CUENTOS DE JOSE PORTUGAL CATACORA
AMOR A PRIMERA VISTA
El anuncio de la llegada de los niños a este
mundo debe ser entrañablemente deseado y
aceptado por los padres. El matrimonio no es una
aventura ni el hogar es un nido de diversión.
Julia bailaba con la cabeza reclinada sobre el hombro de su
pareja. Las parejas apenas si se movían sobre sí mismas. El salón
comunal del pueblo, no obstante, su gran amplitud, parecía pequeño
por la enorme cantidad de gente que acudió a aquel baile de carnaval.
Un joven de espesa barba y de cabellos ensortijados, miraba a
Julia con insistencia desde hacía rato. A ella se le antojó que era un
muchacho apuesto y le hizo una guiñada con el ojo izquierdo. Bastó
esto para que el galán la buscara apenas hubo cambio de música. Se
dijeron algunas cosas que los jóvenes se dicen en tales oportunidades y
quedaron enamorados. Aquello fue un amor a primera vista.
Después de esa noche de carnaval, las citas se sucedieron casi
todos los días. Llegaron a amarse con desesperación. Y antes que
pasaran dos meses decidieron casarse.
—Eso sí con una condición —dijo ella—Nos casamos, pero no
para tener hijos.
—Todos los matrimonios se realizan para tener hijos —alegó él.
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—Mira: nosotros somos muy jóvenes. Yo tengo dieciocho años y
tú apenas veintiuno. Si concibo hijos desde el principio, llegaremos a
tenerlos por docenas. ¡Pasar toda la vida criando hijos! Eso yo no
quiero. Nuestro matrimonio debe ser planificado.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que llegaremos a tener hijos, sí; pero pocos, a lo
más dos. Tú ves cómo está la vida. ¿Qué haríamos con numerosos
hijos? Así que nuestro primer hijo debe llegar dentro de ocho a diez
años, después uno más y punto.
Parecía razonable la explicación de ella. El aceptó la condición. Y
el matrimonio se produjo.
Las primeras experiencias del matrimonio joven fueron
eufóricas. La luna de miel se prolongó mucho. Fiestas, diversiones,
paseos y viajes, matizaban la vida.
¿Cuánto tiempo iba a durar aquella vida alegre y festiva? Habían
transcurrido tres años de matrimonio y la luna de miel parecía no
terminarse. Aún más, Julia se sentía feliz con esa vida que para él iba
resultando cada vez más insulsa y decidió terminarla. En la primera
oportunidad cambió la pastilla anticonceptiva por otra cualquiera. El
resultado no se dejó esperar. Ella resultó embarazada; pero apenas se
dio cuenta, empezó a desesperarse. Se tornó irritable, intolerante,
conflictiva. Todos los días y a cada hora le reprochaba a su esposo lo
ocurrido; y aunque él trataba de ocultar lo que hizo, ella, con esa aguda
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intuición que tienen las mujeres, le echaba en cara la culpa de su
concepción.
Para terminar con la situación que se tornaba intolerable,
acudieron a médicos y obstetrices, pero ningún profesional se prestó a
provocar el aborto. Más tarde se intentó una extracción: tampoco
encontraron un facultativo ad hoc.
El trataba de persuadirla y consolarla cariñosamente; pero ella
se desesperaba cada vez más. Profería improperios, maldecía la hora
de haberse casado, pensando que sus bellos días de diversiones se le
terminarían pronto.
Y así fue. Antes de los nueve meses, nació un varoncito. El
experimentó una gran alegría, pero se cuidó de expresarlo por no herir
los sentimientos de su esposa.
Ella no cesaba de quejarse, de irritarse y de dejarse llevar por
arrebatos innecesarios, todo el tiempo que duró la gestación, hasta el
extremo de pasar días íntegros sin tomar alimentos y largas noches sin
dormir.
Aquella criatura que vino al mundo, sufriendo en el seno
materno la cruel presión espiritual negativa y carencia de medios
nutritivos indispensables, que la conducta irregular de la madre le
impuso, nació, como no podía ser de otra manera, raquítico, con
precaria vitalidad.
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¿Qué vida le esperaba a este niño?...
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EL FORCEPS
Las presiones extrañas antes o durante el
parto, repercuten negativamente en la vida futura del
niño, Las madres deben tomar las precauciones que la
medicina aconseja para que sus hijos nazcan en
condiciones normales y gocen de buena salud.
El dormitorio pequeño y confortable, equipado con camas
gemelas, veladores artísticos, el uno con una lámpara encima y el otro
con un aparato telefónico, un tocador cubierto de luna biselada, lleno
de pomos de cremas, perfumes y polvos, albergaba aquella noche,
como de costumbre, a los jóvenes esposos, quienes dormían a medias;
ya que cada uno trataba de disimular sus preocupaciones.
—¡Dante... Dante! —gritó al fin ella, sin poder soportar más los
dolores; pues se encontraba en estado gestante y en vías de dar a luz.
Dante, el esposo, no se dejó repetir la llamada.
—¿Qué pasa, hija mía?... ¿Te sientes mal,
—Los dolores se me hacen cada vez Más agudos.
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Sin comentarlo, Dante se incorporó rápida. mente, prendió la
lámpara y llamó por teléfono,
—¿Doctor Ugarte?... Buenas noches, doctor. Perdóneme que lo
moleste a estas horas; pero es que su paciente, mi esposa, ya está en
trance de desembarazar.
Recibió algunas indicaciones telefónicas y esperó la llegada del
médico. Mientras tanto, los miembros de la familia se agitaban con
ansiedad, entraban y salían, tratando de disponer las cosas.
La llegada del médico no se dejó esperar mucho tiempo. Apenas
entró a la casa auscultó a la paciente y tomó las providencias
necesarias. Pero tardaba en producirse el alumbramiento. La paciente
sufría y parecía que la criatura corría el riesgo de asfixiarse; pues, con
la cabecita ya asomada a las puertas de la vida, permaneció horas,
hasta que el médico decidió usar el forceps y con ayuda de este
instrumento logró que se produjera el parto.
Con el cráneo enganchado por el forceps, una niña rolliza dio el
grito universal que todos los niños del mundo lanzan al nacer. Pero en
este caso, parecía no ser un grito de triunfo al pasar los lindes de un
mundo a otro, sino un grito de dolor, dolor producido por la presión
del forceps.
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La familia la recibió con júbilo y agradeció al médico por la
prolijidad con que asistió a la parturienta.
La criatura nacida así era lindísima. Mientras crecía, cada vez se
percibía en sus facciones, en sus ademanes y en todo su ser, nuevos y
bellos atributos.
Los padres la adoraban, los familiares la mimaban y todas las
personas relacionadas con la familia, ponderaban la belleza de la
criatura.
Pero la niña tardaba más de lo normal en gatear y más aún en
entrar en el proceso de bipedestación; pues no pudo sentarse ni
caminar a la edad en que los niños lo realizan normalmente. Lo mismo
ocurrió con el lenguaje; no logró hablar pronto. A los tres años recién
pudo balbucir algunas palabras con dicción ininteligible.
Y cuando a los cuatro años fue matriculada en el jardín de la
infancia, no podía realizar las actividades y experiencias que las niñas
de su edad lo hacían.
Los padres gastaron muchas preocupaciones y dinero, en hacerla
tratar con facultativos especialistas. Pero ninguno pudo hacer nada con
aquella bellísima criatura lesionada al nacer.
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UN SÁBADO POR LA TARDE
La educación de los hijos debe empezar
con la educación de las madres. Ninguna mujer
debe ir al matrimonio sin antes haberse
preparado para ser madre.
Cuando Jorge despertó con el cuerpo laxo, el estómago ardiendo
como una brasa de carbón y la cabeza hecha una bomba de tiempo, se
encontraban en su aposento: Elena, su madre y don Fausto, un amigo
de la casa.
—¿Qué ha pasado aquí? — Interrogó, con un hipo que conmovió
todo su cuerpo, incorporándose trabajosamente.
—Es lo que yo pregunto a usted —dijo con severidad la madre de
Elena.
¿Por qué le trataba de usted aquella buena señora, cuando
siempre le hablaba con la intimidad del tú y por eso la estimaba tanto y
hasta le había llamado “madre”, ya que la suya había muerto?
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Levantó la cara como queriendo averiguar con los ojos, lo que
había ocurrido y sólo se tropezó con la mirada relampagueante de
aquella madre, la actitud amenazadora de don Fausto y el rostro
lloroso de Elena.
