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Un Papa Muy Sexy - Sarah J. Brooks

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Un Papá Muy Sexy

Sarah J. Brooks
Table of Contents

Title Page
Derecho de autor y aviso legal
Invitación especial
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Epílogo
Otros libros de Sarah
Sobre la autora
Derecho de autor y aviso legal

Copyright © 2021 por Sarah J. Brooks

No es legal reproducir, duplicar o transmitir este libro en medios


electrónicos o en formato impreso. La grabación de esta publicación está
estrictamente prohibida y no se permite el almacenamiento de este libro a
menos que se cuente con el permiso por escrito del editor. Todos los
derechos reservados.

Este libro es un trabajo de ficción. Cualquier parecido con personas reales,


vivas o muertas, o hechos reales es pura coincidencia. Los nombres,
personajes, empresas, organizaciones, lugares, eventos e incidentes son
productos de la imaginación del autor o se utilizan de forma ficticia.
Invitación especial

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Capítulo 1
Lexi

—¡Bombón a la vista! —Dice mi compañera Jen, inclinándose sobre


la barra del bar.

Alzo la vista y mi corazón casi deja de latir. Se puede saber mucho


por la forma que tiene un hombre de caminar y este hombre que se está
acercando a la barra se contonea de una manera sensual y pausada. Llega a
la barra y mira con sus ojos marrones a las botellas que tengo detrás de mí.

Jen me quita el botellín de cerveza de la mano.

—No dejes que se te escape —murmura antes de irse.

Me quedo hipnotizada esperando a que el desconocido conteste.


Lleva puesto una camisa azul abotonada que moldea los músculos de su
pecho y sus anchos hombros. Mi respiración se entrecorta y mis piernas se
vuelven gelatina. No recuerdo la última vez que un hombre tuvo ese efecto
en mí. Y eso es decir mucho, dado que trabajo en el bar de copas Alma e
interactúo con hombres atractivos todas las noches.
Me doy cuenta de que tengo la boca abierta y rápidamente la cierro.
Cojo un trapo y limpio la barra. Ya está limpia, pero necesito hacer algo. Mi
mirada se detiene en sus labios carnosos y me imagino mordiéndolos. Tiene
pinta de besar bien. No puedes tener esos labios y besar mal. Me quito esas
fantasías de la cabeza y le sonrío.

—Hola, bienvenido al Alma. ¿Qué te pongo? —Digo.

Se me queda mirando como si me conociera de algo, pero sin saber


de qué. Ya te lo digo yo: de nada. A este hombre no le podría olvidar.
Rezuma un magnetismo sensual antes de pronunciar una sola palabra.

—Un bourbon con hielo —dice él. Tiene la voz aterciopelada, como
si fuera una caricia. Una voz que puede hacerte llegar al orgasmo
susurrándote palabras guarras al oído.

Me doy la vuelta para prepararle la bebida y rezar por que no haya


notado que se me trababan las palabras al hablar. Me tiemblan las manos.
¿Qué me pasa? Solo es un cliente más. Los camareros tenemos la norma no
escrita de que no podemos salir con clientes. Una norma que mis
compañeras incumplen todo el rato.

Vale. Me obligo a rebuscar en mi cerebro otra cosa en la que pensar y


dejar de idealizar a este sexi desconocido. Se me viene a la cabeza mi ex.
Aunque llamar a Eric mi ex es exagerar un poquito. Estuvimos juntos un
total de catorce días, de los cuales la gran mayoría los pasamos bajo las
sábanas. Después se esfumó. Dejó de cogerme las llamadas y de contestar
mis mensajes. Se dio a la fuga. No era la primera vez que pasaba. Mi
hermana dice que doy mi corazón demasiado rápido.

Tiene razón. Cuando conozco a un tío que me atrae, en cuestión de


días, ya estoy planeando la boda. ¿Qué puedo decir? Soy así de optimista.
Pero olvidemos eso. Solía ser así, ya no. He cambiado. No voy a dejar que
me hagan daño otra vez. Ya no voy a planear ninguna boda en la segunda
cita.

No es que haya dejado de creer, pero quiero tomarme mi tiempo en


encontrar a mi príncipe. Sé que está ahí fuera. Solo pensar en encontrar a
una buena persona es lo que me anima a seguir. Deseo tener una familia.
Una oportunidad de hacer las cosas bien. Vengo de un hogar disfuncional y
admiro las familias que parecen normales. Eso es lo que quiero. Necesito
sentir que pertenezco a algún sitio, pero salivar delante de un desconocido
no es la manera de conseguirlo. Y no nos olvidemos de que los bares no son
el mejor lugar para conocer a un novio formal.

Me dirijo al desconocido y, cuando le pongo su bebida sobre el


posavasos, me sonríe y todas las advertencias se esfuman de mi mente.

—Gracias —dice y echa un vistazo al bar.


Conozco esa mirada. La veo en casi todos los clientes masculinos que
vienen, y en algunas mujeres también. Está de caza. Ha venido en busca de
compañía. Me alejo un poco de él y limpio la barra ya reluciente.

Me tranquiliza cuando veo que dos clientes se acercan a la barra. Uno


de ellos es Jeremy, un cliente habitual.

—Hola, Lexi —dice y, como un caballero, retira un taburete para su


cita, ayudándola a sentarse.

—Hola —digo con una sonrisa. Con Jeremy las conversaciones son
cortas.

—¿Qué vas a tomar hoy? —Pregunta a su cita con una sonrisa


amable en su rostro.

Ella está encantada. Lo sé por cómo le mira. Me acuerdo de la otra


chica que vino con Jeremy hace dos días. Cambia de mujeres como de
calzoncillos, pero es encantador con todas ellas.
Me guardo mi opinión y les tomo nota. Este trabajo me ha enseñado a
no meter las narices donde no me llaman. Poco después, entra una mujer. Es
una pelirroja atractiva y se sienta en el taburete de al lado del sexi
desconocido. Seguramente haya encontrado a su presa.

Pide una copa de vino tinto. Se la sirvo y, cuando me doy la vuelta,


ella y el desconocido están hablando. Siento una punzada de dolor en el
pecho. No seas tonta, me riño a mí misma. Vengo aquí a trabajar y los
clientes vienen a relajarse y a socializar.

Aun así, los vigilo mientras atiendo a otros clientes. Para mi alivio, el
sexi desconocido se da la vuelta y parece perder el interés. Se me dibuja una
sonrisa en los. Acabo acercándome a él.

—¿Te pongo otro? —Pregunto.

Se gira para mirarme. Mi cuerpo se derrite ante esa mirada


calenturienta. Su mirada desciende hasta mi boca, y me pregunto en qué
estará pensando. Mis labios de repente se secan y me los lamo.

—Solo si te unes a mí —dice él.


Miro el reloj.

—En tres horas.

—Esperaré —dice él.

Está ligando conmigo. Es lo que los hombres suelen hacer. Mi cabeza


lo sabe, pero mi cuerpo no tiene esa memoria. Una especie de dolor
placentero y cálido surge de las profundidades de mi cuerpo. Ha pasado
mucho tiempo desde la última vez que tuve sexo. Por eso mi mente está ahí
abajo.

—De momento quiero una botella de agua, por favor —dice.

—Si vamos a tomar algo, deberíamos decirnos los nombres —le


digo.

—Buena idea —dice—, me llamo Ace.

El nombre le pega.
—Yo soy Lexi —digo, y extiendo el brazo por encima de la barra.

En vez de estrecharme la mano, me la envuelve con sus dos manos y


unas chispas de excitación despiertan en mí cierto deseo. Me suelta la mano
unos segundos después y me deja aturdida.

Si un simple roce puede encender así mi cuerpo, qué pasará cuando…


Este hombre es peligroso. Debería alejarme de él. Si supiera qué me viene
bien…

Me cuesta tragar e intento convencerme de tomar algo con él. Me


miento a mí misma y digo que no significa nada. Al fin y al cabo, siempre
me tomo algo después de trabajar. Normalmente me siento en una de las
mesas de la esquina y bebo tranquila y relajada antes de irme a casa.

¿Qué más da tener compañía hoy? Después de beber, nos


despediremos y seguiremos nuestros caminos. Soy una adulta responsable y
puedo controlar mi lujuria. Puedo disfrutar de su compañía sin acostarme
con él. Pero no puedo evitar preguntarme qué tipo de amante es.

Apuesto que uno considerado. El típico que prefiere dar placer a una
mujer antes que a él mismo. Casi me rio en alto al pensar eso. La mayoría
de los hombres son todo lo contrario y fantasear con que Ace es uno de esos
pocos es mentirme a mí misma. Es una excusa para tener sexo con un
desconocido.

La multitud que entra a las diez me mantiene ocupada hasta la hora


del cierre. El sexi desconocido pide dos rondas más. Antes de la hora del
cierre, limpio la barra y las mesas.

Pasadas las doce y media, me encuentro en una mesa de la esquina


disfrutando de mi bebida y comiéndome con los ojos a Ace. Lejos de la
barra, puedo mirarle bien. La camisa que lleva puesta no oculta sus
abdominales marcados y bíceps. Está claro que le gusta ir al gimnasio. La
incipiente barba en su rostro le da un aspecto más sexi. Intento analizar la
atracción que siento por él. Nunca me he sentido así con otro hombre. Tiene
un aire de autocontrol, lo cual me da la sensación de que controla todo a su
alrededor. Cuando otros hombres estarían pensando algo que decir, Ace se
mantiene en su silla, escuchando la música de fondo. Yo, en cambio, quiero
hablar. Hasta ahora, solo hemos intercambiado los nombres y charlado un
poco.

—¿Eres de por aquí? —Le pregunto.

—Sí, pero es la primera vez que vengo aquí —dice Ace, mirándome
con sus lóbregos ojos. Tiene algo oscuro y peligroso. Tiemblo por dentro.
—No vivo muy lejos de aquí —le digo, y entonces mi cara se sonroja
por lo que implican mis palabras.

Él me observa.

—¿Te parece que continuemos esto en mi casa? —Pregunta.

Trato de formar las palabras en mi boca. Me inunda un sentimiento


de pánico. ¿Y si digo que no y no le vuelvo a ver? ¿Y si es el indicado?
Será solo una copa.

Sé que puede ver el conflicto que tengo en mi cara. Cualquier otro


hombre hubiese insistido en irme a casa con él. Pero Ace no. Está sentado,
observándome. Esperando que me aclare. Y ese es el factor decisivo. Está
muy bueno. Tiene tanta confianza en sí mismo que simplemente espera.

Como si supiera que la respuesta será un sí.

Lucho contra la indecisión. Solo una copa, me digo a mí misma.


A quién estaba engañando, pienso más tarde cuando nos devoramos
en el ascensor. Sabe al bourbon que le he servido antes con un toque de
menta. El ascensor se detiene y deja de besarme para llevarme a su
apartamento.

Observo su piso vacío antes de que me tire a sus brazos y, antes de


que me dé tiempo a protestar, nuestras bocas vuelven a seguir su juego. Las
campanas de advertencia suenan en mi cabeza. Todo está pasando muy
rápido. Tenemos que conocernos primero antes de meternos en la cama.

Quizás después.

Sus manos encuentras mis pezones debajo de mi camiseta y todos los


pensamientos razonables desaparecen de mi cabeza. Gimo mientras sus
dedos expertos juegan con mis pezones por encima de mi sujetador de
encaje. Me doy cuenta de que nos estamos moviendo y, cuando quiero
darme cuenta, estamos en lo que supongo que es su habitación. Estamos sin
ropa y jadeo, esperando que me haga suya.

Me da vergüenza la lujuria que siento, pero me reconforta ver que es


mutuo. Ace me lleva hasta la cama y se coloca entre mis piernas. Gimo
mientras su lengua juega con mis pliegues. Cuánto he echado de menos
esto. Me corro una y otra vez mientras él me da placer sin cesar.
Mi cuerpo pide más.

—Te quiero dentro —le digo, y él gruñe a modo de respuesta.

Luego me doy cuenta de que hemos tenido sexo sin protección. Me


apoyo sobre mis brazos.

—¿Te has corrido?

Ace posa sus preciosos ojos marrones sobre mí y asiente con la


cabeza.

—Sí, pero no dentro.

Siento cierto alivio. Nunca he hecho algo tan estúpido. No se lo


podría ni contar a mi hermana. Me echará la bronca sobre lo peligroso que
es hacerlo sin preservativo.

Agacho la cabeza y le planto besos en su pecho velludo. Tiene un


olor a madera que le distingue, como si trabajara al aire libre.
Levanto la cabeza para tener algo de conversación.

—¿A qué te dedicas?

Enreda sus dedos en mi pelo.

—Ahora mismo quiero dedicarme a hacerte el amor una y otra vez.


—Tira de mí para ponerme encima de él. Amasa firmemente mi trasero.

Su miembro viril se endurece entre mis piernas y empiezo a


moverme, frotándome contra él. Me agarra de la parte de atrás de la cabeza
y me hace bajar hasta sus labios. Me muerde el labio inferior y después lo
succiona como si fuera la cosa más dulce que jamás haya probado.

Se desliza hacia abajo y captura mi pezón izquierdo con su boca


mientras juega con el otro. Mis pezones son la parte más sensible de mi
cuerpo y no tardo en retorcerme y gemir su nombre. Me mordisquea los
pezones con la presión justa.

Arrastra su lengua hasta mi vientre, forzándome a ponerme a cuatro.


Se pone debajo de mí y me agarra las caderas con sus enormes manos. Me
contoneo mientras su lengua juega con mi coño.
Agarro las sábanas mientras el orgasmo se inicia en mi vientre hasta
alcanzar el resto de mi cuerpo. Ace se incorpora y, unos instantes más tarde,
escucho un envoltorio rasgándose.

Segundo después, me embiste con su miembro hasta el fondo. Me


llena un vacío en mí que no sabía que existía. Se desliza dentro y fuera con
un ritmo perfecto.

Hace que me olvide del sufrimiento de los meses anteriores. No


importa que Eric me haya dejado sin darme una explicación. Lo que
importa es el aquí y ahora, y el placer que hace que me olvide de todo ese
dolor.

¿Es posible enamorase de un hombre conociéndole solo de unas


horas? Siento que Ace es especial. El sexo es de otro mundo, pero no es
solo eso. Tenemos una conexión casi espiritual. Me enamoré en cuanto
entró al bar y, por cierto, él me miró. Sé que él también lo sintió.

Veo las estrellas mientras el mundo da vueltas a mi alrededor antes de


que los temblores en mi cuerpo cesen. Ace va al baño y, cuando vuelve, me
envuelve con sus grandes brazos y yo me tumbo sobre su pecho como si
lleváramos años durmiendo juntos.
Estoy agotada tras la sesión y siento que los párpados me pesan. No
hablamos, lo cual me parece bien. Podemos hablar cuando nos despertemos.
Me duermo con una sonrisa en mi cara.

El silencio me despierta. Pestañeo al notar la luz del sol que me


queman los ojos. Su lado de la cama está vacío. Pongo la oreja a ver si
escucho algún sonido proveniente de la cocina o del baño. Nada. Cuando
por fin logro ver, miro el cuarto.

Las puertas del armario están abiertas de par en par, como si alguien
hubiera hecho la maleta. El corazón me late con fuerza. Me siento y
observo el armario abierto. Está vacío. Me pongo de pie de un salto,
arrastrando las sábanas conmigo. Miro en el baño y en el cuarto de
invitados.

No está en el salón ni en la cocina. Y no hay ninguna nota. Me entra


una risa nerviosa. Seguramente haya ido a por algo de desayunar. Dos horas
después, tras haberme duchado y vestido, llaman a la puerta.

Qué alivio. Corro a la puerta y me encuentro con un hombre que lleva


una chapa en su camisa que dice inmobiliaria Pinnacle. Lleva una carpeta.

Entrecierra los ojos.


—Perdone, el señor Carter dijo que desocuparía el apartamento hoy.
Capítulo 2
Ace

Dos años más tarde

—¡Cubríos! —Grito a mis compañeros. Me las arreglo para


resguardarme en una trinchera antes de que explote.

El hedor a carne quemada me saca de mi escondite. Se me forma un


grito en la garganta cuando veo el daño que ha hecho la granada. Gateo un
poco y reconozco a Jareth… y grito.

Me siento con la respiración entrecortada. Aún puedo oler el humo.


Miro a mí alrededor y reconozco el sitio. No estoy en Afganistán. Estoy en
mi nueva casa de Los Angeles. Ya se ha acabado. No hay más granadas ni
humo ni pérdidas humanas.

No más dolor, excepto porque lo que pasó fue verdad. He dejado el


campo de batalla, pero el campo de batalla no me ha dejado a mí. ¿Qué tipo
de vida jodida estoy viviendo?

Me vuelvo a tumbar en la cama y miro al techo. Tengo el cuerpo


cubierto de sudor y tardo unos minutos en recuperar la respiración. Miro el
reloj que tengo en la mesilla. Las tres de la mañana. Un par de horas más y
tendré que levantarme para prepararme para trabajar.

No creo que pueda volver a dormirme, así que me levanto y voy a la


cocina a hacerme un café. Abro las puertas de la cocina y salgo al balcón.

El aire de la noche es fresco. El frío me hace sentir vivo y olvidarme


del aturdimiento en el que he vivido desde que volví de Afganistán.
Formarme como bombero me ha ayudado a tener la mente ocupada y a
poder dormir en cuanto apoyo la cabeza en la almohada.

Se me forma un nudo en el estómago y cojo aire profundamente para


deshacerme de él. No puedo fastidiarlo ahora. No cuando he llegado hasta
aquí. Superé con buenísimas notas el curso de formación de bombero. Y no
fue nada fácil. Aunque todo resulta fácil cuando has tenido que enfrentarte a
bombas y ver el sufrimiento humano en primera persona.

Estoy de vuelta en California y nadie lo sabe. Ni mis padres, ni mi


hermano, ni mi mejor amigo Park. Me siento mal por ello. Debería
habérselo contado al menos a Park. Pero conociéndole a él y a su mujer
Rachel, me hubieran organizado una gran fiesta de bienvenida. Y eso es lo
último que necesito.
Todavía me siento raro cuando estoy con gente o andar por la calle
sin tener que estar alerta. Me siento expuesto cuando salgo, pero ya nos
dijeron que sería normal. Es más difícil de lo que pensé volver a encajar en
la vida civil. Pero el tiempo ya se encargará de eso. Aunque ojalá esos
flashbacks parasen.

Vuelvo a recordar a Park. Decido llamarle en algún momento del día.


Pienso en Declan, mi hermano, y, a pesar de todo lo que ha pasado entre
nosotros, parte de mí le echa de menos. Él es mayor que yo por un año y
éramos mejores amigos hasta que una mujer se interpuso entre nosotros.

Se me encoge el corazón. Me he ganado el derecho de cortar lazos


con las personas que no aportan valor a mi vida y Declan es una de ellas. Lo
mismo pasa con mis padres. Siempre se han puesto del lado de Declan
aunque él no lo hiciera bien. Y me quedo corto diciendo esto.

Bebo demasiado café entre las tres y las cinco y para cuando llega la
hora de salir a correr, siento que tengo una sobredosis de cafeína. Vuelvo a
mi apartamento, me ducho y salgo para el trabajo. Correr me ha sentado
bien y me siento como cualquier otro ser humano yendo a trabajar. Qué bien
sienta ser normal de nuevo.

Ojalá pudiese capturar esa sensación y guardármela para esos


momentos en los que parece que estoy en un agujero negro y no recuerdo lo
que es ser Ace Carter normal.
Me siento feliz mientras conduzco a la Estación de Bomberos 255.
No recuerdo sentirme así con nada. Parece un nuevo comienzo. Soy de esas
personas a quienes les encanta trabajar, pero no en cualquier trabajo.

Descubrí que me gustaba ayudar a la gente cuando estaba en el


ejército. Poder trabajar de bombero es un sueño hecho realidad. Antes de
que me destinaran, Declan y yo llevábamos una empresa inmobiliaria y,
aunque nos iba mejor de lo que jamás nos hubiésemos esperado, nunca me
llenó del todo como lo hizo el ejército. Necesito hacer algo que contribuya a
la sociedad y para que mi vida tenga sentido. Y ser bombero es perfecto
para mí. Tengo muchas ganas de empezar.

Son las siete menos cuarto cuando llego a la estación con el coche.
Apago el motor.

Me sudan las manos y me duele el estómago según salgo del coche.


Ya conozco las instalaciones de la estación y camino hacia las puertas de
cristal.

—Buenos días —dice una mujer morena de mediana edad con una
sonrisa—, me llamo Catherine y tú debes de ser Ace Carter. Trabajo en la
recepción.
—Un placer conocerte.

Ella sonríe.

—Bienvenido.

Miro a mí alrededor. Hay mucho silencio, aunque tampoco es que


tenga que haber mucha actividad en la zona de recepción.

—Va a haber cambio de turno ahora. Puedes pasar, todos están en la


sala de estar.

Cojo aire.

—Gracias.

Empujo la puerta y aparezco a una gran sala en la que hay sillas


cómodas y una televisión enorme. Todos se giran hacia mí y los que están
sentados se ponen en pie.
Conocí al jefe la semana pasada en una reunión. Es un hombre
corpulento, pero muy agradable, llamado Mason. Da un paso al frente.

—¡Bienvenido, Carter! —Brama mientras me aprieta la mano—. Te


estábamos esperando.

Mis nervios se calman inmediatamente cuando los chicos me dan la


bienvenida. Esto es lo que he echado tanto de menos desde que me fui de
Afganistán. Ese compañerismo. Saber que perteneces a un lugar. De
trabajar por una gran causa, ayudando a hacer del mundo un lugar mejor y
más seguro.

Alguien me da una taza de café. Ahora no me sé ningún nombre, pero


con el tiempo sabré quién es quién. Poco después, llega todos los que entran
en mi turno y nos sentamos para una pequeña reunión con el jefe del equipo
del turno que termina. Cuando se van, yo ya estoy oficialmente en turno.

El jefe indica al subjefe de bomberos que me eche un ojo y se asegure


de que me sienta cómodo.

—Tendremos un montón de falsas alarmas —me dice Collins—, pero


en el centro de LA, siempre hay algo que hacer.
Le acompaño fuera y hablamos mientras inspeccionamos los
vehículos y hacemos algunos trabajos de mantenimiento. Escuchamos algo
por megafonía mientras limpiamos uno de los motores.

Se encienden las luces de la estación y se produce un aluvión de


actividad controlada mientras nos cambiamos y cogemos nuestros equipos.
La tensión se palpa en el ambiente. La adrenalina fluye por mis venas. Mi
primera intervención.

El aviso es por incendio y a nadie le gustan los incendios. Lo aprendí


durante mi formación. Somos cinco en el camión y, segundos más tardes,
estamos en la carretera con las sirenas encendidas.

El edificio comercial que está ardiendo está en la calle Bay, pero por
suerte, el edificio está al final de la calle. El humo oscuro y denso asciende
hacia el cielo y las llamas anaranjadas brotan desde la primera planta del
edificio.

Salimos del camión y cogemos nuestros equipos. Se me encoge el


estómago al preguntarme si habrá personas atrapadas en el edificio. Sé lo
que es estar cegado por el humo y el miedo que se siente al inhalar el aire
contaminado. Siento una presión en el pecho y la respiración se me acelera.
Pero estoy formado y sé cómo proceder.
Durante dos horas, combatimos el incendio, cambiamos mangueras y
de personal cada cierto tiempo hasta que conseguimos controlarlo. Cuando
terminamos, estoy agotado, pero orgulloso de mí mismo.

Mientras sigo a Collins para salir de esa zona negra de uno de los
lados del edificio, se escucha un crujido antes de un golpe.

Tras eso, me quedo con la mente en blanco y lo siguiente que sé es


que estoy sentado en el camión de bomberos con Collin y el jefe a mi lado.
El respirador está apagado y tengo el mono de trabajo desabrochado, al
igual que mi camiseta. Mi pecho está al aire.

Los miro confuso.

—¿Qué ha pasado? —Supongo que hubo una explosión y me pilló


demasiado cerca. Pero parece que no estoy herido.

El jefe me mira con ojos preocupados.

—Se te fue un poco la cabeza. Empezaste a gritar que todo el mundo


se cubriera.
Me cubro la cara cuando empiezo a recordar. Recuerdo escuchar un
ruido fuerte y después mi cerebro me transportó a Afganistán. Solo
recuerdo agacharme y pedirle a Collins que hiciera lo mismo. Recuerdo
coger lo que pensé que era mi arma y apuntar hacia el estruendo. Qué
vergüenza. Debí parecer un loco. Un hombre adulto echándose al suelo y
fingiendo tener un arma.

El jefe me da unas palmaditas en los hombros.

—Lo siento —digo. No puedo creerme que me haya pasado esto en


mi primer día. Vaya manera de causar buena impresión.

—Oye, lo entendemos. Has pasado por muchas cosas en los últimos


años —dice—. Lo hiciste muy bien allí —dice Collins, pero yo no estoy de
acuerdo. Solo siento vergüenza y decepción.

Esto es lo único que me ha hecho avanzar los últimos meses; la


oportunidad de tener un trabajo que me guste y que pueda contribuir a la
sociedad. Pero he tenido que estropearlo el primer día. Formo un puño con
las manos para suprimir la ira.

—Tómatelo con calma —dice el jefe—. Tómate el resto del día libre
y vuelve el viernes si te sientes bien. Y si no, me llamas y ya vemos otro
día.
Debería estar agradecido por ser tan amable conmigo, pero me
molesta que me traten como un bebé. Ahora se pensarán que soy un débil.
Genial.

***

Son las cinco de la tarde y, en vez de estar trabajando y


contribuyendo, estoy en el salón de mi apartamento. Un sitio en el que
esperaba no estar hasta mañana por la mañana tras finalizar mi turno.
Repaso todo lo que ha sucedido e intento averiguar qué fue lo que provocó
ese episodio. Debió de haber sido el crujido o el estruendo que le siguió.
Odio los ruidos imprevistos. Me llevan de vuelta a la zona de guerra, pero
es inevitable.

Necesito un plan para la próxima vez que me pase, pero no se me


ocurre nada. Solía tratar con enemigos de verdad. Enemigos visibles. Pero
ahora es un enemigo interno, invisible. ¿Cómo puedes luchar contra algo
que no ves?

Me siento intranquilo y como un animal enjaulado. Necesito salir.


Podría conducir hasta la bahía y ver a Park. No tardaría más de cuarenta y
cinco minutos, pero no tardo en descartar esa idea.
No estoy bien para ver a nadie. Pero entonces recuerdo algo. Una
morena con los ojos color miel más bonitos que jamás he visto. Pero lo que
necesito de ella no es su cara, aunque la recuerdo como una cara muy
bonita. Necesito lo mismo que me dio hace dos años: su cuerpo.

¿Qué probabilidades hay de que siga trabajando en el Alma? Casi


ninguna, pero vale la pena intentarlo. Cojo las llaves y la chaqueta y bajo al
aparcamiento. No he decido todavía qué hacer, pero ahora mismo, lo que
necesito es una distracción. Alguien que me haga olvidar, y esa morena es
perfecta. Mientras conduzco, intento recordar cuál era su nombre, pero por
más que lo intento, no lo recuerdo. Essie. No, pero era un nombre corto.

Quince minutos más tarde, aparco en el aparcamiento que hay detrás


del bar de copas y apago el motor. Me preparo para una dosis de
humillación. Las mujeres no se me dan tan bien como a mi hermano, pero
sé que no lo hice bien la última vez que estuvimos juntos.

Quizás me pasé demasiado. Fui un idiota, pero en mi defensa diré que


estaba enfadado y dolido. Mi hermano me había robado a mi novia. A mi
amor de instituto. La chica con la que tenía pensado pasar el resto de mi
vida.

Entré al ejército en un acto de rebeldía. La noche en la que la sensual


morena y yo estuvimos juntos, fue mi última noche antes de marcharme. La
noche en la que algo sanó dentro de mí y me calmó. Me había ayudado sin
saberlo y esperaba que me pudiera ayudar otra vez.

Empujo la puerta para entrar. Dentro hay un ambiente diferente.


Diseñado para dejar atrás tus preocupaciones. Una música suave y
tranquila, personas que parecen contentas y risas de vez en cuando. Sonrío.
Aquí es donde necesito estar.
Capítulo 3
Lexi

Miro a través del vaso que estoy limpiando cuando le veo. Él, es él.
Cabello negro azabache, una cara que podría estar en cualquier anuncio y
unos hombros que apenas le caben en esa camiseta blanca.

Me quedo boquiabierta sin creerme que se esté dirigiendo tan


tranquilo a la barra. Miro a mi alrededor desesperadamente. No puede
verme. No puedo encontrarme con él. No quiero volver a verle. Me agacho
y espero que pase de largo por la barra y se siente en alguna mesa. Me
tiembla todo y entrecierro los ojos para escuchar las pisadas que acaban
cesando.

—Perdona, señorita —su voz es profunda y ronca y hace que se me


ponga la piel de gallina—. ¿Todo bien ahí abajo?

Me ha visto. Cojo aire y me pongo de pie intentando, aunque sin


éxito, parecer digna. Trazo un plan deprisa. Un plan de supervivencia.
Fingiré tener amnesia. No es el plan más brillante, pero estoy enfadada. Le
miro a su preciosa cara y quiero propinarle un puñetazo. Me muerdo el
labio inferior para evitar insultarle. ¡Cabrón! Murmuró para mis adentros.
Él sonríe y me da un vuelco al corazón. Me quedo mirándole sin
expresión alguna. Es un desconocido. Un cliente como otra cualquiera.

—Bienvenido a Alma —recito automáticamente—. ¿Qué te pongo?

Mi corazón se acelera tanto que me preocupa que se me vaya a salir


del corazón. Han pasado muchas cosas desde aquella noche. He pensado en
él tantas veces. Hasta he ensayado lo que le diría cuando le viera. Ahora que
le tengo delante, parece irreal.

Echa la cabeza a un lado en un gesto dolorosamente familiar. Todos


sus gestos los tengo enterrados en mi memoria. Él es más que un
desconocido con el que me acosté. Es el padre de mi hija, aunque él no lo
sepa.

—¿Vas a fingir que no me conoces? —dice él, y las comisuras de sus


labios se elevan al sonreír.

Me quedo mirándolo a los ojos. Sus ojos denotan tristeza. Una


tristeza profunda que tira de mí. Lo sé porque he visto la misma mirada en
los ojos de mi hermana y ella en los míos cuando éramos pequeñas. Me
pregunto cuál será su razón y, con todo mi pesar, abandono mi plan.
Respiro hondo.

—Hola, Ace. Me alegra verte después de dos años.

Se le ilumina la cara.

—Eso está mejor, y yo también me alegro de verte. Estás aún más


guapa que la última vez que te vi.

Levanto una ceja.

—¿Has recuperado el poder de hablar?

—¿Qué quieres decir? —Pregunta. Sus ojos están haciendo lo


mismo. Eso que hizo que me acostara con él en la primera cita y que hace
que me estremezca: follarme con los ojos.

Mi cuerpo reacciona. Al fin y al cabo, soy humana, pero mi mente lo


tiene claro: no soy aquella chica que se llevó a casa, se la folló toda la
noche y después desapareció sin decir adiós ni dar una explicación. Se me
acumula el rencor en la boca. Me dio un curso intensivo sobre lo que son las
acciones desconsideradas y sus consecuencias. La imagen de Luna aparece
en mi mente, pero la aparto. No puedo pensar en mi preciosa hija ahora
mismo. Mis defensas tambalearán si lo hago.

—Apenas dijiste dos frases aquella noche —le digo.

—Me sorprende que te fijaras en eso —dice con una sonrisa leve—,
estabas ocupada tirando la casa abajo con tus gemidos.

Me sonrojo al recordar esa noche. Cómo tocó mi cuerpo, como si


estuviera íntimamente familiarizado con él, sabiendo dónde lamer y cuánta
presión aplicar, y cuándo aflojar. Ninguna mujer puede olvidar de una
noche tan desenfrenada aunque hayan pasado meses.

Inhalo hondo para deshacerme de los sentimientos de resentimiento


que se están formando en mi pecho.

—¿Bourbon con hielo?

Se encoge de hombros como si le diera igual.

—Mismamente.
Me tranquiliza tener algo que hacer. Me doy la vuelta y me tomo mi
tiempo para prepararle la bebida. Recuerdo los días que pasé acurrucada en
el sofá después de enterarme de que estaba embarazada. Me pasé las
siguientes semanas buscando en internet a alguien que se llamara Ace
Carter.

Me desesperé y me aterroricé cuando me di cuenta de que no podía


permitirme tener un bebe con mi trabajo de camarera. Me esforcé aún más
por encontrar a Ace Carter. Fue Vanessa quien encontró a un tal Carter, pero
no era Ace. Encontró a su hermano Declan, que acabó siendo un regalo
caído del cielo.

El hielo del vaso tintinea cuando le doy a Ace su bebida. Nuestros


dedos se rozan y yo casi derramo la bebida al retirar rápido la mano.

—¿Alguna oportunidad de que tomemos algo después del trabajo? —


dice, guiñándome el ojo.

Me quedo mirándole perpleja y entonces me doy cuenta. Ace está


aquí para otro polvo. Quiere repetir lo que pasó hace dos años. ¿Quién hace
eso? ¿Qué tipo de persona cruel se folla a una mujer, desaparece dos años, y
después vuelve buscando lo mismo?
Mientras le miro, mi ira se disipa y veo a Luna. Ella es la viva
imagen de su padre. Me juré que Ace jamás se enteraría de que tiene una
hija. Que nunca formaría parte de su vida.

Pero ella se merece conocer a su padre.

La voz es clara y misteriosa. Quiero soltar todo mi enfado. ¿Dónde


estaba cuando lo necesité? Luna tiene un año y dos meses. Hemos
sobrevivido sin él y así continuaremos.

—¿Qué me dices, preciosa? —Pregunta Ace.

Llevo leyendo lenguaje corporal desde que soy camarera. Hay algo
raro en su forma de decirme «preciosa». Cuando estuvimos juntos, me
llamaba Lexi, pero ahora caigo en la cuenta. No solo ha vuelto para otro
polvo, sino que no recuerda mi nombre.

—¿Cómo me llamo?

—¿Qué pregunta es esa? —Dice Ace con cierta indignación en su


voz, pero no antes de notar temor en sus ojos.
—Es una pregunta —digo, —¿cómo me llamo? —Se me queda
mirando—. ¿Eres así de encantador con las mujeres siempre? —Le
pregunto.

—Lo siento —dice, y se le apaga el brillo de sus ojos.

Eso me ha dolido, pero sobreviviré. Me gustaba pensar que le había


causado buena impresión y que, allá donde estuviera, se tumbara por la
noche y recordarse nuestra noche juntos. Me trago mis sentimientos
heridos. Ahora soy una adulta. He pasado por muchas cosas desde que se
fue. Además, no quiero alejarle del todo. Tomo una decisión rápidamente.

—Me llamo Lexi y sí, podemos tomar algo después —le digo, y él
sonríe.

No tengo ninguna intención de ir a tomar algo con Ace, pero hay algo
dentro de mí que me dice que quiero que vea a su hija. No sé qué esperar.
Ojalá fuera lo suficientemente fuerte para ignorarle hasta que se marche. Sé
que me estoy preparando para la desilusión. A Ace no le gustan las
relaciones, mucho menos ser padre. Pero da igual lo que me diga a mí
misma.

Dos horas después, salimos juntos del Alma. Ace asume que vamos a
tomar algo en mi casa. No le corrijo.
—¿Cogemos mi coche o el tuyo? —Pregunta.

—Sígueme —le digo.

Podría dejar sin problemas mi coche en el aparcamiento e irme con


Ace. No pasaría nada, pero necesito tiempo para pensar. He cometido
muchos errores en mi vida, pero nunca he cometido un error que involucre a
Luna. Amo a esa pequeña con todo mi ser y no puedo permitirme cometer
ningún error.

Ace me sigue hasta casa. Vanessa es enfermera y normalmente


trabaja de noche por lo que, durante el día, cuida de Luna. Es maravillosa y
no lo podría haber hecho sin ella. Seguimos viviendo en la misma casa
adosada en la que crecimos.

Es vieja y está en mal estado, pero es nuestra y es nuestro hogar.

Aparco el coche fuera de la casa y me apresuro al coche de Ace antes


de que salga. No quiero que conozca a Vanessa sin que ella sepa mis planes.
Si es que se pueden llamarse así.
Me inclino sobre su ventanilla e inhalo su fragancia amaderada.

—Dame un minuto —le digo cariñosamente—, quiero ver si mi


hermana y mi sobrina están en casa —tropiezo con las palabras al hablar.

No es una mentira del todo. Vanessa me ayuda mucho y es como si


Luna tuviera dos mamás. Frunce el ceño mientras sus planes se desmoronan
ante sus propios ojos.

—La ayudo a cuidar de mi sobrina —no se me da bien mentir.

—¿Cuidas de la hija de tu hermana? —Dice.

Me encojo de hombros.

—Sí — me inclino para susurrarle en la oreja—, no está bien—. Si


Vanessa me escuchase, se pondría como una furia. Mi hermana es una de
las personas más estables que conozco.

—Ah —dice.
—Ahora vuelvo.

Corro hacia la puerta y la abro. Encuentro a Luna y a mi hermana en


la cocina. Están sentadas sobre los taburetes dibujando. Me voy derecha a
mi niña y la cojo en brazos. Automáticamente me rodea con sus brazos y
me abraza fuerte.

—¿Todo bien? —Pregunta Vanessa, siempre atenta a mi estado de


ánimo.

—No, la verdad —contesto, y le doy un beso a Luna en la frente—.


¿Qué tal tu día, cariño?

—Dibujando —dice ella sonríe cariñosamente antes de volver a


colorear.

—¿Qué ha pasado? —Pregunta Vanessa con cierto pánico en su voz.

—Nada malo —afirmo rápidamente—, al menos no muy malo —


inhalo y busco las palabras correctas—. ¿Sabes quién está fuera?
Sus ojos se abren como platos. Si no estuviera preocupada, me reiría.
Vanessa es dramática.

—¿Quién? —Susurra, mirando hacia la ventana—. ¿Mamá?

—No —debí suponer que diría mamá. Mamá nos dejó por su novio
hace años. Nada nuevo con ese tema. Hizo lo mismo cuando Vanessa estaba
en el instituto.

Vanessa siempre esperaba que mamá regresase cualquier día. Llamó


una vez y dejó un mensaje, borracha, diciendo que se había ido con su
novio de viaje. Tras esa llamada, me negué a pensar en ella. No se merecía
ni mi tiempo ni mis pensamientos.

Hago un gesto señalando a Luna.

—Papá.

Se tapa la boca con la mano.

—¡Estás de coña!
—No, pero no se lo he dicho —le digo rápidamente—, y no pretendo
decírselo. Al menos de momento.

Le daré a Ace la oportunidad de conocer a Luna, pero primero tiene


que demostrar su valía. Tiene que demostrarme que no se largará cuando le
dé la gana. No tengo muchas esperanzas en que se quede el tiempo
suficiente para ver yo qué tipo de padre es.

—Le he dicho que es tuya —susurro la última frase. Dudo antes de


decirle lo demás—. Puede que le haya dicho que no estás bien…

Me preparo para el enfado de Vanessa. Mi hermana nació con un


alma vieja. Quizás las dos seamos así o quizás fue la irresponsabilidad de
nuestra madre que nos obligó a crecer rápidamente. Sea lo que fuere, sé que
lo último que Vanessa quiere es que la pinten de irresponsable.

Inclina la cabeza y sus rizos rubios le caen por los lados de sus
mejillas. Para mi sorpresa, sonríe.

—Siempre he querido hacer una locura. ¿Qué tipo de problemas


tengo para no poder cuidar de mi preciosa hija?
Me encojo de hombros.

—No he llegado tan lejos.

Se pone seria.

—Merece saberlo.

Me esperaba eso. A Vanessa le gusta ser justa y hacer las cosas bien.
Aunque duelan. Como cuando nuestra madre vino a casa la última vez.
Vanessa estaba en la universidad y yo estaba trabajando en el bar. Mamá
estaba desesperada por tener un techo.

Yo me había puesto dura con ella y me preparé para llevarla a un


albergue para personas sin hogar. Como la mayor que era, había soportado
todo el peso del alcoholismo de mi madre. Ya me conocía sus falsas
promesas. Promesas que luego se quedaban en palabras cuando empezaba a
beber de nuevo una semana después.

Dejamos que se quedase y cuidamos de ella hasta que ganó algo de


peso y recuperó el brillo en la cara. Pero no tardó mucho en volver a sus
viejos hábitos. Empezó a traer hombres a casa y en poco tiempo le apestaba
el aliento a alcohol, aunque lo negara.

Entonces se marchó y Vanessa se quedó con el corazón roto. Yo luché


contra el dolor y lo aparté de mi mente. Me tenía que centrar en lo que
importaba. Como asegurarme de que mi hermana acabase enfermería.

—¿Se lo merece? —Le digo a Vanessa—. Nadie se merece nada en


esta vida, salvo los niños. Los demás tenemos que ganárnoslo, incluso Ace.
Donar esperma te convierte en padre, no en papá.

—Lexi, sé que eres buena persona. Sé que vas a hacer lo correcto —


dice Vanessa.

—Haré lo correcto por ella —digo, y hago un gesto señalando a Luna


—. Es quien me importa. A Ace no le debo nada —cojo aire—. Tú has
cambiado de parecer. Cuando hablaste con Declan, no eras tan cariñosa.

Se encoge de hombros.

—Eso fue entonces, esto es ahora. Soy más mayor y sabia.


—Como yo.

—¿Alguna vez te has preguntado quién es nuestro padre? —Pregunta


Vanessa.

—Muchas veces —le digo—. No sé por qué mamá lo mantuvo en


secreto. A veces pienso que pudo haber sido un hombre casado —es la
única razón por la que me imagino que pueda ser tan secreto.

Lo que sé es que él y nuestra madre nunca se casaron. Esta


incertidumbre sobre nuestro pasado es exactamente lo que no quiero para
Luna. Quiero que conozca a su familia. Solo hace falta vernos a Vanessa y a
mí. Tenemos veintitantos años y seguimos hablando del padre al que nunca
conocimos.
Capítulo 4
Ace

La tentación de largarme de allí gana terreno, pero entonces recuerdo


cómo dejé a Lexi la última vez y decido quedarme. Doy golpes en el
salpicadero con los dedos y miro la casa. ¿Qué está haciendo ahí dentro?
¿Se ha olvidado de que estoy fuera? Cinco minutos después me he cansado
de esperar. Salgo del coche y me acerco a la puerta.

Llamo con los nudillos y unos minutos más tarde la puerta se abre.
Lexi sonríe y sostiene la puerta para que pase.

—Perdón por haber tardado tanto. Entra.

Dentro está un poco oscuro. La sigo hasta el salón y me invita a


tomar asiento.

—Un momento —dice.

¿Qué estoy haciendo aquí? Está claro que no está siendo igual que la
última vez. Cojo una revista y la ojeo mientras trato de inventarme algo
para largarme de allí de manera educada. Empiezo a frustrarme. Me quedo
mirando la revista que estoy sosteniendo. El amor lo puede todo, la historia
de Keila y George. Miro a la pareja sonriente y sus rostros felices me
molestan. Claro, el amor lo puede todo. ¿De dónde sacan estas cosas? Los
escritores de revistas no viven en el mundo real. El amor nunca ha podido
con todo. El instinto de supervivencia sí.

Cierro la revista. Miro la sala y me pregunto qué cojones estoy


haciendo aquí. Muevo la pierna impaciente. Lexi está buena y quiero
meterme en sus bragas, pero tampoco vale la pena tomarte tantas molestias.
Puedo ligarme a cualquier otra mujer.

Regresa al salón con una niña pequeña de la mano. Una mujer camina
detrás de ellas y, solo con mirarla, sé que es la hermana de Lexi. Tiene la
misma cara ovalada enmarcada con mechones ondulados. Parecen gemelas.

—Ace, esta es mi hermana Vanessa —dice Lexi.

Me pongo de pie y sonrío.

—Encantado de conocerte.
Ella sonríe y me estrecha la mano. Me la agarra con fuerza, no como
alguien que tiene problemas. De hecho, Vanessa parece una persona normal,
aunque eso no tiene nada que ver. Pero qué puedo decir yo. Cualquier
persona de la calle puede decir que parezco una persona normal cuando no
lo soy. Tener pesadillas y recuerdos que te mantienen despierto media noche
no te hacen ser una persona normal.

—Igualmente —dice Vanessa—, qué bien tener compañía para cenar.

Estoy a punto de rechazar la invitación cuando Lexi rápidamente


habla.

—Por favor, quédate —dice como si hubiera notado mi inminente


renuncia.

Las dos mujeres me miran con sus preciosos ojos color miel y no
puedo decir que no.

—Gracias —digo amablemente. Me sentará bien comer algo hecho


en casa.

Además tampoco es que tenga otro sitio donde ir y, quién sabe, lo


mismo acabo teniendo suerte con Lexi.
—Y esta es Luna —dice Lexi.

La pequeña me mira. No se parece nada a Vanessa. Seguramente se


parezca a su padre.

—Hola, Luna, encantado de conocerte —no se me dan muy bien los


niños. ¿Qué les dices?

—Voy a preparar la cena entonces —dice Lexi—, ¿ vienes a la


cocina?

—Claro —le digo.

La cocina es pequeña y estrecha. Me siento culpable por lo injusta


que es la vida. Yo tengo muchísimo espacio en mi apartamento y solo soy
una persona. Lexi vive con su hermana y su sobrina en un espacio muy
reducido.

—¿Quieres una cerveza? —Pregunta Lexi.


—Sí, gracias —digo y me las arreglo para acomodar mis largas
piernas debajo de la mesa de la cocina.

Cuando se agacha para coger la cerveza de la nevera, la falda lápiz


negra que lleva puesta moldea su trasero, despertando mis fantasías.

—¿Qué tal te fue en Afganistán? —Pregunta Lexi.

Estoy a punto de contestar cuando me quedo paralizado. No recuerdo


contarle a Lexi nada personal, pero podría estar equivocado. Cuanto más
intento rebuscar en mi memoria, menos detalles de esa noche recuerdo.

—Fue duro —le digo y en cuanto esas palabras salen de mi boca, las
compuertas parecen abrirse—, he visto cosas que ningún ser humano
debería ver nunca.

—Me imagino —dice, y me mira con empatía.

Necesito hacer algo. Por los ingredientes que veo en la encimera, va a


preparar pasta, pan de queso y ensalada. Me remango las mangas.

—¿Puedo ayudar? Hago unas ensaladas decentes.


—¿Por qué no? —Responde ella.

Me lavo las manos en el fregadero y después lavo la lechuga.

—¿Qué hay de ti? ¿Qué has estado haciendo este tiempo?

Se queda callada unos segundos y me da la sensación de que no va a


contestar. Pero cuando habla, su tono revela cierta emoción.

—No mucho. Doy gracias de seguir en mi trabajo —dice.

Me siento perdido. ¿Estoy tan desfasado que no sé mantener una


conversación normal con una mujer? ¿Ha pasado algo de lo que no me he
enterado?

—¿Siempre quisiste ser camarera? —Pregunto.

—¿Qué quieres decir? —Pregunta Lexi—. Es un trabajo. No es


cuestión de si quería serlo o no.
Dejo de cortar tomates y le doy un sorbo a mi cerveza. Suspiro
disimuladamente mientras el líquido baja por mi garganta. Miro a Lexi.

—Seguro que tenías sueños cuando eras pequeña.

Niega con la cabeza.

—No, yo solo quería tener un trabajo.

Por primera vez desde que vi a Lexi en el bar, la veo como algo más
que una mujer a la que me quiero tirar. Se contradice y me resulta curioso.
Por fuera, parece una mujer sensual que no le importa el mundo.

—Yo llevo mucho tiempo queriendo ser bombero —digo para callar
el silencio—, y ahora lo soy. Hoy ha sido mi primer día.

—Qué bien —responde Lexi—¸ ¿cómo ha ido?

Me deshago de las imágenes turbulentas de un hombre adulto


tirándose al suelo y disparando a objetivos que solo él ve. En ese momento
me doy cuenta de que no me queda otra si quiero darme la oportunidad de
trabajar en ello. Tendré que ir a un psicólogo. Tengo unos cuantos nombres
que esperaba no tener que usar.

—¿Tan mal? —Pregunta Lexi.

Estoy a punto de negarlo, pero por qué iba a hacerlo. Seguramente no


vuelva a ver a Lexi. Lo que ella quiere es un hombre con el que hacer estas
cosas. Un hombre para salir con ella. Yo no soy ese hombre. Lo que
necesito es un cuerpo sexi para olvidarme de todo. Un polvo sin
complicaciones.

—No he empezado de la mejor manera, pero es lo que quiero y haré


que funcione. Quiero ser bombero más que nada en este mundo. Es la única
razón por la que salgo de la cama cada mañana.

La conversación fluye fácilmente tras eso y, en algún momento,


pienso en la suerte que tendrá el chico que la seduzca. Es divertida e
inteligente. Su hermana Vanessa entra a la cocina para calentar la cena de su
hija. Parece lo suficientemente responsable, pero a saber cómo es cuando no
hay invitados en casa.

Unos minutos después, nos sentamos a cenar Lexi, su hermana y yo.


La bebé ya está dormida. Pienso fugazmente en si Lexi acabará viniéndose
a casa conmigo, pero por los bostezos que está intentando ocultar, supongo
que no.

—Así que eres soldado, ¿eh? —Pregunta Vanessa.

—Sí, he pasado los dos últimos años en Afganistán. —Respondo.

—Gracias por vuestro servicio —dice.

—Podría decir lo mismo. Lexi me ha dicho que eres enfermera —


digo, cambiando de tema. No sé qué decir cuando la gente me da las gracias
por mi servicio.

—No es lo mismo —dice Vanessa—, ¿has vuelto para quedarte?

Me hace una pregunta después de otra. Siento como si me estuviera


interrogando por haber cometido algún delito menor.

—Vanessa, deja tranquilo a nuestro invitado —dice por fin Lexi.

Vanessa se encoge de hombros, pero no parece importarle haberse


pasado con las preguntas. Después de eso, se queda callada y deja que Lexi
y yo hablemos la mayor parte del tiempo. La comida está sabrosa y, cuando
acabamos, me siento tranquilo. Mis problemas parecen no tener tanta
importancia ahora.

Me ofrezco a lavar los platos, pero las chicas se niegan. Después de


agradecerles la cena, me dispongo a irme. Lexi me acompaña al coche. Para
mi sorpresa, me da un abrazo.

—Gracias por esta noche. No me lo esperaba —subraya, y yo siento


un poco de vergüenza.

Intento pasar por alto el dulce aroma a limón que la envuelve y el


suave y tentador cuerpo que tengo entre mis brazos. No se aparta después
del abrazo. Levanta la cabeza. Está claro que es una invitación. Agacho la
cabeza y la beso con ansia.

La beso como un hombre que no ha besado a una mujer en dos años.


Su boca es suave y cede con interés. Recorre mi cabello con sus manos y yo
la agarro del trasero contra mi erección. Ella gime en mi boca, dejándome
con la duda de lo que está sintiendo con nuestro beso. Ojalá estuviésemos
en un lugar privado. En algún sitio donde pudiera deslizar mis manos por
debajo de su falda y sentir el calor y la humedad de su coño.
Soy el que se aparta del beso. Aunque el ambiente está caldeado, no
soy un adolescente y me gusta tener mi privacidad. Seguro que hay ojos
observándonos desde las casas vecinas.

—Nos vemos pronto —le digo, sabiendo bien que eso no pasará.
Lexi es una complicación que no necesito ni quiero ahora mismo.

Cualquier ilusión que pueda tener en cuanto a relaciones se esfumó


con Stacy. El matrimonio no me volvió a parecer lo mismo. Sé que para
algunas personas funciona, pero no todos tienen la misma suerte. Como yo.

—Vale —dice amablemente, dando un paso atrás.

Entro al coche y me despido con la mano. Ella sería la novia perfecta,


pero las relaciones no son lo mío. No soy tan estúpido como para creer que
todas las mujeres son infieles, pero no me apetece quedarme para
averiguarlo. Mi plan de futuro es vivir tranquilo. Involucrarme con Lexi
sería lo contrario. Y también siento que tienen problemas. Algo no va bien
entre Lexi y su hermana. No sé qué problemas tendrán, pero tampoco me
importa.

Creo en lo que me dijo Lexi de Vanessa. Parece que Lexi es la


responsable de su sobrina. Se comporta como la madre de la niña más que
Vanessa. Yo ya tengo suficientes problemas como para meterme en los
problemas de otros.

Cuando llego a casa, miro la hora: las nueve. No es demasiado tarde


para llamar a Park, espero. Cojo mi teléfono y busco su número. Sonrío
mientras la llamada suena.

Park lo coge al quinto tono, justo cuando estoy a punto de darme por
vencido.

—¿Park?

—¿Ace? ¿Eres tú?

Me río. Me alegra escuchar su voz. Es como volver a casa.

—Sí, he vuelto. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal Rachel?

—¡Es Ace! —Dice a alguien antes de volver a la llamada—, ¿cuándo


has vuelto?
—Hace unas semanas —le digo.

—Has tardado en llamar —dice Park y después me actualiza sobre


todo el mundo, incluso de los que no quiero saber nada, como mi hermano.

Tiene una sorpresa para mí.

—Rachel y yo tenemos una niña. Se llama Kacy y tiene dieciocho


meses.

Sonrío.

