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Introducción a la Victimología y su Estudio

Este documento trata sobre la víctimología, una disciplina que estudia a las víctimas de delitos. Explica el origen de esta disciplina y cómo surgió de la criminología tradicional que se enfocaba solo en el delincuente. También describe algunas de las corrientes teóricas actuales de la víctimología como la víctimología crítica y la víctimología positiva.

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Introducción a la Victimología y su Estudio

Este documento trata sobre la víctimología, una disciplina que estudia a las víctimas de delitos. Explica el origen de esta disciplina y cómo surgió de la criminología tradicional que se enfocaba solo en el delincuente. También describe algunas de las corrientes teóricas actuales de la víctimología como la víctimología crítica y la víctimología positiva.

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Víctimología

Víctimología

1
2.1 Conceptos generales sobre
victimología
2.1.1 Origen y objeto de estudio de la victimología
Diversos autores (García Pablos de Molina, 1999; Marchiori, 1999;
Rodríguez Manzanera, 2009; Garrido Genovés y Redondo Illescas, 2013)
enfatizan los intereses que tradicionalmente la Criminología y otras
ciencias sociales evidenciaron en sus investigaciones en relación al
fenómeno criminal o delictivo. En efecto, estas ciencias se dedicaron a
indagar una parte de dicho fenómeno, y centraron su preocupación e
interés en el estudio del delito y en la persona del delincuente
(comportamiento, personalidad, enfermedad, contexto social,
tratamientos tendientes a su rehabilitación).

En este contexto, la víctima quedó totalmente olvidada, dejada de lado y


escasamente valorada por estas disciplinas. Se le restó importancia en el
estudio del delito y era considerada objeto pasivo, estático e irrelevante en
la comprensión del mismo.

¿Qué es la Victimología? Antes de adentrarnos en su origen o surgimiento


dentro del contexto histórico, definirémos a la victimología como una
disciplina de las ciencias sociales, empírica e interdisciplinaria, cuyo objeto
de estudio es la víctima del delito, los procesos de victimización y de
recuperación.

Su origen se remonta a los años 40 en el marco de un contexto histórico y


científico positivista, donde la figura de la víctima comienza a ser tenida en
cuenta en la dinámica del delito, atribuyéndosele cierta responsabilidad o
causalidad en el mismo. Esta Victimología busca la comprender la
contribución y actuación de la víctima en el delito.

En este contexto surgen los aportes de quienes han sido considerados


pioneros de la victimología, como Benjamín Mendelsohn y Hans Von
Henting (citados en Rodríguez Manzanera, 2009). La figura de la víctima, en
tanto objeto de estudio, comenzó a ser tenida en cuenta y reivindicada
como sujeto activo y relevante para arribar a una mayor e integral
comprensión del delito. Ambos establecieron clasificaciones generales que
–sin perder de vista que cada víctima es única y singular– permiten

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entender por qué algunas personas son elegibles o victimizadas y otras no
lo son (Rodríguez Manzanera, 2009).

Mendelsohn (citado en Rodríguez Manzanera, 2009) fue un criminólogo


israelí que elaboró una clasificación de víctimas que posteriormente fue
tenida en cuenta por diversos estudiosos del tema. En dicha clasificación,
parte de considerar un primer nivel de víctimas, cuya característica es no
haber tenido absolutamente ninguna responsabilidad –directa o indirecta–
en el acto delictivo. No obstante, su clasificación abarca otros niveles o
grupos de víctimas, en quienes va destacando diferentes grados de
participación en su victimización y consumación del delito, que podría
explicarse, por ejemplo, en conductas de descuidos, imprudencias, rutinas
personales, determinados ámbitos de inserción social, insultos, agresiones,
actitudes provocativas, etcétera.

En tanto Von Henting (citado en Rodríguez Manzanera, 2009), criminólogo


alemán, también desarrolló una clasificación que parte de una amplia gama
de víctimas casuales, a quienes solo una situación azarosa pondría en
contacto con el agresor. No obstante, sus aportes cobraron gran
significancia al señalar que existen determinados tipos de delitos que
resultan dificultosos de comprender, si no se los examina teniendo en
cuenta la relación e interacción víctima-autor. En ese sentido, refirió que
hay víctimas que resultan altamente victimizables y centró sus estudios en
determinadas poblaciones que consideró de mayor vulnerabilidad, como
los niños, ancianos, extranjeros, mujeres, prostitutas, entre otros.

Estos primeros estudios sobre la víctima del delito -además de instalar un


cambio paradigmático en la Criminología Tradicional- dieron lugar a
sucesivos conocimientos. Surge la denominada Victimología Moderna,
preocupada por entender los procesos de victimización, los factores de
riesgo victimógeno y de vulnerabilidad.

Si bien los procesos de victimización y el impacto o padecimiento que esta


victimización genera en la vida de la víctima continúan siendo un foco de
interés, la Victimología Moderna comienza a ampliar su espectro,
centrándose en los Derechos de las víctimas y en las medidas de reparación
y protección hacia ellas, tendientes a acompañarlas y protegerlas para un
mayor bienestar.