Elena era una chica bonita. Apenas tendría quince años. Jorge la
había cortejado con sincero cariño y se amaban entrañablemente.
Aquel aposento era su habitación personal en la casa. Y la señora era la
dueña de la pensión donde él se hospedaba. Miró su reloj y encontró
que marcaba las nueve de la noche. Cómo le daba vueltas la cabeza.
Sólo recordaba que la tarde de aquél día se encontró con algunos
amigos y bebieron cerveza en “Mi Casa”, una cantina muy concurrida
del pueblo.
Una vez más interrogó Jorge sobre lo que había pasado. Y don
Fausto explicó con palabras casi soeces lo ocurrido entre los jóvenes
enamorados, aquél sábado por la tarde, en ausencia de la madre de
ella.
Jorge aceptó lo acontecido con calma y decisión,
Elena es una buena chica —se dijo—. Es apenas una adolescente.
Podría llegar a ser una buena esposa, si se amolda a mis costumbres y
mi manera de ser. Y seguro que se amoldará porque me quiere mucho.
Además... su madre me estima. Siempre me ha tratado con mucho
afecto.
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Razonando de esta manera, prometió casarse para reparar lo
ocurrido. Y el casorio se produjo muy pronto.
Aunque Elena no cumplía bien su papel de esposa, ya que era
muy chica, su madre se encargó de ayudarla en muchas cosas.
Un año después nació una linda bebita, de carita sonrosada, ojos
obscuros y cabellos negros. Pero desgraciadamente el nacimiento de la
bebita coincidió con el fallecimiento de la madre de Elena. Ahora ella
tendría que asumir toda la responsabilidad de madre y de esposa.
Como quiera que no tenía leche natural en los senos, por la
edad, empezó a alimentar a la bebita con leche en polvo, envasada.
Qué bella estaba creciendo. la bebita. Pero un día enfermó
gravemente. Las vecinas aconsejaron tisanas de yerbas y emplastos en
el vientre, Pero no mejoraba.
Llamaron al médico; y éste diagnosticó que la nena sufría de
gastroenteritis. Recetó unas pastillas y notificó que no le quitaran el
alimento, como suelen hacer ciertas madres en estos casos.
Pasaron unos días, pero la bebé no mostraba ninguna mejoría. Y
una mañana mientras la madre se quedó dormida por breves
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momentos, dejó de latir el corazoncito de la criatura enferma. ¡Había
muerto!
Vinieron las amigas, las señoras del barrio y hasta don Fausto
volvió.
La amortajaron de blanco y la pusieron en un pequeño ataúd
también blanco.
Cuando ya iban a cerrar el ataúd, una señora exclamó
alarmada...
—¡Pero... si a esta criatura la han envenenado!
Las personas rodearon el ataúd en tumulto y comprobaron que
el rostro de la criatura” estaba morado, casi negro.
Elena cogió. el biberón e instintivamente se llevó a la nariz. Olía
a rancio. La leche que tomaba la bebé estaba descompuesta.
Las señoras presentes olieron el biberón y luego las latas vacías
de leche, consumidas por la bebita... Todas olían a rancio.
Una señora no pudo contener su impresión y expresó en tono de
protesta:
—¡Por qué se casarán si aún no saben desempeñar el papel de
madre!...
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EL SUEÑO
La presencia de la madre junto a la cuna es
absolutamente indispensable para asegurar el
desarrollo normal de la vida emocional del niño, Sin
embargo, cuán pocas son las madres que comprenden
esta verdad.
—¡Aló!... ¡Aló!... ¿Hablo con Gloria? ... Qué felicidad encontrarte.
¡Pícara! Qué llamada estarías esperando pegada al teléfono... bueno,
gracias, todos bien... Y tu esposo, tu mamá, tus hijos? ... Cómo me
alegra. Sabes, te llamaba para preguntarte si esta noche piensas ir a lo
de Lily a jugar canasta... Bueno, si tú vas, iré yo también. Aunque tengo
el mismo problema de los hijos, nos daremos una escapadita. Vale la
pena hacerlo. Pasan los años, vienen más hijos y las responsabilidades
del hogar se complican. En cambio, ahora que están pequeños, pueden
quedarse al cuidado de la muchacha... Bien, bien. Así que, hasta la
noche.
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Su bebé, de algo más de un año, pataleaba en sus brazos y se
mostraba irascible, como si en. tendiera la conversación de su madre y
sufriera por el temor de quedarse solo por la noche,
—Tranquilízate, mi cielo; no llores... si no te va a pasar nada.
¿Acaso alguna vez te ha sucedido algo? —dijo la madre, como
intuyendo que su conversación hubiera sido comprendida por el bebé.
Y el niño miraba a la madre, con los ojitos humedecidos por
gruesas gotas de lágrimas. La miraba insistentemente, como si quisiera
decirle:
—Mamita, no te vayas, no me dejes solo. Cuando me duermo
con el arrorró de tu voz cantarina, creo que mi camita es un lecho de
rosas y descanso suavemente, tranquilamente, apaciblemente... Pero
cuando te vas, todo se pone triste y me da mucho miedo.
Las horas, desde el momento de la conversación telefónica,
transcurrieron lentamente para la madre; en cambio para el bebé,
pasaron muy pronto.
La señora, después de la comida y apenas su esposo se hubo
marchado a la reunión del directorio, empezó a arreglarse.
—Debo lucir mejor que mis amigas. Para eso tengo Un esposo
ejecutivo que gana bien—se dijo, contemplándose en el espejo, en
distintas poses.
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Mientras la mamá ajetreaba su arreglo personal para salir, el
bebé no se dormía. Parecía que fa conversación telefónica de su
madre, le había ahuyentado el sueño.
En vano la madre insistía en cantarle el ¡arrorró! Aquello, en vez
de tranquilizarle, daba la impresión de quitarle más el sueño.
Hubo un momento en que el bebé se quedó medio dormido.
Entonces la madre salió sigilosamente, como escapando. Llamó
nerviosamente al chofer y partió hacia la casa de su amiga Lily.
—¡Qué tarde llegas! —le dijeron sus amigas—. Creímos que ya
no vendrías.
—Es que el bebé no se dormía —explicó.
—Hay que darles un sedantito y no hay problema. Pronto se
duermen.
—¡Ay, no!... luego se acostumbran a los sedantes. ¡Y de los
sedantes a las drogas sicodélicas... dicen que sólo hay un paso!
— ¡ Tonterías! —dijo una solterona esos son cuentos que
difunden los periódicos para impresionar al público y comercializar las
noticias.
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—Pero son profesionales quienes escriben esas cosas —trató de
explicar la madre que dejó solo a su hijo.
—Son profesionales, pero también son propagandistas. Como lo
prohibido despierta el deseo; ellos conocen bien la psicología de la
gente y dicen cosas despampanantes para asustar a los incautos. Pero
los otros, los avezados, siguen consumiendo las drogas. Y aquí no pasó
nada.
—Bueno... bueno, basta de charlas cursis, Cumplamos nuestro
deseo de divertirnos. Empecemos a jugar —dijo Lily a sus amigas.
Jugaron hasta las, primeras horas de la madrugada. Y la madre
de nuestro bebé se retiró a las cuatro de la mañana, cuando las calles
ya estaban transitadas por los madrugadores y' también por los
trasnochadores. Había bebido durante la noche algunos wiskis; de
modo que cuando llegó a su hogar, cayó en cama ganada por el sueño.
No tuvo tiempo ni fuerzas para ir al cuarto de su hijo.
Cuando se hubo dormido la señora, soñó con unas cosas
extravagantes. En uno de sus sueños aparecía su hijo, su bebito de hoy,
hecho un hombre convertido en una piltrafa humana, mal vestido,
fumando marihuana y bebiendo licor.
Ella le increpó, como si fuese en realidad. Pero el bebé hecho
hombre le dijo...
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—Tú tienes la culpa, madre; tú me abandonabas por las noches
cuando era un bebé. Y te ibas... Entonces los malos espíritus me _
poseían me chupaban la fortaleza de mi sangre y la energía de mi alma.
Por eso, ahora soy débil de carácter, inseguro, sin voluntad para vivir.
En una palabra, sin personalidad...
Aterrada por el sueño, despertó la mamá y corrió al dormitorio
de su bebé, quien felizmente dormía. Lo acarició con insistencia, hasta
que lo despertó. Y cuando el bebé abrió los ojos sonrió con una sonrisa
dulce y alegre. Parecía decirle esta vez:
—Mamá, mamita... cada día cuando me despierto con tus
caricias se abre un mundo nuevo para mí. Nada hay en la vida que
pueda reemplazar a la luz de tus ojos ni al cantar melodioso de tu voz.