—¡Enhorabuena! Qué ganas de conocerla —me imagino a Park y a


Rachel siendo padres. Eran inseparables en el instituto y estaba claro que
acabarían casándose y teniendo hijos. Yo fui el padrino de su boda. Me
alegro por ellos. Cuando me fui a Afganistán, ya llevaban años intentando
tener un bebé.

Rachel se pone al teléfono y hablamos un poco. Prometo ir a Santa


Mónica el fin de semana. Le vuelve a pasar el teléfono a Park.
—Seguro que tienes ganas de ver a Serenity —dice Park cuando se
vuelve a poner al teléfono.

Serenity es el barco que le dejé a su cuidado. Él y Rachel tienen una


empresa de paseos en barco en la bahía de Santa Mónica.

Sinceramente, he estado tan inmerso en planear mi futuro que no he


pensado en nada más. Pero al mencionar el barco, tengo ganas de volver al
mar.

—Sí —digo, —y a todos vosotros.

—¿Sabes algo de tu padre? —Pregunta Park.

Se me encoge el estómago.

—No —corté todo tipo de comunicación con mi familia cuando me


fui hace dos años.

—Tuvo un ictus —dice Park—, pero se ha recuperado bien.


Intento imaginarme a mi padre, un hombre robusto y fuerte, enfermo
y decaído. Tengo sentimientos encontrados, pero la tristeza los supera a
todos. La tristeza de que no volveré a tener la relación padre e hijo que una
vez tuvimos.

Me aclaro la garganta.

—¿Cómo lo lleva mi madre?

—Tu madre es una mujer fuerte. Está bien —dice Park. Nuestras
madres son buenas amigas y, como nosotros, se conocieron en el instituto.

Quedamos que iré a visitarles el fin de semana siguiente. Cuando


cuelgo, esa alegría que tenía antes ya forma parte del pasado. Me siento
nervioso y sin pertenecer a ningún sitio.

Ya es entrada la madrugada, pero estoy muy inquieto. Me pongo unos


pantalones cortos y salgo. Es un poco tarde para correr y paso por algunos
sitios demasiado oscuros, pero no pasa nada. Estoy preparado para
cualquier idiota que quiera asaltarme.
Capítulo 5
Ace

No es una opción, es una necesidad. Me repito estas palabras


mientras subo en ascensor hasta la sexta planta para ver al psicólogo. Hice
mis pesquisas y Jerome Anderson parece un hombre que sabe lo que hace.
Sus credenciales, que aparecen en psychology.com, dan a entender que está
cualificado para tratar mis problemas.

Estoy muy nervioso, pero si quiero conservar mi trabajo, sé que tengo


que hacer esto. El ascensor llega a la sexta planta demasiado pronto. Las
puertas se abren y tomo aire antes de obligarme a poner un pie delante del
otro. Cuando pedí cita el día anterior, su asistente me envió unos
formularios que rellené y volví a enviar.

Ya sabe qué problemas tengo. Eso debería resultarme más fácil, pero
no.

Ir a ver a un terapeuta va en contra de todo lo que aprendí como


soldado. Soy un hombre. Las pesadillas son para niños. Soy un manojo de
nervios según voy andando por el pasillo hasta la última oficina. Me pesan
las piernas en cada paso que doy y estoy a nada de darme la vuelta.
Pero entonces recuerdo cómo me miró mi jefe, y sé que no siempre
será tan afable conmigo. Espera que resuelva mis problemas y pueda darlo
todo en el trabajo. Y yo lo intento.

Si pierdo mi trabajo, ¿qué tendré? ¡Nada! Tengo que hacer todo lo


que sea humanamente posible para solucionar mis problemas mentales. Me
estremezco al pensar en esas palabras que jamás he usado en mis propios
pensamientos. Odio pensar que tengo problemas mentales.

Suena a que estoy loco. Y no lo estoy. Solo estoy traumatizado,


además de ser un cobarde. Nunca he escuchado a nadie de mi pelotón
hablar de este tipo de flashbacks. ¿Qué problema tengo? Cojo aire. Por eso
estoy aquí. No me importa el por qué de lo que me está pasando. Solo
quiero mejorar.

Una mujer de pelo castaño que hay detrás de la mesa de recepción me


sonríe animadamente como si supiera lo cerca que estoy de largarme de allí.

—Debe de ser el señor Carter —dice.

—Sí —mi voz suena como si fuera de otra persona.


No hay más gente en la sala de recepción y eso me alegra. No podría
soportar que alguien me mirase y se preguntase cuáles son mis problemas.
Ya es suficientemente malo que esté aquí.

—El doctor le está esperando —dice, poniéndose en pie. La sigo


hasta la puerta que lleva a la oficina. La abre y entro.

Jerome Anderson es un hombre con gafas, mucho más joven de lo


que pensaba. Sonríe y se pone en pie cuando me ve.

—Señor Carter, bienvenido. Qué ganas tenía de nuestra cita.

Siento que me he equivocado de cita. Me estrecha la mano con


fuerza. Está claro que estaba siendo sincero cuando dijo que tenía ganas de
que llegase la hora de nuestra cita. Como si fuese una reunión muy esperada
en vez de una sesión de terapia.

—Siéntese —dice, y vuelve a su lado del escritorio.

Esperaba un sillón reclinable donde pudiese tumbarme, cerrar los


ojos y fingir que estoy hablando conmigo mismo. Sentarme enfrente del
hombre es un poco estresante.
Él se sienta y apoya sus codos sobre la mesa, inclinándose hacia
delante para observarme.

—Usted es mi primer soldado con trastorno por estrés postraumático.

Vaya, qué decepción. Esperaba que tuviera experiencia. No quiero ser


un conejillo de indias. Quizás esté juzgándole antes de tiempo. Aunque
parece entusiasmado. Demasiado entusiasmado. Sus ojos brillan mientras
me pregunta por mis vivencias. Cuanto más sangriento, mejor parece.
Mientras hablo, me mira como si fuera una criatura del espacio exterior.
Como si estuviera viendo una peli. Solo le faltan las palomitas. Cansado de
describir las cosas que he visto, le cuento mis problemas para dormir. Las
pesadillas y los flashbacks.

Me hace unas cuantas preguntas. Como cuándo me fui de Afganistán


y cuándo empezaron los flashbacks. Preguntas normales. Contesto con total
sinceridad. Me emociono porque parece tener una solución para mí. A lo
mejor me manda algunos ejercicios. O algún medicamento. Cualquier cosa
con tal de recuperar mi vida.

—¿Bebes mucho café? —Pregunta.


Me gusta mucho el café y así se lo digo.

—Corta con la cafeína —dice serio.

Veinte minutos después, estoy en el pasillo un poco aturdido. Mi


diagnóstico ha sido que bebo demasiado café. Una mujer pasa por mi lado y
se me queda mirando como si estuviera loco, lo cual probablemente sea
cierto. Eso me saca de la burbuja en la que estoy metido y camino
mecánicamente hacia el ascensor.

Me siento engañado. Como si hubiera estado ahí por puro


entretenimiento para él y que, cuando ha acabado conmigo, me ha echado
de su oficina.

No puedo volver a mi apartamento. No estoy listo para volver al


punto de partida. Esta visita al psicólogo ha sido una auténtica pérdida de
tiempo. En el aparcamiento, entro al coche y conduzco sin tener un destino
en mente.

Veinte minutos después aparco el coche fuera de la casa de Lexi.


Miro la hora. Las cuatro de la tarde. Estará en casa en quince minutos.
Mantengo la mente vacía, ensimismado con la radio, cambiando de una
cadena a otra. Por fin, aparece un viejo sedán.
Es Lexi. Aparca el coche y se acerca a donde estoy.

—Hola — dice—, qué sorpresa. ¿Quieres entrar?

Me siento aliviado. No piensa que sea un acosador.

—Lo siento por venir sin avisar. No tenía tu número.

—No pasa nada —dice.

Una suave brisa mueve su cabello que hace que se peguen algunos
mechones a las mejillas. Extiendo el brazo para apartárselos de la cara.
Huele a dulzura e inocencia. ¿Qué estoy haciendo aquí? Ella se merece a un
buen hombre. Solo estoy aquí porque quiero follármela.

Ella también, dice mi conciencia.

Nos sostenemos la mirada.


—¿Quieres venirte a mi casa? —Sin juegos ni pretextos. No quiero
que piense que es algo más de lo que es.

No es una cita. No es ninguna promesa de futuro. Es solo esta noche.

Me mira durante unos segundos.

—Vale. Dame un minuto.

Siento alivio. La necesito. Entra a casa y vuelve a salir unos minutos


después. Su aroma a limón me envuelve cuando abre la puerta del coche y
entra. Espero a que se ponga el cinturón y entonces enciendo el motor.
Vamos callados durante el camino, pero la tensión sexual en el coche
aumenta por segundos.

Cuando llegamos a mi urbanización, solo puedo pensar en lo mucho


que quiero clavarle mi estaca en su coño. Necesito a Lexi.

Aparco el coche, la cojo de la mano y vamos a los ascensores. La


cojo entre mis brazos en cuanto las puertas se cierran. La beso despacio,
ignorando la urgencia de enterrar mi boca en la suya y devorarla.
Quiero tomármelo con calma. Perderme en la dulzura de su cuerpo.
El ascensor se detiene y salimos. Busco las llaves en mis bolsillos y abro la
puerta. No pierdo el tiempo cuando estamos dentro. Me llevo a Lexi
derecha a la habitación.

Cierro la puerta y, uno a uno, le desabrocho los botones de su camisa.


Su pecho emerge. Está de pie con los brazos a los lados, como si estuviera
ofreciéndose a mí. Cuando termino con el último botón, le deslizo la camisa
por los hombros y la ayudo a deshacerse de ella.

Cojo aire y contemplo lo que tengo ante mí.

—Qué preciosa eres —murmuro mientras acaricio sus hombros


desnudos. No me paré a apreciar la figura perfecta de Lexi la última vez que
estuvimos juntos. Sus pechos son grandes y forcejean contra su sujetador.
Ella tiembla mientras le toco los pechos por encima de la tela y, cuando los
acaricio con mis pulgares, gime por lo bajo.

Recorro su cuello con mi mano y bajo la cabeza para besarla. Rozo


mis labios con los suyos, despacio primero. Quiero saborear todo su ser.
Capturo su labio inferior entre mis dientes y lo mordisqueo suavemente.

Me rodea el cuello con las manos, empujando sus tetas contra mi


pecho. Lexi deja cualquier tipo de duda a un lado y nos devoramos. Su
lengua se enreda con la mía. Sabe muy bien, como a fresas. Pierdo la
noción del tiempo mientras nos besamos y acariciamos. Intento frenar mi
lujuria, pero está desenfrenada.

—Espera —dice Lexi, apartándose.

Se desabrocha los pantalones y se los quita. Yo hago lo mismo con


los botones de mi camisa antes de quitármela. Mis pantalones van después
y, en un tiempo récord, estoy completamente desnudo, y ella también. Nos
dejamos caer en la cama con las extremidades temblorosas.

—Hazme tuya, Ace —susurra Lexi en mi oído.

Esas son las palabras que necesito oír. Esta vez no me dejo llevar
demasiado y no me olvido de usar protección. Estiro la mano para coger un
condón del cajón de la mesilla. Lo abro y me lo pongo en mi pene duro sin
dejar de mirar a Lexi. Está tan preciosa tumbada en la cama, con los labios
ligeramente entreabiertos y sus pechos moviéndose despacio con cada
respiración.

Acaricio los laterales de su cuerpo con mis palmas, llegando hasta sus
muslos. Alcanzo sus caderas y levanto sus piernas, dejando caer mi cabeza
en su coño. Deslizo mi lengua en su centro y lamo sus jugos.
Me coge de la cabeza y gime en alto mientras juego con su clítoris sin
piedad. Ignoro mi polla palpitante y me concentro en dar placer a Lexi. Ella
grita cada vez más y se agarra más fuerte a mi cabeza. Los músculos de sus
muslos se endurecen y se le escapa un grito gutural mientras se corre.

Retiro mi lengua y la reemplazo por mi polla. La cojo por la base y


cierro los ojos mientras, despacio, me introduzco en la dulzura de su coño.

—Ha pasado tanto tiempo —dice Lexi.

—Para mí también —le digo.

La última mujer con la que tuve sexo fue ella.

Mis embestidas son lentas al principio, pero poco a poco aumento el


ritmo y profundizo mis arremetidas. Me aseguro de acariciar su clítoris con
cada embestida y, por sus gemidos, sé que funciona.

—Por favor —grita Lexi, moviendo la cabeza de un lado a otro.


—Córrete para mí, preciosa —le digo.

Su cuerpo se queda quieto antes de estallar en una serie de temblores


y de apretar su vagina contra mi polla. Dejo salir toda la tensión que tengo
dentro cuando me corro.

Después, cuando recuperamos el aliento, Lexi descansa su cabeza


sobre mi pecho mientras yo le acaricio el pelo. Para un hombre cuyo trabajo
está en juego, me siento muy en paz.

—¿No vas a escabullirte por la mañana y dejarme con tu casero, no?


—Dice Lexi.

Me cuesta unos segundos entender lo que quiere decir. Cuando lo


entiendo, me avergüenzo.

—Siento lo que pasó esa noche. No estaba muy bien.

—¿Y ahora? —Dice Lexi.

—Estoy mejor.
—¿Qué ha pasado hoy? —Pregunta Lexi.

No tiene sentido negar que me pasa algo. Ella lo nota y no quiero


insultar a su inteligencia mintiendo.

—He tenido uno de esos días en los que nada parece ir bien.

Ella suspira.

—Yo también he tenido un día así. ¿Mañana trabajas?

No había pensado en ello.

—Sí.

Está claro que el psicólogo no es para mí. Tendré que buscar una
manera de sobrellevarlo cuando mi mente me vuelva a jugar una mala
pasada. Respirar profundamente. Antes de que el episodio llegue a su punto
más alto, siempre hay un milisegundo de advertencia. A lo mejor si intento
controlarlo en ese momento, puedo evitar el episodio.
Se me viene una idea a la mente. Podría llevarme a Lexi a la bahía.
Conociendo a Park y a Rachel, seguramente se tomen mi visita como algo
importante. Lexi puede actuar de barrera entre yo y muchas preguntas.

—¿Qué haces el sábado? —Le pregunto—. Voy a ir a la bahía de


Santa Mónica a ver a unos amigos. Me gustaría que vinieras—. Las alarmas
de advertencia resuenan en mi cabeza. El plan era acostarme con Lexi y
seguir con mi vida. No invitarla a ella. Después de este fin de semana, me
retiraré. Lo prometo.

—Me encantaría, pero no puedo. Vanessa tiene que trabajar y yo me


tengo que quedar con Luna —dice Lexi.

Recuerdo que Park y Rachel tienen una niña pequeña.

—Podemos llevárnosla. Mis amigos tienen una niña de su edad.

Se vuelve hacia mí.

—¿Seguro?
—Sí —digo, tirándola hacia mí para que todo su cuerpo quede
encima de mí.

Acaricio su espalda y su trasero. Mi polla palpita y se pone dura al


sentir el calor de su vagina contra mi muslo. Acerca su boca a la mía. Le
caen mechones de pelo por el rostro, actuando como una cortina que separa
nuestras caras. Me besa despacio y juega con mi lengua, succionándola y
mordiéndola.

Juego con sus pechos antes de que se siente y se restriegue contra mí.
Coge mi pene con su mano y lo acaricia unas cuantas veces antes de
colocárselo entre las piernas. Acaricia la punta con sus húmedos pliegues y
yo gimo. Todo mi ser se muere por estar dentro de ella otra vez.

No me canso de ella.

Estiro los brazos y agarro sus preciosas tetas mientras su coño


envuelve mi polla. Los dulces sonidos de su placer son como música para
mis oídos. Echa la cabeza hacia atrás mientras mueve sus caderas. Embisto
hacia arriba para ir al son de sus movimientos, enterrando mi pene bien
dentro de ella.
—Lexi —digo su nombre una y otra vez.

Estiro los brazos y rodeo su cintura con mis manos, tirándola hacia
mí para que se tumbe. Necesito besarla, sentir esa dulce boca sobre la mía.
No dejamos de movernos cuando nuestras bocas se juntan.

Clavo la mirada en sus expresivos ojos de color miel. Son como


piscinas líquidas de deseo que reflejan el deseo que yo siento.

Mis ojos se quedan fijos en ella mientras hacemos el amor. Después,


la rodeo con mis brazos y, por primera vez en semanas, duermo a pierna
suelta, sin pesadillas.
Capítulo 6
Lexi

Me despierta una boca succionándome un pezón. Espero no estar


soñando. Si lo estoy, pretendo disfrutar del sueño hasta donde pueda.
Arqueo la espalda cuando el placer me da un latigazo desde el pecho hasta
mi dulce centro. Un gemido se escapa de mi boca.

Aquella boca cambia a mi otro pezón mientras unas manos juegan


con mis pechos. Después siento algo duro en mi muslo. Definitivamente no
estoy soñando. Es Ace. Este hombre tiene un don bajo las sábanas. Me besa
el vientre y baja más, colocándose entre mis piernas.

Juega con mi clítoris sin piedad y yo grito su nombre. Y cuando creo


que no aguanto más, sube y restriega su miembro por mi coño húmedo.
Aprieto su trasero prieto, tirándole hacia mí. Necesito que me calme el
terrible malestar que tengo dentro.

Ace desliza su polla dentro de mí y yo gimo feliz. Nos aferramos el


uno al otro y nos movemos juntos, llegando rápidamente los dos al
orgasmo. Es rápido, dulce e intenso. Nunca he llegado al clímax tan rápido.
Mi cuerpo tiembla como consecuencia, como si no entendiera lo que acaba
de pasar.

Ace murmura algo mientras se corre y, después, nos dejamos caer en


la cama. Me abraza por detrás y me rodea con su brazo, protegiéndome.
Nos quedamos dormidos así.

Me desvelo cuando está amaneciendo. Las ventanas de Ace no tienen


cortinas y la vista del amanecer es espectacular. Me quedo tumbada, perdida
en las tonalidades naranjas y rosas que bañan la habitación. Con cuidado de
no despertar a Ace, me doy la vuelta para mirarle.

Él duerme plácidamente con una expresión neutral. Mientras le


observo dormir, me viene a la mente su pregunta. ¿Qué me gustaría haber
sido aparte de camarera?

Sorprendentemente, no se me ocurre nada. No lo sé. Trabajo para


ganarme la vida. Punto. Sé que hay personas con suerte a las que le encanta
su trabajo, como a mi hermana Vanessa.

Ella siempre quiso ser enfermera y, cuando era niña, siempre quería
jugar a los médicos. Yo, que era la mayor, siempre estaba ocupada cuidando
de ella y preocupándome de que mi madre nos prestara más atención en un
futuro cuando el presente ya era lo suficiente difícil.
Nuestra madre era alcohólica y crecimos con el miedo de acabar en
un centro de acogida. No pude esperar a terminar la escuela y empecé a
trabajar para cuidar de mi hermana y de mí.

Ace de repente se revuelve y sus facciones, que parecían tan


tranquilas, se tornan agresivas. Abre los ojos y se sienta en la cama con la
respiración entrecortada.

—Hola —le digo, segura de que está soñando.

Se vuelve hacia mí.

—Agáchate, va a explotar —dice y me coge del brazo para tirarme


hacia abajo.

—¡Ace, para, soy yo!

Una mano pesada me sujeta. Tengo la nariz aplastada contra la cama.


Muevo las manos como puedo y grito su nombre. Tiene mucha fuerza. El
miedo recorre mis venas.
Entonces me suelta y oigo un movimiento rápido antes de que la
habitación se inunde de luz.

Cuando me siento, Ace tiene la cara hundida entre sus manos.

—Lo siento —dice, y deja caer las manos.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto.

—Una pesadilla —dice, y se vuelve a tumbar en la cama.

Siento que debo protegerle y me tumbo a su lado, colocándole mi


brazo por encima. Se gira y me rodea con sus brazos. Su respiración poco a
poco vuelve a la normalidad. Siento que sus brazos se relajan y me doy
cuenta de que Ace se ha vuelto a dormir.

Me separo y, despacio, salgo de la cama. Me visto intentando hacer el


mínimo ruido posible y, cuando estoy lista, me quedo mirándole. Tiene la
mitad de la cara enterrada entre las sábanas. Espero que no se despierte por
otra pesadilla. Voy con cautela al salón.
La casa está iluminada. Observo, con admiración, su espacioso
apartamento. Me acerco hasta mi bolso y cojo el teléfono. Pido un Uber y,
mientras espero, miro a mí alrededor. Se ve que Ace no es un hombre que le
falte dinero, pero eso no me sorprende.

De lo que he deducido de mis conversaciones con su hermano


Declan, los dos tenían una inmobiliaria. Según Declan, se pelearon, Ace se
alistó en el ejército y se fue. Declan vendió el negocio y repartió las
ganancias con su hermano.

Eso es todo lo que sé de Ace. No esperaba que regresara tan pronto


de Afganistán. Ya me había hecho a la idea de que no le volvería a ver.
Estaba en la guerra. La probabilidad de que perdiera la vida y Luna nunca
conociera a su padre y Ace nunca supiera que era padre estaba ahí.

Ese pensamiento me destroza por dentro. Lucho contra el impulso de


entrar ahí y contarle lo de Luna. Pero Luna es demasiado importante. No
puedo arriesgarme. Primero tengo que saber quién es Ace.

Abro la puerta despacio y me voy. En el Uber, envío un mensaje a mi


hermana diciéndole que voy de camino a casa. A las ocho tiene que estar en
el trabajo y no quiero que se preocupe.
El Uber me deja en casa y abro la puerta despacio. Me encuentro a
Vanessa en la cocina y un olor a café por todos lados.

—¿Has pasado buena noche? —Dice Vanessa.

Sonrío y retiro una silla.

Vanessa deja dos tazas de café en la mesa. Cojo una y le doy un


sorbo. El cuerpo me duele deliciosamente.

—¿Estás segura de que sabes lo que haces? —dice Vanessa.

Pienso en su pregunta y contesto con sinceridad.

—No.

—Ten cuidado, ¿vale? No quiero que te hagan daño otra vez —dice.

—Eso no va a pasar. Mi corazón está seguro bajo llave —le digo—.


Lo que ha pasado esta noche ha sido para aliviar tensiones.
Vanessa se ríe.

—¿Te lo has pasado bien entonces? —Pregunta Vanessa.

—Muy bien —respondo. Aunque Vanessa y yo estamos muy unidas,


algo me impide contarle lo del episodio de Ace—. Nos ha invitado a Luna y
a mí a ir a ver a unos amigos suyos de Santa Mónica.

Vanessa abre los ojos como platos.

—¿Santa Mónica? ¿Se lo has contado?

—Claro que no.

—¿Estará Declan? —Dice Vanessa.

—Lo dudo —le digo—. Se pelearon, ¿recuerdas?


Unas líneas de preocupación aparecen en la frente de Vanessa.

—Creo que se lo deberías contar todo. Cuanto más tardes, más duro
será.

Recuerdo cómo Ace me agarró y me sujetó contra la cama. Por unos


segundos, sentí miedo. Sé que su pesadilla tenía que ver con su época en
Afganistán.

—¿Qué te da tanto miedo exactamente? —Dice Vanessa.

—Me da miedo que Luna se encariñe de él y luego la abandone.

Vanessa me mira con perspicacia.

—¿A Luna o a ti?

—No seas mala —la reprendo.

Suspira y se levanta.
—Me voy a preparar para el trabajo.

—Y yo me voy a duchar antes de despertar a Luna —digo, y también


me levanto. Se suele despertar sobre las siete y cuarto.

Cruzo el pasillo hasta la ducha. Me desnudo y me froto bajo el agua


caliente. Me quedan menos de diez minutos antes de que Luna se despierte.
Cuando acabo, voy a la puerta de al lado, su habitación.

Abro la puerta despacio y cruzo el cuarto.

Luna ronca y yo me río al escuchar el sonido que proviene de su


garganta. Me pongo una camiseta y unos pantalones cortos y después me
acerco a su cuna. Me quedo mirándola a la preciosa bebé que salió de mi
cuerpo.

Aparte de los ronquidos, duerme a pierna suelta como su padre.

Al pensar en eso, me doy cuenta de algo: su padre ha vuelto. No me


he parado a pensar en serio en eso y lo que podría significar para nosotras.
La magnitud que es que Luna tenga a su padre en su vida. Despacio, le
aparto los rizos de su dulce cara. Tiene un cabello negro como el azabache
igual que Ace.

Sorprende lo que se parecen. Me preocupaba que Ace viera el


parecido. Declan lo vio cuando vino al hospital el día que nació Luna.

—Es una Carter, eso está claro —dijo.

Luna se remueve y, cuando empieza a abrir sus preciosos ojos, se


agrandan cuando me ve.

—Mami —dice ella.

A Vanessa también le dice mami.

—Buenos días, cariño —le digo en voz baja, y me acerco a la cuna


para cogerla.

Abrazo su pequeño cuerpo y le doy un beso. Ella me rodea con sus


manos. Nos vamos al salón. Le gusta que nos tumbemos en el sofá antes de
empezar el día.
Vanessa entra al salón unos minutos después. Sonríe al vernos.

—¿La mejor parte del día?

Asiento. Se acerca a nosotras y le da un beso a Luna. Luna la mira y


sonríe.

—Mami.

—Buenos días, amor —dice Vanessa—, que tengáis un precioso día.


Pasadlo bien.

—Lo haremos —respondo.

—Os veo mañana por la noche —dice Vanessa—, duermo en casa de


Miles.

—Que disfrutes —le digo.


Miles es su novio. Me preocupa que la birria de vida de nuestra
madre nos afecte a nuestra capacidad de tener relaciones duraderas. ¿Cómo
si no se explica que Vanessa y yo no somos capaces de tener una relación
como cualquier otra persona normal?

Poco después, Luna se retuerce en mi regazo. Señal de que ya está


despierta y preparada para el día. Le lleno su vasito con leche caliente y se
lo doy. Mientras se lo bebe, recojo el salón y después preparo sus cosas,
aunque Ace no vendrá a por nosotras hasta las once de la mañana.

Estoy emocionada. Es peligroso permitirme sentirme así por Ace. Me


rompió el corazón y lo hará de nuevo si se lo permito. Pero eso no pasará.
La única razón por la que está en mi vida ahora es por Luna. Si él me
demuestra que es de fiar, le contaré que Luna es su hija.

Eso no significa que no podamos divertirnos un poco, o que no pueda


disfrutar de su bello cuerpo y su destreza bajo las sábanas. Yo también
puedo escoger lo que quiera y dejar el resto.
Capítulo 7
Ace

Hace un tiempo perfecto para estar en la bahía. A Lexi le va a


encantar. Aparco el coche y salgo de él, con ganas de ponerme en
movimiento. Tengo muchas ganas de ver a Park y a Rachel y de conocer a
su hija. Ando con paso ligero hasta la puerta de Lexi y llamo.

La puerta se abre y, al verla, hay algo que me atraviesa. Su sobrina


está aferrada a su cadera y estira su pequeño brazo para darme una muñeca.

—Le caes bien —dice Lexi, riéndose—, solo le da su muñeca a la


gente que le cae bien.

Cojo la muñeca, un poco incómodo.

—Gracias.

Lexi se ríe.

—Tranquilo. No es ningún contrato. ¿Puedes cogerla mientras cojo


su bolsa?

Nunca he cogido a un niño, pero la sobrina de Lexi no parece darse


cuenta, porque parece feliz de que la lleve hasta el coche.

—Luna no se va a romper —dice Lexi tras de mí.

Qué fácil suena para ella. Luna dibuja líneas en mi cara con su
muñeca mientras yo me quedo absolutamente quieto. De vez en cuando
para y me mira la cara como para comprobar que sigo vivo. Pestañeo y ella
se ríe. A mi pesar, estoy encantado y acabo riéndome yo también.

—Qué rápido os estáis haciendo amigos —dice Lexi cuando regresa.

Abre la puerta de atrás y coloca un asiento para niños. Se acerca a mí


y coge a Luna. Sorprendentemente, me cuesta separarme de ella. En esos
pocos minutos, entiendo por qué a la gente les gustan los niños. Luna es
fácil de complacer y tiene una sonrisa muy bonita.

—¿Preparada? —Pregunto a Lexi cuando entro en el asiento del


conductor.

Sus ojos son como una ventana abierta, profunda y acogedora. Me


controlo para no inclinarme y besarla.

—Cuéntame sobre tus amigos —dice Lexi.

—Park y yo crecimos juntos. Nuestras madres son mejores amigas,


así que siempre hemos estado juntos. Se casó con Rachel que iba al instituto
con nosotros.

Lexi se ríe.

—Pareces que estás describiendo a una persona desaparecida.

Sonrío cuando entiendo lo que quiere decir, pero nunca he sido de


explayarme.

—¿Qué hay de ti? —Pregunta Lexi—. ¿Tuviste un amor en el


instituto?

Se me viene a la mente Stacy. Fue mi amor de instituto y los cuatro


siempre estábamos juntos. Alejo los pensamientos de Stacy.
—No —mi voz sale más grave de lo que esperaba e inmediatamente
me arrepiento.

Lexi juguetea con la radio hasta que encuentra una emisora que le
gusta; una con música pop. Empieza a bailar y a cantar en alto. No es que
tenga la mejor voz, pero su entusiasmo lo compensa.

Sonrío y acabo cantando las canciones que conozco.

Miro por el retrovisor de vez en cuando. Luna está dormida y no se


despierta en los cuarenta y cinco minutos de viaje. Uso el sistema de
navegación de mi coche para llegar hasta la nueva casa de Park y Rachel.
Cuando me fui, vivían en un apartamento en la calle Rothrow.

Silbo entre dientes mientras conduzco por Hudson’s Height. Es un


barrio con mucha gente, nada que ver con el piso en el que vivían cuando se
casaron. Se ve que les ha ido bien y eso me alegra. Son buena gente.

—Qué sitio más bonito —dice Lexi.

—Lo es —digo, me cuesta tragar. No podemos estar a más de veinte


minutos de la casa donde crecí.

Siento unas punzadas de añoranza, pero ha pasado tanto tiempo desde


que hablé con mis padres que no sabría por dónde empezar. Si soy sincero,
todavía tengo cierto resentimiento. No tiene sentido vivir en el pasado, me
digo y apago el motor.

Me giro para mirar a Luna. Su pequeño cuerpo se mueve mientras


ronca. Me río.

—No sabía que los bebés roncaban —le digo a Lexi que se tapa la
boca con la mano para contener su risa.
—Yo tampoco. Y mucho.

—No deberíamos despertarla —digo—, parece tan tranquila


durmiendo. Estaría mal despertarla.

—No nos podemos quedar en el coche —dice Lexi.

—¿Por qué no? —Abro todas las ventanas para que el coche no se
caliente demasiado. Hemos aparcado al lado de un árbol altísimo que nos da
buena sombra.

Lexi se quita el cinturón y estira las piernas. El vestido de verano que


lleva puesto se le sube, relevando sus suaves muslos.

—¡Un momento! —Dice de repente—, ¡veo agua! —Señala entre la


casa de Park y la que hay al lado.

Tiene razón. Al ver el agua vuelvo a sentir ese anhelo de estar en mi


barco.

—A tus amigos les debe haber ido muy bien para poder vivir tan
cerca del mar —dice Lexi—. Debe ser una pasada despertarse con esas
vistas.

—Te llevaré en mi barco algún día —le digo.

Me mira incrédula.

—¿Tienes un barco?

—Sí, pero llevo dos años sin usarlo. Lo dejé bajo el cuidado de Park
y Rachel. Tienen una empresa de paseos en barco.

—¡Qué guay! —dice Lexi—. Eso sería lo más.


—¡Mami! —dice una voz adormilada.

—Hola, princesita —dice Lexi a Luna y después se gira hacia mí—.


Nos llama mami a Vanessa y a mí.

Admiro la estrecha relación que tienen las dos hermanas. Me hace


pensar en Declan. Ahora que estoy en Santa Mónica, su traición cobra
importancia. Nunca podré volver a confiar en él, ¿y qué sentido tiene tener
una relación con alguien en quien no confías?

—¿Entramos ya? —Dice Lexi—. Luna se está poniendo protestona.

—Sí, claro. ¿Quieres que la coja yo?

—Claro —dice Lexi.

Luna estira sus manos en cuanto abro la puerta trasera. Sonrío al


verla. Vanessa tiene suerte de tenerla. Lexi carga con una pequeña bolsa y,
juntos, caminamos hasta la entrada de la casa. Toco el timbre y, unos
segundos después, se abre la puerta.

Park aparece con una sonrisa, igual que yo.

—¡No puedo creer que estés en casa! —Dice él.

Me cambio a Luna al otro lado y nos abrazamos.

—Qué bien estar en casa —donde Park y Rachel estén, es casa.

—¿Y quién está princesa de aquí? —Dice Park.

Al oír la palabra «princesa», Luna se gira hacia Park.

—¡Ace, cómo no me has contado esto! Es tu vida imagen —exclama.


Yo me río.
—Ojalá —le cojo a Lexi de la mano y le presento a Park—. Luna es
su sobrina.

—Kacy se pondrá contenta de tener una amiga. Bienvenida a nuestro


hogar, Lexi —dice Park, y nos insta a entrar—. Estamos todos en el jardín.

Hablamos mientras le seguimos por el salón y la cocina. La casa es


enorme y, tanto el interior como el exterior, es precioso.

Pero lo mejor de la casa es el jardín. Tiene una parte con una zona de
asientos y una hoguera. Me sorprende ver a varias personas alrededor de
mesas colocadas sobre el césped.

—A Rachel se le ocurrió hacer una barbacoa para darte la bienvenida


—dice Park con un tono de disculpa—. Intenté convencerla de que no, pero
ya sabes cómo es.

—Ya, no pasa nada —le digo. Reconozco algunas caras desde la


distancia. Mi mirada cruza el patio y sigue a Rachel, que se separa de un
grupo cerca de un castillo hinchable. Se acerca a nosotros.

—¡Por fin estás aquí! —Alcanzo a oír.

Luna se retuerce y entiendo el mensaje. Quiere que la baje al suelo.


La bajo despacio al mismo tiempo que Rachel llega a nuestro lado.

La envuelvo en un abrazo.

—Hola.

—Bienvenido a casa —dice con voz apagada por efecto de mi


camisa. Da un paso atrás y me examina, solo como Rachel haría—. Estás
más delgado.
Sonrío.

—Va con el trabajo.

—Rach —dice Park—, saluda a la amiga de Ace. Se llama Lexi y


esta es su sobrina Luna.

De una manera que solo Rachel sabe, le da a Lexi un fuerte abrazo.


Le da igual que no se conozcan. Lexi me sonríe por encima del hombro de
Rachel.

Park tiene suerte de tenerla. Son la única pareja que conozco que
tienen un matrimonio casi perfecto. Eso dice mucho de las relaciones de
hoy en día o de la gente que conozco.

Cuando acaba con Lexi, se pone de cuclillas y le coge las manos a


Luna. Entonces me mira.

—¿Ace?

—No, no —dice Park rápidamente—. No es. Yo pensé lo mismo.

—¿En serio? —Dice—. ¿Quieres ir al castillo hinchable? Kacy se


pondrá muy contenta de tener una amiga de su edad.

—Me gustaría conocer a Kacy —le digo a Rachel.

—Ven a conocerla —dice Rachel.

Park me detiene sujetándome del brazo.

—Ahora vamos —le dice a su mujer antes de que cruce el patio con
Lexi y Luna en brazos—. Me alegra verte. ¿Cómo te va?
La última vez que nos vimos yo no estaba muy bien. Mi prometida
me había dejado por mi hermano y mis padres me habían dicho, más o
menos, que madurase. Pensándolo ahora, debí de parecer una bomba a
punto de estallar.

—Bastante bien —le digo, metiendo las manos en mis bolsillos—. El


ejército me vino bien, de alguna forma. —Aunque todavía sigo resentido
con Declan y mis padres, el enfado que sentía en aquel entonces ya no está.

—¿Y con Stacy? —Pregunta Park.

Me encojo de hombros.

—Siento que he evitado una bomba.

—Eso está bien —contesta Park— porque está aquí. Sé que Rachel lo
siente mucho. No se imaginaba que traerías a alguien y Stacy suplicó que la
invitase.

Miro a Park y después busco con la mirada en la mesa donde están


los invitados. Una mujer se gira para mirarnos. Reconozco a Stacy de
inmediato. Como si notase que estamos hablando de ella, se pone de pie y
camina hacia nosotros. Espero sentir algo. ¿Rabia?

Nada. Cuando llega a nosotros, trato incluso de sonreír. Me siento


como un hombre que ha escapado de la cárcel. He escapado del dolor y de
los celos que me mantenían cautivo cada vez que pensaba en Stacy y
Declan.

—¡Ace! —Dice, estirando los brazos.

Puede que ya haya dejado de odiarla, pero eso no significa que


podamos ser amigos. Deja caer los brazos a los lados cuando se da cuenta
de que el abrazo no es recíproco.

—Stacy —digo.

Park se excusa.

—Me alegro de verte —dice ella—, esperaba que algún día tuviese la
oportunidad de disculparme por lo que hice —dice, y se le llenan los ojos
de lágrimas.

No me emociona.

—¿Dónde está Declan?

—No lo sé. Rompimos cuando te fuiste.

Ahora soy yo el que se queda sorprendido. ¿Después de todo el dolor


y revuelo que causaron, ¿rompieron? Siempre pensé que seguirían juntos,
incluso casados.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que lo siento? —Le digo.

—No, claro que no —dice ella—, soy yo la que se tiene que


disculpar. Me equivoqué al dejarte así. Lo de Declan y yo fue un error.

—¿Quién dejó a quién?

Cierra los ojos y, cuando los abre de nuevo, están llenos de lágrimas.

—Eso no importa.

—A mí sí me importa —digo.

—Me dejó él —dice con tristeza en su voz. Ahora está todo


cristalino. No se está disculpando porque de verdad se arrepiente de sus
actos, sino porque espera tener otra oportunidad conmigo.

—Mira, ya has dicho lo que tenías que decir, ahora déjame a mí


decirte algo: tú y yo hemos acabamos. No vamos a ser nada, ni siquiera
amigos. ¿Lo pillas? —Sé que estoy siendo demasiado bruto, pero quiero
que entienda el mensaje. No quiero toparme con ella de nuevo. Ella forma
parte de mi pasado y quiero que se quede ahí; en el pasado.

—No seas desagradable, Ace —dice ella—, tú nunca has sido así.

No me molesto en responder. Camino hacia el castillo hinchable.


Hacia Lexi y Luna. Le doy un beso a Lexi en la boca. Sus ojos se abren
sorprendida y entonces sonríe.

—Le he dicho a Rachel que vigilaría a estas dos —dice, haciendo un


gesto hacia Luna y la adorable niña del mismo tamaño y que es una versión
en miniatura de Rachel.

—Hola, Kacy —le digo, y se acerca a mí.

—Hola —dice ella con una voz cantarina.

—Ace —dice Luna, intentándose ponerse de pie, pero fracasa en su


intento. Su risa resuena y me hace sonreír.

Me quedo mirando a las dos niñas unos minutos.

—Iré a por algo de beber. ¿Qué quieres?

—Limonada, si hay —dice Lexi.

Rachel me aborda mientras estoy sirviendo limonada. Me sujeta del


brazo.
—Me da igual lo que tú digas, Ace. Esa niña es tuya.

Se me escapa la risa.

—Ojalá fuera así.

—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo Lexi y tú? —Continúa diciendo—.


Date prisa, Park me va a matar si se entera de que te estoy interrogando.

Me río. Son todo lo contrario. Rachel no tiene escrúpulos en husmear


en las vidas de sus amigos y Park no se entromete en nada.

—Nos conocimos justo antes de irme a Afganistán y hemos vuelto a


reencontrarnos cuando volví —le digo—. Luna es la hija de su hermana.

Me mira pensativa y coge la limonada.

—Le haré compañía a Lexi. Ve a saludar a los demás.

—Vale —digo, y me dirijo a las mesas.

Conozco a casi todos los que han crecido en Santa Mónica. Me alegra
ponerme al día. Me doy cuenta de que todos están casados y con hijos.
Cuando estaba en Afganistán, era fácil pensar que el tiempo se detendría.
Que cuando volviera, todos seguirían en el mismo sitio donde los dejé.

Desconcierta un poco ser el único que no está casado. Rachel trae a


Lexi y la presenta como mi novia. Menos mal que Stacy se ha ido.

Lexi tiene don de gentes. Al menos habla mucho más que yo. Me
gusta sentarme y observar cómo socializa. Empiezo a tener más que un
mero interés pasajero por ella. Pero eso también podría deberse a que llevo
mucho tiempo rodeado de tíos.
Capítulo 8
Lexi

—Esto es perfecto —le digo a Ace mientras estamos sentados sobre


una roca mirando al océano.

El olor combinado de arena y algas marinas impregna el aire. Una


suave risa acaricia las flores y los árboles de nuestro alrededor. No me
imagino vivir a tan solo unos pasos del océano. Es tan maravilloso.

Luna y Kacy están echándose la siesta. Insistieron en que durmieran


en la misma cama y yo me sentí tranquila dejando a Luna bajo el cuidado
de Rachel.

—Me caen bien tus amigos.

Park y Rachel son muy acogedores. Parece que todos los amigos han
crecido juntos en Santa Mónica. Qué bien tener amigos desde tu infancia y
compartir ahora la experiencia de criar a tus hijos.

—Son buena gente —dice Ace.

Parece tan tranquilo que me pregunto por qué vive en LA cuando


podría vivir aquí. Sé por Declan que la casa de sus padres no está muy lejos
de aquí.

—Si fuera tú, viviría aquí —le digo.

Se ríe a modo de respuesta.


—Solía vivir aquí antes de alistarme en el ejército —dice—. Cambiar
es bueno. No puedes nacer en el mismo lugar y estudiar y trabajar allí el
resto de tu vida.

Frunzo el ceño.

—¿Y por qué no? Yo nací y crecí en LA y no tengo pensado


mudarme.

Ace se vuelve hacia mí. Sus ojos me taladran y siento un escalofrío.


Se puede decir que es el hombre más sexi que jamás he visto. Y no es solo
por su aspecto físico, que es perfecto, por cierto. Es la energía que emana de
él. Un atractivo físico que me convierte en una mujer obsesionada con el
sexo.

Pienso en lo bien que estaría besarle. Que me hiciera el amor bajo el


cielo.

—¿De verdad nunca has pensado en mudarte o viajar por ahí? —


Pregunta.

Miro al océano. Lo lejos que se extiende y que acaba desapareciendo


en la nada. Ahora que pienso en ello, me gustaría viajar. Me gustaría ver
cómo viven otras personas.

—No, de momento no —le digo a Ace.

—Hay todo un mundo ahí fuera —dice—. Viajar te hace ver las cosas
desde otra perspectiva.

Cuando dice cosas así, me entran ganas de decirle que Luna es su


hija. Pero algo me detiene. Supongo que cierta protección. No creo que pase
nada por esperar un poco más.
—A lo mejor algún día pueda viajar —respondo.

—He navegado a muchos sitios —dice Ace.

—¿Sí? ¿A dónde?

—Veamos… —dice y después me relata un montón de sitios que


suenan muy exóticos—: Las Bahamas, las Islas Caimán, Jamaica, la
República Dominicana.

—¿Cómo navegas hasta allí desde California? —Pregunto.

Se ríe.

—No se puede. Vas en avión a Miami y después alquilas un barco.


Desde aquí, puedes navegar hasta Catalina, Cabo San Lucas, Santa Rosa…

Me quedo fascinada mientras escucho todos los sitios en los que ha


estado. Me quedo mirando al océano mientras habla, e intento imaginar
montada en un barco y navegando sin rumbo.

—No existe una sensación mejor que adentrarte en el vasto océano y


saber que el tiempo es tuyo y que no tienes que estar en ninguna otra parte
—dice Ace.

Pierdo la noción del tiempo mientras Ace y yo nos quedamos


sentados en la roca mirando al océano y charlando. Somos muy diferentes
aquí. Nos abrimos más a nuestros pensamientos más profundos. Me gusta
esta versión de Ace.

—Tenemos un viaje de treinta y cinco minutos —dice Ace.

Sobresaltada, miro el reloj. Son las cuatro. Llevamos hablando hora y


media.
—Luna se estará preguntando donde estamos —digo, poniéndome de
pie.

Cuando volvemos a la casa de Park y Rachel, me doy cuenta de que


mi miedo no tenía fundamento. Luna y Kacy juegan felizmente en el
castillo hinchable. Cuando es hora de irnos, Luna arma un escándalo y está
a punto de llorar.

—Se llevan bien, ¿verdad? —dice Rachel mientras ella y Park nos
acompañan fuera.

—La verdad es que sí. Muchas gracias por invitarnos —digo.

—Sois bienvenidos cuando queráis —dice amablemente.

***

Es raro cuando sales de tu zona de confort y se te abre la mente a


miles de posibilidades. Mi vida ha consistido en sobrevivir. En criar a
Vanessa primero y ahora a Luna. Nunca he pensado en salir de mi zona de
confort.

—¿Quieres entrar? —Pregunto a Ace cuando llegamos a casa—.


Puedo preparar algo de cenar. Vanessa no llegará a casa hasta mañana —.
¿Por qué estoy diciendo esto?

Sé muy bien por qué. Llevo deseando a Ace todo el día. Cada vez que
miro sus grandes manos, me las imagino sobre mi piel, acariciándome,
jugando conmigo, llevándome al orgasmo.

—Vale, gracias —dice Ace—. La llevaré dentro.

—Gracias —contesto.
Coge a Luna con mucho cuidado del asiento. Con un poco más de
cuidado de como lo habría hecho yo porque sé que no se suele despertar
cuando se queda dormida. Por suerte, hoy se ha podido echar la siesta como
de costumbre, aunque seguro que estará más cansada por estar jugando con
Kacy.

Camino detrás de Ace y le miro su precioso trasero prieto mientras se


dirige a la casa. Lo peor es saber cómo se siente tocarle, sentir los fuertes
músculos de sus piernas sobre las mías. Seguro que estoy empapada. Mi
cuerpo está que arde.

Cuando dejamos a Luna en su cama, salimos de puntillas del cuarto y


vamos a la cocina.

—¿Qué te apetece comer? —Le pregunto.

—Cualquier cosa —dice Ace—, no soy tiquismiquis con la comida.


El fin es llenar el estómago.

Le miro estupefacta.

—¿Cómo puedes decir eso? Comer no solo consiste en llenar tu


estómago. Es una experiencia. Piensa en cómo la comida une a la gente, te
presenta otra cultura—. Me mira sin comprender. —Vale, piensa en cómo
una comida juega con tus cinco sentidos.

Sonríe. Probar y oler son cosas que todo el mundo entiende. A todo el
mundo debería encantarle la comida y a aquellos que no… bueno… lo otro
que se acerca a una buena comida es el sexo.

Ace se ríe y alza las manos al aire.

—Creo que me has hecho cambiar de parecer.


—Bien. Entonces cocinaremos algo especial, y yo tengo los
ingredientes para ello.

Es una excusa para cocinar algo sofisticado. Me encanta cocinar, pero


siendo solo tres, y no podemos contar con Luna, no es tan divertido probar
nuevas recetas.

—Haré algo sencillo para Luna y luego haré una lasaña para
nosotros. ¿Qué te parece? —Pregunto.

—Me parece bien —dice Ace.

En vez de sentarse y beberse una cerveza como le pido, coge la bolsa


con las cosas de Luna y lo saca todo. Quita los platos sucios y los lleva al
fregadero.

¿Qué es más sexi que un hombre que ayuda sin que se lo pidas?

—¿Quieres tener niños en el futuro? —Le pregunto mientras cojo


todos los ingredientes.

—Creo que sí —dice Ace.

—No suenas muy seguro —digo con un tono bromista, aunque por
dentro estoy tensa. Es un poco tarde para preguntarle si quiere hijos cuando
ya es papá.

—No estaba seguro de que quisiera, pero estar con Luna me ha hecho
darme cuenta de que sí. Me hace recordar lo que es la alegría.

Me entran ganas de llorar, pero me reprimo las lágrimas. Al no


contarle a Ace lo de Luna, le estoy negando su derecho a esta niña. Me
tiembla el labio inferior. Estoy en una encrucijada.
Inhalo y exhalo. Mi corazón late con tanta fuerza que tengo miedo de
que Ace se dé cuenta. Respiro profundamente, disimulando un poco. Vale.
Lo pensaré esta noche y mañana tomaré una decisión.

—¿Estás bien? —Me pregunta Ace desde el fregadero donde está


lavando los platos.

Sonrío.

—Estoy bien. Muy bien.

Luna no se despierta y Ace y yo cenamos. Después recogemos. Todo


es tan familiar y acogedor. Tengo que seguir recordándome que mi interés
en Ace no es solo que sea el padre de Luna. El sexo increíble es un
beneficio extra del que disfruto, pero no necesito.

—Debería irme —me dice cuando seca y guarda el último plato.

—Luna y yo nos lo hemos pasado muy bien —le digo.

El ambiente, que ha sido muy tranquilo toda la noche, de repente se


llena de una tensión sexual. No quiero que Ace se vaya. Quiero sentir sus
brazos rodeándome toda la noche. Por esta noche, quiero fingir que somos
una familia de verdad.

—Yo también —dice con la mirada fijada en mis labios.

Dirigidos por una fuerza invisible, doy un paso al frente y Ace hace
lo mismo. Le rodeo el cuello con mis manos. Sus manos se deslizan hasta
mi cintura y me tira hacia él.

Gimo en cuanto nuestros labios se juntan. Respiro aliviada. Mi


cuerpo está que arde y él es el único que puede sofocar ese calor. Cierro los
ojos y me dejo llevar por todas las sensaciones que recorren mi cuerpo. Su
olor amaderado se mezcla con los aromas de la barbacoa.

El malestar que siento en mi centro se intensifica y presiono mi


cuerpo contra el suyo. Quiero sentir cada centímetro de su cuerpo. No es
suficiente. Necesito sus manos sobre mi piel desnuda. Su miembro dentro
de mí, que me haga suya.

Pauso el beso, pero no me muevo. Su cara está a escasos centímetros


de la mía.

—¿Quieres quedarte?

—¿No pasa nada con Luna? —Pregunta amablemente.

Sería un hombre fácil de amar. Y fácil de que te rompa el corazón


también. Pero ahora soy una adulta. Sé lo que quiero y lo que no quiero. Y
ahora mismo, quiero el cuerpo de Ace.

—Estará bien.

Cuando esas palabras salen de mi boca, me transporto al pasado.


Imagino a mi madre diciendo las mismas palabras a algún hombre
desconocido que habría conocido en un bar y trajo a casa. Siento una
punzada de dolor en el pecho. No es lo mismo. Yo no tengo costumbre de
traer a ningún hombre a casa y Ace es el padre de Luna.

—Me iré antes de que se despierte —dice, notando la confusión en


mi cabeza.

—Vale —digo en bajo, y le cojo de la mano.

Le llevo a mi habitación. Tomo la iniciativa y le desabrocho la


camisa. Cuando su pecho está desnudo, recorro con mis dedos los músculos
de su pecho.

—Lexi —cuando dice mi nombre siento un escalofrío por la espalda.


Su voz está colmada de agitación, como si fuera valiosa para él.

Sus manos rozan mis laterales, mis caderas y después agarra el bajo
de mi vestido para quitármelo. Cuando acaba, me coge de la cara y me besa
con pasión. Después me da la vuelta y me desabrocha el sujetador. Pasa un
dedo por el borde de mis bragas. Aguanto la respiración.

Recorre con besos toda mi espalda y después me quita las bragas. Me


doy la vuelta para mirarle.

Su mirada me analiza.

—Eres preciosa.

Me agarra las tetas, las junta, y bajo la cabeza para lamer un pezón y
después el otro. Me balanceo y me aferro a sus hombros para sujetarme. Él
aún está vestido. Necesito sentir su piel desnuda.

Busco a tientas los botones de su camisa. Se detiene para ayudarme a


quitarle la camisa sin quitarme la vista de encima. Cuando se la quita, Ace
se baja los pantalones y los calzoncillos. Está delante de mí completamente
desnudo. Me coge de la mano y me lleva a la cama.

No nos molestamos en meternos debajo de las sábanas. Me tumbo y


Ace se coloca entre mis piernas, empujando mis muslos para abrirme. Mi
cuerpo se estremece. Gimo en bajo mientras su respiración abanica mis
pliegues. Estoy a un suspiro de suplicarle que me coma cuando su lengua
recorre mi hendidura.
Unas punzadas ardientes recorren mi centro mientras Ace empieza a
comerme el coño con ansia. Gimoteo y le cojo de la cabeza. Su lengua se
adentra en mí.

—Por favor —digo una y otra vez.

Los ojos se me inundan de lágrimas. ¿Cómo he sobrevivido sin esto


dos años? Ace hizo que se me quitaran las ganas de conocer a ningún otro
hombre. Él me da la atención que ningún otro hombre me daría. Introduce
un dedo, metiéndolo y sacándolo mientras su lengua juega con mi punto
débil a proporciones insoportables.

Un segundo dedo me hace llegar al clímax y mi coño se aferra sus


dedos, apretándolos.

Siento la humedad que sale de mí. Nunca he deseado tanto a un


hombre como a Ace esta anoche.

—No tengo condones —dice Ace.

—Tomo la píldora —le digo.

Se pone encima, estirando su cuerpo sobre el mío y llevando su boca


a la mía. Me saboreo a mí misma en su boca, lo cual me pone más. Baja su
boca hasta mi mandíbula y después hasta mi cuello, trazando un camino
hacia mis pechos. Lame y succiona mis pezones sensibles haciendo que me
retuerza con lujuria.

