M I G R A N T E
M I G R A N T E
MIGRANTE
Felipe Reyes F.
© Felipe Reyes Flores
® Ventana Abierta Editores
Primera Edición
Santiago de Chile
Octubre 2014
ISBN: 978-956-8815-27-1
Registro de Propiedad Intelectual: 246577
Foto de Portada / Book Cover Photo by Joerg Slawik
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Diseño y Producción Ventana Abierta Editores.
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MIGRANTE
Felipe Reyes Flores
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Para Florencia, cada día…
Para la hija de Abdiel, inmigrante que
dejó en esta tierra su linda huella, Wielka.
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PRÓLOGO
Felipe Reyes Flores propone aquí un texto de exquisita y do-
lorosa factura; de una extensión que hace tambalear las artifi-
ciales fronteras de los géneros literarios; y un tono emocional y
dramático que aporta nuevas dimensiones a las nimiedades de
la existencia y al más tenue latido de los sentimientos. En sus
líneas, la libertad y la vida son también posibilidad de la nada
y de la muerte. El autor ofrece lo que parece ser un testimonio
o quizás una ficción exquisitamente tallada, con destrezas de
orfebre.
El fenómeno de las migraciones ha sido profusamente estudia-
do por organizaciones, instituciones y expertos de todo el mun-
do. Hoy se habla de flujos humanos que cada año sobrepasan
los doscientos veinte millones de seres atravesando las fronte-
ras que tatúan nuestro planeta. Son fronteras a veces intangi-
bles y casi siempre infranqueables, como ese “trozo de fierro”
perdido entre las arenas y las rocas del desierto que divide (y
une) al Perú y Chile; que pueden significar la solución vital o
la muerte.
Las cifras grandilocuentes se difuminan, ceden, cuando la sen-
sibilidad de Reyes toca las esencias del fenómeno a escala hu-
mana, íntima. Antonio y Carlos, dos hermanos que respiran,
sufren, sangran en la venturosa travesía hacia la búsqueda de
oportunidades; creen en la traslación a un nuevo territorio, pero
también saben que “A donde vamos no seremos nada, pobres,
sin historia”, que su decisión los obliga a “abandonar las calles
de nuestra vida”. Aun así, afrontan el vacío que se abre frente a
ellos, vaciando a su vez sus vidas de todo lo que hasta entonces
han sido. Felipe Reyes traza con pulso firme y aguda sensibi-
lidad esa suerte de exclusa, esa dolorosa y lenta mutación que
con el desplazamiento físico destruye y transforma en algo in-
cierto el mapa emocional del desplazado.
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“Ninguna frontera te deja pasar así, por nada, todas te hieren
de uno u otro modo”, piensa Carlos y de golpe revela mi pro-
pia experiencia de nómada redomado. La narración salta en el
tiempo, borra distancias y espacios para anticipar la nostalgia
que, Carlos lo intuye, lo aplastará tras el acto que aún no se ha
cometido.
El lector, si alguna vez ha tenido que emigrar o ha sido em-
pujado a tamaña decisión se verá impúdicamente desnudo por
las verdades profundas que revela el autor; se hallará frente al
espejo para que pueda ver los intrincados recovecos de sus pro-
pios sentimientos. Si, en cambio, no ha vivido algo parecido,
comprenderá entonces lo que palpita en la vida de esas figuras
grises, desconocidas, raras; esos forasteros que pululan buscan-
do el oxígeno vital que les está vedado en sus tierras de origen,
como peces desesperados sobre la tarima del mercado.
MIGRANTE es un libro que, en un puñado de páginas muy
bien concebidas penetra en la deshumanización a la que la vida
podría empujarnos bajo determinadas circunstancias, para ha-
cernos conscientes de nuestra condición humana. Es una pro-
vocación, una clarinada, que todos necesitamos y terminare-
mos apreciando, para que la desidia no nos lleve a perdernos
en las trampas de esa otra migración, la interior, la de nuestras
mentes y sentimientos, que cada día puja por enviarnos hacia
lo más hondo de nuestro egoísmo. Usted y yo, estoy seguro,
hemos de agradecer a Felipe Reyes Flores por esta entrega.
Alejandro F. Aguilar
Editor Internacional de Ventana Abierta Editores.
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“Traje expectativas, vibras positivas y coraje
mi sudor fue mi pasaje, la esperanza mi único equipaje.
Llegué con fe para doblarle la mano al destino y me encontré
que aquí soy un enemigo.
Pero lejos de verme como un hermano, acá soy como una peste,
como el herpes o un verde gusano.
Y hay que ser fuerte si parte de la rutina aquí
es que la gente me diga: Ándate pa’ tu país.
La pena a veces me asalta
Y la tristeza se me atranca
De manera espesa en la garganta.
Ser extranjero no es el dilema, acá hay viajeros de pelo rubio
y tienen cero problema.
Me gritan indio como si fueran delito mis rasgos de
indígena.
Pero hay gente que le teme a lo diferente, y tienen mente de jefe
donde en verdad nada les pertenece”.
Fragmento de la canción Poblador del mundo.
Portavoz.
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“Toda persona tiene derecho a circular libremente
y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.”
Artículo 13. Nº 1,
Declaración Universal de
los Derechos Humanos
L
levamos más de tres horas tumbados en la arena, in-
móviles, escrutando la frontera frente a nosotros. Éste
agujero está lleno de hombres que espían la noche con
inquietud, con ansiedad. Cuerpos que intentan no toser, no
hablar. Hombres que querrían ser planos como serpientes. Es-
peramos. Es lo único que podemos hacer ahora. Gustavo, un
boliviano que conoce este lugar – lleva dos meses intentando
pasar y conoce los movimientos de los policías chilenos – será
el responsable en dar la señal. Deben ser las dos o tres de la
madrugada, quizá más. No lo sé. Y ahí está la frontera. Un viejo
fierro enterrado en la arena señala el fin de un país y el comien-
zo de otro. Y a unos metros, un camino por el que se mueve la
policía. Qué cerca está. Solo unos cuantos metros nos separan
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de nuestra vida soñada. Un pájaro no tardaría ni un minuto en
cruzar ese límite. Ahí está, al alcance de la mano.
En el frío páramo que es el desierto, hemos divisado las luces
de un todoterreno de la policía chilena. Pero también patrullan
esta zona los fronterizos peruanos. “Hay que esperar”, es lo
que todos repiten. ¿Cuántos de nosotros cruzaremos? ¿Quién
lo logrará y quien fracasará? No nos atrevemos a mirarnos unos
a otros, pero sabemos perfectamente que nos estamos jugando
todo, y que no todos pasarán. Eso es parte del juego: algunos
tendrán que fracasar para que los otros puedan lograrlo. Si la
policía aparece, intentaran detener a algunos y así el resto po-
drá correr libremente. Me pregunto qué será de mí. Tal vez
dentro de unas horas ya estaré en Arica. Todo habrá termina-
do. Lo habré conseguido. Me encuentro a unas horas, a unos
metros de la felicidad, tendido y a la espera, como un felino al
acecho. Antonio, mi hermano, se acerca y me murmura al oído:
“Carlos, prométeme que cuando salgamos correrás con todas
tus fuerzas. Preocúpate sólo de ti. Prométemelo”. No contesto.
Me quedo en silencio, como pensando en otra cosa. Como la
mañana anterior en que Gustavo nos dijo como lo haríamos:
“Si cruzamos de noche, si somos muchos los que corremos con
furia, no podrán atraparnos a todos. Si pasamos al otro lado
estaremos salvados. Basta con poner un pie en la tierra que hay
al otro lado, sólo un pie…”.
Vamos a correr y nada nos detendrá. Cruzaremos la frontera.
Dejaremos estelas de fuego bajo nuestros pies. Y hacia el final
de la noche, cuando la policía haya descubierto nuestro escon-
dite, sólo encontrarán un agujero vacío y las piedras se reirán
de su ineptitud.
Pienso en lo que viene una y otra vez. En estas interminables
horas de espera trato de imaginarlo. Lo haremos. Quiero pensar
que sí lo lograremos, que todo saldrá bien. También pienso en
nuestra madre, en nuestra casa. Trato de llenar estos intermi-
nables minutos que parecen días, años, y vuelvo a la última
noche en el barrio, en el viejo carro de mi hermano Antonio,
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en el agotador viaje para llegar hasta aquí. Lo veo todo, nítido,
otra vez. Estamos ahí: Cierro la puerta del vehículo, él gira la
llave, el motor ruge. Esa tarde las golondrinas vuelan alto en
el cielo. En la calle retumban las bocinas y el murmullo no
decae. El polvo levantado por el movimiento de la ciudad aún
está caliente por el sol del día. Mi hermano no dice nada. Nos
movemos. Sé que esta noche nos vamos. Lo he leído en su
mirada. Si me pidió que viniera con él es porque quiere que es-
temos juntos para despedirnos de nuestro barrio. No digo nada.
La tristeza y la alegría se mezclan en mi alma, lo siento en mi
pecho. Las calles desfilan ante mis ojos. Siento un dolor dulce
por este país – mi país – que voy a abandonar.
Antonio estaciona el carro en la Plaza de Armas. Entramos en
el bar de siempre, al que vamos todos los días. Andrés, el due-
ño, nos hace una seña con la cabeza. Juega a las cartas con
su tío. Saludamos a las caras que conocemos y nos sentamos.
Mi hermano ha elegido una de las mesas que dan a la terra-
za. Permanecemos en la penumbra del bar, pero disfrutamos
de la vista a la plaza. Miro a mi hermano, que contempla los
Tamarindos, los Ficus, el caos de los vehículos y la multitud
de transeúntes a esa hora y sé lo que está pensando. Toma su
cerveza sin sacar los ojos de esa calle que quizá no volverá a
ver. Intenta grabarlo todo en su mente. Si, sé lo que piensa, y
yo hago lo mismo. Inmóvil, silencioso, dejo que los ruidos y
olores me invadan. Quizá no regresaremos nunca más, vamos a
abandonar las calles de nuestra vida, ya no volveremos a comer
nada de los comerciantes de aquí, ni tomaremos esta cerveza,
pronto estas caras se difuminarán y serán formas borrosas en
nuestra memoria. Contemplo a mi hermano, que mira a la pla-
za – el sol se esconde lentamente por entre los árboles –, tengo
diecinueve años, el resto de mi vida va a transcurrir en un lugar
del que no sé nada, que no conozco y que quizá ni siquiera
elegiré; vamos a dejar atrás la tumba de nuestros antepasados,
vamos a dejar nuestro nombre – Quispe –, ese nombre por el
cual aquí se nos conoce y respeta, porque el barrio conoce la
historia de nuestra familia, en estas calles aún hay viejos que
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conocieron a nuestros abuelos, y dejaremos aquí ese nombre,
colgado en la rama de algún árbol, como una ropa abandonada
que a nadie le interesa reclamar. A donde vamos no seremos
nada, pobres, sin historia. Miro a mi hermano que contempla la
plaza y sé que también piensa en todo esto. Tomamos nuestras
cervezas con una lentitud muda. Cuando los vasos estén vacíos
habrá que levantarse, pagar y saludar a los amigos sin decirles
nada, saludarlos como si fuéramos a verlos otra vez en la no-
che, o mañana, y ninguno de los dos tiene aún fuerzas para eso,
así es que tomamos nuestras cerveza como los gatos tomarían
a lengüetazos de un pocillo con agua. Estamos aquí, aún nos
quedan unos minutos, estamos aquí, y luego ya no estaremos.
