amor. De este modo
adquiriremos conciencia eterna de lo que significa haber
nacido de Dios (Ioh 1, 13), ser «partícipes de la naturaleza
divina» (2 Pet 1, 4) «hijos de Dios y herederos del cielo» (Rom
8, 16-17). Por este camino alcanzaremos nuestro último fin,
que no está en nosotros mismos, sino en Dios, en la
santificación de su nombre y el cumplimiento de su voluntad.
Todo lo que el hombre es, todo lo que posee, sus dones de
naturaleza y de gracia, su santidad y su virtud, su vida, su
porvenir, sus bienes, todo lo que no es propiamente Dios es
sólo medio y camino para la obtención del último fin: la
glorificación de Dios. Cuanto más perfectamente participemos
y convivamos la vida de Dios tanto más nuestros sentimientos
y aspiraciones, nuestros sufrimientos y nuestras obras serán
una exaltación de Dios, y tanto más nos quedaremos absortos
admirando su plenitud infinita, amándole y gustando de su
propia felicidad, y llenos del torrente de sus delicias
cantaremos incesantemente sus alabanzas.
Participando de la vida de Dios, cumpliremos el principal
mandamiento, en el fondo el único, que Dios nos dio:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12, 30).
«¡Amarás!». «El amor es la suprema glorificación. Al amar,
concentramos todo nuestro ser y querer y lo ponemos al
servicio del que amamos». «¡Amarás!»: Éste es el gran
mandamiento que comprende los demás, el gran deber que
encierra todos los deberes. Es nulidad y vanidad cuanto no
aspira a glorificar a Dios por el camino del amor. Al llamarnos
Dios a la existencia, nos ha creado para que le demos gloria; y
para que, conviviendo su vida divina, alcancemos lo que
nuestro ser incesantemente reclama: nuestra salvación, nuestra
felicidad. Dios ha ligado nuestros intereses a los suyos, nuestra
vida a su vida, nuestra felicidad a su felicidad, y hay que
tenerlo bien en cuenta: sólo tendremos verdadera felicidad si le
glorificamos y servimos, y según la medida del amor con que
le sirvamos.
Dios ha dispuesto las cosas así por el bien de nosotros, los
hombres. Sólo para que seamos felices, nos da unos
mandamientos, nos envía fatigas y pruebas, amarguras y
sufrimientos en la vida terrena; nos ha llamado a una meta
altísima y ésos son los únicos medios para alcanzarla.
Y nosotros, los hombres, ¿qué hacemos? ¡Pensamos tan
poco en lo que más nos importa, nos preocupamos tan poco en
saber cuál es el plan de Dios respecto a nosotros! Poco
tardamos en olvidar la gratitud debida al hijo de Dios. Si Él no
hubiera venido, si no hubiera tomado sobre sí la cruz, si no
hubiera expiado nuestros pecados con su muerte, habríamos
sido arrojados para siempre a lo más profundo del infierno, a
la eterna oscuridad y muerte.
«Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante»
(Ioh 10, 10).
¡Vivamos más de la fe! ¡Qué ánimos cobraríamos y qué
dicha sentiríamos si se impregnara nuestra conciencia de la
grandeza de los designios divinos sobre nosotros!
II. PARA DIOS

«Haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos para


Dios en Cristo Jesús» (Rom 6, 11).

Compartir la vida divina: ésta es la cumbre a que se nos


encamina.
Pero Dios vive de por sí, tiene fin y objeto en sí mismo; al
contrario de nosotros, que lo encontramos en otras cosas, en lo
exterior. En Él se contiene la plenitud de toda bondad y de
todo lo apetecible, y esta plenitud es tan enorme, que no puede
ser completada ni aumentada con ningún otro bien. Los seres
que existen fuera de Él son solamente una revelación, un
reflejo, una emanación y una descarga de la plenitud de bien
que Dios encierra en sí: todos son infinitamente inferiores a
Él; en conjunto y en particular, son nada en su comparación.
¿Qué pueden ser, pues, para Dios? El único bien para el que Él
puede persistir, el centro de todo vivir y querer divinos, no
puede ser otro que su propia infinitud. Dios vive su propia
vida; y nosotros, los hombres, la convivimos. También, pues,
nosotros vivimos, en fin de cuentas, sólo y únicamente para
Dios.

1. El hecho: vivimos para Dios

Convivimos la vida de Dios «en Cristo Jesús», la cabeza a


que pertenecemos como sus miembros. De Él nos afirma el
Apóstol: «muriendo, murió al pecado una vez para siempre;
mas viviendo, vive para Dios» (Rom 6, 10). Su vida humana y
su vida en la tierra están totalmente dedicadas a Dios. «No
cumplo mi voluntad, sino la del que me envió» (Ioh 5, 30),
«no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga» (Ioh 8, 50);
«mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar
su obra» (Ioh 4, 34); «yo hago siempre lo que es de su agrado»
(Ioh 8, 29). Cuando san Pablo quiere resumir en una palabra el
espíritu y la vida del Verbo encarnado, no encuentra mejor
expresión que ésta: «se hizo obediente hasta la muerte, y
muerte de cruz» (Phil 2, 8). Cristo vivió para el Padre todos
los años que pasó en la tierra; para la gloria, voluntad, deseos e
intenciones del Padre, vive aún noche y día en los silenciosos
tabernáculos de nuestras iglesias. Toda su vida es amorosa
dedicación al Padre. En el diario sacrificio nos une a nosotros,
miembros de su cuerpo místico, a sus oraciones y alabanzas.
Es tan grande su amor al Padre, que le determina a multiplicar
en nosotros la dedicación a Dios que constituye su vida entera.
Por esta razón nos ha incorporado a sí en el santo bautismo.
Los hombres recibimos de nuestros padres la vida natural, mas
ellos no pueden impedir que contraigamos el pecado original
en el preciso momento en que nos dan la vida. Si el Señor no
nos elevara a su altura, seguiríamos apegados a los deseos de
la carne. «Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran
amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por
nuestros delitos, nos dio vida (en el santo bautismo) por
Cristo» (Phil 2, 4-5). Hemos renunciado al demonio, a la carne
y al mundo con sus placeres y vanidades; hemos pronunciado
nuestro decidido abrenuntio a todo lo que es contrario a Dios,
a todo lo que nos aleja y separa de Él. A la pregunta: «¿Crees
en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?», hemos contestado que
creemos. «Creo»: es decir, me entrego a Dios, me pongo de su
parte. Me consagro a Dios con todo mi ser, con toda mi
voluntad, con todos mis sentidos y potencias. Y entonces
fuimos bautizados «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo».
Desde aquel momento ya no nos pertenecemos. No vivimos
para nosotros, ni para ninguna criatura, llámese hombre o
cosa, ciencia o arte, trabajo o placer, riqueza o salud o belleza.
Desde aquel momento pertenecemos a Dios en Cristo Jesús, y
vivimos con Cristo para el Padre.
Éste es el significado del santo bautismo.
Fuimos bautizados para participar en la celebración del
sacrificio eucarístico, centro y vértice de toda la vida cristiana.
En el momento del ofertorio, depositamos en el altar, por
mano del sacerdote, con los dones del pan y del vino, nuestro
corazón, nuestra personalidad, nuestros deseos e inclinaciones,
todo lo que somos, tenemos y podemos, todo lo que nos alegra
y nos hace sufrir. «Con espíritu de humildad y corazón contrito
seamos acogidos por ti, oh Señor» (ofertorio); queremos llegar
a ser una pura ofrenda a Dios, a semejanza de Cristo nuestro
Señor, que se sacrifica por nosotros, ser un mismo espíritu y
una misma voluntad con Él.
En el ofertorio, nos despegamos de cuanto no es Dios
mismo y de cuanto no está consagrado a glorificarle,
renunciamos a todo movimiento de amor propio, a toda afición
desordenada a las cosas creadas. Sólo así nos preparamos para
ser ofrendados juntamente con Cristo. En la consagración, nos
transformamos, con Él, en una «hostia pura, santa,
inmaculada», elevados sobre todo lo creado en Cristo y con
Cristo, entregados y consagrados a Dios. El día que hemos
comenzado con esta participación en el sacrificio eucarístico,
está consagrado al Señor: le pertenece por entero y sin
reservas. Le pertenecen nuestros pensamientos y todo nuestro
amor. Le pertenecen nuestras obras y nuestras fatigas y todos
los instantes de la jornada. En efecto, durante la consagración
también nosotros hemos sido consagrados a Dios con Cristo y,
como Él, vivimos ya únicamente para el Padre. Y, en la
comunión, Jesús en persona habita en nuestras almas: «Yo
vivo, y también vosotros viviréis» (Ioh 14, 19). Él es el canal
que conduce a nuestras almas las caudalosas aguas de su santa
vida, toda entregada al Padre. «Así como me envió mi Padre
viviente y vivo yo por mi Padre, así también el que me come
vivirá para mí» (Ioh 6, 57). Jesús une el alma al amor con que,
como Hijo, ama al Padre; la introduce en su corazón, la reviste
de su ardiente caridad, para que «en Él, con Él y para Él» ame
al Padre y viva para el Padre. Jesús le enseña, y le empuja, a
adorarle, a alabarle, a entregarse a Él como Jesús mismo hace.
Vivamos la vida de Cristo, asimilemos sus modos de pensar
y de querer. Que también de nosotros pueda decirse: «bien
sabemos que vive para Dios», con el espíritu y la fuerza de
Cristo (Rom 6, 10).
Para los religiosos hay que añadir otra consideración.
Hemos pronunciado votos de pobreza, castidad y obediencia.
¿Con qué fin? Para desprendernos consciente, libremente, con
ayuda de aquellos santos votos, de toda clase de pesada
atadura a los bienes materiales, a los amores terrenos y a
nuestra libertad personal. Sólo para poder vivir totalmente y
sin traba alguna para Dios y su amor.
¡Para Dios en todo y para siempre! Si Dios vive
exclusivamente para sí, vivamos nosotros exclusivamente para
Él. «Haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos
para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6, 11).

2. ¿Qué encierra esta «vida para Dios»?

«Cristo, muriendo, murió al pecado de una vez para


siempre». Compartimos nosotros su vida. «Haceos cuenta de
que estáis también vosotros muertos al pecado» (Rom 6, l0-
11).
El primer paso en la «vida para Dios», el decisivo, consiste,
pues, en morir al pecado, en romper completamente y sin
compromisos, no sólo con el pecado mortal, sino también con
el venial, con las imperfecciones e infidelidades conscientes y
deliberadas. Si queremos vivir para Dios, debemos librarnos
de toda participación en el pecado, debemos estar dispuestos a
cualquier sacrificio para precavernos contra un pecado o una
infidelidad consciente, debemos sustraernos con voluntad
inflexible a toda ocasión de pecado. Abandonemos los anchos
caminos que llevan a la perdición (Mt 7, 13). Las opiniones y
los criterios de los hijos de este mundo no deberán nunca más
influir nuestra conducta, ya que sabemos que «todo lo que hay
en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de
los ojos y orgullo de la vida» (1 Ioh 2, 16), y, por lo tanto,
alejamiento de Dios.
«Vivir para Dios» significa también vivir para lo creado:
para la salvación del alma propia y la de los demás, para la
familia, la profesión, el justo bienestar material, el
cumplimiento de los deberes, la ciencia, la salud física; vivir
para las grandes causas de la sociedad y de la patria. Pero
siempre de modo que, aun aspirando a la felicidad terrena,
cuidando de la familia y de los prójimos, cumpliendo los
deberes del propio estado, no nos detengamos en las cosas
creadas, sino que miremos más allá de todo lo que nos rodea o
momentáneamente se nos exige, y atendamos directamente a
Dios: a Él, y no a nosotros, debemos referirlo todo. No
debemos buscar satisfacción o placer personal, ni éxito y
honor entre los hombres, ni ventaja, ganancia o provecho.
¡Dios en todo! Sólo así estableceremos relaciones justas con
los hombres, con las cosas, el trabajo, las penas y los
sufrimientos y guardaremos la debida proximidad y la debida
distancia con todas las cosas.
Vivir para Dios implica finalmente una triple actividad: ver,
abandonarse y amar a Dios en todo.
Ver a Dios en todo. Necesitamos ante todo ojos iluminados
por la fe; ojos que, en todo lo que el día nos presenta, no vean
sólo la actividad de la naturaleza, la obra de hombres mejor o
peor intencionados, sino la benevolencia, la providencia y la
mano de Dios. Él es quien todo lo predispone y dirige, el que
da y el que quita; la gran realidad que se oculta detrás de cada
suceso y de toda experiencia.
Confiarse a Dios en todo. Si hemos de vivir realmente para
Dios, no reconoceremos más que su santa voluntad ni nos
dejaremos guiar más que por ella. Su ley y su voluntad serán
nuestra norma y nuestra fuerza. Nunca haremos cosa alguna
que pueda desagradarle ni que sea contraria a su ley y a su
voluntad. Renunciaremos de buen grado a nuestros deseos y a
nuestros gustos personales, para hacer solamente lo que a Él le
place. Con fe y amor nos someteremos a todos los deseos,
decisiones y permisiones de la providencia; a todas las
humillaciones y contrariedades de la vida exterior e interior, y
asentiremos con nuestro «fíat», amorosa y humildemente, a
todo lo duro que el Señor nos imponga. «Según tú gustes,
como tú lo quieras y porque tú lo quieres: hágase tu voluntad
sobre todas las cosas».
Amar a Dios en todo. «El temor de Dios es el principio de
la sabiduría», de la vida perfecta. Pero la perfección se alcanza
solamente en el amor, porque gracias al amor, y sólo a él, nos
olvidamos de nosotros mismos y de las cosas que nos
circundan, obrando solamente para Dios y sacrificándole toda
criatura. El amor hace que Dios signifique y sea todo para
nosotros, el sol en cuyo derredor nos movemos. Sólo por el
amor somos capaces de dirigir nuestros pensamientos y
nuestras intenciones al Señor, de verle en todo y de encontrarle
en cualquier parte, de escuchar continuamente su voz y vivir
exclusivamente para Él; sólo el amor hace que interpretemos,
refiriéndolas a su benevolencia, todas las cosas. El amor hace
que nuestros deseos y nuestras inclinaciones estén consagradas
a Él, que no nos liguemos desordenadamente a ninguna
criatura, sino que nos mantengamos en relación con Dios y
santifiquemos las inclinaciones y el amor, justificados y
necesarios, hacia determinadas personas o actividades. El
amor nos impulsa a buscar siempre en primer término a Dios y
a su gloria y a elevarnos sobre el amor propio y el respeto
humano. Nos fortalece para soportar con calma y resignación,
y aun para aceptar con alegría y agradecimiento, todo lo
penoso y desagradable que nos trae cada día.
El amor tiene una sola respuesta a todo lo que la vida nos
quita o nos da: por ti, Dios mío, por tu amor; como tú lo
quieres y porque así es como lo quieres.
Dios, su santa voluntad, su agrado: ninguna otra cosa toma
el amor en consideración. Por eso reduce enérgicamente a
sumisión a todas nuestras inclinaciones, opiniones y
tendencias: a nuestro entero modo de obrar. El amor debe
reinar como un soberano; es la llama que llega al cielo y que
transforma en fuego todo lo que en nosotros pueda encontrar o
alcanzar: la oración, el trabajo, las renunciaciones, los
sufrimientos, los sacrificios. Así vivimos como quienes,
muertos al pecado, viven para Dios en Jesucristo nuestro
Señor.
Ésta es, pues, nuestra tarea de todos los días y todos los
momentos: vivir para Dios, sólo para Dios. «Yo soy el Señor
tu Dios: no tendrás otro dios que a mí» (Ex 20, 2). ¡Ningún
ídolo! No puede haber término medio en la vida religiosa: o un
alma siente a Dios como a su todo, o se siente ella centro del
universo, astro a cuyo alrededor todo se mueve: quien no vive
para Dios, necesariamente vive para sí mismo, llegando hasta
pretender que los demás e incluso Dios se sometan a sus
caprichos.
«¡Vivir para Dios en Jesucristo!». Este Dios infinito se nos
entrega con toda la plenitud de su ser y nos llama a su servicio
personal: toda otra servidumbre es irrisoria e indigna. ¡De este
modo es como honra Dios al hombre!
¡Vivir para Dios! Ésta es nuestra verdadera grandeza y
nuestra verdadera dignidad: dignidad que no se mide por las
acciones externas, por el linaje o el título, por la excelencia o
el cargo, no por la aureola que a uno le rodea por méritos de su
carácter, talento, saber, sino únicamente por el fin para el que
uno vive. El que aspira a más alta meta, es el más alto. El que
vive totalmente para Dios y sólo a Él sirve, es el más digno.
¡Vivir para Dios! Ésta es la única verdadera felicidad del
hombre. Con sabiduría y bondad admirables ha enlazado Dios
mi pobre vida a la suya; sólo seré feliz si vivo para Él, si me
entrego a su voluntad y sirvo sus intereses, su agrado y su
gloria. «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón
andará inquieto hasta que descanse en ti», dice san Agustín.
Pocos han conocido como este santo en sí mismo la verdad de
estas palabras.
¡Vivir para Dios! Lo que en mí no vive para Él y no le sirve
sólo a Él; lo que en mi vida no vence al amor propio, al afecto
a esta criatura o a esta ocupación, al temor y al respeto
humano; lo que en mi vida no supera la preocupación
desmedida por el bienestar material, físico o moral: todo esto
no es más que vanidad, locura, bancarrota. Sólo lo que se hace
por Dios y para Él tiene valor, aunque cueste sacrificios.
¿Para qué vivo? ¿A quién sirvo? ¿A quién pertenecen mis
pensamientos, mis secretas aspiraciones, mis afectos, mis
preocupaciones, mi trabajo? ¿Son, en realidad, del Señor, o,
acaso, son más bien míos, de mi amor propio?
¿Vivo para Dios en todo, incluso en mis aspiraciones a la
santidad y en mi piedad, incluso en la educación y en el
cuidado de las almas que tengo encomendadas? ¿Vivo
verdaderamente para el Señor y no para mí? ¿Vivo
enteramente, solamente, para Dios, para su gloria, para
cumplir su santa voluntad?
III. SED PERFECTOS

«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,


48).

Hemos de participar en la vida de Dios, si bien en forma


creada y limitada. Esto nos enfrenta a una tarea: «Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Los
cristianos somos perfectos cuando ordenamos nuestros
pensamientos y nuestra voluntad, nuestras acciones y
omisiones, nuestros sentimientos y aspiraciones y todas
nuestras cosas conforme a la santa voluntad de Dios, sin
desviarse un ápice ni a la derecha ni a la izquierda, sin faltar
por más ni por menos. Orar perfectamente, cual debe ser la
oración; amar a Dios perfectamente sin reticencias, siempre y
en todo; ser perfectos en la paciencia ante el dolor y el
sufrimiento y las decepciones diarias; amar perfectamente a
todos los hombres, a cada uno de ellos en nuestros
sentimientos, en nuestras palabras, en nuestra conducta, sin
falta ni omisión alguna: todo esto es sencillamente
sobrehumano. «¡Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto!».

1. Sed perfectos

Por el santo bautismo, el cristiano lleva en su alma la gracia


sobrenatural, la gracia «santificante», que es el germen y raíz
de la vida sobrenatural. Pues bien, lo mismo que toda raíz
sana, posee la gracia santificante un impulso a crecer y
desarrollarse, y por ende el bautizado está también sometido a
esa ley de aspiración al crecimiento y a la perfección:
sustraerse a esta ley implica detenerse en su desarrollo y
desmedrar. De igual modo que son muchos los obstáculos que
contrarrestan el desenvolvimiento de toda vida natural, un
inmenso número de fuerzas y potencias enemigas acechan la
vida sobrenatural en su misma existencia. Quien no trabaje
seriamente por el constante progreso de su vida sobrenatural,
tarde o temprano tendrá que sucumbir al influjo de los
obstáculos destructores; porque no avanzar significa,
simplemente, retroceder.
De aquí nace el deber fundamental de todo cristiano: aspirar
con todo ahínco a la meta de la perfección y procurar ser más
perfecto cada instante. Solamente así podrá conservar la vida
sobrenatural y asegurar su florecimiento.
«¡Sed perfectos!». Con indecible amor nos ha acogido el
Señor, por el santo bautismo, en su propia vida, para que
«participáramos de la divina naturaleza» (2 Petr 1, 4). Con el
principio de vida sobrenatural que es la gracia santificante, nos
ha regalado las tres virtudes teologales: fe, esperanza y
caridad, como pies con los que caminar hacia Dios y brazos
con los que poder abrazarle; y otras muchas virtudes con las
que podemos orientar hacia Dios y sus divinos fines nuestro
quehacer cotidiano con las cosas terrenas.
Injertados por el bautismo en la vid que es Cristo,
quedamos sin más incorporados a la Iglesia, nos hacemos hijos
de ella. Nuestras son, entonces, las sagradas Escrituras,
divinamente inspiradas, del Antiguo y Nuevo Testamento;
nuestros los santos sacramentos: nuestro Cristo en la sagrada
eucaristía, víctima y alimento de nuestro espíritu; nuestros los
méritos y las virtudes, las oraciones y reparaciones de Cristo y
de sus santos, de todas las almas puras y amantes de Dios en el
cielo y en la tierra.
Por el santo bautismo el mismo Dios, el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo se establecen en nuestra alma para estar cerca
de nosotros, atraernos amorosamente al círculo de su vida
divina y proseguirla misteriosamente en nosotros. ¿No
debemos, no podemos llegar a ser perfectos, como es perfecto
nuestro Padre celestial?
Si el bautismo es el sacramento de la regeneración, la
confirmación es el sacramento del perfeccionamiento, del
vigor cristiano, de la madurez sobrenatural. La confirmación
trasplanta al bautizado al estado de mayor de edad, de adulto.
Ahora posee el cristiano la plenitud de la gracia y «tiene que
extender en su derredor el encanto y perfume de todas las
virtudes» (Catecismo Romano). Para eso se recibe en la
sagrada confirmación al Espíritu Santo y el cristiano está
desde ese momento llamado a comportarse varonilmente,
llevando una vida cristiana perfecta. El cometido de avanzar
en la perfección, que se nos impuso en el santo bautismo,
apremia y urge más desde que se ha recibido la confirmación.
Cuantas veces celebramos con recta intención y la debida
disposición de ánimo el sacrificio eucarístico, o lo
concelebramos con el sacerdote, nos compenetramos con el
sacrificio que Cristo ha realizado en la cruz. Con un rotundo sí
de nuestra voluntad, nos unimos a su oblación, nos apropiamos
los excelsos sentimientos y los fines del sacrificio con el que el
Señor se inmola por nosotros.
Cuando en la santa comunión el Señor se nos da como
alimento, su espíritu, su capacidad de sacrificio impregnan y
saturan lo más profundo de nuestro ser. Nos sentimos entonces
capaces de santificar nuestra vida cotidiana, con sus trabajos y
luchas, sacrificios y fatigas. Gracias a la virtud del sacrificio
eucarístico y a la participación del santo convite, la jornada del
auténtico cristiano viene a ser un ininterrumpido santo
sacrificio de adoración, acción de gracias, alabanza y
expiación, de amorosa entrega a todo lo que Dios nos da que
hacer, sobrellevar y sufrir conforme a su santa voluntad. La
participación en la santa misa nos ofrece así diariamente una
preciosa ocasión de adentrarnos cada vez más íntimamente en
el espíritu de sacrificio del Señor, en su abandono en manos
del Padre, en su obediencia hasta la muerte: llega a ser un
deber cada día más grave y apremiante el sacar de la santa
comunión las fuerzas y los ánimos para edificarnos
interiormente en entrañable vinculación de espíritu y voluntad
con Cristo, para autoinmolarnos y vivir en amor total, e
indivisiblemente unidos a Cristo y a Dios. «¡Sed perfectos!».
«¡Sed perfectos!». En primer lugar, Dios, su gloria, el
cumplimiento de su santa voluntad. ¿Quién da más gloria a
Dios? ¿Quién se abandona más, totalmente y sin reservas a las
disposiciones y normas de la providencia? El santo. Una sola
alma perfecta glorifica a Dios mucho más que miles de
imperfectas, ya que un solo acto de amor, tal como lo realiza
un alma perfecta, tiene mayor valor ante Dios que todos los
actos de amor de tantas almas que aún no han alcanzado la
perfección. El alma perfecta se ocupa constantemente en tales
actos de amor. Si queremos honrar a Dios de verdad y con
todo fervor, hemos de procurar por todos los medios superar
las imperfecciones y vivir para la perfección.
«¡Sed perfectos!». En segundo lugar, la salvación de
nuestra alma. ¿Cómo nos la aseguraremos mejor? Trabajando
sincera y eficazmente por la perfección; cuanta más urgencia
nos demos en alcanzarla, con tanta más seguridad nos
preservaremos del pecado, de todo pecado, por insignificante
que pueda parecernos. Quien lucha para llegar a la perfección,
sabe resistir a las ocasiones y halagos del mal, pues tiene ante
los ojos un ideal que le subyuga, le apremia, le espolea
constantemente, sin dejarle un momento de descanso: no podrá
contentarse con medianías.
«¡Sed perfectos!». Nuestro tiempo necesita santos. Todos
lamentan que la situación del mundo haya venido a ser
insostenible e insanable. ¿Qué puede ya salvar al mundo de
hoy? No la ciencia, ni el trabajo, ni la industria, ni la técnica.
Únicamente la santidad, la santidad de los cristianos, sobre
todo la de sacerdotes y religiosos. Tenemos urgente necesidad
de cristianos perfectos, de sacerdotes y religiosos, estudiantes
y empleados, obreros y patronos. Quien quiera ser útil al
mundo, a la Iglesia, a la patria, a la humanidad, deberá
comenzar por sí mismo, esforzándose en recorrer el camino de
la perfección cristiana. ¡Cuán descristianizada está hoy la vida!
¡Cómo ha penetrado el espíritu del mundo en la Iglesia, en las
comunidades y parroquias, en las familias, en las inteligencias
y corazones de los hombres! Nosotros, hombres de hoy, nos
vemos interiormente divididos, como desgarrados, perdida
toda íntima y profunda relación con Dios, inconscientes y, por
tanto, infelices, amargados, sin verdadera y radical alegría,
cansados de vivir y sin ánimos para seguir viviendo.
Junto a todo esto, tantas preocupaciones de los superiores
eclesiásticos y del clero, tantos libros buenos: tantas misiones,
academias, discursos, sermones; aun las mismas santas
confesiones y comuniones, las peregrinaciones, los oficios
divinos y las festividades religiosas tan detalladamente
organizadas y ejecutadas con tanta pompa. Y siempre de
nuevo la misma amarga experiencia: el dispendio es grande y
el fruto pequeño y efímero. Y viene siempre de nuevo el
enemigo y siembra cizaña, y la cizaña abunda inmensamente
más que la buena siembra. En realidad, sólo una cosa puede
poder aportarnos remedio: la seria aspiración a ser perfectos,
el firme propósito de obrar siempre con viva y enérgica virtud
cristiana; en una palabra, la santidad, que, como toda vida
auténtica, ha de empezar echando sus raíces en el interior. No
es que se desprecie lo externo, pero ha de brotar del fondo del
alma. El alma de la perfección es la vida interior, el íntimo
despego de las cosas del mundo, la ruptura con todo pecado
consciente, con todo egoísmo, la renuncia a todo lo que no es
Dios y que, por tanto, nos dificulta la unión con Él, el ansia de
humillación, la penitencia, la expiación, el sentirnos siempre
en presencia de Dios, la oración, el recogimiento, el amor de
Dios sobre todas las cosas, la prontitud de ánimo para hacer y
sufrir cualquier cosa, soportarlo y ofrecerlo todo como Dios lo
da y lo dispone, como Él lo permite y ordena. Esto es
precisamente lo que los tiempos actuales esperan y exigen de
nosotros, los cristianos: una vida de perfección cristiana.

2. Cuándo somos perfectos

Somos perfectos si amamos y en la medida en que amamos.


«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con toda tu mente; y al prójimo como a ti mismo» (Mt
22, 37-39). El amor es la expresión más sublime, la cifra y
resumen de nuestra capacidad. En el amor resumimos todo
nuestro ser, sentir, querer y aspirar, y lo entregamos
incondicionalmente al servicio del ser que amamos. El amor es
el modo más perfecto de glorificar a Dios. Por el amor es
como mejor cumplimos sus mandamientos. Del mandamiento
del amor a Dios y al prójimo «dependen toda la ley y los
profetas» (Mt 22, 40). Al amor se refieren todos los
mandamientos; más todavía, él es la satisfacción de todas las
leyes, porque sin él no hay satisfacción; es el alma de todas las
virtudes, es toda la virtud. Si falta el amor, falta todo; pero,
habiéndolo, todo lo tenemos con él; las virtudes brotan del
amor como de su raíz natural, están a su servicio, le allanan el
camino de tal modo que el alma amante puede realizar o
sacrificar con facilidad, con valentía y con alegre prontitud
todo lo que el amor le exige.
Somos, pues, perfectos en la medida en que amamos. ¿A
quién? A Dios y al prójimo. Por eso pone el Señor como signo
de sus seguidores el amor al prójimo. «En esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con
otros» (Ioh 13, 35). De la misma manera el apóstol san Juan
dictamina la autenticidad de nuestro amor a Dios por el amor
que demostramos al prójimo: «Si alguno dijere: Amo a Dios,
pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su
hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no
ve. Nosotros tenemos de Él este precepto, que quien ama a
Dios ame también a su hermano» (1 Ioh 4, 20-21). Es en
realidad un único e idéntico amor el que nos lleva a amar en
Cristo a Dios y al hermano: sólo el motivo es diverso: amamos
a Dios por Él mismo, y al prójimo por amor de Dios y de
Cristo.
¡Qué falsa, engañosa y dañina es la idea que tantas almas
tienen de la perfección! Piensan que consiste en penitencias y
mortificaciones extraordinarias, en los ayunos y sacrificios lo
más grandes posible; creen ser perfectas cuando se encuentran
libres de luchas y de tentaciones, cuando pueden orar sin
dificultad, cuando sienten fervor y consuelo en la oración,
cuando pueden rezar como a ellas les gusta.
Muchos religiosos creen ser perfectos cuando observan
rigurosamente las reglas prescritas. ¿Y quién va a negar que
las mortificaciones, la asiduidad en la oración, la fidelidad a
las reglas, sean cosas muy santas, sin las cuales no puede
haber perfección cristiana en un convento? Pero no son la
perfección. ¿Acaso no hay muchas almas, sumamente
mortificadas, dadas a la oración y fieles a sus reglas, que son
duras en el juicio, soberbias, presuntuosas y tercas, prontas a la
crítica y al reproche, dominadoras, poco caritativas de
pensamiento y de palabra, susceptibles, celosas, irritables,
caprichosas y sin el menor dominio sobre sí mismas? ¿Son,
acaso, perfectas?
Somos perfectos en la medida en que amamos. Pero el amor
lo posee todo aquel que está en estado de gracia, es decir, que
observa los mandamientos de Dios sin cometer pecado grave.
¿Es, por esto, realmente perfecto? No; la perfección exige
más: no sólo excluye los pecados graves, sino cualquier
pecado venial deliberado; emprende una denodada lucha
contra toda falta que descubre. No tolera actitudes
acomodaticias, negligencia, debilidad o falta alguna de
carácter, aunque no pueda impedir que el hombre, mientras
viva en la tierra, sea frecuente víctima de debilidades
involuntarias, de faltas y pequeñeces humanas.
La perfección consiste en el amor, o sea en el perfecto
cumplimiento del gran precepto: «Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y al
prójimo como a ti mismo». El que ame cualquier otra cosa
más que a Dios, el que ame algo contrario a Dios o
simplemente algo distinto de Dios en el mismo grado que a Él,
no cumple el precepto del amor y no camina por la senda de la
perfección. Si quiere andar por el camino de la vida perfecta,
ha de cumplir en algún grado el mandamiento del amor, que
puede practicarse en mil gradaciones distintas. Dentro del
marco de este gran mandato del amor quedan aún al cristiano
un sinfín de posibilidades para aspirar a la perfección: pues
también la perfección, como el amor, admite grados
innumerables. A primera vista podemos distinguir dos líneas
fundamentales de la perfección cristiana: la de la perfección
esencial y la de la perfección en sentido propio y estricto.
La perfección esencial, o sea la entendida en su sentido lato,
es aquella sin la cual nadie puede alcanzar la meta de la vida
cristiana, que es la gloria eterna con Dios. Exige que se
cumplan los mandamientos, que se viva en estado de gracia
santificante, y además de esto, que se haga todo lo necesario
para ese estado de gracia y, por lo mismo, para mantenerse
libre de pecados graves. Pero, si un cristiano quisiera hacer o
evitar solamente lo que está estrictamente mandado, no
cumpliría entonces la exigencia de Cristo: «¡Sed perfectos!».
Si alguien, por ejemplo, quisiera amar a sus semejantes sólo
cuando hay obligación definida de actuar y pecado grave en la
omisión, en poquísimos casos cumpliría las exigencias del
amor cristiano. Quien se contenta con lo rigurosamente
mandado, se encuentra aún muy lejos de la perfección
esencial.
La perfección en sentido propio y estricto, de la que ahora
tratamos, sobrepasa las estrecheces de la perfección esencial.
El que es perfecto en sentido estricto, evita todo pecado,
incluso los pecados veniales conscientes y deliberados y, en
cuanto le es posible, se precave también de las llamadas
flaquezas o debilidades naturales. Cumple a ciencia y
conciencia los mandamientos de Dios, del Evangelio y de la
Iglesia y lleva una vida de gracia y virtud. Hace, además, lo
que no está mandado estrictamente. Yendo más allá del círculo
de las obligaciones estrictas, escoge sacrificios, lo
simplemente aconsejado y recomendado, y lo hace para dar
mayor gloria y honra a Dios.
Hay, en efecto, muchas cosas que podemos poseer y de las
que podemos disfrutar lícitamente, y muchas que podemos
hacer u omitir lícitamente, disponerlas en un sentido o en otro.
Las obligaciones mismas, que nos han sido impuestas, pueden
cumplirse más o menos perfectamente tanto en el aspecto
cuantitativo como en el cualitativo. En el aspecto cuantitativo:
oración más frecuente, limosna más cuantiosa; en el
cualitativo: mayor fervor, más constancia, mayor pureza de
intención al ejecutar las obras.
El perfecto realiza diariamente a ciencia y conciencia todos
sus deberes, tanto los estrictamente «obligatorios» como los de
mero consejo. Los ejecuta con plena fidelidad, exactitud y
puntualidad. Es, además, de suma importancia que el móvil de
nuestros pensamientos y voluntades, de nuestras acciones y
misiones sea el amor perfecto, es decir, que lo pensemos y
queramos todo, lo hagamos y suframos todo con recta
intención: porque Dios lo quiere y lo desea de nosotros.
Nuestra actividad es verdaderamente perfecta cuando va
acompañada por aquel grito que irrumpe de lo más profundo
del alma: «Sí, Padre, porque así te plugo» (Mt 11, 26). La
fuerza del amor espolea al amante a evitar en lo posible todas
las faltas de precipitación, debilidad y flaqueza humanas, si
bien es cierto, como hemos ya dicho, que nosotros, hombres
endebles, no lograremos superar totalmente todas las faltas y
debilidades. Solamente a la Madre de Dios, la Virgen
Santísima, le fue otorgado el privilegio de verse inmune de
toda mancilla y de toda imperfección.
Puesto que la perfección cristiana consiste en su meollo en
el amor, o sea en el cumplimiento del «primero y principal
mandamiento», todo cristiano está obligado a aspirar a la
perfección. Se viola el mandamiento del amor no sólo por el
pecado, sino por toda acción u omisión que no vaya dirigida a
Dios, por todo lo que no hagamos y suframos por la gloria de
Dios. «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de
Dios» (1 Cor 10, 31). Lo que es de mero consejo, debe
también estar dirigido y orientado a la gloria de Dios. Por eso
quien lo hace todo, incluso lo meramente aconsejado y
recomendado, se limita al perfecto cumplimiento del deber.
Es consecuencia de todo esto el llamamiento a la vida
perfecta, dirigido a todos los cristianos, aunque no estén
llamados todos al mismo grado de perfección cristiana; de una
manera son llamados los célibes y de otra los casados; uno es
el caso de los sacerdotes, otro el de los religiosos. Pero,
estando todos llamados a la vida perfecta, a todos es posible,
en conformidad con las cualidades y circunstancias personales
y según la medida de la gracia de Dios, alcanzar la perfección.
Es un grave error y causa de perjuicios todavía más graves
pactar con ligereza consigo mismo, diciéndose que no está
llamado a la vida perfecta o que la vida de perfección es
terreno acotado de unos pocos, reservado para sacerdotes y
religiosos. Quien así piensa, se aparta de los designios de Dios,
no atenderá a su obligación de aspirar a la perfección. Claro es
que nadie se condena por no ser perfecto en la hora de la
muerte, con tal de que cumpla en cierto grado el mandamiento
del amor de Dios y muera, por consiguiente, en estado de
gracia.
Nuestros más serios empeños han de cifrarse, por tanto, en
llegar a ser perfectos, no contentándonos con la que hemos
llamado perfección esencial, es decir, con alcanzar un grado
cualquiera, relativamente bajo, de amor, sino aspirando a la
perfección en sentido riguroso y afinado y luchando por ella
con la gracia de Dios. Convenzámonos de que nuestro deber
más sagrado y nuestro verdadero interés consisten en
violentarnos diaria e incesantemente por conseguir la
perfección. No aspiraríamos continuamente si, llegado un
momento, dijéramos «ya basta». Si pensamos haber alcanzado
la cima, entonces cesamos de avanzar, abandonamos nuestro
deber y dejamos de cumplir el mandamiento del amor de Dios.
«El amor de Cristo nos apremia», debemos exclamar con el
Apóstol (2 Cor 5, 14). El amor hace ligero todo lo pasado y
lleva con igualdad todo lo desigual. Lleva la carga sin carga y
hace dulce y sabroso todo lo amargo. No dice: Esto es
imposible. Porque cree poderlo y deberlo todo (cf. La
imitación de Cristo, libro 3, cap. 5).
¡Dichosos nosotros si vivimos la realidad del «amor de
Dios, infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que nos ha sido dado»! (Rom 5, 5). Somos tanto más perfectos
cuanto más amamos.
IV. LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

«Bienaventurados los limpios de corazón» (Mt 5, 8).

¡Convivir la vida de Dios, una vida que, apartada de lo


puramente terreno, pertenece enteramente a Dios, una vida de
perfecto amor de Dios! Ésta es la cima a la que estamos
llamados. Mas ¿cuál es el camino que a ella conduce?
Es usual, desde hace muchos siglos, distinguir tres caminos
o «vías» en la vida espiritual:
La vía purgativa o de los principiantes, la vía iluminativa o
de los proficientes, y la vía unitiva o de los perfectos.
Ya se ve, pues, que las cumbres de la perfección se apoyan
sobre dos escalas que debemos subir antes de poder alcanzar el
amor perfecto. Lo cual no quiere decir que estos dos grados
preliminares sean prácticamente separables entre sí o de la vía
unitiva, ni que en ésta no sea ya necesario el trabajo de la
purificación del corazón y de la constante vigilancia para
preservarse de todo pecado o defecto, ni que sean superfluas
las ansias de la vía iluminativa y el constante esfuerzo por la
obtención y aumento de las virtudes. Estas vías de
purificación, iluminación y unión se relacionan e interfieren;
están estrechamente vinculadas entre sí: iniciados en la vía
purgativa, hemos ingresado también en la iluminativa y la
unitiva; lo mismo que, por otra parte, la iluminativa, con sus
ansias de tener y aumentar las virtudes, permanece siempre
condicionada al trabajo de purificar el corazón.

1. El porqué de la purificación del corazón

Tenemos que convivir la vida de Dios en Cristo Jesús.


Siendo Él «la verdadera vid», quiere y debe continuar su vida
en nosotros: éste es el profundo sentido de nuestra vocación y
vida cristianas. Lo repite san Pablo más de ciento cincuenta
veces en sus cartas: «vivimos en Cristo Jesús», estamos
vitalmente unidos a Él como lo está el sarmiento a la vid,
como la mano al brazo, y éste al cuerpo y al alma que lo
vivifica. Jesús quiere «revivir» en nosotros, quiere repetir en
nosotros, lo más fiel y perfectamente posible, la vida que tuvo
aquí en la tierra por la gloria del Padre y por la salvación de
nuestra alma y las de nuestros hermanos.
Ahora bien, la vida de Cristo es de la más delicada pureza,
ya que, siendo Él Hijo de Dios y Dios mismo, sólo puede ser
su vida purísima y santísima. Puros son su entendimiento y su
voluntad, puras sus intenciones y los móviles de su acción;
puro es su corazón, libre de todo movimiento de aversión o de
inclinación que no sea perfecto, libre de toda cerrazón en su
propio juicio, sus razonamientos o su voluntad. Cristo está
exento de toda sombra de sensualidad, de todo movimiento de
orgullo, de toda forma de egoísmo. Vive en nosotros, sus
miembros, como quien es divinamente puro, y ansía
ardientemente colmarnos de su pureza para vencer todo cuanto
en nosotros queda de impuro. Para esto nos proporciona su
ejemplo, para esto nos da fuerza: con la fuerza de Cristo
podemos «purificarnos de toda mancha de nuestra carne y
nuestro espíritu, completando la obra de la santificación en el
temor de Dios» (2 Cor 7, 1).
Existe el pecado original. De él arranca la perversidad del
corazón humano, de la que todos nos resentimos. Ha quedado
oscurecida nuestra inteligencia: no conocemos a Dios ni nos
conocemos a nosotros mismos; ignoramos tanto el origen
como el fin de nuestra vida. No sabemos en qué consiste
nuestra verdadera felicidad ni qué hacer para alcanzarla.
Somos ciegos e ignoramos que lo somos; más bien creemos
que vemos, a pesar de no ver nada. La voluntad, creada recta
por Dios, se ha torcido bajo los efectos del pecado original:
tenía originariamente nuestro corazón tendencia natural a amar
a Dios sobre todas las cosas, mas después del pecado nuestro
amor se ha reconcentrado en nosotros mismos. Si amamos, es
con egoísmo: buscamos siempre nuestra ventaja y nuestro
interés. Con estas miras nos afanamos desde la infancia tras las
cosas terrenas, y nos esclavizan, sujetan a sus órdenes las
necesidades materiales y el deseo de remediarlas. Del pecado
original nació la concupiscencia, el afán desordenado de las
posesiones terrenas (concupiscencia de los ojos), de los goces
y placeres mundanos y sensuales (concupiscencia de la carne)
y del honor, del poder y la distinción social (concupiscencia
del espíritu). Esta concupiscencia nos dificulta querer y, más
aún, practicar el bien: vemos el bien, lo estimamos, incluso lo
deseamos, pero obramos mal. No somos como debemos ser;
¡viven en nosotros tantos instintos que no deberíamos tolerar!
Siendo así, ¿qué recurso nos queda? Purificar del mal nuestro
corazón, liberarlo del desorden y de la corrupción.
La cuestión del progreso interior, de la subida a las cumbres
de la vida cristiana, de la vida para Dios y con Él, se reduce
necesariamente al problema de la purificación del corazón.
Haremos posible que la gracia divina se difunda en nosotros,
en la medida en que trabajemos en la purificación de nuestro
corazón; obtendremos provecho de la sagrada comunión, de la
oración y de nuestra vida piadosa, en la medida en que seamos
puros de corazón. Si nuestro esfuerzo espiritual no produce
cuanto debería, si nuestra participación de los sacramentos y
nuestra oración no son del todo fructuosas, hay que buscar
ante todo la causa de nuestra insuficiente purificación del
corazón, en la que radica todo el progreso espiritual. La
purificación del corazón es la condición indispensable de todo
progreso.
El trabajo de la purificación del corazón es siempre y en
todas partes la tarea fundamental. La vía purgativa es lo
primero; el que la abandona, creyendo llegar al grado de la
iluminativa y la unitiva por un sendero diverso y más cómodo,
se equivoca. El que quiere subir una escalera, debe comenzar
por el peldaño inferior, ya que sin comienzo no puede haber
progreso ni perfección. Combatir los defectos, enderezar la
naturaleza inclinada al mal, arrancar la cizaña del jardín de
nuestra alma, eliminar, día tras día, hora tras hora, los
obstáculos a nuestro avance: en esto consiste la purificación
del corazón. Este primer paso, además de necesario, es el
único que augura victoria. Podrá atemorizarnos la magnitud de
la empresa; podrá parecer a alguno más atractiva la máxima
moderna: «la naturaleza es buena en sí y es menester
únicamente dejarla obrar, dejar que crezcan todos sus
gérmenes, incluso la cizaña». Mas para eso reza la palabra del
profeta: «¡Oh pueblo mío!, los que te guían y te llaman feliz
son los que te descarrían» (Is 3, 12; 9, 16). Un solo camino
conduce en verdad a la victoria: la purificación del corazón; no
es suficiente para llevar a la perfección, pero es necesario y
hay que recorrerlo.