Un gemido se empieza a formar en mi garganta cuando el placer


recorre desde mis pezones hasta mi coño. Un dolor profundo que necesita
su medicina.

—Por favor, Ace.


—¿Qué necesitas, cariño? —Dice.

Sus palabras cariñosas me derriten.

—A ti. Te necesito a ti.

Deja mis pezones y se coloca para que su polla quede a la entrada de


mi coño.

Sí, sí, pienso mientras dirige su polla hacia mi vagina. Elevo las
caderas, empujándole aún más adentro. Grito de placer mientras su polla
hace que me olvide de cualquier cosa. Rodeo sus caderas con mis piernas
mientras nos movemos con nuestras respiraciones sincronizadas.

Unas olas de placer me inundan con cada embestida. Palabras sin


sentido salen de mi boca. Aprieto los dientes cuando un orgasmo violento
cruza por mi cuerpo. Ace me tapa la boca con la mano y me doy cuenta de
que estoy gimiendo muy alto.

Sus embestidas son más rápidas, más fuertes. Aprieto mi coño


cuando él se corre, exprimiendo cada gota de su miembro.
Capítulo 9
Ace

Disparos.

Gritos.

—¡Nos atacan!

Me coloco el arma, pero apenas puedo ver con el humo. Los disparos
se escuchan cada vez más cerca. Solo veo los contornos de mis amigos. Mis
compañeros soldados. Estamos en esto juntos. Somos hermanos. Debo
protegerlos.

Mi corazón late con fuerza en mi pecho. Agarro con fuerza mi arma,


pero mis manos resbalan de sudor. Un olor nauseabundo alcanza mis fosas
nasales. Un olor con el que estoy familiarizado. El olor de la sangre.
Alguien ha recibido un disparo. Me pongo de rodillas y palpo el suelo que
hay a mí alrededor.

¿Quién es? ¿Lee? Estaba delante de mí y ahora no puedo verlo. Ay,


Dios, por favor, que no sea Lee. Acaba de tener un bebé al que aún no ha
conocido. Wilson también iba por delante. Me estoy encontrando mal.
Wilson tiene a su esposa esperándole en casa.

—¡Mierda! ¡Agachaos!

Reconozco la voz de mi comandante. Me agacho y me cubro la


cabeza y espero al estallido. Nunca he sentido tanto miedo. Vamos a morir.
Todos. Mis padres. Declan. Park. Rachel. Nunca los veré más. Se escucha
un grito por encima de los disparos.

Las luces se encienden y pestañeo rápidamente.

—Ace, ¿qué estás haciendo?

Tardo unos segundos en volver al presente y, cuando lo hago, estoy


horrorizado. Estoy acurrucado contra la pared, complemente desnudo y
Lexi mirándome desde arriba. Mi respiración se agita cuando la miro. Sus
ojos están colmados de miedo.

Se me sonroja la cara de vergüenza. Necesito levantarme. Cuando lo


hago, Lexi se pone rígida y sus ojos buscan una salida.

Me tiene miedo. Piensa que la voy a hacer daño.

—¡Lexi! —Doy un paso adelante y ella retrocede—. No te voy a


hacer daño. Te lo prometo.

Ella asiente, pero sus ojos dicen algo diferente. No soporto ver el
miedo en sus ojos. Necesito irme. Ahora. Busco mis calzoncillos y los
pantalones y me los pongo. Me pongo la camisa, pero ni me molesto en
abrocharla. Lexi no me pide que me quede y no la culpo.

—Lo siento —le digo antes de irme.

Se cruza de brazos y asiente. Cuando entro al coche, veo que son las
dos de la mañana. Me siento en el coche rodeado de oscuridad, con la
respiración entrecortada. Agarro el volante con fuerza. Estoy jodido.

Sigo viendo la cara asustada de Lexi. Debo alejarme de ella. Le he


dicho que no la haré daño, ¿pero cómo puedo garantizarlo cuando no soy yo
mismo durante un episodio?
Me mentí a mí mismo diciendo que cuando volvería a casa todo
estaría bien. Me veo obligado a enfrentarme a algo que no quiero. Algo que
guardé en lo más profundo de mi mente cuando dejé Afganistán. Estuve
cinco semanas en el hospital y, durante ese tiempo, tuve muchas pesadillas
y flashbacks.

Había acudido a un psicólogo militar que me diagnosticó con un


trastorno por estrés postraumático. Recabé toda la información que pude.
Me desconcertaba todo lo que leía. Sonaba a una enfermedad de endebles.
Estaba tumbado en una cama con las piernas vendadas por heridas de bala y
me estaban diciendo que también tenía mal la cabeza.

¿Dónde estaba la prueba de que estaba enfermo? Me negué a aceptar


ese diagnóstico y, tras eso, no le conté a nadie lo de los flashbacks. Solo
necesitaba volver a casa y se me pasaría.

Pero no puedo huir de ello. Nunca le conté al psicólogo al que acudí


hace seis días lo de mi diagnóstico. Por primera vez en años, me gusta una
mujer de verdad, Lexi. Pero la he perdido incluso antes de tener una
oportunidad. Este trastorno por estrés postraumático gobierna mi vida. Y
luego me quitará mi trabajo. No puedo permitir que eso pase. No sé lo que
haré, pero ya daré con algo. Soy un luchador nato, aunque no sea capaz de
ver al enemigo con mis propios ojos.

Tardo otros veinte minutos en tranquilizarme lo suficiente como para


conducir a casa. Me pesa la cabeza y, aunque estoy demasiado nervioso
para dormir, me voy a la cama. Para mi sorpresa, empiezan a pesarme los
párpados y, en minutos, me quedo dormido.

***
Me siento sorprendentemente fresco cuando me despierto horas
después. Me echo agua en la cara para refrescarme. De nuevo en mi
habitación, me pongo una camiseta y unos pantalones cortos. Salir a correr
me ayudará a trazar un plan. Necesito uno si quiero conservar mi trabajo.

Lo único que me gusta de LA son las rutas de senderismo. Rodean las


colinas y te dan una vista espectacular de la ciudad. Barajo mis opciones
mientras corro. No son muchas.

Solo hay un tipo de profesional que puede ayudarme: un psicólogo.


El primero fue un fracaso y cometí el error de dejarlo. Buscaré hasta
encontrar uno adecuado para mí. Me cuesta admitirlo, pero cuando lo hago,
me siento aliviado.

Después de una carrera de unos cuantos kilómetros, vuelvo a mi


apartamento con el sudor resbalando por mi espalda. Me meto a la ducha y,
en cuanto cierro el grifo, escucho que llaman a la puerta. Me seco
rápidamente y me envuelvo la cintura con una toalla.

Al abrir la puerta, me sorprende encontrarme a Declan.

Ver a Declan me sienta como una patada en el estómago. La última


vez que le vi fue en el suelo después de derribarle de un puñetazo. Una
reacción normal hacia el hombre que me robó a mi prometida. El único
hombre de entre todos los hombres que no debería haber pensado ni un
segundo en cometer tal acto. Mi hermano.

—¿Qué coño estás haciendo aquí? —Le suelto.

Él no ha cambiado nada en dos años. Es corpulento, pero está en


forma. A Declan le encanta entrenar. También le encanta correr. De repente
me acuerdo de cuando salíamos juntos a correr cuando vivíamos en Santa
Mónica y teníamos un negocio juntos.

Antes de que lo fastidiara todo y decidiera acostarse con mi novia.

—¿Podemos hablar? ¿Por favor? —Dice.

—Cinco minutos —gruño—, o que sean dos —sostengo la puerta y


entra.

Le sigo hasta el salón y me siento en una silla enfrente de él. Me


ablando un poco sabiendo lo mucho que he echado de menos a mi hermano.
Antes de lo de Stacy, él y yo éramos inseparables. Se me encoge el corazón.
Declan es un capullo.

—Me alegra que hayas vuelto. He estado muy preocupado por ti.
Todos los estábamos, también mamá y papá.

—¿Has venido para decirme eso? —Hago el amago de ponerme de


pie.

—Por favor, ve a verlos —se le quiebra la voz—. Te echan de menos.


Solo hablan de ti.

Ya no estoy enfadado porque mis padres vean normal que un


hermano le robe al otro a su prometida. No, he pasado página, pero no
tengo prisa por verlos.

Declan me está arrastrando a una vida que dejé atrás. Me traicionó,


pero lo superé. En los dos años que he estado lejos, siempre me he
imaginado qué haría si me encontrara con Declan. Le daría una paliza. Pero
viéndola ahora, ni me molesto.
Y no solo por lo de Stacy. Qué pena que no les fuese bien después de
todo el dolor que causaron.

—Quizás lo haga —le digo.

Una expresión de sorpresa aparece en su rostro. No se esperaba eso.


No hay nada más que le haga estar aquí. Me levanto y él me sigue. Se frota
la parte de atrás del cuello; un gesto que conozco bien. Quiere decir algo.

—Mira —dice Declan—, sobre Stacy.

Me pongo tenso.

—Lo siento, tío, pero hay algo que te tengo que contar. Nunca me
acosté con ella —dice Declan.

El ejército me ha enseñado muchas cosas y una es la capacidad de


pensar antes de hablar. Reconstruyo los eventos que me llevaron hasta mi
distanciamiento con Declan.

Estábamos en casa de mis padres una tarde después de estar en la


piscina y pasándolo bien. Noté que Declan no estaba y, unos segundos
después, Stacy tampoco. Me dije a mí mismo que parase de ser un idiota.
No lo harían. Pero dejé de hablar con Park, me excusé y entré en casa.

Con el corazón en un puño, los encontré en la antigua habitación de


Declan. Estaban tan absortos que no me oyeron entrar. Le cogí a Declan de
la camiseta y le saqué de la cama.

Todos los hombres vinieron a separarnos. Y ahora me dice que nunca


se acostó con Stacy.

¿Qué clase de mierda es esta?


—Siéntate —le digo, y hago lo mismo—. Habla.

Estoy debilitándome. Quiero que sea verdad. Echo de menos a


Declan. Echo de menos pasar tiempo con mi hermano mayor. Declan era el
hermano mayor perfecto. Hubiese cuidado de mí en todas nuestras vidas.
Por eso fue tan doloroso encontrarle con Stacy.

Se sienta y me aguanta la mirada.

—Empezaré por el principio. Una semana antes de la barbacoa, Park


y yo fuimos al Club 59. Tú te negaste a venir porque no te encontrabas bien.

Recuerdo ese fin de semana. Stacy había salido con las chicas y a mí
me apetecía quedarme en casa solo. Cuando Declan me preguntó si quería
salir con ellos, dije que me dolía la cabeza porque sabía que no tomarían un
no por respuesta.

—Pues salimos ¿y a quién vemos en el club? A Stacy, pero no estaba


sola. Estaba con un chico.

—Probablemente fuese un amigo… —¿Por qué estoy defendiendo a


alguien que me engañó?

Declan se me queda mirando.

—Estaban a nada de tener sexo en la pista de baile. Todo el mundo


podía ver lo que estaba pasando entre ellos.

Me cuesta tragar. Aunque ya no sienta nada por Stacy, la imagen que


me está describiendo es desconcertante.

—Se fueron del club juntos a medianoche —dice Declan.


Podía dudar de él y acusarle de mentir, pero si hay una cosa de
Declan es que no miente.

—¿Por qué no me lo dijiste? —Le pregunto.

—No me hubieras creído —dice.

—Pero estabas con Park —señalo.

—Park dijo que no se iba a meter y que le dejásemos fuera del tema.
Dijo que él no te iba a hacer daño.

Niego con la cabeza, pero eso suena mucho a Park. Siempre evita
cualquier tipo de confrontación.

—Pero tenía que hacer algo. No quería que planearas un futuro con
Stacy. Acabaría rompiéndote el corazón.

Los ojos de Declan denotan rabia mientras habla.

—Entonces se me ocurrió el plan de tontear con ella y que tú nos


pillases. Así seguro que tú la dejarías —dice Declan.

El corazón me va a mil por hora. Su explicación es retorcida, pero


tiene sentido. Declan hace las cosas así. Siempre escoge las opciones más
dramáticas y complicadas.

Mi hermano mayor no es un capullo.

Eso también explica por qué se la llevó a su habitación. La casa de


nuestros padres es enorme. Hay muchos lugares ocultos a los que puedes
llevarte a una chica si no quieres que te pillen. Y si se hubiera querido follar
a Stacy, podría haber esperado a cualquier otro día o elegir otro lugar, no la
casa de mis padres.
—Eres un estúpido —le digo.

Sonríe con indecisión.

—Lo sé, pero funcionó. La dejaste.

Otro pensamiento me cruza la mente.

—¿Y qué hay de mamá y papá? Se pusieron de tu parte.

Papá quería que hablásemos las cosas como adultos. Ellos


preguntaron a Declan de qué iba todo esto, y él masculló algo de que él y
Stacy estaban enamorados.

Pensando en ello ahora, no dudo de Declan. Él no tenía tiempo para


Stacy y, a sus espaldas, solía decirla cabeza hueca.

Papá se dirigió a mí y, en resumen, me dijo que me comportase como


un hombre. Mamá intentó apaciguar las aguas y dijo que yo también
encontraría a alguien a quien amar. Ya la he encontrado, recuerdo gritar.

—Explica eso —le digo.

Una expresión de vergüenza aparece en su rostro.

—No puedo. Se pusieron de mi lado —agacha la cabeza y después


vuelve a alzar la mirada—. No puedo controlar cómo se comportan mamá y
papá, pero sinceramente, llegados a este punto, no me importa. Solo quiero
recuperar a mi hermano pequeño.

Se me queda mirando como si no se creyese que he vuelto.

—¿Por qué te alistaste? ¡Estaba muy preocupado! No creo que haya


dormido una sola noche sin despertarme empapado de sudor.
Mi pecho se llena de una emoción que no puedo describir. Me trago
el nudo de la garganta. Me pongo en pie.

—¿Quieres tomar una cerveza?

—Claro que sí.


Capítulo 10
Lexi

No puedo volver a ver a Ace. No podemos tenerle en nuestras vidas.


Es demasiado peligroso. No sé qué demonios le pasa. Solo sé que me da
mucho miedo y me preocupa que me pueda hacer daño a mí o a Luna.

Estos pensamientos van y vienen durante todo el día. Termino de dar


de comer a Luna y después se echa una pequeña siesta. Limpio la casa, que
ya he limpiado por la mañana, pero necesito hacer algo. Pensar en Ace me
está volviendo loca.

Repaso lo que ha pasado la noche anterior. Me desperté por unos


gritos del infierno primero; pensaba que era Luna teniendo una pesadilla.
Pero la voz era demasiado grave. Me senté en la cama asustada y entonces
le vi en la esquina. Sostenía un arma invisible.

No tardé mucho en entender que estaba en Afganistán. Gritó unas


cuantas palabrotas y dio instrucciones con una voz fuerte y tersa.

—¿Qué necesitas, tío? Joder, ¿puedes verme?

—¡Agachaos! ¡Agachaos!

Y después se cubrió las orejas y se balanceó hacia adelante y atrás


como si algo terrible hubiera pasado.

Incluso ahora, tiemblo al recordarlo. Ace pasó de ser un hombre


divertido, amable y fuerte, con el que Luna y yo habíamos pasado el día, a
uno atemorizado por sus propias pesadillas. ¿Cómo puede una pesadilla ser
tan real y hacerte actuar de tal forma? Me asustó, sinceramente, y quería
que se fuera.

A toro pasado, sé que no me hubiera hecho daño. Para empezar, no


tenía un arma de verdad y tampoco estaba pegando puñetazos al aire.

El sonido de una llave en la puerta me devuelve al presente y respiro


aliviada cuando veo a Vanessa. Nunca he estado tan contenta de ver a
alguien.

—Hola —dice, mirando alrededor—. Esperaba ver al donjuán por


aquí.

—Y yo te esperaba mucho más tarde. No me lo digas: has discutido


con Miles.

Pone los ojos en blanco.

—¿Puedo tomarme un café primero?

—Claro —digo, y vamos a la cocina. Me muero de ganas de hablar


con alguien y, en cuanto termino de hacer el café, se lo cuento todo a
Vanessa. Siendo enfermera, espero que pueda decirme algo sobre todo este
asunto.

—¿Has oído hablar del trastorno por estrés postraumático? —dice.

—Sí. Le pasa a la gente que ha pasado por algún trauma —le digo.

—Y sobre todo a los soldados —dice—, veteranos de la guerra.


Físicamente vuelven a casa, pero mentalmente, siguen en zona de guerra.

Sus palabras describen lo que vi con Ace. Ahora lo entiendo. Claro


que había leído sobre este tipo de trastorno, pero nunca lo asocié a los
soldados. Ahora tiene sentido porque, en resumidas cuentas, los soldados
han vivido muchísimos traumas.

Mi compasión por Ace crece. Ojalá pudiera remediar su dolor.

—En el hospital hay un psicólogo que dirige un grupo de apoyo. Se


especializa en traumas y, por lo que tengo entendido, también fue soldado.
Se llama Robert Glass.

—¿Tienes su información de contacto? —Pregunto a Vanessa.

Ace es el padre de Luna. Debo hacer todo lo que pueda por ayudarle.
Por Luna. Cojo papel y boli y se lo doy a Vanessa.

Más tarde por la tarde, Vanessa y yo llevamos a Luna al parque. No


puedo dejar de pensar en Ace. Quiero verle una vez más para solo darle los
datos de contacto del psicólogo. Eso es todo.

—¡Más! —Luna chilla mientras la empujo en el columpio.

Vanessa toma fotos con su teléfono. Luna y yo estamos creando


recuerdos, pero sin su padre. Lo que pasó la noche anterior me ha
demostrado que no puedo contarle a Ace lo de Luna todavía. Primero tiene
que pedir ayuda.

Mi teléfono vibra y, cuando veo el nombre en la pantalla, llamo a


Vanessa para que me sustituya.

Deslizo la pantalla para contestar la llamada.

—Hola, Declan.

—Lexi, hola —dice. Su voz es desconcertantemente parecida a la de


Ace.
El parecido entre los dos hermanos termina aquí. Declan siempre
parece nervioso, como si debiera estar en otro sitio. Ace, sin embargo, emite
paz. Te relaja estar con él. Cuando está contigo, sabes que es exactamente
dónde él quiere estar.

Su llamada no me sorprende. Ace habla mucho de Park y sabía que le


contaría a Declan que Ace y yo estamos juntos.

—¿No se lo has dicho, no? —Dice.

—No —contesto—, y todavía no tengo pensado hacerlo.

Le oigo coger aire.

—¿Por qué no?

Me siento una traidora con lo que voy a decir, pero Declan se merece
una explicación.

—No está bien, Declan. Tiene estrés postraumático y no voy a


arriesgar que Luna esté con él.

—¿Quién ha dicho eso? —Explota Declan.

—Créeme, es verdad.

—Acabo de pasar parte de la tarde con él y no le pasa nada. Quien


quiera que te lo haya dicho, te ha mentido.

Una cosa que aprendí de Declan es que haría cualquier cosa por su
hermano.

—No me lo ha dicho nadie, lo he visto con mis propios ojos.

Se queda callado unos segundos.


—Ace no haría daño ni a una mosca.

Sé de corazón que lo que dice Declan es cierto. Ace, en un estado


mental correcto, no haría daño a nadie. Pero a veces no es él mismo.

—Lo sé.

—Necesita una razón para ser feliz —dice Declan. Dásela. Dile que
tiene una hija.

Se me llenan los ojos de lágrimas. No puedo hacer lo que Declan me


está pidiendo. Igual que él está cuidando de su hermano, yo lo hago con mi
hija.

—Todavía no. Pero estaré ahí para apoyarle y, cuando vea que la cosa
mejora, se lo contaré.

—Bueno, vale. Gracias, Lexi. Sé que cualquier otra mujer se hubiera


largado. ¿Vas bien de dinero?

—Sí, bien. El dinero que nos envías todos los meses es más que
suficiente. Deberías dejarlo ya —le digo, aunque sin ese dinero extra,
tendría dificultades. A Luna nunca le ha faltado nada. Y por eso, siempre le
estaré a Declan agradecida por intervenir y asumir la responsabilidad de su
hermano.

—No te olvides de que esto queda entre nosotros —dice Declan antes
de colgar la llamada.

Siempre ha sido muy insistente con no contarle nada a Ace sobre el


dinero. Tampoco lo haría. Si lo hiciera, también le tendría que contar lo de
Luna, y no estoy preparada.
—Apuesto a que Declan quiere que se lo cuentes tú a Ace —dice
Vanessa cuando me uno a ella cerca del tobogán.

—¿Cómo lo sabes? —digo.

—Porque es lo que deberías hacer —dice Vanessa.

No puedo creerme que siga sin verlo como yo.

—¿Incluso sabiendo lo que pasó anoche?

Vanessa niega con la cabeza.

—Tú no puedes decidir si será un buen padre o no. Es el padre de


Luna, tenga estrés postraumático o no. Además, ¿te imaginas lo feliz que se
pondría si se entera de que es padre?

—¿Cómo lo sabes? —Pregunto—. Hay hombres que no quieren tener


hijos. Él podría ser de esos.

—Tú misma me has dicho lo mucho que le gusta estar y jugar con
Luna. ¿Eso suena a un hombre que no quiere hijos? —Dice Vanessa.

Ella no lo entiende y Declan tampoco. Para ellos es diferente. Luna es


mi hija. Su bienestar está por delante de todo. Me da igual los derechos de
Ace o lo feliz que podría hacerle. A mí lo que me importa es que Luna sea
feliz y nadie le haga daño. Y eso incluye a su padre biológico. Si él quiere
formar parte de su vida, tendrá que ganárselo. Esas son mis reglas.

Cambio de tema. Nunca nos pondremos de acuerdo en esto.

Después del parque, las tres nos vamos dando un paseo hasta la
heladería que está de camino a casa. A Luna le encanta el helado y a mí me
encanta ver cómo se pone cuando intenta lamerlo antes de que se derrita.
Todos acabamos riéndonos, incluida Luna.

De vuelta en casa, decido ir al apartamento de Ace para darle los


datos del psicólogo. Es lo menos que puedo hacer.

Su coche está en el aparcamiento. Cojo aire mientras salgo del mío.


No sé cómo reaccionará al verme después de haberle visto en su estado más
vulnerable. Me preparo para que me eche de su piso.

Cojo el ascensor y, cuando llego a su planta, tengo un momento de


indecisión. Es la única oportunidad que tengo de desaparecer de su vida y
no volver a verle nunca más. Después de lo que pasó anoche, sé que Ace no
me contactará. Tengo que dar el primer paso o si no se mantendrá alejado.

Mientras dudo fuera de su puerta, sé que no quiero perderle. Solo por


Luna, me digo a mí misma. Levanto el brazo y llamo.

Mi corazón late con fuerza en mi pecho mientras espero. Y si… Antes


de que pueda terminar ese pensamiento, la puerta se abre y aparece ahí,
demasiado guapo. Nada que ver con el hombre que se acurrucó en el suelo
de mi cuarto.

Si está sorprendido de verme, no lo demuestra. Se echa a un lado.

—Lexi, pasa.

Yo tenía pensando entregarle el papel con los datos del psicólogo e


irme. Pero ahora parecería muy maleducada.

Fuerzo una sonrisa.

—Gracias.
Me encanta el apartamento de Ace. Huele a comodidad, riqueza y
buena vida. Elijo una silla con vistas al parque. El mismo parque en el que
Vanessa y yo hemos estado con Luna.

—¿Quieres tomar algo? —Dice, intercambiando los papeles.


Normalmente soy yo la que dice eso detrás de la barra.

—No, gracias, estoy bien —le digo—. He venido a traerte esto —


cojo mi bolso y rebusco el trozo de papel en el que Vanessa anotó la
dirección del psicólogo.

Lo coge y lo mira.

—¿Qué es?

Me tenso. Esto puede acabar muy mal. Ace no ha pedido ayuda ni me


ha dicho que estaba buscando un psicólogo.

—Es el nombre y la dirección de un psicólogo que me ha


recomendado mi hermana. Trabaja con personas que tienen estrés
postraumático. Muchos de sus clientes son soldados.

Siento que he trabajado un turno de veinticuatro horas en el bar


cuando termino de hablar. Ace se me queda mirando un momento. El
suspense es insoportable. De repente me doy cuenta de que esto podría
acabar con lo que sea que había entre nosotros.

—Estrés postraumático, ¿no? —dice por fin, y me retuerzo en la silla


aliviada.

—Sí —respondo.

—Pediré cita.
En ese momento, me siento orgullosa de Ace. No puede ser fácil,
sobre todo para un hombre, admitir que tiene un problema. Mis respetos por
él. No hay nada más que me retenga aquí. Me pongo de pie.

—Será mejor que me vaya —digo.

Ace se levanta.

—¿Quieres que pasemos un rato juntos?

Sostenemos las miradas. La tensión sexual crece. Mi cuerpo palpita


con la necesidad de que me acaricien. De que me llenen. Pero no he venido
a eso.

—Quizás en otro momento —le digo, y mi cuerpo se queja. Le deseo.


Quiero que su miembro me llene, me dé placer. Pero también necesito que
se ponga bien. Necesito que trabaje en ello, necesitamos espacio entre
nosotros.

Él asiente.

—Lo entiendo.

Creo que lo dice de verdad. Me coloca su mano en la parte baja de la


espalda y me acompaña a la puerta. La abre y, antes de irme, le doy un beso
en la boca. Su fragancia amaderada se apodera de mí y yo, como una idiota,
me voy.

—Dale un beso a Luna de mi parte —dice Ace—. Y dale las gracias a


Vanessa.

—Lo haré.
Me largo de allí, sabiendo que, si me quedo más tiempo, sucumbiré a
la tentación. Me siento triste mientras conduzco. No sé si volveré a ver a
Ace o si me llamará. Todo parece un desastre.

No es su culpa que esté enfermo. Me duele no poder decirle lo de


Luna. Y sí, parte de mí sabe que tiene todo el derecho a saber que es su
padre. Pero también es mi responsabilidad proteger a mi hija.
Capítulo 11
Ace

—¿Cómo fue en Afganistán? —Me pregunta Jason Cooper.

Es un hombre fornido, todo músculo, como la mayoría de los


bomberos de la estación. Pensaba que los soldados y los atletas eran los que
más entrenaban, pero los bomberos también se incluyen en esa categoría.
No he visto ni a un solo bombero con sobrepeso, ni en la formación ni aquí
en la estación.

Estamos varios bebiendo café en la sala. Estamos en un descanso


después de completar la mayoría de las tareas de la mañana. Hasta ahora,
hemos tenido varios avisos, la mayoría falsas alarmas.

Le doy a Jason Cooper mi respuesta estándar.

—Duro. Tenía que hacerse.

Él asiente.

—Estamos orgullosos de ti. Gracias por tu servicio.

Y los demás chicos de la sala dicen lo mismo. Desde que volví de


Afganistán, ya me han dado las gracias varias veces, pero nadie me ha
emocionado como estos chicos. Al darme las gracias, también están
diciendo que entienden mi conducta de la semana pasada. Están
aceptándome con todos mis fallos. Se me tensa la garganta de la emoción
cuando murmuro una respuesta. Por suerte, minutos después, la alarma
suena.
Hay un incendio en la calle Delta en una casa particular. En treinta
segundos, estamos en el camión dirigiéndonos al lugar del incendio. Ahora
me siento más tranquilos sabiendo que los chicos no tienen en cuenta mi
episodio por estrés postraumático. Al igual que en el ejército, tenemos que
confiar los unos en los otros. Los chicos necesitan saber que pueden confiar
en mí y viceversa. Me siento en armonía con mis pensamientos. En el
momento en el que sienta que me estoy transportando a otro lugar y
momento, haré todo lo que pueda por permanecer en el presente. No puedo
fastidiar esto.

Al entrar en la calla Delta, un humo denso tapa el cielo. Hay una


multitud reunida delante de la casa y una mujer agita las manos.

Se acerca corriendo al camión.

—Mi chico está dentro, por favor…

Salimos del camión e inmediatamente diviso la boca de incendio al


otro lado de la calle.

—Voy a la boca —dice Michael.

Los chicos de las escaleras ya están allí y ya las están colocando para
romper las ventanas. Stan y yo tenemos puestos los equipos de respiración.
Stan es el chico de búsqueda y rescate y me han asignado trabajar con él. La
puerta está abierta y, aunque tengo mi equipo de respiración, puedo oler el
olor penetrante.

El origen del fuego se encuentra en la parte trasera de la casa, pero


con el espesor del humo no puedo ver la ubicación exacta. Los otros chicos
están lidiando con el fuego mientras Stan y yo recorremos la casa en busca
de alguna víctima atrapada.
—¡Ayuda! —Grita una voz desde la segunda planta.

—Vamos a por ti —chilla Stan.

Los siguientes minutos los paso gateando por la escalera detrás de


uno de los chicos con una manguera. Parece que pasa una eternidad hasta
que encontramos al chico. Está metido en la bañera del baño. La ventana
del baño es pequeña, pero está abierta y entra algo de oxígeno.

—Gracias —repite una y otra vez mientras le sacamos fuera de la


casa.

Por esto hacemos lo que hacemos. No hay nada mejor que saber que
has ayudado a alguien. Que has salvado una vida.

Una hora más tarde, el operativo ha finalizado. El jefe me da unas


palmaditas en la espalda. Me llena de orgullo. Necesitaba con urgencia un
operativo de éxito. De vuelta en la estación, cojo el trozo de papel que Lexi
me dio y hago la llamada.

Hay grupo de apoyo todos los miércoles. Me decido a ir.

Recibimos dos llamadas más, pero ninguna tan grave como el


incendio. Por la noche, Luca y algunos chicos me invitan a ir con ellos a
tomar una cerveza a un bar que hay al otro lado de la calle. Me parece
genial; no tengo otro sitio donde ir. El bar se llama First y lo llevan dos
hombres fornidos, ambos antiguos bomberos. Luca me presenta a los dos,
que están detrás de la barra. Jim tiene el pelo canoso y sonríe; Marcus es
más serio, pero no menos amable. Las paredes están decoradas con retratos
de antiguos bomberos y, en lo más alto del bar, hay una colección de cascos
de bomberos. Nos sentamos todos en la barra y pedimos diferentes tipos de
cervezas.
—¿Eres de LA? —Pregunta alguien, y la conversación empieza a
fluir mientras les cuento mi vida. Y ellos hacen lo mismo.

Sienta bien relajarse y hablar. Mi mente constantemente piensa en


Lexi. Me sorprendió que me diera el contacto de un psicólogo. Nunca
esperaba verla de nuevo después de ser testigo de uno de mis episodios. Es
una mujer valiente e inteligente. Hizo sus pesquisas y dio con lo que me
pasa. Me conmueve y me avergüenza al mismo tiempo.

***

Me siento optimista mientras aparco el coche en el aparcamiento del


hospital y me acerco a la entrada. En la recepción, me mandan a la segunda
planta. Opto por usar las escaleras. Cualquier excusa para hacer ejercicio,
aunque no lo necesite después de haber salido a correr por la mañana.

En la segunda planta, sigo las voces que escucho desde el pasillo


hasta llegar a una sala grande. Me detengo en la puerta y miro. Hay unas
quince personas en la sala, sentados en sillas dispuestas en un semicírculo.
Un hombre vestido formal se separa del grupo y se acerca a mí.

—Bienvenido —dice—, me llamo Robert Glass.

Su mirada es inquebrantable y, en sus ojos, veo algo que solo he visto


en otros soldados: entendimiento. Cualquier ansiedad que tengo se disipa.
Aquí me ayudarán. Lo presiento.

—Soy Ace—le digo.

Asiente.

—Pasa, estamos a punto de empezar.


Todo el mundo saluda y alguien da unas palmaditas a una asiento
vacío. Parece que estaban esperándome porque la sesión empieza
inmediatamente. Me siento como en casa escuchando a los demás contar
sus historias.

—Quiero volver a la guerra —dice un hombre—, al menos allí puedo


hacer algo. Me siento útil.

Sé lo que quiere decir. Aunque la zona de guerra sea difícil, sabes lo


que tienes que hacer. En la vida civil, parece que navegas por aguas
extranjeras. Estamos acostumbrados a recibir órdenes. Aquí, no tenemos
ninguna. Estás solo. Esto es algo que no tiene sentido para los que no son
soldados. Quieres regresar a casa, pero cuando lo haces, quieres volver a
Afganistán.

—Soy una carga para las personas más importantes de mi vida. Mi


mujer y mis hijos —se derrumba y entierra la cabeza entre sus manos. El
hombre que hay a su lado le da unas palmaditas en la espalda. Se produce
un suspiro colectivo.

Mientras escucho las historias, me doy cuenta de que mi situación no


es tan mala. Sí, lo estoy pasando mal en el trabajo, pero los chicos lo
entienden y la mayoría se ha acercado a mí para darme su apoyo.

En cuanto a los hijos, siento una punzada de dolor. Odiaría ser una
carga para mi familia. No puedo evitar preguntarme lo que se sentiría tener
un hijo o dos. Mi mente, sin querer, se acuerda de Luna. A lo mejor algún
día tenga una niña como ella.

La sesión continua una hora más. Cuando me toca hablar, me


presento como un soldado herido y les cuento brevemente los episodios que
he tenido en el trabajo. Hablo con seguridad, pero después, siento que soy
un cúmulo de emociones.

Son las cuatro de la tarde cuando acabamos y decido ir al bar Alma.


Siento que tengo que celebrarlo. Escojo el Alma para poder darle las gracias
a Lexi. Silbo mientras conduzco. No recuerdo la última vez que había
silbado. Me siento feliz solo por el simple hecho de estar vivo. Vale.
También me apetece ver a Lexi.

Unos minutos después, atravieso las puertas del popular bar de copas.
Mi mirada va directamente a la barra y, cuando la veo de espaldas, sonrío.
Todavía me da la espalda cuando llego a la barra. Cuando por fin se gira,
dibuja una gran sonrisa en su rostro. Se pone delante de mí. Ojalá no
hubiese una barra separándonos.

—Hola, señor —dice—, bienvenido al Alma. ¿Qué le pongo?

Finjo pensar algo.

—¿Qué tal si me sorprendes?

Entrecierra los ojos y se inclina sobre la barra para estudiar mis ojos.
Estamos tan cerca que, si me inclino hacia delante, nuestros labios se tocan.
Su tan familiar olor a limón inunda mi nariz.

—Parece que eres de bebidas fuertes. Un hombre que puede lidiar


con cosas importantes.

Sus palabras van directas a mi entrepierna.

—Es cierto, y tú pareces una mujer que se toma su tiempo en


preparar la bebida perfecta.
La única indicación de que nuestra broma le afecta de algún modo es
el sonrojo de sus mejillas.

—Sí —exhala. Su mirada baja hasta mi boca antes de darse la vuelta.

Me muevo en el asiento para colocármela. Espero que no haya nada


que me haga levantarme en los próximos minutos.

Cuando pone el posavasos y la bebida delante de mí, ya no tiene la


expresión juguetona en la cara.

—¿Qué tal el trabajo? —Pregunta, aunque sé que lo que quiere de


verdad saber es cómo fue la sesión.

—El trabajo bien —le digo—, y la sesión también. Gracias, Lexi. No


tenías por qué ayudar, pero lo hiciste.

Su rostro se relaja.

—De nada.

Un cliente se acerca y ella va a servirle. A ratos, cuando su trabajo se


lo permite, hablamos. Pregunto por Luna y Vanessa.

—Estoy a punto de terminar el turno —dice Lexi cuando son casi las
cinco.

—¿Quieres ir a tomar algo? —Pregunto—. Conozco un bar tranquilo.

—Me encantaría, pero no puedo quedarme mucho rato. Vanessa


trabaja de noche.

Cuando Lexi acaba de trabajar, salimos del bar juntos.

—¿Mi coche o el tuyo? —Pregunto.


—El tuyo. El mío estará seguro aquí —dice.

La llevo al First.

—Aquí es donde trabajo —le digo cuando salimos del coche. Señalo
la estación.

—Qué bien —dice. Le brillan los ojos—. La fantasía de toda mujer


es salir con un hombre con uniforme.

—Me alegra ser de servicio —le digo, haciéndole una reverencia.

Ella se ríe. Me encanta el sonido de su risa. Tiene una risa afable. Ese
tipo de risa que te alegra el corazón.

Lexi me da la mano antes de pasar al bar. Me siento orgulloso cuando


entro con ella. Dentro apenas hay ruido, a diferencia del Alma. No hay
música que te distraiga de la conversación.

—Qué chica más guapa te acompaña hoy, Ace —dice Jim, sonriendo
amablemente a Lexi—. Bienvenida al First.

—Gracias —dice Lexi.

Me sorprende que Jim recuerde mi nombre habiendo estado una vez


aquí.

—Nos sentaremos en una mesa —le digo.

Pedimos nuestras bebidas.

—Marge os llevará las bebidas —dice él—. Poneos cómodos.

Retiro una silla para Lexi antes de sentarme en la de enfrente.


Inhala profundamente.

—¡Me encanta! Sobre todo el silencio.

Me río.

—Sabía que te gustaría.

—A veces pienso que conozco muchos sitios de LA, dado que he


crecido aquí, pero nunca había visto este bar —dice Lexi mirando a su
alrededor—. Ya sé por qué. Está hecho para bomberos.

Me río, pero tiene razón.

—Los propietarios fueron bomberos y trabajaron justo al otro lado de


la calle —le cuento un poco más sobre ellos.

Nuestra conversación se ve interrumpida por Marge, la mujer de Jim,


que nos trae las bebidas.

—Qué disfrutéis —dice, guiñándonos un ojo antes de retirarse.

—¿Entonces esto es una cita? —Me pregunta Lexi con un tono


seductor.

Han pasado muchas cosas los últimos días, una de ellas mi


conversación con Declan. De repente, no me siento tan hastiado de tener
una relación. Una semilla de esperanza se ha depositado en mi corazón.
Quizás, solo quizás, pueda suceder algo especial entre Lexi y yo.

—¿Quieres que sea una cita? —Pegunto.

—Mmm, contestando una pregunta con otra pregunta —le da un


trago a su vino y me mira por encima del borde.
Lexi es preciosa.

—¿Cómo es que no tienes novio?

Echa la cabeza a un lado.

—Supongo que no he encontrado a la persona indicada. ¿Y tú?

—No llevo tanto tiempo aquí como para haber encontrado a alguien.

—Ahora en serio —dice Lexi—, he estado ocupada con el trabajo y


con Luna.

No entiendo qué problema tiene Vanessa que le impide


responsabilizarse por completo de Luna. Parece una persona normal.
Igualmente, no es cosa mía, y como no pienso estar en la vida de Lexi
mucho tiempo, me da igual.

—Te entiendo —le digo—. A veces lo de conocer a otras personas


pasa a un segundo plano.

Pasamos una noche agradable charlando y conociéndonos.


Capítulo 12
Lexi

De camino a casa, mi cuerpo está que arde. Observo las fuertes


manos de Ace que agarran el volante y me las imagino acariciando mi
cuerpo, haciendo que me estremezca y quiera más.

Por primera vez desde que conozco a Ace, siento que estoy
empezando a conocerle de verdad. Nota mi mirada y se gira hacia mí.
Sonríe y me coge la mano. Una calidez inunda todo mi cuerpo. Siento que
es algo tan natural que me envuelva la mano con la suya.

Me sostiene la mano hasta que llegamos a casa.

—¿Quieres entrar? —Le pregunto, sabiendo que no hay forma de que


le vaya a dejar irse a casa. Esto se está convirtiendo en algo normal. Una
noche por ahí con Ace no termina cuando me deja en casa. Nunca quiero
que termine.

—Claro —dice.

Siento los ojos de Ace fijados en mí mientras nos acercamos a la


puerta. Me contoneo mientras camino. Qué pena que lleve pantalones. Una
falda de tubo hubiera funcionado mejor, pero haré lo que pueda con lo que
tengo.

—Hola, justo a tiempo —dice Vanessa cuando entramos en casa. Ve a


Ace detrás de mí y sonríe—. Hola, me alegro de verte.
—Mami —dice Luna, andando torpemente desde la alfombra que
tiene plagada de juguetes.

Corretea hacia mí y la cojo en brazos.

—Mi niña preciosa —canturreo mientras me dejo llevar por la


calidez de su abrazo.

Esta es el segundo mejor momento del día para mí. El primero es por
la mañana, cuando Luna me ve y se le ilumina la carita. Me olvido de Ace
mientras Luna y yo nos abrazamos y besamos.

—Hola, Luna —saluda Ace, devolviéndome al presente.

Luna estira su brazo derecho y Ace le coge la manita. Él le da un


beso en el dorso. Luna se ríe.

—La cena está en el horno —dice Vanessa—. Luna ya se ha bañado y


su cena está en la nevera.

—Gracias, hermana —le digo.

Me guiña un ojo discretamente y después se marcha a trabajar. Luna


se retuerce y la bajo al suelo. Ace se sienta con ella en la alfombra y juegan
con los bloques de colores.

Me siento pegajosa después de un día de trabajo y me excuso un


momento para darme una ducha rápida. Murmullo para mis adentros lo
cómodo que es dejar a Luna con Ace. A pesar de su trastorno de estrés
postraumático, es una presencia importante, algo que te hace saber que todo
está bien cuando él está cerca.

Después de la ducha, me pongo unos pantalones cortos y una


camiseta. Admito que mis intenciones no son en absoluto nobles. Quiero
sentir los ojos de Ace hambrientos siguiéndome. Voy sin sujetador y, con
solo pensar en su mano colándose por debajo de la camiseta para jugar con
mis pezones, me estremezco.

Vuelvo al salón y me encuentro a Ace y Luna jugando al escondite.

Me uno a ellos y los siguientes veinte minutos son todo diversión y


risas. Pero me doy cuenta de que su mirada se fija en mis pechos. Mis
enormes tetas botan cuando me muevo, haciéndome sentir femenina y
sensual.

—Es hora de que cenes, jovencita —le digo a Luna, y vamos todos a
la cocina.

Coloco a Luna en su sillita y caliento su cena. Come sin ganas porque


está cansada y con sueño. Después de cenar, nos tumbamos en el sofá
mientras Ace ve las noticias en la televisión. A las siete, después de tomar
un vaso de leche caliente, es hora de irse a la cama.

—Dile buenas noches a… —mi mente se queda en blanco.

—Ace —dice con gracia en su voz—. Buenas noches, corazón, que


duermas bien.

Ella sonríe somnolienta antes de apoyar la cabeza en mi hombro. Casi


siempre le leo un cuento antes de irse a dormir, pero no hoy. En cuanto la
tumbo, cierra los ojos. Le doy un beso en la frente y salgo de puntillas.

—¿Listo para cenar? —Pregunto a Ace cuando vuelvo al salón.

—Cierra esa puerta —gruñe Ace—. Y ven aquí.

Su sensual y exigente voz me provoca escalofríos por la espalda.


Hago lo que me pide y giro la llave. Su mirada no me abandona mientras
desfilo hacia él. Me coge de la mano y me lleva hasta su regazo para
ponerme a horcajadas. Gimo cuando me siento sobre su miembro viril duro.

Antes de que nuestros labios se encuentren, veo un atisbo de deseo en


sus ojos. Una tormenta que lleva latente entre nosotros toda la noche y,
cuando nos besamos, se nos va fuera de control. Ace desliza sus manos por
debajo de mi camiseta y me agarra las tetas. Me froto contra su polla con
movimientos salvajes y desenfrenados.

Solo me importa este momento de aliviar esa especie de dolor que se


forma en el centro de mi cuerpo. Sus manos juegan con mis pezones
sensibles. Recorro sus anchos hombros, su espalda y su pelo con mis
manos. Arqueo la espalda cuando el placer en mis pechos empieza a ser
insoportable.

Se me empapan las bragas y los pantalones con mi flujo mientras


boto sobre su miembro. Me encanta todo de Ace. El sabor de su boca, su
olor, cómo sus manos saben exactamente qué hacer con mi cuerpo y los
suaves gruñidos que se escapan de su boca.

—Llevas provocándome toda la noche —dice Ace. Agarra el borde


de mi camiseta y me la sube. Se detiene para mirar mis pechos.

—Son preciosos. Tú eres preciosa —lleva su boca a un pezón y


después al otro, provocándome escalofríos en todo el cuerpo.

Sus manos se deslizan hasta mi cintura y, después, siento cómo me


elevo.

—Necesito que te quites esto —gruñe Ace tirándome de la cinturilla


de los pantalones.
Con mi ayuda, me baja los pantalones hasta la cadera. Ace desliza
una mano entre mis piernas, palpando mi húmedo coño.

—Por favor —gimoteo cuando juega con sus dedos.

Impide que diga más al capturar mi boca con la suya. Las sensaciones
me abruman cuando su lengua juega con la mía y desliza un dedo dentro de
mi coño. Como una mujer poseída, boto sobre su dedo, deseando aliviarme.

—Quiero probarte —murmura Ace antes de retirar el dedo y ponerse


de rodillas.

Es una tortura exquisita mientras espero a que su boca sustituya sus


dedos en mi coño. Sus manos me obligan a separar las piernas. Lame el
interior de mis muslos como si fuera un helado, yendo cada vez más arriba
hasta que está a un suspiro de mi coño tan necesitado.

Grito cuando su lengua se desliza por mi hendidura, lamiendo toda la


humedad. Escucho los sonidos de Ace succionando los líquidos de mi coño.
Me pone que quiera beberse todo de mí.

Me pierdo entre el placer cuando su lengua encuentra mi dulce centro


y juega con él hasta que no puedo dejar de retorcerme. Su lengua se hunde y
yo ayudo moviendo las caderas.

Mi centro se tensa con cada embestida que da con su lengua.

—Sí —jadeo, pidiendo que continúe, que me lleve hasta el final.

Y después me deshago cuando mi cuerpo explota de placer.

—Eso ha estado muy bien —le digo a Ace unos segundos más tarde.
Le cojo de la mano y hago que se ponga delante de mí—. Me toca a mí.
Le ayudo a quitarse la camiseta y después los pantalones. Necesito
tocarle. Su polla está dura y firme en mi mano. Mi coño se contrae con la
necesidad de que le llenen.

—Quiero enterrar mi polla en tu dulce coño —gruñe Ace.

Da un paso atrás y se sienta en el sillón, tirando de mí para que me


ponga a horcajadas. Baja hasta mis tetas, besándolas y lamiéndolas, y mis
pezones no tardan en endurecerse de nuevo.

Agarro su pelo, incapaz de creer que, con solo tocarme un poco, ha


vuelto a despertar a mí ya saciado cuerpo. Mi coño palpita. Le necesito.
Subo las caderas y cojo su miembro con mi mano. Lo acaricio arriba y
abajo mientras lo dirijo a la entrada de mi coño, jugando conmigo misma.

Mi humedad arropa su miembro.

Ace echa la cabeza hacia atrás y gruñe. Me agarra de las caderas y,


cuando me hundo en su miembro, él embiste hacia arriba. Entierro mis uñas
en sus hombros mientras su polla no me deja tiempo para respirar. Siento
que me estoy ahogando de placer.

Encontramos el ritmo y, embestida tras embestida, hacemos el amor.


Nuestros labios se encuentran entre movimientos. Siento los ojos de Ace en
mis pechos rebotando, y arqueo la espalda para que pueda verlos mejor.

Me estoy acercando y, por la velocidad aumentada de las embestidas


de Ace y la intensa mirada de su rostro, supongo que él también. Me siento
mareada cuando siento venir el orgasmo. Unos segundos después, una
llamarada blanquecina se apodera de mi cuerpo. Gimo el nombre de Ace.
Su voz se une a la mía mientras repite mi nombre una y otra vez.
Cuando acabamos, recuerdo algo y me río. El cansancio se dibuja en
su rostro. Ace me mira.

—¿Qué?

—Me acabo de acordar de algo —le digo—. Cuando viniste al bar


buscándome, no te acordabas de mi nombre.

—No, eso no es cierto —dice Ace, pero su negativa está envuelta en


vergüenza.

—No pasa nada —le digo, y descanso la cabeza sobre su hombro—.


Siempre y cuando no te vuelvas a olvidar.

—Ni de broma —dice, y me acaricia la espalda.

Nos quedamos así, con su miembro aún dentro de mí. Pero empieza a
hacer frío y nos vamos a la habitación. Nos metemos desnudos dentro de las
sábanas.

—Lo siento por la última vez que estuve aquí —dice Ace mientras se
tumba sobre su espalda y yo descanso mi cabeza sobre su pecho.

—No es tu culpa —le digo—. Te has puesto malo por servir a tu país.

Suspira.

—Eso no suena muy noble.

Apoyo mi cabeza en mi mano para mirarle. Parece triste. Mi corazón


se encoge. En ese momento, entiendo lo difícil que debe de ser para Ace
saber que, en cualquier momento, su mente puede transportarle de vuelta a
Afganistán.
—Una herida por bala es noble. El trastorno por estrés postraumático
no —responde. Su voz está envuelta de dolor. Ojalá pudiese quitarle esa
pena.

—¿Eso quién lo dice? —digo.

—Las normas no escritas del ejército —dice Ace.

—Esas son tus normas, Ace. Si los demás viéramos algunas de las
cosas que tú has visto allí, estaríamos constantemente sumergidos en un
agujero negro.

—Sí. Los flashbacks son terribles —dice Ace—. Debería irme a casa.
Me cuesta mantener los ojos abiertos y no quiero quedarme dormido.

Abro la boca para preguntar por qué, pero la cierro. Sé por qué. Tiene
miedo de quedarse dormido y volver a tener otro episodio. Fue una de las
cosas más aterradoras que jamás he visto. Un hombre adulto agazapado
desnudo en el suelo, con los ojos llenos de locura.

Tiemblo al recordarlo. Dentro de esa figura que está recreando una


escena de combate a partir de sus recuerdos hay un hombre amable y
generoso. Un hombre que está esforzándose por curarse. El padre de mi
hija. Tomo una decisión.

—Te puedes quedar, no pasa nada. Ya veremos qué hacemos si


vuelve a pasar —le digo.

Su pecho se llena de aire y se deshincha. Siento la oleada de


emociones que eso incluye.

—¿Estás segura? —Pregunta Ace con cierta emoción en su voz.

—Estoy segura —le digo.


Se queda en silencio un momento.

—Voy a salir con el barco el sábado. ¿Quieres venir?

Por las conversaciones que hemos tenido, sé que su barco es muy


importante para él. Que me pida que vaya con él es significativo. Unas
mariposas felices inundan mi estómago. Levanto la cabeza y le doy un beso
en los labios.

Sonríe medio dormido.

—Me encantaría.

—Genial —dice Ace.

Mi cuerpo está cansado, pero mi mente está en alerta. Observo a Ace


mientras se queda dormido con la boca entreabierta. Estudio sus facciones y
las comparo con las de Luna. La misma forma de los labios, la misma nariz
y forma de la cabeza. Ha sido una suerte que Ace no haya descubierto que
Luna es su hija.

Pero sé que me estoy quedando sin tiempo. Y cuanto más tiempo


pase, más duro será.
Capítulo 13
Ace

Doy toquecitos en el volante impaciente mientras espero a que Lexi


salga. Podría entrar y esperarla dentro, pero sé lo que pasará si lo hago. La
atracción sexual que hay entre nosotros es potente. Explosiva. No hay
forma de que salga de esa casa sin probarla.

Es muy tentador, pero tengo planes. Quiero que a Lexi le guste


navegar. Quiero que pruebe lo que es la libertad y lo que se siente cuando
estás en el agua. El tiempo que hace hoy es perfecto para pasar el día en el
mar.

Lexi aparece unos minutos más tarde vestida con un vestido


veraniego azul y blanco sin mangas. Sobre su cabeza lleva un sombrero que
pienso quitarle. Me gusta como le queda el pelo suelto, cayéndole por sus
hombros. No puedo ver la expresión que tiene en sus ojos porque los
ocultan unas gafas de sol.

—Hola —saluda cuando entra al asiento del pasajero del coche.

El vestido se le sube al sentarse.

—Hola, preciosa —me inclino para besarla y poso mi mano sobre su


muslo sin poder evitarlo. Antes de darme cuenta, estamos besándonos como
unos adolescentes cachondos.

—Ace —susurra Lexi cuando encuentro su clítoris y lo acaricio por


encima del tejido de su ropa interior.
Siento el temblor de sus piernas y maldigo cuando recuerdo que
estamos en mi coche. Aparto la cara, sin dejar de frotar su clítoris. Echa la
cabeza hacia atrás.

Entonces me doy cuenta del libro que tiene en las manos. Tiene una
imagen de un barco. Un recordatorio de los planes de hoy, que no incluían
tener sexo en el coche a plena luz del día. No me preocupa que alguien
pueda vernos; las ventanas de mi coche están tintadas. Nunca he estado tan
agradecido de ello.

—Continuará —le digo a Lexi, retirando mis dedos.

Hace unos dulces sonidos a modo de protesta. Yo me río.

—Esta te la guardo —dice, colocándose el vestido.

—Te lo recompensaré luego —le digo—. Te lo prometo. —Mi


mirada se detiene en el libro—. ¿Qué es?

Se le sonrojan las mejillas. Me encanta que las cositas tan simples le


den vergüenza.

—Un libro que me compré hace unos días. Es sobre navegación.


Quería aprender un poco más.

No tengo palabras. Lexi es adorable. Cuanto más tiempo paso con


ella, más cosas descubro. Y cada vez que descubro algo nuevo, me apetece
saber más. Como… ¿Qué le hace feliz? ¿O cuáles son sus sueños y
expectativas?

