El pragmatismo es un movimiento filosófico y educativo surgido en los Estados Unidos
en la década de 1880, representado por grandes figuras intelectuales, entre ellas Charles
Sanders Peirce y William James. En cierta medida, no se trata de una teoría, ni de una
escuela filosófica, ni de un movimiento unitario. En realidad, el pragmatismo no llegó a
dar lugar a una escuela filosófica, y no se concentra exclusivamente en la filosofía, sino
que se dispersa y se abre a otros campos y disciplinas, como educación, psicología,
sociología, derecho, ciencia política.
En este sentido se presentó como un instrumento crítico para la clarificación del
pensamiento; pero el pragmatismo quiso ser más que una concepción analítica de la
filosofía. El pragmatismo pretende recuperar la razón y los valores humanos para el
dominio sobre una acción. Por tanto, no constituye una ideología de la “acción por la
acción” o del encubrimiento de la “razón técnica”, sino una teoría de la acción
inteligente y liberadora y de la razón responsable en todos los ámbitos de la acción
humana, incluyendo el ámbito educativo.
Para Charles Peirce (1839-1914), el pragmatismo era ante todo un método para
aclarar ideas y conceptos, despejando la mente de confusiones metafísicas o de
cualquier otra índole. Peirce definió el término pragmatismo como “dar claridad a
nuestras ideas”, con la consideración de los efectos y sus posibles aplicaciones
prácticas, pues nuestra concepción de esos efectos es la consideración integral de ese
objeto. Su talante experimentalista lo condujo a rechazar cualquier enfoque abstracto o
asumido a priori. Peirce proporciona un claro vaticinio de lo que posteriormente será el
principio de verificación del positivismo lógico y del operacionalismo científico.
El pragmatismo significa el predominio de la actitud empirista y el abandono del
racionalismo e idealismo, el combate hacia todo tipo de dogmatismo, trascendentalismo,
artificialidad y pretensión de finalidad en la verdad. En este punto, William James se
enfrenta explícita y decididamente al concepto de Verdad, para someterlo a una crítica
implacable; trata de superar la noción de correspondencia entre nuestras ideas y la
realidad, pues existen innumerables tipos de realidad. “Lo verdadero, por tanto, es sólo
aquello que conviene a nuestros intereses profundos, de la misma manera que lo justo
no es más que lo conveniente en nuestro modo de comportarnos” (Bello, 1989, p. 39).
La práctica se convierte en tribunal y árbitro absoluto, el único que decide la validez
e invalidez de cualquier formulación teórica o científica. William James representa,
junto con Josiah Royce,1 una reacción global contra el absolutismo monista y
trascendente, una crítica fundamental contra todo tipo de dogmatismo y racionalismo.
Para Dewey, igualmente, el pragmatismo como método de investigación atiende “los
problemas reales que surgen de los asuntos efectivos” (Dewey, 1920, p. 94). La
experiencia común proporciona una función de control con la que contrastar los
resultados de la investigación filosófica. En este sentido, el pragmatismo aparece como
una verdadera cruzada contra el racionalismo y el idealismo en tanto método de
investigación científica con pretensión de totalidad de la realidad.
No obstante, un error demasiado común y generalizado, debido a la distorsión de su
significado, ha sido entender el pragmatismo como un pensamiento banal, superficial y
chato que glorifica el rendimiento práctico de las concepciones humanas y desprecia las
formas más elevadas de realización intelectual.
El pragmatismo fue una especie de regeneracionismo filosófico a inicios del siglo
XX. Para Schiller, amigo de William James, el pragmatismo constituye un humanismo.
“El desarrollo de un espíritu es, de una punta a otra, una cuestión personal. El
conocimiento, de virtual se torna real, gracias a la actividad intencional de aquel que
conoce y que la hace servir a sus intereses y se sirve de ella para realizar sus fines”
(Schiller, 1907, p. 239). Desde sus inicios se presentó profundamente crítico y
constructivo respecto a la tradición filosófica, que progresivamente se había distanciado
de la reflexión filosófica del mundo real.
El pragmatismo, en este sentido, constituye una anticipación del positivismo lógico
y analítico, especialmente el criterio positivista de verificabilidad del significado. Pero,
como señala Bernstein, el movimiento analítico de la filosofía no es sólo una
continuación, prolongación y ruptura con el pragmatismo, sino que “deberíamos
comprender que su significado más perdurable consiste en contribuir a un legado
pragmático que no cesa” (1993, p. 18).
En realidad, Peirce y James son los padres fundadores del pragmatismo clásico. Sin
embargo, ambos representan personalidades filosóficas y doctrinales contrapuestas y
distintas. Inmediatamente después, con Dewey y Mead, se produce un giro social y
político en el pragmatismo clásico. Richard Bernstein señala que con Dewey y Mead los
aspectos sociales y políticos del pragmatismo pasaron a primer plano. Para ambos
pensadores el ideal de democracia constituye una forma de vida comunal en la que
“todos comparten y todos contribuyen”, cuestión de vital importancia para la teoría y
filosofía política contemporánea. Dewey y Mead estaban consagrados a un programa de
reforma social democrática radical, en un programa de profunda transformación social y
política.
La cultura estadunidense es profundamente política y democrática por su propia
trayectoria histórica. Los Estados Unidos se fundaron sobre un fuerte ideal ilustrado de
libertad que ha tratado de permear todas las instituciones políticas y sociales. En este
aspecto, Rorty considera que existe un fuerte romanticismo en la base y en el
fundamento de la cultura estadunidense que recorre toda su historia, desde Emerson
hasta Dewey. Este romanticismo social sigue impregnando a los intelectuales de la
izquierda estadunidense con la visión de que son el país del futuro.
Sin duda, Dewey supo afrontar con valentía y coraje intelectual muchas situaciones
sociopolíticas críticas, como la revolución bolchevique de 1917, la depresión económica
de 1929, las enormes desigualdades sociales de principios de siglo; no obstante, la
situación actual ha cambiado mucho, y nos enfrentamos con problemas de orden global
que precisan soluciones que no sean tan locales y concretas. En este sentido, podemos
afirmar que el pragmatismo ha sido una filosofía de su tiempo. “Puesto que nadie
conoce el futuro, nadie sabe qué creencias permanecerán o no justificadas, no hay nada
histórico que decir acerca del conocimiento o de la verdad. El efecto de no decir nada
más es transferir a la esperanza lo que Europa transfirió a la metafísica y a la
epistemología. Es sobre la base de la esperanza que podemos producir un futuro mejor,
sustituyendo así el intento de escapar del tiempo” (Rorty, 1997, p. 40).
Sin duda, la tradición pragmatista está enraizada en la cultura estadunidense, y al
mismo tiempo es profundamente crítica con las fallas y errores de la sociedad de ese
país. En este sentido, para Richard Bernstein el pragmatismo posee una fuerte vocación
universalista: “El espíritu prevaleciente del pragmatismo ha sido, según Rorty, no la
desconstrucción, sino la reconstrucción”. Los filósofos deben intentar, como decía
Hegel, proyectar y capturar su época concreta a través de su pensamiento. Por esta
razón, John Dewey consideraba que “la tarea de la filosofía futura debe ser clarificar las
ideas de los hombres entendiéndolas como las luchas sociales y morales de su propio
presente”. En la actualidad, el pragmatismo ha derivado hacia una corriente compleja y
heterodoxa, cuya raíz inicial pudo ser una reforma profunda del modo de conocimiento
y de la acción humana; pero que ha evolucionado hacia derroteros totalmente distintos.