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Hombre Rico, Hombre Pobre

Este documento narra la vida de Rudolph y Thomas Jordache, hijos de un inmigrante alemán amargado. Describe el entrenamiento de atletismo de Rudolph en la escuela secundaria y cómo terminó antes debido a la muerte en combate del hermano de uno de sus compañeros. Rudolph camina a casa pensando en la guerra y en alistarse en el ejército cuando cumpla los 17 años.

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Hombre Rico, Hombre Pobre

Este documento narra la vida de Rudolph y Thomas Jordache, hijos de un inmigrante alemán amargado. Describe el entrenamiento de atletismo de Rudolph en la escuela secundaria y cómo terminó antes debido a la muerte en combate del hermano de uno de sus compañeros. Rudolph camina a casa pensando en la guerra y en alistarse en el ejército cuando cumpla los 17 años.

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La

turbulenta familia Jordache, centro argumental de la novela, representa al


mundo norteamericano de la posguerra, desde la neurosis colectiva de la
etapa McCarthy, hasta el «boom» que siguió a la depresión johnsoniana. El
autor nos narra las vidas de Rudolph y Thomas, hijos de un amargado
inmigrante alemán.

[Link] - Página 2
Irwin Shaw

Hombre rico, hombre pobre


ePub r1.3
Titivillus 08.01.15

[Link] - Página 3
Título original: Rich man, poor man
Irwin Shaw, 1969
Traducción: J. Ferrer Aleu

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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A MI HIJO

[Link] - Página 5
Primera parte

[Link] - Página 6
Capítulo I
1945

Míster Donnelly, el entrenador, terminó más pronto los ejercicios del día, porque
el padre de Henry Fuller bajó al campo de la Escuela Superior para decirle a éste que
acababa de recibir un telegrama de Washington anunciando que el hermano de Henry
había muerto en acción de guerra, en Alemania. Henry era el mejor lanzador de peso
del equipo. Míster Donnelly dio tiempo a Henry para que fuese a los vestuarios a
cambiarse y se marchase a casa con su padre, y, después, tocó el silbato, reunió a
todos sus muchachos y les dijo que podían marcharse también, como muestra de
respeto.
El equipo de béisbol se ejercitaba en la demarcación rombal, pero, como ningún
miembro de aquél había perdido un hermano aquella tarde, siguieron practicando.
Rudolph Jordache (200 m. vallas) se dirigió a los vestuarios y tomó una ducha,
aunque no había corrido lo bastante para empezar a sudar. Como en su casa escaseaba
el agua caliente, siempre que podía se duchaba en el gimnasio. La Escuela Superior
había sido construida en 1927, cuando todo el mundo tenía dinero, y las duchas eran
espaciosas y el agua caliente manaba en ellas en abundancia. Incluso había una
piscina. Generalmente, Rudolph también tomaba un baño después del entrenamiento;
pero aquel día, no lo hizo, por respeto.
Los muchachos que estaban en el vestuario hablaban en voz baja, y no había el
alboroto acostumbrado. Smiley, capitán del equipo, se subió a un banco y dijo que, si
se celebraban honras fúnebres por el hermano de Henry, todos deberían aportar algo y
comprar una corona. A su entender, bastarían cincuenta centavos por cabeza. Por la
expresión de los muchachos, era fácil saber quién podía gastarse los cincuenta
centavos y quién no. Rudolph no podía hacerlo, pero se esforzó en aparentar que sí
podía. Los muchachos que asintieron más deprisa fueron aquellos cuyos padres los
llevaban a Nueva York antes de empezar el curso, para comprarles ropa para todo el
año. Rudolph compraba sus trajes en la localidad de Port Philip, en los «Almacenes
Bernstein».
Sin embargo, vestía con pulcritud: cuello y corbata; suéter, debajo de una
chaqueta de cuero, y pantalones castaños, de un traje viejo cuya americana se había
roto por los codos. Henry Fuller era uno de los chicos que se vestían en Nueva York;
pero Rudolph estaba seguro que esto no le producía, aquella tarde, la menor
satisfacción.
Rudolph salió rápidamente del vestuario, porque no quería hacerlo en compañía

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de ninguno de sus compañeros, que la hablaría de la muerte del hermano de Henry
Fuller. No apreciaba en demasía a Henry, que era bastante estúpido, como suelen
serlo los pesos pesados, y prefería no tener que mostrar una excesiva conmiseración.
La escuela estaba situada en un barrio residencial de la población, al norte y al
este del centro comercial, y se hallaba rodeada de casas habitadas por una sola familia
y bastante separadas entre sí, que habían sido construidas aproximadamente al mismo
tiempo que la escuela, en los años de expansión de la ciudad. Al principio, todas eran
iguales; pero, con el paso de los años, sus dueños habían pintado las cornisas y las
puertas de diferentes colores, y habían añadido aquí y allá, un mirador o un balcón,
en un desesperado intento de dar variedad al conjunto.
Cargado con sus libros, Rudolph echó a andar por las agrietadas aceras del barrio.
Era un día ventoso de principios de primavera, aunque no muy frío, y Rudolph
experimentaba una sensación de bienestar y de holganza, debido a la ligereza del
trabajo y a la brevedad del entrenamiento. La mayoría de los árboles habían echado
ya sus hojas, y todo retoñaba.
La escuela se levantaba sobre una colina y Rudolph podía ver el río Hudson a sus
pies, un río que aún parecía frío y borrascoso, y los campanarios de las iglesias de la
ciudad, y a lo lejos, hacia el Sur, la chimenea de la «Fábrica de Tejas y Ladrillos
Boylan», donde trabajaba su hermana Gretchen, y los carriles del Nueva York
Central, junto al río. Port Philip no era una ciudad bonita, aunque lo había sido
antaño, con sus blancos caserones coloniales entremezclados con los sólidos edificios
victorianos. Pero el auge de los años veinte había traído a muchos forasteros, y gentes
trabajadoras cuyas casas eran angostas y oscuras y habían proliferado en todos los
barrios. Después, la Depresión había dejado sin trabajo a casi todo el mundo, se
habían descuidado las casas de construcción barata, y según se lamentaba la madre de
Rudolph, toda la ciudad se había convertido en un barrio bajo único. Esto no era del
todo cierto. La parte norte de la población aún tenía muchas casas grandes y
hermosas, y calles anchas, y los edificios se habían cuidado a pesar de todo. Incluso
en los barrios más perjudicados, había casas grandes, que sus moradores se habían
negado a abandonar y que aún estaban presentables, rodeadas de amplios jardines y
de árboles añosos.
La guerra había traído nueva prosperidad a Port Philip; la «Fábrica de Tejas y
Ladrillos» y la fábrica de cemento funcionaban a todo gas, incluso la tenería y la
«Fábrica de Zapatos Byefield» habían renacido, gracias a los pedidos del Ejército.
Pero, con la guerra en marcha, la gente tenía demasiadas cosas en que pensar para
preocuparse de mantener las apariencias, y la ciudad parecía más arruinada que
nunca.
Con esta ciudad yaciendo a sus pies, desordenada y confusa bajo el sol de la tarde
ventosa, Rudolph se preguntaba si habría alguien capaz de dar la vida por defenderla
o conquistarla, como había dado la vida el hermano de Henry Fuller por conquistar
alguna anónima ciudad alemana.

[Link] - Página 8
Él deseaba, en secreto, que la guerra durase al menos otros dos años, aunque nada
hacía prever que fuese así. Pronto cumpliría los diecisiete, y un año más tarde, podría
alistarse. Se imaginaba luciendo galones de teniente, correspondiendo al saludo de un
recluta y mandando un pelotón bajo el fuego de las ametralladoras. Una de esas
experiencias por las que deberían pasar todos los hombres. ¡Lástima que ya no
hubiese caballería! Tenía que ser estupendo: blandir el sable, a galope tendido, y
cargar sobre el despreciable enemigo.
En su casa, no se atrevía a hablar de todo esto. Su madre se ponía histérica
cuando alguien sugería que la guerra podía durar y que su Rudolph podía ser
reclutado. Él sabía que había muchachos que mentían sobre su edad para alistarse —
se contaba de chicos de quince años, o incluso catorce, que estaban con los Marines y
habían ganado medallas—, pero no podía hacerle una cosa así a su madre.
Como de costumbre, dio un rodeo para pasar por delante de la casa en que vivía
Miss Lenaut. Miss Lenaut era su profesora de francés. Pero no la vio por ninguna
parte.
Después, bajó hacia Broadway, la calle principal de la población, que discurría
paralelamente al río y también formaba parte de la carretera de Nueva York a Albany.
Soñaba con tener un coche, como los que veía cruzando la ciudad a toda marcha.
Cuando lo tuviese, iría a Nueva York todos los fines de semana. No sabía muy bien lo
que haría en Nueva York, pero iría, de todos modos.
Broadway era una vía indescriptible, con una mezcolanza de tiendas de todas
clases, desde carnicerías y colmados hasta grandes almacenes, donde se vendían
ropas femeninas, bisutería barata y artículos deportivos. Rudolph se detuvo, como
hacía a menudo, frente al escaparate del «Almacén del Ejército y de la Armada»,
donde se exhibían aparejos de pesca, junto a zapatos de trabajo, pantalones chinos,
camisas, linternas y cortaplumas. Se quedó mirando fijamente las cañas de pescar,
finas y elegantes, con sus caros carretes. Él pescaba en el río, y cuando era la época
de ello, en los torrentes trucheros abiertos al público; pero sus aparejos eran
primitivos.
Siguió una calle corta, torció a la izquierda y salió a Vanderhoff Street donde
vivía. Vanderhoff Street discurría paralela a Broadway y parecía tratar de emularla,
pero mal; como si un pobre, de traje raído y gastados zapatos, pretendiese que
acababa de llegar en un «Cadillac». Las tiendas eran pequeñas y los artículos
expuestos en sus escaparates estaban llenos de polvo, como si sus dueños estuviesen
convencidos de que, en realidad, nada había que hacer. Algunas tiendas, que habían
cerrado en 1930 o 1931, seguían con las puertas y los escaparates entablados. Cuando
se había construido el nuevo alcantarillado, antes de empezar la guerra la WAP había
talado todos los árboles que daban sombra a las aceras y nadie se había preocupado
de plantar otros nuevos. Vanderhoff era una calle larga, y a medida que Rudolph se
acercaba a su casa, se hacía cada vez más desaliñada, como si el simple hecho de
dirigirse al Sur fuese señal de decadencia espiritual.

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Su madre estaba en la panadería, detrás del mostrador, con un chal sobre los
hombros, porque siempre tenía frío. La casa estaba en una esquina y, por ello, tenía
dos grandes ventanas, y su madre no dejaba de quejarse de que, con tantos cristales,
no había manera de conservar el calor en la tienda. En aquel momento, estaba
metiendo una docena de duros panecillos en una bolsa de papel castaño para una
niña. Había pasteles y tartas en el escaparate de la entrada, pero éstos no se
confeccionaban ya en el sótano. Al empezar la guerra, su padre, que era quien
cuidaba de la hornada, había resuelto que aquel trabajo no valía la pena; y desde
entonces, un camión de una gran empresa panadera se detenía todas las mañanas
frente a la tienda y entregaba los pasteles y las pastas, mientras Axel se limitaba a
cocer el pan y los panecillos.
Rudolph entró y besó a su madre, y ésta le acarició la mejilla. Siempre parecía
cansada y parpadeaba un poco, porque fumaba los cigarrillos en cadena y el humo se
le metía en los ojos.
—¿Cómo vienes tan temprano? —preguntó.
—El entrenamiento ha durado poco —respondió él, sin explicar el motivo—. Yo
me encargaré de esto. Puedes irte arriba.
—Gracias, Rudy, querido —dijo ella.
Volvió a besarle. Siempre era muy cariñosa con él. Rudolph hubiese querido que
besase también a su hermano y a su hermana, de vez en cuando; pero ella no lo hacía
jamás. Tampoco había visto que besase nunca a su padre.
—Subiré a hacer la comida —dijo ella.
Era el único miembro de la familia que llamaba comida a la cena. El padre de
Rudolph se encargaba de la compra, pues decía que su mujer era muy caprichosa y no
sabía distinguir lo bueno de lo malo; pero, casi siempre, era ella quien cuidaba de la
cocina.
Salió por la puerta de la calle. La panadería no tenía comunicación directa con el
portal ni con la escalera que llevaba a los dos pisos superiores, donde vivían, y
Rudolph vio pasar a su madre por delante del escaparate, temblorosa bajo el soplo del
viento y encuadrada en un marco de pasteles. Le resultaba difícil pensar que tenía
poco más de cuarenta años. Su cabello empezaba a encanecer, y arrastraba los pies
como una anciana.
Rudolph sacó un libro y se puso a leer. Durante una hora más, habría tranquilidad
en la tienda. Estaba leyendo el discurso de Burke Sobre la reconciliación con las
Colonias, correspondiente a su clase de inglés. Era tan persuasivo que uno se
preguntaba cómo era posible que los miembros del Parlamento, cuya sagacidad era de
presumir, no le hubiesen hecho caso. ¿Cómo habría sido América, si hubiesen
escuchado a Burke? ¿Habría habido, en ella, condes, duques y castillos? Esto le
habría gustado. Sir Rudolph Jordache, coronel de la Guardia de Port Philip.
Entró un obrero italiano y pidió una hogaza de pan. Rudolph dejó a Burke y le
sirvió.

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La familia comía en la cocina. Pero la cena era la única comida en que se hallaban
todos reunidos, debido al horario de trabajo del padre. Aquella noche, había estofado
de cordero. A pesar del racionamiento, siempre tenían carne en abundancia, porque el
padre de Rudolph era amigo del carnicero, míster Haas, que no les pedía los cupones
porque también él era alemán. Rudolph sintió remordimientos por comer carne del
mercado negro el mismo día en que Henry Fuller se había enterado de la muerte de su
hermano; pero se limitó a pedir que le pusieran poca y que le sirvieran más patatas y
zanahorias, porque no podía plantearle a su padre una cuestión tan delicada.
Su hermano Thomas, el único rubio de la familia, aparte de la madre, que ya no
podía presumir de tal, no parecía tener la menor preocupación, a juzgar por la furia
con que devoraba su comida. Thomas sólo tenía un año menos que Rudolph, pero era
tan alto como éste y mucho más robusto. Gretchen, la hermana mayor, jamás comía
mucho, porque temía aumentar de peso. Su madre sólo tomaba pequeños bocaditos.
En cambio, el padre, hombre corpulento, en mangas de camisa, comía con voracidad,
secándose de vez en cuando el grueso y negro bigote con el dorso de la mano.
Gretchen no esperó a catar el pastel de tres días que tenían para postre, porque
debía ir al Hospital Militar de las afueras de la ciudad, donde trabajaba como
ayudante de enfermera voluntaria, cinco noches por semana. Cuando se levantó, su
padre le lanzó la chanza acostumbrada:
—Ten cuidado —le advirtió—. No dejes que esos soldados te metan mano. No
tenemos bastantes habitaciones para montar un cuarto de niños.
—Papá… —dijo Gretchen en tono de reproche.
—Conozco a los soldados —dijo Axel Jordache—. Ándate con cuidado.
Rudolph pensó que Gretchen era una chica guapa, aseada y correcta, y le molestó
que su padre le hablase de aquel modo. A fin de cuentas, era la única de la familia
que contribuía al esfuerzo de la guerra.
Cuando hubieron terminado de comer, Thomas también salió, como hacía todas
las noches. Nunca hacía deberes en casa, y siempre traía malas notas de la escuela.
Hacía poco que había ingresado en la Escuela Superior, aunque casi tenía dieciséis
años. No hacía caso a nadie.
Axel Jordache pasó al cuarto de estar, para leer el periódico de la tarde antes de
bajar al sótano a hacer su trabajo nocturno. Rudolph se quedó en la cocina para secar
los platos en cuanto los hubiese lavado su madre. Si llego a casarme, pensó, mi mujer
no tendrá que lavar platos.
Terminada esta labor, la madre sacó la tabla de planchar y Rudolph subió a la
habitación que compartía con su hermano, para hacer los deberes del día. Sabía que,
si quería librarse de comer en la cocina, de escuchar a su padre y de secar los platos,
sólo podría conseguirlo por medio de los libros; y por esto era siempre el alumno de
su clase que acudía mejor preparado a los exámenes.

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II

Tal vez, pensó Axel Jordache mientras trabajaba en el sótano, debería echar
veneno en uno de los panecillos. En broma. Porque sí. Les estaría bien empleado.
Sólo una vez; sólo una noche. A ver a quién le tocaba.
Echó un trago, directamente de la botella. Al terminar la noche, la botella estaría
casi vacía. Estaba enharinado hasta los codos, y tenía harina en la cara, donde se
había secado el sudor. Soy un maldito payaso, pensó, pero sin circo.
La noche de marzo entraba por la ventana abierta, y un olor a hierbas mojadas,
que venía del río y le recordaba el Rin, llenaba toda la estancia; pero el horno
caldeaba el aire del sótano. Estoy en el infierno, pensó; atizo el fuego del infierno
para ganarme el pan, para hacer mi pan. Estoy en el infierno, haciendo panecillos
«Parker House».
Se acercó a la ventana e hizo una profunda inspiración, y los músculos de su
ancho pecho, surcados por los años, se dilataron bajo la delgada y sudada camisa. El
río, que discurría a unos cientos de metros de allí, libre ya de los hielos, traía consigo
la presencia del Norte, algo así como un rumor de desfile de tropas, última marcha
del frío invierno, por ambas orillas de su cauce. El Rin estaba lejos, a unos seis mil
kilómetros. Tanques y cañones lo cruzaban sobre puentes improvisados. Un teniente
lo había cruzado corriendo, al fallar la carga explosiva de un puente. Otro teniente, en
el otro lado, había sido juzgado en Consejo de Guerra y fusilado, porque había
fallado en la ordenada voladura del puente. Ejércitos. Die Wacht am Rhein. Churchill
se había orinado en él hacía poco. Un rio de fabula. El agua nativa de Jordache.
Viñedos y sirenas. El Schloss de No Sé Qué. La catedral de Colonia seguía en pie.
Era casi lo único que quedaba. Jordache había visto fotografías en los periódicos.
Hogar, dulce hogar, en la vieja Colonia. Derrumbadas ruinas, con el inolvidable hedor
de los muertos enterrados bajo los muros caídos. Jordache pensó vagamente en su
juventud y escupió por la ventana en dirección al otro río. El invencible Ejército
Alemán. ¿Cuántos muertos? Volvió a escupir y se lamió el negro bigote, caído junto a
las comisuras de los labios. Que Dios bendiga a América. Él había matado para llegar
allí. Aspiró por última vez la presencia del río y volvió renqueando a su trabajo.
Su nombre aparecía sobre el escaparate de la tienda de arriba. «PANADERÍA, A.
Jordache, Pro». Veinte años atrás, cuando se había colocado el rótulo, decía: «A.
Jordache. Prop.»; pero, un invierno, se había caído la p, y él no se había preocupado
de hacerla poner de nuevo. Aun sin esa p, vendía la misma cantidad de panecillos
«Parker House».
El gato estaba tumbado junto al horno, mirándole fijamente. Nunca habían
pensado en darle un nombre. El gato estaba allí para alejar las ratas y los ratones de la
harina. Cuando Jordache tenía que llamarle, decía «Gato». Probablemente, el gato
estaba convencido de que se llamaba Gato. El gato le observaba continuamente toda
la noche, todas las noches. Vivía de un cuenco de leche al día y de los ratones y ratas

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que podía cazar. Por su manera de mirarle, Jordache estaba seguro de que el gato
habría querido que él, Jordache, fuese diez veces más grande que él mismo, grande
como un tigre, a fin de saltarle encima una noche y darse, por fin, un atracón.
El horno se había calentado ya lo suficiente; Jordache se acercó cojeando y
preparó la primera hornada de la noche. Abrió el horno e hizo una mueca, al recibir la
bocanada de calor.

III

Arriba, en la estrecha habitación que compartía con su hermano, Rudolph buscaba


una palabra en el diccionario inglés-francés. Había terminado sus deberes. La palabra
cuyo equivalente buscaba era «anhelo». Había buscado ya «atisbos» y «visiones».
Estaba escribiendo una carta de amor en francés a Miss Lenaut, su profesora de
francés. Había leído La montaña mágica, y aunque en general, el libro le había
parecido pesado, a excepción del capítulo sobre la sesión de espiritismo, le había
impresionado el hecho de que las escenas de amor estuviesen en francés, y las había
traducido fatigosa y mentalmente. Galantear en francés le parecía distinguido. Pero,
sobre todo, estaba seguro de que, aquella noche, no había otro muchacho de dieciséis
años que escribiese una carta de amor en francés en todo el Valle del Hudson.
«Enfin —escribió, con una delicada caligrafía, casi imprenta, que había
perfeccionado durante los dos últimos años— enfin, je dois vous diré, chère Madame,
quand je vous vois par hasard dans les couloirs de l'école, ou se promenant dans
votre manteau bleu-clair dans les rues, j'ai l'envie —era el mejor equivalente que
había encontrado de anhelo— très profond de voyager dans le monde d'où vous êtes
sortie et des visions délicieuses de flâner avec vous à mes côtés sur les boulevards de
Paris, qui vient d'être liberé par les braves soldats de votre pays et le mien. Votre
cavalier servant. Rudolph Jordache (Frances 32b).»
Volvió a leer la carta; después, la leyó en inglés, que era como la había escrito al
principio. Había procurado dar al texto inglés una forma lo más parecida posible a la
construcción francesa. «Finalmente, debo decirle, querida señora, que cuando la veo
por casualidad en los pasillos de la escuela o paseando con su vestido azul claro por
la calle, siento un profundo anhelo de viajar al mundo de donde usted vino y tengo
maravillosas visiones de caminar del brazo con usted por los bulevares de París, que
acaba de ser liberado por los valerosos soldados de su país y del mío».
Releyó de nuevo la versión francesa y quedó satisfecho. No cabía la menor duda.
El francés era el único idioma que le permitía a uno mostrarse elegante. Le gustaba la
manera en que Miss Lenaut pronunciaba su nombre, correctamente, Jordhash,
haciendo que sonase dulce y musical; no Jawdake, como decían algunos, o Jordash.
Después, a regañadientes, rompió ambas cartas en menudos pedazos. Sabía que
nunca enviaría ninguna carta a Miss Lenaut. Le había escrito ya otras seis, y las había

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rasgado, porque ella le habría tomado por loco, y probablemente, se lo habría dicho al
director. Y, naturalmente, no quería que su padre, su madre, Gretchen o Tom,
encontrasen cartas de amor en su cuarto y en cualquier idioma.
Sin embargo, persistía su satisfacción. Sentado en el pequeño y desnudo cuarto
del piso alto de la panadería, con el Hudson a unos cientos de metros de distancia, el
hecho de escribir aquellas cartas era, para él, una especie de promesa. Llegaría un día
en que haría largos viajes, navegaría por el río y escribiría en nuevos idiomas a
mujeres hermosas y distinguidas, y echaría de veras las cartas al correo.
Se levantó y se contempló en el pequeño y ondulante espejo de encima del
desvencijado tocador. Se miraba con frecuencia en el espejo, buscando los rasgos del
hombre que quería ser. Cuidaba mucho de su aspecto. Llevaba siempre perfectamente
peinados sus negros y lisos cabellos; de vez en cuando, se arrancaba unos pelillos del
entrecejo; no comía bombones, porque decían que producían granos; procuraba
sonreír, no reír a carcajadas, e incluso dosificar sus sonrisas. Era muy conservador en
lo referente a los colores de sus ropas, y había estudiado su manera de caminar de
modo que nunca pareciese apresurado o excitado, sino dando a su andadura un aire
fácil y deslizante, con los hombros erguidos. Se limaba las uñas y su hermana le hacía
la manicura una vez al mes, y evitaba las peleas, porque no quería que le desfigurasen
rompiéndole la nariz o que la hinchazón de los nudillos le deformase las manos. Para
mantenerse en forma, tenía el campo de deportes. Y para gozar de la Naturaleza y de
la soledad se dedicaba a la pesca, con mosca cuando alguien le observaba y con
lombrices en otras ocasiones.
Votre cavalier servant, le dijo al espejo. Querría poner cara de francés cuando
hablaba esta lengua, de la misma manera que el semblante de Miss Lenaut parecía
súbitamente francés cuando ésta dirigía la palabra a sus alumnos.
Se sentó en la mesita de roble amarillo que empleaba como pupitre y cogió una
hoja de papel. Trató de recordar exactamente la imagen de Miss Lenaut. Era muy
alta, estrecha de caderas, de busto lleno y siempre levantado, y de piernas rectas y
finas. Usaba tacones altos, muchos perifollos y gran cantidad de carmín en los labios.
Primero, la dibujó vestida, sin lograr un gran parecido, pero destacando los dos rizos
delante de las orejas y dando a la boca un relieve y un tono oscuro muy aceptables.
Después, trató de imaginar su aspecto, desprovista de ropa. La dibujó desnuda,
sentada en un taburete y mirándose en un espejo de mano. Contempló su obra. ¡Dios
mío, si alguna vez…! Rompió el dibujo. Se sintió avergonzado de sí mismo. Se
merecía vivir en una panadería. Si los de abajo averiguasen lo que pensaba y hacía en
el piso de arriba…
Empezó a desnudarse para meterse en la cama. Andaba en calcetines, porque no
quería que su madre, que dormía en la habitación de abajo, supiese que estaba
despierto. Tenía que levantarse todos los días a las cinco de la mañana, para repartir
el pan en el carrito acoplado a la bicicleta, y su madre no dejaba de reñirle porque
dormía poco.

[Link] - Página 14
En días venideros, cuando hubiese triunfado y fuese rico, diría: me levantaba a las
cinco de la mañana, tanto si llovía como si hacía buen tiempo, para repartir panecillos
al «Hotel de la Estación», al «Ace Diner», al bar de Sinowski y al «Grill». Le habría
gustado no llamarse Rudolph.

IV

En el Teatro del Casino, Errol Flynn se hartaba de matar japoneses. Thomas


Jordache estaba sentado en el oscuro fondo del cine, comiendo caramelos de una
bolsa que había sacado de la máquina tragaperras del vestíbulo con una ficha de
plomo. Era especialista en la confección de fichas de plomo.
—Pásame uno, chico —dijo Claude, con voz ruda, como un gángster de cine que
pidiese otro cargador de 45 cartuchos para su metralleta.
Claude Tinker tenía un tío sacerdote, y para compensar las nocivas implicaciones
de este parentesco, trataba de parecer brutal en todas las ocasiones. Tom lanzó un
caramelo al aire y Claude lo pilló y empezó a chuparlo ruidosamente. Los dos
muchachos estaban sentados casi sobre el espinazo, con los pies sobre los asientos
vacíos que tenían delante. Como de costumbre, se habían colado sin pagar, pasando
por una reja que habían aflojado el año anterior. Aquella reja protegía una ventana del
lavabo de caballeros, en el sótano. Algunas veces uno de ellos subía a la platea
abrochándose la bragueta, para dar mayor verosimilitud a su acción.
Tom se aburría con la película. En aquel momento, Errol Flynn liquidaba una
patrulla de japoneses con diversas armas.
—Phonus bolonus —dijo.
—¿En qué idioma está usted hablando, profesor? —dijo Claude, siguiéndole el
juego.
—En latín —respondió Tom—. Quiere decir una mierda.
—¡Qué demonio de las lenguas! —dijo Claude.
—Mira —dijo Tom—, allí, a la derecha. Aquel GI con su novia.
Unas cuantas filas delante de ellos, había un soldado y una chica, abrazados. El
cine estaba medio vacío, y no había nadie más en aquella fila ni en las de atrás.
Claude frunció el ceño.
—Parece muy corpulento —dijo—. Mírale el pescuezo.
—General —dijo Tom—, atacaremos al amanecer.
—Despertarás en el hospital —le advirtió Claude.
—¿Qué te apuestas?
Tom retiró los pies de la butaca de delante, se levantó y echó a andar hacia el
pasillo. Avanzaba sin hacer ruido, como deslizándose sobre la raída alfombra del
cine. Siempre llevaba zapatos deportivos. Había que pisar bien y estar a punto para
una veloz huida en cualquier momento. Irguió los hombros, firmes y agiles bajo el

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suéter, y encogió el estómago, sintiéndolo duro y plano bajo el apretado cinturón.
Estaba dispuesto a todo. Sonrió en la oscuridad, presa de aquella excitación de sus
hazañas.
Claude le siguió, inquieto. Claude era un muchacho delgaducho y de brazos
flacos, de larga nariz y afilado perfil de ardilla, y labios húmedos y colgantes. Era
corto de vista, y las gafas no contribuían a darle mejor aspecto. Era intrigante y
solapado, escurridizo como un abogado mercantilista, y engatusaba a los profesores,
que le daban buenas notas a pesar de que casi nunca abría un libro. Llevaba corbatas
y trajes oscuros, tenía los hombros caídos, se bamboleaba como disculpándose al
andar y su aspecto era insignificante, humilde y tranquilizador. Tenía imaginación, y
la empleaba en planear atrocidades contra la sociedad. Su padre era el jefe del
departamento de contabilidad de la «Fábrica de Tejas y Ladrillos Boylan», y su
madre, graduada en el Colegio Femenino de Santa Ana, era presidenta de la junta
rectora, y con todo esto, amén del tío cura y de su aspecto inofensivo y un tanto
repelente, Claude podía maniobrar con absoluta impunidad en su mundo lleno de
intrigas.
Los dos muchachos se introdujeron en la fila vacía y se sentaron inmediatamente
detrás del GI y de su chica. El GI tenía una mano metida en la blusa de la joven y le
estrujaba metódicamente el pecho. No se había quitado el gorro de ultramar, que
llevaba muy inclinado sobre la frente. Tanto el GI como la muchacha contemplaban
atentamente la película. Ninguno de ambos se dio cuenta de la llegada de los chicos.
Tom se sentó detrás de la joven, que olía bien. Ésta se había puesto una buena
dosis de perfume, cuyo olor a flores se mezclaba con el aroma mantecoso y vacuno
de las palomitas de maíz que se habían zampado. Claude se sentó detrás del soldado.
Éste tenía la cabeza pequeña, pero era alto, de anchos hombros, y, con el gorro, le
tapaba casi toda la pantalla a Claude, quien se veía obligado que moverse
constantemente de un lado a otro para enterarse de lo que ocurría en la película.
—Escucha —murmuró Claude—. Te digo que es demasiado grande. Debe de
pesar ochenta kilos.
—No te preocupes —murmuró Tom a su vez—. Empieza.
Lo dijo en tono confiado, pero sentía un ligero temblor de duda en las puntas de
los dedos y en los sobacos. Esta pizca de duda, de miedo, le era bien conocida, pero
aumentaba su emoción y la grandeza de la victoria final.
—Vamos —susurró ásperamente—. No estaremos así toda la noche.
—Tú mandas —dijo Claude. Después, se inclinó hacia delante y tocó al soldado
en un hombro—. Discúlpeme, sargento —dijo—, pero ¿le importaría quitarse el
gorro? No me deja ver la pantalla.
—No soy sargento —dijo el soldado sin volverse.
Y siguió con el gorro puesto, observando la película y acariciando el pelo de la
chica.
Los dos muchachos permanecieron callados durante más de un minuto. Habían

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practicado tantas veces la táctica de la provocación que no necesitaban hacerse
señales. Entonces, fue Tom quien se inclinó hacia delante y golpeó, con más fuerza,
el hombro del soldado.
—Mi amigo le ha pedido algo con toda cortesía —dijo—. Usted le impide
disfrutar de la película. Si no se quita el gorro, tendremos que quejarnos a la
Dirección.
El soldado se rebulló un poco en su butaca, fastidiado.
—Hay doscientos asientos vacíos —dijo—. Si su amigo quiere ver la película,
que se siente en otra parte.
Y volvió a sus dos preocupaciones: el sexo y el arte.
—Ya empieza a amoscarse —murmuró Tom a Claude—. Continúa.
Claude volvió a tocar el hombro del soldado.
—Padezco una extraña enfermedad de la vista —dijo—. Sólo veo bien desde esta
butaca. Desde cualquier otra parte, lo veo todo confuso. No podría distinguir a Errol
Flynn de Loretta Young.
—Pues vaya al oculista —dijo el soldado.
La chica rió la gracia. Y al reír, parecía atragantarse. El soldado rió también,
satisfecho de su ingenio.
—No está nada bien reírse de la desgracia del prójimo —declaró Tom.
—Sobre todo, en tiempo de guerra —dijo Claude—, con tantos héroes lisiados
como hay.
—¿Qué clase de americano es usted? —preguntó Tom, con voz encendida de
patriotismo—. Quisiera que me lo dijese: ¿qué clase de americano es usted?
La joven se volvió:
—¡Largo de aquí, pequeños!
—Quiero advertirle, señor —dijo Tom—, que le hago personalmente responsable
de cuanto diga su amiguita.
—No le hagas caso, Ángela —dijo el soldado, que tenía la voz aguda, de tenor.
Los chicos volvieron a guardar unos momentos de silencio.
—«Marine», esta noche morirás —dijo Tom, con voz de falsete, imitando el
acento japonés—. ¡Perro yanqui!
—Callad la sucia boca —dijo el soldado, volviendo la cabeza.
—Apuesto a que es más valiente que Errol Flynn —dijo Tom—. Apuesto a que
tiene un cajón lleno de medallas, pero es demasiado modesto para ponérselas.
El soldado empezaba a irritarse de veras.
—¿Por qué no os calláis de una vez, chicos? Hemos venido a ver la película.
—Nosotros hemos venido a hacer el amor —dijo Tom, acariciando mimosamente
la mejilla de Claude—. ¿No es verdad, cariño?
—Apriétame más fuerte, querrrrrido —dijo Claude—. Me tiemblan los pezones.
—Y yo estoy en la gloria —dijo Tom—. Tu piel es fina como el culo de un recién
nacido.

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—Pon la lengua en mi oreja, cielo —dijo Claude—. ¡Ohhhhh! Que me derrito…
—Ya basta —dijo el soldado, que, al fin, había sacado la mano de la blusa de la
chica—. ¡Largaos de aquí!
Lo dijo en voz alta y enojada, y algunas personas empezaron a volverse y pedir
silencio.
—Hemos pagado muy buenos cuartos por estas butacas —dijo Tom—, y no nos
iremos.
—Esto lo vamos a ver —dijo el soldado levantándose. Mediría un metro ochenta
—. Iré a buscar al acomodador.
—No dejes que esos pequeños bastardos te saquen de tus casillas, Sidney —dijo
la chica—. Siéntate.
—Sidney, ya le he dicho que le hago personalmente responsable de las palabras
de su amiguita —dijo Tom—. No volveré a avisarle.
—¡Acomodador! —gritó el soldado, llamando a través de la sala al único
empleado de raídos galones dorados, que dormitaba en la última fila, bajo una luz de
la salida.
—¡Sssst! ¡Sssst! —sisearon desde todos los rincones del cine.
—Es un verdadero soldado —dijo Claude—. Llama a las tropas de refuerzo.
—Siéntate, Sidney —dijo la muchacha, tirando al soldado de la manga—. No son
más que unos mocosos.
—Abróchese la falda, Ángela. Se le ve la mariposa —dijo Tom, poniéndose en
pie, por si el soldado le atizaba.
—Siéntese, por favor —dijo Claude, cortésmente, al llegar el acomodador por el
pasillo—. Es lo mejor de la película y no quisiera perdérmelo.
—¿Qué pasa? —preguntó el acomodador, un hombre alto y de aire cansado, de
unos cuarenta años, que durante el día trabajaba en una fábrica de muebles.
—Saque a esos chicos de aquí —dijo el soldado—. Están diciendo obscenidades
en presencia de esta dama.
—Lo único que dije es que hiciese el favor de quitarse el gorro —replicó Claude
—. ¿No es cierto, Tom?
—Esto es lo que dijo, señor —afirmó Tom, sentándose de nuevo—. Una petición
cortés. Mi amigo tiene una extraña enfermedad en los ojos.
—¿Qué? —preguntó el acomodador, intrigado.
—Si no los echa de aquí, habrá jaleo —dijo el soldado.
—¿Por qué no os sentáis en otro sitio, chicos? —dijo el acomodador.
—Él se lo ha explicado ya —respondió Claude—. Tengo una enfermedad rara en
la vista.
—Éste es un país libre —dijo Tom—. Uno paga, y puede sentarse donde quiera.
¿Quién se figura que es ese hombre? ¿Adolph Hitler? ¡Menudo tipo! Sólo porque
lleva uniforme de soldado. Apuesto a que cuando más cerca ha estado de los
japoneses ha sido en Kansas City, Missouri. Y viene aquí a dar mal ejemplo a los

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jóvenes del país, magreando a las chicas en público. Y de uniforme.
—Si no les echa de una vez, me lío a tortas —dijo el soldado, farfullando y
abriendo y cerrando los puños.
—Dijiste groserías —dijo el acomodador a Tom—. Yo mismo las oí. Y esto no se
permite en el cine. ¡Largaos!
Pero, ahora, la mayor parte del público había empezado a vociferar. El
acomodador se inclinó y agarró a Tom por el suéter. Al sentir el contacto de su
manaza, Tom comprendió que nada tenía que hacer con él. Se levantó.
—Vamos, Claude —dijo—. Está bien Mister —añadió, dirigiéndose al
acomodador—. No queremos causar molestias a nadie. Devuélvanos nuestro dinero y
nos marchamos.
—No lo esperes —dijo el acomodador.
Tom volvió a sentarse.
—Conozco mis derechos —dijo. Y, a grandes voces, de modo que se oyese en
toda la sala, a pesar del tiroteo en la pantalla, añadió—: ¡Vamos, pégueme, pedazo de
bruto!
El acomodador suspiró.
—Bueno, bueno —dijo—. Os devolveré el dinero. ¡Pero largaos de una vez, con
todos los diablos!
Los chicos se levantaron. Tom le sonrió al soldado.
—Ya se lo advertí —dijo—. Le esperaré en la calle.
—Ve a que tu mamá te cambie los pañales —dijo el soldado, y se sentó
pesadamente.
En el vestíbulo, el acomodador les dio treinta y cinco centavos a cada uno,
sacándolos de su bolsillo, y les hizo firmar recibo para mostrarlo al dueño del cine.
Tom puso el nombre de su profesor de algebra, y Claude, el del presidente del Banco
donde trabajaba su padre.
—Y que no se os ocurra volver por aquí —dijo el acomodador.
—Es un lugar público —dijo Claude—. Atrévase a impedirnos la entrada, y mi
padre tendrá noticia de ello.
—¿Quién es tu padre? —preguntó el acomodador, un tanto perplejo.
—Ya lo sabrá —dijo Claude, en tono amenazador—. A su debido tiempo.
Los chicos salieron majestuosamente del vestíbulo. Una vez en la calle,
empezaron a darse palmadas en la espalda y a reír estrepitosamente. Era temprano, y
la película tardaría aún media hora en terminar; por consiguiente, se metieron en un
bar, al otro lado de la calle, y allí se tomaron un pedazo de pastel y un café, con el
dinero del acomodador. La radio estaba encendida, detrás del mostrador, y un locutor
hablaba del terreno conquistado aquel día por el Ejército americano en Alemania y de
la posibilidad de a el Alto Mando alemán se retirase a un reducto de los Alpes
bávaros para intentar una última resistencia.
Tom escuchaba; una mueca torcía su redonda cara de bebé. La guerra le

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fastidiaba. No le importaba la lucha, pero toda aquella mierda de sacrificios e ideales,
y de nuestros bravos muchachos, le ponía enfermo. Seguro que, a él, nunca lo
pillarían en ningún ejército.
—¡Eh, señora! —dijo a la camarera, que se pulía las uñas detrás del mostrador—.
¿No podría poner un poco de música?
Ya tenía bastante patriotismo en casa, gracias a su hermano y a su hermana.
La camarera le miró lánguidamente.
—¿No os interesa saber quién gana la guerra, muchachos?
—Nosotros somos inútiles totales —dijo Tom—. Padecemos una rara enfermedad
de la vista.
—¡Oh, mi rara enfermedad! —dijo Claude, mientras sorbía el café.
Y estallaron de nuevo en carcajadas.

Estaban plantados frente al Casino, cuando se abrieron las puertas y empezó a


salir el público. Tom había dado su reloj de pulsera a Claude, para evitar que se
rompiese. Permanecía inmóvil, dominándose conscientemente, relajados los brazos,
esperando que el soldado no hubiese salido antes de terminar la película. Claude
paseaba arriba y abajo, nerviosamente, pálido y sudoroso por la excitación.
—Bueno, ¿estás seguro? —decía una y otra vez—. ¿Estás completamente seguro?
Ese hijo de perra es muy corpulento. Tienes que estar seguro.
—No te preocupes por mí —dijo Tom—. Cuida que la gente se eche atrás, para
que pueda moverme. No quiero que me agarre. —Entornó los párpados—. Ahí viene.
El soldado y su chica salieron a la calle. El soldado parecía tener veintidós o
veintitrés años. Era un poco gordinflón, y tenía un semblante tosco y enfurruñado. Su
guerrera se tensaba sobre una panza prematura; pero parecía vigoroso. No llevaba
distintivos ni galones en las mangas. Llevaba a la chica cogida del brazo, en ademán
posesivo, y la guiaba entre la gente que salía del cine.
—Tengo sed —dijo—. Vamos a tomar un par de cervezas.
Tom se plantó ante él, cerrándole el paso.
—¿Otra vez tú? —dijo el soldado, con enojo.
Se paró un momento. Después, echó a andar de nuevo, empujando a Tom con el
pecho.
—¡Eh, no empuje! —dijo Tom—. No irá a ninguna parte.
El soldado se detuvo, sorprendido. Miró a Tom de arriba abajo. Le pasaba medio
palmo, y el chico parecía un rubio angelito, con su suéter azul y sus zapatos de
baloncesto.
—No te faltan agallas, para lo pequeño que eres —dijo el soldado—. Bueno,
apártate de mi camino —añadió, empujándole con el antebrazo.
—¿Sabe a quién empuja, Sidney? —dijo Tom, golpeando el pecho del soldado
con el canto de la mano.