—¿Y qué has aprendido hasta ahora? —Pregunto, arrancando el


motor.
—Un montón de cosas. Aunque por ahora son solo palabras. Espero
que la práctica lo una todo —dice Lexi con risa en su voz—. Sé que lo
primero que hay que hacer es izar las velas —dice Lexi con voz dudosa.

—Vas bien —le digo.

—La parte delantera del barco se llama proa —dice.

Hablamos de barcos hasta llegar a Santa Mónica y me impresiona lo


rápido que aprende las complejidades de estar en el mar.

—¿Cuándo empezaste a navegar? —Pregunta Lexi.

—No me acuerdo. A mi padre le solía gustar mucho y me enseñó. Y


a mi hermano le encanta estar en el agua. Supongo que siempre hemos
estado navegando.

Tengo buenos recuerdos de estar en el mar desde por la mañana hasta


por la noche. Volvíamos a casa después de un día en el agua y, cuando todo
el mundo estaba agotado, yo deseaba seguir en el barco. Me río al recordar
algo.

—A mi madre nunca le llegó a gustar. Se sentaba en el barco con las


manos aferradas a la barandilla todo el tiempo.

Lexi se ríe.

—Espero que me guste.

—¿Nunca has montado en barco?

Para mí es incomprensible que una persona haya vivido más de dos


décadas y nunca haya experimentado el placer de navegar. Cualquiera que
haya crecido al lado del océano piensa así.
—No, nunca —responde Lexi—. Casi no teníamos ni para un techo
sobre nuestras cabezas, como para tener un barco.

Aunque tengo curiosidad, me niego a preguntarle a Lexi. Siento que


eso sería invadir su privacidad.

—¿Tienes miedo? —Le pregunto más tarde, mientras conduzco hasta


el embarcadero donde Park y Rachel tienen las oficinas.

—No —dice Lexi—, estoy contigo.

Es una frase sencilla, pero me enorgullece. La hago sentir segura.

Encuentro un aparcamiento en Second Street. Después de cerrar el


coche, Lexi y yo bajamos por el paseo hasta el muelle donde están las
oficinas.

—Me encanta el aroma salado que hay en el aire —dice Lexi—. Lo


que daría por vivir aquí.

—Es una vida tranquila —admito a regañadientes. Cuando me fui de


Santa Mónica hace dos años, juré no volver nunca más, pero el entusiasmo
de Lexi es contagioso.

Un cartel que dice «abierto» cuelga de la puerta de cristal. Rachel


está en la recepción y, con una sonrisa, se pone en pie cuando nos ve.

Nos abraza a los dos.

—Park se acerca por aquí cada pocos minutos para ver si habéis
venido —dice entre risas—. Tiene ganas de volver a presentarte a Serenity.

Justo en ese momento, Park entra vestido con una camisa de un


blanco impoluto y unos pantalones cortos.
—Ya era hora —dice a modo de saludo.

Nos abrazamos y a Lexi le da un beso en la mejilla. Dos hombres


entran a la oficina y, tras despedirnos de Rachel, los tres nos vamos.
Caminamos hasta donde está el barco.

Sonrío en cuanto veo a Serenity. Es blanca y brilla bajo el sol.

—Ayer se fue de paseo con unos clientes, pero está limpia y


reabastecida —dice Park mientras nos subimos.

Le enseño rápidamente a Lexi el barco. Se enamora de la cocina. Es


pequeña, pero tiene todo lo necesario.

—Ya es hora de que saques a pasear a este bebé —dice Park cuando
estamos en la cabina.

Juntos la preparamos para navegar y, en el último minuto, Park se


marcha.

—Que disfrutéis.

—Gracias, tío —le digo.

Conozco un bonito lugar al norte de Santa Mónica, a unos cuarenta y


cinco minutos. Saco el barco del muelle y, unos minutos más tarde, estamos
en mar abierto. Las aguas están calmadas e invito a Lexi a manejar el timón
conmigo.

—¿Estás seguro? —dice.

—Estoy seguro —respondo.


No ha sido muy buena idea, me digo unos minutos después, cuando
estoy detrás de ella y la parte delantera de mi cuerpo se restriega contra su
parte trasera. Me inclino hacia delante y huelo el aroma de Lexi. Rozo mis
labios contra su cuello.

—¡Esto es increíble! —Grita Lexi.

Su pelo ondea y el sonido de su risa mezclado con el viento es el


sonido más bonito que he escuchado hoy. Es un día precioso para introducir
a Lexi en el océano. Medito sobre lo bien qué sería desconectar un mes o
dos con Lexi.

Ella es ese tipo de mujer. Con la que no te importaría naufragar en


una isla.

—¿Ves tierra allí? —Pregunto a Lexi media hora después cuando


empezamos a ver una pequeña isla.

Pone la mano sobre sus ojos para taparse del sol.

—Sí, veo algo.

Según nos acercamos, se empieza a diferenciar el contorno de las


rocas. Esta pequeña isla no está habitada, pero es el lugar más bonito que
jamás he visto. Lexi suelta el timón para mirar mejor.

Un largo acantilado se extiende por la arena y detrás se ve una línea


costera muy escarpada.

—Anclaremos aquí —le digo a Lexi.

Ella suspira.

—Perfecto.
Le explico cómo se ancla. Cuando sé que es seguro, bajo el bote y no
me olvido de llevarme la comida que Park ha preparado. Le debo una. Diez
minutos después, nos propulsamos a través del agua en dirección a la
apartada playa.

No hay nada como sentir el viento en la cara y el agua salpicándote.


Cuando alcanzamos la orilla, Lexi tiene el cabello húmedo y pegado al
cuero cabelludo.

Cerca de la orilla, salto al agua que me llega por la cintura y llevo el


bote hasta la playa.

—Ya estamos —le digo a Lexi, ofreciéndole mi mano.

Se quita las sandalias y se baja con los pies descalzos.

—Qué felicidad —dice mientras sus pies se hunden en la templada


arena.

Cojo la cesta de pícnic del bote.

—¿Quieres comer primero o explorar?

Lexi une sus manos.

—¿Quién necesita comida? Exploremos.

—Exploremos entonces —camino hasta un pequeño hueco debajo del


acantilado y dejo la cesta allí. No es que la vaya a ver nadie. Estamos solos
en esta parte del mundo.

Cojo de la mano a Lexi y caminamos por la playa de arena mientras


el agua nos golpea en los pies de vez en cuando en pequeñas olas.
—Esta es la mejor cita que he tenido —dice Lexi.

—Yo también —le digo.

—Mientes —dice con un tono juguetón—. No me creo que sea la


única mujer a la que hayas traído aquí.

—Lo eres.

Me mira y después aparta la mirada.

—Si Luna estuviera aquí, me encantaría quedarme para siempre —


dice Lexi. Cuando esas palabras salen de su boca, su mano se tensa.

Qué cosa más rara.

—¿Quieres que Luna esté contigo y no con su madre? —pregunto


con un tono de broma. No quiero fastidiar el buen rollo que tenemos entre
nosotros.

Ella se ríe.

—Quise decir las dos.

Caminamos y hablamos. Llegamos hasta donde el acantilado se


encuentra con el agua y después volvemos.

—¿Tus padres siguen viviendo aquí? —Me pregunta Lexi.

—Sí —respondo—. Me siento culpable. Debería ir a verlos.

La ira que antes tenía ya no existe. Mis padres no fueron los padres
perfectos. Son ejemplo de cómo no criar a unos niños. Mi hermano Declan
siempre fue el favorito y así siempre lo demostraron.
Declan es fácil de querer, incluso ahora. Es abierto y amable. Yo soy
todo lo contrario y suelo ser muy reservado hasta que conozco a alguien de
verdad. A mi madre le solía molestar que no fuese tan extrovertido como
Declan y mi padre solía enfrentarnos.

Por suerte, eso no nos afectó.

—¿Los sueles visitar? —Pregunta Lexi.

—No —respondo—. Tuvimos nuestras diferencias antes de irme a


Afganistán y nunca hemos hecho las paces.

—Oh, y yo que pensaba que solo Vanessa y yo teníamos problemas


con nuestros padres —dice Lexi.

—¿Qué te paso a ti? —Me incomoda preguntar, pero ella ha sacado


el tema.

Se ríe por lo bajo.

—Mi madre es una adulta con tendencias adolescentes. Fue y sigue


siendo una persona irresponsable. La última vez que Vanessa y yo la vimos
fue hace casi cuatro años. Conoció a un hombre y se largó. No me
preguntes dónde.

Estoy tan impactado que dejo de caminar para escuchar.

—¿Se fue sin más?

—Sí —dice Lexi—. Y no era la primera vez que lo hacía. Es


alcohólica y cuando está de juerga puede pasar cualquier cosa.
Capítulo 14
Lexi

La expresión de sorpresa no abandona la cara de Ace ni cuando


preparamos la comida. Ponemos el mantel en el suelo. Ha pensado en todo
lo que necesitaríamos para este pícnic. No puedo creerme que esto esté
pasando. Siempre he oído a chicas hablar de sus citas románticas, pero yo
nunca tuve un novio romántico, y ya ni esperaba tenerlo.

Nos sentamos y Ace saca una botella de vino de la cesta y un par de


copas. Ayudo a colocar la comida. Sé que tiene curiosidad por saber cosas
de mi infancia. No sé qué me ha hecho contarle lo de mi madre. No es algo
de lo que suela hablar.

Me encanta el sonido de las olas cuando rompen en la arena. El


océano está increíblemente azul y cristalino. El barco parece estar muy
lejos, balanceándose en el vasto océano. Me siento más viva que nunca.

—Has pensado en todo —digo mientras admiro el paisaje. Hay


diferentes tipos de sándwiches cortados en triángulos, una ensalada y uvas
—. Es perfecto.

—Tú eres perfecta —dice Ace y sonríe tímidamente—. Tengo que


confesarte algo.

Mi corazón late con fuerza en mi pecho. Sus palabras me recuerdan


que debo tomar una decisión. No podemos seguir así. Siento esta falta de
sinceridad como un bloque de cemento anclado en mi pecho. A veces, en el
silencio de la noche, este secreto me despierta. ¿Y si Ace se entera por otra
persona? Su hermano podría decírselo. Declan siempre ha respetado mis
deseos, ¿pero cuánto tiempo aguantará sin contárselo a Ace? Son familia y
su lealtad es hacia su hermano, no hacia mí.

—Pedí a Park que preparara la cesta del pícnic. Es de un restaurante


del embarcadero —dice Ace con una adorable sonrisa tímida en su rostro.

—Pero tú tuviste la idea—le digo—. No quiero que termine este día.


Esto es mejor que bailar —digo, riéndome—. Y eso que me encanta bailar.

—¿Y por qué no estamos bailando? —Pregunta—. Tengo una lista de


reproducción en el teléfono.

Me río.

—Eso servirá.

Ace descorcha la botella de vino y lo sirve en las copas. Me da una y,


cuando nuestros dedos se rozan, una atracción incandescente me atraviesa.
Solo quiero tumbarme sobre el mantel y que Ace me haga el amor con el
cielo azul sobre nuestras cabezas.

Mi cuerpo desea a Ace y, cuando estamos juntos, desnudos, siento


como si le conociera de toda la vida. Pero al mirarle ahora, con la mirada
perdida en el mar, me doy cuenta de lo poco que sé de él. Cuando tienes
cierta conexión con alguien, puedes hacerte una idea de lo que piensa. Pero
yo no puedo hacerlo.

—Llevas observándome mucho tiempo —dice Ace sin girar la cabeza


—. ¿Crees que ha sido una terrible idea?

Me río.
—Claro que no. De hecho, estaba intentando adivinar en lo que
pensabas.

Se vuelve hacia mí con una expresión seria.

—Estoy pensando en el trabajo. Tengo muchas ganas de trabajar de


bombero. Estoy contento de haberlo logrado.

Intento pensar en mi trabajo como camarera con la misma pasión,


pero fracaso. Si el dinero no fuese un factor, no derramaría ni una sola
lágrima por perderlo. Es un buen trabajo, pero no me apasiona tanto como a
Ace el suyo.

—Lo has hecho bien —le digo—. Por lo que he leído, es muy difícil
pasar de soldado a civil.

Ace sonríe mientras me mira.

—¿Lees de todo?

Me sonrojo. Es algo que hago desde hace mucho. La biblioteca y las


librerías son mis fuentes de información. No tener una madre que te cuide
significa tener que obtener información de otro lado.

—Prácticamente —respondo a Ace, y me termino el vino.

Ace coge su teléfono y, unos segundos después, comienza a sonar


música jazz. Es el ambiente perfecto junto con las olas y el silbido del
viento. Se levanta y me ayuda a ponerme en pie. Nos alejamos del mantel,
hacia la arena.

Me envuelve con sus brazos y me tira hacia él. Me da una vuelta y mi


risa resuena. De vuelta en sus brazos, rodeo su cuello con mis manos. Ace
huele bien, tan varonil. Sus manos rodean con firmeza mi cintura. Nuestros
cuerpos están cerca. Siento su excitación.

—Nunca he bailado descalza —digo.

—Y yo nunca he bailado en una playa —dice Ace, echando la cabeza


hacia atrás para mirarme.

—Eso también —digo entre risas. Una risa que se detiene cuando sus
ojos se clavan en mi escote antes de volver a mi cara.

Acaricia mi lado derecho de la cara antes de acercar su boca a la mía.


Presiono mi pecho contra el suyo. Mis pezones están duros. Sus manos
deambulan por mi espalda mientras nos devoramos. Nuestros pies apenas se
mueven al son de la música, pero a quién le importa.

Ace se aparta y baja su cabeza a mi cuello. Espero a sentir sus labios


en mi piel, pero no llega. Le escucho inhalar profundamente.

—¿Qué haces? —le pregunto.

—Olerte —dice—. Tienes un aroma a limón embriagante y quiero


inhalarlo. Quiero oler a ti el resto del día.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Es la cosa más bonita que jamás


me han dicho. Ningún hombre se ha preocupado por saber cómo huelo.
Aunque el plan era que Ace fuese mi calmante sexual, se me hace cada vez
más difícil tenerle en esa casilla. Con sus palabras y las cosas bonitas que
hace, está tirando abajo las paredes de esa casilla. No tardaré mucho en
enamorarme si es que no lo estoy ya.

Ace me coge de la mano y me lleva hasta el mantel. Retira la cesta


del pícnic y me tumba bocarriba. El cielo parece que está tan cerca que me
da la sensación de poder tocarlo si estiro la mano.

Ace cubre mi cuerpo con el suyo antes de que sus labios se abalancen
sobre los míos en otro beso apasionado. Alterna mi boca con mi cuello.
Besa mis hombros desnudos y, con sus dientes, me baja el tirando del
vestido.

Y, despacio, poco a poco, me desviste. Cuando estoy completamente


desnuda, se pone en pie y, en tiempo récord, su camisa, sus pantalones y
calzoncillos están en el suelo. Se detiene un segundo y me mira con mirada
hambrienta. Me debería dar vergüenza, pero no.

Se coloca entre mis piernas y yo cojo aire mientras baja la cabeza,


sabiendo el placer que me espera. Mi respiración es rápida y entrecortada,
como si me faltara aire. Su primer contacto es un dedo por mi hendidura.
Jadeo.

Cuando siento su boca de nuevo, Ace me está devorando el coño. Me


agarra de los muslos y los separa mientras sacudo mis piernas como una
mujer bárbara. Me encuentro en una burbuja llena de lujuria de la que no
quiero salir.

No sé las veces que he llegado al orgasmo. Cuando mi cuerpo no


puede más, obligo a Ace a ocupar mi posición.

Sonríe tranquilamente.

—¿Qué tienes en mente?

—Ahora lo sabrás —le digo con un halo de misterio.

Bajo hasta sus piernas, besando, lamiendo, mordiendo. A Ace le


encanta. Lo sé por la forma en la que se muerde el labio o por cómo su polla
sobresale de su cuerpo. Qué ganas tengo de envolverla con mi mano, pero
todo a su tiempo.

Me fijo en una prominente cicatriz que tiene en el muslo. La trazo


con besos. Ace se estremece.

—¿Qué pasó? —Pregunto.

—Balas —dice.

Se me cierra la garganta. No solo la mente de Ace ha sido magullada,


también su cuerpo. Derrocho amor en sus heridas, mostrándole que no me
importan. Su cuerpo se relaja de nuevo, y yo me incorporo.

Rodeo su miembro con mi mano y, despacio, la muevo arriba y abajo


mientras lamo su prepucio. Me encanta el sabor salado de su líquido. Lo
lamo con ganas. Ace y yo hemos tenido sexo varias veces, pero nunca he
tenido la oportunidad de ver tan de cerca su miembro. Lo analizo como un
científico que estudia una muestra. Es gruesa y larga. Una auténtica arma de
placer.

Ace se ríe.

—¿Nunca has estado tan cerca de una?

—No puedo decir que sí —respondo, juguetona.

Me llevo su polla a mi boca y, con un gemido, Ace echa la cabeza


hacia atrás, dejándola caer sobre la arena. Todo desaparece, incluso la brisa
salada y el sonido de las olas rompiendo en la playa. Todo excepto el placer
de Ace.

Mueve sus caderas al son de mis movimientos. Mi mano juega con


sus testículos, cogiéndolos, como si estuviera pesándolos. Succiono su
miembro y juego con sus partes inferiores. Su pene palpita en mi boca y
Ace agarra la parte de atrás de mi cabeza.

—Lexi —dice Ace—. Deberías parar. Quiero correrme dentro de tu


dulce coño.

Sus palabras mojan mi coño. Ace me da la vuelta y se tumba encima


de mí. Sus ojos marrones se hunden en los míos mientras su polla se
posiciona en la entrada de mi vagina. Muevo las caderas y, cada vez que
empujo, su miembro entra más adentro.

No deja de mirarme mientras me hace el amor. Es como si pudiera


ver su alma. Siento que estamos rompiendo todas las barreras que hay entre
nosotros.

Me lleva al cielo. Las sensaciones se amplifican con los sonidos del


océano y la brisa. Temo no volver a contentarme haciendo el amor en una
cama.

Su nombre hace eco en la brisa, antes de darme cuenta de que soy yo


la que grita su nombra. Agarro su trasero y le pido que embista más rápido.
Cuando mi orgasmo llega, es violento y me desgarra mientras unos ruidos
ahogados se escapan de mi boca.

Sigo temblando cuando Ace se corre y un chorro caliente se adentra


en mi vagina.

—Quédate dentro un rato más —le digo a Ace.

Me da la vuelta despacio y el esfuerzo de hacerlo sin sacar su polla


requiere de mucho cuidado. Su determinación me hace reír.
Cuando estoy apoyada sobre su pecho, un pensamiento me viene a la
cabeza. Este es el momento y sitio perfecto para contarle a Ace que él es el
padre de una preciosa niña de quince meses.

Mi corazón se tambalea en mi pecho. El miedo me invade. No sé si


puedo hacerlo. Abro la boca para hablar, pero nada sale. Cojo aire para
calmarme. ¿Cómo le dices a un hombre que la niña que cree que es de tu
hermana es en realidad su hija?

Y, de repente, en un momento de claridad mental, me doy cuenta de


que fue un error no contárselo antes a Ace. Una cosa está clara y es que se
lo tengo que contar pronto. No puedo retrasarlo más tiempo.
Capítulo 15
Ace

Lexi y yo nos sentamos en el mantel de cara al océano como dos


monjes budistas. Fue su idea, dice que es una forma de meditación. Es
relajante, pero lo que me sorprende es lo sosegado que logras sentirte. Si
pudiera, me quedaría aquí para siempre con Lexi.

Escucho cómo coge aire antes de mirarme. Yo también giro la cara.

—¿Seguimos meditando? —Bromeo.

No se ríe como esperaba que hiciera. Tiene el rostro serio, una


expresión que ya he visto antes. Debería preocuparme, pero no lo hago. El
día ha sido perfecto. Lexi lo ha dicho como cinco veces hoy.

—¿Estás bien? —Pregunto.

Y entonces sonríe, pero no es la sonrisa bonita y franca que conozco.


Es una sonrisa nerviosa. Se muerde el labio inferior.

—Sí y no.

Estiro la mano y acaricio su rodilla con el fin de tranquilizarla. Ella


coloca su mano sobre la mía.

—Tengo que contarte algo —continúa Lexi.

Siento curiosidad. Y tengo que admitir que también un nudo en mi


estómago.
—¿Qué pasa, Lexi?

Cierra los ojos y, cuando los abre de nuevo, expulsa el aire. Me está
poniendo nervioso, pero mantengo el tipo y espero paciente.

—¿Recuerdas que te dije que Luna es mi sobrina? ¿Que es la hija de


Vanessa?

Asiento.

—No lo es —dice Lexi—. Es mi hija.

Lo primero que siento es alivio. Alivio de que Vanessa no esté


enferma ni nada parecido. Me sorprende que me haya mentido, pero puedo
vivir con ello. Cada persona tiene sus razones para actuar de una forma u
otra.

Ahora que sé que Luna es la hija de Lexi muchas cosas cobran


sentido. Como lo que dijo antes de que si estuviera Luna con ella, se
quedaría en esta pequeña isla para siempre.

—Vanessa no tiene ningún problema, ¿no? —pregunto a Lexi.

Hunde su barbilla.

—No —murmura—. Es la persona más responsable que conozco.

—Oye, no te pongas triste —digo, intentando animarla—. No pasa


nada. Sé que no harías algo así si no fuese por una razón.

Cuando levanta la mirada, tiene los ojos llenos de lágrimas. Y algo


me detiene de echarla entre mis brazos.

—Eso no es todo —dice—. Luna es también tu hija.


Me quedo mirándola sin comprender. He escuchado las palabras y sé
lo que quieren decir, pero eso no puede ser cierto. Tardo en descongelar mi
cerebro. Cuando lo consigo, miles de pensamientos corren por mi mente.

¿Cómo? ¿Cuándo? La imagen de la preciosa carita de Luna me viene


a la mente. Es una buena niña… ¿Pero mi hija?

—Pasó en nuestra primera y última noche juntos. Yo tomaba la


píldora, pero algo no salió bien porque, nueve meses más tarde, tuve a Luna
—Lexi se lleva las piernas al pecho y se abraza las rodillas.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Sus ojos se abren de par en par.

—¡Te busqué por todas partes! —Grita— Nunca me dijiste que te


ibas fuera.

Me da la sensación de que está a punto de añadir un «cabrón». Tiene


razón. La culpa me inunda cuando recuerdo esa noche. Pero rápidamente
me inunda el estupor. Esa noche concebimos a un bebé.

Vuelvo rápido al presente. Lexi y yo llevamos viéndonos más de un


mes.

—¿Por qué has tardado tanto en contármelo?

Mi cabeza se mueve de un lado a otro, intentando asimilar todo. Mi


vida, que parecía tan simple hace tan solo unos minutos, no parece que sea
mía ya. La ira se infunda en mí sin darme cuenta.

—No estaba segura de que te merecieras estar en la vida de Luna —


dice Lexi.
Mi ira, que flotaba en la superficie, explota.

—¿Merecer? ¿Y quién coño eres tú para decidir eso?

No sé por qué estoy tan enfadado. Me siento un idiota. Lexi ha estado


tomándome el pelo todo este tiempo.

—Su madre. La que la parió y ha cuidado de ella. ¡Esa soy! —Su voz
es fuerte y resentida, pero por suerte nadie puede oírnos. Tampoco es que
me importase.

—¿Y yo qué soy? ¿Un donante de esperma?

Se pone de pie.

—¡Sí! Eso es exactamente lo que eras hasta que decidí que merecías
saber de Luna.

Yo también me pongo en pie. Nos acusamos mutuamente. Mis


músculos tiemblan. No puedo creerme que me acabe de llamar donante de
esperma.

—Que te jodan, Lexi.

Me mira y se cruza de brazos.

—Quiero irme a casa.

Cojo el mantel y lo remeto en la cesta de pícnic, sin importarme si se


rompen las copas. Estoy demasiado enfadado como para pensar en nada.
Solo quiero largarme de aquí. Esta isla, que tan solo hace unos momentos
era un remanso de paz, ahora era como una prisión.
Ayudo a Lexi a subir al bote. Funciono en automático y, unos
segundos después, nos dirigimos al barco. Lexi no me mira. Pero me da
igual. No me creo que todas estas semanas haya podido ocultarme algo así.

Peor, me siento utilizado. Como si todo este tiempo hubiese estado


analizándome. Como hacen las mujeres cuando van a un banco de esperma.
Hojean las páginas que contienen todos los puntos fuertes y débiles de los
donantes y deciden qué esperma utilizar. Solo que, en mi caso, el escrutinio
viene después de tener al niño.

No intercambiamos ni una sola palabra. Por suerte, cuando llegamos


a Santa Mónica, la oficina está cerrada, aunque Park está en el
embarcadero.

—Rachel me ha pedido que os diga que estáis invitados a cenar —la


voz de Park es cautelosa. No hace falta ser un genio para ver que no somos
la misma pareja de esta mañana.

Apenas hablamos, y Lexi parece que está enferma. Ya somos dos.

—Gracias, tío —le digo—. Pero creo que lo dejamos para otro
momento.

—Claro —dice, y me da una palmada en la espalda—. Espero que lo


hayáis pasado bien.

—Ha estado bien —dice Lexi, pero su cara dice otra cosa.

—Muchas gracias por cuidar de Serenity —le digo.

Park se ríe.

—Yo soy el que debería darte las gracias. Ha contribuido a nuestra


rentabilidad y a la tuya.
Hablamos un poco más, pero Park nota que queremos irnos. Nos
despedimos y caminamos hacia el aparcamiento. Lexi marcha por delante
de mí. Ahora me parece una desconocida. No hay forma de justificar que
me ocultara algo así.

El viaje de vuelta es desalentador y en silencio. Cuando llegamos a su


casa, mantengo el motor encendido y espero a que salga. Me siento un
idiota por no acompañarla hasta la puerta, pero quiero largarme. Necesito
tiempo para pensar las cosas.

—¿Quieres entrar? —Dice Lexi con voz temblorosa—. ¿Quieres


verla?

—Hoy no. No estando así —le digo. Mi humor no es el mejor. La


última vez que me sentí así, fue en Afganistán.

—Vale. Adiós. Gracias —dice y sale del coche.

Espero hasta que entra a la casa antes de marcharme. Vuelvo por


donde he venido: de vuelta a Santa Mónica. Necesito hablar con alguien.
Park no porque está con Rachel y, aunque la quiero mucho, no quiero
escuchar la opinión de una mujer.

Queda mi hermano Declan. La culpa me invade por ir a verle solo


cuando lo necesito. La última vez que nos vimos le prometí que iría a Santa
Mónica a visitar su pizzería.

Declan siempre ha sido un emprendedor. Siempre dispuesto a asumir


riesgos. Antes de irme a Afganistán, empezamos un negocio de inmobiliaria
juntos y nos fue muy bien. Ganamos mucho dinero muy rápido, aunque el
dinero nunca fue un factor muy importante en mi vida.
Mi familia siempre tuvo dinero gracias a mi bisabuelo. Declan y yo
tenemos un fondo fiduciario de nuestro abuelo al que solo podemos acceder
cuando tengamos treinta y cinco o estemos casados.

No es algo en lo que piense. Es reconfortante saber que está ahí, pero


eso es todo. Pienso en cosas que nunca pienso normalmente, pero con una
hija, de repente siento cierta responsabilidad que antes no sentía. La ira que
sentía antes se disipa y otro sentimiento ocupa su lugar: emoción. De
repente mi vida, que parecía ir sin rumbo, ahora tiene un propósito. Puede
que me haya perdido el primer año y un par de meses de la vida de Luna,
pero puedo compensarlo. ¡Tengo una hija! Una sensación de asombro se
apodera de mí. Veo su cara en mi mente e inmediatamente veo su parecido
conmigo.

Cuando la conocí, recuerdo pensar que no se parecía nada a Vanessa


y concluí que se parecería a su padre. Y sí que se parece a su padre. Tiene el
mismo pelo oscuro que Declan y yo y los ojos marrones. Sus rasgos faciales
son más suaves.

Quiero hacer mucho por ella. Estar ahí para ella. Ser el tipo de padre
que deseo haber tenido yo. Quiero que sepa que la quieren y la aceptan por
quién es, y que no quiero que sea como nadie más.

Un sentimiento de orgullo se apodera de mí y siento que puedo volar.


¡Tengo una hija! Quiero gritárselo al mundo. Me doy cuenta de que estoy
conduciendo en la dirección equivocada. Aunque tengo muchas ganas de
hablar con Declan, no es urgente. Puede esperar.

Lo que no puede esperar es abrazar a Luna. Abrazarla, no como el


amigo de su tía, sino como su padre. La necesidad de ver y coger en brazos
a mi hija me inunda. Busco la siguiente salida.
Inhalo profundamente cuando pienso en Lexi y en cómo nos
despedimos. He sido un idiota. Ahora me doy cuenta. Permito que mis
emociones saquen lo mejor de mí. Un hijo es algo serio y, como padre,
debes tomar las decisiones correctas por ellos. Lexi se equivocó al
ocultarme lo de Luna, pero conociéndola, estoy seguro de que lo hizo por
una buena razón.

Fui muy rápido en juzgarla cuando, en realidad, enterarte de que estás


embarazada sin padre a la vista debió de ser abrumador y aterrador. Le debo
una disculpa.

Otro pensamiento cruza mi mente. Uno que me afloja las piernas. ¿Y


si Lexi decide que no soy apto para estar en la vida de mi hija? Empiezo a
tener sudores fríos al recordar el episodio que tuve.

Son pruebas suficientes para mantenerme lejos de Luna. Calma,


soldado, me digo a mí mismo. Si no me quisiera en la vida de Luna, no me
hubiera dicho que soy su padre. Cojo aire.

Piso el acelerador. Necesito estar con mi hija.


Capítulo 16
Lexi

—Siéntate, me estás poniendo nerviosa —dice Vanessa.

—Ay, Vanessa, ¡creo que le he perdido! —Me lamento. Luna me mira


desde donde está jugando en el suelo. Mi tono la ha asustado.

Sonrío automáticamente y vuelve a jugar.

—A lo mejor has hecho lo que tenías que hacer —dice ella—. Le has
contado la verdad.

Vanessa tiene razón. No debería haber esperado tanto tiempo en


contarle a Ace lo de Luna. Tengo miedo. No soportaría perder a Ace y no
solo porque sea el padre de Luna. He descubierto lo buena persona que es.
No es el gilipollas que tenía calado.

—Deberías decírselo a Declan —dice Vanessa, y yo niego con la


cabeza.

—Lo haré, pero esta noche no —digo.

—¿Quieres que llame al trabajo diciendo que estoy enferma? —


pregunta Vanessa.

Me vuelvo hacia ella. Solo siento amor por ella.

—No, estaré bien. ¿Te he dicho que eres la mejor hermana?


—Nada como tú, Lexi. Tú has sido mi madre en todos los sentidos.
Pagaste mi universidad, por el amor de Dios —su voz se rompe.

Me siento a su lado en el sofá y nos abrazamos. Mi hermanita. No sé


qué haría sin ella. Cuando me enteré de que estaba embarazada, ella fue la
que me tranquilizó, asegurándome que entre las dos criaríamos al bebé.

Y ella me ayudó a buscar a Ace hasta que se topó con Declan. Una
risa se escapa de mi boca cuando recuerdo a Vanessa al teléfono cuando
encontró a un Carter y asumió que era Ace.

—¿Eres Ace Carter? —dijo Vanessa, sujetando con fuerza el


teléfono.

Intenté hacer palanca para que no se entrometiera.

—¡Déjame hablar con él!

—¡Cómo te atreves a acostarte con mi hermana y dejarla tirada!

Se quedó tiesa cuando Declan la interrumpió al otro lado del teléfono.


Me enteré luego de que la había preguntado cómo se llamaba su hermana y
entonces Vanessa perdió los papeles.

Lo siguiente que escuché fue un golpe sordo y después silencio.

—¿Hola? —repitió Vanessa una y otra vez.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —Recuerdo preguntar.

—¡Ese cabrón se ha desmayado! ¡Estoy segura de que se ha


desmayado!
Nos reímos a carcajadas los siguientes diez minutos hasta que
recordamos la seriedad de la situación.

Ahora, Vanessa y yo recordamos entre risas ese momento. Nos


reímos hasta que Luna deja de jugar y se tambalea hacia mí. Coloca sus
manos en mis rodillas y empieza a reírse también.

—Mami —dice.

—Te quiero, bebé —le digo, subiéndola a mi regazo.

El miedo que sentía antes se disipa. Asumiré lo que pase con Ace, ya
que siempre tendré a Luna y a Vanessa. Nos abraza a las dos.

—Volverá. ¿Quién puede resistirse a esta preciosidad? —Le acaricia


el pelo a Luna.

—Sí, lo hará —hubo una época en la que no me importó si Ace


volvía o no a LA, pero ahora que sé qué tipo de persona es, pensar que
puedo perderle me aterroriza.

—Me voy a tener que ir —dice Vanessa, poniéndose de pie—. El


trabajo me llama.

—Gracias, hermana —digo. No necesito decir más. Ella sabe a qué


me refiero.

Cuando Vanessa se va, dejo a Luna jugando y voy a la cocina a


prepararle la cena. Le hago un poco de arroz salteado con coliflor y
zanahorias. De vez en cuando entro al salón para echarla un vistazo. Ha
sido fácil criar a Luna. Solo se pone un poco rebelde cuando no se
encuentra bien. Por lo demás, es fácil siempre y cuando sus comidas y sus
siestas se hagan a su hora. Le sirvo la comida en el plato y se lo llevo a al
sillita del salón. Decido que veremos la televisión mientras cenamos.

Antes de que me dé tiempo a poner a Luna en su silla, llaman a la


puerta. Es raro tener invitados pasadas las siete de la tarde. Mis compañeros
de trabajo no saben ni dónde vivo. Miro por la mirilla y me quedo sin aire.
Lo primero que siento es alegría y luego miedo. Abro la puerta. Él sonríe y
yo suelto el aire que he estado aguantando.

—Hola —digo en voz baja.

—Hola —dice Ace con las manos metidas en los bolsillos—. He


venido a disculparme. No tenía ningún derecho de hablarte así. Hiciste lo
que creíste que era lo mejor para nuestra hija.

Al oír la palabra «nuestra» para referirse a Luna, mi corazón se


derrite.

—Lo siento, Lexi. Has hecho un buen trabajo cuidando de ella.

Y así como si nada, empiezo a lloriquear como un bebé en medio de


una rabieta. Empiezo a sollozar y no puedo controlarme. Ace me tira hacia
sus brazos y me abraza fuerte. Nos quedamos así un buen rato. Cuando por
fin recupero el control, me rio de la vergüenza.

—Lo siento, no sé qué me ha pasado —digo.

Pero sé exactamente lo que ha pasado. Ha dicho «bien hecho», «buen


trabajo». Unas palabras que necesitaba oír desesperadamente. Es patético,
lo sé. Soy la madre de Luna y tengo que hacer un buen trabajo. Que nadie
me pregunte por qué necesito elogios o reconocimiento por ello.

Pero me gusta escucharlo.


—¿Puedo pasar? —Dice Ace.

Había olvidado que seguíamos en la entrada.

—Claro —le dejo entrar—. Estaba a punto de darle de cenar a Luna.

—Me encantaría ayudar —dice Ace—. Me lavaré las manos antes.

—Vale —le digo.

Se acerca a Luna primero y le da un beso en la frente. Ella levanta la


mirada y sonríe. Cuando se va al baño, cojo a Luna y, antes de colocarla en
la silla, le doy un apretujón rápido.

—Él es tu papi, cariño —le susurro.

Ace vuelve un minuto más tarde.

—¿Puedo darle de comer?

—Claro, pero cuidado porque la mayoría de la comida caerá en ti, en


su cara o en la silla.

Sonríe y mi corazón da unos saltos mortales en mi pecho. Ace tiene


que ser el hombre más sexi que jamás ha pisado la tierra.

—Suena divertido —dice Ace, cogiendo una silla del comedor y


arrimándola junto a Luna—. ¿Lista, cariño? —Dice, y coge la cuchara.

Su primera cena como padre e hija va sorprendentemente bien. Es


como si Luna estuviera intentando causar buena impresión.

—Tu madre estaba intentando ponerte de mala —dice Ace mientras


le limpia con cuidado la cara a Luna con la servilleta.
—Créeme —digo—. Esto no suele ser así.

Ace se ríe.

—Con papá se porta bien —la saca de la silla y la sienta en la


alfombra.

No es la primera vez que Ace juega con Luna, pero hoy es un


momento único. Me apoyo en el umbral de la puerta y los observo. Esta
noche, están jugando juntos como padre e hija, y me entran ganas de llorar
de solo verlos.

El arrepentimiento se apodera de mí. Puedo justificar mi decisión de


no contárselo a Ace de muchas formas, pero está claro que es su hija y que
merecía saberlo. Le engañé durante semanas.

Parece que somos una familia de verdad mientras pasamos la noche


jugando con Luna hasta que se cansa.

—Iré a por su leche —le digo a Ace.

Cuando vuelvo con el vaso, Ace y ella están acurrucados en el sofá


con sus bracitos rodeando su cuello.

—Creo que se está quedando dormida —susurra.

¿Quién no lo haría con esos brazos? Le doy el vaso con la leche y,


con cuidado, hace que Luna se incorpore. Ella parece tan adormilada, pero
cuando ve su tacita, la coge y se la bebe en segundos. Después eructa tan
fuerte que nos hace reír.

—Demasiado para una señorita —digo.

Ace se ríe.
—¿Qué toca ahora?

—Ponerla el pijama, meterla en la cama y leerle un cuento.

—A por ello —dice Ace.

Parece feliz y emocionado. Como si para él fuese un privilegio cuidar


de Luna, algo que solo un padre puede sentir. Juntos la ponemos el pijama,
la metemos en la cama y Ace lee un cuento.

Me siento con las piernas cruzadas en la alfombra y escucho. Tiene


una voz preciosa. Cuando Luna se duerme, me doy cuenta de que la voz de
Ace ha ido atenuándose hasta convertirse en un mero susurro.

—Casi me quedo dormida yo también —le digo, riéndome—. Te voy


a copiar lo de entonar la voz, sobre todo esas noches que tiene tanta energía
como para dormir.

Salimos de puntillas de la habitación.

—¿Café? ¿Cerveza? —le pregunto.

—Un café sería perfecto. Gracias —dice Ace.

Me sigue a la cocina y se apoya sobre la silla mientras enciendo la


cafetera.

—¿Qué tal ser papá? —le pregunto mientas espero a que salga el
café.

Sonríe.

—No me lo creo. Es difícil de describir. Quiero protegerla de todo —


frunce el ceño—. Me alegro de que sea aún pequeña como para ir a la
escuela. La escuela es muy dura para los niños.

Me río.

—Sí, los que aterrorizan tienen todos cuatro años.

Ace no se ríe.

—Hay muchas cosas en este mundo. ¿Y si no le gusta el colegio? ¿O


unos niños le hacen bullying?

Parece estar a punto de ponerse malo. Si no supiera por lo que Ace


está pasando ahora mismo, me reiría. Pero conozco ese sentimiento de
pánico mientras contemplas el futuro de tu hijo en un mundo hostil.

—Oye, tranquilo, poco a poco —le digo.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —me pregunta con la frente


arrugada.

Me río.

—He tenido quince meses para atajar esos sentimientos. Tú estás


empezando.

Me sostiene la mirada.

—¿Me estás diciendo que es normal que, siendo mi hija un bebé, me


preocupe que los chicos liguen con ella cuando sea adolescente?

Me tapo la boca para aguantar la risa.

—Prácticamente. Por lo que he oído, los padres se preocupan más de


que sus hijas salgan con chicos que las madres.
Se ríe.

—Iré día a día, pero hay cosas que tenemos que hablar.

Me alegro. Es el tipo de padre que quiero para Luna. Alguien que se


involucre en todos los aspectos de su vida.

Cuando el café está listo, llevo las dos tazas al salón.

Nos sentamos cada uno en un extremo del sofá. Me siento feliz.


Llevo mucho tiempo con un peso en mi pecho y por fin me lo he quitado de
encima. Estoy feliz de que haya alguien con quien pueda hablar sobre
asuntos de Luna. Aunque puedo hacerlo con Vanessa, ella es su tía. Hay una
gran diferencia de ser padre. Ace y yo nos quedamos en silencio unos
minutos mientras damos unos sorbos al café y reflexionamos.

—Aún no me lo creo —dice Ace después de unos minutos.

—¿Quieres hacerte una prueba de ADN? —Le pregunto—. No me


ofendería, pero no he estado con nadie más ni antes ni después de
acostarnos.

Frunce el ceño.

—No, no quería decir eso. Sé que es mía. Tuve una sensación extraña
el día que la conocí. Creo que siempre lo supe. Llámalo instinto.

Respiro aliviada. Me alegra que confíe en mí. En el espacio de una


tarde, nuestra relación ha pasado de ser de un hombre y una mujer saliendo
a ser padres.

Espero que este lado de la relación continúe. Ace es un amante


formidable.
Capítulo 17
Ace

Me gustan los descansos que tomamos para comer o tomar un café y


los chicos hablamos en la cocina. Se están convirtiendo en familia.

—Oye, antes de que me olvide —dice Brad—. Mila me matará si lo


hago. Vamos a hacer una barbacoa el sábado para celebrar el cumpleaños de
Clara. Estáis todos invitados.

Es un tipo apacible y, al igual que el resto del equipo, es serio con su


trabajo y se puede confiar en él.

—¿Cuántos años cumple la pequeña? —pregunta Collins, el subjefe.

—Dos años —noto el orgullo en la voz de Brad. Le entiendo. Pienso


en Luna y aún casi ni me creo que sea mi hija.

—El tiempo vuela —dice alguien—. Parece que fue ayer.

Se produce un silencio. Todos parecen estar inmersos en sus


pensamientos. El equipo lleva juntos años y, por eso, imagino, que
comparten muchísimos recuerdos. Yo espero formar parte de eso algún día.

—¿Los solteros estamos invitados? —dice Conor.

—Por supuesto, y que las mujeres traigan a sus amigas solteras. Estos
capullos se tienen que casar algún día —broma Brad.

—¿Has oído eso, Ace? —dice Connor—. Estamos invitados.


—A mí no me cuentes en ese grupo —digo, y entonces me giro hacia
Brad—. Gracias por la invitación. A mi hija le encantará.

Se produce otro silencio y entonces me doy cuenta de que acabo de


soltar la bomba. Nunca había mencionado a Luna antes. Ahora seguramente
me etiquetarán como un hombre de secretos.

—No sabía que tenías una hija —dice Collins.

Y yo tampoco, pienso para mí mismo.

—Su madre y yo nos acabamos de reconciliar. Se llama Luna. Tiene


dieciséis meses —noto cierto orgullo en mi voz, como cuando Brad habló
de su hija.

Hablamos de familias un rato. Está claro que estos chicos se mueven


en entornos familiares y van a muchos eventos con sus familias. No hay
nada como formar parte de una familia grande.

Esa tarde tenemos tres avisos más. Un incendio en el apartamento de


un edificio en Third Street, una emergencia médica en un restaurante y un
accidente de carretera con un camión.

Es un turno de veinticuatro horas y, esa noche, cuando me tumbo en


mi litera, mi mente piensa en Luna y Lexi. Mis chicas. Me entusiasma el
futuro. Cuando estoy a punto de quedarme dormido, entra un aviso y se
escucha un gruñido colectivo.

Es la alarma de una residencia de ancianos.

—¿Qué te apuestas a que es una alarma falsa? —Dice Brad.

Tenía razón. Por lo visto, una nueva cuidadora activó la alarma de


incendio por error. Volvemos a la estación, aliviados de que fuera una falsa
alarma. Un incendio en una residencia sería un desastre.

***

Mi turno termina por la mañana y, esa tarde, Declan y yo quedamos


en el Alma. Llego allí veinte minutos antes que él para poder hablar con
Lexi.

Ella sonríe y se inclina sobre la barra cuando me ve. Parezco un tonto


perdidamente enamorado mientras me acerco a ella. Cuando llego a la
barra, Lexi planta las manos en el borde, se pone de puntillas y se inclina
hacia delante para besarme.

—¿Así saludas a todos tus clientes? —Bromeo mientras me siento en


un taburete vacío.

—No —responde—. Solo a mis favoritos. ¿Qué vas a tomar hoy?

—Una cerveza —digo, y me echo hacia delante como si fuera a


contarle un secreto—. No puedo tomar nada más fuerte. Luego tengo que ir
a ver a mi hija.

Se le ponen los ojos llorosos.

—Eres un padre increíble. Es una niña con mucha suerte.

Me sirve la cerveza.

—¿Qué tal el turno? Te echamos de menos anoche.

—Ha ido bien. Nos han invitado al cumpleaños de una niña el


sábado. Supongo que es una forma de incluir a todo el mundo, tanto a los
chicos con familias como los que no tienen. Mi estatus ha cambiado. Ahora
soy de los que tienen familia, gracias a ti y a Luna.
—Nos encantará ir —dice Lexi.

—Será nuestra primera salida en familia —le digo.

—Sí —responde Lexi.

Una pareja se sienta al otro extremo de la barra y Lexi acude a


atenderles. Intento no mirarla mientras trabaja, aunque es tentador. A Lexi
no le cuesta sonreír. Es muy amable y, en tan solo unos segundos, el hombre
y la mujer hablan con ella como si fuera una vieja amiga.

Justo entonces, siento una palmadita en mi hombro y, sin mirar, sé


que es Declan. Me levanto y nos abrazamos.

—Llegas pronto —le digo. Declan es muy impuntual. Siempre llega


tarde.

—He cambiado —dice y sonríe —. Ahora ya llego siempre a tiempo.

Lexi se acerca. Estoy deseando presentarle a Declan.

—Lexi, este es mi hermano, Declan —le digo.

Sonríe educadamente.

—Hola.

—Hermano, esta es Lexi. Mi novia y la madre de mi hija —digo.


Odio tener que soltárselo así, pero no hay otra forma de decirlo.

Declan se vuelve hacia mí. Antes de que pueda hablar, asiento y


sonrío como un idiota.

—Tiene dieciséis meses y se llama Luna.


—¡Enhorabuena! —Declan me da unas palmadas en la espalda y
después sonríe a Lexi—. Es un placer conocerte.

—Igualmente —dice Lexi—. ¿Te pongo algo?

—Una cerveza estaría bien, gracias —dice Declan. Se vuelve hacia


mí—. Cuéntame.

—Es perfecta y se parece a su padre. Enterarme de lo de Luna me ha


cambiado —le digo a Declan, y después le cuento una versión más suave de
cómo Lexi y yo nos conocimos y cómo se quedó embarazada y tuvo a Luna
mientras yo estaba en Afganistán.

Entre todo esto, Declan no hace ningún comentario, aunque sí que


mira a Lexi de vez en cuando. Me enorgullece presentarla como mi novia,
aunque no sea oficial. Nos va bien juntos.

Pregunto a Declan por su pizzería y se le ilumina la cara al contarme


sus planes. Sus ojos brillan mientras habla de su negocio. Tenemos un
montón de cuestiones financieras de las que hablar, pero ahora no es el
momento ni el lugar.

El tiempo vuela mientras nos ponemos al día. Nos tomamos dos


cervezas cada uno y después cambiamos a agua.

—Estoy a punto de acabar el turno, ¿quieren algo más, caballeros? —


dice Lexi.

Ambos decimos que no y, cuando Lexi acaba su turno, los tres nos
vamos juntos. Fuera, Lexi y yo nos despedimos de Declan y vamos a mi
coche.
En la privacidad del coche, me inclino hacia Lexi para besarla. Sus
labios son suaves y blandos y los mordisqueo durante unos segundos.

—Qué bien hueles —murmuro.

Se ríe.

—¿Seguro? Porque estoy muy segura de que huelo a cerveza.

—Bueno, sí, pero también a limón —le digo y de mala gana me echo
hacia atrás.

Mientras conducimos a casa, hablamos cómodamente, como una


pareja de verdad. Lexi es como familia para mí de una forma que ninguna
otra mujer lo ha sido. Parece el momento perfecto para hablar con Lexi de
algo en lo que he estado pensando. Paro el motor del coche y me vuelvo
hacia ella.

—Oye, antes de entrar, quería hablar contigo de algo.

Lexi junta las manos en su regazo.

—Claro.

Cojo aire. El siguiente paso que estoy a punto de dar es grande. Uno
que nunca pensé que daría.

—Me encantaría que Luna y tú os mudarais conmigo. Quiero cuidar


de vosotras. Quiero ver a mis chicas cada noche antes de irme a dormir y
ser lo primero que vea cuando me despierto.

Lexi se ríe nerviosa.

—Tú no pierdes el tiempo, ¿no?


Lo que he visto en Afganistán me ha enseñado que la felicidad es
fugaz. Debes cogerla cuando se presente. Hace no mucho, creía que había
perdido la capacidad de ser feliz, pero no lo he hecho, y esto es lo más feliz
que he estado en años.

—No. Cuando quiero algo, voy a por ello. Y a Luna y a ti os quiero.

Lexi entrelaza los dedos.

—Entiendo que quieras estar cerca de Luna, pero para nosotros, Ace,
¿no crees que es demasiado pronto? Mudarnos es un gran paso y casi ni nos
conocemos.

—Siento que te conozco de siempre —le digo.

Eso le hace sonreír.

—Lo pensaré, ¿vale?

Eso me vale.

—Vale.

Me besa suavemente en la boca y después sale del coche. Cojo un


paquete envuelto del asiento de atrás y sigo a Lexi a la casa.

—¿Qué es eso? —Pregunta mientras abre la puerta.

—Un regalo para Luna. Espero que le guste.

—Qué detalle —dice Lexi—, no suele tener muchos regalos.

Mi corazón se encoge cuando Lexi dice eso. Sé que no tienen mucho.


Esa es una de las razones por las que quiero que se muden a mi
apartamento. Es más fácil hacerle la vida más fácil a Lexi si vive conmigo.
También es un paso más cerca de que nuestra relación cuaje. Antes de que
Lexi se dé cuenta, le pondré un anillo en el dedo.

Entramos en casa y Luna viene corriendo, tirándose a los brazos de


su madre. Cuando me ve, se deshace del abrazo de su madre y se acerca a
mí.

—Tengo algo para ti —le digo. Vamos al salón y saludo a Vanessa.

Luna me da unos tirones en el pantalón para sentarme en la alfombra.


Nos sentamos y le ayudo a abrir el regalo. Lexi y su hermana se sientan a
mirarnos. El papel revela una caja blanca. Ayudo a Luna a abrirlo y sus
preciosos ojos marrones se agrandan y se iluminan cuando ve un osito de
peluche rojo con una pajarita.

Pega un grito.

—Osito —dice con la voz llena de alegría.

Miro de reojo a Lexi. Tiene los ojos húmedos. Se me llena el pecho al


ver a mis chicas felices. Es algo más que alegría.

Quiero más momentos así. Quiero que tengamos un hogar lleno de


recuerdos. Luna se queda ensimismada en su mundo. Coge el osito y le
hace caminar y sentarse. Habla con él en un idioma que solo ellos
entienden.

Cuando miro a Lexi, articula la palabra «gracias». Si ella supiera. Yo


soy el que debería dar las gracias por darme a Luna. ¿Cómo se paga a una
mujer por darte un hijo, por darte un propósito en la vida?

Mientras baño a Luna, Lexi prepara la cena. Ya le estoy cogiendo el


tranquillo y ya no me preocupa tanto que se me caiga. Se sienta en el agua,
salpicando, y se ríe cuando el agua me da en la cara.

Cuando acabamos con el baño, mi camisa está completamente


mojada. Visto a Luna y me quito la camisa.

Lexi silba cuando entro al salón sin camisa. Sus ojos analizan mi
pecho.

—¿No tendrás por casualidad una camiseta que dejarme? —pregunto.

—Y si la tuviera, no te la daría —dice con un centelleo en sus ojos—.


Quédate así, no hace frío.

—Sí, señora —le digo, y coloco a Luna en el suelo. Ayudo a Lexi a


poner la mesa.

Me gusta este momento. Solo deseo que fuera algo que pasara todos
los días. Cenamos, jugamos un poco con Luna después y llega la hora de
dormir para ella.

Lexi no pierde el tiempo. Me lleva a su habitación en cuanto Luna se


duerme. Cierra la puerta y se arrodilla.

Le ayudo a desabrochar la cremallera y mi polla aparece, dura y


palpitante. Lexi y yo tenemos esta cosa de dejarnos llevar por la lujuria
durante horas y, cuando llega el momento de tener sexo, estamos
hambrientos y desesperados por tenernos.

Lexi coge mi polla con la mano y la masturba arriba y abajo mientras


lame la punta, eliminando cualquier gota de líquido preseminal que hay ahí.
Cierro los ojos y dejo salir el aire. Me gusta tanto sentir su boca en mi polla.

Gime como si fuera ella la que está recibiendo el placer. Como si mi


polla fuera lo más delicioso que jamás ha probado. Mi polla se pone aún
más dura.

Mi cuerpo se mueve mientras me dejo llevar por todas estas


sensaciones. Me muevo contra su boca y mi polla da en la parte de atrás de
su garganta. Lexi no tiene arcadas. Ignora la mano que le pongo en la parte
de atrás de su cabeza para intentar que me la chupe más rápido. Pero no
tiene prisa. Lame y succiona y coge mis testículos con la mano antes de
bajar su lengua para probarlos. Ahueca sus mejillas mientras la chupa. Esa
es la gota que colma el vaso. Mi respiración aumenta cuando mi polla late
con la corrida.