Mi hermano ha sido el primero en levantarse, no me ha pregun-
tado si había terminado o si estaba listo para salir. Se ha parado
de un salto, ha puesto las monedas sobre la mesa y ha salido del
bar lanzando un saludo general con la cabeza. Yo me he apu-
rado a seguirlo, es lo que él quería: que no tuviera tiempo de
mirar por última vez a los amigos, ni a pensar en qué palabras
podría decirles para que entendieran mi dolor de abandonarlo
todo, él quería que no tuviera tiempo de flaquear. Se ha parado
y ha caminado rápidamente hasta el carro, que es lo que había
que hacer. Una vez arriba del vehículo ha suspirado, luego me
ha mirado y he visto que está a punto de llorar, cada centímetro
de su rostro me lo dice, entonces para entretenerlo, para que no
se dejara dominar por las lágrimas, para que no nos pusiéramos
los dos a gritar de tristeza, le digo: “Me gustaría dar la última
vuelta por el barrio”. Él ha sonreído y me ha contestado: “Bue-
na idea”.
Antonio gira la llave y avanzamos; el carro ha pasado de nue-
vo por la terraza del bar, pero ni él ni yo hemos tenido valor
suficiente para mirar por la ventana, entonces los dos miramos
hacia adelante, fijo. Pienso que mañana todo seguirá igual, la
misma alineación de sillas y mesas, el mismo programa de la
radio Moda, el Huarique1 de la calle Grau, los dos abuelos que
1 Locales populares de venta de comidas a bajos precios.
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se sientan en la barra todo el día, el mismo polvo sobre la calle,
el mismo gato flaco bordeando las paredes con recelo, todo
seguirá igual, pero sin nosotros. Hemos ido por la avenida Bo-
lognesi, ya casi no había transito, las ventanillas del carro to-
talmente abiertas, el viento nos acariciaba la piel, y pensaba en
el viaje que nos esperaba y del que no sabíamos nada ¿Cuantos
días o semanas nos demoraremos en llegar a Chile? No sé nada
del cansancio que nos espera, no sé qué clase de fuerza habrá
que tener para conseguirlo ni si estaré a la altura, pero no tengo
miedo, estoy con mi hermano, lo demás no me importa: las
humillaciones, el tiempo, lo pasaremos todo. Entonces pido a
Antonio que vaya por la avenida Arguedas y que acelere, tengo
ganas de dejarme embriagar por el aire de la noche que entra
con violencia, quiero que maneje a toda velocidad porque pre-
siento que el viaje será lento y agotador, quiero emborracharme
de la velocidad por última vez, vamos rápido, y me siento bien.
Si hubiéramos podido circular así durante horas lo habríamos
hecho, pero Antonio me ha mirado para decirme: “Ya no nos
queda gasolina, Carlos, ¿qué hacemos?” Y llenar el estanque
de un carro que no usaremos no tiene sentido, hemos pensado
en la plata que necesitaremos, la que, a partir de ahora, siempre
nos faltará. Hay
que guardar hasta el último Sol. A partir de esta noche, y quizá
hasta quién sabe cuando, nunca tendremos suficientes. Aún no
quiero volver a casa, entonces le pido a mi hermano que se
detenga en una tienda de comestibles. Cuando salgo del local,
mi hermano está sentado en el capó del carro, me acerco a él,
le ofrezco la bolsa de Cancha serrana que acabo de comprar y
la comemos lentamente. Antonio ha tomado algunas y las ha
mantenido un buen rato en la mano antes de comérselas. Yo
miro el barrio, la gente que pasa, los árboles que han estado ahí
desde siempre. “¿Se nos olvidará todo esto… – le pregunto a
mi hermano – o lo recordaremos todo?” Pero él no responde,
y las golondrinas se han puesto a chillar en el cielo. Entonces
yo tampoco digo nada, lo miro fijamente, y con el pensamiento
le digo: “Hermano, tu serás el único a quién podré hablarle de
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mamá sabiendo que la ves en tu mente tal como es, cuando yo
recuerde la lentitud de sus dedos sobre nuestra cabeza. Tú serás
el único a quién podré decir ¿Te acuerdas de Maxi, de Dany, de
la calle Gálvez? Y en cuanto te haga esa pregunta cada uno de
esos rostros, de esas voces, cada una de las casas de la avenida,
el barrio entero resurgirá en tu memoria. Allá, lejos, envejece-
remos juntos, hermano. Imagino a mis hijos levantando las ce-
jas cuando les hable, por enésima vez de la calle Gálvez, de los
juegos del barrio de nuestra infancia. ¿Qué entenderán ellos de
esos viejos nostálgicos en que nos convertiremos? Las costum-
bres que les enseñemos de nuestra gente les aburrirán. Las pa-
labras que les diremos quizá les avergonzarán, nuestro acento;
quizá querrán esconderse de nosotros, y suspiraran cuando les
digamos que el Ajenjo del jardín de nuestra madre era el mejor
del mundo. Entonces acudiré a ti, tú estarás de acuerdo conmi-
go. Esos momentos lejanos nos harán bien”. Saborearemos el
dulce recuerdo de los desterrados que hablan de su añoranza
para intentar llenarla, para mantenerla viva.
Luego hemos vuelto a casa en silencio. En las calles del barrio
continúa el movimiento y la transa. Antonio se estaciona frente
a nuestra casa, pienso que es la última vez que me levanto de
este viejo asiento, de esta vieja chatarra que se cae a pedazos.
Qué extraño resulta despedirse de la vida de uno. Veo desfilar
algunos de los mil detalles que la constituyen: Las llaves de la
puerta, el ruido que hace la puerta de entrada cuando se abre, el
olor de la alfombra del pasillo, la mancha de humedad que hay
en la pared del comedor, la foto de la navidad del 98. Siento
que todo lo que desfila ante mis ojos lo hace por última vez.
Nuestra madre está ahí, nos espera, quizá morirá aquí antes de
que podamos llevarla con nosotros. Es la verdad, y los dos lo
sabemos. Ella también lo sabe, pero no dice nada porque no
quiere desanimarnos, se quedará sola aquí, con la muda sombra
de nuestro padre, y nos ofrece su silencio, con valentía, nos
vamos, y ella no nos ha retenido, ninguno de los dos tendría
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fuerzas si ella no lo hubiera aceptado, y ella no dice nada, y
sé que necesita una gran fuerza de voluntad para contener su
llanto de madre, está ahí, y nos espera. Lo más probable es
que ya haya empezado a juntar nuestras cosas. Dentro de un
momento nosotros nos sumergiremos, con la cabeza gacha, en
ese montón de objetos preguntándonos qué debe quedarse y
qué podemos llevar. Habrá que elegir: ¿Una chaqueta o una
foto? Ahora empieza todo. Antonio ha dejado las llaves del ca-
rro sobre la mesa y entra en la habitación donde nuestra madre
ha puesto nuestras vidas en unas mochilas. La noche será larga,
como todas las demás de aquí en adelante. Rodeo la mesa del
comedor y dejo la bolsa de Cancha encima, que permanecerán
aquí más tiempo que nosotros, me gustaría que dentro de unos
años podamos sentarnos aquí, uno junto al otro, y comernos
eso que dejamos hoy, reencontrar en la boca, de golpe, el sabor
de aquí. Tú te vuelves hacia mí, me miras un instante, y entien-
do que lo haces como para tomar aire antes de la inmersión.
Es el único momento que tenemos para nosotros, dentro de un
instante sólo conoceremos la urgencia y el miedo, hay que apu-
rarse, cerrar las mochilas, no perder el tiempo ni la plata, dentro
de unos minutos seremos como animales desconfiados que se
sobresaltan con cada movimiento inesperado, con cada estalli-
do de voz ajena. Me alegro de que, en este último momento de
calma, tú me hayas mirado, somos dos, y sé que tú eres como
yo, necesito saber que voy detrás de tus pasos, necesitas mi voz
para no decaer, y yo te sigo, hermano. Empujas la puerta, ya
está, nos vamos, nuestro gran viaje empieza aquí, ahora, es el
fin de una vida y el comienzo de otra. Permanezco junto a ti.
Allá donde vayamos llevaremos esta casa con todo lo que tiene
dentro, llevaremos a nuestra madre, la plaza de armas, la calle
Gálvez, los amigos, las historias, los viejos asientos del carro,
vamos, somos dos, vamos, yo te sigo.
***
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Llegamos a Chimbote por la mañana. La luz del amanecer cae
sobre las calles solitarias, todo parece sereno y eterno, inmóvil.
No conozco al hombre que nos ha traído, sólo mi hermano ha
hablado con él, se nota que no es la primera vez que se ven.
¿Dónde se habrán conocido? ¿Cuánto cuesta este viaje? An-
tonio no me explica nada, solo me dice que debemos caminar
y reunirnos nuevamente con él en el Malecón del puerto. En-
tonces caminamos silenciosamente en la calma de una ciudad
dormida, vamos con nuestras mochilas sin hacer mucho ruido
bordeando el Cerro de la Juventud, el límite norte de esta ciu-
dad portuaria. Estoy contento junto a mi hermano. Avanzamos
sin parar, ágiles y discretos, paso a paso. Quiero notar el esfuer-
zo en los músculos, quiero sentir esta partida y su cansancio.
Luego de un rato tomamos un poco de agua y seguimos ca-
minando. En estas calles que desconocemos ya comienza una
nueva jornada y su ajetreo cotidiano. Una vez en el puerto, nos
hemos reunido nuevamente con el hombre que nos ha traído
hasta aquí. Me distraigo observando la estructura de hierro que
adorna el malecón, “esta es la plaza Grau”, me dice Antonio
mientras subimos nuevamente al carro de su contacto. El hom-
bre nos lleva hacia la carretera del cerro Península, la salida sur
de la ciudad. “Ahí nos espera un camión”, me dice mi herma-
no. Una vez ahí, saludan al conductor, Antonio también se ha
acercado a él, pero no puedo escuchar lo que le dice. Veo que
ha sacado unos cuantos billetes y se los entrega, supongo que
le está pagando los pasajes de esta otra parte del viaje. Nuestro
guía viene a despedirse, nos encomienda a Dios y nos dice: “Si
todo sale bien, dentro de cuatro o cinco días estarán en Chile”.
Subimos a la parte de atrás del camión, que sale de golpe. En
el también viajan otros hombres, los que, supongo, sueñan con
lo mismo que nosotros; encontramos un espacio y nos acomo-
damos, nadie dice nada, estoy lejos de casa, de mi vida, y de
ahora en adelante será así, tendré que confiar en personas que
no conozco, siento que no soy más que una sombra, una som-
bra que deja atrás un rastro de polvo.
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Avanzamos sin parar, de día y de noche, siempre hacia el sur,
ya son tres veces las que he visto salir el sol y me pierdo en
unas tierras que no conozco. Y pienso que tan fácil será cruzar
la frontera, habrá que dejar todo atrás, cambiar de piel, y el
hecho de hacerlo por un paso ilegal, sin control fronterizo, sin
policía, no cambia nada. Ninguna frontera te deja pasar así, por
nada, todas te hieren de uno u otro modo.
En algunos momentos del viaje también me permitía dar rienda
suelta a mi imaginación. Soñaba con la posibilidad de disfrutar
de una casa, una familia, mucha comida en la refrigeradora y
un gran televisor para ver el fútbol. A veces las horas eran eter-
nas. Tenía espejismos y cuando movía muy rápido la cabeza
mi visión se llenaba de puntos blancos o círculos transparentes
como burbujas. De vez en cuando veía en el camino a per-
sonas que había conocido antes. A veces me dormía y luego
despertaba pensando que estaba en mi cama y necesitaba unos
segundos para darme cuenta de que no estaba en mi casa, con
mi madre, y que quizá nunca volvería a estar ahí.
