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Universidad Complutense de Madrid: Tesis Doctoral

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UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA

TESIS DOCTORAL
Sobrevivir sin género en la zona gris: la deshumanización en los
campos de concentración nazis en perspectiva feminista

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR

PRESENTADA POR

Paula Martos Ardid

Directores

Elena Hernández Sandoica


Manuel Reyes Mate Rupérez

Madrid, 2016

© Paula Martos Ardid, 2015


Sobrevivir sin género en la zona gris. La
deshumanización en los campos de concentración
nazis en perspectiva feminista

PAULA MARTOS ARDID

Bajo la dirección de:
Elena Hernández Sandoica (UCM)
Manuel Reyes Mate Rupérez (CSIC)

FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA


I

Para Pedro y Jorge, quienes buscan conmigo la luna cada noche


Agradecimientos

Los últimos seis años de trabajo han sido duros y emocionantes a partes iguales
y no los hubiera podido sacar adelante de no ser por el apoyo y el cariño de muchas
personas.
Mis directores han estado a mi lado todo este tiempo. Es imposible esconder la
enorme influencia que ha ejercido el trabajo del profesor Reyes Mate en mi investi-
gación. Tengo que agradecerle especialmente que me acogiera sin apenas conocerme
y me otorgara su confianza hace ya tantos años, gracias a la cual pude entrar a for-
mar parte de la familia del CSIC. Durante todos este tiempo ha respaldado mis idas
y venidas, mis cambios de planteamientos y mis derivas filosóficas con paciencia,
cariño y respeto. En cuanto a la profesora Elena Hernández Sandoica, he admira-
do su trabajo desde que tuve la suerte de ser su alumna durante la licenciatura.
Cuando aceptó dirigir mi tesis no sabía que iba a ser la responsable de que el barco
resistiera a la zozobra. No sé que habría sido de mí sin su respaldo constante, sin
su orientación y sin su pragmatismo.
Durante los cuatro años que estuve como becaria en el Instituto de Filosofía del
CSIC gracias al programa de Formación del Profesorado Universitario financiado
por el Ministerio de Educación, he tenido la inmensa fortuna de trabajar con gente
apasionante y apasionada que me han regalado su tiempo, sus conocimientos y
su amistad de muy distintas formas. Su directora, Concha Roldán, me acogió en
esta institución y ha apoyado incondicionalmente todas las iniciativas que hemos
ido tramando los jóvenes investigadores durante estos años. Un recuerdo especial
tendré siempre para María Jesús Santesmases, Ana Romero de Pablos, Agustín
Serrano, Mario Toboso, Juan Mayorga y Txetxu Ausín. En el marco del Instituto
de Filosofía, mi trabajo no habría podido salir adelante tampoco sin el soporte del
Proyecto de Filosofía después del Holocausto. Tengo que agradecer especialmente a
su investigador principal, José Antonio Zamora Zaragoza, que haya respaldado con
entusiasmo esta investigación en época de vacas flacas.
No sé qué habría sido de mí sin las muchas horas de penas y glorias compartidas
con mis compañeros becarios. Mi “núcleo duro” lo forman Noelia González Cáma-
ra, Carmen Domenech, Rosana Triviño, Pamela Colombo, Juan Manuel Zaragoza
Bernal y David Rodríguez Arias. Lo cierto es que más bien debería agradecer a la
tesis el haberme dado la oportunidad de conocer a todas estas personas maravillo-
sas y de convertirlos en los extraordinarios amigos que son hoy. Otros fantásticos
compañeros de fatigas con los que he tenido el placer de trabajar estos años son
Rebeca Ibáñez, María González Aguado, María Navarro, Melania Moscoso, Ester
Massó Guijarro, Diego Sanz, Fanny Hernández Brotons, Victoria Mateos y Miguel
Sancho. Nunca olvidaré a Paco Guzmán, el más valiente de todos.
Esta tesis es un monstruo de dos cabezas. Si la primera estaba en el Instituto
de Filosofía del CSIC, la otra está en el Departamento de Historia Contemporánea

III
IV AGRADECIMIENTOS

de la Universidad Complutense de Madrid. Tengo que agradecer en primer lugar al


profesor Juan Pablo Fusi, que fue la primera persona en confiar en mí y el primero
en sugerirme, cuando yo aún no estaba licenciada, que los historiadores quizás
tendríamos algo más que decir sobre la literatura concentracionaria. También a la
profesora Gloria Nielfa, de quien he sido alumna en varias ocasiones y cuyo rigor y
palabras de aliento han tenido siempre un gran efecto en mí.
Las sesiones del Seminario de Investigación del grupo de doctorandos que he-
mos trabajado bajo la dirección de la profesora Hernández Sandoica han resultado
también muy estimulantes. Gracias de corazón a Cristina Álvarez González, Car-
men Doncel Sánchez, Inés Valle Morán, José Emilio Pérez y Mario Sánchez Villa,
por sus comentarios, sugerencias y también por las confidencias que surgieron en el
marco de esas reuniones y en las cervezas de después.
Durante las estancias de investigación que he realizado en el doctorado he con-
tado también con el apoyo de un buen número de investigadores internacionales que
han revisado con interés mi trabajo y me han ofrecido una perspectiva renovada.
La primera en la lista es la profesora Joanna Bourke, del Birkbeck College, que dio
a mi tesis un soplo de aire fresco. Ella fue quien me ofreció la clave principal para
estructurar mi análisis de género de la deshumanización. La profesora Dagmar Her-
zog me abrió las puertas del CUNY Graduate Center y de los archivos neoyorkinos
y conté con sus interesantes sugerencias a lo largo de toda mi estancia. La profesora
Atina Grossman de la Cooper Union University me regaló generosamente su tiempo
y sus conocimientos y me animó a centrarme definitivamente en los espectadores.
El profesor Daniel Feierstein de la Universidad de Buenos Aires guió mis pasos en
los archivos bonaerenses y el profesor Ricardo Ibarlucía me acogió en el Centro de
Investigaciones Filosóficas de Buenos Aires algunos años después.
Mi trabajo no habría llegado lejos tampoco de no ser por el personal anónimo
de los archivos cuya documentación me he dedicado a rastrear: los archiveros del
Imperial War Museum, del Center for Jewish History, del Archivo de Naciones
Unidas y de la Fundación IWO de Buenos Aires.
El cariño y la amistad de muchas personas nos han hecho a mí y a mi familia
la vida mucho más fácil durante esos momentos confusos y fascinantes que son las
estancias de investigación. Miguel Ardid, Adamma Aghaizu y Jorge Espí pusieron
Londres a nuestros pies. Kat Mahaney, Alejandro Gómez del Moral, Carissa Véliz
y Lee Douglas consiguieron a ratos que la ciudad de Nueva York no diera tanto
miedo. Y la familia Colombo nos ha acogido siempre en Buenos Aires con gran
afecto.
Por el camino, muchas personas me han regalado su tiempo y su atención le-
yendo y comentando parte de mi trabajo. El profesor Javier Fernández Vallina
del Departamento de Estudios Hebreos y Arameos de la Complutense ha mostra-
do siempre mucho interés hacia mi investigación y realizó una lectura crítica del
primer borrador de mi primer capítulo. Jordi Maiso se aventuró a leer mis inarticu-
lados pensamientos sobre Julia Kristeva. En Buenos Aires Daniel Brauer y Ricardo
Ibarlucía me regalaron sus valiosos comentarios acerca de mi capítulo “Los espec-
tadores: entre testigos y jueces”. Sin conocerme de nada, Carlos Carreter Oróñez,
del blog Cuaderno de ruta 3.0 ([Link] se prestó muy gusto-
sa y desinteresadamente a explicarme con pelos y señales sus impresiones sobre el
funcionamiento de una cámara Ikonta.
AGRADECIMIENTOS V

La lista de amigos con los que he compartido en diversos momentos los miedos,
las frustraciones y los problemas que van surgiendo a lo largo de todo el proceso
investigador y sus aledaños es interminable. Me gustaría mencionar especialmente a
Alejandro García Montón, Felipe Vidales, Manuel Burón, Angela Adammo, Eduar-
do Sancho, Carolina Fernández, Diana Oliver y Gentzane Landa. Entre ellos, un
agradecimiento especial va dirigido a Darío Cases, quién se ha prestado a traducir
parte de este trabajo.
Hay mucha familia detrás de todo esto. Mi abuela ha sido la persona que inculcó
en mí el interés por la memoria. El afecto de mis tíos y mis primos me llega todas
las semanas hasta lo más hondo, a veces en forma de tupperware. Mi suegros,
Isabel y Pedro, me han regalado su tiempo, su respeto y tanta buena chacina como
para llenar un granero. Aunque nada, absolutamente nada, habría sido posible
sin mis padres. Su apoyo económico y logístico ha sido central, aunque no tan
importante como la paciencia impaciente que han gastado conmigo durante todos
estos años. Sin su cariñó, su respeto, su confianza y su volverme loca nunca lo habría
conseguido.
Como todo lo que tengo en esta vida, esta tesis no es sólo mía. No hay ni
una sola palabra, ni un pensamiento, ni un solo gesto en todo este proceso que
no haya estado influenciado directa o indirectamente por Pedro, mi compañero. Él
ha escuchado todas mis dudas, me ha regalado los mejores consejos, me ha leído
y corregido incansablemente, me ha preparado la comida, ha cuidado de nuestro
hijo, me ha traído chocolate y horchata cuando más los necesitaba, ha aguantado
mis momentos de desesperación, ha bailado conmigo todas las canciones, me ha
acompañado hasta el fin del mundo y, en fin, me ha querido con tanta fuerza y
tanta generosidad que a veces me mareo sólo de pensarlo. Para terminar, esta
tesis es también un poco de Jorge puesto que ha tenido a su madre secuestrada y
alejada de su pequeño mundo en algunos momentos importantes. Él es además el
que ha puesto la guinda al pastel y al que tengo que agradecer que después de tanto
tiempo a vueltas con el pasado, el presente y el futuro se me antojen de pronto tan
prometedores.
Índice general