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EL DEPARTAMENTO CON UN
DORMITORIO
Los niños perciben progresivamente, desde
que nacen, cuanta ocurre en su alrededor; por eso es
necesaria cuidar que las influencias que recibe
durante los primeros cinco años, sean positivas pera
su desarrolla normal.
Aquel departamento pequeño les resultaba como anillo al dedo,
cuando se casaron. Su único dormitorio con un ventanal que les
permitía contemplar la ciudad desde el quinto piso del edificio, era, en
realidad, el cielo amoroso en que vivía el joven matrimonio. Y aunque
apenas cabían en la recámara el lecho de los esposos y la cunita del
bebé, se sentían muy cómodos.
Aquella mañana dominical de verano se despertaron un poco
tarde, dejaron la cama muy alegres y se ducharon como de costumbre.
Su primer hijo que tenía cerca de un año, dormía angelicalmente en su
cunita. Ella se arreglaba frente al amplio espejo del tocador. Y él al salir
de la ducha, contempló a su esposa joven y bella, refleja da en el
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espejo. Entonces la libido golpeó sus sentidos y la acarició, primero
suavemente, luego frenéticamente. Eran jóvenes, se adoraban y no
podían resistir a los impulsos del amor.
Después de consumar el acto amoroso, ella se acercó a su lindo
bebé, pero inesperadamente lanzó una exclamación, como si hubiera
cometido un acto lesivo para el niño.
— ¡Dios mío! —dijo—el bebé estaba despierto y nos miraba. Y
no lloraba como solía hacerlo comúnmente para comunicar que había
despertado del sueño.
—¿Qué te preocupas, querida? El bebé es aún pequeñito... El no
se ha dado cuenta de nada.
— Ay, sí; sus ojitos estaban abiertos y me miró fijamente, como
si quisiera interrogarme o reprocharme...
A los pocos días recibió ella la visita de Flora, amiga de la infancia
y maestra de profesión. Conversaron de muchas cosas y apenas
tocaron asuntos relacionados con el sexo, contó a su amiga la
experiencia que tuvo con su esposo.
La amiga maestra le explicó:
—Hija mía, debes tener mucho cuidado con la presencia de tu
hijo. Aquello de que las gentes del pueblo repiten que hoy nacen los
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niños sabiéndolo todo, no es una broma, ni una mentira. La ciencia ha
probado que al nacer los niños traen al mundo su cerebro más
desarrollado que todos sus demás órganos. Imagínate, por eso su
cabeza, abarca la quinta parte de su dimensión corporal. Esto significa
que, si el cerebro ya está bastante desarrollado, posee condiciones
para percibir lo que ocurre en torno suyo; tanto lo bueno como lo
malo, lo bello como lo feo.
—¿Así que, quieres decirme que mi hijo percibió lo que hicimos
Carlos y yo?
—Ni qué dudarlo. Lo único que pasó es que no pudo racionalizar
el hecho, porque nunca vio Una cosa así; pero es natural que grabó en
su mente lo que observó. Hay que tener mucho cuidado con la
educación de los niños. Ellos están aprendiendo desde que han nacido.
Es más, lo que aprenden en los primeros cinco años, define su Manera
de ser para toda su vida.
Apenas llegó Garlos de su trabajo, por la tarde, Lucila le planteó
la necesidad de alquilar un Nuevo departamento con dos dormitorios.
—Pero si el bebé es tan chiquito. ¿Cómo se te ocurre, mujer,
desterrarlo solito a otro dormitorio?
Y Lucila insistió, explicando a su esposo lo que su amiga le había
dicho.
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—¡Pamplinas! —dijo él, como quien no toma en serio lo que
decía su esposa. Pero súbitamente asomó a su memoria lo que ocurrió
entre él y su bebito la vez que ella fuera internada en la clínica, por
haber. sufrido un accidente de tráfico. Recordaba que se lo llevó a su
cama y lo puso entre las cobijas con su mamadera. Y para distraerlo,
porque el niño lloraba a gritos, simuló llorar también. Entonces el
bebito, se sacó de la boca el chupón y se lo puso en la de su papá,
como queriendo hacerlo callar. Y pensó; ¿será posible que un niño de
ocho meses razone y actúe con una lógica así?
Como toda respuesta dio la razón a la esposa y decidieron buscar
un departamento con dos dormitorios.
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LA PLANCHA CALIENTE
El niño desde que nace, aprende todos los días
y a toda hora. Hay que guiar sus actos a fin de que
descubra lo bueno como lo malo por propia
experiencia. Protegerlo demasiado es oponerse a su
maduración personal.
La señora planchaba afanosamente la camisa que su esposo
debía lucir el día del maestro en que le entregarán un diploma por sus
veinticinco años al servicio de la educación. Su hermana tenia a Bolito,
niño de diez meses, a quien lo llamaban así por ser gordito, a manera
de diminutivo masculino de bola. Y Bolito era un niño muy travieso,
incapaz de estar tranquilo un solo minuto. En los brazos de su tía se
retorcía queriendo aproximarse a la mesa, sobre la cual planchaba su
mamá. La tía trataba de contener al bebé y evitar que sus manecitas
lograran tocar la plancha caliente. Pero Bolito insistía con gran
derroche de energía.
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En estos momentos llegó el papá. Acarició a su hijo con ternura y
cogiéndolo entre sus brazos, se sentó a la mesa donde su esposa
planchaba su camisa.
—Ten cuidado Luis; hace rato que el bebé quiere agarrar la
plancha —previno la mamá.
Mientras tanto el bebé volvió a estirar sus regordetes bracitos
hacia la plancha caliente. Y el padre dejó que el niño hiciera lo que se
proponía.
—¡Por Dios, hombre!... ¡Cómo se te ocurre! Se ha quemado la
mano.
El bebé lanzó un chillido que atrajo la atención de todos los
miembros de la familia. La tía, el tío, la abuelita y los hermanos,
acudieron a ver lo que había pasado.
—¡Se ha quemado la mano!... ¡Se ha quemado la mano! —
repetía nerviosamente la mamá.
La criatura lloraba del dolor que le produjo la quemadura y las
demás personas se agitaban deseosas de hacer algo por curar al niño.
El único que permanecía tranquilo era el papá; quien serenamente
dispuso que trajeran pomada de mentholatum para curarlo. Y después
de aplicar la poma da en la quemadura, intentó explicar, por qué
permitió que el niño tocara la plancha caliente.
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Pero la mamá, lo interrumpía y no lo dejaba hablar,
reprochándole por su falta de sensibilidad o de cariño por su hijo. Al fin
todos se tranquilizaron, cuando el bebé, dejó de llorar por la acción
refrescante de la pomada,
Y entonces, sólo entonces, el papá pudo explicar.
En la vida todos corremos muchos riesgos como el de las
quemaduras, porque generalmente ignoramos las consecuencias de las
cosas que hacemos; pero, apenas realizamos algo que nos hace daño,
por propia experiencia, aprendemos que ese algo no hay que hacerlo.
Ya verán ustedes ahora, Bolito ya no va a intentar tocar la plancha.
Y así fue. Bolito permaneció en los brazos de la tía, pero sin
estirar las manos hacia la plancha caliente.
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EL MONTÍCULO
Generalmente confiamos el cuidado de
nuestros hijos pequeños a las empleadas y éstas
suelen creer que cuidar consiste en oponerse a cuanto
quiere hacer el niño, tal costumbre es un error, toda
oposición genera formas de conducta irregular.
Un chiquillo de ojos negros, de cabellos aún más negros, de
carita sonrosada, que sólo tendría un año de edad, se empecinaba en
subir a un montículo, en el parque de diversiones.
La muchacha que se encargaba de cuidar a la criatura, se
esmeraba en controlar todos sus movimientos. Apenas el niño
intentaba subir al montículo, la muchacha se lo impedía; tantas veces
la criatura se dirigía gateando hacia la cúspide, ella lo bajaba de un
tirón.
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El deseo de la criatura era cada vez más perseverante y la
oposición de la muchacha, más violenta, hasta que se tornó en una
especie de contienda.
La criatura lanzaba alaridos más que llanto, cada vez que su
cuidadora no le permitía subir al montículo, Gritaba, se retorcía y
pataleaba. Ante tales reacciones la muchacha, le dio de palmazos en
los glúteos; pero el chiquito insistía. No alcanzaba a entender por qué
aquella mujer. lo maltrataba, cuando sólo quería subir a un bonito
montículo cubierto de tupido grass.