Viajamos en silencio, me entretengo mirando el paisaje a la vez
que intento imaginar en vano la vida que me espera, pero sólo
puedo pensar en lo que dejo atrás. Siento que he envejecido,
que el tiempo tiene otra medida. El camión sigue avanzando, y
los cuerpos apretados a mi lado comienzan a sudar, avanzamos,
y pienso que este viaje no terminará nunca. Luego, no sé cuan-
to tiempo ha pasado, el camión se ha metido en una carretera
sin asfalto, en cada curva nos vamos unos contra otros, las pie-
dras y baches del camino nos sacuden como a sacos de papas
mal apilados, aquí vamos, pacientes y resignados, en silencio,
siempre en silencio, echándonos unos a otros el aliento en la
cara, clavándonos los codos en las costillas, con las rodillas pe-
gadas al cuerpo. Mi hermano me dice que vamos a Huancayo,
ahí esperaremos, no sé cuanto tiempo. Nadie sabe nada.
De pronto el camión se ha detenido. Han apagado el motor y
enseguida han abierto la puerta del acoplado y a mi alrededor
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todos suspiran de alivio, nos hacen bajar, un buen momento
para estirar las piernas – pienso –, fumar un cigarro, orinar o
simplemente para respirar un poco de aire fresco. Hemos baja-
do unos detrás de otros, lentamente, y los cuerpos se desplie-
gan con precaución. Todos sonríen, hay buen humor, y escucho
por primera vez sus voces, nos alegramos de poder bajar del
camión, pero antes de que todos hayamos bajado los hombres
que han abierto la puerta han empezado a gritarnos, a insultar-
nos. Están armados, y empuñan sus aparatos con movimientos
amenazantes. Un tercer hombre se ha paseado entre nosotros y
nos ha dicho que saquemos toda la plata que tengamos, como
si tuviéramos mucha, como si tuviéramos los bolsillos llenos.
Algunos han hecho preguntas, pero ellos no contestan, sólo han
seguido gritándonos e insultándonos. Miro a mi alrededor, cae
la noche, y a lo lejos puedo divisar un caserío que comienza
a iluminarse. El peligro nos rodea, se siente en la piel – no
hay viento, ni ruidos –, nos han traído a un callejón sin salida,
miro a mi hermano, busco con los ojos una escapatoria, pero
no veo ninguna. Entonces, los hombres se muestran más ame-
nazantes, con sus armas han golpeado a varios atónitos; ante
la amenaza algunos han sacado unos arrugados billetes que
guardaban entre sus ropas viejas, ahora está claro: no hay más
viaje ni pasada a Chile. Hasta aquí llegamos. Y van a hacer lo
que quieran con nosotros. Uno de los hombres ha disparado al
aire como para dejarnos claro que aquí nadie nos ayudará, para
hacernos entender también que están perdiendo la paciencia y
que nuestras vidas no valen nada. Están aquí para robarnos y
dejarnos tirados como a animales apestados que se abandonan
en la calle. Ya no pienso en nada, sólo siento que me invade la
ira. Cuando uno de los hombres se acerca a mí y me agarra de
la camiseta para que le entregue todo lo que tengo, no lo pienso
dos veces y le pego en la cara con mi cabeza. Le he pegado con
toda la fuerza que he podido, pero el golpe no lo derriba, sólo
ha retrocedido unos pasos con una expresión de dolor y el ros-
tro bañado de sangre y ahora me mira con un odio salvaje. Los
otros dos hombres se han lanzado sobre mí con una rapidez de
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ave de rapiña, me apartan del grupo y me muelen a patadas, las
que alternan con sus puños. Mi hermano Antonio ha intentado
intervenir, pero el hombre al que he golpeado lo ha advertido
a punta de pistola. Me caigo al suelo, ellos siguen pegándome
un buen rato, hasta que ya no puedo moverme. El viaje termina
aquí, pienso en mi hermano, escucho sus gritos cada vez más
lejos, escucho mi nombre y voces que no conozco, pienso en
el tiempo que estamos perdiendo, luego ya no recuerdo nada.
Primero he sentido el contacto de la arena en mi mejilla. Una
caricia áspera que me araña con cada movimiento, he intentado
abrir los ojos en vano, mis parpados no responden, están pesa-
dos, la cabeza me da vueltas, la sangre me late en las sienes, ya
no tengo fuerza, no sé si tengo cuerpo, sólo escucho el tambor
sordo del dolor que me aprieta el cráneo y me provoca punta-
das en las mandíbulas y los oídos, el estomago y las piernas.
Cierro los ojos. El dolor se ha apoderado de mí. Pierdo el co-
nocimiento de nuevo.
Ahora puedo abrir los ojos otra vez. Tengo calor, luego frío,
luego otra vez calor, trato de levantarme y mis movimientos
son lentos y frágiles, me demoro en ordenar mis pensamientos,
en saber dónde estoy, Antonio me habla despacio, trata de ayu-
darme a ponerme de pie, primero me pone de lado, con las rodi-
llas dobladas, y a continuación, lentamente, como suplicando,
me incorporo, soy una bola de carne machucada. El labio ya
no me sangra, estoy entumecido de sufrimiento pero logro le-
vantarme, me lo han quitado todo, el reloj que me regalara mi
madre en la última navidad también, miro a mí alrededor y no
veo nada más que a mi hermano, el grupo de los que íbamos
en el camión ha desaparecido, sólo quedan las huellas en la
arena, las únicas señales de nuestro fracaso. Mi hermano me
mira y me ofrece un pañuelo haciéndome señas para que me
limpie la sangre reseca del labio y de la nariz. Logro ponerme
de pie totalmente, me sostengo en Antonio y caminamos, lo
intentamos. Mirándolo me doy cuenta de que cojea de la pierna
izquierda, a él también lo han golpeado, me dan ganas de reír,
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un hombre apaleado y un cojo se encaminan a Chile, sin nada
a la espalda. Somos dos siluetas improbables que vamos a la
conquista del mundo infinito, sin agua, sin mapas, haremos reír
a los pájaros que nos sobrevuelen. “Por ahí”, dice mi hermano,
en medio de la nada, como si se tratara de cruzar a la calle de en
frente. Continuamos nuestro viaje de miles de kilómetros, no
queda plata ni fuerzas, entonces me río, ya no tengo nada más
que perder, caminamos sin hablar, como podemos, sin pensar
en la comida que necesitaremos, en las monedas que tendremos
que conseguir trabajando en lo que sea para seguir adelante,
pero caminamos. Pese a su pierna coja, Antonio avanza con la
seriedad de los locos, yo sigo a mi guía enajenado, da igual que
los lagartos del desierto se rían de nosotros, el mundo es dema-
siado grande para mis pies, y seguiré caminando.
***
Desde hace dos días viajamos nuevamente por carreteras inter-
minables, de asfalto, de tierra, por pueblos y páramos. Vamos
en el techo de un destartalado bus, Antonio a mi lado, entre
decenas de hombres: peruanos, colombianos, bolivianos; algu-
nos hacen este viaje sólo por trabajo y pronto regresarán a sus
casas, a sus familias. Otros, como nosotros, se adentran en tie-
rras que no conocen. Antonio ha pagado otra vez esta parte del
viaje; yo creía que los hombres del camión le habían quitado
todo, pero cuando logramos llegar a Huancayo y conseguimos
subir a este viejo bus, él se descosió la cintura del pantalón y
sacó uno cuantos billetes hábilmente ocultos. En esta máquina
somos unas sesenta personas, quizá más, hay gente por todas
partes, algunos van sentados en el interior, otros en el techo,
aferrados a la jaula metálica para los bultos, algunos incluso
viajan de pie, en la pisadera de las puertas, es una especie de
caravana repleta que emite un ruido como de caldera a punto
de estallar. El calor nos mantiene en silencio, avanzamos hacia
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Aguas Calientes, la localidad turística que es la puerta de entra-
da a Machu Pichu. El viento me seca la boca y los ojos, tengo
polvo en cada pliegue de mi ropa, avanzamos por un denso
paisaje de aburrimiento y calor, a veces aparecen casas, de ma-
dera, de adobe y de hoja lata, yo dormito cerrando los ojos cada
vez más seguido, el hambre me punza el estómago y vuelvo a
pensar en los días que me esperan y me agarro a este techo de
lata que se hunde bajo el peso de nuestros cuerpos.
A mi lado va un hombre que no para de hablar. Subió después
que nosotros; vuelve a su casa, tiene manos de campesino y
huele a ganado. Fui yo quién empezó la conversación, pensé
que así el tiempo pasaría más rápido, pero ahora no para de
hablar y no tengo ganas de seguir escuchándolo. Me cuenta
que se mueve por esta región haciendo negocios, habla con
buen humor y locuacidad, me pregunta de dónde soy, cuantos
años tengo, le contesto “soy de Piura” con un gruñido, pero
eso no lo detiene, se nota que está contento, se llama José y
ese día le ha ido bien, vuelve feliz a su casa en las cercanías
de Cuzco. Así, en este bus hay hombres que vuelven tranqui-
lamente a sus vidas, los vagabundos compartimos espacio con
los comerciantes, nuestras miradas angustiadas se mezclan con
sus sonrisas satisfechas, yo pensaba que por estas carreteras
sólo transitaba la desgracia y el desamparo, yo creía que todos
estos hombres eran como yo: que era primera vez que pasaban
por este lugar y no volverían a ver estas tierras, pero no es así,
hay gente que vive por aquí, y utilizan estos buses y camiones
cargados de sombras para desplazarse. José está contento, ha
tenido un buen día, habla de todo un poco, de la carretera que
ya deberían haber arreglado; de cómo los peruanos conducen
mejor que los bolivianos; que las compañías europeas sólo vie-
nen a robar y no hacen nada por el país; que Teófilo Cubillas
era mucho más completo como jugador que Flavio Maestri,
pero que Claudio Pizarro es más rápido que los dos; de la re-
sistencia de estos viejos buses alemanes, infatigables y eternos.
Habla de por qué está de viaje, no como nosotros que somos
errantes; habla sin parar para contarle, en la noche, a su mujer
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quién viajaba a su lado. Nosotros no hablamos, es fácil recono-
cer a los vagabundos: guardamos silencio, bajamos la mirada
y nos ovillamos en un rincón para que el tiempo se deslice
sobre nosotros, nos consume una fatiga que ninguna parada en
la carretera puede aliviar, somos miedosos y valientes a la vez,
nuestros cuerpos se mueven con resignación y cautela cuan-
do subimos sobre algo que pueda llevarnos a otro lugar, pero
también nos movemos rápidamente como los lagartos cuando
pasa algo inesperado. Somos hombres desconfiados que ya no
pueden dormir, animales grandes que se acurrucan en el techo
de un bus, aunque permanecemos alerta. José no está tan aten-
to, cada vez que el bus reduce la velocidad, él no se fija si se
trata de un bache del camino o cualquier otra cosa. Nosotros si,
pues no descansamos y, pese a la fatiga, no bajamos la guar-
dia, porque Chile queda muy lejos, porque somos conscientes
de todas las emboscadas y sorpresas que podrían impedirnos
llegar hasta ahí.
El bus se detiene en un pequeño villorrio de casuchas irregu-
lares. El chofer tiene que llenar el estanque de gasolina y ha
anunciado una pausa de quince minutos, no más, dice, y repite
que no piensa esperar a los atrasados y que no se nos ocurra
demorarnos media hora en volver al bus, porque entonces nos
dejará abajo a todos. Ante esta amenaza algunos deciden no
moverse de sus lugares. Mi hermano Antonio es uno de ellos,
no se mueve, solo me hace un gesto con la mano que no en-
tiendo bien y se queda ahí dominado por el miedo, ese miedo
con el que convivimos, a que nos vuelvan a engañar y robar,
a que la vida se entretenga en tirarnos al suelo, ese miedo que
ya no nos abandona. Sin embargo, muchos bajan para dar unos
pasos, estirar los miembros anquilosados, encontrar algún grifo
de agua o un lugar para orinar. Entonces salto a tierra firme,
durante el viaje se me ha dormido una pierna, cojeo un poco,
nuestra multitud silenciosa se separa un poco del viejo vehículo
y el conductor negocia con el vendedor de combustible. Pongo
atención en los destartalados locales que bordean la carretera:
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un par de Cachinas2, algunos Huariques de buenos aromas, pe-
queños bares y otros comercios precarios, enterrados bajo el
polvo de los camiones que pasan muy rápido. Entonces me doy
cuenta de que José está a mi lado, el comerciante, se adelanta y
me da la espalda y bordea una de las pequeñas casuchas destar-
talada, debe buscar un poco de agua o simplemente un rincón
tranquilo para mear. Lo sigo, ignoro por qué, noto que me inva-
de la ansiedad, como si mi cuerpo supiera lo que mi mente no
me ha dicho todavía, no hago ruido ¿En este momento ya sé lo
que estoy a punto de hacer? Me parece que, mientras camino,
la idea se va apoderando de mis músculos y recuerdo lo que
él me ha dicho durante el viaje ¿Qué fue a hacer a Huancayo?