2. El camino de la purificación del corazón

«Crea en mí, ¡oh Dios mío!, un corazón puro» (Ps 50, 12).
Esto es principalmente obra de Dios; mas también nuestra:
obra de purificación por el mal cometido por nosotros o que
vive en nosotros, y obra de preservación del mal, del pecado y
de la imperfección.
En primer lugar debemos realizar, naturalmente, la
purificación del pecado. Es un hecho, por desgracia, que
faltamos, que pecamos diariamente, Y así diariamente
debemos arrepentirnos y pedir perdón al Señor. Siempre
tenemos motivos para rezar: «Padre nuestro, perdónanos
nuestras deudas», y todos los días confesamos con humildad
en el «Confíteor» de la misa: «que pequé de pensamiento,
palabra y obra por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima
culpa».
Con razón frecuentamos el sacramento de la penitencia y
nos lamentamos de los pecados que cometemos.
En segundo lugar, la purificación de las malas costumbres
innatas en nosotros, de la tendencia a buscar siempre y ante
todo nuestro provecho, nuestra comodidad, nuestros intereses
personales y la satisfacción de nuestros deseos egoístas.
¡Primero nosotros, después el Señor! Ésta es la llaga abierta en
carne viva, el foco de nuestra enfermedad, el veneno que
intoxica nuestra sangre: es nuestro amor propio desordenado.
Somos unos egoístas, con frecuencia incluso bajo disfraz de
piedad. Este egoísmo nos ciega y es, en el noventa por ciento
de los casos, el motivo de que nuestra piedad sea sólo un
barniz y no un sentimiento auténtico y firme.
Muy importante es también la purificación de nuestra
inveterada costumbre de razonar y juzgar de un modo
demasiado humano y de obrar por motivos meramente
naturales. Decimos que es más racional, más fácil, más
prudente desde el punto de vista humano, más sano, más
lucrativo, más honroso; que a los demás les causa mejor
impresión; que se conquistan mayor estima e influencia, etc.
Por desgracia, tenemos el hábito de juzgar desde un punto de
vista meramente natural, de emplear medios naturales, de
contar especial y casi exclusivamente con las energías y
capacidades humanas, de dejarnos determinar en nuestras
decisiones por motivos puramente humanos.
Costumbre muy nociva también es la de entregarnos a
pensamientos inútiles, absurdos y vanos, estructurar planes
para el futuro, crearnos preocupaciones superfluas y
exageradas respecto a nuestro porvenir. Hay preocupaciones
justísimas y Dios las aprueba, siempre que se mantengan
dentro de límites razonables. ¡Pero somos tan poco razonables!
Así es el hombre: se preocupa con más frecuencia de cosas
que no le interesan que de aquellas que más le importan y
frente a las cuales se siente impotente. No quiere reconocer su
propia incapacidad: se imagina ser y poder alguna cosa,
preocupándose de dominar el futuro y sustraerse a esta o
aquella vicisitud, en vez de entregarse ciegamente, en la
oscuridad de la fe, a la providencia de Dios. Con cierta
frecuencia se preocupa también gustosamente en escarbar
todos los recovecos del pasado. Queremos ver claro, poner
todos los puntos sobre las íes, rehusamos confiar en Dios, que
en su misericordiosa bondad nos lo ha perdonado todo y ha
borrado todas nuestras culpas. Queremos hacerlo todo por
nosotros mismos, confiar en nuestras propias fuerzas. La
tendencia a replegarse en sí mismo puede ser morbosa en
algunos casos, pero ¡cuántas veces no es sino fruto del orgullo
y de una excesiva confianza! ¡Cuánto debemos trabajar para
liberarnos de pensamientos y cuidados inútiles!
A todo esto se añade la difícil labor de acabar con los
apegos desordenados, sea a las personas, sea al oficio, a los
caprichos y simpatías, al cuerpo, a la salud, al propio juicio y a
la propia voluntad, a la honra, a las alabanzas y al
reconocimiento, a ciertas distracciones, lecturas y charlas.
Cuesta muchas fatigas y grande abnegación el libertarse de
tales inclinaciones y ligaduras. Esto resulta tanto más difícil
cuanto que nos es imprescindible tratar con los hombres,
dedicarnos a nuestro oficio y ocuparnos en mil cositas de la
vida cotidiana.
En fin, ¡nos enfrentamos con la tarea de dominar las
pasiones! Tenemos pasiones. Éstas son elementos integrantes
de una naturaleza sana y pueden rendirnos servicios
insustituibles, a condición de que vayan dirigidas y dominadas
por el espíritu, por una voluntad noble y elevada. Ahí están las
fuertes pasiones del orgullo, de la ira y de la sensualidad, con
sus múltiples ramificaciones de la envidia, celotipia,
susceptibilidad, vindicta, pereza, comodidad, ambición y
lujuria, que son otras tantas manifestaciones del amor propio
desordenado. Se requiere una vigilancia continua y una
abnegación consciente para dominar adecuadamente las
pasiones y aplicar sus impulsos básicos a la obra del bien.
El primer paso decisivo en la vida de la piedad cristiana es
la purificación del corazón. Purificación de todo pecado, de
todo apego desordenado a lo creado, de las malas tendencias e
inclinaciones y de la esclavitud de las pasiones.
He aquí la gran tarea que debemos realizar en nuestra vida
si queremos ser cristianos perfectos. Esta labor exige de
nosotros una oración ferviente que pide fuerzas y luces de lo
alto. Exige una seria disciplina y una constante abnegación de
nosotros mismos. Exige que nos esforcemos por ser cada vez
más pacientes, humildes y menos quisquillosos, que
crezcamos en el santo amor. Cuanto más amemos a Dios y al
prójimo por amor de Dios, tanto más seguramente
superaremos el pecado y todas las desviaciones, triunfando
sobre todo del poder de nuestro desordenado amor propio.
¿Estamos dispuestos a comenzar esta tarea? Ciertamente,
sería imposible contando sólo con nuestras fuerzas humanas.
Pero si hacemos lo que está de nuestra parte, Dios mismo
acabará su gran trabajo de purificarnos. «Todo sarmiento que
haya en mí», dice Cristo, «y dé fruto, lo podará (el Padre) para
que dé más fruto» (Ioh 15, 1). El Padre sabe qué medios de
purificación nos convienen y cómo ha de guiarnos y
conducirnos para que nos veamos libres del pecado y de la
imperfección. A nosotros nos toca entregarnos con todo celo a
la labor que se nos ha encomendado, a la llamada
«purificación activa», poniendo nuestra confianza
inconmovible en la gracia y en la acción de Dios sobre
nosotros. Él tiene gran interés en que lleguemos a la pureza,
soltura y libertad interiores, y alejará los óbices que salen al
paso con el torrente de mayores y más abundantes gracias.
Confiemos en la eficacia y poder del amor infinito con que nos
ama. Confiemos en la virtud de nuestro Señor Jesucristo que
actúa en nosotros, que nos sumerge en su vida pura y santa,
para hacernos partícipes de su inocencia y de su pureza
perfecta, haciéndonos así testigos suyos y de su santidad.
V. EL PECADO

«Reconozco mis culpas, y mi pecado está siempre ante mí» (Ps 50,
7).

«En Él nos eligió antes de la constitución del mundo; para


que fuésemos santos e inmaculados ante su presencia» (Eph 1,
4) mediante la posesión de la vida divina y la participación en
la misma. Cada día deberíamos agradecérsela nuevamente,
poseerla y vivirla con más perfección, hasta que podamos
vivirla un día con perfección absoluta en la visión beatífica de
Dios: allí «seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual
es. Y todo el que tiene en Él esta esperanza, se santifica, como
santo es Él» (Ioh 3, 2-3). Se reflejó en nuestra alma esta luz
por primera vez en el bautismo. Después de bautizarnos, al
imponernos un vestido blanco, símbolo de la gracia que se nos
había conferido, nos dijo la Iglesia: «Recibe esta blanca
vestidura y llévala inmaculada hasta el trono del Juez divino».
Consideremos, pues, el don divino que hemos recibido en el
bautismo y examinemos hasta qué punto hemos llevado limpio
a través de la vida el blanco velo bautismal.

1. Hemos pecado

Debíamos llevar a través de la vida la blanca vestidura de la


gracia, el traje espléndido de nuestra adopción divina, y lo
hicimos durante algunos años. Eran los años de la primera
infancia. Mas apenas llegamos a la edad en que podíamos
conocer y discernir entre el bien y el mal, se insinuó el pecado
en el paraíso de nuestro joven corazón y pecamos: pecados
pequeños, pecados mayores, pecados graves: hemos pecado
mucho. Nos sobran motivos para rezar incesantemente:
«perdónanos nuestras deudas», «miserere mei Deus, apiádate
de mí, oh Dios, según tus piedades, y según la muchedumbre
de tus misericordias, borra mi iniquidad. Contra ti, sólo contra
ti he pecado, he hecho el mal a tus ojos» (Ps 50, 3-6). Hemos
sido el hijo pródigo que abandonó la casa paterna para
marcharse a un país extraño: «después de haberlo gastado
todo, sobrevino una fuerte hambre en aquella tierra, Y
comenzó a sentir necesidad. Volviendo en sí, dijo: Me
levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el
cielo y contra ti» (Lc 15, 13-19).
Padre, he pecado de pensamiento, de deseo, de palabra, de
obra, de omisión; he pecado contra Dios, contra el prójimo,
contra mí mismo; he pecado contra los mandamientos de Dios,
los preceptos de la Iglesia, los deberes de mi estado y de mi
profesión; he cometido los siete pecados capitales, y además
he envuelto a otros en mi pecado: les he dado motivo de
escándalo, los he instigado y he sido para ellos ocasión de
pecar. He cometido más de un pecado grave, y me he hecho
culpable, más o menos inconscientemente, de numerosos
pecados de infidelidad, de faltas e imperfecciones de todo
género. He cometido pecados todos los días de mi vida, desde
hace ya muchos años, y van superando en número «a los
cabellos de mi cabeza» (Ps 39, 13).
Y todo esto, a pesar de los medios innumerables que hemos
tenido a nuestro alcance para conservar intacta la veste
bautismal; a pesar de las enseñanzas recibidas en la familia, en
la escuela, en el templo; a pesar de las numerosas
inspiraciones, de las amonestaciones y los avisos interiores de
la gracia divina; a pesar de tantos buenos ejemplos que
continuamente se nos presentan a la vista; a pesar de las
meditaciones, ejercicios espirituales, confesiones y buenos
propósitos; a pesar de la participación, cotidiana quizá, en el
santo sacrificio y la comunión; a pesar del gran número de
oraciones que recitamos y libros espirituales que leemos. Los
sacerdotes y religiosos recuerden especialmente la gracia del
sacerdocio y de la profesión religiosa con los grandes medios
de santificación que encuentran en los sagrados votos y en la
disciplina del claustro. «Apiádate de mí, oh Dios, según tus
piedades, y según la muchedumbre de tu misericordia, borra
mi iniquidad. Lávame de ella más y más y límpiame de mi
pecado. Pues reconozco mis culpas, y mi pecado está siempre
ante mí. Contra ti, sólo contra ti he pecado, y he hecho el mal a
tus ojos. Aspérgeme con hisopo y seré puro; lávame, y
emblanqueceré más que la nieve» (Ps 50, 3-6.9).
«Nada hay de que pueda gloriarme; pero hay muchas cosas
por las que debo postrarme en tierra, pues yo débil e
inconstante» (Imit. de Cristo).

2. ¿Qué hemos hecho al pecar?

Para saber valorar la gravedad del pecado, antes debemos


intentar comprender quién es Dios, ya que el pecado es
negación de Dios: un atentado contra su misma esencia, contra
su amor y su santidad, una violación de sus supremos e
inalienables derechos. El pecado nos separa de Dios y nos
arroja a un abismo de humillación tanto más profundo y de
miseria tanto más íntima, cuanto más sublime, grande es
nuestra vocación a convivir la vida divina.
El pecado se revuelve en primer lugar contra Dios: es una
ofensa a Él, «Yo soy el Señor, tu Dios», al cual debemos
referir todas las cosas, servirle, vivir exclusivamente y siempre
para Él. ¿Qué hacemos al pecar? En realidad, apreciamos
todas las cosas según nos sirvan o no para satisfacer nuestras
pasiones, especialmente el orgullo y la sensualidad. Las
fuerzas físicas y morales nos han sido dadas para que
viviéramos sólo para Dios y su gloria, y nosotros, por el
contrario, las empleamos para nuestros fines personales,
contrariando la voluntad y los preceptos de Dios. Más aún, nos
incautamos arbitrariamente de las que nos interesan, que son
propiedad de Dios, y por su naturaleza han de servir a la
voluntad y a la gloria del Señor, y las acomodamos a nuestros
caprichos y nuestras intenciones contra la voluntad de Dios:
las referimos a nosotros, no a Dios, y las hacemos esclavas de
nuestras ambiciones; buscamos nuestra gloria y nuestra
voluntad, en vez de la suya. Nos preferimos a Dios, nos
colocamos sobre Él: ¡primero nosotros, y luego Dios!
Ponemos junto a Dios, incluso sobre Dios, un ídolo: el ídolo
de nuestro yo, del dinero, provecho, trabajo u honor: el ídolo
de un placer, una amistad, un gozo vano. Preferimos una
criatura al Creador, la situamos prácticamente sobre Él y
decimos a nuestro ídolo: «tú eres mi todo, tú eres mi Dios; yo
vivo para ti». ¿No es esto una injusticia, una ofensa, un
menosprecio a Dios? «¿Sucedió jamás cosa como ésta? ¿Hubo
jamás pueblo alguno que cambiase de Dios, con no ser dioses
ésos? ¡Pues mi pueblo ha cambiado su gloria por un ídolo!
Pasmaos, cielos, de esto, y horrorizaos, dice el Señor» (Ier 2,
10-12).
El pecado es desobediencia a Dios, violación consciente de
un mandato suyo. «Yo soy el Señor, tu Dios». Tiene el derecho
de mandar, y su mandato es ley. Al pecar, le retiramos la
obediencia debida, menospreciamos la voluntad y la ley del
Altísimo, pisoteamos sus mandamientos y queremos seguir
nuestro camino: «Desde antiguo ya quebrantaste tu yugo,
rompiste tus coyundas y dijiste: No te serviré» (Ier 2, 20). Y
todo esto, tras habernos consagrado a Él en el bautismo, tras
habernos puesto a su servicio.
El pecado es ingratitud. ¡En su amor misericordioso nos ha
sacado Dios de la condenación eterna, nos ha adoptado como a
sus hijos muy amados en Jesucristo, y ha derramado tantas
buenas semillas en el sembradío de nuestra alma! ¡Y nosotros
pecamos! No disfrutamos de los dones naturales y
sobrenaturales, los dones de la fe, de los sacramentos, de
nuestro estado de cristianos o de religiosos, sino que abusamos
de ellos. Nos servimos de las fuerzas del espíritu y de las del
cuerpo, de la salud, de los miembros y de los sentidos, no para
dar gloria a Dios y cumplir en todo su voluntad viviendo sólo
para Él, sino para enfrentarnos, serle desobedientes y
ultrajarle. «¿Qué más podía yo hacer por mi viña que no lo
hiciera? ¿Cómo, esperando que diese uvas, dio agrazones?» (Is
5, 4).
El pecado va dirigido contra Cristo, nuestro Señor y
Salvador. Para arrebatarnos al pecado y a la miseria que éste
implica, nos baja a la tierra el Hijo de Dios, que viene «a
salvar lo que estaba perdido» (Mt 18, 11). ¡Cómo nos ama, y
cuántos sacrificios, cuántas penas pasó por salvarnos, desde el
pesebre hasta la cruz! ¿Qué nos dicen los misterios dolorosos
del rosario, las estaciones del viacrucis, la cruz, los clavos y la
lanza, las heridas? Por nosotros, por cada uno de nosotros ha
sufrido todo esto, solamente para abrirnos el «acceso al Padre»
(Eph 2, 18), para obtenernos el perdón de los pecados, la vida
divina, la gracia y el derecho a la posesión de la vida eterna.
Nosotros, en recompensa, pecamos y despreciamos todos sus
sacrificios. Éste fue su dolor más agudo durante la agonía en
Getsemaní: previó con clarividencia divina la ingratitud con
que íbamos a corresponderle. «Pueblo mío, ¿qué mal te he
hecho, en qué te he disgustado? Respóndeme. Porque te he
libertado de la esclavitud de Egipto (bautismo), me ofreces tú
la cruz; porque te he llevado a través del desierto nutriéndote
del maná celestial (eucaristía), dándote la patria donde corre
leche y miel (Iglesia), preparas tú la cruz a tu Salvador. Yo te
he enaltecido con mi poder (a la dignidad de hijo de Dios, a la
coposesión de la vida divina), y tú en recompensa me clavas
en la cruz. Pueblo mío: ¿qué te he hecho, en qué te he
disgustado? ¡Respóndeme!» (Improperios del Viernes Santo).
¿Qué podemos responder, sino esto?: Sí, hemos pagado tu
amor con vil ingratitud. ¡Y la ingratitud duele tanto!
Es el pecado lo que esteriliza en nosotros la obra de la
redención, lo que impide que crezca y prospere en nuestra
alma la buena semilla de las inspiraciones y estímulos de la
gracia: tanto el pecado grave como el venial. Es verdad que
mientras cometemos solamente pecados veniales estamos en
gracia de Dios y proseguimos por el recto camino, pero las
pequeñas infidelidades y los numerosos defectos nos impiden
andar con soltura: la vida interior no prospera, las gracias no
producen los frutos deseados. Y es que oponemos obstáculos
insuperables a la obra de la redención y santificación que el
Señor quiere consumar en nosotros con su acción y sus
sacramentos. Y así esterilizamos la obra de la redención en
nosotros y en los demás. ¿No le causará pena al Señor todo
esto?
El pecado nos daña también a nosotros mismos, es la mayor
desgracia que nos puede suceder. Hubiéramos podido convivir
con Dios, y al cometer un pecado grave dejamos de alimentar
esta vida. De las cumbres de la posesión de Dios, nos
precipitamos en los abismos de su lejanía. Y en lo que toca a
nosotros, nos hemos separado, nos hemos excluido de la vida
divina: ya no somos hijos de Dios, sino hijos de ira; ya no
somos sarmientos vivos de la vid que es Cristo, sino
sarmientos secos. Y sólo nos faltará que la muerte corte la
última fibra que aún nos mantiene unidos a la vid, para que
caigamos por toda la eternidad en las tinieblas donde habrá
«llanto y rechinar de dientes». Dios, que tanto nos ha amado
en Cristo, nos debe rechazar para siempre de su seno, y,
perdido Dios, ya está perdido todo. El pecado entraña en sí
mismo su castigo: ese atormentador remordimiento que
persigue día y noche al pecador, quizá la pérdida de la salud,
de la riqueza, del honor, del buen nombre; siempre el
abrasador reproche y la pregunta angustiosa: «¿Cómo acabará
todo esto?». Si el infeliz no vuelve al Padre, su desgracia se
hace aún mayor con la perversión de la conciencia, la ceguera
de la razón, el relajamiento de la voluntad, el endurecimiento
del corazón, la insospechada debilitación del carácter, la
pérdida de toda estima de sí mismo, la perversión de la
naturaleza y, en consecuencia, el temor a la muerte. Éstos son
los dos caminos del pecado aquí en la tierra; si la gracia de
Dios no interviene misericordiosa, desemboca inevitablemente
en la exclusión definitiva de la vida divina y de la visión de
Dios: el infierno: eterna lejanía de Dios, lejanía de todo bien,
lejanía de toda felicidad y de toda alegría. ¡Sólo infelicidad,
odio y amargura por toda la eternidad!
El pecado ejerce también una repercusión sobre la
comunidad: sobre la familia, la parroquia, la Iglesia, la
humanidad. Todo pecado cometido es un perjuicio para la
comunidad: priva de la bendición de Dios al individuo y, por
tanto, también a aquélla, puesto que todos formamos un solo
cuerpo místico, un único organismo. Si un miembro enferma,
todo el organismo se resiente; si un sarmiento queda estéril, ya
la vid no da todo el fruto. Si un miembro es objeto de la ira de
Dios, se resiente toda la colectividad. Nadie vive aislado,
nadie al pecar se daña sólo a sí mismo; y todo esto aun
prescindiendo del escándalo que ordinariamente va vinculado
al pecado.
Éste es el concepto católico y cristiano del pecado. El
pecado entraña una relación con Dios que no puede soslayarse.
La época moderna, que pone entre paréntesis la existencia de
Dios, no puede menos de negar el pecado y se ve forzada a
explicar exclusivamente el sentimiento de la culpa a partir del
mismo hombre. Otros, por su parte, admitiendo la existencia
de Dios, tratan de aminorar la gravedad del pecado, diluyendo
la causa del pecado entre factores puramente pedagógicos y
psicológicos, y reduciéndola en último análisis a un simple
error de la mente y de la conciencia. Se llega hasta afirmar que
el pecado es humano, un signo de vitalidad humana y de
grandeza de espíritu. Hoy se glorifica y ensalza positiva y
públicamente el pecado.
Nosotros, en cambio, reconozcamos que el pecado es una
injuria hecha a Dios y a Cristo, nuestro Redentor. Lo
aborrecemos como la mayor y la única verdadera desdicha del
hombre y de la humanidad en el tiempo y en la eternidad.
Confesamos con el Salmista: «Reconozco mi culpa y mi
pecado está siempre ante mí». Arrepintámonos de lo que
hemos faltado. Volvamos, con el hijo pródigo, al Padre y
esperemos que use con nosotros aquella bondad, amor y gracia
con que recibió al hijo «que había muerto y ha vuelto a la vida,
se había perdido y ha sido hallado» (Lc 15, 18-32). Pidamos
por los extraviados en las sendas del pecado y expiemos para
que Dios les sea benévolo y les dé luz y fuerza para romper
con el pecado.
«Haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos
para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6, 11).
VI. EL PECADO VENIAL

«Quien ha nacido de Dios, no peca» (1 Ioh 3, 9).

Una vez que Dios quiere hacernos partícipes ya en este


mundo de su vida divina, se nos impone el deber de
purificarnos y preservarnos de todo pecado, no sólo del mortal,
sino también del venial. Porque la vida de Dios es por esencia
absolutamente santa.
El pecado venial, lo mismo que el grave, es una afición
desordenada a la criatura, si bien por él aún no nos separamos
completamente de Dios, aún seguimos en el camino que
conduce hacia Él, siendo hijos de Dios, hijos de la gracia; pero
nuestra participación en la vida de Dios, nuestro «ser en
Jesucristo», pierde fuerza y vigencia. Nos quedamos para el
tiempo y la eternidad en un grado inferior al de la gloria para
la que Dios en su amor infinito nos había llamado y escogido.
Hay almas a quienes horroriza el pecado mortal, pero que a
menudo estiman el venial como insignificante y
menospreciable. Al no valorarlo debidamente, no le tienen el
horror que se merece. Y, sin embargo, de la postura que se
adopte respecto al pecado venial depende precisamente el
desarrollo, el progreso o el retroceso de toda la vida interior.
Mientras consideremos el pecado como cosa de poca monta,
mientras permanezcamos indiferentes frente a él, es
inconcebible una verdadera participación de la vida divina, es
imposible una vida de caridad perfecta. «El que desprecia lo
poco, poco a poco se precipitará» (Ecli 19, 1). «El que es fiel
en lo poco, también es fiel en lo mucho» (Lc 16, 10).

1. Formas del pecado venial

Hay un pecado venial deliberado. Es una transgresión


consciente de un mandato divino cometido con pleno
consentimiento de la voluntad en materia, como suele decirse,
no grave; por ejemplo, una pequeña mentira, una pequeña falta
de caridad o de la obediencia que debemos a nuestros padres o
superiores. No es un apartamiento completo de Dios, ya que
seguimos en el camino recto, pero a la voluntad reconocida de
nuestro Dios y Salvador contraponemos la nuestra; estimamos
un placer cualquiera, una satisfacción o una cosa terrena por
encima de la voluntad y el mandato de Dios. Rehusamos así
una inspiración, una invitación de la gracia: de haber
correspondido a ella, nos hubiera dado Dios otras aún mayores
y un aumento de caridad y de felicidad eterna. Pero con el
pecado venial hemos perdido este derecho: ése es el fruto del
pecado venial deliberado. Ya no será de extrañar que Dios se
nos muestre más reservado en sus dones y que, por
consiguiente, sin ellos, cometamos aún más frecuentes
infidelidades y que nuestra voluntad se incline a ceder, se nos
ofusque el juicio, mengüe la fe, revivan las tendencias
naturales, disminuya el fervor. Iremos perdiendo de vista
progresivamente el ideal del amor de Dios, sintiendo fatiga y
cansancio, hasta que, por fin, nos abandonen el coraje y la
alegría.
Nuestra miseria se consuma con el pecado venial habitual.
Muchas almas piadosas están en una infidelidad e inexactitud
casi continuas en «pequeñas» cosas; son impacientes, poco
caritativas en sus pensamientos, juicios y palabras, falsas en su
conversación y en sus actitudes, lentas y relajadas en su
piedad, no se dominan a sí mismas y son demasiado frívolas
en su lenguaje, tratan con ligereza la buena fama del prójimo.
Conocen sus defectos e infidelidades y los acusan quizá en
confesión, mas no se arrepienten de ellos con seriedad ni
emplean los medios con que podrían prevenirlos. No
reflexionan que cada una de estas imperfecciones es como un
peso de plomo que las arrastra hacia abajo, no se dan cuenta de
que van comenzando a pensar de manera puramente humana y
a obrar únicamente por motivos naturales, ni de que resisten
habitualmente a las inspiraciones de la gracia y abusan de ella.
El alma pierde así el esplendor de su belleza, y Dios va
retirándose cada vez más de ella. Poco a poco pierde el alma
sus puntos de contacto con Dios: en Él no ve al Padre amoroso
y amado a quien se entregaba con filial ternura; algo se ha
interpuesto entre los dos.
Y tiene que ser así, porque el pecado venial hace que nos
comportemos continuamente con Dios y el Salvador de un
modo mezquino e incluso bajo: elegimos lo que Él desprecia y
aborrece, nos exponemos a sabiendas al peligro de vernos
separados completamente de Él. Esta actitud nos priva de las
ayudas de la gracia, nos va abismando en un estado de
debilidad, de indiferencia y de tibieza, al mismo tiempo que
aumenta nuestra satisfacción, orgullo y ceguera. ¿Por qué
hemos de extrañar que en tal estado nos precipitemos
irremediablemente en el abismo de la separación de Dios? La
ruina de las almas radica en el pecado venial frecuente,
habitual; nos lo enseñan la experiencia y la historia de tantas
almas.
Algo muy distinto son los llamados pecados veniales
semideliberados. Muchas almas buenas tienen tal horror al
pecar deliberado, que son, por así decir, incapaces de cometer
cualquier pecado, por «pequeño» que sea, a plena conciencia,
pero, sin embargo, tienen que reprenderse todos los días de
ciertas faltas que las humillan y oprimen, a la vez que irritan al
prójimo, no obstante los esfuerzos más sinceros y los mejores
propósitos, y aun habiendo empleado todos los medios para
evitarlas. No se trata de pecados veniales deliberados, sino de
los semideliberados y pecados de fragilidad y precipitación.
Se cometen por irreflexión momentánea, por ligereza de
carácter o por atolondramiento, olvido y celo excesivo: se
decide y obra uno sin darse cuenta, en el momento de actuar,
de la pecaminosidad del acto.
Hay también pecados de sorpresa: una excitación nerviosa,
una situación comprometida, un apuro, una sorpresa, hacen
que nos decidamos u obremos diversamente de como
querríamos. Sucumbimos a la presión de las circunstancias:
hemos cometido una falta, mas sin total advertencia ni
consentimiento perfectamente libre de la voluntad.
Ocurre, además, que uno es sobrecogido por movimientos
repentinos de impaciencia, tedio, ira, irritación, pensamientos
poco caritativos, sentimientos de antipatía, de menosprecio de
los demás, de envidia, impulsos de sensualidad, de
imaginaciones torpes y apetencias impuras, caprichos del
humor, de la melancolía, etc. Después de la falta, tenemos la
impresión, clara y penosa, de no haber sido suficientemente
generosos ni habernos dominado bastante, si bien no somos
capaces de precisar qué parte exacta tiene nuestra voluntad
libre en la falta. Sin embargo, en general, hay cierta
culpabilidad, siquiera remota, por culpable negligencia en la
vigilancia, en el conocimiento y en la guarda de nosotros
mismos. Por esta razón las faltas semideliberadas, esos
impulsos espontáneos y directos, pueden ser materia de
arrepentimiento, de confesión y de absolución en el
sacramento de la penitencia.
Estas faltas semideliberadas son también pecados, por lo
cual debemos fomentar frente a ellas durante toda nuestra vida
un profundo horror y esforzarnos por evitarlas. Pero no estará
de más hacer notar que nunca podremos evitarlas del todo, que
es precisamente lo que enseña la Iglesia: mientras vivamos en
la tierra, nadie puede evitar todos los pecados semideliberados,
a no ser que Dios le conceda este privilegio especial, que
creemos otorgó a María Santísima (Con. de Trento, sess. VI,
can. 23). Lo que debemos intentar, pues, en nuestra lucha
contra el pecado semideliberado, no es su eliminación
definitiva, sino su restricción a un mínimo.
Sea nuestro programa: nunca un pecado consciente y
deliberado; a la vez, el menor número posible de pecados
semideliberados y de faltas o imperfecciones. «Quien ha
nacido de Dios, no peca».

2. Cómo combatir eficazmente el pecado venial

Pregunta de vital importancia, porque todo depende del


modo de comportarnos frente al pecado venial. Debemos
eliminar a toda costa de nuestra vida el pecado venial
deliberado. Mientras no tengamos este propósito decidido, será
imposible la caridad perfecta, la perfecta unión con Dios, la
vida para y con Él. El pecado semideliberado ya es otra cosa,
porque presupone un profundo horror a toda consciente
infidelidad y transgresión de un mandamiento de Dios, y,
apenas cometido y reconocido, provoca un sincero
arrepentimiento. Nos humilla el haber hablado u obrado
irreflexivamente, el haber tomado determinada decisión en un
momento de compromiso, el haber sido presa fácil de la
irritación y del nerviosismo; y acudimos en seguida a Dios
para pedirle perdón, renovamos el propósito de mantenernos
en mayor vigilancia y generosidad en adelante, y le pedimos la
gracia de no caer otra vez. En una palabra, estos pecados
semideliberados nos han servido para conocernos mejor, para
humillarnos y recurrir a Dios, nuestro único salvador, y
formular un acto de contrición renovando la decisión de
oponernos al mal. Por eso estas faltas no son para nosotros un
obstáculo o un perjuicio, sino más bien un eficaz medio de
santificación, un camino hacia Dios, una gracia. No obstante,
debemos hacer lo posible para que vaya reduciéndose también
la frecuencia de estas faltas.
¿Qué medios utilizar en esta lucha?
En primer lugar, la oración. No nos bastan el deseo y el
esfuerzo humanos. «Dios es el que obra en vosotros el querer
y el obrar según su beneplácito» (Phil 2, 13). El mismo deseo
de no pecar ya no es obra nuestra, sino que lo despierta en
nosotros la gracia divina (Conc. de Orange, año 529, can. 4).
Para comprender bien lo que es y lo que para nosotros
significa el pecado venial, es preciso que nos ilumine la gracia
de Dios. Y habrá de ser también la gracia divina la que nos dé
vigor y fortaleza para emprender la lucha contra el pecado
venial en sus más variadas formas y para mantenernos en ella
día tras día durante toda la vida con fervor y fidelidad
inviolables. Dios da la gracia al que se la pide: «pedid y se os
dará» (Lc 11, 9).
En segundo lugar, hay que adquirir principios claros
respecto a las que llamamos «cosas pequeñas», las reglas, las
prescripciones, los deberes, etc. En realidad, para nosotros no
puede haber cosas pequeñas. En cada obligación nuestra, en
cada mandato, deseo u orden de los superiores legítimos, en
cada suceso del día, sea bueno o malo, el ojo de la fe descubre
a Dios: su providencia, tolerancia o disposición, su voluntad,
su beneplácito. Si vivimos la fe, aun las cosas que,
humanamente hablando, son insignificantes, serán grandes
para nosotros, santas y dignas de consideración. Descubrimos
en ellas la santa voluntad de Dios, al mismo Dios, y así nos
será fácil preservarnos de cualquier infidelidad y negligencia.
La justa valoración del pecado venial, especialmente del
deliberado, es de la máxima importancia. Tendemos a
considerarlo como insignificante, mas esta ilusión es el
principio del fin. Debe subsistir en nosotros el profundo
convencimiento de que es una ofensa a Dios, algo que Él
aborrece con todo el poder de su santidad, desobediencia a sus
leyes, ingratitud al que nos ama infinitamente y nos concede
todo el bien que poseemos. Después del pecado grave, el
venial es nuestra mayor desgracia. Si bien en realidad no nos
separa de Dios, pues no nos priva de la inhabitación de Dios
en nosotros ni nos quita la vida divina, la dignidad de hijos de
Dios, sí nos priva, desde luego, de numerosas gracias e impide
la expansión de la vida divina en nosotros, el aumento de la
gracia santificante y de las virtudes sobrenaturales, obstaculiza
la gracia, la repele y arrincona de modo que no puede
desarrollarse donde crece la planta venenosa del pecado venial
habitual.
Otra ayuda, y de primer orden, en esta lucha contra el
pecado venial, es el uso frecuente y provechoso del
sacramento de la penitencia. Este sacramento no sólo perdona
los pecados cometidos, sino que prepara y fortifica el alma
para el porvenir, gracias al arrepentimiento, a la absolución del
sacerdote y a la penitencia que éste impone; atenúa la
tendencia a recaer, aumenta la inclinación al bien y nos da
derecho a nuevas y más eficaces gracias actuales con las que
podamos resistir y evitar el pecado venial. Por supuesto, este
triunfo depende mucho del buen uso que hagamos del
sacramento de la penitencia, que debemos recibir con profunda
contrición, reportando el provecho que nos brinda. A los
superiores de las órdenes religiosas manda la Iglesia que velen
por la confesión al menos semanal de los religiosos. Para
evitar la rutina en la confesión semanal, y especialmente en la
confesión de los pecados veniales, será útil que concentremos
nuestra atención en el dolor. Y para formar un verdadero dolor,
echaremos una ojeada general, no particular, a los pecados de
nuestra vida pasada. Si no hemos cometido ningún pecado
grave desde la última confesión, recordemos que no es
absolutamente necesaria, según enseñan expresamente los
teólogos, para la validez de la confesión, la mención y
acusación detallada de los pecados veniales e imperfecciones.
Según la doctrina del Concilio de Trento (sesión 14, cap. 5),
muchos son los medios por los que se puede obtener la
remisión de los pecados veniales, no siendo, por consiguiente,
necesario acusarnos de ellos en la confesión; pero, añade el
Concilio, es provechoso confesarlos.
Rigurosamente hablando, por consiguiente, basta, si no
tenemos la conciencia manchada con un pecado mortal,
acusarnos de un pecado real, aunque se trate de uno de la vida
pasada ya confesado y perdonado por Dios. En todo caso, no
es bueno demorar demasiado en el examen de conciencia,
siendo, en cambio, mucho más importante el esfuerzo por
formar el acto de arrepentimiento amoroso más perfecto
posible, que borra los pecados veniales. Entonces puede
bastarnos la acusación limitada a unos pocos puntos. Con el
arrepentimiento renovado sobre los pecados de la vida pasada
terminaremos la confesión, diciendo: Me acuso de todos los
pecados de mi pasada vida. Muchos se estacionan demasiado
en el examen de conciencia y en la formulación de las faltas,
haciéndoseles onerosa la confesión semanal. Al
arrepentimiento siguen espontáneamente los propósitos de
enmienda correspondientes.
Otro medio indispensable es la asidua vigilancia: sobre los
sentidos externos, la imaginación, pensamientos, deseos,
tendencias, afectos y costumbres. «Velad y orad para no caer
en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca»
(Mt 26, 41). Sin una continua vigilancia y mortificación de los
sentidos, del paladar y de la lengua, de la volubilidad de las
tendencias espontáneas, de la susceptibilidad, del
resentimiento, del espíritu de contradicción, del orgullo, de la
inclinación a la crítica y al desprecio del prójimo, es imposible
superar el pecado venial. A la oración debemos unir la
mortificación y la adecuada ascesis, como nos exhorta el
Señor: «Vigilad y orad», porque «esta especie de demonios no
puede ser expulsada por ningún medio, si no es por la oración»
(Mc 9, 28).
Otro medio también indispensable es el ejercicio reflexivo
de las virtudes cristianas, especialmente de la virtud de la fe,
de las virtudes cardinales de la templanza (autodominio) y de
la fortaleza para los sacrificios que se nos exigirán. Pero lo
más importante de todo es que se encienda en nosotros el amor
a Dios y al prójimo, el amor ardiente a Cristo, nuestro Señor y
Salvador. Creciendo el amor, crecen todas las virtudes y se
vigoriza el deseo de evitar el pecado venial. El problema del
progreso interior y de la pureza del alma es ante todo un
problema de aumento de la caridad. Si amamos, los pecados y
las faltas desaparecen como por encanto. Generalmente,
adoptamos una postura errónea respecto a nuestras relaciones
con el pecado venial: ponemos a los bordes del camino de
nuestra vida una infinidad de letreros que nos van advirtiendo:
«es pecado», «no se puede», o «¿podré hacer esto?», y así lo
empequeñecemos o, mejor, lo obstruimos, y nos resulta
verdaderamente imposible caminar por él, con sencillez,
seguridad y alegría, hacia la cumbre. ¡Vivimos una ascesis
demasiado negativa! Necesitamos más amor, una ascesis más
positiva y luminosa. Si tenemos amor, lo tenemos ya todo. El
amor nos fortalece para aceptar los sacrificios y
mortificaciones, para renunciar a esto y aquello, para oponer
un no tajante a los movimientos del amor propio, para
mantener la vigilancia imprescindible si queremos
preservarnos de toda falta aun en las cosas más «pequeñas».
De las profundidades del amor debe brotar ese sincero
aborrecimiento de todo pecado venial, por pequeño que sea,
que debe acompañarnos siempre y penetrar enteramente
nuestro ser, influir y determinar toda actitud de nuestro espíritu
y de nuestra voluntad. El amor nos inmuniza contra cierta
forma de temor al pecado, infundada, paralizadora y
debilitante, y contra toda incertidumbre y exceso de escrúpulo
respecto a las innumerables posibilidades de pecar
venialmente, porque une nuestra voluntad a la de Cristo y a la
de Dios, y le da una dirección claramente determinada. Nos
empuja a hacer el bien, a hacerlo perfectamente y a pesar de
todas las dificultades. El amor no se contenta con evitar el mal,
con no faltar a ningún mandato de Dios, que eso lo hace
también el temor; se eleva sobre el simple deber y quiere hacer
más, dar más. El amor otorga al alma la fuerza de una
vigilancia constante, la fuerza de emplear los medios
necesarios para obrar bien, superar los obstáculos, evitar todo
lo que podría desagradar a Dios. El amor nos mueve a intentar
complacerle siempre y en todo. Ésta es su meta: muy superior,
por cierto, al mero no obrar mal.
El amor es una potencia superior a todas las demás.
Transforma al que ama, le da nuevas ideas, nuevos impulsos y
capacidades desconocidas. No es pequeña cosa el que nos
haga evitar continuamente en la tierra el pecado venial, en
medio de los hombres, en el vaivén de la vida moderna; no es
pequeña cosa vigorizar nuestras fuerzas con esa facilidad y
prontitud que nos mantiene casi espontáneamente en el recto
camino y hace casi imposibles la desviación y la caída. Para
llegar hasta aquí se precisa un estado de ánimo, superior a toda
mediocridad, que puede existir solamente donde el fuego del
amor divino arde con vehemencia.
Hagamos un examen de conciencia sobre nosotros mismos:
¿qué pienso yo del pecado venial?, ¿cómo lo he considerado
hasta ahora en la teoría y en la práctica?, ¿qué debo hacer,
modificar, abandonar, mejorar?, ¿con qué medios alcanzaré
este objetivo?
Nuestro programa: «Quien ha nacido de Dios no peca,
porque la simiente de Dios (la gracia) está en él» (1 Ioh 3, 9).
Tenemos que llegar a que nos sea moralmente imposible
cometer deliberadamente el menor pecado, permitirnos a
ciencia y conciencia las menores infidelidades. Tiene que ir
verificándose poco a poco en nosotros lo que está escrito:
«Quien ha nacido de Dios, no peca. No puede pecar». «El que
desprecia las cosas pequeñas, se precipitará poco a poco»
(Eccli 19, 1).
VII. EL ENEMIGO

«Todos buscan sus intereses, mas no los de Jesucristo» (Phil 2,


21).