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La gente había empezado a formar corro y les miraba con curiosidad. La cara del
soldado enrojecía, con lenta irritación.
—Ten las manos quietas, chico, o vas a pasarlo mal.
—Pero ¿qué te pasa, muchacho? —dijo la chica. Se había compuesto el
maquillaje antes de salir del cine, pero aún tenía manchas de lápiz en la barbilla y se
sentía incómoda bajo tantas miradas—. Si es una broma, no tiene ninguna gracia.
—No es una broma, Ángela —dijo Tom.
—No la llames Ángela —dijo el soldado.
—Exijo una satisfacción —declaró Tom.
—Como mínimo —terció Claude.
—¿Una satisfacción? ¿Por qué? —el soldado miró al pequeño grupo que se había
formado a su alrededor—. Esos chicos deben estar majaras.
—O nos pide disculpas por lo que nos dijo su amiguita hace un rato —dijo Tom
—, o aténgase a las consecuencias.
—Vamos, Ángela —dijo el soldado—. Vamos a tomarnos una cerveza.
Dio un paso adelante, pero Tom le agarró de una manga y tiró con fuerza. Se oyó
el ruido que produce algo al rasgarse, y la costura se rompió por encima del hombro.
El soldado volvió la cabeza para observar el estropicio.
—¡Hijo de perra! Me has roto la guerrera.
—Ya le he dicho que no iría a ninguna parte —dijo Tom.
Y retrocedió un poco, doblados los brazos y separados los dedos.
—Nadie, sea quien sea, me rompe impunemente la guerrera —dijo el soldado,
lanzando un golpe con la mano abierta.
Tom se echó a un lado, para recibir el manotazo en el hombro izquierdo.
—¡Huy! —chilló, llevándose la mano derecha al hombro y retorciéndose como
presa de un dolor intenso.
—Escuche, soldado —dijo un hombre de cabellos grises y gabardina—, no puede
pegarle así a un chiquillo.
—Sólo le he dado un flojo manotazo —dijo el soldado, excusándose ante el
hombre—. No ha dejado de incordiarme desde…
De pronto, Tom se irguió, y pegando hacia arriba, alcanzó la mandíbula del
soldado con el puño. Fue un puñetazo no muy fuerte, como para no desanimarle.
Ahora, nadie podía ya contener al soldado.
—Bueno, chico, tú lo has querido —dijo.
Y avanzó contra Tom.
Tom retrocedió, y la gente hizo lo propio.
—¡Déjenles sitio! —gritó Claude, en tono profesional—. ¡Dejen sitio a esos
hombres!
—¡Sidney! —chilló la chica—. ¡Vas a matarle!
—¡Qué va! —dijo el soldado—. Sólo le zurraré un poco. Necesita una lección.
Tom saltó y lanzó un breve gancho de izquierda a la cabeza del soldado, seguido

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de un puñetazo en el vientre con la derecha. El soldado soltó el aire de sus pulmones,
con un ruido prolongado y seco, mientras Tom retrocedía ágilmente.
—Es una vergüenza —dijo una mujer—. Un hombrón como ése… Alguien
debería interponerse.
—No te preocupes —dijo su marido—. Ha dicho que sólo le daría un par de
tortas.
El soldado lanzó un golpe lento y pesado con la derecha. Tom lo esquivó,
agachándose, y golpeó con ambos puños el blando estómago del otro. El soldado se
dobló por la mitad, a causa del dolor, y Tom le arañó la cara con ambas manos. El
soldado empezó a sangrar y a agitar débilmente las manos, buscando el clinch. Tom,
despectivamente, se dejó agarrar; pero mantuvo libre la derecha, para golpear los
riñones del soldado. Éste dobló lentamente una rodilla. Miró confusamente a Tom, a
través de la sangre que manaba de su arañada frente. Ángela lloraba. El público
guardaba silencio. Tom retrocedió. Ni siquiera jadeaba. Sólo un ligero rubor en las
mejillas, bajo el fino y rubio vello.
—¡Dios mío! —dijo la señora que antes había pedido la intervención de alguien
—. ¡Si parece un niño!
—¿Vas a levantarte? —preguntó Tom al soldado.
Éste le miró y sacudió cansadamente la cabeza, para quitarse la sangre de los
ojos. Ángela se arrodilló junto a él y empezó a restañar con su pañuelo la sangre de
los arañazos. Sólo habían pasado treinta segundos desde que empezó la pelea.
—Esto es todo por esta noche, amigos —dijo Claude, secándose el sudor del
rostro.
Tom salió del pequeño círculo de curiosos. Hombres y mujeres guardaban
silencio, como si hubiesen visto algo ominoso y antinatural, una de las cosas que uno
quisiera olvidar.
Claude alcanzó a Tom a la vuelta de la esquina.
—Chico, chico —dijo—, hoy te has dado buena prisa. ¡Qué combinaciones,
muchacho, qué combinaciones!
Tom reía entre dientes. «Sidney va a matarle», dijo, tratando de imitar la voz de la
chica. Se sentía extraordinario. Entornó los párpados y recordó el choque de sus
puños contra la piel y los huesos del soldado y contra los botones de su uniforme.
—No ha estado mal —dijo—. Sólo que no ha durado bastante. Debí darle un
poco más de cuerda. No era más que un montón de mierda. La próxima vez,
escogeremos a alguien que sepa luchar.
—Bueno —dijo Claude—, yo me he divertido. Me gustaría ver la cara que tendrá
mañana ese tipo. ¿Cuándo volverás a hacerlo?
Tom se encogió de hombros.
—Cuando esté de humor. Buenas noches.
Quería librarse de Claude. Quería estar solo, para evocar todos los incidentes de
la pelea. Claude estaba acostumbrado a estos súbitos rechazos y los aceptaba

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respetuosamente. El talento tenía sus prerrogativas.
—Buenas noches —dijo—. Hasta mañana.
Tom agitó la mano, dio media vuelta y echó a andar por la avenida, emprendiendo
el largo camino de vuelta a su casa. Cuando tenía ganas de bronca, debía buscarla en
otras partes de la ciudad. En su barrio, le conocían demasiado. Todo el mundo le
esquivaba, cuando se daban cuenta de que estaba de malas.
Caminó deprisa por la oscura calle, en dirección a su casa y al olor del río,
deteniéndose de vez en cuando para dar un paso de baile alrededor de un poste del
alumbrado. Ya verían, ya verían. Aún tenía que enseñarles mucho más. A ellos.
Al doblar la última esquina, vio a su hermana Gretchen que se dirigía a casa
desde el otro extremo de la calle. Caminaba apresuradamente, llevaba gacha la
cabeza, y no le vio. Él se metió en un portal del otro lado de la calle y esperó. No
quería hablar con su hermana. Desde que tenía ocho años, ésta no le había dicho nada
de lo que él habría querido oír. La vio llegar, casi corriendo, a la puerta contigua al
escaparate de la panadería, y sacar la llave de su bolso. Tal vez un día la seguiría y se
enteraría de lo que hacía por la noche.
Gretchen abrió la puerta y entró. Tom esperó hasta estar seguro de que ella se
encontraba a salvo en su habitación; después cruzó la calle y se plantó frente al
desconchado y gris edificio. Su casa. Él había nacido en esta casa. Había llegado
inesperadamente, prematuramente, y no había habido tiempo de llevar a su madre al
hospital. ¡Cuántas veces había oído contar esta historia! Nacer en casa era algo
grande. La Reina no salía de Palacio para dar a luz. Y el Príncipe despertaba a la vida
en la cámara real. Pero su casa parecía desolada, a punto para el derribo. Tom escupió
de nuevo. Contempló fijamente el edificio; todo su alborozo se había extinguido.
Como de costumbre, brillaba una luz en la ventana del sótano, donde su padre estaba
trabajando. El rostro del chico se endureció. Toda una vida en un sótano. ¿Qué saben
ellos?, pensó. Nada.
Abrió, entró sin hacer ruido y subió a la habitación que compartía con Rudolph,
en el tercer piso. Procuró evitar el crujido de los peldaños. Moverse silenciosamente
era, para él, cuestión de puntillo. A nadie importaban sus entradas y salidas. Sobre
todo, en una noche como aquélla. Había un poco de sangre en la manga de su suéter,
y no quería que nadie armase un alboroto por esta causa.
Cerró la puerta, sin hacer ruido, y oyó la pausada respiración de Rudolph, que
dormía. El formal y buen Rudolph, el caballero perfecto, que olía a pasta dentífrica y
era el primero de su clase; el predilecto de todos, que nunca llegaba a casa manchado
de sangre y que dormía toda la noche a pierna suelta, para llegar a tiempo de darle los
buenos días a mamá y para no fallar en los problemas de trigonometría. Tom se
desnudó sin encender la luz, arrojando su ropa de cualquier manera sobre una silla.
Tampoco quería responder a preguntó de Rudolph. Rudolph no estaba de su parte.
Pertenecía al otro bando. Pues bien, que se quedase en él. ¿A quién iba a importarle?
Pero, cuando se metió en la cama grande, Rudolph se despertó.

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—¿De dónde vienes? —preguntó, adormilado.
—Del cine.
—¿Qué tal ha estado?
—Una porquería.
Los dos hermanos yacieron en silencio, envueltos en la oscuridad. Rudolph se
acercó un poco más al borde de la cama. Pensó que era vergonzoso compartir el
mismo lecho con su hermano. Hacía frío en la habitación, porque el viento del río
entraba por la ventana abierta. Rudolph abría cada noche la ventana de par en par.
Donde hubiese una norma, uno podía apostar que Rudolph la cumpliría. Dormía en
pijama. Tom dormía en calzoncillos. No había semana que no discutiesen acerca de
eso.
Rudolph husmeó.
—¡Por el amor de Dios! —dijo—. Hueles como un animal salvaje. ¿Qué has
hecho esta noche?
—Nada —respondió Tom—. Si huelo así, no puedo hacer nada para evitarlo.
Si no fuese su hermano, pensó, le molería a palos.
¡Ojalá hubiese tenido dinero para ir a casa de Alice, detrás de la estación del
ferrocarril! Allí había perdido su virginidad, por cinco dólares, y había vuelto varias
veces. Había sido en verano. Había trabajado en el dragado del río, y le había dicho a
su padre que cobraba diez dólares menos a la semana de lo que le pagaban en
realidad. Una morenaza, que se llamaba Florence y era de Virginia, le había permitido
repetir por los mismos cinco dólares, porque él sólo tenía catorce años y era virgen, y
de buen grado le habría dejado pasar allí toda la noche. Tom no le había dicho nada a
Rudolph sobre la casa de Alice. Estaba seguro de que Rudolph aún era virgen. Estaba
por encima del sexo, o esperaba a una estrella de cine, o era marica o algo por el
estilo. Un día, Tom se lo contaría todo, para ver la cara que pondría. Él era una bestia
salvaje. Bueno, ya que le tenían por esto, esto iba a ser, una bestia salvaje.
Cerró los ojos y trató de recordar el aspecto del soldado con una rodilla hincada
en el suelo y toda la cara cubierta de sangre. La imagen aparecía claramente en su
memoria, pero ya no le produjo ningún placer.
Empezó a temblar. El cuarto estaba frío; pero no temblaba por eso.

Gretchen estaba sentada frente al espejito que había colocado sobre el tocador,
apoyándolo en la pared. El tocador era una vieja mesa de cocina que había comprado
por dos dólares en los encantes y pintado de color rosa. Había, sobre él, varios tarros
de afeites, un cepillo de plata que le habían regalado al cumplir los dieciocho años,
tres frasquitos de perfume y un estuche de manicura, todo ello bien ordenado sobre
un limpio tapete. Se había puesto un viejo albornoz. La raída franela daba calorcillo a

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su piel y le hacía sentir algo parecido a aquella vieja impresión de intimidad que solía
experimentar de pequeña cuando llegaba de la fría calle y se ponía el albornoz antes
de acostarse. Esta noche, también necesitaba sentirse cómoda.
Se quitó el colorete de la cara con una pieza de «Kleenex». Tenía el cutis muy
blanco; lo había heredado de su madre, lo mismo que los ojos azules, virando a
violeta. En cambio, tenía el cabello negro y liso de su padre. Su madre decía que
Gretchen era muy bonita, tan bonita como había sido ella cuando tenía su edad.
Constantemente le decía que no debía marchitarse, como le había ocurrido a ella.
Marchitarse: ésta era la palabra que empleaba su madre. Con el matrimonio, le decía
confidencialmente, la mujer empezaba a marchitarse inmediatamente. El contacto con
el hombre era fuente de corrupción. Su madre no le daba lecciones sobre los
hombres; estaba segura de lo que llamaba virtud de Gretchen (virtud era otra de sus
palabras predilectas), pero ponía a contribución toda su influencia para que Gretchen
llevase vestidos holgados, que no realzasen su figura. «Es estúpido buscarse
problemas —decía su madre—, pues éstos ya vienen solos. Tienes una figura
anticuada, pero tus problemas serán absolutamente actuales».
Una vez, su madre le había dicho confidencialmente que había querido ser monja.
Había, en esto, una falta de sensibilidad que turbaba a Gretchen cuando pensaba en
ello. Las monjas no tenían hijas. Si ella existía, si tenía diecinueve años, si ahora
estaba sentada frente a un espejo, en una noche de marzo de mediados de siglo, era
porque su madre no había acertado a cumplir su destino.
Después de lo que le había ocurrido esta noche, pensó Gretchen, amargamente,
también ella sentía la tentación de entrar en un convento. Sólo le faltaba creer en
Dios.

Había ido al hospital como de costumbre, después del trabajo. Era un Hospital
Militar, situado en las afueras de la ciudad, lleno de soldados que convalecían de las
heridas recibidas en Europa. Gretchen trabajaba allí, como voluntaria, cinco noches
por semana; distribuyendo periódicos, revistas y buñuelos; leyendo cartas a soldados
heridos en los ojos, y escribiendo cartas a soldados heridos en el brazo o en la mano.
No cobraba nada, pero pensaba que era lo menos que podía hacer. En realidad, le
gustaba esta tarea. Los soldados se mostraban agradecidos y dóciles, casi vueltos a la
infancia por sus heridas, y se abstenían en absoluto de las incómodas insinuaciones
sexuales que ella tenía que soportar a diario en la oficina. Desde luego, muchas
enfermeras y algunas voluntarias salían con los médicos y con los oficiales heridos
más audaces; pero Gretchen les había dado a entender, enseguida, que nada tenían
que hacer con ella. Y, como no faltaban muchachas bien dispuestas, fueron muy
pocos los que insistieron. Para mayor facilidad, había conseguido que la destinasen a
las atestadas salas de soldados rasos, donde era casi imposible que un soldado se
quedara a solas con ella durante más de unos segundos. Era amable y campechana en

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sus conversaciones con los hombres, pero no podía soportar la idea de un contacto
varonil. Claro que los chicos le habían besado alguna vez, en fiestas o en un coche al
salir de un baile; pero sus torpes audacias le habían parecido insignificantes, poco
saludables y vagamente cómicas.
Jamás le habían interesado ninguno de los chicos que bullían a su alrededor en la
escuela, y se burlaba de las muchachas que se chiflaban por los grandes futbolistas o
por los jovenzuelos con automóvil. El único hombre que la había hecho pensar en
este aspecto, era míster Pollack, el profesor de inglés, que era viejo, quizá tenía
cincuenta años, llevaba rapado el pelo gris, hablaba en tono muy grave y distinguido,
y recitaba a Shakespeare en clase: «El mañana, y el mañana, y el mañana, nos va
llevando por días al sepulcro…». Se veía entre sus brazos y podía imaginar sus
poéticas y lúgubres caricias; pero estaba casado, y tenía hijas de su edad, y nunca
recordaba el nombre de nadie. En cuanto a sus sueños… Ella se olvidaba de sus
sueños.
Estaba segura de que iba a ocurrirle algo formidable, pero no sería este año ni en
esta ciudad.
Mientras iba de un lado a otro, en la atmósfera vaga y gris del hospital, Gretchen
se sentía útil y maternal, tratando de mediar un poquitín todo lo que aquellos jóvenes
amables y sufridos habían padecido por su país.
Había muy poca luz en las salas, y ya era hora de que los hombres se hubiesen
acostado. Gretchen había realizado su visita especial a un soldado llamado Talbot
Hughes, que había sido herido en la garganta y no podía hablar. Era el más joven y el
más desgraciado de la sala, y Gretchen quería creer que el contacto de su mano y su
sonrisa de buenas noches le harían más llevaderas las largas horas hasta el amanecer.
Después, limpió el salón de descanso, donde los hombres leían y escribían cartas,
jugaban a los naipes o al ajedrez y escuchaban la gramola. Apiló cuidadosamente las
revistas sobre la mesa central, guardó las piezas de un juego de ajedrez y tiró los
frascos vacíos de «Coca-Cola» en un cesto.
Le gustaba aquella labor casera de última hora, consciente de los cientos de
jóvenes dormidos alrededor de este núcleo cálido y central del hospital; jóvenes
salvados de la muerte, liberados de la guerra; jóvenes que sanaban y olvidaban el
miedo y la angustia; jóvenes que cada día estaban más cerca de la paz y del hogar.
Ella había vivido siempre en lugares angostos y atestados, y la amplitud del salón
de descanso, con sus paredes pintadas de verde claro y sus sillones de alto respaldo,
hacían que casi se sintiese como la anfitriona de una casa elegante, después de una
divertida fiesta. Estaba tarareando en voz baja, terminada su labor, y se disponía a
apagar la luz y dirigirse al vestuario para cambiarse de ropa, cuando entró
renqueando un negro alto y joven, en pijama y envuelto en un albornoz castaño del
Cuerpo de Sanidad.
—Buenas noches, Miss Jordache —dijo el negro.
Se llamaba Arnold. Hacía mucho tiempo que estaba en el hospital, y ella le

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conocía bastante bien. Sólo había dos negros en el edificio, y ésta era la primera vez
que Gretchen veía a uno de ellos sin el otro. Siempre había procurado mostrarse
amable con ambos. A Arnold le habían destrozado una pierna, al caer una bomba
sobre el camión que conducía en Francia. Le había dicho que era de St. Louis, que
tenía once hermanos, entre chicos y chicas, y que había terminado la Escuela
Superior.
Se pasaba muchas horas leyendo, y siempre lo hacía con gafas. Aunque parecía
leer sin un plan determinado —historietas, revistas, obras de Shakespeare y cualquier
cosa que encontrase a su alcance—, Gretchen había decidido que era un buen
conocedor de la literatura. Con sus gafas militares, parecía un hombre estudioso, un
brillante y solitario erudito, salido de un país africano. De vez en cuando Gretchen le
traía libros, suyos o de su hermano Rudolph, o de la Biblioteca Pública de la ciudad.
Arnold los leía deprisa y se los devolvía puntualmente, en buenas condiciones y sin
hacer jamás el menor comentario. Gretchen atribuía este silencio a timidez, a un
deseo de no dárselas de intelectual delante de los otros. Ella también leía mucho y de
todo, pero, durante los dos últimos años, se había dejado guiar por el entusiasmo
católico de míster Pollack. Por consiguiente, y a lo largo de los meses, le había
prestado a Arnold obras tan dispares como Tess d'Urbervilles, las poesías de Edna St.
Vincent Millay y Rupert Brooke, y A este lado del paraíso, de F. Scott Fitzgerald.
Sonrió al entrar el muchacho en el salón.
—Buenas noches, Arnold —dijo—. ¿Busca algo?
—No. Sólo daba una vuelta. En realidad, no podía dormir. Entonces, vi luz aquí y
me dije: «Voy a hacerle una visita a la linda Miss Jordache y pasaremos un rato».
Le sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectos. A diferencia de los otros
muchachos, que la llamaban Gretchen, él la llamaba siempre por su apellido. Hablaba
con cierto acento campesino, como si su familia no hubiese podido librarse de la
carga de su granja de Alabama al emigrar al Norte. Era completamente negro, y se
advertía su delgadez bajo el flojo albornoz. Había tenido que sufrir dos o tres
operaciones para salvar la pierna; Gretchen lo sabía, y estaba segura de que el dolor
había marcado aquellas arrugas que tenía junto a la boca.
—Iba a apagar la luz —dijo Gretchen.
El próximo autobús pasaría dentro de quince minutos frente al hospital y no
quería perderlo.
Haciendo fuerza con la pierna sana, Arnold saltó y se sentó sobre la mesa.
Después, empezó a balancear los pies.
—No sabe usted la satisfacción que puede sentir un hombre —dijo— con sólo
mirar hacia abajo y ver que tiene dos pies. Pero váyase a casa, Miss Jordache.
Supongo que algún apuesto joven la estará esperando fuera, y no quisiera que se
enfadase con usted por llegar tarde.
—Nadie me espera —dijo Gretchen, sintiendo remordimiento por haber querido
echar de allí al muchacho, sólo para tomar un autobús. Ya pasaría otro—. No tengo

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prisa.
Él sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y le ofreció uno. Ella sacudió la
cabeza.
—Gracias. No fumo.
Él encendió el cigarrillo, con mano firme, entornando los párpados para
protegerse del humo. Sus movimientos eran deliberados y lentos. Le había dicho que,
antes de alistarse, había sido jugador de rugby en la Escuela Superior de St. Louis, y
el soldado herido conservaba su aspecto de atleta. Dio una palmada sobre la mesa a
su lado.
—¿Por qué no se sienta un poco, Miss Jordache? —dijo—. Debe de sentirse
cansada, después de estar en pie toda la noche, corriendo de un lado a otro por culpa
nuestra.
—No me importa —dijo Gretchen—. Me paso la mayor parte del día sentada en
mi oficina.
Pero se sentó en la mesa, al lado de él, para demostrarle que no tenía prisa por
marcharse. Y ambos permanecieron sentados, con las piernas colgando.
—Tiene usted bonitos pies —dijo Arnold.
Gretchen contempló sus austeros zapatos castaños, de tacón bajo.
—Supongo que no están mal —dijo.
También ella pensaba que tenía los pies bonitos, finos y no demasido largos, y los
tobillos esbeltos.
—Gracias al Ejército —dijo Arnold—, me he convertido en un experto en pies.
Lo dijo sin el menor asomo de compasión, como otro habría dicho: «Aprendí a
componer aparatos de radio en el Ejército», o «El Ejército me enseñó a interpretar los
mapas». Su falta de conmiseración por sí mismo hizo que ella sintiese un impulso de
compasión por aquel chico de voz amable y lentos movimientos.
—Se restablecerá del todo —le dijo—. Dicen las enfermeras que los médicos han
hecho milagros con su pierna.
—Sí —dijo él riendo—. Pero no espere que el viejo Arnold conquiste muchas
tierras en adelante.
—¿Qué edad tiene, Arnold?
—Veintidós. ¿Y usted?
—Diecinueve.
Él le hizo un guiño.
—Buenas edades, ¿eh?
—Supongo que sí. Si no estuviésemos en guerra.
—Oh, yo no me quejo —dijo Arnold chupando el cigarrillo—. Ella me sacó de
St. Louis. Me convirtió en un hombre. —Su voz tenía un matiz de burla—. Ya no soy
un niño atolondrado. Conozco el tanteo y sé quién hace las cuentas. Vi algunos sitios
interesantes, conocí a algunas personas interesantes. ¿Ha estado alguna vez en
Cornualles, Miss Jordache? Está en Inglaterra.

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—No.
—Jordache —dijo Arnold—. Este apellido, ¿es de por aquí?
—No —respondió Gretchen—. Es alemán. Mi padre vino de Alemania. También
él fue herido en una pierna. En la Primera Guerra Mundial. Servía en el Ejército
alemán.
Arnold rió entre dientes.
—Le hacen ir a uno de un lado a otro, ¿no? —dijo—. ¿Tiene que andar mucho su
papá?
—Cojea un poco —dijo ella, con cautela—. Pero no parece molestarle mucho.
—Sí, Cornualles —dijo Arnold, balanceándose un poco sobre la mesa. Por lo
visto, no quería hablar más de guerras y de heridas—. Allí crecen palmeras, y hay
pequeñas ciudades antiguas, y anchas playas. Sí, Inglaterra. La gente es muy
simpática. Hospitalaria. Le invitan a uno a comer en casa los domingos. Me
sorprendieron. Siempre había pensado que los ingleses eran arrogantes. A fin de
cuentas, ésta es la impresión general que se tenía de ellos en los círculos de St. Louis
que frecuenté de chico.
Gretchen tuvo la impresión de que se chanceaba, amablemente, con cortés ironía.
—La gente debe de aprender a conocerse —dijo con cierta rigidez, disgustada por
el tono pomposo de sus palabras, pero sintiéndose en falso, inquieta, obligada a
ponerse a la defensiva por aquella voz campesina, suave y perezosa.
—En efecto —convino él—. Sí que deben aprender. —Se apoyó sobre las manos
y volvió la cabeza en su dirección—. ¿Qué tengo que aprender yo acerca de usted,
Miss Jordache?
—¿De mí? —una risa breve y forzada brotó de su garganta—. Nada. Soy una
oficinista de una ciudad pequeña, que jamás ha estado en parte alguna y que jamás irá
a ninguna parte.
—No estoy de acuerdo con esto, Miss Jordache —dijo Arnold, gravemente—. No
estoy de acuerdo en absoluto. Si alguna vez vi a una chica destinada a triunfar, ésta es
usted. Su manera de comportarse es clara y prometedora. Apuesto a que, si les diese
pie a ello, la mitad de los muchachos de esta casa le pedirían que se casara con ellos
en el acto.
—Todavía no pienso casarme —dijo Gretchen.
—Claro que no —dijo Arnold con un breve asentimiento de cabeza—. Una chica
como usted no debe precipitarse, no debe encerrarse. Tendrá de sobra dónde escoger.
—Aplastó el cigarrillo en un cenicero que había sobre la mesa; después,
automáticamente, buscó el paquete en el bolsillo de su albornoz y sacó otro, que
olvidó encender—. En Cornualles, fui tres meses con una chica —dijo—. La
muchacha más bonita, más alegre y más cariñosa que hubiese podido imaginar.
Estaba casada, pero esto no tenía importancia. Su marido estaba en algún lugar de
África, desde 1939, y creo que ella se había olvidado incluso de su aspecto. Íbamos
juntos a los pubs, me invitaba a comer en su casa los domingos, cuando me daban

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licencia, y nos hacíamos el amor como Adán y Eva en el Paraíso.
Contempló pensativamente el blanco techo del vacío y gran salón.
—En Cornualles, me convertí en un ser humano —dijo—. ¡Oh, sí! El Ejército
hizo un hombre del pequeño Arnold Simms, de St. Louis. Cuando llegó la orden de
partida, para luchar contra el enemigo, fue un día triste en la ciudad.
Guardó silencio, recordando la vieja ciudad situada a la orilla del mar, las
palmeras, la alegre y amante jovencita que tenía un marido olvidado en África.
Gretchen permanecía sentada en silencio. Se sentía incómoda cuando alguien
hablaba de hacer el amor. No la incomodaba su virginidad, pues, si era virgen, era por
su deliberada elección, sino su invencible recato, su incapacidad de tomarse el sexo a
la ligera y como cosa natural, al menos, en la conversación, como hacían muchas de
sus antiguas condiscípulas. Cuando era sincera consigo misma, reconocía que este
sentimiento lo debía en buena parte, a su padre y a su madre, cuyo dormitorio sólo
estaba separado del de ella por un estrecho pasillo. Su padre subía pesadamente a las
cinco de la mañana, haciendo resonar los peldaños con sus lentas pisadas; después, el
sonido grave de su voz, enronquecida por el whisky trasegado en la larga noche, y los
lastimeros murmullos de su madre, y el asalto final, y la expresión tensa y martirizada
de su madre por la mañana.
Y esta noche, en el dormitorio hospital, en la primera conversación realmente
íntima que sostenía a solas con uno de los hombres, se veía convertida en una especie
de testigo, involuntario, de un acto, o de la sombra y esencia de un acto, que trataba
de borrar de su conciencia. Adán y Eva en el Paraíso. Los dos cuerpos: uno blanco,
otro negro. Trataba de no pensar en ello de este modo, pero no podía evitarlo. En las
revelaciones del muchacho, había algo significativo y planeado —no era la evocación
nocturna y nostálgica del soldado que ha vuelto de la guerra—, y había una intención,
un objetivo, en el flujo musical de sus palabras. De algún modo, sabía que el blanco
era ella misma, y habría querido esconderse.
—Cuando me hirieron, le escribí una carta —siguió diciendo Arnold—, pero no
obtuve respuesta. Tal vez su marido había vuelto a casa. Y, desde aquel día, no he
vuelto a tocar a una mujer. Fui herido muy pronto, y, desde entonces, he estado en el
hospital. Salí por primera vez el domingo pasado. Nos dieron permiso por la tarde, a
Billy y a mí. —Billy era el otro negro de la sala—. Dos chicos de color, como
nosotros, tenemos poco que hacer en este valle. Esto no es Cornualles. Se lo digo yo.
—Se echó a reír—. No hay un solo negro en estos andurriales. ¡Imagínese! Enviarnos
al que es tal vez el único hospital de los Estados Unidos donde no hay nadie de color.
Tomamos un par de cervezas que compramos en el mercado y el autobús de la orilla
del río, porque habíamos oído decir que había una familia de color en el
Desembarcadero. En realidad, no había más que un viejo de Carolina del Sur, que
vive solo en una vieja casa, junto al río, y cuya familia se marchó y le olvidó hace
tiempo. Le dimos un poco de cerveza y le contamos unas cuantas mentiras, sobre lo
bravos que fuimos en la guerra, y le dijimos que volveríamos, a pescar, cuando nos

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diesen un nuevo permiso. ¡A pescar!
—Estoy segura —dijo Gretchen, mirando su reloj— de que, cuando salga al fin
del hospital y vuelva a casa, encontrará una hermosa joven y volverá a ser feliz. —Su
voz sonaba remilgada, falsa y nerviosa al mismo tiempo, y ella se avergonzaba de sí
misma; pero sabía que tenía que salir de aquella habitación—. Es tardísimo, Arnold
—dijo—. Me ha gustado nuestra pequeña charla, pero es preciso que…
Se dispuso a bajar de la mesa, pero él le asió un brazo, no con fuerza, pero sí con
firmeza.
—No es tan tarde, Miss Jordache —dijo Arnold—. Si he de serle franco, he
estado esperando esta ocasión de hablar a solas con usted.
—Tengo que tomar el autobús, Arnold. Debo…
—Wilson y yo hablamos de usted —prosiguió él, sin soltarle el brazo— y
pensamos que, cuando vuelvan a darnos permiso, o sea, el próximo sábado, nos
gustaría invitarla a pasar el día con nosotros.
—Usted y Wilson son muy amables —dijo Gretchen, esforzándose en conservar
normal el tono de su voz—, pero, los sábados, estoy extraordinariamente ocupada.
—Ya pensamos que no le gustaría que le viesen en compañía de dos negros —
siguió diciendo Arnold, con su voz monótona, que no era amenazadora ni zalamera
—, siendo como es esta ciudad y no estando acostumbrados sus vecinos a ver tipos
como nosotros. Y sólo somos soldados rasos…
—Esto no tiene nada que ver…
—Pero usted puede tomar el autobús del Desembarcadero a las doce y media —
prosiguió Arnold, haciendo caso omiso de la interrupción—. Nosotros iremos más
temprano, le daremos cinco «pavos» al viejo para que se compre una botella de
whisky y se vaya al cine, y prepararemos una buena comida para los tres, en su casa.
Al llegar a la parada de autobús, sólo tiene que torcer directamente a la izquierda y
caminar unos cuatrocientos metros rio abajo. Es la única casa de aquel lugar,
lindamente asentada en la orilla, sin nadie que vaya a husmear o a armar jaleo. Sólo
nosotros tres, en buena paz y compañía.
—Tengo que marcharme, Arnold —dijo Gretchen, levantando más la voz.
Sabía que sería vergonzoso echarse a gritar, pero quiso hacerle comprender que
estaba dispuesta a pedir auxilio.
—Una buena comida y un par de buenos tragos —dijo Arnold, susurrando,
sonriendo, asiéndole el brazo—. Hemos estado mucho tiempo lejos, Miss Jordache.
—Voy a chillar —dijo Gretchen, sintiendo que la voz se anudaba a su garganta.
¿Cómo era posible? Un hombre tan amable y cortés en un momento dado, y
después… Se desprecio por su desconocimiento de la raza humana.
—Wilson y yo tenemos la más alta opinión de usted, Miss Jordache. Desde que la
vía por vez primera, no puedo pensar en nadie más. Wilson dice que le ocurre lo
mismo…
—Están locos los dos. Si le dijese al coronel…

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Gretchen quería retirar el brazo; pero, si entraba alguien y les veía luchando, la
explicación sería muy penosa.
—Como le he dicho, la apreciamos mucho —dijo Arnold—, y estamos dispuestos
a pagar por ello. Wilson y yo tenemos muchas pagas acumuladas, y yo he tenido
suerte en los juegos de la sala. Escuche bien, Miss Jordache. Tenemos ochocientos
dólares entre los dos, y se los ofrecemos de buen grado. Sólo por una tarde a la orilla
del río… —le soltó el brazo e, inesperadamente, saltó de la mesa, dejándose caer
ágilmente sobre la pierna sana. Empezó a alejarse renqueando, y el flojo albornoz
castaño dio un aire desgarbado a su alta figura. Al llegar a la puerta, se volvió—. No
tiene que decir sí o no en este momento, Miss Jordache —dijo cortésmente—.
Piénselo. Faltan dos días para el sábado. Nosotros estaremos en el Desembarcadero a
partir de las once de la mañana. Puede venir cuando quiera, una vez terminados sus
quehaceres. La estaremos esperando.
Y salió de la estancia cojeando, muy erguido y sin buscar apoyo en las paredes.
De momento, Gretchen permaneció sentada, inmóvil. El único sonido que
percibía era el zumbido de una máquina en alguna parte del sótano, un ruido que no
recordaba haber oído antes de entonces. Se tocó el brazo desnudo, en el sitio en que
lo había asido la mano de Arnold, justo debajo del codo. Bajó de la mesa y apagó las
luces, para que, si entraba alguien, no pudiese ver el aspecto que debía presentar su
rostro. Se apoyó en la pared, cubriéndose la boca con las manos. Después, se dirigió
apresuradamente al vestuario, donde se puso sus ropas de calle, y salió casi corriendo
del hospital, en dirección a la parada del autobús.

Estaba sentada frente al tocador, quitándose los últimos vestigios de cold-cream


de la piel delicadamente surcada de venas, debajo de los hinchados ojos. Sobre la
mesa, delante de ella, había unos frascos y ampolletas de productos de belleza de
«Woolworth»: Hazel Bishop, Coty. Nos hicimos el amor como Adán y Eva en el
Paraíso.
No debía pensar en esto; no debía. Mañana iría a ver al coronel y le pediría que la
trasladase a otro pabellón. No podía volver allí.
Se levantó, se quitó el albornoz y permaneció unos momentos desnuda bajo la
tenue luz de la lámpara del tocador. Sus altos y llenos pechos aparecían muy blancos
en el espejo, y los pezones se erguían rebeldes. Más abajo, estaba el siniestro y
oscuro triangulo, peligrosamente dibujado contra el pálido abultamiento de los
muslos. ¿Qué culpa tengo yo, qué culpa tengo?
Se puso el camisón, apagó la luz y se metió en el frío lecho. Esperó que su padre
no reclamase a su madre aquella noche. Habría sido más de lo que podía aguantar.
El autobús salía cada media hora río arriba, en dirección a Albany. El sábado
estaría lleno de soldados con licencia para el fin de semana. Batallones de jóvenes.
Se vio adquiriendo el billete en la terminal; se vio sentada junto a la ventanilla,

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mirando al río lejano y gris; se vio apeándose en la parada del Desembarcadero, y
plantada allí, sola, frente a la estación de gasolina; sintió, a través de los zapatos de
alto tacón, la superficie desigual de la carretera enarenada; vio la casa en ruinas y
sin pintar, junto a la orilla del río, y aquellos dos negros, con sendos vasos en la
mano, esperándola en silencio, como verdugos conscientes, heraldos del destino, sin
levantarse, confiados con la sucia paga en sus bolsillos, esperando, sabiendo que
ella iría, viéndola acercarse para entregarse a ellos, curiosa y sensual, sabedora de
lo que iban a hacer todos juntos.
Sacó la almohada de debajo de su cabeza, se la puso entre las piernas y apretó con
fuerza.

VI

La madre está en pie enfrente a la ventana del dormitorio, contemplando entre los
visillos el patio oscuro y ceniciento de la panadería. Hay en él dos árboles escuálidos,
con una tabla transversal clavada entre los dos, de la que pende un tosco y pesado
cilindro de cuero, lleno de arena, como los sacos que usan los boxeadores para
entrenarse. En el oscuro recinto, el saco parece un hombre ahorcado. En tiempos
pasados, había flores en los jardines traseros de esta calle, y hamacas suspendidas
entre los árboles. Cada tarde, su marido se pone un par de guantes forrados de lana,
sale al patio de atrás y le atiza al saco durante veinte minutos. La emprende con el
saco con salvaje y concentrada violencia, como si luchase por su vida. A veces, al
observarle, porque Rudy se ha encargado de la tienda para que pueda descansar un
poco, ella tiene la impresión de que su esposo no castiga un saco inerte de cuero y
arena, sino que se castiga a sí mismo.
Ahora, está en pie junto a la ventana, envuelta en una bata verde de raso,
manchada en el cuello y en los puños. Fuma un cigarrillo, y no advierte que la ceniza
cae sobre su bata; ella, que había sido la más pulcra y meticulosa de las niñas, limpia
como un capullo en un jarrito de cristal. Se había criado en un orfanato donde las
monjas sabían inculcar hábitos estrictos de limpieza. En cambio, ahora, es una mujer
desaliñada, de cuerpo fofo, que descuida su cabello, su piel y sus ropas. Las monjas la
enseñaron a amar la religión y a gustar de las ceremonias de la Iglesia; y hace casi
veinte años que no ha ido a misa. Cuando nació su primogénita, su hija Gretchen,
había hablado del bautizo con el cura; pero su marido se negó a acercarse a la pila
bautismal y le prohibió que diese jamás un céntimo a la Iglesia. Y había nacido
católico.
Tres hijos incrédulos y sin bautizar, y un marido blasfemo que odiaba a la Iglesia.
Ésta era su cruz.
No había conocido a sus padres. El orfanato de Buffalo había sido, para ella,
padre y madre. Le habían puesto un apellido: Pease. Tal vez el de su madre. Cuando

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pensaba en sí misma, lo hacía siempre como Mary Pease, no como Mary Jordache o
como mistress Axel Jordache. Al salir del orfanato, la madre superiora le había dicho
que era muy posible que su madre fuese irlandesa, pero nadie lo sabía fijo. La madre
superiora la había puesto en guardia contra la sangre que llevaba de su poco virtuosa
madre y le había aconsejado que huyese de las tentaciones. Entonces, tenía ella
dieciséis años, y era una niña sonrosada y frágil, de brillantes cabellos de oro. Cuando
había nacido su hija, había deseado llamarla Colleen, en honor a su ascendencia
irlandesa. Pero a su marido no le gustaban los irlandeses, y decidió que la niña se
llamaría Gretchen. Dijo que había conocido, en Hamburgo, a una puta que se llamaba
así. Sólo hacía un año que se habían casado, pero ya odiaba a su mujer.
La había conocido en el restaurante de la orilla del lago de Buffalo, donde
trabajaba de camarera. El orfanato le había colocado allí. El restaurante estaba en
manos de un matrimonio maduro de germano-americanos apellidados Mueller, y la
dirección del orfanato los había elegidos como patronos de ella, porque eran
bondadosos, iban a misa y se avinieron a que Mary durmiese en la casa, en un cuarto
que tenían libre sobre su apartamento. Los Mueller eran buenos con ella y la
protegían, y ningún parroquiano se atrevía a hablarle groseramente en el restaurante.
Los Mueller la dejaban salir tres veces por semana, para que continuase su educación
en la Escuela Superior. No iba a ser camarera de restaurante toda su vida.
Axel Jordache era un joven corpulento y de pocas palabras; cojeaba un poco,
había emigrado de Alemania a principios de los años veinte y trabajaba de estibador
para los vapores del Lago. En invierno, cuando los Lagos estaban helados, ayudaba a
veces a míster Mueller en la cocina, como cocinero y panadero. En aquella época,
apenas si hablaba inglés, y frecuentaba el restaurante de los Mueller para tener
alguien con quien hablar en su lengua natal. Cuando, estando en el Ejército alemán,
había sido herido y no había podido seguir combatiendo, le enseñaron el oficio de
panadero en el hospital de Frankfurt.
Y precisamente por esto, porque, durante otra guerra, un joven había salido del
hospital, enajenado y deseoso de exiliarse, se encontraba ella esta noche en una
habitación destartalada, sobre una tienda en un barrio bajo, donde, día tras día, y
veinticuatro horas al día, había malgastado su juventud, su belleza y sus esperanzas.
Y la situación no tenía visos de acabar.
Él se había mostrado muy cortés. Ni siquiera había intentado nunca asirla de la
mano, y, cuando estaba en Buffalo, entre sus viajes, la acompañaba a la escuela
nocturna y la esperaba para devolverla a casa. Le había pedido que corrigiese su
inglés. Y ella estaba orgullosa de su conocimiento de esta lengua. Cuando la oían
hablar, todos le decían que parecía oriunda de Boston, y ella lo aceptaba como un
gran cumplido. Sor Catherine, a la que admiraba más que a todas las maestras del
orfanato, procedía de Boston, hablaba con elocuencia y precisión, y dominaba el
vocabulario de las damas cultas. «Hablar toscamente el inglés —había dicho sor
Catherine— es vivir como un tullido. En cambio, la joven que habla como una dama

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puede aspirar a todo». Ella había tomado por modelo a sor Catherine, y, al salir del
orfanato, ésta le había regalado un libro, una historia de héroes irlandeses. A Mary
Pease, mi alumna más prometedora, había escrito, con firme caligrafía, en la primera
página. Mary había imitado también el carácter de letra de sor Catherine. De algún
modo, las enseñanzas de ésta le habían hecho creer que su padre, quienquiera que
fuese, tuvo que haber sido todo un caballero.
Con las lecciones de Mary Pease, que le inculcó el argentino acento de Back Bay
de sor Catherine, Axel Jordache aprendió muy deprisa a hablar correctamente el
inglés. Incluso antes de casarse, lo hablaba tan bien que todos se sorprendían cuando
les decía que había nacido en Alemania. No se podía negar: era un hombre
inteligente. Pero usaba su inteligencia para atormentarla, para atormentarse a sí
mismo y para atormentar a cuantos le rodeaban.
Ni siquiera la había besado antes de declararse. Ella tenía entonces diecinueve
años, la edad de su hija Gretchen, y era virgen. Él se mostraba indefectiblemente
cortés, pulcro y afeitado, y siempre le traía pequeños obsequios de caramelos y flores,
cuando volvía de sus viajes.
Cuando se declaró, ya hacía dos años que se conocían. Le dijo que no se había
atrevido a hablar más pronto, porque temía que le rechazase por ser extranjero y
porque cojeaba. Muchacho debió de reírse para sus adentros, al ver cómo los ojos de
Mary se llenaban de lágrimas ante su modestia y su falta de confianza en sí mismo.
Era un hombre diabólico, que urdía intrigas para toda la vida.
Ella le dio el sí, pero condicionalmente. Sin duda se imaginaba que le amaba. Era
un hombre guapo, con su negra cabellera de indio, su rostro sereno, diligente, fino y
despejado, y sus ojos de color castaño claro, que parecían dulces y amables cuando la
miraba. Si la tocaba, lo hacía con la delicadeza más engañosa, como si la creyese de
porcelana. Y cuando ella le dijo que había nacido de padres célibes (éstas fueron sus
palabras), le respondió que ya lo sabía por los Mueller, que esto no importaba y que,
en realidad, era buena cosa, pues así no habría ningún pariente por afinidad que le
pusiese la proa. Él mismo estaba distanciado de la familia que le quedaba. Su padre
había muerto en el frente ruso, en 1915, y su madre había vuelto a casarse un año
después, trasladándose de Colonia a Berlín. Tenía un hermano menor, que nunca le
había gustado y que se había casado con una rica joven germano-americana, que
había ido a Berlín, después de la guerra, a visitar a unos parientes. Su hermano vivía
ahora en Ohio, pero Axel no le veía nunca. Su soledad era evidente y podía
parangonarse con la de ella.
Las condiciones de Mary fueron rotundas. Axel tenía que renunciar a su empleo
en los Lagos. No quería un marido que estaba casi todo el tiempo ausente y cuyo
trabajo no era mejor que el de un vulgar peón. No vivirían en Buffalo, donde todo el
mundo estaba enterado de su origen y del orfanato, y donde, a la vuelta de cada
esquina, tropezaría con personas que la habían visto trabajar de camarera. Y tenían
que casarse por la Iglesia.