A partir de los años ´70 y ´80 en adelante -a través de la Sociedad de


Victimología- se organizaron diversos Simposios Internacionales en los que
se desarrollaron diferentes temas de investigación y aplicación de la
victimología (Garrido Genovés y Redondo Illescas, 2013).

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En la actualidad, existen diversas corrientes teóricas victimológicas, entre
las que es posible mencionar a la Victimología Crítica. Uno de los aportes
relevantes de esta concepción, es que el delito se distribuye de manera
desigual en la sociedad y por ende, la posibilidad o riesgo de sufrir una
acción delictiva presenta variaciones de un lugar a otro (Stangeland, 2004).

Hasta aquí podríamos decir que toda la información relacionada a la


víctima y los datos que esta es capaz de aportar acerca del delito, resultan
esenciales no solo en la etapa de investigación penal, sino también en la
comprensión de determinadas circunstancias o factores que favorecen la
victimización y criminalidad general de un lugar y tiempo determinados.
Por esto, la cooperación de la víctima permite comprender –por ejemplo–
que así como hay víctimas totalmente azarosas y casuales, también hay
personas que corren mayor riesgo de sufrir un delito, de la misma manera
que hay barrios y zonas dentro de una ciudad (e, incluso, determinados
domicilios) que son más vulnerables a la victimización y concentran mayor
cantidad de eventos delictivos (Garrido Genovés, y Redondo Illescas, 2013).

La Victimología del Desarrollo es otra de las recientes corrientes


victimológicas que ha realizado interesantes investigaciones y aportes. Ha
centrado su interés en estudiar el impacto que tiene el delito en la vida de
una persona, fundamentalmente en las edades de la niñez. Tiene en cuenta
diferentes variables, tales como si se trata de un delito cronificado
(sostenido en el tiempo) u ocasional, como también la tipología delictiva, la
edad de la persona, entre otros aspectos.

Por otro lado, la Victimología Positiva pone el acento en la capacidad de


resiliencia de la víctima y su posibilidad de afrontar la adversidad frente al
delito. Es decir, el foco de interés no está dirigido al daño padecido y sus
condiciones de vulnerabilidad, sino en su recuperación.

Hasta aquí hemos mencionado algunas de las corrientes teóricas


actualmente vigentes en victimología.

Respecto de si la Victimología es parte de la Criminología o si -por el


contrario- constituye una ciencia independiente de esta, diferentes autores
sostienen posturas contrapuestas en relación a la cuestión. Si bien hay
quienes defienden y argumentan dicha autonomía, otros consideran que la
Criminología es una ciencia soberana.

Al respecto, Garrido Genovés y Redondo Illescas (2013) plantean que es


muy difícil estudiar el fenómeno de la victimización si se lo separa del
estudio del delito. Dicha dificultad se sostiene en que uno de los intereses

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de la Victimología es, entre otros aspectos, la relación entre víctima y
victimario, como también la interacción entre ambos en la dinámica del
delito. En este sentido, cabe plantear las limitaciones reales que implicaría
desarrollar actividades de prevención de nuevas víctimas, si no se estudian
–por ejemplo– las modalidades y patrones comportamentales utilizados
por los delincuentes en determinadas tipologías delictivas, los factores
asociados al delito y las oportunidades que los facilitan (como el consumo
de drogas, la circulación de armas de fuego, entre otros).

No obstante, más allá de la discusión acerca de la dependencia o no entre


Victimología y Criminología, cabe resaltar la relevancia e importancia que
ha cobrado la Victimología en tanto disciplina abocada a la investigación de
diversos aspectos relacionados a la víctima. La evolución de la Victimología
evidencia un progresivo desarrollo que va desde el estudio de la víctima
como responsable o causante de su propio delito a los procesos de
recuperación y reparación de daños.

2.1.2 Víctima vulnerable. Proceso de victimización


En el año 1985, la Asamblea General de las Naciones Unidas (citada en
Garrido Genovés y Redondo Illescas, 2013) define la palabra víctima de la
siguiente manera:

… se refiere a las personas que, ya sea de forma individual o


colectiva, han sufrido algún daño, incluyendo las lesiones
físicas o mentales, el sufrimiento emocional, la pérdida
económica o una violación de sus derechos fundamentales,
a través de actos u omisiones que conculcan las leyes
penales (p. 859).

Y agrega:

… una persona puede ser considerada víctima, según esta


declaración, con independencia de si el delincuente es
identificado, arrestado, procesado o condenado, o de si hay
una relación familiar entre él y su víctima. El término víctima
también incluye, si resulta apropiado, la familia inmediata o
las personas dependientes de la víctima directa, así como las
personas que han resultado dañadas al intentar asistir a las

5
víctimas o que han intervenido para revenir la victimización
(p. 860).