No es cosa de poca monta haber sido elevados hasta la


participación en la vida divina, ser sarmientos de la vid que es
Cristo, sarmientos en que Él hace circular la savia de su vida,
y, en fin, poder decir: «no vivo yo, es Cristo quien vive en
mí». Cristo quiere y debe vivir y reinar en nosotros, ser el
alma que nos vivifique y determine todos nuestros
pensamientos, deseos y acciones.
Pero, a partir del instante en que Cristo toma posesión de
nuestra alma para infundirnos su espíritu y penetrarnos de su
vida, se le contrapone el enemigo que ambiciona impedir su
expansión. No es precisamente este enemigo el demonio o el
mundo, sino que vive en nuestro interior: nacido con nosotros,
nos ha estado esclavizando incluso cuando no gozábamos
todavía del uso de la razón. Es el enemigo cuyo poder aumenta
cada día, ayudado por nuestras pasiones, las tinieblas de
nuestra mente, la debilidad de nuestra voluntad, nuestros
pecados y nuestras malas costumbres. Es un enemigo que se
envalentona precisamente con los golpes que le damos, un
enemigo que se ufana de las victorias que sobre él vamos
logrando, y se las adjudica. Un enemigo que crece nutriéndose
precisamente de las virtudes que practicamos y hasta de los
defectos a los que cedemos; un enemigo que se despierta con
nosotros por las mañanas y queda a nuestro lado todo el día,
atento siempre a envenenar y degradar espiritualmente todas
nuestras obras.
Ya es hora de decir que este enemigo se llama amor propio.
¡Hay que derrotarlo! Si lo vencemos, está asegurado en
nosotros el reino de Cristo. Sólo entonces podremos decir, con
san Pablo, «no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,
20). Un bosquejo intuitivo de este enemigo artero nos lo da la
Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, libro 3, cap. 54:
«Las tendencias contrarias de la naturaleza y de la gracia».
1. Qué es el amor propio

Hay un amor propio recto, ordenado. Debemos amarnos,


desearnos el bien, sí, tenemos que amarnos a nosotros mismos,
porque la aspiración y la tendencia a la felicidad están inscritas
en nuestra naturaleza. Podemos desear para nosotros los bienes
naturales: talento, ciencia, integridad. Podemos amar también
nuestro cuerpo, cuidarlo, velar por su salud y hermosura, pero
a condición siempre de que la principal solicitud sea por el
alma, por adquirir las virtudes, por conseguir la salvación
eterna. El amor propio es ordenado cuando nos amamos en
Dios y por Dios, cuando, como hijos de Dios, como redimidos,
como llamados que somos a la participación de la vida divina,
le adoramos, le servimos, trabajamos en su santo amor por Él
y cumplimos su voluntad.
El amor propio ordenado tiene su reverso, que es el odio de
sí mismo: odiar los pecados cometidos y hacer penitencia por
ellos. Aborrecemos nuestra propensión al pecado y nuestra
corrupción interna, esforzándonos por subsanarlas mediante la
ascesis y la abnegación. Odiamos nuestro cuerpo,
sometiéndolo a la disciplina y a la mortificación. «Si alguno
viene a mí y no aborrece aun su propia vida, no puede ser mi
discípulo» (Lc 14, 26).
Hay también un amor propio desordenado, del que vamos a
hablar ahora. Este amor propio nos lo encontramos en todos
los caminos y en todos los senderos, día tras día y hora tras
hora, bajo mil formas diversas, exteriormente siempre
complaciente, mesurado, mañoso, gentil, amable, deferente.
Pero, visto al desnudo, es un lobo voraz, falso, mentiroso,
habilísimo en el arte de la seducción y de la persuasión,
sofista.
El amor propio es la fuerza que mueve el mundo. «Todos
procuran sus intereses», dice san Pablo, todos van a lo suyo,
todos buscan su provecho: somos unos egoístas. El amor
propio es la raíz secreta y profunda de los pecados y de los
vicios que hacen a los hombres continuamente infelices:
pereza, falta de carácter, infidelidad, mentira, concupiscencia,
avaricia; de los pecados de la carne y del espíritu. El amor
propio es la madre fecunda de todos los grandes crímenes de la
humanidad, de las injusticias que claman venganza al cielo y
de las que la historia es rica en ejemplos; de las opresiones, de
las faltas de caridad con el prójimo, de las enemistades y
guerras, de la destrucción de nuestra felicidad y de la del
prójimo. El amor propio es, en último análisis, lo que arranca
la fe y la religión de millones de corazones, lo que priva de
Dios y del cielo a millones de hombres.
Junto a este egoísmo grosero y vulgar, hay otro más sutil
que es propio de las almas piadosas: el amor propio
«espiritual». También en esta forma se introduce el egoísmo
cada día en los corazones, pensamientos, reacciones internas,
palabras y obras de las almas buenas.
Un alma, por ejemplo, anhela ardientemente la perfección;
pero detrás de esta ansia se encuentra, inconfesado, el deseo de
ser estimada, admirada, considerada, y, frecuentemente, una
complacencia en la propia perfección, una admiración de sí
misma, y un secreto orgullo.
Trabaja el alma cuanto puede por huir del pecado, pero, a
escondidas, se insinúa en ella el amor propio: huye del pecado,
no tanto porque es ofensa a Dios, sino también porque afea su
propia belleza espiritual, o también porque querría creerse a sí
misma superior a tales debilidades.
El amor propio va buscando consuelos, desea luces, dones y
gracias; se fija en las que Dios concede a los demás y termina
por hacerse celoso, envidioso y antipático.
Engañada por el amor propio sobre el verdadero objeto de
la vida y el combate espiritual, el alma los considera no ya
como el cumplimiento de la voluntad de Dios, sino como un
perfeccionamiento personal y una mejora de su vida; y al
proponerse un objeto equivocado, se desfiguran los motivos de
su acción. El alma termina por encerrarse en una escuela de
perfección conforme a su elección y a sus gustos, y no
sospecha ni de lejos que su esfuerzo por progresar no es otra
cosa que un engaño y una apoteosis de su propio espíritu.
El amor propio hace que se agite el alma y se inquiete por
sus defectos, pecados y debilidades; que se deje abatir y
acobardar por su propia miseria, que no pueda soportar la vista
de su propia nulidad, que esté descontenta de la obra de Dios y
de la gracia en ella, ya que le parece lenta, terriblemente lenta.
Había calibrado sus propias fuerzas de bien diverso modo y
pensando que la gracia iba a obrar como por encanto. ¡Qué
nerviosa le pone esta lentitud de Dios!
El amor propio lisonjea al alma para que se proponga una
meta alta, demasiado alta: teniendo a la vista el ejemplo de
Cristo y de los santos, piensa hacer otro tanto. Cree que ha
hecho ya cuanto ha podido, mas no puede dejar de comprobar
que lo que ha hecho queda por debajo de lo que ha visto en
ellos, y esta reflexión acaba por desanimarla.
El amor propio pone ante los ojos del alma el bien que
hace: la fidelidad con que cumple sus obligaciones, el celo con
que practica la oración y los ejercicios de piedad; a la vista de
tanto bien, pronto se levanta una sutil niebla y el alma
comienza a mareare.
El amor propio produce en el alma inquietud, impaciencia,
descontento, si se ve obligada a combatir, en los momentos de
oración, las distracciones, los pensamientos vanos y otras
tentaciones; si nota en sí pobreza de pensamientos elevados o
frialdad de corazón; si tiene que reconocer su propia
incapacidad; si sufre aridez de espíritu.
En las relaciones con el prójimo, el amor propio nos hace
susceptibles, inflexibles, soberbios, impacientes, exagerados
en la afirmación del propio yo y de los propios derechos, fríos,
indiferentes, injustos en nuestros juicios y. en nuestras
palabras. Se deleita en hablar de las propias acciones, de las
luces y experiencias interiores, de las dificultades, de los
sufrimientos, aun sin necesidad de hacerlo. En las prácticas de
piedad se complace en mirar a los demás, observarlos y
juzgarlos; se inclina a compararse y a creerse mejor que ellos,
a verles los defectos solamente y negarles las buenas
cualidades, a atribuirles deseos e intenciones poco nobles,
llegando incluso a desearles el mal. El amor propio –para
deshonra de la piedad– hace que nos sintamos ofendidos
cuando somos humillados, insultados o postergados, o no nos
vemos considerados, estimados y obsequiados como
esperábamos.
No es posible enumerar todas las formas del amor propio
espiritual. Basta indicar las que éste gusta adoptar en la vida
de comunidad. En ella se manifiesta con frecuencia como
separatismo, como tentativa de apartarse un tanto de la vida
común, de querer hacer más de lo que prescriben las reglas y
las constituciones, de sustraerse siempre que puede a la vida
común para seguir su propio camino. Gusta de presentarse
bajo el disfraz de una rigurosa fidelidad a la regla, intento que
hace a uno poco comprensivo y le mueve a espiar, controlar y
acusar a los otros, y que considera siempre a los superiores
demasiado suaves e indulgentes. Se manifiesta como afición a
las cosas privadas, sin interés por las de la comunidad; como
independencia de espíritu: no quiere uno someterse a la
obediencia ciega, no le place realizar sin examen crítico lo
ordenado, quiere ver y juzgar por sí mismo.
El amor propio induce a la crítica, al descontento, a la
indiferencia para con los superiores, hermanos o hermanas.
El amor propio, por fin, es la fuente de todas las
inquietudes, dificultades interiores, zozobras, temores,
desilusiones, deseos, esperanzas irrealizables, programas,
propósitos, intenciones: todas esas cosas que mantienen el
alma en tensión continua, que no la dejan en tranquilidad, la
privan del recogimiento y el espíritu de oración, de la paz
interior, y le impiden llegar a la unión perfecta con Dios, al
estado de oración perfecta.
Ahora que hemos visto con claridad la decisiva importancia
que el amor propio tiene en la vida de piedad,
comprenderemos cuán necesario es afrontar este enemigo para
rechazarlo y aniquilarlo.
El amor propio es la causa profunda de todos nuestros
pecados e infidelidades. Sabemos que el pecado es la afición
desordenada a un bien temporal, a una vanidad, a una locura, a
un ídolo; afición que reconoce su origen en un amor
desordenado de sí mismo, en el amor propio. Se insinúa la
serpiente en el paraíso: «No, no vais a morir; …y seréis como
Dios» (Gen 3, 4); halaga el amor propio de Eva, y la mujer se
deja engañar, toma el fruto prohibido y lo entrega a Adán para
que lo coma también. En este momento se desata sobre la
humanidad el torrente del pecado, que penetra en todas las
cosas, en todos los corazones, en los pensamientos,
inclinaciones y deseos, en los cuerpos y en las almas, en las
palabras y en las obras de los hombres: éste es el fruto del
amor propio. Hace de Caín un fratricida; de un apóstol, el
traidor del Señor. ¿Hay poder más nefasto que el del amor
propio?
El amor propio es en nosotros el enemigo de Dios. Hemos
sido creados para el santo amor de Dios. «Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus
fuerzas» (Mt 22, 37). «El que no ama, permanece en la
muerte» (1 Ioh 3, 14). Pero ¿quién ama a Dios? El que se
entrega enteramente y sin reservas a la voluntad y al
beneplácito divinos, el que asiente con un sincero fiat a todas
las gracias, fatigas, deberes, penas y alegrías que la vida le
proporciona, el que nada busca para sí, sino que sólo vive para
el honor, el servicio y la voluntad de Dios. Mas, a todo esto,
¿cuál es la actitud del amor propio?: vive para sí y no para
Dios, es el enemigo jurado de Dios y su amor. El amor de Dios
y el amor propio son como los dos platos de una balanza: si
uno sube, el otro baja. Sólo tras la derrota del amor propio
puede germinar en el alma el amor a Dios y a Cristo.
Y si el amor propio es el enemigo del amor a Dios,
necesariamente es también el enemigo del amor al prójimo.
Éste une los espíritus y los corazones, que el amor propio
separa. El amor propio es el gran aguafiestas, el enemigo que
siembra en los corazones la mala simiente de la aversión, la
envidia, el odio y la enemistad. El amor propio busca sólo y
siempre el propio provecho, sin cuidarse de los derechos
ajenos ni de la ley de la caridad con el prójimo. San Pablo
escribe a los de Corinto: «el amor es paciente, es benigno; no
es envidioso, no es jactancioso, no se hincha; no es descortés,
no es interesado, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la
injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo
cree, todo lo espera, todo lo aguanta» (1 Cor 13, 4 ss). ¿Verdad
que no es esto el amor propio?
¿Qué se sigue de ahí? Esta verdad incontrovertible: toda
perfección, toda santidad, todo progreso espiritual se funda en
la destrucción del amor propio. Sólo sobre sus ruinas puede
erigirse la nueva edificación en la que Cristo vive y reina. Y
esta otra verdad: el gran medio para llegar a la perfección es la
purificación y desapego del propio yo y del amor propio, que
es el enemigo por excelencia.

2. Cómo se vence el amor propio

Nuestra tarea es doble: oración y mortificación. «Esta clase


de demonios no se vence sino por la oración y el ayuno [la
mortificación]» (Mt 17, 21).
A la oración le están prometidas y vinculadas las gracias.
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis» (Mt 7, 7).
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
[santidad], porque serán saciados» (Mt 5, 6). Cuanto más y
mejor oremos, tantas más gracias nos serán concedidas para
que podamos vencer el amor propio. En nuestra oración
debemos pedir ante todo el verdadero amor de Dios y de
Cristo. El amor propio disminuye a medida que crece en
nosotros el amor de Dios. «Señor, ¡aumenta nuestro amor!».
Estrechamente unida a la oración está la mortificación. La
mortificación de la sensualidad y de la molicie, del deleite y
del placer en sus innumerables formas y matices, la
mortificación de los sentidos, de los ojos, de la curiosidad, de
la lengua. Finalmente, y ante todo, la mortificación generosa
de las potencias del alma, es decir, la disciplina y el dominio
de las inclinaciones y de las pasiones, del orgullo, la vanidad,
la susceptibilidad, la exagerada confianza en sí mismo, el mal
humor, la volubilidad, el espíritu de contradicción, la
locuacidad, la indecisión de la voluntad, la impetuosidad del
carácter; la mortificación de la inteligencia, el dominio de la
imaginación y de la memoria, la moderación de la tristeza y la
nostalgia, del temor, de la alegría, de la actividad exagerada e
insaciable.
Aun cuando hubiéramos hecho todo esto, seríamos todavía
unos siervos inútiles. Nuestro esfuerzo no basta. Nunca somos
bastante perspicaces para combatir el amor propio en todos sus
aspectos: nos falta ese valor, casi cruel, necesario para seguir
trabajando hasta aniquilarlo. En consecuencia, es necesaria la
intervención de Dios.
Y Dios interviene, empuña martillo y cincel y se pone al
trabajo: quiere hacer con nosotros una obra maestra, una
imagen lo más fiel y perfecta posible de su Unigénito: un hijo
de Dios, como Él, que lleve marcados los rasgos y la
fisonomía propios de Jesús y resplandezca con la belleza de
Cristo; y todo esto, para extender a nosotros lo más
perfectamente posible el amor que el Padre tiene al Hijo suyo
consustancial.
Interviene Dios, y actúa en nosotros externamente por
medio de su amorosa providencia, de sus disposiciones, de las
que nosotros llamamos las «casualidades» de cada día; por
medio de las circunstancias en las que nos coloca, de las
enfermedades, humillaciones, triunfos y fracasos, dificultades
y amarguras, cruces y dolores, pequeñas y grandes alegrías. En
cada momento de la vida Dios nos tiene de su mano y está
trabajando en nosotros para destruir nuestro amor propio, que
es nuestro mayor enemigo.
Actúa también en nosotros internamente, manifestándose
como un Dios celoso que no tolera a su lado, en nuestra alma,
otros dioses, como quiera que se llamen. Es celoso del amor y
de la entrega de nuestro corazón: quiere ser centro y objeto de
todos nuestros deseos y todas nuestras inclinaciones; quiere
que le amemos de verdad, con todo el corazón, con todas las
fuerzas, y que además amemos todas las otras personas y cosas
en Él y por Él. Es celoso del homenaje de nuestra inteligencia:
quiere que humillemos nuestro entendimiento ante Él, que
reconozcamos que Él lo es todo, que con una fe ciega le
sometamos todos nuestros criterios y nos dejemos guiar
siempre por su luz; que estemos dispuestos a morir al espíritu
propio, a renunciar a verlo y comprenderlo todo con nuestra
pobre inteligencia, y a admitir la orientación de su Espíritu y
de su Luz, a someternos absoluta e incondicionalmente a Él.
El Señor es un Dios celoso: sus celos, en verdad, no tienen
límite. Va Dios tan lejos, que no tolera en nuestro corazón ni la
más insignificante huella de amor propio, al que persigue hasta
su aniquilamiento total.
Dios comienza esta obra de total desprendimiento retirando
al alma que ha decidido vivir solamente para Él los consuelos
que en un principio le había concedido. Estas consolaciones
eran necesarias y muy oportunas en los comienzos de la vida
espiritual: tenían por objeto apartar a la criatura de la parte
inferior del alma, con el fin de unirla sólo a Dios. Estas
consolaciones –lo sabemos por experiencia personal– iban
vinculadas a un gusto sensible de Dios y de las cosas divinas;
de ahí que nuestra primera entrega a Dios no era en realidad
pura, sino que estaba matizada por un sutilmente disfrazado
amor propio. Poco a poco, cuando estos consuelos ya han
cumplido su papel, interviene Dios para purificar nuestro
amor. A intervalos y durante alguna temporada sustrae al alma
los consuelos internos, permite que ella note en sí misma
aridez, distracciones involuntarias, dificultades en la oración,
pérdida de toda devoción sensible y de la fruición que
anteriormente sentía; incluso la deja caer en cierta frialdad y
desgana por las cosas divinas, en una sensible dificultad para
recogerse y comunicarse con Dios. Por todos estos indicios el
alma se da cuenta de que ha entrado en una crisis espiritual.
Feliz entonces el alma que se comporta con coraje y acepta
con paz y humildad el tiempo de prueba: si permanece fiel y
entrega generosamente a Dios todo lo que Él le pide,
comenzará a amarle por sí mismo, y no ya por su dulzura ni
por sus consuelos.
Al llegar a este punto, puede ya iniciarse el segundo período
de la acción divina encaminada a destruir el amor propio. Tras
alternativas más o menos pronunciadas de períodos de fervor y
sequedad, Dios arrebata todos los elementos sensibles al alma
que le ha permanecido fiel; le da a saborear su amor con
escasa frecuencia y tan sólo por breves momentos. Así
despojada, el alma se va haciendo más sencilla y más pura: no
se da ya cuenta de que es amada; ni siquiera de que ama; y, sin
embargo, su amor es más fuerte y más puro que antes. Ama
sin pensar en sí misma, se olvida, se pierde de vista. La prueba
de su amor no se apoya, como antes, en lo sensible, sino que
se ha hecho más robusta, más fiel, más paciente, más
caritativa, más suave, más desinteresada, más firme ante las
tentaciones. El fervor de la sensibilidad ha cedido el puesto al
fervor de la voluntad, el amor propio ha perdido terreno, el
alma ha aprendido a olvidarse y a perderse en el amor de Dios.
Y aquí comienza la tercera fase, la de «la grande
purificación», el tiempo del que escribe santa Catalina de
Génova: «El amor divino destruye todo lo que es más querido:
valiéndose de la muerte, de la enfermedad, de la pobreza, del
odio, de la discordia, de la calumnia, del escándalo, de la
mentira, de la pérdida del honor a los ojos de tus padres,
familiares y amigos y de ti misma, de modo que no sabe una
cómo comportarse, ya que de todas las cosas más queridas
sólo te vienen pena y humillación. No comprendes siquiera
por qué obra así el amor de Dios, pues tanto por relación a
Dios como a los hombres su conducta te parece que no tiene
sentido. Después de dejar así al alma más o menos contrariada,
presa de íntimo sufrimiento, el amor divino le muestra, por fin,
su rostro radiante y luminoso y, apenas lo advierte, desnuda y
abandonada, se arroja el alma en sus brazos».
La primera de estas grandes purificaciones se manifiesta en
forma de graves tentaciones que parecen arremeter contra
todas nuestras virtudes: tentaciones contra la pureza, la fe, la
confianza en Dios y la caridad y el amor al prójimo;
tentaciones de ira, de resentimiento, de desconfianza, de
blasfemia, de resistencia a Dios y a su gracia; marejada de
todas las pasiones, que ya creíamos extirpadas para siempre y
desde tiempo atrás. Pero, a pesar de todo, el alma permanece
interiormente firme y pura: conoce sus fragilidades y su nada,
y, por fin, cesa de admirarse y de amarse; reconoce lo
pecaminosa y lo horrible que íntimamente es, y comienza a
alimentar su propio desprecio y aborrecimiento. Todo esto no
es más que obra del amor divino en nuestra alma.
Se caracteriza la segunda purificación por grandes
humillaciones externas. Se propagan calumnias contra la
persona, pierden todos la estima en que la tenían, se le califica
de hipócrita, se interpretan mal sus palabras y sus obras. Los
que un tiempo eran sus amigos, ahora la abandonan, la
rehúyen. Ni sus mismos superiores la valoran ya: la condenan,
le retiran su confianza. Y el alma sufre y calla, deja que la
condenen, que la calumnien, que se alejen todos de ella, que
sospechen de ella lo que quieran, y ora con Cristo: «Padre,
perdónalos». En realidad, nada de cuanto le reprochan puede
imputarse a sí misma, mas se cree culpable y está convencida
de que merece el tratamiento que recibe. Aquí es donde Dios
actúa. El amor propio no debe encontrar ningún apoyo: ni en
el testimonio de la propia conciencia, ni en la opinión o en el
juicio de los hombres.
Y, con todo, Dios no está aún satisfecho. El alma podría
apoyarse en Dios, en su proximidad, pero hasta de ese deseo se
ve privada. En el período en que Dios la somete a escrúpulos y
a apariencias de pecado, y a graves humillaciones provenientes
de las criaturas, incluso Él mismo la trata con severidad, casi
con dureza, de modo que parece rechazarla. El alma se cree
condenada y repudiada por Dios para toda la eternidad. Todo
le ha sido arrebatado: sus únicas posesiones son la tiniebla, la
oscuridad, la privación de toda ayuda, la ansiedad, un
sentimiento de abandono total, por parte de todo y de todos, y
se ve impulsada a exclamar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?». ¿Qué puede hacer? Nada; si no es
arrojarse ciegamente en los brazos de Dios, en una especie de
rendición incondicional: «A tus manos, Señor, encomiendo mi
espíritu».
Profundamente humillada, reducida a la nada a los ojos de
los hombres y a los suyos propios, no le queda donde
apoyarse. Pero en este momento se le abren los ojos, y, por fin,
el amor propio se desarraiga del suelo del alma, llevándose
consigo todos sus retoños y ramificaciones. Y el alma queda
libre para estallar en actos de puro amor; el amor de Dios le
muestra su rostro luminoso y radiante. Con un sentimiento de
íntima gratitud, el alma se entrega ya definitivamente en los
brazos amorosos del Padre y canta alegremente: «¡Dios es
amor!».
«Vencer el amor propio es vencerlo todo», dice san Alfonso
de Ligorio, El que vence el amor propio, lo conquista todo:
Dios, la propia alma, la paz del corazón, la santidad.
Tarea grande, demasiado grande para nuestras fuerzas. Pero
no nos acobardemos, porque en nosotros vive y actúa el Dios
omnipotente, en nosotros Cristo, nuestro Señor, vive y actúa y
lucha contra nuestro común enemigo. Él nos infunde su
espíritu, su luz, su fuerza que todo lo puede. «Yo soy la vid, y
vosotros los sarmientos». «Todo lo puedo en Aquél que me
conforta» (Phil 4, 13).
«Hijo, conviene que lo des todo por el todo y que nada sea
tuyo. Sabe que el amor propio te engaña más que ninguna cosa
del mundo. Según fueren el amor y afición que tienes a las
cosas, estarás más o menos ligado a ellas. Si tu amor fuera
puro, sencillo y bien ordenado, no serás esclavo de ninguna.
No codicies lo que no te conviene tener. No quieras tener
cosas que te puedan impedir o quitar la libertad interior. Es de
admirar que no te entregues a mí de lo íntimo del corazón con
todo lo que puedes tener o desear. ¿Por qué te consumes con
vana tristeza? ¿Por qué te fatigas con superfluos cuidados?
Está presto a cumplir mi voluntad y no sentirás daño alguno»
(Imitación de Cristo, libro 3, cap. 27).
VIII. LA PRÁCTICA DE LA VIRTUD
CRISTIANA

La vía purgativa se continúa con la vía iluminativa o de los


proficientes, es decir, de los que se entregaron un día al
servicio de Dios (primera conversión) y ahora se consagran
seria y sinceramente a vivir la vida de perfección cristiana ya
en el claustro, ya en el mundo, en el ejercicio de una profesión
profana (segunda conversión).
Gracias a las luces más radiantes que Dios les infunde en la
vía iluminativa, los proficientes adquieren un conocimiento
más íntimo de Dios. Mejor que a través de las bellezas de la
creación, que los rodean, conoce el alma a Dios en los grandes
misterios salvíficos de la encarnación del Hijo de Dios, de la
redención y de la vida eterna, que le ha sido prometida. El
alma se familiariza más con las verdades de la fe; penetra más
profundamente los misterios de la vida, de la pasión y muerte,
de la resurrección y glorificación de Cristo, de su vida y
acción en el cuerpo místico, que es la Iglesia. El alma se eleva
a un conocimiento vital del amor y bondad infinitos de Dios,
que la hace, por su parte, más sensible y dócil a sus
inspiraciones. Bajo los auspicios de esta influencia divina,
capta el alma cada vez más los valores de la persona de Cristo,
el Señor, su santa vida interior y la acción de su gracia en los
hombres. Y todo esto lo consigue el alma no tanto por su
propio esfuerzo y sus reflexiones teológicas, cuanto por las
luces derramadas por Dios sobre su inteligencia. El alma se
sumerge más en los misterios de la fe y vive más de ellos a
medida que se va abriendo también más y haciéndose más
dócil a las inspiraciones de la gracia, es decir, se purifica más
del pecado y se libera de las pasiones y apegos desordenados.
Sólo así puede avanzar en el camino de la virtud y de la
perfección.
Al resplandor de las iluminaciones que la acompañan en la
vía de los proficientes, el alma madura paso a paso en un alto
amor de Dios y del prójimo. El amor se manifiesta en los
proficientes no sólo luchando contra el mal y el enemigo de lo
divino, como en el grado de los incipientes, sino también
siguiendo más de cerca a Cristo por la imitación más perfecta
de sus virtudes, particularmente de la humildad y la
mansedumbre (Mt 11, 29), de la obediencia hasta la muerte
(Phil 2, 8), del amor al Padre y a los hombres (Ioh 13, 1; Gal
2, 20).
Para consolidar y perfeccionar las virtudes en el alma de los
proficientes, Dios las prueba con ciertos sufrimientos y penas,
al mismo tiempo que las ilumina: aridez duradera y desazón en
la oración, tentaciones vehementes, sobre todo contra la
paciencia; no raras veces permite Dios la pérdida de bienes
exteriores: el honor, la fama, relaciones familiares y amistades,
pobreza y enfermedades. Dios mismo apoya y sostiene en tales
pruebas las aspiraciones del alma a crecer y perfeccionarse en
la virtud. Quiere sobre todo fundarlas sólidamente en la
humildad, que es la base última de toda virtud auténticamente
cristiana, y quiere también anegarla en el conocimiento, que
sobrepuja a cuanto podemos vislumbrar, del amor de Dios que
se reveló en Cristo y en su obra redentora y que
incesantemente se nos manifiesta también a nosotros.

1. Sentido íntimo de la virtud cristiana

La vida divina de la gracia, que se nos infundió en nuestras


almas en el santo bautismo, está sujeta a crecimiento. «Es
semejante el reino de los cielos a un grano de mostaza, que
toma uno y lo siembra en su campo; ycon ser la más pequeña
de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de
todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol, de suerte que las
aves del cielo vienen a anidar en sus ramas. Es semejante el
reino de los cielos ál fermento que una mujer toma y lo pone
en tres medidas de harina hasta que todo fermenta» (Mt 13,
31-33). Así es el amor infinito de Dios: nos hace participar de
su vida divina, pero no quiere que nos quedemos estacionarios,
no quiere que nos contentemos con lo recibido en el santo
bautismo, sino que crezcamos y progresemos en una
participación cada vez más sublime y plenaria. ¿Hasta dónde
podemos llegar? Hasta «hacernos conformes con la imagen de
su Hijo» (Rom 8, 29). En verdad, elevada y grandiosa es la
cima que estamos llamados a escalar: «la imagen de su Hijo»,
tal como se nos ofrece irradiante en las excelsas virtudes que
el Señor practica en el Evangelio; las cumbres de su humildad
y de su amor que, generoso, lo da todo. El grano de mostaza
de la vida divina ha sido depositado en nuestras almas, para
que crezca sin cesar, para que llegue a ser un árbol grande y
lozano, para que fructifique a la gloria de Dios y de nuestro
Señor Jesucristo, en provecho de nuestra propia alma y de la
de tantos de cuya salvación y santificación somos
solidariamente responsables.
La gracia santificante es el fermento que penetra en el
hombre y lo transforma con su virtud. Es un poder vivo y
eficaz que actúa en nosotros. Puede y elevará el pensamiento y
la voluntad del hombre, sus sentimientos y fuerzas, sus
alegrías y sufrimientos a la esfera de lo sobrenatural,
transformándolo todo en obras de virtudes sobrenaturales:
«hasta que todo fermenta». La gracia no puede permanecer
ociosa en nosotros; trabaja y actúa, puesto que no es sino
participación de la vida misma de Dios, potente y siempre
activa. No descansa mientras no retroceda en el alma el
enemigo de Dios y todo el hombre quede santificado y
divinizado, inundado de los vivos reflejos de las virtudes
sobrenaturales. La gracia urge a realizarse en actos y obras de
virtud, a dar fruto.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 29). «Yo os he
dado ejemplo», dice el Señor, «para que vosotros hagáis
también como yo he hecho» (Ioh 13, 15). Y el Apóstol nos
insiste con toda urgencia: «Tened los mismos sentimientos que
tuvo Cristo Jesús, quien siendo Dios en la forma, no reputó
codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó,
tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los
hombres, y en la condición de hombre se humilló, hecho
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Phil 2, 5-8).
Mencionaremos también especialmente aquel otro texto:
«Vestíos del Señor Jesucristo» (Rom 13, 14). Tenemos que
identificarnos con los sentimientos del Señor hasta poder decir
en verdad: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,
20). El Padre nos ha designado explícitamente a su Hijo,
hecho hombre, como maestro y modelo: «Éste es mi Hijo
amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle» (Mt 17,
5). Cristo vive y obra siempre conforme al beneplácito del
Padre. Su pensar y querer, sus sentimientos y su oración, sus
palabras y acciones, su conducta con los hombres, todo es
perfecto, santo y como debe ser según la voluntad del Padre.
De aquí que las palabras y obras del Señor sean para
nosotros el modelo y ejemplo de toda virtud y santidad. De
aquí que nos recomiende el Padre: «¡Escuchadle!», y que el
mismo Señor nos diga: «¡Aprended de mí!». En Él habita la
plenitud de la virtud, de la santidad y de la perfección. En Él,
en su vida santa y perfecta se han formado los santos de la
Iglesia y han llegado a ser lo que son. Éstos escucharon la
recomendación del Padre y la palabra de Cristo. ¡Ojalá
también nosotros le prestemos oído y la pongamos en práctica!
¡Dios lo quiera!
El misterio de nuestra unión vital con Cristo nos revela el
verdadero sentido del esfuerzo por la adquisición de las
virtudes: nuestra vida virtuosa es la expresión natural y la
necesaria irradiación de nuestro «ser en Cristo». «Yo soy la
vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en
él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada»
(Ioh 15, 5). La práctica de la virtud es la expresión natural y el
resplandor necesario de nuestra incorporación a Cristo en el
santo bautismo.
No es, pues, cosa de nuestro gusto libre y personal, sino un
deber sagrado, que deriva de la recepción del santo bautismo.
Entonces fuimos incorporados a Cristo, unidos vitalmente a
Él, para ser colmados de su propia vida.
Éste es el privilegio de la virtud cristiana: si el cristiano, es
decir, el bautizado o miembro del cuerpo místico, se humilla
con espíritu contrito, esta humillación se vincula a la
humillación practicada por Cristo cuando se hizo hombre,
cuando estuvo sometido a María y José; cuando lavó los pies a
los apóstoles. Es Cristo quien con su humildad glorifica al
Padre y le honra en nosotros y a través de nosotros, sus
miembros. Nuestra pobreza se une en espíritu con la pobreza
que el Señor practicó en el pesebre, en el desierto de Egipto,
en Nazaret, en su vida pública, cuando no tenía siquiera donde
reclinar la cabeza. Y es su pobreza, prolongada en nosotros, la
que condena la avaricia de los hijos de este mundo y honra
expresamente al Padre. A los ojos de Dios sólo hay en todo el
universo uno que lo glorifica dignamente, sólo uno que ora
perfectamente, que perfectamente es humilde y pobre de
espíritu: Cristo. Nosotros le estamos incorporados, y de este
modo pudo Él proseguir en nosotros su vida de perfección
para gloria del Padre. «La cabeza y los miembros forman tan
íntimamente un solo cuerpo, que es imposible distinguir lo que
pertenece a uno y lo que es de los otros» (S. Agustín, In Ps 40,
1).
Ser cristianos, ser miembros de Cristo y no vivir su vida de
perfección, es una contradicción in terminis. Nuestra
incorporación a Cristo proporciona a nuestra virtud un valor y
una excelencia que superan a los de cualquier virtud
puramente natural y humana.

2. Leyes de las virtudes cristianas

Primera ley: las virtudes pueden y deben crecer y


robustecerse continuamente. La vida sobrenatural penetra en
nosotros como una fuerza que despierta las potencias del alma,
entendimiento, memoria, voluntad; las satura de una nueva
vida, las coloca en mejor disposición para recibir la luz y la
verdad divina; les infunde un nuevo impulso para vivir
siempre en consagración al Señor infinitamente bueno, para
trabajar con Él, mortificarse, sufrir y actuar cada vez más
perfectamente por su amor. Es una nueva oleada de vida que
se vierte en nuestra alma y nos arrastra consigo, una fuerza
divina que exige siempre del alma nuevas energías, sujeta la
complejidad de nuestra vida moral y la conduce hacia cumbres
más altas.
Como cristianos, debemos hacer todo lo posible para crecer.
Pero hay una diferencia muy notable entre el desarrollo de las
virtudes naturales –por ejemplo, la formación del carácter, el
logro de la ciencia o del valor natural– y el desarrollo de las
virtudes cristianas sobrenaturales. El hombre llega a poseer las
primeras por su propia voluntad, mediante el propio esfuerzo y
una actividad incansable; la vida sobrenatural, por el contrario,
no puede ser producida ni acrecentada por el solo esfuerzo
humano: solamente Dios puede dárnosla. Es Dios quien nos
eleva de un grado inferior de virtud a otro superior, quien nos
concede una luz más viva que antes o nos infunde un grado de
vitalidad sobrenatural más intenso que el precedente. Es Dios
quien produce en nosotros el crecimiento de las virtudes, que
sólo de Él debemos esperar y sólo en Él debemos buscar.
Nos proporciona el Señor tres grandes medios que
favorecen el crecimiento de las virtudes sobrenaturales. El
primero es el uso de los sacramentos. En ellos fluye caudalosa
la corriente de la gracia. Nosotros la recibiremos a la medida
de la pureza y del fervor de nuestras almas. Entre todos los
sacramentos, es el de la sagrada comunión el que aumentará en
nosotros la vida de la gracia. Todos los sacramentos tienen
como fin el aumentar en nosotros la gracia santificante, con
cuyo aumento se realiza simultáneamente el de las virtudes
sobrenaturales. Constituyen el segundo medio las buenas obras
que realizamos.
Como estas obras son fruto de la gracia, nos hacen más
agradables a Dios, quien nos confiere un grado más alto de
gracia y, por lo mismo, un aumento en la virtud. El Concilio de
Trento enseña expresamente contra los protestantes que los
justificados alcanzan por sus buenas obras el aumento de
gracia y la vida eterna.
La oración contribuye de modo particular al crecimiento de
las virtudes; la oración es una obra buena y, como tal, nos
merece un aumento de gracia y de virtud, como cualquier otra
obra buena; pero además tiene la oración un valor propio: el
llamado valor impetratorio, ya que se nos ha dicho: «Pedid y
se os dará» (Ioh 16, 24). Este valor impetratorio será tanto más
eficaz cuanto más conscientemente entremos con nuestra vida
y nuestra oración en comunión con la Iglesia orante. Que
también esta oración de la comunidad tiene su promesa:
«Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos» (Mt 18, 20), allí estoy yo orando con
ellos.
Segunda ley: la virtud puede también disminuir e incluso
puede llegar a perderse totalmente. Así somos de débiles, de
inconstantes en nuestro esfuerzo y en nuestro querer, de
expuestos a tantas dificultades; enemigos y peligros.
El enemigo por excelencia que dificulta el crecimiento de la
gracia y de la virtud, o que la detiene, es el pecado venial, no
suficientemente odiado ni combatido. No puede atacar
directamente la virtud y la gracia ni puede destruirlas, pues
que son tan puras; pero una cosa puede hacer el pecado venial:
debilitar la intensidad y la fecundidad de la gracia santificante,
y con ella el aumento y la perfección de las virtudes,
especialmente del amor. El pecado venial se ciñe como la
hiedra a la delicada plantita de la vida en la gracia, para ir
sofocándola lentamente. Las plantas venenosas de los pecados
veniales habituales deterioran el terreno, le sustraen los jugos
vitales, vician el aire necesario a plantas de sol cuales son la
gracia y las virtudes. Finalmente, el pecado venial aleja del
alma muchas gracias eficaces y mata muchos gérmenes vitales
de los cuales habrían de desarrollarse las virtudes: todo esto es
el fruto del pecado venial deliberado.
Mas también podemos echar a perder las virtudes. Las
perdemos por el pecado mortal, que mata en primer lugar la
virtud más esencial y básica: la caridad. Una vez perdida la
caridad que nos une a Dios, pierde ya el alma todas las demás
virtudes, a excepción de la fe y de la esperanza: queda
destruido y asolado el jardín divino del alma cristiana, se
esfuma toda la vida. Sólo la fe y la esperanza van arrastrando
una existencia enlutada en el alma, hasta el día en que la
infeliz llega a destruir, por la incredulidad y la desesperación,
estos últimos recuerdos de la hermosa floración divina de un
tiempo; y entonces todo es noche en el alma, todo es
esterilidad y tiniebla. Tan sólo una llamita vacilante: el
carácter bautismal –no precisamente una virtud–, que
inextinguible sobrevive en el alma del bautizado y suspira
incansable por el retorno de la gracia y de las virtudes.
¿Quién de nosotros puede considerarse eximido, siquiera
por un instante, de la fragilidad, el pecado y la maldad de
corazón? «El que cree estar en pie, mire no caiga» (1 Cor 10,
12), «no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que
tiene misericordia» (Rom 9, 16), «con temor y temblor
trabajad por vuestra salvación» (Phil 2, 12). Podemos perder la
gracia y las virtudes, estamos inclinados al pecado, y si nos
vemos exentos lo debemos únicamente al amor misericordioso
del Señor, que nos preserva.
Tercera ley: todas las virtudes sobrenaturales se apoyan
mutuamente: nacen, crecen y disminuyen a la vez. No están
yuxtapuestas, como árboles distintos cuyo desarrollo se
efectúa a tenor del carácter particular de cada uno, sino que
más bien forman un solo árbol, un todo orgánico con la gracia
santificante, de la cual proceden como de su raíz. En el
organismo humano no crece primero sólo un brazo o sólo el
corazón o la cabeza: todas las partes del cuerpo crecen
simultáneamente, en dependencia absoluta una de otra, como
un todo orgánico. Esto mismo ocurre en el organismo de la
vida sobrenatural: todas las virtudes crecen o menguan a un
mismo tiempo.
Y no podría ser de otra manera, ya que todas ellas están en
relación directa con la virtud del amor a Dios, en la cual todas
se comprenden. «La caridad es paciente, es benigna; no es
envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no
es interesada, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la
injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo
cree, todo lo espera, todo lo tolera» (1 Cor 13, 4-7). El que
posee la caridad sobrenatural para con Dios y con el prójimo,
está dispuesto a practicar cualquier virtud dónde y cómo se la
presenten el deber y la ocasión. El amor orienta cada
pensamiento y cada obra nuestros hacia Dios, y por eso plasma
toda nuestra vida, tanto la privada como la social, según las
exigencias de la virtud cristiana sobrenatural.
«¡Ama y haz lo que quieras!» (San Agustín). Lo que nace
del perfecto amor a Dios le resulta siempre bueno y agradable;
el que posee el amor perfecto, posee todas las virtudes: la fe, la
esperanza, la prudencia, la fortaleza, la templanza, la justicia.
Cuanto más perfecto sea nuestro amor de Dios, tanto más
perfecta, sencilla y fecunda será nuestra virtud, pues el amor
es el alma de todas las virtudes. Importa, en consecuencia, que
nos esforcemos por adquirir y poseer el amor. Al calor de la
caridad crecen espontáneamente todas las virtudes.
Sucede con cierta frecuencia que tenemos una virtud y las
otras no. Alguien, por ejemplo, será castísimo, pero a la vez
soberbio y presuntuoso; otro será obediente, y al mismo
tiempo altanero; aquél piadoso, pero poco caritativo,
impaciente y egoísta. Semejante desmembramiento y
segregación de las distintas virtudes obedece a que la virtud de
tales personas es débil e imperfecta: de ahí esas lamentables
caricaturas de la virtud cristiana que, por desgracia, solemos
encontrar con tanta frecuencia en todas partes.
La vida de gracia y la virtud sobrenatural son algo sublime,
sobre todo la virtud perfecta que tiene sus raíces en la vida
sobrenatural perfecta.
Quien, por otra parte, posee la vida y las virtudes
sobrenaturales, tiene asimismo la dicha de que son suyas de
modo perfecto todas las nobles virtudes naturales humanas: las
virtudes cardinales de la justicia, la prudencia, la fortaleza y la
templanza, juntamente con todas las demás que llamamos
virtudes morales y están relacionadas con las cardinales, por
ejemplo, la modestia, la castidad, el dominio de sí mismo, etc.
Toda virtud natural es al mismo tiempo sobrenatural para
nosotros los bautizados, con tal de que esté vivificada por la
gracia santificante y movida además por un impulso
sobrenatural, sobre todo por el amor de Dios. Si, por
consiguiente, adquirimos y practicamos con celo la virtud
cristiana, seremos también al mismo tiempo hombres
naturalmente nobles y virtuosos. La práctica de la perfección
cristiana nos hace asimismo perfectos en el aspecto humano.
Y, por el contrario, mientras nuestra vida moral natural está
mancillada de faltas, señal es de que nuestra vida sobrenatural
no es todavía perfecta. Las relaciones existentes entre las
virtudes naturales y las sobrenaturales son para nosotros un
motivo más de vivir en toda su pureza la vida de la gracia y de
la perfección cristiana. Así, la naturaleza misma hallará su
plena expansión y nosotros alcanzaremos el ideal de la
personalidad cristiana. Nuestro celo y fervor por crecer en la
gracia y conquistar las virtudes sobrenaturales quedan
recompensados.
Examinémonos y pidamos la gracia de llevar una vida
virtuosa cristiana perfecta.
IX. LAS TENTACIONES

«No nos dejes caer en la tentación» (Mt 6, 13).

¡Convivir la vida de Dios en Cristo Jesús como miembros


de su cuerpo místico! Cristo «padeció y fue tentado» (Hebr 2,
18). El Apóstol lo dice y repite explícitamente: «Fue probado
en todo a semejanza nuestra, excepto el pecado» (Hebr 4, 15),
y el Evangelio narra prolijamente cómo, después del bautismo
en el Jordán, el Señor «fue llevado por el Espíritu al desierto
para ser tentado por el diablo» (Mt 4, 1). ¿No es éste un hecho
misterioso? El Espíritu Santo impulsa al mismo, sobre quien
poco antes en el Jordán se vieron los cielos abiertos y sobre
quien resonó la voz del Padre: «Éste es mi Hijo muy amado,
en quien tengo mis complacencias», y lo conduce al desierto
de Judea para que sea tentado por Satanás. La liturgia de la
primera dominica de Cuaresma ve en el Señor así conducido al
«Cristo total», es decir, a Cristo unido con su Iglesia, a su
cuerpo místico, a todos nosotros. Todos los que en el bautismo
hemos sido admitidos en Cristo y en la Iglesia, nos vemos
conducidos al desierto para participar en su vida, para
proseguir su vida en nosotros y ser tentados con Él por
Satanás. Es vocación nuestra, como miembros de Cristo,
vencer con su fuerza al enemigo, al mundo, al demonio y a la
carne, para gloria del Padre y con el fin de conquistar de este
modo la corona de la vida. «El que se bate en el estadio, no es
coronado si no lucha según las reglas» (2 Tim 2, 5).
«Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque,
probado, recibirá la corona de la vida que Dios prometió a los
que le aman» (Iac 1, 12). «Tened por sumo gozo veros
rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba
de vuestra fe engendra la paciencia. Mas tenga obra perfecta la
paciencia, para que seáis perfectos y cumplidos, sin faltar en
cosa alguna» (Iac 1, 2-4). La virtud puesta a prueba en la
tentación, se fortifica y crece.

