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Bases del Poder y Liderazgo

El documento discute las bases del poder y liderazgo. Identifica siete bases del poder: poder legítimo, poder de recompensa, poder de coacción, poder experto, poder de referencia, poder de información y poder de conexión. Explica que estas bases del poder son estrategias que los líderes usan para influenciar a otros y que se aplican de forma combinada dependiendo de cada situación.

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Bases del Poder y Liderazgo

El documento discute las bases del poder y liderazgo. Identifica siete bases del poder: poder legítimo, poder de recompensa, poder de coacción, poder experto, poder de referencia, poder de información y poder de conexión. Explica que estas bases del poder son estrategias que los líderes usan para influenciar a otros y que se aplican de forma combinada dependiendo de cada situación.

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Bases del Poder y Liderazgo

Al hablar de bases del poder nos referimos a las estrategias que aplican líderes y directivos
para influenciar a sus subordinados. Se puede definir el poder como la capacidad de ejercer
control sobre una persona o grupo. Las personas difieren en los tipos de poder que poseen
y cómo utilizan su poder.
Inicialmente, French y Raven[1] identificaron cinco formas de poder: legítimo, coercitivo, de
recompensa, experto y de referencia. 
Posteriormente, Raven y Kruglanski, añadieron el poder de información al quinteto de bases
del poder. Un séptimo “poder de conexión” fue aportado por Hersey y Blanchard[2]
Existe una estrecha relación entre poder y liderazgo. El poder constituye un medio para
conseguir la obediencia. Por su parte, el liderazgo es un proceso de influencia sobre el
comportamiento de otros.
Ambos, poder y liderazgo, resultan en el efecto que un individuo ejerce sobre la conducta de
otras personas. A través de la influencia, esas personas actúan de la manera que desea tal
individuo.
Las Bases del Poder
El poder formal proviene del puesto y de su posición en la estructura jerárquica de la
organización. El poder personal es propio de cada individuo, independientemente del cargo
que ocupe.

Aprendizaje
Conocer y saber cómo aplicar las bases del poder le ayudará a tener más
éxito e influencia.