Echo su cabeza hacia atrás.

—Voy a correrme, Lexi.

—Eso quiero —dice, y profundiza más su mamada.

—¡Joder! —Vacío mi corrida en su boca y se traga hasta la última


gota. ¡Pero qué sexi!
Capítulo 18
Lexi

Busco en el bar a ver si veo a Ace, aunque sé que está trabajando.


Nos está mimando mucho a Luna y a mí. Pero nadie se merece más que la
mimen que Luna. Nunca ha tenido regalos de más y me alegra que ahora
pueda tener más juguetes.

—¿Dónde está ese portento de hombre tuyo? —Me pregunta Jen en


el vestuario.

Me río ante su descripción de Ace. Es verdad que yo también le


hubiera descrito así porque está bueno. Pero él es mucho más que eso. Tiene
un corazón más grande que la mayoría de gente. Y lo más importante, ama
a su hija con toda su alma aunque solo la conozca desde hace un mes.

—Está trabajando —le digo a Jen—. Es bombero —. Digo con


orgullo.

—Típico —respondo—. Todos los buenorros son bomberos. Y todos


están pillados. ¿Qué nos queda a las demás?

Recuerdo que Ace me comentó que el anfitrión de la fiesta dijo que


se podía llevar a amigos. Jen es muy buena persona y divertida y triunfará
allí. No duele que sea un pibón rubio con una figura de reloj de arena
perfecta y un pelo rubio y liso precioso.

—Oye, nos han invitado a una barbacoa en casa de uno de los


bomberos y habrá un montón por allí. ¿Quieres venir?
A Jen se le abren los ojos.

—¡Cómo me voy a perder eso! Es como preguntar a un perro si


quiere un hueso. Gracias, Lexi.

Quedamos en que Ace y yo la recogeremos. Me apunta su dirección


en un papel.

Nos despedimos después de eso y me voy a casa. De camino, pienso


en la oferta de Ace de irme a vivir con él. Es tan tentadora y a la vez tan
aterradora. ¿Y si las cosas no funcionan entre nosotros? Luna y yo
tendríamos que volver otra vez a casa, lo cual no sería justo para ella, ya
que se acostumbraría a la buena vida. En su urbanización tienen gimnasio,
un área de juegos para niños y piscina. No me gustaría exponer a Luna a ese
estilo de vida, que se acostumbre a ello, y después quitárselo.

Por otro lado, ¿es justo negarle el tipo de estilo de vida que su padre
está dispuesto a darle? Son muchas las cosas que hay tener en cuenta.

Cuanto más lo pienso, más confusa estoy. Vanessa ya me ha regañado


muchas veces por pensar demasiado las cosas. Tiene razón, pero no puedo
evitarlo. Me gusta sopesar los pros y los contras y repensarlo todo una y
otra vez. Aunque tampoco es que me ayude a tomar una decisión.

Llego a casa un poco antes de lo normal. Encuentro a Vanessa y a


Luna en el baño liándola un poco. Hay agua por todos lados y parece que
hay diez niños ahí metidos por las risas que se escuchan. Echaríamos
mucho de menos a Vanessa. Ella es prácticamente la otra mamá de Luna.

—Parece que os lo estáis pasando bien —digo cuando entro al baño.


Le doy un beso a Luna en su humedecida mejilla.
—Pues sí —dice Vanessa—, pero ya hemos acabado, ¿verdad, Luna?
Hoy no ha llorado la nena.

—Oh, y no lo hará —digo—. Porque mamá va a darle un paseo en


avión.

Luna se ríe y estira los brazos como un avión. Eso la distrae y evita
que llore mientras la envuelvo en una toalla y la llevo a la habitación.
Mientras la seco y la visto, Vanessa y yo nos ponemos al día.

Pasamos al salón y, mientras juego con Luna, Vanessa hace café.

—Ace me ha pedido que me mude con él —le digo cuando vuelve


con las tazas.

—¿Qué le has dicho? —dice, sentándose en la alfombra a mi lado.

—Le he dicho que lo pensaría —respondo—. No sé qué hacer. Por un


lado pienso que es buena idea, que Luna puede estar con su padre todos los
días y conocerle, pero por otro… ¿Y si las cosas no funcionan?

—¿No estaría bien poder saber el futuro? —dice Vanessa.

—Tu sarcasmo no es bienvenido —le digo, y después me pongo seria


—. Te echaríamos mucho de menos.

—Nos visitaríamos —dice Vanessa.

Me sorprende su reacción. Mi hermanita es muy madura.

—Sí, claro. Vive en una zona muy bonita —le digo a Vanessa.

—Me imagino.
—No quiero que se acostumbre a ese estilo de vida —le digo a
Vanessa con todos mis miedos y preocupaciones.

—Por desgracia —dice Vanessa cuando termino de hablar—, nadie


puede saber qué pasará. La vida no funciona así. Tenemos que arriesgarnos.
¿No eres tú quien me decía eso?

Hago un gesto simulando horror.

—¿Yo? ¿En qué estaba pensando?

Vanessa pone los ojos en blanco.

—Ahora en serio —digo—, es diferente cuando tienes un hijo. Luna


me hace no querer tomar riesgos —Las cosas que antes hubiera hecho sin
pensármelo dos veces, ahora me mantienen en vela toda la noche.

—Sí, entiendo por qué has cambiado de opinión. Tomar una decisión
es difícil incluso sin bebés. Miles quiere que vivamos juntos —dice
Vanessa.Eso me pilla por sorpresa.

—Seguro que le has dicho que no.

Se me queda mirando y refunfuño.

—Vanessa, siempre estáis discutiendo y vivís a 24 kilómetros. ¿Qué


pasará si vivís juntos? ¡Acabaréis matándoos!

—No seas dramática —dice Vanessa. Su enfado me dice que está


pensando seriamente mudarse con Miles.

Nunca me ha caído bien, pero nunca se lo he dicho. Creo que Miles


es irrespetuoso y vive una vida demasiado casual. Siempre está cambiando
de trabajo y siempre se va por problemas con los compañeros. No me he
preocupado nunca demasiado porque sé que Vanessa en algún momento se
cansará de él. ¿Pero mudarse juntos?

—¿Dónde viviréis? —le pregunto. Miles sigue viviendo con sus


padres en un apartamento encima del garaje. Sí. Esa es otra razón por la que
no me cae bien. ¿Qué tipo de hombre adulto sigue viviendo encima del
garaje de sus padres?

—Bueno, estábamos pensando en cogernos un apartamento juntos,


pero si tú y Luna decidís mudaros con Ace, se podría venir aquí. ¿Qué
piensas?

Me mira con ojos esperanzadores y, aunque no soporto a Miles, no


puedo decirle nada negativo a ella.

—Miles quiere intentar llevar su propio negocio, pero quiere hacer un


curso antes. Con la fontanería se puede ganar bien —dice Vanessa.

Se puede ganar bien con muchos trabajos. Todo depende de la


persona. Pero esto no lo digo en alto.

—Está bien que Miles quiera volver a estudiar —es lo mejor que
puedo decir de él. Me siento mala persona, sobre todo porque Vanessa nos
apoya mucho a Ace y a mí. Rezo por estar equivocada con Miles. Quiero a
Vanessa con todo mi corazón. Quiero que sea feliz.

—¿Verdad? —dice Vanessa sonriendo.

Mi estado de ánimo empieza a empeorar cuanto más hablamos de la


relación entre Vanessa y Miles.

—¿Te dije que Declan vino al bar? Quedó con Ace allí y, atenta al
dato, Ace nos presentó y Declan fingió no conocerme.
Vanessa me mira inquisitivamente. De la misma manera que supongo
que la miro yo cuando habla de Miles.

—Tienes que sincerarte con Ace.

—No puedo. No cuando hemos fingido conocernos por primera vez


—le digo a Vanessa.

—¿Cómo te sentirías tú si fuera al revés?

Cuando Declan se recuperó del shock de saber que el rollo de su


hermano de una noche estaba embarazada, se portó como un santo. Estuvo
ahí durante el embarazo, incluso fue a comprar cosas para el bebé con
Vanessa. Todos los meses desde entonces me ingresa dinero en mi cuenta
bancaria. Aunque no era mucha cantidad, me da la seguridad saber que lo
tengo ahí. Nunca lo usé y ahora se ha convertido en una cantidad
interesante.

—¿Por qué no quiere que Ace se entere? —Pregunta Vanessa.

—Tú sabes lo mismo que yo —le digo.

Nos quedamos en silencio un rato.

—¿A veces piensas en mamá? —Pregunta Vanessa.

—No, si puedo evitarlo —sueno fría, pero mamá me ha roto el


corazón tantas veces, que mis sentimientos por ella se acabaron—. ¿Y tú?

—La echo de menos —admite Vanessa—. Y me preocupo por ella.


Me pregunto si tiene para comer o un sitio donde dormir.

—Si no tuviera comida o un sitio donde dormir, ya habría vuelto por


aquí. Así que seguro que está bien donde esté.
—Sí, tienes razón —dice Vanessa—. ¿Cómo haces para no pensar en
ella? ¿La quieres?

—Me he preocupado por ella toda la vida. Simplemente tomé la


decisión de no hacerlo. Y sí, la quiero. No puedes no querer a un padre.

Vanessa siempre ha sido una niña de mamá. Da igual lo que hiciera


nuestra madre, Vanessa siempre la perdonaba. Pero yo no. Tengo tanto
dolor dentro que no puedo echarla de menos. Espero que se quede donde
esté para siempre.

Pasamos una noche agradable haciendo la cena, dando de comer a


Luna y después acostándola. Más tarde, nos relajamos con unas copas de
vino y vimos la tele. Sin sonido. Vanessa y yo siempre hemos hecho eso.
Encendíamos la tele y quitábamos el volumen. Y luego hablábamos de
cualquier cosa. Chicos, amigos. Siempre acudía a mí para pedirme consejo
cuando se trataba de chicos. No es que yo supiera mucho. Antes que Ace,
solo me acosté con otros dos chicos. Y las dos relaciones no habían durado
ni un mes.

—Nuestra familia está creciendo —dice Vanessa, y suspira—. Ojalá


mamá estuviera aquí para verlo.

Me alegro de que se fuera. Si no, nos hubiera destrozado la vida. Es


una mierda que tu madre traiga a un hombre diferente cada noche. Es una
mierda escuchar los gemidos de tu madre cuando está teniendo sexo. Eso
era el tipo de vida al que nos exponía. Era mejor cuando estaba borracha. Al
menos, no venía ningún desconocido a casa.

Para Luna quiero estabilidad. Mi mente piensa en Ace. Aparte de los


episodios que tiene, es el hombre casi perfecto. Trata a Luna como una
princesa. Y quiero eso para ella.
Esa noche, cuando estoy tumbada en la cama, tomo una decisión.
Parece que es lo correcto. Cojo el teléfono y decido escribir a Ace.

Yo: Hola, mi bombero sexi.

Pongo el teléfono debajo de mi almohada. Puede que esté trabajando


y vea el mensaje más tarde. Para mi sorpresa, el teléfono vibra. Casi me
rompo un dedo por cogerlo deprisa.

Ace: Hola, preciosa. ¿Qué haces todavía despierta?

Yo: Hay muchas cosas en las que pensar. Yo, tú, Luna. Decisiones
que tomar.

Ace: ¿Ah, sí?

Mis manos tiemblan mientras escribo el siguiente mensaje.

Yo: Luna y yo aceptamos la invitación.

Ace: Hice dos invitaciones. Una la de ir al cumpleaños y la otra de


mudaros conmigo.

Yo: Las dos.

No contesta en los siguientes minutos y empiezo a preocuparme.


Entonces mi teléfono se ilumina y siento cierto alivio.

Ace: Perdona, puede que lo haya celebrado demasiado en alto y los


chicos querían saber por qué. Ahora todo el mundo lo sabe.

Me río porque sé que Ace es una persona muy privada. Sonrío al


imaginarme gritando un «¡sí!» después de leer mi mensaje. Su entusiasmo y
alegría me hace sentir querida. Aunque tengo que atajar ciertas
preocupaciones. No lo dejes para mañana, me digo a mí misma.

Yo: ¿Y si lo nuestro no funciona? ¿Nos echarás?

Ace: (emoji de horror) No estoy loco. ¡Claro que no! Yo me iría. Me


gustaría hacer un acuerdo. El apartamento es mío. Lo compré cuando volví
de Afganistán. Ahora, el apartamento también te pertenece a ti y a Luna. Es
tu casa y nadie te obligará nunca a irte de él

Mi admiración por Ace sube de golpe. Es tan responsable y


organizado.

Yo: No estoy llorando.

Ace: Te quiero entre mis brazos. Mi turno termina a las seis. ¿Te
apetecen mimitos mañaneros?

Yo: Vente derecho aquí. No empiezo a trabajar hasta mediodía.

Ace: Espero que la noche pase rápido.

Yo: Yo también.
Capítulo 19
Ace

Cierro la puerta del coche intentando hacer el menor ruido. Está todo
en silencio a estas horas de la mañana y cualquier sonido se amplifica. El
sol todavía no ha salido por el horizonte, aunque los tonos naranjas ya
empiezan a aparecer en el cielo. Ando de puntillas hasta la puerta de casa y,
antes de pensar en qué hacer, se abre de par en par.

Aparece Lexi con una camiseta que inmediatamente despierta mi


apetito por ella. He pasado toda la noche trabajando, pensando en este
momento.

—Venga, hace frío —dice Lexi.

Entro y cierro la puerta tras de mí.

—Te espero en la cama —susurra Lexi con un tono juguetón y, antes


de que me dé tiempo a cogerla, desaparece por el pasillo.

Me quito rápidamente los zapatos, los coloco a un lado y la sigo. La


casa está en silencio y me siento como un intruso cuando Lexi ya se ha
metido a su cuarto. Me tranquilizo cuando cierro la puerta detrás de mí.

Está tan adorable con las sábanas tapándola, mirándome con sus
grandes ojos color miel. Me he duchado en el trabajo, así que simplemente
me desnudo y me meto en la cama con ella.

—¿Vas a desnudarte así sin más, sin hacer ningún espectáculo? —


Pregunta Lexi.
Sonrío.

—En otro momento, cariño. Ahora mismo, necesito clavar una cosa
en un sitio.

—Qué romántico eres. —Lexi se ríe. Me encanta cuando le hago de


reír.

Dejo la ropa sobre una silla antes de meterme en la cama con Lexi.

—Ay, por fin —la tiro hacia mí y, para mi alegría, está


completamente desnuda—. A esto me refiero. —Acaricio su cabello y me
dejo llevar por su belleza. Deslizo una mano por su cuello y la empujo hacia
mí para besarla.

—Tienes los labios fríos —dice Lexi.

—Caliéntalos entonces —gruño, y procede a hacer justo eso,


mordiendo y succionando los labios superiores e inferiores, por turnos.

Me separo y hundo mi cabeza entre el espacio que hay entre sus


enormes pechos y me acurruco. Cojo ambas tetas con las manos y las amaso
suavemente mientras juego con sus pezones con los pulgares.

Los ronroneos de placer de Lexi son música para mis oídos. Me


detengo un momento en sus pechos, jugando con sus pezones hasta que me
pide más. Bajo más, trazando con besos el camino hasta su vientre antes de
colocarme entre sus piernas.

Inhalo el olor de su excitación.

—Ábrelo para mí, Lexi —le digo mientas me coloco entre sus
piernas.
Aparta las piernas y hundo mi cabeza para probar su humedad. Me
deleito de su sabor salado y almizclado. Un sabor que solo pertenece a Lexi.
Sus gemidos inciden directamente en mi mástil. Siento la presión y parece
que va a explotar de ansia. Tranquilo, querido, me digo. Mi mujer va
primero. Ya me complaceré después de Lexi.

Se mueve contra mí y empuja su coño contra mi cara. Retrocedo y


continúo jugando con ella con mi lengua.

—Por favor, Ace.

Me encanta cómo Lexi dice mi nombre y me suplica. Inserto mi


lengua en su coño y la follo con ella. Se retuerce y gime y sé que el
orgasmo está cerca.

Las paredes de su vagina se contraen en mi lengua y un líquido


caliente la envuelve. Se lo como, atrayendo su orgasmo y, cuando llega,
sonríe.

—Eso ha sido una cosa loca —dice—, y sé lo que vas a decir.

—Aún no hemos acabado —decimos a la vez, y nos reímos.

Sofoco la risa mientas coloco mi pene entre sus piernas. Actúo contra
mis impulsos y, despacio, me introduzco en ella. Lo que quiero es enterrarla
hasta el fondo y follarla fuerte. Pero quiero que dure.

—Ay, Dios, Ace.

—¿Esto es lo que necesitas? —Pregunto a Lexi mientras mis


testículos chocan con su coño.

—Sí —grita—, lo quiero.


Mi polla quiere terminar, pero me las apaño para aguantar más.
Disfruto tanto dentro de ella. Estar cerca de ella. Mi mujer. He sido un lobo
solitario demasiado tiempo.

Me introduzco en ella despacio, pero aumento la velocidad con cada


embestida. Las manos de Lexi van a mi cabeza y me agarra mechones de mi
pelo. El dolor es agudo cuando tira, pero no me importa. Lo único que me
importa es el calor abrasador que rodea mi mástil, exprimiéndolo,
abrazándolo.

No puedo durar mucho más. Me distraigo con pensamientos del


futuro. Ahora, mi cerebro lujurioso no contiene ni un solo pensamiento
racional.

El coño de Lexi tiembla y se aprieta, signos de que otro orgasmo está


cerca. Toco su clítoris con la base de mi polla. Tres son suficientes para que
gima y me mantenga cerca de ella. Me deshago de mi férreo control y
explosiono dentro de su coño.

Me tumbo al lado de Lexi y la abrazo. Nos quedamos dormidos así,


cogidos de la mano.

***

Me despierto con la luz deslumbrante y los gritos de los niños de la


calle y sé inmediatamente que no estoy en mi apartamento. Recuerdo lo que
ha pasado aquella mañana y sonrío. Vaya manera de quedarse dormido.
Miro la hora en el reloj que Lexi tiene en la mesilla.

Las once. He dormido cerca de cuatro horas. Intento escuchar algún


signo de actividad en la casa. Todo está en silencio. Necesito hacer pis y
ducharme. Cojo una toalla, me la pongo en la cintura y despacio abro la
puerta. No quiero encontrarme con Vanessa. Llego hasta el baño sin
encontrarme con nadie. Quince minutos más tardes, vuelvo de puntillas al
cuarto de Lexi y me visto. No hay nadie en la casa, pero hay un delicioso
olor que juega con mis sentidos y está haciendo que mi estómago ruja de
hambre. Encuentro una nota en la mesa de la cocina.

¡Buenos días, guapo! Luna y yo hemos ido a comprar. Estás en tu


casa. Hay café y croissants en el horno. Qué aproveche.

Caliento el café, cojo un par de croissants que aún siguen calientes


del horno, y lo llevo todo al salón. Enciendo la tele y me pongo al día con
las noticias.

Mis chicas vuelven quince minutos más tarde. A Luna se le ilumina


la cara cuando me ve. Viene corriendo hacia mí, como hace con su madre.

—Hola, cariño —le digo, y la abrazo fuerte.

Lexi me da un beso en la frente. Su olor me envuelve aun cuando se


aleja a la cocina. Vuelve con un bol de snacks para Luna.

—Lo de anoche fue genial —dice Lexi—. Hemos comprado cosas


para la comida.

Se esfuerza tanto por cuidar de todo el mundo.

—¿Qué os parece si os llevo a comer por ahí? Conozco una pizzería


en Santa Mónica.

—¿La de Declan? —Pregunta.

—Correcto. ¿Qué te parece?


—Me encantaría ir. Podríamos pasarnos por el embarcadero y
admirar un rato a Serenity —dice Lexi.

Esta chica ya sí que tiene ganado mi corazón.

—Suena bien.

Media hora después, estamos listos para irnos. Luna se duerme en


cuanto la sentamos en el asiento del coche. Pienso en lo bien que irá todo
cuando Luna y Lexi se muden a mi apartamento. No sé qué me hizo
comprarme un sitio que es más para familias que para solteros. Hay una
piscina para niños y una conserjería que organiza actividades para los niños,
aunque Luna aún es muy pequeña para eso. Anoto mentalmente mirar la
zona de niños cuando llegue a casa.

—¿Cuándo os vais a querer mudar? —Pregunto a Lexi.

—¿Cuándo quieres que nos mudemos? —dice.

—Hoy. Ahora.

Se ríe.

—Danos unos días.

Lucho contra mi impaciencia.

—Está bien.

—Será raro mudarse —dice Lexi—. Siempre he vivido en la misma


casa.

—¿Estás nerviosa? —Pregunto.


—No, confío en ti —dice, y después se ríe—. He llegado muy lejos.
No hace mucho, ni hubiera pensado en mudarme contigo.

—Lo sé —digo—. No te di muchas razones para confiar en mí.

El viaje a Santa Mónica se pasa rápido. Declan ha llamado a su


pizzería «¿Has dicho pizza?» y, conociéndole, triunfará y pronto tendrá una
cadena.

Tenemos suerte de encontrar un sitio justo fuera de la pizzería.

—Me gusta por fuera —le digo a Lexi.

—Tiene unos colores muy bonitos —dice.

Luna se despierta cuando la cojo de la silla. Entramos al espacioso


restaurante y nos topamos con un delicioso olor a queso y pan. Declan debe
habernos visto por las cámaras de vigilancia desde su oficina porque sale
derecho hacia nosotros.

—Tú debes de ser Luna —dice, y la coge de mis brazos—. Hay un


sitio que te va a gustar.

Declan recuerda que también estamos nosotros y nos saludamos. Le


seguimos hasta la zona de niños que hay en una esquina. Hay un mini
tobogán y un mini balancín. Los colores llaman la atención de Luna y se
retuerce para escapar de los brazos de Declan.

Nos sentamos en una mesa cercana y Declan nos pide muestras de


todas sus pizzas más populares.

—No podremos terminarnos todo eso —dice Lexi y se ríe.


—Me encanta teneros por aquí. Quiero que me digáis que pensáis del
sabor —dice Declan.

Él y Lexi se embarcan en una conversación sobre el sector


alimenticio. Luna desaparece dentro de una casa de juguete y, preocupado
de que pueda perderse y asustarse, me voy con ella. Luna saca su cabecita
por una de las pequeñas ventanas y, cuando me ve, chilla. Durante los
siguientes minutos, jugamos al escondite. Miro a Declan y a Lexi que
parecen estar teniendo una conversación profunda. Me alegra que se lleven
bien, pero no me sorprende. Declan tiene don de gentes. Puede convencer a
una madre de dar a su hijo.

Mientras tanto, yo tengo entretenida a mi princesa hasta que se cansa


y volvemos a la mesa.

—Creo que necesita un cambio de pañal —dice Lexi.

Le doy las llaves del coche y se lleva a Luna fuera.

—¿Es encantadora, ¿verdad? —Pregunto a Declan.

—Las dos lo son —dice.

Pasamos una hora más con Declan. Las pizzas están exquisitas e
insiste en que nos llevemos pizza para cenar y para desayunar. Caminamos
hasta el embarcadero y buscamos a Serenity.

—Ese es el barco de papi —dice Lexi a Luna—. Un día, cuando seas


un poco más mayor, podrás montarte.

—¿Por qué esperar hasta que sea más mayor? —Pregunto a Lexi.

—No sé. ¿Los bebés pueden navegar? —Dice, y entonces estalla en


risa cuando se da cuenta de lo absurda que es su pregunta.
Hay otra cosa que quiero hacer con mis chicas: disfrutar de un día
fuera en el mar. Hay tantas cosas que quiero hacer con ellas.

Después del embarcadero, visitamos a Park y a Rachel en su oficina.


Ahora entiendo por qué los hombres de mi familia están siempre ocupados.
Hay muchas cosas que hacer cuando tienes una familia. Te deja muy poco
tiempo para socializar con amigos. Es una vida a la que podría
acostumbrarme.
Capítulo 20
Lexi

—¿Cómo estás? —Pregunta Vanessa mientras metemos mis cosas y


las de Luna en cajas.

Es viernes por la tarde y me he cogido el día libre en el trabajo para la


gran mudanza. No hay mucho que empaquetar. Solo nuestras ropas y
algunas cosas personales. Ace vendrá pronto a recogernos.

—Contenta, asustada —le digo a Vanessa. No sé cómo definir cómo


me siento. Hasta ahora me sentía emocionada de mudarme con Ace, pero
ahora que ha llegado el día, estoy aterrada.

—Es un buen hombre —dice Vanessa.

—Lo es. —Y de la nada, las mariposas revolotean en mi estómago.


Vanessa tiene razón. Ace es un buen hombre. Luna y yo estaremos bien con
él—. ¿Y tú? ¿Estás asustada?

—Un poco, pero también me alegra que sea Miles el que se mude. Si
me enfade, le echo —dice Vanessa con un tono frívolo.

—Yo te ayudo —admito.

Vanessa y yo intercambiamos miradas cariñosas. Llevamos mucho


tiempo las dos juntas. Me duele el corazón al pensar en que voy a alejarme
de ella.

—Te voy a echar de menos —me tiembla la voz de la emoción.


—Yo también, hermana —dice, y nos abrazamos fuerte—, pero creo
que es hora. Todos tenemos que crecer en algún momento.

Tiene razón. Aunque nos queramos mucho, la vida es así, y cada


persona toma un camino diferente. Lo importante es no perder el contacto.

Luna se despierta de la siesta justo a tiempo para su merienda, y poco


después llega Ace. Después de que las cosas hayan pasado deprisa, no hay
tiempo para estar triste. Ace lleva nuestro equipaje al maletero de su coche.

Vanessa lleva a Luna al coche.

—Te echaré mucho de menos, bebé —le dice—, pero vas a venir
pronto a ver a tu otra mami, ¿verdad?

—Y tú vendrás a visitarnos —dice Ace—. Nuestra casa es tuya. —


Eso es todo un detalle por parte de Ace.

—Gracias —responde Vanessa—, lamentarás haberme hecho esa


oferta.

Nos reímos y nos despedimos entre sonrisas. Es más un hasta luego.


Voy callada de camino a casa de Ace. Me siento vulnerable y un poco
asustada cuando me doy cuenta del gran paso que estoy dando. ¿Qué sé en
verdad de Ace? Es un buen chico, pero hasta los psicópatas son buena gente
hasta que consiguen lo que quieren. Podría echarnos a Luna y a mí en mitad
de la noche. Me empiezan a temblar las piernas.

—¿Estás bien?

Vuelvo al presente. Intento dibujar una sonrisa en mi rostro.

—Sí, bien.
Intento aferrarme a las palabras tranquilizadoras de Ace. Nunca nos
echaría a Luna y a mí de su apartamento. Él sería quien se iría. Meras
palabras, dice una voz en mi cabeza. ¿Dónde está el documento legal
firmado? Estoy hecha un lío cuando llegamos a su urbanización. Lo miro
con otros ojos sabiendo que esta será nuestra nueva casa.

—Mañana vamos a un concesionario —dice Ace mientras aparca el


coche entre otros coches de alta gama—. ¿Has oído lo que he dicho, Lexi?
—dice Ace.

—Ah, sí. ¿Por qué vamos a un concesionario? —Pregunto.

—Quiero que tengas un coche mejor —dice Ace.

Todas mis alarmas se disparan. Me siento un poco perdida en todo


esto. Me está alejando de todas las cosas con las que estoy familiarizada. He
aceptado mudarme a su urbanización y ahora quiere que cambie de coche.

—¿Qué más quieres cambiar de mí? —Pregunto a Ace con un tono


poco amigable.

Apaga el motor y se vuelve hacia mí.

—¿Qué quieres decir con eso, Lexi?

—Pues primero es mi casa y ahora mi coche. ¿Qué más quiere que


cambie para que encaje en tu estilo de vida? —Estoy molesta y estoy siendo
irracional, pero no puedo evitarlo.

—No tienes que cambiar el coche si no quieres, y en cuanto a donde


vivir, fue una opción, no te obligué. —Vuelve a girar la llave y el coche
ruge—. Dímelo y os llevaré de vuelta a casa.

Me cruzo de brazos.
—Ya estamos aquí, será mejor que entremos.

Ace lleva a Luna en brazos hasta la entrada del edificio mientras yo


camino detrás. Me fijo en cosas que no me había fijado antes. Como en la
gente de clase alta que vive aquí. Cosas que empeoran mi inseguridad. Yo
no encajo aquí. Este no es mi mundo.

No hablamos de camino al apartamento. Cuando entramos, lleva a


Luna hasta las enormes ventanas que van del suelo al techo que dan vistas
al jardín de abajo. Luna se retuerce hasta que Ace la deja en el suelo. Se
acerca a la ventana y apoya las manos contra el cristal.

—Tengo algo para ti —dice Ace, y anda en dirección a la habitación.

Me siento con las piernas cruzadas al lado de Luna y miro fuera. Se


me acumulan las lágrimas en los ojos. Este no es mi hogar. ¿Y cuánto
tiempo lo será antes de que Ace se canse de nosotras? Tengo facilidad para
atraer a hombres que temen el compromiso. Recuerdo la noche en que
concebimos a Luna. Ace me había hecho creer que había algo más. Bueno,
quizás no con palabras, pero no dijo nada cuando yo hice planes para la
semana siguiente.

¿Sería lo mismos ahora? ¿Desaparecería de nuestras vidas y nos


dejaría en un apartamento cuyos gastos son la mitad de lo que gano en un
mes?

—Toma, cariño.

Me sobresalto. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no


escuché a Ace volver. Le da a Luna una pelota grande rosa. Ella grita de
alegría. La tira al suelo y va a por ella.

—Iré a por las cajas —dice Ace.


—Gracias —murmuro.

¿Dónde está la conexión que teníamos? Me pregunto preocupada.


Ahora siento que somos desconocidos. He cometido un grave error. Menos
mal que Luna me distrae y me pasa la pelota. Ella se echa a reír cuando se
la devuelvo y esto es lo único que necesito para aliviar la tensión. Escucho
la puerta abrirse. Ace no me habla y pasa la caja directamente a la
habitación.

Repite el proceso cuatro veces más.

—¿Quieres que te enseñe esto?

—Sí, por favor —cojo a Luna y le seguimos a la cocina.

Miro el gran espacio con otros ojos. Hay un montón de aparatos y


mucho espacio en la encimera. Me encantan los electrodomésticos de acero
brillantes, el horno y la gran nevera. Es una cocina de ensueño.

—Esta es tu cocina ahora, puedes cocinar si quieres o no —dice Ace


—. He pedido comida para hoy y también he comprado comida preparada
para Luna.

Ha pensado en todo. Con una mudanza no te apetece meterte en la


cocina a cocinar.

—Gracias.

La siguiente parte del recorrido son las habitaciones.

—He puesto todo aquí en la habitación de invitados. Puedes poner las


cosas en la habitación que quieras.
Mi corazón late con fuerza. Ya veo lo que ha hecho. Me ha dejado la
decisión a mí de dónde quiero dormir. Me lo confirma cuando me enseña la
habitación de Luna y otra habitación de invitados, y después el cuarto
principal.

—Tienes donde elegir para dormir. No me molestará si quieres


dormir en otra habitación.

—Gracias.

—Me llevaré a Luna a dar una vuelta por la urbanización. Así tienes
tiempo de deshacer el equipaje.

—Vale —me siento triste por nosotros. No me imaginaba el día de la


mudanza así. Quizás hayamos ido demasiado deprisa. Quizás deberíamos
habernos tomado un poco más de tiempo y así yo no me sentiría tan así,
como si hubiera cometido un error.

En cuanto se van, cojo el teléfono y llamo a Vanessa. Me siento mal


por molestarla, pero necesito hablar desesperadamente con alguien que me
entienda. Contesta al segundo tono.

—¿Ya me echas de menos? —Dice.

—Vanessa, creo que he cometido un error. ¿Y si esto es ir demasiado


rápido? —Las palabras salen escopeteadas de mi boca—. Quiere
comprarme un coche, Vanessa. —Le digo—. Se está haciendo cargo de mi
vida.

Para mi sorpresa, Vanessa empieza a reírse.

—Muchas mujeres matarían por un hombre que les ofrezca un coche,


pero para mi querida hermanita, es una razón para entrar en pánico. Te amo,
Lexi.

—¿No debería sentirme así? —digo con tristeza.

—Pues no —contesta Vanessa—, Ace es un buen tipo. Dale la


oportunidad de cuidar de ti y de Luna.

Cuando colgamos, me siento inexplicablemente mejor y el miedo que


me había invadido ha desaparecido.

***

Luna parece muy feliz en su nueva habitación. Ace se sienta a los


pies de la cama y pone toda su atención mientras le cuento un cuento. No
llegamos ni a la mitad cuando cae rendida.

—Debe estar muy cansada —digo.

No hemos intercambiado más de veinte palabras desde que Luna y él


volvieran del paseo. Miro a Ace, parece serio y me pregunto si se
arrepiente. ¿Cree que nos invitó muy rápido a mudarnos con él?

—Ha estado jugando veinte minutos largos en el parque. Ha hecho


amigos —dice Ace.

Sonrío al imaginarme a Luna haciendo amigos. Le doy un beso en la


mejilla y le susurro un buenas noches. Ace le da un beso en la frente y
salimos despacio de la habitación.

—Dejo la puerta abierta por si se despierta por la noche —dice Ace.

—Eso es raro —le digo a Ace—, pero sí, buena idea.


De vuelta en el salón, me dejo caer en un sillón de piel. Ace tiene el
tipo de asientos en el que no te importaría vivir el resto de tu vida. Son
cómodos y maleables, se ajustan a la forma de tu cuerpo al sentarte.

—¿Cómo era de bebé? —Pregunta Ace.

Me vienen recuerdos a la cabeza. El primer baño de Luna en casa.


Cómo a Vanessa y a mí nos daba miedo que se nos cayera al agua. Su
primera noche. Durmió profundamente y nosotras nos despertamos varias
veces para comprobar que seguía viva.

Le cuento a Ace todo esto. Se ríe con algunas partes y con otras
siento su tristeza.

—Siempre ha dormido toda la noche del tirón —le digo.

—Seguro que sabía que su mamá estaba sola y estaba tratando de


cooperar con la situación —dice Ace.

—No estaba sola. Tenía a Vanessa —estoy a punto de añadir a


Declan, pero me detengo justo a tiempo.

—No es lo mismo que tener pareja —señala Ace.

—Eso es cierto.

—Ya no volverás a estar sola. Estoy aquí y no me voy a ir —dice


Ace.

Sus palabras revolotean a nuestro alrededor. Una tensión que antes no


estaba se forma entre nosotros. Me cruzo de brazos.

—Siento no haber estado para ti, Lexi, pero ahora lo estoy. Dame la
oportunidad de compensarte. De ser lo que necesitas —dice Ace.
Lo quiero, muchísimo. Pero el miedo me detiene. Quiere volver a mi
hogar seguro. Volver a casa y continuar nuestras vidas con Vanessa.

—No es fácil irse de la única casa en la que has estado toda la vida —
es una gran confesión por mi parte.

—Lo sé. Has hecho bien en no hacer caso a tus instintos de volver a
casa —dice Ace.

Sonrío.

—¿Cómo lo sabías?

—Por tu cara. Parecías un pájaro enjaulado que había encontrado una


pequeña vía de escape —dice Ace.

—Lo siento. Seguramente acabe acostumbrándome a todo esto —


miro a mí alrededor.

—Lo entiendo. También sé que te costará confiar en mí y saber que


estoy comprometido contigo y con Luna. Que no os echaré de esta casa.

¿Este hombre lee la mente? Ha resumido todas mis preocupaciones


en unas cuantas frases.

El ambiente es más relajado ahora. Despacio, volvemos a recuperar


nuestra relación y charlamos hasta bien entrada la noche. Decido dormir en
la habitación principal, pero no hacemos el amor, sino que me quedo
dormida en los brazos de Ace.
Capítulo 21
Ace

Me alegra haber convencido a Lexi de contratar a una niñera. Aunque


nos encante cuidar de Luna, los dos trabajamos y a veces en el mismo
horario.

Collins me recomendó una agencia. Me dijo que llevan con esta


agencia muchos años y que son de fiar además de responsables. De
momento, la impresión que me ha dado la mujer que está sentada al lado de
Lexi es buena. Sabe lo que hace y parece fiable y seria con su trabajo.

Se llama Helen Murphy y parece tener unos treinta y pocos. Tiene el


pelo castaño recogido en una coleta. Lleva un traje con falda y no le cuesta
sonreír.

Lexi le explica nuestros horarios.

—Yo no trabajo los fines de semana, por lo que no creo que nos
hagas falta esos días —dice Lexi.

Me gusta que se haya hecho cargo de la entrevista. Quiero que sea


algo que quiere ella y no algo que crea que quiero yo.

—¿Qué os parece si empezamos de lunes a viernes y los sábados


cuando lo necesitéis? Soy flexible.

—Me parece bien —dice Lexi.


Luna elige ese momento para aparecer en el salón, apretujando su
osito de peluche. Ya se ha acostumbrado al apartamento. Cuando se
despierta, simplemente se baja de la cama. Ha aprendido a sacar las piernas
por el borde y después se desliza hasta el suelo.

Se frota los ojos cuando se acerca a nosotros. Abro los brazos y viene
derecha a mí.

—¡Mira quién está aquí! ¡Hola, Luna! —dice Helen.

Luna la mira desde la seguridad de mis brazos.

—Ella es Helen, Luna. Ella va a cuidar de ti a veces.

—Estás un poco aturdida después de la siesta, ¿eh? Pronto te sentirás


mejor —dice Helen. Habla de una forma que hace que Luna se incorpore y
preste atención. Mira a Helen con curiosidad—. Me gusta tu osito —dice
Helen y Luna lo mira para después sonreír a Helen. Todos respiramos.

Cuando acordamos el horario, Helen se va.

—¿No crees que a las nueve es demasiado temprano? —Pregunta


Lexi.

—Probamos y si no, lo cambiaremos —le digo y después se lanza a


mis brazos para un beso.

—Haces que todo parezca fácil —dice Lexi.

—Eso es porque la mayoría de las cosas lo son. Somos nosotros los


que hacemos las cosas difíciles.

Es sábado, el día de la barbacoa. Tengo muchas ganas de presentar a


Lexi y a Luna a todo el mundo y también de conocer a las demás familias.
También será bueno para que Luna y Lexi salgan de casa. No han salido de
aquí desde que se mudaron.

Pasamos la mañana holgazaneando, excepto por un paseo que nos


damos por el jardín de la urbanización. Cuando terminamos de dar de
comer a Luna, nos preparamos para salir. Nos turnamos para prepararnos.
Lexi va primero y yo me quedo con Luna en el salón jugando. Tiene un
montón de ositos y juguetes, pero el rojo sigue siendo su favorito y no se
separa nunca de su lado.

Como me recomendó Lexi, compré otro osito para la niña del


cumpleaños. Nunca fallas con un osito con una niña de dos años.

Cuando Lexi vuelve veinte minutos más tarde, silbo cuando entra.
Simula un pase de modelos por el salón. Lleva un vestido holgado con rajas
a los lados. Me sube la temperatura. Mis manos quieren descansar sobre sus
curvas. Me imagino trazando la línea de sus curvas con mis manos, bajar
hasta su cintura, su cadera y después introduciendo mi mano entre sus
piernas para sentir la humedad que sé que hay ahí.

—Vuelve al presente, Ace —dice Lexi.

Esta mujer me lee la mente o es que se ha dado cuenta de lo que


sobresale de mis pantalones.

—Me has pillado —gruño—, ¿pero qué quieres que le haga cuando
vas así?

—Te toca prepararte. Mientras prepararé a Luna —dice Lexi—. No te


olvides que tenemos que recoger a Jen.

La sigo con la mirada como un perrito sigue a su dueño cuando no


obtienen lo que quiere. Lexi se ríe y lleva a Luna a la habitación para
cambiarla.

Tengo pensado en presentar a Connor a la amiga de Lexi, Jen. Me


imagino su reacción cuando la vea. Es una mujer preciosa y cualquier
hombre sería afortunado de tener la oportunidad de salir con ella.

Diez minutos más tarde estamos de camino a recoger a Jen. Lexi le


envía un mensaje cuando estamos llegando a su casa y, cuando llegamos, ya
está fuera esperándonos.

—Hola —dice cuando entra al coche—. Hola, pequeña. Cómo ha


crecido, Lexi.

—La verdad es que sí —dice Lexi.

—Es la viva imagen de su padre —continúa Jen—. Uy, ¿puedo decir


eso?

—Lexi se ríe.

—No pasa nada. Ya lo sabe.

Escucho a las chicas hablar mientras conduzco a la casa de Brad y


Mila. Su calle está llena de casas familiares y hay bicicletas y juguetes de
niños en todos los jardines. Un día, quizás Lexi, Luna y yo pensemos en
mudarnos a una casa con más espacio, una con su propio jardín. No quiero
pensar demasiado en el futuro. Ya vendrá. Mi plan es disfrutar de mi nueva
vida en familia y conocer más a Lexi y a Luna. Aparco el coche en la calle
justo al lado de la casa.

Yo cojo a Luna mientras Lexi lleva la bolsa de Luna con los pañales y
la leche. Últimamente, insiste en que coma lo que comemos nosotros, lo
cual es mucho más fácil cuando salimos a algún sitio. No la llena
demasiado, pero mantiene su estómago satisfecho.

Nos llega el olor a barbacoa cuando llegamos al porche. Toco el


timbre y, unos segundos después, escucho unos pasos pesados antes de que
la puerta se abra.

—Bienvenidos —dice Brad—. Y esta debe ser la pequeña Luna.

—Gracias —digo, y pasamos. Cuando cierra la puerta, le presento a


Lexi y a Jen.

—Somos una gran familia en la estación y estamos muy contentos de


tener a nuevos miembros —dice a Lexi mientras le estrecha la mano. Se
dirige a Jen—. Te aviso de que vas a dar de qué hablar.

Reprimo una risa al ver lo que le debe estar costando a Jen mantener
esa sonrisa cuando casi le arranca la mano con el apretón de manos. Una
rubia de pelo corto entra en vestíbulo con una sonrisa.

Brad la presenta como su mujer, Mila.

—Hola —nos dice. Nos da la bienvenida a su casa y todos vamos a la


parte de atrás.

Todo el mundo está reunido en el jardín. Por la cara que pone Lexi, le
ha debido sorprender lo grande que es el grupo y lo amables que son. No
llevo mucho tiempo en la estación, pero ya me han tratado como si fuera
familia y por ende, también a Lexi, Luna y Jen.

Le presento a Jen a Conner, pero otros chicos solteros se acercan para


que se la presente. Todo es diversión inofensiva y Jen le gusta la atención.
Luna pasa de brazos en brazos de hombres fornidos y sus mujeres.
Luego Lexi la lleva a un pequeño castillo hinchable para niños, lejos de la
piscina donde otros niños mayores juegan.

—¿Necesitas ayuda? —Pregunto a Brad, señalando la parrilla.

—Sí —dice—, gracias, tío.

Me gusta tener algo que hacer. Brad me da una cerveza fría y doy la
vuelta a las salchichas y a la carne mientras echo un ojo a mis chicas.

Más tarde, todos nos reunimos alrededor de una mesa con una tarta
rosa y golosinas y cantamos el cumpleaños feliz a Clase. Luna no para de
sonreír. No está acostumbrada a ver a tantos niños. Da palmas y canta. Lexi
y yo intercambiamos una mirada. Menos mal que la gente no suele explotar
de orgullo porque seríamos los primeros en hacerlo.

***

—Ha sido un día divertido —dice Lexi cuando dejamos a Luna


descansado en su cama—. Hacía años que no iba a una barbacoa.

—Parece que tendremos muchas a partir de ahora. Por lo visto es


algo que los chicos hacen a menudo —digo.

—Sí, las chicas también han hablado de barbacoas y cumpleaños


anteriores —responde Lexi.

Hay algo que me preocupa. Aunque he estado observando a Lexi, a lo


mejor se ha sentido fuera de lugar. Los chicos no son iguales que las
mujeres. Es más fácil formar una amistad con los chicos, yo creo. Tenemos
en común el deporte y, en nuestro caso, el trabajo.
Como Brad había predicho, Jen había estado muy ocupada con los
solteros. Todos querían conseguir una cita. Me alegra no estar en ese grupo.
Connor iba por delante en la carrera y fue el que acabó llevando a Jen a
casa.

—¿Te lo has pasado bien? —Pregunto. Estamos en la habitación y


Lexi se está preparando para ducharse. No es fácil mantener una
conversación cuando se está desnudando.

—Mucho —dice—. Las chicas son increíbles. Sé que seremos


amigas con el tiempo.

—Me alegro —le digo.

Lexi se quita el sujetador y las bragas. Recoge la ropa del suelo, la


huele y hace una mueca.

—Huelen a humo.

—La mía también. ¿Quieres compañía en la ducha? —Le pregunto.

Eso es algo que no hemos hecho desde que Luna y ella se mudaron.
Nuestras horas de ducha son diferentes. Yo me suelo duchar por las
mañanas y da igual lo tarde que me duerma; me tengo que levantar al
amanecer para salir a correr. Y después me ducho.

Lexi se suele duchar a media mañana cuando acuesta a Luna. Poco a


poco, vamos teniendo una rutina.

—Me encantaría tener compañía —dice Lexi, y se va al baño,


balanceando sus caderas más de lo necesario.

Me desnudo y la sigo al baño. Lexi ya está en la ducha y con el agua


corriendo. Entro a la ducha y cierro la puerta corredera. Dedico unos
segundos a mirarla. Tiene la cabeza echada hacia atrás, dejando que el agua
recorra su cuerpo. ¡Menudo bombón!

Cojo su champú y me echo un poco en la mano. Empiezo a masajear


su pelo con pequeños círculos.

Lexi emite sonidos de placer.

—Qué a gusto.

Cuando acabo, la guío con cuidado hasta el chorro del agua para
aclararle el champú con olor a limón. Mientras enjabono el resto de su
cuerpo, siento los ojos de Lexi sobre mí. Tengo el pene empalmado,
esperando cierta acción.

Rodea mi polla con su mano y yo siseo, enjabonándole los senos de


Lexi. Pellizco sus pezones y los froto con gel. La tengo muy dura, casi a
punto de explotar. Me muevo contra su mano. Unos segundos después, le
retiro la mano.

—Me voy a correr en tu mano como un adolescente —gruño.

Lexi se ríe.

—¿Y qué tiene de malo?

—Quiero hacer más antes de eso, empezando por esto —deslizo una
mano entre sus piernas y acaricio su clítoris—. Quiero asegurarme de que
quedes bien limpia.

Me encanta lo fácil que es hacerle gemir y gritar mi nombre. Viene


bien para el ego de cualquier tío. Me hace sentir como el mejor compañero
sexual. Bajo mi boca hasta sus pezones mientras estimulo su clítoris.
—Por favor, Ace.

Me encanta poder reducir el vocabulario de mi mujer a solo tres


palabras. Tres palabras que tienen mucho peso. Me deleito con sus pechos y
la follo con un dedo antes de añadir otro. Ahora grita y quiere correrse.
Cuando lo hace, su coño se contrae y yo sigo masturbándola hasta que su
cuerpo se afloja.

—Mi turno —dice Lexi.

—¿Tu turno para qué? —Le pregunto mientras le echo agua por
encima.

—Para hacer que te corras en mi boca y en mis manos —dice.

—Eso suena muy bien, ¿pero podemos hacerlo en la cama? —Le


pregunto. Me gusta abrazarla después del sexo.

Me masajea la cabeza con mi champú y me pongo bajo el agua para


aclararlo mientras me frota con gel el resto de mi cuerpo. Dedica más
tiempo de lo necesario en limpiar mi miembro.

—Está muy sucio —dice con una voz sexi—. Necesita mucha
atención.

—La verdad es que sí —digo, perdiéndome en la sensación de su


mano masturbándome.

Cuando acabamos, apago la ducha y nos secamos. Después nos


vamos a la habitación, desnudos. Bajo la intensidad de la luz hasta lograr un
ambiente romántico y me meto en la cama al lado de Lexi.

—Quiero que te tumbes bocarriba —dice Lexi con un tono


dominante.
—Sí, señora —digo, y hago lo que dice.

Hace unos meses, si me hubieran dicho que tendría esta vida con
Lexi y mi hija, hubiera dicho que eso sería imposible.

Lo único que quería en mi vida era trabajar. Me cuesta imaginar que,


algo que era tan importante para mí, haya tomado un segundo plano con
Lexi y Luna. Ahora tengo una familia. Para un hombre, tener a tu gente es
lo mejor que te puede suceder.
Capítulo 22
Lexi

Ace se agacha al final del tobogán de mayores y sostiene los brazos


en alto.

—Te voy a coger, Luna. No tengas miedo. Papi está aquí


esperándote.

Mi corazón está a punto de estallar. Siento que he estado


preparándome toda la vida para este momento familiar. Es la primera vez
que Ace se ha referido a él mismo como papi hablando directamente con
Luna. Me abanico con la mano para evitar que se me caigan las lágrimas.
Luna se deja caer y se desliza por el tobogán, medio gritando, medio
riéndose. Como prometió, Ace la coge y la levanta en el aire.

—¡Lo has hecho! —Le dice.

Cuando pasa el momento, pienso en lo buena idea que hubiera sido


captar el momento con la cámara. Pero da igual. Es un momento que no
creo que olvide.

Empoderada ella, Luna le coge la mano a su papi y le lleva hasta la


escalera del tobogán y él la vuelve a subir.

—Papi coge —dice Luna.

—Claro, papi te coge. Papi siempre lo hará —dice Ace con un atisbo
de emoción en su voz. Me mira y me sostiene la mirada unos segundos. Es
una promesa de padre a hija. Le doy las gracias con la mirada. Esto es todo
lo que quería para Luna. Tener a los dos padres en su vida.

Vanessa y yo crecimos sin padre y siempre soñaba con que mi padre


llamara un día a la puerta y decir que venía a por nosotros. Las fantasías
crecían cuando mamá perdía la consciencia, lo cual era muchas veces y yo
estaba muerta de miedo.

Después del tobogán, vamos a los columpios. Hemos tenido suerte


con los parques. Este está cerca de la urbanización de Ace, nuestro nuevo
hogar, y es mucho más grande que el que teníamos cerca de nuestra casa.

Me pregunto cómo le estará yendo a Vanessa. Hablé con ella por


teléfono ayer y parecía bien, pero quiero verlo con mis ojos. Luna y yo ya
nos hemos acomodado y, si no fuera por mi preocupación por Vanessa,
estaría bien.

He cuidado de mi hermana mucho tiempo. Preocuparme por ella se


ha convertido en un hábito. Miles no tiene ambiciones y es un vago, pero es
inofensivo. Ella está bien, me digo. Y ella ya es una adulta. Una adulta con
un buen trabajo y que sabe cuidarse.

—Mamá —dice Luna, señalando el osito que tengo en mis brazos.

—¿Quieres que el osito se monte en el columpio? — Le pregunto, y


ella asiente.

Luna y yo colocamos el osito en el columpio y doy un paso atrás para


que Luna le empuje. Ella me sonríe cuando ve el osito ir cada vez más alto.
Ace está en un banco cerca y me siento a su lado y, juntos, no quitamos ojo
a nuestra hija.

—Es preciosa —dice Ace, dando voz a mis pensamientos.


—Lo es.

—Como su madre —añade.

Los cumplidos siempre me han hecho sentir incómoda. Nunca los


recibí de pequeña, y no sé qué decir ni me fío de que la otra persona lo diga
de verdad.

—Gracias.

Me vibra el teléfono con una llamada y lo cojo del bolsillo de los


vaqueros. Miro la pantalla y veo un número desconocido. Deslizo para
contestar.

—Hola —dice una voz al otro lado de la línea. Se me ponen los pelos
de punta. Conozco esa voz muy bien. Es una voz que a veces atormenta mis
sueños.

—Mamá —digo con el mismo tono.

Soy una adulta, pero el sonido de la voz de mi madre es suficiente


para devolverme a mi infancia. Siento todo tipo de emociones. Para mi
desgracia, el principal es el de la decepción. ¿Por qué tiene que volver
cuando mi vida y la de Vanessa van tan bien?

—¿Sabías que tu hermana está viviendo con un hombre? —Pregunta.

—Sí —contesto. Se me encoge el corazón. Llevamos años sin hablar


y sin vernos, ¿y no puede preguntar cómo estoy?

—¿Cómo puedes dejar que pase eso? Es tu responsabilidad, Lexi —


ya está mamá con sus reproches.
Me pregunto si estará borracha, pero su historial me dice que
seguramente esté en la fase de sobriedad, que es cuando se vuelve una
hipócrita, sobre todo con Vanessa.

—Mamá, Vanessa no es una niña. Ya es una adulta y puede tomar sus


propias decisiones —le digo.

Se produce un silencio al otro lado de la línea.

—Quiero ver a mi nieta —dice finalmente.

Me quedo sin aire en los pulmones. He estado temiendo este


momento. No quiero verla y no quiero que vea a Luna.

—¿Estás en la ciudad? —Pregunto.

—Sí, en casa —dice.

—¿Está Vanessa en casa? —Pregunto.

—No, su novio me ha dicho que está trabajando. No sé si me gusta la


idea de que un desconocido viva aquí —dice.

—Miles no es un desconocido —le digo, y me reprimo las ganas de


recordarle todos los hombres desconocidos que llevaba a casa a pasar la
noche—. Yo le conozco.