¿A vender ganado? Parece satisfecho, debe haber conseguido
una buena ganancia. Sé lo que voy a hacer, este hombre tiene
plata, ahora estoy seguro, lo intuyo, me he dado cuenta por su
forma de hablar, por su forma de sonreír, tiene plata, vuelve a
su casa con la tranquilidad del trabajo bien hecho, lo percibo
desde aquí: el olor rancio de los billetes mezclado con el sudor,
puedo sentirlo.
Entonces, el comerciante se detiene en un resquicio trasero de
la casucha, se desabrocha el pantalón y se queda quieto con
las piernas levemente separadas. Escucho el murmullo de los
viajeros y el ruido de los camiones y carros que pasan. Avan-
zo hacia él, como un hacha que se deja caer sobre la madera,
él oye mis pasos y se sobresalta, gira la cabeza hacia mí, me
ve, entonces lo golpeo en el rostro con todas mis fuerzas, le
he golpeado la nariz con brutalidad, su cuerpo se derrumba,
ahora es un rival fuera de combate, un peso muerto, sangra, su
sangre se resbala por su mentón, por su camisa. El está tirado
a mis pies, con el pantalón abierto, inerte. No puedo perder ni
un minuto, le registro con furia los bolsillos, me pongo a tem-
blar, ¡si alguien me viera haciendo esto!, me agacho junto a él
y deslizo mis manos sobre su cuerpo, está caliente, noto como
respira, entonces palpo una especie de bulto bajo los pliegues
2 Lugar de regateo, donde se venden cosas de bajo costo, por lo general usadas.
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de la camisa. Colgada del cuello lleva una bolsa de tela escon-
dida debajo de la ropa, se la quito con rapidez, la carterita está
llena a más no poder de billetes, no tengo tiempo de contarlos,
pero hay más de lo que esperaba.
Vuelvo sobre mis pasos, rápido, sin mirar atrás, el bus aún no
se ha movido; la mayoría de los pasajeros ya ha subido en él.
Sin mirar el fajo de billetes lo divido en dos montones y me
meto uno en cada bolsillo del pantalón y subo en seguida al bus
para ocupar mi lugar. Antonio está ahí, al parecer no se ha mo-
vido. Intento disimular mi inquietud, los minutos transcurren
con una lentitud horrible. Si aparece ahora el comerciante estoy
perdido. Hay que esperar, esperar y rezar para que el golpe lo
haya dejado inconsciente. Entonces el conductor sube y cierra
la puerta. Escruto con terror la casucha destartalada y me dan
ganas de gritarle al conductor que se apure. Él hace sonar el
claxon, tres toques bien claros para avisar a los rezagados que
ya nos vamos. Aprieto los dientes, trascurre aún un tiempo in-
definido y el bus por fin se pone en marcha, avanza levantando
una gran polvareda, y luego una aceleración que hace temblar
cada uno de los pernos de su estructura para pronto reincorpo-
rarse a la carretera. Observo cómo desaparece la casucha inco-
lora donde yace el cuerpo atontado. Y en mi mente doy gracias
al cielo por cada segundo que avanzamos.
Nos alejamos. Ahora, José ya no puede alcanzarnos, aunque
corra y grite nadie lo escuchará.
Le he robado. Me meto la mano derecha en un bolsillo, estru-
jo los billetes entre mis dedos húmedos, siento su textura, soy
un animal, un animal carroñero que detecta el olor de la plata
como el de un cuerpo podrido.
He esperado a que la ruta impusiera su ritmo a los cuerpos, a
que los hombres de alrededor mío se adormecieran por el calor,
mecidos por los kilómetros y su lasitud; y luego, sin pronunciar
palabra, he tirado de la manga de Antonio y le he puesto en la
mano uno de los dos fajos. Mi gesto lo ha sorprendido, pero no
ha dicho nada. Yo he bajado los ojos para que él no pudiera in-
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terrogarme con la mirada y así lo he obligado a mantenerse en
silencio. No sé cuánto le he dado exactamente; la mitad más o
menos, es lo justo. Si el comerciante me encuentra, si me atra-
pa, quiero que Antonio tenga su parte. Así no lo encontrarán
todo y al menos él podrá disfrutar de esa plata.
Cuando el autobús partió, algunos preguntaron por el comer-
ciante. Yo me quedé en silencio, y nadie siguió indagando so-
bre lo que podría haberle pasado; algunos habrán pensado que
tal vez seguía en el bus, sentado en otro lugar. Otros habrán
supuesto que ha decidido quedarse en algún bar y continuar
su viaje más tarde, en otro bus. Nadie intentó averiguarlo real-
mente porque en el fondo todos viajamos solos, concentrados
en nuestra propia supervivencia.
Antonio no ha tardado en levantar su mirada hacia mí, fijamen-
te, y yo no pude evitarla mucho tiempo. Estaba claro que ha
estado atando cabos. No era una mirada de reproche, ha acep-
tado la plata que le he entregado, sabe lo que significa para
nosotros; si hay suficiente podemos ir directamente a Chile sin
vernos obligados a buscar trabajo para poder pagar lo que que-
da del viaje, y así nos ahorraremos días. No me reprocha nada
por que sabe de qué nos estamos salvando, pero puedo ver en
sus ojos una extraña tristeza. Como si quisiera llorar por ser el
único testigo que ve en lo que me estoy convirtiendo ¿Quién
sabe por lo que él se habrá visto empujado a hacer para pagar
este viaje? Yo no lo sé, nunca me lo dijo. El viaje impone sus
duras pruebas y nosotros envejecemos cada vez que superamos
una. Antonio me mira como miraría un barco que se aleja en
el horizonte y del que no sabe si llegará a algún puerto (intuyo
que en el pasado él también ha cometido actos turbios. Pero tal
vez hasta ese momento había algo intacto en mí que lo conmo-
vía. Algo que él quería proteger, y ahora ve cómo me convierto
en algo que él es). Su mirada me da la bienvenida y me cobija
con tristeza en la comunidad de los hombres corrompidos por
el miedo y la necesidad.
El bus avanza y yo me doy vuelta para no cruzar mis ojos con
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los suyos, prefiero contemplar el paisaje, pero me invade un
malestar obsesivo, no puedo expulsar de mi mente la imagen
de ese hombre tirado en el suelo con el pantalón abierto, ensan-
grentado, y mis repugnantes manos palpándolo con avidez y
desesperación. Se lo he quitado todo, y sé que me he mentido a
mi mismo, me lo he imaginado como un comerciante próspero,
pero sólo para que no me fuera tan difícil robarle. Si realmente
era rico ¿habría subido a este miserable bus para volver a su
casa? ¿Viviría en Chichero, ese pequeño pueblo de paso? Se-
guramente, José era un campesino que había ido a vender su
ganado, como debía hacerlo un par de veces al año. Más rico
que yo si que era, por supuesto, pero ¿quién no lo es? Se lo he
robado todo, y el volverá a su casa, deshecho y avergonzado, y
llorará como un niño frente a su mujer.
El asco se apodera de mí. Soy repugnante. Pienso en mi her-
mano, pienso en lo que yo era cuando él me llevó en su carro a
dar una vuelta por el barrio, hace apenas unos días atrás, pero
a estas alturas me he convertido en un viejo. Siento que no soy
nada, se lo murmuro una y otra vez a la tierra que desfila ante
mis ojos, pero la única respuesta que recibo es el rugido del bus
que avanza obstinadamente hacia el sur.
***
Eran las cinco de la tarde cuando llegamos a Arequipa. El bus
nos dejó la borde de una gran plaza, la que sin duda es la pla-
za principal de la ciudad, su imponente catedral, el abundante
movimiento comercial y la cantidad de gente que va de un lado
a otro me lo confirman. Hay tanto transito que los parachoques
de los carros llegan a toparse unos con otros. Antonio me pi-
dió que lo siguiera. Nos alejamos un poco y, abajo de un ficus
agotado por el pavimento, se puso a contar la plata que le había
dado en el bus. “Ciento cuatro Soles… Con esto podemos pagar
nuestro pasaje a Tacna”, ha dicho por fin. Ningún comentario
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sobre la procedencia de esos billetes, ninguna pregunta sobre la
sangre reseca en la manga derecha de mi camisa. Y yo tampo-
co digo nada. Siento el estomago revuelto y apretado. Procuro
no vomitar. Respiro hondo. Antonio debe notar mi desdicha.
“Voy a buscar un camión o algo que quiera llevarnos – dice –,
no sirve de nada quedarnos aquí más tiempo”. ¿Significa que
aquí pueden detenernos fácilmente? ¿O simplemente conviene
gastar rápido la plata, antes de que otros nos roben? “Arreglaré
lo del viaje. Nos juntamos aquí dentro de dos horas”, me dice
mi hermano. Asiento en silencio. Luego doy media vuelta y
camino sin saber donde ir. Veo a Antonio revolotear como una
abeja alrededor de los carros y camiones, conoce el precio de
las cosas y la avidez de los hombres; si hay un medio de llegar
a Tacna él lo encontrará, yo me alejo...
Las calles son un hormiguero. Deambulo al azar, sin rumbo,
miro de un lado a otro sin dar mucha atención a nada, miro lo
que me rodea, veo la gran cantidad de gente que avanza al rit-
mo regular de los taxis y buses. También hay algunos gringos
y europeos que nos miran – a nosotros, la gente de esta tierra
– como en un paseo al zoológico. Grupos de hombres repletan
los bulevares. Me siento más viejo y más extranjero que nadie
en mi propio país. Me deslizo por las calles de esta ciudad per-
turbada y bulliciosa. La tarde declina lentamente, luego llego
a otra plaza, más pequeña y sin carros, veo un inmenso mer-
cado, una infinidad de puestos muy pegados unos de otros, de
sábanas y alfombras extendidas en el suelo sobre las que se
exponen todo tipo de mercaderías. Camino un poco más, en-
cuentro un árbol en el que apoyarme y me quedo ahí, quieto. El
tiempo pasa, por supuesto, pero yo no me percato de eso. Los
pájaros mezclan sus graznidos con las negociaciones y ofertas
de los hombres, el aire es agradable, contemplo a la gente que
me rodea, a la gente que pasa, tal vez Antonio ya haya salido
hacia Tacna ¿Me esperará aún? Estas preguntas se alejan de mí.
Luego pienso en mi vida, tan rota como la de mí hermano. ¿Fui
yo quién decidió golpear al comerciante? ¿O ha sido la desgra-
cia, que se ha divertido conmigo como hace a veces el viento
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con los papeles perdidos por el suelo que vuelan sin ton ni son?
Entonces lo veo, en medio de esa multitud de colores y gritos.