Poder Legítimo
Es el poder formal otorgado legítimamente a un individuo en función de su posición en
la organización. El poder se materializa cuando los subordinados reconocen el poder del
individuo y de su derecho a dirigirlos sobre la base de cargo en el trabajo.
En el contexto organizacional, las personas acatan las órdenes de los jefes porque reconocen
el poder legítimo que poseen. Sin embargo, puede que no muestren un espíritu de
colaboración ni se sientan comprometidas.
Además, este tipo de poder se pierde cuando se cesa la posición que lo legitima.
Poder de Recompensa
Se hace efectivo mediante el intercambio entre la realización de un comportamiento
determinado y la obtención de una recompensa. Este poder consiste en la capacidad de un
individuo de entregar a otros, a cambio de su conducta, algo que para estos tiene valor. El
cumplimiento de los deseos de quien ejercer este poder, es recompensado.
Las recompensas pueden consistir en incrementos salariales, evaluaciones favorables,
percepción de bonus, tiempo libre, ascensos, actos formales de reconocimiento, …
El liderazgo transaccional es claro ejemplo de liderazgo basado en el poder de recompensa,
Poder de Coacción
Se concreta en la capacidad de imponer sanciones a otros. Se basa en el miedo, en el
momento en que una persona percibe que puede ser castigada o sancionada con alguna
privación si no realiza una conducta determinada.
Esta privación puede adoptar distintas formas que, generalmente, coinciden con las utilizadas
para recompensar: promoción, privilegios, dinero, evaluación negativa, etc.
Este poder también puede ser ejercido mediante la discriminación y el acoso.
Poder Experto
El poder experto se refiere a la capacidad de influencia derivada de la posesión de su
conocimiento, experiencia y habilidades, que le confieren una probada capacidad de
desempeño.
Este poder se reconoce cuando los demás perciben que un individuo tiene un grado de
conocimiento elevado, así como unas competencias profesionales altamente especializadas
en una materia determinada.
Es decir, se reconoce un poder experto en un ámbito, pero dicho poder no es percibido igual
en ámbitos donde las capacidades de un individuo no son consideradas como altas.
El poder de experto puede considerarse poder personal más que de posición. Pero no es
un poder personal puro ya que, en buena medida, la percepción de que alguien posee un alto
nivel de conocimiento y habilidades en un ámbito profesional determinado puede provenir de
su estatus en la organización.
Un ejemplo es la información que maneja en virtud de la posición que ocupa, y que puede
coadyuvar a su consideración de experto.
Poder de Referencia
De las bases del poder, esta es la más relacionada con el liderazgo. En este caso, el
poder proviene del respeto y la admiración. Tenemos poder de referencia cuando
transmitimos seguridad en lo que hacemos. Se basa en la percepción de comportamientos y
características personales que ganan la confianza de los demás.
Emana de una persona muy apreciada que, frecuentemente, es considerada como un modelo
a seguir.
Este es el poder del liderazgo, que atrae e inspira seguidores leales. Está relacionado con
la autenticidad y no se fundamenta en el rol o en la posición formal del individuo. Es propio del
estilo de liderazgo transformacional.
En definitiva, el poder de referencia consiste en la capacidad del líder para ejercer
influencia en los demás por la atracción y respeto que inspira.
Por su parte, el atractivo personal debe ir acompañado de la integridad y el carácter. La
combinación de ambos factores contribuyen a un liderazgo particularmente influyente.
Poder de Información
Las personas con acceso a información valiosa poseen poder de información. Se basa en la
capacidad del líder para obtener información que es necesaria para el funcionamiento de la
organización y el desarrollo del trabajo de los subordinados. Se posee información que otros
necesitan o desean.
Poder de Conexión
Comporta poseer conexiones con personas importantes dentro y fuera de la
organización. Se tiene cuando se conocen a personas influyentes y se es escuchado por
ellas.
Si otros perciben que un individuo está vinculado con quienes poseen el poder, es probable
que tiendan a hacer lo que esa persona les solicita, esforzándose por complacerles.
A mayor número de conexiones importantes, el potencial de este tipo de poder es mayor.
Poder y Liderazgo
En la práctica, la influencia sobre otros se basa en la aplicación combinada de estas bases del
poder.  Entonces, podemos considerar que son interdependientes, en un proceso de liderazgo
que se desarrolla en el tiempo.
Por tanto, las bases del poder no deben entenderse en una aislada relación causa-efecto. Se
aplican de forma concurrente en función de las características de cada situación.
El poder supone uno de los diversos instrumentos del líder, estando su eficacia relacionada
con la capacidad para aplicar la combinación más adecuada en cada momento.
Diferencias entre Poder e Influencia
En cualquier caso, hay que atender a lo que conocemos de los estilos autoritarios. A largo
plazo, su aplicación tiene efectos negativos para la salud de la organización a largo plazo.
(Puede revisar el concepto de Liderazgo y los distintos modelos de liderazgo en este artículo)
Son el poder experto y el poder de referencia (especialmente este último) los que
obtienen mejores resultados.
Son bases del poder personal, que surgen y se potencian mediante la experiencia, el
conocimiento, el desarrollo de habilidades y la construcción de un carácter distintivo
del líder.

Maquiavelo y Nietzsche en torno al poder

Maquiavelo es uno de los escasos filósofos de nuestra tradición que ha dedicado


al poder la centralidad de su pensamiento. Otro, por supuesto, es el filósofo-
artista: Friedrich Nietzsche. Me parece que los más de trescientos cincuenta años
que separan a El Príncipe de la Genealogía de la moral no impiden poner en solfa
algunas de las ideas más radicales de ambas obras para hacer que suenen como
un armonioso dueto. Incluso, me arriesgaría a afirmar que posiblemente una se
entienda mejor a la luz de la otra —como tantas veces ocurre cuando una melodía
queda más explícita con su contrapunto—. Así es la situación de estos
pensadores, a los cuales en muchas ocasiones se ha dado en llamar "el primer
moderno" y "el primer posmoderno".