—Debí suponer que te pondrías del lado de tu hermana. Vosotras


siempre habéis sido uña y carne —bufa.

—Mira, mamá, me tengo que ir. Mañana te llamo —digo, y cuelgo la


llamada.
Me está poniendo en una situación que no quiero. Llamo a Vanessa
de inmediato. Tiene el teléfono apagado. Le escribo diciendo que me llame
cuando vea el mensaje, pero que no es nada malo. Vanessa se suele asustar a
la mínima. Como yo.

—¿Todo bien? —Pregunta Ace, volviendo al banco con Luna.

Fuerzo una sonrisa.

—Sí.

—Luna y yo vamos a dar un paseo por el parque —dice Ace—,


¿Quieres venir?

—No me lo perdería por nada del mundo —digo con una alegría
forzada, y me pongo de pie.

Caminamos con Luna entre nosotros, levantándola del suelo cada


pocos pasos. Sus chillidos normalmente me derriten el corazón, pero ahora
no. Esa llamada de mamá me ha quitado el buen humor.

¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse? ¿Qué le habrá pasado con su


novio, con el que se fue a LA? Tengo un mal presentimiento. Nunca pasa
nada bueno cuando vuelve.

Siendo egoísta, me alegra haberme mudado. Lo siento por Vanessa.


Nos quedamos en el parque otra media hora más y después volvemos a
casa. Preparo la cena mientras Ace se encarga de Luna. Me alegra tener un
poco de tiempo sola. Lo necesito para calmarme.

Mamá ha dicho que quiere ver a Luna. Me siento como una idiota,
pero no quiero exponer a Luna a mi madre. Mi hija no gana nada
conociendo a su abuela. No ha sido nunca una buena madre y mucho menos
va a ser una buena abuela ahora.

Nuestra rutina me mantiene ocupada. Hay que dar la cena a Luna,


bañarla y, cuando Ace y yo acabamos de cenar, es hora de irse a la cama.

Ace ya está en la cama cuando termino en el baño. Retira el edredón


y me meto. Me tira hacia él. Me acaricia la cabeza. La tensión de mi cuerpo
poco a poco se disipa.

—No estás bien, ¿verdad? —Pregunta Ace.

Negarlo es insultarle.

—No.

—¿Quieres hablar? —dice con calma.

—Mi madre me ha llamado —le digo.

—¿Y, cómo fue? —dice Ace.

—No muy bien. Ha vuelto casa.

—¿No está Vanessa allí con su novio? —Pregunta Ace.

—Sí.

—Será raro, pero no creo que se quede mucho —dice Ace.

Yo no estoy tan segura. Le cuento a Ace que no es la primera ni


segunda vez que hemos pasado por esto. Mamá desaparece unos años,
vuelve a casa, está sobria unas semanas y después vuelve todo a empezar.

—A lo mejor ha cambiado. La gente suele hacerlo.


—Me da igual si cambia o no, la quiero fuera de nuestras vidas —
digo con ira.

Sé que Ace está sorprendido por mis palabras.

—Vanessa y yo nos hemos criado de manera diferente. Normalmente


los niños tienen a su padre y a su madre, pero yo era la madre de Vanessa.
Yo me encargué de ella. De todo. La bañaba, hacía la comida para ella y
dormía con ella.

—¿Cuántos años tenías?

—Recuerdo cosas desde que tenía unos seis años. No tenía amigos en
el cole y a los profesores no les caía bien tampoco porque olía mal. Eso fue
antes de que aprendiese a cuidar de mí misma —mi voz tiembla de la
emoción.

Ace me aprieta entre sus brazos.

Las palabras salen temblando de mi boca. Nunca he contado esto a


nadie. Ni a Vanessa. Ella recuerda algunas cosas, pero no todo.

La cuna de Vanessa estaba al lado de mi cama. Cuando se despertaba


por la noche, yo era la que la calmaba para que se volviera a dormir. Había
muchas noches que nos acostábamos sin comer, sobre todo cuando
sabíamos que una trabajadora social venía al día siguiente. Había una
estantería arriba del todo de la cocina donde siempre había comida. Estaba
demasiada alta para mí y ella nos había prohibido coger de esa comida. La
comida estaba ahí para que las trabajadoras sociales lo vieran. Cuando el
hambre era insoportable, me quedaba en medio de la cocina salivando,
mirando las latas de judías, los paquetes de pasta y otras cosas.
Pero lo peor no era el hambre o la incertidumbre. Eran los hombres
que traía a casa. Todos eran unos groseros y no tenían buena pinta. Vanessa
y yo nos escondíamos en nuestro cuarto cuando traía a alguno.

La pesadilla empezaba por la noche. Oíamos gritar a mamá y


gritando nombres y estaba segura de que la encontraría muerta por la
mañana. Claro que eso no era que se estaba muriendo, pero para una niña,
sus gritos de placer eran gritos de dolor. No le cuento a Ace esta parte. Es
demasiado bochornoso.

—Todo esto lo causaba el alcohol —repito las palabras que Vanessa


siempre ha dicho para excusar el comportamiento de mamá. Palabras que
yo no creo.

Es raro que acabara trabajando en un bar, pero era lo que había. No


estudié, por lo que mis opciones eran limitadas. Yo ya tenía un pie en el
sector. Gracias a las borracheras de mamá me familiaricé con un montón de
marcas. Siempre limpiaba después de que ella y sus amigos bebieran y me
gustaba practicar leyendo en alto los nombres de las cervezas y las botellas
de alcohol. Alguna vez me he tomado alguna copa, pero sé que debo de
tener cuidado porque llevo los genes de mamá.

Pero cuando tuve a Luna, sabía que nunca le haría a ella lo que mamá
nos hizo a Vanessa y a mí.

—Dios, Lexi —dice Ace, las dos palabras llenas de horror que le
provocan la historia—. He visto cosas horribles, pero esto es peor. ¿Cómo
puede una madre hacer eso a sus hijas?

—Esa es una pregunta que me he hecho miles de veces con los años.

—¿Cuándo empezó a beber? —Pregunta Ace.


—No recuerdo no verla beber —ahora que tengo a Luna, pienso que
es muy triste que una madre elija beber antes que cuidar de sus hijas.
Capítulo 23
Lexi

Pestañeo varias veces cuando veo a Vanessa entrar al Alma al día


siguiente.

—Hola —digo, y analizo su cara cuando se sienta en uno de los


taburetes de la barra. Parece que no ha dormido desde que terminó su turno
ayer—, ¿estás bien?

Vanessa estira los brazos sobre la barra.

—No sé qué significa esa palabra.

—¿Tan mal? ¿Quieres beber algo? —Pregunto.

—Sí, agua, por favor —dice Vanessa.

Cojo una botella fría de la nevera. Vanessa no bebe. Una vez me


confesó que le daba mucho miedo acabar como nuestra madre. Lo entiendo.
Es aterrador imaginarse a una misma acabando como nuestra madre.

—¿Mamá sigue en casa? —Pregunto.

—Sí, solo lleva una noche y ya estoy que me subo por las paredes —
responde Vanessa—. Apenas he dormido anoche.

Me siento culpable. Anoche yo dormí muy bien. Mientras que yo no


vea a mi madre, no me va a perturbar el sueño. No me preocuparé por ella
cuando se largue. En todo caso, sentiré alivio.
—Me habla como si fuera una niña. Ahora quiere educarme y yo ya
soy una adulta —dice Vanessa.

Vanessa es demasiado blanda para decirle algo a mamá. Siempre ha


extrañado el amor y la atención de mamá y me sorprende escucharla
quejándose de que mamá la está tratando como un bebé. Hace unos años, le
hubiera encantado. Me alegra que por fin se haya quitado de encima esa
necesidad infantil de sentirse querida.

Mamá no es la persona adecuada para que te dé amor. Te querrá por


un tiempo y después te abandonará. Te romperá el corazón una y otra vez.

—Y Miles está amenazando con largarse de casa si mamá se queda


—dice Vanessa.

—Es su casa —señalo.

—Sí, lo sé.

Hay silencio por un momento.

—¿Sabes qué? La invitaré a cenar y así tú descansas un poco. Me


dijo que quería conocer a Luna.

—¡Gracias! Una noche sin ella me dará tiempo para pensar.

No puedo creerme que Vanessa esté hablando así.

—¿Qué te ha hecho cambiar? Solías adorarla hiciera lo que hiciera.

Vanessa me sostiene la mirada.

—Luna. Es mi sobrina, pero haría cualquier cosa por ella. Nosotras


fuimos hijas de mamá y no hizo nada por nosotras.
—Nos puso un techo sobre nuestras cabezas —señalo. Ahora
nuestros papeles están intercambiados. No estoy defendiendo a mamá, pero
tampoco quiero que Vanessa sea como yo. Yo llevo resentida muchos años.

Mamá compró la casa hace años, lo que significa que en algún


momento tuvo su vida en orden. Menos mal porque si no hubiésemos
acabado durmiendo en la calle.

—Mentí tanto en el cole que a veces me confundo con qué es mentira


y qué no —dice Vanessa. Le da un trago al agua.

—Al menos siempre ibas limpia —le digo.

Sonríe con tristeza.

—Sí, gracias a ti. Aunque ellos no olvidaron nunca que tú solías ir al


cole con ropa sucia antes de aprender a lavarla.

Me pusieron un mote en el cole. La vaga de Lexi. Me dormía en


clase, nunca terminaba los deberes, llevaba ropa sucia y apestaba. Juré que
Vanessa no pasaría por lo mismo.

Hablamos sobre el pasado un poco más. Hasta acabamos riéndonos


con algunos recuerdos. Cuando Vanessa se va, siento que otra parte de mí se
ha curado.

***

Cuando llego a casa por la noche, Luna y la niñera están jugando en


la zona de niños. Ha sido todo un descubrimiento para Luna y ha hecho
algunos amigos. Volvemos a casa y se queja un poco, pero la distraigo.

—Si no me necesitas más, os veré mañana —dice Helen—. Por


cierto, la cena de Luna está en la nevera.
—Muchas gracias, Helen —le digo, y cierro la puerta cuando se
marcha.

Luna está aferrada a mi cintura y yo le doy otro abrazo.

—¿Sabes lo valiosa que eres?

Ella sonríe.

—Mami.

No tarda en querer que la baje al suelo. Esta niña siempre quiere estar
correteando. Es muy independiente y tengo muchas ganas de ver la persona
en que se va a convertir cuando crezca.

Le doy un snack y me siento con ella mientras se lo come, y


mentalmente pienso en lo que haré para cenar. Había dejado pollo
descongelándose por la mañana y a Ace le encanta el pollo. Decido asarlo
con patatas y acompañarlo de algunas verduras.

Escribo a Ace y le digo que tendremos un invitado para cenar. Qué


vergüenza que nuestro primer invitado sea mi madre. No responde, pero no
esperaba que lo hiciera. Tiene cita con el psicólogo y la sesión dura unas
dos horas.

La cocina es abierta y, mientras cocino, puedo ver a Luna jugando


felizmente con su cada vez mayor colección de juguetes. La respuesta de
Ace llega cuando estoy poniendo los trozos de pollo marinado en el horno.

Me seco las manos en mi delantal antes de coger el teléfono.

Ace: Hola, amor. Acabo de ver tu mensaje. ¡Vaya! ¿Viene tu madre a


cenar? Estoy orgulloso de ti. Voy de camino. Voy derecho salvo que
necesites algo.
Yo: No hace falta nada. Ten cuidado de camino a casa.

Dejo el teléfono y continúo haciendo la cena. Me llegan imágenes de


mi madre. Siempre ha sido muy delgada, pero eso no es ninguna sorpresa
porque apenas comía. Me pregunto si ha cambiado. ¿Habrá envejecido?

Empiezo a sentir algo que me conozco bien: miedo. Cierro los ojos
un momento para intentar localizar la fuente del miedo.

Vanessa y yo estamos volviendo a casa del colegio. Ella está aferrada


a mi mano y cuanto más cerca estamos, más fuerte me aprieta la mano. Yo
estoy sudando y las piernas me pesan cada vez más. Empiezo a sentir
náuseas. Quiero vomitar. Llegamos a casa y me quedo de pie en el porche,
pero al final entramos.

Mi corazón late con fuerza en mi pecho.

—¿Mamá? —Todo está en silencio. Dejo a Vanessa en el salón. Me


mira con unos ojos grandes y asustados.

—Ten cuidado, Lexi. — Yo sonrío con valentía.

—Estaré bien —empiezo por la cocina y termino por las


habitaciones.

La encuentro en la bañera. La sacudo aunque sé que eso no suele


funcionar. Me quito las lágrimas que bajan por mis mejillas, cierro la puerta
del baño y vuelvo con Vanessa con una sonrisa en la cara.

—Está bien —le digo—. Se está bañando. Vamos a hacernos algo de


comer.

El sonido de las llaves me devuelve al presente. ¡Luna! Miro al salón,


no está. Salgo corriendo de la cocina y la encuentro en su lugar favorito,
mirando al jardín.

Pasos. Me giro y respiro aliviada. Es Ace. Soy un desastre. Pensar en


el pasado me ha asustado.

Ace viene derecho a mí.

—Ven aquí.

De alguna forma, lo sabe. Me estruja entre sus brazos. Mi cuerpo


tiembla y acabo llorando. Lloro sin montar un circo porque no quiero
alarmar a Luna.

Pierdo la noción del tiempo estando así.

—No tienes que verla cuando venga. Te puedes quedar en el cuarto


—dice Ace.

Sonrío a través de mis lágrimas. Tengo un buen hombre a mi lado.

—Estaré bien. He cometido el error de recordar cosas.

Asiente como si lo entendiera perfectamente. Creo que lo hace.

—Ve a darte un baño y yo me encargaré de Luna.

—Vale, la cena de Luna está en la nevera. —Me siento agradecida de


poder tener un rato para relajarme y ordenar los pensamientos.

Le doy un beso y me voy a la habitación. Mientras se llena la bañera,


me quito la ropa. Otros recuerdos se abren paso desde el fondo de mi mente.
Los rechazo. Recordar no me hará bien.

Me sumerjo en el agua y, en unos segundos, siento paz. Ya no soy la


niñita indefensa que una vez fui. No dependo de nadie para sobrevivir.
Puedo cuidar de mí misma y de mi pequeña.

Después del baño, estoy lista para enfrentarme al mundo. Entro al


salón justo cuando el timbre suena. Mi serenidad se escapa por la ventana.

—Voy yo —dice Ace, levantándose del sofá donde él y Luna están


viendo un programa de niños.

Le acompaño a la puerta. Ace la abre y ahí está mi madre. Vanessa


está a su lado con los ojos rojos como si hubiera estado llorando. Me urge la
necesidad de protegerla. Miro a mi madre.

Está tan delgada como siempre, pero la cara la tiene más fina y el
pelo lacio y más gris que castaño.

—Lexi —sonríe, revelando que le faltan dos dientes frontales.

—Mamá, ¿qué te ha pasado en los dientes? —Digo.

Eso le borra la sonrisa de la cara.

—Ya veo que no has cambiado mucho. Siempre hablando antes de


pensar.

Siento una punzada de dolor en el pecho. Hemos caído en nuestros


antiguos papeles automáticamente.

—¿Qué le has hecho a Vanessa? —Pregunto.

—Estoy bien —dice Vanessa con un tono cansado en su voz—. Yo no


me quedo. Hola, Ace. Dale un beso a Luna de mi parte —y se va sin esperar
una respuesta.
—Señora Allen, ¿cómo está? —Dice Ace. Se presenta y la invita a
entrar. Yo estoy rígida cuando les sigo adentro.

Mamá mira el apartamento. Parece estar desubicada como cuando yo


me mudé el primer día.

—Voy a bañar a Luna —dice Ace. No me lo dice, pero sé que me está


diciendo un «llámame si me necesitas».

Asiento.

—Vale, gracias.

Mamá se sienta.

—Ahora eres rica —dice, susurrando en alto—. Siempre supe que tú


eras la lista de las dos.

Me entra una avalancha de enfado.

—No hables así de Vanessa —siseo—, me sorprende que haya


acabado tan bien después de lo que nos has hecho.

Sus ojos arden.

—¿Ya estás con eso? Crees que eras la única con problemas. ¡Yo
también los tenía! Tenía dos niñas de las que cuidar y mi hombre se había
largado. Fue duro para mí.

Me quedo mirando con desconcierto.

—Mamá, ¡tú eras la adulta! Tu trabajo era cuidar de nosotras, igual


que es mi trabajo cuidar de Luna.

Su cara se suaviza de inmediato.


—Hablando de mi nieta, quiero conocerla.

La miro durante unos segundos. Me sonríe como si no hubiésemos


estado gritándonos hace tan solo unos segundos.

—Voy a por ella —digo.

Escucho la risa de Luna mientras camino por el pasillo. Mi alma se


recarga con cada paso que doy más cerca de Luna y Ace. Cuando entro a la
habitación, tengo una sonrisa sincera.

—Os lo estáis pasando bien sin mí —digo.

Luna lleva su pijama de princesa y huele muy bien. Está saltando en


la cama y Ace está de pie en modo protector en el borde asegurándose de
que no se caiga. Es un padre de ensueño.

—Íbamos a ir ahora contigo —dice Ace, analizando mi cara.

—Estoy bien —le digo.

Tengo muchas cosas por las que estar agradecida. Mamá está sobria y
parece que lleva así un par de semanas. No es que tenga esperanza de que
dure mucho así. Pero hoy, puedo fingir que es una madre normal e intentar
disfrutar de la noche.

El resto de la noche va mejor. Tras su emoción inicial, mamá pierde


el interés en Luna. No debería importarme, pero duele. No sé por qué
esperaba otra cosa. Mamá es egoísta y siempre lo será.

Durante la cena, logramos tener una conversación, aunque la idea de


mi madre de tener una conversación decente durante la cena no es la de la
mayoría.
—¿A qué te dedicas? —Pregunta a Ace.

—Soy bombero. —Responde Ace.

—Qué bien —dice, y después frunce el ceño—. ¿Cómo te puedes


permitir todo esto con el sueldo de un bombero?

—¡Mamá! —digo, horrorizada, pero Ace se lo toma bien y se ríe.

—Tu padre era bombero. Sé bien cuánto ganan —responde. Es la


primera vez que menciona a nuestro padre.

—Nunca supe eso —le digo. ¡Mi padre fue bombero! Y el padre de
Luna es bombero. ¡Qué casualidad!

—¿En qué departamento trabajó? —Pregunta Ace, y me entran unas


ganas terribles de besarle.

—Fuera de aquí —dice mamá sin importancia. Por su cara, sé que el


tema está finiquitado.

Me trago la decepción. Nunca nos ha contado nada de nuestro padre


biológico y siempre he tenido curiosidad. Me vuelvo a guardar la emoción.

Después de cenar, llevo a mamá al balcón mientras Ace lleva a Luna


a la cama.

—Supongo que ahora te crees una marquesa viviendo aquí —dice


mamá con un tono nada amistoso.

Cojo aire. No voy a dejar que me ponga nerviosa. Cuando no bebía,


le gustaba entretenerse conmigo. Por alguna razón, siempre he sacado lo
peor de ella. Solía comportarse como si me odiara. Y parece que eso no ha
cambiado.
Ignoro lo que dice.

—¿Cuánto tiempo llevas sobria?

—¡A ti qué te importa! —me reprende. Eso es otra cosa característica


de ella. Si mencionabas su problema con la bebida, actuaba como si fuera
un archivo secreto de la CIA.

—Solo quiero estar preparada para el caos que causarás en nuestras


vidas cuando empieces a beber de nuevo —mi tono es amable.

Algo pasa y deja a un lado su mal actitud.

—De verdad que esta vez me he comprometido, Lexi. Quiero


cambiar mi vida. No es demasiado tarde, ¿no?

—No es demasiado tarde —admito de mala gana.

—He fastidiado muchas cosas y ahora quiero hacer las cosas bien,
empezando por el novio de tu hermana. No me gustan las pintas que tiene.
Es demasiado vago. Vanessa lo hace todo.

En silencio, coincido con ella.

—Tengo que abrirle los ojos —dice.

—Supongo que lo mejor es que ella se dé cuenta sola —sugiero.

—Puede que tú hayas ayudado a tu hermana en algunas cosas, pero


yo soy su madre y la conozco mejor que nadie. —Dice, con un atisbo de ira
en su voz.

Doy un paso atrás. Me siento emocionalmente dolida. Aunque quiero


a Vanessa y quiero protegerla, no tengo más ganas de pelearme. Mamá e
hija tendrán que solucionar esto entre ellas.

No conseguimos tener una conversación en condiciones. Justo


cuando parece que la estamos teniendo, irrumpimos en un intercambio de
palabras malsonantes. Tenemos mucho rencor guardado, aunque no sé por
qué ella lo tendría conmigo. A lo mejor le recuerdo mucho al pasado. A lo
mejor mi mirada es acusadora y no lo sé. Sea lo que fuere, mamá y yo
nunca seremos amigas.

—Me tengo que ir —dice, media hora más tarde. Pido un Uber y la
acompaño abajo.

El Uber llega y, antes de entrar, se me queda mirando. Las dos


sabemos que esta es la primera y última visita. El abismo que nos separa es
demasiado grande. No podemos superarlo.

—Cuídate —dice.

—Lo haré, mamá. Tú también.

Entra al coche y cierra la puerta de un portazo. Me quedo mirando


mientras se aleja. Mi visión se emborrona cuando mis ojos se llenan de
lágrimas.
Capítulo 24
Ace

Tardamos unos días en olvidarnos de la visita express de la madre de


Lexi. Al menos Lexi vuelve a ser ella misma. Los ojos no los tiene todo el
día llorosos y ha dejado de tener pesadillas.

Jamás olvidaré lo triste que se puso Lexi cuando se quedó abajo


observando cómo se marchaba su madre. Hice todo lo posible por quedarme
quieto y no ir a por ella. Necesitaba ese momento de duelo.

Lexi me contó cosas de su madre que me hizo ver la suerte que tuve
de crecer con mis padres. No eran perfectos, pero podía haber sido peor.
Lexi es una madre y una persona maravillosa contra todo pronóstico. Solo
pensar en lo que ha pasado de niña, no entiendo cómo es tan fuerte.

Ahora entiendo por qué entró en pánico cuando Luna y ella se


mudaron a la urbanización. Perdió el control. La última persona que tuvo
control sobre ella fue su madre y no lo hizo bien. Pasará mucho tiempo
hasta que Lexi se sienta segura conmigo. Pero yo no tengo prisa. Poco a
poco, me ganaré su confianza.

Mantengo el límite de velocidad cuando todo lo que quiero es pisar el


acelerador y llegar a casa con mis chicas. Me encanta mi trabajo, sobre todo
ahora que los chicos y yo ya nos conocemos. Nunca hay un momento
aburrido y el turno de veinticuatro horas pasa volando. Los avisos van
desde emergencias médicas o incendios hasta falsas alarmas y cualquier
cosa que ocurra.
Llego a casa y salgo deprisa del aparcamiento. Lo hago todo en
silencio, ya que no quiero despertar a mis chicas. Después de pasarme por
el cuarto de Luna, voy a nuestra habitación. Lexi no se ha despertado y,
despacio, me deshago de mi ropa y me meto en la cama a su lado.

Aún dormida, se acerca a mí y me pasa una mano por mi cuerpo. Está


caliente y en cuanto me toca, mi cuerpo reacciona. Tiene la camiseta subida
y no lleva nada debajo. Mi miembro se hace grande y deslizo mis manos
por debajo para tocarle las tetas. Lo hago suavemente para no despertarla.

Las aprieto y un gemido escapa de sus labios. Sé que no voy a


dormirme. Estoy completamente despierto y aunque esperaba dormir unas
horitas, mi cuerpo desea a Lexi.

Me doy la vuelta para mirarla. Recorro su escote con un dedo y, sin


poder resistirme, vuelvo a cogerle de las tetas. Observo su cara mientras
juego con sus pezones y se despierta. Primero gime y después sus ojos se
abren de par en par.

—¿Eres tú, Ace? —dice adormilada.

—Eso espero —le digo entre risas—. Todavía es pronto. Duerme.

Me deslizo hacia abajo para jugar con sus pechos. Lexi se ríe,
sofocando un gemido.

—¿Dormir dices? —Dice.

—Sí —digo entre bocado y bocado.

He estudiado más el cuerpo de Lexi de lo que jamás he prestado


atención a nada. Sé que le gusta que le estimulen los pezones, pero no
demasiado tiempo. Siempre tengo todo esto en mente cuando venero su
cuerpo.

Bajo más hasta el calor de su coño. Le coloco una pierna sobre mi


hombro y entierro la cabeza entre sus muslos. Sus gritos de placer llegan a
mis oídos y acabo sonriendo, sabiendo que está haciendo todo lo posible
por no hacer mucho ruido.

—Ace, quiero sentirte dentro de mí —susurra Lexi mientras le como


el coño.

Pauso.

—¿Con mi lengua?

Ella duda. Lexi no tiene la boca sucia. Quiere desesperadamente que


la folle, pero no sabe encontrar las palabras correctas.

—No —dice por fin—, con tu miembro.

Sonrío en la semioscuridad. Mi chica por fin ha encontrado las


palabras que necesita.

—Tus deseos son órdenes.

Tengo el falo duro y, despacio, lo entierro en la humedad de Lexi.


Cierro los ojos mientras cada una de mis terminaciones nerviosas de mi
cuerpo se estremecen. Menuda sensación. Pauso unos segundos cuando mi
pene está totalmente dentro de ella.

Mueve sus caderas debajo de mí.

—Me pones mucho, Lexi —le digo y entonces empiezo a moverme


con embestidas lentas.
Tengo el cuerpo tenso intentando mantener el control. Trato de no
embestir demasiado fuerte. Trato de hacerlo despacio hasta que ella me pide
ir más rápido. Solo entonces desato la bestia que hay en mí.

Las manos de Lexi recorren mi espalda y mi trasero, pidiéndome


más. Aumento la velocidad de cada embestida, y cada vez estamos más
cerca del éxtasis. Lexi eleva las caderas. Me pierdo en un ritmo de
movimientos rápidos e intensos.

Los únicos sonidos que hay son nuestros gemidos y nuestros cuerpos
juntándose. Los movimientos de Lexi cada vez son más erráticos y se
retuerce debajo de mí. Yo no cambio el ritmo de mis embestidas según se va
acercando su orgasmo.

—Ace —una palabra con tantos Significados dependiendo de cómo


lo diga. Lo repite una y otra vez.

—Lexi.

—Sí, ¡oh, joder! Por favor. Sí —aprieta sus piernas alrededor de mí


mientras hace que me llegue al éxtasis con ella.

Los gemidos inundan la habitación mientras vacío mi corrida dentro


de ella, liberando mi orgasmo.

Me tumbo a su lado y, cuando ella se gira, la abrazo por detrás, y así


nos quedamos dormidos.

Me despierto un rato después con ganas de hacer pis. Lexi ya está


despierta. Aún dormido, voy al baño y, cuando vuelvo, pretendo dormir otro
rato más, pero veo un sobre en la mesilla.
Es blanco y parece algo importante. Me meto en la cama y lo cojo.
Está dirigido a mí e inmediatamente sé que es del ejército. Lo abro con
cuidado con manos temblorosas.

Me froto los ojos sin creer las palabras que hay impresas en la página.
Me van a condecorar con la estrella de plata, un premio que dan a aquellos
que han dado un servicio heroico. El resto de la carta detalla el lugar y la
hora donde se celebrará la ceremonia.

Y de repente, me transporto a ese día.

Hay montañas desoladas y desérticas allá donde mire. El helicóptero


vuela entre dos montañas y aterrizamos sobre un terreno donde no hay
nada. Es un paisaje dramático, pero el silencio no nos engaña. Sabemos que
el peligro nos espera en forma de talibanes.

El silencio dura muy poco. Como si se tratase de un cronómetro,


empiezan a producirse explosiones en las montañas. Nuestra misión es
buscar y rescatar a miembros de otro pelotón que fueron secuestrados en la
emboscada. Gateamos a través del polvo y, en cada paso, existe el peligro
de una bomba oculta.

Tenemos suerte. Llegamos hasta donde están nuestros compañeros,


unos heridos y otros muertos. Es como una escena de una película de terror.
Identifico a personas que conozco. Hombres que han dado sus vidas por su
país. Hombres que tenían seres queridos esperándoles en casa y ahora nunca
volverán.

Veo cabezas separadas de sus cuerpos. Las lágrimas caen de mis ojos
mientras buscamos a los que están vivos. Se escuchan disparos.

—¡Cubríos!
Los siguientes minutos son caóticos y aterradores mientras luchamos
por nuestras vidas. Son más que nosotros, pero nuestras armas son mejores.
Furioso de ver a nuestros amigos fallecidos, luchamos como si fuésemos
hombres que no tienen nada que perder.

—Ace, por favor.

Esa voz no es de Afganistán. Lo escucho otra vez. Es un tono teñido


de miedo. El miedo es lo que me espabila. Pestañeo rápidamente y me doy
cuenta de que estoy sentado en mi cana con las manos en posición de
sujetar un arma.

Lexi está de pie cerca de la puerta, mirándome con ojos aterradores.


Bajo las manos y formo un puño con ellas. No me creo que me esté pasando
otra vez. Pensaba que había superado la mierda del estrés postraumático. La
terapia en grupo había ido bien y esperaba que mis ataques fueran cosa del
pasado.

Necesito estar solo.

—Estoy bien —le digo a Lexi—, pero deberías dormir en la otra


habitación.

Se me queda mirando. Yo retiro la mirada. Me siento un fracaso.


Todos el esfuerzo que he puesto en terapia no ha servido para nada. Nunca
mejoraré. Nunca tendré una vida normal. Soy un idiota por pensar que
podría recuperar mi vida y volver a ser el hombre que solía ser. Ese hombre
está muerto.

Lexi se va y cierra la puerta despacio. Estoy roto y ella se merece a


un hombre entero. Me meto a la ducha y me la pongo muy caliente. Lo más
caliente que puedo.
Cuando acabo de ducharme, me visto rápidamente y le digo a Lexi
que voy a salir en barco. No le doy tiempo a hacer preguntas. Necesito salir.
Solo.
Capítulo 25
Lexi

No me creo que haya vuelto a pasar. Cojo el teléfono; da tono, pero


Declan no contesta. Me salta el contestador y cuelgo. Intento llamar a Ace
de nuevo, aunque sé que no lo va a coger.

Son las nueve de la noche y estoy muy preocupada. Después del


incidente, Ace se fue de casa diciendo que saldría con el barco. Entendí que
necesitaba tiempo para pensar.

Voy a la cocina y me pongo otra taza de café. Ya llevo demasiada


cafeína, pero necesito mantenerme ocupada. Me duele el corazón al
imaginarme lo que debe estar pasando Ace. Ahora pienso que tendría que
haber hablado con él antes de irse, decirle que tuviera paciencia. He leído
mucho sobre el trastorno por estrés postraumático y la recuperación es un
proceso lento. Se necesita tiempo. Había intentado abrazarle, pero él se
mostró frío e indiferente y me retracté. No debería haberlo hecho. Debería
haber esperado, hacerle ver que estaba ahí para él y que no me iba a ir a
ningún lado.

Por favor, que se ponga bien.

Según pasan los minutos, aumenta el miedo dentro de mí. ¿Y si le


pierdo? ¿Y si se cansa de intentarlo? Justo cuando siento que no puedo
soportar más la tormenta de mi cabeza, mi teléfono vibra.

Lo cojo de la encimera. Es Declan.


—¿Todo bien? —Pregunta.

—No —agarro con fuerza el teléfono y le cuento. Sin detenerme un


solo segundo, le doy una versión resumida de lo que ha pasado—. Aún no
ha vuelto a casa.

—Dame unos minutos, ahora te llamo —dice Declan con firmeza.

Me desespero esperando la llamada de Declan. Parece que pasa una


eternidad, pero por fin me llama.

—Se fue con el barco ayer —dice Declan.

—Sí, eso lo sé —digo—¸ ¿pero no es un poco tarde para estar en el


océano?

—No para Ace. Es algo que siempre ha hecho. Cuando tiene cosas en
la cabeza, se coge el barco y a veces está por ahí días —dice Declan. Suena
tan compungido, aunque no sea su culpa—. Le dijo a Park que no le
esperase hoy —dice Declan—. Lo siento, Lex.

Me alegra estar hablando por teléfono y no cara a cara. Odiaría que


Declan viera las lágrimas en mis ojos.

—Ace se sabe mover en el agua —dice Declan—. Estará bien. Eso es


lo importante, ¿verdad?

Murmuro una respuesta.

Cuando colgamos, estoy enfadada. Ace me debería haber dicho que


no tenía pensado volver a casa hoy. Estoy preocupada por alguien que está
perfectamente bien.
Apago las luces y me voy a la cama. Cuando me tumbo en el lado de
la cama de Ace, la noche me recuerda el momento en que Luna fue
concebida. Me siento perdida. Igual como cuando me desperté y no
encontré a Ace. Me siento pequeña e insignificante.

Cierro los ojos e intento dormir. Solo puedo pensar en Ace y en


nosotros. Somos personas muy diferentes y abordamos nuestros problemas
de manera muy distinta. Debería entender que Ace los aborda solo. Mi
cerebro lo sabe, pero mi corazón solo siente rechazo. No puedo enfrentarme
a la posibilidad de vivir así, preocupada siempre cuando nos peleemos o
tenga un episodio. Se me forma una bola de tensión en el estómago. El tipo
de tensión que se me formaba con mi madre siendo niña porque no me
quedaba otra opción. Ahora sí la tengo.

La noche se alarga. Consigo dormir, pero más que nada por cansancio
mental. A la mañana siguiente, Luna y yo nos levantamos y continuamos
con nuestra rutina. Intento evitar la tentación de llamar a Ace o a Declan.
Helen viene a trabajar a media mañana, y yo me preparo para irme a mi
trabajo.

Menos mal que puedo mantener la mente ocupada. Me viene a la


mente imágenes del cuerpo de Ace varado en una isla remota, pero me
recuerdo que su hermano y su mejor amigo no están preocupados. Y ellos le
conocen mejor que yo.

Luego, a las cuatro, a una hora de terminar mi turno, Ace entra en el


bar como si fuera un lunes cualquiera. Le miro incrédula. Cierro los ojos
unos segundos, respiro hondo, lo aguanto, y después lo suelto despacio. No
vale de nada sofocar el enfado que tengo en el pecho.
Se acerca a la barra y se sienta en un taburete como cualquier otro
cliente. Me sonríe. Estoy demasiado enfadada como para fingir no estarlo.

—Hola, preciosa —dice.

Sonrío con los dientes y me recuerdo que estamos en un espacio


público. Puedo esperar hasta llegar a casa. Llego aguantándome todo el día.
Puedo hacerlo un par de horas más.

—¿Qué te pongo? —Le pregunto, y hasta consigo esbozar una


sonrisa.

Mi amabilidad confunde a Ace. Me analiza antes de contestar.

—Una cerveza, gracias.

Me doy la enhorabuena y me giro para coger su cerveza de la nevera.


Se la sirvo como a cualquier otro cliente.

—Que disfrutes de la cerveza —le digo, poniéndole el botellín


encima de un posavasos antes de alejarme a servir a otros clientes.

Me mantengo ocupada y solo hablo con Ace cuando le sirvo otra


cerveza. Cuando acabo el turno, no se lo digo, simplemente espero a que
llegue Marc, el otro camarero, y me voy a la parte de atrás. Me cambio la
camiseta.

—Lexi, ¿ese de ahí fuera no es Ace? —dice Jen cuando entra al


vestuario.

—Sí.

—¿Te vas? —Dice.


—Correcto —suspiro—. Nos hemos peleado.

Hace una mueca.

—Odio eso. Espero que lo arregléis. Parece un buen tío.

—Gracias.

Encuentro a Ace fuera en el aparcamiento apoyado sobre mi coche.

—¿Te ibas a ir sin decírmelo?

Me detengo justo delante de él.

—Parece que es lo que hacemos ahora.

Su postura cambia.

—Lo siento, pero necesitaba estar solo.

Sus palabras no resuelven nada.

—¡Podrías habérmelo dicho! ¡Estaba asustada y preocupada! Pensaba


que te había pasado algo malo —se me llenan los ojos de lágrimas, pero las
contengo.

—Oye, ven aquí —dice Ace. Su tono, suave y afectivo, suaviza mi


enfado. Me abraza mientras sollozo en su pecho.

Me siento una debilucha. Debería estar enfadada, pero mi corazón


canta. Me siento como en casa, aunque esté en un aparcamiento, con los
brazos de Ace rodeándome y su boca susurrándome cosas a mi oído.

Entonces me doy cuenta: le quiero. No sé por qué he tardado tanto en


verlo. Ace ha pasado de ser mi amante a ser el hombre del que estoy
enamorada. Dejo de sollozar y Ace me lleva a su coche.

—Quiero decirte algo —dice Ace. Me tenso—. No estaba bien, Lexi.


Pensaba que ya había superado lo del estrés postraumático. La terapia en
grupo había ido bien. Ha sido como retroceder de repente.

Soy una persona que nunca se mete en los asuntos de nadie. Siempre
he sido así. Siempre he estado preocupada por Vanessa y por mí, y ahora
Luna, simplemente no tengo tiempo de husmear en los asuntos de nadie. He
sido así incluso en mis anteriores relaciones. Dejo que la otra persona
solucione sus cosas. En un momento de claridad, veo lo egoísta que es. Solo
me he preocupado por mis cosas. A lo mejor yo fui el problema en mis
relaciones pasadas. Pienso en mis otras relaciones, en esas en que los
hombres solo estaban interesados en acostarse conmigo.

Puede que los echara de mi vida cuando tenían algún problema.


Nunca he estado emocionalmente ahí para un novio. A lo mejor si me
hubiera pronunciado cuando Ace tuvo el episodio, Ace no se hubiera
encerrado en sí mismo.

Cojo aire mientras reúno las fuerzas para decir lo que tengo que decir.

—Curarse de algo así te va a llevar tiempo, Ace. Es un proceso, no es


algo de un día. El episodio no me asustó. Estoy aquí para ti, Ace. —Cuando
termino mi pequeño discurso, siento que he corrido una maratón, pero
cuando miro a Ace, siento que ha merecido la pena.

—¿De verdad? —Dice—. ¿No piensas que soy un pirado?

Niego con la cabeza.

—Estamos juntos en esto.


Me coge de la mano.

—No me esperaba esto.

—¿Fue por la carta que te llegó? —Pregunto. Me estremezco cuando


hago la pregunta. Podría decirme que no es asunto mío y, sinceramente, lo
preferiría. Pero si esta relación va a funcionar, tengo que hacer las preguntas
difíciles, da igual cómo reaccione Ace.

—Sí. Quieren condecorarme con la estrella de plata —dice Ace.

—Enhorabuena —digo—. Es como un premio por tu valentía, ¿no?

—La cosa es que hay muchos soldados que perdieron la vida


haciendo su deber. Y ellos se lo merecen más que yo —su voz expresa
dolor.

Ojalá encontrara las palabras adecuadas para quitarle ese dolor.

—¿Puedes aceptarlo en su nombre? —Sugiero.

Se gira hacia mí.

—No había pensado en eso —asiente—. Me gusta.

Respiro.

—Una vez vi a una niña afgana jugando con otros niños. Cruzó la
carretera detrás de una pelota que había llegado a un campo cercano. Todo
normal hasta ahí, pero en cuanto se detuvo para coger la pelota, estalló una
bomba. —Ace esconde la cabeza entre las manos y le tiemblan los
hombros. No hace ningún ruido, pero sé que está llorando. Esto es
demasiado. Busco a alguien a mi alrededor que se haga cargo de esto.
Alguien que sepa qué hacer cuando un soldado se rompe.
No hay nadie aquí, Lexi. Ace te necesita. Ahora mismo.

Cojo aire. Puedo hacerlo. Reduzco el espacio que queda entre


nosotros. Le abrazo. Fuerte. Le acaricio el cuello. Sus brazos me rodean y
me aprieta con fuerza.

Nos quedamos así, perdiendo la noción del tiempo. Pienso en lo que


ha dicho; una pequeña volada por los aires. No me imagino algo así. No me
imagino a nadie con esa imagen en la cabeza para siempre. Si fuera yo,
estaría muerta en vida. Ahora entiendo el estrés postraumático mucho
mejor. Más aún cuando Ace continúa hablando y me cuenta más historias
de cosas que ha visto. Las lágrimas recorren mi rostro mientras escucho
historias de sufrimiento, pérdidas de vida y pobreza. La guerra lo empeora
todo.

—Pienso mucho en algunas familias que conocí. Familias que se


despertaban cada día con miedo de lo que pudiera depararles el día. Pienso
en los niños pequeños, algunos tan pequeños como Luna —Ace hace una
pausa para recomponerse.

—No hicieron nada para nacer en un país así —dice Ace—. Intento
no pensar mucho en ellos. Me siento desesperanzado e impotente.

—Cuesta escucharlo —le digo, mirándole a los ojos—. No me


imagino lo desalentador que debe de ser verlo. Saber lo incierto que es el
futuro de esos niños.

Caemos en un silencio cómodo.

—¿Hay alguien que pueda hacer algo? —Pregunto a Ace.

—No lo sé —dice Ace—. Alguien debe de haber, supongo.


Capítulo 26
Ace

Me siento extrañamente tranquilo cuando me siento, vestido con mi


uniforme, junto con otros galardonados de las estrellas de plata. Estamos en
un precioso parque cerca de casa. Es un día precioso para una ceremonia en
el exterior, con el sol brillando, pero sin hacer demasiado calor.

Me viene a la mente mi época en combate. No son nada en


comparación con mis pesadillas o flashbacks. Son caras sonrientes de
soldados que conocí que dieron sus vidas por nuestro país. Soldados que
deberían estar aquí conmigo recibiendo el premio. Estoy aquí para recibirlo
en su nombre. Lexi tenía razón. Es la única manera de entender esta
ceremonia.

La busco con la mirada entre el público. Está al lado de mis padres y


de Declan. Sin yo saberlo, el ejército envío una carta parecida a la que me
enviaron a mí a la dirección de mis padres. Ya le echaré la bronca a Declan
por no avisarme de que los tres tenían pensado venir. Los vi cuando la
ceremonia ya había comenzado. Me alegra ver a mi padre bien. Aunque
verlos me suscita todo tipo de emociones. Pero cuando miro a Lexi, esa
sensación desaparece. Ella no me compara con Declan. Sienta bien tener
alguien en mi vida que no anteponga a mi hermano.

Y también está Luna. Yo soy su padre. Me encanta escuchar su dulce


voz diciendo esa palabra. Es irremplazable. Un título por el que no tengo
que competir con nadie. Mi agradecimiento hacia Lexi por darme una hija
me llena el corazón.
Llega el momento de recibir la medalla. Me mantengo erguido y
orgulloso cuando el teniente coronel me coloca el premio en el cuello. Cojo
el lustroso metal con la mano.

Gracias por su sacrificio.

Me enorgullece ser un veterano. Estoy orgulloso de los sacrificios


que he hecho por mi país. Tener un trastorno por estrés postraumático es el
precio que debo pagar, pero es algo pequeño comparado con los que lo han
pagado con sus vidas.

Después de la ceremonia, hay un bufet. Colocan rápidamente meses


en el césped. Cuando me uno a mis padres y a Declan, él ya está
presentándoles a Lexi.

—Ella es la madre de Luna —dice Declan. Supongo que ya les ha


dicho que tienen una nieta.

—Un placer conocerte —dice mamá, dando un paso hacia delante


para darle un beso en la mejilla a Lexi. Eso me sorprende. Mi madre no
suele ser tan cercana con desconocidos—. Tenemos muchas ganas de
conocer a Luna. Es nuestra primera nieta.

—Sí —dice mi padre y le coge las manos a Lexi. Mi padre, al igual


que Declan, tienen ese botón encantador que pueden encender y apagar a su
antojo—. Nos encantará conocer a la princesita.

Mamá se inclina hacia delante como para decirle algo en secreto a


Lexi.

—En cuanto nos enteramos de que teníamos una nieta, pedimos que
construyeran una piscina. Ya casi está.
A Lexi se le abren los ojos como platos.

—¿Estáis construyendo una piscina para Luna?

—Sí, claro —dice mi madre—. Si no lo hacemos por nuestra nieta,


¿por quién lo vamos a hacer?

Se da la vuelta para buscarme. Todos se dan cuenta de que estoy ahí.


El ambiente cambia a uno más frío.

—Mamá, papá —digo. Odio parecer tan frío, pero siempre ha sido así
entre nosotros. Nunca aprendí a relajarme con ellos, aunque ahora sea un
hombre con una hija.

—Enhorabuena, hijo —dice mi padre, solo por formalidad.

Nos estrechamos las manos. Parece un poco débil, pero aparte de eso
y que tiene un poco la boca torcida, no hay efectos visibles del ictus. Me
alegro.

—Gracias.

—Estamos orgullosos de ti —añade.

Hubiera matado por esas palabras cuando era un niño. Siempre quise
escucharlas, soñaba con ellas. Que un día mi padre estuviese orgulloso de
algo que haya hecho sin compararlo con Declan. A lo mejor esa fue una de
las razones por la que entré en el ejército. Hacer algo que fuese propio de
mí. Algo que no pudiesen comparar con Declan.

Pero ahora me siento bien. Nada trascendental, teniendo en cuanto el


tiempo que llevo queriendo escuchar esas palabras. Supongo que han
llegado un poco tarde.
—¿Qué tal estás? Me contaron lo del ictus —digo.

Mi padre mueve la mano como si no fuera nada.

—Estoy bien ya. Los médicos dicen que no tengo ninguna secuela
permanente. —Papá odia la debilidad y no me sorprende que esté
subestimando la enfermedad. Cambia de tema a lo de la estrella de plata,
pero sé que simplemente quiere que dejemos de hablar del ictus.

—Bien hecho, hijo —dice.

—Gracias —digo, y me vuelvo hacia Declan.

Nos damos un abrazo y todos vamos a la mesa del bufet. Mi madre le


coge la mano a Lexi para caminar junto a ella y mi padre. La miro y ella
asiente. Está bien. Satisfecho, Declan y yo también vamos hacia allí.

—Me podrías haber dicho que iban a venir —le digo.

—Sí, pero no hubieras venido a la ceremonia —responde Declan.

Pienso en lo que dice.

—Puede ser.

—¿Cómo estás ahora? —Pregunta Declan—. ¿Has vuelto a tener


episodios?

Me paro en seco y Declan se para al notar que he dejado de caminar.

—¿Episodios? ¿Cómo te has enterado? —Mi tono es frío. Odio que


se conozcan mis cosas personales.

—Lexi me lo contó cuando estaba buscándote —dice Declán—. Oye,


no lo hizo con mala intención. Estaba preocupada.
Estoy molesto, pero no con Declan. Cogemos la comida y vamos a la
mesa.

—¿Recuerdas esos días que pasábamos en el barco? —Dice Declan


cuando nos sentamos.

—Sí, eran los mejores.

Cuando mi padre nos llevaba en barco, me olvidaba de que era el


segundón. Me sentía más seguro porque podía conducir un barco desde muy
temprana edad. En el agua, me fusionaba con la naturaleza. No tenía que
competir por la atención de mis padres. Cuando salía con el barco, me
sentía seguro, sin comparaciones ni criticismo.

Recordamos el pasado y nos reímos. Desde fuera, parecemos la


familia perfecta. Por la expresión de Lexi, veo que piensa lo mismo.
Cuando terminamos de comer, aceptamos ir a casa de mis padres a pasar el
fin de semana. O mejor dicho mi madre y Lexi acuerdan eso, y yo acepto.

Lexi y yo conducimos de vuelta a LA ese mismo día. Hubiéramos


pasado la noche, pero Lexi no se siente cómoda dejando a Luna con su tía
Vanessa con la situación que tiene en casa. Su madre sigue allí. En la casa
hay tensión y preferimos volver para que Luna duerma en su cama. Helen,
la niñera, estuvo con ella todo el día y luego Vanessa la recogió para pasar
unas horas con ella.

—Ha sido agradable conocer a tus padres —me dice Lexi de camino
a casa.

—Se puede estar con ellos en dosis pequeñas —le digo.

—Comparados con mi madre, son maravillosos —dice Lexi.


Me alegra que se lleven bien y que la hicieran sentir bienvenida. No
es fácil encontrar a alguien a quien no le caiga bien Lexi. Es amable y
abierta. Mientras hablamos de mi familia, recuerdo que quería hablar con
Lexi sobre que lo privado tiene que mantenerse en privado.

—Hablando de familia, Declan me ha dicho que le contaste lo de mi


episodio —le digo.

Las mejillas de Lexi se sonrojan y me siento mal por sacar el tema,


pero si quiere que esto funcione, tenemos que conocer y respetar los límites
personales de cada uno. Yo no tengo muchos, pero sí están claros.

—Sí, lo hice. Es tu hermano. A mí no me importaría que hablases con


Vanessa de algo que me pase —dice Lexi con un tono de preocupación en
su voz. Lexi es muy ingenua. Asume que todos los hermanos se cuentan sus
cosas solo porque ella y su hermana lo hagan.

Escojo mis palabras con cuidado.

—Vanessa y tú sois diferentes. A lo mejor es una cosa de hermanas,


no lo sé, pero Declan y yo no nos contamos muchas cosas.

—¿Qué estás diciéndome? —Dice Lexi—. ¿Que no se lo debería


haber contado?

—Exacto.

—Lo siento. No lo pensé —dice.

—Oye, lo que importa es que podamos hablar de ello, ¿no?

—Sí —dice, y me dedica una sonrisa antes de mirar por la ventana.


Nos damos la mano. A Lexi y a mí nos han hecho daño. A ella su
madre alcohólica y a mí mis padres que no supieron diferenciar a sus hijos.
Pero juntos somos perfectos.

Vanessa parece agotada cuando abre la puerta.

—Hola, pensaba que vendríais más tarde —dice—. ¿Queréis entrar?

—Vale, pero no mucho rato —dice Lexi.

Luna está apilando bloques y, cuando nos ve, grita y se acerca hacia
nosotros. Lexi la abraza primero y después yo.

—Te he echado de menos, cariño —le digo.

—Papi —dice. Se engancha a mi cuello como si no quisiera irse a


ningún otro sitio.

Saludo a la madre de Lexi y a Miles, el novio de Vanessa.

—Me alegra que estéis aquí. Necesitamos ayuda con una cosa —dice
la madre de Lexi. Ha ganado un poco de peso y ahora se parece más a Lexi.

—Mamá, por favor, no empieces —dice Vanessa. Suena cansada.

Su madre lanza las manos al aire.

—Vale, lo dejo.

Después de saludarnos, Miles no quita la vista de la tele. No hay muy


buen ambiente en la casa. Hay un poco de tensión. Lo siento por Vanessa.
Ella es la víctima. Tanto Miles como su madre la están utilizando.

Nos sentamos un rato. Luna y yo nos ponemos nerviosos. Aunque yo


nunca haya tenido una buena relación con mis padres por como son, la
madre de Lexi está a otro nivel. Cambia de un tema a otro sin avisar. Su
pasatiempo favorito es meterse con sus hijas, lo cual me desconcierta.

Menos mal que no nos quedamos mucho tiempo y, cuando salimos de


la casa con Luna en mis brazos, me siento aliviado.

—¿Por qué hay tanta tensión en la casa? —Pregunto a Lexi de


camino a casa.

—Siempre hay tensión cuando mi madre está cerca. No soporta la


paz y tiene que encontrar la manera de causar discrepancias. Pobre Vanessa
—dice Lexi.

—Me alegro de que Luna y tú estéis conmigo —le digo.

—Sí, yo también —dice Lexi. Suena muy cansada. Qué ganas tengo
de llegar a casa y acostar a mis chicas. Las dos tienen pinta de necesitar un
buen descanso.
Capítulo 27
Lexi

Luna va vestida con un adorable vestido rosa y un sombrerito a juego


para protegerla del sol. No debería estar nerviosa porque ya he conocido a
los padres de Ace, pero lo estoy. Los dos fueron muy amables cuando nos
conocimos en la ceremonia, pero me di cuenta de que la señora Carter me
miraba mucho.

Lo tomé como simple curiosidad por ser la madre de su nieta. No


puedo evitar comprobar que Luna va bien vestida, lo cual es una tontería,
pero quiero que sus abuelos la quieran. Quiero que quieran que forme parte
de sus vidas.

Cuando yo era una niña, solo estábamos Vanessa, mamá y yo. Mamá
no tenía familia que yo supiera, y si la tenía, seguramente habría perdido el
contacto con ellos. Solía sentir envidia de los niños del cole cuando
hablaban de ir a visitar a sus abuelos.

Quiero que Luna tenga todo lo que yo no tuve y, por ahora, todo va
bien. Su padre está en su vida y tiene una tía que la adora. También una
abuela, aunque no debí hacerme ilusiones con ella. Desde el día que
conoció a Luna, no he vuelto a saber de ella.

—Estás muy callada —dice Ace.

—Sí. Estoy pensando en tus padres. Sé que quieren a Luna, pero no


puedo evitar preocuparme.
Ace me coge de la mano.

—Te preocupas demasiado. ¿Quién no va a querer a una niña?

Hay muchas cosas que Ace no sabe porque creció en un hogar


estable. Muchos adultos no quieren a los hijos. Yo no les caía bien a la
mayoría de los profesores. Es difícil para un niño que los adultos lo
desprecien y no saber por qué. Vale, sí sé por qué. Iba siempre sucia y olía
mal. Esa es una razón de peso para que la mayoría no quiera estar cerca de
un niño. Mi Luna no es nada de lo que yo era. Ella está bien cuidada.