1. Qué es la tentación
Lo sabemos todos demasiado bien por experiencia diaria.
Bastante tenemos que sufrir por las tentaciones que nos vienen
de nuestra naturaleza, que, a consecuencia del pecado original,
arrastra el sello de la concupiscencia. Como si no nos bastase
este enemigo interno, estamos circundados por enemigos
externos que con sus lisonjas intentan arruinarnos: el mundo y
el demonio. «Estad alerta y velad, que vuestro adversario el
diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién
devorar» (1 Petr 5, 8). Se le ha concedido licencia para
molestarnos y estimular nuestras peores pasiones. Furioso de
odio y de envidia contra nosotros, quiere aplastar en nosotros a
Cristo, causarle perjuicio y derrotas, a Él, cabeza nuestra, que
en nosotros vive y le combate. ¿Quién se atreve a poner en
duda que en el demonio encontramos un adversario mucho
más fuerte que nosotros?
Con el diablo está aliado el mundo. Al hablar de «mundo»,
entendemos todas las personas que viven para satisfacer su
amor propio, orgullo y sensualidad. «Todo lo que hay en el
mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los
ojos y el orgullo de la vida» (1 Ioh 2, 16). Viven para el dinero
y la satisfacción de sus sentimientos. La pobreza, y más sí es
libremente elegida, la castidad, son para ellos locura. Las
humillaciones y las ofensas voluntariamente aceptadas,
necedad; orar, una ocupación buena para quienes no sirven
para otra cosa. Y querrían inculcarnos estos principios; con
palabras y ejemplos se empeñan en arrastrarnos al camino
ancho que conduce a la perdición. Intentan descorazonarnos,
haciendo burla de nuestro pensamiento y de nuestra vida, de
nuestra religión y nuestra Iglesia. Y frecuentemente no son
personas que siguen las prácticas del mundo, sino personas de
cristianismo inoperante en la práctica, que con su ejemplo y
consejos nos dan ocasión de pecado. Su seducción nos inclina
a compartir su vanidad, su sensualidad, su frialdad ante el
prójimo.
Concupiscencia y pasiones en nuestro interior; y en torno a
nosotros el mundo y el demonio: ¡realmente, no nos faltan
estímulos ni halagos para inducirnos a abandonar el bien y
obrar el mal!
«Nadie en la tentación diga: soy tentado por Dios. Porque
Dios ni puede ser tentado al mal ni tienta a nadie» (Iac 1, 13).
¿Cómo podría ser santo Dios si nos indujera al mal? Dios no
nos tienta nunca: sólo permite que seamos tentados, interior y
exteriormente. Dios reina también sobre el tentador, que puede
acercársenos sólo hasta donde el Señor lo permite, pero «no
permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes
dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla»
(1 Cor 10, 13).
Si Dios permite que seamos tentados, es porque persigue un
fin divinamente sabio y sublime. No lo permitiría si no supiera
sacar un bien de las tentaciones a las que nos somete, razón
por la cual las tentaciones no son para nosotros un mal, sino un
grande bien. ¿Por qué?, porque son un medio insustituible en
la empresa de la purificación del corazón. Como una bengala,
iluminan los abismos de la sensualidad, de la concupiscencia,
del amor propio, del egoísmo, de la avaricia, del odio; y así se
convierten en guía del conocimiento que tenemos de nosotros
y de la verdadera humildad. En los momentos de tentación
vemos con claridad infalible lo débiles que somos, lo poco que
hace falta para apartarnos del bien y precipitarnos en el mal.
Las tentaciones nos incitan a combatir y a resistir virilmente,
expiando de este modo nuestra indolencia y negligencia en
otras épocas de nuestra vida; nos obligan a mantenernos en
guardia, a prohibirnos cuanto podría convertirse en cebo de la
tentación; nos instan a dedicarnos con interés a la oración,
porque si queremos vencer necesitamos mucha oración, y la
gracia está vinculada a la oración.
La tentación es un precioso medio para el progreso del
alma, y por esto es un bien grandísimo. Nadie que se empeñe
seriamente en la búsqueda de Dios, puede verse exento de ella.
La tentación nos despierta del letargo de la tibieza y nos
espolea a realizar sacrificios y actos de mortificación. Además,
tiene el fin, y la fuerza también, de hacernos adelantar en la
virtud: toda tentación combatida y vencida es un acto de virtud
y redunda en su acrecentamiento. Al combatir una incipiente
duda contra la fe, despertamos un acto de fe; al defendernos de
un sentimiento de sospecha, de odio, de envidia, o de un
pensamiento poco caritativo que nos asalta, suscitamos una
reacción de humildad. ¡En qué pararía nuestra virtud si no
tuviéramos que combatir tentaciones! En la lucha contra éstas,
aquélla se purifica, se fortalece, se consolida. Reaccionando
contra la desgana en la oración y en las cosas religiosas, se
robustece nuestra fidelidad a Dios. El vernos perseguidos o
calumniados puede transformarse en una ventaja, si
soportamos con paciencia y humildad por amor de Dios.
La tentación es también una fuente inagotable de méritos
para la vida eterna. Cada victoria obtenida sobre la tentación
aumenta la gracia santificante y la vida divina en nosotros; nos
une más estrechamente a Cristo. Razón tiene el apóstol
Santiago al exclamar: «Tened por sumo gozo veros rodeados
de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra
fe engendra la paciencia. Mas tenga obra perfecta la paciencia,
porque seáis perfectos y cumplidos sin faltar en cosa alguna»
(Iac 1, 2-4).
¿Extrañaremos, pues, nuestras tentaciones o nos
atreveremos a lamentarnos de ellas? «Porque eras acepto a
Dios, fue necesario que la tentación te probase» (Tob 12, 13).
Con estas palabras consuela el ángel a Tobías en la hora de su
prueba. Las tentaciones son el premio del sincero suspirar por
Dios y de la fidelidad a Él; si las permite, es para que nos
purifiquemos, y purificándonos nos hagamos más agradables a
sus ojos. Las tentaciones nos son necesarias. Si las
aprovechamos bien, serán para nosotros fuente de gracias.

2. Nuestra conducta en la tentación

Sería una presunción desear la tentación o querer


provocarla sin motivo, pero sería un error temerla como si el
Señor no nos fuera a proporcionar la necesaria asistencia de su
gracia. Sería injusto entristecernos cuando presentimos que
llega y creer que todo está perdido. Nunca estamos solos y
siempre tenemos la certeza de que Dios no nos abandona:
jamás permite que seamos tentados más allá de nuestras
fuerzas. Dios no demuestra su cuidado de nosotros
ahorrándonos la tentación, lo cual, más que aprovecharnos,
nos perjudicaría, sino al no permitir que seamos tentados hasta
rebasar nuestra capacidad. Conoce mejor que nosotros nuestro
límite, ¿No es Él quien nos da las fuerzas con su gracia?
Contiene la tentación en su medida oportuna y no tolera que se
ensañe demasiado. Para las tentaciones más graves nos da una
gracia mayor, a fin de que podamos resistir y vencer. Dios nos
ama y conoce las profundidades de nuestra alma: ansía
vehemente, divinamente, que seamos fuertes y venzamos; vive
en nosotros, Padre, Hijo y Espíritu Santo, infinitamente
próximo, con objeto de sostenernos en la lucha y conducirnos
a la victoria.
Cristo, la cabeza, la vid, habita en nosotros: su fuerza
circula como savia en el alma. Cristo se pone siempre de
nuestra parte para vencer, en y con nosotros, al mundo, al
demonio y a la carne. «Confiad: yo he vencido al mundo» (Ioh
16, 33). Y nosotros nos apoyamos en esa su fuerza que actúa
en nosotros: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Phil
4, 13). ¿Qué debemos temer los que en el bautismo hemos sido
marcados con la contraseña de la cruz e iluminados por la luz
de Cristo, los que hemos sido injertados en Él para participar
en su vida? «El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién voy a
temer?» (Ps 26, 1). Podemos aplicarnos confiadamente las
palabras del salmo que rezamos todas las tardes en completas:
«Te enviará a sus ángeles para que te guarden en todos tus
caminos, y ellos te llevarán en sus manos para que no
tropieces en las piedras. Pisarás sobre áspides y víboras y
hallarás al león y al dragón. Porque me amó, yo le salvaré; yo
le defenderé porque confesó mi nombre. Me invocará y yo le
oiré, estaré con él en la tribulación, le sacaré y le honraré. Le
saciaré de días y le daré a ver mi salvación» (Ps 90, 11 ss).
Unidos así a Dios y a Cristo, cabeza nuestra, el gran
triunfador, vamos valerosamente al encuentro de la tentación
con la vista serena que sabe distinguir en la tentación entre el
primer movimiento, la consiguiente complacencia del hombre
inferior, y el verdadero consentimiento propiamente dicho del
hombre superior. El demonio o nuestra imaginación nos ponen
ante los ojos el fruto prohibido, a veces con gran vivacidad,
insistencia y obstinación. Mas todo esto no es sino el primer
movimiento, una sugerencia que no constituye absolutamente
ningún pecado mientras nuestra voluntad no otorga su
consentimiento. Pero la tentación prosigue: sin quererlo, el
hombre inferior que habita en nosotros se ve atraído por el
fruto prohibido que se le presenta, y experimenta cierto
agrado. Esta complacencia de la parte inferior de nuestra
naturaleza influye, como es natural, sobre la decisión de
nuestra voluntad libre, y la invita a consentir. Entonces hay
que decidirse. Si la voluntad rehúsa su consentimiento, la
tentación es rechazada enérgicamente: la voluntad ha vencido.
A veces vacila un momento: no querría ofender a Dios, pero al
mismo tiempo querría gozar del fruto prohibido. También
puede suceder que la voluntad resista sólo a medias y que le
falte una decisión absoluta, o que rechace realmente la
tentación, pero sólo cuando se ha dado cuenta de que la cosa le
va resultando peligrosa: es un estado de ánimo en el cual el
entendimiento no ve con toda claridad; la voluntad está
encadenada en cierto modo por la incipiente actuación de la
concupiscencia: es el estado de semiconsentimiento. En él
nunca se puede hablar de un pecado propiamente dicho. Muy
distinto caso sería si consintiéramos totalmente a la tentación,
esto es, si, a pesar de la voz de la conciencia y con perfecto
conocimiento del mal, nos dejáramos arrastrar a pensar con
placer en el fruto prohibido, a desearlo, o todavía más a
gustarlo de hecho. Este pleno consentimiento constituye un
pecado mortal, si se trata de materia grave; un pecado venial,
si se trata de materia menos grave; pero en ambos casos es un
pecado cometido deliberadamente, conscientemente.
Prevengamos la tentación: practicando una seria
mortificación interna y uniendo a ella la oración. «Velad y
orad para no caer en la tentación» (Mt 36, 41). La táctica del
mundo y del demonio tiende a impedir que oremos, incluso a
infundirnos aversión a la oración. Prevengamos también las
tentaciones huyendo de las ocasiones de pecado, por pequeñas
que sean. «El que ama el peligro perecerá en él» (Eccli 3, 27).
Una cosa es exponerse al peligro de pecar mientras se cumple
el deber, y otra, sin razón suficiente. ¡Cuántos han acarreado
gravísimos males a su alma por haberse expuesto al peligro de
ver, decir, hacer o curiosear algo sin necesidad! Prevengamos
también la tentación alejándola con el trabajo continuo, con el
concienzudo cumplimiento de nuestras obligaciones. «La
ociosidad es la madre de todos los vicios», dice la sabiduría
popular. Prevengámosla, ocupándonos de fomentar nuestro
horror a todo pecado, por pequeño que parezca, y, sobre todo,
esforzándonos por aumentar en nosotros el amor de Dios y de
Cristo. El amor es la mejor ayuda y la mayor defensa contra la
tentación: nos da fuerza, alegría, ímpetu y arrojo tales, que la
tentación queda pronto superada.
Combatamos la tentación. Habremos de repetir muchas
veces y con confianza la petición del padrenuestro: «no nos
dejes caer en la tentación», concédenos la fuerza de
permanecer fuertes en ella. Ya que el mismo Señor pone en
nuestros labios tal plegaria, bien estará que la repitamos
continuamente.
Combatimos la tentación manifestándosela abiertamente al
director espiritual, pues el manifestarla es ya casi vencerla. El
que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede
estar seguro de que Dios otorga a éste la gracia necesaria para
dirigirle bien. La revelación de las tentaciones era para
nuestros Padres una cosa santa a la que se atenían
rigurosamente. No andaban, ni mucho menos, descaminados:
este acto de humildad era para ellos un remedio de primer
orden para vencer la tentación y ahuyentarla.
No creamos nunca que la tentación se combate poniéndonos
a discutir con ella, ni siquiera afrontándola directamente: se la
combate mejor indirectamente. Apenas se presente, apartemos
de ella la mirada para dirigirla al Señor, que vive dentro de
nosotros y combate a nuestro lado, que ha vencido el pecado;
abracémonos a Él en un acto de humilde sumisión a su
voluntad, de aceptación de esta cruz de la tentación que Él nos
coloca sobre los hombros, de confianza en Él y de fe en su
proximidad de súplica para que nos transmita su fuerza. De
este modo la tentación nos conducirá a la oración a la unión
con Dios y con Cristo: no será una pérdida, sino una ganancia.
«Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le
aman» (Rom 8, 28).
La tentación es, pues, realmente una gracia, un medio
excelente para lograr la vida de perfección cristiana: así la ve
Dios, y así debemos nosotros apreciarla.
Sabemos que somos miembros de Cristo. Con tal
conciencia, y apoyados en la fuerza de Cristo, afrontemos la
tentación. ¡Venceremos! «Todo lo puedo en Aquél que me
conforta» (Phil 4, 13). «Bienaventurado el varón que soporta
la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida que
Dios prometió a los que le aman» (Iac 1, 12).
X. LAS IMPERFECCIONES

«Esforzaos por alcanzar el amor» (Cor 14, 1).

Estamos destinados a convivir la vida divina en Jesucristo


mediante una activa participación en la vida del que es nuestra
cabeza.
Pero en Cristo no hay pecado ni sombra de imperfección:
todas sus obras son perfectas, tanto en su ejecución exterior
como en su espíritu interior. Le es imposible obrar con una
caridad imperfecta, por temor al castigo o por una esperanza
de recompensa. Todo lo hace por amor purísimo hacia el
Padre, atendiendo únicamente a su deseo y a su gloria. Cristo
vive su vida de oración con absoluta perfección y fidelidad: su
oración es adoración, acción de gracias, intercesión y
reparación perfectas. Su mortificación es también perfecta en
todos los aspectos; su sed de inmolación no conoce otros
límites que el beneplácito del Padre. Su amor a la pobreza, a la
renuncia, a la humillación ante los hombres, es heroico, e
igualmente lo es su amor a los hombres: ni siquiera a los
enemigos guarda rencor su corazón: se entrega a ellos
voluntariamente y deja que le atormenten con salvaje crueldad.
Cristo da su sangre y su vida lo mismo por sus amigos que por
sus enemigos. No hay acción o pensamiento suyo susceptibles
de perfeccionamiento: todo lo que hace, dice o sufre, es
insuperablemente perfecto. Son actos, los suyos, que agradan
todos inmensamente al Padre y le dan una inmensa gloria.
Compartir esta vida divina, revivirla: ésta es nuestra
vocación como cristianos. Por lo tanto, no solamente debemos
librarnos de todo pecado, incluso venial, sino también luchar
incesantemente por librarnos de las imperfecciones que suelen
afear los actos y pensamientos nuestros que de suyo son
buenos.

1. Obramos frecuentemente con imperfección


El Señor no nos impone la renuncia absoluta a las criaturas,
pero la aconseja, a fin de que Dios, su voluntad, su
beneplácito, su gloria, sean nuestro único amor. No nos manda
vender todo lo que poseemos y darlo a los pobres y seguirle,
pero lo aconseja: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto
tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y
ven y sígueme» (Mt 19, 21). No nos manda renunciar al
matrimonio, pero lo aconseja como algo más perfecto para
aquellos «a quienes ha sido dado a entender esto» (Mt 19, 11).
Aconseja servir con humildad: «el que sea mayor entre
vosotros, sea vuestro servidor» (Mt 23, 11), «cuando seas
invitado, ve y siéntate en el postrer lugar» (Lc 14, 10). «No os
preocupéis, diciendo: ¿qué beberemos, qué comeremos o qué
vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien
sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.
Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo lo demás se
os dará por añadidura» (Mt 6, 31-33). «Haced al prójimo todo
lo que deseáis para vosotros» (Mt 7, 12). «No resistáis al mal,
y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale
también la izquierda; y al que quiera litigar contigo para
quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te
requisara para una milla, vete con él dos. Da a quien te pida y
no vuelvas la espalda a quien te pida algo prestado» (Mt 5, 39-
42).
Para cumplir la ley basta hacer lo que está mandado; si
observamos los mandamientos, no cometemos ningún pecado.
Pero más allá de lo que no puede ser hecho u omitido sin
pecar, sin ofender a Dios, queda abierto a nuestras
aspiraciones el vasto horizonte de las cosas que no están
mandadas, sino solamente recomendadas o aconsejadas; que
no son solamente buenas, sino mejores; que no entran ya en
los estrechos límites del mandamiento, sino que pertenecen a
la vida de perfección. En estas cimas ya no hay lugar a
posturas tibias frente al pecado venial y a los defectos; hay
sólo vida intensa, deseo ardiente de hacer todo el bien posible
siempre que se presente la ocasión, el bien hacia el que nos
sintamos movidos interior o exteriormente, y de hacerlo con la
mayor entrega y perfección posibles. Deseo ardiente de no
perder nada de todo el bien que podamos hacer, de no
perdonar fatiga para realizar cualquier acción nuestra con
mayor perfección. En estas cimas reina el «ardor de la
caridad», de aquella caridad que ama verdaderamente a Dios
sobre todas las cosas, y tan sinceramente, tan íntimamente, que
excluye todo lo que podría desagradar al Señor o agradarle
menos, e incita eficazmente al alma a practicar lo que más le
gusta y lo que le procura una mayor gloria.
Por eso aquí, que es donde acaba el campo de lo que es
objeto de simple deber y de estricto precepto, se abre también
el vasto campo de las imperfecciones. Obramos con
imperfección cuando cumplimos, sí, lo que está mandado, pero
a la vez dejamos más o menos sistemáticamente para los que
quieren ser perfectos lo que se sale de la estricta obligación.
Obramos también con imperfección siempre que practicamos
lo que es justo y bueno, mas sin la delicadeza y pulcritud que
debe caracterizar a un alma que tiende seriamente a elevarse
más cada día. Podríamos, deberíamos hacer mejor lo que ya
hacemos bien: orar, estudiar, obedecer, etc. Hacemos el bien
menos perfectamente de como somos capaces, o, lo que es lo
mismo, no hacemos todo el bien que podemos.
Cada día afeamos nuestra alma con nuevas imperfecciones.
Las buenas acciones que vamos encontrando en el transcurso
de nuestro día son, poco más o menos, la oración, el trabajo,
las obras de caridad, las mortificaciones, los sufrimientos. A
toda esta cadena casi ininterrumpida de buenas obras se
adhiere el moho de las imperfecciones.
Las más de las veces nuestros actos sobrenaturales buenos,
como la oración, la obediencia, la mortificación, la obligación
de amar al prójimo y aun a los enemigos, las prácticas
religiosas de toda clase, las realizamos no tanto incitados por
un perfecto amor a Dios, cuanto por un amor imperfecto, es
decir, por temor al castigo, por la esperanza de premio, de
gloria y de atraernos la bendición del Señor. Buscamos a Dios,
sí, mas para satisfacción nuestra, porque en Él encontramos
nuestra felicidad. Y así, privados de esta caridad pura, muchos,
demasiados de nuestros actos quedan muy imperfectos.
Frecuentemente obramos con un amor muy débil, un amor
de Dios que ni siquiera de lejos se parece al que debe tener un
alma fervorosa. Ésta es otra fuente de imperfecciones.
Nuestros actos, naturalmente buenos, por ejemplo, el
trabajo, el cumplimiento de las obligaciones familiares o
profesionales, el comer o descansar, el estudio, no siempre
están animados del espíritu de fe y pureza de intención que son
necesarios para sobrenaturalizarlos. Más bien proceden de
nuestro modo de ver, juzgar y pensar simplemente humano.
Obrar de esta forma constituye una urdimbre de
imperfecciones.
A veces nos sentimos movidos a hacer algo bueno, por
ejemplo, a rezar; pero preferimos cualquier otra cosa, buena
también en sí misma, cualquier otra ocupación innecesaria, a
pesar de que no nos podemos disimular que sería mucho mejor
atender a esa inspiración del rezo. Así es como muchos de
nuestros actos buenos se transforman en actos imperfectos.
Una inagotable fuente de imperfecciones es, finalmente,
nuestra innata mala costumbre de no tener, ante todo, la mira
de nuestras acciones dirigida hacia Dios, hacia su beneplácito,
su gloria, su voluntad; sino, al contrario, fija en nosotros
mismos. Nos hemos acostumbrado a juzgar los sucesos, las
experiencias, las circunstancias, incluso los hombres, en
primer lugar desde nuestro punto de vista personal: estimamos
buena una cosa en cuanto nos parece deseable; la llamamos
mala, si no es conforme a nuestros deseos. No nos preocupa el
saber si es o no en sí agradable al Señor, Nos portamos como
si nos hubiéramos olvidado totalmente de Él, por estar
concentrados en nosotros. Y esto mismo nos ocurre en la
oración y en la recepción de los sacramentos: los llamamos
buenos cuando sentimos gusto y cuando nos procuran
consuelo. Siempre el «yo» en primer lugar; ¿y el Señor? De
esta disposición proceden todos los días innumerables actos
imperfectos, que podrían y deberían ser más perfectos, más en
consonancia con la divina voluntad.
¡Cuántas imperfecciones, con las que estropeamos el bien
que hacemos! Y, sin embargo, les damos muy poca
importancia. Esta indiferencia es un grandísimo obstáculo para
nuestro progreso espiritual. «Claro está que es imposible el
progreso de nuestra vocación, mientras no nos limpiemos de
estas imperfecciones» (cf. Subida del monte Carmelo, lib. I,
cap. II).
¿De dónde proviene esta indiferencia respecto a las
imperfecciones, incluso en quienes se esfuerzan por romper
con el pecado venial o han efectuado realmente tal ruptura?
Proviene de que nos decimos: ya hay bastante con no pecar, y
de que no nos damos cuenta suficiente de nuestra vocación a la
perfección y de lo mucho que estorban las imperfecciones en
la vida espiritual.

2. Importancia de las imperfecciones

El acto imperfecto es, de suyo, un acto bueno, ya que no


hay en él pecado o transgresión de un mandamiento o
prohibición divinos. Pero es un acto que puede y debe ser
mejorado. Nos consolamos fácilmente diciéndonos: no estoy
obligado a más, he hecho lo que debía y lo sigo haciendo; y
olvidamos que el acto imperfecto puede transformarse
fácilmente en un pecado venial, lo cual puede suceder, y
sucede, por culpa de lo que nos determina a obrar
imperfectamente. Esta causa es el apego desordenado de una
persona, al trabajo, a un placer que en sí está permitido; o es el
amor de la propia comodidad, el horror al sacrificio, la
ausencia de la mortificación debida, del necesario espíritu de
fe y de una visión sobrenatural respecto a la vida práctica, la
falta de disciplina; o es la ligereza y superficialidad en todo lo
que respecta a Dios. Es siempre, en el fondo, un insuficiente
dominio de nuestro orgullo, de nuestro amor propio y de
nuestro egoísmo. Por estas causas, que pueden encontrarse en
el fondo de muchas acciones imperfectas, las imperfecciones
se convierten con frecuencia en pecados veniales, y, por lo
tanto, pueden ser materia de confesión, a pesar de que, aisladas
de estas causas y tomadas en sí mismas, no sean pecado
alguno y no puedan ser materia de confesión.
Aunque la imperfección de suyo no es pecado, es siempre,
sin embargo, un desorden, porque está necesariamente en
contraste con lo que Dios, lo que el Salvador espera y exige de
nosotros. Con estos actos imperfectos demostramos tener una
voluntad poco noble y aun positivamente no generosa:
demostramos que estamos dispuestos a servirle sólo hasta
donde el no pecar equivale a no incurrir en culpa o en castigo.
Las imperfecciones, rectamente miradas, no significan sino
que anteponemos nuestro gusto a la voluntad y al beneplácito
de Dios. Buscamos ante todo lo que nos agrada, si bien en
cosas buenas y que no representan una formal ofensa al Señor.
Un trabajo, una obligación, cosas todas buenas de por sí, no
las consideramos primeramente en relación a Dios, sino que
las subordinamos a nuestros propios intereses, consideramos si
son o no agradables, útiles y provechosas. Éste es el desorden
que encierra la imperfección: primero nosotros y luego Dios y
la voluntad divina. ¿Es éste un perfecto amor de Dios?
Las imperfecciones son, además, una mengua del bien que
podemos y debemos hacer, comprometen el valor moral de la
acción buena que realizamos y representan una no
despreciable pérdida de gracia, de méritos y de gloria. Es
evidente que de este modo nos privamos de muchos favores y
de especiales gracias divinas; como lo es también que,
obrando así, no podemos alcanzar la perfección real ni una
perfecta participación en la vida divina.
Las imperfecciones arrebatan a nuestra alma la nobleza y el
vigor. Si no las combatimos eficazmente, se adhieren a todas
nuestras acciones, deprimen el tono general de nuestra
conducta y pueden llegar a impedir su completo desarrollo. La
costumbre de obrar imperfectamente conduce fácilmente a un
retroceso en toda la vida espiritual. Como consecuencia de los
muchos actos imperfectos, es inevitable que vuelvan a pulular
determinadas tendencias desordenadas que preparan el camino
al pecado venial: comienza la caridad a verse debilitada por
obstáculos que se le van acumulando, y así empiezan las
desdichas: deberíamos crecer continuamente en caridad, mas
las muchas imperfecciones atrofian su desarrollo; ya no
podemos cumplir sinceramente el mandamiento «amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con
toda tu mente». Cesamos de avanzar, nos hacemos unas almas
atrasadas. El niño debe crecer, porque, si no crece, no sólo no
se hará nunca un hombre, sino que se hará un ser deforme, un
enano; lo mismo ocurre en la vida interior: si no crecemos
ininterrumpidamente en el amor, quedaremos como esas
pobres criaturas entristecidas, enanos de la vida espiritual. ¡Y
cuántos hay de éstos! Muchas de estas almas se entibian
lentamente, poco a poco se vacían y aligeran. ¡Qué pena!
No es, pues, la imperfección un detalle sin importancia;
jamás es suficiente contentarse con no cometer ningún pecado
venial, pues queda mucho camino por recorrer. El que no
avanza, el que no está decidido a realizar cada uno de sus actos
mejor cada día, con más fe, humildad y paciencia, retrocede. O
mejorar o retroceder: no hay término medio, no hay ni puede
haber tregua. Debemos convencernos de una vez para siempre.
Lo mismo que de nuestra actitud frente al pecado venial,
también de nuestra postura frente a las imperfecciones
dependen nuestro progreso interior, el aumento en gracia y
virtud, y, en última consecuencia, un mayor o menor grado de
gloria en la eternidad.
Llegado el profeta Elías a Bersabé y habiéndose retirado
desde allí hasta el próximo desierto de Judá, se recostó bajo un
enebro, y deseaba morir. «¡Basta, Señor, recibe ya mi vida!»,
tal era su descorazonamiento. Se adormece, mas un ángel le
despierta, y Elías ve junto a sí un vaso de agua y un pan; come
y bebe, y vuelve a adormecerse. Por segunda vez le toca el
ángel y le ordena: «Levántate y come, porque te queda un
largo camino». Elías se levantó y, con la fuerza de aquel
alimento, anduvo durante cuarenta días y cuarenta noches
hasta el monte de Dios, Horeb (3 Reg 19, 3-8).
Podemos vernos bajo la figura de Elías, porque también
nosotros muchas veces querríamos decir: «¡Basta, Señor!».
¿Será posible que no baste conservar el alma pura de todo
pecado grave y de todo pecado venial deliberado? ¿Será
posible que no baste mortificarse continuamente para no
cometer ningún pecado venial semideliberado, por sorpresa,
por debilidad? A nosotros siempre nos parece que sí; pero el
ángel del Señor, la gracia, nos va despertando de nuestros
pensamientos y nos empuja: «Levántate, que aún te queda un
largo camino», mientras no hayas eliminado –en cuanto te es
posible en esta vida– todas tus imperfecciones.
¿Cómo lograrlo? El único medio garantizado es el amor
puro, el perfecto amor de Dios y de Cristo. Que esto es lo
esencial para nosotros: «esforzarnos para alcanzar el amor» (1
Cor 14, 1).
Preguntémonos: ¿cuál ha sido hasta la actualidad mi actitud
frente a las imperfecciones?, ¿qué he pensado de ellas?, ¿no
las he tomado demasiado a la ligera?
Pidamos al Señor la gracia de llegar, por medio de una
ardiente caridad, a hacer todo el bien en cada ocasión que
tengamos, y a hacerlo siempre con perfección.
XI. LA HUMILDAD

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,


29).

El santo bautismo nos ha transformado en miembros vivos


de Cristo, nuestra cabeza. Por tanto, el espíritu, la vida interior
del Señor tiene que fluir sobre nosotros, empapándonos por
dentro y fuera. El espíritu de Cristo es en su esencia espíritu de
humildad. Precisamente, hablando de la humildad, nos dijo el
Señor: «Aprended de mí, que soy manao y humilde de
corazón» (Mt 11, 29).

1. Qué es la humildad cristiana

El mismo Señor nos traza un sublime cuadro de la humildad


en la famosa parábola del fariseo y el publicano. «Dos
hombres subieron al templo a orar, el uno fariseo y el otro
publicano. El fariseo, de pie, oraba para sí de esta manera:
¡Oh, Dios!, te doy gracias de que no soy como los demás
hombres: rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano.
Ayuno dos veces a la semana, pago el diezmo de todo cuanto
poseo. El publicano se quedó allá lejos, y ni se atrevía a
levantar los ojos al cielo, y hería su pecho diciendo: ¡Oh,
Dios!, ¡sé propicio a mí, pecador! Os digo que bajó éste
justificado a su casa y no aquél. Porque el que se ensalza será
humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Lc 18, 9-14).
El orgullo es la estima desordenada de las propias
cualidades. Es orgulloso el que se atribuye lo bueno que en él
hay como si fuese mérito suyo. El soberbio se complace en sus
dotes, rumia con placer interiormente sus talentos, su saber,
sus méritos; desea que todos los demás se convenzan de lo
mismo, que lo comenten y admiren (vanagloria). Esta
autocomplacencia engendra una orgullosa confianza en
nosotros: el soberbio cuenta con su propia capacidad, su
inteligencia, su criterio; no necesita el consejo ni la ayuda
ajenos; se considera más inteligente y perspicaz que los
demás; ni siquiera siente la necesidad de dirigirse a Dios para
obtener su luz, su fuerza y su gracia. El soberbio cree bastarse
a sí mismo.
La complacencia propia lleva a considerarse superior a
todos. El soberbio desprecia a los demás, los mira de arriba
abajo, se cree bastante mejor que ellos; exactamente igual que
el fariseo del que nos habla el Evangelio.
De la complacencia en sí mismo se deriva también la
ambición, o sea, el deseo desordenado de alabanza, de
admiración, estima y fama, acompañado por el temor de no ser
bastante considerado y apreciado, de ser olvidado quizá, de
pasar inadvertido; de ser despreciado; por el temor de que otro
cualquiera nos pueda igualar o superar, lograr un triunfo y una
reputación mayores, ejercer una influencia más amplia.
Así es cómo de la depravada raíz de la soberbia van
brotando los movimientos de envidia, celos, odio y la más
feroz enemistad. El ambicioso intenta ser el primero en todo,
quiere dominarlo todo, tener siempre razón, imponer a todos
sus opiniones y sus caprichos, desempeñar el primer papel, por
lo cual no raras veces llega a ponerse en ridículo. Disimula
cuanto puede sus defectos, y se transforma en esclavo de la
vanidad y del respeto humano, en persona sin carácter, falsa e
insincera en su talante, palabras, sentimientos; en todo su ser.
El humilde mira ante todo al Señor: Tu solus sanctus, tu
solus altissimus. Sabe que por sí solo nada tiene y nada es;
reconoce, desde luego, el bien que en él hay y las cualidades
que posee, mas tiene siempre presente aquello de: «¿Qué
tienes que no hayas recibido?, y, si lo recibiste, ¿de qué te
glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7); se
humilla en el reconocimiento de su propia nada y de su
absoluta dependencia de Dios, y permanece en el puesto que le
corresponde.
El humilde ve con claridad que no tiene nada que no haya
recibido, ni en el orden de la naturaleza: vida, cuerpo,
inteligencia, talento, salud y fuerza, ojos, miembros: nada; ni
en el orden de la gracia: «Dios produce en nosotros el querer y
el obrar» (Phil 2, 13), «no que de nosotros mismos seamos
capaces de pensar algo, que nuestra suficiencia viene de Dios»
(2 Cor 3, 5): ningún pensamiento, ninguna decisión saludable
y grata a Dios, ninguna obra buena, ni siquiera la más íntima,
ninguna oración, ningún acto de fe o de caridad proviene de
nosotros mismos, ni podemos llamarlo completamente
nuestro.
Nuestra misma cooperación con la gracia, el no abusar de
las gracias que Dios nos da y el corresponderlas, es fruto de la
acción de Dios en nosotros. Tan exacta es la palabra del
Apóstol: «¿Qué tienes que no hayas recibido?». Nada,
absolutamente nada.
Hay, sin embargo, algo que es exclusivamente nuestro: el
pecado. El humilde sabe muy bien que, por su propia cuenta,
sólo es capaz de esto: de pecar; sabe que abandonado a sí
mismo es capaz de cualquier pecado. Si no ha caído en estas o
en aquellas culpas, no se lo debe a sí mismo, sino únicamente
a Dios, que en su infinita misericordia lo ha preservado:
abandonado, no hubiera podido defenderse. Como el
publicano del Evangelio, se reconoce pecador, indigno de
levantar siquiera su mirada hacia el Señor, indigno de la
estima, la consideración y el afecto de los hombres; merecedor
de ser tratado como lo que es: un pecador.
La humildad de espíritu encuentra su expresión práctica en
la humildad de voluntad y de acción. Al humilde no le
preocupan su honor ni la afirmación de su personalidad, sus
caprichos, deseos o gustos; ama y aun busca el desprecio, la
ignominia y la injusticia, para sufrirlos junto con el Redentor
humillado y repudiado por los hombres. Considera un honor el
poder estar tan cerca de Jesús –como miembro de su cuerpo
místico– para, con Él, ser obediente, sumiso, postergado, y,
con Él, padecer contrariedades e injusticias. Comparte la vida
humilde del Señor, y estima como un privilegio el poder
convivirla. Lleno del espíritu de Cristo, ni siquiera desea salir
de esta condición en que se encuentra: no aspira a grandes y
brillantes afirmaciones personales, a gestiones, encargos,
honores; satisfecho como está de las modestas posibilidades de
acción que le han sido otorgadas, del trabajo y el campo de
actividad que se le ha confiado; satisfecho incluso de ver cómo
los demás realizan obras más dignas de consideración.
El humilde tiene intuición suficiente para descubrir sus
propios defectos y debilidades, conoce al detalle sus
infidelidades y faltas diarias: está dispuesto a admitir que tiene
más deficiencias y debilidades que los otros.
Cuanto más adquiere conciencia de su propia nada e
indignidad, tanto más se apoya en la misericordia, la gracia, el
perdón, el favor y la cercanía de Dios y del Redentor. Nadie
será mejor hombre de acción que el humilde, nadie invocará
como él la luz y la fuerza del cielo; nadie tendrá una confianza
en Dios como la suya, serena e inconmovible. Cuanto menos
pueda y menos intente obrar a solas, tanto más actuará en él la
gracia divina, A Dios le gusta crear de la nada. En Dios y en
Cristo, el humilde se encuentra fuerte, animoso, intrépido, al
nivel de cualquier empresa y de cualquier revés, dispuesto a
cualquier renuncia. «Todo lo puedo en Aquél que me
conforta» (Phil 4, 13).
El humilde tiende solamente a Dios, a su voluntad, a su
beneplácito, su prescripción o su tolerancia. El humilde
saborea la maravillosa hermosura de la voluntad divina y de su
santa y sabia providencia: vive sin preocupaciones,
abandonado a sus brazos. Su vida es alegría en la voluntad de
Dios y de Cristo: reconocerse pobre o débil no le preocupa ni
agita; no se mira a sí mismo, sino a Dios: sus disposiciones,
permisiones, misericordia, su amor y su gusto. A pesar de
reconocerse tan imperfecto, es feliz. No quiere sus
imperfecciones, detesta y combate sus defectos, pero no le
inquietan; sólo le humillan, y por eso le empujan más hacia
Dios, le incitan a la oración y la confianza. Ya querría él
apresurarse hacia las cumbres de la perfección, pero está
contento de que las cosas vayan tan despacio y tan
dificultosamente, a pesar de encontrarse tan lejos de la meta.
Todo lo acepta como el Señor lo envía, en todo se acomoda
plenamente a la guía, a la dirección y a la providencia divinas.
Lo único que quiere es ser pequeño, no hacer nada por sí
mismo, sino depender siempre del Señor, abandonarse
confiadamente en sus brazos. ¿Quién puede gozar de una
mayor libertad interior que el humilde? ¿Quién hay más libre
interiormente, más puro, más sereno, más tranquilo, más
próximo a Dios?
Éste es el misterio de la humildad, el misterio de no querer
ser nada ante sí y ante los hombres, el misterio de ansiar ser
despreciado por amor a Jesús. Pero ¡qué poco lo
comprendemos nosotros, los cristianos, y la íntima, profunda
alegría que encierra! ¡Por supuesto, amarga y muy amarga es
la piel, y dura la corteza; mas el fruto es inefablemente dulce!

2. Por qué debemos ser humildes

1. La humildad es la virtud de Cristo. «El Verbo se hizo


carne y habitó entre nosotros» (Ioh 1, 14). El misterio de la
encarnación del Verbo es el misterio y el acto de humillación
y anonadamiento voluntarios y sin límites que de sí hace el
Hijo de Dios. Aunque «existiendo en la forma de Dios, no
reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se
anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a
los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho
obediente, hasta la muerte, y muerte de cruz» (Phil 2, 5-8). El
Hijo de Dios, la eterna y divina Sabiduría, elige
deliberadamente el anonadamiento, la ignominia de la muerte
en la cruz. «Aprended de mí».
Sigamos al Señor al establo de Belén, al escondrijo de
Nazaret, donde lleva una vida de trabajo, pobreza y
obediencia: El Hijo de Dios elige conscientemente,
deliberadamente, la humillación y la obediencia hasta la
muerte. «Aprended de mí».
Y sigámosle a Getsemaní en la vigilia de su dolorosa
pasión, donde se ve cubierto por el sucio vestido de nuestros
pecados. «A quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado
por nosotros, para que en Él fuéramos justicia de Dios» (2 Cor
5, 21). ¡Qué humillado, confuso, anonadado se siente ante el
Padre! ¿Hubiera podido asumir una ignominia mayor que la de
los pecados de todos los hombres, pecados de orgullo, de
sensualidad, de injusticia, de impureza, desde el pecado de
Adán y de Caín hasta el último que se ha de cometer en el
mundo el día del juicio universal? Ahora ya se puede
comprender por qué su cuerpo se cubre de un sudor de sangre:
Cristo se ve recubierto por la sangrante vergüenza de nuestros
pecados. Y todo esto lo ha cargado sobre sí, no obligado, sino
porque libremente ha querido. «Aprended de mí».
Y ¡qué profunda es también la humillación de verse
pospuesto a Barrabás! El pueblo, que poco antes le había
aclamado gritando: «Hosanna al Hijo de David», exige ahora a
Pilato: «¡Libera a Barrabás!». ¿Qué hace Él, el justo, el
inocente? Calla, sufre en absoluto silencio esta inmensa
afrenta pública; tanto más pública, cuanto que se produce ante
el mundo romano-pagano representado por Pilato y ante el
mundo hebreo allí presente. Sin una palabra de resentimiento,
sufre ser juzgado y tratado corno un desecho de la humanidad
por el poder público y por el pueblo, al que sólo había hecho
bien; ser tratado como un proscrito, de quien una soldadesca
cruel y desenfrenada se burla a sus anchas. ¿No podía Él
impedirlo? ¡Sin duda alguna! Pero quiere anonadarse hasta el
fondo. Éste es el espíritu de Cristo: ansia de anulación, de
desprecio, de humillación ante los hombres. «Aprended de
mí».
¡Y la humillación de la muerte en cruz, entre dos ladrones!
El mundo de entonces no conocía muerte más afrentosa; era
muerte de los esclavos y de los expulsados de la sociedad
humana. Y es precisamente esta muerte la que elige
deliberadamente Cristo, a plena conciencia, ésta y no otra
cualquiera. «Se humilló, hecho obediente, hasta la muerte, y
muerte de cruz», por voluntaria obediencia al Padre.
«Aprended de mí».
Sí: no hay duda alguna: la humildad es la virtud de Cristo.
Él, que es nuestra cabeza, debe proseguir su vida en nosotros,
que somos sus miembros. Ésta es la razón por la que tampoco
nuestra vida puede ser otra que vida de negación, vida de
auténtica humildad y obediencia.
2. La humildad es el presupuesto de toda virtud y de toda
perfección. Nunca se halla el alma más dispuesta a recibir la
gracia que cuando es humilde. «Dejad que los niños se
acerquen a mí»: ésta es una ley sagrada en el orden
sobrenatural: «el que se humilla será ensalzado», y también:
«Dios da su gracia a los humildes» (1 Petr 5, 5).
La humildad es, por otra parte, la confesión de la potencia,
sabiduría, magnificencia, bondad y misericordia de Dios. Es
un continuo «tu solus sanctus…», una ininterrumpida
adoración del Altísimo. Tal homenaje glorifica excelsamente a
Dios, que no puede menos de doblegarse sobre el alma con
infinita misericordia y colmarla de sus mejores dones. «El que
se humilla será ensalzado».
La excelencia de la humildad se ve claramente en el hecho
de que todas las demás virtudes se basan en la humildad y se
desarrollan en ella. Verdad es que la fe es el comienzo de la
vida cristiana, la primera de las virtudes sobrenaturales; pero
la fe se basa también en la humildad, que es su condición. La
fe supone la sumisión y la docilidad de la voluntad que influye
sobre la inteligencia y la determina a aceptar y acatar la verdad
divina revelada, que no comprende. La fe es la que eleva el
alma a Dios, sometiéndola a Él en virtud de la humildad. Por
eso no es posible una vida de fe sin una humildad profunda, ni
puede darse una verdadera y genuina vida cristiana que no se
base en una fe viva.
Lo mismo pasa con la obediencia. ¿Cómo es de esperar una
vida de obediencia sin una profunda humildad, o sea, sin el
propósito de someter y sacrificar el propio yo, los propios
criterios, voluntad y deseos? ¿Y cómo un sincero,
desinteresado amor al prójimo, si la humildad no guía el
timonel del alma? Sólo el humilde es verdaderamente
desinteresado y altruista: no piensa en sí mismo, no persigue
primero su interés; sólo él, por lo tanto, puede ser realmente
generoso para renunciar, para sacrificarse, para darse, para
trabajar por Cristo y por las almas, para sufrir la injusticia y la
ingratitud, para padecer y negarse a sí mismo. Donde hay poca
humildad, fatalmente habrá poca caridad.
Sólo el alma humilde puede ser alma de oración. Orar
quiere decir reconocer la propia nada, la incapacidad para
obrar bien, la propia dependencia de Dios; y al mismo tiempo
confesar la magnificencia, la bondad y el amor de Dios para
con sus hijos, las criaturas. Y así, ¿quién se encuentra en
condiciones más favorables para la oración que el humilde?
Sólo él sabrá agradecer y tomar como un regalo de Dios todo
lo que el vaivén del día le trae y sabrá responder con una
palabra de amor. El alma humilde, bien conocedora de su
personal insignificancia, dependencia y nulidad, alimentará
una ilimitada e inconmovible confianza en Dios, en su
amorosa y sabia providencia. Sabrá someterse sin reservas y
aceptar con calma y paciencia todo lo que Dios le envía, a
través de los hombres y de las circunstancias difíciles entre las
que se encuentre, y a través de la enfermedad y la penuria.
La humildad es, en suma, la condición indispensable de
toda virtud y perfección, así como, por el contrario, el orgullo
constituye un obstáculo insuperable. «Dios resiste al
soberbio». Por eso la auténtica perfección cristiana no puede
florecer más que sobre el terreno abonado de la humildad. La
humildad y el esfuerzo serio por adquirir la perfección son
todo uno.
3. La humildad es el punto crítico y decisivo de nuestra vida
y nuestras aspiraciones religiosas. Hay muchos caminos,
muchas virtudes y muchos medios que conducen a la
perfección del amor; pero todos los medios y caminos por los
que el hombre avanza, se resumen en definitiva en la sumisión
de la propia voluntad a la voluntad divina, es decir, que todo se
cifra en ser humildes. Orar es absolutamente indispensable y
son muchos los que oran, pero al mismo tiempo no acatan la
voluntad de Dios, sino que siguen en mil cosas sus propias
ideas y caprichos: les falta la humildad. Muchos se sacrifican,
pero a su gusto, no según la voluntad de Dios, y corren fuera
del camino recto: les falta la humildad.
Todos los medios y caminos que nos señalan la Sagrada
Escritura y las vidas de los santos son buenos; pero, en la vida
práctica, nos serán útiles y provechosos en la medida en que
estemos entregados a la voluntad de Dios, es decir, en la
medida en que estemos cimentados sobre la humildad.
La humildad, la sumisión filial a Dios, es la que sella la
autenticidad y fertilidad de la vida cristiana y las gracias
particulares y más elevadas que recibe el alma de Dios. Son
auténticas especialmente nuestra oración y nuestra piedad si y
en el grado en que van animadas por la humildad,
necesitándose, por otra parte, mucha oración para alcanzar la
perfecta humildad. La humildad y la piedad están, como se ve,
íntimamente unidas.
4. El Señor ha vinculado a la humildad una promesa
maravillosa: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis la paz para vuestras almas» (Mt 11,
29). Todos buscamos la paz del corazón, pero ¿quién la
encuentra? Sólo el humilde. «Hay cuatro cosas, dice el autor
de la Imitación de Cristo, que proporcionan gran paz: Procura,
hijo, hacer antes la voluntad de otro que la tuya. Escoge
siempre tener menos que más. Busca siempre el lugar más
bajo, y está sujeto a todos. Desea siempre y ruega que se
cumpla en ti eternamente la divina voluntad. Así entrarás en
los términos de la paz y descanso» (libro 3, capítulo 23). ¿No
son éstos precisamente el espíritu y la ambición del alma
humilde?
¿Puede darse un hombre más contento en la privación,
adversidad, injusticia, mortificación u ofensa, que el que nada
busca para sí, que nada quiere según el propio gusto y el
propio deseo; sino que sólo aspira a lo que es conforme a la
voluntad y las disposiciones de Dios?, ¿el que se tiene por lo
que es en realidad, por un pecador, por nada, y así se lo repite
mil veces interiormente: yo merezco cosas aún peores? En un
alma así dispuesta, enmudece todo movimiento y todo inicio
de descontento, de crítica, de impaciencia o murmuración
contra Dios o las circunstancias o los hombres. Éstas son las
bendiciones de la humildad.