Ahora bien, una de las características más ponderadas por la filosofía moderna
frente a la medieval es la autonomía de las ciencias, que se afirma con la
revolución científica y que reviste un carácter de lucha contra lo establecido, lucha
de cuya virulencia dan idea los procesos contra Galileo, Servet y Giordano Bruno,
quienes tardíamente han sido absueltos por la institución eclesiástica. En este
sentido, Maquiavelo (1469-1527) podría ser comparado con Galileo, sólo que en el
ámbito político (aunque no fue condenado, tampoco ha sido reivindicado por el
ámbito político, tal vez por haberse ocupado de una problemática más sensible
que la astronomía o la medicina), Maquiavelo revoluciona el orden de los
máximas, haciendo no el análisis del deber ser, sino que, al dejar a un lado todo
tipo de consideraciones éticas y doctrinales, se centra en la cruda realidad. Este
sesgo le valdrá la etiqueta de antiético, hasta el punto que, a lo largo de la
tradición filosófica, "maquiavélico" ha pasado a ser sinónimo de "diabólico".

Sin embargo, lo que Maquiavelo pretende es simplemente considerar la política de


la misma forma en que los científicos modernos consideran las ciencias que les
ocupan, es decir, autónomamente. Tal autonomía sigue siendo hoy tema tabú.
Pensemos, por ejemplo, con cuanta facilidad se interviene en discusiones sobre
medicina o astronomía sin involucrar cuestiones éticas, aunque se esté
convencido de que siempre están implícitas posturas o implicaciones éticas,
mientras se desgarran las vestiduras cuando se considera a la política ausente de
la ética, a la manera de Maquiavelo. Sin embargo, se sigue considerando a éste
como el fundador de la ciencia política moderna por su forma de aislar a la política
como objeto de estudio y de encontrar las leyes de su dinámica.

De este modo, su pensamiento escapa a las antiguas teorías políticas, para


ocuparse de la facticidad —en el sentido de concentrarse en el análisis de las
realidades captables—, y liberarse así de todo dogmatismo: ensaya una vía que
se separa del examen de los argumentos justificativos y se enfoca en el estudio de
los mecanismos reales que guían las acciones, los que no apuntan a un orden
ideal, sino al terreno mismo de la praxis política.

Al aislar este terreno se halla ante los hechos crudos, por ejemplo cómo se gana o
se pierde determinada cosa. En estas averiguaciones no busca el sustrato
metafísico de las acciones, sino entrar directamente en el análisis de éstas, lo cual
señala una de las principales peculiaridades de su pensamiento, el cual apunta al
estudio del poder. De ahí que se le considere como el primer filósofo en la historia
de la filosofía occidental que tiene al poder como tema central.
En este sentido Maquiavelo es uno de los primeros teóricos que han procurado
desenmascarar las construcciones ideológicas que suelen acompañar al uso del
poder público, es decir, es uno de los fundadores de lo que ha venido a llamarse
sociología del conocimiento. (Giner, 1988: 200)

Por deslindar a la política como una ciencia autónoma, Maquiavelo —hay que
insistir— puede ser considerado como un Galileo, aunque la comparación entre
ambos personajes no sea extensible a otros ámbitos como podría ser el de la
razón. Maquiavelo pone el acento en la Historia y no en la razón, de ahí que, a
diferencia de Galileo, Maquiavelo vea la razón como un órgano de cálculo, y no
como la facultad de conocer y acceder a la esencia de las cosas y de resolver los
enigmas del mundo.

Si Maquiavelo merece ser considerado el primer filósofo político moderno es


porque además de exponer la política en su autonomía, denuncia indirectamente
la moral de esclavo para ubicarse, intelectual y prácticamente, en el terreno de la
acción y la libertad. Es uno de sus principales talantes y en él radica su astucia:
pone sobre la mesa temas viscosos: el poder, la fuerza, el orgullo y la sagacidad, y
examina francamente los hechos para elaborar una teoría política que plantea
dichos problemas sin enmascararlos.