Agradecimientos III

Índice de imágenes XIII

Introducción 1

Introduction 15

Parte 1. CÓMO DESTRUIR SERES HUMANOS: APROXIMACIONES


AL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO DESDE LA BIOPOLÍTICA Y
LA SEXUALIDAD ABYECTA 27

Capítulo 1. La complicidad de la lógica moderna 29

Capítulo 2. ¿Qué entendemos por modernidad? 35

Capítulo 3. ¿Es todo campo de concentración? 41

Capítulo 4. El problema de la verdad: totalidad y dominio en la racionalidad


occidental 45

Capítulo 5. La normativización científica de las sociedades modernas:


antisemitismo, racismo y eugenesia 51

Capítulo 6. El biopoder totalitario 63

Capítulo 7. Humanidad y abyección 71

Capítulo 8. La deshumanización de los deportados desde una perspectiva de


género 79

Parte 2. LIBERANDO A LOS MUERTOS VIVIENTES: LOS


TESTIMONIOS DEL SER HUMANO SOBRE LA DESHUMANIZACIÓN 87

Capítulo 1. La disolución del universo concentracionario: el fin de la guerra,


las marchas de la muerte y las liberaciones de los campos de
concentración 89

Capítulo 2. La liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen: un


caso sintomático. 97
2.1. El campo de concentración de Bergen-Belsen: un poco de historia. 97
2.2. Los testimonios de Bergen-Belsen en el Imperial War Museum: papeles
privados y fotografías. 104
VII
VIII Índice general

Capítulo 3. ¿Dónde estaban los seres humanos? La humanidad herida en el


sistema concentracionario 127
3.1. La aparición de una nueva especie sub-humana: la abyección de las
víctimas en el sistema concentracionario. 128
3.1.1. Los supervivientes, entre la vida y la muerte 133
3.1.2. Abyección, excrementos y comida 141

3.1.3. Perversiones morales en el corazón de la zona gris 145


3.1.4. La lavandería humana, símbolo de la rehumanización 151
3.1.5. La materialización de la nueva especie o el triunfo del nazismo 159
3.2. Diablos, bestias, inhumanos. Los verdugos o la encarnación del mal. 172
3.2.1. El nazi loco: el mal demoníaco 172
3.2.2. ¿Quiénes son los culpables? Premeditación y complicidad con el
crimen. 187
3.3. Ahora nuestros chicos han visto esos horrores. Los espectadores: entre
testigos y jueces. 202
3.3.1. ¿Quiénes son los espectadores? 202
3.3.2. Entre cadáveres y supervivientes: el espacio testimonial de los
libertadores. 207
3.3.3. Liberando Bergen-Belsen: los espectadores frente a la
deshumanización 216
3.3.4. ¿Héroes o culpables? La humanidad de los libertadores. 230
3.3.5. Derribar las alambradas: lo abyecto frente a lo humano 236

Parte 3. DEGENERADAS: SOBREVIVIR SIN GÉNERO EN LA ZONA


GRIS 243

Capítulo 1. Desde el corazón de los barracones: la perspectiva de las víctimas


para empezar. 245

Capítulo 2. El sexo herido: la deshumanización en los campos de concentración


nazis desde una perspectiva de género. 263
2.1. La de-generación de la especie: la destrucción del dispositivo de
sexualidad en el universo concentracionario. 263
2.1.1. Fantasmas andróginos: retrato del cuerpo de Margit Schwartz 264
2.1.2. El cuerpo como instancia deshumanizadora: la materialización
anatómica de una nueva especie degenerada 274
2.1.3. Conductas sociales desviadas: la de-generación psicológica y moral. 283
2.1.4. La re-generación del cuerpo y de la moral como vías de
rehumanización 289
2.2. Encuentros sexuales en el interior de la zona gris: amor, supervivencia
y violencia. 302
2.2.1. Relaciones sexuales forzadas 304
2.2.2. Prostitución y supervivencia: el estigma de la belleza 308
2.2.3. Sexo por amor en el campo de concentración 313
2.2.4. Rehumanización: rehabilitación de la moral sexual de las víctimas 316

Conclusiones 321

Conclusions 327
Índice general IX

DOCUMENTACIÓN 333

Literatura secundaria 335


Archivo Imperial War Museum 353
Archivo Naciones Unida en Nueva York 357

Documentos hemerográficos 359


Información online 363
X Índice general

El objetivo de esta investigación es explorar la relación entre las cat-


egorías de “ser humano” y “ser sexuado” mediante el análisis histórico de un
acontecimiento extremo, la experiencia totalitaria que tiene lugar en el interior
de los campos de concentración nazis, en el que ambas categorías son puestas
a prueba al destruirse de manera violenta las condiciones que en las sociedades
modernas se consideran generalmente como requisitos inalienables para man-
tener y preservar dichas categorías. El producto por excelencia del campo de
concentración, el llamado musulmán en la jerga del campo, es un ser al que
resulta difícil nombrar como humano y en el que el sexo queda completamente
disuelto: es un ser abyecto, expulsado de la norma humana y de la norma
sexual. Lo que se pretende pues a través de este análisis, además, es ayudar
a comprender de qué manera lo humano se construye siempre en un sentido
sexual y, del mismo modo, se destruye a través de una desestabilización del
género.
Para dar forma a esta propuesta se ha optado por una aproximación
histórica a los documentos producidos por los libertadores del campo de concen-
tración de Bergen-Belsen en tanto que representantes del llamado grupo de los
“espectadores del holocausto”. A través del estudio de estos documentos, con-
servados en el Imperial War Museum de Londres, se pretende entender cómo se
produjo en el interior de los campos la deshumanización tantas veces testimoni-
ada por las víctimas del nazismo, de qué manera esta deshumanización adquirió
la forma de una de-generación o desexualización, y en qué medida la mirada
ajena de los espectadores se convirtió si no en cómplice, al menos sí en un ele-
mento sancionador de dicho proceso de deshumanización. La comprensión del
papel de los espectadores se considera singularmente importante porque ellos
son los que conectan al resto de la sociedad con este acontecimiento.
***
The aim of this research is to explore the relationship between the cate-
gories of “human being” and “sexual being” through the historical analysis of a
radical event, the totalitarian experience which takes place inside Nazi concen-
tration camps, during which both categories are tested through the violent de-
struction of those conditions generally considered as unalienable requirements
to maintain and preserve both categories within modern societies. The main
product of the concentration camp, the so-called Muselmänner in the camp ar-
got, is someone hardly perceived as human and whose sex has been completely
dissolved: is an abject being, expelled from the human norm and from the
sexual norm. Besides, which I am expecting with this analysis is to help to
understand in which ways the human is always built in a sexual fashion and,
likewise, is destroyed through a gender destabilization.
To shape this proposal I have chosen an historical approach to de doc-
uments produced by the liberators of Bergen-Belsen concentration camp, as
representatives of the so-called group “bystanders of the holocaust”. Through
the study of this documentation, held by the Imperial War Museum in Lon-
don, I try to understand how the dehumanization testified so many times by
Nazi victims was produced inside the camps, in what way this dehumanization
Índice general XI

acquired de appearance of a de-generation or a desexualization, and to what


extent the foreign look of the bystanders became accomplice, or at least a val-
idator of this dehumanization process. The comprehension of the bystanders
role is considered very important because they are those who connect this event
with the rest of society.
Índice de imágenes

Imagen 1: Extracto del reportaje “Atrocities” para revista Life 119


Imagen 2: Fotografía de George Rodger para “Atrocities” 119
Imagen 3: Fotografía de George Rodger para “Atrocities” 119
Imagen 4: IWM BU 3794. Mujeres pelando patatas mientras que en el fondo
se apilan los cadáveres 164
Imagen 5: IWM BU 3803. Mujeres sentadas en el campo con muertos al
fondo 164
Imagen 6: IWM BU 3802. Otra vista de cadáveres esparcidos por el campo
164
Imagen 7: IWM BU 3810. Las botas de los muertos se amontonaban y
utilizaban como combustible 165
Imagen 8: IWM BU 3803. Esta mujer, demasiada enferma para moverse,
duerme cerca de un cadáver 165
Imagen 9: IWM BU 5460. Escena general de chicas jóvenes y mujeres an-
cianas preparándose para el baño 166
Imagen 10: IWM BU 5462. Lujos preciosos, una toalla limpia y un trozo
de jabón 166
Imagen 11: IWM BU 5467. Una vez bañadas, las mujeres son rociadas con
polvo anti-piojos 167
Imagen 12: IWM BU 5469. Después de recibir un baño, las mujeres son
ayudadas a subir a bordo de un camión 167
Imagen 13: IWM BU 5473. Rociándolos con polvo anti-piojos 168
Imagen 14: IWM BU 5482. Una trabajadora de la Cruz Roja 168
Imagen 15: IWM BU 5474. Vista general de la sala de baños que una vez
fue un establo 169
Imagen 16: IWM BU 5484. Vista general de la sala 169
Imagen 17: IWM BU 5478. La suciedad acumulada durante años está siendo
fregada 170
Imagen 18: IWM BU 5487. Budapest fue su casa 170
Imagen 19: IWM BU 5479. El capitán W. A. Davis 171
Imagen 20: IWM BU 5486. Por primera vez en cuatro largos años de inter-
namiento 171
Imagen 21: IWM BU 3780. SS Men had to Bury Slaves 194
Imagen 22: IWM BU 4024. Tropas de las SS cargando los camiones con los
cuerpos que transportaronpara su entierro 194
Imagen 23: IWM BU 4030. Mujeres de las SS descargando de los camiones
los cuerpos que tienen que depositar en una fosa común 194
Imagen 24: IWM BU 3750. Fotografía de Josef Kramer 195