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Él lo había aceptado todo. Era diabólico, diabólico. Había ahorrado algún dinero,
y a través de míster Mueller, se puso en contacto con un hombre que tenía una
panadería en Port Philip y que quería traspasarla. Ella le hizo comprar un sombrero
de paja, para ir a Port Philip a cerrar el trato. No podía llevar la acostumbrada gorra
de paño, recuerdo de su vida en Europa. Tenía que parecer un respetable hombre de
negocios americano.
Dos semanas antes de la boda, la llevó a ver la tienda en que habría de pasar toda
su vida y el pis donde había de concebir sus tres hijos. Era un día soleado de mayo; la
tienda estaba recién pintada, y tenía un toldo verde y grande, para proteger el
escaparate, lleno de bollos y pasteles, de los rayos del sol. La calle era limpia y clara,
y había en ella otras pequeñas tiendas, una quincallería, un almacén de lencería y una
farmacia en la esquina. Incluso había una modista de sombreros, que exhibía tocados
adornados con flores artificiales en los estantes de su escaparate. Era la calle de las
tiendas de un tranquilo barrio residencial, que se extendía entre ella y el río. Casas
grandes y confortables, detrás de verdes prados de césped. Veíanse velas en el río, y,
mientras ellos estaban sentados en un banco, bajo un árbol, contemplando la ancha
cinta de agua azul, pasó una embarcación blanca, llena de excursionistas, que venía
de Nueva York. A bordo de ella, una orquesta tocaba valses. Claro que, dada la cojera
de Axel, ellos no bailaron nunca.
¡Oh, la de planes que hizo Mary aquel día de sol, junto al río y al arrullo de los
valses! En cuanto se estableciesen, instalaría mesas, decoraría la tienda, pondría
cortinas y lamparitas con velas, serviría chocolate y té, y, más adelante, comprarían la
tienda contigua (el primer día que la vio, estaba desocupada) y montarían un pequeño
restaurante, no como el de los Mueller, que era para obreros, sino para viajantes de
comercio y para la gente más distinguida de la ciudad. Se imaginaba a su marido, en
traje oscuro y corbata de pajarita, conduciendo a los comensales a la mesa; se
imaginaba a las camareras, con delantales de muselina almidonada, saliendo de la
cocina cargadas de platos, y se imaginaba a sí misma, sentada detrás de la caja
registradora, sonriendo al pulsar las teclas y decir: «Deseo que les haya gustado la
comida», y sentándose a tomar café y pastas con los amigos, una vez terminada la
tarea.
¿Cómo podía ella saber que aquel barrio iba a decaer, que las personas de quienes
quería ser amiga la considerarían inferior a ellas, que las personas que hubiesen
querido ser amigas suyas serían consideradas por ella como inferiores, que el edificio
contiguo sería derribado y que un garaje enorme y ruidoso se instalaría junto a la
panadería, que la modista de sombreros se iría de allí, que las casas frente al río se
convertirían en tristes departamentos o serían demolidas para dejar sitio a los
depósitos de chatarra y a los talleres de metalistería?
Nunca hubo mesitas para tomar chocolate y pasteles; nunca hubo velas, ni
cortinas, ni camareras; sólo ella, en pie durante doce horas al día, en verano como en
invierno, vendiendo toscas hogazas de pan a mecánicos manchados de grasa, a

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macilentas amas de casa y a sucios chiquillos, cuyos padres reñían, embriagados, en
la calle, los sábados por la noche.
Su martirio empezó en la noche de bodas. En aquel hotel de segunda de Niágara
Falls (cerca de Buffalo). Todos los frágiles sueños de la tímida, sonrosada y delicada
joven que, sólo ocho horas antes, había sido retratada en su blanco vestido de novia
junto a su serio y guapo marido, se desvanecieron en el ensangrentado y crujiente
lecho de Niágara. Penetrada brutalmente, impotente, bajo aquel enorme cuerpo
masculino, lleno de cicatrices, moreno, diabólicamente incansable, comprendió que
empezaba a cumplir una condena de cadena perpetua.
Al terminar la semana de su luna de miel, escribió una nota, diciendo que iba a
suicidarse. Después, la rasgó. Fue un acto que repetiría muchas veces en el curso de
los años.
Durante el día, eran como todas las parejas de recién casados. Él se mostraba
invariablemente atento, la sostenía del brazo para cruzar la calle, le compraba
chucherías y la llevaba al teatro (fue la última semana en que se mostró generoso,
pues pronto había ella de descubrir que se había casado con un fanático tacaño). La
llevaba a las heladerías y pedía para ella enormes copas de helados (Mary era golosa
como una niña), y le sonreía, con la indulgencia de un tío complaciente, mientras ella
engullía una cucharada tras otra de aquel montón de golosinas. La llevó a dar un
paseo por el río, por debajo de las Cataratas, y la tuvo amorosamente asida de la
mano al salir a la luz del verano norteño. Nunca hablaban de las noches pasadas.
Pero, cuando él cerraba la puerta del dormitorio, después de la cena, era como si dos
almas distintas y extrañas se introdujesen en sus cuerpos. No había palabras para
describir el grotesco combate que entablaban. La severa educación de las monjas
hacía que ella se sintiese inhibida y llena de imposibles ilusiones de delicadeza. A él,
le habían educado las rameras, y tal vez creía que todas las mujeres dignas del
matrimonio debían yacer inmóviles y aterrorizadas en el lecho conyugal. O, quizá,
todas las mujeres americanas.
Desde luego, con el paso de los meses, él acabó por reconocer el verdadero
carácter de la fatal y pasiva repulsión que provocaba en su mujer, y esto le
encorajinó. Le espoleó, e hizo que sus ataques fuesen más salvajes. Nunca fue con
otra mujer. Nunca miró a otra mujer. Su obsesión dormía en su cama. Para desdicha
de Mary, él no anhelaba más cuerpo que el suyo, y lo tenía a su disposición. Durante
veinte años le había asediado, sin esperanza, odiándola, como el jefe de un poderoso
ejército que se viese inverosímilmente retenido ante los muros de una pequeña y
endeble casucha de los suburbios.
Mary lloró al descubrir que estaba encinta.

Pero no disputaban por esto. Disputaban por el dinero. Ella sabía que tenía una
lengua afilada y mordaz. Se convertía en arpía por unas cuantas perras. La obtención

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de diez dólares para comprarse unos zapatos o, más adelante, un vestido decente para
Gretchen, que ésta llevaría para ir a la escuela, le costaba meses de encarnizada lucha.
Él le echaba en cara el pan que comía. Nunca supo Mary el dinero que guardaba en el
Banco. Axel ahorraba como una ardilla para un nuevo periodo glacial. Había vivido
en Alemania, cuando toda la población se arruinó, y sabía que esto también podía
ocurrir en América. Había sido moldeado por la derrota y pensaba que ningún
continente estaba a salvo.
Desde que se desconcharon las paredes de la tienda, pasaron años antes de que se
decidiese a comprar cinco lates de lechada de cal para pintarlas de nuevo. Cuando su
hermano, que había prosperado en el negocio de garajes, vino de Ohio a visitarle y le
ofreció una participación en una agencia de automóviles que se disponía a adquirir,
participación que sólo le habría costado unos miles de dólares, que podía pedir
prestados al Banco de su hermano, lo echó a cajas destempladas, llamándole ladrón y
estafador. El hermano era un tipo gordinflón y alegre. Todos sus veranos, pasaba dos
semanas de vacaciones en Saratoga, e iba al teatro varias veces al año, en Nueva
York, con su obesa y parlanchina esposa. Vestía un buen traje de lana y olía bien, a
ron de la bahía. Si Axel hubiese estado dispuesto a pedir dinero prestado, como había
hecho su hermano, habrían podido vivir desahogadamente toda la vida, habrían
podido librarse de la esclavitud de la panadería, huir de aquel barrio que se estaba
convirtiendo en una pocilga. Pero su marido se negaba a sacar un solo penique del
Banco o estampar su firma en un pagaré. Los pobres de su país natal, con sus
toneladas de billetes sin valor, observaban con ojos desvaídos cada dólar que pasaba
por sus manos.
Cuando Gretchen se graduó en la Escuela Superior, Axel se negó rotundamente a
enviarla a la Universidad, a pesar de que, al igual que su hermano Rudolph, era
siempre la primera de la clase. Tenía que ponerse a trabajar inmediatamente y
entregar la mitad de la paga a su padre, todos los viernes. La Universidad arruinaba a
las mujeres, las convertía en rameras. El padre había hablado. Y la madre sabía que
Gretchen se casaría joven, con el primer hombre que se lo pidiese, para escapar de su
padre. Otra vida destruida, en la interminable cadena.
Su marido sólo se mostraba generoso con Rudolph. Éste era la esperanza de la
familia. Era guapo, cortés, de palabra fácil, afectuoso, admirado por sus profesores.
Era el único miembro de la familia que besaba a su madre al salir por la mañana y al
regresar por la noche. Tanto ella como su marido veían en su hijo mayor la redención
de sus respectivos fracasos. Rudolph tenía talento para la música y tocaba la trompeta
en la banda de la escuela. Al terminar el pasado curso, Axel le había comprado una
trompeta, un instrumento resplandeciente y dorado. Era el único regalo que jamás
hiciera Axel a cualquiera de su familia. Todo lo demás se lo había dado después de
furiosos regateos. Resultaba extraño oír las agudas y triunfales notas de la trompeta,
resonando en el piso gris y polvoriento, cuando Rudolph ensayaba. Rudolph tocaba
en bailes de los clubs, y Axel le había adelantado el dinero para comprarse un

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«tuyedo»; treinta y cinco dólares, un despilfarro inaudito. Y permitía que Rudolph se
quedase con el dinero que ganaba. «Ahorra —le decía—, y podrás emplearlo cuando
vayas a la Universidad». Desde el principio, se había dado por supuesto que Rudolph
iría a la Universidad. Del modo que fuese.
La madre se siente culpable a causa de Rudolph. Todo su amor es para él. Está
demasiado agotada para amar a alguien que no sea su hijo predilecto. Le toca siempre
que puede; entra en su cuarto cuando él está durmiendo, y le besa en la frente; le lava
y le plancha la ropa, aunque esté rendida de cansancio, para que luzca ante todos y en
todo momento. Recorta noticias del periódico de la escuela, cuando él gana una
carrera, y pega cuidadosamente los recortes en un álbum que guarda en su tocador
junto a un ejemplar de Lo que el viento se llevó.
Su hijo menor, Thomas, y su hija, sólo habitan en su casa. Rudolph es su propia
sangre. Cuando le mira, ve la imagen de su difunto padre.
Nada espera de Thomas. Con su semblante rubio, taimado y burlón. Es un rufián,
que siempre arma camorra, se mete en continuos líos en la escuela, insolente, irónico,
siguiendo su camino, sin principios, entrando y saliendo de casa cuando quiere, para
sus secretas intrigas, indiferente al castigo. En algún calendario, quién sabe dónde,
una cifra roja de sangre marca, como una fiesta horrible, el día de la infamia de su
hijo Thomas. Pero no hay nada que hacer. Ella no le ama, y no puede tenderle una
mano.

Esto piensa la madre, en pie sobre sus hinchadas piernas, junto a la ventana,
rodeada de su familia en la casa dormida. Insomne, sufrida, agotada, doliente,
amorfa, evitando los espejos, escribiendo notas suidas, encanecida a sus cuarenta y
dos años, con la bata manchada de ceniza de su cigarrillo.
Un tren silba a lo lejos, con sus crujientes vagones atestados de soldados que se
dirigen a remotos puertos, a sitios donde truenan los cañones. Gracias a Dios,
Rudolph aún no tiene diecisiete años. Si se lo llevasen, ella se moriría.
Enciende el último cigarrillo, se quita la bata y, con el pitillo colgando
descuidadamente de su labio inferior, se mete en la cama. Yace en el lecho, sin dejar
de fumar. Dormirá unas cuantas horas. Pero sabe que se despertará cuando oiga a su
marido subiendo pesadamente la escalera, oliendo a sudor y a whisky.

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Capítulo II
El reloj de la oficina marcaba las doce menos cinco. Gretchen siguió escribiendo
a máquina. Como era sábado, las otras chicas habían dejado ya de trabajar y se
estaban arreglando para marcharse. Dos de ellas, Luella Devlin y Pat Hauser, la
habían invitado a comer una pizza con ellas, pero Gretchen no estaba de humor para
aguantar su tonta charla aquella tarde. Cuando iba a la Escuela Superior, tenía tres
buenas amigas: Bertha Sorel, Sue Jackson y Felicity Turner. Eran las chicas más
brillantes de la escuela y habían formado una pequeña camarilla aislada, superior.
Hubiese querido que las tres, o alguna de ellas, estuviesen hoy en la ciudad. Pero
todas pertenecían a familias acomodadas y habían pasado a la Universidad, y ella no
había encontrado a ninguna otra que ocupase su puesto en su vida.
¡Ojalá hubiese habido trabajo bastante para tener un pretexto que le permitiera
permanecer en su mesa durante toda la tarde! Pero estaba llenando los últimos datos
del último conocimiento de embarque que había dejado míster Hutchens sobre su
mesa, y no había modo de prolongar su tarea.
Las dos últimas noches, no había ido al hospital. Había llamado por teléfono,
diciendo que se sentía enferma, y se había marchado directamente a casa después del
trabajo. Demasiado inquieta para leer, había revuelto todo el guardarropa, lavando
blusas inmaculadas, planchando vestidos que no tenían ninguna arruga, lavándose el
cabello y peinándose minuciosamente, puliéndose las uñas, insistiendo en hacerle la
manicura a Rudy, a pesar de que se la había hecho la semana anterior.
Muy entrada la noche del viernes, e incapaz de dormir, había bajado al sótano
donde trabajaba su padre. Él la miró sorprendido, al bajar ella la escalera, pero nada
dijo; ni siquiera cuando ella se sentó en una silla y le dijo al gato; «Micho, micho
ven». El gato se echó hacia atrás. Sabía que la raza humana era su enemiga.
—Papá —dijo ella—. Quería hablarte.
Jordache no respondió.
—Con el empleo que tengo, no iré a ninguna parte —dijo Gretchen—. No hay
perspectivas de prosperar, ni de que me suban el sueldo. Y, cuando termine la guerra,
reducirán el personal y podré considerarme afortunada si no me echan.
—La guerra aún no ha terminado —dijo Jordache—. Todavía hay muchos idiotas
que quieren que los maten.
—Creo que debería ir a Nueva York y buscar un verdadero empleo. Soy una
buena secretaria y veo anuncios de toda clase de empleos, con sueldos dobles del que
cobro ahora.
—¿Le has hablado de esto a tu madre? —preguntó Jordache, empezando a
convertir la masa en panecillos, con rápidos y breves manotazos, como un mago.
—No —dijo Gretchen—. No se encuentra muy bien y no he querido molestarla.
—En esta familia, todo el mundo es endiabladamente considerado —dijo
Jordache—. ¡Cuánta delicadeza!

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—En serio, papá —dijo Gretchen.
—No —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque yo lo digo. Ten cuidado, o vas a ensuciar de harina tu lindo disfraz.
—Podría enviaros mucho dinero, papá…
—No —dijo Jordache—. Cuando cumplas veintiún años, podrás largarte adonde
quieras. Pero aún no los tienes. Tienes diecinueve. Tendrás que aguantar dos años de
hospitalidad de tu casa paterna. Sonríe y aguanta.
Descorchó la botella y echó un largo trago de whisky. Con deliberada tosquedad,
se enjugó los labios con el dorso de la mano, dejando una mancha de harina en su
rostro.
—Tengo que salir de este pueblo —dijo Gretchen.
—Los hay peores —dijo Jordache—. Volveremos a hablar dentro de dos años.

El reloj marcaba las doce y cinco. Gretchen guardó los papeles pulcramente
mecanografiados en el cajón de su mesa. Todos los demás empleados se habían
marchado ya. Puso la funda a la máquina de escribir, se dirigió al tocador y se miró al
espejo. Parecía febril. Se mojó la frente con agua fría; después, sacó del bolso un
frasquito de perfume y se puso un poco debajo de cada oreja.
Salió del edificio por la puerta principal. Sobre ésta, un rótulo muy grande:
«Fábrica de Tejas y Ladrillos Boylan». La fábrica y el rótulo, cuyas aparatosas letras
parecían anunciar algo espléndido y divertido, estaban allí desde 1890.
Miró a su alrededor, para ver si por casualidad la estaba esperando Rudy. A veces,
iba a la fábrica y la acompañaba a casa. Era el único de la familia con quien podía
hablar. Si Rudy hubiese estado allí, habrían podido ir a comer a un restaurante y
después, darse el lujo de meterse en un cine. Pero, entonces, recordó que Rudy había
ido con el equipo de atletismo de la escuela a una ciudad vecina, para disputar un
encuentro.
Echó a andar en dirección de la terminal del autobús. Caminaba despacio,
deteniéndose a menudo a contemplar los escaparates de las tiendas. Desde luego, se
decía, no tomaría el autobús. Era de día, y las fantasías de la noche habían quedado
atrás. Aunque sería refrescante dar un paseo por la orilla del río, ir a alguna parte y
respirar un poco de aire puro de los campos. El tiempo había cambiado y se
anunciaba la primavera. El aire era tibio y había nubecillas blancas en lo alto de un
cielo azul.
Antes de salir de casa por la mañana, le había dicho a su madre que aquella tarde
iría a trabajar al hospital, para compensar el tiempo perdido. No sabía por qué había
inventado de pronto esta historia. Raras veces mentía a sus padres. No hacía falta.
Pero, diciendo que tenía que acudir al hospital, evitaba que le pidiesen que trabajase
en la tienda y que ayudase a su madre en las horas punta del sábado. La mañana era

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soleada, y la idea de pasarse largas horas en la mal ventilada tienda no tenía nada de
atractiva.
A una manzana de la terminal, vio a su hermano Thomas. Estaba botando
centavos frente a un colmado, con una pandilla de chicos de aspecto rufianesco. Una
chica que trabajaba en la oficina había estado en el Casino el miércoles por la noche,
había visto la riña y se lo había contado a Gretchen. «Tu hermano —le había dicho—
es de miedo. Un pequeñajo así. Parece una serpiente. Desde luego, no me gustaría
tener un niño como él en mi familia».
Gretchen le dijo a Tom que se había enterado de la pelea. No era la primera vez
que oía historias de esta clase. «Eres un chico odioso», le había dicho; y él se había
limitado a hacer un guiño, satisfecho de sí mismo.
Si Tom la hubiese visto, habría dado media vuelta. No se hubiera atrevido a
meterse en la estación terminal del autobús, si él la hubiese estado observando. Pero
no la vio. Estaba demasiado ocupado lanzando un centavo a una grieta de la acera.
Entró en la terminal. Miró el reloj. Las doce y treinta y cinco. Hacía cinco
minutos que el autobús del río habría salido, y desde luego, no iba a perder otros
veinticinco esperando el próximo. Pero el autobús llevaba retraso y aún estaba allí. Se
dirigió a la ventanilla.
—Uno para King's Landing —dijo.
Subió al autobús y se sentó delante, cerca del conductor. Había muchos soldados
en el vehículo, pero aún era temprano y no habían tenido tiempo de emborracharse;
por consiguiente, no silbaron a su paso.
El autobús arrancó. Su movimiento la sosegaba, y dormitó con los ojos abiertos.
Al otro lado de la ventanilla, desfilaban árboles floridos; casas, retazos de río;
visiones fugaces de caras pueblerinas. Todo parecía recién lavado, hermoso e irreal.
Detrás de ella, cantaban los soldados, voces jóvenes y unidas. Cuerpo y alma. Una
voz de Virginia se destacaba de las otras, y su tono lento del Sur endulzaba el lamento
de la canción. Nada podía pasarle a Gretchen. Nadie sabía quién era. Estaba entre dos
sucesos, sin opción, sin elección, flotando entre voces dolientes de soldados.
El autobús se detuvo.
—King's Landing, Miss —dijo el conductor.
—Gracias —dijo ella, saltando ágilmente a la carretera.
El autobús se alejó. Los soldados le lanzaron besos a través de las ventanillas.
Ella les contestó besándose los dedos, sonriendo. Nunca volvería a verlos. No la
conocían, no los conocía, y no podían adivinar lo que se traía entre manos. Cantando,
apagándose sus voces, desaparecieron en dirección al Norte.
Permaneció unos momentos en la orilla de la carretera desierta, bajo la luz
sosegada de la tarde del sábado. Había una estación de gasolina y una de esas tiendas
donde venden de todo. Entró en la tienda y pidió una «Coca-Cola» a un anciano de
cabellos blancos y pulcra camisa de un azul desvaído. Este color le gustó. Se
compraría un vestido del mismo tono, de limpio, fino y pálido algodón, para llevarlo

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en las noches de verano.
Salió y se sentó en un banco, frente a la tienda, para beberse la «Coca-Cola».
Estaba helada y dulce y cosquilleaba su paladar con menudas y acidas explosiones.
Bebió poco a poco. No tenía prisa. Vio el camino enarenado que iba de la carretera al
río. La sombra de una nubecilla se deslizaba por él, como un animal corriendo.
Reinaba un silencio total. La madera del banco estaba tibia. No pasaba ningún coche.
Terminó su «Coca-Cola» y dejó la botella debajo del banco. Oyó el tictac de su reloj
de pulsera. Se inclinó hacia atrás, para recibir el impacto del sol sobre la frente.
Desde luego, no iría a la casa del río. Por ella, podía enfriarse la comida, podía
permanecer intacto el vino, podían languidecer sus pretendientes a la orilla del río.
Ellos no sabían que su dama estaba muy cerca, jugando un excitante juego solitario.
Le entraron ganas de reír; pero no quiso romper el silencio del campo desierto.
Sería delicioso seguir el juego un poco más. Ir hasta la mitad del camino, entre la
doble hilera de abedules, que eran como pinceladas blancas sobre el fondo oscuro de
la arboleda. Llegar a medio camino y volver atrás, riendo para sus adentros. O mejor
aún, entrar y salir del bosque umbrío, como una lanzadera; bajar hasta el río, como
una doncella iroquesa, pisando sin hacer ruido y con sus pies descalzos las hojas de la
estación pasada, y una vez allí, oculta entre los árboles, espiar, como un agente
secreto al servicio de todas las vírgenes, y observar a los dos hombres, sentados junto
a la puerta, esperando la realización de sus obscenos planes. Y, después, retroceder
deslizándose, salpicado su fino vestido de trocitos de corteza y de hojitas nuevas y
pegajosas, sana y salva, consciente de su fuerza, después de haber estado al borde del
peligro.
Se levantó y cruzó la carretera, en dirección a la frondosa entrada del camino
enarenado. Oyó un coche que se acercaba a gran velocidad, procedente del Sur. Se
volvió y permaneció quieta, como si esperase un autobús que la llevase a Port Philip.
No quería que la viesen adentrándose en el bosque. El secreto era esencial.
El coche se acercó, por el otro lado de la carretera. Redujo la marcha y se detuvo
frente a ella. Gretchen no lo miró, sino que siguió observando en la dirección por
donde debía llegar el autobús… dentro de una hora.
—Hola, Miss Jordache.
Una voz de hombre había pronunciado su apellido. Volvió la cabeza y sintió que
se ruborizaba intensamente. Sabía que era estúpido ruborizarse. Tenía perfecto
derecho de estar en la carretera. Todos ignoraban que había dos soldados negros
esperándola, con comida, bebidas alcohólicas y ochocientos dólares. De momento, no
reconoció al hombre que la había hablado, sentado solo, al volante de un «Buick
1939» convertible, con la capota bajada. El hombre le sonreía, y su mano enguantada
pendía sobre la portezuela del coche. Entonces, vio quién era. Míster Boylan. Sólo le
había visto un par de veces en su vida, rondando por la fábrica que llevaba el nombre
de su familia. Pocas veces iba por allí. Era un tipo esbelto, rubio, curtido por el sol,
perfectamente afeitado, de hirsutas cejas rubias y bien lustrados zapatos.

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—Buenas tardes, míster Boylan —dijo sin moverse.
No quería acercarse, para que él no advirtiese su sofocación.
—¿Qué diablos está haciendo por estos andurriales?
Su voz indicaba benevolencia. Sonaba como si el inesperado descubrimiento de la
linda muchacha, sol, con sus altos tacones, en la orilla del bosque, le pareciese
divertido.
—Hacía un día tan hermoso… —dijo ella casi tartamudeando—. Cuando tengo la
tarde libre, suelo hacer pequeñas excursiones.
—¿Sola? —dijo él, incrédulo.
—Soy una amante de la Naturaleza —dijo ella, débilmente. Debe creer que soy
una estúpida, pensó, viendo que él observaba sus altos tacones y sonreía—. Tomé el
autobús, cediendo a un impulso momentáneo —dijo, sin esperar que él la creyese—,
y estoy esperando otro para volver a la ciudad.
Oyó un crujido a su espalda y se volvió, llena de pánico, segura de que debían ser
los dos soldados, que, impacientes por su tardanza, venían a ver si había llegado. Pero
no era más que una ardilla, que corría por el camino enarenado.
—¿Qué le pasa? —preguntó Boylan, intrigado por su espasmódico movimiento.
—Creí que había oído una serpiente.
«¡Oh! ¿Por qué no se iba de una vez?», pensó.
—Es usted muy asustadiza —dijo Boylan, gravemente—, para ser una amante de
la Naturaleza.
—Sólo me asustan las serpientes.
Era la conversación más estúpida que había sostenido en su vida. Boylan consultó
su reloj.
—El autobús todavía tardará en llegar —dijo.
—No importa —respondió ella, sonriendo ampliamente, como si esperar
autobuses en lugares desiertos fuese su pasatiempo predilecto de los sábados—. Esto
es bonito y tranquilo.
—Permítame preguntarle en serio una cosa —dijo él.
Ya está, pensó Gretchen. Ahora, querrá saber a quién estoy esperando. Buscó en
su mente una lista breve y adecuada. Su hermano, una amiga, una enfermera del
hospital. Estaba tan enfrascada en esta idea que no oyó lo que dijo él, aunque sabía
que había dicho algo.
—Perdón. No he entendido bien.
—Le he preguntado si ha comido ya, Miss. Jordache.
—La verdad es que no tengo apetito. Yo…
—Vamos —dijo él, llamándola con su mano enguantada—. La invito a comer.
Aborrezco comer solo.
Obediente, sintiéndose pequeña e infantil, bajo las órdenes de un adulto, cruzó la
carretera, pasó por detrás del «Buick» y subió al coche, después de inclinarse él para
abrir la portezuela. La otra única persona a quien había oído emplear la palabra

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«aborrezco» en una conversación normal era su madre. Matices de sor Catherine, la
Vieja Maestra.
—Es usted muy amable, míster Boylan —dijo.
—El sábado es mi día afortunado —dijo él, poniendo el coche en marcha.
Ella no tenía idea de lo que había querido decir con esto. Si no hubiese sido su
jefazo, por decirlo de algún modo, y, además, viejo, de cuarenta o cuarenta y cinco
años como mínimo, habría buscado una excusa para negarse. Lamentaba perderse la
excursión secreta a través del bosque, que ahora ya no volvería a producirse, y la
obscena y excitante posibilidad de que ellos la hubiesen sorprendido, perseguido…
Cojos matones, en el campo de caza de la tribu. Pinturas de guerra por favor de
ochocientos dólares.
—¿Conoce un lugar llamado «The Farmer's Inn»? —preguntó Boylan al arrancar.
—De nombre —respondió ella.
Era un hotelito enclavado sobre un risco escarpado que dominaba el río, a unos
veinticinco kilómetros más allá, y se decía que era muy caro.
—Es una tasca que no está mal —dijo Boylan—. Sirven un vino bastante
aceptable.

No hubo más conversación, porque él conducía a gran velocidad y el viento


zumbaba en el coche descubierto, obligando a Gretchen a entornar los párpados y
revolviéndole el cabello. La velocidad máxima en tiempo de guerra se había fijado en
cincuenta kilómetros por hora para ahorrar gasolina; pero, naturalmente, un hombre
como míster Boylan no debía preocuparse por estas minucias.
De vez en cuando, Boylan la miraba y sonreía un poco. Ella tuvo la impresión de
que era una sonrisa irónica, debido a que estaba segura de que él sabía que le había
mentido sobre los motivos de encontrarse sola, tan lejos de la ciudad, esperando un
autobús que tardaría una hora en pasar. El hombre se inclinó, abrió la cajita de los
guantes, sacó unas gafas oscuras de la Air Forcé y se las ofreció.
—¡Para sus lindos ojos azules! —gritó, entre el zumbido del viento.
Ella se puso las gafas y se sintió muy importante, como una estrella de cine.
«The Farmer's Inn» había sido una casa de postas en el periodo poscolonial,
cuando los viajes entre Nueva York y el norte del Estado se hacían con diligencia.
Estaba pintada de rojo, con adornos blancos, y había una enorme rueda de carreta
plantada sobre el césped. Proclamaba la creencia del dueño de que a los americanos
les gustaba comer en el pasado. Podía haber estado a cien kilómetros o a cien años de
Port Philip.
Gretchen puso un poco de orden en sus cabellos, mirándose en el espejo
retrovisor. Se sentía incómoda, consciente de que Boylan la observaba.
—Una de las cosas más bellas que puede ver un hombre en su vida —dijo— es
una muchacha hermosa, con los brazos levantados y peinándose. Supongo que ésta es

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la causa de que los artistas la hayan pintado tantas veces.
No estaba acostumbrada a que sus condiscípulos varones de la Escuela Superior,
o los chicos que revoloteaban alrededor de su mesa en la oficina, le hablasen de este
modo, y no habría podido decir si le gustaba o no. Confió en que no volvería a
ruborizarse aquella tarde. Iba a pintarse los labios, pero él alargó una mano y se lo
impidió.
—No haga eso —dijo, en tono autoritario—. Ya lleva bastante. Más que bastante.
Vamos.
Saltó del coche, con sorprendente agilidad para sus años, pensó Gretchen, y
dando la vuelta al automóvil, fue a abrirle la portezuela.
Educación, observó ella, automáticamente. Le siguió desde el aparcamiento,
donde había otros cinco o seis coches alineados debajo de los árboles, hacia la
entrada del hotel. Los zapatos castaños del hombre…, bueno, en realidad no eran
zapatos (después descubriría que se llamaban johdpur), resplandecían como de
costumbre. Vestía chaqueta de tweed, pantalón de franela gris, y bufanda, en vez de
corbata. Sobre la fina camisa de lana. No es un ser real, pensó ella, sino salido de una
revista. ¿Qué estoy haciendo con él?
A su lado, se sentía zafia y tosca, con su vestido azul marino de manga corta, tan
cuidadosamente escogido por la mañana. Estaba segura de que él lamentaba ya
haberse parado. Pero él mantuvo la puerta abierta para dejarla entrar y le asió
ligeramente el codo al pasar ella en dirección al bar.
En éste, decorado como una bodega del siglo XVIII, con muebles de roble oscuro
y vasos y platos de peltre, no había más que otras dos parejas. Las dos mujeres tenían
aspecto juvenil, vestían falda de ante y liso jersey, y hablaban con voces agudas y
confiadas. Al mirarlas, Gretchen se dio cuenta de la exuberancia de su propio busto y
se encogió para disimularlo. Las parejas estaban sentadas a una mesa baja, al otro
lado de la estancia, y Boylan condujo a Gretchen a la barra y la ayudó a sentarse en
uno de los altos y pesados taburetes de madera.
—Aquí está bien —dijo en voz baja—. Lejos de esas damas. No puedo soportar
su estridencia.
Un negro de chaqueta blanca y almidonada se acercó para servirles.
—Buenas tardes, míster Boylan —dijo, respetuosamente—. ¿Qué desea usted,
señor?
—Ay, Bernard —dijo Boylan—, me haces una pregunta que ha turbado a los
filósofos desde el principio de los tiempos.
Suena a falso, pensó Gretchen. Y le extrañó un poco que pudiese pensar esto de
un hombre como míster Boylan.
El negro sonrió, sumisamente. Parecía tan pulcro e inmaculado como si fuese a
realizar una operación quirúrgica. Gretchen le miró de reojo. Conozco a dos amigos
tuyos, no lejos de aquí, pensó, que, esta tarde, no va a preguntarle a nadie lo que
desea.

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—¿Qué quiere beber? —preguntó Boylan, volviéndose a ella.
—Cualquier cosa. Lo que usted diga.
Las trampas se multiplicaban. ¿Cómo podía saber él lo que ella bebía? La «Coca-
Cola» era la bebida más fuerte que tomaba. Temió la llegada del menú. Sin duda,
estaría en francés. Ella había estudiado español y latín en la escuela. ¡Latín!
—A propósito —dijo Boylan—, usted tiene más de dieciocho años, ¿no?
—¡Oh, sí! —respondió, ruborizándose.
Mal momento para ruborizarse. Afortunadamente, había poca luz en el bar.
—No quisiera que me llevasen ante el tribunal por corrupción de menores —dijo
sonriendo.
Tenía bonitos dientes, bien cuidados por el dentista. Resultaba difícil comprender
que un hombre de su aspecto, con esos dientes y esa elegante indumentaria, y con
todo su dinero, tuviese alguna vez que comer solo.
—Probemos algo dulce, Bernard. En honor de la señorita. Un buen «daiquiri»,
según tu inimitable estilo.
—Gracias, señor —dijo Bernard.
Inimitable, pensó. ¿Por qué empleaba esas palabras? Su impresión de estar en la
edad del pavo, mal vestida, mal maquillada, provocaba en ella un sentimiento de
hostilidad.
Gretchen observó a Bernard estrujando unas limas, echando hielo en la coctelera
y sacudiendo la mezcla, con manos expertas, bien cuidadas, rosadas y negras. Adán y
Eva en el Paraíso. Si míster Boylan pudiese sospechar… No hablaría de un modo tan
condescendiente sobre la corrupción.
La helada bebida estaba deliciosa, y ella la apuró como si fuese limonada. Boylan
la observaba, con una ceja alzada, con gesto un tanto teatral, mientras desaparecía la
bebida.
—Otro, por favor, Bernard —dijo.
Las dos parejas pasaron al comedor, dejándoles solos en el bar, mientras Bernard
preparaba la segunda ronda. Gretchen se sentía ahora más a sus anchas. La tarde se
estaba abriendo. Ignoraba cómo se le habían ocurrido estas palabras, pero parecían
expresar exactamente la situación: una apertura. En el futuro, se sentaría en muchos
bares oscuros, y muchos hombres maduros, amables y elegantes, le pagarían
deliciosas bebidas.
Bernard dejó la copa frente a ella.
—¿Puedo hacerle una sugerencia, dilecta? —dijo Boylan—. Si estuviese en su
lugar, bebería esa copa más despacio. A fin de cuentas, hay ron en ella.
—Claro —dijo ella, con dignidad—. Tenía mucha sed, creo que por haber estado
plantada al sol.
—Claro, dilecta —dijo él.
Dilecta. Nadie la había llamado así. Le gustaba la palabra y, sobre todo, la manera
en que él la pronunciaba, con voz fría, nada incitante. Empezó a beber a pequeños

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sorbos, como las damas distinguidas. Estaba tan bueno como el anterior. Tal vez
mejor aún. Tenía la impresión de que no volvería a ruborizarse aquella tarde.
Boylan pidió el menú. Escogerían en el bar, mientras terminaban el aperitivo. El
maître les trajo dos grandes cartulinas y dijo, haciendo una ligera reverencia:
—Celebro volver a verle, míster Boylan.
Todo el mundo se alegraba de ver a míster Boylan, el de los lustrosos zapatos.
—¿Lo deja a mi elección? —preguntó éste.
Gretchen sabía, por las películas, que los caballeros escogían muchas veces los
platos para las damas, en los restaurantes; pero una cosa era verlo en la pantalla y otra
que le ocurriese a una.
—Se lo ruego —dijo.
Le había salido perfecto, pensó triunfalmente. ¡Caramba, qué buena estaba la
bebida!
Hubo una breve pero seria discusión entre míster Boylan y el maître sobre el
menú. El maître se alejó, prometiendo llamarles en cuanto la mesa estuviese
dispuesta. Míster Boylan sacó una pitillera de oro y ofreció un cigarrillo a Gretchen.
Ésta negó con la cabeza.
—¿No fuma?
—No.
Tuvo la impresión de que no estaba a la altura del lugar y de la situación, pero lo
había probado un par de veces, y el humo la hacía toser y enrojecía sus ojos, y por
esto había renunciado a ulteriores pruebas. Además, su madre fumaba a todas horas,
y Gretchen no quería hacer nada de cuanto hacía su madre.
—Muy bien —dijo Boylan, encendiendo su cigarrillo con un mechero de oro que
se sacó del bolsillo y dejó después sobre el bar, junto a la pitillera con sus iniciales—.
No me gusta que fumen las chicas. Les quita la fragancia de la juventud.
Palabrería, pensó ella. Pero, ahora, ya no la molestó. El hombre exageraba para
complacerla. De pronto, percibió el perfume que se había puesto en el tocador de la
oficina. Se inquietó al pensar que él pudiese encontrarlo barato.
—¿Sabe una cosa? —dijo—. Me sorprendió que conociese mi nombre.
—¿Por qué?
—Porque no creo haberle visto más de un par de veces en la fábrica. Y usted no
entra nunca en la oficina.
—Me fijé en usted —dijo él—, y me pregunté cómo una joven como usted podía
estar en un lugar tan horrible como la «Fábrica de Tejas y Ladrillos Boylan».
—No es tan espantoso —dijo ella, precavidamente.
—¿No? Celebro que lo diga. Tenía la impresión de que todos mis empleados la
encontraban intolerable. Y me había prometido no visitarla más de quince minutos al
mes. La encuentro deprimente.
Volvió el maître.
—La mesa está dispuesta, señor.

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—Deje aquí su copa —dijo Boylan, ayudándola a bajar del taburete—. Bernard se
la traerá.
Siguieron al maître al comedor. Había ocho o diez mesas ocupadas. Un coronel
de uniforme y un grupo de jóvenes oficiales. Varias parejas llamativas. Flores e
hileras de copas resplandecientes, sobre pulidas mesas de falso estilo colonial.
Ninguno de los que están aquí gana menos de diez mil dólares al año, pensó
Gretchen.
Las conversaciones se apagaron, mientras ellos seguían al maître hasta una mesita
colocada junto a una ventana que daba sobre el río. Gretchen sintió la mirada de los
jóvenes oficiales. Se tocó el cabello. Sabía lo que estaban pensando. Y lamentó que
míster Boylan no fuese un poco más joven.
El maître le apartó la silla, y ella se sentó y desplegó modosamente la gran
servilleta sobre las rodillas. Bernard entró con los «daiquiris» sin terminar sobre una
bandeja, y los dejó sobre la mesa.
—Gracias, señor —dijo, antes de volverse.
Reapareció el maître con una botella de vino tinto francés, y el camarero trajo el
primer plato. «The Old Farmer's Inn» no andaba escaso de personal.
El maître vertió ceremoniosamente un poco de vino en una copa grande y
profunda. Boylan lo olió, lo probó, levantó la cabeza, frunciendo los párpados y
mirando al techo, y retuvo un momento el vino en la boca, antes de engullirlo.
Asintió con la cabeza.
—Muy bueno, Lawrence —dijo.
—Gracias, señor —dijo el maître.
Después de tantas gracias, pensó Gretchen, la cuenta va a ser enorme.
El maître llenó su copa y, después la de Boylan. Éste levantó el vaso en dirección
a ella y ambos sorbieron el vino. Tenía un extraño sabor a polvo, estaba tibio.
Gretchen pensó que, con el tiempo, seguro que llegaría a gustarle aquel sabor.
—Espero que le gusten los cogollos de palma —dijo Boylan—. Me aficioné a
ellos en Jamaica. Naturalmente, esto fue antes de la guerra.
—Es delicioso.
En realidad, no le sabía a nada; pero le gustaba la idea de que hubiesen tenido que
talar una soberbia palmera para servirle aquel pequeño y delicado plato.
—Cuando termine la guerra —dijo él, tomando un bocado—, pienso volver y
establecerme allí, en Jamaica. Tumbarme en la arena, bajo el sol, y dejar que pasen
los años. Cuando los muchachos vuelvan a casa, este país será imposible. Un mundo
hecho para los héroes —dijo zumbón—, no está hecho para Theodore Boylan. Confío
en que vendrá a visitarme.
—No faltaría más —dijo ella—. Me daré la gran vida, con mi salario de la
«Fábrica de Tejas y Ladrillos Boylan».
Él se echó a reír.
—Mi familia se enorgullece —dijo— de haber pagado mal a sus empleados desde

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1887.
—¿Su familia? —dijo ella.
Tenía entendido que él era el único Boylan que existía. Era de dominio público
que vivía solo en una mansión cercada de muros de piedra, en una gran hacienda en
las afueras de la ciudad. Con criados, naturalmente.
—Una familia imperial —dijo él—. Nuestra fama se extiende de costa a costa,
desde el boscoso Maine hasta California, perfumada por los naranjos. Aparte de la
«Fábrica de Tejas y Ladrillos Boylan», de Port Philip, están los «Astilleros Boylan»,
las «Compañías de Petróleo Boylan» y las «Fábricas de Maquinaria Pesada Boylan»,
extendidas a lo largo y ancho de este gran país, con un hermano, un tío o un primo
Boylan al frente de cada empresa, suministrando, a elevado precio, pertrechos de
guerra a nuestra amada patria. Incluso hay un general Boylan que lucha
esforzadamente por la causa de su nación en el Servicio de Intendencia de
Washington. ¿Que si tengo familia? Eche usted un dólar al aire, y allí estará un
Boylan dispuesto a cogerlo.
No estaba acostumbrada a que la gente vilipendiase a su propia familia; su
concepto de la lealtad era muy simple. Su rostro debió reflejar su desagrado.
—Le choca esto, ¿no? —dijo él, mostrando de nuevo aquella aviesa y divertida
expresión.
—En realidad, no —respondió ella, pensando en su propia familia—. Sólo los
miembros de una familia saben lo que ésta se merece.
—No crea que soy tan malo —dijo Boylan—. Mi familia tiene una virtud que
admiro sin reservas.
—¿Cuál es?
—Son ricos. Son muy, muy ricos —dijo.
Y se echó a reír.
—Sin embargo —dijo ella, confiando en que el hombre no era tan malo como
parecía, en que su actitud no era más que una comedia para impresionar a una chica
de cabeza hueca—, sin embargo, usted sigue trabajando. Y los Boylan han hecho
mucho por este pueblo.
—Así es —dijo él—. Le han chupado toda la sangre. Por supuesto, su interés por
él es puramente sentimental. Port Philip es la más insignificante de las posesiones
imperiales. No vale el tiempo que un Boylan cien por ciento puede gastar en ella.
Pero no la abandonan. El último, el ínfimo, de la estirpe, su humilde servidor, fue
delegado a la mísera provincia de origen, para prestar a esta reliquia la magia de su
nombre y la autoridad de la presencia viva de la familia, al menos, una o dos veces al
mes. Y realizo mis deberes rituales con el debido respeto, soñando en irme a Jamaica
cuando enmudezcan los cañones.
No sólo odia a la familia, pensó ella, sino que también se odia a sí mismo.
Los vivos y claros ojos del hombre advirtieron el cambio ínfimo en su expresión.
—No le gusto a usted —dijo.

