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Dewey

El pragmatismo es un movimiento filosófico y educativo estadounidense que surgió en la década de 1880, promoviendo la acción inteligente y liberadora en diversos campos como la educación y la sociología. Fundado por figuras como Charles Peirce y William James, el pragmatismo critica el dogmatismo y el racionalismo, proponiendo que la práctica es el único árbitro de la validez teórica. A lo largo del tiempo, ha evolucionado hacia una corriente compleja que busca abordar problemas sociales y políticos contemporáneos.

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El pragmatismo es un movimiento filosófico y educativo estadounidense que surgió en la década de 1880, promoviendo la acción inteligente y liberadora en diversos campos como la educación y la sociología. Fundado por figuras como Charles Peirce y William James, el pragmatismo critica el dogmatismo y el racionalismo, proponiendo que la práctica es el único árbitro de la validez teórica. A lo largo del tiempo, ha evolucionado hacia una corriente compleja que busca abordar problemas sociales y políticos contemporáneos.

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El pragmatismo es un movimiento filosófico y educativo surgido en los Estados Unidos

en la década de 1880, representado por grandes figuras intelectuales, entre ellas Charles

Sanders Peirce y William James. En cierta medida, no se trata de una teoría, ni de una

escuela filosófica, ni de un movimiento unitario. En realidad, el pragmatismo no llegó a

dar lugar a una escuela filosófica, y no se concentra exclusivamente en la filosofía, sino

que se dispersa y se abre a otros campos y disciplinas, como educación, psicología,

sociología, derecho, ciencia política.


En este sentido se presentó como un instrumento crítico para la clarificación del

pensamiento; pero el pragmatismo quiso ser más que una concepción analítica de la

filosofía. El pragmatismo pretende recuperar la razón y los valores humanos para el

dominio sobre una acción. Por tanto, no constituye una ideología de la “acción por la

acción” o del encubrimiento de la “razón técnica”, sino una teoría de la acción

inteligente y liberadora y de la razón responsable en todos los ámbitos de la acción

humana, incluyendo el ámbito educativo.


Para Charles Peirce (1839-1914), el pragmatismo era ante todo un método para

aclarar ideas y conceptos, despejando la mente de confusiones metafísicas o de

cualquier otra índole. Peirce definió el término pragmatismo como “dar claridad a

nuestras ideas”, con la consideración de los efectos y sus posibles aplicaciones

prácticas, pues nuestra concepción de esos efectos es la consideración integral de ese

objeto. Su talante experimentalista lo condujo a rechazar cualquier enfoque abstracto o

asumido a priori. Peirce proporciona un claro vaticinio de lo que posteriormente será el

principio de verificación del positivismo lógico y del operacionalismo científico.


El pragmatismo significa el predominio de la actitud empirista y el abandono del

racionalismo e idealismo, el combate hacia todo tipo de dogmatismo, trascendentalismo,

artificialidad y pretensión de finalidad en la verdad. En este punto, William James se

enfrenta explícita y decididamente al concepto de Verdad, para someterlo a una crítica

implacable; trata de superar la noción de correspondencia entre nuestras ideas y la

realidad, pues existen innumerables tipos de realidad. “Lo verdadero, por tanto, es sólo

aquello que conviene a nuestros intereses profundos, de la misma manera que lo justo

no es más que lo conveniente en nuestro modo de comportarnos” (Bello, 1989, p. 39).


La práctica se convierte en tribunal y árbitro absoluto, el único que decide la validez

e invalidez de cualquier formulación teórica o científica. William James representa,

junto con Josiah Royce,1 una reacción global contra el absolutismo monista y

trascendente, una crítica fundamental contra todo tipo de dogmatismo y racionalismo.

Para Dewey, igualmente, el pragmatismo como método de investigación atiende “los

problemas reales que surgen de los asuntos efectivos” (Dewey, 1920, p. 94). La

experiencia común proporciona una función de control con la que contrastar los

resultados de la investigación filosófica. En este sentido, el pragmatismo aparece como

una verdadera cruzada contra el racionalismo y el idealismo en tanto método de

investigación científica con pretensión de totalidad de la realidad.


No obstante, un error demasiado común y generalizado, debido a la distorsión de su

significado, ha sido entender el pragmatismo como un pensamiento banal, superficial y

chato que glorifica el rendimiento práctico de las concepciones humanas y desprecia las

formas más elevadas de realización intelectual.