En este sentido, se le podría aproximar a un pensador vitalista, pues posee los


atributos de la sinceridad y la ingenuidad, que, según Nietzsche, son parte del
hombre vital, por contraste, con el resentido, que no es sincero ni consigo mismo.
Nietzsche, denuncia (1981: 53) que, gracias a la virtud sacerdotal, la moral se ha
vuelto "perversa" frente a la moral aristocrática, que sería la encarnada por
Maquiavelo: una forma de valoración que no se aparta de la acción, no tiene
absolutamente ninguna pretensión de "pureza" y es "sana" porque no esconde
resentimientos, sino que los saca explosivamente a flote, salvándose así de
"aquella neurastenia y aquella afección intestinal, que afectan así de forma
inevitable a los sacerdotes de todas las épocas" (y podríamos agregar: a una gran
parte de los intelectuales) (Nietzsche, 1981: 53). Maquiavelo sobrecoge al lector
por el descarnado pragmatismo de su análisis. Pero no es más antitético que otros
teóricos políticos, sobre todo modernos, que tienden a obviar que hay venganza,
afán de poder e intrigas, y sitúan a la violencia en otra dimensión, sea como
momento previo a la sociedad o como elemento adyacente, ajeno o sobrevenido a
lo que suponen es un cuerpo social "sano" y "normal".

Si para Nietzsche, la moral del sacerdote es insana y perversa es porque —


basando sus valores en una faceta del odio— niega toda fuerza, todo acto violento
y toda crueldad. La moral del caballero, del "noble" —cuyo prototipo sería
Maquiavelo— funda sus juicios de valor en la acción vigorosa, libre y vivaz, que no
deja ni mucho menos de lado la corporeidad, la salud, la riqueza, la guerra, la
aventura, la danza y la caza. Nietzsche desenmascara el esquema judeocristiano
cuando se habla de la transmutación de los valores, en el sentido de que, lo
bendecido por Dios es la pobreza, la fealdad y la debilidad, cualidades que, por
supuesto, no busca de los políticos, que de ahora y de antes no han querido para
ellos, ni querrán en el futuro, aunque proclamen orgullosamente que siguen estos
valores.

Para Maquiavelo, la libertad se afirma desde el primer momento en que se


considera a la política como creación, como arte; es decir, como algo inventado,
que no pertenece al terreno de lo natural, como proponen las morales de viejo
cuño. Observa al Estado como quien observa un hecho cuya base es la naturaleza
humana, pero no como un hecho natural, sino como un producto de la acción
humana históricamente configurada. En suma, como un artificio. Incluso, la política
implica técnica y estrategia, y puede ser enseñada así; pero no solamente, pues,
al igual que la medicina y el derecho, es fundamentalmente experiencia. El olvido
de este hecho hace que no se aprovechen suficientemente las enseñanzas de la
historia (Maquiavelo, 1987: 26).

A su modo, Maquiavelo hace, como Nietzsche, una especie de genealogía,


apartando de un plumazo afirmaciones previas, presentándonos la realidad de
modo descarnado, centrándonos en la praxis y no en etéreas teorías, y arremete
indirectamente contra todo naturalismo. De este modo, el "progreso" o "desarrollo"
de una costumbre o de un órgano no es más que la sucesión de procesos de
subyugación (Nietzsche, 1981: 113).

Por ello, el escándalo y la fascinación que produce Maquiavelo (como Nietzsche)


nacen de su falta de pudor al hablar de la violencia y darle a ésta nombre y
apellidos: crímenes, corrupción, impunidad, venganzas, robos de patrimonio o
desvíos, que sin embargo, son parte de la vida política real, lo cual no implica, ni
mucho menos, que Maquiavelo se complazca con tales acciones. Precisamente,
su filosofía política está encaminada a estudiar de qué modo esta violencia será
innecesaria interna y externamente a un Estado estable. Sin embargo, Maquiavelo
ha sido anatemizado por abordar tales problemáticas en toda su crudeza, les ha
sucedido a quienes por hablar de sexo son vistos como obsesos sexuales y a
quienes hablan de la revolución se les considera sin más revolucionarios. Por el
contrario, la política que propone Maquiavelo busca controlar el crimen y la
violencia, con alternativas que enfrenten y canalicen a uno y otra.1

En este sentido, el suyo es un discurso pragmático, no cínico. Es desde esta


perspectiva que lo lee Francis Bacon, quien afirma: "mucho debemos a
Maquiavelo y a otros como él que escribieron sobre lo que los hombres hacen y no
sobre lo que deberían hacer", interpretación que vale la pena tomar en cuenta en
nuestro contexto, cuando la teoría política está muy imbuída de legalismo, pero en
la práctica no es mejor la de los tiempos de César Borgia.