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—No es así —dijo ella—. Sólo que usted es diferente de todas las personas que
conozco.
—¿Para bien o para mal?
—No lo sé.
Él asintió gravemente con la cabeza.
—Retiro la pregunta —dijo—. Bebamos. Ahí viene otra botella de vino.
Lo cierto es que habían despachado toda la primera botella y aún no había llegado
el plato fuerte. El maître cambió sus copas y repitió la ceremonia de la degustación.
El vino había encendido las mejillas y la garganta de la joven. Las demás
conversaciones del restaurante parecían haberse amortiguado y llegaban a sus oídos
con un ritmo regular y apaciguador, como el rumor de un rompiente lejano. De
pronto, Gretchen se sintió como en su casa, en el viejo y pulcro salón, y se rió en voz
alta.
—¿De qué se ríe? —preguntó Boylan, con recelo.
—De que estoy aquí —dijo ella—, cuando podría estar en cualquier otra parte.
—Tiene que beber más a menudo —dijo él—. El vino le sienta bien. —Estiró el
brazo y le dio unas palmadas en la mano. Ella sintió en la piel un contacto seco y
firme—. Es usted hermosa, dilecta, muy hermosa.
—También yo lo creo —dijo ella.
Y, esta vez, fue él quien rió.
—Al menos, hoy —dijo Gretchen.

Cuando el camarero sirvió el café, estaba ebria. Jamás se había emborrachado en


su vida; por consiguiente, no se daba cuenta de su estado. Lo único que sabía era que
todos los colores eran más claros; que el río que discurría allá abajo era de un azul
cobalto; que el sol que descendía sobre los lejanos riscos de poniente era
asombrosamente dorado. Todos los manjares habían dejado en su boca un sabor a
verano, y el hombre que estaba frente a ella no era un extraño, no era un patrono, sino
su amigo mejor y más íntimo; su rostro refinado y curtido era amable y
maravillosamente cortés; los ocasionales contactos de su mano en la de ella, tenían
una sequedad amistosa y tranquila; su risa era un espaldarazo a su ingenio. Gretchen
podía decírselo todo; sus secretos le pertenecían.
Le contó episodios del hospital, como el del soldado que había sido herido en un
ojo por una botella de vino arrojada por una francesa entusiasta para darle la
bienvenida en París, y que había sido la causa de que le concediesen el Corazón de
Púrpura, por padecer de doble visión, lesión sufrida en cumplimiento del deber. Y el
de la enfermera y el oficial que se hacían el amor todas las noches en una ambulancia
aparcada allí, y que, una vez, al ser llamada ésta con urgencia, fueron transportados a
Poughkeepsie completamente desnudos.
Mientras hablaba, se convencía a sí misma de que era una persona interesante y

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singular, que llevaba una vida plena y colmada de incidentes. Expuso los problemas
con que había tropezado al representar el papel de Rosalinda, de Como gustéis, en la
función dada en la escuela por el curso superior. Míster Pollack, el director, que había
visto una docena de Rosalindas, en Broadway y en otras partes, le había dicho que
sería un crimen que malgastase su talento. También había representado el papel de
Porcia, el año anterior, y llegó a pensar, por un momento, que podría ser un brillante
abogado. Creía que, en estos tiempos, las mujeres debían hacer cosas así, y no
contentarse con casarse y tener hijos.
Quería decirle a Teddy (la llegar a los postres, era ya Teddy) algo que no había
confiado a nadie: cuando terminase la guerra, iría a Nueva York y se haría actriz.
Recitó un fragmento de Como gustéis, animadamente y tartamudeando un poco,
debido a los «daiquiris», el vino y dos copitas de «Benedictine».
Vamos, cortéjame, cortéjame —dijo—, porque estoy de humor festivo y bastante
predispuesta a consentir. ¿Qué me dirías ahora, si yo fuese vuestra misma, vuestra
misma Rosalinda?
Teddy le besó la mano al terminar, y ella aceptó el cumplido con donaire,
encantada de las implicaciones galantes de la cita.
Animada por la persistente atención que le prestaba el hombre, se sentía
electrizante, resplandeciente e irresistible. Se desabrochó los dos botones superiores
de la blusa. Los encantos eran para lucirlos. Además, hacía calor en el restaurante.
Podía hablar de cosas indecibles, podía emplear palabras que, hasta ahora, sólo había
visto escritas en las paredes por los chicos desvergonzados. Había conseguido el don
de la sinceridad, ese privilegio aristocrático.
—No les presto la menor atención —dijo, respondiendo a una preguntó de Boylan
sobre los chicos de la oficina—. Saltan alrededor de una como perritos. Son unos
Don Juanes de pueblo. La llevan a una al cine y a tomar un helado, y la besuquean en
el asiento trasero de un taxi, y la agarran con la fuerza de esas anillas metálicas de los
tiovivos y suspiran como alces moribundos. Esto no se ha hecho para mí. Tengo otras
cosas en que pensar. Lo intentan una vez y enseguida comprenden que no hay nada
que hacer. ¡No tengo prisa! —se interrumpió súbitamente—. Gracias por esta
deliciosa comida —dijo—. Tengo que ir al lavabo.
Jamás les había dicho eso a sus acompañantes. Más de una vez, su vejiga había
estado a punto de estallar en el cine o en las fiestas.
Teddy se levantó.
—En el pasillo, segunda puerta, a la izquierda —dijo.
Teddy era un buen conocedor, lo sabía todo.
Cruzó el salón sin apresurarse, sorprendida de que estuviera vacío. Caminaba
despacio, porque sabía que los claros e inteligentes ojos de Teddy la seguían. Ella
tenía recta la espalda. Lo sabía muy bien. Tenía el cuello largo y blanco, bajo los
negros cabellos. Lo sabía muy bien. Tenía estrecha la cintura, redondas las caderas,
largas, llenas y firmes las piernas. Sabía todo eso, y caminaba despacio, para que

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Teddy lo supiese también, de una vez para siempre.
En el tocador de señoras, se miró al espejo y se quitó el resto de carmín de los
labios. Tengo la boca grande y llamativa, dijo, pensando en voz alta. Qué estúpida fui
al pintarla como una boca de vieja.
Salió al pasillo. Teddy la estaba esperando en la entrada del bar. Había pagado la
cuenta y se estaba calzando el guante izquierdo. Al acercarse ella, la miró frunciendo
el ceño.
—Voy a comprarle un vestido rojo —dijo—. Un deslumbrante vestido rojo que
haga resaltar esa tez maravillosa y esos negros y salvajes cabellos. Cuando entre en
un salón, los hombres caerán de rodillas.
Ella se echó a reír; el rojo era su color. Así deberían hablar todos los hombres.
Le asió del brazo y se dirigieron al coche.
Él levantó la capota, porque empezaba a refrescar, y condujo despacio hacia el
Sur, con la mano derecha, deliberadamente libre del guante, asiendo la de ella sobre
el asiento. El coche, con todas las ventanillas levantadas, respiraba intimidad. Flotaba
el aroma del alcohol que habían bebido, mezclado con el olor del cuero.
—Ahora dígame: ¿Qué hacía realmente en la parada de autobús de King's
Landing?
Ella rió entre dientes.
—Fea risita —dijo él.
—Estaba allí para hacer una cosa fea —dijo ella.
Él condujo en silencio durante un rato. La carretera estaba desierta. Rodaban
entre franjas de largas sombras y pálidos rayos de sol, por la pista flanqueada de
árboles.
—Continúe —dijo Teddy.
¿Por qué no?, pensó Gretchen. En aquella tarde bendita, podía contarse todo.
Podían decírselo todo. Estaban por encima de las trivialidades de la gazmoñería.
Empezó a hablar, primero con vacilación, después con más soltura, a medida que se
adentraba en el relato de lo que había sucedido en el hospital.
Describió a los dos negros, lisiados y solitarios, los dos únicos hombres de color
del pabellón, y dijo que Arnold se había mostrado siempre reservado y cortés, sin
llamarla nunca por su nombre de pila como hacían los otros soldados, y que leía los
libros que ella le prestaba, y que parecía inteligente y triste, con su herida, y aquella
chica de Cornualles que nunca había vuelto a escribirle. Después, refirió la noche en
que la había encontrado sola, mientras todos los demás dormían, y la conversación
que habían sostenido y que había terminado con la proposición de los dos hombres y
el ofrecimiento de los ochocientos dólares.
—Si hubiesen sido blancos, habría dado cuenta al coronel —dijo—, pero en esas
circunstancias…
Teddy asintió con la cabeza, comprensivo, detrás del volante, pero nada dijo, sólo
aceleró un poco la marcha, carretera adelante.

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—Desde entonces, no he vuelto al hospital —prosiguió ella—. No podía hacerlo.
Supliqué a mi padre que me dejase ir a Nueva York. Me resultaba insoportable
permanecer en el mismo pueblo que aquel hombre, que no habría olvidado lo que me
había dicho. Pero mi padre… Con mi padre, no se puede discutir. Y, naturalmente, no
podía explicarle mis razones. Habría sido capaz de ir al hospital y matar a aquellos
dos hombres con sus propias manos. Y entonces, esta mañana… hacía un día tan
hermoso… que no fui al autobús, sino que me dejé llevar por él. No quería ir a
aquella casa, pero creo que quería saber si estaban allí, si había hombres capaces de
actuar de esa manera. Pero, aun así, al bajar del autobús, me quedé en la carretera.
Bebí una «Coca-Cola», tomé un baño de sol… Yo… Tal vez habría andado parte del
camino. O quizás hasta el final. Sólo por ver. Sabía que no corría ningún peligro.
Aunque me viesen, podría escapar con toda facilidad. Sólo pueden moverse despacio,
a causa de sus piernas.
El coche redujo la marcha. Mientras hablaba, Gretchen había mantenido la mirada
fija en sus zapatos, debajo del tablero de señales. Al levantar la vista, vio dónde se
encontraban. La estación de gasolina. La tienda donde vendían de todo. No se veía a
nadie.
El coche se detuvo a la entrada del camino enarenado que conducía al río.
—No era más que un juego —dijo ella—, un juego de muchacha, estúpido y
cruel.
—Miente —dijo Boylan.
—¿Qué?
Se quedó anonadada. Dentro del coche hacía un calor horrible, asfixiante.
—Ya lo has oído, dilecta. No era ningún juego. Usted iba allí para que la violasen.
—Teddy —dijo ella, jadeando—. Por favor…, por favor, abra la ventanilla. No
puedo respirar.
Boylan alargó el brazo por delante de ella y abrió la portezuela.
—Adelante —dijo—. Eche a andar por el camino. Todavía estarán allí.
Diviértase. Estoy seguro de que será una experiencia que recordará con gusto durante
toda su vida.
—Por favor, Teddy…
Empezaba a sentir vértigo, y la voz del hombre se extinguió en sus oídos, para
volver de nuevo, ronca y dura.
—No se preocupe por el viaje de regreso —dijo Boylan—. La esperaré aquí. No
tengo nada mejor que hacer. Hoy es sábado, y todos mis amigos salieron de la ciudad.
Adelante. Cuando vuelva, me lo contará todo. Será muy interesante.
—Tengo que salir de aquí —dijo ella.
Era como si su cabeza se dilatase y se encogiese, y tenía una sensación de ahogo.
Bajó del coche, tambaleándose, y vomitó en la orilla de la carretera, con grandes y
angustiosas convulsiones.
Boylan permanecía inmóvil detrás del volante, mirando fijamente al frente.

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Cuando ella hubo terminado y cesaron aquellas convulsiones que le desgarraban la
garganta, le dijo, brevemente:
—Está bien, suba.
Agotada y frágil, volvió al coche; un sudor frío cubría su frente, y se tapaba la
boca con la mano, para evitar el mal olor.
—Tome, dilecta —dijo Boylan, en tono afectuoso, sacando un gran pañuelo de
seda de colores del bolsillo superior de su chaqueta—. Emplee esto.
Ella se enjugó los labios y se secó el sudor del rostro.
—Gracias —murmuró.
—¿Qué quiere realmente hacer? —preguntó él.
—Quiero ir a casa —balbuceó Gretchen.
—No puede ir a casa en estas condiciones —dijo él.
Puso el coche en marcha.
—¿Adónde me lleva?
—A mi casa —dijo él.
Estaba demasiado agotada para discutir, y permaneció inmóvil, con la cabeza
apoyada en el respaldo del asiento, los ojos cerrados, mientras el coche rodaba veloz
por la carretera.

Se hicieron el amor a primeras horas de la noche, después de enjuagarse ella la


boca durante largo rato, con un elixir que olía a canela, y de dormir profundamente
un par de horas en la cama de él. Después, Boylan la condujo a casa, en silencio.
Cuando volvió a la oficina, a las nueve de la mañana del lunes, encontró un sobre
largo y blanco sobre su mesa. Iba dirigido a su nombre, con la indicación «Personal»
en uno de sus ángulos. Lo abrió. Contenía ocho billetes de cien dólares.
Sin duda, el hombre se había levantado al amanecer, para llegar a la ciudad y a la
fábrica cerrada, antes de que acudiesen los empleados.

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Capítulo III
La clase estaba en silencio, y no se oía más que el rasgueo de las plumas sobre el
papel. Miss Lenaut estaba sentada detrás de su mesa, leyendo y levantando de vez en
cuando la cabeza para echar un vistazo alrededor del aula. Sus alumnos tenían media
hora para escribir una composición sobre el tema La amistad franco-americana. Al
disponerse a empezar la tarea, en su pupitre del fondo de la clase, Rudolph tuvo que
confesarse que Miss Lenaut podía ser hermosa e indudablemente francesa, pero que
su imaginación dejaba bastante que desear.
Cada falta de ortografía o de acentuación significaba medio punto menos, y cada
error gramatical, un punto entero. La composición debía tener, al menos, tres páginas.
Rudolph llenó rápidamente las tres páginas requeridas. Era el único de la clase
que obtenía siempre puntuaciones superiores a 90 en composición y en dictado, y en
las tres últimas pruebas, había alcanzado 100. Dominaba tan bien el idioma que Miss
Lenaut había empezado a recelar y le había preguntado si sus padres hablaban
francés.
—Jordache —le dijo— no es un apellido americano.
Le dolió lo que implicaba esa afirmación. Deseaba ser distinto de los que le
rodeaban en muchos aspectos, pero no en su americanismo. Su padre era alemán, le
dijo a Miss Lenaut, pero, aparte de alguna palabra ocasional en esta lengua, Rudolph
sólo oía hablar inglés en casa.
—¿Está seguro de que su padre no nació en Alsacia? —insistió Miss Lenaut.
—En Colonia —dijo Rudolph.
Y añadió que su abuelo procedía de Alsacia-Lorena.
—Lo que sospechaba.
A Rudolph le dolía que Miss Lenaut, encarnación de la belleza femenina y del
encanto mundano, objeto de su febril admiración, pudiese creer un solo instante que
él era capaz de mentirle o de abusar de ella en secreto. Ansiaba confesarle sus
emociones e incluso se forjaba fantasías sobre un regreso a la escuela dentro de unos
años, cuando fuese un afable estudiante universitario; la esperaría a la salida de la
escuela, se dirigiría a ella en francés, un francés fluido y de acento perfecto, y le
confiaría, con divertida benevolencia por su timidez de antaño, su pasión de colegial.
Y, ¿quién sabía lo que podía ocurrir entonces? La literatura estaba llena de mujeres
maduras y muchachos brillantes, de maestras y discípulos precoces.
Repasó su trabajo, para corregir las faltas, enfurruñado por la vulgaridad del tema.
Cambió un par de palabras, puso un acento que había omitido y consultó su reloj.
Faltaba un cuarto de hora para terminar la clase.
—¡Eh! —susurró alguien, a su derecha, con voz atormentada—. ¿Cuál es el
participio pasivo de venir?
—Venu —murmuró él.
—¿Con dos oes? —susurró Kessler.

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—Con una u, idiota —dijo Rudolph.
Sammy Kessler siguió escribiendo trabajosamente, condenado al suspenso.
Rudolph miró fijamente a Miss Lenaut. Hoy, parecía más atractiva que nunca,
pensó. Llevaba largos pendientes y un vestido castaño brillante que se ajustaba a sus
fajadas caderas y dejaba al descubierto una buena cantidad de su acorazado busto. Su
boca era como una roja y reluciente herida. Antes de cada clase, la reseguía con su
lápiz de labios. Su familia tenía un pequeño restaurante francés en el distrito teatral
de Nueva York, y el aire de Miss Lenaut era más de Broadway que de Faubourg
Saint-Honoré; pero, por fortuna, Rudolph no podía advertir esa diferencia.
Para pasar el rato, Rudolph empezó a dibujar en una hoja de papel. El rostro de
Miss Lenaut fue tomando forma bajo su pluma: los dos inconfundibles rizos que
caían sobre sus mejillas, por delante de las orejas; el cabello espeso y ondulado con
raya en medio. Rudolph siguió dibujando. Los pendientes, el cuello carnoso y un
tanto grueso. Después, vaciló un momento. Iba a adentrarse en un terreno peligroso.
Miró una vez más a Miss Lenaut. Ésta seguía leyendo. En la clase de Miss Lenaut no
había problemas de disciplina. Imponía castigos por las más ligeras infracciones, con
implacable prodigalidad. La conjugación completa del verso reflexivo irregular se
taire, repetida diez veces, era la más leve de sus sentencias. Podía permanecer largo
rato sentada, leyendo, levantando sólo de vez en cuando la mirada, para asegurarse de
que todo iba bien, de que se guardaba silencio, de que no se pasaban papeles de un
pupitre a otro.
Rudolph se entregó a los placeres del arte erótico. Prosiguió la línea del cuello de
Miss Lenaut hasta formar el seno derecho, desnudo. Después, dibujó el izquierdo.
Las proporciones le dejaron satisfecho. La dibujaba de pie, vuelta sólo a medias hacia
la pizarra, con un brazo extendido y un pedazo de tiza en la mano. Rudolph trabajaba
con entusiasmo. Cada obra le salía mejor. Las caderas le resultaron fáciles. El monte
de Venus lo dibujó de memoria, recordando los libros de arte de la biblioteca, y, por
esto, le salió un poco confuso. En cambio, las piernas le parecieron satisfactorias. Le
habría gustado dibujar a Miss Lenaut descalza, pero era torpe en el dibujo de los pies;
por consiguiente, le puso los zapatos de tacón alto que solía llevar, con una tirilla
sobre el tobillo. Como la representaba escribiendo en la pizarra, resolvió poner en
ésta algunas palabras. Je suis folle d'amour, escribió, imitando minuciosamente la
escritura de Miss Lenaut en el encerado. Después, empezó a dar sombreado artístico a
los senos de Miss Lenaut. Decidió que toda la obra sería más llamativa si la dibujaba
como si un fuere rayo de luz incidiese sobre ella desde la izquierda. Sombreó la parte
interna del muslo. Le habría gustado mostrar su obra a algún compañero que supiese
apreciarla. Pero no podía confiar en que ninguno de los chicos del equipo de
atletismo, que eran sus mejores amigos, considerase el dibujo con la seriedad
adecuada.
Estaba sombreando las tirillas de los zapatos, cuando advirtió que alguien estaba
de pie a su lado. Levantó la mirada, poco a poco. Miss Lenaut contemplaba el dibujo,

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echando chispas. Debía de haberse deslizado por el pasillo, como un gato, a pesar de
sus altos tacones.
Rudolph permaneció inmóvil. Cualquier actitud habría resultado vana. Los ojos
negros y pintados de Miss Lenaut, que se mordía el carmín de los labios, le miraban
furiosos. Alargó la mano, sin decir nada. Rudolph cogió la hoja de papel y se la dio.
Miss Lenaut giró sobre sus talones y volvió a su mesa, enrollando el papel entre las
manos, para que nadie pudiese ver lo que había en él.
Antes de que sonara la campana que indicaba el fin de la clase, llamó:
—Jordache.
—Sí, señora —dijo Rudolph, orgulloso del tono natural que había dado a sus
palabras.
—Quisiera verle un momento, después de clase.
—Sí, señora —dijo él.
Sonó la campana. Estalló el parloteo acostumbrado. Los alumnos salieron
corriendo del aula, para dirigirse a la clase siguiente. Rudolph metió sus libros en la
cartera, con gran parsimonia. Cuando todos los demás alumnos hubieron salido del
aula, se dirigió a la mesa de Miss Lenaut.
Ella estaba sentada como un juez. Su tono era helado.
—Monsieur l'artiste —dijo—, ha olvidado usted un importante detalle en su chef
d'oeuvre. —Abrió el cajón de su mesa, sacó la hoja de papel con el dibujo y la alisó,
haciendo un áspero sonido, sobre la carpeta de encima de la mesa—. Le falta la
firma. Las obras de arte son muchísimo más valiosas cuando llevan la firma auténtica
de su autor. Sería lamentable que pudiese existir alguna duda sobre el origen de una
obra de tanto mérito. —Empujó el dibujo sobre la mesa, acercándolo a Rudolph—.
Le quedaría muy agradecida, Monsieur —dijo—, si tuviese la amabilidad de
estampar su nombre. En caracteres legibles.
Rudolph sacó su pluma y firmó en el ángulo inferior derecho del dibujo. Lo hizo
despacio y concienzudamente, procurando que Miss Lenaut se diese cuenta de que, al
mismo tiempo, estudiaba la imagen. No estaba dispuesto a comportarse como un
chiquillo asustado delante de ella. El amor tenía sus exigencias. Si había tenido
hombría suficiente para dibujarla desnuda, debía tenerla también para aguantar su
furor. Subrayó la firma con una pequeña rubrica.
Miss Lenaut le arrancó el dibujo y lo colocó en un lado de la mesa. Ahora,
respiraba con fuerza.
—Monsieur —dijo, con voz chillona—, en cuanto terminen las clases, irá a
buscar inmediatamente a su padre o a su madre y lo traerá para que podamos
conservar con rapidez. —Cuando se enfadaba, Miss Lenaut cometía pequeñas y
extrañas faltas en su inglés—. Tengo que revelarles algunas cosas importantes sobre
el hijo que han criado en su casa. Yo esperaré aquí. Si a las cuatro no ha vuelto usted
con un representante de su familia, tendrá que sufrir las más graves consecuencias.
¿Comprendido?

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—Sí, señora. Buenas tardes, Miss Lenaut.
El «buenas tardes» requería bastante valor. Salió del aula, ni más deprisa ni más
despacio que de costumbre. Recordó los pasos deslizantes de Miss Lenaut. Ahora,
parecía que acabase de subir corriendo dos tramos de escalera.
Cuando llegó a casa, terminadas las clases, no entró en la tienda, donde su madre
servía a unos parroquianos, sino que subió al piso, esperando encontrar allí a su
padre. Pasase lo que pasase, no quería que su madre viese aquel dibujo. Su padre
quizá le zurraría, pero prefería esto a la expresión que vería en los ojos de su madre
durante el resto de su vida, si llegaba a ver aquella imagen.
Su padre no estaba en casa. Gretchen estaba en su trabajo, y Tom sólo llegaba
cinco minutos antes de la cena. Rudolph se lavó la cara y las manos y se peinó. Se
enfrentaría con su destino como un caballero.
Bajó la escalera y entró en la tienda. Su madre estaba envolviendo doce
panecillos para una vieja que olía como un perro mojado. Esperó a que la vieja se
hubiese marchado y, entonces, se acercó a su madre y le dio un beso.
—¿Cómo te ha ido hoy en la escuela? —preguntó ella, acariciándole el cabello.
—Bien —respondió él—. Como siempre. ¿Dónde está papá?
—Probablemente ha ido al río. ¿Por qué?
El «¿Por qué?» tenía miga. Era muy extraño que alguien de la familia buscase a
su marido, si no era absolutamente necesario.
—Por nada —dijo Rudolph en tono indiferente.
—¿No había entrenamiento hoy? —insistió ella.
—No.
Sonó la campanilla de la puerta, entraron dos parroquianas, y ya no hizo falta que
siguiese mintiendo. Se despidió con la mano y salió, mientras su madre saludaba a las
recién llegadas.
Cuando ya no pudieron verle desde la tienda, aceleró el paso en dirección al río.
Su padre guardaba su esquife en un rincón de un destartalado almacén de la orilla del
río, y generalmente, pasaba una o dos tardes a la semana trabajando en el bote.
Rudolph pidió al cielo que fuese una de esas tardes.
Cuando llegó al almacén, vio a su padre frente al mismo, lijando el casco de la
barquita monoplaza, apoyada, boca abajo, sobre dos caballetes. Su padre llevaba las
mangas remangadas y pulía con gran cuidado la fina madera. Al acercarse, Rudolph
pudo ver los correosos músculos de los antebrazos de su padre, endureciéndose y
relajándose con rítmicos movimientos. Hacía calor, y, a pesar del viento que venía del
río, su padre estaba sudando.
—Hola, papá —dijo Rudolph.
Su padre levantó la cabeza, gruñó y volvió a su trabajo. Había comprado el
cascaron de nuez en condiciones casi ruinosas, poco menos que de balde, a un
colegio de niños del vecindario, que había quebrado. Ciertos recuerdos infantiles y
agradables de su niñez en el Rin habían influido en esa compra y en que

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reconstruyera la barquichuela y la puliese una y otra vez. Aparecía inmaculada, y el
mecanismo del asiento deslizante brillaba bajo su capa de aceite. Al salir del hospital
de Alemania, con una pierna casi inútil y su gran corpachón débil y escuálido.
Jordache había realizado ejercicios, con verdadero fanatismo, para recobrar las
fuerzas. Su trabajo en los barcos del Lago le habían dado el vigor de un gigante, y las
carreras de varios kilómetros que hacía metódicamente, arriba y abajo por la orilla del
río, habían hecho que conservase su enorme resistencia. Debido a su pierna lesionada,
le era imposible alcanzar a nadie; pero, en cambio, daba la impresión de poder
aplastar a cualquiera entre sus vellosos brazos.
—Papá… —empezó a decir Rudolph, tratando de dominar su nerviosismo.
Su padre nunca le había pegado; pero Rudolph le había visto noquear a Thomas
de un puñetazo el año pasado.
—¿Qué quieres?
Jordache comprobó la lisura de la madera, con sus anchos dedos que parecían
espátulas. Tanto el dorso de sus manos como sus dedos estaban cubiertos de negro
vello.
—Se trata de la escuela —dijo Rudolph.
—¿Tienes dificultades? ¿Tú? —dijo Jordache, mirando a su hijo con auténtica
sorpresa.
—No diría yo tanto —respondió Rudolph—. Pero se ha creado cierta situación.
—¿Qué clase de situación?
—Bueno —dijo Rudolph—, es cosa de la profesora de francés. Asisto a su clase.
Dice que quiere verte esta tarde. Ahora mismo.
—¿A mí?
—Bueno —rectificó Rudolph—, ha dicho que uno de los dos.
—¿No puede ir tu madre? —preguntó Jordache—. ¿Le has hablado de esto?
—Creo que es mejor que ella no se entere —dijo Rudolph.
Jordache le miró, curioso, por encima del casco del esquife.
—Creía que el francés era una de las asignaturas en que te defendías mejor.
—Y lo es —dijo Rudolph—. Es inútil que hablemos de ello, papá, tienes que
hablar con ella.
Jordache limpió una manchita de la madera. Después, se enjugó la frente con el
dorso de la mano y empezó a bajarse las mangas. Se echó la cazadora sobre un
hombro, como hacen los obreros, recogió y se caló la gorra de paño, y emprendió la
marcha. Rudolph le siguió, sin atreverse a decirle que quizá sería mejor que fuese a
casa a cambiarse de traje, para hablar con Miss Lenaut.
Cuando Rudolph entró en el aula con su padre, Miss Lenaut estaba sentada a su
mesa, corrigiendo los ejercicios. El edificio de la escuela estaba vacío, pero se oían
gritos en el campo de atletismo, debajo de las ventanas de la clase. Miss Lenaut se
había pintado los labios al menos tres veces, desde que terminó la clase de Rudolph.
Éste advirtió, por primera vez, que sus labios eran finos y que los llenaba

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artificialmente. Ella levantó la cabeza, al entrar ellos, y frunció la boca. Jordache se
había puesto la cazadora antes de entrar en la escuela y se había quitado la gorra; pero
seguía pareciendo un obrero.
Miss Lenaut se levantó, al acercarse ellos a su mesa.
—Le presento a mi padre, Miss Lenaut —dijo Rudolph.
—¿Cómo está usted, señor? —dijo ella fríamente.
Jordache no respondió. Permaneció plantado frente a la mesa, chupándose el
bigote, con la gorra entre las manos, proletario y sumiso.
—¿Le ha dicho su hijo por qué le he pedido que viniera esta tarde, míster
Jordache?
—No —respondió él—. Creo que no me lo ha dicho.
Su voz tenía un tono curioso, una suavidad extraña en él. Y Rudolph se preguntó
si su padre tendría miedo de aquella mujer.
—El simple hecho de hablar de ello me repugna —dijo Miss Lenaut, con voz de
nuevo aguda—. En todos mis años de enseñanza… Es bochornoso… Un estudiante
que siempre había parecido tan aplicado y correcto… ¿No le ha dicho lo que hizo?
—No —respondió Jordache, resignadamente plantado allí, como si tuviese todo
el día y toda la noche para pensar en la cuestión, fuese ésta la que fuera.
—Eh bien —dijo Miss Lenaut—, pasaré el mal trago. —Se inclinó, abrió el cajón
de la mesa y sacó el dibujo. No lo miró, sino que lo dejó boca abajo y como
alejándolo de sí, mientras decía—: A media clase, cuando debía estar redactando una
composición, ¿sabe usted lo que hacía?
—No —dijo Jordache.
—¡Esto!
Y plantó dramáticamente el dibujo ante las narices de Jordache. Éste cogió el
papel y lo expuso a la luz que entraba por la ventana, para verlo mejor. Rudolph
observaba ansiosamente el rostro de su padre, buscando alguna señal. Casi esperaba
que se volviese y le atizase en el acto, y se preguntaba si tendría valor para aguantar
el golpe, sin flanquear o echar a correr. Pero la cara de Jordache no le dijo nada. El
hombre parecía muy interesado, pero un poco confuso. Por fin dijo:
—Lo siento, pero no entiendo el francés.
—No se trata de esto —dijo Miss Lenaut muy excitada.
—Aquí hay algo escrito en francés.
Jordache señaló con su gordo índice la frase Je suis folle d'amour, escrita por
Rudolph en la pizarra del dibujo, frente a la mujer desnuda.
—Estoy loca de amor. Estoy loca de amor.
Miss Lenaut paseaba ahora arriba y abajo, a pasitos menudos, detrás de su mesa.
—¿Cómo dice? —preguntó Jordache, arrugando la frente, como si se esforzase en
comprender algo demasiado profundo para él.
—Es lo que está escrito ahí —dijo Miss Lenaut, señalando con dedo nervioso la
hoja de papel—. Es la traducción de lo que ha escrito su inteligente hijo. «Estoy loca

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de amor. Estoy loca de amor».
Ahora temblaba de pies a cabeza.
—Ya comprendo —dijo Jordache, como si acabase de hacerse la luz en su cerebro
—. ¿Ha escrito esa porquería en francés?
Miss Lenaut se dominó, haciendo un visible esfuerzo, aunque volvía a morderse
los pintados labios.
—Míster Jordache —dijo—, ¿fue usted alguna vez a la escuela?
—En otro país —respondió Jordache.
—Sea cual fuere el país donde haya ido a la escuela, míster Jordache, ¿cree usted
que está bien que un jovencito dibuje a su profesora desnuda, en plena clase?
—¡Oh! —Jordache pareció sorprendido—. ¿Es usted?
—Sí, soy yo —dijo Miss Lenaut mirando furiosamente a Rudolph.
Jordache estudió el dibujo con mayor atención.
—¡Caramba! —dijo—. Sí que se parece. ¿Es que las maestras posan ahora
desnudas en la Escuela Superior?
—No permitiré que se burle de mí, míster Jordache —dijo Miss Lenaut con fría
dignidad—. Ya veo que es inútil proseguir esta conversación. Si tiene la bondad de
devolverme el dibujo… —Alargó la mano—. Me despediré de usted y le llevaré el
asunto a otra parte, donde se aprecie la gravedad de la acción. A la oficina del
director. Quise evitar a su hijo la vergüenza de que esta obscenidad fuese a parar a la
mesa de la dirección, pero no me queda otro remedio. Y ahora, haga el favor de
devolverme el dibujo. No le entretengo más…
Jordache retrocedió un paso, sin soltar el dibujo.
—¿Dice usted que mi hijo hizo este dibujo?
—Lo afirmo rotundamente —dijo Miss Lenaut—. Está firmado por él.
Jordache volvió a mirar el papel, para confirmarlo.
—Tiene usted razón —dijo—. Es la firma de Rudy. Y el dibujo es suyo. No
necesita ningún abogado para demostrarlo.
—Recibirá noticias del director —dijo Miss Lenaut—. Bueno, tenga la bondad de
devolverme el dibujo. Estoy ocupada y ya he perdido bastante tiempo con este
enojoso asunto.
—Prefiero conservarlo —dijo Jordache tranquilamente—. Usted misma ha dicho
que es de Rudy. Y demuestra mucho talento. Se parece mucho. —Meneó la cabeza,
con admiración—. Nunca sospeché que Rudy tuviese esta habilidad. Creo que le
pondré un marco y lo colgaré en mi casa. Un desnudo como éste cuesta mucho dinero
en el mercado.
Miss Lenaut se mordía los labios con tanta fuerza que estuvo unos momentos sin
poder pronunciar palabra. Rudolph contemplaba a su padre, sin salir de su asombro.
Nunca había tenido una idea clara de cómo iba a reaccionar, pero esta representación
taimada, falsamente ingenua, de zoquete campesino, estaba muy lejos de cuanto
Rudolph había podido presumir sobre el comportamiento de su padre.

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Miss Lenaut recobró el habla. Y habló con un ronco susurro, apoyándose furiosa
sobre la mesa, escupiendo las palabras a Jordache.
—¡Salga de aquí, sucio, ruin, y vulgar extranjero, y llévese al puerco de su hijo!
—No debe hablar así, señorita —dijo Jordache, sin perder la calma—. Ésta es una
escuela pública. Yo soy un contribuyente, y saldré de aquí cuando me venga en gana.
Y, si no anduviese usted por ahí meneando el rabo bajo su estrecha falda y mostrando
la mitad de las tetas, como una zorra de dos dólares en una esquina, tal vez sus
muchachos no sentirían la tentación de dibujarla en cueros. Es más, creo que, si a un
hombre se le ocurriese quitarle todas sus fajas y sostenes, resultaría que Rudy la
favoreció en su obra de arte.
Miss Lenaut tenía el rostro congestionado y contraída la boca por el odio.
—Ya sé quién es usted —dijo—. Sale Boche.
Jordache alargó el brazo sobre la mesa y le dio una bofetada, que sonó como un
petardo. Las voces del campo de juego se habían apagado, y en el aula reinaba un
silencio angustioso. Durante un momento, Miss Lenaut permaneció inclinada,
apoyadas las manos sobre la mesa. Después, estalló en sollozos y se derrumbó en su
silla, cubriéndose la cara con las manos.
—No aguanto ciertas palabras, francesita —dijo Jordache—. No vine de Europa
para oírlas. Y, si fuese francés, y les hubiese visto correr como conejos al primer
disparo de los sucios boches, lo pensaría dos veces antes de insultar a nadie. Si ha de
servirle de consuelo, le diré que maté a un francés en 1916, de un golpe de bayoneta,
y no me extrañaría que le hubiese herido en la espalda, cuando él corría a casa en
busca de mamá.
Al observar la calma con que hablaba su padre, como si discutiese acerca del
tiempo o sobre un pedido de harina, Rudolph se echó a temblar. La malicia de las
palabras aún resultaba más intolerable por el tono de plática, casi amistoso, con que
eran pronunciadas.
Jordache prosiguió, inexorable:
—Y si quiere usted vengarse en mi hijo, será mejor que lo piense dos veces,
porque no vivo lejos de aquí y no me importa caminar un poco. Desde hace dos años,
siempre ha sacado una A en francés, y, si no la consigue al terminar este curso, vendré
a hacerle algunas preguntas. Vámonos, Rudy.
Salieron del aula, dejando a Miss Lenaut llorando sobre su mesa.

Se alejaron de la escuela en silencio. Al llegar junto a un cesto de papeles, en una


esquina, Jordache se detuvo. Rasgó el dibujo en menudos pedazos, distraídamente, y
los tiró en el cesto. Después miró a Rudolph.
—Eres un estúpido sinvergüenza, ¿no?
Rudolph asintió con la cabeza.
—¿Has ido alguna vez con una chica? —preguntó Jordache, echando a andar en

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dirección a casa.
—No.
—¿De veras?
—De veras.
—Lo suponía —dijo Jordache. Caminó un rato sin decir palabra, balanceándose a
causa de la cojera—. ¿A qué estás esperando?
—No tengo prisa —dijo Rudolph, a la defensiva.
Ni su padre ni su madre le habían hablado nunca de cuestiones sexuales, y,
ciertamente, aquella tarde era el momento menos adecuado. Le perseguía el recuerdo
de Miss Lenaut, destrozada y fea, llorando sobre la mesa, y se avergonzaba de haber
creído que aquella mujer estúpida y excitada era digna de su pasión.
—Cuando empieces —dijo Jordache—, no te aferres a una sola. Tómalas por
docenas. No pienses nunca que hay una sola mujer hecha para ti, y que debes
poseerla. Podrías destrozar tu vida.
—Ya —dijo Rudolph, convencido de que su padre estaba equivocado,
terriblemente equivocado.
Otro silencio, al doblar una esquina.
—¿Te sabe mal que le haya pegado? —preguntó Jordache.
—Sí.
—Tú has vivido siempre en este país —dijo Jordache—. No sabes lo que es el
verdadero odio.
—¿Mataste de veras a un francés con la bayoneta?
Necesitaba saberlo.
—Sí —respondió Jordache—. Fue uno entre diez millones. ¿Qué importaba uno
más?
Casi habían llegado a casa. Rudolph se sentía deprimido y afligido. Hubiera
tenido que darle las gracias a su padre por sacarle de aquel lío; pocos padres se
habrían portado como él; pero no le salían las palabras.
—No fue el único hombre al que maté —dijo Jordache, cuando se detuvieron ante
la panadería—. Maté a otro cuando no había guerra. En Hamburgo, Alemania, con un
cuchillo. Fue en 1921. Pensé que debías saberlo. Ya es hora de que sepas algo acerca
de tu padre. Nos veremos a la hora de cenar. Ahora, tengo que poner el esquife a
cubierto.
Y se alejó cojeando por la arruinada calle, con la gorra de paño recta sobre la
cabeza.

Cuando, al terminar el curso, se publicaron las notas, Rudolph tuvo una A en


francés.

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Capítulo IV

El gimnasio de la escuela elemental, próxima a la casa de los Jordache, estaba


abierto hasta las diez, cinco noches por semana. Tom Jordache iba allí dos o tres
veces a la semana, a veces a jugar al baloncesto, otras a armar jaleo con los chicos y
jóvenes que se reunían allí o a jugar al juego de los mamporros que, de vez en
cuando, se practicaba en el lavabo de los muchachos, a espaldas del profesor de
gimnasia, que arbitraba los continuos partidos del campo de baloncesto.
Tom era el único chico de su edad a quien se le permitía participar en aquel juego.
Se había ganado el ingreso a fuerza de puños. Había encontrado un sitio entre dos de
los jugadores y, una noche, se había arrodillado en el suelo y arrojado un dólar al
bote, diciendo «Estás enclenque» a Sonny Jackson, muchacho de diecinueve años que
estaba a punto de alistarse y que era el alma del grupo que se reunía alrededor de la
escuela. Sonny era un chico rechoncho y vigoroso, camorrista y muy sensible a los
insultos. Tom había elegido deliberadamente a Sonny para su debut. Sonny le había
mirado, de mal talante, y empujado el billete de un dólar en su dirección. «Lárgate,
mocoso —le había dicho—. Esto es un juego de hombres».
Tom, sin vacilar, se había inclinado sobre el espacio despejado y le había dado un
revés a Sonny, sin mover las rodillas. En la lucha que siguió, Tom se ganó su
reputación. Hirió a Sonny en los párpados y en los labios, y acabó arrastrándole hasta
la ducha, abriendo la espita del agua fría y manteniéndole allí cinco minutos, antes de
cerrar el grifo. A partir de entonces, siempre que Tom se acercaba al grupo del
gimnasio, le abrían paso de buen grado.
Esta noche, no había juego. Un escuálido muchacho de veinte años, llamado Pyle,
que se había alistado no más empezar la guerra, mostraba un sable de samurái que
decía haber capturado personalmente en Guadalcanal. Había sido licenciado del
Ejército, después de tres ataques de paludismo y de haber estado a las puertas de la
muerte. Aún tenía un color amarillo alarmante.
Tom escuchó escépticamente a Pyle, que contaba que había arrojado una granada
de mano en el interior de una cueva, por pura suerte. Dijo que había oído un grito y
que había penetrado en la cueva, empuñando su pistola de teniente, y encontrado
muerto a un capitán japonés, con la espada a su costado. Tom pensó que esto era más
propio de Errol Flynn en Hollywood que de un chico de Port Philip en el sur del
Pacífico. Pero nada dijo, porque estaba de buen humor y no podía, en modo alguno,
pegarle a un tipo tan pálido y enfermizo.
—Dos semanas después —dijo Pyle—, le corté la cabeza a un japonés con este
sable.

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Tomo sintió que le tiraban de la manga. Era Claude, con su traje y su corbata
acostumbrados, y con un poco de espumilla entre los labios.
—Oye —murmuró Claude—, tengo algo que decirte. Salgamos de aquí.
—Espera un momento —dijo Tom—. Quiero oír esto.
—La isla estaba en nuestro poder —iba diciendo Pyle—, pero aún había
japoneses ocultos, que salían de noche, disparaban sobre la zona y tumbaban a los
chicos. El comandante se enfureció y envió patrullas, tres veces al día. Nos dijo que
no debía quedar uno solo de aquellos bastardos en la zona.
»Bueno, yo salí con una de esas patrullas, y vimos a uno de ellos que intentaba
vadear un torrente. Disparamos. Le herimos, pero no de gravedad, y el tipo se quedó
sentado, con las manos alzadas sobre la cabeza y diciendo algo en japonés. No había
ningún oficial en la patrulla; sólo un cabo y seis soldados; y yo que les digo:
«Escuchad, muchachos: mantenedlo ahí, pues iré a buscar mi sable de samurái y
tendremos una ejecución en regla». El cabo se resistió un poco, pues teníamos la
orden de hacer prisioneros; pero, como ya he dicho, no había allí ningún oficial, y, a
fin de cuentas, esto era lo que hacían aquellos bastardos a nuestros hombres; cortarles
la cabeza. Por consiguiente, pusimos el asunto a votación y fui en busca de mi sable
de samurái. Le hicimos poner de rodillas, en la debida forma, y él obedeció como si
estuviese acostumbrado a hacerlo. Como el sable era mío, tenía que realizar yo el
trabajo. Lo levanté por encima de la cabeza, y ¡zas!, la cabeza rodó por el suelo como
un coco, con los ojos abiertos. La sangre saltó casi a tres metros de distancia. Os
aseguro —dijo Pyle, tocando amorosamente el filo del arma— que estos sables son
formidables.
—Una mierda —dijo Claude, en voz alta.
—¿Qué? —preguntó Pyle, pestañeando—. ¿Qué has dicho?
—He dicho mierda —repitió Claude—. Nunca cortaste la cabeza de un japonés.
Apuesto a que compraste este sable en una tienda de recuerdos de Honolulú. Mi
hermano Al te conoce y dice que no eres capaz de matar un conejo.
—Oye, pequeño —dijo Pyle—. Aunque estoy enfermo, te daré la paliza de tu
vida si no cierras el pico y te largas de aquí. Nadie puede hablarme de ese modo.
—Vamos a verlo —dijo Claude.
Se quitó las gafas y las metió en el bolsillo superior de su chaqueta. Parecía
patéticamente indefenso.
Tom suspiró y se colocó delante de Claude.
—Si alguien quiere pegar a mi amigo —dijo—, antes tendrá que vérselas
conmigo.
—No me importa —dijo Pyle, pasando el sable a otro muchacho—. Eres joven,
pero novato.
—Déjalo, Pyle —dijo el chico que aguantaba el sable—. Te va a matar.
Pyle miró, vacilante, los rostros que le rodeaban. Vio en ellos algo que no le
gustó.