El pragmatismo fue una especie de regeneracionismo filosófico a inicios del siglo

XX. Para Schiller, amigo de William James, el pragmatismo constituye un humanismo.

“El desarrollo de un espíritu es, de una punta a otra, una cuestión personal. El

conocimiento, de virtual se torna real, gracias a la actividad intencional de aquel que

conoce y que la hace servir a sus intereses y se sirve de ella para realizar sus fines”

(Schiller, 1907, p. 239). Desde sus inicios se presentó profundamente crítico y

constructivo respecto a la tradición filosófica, que progresivamente se había distanciado

de la reflexión filosófica del mundo real.


El pragmatismo, en este sentido, constituye una anticipación del positivismo lógico

y analítico, especialmente el criterio positivista de verificabilidad del significado. Pero,

como señala Bernstein, el movimiento analítico de la filosofía no es sólo una

continuación, prolongación y ruptura con el pragmatismo, sino que “deberíamos

comprender que su significado más perdurable consiste en contribuir a un legado

pragmático que no cesa” (1993, p. 18).


En realidad, Peirce y James son los padres fundadores del pragmatismo clásico. Sin

embargo, ambos representan personalidades filosóficas y doctrinales contrapuestas y

distintas. Inmediatamente después, con Dewey y Mead, se produce un giro social y

político en el pragmatismo clásico. Richard Bernstein señala que con Dewey y Mead los

aspectos sociales y políticos del pragmatismo pasaron a primer plano. Para ambos

pensadores el ideal de democracia constituye una forma de vida comunal en la que

“todos comparten y todos contribuyen”, cuestión de vital importancia para la teoría y

filosofía política contemporánea. Dewey y Mead estaban consagrados a un programa de

reforma social democrática radical, en un programa de profunda transformación social y

política.
La cultura estadunidense es profundamente política y democrática por su propia

trayectoria histórica. Los Estados Unidos se fundaron sobre un fuerte ideal ilustrado de

libertad que ha tratado de permear todas las instituciones políticas y sociales. En este

aspecto, Rorty considera que existe un fuerte romanticismo en la base y en el

fundamento de la cultura estadunidense que recorre toda su historia, desde Emerson

hasta Dewey. Este romanticismo social sigue impregnando a los intelectuales de la

izquierda estadunidense con la visión de que son el país del futuro.


Sin duda, Dewey supo afrontar con valentía y coraje intelectual muchas situaciones

sociopolíticas críticas, como la revolución bolchevique de 1917, la depresión económica

de 1929, las enormes desigualdades sociales de principios de siglo; no obstante, la

situación actual ha cambiado mucho, y nos enfrentamos con problemas de orden global

que precisan soluciones que no sean tan locales y concretas. En este sentido, podemos

afirmar que el pragmatismo ha sido una filosofía de su tiempo. “Puesto que nadie

conoce el futuro, nadie sabe qué creencias permanecerán o no justificadas, no hay nada

histórico que decir acerca del conocimiento o de la verdad. El efecto de no decir nada

más es transferir a la esperanza lo que Europa transfirió a la metafísica y a la

epistemología. Es sobre la base de la esperanza que podemos producir un futuro mejor,

sustituyendo así el intento de escapar del tiempo” (Rorty, 1997, p. 40).


Sin duda, la tradición pragmatista está enraizada en la cultura estadunidense, y al

mismo tiempo es profundamente crítica con las fallas y errores de la sociedad de ese

país. En este sentido, para Richard Bernstein el pragmatismo posee una fuerte vocación

universalista: “El espíritu prevaleciente del pragmatismo ha sido, según Rorty, no la

desconstrucción, sino la reconstrucción”. Los filósofos deben intentar, como decía

Hegel, proyectar y capturar su época concreta a través de su pensamiento. Por esta

razón, John Dewey consideraba que “la tarea de la filosofía futura debe ser clarificar las

ideas de los hombres entendiéndolas como las luchas sociales y morales de su propio

presente”. En la actualidad, el pragmatismo ha derivado hacia una corriente compleja y

heterodoxa, cuya raíz inicial pudo ser una reforma profunda del modo de conocimiento

y de la acción humana; pero que ha evolucionado hacia derroteros totalmente distintos.

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