Sobre este pragmatismo, Touchard afirma que:

El Príncipe no es un tratado de filosofía política, puesto que el autor no se


pregunta cuál es el mejor gobierno o qué es lo legítimo, ni qué es el poder o el
estado en general, sino simplemente, pensando en la situación italiana: ¿cómo
hacer reinar el orden, como instaurar un Estado estable? (Touchard, 1983: 202)

Nosotros diríamos que es precisamente este talante pragmático, este atenerse a


los hechos, lo que aporta Maquiavelo a la entonces incipiente teoría política
moderna. Talante que, por otra parte, no ha sido emulado por los filósofos
políticos, que lejos de atenerse a los hechos, basan sus análisis en
especulaciones, como parece justificar el mismo Touchard.

La fuerza es fuerza y la violencia es violencia. "¿Cómo se puede exigir de la fuerza


que no actúe como tal?" se pregunta Nietzsche (1981: 13). ¿Porqué la moral se
reduce siempre a una mistificación de nuestra propia impotencia? La mayoría de
las veces, digámoslo claramente, nos refugiamos en nuestra debilidad y la
disfrazamos de eticidad o de sublimes ideales. Los oprimidos son como corderitos,
ellos mismos se identifican como "buenos" y "puros", advierte Nietzsche. Las aves
de rapiña no tienen ningún reparo en comerlos, incluso los aman, pues "no hay
nada tan sabroso como un corderito tierno".
La fuerza es fuerza, y punto. Exigir que no se manifieste como tal es un
contrasentido. Estas reflexiones tienen no pocas implicaciones en el análisis de la
confrontación primer mundo / tercer mundo. Estén despiertos, dice Nietzsche,
porque nos van a comer si nos seguimos despistando por el terreno de las
justificaciones y las legitimaciones; es decir, si seguimos contentándonos con
nuestra buena conciencia de explotados, marginados, excluidos o cualquiera de
las palabras al uso.

Desde este enfoque, la crítica de Nietzsche a la filosofía moderna que separa


"sujeto" y "acción" no alcanzaría a Maquiavelo. Lo único que existe es la acción.
Imaginar que hay un sustrato de esta acción es un artificio del lenguaje (Nietzsche,
1981: 70). La acción lo es todo, como es lo mismo el rayo y su resplandor. Por lo
tanto, nada más alejado de las tesis contractualistas que las ideas de Maquiavelo
y Nietzsche.

Las tesis contractualistas parten de la teoría del sujeto, que otorga una libertad —
el "libre albedrío"— como la base de la igualdad de los hombres. Nietzsche tilda
de "fanática" a la concepción contractualista del origen del Estado. La fuerza, no la
razón, funda el "sentido"; la fuerza es creadora; el contrato, ejemplo de otra
corriente de la mentalidad moderna, para la que el canon moral es la compra-
venta: "todo tiene su precio, todo puede pagarse" (Nietzsche, 1981: 104). Éste es
para Nietzsche el canon más antiguo y más ingenuo de justicia, "el inicio de
cualquier 'bondad', de cualquier 'equidad', de cualquier 'buena voluntad', de
cualquier 'objetividad' en la tierra […] la justicia es la buena voluntad entre quienes
son aproximadamente igual de poderosos" (Nietzsche, 1981: 104).
Maquiavelo no busca necesidades naturales detrás de las relaciones sociales,
pues no hay una ley superior a la que deba adecuarse la acción política, sino que
ésta es creadora de la ley.

Por otra parte, el poder no es más que el dominio sobre los demás hombres. Su
filosofía no es un física social, como será la de Hobbes, por ejemplo, sino una
filosofía de la acción. Para este último, la realidad primaria son los cuerpos. Para
Maquiavelo, en cambio, son las acciones. Tampoco hay en Maquiavelo una
oposición tácita o explícita entre individuo y sociedad, como la hay en Hobbes,
quien sostiene que en tanto el hombre está en condición de mera naturaleza, que
es condición de guerra, el apetito particular es la medida del bien y del mal,
situación que se superaría en el estadio social.