XIII
XIV ÍNDICE DE IMÁGENES

Imagen 25: IWM BU 4260. El Dr. Klein retratado entre algunas de sus
víctimas 195
Imagen 26: IWM BU 4064. Estudio del mal: las mujeres SS de Belsen 195
Imagen 27: IWM BU 4065. Mujeres de la especie nazi 195
Imagen 28: IWM BU 9680. Getrude Saurer 196
Imagen 29: IWM BU 9681. Getrude Feist 196
Imagen 30: IWM BU 9682. Johana Borman 196
Imagen 31: IWM BU 9685. Ilse Steinsbuch 196
Imagen 32: IWM BU 9686. Ilse Forster 197
Imagen 33: IWM BU 9689. Elisabeth Volkenrath 197
Imagen 34: IWM BU 9693. Hilde Licsewitz 197
Imagen 35: IWM BU 9695. Frieda Walter 197
Imagen 36: IWM BU 9700. Irma Grese 198
Imagen 37: IWM BU 9701. Irma Grese 198
Imagen 38: IWM BU 9702. Anna Hempel 198
Imagen 39: IWM BU 9707. Helene Kopper 198
Imagen 40: IWM BU 9710. Josef Kramer 199
Imagen 41: IWM BU 9711. Josef Kramer 199
Imagen 42: IWM BU 9714. Franz Heesler 199
Imagen 43: IWM BU 9720. Erich Barsch 199
Imagen 44: IWM BU 9721. Wilheml Door 200
Imagen 45: IWM BU 9730. Vladislav Ostrovski 200
Imagen 46: IWM BU 9731. Ignatz Schlomovitcz 200
Imagen 47: IWM BU 9733. Ferdinand Grosse 200
Imagen 48: IWM BU 9736. Eric Zeddel 201
Imagen 49: IWM BU 9740. Franz Starfl 201
Imagen 50: IWM BU 9741. Ausgar Pichen 201
Imagen 51: IWM BU 9745. Irma Grese y Josef Kramer 201
Imagen 52: IWM BU 4058. Una excavadora empujando cadáveres en la fosa
239
Imagen 53: IWM BU 3764. Una vista general de parte del campo 239
Imagen 54: IWM BU 3726. Esta mujer está cogiendo agua de un estanque
sucio 240
Imagen 55: IWM BU 3736. Dentro del así llamado hospital 240
Imagen 56: IWM BU 3745. Una vista general de la suciedad del campo
donde las mujeres tenían que lavarse 241
Imagen 57: IWM BU 4237. Mujeres disfrutando de una ducha caliente 241
Imagen 58: IWM BU 4525. Niños jugando en los columpios 242
Imagen 59: IWM BU 4526. El Mayor E. M. Griffen 242
Imagen 60: IWM BU 6369. Fotografía de Margit Schwartz 299
Imagen 61: IWM BU 6370. Fotografía de Margit Schwartz 299
Imagen 62: IWM BU 6371. La fotografía que Margit Schwartz ha conser-
vado 299
Imagen 63: IWM BU 4026. Mujeres miran el cuerpo de una niña que ha
muerto de inanición 300
Imagen 64: IWM BU 4027. Una madre y dos niños entre los muertos 300
Imagen 65: IWM BU 3813. Prisioneras quemando las ropas de los muertos
301
Introducción

Siempre me he rebelado contra esa pretensión de objetividad que ha reivin-


dicado la disciplina histórica. La historia, en mi opinión, no puede ser objetiva
sencillamente porque está construida por personas que no están fuera del mundo,
que no son dioses, que están situados y que poseen unas ideas y unos intereses
muy concretos. Las historias que escribimos los historiadores son siempre subjeti-
vas, por más que utilicemos un lenguaje y una metodología bien estructurados y
delimitados. Lo que sí puede y debe ser esta historia que contamos es honrada: no
mentir a sabiendas, no ocultar información que no nos gusta, ser siempre críticos
con nuestro propio trabajo y, sobre todo, explicitar quiénes somos y cómo hemos
llegado a proponer las cosas que proponemos. Cuando se presenta un trabajo ya
cerrado como éste, a veces puede parecer que se tenía todo claro desde el principio:
hacia dónde dirigir la mirada, dónde buscar, qué libros consultar. Y lo cierto es que
esto nunca es así. En todo el proceso se producen muchas vueltas, muchos quiebros
y requiebros, muchos momentos de tirarlo todo a la basura y volver a empezar. En
fin, dado que nuestras historias son subjetivas, me parece que el lector debe contar
al menos con algo de información sobre el autor y sobre el proceso productivo a lo
largo del cual se ha ido forjando su investigación.
Mi primer contacto con la historia de los campos de concentración fue durante
la licenciatura. Entonces se nos daba la posibilidad de realizar un Trabajo Aca-
démicamente Dirigido en lugar de un par de asignaturas que, a diferencia de los
breves ensayos que elaborábamos en otras materias, era de una densidad conside-
rable. Bajo la dirección del profesor Juan Pablo Fusi realicé una disertación en la
que, con el título Recordando Auschwitz. Historia, testimonio y literatura, trataba
de reivindicar la importancia de la literatura del holocausto en la creación de los
discursos históricos. Exhortaba entonces a los historiadores a dejarse interpelar por
el testimonio de los supervivientes que habían vuelto de los campos.
De aquel primer trabajo y de las lecturas que realicé en aquel momento extraje
además una conclusión adicional. Tardé un poco en darle forma en mi cabeza, pero
de lo que me di cuenta entonces nítidamente, especialmente a raíz de la lectura de
la trilogía de Charlotte Delbo, es de que había algunas vivencias concentracionarias
altamente significativas que habían sido sistemáticamente olvidadas en los discursos
oficiales sobre los campos y sobre la memoria del holocausto. De alguna manera y
en ciertos asuntos, parecía como si los grandes narradores de Auschwitz no hubieran
leído estas memorias de Delbo, ni tampoco, como averigüé más tarde, los relatos de
Olga Lengyel, Liana Millu, Margarete Buber-Neumann, Gerda Weissmann Klein,
Violeta Friedman y tantas otras supervivientes que habían conseguido vivir para
contar. Comprendí que el testimonio de las mujeres había sido ninguneado al mismo
tiempo que el de los hombres se había equiparado sistemáticamente a la Experien-
cia Concentracionaria con mayúsculas, y que ahí donde ambos habían mostrado

1
2 INTRODUCCIÓN

divergencias, la versión que se había impuesto había sido siempre la masculina. Una
de las discrepancias que percibí con más inmediatez fue la soledad de la que solían
dar cuenta los hombres supervivientes, frente a la importancia de la camaradería
que recalcaban los relatos de las mujeres. Esta problemática fue la que orientó la
Memoria Final que realicé en el marco del Máster Interuniversitario de Historia
Contemporánea, nuevamente dirigida por el profesor Fusi, en la que me preguntaba
si estas diferencias se deberían a una experiencia del campo radicalmente distinta
o a la asunción de distintas estrategias narrativas. Esta memoria debía servirme
además como punto de partida para mi investigación doctoral, y es por ello que
traté de realizar un amplio estado de la cuestión, procurando comprender qué pa-
pel había jugado el género en los estudios del holocausto, trazando un mapa de
posibles fuentes que pudieran servirme y presentando el análisis de una de ellas a
modo de ejemplo: las memorias que Margarete Buber-Neumann escribió sobre su
experiencia como prisionera del totalitarismo y que en español se han recogido bajo
el título Prisionera de Stalin y de Hitler.
Desde ese momento tuve claro que en mi tesis trataría de recuperar esa memoria
olvidada e imprimir una perspectiva de género al análisis de los campos de concen-
tración. El profesor Reyes Mate se interesó entonces por mi trabajo y la profesora
Elena Hernández Sandoica puso el contrapunto feminista a mi proyecto. Bajo la
dirección de ambos, comencé esta investigación, que en un principio se llamaba “La
mujer en el Lager” y que he podido realizar gracias al programa de Formación del
Profesorado Universitario, del que obtuve una beca en el año 2009 que me permitió
trabajar en el Instituto de Filosofía del CSIC hasta julio de 2013. Aunque, desde
entonces, los objetivos que han animado mi trabajo se han visto profundamente
trastocados. Quizás uno de los hitos más importantes que alteraron la intención
inicial de mi estudio, que consistía en describir las características específicas de la
experiencia femenina dentro del universo concentracionario, fue la lectura de los
textos de Judith Butler, muy al principio de todo el proceso. Influenciada por la re-
flexión de esta filósofa sobre la construcción performativa del género, durante algún
tiempo me sentí incluso incapaz de utilizar los términos “hombre” y “mujer” en un
discurso, por no contribuir a una definición ontológica, normativa y represiva de los
dos conceptos que han servido para consolidar en el orden lingüístico el binarismo
sexual. Afortunadamente superé esta fase, aparqué un poco la filosofía y me volví
otra vez hacia mi disciplina, la historia. La historia nos enseña que todos los concep-
tos, puedan o no ser defendidos como verdaderos, únicos, puros o naturales, están
insertos en ella desde el mismo momento en el que aprendemos a pronunciarlos. Pe-
ro de Judith Butler me quedó una necesidad de huir de narraciones excesivamente
dogmáticas a la hora de distinguir entre una historia puramente femenina y otra
masculina.
¿Cómo afrontar entonces la investigación que me traía entre manos? Por aquel
entonces estuve revisando las fotografías clásicas que han servido para ilustrar la
historia de Auschwitz y cayó en mis manos una imagen emblemática de cuatro
niños desnudos, supervivientes de Auschwitz y de los experimentos médicos, que
posaban erguidos y de frente ante la cámara. Lo que me llamó la atención de aquella
fotografía es que, pese a estar completamente desnudos, había que fijarse mucho
para distinguir si se trataba de niños o de niñas (y al final uno no podía estar del
todo seguro). Con esta idea en la cabeza continué entonces revisando fotografías
de los supervivientes liberados y me di cuenta de que con muchos de los adultos
INTRODUCCIÓN 3