—Supongo que tienes razón —le digo.

Hablamos de un poco de todo de camino. Según nos acercamos a


Santa Mónica, el aire adquiere un aroma más salado y juro que puedo oler
el océano.

—Casi estamos —dice Ace cuando nos adentramos en lo que es


obviamente un barrio de ricos.

Me impresionó el barrio de Park y Rachel, pero comparado con este,


el suyo es hasta normal. Las casas son enormes con unos jardines frontales
grandísimos. Ace se detiene delante de una casa de estilo Hampton.

El camino que va hacia la casa está rodeado de un lustroso césped


verde. Podrías pensar que es un club de golf. Sé que el mundo está lleno de
gente rica, pero nunca he conocido a ninguno personalmente. Y nunca he
estado en una casa así.

—¿Aquí es donde te criaste? —Pregunto, mirando la casa. Es el


típico sitio que ves en revistas.

—Sí —dice Ace.


Sabía que eran pudientes, pero nunca me imaginé que la casa de los
Carter fuese así. Trago saliva cuando Ace detiene el coche delante de una
imponente casa.

Ace detiene el motor y se gira hacia mí.

—Quiero decirte algo, Lexi. No tienes de que preocuparte con Luna.


Eso da igual. Lo importante somos nosotros. Nosotros tres y lo que
sentimos el uno por el otro.

Tiemblo por dentro.

—Te amo, Lexi. Amo a nuestra hija con todo mi ser. Mi opinión es la
única que cuenta.

¿Acaba de decirme que me ama? Dios mío. O a lo mejor me estoy


imaginando cosas. Ningún ser humano jamás me ha dicho que me ama. Ni
mi madre y mucho menos un hombre.

—Te amo, Lexi —repite, como si supiese que necesito oírlo de nuevo
para creerlo.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Ace se quita el cinturón y extiende


del brazo para quitármelas con el dorso de la mano.

—No llores, preciosa mía —dice.

Sonrío. Esto es algo que esperaba en secreto, pero que nunca pensé
que pasaría. El amor es algo grande. Le miro a sus preciosos ojos marrones.
Soy la mujer con más suerte del mundo. ¿Cómo se explica que un hombre
guapo, sexi y amable como Ace se pueda enamorar de alguien como yo?

Me quedo mirándolo. Se me llena el pecho y me doy cuenta de que el


vacío que he tenido en mi corazón por fin está lleno.
—Te amo, Ace.

Me coge la cara con las manos y me da un beso en la boca. Es un


ángulo incómodo en el coche, y tenemos que retorcer los cuerpos, pero me
da igual. El sonido de una puerta abriéndose nos devuelve al presente.

La señora Carter nos saluda desde la puerta.

—Vamos —dice Ace—. Cojo a Luna.

—Hola —dice la señora Carter unos segundo después cuando


subimos los grandes escalones que llevan hasta la entrada. Lanza besos al
aire y después se acerca a Ace para mirar a Luna que está durmiendo. Le da
un beso en la frente.

—Es tan preciosa. Pasad. Papá está en el jardín —dice.

Menos mal que voy detrás de ellos cuando entramos en casa porque
estoy segura de que tengo la mandíbula en el suelo. Solo el vestíbulo tiene
el tamaño de un apartamento pequeño. Cruzamos un enorme salón y un
comedor que puede sentar al menos a treinta personas y llegamos hasta unas
puertas francesas que dan al jardín.

Siento que estoy en un hotel de lujo. Mis sandalias se hunden en el


césped según lo cruzamos para unirnos al señor Carter en la mesa que está
en medio del jardín.

Deja el periódico que está leyendo y se pone en pie.

—Tu madre se estaba volviendo loca de impaciencia —dice entre


risas—. Bienvenida a nuestro hogar, Lexi. Y espero que lo consideres
también tu hogar.

—Gracias —digo, emocionada por las palabras.


—¿Dónde está el pequeño angelito? —dice.

Luna le mira con un interés franco. Le toca la nariz con un dedo y


ella se ríe. Ya han formado una amistad. La coge en brazos y ella deja que
su abuelo la separe de su padre.

—Te voy a enseñar el jardín —le dice el señor Carter a Luna. Luna se
retuerce y él la baja al suelo—. ¿Te has traído bañador para probar la nueva
piscina?

Mi corazón se embala. Ace y yo hablamos de ello. Luna aún no ha


empezado las clases de natación y no nos sentimos muy cómodos dejándola
en la piscina sin uno de nosotros.

—En otro momento, papá —dice Ace.

El señor Carter le coge de la mano a Luna y la lleva hasta el pequeño


trampolín que hay cerca del final del jardín.

—Hemos puesto un trampolín pequeño para ella —dice el señor


Carter—. Espero que le guste.

Es demasiado. Primero una piscina y ahora un trampolín. Me siento


abrumada.

Una doncella uniformada aparece por la puerta y nos ofrece bebidas.


Escojo café. Luna gatea hacia el trampolín y estalla en una risa que inunda
todo el jardín.

—Cómo he echado de menos la risa de un niño —dice la señora


Carter—. Ace, ve a hablar con tu padre. Te ha echado de menos.

Ace se me queda mirando y le sonrío para decirle que no pasa nada.


Me encanta cómo me protege. Siempre he sido la que se preocupa por los
demás. Con Ace, los roles están cambiados. Me gusta que me cuiden.

—Háblame de ti —dice la señora Carter—. ¿A qué te dedicas? ¿De


dónde son tus padres?

¡Vaya! Sonrío mientras pienso la respuesta.

—Soy camarera, trabajo en el bar Alma —estoy orgullosa de haber


llegado donde estoy sin la ayuda de nadie. Ser camarera no es poca cosa.

—¿Trabajas en un bar? —dice la señora Carter, elevando un poco la


voz.

—Sí, en un bar de copas. Llevo años allí —le digo. Me incomoda un


poco hablar de padres. No es fácil contarle a la gente que no sabes quién es
tu padre y que tu madre es alcohólica.

—¿Y qué hay de tus padres? —dice con una sonrisa alentadora.

Quiero a Ace y Ace me quiere a mí. Soy la madre de su nieta. Somos


familias. Tomo una decisión rápida.

—Me crio mi madre. Tengo una hermana, Vanessa, que es enfermera.


Y en cuanto a mi padre, nunca le he conocido.

—Tu madre debe de estar orgullosa de las hijas que tiene —dice la
señora Carter.

—Mi madre tiene suficiente con sus problemas, no tiene tiempo de


estar orgullosa de nosotras —le digo con una pequeña risa para mostrarle
que lo tengo superado—, pero sí, estoy orgullosa de Vanessa.

—¿Y eso? —Dice la señora Cartera.


Siento vergüenza. No soy responsable del comportamiento de mi
madre. Solo puedo ser responsable de mí misma.

—Mi madre era alcohólica cuando éramos pequeñas.

La señora Carter asiente como si estuviésemos debatiendo temas de


actualidad. No me siento juzgada por su parte, pero tampoco empatía ni
simpatía. No es que lo quiera, pero estaría bien saber lo que piensa.
Disimula sus sentimientos muy bien.

—Seguro que sabes lo del fondo fiduciario de Ace —dice con una
mirada inquebrantable.

No sé de qué habla. No respondo y se toma mi silencio como un sí.

—¿Te ha dicho que solo puede acceder a él cuando se case? —dice.

—No, pero Ace y yo no tenemos pensado casarnos. No hemos


hablado de ello y no tenemos ninguna prisa en hacerlo. Simplemente
estamos disfrutando del momento y de criar a nuestra hija.

Eso parece satisfacerla. Luna, su padre y su abuelo vuelven poco


después. Ella parece tan feliz de la mano de su abuelo.

—¿Quieres que te enseñe la casa antes de comer? —Pregunta Ace y


rápidamente digo sí.

—Luna se queda aquí con nosotros —dice el señor Carter.

Luna ya está como en casa y corretea en círculos con las manos


extendidas como si fueran alas. Ace me coge de la mano y entramos a la
casa.
Cuesta creer que solo vivan en esta casa tan grande dos personas. La
cocina parece la de un hotel de cinco estrellas con todos los
electrodomésticos y aparatos. Cuento cuatro trabajadores uniformados
según paseamos por la casa.

Subimos por una inmensa escalera grabada con diseños florales. Es


preciosa. Parece que estamos ascendiendo al cielo. Arriba, hay una
biblioteca que me hace salivar. Me encerraría en aquella habitación solo
para devorar todos esos libros.

Hay otra sala de estar y habitaciones.

—Esta era la mía —dice Ace, y entramos a una gran habitación con
dos camas. Cierra la puerta y me tira a sus brazos. Me besa
apasionadamente y yo suspiro mientras me fundo en su cuerpo.

—¿Este era tu plan? —Pregunto a Ace riéndome cuando paramos


para coger aire.

—Claro, no puedo vivir más de dos horas sin besarte.

Me deshago de sus brazos y miro la habitación.

—¿La compartías con Declan? Es un poco grande para un niño.

—No, no la compartíamos. Mamá insistió en que cada uno


tuviésemos nuestro propio cuarto. Odiaba cuando llegaba la noche.

Entiendo por qué. Camino hasta la ventana y miro fuera. Sonrío al


ver a Luna y a su abuelo jugando con una pelota. Esto es lo que quiero para
ella; que tenga relación con sus abuelos. Así siempre tendrá apoyo desde
muchas partes.
Tengo la sensación de que la señora Carter y yo nunca seremos
amigas. Algo cambió cuando le dije que era camarera. Es como si me
hubiera perdido el respeto, lo cual me resulta desconcertante. Es una
manera honrada de ganarse la vida. No sé ha sido eso o cuando le dije que
mi madre era alcohólica. Pero algo cambió en ella.

—Se le da bien —dice Ace, uniéndose a mi lado junto a la ventana.

Me río por lo bajo mientras veo a Luna correr detrás de la pelota.

—La verdad es que sí —recuerdo las cosas que Ace me ha contado


de su padre—. ¿No era así contigo y con Declan?

—Para nada. Parece que la edad le ha suavizado —dice Ace con pena
en su voz.

Le cojo la mano y se la aprieto.

—Al menos se está esforzando —ojalá pudiese decir lo mismo de mi


madre.

—Sí —dice Ace—. Me preocupaba dejarte sola con mi madre. ¿Se ha


comportado?

No le puedo contar que sé lo del fondo. Sabiendo lo privado que es


Ace con sus cosas, se molestará con su madre, y no quiero que discutan.

—Ha ido bien.

Me pongo detrás de él y le rodeo la cintura con mis brazos, apoyando


la cabeza en su espalda. Me gusta ser parte de una pareja. Me siento fuerte
con Ace. Como si pudiera con cualquier cosa que se interponga en mi
camino, siempre y cuando él esté en mi vida.
Capítulo 28
Ace

La piel de Lexi es aún más suave por la mañana si es que eso es


posible. Mordisqueo la piel sensible entre su oreja y cuello. Trazo besos
hasta su mandíbula. Medio dormida, arquea la espalda y cojo sus pechos,
los amaso despacio, y después me llevo un pezón a la boca.

Hoy tengo el día libre y quiero jugar a mi pasatiempo favorito:


hacerle el amor a mi novia. Lexi y yo ya lo hemos hecho oficial. Nuestra
relación está definida. Nos hemos comprometido a ello. Da miedo pensarlo,
pero también es emocionante. No puedo evitar preocuparme de que algo irá
mal.

Soy lo suficientemente listo para saber que ese pensamiento


irracional viene por mi historial con las mujeres. Nunca me ha ido bien. A
veces no era el momento y otras simplemente era mala suerte. ¿Cómo
explicarías si no el hecho de que no puedo nombrar ninguna relación que
me haya ido bien?

Lexi es diferente. Para empezar, el hecho de que sea madre hace que
sea más seria que la mayoría. Y tiene un corazón de oro. No va por ahí
haciendo daño a la gente que quiere.

Sus gemidos penetran en mis pensamientos y me devuelven al


presente.

—Ah, Ace —gime.


Beso y lamo sus deliciosas curvas, llegando hasta su coño. Me
encanta cómo huele por la mañana. Huele a primavera después de un
invierno duro. Como volver a casa.

Le aparto los labios húmedos de su coño y deslizo mi lengua por su


clítoris. Sus gemidos son como una dulce melodía para mis oídos. Crecen
en intensidad y piden más hasta convertirse en sollozos.

Le introduzco un dedo y después otro. Se mueve contra mis dedos


mientras su coño se aprieta, haciéndolos prisioneros.

—Más —pide Lexi—, quiero más.

Saco los dedos despacio y los reemplazo por mi polla.

—¡Sí! —Grita Lexi cuando mi polla la llena.

Cojo aire y le hago el amor sin prisas. La miro. Tiene los labios
entreabiertos, pidiendo que la bese. Está tan preciosa con el pelo esparcido
por la almohada y los ojos brillantes de lujuria.

—Ah, Ace, vas a hacer que me corra —grita Lexi.

Sus palabras van directas a mi polla. Aumento la velocidad de mis


embestidas. Me agarra del trasero, pidiéndome que me mueva más rápido.

—Sí, por favor.

Me encanta que Lexi se meta tanto en el papel cuando hacemos el


amor, suplicándome sin saber que me está suplicando.

Deja salir un grito y su cuerpo tiembla. Mis embestidas se convierten


en golpes rápidos. Sus uñas se clavan en mi espalda, pero no me hace daño.
Un líquido caliente inunda mi polla. No aguanto más. Exploto dentro de su
cuerpo y sigo penetrándola hasta que me vacío del todo.

—Te amo —murmuro a Lexi antes de quedarme dormido.

Cuando me despierto, lo hago porque mi teléfono está vibrando.


Adormilado, lo cojo y miro la pantalla con los ojos entrecerrados. Me siento
cuando reconozco el número de la estación. Deslizo y contesto.

Es Collins, el subdirector.

—Tienes que venir. Hay un gran incendio en Shoebox.

Se me congela la sangre. Shoebox es un bloque de apartamentos de


quince plantas donde viven miles de personas.

—¿Qué pasa? —Pregunta Lexi, frotándose los ojos.

—Incendio en Shoebox. Tengo que irme —salgo de la cama de un


salto, me meto rápidamente a la ducha y salgo tres minutos más tarde. Tardo
menos de diez minutos en prepararme.

Lexi ya está en el salón viendo las noticias. En pantalla se ven


imágenes de un gran bloque de apartamentos envuelto en fuego y humo.

—Ten cuidado —dice Lexi con voz temblorosa.

—Lo tendré —le digo serio. Le doy un beso—. Dale un beso a Luna
de mi parte.

Conduzco hasta la estación en tiempo récord. Sabía a lo que me


estaba comprometiendo cuando escogí formarme como bombero. Serían
muchas las veces que me llamarían para poner mi vida en riesgo. Esta es
una de esas veces.
Encuentro a los chicos de mi turno ya en la estación. El jefe llega
unos minutos después y, por su uniforme sucio y expresión seria, deduzco
que ya ha estado en el lugar del incendio.

—Es bastante malo —dice con una pizca de tristeza en su voz.

Nos preparamos y, cuando salimos, los diez llevamos nuestras


máscaras para respirar. Las sirenas del camión resuenan en las calles
desiertas.

Olemos el humo antes de llegar a los apartamentos de Shoebox.


Cuando lo vemos, se me escapa un grito ahogado, al igual que otros
compañeros. El edificio está totalmente envuelto y el humo se escapa desde
cualquier orificio. Parece que el incendio está concentrado en las plantas de
arriba.

Miro el fuego atónito. He visto muchas cosas en Afganistán, pero


nada como esto. Mi corazón late con fuerza contra mi pecho al pensar que
hay personas ahí dentro.

Personas asustadas y desesperadas, esperando que les ayuden,


intentando inhalar poco de ese humo tóxico mientras necesitan
desesperadamente oxígeno que les permita respirar bien.

Salimos del camión en cuanto se detiene. Hay bomberos sentados en


el césped con expresiones que conozco muy bien. Expresiones de hombres
que han visto cosas que nadie quiere ver.

Estamos aquí para tomarle el relevo al grupo que hay dentro del
edificio de búsqueda y rescate. Nos ponemos los equipos y, en los
siguientes minutos, estoy demasiado ocupado como para pensar. Tenemos
que comprobar los equipos, acatar órdenes y después es momento de entrar
al edificio ardiendo.

Nos han dado las pautas. Hay que empezar a buscar desde la planta
10.

Siento el miedo de los chicos cuando entramos. La mayoría son como


yo y nunca han visto un incendio de tal magnitud. Yo no tengo miedo. Mi
época en Afganistán me preparó para enfrentarme a situaciones de peligro
sin sentir miedo. Muchos de los chicos seguro que se están haciendo
preguntas sobre la muerte. Si tuviera la oportunidad, les diría que eso no es
lo mejor para adentrarse en el peligro. La muerte es una posibilidad que está
ahí, pero preocuparse por ella hace que no realices bien tu trabajo. Voy por
delante del grupo, alumbrando con mi linterna. Está oscuro y está lleno de
humo y el agua cae del techo.

Trato de no pensar en nada salvo en lo que tengo que hacer. Luna y


Lexi aparecen en mi cabeza, pero no me puedo permitir pensar en mis
chicas. Me deshago de esos pensamientos. Tengo trabajo que hacer y hay
personas que dependen de mí.

Subir las escaleras es todo un calvario. Hay poca visibilidad y el calor


empieza a ser insoportable. Avanzamos lento y, a cada segundo que pasa,
me preocupa que alguien esté perdiendo la vida.

La puerta del primer apartamento que nos encontramos está quemada.


El interior no parece para nada un hogar. Los muebles están quemados y
solo queda la nada. Intento empujar la puerta de un baño, pero sin éxito. A
golpes de hombro, consigo abrirla. Hay un cuerpo de un hombre en el suelo.
Ilumino su cara con la linterna. Su piel está cubierta de ceniza y tiene las
facciones torcidas. Está muerto.
Esto es solo el principio. Grabamos a cada persona que vemos. Nadie
está vivo. Me pongo en modo automático. Mis compañeros vomitan, a otros
se le caen las lágrimas por las mejillas, pero seguimos trabajando.

Un poco más de una hora más tarde, se ordena a todos los bomberos
que abandonen el edificio. No es seguro y podría derrumbarse en cualquier
momento.

Nuestro equipo regresa a la estación y llego a casa a las nueve de la


noche. Estoy cansado, sediento y destrozado. Pensaba que lo había visto
todo en Afganistán, pero ver tantas personas muertas de una es más que
devastador.

Lexi se acerca a la puerta cuando me escucha abrirla.

—Hola.

—Hola —le digo—. No te puedo abrazar, estoy muy sucio. Me voy a


duchar.

—¿Estás bien? —Pregunta, analizando mi cara.

—Ha sido brutal —le digo. Tengo la voz ronca de gritar y de tanta
emoción.

Me voy derecho al baño y me quito la ropa. Necesito ponerme debajo


del agua. Siento que todo el dolor que he sentido hoy está aferrado a mi
ropa.

Solo en el baño, con el agua cayéndome por el cuerpo, por fin saco
las lágrimas que he estado reprimiendo. Lloro por los hombres, las mujeres
y los niños que han perdido sus vidas de esa manera. Lloro por las familias
y amigos que quedarán tocados por este momento.
Los eventos del día vuelven a reproducirse en mi cabeza. Hemos
registrado un total de cien personas. Todas muertas. Veo sus caras y sus
cuerpos.

Desde la distancia, escucho una puerta abrirse, pero estoy tan inmerso
en el dolor que ni miro. Después, la puerta de la ducha se abre y se cierra.
Huelo el aroma de Lexi. Sus suaves manos rodean mi cintura y su cuerpo se
presiona contra mi espalda. Me doy la vuelta para abrazarla, aceptando su
consuelo.

—Estarás bien —repite una y otra vez hasta que sus palabras
penetran en mi cerebro y el dolor empieza a disminuir—. ¿Quieres hablar
de ello?

Sonrío.

—Ahora estoy bien —no puedo hacer que cargue con esto.
Describirle lo que he visto sería transferirle el horror y eso no sería justo.
Me han entrenado para esto, a ella no—. Me basta con que estés aquí.

Siento sus duros pezones contra mi pecho y de repente siento un


deseo. Dejo caer mis manos hasta su trasero y me inclino para besarla. Y, en
ese momento, mi angustia desaparece y me pierdo en su dulce cuerpo.

—Hazme el amor, Ace —murmura unos minutos después, sabiendo


instintivamente lo mucho que necesito olvidarme. Se gira y posa las palmas
contra la pared. Abro los cachetes de su trasero y deslizo la punta de mi
polla por la raja de su culo.

Ella gime en alto mientras juego con mi polla.

—Por favor —lo quiere tanto como yo.


Me introduzco en ella despacio. Ella empuja con su vultuoso trasero
contra mí, hasta el fondo.

La agarro de las caderas, sujetándola hasta que encuentro el ritmo.


Cierro los ojos y me dejo llevar por el momento.

No duro mucho. No puedo con su coño apretando mi polla, creando


las más dulces de las sensaciones. Lexi grita, gime, de éxtasis que pronto se
convierten en sollozos. Deslizo mi mano entre sus piernas y juego con su
clítoris. Ese es el empujón final que necesita para correrse.

Su coño se aprieta y su cuerpo da espasmos. La sujeto y continúo


embistiendo hasta que me corro con tanta fuerza que mi cuerpo tiembla.
Cuando termino, levanto a Lexi con cuidado, nos vamos a la ducha y,
despacio, la lavo.

Después de ducharnos, nos secamos y nos vamos a la cama. Lexi se


tumba sobre mi pecho y no tarda en caer dormida. La luz de la luna que
entra por la ventana ilumina la oscuridad. Miro a Lexi. Le aparto los
mechones de pelo de la cara.

¿Cómo puedo tener la suerte de tener a Lexi en mi vida? Es preciosa


y fuerte y lista. Las imágenes que tenía en la cabeza ahora se han visto
reemplazadas por una nueva apreciación de mi vida. Lexi y Luna han
pintado mi mundo.

Cuando me empiezan a pesar los párpados, ya no me siento


atormentado por las imágenes del pasado. Y, cuando me despierto por la
mañana, mi cuerpo y mi mente están descansados.
Capítulo 29
Lexi

Mi corazón se inunda de tristeza mientras escucho el homenaje que le


dedica al bombero Hudson Turner su sobrino. El adolescente cuenta lo
extraordinario que era su tío Turner y lo mucho que le gustaba jugar al
futbol con él.

Se rinden muchos tributos y, cuando se acaba, siento que le conozco.


Su mujer es la última persona en hablar. Va de la mano de sus dos niñas,
que deben de tener unos ocho y seis años. Mira el casco rojo que está
encima del ataúd, sin creerse cómo ha pasado esto. Las parejas de los
bomberos saben bien que podrían perder a sus seres queridos cualquier día,
pero la realidad es diferente.

Se le rompe la voz cuando nos cuenta el marido y padre maravilloso


que era. Cuando termina, las lágrimas recorren su rostro. Ace me coge de la
mano y la aprieta.

Yo podría estar fácilmente en su lugar. Podría haber sido Ace. Cuatro


bomberos perdieron sus vidas el día del incendio y hay otros cuantos más
hospitalizados.

Sé que el trabajo del bombero es arriesgado, pero hoy, me he dado


cuenta de la realidad. El trabajo de Ace es peligroso. Un día podría irse a
trabajar y no volver nunca más. Empiezo a temblar cuando estamos en el
coche de camino al cementerio. Seguimos una procesión liderada por
camiones de bomberos y coches de policía. Las calles están abarrotadas de
hombres y mujeres con las manos en el pecho en respeto a un hombre que
ha dado su vida por su país. Se me llenan los ojos de lágrimas al ver el amor
y respeto que hay por el bombero Judson Turner.

—Ha sido duro —dice Ace haciendo referencia a la misa.

Asiento.

—Sí. Esas criaturas crecerán sin un padre.

—Es un riesgo que tomamos los bomberos. No es solo un trabajo.


Queremos ayudar a la comunidad —dice Ace.

Mientras habla, el miedo de mi pecho se deshace. Es algo en lo que


pensó mucho antes de decidir meterse en este trabajo. Si le digo lo asustada
que estuve el día del incendio de Shoebox, sería egoísta, y eso no es justo.

La ceremonia del entierro es tan triste como la misa. Llega un


momento en el que bajo la mirada para evitar mirar el dolor que hay junto a
su tumba. Hudson Turner es enterrado con todos los honores propios de un
héroe.

Después del funeral, todos nos vamos al First, donde los bomberos de
la estación de Ace se reúnen para tomar una cerveza en honor al bombero
Hudson.

En cuanto entramos, nos sentimos como en casa. Ace es recibido con


abrazos y a mí me saludan como si formara parte de la familia. Hay
pequeños grupos formados. Alguien me da una copa de vino y sonrío con
un gracias.

El ambiente del bar es serio y con un halo de tristeza.

—Hola, Lexi.
Es Deanna, la mujer del subjefe. Tiene los ojos rojos y supongo que
los míos están iguales. Todas sabemos que podría habernos pasado a
cualquiera de nosotras.

—Hola —respondo.

—¿Quieres sentarte con nosotras? —Pregunta, y la sigo hasta una


mesa de la esquina donde hay esposas y novias sentadas.

Se me da bien recordar los nombres gracias a mi trabajo. Saludo a las


chicas cada una por su nombre.

Está Brooke, la mujer de Jason, su amiga Marian, una mujer muy


simpática. También está Janet, que es la mujer de Lucas y, por supuesto,
Mila y otras tres mujeres que me presentan. La conversación se centra en lo
que ha pasado en el día y lo duro que debe ser para la mujer de Hudson
Turner.

—Es a lo que nos arriesgamos todas —dice Mila.

—Deberíamos organizar una visita —dice Pricilla Green, la mujer del


jefe. Ella es un poco más mayor que el resto de nosotras, pero habla con
nosotras sin importar la edad.

Todas estamos de acuerdo y pasamos los siguientes minutos


acordando un día en la que la mayoría estemos disponibles. Quedamos en ir
el sábado por la tarde y decidimos llevar cada una algo de comer.

Me gusta la solidaridad que hay entre las mujeres y me alegra formar


parte de ello. Hablamos de qué comida llevar cada una. No queremos
acabar con diez lasañas.
Un camarero se acerca y nos coge nota. La conversación fluye con
facilidad. Es confortante estar con personas que entienden lo que significa
ser bombero. Hablamos del día del incendio y de lo asustadas que
estábamos. Deanna se guarda mi número de teléfono, igual que las demás.
En cierta ocasión, levanto la mirada y pillo a Ace mirándome. Mi corazón
late con fuerza. Una mirada de entendimiento pasa entre nosotros.

No importa que estemos cada uno en un extremo de la sala. La


distancia desaparece. Estamos conectados por algo que no puedo explicar.
Y yo por fin entiendo lo que significa encontrar a tu alma gemela.

Nos vamos del bar a las cinco y media. Habíamos acordado con
Helen que estaría con Luna hasta las seis. Tras muchos abrazos, nos vamos
al coche.

—Tienes un buen grupo de amigos —le digo a Ace.

—Tú también formas parte —dice.

—Sí —digo con una sonrisa en mi rostro—. Me gusta sentir que


pertenezco a un sitio. Nunca he formado parte de ningún grupo. Siempre
hemos sido solo Vanessa y yo. —Me doy cuenta de lo mucho que me he
abierto al mundo desde que volví a conectar con Ace.

—¿No hacías extraescolares en el instituto? —Pregunta Ace.

—No, no tenía tiempo para esas cosas. Tenía que volver rápido a casa
para preparar la cena y ver si mi madre seguía viva. —Estoy aceptando mi
niñez y cada vez siento menos rencor. No puedo cambiar lo que pasó, pero
sé que lo hice lo mejor que pude y diría que Vanessa y yo al final acabamos
bien.

—¿Te hiciste madre siento una niña? —Pregunta Ace.


—Sí, pero me ha hecho ser quien soy —digo—. Puedo cuidar de
Luna porque ya tengo la experiencia de cuidar de Vanessa.

—Eso no estuvo bien —dice Ace con tacto.

—Lo sé, pero las cosas pasaron así. —Cambio de tema. No quiero
hablar más de mi madre. No en un día como hoy en el que hemos enterrado
a un hombre que sacrificó su vida por su comunidad.

Pienso en las hijas de Hudson Tuner.

—¿Has pensado en cuántos hijos quieres tener? —Pregunto a Ace.


¿Los chicos piensan en esas cosas?

Ace no responde de inmediato. Cuando lo hace, noto tristeza en su


voz.

—Solía pensar en querer tener hijos antes de irme a Afganistán y


antes de que Stacy y yo rompiéramos.

Ese nombre me suena. Lo recuerdo.

—¿No es la chica que estaba en casa de Park y Rachel el día que


fuimos a la barbacoa? —Pregunto a Ace.

—Sí, esa es. Rachel se me disculpó. No esperaba que trajese una cita.

Siento celos.

—¿Salisteis en el instituto? —Pregunto.

—Sí —responde Ace—. Soñábamos con casarnos y tener una


familia. Ella quería dos hijos y yo cuatro.

Me cuesta tragar. Siento una quemazón en el pecho.


—¿Por qué rompisteis?

Tarda en responder y por un momento pienso que no lo va a hacer. Ya


estamos cerca de casa. La oscuridad del coche actúa como una red de
seguridad. A lo mejor es el día en el que tenemos que enfrentarnos a
nuestros miedos más recónditos. Sea cual sea la razón, hablamos de cosas
que nunca hemos hablado. Menos mal que hay tráfico.

—La pillé con Declan en una situación comprometida —dice Ace.

Me quedo boquiabierta.

—¿Declan?

—Sí —dice Ace como si nada—. Parece que todo fue un


malentendido, pero yo no lo sabía en ese momento.

Tiene sentido. Supe por la época en que estuve buscando a Ace, que
él y Declan no se llevaban muy bien.

—Parece ser que Declan y Park vieron a Stacy tonteando con un tío
en una discoteca. Y luego se fue a casa con él.

Estoy confusa.

—No lo entiendo.

Ace se vuelve hacia mí y sonríe.

—Es un poco retorcido. Declan quiso demostrarme que mi prometida


me era infiel. Se lio con ella para que pudiera verlo por mí mismo.

—¿No era más fácil contártelo? —No me imagino liándome con


Miles para demostrar a Vanessa que le pone los cuernos.
Ace se ríe.

—Para una persona normal, sí. Declan tiene su forma de hacer las
cosas. Pero ya solucionamos eso.

De repente siento frío. No le he contado a Ace todavía que Declan


fue quien vino a mi rescate cuando me quedé embarazada de Luna. La
historia con Stacy complica las cosas. Me lo guardo para otro momento.

—Bueno, estábamos hablando de hijos —dice Ace—. Tener a Luna


me ha hecho querer tener muchos hijos. Pero depende de lo que quieras tú.

Me quedo sin aire. ¡Quiere tener más hijos conmigo!

—Estoy dispuesta a escuchar un número. Lo que importa es que


podamos cuidar de ellos.

Me veo rodeada de una burbuja de felicidad. A pesar del día de hoy,


me siento feliz y emocionada por lo que vendrá. No sabía hacia dónde se
dirigía la relación. Me gusta saber que tenemos para rato. Descanso mi
mano en su muslo, solo por tocar una parte de él.

Él me cubre mi mano con la suya.


Capítulo 30
Ace

Dos semanas más tarde todo vuelve a ser normal en la estación. Más
o menos. Son las siete de la mañana y la cocina está abarrotada de gente que
acaba el turno y otros que lo empiezan. Hay un ambiente de cachondeo y yo
sonrío mientas me tomo el café. Esto me recuerda a mis años en Afganistán.
A pesar de lo difícil que es el trabajo, la hermandad hacía que mereciese la
pena. Lo mismo pasa con esto.

Mientras que los chicos se van de uno en uno, noto que Lucas está un
poco apagado. Parece que no ha dormido bien. El jefe entra y, mientras
hablamos, lo veo mirando a Lucas de vez en cuando.

No tardamos en recibir un aviso. Un accidente de coche. Aunque es


serio, no hay que lamentar muertes y eso es siempre un alivio. Volvemos a
la estación, aunque no tardamos en volver a recibir otro aviso.

Esta vez es una manifestación en un centro de planificación familiar y


la multitud está alborotada. Aparcamos el camión a un lado de la carretera y
nos unimos a otros bomberos y policías. Nos quedamos a cierta distancia de
los protestantes.

Durante los primeros cuarenta y cinco minutos no hay ningún


altercado. Los protestantes hacen cánticos hasta que alguien tira una piedra
al grupo, dirigida a la policía. Después otra y, en cuestión de minutos, todo
se vuelve caótico.
La policía carga contra los manifestantes. Nos vamos de allí hasta un
callejón. Nosotros luchamos con agua, no con balas.

Y me fijo en Lucas. Se agarra la puerta como si le hubieran


disparado. Llamo a uno de los chicos y entre los dos lo cogemos del brazo y
le llevamos fuera del bullicio. El jefe viene detrás.

Cuando llegamos a un sitio seguro, lo tumbamos.

Tiene los ojos abiertos como platos.

—¡Nos hemos quedado sin agua! —Grita. Después señala algo que
solo él puede ver—. Va a bajar. ¡Corred! ¡Tenemos que evacuar! —Se cubre
las orejas con las manos.

Me pongo de cuclillas junto a él.

—Ya ha pasado, Lucas. Estás a salvo —le repito una y otra vez.

—¿Está herido? —Pregunta el jefe.

Niego con la cabeza.

—No, está bien —le digo.

Media hora después, la situación se controla y la multitud se dispersa.


El episodio de Lucas ha acabado y ahora está en silencio, parece que está
bien. Más tarde por la noche, Mike grita en la sala de descanso mientras
estamos descansando. Todos nos despertamos asustados.

Durante la semana, vuelve a suceder. Al final del turno, el jefe me


llama a su oficina. Entro y cierro la puerta tras de mí.
—¿Qué crees que está pasando? —Me pregunta con el ceño fruncido
de preocupación.

Parece que soy el único que no se ha visto afectado por el incendio de


Shoebox. A los chicos se les está yendo la cabeza. En todos los turnos, hay
alguien que le pasa algo.

Se lo conté a Lexi e hizo algunas investigaciones. Parece que el


trastorno por estrés postraumático no es solo común entre soldados, sino
también entre bomberos. El incendio y las vidas que se perdieron en los
apartamentos de Shoebox ha sido un trauma muy grande para muchos de
nosotros.

Se lo cuento al jefe. Escucha atento, asintiendo todo el rato.

—Tuvimos una reunión en LA y por lo visto cada vez hay más


suicidios entre nuestra gente. Tenemos que hacer algo.

Odio hablar de mi terapia, sobre todo con los chicos del trabajo.
Supongo que me da miedo que me haga parecer una nenaza. ¿Quién va a
terapia? Pero estamos hablando de vidas. No me importa con tal de ayudar a
Lucas y a otros compañeros.

—Yo estoy yendo a terapia —le cuento al jefe—. Y me ha ayudado


mucho. Hace mucho que no tengo ningún episodio.

Y esto abre un debate sobre lo que podemos hacer. Hablamos durante


una hora y, al final, concluimos que el jefe mirará contratar un asesor,
alguien que entienda la cultura de los bomberos y la presión que implica.

El trastorno por estrés postraumático era algo de lo que me


avergonzaba, pero ahora es mi medalla de honor.
—Qué tarde vienes, estaba a punto de llamarte —dice Lexi cuando
entro por la puerta más tarde esa mañana.

Le doy un beso y, mientras lo hago, Luna extiende los brazos para


que la coja.

—El jefe quería hablar conmigo —le digo.

—Oh —dice Lexi—. ¿Va todo bien?

—Sí, todo está bien —le cuento mientras nos acomodamos en el sofá
con Luna en mi regazo. Ella juega con mi bigote, su nuevo juguete favorito.

Le cuento a Lexi lo de la reunión con el jefe.

—Estoy orgullosa de ti —dice—, podrías haber elegido apartarte de


ese tema.

—Sí, pero no sería capaz de dormir. Sé lo que es sufrir en silencio.

Lexi se acerca más, la rodeo con mi brazo y la tiro haca mi. Es


sábado y no trabaja hoy, pero va a ir a visitar a la mujer de Hudson Turner
junto con otras mujeres. Me alegra que esté formando un vínculo con ellas.
Es muy importante tener un apoyo. Los seres humanos no somos lobos
solitarios. Nos necesitamos. Cuando volví de Afganistán, pensaba que no
necesitaba a nadie. Pero tener a Lexi y a Luna en mi vida, así como a los
chicos de la estación y a mi hermano y a Park, me hace feliz.

—¿Qué tal el bizcocho? —Pregunto.

—En el horno —dice.

—Les encantará. Me gusta cómo cocinas —le digo.


—Lo sé —Lexi bromea, acariciándome la tripa.

—¡Ja! Es imposible que me crezca la barriga, no estando en la


estación. —Para cuando termino el turno de veinticuatro horas,
normalmente ya he ido tres veces a la sala de musculación.

No puedo resistirlo y estiro la mano para recorrer la mandíbula de


Lexi y besarla.

—Beso, mami —dice Luna.

—Sí, estoy besando a la guapa de tu madre —le digo.

Se baja de mi regazo y se va a su sitio favorito junto a la ventana. Se


ha convertido en su zona de juego. Alterna entre jugar con juguetes y mirar
por la ventana.

—Espera, quiero enseñarte algo —dice Lexi, y se pone de pie de un


salto justo cuando voy a hacer que se ponga en mi regazo.

—Oye —Protesto. Y Lexi se ríe mientras se aleja. Vuelve unos


segundos después con un portátil.

—¿Te acuerdas cuándo hablamos de quién podría hacer algo para


ayudar a los niños de Afganistán?

La pantalla del ordenador está repleta de niños afganos sonrientes.


Los reconocería en cualquier parte con ese tono de piel y dientes blancos y
relucientes. Mi corazón se encoge al ver a esos niños.

—He encontrado esta asociación que cuida de niños que han perdido
a sus padres en la guerra, por hambre o enfermedad. Tú apadrinas a un niño
y cada tres meses te cuentan cómo le va —dice Lexi.
Me interesa.

Lexi abre su cuenta de Gmail.

—Me he estado comunicando con uno de los directores. Le he dado


nuestros nombres y expresado nuestro interés.

Abre un documento adjunto del correo y aparecen dos niños en la


pantalla. Son gemelos y parecen tener unos cinco años.

—Estos son Abdul-Ali y su hermano Imad. Perdieron a sus padres en


un atentado suicida y ahora están en un hogar de acogida.

Los dos niños sonríen a la cámara. Si pudiera, me los llevaría de ese


lugar y me los traería aquí. Pero no puedo hacerlo, así que lo mejor es
financiar su educación.

—Hagámoslo —le digo a Lexi.

—¿Quieres saber cuánto cuesta? —Pregunta.

—Me da igual. Nos lo podemos permitir. Gracias, Lexi. Esto


significa mucho.

No puedo quitar la vista de los niños.

—Luna tendrá hermanos de una tierra lejana.

—Sí —dice Lexi.

Nos sentamos y hablamos un rato y después Lexi se va a prepararse.


Voy a la cocina y le echo leche a Luna en su vasito. Nos sentamos juntos en
el sofá mientras se lo bebe. Poco después, se duerme y la llevo a su cuarto.
Sus siestas nunca fallan. A las 11 justas, se duerme y otra vez a las
cuatro. Entro a su habitación justo cuando Lexi sale del baño. Mi mirada la
recorre con ganas al ver sus voluptuosos pechos. Cierro la puerta y voy con
ella. Lexi me ve la cara y empieza a correr alrededor de la cama.

—Conozco esa mirada, Ace —dice.

—¿Qué mirada? —Pregunto inocente—. Solo quiero ayudarte a


secarte el pelo.

—Ya he usado el secador —dice.

—¿La espalda?

Se ríe.

—¿La espalda?

—Sí. Te echaré crema. Seguro que no llegas a todos los puntos.


Siempre está seca.

—Mmm —dice Lexi—. No sé si puedo fiarme de ti. Tengo que salir


en diez minutos.

—No llegarás tarde, te lo prometo. —Seré rápido. Mi polla se pone


dura.

Lexi coge un bote de crema de la mesilla, deja caer la toalla y mi


respiración se entrecorta. Mi mirada no deja de observar su trasero mientras
rápidamente me quito la camiseta y, en otro movimiento, los pantalones y
los calzoncillos.

Le separo las piernas y me arrodillo. Me da el bote de crema y me


echo un poco en las manos. Masajeo sus mulos, frotándolos en círculos
antes de llegar a su parte interior.

No tengo mucho tiempo. Hundo mi cabeza entre sus piernas y con la


lengua, hago círculos hasta que encuentro su vagina. La geografía es un
poco diferente desde atrás, pero en segundos, Lexi se retuerce mientras le
como el coño.

Le doy placer con la lengua y los dedos y, cuando está lista para mí,
planto mis caderas entre sus piernas y me deslizo dentro de ella. Lexi
empuja con su trasero, haciéndose con toda mi polla.

—Joder, joder —grita Lexi mientras choco con ella.

Mis dedos se hunden en sus caderas mientras embisto, fuerte. Siento


cómo el cuerpo de Lexi empieza a temblar. Mi cuerpo pilla la señal y mis
testículos se preparan para eyacular dentro de su coño. Estoy tan perdido en
el cuerpo de Lexi que, si me sonara el teléfono, no podría liberarme de ella.

Su coño palpita y esa es la última señal. Cuando me corro, el orgasmo


me recorre de la cabeza a los pies. Lexi grita y su cuerpo tiembla. Me
tumbo sobre su espalda, pero sin poner todo mi peso sobre ella.

—No creo que pueda salir de la cama ahora —gime Lexi.

Me río y despacio saco mi miembro de su interior.

—Oh, sí que puedes —le digo. Con energía, me incorporo, empujo a


Lexi hasta el borde y la levanto de la cama.

—¿Dónde vamos? —Protesta.

—Al baño. Una ducha rápida. Te lo debo —le digo.


La enjuago con jabón y, cuando estamos los dos limpios, cierro el
grifo del agua y la envuelvo con una toalla.

—¿Mejor? —Le pregunto mientras me tumbo en la cama y observo


cómo se viste.

Sonríe.

—Mucho mejor. Me gusta tu forma de echarme crema en la espalda.

—Sí, tengo amplia experiencia.

Se contonea cuando termina de vestirse.

—¿Cómo voy?

—¿Quieres que te enseñe lo que pienso?

Lexi pone cara de horror y se dirige a la puerta.

—Noooo, no.
Capítulo 31
Lexi

Sin duda, las últimas semanas han sido las más felices de mi vida.
Cuanto más conozco a Ace, más me enamoro de él. Me alegra que sea él el
padre de Luna.

—¿Por qué sonríes? —Me dice Liz, una de las camareras, cuando
entra a la cocina con una bandeja llena de copas.

Me encojo de hombros.

—Estoy feliz de estar viva, supongo.

—Qué suerte —dice Liz y empieza a colocar los vasos.

Tengo suerte de ser feliz. Lo sé porque me he pasado toda la vida


sobreviviendo y no viviendo de verdad. Siento cierta culpa. En la última
semana, no he hablado con Vanessa. La he escrito un par de veces
preguntándole qué tal, pero nada más.

Luego la llamaré. No me creo lo ocupada que estoy ahora. Solo por


dejar entrar en mi vida a nuevas personas y que me inviten a comer y a
otros eventos especiales.

Me inunda cierta tristeza al recordar la visita a la casa de Sarah


Turner. Todas lloramos cuando nos contó cómo, de cierta manera, lo supo
antes de escuchar las noticias. Tras su tristeza, se podía notar cierto orgullo
en su voz.
Una mujer llamada Elizabeth fue la que más habló. Ella también
perdió a su marido. Verla me hizo feliz porque eso significaba que no
dejabas de pertenecer a esa comunidad aunque tu marido falleciera.

Me siento privilegiada de formar parte, pero tengo que encontrar el


equilibrio. No quiero que Vanessa sienta que ha perdido a su hermana y a su
sobrina. Tengo que verla más.

Antes de empezar mi turno, la madre de Ace me llama para preguntar


si pueden recoger a Luna el sábado para llevársela a comer. Le digo que sí.
No veo ningún problema. Me alegra que no me haya invitado. No me siento
cómoda con ella desde el día que fuimos a verlos. Puedo ser muchas cosas,
pero no soy idiota. Puedo leer entre líneas. Entendí su mensaje alto y claro.
Piensa que tuve un bebé con Ace por el dinero y que mi siguiente paso es
casarme. La sorpresa será para ella.

Casarme no forma parte de mis planes. Estoy feliz con nuestra


relación como está. No quiero que nada agite las aguas y aunque sé que Ace
no piensa igual, no quiero que piense que estoy interesada en su fondo
fiduciario. Lo único que quiero es criar a una niña feliz y darle un hermano
o dos. Siempre he agradecido tener a Vanessa aunque eso requiriera mucho
trabajo de pequeña. Pero todo mereció la pena solo por tener una amiga de
por vida.

El bar no tarda mucho en llenarse con los clientes habituales de los


miércoles. Converso, preguntando sobre hijos y trabajos. Escucho a una
mujer llamada Madge contarme algo sobre un hombre que conoció la
semana pasada.

—Me dijo que me llamaría, pero no lo ha hecho —se queja.


Deduzco, por lo que me ha contado, que el hombre en cuestión ya
consiguió lo que quería. Dudo que vuelva a saber de él, pero, por supuesto,
no le digo eso. No soy psiquiatra; soy camarera. Mi trabajo es mantener a
los clientes felices y con la copa llena.

—Dale tiempo. Algunos tíos necesitan su tiempo. —Digo.

—¿Tú crees?

Su expresión esperanzadora casi me rompe en dos. Esa era yo hace


dos años. Al mirar a Marge, me doy cuenta de por qué los chicos se
largaban después de pasar una noche conmigo. Es la apariencia desesperada
y necesitada. Eso no le gusta a nadie.

—Estoy segura —le digo, y me siento mala persona, pero no quiero


fastidiarle la noche.

Por suerte, hay otros clientes que requieren mi atención y, cuando


hablo después con Marge, está feliz.

Llegan las tres de la tarde. Miro a la puerta incrédula cuando veo a mi


madre del brazo de un hombre. Tiene el pelo largo cogido en una coleta,
tatuajes por todos los brazos y lleva unos vaqueros sucios.

Mamá va colgada de su brazo como si fuera su príncipe. Sonríe y le


trae hasta la barra.

Me recuerda a los hombres que solía traer a casa. Hombres a los que
hablaba con un tono de voz ridículo. No entendía por qué hablaba así y
ahora sigo sin entenderlo tampoco.

—Butch, esta es mi hija, de la que te he hablado —se inclina sobre su


oído y le susurra algo en alto—. La que está casada con el rico.
—¡Mamá! —digo demasiado en alto.

Noto que otros clientes me miran y dibujo una sonrisa en mi cara.


Butch me mira de tal forma que me da escalofríos. Me recuerdo que no soy
una niña. Soy una mujer adulta que es más que capaz de cuidar de ella
misma.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Pregunto a mamá con el tono más


amable que puedo.

—Bueno, a Butch le gusta mucho beber y quería que le conocieras —


dice con un tono coqueto.

Me entran náuseas. Me inclino hacia delante.

—No has vuelto a beber, ¿no?

Me mira con indignación.

—Claro que no.

Pide una botella de agua, pero me percato de la mirada que lanza al


doble whiskey que le sirvo a Butch. Me molesta que haya traído a su cita al
Alma. No hay nada peor que ver a tu madre seduciendo a un hombre.

Tras eso, el tiempo pasa despacio. Miro el reloj cada pocos minutos.
Aún no puedo irme. Cuando el reloj marca las cinco, salgo de ahí echando
leches. Mi plan era irme derecha a casa, pero decido pasarme por donde mi
hermana. Me alegra ver su coche en el garaje. Hoy en día no sé muy bien su
horario de trabajo.

Aparco el coche y voy hasta los escalones. Giro el pomo y la puerta


se abre. Debo recordar a Vanessa que cierre la puerta con llave. No es que
sea el vecindario más seguro.
La encuentro en el salón llorando.

—¡Vanessa! —Grito y me acerco deprisa a ella—. ¿Qué pasa? —Me


siento a su lado en el sofá y la abrazo.

—Es Miles —dice entre sollozos—. Se ha ido. Dice que hay


demasiado drama en mi vida.

—Oh, Vanessa —le digo—. Lo siento.

—Nunca tendré lo que tienes tú —dice y se suena la nariz.

—¡Pero qué tonterías dices! —Le digo—. Yo pensaba lo mismo de


mí, pero nada más lejos de la verdad. Tú eres lista y preciosa y el mejor ser
humano que conozco.

Sonríe a través de sus lágrimas.

—Gracias, Lexi. Qué haría sin ti.

—No tienes que preguntarte eso porque me tienes —le digo—.


¿Estarás bien? —Me preocupa Vanessa. A veces parece capaz de todo, pero
otras, sobre todo cuando se trata de hombres, es muy vulnerable.

—Estaré bien, lo prometo. Es mi momento de lloriquear —dice.

—A Ace le ha ayudado mucho ir a terapia —le digo.

Me mira con los ojos bien abiertos.

—¿Quieres que vaya a terapia porque mi novio me ha dejado? Lexi,


no soy la primera a la que dejan, y llorar por ello es normal.

No le digo que lo que no es normal es escoger a idiotas como novios.


—No —le digo y sonrío, incapaz de ocultar mi alegría—. No lo digo
por eso. Es porque tú y yo cargamos con una mochila.

—En otras palabras, creemos que estamos jodidas —dice Vanessa.

—Exactamente.

—¿Qué pasa contigo? ¿Tú también irás a terapia? —Dice Vanessa,

—Quizás. Las relaciones no son nuestro fuerte —digo.

—¿Tú crees? —Pregunta Vanessa.

Intercambiamos una mirada de entendimiento. Ella es la única


persona que me conoce bien y viceversa.

Hablamos de Luna y de Ace.

—Estoy muy feliz por ti, Lexi —dice Vanessa—. Nadie se lo merece
más que tú.

—Sigo esperando a que pase algo malo.

—Pues no, eso no va a pasar. Disfrútalo. Ace es un hombre


encantador y tú también.

—Te he echado de menos —le digo y la apretujo una vez más.

—Yo también —dice Vanessa.

Ambas nos quedamos inmersas en nuestros pensamientos unos


segundos.

—Aunque eche de menos a Miles, me alegra que se haya ido. Estoy


cansada de actuar como árbitro entre mamá y él.
—¿No se aguantan? —Digo, y me reprimo las ganas de añadir que yo
tampoco aguanto a Miles.

—No. Son como el agua y el aceite —dice Vanessa suspirando.

—Hablando de mamá, ¿sabías que está con alguien? ¿Un motero


llamado Butch? —Digo.

—Sí —dice Vanessa—. Ha venido por aquí. Es otra razón por la que
Miles ha dicho que mi vida está llena de drama. Mamá y él discuten mucho.

—¿Ya? —Pregunto.

Asiente.

—Ya sabes cómo es.

—Lo sé muy bien —mamá pierde los papeles a la mínima


provocación y espera demasiado de con quien esté.

Recuerdo, cuando era niña, sentir pena de algún novio. Sabía muy
poco sobre hombres en aquel entonces, pero no me parecía lógico lo que
ella esperaba. Tenían que estar siempre disponibles y llamarla si
desaparecían más de una hora y si no menuda montaba. O si ella llamaba y
no contestaban. Vamos, que tener una relación con ella era ser su títere.

—Él también bebe —le digo a Vanessa.

—Lo sé. Mamá me prometió que no bebería.

—¿La crees? —Pregunto.

—No.
—Bien. Prepárate, es la única forma de protegerte —soy una experta
con mamá. Me ha roto tantas veces el corazón que ya no albergo ninguna
esperanza—. ¿Te ha dicho dónde ha estado estos años?

No sé por qué pregunto esto.

—No, tampoco he preguntado —dice Vanessa—. Y si lo hubiera


hecho, me hubiera mentido.

La miro con admiración.

—Me sigues sorprendiendo, Vanessa.

—He tenido que crecer. Solía pensar que tú eras demasiada fría con
ella. Ahora sé que solo estabas protegiéndote.

Me duele el corazón al recordar algunas cosas, como mirar por la


ventana durante horas deseando que volviera a casa o preocuparme por los
de servicios sociales. Mamá nos había dicho que una mujer de servicios
sociales nos separaría de ella, pero daba igual lo irresponsable que fuese,
era nuestra madre.

¡A veces la odio con todas mis fuerzas! Le gustaba jugar con nuestros
sentimientos.

—¿Qué tal el trabajo? —Pregunto a Vanessa.

Su cara se ilumina.

—Bien, muy bien. Parece que me van a ascender.

Mientras me cuenta, me pregunto si algún día tendré una carrera o un


trabajo que me llene tanto como a Vanessa el suyo.
Capítulo 32
Ace

Tengo el fin de semana libre y estoy contento porque hoy me llevo a


mis chicas de paseo en barco. También estoy contento porque Park me ha
dicho que nuestro amigo Sebastian y su mujer Claire están por allí y podré
presentarles a Lexi.

Le hablo de ellos de camino. Se queda fascinada. Por lo que tengo


entendido, es su quinto años viviendo en el barco. Han estado viajando por
todo el mundo y tienen un hijo de unos tres años.

—¿De verdad que viven en el barco todo el año? —Pregunta Lexi.

Sonrío ante el asombro en su voz.

—Hay personas que viven así.