Para Maquiavelo la guerra siempre acecha, forma parte de la realidad política, y el


apetito del individuo no queda nunca anulado por ninguna instancia superior. El
acuerdo entre los hombres no se presenta como un "pacto", sino como
proporcionada correlación de fuerzas, que se hace más constante y duradera con
el imperio de la ley, que es a su vez también fuerza, aunque no fuerza física. A la
perpetuación del imperio de la ley coadyuva el temor de los súbditos a su
infracción, y la religión es uno de los máximos factores de apoyo al temor que
fundamenta la seguridad del estado.

En definitiva, y resumiendo lo que venimos diciendo, no hay en Maquiavelo


ninguna apelación a instancias ni naturales ni ahistóricas. No existen categorías
universales o innatas que precedan u orienten la acción humana. Lo que sí hay es
una "voluntad de poder". Tampoco hay oposición entre razón y experiencia, sino
todo lo contrario: la razón debe basarse en la experiencia. El todo social, para
Maquiavelo, no es lógico, sagrado, ni necesario. Es simplemente el fruto de una
trabazón de acciones humanas, que se perpetúa en el tiempo como continuidad
de unas prácticas históricas que vienen determinadas, eso sí, por la naturaleza
humana, a la que él concibe de un modo bastante pesimista.

En este sentido, estaría más cerca de la visión posmoderna —"una visión de la


sociedad sin fundamentos, parámetros, paradigmas, proyectos, metas, ni certezas
absolutas" (Tomassini, 1992: 83)—, que de una visión como la tuvo la modernidad
llevada a una jaula de hierro por la Ilustración:

Como las cosas de los humanos están siempre en movimiento y no pueden


permanecer estables, es preciso subir o bajar, y la necesidad nos lleva a muchas
cosas que no hubiéramos alcanzado por la razón. (Maquiavelo, 1987: 48).

Este tipo de aseveraciones del autor renacentista son interpretadas con excesiva
frecuencia como defensa de la adaptabilidad del hábil político a las circunstancias,
sin que medien convicciones, principios o ideales, sino exclusivamente el beneficio
del propio interés. Sin embargo, también cabe la interpretación de la primacía de
la realidad histórica sobre la razón; de la experiencia sobre los prejuicios; de la
práctica sobre los ideales; en suma, de una filosofía de la acción.

Tampoco es en absoluto racionalista en su concepción de la historia, pues si en


ésta ve la fuente principal de la que derivan nuestros conocimientos en virtud de la
experiencia, no la concibe sin embargo como un proceso unitario y singular, sino
como series de acontecimientos que podemos llamar la historia de Roma, de
Florencia, etcétera. En ningún momento se percibe una concepción de la historia
como una serie continua, guiada por algún tipo de necesidad que tenga que
desembocar en una paz perpetua o en un estado ideal. Todo lo contrario: el
resultado dependerá de lo que logre la acción humana. Desde la perspectiva
maquiaveliana, el poder no se relaciona con el logos, sino con la fuerza y la
coacción. Su enfoque es totalmente pragmático.2

En este tipo de concepción del poder ubica a la "virtud", a la que Maquiavelo ve


como una cualidad poco común, pero sí "una energía a la vez brutal y
prudentemente calculadora, ajena a cualquier preocupación de moral ordinaria"
(Touchard, 1983: 203). Crear una virtú es imprescindible para la política. La virtú
maquiaveliana es la fuerza del hombre frente a la fortuna, a la que su mirada
renacentista aprecia como la dueña de la historia: no es la providencia divina la
que con mano segura y amorosa rige los destinos humanos, sino una diosa
irracional, imprevisible y caprichosa la que nos lanza continuamente al sinsentido.

Ciertamente, los tiempos de Maquiavelo tienen cierto parecido con los últimos
lustros de la posmodernidad, pues "el girar de la fortuna había hecho desaparecer
ante sus asombrados ojos, reinos y vidas con total indiferencia" (Aguilar, 1989:
313).