Ahí, inmóvil, lo reconozco enseguida, es mi hermano, no hace
nada, espera en silencio a que me acerque a él. Sigo mirándolo
un rato, hasta asegurarme de que no se trata de una visión, es
él, si, nuestras miradas se cruzan, entonces me levanto y hago
lo que tengo que hacer. Voy hacia él. No sé cuánto tiempo ha
transcurrido. No logro darme cuenta de eso. Abandono lenta-
mente el mercado, noto que la sed me invade, los ruidos me
alcanzan de nuevo, con más intensidad, algunos hombres me
empujan con sus hombros, soy consciente de sus cuerpos, es-
toy aquí, lleno de fuerza. Al verme, Antonio me sonríe y me
dice: “Encontré un camión que sale dentro de una hora”. Como
no digo nada, agrega: “¿Estás bien?”. “Sí”, le contesto automá-
ticamente. Antonio me mira un momento, pero no insiste. Debe
pensar que algo ha cambiado en mí, y tiene razón: ya nada
me da miedo. Vamos a subir de nuevo a esos camiones que
recorrerán carreteras polvorientas y cruzarán valles y páramos.
Vamos a apretarnos entre hombres que olerán a miedo, sudor y
esperanza. Ya sé de qué se trata: no dormiremos, o dormiremos
mal. Y cuando por fin lleguemos a la frontera, aún nos quedará
la peor parte.
***
Hace dos días que esperamos la llegada de quien nos llevará
a la frontera. Y al parecer tendremos que esperar algunos días
más. Somos doce personas, todos amontonados en un aparta-
mento sucio y vacío en un suburbio de Tacna. Al menos con
la plata que teníamos, hemos podido comer y pagar este lugar
para dormir. Nos hemos armado de paciencia para no deses-
perarnos. No conozco a nadie, y durante dos días nos hemos
mirado unos a otros con desconfianza. Todos temen que les ro-
ben lo poco que tienen. Todos están tan cansados que lo mejor
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que le hace a nuestro desgaste y ansiedad es el silencio. No me
muevo del lado de mi hermano. A veces bajamos un momento
a la calle, pero sólo hasta el portal del edificio. Nos asusta la
idea de tener que enfrentar a la policía, responder preguntas
que no tendrán respuestas. A veces me asomo a la ventana y
sólo veo incertidumbre. La noche trae la calma y el silencio. De
madrugada me despierto con el estallido de una botella de vi-
drio contra el suelo, o por el grito de alguien que pasa corriendo
por la calle, o una sirena policial que nos asusta y rompe la
monotonía sorda de la noche.
A la mañana siguiente todos parecen más tranquilos. Hay buen
ánimo. Algunos sonríen. Han comenzado a hablar entre ellos,
han comenzado a contar sus historias – o las que han oído – y
sus destinos. Algunos vienen de Ecuador, otros de Colombia,
pero la mayoría somos peruanos de distintos puntos del país.
Algunos van al norte de Argentina, donde también se amonto-
narán en camiones y buses clandestinos.
Algunos colombianos deciden quedarse en la ciudad chilena
de Antofagasta. “Hay mucho trabajo ahí – cuenta un hombre
de unos treinta años de edad – en minería, en construcción,
en el comercio, en todo, hermano… y los chilenos son esca-
mosos3 …”, sentencia. Muchos se quedan en esa ciudad, pero
la vida ahí no es fácil. “Hace poco los antofagastinos hicieron
una marcha contra los colombianos – relata el hombre que dice
ser de Buenaventura, al sur de Colombia –. Ellos dicen que
nosotros somos todos delincuentes, traficantes y prostitutas…
dicen que las colombianas son las causantes de los quiebres
matrimoniales… nos gritan colombianos de mierda”. Luego
nos cuenta que su hermano vive hace dos años en Antofagasta,
ilegal, y que se dedica al “gota a gota”, como es conocida la
actividad de los prestamistas informales que facilitan peque-
ñas cantidades de efectivo a los vendedores ambulantes de la
ciudad. Ante nuestros rostros de pregunta, el colombiano con-
3 Expresión popular colombiana para señalar al que aparenta más de lo que tie-
ne.
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testa: “Es simple: los comerciantes reciben cien mil pesos de
préstamo. Luego, pasas cobrando todos los días, por doce días
seguidos, diez mil pesos diarios. Ciento veinte mil pesos en
total, un veinte por ciento de interés… Todos ganan”.
Una mujer peruana de más de sesenta años dice que va a en-
contrarse con su hijo que logró quedarse en Santiago, la capital
de Chile. Nos dice que viene de Lurigancho, cerca de Lima.
Cuenta que ya cruzó una vez la frontera. Al principio trabajó en
Arica en una hostería en la que se alojó unos días. Ahí le ofre-
cieron un empleo temporal limpiando las habitaciones. Luego
de diez días de trabajo quiso cobrar su paga, pero solo consi-
guió que la echaran a la calle. El dueño del negocio la estafó
y sin papeles no hay mucho que hacer: “Te hacen trabajar y,
después, al momento de cobrar, te piden el permiso de trabajo
y como saben que no tienes no te pagan. Y si llamas a la poli-
cía ellos también te pedirán papeles… No hay salida”. Afirma
con angustia la mujer. También nos cuenta que la esposa de su
hijo llegó con diecinueve años a Santiago de Chile. La llevaron
desde Lima y le ofrecieron un sueldo de docientos dólares. Una
vez allá, ella se enteró que el salario mínimo era más que eso.
Le dijeron que solo cuidaría al niño, pero una vez allí también
tuvo que hacerse cargo de la casa, cocinar y limpiar. Le daban
el domingo libre, pero debía volver antes de las veinte treinta
horas. Todo se fue al carajo el día que olvidó su diario de vida
junto al teléfono de la casa y la patrona lo leyó… Ella había es-
crito, de cólera, que la patrona era una loca. Entonces la mujer
empezó a gritar: “maldita, lárgate de mi casa ahora mismo…”.
El patrón calmó la situación y le pidió que se quedara. Ella
aceptó quedarse en la casa solo hasta que terminara su contra-
to. Ahora, su nuera tiene otro trabajo y están más tranquilos,
concluye la suegra, quien ahora cruzará legalmente la frontera
y vivirá con su hijo, su esposa y sus nietos en Santiago.
Otros compatriotas van al sur de la capital chilena. Ante la
escasez de mano de obra en los campos, ellos han sido con-
tactados en Lima y les han ofrecido traslados, alojamiento y
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alimentación para trabajar en las grandes cosechas de verano.
Entrarán como turistas, con un permiso de noventa días. Les
han ofrecido treinta dólares al día, pero ellos saben que una vez
allí, dicha promesa puede esfumarse.
Alberto, un limeño de unos veintiocho años, nos cuenta que
es la segunda vez que cruza la frontera. Su viaje anterior duró
un año. Anduvo con compañeros peruanos y bolivianos. Algu-
nos ya habían pasado a Chile; otros, nunca habían salido de su
pueblo perdido en la selva. Los primeros les describían a los
segundos cosas como el significado del color de los semáforos
o como se enciende un televisor. Él cuenta que trabajó en Iqui-
que, en la construcción, al principio estaba feliz, ganaba bien,
pero los últimos meses en Chile fueron de pesadilla: “Ponía-
mos cerámicas en un edificio. Nos llevaba un contratista que
nunca nos pagó completo. Nos pagaba bien el primer día y el
segundo, pero ya el tercero lo quedaba debiendo y el cuarto
día paga el tercero, y así. “Si no te gusta, te vas”, nos decía. Y
yo necesitaba la plata… Te tratan muy mal. No te dicen por tu
nombre. Te dicen: Oye peruano… como si estuvieran llamando
a un animal”. Alberto señala que a pesar de lo difícil que fue,
quiere volver a Chile, que allí se gana bien. Y si las cosas no
salen regresará a Lima. Luego se queda en silencio, mirando
hacia la nada, o quizá hacia sí mismo. Al pensar en el regreso,
una sombra de desolación empaña su mirada.
“A los chilenos no les gustan los peruanos –agrega con ironía
un hombre que está detrás de Alberto–, solo les gusta nuestra
comida… Es la moda allá. Acurio4 ya instaló un Huarique en
Santiago…”.
La mayoría ríe. Y él continúa: “Yo creo que en Chile hay un
racismo que no se declara. La mayoría dice que desciende de
europeos, y se jactan de eso… Aunque el europeo sea el tatara
abuelo de su abuelo”. El hombre cambia su semblante, ha deja-
do la sonrisa por la seriedad, infla las aletas de su nariz y agre-
ga: “Mira tu lo que hacen con su propio pueblo, sus demandas
4 Se refiere a Gastón Acurio, Chef peruano reconocido internacionalmente por su
promoción de la gastronomía peruana.
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son tratadas por los medios de comunicación y las autorida-
des como actos contra la propiedad privada, ya sean Mapuche
contra las forestales por sus demandas de tierra o los Aymaras
contra las mineras porque les roban el agua… Y la policía ac-
túa protegiendo la propiedad privada por sobre todo… como
manda la constitución. Y ni hablar del trato a los ciudadanos
morenos de los vecinos países. Pero si es norteamericano o eu-
ropeo el trato hacia ellos es casi servil… qué pena ¿verdad?”.
Junto a mi hay un hombre que ha estado escuchando todo esto
con expresión ausente, mirando el piso, no ha intervenido ni
una vez, no ha contado nada, solo frota nerviosamente sus ma-
nos y repite en voz baja:
“Todos somos hijos de Dios; todos somos hijos de Dios”.
Así, las historias se multiplican. Todos tienen una. Todos saben
de alguien que ha vivido algo así o han escuchado algo pareci-
do. No quiero saber más. Me cansa todo este cuento de Chile
y su gente. Y lo que más se repite es “clasismo”. Allá viven en
ese dilema que los hace pensar que la calidad de una persona
depende del país de origen – pienso mientras me alejo un poco
del grupo –, y que quizá los que vienen de Europa o Estados
Unidos son mejores que aquellos con los cuales comparten raí-
ces, una lengua y una historia común.
Quizá por eso, todo lo revestido de “primer mundo” allá se
vende. Y se vende caro. Detrás de esos teléfonos móviles ultra-
modernos, detrás de esos centros comerciales estilo “Miami” y
carros todoterreno se esconde un país inseguro, temeroso. No
de si mismo, sino del otro, del desconocido, con otro acento…
y ni hablar si tiene la piel oscura.
Pero ya no quiero seguir escuchando, ni saber quienes son, o a
donde van, que hacían antes de llegar aquí, no quiero escuchar
sus historias, quiero seguir concentrado en la mía, que nada me
conmueva, que nada me desvíe de mi trayecto, ha llegado el
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momento de pensar sólo en mi. Voy a pasar. No necesito nada.
Sólo tengo que mirar a mi hermano para recuperar la fuerza
que pueda faltarme. Luego todo es silencio. Todos quieren des-
cansar y guardar energías para lo que viene.
***
Por la mañana salí a primera hora. Abandoné nuestro escondite
y caminé hacia el centro de la ciudad. Luego de dos semanas en
Tacna, ya conozco todos los rincones. La poca plata que tenía-
mos ha iniciado una rápida cuenta regresiva, la que ya se acer-
ca peligrosamente a cero. Pagar la comida, el alojamiento y a
quien nos llevará a la frontera nos ha consumido todo el enano
capital, por lo que estirar la mano se volvió una alternativa.
Esa mañana quería encontrar una esquina tranquila, estar solo
un momento. El sol no calentaba demasiado. Estaba dispuesto
a estar todo el día con la espalda apoyada contra la pared pi-
diendo limosna a los transeúntes. La mayoría de las veces no
dan nada, somos muchos los que piden. Estamos en todas par-
tes, deambulando de un lado a otro del centro. A veces también
nos dan ropa vieja o algo de comida. Hay que tener suerte, su-
cede pocas veces, pero basta una moneda para cambiar el día.
Estaba contento cuando llegué al centro, porque hoy no había
visto a otros como yo. Hay días en que somos tantos contra las
paredes que es mejor dar media vuelta y volver al apartamento.