En un sentido amplio, se considera víctima a la persona o grupo que ha


sufrido un daño o perjuicio en la salud, vida, propiedad, integridad sexual u
otro bien jurídicamente protegido, ya sea por acción u omisión propia,
ajena o por causa fortuita (Rodríguez Manzanera, 2009).

En relación al fenómeno de la victimización, la Victimología le otorga gran


importancia al conocimiento de los factores y circunstancias que elevan el
riesgo –individual o colectivo– de sufrir determinados delitos.

Si bien existen víctimas elegidas de manera azarosa, numerosas


investigaciones hacen referencia a que el riesgo de una persona de sufrir
determinados tipos de delitos no responde generalmente a las leyes del
azar. Por el contrario, existe una multiplicidad de factores y situaciones que
no solo elevan el riesgo de victimización, sino que explican la distribución
desigual en la probabilidad de ser víctima de un delito.

A modo de ejemplo, Garrido Genovés y Redondo Illescas (2013) citan la


teoría del estilo de vida, elaborada por Hindelang (1978), que indica que el
riesgo de sufrir algún tipo de delito suele estar asociado a la forma en que
vive cada persona. Entre los factores coadyuvantes o condicionantes de
dicho riesgo, se encuentran aquellos relacionados a cuestiones
demográficas del individuo (edad, sexo, estado civil, profesión, ingresos
económicos, etc.), a restricciones o carencias estructurales (económicas,
educativas, familiares, etc.), a hábitos, actividades, conductas y estilos de
cada persona, como también a cuestiones sociales y culturales (amistades,
ámbitos de inserción, exposición a situaciones de riesgo, escasa conciencia
de seguridad, etc.).

En relación a lo anterior, se desprende que en un gran número de


situaciones, la victimización no se produce al azar ni por casualidad. En este
sentido, La Teoría de las Actividades Rutinarias permite comprender la
victimización desde un enfoque diferente. Según esta teoría, para que una
victimización se produzca tiene que haber una víctima vulnerable (o
propicia), un delincuente dispuesto a delinquir y la ausencia de un guardian
eficaz (control social).

Si bien estos tres factores resultan necesarios, para que el delito ocurra
deben confluir o coincidir en un mismo lugar y momento determnado.

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Desde el enfoque de la Teoria de las Actividades Rutinarias, la prevención
de la victimización está sujeta a la posibilidad de controlar o erradicar
alguno de estos tres elementos: la vulnerabilidad de una víctima (por los
factores que sea), la motivación del delincuente o la ausencia de control
social (Stangeland, 2004).

En relación al proceso o fenómeno de victimización, Rodríguez Manzanera


(2009) desarrolla una multiplicidad de factores considerados victimógenos,
que clasifica en endógenos y exógenos. Estos factores no solo son tenidos
en cuenta por el delincuente para cometer el delito, sino que constituyen
factores de atracción que hacen proclive que ciertas personas sean
elegidas como víctimas.

Los factores victimógenos clasificados como endógenos son aquellos que


forman parte del individuo (víctima) y podrían dividirse en biológicos y
psicológicos. En tanto, los exógenos son de carácter externo y se
encuentran relacionados al lugar, horario, clima y cuestiones de orden
social, como escolaridad, profesión, situación económica, etcétera.

2.1.3 Factores victimógenos intervinientes en el


proceso de selección de la víctima
Factores endógenos en el proceso de selección de la víctima

Biológicos: si bien existen circunstancias que elevan la vulnerabilidad de la


víctima, como determinadas enfermedades o invalidez, en este punto es
necesario destacar dos tipos de factores biológicos esenciales en la
elección de la víctima: la edad y el sexo.

 La edad constituye uno de los factores de elección indiscutiblemente


más claros, fundamentalmente en sus dos extremos: niños o
adolescentes y ancianos. En cuanto a los menores de edad, no solo
son buscados por su vulnerabilidad física, sino también por su
inocencia, inexperiencia e indefensión. La pedofilia representa este
tipo de elección, donde la víctima es elegida con fines sexuales.

 El sexo como factor victimógeno es determinante en ciertos delitos.


La mayor influencia del género se presenta en los delitos sexuales
con un alto porcentaje de víctimas mujeres. En términos generales,
esto indicaría que se trata de un delito donde la víctima es elegida
por su género.

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Psicológicos: es sabido que en cuanto a factores psicológicos, los esfuerzos
científicos se han focalizado en el victimario. No obstante, existen
características psicológicas que hacen que un individuo sea proclive a la
victimización o, dicho de otro modo, lo hacen atractivo para el criminal.