—¡Vaya! ¿A ti te gustaría? —Pregunta Lexi.

—¿Ta da miedo eso? ¿Que un día haga las maletas y nos mudemos al
barco? —Me río con ella.

—No, pero me fascina. No suena mal. ¿Te imaginas no tener un


horario ni que te esperen en ningún sitio? —Dice Lexi.

—Suena a que te apetece —le digo.

—No me importaría un mes o así. O un poco más —dice Lexi—.


Nunca he estado de vacaciones. Siempre he estado trabajando, salvo cuando
di a luz y estuve los dos meses de baja por maternidad.
—Eso no son vacaciones —le digo.

De cada conversación que tenemos, entiendo cada vez un poco más la


vida que tuvo de Lexi. Es una chica que se vio obligada a adoptar las
responsabilidades de su madre siendo solo una niña. Se encargó de su
hermana y se convirtió en su madre. Cuando acabó el instituto, consiguió un
trabajo y, con lo que ganaba, ayudó a su hermana pequeña a cumplir su
sueño de ser enfermera. Y después tuvo la mala suerte de encontrarse con
un hombre que solo la usó para un polvo. La usó y la dejó tirada. Cuando
por fin tuvo un respiro, se convirtió en madre soltera.

En esencia, Lexi nunca ha tenido tiempo de pensar en lo que quería


ser o hacer. Nunca ha descansado. Nunca nadie ha cuidado de ella. Yo
quiero hacer eso por ella. Quiero cuidarla.

Estoy muy contento con mi idea, pero no quiero chafarlo. Necesito


pensarlo bien y presentárselo de una manera que diga sí.

—Tengo ganas de conocer a tus amigos —dice Lexi.

—Sí, yo también.

Lexi se cruza de piernas y se pone a leer un libro. Me he dado cuenta


de que siempre lleva un libro en el bolso. Lee todo tipo de libros. Me
encanta cómo se concentra cuando leer. Se le frunce el ceño y se le levanta
ligeramente la ceja derecha. Cuando llegamos a Santa Mónica, hacemos una
breve visita a la pizzería.

—Me voy a pasar un momento por la librería mientras os ponéis al


día —Dice Lexi, dejándome a Luna.

—Tenemos que hablar de dinero —dice Declan.


Lo he estado posponiendo, pero ahora tenemos que solucionar el
tema de mi parte del dinero por la venta de nuestro negocio de inmobiliaria.
Más ahora que tengo a Luna y a Lexi.

Acordamos un día para la semana que viene. Lexi vuelve con un


pequeño paquete. Un libro, segurísimo.

Declan insiste en que nos llevemos dos pizzas.

—Vamos a volver, ¿sabes? —le digo.

—La pizza nunca está de más —dice.

Luego nos pasamos a saludar a Rachel por su oficina. Park está en el


embarcadero y, cuando llegamos allí, le encontramos dentro de Serenity.
Después de saludarnos, Lexi baja a la cocina a guardar las pizzas.

—Parece que has traído a una pequeñina —dice Park, revolviéndole


el pelo a Luna—. Le va a encantar. A Kacy le encanta. Se queda horas
mirando el agua.

—¿Cómo está? —Pregunto.

—Creciendo demasiado rápido —dice Park.

Mientras habla de su hija, me doy cuenta de lo rápido que ha pasado


el tiempo. Hace nada, nuestras conversaciones giraban en torno a discotecas
y fiestas. Ahora hablamos de niños.

—Rachel y yo estuvimos preocupados por ti el día del incendio —


dice Park.

Nos habíamos escrito, pero había estado tan distraído que apenas le
conté mucho salvo que estaba bien.
—Me olvidé de llamarte —le digo—. Han pasado muchas cosas.
Perdimos a unos cuantos.

—Escoges los trabajos más difíciles —dice Park, y el momento serio


se rompe.

—Alguien tiene que hacerlo —bromeo—. ¿Sebastian y Claire siguen


aquí?

—Sí, vamos a saludarlos —dice Park—. Les he dicho que veníais


hoy.

Aviso a Lexi y dejamos el barco para dirigirnos a su yate. Es bastante


grande e impresionante. Nos subimos a bordo.

Sebastian aparece en la cubierta y su mujer Claire le sigue. Hay un


montón de alegría mientras nos intercambiamos abrazos y presentaciones.
Nos ponemos al día y nos cuentan que acaban de volver de Fiji.

Claire y Lexi forman un vínculo. Le enseña el barco y todas las


medidas de seguridad que han puesto por su hijo. Tienen redes por todos
lados y su hijo lleva un chaleco salvavidas cuando está en la cubierta
principal y siempre sujeto a un arnés cuando salen a mar abierto.

Más tarde, estamos en el mar. Lexi y yo hablamos de la visita.

—Me gustaría hacerlo unas semanas, pero no creo que quiera vivir en
un barco siempre —dice Lexi.

—Yo igual. Echaría de menos tierra firme —le digo.

Estamos en la cabina. Yo manejo el timón y Lexi está tranquila en


uno de los cómodos asientos de cuero. Mientras, Luna duerme en la cuna
portátil a su lado.
Llegamos a nuestra isla favorita, pero esta vez el plan es quedarnos
en el barco. No estamos preparados para montar a Luna en el bote. El barco
se mueve suavemente y nos trasladamos a la cubierta principal donde nos
relajamos bebiendo y comiendo pizza.

Las aguas están calmadas. Se levantan pequeñas olas que se rompen


en la orilla. En ese momento me doy cuenta de que mi vida nunca ha sido
tan perfecta como lo ha sido estos dos últimos meses. Y eso es gracias a
Lexi y Luna.

Miro a Lexi. Siente que la observo y, cuando me mira, se le ilumina


la cara. Lexi tiene un alma noble. Se ha convertido en una parte de mí y no
me imagino la vida sin ella.

En un impulso, quito la botella de la mesa para ponerla en el suelo y


le cojo la mano. Le doy la vuelta para darle un beso, disfrutando de la
suavidad de su piel.

—Lexi, Luna y tú me habéis hecho el hombre más feliz del mundo.


Tú me completas —cojo aire. Quiero hacerlo. Quiero que Lexi sea mía—.
Lexi Allen, ¿me concederías el honor de ser mi mujer?

Le cambia la cara. Parece sorprendida. No era la reacción que


esperaba.

—¿Lexi?

Eso la devuelve al momento y sonríe nerviosa. Baja la mirada.

—¡Vaya! —Dice Lexi—. No me esperaba esto. —Otra risa nerviosa


se escapa de sus labios.

—¿Qué dices, Lexi? Tú, Luna y yo hacemos un gran equipo.


Luna escoge ese momento para despertarse.

—¿Mami? —Grita desde la cuna.

Quiero a mi hija, pero en este momento deseo que hubiese seguido


durmiendo. Lexi se ocupa de Luna. Le cambia el pañal y después le da de
comer.

Estoy tenso. Tengo la sensación de que va a decir que no. A lo mejor


cree que voy demasiado rápido, y puede que lo vaya. Pero cuando
encuentras a esa persona única con la que quieres pasar el resto de tu vida,
no quieres malgastar el tiempo.

Cuando acaba, Lexi me da a Luna y yo me levanto y la coloco en el


carrito para caminar por el barco y que pueda mirar el agua. Luna mueve
sus pequeñas manos contenta.

—Le encanta —dice Lexi, uniéndose a nosotros.

—Sí —sigo tenso. No le pido matrimonio a una mujer todos los días.
Nos quedamos callados, viendo cómo las olas suben y bajan—. Me gustaría
tener una respuesta a la pregunta, Lexi —digo en bajo.

La escucho coger aire.

Mi corazón se acelera. Se me vienen a la cabeza imágenes de una


vida sin Luna y Lexi. Empiezo a hablar. Mejor dicho a divagar.

—He pensado en lo bien que estaría que dejaras de trabajar y


simplemente te relajes. Yo cuidaré de ti y de Luna. Tú siempre has estado
trabajando. Te vendría bien tomar un descanso. Despertarte sin un horario.

Lexi se me queda mirando como si hubiese perdido la cabeza.


Pestañea rápidamente como si no se creyera lo que está viendo.
—¿De qué coño estás hablando? ¿Por qué dejaría de trabajar? ¿Para
depender de ti? ¿Para estar a merced de tus caprichos y deseos? Por
supuesto que no.

Me doy cuenta de lo mal que ha salido todo esto.

—No quería decir eso. Entonces… ¿Te casarás conmigo?

Si Declan estuviese aquí, se estaría partiendo de la risa de lo mal que


ha salido todo.

—¿Esto era lo que tenías planeado? ¿Que Luna y yo nos mudásemos


contigo, convencerme de dejar mi trabajo y después casarme contigo?
¿Nunca te ha importado lo que yo quiero?

—¡No, claro que no, Lexi! Me conoces —empiezo a volverme loco.


No me creo que se piense todas esas cosas que está diciendo.

Entonces echa un paso atrás. ¡Como si fuera yo peligroso!

—Nunca he pensado en casarme, así que si eso es lo que quieres, te


sugiero que busques a otra persona —dice fríamente.

—Con un «no, gracias» hubiese sido suficiente —digo firmemente.

No me creo lo que acaba de pasar. Hace unos minutos, pensaba que


sentía lo mismo que yo. Que querría pasar el resto de su vida conmigo.
Estoy dolido.

Nos quedamos de pie mirando el océano, pero nos separan


kilómetros.

—Volvamos —le digo. No tiene sentido ninguno estar donde


estamos. La magia ya se ha ido.
A Lexi y a mí no se nos da bien el mar. Es la segunda vez que nos
peleamos, pero esto es peor que una pelea. Es un rechazo.
Capítulo 33
Lexi

Me pesa el corazón. Han pasado tres días desde que Ace me propuso
matrimonio y el ambiente entre nosotros es tenso. Le echo de menos y
ahora que ha pasado un poco de tiempo, sé que reaccioné mal. Me siento
como una idiota al recordar las cosas que le dije.

El día se me pasa muy lento en el trabajo y ya he limpiado todas las


superficies. Cojo el teléfono de mi bolsillo. Tengo que arreglar lo que he
roto. Pero primero escribo rápidamente a Vanessa y le pregunto si se puede
quedar con la niña esa noche. Después, busco el número de Ace y le
escribo.

Yo: Hola, ¿te apetece tomar algo hoy?

Responde de inmediato. Hoy no trabaja, pero iba a quedar con Declan


para comer.

Ace: ¿Quién se queda con Luna?

Mi corazón se derrite. Como siempre, sus responsabilidades primero.

Yo: Vanessa.

Ace: En tal caso, vale.

Yo: ¿Puedo ir al First?

Ace: Claro.
Se me encoge el corazón. Sus mensajes son demasiado directos al
grano. Pero qué puedo esperar. Rechacé su propuesta de matrimonio y eso
no es lo peor de todo; lo hice de una manera totalmente insensible. Debería
haber buscado otra forma de decir que no. A lo mejor pedirle algo más de
tiempo para conocernos más. Me imagino la cara de la madre de Ace si se
entera que le he dicho que sí. Pensaría que he aceptado por el dinero.

No hay nada más humillante que te acusen de estar con alguien por
su dinero. Si me hubiera acusado de estar necesitada de amor, hubiera
tenido razón, ¿pero por dinero? Un dinero del que sé muy poco y del que
me importa aún menos. Pero parece que esas cosas son muy importantes
para los ricos. Pero no para el resto de los mortales.

Me alivia que el bar empiece a llenarse y así no tengo tiempo de dar


vueltas a las cosas. Después del trabajo, no me da tiempo a ir a casa a
cambiarme. Tengo que ir con lo que llevo puesto.

Soy un manojo de nervios cuando entro al First. Me siento como si


fuera la primera cita. Paso junto a la barra y saludo a Jim. Pregunta por
Luna y después señala una mesa cerca de la ventana donde Declan y Ace
están sentados. Me toma nota de lo que quiero tomar, una copa de vino, y
me uno a los chicos.

Declan se levanta cuando llego a la mesa.

—Esta es mi señal para irme —dice con una sonrisa. Me da un


abrazo rápido—. Me alegro de verte, Lexi.

—Igualmente —le digo.

Cuando se marcha, me quedo de pie sin saber bien cómo saludar a


Ace. Resuelve mi dilema poniéndose en pie y dándome un beso en los
labios.

Le da un sorbo a la cerveza. Jim me trae el vino.

—Gracias. —Tengo la voz rara.

—¿Qué tal el trabajo? —Pregunta Ace.

—Bien, como siempre.

Nos quedamos en silencio de nuevo. A Ace parece no importarle.

—Quería disculparme —comienzo.

Levanta una ceja.

—¿Por?

Tengo la boca seca. Me mojo los labios antes de formular mi


respuesta.

—Por cómo actué el sábado.

—No tienes de qué disculparte. Dijiste lo que pensabas —dice Ace.

Y me doy cuenta de que es peor de lo que pensaba. Seguramente


piense que no le quiero y no quiero que piense eso. Tengo que abrirme.
Debo decirle la verdad de por qué rechacé su propuesta.

—Quería decir que sí, pero no pude.

—¿Por qué? —Me mira vacilante.

Me invade un momento de duda. ¿Y si causo un distanciamiento


entre él y sus padres ahora que han vuelto a reconciliarse?
—No quiero que nadie piense que me estoy casando contigo por tu
fondo fiduciario —digo en voz baja.

Ace se pone tenso.

—¿Fondo fiduciario?

Me cuesta tragar.

—Sí. Tu madre me contó que cuando te casaras, tendrás acceso a ese


dinero. Dejó caer que estoy contigo por eso.

—Mi madre es la persona más materialista que conozco. ¿Por qué no


me lo contaste?

Bajo la mirada.

—No lo sé.

Coge aire.

—También es mi culpa. Debí contártelo. No deberíamos tener


secretos.

Mi corazón se embala. Debería contarle que Declan ha estado


ayudándonos, pero antes de que pueda decir nada, Ace continúa hablando y
la oportunidad se esfuma.

—Siempre hemos tenido esos fondos y, en cuanto pongamos mi


nombre en el certificado de nacimiento de Luna, ella tendrá
automáticamente su propio fondo —dice Ace.

Me quedo atónita.
—Así que sí, tengo un fondo fiduciario, pero no es algo en lo que
piense porque me gusta contribuir a la sociedad —dice Ace—. Y también
tengo el dinero del alquiler de Serenity que Park y Rachel me ingresan en la
cuenta. Declan también tiene una parte de mi dinero que ingresa en una
cuenta de ahorro.

Le miro como si fuera del espacio exterior. No ha mencionado


ninguna cifra, pero no hace falta. No me imagino a una persona teniendo
tanto dinero a su disposición.

—No tenía segundas intenciones cuando te pedí que dejaras tu


trabajo y simplemente pensaras lo que te gustaría hacer —dice Ace—.
Simplemente me di cuenta de que nunca has tenido esa oportunidad. Por
eso pensé en tener ese detalle contigo.

Cuando Ace termina de hablar, tengo los ojos llenos de lágrimas. Me


siento muy mala persona. ¿Por qué siempre tengo que imaginarme lo peor
de la gente?

Es una oferta muy tentadora y se lo digo, pero es algo en lo que


tendría que pensar mucho. Me da miedo dejar mi trabajo. No es que esté
apegada a él, pero es mi seguro. Depender de Ace sería no tener el control y
eso es algo que no me gusta.

—Vamos a hacer una cosa —dice Ace serio—. Hablaré con mi


abogado para que tengas un dinero en tu cuenta todos los meses.

Abro la boca para protestar, pero Ace me lo impide:

—Eres la madre de nuestra hija. No quiero que tengas que


preocuparte por el dinero —dice Ace.
No tengo palabras. Por Luna, acepto la oferta agradecida. Es raro
saber que recibiré dinero que no me he ganado. Me anoto mentalmente
llamar a Declan. Tiene que hablar con Ace. Se lo tiene que decir él.

—No hagamos esto otra vez —dice—. Somos adultos y deberíamos


hablar de nuestros problemas.

—Estoy de acuerdo.

Hablamos y hablamos hasta que nos tenemos que ir a casa. Me siento


culpable al encontrarme a Luna durmiendo.

—Ha estado bien —susurra Vanessa desde la puerta de su habitación


—. Necesitabais una noche solos. No te sientas mal.

Tiene razón. Luna también necesita que sus padres se lleven bien.
Que aprendan a ser una familia. Vanessa y yo volvemos al salón. Me hace
un gesto para que me siente en el sofá.

—Lexi, tengo que contarte que mamá ha empezado a beber otra vez,
aunque lo niega—susurra.

Mi cuerpo se tensa. En el fondo, esperaba que esta vez dejara su


adicción. Pero el patrón es siempre el mismo. Butch y ella vivirán a lo
grande, saldrán todas las noches, volverán a casa borrachos, se despertarán
para beber más y con suerte se irán de la ciudad.

Ojalá se vayan ya.

—Lo siento, Vanessa —le digo. Ella es la que está viviendo todo el
horror.

—Creo que me voy a ir un tiempo —dice Vanessa—. Pasar la noche


aquí con Luna me ha convencido de que es el momento de hacerlo. No
puedo estar en esa casa más tiempo, Lexi.

—¿Dónde vas a ir? Deja que hable con Ace y te quedas en la


habitación de invitados —le digo.

—¡No! —Responde Vanessa—. Ya he encontrado un sitio. Es un


apartamento pequeño amueblado para enfermeras que viajan y puedo ir
andando al hospital.

Quizás un cambio no le venga mal.

—No te preocupes por mí, Lexi. Estoy bien y contenta. ¿Sabes que es
la primera vez que voy a vivir fuera de casa?

—Sentí lo mismo cuando me vine aquí —le digo.

Hablamos un poco más y luego la acompaño al coche. Nos


despedimos con un abrazo.

De vuelta en casa, encuentro a Ace en la cocina haciendo café. Me


siento un taburete de la isla y admiro a mi hombre.

—¿Todo bien con Vanessa? —Pregunta.

—Mamá ha empezado a beber otra vez.

Ace no dice nada al principio. Echa azúcar en el café y se sienta a mi


lado.

—¿Alguna vez le habéis sugerido que vaya a un centro de


desintoxicación?

—Alguna vez se lo he mencionado, pero se pone como una loca —le


digo—. Nunca ha aceptado que tiene un problema con el alcohol porque
tiene momentos en los que no bebe, como estos últimos meses.

—Puedes volver a intentarlo —dice Ace.

—Sí, lo haré.

Es raro cómo se nos quedan grabados a fuego los recuerdos de niños.


Recuerdo decirle a mamá que no nos quedaban más judías en lata y me
lanzó una sartén. No me dio por los pelos. El mismo miedo que sentí
cuando la sartén cruzó el cuarto es lo mismo que siento ahora al pensar en
mencionarle lo del centro de desintoxicación.

—Puedo estar contigo cuando se lo digas, si quieres —me dice Ace.

Le miro con asombro. ¿Cómo puede leerme la mente?

—Te lo agradecería.

Cuando nos terminamos el café, me doy una ducha. Luego echo otro
vistazo más a Luna y me meto en la cama. Me siento tan bien entre los
brazos de Ace.

Es muy fácil decirle que sí a su propuesta. Pero necesito más tiempo.


Más tiempo para sentirme completamente cómoda. Más tiempo para que los
«y si» de mi mente se reduzcan.

Hacemos el amor, tranquilos, como si tuviéramos todo el tiempo del


mundo que, supongo, tenemos. Tenemos toda la noche para reconectar, para
quitar ese distanciamiento que hemos causado. Me hago una promesa. Haré
todo lo que esté en mis manos para gestionar mis preocupaciones y miedos
de una manera más madura.

—Te quiero mucho, Lexi —me susurra Ace al oído mientras


introduce su miembro dentro de mí.
—Yo también te quiero, Ace.
Capítulo 34
Ace

Luna y yo hemos pasado la mañana paseando por los jardines y


jugando en el parque. Cuando se la dejo a Helen, ya le toca comer y echarse
la siesta. Tengo una cita con mi abogado y necesito un extracto bancario de
Lexi.

Le envío un mensaje antes de meterme a la ducha. Silbo mientras me


ducho. Siento que las cosas van bien. Estoy contento de lo que voy a hacer
por mis chicas; garantizar que nunca tengan problemas de dinero.

Miro el teléfono cuando salgo de la ducha. Lexi no ha respondido a


mi mensaje. Me visto y miro el teléfono una vez más. Nada. Aunque no me
preocupa, ya que suele estar muy ocupada en el bar. Recuerdo haber visto
algún extracto bancario en uno de sus cajones. Dudo por un momento.

Decido que no le importará. Abro el cajón y saco un sobre marrón.


Dentro hay justo lo que estoy buscando. Cojo un boli y papel para apuntar
sus datos bancarios, pero cuando me preparo para escribir, hay algo en el
extracto que me llama la atención.

El nombre de mi hermano: Declan Carter. Miro el papel más de cerca


para asegurarme de que los ojos no me están jugando una mala pasada. No.
Lo analizo y ahí está: un importe ingresado en la cuenta de Lexi.

Se me hiela la sangre. Debe haber una explicación racional de por


qué mi hermano mayor está haciendo ingresos en la cuenta de mi novia.
Hay pagos desde hace un año. Pienso bien, pero no encuentro ninguna
razón. Él no es el padre de Luna. ¿Por qué le estaría pasando dinero a Lexi?
Me empiezo a encontrar mal. Corro al baño y vomito en el váter.

No entiendo nada, pero las pruebas están ahí. Aunque no tengan


sentido. ¿Por qué estaría Lexi conmigo si Declan es el padre de Luna? No,
niego esa idea. ¡Luna es mi hija! Me duele la cabeza.

Los eventos de hace dos años me atormentan. Cuando me encontré a


Stacy y a Declan liándose. Y luego la explicación de Declan de que lo había
hecho para demostrarme que ella no me era fiel. Creí su explicación sin
dudarlo. Ni me molesté en corroborar la historia con Park. ¿He sido un
idiota todo este tiempo? ¿Mi hermano dejó embarazada a Lexi y después
hizo que cargase yo con el marrón? No quiero creer eso, ¿pero qué otra
explicación racional hay? Si son inocentes y hay una explicación, ¿por qué
Lexi no me lo ha contado?

Todo me da vueltas. Me dejo caer en el suelo. ¡Voy a perder a Luna!


¿Y si finjo no haber visto el extracto bancario? Pero no soy un hipócrita. No
puedo fingir que todo está bien cuando me estoy muriendo por dentro.

No sé si puedo enfrentarme a Lexi, pero sí necesito salir de casa.


Escribo a Park mientras estoy en el ascensor. Cruzo los dedos por que
Serenity no esté ocupada esta tarde. Me suena el teléfono con un mensaje.

Serenity está libre. Necesito despejar la mente y solo puedo hacerlo


en el océano. Conduzco hasta Santa Mónica y reprimo la tentación de pisar
el acelerador. Mi trabajo como bombero me ha enseñado las repercusiones
que tiene dejarte llevar por las emociones.

La mayoría de los accidentes de coche lo causan personas que


conducen bajo la influencia de alguna droga o que están enfadados. Así que
mantengo la velocidad y llego a Santa Mónica de una pieza. Aparco el
coche, pero en vez de ir derecho al embarcadero, me paso por la pizzería de
Declan.

No lo veo cuando entro. Voy a la parte de atrás y entro a su oficina


sin llamar. Alza la mirada, sorprendido, desde detrás de su escritorio.

—¿Ace?

Antes de que pueda decir más, le propino un puñetazo en la cara y se


desploma en el suelo, ya que no se lo esperaba.

—Dime, Declan, ¿quién es el padre de Luna? ¿Es tuya? —Grito y me


doy cuenta de que no estoy preparado para escuchar la respuesta a esa
pregunta.

Necesito desesperadamente saber que Luna es mi hija. No soportaría


escuchar una respuesta afirmativa por parte de Declan. Sin decir más, me
voy.

En el embarcadero, todo está preparado. Por suerte, Park está


ocupado. Está hablando con un grupo, por lo que no puede hacerme
ninguna pregunta.

Solo en el barco, empiezo a romperme por dentro. Pensaba que me


habían roto el corazón cuando encontré a Declan y a Stacy, pero eso no fue
nada en comparación con el dolor que siento ahora. Me han arrebatado mi
felicidad. Esta mañana era una persona diferente. Mi mundo y mi futuro
eran seguros. Era feliz con mi familia. Ahora todo se me ha derrumbado.
Hay muchas cosas que comienzan a tener sentido ahora. Como que Lexi
rechazara casarse conmigo.

Si está enamorada de Declan, ¿qué hace conmigo? ¿Estaba haciendo


tiempo hasta que consiguiera estar con Declan? Declan no ha sido nunca de
relaciones. ¿Rechazó tener una relación con Lexi y por eso eligió estar
conmigo? ¿Como si fuera yo un segundo plato?

Pero no me cuadra. ¿Cuándo se conocieron? Está claro que yo conocí


antes a Lexi. Pero entonces, ¿cuándo apareció Declan? Mi cabeza no para
de darle vueltas y acabo teniendo migrañas.

Trato de centrarme en la inmensidad del océano. Cinco minutos más


tarde sigo en crisis. Cojo aire. Pruebo todos los trucos para recuperar el
equilibrio. Mi mente cae en una espiral de pensamientos sobre Declan y
Lexi. ¿Qué pasó? ¿Es mi hermano tan malo como para dejar embarazada a
una mujer y hacerme creer que es mía?

Me enorgullezco de mi capacidad de juzgar la naturaleza humana.


Lexi parecía buena persona. ¿Cómo he podido estar tan equivocado?
¿Puede ser que me haya juntado con otra infiel? ¿Cómo puedo tener tan
mala suerte?

Mis pensamientos me atormentan. Siento que estoy en un péndulo,


meciéndome de un lado a otro. Hay momentos que pienso que Lexi no
puede ser así y luego pienso en lo poco que conocemos a la gente. Empiezo
a no aguantar mis propios pensamientos. Me entran ganas de desaparecer.
Navego el barco hacia la isla y echo el ancla. Después me quedo en
calzoncillos y me sumerjo en el océano. Nado hasta la isla y me doy la
vuelta cuando toco tierra con mis pies.

Vuelvo nadando, así unas cuantas veces, hasta que empiezo a


sentirme agotado. Subo a la cubierta y me tumbo allí. Empiezo a sentir
calma. Tengo la mente más despejada. No debería haberle pegado a Declan,
no hasta saber la verdad.
Lo he hecho mal. Me he dejado llevar por las emociones. He hecho
todo lo que Lexi y yo habíamos acordado no hacer. Me he largado sin
hablar con ella, pero esto es diferente. Tengo que volver. Es demasiado
tarde para hablar con Declan o Lexi, pero puedo anclar el barco en el
embarcadero y esperar a que sea por la mañana.

Es medianoche cuando regreso. Veo a un hombre paseando por el


paseo y, cuando me aproximo, me sorprende ver a Declan. Sube al barco en
cuanto me acerco.

—No vas a propinarme otro puñetazo, ¿no? —Me pregunta cuando


entra a la cabina.

—No —le digo con un tono cansado.

—Lexi está preocupada por ti —dice Declan.

Me aseguro de que el barco esté amarrado y después me giro hacia


Declan. No parece sentirse culpable.

—Debería devolvértela —dice—. ¿Tan mal piensas de mí que crees


que te he hecho creer que tú eres el padre? ¿Qué nos ha pasado, Ace? Mejor
dicho; ¿qué te ha pasado a ti? —Su voz denota dolor. Nada puede ocultar
eso. Me he equivocado.

Me paso la mano por el pelo.

—Confío en ti, Ace. Tú eres mi hermano y doy la vida por ti. Pero tú
no confías en mí.

No sé qué decir, pero necesito respuestas.

—Necesito una explicación.


—Vale, te la daré —dice Declan—. Estaba negociando con unos
posibles compradores de la inmobiliaria cuando recibí una llamada.

Mi mente intenta situarse en la línea temporal a la que se está


refiriendo.

—Una mujer histérica estaba al otro lado. «¿Carter?», dijo.

—¿Lexi te llamó? —Pregunto.

—Lo siguiente que dijo fue: «vas a ser padre». No me enorgullece


decir que me desmayé —dice Declan.

—¿Te desmayaste?

—A ti también te hubiera pasado si una mujer te llama diciendo que


vas a ser padre y no has tenido sexo en casi un año —dice Declan.

Me río, en parte por la historia, pero sobre todo por el alivio que
siento de haberme equivocado.

—Y no, no era Lexi. Era su hermana, Vanessa —dice Declan —. Así


que hice lo que cualquier hermano responsable hubiera hecho. Quedé con
Lexi y Vanessa y las ayudé durante el embarazo por ti.

Qué equivocado estaba. Me siento culpable. Declan nunca me


perdonará por eso. Nunca me perdonaré. Saqué conclusiones precipitadas
de las dos personas en las que más debería confiar.

—Utilicé tus fondos para configurar un pago automático a su cuenta,


aunque los fondos iban desde mi cuenta.

Cada minuto que pasa, siento más vergüenza. Me alegra saber que era
mi dinero. Me siento un idiota. No sé qué decir.
—La única razón por la que no te devolveré el golpe es porque lo
siguiente que te voy a contar te va a matar. Estuve ahí cuando Luna llegó al
mundo —dice Declan.

—¿Cómo? Cabrón con suerte —digo con asombro—. ¿Cómo fue?


¿Era muy pequeña? ¿Lloró en cuanto salió?

Declan se ríe.

—No lloró. Tenía los ojos muy abiertos y atenta de todo lo que
pasaba a su alrededor.

Estoy tan agradecido que lo único que me sale es darle un abrazo.

—¡Gracias por respaldarme, hermano!

—Ya —dice.

—Lo siento, Declan —digo—. Soy un puto idiota.

—Sí que lo eres —dice—. Pero te quiero igualmente, y siempre


estaré ahí.

Cojo aire. He sentido todas las emociones posibles que se pueden


sentir en las últimas veinticuatro horas. Estoy física y mentalmente agotado.

—Lexi me ha estado llamando cada media hora. Te quiere, tío.

Miro la hora. Es demasiado tarde para irme a casa. Dormiré en el


barco y volveré a casa por la mañana.

—¿Crees que me perdonará? —Pregunto a Declan.

—Sí, claro que sí, pero tendrás que arrastrarte —sonríe—. A las
mujeres les gusta eso.
—Sí. —Excepto porque Lexi no es una mujer normal. Es compleja y
simple, dulce y seria, endeble y una superviviente. Es una contradicción y
no puedo predecir su reacción.
Capítulo 35
Lexi

Sobreviví a una infancia traumática distanciándome de mi madre y


también superaré esto. He tenido toda la noche para pensar las cosas bien y,
cuando ya empieza a amanecer, escucho las llaves de Ace. Estoy preparada.
Ya he cancelado los servicios de Helen de hoy. Así que solo estamos Luna y
yo.

Lo primero que ve Ace son las maletas en el salón. Se detiene en seco


y se queda mirándolas antes de mirarme a mí, que estoy sentada en el sofá.
Su expresión de asombro casi me hace repensar mi decisión, pero me
recuerdo que soy una superviviente.

Y los supervivientes toman decisiones difíciles. Y pensar que casi


acepto la idea de dejar mi trabajo. Estaría en un aprieto. Pero menos mal
que tengo un trabajo, un sitio donde vivir y puedo cuidar de mi hija.

—¿Qué es esto? —Pregunta sin quitar la vista de las maletas. Me


mira a mí—. ¿Lexi?

Siento un dolor imprevisto. Me muerdo el labio inferior para evitar


que tiemble.

—Luna y yo nos vamos. Nos volvemos a casa —hago todo lo posible


para que no me tiemble la voz.

—¿Por qué? —Pregunta Ace perforándome con sus ojos marrones.


Parece que para él es normal desaparecer sin decir nada y que yo me
preocupe. Puedo entender algunos comportamientos hasta cierto punto.
Tengo un máster en malas costumbres gracias a la convivencia con mi
madre.

Pero sí sé que la gente rara vez cambia sus hábitos. Ace siempre me
romperá el corazón. Cuando hay algún problema, él desaparece. Hoy, puede
que haya sido solo una noche, pero podría ser una semana. O quizás haga
igual que cuando me dejó embarazada y desaparezca dos años.

Esa no es la vida que quiero tener y tampoco voy a exponer a mi hija


a una vida así. Luna va a crecer en un entorno feliz y, si puedo hacerlo,
nunca tendrá que soportar la carga de preocuparse por sus padres.

Ace se acerca a Luna, le da un beso y la abraza. Nos imagino pasando


la noche juntas en el salón en mitad de la noche, esperando que Ace llegue a
casa, preocupadas y preguntándonos si él estará bien o si le ha pasado algo
malo.

Menos mal que Luna es un bebé. Es el momento adecuado de irse.

Se sienta enfrente de mí.

—Lo siento por desconfiar de ti, Lexi.

Mi corazón se tambalea. Mi lado protector quiere acortar distancias y


rodearle con mis brazos. Lo ignoro.

—Por favor, no os vayáis —se pasa los dedos por su pelo. Echaré de
menos eso.

Echaré de menos un montón de cosas. Como sus dedos


persuadiéndome para hacerme el amor al amanecer. Su cuerpo frío
metiéndose en la cama después de un turno largo. Las palabras que me
susurra al oído cuando cree que estoy dormida.

Endurezco el corazón. No es el momento de recordar cosas. Ya habrá


tiempo para eso por las noches cuando esté sola en casa y Luna esté
dormida.

—No puedo estar con alguien que desaparece en cuanto hay un


problema —le digo con voz calmada.

—Tenía que irme, Lexi. Necesitaba tiempo y espacio para pensar —


dice Ace, inclinándose hacia delante.

Siento una punzada en el pecho.

—Podrías habérmelo dicho. Solo hacía falta un mensaje.

—Ponte en mis zapatos, Lexi —dice, levantando la voz—. Acabas de


ver lo que crees que son pruebas de que hay algo entre tu hermana y tu
novio. ¿Enviarías un mensaje?

Todo suena muy razonable y una persona normal lo entendería. Pero


yo no soy una personal normal y lo que creo es que no puedo vivir con el
miedo de que un día se vaya enfadado y no vuelva nunca más. Sé lo que es
vivir con miedo. Pasar las noches con miedo. Preocupada. Asustada.
Sentirse perdida y expuesta. Nunca más. Me pongo en pie.

—Lo siento, Ace. Yo no puedo con esto.

—Por favor, Lexi, no hagas esto. Podemos solucionarlo —dice Ace.

Me duele el corazón. Si hay algo que he aprendido durante este


tiempo, es que no soy capaz de estar en esta relación. Tengo el corazón
demasiado duro. Me cuesta perdonar. Otra mujer hubiera superado el
miedo, pero no yo. No estoy hecha para las relaciones. Entiendo la
necesidad de Ace de irse, de estar solo para pensar las cosas, pero no puedo
entender por qué no me lo puede decir. Hacer que no me preocupe. Y no
voy a quedarme esperando a la próxima vez que lo haga.

—¿Puedes ayudarme a llevar las maletas al coche? —Le pregunto


educadamente. He metido todo lo que he podido en dos maletas. Volveré a
por el resto. Ace ve algo en mis ojos que le dice que voy en serio.

Se pone en pie y hunde sus manos en los bolsillos de los pantalones.

—¿Ya está, Lexi? ¿Rompemos nuestra familia porque no podemos


solucionar nuestros problemas?

Empiezo a llorar y siento un dolor en el pecho.

—Tenemos demasiados problemas. Empezamos esto con mal pie, y


no somos capaces de enderezarlo.

—Podemos, Lexi. Ten fe en nosotros. Lo estábamos haciendo bien —


dice Ace.

—Lo siento. He tomado ya una decisión —le digo, y me seco las


lágrimas con el dorso de la mano—. Encontrarás a otra persona.

No sé por qué digo eso. Siento celos al imaginarme a Ace con otra
mujer.

Sus facciones se endurecen.

—¿Debería encontrar otra hija también?

***
Ace nos sigue con su coche hasta casa. Nos lleva las maletas hasta la
puerta. Le quiero mucho; siento mi corazón rompiéndose en mil trozos.
¿Estoy cometiendo un error?

Pero entonces recuerdo la tortura que pasé anoche. Hay miles de


situaciones que se me pasan por la mente; las posibilidades me atemorizan.
Recuerdo la noche en la que concebimos a Luna y que Ace se fue sin decir
nada.

Tampoco se lo dijo a su familia. Simplemente se largó. No puedo


depender de Ace. Es un amor de persona, pero solo cuando está ahí. En
cuanto su cerebro le dice que es momento de largarse, lo hace sin dar
ningún tipo de explicación.

Y yo no puedo vivir con ese Ace.

Son las nueve de la mañana y noto cómo se mueven unas cortinas de


la casa de al lado. Eso no me molesta. Vanessa y yo siempre hemos vivido
rodeadas de cotillas.

Llevo a Luna hasta el porche, donde Ace está de pie. La coge de mis
brazos.

—Puedes verla cuando quieras —le digo.

—Helen continuará quedándose con ella, ¿no? —Pregunta Ace.

—Sí —contesto.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —Dice Ace. Tiene los
ojos hinchados.

Claro que no es lo que quiero, pero es lo que debo hacer. De repente


me siento agradecida de la vida que he tenido. Es lo que me ha hecho capaz
de tomar decisiones duras aunque duelan.

Pero cuando miro a Ace, no me siento orgullosa. Quiero romper a


llorar. Quiero echarme a sus brazos. Pero en vez de eso, asiento.

—Gracias por todo.

Abre la boca para decir algo, pero parece cambiar de opinión. Me da


a Luna.

—¿Quieres que pase las maletas? —Pregunta.

—No, lo haré yo. Gracias. —Hablamos de manera formal. Como si


fuéramos un trabajador de una compañía de mudanzas y un cliente.

Le da otro beso más a Luna y la mira con una expresión de aflicción


que casi me hace cambiar de idea. Se da la vuelta y camina hacia su coche.
Se me llenan los ojos de lágrimas mientras le veo alejarse. En ese momento,
sé lo que he perdido: he perdido la oportunidad del amor y la felicidad.

Pero para mí, el precio es demasiado alto. Me doy la vuelta y abro la


puerta. En cuanto entro, siento un fuerte hedor a alcohol.

Qué he hecho, murmuro para mis adentros cuando veo el desorden


del salón. La mesa está llena de latas de cervezas y cerveza desparramada
por la superficie y dos platos con restos de comida. Se me llenan los ojos de
lágrimas. Luna se retuerce para que la baje al suelo.

La sujeto con fuerza y, con las lágrimas nublándome los ojos, llego a
mi cuarto. Menos mal que no lo han tocado desde que me fui.

Tengo la leche de Luna en el bolso. Se la doy y la abrazo. No es la


hora de su siesta, pero se duerme. La tumbo en la cama y salgo sin hacer
ruido. Me paso la siguiente hora frotando y limpiando. En cuanto termino
con la cocina, Luna se despierta, pero para entonces ya hay algo de orden en
la casa. La cojo y mira a su alrededor, como si le sorprendiera volver a estar
en su antigua casa.

—Lo siento, bebé —le digo y le doy de comer.

Nuestro mundo se ha desmoronado. La casa está apagada y solitaria.


Ojalá Vanessa siguiera aquí. Escucho ruido y mamá entra al salón
frotándose los ojos. Se detiene en seco cuando nos ve.

—¿Qué haces aquí?

Lleva el pelo despeinado y un camisón que no deja nada a la


imaginación. Huelo el alcohol que emana de su boca desde donde estoy
sentada.

Antes de que me dé tiempo a contestar, Butch entra al salón con unos


pantalones cortos y sin camiseta.

—¿Qué hace aquí? —Pregunta a mi madre.

—Ace y yo hemos tenido una pequeña discusión y he vuelto a casa


—digo.

—Dijiste que estaríamos solos en esta casa —dice Butch.

Mamá se vuelve a él y rodea su cintura.

—Pensaba que sería así, pero no te preocupes. Ahora podremos irnos


a ese viaje que querías. ¿Qué dices?

—¿Qué viaje? —Pregunto.

—A ti no te importa —responde mamá.


Suspiro y continúo dando de comer a mi hija. Se van por la tarde sin
decir nada, y yo tampoco pregunto. Me siento como una visita en mi propia
casa. Ya no pertenezco aquí. He crecido y he cambiado.

Esa noche, la señora Carter me llama.

—Lexi, ¿cómo estás? ¿Cómo está Luna? —dice, preocupada.

—Estamos bien —digo sin saber muy bien qué decir, ya que no sé lo
que sabe.

—Nos hemos pasado por vuestra casa esta tarde y Ace nos ha
contado lo que ha pasado. Este hijo mío es idiota, pero tiene un buen
corazón.

Trago saliva. Quiero preguntarle desesperadamente cómo está Ace,


cómo está llevando nuestra ausencia. ¿Nos echa de menos?

—¿Quieres quedarte con nosotros? La casa es muy grande para solo


nosotros dos. Nos gustaría teneros a ti y a Luna cerca.
Capítulo 36
Ace

Michael y Luca son los últimos en marcharse. Son las tres de la tarde
y vine hace dos horas con la excusa de comer, aunque solo necesitaba salir
de casa.

—Cuídate —dicen a modo de despedida.

Sigo con mi primera cerveza, alternándola con tragos de agua.

—¿Estás bien, Ace? —Pregunta Jim.

—Sí.

Se retira. Mi tristeza no es ningún secreto. Tengo ganas de entrar en


turno. El trabajo es lo único que me ha mantenido cuerdo las últimas dos
semanas. He intentado decirme a mí mismo que las mujeres solo dan
problemas y que estoy mejor solo.

Pero no es verdad. Lexi no es un problema. Es dulce y amable y ella


y Luna me llenaron el corazón de una manera que nunca esperaba. Se
convirtieron en parte de mí.

Mi apartamento solía ser mi refugio, pero ahora todo me recuerda a


Luna y a Lexi.

Se forman imágenes de Lexi en mi cabeza. La veo riéndose.


Inclinándose sobre el horno para probar la comida. Despertándose por la
mañana, sonriendo cuando me ve. No entiendo cómo ha podido tirar todo
por la borda solo por pasar una noche fuera de casa.

Me siento solo y dolido y estoy cansado de sentirme así. He ido a ver


a Luna tres veces esta semana, siempre mientras Lexi está en el trabajo.
Parece feliz y que se ha acostumbrado bien y eso es algo.

Me preocupaba el cambio de casa, pero Helen me dijo que la madre


de Lexi y su novio se habían ido. Eso me hacía dormir un poco por noche,
aunque Lexi no iba a permitir que nadie hiciera daño a Luna.

La puerta del bar se abre. Ni me molesto en mirar. Estoy tan


ensimismado en mis pensamientos que no veo a Declan hasta que se sienta.

—Me imaginé que estarías aquí —dice, y pide una cerveza. Me


vuelve a mirar—. ¿No ha dado señales de vida?

—No lo va a hacer —le digo a Declan.

—Qué pena, con lo buena persona que es —dice Declan.

—¿Has venido para hacerme sentirme peor? —Le pregunto.

—¿Sabes cuál es tu problema? —Dice Declan—. Te das por vencido


demasiado rápido. No peleas. Esa mujer te quiere. —Insiste.

—Ella es muy cabezona —le digo.

—¿Sí? —Dice Declan—. Creo que simplemente se está protegiendo


a ella y a Luna. No es la primera vez que desapareces cuando tienes
problemas. ¿Qué mujer quiere estar con alguien así?

Obtiene mi atención.
—¿Qué quieres decir?

—Te acostaste con ella y la dejaste al día siguiente. Cuando volviste,


lo volviste a hacer, y no solo una vez —dice Declan.

—Sí, pero ya le expliqué por qué. Necesito pasar tiempo solo para
solucionar mis problemas.

—¿De verdad no lo entiendes? —Dice Declan—. Vale, digamos que


eres Lexi. Cada vez que tu novio y tú tenéis una pelea, él se va y no dice
dónde va ni a qué hora va a volver o qué día.

Tengo que admitir que no suena muy bien.

—Vives con el miedo de que un día no será solo una noche o dos,
sino para siempre —dice Declan con una voz inquietante.

—Eso es ridículo. No dejaría a Lexi ni a Luna. Tendría que estar loco


para hacer algo así —digo.

—Eso ella no lo sabe. Solo sabe que ya lo has hecho una vez y que
puedes volver a hacerlo.

Me quedo sin aire cuando por fin lo entiendo. Soy un idiota. Y queda
otra cosa más. Algo que Declan no sabe: el pasado de Lexi. Creció con una
decepción tras otra con las promesas de su madre de dejar de beber. Sabe
que la gente hace promesas que luego no cumplen. Yo le he hecho lo
mismo. Le prometí que nunca me iría sin decírselo, pero lo hice. No me
parecía nada tan grave, pero para Lexi, es una vida llena de preocupaciones
y promesas rotas.

Y como si me hubieran abierto los ojos, entiendo por qué quiso irse.
No porque no me quisiera o porque no había confiado en ella. Se fue para
proteger a nuestra hija. Estoy orgulloso de que sea la madre de nuestra hija.
Luna crecerá y será como su madre.

Una mujer capaz de tomar decisiones difíciles para protegerse.

—¿Te vas a quedar ahí sentado, sonriendo como un idiota, o vas a ir a


recuperar a Lexi y a Luna?

Me había olvidado de Declan. Me pongo en pie.

—Me voy a por ellas.

—No tomes un no por respuesta —dice Declan.

Le doy un apretón en el hombro.

—Gracias.

Se despide de mí con la mano.

***

Lexi está ocupada con un cliente cuando entro al bar de copas. En


cuanto me ve sentándome en un taburete, noto cómo se pone tensa, como si
hubiera visto un fantasma. La sonrío, como haría cualquier cliente.

No viene hacia donde estoy inmediatamente. Sirve a un cliente y


luego no tiene otra opción que venir. Esta vez sin juegos. Va directa al
grano.

—¿Qué haces aquí, Ace?

Me tomo mi tiempo en responder. Observo cada parte de su preciosa


cara. Recuerdo cómo es besarla. Tener su cuerpo suave y cálido bajo el mío.
Sus gemidos suplicándome que no pare. Susurrándome que me quiere como
si le diera miedo decirlo demasiado alto.

Mientras la miro, su sensual boca se curva impaciente. Sé que tengo


que convencerla de que me dé otra oportunidad. Lo que tenemos es
demasiado especial como para dejarlo ir.

La compañera de Lexi se acerca a ella y le dice algo al oído. Lexi


asiente.

—Gracias —le dice y entonces me hace un gesto hacia la salida—.


Vamos.

La sigo fuera del bar. La sigo mientras se dirige al aparcamiento. Se


va a su coche, se apoya en él y se cruza de brazos.

—Empieza a hablar.

—Eres preciosa —le digo. Sus facciones se relajan—. Siento haber


mirado entre tus documentos personales.

—¡Eso me da igual! —Reprende.

—Siento no haberte dado la oportunidad de explicar las cosas —


continúo diciendo.

Busco una señal para seguir. No hay ninguna. Me he enfrentado al


enemigo, he visto una bomba estallar delante de mis narices, pero nunca he
tenido tanto miedo como ahora.

—No debería haberme ido sin decírtelo.

Asiente.
—Ahora nos entendemos.

—Hice que te preocuparas toda la noche y te prometí que nunca lo


haría. Si quieres, puedes hasta ponerme un rastreador.

Se ríe. Mi tensión se alivia.

Se pone seria.

—No puedo vivir así, Ace. Da igual lo mucho que te quiera.

Mi corazón se acelera.

—No tienes que vivir así, Lexi. Ya no voy a desaparecer. Quiero estar
contigo.

Su labio inferior tiembla. Doy un paso hacia ella y, despacio, deslizo


mis manos alrededor de su cintura.

—Te quiero. No puedo vivir sin ti y sin Luna. Por favor, volved a
casa.

—No me creo que me lo esté pensando —dice Lexi—. Pero nosotras


también te echamos de menos. —Le empiezan a caer lágrimas por la cara.
Me taladra con sus ojos—. Tengo miedo, Ace. No sé si estoy hecha para las
relaciones.

—Ya somos dos, Lexi. Yo también tengo mis fallos, pero juntos,
somos uno. Somos fuertes.

Ella asiente y la tiro hacia mí. Nos aferramos el uno al otro.

—Yo también lo siento, Ace. No debería haberte ocultado eso. Ya no


habrá más secretos.
—Entiendo por qué lo hiciste, pero ya no habrá secretos —digo. Le
cojo la cara con las manos—. Me haces feliz.

—Tú también me haces feliz.

Le cojo de la mano.

—Recojamos a Luna y vayámonos a casa.


Epílogo
Lexi

Seis meses más tarde

Me mandan quedarme en el cuarto. Ace está vistiendo a Luna


después de su baño. Vamos a salir de viaje y yo ya estoy lista. Estoy
impaciente. No sé qué tiene planeado. No sé si puedo soportar más
celebraciones.

La semana pasada fue el cumpleaños de Luna y lo celebramos por


todo lo alto. El fin de semana estuvimos en el barco; nuestro viaje más largo
hasta la fecha. Navegamos hasta la isla Catalina, pasamos la noche en la
montaña y regresamos la tarde siguiente.

Fue la celebración de los últimos seis meses. Nos hemos convertido


en una familia de verdad. Estoy orgullosa de Ace. Hemos tenido un par de
desencuentros, pero no ha vuelto a desaparecer. También estoy orgullosa de
mí misma por no sacar conclusiones precipitadas o entrar en pánico cuando
las cosas parecen ir mal.

Estoy aprendiendo lo que significa comprometerse en una relación.


Es contar tus miedos a la otra persona. No he trabajado en las últimas tres
semanas. Me sentía rara al principio, despertarme sin tener que ir a ningún
lado, pero agradezco ese regalo. Poco a poco, empiezo a encontrarme. He
estado dando paseos por la ciudad y siempre acabo en alguna librería. Me
encantan los libros. Aún no sé lo que quiero hacer, pero Ace me sigue
diciendo que no hay prisa. Estoy de vacaciones. Es una buena sensación.

Mi madre desapareció cuatro meses y, para mi sorpresa y la de


Vanessa, volvió a casa, demacrada y cansada. Conseguimos convencerla de
ir a un centro de rehabilitación y aceptó. Ahora sigue allí. Vanessa y yo
hemos ido a visitarla un par de veces. Tiene buen aspecto, pero parece un
poco débil. El personal del centro nos dice que es normal cuando una
persona se quita del alcohol después de tantos años.

La última sesión fue terapia familiar. Hubo muchas lágrimas entre las
tres y, aunque fue doloroso sacar todos esos recuerdos, nos hizo bien.
Parece que me he quitado cierto peso de encima.

En cuanto a Vanessa, está disfrutando de su apartamento alquilado y


de sus compañeros del hospital. Mientras ella sea feliz, yo soy feliz.

—¿Lista, mami? —Dice Ace desde la puerta.

—¿Lista? —Repite Luna.

—¡Sí! —grito. Espero con gran expectación. No tengo ni idea de qué


trata la sorpresa.

Luna entra, desfilando como una modelo, con una mano sobre su
cadera. Me río.

—Estás preciosa, cariño.

Su padre está detrás de ella. Luna se acerca a mí y me fijo que la


camiseta que lleva puesta es nueva. Ace debe habérsela comprado. Tiene
unas palabras en la parte delantera. Me siento para leerlas.

«Mami, ¿quieres casarte con papi?».


Miro a Luna y después a Ace, y rompo a llorar.

—Son lágrimas de felicidad —escucho decirle a Luna—. Vamos a


darle el anillo.

Ace se arrodilla con una pequeña caja roja. La abro y apenas puedo
ver el anillo con las lágrimas cayéndome por las mejillas.

—¡Sí, sí! —Respondo—. Sí, quiero.

¿Se puede ser más feliz?

Él y Luna saltan a la cama, se tumban cada uno a un lado y nos


abrazamos fuerte. No tengo ni un ápice de miedo. Solo siento felicidad.
Siempre hemos sido una familia, pero ahora va a ser oficial. Estamos
hechos el uno para el otro.

FIN
Otros libros de Sarah

Dime que te quedarás

Dime que me quieres

Dime que no es mentira

Dime que eres mío

Mi próximo gran error

Tormenta de pasiones
Sobre la autora

Sarah lleva escribiendo desde los 17 años y ha publicado varios libros


superventas en Amazon. No importa que sus héroes sean multimillonarios,
chicos malos o ambos, a ella le encanta escribir sobre chicos guapos y sexis
que son protectores, a veces incluso mandones, y sobre mujeres que los
desean. Sus emocionantes historias siempre son subidas de tono con
muchos giros y un final feliz garantizado que te dejará satisfecho tras una
montaña rusa de emociones. Tal como debería ser en la cama, ¿verdad?

A Sarah le encanta viajar porque los nuevos sitios siempre sirven de


inspiración. Ahora mismo disfruta de su tiempo en Europa mientras escribe
nuevos libros.

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Nos vemos al otro lado ;-)

Con amor,
Sarah

 
 
 
Un Papá Muy Sexy
Sarah J. Brooks
Table of Contents
Title Page
Derecho de autor y aviso legal
Invitación especial
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
C
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Epílogo
Otros libros de Sarah
Sobre la au
Derecho de autor y aviso legal
 
 
 
Copyright © 2021 por Sarah J. Brooks
 
No es legal reproducir, duplicar o transmitir est
(https://bit.ly/3CVXwu8)Invitación especial
 
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Capítulo 1
Lexi
 
—¡Bombón a la vista! —Dice mi compañera Jen, inclinándose sobre
la barra del bar.
 
Alzo la vista y mi cora
Me doy cuenta de que tengo la boca abierta y rápidamente la cierro.
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