Muchos no sólo no dan nada, sino que además se exasperan
cuando somos muchos los que pedimos. Pero hoy he pensado
que puede ser un buen día. A veces se le puede dar una mano
por unos cuantos Soles a algún Cachinero a descargar su carro
que viene repleto desde Arica, ciudad en la que se abastecen de
ropa americana a los comerciantes peruanos y bolivianos. Si el
que pide una mano para cargar o descargar algún camión ofre-
ce mucha plata, es mejor alejarse, no vaya a ser que ese nego-
cio sea de la blanca. También se puede buscar alguna moneda
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en el Terminal de Buses de Tacna, el que siempre está copado
de comisionista5 que van y vienen intercambiando productos.
Mi hermano Antonio me ha explicado que los comisionistas –
en su mayoría mujeres – son los reyes del trueque. Se embarcan
rumbo a Arica con la cuota máxima de productos que permite
ingresar la aduana chilena sin pagar impuestos. Así, una vez en
Chile esos productos se distribuyen en el comercio local.
Deben haber pasado un par de horas cuando decido volver a
nuestro escondite. Mi hermano permanece ahí hablando con
los otros inquilinos. Entonces nos dicen que debemos abando-
nar el apartamento. Que esta noche van a llevarnos a la fron-
tera. Nos dicen que ahí nos esconderemos y esperaremos el
momento justo para pasar. Nos dicen que está cerca. Nos dicen
que vamos a pasar. Vamos a pasar, vamos a pasar, sólo quiero
pensar en eso.
Esa misma noche ha llegado la policía al apartamento. Las
luces de sus carros se encendieron por sorpresa y ellos salta-
ron insultando, apaleando todo lo que encontraban a su paso.
Han subido al segundo piso donde nos preparábamos para salir
rumbo a la frontera y en un instante
el pánico se ha apoderado de nosotros. Todos buscaban sus sa-
cos, sus
mantas o un abrigo para protegerse de los golpes. Golpeaban
y animaban a sus perros para asustarnos como si fuéramos
conejos encandilados. Antonio tenía razón, no debíamos es-
tar muchos días en este apartamento. A mí la idea me parecía
aberrante, pensé que se trataba un lugar seguro, pero él tenía
razón. Pidieron papeles, nosotros contestamos que buscábamos
trabajo, todo en orden. Pero los colombianos no tuvieron op-
ción, se despidieron con la mirada y la resignación de no tener
5 Nombre con el que son popularmente conocidos en Perú los comerciantes que
llevan mercaderías de Tacna a Arica, como cigarros, ropa, discos y películas pirata y
otros productos al menudeo.
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salida. El silencio nos envolvió de nuevo. Estábamos tendidos,
boca abajo, y a lo lejos escuchábamos como los golpeaban en
la calle. A lo lejos, los perros policiales aún se escuchaban muy
cerca y seguramente continuaban ensañándose con las piernas
de los hombres. A lo lejos, hacían que los aporreados subieran a
los carros, apretados como sardinas, sin preocuparse por quién
sangraba o si ya no podía seguir caminando.
Esa noche no era un buen momento para cruzar.
Al otro día, los que habíamos logrado quedarnos, nos reunimos
nuevamente. “Los policía ya se ha fijado en nosotros y van a
volver”, eso era lo que estaba en boca de todos. La agitación
reinaba. Algunos estaban dispuestos a marcharse, a devolverse
a sus lugares de origen; otros se preguntaban dónde podrían
esconderse. Ahora quedamos solo siete entre ropa, colchones
y mantas tiradas por el piso.
Ahora somos un grupo más pequeño: los del norte, los de la
selva, los de la capital, y un par de bolivianos… Se escuchan
las opiniones de lo que haremos de ahora en adelante. Gustavo,
el boliviano, nos ha comunicado que lo mejor es pasar la fron-
tera esta misma noche, “no conviene esperar más”, dice.
En silencio nos miramos unos a otros. Entonces, Gustavo ha
explicado que hay que abandonar el apartamento durante el día,
“lo antes posible”, dice, “lo más seguro es que la policía venga
nuevamente por la noche”. Alberto, el limeño, ha preguntado
cómo lo haremos. Y Gustavo ha levantado la voz para que to-
dos lo escuchemos: Nos dice que una vez localizado el punto
fronterizo para cruzar debemos correr muy rápido para lograr
no ser atrapados por la policía. Sus palabras provocan un gran
murmullo, es la primera vez que escuchamos hablar de eso. Por
lo general los que intentan cruzar la frontera lo hacen en grupos
más pequeños, nosotros somos muchos. Miro a mi hermano en
silencio. Pienso en su pierna fracturada. No he dejado de pen-
sar en él desde que Gustavo nos dijo como lo haríamos. Él no
me dice nada. Me sonríe, y a continuación me dice con calma:
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“Voy a correr”. Pero ¿su pierna? Pienso en esa maldición que
lo entorpece y lo hace más lento. Y es mi culpa, no lo habrían
apaleado si a mi no se me hubiera ocurrido golpear al hombre
que nos robó. Creo que no tiene ninguna posibilidad de pasar y
que seguramente él lo sabe. “No has intentado convencerlos de
que hagamos otra cosa”, le digo a mi hermano en voz baja. “Es
la única idea válida”, me responde con calma. Quiero asegurar-
me de que es consciente de la locura de hacerlo con su pierna
malograda; entonces le insisto: “¿Vas a correr?”. Él contesta
sin dudar: “Si, con la ayuda de Dios”. Su voz suena firme y
tranquila y veo en sus ojos que no lo dice para tranquilizarme,
piensa correr, con todas sus fuerzas, cojeando, pondrá todo su
empeño. Su decisión me hace bajar la vista. Él se da cuenta:
“No perdamos el tiempo. Vamos a pasar”.
Luego de abandonar la ciudad de Tacna, nos internamos por
el yermo paisaje del límite entre Perú y Chile. El desvenci-
jado camión que nos traslada se ha desviado de la carretera
Panamericana hacia la aduana de Chacayuta para encontrar las
señas secretas del paso clandestino por el que cruzaremos la
frontera. Hemos bajado en un lugar indeterminado, el cual solo
puede identificar nuestro pasador, el coyote, como le llaman a
los hombres que se dedican a guiar a desesperados como noso-
tros al otro lado.
Luego de unas dos o tres horas caminando, el hombre se ha
detenido y nos ha dicho: “Ya estamos en el límite”. Y ensegui-
da ha señalado, a unos cien metros, un trozo de fierro, algo así
como un pedazo de riel enterrado en la arena. Así, todos hemos
entendido que esa secreta marca es nuestra puerta de entrada a
Chile. Al principio he pensado que se burlaba de nosotros, lue-
go me he dado cuenta por su expresión de que jamás se le abría
ocurrido bromear con eso. Entonces he mirado a mí alrededor,
mi hermano mostraba la misma incredulidad en el rostro. Vol-
vemos la mirada hacia la tierra que habíamos dejado en busca
de una marca, de una señal que no hubiésemos notado. La fron-
tera está ahí, sin ninguna señal, ahí, en medio de las piedras y
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la nada, ni siquiera hay una marca en el suelo o algún letrero,
nada, y jamás habría imaginado que era así de fácil pasar de
un país a otro, sin rejas, ni gritos de policías, ni papeles, ni
persecuciones. Abrazo fuerte a mi hermano, nos quedamos así
un rato, y lo oigo murmurar: “Qué fácil ha sido. Deberíamos
haberlo hecho antes”. Si la frontera deja pasar a los hombres
con la misma facilidad que el viento ¿por qué hemos esperado
tanto? Miro otra vez a mí alrededor. Me siento fuerte e infatiga-
ble. Pero debemos escondernos y, otra vez, esperar.
***
Miro el cielo. Las estrellas. Siento las piedras bajo mi espalda.
Escucho lo que mi hermano me dice: Me pide que no me pre-
ocupe por él. Que no lo espere ni lo ayude. Que me olvide de
su pierna malograda que le impedirá avanzar. También me pide
que no mire a los que corran a mi lado, que sólo piense en mí.
Y mala suerte para los que caigan. Mala suerte para los que se
dejen atrapar. Yo tengo que concentrarme en mi aliento – me
dice –; eso es lo que Antonio quiere que haga. Como no contes-
to me pellizca y repite con insistencia: “Prométemelo, Carlos,
solo así lograrás pasar”. No quiero contestarle. Vamos a correr
como animales y eso me asquea. Vamos a olvidar las caras de
aquellos con los que llevamos días compartiendo noches y co-
mida. Sueños. Vamos a volvernos duros y ciegos. No quiero
contestar, pero él sigue hablando y agarrándome del brazo. “Si
te caes, Carlos, no creas que yo volveré atrás para ayudarte. Se
acabó. Cada cual debe correr por su cuenta. Estamos todos so-
los, ¿me oyes? Debes correr tú solo. Prométemelo”. Entonces
cedo. Le doy en el gusto y se lo prometo. Le prometo que deja-
ré que se hunda en el polvo, que no lo ayudaré si un perro poli-
cial le muerde las piernas hasta derribarlo y hacerlo sangrar. Le
prometo olvidar quién soy. Olvidar que somos hermanos y que
él siempre ha cuidado de mí, y olvidar también el nombre por
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el que nuestro abuelo me llamaba: Sullka, esa palabra Quechua
para distinguir al hermano menor. En el momento del cruce nos
convertiremos en animales. Y tal vez eso forma parte de esto.
Ha llegado la hora de la rapidez y la soledad.
“Si todo sale bien nos reuniremos al otro lado”, me susurra
Antonio dándome golpecitos en el hombro y enseguida vuelve
a ocupar su sitio en este agujero de arena en medio del desierto.
Nos encomendaremos a Dios porque sabemos que no podemos
contar con nosotros. Nos mantendremos sordos ante los gritos
de los otros, y rezaremos para que Dios no haga lo mismo y
no nos abandone. Siento que estas horas de espera me hacen
envejecer más que todo el largo viaje para llegar a Tacna. Y no
se trata sólo de las dificultades a las que nos enfrentamos, la
falta de plata, un lugar para dormir, los contactos para cruzar,
la policía, el hambre y el frío. No es sólo eso, sino también en
qué nos convertiremos. Me gustaría preguntarle a Antonio qué
haremos si, una vez en Chile, somos indeseables. Él quiere que
corra y correré. Y aunque él me llame, aunque me suplique, no
volveré atrás. Ni siquiera oiré sus gritos. No miraré los rostros
a mi lado. Me concentraré en mi cuerpo. En mi aliento. En mi
resistencia. Seré fuerte. Ha llegado el momento de serlo. De
una vez para siempre.
La noche avanzaba y el frío nos entumecía. Los cuerpos se can-
saban de no moverse. Teníamos prisa por estirar las piernas, la
ansiedad de levantarnos y correr. Ni un sólo ruido venía a inte-
rrumpir la luz de las estrellas del desierto. Me hubiera gustado
escuchar a los pájaros extrañados de esas sombras agazapadas
contra el suelo. Esperamos. Ha pasado cerca un control de la
policía, pero, al parecer, no se ha percatado de nuestra presen-
cia.
Me gustaría saber a cuantos se les ha hecho polvo la vida en la
oscuridad de la noche del desierto. En este desierto sembrado
de minas antipersonales por la dictadura de Pinochet. Cuantos
habrán intentado cruzar la frontera de forma clandestina, como
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nosotros, y en ese sueño no habrán llegado a ninguna parte.