 La esfera cognoscitiva, encargada de obtener, almacenar, procesar,


seleccionar y utilizar el conocimiento, presenta características que
suelen ser aprovechadas por un criminal al momento de elegir a su
víctima. De acuerdo a la utilización que esta haga de sus funciones
cognoscitivas, tendrá mayores o menores posibilidades de
convertirse en víctima o salvarse de esa situación. Por ejemplo, la
sensopercepción, relacionada con los órganos de los sentidos, tiene
influencia lógica en este proceso, ya que las deficiencias auditivas o
visuales, entre otras, tornan más fácilmente victimizable a la persona.
La capacidad de atención nos pone en guardia contra la victimización.
El aprendizaje y el pensamiento lógico juegan un papel fundamental
en la prevención, mientras que el pensamiento ilógico dificulta
prever la amenaza de ser víctima. Sin embargo, no solo las
deficiencias constituyen factores victimógenos, sino también el
elevado nivel intelectual puede ser aprovechado por un criminal para
cometer fraudes muy elaborados, en los que una persona con
deficiencia no comprendería cuál sería la presunta ganancia
(Rodríguez Manzanera, 2009).

 En la esfera afectiva, los sentimientos y emociones de la víctima


pueden ser aprovechados por el criminal para atacarla. El miedo
constituye una de las emociones más victimógenas, ya que deja al
individuo fuera de control y muchas veces lo inmoviliza, lo cual
impide la posibilidad de defenderse. En los delitos violentos, el miedo
es buscado por los criminales, y a esto suelen deberse los gritos, las
amenazas, los insultos y la elección de las víctimas más
amedrentables. La ira, el amor y el odio forman parte de
sentimientos que, al apoderarse de la víctima, pueden hacerles
perder el control y dejarla en una situación de desconcierto que la
hace fácilmente victimizable.

 La esfera volitiva se encuentra relacionada a la capacidad para la


toma de decisiones y su ejecución. Se supone que la voluntad (en
contraposición a la impulsividad) es el principio rector de los actos de
una persona. En relación a este punto, Rodríguez Manzanera (2009)
refiere que los criminales buscan personas con voluntad débil, a

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quienes buscará imponer su propia voluntad por sobre la de ellas
(manipulación).

Factores exógenos en el proceso de selección de la víctima

Son varios los factores provenientes del exterior que tienen influencia en la
elección de la víctima: desde fenómenos naturales, como las estaciones del
año, la temperatura, los lugares y el tiempo, hasta cuestiones de tipo
social, como la familia, la educación, el trabajo, la profesión, la posición
socioeconómica, entre otros. Todos ellos pueden facilitar la victimización
de una persona al ser aprovechados por el victimario, e incluso cada uno
de ellos puede tornarse relevante para la configuración de un delito
particular.

Como ejemplo de ello, Rodríguez Manzanera (2009) menciona que las


personas viudas o que viven solas pueden ser más victimizables, dado que
no tienen alguien que las defienda en el momento del ataque. La
escolaridad, las condiciones culturales, los conocimientos y la experiencia
son circunstancias de elección victimal. En cuanto a las profesiones, existen
aquellas que son peculiarmente más riesgosas desde el punto de vista
victimógeno (policías, taxistas, personal de traslado de valores, etc.). La
posición socioeconómica de la víctima es un factor que ejerce mucha
influencia en gran cantidad de delitos, fundamentalmente en aquellos
contra la propiedad.

El tiempo y espacio (o dónde y cuándo) son factores que el delincuente


elige para la victimización. Hay casos en los que el dónde y el cuándo se
tornan más importantes que la víctima misma. Por esta razón es tan
pertinente el estudio y precisión de las zonas victimógenas, ya que en ellas
una presunta víctima tiene muchas posibilidades de ser elegida. Sin
embargo, no basta encontrarse en una zona victimógena para que una
persona sea elegida víctima. También intervienen otros factores del orden
endógeno o exógeno.
Asimismo, si bien es cierto que tiempo y espacio están ligados, no todo
espacio es victimógeno todo el tiempo. Ello depende de horarios y fechas
específicas, aunque existen situaciones y lugares más propicios. Por
ejemplo, fines de semana, vacaciones, horarios nocturnos, determinados
barrios o ciudades, etcétera.

Coincidentemente con lo anterior, Marchiori (citada en Rodríguez


Manzanera, 2009) hace referencia a diferentes variables que condicionan o
ejercen influencia en la elección de la víctima. Dichas variables pueden ser

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del orden témporo-espacial (factor externo o exógeno) o del orden
individual/personal (factor interno o endógeno).

Las primeras se refieren a las características físicas, psíquicas y sociales


presentes en la víctima y son tenidas en cuenta por el autor para cometer
el delito. Desde este criterio, la víctima es elegida por su edad, género,
condiciones de indefensión, limitaciones, profesión, nivel adquisitivo,
etcétera.

Respecto de las circunstancias de lugar, cabe señalar que el delincuente no


solo percibe las características físicas y ambientales que ofrece este para
asegurar su impunidad (descampado, casa, zona), sino también la
desprotección en la que se halla la víctima y las posibilidades de solicitar o
recibir ayuda.