retratados sucedía exactamente lo mismo. De alguna manera el nazismo había


conseguido anular el sexo en los cuerpos de sus víctimas de un modo que no era
sólo retórico, sino que había cobrado forma evidente
en la anatomía de los supervivientes. Esa evidencia
me llevó a plantearme, por un lado, cómo habrían
vivido los afectados esa pérdida de identidad sexual
que para mí resultaba tan notoria y, por otro la-
do, qué tipo de violencia habría provocado semejan-
te efecto en los cuerpos de los deportados. Sentí que
si el nazismo había conseguido que yo, una observa-
dora ajena, fuera incapaz de identificar sexualmente
a tantas personas, es que en algún nivel había teni-
do éxito . Poco a poco fui entendiendo que esa des-
trucción de la identidad sexual corría en paralelo a
la destrucción de la identidad humana sobrehumana
sobre la que tanto había leído en los últimos años. En ese momento me di cuenta
de que esa relación entre deshumanización y esa suerte de “desexualización” era, sin
lugar a dudas, el foco hacia el que tenía que dirigirse mi atención.
Se me planteaba entonces una nueva pregunta ¿dónde buscar esta relación?
Durante mucho tiempo mantuve en mi horizonte de estudio un rango de fuentes
enormemente amplio: cine, teatro, fotografía, dibujos, literatura memorial, litera-
tura de ficción y hasta entrevistas orales. Cualquiera con un mínimo de cordura
se daría cuenta en seguida de que resultaba imposible abarcar de forma coherente
todo el material que se ha producido sobre el holocausto desde 1945 hasta nuestros
días, en todos estos soportes. Era necesario introducir acotaciones. La primera de
estas acotaciones fue temporal: decidí centrarme en las fuentes elaboradas de forma
temprana, en los años inmediatamente posteriores a la liberación de los campos1.
A estas alturas ya había comenzado a familiarizarme con el concepto de abyección
de Julia Kristeva y con su carácter fronterizo y su potencialidad subversiva, que se
origina siempre en el límite mismo que separa lo que está adentro de lo que está
afuera. Me parecía que una manera de apuntalar la centralidad de este concepto en
mi análisis era elegir los testimonios que se habían producido en aquella suerte de
“frontera” temporal y simbólica entre el adentro y el afuera del campo: el campo de
concentración había existido hasta 1945, pero después, tras venirse abajo las sóli-
das alambradas que habían servido para mantener herméticamente separado aquel
universo del mundo considerado normal, durante algún tiempo se mezcló y convivió
con la sociedad liberada, conminada a dar respuesta moral a los crímenes allí come-
tidos. Lo que estaba dentro del campo salió fuera y al revés, y por un momento era
posible quizás imaginar una sociedad subvertida por el contacto con la abyección
concentracionaria. Esa bisagra temporal, a caballo entre dos momentos históricos
(la guerra y la posguerra), se me antojaba como la más adecuada para explorar los
efectos de dicha abyección.
Aún así, el material era ingente y cada soporte distinto requería de una puesta
al día sobre las metodologías específicas de análisis de cada tipo de fuente. Era
1Henry Greenspan ha trabajado esta respuesta inmediata de los supervivientes en Henry
GREENSPAN, “ ‘An Inmediate and Violent Impulse’: Holocaust Survivor Testimony in the First
Years after Liberation,” in Remembering for the Future 2000: The Holocaust in an Age of Geno-
cide, ed. John K. ROTH and Elisabeth MAXWELL, vol. 3 (Basingstoke y Nueva York: Palgrave,
2001, pp. 108–16).
4 INTRODUCCIÓN

imprescindible acotar un poco más. Durante mi estancia en Buenos Aires estuve


realizando entrevistas orales a supervivientes del holocausto, contactados a través
del Museo del Holocausto. Me di cuenta de que no estaba preparada para aquello,
no sólo desde un punto de vista técnico, sino sobre todo desde un punto de vista
emocional. Sabía que tenía que preguntar por abusos sexuales, por violaciones, por
relaciones amorosas, por prostitución. Ni una sola vez fui capaz de sacar el tema
y, por supuesto, es un tema que no sale sólo. De todas maneras, si circunscribía
mi análisis a los testimonios tempranos, no habría forma de encajar aquellas en-
trevistas. Así que este fue uno de los primeros materiales en ser eliminados de mi
lista.
Poco a poco fueron cayendo todos los demás: el cine, el dibujo, la literatura de
ficción. La literatura testimonial de los supervivientes de los campos, que es la que
me había llevado hasta allí, y las fotografías, que me habían permitido entender con
claridad el giro interpretativo que debía tomar mi análisis, se convirtieron entonces
en las fuentes principales de mi investigación. Entonces comenzó mi estancia en
el Birkbeck College de Londres bajo la dirección de la profesora Joanna Bourke
y comencé a consultar los archivos del Imperial War Museum. En un principio,
mi objetivo había sido centrarme en el archivo fotográfico y, específicamente, en la
abundante colección de fotografías de la liberación de Bergen-Belsen. Pero enseguida
descubrí también toda la documentación escrita que existía sobre la liberación de
este campo, que me dejó absolutamente impactada. Todo ese material tenía que
formar obligatoriamente parte de mi trabajo. La profesora Bourke me dio las pistas
que necesitaba para enfocar de manera coherente el análisis de todas las fuentes
que había consultado.
Pese a todo, seguí manteniendo dentro del cuerpo documental los testimonios
tempranos de los supervivientes. Durante mucho tiempo me aferré a ellos con fir-
meza. Estos testimonios habían sido siempre para mí, y aún lo son, la llave hacia
la comprensión del holocausto puesto que, como expongo repetidas veces a lo largo
de esta investigación, son los únicos que son capaces de describir los mecanismos
de violencia biopolítica que se pusieron en marcha en el interior de los campos para
activar el proceso de deshumanización. Sin embargo, trabajar con estos dos grupos
de fuentes empezaba a resultar bastante complicado por una razón muy concreta:
las fotografías y la documentación de Belsen habían sido elaboradas por una serie
de personas completamente ajenas al proceso de deshumanización, que únicamente
se convirtieron en espectadores de sus efectos en el estadio último de su desarrollo;
mientras que los testimonios tempranos de los supervivientes, en cambio, habían
sido lógicamente elaborados por individuos que habían sido las víctimas principa-
les de aquella violencia inhumana. Era imposible equiparar en el análisis a ambos
grupos porque ello significaría igualar el valor moral e histórico del testimonio de
las víctimas y de los espectadores. No había justicia en ello. Habría tenido por
tanto que realizar una investigación en dos niveles complementarios, distinguiendo
nítidamente ambas perspectivas. Y esa fue mi intención durante algunos años.
Llegué entonces a Nueva York, donde gracias al Proyecto de Filosofía después
del Holocausto, pude realizar una estancia en el CUNY Graduate Center dirigida
por la profesora Dagmar Herzog. Durante aquellos meses, estuve recopilando in-
formación en dos instituciones: el Center For Jewish History (CJH) y los archivos
de Naciones Unidas. En la primera de ellas, aunque revisé información relaciona-
da con los libertadores y con las agencias y organizaciones que participaron en la
INTRODUCCIÓN 5

atención a los judíos desplazados durante la posguerra, me centré sobre todo en


un conjunto documental excepcional: los llamados protocolos húngaros, una serie
de testimonios recogidos por el Comité Nacional Húngaro para la Atención a los
Deportados entre los años 1945 y 1946, que incluye los testimonios de unos 5.000
supervivientes judíos y que están parcialmente traducidos al inglés. Esta colección
es absolutamente extraordinaria y también, descomunal. Lo cierto es que sólo con
ellos podría hacerse otra tesis completa. En el archivo de Naciones Unidas, por otro
lado, estuve fundamentalmente revisando los papeles de la Administración de las
Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación (UNRRA, por sus siglas en
inglés), relacionados con la labor realizada por esta organización con los refugiados
(muchos de ellos supervivientes de los campos de concentración y de la persecución
nazi) en la inmediata posguerra, incluida la administración del reconvertido campo
de refugiados de Bergen-Belsen. Lo interesante de los papeles de la UNRRA es que
en ellos se puede apreciar de una manera bastante evidente cómo ven los espec-
tadores a los desplazados, qué acciones consideran que deben llevarse a cabo para
atenderlos y cuán elaborados estuvieron, al menos sobre el papel, los programas de
rehabilitación psicosocial. Todo ello conecta estrechamente y pone en perspectiva
las visiones de la “rehumanización” de los prisioneros que surgen en los testimonios
de los libertadores de Belsen. En fin, en pocas palabras, mi trabajo en estos dos
archivos ponía de relieve la distancia existente entre los dos registros testimoniales
con los que estaba trabajando.
En Nueva York pude reunirme con la profesora Atina Grossman. Ella vio con
claridad el dilema que yo afrontaba y me animó a centrarme en los observadores,
cuyos testimonios se encontraban mucho menos trabajados que los de las víctimas.
Además, el análisis del discurso superviviente planteaba otro problema en mi traba-
jo a causa de mis limitaciones lingüísticas: aunque existía muchísima documentación
traducida al inglés, al español y a otros idiomas que manejo (seguramente más de
la que pudiera abarcar nunca), el grueso principal de los testimonios que se con-
servan en algunos de los principales archivos del holocausto, incluido el CJH, se
encontraba escrito en yiddish, en hebreo, en polaco y en otras lenguas que me son
completamente ajenas.
Así es como, poco después de mi vuelta a España, y persuadida finalmente por
mis directores, tomé la decisión de centrarme en los documentos de los espectadores
y, particularmente, en los de la liberación del campo de concentración de Bergen-
Belsen. Consideré que se trataba de una documentación muy compacta y coherente
y que, consecuentemente, podría servir como un sólido hilo conductor para un dis-
curso centrado en la perspectiva de los observadores, que se completaría con otras
fuentes, especialmente con aquellas que me ayudaran a ampliar la visión de estos
espectadores en este momento histórico situado entre dos épocas: principalmente,
documentos hemerográficos, las actas del juicio de Belsen y la documentación pro-
ducida por la UNRRA, así como con algún otro texto secundario. Sin embargo, no
abandoné del todo los testimonios de los supervivientes, que aunque no han sido
objeto de un análisis exhaustivo en esta investigación, me han servido siempre de
contrapunto y de referente último.