La visión de la historia que tiene Maquiavelo es pesimista y fatalista: los hombres


no pueden oponerse a los decretos de la fortuna, aunque sí aprovechar sus giros.
El hecho de que Maquiavelo se concentre en el campo de la técnica política más
que en el de la explicación histórica, tiene su origen en esta concepción. Para
Aguilar R.:

El mensaje es "mantente sobre tus pies, haz un uso adecuado de tu realismo y


razón y, con el bagaje de tus pasiones listo para impulsarte, espera la ocasión
propicia, de forma que puedas, al menos en parte, determinar tu vida".
(Aguilar,1989: 318)

La concepción maquiaveliana de la política como teoría siguió a la definición


aristotélica de la política como "ciencia de lo posible", en cuanto que pretende
estudiar el estado real de su tiempo y ofrecer vías de salida a una situación de
colapso. Maquiavelo es profundamente realista y, contrariamente a lo que se le
suele atribuir, no es acérrimo partidario del mantenimiento del status quo del
príncipe, ni detractor de las transformaciones, pues por más que advierta sus
peligros, no deja de ponderar su necesidad, que debe ser realizada con energía y
audacia por quienes estén interesados en los cambios.

En este sentido, en su análisis está continuamente barajando la categoría de


posibilidad: "Es deseo muy natural y ordinario el de querer adquirir algo que no se
tiene; alabaremos siempre a quien lo cumple si le es posible; pero el error está en
empeñarse en poseerlo cuando no es posible" (Maquiavelo, 1988: 16).

En El Príncipe, aconseja al monarca evitar cambiar las instituciones y dejar lo más


posible a los subalternos el cuidado de tomar medidas impopulares, elegir con
cuidado a sus consejeros y evitar cederles la menor parcela de autoridad. El
monarca se dedicará sólo a defender y extender su poder por todos los medios,
incluso utilizando el crimen si es necesario. "Vale más ser temido que amado".
Este tipo de aseveraciones es el que le han dado mala fama. Sin embargo, una
pregunta resulta obvia: ¿no es así como funciona el poder de las instituciones,
hasta en las que más predican el amor, como la Iglesia?
La liberación parte del reconocimiento de la realidad. Este sesgo realista es la
enseñanza de hoy en relación con Maquiavelo. A sabiendas de que el poder
político se mueve con aquella dinámica, y no necesariamente porque quienes lo
detentan sean esencialmente corruptos, malos o desaprensivos, ¿qué acciones
cabe emprender para que esa violencia sea la menor posible; para repartir el
poder, y para que los errores no sean tan trágicos ni aplasten a millones de
personas? El idealismo en política suele tener efectos perversos, pues omite
sistemáticamente tomar el pulso a las fuerzas en juego.

Otro aspecto del pragmatismo maquiaveliano es la afirmación de que los


resultados son el único modo de valorar las acciones políticas. Cuanto más
estable y duradero sea un gobierno, tanto mejor será. La duración será prueba de
su salud, y por ello, una tiranía o el desgobierno no duran indefinidamente. Y
aunque Maquiavelo apuesta a la estabilidad, hay que matizar una vez más que
esta apuesta no debe ser leída como conservadora, ni como una defensa a
ultranza del status quo. Si lo vemos con ojos desprejuiciados, digamos
simplemente que el deseo apasionado y subyacente de Maquiavelo es liberador:
que surja un nuevo espíritu patriótico italiano contra los invasores, pero para ello
—pese a lo fácil de la tentación, máxime en el terreno del nacionalismo— no apela
a nobles ideales, ni a esencias nacionales. Exalta la Roma republicana, no la
imperial, y siguiendo a Aristóteles, sostiene que de las tres formas clásicas de
gobierno la mejor es la del tipo mixto, por ser más sólida y estable, pues en ella "el
príncipe, los grandes y el pueblo gobiernan conjuntamente el estado".