En aquellas circunstancias se paseaba por allí un maestro y
observó que entre la criatura que ansiaba escalar un montículo y la
muchacha que la cuidaba estaba resultando una lucha torturante para
el niño.
El maestro intervino explicando que la realización de aquel
deseo del niño no entrañaba peligro alguno, ya que el montículo no era
ni elevado ni escabroso, de modo que en el supuesto caso de que se
cayera sólo podía rodar un poco, sin lastimarse; y que ella para evitar
que se cayera, en vez de oponerse a lo que intentaba hacer el niño,
debía ayudarlo más bien.
La muchacha, no obstante, su noción primitiva de estas cosas,
pareció entender al maestro; y al fin dejó que la criatura hiciera lo que
deseaba.
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El chiquito se arrastró hacia arriba, resbaló varias veces y otras
tantas volvió a insistir, hasta que por fin logró alcanzar la cima. Una vez
arriba se empinó sobre sus piernitas, tambaleante, con una deliciosa
sonrisa de triunfo. Acababa de realizar el primer acto heroico de su
vida.
EL NIÑO GENIAL
La vocación es fruto, a la vez, del impulso de la
vida interior del ser y la acción del medio social que lo
rodea. Se genera en más de quince años desde que
nace el niño y se revela casi siempre después de la
adolescencia.
—¡Es varoncito!... ¿Quién es el papa? —interrogó la enfermera,
al asomar a la puerta de una habitación inaccesible al público, en la
clínica.
Un hombre joven que había consumido muchos cigarrillos para
disipar la angustia de la espera y que se paseaba por la habitación
junto con otros padres, apenas oyó la información saltó de alegría,
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como un niño a quien le anunciaban un juguete que había deseado por
mucho tiempo.
—¿Está usted segura?... MI esposa es Rosalinda Lira. ¿Ella ha
dado a luz un varoncito? ——¡Es varoncito!... ¿Quién es el papa? —
interrogó la enfermera, al asomar a la puerta de una habitación
inaccesible al público, en la clínica.
Un hombre joven que había consumido muchos cigarrillos para
disipar la angustia de la espera y que se paseaba por la habitación
junto con otros padres, apenas oyó la información saltó de alegría,
como un niño a quien le anunciaban un juguete que había deseado por
mucho tiempo.
—¿Está usted segura?... MI esposa es Rosalinda Lira. ¿Ella ha
dado a luz un varoncito? —interrogó con palabras atropelladas.—
interrogó con palabras atropelladas.
—Ella misma, señor —dijo la enfermera, sin inmutarse; pues ya
estaba acostumbrada a escenas como la que protagonizaba aquel
padre joven, La enfermera se retiró y los demás padres le rodearon y le
hicieron preguntas. ¿Cuántos hijos tiene usted?... ¿Es su primer hijo?...
¿O es el último?
—Es el primero. ¡Y es varoncito! Les gané la apuesta a mi suegra,
a mi suegro y a mi mujer; pues todos decían que iba a ser mujercita,
creyendo que las mujercitas primerizas traen suerte al hogar.
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Desde el mismo día en que Rosalinda y el nuevo miembro de la
familia salieron de la clínica y se instalaron en el hogar, empezó una
discusión interminable entre la madre y el padre. Cosa insólita, pues
hacía cerca de dos años que se casaron y nunca habían discutido antes.
El decía: tiene que ser abogado. Y ella quería que su hijo fuese
médico.
El esperaba que su hijo primogénito fuese la realización de su
sueño; el sueño que se le había frustrado, ya que no pudo ingresar a la
Universidad y apenas llegó a ser un modesto empleado de estado.
Y ella soñaba con que su hijo llegase a ser un médico notable.
Los médicos ganan mucha plata, decía. Y eso era mucha verdad.
¡Yo quiero ver a mi hijo un gran abogado!, ¡Yo quiero que mi hijo
sea un gran médico!...
Y la discusión entre Rosalinda y Edilberto, que así se llamaba el
esposo, se repetía a diario, en la sala, en el comedor, en el dormitorio y
en todas partes. Unas veces agria, otras algo serena y casi siempre
violenta.
Aquello se tornaba en una vida difícil. Intervinieron los padres y
los hermanos. Pero nada, la discusión no cesaba.
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Cierto día recibieron la visita de un amigo de Edilberto. Este era
maestro y no obstante la presencia del visitante, la conversación tomó
por tema, una vez más, si el primogénito de la familia debía ser médico
o abogado.
—La Medicina dura diez años de estudios, en cambio el Derecho
sólo se estudia en cinco años.
—Y qué importa, somos jóvenes. Podemos hacerlo estudiar
aunque sea veinte años.
Ninguno de los dos cedía.
El amigo maestro escuchó atentamente y luego intervino,
—Yo les aconsejo una transacción.
—Eso sí que no. Transacción, no —replicó la esposa.
—Pero escucha, mujer, la opinión de nuestro amigo. Nada
podemos perder en escucharlo.
—Realmente no es una transacción; lo que quiero es darles un
consejo —dijo el maestro amigo y prosiguió—. Para terminar la
discusión entre ustedes, sería conveniente que visiten a un
especialista. Un psicólogo, por ejemplo. Consultan con él acerca de la
vocación de vuestro hijo. Seguro que él les dará una solución. Y
ustedes se pondrán de acuerdo.
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Los esposos visitaron el consultorio de un psicólogo. Y ambos
expresaron su punto de vista.
El psicólogo, al entrever el trasfondo del problema surgido entre
ambos cónyuges, indicó:
—Compren para su niño muchos juguetes. De preferencia
aquellos que representen objetos en miniatura que constituyan
instrumentos de bajo de distintas profesiones. Luego observen, qué
juguete o juguetes prefiere para jugar el niño, Según el resultado de
dichas observaciones, daremos nuestro diagnóstico.
Por primera vez estuvieron de acuerdo Rosalinda y Edilberto,
aunque con cierto desconsuelo; pero en el fondo cada uno estaba
pensando que el diagnóstico le daría la razón; más, prefirieron no
adelantar juicios para no tornar a la discusión que durante más de dos
años había convertido su hogar en un campo de batalla sin tregua.
Ambos esposos sacaron de sus ahorros la mayor suma de dinero
que pudieron y se dirigieron a las casas comerciales. Recorrieron
afanosamente Scala Gigante, Monterrey, Tía, Sears.
Cada uno pugnaba por comprar algo relacionado con su criterio.
Rosalinda encontró un estuche para disecciones. Edilberto halló una
máquina de escribir en miniatura. Los adquirieron con muestras de
triunfo. Compraron también otros juguetes, como carritos, aviones,
32
instrumentos de agricultura, etc., de acuerdo con lo indicado por el
médico.
Apenas volvieron a casa hicieron sentar ceremoniosamente al
pequeño sobre una alfombra y pusieron a su alcance los juguetes
comprados.
Y... ¡oh, sorpresa! el bebé no escogió ningún juguete; agarró
todos. Más aún, no los quiso soltar. Y con ellos jugaba todos los días.
El padre y la madre se sintieron confusos y después de ocho días
de observación volvieron al médico con la información de lo ocurrido.
El psicólogo esperaba lo que sucedió. Y luego de examinar los
informes, simulando una gran seriedad, declaró:
—Vuestro hijo es un genio, no solamente podría ser médico o
abogado, ¡él será capaz para todas las profesiones...!.
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LA PUERTA CERRADA
Las viviendas de las ciudades deben edificarse
de acuerdo con las necesidades educativas de la
infancia, Tal como están construidas ahora, son
ambientes que perturban la conducta de los niños,
con grave detrimento de su vida futura.
El día era canicular, la familia se aprestaba a almorzar. —¿No
preparaste algún refresco? —Interrogó Luis.
—No, hijo, si apenas hemos tenido tiempo para preparar el
almuerzo. Hemos vuelto muy tarde del mercado.
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—Pues entonces que nos compren una botella de Inca Cola
familiar, aunque nos cueste más que la leche.
—Luisa: anda a donde el chino de la esquina y compra una Inca
Cola familiar.
—Ya, señora —dijo la muchacha. Cogió el dinero con la botella y
se dirigió hacia la puerta.
Perico, el benjamín de la familia, apenas oyó decir que la
muchacha debía ir a la calle, se dispuso también a salir.
—Nadie te está mandando a tí; siéntate, hijo mío, le dijo el
padre.