***

La metodología que he utilizado en este trabajo puede inscribirse dentro de la


corriente más amplia del análisis crítico y contextual del discurso y de la imagen.
6 INTRODUCCIÓN

Mi estrategia de aproximación a las fuentes ha consistido, en primer lugar, en ana-


lizar las condiciones de producción y el contexto de conservación de los materiales
con los que trabajo. Incorporo en este sentido una descripción pormenorizada de
los documentos, de la institución principal que se ha ocupado de su conservación
(el Imperial War Museum) y, en el caso de las fotografías, de las características
del cuerpo militar que se encargó de su producción. Los documentos de Belsen son
analizados en serie, de manera interrelacional, subrayando especialmente aquellos
discursos y aquellas imágenes que se repiten a lo largo de toda la documentación
o destacando algunas descripciones más singulares y tratando de entender su origi-
nalidad atendiendo a las variaciones, las aliteraciones o las exageraciones grotescas
que se producen dentro del corpus documental más extenso. Allí donde han apare-
cido silencios o allí donde podría pensarse una alternativa, he tratado de completar
la información con los documentos complementarios que señalaba más arriba, así
como con otras interpretaciones historiográficas ya elaboradas.
Todo mi análisis viene además precedido por una profunda reflexión sobre las
condiciones estructurales que permitieron la consolidación de las lógicas totalitarias
en el contexto de la modernidad y la utilización de la violencia biopolítica en el pro-
yecto de deshumanización puesto en marcha dentro del sistema concentracionario,
así como las claves de género que ampararon dicho proyecto. Toda esta reflexión
juega un papel central en la elaboración del análisis documental desde una pers-
pectiva crítica, a través del cual he tratado de descifrar las intencionalidades no
evidentes o silenciosas de las fuentes y, por ende, las estructuras de dominación que
se encuentran detrás de cada construcción lingüística y visual. En este caso concre-
to, estas estructuras de dominación se revelan en muchos casos como las propias del
enfrentamiento bélico y de la división entre vencedores y vencidos, pero también
como aquellas que consolidan la escisión entre víctimas y espectadores. Aunque
metodológicamente en el centro de mi análisis se sitúa sin duda la crítica feminista,
basada en el cuestionamiento constante y sistemático de los discursos históricos
con el objetivo de revelar las lógicas patriarcales que se esconden en su interior. No
será este un estudio de la historia de las mujeres implicadas en la experiencia con-
centracionaria, por más que esta experiencia sea particularmente significativa para
desentrañar algunos de los principales aspectos que han animado esta investigación,
sino más bien un examen de los campos de concentración proyectado a través de
esta crítica feminista.
He procurado, en fin, huir de la literalidad de los textos y de las imágenes y
abordar este estudio de forma crítica. Reivindico por tanto el carácter plenamente
interpretativo de mi trabajo, lo que en ningún caso me parece que pueda restarle
credibilidad. Lo cierto es que cualquier investigación humanística (me atrevería a
decir incluso científica), es interpretativa: la única diferencia es que mientras que
algunos tratan de ocultar su punto de vista en aras de esa pretendida objetividad
a la que antes aludía, otros preferimos explicitarlo. Por supuesto, desde otros pre-
supuestos éticos, políticos o existenciales, o con un bagaje cultural distinto al mío,
las conclusiones de otro autor podrían ser muy diferentes a las que yo apunto en
estas páginas. No obstante, he procurado poner el mayor de los cuidados a la hora
de referenciar mis interpretaciones y de insertarlas dentro del contexto discursi-
vo y documental en el que se han gestado, de manera que mi trabajo pueda ser
adecuadamente revisado y discutido.
INTRODUCCIÓN 7

Resumiendo, los elementos centrales que articulan mi metodología son: la aten-


ción a las condiciones de producción de los archivos y los documentos; un análisis
interrelacional de los textos y las imágenes que forman parte del corpus documen-
tal; la contrastación sistemática con documentación alternativa; un sólido abordaje
filosófico de algunos de los problemas centrales que articulan la cuestión de la deshu-
manización en el holocausto; y finalmente, una apuesta por la crítica interpretativa
feminista.
***
Antes de seguir adelante, es necesario esclarecer algunos cuestiones problemá-
ticas que asoman en mi texto. La primera de ellas está relacionada con la cuestión
judía. Como ya he señalado, el objeto de este trabajo es explorar la relación entre
la deshumanización y la destrucción de la identidad sexual de las víctimas de la
violencia nazi que tuvo lugar en el interior de los campos de concentración. En
tanto que considero también la muerte y el exterminio como lugares de encuentro
entre esta destrucción de la condición humana y de la condición sexual, no pongo
en cuestión en ningún momento que los judíos fueran los principales afectados por
este proceso. Belsen además era un hervidero judío en el momento de su liberación.
Por otro lado, como es lógico, la judeidad de la mayoría de las víctimas haría que
esta conexión entre género y deshumanización adquiriera para ellas matices muy
concretos (del mismo modo que los testigos de Jehová, los polacos, los húngaros,
los gitanos y todos los demás grupos identitarios que visitaron las instalaciones de
concentración y de exterminio vivirían este proceso de manera particular). Como
indica Anna Reading, por ejemplo, para algunas judías ortodoxas el afeitado del
cabello tenía una resonancia particular ya que en el mundo normal previo a la gue-
rra que le raparan a una la cabeza como mujer, era algo que ocurría después del
matrimonio2. No obstante, este ataque sexuado a la humanidad fue experimentado,
en mayor o menor grado y de una forma u otra, por todos los que atravesaron este
infierno. No fue una experiencia exclusiva de los judíos, y así, desde esta posición
genérica, es como la he tratado en este texto. Con esto no he querido dar a entender
que el sufrimiento en razón de género haya sido mayor que el sufrimiento por moti-
vos culturales o religiosos. Tampoco pretendo que la experiencia concentracionaria
se erija como la experiencia clave del régimen nazi, por encima del exterminio de
los judíos. Y desde luego, aunque priorice las explicaciones raciales, sexuales y bio-
políticas (más adecuadas para sondear la relación entre la violencia del régimen y
su proyección sobre los cuerpos designados como abyectos) no estoy tratando de in-
fravalorar el papel histórico del antisemitismo dentro del III Reich. En ningún caso
estoy relativizando la singularidad del destino de los judíos en Europa. Sencilla-
mente, los judíos no son los únicos sujetos objeto de esta investigación. Quizás esté
de más realizar todas estas advertencias, pero al tratarse de una cuestión espinosa
dentro de un debate muy enconado3, siento la necesidad de hacer estas aclaraciones
antes de seguir adelante.

2Anna READING, The Social Inheritance of the Holocaust. Gender, Culture and Memory (Lon-
dres: Palgrave Macmillan, 2002, p. 45).
3Por ejemplo, el historiador Omer Bartov echa en cara precisamente muchas de estas cuestiones
al sociólogo Wolfgang Sofsky en su análisis sobre la estructuras y las condiciones del orden con-
centracionario (Omer BARTOV, Germany’s War and the Holocaust: Disputed Histories, Nueva
York: Cornell University Press, 2003, pp. 99-121 y Wolfgang SOFSKY, The Order of Terror: The
Concentration Camp, Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 1997).
8 INTRODUCCIÓN

En segundo lugar y en relación con lo anterior, me gustaría explicar por qué


durante casi toda la investigación me refiero principalmente al “sistema concen-
tracionario”, a la “historia de los campos de concentración”, a la “experiencia con-
centracionaria”, etcétera, en lugar de utilizar otras terminologías más usadas como
holocausto, solución final, genocidio, Shoá o Auschwitz. En aquel primer trabajo
que realicé en la licenciatura ya había elaborado una disertación sobre los distintos
conceptos que se habían utilizado en historiografía para definir un mismo proce-
so: el genocidio de una serie de sujetos, sobre todo judíos, fundamentalmente por
motivos de índole política y racial, mediante fusilamiento, gaseamiento o median-
te el sometimiento a condiciones extremas e infrahumanas de trabajo, higiene y
alimentación. La mayor parte de este genocidio se llevó a cabo en el interior del
sistema de campos de concentración y exterminio construido por la administración
nazi. Pero no únicamente allí. Los guetos fueron también uno de los lugares más
destacados en los que tuvo lugar este exterminio. Así mismo, la labor de los llama-
dos Einsatzgruppen, escuadrones especiales de la muerte, que se inició antes de que
tuviera lugar la Conferencia de Wannsee y la consiguiente puesta en marcha de la
solución final para la cuestión judía, consiguieron liquidar a más de un millón de
personas4. Para este proceso más amplio y más complejo, podría ser adecuado uti-
lizar la palabra holocausto o solución final, especialmente si estamos centrándonos
en el destino de los judíos. Personalmente, considero más apropiada la primera de
ellas, ya que la segunda no deja de ser el eufemismo utilizado por el propio régimen
nazi. Si se está hablando en términos generales, sin detenerse específicamente en el
exterminio de judíos, quizás sería más adecuado hablar sencillamente de genocidio
o genocidio nazi. En aquel primer trabajo yo utilicé mucho el término de Auschwitz
en un sentido simbólico para referirme a toda esa experiencia de concentración y
muerte. No obstante, en la presente investigación, en la que describo sobre todo
la situación en el campo de concentración de Belsen (por más que en el momento
de su liberación estuviera ocupado por cadáveres y por supervivientes procedentes
de toda la red de campos nazis), no tenía tanto sentido utilizar a Auschwitz como
símbolo. En fin, la forma más adecuada para describir la inscripción más general
de mi trabajo ha sido refiriéndome a la historia de los campos de concentración, de
la que sin duda forma parte esta liberación de Belsen y todos sus protagonistas.
Así mismo, me gustaría adelantar un problema que trataré con mayor pro-
fundidad en las siguientes páginas. ¿Por qué atender la voz de los espectadores?
El interés que en mi opinión tienen sus testimonios radica en el hecho de que los
espectadores, y particularmente los libertadores de Bergen-Belsen (en su mayoría
militares que habían participado en la campaña británica y que solían tomarse en
serio la misión histórica de los aliados de derrotar al nazismo), son representantes
de la sociedad “normal” que existió de espaldas a Auschwitz y a los campos de
concentración y que, en un momento dado, se vio obligada a lidiar con la realidad
tan abyecta que se descubrió en el interior del sistema concentracionario. Como jus-
tifico más adelante, nosotros, que también somos miembros de esa misma sociedad
moderna, estamos pues conectados a la historia de los espectadores, con quienes
compartimos estrategias narrativas. Cuando escrutamos un acontecimiento como