Las circunstancias de tiempo hacen referencia al momento propicio para el


delito, y es notorio que muchas veces el criminal ha preparado su accionar
delictivo luego de observar las costumbres y horarios de la víctima.

Es claramente advertible la coincidencia de diversos autores en cuanto a la


relación que existe entre los factores victimógenos y el estado de
vulnerabilidad de una persona, condición que la torna proclive a la
posibilidad de ser víctima de alguna tipología delictiva, lo cual dificulta
muchas veces su posibilidad de percibir el riesgo o peligro de una situación
y de reaccionar adecuada y defensivamente.

2.1.4 Relación víctima-victimario


Los avances en la Victimología demuestran que hay víctimas que –por
determinadas circunstancias o factores– resultan más vulnerables para
determinados tipos delictivos que otros. Algunas son elegidas de acuerdo a
alguna condición individual o externa, y otras de manera azarosa o casual.
No obstante, cualquiera de ambos casos da lugar a una relación entre
víctima y victimario que puede ser muy simple o, por el contrario, muy
compleja.

Siguiendo a Rodríguez Manzanera (2009), la relación víctima-victimario


hace referencia a lo que Mendelsohn (citado en Rodríguez Manzanera,
2009) denominó “pareja penal”. En el estudio de esta, se contemplan dos
variables o circunstancias: la primera es establecer si existía un
conocimiento previo entre la víctima y su agresor, mientras que en la
segunda se hace hincapié en la actitud de uno hacia el otro.

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El análisis de ambas variables ofrece una multiplicidad de alternativas
posibles que permiten ir dilucidando –con mayor claridad– la
criminodinámica del delito y las circunstancias asociadas a la elección de la
víctima.

1) Respecto al conocimiento-desconocimiento

Dependiendo del tipo de delito del que se trate, será el tipo de


víctima más propicia, motivo por el cual en algunas ocasiones la
víctima es elegida por ser conocida del autor, mientras que en otros
lo es por ser desconocida para el autor. Al respecto, cabe aclarar que
hay delitos que el victimario no cometería si no existiera un
conocimiento previo de la víctima (violencia familiar, por ejemplo) y
otros que resultan más difíciles de cometer a una persona conocida
(robo, por ejemplo).

El citado autor desarrolla diversas combinaciones o probabilidades


respecto de esta cuestión, de las cuales puede mencionarse –por
ejemplo– la existencia de delitos en los que los miembros de la pareja
penal se conocen mutuamente y mantienen un grado de relación
interpersonal que varía de acuerdo a las características del vínculo
(familiar, laboral, amistad, enemistad, vecindad, etc.). En otros casos,
el autor conoce a la víctima, pero esta no conoce al victimario. Esta
circunstancia lo posiciona en situación de ventaja respecto de su
víctima, a quien posiblemente ha elegido en función de algún aspecto
que conoce de ella y es de su interés (delitos de secuestros,
homicidios realizados por sicarios, etc.). Por el contrario, puede
ocurrir una situación inversa, en la cual el autor sea conocido por la
víctima –por lo cual podría identificarlo–, pero esta desconocida para
él. En este caso, la víctima habría sido elegida por el agresor de
manera eventual, pero sin influencia del conocimiento previo que
ella tenía de él. Finalmente, puede darse la situación de hechos
delictivos en los que víctima y victimario no se conozcan, por lo que
no existe vínculo o relación previa entre ambos. Son los típicos
delitos de oportunidad, que tienen lugar comúnmente en algunos
delitos contra la propiedad (arrebatos callejeros, hurtos, etc.), en los
cuales al autor no le interesa nada más de su víctima que el bien
material que desea obtener.

11
2) Respecto a las actitudes

El análisis de determinadas actitudes, tales como atracción, rechazo e


indiferencia entre víctima y victimario, es otro componente que
arroja información interesante al momento de analizar la dinámica
del delito y elección de la víctima. Por ejemplo, existen tipologías y
modalidades delictivas que se explican por la atracción o encanto
recíproco entre los miembros de la pareja penal (pacto suicida,
estupro, proxenetismo), mientras que en otras ocasiones existe un
rechazo mutuo entre ambos, lo cual genera una situación de
enemistad que puede desencadenar sentimientos de venganza y
delitos de violencia, como riña, por ejemplo. La indiferencia mutua
explica, por ejemplo, delitos culposos e incluso delitos de robo, en los
cuales no existe un conocimiento previo entre víctima y victimario,
por lo que en estos casos las actitudes no tuvieron un papel
determinante en la elección de la víctima.

Dichos sentimientos y actitudes no siempre coinciden


recíprocamente en los miembros de la pareja penal, sino que puede
darse el caso de que uno de los miembros mantenga una
determinada actitud hacia el otro (atracción, rechazo o indiferencia),
y este responda con un sentimiento diferente al que recibe, lo cual
genera numerosas combinaciones posibles que muchas veces
explican diferentes circunstancias presentes en el delito.