Pero el niño no obedeció. Se levantó de su silla y corrió tras la
muchacha.
La muchacha salió sin darse cuenta de que el niño la seguía y
cerró la puerta violentamente tras de sí. Perico empezó a llorar. Se
empinó sobre la punta de sus pies para tirar del cerrojo y como no
logró alcanzar, golpeó la puerta varias veces. Luego, desesperado por
su impotencia, se arrojó al suelo, retorciéndose como una fierecilla.
—Yo, quiero ir..., yo quiero ir —decía insistentemente, llorando a
gritos.
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—Qué criatura ésta... ¡Seguir a la muchacha!... ¿Habrase visto?
—No es eso, hijo —replicó la madre —lo que quiere es salir a la
calle. ¡Cómo le atrae la calle... !.
La escena se repetía con mucha frecuencia, El niño quería salir
cada vez que la puerta se abría; pero siempre se cerraba antes de que
lograra trasponerla. Y aquella vez también se cerró.
Lloró y lloró hasta volverse afónico. La mamá intentó disuadirlo,
explicando con ternura.
—Los niños no deben salir de la casa. La calle es muy peligrosa.
Pasan autos que podrían atropellarte. Andan maleantes que a lo mejor
te raptan. Y hasta deambulan perros rabiosos que muerden.
Mas Perico no entendía nada, ni siquiera oía lo que le decía su
mamá. Estaba tan perturbado.
—Lo que necesita es una buena zurra —dijo el papá.
Perico seguía llorando, sentado en el suelo, junto a la puerta. La
muchacha retornó, pero la Puerta volvió a cerrarse.
Al fin Perico se cansó de llorar, Miró la puerta, lanzó un hondo
suspiro y Se quedó un tiempo en actitud meditativa.
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¿Por qué aquella puerta le causaba tanto dolor y tantas
lágrimas?... ¿Por qué no lo dejaban salir a él que ya sabía caminar y
hasta correr por sí mismo? ¿Cómo su papá, su mamá, sus hermanos y
la muchacha, salían a cada rato?... ¿Por qué no lo dejaban salir sólo a
él? Cuán desdicha. do se sentía tras de aquella puerta. Le dio ganas de
destrozarla.
Su mamá y su papá lo llamaron a la mesa; pero el niño hizo como
si no los oyera. Siguió meditando sobre la puerta. Aquella puerta
cerrada, siempre cerrada para él, le despertaba los más raros
sentimientos. Y su casa, la casa en que él había nacido, donde vivía con
sus padres y con sus hermanos, donde estaba su cuarto con tantos
juguetes, le parecía un centro poblado de seres misteriosos que le
decían: ¡Tú debes salir!. .. Pero la puerta no lo dejaba. Sintió miedo,
cólera y hasta odio; todo al mismo tiempo.
Desde aquella vez, Perico fue sintiéndose poco a poco, hecho un
pajarito enjaulado, sin poder volar, Perdió el apetito. No hablaba. Ni
volvía a intentar salir de la casa... ¿Para qué, si no lo dejaban?..
Los padres empezaron a preocuparse, lo llevaron al médico, pero
éste no le encontró ninguna anormalidad, Más luego lo llevaron al
psiquiatra, pero como el niño se negó a hablar, tampoco pudo
producirse el diagnóstico preciso.
Una mañana los visitó un viejo maestro, amigo antiguo de la
familia. Aquel viejo maestro, vestido a la antigua, pero sin melena ni
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barbas, de mirar dulce y de voz acariciadora, le cayó simpático a Perico
desde el primer momento.
Los padres le contaron lo que estaba ocurriendo con su hijo
menor. El maestro les escuchó con verdadero interés y sintió
compasión por aquel niño, Inspirado por este sentimiento, pidió a los
padres que los dejaran dar un paseo por las calles.
—Cómo no. Con usted sí —le dijeron.
El maestro alargó la mano para invitarlo a salir. Perico sonrió
después de mucho tiempo y aceptó la insinuación.
Los padres se quedaron perplejos. Si Perico se había negado salir
a la calle hasta con ellos. ¿Qué pasaba ahora?
Perico y el maestro iban por la calle cogidos de la mano, como
grandes amigos.
El maestro estaba interesado en averiguar lo que le ocurría a
aquel niño. Caminaron por el próximo parque un buen trecho, callados,
hasta que Perico fue el primero en romper el silencio.
— ¿Sabes que me caes simpático?
—No; no lo sabía.
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—Pues, sí.
Se produjo un nuevo silencio entre ambos y Perico continuó.
—Yo no quiero a nadie. Ni a mi papá, ni a mi mamá, a nadie.
—¿Cómo dices así?, debes querer a tus padres.
—Pero si ellos me encierran en la casa y no me dejan salir a la
calle nunca.
¿Cómo los voy a querer?
—Eso no es ningún motivo justo. Ellos te prohíben porque la
calle es muy peligrosa para los niños y hasta para los adultos.
—Eso mismo dice mi mamá. Pero no por eso deben tenerme
encerrado siempre. Hace tiempo, creo que desde que nací, me tienen
encerrado. Mi mamá se va al mercado y me deja encerrado. Los dos se
van de fiestas y me dejan encerrado. ¿Hasta cuándo me tendrán
encerrado?... Les ruego que me dejen salir, pero no me atienden. Y sigo
encerrado.
El maestro entendió el fondo del problema de Perico y cuando
volvieron del paseo solicitó una conversación confidencial con los
padres del niño.
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—Está ocurriendo algo muy grave con vuestro hijo —empezó
diciendo el maestro.
—¡Dios mío! ¿Muy grave es, señor? —Interrogó alarmada la
madre.
—No, no señora, no tan grave, se pondrá bien —continuó—. Lo
que ocurre es que aquí, como en todas las grandes ciudades hay
muchos peligros para la gente y especialmente para los niños. Pero eso
no quiere decir que a los niños les privemos de la libertad de salir a la
calle. Por el contrario, hay que sacarlos con frecuencia, llevarlos a los
parques y a los campos si fuera posible. Cuando se les tiene encerrados
a los niños se les está privando de la libertad; algo así como si a los
adultos nos tuvieran en un calabozo. Hay que educar a los niños para la
libertad; pero sin prohibiciones. A ser libre se aprende, haciendo uso
de la libertad; como a andar se aprende andando o a hablar, hablando.
Nosotros, los padres convertimos nuestro interés por cuidar a los hijos
en tutelaje que. raya en opresión. Hay que hacer que Perico salga con
frecuencia, con la compañía vigilante de una persona mayor; que
conozca la ciudad, que observe cómo se desenvuelve la vida de las
gentes; que descubra por sí mismo los peligros que ofrece la calle.
Esto hay que hacer, por lo menos, hasta que nuestros
arquitectos y estadistas, planifiquen el desarrollo de las ciudades,
considerando las exigencias educativas de las nuevas generaciones.
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EL NIÑO PERFECTO
Cada ser nace con todas sus potencialidades
personales en estado latente. La educación debe
descubrir y desarrollar esas potencialidades. Es un
error grave pretender formar hombres a nuestro
criterio de adultos.
—Ya verás cómo será nuestro hijo: un niño bueno y obediente;
no un chico malcriado que hace lo que quiere y pone en ridículo a sus
padres en cualquier parte
41
—dijo Cristóbal, con tono irritado. Se refería al hijo de su amigo
Contreras y su esposa, que acababan de marcharse, después de
haberles visitado, dejando las cosas de su sala cojines, estatuillas,
flores, esparcidos por el suelo y lo que es más, hecho pedazos su lindo
florero de murano; uno de los obsequios con que le expresaron
felicidades, en su matrimonio ocurrido hacía poco.
La esposa asintió aquel buen deseo de su cónyuge y se tocó
tiernamente el vientre donde llevaba, gestando ya cerca de ocho
meses, su primer hijo y agregó:
— ¡Ojalá que sea varoncito!
—Varoncito o mujercita, mi hijo será “un niño perfecto”
—declaró, sentenciosamente, el esposo.
Nació la criatura. Y desde el primer día en que la mamá retornó
del Hospital de Maternidad, llevando consigo a su primer hijo, el padre
tomó sus medidas.
—Nada de mimos ni melindres; tenemos que ser severos. Hay
que disciplinar al chico desde ya —dijo Cristóbal a su esposa.
La señora colocó al niño en su cuna y el cambio de los brazos de
la madre a la cuna perturbó al bebé y éste protestó, en la forma cómo
42
lo hacen todos los niños: llorando, la madre intentó levantarlo, pero el
padre se interpuso rápidamente.