Convertirse en una cifra, en un cuerpo destrozado que se en-
contrará por azar. Convertirse en un rastro, o en el final de una
historia inconclusa que jamás se encontrará. En la noche quieta
la luz de las estrellas nos recuerdan las dificultades que nos es-
peran. Y ahí está. Es Chile. Estamos a pocos metros de dejar un
país y adentrarnos en otro. Como una línea imaginaria. Pienso
que este momento de incertidumbre, miedo y angustia se puede
repetir tantas noches como uno decida volver a estar aquí y ver
la frontera al amanecer. Pero entre nuestros sueños y la realidad
hay un campo minado como advertencia a no dar ningún paso
en falso. ¿Por qué le ponen puertas a las ilusiones? Aquí no se
puede pasar, pienso. Sin papeles y sin plata, entonces no queda
más que pasar por aquí. Y habrá que andar muy alerta para que
no se vaya todo a la mierda y seamos solo un recuerdo.
Hacia las cinco de la madrugada vimos que se acercaban las
luces de los carros de la policía. Dos todoterreno rompían la
monotonía muda del desierto. Siento cómo mi corazón se ace-
lera y percibo el lenguaje de señas en la oscuridad. La pequeña
caravana ha girado hacia el este y sus luces traseras vuelven
a perderse a la distancia. Entonces, Gustavo se ha puesto de
pié, su silueta naciendo del alba, y ha gritado: “Ahora”. Nos
hemos levantado todos de un salto, como hombres surgidos de
la tierra. En un segundo me he levantado. Y he dejado atrás
a mi hermano y las piedras del agujero que nos cobijaba. Mi
marca en esa tierra seguramente permanecerá un tiempo como
el único rastro de esas horas de espera infinita. Corro. Voy por
el desierto sin sentir mi cuerpo. Aún me cuesta creer que es-
temos aquí. Adelanto a hombres que jadean como yo, con la
misma furia, con la misma ansiedad. Corro. Voy deprisa. Soy
joven. Me abro paso. Todos tenemos los ojos fijos en la mar-
ca que señala la frontera. Algunos hablan ¿Qué dicen? Nada
nos va a detener. De pronto se escuchan disparos, seguramente
son tiros de advertencia, para intimidarnos, e inmediatamente
entendemos que la policía ha vuelto por nosotros con las luces
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apagadas, pero sus balas no nos asustan. No tendrán suficientes
para todos. Ya estoy a pocos metros de esa marca, de ese fierro
enterrado en la arena que señala el límite entre ambos países.
Los más jóvenes hemos llegado primero. Me falta el aliento.
Me duelen los brazos. Tengo que resistir. Se oyen más disparos.
Caen algunos cuerpos. Entonces veo a Antonio a pocos metros
de mí, pero ha comenzado a bajar su velocidad, no puede más,
me sorprendo que, pese a su pierna herida, haya logrado co-
rrer todos esos metros y a esa velocidad, pero sus fuerzas han
comenzado a agotarse. No lo pienso dos veces, disminuyo mi
velocidad y me acerco. En un segundos estoy a su lado y lo
agarro del brazo. Me mira con asombro, como un perro mira
la luna. Le grito que se apure y lo arrastro con todas mis fuer-
zas. Él continúa corriendo, aprieta cada músculo de su rostro
y retoma la marcha. Ahora corremos juntos. El pánico se ha
apoderado de los que no han conseguido cruzar la frontera. El
todoterreno de la policía chilena se ha detenido justo en el lími-
te y ha bloqueado a punta de pistola el paso a los que quedaron
más atrás. Ya hemos entrado a Chile. Sigo tirando del brazo
de mi hermano. Me duelen los brazos y las piernas, ya no me
quedan fuerzas y nos caemos. Sentimos cada vez más la aridez
del suelo. Siento el impacto de mi cuerpo en la tierra suelta y
fría. Las rodillas se me clavan en el estómago. El sudor baña
cada centímetro de mi cuerpo. Estoy cansado, pero noto bajo
mi cuerpo esta tierra nueva y eso me da una fuerza de conquis-
tador. Antonio está a mi lado, lo oigo respirar, jadeante, como
un animal. Estamos aquí, juntos. Me gustaría sonreír pero no
puedo. Hemos llegado a Chile. Hemos cruzado. Me gustaría
abrazar a mi hermano pero no puedo.
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Espera
“El hombre–hambre, el hombre–insulto, el hombre–tortura
se podía en cualquier momento agarrarlo molerlo a palos, matarlo
–perfectamente matarlo– sin tener que rendir cuentas a nadie
sin tener que dar excusas a nadie.”
Aimé Césaire
M
ientras permanezco en esta sala y sudo como un con-
denado, tú pareces estar al margen de que a unos po-
cos metros de ti haya una persona asustada, tratando
de entender lo que pasa, intentando descifrar tu idioma y lo
que dice el hombre de la televisión al que tú escuchas con tan-
ta atención. No despegas la mirada del aparato, para ti yo no
existo, pero también entiendo – por ti y por mí – que somos ca-
paces de adaptarnos a las situaciones más absurdas y esto es tu
trabajo, porque supongo que preferirías estar en otro lugar con
tus amigos o con alguna chica, y no en esta sala sin ventanas
detenida en el tiempo.
Yo creo que tenemos la misma edad, sabes, o nos acercamos
bastante, y sé todo lo que uno puede saber sobre el desperdicio
de la juventud, sobre pasar en un abrir y cerrar de ojos de la
infancia a la adultez, y sobre las formas en que puede usarse a
los niños. Yo lo viví: ese día de enero en menos de un minuto
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el terrible terremoto dejó miles de muertos, todo se vino abajo:
el Palacio Nacional, la catedral, el hospital, la escuela, hasta
la cárcel se quedó sin muros. Todo era un caos, sabes, y llegó
el cólera, no teníamos agua para beber; yo vi gente desnuda
por las calles, cadáveres tirados por todos lados, madres que
lloraban desconsoladamente repitiendo el nombre de sus niños
como un mantra infinito, aferradas a una prenda, con la memo-
ria clavada en el último instante en que vieron sus pequeños
rostros, en que oyeron sus voces. La gente se daba palos por
la poca comida disponible, la policía no daba abasto, era una
pesadilla.
Y así fueron llegando las organizaciones humanitarias con me-
dicamentos y comida: la Cruz Roja, algunos famosos en su “tu-
rismo de tragedia”, los ejércitos de otros países que realizaban
labores de seguridad en las calles. Ahí conocí a Claudio, un
soldado chileno que patrullaba mi barrio y que muchas veces
me habló de tu desarrollado país. Así, después de días, meses
y años de esperanza y desesperanza, de leer la sombra de la
muerte en los ojos de otros, muchos decidimos cruzar fronte-
ras, huir del hambre y de la ausencia de posibilidades como una
maldición divina, pensamos que ayudaríamos de mejor forma a
nuestro país, a nuestra gente estando fuera, mandando dinero a
nuestras familias. En ese momento yo estaba en mi último año
de escuela, sabes, y no volvimos a tener clases, ¡a nadie le im-
portaba! Yo pasaba por ahí y miraba lo que había sido mi sala,
el patio en el que nos reuníamos con los chicos a conversar.
Todo estaba en el suelo. Todo era despojos. Queríamos volver a
estudiar, pero solo nos utilizaron para conseguir comida y para
dar pena a las organizaciones de ayuda humanitaria. Nos agru-
paban en lo que había sido la escuela para tomarnos fotos, para
hacer reportajes para la prensa europea, y si estabas sin zapatos
y con poca ropa, mejor. Así no era difícil atraer la atención de
la ONU, de Unicef o Save the children y otras organizaciones
similares. Pero mientras el mundo nos alimentaba y se com-
padecía de nosotros, los funcionarios estatales se robaban la
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comida, la ropa y los medicamentos. Y lo mejor quedaba para
ellos y sus familias. Ya han pasado algunos años y nada ha
cambiado demasiado. Pero ahí estamos, resistiendo. Quizá eso
es la vida: resistir…
Seguramente tú viste todo esto por la televisión. Viste a todos
esos muertos imposibles de contar bajo toneladas de escom-
bros. Pero a ti, seguramente, nada de esto te interesa. Bueno, a
nosotros sí, porque ¿tú has visto cómo es mi país más allá del
terremoto? ¿Lo lindo qué es? ¿las fiestas qué hacemos? ¿Sabes
en qué punto del mapa se encuentra? ¿Sabías que Colón la lla-
mó La Española? Me gustaría contarte sobre mi querida isla. Y
si pudiera te mostraría también algunas fotos, verías sus playas
de arenas blancas, sus cálidas aguas, sus palmeras, pero tam-
bién tenemos muchas montañas y bosques. Yo podría mostrarte
todo eso, sabes, contarte un poco sobre nosotros, pero tú estás
en otra parte, ni siquiera me miras.
Ahora imagino que me levanto en silencio, te doy un golpe
certero que te deje aturdido y me escapo de esta sala. Tú estás
tan atento a la televisión que seguramente ni siquiera notarías
que me he movido, que me he levantado y me he dirigido hacia
tí para golpearte. Luego buscaría la salida y la forma de llegar
a ese barrio del norte de Santiago donde vive mi amigo. Ese
barrio que llevo anotado en el cuaderno que está en mi mo-
chila, esa que tus compañeros me revisaron y quitaron y que
revolvieron esperando encontrar algo que no sé muy bien qué
era. Una bomba o quizá droga, no lo sé. Y yo solo llevaba ahí
un par de lápices, mi libro de Aimé Césaire y mi cuaderno, ese
donde anoto las cosas que se me ocurren o lo que quiero hacer,
porque escribir es un ejercicio que me ayuda mucho, es mi tera-
pia. A veces también anoto alguna frase de un libro o un párrafo
completo, fragmentos que me gustan y que quiero volver a leer.
También me gusta la televisión como a ti. No te creas que no
la miro de vez en cuando, me gusta ver los noticieros, sabes,
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tratar de entender lo que está pasando en el mundo. También
me gusta ver videos musicales ¿También te gustan? En algo
nos parecemos.
Ya sé que no te importa, pero me ha gustado lo poco que he
podido ver de Chile. Me parece que es moderno. Además de lo
que me contó Claudio, también leí sobre ustedes antes de venir.
No cabe duda que al ver tu país, en el mío nos hallamos a unas
decenas de años por detrás del mundo industrializado, como le
llaman. Algunos sociólogos – los más progresistas – podrían
molestarse con la idea de que hay sociedades más adelanta-
das que otras, de que existe un primer mundo y un tercero.
Pero pienso que después del terremoto, mi país no pertenece a
ninguno de estos mundos. Mi país es otra cosa, y no consigo
encontrar nada que me sirva de comparación. Hay pocos auto-
móviles en mi pueblo, Cajou Brulé, puedes caminar kilómetros
sin ver ningún vehículo. Solo unas cuantas carreteras están as-
faltadas. Quizá nos consideran un poco primitivos, y tal vez lo
somos, lo digo sin ninguna vergüenza. Pero creo que en unos
diez años, si no viene otro cataclismo, mi país alcanzará el pro-
greso de otras naciones sudamericanas. Todos estamos listos
para el futuro. Y tú, ¿qué piensas?
***
Abro los ojos. Divagando debo haberme dormido durante unos
minutos, o quizá una hora. En mi sueño se me aparecía la larga
costanera de Lamartiniere y los artistas del ferré decoupé, esos
que hacen maravillas con la hojalata, y los pintores y vende-
dores callejeros de arte naíf que pregonan su mercadería. Ahí
estaba también el hombre anciano que se instala en la esquina
y a su lado un gran espejo con un hermoso marco de madera
labrada. Al amanecer y al finalizar el día, lo lleva sobre la ca-
beza reflejando el cielo, transportando los astros. La gente pasa
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y deposita un gourde, y por solo una pequeña moneda tienes
una mirada en el mejor espejo de las Antillas. Luego enfilaba
por las calles de Petion-ville, veía las botellas multicolores de
Tampico Punch, los vendedores de radios con décadas de trans-
misiones emitidas, el niño que se instala en una esquina y, en
cuclillas, dedica varias horas del día a lavar zapatos y zapati-
llas, todo eso reaparecía en silencio, volvía a mí, poblando mi
memoria como fugaces e inamovibles retratos de mi historia.