Touchard (1983: 205) afirma que Maquiavelo tiene una concepción del Estado que
ignora las realidades económicas, y lo acusa de ver en la política poco más que el
juego de voluntades, pasiones e inteligencias individuales, lo cual no es muy
exacto. Maquiavelo no se detiene en el análisis de la economía; sin embargo, no
es idealista, y en su abordaje de la cuestión del poder señala siempre como
trasfondo la centralidad del dominio del hombre sobre las cosas: "El hombre olvida
más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio".
Y aunque no se centra en el análisis de la economía, le otorga a está un papel
esencial. Señalemos como muestra el pasaje de El Príncipe en que éste le
encarga a un arquitecto que elabore el plan para la edificación de una ciudad; plan
que queda descartado totalmente y la competencia del técnico negada por no
haber tomado en cuenta de qué habrían de vivir los habitantes de la tal ciudad.

Otra crítica de Touchard (1983: 204) es la relativa a que aun cuando la idea de
Estado ocupa el centro de su pensamiento, Maquiavelo no llega a formular la
teoría respectiva. Para él, el Estado es un dato, un ser al que no pretende explicar
filosóficamente. Pero no es tan evidente —como lo sostiene Touchard— que
Maquiavelo legitime la subordinación del individuo al Estado. Maquiavelo no define
ni la esencia ni la naturaleza del Estado, pero de su obra se desprende que el
Estado es un conjunto de realizaciones mediatizadas por el poder. Está
convencido que la fuerza tiende al caos, y de que el orden, el equilibrio, se logra
con artificio, con técnica. Lograr la estabilidad será la muestra de la virtú del
político, y ésta, si bien se desmarca del concepto virtud según la teología
medieval, no coincide tampoco con la afirmación que hace Touchard: "en una
jungla donde no hay moral ni derecho internacional todo vale", pues también es
una convicción maquiaveliana que el Estado debe garantizar la vida satisfactoria
de sus miembros.

Conclusiones

Maquiavelo es uno de los primeros y más peculiares autores en la tradición


occidental que aborda el tema del poder desde su especificidad. Podemos
considerarlo el primer moderno porque considera la autonomía del ámbito político.
Desde una perspectiva actual, habría que reivindicar su talante en por lo menos
cuatro aspectos. En primer lugar por su positivismo, en el sentido de que analiza lo
que se le presenta de manera inmediata; lo que se palpa: la realidad. En segundo
lugar, por lo que podríamos llamar vitalismo, que se plasma en la sinceridad e
ingenuidad indispensables para la crítica, así como en la reivindicación del cuerpo,
de la dimensión física, en contra de una moral que castiga el cuerpo. En tercer
lugar, por su pragmatismo, que de entrada le permite reconocer que no se puede
obviar la violencia, la que no es previa al cuerpo social o, algo externo, como
sugerirán más tarde las teorías contractualistas, sino inherente a él. Por último, por
el antinaturalismo que lo lleva a afirmar que la política es invención, creación, y
que, en este sentido, no pertenece al dominio de lo natural. De la política destaca
su historicidad y subraya que es preciso asumir la experiencia, ir a la historia para
extraer de ella enseñanzas.

Además del talante, lo que aporta Maquiavelo a la reflexión es un programa de


temas a abordar: tanto el príncipe como el pueblo deben atender a las prácticas, a
las acciones. Por todo ello podemos decir que la figura de Maquiavelo ha sido
satanizada injustificadamente. Su empeño no consiste en dedicarse a solapar
venganzas y crímenes, sino en identificarlos como parte de la vida política. En
ningún momento pretende fomentar la barbarie, sino que trata de ver cómo
reducirlas al mínimo en aras de la seguridad: se trata de ver cómo hacerles frente.

Tal vez si hubiera asumido el planteamiento maquiaveliano la teoría política


moderna no hubiese caído estrepitosamente en planteamientos idealistas tan
craso como en los que ha caído y sigue cayendo. El pensamiento de Maquiavelo
está más preocupado por abordar el problema de la seguridad que en teorizar
sobre el poder. Por todo lo anterior, es importante que la teoría política actual
rescate su noción de poder. Esa noción asocia el poder a la fuerza y la acción del
sujeto. El poder, en sentido que Maquiavelo le da, es dominio sobre los demás
hombres, pero el primer plano y la centralidad las tiene el dominio del hombre
sobre las cosas.

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