—No señora, no; ya te dije. Vamos a disciplinar al niño desde
hoy. —Pero... ¿no te apena que llore? ¿Qué de malo hay en que lo
levante?... tal vez algo le molesta o siente miedo al pasar de mis manos
a la cuna. —Nada, señora. Qué miedo ni qué molestia; tiene que
aprender a soportar todo y a no tener miedo.
Y las escenas se repetían a diario. El niño lloraba de hambre, que
se aguante; lloraba por la incomodidad que le producían los pañales
mojados, que se aguante, Y el niño lloraba hasta enronquecer y
callarse de cansancio; sólo entonces el papá permitía que le
atendieran.
Así el niño creció, con un régimen de vida casi mecanizado. No le
estaba permitido hacer nada, mientras la voluntad del padre lo
dispusiera.
Cuando ya empezó en su desarrollo la bipedestación y el niño
podía sentarse, pararse y caminar, se le ató en una silla especial que se
le había comprado, para que no pudiera caerse, y el niño permanecía
horas y horas, sujetado con gruesos cordeles a las patas de la silla.
A veces, apenas le aproximaban a la mesa del comedor y el niño
quería coger algo, se le daba un manotazo.
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Y el padre se ufanaba del éxito de su método de crianza; pues no
se cansaba de repetir que su hijo sería “un niño perfecto”.
En realidad, aquel niño creció hecho un robot, hasta la edad en
que pudo caminar por su cuenta con facilidad. Entonces, como un
desfogue de todo lo que no hizo antes, se le dio por destrozar todo lo
que encontraba.
Ante semejante conducta, el padre, lo castigaba
frecuentemente, hasta con crueldad.
En una oportunidad, mientras la mamá se encontraba cocinando
y el padre estaba ausente, se subió sobre una silla que colocó cerca del
aparador, sacó una por una las piezas de la vajilla, las fue tirando al
suelo y con el sonido que producían al romperse, las tazas, vasos,
platos, etc., se divertía a carcajadas.
Cuando la madre salió de la cocina, ya todo estaba roto. Y el niño
sonrió con una rara actitud de alegría, no obstante, la sorpresa y la
angustia de la madre.
El padre, naturalmente, le propinó, según él, un castigo
ejemplar, cuando volvió de su trabajo. Después de darle una cruel
azotaina, en los glúteos, le golpeó las manos hasta producirle heridas.
Desde esta memorable oportunidad, el “niño perfecto” hizo
muchas, muchísimas travesuras.
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Rompía las cosas, destrozaba muebles, cortaba los felpudos,
arrancaba hojas de los libros. Y ningún castigo lo hacía cambiar de
conducta.
Cuando ya tenía cuatro años, salió a la calle, descuidando la
vigilancia de la madre y desapareció. No se supo nunca más nada de él.
EL VERSITO
Los padres son propensos a querer tener hijos
prodigio. Y cuando descubren alguna cualidad en el
suyo, gozan en lucirlo con vanidad, sin reparar en que
le fuerzan y fatigan, a veces hasta destruirlo.
Cuando nació Ernestito, Lucila, la madre, tuvo un propósito que
fue creciendo en su mente hasta convertirse en una idea fija; pues día y
noche soñaba que su hijo, el primer hijo de su matrimonio, llegara a
ser un gran hombre, muy importante, de esos a quienes llaman genio.
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Recordaba que su profesora decía: criar un niño es como cultivar
una planta. Cuando ésta es bien cultivada, desarrolla bien y da buenos
frutos; pero si se descuida, puede crecer torcida y hasta llegar a
marchitarse.
Ella comenzaría cuanto antes a cultivar el talento de Ernestito.
Así que apenas éste intentó balbucir algunas palabras, le hizo repetir
versos hasta memorizarlos. Después de mucho tiempo y esfuerzo,
logró que aprendiera un versito de Alvaro Yunque:
“Mamacita, mamacita,
cuando sea grande,
voy a subir al cielo
a traerte una estrella
para que no gastes
en luz eléctrica”.
Y el versito lo hacía recitar en toda oportunidad. En su santo, en
el santo de su padre, en el de sus hermanos, en el de su madrina, en
fin, cada vez que una persona extraña llegaba a su casa.
Un día, recitó el versito seis veces. Las personas que lo
escucharon le aplaudieron mucho. Algunas, le habían obsequiado con
unas monedas. Y su mamá se sentía feliz, gozaba de tener un hijo que a
los cuatro años ya recitaba versos.
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Pero a él no le pasaba lo mismo que a su mamá; por el contrario,
cada vez que llegaba alguna visita a casa, tenía ganas de escaparse
corriendo.
Aquel día sentía una gran fatiga, estaba abrumado de haber
recitado tantas veces, lo mismo y lo mismo.
De pronto, se anunció una nueva visita más. Era una comisión de
damas católicas que venía comprometer a su madre para una labor de
beneficio en favor de los niños pobres.
Ernesto trató de ocultarse, se metió en el closet del dormitorio. Y
allí se acurrucó entre las ropas.
Las damas pasaron a la sala. Y la mamá de Ernesto vio en la
presencia de aquellas señoras, una oportunidad más y la mejor para
lucir el talento de Ernestito.
—¡Ernestito!... ¡Ernestito! — llamó la mamá, apenas encontró la
primera coyuntura para presentarlo a las damas—. Ernesto no aparecía
por ninguna parte. Ella misma fue a buscarlo y cuando entró al
dormitorio, Ernesto contuvo la respiración. Pero la madre, con esa
intuición que tienen las madres, abrió el closet y lo encontró.
—Sal hijito... No tengas miedo. Vas a recitar para unas señoras
de sociedad.
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El niño se resistió, pero tuvo que salir.
Una vez en la sala, su madre le instó que recitara el versito que
sabía.
Mas Ernestito no quiso recitar esta vez. Se paró en medio de la
sala, callado. Las señoras lo miraron con expectativa. La madre le decía
que comience. Una de las damas le rogó que lo hiciera, Pero Ernestito,
nada, no recitó.
Las señoras fueron desairadas y se despidieron. Cuando se
hubieron ido, la mamá lo amonestó severamente.
—Has perdido una gran oportunidad para demostrar tu talento.
— ¡Tonto, mil veces tonto!
Ernesto escuchó estoicamente la andanada de reproches que le
hizo su mamá, hasta volverse ronca y se callara de cansancio. Como
castigo por haberla dejado frustrada, lo metió en cama antes de que
fuera noche y lo dejó encerrado en su cuarto.
Ernesto, cuando se quedó solo, pensó en que si había hecho mal
o bien en no recitar una vez más aquel día. En su cabecita bullían una
serie de ideas confusas. A ratos se arrepentía por haber desobedecido
a su mamá y en otros momentos se aprobaba. Al fin, después de tanto
pensar, tomó una decisión terminante. No recitaría ni una vez más, ni
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aprendería otros versos. Y así fue; lo hacían sentirse enfermo los
versos.
LA MANSIÓN
El niño, como el hombre primitivo, cree que las
cosas son de todos o de nadie, Los convencionalismos
sociales y morales son comprendidos por ellos muy
lentamente, a veces, tardíamente.
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Aquella mansión resultaba realmente un ambiente maravilloso y
fascinante para Chalito. Habitaciones grandes, pisos cubiertos con
gruesas alfombras, ventanales con enormes cortinajes, muebles
tapizados con telas de colores, amplios espejos, cuadros de arte en las
paredes, estatuillas sobre las mesas; en fin, todo era tan distinto a la
casa pequeña en que vivía con sus padres.
Apenas ingresaron en ella con su madre, sintió unas ganas
incontenibles de verlo todo, de tocarlo todo. Mientras la mamá
conversaba con la dueña de la mansión, sigilosamente se desprendió
de las señoras y se pasó al aposento contiguo.
—¡Chalito, ven acá! no seas curioso le gritó la mamá. Pero él no
se detuvo. Además, oyó claramente que la señora dueña de casa le
decía a su mamá:
—No te preocupes, hija. Los niños son curiosos. Déjalo que se
distraiga.
Y las dos madres, que eran amigas de la infancia, conversaron a
sus anchas. Habían estudiado juntas desde el kinder hasta el colegio
secundario. Pero la vida les había deparado tan distintos destinos. La
mamá de Chalito había contraído matrimonio con un simple empleado
público, mientras la dueña de la casa había conquistado el amor de un
acaudalado industrial. Hablaron de su infancia, de sus estudios y hasta
de sus primeras aventuras amorosas. Recordaron de Lucho, Carlos,
Juan, Pedro, Agapito, Ruperto y cuántos otros más. Hablaron como
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sólo las mujeres suelen hacerlo, sin tener en cuenta que el tiempo
transcurre.