Tú también te has dormido, con tu chaqueta como manta, te
has tendido en el otro sofá con los pies bajo los cojines. Te
mueves, agitado, y creo que estás teniendo una pesadilla, tu
cara se contorsiona como la de un niño de meses y la expresión
hosca de la gesticulación te quita años de encina. Me pregunto
qué imágenes perturban tus sueños, y me divido entre hablarte,
despertarte y sacarte de esos terrores oníricos o alegrarme que
tú, que me has ignorado y despreciado, estés sufriendo una pe-
sadilla aterradora. Ahora no me parece tan cruel verte temblar
en el sofá. Al fin y al cabo, tampoco te importa que esté aquí,
que yo exista.
Ahora ha comenzado a sonar tu teléfono celular. El tono es
de una canción bastante conocida que no recuerdo de quien
es. Mis conocimientos de música estadounidense son escasos,
aunque la mayoría de mis amigos se han rendido a ella incon-
dicionalmente. Levántate, contesta el teléfono. El aparato sigue
sonando. Quien llama debe querer que me dejes ir – quiero
creer eso –, que todo ha sido un error, que ya debería haberme
reunido con mi amigo Emanuelle. Pero tú incomodo sueño es
profundo. El teléfono continúa sonando y tú no das señales de
advertirlo. Quiero hacer algo para que contestes pero no me
atrevo a acercarme a ti.
Por fin contestas: – Soy Miguel – dices –. Logro escuchar la
voz que sale del aparato, pertenece a un hombre, es lenta y
ronca.
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– No lo sé – contestas –. Me dijo que llegaría a las siete. Y te
despides. Ahora sé que te llamas Miguel, y me alegra saber tu
nombre, un nombre de santo, el primero de los siete arcángeles,
el encargado de detener a Lucifer, el ángel caído.
Llevamos demasiado tiempo en esta sala, y lo que al principio
parecía un incidente menor ahora se ha vuelto algo demasiado
tedioso, incluso aterrador. No sé qué harán conmigo, por qué
debo permanecer aquí tanto tiempo. Luego del aterrizaje del
avión, caminé por los pasillos del aeropuerto feliz de haber lle-
gado a Chile y, al igual que el resto de los pasajeros, me ubiqué
en una de las filas para presentarle mi pasaporte al policía que
revisaba los documentos dentro de un cubículo de vidrio. Yo
trataba de poner atención a lo que las personas comentaban en
la fila. Intentaba deducir algo de esas otras lenguas. Miraba
lo que ellos hacían cuando estaban ante el policía. Observaba
cómo se comportaban, cómo se movían frente a la autoridad.
No quería cometer errores. Quería pasar, mostrar mi pasaporte
y salir del aeropuerto lo antes posible. Y así llegó mi turno:
extraigo mi documentación de la mochila y se lo extiendo, con
calma, intentando disimular mi ansiedad, quiero mirarlo a los
ojos, pero su mirada interrogativa me traspasa y me siento fren-
te a un scanner humano que examina cada poro de mi rostro,
cada contorno de mí estremecida humanidad. El funcionario
observa detenidamente mi pasaporte, por detrás, por delante,
inspecciona las páginas, los sellos, lee con los dedos, se detiene
en mi fotografía y a continuación lo introduce en una pequeña
máquina que emite una luz violeta. Los segundos eran eternos.
Las voces de los viajeros se mezclaban con los anuncios en los
altoparlantes. El policía examinaba el documento y enseguida
me dirigía una mirada fría, inquisidora, directa a los ojos. Una
y otra vez. No sé si se trata de un procedimiento policial para
intimidar, o el tipo se divertía con ese cruel juego que alteraba
mis nervios. Una y otra vez. Miraba el documento y luego di-
recto a mis ojos, en los que seguramente ya había percibido el
temor y la incertidumbre. Una y otra vez. Ni una palabra salía
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de su boca. Yo comencé a sudar, sentía el calor de cada una de
las luces del aeropuerto, la ropa me molestada y no sabía qué
hacer con mi cuerpo ni dónde poner mis manos. Miraba a mí
alrededor – quizá sin saberlo buscaba alguna ayuda –, gente
circulando con maletas y bolsos de mano, la fila de personas
que esperaban su turno y todos parecían indiferentes a mi apu-
ro, a mi escaso conocimiento del idioma para comunicarme en
este país. De pronto oigo la voz del policía ¿qué me quiere de-
cir? Está serio y sabe que estoy muy nervioso. Cada uno de mis
movimientos le confirman mi estado. Vuelve a preguntarme
algo que no comprendo, algo que no sé interpretar. Me siento
estúpido de no poder expresarme, de no poder decirle que ven-
go a casa de un amigo de mi barrio, Emanuelle Benoit es su
nombre, vive en Chile hace tres años, trabaja en una empresa
de limpieza. Tengo todos esos datos anotados en mi cuaderno,
si usted me espera un minuto puedo mostrarle todo lo que mi
amigo me dictó. Ahí también está apuntada su dirección – su
comuna, como le llaman en Chile a los barrios –, y cómo lle-
gar hasta allí. Tengo todo escrito, déjeme mostrárselo. Quiero
decirle todo eso, pero sé que es inútil. Vuelvo a escuchar por
tercera vez una pregunta del policía, esta vez ha agregado otras
palabras porque su frase es más larga. Trato de decir algo pero,
al parecer, él ya ha perdido la paciencia, se ha puesto de pie y
ha comenzado a presiona un pequeño interruptor que hay sobre
la cubierta del cubículo. Los ojos me arden, los parpados me
pesan. Siento que alguien toca mi brazo izquierdo, me giro y
me encuentro de frente con una mujer rubia, de mediana edad,
quien en francés me pregunta mi nombre, de dónde vengo,
cuánto dinero porto y qué he venido a hacer a Chile. Veo que
ella ha intercambiado algunas palabras con el policía, quien
ha presionado nuevamente el interruptor. Trato de calmarme y
contestar una a una sus preguntas, las que ella va traduciendo
al oficial.
De pronto han aparecido dos hombres jóvenes, con chaquetas
azules que llevan bordado un logo amarillo que parece ser de
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la policía. Uno de ellos ha tomado mi mochila y ha comenzado
a revolverla, a registrarla sin pedir mi autorización. Me la han
quitado de las manos sin el menor respeto. No sé qué decir. He
mirado a la mujer buscando alguna respuesta, pero ella con-
versa con uno de los agentes y luego se dirige hacia mí y me
dice: “Ve con ellos. Vendrá un intérprete, así podrás comuni-
carte y explicarles por qué estás aquí”. Le doy las gracias. No
sé qué más puedo hacer. No hay alternativa. Quizá lo mejor es
que venga el intérprete, así podré mostrarle mis documentos
y decirle que vengo a casa de mi amigo, a conseguir un traba-
jo; aclararemos todo y le preguntaré por la dirección que llevo
apuntada, quizá él puede indicarme como llegar hasta allí.
Los dos hombres me conducen por un solitario y amplio pa-
sillo lateral, es limpio e iluminado como los hospitales de las
películas. Aún no ha comenzado a amanecer, pero calculo que
deben ser cerca de las cinco de la mañana. Ellos conversan en
su idioma, ríen ¿Qué dicen? ¿Se burlan de mí? Y pienso que
toda esta escena es algo cotidiano para ellos. Luego entramos
en la sala, uno de ellos me indica que tome asiento en un sofá
junto a los muebles adheridos a los muros. Más allá veo una
pequeña mesa, un hervidor eléctrico, una silla con ruedas – de
escritorio –, y un televisor gris. Ellos están de buen humor, no
han parado de hablar y ahora han abierto la puerta de uno de
los muebles, han tomado un par de cosas personales y ense-
guida comprendo que se marchan. No les he quitado la vista
de encima, si no fuera porque me arrebataron mi mochila sin
preguntarme, sin siquiera mirarme, ambos me parecerían ama-
bles. Mientras pienso en eso me sobresalto al oír la puerta que
se abre, y te veo por primera vez, entras a la sala, saludas a tus
compañeros, han cruzado unas palabras y ellos abandonan este
espacio en el que ya llevamos unas cuantas horas. Y ahora por
fin me decido a hablarte. Quizá podamos entendernos. Necesi-
to que me entiendas.
– Disculpa – digo. Mi voz sale suave, demasiado baja. Y aun-
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que no sea tu idioma, no hay la menor señal de que me hayas
oído.
– ¡Hey! – digo ahora a un volumen normal, no quiero sobre-
saltarte. No tienes reacción alguna. Ahora me miras de reojo,
incrédulo, como si fuera el sofá el que hablara, y enseguida
vuelves a concentrarte en la televisión.
– Disculpa – digo de nuevo, esta vez en voz alta, firme. Y tú te
inquietas y te pones de pie de golpe, algo asustado. Das dos pa-
sos hacia mí, me miras a los ojos y te detienes. No estás seguro
que te vuelva a hablar, entonces regresas a tu asiento, tomas
tu teléfono celular y aprietas botones y te llevas el aparato al
oído. Escuchas, pero no logras comunicarte. Supongo que te
han dicho que llames si te molesto o pasa algo imprevisto y,
ahora que ha sucedido, no contestan. Piensas un momento y
tomas una decisión: vuelves a sentarte y subes el volumen de
la televisión.
– ¡Por favor! – digo ahora para ver si me pones atención y
puedo decirte que necesito ir al baño.
– ¡Amigo! – agrego enseguida para que me mires. Supongo
que te dijeron que soy haitiano, y como ya te habrás dado cuen-
ta soy negro – esa raza bañada en ríos de lágrimas y mares
de dolor, ese estigma del color de piel como obcecación de
suciedad e impureza, como una condena centenaria del mundo
occidental – y al parecer en tu mente mi categoría no incluye la
capacidad de sentir o de hablar.
Veo que te mueves de tu silla, y sin mirarme te diriges al mue-
ble que está junto a la pared, empiezas a abrir cajones. Oigo el
ruido de los objetos que revuelves con tu mano y me preocupo
y pienso que sacarás una pistola y acabarás de una forma drás-
tica con esta molestia que soy. Abres cinco o seis cajones, un
par de pequeñas puertas de los muebles superiores, y ya has
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encontrado lo que buscabas: una libreta de teléfonos con por-
tada de cuero rojo. Ahora das dos pasos hacía mí, me miras a
los ojos otra vez y me la lanzas directo a la cabeza. La libreta
me golpea y cae al piso. Me ha dado a un costado de la cara,
cerca de la sien, siento el hueso resentido y un leve calor en la
piel. Es la primera vez que veo venir algo hacia mí y he sido
incapaz de reaccionar, de evadirlo. Tu reacción me ha dejado
petrificado. El dolor del golpe me palpita en la cara como un
corazón agitado. Me giro hacia ti, y veo que estás satisfecho de
tu objetivo, vuelves a tu silla y subes de nuevo el volumen de
la televisión. Concluyo que tú estás seguro que yo no perte-
nezco a tu espacie, que soy otro tipo de criatura, una bestia, un
engendro, un bicho que puede ser aplastado con el peso de una
libreta de teléfonos.
No es que me duela mucho, pero el simbolismo es ofensivo.
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M I G R A N T E
M I G R A N T E
Este libro fue posible gracias al entusiasta y comprometido
trabajo de Rosa Rodríguez y Antonio Briones, alma, cuerpo y
corazón de Ventana Abierta, y al certero trabajo de Francisca
Muñoz. Muchas gracias por apoyar y creer en este texto!!
A mis padres, Patricia y Máximo, por capear el temporal, de la
mano, y pese a todo avanzar juntos.