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—Lo cierto es —dijo, a grandes voces— que no he vuelto de la lucha del Pacífico
para pelear con chiquillos de mi propio país. Dame el sable, tengo que volver a casa.
Se batió en retirada. Los otros salieron sin decir palabra, dejando a Tom y a
Claude dueños del lavabo.
—¿Por qué has tenido que hacer esto? —preguntó Tom, irritado—. Él no llevaba
mala intención. Y sabías que no le habrían dejado que me atacase.
—Sólo quería ver la expresión de sus caras —dijo Claude, sudoroso y haciendo
un guiño—. Esto es todo. El poder. El poder en bruto.
—Un día, harás que me maten, con tu poder en bruto —dijo Tom—. Y ahora,
¿qué diablos tienes que decirme?
—He visto a tu hermana —dijo Claude.
—Te felicito. Yo la veo todos los días. Y algunos días, dos veces.
—La vi delante de los «Almacenes Bernstein». Yo iba en mi moto, y di la vuelta a
la manzana para asegurarme. La vi subir a un gran «Buick» descapotable, y un tipo
aguantaba la portezuela para que subiese. Estoy seguro de que le estaba esperando
frente a «Bernstein».
—No está mal —dijo Tom—. Fue a dar una vuelta en un «Buick».
—¿Quieres saber quién conducía el «Buick»? —los ojos de Claude bailaban
detrás de sus gafas, gozosos de su información—. Te vas a morir de asombro.
—No me moriré. ¿Quién era?
—Míster Theodore Boylan, Esquire —dijo Claude—. Era él. Un buen ascenso
social, ¿no crees?
—¿Cuándo los viste?
—Hace una hora. Te he estado buscando desde entonces.
—Probablemente, la habrá llevado al hospital. Ella trabaja allí de noche.
—Esta noche no está en ningún hospital, amigo —dijo Claude—. Les seguí un
trecho en la moto. Fueron por la carretera del monte. En dirección a la casa de él. Si
quieres ver esta noche a tu hermana, te aconsejo que eches un vistazo a la mansión de
Boylan.
Tom vaciló. Si Gretchen hubiese salido en coche con un chico de su edad, en
dirección del prado de los novios, junto al río, para besuquearse un poco, la cosa
habría sido diferente. Algo con que pincharla un poco. Odioso chico. Pagarle con su
propia moneda. Pero, con un viejo como Boylan, con un pez gordo de la ciudad…
Prefería no mezclarse en ello. Una cosa así, nunca se sabía cómo podía terminar.
—Escucha —dijo Claude—, si fuese mi hermana, yo metería la nariz. Ese Boylan
tiene fama en toda la ciudad. No sabes cuántas cosas les he oído contar a mi padre y a
mi tío sobre ésa casa, cuando no saben que estoy escuchando. Tu hermana puede
meterse en un lío bien gordo…
—¿Tienes la moto ahí fuera?
—Sí. Pero necesitamos un poco de gasolina.
La motocicleta era propiedad de Al, hermano de Claude, que se había

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incorporado a filas hacía un par de semanas. Al había prometido romperle todos los
huesos a Claude, si éste empleaba la máquina durante su ausencia; pero, siempre que
sus padres salían por la noche, Claude la sacaba del garaje, después de echarle un
poco de gasolina del coche familiar, y corría en ella por la ciudad durante una hora,
esquivando la Policía, porque era demasiado joven para tener licencia de conductor.
—Está bien —dijo Tom—. Iremos a ver qué pasa en la colina.
Claude llevaba un tubo de goma en la motocicleta. Pasaron detrás de la escuela,
donde estaba oscuro, abrieron el tanque de gasolina de un «Chevrolet» aparcado, y
Claude introdujo en él el tubo y chupó con fuerza; después, cuando subió la gasolina,
llenó el depósito de la moto.
Tom montó en el sillín de atrás, Claude asió el manillar, y la moto rodó por
callejas apartadas hacia las afueras de la ciudad y enfiló la larga y serpenteante
carretera de la colina, en dirección a la mansión de Boylan.
Cuando llegaron a la puerta principal, cuyas dos alas de hierro forjado
permanecían abiertas y montadas en un muro de piedra que parecía tener kilómetros
de longitud, dejaron la motocicleta detrás de unos arbustos. Tenían que seguir a pie,
para no hacer ruido. Había una caseta para el portero; pero, desde que empezó la
guerra, nadie vivía en ella. Los chicos conocían bien aquella finca. Desde hacía años,
solían saltar sus muros para cazar pájaros y conejos con escopetas de aire
comprimido. La propiedad estaba muy descuidada desde hacía tiempo, y más parecía
una selva que el frondoso parque que había sido antaño.
Cruzaron la arboleda en dirección al edificio principal. Al acercarse a éste, vieron
el «Buick» aparcado frente a la casa. No había luces en el exterior, pero se filtraba un
resplandor a través de un gran ventanal de la planta baja.
Avanzaron cautelosamente hacia un macizo de flores que había frente al ventanal.
Éste llegaba casi al suelo. Una de sus hojas estaba entreabierta. Las cortinas habían
sido corridas descuidadamente, y, con Claude arrodillado en tierra y Tom a
horcajadas sobre él, ambos podían observar el interior al mismo tiempo.
Hasta donde alcanzaba su vista, la habitación estaba vacía. Era espaciosa y
cuadrada, y había en ella un gran piano, un lago sofá, enormes sillones y varias mesas
con revistas. Una fogata ardía en el hogar. En las paredes, estanterías llenas de libros.
Unas cuantas lámparas iluminaban la estancia. Frente a la ventana, una puerta doble y
abierta permitía ver un vestíbulo y los peldaños inferiores de una escalinata.
—Esto es vivir —murmuró Claude—. Con una casa así, yo tendría todas las
zorras de la ciudad.
—¡Cállate! —dijo Tom—. Bueno, aquí no hay nada que hacer. Larguémonos.
—Vamos, Tom —protestó Claude—. Tómalo con calma. Acabamos de llegar.
—No me parece una noche muy divertida —dijo Tom—. Estamos aquí quietos,
con este frío, mirando una habitación donde no hay nadie.
—Esperemos a ver si pasa algo, hombre —dijo Claude—. Probablemente, están
arriba. No se pasarán allí toda la noche.

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En realidad, Tom no deseaba ver aparecer a nadie en aquella habitación. A nadie.
Quería marcharse de aquella casa. Y mantenerse lejos de ella. Pero tampoco quería
que pareciese que se rajaba.
—De acuerdo —dijo—. Esperaré dos minutos. —Se apartó de la ventana,
dejando a Claude de rodillas, espiando—. Llámame si ocurre algo —añadió.
La noche estaba en calma. La niebla que ascendía de la tierra mojada se iba
haciendo más espesa, y no lucían las estrellas. A lo lejos, allí abajo, se distinguía el
débil fulgor de las luces de Port Philip. Las tierras de los Boylan se extendían en
todas direcciones, partiendo de la casa: una infinidad de árboles viejos, el perfil de la
valla de un campo de tenis, varios edificios bajos, a unos cincuenta metros de
distancia, que habían servido antaño de caballerizas. Todo aquello para un hombre
solo. Tom pensó en la cama que compartía con su hermano. Bueno, Boylan también
compartía su cama esta noche. Escupió en el suelo.
—¡Eh! —le llamó Claude muy excitado—. Ven aquí, ven aquí.
Tom volvió despacio a la ventana.
—Acaba de entrar, viniendo de la escalera —murmuró Claude—. Mira eso. Mira
eso, ¿quieres?
Tom miró. Boylan se hallaba de espaldas a la ventana, en el lado opuesto de la
estancia. Estaba junto a una mesa, donde había botellas, vasos y un cubo de plata para
hielo. Escanciaba whisky en dos de los vasos. Iba desnudo.
—¡Vaya manera de andar por casa! —dijo Claude.
—¡Cállate! —dijo Tom.
Observó cómo Boylan echaba distraídamente unos pedazos de hielo en los vasos
y añadía unos chorros de sifón. Boylan no cogió los vasos enseguida. Se acercó a la
chimenea, arrojó otro leño al fuego, se dirigió a una mesa próxima a la ventana, abrió
una cajita de laca y sacó un cigarrillo. Lo encendió con un mechero de plata de más
de un palmo de longitud. Sonreía ligeramente.
Plantado allí, tan cerca de la ventana, su silueta destacaba claramente a la luz de
la lámpara. Cabellos rubios y desgreñados, cuello flaco, pecho de gallina, brazos
flojos, rodillas nudosas y piernas ligeramente arqueadas. Tom sintió una rabia feroz,
una impresión de verse profanado, de ser testigo de una indecible obscenidad. Si
hubiese tenido una pistola, le habría matado. Aquel bodoque encanijado; aquel tipo
enclenque, fachendoso, sonriente y satisfecho; aquel cuerpo débil, pálido y velloso,
confiadamente exhibido. Era peor, infinitamente peor, que si Tom hubiese visto entrar
a su hermana desnuda.
Boylan cruzó la estancia sobre la gruesa alfombra (el humo del cigarrillo flotaba
sobre su hombro) y salió al vestíbulo.
—¡Gretchen! —gritó, mirando escaleras arriba—. ¿Quieres que te suba la bebida,
o prefieres bajar a tomarla?
Escuchó. Tom no pudo oír la respuesta. Boylan asintió con la cabeza, volvió al
salón y cogió los dos vasos. Después, salió llevando el whisky y empezó a subir la

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escalera.
—¡Dios mío, qué facha! —dijo Claude—. Parece una gallina. Creo que, si uno es
rico, puede ser como el Jorobado de Nuestra Señora de París y no faltarle las
queridas.
—Vámonos de aquí —dijo Tom, con voz ronca.
—¿Por qué? —Claude le miró, sorprendido; en los cristales de sus gafas se
reflejaba la luz que se filtraba entre las cortinas—. La función no ha hecho más que
empezar.
Tom estiró una mano, agarró de los pelos a Claude y, de un salvaje tirón, le obligó
a ponerse en pie.
—Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo? —dijo Claude.
—He dicho que nos larguemos de aquí. —Tom tenía fuertemente agarrado a
Claude por la corbata—. Y ni una palabra sobre lo que has visto esta noche.
—¡Yo no he visto nada! —gimió Claude—. ¿Qué he visto yo?
—Si oigo decir una palabra a alguien sobre esto, nunca olvidarás la tunda que voy
a darte. ¿Comprendido? —dijo Tom.
—Vamos, Tom —dijo Claude, en tono de reproche, frotándose el dolorido cuello
cabelludo—. Soy tu amigo.
—¿Lo has comprendido bien? —dijo Tom, furioso.
—Claro, claro. Lo que tú digas. No sé a qué viene tanta excitación.
Tom le soltó, dio media vuelta y echó a andar por el césped, alejándose de la casa.
Claude le siguió gruñendo.
—Los chicos dicen que estás loco —dijo, al alcanzarle—, y yo siempre les
respondo que son ellos los majaretas. Pero, ahora, empiezo a ver lo que quieren decir.
De veras. ¡Menudo genio!
Tom no respondió. Llegó a la verja casi corriendo. Claude sacó la moto y Tom
saltó sobre la banqueta. Volvieron a la ciudad sin decir palabra.

II

Ahíta y adormilada, Gretchen yacía en el amplio y mullido lecho, cruzadas las


manos detrás de la nuca, mirando el techo. Éste reflejaba el fuego que Boylan había
encendido antes de desnudarla. En la casa de la colina, sabían planear
meticulosamente y poner debidamente en práctica las maniobras de la seducción. La
casa era tranquila y lujosa; los criados no aparecían por ninguna parte; el teléfono
permanecía mudo; no había prisas ni movimiento; nada chocante o imprevisto
turbaba el ritual nocturno.
En la planta baja, sonaron las apagadas campanadas de un reloj. Las diez. Era la
hora en que se vaciaba la sala de estar del hospital, y los heridos, con sus muletas o
en sillas de ruedas, volvían a sus pabellones. Ahora, Gretchen sólo iba al hospital dos

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o tres veces por semana. Su vida se centraba, con urgencia única, en la cama donde
yacía en estos instantes. La esperaba durante el día; se borraba de su memoria durante
la noche. Ya compensaría a los heridos en otra ocasión.
Incluso al abrir el sobre y encontrar en él los ochocientos dólares, comprendió
que volvería a esta cama. Si Boylan tenía el capricho de humillarla, estaba dispuesta a
aceptarlo. Ya se lo haría pagar más adelante.
Ni Boylan ni ella habían hablado nunca de aquel sobre. El martes, cuando ella
salió de la oficina después del trabajo, el «Buick» estaba allí, con Boylan al volante.
Él había abierto la portezuela, sin decir palabra; ella había subido, y ambos se habían
dirigido a la casa. Habían cohabitado, habían ido a cenar a «The Farmer's Inn» y
habían vuelto a casa y cohabitado una vez más. Después, él la había llevado a la
ciudad, la había dejado a dos manzanas de su casa, y ella había caminado el resto del
trayecto.
Teddy lo hacía todo a la perfección. Era discreto: le gustaba el secreto, y ella lo
necesitaba. Nadie sabía nada acerca de ellos. Buen conocedor, la había llevado a un
médico de Nueva York, para un diafragma, de modo que no tenía que preocuparse
por esto. Aprovechando este viaje a Nueva York, le había comprado el vestido rojo,
según lo prometido. El vestido rojo estaba colgado en el guardarropa de Teddy. Ya
llegaría el día en que podría ponérselo.
Teddy lo hacía todo a la perfección; pero ella no le apreciaba en demasía, y, desde
luego, no le amaba. Su cuerpo era endeble y poco atractivo; sólo envuelto en sus
ropas elegantes podía considerarse un tanto llamativo. Era un hombre sin ilusiones,
comodón y cínico, confesadamente fracasado, sin amigos, confinado por una familia
poderosa en un arruinado castillo victoriano, la mayoría de cuyas habitaciones
permanecían continuamente cerradas. Un hombre vacío, en una casa medio vacía.
Resultaba fácil comprender que la hermosa mujer cuya fotografía podía verse aún
sobre el piano, en la planta baja, se hubiese divorciado de él y fugado con otro
hombre.
No era amable o admirable, pero tenía otras condiciones. Habiendo renunciado a
las actividades corrientes de los hombres de su clase, como el trabajo, la guerra, los
juegos y la amistad, se dedicaba a una sola cosa: fornicaba con todo el vigor y la
astucia que había acumulado. Nada le exigía a ella, salvo que estuviese allí, que fuese
la materia de su arte. Su triunfo estaba en su propia actuación. Ganaba, sobre la
almohada, la única batalla a la que no había renunciado. Los himnos de la victoria
eran los suspiros de placer de la hembra. En cuanto a Gretchen, le tenían sin cuidado
los triunfos o fracasos de Boylan. Yacía en actitud pasiva, sin rodear siquiera con los
brazos aquel cuerpo insignificante, aceptando, aceptando. Él era un ser anónimo, un
don nadie, el principio masculino, un príapo abstracto y desconectado, al que había
estado esperando toda la vida, sin saberlo. Era un esclavo para su satisfacción, que
mantenía abierta la puerta de un palacio maravilloso.
Ni siquiera le estaba agradecida.

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Los ochocientos dólares permanecían guardados entre las hojas de su ejemplar de
las obras de Shakespeare, entre los actos II y III de Como gustéis.
Un reloj dio la hora en alguna parte, y la voz de él llegó a la habitación desde la
planta baja:
—¿Quieres que te suba la bebida, o prefieres bajar a tomarla?
—Súbela —respondió.
Su voz era más grave, más ronca. Se dio cuenta de que tenía nuevas y más sutiles
tonalidades; si los oídos de su madre no hubiesen ensordecido a causa de su propio
desastre, sin duda le habría bastado oír una frase de su hija para saber que ésta había
empezado a navegar por el soleado y peligroso mar en que ella había naufragado y
perecido ahogada.
Boylan entró en el dormitorio, desnudo a la luz de la chimenea, trayendo los dos
vasos. Gretchen se incorporó y tomó uno de los vasos de su mano. Él se sentó en el
borde de la cama, sacudiendo la ceniza del cigarrillo en un cenicero que había sobre
la mesita de noche.
Bebieron. A ella empezaba a gustarle el whisky escocés. Él se inclinó y le besó un
seno.
—Quiero ver cómo sabe sazonado con whisky —dijo.
Besó el otro seno. Ella tomó otro sorbo del vaso.
—No eres mía —dijo él—. No eres mía. Sólo hay un momento en que tengo la
impresión de que lo eres, y es cuando penetro en ti. Aparte de esto, incluso cuando
yaces desnuda a mi lado y te toco con la mano, siento que te has escapado. ¿Eres
mía?
—No —dijo ella.
—¡Caray! —dijo él—. Y tienes diecinueve años. ¿Cómo serás cuando tengas
treinta?
Ella sonrió. Entonces, le habría olvidado. Tal vez antes. Mucho antes.
—¿En qué pensabas mientras yo estaba abajo, preparando la bebida? —preguntó
él.
—En la fornicación.
—¿Por qué hablas así?
Su propio lenguaje era extrañamente remilgado; tal vez supervivencia de un
temor infantil a la niñera, siempre dispuesta a lavar con jabón de la cocina la boca de
los niños que usaban palabras feas.
—Nunca hablaba así, antes de conocerte —dijo ella, echando un buen trago de
whisky.
—Yo no hablo de esa manera —dijo él.
—Porque eres un hipócrita —replicó Gretchen—. Si puedo hacer algo, también
puedo nombrarlo.
—No es mucho lo que puedes —dijo él, amoscado.
—Soy una chiquilla provinciana y sin experiencia. Si el apuesto caballero del

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«Buick» no se hubiese presentado aquel día y no me hubiese emborrachado y
seducido, probablemente habría vivido y muerto como una marchita y agriada
solterona.
—Apuesto —dijo él— a que habrías ido a reunirte con aquellos dos negros.
Ella sonrió, con expresión ambigua.
—Esto no lo sabremos nunca, ¿verdad?
Él la miró, reflexivamente.
—Creo que te conviene un poco de instrucción —dijo. Después, apagó el
cigarrillo, como si acabase de tomar una resolución—. Discúlpame. —Se levantó—.
Tengo que llamar por teléfono.
Esta vez, se cubrió con una bata y bajó la escalera.
Gretchen permaneció sentada, apoyada en la almohada, terminando su copa.
Estaban en paz. Le había pagado un rato antes, al entregarse absolutamente a él. Y
estaba dispuesta a pagar siempre.
Él volvió a entrar en el dormitorio.
—Vístete —dijo.
Gretchen se sorprendió. En general, estaban hasta medianoche. Pero no dijo nada.
Saltó de la cama y se vistió.
—¿Vamos a alguna parte? —preguntó—. ¿Qué parezco?
—Puedes parecer lo que quieras —dijo él.
Vestido, volvía a ser el hombre importante y privilegiado, respetado por los
demás. En cambio, ella se sentía insignificante con sus ropas puestas. Él criticaba lo
que llevaba, no con dureza, pero a la manera de un entendido, seguro de sí mismo. Si
Gretchen no hubiese temido las preguntas de su madre, habría sacado los ochocientos
dólares de entre los actos II y III de Como gustéis y se habría comprado ropa nueva.
Cruzaron la casa silenciosa, subieron al coche y arrancaron. Ella no hizo más
preguntas. Atravesaron Port Philip, y el coche aceleró hacia el Sur. Guardaban
silencio. Ella no quería darle la satisfacción de preguntarle a dónde iban. Llevaba una
especie de marcador en la mente, donde anotaba los puntos que ganaba cada cual.
Fueron a Nueva York. Aunque volviesen enseguida, no llegaría a casa antes del
amanecer. Probablemente, su madre se pondría furiosa. Pero no protestó. No quería
demostrar a Boylan que se preocupaba por cosas como ésta.
Se detuvieron ante una casa oscura de cuatro pisos, en una calle flanqueada por
ambos lados de edificios parecidos. Gretchen había estado pocas veces en Nueva
York, dos de ellas con Boylan, en las tres últimas semanas, y no tenía la menor idea
del barrio en el que se encontraban. Boylan pasó al otro lado del coche, como de
costumbre, y le abrió la portezuela. Bajaron los tres escalones de un patinillo de
cemento, cercado por una verja de hierro, y Boylan pulsó un timbre. Hubo una larga
espera. Gretchen tuvo la impresión de que les observaban. Se abrió la puerta y
apareció en un umbral una mujer corpulenta en traje de noche blanco, con una
enorme mata de pelo rojo y teñido amontonada sobre la cabeza.

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—Buenas noches, encanto —dijo.
Su voz era ronca. Cerró la puerta detrás de ellos. El vestíbulo estaba en penumbra,
y la casa, en silencio; el suelo estaba cubierto de gruesas alfombras, y las paredes,
tapizadas. Daba la impresión de que alguien se movía sin ruido, cautelosamente.
—Buenas noches, Nellie —dijo Boylan.
—Hace un siglo que no te veo —dijo la mujer, conduciéndoles por un tramo de
escalera a un cuartito de estar del primer piso, decorado de color de rosa.
—He estado muy ocupado —dijo Boylan.
—Ya lo veo —dijo la mujer, mirando a Gretchen con ojos curiosos y, después,
admirativos—. ¿Cuántos años tienes, querida?
—Ciento ocho —dijo Boylan.
Él y la mujer se echaron a reír. Gretchen permaneció seria en la pequeña y
tapizada habitación, de cuyas paredes pendían cuadros de desnudos. Estaba resuelta a
no demostrar nada, a no responder a nada. Tenía miedo, pero se esforzaba en
dominarlo y no mostrarlo. La seguridad estaba en la indiferencia. Advirtió que todas
las lámparas de la habitación estaban adornadas con borlas. El vestido blanco de la
mujer tenía flecos en el pecho y en el borde de la falda. ¿Tenía esto algún
significado? Gretchen se esforzó en especular sobre esas cosas, para no dar media
vuelta y salir huyendo de aquella casa silenciosa, con su malévola impresión de
personas ocultas que se movían cautelosamente en las habitaciones de arriba. No
tenía la menor idea de lo que esperaban de ella, de lo que podía ver o de lo que
podían hacerle. Boylan aparecía tranquilo, bonachón.
—Casi todo está a punto, encanto —dijo la mujer—. Es sólo cuestión de unos
minutos. ¿Queréis beber algo, mientras tanto?
—¿Dilecta? —dijo Boylan, volviéndose a Gretchen.
—Lo que tú digas —respondió ella, con dificultad.
—Creo que una copa de champaña sería lo adecuado —dijo Boylan.
—Os mandaré una botella —dijo la mujer—. Está frío. Lo tengo en hielo.
Seguidme.
Los condujo al vestíbulo, y Gretchen y Boylan la siguieron por la alfombrada
escalera hasta un oscuro corredor del segundo piso. El sedeño crujido del vestido de
la mujer al andar sonaba de un modo alarmante. Boylan llevaba puesto el abrigo.
Gretchen no se había quitado el suyo.
La mujer abrió una puerta del pasillo y encendió una lamparita. Entraron en la
habitación. Había en ella un lecho grande y cubierto con dosel, un enorme sillón de
terciopelo castaño y tres sillitas doradas. Un gran ramo de tulipanes ponía una
brillante nota amarilla sobre una mesa, en el centro de la estancia. Las cortinas
estaban echadas y amortiguaron el ruido de un coche que pasó por la calle. Un gran
espejo cubría una de las paredes. Parecía una habitación de un hotel antaño lujoso,
ligeramente anticuado y una pizca decadente.
—La doncella traerá el vino dentro de un minuto —dijo la mujer.

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Y salió, cerrando la puerta sin ruido pero con firmeza.
—La buena y vieja Nellie —dijo Boylan, arrojando el gabán sobre una banqueta
tapizada, cerca de la puerta—. Siempre tan servicial. Es famosa. —No dijo a qué
debía su fama—. ¿No te quitas el abrigo, dilecta?
—¿Debo hacerlo?
Boylan se encogió de hombros.
—Puedes hacer lo que quieras.
Gretchen conservó el abrigo, a pesar de que hacía calor en aquel cuarto. Se sentó
en el borde de la cama y esperó. Boylan encendió un cigarrillo, se arrellanó en la
poltrona y cruzó las piernas. La miró, sonriendo ligeramente divertido.
—Esto es un burdel —dijo con naturalidad—. No sé si lo habías adivinado. ¿Es la
primera vez que estás en uno de ellos?
Sabía que él quería pincharla. No respondió. No se atrevió a hacerlo.
—No, supongo que no —prosiguió él—. Ninguna dama debería dejar de visitarlo.
Al menos, una vez. Para saber cómo actúa la competencia.
Llamaron a la puerta. Boylan se levantó y la abrió. Entró una doncella escuálida y
madura, con delantal blanco sobre un vestido negro de falda corta, y llevando una
bandeja de plata. En la bandeja, había un cubo para el hielo, del que sobresalía una
botella de champán. También había dos copas. La doncella dejó la bandeja sobre la
mesa de los tulipanes, sin decir palabra. Su rostro era inexpresivo. Su función
consistía en parecer ausente. Empezó a descorchar la botella. Gretchen advirtió que
calzaba zapatillas.
Luchó con el tapón, el esfuerzo le enrojeció el rostro, y un mechón de cabellos
grises cayó sobre sus ojos. Esto le dio el aspecto de unas de esas mujeres viejas y
cansinas, de venas varicosas, que van a misa primera antes de empezar la jornada de
trabajo.
—Déjalo —dijo Boylan—. Lo haré yo.
Tomó la botella de sus manos.
—Lo siento, señor —dijo la doncella, delatando su presencia.
Estaba allí, hecha visible por su fracaso.
Pero tampoco Boylan pudo abrir la botella. Tiró, apretó el corcho con los
pulgares, sosteniendo la botella entre las piernas. Y también se puso colorado,
mientras la doncella le observaba en actitud de disculparse. Las manos de Boylan
eran débiles y suaves, sólo útiles para labores delicadas.
Gretchen se levantó y asió la botella.
—Lo haré yo —dijo.
—¿Te dedicas a abrir botellas de champaña en la fábrica de ladrillos? —preguntó
Boylan.
Gretchen no le hizo caso. Agarró fuertemente el tapón. Sus manos eran rápidas y
vigorosas. Retorció el corcho. Éste saltó entre sus dedos y fue a dar en el techo. El
champaña burbujeó y le mojó las manos. Tendió la botella a Boylan. Se había

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apuntado un nuevo tanto. Él se echó a reír.
—Las clases trabajadoras sirven para algo —dijo.
Escancio el champaña, mientras la doncella daba una toalla a Gretchen para que
se secara las manos. La doncella salió, arrastrando sus zapatillas de fieltro. Pasos
apagados, como de ratón, en los pasillos.
Boylan alargó a Gretchen la copa de champaña.
—Ahora, llegan cargamentos regulares desde Francia —dijo—, aunque tengo
entendido que los alemanes realizaron ataques importantes. Creo que la vendimia del
año pasado no fue muy buena.
Estaba visiblemente molesto por su fracaso con la botella y por el éxito de
Gretchen.
Sorbieron el champaña. El marbete mostraba una franja roja cruzada en diagonal.
Boylan hizo un gesto de aprobación.
—El establecimiento de Nellie siempre tiene lo mejor —dijo—. Se ofendería si
supiese que lo he calificado de burdel. Creo que lo considera como una especie de
salón, donde puede ejercitar su ilimitado don de la hospitalidad, en bien de muchos
caballeros amigos. No te imagines que todos los prostíbulos son como éste, dilecta.
Te llevarías una desilusión. —Aún le Escocia lo de la botella, y trataba de recobrar
ventaja—. El de Nellie es uno de los pocos que quedan de una época muy
distinguida, antes de que el Siglo del Hombre Común y del Sexo Común nos
sumergiera a todos. Si te aficionas a los burdeles, pídeme las direcciones adecuadas.
De otro modo, podrías encontrarte en lugares horriblemente sórdidos, y nosotros no
queremos esto, ¿verdad? ¿Qué te parece el champaña?
—Está muy bien —dijo Gretchen, sentándose de nuevo en la cama, muy estirada.
Sin previo aviso, se iluminó el espejo. Alguien había encendido la luz en la
habitación contigua. El espejo era transparente desde uno de los lados, de modo que
Boylan y Gretchen podían ver lo que pasaba en el otro cuarto. La luz de éste procedía
de una lámpara que colgaba del techo y cuyo resplandor era velado por una gruesa
pantalla de seda.
Boylan miró al espejo.
—Bueno —dijo—, ya están afinando la orquesta.
Sacó la botella de champaña del cubo y se sentó en la cama, junto a Gretchen.
Después, dejó la botella en el suelo, a su lado.
A través del espejo, vieron a una joven alta y de largos cabellos rubios. Su cara
era bastante linda, y tenía la mimosa, codiciosa y vanidosa expresión de una niña mal
criada. Pero, al despojarse el escarolado salto de cama de color de rosa, exhibió un
cuerpo magnífico, de largas y soberbias piernas. Ni siquiera miró una vez hacia el
espejo, aunque su actuación debía de resultarle familiar y sabía perfectamente que la
observaban. Apartó la colcha de la cama y se dejó caer de espaldas, con movimientos
naturales y armoniosos. Yació en el lecho, esperando, dejando pasar el tiempo, como
si no le importasen las horas y los días, y sintiéndose admirada. Reinaba el silencio

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más absoluto. Ningún ruido cruzaba el espejo.
—¿Un poco más de champaña? —preguntó Boylan, alzando la botella.
—No, gracias —dijo Gretchen.
Hablaba con dificultad.
Se abrió la puerta y un joven negro entró en la otra habitación.
El muy bastardo, pensó Gretchen; el ruin y rencoroso bastardo. Pero no se movió.
El joven negro dijo algo a la chica que estaba en la cama. Ésta agitó ligeramente
una mano, a guisa de saludo, y sonrió como un bebé que acabase de ganar un
concurso de belleza infantil. Todo se desarrollaba como una pantomima al otro lado
del espejo, y las dos figuras tenían un aire ausente, irreal. Algo falsamente
tranquilizador, aunque nada grave, podía ocurrir allí.
El negro vestía traje azul marino, camisa blanca y corbata de lazo con topos rojos.
Calzaba zapatos color castaño claro y afilada punta. Tenía un rostro agradable, joven,
sonriente, cortés.
—Nellie tiene muchas relaciones en los clubs nocturnos de Harlem —dijo
Boylan, mientras el negro empezaba a desnudarse, colgando cuidadosamente la
chaqueta en el respaldo de una silla—. Probablemente, es un trompetista o toca algún
instrumento en una orquesta, y no le disgusta ganarse un pavo extra, divirtiendo a los
blancos. Un pavo por un pavo —dijo, riendo su propia frase—. ¿De veras no quieres
beber más?
No respondió.
El negro empezó a desabrocharse los pantalones. Gretchen cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, el hombre estaba desnudo. Su cuerpo era de color
bronce, de piel brillante, tenía anchos y musculosos hombros, un tanto caídos, y
estrecha cintura de atleta en plenitud de condiciones. La comparación con el hombre
que tenía al lado la enfureció.
El negro cruzó la habitación. La chica abrió los brazos para recibirle. Ágil como
un gato, saltó él sobre el cuerpo blanco. Se besaron, y las manos de la mujer se
cruzaron sobre la espalda del hombre. Después, él se dejó caer a un lado, y ella
empezó a besarle, primero en el cuello, después en el pecho, lenta y experta. Los
rubios cabellos se enredaban sobre la piel brillante de color café.
Gretchen observaba, fascinada. El espectáculo le parecía bello, armónico, como
una promesa para ella misma, que no podía formular con palabras. Pero no podía
contemplarlo con Boylan a su lado. Era injusto, asquerosamente injusto, que aquellos
dos cuerpos magníficos pudiesen alquilarse por horas, como animales de un establo,
para satisfacción, perversidad o venganza de un hombre como Boylan.
Se levantó, dando la espalda al espejo.
—Te esperaré en el coche —dijo.
—Pero si no ha hecho más que empezar —dijo Boylan, suavemente—. Mira lo
que hace ella ahora. A fin de cuentas, es instructivo para ti. Te harás muy popular
con…

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—Nos veremos en el coche —dijo ella.
Salió y bajó corriendo la escalera.
La mujer del vestido blanco estaba en el vestíbulo. No dijo nada, pero sonrió
irónicamente al abrir la puerta a Gretchen.
Ésta salió y se sentó en el coche. Boylan llegó quince minutos más tarde,
caminando sin prisa. Subió al coche y puso el motor en marcha.
—Ha sido una lástima que no te hayas quedado —dijo—. Se ganaron sus cien
dólares.
Hicieron el trayecto de regreso sin pronunciar palabra. Casi amanecía cuando él
detuvo el coche frente a la panadería.
—Bueno —dijo, después de aquellas horas de silencio—, ¿has aprendido algo
esta noche?
—Sí —respondió ella—. He de encontrar a un hombre más joven. Buenas noches.
Mientras abría la puerta, oyó que el coche daba la vuelta. Al subir la escalera, vio
que salía luz por la puerta abierta del dormitorio de sus padres situado frente al suyo.
Su madre estaba sentada muy erguida en una silla de madera, mirando hacia el
pasillo. Gretchen se detuvo y miró a su madre. Ésta tenía los ojos de una loca. La
cosa no tenía remedio. Madre e hija se miraron fijamente.
—Vete a la cama —dijo la madre—. Llamaré a la fábrica a las nueve, para
decirles que estás enferma y que no irás al trabajo.

Entró en su cuarto y cerró la puerta. No echó la llave, porque ninguna puerta de la


casa la tenía. Cogió el libro de Shakespeare. Los ocho billetes de cien dólares no
estaban entre los actos I y II de Como gustéis. Pulcramente doblados dentro del sobre,
estaban en la mitad del acto V de Macbeth.

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Capítulo V

No había luces en la casa Boylan. Todo el mundo había bajado a la ciudad para la
celebración. Thomas y Claude podían ver los cohetes y las bengalas que surcaban el
cielo nocturno, sobre el río, y oír las detonaciones del cañoncito de la Escuela
Superior, que solían disparar cada vez que su equipo de rugby conseguía una marca.
La noche era clara, tibia, y, visto desde la colina, Port Philip resplandecía, con todas
las luces encendidas.
Los alemanes se habían rendido aquella mañana.
Thomas y Claude habían estado vagando por la ciudad, con la multitud, viendo
cómo las chicas besaban a los soldados y a los marinos, y cómo la gente sacaba
botellas de whisky. Thomas se sentía cada vez más asqueado. Hombres que habían
eludido el servicio militar durante cuatro años; mancebos de uniforme, que nunca se
habían alejado más de cien kilómetros de casa; traficantes que habían amasado
fortunas en el mercado negro; todos se besaban y chillaban y se emborrachaban,
como si hubiesen matado a Hitler con sus manos.
—¡Puercos! —le dijo a Claude, observando a los entusiastas—. Me gustaría
darles una lección.
—Sí —dijo Claude—. Tendríamos que hacer una celebración por nuestra cuenta.
Nuestros propios fuegos de artificio.
Después, se quedó un rato pensativo, sin decir nada, contemplando la juerga de
sus mayores. Se quitó las gafas y chupó una de las varillas, cosa que solía hacer
cuando preparaba algún golpe. Thomas reconoció la señal, pero desistió de antemano
de todo acto violento. No era momento para reñir con los soldados, y cualquier clase
de bronca, incluso con un paisano, habría sido extemporánea.
Por último, Claude había expuesto su plan para el Día VE, y Thomas lo había
considerado digno de la ocasión.
Por esto estaban ahora en la colina de la casa Boylan, cargado Thomas con una
lata de gasolina, y Claude, con una bolsa de clavos, un martillo y un paquete de
trapos y avanzando ambos cautelosamente entre los matorrales en dirección al
destartalado invernáculo situado en un yermo montículo, a unos quinientos metros
del edificio principal. No habían seguido el camino acostumbrado, sino que se habían
acercado a la finca por un sendero de la parte interior, alejado de Port Philip, y que
conducía a la parte de atrás de la casa. Habían entrado por una puerta del jardín,
después de ocultar la moto junto a un pozo de arena abandonado, fuera del recinto de
la finca.
Llegaron al invernáculo del montículo. Sus cristales aparecían polvorientos y

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rotos, y un rancio olor a vegetación podrida brotaba de su interior. Junto a uno de los
lados de la ruinosa estructura, había varios tablones largos y una pala enmohecida,
que habían observado en otras ocasiones, durante sus correrías por el lugar. Thomas
se puso a cavar, y Claude escogió dos grandes tablas y empezó a clavarlas en forma
de cruz. Habían trazado su plan durante el día, y holgaban las palabras.
Cuando la cruz estuvo terminada, Claude roció las tablas con gasolina. Después,
ambos la levantaron y la plantaron en el agujero que había hecho Thomas. Éste
amontonó tierra en la base de la cruz y la apisonó con los pies y la pala, para darle
firmeza. Claude vertió el resto de la gasolina en los trapos que traía. Habían
terminado los preparativos. El estampido del cañón de la Escuela Superior subía hasta
la colina, y los cohetes brillaban fugazmente en el cielo nocturno.
Thomas se movía tranquila y pausadamente. A su modo de ver, lo que estaban
haciendo no tenía gran importancia. Era una nueva manera de hacerles una higa a los
estúpidos grandullones de allá abajo. Con el aliciente adicional de hacerlo en la finca
del desvergonzado Boylan. Así tendrían algo en que pensar, entre sus besos y su Star-
Spangled Banner. En cambio, Claude estaba muy excitado. Jadeaba, como si le
faltase el aire en los pulmones; le faltaba poco para babear, y no paraba de enjugarse
las gafas con el pañuelo, porque éstas se empañaban. Era un acto muy significativo
para él, que tenía un tío sacerdote y un padre que le hacía ir a misa todos los
domingos y le predicaba diariamente sobre el pecado mortal, y que se detenía lejos de
las disolutas mujeres protestantes, conservándose puro a los ojos de Jesús.
—Ya está —dijo Thomas, a media voz, echándose hacia atrás.
A Claude le temblaron las manos al encender la cerilla e inclinarse para aplicarla
a los trapos empapados de gasolina de la base de la cruz. Después, chilló y echó a
correr, al inflamarse los trapos. El fuego había prendido en uno de sus brazos y el
chico corría ciegamente, chillando por el claro. Thomas corrió tras él, gritándole que
se detuviese; pero Claude no hacía más que correr, enloquecido. Thomas lo alcanzó,
lo tiró al suelo y se echó sobre su brazo, empleando el pecho, protegido por el suéter,
para apagar las llamas.
Fue cuestión de un momento. Claude quedó tumbado boca arriba, gimiendo,
sosteniendo su brazo quemado, temblando, incapaz de pronunciar palabra.
Thomas se levantó y contempló a su amigo. A la luz de la cruz llameante, podía
distinguir cada una de las gotas de sudor sobre el rostro de Claude. Tenían que salir
de allí a toda prisa. La gente no tardaría en llegar.
—Levántate —dijo Thomas.
Pero Claude no se movió. Sólo osciló un poco de un lado a otro, con la mirada
fija. Y nada más.
—¡Levántate, estúpido hijo de perra! —gritó Thomas, sacudiendo a Claude por
un hombro.
Éste le miró, rígida la cara por el miedo, pasmado. Thomas se agachó, levantó a
Claude, se lo cargó sobre la espalda y corrió por la pendiente en dirección a la puerta

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del jardín, chocando con los arbustos y tratando de no escuchar a Claude, que decía:
—¡Oh, Jesús, Jesús, Santa Virgen María!
Mientras bajaba la cuesta, cargado con su amigo, Thomas reconoció un olor. Un
olor a carne asada.
El cañón seguía retumbando en la ciudad.

II

Axel Jordache remaba despacio, hacia el centro del río, sintiendo el tirón de la
corriente. Esta noche no remaba para hacer ejercicio. Había salido al río para alejarse
de la raza humana. Había resuelto tomarse una noche de descanso: la primera noche
laborable que dejaría de trabajar desde 1924. Mañana, sus parroquianos tendrían que
comer pan de fábrica. A fin de cuentas, el Ejército alemán sólo perdía una vez cada
veintisiete años.
En el río, hacía fresco; pero él iba abrigado, con su suéter de cuello de tortuga, de
cuando trabajaba de estibador en los Lagos. Y llevaba consigo una botella, para
librarse de los mordiscos del aire y para beber a la salud de los idiotas que, una vez
más, habían llevado a Alemania a la ruina. Jordache no amaba a ningún país, pero
reservaba su odio para la tierra que le había visto nacer. Le debía su cojera, una
educación interrumpida, el destierro y un absoluto desprecio por todas las políticas y
todos los políticos, por todos los generales, curas, ministros, presidentes, reyes y
dictadores, por todas las conquistas y todas las derrotas, por todos los candidatos y
todos los partidos. Se alegraba de que Alemania hubiese perdido la guerra, pero le
disgustaba que la hubiesen ganado los americanos. ¡Ojalá pudiese vivir otros
veintisiete años, para ver cómo Alemania perdía otra guerra!
Pensó en su padre, un hombrecillo tiránico y temeroso de Dios, escribiente en una
fábrica, que había marchado a la guerra cantando, con un ramito de flores en el cañón
del rifle, cordero belicoso y feliz, para hacerse matar en Tannenberg, con el orgullo de
dejar dos hijos que pronto lucharían también por la Vaterland, y una esposa que había
tenido la prudencia de casarse con un abogado que se había pasado la guerra
administrando casas de vecindad, detrás de Alexander Platz, en Berlín.
Deutschland, Deutschland, über alles, cantó Jordache, burlón, soltando los
remos, dejándose llevar por las aguas del Hudson hacia el Sur, mientras se acercaba a
los labios la botella de bourbon. Brindó por el desprecio juvenil que había sentido por
Alemania al ser desmovilizado, tullido entre tullidos, y que le había impulsado a
cruzar el océano. América también era un camelo; pero, al menos, él y sus hijos
estaban vivos esta noche, y la casa en que vivía se mantenía en pie.
Los estampidos del cañoncito rodaban sobre el agua, y los reflejos de los cohetes
temblaban en el río. ¡Estúpidos!, pensaba Jordache. ¿Qué estarán celebrando? Jamás
lo han pasado mejor en sus vidas. Dentro de cinco años, tendrán que vender

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manzanas por las esquinas y se despellejarán los unos a los otros por un empleo,
formando colas en las puertas de las fábricas. Si hubiesen conservado el seso con que
nacieron, esta noche estarían en las iglesias, rezando para que los japoneses aguanten
otros diez años.
Entonces, vio brotar un fuego súbito sobre la colina próxima a la ciudad; una
llama pequeña y clara, que pronto tomó forma de cruz, sobre el borde del horizonte.
Se echó a reír. Cicatera victoria, como siempre. Abajo los católicos, los negros y los
judíos, y no olvidéis. Bailad esta noche, y quemad mañana. América es América.
Aquí estamos, y aquí os diremos lo que hay que hacer.
Jordache echó otro trago, gozando del espectáculo de la cruz en llamas sobre la
ciudad, saboreando de antemano las untuosas lamentaciones que aparecerían mañana
en los dos periódicos, indignados por esta afrenta a la memoria de los valientes de
todos los credos y razas que habían muerto en defensa de los ideales sobre los que
descansaba América. ¡Y los sermones del domingo! Casi valdría la pena ir a un par
de iglesias, para ver lo que dirían los sagrados bastardos.
Si llego a saber quién levantó esa cruz, pensó Jordache, le estrecharé la mano.
Mientras observaba, vio que el fuego se extendía. Sin duda, había alguna
edificación cerca de la cruz, en la dirección del viento. Y debía estar seca y arder con
facilidad, porque, en un momento, todo el cielo quedó iluminado.
Al poco rato, oyó las sirenas de los coches de los bomberos, que cruzaban las
calles de la ciudad y subían la cuesta de la colina.
Dadas las circunstancias, no ha sido una mala noche, pensó Jordache.
Echó un último trago y empezó a remar tranquilamente hacia la orilla del río.