Mientras tanto, Chalito recorría, también a sus anchas, el amplio
y elegante caserón. Ingresó a una gran recámara, se aproximó a una
consola, tiró de la gaveta y dentro del cajón encontró una cajita que le
pareció maravillosa; era un cofre, lo tomó y lo abrió. Lo que encontró
dentro del cofre resultó ser algo más maravilloso, eran las joyas de la
amiga de su madre. Collares de perlas, brazaletes con incrustaciones de
piedras preciosas, pendientes, anillos y cuantas otras cosas más. Los
párpados de sus ojos se ensancharon y sus pupilas brillaron de
asombro al contemplar tan lindos objetos. Y sin pensarlo más cogió
algunas cosas y se las metió en el bolsillo. Luego siguió recorriendo la
casa, como si nada de irregular hubiera hecho.
Por fin lo exploró todo y volvió al salón donde se encontraban su
madre y la dueña de casa.
La presencia del niño cortó la conversación en que se
encontraban embargadas. Ambas consultaron sus relojes. La dueña, su
pulsera de oro con incrustaciones de brillantes y la amiga su sencillo y
barato reloj.
—¡Cómo pasan las horas! —dijeron casi al unísono y se
dispusieron a dar por terminada la visita.
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Chalito y su mamá, después de despedirse, se retiraron
tranquilamente.
La dueña de casa entró a sus habitaciones interiores y encontró
abierto el cajón de la consola donde guardaba sus joyas en un cofre
chinesco. Y ¡oh, sorpresa! faltaban muchas joyas.
Estaba claro, el niño de su amiga las había tomado. Sintió una
aguda perturbación psíquica Y ahora, ¿cómo haría? ¿Buscaría a su
amiga para decirle que su hijito se había “robado” sus joyas o debía
callarse?
De pronto sonó el timbre. Salió la sirvienta y tras ella se dirigió
maquinalmente la señora. Apenas la puerta se abrió, apareció su amiga
que volvía con su hijito, llorando angustiosamente.
—Querida, te pido mil perdones. El niño había tomado estas
joyas tuyas; qué vergüenza, ¡por Dios! y guárdame el secreto.
La amiga dueña de la casa sintió gran alivio y acariciando al niño
recobró sus joyas.
Mientras el niño seguía llorando, sin entender, lo que estaba
ocurriendo...
52
53
LOS LAPICES DE COLOR
Cada niño es una posibilidad de creación. Si los
educadores, padres y maestros, somos capaces de
darles la oportunidad y los medios para cultivarse a sí
mismos, las generaciones dejarán de ser catervas de
imitadores y frustrados.
—Papi, cómpame apis coló —balbuceaba con frecuencia Tito,
desde que apenas intentó aprender a hablar. Pero ni el padre, ni la
madre le hacían caso, a pesar de la insistencia del niño. Y es que Tito
veía que su hermano mayor que ya asistía a la Escuela, tenía lápices de
color y dibujaba todos los días; más, éste se negaba a prestárselos.
Un día la mamá de Tito salió a la calle de compras y se llevó a
Tito. Acertaron a pasar por una librería. Y Tito, al ver lápices de color
en el escaparate, pidió a su mamá que se los comprara. La mamá como
otras veces, trató de disimular y no dio muestras de comprender el.
pedido, mucho menos de acceder.
Cuando Tito se dio cuenta de la indiferencia de su mamá, se dijo
a sí mismo: ¡ahora o nunca! y empezó a exigir. Primero se interpuso en
el camino de la madre, cuando intentó continuar, luego le tiró de las
faldas hacia el interior del establecimiento y por último, se arrojó en el
suelo, gritando y pataleando.
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Y la madre tuvo que comprarlos, más que por decisión propia,
por el consejo del librero quien, acaso por vender la mercadería, dijo a
la madre que diera gusto a su hijo; que era bueno que los niños
aprendan a dibujar.
Tito salió de la librería en posesión de sus lápices de color, con
una alegría que conmovía todo su ser. Tenía entre sus manos, algo que
había deseado con los más vehementes impulsos de su alma de niño.
Aunque, según sus padres, todavía era, un niño que no podía coger
correctamente un lápiz, mucho menos dibujar o pintar.
Tito llegó a la casa deseoso de pintar. Lo primero que encontró
fueron las paredes de su cuarto y de las demás habitaciones. Y las llenó
de dibujos.
Y cuando su progenitor volvió a la casa por la tarde, gran chasco
se llevaron los dos. Mientras el padre sufría una tremenda
perturbación de cólera, al ver que las paredes del cuarto del niño
recientemente pintadas, habían sido manchadas con una infinidad de
líneas y formas raras; el niño sintió una inesperada depresión. Había
esperado que su papá le aprobara las cosas que había pintado, pero
sólo recibió una reprimenda inexplicable para él.
Para evitar que el chico siguiera pintando las paredes, el padre
compró un cuaderno Raphael de dibujo y le indicó que allí y en ninguna
otra parte más dibujara lo que quisiera.
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Así fue, Tito pintó en el cuaderno, pero con una nueva sorpresa
para el padre. Todas las páginas del cuaderno estaban repletas de
líneas y formas en menos de una hora. Ello suponía que debía
comprarle un cuaderno por lo menos cada día. Trató de convencerlo
que pintara despacio y que se hiciera durar cada cuaderno varios días.
Aquello no era posible para Tito. Tenía tanto qué decir con líneas y
formas, que pintar despacio le resultaba algo así como si quisieran atar
sus pensamientos; pues éstos le brotaban de la cabecita con una
profusión incontenible. Y lo que es más, no se guardaba lo que pintaba.
Mostraba a su papá, a su mamá, a sus tíos, a sus hermanos, y pretendía
que todos lo escucharan; pues, cada línea que trazaba tenía para él un
significado y quería que los demás lo comprendieran. Pero nadie se
interesaba por sus dibujos.
Un día llegó el tío Juan, que era maestro, Y Tito lo primero que
hizo fue mostrarle su cuaderno de dibujo.
El tío Juan examinó detenidamente el cuaderno y se quedó
asombrado de ver la infinidad de dibujos, aparentemente
incomprensibles, de que estuvieran cubiertas sus páginas. Llamó a Tito
y le hizo algunas preguntas. Y éste le explicó con profusión de detalles
y en algunos casos, con aguda profundidad de pensamiento, el
significado de cada dibujo.
—Esta es mi mamá —dijo mostrando una página mi mamita
cosiendo a máquina. Tiene un mandil. Su mandil tiene un bolsillo. En el
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bolsillo hay un monedero. En el monedero hay dinero, ¿ves? — En
efecto todo eso representaba lo que había dibujado.
— ¿Y este otro dibujo?
—Este otro dibujo es mi papá. A su lado está mi mamá y éstos
somos nosotros; yo y mis hermanitos.
El dibujo mostraba dos líneas verticales grandes, atravesadas con
rayas pequeñas que eran los brazos y piernas. La figura de la mamá
llevaba faldas. Y los hijos que eran cinco, estaban representados por
figuras pequeñitas. Tito interpretó la importancia de las personas del
hogar, a través del tamaño. Por eso pintó a los padres con figuras
grandes y a los niños con figuras pequeñas.
El tío Juan, al descubrir la riqueza mental que fluía de la vida
interior de Tito, le felicitó cariñosamente y congratuló a sus padres,
explicando que el dibujo en el niño es una forma de lenguaje, un medio
de cultivar su mente y una manera de desarrollar su capacidad
creadora.
Los padres se miraron un tanto perplejos, como si recién
estuvieran conociendo a su hijo Tito. Ambos experimentaron un nuevo
57
y distinto sentimiento acerca de él, que era todavía un bebé, Cuán
equivocados estaban.
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EL PELLIZCON
La socialización de la vida del niño se inicia por
la agresión, como en el hombre primitivo. Por eso los
niños pelean para ser amigos.
Como mi marido estará divirtiéndose de lo lindo en el almuerzo
que hoy le ofrecen a su jefe los miembros de la oficina donde trabaja,
con motivo de su onomástico, pues algo debo hacer yo, se dijo doña
Matilde y decidió. Iré a visitar a mi antigua amiga de estudios en el
colegio Rosa de Santa María. Y sin pensarlo más, tomó el teléfono. La
llamó y le anunció su visita, agregando que iría con su hijito, que ya
tenía tres años de edad.