3. Cómo llegar a la humildad

Tendremos que recorrer un largo trecho antes de que –


siendo como somos, por naturaleza, parientes en espíritu del
fariseo– nos veamos transformados en el publicano, en un
hombre consciente de su propia nada, de su personal
incapacidad y de su total dependencia de Dios y de la gracia;
un hombre que sienta vivamente, conozca y reconozca su
propia perversidad íntima y su pecabilidad, y desee ser tenido
y tratado por todos como lo que es realmente. En nuestra
naturaleza está arraigada una viva aversión a todo lo que es
humildad y humillación. Reconocemos nuestra nulidad, pero,
en la práctica, no queremos vivir de acuerdo con esta idea. El
espíritu del mundo, del amor propio, del orgullo, ha penetrado
también en nosotros, los cristianos, incluso entre los que
tienden a la perfección, y nos domina, con frecuencia sin
percibirlo, a pesar de que la humildad es el fundamento sin el
que no puede sostenerse la verdadera vida cristiana. He aquí,
pues, el gran problema: ¿Cómo llegar a la humildad?
1. Nuestra primera tarea consiste en que nos asimilemos la
doctrina del Apóstol: «¿Quién es el que a ti te hace preferible?
¿Qué tienes que no hayas recibido?, y si lo recibiste, ¿de qué
te glorias?» (1 Cor 4, 7); «es Dios quien obra en nosotros el
querer y el obrar» (Phil 2, 13). Yo no puedo atribuirme nada.
Si Dios no me diera nada, ¿cómo podría yo concebir un buen
pensamiento, o desear, intentar o realizar algo bueno?
Dependemos de su acción en nosotros mucho más de lo que
podemos comprender y aun imaginar: ni un solo pensamiento,
ni una sola decisión o acto de voluntad podemos tener por
nuestras propias fuerzas, de nosotros mismos. Como dice el
Apóstol: «Nuestra suficiencia viene de Dios» (2 Cor 3, 5), es
obra de su gracia.
Es una enseñanza explícita de la fe: «El que afirma que la
gracia de Dios nos es dada en virtud de nuestra propia oración
y no más bien que la gracia de Dios hace que podamos orar a
Dios, contradice al Apóstol: “Fui hallado de los que no me
buscaban, me dejé ver de los que no preguntaban por mí”
(Rom 10, 20; Is 65, 1)». Y además: «El que afirma que con las
solas fuerzas naturales y sin la iluminación e inspiración del
Espíritu Santo puede pensar o querer algo útil para su
salvación eterna, es hereje, y no comprende la palabra del
Evangelio: “Sin mí no podéis hacer nada” (Ioh 15, 5)».
Por el espíritu de fe conocemos y confesamos nuestra
indignidad a los ojos de Dios, a los del prójimo y a los
nuestros; nuestras diarias imperfecciones, defectos, errores e
infidelidades. ¿Qué somos? Pecadores, fáciles al pecado,
llenos de ceguera, fragilidad, egoísmo, vanidad, corrupción. Y
todo, a pesar de tantas pláticas, lecturas, meditaciones, y a
pesar de las comuniones, quizá cotidianas. ¡Cuántos motivos
nos sobran para escondernos en un rincón del templo, como el
publicano del Evangelio, y suplicar golpeándonos el pecho!:
«¡Señor, ten piedad de mis pecados!». ¡Cuántos, para ser
sencillos en nuestra actitud, en el modo de andar, en los gestos,
en la mirada, en las palabras! ¡Cuántos, para posponernos
sinceramente a los demás, para valorar al prójimo mucho más
que a nosotros mismos y someternos voluntariamente a las
injusticias! Porque nada mejor merecemos, por nuestros
pecados.
El espíritu de fe nos hace profundizar en los misterios de
Cristo. Cuanto más honda sea la fe con la que nos
aproximamos a la persona y a la vida del Señor, tanto más se
nos revela su más íntima esencia: en su vida escondida en el
seno de la Virgen, en su nacimiento en Belén, en su infancia,
en su recatada vida de Nazaret, en su actividad pública, en su
pasión, en su oculta y misteriosa vida del Sagrario. Cuanto
más le contemplemos, tanto más vigorosamente impulsados
nos sentiremos a imitar su vida de humildad.
Por el espíritu de fe nos sometemos interior y exteriormente
a los mandamientos, a la voluntad, disposiciones y
transigencias de Dios; lo mismo que a los que le representan
de cualquier forma que sea: padres, superiores, autoridades
civiles y eclesiásticas. Nos haremos con el Señor obedientes
«hasta la muerte», sin murmurar, sin replicar, sin crítica ni
descontento, con el sincero deseo de ser guiados por los
superiores y depender en cada momento de ellos. Por el
espíritu de fe, cada obligación, cada artículo del reglamento,
cada prescripción o disposición de las autoridades representa
para nosotros la voluntad y el mandato de Dios mismo, y, por
lo tanto, es excelsa y sagrada y la acataremos con humildad.
El espíritu de fe es también una gracia del Señor que
debemos pedir con fervor. «Pedid y recibiréis» (Mt 7, 7). Al
orar nos postramos y humillamos ante el Señor. En la oración
pedimos que nos otorgue la virtud de la humildad. Nosotros no
podemos concedérnosla y la esperamos suplicantes de su
bondad. «Porque quien pide, recibe, y quien busca, hallará, y a
quien llama, se le abrirá» (Mt 7, 8). La oración confiada atrae
la gracia de la humildad al alma y la hace crecer y desarrollar.
2. Llegamos a la humildad por la obra de Dios, principal
factor de la misma. «Si el Señor no construye la casa, en vano
se afanan los que la edifican» (Ps 136, 1). Dios no nos
abandona nunca; interviene y trabaja enérgicamente para
curarnos de nuestro orgullo, de nuestra megalomanía, de
nuestra vanidad. Con este fin emprende su gran obra de
nuestra purificación y da suma importancia a que sintamos y
experimentemos nuestra nada y nos veamos libres de vanas
complacencias y de falsa confianza en nosotros mismos. Con
este fin permite las arideces y desconsuelos, las tentaciones, a
veces horribles, y las humillaciones de toda especie que nos
sobrevienen.
Nuestro único deber es doblegarnos a sus deseos, dejar que
Él haga en nosotros y con nosotros lo que quiera, como quiera;
ya directamente, ya a través de los acontecimientos, del
ambiente, las experiencias, las circunstancias temporales, las
personas, etc. Es decir, no hay que desear siempre que los
hombres y las cosas sean diversos de lo que son: jamás hay
que negar nada, nunca rebelarse contra nada, aceptarlo todo
con alegría o al menos con resignación tal y como viene,
porque, en efecto, todo sucede según su voluntad infinitamente
buena y sabia y conforme a las disposiciones de su amorosa
providencia. ¡Aceptarlo todo!, esto es lo esencial: saber
aceptar, saber agradecer, saber decir sí siempre y a todo, aun a
las cosas amargas e ingratas, aun a las que hieren nuestros
sentimientos más íntimos, nuestra personalidad, nuestro modo
de ver, o nuestra más íntima esencia. ¡Sólo como tú lo quieres,
dispones, permites! Por mi parte, nada quiero: nada según mis
deseos o a tenor de mis esperanzas, ilusiones, criterios o
caprichos. ¡Sólo como a ti te plazca! Esto sí que es humildad;
humilde, sincero y total silencio personal ante Dios; entrega y
alegría en la voluntad, disposiciones y providencia de Dios.
Éste es el acto más sublime de la personalidad: la continuación
del acto de humildad y obediencia de nuestro Salvador en el
monte de los Olivos: «Padre, si es posible, pase de mí este
cáliz; mas no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42).
En primer lugar, aceptar y acoger los mil detalles ingratos y
a veces penosos de la vida, las circunstancias, dificultades,
contrariedades y obstáculos; todo lo que se nos presenta al
revés de nuestros sueños, distinto de lo que creíamos justo y
bueno; todo lo que es contrario a nuestro modo de ser, todo lo
que nos gustaría eliminar. Aceptarlo porque Él lo quiere así,
porque Él así lo manda y lo permite, porque ha establecido que
nuestra vida en este momento sea así y no de otra manera. Por
medio de estas disposiciones, que tan enigmáticas nos parecen,
Dios interviene en nuestra vida día tras día y hora tras hora.
«Yo soy el Señor». Él es quien debe disponer y quien nos
indica el camino; yo he de decir que sí e inclinarme
humildemente. Así es como Él quiere enseñarme a ser humilde
y pequeño. «Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas a donde
querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te
ceñirá y te llevará a donde no quieras» (Ioh 21, 18). Así nos
educa el Señor en la humildad.
En segundo lugar, aceptar el hecho humillante de lo mucho
que hemos pecado en nuestra vida. Él lo ha permitido, para
labrar nuestra salvación, a partir de nuestros propios pecados.
Nos arrepentimos, por supuesto. Pero sometámonos también,
humildemente, a la confesión de nuestros pecados y recitemos
continuamente con profunda convicción y contrición nuestro
«mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa». El orgulloso se
enoja por haber pecado; esta comprobación le atormenta toda
la vida, y se siente desgraciado por tener que admitir que a él
le haya ocurrido semejante cosa. Pero el alma humilde acepta
ésta su miseria y la convierte en instrumento para convencerse
de su propia nulidad, anonadarse ante Dios y exponerle su
arrepentimiento: un nuevo medio para adherirse tanto más
firme y confiadamente al único que es capaz de sacarlo del
pecado, al único que puede preservarlo en el futuro.
Aceptar, además, las continuas humillaciones cotidianas
que experimentamos en la vida interior: nuestras diarias
culpas, miserias, tentaciones, los primeros movimientos, las
imperfecciones y debilidades, nuestra ineptitud, la aridez de
nuestra oración, nuestra ceguera, nuestra falta de comprensión,
nuestras tinieblas, la incapacidad de poner en práctica nuestros
buenos propósitos. Si estas cosas nos agitan o inquietan, si nos
sorprenden o fácilmente nos confunden o abaten, es señal de
que aún no hemos salido del campo del orgullo. Deberemos
humillarnos y gritar al Señor: «¡Padre, sí, porque así lo quieres
tú!» (Mt 11, 27), «porque quieres hacerme tocar con la mano
que no soy sino un saco de basura». Así nos educa el Señor en
la humildad.
Aceptar, finalmente, las mortificaciones que provienen del
exterior: la crítica más o menos benévola, los juicios falsos del
prójimo respecto a nosotros, el trato inmerecido, los reproches
infundados, las calumnias, difamaciones, acusaciones de todo
género, la incapacidad o las equivocaciones personales que
comprometen nuestro buen nombre, aunque nada tengamos
que reprocharnos en conciencia. Detrás de todo esto que tanto
nos hace sufrir, se halla el Padre amoroso, nuestro Redentor,
dispuesto a mostrarnos los caminos de la humildad, de la
perfecta sumisión, del completo abandono a su guía y a su
voluntad. Así, día a día, nos educa el Señor en la humildad.
«La verdadera ganancia consiste en que te ofrezcas de
verdadero corazón a la voluntad divina, sin buscar lo que sea
tuyo, así en lo pequeño como en lo grande, así en el tiempo
como en la eternidad; de forma que, siempre con igual faz,
continúes dando gracias, entre las cosas prósperas y las
adversas, pesándolo todo en justa balanza. Si eres tan fuerte y
longánime en la esperanza, que dispongas tu corazón a sufrir
aún más cuando se te haya privado de consolación interior; si
no quieres justificarte, sino que me ensalzas como santo;
entonces justamente andas por la senda de la paz y puedes
esperar confiadamente volver a ver mi rostro con júbilo, y si
llegares al perfecto menosprecio de ti mismo, sábete que
entonces gozarás de abundante paz cuanto cabe en este
destierro» (Imit. de Cristo, libro 3, cap. 25).
Concluiremos estas consideraciones sobre la humildad
cristiana con las palabras de la Imitación de Cristo II, 2:
«Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces
fácilmente aplaca a los otros y sin dificultad satisface a los que
le odian. Dios defiende y libra al humilde; al humilde ama y
consuela; al hombre humilde concede gracia, y después de su
abatimiento le levanta a gran honra. Al humilde descubre sus
secretos y le trae dulcemente a sí y le convida. El humilde,
recibida la afrenta, está en paz, porque está en Dios y no en el
mundo.
»No pienses haber aprovechado algo si no te estimas por el
más inferior de todos».
«El que se ensalza, será humillado y el que se humilla, será
ensalzado» (Lc 14, 11).
XII. LA ORACIÓN

«Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

Hay algo conmovedor en la oración del Señor. Cristo ora en


su vida terrena y ora por medio de nosotros en el santísimo
sacramento del altar: adora, ama, da gracias, alaba, ruega y
expía siempre sin cansarse. Día y noche. Su oración es tan
pura, tan acendrada, tan infinitamente valiosa, que los ojos del
Padre se posan en Él con infinita complacencia y la acogen
benignamente. Un día se quedó un rato en oración; cuando
terminó, uno de sus discípulos le pidió: «Señor, enséñanos a
orar» (Lc 11, 1). El discípulo había quedado cautivado
profundamente por el Señor orante. También nosotros
podemos acudir a Él y pedirle: «Señor, enséñanos a orar»,
danos la luz y la gracia necesarias para penetrar el secreto de
la oración cristiana, para que aprendamos a llevar una vida de
oración según el modelo que tú nos das.

1. Por qué debemos orar

«Todas las cosas tienen por fin la oración» (san Francisco


de Sales), esto es, las ha creado Dios para que le glorifiquen y
le reconozcan como punto de partida y meta de cada una de
ellas y le rindan homenaje con humildad y sumisión total. Los
seres no dotados de razón cumplen este cometido simplemente
por el mero hecho de existir, es decir, porque al ser llamados
del no-ser al ser por el Creador, confiesan el poder, sabiduría y
bondad del Dios que les ha dado la existencia y se la conserva,
que les da continuamente su ser y su obrar para que puedan así
cumplir su papel dentro de la totalidad del universo.
Si «todas las cosas tienen por fin la oración», el hombre, en
primer lugar, está puesto en la tierra para reconocer a Dios
como su creador, como el primer fundamento y el fin de su
existencia, y admirar y alabar la grandeza, el poder, la
sabiduría y la bondad de Dios, entregarle su amor, acatarle,
enderezar toda su personalidad hacia Él como su último fin;
esto es, adorarle, glorificarle, bendecirle, darle gracias. La
oración es, por lo tanto, una exigencia que para todo hombre
se deduce del hecho de ser colocado en la existencia por Dios
y haber recibido de Dios todo cuanto es y posee.
Para nosotros, los cristianos, la necesidad de la oración
estriba en otros fundamentos completamente sobrenaturales.
Los cristianos oramos:
1) Porque nos hemos transformado, en virtud de la
redención de Cristo, en hijos de Dios: «Al llegar la plenitud de
los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido
bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de
que todos (judíos y gentiles) recibiésemos la adopción. Y por
ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo, que grita: ¡Abba, Padre!» (Gal 4, 4-6). En idéntico
sentido nos explica el Apóstol: «No habéis recibido el espíritu
de siervos para recaer en el temor, antes habéis recibido el
espíritu de adopción por el que clamamos: ¡Abba, Padre!»
(Rom 8, 15).
En nosotros, los bautizados, alienta un nuevo espíritu, el
espíritu de la filiación divina, el amor filial hacia el Padre
producido en nosotros por el Espíritu Santo que en nosotros
mora y que desde dentro nos impele a llamar a Dios con amor
«Padre». En esta palabra, «Padre», encerramos toda nuestra fe,
nuestra confianza filial, nuestra entrega, nuestro amor, nuestro
arrepentimiento, nuestra oración, nuestra decisión de amarle y
de someternos en todo a su santa voluntad. Nuestra oración
cristiana no es, pues, el lenguaje del hombre puramente natural
en su diálogo con Dios, sino que nos llegamos hasta Él, como
hijos al Padre, para adorarle, alabarle, amarle y pedirle la
ayuda que tanto necesitamos. No olvidamos nuestro ser de
criaturas, pero no nos apoyamos sobre Él en nuestra oración,
sino en nuestra dignidad y grandeza como hijos de Dios.
Llenos de veneración filial, nos acercamos al Padre con la
convicción de que Él nos trata siempre divinamente bien como
a hijos suyos y que podemos entregarnos a Él con toda
confianza y con el cariño más íntimo. Así pues, nuestra
oración cristiana se funda en nuestra filiación divina, esto es,
en la gracia santificante, y nos hace brotar el Espíritu Santo
que habita en nosotros. Es obra no de nuestro esfuerzo
humano-natural, sino de la gracia.
Los cristianos oramos:
2) Porque en virtud de nuestro santo bautismo en Cristo
somos sarmientos suyos, ya que Él es nuestra vid, en cuya vida
participamos, y la compartimos, como los sarmientos la de la
vid. Podemos hablar al Padre en nuestra oración, podemos
cantarle nuestra palabra de amor sólo en la medida en que
estemos en Cristo y vivamos su vida. Pero la vida de Cristo es
esencialmente vida de entrega al Padre, una oblación, un
ofrecimiento al Padre, lleno de amor. En virtud de nuestra
comunión de vida con Cristo, estamos incluidos en ésta su
oblación amorosa: en Él, con Él y por Él pronunciamos la
palabra del amor: «Santificado sea tu nombre, venga a
nosotros tu reino, hágase tu voluntad». En Él, con Él y por Él
pronunciamos con filial confianza la palabra de la gran
petición: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos
nuestras deudas…, líbranos del mal». Así nos unimos a la
oración de Cristo nuestro Señor y expresamos sus mismos
sentimientos; nuestra oración no es ya la de un mero hombre
abandonado a su insuficiencia y nulidad, sino que es al propio
tiempo y ante todo la de Cristo, que en nosotros y con nosotros
ruega al Padre. Nuestra oración, insignificante en cuanto
nuestra, es realzada y ennoblecida por la dignidad y la
majestad de Cristo: «El que permanece en mí y yo en él, éste
da mucho fruto» (Ioh 15, 5): el que en mí vive y yo en él, su
oración dará mucho fruto. «No vivo yo, es Cristo quien vive
en mí» (Gal 2, 20): no oro yo propiamente, más bien es Cristo
quien ora en mí. Nuestra oración será, pues, tanto más
fructuosa y eficaz cuanto más íntimamente nos fundamos con
Cristo y convivamos su vida.
Cristo es el gran orante. Como Hijo eterno de Dios, como
Logos o Verbo, es la palabra en la que el Padre expresa la
eterna plenitud divina y la majestad de su ser y de sus divinas
riquezas, y en la que se reflejan la magnificencia y el sublime
esplendor del Padre. Cristo es «el esplendor de su gloria y la
imagen de su ser» (Hebr 1, 3), la representación perfecta de la
grandeza e infinidad divinas, un eterno canto de alabanza a
Dios Padre.
Lleno de un fecundo amor contempla el Hijo la majestad
resplandeciente del Padre y le canta eternamente el himno de
la alabanza, el único que es perfectamente digno de Dios.
Este verbo eterno de Dios se ha hecho hombre en Cristo,
siendo así incorporada la vida humana del Señor a la alabanza
que eternamente rinde al Padre el Verbo y convirtiéndose en
una exaltación constante, en una oración y en una palabra de
amor. Esta exaltación penetra e informa toda la vida de Cristo
desde su entrada en esta vida en el seno de la virgen madre y el
pesebre, hasta la vida oculta de Nazaret, la vida pública, la
muerte en la cruz, la vida inmortal que ahora tiene en el cielo y
en el santísimo sacramento del altar. Una alabanza siempre
perfectamente digna de Dios, una oración santa.
Mas Cristo quiere seguir prolongando su vida en nosotros,
continuando también en nosotros su misma oración. Con este
fin nos ha hecho participar de su vida en el santo bautismo y
nos convida diariamente al sacrificio de la misa y a la
comunión, para que podamos vincularnos más hondamente a
su oración, a su amorosa entrega, a su alabanza y a su
adoración del Padre. Cristo quiere multiplicar su oración en
nosotros, para que en cualquier momento y en cualquier lugar
resuene en miles y miles de corazones amantes, en un coro
formidable, en la comunión con la Iglesia tanto en el cielo
como en la tierra. Tal es la dignidad de la oración cristiana.
Nosotros, los cristianos, oramos:
3) Porque tenemos necesidad externa de la oración, sobre
todo de la oración impetratoria. «No que seamos capaces de
pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra
suficiencia viene de Dios» (2 Cor 3, 5); y en otra parte precisa
el Apóstol: «Dios es el que obra en nosotros el querer y el
obrar según su beneplácito» (Phil 2, 13). Somos, pues,
sencillamente incapaces por nuestras propias fuerzas naturales,
a pesar de nuestros buenos deseos y de los mejores propósitos,
de superar el mal, resistir a las tentaciones, querer y obrar lo
bueno y lo recto. Pero el Apóstol nos declara con toda
seguridad: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta», todo,
incluso lo más grande y lo más difícil; pero todo «en Aquél
que me conforta». ¿A quién conforta mejor y a quién da Dios
con más facilidad la fuerza y la gracia? Al que ora. «Pedid y
recibiréis» (Mt 7, 7). Si no se pide, no se recibe; si se pide
poco o mucho, se recibe poco o mucho: ésta y no otra es la
norma general en el orden de la salvación. Dios desea darnos
generosamente su gracia, pero la vincula y la condiciona a la
oración. Es verdad que también cualquier otra obra buena nos
aproxima a Dios y produce un incremento de gracia
santificante; pero hay una manera extraordinariamente eficaz
de obtenerla, y es la oración. Éste es el medio que está a
disposición de todos en cualquier momento y lugar. Es el
primer medio para el alma que quiere avanzar y llegar a la
perfección, y el último recurso de la que se encuentra ya en el
umbral de la eternidad. Es un medio de la máxima eficacia
para unirnos con Dios y asimilar su fuerza. «Pedid y
recibiréis»; pues «a los humildes da Dios su gracia» (1 Petr 5,
5). En la oración impetratoria o de súplica confesamos nuestra
nada y nuestra impotencia, y lo esperamos todo de Dios; en la
oración reconocemos la grandeza, la omnipotencia y la bondad
divinas, e incluimos siempre al mismo tiempo un elemento de
adoración, de acatamiento de sus designios, de glorificación
amorosa.
Nosotros, los cristianos, oramos:
4) Porque somos hijos de la Iglesia, y la Iglesia necesita
almas de oración. Ella es propiamente la «Iglesia orante», y
toda su existencia se ordena a rogar, a adorar, bendecir y
glorificar a Dios, y sufrir y trabajar por los divinos intereses.
Mantiene siempre su pensamiento, su corazón, sus deseos, sus
ojos dirigidos a Dios en estrecha unión de pensamiento y de
intenciones con el gran orante, Cristo, su esposo divino; ora en
el cielo, ora en el purgatorio, ora aquí en la tierra: «Laudamus
te. Benedicimus te. Adoramus te. Glorificamus te. Gratias
agimus tibi propter magnam gloriam tuam». Si en la tierra un
coro de almas en oración se cansa o debe pasar a otras
ocupaciones, le reemplaza otro y prosigue la oración de la
Iglesia, noche y día, sobre todo el globo terrestre.
La Iglesia ora en sus sacerdotes, a los que, en el día de su
ordenación de subdiáconos, confía su oración por excelencia,
el breviario, con la obligación rigurosa de recitar
infatigablemente todos los días hasta su muerte la oración
oficial de la Iglesia.
La Iglesia ora en los muchos religiosos, en cuyas manos
coloca el breviario el día de la profesión; noche y día, donde
haya sacerdotes y conventos, está reunida la Iglesia,
representada en sus sacerdotes y religiosos, en torno al gran
liturgo y orante en el tabernáculo, y une su adoración, su
caridad, su acción de gracias, su intercesión y su reparación, a
la oración infinitamente santa y grata a Dios del sumo
sacerdote, Cristo; oración pura, santa, infinitamente fecunda
en, con y por Cristo nuestro Señor.
La Iglesia ora en nombre de los muchos hijos suyos que no
saben, han olvidado o no pueden orar; ora por los muchos que
no quieren ser hijos suyos y están fuera del redil, lejos de la
Madre, y perecen de hambre y de miseria; ora en
representación de todos los hombres, sean cuales fueren sus
necesidades, tentaciones, apuros y peligros.
El mundo alejado de Dios no ora; busca la salvación en
cisternas agrietadas (Ier 2, 13), en el incremento de la
producción material y de la actividad cultural, en empresas
cada vez más refinadas, en la destrucción del pasado, en el
progreso técnico, en la siempre insatisfecha avidez de
ganancia y de bienestar, incluso en el alejamiento de Dios y de
Cristo y en la lucha contra la Iglesia, en la divulgación del
ateísmo, en la divinización del hombre y de la humanidad, en
la elevación a valor absoluto del trabajo, el dinero, la nación o
el Estado. El mundo no tiene necesidad de ningún dios, de
ninguna luz, de ninguna ayuda: se basta a sí mismo; por esta
razón ni siente la falta de la oración, ni la desea. Por eso es aún
mucho mayor la necesidad de la oración de la Iglesia y de la
nuestra, para completar y compensar, expiar y satisfacer,
conseguir perdón y gracia mediante la oración; y esto
especialmente en nuestros tiempos, con sus necesidades
materiales, religiosas y morales. ¿Quién puede salvar al
mundo de hoy? Ni la ciencia, ni la técnica, ni la política, ni la
fuerza humana: lo único que nos puede salvar es la
misericordia de Dios y la gracia divina que obtenemos por
medio de la oración, En la oración está la salvación del
mundo.
El mundo de hoy, sus calamidades, piden a gritos almas de
oración que se unan a la Iglesia orante y, con ella, al gran
orante, Cristo, en un común «Kyrie eleison», que fuerce el
corazón de Dios, y en un incesante «santificado sea tu
nombre».
«¡Orad sin interrupción!», «¡pedid y recibiréis!». «Creemos
que nadie obtiene su salvación sin la ayuda de Dios, que nadie
obtiene esta ayuda sino el que ora» (san Agustín). «Todos los
santos se han santificado por medio de la oración. Todos los
condenados se han condenado porque no han hecho oración; si
hubieran orado con constancia, se hubieran salvado» (san
Alfonso de Ligorio). «No hay hombre más poderoso que el
que reza» (san Juan Crisóstomo). En la oración está la fuerza
de la Iglesia y del cristiano.

2. Sentido de la oración cristiana

¿Qué pretendemos al orar? En último término, no


pretendemos otra cosa que la unión amorosa de nuestra
voluntad con la de Dios, la entrega total de nuestro corazón, y
estar junto al Padre, rendirle vasallaje y colocarnos cerca de
Él.
Podemos ponernos en comunicación con Dios y unirnos a
Él por un doble camino: por la inteligencia y por la voluntad.
Del primer modo se une el alma con Dios mediante sus
reflexiones sobre Él, sus meditaciones sobre su omnipotencia
o sus diversas perfecciones, su providencia y su acción, o
considerando uno de los misterios cuya inteligencia puede
llevarle más cerca de Dios. Mas sería un gran error el creer
que la esencia de la oración consiste en este modo de unirnos
con Dios: es sólo la preparación para la oración propiamente
dicha, que consiste en la amorosa unión del corazón y la
voluntad de Dios.
En esta unión de voluntad con Dios queremos, ante todo,
adorarle y entregarnos a Él amorosamente, para que Él haga
resplandecer en nuestra alma la plenitud de su poder y
majestad y pueda realizar en nosotros, sin cortapisas, su
dominio y su presencia. La adoración, el acatamiento amoroso
es la íntima esencia y el alma de toda oración verdadera,
incluso de la impetratoria, porque, en primer lugar, hay que
colocar el «santificado sea tu nombre», la adoración, la
ascensión a Dios; y, después, el «pan nuestro de cada día». La
oración como amor de adoración, como acatamiento y
glorificación de Dios, es el objeto al que han de subordinarse
todas las demás formas de oración y al que están enderezadas.
Si a Dios mismo y su glorificación hay que colocarlos en
primer lugar, sería un error ver en la oración esencialmente y
en primera línea un medio para el «deleite espiritual», para la
«dulzura» espiritual o aun para el provecho moral, para
perfeccionarse a sí mismo, y subordinar la glorificación de
Dios al «servicio» de la propia alma, como si la salvación del
alma fuese el supremo y último fin de la oración. Por el
contrario, es la obra de nuestra santificación la que debe
ordenarse a la glorificación de Dios. Debemos santificarnos y
aspirar a progresar espiritualmente para así poder adorar y
honrar más perfectamente a Dios, y para que el culto que le
consagramos sea menos indigno de Él.
Con la adoración va unida la acción de gracias. Cada día
experimentamos y sabemos con más claridad lo obligados que
estamos a dar gracias a Dios. Todo cuanto somos y tenemos,
sea en el orden de la naturaleza, sea en el de la gracia, en
último análisis lo tenemos por bondad y misericordia divina.
¿Dónde estaríamos, si Él no nos hubiera amado tanto desde la
eternidad, que decidió crearnos y dotarnos de las cualidades,
talentos y capacidad que poseemos? ¿Dónde estaríamos, si Él
no nos hubiera enviado misericordiosamente a su Hijo
unigénito para librarnos de las cadenas del pecado, del
demonio y del infierno, hacernos hijos de Dios y
conquistarnos las gracias con las que podemos lograr la visión
eterna de Dios? ¡Cuánto amor despilfarra personalmente con
nosotros todos los días y todas las horas!: gracias sin medida,
gracias de iluminación, de excitaciones interiores de la
voluntad, fuerza contra el mal, ánimos para el bien y para
perseverar valiosamente en él. Todo esto nos insta natural y
necesariamente a estarle agradecidos y a expresar nuestra
gratitud en la vida.
Un tercer objeto que podemos procurar en la oración es el
de volver a Dios Padre, a quien hemos ofendido por nuestros
pecados, con sentimientos de arrepentimiento y penitencia, y
con la voluntad pronta a expiar y satisfacer. Es
verdaderamente penoso que hayamos ofendido groseramente a
nuestro Padre bondadoso oponiéndonos a su voluntad, que
hayamos preferido nuestros vanos caprichos a los preceptos y
la voluntad de Dios, despreciándole y postergándole a nuestros
propios gustos y deseos. ¿Qué podemos hacer frente a tantas
ofensas, sino entonar de corazón nuestro «mea culpa»,
arrepentirnos, llorar sobre nuestros pecados y hacer penitencia
por ellos? Por lo tanto, hemos de acercarnos al Padre en santo
y amoroso arrepentimiento y esperar de Él su palabra de
perdón: los cristianos le reconocemos y glorificamos como el
Dios santo y Señor de las misericordias.
Un cuarto sentido de nuestra oración cristiana resplandece
en la oración impetratoria. En nuestras peticiones nos
dirigimos al poder de Dios, cuya bondad nos puede conceder
las ayudas y socorros necesarios. En esta forma de oración
demostramos que creemos en el amor del Padre hacia
nosotros, sus hijos, y manifestamos, además, al mismo tiempo,
nuestra dependencia, nuestra indigencia y nuestra necesidad
constante de Él, y expresamos nuestra fe en que Él, como
Padre nuestro, ha de otorgarnos a nosotros, sus hijos, una
participación en la plenitud de sus riquezas para hacernos
santos, y ha de darnos todas las ayudas que necesitamos para
llegar como cristianos a la meta de la vida eterna. Levantamos,
orando, nuestras manos y corazón al Padre, y pensamos con
amor e interés en los otros muchos que están encomendados a
nuestra intercesión y por quienes estamos obligados a orar: por
los vivos y por los difuntos, por los que nos aman y por los
que nos desprecian, dañan u odian. En la oración petitoria
honramos el poder, la bondad y el amor de Dios y nos
sometemos a ellos amorosamente; por esto nuestra oración
impetratoria no se limita a pedir el remedio de nuestra
indigencia, sino que, con nuestro grito que implora auxilio,
llegamos hasta el mismo Dios y ponemos a sus pies nuestra
entrega y nuestra adoración.
Por lo demás, no pretende nuestra oración impetratoria
alterar los planes de Dios ni conseguir de Él que cambie sus
puntos de vista y sus proyectos. Antes bien, rogamos a Dios
con la convicción de que Él, desde la eternidad, ha incluido en
los planes de su providencia divina nuestras plegarias con
amor paternal. De ahí que nuestra oración impetratoria tiene
un sentido y una eficacia indudables, aunque sea verdad que la
voluntad de Dios es absoluta e inmutable.
Así, lo que sube en forma de oración a Dios baja en forma
de bendición y de gracia sobre el orante. La oración cristiana
es esencialmente y en primer lugar adoración de Dios y meta
de nuestra vida, siendo, por otra parte, pero en segundo lugar,
el gran instrumento para la construcción de la vida cristiana.
No es exageración alguna el llamar a la oración, con san Juan
Eudes, «algo tan importante como la tierra que nos sustenta, el
aire que respiramos, el pan que comemos, el corazón que late
en nuestro pecho, que son a los hombres tan necesarios para
llevar una vida humana» (Royaume 2, 11). Toda verdadera y
auténtica oración nos cambia, nos asemeja a Dios y nos
santifica progresivamente; libera el corazón y el espíritu del
amor desordenado a las cosas creadas, cuando éstas se oponen
a la entrega a Dios. Por ser la oración entrega y elevación del
alma, nos libra del poder y dominio del amor propio, las
pasiones y las malas inclinaciones. Al orar nos introducimos
más íntimamente en el mundo de lo divino y reconocemos más
sinceramente la caducidad de los bienes y deleites que la tierra
nos ofrece, dado que la oración exige que nos unamos a Dios.
En ella nuestro espíritu entra en contacto con Él y es penetrado
cada vez más por su luz; la voluntad va uniéndose a Él, a su
santa voluntad y a sus intereses; el corazón se siente atraído
siempre de nuevo por la bondad infinita y el amor del Padre y
se ve colmado del amor, que es Dios mismo. Así, la oración
auténtica transforma irresistiblemente al hombre y le hace
participar cada vez más en la santa vida de Dios.
La fuerza y la excelencia de la oración cristiana se revelan
tanto en la vida interior como en la exterior del cristiano.
Éste es el secreto de la fecundidad de acción de nuestros
santos: oraban bien y mucho; de la oración sacaban las fuerzas
para el abnegado y constante cumplimiento del deber, para el
trabajo duro e incansable, para sus actos heroicos. Trabajo y
oración, acción y contemplación van juntas y se apoyan
mutuamente.
Nuestra oración, sea adoración, alabanza, acción de gracias
o impetración, vuelve de Dios a nosotros en forma de
bendición y de gracia, en forma de fecundación y de ayuda
para el crecimiento espiritual y para una unión siempre más
íntima y profunda con Dios. Así se puede comprobar la verdad
de aquello de que «la oración es el alimento del alma y como
la respiración del alma cristiana». Quien cesa de orar, cesa de
respirar y de vivir, y, viceversa, si el cristiano quiere llevar una
vida de fe viva, si con la gracia de Dios pretende acercarse a la
perfección, sólo puede hacerlo orando, ya que al mismo
tiempo que ora recibe la gracia divina y se sumerge en Dios.
De todo esto ha de quedar bien claro que el fin último de la
oración no es el crecimiento interno del hombre, ni el servicio
o la salvación de su alma; antes bien, nosotros nos
santificamos mediante la oración para así poder glorificar más
a Dios, adorarle y amarle; y lo podremos tanto mejor cuanto
más puros, ricos y santos lleguemos a ser por nuestra oración.
De esta forma nuestra oración sirve al crecimiento interior,
pero éste sirve a su vez a la glorificación y la adoración de
Dios.
¡Sea, pues, para nosotros la oración cristiana algo grande y
santo! ¿No es para nosotros, pobres hombres, la mayor honra y
gracia que se nos puede hacer el poder orar, el tener acceso a
Dios, nuestro Padre celestial, y el poder hablar con Él, y que
Él se incline hacia nosotros con amor y bondad, nos preste
oídos y acepte complacido la veneración que le tributamos?
¡Cómo debemos dar gracias por poder orar!
¡Cómo hemos de preocuparnos por orar bien!
¡Cómo hemos de valorar y amar la oración cristiana!
«¡Señor, enséñanos a orar!».
XIII. LA ORACIÓN (Continuación)

«Si conocieras el don de Dios» (Ioh 4, 10).

Respecto a la oración circulan muchos engaños,


desconocimiento y equivocaciones. Consecuencia de esto es
que la oración resulta aún más difícil de lo que es en sí misma,
de que poco a poco se vaya perdiendo, no sólo la alegría, sino
hasta el ánimo de orar y la confianza en el valor de la oración,
y vaya entrando el cansancio. Muchos de esos errores radican
en que no se sabe claramente en qué consiste propiamente la
oración, cuál es su esencia y en que se ignora qué es el orar
justo y bueno.
Piensan muchos que es de la esencia de la oración cristiana
que los arrebate y conmueva profundamente; que de ningún
modo puedan distraerse hacia atracción alguna, aunque sea de
un modo involuntario y, por lo tanto, inculpable. Otros creen
que hay que sentir hacia la oración una interior disposición de
ánimo acompañada de cierto gusto por orar: piensan que no es
posible una auténtica oración si en ella no surgen delicados
sentimientos y afectos del alma, sin que el orante note ningún
cansancio, agotamiento, debilidad o distracción, siéndole, por
lo tanto, imposible permanecer frío, insensible, seco y vacío.
Otros hay que se trastornan por una distracción o cualquier
fracaso de su oración, de tal forma que desestiman lo que han
orado y vuelven a comenzar su oración hasta que les parece
pueden estar por fin contentos de ella. Víctimas de estos
tormentos, tienen, sin embargo, siempre la mejor voluntad,
mas incurren continuamente en nuevos engaños y dificultades.

1. ¿Qué es orar?

Orar es, en sentido general, hablar amorosamente con Dios,


comunicarse con Él, entablar un diálogo enamorado, aunque
sea sin palabras, con Él. La genuina oración se basa en el
amor, brota del amor y tiende al amor. El termómetro de la
oración como de toda virtud y obra buena, es el amor de Dios,
que puede expresarse por obra y por palabra. Llamamos
oración al amor que se expresa por palabra, no siendo
imprescindible que la palabra sea vocal. La oración es el
enunciado del amor que hacemos en Dios a Dios.
Esta expresión de amor a Dios, al Señor y Creador del
universo, va necesariamente acompañada de reverencia y
respeto, del santo temor que nos sobrecoge al entrar en su
intimidad y sentir la majestad de su gloria; va asimismo
acompañada de esa actitud de obediencia y sumisión a la
divina voluntad. El verdadero amor de Dios no puede menos
de ser reverente y sumiso, es decir, una oración de adoración.
La esencia de la oración es, por consiguiente, la expresión del
amor que adora reverente y obediente.
Pero no sólo oramos a Dios y a Cristo, el Señor; nos
dirigimos también a los ángeles y santos del cielo,
particularmente a la virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra. Estos seres no son Dios, sino simples criaturas, que
han sido sumergidas por la gracia divina en la vida y en la
gloria de Dios. Por eso los amamos y les expresamos nuestro
amor, que no tiene el mismo valor que el que nos lleva a Dios
y a Cristo. Los amamos de otro modo, porque nosotros no
adoramos a la Virgen y a los santos, sino que los veneramos.
Asimismo la oración dirigida a la madre de Dios entraña una
veneración (cultus hyperduliae) que difiere de la que
tributamos a los santos (cultus duliae).
La oración a Dios y a Cristo es la oración por antonomasia,
la oración en su pleno sentido, el enunciado del amor en la
más rendida adoración, en la que entregamos a Dios todo
nuestro ser; es la expresión del amor, que alaba, agradece, pide
y expía.
El acto de oración, considerado desde el punto de vista de la
vida humana del alma, no es fundamentalmente un acto del
entendimiento, un esfuerzo por comprender espiritualmente un
texto de lectura o de meditación, o una reflexión, como
ordinariamente se piensa. El acto de oración, si se toma en su
esencia, no es ni siquiera un acto de atención, si se entiende de
modo que la oración en la que uno se ha distraído por eso solo
deja de ser una oración bien hecha. Y mucho menos es el acto
de oración un acto de la fantasía, una imagen que, de Jesús, de
María o de un pasaje del Evangelio, producimos en nosotros al
orar. La oración no es tampoco una emoción, o un sentimiento
de devoción. No queremos decir que estos actos del
entendimiento y de la imaginación o estas emociones nada
signifiquen para la oración; antes bien, pueden ser y son de
hecho muy importantes y preciosos e incluso indispensables
como preparación para ella y manifestaciones que pueden
acompañarla; pero no tocan la esencia de la oración, en sí
mismos no son oración. Faltando todos esos actos, puede darse
muy bien una oración perfecta, santa y agradable a Dios.
Orar es, más bien, uno de los actos sobrenaturales de la
voluntad, animados por el Espíritu Santo que vive y obra en
nosotros: es en el fondo un acto por el que nosotros, que
somos hijos de Dios, nos dirigimos al Padre con obsequioso
amor para entregarnos a Él y estar junto a Él en amor, y,
amándole, obedecerle y adorarle. El mismo amor que «se nos
infunde en los corazones por el Espíritu Santo» (Rom 8, 1)
junto con la gracia santificante, la gracia de la filiación divina,
es lo que nos mueve a los hijos hacia el Padre. Queremos
expresarle nuestro amor, nuestra entrega y veneración
amorosas, nuestra alabanza que el amor nos sugiere, nuestra
gratitud, admiración y alegría por su belleza, majestad y
bondad, por su maravilloso gobierno del mundo, tanto del de
la naturaleza como del de la gracia; queremos expresarle
nuestra súplica filial, basada en la confianza que su amor y su
bondad nos producen, y, condicionada a los intereses y la
voluntad del Padre que nos ama; queremos decirle nuestra
palabra de arrepentimiento, que brota de un amor filial y de la
conciencia de haber incurrido en culpa contra el Padre. Orar
es, en su más íntima esencia, un acto de amor, y la oración es
tanto más perfecta cuanto más se refleja en ella el amor,
cuanto más se eleva el que ora del amor imperfecto al
perfecto.
Cuanto más eficiente sea el amor en el corazón del
cristiano, con tanta más fuerza le impulsará a manifestar al
amado su palabra de amor, aunque haga mucho tiempo que
sepa que es amado. Quien ama, debe gozarse en expresar su
amor, sencillamente porque se trata de una palabra de amor.
Siempre que el amor de Dios es vivo y eficaz en nosotros,
tenemos la convicción gozosa y feliz de que el Padre, que
habita con su Hijo y el Espíritu Santo en el fondo de nuestra
alma, escucha nuestro requiebro amoroso, lo aprecia y lo
acepta, principalmente porque esta misma expresión de amor
la pronunciamos unidos con el gran orante, Cristo, que incluye
nuestra oración y nuestra entrega amorosa al Padre en su
oración y en su entrega. En la Iglesia oramos siempre «por
Cristo nuestro Señor», como miembros de su cuerpo místico,
unidos íntimamente, vitalmente con Él, que es nuestra cabeza.
¡Qué admirable dignidad y qué poder tiene la oración del
cristiano si se considera de este modo!
En el acto de oración nos separamos de nuestro propio yo,
abandonamos el mundo creado que nos rodea, y vamos al
Padre para echarnos en sus brazos con el fervoroso deseo de
permanecer a su lado y servir su gloria e intereses.
Precisamente para expresar esta nuestra entrega juntamos
nuestras manos: así lo hacía en la Antigüedad el vasallo,
poniéndolas entre las de su señor en señal de humilde entrega
a su servicio.