III

Rudolph estaba en la escalinata de la Escuela Superior, esperando que los chicos


del cañón hiciesen el disparo. Había cientos de chicos y chicas corriendo sobre el
césped, gritando, cantando, besándose. Salvo por los besos, la noche se parecía
mucho a la de otros domingos, cuando el equipo había ganado un importante partido
de rugby.
Retumbó el cañón. Y se alzó un enorme griterío.
Entonces, Rudolph se llevó la trompeta a los labios y empezó a tocar América.
Primero, se hizo un silencio, y la música lenta y solitaria desgranó sus notas
solemnes, una a una, sobre las cabezas de la multitud. Después, alguien empezó a
cantar, y, al cabo de un momento, todas las voces clamaron al unísono: América,
América. Derrame Dios su gracia sobre ti. Que la fraternidad corone tus virtudes.
Desde una orilla a otra de los mares…
Sonó una fuerte aclamación al terminar el canto, y Rudolph empezó a tocar
Barras y estrellas. No podía estarse quieto, cuando tocaba este himno, y por esto

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empezó a sudar sobre el césped. Los otros le siguieron, y pronto se vio al frente de un
desfile de chicos y muchachas, que dieron la vuelta al campo, salieron a la calle y
siguieron la marcha al ritmo de la trompeta. Los jóvenes artilleros arrastraron el
cañón y se pusieron en cabeza del desfile, detrás de Rudolph, deteniéndose a disparar
en cada encrucijada, y los jóvenes y los mayores que les veían pasar les aplaudían,
agitando banderitas.
Mientras la comitiva serpenteaba jubilosamente por las calles de la ciudad,
Rudolph, marchando al frente de su ejército, tocaba Cuando pasan rodando los
carros, y Columbia, gema del Océano, y el himno de la Escuela Superior, y Adelante,
Soldados Cristianos. Les condujo hacia Vanderhoff Street, se detuvo frente a la
panadería y tocó Cuando sonríen los ojos irlandeses, en honor de su madre. Ésta
abrió la ventana del piso superior y le saludó agitando la mano, y él pudo advertir que
se enjugaba los ojos con un pañuelo. Ordenó a los chicos del cañón que disparasen
una salva por su madre, y retumbó el cañón, y los cientos de chicos y chicas lanzaron
vítores, y, ahora, su madre lloró a moco tendido. A él le habría gustado que su madre
se hubiese peinado antes de abrir la ventana, y también lamentó que nunca se quitase
el cigarrillo de la boca. Esta noche, no había luz en el sótano, lo cual quería decir que
su padre no estaba allí. No habría sabido qué tocar para su padre. Habría sido difícil
elegir, esta noche singular, la pieza adecuada para un veterano del Ejército alemán.
Le habría gustado ir hasta el hospital y darle una serenata a su hermana y a los
soldados; pero el hospital estaba demasiado lejos. Con un último floreo dedicado a su
madre, condujo la comitiva hacia el centro de la ciudad, tocando Boola-Boola.
Cuando terminase sus estudios en la escuela, el próximo año, tal vez iría a Yale. Esta
noche, nada era imposible.
En realidad, no lo hizo con premeditación; pero se encontró en la calle donde
vivía Miss Lenaut. Muchas veces se había plantado frente a la casa, oculto bajo la
sombra de un árbol, contemplando la ventana iluminada del segundo piso, que sabía
que era la de ella. Ahora, la luz también estaba encendida.
Se detuvo audazmente en medio de la calle, frente a la casa, y miró la ventana. La
angosta calleja, con sus modestas casitas de dos viviendas y sus jardines diminutos,
quedó atestada con sus seguidores. Sintió piedad por Miss Lenaut, sola, lejos de su
tierra, pensando en sus amigos y parientes, que, en este momento, invadirían gozosos
las calles de París. Quería congraciarse con la pobre mujer, darle a entender que la
perdonaba, demostrarle que tenía reconditeces insospechadas, que era algo más que el
sucio retoño de un padre alemán y deslenguado, y un especialista en dibujo
pornográfico. Se llevó la trompeta a los labios y empezó a tocar La Marsellesa. La
música complicada y triunfal, con su evocación de banderas y batallas, de
desesperación y de heroísmo, atronó la mísera calleja, y chicos y chicas la corearon,
sin palabras, porque no sabían la letra. Seguro, pensó Rudolph, que a ninguna maestra
de escuela de Port Philip le había ocurrido algo parecido. Tocó toda la pieza, pero
Miss Lenaut no apareció en la ventana. Una niña de rubia trenza salió de la casa

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contigua y se plantó junto a Rudolph, mirándole tocar. Rudolph volvió a tocar, pero,
esta vez, como un solo artificioso, jugando con el ritmo, improvisando, suave y lento
unos instantes, fuerte y marcial en el siguiente. Por último, se abrió la ventana. Y
apareció Miss Lenaut, envuelta en una bata. Miró hacia abajo. Él no podía ver la
expresión de su cara. Dio un paso adelante, para que la luz del farol le iluminase de
lleno, y apuntó la trompeta a Miss Lenaut y tocó con notas fuertes y claras. Por fuerza
tenía que reconocerle. Ella escuchó un momento más sin moverse. Después cerró de
golpe la ventana y corrió el visillo.
Pindonga francesa, pensó él. Y terminó La Marsellesa con una destemplada nota
de zumba. Bajó la trompeta. La niña que había salido de la casa contigua permanecía
junto a él. Le echó los brazos al cuello y le besó. Los chicos y chicas que le rodeaban
los vitorearon, y retumbó el cañón. El beso había sido delicioso. Y ahora conocía la
dirección de la muchacha. Se llevó la trompeta a los labios y empezó a tocar Tiger
Rag, mientras marchaba, contoneándose, calle abajo. Los chicos y chicas bailaban
detrás de él, en una gigantesca y ondulante masa, mientras se encaminaban a Main
Street.
La victoria estaba en todas partes.

IV

Encendió otro cigarrillo. Estaba sola en una casa vacía, pensó. Había cerrado
todas las ventanas, para ahogar los ruidos de la ciudad, las aclamaciones, los
estampidos de los fuegos de artificio y el estruendo de la música. ¿Qué tenía ella que
celebrar? Era una noche en que los maridos buscaban a sus mujeres, los niños, a sus
padres, los amigos a sus amigos, e incluso los desconocidos se abrazaban en la calle.
A ella, nadie la había buscado; nadie la había abrazado.
Fue al cuarto de su hija y encendió la luz. La habitación estaba inmaculadamente
limpia, con la colcha recién planchada, la reluciente lamparita de pie, el barnizado
tocador, con sus frascos e instrumentos de belleza. Los trucos del oficio, pensó Mary
Jordache, amargamente.
Se acercó a la pequeña librería de caoba. Los libros estaban en su sitio,
cuidadosamente ordenados. Cogió el grueso volumen de las obras de Shakespeare. Lo
abrió por donde el sobre dividía las páginas de Macbeth. Miró dentro del sobre. El
dinero seguía allí. Su hija no había tenido siquiera la delicadeza de ocultarlo en otra
parte, incluso sabiendo que su madre lo sabía. Extrajo el sobre de entre las páginas de
Shakespeare y devolvió el libro al estante, sin mirar dónde lo ponía. Cogió otro libro
cualquiera, una antología de poesía inglesa que Gretchen había utilizado en el último
curso de la Escuela Superior. Un alimento delicado, para la delicada mente de su hija.
Abrió el libro y puso el sobre entre sus páginas. Que su hija buscase el dinero. Si el
padre llegaba a descubrir que había ochocientos dólares en casa, su hija no lo

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encontraría con sólo revisar la librería.
Leyó unos cuantos versos.

Rompe, rompe, rompe,


Sobre tus frías piedras grises, ¡oh, mar!
¡Ojalá pudiese murmurar mi lengua
Los pensamientos que surgen en mí!

Bravo, bravo…
Volvió a colocar el libro en su sitio del estante. Salió de la habitación, sin
molestarse en apagar la luz.
Se dirigió a la cocina. Los pucheros y los platos de la cena, que había consumido
sola aquella noche, seguían sin lavar en el fregadero. Tiró el cigarrillo a una sartén
medio llena de agua grasienta. Había cenado costilla de cerdo. Un alimento vulgar.
Miró la cocina; abrió el gas del horno. Arrastró una silla, abrió la puerta del horno, se
sentó y metió la cabeza dentro de éste. El olor era desagradable. Permaneció un rato
sentada de este modo. El griterío de la ciudad se filtraba a través de la cerrada
ventana. Había leído en alguna parte que era en los días de fiesta cuando había más
suicidios: Navidad, Año Nuevo. ¿Qué fiesta mejor que la de hoy?
El olor a gas se hizo más fuerte. Empezó a sentirse mareada. Sacó la cabeza del
horno y apagó el gas. No había prisa.
Se dirigió al cuarto de estar; por algo era la dueña de la casa. Flotaba un débil olor
a gas en la pequeña estancia, con sus cuatro sillas de madera geométricamente
colocadas alrededor de la cuadrada mesa de roble, en el centro de la rojiza y raída
alfombra. Se sentó a la mesa; sacó un lápiz del bolsillo, y miró a su alrededor,
buscando un pedazo de papel; pero no había más que la libreta de colegial en la que
registraba las cuentas diarias de la panadería. Ella no escribía cartas, ni las recibía.
Arrancó varias hojas del final de la libreta y empezó a escribir en el papel pautado.

Querida Gretchen —escribió—. He resuelto matarme. Es pecado mortal,


y lo sé; pero no puedo aguantar más. Te escribo de pecadora a pecadora. No
digo más. Ya sabes lo que esto significa.
Pesa una maldición sobre esta familia. Sobre mí, sobre ti, sobre tu padre y
sobre tu hermano Tom. Quizá sólo tu hermano Rudolph se ha librado de ella,
y aún es posible que la sienta al fin. Me alegra pensar que no viviré para
verlo. Es la maldición del sexo. Te diré algo que siempre mantuve oculto. Yo
soy hija ilegítima. Nunca conocí a mi padre ni a mi madre. No puedo pensar
en la clase de vida que debió llevar mi madre, ni en la degradación en la que
debió sumirse. No me extrañaría que tú siguieses sus huellas y te hubieras
echado al arroyo. Tu padre, es una bestia. Tú duermes en la habitación

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contigua a la nuestra, y debes saber lo que quiero decir. Me ha atormentado
con su lujuria durante veinte años. Es un animal furioso, y hubo veces en que
estuve segura de que iba a matarme. Le he visto casi matar a un hombre a
puñetazos, por una cuenta de ocho dólares de pan. Tu hermano Thomas ha
heredado el genio de su padre, y no me extrañaría que terminase en la cárcel
o en algún sitio peor. Estoy viviendo en una jaula de tigres.
Supongo que yo tengo la culpa. Fui débil, y permití que tu padre me
apartase de la Iglesia y convirtiese a mis hijos en unos paganos. Estaba
demasiado cansada y atribulada para amarte y para protegerte de tu padre y
de su influencia. Y tú parecías siempre tan sencilla, tan pura y tan buena, que
se adormecieron mis temores. El resultado, lo sabes mejor que yo.

Interrumpió la escritura, leyó lo que había escrito y se sintió satisfecha. La muerte


de su madre, y esta carta de ultratumba, que encontraría sobre su almohada,
amargarían los placeres de aquella zorra vil. Cada vez que un hombre la tocase con la
mano, recordaría las últimas palabras de su madre.

Tu sangre está manchada —siguió escribiendo—, y ahora veo claramente


que también lo está tu carácter. Tu habitación está limpia y aseada, pero tu
alma es un corral. Tu padre hubiese debido casarse con alguien como tú.
Habríais parecido hechos el uno para el otro. Mi último deseo es que te
marches de casa y te vayas lejos, donde tu influencia no pueda corromper a tu
hermano Rudolph. Si un solo ser decente sale de esta terrible familia, tal vez
esto pesará a los ojos de Dios.

Un ruido confuso de música y gritos se hacía más fuerte en el exterior. Entonces,


oyó la trompeta y la reconoció. Rudolph tocaba al pie de la ventana. Se levantó de la
mesa, abrió la ventana y miró a la calle. Allí estaba él, al frente de lo que parecían
miles de chicos y chicas, tocando para ella, Cuando sonríen los ojos irlandeses.
Agitó la mano y sintió que las lágrimas subían a sus ojos. Rudolph ordenó a los
muchachos que la saludasen con el cañón, y el estampido retumbó por toda la calle.
Ahora, lloraba de veras, y tuvo que enjugarse los ojos con el pañuelo. Después de un
último ademán de despedida, Rudolph echó a andar calle abajo, al frente de su
ejército, marcando el paso con la trompeta.
Ella se retiró de la ventana, se sentó en la mesa y sollozó. Él me ha salvado la
vida, pensó; mi guapo hijo me ha salvado la vida.
Rasgó la carta, se metió en la cocina y quemó los fragmentos en el fogón.

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Muchos de los soldados estaban borrachos. Todos los que podían andar y
embutirse un uniforme habían volado del hospital, sin esperar los permisos, en cuanto
la radio había dado la noticia; pero algunos habían regresado, trayendo botellas, y el
salón de descanso olía como una taberna, mientras hombres en sillas de ruedas o con
muletas iban de un lado para otro, gritando y cantando. Después de la cena, el
jolgorio había degenerado en destrucción, y los hombres rompían a palos los cristales
de las ventanas, arrancaban los carteles de las paredes y rasgaban libros y revistas en
puñados de confeti, con los que entablaban batallas de carnaval entre voces y
risotadas de borracho.
—¡Soy el general George S. Patton! —gritó un muchacho, a nadie en particular.
Llevaba un aparato de acero alrededor de los hombros, que le elevaba el destrozado
brazo por encima de la cabeza—. ¿Dónde está su corbata, soldado? Treinta años K.P.
Después, agarró a Gretchen con su brazo sano y se empeñó en bailar con ella en
el centro de la estancia, al son de Alabad al Señor y pasadme las municiones, que los
otros soldados, complacientes, cantaban para él. Gretchen tenía que asir con fuerza al
soldado, para que no cayese al suelo.
—Soy el más grande artillero manco del mundo, y el mejor bailarín del salón, y
voy a ir mañana a Hollywood a danzar con Ginger Rogers. Cásate conmigo, pequeña,
y viviremos como reyes con mi pensión de mutilado. Hemos ganado la guerra,
pequeña. El mundo será un Edén para los inválidos totales.
Después, tuvo que sentarse, porque sus rodillas ya no le aguantaban. Se sentó en
el suelo, metió la cabeza entre las rodillas y cantó una estrofa de Lili Marlene.
Esta noche, Gretchen no podía hacer nada por ellos. Tenía una sonrisa fija en su
rostro, y trataba de intervenir cuando las batallas de confeti se hacían demasiado
rudas y amenazaban convertirse en luchas de verdad. Una enfermera se asomó a la
puerta y llamó a Gretchen con un ademán. Gretchen fue a su encuentro.
—Creo que harías bien en marcharte de aquí —dijo la enfermera, en voz baja y
preocupada—. Dentro de un rato, se pondrán imposibles.
—En realidad, no les censuro —dijo Gretchen—. ¿Y tú?
—No les censuro —respondió la enfermera—, pero me aparto de su camino.
Hubo un chasquido de cristales. Un soldado había arrojado una botella de whisky
vacía por la ventana.
—Fuego a discreción —dijo el soldado, cogiendo una papelera de metal y
arrojándola por otra ventana—. Dispare los morteros contra esos bastardos, teniente.
Hay que tomar aquella altura.
—Fue una suerte que les quitaran las armas antes de traerlos aquí —dijo la
enfermera—. Esto es peor que Normandía.
—¡Que vengan los japoneses! —gritó alguien—. ¡Los mataré con mi botiquín de
urgencia Banzai!
La enfermera tiró de la manga a Gretchen.
—Vete a casa —le dijo—. Éste no es sitio para una muchacha. Ven mañana

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temprano y ayuda a recoger los despojos.
Gretchen asintió con la cabeza y echó a andar hacia los vestuarios, para
cambiarse, mientras la enfermera se alejaba. Entonces, se detuvo, dio media vuelta y
enfiló al pasillo que conducía a las salas. Penetró en la sala donde estaban los heridos
graves de la cabeza y del pecho. Había poca luz. La mayoría de las camas estaban
vacías, pero, aquí y allí, se veía algún cuerpo bajo las sábanas. Se dirigió a la última
cama del rincón, donde yacía Talbot Hughes, con la glucosa goteando en su brazo
desde el frasco colgado junto a la cama. Yacía allí, con los ojos abiertos, enormes y
febriles, destacando en su chupada cara. La reconoció y le sonrió. El griterío y los
cantos del distante salón de descanso llegaban como el rumor confuso de un campo
de fútbol. Ella le devolvió la sonrisa y se sentó en el borde de la cama. Aunque le
había visto la noche anterior, le pareció que había enflaquecido terriblemente en
veinticuatro horas. Los vendajes del cuello eran lo único sólido a su alrededor. El
médico de la sala le había dicho a Gretchen que Talbot moriría, dentro de aquella
semana. En realidad, no hubiese debido morir, le había dicho el médico; la herida
cicatrizaba bien, aunque, naturalmente, el hombre perdería el habla. Pero, en esta fase
de su lesión y en circunstancias normales, debería tomar ya alimento e incluso pasear
un poco. En vez de esto, el herido se debilitaba día a día, sin ruido, suavemente,
irresistiblemente, empeñado en morir, sin armar jaleo ni molestar a nadie.
—¿Quiere que le lea esta noche? —preguntó Gretchen.
Él sacudió la cabeza sobre la almohada. Después, le alargó una mano. Ella la asió.
Podía contar todos los frágiles huesos, unos huesos de pájaro. Él volvió a sonreír y
cerró los ojos. Ella permaneció sentada allí, inmóvil, sosteniéndole la mano. Así
estuvo durante más de quince minutos, sin decir nada. Después, vio que él se había
dormido. Desprendió con cuidado la mano, se levantó y salió de la sala. Mañana le
preguntaría al médico cuándo creía que Talbott Hughes les abandonaría, victorioso.
Porque quería estar allí y apretarle la mano, como representante del dolor de su país,
para que no muriese solo, a los veinte años, sin haber podido decir nada.
Se puso rápidamente su ropa de calle y salió corriendo del edificio.
Al cruzar la puerta principal, vio a Arnold Simms apoyado en la pared, fumando.
Era la primera vez que le veía, desde aquella noche en el salón de descanso. Vaciló un
momento, y echó a andar hacia la parada de autobús.
—Buenas noches, Miss Jordache —dijo aquella voz que tanto recordaba, cortés,
un poco campesina.
Gretchen hizo un esfuerzo y se detuvo.
—Buenas noches, Arnold —dijo.
Él tenía el rostro inexpresivo, como si nada recordase.
—Por fin, los chicos tienen algo por lo que gritar, ¿no cree? —dijo, con un breve
movimiento de cabeza en dirección al pabellón donde estaba la sala de descanso.
—Así es —dijo ella.
Deseaba alejarse de allí, pero no quería que pareciese que le tenía miedo.

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—Los viejos Estados Unidos se han salido con la suya —dijo Arnold—. Ha sido
una grande y hermosa hazaña, ¿no le parece?
Ahora se estaba burlando de ella.
—Todos deberíamos sentirnos muy felices —dijo Gretchen.
Aquel hombre tenía el don de hacerla parecer pomposa.
—Yo me siento feliz —dijo él—. De veras. Extraordinariamente feliz. Hoy, te
tenido buenas noticias. Particularmente buenas. Por esto la esperé aquí. Quería
decírselo.
—¿De qué se trata, Arnold?
—Mañana me dan de alta —dijo él.
—Es una buena noticia —dijo ella—. Le felicito.
—Gracias. Oficialmente, según el Cuerpo Médico de los Estados Unidos, puedo
andar. Orden de traslado a la oficina militar más próxima, y licenciamiento inmediato
del servicio. La semana próxima, a estas horas, estaré de nuevo en St. Louis. Arnold
Simms, paisano.
—Le deseo… —se interrumpió. Iba a decir felicidad, pero habría sido una
tontería— suerte —dijo.
Y aún fue peor.
—¡Oh, soy un chico afortunado! —dijo él—. Nadie tiene que preocuparse por el
pequeño y viejo Arnold. Aún he tenido otras noticias buenas. Ha sido una semana
grande para mí; una semana formidable. He recibido carta de Cornualles.
—Esto es magnífico —se apresuró a decir ella—. Le ha escrito aquella chica de
quien me habló…
Palmeras. Adán y Eva en el Paraíso.
—Sí. —Tiró el cigarrillo—. Acababa de enterarse de que su marido había muerto
en Italia, y pensó que me gustaría saberlo.
Nada había que responder a esto; Gretchen guardó silencio.
—Bueno, ya no volveremos a vernos, Miss Jordache —dijo él—, a menos que
pase usted algún día por St. Louis. Podrá hallar mi dirección en la guía telefónica.
Viviré en un barrio exclusivamente residencial. Bueno, no quiero entretenerla más.
Supongo que tendrá que ir a alguna fiesta de la victoria o a algún baile de club. Sólo
quería darle las gracias por todo lo que ha hecho a favor de los soldados, Miss
Jordache.
—Buena suerte, Arnold —dijo ella, fríamente.
—¡Lástima que no tuviese tiempo de ir al Desembarcadero aquel sábado! —dijo
él, sin andarse con rodeos—. Compramos un par de pollos estupendos, los asamos y
nos dimos un banquete. La echamos en falta.
—Confiaba en que no hablaría de esto, Arnold —dijo ella.
Hipócrita, hipócrita.
—¡Dios mío! —dijo él—. Es usted tan linda, que sólo tengo ganas de sentarme y
echarme a llorar.

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Giró sobre sus talones, empujó la puerta del hospital y entró cojeando en el
edificio.
Ella caminó despacio hacia la parada de autobús, sintiéndose vapuleada. La
victoria no resolvía nada.
Se plantó bajo el farol y consultó su reloj, preguntándose si los conductores de
autobuses andarían también de parranda esta noche. Había un coche aparcado más
debajo de la calle, a la sombra de un árbol. El coche arrancó y avanzó despacio en su
dirección. Era el «Buick» de Boylan. Por un momento, pensó en volver corriendo al
hospital.
Boylan detuvo el coche frente a ella y abrió la portezuela.
—¿Puedo llevarla, señora?
—No, muchas gracias.
No le había visto desde hacía más de un mes; desde la noche en que habían ido a
Nueva York.
—Pensé que podríamos ir juntos a darle las gracias a Dios, por haber otorgado la
victoria a nuestras armas —dijo él.
—Gracias. Esperaré al autobús.
—Recibió mis cartas, ¿no? —preguntó él.
—Sí.
Había encontrado dos cartas, sobre su mesa de la oficina, en las que él le daba cita
frente a los «Almacenes Bernstein». No había acudido, ni había respondido a las
cartas.
—Su respuesta debió de extraviarse en el correo —dijo él—. El servicio funciona
muy mal estos días, ¿no cree?
Ella se alejó del coche. Él se apeó, la alcanzó y la asió del brazo.
—Ven a casa conmigo —dijo, con voz ronca—. Inmediatamente.
Su contacto le crispó los nervios. Le odiaba, pero sabía que le habría gustado
hallarse en su lecho.
—¡Suéltame! —dijo, dando un furioso tirón para desprender el brazo.
Volvió a la parada del autobús, y él la siguió.
—Está bien —dijo Boylan—. Te diré lo que vine a decirte. Quiero casarme
contigo.
Ella se echó a reír. Rió, sin saber por qué. Sería por la sorpresa.
—He dicho que quiero casarme contigo —repitió él.
—Y yo le diré una cosa —dijo ella—. Márchese a Jamaica, según tiene
proyectado, y le escribiré allí. Deje su dirección a su secretaria. Y ahora, discúlpeme;
aquí está mi autobús.
El autobús se detuvo, y ella saltó al vehículo en cuanto se abrió la puerta. Dio su
billete al conductor y fue a sentarse en la parte de atrás. Estaba temblando. Si no
hubiese llegado el autobús en aquel momento, habría dicho que sí y se habría casado
con Boylan.

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Cuando el autobús se acercó a Port Philip, oyó las sirenas de los bomberos y miró
hacia la colina. Había fuego. ¡Ojalá fuese el edificio principal y ardiese hasta los
cimientos!

VI

Claude se agarraba a Tom con ambos brazos, mientras éste conducía la moto por
el estrecho camino de la parte de atrás de la finca de Boylan. Tom tenía poca práctica
y avanzaba despacio, y Claude gemía junto a su oído cada vez que saltaba en un
bache o tropezaba con alguna piedra. Tom ignoraba la gravedad de las quemaduras,
pero sabía que tenía que hacer algo. Pero, si llevaba a Claude al hospital, le
preguntarían cómo se había quemado, y no había que ser un Sherlock Holmes para
establecer una relación entre el chico del brazo quemado y la cruz que ardía en la
colina. Y seguro que Claude no se avendría a cargar él solo con la culpa. Claude no
era ningún héroe. Era incapaz de morir en el tormento, sin despegar los labios. Esto
era indudable.
—Escucha —dijo Tom, frenando la moto hasta casi pararla—, ¿tenéis médico de
cabecera?
—Sí —dijo Claude—. Mi tío.
Así, se podía tener familia. Curas, médicos, y, probablemente, un abogado que
aparecería más tarde, cuando les hubiesen detenido.
—¿Cuál es su dirección? —preguntó Tom.
Claude se la murmuró. Estaba tan asustado que casi no podía hablar. Tom aceleró
y, siguiendo caminos apartados, consiguió llegar a un caserón de las afueras de la
ciudad, en cuyo jardín había un rótulo que decía: Durante. Robert Tinker, médico.
Tom detuvo la moto y ayudó a Claude a bajar.
—Escucha —le dijo—, entrarás tú solo, ¿comprendes? Y, sea lo que fuere lo que
le digas a tu tío, te guardarás muy bien de pronunciar mi nombre. Lo mejor sería que
tu padre te sacase esta noche de la ciudad. Mañana, habrá un jaleo terrible, y, si
alguien te ve por ahí con la mano quemada, no tardarán diez segundos en caer sobre ti
como una manada de lobos.
Por toda respuesta, Claude gimió y se agarró al hombro de Tom. Éste le empujó.
—Manténte sobre los pies, hombre —le dijo—. Y ahora, entra y procura que sólo
te vea tu tío. Y, si algún día me entero de que me has delatado, te mataré.
—¡Tom! —gimió Claude.
—Ya lo has oído —dijo Tom—. Te mataré. Y sabes que lo digo en serio —
añadió, empujándole hacia la puerta de la casa.
Claude se dirigió a la puerta, tambaleándose. Alzó la mano ilesa y tocó el timbre.
Tom no esperó a verle entrar. Se alejó rápidamente, calle abajo. El resplandor del
incendio se cernía aún sobre la ciudad, iluminando el cielo.

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Bajó hasta el río, cerca del cobertizo donde su padre guardaba su esquife. La
orilla estaba a oscuras, y se percibía un olor ácido a metal enmohecido. Se quitó el
suéter. Hedía a lana quemada, un olor enfermizo, como de vómito. Buscó una piedra,
la envolvió con el suéter y tiró el paquete al río. Sonó un chasquido apagado, y vio
como un surtidor de agua blanca sobre la negra corriente, mientras el suéter se
hundía. Sentía la pérdida del suéter. Era su mascota. Embutido en él, había ganado
muchos combates. Pero hay veces en que uno tiene que prescindir de sus cosas, y ésta
era una de ellas.
Se alejó del río y se dirigió a su casa, sintiendo el frío de la noche a través de su
camisa. Se preguntaba si de veras tendría que matar a Claude Tinker.

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Capítulo VI

Ahí viene, con su comida alemana, pensó Mary Jordache, cuando vio salir a su
marido de la cocina, con la fuente del pato asado con coles y frutas. A lo inmigrante.
No recordaba haber visto nunca tan animado a su marido. La rendición del Tercer
Reich le había convertido, esta semana, en un hombre jovial y expansivo. Había
devorado los periódicos, regocijándose con las fotografías de los generales alemanes
firmando papeles en Reims. Hoy, domingo, Rudolph cumplía diecisiete años, y
Jordache había decretado un día de fiesta. Los cumpleaños del resto de la familia sólo
eran celebrados con un gruñido. Había regalado a Rudolph una magnífica caña de
pescar —¡sabe Dios lo que costaría!—, y le había dicho a Gretchen que, en lo
sucesivo, podría quedarse con la mitad de su salario, en vez de la cuarta parte. Incluso
le había dado dinero a Thomas para que se comprase un suéter nuevo, en sustitución
del que dijo haber perdido. Si el Ejército alemán se rindiese una vez cada semana, la
vida aún podría ser tolerable en casa de Axel Jordache.
—De ahora en adelante —había dicho Jordache—, los domingos, comeremos
todos juntos.
Por lo visto, la sangrienta derrota de su raza había despertado en él un interés
sentimental por los lazos de la sangre.
Por esto estaban hoy todos sentados alrededor de la mesa; Rudolph, consciente de
su papel, con cuello y corbata, muy erguido, como un cadete de una mesa de West
Point; Gretchen, con su blusa de encaje, y como si nunca hubiese roto un plato, la
muy zorra; y Thomas, con su sonrisa de truhán, pulcramente lavado y peinado.
También Thomas había cambiado de un modo inexplicable a partir del Día VE;
ahora, venía directamente de la escuela a casa, estudiaba toda la tarde en su
habitación e incluso ayudaba en la tienda, cosa que no había hecho en toda su vida.
La madre se permitió concebir un primer atisbo de esperanza. Tal vez, por un
desconocido arte de magia, el silencio de los cañones en Europa les convertiría en
una familia normal.
La idea que tenía Mary Jordache de una familia americana normal se debía, en
gran parte, a las lecturas de las monjas del orfanato y, más tarde, a los anuncios de las
revistas populares. Las familias americanas normales eran limpias, olían bien y
sonreían constantemente. Se hacían regalos los unos y los otros en Navidad, en los
aniversarios, en las bodas y en el Día de la Madre. Tenían padres ancianos y robustos,
que vivían en el campo, y poseían, al menos, un automóvil. Los hijos llamaban señor
a su padre, y las hijas tocaban el piano y hablaban de sus novios a sus madres, y todos
tomaban «Listerine». Desayunaban, comían y cenaban juntos; los domingos, iban a

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su iglesia preferida, y todos pasaban las vacaciones en la playa. El padre vestía de
oscuro para ir a su trabajo de todos los días, y tenía muchos seguros de vida. En
realidad, no tenía una idea clara de todo esto, sino que era como un brumoso punto de
referencia, con el que comparaba sus propias circunstancias. Demasiado tímida y
orgullosa para fraternizar con sus vecinos, desconocía la realidad de la vida de las
otras familias de la ciudad. Los ricos estaban fuera de su alcance, y los pobres eran
dignos de su desprecio. A su modo de ver, por muy confuso y desordenado que fuese,
ella, su marido, Thomas y Gretchen, no constituían una familia aceptable y que
pudiese causarle la menor satisfacción. Eran, más bien, un grupo heterogéneo,
reunido al azar para un viaje que ninguno había querido hacer y, durante el cual, lo
más que podía esperarse era reducir al mínimo las hostilidades.
Desde luego, Rudolph era una excepción.

II

Axel Jordache puso el pato sobre la mesa, con satisfacción. Se había pasado toda
la mañana preparando la comida, manteniendo a su esposa alejada de la cocina, pero
sin las acostumbradas censuras sobre su arte culinario. Trinchó el ganso con rudeza,
pero diestramente, y sirvió a todos grandes pedazos, empezando por la madre, con
gran sorpresa por parte de ésta. Había comprado dos botellas de «California
Riesling», y llenó los vasos ceremoniosamente. Levantó el suyo para brindar.
—Por mi hijo Rudolph, en el día de su cumpleaños —dijo, con voz ronca—.
¡Ojalá justifique nuestras esperanzas, llegue a la cima y no nos olvide cuando esté
allí!
Todos bebieron gravemente, aunque la madre vio que Thomas hacía una pequeña
mueca. Tal vez pensaba que el vino estaba agrio.
Jordache no especificó qué cima esperaba que escalase su hijo. Holgaban las
distinciones. La cima existía, con sus límites, su solidez, sus privilegios. Cuando uno
llegaba a ella, le reconocían enseguida, y su llegada era saludada con vítores y
«Cadillacs», por los que habían arribado antes.

III

Rudolph comió el pato remilgadamente. Era un poco graso para su gusto, y sabía
que esto hacía salir granos. Y comió muy poca col. Aquella tarde tenía una cita con la
chica de la trenza rubia que le había besado frente a la casa de Miss Lenaut, y no
quería oler a coles al encontrarse con ella. Sólo probó el vino. Había resuelto no
emborracharse en toda su vida. Quería tener siempre un dominio absoluto sobre su

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mente y sobre su cuerpo. También había decidido no casarse nunca, debido al
ejemplo de sus padres.
El día que siguió al desfile, había ido hasta la casa contigua a la de Miss Lenaut y
se había plantado al otro lado de la calle de una manera bien visible. Como era de
esperar, la chica había salido al cabo de diez minutos, vistiendo suéter y pantalón
azul, y le había saludado con la mano. Tenía aproximadamente su misma edad,
brillantes ojos azules y la sonrisa franca y amistosa propia de las personas a quienes
nunca les ha ocurrido nada malo. Habían caminado juntos, calle abajo, y, al cabo de
media hora, Rudolph tenía la impresión de que la conocía desde hacía años. Ella
acababa de llegar de Connecticut. Se llamaba Julie, y su padre tenía algo que ver con
la «Compañía de Electricidad». Tenía un hermano mayor en el Ejército, en Francia, y
por esto le había besado aquella noche, para celebrar que su hermano estaba vivo en
Francia y que la guerra había terminado para él. Fuese cual fuese la razón, Rudolph
se alegraba de que le hubiese besado, aunque el recuerdo de aquel primer roce de
labios entre extraños hizo que se mostrase torpe y tímido durante un rato.
Julie estaba loca por la música, le gustaba cantar y pensaba que él tocaba
maravillosamente la trompeta, y él casi le prometió que iría a buscarla con su banda,
para que cantase con ellos en su próxima fiesta de club.
Julie dijo que le gustaban los chicos serios y estaba segura de que Rudolph lo era.
Él le había hablado ya a Gretchen sobre Julie. Le gustaba repetir su nombre. «Julie,
Julie…». Gretchen se había limitado a sonreír, con una ligera expresión de
superioridad y condescendencia que a él no le gustó. Le había regalado una chaqueta
ligera por su cumpleaños.
Sabía que a su madre le disgustaría que no la llevase de paseo esta tarde; pero
visto el súbito comportamiento de su padre, podía producirse un milagro y ser éste
quien la llevase a pasear.
¡Ojalá hubiese confiado tanto como sus padres en su llegada a la cumbre! Era
inteligente; pero lo era lo bastante para saber que la inteligencia, por sí sola, no lleva
consigo ninguna garantía. Para la clase de triunfo que sus padres esperaban de él, se
necesitaba algo especial: suerte, cuna, un don. Él no sabía aún si tenía suerte. Desde
luego, no podía contar con su cuna, para que le impulsase en su carrera; y dudaba
mucho de sus dones. Sabía apreciar las dotes de los otros y escudriñar las suyas
propias. Ralph Stevens, un chico de su clase, apenas si podía conseguir una B de
promedio; pero era un genio para las matemáticas y resolvía problemas de Cálculo y
de Física para pasar el rato, mientras sus condiscípulos andaban atragantados con el
Álgebra elemental. Ralph Stevens tenía un don que orientaba su vida como un imán.
Sabía adónde iba, porque no podía ir a otra parte.
Rudolph tenía muchas pequeñas dotes y ninguna dirección definida. No era malo
tocando la trompeta, pero no se engañaba hasta el punto de creerse un Benny
Goodman o un Louis Armstrong. De los otros cuatro chicos que formaban la banda,
dos eran mejores que él, y los otros dos, aproximadamente como él. Escuchaba su

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propia música, apreciando fríamente su valor, y sabía que no valía mucho. Y no
valdría mucho más, por más que se esforzase. Como atleta, era el primero en una
prueba: los doscientos metros de vallas; pero, en una escuela de una gran ciudad,
dudaba mucho de que le hubiesen admitido en el equipo, al contrario de lo que le
ocurría a Stan O'Brien, que jugaba de defensa en el equipo de rugby y que, en las
demás pruebas, tenía que confiar en la tolerancia de los maestros, que le reconocían
las marcas justas para que pudiese jugar en el equipo. Pero, en el campo de rugby,
Stan O'Brien era uno de los mejores jugadores que se habían visto en el Estado. Sabía
hacer regates, encontrar un hueco en una fracción de segundo y hacer siempre el
movimiento adecuado, con ese sentido especial de los grandes atletas que no puede
compensarse sólo con inteligencia. Stan O'Brien tenía ofrecimientos de becas en
colegios de lugares remotos, como California, y si no se lesionaba, sin duda
conquistaría las Américas y se haría una posición para toda la vida. En clase,
Rudolph hacía los ejercicios de Literatura Inglesa mejor que el pequeño Sandy
Hopewood, que dirigía el periódico de la escuela y era regularmente suspendido en
Ciencias; pero bastaba con leer un artículo suyo para convencerse de que nada
impediría a Sandy convertirse en escritor.
Rudolph tenía el don de hacerse simpático a los demás. Lo sabía, y sabía que ésta
era la razón de que le hubiesen elegido, tres veces seguidas, presidente de su clase.
Pero tenía la impresión de que esto no era un verdadero don. Tenía que planear su
atractivo, hacerse agradable a las personas, parecer interesarse por ellas y aceptar
alegremente tareas no remuneradas, como dirigir las danzas de la escuela y encabezar
la sección de anuncios de la revista, y trabajar de firme para ganarse la estimación de
todos. Su don de atracción no era una verdadera dote, pensaba él, porque no tenía
amigos íntimos, ni sentía él mismo un grande y verdadero aprecio por los demás.
Incluso su costumbre de besar a su madre por la mañana y por la noche, y de llevarla
de paseo los domingos, era un hábito planeado para conseguir su gratitud, para
conservar el concepto de hijo respetuoso y amante que sabía que su madre tenía de él.
Los paseos domingueros le aburrían, y le fastidiaba que ella lo manosease cuando la
besaba, aunque, naturalmente, nunca lo demostraba.
Tenía la impresión de estar compuesto de dos capas: una, sólo conocida por él, y
otra, la que mostraba al mundo. Quería ser lo que parecía, pero dudaba de llegar a
conseguirlo. Aunque sabía que su madre y su hermana, e incluso alguno de sus
maestros, le consideraba guapo, no estaba muy seguro de su aspecto. Pensaba que era
demasiado moreno, que tenía la nariz demasiado larga, la mandíbula demasiado plana
y dura, los ojos excesivamente claros y pequeños para su tez olivácea, y el pelo
demasiado negro y opaco. Estudiaba las fotografías de los periódicos y revistas, para
ver cómo vestían los muchachos de las Escuelas Superiores de Exeter y St. Paul's y lo
que llevaban los universitarios en sitios como Harvard y Princeton, y procuraba
copiar su estilo en sus propios trajes, que pagaba de su bolsillo.
Se había comprado unos zapatos blancos de ante, con suela de goma, y ahora

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tenía una chaqueta ligera de franela; pero conservaba la desagradable impresión de
que, si le invitaban a una fiesta elegante, destacaría inmediatamente por lo que era, un
provinciano que quería aparentar lo que no era.
Era tímido con las chicas y nunca se había enamorado, a menos que pudiera
llamarse amor a aquel estúpido sentimiento que le había inspirado Miss Lenaut.
Aparentaba desinteresarse de las chicas, estar demasiado ocupado en cosas más
importantes para preocuparse de niñerías tales como citas, flirteos y besuqueos. Pero,
en realidad, evitaba la compañía de las muchachas, porque temía que, si intimaba
demasiado con una de ellas, ésta no tardaría en descubrir que, detrás de su actitud de
superioridad, se ocultaba un tipo basto y carente de experiencia.
En cierto modo, envidiaba a su hermano. Thomas no gozaba de la estima de
nadie. Su don era la ferocidad. Era temido e incluso odiado, y nadie le tenía
verdadera simpatía; pero n se preocupaba por la corbata que tenía que ponerse, ni por
lo que había de decir en su clase de inglés. Era un tipo de pelo en pecho, y cuando
hacía algo, adoptaba su actitud sin tener que sufrir la dolorosa y vacilante angustia de
la elección.
En cuanto a su hermana, era bella, mucho más hermosa que la mayoría de las
estrellas de cine que veía en la pantalla, y este don era bastante para cualquiera.
—Este pato está estupendo, papá —dijo Rudolph, porque sabía que su padre
esperaba este cumplido—. Algo grande. De veras.
Había comido más de lo que le apetecía, pero alargó el plato para que le sirvieran
una segunda ración. Se esforzó en no pestañear al ver el tamaño de la porción que le
puso su padre.

IV

Gretchen comía en silencio. ¿Cuándo se lo diré? ¿Cuál será el momento mejor?