12
2.2 Víctima y derechos
2.2.1 Instrumentos internacionales
El reconocimiento de los derechos y garantías centrados en la víctima del
delito constituye un fiel reflejo de la atención e importancia que
paulatinamente comenzó a cobrar a partir de los cambios ideológicos del
nuevo paradigma, cambios que implicaron nuevas concepciones adoptadas
por la ciencia criminológica, la elaboración de políticas de Estado y
legislación internacional que sienta las bases para cada sistema penal.

La Declaración sobre los Principios Fundamentales de Justicia para las


Víctimas de Delitos y Víctimas del Abuso de Poder, adoptada por la
Asamblea de Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1985, constituye –a
nivel legislativo– un documento internacional de destacada magnitud para
la Victimología, ya que abarca tres tópicos fundamentales en el
reconocimiento y garantía de los derechos que les asisten: 1) el acceso de
la víctima al proceso penal; 2) la asistencia a la víctima; 3) el resarcimiento
a la víctima.

En el tratamiento y desarrollo de los diferentes puntos que componen


dicho documento, se especifica el concepto de víctima (que ha sido
referenciado en la unidad anterior de esta asignatura). Se reconoce su
derecho al acceso a la justicia, recibe información necesaria acerca de su
rol en el proceso, alcance y curso de las actuaciones, especialmente cuando
se trate de delitos graves. Promueve el trato justo y digno hacia la persona
de la víctima, su asistencia y reparación del daño sufrido como
consecuencia del delito. La oportunidad de ser escuchada y brindar su
propio punto de vista es otro de los principios básicos recomendados,
como también la utilización de medidas más eficaces o de mecanismos
alternativos en la resolución de conflictos (por ejemplo, mediación).

En cuanto al control de la criminalidad, la Declaración sobre los Principios


Fundamentales de Justicia para las Víctimas de Delitos y Víctimas del Abuso
de Poder promueve la aplicación de políticas públicas de índole social,
sanitaria, educativa y económica dirigidas a la prevención del delito,
reducción de la victimización y apoyo asistencial a las víctimas directas e
indirectas que lo necesiten.

En mayo de 1996, la Comisión de Prevención del Delito y Justicia Penal de


las Naciones Unidas se dispuso desarrollar un manual sobre el uso y

13
aplicación de la declaración de 1985. Es así que el Manual de Justicia sobre
el Uso y Aplicación de la Declaración de Principios Básicos de Justicia para
Víctimas de Delitos y Abuso de Poder (1985, citado en Marchiori, 2011)
constituye un instrumento sobre el uso y pautas fundamentales en la
justicia penal y demás instituciones que estén en contacto con las víctimas
de delitos y víctimas de abuso de poder. Su finalidad apunta a garantizar la
implementación y buen procedimiento en el tratamiento y preservación de
los derechos más fundamentales de las vísctimas, a los fines de no incurrir
–o al menos minimizar al máximo posible– en la victimización secundaria,
también llamada doble victimización.

Para ello, el manual diseña procedimientos que tienden a desarrollar e


implementar servicios a través de programas de asistencia a la víctima del
delito, con el fin de garantizarle su seguridad física, médica-sanitaria,
contención psicológica en situación de crisis, tratamiento psicoterapéutico
a largo plazo y asesoramiento legal, además de otros servicios que resulten
específicos a necesidades particulares de una u otra víctima.

El manual de referencia ha sido diseñado teniendo en cuenta las


diferencias que presentan los diferentes contextos sociales y legales de
cada país, lo que muchas veces torna dificultosa la aplicación de sus
principios básicos, por lo cual está pensado como guía o ejemplos para que
cada jurisdicción evalúe sus programas y los ponga a prueba.

2.2.2 Víctima y denuncia


Resulta indiscutible que la denuncia de un hecho delictivo representa un
dispositivo fundamental –tanto desde una perspectiva social como
procesal penal– en la tarea de colaboración con la administración de
justicia, el control de la criminalidad y la consecuente protección y
seguridad de la ciudadanía en general.

La no radicación de la denuncia no solo implica un aumento en la cifra


negra de la criminalidad e impunidad delictiva, sino un importante
obstáculo que dificulta conocer acerca de los delitos, patrones
conductuales, individuos o grupos, víctimas vulnerables y condiciones que
favorecen dicha criminalidad y victimización. Dicho de este modo, la
denuncia de la víctima tiene un doble valor: por un lado, es un aporte
fundamental en la persecución penal (individualización del autor y
posterior acusación), y por otro, es un aporte para la prevención del delito
y de nuevas víctimas potenciales.

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Ahora bien, la formulación de la denuncia constituye uno de los derechos
que le asiste a la víctima en su condición de tal. El Estado pondrá en
marcha –a través de sus diferentes organismos y poderes– una serie de
dispositivos de protección hacia ella, para brindarle y garantizarle la
asistencia adecuada, la reparación de los daños sufridos como
consecuencia del delito y su participación activa en el marco del proceso
penal.