4El historiador Raul Hilberg ofrece cifras parciales del número de muertos a manos de los Einsatz-
gruppen, adelantando la cifra de 900.000 muertos que constituirían, según él, sólo los dos tercios
del total de exterminados, que rondarían por tanto aproximadamente 1.200.000 asesinados. (Raul
HILBERG, La destrucción de los judíos europeos, Madrid: Akal, 2005, p. 430).
INTRODUCCIÓN 9

el del holocausto y la violencia nazi, cualquiera de nosotros nos identificamos en


primera instancia con los espectadores, a pesar de que la historiografía del nazismo
haya demostrado que la arbitrariedad que caracterizaba al régimen de violencia que
sostenía al III Reich podía habernos convertido fácilmente tanto en víctimas como
en verdugos. Y es que de hecho nosotros, a través de los medios de comunicación de
masas, ya somos de facto espectadores de cientos de desgracias que ocurren cada día
en nuestro mundo y casi cada mañana debemos lidiar con nuestra responsabilidad
más o menos indirecta en dichas desgracias. De ahí que no nos cueste nada adoptar
su perspectiva. Examinar pues la historia de los espectadores es en mi opinión una
manera de reflexionar sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y sobre nuestras
limitaciones, sobre lo que nos une a los verdugos y sobre nuestro deber para con las
víctimas de ésta y de otras tragedias.
***
Me gustaría mencionar algunas cuestiones relacionadas con la inserción de esta
investigación en la corriente más amplia de la historia feminista. Utilizo a conciencia
la expresión historia feminista, en lugar de otras expresiones más populares como
historia de género o historia de las mujeres. Pero ello no significa que reniegue de
las formas académicas que ha adquirido tradicionalmente el feminismo dentro de la
historiografía. Al contrario, soy perfectamente consciente de mi herencia. En este
sentido, la influencia de la corriente más tradicional de la historia de las mujeres en
mi trabajo es clave al menos en un sentido fundamental: las mujeres son un sujeto
activo en la historia y por tanto sus voces deben ser tenidas en cuenta5. Quizás
las mujeres no formen un grupo sociocultural compacto cuya historia sea posible
describir de manera unitaria, que es probablemente uno de los mayores problemas
que yo encuentro en ciertos estudios tradicionales de historia de las mujeres6. Pero
el silenciamiento sistemático de los sujetos femeninos en la narración histórica ha
5Michelle Perrot habla con elocuencia sobre el silencio de las mujeres en la historia y la invisibilidad
a la que habían a estado condenadas hasta que se rompió con este silencio (Michelle PERROT,
«Mi» historia de las mujeres, 1 ed. en español, Sección de obras de historia, Buenos Aires: Fondo
de Cultura Económica, 2008, pp. 17-24).
6Joan Scott se hace eco de esta problemática en el ensayo “La historia de las mujeres”, recogido
dentro del volumen Género e historia, cuando se refiere a la imposibilidad de los historiadores de
utilizar un sujeto representativo único y universal (en este caso el sujeto femenino) para englobar
a distintas poblaciones. Scott plantea como precisamente la historia de las mujeres contribuye a
poner en evidencia la existencia de una multiplicidad de diferencias sociales, raciales, culturales,
económicas, sexuales, etcétera, que se solapan con las diferencias de género entendidas en un sen-
tido tradicional (Joan Wallach SCOTT, Género e historia, México: Fondo de Cultura Económica,
2008, p. 45). Dentro del feminismo, la tendencia que ha abordado esta cuestión de una manera
más sistemática y que ha provenido principalmente del llamado feminismo postcolonial, es aquella
que ha tratado de dar forma a la llamada “interseccionalidad” que alude al análisis combinado y
simultáneo de factores tales como el sexo, la raza o la clase para superar la primacía de la categoría
universal de “mujer” que ha manejado el feminismo hegemónico occidental. Algunos de los tra-
bajos clave que han desarrollado esta perspectiva son: Margaret L. ANDERSEN y Patricia HILL
COLLINS, Race, Class, and Gender: An Anthology (Belmont: Wadsworth Publishing Company,
1998); Gloria ANZALDÚA, ed., Making Face, Making Soul: Haciendo Caras: Creative and Cri-
tical Perspectives by Feminists of Color, (San Francisco, CA: Aunt Lute Books, 1990); Kimberlé
CRENSHAW, «Mapping the o Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against
Women of Color», Stanford Law Review 43, n 6 (julio de 1991): pp. 1241-99; Angela Y. DAVIS,
Mujeres, raza y clase (Madrid: Akal, 2005); Gloria T. HULL, Patricia BELL SCOTT, y Barbara
SMITH, eds., All the Women Are White, All the Blacks Are Men, But Some of Us Are Brave:
black women’s studies (Old Westbury: Feminist Press, 1982); Teresa de LAURETIS, Diferencias:
etapas de un camino a través del feminismo, Cuadernos inacabados 35 (Madrid: Horas y horas,
10 INTRODUCCIÓN

sesgado en un sentido masculino la historia tenida por universal: en otras palabras,


la exclusión de las voces femeninas de los grandes relatos históricos ha sancionado
como universal un tipo de verdad histórica que es esencialmente masculina. Pero
además no sólo las mujeres son sujetos históricos perfectamente válidos, sino que
sucede, como se verá, que son también sujetos históricos privilegiados a la hora de
problematizar el género, es decir, de indagar en las estructuras que han permitido
que se consoliden una serie de relaciones de poder marcadas sexualmente, condicio-
nadas por un sistema sociocultural que afirma la diferencia sexual como componente
ordenativo esencial. Las mujeres son sujetos privilegiados (que no exclusivos) a la
hora de dar cuenta del factor sexual porque las estrategias que han estructurado las
grandes narrativas sociales y humanísticas han tendido a asociarle un signo sexual
neutro a la experiencia masculina. Por supuesto, la experiencia masculina no es se-
xualmente neutra; pero en tanto que existe la tendencia a ser percibida como tal, el
lugar para desenmascarar esta supuesta neutralidad ha resultado ser precisamente
la experiencia femenina.
Como ya señalé, este trabajo no es en ningún caso una historia de las mujeres.
Es una historia de los espectadores del holocausto, y concretamente de los liber-
tadores del campo de concentración de Bergen-Belsen, hombres y mujeres. Pero se
sirve de la herencia recibida a través de la historia de las mujeres. Sí es, sin embar-
go, una historia de género7 que se inserta plenamente en la corriente historiográfica
que tiene en Joan Scott uno de sus principales referentes. Es historia de género
porque los mecanismos de construcción histórica del género y sus implicaciones po-
líticas constituyen la línea argumental básica del presente análisis. No en vano, en
el centro de esta investigación se sitúa el empeño por “desnaturalizar” la categoría
de lo humano, cuya importancia política es incuestionable, puesta en entredicho en
el universo concentracionario, así como las formas sexuales que se han impuesto
históricamente para configurar y delimitar el concepto de humanidad y que fue-
ron igualmente impugnadas durante la experiencia de los campos de concentración
(particularmente, el binomio hombre/mujer).

2000); María LUGONES, Madina TLOSTANOVA, e Isabel JIMÉNEZ-LUCENA, Género y des-


colonialidad, ed. Walter D. Mignolo (Buenos Aires: Ediciones del Signo, 2008); Chandra Talpade
MOHANTY, Ann RUSSO, y Lourdes TORRES, eds., Third World Women and the Politics of
Feminism (Bloomington: Indiana University Press, 1991); Uma NARAYAN y Sandra HARDING,
eds., Decentering the Center : Philosophy for a Multicultural, Postcolonial, and Feminist World
(Bloomington: Indiana University Press, 2000); Gayatri SPIVAK, ¿Pueden hablar los subalternos?
(Barcelona: Museu d’Art Contemporani de Barcelona, 2009); Liliana SUÁREZ NAVAZ y Rosalva
Aída HERNÁNDEZ CASTILLO, eds., Descolonizando el feminismo: teorías y prácticas desde los
márgenes, Feminismos (Madrid: Cátedra, 2008).
7Aunque en la historia de género se ha impuesto la tendencia a establecer una distinción entre
sexo y género, yo utilizo los dos conceptos del sistema sexo/género tan ampliamente descrito por
Gayle Rubin como sinónimos. Me baso para ello en la propia Joan Scott (Joan Wallach SCOTT,
«Algunas reflexiones adicionales sobre género y política», en Género e historia, pp. 245-70) y
especialmente en Judith Butler, para quien, en la medida en la que el sexo biológico también es
una construcción histórica, discursiva y performativa, no tiene sentido mantener una distinción
que precisamente hace hincapié en la separación de la parte biológica de la parte cultural del
sexo (Gayle RUBIN, “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo,” Nueva
Antropología. Revista de Ciencia Sociales VIII, n. 030 [Noviembre de 1986]: pp. 95–145 y Judith
BUTLER, El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, 1a ed, Género y
sociedad 5 [México: Paidós, 2001]).
INTRODUCCIÓN 11