2. El hábito de oración

El acto de oración es algo transitorio. Pero por la frecuente


repetición de los actos se forma un hábito, una disposición
duradera, un estado de oración, que se alimenta y se afirma en
los actos de oración, los cuales, por lo tanto, le son
indispensables.
Es evidente que, al hablar de la oración habitual, no se trata
de la oración vocal, ni siquiera de la oración interior llamada
contemplativa, ya que en la tierra nos es imposible a los
hombres pensar ininterrumpidamente en Dios y ocuparnos,
con atención constante, de las cosas divinas.
Por hábito de oración hay que entender más bien la
prontitud interior para la entrega amorosa a Dios, la sujeción
filial a su santa voluntad y a las disposiciones de su divina
providencia en todas las circunstancias de la vida. Es esa
postura constante y esa decisión de la voluntad de aceptar
todas y cada una de las cosas que Dios quiere de nosotros y de
realizar con amor todo lo que nos sale al paso: deberes, reglas,
prescripciones; esa costumbre de pronunciar siempre y en
cualquier momento y hasta las últimas consecuencias, a pesar
de las molestias y sacrificios que se nos exijan, la palabra del
amor: «Sí, Padre, porque así te agrada» (Mt 11, 26),
«santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad». Es esa
disposición constante de aceptar incluso todas las dificultades,
sinsabores, humillaciones, tentaciones y pruebas, desengaños,
sufrimientos, enfermedades, etcétera, y recibir como de Dios
las faenas de cada día.
El fin próximo de la oración cristiana es el hábito de
oración, la continua unión interior con Dios, que vive en el
fondo de nuestra alma y nos atrae fuertemente hacia sí. Al
orar, nos dejamos llevar por los impulsos del Espíritu Santo,
permitiéndole que lleve a cabo su maravillosa obra en
nosotros. Así se acrisola en nosotros el amor, que nos une con
Dios, que va transformando poco a poco nuestro modo de
juzgar, pensar, querer, obrar y sentir, nuestras acciones y
misiones hasta que llegue a ser puro, deiforme y santo. El fin
remoto de nuestra oración es siempre la adoración y la gloria
de Dios.
La oración habitual es una entrega muda, casi inaccesible a
nuestra propia conciencia, constante; una disposición de
entrega de nuestro corazón y nuestra voluntad a Dios y la
suya, con el fin de dejarle colaborar con nosotros en el modo y
medida que Él crea oportunos según su sabiduría y caridad
divinas. Es la oración de la profundidad, hecha en las más
radicales intimidades del alma, allí donde ésta se une por
medio de la gracia santificante con el Dios trino que vive y
obra en ella. Es, si queremos expresarlo en un símbolo, la
brasa siempre dispuesta a echar chispas que se conviertan en
llamas; la brasa está siempre allí, aunque no esté siempre
produciendo hogueras.
A esta oración interior, como modo o conducta estable de
unión y entrega a Dios, sirven y ayudan los actos de oración,
que se mueven, por así decirlo, en la periferia y son como una
oración de superficie. Viceversa, de la oración de profundidad,
de la oración habitual brotan los actos de oración, que son más
puros, frecuentes, perfectos y fecundos cuando el alma ha
alcanzado con más seguridad el hábito de oración.
Somos realmente piadosos en la medida en que logramos
este estado de unión con el Dios que vive dentro de nuestra
alma. La piedad auténtica es, precisamente, ese modo estable
de ser del alma que hace que el cristiano esté dispuesto a hacer
y soportar por amor a Dios todo lo que Él le pida, le exija o le
imponga.
La oración habitual es la actitud fructífera con que debemos
valorar todo nuestro trajín diario y su trascendencia para la
gloria de Dios y nuestro propio desarrollo espiritual. Mientras
mantenemos esta habitual entrega amorosa a Dios y a su
voluntad, estamos orando también con nuestro trabajo, con
nuestros sacrificios y nuestros sufrimientos, aunque no
realicemos actos de oración y no pensemos en orar. Sólo en
virtud de ese modo estable de ser del alma nos es posible el
«orar sin interrupción» (1 Thess 5, 17), el «orar siempre» que
nos exige el Señor (Lc 18, 1). Hay momentos en que debemos
concentrar la atención en el trabajo y no podemos pensar al
mismo tiempo en Dios y en las cosas divinas; esto nos ocurre
continuamente a través de la jornada; pero, no obstante, en
virtud de esa disposición habitual del alma, de esa unión con
Dios, de ese ánimo de hacerlo y sufrirlo todo por Dios,
estamos orando ininterrumpidamente.
El hábito de oración es de grandísima importancia en las
dificultades internas y externas que solemos experimentar
cuando oramos: cansancio, dolor de cabeza, aburrimiento,
incapacidad para pensar, distracciones, sequedad, repugnancia,
tedio y fastidio, y especialmente las distracciones internas que
no podemos dominar y que nos acechan continuamente. En
virtud de esa disposición constante de unirnos siempre,
especialmente en la oración, a la voluntad de Dios, haremos
oración de todos esos impedimentos que a primera vista parece
que nos estorban: los convertiremos en oración, acatando la
voluntad de Dios que nos asigna esa cruz en la oración,
aceptando con humildad nuestra impotencia, nuestras
distracciones involuntarias, nuestras dificultades y
contrariedades. Precisamente al someternos así a la voluntad
de Dios, nos unimos con Él, y esto es hacer oración. Y,
reconociendo humildemente todas nuestras distracciones
involuntarias, nuestra impotencia, nuestras dificultades y
nuestros fallos, al dar nuestro sí a la voluntad de Dios, unimos
con ella, no precisamente nuestra inteligencia, sino, más
profundamente, nuestra propia voluntad, y esto es orar.
En fuerza de nuestra oración interior, debemos hacer lo
posible para prevenir las distracciones y, cuando las
descubrimos, deberemos reconcentrarnos de nuevo. Pero
cuando, contra nuestra voluntad, no logremos librarnos ni
protegernos contra las tentaciones, no es necesario que nos
desanimemos o nos entristezcamos por ello, como si no
hubiéramos orado rectamente: basta con que expresemos
nuestro sí a la cruz de las distracciones y de nuestra
incapacidad uniéndonos a la voluntad de Dios, y esta unión
amorosa, este sí de nuestra voluntad, será ya una auténtica,
fecunda y santa oración. Que también sobre la oración reina la
ley que es base de toda vida cristiana aquí en la tierra, la ley de
saber llevar la cruz. Sometámonos humildemente a esta ley.
Siempre que existe esta voluntad constante, firme y sincera de
unirnos en la oración totalmente a la voluntad de Dios, es
decir, siempre que realmente queremos orar, oramos bien, a
pesar de todas las distracciones involuntarias y de nuestra
incapacidad.
Es un sentimiento altamente consolador que nuestra
impotencia humana y nuestras frecuentes distracciones no
perjudiquen en modo alguno a nuestra oración, mientras vive
en nosotros esa postura de entrega a la voluntad de Dios y a
sus designios. Un acto de oración que brota de esta postura de
voluntad, es siempre una oración perfecta, pues ella, ese
sentimiento de confiada entrega a la voluntad de Dios, es
precisamente la «oración esencial». Que a esto se una o no la
llamada devoción accidental o sensible, el intenso vibrar de
nuestra afectividad, es de poca importancia. Lo único decisivo
y fundamental es la postura habitual de entrega de nuestra
voluntad: ella constituye la esencia de la oración. Esta misma
disposición total interna guía a la vez nuestro espíritu hacia
Dios siempre con mayor atención, y esto en mayor grado a
medida que vamos formando en nosotros más perfecta entrega
interior. Mientras tanto, sin embargo, debemos hacer todo lo
posible para evitar las distracciones y hacer más
desembarazado el camino de la oración, sin olvidar que nunca
nos veremos libres de la cruz de las distracciones.
Las distracciones se insinúan furtivamente en nuestra
oración sin que lo notemos y contra nuestra positiva voluntad.
¿Perderá por eso el valor y la fecundidad? Nada en absoluto.
La voluntad permanece unida a Dios, aun durante las
distracciones involuntarias. Hay que abrazar la cruz de las
distracciones con amor, entregados totalmente a la santa
voluntad de Dios. Así la distracción no nos habrá separado de
Él, sino que nos habrá unido más estrechamente. A pesar de la
distracción, de la aridez y del vacío interior, nuestra oración no
habrá perdido su valor: nos habrá hecho más humildes y se
habrá convertido en ayuda para nosotros.
Debe quedar bien claro que, para nosotros, la esencia de la
oración reside en esa postura de unión de nuestra voluntad con
la santa voluntad de Dios. Quede también bien claro que
podemos orar perfectamente y con fecundidad, a pesar de
todas las dificultades, debilidades y distracciones
involuntarias. Oramos tanto cuanto nuestra voluntad busca en
la oración a Dios, sólo a Dios y su voluntad.
Oramos a Cristo con el mismo sentido que a Dios Padre, al
Espíritu Santo o a toda la santísima Trinidad, pues Cristo, el
Hijo de Dios hecho hombre, es, por ser verdadero Dios, objeto
de la misma adoración que el Padre. La esencia de la oración a
Cristo es adoración, entrega amorosa a sus preceptos, a sus
mandamientos, a su santa voluntad. Nos entregamos al Padre
con Cristo y por medio de Él. Cristo nuestro Señor acepta la
oración que le dirigimos y la presenta al Padre. Así, nuestra
oración a Cristo es una oración dirigida al Padre en Él, con Él
y por Él.
Nuestra oración a los santos es un acto de voluntad que
admite y reconoce las grandezas, las gracias, las virtudes, la
santidad, el poder de intercesión de los santos, pero pasa por
ellos hasta Dios y Cristo para darle gracias, alabarle,
glorificarle y amarle en y por sus santos, con sus corazones, su
amor y su entrega. Aunque acudimos con confianza y amor
filiales a nuestra madre celestial y nos entregamos a ella y
deseamos permanecer junto a ella, sabemos claramente que no
puede ni quiere ser para nosotros el último término o el último
grado: al contrario, como madre nos lleva siempre a su Hijo, y
con Él y por Él al Padre, para que ella sostenga con amor y
fidelidad maternales nuestro amor y nuestra adoración, nuestra
entrega amorosa, nuestra alabanza, nuestra acción de gracias,
nuestra petición, y los presente a Dios.
***
¡Si conocieseis «el don de Dios» (Ioh 4, 10): la gracia, la
sublimidad, el poder de la oración cristiana!
Nuestra oración cristiana encierra y posee un valor y una
fuerza que sobrepasa en mucho todas las demás fuerzas
humanas y todas las grandezas naturales. ¿Qué pueden
significar, frente al poder de la oración cristiana, de la oración
hecha o presentada al Padre por Cristo, todo el saber, todo el
poder de los hombres? ¿Qué puede significar el mismo poder
de Satanás y de todo el infierno? «¡Si conocieras el don de
Dios!».
¿No hemos de valorar, por lo tanto, mucho más aún nuestra
oración cristiana? ¿No hemos de confiar mucho más aún en
nuestra oración y confiar más en su poder? Cristo, el gran
orante, ora con nosotros y nos hace partícipes de la dignidad y
eficacia de su oración. ¡Tal es nuestra fe y nuestra confianza!
XIV. LA SANTA MISA

«Me acercaré al altar de Dios» (Ps 42, 4).

Ideal del sacrificio eucarístico

Centro y compendio de la vida y la piedad cristianas es la


celebración o, mejor dicho, la concelebración del sacrificio
eucarístico, que «el sumo sacerdote, Jesucristo, instituyó y es
renovado en la Iglesia constantemente por sus ministros» (Enc.
Mediator Dei, n.° 84).
Es, pues, importantísimo que todo cristiano tenga una idea
justa del santo sacrificio y de su colaboración en él.
Hubo tiempo en que, si dejamos a un lado los círculos de
los teólogos especializados, se creyó vulgarmente que la santa
misa no tenía ya una significación litúrgica. Todas las
ceremonias y detalles de su celebración se explicaban más
bien alegóricamente: cada una se tomaba como escena
cualquiera de la vida y de la pasión de Cristo. La Santa Misa
vino a ser una figuración retrospectiva e histórica de los
misterios de la vida y la muerte de Jesús. Esta interpretación
alegórica dominó como idea popular de la misa todo el
período comprendido entre el siglo IX y principios del XVI.
Es en este tiempo cuando se recapacita en la explicación
profunda de la misa ante la urgencia de consideraciones
teológico-dogmáticas, y viene a considerarse como el
sacrificio de alabanza y de acción de gracias de la Iglesia, es
decir, de la comunidad celebrante. La lucha de la Iglesia contra
el protestantismo lleva consigo el que, después del Concilio de
Trento (1545-1563), se haya hecho hincapié en el sacrificio y
en el carácter sacrificial de la muerte de Cristo, así como en el
de la misa como sacrificio de expiación. Poco a poco se fue
superando la estrechez de miras en el modo de considerar la
misa, especialmente en los últimos años, gracias al llamado
movimiento de renovación litúrgica de nuestro siglo y la
encíclica Mediator Dei de S.S. Pío XII.
¿Qué pretende la celebración de la misa?
Quiere hacernos practicar ese acto de entrega, acatamiento,
homenaje y adoración al Dios Trino y Uno que Cristo nuestro
Señor realizó ante el Padre durante toda su vida terrena y
particularmente en su muerte en la cruz, en forma de
sacrificio, del único perfecto sacrificio. El Señor nos incluye
en este acto suyo de adoración y de entrega a Dios, para que
tributemos con Él y por Él a la santísima Trinidad el obsequio,
homenaje y entrega de que sólo Él es capaz: obsequio,
homenaje y entrega, adoración y glorificación tales que
excedan infinitamente cualquier acto semejante que por
nuestra propia cuenta podamos realizar. Es una gracia
inestimable la que nos ha sido regalada al ser convidados a la
concelebración de la santa misa.
El santo sacrificio es la conmemoración de la pasión y
muerte del Señor. «Cuantas veces comáis este pan y bebáis
este cáliz, anunciad la muerte del Señor hasta que Él venga» (1
Cor 11, 26).
En el centro de la institución por el Señor en la última cena
se hallan los sufrimientos de su muerte, cuyo recuerdo debe
ser mantenido constantemente en la Iglesia por medio del
sacrificio eucarístico y como realizado ante nuestros ojos por
Él. De este modo cada misa nos transporta a la cruz en la que
nuestro Señor y Salvador se entregó con muerte cruenta por
nosotros, personalmente por cada uno de nosotros.
«Éste es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced
esto en memoria mía. Y asimismo el cáliz, después de haber
cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre,
que es derramada por vosotros» (Lc 22, 19-20).
En la celebración de la santa misa hacemos revivir el
recuerdo de tantas atrocidades como el Hijo de Dios hecho
hombre soportó interior y exteriormente, en el alma y en el
cuerpo, especialmente al ser clavado cruelmente en la cruz y
quedar colgado de ella durante tres horas en la agonía más
amarga.
Contemplando su pasión y muerte reconocemos en Él la
expresión y confirmación de su entrega amorosa al Padre y de
su perfectísima obediencia: «Se hizo obediente hasta la muerte
y muerte de cruz» (Phil 2, 8); reconocemos la manifestación
de su amor por nosotros, por cada uno de nosotros en
particular, que supera todos nuestros cálculos y todas nuestras
medidas: ese amor sublime que le hizo entregarse por nosotros
–por mí– para expiar en nuestro lugar, para alcanzarnos el
perdón de los pecados y hacernos hijos de Dios, objeto del
amor del Padre. «Cristo me amó y se entregó por mí» (Gal 2,
20). Al considerar en la celebración de la santa misa su pasión
y su muerte, reconocemos que la salvación nos ha venido por
la muerte de Cristo en la cruz: por ella se nos han abierto los
cielos y la eterna participación de la vida y de los bienes
divinos. En la concelebración del santo sacrificio
contemplamos el acto de adoración, de homenaje supremo, de
maravillosa glorificación del Trino rendido por el Hijo de Dios
hecho hombre: tan excelsos, que sólo son dignos de Él; tan
exhaustivos, que toda otra adoración, glorificación u homenaje
a Dios ha de unirse a ellos, si es que quieren ser atendidos.
Porque «en Él, con Él y por Él es dado a Dios Padre
todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, todo honor y
gloria por los siglos de los siglos» (canon de la misa).
Con la memoria de la pasión y muerte de Cristo está
estrechamente enlazada, según el espíritu de la liturgia, la de
su resurrección y ascensión gloriosas, que se fundan en su
pasión y en su muerte y forman con éstas un todo compacto.
Mas la celebración eucarística subraya especialmente la
muerte en cruz del Señor, ya que en ella Cristo es significado y
representado en estado de víctima» (Mediator Dei, 89) y «las
especies eucarísticas (pan y vino) simbolizan la cruenta
separación del cuerpo y de la sangre» (ibid.).
La celebración eucarística, que se desarrolla en el altar, es
todavía más: es un sacrificio, es ofrenda de un sacrificio. El
Señor ofreció por primera vez este sacrificio en la última cena
en Jerusalén y encargó su celebración a la Iglesia, diciendo:
«Haced esto en memoria mía» (Mc 14, 22-24; 1 Cor 11, 24,
25). El Concilio de Trento explica y acentúa, frente a la herejía
de los protestantes, el carácter sacrificial de la misa: «Cristo,
sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Ps 109, 4),
quiso dejar en su última cena a su amada esposa la Iglesia un
sacrificio visible. Por esto debía conservarse el recuerdo del
sacrificio cruento realizado en la cruz hasta el fin de los
tiempos y convertírsenos en poder salvífico para el perdón de
los pecados que diariamente cometemos. Cristo ofreció a Dios
Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de
vino» (sess, 2, cap. 1).
«El augusto sacrificio del altar no es, pues, una mera y
simple conmemoración de la pasión y muerte de nuestro Señor
Jesucristo, sino que es un sacrificio propiamente dicho, en el
cual, inmolándose incruentamente el sumo sacerdote, hace lo
que entonces en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre
como víctima gratísima» (Enc. Mediator Dei, núm. 67).
Naturalmente, no derrama ya su sangre, ni sufre como en la
cruz, pero «la sabiduría divina ha encontrado un medio
admirable para hacer manifiesto el sacrificio de Cristo por
signos externos que son símbolos de su muerte», ya que «las
especies eucarísticas, bajo las cuales está presente, simbolizan
la cruenta separación del cuerpo y de la sangre. Así la
demostración de su muerte real en el Calvario se repite en
todos los sacrificios del altar, porque por medio de símbolos
distintos se significa y demuestra que Jesucristo está en estado
de víctima» (Mediator Dei, 89).
La celebración del sacrificio eucarístico es el ofrecimiento
de un sacrificio en el que Cristo realiza misteriosamente por su
inmolación incruenta lo mismo que en la cruz: se ofrece a sí
mismo al Padre como víctima agradable a sus ojos. Así, pues,
el sacrificio de la santa misa es el sacrificio de la propia
ofrenda, el auto-sacrificio de Cristo: el mismo Señor es la
víctima que es ofrecida a Dios en la santa misa; sólo ella
puede satisfacer al santo Dios. Sobre el altar consagra Jesús a
su Padre toda su vida, sangre, su corazón, con todos sus
sentimientos de obsequio y amor, adoración y alabanza, con el
fin de pedir todo lo que ha orado desde el primer momento de
su entrada en este mundo, todo lo que ha trabajado y sufrido:
Cristo es la víctima y la hostia «pura, santa, inmaculada», en la
que «el Padre tiene sus complacencias».
El sumo sacerdote que ofrece el sacrificio es también «el
mismo sacerdote que se inmoló a sí mismo en otro tiempo
sobre la cruz» (Conc. de Trento): Cristo celebra en el altar su
santo sacrificio con manos limpias y corazón puro. El hombre
que ejerce como sacerdote es sólo su instrumento, su órgano;
Cristo ofrece por medio de él, y es el verdadero sacerdote en el
altar. Él está presente bajo las especies consagradas de pan y
de vino y «se ofrece al Padre como en la cruz, si bien no en
forma cruenta. En las especies consagradas de pan y de vino,
por las que está representado en estado de víctima» (Mediator
Dei, 89), expresa a su Padre la total entrega que le indujo a
aceptar la cruz y que mantiene siempre.
En estos principios se basa la dignidad excelsa de la santa
misa: es un único y mismo sacrificio con el de Cristo en la
cruz, un obsequio de infinito valor para el Padre. Por eso el
valor de la santa misa, en cuanto que es sacrificio que Cristo
hace de sí mismo al Padre, es ilimitado e infinito en cuanto a
adoración, glorificación, acción de gracias, expiación y
petición dignas de Dios. Al participar en la celebración de la
santa misa, podemos y debemos satisfacer nuestro ardiente
deseo de adorar, glorificar, alabar, dar gracias y expiar y
entregarnos a Dios con todo nuestro amor; lo podemos porque
«en Él, con Él y por Él (con Cristo) le es dado todo honor y
gloria» (canon de la misa).
El sacrificio de la misa es también el sacrificio de la
Iglesia.
Cristo no conoce sólo el sacrificio eucarístico, sino que lo
ofrece como cabeza de su Iglesia, en la unión más íntima y
vital con ella. Todos los que son miembros de la Iglesia, en el
cielo, en la tierra, e incluso las almas del purgatorio, se reúnen
en torno al sumo sacerdote, Cristo, y ofrecen juntos el
sacrificio en el que Él se entrega al Padre. Por medio del
sacerdote celebrante es toda la Iglesia la que eleva el cuerpo y
la sangre de Cristo víctima. «Nosotros, tus siervos (los
sacerdotes), y tu pueblo santo (la Iglesia) ofrecemos a tu
excelsa majestad una hostia santa, pura, inmaculada» (oración
después de la consagración). Todos podemos y debemos
unirnos íntimamente con Cristo, sumo sacerdote, y «ofrecer el
sacrificio con Él y por Él, santificándonos con Él» (Mediator
Dei, 79). Al inmolarse Cristo se inmola la Iglesia, se inmolan
todos los que concelebran el santo sacrificio de la misa:
quedamos todos juntamente sacrificados e inmolados a Dios.
La Iglesia entera se inmola como víctima en el cielo y en la
tierra juntamente con Cristo, a quien sacrifica en la santa misa,
y el sacrificio de Cristo en la cruz se convierte en el sacrificio
de la Iglesia, en nuestro propio sacrificio.
En la concelebración de la santa misa nos incluimos y nos
acogemos al sacrificio que Cristo ofreció en la cruz para
consacrificarnos y «concrucificarnos» con Él. «La celebración
de la santa misa tiende a reproducir en nosotros, por medio del
misterio de la cruz, la imagen del divino Salvador, según la
palabra del Apóstol: “Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo,
mas ya no soy yo: es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20), Y
así nos convertimos en víctimas para la mayor glorificación de
Dios Padre» (Mediator Dei, 125). «Es, pues, absolutamente
necesario que entremos en íntimo contacto con el sumo
sacerdote, ofreciendo con Él y por Él, santificándonos con Él»
(ibid. 79).
El profundo sentido y la más íntima significación de la
celebración eucarística es, pues, que, en la santa misa, la
Iglesia y nosotros mismos nos ofrecemos como víctimas con
Cristo crucificado, en santa unidad de sacrificio, en un mismo
espíritu, en una misma voluntad y un mismo acto. Mas sólo
podremos participar en el sacrificio de Cristo en cuanto
aceptemos y preservemos en nosotros su espíritu sacrificial, su
espíritu de obediencia a los deseos de Dios, de humildad, de
entrega ilimitada al Padre, de adoración, de glorificación, su
amor vehemente y sacrificado a las almas, su odio a todo
pecado, su determinación y disposición constante de
expiación, mortificación y penitencia. Sólo así nos es posible
manifestar a la excelsa majestad del Dios Trino el tributo de
una adoración digna de Él y hacernos participantes en las
gracias de la redención.
La condición esencial para que podamos ofrecer justamente
la víctima, que es Cristo, en la concelebración de la santa
misa, es que nos ofrezcamos nosotros mismos y nos hagamos
una sola e idéntica víctima ofrecida con Cristo al Padre, y con
el mismo espíritu con que Él se ofreció en la cruz y ahora se
ofrece continuamente en el altar: esto es lo decisivo.
Concelebrar la santa misa significa y exige algo más que el
mero reflexionar piadosamente sobre los textos del misal y
sobre las ceremonias y símbolos sagrados; significa y exige
algo más que deleitarse en la contemplación de las
majestuosas funciones litúrgicas, en el profundo canto coral o
en las armonías del órgano.
Hay que ofrecerse con Cristo en muerte mística interior, tan
real como misteriosa, a semejanza de lo que sucede en la
transustanciación de las especies del pan y del vino del
sacrificio: son consagrados, dejando de ser lo que antes eran;
mueren, por así decirlo, y se convierten en algo nuevo: el
cuerpo y la sangre de Cristo. Algo semejante debe ocurrir en
nosotros siempre que asistimos al santo sacrificio de la misa:
el pan y el vino son nuestro ejemplo: debemos, como ellos,
dejar de ser el hombre de ayer –el hombre de la infidelidad, de
la falta de autodominio, el hombre que rehúye el sacrificio, el
hombre de deseos desordenados, pasiones, inclinaciones y
hábitos perversos, el hombre de los apegos absurdos, de la
preocupación desmedida por lo terreno, del amor propio
desordenado y del egoísmo–. Queremos y debemos ser
víctimas ofrecidas, consagradas a Dios, convirtiéndonos a Él
con todo nuestro modo de pensar, sentir y aspirar, en unión
con el sentido sacrificial de Cristo y de su entrega total y
amorosa como víctima.
Demos gracias a Dios por disponer de un sacrificio «puro,
santo, inmaculado». Démosle gracias porque podemos
ofrecerle diariamente esta víctima infinitamente excelsa: el
cuerpo y la sangre de Jesucristo. Con esta víctima tributamos a
Dios una glorificación, homenaje, adoración y alabanza
realmente dignos de Él.
Salgamos de la santa misa con la consciente convicción de
que hemos sido ofrecidos e inmolados con Cristo a Dios.
Animados por esta conciencia, vayamos al encuentro de las
ocupaciones diarias y demostremos en la vida práctica, en el
trato con los hombres, en las obligaciones profesionales, que
hemos adquirido en la concelebración de la santa misa fuerzas
y arrojo para ser más mortificados, más pacientes, más
entregados al trabajo y al amor. Nuestro sacrificio no se limita
al corto tiempo de la celebración de la santa misa, sino que
debe durar todo el día. La santa misa sigue obrando: encuentra
su mejor expresión práctica en la alegre y amorosa aceptación
de todos los sacrificios y preocupaciones que el Señor querrá
enviarnos durante el día.
XV. LA SANTA MISA (Continuación)

«Me acercaré al altar de Dios» (Ps 14, 4).

La realización de la idea de sacrificio en nuestra asistencia


a la Santa Misa

Si la misa es el sacrificio de Cristo, de la Iglesia y el nuestro


propio, el sacrificio en el que ofrecemos a Cristo y a nosotros
mismos al Padre, surge una pregunta importantísima: ¿cómo
hay que asistir a la santa misa? Porque de la recta inteligencia
del santo sacrificio dependen nuestra oración y nuestra vida
cristiana: la misa es realmente el centro y vértice de la piedad
cristiana.
Muchos no saben qué deben hacer mientras se celebra la
santa misa; intentan entonces ocupar el tiempo en alguna
«devoción» o en determinadas «oraciones»: hacen la
meditación, algunos sacerdotes rezan el breviario, otras
personas emplean el tiempo en otras cosas. Y no se dan cuenta
de que, como bautizados, son llamados a concelebrar la santa
misa: ofrecer a Cristo y en Él y con Él a nosotros mismos al
Padre, entregarnos con Él a Dios.
El gran mérito de la llamada renovación litúrgica de este
siglo consiste en que desde el principio tomó como objetivo
principal de su aspiración el fomento y la comprensión
profunda de la celebración del sacrificio eucarístico, ya que no
podía olvidar que «el misterio de la santísima eucaristía,
instituida por el sumo sacerdote, Jesucristo, y renovada
constantemente por sus ministros, en fuerza de su propia
voluntad, es como el compendio y el centro de la vida
cristiana» (Mediator Dei, 84).
De esto se deduce que para nosotros, los cristianos, tiene
una importancia decisiva que aprendamos el modo de asistir y
concelebrar debidamente el santo sacrificio, lo cual
lograremos solamente cuando nos asimilemos el espíritu de
sacrificio con el que el Señor se ofrece en la cruz y nos
dejemos penetrar por él enteramente. Asistimos a la santa misa
para ofrecer a Cristo al Padre, y con Él y por Él ofrecernos
nosotros mismos, de forma que «nos convertimos en víctimas
juntamente con Cristo» (Mediator Dei, 125). Para lo cual es
necesario que «tengamos los mismos sentimientos que tenía
Cristo Jesús y que reproduzcamos en nosotros mismos, en
cuanto lo permite la naturaleza humana el mismo estado de
ánimo que tenía el Redentor cuando hacía el sacrificio de sí
mismo» en la cruz (ibid, 101).
¿Cómo podremos asimilarnos este espíritu sacrificial de
Cristo y reproducir sus mismas disposiciones sacrificiales de
la cruz? Sólo si tomamos, de corazón, parte, interna y
externamente, en la acción que se verifica en el altar.
La participación externa puede realizarse de diversas
maneras. Bien estará siempre que usemos el misal y nos
unamos de este modo a las oraciones y sentimientos de la
Iglesia; que tomemos parte en la llamada misa de comunidad,
o en misas dialogadas, cantadas, etc. Mas estas formas de
participación externa nunca son esenciales: lo esencial consiste
fundamentalmente en que asistamos a la santa misa con la
íntima intención de ofrecernos y de inmolarnos con Cristo, que
ésta es la manera más perfecta de «concelebrar» la santa misa.
Así pues, decisiva es, ante todo, la participación interior en
el santo sacrificio.
Esta participación interior no requiere esencialmente la
penetración del sentido de los textos litúrgicos, símbolos o
ceremonias, o el entender perfectamente las fases de evolución
del año litúrgico y el proceso de formación de las fiestas
particulares o de los ciclos festivos; ni siquiera requiere la
meditación de los pensamientos propios de la fiesta contenidos
en las oraciones, epístola, evangelio y otros fragmentos
bíblicos propios del día. Todos estos conocimientos son muy
buenos, sin duda alguna, y conviene que se posean del mejor
modo posible; mas nunca forman lo que podemos llamar la
alta ciencia de la participación interior y de la asistencia
espiritual de la santa misa.
La participación interior es, esencialmente, cuestión de
voluntad: de una disposición y estado de ánimo sacrificiales,
mayores cada día, de un propósito de la voluntad cada día más
decidido y fortificado, más determinado a la perfecta entrega
en manos de Dios, a su adoración y su servicio, al
cumplimiento de sus mandamientos y de su voluntad, al
humilde y amoroso abandono en los brazos de la providencia
divina con todo lo que ella, para nosotros, disponga y permita.
Ésta es la gran tarea a la que nos obliga la asistencia al
santo sacrificio. De que nos empeñemos seriamente en calcar
cada vez más profundamente en nosotros el espíritu sacrificial
que vemos en Cristo crucificado y en avivar ese mismo
espíritu durante la celebración de la santa misa, depende
nuestra posibilidad de participar debida y respetuosamente en
ella; para mayor bien nuestro y mayor gloria de Dios. En esta
penosa y constante tarea consiste, en cierto modo, la única
preparación remota aceptable, habitual en nosotros, que nos
dispone a la asistencia interior a la santa misa: una preparación
que comprende toda nuestra vida, con sus preocupaciones,
sacrificios, luchas y dificultades.
Pero esta preparación, que debe preceder nuestra asistencia
al santo sacrificio, debe ser vivificada continuamente en la
misma asistencia. A este fin debemos ordenar lo que se llama
«misa de los catecúmenos» o pre-misa, con sus oraciones y
lecturas, en la que ocupa un lugar preeminente la recitación de
algunas oraciones y de la confesión de las culpas para obtener
la total remisión de los pecados. Siguen luego nueve
exclamaciones de misericordia a Cristo en el «Kyrie eleison» y
la oración de la Iglesia.
Nuestro espíritu de oblación tiene aún mejor ocasión para
ser reanimado en el ofertorio, en el que reproducimos
espiritualmente lo que los fieles de los primeros siglos
realizaban visiblemente acercándose al altar y depositando allí
sus ofrendas: vino, pan, dinero, víveres, etc., como expresión
de su común voluntad sacrificial. También nosotros
reproducimos esta escena espiritualmente y deponemos
nuestros dones en el altar: nuestro corazón, nuestro yo, nuestro
arrepentimiento, nuestro estado de ánimo, nuestro ardiente
deseo de vivir en el Señor, de darle hoy todo, de aceptarlo todo
de buena voluntad y dejarnos guiar humildemente en todo por
la suya. Somos «la gota de agua» que el sacerdote vierte en el
cáliz, identificándonos con la víctima, que es Cristo. Los
religiosos deben renovar el sacrificio total de sí mismos que
hicieron en la hora de gracia de su profesión, y deben
confirmarlo con nuevo ardor, con nueva determinación de
unirse al sacrificio de Cristo sobre la cruz y el altar.
El canto del prefacio nos une al coro exultante y bullicioso
de los ángeles, cantando con ellos el «santo, santo, santo». Nos
ponemos a continuación en comunión con los santos y
bienaventurados del cielo, y así, «estando en comunión», nos
preparamos a asimilar la voluntad de sacrificio que se palpa en
el sagrado momento de la consagración. Como en otro tiempo
sobre la víctima de Salomón se abrió el cielo y descendió
fuego que consumió sus dones, así también se abren los cielos
sobre los nuestros de pan y de vino, desciende un fuego santo
que se posesiona de ellos, los transforma y los presenta ante el
trono de Dios. Este fuego del cielo es el mismo Cristo, nuestro
Señor, sumo sacerdote y víctima al mismo tiempo.
En el momento de la consagración se realiza «la
inmolación incruenta por medio de la cual, una vez
pronunciadas las palabras de la consagración, Cristo se hace
presente en el altar en estado de víctima. Con lo cual, al poner
sobre el altar la víctima divina, el sacerdote la presenta al
Padre como oblación a su gloria» (Mediator Dei, 112-113).
Uniéndonos al sacerdote celebrante, ofrecemos al Padre a
Cristo, nuestra víctima, la misma víctima que se ofreció en la
cruz; a su sacratísimo corazón, con todo su amor, su entrega,
su veneración, su alabanza, su acción de gracias, sus méritos y
satisfacciones, su intercesión para lograrnos el perdón y la
gracia. «En memoria de la sagrada pasión, de la resurrección
de entre los muertos y de la gloriosa ascensión de tu Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, ofrecemos a tu excelsa majestad una
hostia pura, santa e inmaculada: el pan santo de la vida eterna
y el cáliz de perpetua salud», es decir, a Cristo, que está
presente, como sumo sacerdote y como víctima, sobre el altar
en el mismo estado de inmolación en que en otro tiempo
estuvo una sola vez sobre la cruz.
Ofrecemos al Padre esta víctima santa como un don
nuestro, como una propiedad nuestra, como un perfecto
complemento de nuestras obras y nuestra oración, de nuestro
amor y de nuestro sufrimiento, de suyo insuficientes, como
una oración y una acción de gracias, una satisfacción,
adoración y glorificación nuestras. Pronunciamos en estos
sagrados momentos un doble «sí» de nuestra voluntad.
En primer lugar, el «sí» agradecido a lo que se verifica
misteriosamente en el altar: Cristo se ofrece como lo hizo en la
cruz; el «sí» alegre a todo lo que Él incluye en este
ofrecimiento, valorado y encerrado en su sacratísimo corazón:
su entrega generosa, su amor, su oración, su acción de gracias,
su alabanza, satisfacción y expiación por nuestros pecados, sus
méritos para lograrnos fuerza y gracia para nosotros y para
todos nuestros seres queridos; el «sí» agradecido, porque
podemos ofrecer al Padre el santísimo corazón de Cristo con
todas sus infinitas riquezas y así suplir nuestra pobreza.
«Bendito el que ha venido (en la consagración) en el nombre
del Señor. Hosanna in excelsis».
Y un segundo «sí», el de nuestra voluntad de ser inmolados:
queremos vernos elevados sobre lo terreno y lo caduco en
estos santos momentos; queremos ofrecernos a Dios y ser cosa
suya, que lo vivamos total y absolutamente, no según nuestra
propia voluntad y nuestro sacrificio, sino en unión con la
disposición sacrificial de nuestro Señor y Salvador en la cruz.
Lo que hacemos de forma incruenta en la concelebración
litúrgica de la santa misa, hay que realizarlo de forma cruenta,
en una auténtica inmolación, a través de toda la jornada, con
un «sí» serio y eficaz a las palabras del Señor: «El que quiera
ser mi discípulo, niéguese a sí mismo y tome su cruz y
sígame» (Mt 16, 24).
En la asistencia a la santa misa se trata de algo
profundamente serio: de los fundamentos de la existencia
cristiana, de un interno con-morir misterioso, más eficaz, con
el Señor crucificado. Se trata de que con una entrega total
elijamos de nuevo cada día el camino de la cruz y
pronunciemos un desinteresado «sí» a las fatigas, sufrimientos
y amarguras que nos imponen el día de hoy y la preocupación
por el futuro, con sentimientos de humilde y universal
obediencia, idénticos a los de Cristo crucificado: «Tened los
mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Phil 2, 5).
Convertidos en víctimas, junto a Cristo clavado en cruz,
digamos también con Él: «Mi alimento es hacer la voluntad
del que me envió» (Ioh 4, 24), pues «ya no vivo yo, es Cristo
quien vive en mí» (Gal 2, 20). Este «sí» es incluido en la
recitación del padrenuestro, que expresamos en la más íntima
unión de espíritu, corazón y voluntad con el Señor, quien lo
reza en este momento con nosotros y con toda la Iglesia
celestial y terrena.
La santa comunión pertenece a la integridad del santo
sacrificio. La concelebración de la misa está vinculada a la
«sagrada cena del Señor» (1 Cor 11, 20), «en la que comemos
el pan del Señor y bebemos su cáliz» (1 Cor 1, 22). Es el
banquete en que «anunciamos la muerte del Señor» (1 Cor 11,
26) y en el que se reúne la comunidad que lo celebra. La
comunión de los santos con el Señor y entre sí tiene que
encarnarse y profundizarse en este banquete. Puesto que el
banquete eucarístico pertenece a la integridad del santo
sacrificio, el que concelebra el sacrificio debe también tomar
parte en la mesa del Señor, debe comulgar.
En la sagrada comunión viene a nuestra alma Cristo en
persona, Cristo víctima; la llena y penetra de su voluntad y
espíritu de sacrificio y de entrega al Padre, fortaleciéndonos
para la dura realidad de la jornada y para la inmolación cruenta
que cada día se exige de nosotros, y que la inmolación
litúrgica, y como tal incruenta, de nosotros en la santa misa,
deberá manifestarse en la vida práctica en nuestro trabajo
profesional, en nuestras relaciones, en nuestra actitud, digna de
quien se ha convertido en víctima agradable a Dios en el santo
sacrificio del altar, junto con Cristo crucificado. La
exclamación del diácono o del sacerdote en las misas sencillas,
Ite Missa est, significa algo más que un simple «podéis
marcharos»: representa un encargo y una recomendación: la
misión de entrar en el trabajo o la ocupación diarios con ánimo
de total entrega a Dios y a su voluntad, sus mandamientos,
designios y disposiciones.
Es particular designio del Señor, que se ha inmolado con
infinito amor por nosotros, los hombres, en la cruz, el
derramar en nuestra alma, mediante la sagrada comunión, el
resplandor y la fuerza de su caridad, y hacer que nos juntemos
los cristianos en santa comunión de mesa y vida, como
hermanos y hermanas, en unidad interna e indivisible,
formando un solo cuerpo y una sola alma. De este modo la
comunión es cada día para nosotros una invitación a la caridad
como la pide el Apóstol: «La caridad es paciente, es benigna;
no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es
descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal; no se
alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo
excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera» (1 Cor 13,
4-7); una invitación a la caridad, de la que dice el Señor: «Éste
es mi precepto: que os améis unos a otros, como yo os he
amado. Yo os he elegido y os he destinado para que vayáis y
deis fruto» (Ioh 15, 12-16); el fruto de la caridad cristiana que
se olvida de sí, que sirve, que ayuda. Sólo con la fuerza de su
amor, que nos comunica en la comunión, podemos cumplir
este precepto.
La sagrada comunión debe servir también para que nos
identifiquemos cada día más profundamente con el Señor,
ofrecido en la cruz y en el santo sacrificio de la misa. «Tened
los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, quien,
existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro
mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma
de siervo y haciéndose semejante a los hombres, y en la
condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz» (Phil 2, 5-8). Pío XII explica así
esta expresión del Apóstol: «exige de todos los cristianos que
reproduzcan en sí mismos, en cuanto lo permite la naturaleza
humana, el mismo estado de ánimo que tenía el Redentor
cuando hacía el sacrificio de sí mismo: la humilde sumisión de
espíritu, la adoración, el honor y la alabanza, y la acción de
gracias a la divina majestad de Dios; exige, además, que
reproduzcan en sí mismos las condiciones de víctima: la
abnegación propia, según los preceptos del Evangelio, el
voluntario y espontáneo ejercicio de la penitencia, el dolor y la
expiación de los propios pecados. Exige, en una palabra,
nuestra muerte mística en la cruz con Cristo, de tal forma que
podamos decir con san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo»
(Mediator Dei, 101).
De este modo, la recepción de la sagrada comunión
prolonga la parte precedente del santo sacrificio: se trata, en
todo caso, de la última esencia de nuestro ser de cristianos, que
es la unión con Cristo y la semejanza con su muerte (Rom 6,
8). Un cristianismo que no exige sacrificio y no se acerca
continuamente a la cruz, intentando asemejarse al Crucificado,
no es auténtico cristianismo.
Terminará el sacrificio eucarístico, pero nosotros podremos
hacer que perpetúe ininterrumpidamente su poder y eficacia:
lo que hemos vivido en la función litúrgica deberá ser
mantenido en nuestra vida y encontrar su prolongación en un
sincero «sí» de la voluntad, dispuesta al sacrificio, y la
realización generosa de todo lo que nos proponga el día con
sus exigencias e imposiciones; un continuo ofertorio en el que
vivimos durante toda la jornada nuestra asistencia a la santa
misa. Así, el día viene a ser un cántico de acción de gracias,
práctico y eficaz, en virtud de nuestra asistencia al santo
sacrificio, y será al mismo tiempo la mejor preparación para la
misa del día siguiente.
La asistencia a la santa misa, debidamente entendida, no
debe quedar sin influencia sobre el conjunto de la vida
cristiana. No, porque la misa es el centro de la piedad y de la
vida del cristiano, que la penetra y va convirtiendo cada día
más en lo que realmente es y debe ser: una vida de unión
estrecha con el espíritu sacrificial de Cristo, un con-morir con
Él, una auténtica imitación del Señor: «El que quiera venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Pues
el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida
por mí, la hallará» (Mt 16, 24).
¿No es realmente algo grande y sublime el poder asistir a la
celebración de la santa misa siempre que queramos? ¡Cómo
debemos dar gracias!
¿No es una riqueza y una gracia sin igual el que tengamos
un sumo sacerdote, Cristo, y que por su bondad dispongamos
de sacerdotes que tienen el poder, recibido en su ordenación,
de ofrecer el santo sacrificio, y que nosotros, los cristianos,
podamos concelebrar y podamos unirnos al sacrificio de
Cristo? ¡Qué gratitud debemos también al sacerdote, que sube
diariamente con nosotros y por nosotros al altar y nos da
ocasión de poder unirnos al sacrificio del Señor y de su
Iglesia, ofreciendo así al Dios santo una adoración, una acción
de gracias y una gloria dignas de Él!
XVI. LA VIDA INTERIOR

«Orad sin interrupción» (1 Thess 5, 17; Lc 18, 1).