El martes, en la fábrica, le habían dado el preaviso de despido, por término de quince
días. Míster Hutchens la había llamado a su despacho, y, después de un vago exordio
sobre la eficacia y la competencia de Gretchen, sobre las excelencias de su trabajo y
sobre lo agradable que había sido tenerla en las oficinas, le había soltado la píldora.
Aquella mañana, había recibido la orden de comunicarle el despido, lo mismo que a
otra joven de la oficina. Míster Hutchens añadió, con auténtico matiz de desconsuelo
en su seca voz, que había ido a protestar ante el gerente, y que éste le había dicho que
lo sentía mucho, pero que nada podía hacer. Con la terminación de la guerra en
Europa, se produciría una reducción en los contratos del Gobierno. Se esperaba una
retractación en los negocios, y había que reducir las nominas. Gretchen y la otra chica
eran las empleadas más recientes del departamento de míster Hutchens, y, por tanto,
eran las primeras que habían de salir. Míster Hutchens estaba tan disgustado que,
mientras le hablaba, había tenido que sacarse varias veces el pañuelo del bolsillo y

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sonarse ruidosamente, para demostrarle que hacía aquello contra su voluntad. Tres
decenios de papeleo habían estampado su huella en míster Hutchens, que era como
una de esas facturas pagadas que se guardan muchos años en un cajón y que, cuando
salen de nuevo a la luz, aparecen amarillentas y gastadas por los bordes. La emoción
que impregnaba su voz, mientras le hablaba, resultaba incongruente, como lágrimas
vertidas por un fichero metálico.
Gretchen había tenido que consolar a míster Hutchens. No pensaba pasarse toda
la vida trabajando en la «Fábrica de Tejas y Ladrillos Boylan», le había dicho, y
comprendía que los últimos en entrar tenían que ser los primeros en marcharse. No le
había dicho la verdadera razón de su despido, ni que lo sentía por la otra chica, que
era sacrificada para disimular una venganza de Teddy Boylan.
Aún no había pensado lo que haría, y confiaba en poder trazar otros planes antes
de hablarle a su padre del despido. Sin duda, se produciría una desagradable escena, y
quería tener preparada una defensa. Pero, hoy, su padre se comportaba por vez
primera como un ser humano, y tal vez cuando terminase la comida, alegrado por el
vino y rebosante de satisfacción a causa de su hijo predilecto, se mostraría benévolo
con los otros. Se lo diré cuando tomemos el postre, decidió.

Jordache había hecho un pastel de cumpleaños, que trajo de la cocina, con


dieciocho velas encendidas sobre la capa de azúcar batido: diecisiete años, y otro por
venir. Y precisamente habían empezado todos a cantar Feliz cumpleaños a ti, querido
Rudolph, cuando sonó el timbre de la puerta. El ruido cortó la canción en mitad del
verso. En casa de los Jordache, el timbre casi nunca sonaba. Nadie iba a visitarles, y
el cartero echaba la correspondencia por una rendija de la puerta.
—¿Quién diablos será? —dijo Jordache.
Siempre reaccionaba violentamente ante las sorpresas, como si cualquier cosa
imprevista sólo pudiese representar una agresión.
—Yo iré —dijo Gretchen.
Había tenido la instantánea certeza de que Boylan estaba en la puerta con el
«Buick» aparcado frente a la tienda. Era la clase de locura que cabía esperar de él.
Bajó corriendo la escalera, mientras Rudolph apagaba las velas. Se alegraba de ir bien
vestida y de haberse hecho peinar por la mañana, para la fiesta de Rudolph. Que
Teddy Boylan viese lo que no volvería a poseer jamás.
Cuando abrió la puerta, vio a dos hombres plantados ante ella. Les conocía a los
dos: eran míster Tinker y su hermano, el cura. Conocía a míster Tinker de la fábrica,
y todo el mundo conocía al padre Tinker, un hombre corpulento y colorado que
parecía un estibador que hubiese equivocado su profesión.
—Buenas tardes, Miss Jordache —dijo míster Tinker, quitándose el sombrero.

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Su voz era grave, y su largo y macilento rostro tenía la expresión del que acaba de
descubrir un terrible error en los libros de contabilidad.
—Hola, míster Tinker. Padre… —dijo Gretchen.
—Espero no haberles interrumpido —dijo míster Tinker, en un tono más
ceremoniosamente eclesiástico que el de su propio hermano—. Pero tenemos que
hablar con su padre. ¿Está en casa?
—Sí —respondió Gretchen—. Si quieren subir… Estábamos comiendo, pero…
—Preferiríamos que tuviese la bondad de pedirle que bajase, pequeño —dijo el
cura, con la voz rotunda y serena del hombre que inspira confianza a las mujeres—.
Tenemos que hablarle, en privado, de un asunto de la mayor importancia.
—Iré a buscarle —dijo Gretchen.
Los hombres entraron en el oscuro y pequeño zaguán y cerraron la puerta, como
si quisieran que no pudiesen verles desde la calle. Gretchen encendió la luz. No le
parecía bien dejar a los dos hombres de pie en la oscuridad. Y subió deprisa la
escalera, convencida de que los hermanos Tinker le miraban las piernas.
Cuando entró en el cuarto de estar, Rudolph estaba cortando el pastel. Todos la
miraron, con ojos interrogadores.
—¿Qué diablos pasa? —preguntó Jordache.
—Míster Tinker está abajo —dijo Gretchen—. Con su hermano, el cura. Quieren
hablar contigo, papá.
—Entonces, ¿por qué no les has dicho que subiesen? —dijo Jordache, aceptando
la tajada de pastel que le tendía Rudolph y dándole un gran bocado.
—No han querido hacerlo. Dicen que es un asunto muy importante y que tienen
que discutirlo contigo en privado.
Thomas emitió un ligero chasquido con la lengua y los dientes, como si tratase de
desprender una hebra de carne que hubiese quedado entre dos de aquéllos.
Jordache echó la silla hacia atrás.
—¡Vaya! —dijo—. Un cura. ¿Es que esos bastardos no pueden dejarle a uno en
paz ni los domingos por la tarde?
Pero se levantó y salió de la estancia. Todos oyeron sus pesados pasos, al bajar
cojeando la escalera.
Jordache no saludó a los dos hombres que esperaban en la entrada, a la débil luz
de la lámpara de cuarenta vatios.
—Bueno, señores —dijo—, ¿qué diablos es esto tan importante que les obliga a
interrumpir la comida dominguera de un trabajador?
—¿Podríamos hablar con usted en privado, míster Jordache? —preguntó Tinker.
—¿Qué tiene de malo este sitio? —preguntó Jordache, plantado en el último
escalón y masticando aún su pastel.
El olor a pato flotaba en el zaguán.
Tinker miró escaleras arriba.
—No quisiera que nos oyesen —dijo.

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—En cuanto a mí —dijo Jordache—, creo que tenemos que hablar nada que no
pueda oír toda la maldita ciudad. Nada les debo a ustedes, y nada me deben.
Sin embargo, acabó de bajar al zaguán, salió a la calle y abrió la puerta de la
panadería, cuyas llaves llevaba siempre en el bolsillo.
Los tres hombres entraron en la tienda, que, por ser domingo, tenía corrida la
cortina de lona del escaparate.

VI

En el piso de arriba, Mary Jordache esperaba a que hirviese el café. Rudolph no


dejaba de consultar su reloj, temeroso de llegar tarde a su cita con Julie. Thomas
estaba retrepado en su silla, silbando una monótona tonada y marcando el ritmo con
el tenedor en su vaso.
—Acaba ese ruido, por favor —dijo la madre—. Me produce dolor de cabeza.
—Perdón —dijo Thomas—. Para mi próximo concierto, cogeré la trompeta.
Ni un momento de amabilidad, pensó Mary Jordache.
—¿Qué estarán haciendo abajo? —preguntó agresiva—. El único día que
celebrábamos una comida normal en familia. —Se volvió, acusadora, a Gretchen—.
Tú trabajas con míster Tinker —le dijo—. ¿Has hecho algo malo en la ciudad?
—Tal vez han descubierto que he robado un ladrillo —dijo Gretchen.
—Un solo día de amabilidad —dijo la madre— es demasiado para mis hijos.
Y fue a la cocina a buscar el café, encorvada la espalda como una mártir.
Se oyeron los pasos de Jordache en la escalera. Entró en el cuarto de estar, con
rostro inexpresivo.
—Tom —dijo—, ven conmigo.
—No tengo nada que decir a la familia Tinker —dijo Thomas.
—Son ellos los que tienen algo que decirte.
Jordache dio media vuelta, salió y empezó a bajar la escalera. Thomas se encogió
de hombros. Se tiró de los dedos, como solía hacer antes de una riña, y siguió a su
padre.
Gretchen frunció el ceño.
—¿Sabes tú a qué viene todo esto? —preguntó a Rudolph.
—No saldrá nada bueno —dijo Rudolph tristemente, pues ahora sabía que
llegaría tarde a su cita con Julie.

VII

En la panadería, los dos Tinker, el uno con traje azul marino, y el otro con su

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brillante y negro atuendo clerical, parecían dos cuervos sobre el fondo de la estantería
vacía y del mostrador de mármol gris. Thomas entró, y Jordache cerró la puerta a su
espalda.
Voy a tener que matarle, pensó Thomas.
—Buenas tardes, míster Tinker —dijo, con una sonrisa infantil—. Buenas tardes,
padre.
—Hijo mío —dijo el cura, con voz de mal agüero.
—Díganle lo que me han contado a mí —dijo Jordache.
—Lo sabemos todo, hijo —prosiguió el cura—. Claude lo confesó todo a su tío,
como era justo y natural. De la confesión viene el arrepentimiento, y del
arrepentimiento, el perdón.
—Deje esas monsergas para le escuela dominical —dijo Jordache, que se había
apoyado de espaldas en la puerta, como para asegurarse de que nadie iba a escapar.
Thomas no dijo nada. Se había pintado en su rostro aquella ligera sonrisa que
precedía a sus combates.
—La vergonzosa quema de la cruz —dijo el sacerdote—. En un día consagrado a
la memoria de los bravos jóvenes muertos en la guerra. En un día en que celebré la
santa misa por el descanso de sus almas, en el altar de mi propia iglesia. Y con todas
las pruebas y la intolerancia de que somos víctimas los católicos en este país, y con
los esfuerzos que hemos de hacer para que nos acepten nuestros fanáticos paisanos.
¡Y que esta acción la hayan realizado dos muchachos católicos!
—Él no es católico —dijo Jordache.
—Su padre y su madre nacieron en el seno de la Iglesia —dijo el cura—. Lo he
comprobado.
—¿Lo hiciste, o no? —preguntó Jordache.
—Sí, lo hice —respondió Thomas.
¡Ese maldito y cobarde hijo de perra de Claude!
—¿Puedes imaginarte, hijo mío —prosiguió diciendo el cura—, lo que les
ocurriría a tu familia y a la de Claude, si llegase a saberse quiénes prendieron fuego a
aquella cruz?
—Os echarían de la ciudad —dijo míster Tinker, muy excitado—. Esto es lo que
harían. Tu padre no podrá colocar una hogaza de pan en toda la población. Sus
ciudadanos recuerdan que sois extranjeros, alemanes, aunque vosotros quisierais
olvidarlo.
—¡Diablos! —exclamó Jordache—. Ya salió la bandera roja, blanca y azul.
—Los hechos son los hechos —dijo míster Tinker—. Y hay que enfrentarse con
ellos. Le diré otra cosa. Si Boylan llega a descubrir quiénes incendiaron su
invernáculo, nos perseguirá durante toda la vida. Buscará un hábil abogado, que haga
parecer que el viejo invernáculo era la propiedad más valiosa desde este pueblo hasta
Nueva York. —Agitó el puño en dirección a Thomas—. Tu padre se quedará sin un
centavo en el bolsillo. Sois menores de edad. Y nosotros los responsables: tu padre y

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yo. Los ahorros de toda una vida…
Thomas podía ver el movimiento de las manos de su padre, como si ardiesen en
deseos de agarrar su cuello y ahogarle.
—Calma, John —dijo el cura a su hermano—. De nada sirve trastornar al
muchacho. La salvación de todos depende de su buen sentido. —Se volvió a Thomas
—. No te preguntaré qué impulso diabólico te llevó a incitar a Claude a hacer una
cosa tan horrible…
—¿Dijo que fue idea mía? —preguntó Thomas.
—Un chico como Claude —dijo el cura—, criado en un hogar cristiano, que va a
misa todos los domingos, no podía soñar en un plan tan desaforado.
—Bien —dijo Thomas.
Seguro que hay un infierno, que le daría su merecido a Claude.
—Afortunadamente —prosiguió el cura, en medido tono gregoriano—, cuando
Claude visitó a su tío el doctor Robert Tinker, aquella horrible noche, con su brazo
gravemente lesionado, el doctor Tinker estaba solo en su casa. Curó al chico, le
sonsacó la historia y lo llevó a su casa en su propio coche. Gracias a Dios, nadie lo
vio. Pero las quemaduras son graves, y Claude tendrá que llevar el brazo vendado, al
menos, durante tres semanas más. Era imposible tenerle oculto en casa hasta que
sanase del todo. Una criada podría sospechar; un mozo de recados podía echarle la
vista encima; un amigo de la escuela podía visitarle para interesarse por él…
—Por Dios, Anthony —le interrumpió míster Tinker—, ¡baja del púlpito de una
vez! —pálido y convulso el rostro, enrojecidos los ojos, se acercó a Thomas—. La
noche pasada, llevamos al pequeño bastardo a Nueva York, y esta mañana ha salido
en avión para California. Tiene una tía en San Francisco; se quedará con ella hasta
que le quiten los vendajes, y después ingresará en una academia militar, y no me
importa que no vuelva a este pueblo hasta que cumpla los noventa años. En cuanto a
tu padre, si sabe lo que le conviene, lo mejor que puede hacer es sacarte también de la
ciudad. Y enviarte lo más lejos posible, donde nadie te conozca y donde nadie te haga
preguntas.
—No se preocupe, Tinker —dijo Jordache—. Saldrá de la ciudad antes del
anochecer.
—Se lo aconsejo —dijo Tinker, en tono amenazador.
—Y ahora —dijo Jordache, abriendo la puerta—, ya estoy harto de ustedes dos.
¡Lárguense!
—Creo que debemos marcharnos, John —dijo el cura—. Estoy seguro de que
míster Jordache hará lo que debe hacer.
Pero Tinker tenía que decir la última palabra.
—Les habrá salido muy barato —dijo—. Adiós.
Y salió de la tienda.
—Que Dios te perdone —dijo el cura.
Y siguió a su hermano. Jordache cerró la puerta y se enfrentó con Thomas.

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—Has colgado una espada sobre mi cabeza, pequeño truhán —le dijo—. Vas a
ver la que te espera.
Avanzó cojeando hacia Thomas y descargó un puñetazo. El puño chocó en la
parte alta de la cabeza de Thomas. Éste se tambaleó y, después, instintivamente,
devolvió el golpe, saltando y alcanzando a su padre en la sien, con el derechazo más
fuerte que jamás hubiese propinado. Jordache no cayó, pero vaciló un poco, tendidas
las manos hacia delante. Contempló incrédulo a su hijo; tenía los ojos azules velados
por la ira. Después, vio que Thomas sonreía y dejaba caer los brazos.
—Adelante, acabemos de una vez —dijo Thomas, con desdén—. El hijito no
volverá a pegar a su papá.
Jordache pegó una vez más. La mejilla izquierda de Thomas empezó a hincharse
inmediatamente y adquirió un rojo color a vino tinto; pero él siguió en pie, sonriendo.
Jordache bajó los brazos. El puñetazo había sido un símbolo; nada más. Un
símbolo insignificante, pensó, confuso. ¡Ay, los hijos!
—Bien —dijo—. La cosa ha terminado. Tu hermano te acompañará a Grafton en
el autobús. Allí, tomarás el primer tren de Albany. En Albany, cambiarás y marcharás
a Ohio. Mi hermano cuidará de ti. Le llamaré hoy por teléfono y te estará esperando.
No te preocupes en hacer tu equipaje. No quiero que te vean salir de la ciudad con
una maleta.
Abrió la puerta de la panadería. Thomas salió, parpadeando bajo el sol de la tarde
del domingo.
—Espera aquí —dijo Jordache—. Voy a buscar a tu hermano. No quiero escenas
de despedida con tu madre.
Cerró la puerta de la panadería y entró cojeando en la casa.
Sólo cuando su padre hubo salido, se tocó Thomas la mejilla hinchada.

VIII

Diez minutos más tarde, bajaron Jordache y Rudolph. Thomas estaba apoyado en
el escaparate de la panadería, mirando tranquilamente al otro lado de la calle.
Rudolph traía la chaqueta del único traje de Thomas, a rayas y de color verdoso. Se lo
habían comprado hacía dos años, y le estaba pequeño. Le impedía el libre
movimiento de los hombros, y las mangas le quedaban muy cortas.
Rudolph parecía confuso y abrió mucho los ojos al ver la hinchazón de la mejilla
de Thomas. Jordache parecía enfermo. Bajo el color moreno de su piel, aparecía
como una capa de un verde pálido, y tenía los ojos hinchados. Un solo puñetazo,
pensó Thomas, y mira cómo se queda.
—Rudolph sabe lo que tiene que hacer —dijo Jordache—. Le he dado algún
dinero. Comprará tu billete hasta Cleveland. Aquí está la dirección de tu tío.
Tendió a Thomas un pedazo de papel. Estoy ascendiendo de categoría, pensó

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Thomas. También tengo tíos para casos de emergencia. Llamadme Tinker.
—Andando —dijo Jordache—. Y mantén cerrado el pico.
Los muchachos se alejaron calle abajo. Jordache se quedó mirándoles, sintiendo
el latido de una vena en la sien donde había recibido el golpe de Thomas, y viendo las
cosas confusas. Sus hijos se movían entre una niebla, en la soleada y desierta calleja;
el uno, alto, esbelto y bien vestido, con su pantalón de franela gris y su ligera
chaqueta azul; el otro, casi tan alto como aquél, pero más ancho, y con su estrecha
chaqueta que le daba un aspecto infantil. Cuando los chicos desaparecieron en una
esquina, Jordache giró sobre sus talones y marchó en dirección opuesta, hacia el río.
Esta tarde, necesitaba estar solo. Llamaría más tarde a su hermano. Su hermano y su
cuñada eran lo bastante estúpidos para aceptar al hijo del hombre que les había
echado de su casa y no se había molestado en contestar las felicitaciones de Navidad
que le enviaban todos los años y que eran la única prueba de que dos hombres, que
habían nacido mucho tiempo atrás en la misma casa de Colonia y que vivían en
diferentes lugares de América, eran, en realidad, hermanos. Se imaginaba a su
hermano diciéndole a su obesa mujer, con su indestructible acento alemán: «A fin de
cuentas, ¿qué podemos hacer? La sangre es más espesa que el agua».
—¿Qué diablos ha pasado? —preguntó Rudolph, cuando perdieron de vista a su
padre.
—Nada —respondió Thomas.
—Te ha pegado —dijo Rudolph—. Tienes la mejilla hinchada.
—Fue un golpe terrible —dijo Thomas, burlón—. Le nombrarán aspirante al
título.
—Cuando subió, parecía mareado —dijo Rudolph.
—Le aticé uno —rió Thomas, recordando.
—¿Tú le pegaste?
—¿Y por qué no? ¿Para qué sirven los padres?
—¡Dios mío! ¿Y estás vivo?
—Lo estoy —dijo Thomas.
—No es extraño que quiera librarse de ti.
Rudolph meneó la cabeza. No podía dejar de sentirse enfadado con Thomas. Por
su culpa, faltaría a la cita con Julie. Le habría gustado pasar por delante de casa de
ésta, pues sólo habrían tenido que desviarse unas manzanas de su camino a la
estación del autobús; pero su padre había dicho que quería que Thomas saliese
inmediatamente de la ciudad y sin que nadie lo advirtiese.
—En fin, ¿qué diablos pasa contigo?
—Soy un chico americano normal, animoso y de sangre ardiente —dijo Thomas.
—La cosa debe de ser grave —dijo Rudolph—. Me dio cincuenta dólares para el
viaje. Y, cuando se desprende de cincuenta «pavos», es que pasa algo gordo.
—Descubrieron que era espía de los japoneses —dijo Thomas, plácidamente.
—¡Oh, qué listo eres! —dijo Rudolph.

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Y caminaron en silencio hasta la estación de autobús.
Saltaron del autobús en Grafton, cerca de la estación del ferrocarril, y Thomas se
sentó bajo un árbol de un pequeño parque, al otro lado del la plaza de la estación,
donde entró Rudolph para sacar el billete de Thomas. El primer tren para Albany
salía dentro de quince minutos, y Rudolph compró el billete al flaco hombrecillo de
verde visera que estaba detrás de la ventanilla. Pero no pidió el billete combinado
hasta Cleveland. Su padre le había dicho que no quería que se supiese el destino final
de Thomas; por lo tanto, éste tendría que comprar otro billete en la estación de
Albany.
Al coger el cambio, Rudolph sintió el impulso de adquirir otro billete para él. En
dirección contraria. Para Nueva York. ¿Por qué había de ser Thomas el primero en
escapar? Pero, naturalmente, no lo compró. Salió de la estación y pasó junto a los
adormilados conductores que esperaban, en sus taxis de 1939, la llegada del próximo
tren. Thomas estaba sentado en un banco, al pie de un árbol, abiertas las piernas en
forma de V y con los tacones hundidos en el sucio césped. Parecía sosegado y
tranquilo, como si nada ocurriese.
Rudolph miró a su alrededor, para asegurarse de que nadie les observaba.
—Aquí está tu billete —dijo, tendiéndolo a Thomas, el cual lo miró
perezosamente—. Guárdalo, guárdalo —dijo Rudolph—. Y aquí tienes el cambio de
los cincuenta dólares. Cuarenta y cinco. Para el billete desde Albany. Si no me
equivoco, te sobrará mucho.
Thomas se embolsó el dinero sin contarlo.
—Al viejo debió pudrírsele la sangre —dijo Thomas—, al sacarlo del sitio donde
esconde la pasta. ¿Viste dónde la guarda?
—No.
—¡Lástima! Podría volver, alguna noche oscura, y birlársela. Aunque supongo
que no me lo dirías, que lo supieses. Mi hermano Rudolph es incapaz de hacer una
cosa así.
Vieron llegar un turismo con una chica al volante y un teniente de las Fuerzas
Aéreas a su lado. Bajaron del coche y se refugiaron a la sombra de la marquesina de
la estación. Se detuvieron y se besaron. La chica llevaba un vestido azul pálido, y el
viento estival lo enrollaba a sus piernas. El teniente era alto y muy moreno, como si
hubiese estado en el desierto. Lucía alas y medallas en su verde guerrera Eisenhower,
y llevaba una mochila de aviador completamente llena. Rudolph, observando a la
pareja, creyó escuchar el zumbido de mil motores en cielos extranjeros una vez más,
sintió angustia por haber nacido demasiado tarde para ir a la guerra.
—Bésame, querida —dijo Thomas—. He bombardeado Tokio.
—¿Qué diablos quieres ahora? —dijo Rudolph.
—¿Te has acostado alguna vez con una chica? —preguntó Thomas.
El eco de la pregunta de su padre, el día en que Jordache había pegado a Miss
Lenaut, molestó a Rudolph.

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—¿A ti qué te importa?
Thomas se encogió de hombros, mientras observaba a la pareja que entraba en la
estación.
—Nada. Sólo que, como vamos a estar mucho tiempo separados, pensé que
podíamos hacernos confidencias.
—Bueno, si quieres saberlo, no —dijo Rudolph secamente.
—Estaba seguro —dijo Thomas—. En la ciudad, en McKinley, hay un lugar que
se llama «Casa Alice», donde puedes cobrar una buena pieza por cinco «pavos».
Diles que te envía tu hermano.
—Esto es asunto mío —dijo Rudolph.
Aunque era un año mayor que Thomas, éste le hacía sentirse como un chiquillo.
—Nuestra querida hermana hace lo suyo regularmente —dijo Thomas—. ¿Lo
sabías?
—Esto es cosa suya.
Pero Rudolph sintió desazón. Gretchen era tan pulcra, tan primorosa, y hablaba
tan bien… No se la podía imaginar envuelta en la red del sexo.
—¿Quieres saber con quién?
—No.
—Con Theodore Boylan —dijo Thomas—. ¿No te parece mucha categoría?
—¿Y cómo lo sabes?
Rudolph estaba seguro de que Thomas mentía.
—Fui allá arriba y espié por la ventana —dijo Thomas—. Él bajó al salón en
cueros, preparó dos whiskies y gritó por la escalera: «Gretchen, ¿quieres que te suba
la bebida y prefieres bajar a tomarla?».
Y sonrió bobamente, imitando a Boylan.
—¿Bajó ella? —preguntó Rudolph, que no quería oír el resto de la historia.
—No. Supongo que se encontraba demasiado a gusto donde estaba.
—Por consiguiente, no viste quién era —razonó Rudolph, en defensa de su
hermana—. Cualquiera podía estar allá arriba.
—¿Cuántas Gretchen conoces en Port Philip? —preguntó Thomas—. Además,
Claude Tinker les vio subir la colina en el coche de Boylan. Cuando todos se
imaginan que está en el hospital, se encuentra con él frente a los «Almacenes
Bernstein». Quizá Boylan también fue herido en la guerra. En la guerra hispano-
americana.
—¡Jesús! —dijo Rudolph—. Con un hombre viejo y feo como Boylan…
Si hubiese sido con alguien parecido al joven teniente que acababa de entrar en la
estación, aún habría podido seguir siendo su hermana.
—Algo debe ganar con ello —dijo Thomas, con indiferencia—. Pregúntaselo.
—¿Le dijiste a ella que lo sabías?
—No. Que se revuelque en paz. No es cosa mía. Sólo fui allá para reírme un rato
—dijo Thomas—. Ella no significaba nada para mí. ¡Ta-ta-ta, ta-ta-ta! ¿De dónde

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vienen los niños, mamaíta?
Rudolph se preguntaba cómo era posible que, siendo tan joven, su hermano
pudiese sentir tanto odio.
—Si fuésemos italiano o algo parecido —dijo Thomas—, o caballeros del Sur,
subiríamos a la colina, a vengar la deshonra de la familia. Le castraríamos, le
mataríamos o haríamos otra barbaridad. Este año, yo estoy muy ocupado. Pero si
quieres hacerlo tú, te doy permiso.
—Quizá te sorprenda —dijo Rudolph—. Pero tal vez haga algo.
—Lo dudo —dijo Thomas—. De todos modos, te diré, por si quieres saberlo, que
yo sí que he hecho algo.
—¿Qué?
Thomas miró a Rudolph de arriba abajo.
—Pregúntaselo a tu padre —dijo—, él lo sabe. —Se levantó—. Bueno, será
mejor que vaya para allá. El tren está a punto de llegar.
Pasaron al andén. El teniente y la chica se besaron de nuevo. Tal vez él no
volvería nunca, pensó Rudolph, y éste sería su último beso; al fin y al cabo, aún se
luchaba en el Pacífico, aún estaban los japoneses. La chica lloraba al besar al
teniente, y éste le daba palmadas en la espalda para consolarla. Rudolph se preguntó
si, algún día, una muchacha lloraría en una estación al despedirse de él.
Llegó el tren, levantando una gran polvareda. Thomas saltó al estribo de un
vagón.
—Escucha —dijo Rudolph—, si quieres algo de casa, escríbeme. Ya me arreglaré
para enviártelo.
—No quiero nada de aquella casa —dijo Thomas.
Su rebelión era pura y total. Su rostro subdesarrollado, infantil, parecía alegre;
como si se dirigiese al circo.
—Bien —dijo Rudolph, débilmente—, que tengas suerte.
A fin de cuentas, era su hermano, y sólo Dios sabía si volverían a verse.
—Te felicito —dijo Thomas—. Ahora tendrás toda la cama para ti solo. No te
molestará mi olor a animal salvaje. Y no te olvides de ponerte el pijama.
Impertérrito hasta el último momento, subió a la plataforma y penetró en el vagón
sin mirar atrás. El tren arrancó, y Rudolph pudo ver al teniente asomado a una
ventanilla, agitando la mano, mientras la chica corría por el andén.
El tren adquirió velocidad y la chica dejó de correr. Ésta advirtió que Rudolph la
estaba mirando, y su rostro se cerró, velando al público su amor y su dolor. Dio media
vuelta y salió rápidamente, y el viento enroscó el vestido alrededor de su cuerpo. La
mujer del guerrero.
Rudolph volvió al parque, se sentó en el banco y esperó el autobús de Port Philip.
¡Vaya un día de cumpleaños!

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IX

Gretchen estaba haciendo la maleta. Era ésta una enorme y gastada caja de cartón,
picada de amarillo, con asideros de metal, y que había servido para transportar el
equipo de novia de su madre, cuando ésta vino a Port Philip. Gretchen no había
pasado nunca toda una noche fuera de casa, por lo que jamás había tenido maleta
propia. Cuando hubo tomado su decisión, después de que su padre subió de la
conferencia con Thomas y los Tinker, para anunciar que Thomas se marchaba por
mucho tiempo, Gretchen subió al angosto desván donde se guardaban las pocas cosas
que habían recogido los Jordache y no tenían un uso inmediato. Allí, encontró la
maleta, y la bajó a su habitación. Su madre la vio con la maleta, y debió de
imaginarse lo que ésta significaba; pero no le dijo nada. Su madre no le hablaba
desde hacía semanas, desde aquella noche en que había llegado al amanecer, después
de su excursión a Nueva York con Boylan. Era como si creyese que la conversación
podía contagiarle la fétida corrupción de Gretchen.
El ambiente de crisis, de conflictos ocultos, y la extraña mirada en los ojos de su
padre, cuando había vuelto al cuarto de estar para llevarse a Rudolph con él, habían
impulsado definitivamente a Gretchen a la acción. Ningún momento mejor para
marcharse que esta tarde de domingo.
Hizo cuidadosamente sus bártulos. La maleta no era lo bastante grande para llevar
en ella cuanto podía necesitar; tenía que escogerlo deliberadamente, sacando cosas
que había puesto antes, para sustituirlas por otras que podían serle más útiles. ¡Ojalá
pudiese marcharse de casa antes de que volviese su padre! Pero estaba dispuesta a
enfrentarse con él y decirle que había perdido su empleo y que se marchaba a Nueva
York en busca de otro. Cuando su padre había salido con Rudolph, su semblante tenía
una expresión pasiva y aturdida, y por esto pensó que hoy era el día en que podría
dejarle plantado sin tener que luchar.
Tuvo que sacudir casi todos los libros, para encontrar el sobre del dinero.
Estúpido juego, el de su madre. Había un cincuenta por ciento de probabilidades de
que ésta terminase en un asilo. Con el tiempo, confiaba en ser capaz de
compadecerla.
Sentía marcharse sin despedirse de Rudolph, pero estaba oscureciendo y no
quería llegar a Nueva York después de medianoche. No tenía la menor idea de
adónde iría en Nueva York. Debía de haber algún Refugio para Jóvenes en alguna
parte. Y en sitios peores pasaban algunas chicas su primera noche en Nueva York.
Contempló su desnuda habitación sin emoción alguna. Se despidió de ella con
una impertinencia. Cogió el sobre, ahora vacío de dinero, y lo depositó en el centro
de su estrecha cama.
Arrastró la maleta hasta el pasillo. Pudo ver a su madre sentada a la mesa,
fumando. Las sobras de la comida, el esqueleto del pato, la col fría, las frutas
grasientas, las servilletas manchadas; todo había permanecido intacto sobre la mesa,

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durante horas, mientras su madre permanecía sentada allí, muda, contemplando la
pared.
—Mamá —dijo—, creo que hoy es día de despedidas. He hecho la maleta y me
marcho.
Su madre volvió lentamente la cabeza, como sin ver.
—Vete con tu capricho —dijo con voz pastosa.
Su vocabulario insultante databa de principios de siglo. Se había bebido todo el
vino y estaba ebria. Era la primera vez que Gretchen veía a su madre borracha, y esto
le dio ganas de reír.
—No me voy con nadie —dijo—. He perdido mi empleo y voy a Nueva York a
buscar otro. Cuando lo encuentre, te escribiré para hacértelo saber.
—Ramera —dijo la madre.
Gretchen hizo una mueca. ¿Quién decía ramera en 1945? Esta palabra hacía que
su marcha pareciese insignificante, cómica. Pero, haciendo un esfuerzo, besó a su
madre en la mejilla. Encontró una piel áspera y surcada de capilares rotos.
—Besos falsos —dijo la madre con ojos muy abiertos—. La espina oculta en la
rosa.
¡Qué libros debió de leer cuando era joven!
La madre apartó con la mano un mechón de cabello que caía sobre su frente, en
un ademán que venía repitiendo desde que tenía veintiún años. Gretchen pensó que su
madre había nacido marchita y que, por esto, había que perdonarle muchas cosas.
Vaciló un momento, buscando en su interior algún vestigio de afecto por aquella
mujer ebria, envuelta en humo y sentada junto a la colmada mesa.
—Pato —dijo su madre con desdén—. ¿Quién come pato?
Gretchen meneó la cabeza, desalentada; salió al pasillo, asió la maleta y bajó la
escalera. Abrió la puerta y empujó la maleta hasta la calle. El sol se estaba poniendo,
y las sombras de la calle tenían tonos violeta y añil. Cuando ella levantó la maleta, se
encendieron los faroles, limonados y pálidos, en un acto de servicio prematuro e
inútil.
Entonces vio llegar a Rudolph, apresuradamente, en dirección a la casa. Iba solo.
Dejó de nuevo la maleta y le esperó. Al acercarse el chico, pensó en lo bien que le
sentaba la chaqueta ligera; le daba un aspecto aseado, y se alegró de habérsela
comprado.
Cuando Rudolph la vio, su andadura se convirtió en carrera.
—¿Adónde vas? —le preguntó, al llegar junto a la chica.
—A Nueva York —dijo ella—. ¿Vienes conmigo?
—¡Ojalá pudiese! —dijo él.
—¿Quieres buscarme un taxi?
—Tengo que hablar contigo.
—No aquí —dijo ella, mirando el escaparate de la tienda—. Quiero alejarme de la
casa.

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—Ya —dijo Rudolph, asiendo la maleta—. Desde luego, no es buen sitio para
hablar.
Echaron a andar calle abajo, en busca de un taxi. Adiós, adiós, cantaba Gretchen
para sus adentros, al dejar atrás los nombres familiares; adiós, «Garaje de Clancy»,
Body Work; adiós, «Lavandería Soriano»; adiós, «Fenelli's», «A la Buena Ternera»;
adiós, «A y P»; adiós, «Bolton's Drug Store»; adiós, «Pinturas y Herramientas
Wharton»; adiós, «Barbería de Bruno»; adiós, «Frutas y Verduras Jardino». La
canción sonaba alegremente en su cabeza, mientras caminaba a paso vivo junto a su
hermano; pero, en el fondo, había una nota de tristeza. Un lugar donde se ha vivido
diecinueve años deja siempre un poco de añoranza.
Cuando habían andado dos manzanas, encontraron un taxi y se dirigieron a la
estación. Gretchen fue a buscar su billete, y, mientras tanto, Rudolph se sentó en la
vieja maleta y pensó: «Está visto que he de pasar mi cumpleaños despidiéndome de la
gente en todas las estaciones del New York Central».
Rudolph no podía dejar de sentirse un poco molesto por la ligereza de los
movimientos de su hermana y por aquel destello de alegría que bailaba en sus ojos. A
fin de cuentas, no sólo dejaba la casa, sino que le dejaba a él. Ahora, sabedor de que
había yacido con un hombre, le parecía una extraña. Deja que se revuelque en paz.
Tenía que encontrar un vocabulario más melodioso.
Ella le tiró de la manga.
—El tren tardará más de media hora —dijo—. Quisiera beber algo. Para
celebrarlo. Deja la maleta en la consigna y vayamos a Port Philip House, al otro lado
de la calle.
Rudolph cogió la maleta.
—Yo la llevaré —dijo—. La consigna cuesta diez centavos.
—Derrochemos, por una vez —dijo Gretchen riendo—. Malgastemos nuestra
herencia. Que corra la calderilla.
Mientras recogía el resguardo de la maleta, Rudolph pensó si su hermana no
habría estado bebiendo toda la tarde.
El bar de Port Philip House estaba vacío, salvo dos soldados que contemplaban
gravemente sus vasos de cerveza de tiempo de guerra, cerca de la entrada. El bar era
oscuro y fresco, y podían ver la estación a través de las ventanas; sus luces brillaban
en el crepúsculo. Se sentaron en una mesa del fondo, y, cuando el camarero se acercó
a ellos, secándose las manos en el delantal, Gretchen le dijo, con aplomo:
—Dos «Black and White» con soda, por favor.
El camarero no preguntó si tenían más de dieciocho años. Gretchen había dado la
orden como si beber whisky en los bares fuese, para ella, cuestión de todos los días.
En realidad, Rudolph hubiese preferido «Coca-Cola». Demasiados
acontecimientos, para una sola tarde.
Gretchen le pellizcó la mejilla.
—No pongas cara triste —le dijo—. Es tu cumpleaños.

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—Sí —dijo él.
—¿Por qué ha echado papá a Tom de casa?
—No lo sé. Ninguno de los dos ha querido decírmelo. Ha pasado algo con los
Tinker. Tom le pegó a papá. Esto sí que lo sé.
—¡Oh! —dijo Gretchen, en voz baja—. Vaya día, ¿no?
—Desde luego —dijo Rudolph.
Era un día más sonado de lo que ella podía imaginarse, pensó, recordando lo que
Tom le había dicho de ella. El camarero trajo las bebidas y un sifón.
—Poca soda, por favor —dijo Gretchen.
El camarero vertió un poco en el vaso de Gretchen.
—¿Y usted? —dijo, acercando el sifón al vaso de Rudolph.
—Igual —dijo él, que por algo había cumplido diecisiete años.
Gretchen levantó el vaso.
—Por la familia Jordache —dijo—, honra y prez de la sociedad de Port Philip.
Bebieron. A Rudolph aún no le gustaba el whisky. Gretchen bebió ávidamente,
como si quisiera terminar pronto el primer vaso, para tener tiempo de pedir otro antes
de que llegase el tren.
—¡Qué familia! —dijo, moviendo la cabeza—. La famosa colección Jordache de
momias auténticas. ¿Por qué no tomas el tren conmigo y te vienes a vivir a Nueva
York?
—Sabes que no puedo hacerlo —dijo él.
—También yo pensé que no podía. Y lo hago.
—¿Por qué?
—Por qué, ¿qué?
—¿Por qué te marchas? ¿Qué ha pasado?
—Muchas cosas —dijo ella, vagamente. Sorbió un largo trago de whisky—.
Sobre todo un hombre. —Le miró, desafiadora—. Un hombre quiere casarse
conmigo.
—¿Quién? ¿Boylan?
Los ojos de Gretchen se dilataron, se hicieron más oscuros en el oscuro salón.
—¿Cómo lo sabes?
—Tom me lo ha dicho.
—¿Y cómo lo sabe él?
Bueno, ¿por qué no?, pensó Rudolph. Ella se lo había buscado. Sentía celos y
vergüenza, y habría querido pegarle.
—Subió a la colina y miró por la ventana.
—¿Y qué vio? —preguntó ella, fríamente.
—A Boylan. Desnudo.
—Un mal espectáculo para el pobre Tommy —dijo ella, riendo. Y su risa tenía un
tono metálico—. Teddy Boylan no es ningún Adonis. ¿Tuvo también la suerte de
verme a mí desnuda?

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—No.
—¡Lástima! —dijo ella—. Su excursión habría sido más interesante. —Había
algo duro en la voz de su hermana, como un deseo de herirse a sí misma, que él no
había advertido antes de ahora—. ¿Y cómo supo que yo estaba allí?
—Boylan te llamó por la escalera, para preguntarte si querías bajar a beber.
—¡Oh! —dijo ella—. Aquella noche. Fue una noche sonada. Algún día te lo
contaré. —Escrutó su rostro—. No te enfades. Las hermanas acaban por crecer y por
salir con chicos.
—¡Pero Boylan! —dijo él, ásperamente—. Ese viejo encanijado.
—No es tan viejo —dijo ella—. Ni tan canijo.
—Él te gustó —dijo él, acusador.
—Me gustó aquello —dijo ella. Y su rostro se puso serio—. Me gustó más que
cuanto había experimentado hasta entonces.
—Entonces, ¿por qué huyes?
—Porque, si me quedase más tiempo aquí, acabaría por casarme con él. Y Teddy
Boylan no es digno de la mano de tu pura y bella hermana. Un poco complicado,
¿no? ¿Acaso tu vida es también complicada? ¿No habrá alguna oscura y pecaminosa
pasión oculta en tu pecho? ¿Una mujer mayor, a la que visitas cuando su marido está
en la oficina, o…?
—No te burles de mí —dijo él.
—Perdona. —Le tocó la mano y llamó al camarero. Cuando éste se acercó, le dijo
—: Otro, por favor. —Y, al alejarse el hombre para cumplir su encargo, le dijo a
Rudolph—: Mamá estaba borracha cuando salí de casa. Se había terminado todo el
vino de tu cumpleaños. La sangre de la oveja. Es todo lo que necesita la familia… —
hablaba como si discutiesen sobre la idiosincrasia de unos desconocidos—. Una vieja
borracha. Me llamó ramera. —Gretchen rió entre dientes—. La última y cariñosa
palabra de despedida a la hija que se marcha a la gran ciudad. Lárgate —dijo con voz
ronca—, lárgate antes de que acaben de lisiarte. Lárgate de esa casa donde nadie tiene
un amigo, donde nunca suena el timbre de la puerta.
—Yo no estoy lisiado —dijo él.
—Estás petrificado, hermano —dijo ella, ahora con franca hostilidad—. No me
engañas. Eres el mimado de todos, y te importa un bledo que todo el mundo viva o
muera. Si esto no es estar lisiado, que me pongan en una silla de ruedas.
Llegó el camarero, dejó el vaso de whisky sobre la mesa y lo llenó a medias con
sifón.
—¡Al diablo! —dijo Rudolph, levantándose—. Si esto es lo que piensas de mí, es
estúpido que me quede por más tiempo. No me necesitas.
—No, no te necesito —dijo ella.
—Aquí está el resguardo de tu maleta —dijo él, tendiéndole la hojita de papel.
—Gracias —dijo ella, secamente—. Has hecho tu buena obra del día. Yo también
he hecho la mía.

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Rudolph la dejó sentada en el bar, bebiendo su segundo whisky, enrojecidos los
pómulos de su bello y ovalado rostro, brillantes ojos, ávidos y hermosos, hambrientos
y amargos, sus gruesos labios, alejada ya, en mil kilómetros, de la mísera vivienda de
la panadería, rotos todos los lazos con sus padres, sus hermanos y su amante, camino
de una ciudad que devoraba millones de muchachas todos los años.
Rudolph caminó lentamente hacia su casa, con lágrimas ocultas en los ojos.
Tenían razón; tenían razón acerca de él; su hermano, su hermana; sus juicios sobre él
eran justos. Tenía que cambiar. Pero ¿cómo se cambia y qué se cambia? ¿Los genes,
los cromosomas, el signo del Zodiaco?
Al acercarse al Vanderhoff Street, se detuvo. No podía soportar la idea de volver
tan pronto a casa. No quería ver a su madre borracha; no quería ver aquella mirada
aturdida, llena de odio, que era como una enfermedad, en los ojos de su padre. Echó a
andar en dirección al río. Aún persistía el último resplandor crepuscular, y el río se
deslizaba como acero líquido, con un olor a bodega fresca y profunda de suelo
gredoso. Se sentó en el podrido embarcadero, cerca del cobertizo donde su padre
guardaba su esquife, y miró a la orilla opuesta.
A lo lejos, vio algo que se movía. Era la barca de su padre, y los remos batían el
agua con fuerza e incluso con ritmo, remontando la corriente.
Recordó que su padre había matado a dos hombres: a uno, con un cuchillo; a otro,
con una bayoneta.
Se sintió vacío y derrotado. El whisky que había bebido le quemaba en el pecho,
y tenía un sabor agrio en la boca.
Recordaré este cumpleaños, pensó.