—Yo, encantada de recibirte, a mí también me tienes sola hoy
porque mi marido ha salido de viaje. Ya sabes tú que él es agente
viajero de ventas. Y más encantada aún porque vendrás con tu hijito.
Mi hija también tiene tres años. Así se conocerán nuestros' hijos desde
pequeños, como nosotras nos hemos conocido desde el colegio.
La señora Matilde se acicaló el tocado y arregló a su querido
Coquito lo mejor que pudo, Luego se dirigió a donde su antigua amiga.
Por la calle fue recomendando a su hijito que se portara bien,
que iban a donde una buena amiga y que allí encontraría una niñita
linda con quien podría jugar.
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Pronto estuvieron donde la amiga. Apenas llegaron, se
confundieron en expresiones de afecto: abrazos, besos y caricias;
muchas caricias para los niños de una y otra parte.
—Nos sentamos en el living porque es un lugarcito que me gusta
mucho —dijo la dueña de casa. Y allí se ubicaron.
Recuerdos del pasado, revividos en expresiones nostálgicas
caracterizó a la conversación agitada y nerviosa. A ratos, hablaban al
mismo tiempo las dos jóvenes señoras y se entendían de lo mejor.
Pues sólo las mujeres pueden hacerlo así.
Entre tanto, la niña de la casa y el niño visitante permanecían
silenciosos, parados junto a sus madres; mirándose mutuamente, con
recelo. Ambos sentían deseos locos de ponerse a jugar, pero ninguno
se decidía.
Y las madres seguían hablando y hablando, sin reparar que sus
hijos se estaban mirando de o en hito, deseando hacer algo.
Al fin, la señora visitante se dio cuenta de que los niños no
habían sido presentados y sugirió que lo hicieran. Tomó a su hijito y le
indicó:
—Anda, hijito; preséntate a Laurita. A sus órdenes, señorita, dile.
Pero el niño se mostraba reticente. Se pegó más a su madre.
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La dueña de la casa hizo algo similar con su hijita, pero ésta
tampoco quiso despegarse de su madre.
—Qué niños éstos. ¡Tan cortos son nuestros hijos! —comentaron
al unísono. Y se quedaron desconcertados, tanto las madres como los
niños.
Luego cambiaron de conversación y siguieron charlando, sin
preocuparse de los niños.
Mientras esto ocurría, Laurita, la más audaz, se desprendió
lentamente de su mamá. Y en un instante, antes de que nadie pudiera
evitarlo, se acercó a Coquito rápidamente, le dio un tremendo
pellizcón y salió corriendo del living.
Coquito no soportó que la niña le pegara y sin que su mamá
pudiera evitarlo, se desprendió de ella y la persiguió a Laurita por toda
la casa. Al fin la encontró en su cuarto de juegos a donde había ido a
refugiarse. Y le devolvió el pellizco con un fuerte puñetazo que la
tumbó en el suelo.
Laurita se echó a llorar y Coquito también, ambos niños lloraban.
Cuando las madres acudieron, los dos se ahogaban en un mar de
lágrima Trataron de consolar a los niños, al mismo tiempo que cada
una reprendía a su hijo.
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—¿Cómo es posible que pegues a Coco? Laurita, hay que ser
cortés con las visitas. Muéstrale tus juguetes. Invítalo a jugar —decía la
dueña de casa.
—Y tú eres un abusivo. A las niñas nunca les pegan los hombres
—decía la madre.
Laura cogió un Pinocho de jebe y se lo alcanzó violentamente a
Coco, como empujándolo. Este lo recibió como quien no quiere.
Después, Laura le pasó una muñeca y otra y otra. Y cuando los juguetes
resbalaron de las manos de Coco y cayeron al suelo, los niños se
agacharon para recogerlos. Tomaron unos y otros juguetes. De pronto,
inesperadamente, se miraron sonrientes. Y se pusieron a jugar
olvidando que acababan de pelear hasta llorar. Y siguieron jugando y
jugando, como viejos amigos.
63
EL RELOJ DESPERTADOR
La curiosidad es una característica natural en el
niño. A su impulso puede llegar hasta la destrucción
por descubrir lo que le interesa.
— ¡Edgard! ¡Carlos!... Levántense. Ya son las seis y media. Tienen
que tomar el ómnibus y mientras se bañan y se sirven el desayuno se
les va a pasar el tiempo. ¡Levántense! —gritaba don Pablo desde su
dormitorio.
—¡No hagas bulla, viejo! Todos los días la misma cantaleta. No
dejas dormir. ¿Por qué no compras un reloj despertador y te ahorras
de hacer tanto escándalo cada mañana? —protestó doña Eufemia, su
esposa, somnolienta aún.
Edgard y Carlos empezaron a levantarse refunfuñando. Debían
tomar el ómnibus que sale a las siete y treinta minutos de la mañana a
La Molina, donde estudiaban, para asistir a las clases de las ocho. A las
siete y cuarto salieron como disparados,
Cuando los esposos bajaron al comedor, encontraron que los
muchachos habían tomado sola. mente su taza-de café con leche.
—¡Pobres mis hijos. Todos los días se van sin tomar bien su
desayuno! —comentó doña Eufemia.
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—Si se levantaran más temprano, podrían desayunarse
tranquilamente y salir sin apresuramiento —observó el padre—. Sin
embargo, tienes razón, a fin de mes compraré un reloj despertador —
anunció como quien decide algo importante.
Al finalizar el mes, apenas don Pablo cobró su sueldo, cumplió
con su promesa. Compró el reloj despertador, el mismo día que le
pagaron. Y por la noche llegó a su casa portando un paquete que
colocó sobre la mesa ceremoniosamente e indicó que nadie lo tocara.
Después de la comida lo descubrirían.
Durante la comida, Pepito el último hijo que sólo tenía menos de
cuatro años, se pasó sin quitar la vista del paquete. Primero pensó que
serían unos dulces. Luego creyó que era un juguete para él. Se imaginó
muchas cosas más; pero no dijo nada, prefirió callarse y esperar. Más
bien se apuró en comer; pues tenía la costumbre de comer despacio,
pero esta vez se apresuró porque lo empujaba la curiosidad.
Por fin terminaron el postre los hijos y apuraron el café los
viejos, como les decían los jóvenes a sus padres. Y el papá descubrió,
misteriosamente, el paquete.
—¡Un reloj! —dijeron todos casi al mismo tiempo.
—Ahora, nadie va a levantarse tarde ni va a ir a sus labores sin
tomar desayuno —expresó el papá, sentenciosamente, al tiempo que
daba cuerda al reloj.
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El tic-tac del reloj inquietó vivamente a Pepito. Quería agarrar el
reloj, pero el papá no le dejó. Más bien le recomendó que nunca lo
tocara. Que un reloj no era un juguete; por tanto, no debían manejar
los niños.
Pero el tic-tac del reloj aguijoneó la curiosidad de Pepito. Aquel
objeto, con sus números brillantes y sus agujas que se movían por sí
mismas, le fascinaba. Mientras el papá instalaba el reloj en el
dormitorio de sus hijos mayores, Pepito se hizo el plan para averiguar,
por qué decía tic-tac aquel reloj.
Por la noche soñó con el reloj y apenas amaneció se levantó casi
junto con sus hermanos, y cuando se hubieron ido sus hermanos a La
Molina, su papá al trabajo y su mamá al mercado, entró al dormitorio.
Primero contempló el reloj Luego lo cogió. Se lo puso junto a uno y
otro oí. dos. Y el tic-tac no cesaba. Lo movió de un lado a otro. Tengo
que saber por qué suena, se dijo, y se lo llevó a su cuarto. Buscó las
herramientas de juguete que su papá le había comprado en Navidad y
extrajo el destornillador, el martillo y el alicate. Le quitó las piezas que
sobresalían, pero el reloj seguía sonando. Si pudiera quitarle la tapa
para ver lo que hay dentro de la caja, dijo, y cogió casi
automáticamente el martillo. Lo golpeo, lo abolló, y al instante dejó de
sonar el tic-tac.
Toda la mañana pasó tratando de desabollar el reloj. Y cuando
llegó el papá, Pepito no salió a recibirlo, como era su costumbre.
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El papá tuvo que buscarlo y cuando lo encontró, el niño le
mostró el reloj destrozado con una extraña alegría, diciendo:
—Por fin, lo he hecho callar... Ya no dice tic-tac, papá...!
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