En la epístola a los Colosenses describe san Pablo la vida


del cristiano como debería realizarse todos los días: «Buscad
las cosas de allá arriba, donde Cristo está sentado a la diestra
del Padre. Porque estáis muertos (según el hombre viejo), y
vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Despojaos del
hombre viejo con todas las obras y vestíos del nuevo». De un
modo especial pertenece la caridad a la vida cotidiana del
cristiano: «Soportaos y perdonaos mutuamente, siempre que
alguno diere a otro motivo de queja. Pero, por encima de todo,
vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de
Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido
llamados en un solo cuerpo. La palabra de Cristo habite en
vosotros abundantemente, enseñándoos y exhortándoos unos a
otros con toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos
espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros
corazones. Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo
todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre
por Él» (Col 3, 2 ss).Y en otro sitio: «Aplicaos a la oración,
velad en ella con hacimiento de gracias» (Col 4, 2). A los de
Éfeso, en cambio, los exhorta así: «Aprovechad bien el
tiempo, porque los días son malos. Por esto, no seáis
insensatos, sino procurad entender cuál es la voluntad del
Señor. Llenaos del Espíritu Santo, siempre en salmos, himnos
y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor en
vuestros corazones, dando siempre gracias por todas las cosas
a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Eph 5,
16-20).
Un continuo dirigir a Dios nuestra mirada de
reconocimiento, una postura de alegría sobrenatural en Dios,
de confianza en Dios, de amorosa familiaridad con Dios: así es
como, según vemos, presenta san Pablo la vida del cristiano.
1. Qué es la vida interior

Acaso no fue tan grande para los primeros cristianos como


para nosotros la dificultad de convertir la vida diaria en
oración y en santidad. Quizás ninguna otra época ha sentido
como la nuestra el problema de santificar nuestra actividad
cotidiana y transformarla en oración. Los hombres llevaban en
otros tiempos una vida más tranquila y desconocían el
agotador activismo de nuestros días; la tensión entre
interioridad y actividad no era tan fuerte como en los tiempos
actuales. Hoy nos vemos precisados a concentrar el
pensamiento y el espíritu sobre el trabajo, el cumplimiento del
deber o la máquina que se nos confía. Estamos a veces tan
absortos en nuestra ocupación, que durante horas enteras no
podemos permitir que aflore ningún otro pensamiento, y
mucho menos la idea de Dios. Nos encontramos muy lejos del
ideal que nos traza san Pablo: «Cantad y salmodiad a Dios en
vuestros corazones». Estamos muy lejos de la invitación que
nos dirige el Señor: «Es preciso orar en todo tiempo y no
desfallecer» (Lc 18, 1). De todo lo cual brota una pregunta
inquietante: ¿cómo podremos conciliar la unión con Dios, esa
«oración sin interrupción», piedad, o vida interior, con la vida
profesional y la actividad cotidiana?
No basta, por otra parte, que consideremos la vida interior
únicamente en relación con la actividad, con la actividad por
antonomasia. Esto sería hacerse una idea deficiente de la vida
interior. Uno que lleva una vida poco activa puede carecer más
o menos de vida interior. No lleva una verdadera vida interior
quien se entrega a la curiosidad y quiere saberlo, verlo y oírlo
todo. Tampoco llevan una verdadera vida interior quien se
ocupa sin necesidad de asuntos que no se le han encomendado;
quien vive al acecho de lo que pasa a su alrededor; quien se
interesa por todas las debilidades y faltas del prójimo y las
comenta con otros; quien se da a toda clase de charlas y
distracciones; quien se entrega con exceso a leer periódicos,
escuchar la radio y es muy locuaz. Todas estas cosas no dejan
tiempo y espacio a la vida interior; a la conversación con Dios.
La vida interior, la unión con Dios, no consiste simplemente
en el mayor número posible de prácticas de piedad, oraciones
vocales, meditaciones, lecturas piadosas, y ni siquiera en
asistir lo más frecuentemente posible a las funciones
religiosas. Tampoco consiste en meditar sin cesar sobre Dios y
sus misterios ni en tener la idea fija de que Dios está presente
y de que nos ve, nos penetra y nos sigue siempre con su
mirada. Muchos confunden la piedad, que es vida interior, con
las prácticas de piedad, y se creen tanto más piadosos cuantas
más de estas prácticas acumulan. ¡Como si la suma de las
obras constituyera la piedad!
La verdadera interioridad cristiana o unión con Dios no es,
en su fundamento y en su esencia, una actividad de la mente,
sino de la voluntad. Es una actitud, un estado, una determinada
disposición duradera e inmutable de amor a Dios; de confianza
en Dios, de total entrega a las órdenes, deseos, preceptos y
beneplácito de Dios, una permanente y delicada atención a la
voz de Dios que habla en nuestro corazón bajo la forma de
inspiraciones, llamadas y toques de conciencia. La vida
interior es la docilidad constante de la voluntad, que se adapta
a la divina voluntad y se abandona a Dios. Se funda sobre un
vivo y abierto espíritu de fe, que, sin esfuerzo, casi por una
buena costumbre, en todo percibe a Dios, su acción y su amor.
Por esta mirada de fe el alma acepta paso a paso, sin
inquietantes preocupaciones, casi por hábito, con gratitud,
amor y alegría, la voluntad y las disposiciones de Dios,
arrojándose confiadamente en sus brazos. Escucha la voz y la
llamada de Dios en todas las cosas y sucesos, en sus
obligaciones y dificultades, lo mismo que en las exigencias de
la propia conciencia. Y a todo ello responde con un exultante
«como tú lo quieres».
La unión con Dios consiste, pues, por nuestra parte, en una
elevada disposición de amor de Dios, cimentada en un
profundo espíritu de fe y de confianza en Él; en una actitud
permanente del alma, una alegre prontitud de nuestra voluntad
a hacer todo lo que Dios quiere y como lo quiere; una gozosa
presteza a someternos y entregarnos sin reservas a todos los
sacrificios, sufrimientos, dificultades y fracasos que Él nos
manda valiéndose de las circunstancias y de los hombres.
No es que en esta «oración sin interrupción» estemos
pensando continuamente en Dios, mas tampoco nos ocupamos
de pensamientos inútiles o positivamente malos; no
formulamos constantemente nuevas plegarias y jaculatorias, ni
hacemos nuevos «actos». Lo que ante todo interesa es que
nuestra voluntad y nuestro corazón estén continuamente
enderezados hacia Dios en el gozoso empeño de evitar toda
desviación y de cumplir su voluntad y sujetarnos a ella
siempre y en todas las cosas.
La oración continua –al igual que cualquier oración
verdadera– precisa, por tanto, una renuncia total al propio yo
y a todo lo que no se ajusta a la voluntad y al beneplácito de
Dios. Por más que elevemos al cielo un considerable número
de jaculatorias, nunca llevaremos realmente una vida interior
mientras no aseguremos sus premisas: una purificación del
corazón lo más perfecta posible, una vida de mortificación real
y de renuncia a todo, especialmente al amor propio, a la
manifestación y exaltación de la propia personalidad y los
propios criterios.
La vida interior es una disposición de amor a Dios que se
asienta en lo más profundo del alma, con lo cual debemos
realizar y santificar nuestro trabajo. No busquemos en él
nuestra satisfacción ni la alabanza de los hombres o el éxito,
sino solamente la voluntad de Dios, su interés y su honor.
Con esta disposición de amor debemos aceptar nuestra cruz
diaria. Sepamos descubrir la mano de Dios, sus tolerancias y
su providencia, y pronunciemos alegremente nuestro «fiat»:
sometámonos a Él y mantengamos siempre nuestra adhesión,
felices de que nos haya tocado en suerte cumplir su santa
voluntad.
Acojamos con esta disposición de amor las innumerables
pequeñas atenciones con las que el Señor nos alegra la vida de
nuevo cada día. Son los pequeños «gozos» que florecen a lo
largo de la vida: tanto en el orden de la naturaleza como en el
de la gracia, goces en el trabajo, en el estudio, en las relaciones
con las personas queridas; alegría de las flores y de los
pájaros, de las muchas cosas bellas que nos ofrecen la
naturaleza y la civilización. Detrás de todas ellas podemos
descubrir constantemente la amorosa atención del Señor y
atribuirlas a su amor con corazón agradecido. Precisamente
por esta disposición de amor no nos detenemos en el placer
que las cosas nos procuran. Ello lo convierte en ocasión de
subir a Dios y de alzar la mirada hacia Él, de darle gracias y de
amarle: nuestra felicidad se transforma en oración.
De esta orientación y de esta postura de la voluntad brotan
necesariamente incontables actos, afectos, jaculatorias, no
rebuscadas ni artificiosas, sino absolutamente espontáneas.
Son como llamadas que surgen de las brasas y a la vez
alimentan y mantienen en el alma el fuego del amor divino.
Entonces empezamos a «orar sin interrupción» y a «cantar y
salmodiar a Dios en nuestros corazones». Entonces vivimos la
vida que pretende san Pablo cuando nos dice: «Aprovechad
bien el tiempo, porque los días son malos: Llenaos de Espíritu
Santo, siempre en salmos, himnos y cánticos espirituales,
cantando y salmodiando al Señor en vuestros corazones, dando
siempre gracias por todas las cosas a Dios Padre en nombre de
nuestro Señor Jesucristo» (Eph 5, 16-20).
Aquí, en la cima de una vida, impregnada del amor puro y
santo de Dios, prospera la vida interior, que se traducirá
espontáneamente en nuestros rezos y jaculatorias no
estudiadas ni artificiales, sino auténticas, que rebosarán vida y
fervor, y casi involuntariamente nos vendrán continuamente a
los labios. El trabajo, las distracciones, las contrariedades, las
tentaciones, las dificultades diarias que suelen agitar y abatir a
los hombres, serán para nosotros materia de oración, ocasión
de levantar los ojos a Dios en actos de agradecimiento, ofrenda
y amor. Viviremos verdadera y totalmente para Dios,
refiriéndolo todo a Él. Habremos llegado a ser almas interiores
y a «orar sin interrupción».

2. Cómo conciliar actividad y vida interior

Nuestra equivocación fundamental consiste en considerar la


vida interior y la actividad exterior como dos enemigos
irreconciliables. Partiendo de este error, lo que procuramos es
establecer entre ellos una especie de compromiso, una tregua,
asignando rigurosamente su parte a cada uno como si no
debieran tener relación alguna entre sí. Sobre este supuesto,
relegamos las prácticas de piedad a un determinado momento
del día, aislándolas del curso de nuestra vida, y así influyen
sobre ella y sobre nuestra alma solamente en ese corto rato que
les dedicamos, Análogamente, a nuestro meditar y pensar en
Dios lo restringimos y encerramos en estas prácticas de
piedad, como en un cajón, de modo que sólo logran evadirse
de ellas en determinadas ocasiones y en contados momentos;
son un acto pasajero, un breve recuerdo y una imagen
momentánea, y no representan para nosotros una fuerza vital
ni un principio de vida, ni una indicación que orienta
definitivamente nuestra alma; no saturan nuestro
entendimiento, ni acompañan nuestra acción, ni son esenciales
a nuestra vida. En este sentido jamás podrán darse una
vinculación y fusión orgánicas entre vida interior y actividad
externa.
Una segunda confusión: limitamos nuestra contemplación,
nuestra «oración continua» y nuestra unión con Dios, a pensar
en Él y tener en Él fija la atención: a una tarea del
entendimiento y de la imaginación, en lugar de considerarla
primordialmente como actividad de la voluntad y, por tanto,
del alma entera, es decir, como actividad que compromete a
todo el hombre. La contemplación no es sólo, ni
principalmente, pensar en Dios, quererlo imaginar a toda
costa: es una actitud de la voluntad, es amor de Dios, es una
constante disposición de amor y un continuo espíritu de
oración, y es, al mismo tiempo, una demostración del amor
expresada en obras perfectamente conformes a la voluntad
divina y en prácticas de oración espontáneas y casi
involuntarias, que son lo que llamamos jaculatorias. Oramos
en cuanto amamos a Dios. Nuestra vida interior es tanto más
profunda e intensa cuanto más sincero es nuestro amor a Dios
y cuanto más hacemos y sufrimos por su puro amor.
¿Cómo, pues, conciliar vida interior y actividad externa?
Debemos convertir en oración nuestra actividad diaria, lo
que lograremos, principalmente, si iniciamos la jornada con la
santa misa y los acostumbrados rezos y oraciones, y si la
interrumpimos de vez en cuando para llevar a cabo los
ejercicios de piedad prescritos; lo lograremos si basamos
nuestra actividad en el espíritu de oración de que antes se ha
hablado, es decir, en esa permanente entrega amorosa a Dios y
a su voluntad, en que consiste la oración continua y que
convierte todas nuestras acciones y omisiones en oración. Este
espíritu de oración implica tres cosas: En primer lugar, elimina
todo lo que podría desagradar a Dios, aun la más pequeña
infidelidad y las imperfecciones conscientes. En segundo
lugar, nos mantiene dispuestos a hacer cuanto esté de nuestra
mano para cumplir escrupulosamente el deber, todos nuestros
deberes, con la máxima fidelidad y exactitud, sacrificando
totalmente nuestra voluntad y nuestros gustos, prestos a
aceptar todas las cosas desagradables, las dificultades,
enfermedades, disgustos, etc., con una entrega incondicional a
la Providencia divina, perseverando en eso con toda paciencia.
Si en nuestra jornada de trabajo guardamos este propósito y
esta postura de oración interior, esta intención pura, este
abandono en los deseos de Dios, este espíritu de completa
conformidad con la voluntad divina, entonces nuestra
actividad será, sin duda alguna, una constante oración, un
ininterrumpido «gloria Patri», un «santificado sea tu nombre»
auténticamente vivido. Oramos en todo tiempo viendo y
amando a Dios en todo.
Dichosos nosotros si aprendemos con la gracia de Dios a
orar sin intermisión y a vivir realmente con Dios como
hombres de vida interior. El hombre interior no vive ya en y
con las cosas y las impresiones ni se desbarata ni extravía en el
vaivén inquieto del trajín cotidiano. Está firmemente afincado
en la santa voluntad de Dios, por encima de la contingencia y
avatares de los acontecimientos, impresiones y experiencias
diarios. Está más allá de las alabanzas y de las reprensiones, de
las honras y de las humillaciones, dueño siempre de su vida.
Vive en la voluntad de Dios, donde encuentra su paz y reposo
en medio de todas las alternativas y marejadas. Vive en un
santo abandono y se halla en todas las cosas a punto. Siempre
está contento, porque ve a Dios en todo y sobre todo. No
siente los temores y angustias que acongojan a los demás,
porque su confianza en la bondad y providencia de Dios es
inconmovible. La constante unión con Dios favorece incluso la
armonía de la vida intelectual y corporal, preserva de
agotamientos nerviosos, de la irritabilidad y de la
impresionabilidad violenta, nos hace amables a quienes nos
rodean, nos hace alegres y sencillos, nos hace magnánimos y
generosos, libres de la estrechez de miras y de las tacañerías
del corazón.
En cuanto a las solicitudes que el hombre mundano tiene
sobre el bienestar, la salud, el trabajo, el honor y la estima, el
éxito, el hombre interior sabe que el sentido de la vida y la
verdadera dicha no están en todo eso, sino que se cifran en
cosa muy distinta, en centrarse interiormente en Dios más allá
del gozo y del sufrimiento tal como lo entienden los
mundanos, más allá de las honras y favores humanos. El
verdadero sentido y la verdadera dicha se cifran en vivir Dios,
como nos lo describe la Imitación de Cristo en el lib. 3, cap.
31: «No hay hombre más dichoso y feliz que el hombre de
vida interior».
¡Dios nos dé la gracia de llegar a serlo efectivamente!
XVII. LA SANTA VOLUNTAD DE DIOS

«Hágase tu voluntad».

Convivir la vida de Dios. Tener un solo querer con Dios. La


voluntad de Dios es divinamente santa y sabia, y nosotros
seremos santos y sabios en la medida en que sepamos verter
nuestra voluntad en la suya: así es, además, como vivimos la
vida de Cristo, cabeza nuestra, que no conoció otra voluntad
que la del Padre. Su comida es cumplir la voluntad del que le
ha enviado (Ioh 4, 34); obediente a la voluntad del Padre, sale
al encuentro de la cruz (Phil 2, 8). Por eso pudo promulgar
esta ley: «No el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de
los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está
en los cielos» (Mt 7, 21).
Se nos ha fijado una meta gloriosa: compartir la vida divina
en el cielo eternamente, inalienablemente, perfectamente.
«¡Venga a nos tu reino!». Pero el camino que a ella conduce es
la voluntad de Dios: «Hágase tu voluntad», y sólo lo
recorreremos si nos sometemos amorosamente a la voluntad
divina: en esto consiste prácticamente la perfección cristiana.
En la conformidad con la voluntad de Dios se demuestra
prácticamente el amor de Dios y de Cristo, y en la unión
perfecta de nuestra voluntad con la suya se traduce el grado de
nuestra unión con Dios.
De dos modos nos da a conocer Dios su santa voluntad: por
medio de lo que nos prohíbe, manda o aconseja, y valiéndose
de las disposiciones de su providencia. La primera forma se
llama «voluntad revelada» de Dios, y la segunda constituye su
«voluntad de beneplácito».

1. La voluntad revelada de Dios

Tiene como característica la de indicar lo que Dios exige o


desea de nosotros, a saber: ya de todos los hombres en general,
ya de algún grupo de hombres, ya, en particular, de una
persona. En el orden natural esta voluntad de Dios se nos
revela en las exigencias de la naturaleza, del raciocinio y de la
inteligencia natural, en los deberes de moralidad y de justicia
con el prójimo y con la sociedad, en las exigencias de decoro y
de cortesía. Sería una falsa piedad la de quien creyera poder
sustraerse a las exigencias de la sana razón natural. Dios
quiere ante todo que pensemos y reflexionemos según la
razón, que empleemos los medios naturales para conocer su
voluntad, que nos dejemos aconsejar por otros y que usemos la
inteligencia: precisamente nos la ha dado Dios para que
sepamos aplicar a los casos concretos de nuestra vida las
exigencias de la voluntad explícita de Dios, porque en muchos
casos nuestro raciocinio es para nosotros la única luz.
En el orden sobrenatural se nos revela la voluntad de Dios
mediante sus mandamientos, los de la santa madre Iglesia y las
obligaciones del estado de cada cual.
Los mandamientos de Dios son la expresión más universal
de su voluntad, norma primera y fundamental de todas las
obligaciones, incluso de la piedad. Observarlos es el primer
deber. Cuanto más fielmente los cumplimos, tanto más
perfectamente nos adherimos a la voluntad de Dios y tanto
mejor queremos lo que Él quiere.
Los preceptos de la Iglesia son la segunda e indispensable
norma de nuestra conducta y de nuestra religiosidad:
determinan las exigencias de la fe respecto a nuestra razón, las
de la moralidad respecto a nuestra voluntad y las de la
disciplina respecto a nuestra conducta. Una piedad que se
resistiera a conformarse plenamente a los preceptos de la
Iglesia, en la fe, en la moral y en la disciplina, se condenaría
por sí misma.
Las obligaciones del propio estado determinan aún más
concretamente lo que Dios exige de cada uno de nosotros a
tenor de nuestra condición: son la expresión de la voluntad de
Dios para cada persona y en cada caso. Nunca nos
santificaremos si no cumplimos estas obligaciones con
absoluta fidelidad; no sería genuina una piedad que se
entregara a la acción apostólica o a las obras de caridad o a la
oración, descuidando los deberes que el propio estado le
impone. Las obligaciones del estado sacerdotal están
contenidas en las leyes que regulan la vida de los sacerdotes,
en las prescripciones litúrgicas y en la parte del derecho
canónico que trata del clero. Las de los religiosos, en su regla:
en cada prescripción, aun aparentemente insignificante, en el
reglamento de la casa, en la distribución del tiempo diario, en
cualquier orden de los superiores y en cualquier toque de
campana, Dios hace saber al religioso lo que quiere de él. Las
obligaciones de estado de los cristianos que viven en el mundo
están especificadas por los deberes profesionales de cada uno,
sea empleado, médico u obrero, padre o madre de familia o
subordinado. En estas obligaciones del propio estado ve cada
uno lo que Dios en cada instante quiere personalmente de él.
Al tratar de llegar a la perfección, no basta ya hacer
solamente lo que está explícitamente mandado: el perfecto
aspira a realizar todas sus acciones del mejor modo posible,
hace todo el bien que le permiten sus condiciones y
circunstancias, trasciende el estricto «deber y realiza las que se
llaman obras supererogatorias, si son conciliables con las
obligaciones de su estado. Ora más de lo rigurosamente
necesario, asiste a la santa misa otros días además del domingo
y las fiestas de precepto, recibe los sacramentos de la
penitencia y del altar más de una vez al año. Es el amor lo que
empuja al alma a hacer más, y en esta inclinación interior y en
las ocasiones externas de hacer obras supererogatorias se
revela la voluntad de Dios.
¿Cuál debe ser nuestra postura respecto a la voluntad
revelada por Dios?
Ante todo, distinguirla, reconocerla. No hay que detenerse
en la obligación, exigencia, mandato o prohibición, ni en las
personas, sean o no superiores, que nos dan las órdenes; hay
que elevarse hasta la causa primera que es Dios, hasta su
voluntad y beneplácito, y saber verlos en todos nuestros
deberes, obligaciones y prescripciones, lo mismo que en las
exigencias de la naturaleza respecto al alimento y al descanso,
en las imposiciones sociales y en las necesidades de todo
género. Pero para todo esto se precisa una profunda y viva fe:
nunca lo lograremos si, como la gente vulgar, pensamos y
juzgamos de un modo meramente humano, natural. La mirada
limpia de la fe que nos hace decir «tú lo quieres y tú me
llamas, hágase tu voluntad», debe llegar a sernos familiar y
connatural, hasta que en toda ocasión nos resulte espontánea.
Para conocer siempre mejor la voluntad y el beneplácito
divinos, habrá que releer y meditar asiduamente el evangelio,
el misal, el reglamento.
Un segundo paso es amar la voluntad de Dios. Amemos los
mandatos, las prescripciones, las obligaciones de nuestro
estado, nuestra regla de vida, porque en todos ellos vemos a
Dios, su santa voluntad y su beneplácito. Todo mandamiento
es de suyo gravoso al hombre, y toda obligación, dura, porque
se contrapone a nuestros deseos e inclinaciones naturales; mas,
si llegamos a amar su voluntad y su beneplácito, entonces «el
yugo es suave y la carga ligera».
Un mandato, el deber o la regla, terminarán por aplastarnos
si nos sometemos a ellos por la fuerza y con desgana; pero si,
por el contrario, nos abrazamos a la santa voluntad divina,
como Jesús se abrazó a ella en la cruz, entonces el mismo
deber y el mandamiento nos sostienen y nos unen
estrechísimamente a la amabilísima voluntad de Dios. El amor
a esta santa voluntad divina que descubrimos bajo el velo de
los deberes y de las prescripciones, nos da la fuerza necesaria
para cumplir de corazón lo debido, aun en las cosas más
pequeñas, nos hace caras y santas todas nuestras obligaciones,
nos ensancha el corazón y nos libera, de modo que en nada
depositamos mayor afecto que en la santa voluntad divina:
seremos cumplidores, puntuales, fieles, pero sin rigorismo
farisaico, sin pedantería, sin escrúpulos agobiantes, sin
ansiedades ni angustias; no desearemos sólo conocer los
mandamientos para observarlos, sino que más bien veremos en
ellos la voluntad de Dios, que nos sirve de norma en la vida; y
aun observándolos con la máxima escrupulosidad,
permaneceremos siempre interiormente libres, y tanto más
cuanto más «recorramos el camino de los mandamientos del
Señor» (Ps 118, 32).
Nuestro amor a la voluntad revelada de Dios nos lleva
espontáneamente a cumplirla con alegría y felicidad, con plena
entrega a su realización exterior, hacer lo que a Dios agrada y
como a Él le gusta. De este modo todo nuestro obrar se
transforma en una oración continua, en vida de piedad y de
unión con Dios, y, en último análisis, en vida de santidad.

2. El beneplácito de Dios

El beneplácito de Dios no se dirige, como su voluntad


revelada, a todos los hombres en conjunto o a categorías
enteras de hombres, sino a cada persona en singular, y nos da a
conocer no lo que nosotros debemos hacer por Dios, sino lo
que Él hace por nosotros en particular, lo que obra en, sobre y
por nosotros. Si somos fieles en la ejecución de la voluntad
revelada de Dios, con nuestra obediencia nos adherimos a sus
deseos e intenciones y nos dejamos guiar por su mano a donde
quiera llevarnos. Mas si nos abandonamos a su beneplácito,
Dios nos toma en los brazos de su providencia: ya no
caminamos midiendo el camino con nuestros cortos pasos,
sino que nos hacemos conducir por Él y de este modo
avanzamos mucho más, al paso de Dios (san Francisco de
Sales).
«Todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Rom 8,
28). Hay una providencia divina que se preocupa de cada uno
de nosotros en particular. «Ni siquiera un pájaro está en olvido
a los ojos de Dios; aun los cabellos de vuestra cabeza están
contados todos» (Lc 12, 6 ss). «Ni un solo cabello de vuestra
cabeza se perderá» (Lc 21, 18) sin el permiso del Padre.
Hay una providencia que se oculta tras todos los
acontecimientos y «azares de la vida»; todo lo ordena, dirige y
dispone como mejor puede servir a nuestra salvación, a la
salvación de cada uno; todo, absolutamente todo, tanto lo que
sucede en el ámbito general del universo como lo que nos
ocurre en el pequeño mundo de nuestra profesión y de la vida
de todos los días. Al servicio de la providencia están los
hombres todos, quiéranse bien o mal, y todo lo que tiene algún
influjo en nuestra vida: todos los hombres son sólo
instrumentos de los que el Señor se sirve para nuestra
santificación. Tampoco en las cosas de la vida interior hay
«casualidad» o «ciego destino».
Esta providencia de Dios se ocupa continuamente de
nosotros –de mí–, trabajando siempre por purificar nuestra
alma, por fecundarla, iluminarla y conducirla hasta las
cumbres de la santidad. ¡Qué delicada es y qué firme al mismo
tiempo! Dios aprovecha la ocasión más oportuna y el
momento más propicio para actuar en nosotros del mejor
modo posible; sabe tener en cuenta nuestro estado de ánimo y
nuestras necesidades, sabe apelar a todos los recursos y agotar
todos los medios. Él, y sólo Él, sabe cómo tratarnos en cada
caso y qué impresión nos va a producir tal o cual disposición.
Él, y sólo Él, es bastante sabio y potente para unir y coordinar
entre sí todos los factores que influyen en nuestra vida, que
determinan o deben determinar nuestro modo de pensar y de
querer, con el fin de hacerlos servir a nuestro verdadero bien,
tanto en su conjunto como cada uno aisladamente.
El beneplácito de Dios se revela en esas tolerancias o
transigencias divinas que las más de las veces nos parecen
absolutamente inexplicables. Dios nunca quiere el mal ni que
nadie sea injusto con nosotros, que mienta por nuestra culpa o
haga el mal de cualquier forma: no lo quiere, pero lo permite
de una u otra manera, aunque podría impedirlo con toda
facilidad. Pero cuando algo nos ofende, nos hallamos entonces
con la voluntad positiva de Dios que quiere que aceptemos y
suframos la injusticia. El beneplácito de Dios se manifiesta,
además, en todas las disposiciones y permisiones divinas, en
todo lo que el vaivén de la jornada nos presenta, interior y
exteriormente: penas y alegrías, humillaciones y sacrificios,
deberes, desventuras, dificultades, fracasos, injusticias que nos
vienen de los hombres; faltas de caridad con nosotros,
contrariedades, tentaciones, enfermedades. Nunca se da el
«azar», «Aun los cabellos de vuestra cabeza están contados; ni
siquiera uno de ellos cae sin el permiso del Padre». Todo
cuanto sucede en nuestra vida está, de un modo u otro,
permitido o positivamente querido por la voluntad
infinitamente sabia y justa de Dios, que vela sobre nosotros
incesantemente. «Echad sobre Él todos vuestros cuidados,
puesto que tiene providencia de vosotros» (1 Petr 5, 7).
El beneplácito de Dios, su acción en nosotros y sobre
nosotros, es el principal factor de nuestra vida interior. Si
permanecemos unidos a Él, caminamos como Él a grandes
pasos y alcanzamos pronto la santidad. Lo que realizamos con
nuestro esfuerzo personal contribuye también a nuestra
santificación, pero será siempre poco y nos hará adelantar
pocos metros. El verdadero progreso comienza cuando inicia
su obra el divino beneplácito.
¿Qué actitud debemos adoptar respecto a esta acción de
Dios en nosotros, su beneplácito?
Antes que nada, ver y creer. Será el paso decisivo. Ver en
todas las cosas a Dios, su providencia, su permisión, su acción.
Pero esto requiere una fe viva y profunda: una fe que no se
detenga en lo que perciben y experimentan los sentidos, ni en
lo que afirman el juicio humano y la inteligencia puramente
natural; una fe que se eleve hasta Dios y lo considere todo,
absolutamente todo, como enviado o al menos permitido por
Él, por su amor. Es verdad que este o aquel gozo y tal o cual
pena nos vienen directamente de los hombres, de las
circunstancias, de una u otra contingencia o combinación: mas
nuestra fe va más allá: no se para en los hombres y en sus
intenciones, no atiende obtusamente a lo desagradable y a lo
amargo: una cruz oprimente, una injusticia padecida, una
grave ofensa, una enfermedad, un fracaso; descubre la razón
más profunda: la disposición de Dios, su amorosa providencia,
su santísima voluntad. «Tú quieres, Señor, que yo lleve esta
cruz, que sufra este contratiempo».
Lo que importa, pues, es ver a Dios en todo, ver su voluntad
y su amor más allá y a través de todos los sucesos:
«Bienaventurados los que sin ver creen» (Ioh 20, 29).
Debemos, además, entregarnos con absoluta simplicidad en
brazos de este divino beneplácito, confiarnos a él ciegamente,
y dejar que obre en nosotros y sobre nosotros. Aquí se abren
vastos horizontes para el ejercicio del santo abandono en Dios.
Aquí se realiza la gran proeza de la fe y de la confianza en la
voluntad de beneplácito de Dios «que no se nos había
manifestado todavía». Entregarse, abandonarse sin reservas y
sin comprenderlo a todo lo que Dios permite que se realice a
nuestro alrededor, para entregarnos incondicionalmente a su
acción, manifestada en las pruebas internas y externas con las
que nos purifica: aceptar y acoger con gratitud las
innumerables pequeñas alegrías, materiales y espirituales,
naturales y sobrenaturales, que cada día nos acarrea: en la
naturaleza, con su sol y sus flores; en la familia, en el trato con
los hombres, en el trabajo, en nuestra comunicación con Dios,
Cristo, María y los santos. Acoger y aceptar reconocidamente
las muchas dificultades y las penas de la vida cotidiana, las
tentaciones, la sequedad, todas las penosas pruebas de la vida
interior y exterior: porque no son sino la expresión de la
voluntad de Dios, la fórmula de acción de su beneplácito, el
testimonio del amor que nos tiene y de su deseo de salvarnos,
purificarnos, santificarnos, prepararnos para la
bienaventuranza eterna. Debemos aceptar esta acción de Dios
y estas permisiones de su providencia sin reserva alguna, sin
curiosidad, inquietud o desconfianza, porque sabemos que
Dios quiere siempre nuestro bien; aceptarlas incluso con
agradecimiento, confiando en su proximidad y en la asistencia
de su gracia. Nuestra única respuesta a esta acción de Dios en
nosotros sea siempre: «Sea como tú, Señor, lo quieres; hágase
tu voluntad».
Y esto es el cielo en la tierra: entrega absoluta a Dios y a su
providencia, a sus disposiciones y transigencias. Llegada a
estas alturas, el alma agradece a Dios todas sus decisiones, por
muy penoso que resulte todavía acatarlas, y ama todo lo que
Dios permite u obra en ella o en lo que le concierne. Nada le
parece que tenga ya importancia si no es la voluntad de Dios,
la conformidad absoluta de la propia con la suya, el abandono
incondicional a cuanto Él quiere, hace o permite. Ya no se
lamenta de haber perdido un consuelo, una posición o
cualquier otra cosa del mundo, ni siquiera la salud: sabe que
nada podrá ayudarle tanto, para identificarse con la santa
voluntad de Dios, como la ausencia y la pérdida de todo lo
creado. En su entrega a las disposiciones y permisiones de la
providencia encuentra el alma toda su felicidad y su paz, su
cielo en la tierra. Ya no siente envidia o celos, ni temor, ni
preocupaciones o angustia: no se apega a nada ni a nadie, y
sólo quiere lo que quiere Dios.
«Amar la voluntad de Dios cuando nos vemos endulzados
por los consuelos es, sin duda, buena cosa, si es que se ama la
voluntad de Dios y no la consolación que en ella encontramos.
Amar la voluntad de Dios manifestada en sus mandamientos,
consejos e inspiraciones, es un amor aún más elevado. Pero si,
por amor a Dios, ambicionamos el sufrimiento, la desolación y
otras pruebas semejantes, hemos alcanzado las cumbres del
perfecto amor, ya que entonces no reconoceremos otro amor
que la santa voluntad de Dios» (san Francisco de Sales).
Voluntad revelada de Dios –actividad nuestra–, piedad
activa. Voluntad de beneplácito divino –acción de Dios–,
piedad pasiva. Aquí comienza sobre nosotros la acción de
Dios, nosotros acogemos y secundamos su impulso, la noción
de la actividad divina, y de este modo somos activos con Dios
y a la medida de Dios, en absoluta dependencia de su acción
en nosotros y con nosotros. De esta unión de la voluntad y
acción divinas con las nuestras brotan las obras de perfección,
que son preciosas para la vida eterna: tanto más preciosas
cuanto con más fe y amor nos hayamos entregado a la
voluntad y a la acción divinas.
Pidamos al Señor, con el autor de la Imitación de Cristo:
«Señor, tú sabes lo que es mejor; haz esto o aquello, según te
agradare. Da lo que quisieres, y cuanto quisieres, y cuando
quisieres. Haz conmigo como sabes y como más te agradare y
fuere mayor honra tuya. Ponme donde quisieres, dispón de mí
libremente en todo. En tu mano estoy; vuélveme y revuélveme
a la redonda. Ve aquí a tu siervo dispuesto a todo; porque no
deseo, Señor, vivir para mí, sino para ti. ¡Ojalá que viva digna
y perfectamente! Dame que desee y quiera siempre lo que te es
más acepto y agradable a ti. Tu voluntad sea la mía y mi
voluntad siga siempre la tuya, y se conforme en todo con ella.
Tenga yo un querer y no querer contigo y no pueda querer ni
no querer sino lo que tú quieres y no quieres. Tú eres la
verdadera paz del corazón, tú el único descanso; fuera de ti
todas las cosas son molestas e inquietas. En esta paz
permanente, esto es, en ti, sumo y eterno Bien, dormiré y
descansaré» (libro 3, capítulo 15).
XVIII. NUESTRA UNIÓN CON CRISTO

«Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos» (Ioh 15, 5).

Dios es plenitud de vida. Por puro amor a nosotros, Dios ha


decidido comunicárnosla de modo que podamos conservarla,
vivirla, gozarla. Mas, antes de sernos infundido, este torrente
de vida se almacena en «el primogénito entre todos los
hermanos» (Rom 8, 29): «plugo a Dios dotarle de toda
plenitud» (Col 1, 19). Lo que Cristo recibió quiere ahora
repartírnoslo a nosotros: con este objeto le ha erigido el Padre
en cabeza del cuerpo místico, que es la Iglesia (Col 1, 18), y le
ha hecho la vid, cuyos sarmientos vivos somos nosotros: «Yo
soy la vid, y vosotros los sarmientos». Vid y sarmientos
forman un solo organismo: viven y obran unidos, y unidos
producen el fruto; del mismo modo, nosotros, los bautizados,
formamos con Cristo una única vid, un solo cuerpo, en cuyo
interior circula la vida que sólo Cristo posee en toda su
plenitud.
¿Qué es lo esencial en la práctica de la vida cristiana? Que
permanezcamos en Cristo y Él en nosotros; conservar la unión
vital con Cristo, vernos siempre compenetrados con Él.
«Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no
permaneciere en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis
en mí. El que no permanece en mí, es echado fuera como el
sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego
para que ardan» (Ioh 16, 4-6).
Lo esencial de la vida cristiana consiste en «ser en Cristo»:
injertados y vitalmente unidos a Él, sarmientos de la vid que
Él es.

1. En Cristo Jesús

Si leemos atentamente el Evangelio y las cartas de los


apóstoles, se nos revelan dos importantes principios: lo que
Jesús ha hecho y hace, no lo hace solo: nosotros lo hacemos
con Él y en Él; lo que hace cada uno de nosotros, no lo hace
solo: Cristo lo hace con nosotros y en nosotros. Cristo y
nosotros somos una misma cosa: también nosotros hemos
muerto con Él (2 Tim 2, 11), sido sepultados con Él (Rom 6,
4), resucitados con Él (Eph 2, 6), Y con Él hemos subido al
Padre (Eph 2, 18). Por otra parte, Cristo vive en los suyos
como la vid en los sarmientos (Ioh 15, 5): vive en el pobre, en
el enfermo, en el mendigo que pide un pedazo de pan (Mt 25,
35); en nosotros es perseguido (Act 9, 4 ss), en nosotros sufre,
combate, vence, y en nosotros consuma «lo que falta a su
pasión» (Col 1, 24).
Estamos unidos al Cristo histórico: al Cristo que nació en
Belén y que concluyó su vida oculta de Nazaret y su vida
pública con la muerte en la cruz. Estamos vitalmente unidos a
Él, porque aceptamos por la fe su doctrina tal como nos la han
transmitido los evangelios y porque ajustamos nuestra vida
cristiana a sus enseñanzas y al ejemplo de su santa vida.
Pero al hablar de nuestro «ser y estar en Cristo Jesús», nos
referimos particularmente a nuestra unión real y óntica con el
Señor glorificado. El Cristo, que vivió en la tierra, es el Señor
que reina e impera en los cielos, es el Kyrios que pervive
misteriosamente en su «cuerpo místico» y en los miembros de
este cuerpo, en los bautizados, en quienes y por quienes
continúa y se hace fructífera la obra de la redención hasta la
consumación de los siglos.
Le es tan familiar a san Pablo el hecho de que en el
bautismo quedamos incorporados a Cristo, que todas sus cartas
nos hablan repetidamente de él. Parece que san Pablo vivía
totalmente anegado en este misterio de Cristo y no se cansaba
de imbuírnoslo en todas sus facetas y aplicaciones. Hasta qué
punto le asombraba y sobrecogía de gozo este misterio, lo
vemos especialmente en la Carta a los Efesios: «Bendito sea
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que en Cristo nos
bendijo con toda bendición espiritual» en los cielos, por
cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo,
porque fuésemos santos e inmaculados ante Él, y nos
predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por
Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad para
alabanza y gloria de su gracia. Por esto nos hizo gratos en su
Amado, en quien tenemos la redención por la virtud de su
sangre, la remisión de los pecados según las riquezas de su
gracia que superabundantemente derramó sobre nosotros… En
Él (Cristo) también vosotros fuisteis sellados, con el sello del
Espíritu Santo prometido, prenda de nuestra herencia,
rescatando la posesión que Él se adquirió para alabanza de su
gloria» (Eph 1, 3-14). Toda gracia y salvación nos son dadas
en Cristo, «porque en Él habéis sido enriquecidos en todo: en
toda palabra y en todo conocimiento» (1 Cor 1, 4).
Con la misma claridad, si bien no con tanta frecuencia, nos
atestigua el Apóstol el otro hecho; es decir, que Cristo vive en
nosotros, los cristianos. En la Epístola a los Corintios dice:
«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a
vosotros mismos. ¿No reconocéis que Jesucristo está en
vosotros, a no ser que estéis reprobados?» (2 Cor 13, 5). A los
Gálatas les escribe estas osadas palabras: «y ya no vivo yo, es
Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Y más adelante: «Hijos
míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a
Cristo formado en vosotros» (Gal 4, 19). Y pide por los
efesios a Dios Padre para que «habite Cristo por la fe en
vuestros corazones» (Eph 3, 17).
Cristo mismo nos lo asegura al prometernos la sagrada
eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre, está en mí
y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi
Padre, así también el que me come vivirá por mí» (Ioh 6, 56-
57). «Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento
no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid,
tampoco vosotros si no permaneciereis en mí. Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él,
ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» (Ioh
15, 4 s).
El papa Pío XII nos expone esta sublime verdad en su
encíclica sobre el cuerpo místico de Cristo. De la unión viva
con el Cristo glorioso dice Pío XII que es «algo sublime,
misterioso y divino», una unión que la sagrada Escritura
compara con la unidad orgánica y vital de la vid con los
sarmientos y de la cabeza con los miembros, «Sí, nuestro
mismo Salvador no teme comparar esta unión con la
maravillosa unidad por la que el Padre está en el Hijo y el Hijo
en el Padre». Nosotros poseemos esta unidad con Cristo en la
Iglesia, en la que todos nosotros constituimos una única
«persona mística», formando el Cristo total. «Cristo vive en
nosotros por el Espíritu que nos comunica y por el que actúa
en nosotros, de tal manera que todas las acciones
sobrenaturales del Espíritu Santo en nuestras almas deben ser
igualmente atribuidas a Cristo. En virtud de esta
«comunicación del Espíritu Santo, todos los dones, virtudes y
carismas, que colman de modo eminente, sobreabundante y
efectivo la cabeza (Cristo), fluyen sobre todos los miembros
de la Iglesia y se realizan diariamente en ellos».
La unión mística entre Cristo y nosotros se establece en el
santo bautismo: «¿O ignoráis que cuantos hemos sido
bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar
en su muerte? Con Él hemos sido sepultados por el bautismo,
para participar en su muerte, para que, como Él resucitó de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él
por la semejanza de su muerte (o sea, en el bautismo), también
lo seremos por la de su resurrección» (Rom 6, 3-5). El santo
bautismo no es un mero símbolo que exprese solamente el
efecto de la justificación, sino que es un signo eficaz que
produce la justificación. El santo bautismo entabla de tal modo
la unión entre el bautizado y Cristo, que la realidad y el fruto
de la muerte de Cristo fluye sobre quien recibe el bautismo.
Los demás sacramentos, sobre todo el de la sagrada
eucaristía, profundizan, solidifican y desarrollan el germen
depositado en el bautismo. El Señor se nos une en la sagrada
comunión no sólo mediante su fuerza y virtud, como en los
demás sacramentos, sino que se nos adhiere con todo su ser y
poder, de modo que se establece una unidad entre la cabeza y
los miembros. Por eso la sagrada eucaristía es realmente
«comunión», es decir, unión, hacerse uno, el sacramento de la
incorporación a Cristo y de ser uno con Él. La eucaristía
sumerge más y más al bautizado en el Cristo glorioso,
transformándole más y más en Cristo, colmándole con la
plenitud de su vida. «Como yo vivo por el Padre, así también
el que come vivirá por mí».
Al decir que Cristo vive en nosotros y nosotros estamos en
Él, hablamos de Cristo no sólo en cuanto a su humanidad
gloriosa, sino también en cuanto a su divinidad. Y no nos
referimos a la unión de Cristo con nosotros, que consistiría en
el mero hecho de que Cristo nos conoce y se preocupa
amorosa y solícitamente de nosotros. Tampoco queremos decir
que el Señor glorioso mora continuamente entre nosotros con
su divinidad y humanidad, con su cuerpo y alma tal como está
presente en el santísimo sacramento del altar. Nos referimos
más bien a la comunión de vida íntima y real que surge entre
el Señor glorioso y el bautizado. Quien está en Cristo, posee
una vida que trasciende su propia vida natural y humana; en él
opera la vida de Cristo como la vida de la vid es participada
por los sarmientos. Cristo es, en efecto, la raíz y capital
fundamento de nuestra vida cristiana. Una vida, la de la vid,
que es Cristo, y la de los sarmientos, que somos los cristianos.
Unidad de vida, de sufrimientos, de esfuerzos y batallas, de
amor y de entrega en manos del Padre: la oración, el
sufrimiento y el amor del Señor que se funde con nuestras
pobres oraciones, sufrimientos y amores. En esta fusión radica
nuestra confianza y de ella brota el coraje que nos anima: en la
nada y miseria de nuestra vida, de nuestras oraciones y
ofrendas está Él, el Señor glorioso, que les da el mérito y
pujanza de su oración, de su amor al Padre. Esto es lo que
encierra la frase que repetimos: Él está en nosotros y nosotros
en Él. Yo vivo, yo oro, mas ya no yo, sino que Él vive y ora en
mí. Él vive mi vida, la anima, la empapa y colma con el mérito
y valor de su propia vida.
Nuestra vida cristiana es así realmente una participación de
la vida de Cristo, un reflejo de su santa vida, totalmente
entregada al Padre. Y todo esto tanto más, cuanto más
profundamente arraigados estamos en Él, cuanto más espacio
damos a su acción sobre nosotros.
Toda esta realidad es todavía un secreto misterio que
captamos sólo por la fe. «Vuestra vida está escondida con
Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida,
entonces os manifestaréis también con Él en gloria» (Col 3, 3
ss). Brillará por toda la eternidad con el resplandor de su
gloria. ¡Tal es el designio que tiene Dios con nosotros, pobres
hombres! ¡Cómo debemos agradecer, sentirnos dichosos y
alabarnos, porque Cristo está en nosotros y nosotros en Él!