Mary Pease Jordache seguía sentada en el cuarto de estar, a oscuras, envuelta en


el vaho del pato asado. Pero no lo percibía, como tampoco el olor a vinagre de la col,
enfriada en la revuelta fuente. Dos de ellos se habían marchado, pensó, el matón y la
ramera. Ahora, sólo me queda Rudolph, pensó regocijada, en su borrachera. Si
estallase una tormenta y arrastrase el esquife, lejos, lejos, río abajo, sería un hermoso
día.

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Capítulo VII

Sonó un claxon fuera del garaje. Tom salió de debajo del «Ford» en el que estaba
trabajando, en el pozo de engrase, y, secándose las manos con un trapo, se dirigió al
«Oldsmobile» estacionado junto a uno de los postes.
—Llénalo —dijo míster Herbert.
Era un parroquiano asiduo, un verdadero hacendado que había adquirido opciones
de compra sobre extensas propiedades próximas al garaje, a bajos precios de tiempo
de guerra, y esperaba el auge que había de seguir a la contienda. Ahora que los
japoneses se habían rendido, su coche pasaba con frecuencia por el garaje. Compraba
toda su gasolina en la estación de Jordache, empleando los boletos de estraperlo que
le vendía el propio Harold Jordache.
Thomas desenroscó el tapón del depósito y vertió la gasolina, apretando la
palanca del morro de la manguera. Volvió la cabeza, tratando de no respirar el vapor.
Todas las noches tenían jaqueca, debido a su empleo. Ahora que la guerra había
terminado, pensó, los alemanes me atacan con productos químicos. Consideraba a su
tío alemán, pero de un modo distinto a como consideraba alemán a su padre. Claro
que estaban el acento, y las dos hijas rubias que, los días de fiesta, vestían de acuerdo
con una moda vagamente bávara, y las pesadas comidas a base de salchichas, tocino
ahumado y Kraut, y el constante ruido de voces cantando los lieder de Wagner y de
Schubert en la gramola de la casa, pues mistress Jordache era amante de la música.
Tía Elsa, que así le había dicho a Tom que debía llamarla.
Thomas estaba solo en el garaje. Esta semana, Coyne, el mecánico, estaba
enfermo, y su ayudante había salido para un recado. Eran las dos de la tarde, y Harold
Jordache aún estaba en casa, comiendo. Sauerbraten mit spetzli y tres botellas de
«Miller Hig Life», y una buena siesta en el enorme lecho del piso alto, con su obesa
mujer, para asegurarse de que un exceso de trabajo no iba a producirle prematuros
ataques cardiacos. Thomas se alegraba de que la doncella le hubiese dado un par de
bocadillos y un poco de fruta en una bolsa, para que comiese en el garaje. Cuanto
menos viese a su tío y su familia, tanto mejor para él. Ya era bastante pejiguera tener
que vivir en la casa, en la minúscula habitación del ático, donde yacía sudando toda la
noche, debido al calor acumulado durante el día bajo el techado recalentado por el sol
del estío. Quince dólares a la semana. Su tío Harold había sacado buen partido de la
quema de la cruz en Port Philip.
Rebosó un poco de gasolina y Thomas colgó la manguera, cerró el depósito y
enjugó las salpicaduras de esencia en el parachoques posterior. Limpió el parabrisas y
cogió cuatro dólares y treinta y cinco centavos de manos de míster Herbert, que le dio

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diez centavos de propina.
—Gracias —dijo Thomas, con bien fingida gratitud.
Y observó cómo el «Oldsmobile» se alejaba hacia la ciudad. El garaje de
Jordache estaba en las afueras de la población, por lo que sacaba también buenas
ganancias de los transeúntes. Thomas entró en la oficina, registró el importe del
servicio y metió el dinero en la caja. Había terminado de engrasar el «Ford» y, de
momento, nada tenía que hacer; aunque, de haberse encontrado allí su tío, no le
habría costado mucho encontrarle trabajo. Probablemente, limpiar los retretes o pulir
los metales de las brillantes carrocerías de la Sección de Coches Usados. Thomas
pensó, sin gran convencimiento, que quizá le valdría más «limpiar» la caja
registradora y largarse a otra parte. Pulsó la tecla del cajón y miró en su interior. Con
los cuatro dólares y treinta y cinco centavos de míster Herbert, había exactamente
diez dólares y treinta centavos en el cajón. El tío Harold se había llevado los ingresos
de la mañana, al ir a comer, dejando solamente cinco billetes de a dólar y un dólar en
plata, por si alguien necesitaba cambio. Si el tío Harold se había convertido en dueño
de un garaje y de una Sección de Coches Usados, de una estación de gasolina y de
una agencia de automóviles en la ciudad, no había sido por no cuidar de su dinero.
Thomas aún no había comido; por consiguiente, cogió la bolsa del almuerzo, salió
de la oficina y se retrepó en una desvencijada silla, apoyando el respaldo en la pared
del garaje, a la sombra, y observó el tráfico de la carretera. La vista no era
desagradable. Los coches aparcados en diagonal en el depósito, con sus banderolas de
colores anunciando las gangas, parecían barcos junto a un muelle. Más allá del
almacén de maderas, un poco esquinado al otro lado de la carretera, veíanse retazos
ocres y verdes de tierras labrantías. Y, si uno permanecía sentado, el calor era
soportable, y la ausencia del tío Harold le producía a Thomas una impresión de
bienestar.
En realidad, no se sentía a disgusto en la ciudad. Elysium, Ohio, era más pequeña
que Port Philip, pero mucho más próspera, sin barrios bajos y sin aquella sensación
de descaecimiento que Thomas había llegado a considerar inherente al ambiente de
su pueblo natal. Había un pequeño lago en las cercanías, con dos hoteles abiertos en
verano, y villas de recreo cuyos dueños vivían en Cleveland; y, por esto, la población
tenía el aire floreciente de los sitios de veraneo, con buenas tiendas y restaurantes, y
diversiones tales como ejercicios hípicos y regatas de botes de vela en el lago. En
Elysium, todo el mundo parecía tener dinero, y esto significaba ya un cambio radical
en relación con Port Philip.
Thomas metió la mano en la bolsa y sacó un bocadillo. Estaba cuidadosamente
envuelto en papel encerado. Era de tocino, lechuga y tomate, con mucha mayonesa,
sobre pan de centeno, blando y finamente cortado. Recientemente, Clothilde, la
doncella de los Jordache, había empezado a obsequiarle con bocadillos de fantasía, c
día diferentes, en vez de la invariable dieta bologna sobre gruesas rebanadas de pan a
que se había visto sometido durante las primeras semanas. Tom sintió un poco de

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vergüenza al tocar, con sus manos de negras uñas y manchadas de grasa, el delicado
bocadillo de pastelería. Menos mal que Clothilde no podía ver cómo comía sus
regalos. Clothilde era simpática; era una apacible francocanadiense, de unos
veinticinco años, que trabajaba desde las siete de la mañana hasta las nueve de la
noche, y sólo salía un domingo de cada dos. Tenía ojos negros y tristes, y negro el
cabello. La uniformidad de su color oscuro la situaba indefectiblemente en un
peldaño social más bajo que las agresivas rubias Jordache, como si hubiese nacido y
sido marcada, concretamente, para ser su servidora.
Había tomado por costumbre dejarle un trozo de empanada sobre la mesa de la
cocina, cuando él salía de casa, después de cenar, para dar una vuelta por la
población. El tío Harold y la tía Elsa no habían conseguido que se quedara en casa
por la noche, como tampoco lo habían conseguido sus padres. Tenía que moverse. La
noche le producía inquietud. No hacía gran cosa: a veces, participaba en algún
improvisado juego de pelota, bajo los faroles del parque municipal, o iba al cine y se
tomaba un refresco después, o charlaba con alguna chica. No tenía amigos que
pudiesen formularle preguntas embarazosas sobre Port Philip; había cuidado mucho
de mostrarse cortés con todo el mundo, y no se había peleado una sola vez desde su
llegada. De momento, ya había tenido bastante jaleo. No se sentía desgraciado. El
solo hecho de haberse librado del dominio de sus padres ya era una buena cosa; la
circunstancia de no tener que vivir en la misma casa y compartir el mismo lecho con
su hermano Rudolph, era sedante para los nervios, y no tener que ir a la escuela
significaba un progreso importante. No le importaba trabajar en el garaje, aunque el
tío Harold era un incordio, siempre trajinando y metiéndose en todo. Tía Elsa velaba
por él como una clueca y le preparaba vasos de jugo de naranja, porque pensaba que
su delgadez era signo de nutrición deficiente. Eran buena gente, aunque patanes. En
cuanto a las niñas, no se cruzaban en su camino.
Los padres Jordache ignoraban la causa de su salida de casa. El tío Harold había
tratado de sonsacarle, pero Thomas se había mostrado vago y sólo le había dicho que
iba mal en los estudios, cosa bastante cierta, y que su padre había pensado que, dado
su carácter, le convenía más alejarse de casa y aprender a ganarse la vida. El tío
Harold era incapaz de menospreciar el valor moral de enviar a un muchacho a ganar
dinero por sus propios medios. Sin embargo, le sorprendía que Thomas no recibiese
nunca cartas de su familia y que, después de aquella primera llamada telefónica de
Axel, diciéndole que Thomas estaba en camino, no hubiese habido más
comunicaciones con Port Philip. Harold Jordache era un hombre de familia,
exageradamente cariñoso con sus dos hijas y pródigo en los regalos a su esposa,
gracias a cuyo dinero había podido forjarse su acomodada posición en Elysium.
Hablando de Axel Jordache con Tom, el tío Harold se había lamentado de las
diferencias de temperamento entre los dos hermanos.
—Creo, Tom —le había dicho—, que todo se debió a su herida. Tu padre la tomó
muy a pecho. Hizo que lo viese todo negro. Como si nadie hubiese sido herido antes

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que él.
Compartía una opinión con Axel Jordache. El pueblo alemán tenía una vena de
infantilismo, que le impulsaba a hacer la guerra.
—Que toque una banda, y enseguida marcan el paso —dijo—. ¿Qué encuentran
en ello de atractivo? Correr bajo la lluvia, a los gritos de un sargento; dormir sobre el
barro, en vez de hacerlo en una cama mullida, con la mujer; hacerse matar por
desconocidos, y si tienen suerte, pavonearse en un viejo uniforme, sin tener un orinal
donde mear. La guerra está bien para los grandes industriales, los Krupp, que fabrican
cañones y barcos de guerra. Pero, para los del montón… —se encogió de hombros—.
Stalingrado. ¿Para qué lo querían? —con todo su germanismo, se había mantenido al
margen de los movimientos germano-americanos. Estaba bien donde estaba y siendo
lo que era, y no se dejaría engañar por asociaciones que pudiesen comprometerle—.
No tengo nada contra nadie —dijo, sentando uno de los principios de su política—.
Ni contra los polacos, ni contra los franceses, ni contra los ingleses, ni contra los
judíos, ni contra nadie. Ni siquiera contra los rusos. Cualquiera que venga a
comprarme un coche o treinta litros de gasolina, y que me pague con buen dinero
americano, será amigo mío.
Thomas vivía tranquilamente en casa de tío Harold, cumpliendo las normas,
siguiendo su camino, fastidiado a veces por el empeño de su tío en no dejarle
descansar un momento durante la jornada de trabajo, pero agradeciendo la seguridad
que se le brindaba. Además, era una situación temporal. Sabía que, más pronto o más
tarde, se largaría de allí. Pero no había prisa.
Estaba a punto de sacar el segundo bocadillo de la bolsa, cuando vio que se
acercaba el «Chevrolet 1938» de las gemelas. El coche se desvió para entrar en la
estación de gasolina, y Tom vio que sólo iba en él una de las gemelas. No sabía cuál
de las dos era, Ethel o Edna. Se había acostado con ambas, como la mayoría de los
chicos de la ciudad, pero no podía distinguirlas.
El «Chevrolet» se detuvo, crujiendo y roncando. Los padres de las gemelas
estaban podridos de dinero, pero decían que el viejo «Chevy» era más que suficiente
para dos chicas de dieciséis años que no habían ganado un centavo en su vida.
—Hola, gemela —dijo Tom, para no equivocarse.
—¿Qué tal, Tom?
Las gemelas eran muy lindas, estaban curtidas por el sol, tenían lisos y castaños
cabellos, y rollizas y prietas posaderas. Tenían una piel que parecía recién salida de
un manantial de la montaña. A cualquiera que no supiese que se habían acostado con
todos los chicos de la ciudad le habría gustado que le viesen con ellas.
—Dime mi nombre —dijo la gemela.
—Bueno, dejemos eso —dijo Tom.
—Si no me dices mi nombre —insistió ella—, compraré la gasolina en otra parte.
—Como quieras —dijo Tom—. El dinero es de mi tío.
—Iba a invitarte a una fiesta —dijo la gemela—. Esta noche coceremos perros

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calientes junto al lago, y tenemos tres cajas de cerveza. Pero no te invitaré si no me
dices mi nombre.
Tom le hizo un guiño, para ganar tiempo. Miró el interior del «Chevy»
descubierto. Había un traje de baño blanco sobre el asiento.
—Sólo quería hacerte rabiar, Ethel —dijo, pues sabía que el traje de baño de
Ethel era blanco, y el de Edna, azul—. Te reconocí en el primer momento.
—Ponme diez litros —dijo Ethel—. Por haber acertado.
—No ha sido por casualidad —dijo él, agarrando la manguera—. Te llevo
grabada en la memoria.
—Lo dudo —dijo Ethel, echando una mirada al garaje y frunciendo la nariz—.
Éste es un sitio muy feo para trabajar. Creo que un chico como tú podría encontrar
algo mucho mejor, si lo buscase bien. Al menos, en una oficina.
Cuando la conoció, él le había dicho que tenía diecinueve años y que se había
graduado en la Escuela Superior. Ella había ido a su encuentro un sábado por la tarde,
a la orilla del lago, cuando hacía un cuarto de hora que él exhibía sus habilidades en
el trampolín.
—Éste es un buen sitio —le había dicho él—. Me gusta el aire libre.
—No me digas —dijo ella, riendo entre dientes.
Se habían hecho el amor en el bosque, sobre una manta que ella llevaba en el
asiento de atrás del coche. En el mismo sitio, y sobre la misma manta, había retozado
con Edna, aunque en noches diferentes. Las gemelas tenían un campechano espíritu
familiar que las impulsaba a compartirlo todo. Ambas contribuyeron mucho a que
Tom quisiera quedarse en Elysium y trabajar en el garaje de su tío. Sin embargo, aún
ignoraba qué haría en invierno, cuando los bosques se cubriesen de nieve.
Cerró el depósito de la gasolina y colgó la manguera. Ethel le dio un billete de un
dólar, pero no los cupones de racionamiento.
—¡Eh! —dijo él—. ¿Y los cupones?
—¡Sorpresa, sorpresa! —dijo ella, sonriendo—. Se me han acabado.
—Tienes que dármelos.
Ethel gimoteó:
—Después de lo que somos el uno para el otro… ¿Crees que Antonio le pidió
cupones de racionamiento a Cleopatra?
—Ella no le había comprado gasolina —dijo Tom.
—¿Y qué importa eso? —preguntó Ethel—. Mi padre compra los cupones a tu
tío. Éstos pasan de un bolsillo al otro. Y estamos en guerra.
—La guerra ha terminado.
—Acaba de terminar.
—Está bien —dijo Tom—. Sólo lo hago porque eres guapa.
—¿Crees que soy más guapa que Edna?
—El cien por ciento más.
—Le diré que has dicho esto.

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—¿Para qué? —dijo Tom—. Es una tontería disgustar a la gente.
No le gustaba la idea de prescindir de la mitad de su harén, debido a un
innecesario intercambio de información.
Ethel miró hacia el garaje vacío.
—¿Crees que alguien ha hecho el amor en un garaje?
—Resérvate para esta noche, Cleopatra —dijo Tom.
Ella rió entre dientes.
—Conviene probarlo todo. ¿Tienes la llave?
—La cogeré algún día —dijo él, pensando que ya sabía lo que haría en invierno.
—¿Por qué no dejas este tugurio y vienes al lago conmigo? Conozco un sitio
donde uno se puede bañar desnudo.
Y se agitó, incitante, en el raído asiento del coche. Era curioso que dos chicas de
la misma familia pudiesen ser tan ardientes. Tom se preguntó qué pensarían su padre
y su madre, cuando iban a la iglesia con sus hijas, los domingos por la mañana.
—Soy un trabajador —dijo Tom—. La industria me necesita. Por esto no estoy en
el Ejército.
—Me gustaría que fueses capitán —dijo Ethel—. Me gustaría desnudar a un
capitán. Desabrochar, uno a uno, sus botones de cobre. Y quitarle el sable.
—Lárgate —dijo Tom—, antes de que vuelva mi tío y me pregunte si me has
dado los cupones.
—¿Dónde nos reuniremos esta noche? —preguntó ella, poniendo en marcha el
motor.
—Frente a la Biblioteca. ¿A las ocho y media?
—A las ocho y media, amado mío —dijo ella—. Me tumbaré al sol y pensaré en
ti toda la tarde, palpitante.
Agitó la mano y arrancó. Tom se sentó a la sombra, en la desvencijada silla. Se
preguntó si su hermana Gretchen hablaría de este modo con Theodore Boylan.
Metió la mano en la bolsa del almuerzo, sacó el segundo bocadillo y lo
desenvolvió. Sobre el bocadillo, había una hojita de papel doblada por la mitad.
Desplegó el papel. Había unas palabras escritas en lápiz, con minuciosa caligrafía
escolar: Te amo. Tom pestañeó. Conocía la letra. Clothilde escribía la lista de las
cosas que había de pedir por teléfono al mercado, todas las mañanas, y la lista
siempre estaba en el mismo sitio, sobre una repisa de la cocina.
Tom emitió un apagado silbido. Leyó en voz alta. Te amo. Acababa de cumplir
dieciséis años, pero aún tenía la voz aguda de la adolescencia. Una mujer de
veinticinco años, con la que apenas había cruzado dos palabras. Dobló
cuidadosamente el papel, se lo metió en el bolsillo y se quedó mirando fijamente el
tráfico de la carretera de Cleveland, durante largo rato, antes de empezar a comer el
tocino, la lechuga y el tomate, empapados en salsa mayonesa.
Pensó que, por nada del mundo, iría aquella noche al lago.

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II

Los «River Five» tocaron un coro de Your Time is My Time, y Rudolph interpretó
un solo de trompeta, poniendo en ello toda el alma, porque Julie estaba esta noche en
el salón, sentada sola a una mesa, observando y escuchándole. Los «River Five» era
el nombre de la orquestina de Rudolph, en la que él tocaba la trompeta, Kessler, el
contrabajo, Westerman, el saxofón, Bailey, la batería, y Flannery, el clarinete.
Rudolph le había puesto el nombre de los «River Five», porque todos vivían en Port
Philip, a orillas del Hudson, y porque pensaba que sonaba a algo artístico y
profesional.
Tenían un contrato de tres semanas, a seis noches por semana, en un parador de
las afueras de Port Philip. El parador, llamado «Jack and Jill's», era un caserón de
tablas que retemblaba al ritmo de los pies de los bailarines. Había una barra muy
larga y una buena cantidad de veladores, y la mayoría de la gente sólo bebía cerveza.
Los sábados por la noche había poca etiqueta en el vestir. Los chicos llevaban camisa
deportiva, y las muchachas, pantalones. Había grupos de chicas solas, que esperaban
que las sacaran a bailar o que bailaban entre ellas. No era como tocar en el «Plaza» o
en la Calle 52 de Nueva York, pero el dinero valía la pena.
Rudolph se alegró de ver que, mientras tocaba, Julie le daba calabazas a un chico
de americana y corbata, sin duda un petimetre, que fue a pedirla un baile.
Los padres de Julie permitían que estuviese con él hasta hora avanzada, las
noches del sábado, porque confiaban en Rudolph. Éste poseía el don innato de gustar
a los padres. Y era un chico sensato. Pero, si ella hubiese caído en las garras de un
lechuguino borrachín, de esos que no se andan por las ramas, con su lenguaje
superior de Deerfield o de Choate, nadie hubiese podido decir en qué líos se habría
metido. Aquel movimiento negativo de la cabeza era una promesa, un lazo entre
ellos, tan sólido como una sortija de noviazgo.
Rudolph tocó los tres compases que eran como la firma de la orquestina, para
señalar el descanso de quince minutos; dejó la trompeta, y le hizo una seña a Julie
para que saliese con él a tomar un poco el aire. Todas las ventanas estaban abiertas,
pero, en el interior del salón, hacía un calor húmedo, como en las selvas del Congo.
Julie le asió la mano, mientras caminaban bajo los árboles de la zona del
aparcamiento. Su mano establecía un contacto seco, cálido, suave y cariñoso con la
de él. Era curioso la cantidad de complicadas sensaciones que podían correr por el
cuerpo de uno, con sólo asir la mano de una chica.
—Cuando tocaste aquel solo —dijo Julie—, sentí un estremecimiento. Fue como
si algo se encogiese dentro de mí, como hacen las ostras cuando las rocías con limón.
Él se echó a reír, ante la comparación. Ella rió también. Julie tenía una larga lista
de frases raras para describir los diversos estados de su mente. «Me siento como un
lancha rápida», decía, cuando hacía carreras con él en la piscina de la ciudad. «Me
siento como la cara oculta de la Luna», comentaba, cuando tenía que quedarse en

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casa para lavar los platos y faltar a una cita con él.
Fueron hasta el final de la zona de aparcamiento, lo más lejos posible del porche
del parador, donde salían los bailarines a tomar el aire. Había allí un coche aparcado,
y él abrió la portezuela para que subiese Julie. Subió detrás de ella, y cerró la puerta.
Y se besaron en la oscuridad. Un beso interminable, en un abrazo fuerte. La boca de
ella era una flor, un grano de pimienta, y la piel de su garganta bajo la mano de él, era
como un ala de mariposa. Se besaron sin parar, pero sin pasar de aquí.
Él se sentía anegado, como sumergido en un manantial, como volando entre
nubes de humo. Era un trompeta que tocaba su propia canción. Y sólo servía para una
cosa: amar, amar… Apartó suavemente los labios de los de ella y la besó en la
garganta al apoyar ella la cabeza en el respaldo del asiento.
—Te amo —le dijo.
Y se estremeció de gozo, al pronunciar estas palabras por primera vez.
Ella apretó la cabeza de Rudolph sobre su cuello, con sus dulces y fuertes brazos
de nadadora, que olían a albaricoques.
Sin previo aviso, se abrió la portezuela, y una voz de hombre dijo:
—¿Qué diablos estáis haciendo aquí?
Rudolph se incorporó, sujetando los hombros de Julie con un brazo protector.
—Estamos hablando de la bomba atómica —respondió, fríamente—. ¿Qué otra
cosa podíamos hacer?
Hubiese preferido morir a dejar ver a Julie que estaba confuso.
El hombre estaba junto a la portezuela del lado de Rudolph. Estaba demasiado
oscuro para que éste pudiese ver quién era. De pronto, inesperadamente, el hombre se
echó a reír.
—A preguntas tontas —dijo—, respuestas tontas.
Se movió un poco, y un pálido rayo de luz se filtró entre los árboles y le dio en la
cara. Rudolph le reconoció. Los rubios y planchados cabellos, la gruesa y doble mata
de las cejas rubias.
—Discúlpame, Jordache —dijo Boylan en tono divertido.
Me conoce, pensó Rudolph. ¿Por qué me conoce?
—Da la casualidad de que este coche es mío. Pero considérate como en tu casa —
dijo Boylan—. No quiero interrumpir el descanso de un artista. Ya me habían dicho
que las damas muestran preferencia por los tocadores de trompeta. —Rudolph
hubiese preferido este cumplido de otra persona y en otras circunstancias—. De todos
modos, aún no pensaba marcharme —prosiguió diciendo Boylan—. Tengo que tomar
otra copa. Cuando hayáis terminado, tendré mucho gusto en invitaros, a ti y a la
dama, a echar un trago en el bar.
Hizo una breve inclinación, cerró la portezuela con suavidad y se alejó, cruzando
la zona de aparcamiento.
Julie seguía sentada al otro lado del coche, muy erguida, avergonzada.
—Nos conoce —dijo con un hilo de voz.

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—A mí, sí —dijo Rudolph.
—¿Quién es?
—Un hombre llamado Boylan —respondió Rudolph—. De la Familia Excelsa.
—¡Oh! —dijo Julie.
—Bueno —dijo Rudolph—, ¿quieres marcharte ahora? Pasará un autobús dentro
de cinco minutos.
Quería protegerla hasta el fin, aunque no sabía exactamente de qué.
—No —dijo Julie en tono desafiador—. No tengo nada que ocultar. ¿Y tú?
—Tampoco.
—Dame otro beso —dijo Julie, acercándose a él y tendiéndole los brazos.
Pero fue un beso cauteloso. No más vuelos entre nubes.
Bajaron del coche y volvieron al parador. Al cruzar la puerta, vieron a Boylan en
el extremo del bar, de espaldas a ésta y con los codos apoyados en la barra,
observándoles. Les dirigió un breve saludo de reconocimiento, tocándose la frente
con las puntas de los dedos.
Rudolph acompañó a Julie a su mesa, pidió otro ginger ale para ella, volvió a la
tarima de la orquesta y empezó a preparar las partituras para la segunda parte.
Cuando la orquestina tocó Good Night Ladies, a las dos de la madrugada, y los
músicos empezaron a enfundar sus instrumentos, mientras los últimos bailarines
despejaban la pista, Boylan aún seguía en el bar. Era de mediana corpulencia y
aspecto confiado, vestía pantalón gris de franela y chaqueta blanca de lino.
Ostensiblemente desplazado entre muchachos de camisa deportiva o guerrera caqui, y
jóvenes obreros vestidos con traje azul de no che de fiesta, Boylan se apartó del bar y
fue tranquilamente al encuentro de Rudolph y Julie, al alejarse éstos del tablado de la
orquesta.
—¿Tenéis medio de transporte, chiquitos? —les preguntó, cuando se encontraron.
—Bueno —dijo Rudolph, un poco molesto por lo de chiquitos—, uno de los
compañeros tiene un coche. Generalmente, nos embutimos en él.
El padre de Buddy Westerman prestaba a éste el coche de la familia, cuando
tenían que tocar en algún sitio, y ellos cargaban el contrabajo y la batería sobre el
techo del vehículo. Si les acompañaba alguna chica, dejaban primero a ésta en su casa
y se iban después al «Ace All Night Diner» a tomar unas hamburguesas y terminar la
velada.
—Iréis más cómodos conmigo —dijo Boylan, cogiendo a Julie del brazo y
conduciéndola a la puerta.
Buddy Westerman arqueó unas cejas interrogadoras, al verles salir.
—Alguien nos lleva a la ciudad —le dijo Rudolph a Buddy—. Tu autobús está
completo.
Era casi una traición.

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Julie se acomodó entre los dos hombres en el asiento delantero del «Buick».
Boylan salió de la zona del aparcamiento y enfiló la carretera de Port Philip. Rudolph
sabía que la pierna de Boylan tocaba la de Julie. Era la misma carne que había tocado
el cuerpo desnudo de su hermana. Todo esto le producía una rara impresión. Allí
estaban los tres, apretujados en el mismo asiento donde Julie y él se habían besado un
par de horas antes; pero estaba resuelto a no asustarse por nada.
Sintió un poco de alivio cuando Boylan preguntó la dirección de Julie y dijo que
la dejarían a ella primero. Así no tendría que hacer una escena, ante el peligro de
dejarla a solas con Boylan. Julie parecía subyugada, diferente, sentada entre los dos,
observando la carretera a la luz de los faros del «Buick».
Boylan conducía deprisa y bien, adelantando a los coches con aceleraciones de
experto, firmes las manos sobre el volantee. A Rudolph le molestaba tener que
admirar su pericia de conductor. Era como una deslealtad.
—Tenéis una buena orquestina, muchachos —dijo Boylan.
—Gracias —respondió Rudolph—. Necesitamos un poco más de práctica y hacer
algunos arreglos.
—Pero lográis un buen ritmo —dijo Boylan—. Amateur. Me habéis hecho añorar
mis tiempos de bailarín.
Rudolph tuvo que mostrarse de acuerdo en esto. Pensaba que una persona de más
de treinta años, bailando, resultaba ridícula, obscena. Y de nuevo sintió una punzada
de culpa, por aprobar algo concerniente a Theodore Boylan. Pero, al menos, se alegró
de que éste no hubiese bailado en público con Gretchen, poniéndose ambos en
ridículo. Los viejos que bailaban con chicas jóvenes eran los peores.
—¿Y usted, Miss…? —dijo Boylan, esperando que uno de los dos dijese el
nombre de ella.
—Julie —dijo ésta.
—Julie, ¿qué más?
—Julie Hornberg —respondió ella, a la defensiva, pues era muy sensible en lo
tocante a su apellido.
—¿Hornberg? —dijo Boylan—. ¿Conozco a su padre?
—Hace poco que llegamos a la ciudad —dijo Julie.
—¿Trabaja para mí?
—No —respondió Julie.
Un momento de triunfo. Hubiera sido humillante que míster Hornberg hubiese
sido otro vasallo. Este hombre podía llamarse Boylan, pero había cosas que estaban
fuera de su alcance.
—¿También usted es aficionada a la música, Julie? —preguntó Boylan.
—No —dijo ella inesperadamente.
Trataba de ponerle las cosas difíciles a Boylan. Pero éste no pareció advertirlo.

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—Es usted muy linda, Julie —dijo—. Hace que me alegre de que mis tiempos de
galanteador no hayan pasado, como pasaron mis días de bailarín.
Viejo y sucio libertino, pensó Rudolph. Tamborileó sobre el estuche de la
trompeta y pensó en pedirle a Boylan que detuviese el coche, para apearse con Julie.
Pero, si tenían que volver a pie a la ciudad, no llegarían a casa de Julie antes de las
cuatro. Se censuró por su carácter. Se mostraba práctico, en momentos en que estaba
en juego el honor.
—Rudolph… Te llamas Rudolph, ¿no?
—Sí.
Sin duda, su hermana se había ido de la lengua.
—¿Pretendes hacerte profesional con la trompeta, Rudolph?
Ahora, adoptaba el papel de consejero bondadoso.
—No. No soy lo bastante bueno —respondió Rudolph.
—Haces bien —dijo Boylan—. Es una vida aperreada. Y hay que mezclarse con
la chusma.
—No estoy tan seguro de esto —dijo Rudolph, resuelto a que Boylan no se
saliese siempre con la suya—. No creo que hombres como Benny Goodman y Paul
Whiteman y Louis Armstrong sean chusma.
—¿Quién sabe? —dijo Boylan.
—Son artistas —terció Julie, muy seria.
—Una cosa no impide la otra, pequeña —dijo Boylan riendo, campechano—.
Rudolph —dijo, prescindiendo de ella—, ¿qué piensas hacer tú?
—¿Cuándo? ¿Esta noche?
Rudolph sabía que Boylan se refería a su carrera, pero no estaba dispuesto a darle
demasiada información sobre sí mismo. Tenía una vaga idea de que cuanto dijese
podría utilizarse algún día contra él.
—Supongo que esta noche volverás a casa y echarás un buen sueño,
perfectamente merecido después del duro trabajo realizado —dijo Boylan. Y Rudolph
se amoscó un poco ante el estudiado lenguaje del hombre. El vocabulario del engaño.
Un inglés con trampa—. No, quiero decir más adelante, como carrera —añadió
Boylan.
—Todavía no lo sé —dijo Rudolph—. Primero, tengo que ir a la Universidad.
—¡Oh! ¿Vas a ir a la Universidad?
En la voz de Boylan, había un claro matiz de sorpresa y una pizca de
condescendencia.
—¿Y por qué no ha de ir? —dijo Julie—. Es un estudiante sobresaliente. Acaba
de ser nombrado Arista.
—¿De veras? —dijo Boylan—. Disculpe mi ignorancia, pero ¿qué es Arista?
—Es una sociedad honorífica escolar —dijo Rudolph, tratando de desenredar a
Julie. No quería que le defendiesen como a un adolescente—. No tiene gran
importancia —prosiguió—. Prácticamente, con saber leer y escribir…

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—Sabes que es mucho más que esto —dijo Julie, frunciendo los labios, molesta
por su modestia—. La forman los estudiantes más listos de toda la escuela. Si yo
estuviese en Arista, no me haría tanto la maula.
La maula, pensó Rudolph; en Connecticut, debió de salir con algún chico del Sur.
La sombra de una duda.
—Estoy seguro de que es un gran honor, Julie —dijo Boylan, templando gaitas.
—Lo es.
Era terca.
—Rudolph quiere hacerse el modesto —dijo Boylan—. Es una actitud masculina
muy corriente.
La atmósfera del coche se estaba haciendo incómoda, con Julie entre Boylan y
Rudolph, y enojada con ambos. Boylan alargó una mano y conectó la radio. El
aparato se calentó y la voz de un locutor vibró en la noche. Estaban dando noticias.
Había habido un terremoto en alguna parte. No habían podido oír dónde había sido.
Había centenares de muertos, millares de personas sin hogar, en este nuevo mundo de
la radio, oscuro, y que se movía a 300.000 kilómetros por segundo.
—Dios nunca descansa —dijo Boylan.
Y apagó la radio.
¡Viejo comediante!, pensó Rudolph. Hablar de Dios. Después de lo que ha hecho.
—¿A qué Universidad piensas ir, Rudolph? —preguntó Boylan, hablando por
delante del menudo y rollizo pecho de Julie.
—Todavía no lo he decidido.
—Es una decisión muy seria —dijo Boylan—. Las personas a quienes conozcas
allí pueden cambiar toda tu vida. Si necesitas ayuda, tal vez podría recomendarte a mi
Alma Mater. Con tantos héroes que vuelven de la guerra, los chicos de tu edad
pueden tener dificultades.
—Gracias. —Sería lo último que haría en el mundo—. Todavía me faltan muchos
meses. ¿A qué Universidad fue usted?
—A la de Virginia —dijo Boylan.
Virginia, pensó Rudolph, con desdén. Cualquiera podía ir a Virginia. ¿Por qué
habla como si hubiese estado en Harvard o en Princeton, o, al menos, en Amherst?
Se detuvieron ante la casa de Julie. Automáticamente, Rudolph miró hacia la
ventana de Miss Lenaut, en la casa contigua. No había luz.
—Bueno, ya hemos llegado, pequeña —dijo Boylan, mientras Rudolph abría la
portezuela de su lado y se apeaba—. Me ha gustado mucho poder charlar contigo.
—Gracias por traerme —dijo Julie.
Saltó del coche y corrió a la puerta de su casa. Rudolph la siguió. Al menos,
podría darle el beso de despedida, en el portal. Mientras ella buscaba la llave en su
bolso, gacha la cabeza y caída la rubia trenza sobre la cara, Rudolph quiso cogerle la
barbilla para besarla; pero ella lo rechazó, furiosa.
—Rastrero —le dijo, y empezó a imitarle, con saña—: «No tiene importancia.

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Prácticamente, con sólo saber leer y escribir…».
—Julie…
—Hay que lamer a los ricos. —Jamás la había visto una cara así, pálida y
contraída—. Es un viejo repugnante. Se tiñe el cabello. Y las cejas. Pero algunas
personas son capaces de todo, con tal de que les lleven en coche, ¿no?
—No eres razonable, Julie.
Si hubiese sabido toda la verdad sobre Boylan, su ira habría sido comprensible.
Pero sólo porque se había mostrado vulgarmente cortés…
—¡Quítame las manos de encima!
Había sacado la llave, y hurgaba en la cerradura. Seguía oliendo a albaricoques.
—Vendré mañana, a eso de las cuatro…
—Eso es lo que tú crees —dijo ella—. Espera a tener un «Buick», para venir.
Será más de tu gusto.
Abrió la puerta y se metió en la casa; un torbellino de muchacha, una sombra
fragante y turbulenta, que desapareció al cerrarse la puerta de golpe.
Rudolph volvió despacio al coche. Si esto era amor, al diablo con él. Subió al
coche y cerró la portezuela.
—Ha sido una despedida muy corta —dijo Boylan, arrancando—. En mis
tiempos, nos entreteníamos un poco más.
—Sus padres quieren que vuelva pronto a casa.
Boylan cruzó la ciudad, en dirección a Vanderhoff Street. Naturalmente, sabe
dónde vivo, pensó Rudolph. Y ni siquiera se molesta en disimularlo.
—Una chica encantadora —dijo Boylan.
—Sí.
—¿Haces algo más que besarla?
—Esto es cosa mía, señor —dijo Rudolph.
A pesar de que odiaba a aquel hombre, admiraba su manera de hablar, concisa y
fría. Pero nadie podía tratar a Rudolph Jordache como si fuese un chiquillo.
—Desde luego —dijo Boylan; y suspiró—. La tentación debe de ser grande.
Cuando yo tenía tu edad…
Dejó la frase sin terminar, sugiriendo un desfile de vírgenes que habían dejado de
serlo.
—A propósito —dijo, en tono llano de conversación—, ¿tienes noticias de tu
hermana?
—De vez en cuando —dijo Rudolph, cauteloso.
Ella le escribía a casa de Buddy Westerman. No quería que su madre leyese sus
cartas. Vivía en el Refugio de Jóvenes Cristianas, en la parte baja de Nueva York.
Había recorrido las agencias teatrales, buscando trabajo como actriz; pero los
empresarios no mostraban gran empeño en contratar a una chica que había
representado Rosalinda en una Escuela Superior. Aún no había encontrado trabajo,
pero le gustaba Nueva York. En su primera carta, se había disculpado por su

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comportamiento con Rudolph el día de su partida. Estaba muy excitada y, en realidad,
no sabía lo que decía. Pero, a pesar de todo, seguía pensando que a él no le convenía
quedarse en casa. La familia Jordache era como las arenas movedizas, decía. Y nadie
le haría cambiar esta opinión.
—¿Está bien? —preguntó Boylan.
—Muy bien.
—Supongo que sabes que la conozco —dijo Boylan, con naturalidad.
—¿Sí?
—¿Te habló ella de mí?
—No, que yo recuerde —dijo Rudolph.
—¡Ajá! —era difícil saber lo que quería decir Boylan con esto—. ¿Tienes su
dirección? De vez en cuando, voy a Nueva York, y podría invitarla a una buena cena.
—No, no tengo su dirección —dijo Rudolph—. Va a cambiar de alojamiento.
—Comprendo. —Desde luego, Boylan podía leer en su mente; pero no insistió—.
Bueno, si tienes noticias de ella, házmelo saber. Tengo algo suyo, y sin duda querrá
que se lo devuelva.
—Ya.
Boylan entró en Vanderhoff y se detuvo frente a la panadería.
—Bueno, ya estamos —dijo—. El hogar de un honrado trabajador. —La ironía
saltaba a la vista—. Buenas noches, jovencito. Ha sido una velada agradable.
—Buenas noches —dijo Rudolph, saltando del coche—. Gracias.
—Tu hermana me dijo que te gustaba pescar —dijo Boylan—. Tenemos un
arroyo en la finca. No sé por qué, pero todos los años está lleno de peces. La gente ya
no va por ahí. Si quieres hacer una prueba, puedes venir cuando te parezca.
—Gracias —dijo Rudolph. Soborno. Y sabía que se dejaría sobornar. La
resbaladiza inocencia de la trucha—. Iré.
—Así me gusta —dijo Boylan—. Haré que mi cocinera guise el pescado, y
comeremos juntos. Eres un chico interesante, y me gusta hablar contigo. Tal vez,
cuando vengas, habrás recibido noticias de tu hermana y sabrás su nueva dirección.
—Tal vez. Gracias de nuevo.
Boylan agitó la mano y arrancó.
Rudolph entró en la casa y subió a su habitación, envuelto en la oscuridad. Oyó
roncar a su padre. Era una noche de sábado, y las noches de los sábados, su padre no
trabajaba. Pasó frente a la puerta del cuarto de sus padres y subió al suyo, sin hacer
ruido. No quería despertar a su madre y tener que hablar con ella.

III

—Voy a vender mi cuerpo, lo confieso —dijo Mary Jane Hackett, que era de
Kentucky—. Ya no quieren talento, sino únicamente carne tierna y desnuda. La

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próxima vez que alguien ponga un anuncio solicitando coristas, diré «Adiós,
Stanislavski» y me olvidaré para siempre de mi viejo Estado del Sur.
Gretchen y Mary Jane Hackett estaban sentadas en el angosto antedespacho
tapizado de rótulos, de la oficina de Nichols en la Calle 46 Oeste, esperando, con
otras chicas y jóvenes, a ser recibidas por Bayard Nichols. Sólo había tres sillas
detrás de la baranda que separaba a los aspirantes de la mesa de la secretaria de
Nichols, que escribía furiosamente a máquina, aporreando las teclas, como si el
idioma inglés fuese su enemigo personal y ella quisiera acabar con él lo antes posible.
La tercera silla del antedespacho estaba ocupada por una actriz de carácter, que
llevaba una estola de piel, aunque la temperatura exterior era de treinta grados a la
sombra.
Sin perder una sílaba en la máquina, la secretaria decía «Hola», cada vez que se
abría la puerta para dar entrada a otro actor o actriz. Había corrido la voz de que
Nichols estaba montando el reparto de una nueva comedia: seis personajes; cuatro
hombres y dos mujeres.
My Jane Hackett era una muchacha alta, esbelta, de busto plano, que, en realidad,
se ganaba la vida haciendo de modelo. Gretchen era demasiado curvilínea para este
oficio. Mary Jane Hackett había actuado dos veces en Broadway y trabajado media
temporada en una gira de verano, y hablaba ya como una veterana. Echó un vistazo a
los actores plantados junto a la pared y apoyados negligentemente sobre los carteles
de antiguas producciones de Bayard Nichols.
—Imagínate —dijo Mary Jane Hackett—, después de tantos éxitos, parece que
haya vuelto a la Edad de Piedra de 1935. Nichols habría podido buscarse algo mejor
que esta ratonera. Al menos, un sitio con aire acondicionado. Supongo que aún debe
de guardar el primer penique que ganó en su vida. No sé por qué estoy aquí. Se
dejaría matar, antes que pagar un centavo más del mínimo, e incluso así, tiene que
darte una conferencia sobre cómo Franklin D. Roosevelt ha arruinado al país.
Gretchen miró inquieta a la secretaria. La estancia era tan pequeña, que era
imposible que no hubiese oído lo que decía Mary Jane. Pero la secretaria siguió
escribiendo, impasiblemente desleal, aporreando el inglés.
—Fíjate en su estatura —siguió Mary Jane, señalando a los jóvenes actores con
un movimiento de cabeza—. No me llegan al hombro. Si hubiese algún papel de
actriz que tuviese que pasarse los tres actos de rodillas, tal vez me lo