Hasta aquí se ha hecho hincapié en el valor investigativo, procesal,


preventivo y social que reviste la denuncia o testimonio de la persona que
ha sufrido un delito; sin embargo, hay delitos que, por su naturaleza y
modalidad (violencia familiar, abuso sexual u otros delitos ejercidos con
violencia), tienen efectos altamente traumáticos y limitantes en la vida
emocional, familiar y social de la víctima y su entorno más próximo. En
algunos casos –incluso–, la denuncia puede tardar mucho tiempo en
materializarse e ingresar al proceso penal, ya que los efectos de la
victimización y el daño sufrido pueden generar en la víctima la sensación o
temor de no poder sobrellevar la instancia de la denuncia y demás actos
procesales. No obstante, es de destacar que cuando la persona logra tomar
un posicionamiento diferente frente al hecho vivido, la denuncia suele
cobrar un valor terapéutico para ella, debido a la sensación de liberación,
alivio psicológico y hasta de fortalecimiento.

2.2.3 Víctima y proceso judicial


La participación de la víctima en el proceso penal no es un tema de interés
que cobró vigencia de un día para el otro. Es más bien parte de un proceso
de varios años que fue tomando fuerza y visibilidad a la luz de las
transformaciones ideológicas y cambio de paradigma.

Tal como ya ha sido desarrollado, el protagonismo del delincuente acaparó


la atención, estudios y esfuerzos de la Criminología tradicional, el Derecho
Penal y demás ciencias sociales, motivo por el cual la víctima quedó fuera
de toda consideración en la explicación y comprensión del hecho delictivo.
Contrariamente a ello, la moderna Criminología le quitó exclusividad al
delincuente como único foco de interés y colocó la conducta delictiva, la
víctima y las respuestas de control social en el centro de sus estudios. En
relación a ello, el surgimiento y evolución de la Victimología fue
fundamental para sacar a la víctima del lugar pasivo y de indiferencia en el
que había sido colocada. Afortunadamente, los esfuerzos dieron lugar a
cambios significativos, en los cuales se advierte el progresivo interés por la
participación de la víctima en el sistema procesal penal. Los derechos de las

15
víctimas en el ámbito del proceso penal cuentan con bases sólidas a partir
del desarrollo de tratados internacionales que apuntalan leyes nacionales y
provinciales de cada país. Dicho esto, corresponde preguntarse: ¿cuál es el
lugar que la ley le otorga a la víctima del delito en el proceso penal?

Independientemente de la mayor o menor aplicabilidad en los diferentes


sistemas de justicia procesal a nivel mundial, la legislación establece
políticas generales a través de las cuales se le otorga a la víctima un
tratamiento preferencial y de protección. En resumidas palabras, la
finalidad de estas disposiciones es brindar a la víctima respuestas
institucionales que minimicen o disminuyan la victimización secundaria,
como así también todos aquellos obstáculos con los que podría
encontrarse la víctima al intentar acceder al sistema de justicia (Tarditti,
2001). A continuación, se mencionan algunos de estos derechos:

Un trato respetuoso y digno que implique receptividad y atención


empática hacia la víctima constituye una manera de llevar a cabo esta
demostración de respeto y reconocimiento. La decisión de brindarle
información no solo de los derechos fundamentales que le asisten, sino
también de las decisiones tomadas en el transcurso del proceso penal,
constituye un ejemplo. La importancia de escuchar sus preocupaciones y
puntos de vista acerca del delito y las consecuencias que este le ha
acarreado en su vida es otra manera de demostrarle a la víctima respeto y
consideración por sus derechos, fundamentalmente cuando se trata de
tomar decisiones sobre diferentes medidas procesales que directa o
indirectamente le atañen, o acerca de la selectividad de un caso u otro.

La protección de su integridad psicofísica inmediata a través de evitar –en


el transcurso del todo el proceso– que la víctima entre en contacto con el
imputado o sospechoso. En este sentido, es de considerar el riesgo de
intimidación o represalias por parte de este, circunstancia a la que muchas
veces la víctima está expuesta, en especial cuando se trata de alguien
cercano a ella, ya que podría ser manipulada o amenazada para que desista
en su búsqueda de justicia.

Resguardar su privacidad es otra manera de evitar la victimización


secundaria, ya que la confidencialidad y restricción de la información
impide la manipulación, difusión y utilización de esta por parte de los
medios de comunicación. En este sentido, cabe aclarar que no se trata de
censurar previamente a los medios de comunicación social, sino de
garantizar un tratamiento responsable de la información, de tal manera
que la víctima no quede expuesta en su privacidad ni a situaciones de
riesgo.

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La participación de la víctima en la toma de decisiones es otra manera de
acentuar el derecho de no ser olvidada por la administración de justicia. No
obstante, velar por la participación de la víctima no significa que se le
otorgue la incumbencia de tomar decisiones procesales en el marco de su
victimización. Por el contrario, la disposición hace referencia, por ejemplo,
a la notificación e información de los avances o evolución del caso y la
toma de decisiones que derivan de este (Tarditti, 2001).