No obstante yo he preferido decantarme por la expresión “historia feminista”


por varios motivos. En primer lugar, me parece fundamental reivindicar la natura-
leza política de los discursos que generamos desde la academia y su compromiso con
la realidad social en la que operan. En mi caso, mi trayectoria investigadora ha que-
dado fuertemente marcada desde un punto de vista político por mi compromiso con
el feminismo: por una toma de conciencia de las desigualdades condicionadas por el
género; por una reacción contra la imposición de esquemas jerárquicos de relaciones
socio-sexuales; por la resistencia ante la consolidación de los discursos destinados
a perpetuar las relaciones de dominación y sumisión históricamente constituidas
desde el género; por una revalorización política de los conceptos de diversidad y
diferencia dentro de sociedades que apuestan por la inclusión y la pluralidad, frente
a los conceptos ilustrados de la igualdad y universalidad; etcétera. En este sentido,
el concepto de género no tiene la fuerza reivindicativa que tiene la noción de femi-
nismo, ni apela a la misma tradición histórica de lucha social8. En segundo lugar
y en relación con esto último, la tradición de la historia feminista, que incluye a
buena parte de la historia de las mujeres, es mucho más amplia que la historia de
género. El género debería entenderse simplemente como una categoría analítica que
ha tenido éxito dentro de dicha tradición. Priorizar este término es en mi opinión
hacer prevalecer el carácter pretendidamente más neutro y científico que otorga el
uso de esta categoría, a costa de invisibilizar el papel que ha tenido el pensamiento
feminista a la hora de problematizar y dar forma a los discursos sobre el género.
Finalmente, considero que la vocación crítica de una historia feminista, que debería
estar orientada a cuestionar los cimientos de todo discurso histórico y a reevaluarlos
a través de un prisma feminista, supera con mucho las posibilidades analíticas que
brinda la articulación de la categoría de género.
***
Resumiendo, ¿qué es lo que encontrará el lector en las siguientes páginas? La
investigación que presento a continuación es el resultado del análisis de los docu-
mentos tempranos (producidos entre 1945 y 1950) relacionados con la liberación de
Bergen-Belsen y conservados en el Imperial War Museum, análisis completado a su
vez con otras colecciones documentales que amplían la visión de los espectadores
(artículos de prensa, actas del juicio de Nuremberg y documentación producida por
la UNRRA, principalmente). La exploración de estos documentos está animada por
el intento de comprender la relación entre deshumanización y destrucción del géne-
ro en el interior de los campos de concentración nazis. Para ello, trataré en primer
lugar de entender cómo se conforma el sentido de lo humano y de lo inhumano en
este contexto y en estos testimonios y, en segundo lugar, de comprender en qué

8El carácter aséptico del concepto de género, que se impone sobre otras terminologías con mayor
carga política (feminismo, mujeres, etcétera), es un problema que se expresa con frecuencia en
los textos que abordan epistemológicamente la cuestión del género en la historia. Para María
Dolores Ramos, “el término constituye una herramienta pretendidamente «aséptica», «científica»,
«apolítica», «legitimadora», frente al peso político del feminismo” (en María Dolores RAMOS,
«Arquitectura del conocimiento, historia de las mujeres, historia contemporánea. Una mirada
española, 1990-2005», Cuadernos de Historia Contemporánea 28, 23 de noviembre de 2006: p.
37). Para Françoise Thébaud “el género, como término abstracto, puede percibirse como portador
de menor radicalidad que la historia de las mujeres, menos ligado al feminismo, más aceptable y
con más facilidad de integración” (en Françoise THÉBAUD, «Género e historia en Francia: los
usos de un término y de una categoría de análisis», Cuadernos de Historia Contemporánea 28, 23
de noviembre de 2006: p. 44).
12 INTRODUCCIÓN

medida dicha humanidad (o dicha falta de ella) se percibe a través de un prisma


sexual, esto es, a través de la impresión de las marcas de género. Se trata pues, en
definitiva, de un ensayo sobre la deshumanización de los campos de concentración
nazis en perspectiva feminista, como bien apunta el título.
He dividido este trabajo en tres secciones principales. La primera de ellas, titula-
da “Cómo destruir seres humanos”, consistirá en una aproximación filosófico-política
a algunas de las grandes cuestiones que se encuentran detrás de mi investigación: la
complicidad de las lógicas modernas con el totalitarismo nazi; la culminación de la
construcción biopolítica de la modernidad en el racismo nacionalsocialista; la apari-
ción dentro de los campos de concentración, en tanto que espacios por antonomasia
de la violencia biopolítica, de una nueva especie deshumanizada personificada en
los llamados musulmanes; y, finalmente, el funcionamiento del dispositivo de sexua-
lidad en un contexto presidido por estas fuerzas deshumanizantes que se instalaron
en el interior del sistema concentracionario y que tenían por objetivo expulsar a los
seres humanos de su propia especie.
La segunda de estas secciones, titulada “Liberando a los muertos vivientes”,
constituirá una primera exploración del corpus documental, guiada por la pregunta
“¿dónde estaban los seres humanos?”. Lo que trataré de presentar en este capítu-
lo es el sentido que adquieren las categorías de ser humano y de ser abyecto en
los testimonios de los libertadores, analizando la posición respectiva que asoma en
estos documentos sobre las víctimas, los verdugos y los espectadores. Obviamente
la perspectiva que se impone aquí es la de estos últimos, pues son ellos los auto-
res de las fuentes discutidas. Sin embargo, es interesante entender cómo aparecen
representados víctimas y verdugos en estos relatos, puesto que estas descripciones
dibujan un cuadro nítido de la concepción que tenían los espectadores sobre lo
humano y lo inhumano y sobre cómo habían asimilado las consecuencias que la
violencia biopolítica había tenido sobre estas categorías. En otras palabras, en este
bloque me centraré en los efectos de la deshumanización sobre víctimas, verdugos
y espectadores, pero tal y como son percibidos por estos últimos.
En la tercera sección, titulada “Degeneradas”, desarrollaré el tema central de
esta investigación mediante la exploración de la dimensión sexual de dicha deshu-
manización. A través de los testimonios de los supervivientes, comenzaré trazando
un cuadro general de la experiencia concentracionaria, atendiendo a algunas de las
manifestaciones más dramáticas que han servido para expresar esta deshumaniza-
ción y, particularmente, considerando aquéllas que han formulado la importancia
de la identidad sexual en este contexto. De esta forma pretendo retratar de manera
concisa el trasfondo sobre el que se proyecta todo mi trabajo. Seguidamente, re-
tomaré los testimonios de los libertadores para analizar cómo las descripciones de
la deshumanización que aparecen en sus narraciones se proyectan a través de un
proceso que he denominado de de-generación. Esta de-generación o desexualización
se manifiesta mediante la destrucción (o degeneración) de las marcas de género
que aparecen en los cuerpos y los comportamientos utilizados para fundamentar
la identidad sexual normativa de los sujetos y, con frecuencia, se percibe de una
manera más inmediata que la propia deshumanización. Finalmente, en el último
apartado de este capítulo me referiré a los encuentros sexuales en los que partici-
paron los deportados y en la visión elaborada por los espectadores para dar cuenta
de ellos. Algunos de estos encuentros se constituyen como manifestaciones sexuales
de la deshumanización que no necesariamente implicaron una desexualización (en
INTRODUCCIÓN 13

algunos casos más bien al contrario), mientras que otros directamente se formulan
en resistencia a esa deshumanización.
***
No quiero terminar esta introducción sin hacer referencia a una cuestión muy
personal que ha surgido durante la elaboración de este proyecto. Cuando comencé
esta investigación, estaba convencida de que en el momento en el que dejara de
emocionarme con el sufrimiento que aparecía representado en los testimonios, este
trabajo habría perdido parte de su sentido. De alguna forma, sentí que para po-
nerme en el lugar de las víctimas y escuchar verdaderamente sus voces tenía que
conseguir compartir parte de su dolor. Lo cierto es que durante todos estos años mis
emociones ante las evidencias recopiladas han fluctuado muchísimo. Supongo que
es imposible mantener la alerta constante ante el dolor de los demás y uno puede
acabar acostumbrándose, como sugiere Susan Sontag9. No obstante, aunque mis ni-
veles de tolerancia han oscilado y se han visto influenciados por mis circunstancias
vitales, las huellas del holocausto nunca han dejado de conmoverme. Cuando empe-
zaba a soportar las historias que aparecían en los testimonios de los supervivientes,
descubrí las fotografías y la rueda volvió a girar. Después aparecieron los textos de
los libertadores, luego los protocolos húngaros. Más tarde me quedé embarazada y
tuve un hijo. Y ahora escribo sobre esto, y leo aquello, y recuerdo ciertas historias
y ciertos testimonios, a esas mujeres, a esos niños, a esos bebés, y certifico que pese
a todo, ocho años después de aquel primer trabajo, sigue afectándome.

9Susan SONTAG, Ante el dolor de los demás (Madrid: Santillana, 2003).


Introduction

I have always rebelled against the objective aspiration that history as a disci-
pline has reclaimed. History, in my opinion, can never be objective, simply because
it is constructed by people that are not outside of the world, that are not gods,
people that are here and have specific ideas and interests. The stories woven into
history that we as historians write are always subjective, even if we employ a well
structured and limited language and methodology. What the history we tell can
and must be honest: we must not purposely lie, or hide information that we dislike.
We must always be critical towards our own work and, above all, specify who we
are and how we have come to propose the things that we do. When one presents a
finished work such as this one, it might sometimes seem that everything was clear
from the start: where to set one’s eyes, where to search, what book to consult. The
truth is that this is never how it is. Throughout the whole process there are many
shifts, turns and twists, many a time when we want to throw it all away and start
again. In brief, considering our own histories as subjective, I believe the reader must
have some information regarding the author and the creative process through which
the investigation has been constructed.
Mi first contact with the history of concentration camps came during my uni-
versity degree studies. It was possible to avoid enrolling in two classes if one pre-
sented a Academically Guided Work, that unlike the usual class paper, was meant
to be considerably denser. Under tutorship of professor Juan Pablo Fusi I wrote a
dissertation, Recordando Auschwitz. Historia, testimonio y literartura (Remembe-
ring Auschwitz. History, Testimony and Literature), that attempted to reclaim the
importance of holocaust literature in the creation of historical discourses. I urged
historians to allow themselves to be questioned by the testimony of the survivors
that had returned from the camps.
From that first work and through the readings I undertook, I came to another
conclusion. It took me a while to give it form within my head, but what I did vi-
vidly realize, specially after reading Charlotte Delbo’s trilogy, was that some highly
relevant concentration camp experiences had been systematically forgotten, exclu-
ded from official discourse and memory concerning the holocaust. In a way and
relevant to certain issues, it was as if the great narrators of Auschwitz had not read
Delbo’s memories, nor, as I would later discovered, did they seem to know Olga
Lengyel, Liana Millu, Margarete Buber-Neumann, Gerda Weissmann Klein, Violeta
Friedman and so many other survivors that had lived to tell. I understood that wo-
men’s testimonies had been brushed aside while simultaneously men’s experiences
had systematically been elevated to Concentration Camp Experience with capital
letters, and wherever a discrepancy may have arisen, it was the masculine version
that ruled. One of the divergences I quickly caught sight of was the solitude that
men survivors spoke of, in contrast to the camaraderie that women detailed. This