2. Consecuencias prácticas de nuestro estar en Cristo

«En Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la


remisión de los pecados» (Eph 1, 7). Cuando nos unimos a
Cristo en el santo bautismo, cuando fuimos incorporados a Él,
se realizó en nosotros algo inefablemente grandioso; se nos
comunicó y se nos asimiló de tal modo a la pasión y muerte de
Cristo, que nosotros mismos, por así decirlo, la sufrimos. En el
momento en que nos unimos como miembros a la cabeza, que
es Cristo, constituimos «una persona mística» y, por
consiguiente, fluyen sus méritos y satisfacción sobre nosotros,
hechos miembros de Cristo, hechos unos con Él en el
bautismo. Es lo que enseña santo Tomás de Aquino cuando
dice: «Ésta es la verdad, que en Él, en virtud de nuestra
incorporación a Cristo, la cabeza, obtenemos el perdón de los
pecados, porque su expiación y satisfacción se hacen nuestras,
como si nosotros mismos hubiéramos dado la plena
satisfacción de nuestros pecados, quedando libres del castigo
eterno que hemos merecido y reconciliados con Dios en Cristo
Jesús» (Summa theol. III, qu. 48, a. 1; qu. 69, a. 2).
Somos asimismo adoptados por Dios Padre como hijos en
la caridad, en Cristo, en virtud de nuestra incorporación a Él.
Al nacer éramos hijos de la ira (Eph 2, 3); ahora somos en
Cristo hijos queridos de Dios. ¡Qué nobleza! El santo
bautismo nos coloca como hermanos y hermanas junto al Hijo
eterno del Padre, para ser partícipes con Él del amor del Padre.
«Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que llamados hijos
de Dios, lo seamos» (1 Ioh 3, 1). Para hacernos capaces de su
amor paterno, nos constituye miembros de su amado Hijo y
nos asemeja a Él de tal modo y nos eleva a tal grado de unión,
que ve y ama en nosotros a su Hijo. Nos predestinó a ser
conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea
primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29).
Incorporados a Cristo, llevamos sus rasgos en nosotros y su
vida y su Espíritu nos embargan. El Padre derrama sobre
nosotros el amor que tiene a su Hijo y, puesto que hemos
recibido el Espíritu de la filiación, podemos decirle: «¡Abba,
Padre!», entablar un diálogo filial con Él, escucharle,
preguntarle, pedirle, darle gracias, adorarle y amarle. ¡Qué
riqueza!
«En Él habéis sido enriquecidos» (1 Cor 1, 4). Una nueva y
sublime fuerza obra en nosotros: «Concédaos Dios, ilumine
los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la
excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes»
(Eph 1, 18-19). En nuestra vida cristiana no estamos solos,
obligados a servirnos sólo de nuestras fuerzas. Una fuerza más
elevada y poderosa opera en nosotros. En ella debemos
apoyarnos a pesar de nuestra flaqueza y precisamente porque
somos tan flacos y débiles: «Todo lo puedo en Aquél que me
conforta» (Phil 3, 13), es decir, en virtud de Cristo que actúa
en mí. «En la flaqueza del hombre llega al colmo el poder» (de
Cristo) (2 Cor 12, 9). La magnanimidad y el coraje invencible
del apóstol san Pablo en los trabajos, fracasos, persecuciones y
sufrimientos sobrepasan todas las fuerzas naturales humanas
(cf. 2 Cor 11, 16-33). Él sabe que hay otra fuerza que le
sostiene: «Me fatigo y lucho con la energía de su fuerza que
obra poderosamente en mí» (Col 1, 29). ¡Y qué poder el que
vive en nuestros santos, inflama sus oraciones y sus palabras,
fructifica sus bendiciones y obra insospechadas maravillas!
«Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto
puede y hace en la carne flaca, que lo que naturalmente
siempre aborrece y huye, acometa y acabe con fervor de
espíritu. No es según la condición humana llevar la cruz, amar
la cruz, castigar el cuerpo, ponerle en servidumbre, huir las
honras, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y
desear ser despreciado; sufrir toda cosa adversa y dañosa, y no
desear cosa de prosperidad en este mundo. Si miras a ti, no
podrás por ti cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, Él
te enviará fortaleza del cielo y hará que te estén sujetos el
mundo y la carne» (Imitación de Cristo, libro 2, capítulo 12).
«Tal es la gracia de Cristo» (ibídem), el poder del Señor que
obra en nosotros.
«En Él habéis sido enriquecidos». En Él reciben nuestra
vida, nuestras obras, sufrimientos y sacrificios un valor nuevo,
más elevado y sublime. ¿Qué valen nuestras acciones y
trabajos considerados en sí mismos? ¡Cuán deficientes e
imperfectos son, envenenados todos ellos por el amor propio!
¡Qué distantes están de lo que debieran ser! Pero estando
nosotros en Cristo, ya es otra cosa. El Señor vierte en nuestra
vida y en nuestros empeños, en nuestras labores y sufrimientos
unas gotas del valor y méritos de su oración y de su amor al
Padre. El Padre ve en nuestra oración y en nuestra actividad el
espíritu y el amor con que su Hijo le ama. A través de nuestras
oraciones y súplicas distingue la voz del primogénito, de su
amado Hijo. La vida cristiana alcanza así en Él su pleno valor.
Con palabras persuasivas recuerda el apóstol san Pablo a la
joven Iglesia de Corinto que no tiene por qué vanagloriarse de
méritos y grandezas terrenales. No hay en ella estadistas ni
grandes filósofos, ni ricos ni potentados; solamente pobres y
esclavos despreciados que nada significan a los ojos del
mundo; pero tienen su grandeza, «valen algo» en Cristo Jesús
(cf. 1 Cor 1, 26-30). En realidad, las grandezas terrenas nada
importan frente a la grandeza de quien está en Cristo. Ésta es
la verdadera grandeza ante Dios, la que revaloriza toda la vida
del cristiano a los ojos de Dios.
«¡En Él habéis sido enriquecidos!». En Él adquieren las
acciones y aspiraciones, los esfuerzos y sufrimientos del
cristiano la fertilidad y eficacia que prometió el Señor: «El que
permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí
no podéis hacer nada. El que no permanece en mí, es echado
fuera como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los
arrojan al fuego» (Ioh 15, 5 s). Aunque hagamos todo cuanto
está en nuestra mano, somos incapaces por nosotros mismos
de la más pequeña obra sobrenatural, incapaces de obras que
den fruto para la vida eterna. Sólo en Cristo puede haber
crecimiento sobrenatural, sólo en Él podemos prosperar en
bendiciones celestes, recibir gracia sobre gracia y dar frutos de
vida eterna, no solamente para nosotros individualmente, sino
además para todos nuestros hermanos y hermanas, para toda la
Iglesia y para toda la humanidad, en mayor o menor medida,
según que nosotros estemos más o menos en Cristo y Él en
nosotros. La fecundidad de este «estar en Cristo» refulge con
esplendores meridianos en los santos de la Iglesia. Todo
cuanto ellos han hecho y padecido y los milagros que han
obrado no son más que el fruto de la actuación del Señor en
ellos, de Cristo glorioso en los cielos. Nuestra vida cristiana y
nuestros esfuerzos serán también fecundos en Él. A pesar de
nuestra propia impotencia, confiamos en su acción en
nosotros.
Nuestra grandeza y nobleza consisten, pues, en que
nosotros estamos en Cristo y Él vive y opera en nosotros. No
somos meros hombres, dotados de cualesquiera cualidades
naturales, con una misión simplemente humana: estamos
incorporados a Cristo. De las simas del pecado y de la lejanía
de Dios hemos sido elevados al estado de gracia y de la vida
sobrenatural, para ser con Cristo hijos de Dios y herederos del
cielo.
¡Ojalá que nos miremos a nosotros mismos como
sarmientos vivos de Cristo, la vid, como animados y
vigorizados por la gracia y la virtud de Cristo! «Todo lo puedo
en Aquél que me conforta» (Phil 4, 13). Somos más fuertes
que todas las pasiones, más fuertes que todas las seducciones
del mundo y todas las concupiscencias de la carne. Por
nuestras venas corre la fuerza de Cristo victorioso y triunfante
contra todos los enemigos. ¡Creamos en Él! ¡Apoyémonos en
Él!
¡Miembros de Cristo! El secreto de nuestra fuerza y de
nuestra grandeza consiste en que estemos vinculados a la
cabeza y nos dejemos guiar y conducir por Él; en que no nos
aislemos, no nos apoyemos en nosotros mismos, no nos
abandonemos a una necia y orgullosa confianza en nosotros
mismos, como si bastaran nuestras propias luces y fuerzas
naturales, humanas; en que presintamos las intenciones y
designios de la cabeza y queramos y hagamos lo que Cristo
quiere, poniendo nuestros deseos y aspiraciones en perfecta
consonancia con las de Cristo, nuestra cabeza.
¡Miembros de Cristo! Tengamos un santo respeto a nosotros
mismos, a nuestra alma, nuestros talentos, cualidades, dones y
obras. ¡Respeto a nuestro cuerpo y miembros! Ya no son
nuestros, sino de Cristo, que es la cabeza. San Pablo llama
miembros de Cristo a los miembros de nuestro cuerpo, y nos
conjura diciendo: «¿Y vamos a tomar los miembros de Cristo
para hacerlos miembros de una meretriz? ¡No lo quiera Dios!»
(1 Cor 6, 15).
¡Miembros de Cristo! Veamos también, en nuestros
hermanos y hermanas los miembros de Cristo. Teniendo ese
santo y sobrenatural respeto a nuestros hermanos y hermanas,
meditemos las palabras del Señor: «En verdad os digo que
cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos más
pequeños, a mí me lo hicisteis. Cuando dejasteis de hacer eso
con uno de estos pequeñuelos, conmigo no lo hicisteis» (Mt
25, 40-45).
¿No pensaríamos y hablaríamos de nuestros prójimos con
mucho mayor respeto, benevolencia y amor, no serían mucho
mayores nuestro celo y entrega, si viéramos en ellos a los
miembros de Cristo?
«Conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros, en
que nos dio su Espíritu» (1 Ioh 4, 13). El Espíritu de Cristo
vive en nosotros. Él nos orienta e impele hacia Dios, hacia la
verdad y el bien. Nos otorga la gozosa y alegre decisión de
realizar en nuestra vida: los principios de Cristo y del
Evangelio, de renunciar al pecado, de cumplir los
mandamientos de Dios. Nos hace fuertes en la batalla contra
Satanás, en el dominio sobre nosotros mismos, en la
abnegación y el sacrificio, en dejarnos crucificar en Cristo.
Nos impulsa al amor de Dios, de Cristo y del prójimo. Es el
Espíritu de la verdadera sabiduría, de la inteligencia de las
cosas de Dios, del consejo, de la fortaleza, de la piedad, del
santo temor de Dios. Él nos transforma, haciéndonos amar la
soledad, el recogimiento, la oración, la pobreza, la castidad, la
mortificación, la humildad, la obediencia. Él nos exhorta, nos
apremia, nos amonesta, nos habla, nos presta luz y fuerza con
sus inspiraciones, sus auxilios y su gracia. Somos nada por
nosotros mismos y dejados a nuestros pobres juicios, consejos,
reflexiones y esfuerzos; pero actúa y vive en nosotros el
Espíritu de Cristo. «Él, a cuyo poder y ciencia están sometidas
todas las cosas, nos protege, por medio de sus inspiraciones,
contra nuestra poquedad, ignorancia, cerrazón o dureza de
corazón» (santo Tomás de Aquino, Summa theologica I-II q.
68 a. 2 ad 3).
¡Qué fuerzas y auxilios tan maravillosos se nos otorgan por
nuestra unión con Cristo! Si tuviéramos siempre y en todas las
circunstancias la fe viva y consciente de nuestra comunión de
vida con Cristo, tendríamos un poderoso estímulo en nuestra
ascensión a la perfección cristiana.
XIX. EL AMOR AL PRÓJIMO

«Éste es mi precepto, que os améis unos a otros como yo os he


amado» (Ioh 15, 12).

Convivimos la vida divina en Jesucristo, en quien hemos


sido injertados.
Mas la vida de Cristo es, esencialmente, al mismo tiempo
que vida de inmolación y de entrega al Padre, vida de amor a
los hombres, sus «hermanos»; es vida de amor al prójimo. Él
es el buen samaritano que no sabe pasar de largo sin prestarnos
ayuda; su amor lo impulsa a inclinarse sobre nuestras heridas
para derramar sobre ellas vino y aceite y llevarnos al mesón, la
Iglesia, donde podamos curar y, por su influjo, seguir
viviendo. «Acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,
2).
Si debemos compartir su misma vida, la nuestra debe ser,
también, una vida de caridad fraterna, porque «en esto
conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos
para con otros» (Ioh 13, 35).

1. Formas de la caridad

Dios, al crear al hombre, le ha infundido, en su infinita


sabiduría, un impulso a amar y a ser amado. La forma
primitiva del amor humano es el amor sensible: innato en todo
hombre, es su pasión natural más violenta, y consiste en esa
involuntaria simpatía, en ese impulso espontáneo que sentimos
hacia una persona u objeto, apenas hemos descubierto en ellos
algún aspecto que nos agrada o es conforme a nuestros gustos.
De nosotros depende el dominar este impulso mediante una
potente reflexión y fuerza de voluntad, a fin de convertirlo en
resorte de nuestra felicidad personal y de la ajena. Si, por el
contrario, no sabemos dominarnos reflexivamente, podemos
dejarnos arrastrar por el amor hacia el camino de la perdición,
arrastrando con nosotros a otras personas. La pasión y el
sentimiento del amor producen grandes bienes a los hombres,
mas también casi todo el mal y casi todas sus desgracias.
Depende de que el amor sea dirigido y vigilado, o se abandone
a su propio desenfreno. Este amor sensible, esta simpatía
natural, anida también en el corazón de los más perfectos.
Todos sabemos por experiencia lo vigilantes que debemos
mantenernos frente a estas inclinaciones y movimientos que
surgen espontáneamente.
Existe, además, un amor puramente natural y humano, que
encontramos por doquiera entre los hombres. Más que un
sentimiento, es ya una intención y una disposición de la
voluntad, una virtud: fruto de trabajo y de libertad. Es una
dilatación del alma, una necesidad de fusión con otras almas:
supera la estrechez y la mezquindad del propio yo. Tanto más
rica es un alma, cuanto mayor y más noble es su amor. El amor
ensancha los horizontes y profundiza a la vez los sentimientos,
las ideas y la comprensión: sólo lo que se ama se comprende
perfectamente. El amor, el puro y noble amor, abre los ojos,
agudiza la mirada: permite conocer profundidades que
permanecen insospechadas al que no ama, al que permanece
insensible al amor. Si se le orienta hacia la verdad y el bien, el
amor confiere al alma un nivel tan elevado y una nobleza y
perfección tan sublimes, que puede llegar a abrazar todas las
perfecciones morales y todas las virtudes naturales.
De este amor puro y noble está necesariamente dotada un
alma piadosa realmente orientada hacia Dios. Mas debemos
despertarlo continuamente en nosotros en sus manifestaciones
de gentil benevolencia humana y natural para con el prójimo,
sea el que fuere; de leal empeño en hacernos mutuamente
felices; de noble deseo de no hacer sufrir a nadie, de ir siempre
sembrando alegría, ayudando y sirviendo; de sincero esfuerzo
por ser justos, amables, buenos y corteses unos con otros. La
virtud natural del amor no se fija en las propias necesidades ni
busca su propio interés: se basa únicamente en lo bueno que
encuentra en el hermano, y cuando éste ha abandonado el
camino recto, respeta al menos en él la naturaleza humana que
el hombre, aun descarriado, no puede destruir, como tampoco
puede desarraigar los gérmenes de bondad latentes en ella.
Más aún, encuentra en este desvío una nueva ocasión para
avivar su determinación de reconquistar al hermano para el
bien que ha abandonado.
Con mayor o menor frecuencia es el egoísmo el que ejerce
una influencia decisiva sobre la virtud natural del amor, ya que
el amor es indispensable a nuestra, vida humana. Sólo si tiene
un móvil puro alcanza alturas morales dignas de la máxima
estima. La virtud natural del amor constituye el sustrato
normal del amor propiamente sobrenatural o caridad cristiana,
base de la paz y la felicidad de una familia, de una
colectividad o de una nación. El principio teológico es el
siguiente: lo sobrenatural no destruye la naturaleza, sino que la
presupone, la enriquece y la ennoblece. Lo cual significa que
el verdadero cristiano, el hombre realmente piadoso, es por
necesidad un hombre naturalmente noble, altruista, generoso,
bueno, un buen carácter lleno de fe y de bondad, incapaz de
cualquier injusticia en sus juicios, palabras y obras, incapaz de
mentira, deslealtad y artera diplomacia: un hombre que sentirá
la necesidad de comportarse rectamente con todos y de dar
amor siempre, todo el amor que pueda.
Es evidente que esta forma de amor exige un esfuerzo y una
superación personal. La prueba del amor consiste en saber
soportar, renunciar, trascender lo indicado, perdonar, aceptar
las humillaciones. El amor genuino y noble debe saber lo que
puede amar y hasta dónde lo puede amar; y tiene que amar,
sencillamente, porque no puede menos de amar. El amor
natural es obra de la voluntad, y por eso una virtud, si bien
sólo una virtud natural.
Este amor humano natural es ampliamente superado por el
amor sobrenatural del prójimo o caridad, que purifica el amor
natural de las imperfecciones, que fácilmente se le adhieren, y
lo transforma en amor del prójimo por amor de Dios y de
Cristo.
Puesto que se funda en el amor de Dios, no es sino su flor
más bella. Nos hace amar al prójimo no por sí y por lo que en
él nos atrae, sino porque Dios lo quiere, por un motivo
sobrenatural, es decir, por un motivo tomado de la fe, y por un
bien que se conoce sólo a través de la fe. La caridad nos hace
amar al prójimo por Dios y por Cristo, que nos mandan
amarle. Desea y quiere para el prójimo el bien sobrenatural y
la salvación del alma, que ha sido rescatada por la sangre de
Cristo. Reconoce en el prójimo al Hijo de Dios, a quien Dios
ama y cuida con amor infinito. Ve en el prójimo al hombre
redimido por Cristo, al miembro de Cristo, a Cristo mismo.
«Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos
menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). La caridad
cristiana ve en el alma del prójimo las excelsas riquezas y los
tesoros de la vida divina, de la inhabitación de la santísima
Trinidad y de su destino a ser eternamente copartícipe de la
felicidad de Dios. A partir de esta visión sobrenatural de la fe,
ama al prójimo y le desea todos estos bienes y valores
sobrenaturales, le desea que abunde cada vez más en ellos y
sea así más dichoso en Dios.
La caridad sobrenatural no es otra cosa que el amor mismo
de Dios que nos ha sido infundido en nuestros corazones por la
gracia santificante. En el amor cristiano del prójimo no
hacemos sino extender hacia el prójimo nuestro amor a Dios y
a Cristo. Por consiguiente, podemos y debemos amar
cristianamente, es decir, sobrenaturalmente, al prójimo en la
medida en que amamos a Dios y a Cristo y estamos con ellos
ligados por este amor.
La nobleza sublime del amor cristiano y sobrenatural del
prójimo es tal que se identifica con el amor de Dios y de
Cristo; es «el amor divino, que se ha derramado en nuestros
corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado»
(Rom 5, 5).
La caridad cristiana se manifiesta en la práctica como
estima y respeto sobrenatural de nuestro hermano, hijo de
Dios, «en el que el Padre ha puesto sus complacencias» (Mt 3,
17), miembro del cuerpo místico en el que honramos al mismo
Cristo, templo de la santísima Trinidad, vaso en el que Dios ha
querido derramar su amor y su vida; se manifiesta en constante
esfuerzo por mantener los derechos de la verdad y la justicia al
pensar, juzgar, hablar y tratar al prójimo; como tendencia a
observar siempre, reconocer y apreciar ante todo sus aspectos
favorables, y a interpretar con benevolencia y generosidad
todas sus faltas; como actitud de paciencia, perdón, compasión
y prontitud para socorrerlo en toda necesidad material o
espiritual; como propósito de nunca cometer deliberadamente
faltas de caridad contra él, tanto en nuestra conducta como en
las palabras, pensamientos o juicios; en fin, la caridad cristiana
se manifiesta como leal determinación de dar amor, siempre y
en todas partes.
En las comunidades, la virtud de la caridad se revela, más
concretamente, en forma de deseos de colaboración, para
lograr que todos constituyan un solo corazón y una sola alma,
y especialmente en el propósito decidido de estar en paz con
todos y de formar así realmente una familia en Dios, hijos
todos del mismo Padre, miembros todos del cuerpo único cuya
cabeza es Cristo, vivificados todos por el mismo espíritu de
Cristo, que es espíritu de amor.
Mas la caridad sobrenatural es tan fuerte, que se ve
impulsada a amar también a los enemigos: «Amad a vuestros
enemigos y haced el bien a los que os aborrecen; bendecid a
los que os maldicen y orad por los que os calumnian. Al que te
hiere en una mejilla, ofrécele la otra, y a quien te tome el
manto, no le impidas que te tome la túnica. Da a todo el que te
pida y no reclames de quien toma lo tuyo. Amad a vuestros
enemigos; haced el bien y prestad sin esperanza de
remuneración. Sed misericordiosos, como misericordioso es
vuestro Padre. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis
y no seréis condenados; absolved y seréis absueltos. Dad y se
os dará; una medida buena, apretada, colmada, rebosante, será
derramada en vuestro seno. La medida que con otros usareis,
será empleada para vosotros» (Lc 6, 27 ss).

2. Importancia de la caridad fraterna

«Si hablara lenguas de hombres y de ángeles y no tuviera


caridad, soy como campana que resuena o címbalo que retiñe.
Y si tuviera el don de profecías y conociera todos los misterios
y toda la ciencia, y tanta fe que trasladase los montes, mas no
tuviera caridad, no soy nada. Y aunque repartiera toda mi
hacienda y entregara mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad,
nada me aprovecharía. Ahora permanecen estas tres cosas: la
fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente es la
caridad. Esforzaos, pues, por alcanzarla» (1 Cor 13, 1-3.13;
14, 1).
Si falta el amor, falta todo; si hay amor, está todo, porque el
amor es la perfección.
El amor cristiano del prójimo es la medida de nuestra unión
con Dios. En la noche del Jueves Santo, después de instituir la
eucaristía y antes de comenzar su pasión, pronunció el Señor
la oración sacerdotal: su gran deseo es que «todos sean uno».
«Ruego no solamente por éstos (los apóstoles), sino por
cuantos han de creer en mí por su palabra, para que todos sean
uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también
ellos sean uno en nosotros» (Ioh 17, 20-21).
¡Padre, Hijo y Espíritu Santo, la santísima Trinidad, la
multiplicidad en la unidad de un mismo amor, un mismo
pensar, querer y obrar: la unidad de un amor que enlaza al
Padre y al Hijo por medio del Espíritu Santo! En esta unión
inefable encontramos el prototipo de toda vida de comunidad.
«Que ellos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti».
Estamos, pues, en comunión viva y vital con Dios y
compartimos la santísima y felicísima vida intratrinitaria en la
medida en que estamos unidos entre nosotros por la caridad.
Para que no pueda asaltarnos ninguna clase de duda,
continúa Jesús: «Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin
de que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en
mí, de modo que su unidad sea perfecta» (Ioh 17, 22). El Padre
le ha dado la gloria de la filiación divina, que el mismo Cristo
hizo extensiva a nosotros cuando, por medio de la gracia
santificante que nos fue infundida en el bautismo, nos hicimos
participantes de su vida divina. ¿Con qué fin? «Para que sean
uno (todos una cosa o unidad), como nosotros somos uno». La
gracia santificante une los espíritus y los corazones de los
cristianos, de modo semejante a como la naturaleza divina une
al Padre con el Hijo en el Espíritu Santo. La gracia santificante
es participación en la naturaleza y la vida divinas; y tenemos
comunión de vida con Dios, conservamos la gracia y adopción
divinas, en cuanto estamos dispuestos a ser un solo corazón y
un solo espíritu con nuestro hermano. Precisamente porque es
participación de la vida divina, la gracia santificante es
esencialmente unificadora de espíritus y corazones,
modeladora de comunidades. El primer fruto de la gracia y de
la adopción divina es, por lo tanto, la caridad fraterna en sus
diversas manifestaciones, tanto exteriores como interiores. «La
caridad procede de Dios, todo el que ama ha nacido de Dios y
conoce a Dios» (1 Ioh 4, 7). Compartimos la vida divina, en
cuanto amamos a nuestro hermano.
Nuestro amor al prójimo es la medida de nuestra unión con
el espíritu de Cristo. Sus sentimientos para con nosotros son
sentimientos de amor. «Como yo os he amado» (Ioh 15, 12).
¡Y cuánto nos ha amado desde la encarnación hasta la cruz! ¡A
pesar de nuestra indignidad, a pesar de nuestros pecados, aun
habiendo previsto con claridad absoluta cuán poco habíamos
de corresponder a su amor y con cuánta ingratitud íbamos a
recompensarle, prefiriendo nuestros estúpidos deseos y toda
clase de ídolos, injuriándole continuamente, volviendo a
crucificarle! ¡Y cuánto amor nos demuestra en su vida
eucarística! Todo en ella respira amor, un amor que sólo piensa
en nosotros, que por nosotros se consume en sacrificio, en
oración y en generosidad.
Jesús infunde constantemente en nuestra alma su luz, su
fuerza y su vida, la cultiva sin descanso, la purifica por medio
de sus gracias actuales y de los sucesos que dispone, permite o
tolera: sólo intenta juntarnos más íntimamente consigo y con
Dios, para enriquecernos, santificarnos y hacernos felices.
¡Y lo que su amor nos ha obtenido y nos guarda para la
eternidad! «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ocurrió a la mente
del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1
Cor 2, 9).
Así nos ama Cristo. ¿Cuál es, por el contrario, el grado de
nuestra unión de espíritu con Él? ¿Hasta qué punto somos
«uno» con Él? Hasta donde amemos. «Éste es mi precepto,
que os améis unos a otros como yo os he amado».
Compartimos realmente la vida de Cristo, nuestra cabeza, en
cuanto amamos a nuestros hermanos.
Nuestra caridad fraterna es la medida de nuestro amor a
Cristo. Nuestro Salvador es muy claro en sus exigencias. Un
día ha de ser nuestro juez, y ¿qué os exigirá a fin de cuentas?
Amor, caridad. ¿A tenor de qué ley? «Lo que habéis hecho a
uno de mis hermanos menores, lo habéis hecho conmigo. Tuve
hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber;
peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis;
enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme». Y
entonces los justos le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber?
¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te
vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a
verte?». Y Él responderá: «En verdad os digo que cuantas
veces hicisteis eso a uno de mis hermanos menores, a mí me lo
hicisteis» (Mt 25, 34 ss). En el prójimo amamos a Cristo: en el
miembro, la cabeza; en el sarmiento, la vid. El amor cristiano
del prójimo es amor de Cristo.
Se preguntan muchos si aman a Cristo, y van buscando
señales por las cuales poder descubrir y reconocer si le aman:
la señal que no engaña nunca es la caridad fraterna. Siempre
que faltamos contra nuestro hermano, siempre que somos
injustos o fríos con él, duros de palabra, obra o juicio,
ofendemos a la vez a Cristo y a un miembro suyo, por el que el
Hijo de Dios se hizo hombre y murió en cruz, y a quien
acaricia con infinito amor para santificar y salvar su alma. ¡Es
imposible que amemos a Cristo y que, al mismo tiempo, no
tengamos caridad con el hermano!
La caridad fraterna es también la medida del estado de
nuestra vida interior, especialmente de nuestra vida de
oración. Rezamos todos los días en el padrenuestro: «El pan
nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras
deudas…, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del
mal»; pero sólo podemos rezar así si amamos sinceramente a
nuestros hermanos, a cada uno de nuestros hermanos.
Asistimos quizá diariamente al sacrificio eucarístico: oramos y
ofrecemos como colectividad –uno para todos, todos para
uno–, apropiándonos los gozos y penas del hermano; pero si
nos falta el amor fraterno, nos excluimos por nuestra propia
culpa de la oración y el sacrificio comunes, y no tendremos
ninguna, o acaso una mínima, participación en la santa misa. Y
recibiremos la sagrada comunión, «sacramento de la unión y
vínculo de la caridad», como la llama san Agustín; pero el
primer fruto de la comunión es la unidad del cuerpo místico de
Cristo, la intimidad de corazones «para que todos sean uno».
El fruto esencial de la comunión es el amor, la propensión a la
vida en común, el deseo de formar un solo corazón y un solo
espíritu con el hermano, a pesar de los graves obstáculos que
nuestro amor propio y nuestro egoísmo puedan ir acumulando.
¡Cuántos se acercan al altar por la mañana y después,
apenas llegan a su casa, colocados de nuevo en su vida
ordinaria, amontonan más y más faltas contra la caridad, en
sus juicios, palabras y su comportamiento todo! A pesar de
tantas comuniones, meditaciones y rezos, son groseros,
caprichosos, desganados, fríos, impacientes, inflexibles.
¿Dónde está el verdadero amor?, ¿dónde, el sentimiento de
benevolencia, el juicio y la conversación corteses, el trato
cordial?
No queremos decir que nunca, ni siquiera de vez en cuando,
podamos caer en alguna falta de caridad, aun a pesar de las
más fervorosas comuniones; pero estas faltas deben provocar
un arrepentimiento y una reparación inmediatos. En el alma
bien dispuesta hay siempre un vivo, firme y decidido propósito
de perdonar, sufrir, ayudar, y una actitud que mueve siempre a
realizar actos de caridad. Si en el alma ha arraigado este deseo
de amar y este ideal de amar desinteresadamente, tendrá con
ello la prueba más convincente de que sus comuniones,
confesiones, meditaciones y toda su vida de oración están en
orden y son sinceras y fecundas.
La caridad fraterna es la medida de nuestro grado de amor
propio. Éste suele disimularse en nosotros hábilmente, bajo
apariencias de virtud, mortificación, celo, apostolado, etc. Mas
poseemos una infalible piedra de toque para determinar
nuestra virtud: nuestra actitud hacia el prójimo en los mil
casos de la vida práctica. El alma dominada por el amor propio
es susceptible, celosa, suspicaz, fría, parcial e injusta en sus
juicios. El que intente conservar la caridad debe morir al
espíritu propio y a las propias preferencias y gustos; el que
quiera amar debe poseer una virtud íntegra, humilde,
paciencia, desinterés. Sólo una gran virtud es capaz de la
caridad cristiana, porque «la caridad es paciente, es benigna;
no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no piensa mal,
no se complace en la injusticia, sino en la verdad; todo lo
excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera» (1 Cor 13,
4-7). La caridad incluye toda virtud y perfección. Si nos
domina, ha quedado destruido el amor propio.
***
«Éste es mi precepto, que os améis los unos a los otros
como yo os he amado». En el centro de la vida cristiana está el
amor, la caridad cristiana sobrenatural, que es lo mismo que el
amor a Dios. Con él están estrechísimamente vinculados todos
los mandamientos y en él culmina toda la ley. La verdadera
caridad no se contenta con no pecar o no faltar directamente
contra el prójimo, sino que anhela traducir sus sentimientos
internos en pensamientos, palabras y obras: no puede darse
tregua mientras no haya hecho todo lo que puede.
Examinémonos seriamente sobre la caridad, no con el fin de
descubrir si faltamos a ella, sino para ver si amamos
positivamente, y en qué medida; si hacemos el bien, si estamos
dispuestos a ayudar al hermano, a servirlo, a tenerlo contento,
a amarlo «como Cristo nos ha amado» y nos ama.
«No os maravilléis, hermanos, si el mundo os aborrece.
Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida,
porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en
la muerte. Quien aborrece a su hermano es homicida, y ya
sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna. En esto
hemos conocido la caridad, en que Él dio la vida por nosotros;
y nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. El que
tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar
necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo es posible que more en
él la caridad del Señor? Hijitos, no amemos de palabra ni de
lengua, sino de obra y de verdad» (Ioh 3, 13-18).
XX. EL SANTO AMOR DE DIOS

«Amarás al Señor, tu Dios» (Mt 22, 37).

La sabiduría de Dios tiende a levantarnos a nosotros,


hombres, de nuestra nada y a hacemos compartir su vida. Pero
su vida es amor. «Dios es caridad» (Ioh 4, 8). Por eso nuestra
vida debe ser también caridad, tenemos que arder en la llama
de aquel amor que es Dios mismo.

1. El mandamiento del amor

Dios exige nuestro amor, mi amor en particular, hasta el


punto de darnos este mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Éste es el más grande y primer mandamiento. El segundo,
semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De
estos dos preceptos penden toda la ley y los profetas» (Mt 22,
37-40).
Amar a Dios es el más grande y primer mandamiento, que
liga nuestra conciencia y la obliga en todo momento. Un
mandamiento sin límites: por más que hagamos, no lo
cumpliremos como para poder decir: «ya es bastante»; siempre
tenemos que seguir amando. Es un mandamiento que nos
obliga a amar a Dios con «todas las fuerzas» (Mc 12, 30).
¿Cumplimos en verdad este mandamiento? No preguntamos si
poseemos ahora, hoy, el perfecto amor de Dios; preguntamos
más bien si nuestras aspiraciones y ambiciones continuas son
las de amar siempre más, cada vez más perfectamente, a Dios.
Con esto cumplimos el mandamiento principal y, por
consiguiente, nuestra solicitud debe seriamente concentrarse
en el empeño de dilatar nuestro corazón, de perfeccionamos en
el amor, de llegar al amor integral e indiviso.
¿Podemos amar realmente a Dios? ¿Podemos nosotros,
miserables pecadores, abrazar con amor al Dios infinitamente
santo y excelso? ¿Podemos levantarnos en alas del amor hasta
Él? Por nosotros mismos, no; no lo podemos con el amor que
brotaría de nuestras propias facultades; pero lo podemos con el
amor que Él mismo enciende en nuestros corazones, con la
gracia santificante. Cuando recibimos el santo bautismo, «el
amor de Dios se derramó en nuestros corazones por virtud del
Espíritu Santo» (Rom 5, 5). Con este amor, otorgado por Dios
mismo, podemos amarle y cumplir el mandamiento que nos
dio de amarle. Es la virtud divina de la caridad: divina no sólo
porque tiene por objeto a Dios, ni porque nos religa con Dios,
haciéndonos uno con Él; es ante todo divina porque, por medio
de ella, amamos a Dios del mismo modo que se ama Él y
puede amarse a sí mismo en virtud de su naturaleza divina,
con un amor que quiere a Dios por sí mismo y quiere todo lo
demás, que no es Dios, por Dios y en Dios. El amor divino
derramado en nuestros corazones es todavía algo más: es la
participación del amor con que Dios se ama a sí mismo y ama
todo lo que está fuera de Él; es la centella, la llama del horno
del corazón mismo de Dios. Nos hace ser un espíritu con Dios,
fundidos en Él, por así decirlo, como dos llamas que se juntan
y forman un sólo fuego. Gracias a este amor divino derramado
en nuestros corazones, Dios trino es en verdad nuestro Dios y
habita en nosotros, según nos lo asegura el Señor: «Si alguno
me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará, y
vendremos a Él y en Él haremos morada» (Ioh 14, 23). «Si
alguno me ama», es decir, con un amor sobre todas las cosas,
con un amor cuyo motivo profundo no es ya la perfección del
propio yo ni la esperanza del premio ni el temor del castigo,
sino únicamente Dios, su voluntad, su gloria. ¡Bienaventurado
tal amor, porque Dios pondrá su gozo y complacencia en él!
El santo amor de Dios se manifiesta en distintas formas.
Una de ellas es el amor de complacencia en Dios, en su
grandeza, en sus atributos, en sus maravillosas obras de la
creación, de la redención y del mundo de la gracia. Le
admiramos, nos alegramos de su grandeza y de sus gestas, le
alabamos y glorificamos. Del amor de complacencia brota el
de benevolencia. Deseamos que Dios sea más conocido y más
amado por nosotros y por todos los hombres. ¡Vénganos tu
reino, hágase tu voluntad!
Otra manifestación del santo amor de Dios es la
conformidad de nuestra voluntad y de nuestras obras con lo
que Dios quiere y desea. Dejamos nuestro querer y obrar en la
santa voluntad de Dios. Nuestro amor es de amistad con Dios,
por el que nos entregamos totalmente a Él. Dios es el centro de
nuestro ser y de nuestra vida. Dios, que habitó en otro tiempo
entre nosotros en forma de hombre y nos llamó amigos suyos.
«Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace
su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi
Padre, os lo he dado a conocer» (Ioh 15, 15). ¡Qué
sentimientos de amor y de gratitud hacia el misericordioso
bienhechor de nuestras almas tiene que despertar esta
condescendencia divina para con nosotros!
Una forma esencial del amor de Dios es el amor del
prójimo. Con la fuerza y la disposición del amor de Dios
derramado en nuestros corazones, abrazamos también
amorosos a todas las criaturas que han salido de las manos de
Dios, particularmente los hombres, nuestros prójimos. En ellos
abrazamos a los hijos de Dios, que, rescatados con el precio de
la sangre de Cristo, están adornados con la gracia santificante,
son templos consagrados del Dios vivo y están destinados a la
bienaventuranza eterna. El amor cristiano del prójimo es, lo
mismo que el amor de Dios, un amor santo, sobrenatural y
divino. Está muy por encima del amor humano natural más
noble, porque es el cumplimiento radical del mandamiento
más grande y primero: «Amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo
(por amor de Dios) como a ti mismo».

2. Los frutos del amor de Dios en el alma

El amor, como la más eminente de todas las virtudes, nos


viste con la túnica de la santidad. Es el «vínculo de la
perfección» (Col 3, 14), encierra en sí todas las virtudes,
dándoles la orientación a Dios. Nada más grande ni santo
podemos hacer que amar, y por ningún otro medio podemos
santificarnos sino por el amor.
El amor nos une con Dios y transforma nuestras facultades
espirituales. Inclina a la inteligencia a ajustarse a la locura de
la cruz; libra a la voluntad de toda terquedad y propio
capricho, haciéndola dócil a la voluntad divina; el corazón se
dispone más y más, con sus tendencias, deseos e impulsos, a
entregarse por amor a la gloria de Dios y salvación del
prójimo, derramando, si es preciso, la sangre. Porque «el amor
es fuerte como la muerte» (Cant 8, 1). Dice la Imitación de
Cristo: «Gran cosa es el amor, y bien sobremanera grande: él
solo hace ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo
desigual. Pues lleva la carga sin carga, y hace dulce y sabroso
todo lo amargo. Anima a hacer grandes cosas y mueve a
desear siempre lo más perfecto» (lib. 3, cap. 5).
El santo amor de Dios simplifica enormemente tanto la vida
exterior como la interior del hombre. Dios, como espíritu puro,
es esencial e infinitamente simple; el amor que nos une con
Dios, nos hace semejantes a Él y nos comunica su santa
simplicidad. Hace sencillos nuestra inteligencia, nuestros
juicios y criterios y nuestras aspiraciones. Vemos a nuestros
prójimos en Dios, en Cristo, que habita en ellos, que son
miembros de su cuerpo místico. En todas las coyunturas y
circunstancias de la vida reconocemos la bondad y sabiduría
de Dios. Tenemos un solo deseo, hacemos un solo conato: el
que Dios sea glorificado, su voluntad cumplida. Ya no somos
víctimas, como antes, de mil inquietudes, deseos y
preocupaciones. Encontramos reposo en la santa voluntad de
Dios. Amamos cuanto debemos amar: el prójimo, la profesión,
el trabajo, la oración; pero lo amamos todo en Dios; vemos,
buscamos y queremos en todo su santa voluntad.
Este amor santo simplifica también nuestros personales
intereses e inclinaciones. Lo que antes amábamos,
conversaciones, lecturas, etc., se nos vuelve cada vez más
insípido. Coartamos nuestro trato y comercio con los hombres.
El amor propio se bate en retirada en todos los frentes.
Obramos con toda sencillez lo que creemos ser nuestro deber,
sin preocuparnos por lo que digan o piensen de nosotros
nuestros vecinos. Avanzamos despreocupados por nuestro
camino, solícitos únicamente de agradar a Dios.
Dios simplifica asimismo la oración del alma amante. Ya no
es capaz de múltiples consideraciones, propósitos,
pensamientos, ni de continuas preguntas y respuestas. Su
oración es reposada y sencilla: un rato de filial entretenimiento
con el Padre. Árida o sumergida en íntimo gozo, recogida o
distraída a pesar suyo, mas siempre feliz, en unión con Dios,
que conoce todos los deseos de nuestro corazón, aunque no se
los enumere uno a uno.
«El más pequeño acto de amor puro tiene mayor valor a los
ojos de Dios y es más provechoso a la Iglesia que todas las
otras obras juntas», dice san Juan de la Cruz, refiriéndose a la
incomparable fecundidad del santo amor de Dios. ¿Qué
pensar, pues, de la vida entera de esas almas felices que
realizan casi sin interrupción actos y obras de amor? Esas
almas son las únicas que dan toda la gloria a Dios. ¿Y quién
puede cooperar mejor que ellas a la realización de los planes
salvíficos de Dios? Todos sus pensamientos y sentimientos,
todo su querer y obrar son, por así decirlo, una obra de
perfecto amor. A ellas cabe aplicar las palabras de san
Francisco de Sales: «Todo cuanto se hace por amor es acto de
amor». Son innumerables los hombres que deben a estas obras
de los amantes perfectos la gracia de la conversión, la victoria
en las tentaciones, el coraje en la batalla, la gracia de la
vocación sacerdotal y religiosa, la gracia de la perseverancia.
«Todos los bienes me vinieron juntamente con ella (con el
amor perfecto de Dios) y en sus manos me trajo una riqueza
incalculable. Es para los hombres tesoro inagotable y los que
de él se aprovechan se hacen participantes de la amistad de
Dios» (Sap 7, 11-14).
Todos estamos llamados a las cumbres del amor. Ésta es la
meta a la que corremos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus
fuerzas» (Mc 12, 30). ¿Quién cumple acabadamente este
mandamiento? El amante que no sabe ni busca sino a Dios y
que jamás se cansa de amarle vehementemente.
¡Sólo Dios! Pero no sólo cuando pasen los años, cuando nos
vaya blanqueando el cabello, como si debiéramos dedicar los
mejores años de nuestra vida exclusivamente a la fase negativa
que es la purificación del corazón de todos los pecados. Ya
desde ahora, desde los primeros años y desde el mismo
comienzo de nuestra entrega a Dios, aspiremos al amor y
aprendamos a amar. En el amor se encierran y del amor nacen
todas las virtudes, y con amor hay que practicarlas. Sea ésta
nuestra norma: no llegar al amor al cabo de los años y a través
de otras virtudes, sino, al contrario, alcanzar la perfección de
todas las virtudes a través del amor.
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». «Procuraos
la caridad» (1 Cor 14, 1).

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