Cabe mencionar, como parte de los derechos que le asisten a la víctima en


el marco del proceso penal –los cuales serán desarrollados en apartados
posteriores–, la resolución de conflictos a través de medios alternativos,
como la mediación, y la debida asistencia puesta al alcance de la víctima,
en especial cuando se trate de delitos violentos, abuso sexual y violencia
familiar, entre otros.

La capacitación del personal que tenga contacto con víctimas de delitos


constituye otro principio fundamental en el reconocimiento de derechos
que pretende garantizar el desarrollo de una intervención empática y
receptiva a las necesidades de las víctimas y una rápida y eficiente
intervención.

2.2.4 La víctima en la mediación y la justicia retributiva


La justicia retributiva no es más que una consecuencia del cambio de
paradigma. Su aplicación, como recurso informal dentro del proceso penal
tradicional, cobra importancia frente a determinados tipos de delitos y
formas de victimización. Constituye una modalidad alternativa en la
resolución del conflicto, a través de la cual se evitan los procesos de
estigmatización tanto hacia la víctima como hacia el victimario, en especial
cuando existe entre ambos una relación previa.

Los procesos informales se apoyan en el supuesto de considerar las


desventajas o aspectos negativos del proceso penal tradicional y de
entender –además– que el conflicto está más cerca de ser una transgresión
social que la mera violación de la norma (Garrido Genovés, y Redondo
Illescas, 2013).

Dicha concepción es la que permite considerar al delito como un problema


social y no solo individual, concepción a partir de la cual la justicia
retributiva cobra sentido y aplicabilidad. Si bien las dos principales partes
involucradas, víctima y delincuente, toman un posicionamiento activo en la
resolución del conflicto, la víctima del delito es la figura central y a quien se

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le debe una compensación inmediata –a través de diferentes servicios,
programas y apoyo– por las consecuencias sufridas.

En el marco de los procesos informales, la mediación constituye una forma


particular dentro de la justicia retributiva, y es quizás la más utilizada
(Marchiori et al, 2001).

La mediación implica una negociación entre víctima y victimario, en un


encuadre “cara a cara” en el que deben acordar la forma de compensación
o retribución por el daño causado. El desarrollo de la mediación es muy
diferente a lo que acontece en el marco del proceso penal tradicional. Se
pone en marcha con el consentimiento de la víctima y el autor del delito
con el fin de abordar –por ejemplo– las circunstancias o causas que lo
llevaron a delinquir, las consecuencias que su conducta acarreó en la vida
de la víctima, sean emocionales, económicas, laborales, físicas, etcétera.
Con todo ello, se apunta a que el autor se represente la verdadera
dimensión e impacto de sus actos y se llegue a la resolución del conflicto
sin dejar de considerar los intereses y necesidades de las partes
involucradas.

Entre las ventajas que se le reconocen a este tipo programas se destaca la


posibilidad que tiene la víctima de ser escuchada por el autor del delito, la
autorreflexión de este ante las consecuencias de sus actos, la posibilidad
de asumir su responsabilidad y pedir disculpas a la víctima y el
resarcimiento o restitución emocional y económica de manera rápida y por
medios informales (Marchiori et al, 2001; Garrido Genovés y Redondo
Illescas, 2013).

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Referencias

García Pablos De Molina, A. (1999). Tratado de Criminología (2.da ed.).


Valencia: Tirant Lo Blanch.

Garrido Genovés, V., y Redondo Illescas, S. (2013). Principios de


Criminología (4.ta ed.). Valencia: Tirant Lo Blanch.

Marchiori, H. (2001). Colección de Derechos Humanos y Justicia 3.


Víctimas, Derechos y Justicia (2.da ed.). Córdoba: Oficina de Derechos
Humanos y Justicia. Poder Judicial de la Provincia de Córdoba.

Marchiori, H. (2009). Criminología. La Víctima del Delito (3.ra ed.). Córdoba:


Lerner Editora S.R.L.

Marchiori, H. (2011). Naciones Unidas. Principios Fundamentales de


Justicia Para las Víctimas del Delito y Abuso del Poder, en: Ley y víctima:
panorama internacional. Córdoba: Encuentro Grupo Editor.

Rodríguez Manzanera, l. (1981). Criminología (2.da ed.). México: Porrúa.

Rodríguez Manzanera, l. (2009). ¿Cómo elige un delincuente a sus


víctimas? Córdoba: Lerner Editora S.R.L.

Stangeland, P. (2004). El mapa del crimen. Herramientas geográficas para


policías y criminólogos. Valencia: Tirant lo Blanch.

Tarditti, A. (2001). Colección de Derechos Humanos y Justicia 3. Víctimas,


Derechos y Justicia (2.da ed.). Córdoba: Oficina de Derechos Humanos y
Justicia. Poder Judicial de la Provincia de Córdoba.

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