15
16 INTRODUCTION

problematic was a guiding line for my Final Memory written for the Contemporary
History Inter-university Master, again directed by professor Fusi, where I asked if
these differences were due to a radically different camp experience or perhaps the
use of different narrative strategies. This memory was to serve as the starting point
for my Doctoral investigation, and because of that I tried to write an ample status
of the issue, attempting to understand what role gender had played in holocaust
studies, drawing out a map of possible sources. I presented the analysis of one of
these sources as an example: the memoirs written by Margarete Buber-Neumann on
her experience as a prisoner of totalitarianism and that has been called in Spanish
Prisionera de Stalin y Hitler (Prisoner of Stalin and Hitler; Under Two Dictators
was the 1949 English edition name).
From that moment it became clear to me that through my thesis I would at-
tempt to recover this forgotten memory and focus my study on concentration camps
from a gender perspective. It was then that professor Reyes Mate became interes-
ted in my work and professor Elena Hernández Sandoica would add the feminist
counterpoint to my project. Under direction of both I began this investigation, that
was initially to be called “Woman within the Lager” and that I have been able to
undertake thanks to the Formación del Profesorado Universitario (FPU) program,
through which I received a scholarship in 2009 that allowed me to work at the CSIC
Philosophy Institute until July of 2013. However, from that moment onwards, the
goals that stimulated my work have been profoundly shaken. Perhaps one of the
most relevant events in modifying the initial intentions of my work, consisting in
describing the specific characteristics of the feminine experience within the concen-
tration camp universe, was reading the texts of Judith Butler right at the beginning
of the whole research process. Influenced by the reflection of this philosopher on
performative gender constitution, I felt, for a while, unable to use terms such as
“man” and “woman” in a discourse, in order to avoid contributing to a definition of
both concepts that was ontological, normative and repressive and that had served
to consolidate a gender binary linguistic order. Thankfully I overcame this phase, I
set philosophy aside slightly and returned to my discipline, History. History teaches
us that all concepts, be they defended or not as truth, unique, pure or natural are
embedded within history from the very moment we learn to pronounce them. But
from Judith Butler I retained the need to flee from excessively dogmatic narrati-
ves when it came to distinguishing between histories that were purely feminine or
masculine.
How then was I to tackle the investigation at hand? Back then I was going over
some classic photographs that have served to illustrate
the history of Auschwitz, amongst them an emblematic
image of four naked children, Auschwitz and medical
experimentation survivors, standing up in front of the
camera. What called to me from the photograph was
the fact that in spite of being completely naked, one
had to take a good look to determine if they were boys
or girls (and in any case one could never be truly sure).
With this in mind I continued to look over photographs
of liberated survivors and noticed this too happened
when looking at adults. Somehow Nazism had managed
to nullify its victims bodies’ sex in a way that was not
INTRODUCTION 17

only rhetoric, but also in an obvious manner on the actual anatomy of the survivors.
This evidence lead me to ask, on one hand, how had the victims been affected by
this loss of sexual identity that for me was so notable, and on the other, what
sort of violence had been necessary to produce these effects upon the bodies of
the deported. I felt that if Nazism had managed to make it impossible for me, an
outside observer, to sexually identify so many people, they had somehow, on some
level been triumphant. Slowly I began to realize that this destruction of sexual
identity went side by side with the destruction of human identity about which I had
read so very much over recent years. I then realized that the relationship between
dehumanization and “desexualization” was, without a doubt, the spot where my
attention should aim.
A new question arose, where might I find this relationship? For a long time I
maintained a very wide horizon of sources: cinema, theater, photography, drawings,
fiction, and even oral interviews. But any able minded person would quickly realize
that it would be impossible to coherently embrace all the material produced re-
levant to the holocaust since 1945 through all these fields. Limits would have to
be introduced. The first of which was temporal: I decided to center my attention
on sources that had been created early on, immediately after the liberation of the
camps10. By then I was already familiar with Julia Kristeva’s concept of abjection,
with its fringe quality and its potential for subversiveness, elements that arise on
the boundaries that separate what is within and what is without. I felt that a way in
which I could support the centrality of this concept in my analysis was by choosing
testimonies that had come into existence along that temporal and symbolic “fron-
tier” between the inside and the outside of the camp: the concentration camp had
existed until 1945, but after that, once the solid wired fences that had hermetically
separated that universe from what was considered the normal world had fallen, for
a time, the camp mingled and lived within a freed society that was urged to give
moral answers to the crimes committed within. What was held inside the camp
emerged, and vice-versa, and for a moment it was possible to imagine a society
subverted through contact with the concentration camp abjection. That temporal
hinge, halfway between two historical moments (the war and the post-war), seemed
to me to be the most adequate for studying the effects of said abjection.
Even so, the source material was overwhelming and each format required a up-
dating on specific analysis methodology for each type of source. It was necessary
that I limit even more. During my stage at Buenos Aires I carried out interviews
with holocaust survivors, contacted through the Holocaust Museum, I realized I
was not prepared for that, not just from a technical stance, but specially from an
emotional one. I knew I had to ask about sexual abuse, about rape, inquire into
relationships of love or prostitution. Not once was I able to bring these things up,
and obviously these type of questions simply do not arise by themselves. In any case,
if I intended to limit my analysis to early testimonies, there was no way I could fit
in those interviews. And so these were one of the first things to be dropped from
my list.

10Henry Greenspan has studied the survivors immediate response in Henry GREENSPAN, “ ‘An
Inmediate and Violent Impulse’: Holocaust Survivor Testimony in the First Years after Liberation,”
in Remembering for the Future 2000: The Holocaust in an Age of Genocide, ed. John K. ROTH
and Elisabeth MAXWELL, vol. 3 (Basingstoke y Nueva York: Palgrave, 2001, pp. 108–16).
18 INTRODUCTION

Slowly all the rest followed: cinema, drawings, fiction. The memoirs that had
taken me so far, and the photographs that had allowed me to clearly understand the
interpretative twist that would form my analysis, became the primary sources of my
investigation. Then begun my stage at Birkbeck college, London, under tutorship
of professor Joanna Bourke and I began to consult the archives at the Imperial War
Museum. At first, my goal had been set on the photographic archive, specifically
on the abundant collection of Bergen-Belsen liberation photographs. But soon I
discovered all the written documentation pertaining to the liberation of this camp,
to such an extent that I was left in awe. Such an amount of material needed to form
part of my work. Professor Bourke gave me the necessary hints in order to coherently
focus my analysis taking into account all the source material I had consulted.
In spite of everything I was still keeping within the source material all the
early testimonies from survivors. For a long time I held onto them fiercely. These
testimonies always were, and still are, the key to understanding the holocaust,
because, as I say many time throughout the investigation, they are the only ones
capable of describing the mechanisms of bio-political violence set in motion within
the camps to activate the process of dehumanization. However, working with these
two groups of sources was starting to be quite complicated for a specific reason: the
documentation and images of Belsen had been created by people totally outside of
the dehumanization process, that were to become bystanders only of the final stage
of the events; the early testimonies of survivors however, had been, logically, given
life to be individuals who had been the primary victims of such inhuman violence. It
was impossible to equate the analyses of both groups because that would have meant
equaling the moral and historic value of the testimonies of victims and bystanders.
There was no justice in such an action. It would have been necessary to carry out
a two level investigation, complementary but clearly separating both perspectives.
And that was, for some years, my intention.
I then came to New York, where, thanks to the Philosophy Project after the
Holocaust, I was able to carry out a stage at CUNY Graduate Center, under tu-
torship of professor Dagmar Herzog. During those months I recompiled information
at two institutes: The Center for Jewish History (CJH) and the United Nations ar-
chives. At CJH, although I did look over information concerning the liberators and
the agencies and organizations that took part in attending the displaced Jews of
the postwar, I centered my work on the exceptional body of available documen-
tation: the so-called Hungarian protocols, a series of testimonies compiled by the
Hungarian National Comity for Attending Deportees between 1945 and 1946, that
included the testimony of approximately 5000 Jewish survivors, partially translated
into English. This collection is absolutely outstanding and also huge. The truth is
that with this alone one could write a thesis. At the UN archives, on the other
hand, I spent my time looking into the United Nations Relief and Rehabilitation
Administration documents, related to the labor carried out by this organization
with refugees (many of which were survivors of concentration camps and Nazi per-
secution) immediately after the war: amongst this was information relevant to the
reconverted Bergen-Belsen refugee camp. The interesting thing about the UNRRA
papers is that one can appreciate through them how bystanders view the displaced,
what actions they believe should be carried out to attend them and just how well
developed, in theory at least, the socio-psychological rehabilitation programs were.
All of this ties in with, and situates, the visions of “rehumanization” of the prisoners
INTRODUCTION 19

that emerge from the Bergen-Belsen liberators. To sum up, in a few words, my work
at these two archives emphasizes the breech between the two types of testimony I
was working with.
In New York I was able to meet with professor Atina Grossman. She had lived
the dilemma that I was facing and cheered me on to center on the observers, whose
testimonies were a lot less refined than those of the victims. Also, the analysis of the
survivors testimonies put forward another problem due to my linguistic limitations:
although a large share of documentation was translated into English, Spanish and
other languages I am able to work with (far more material than I could ever deal
with), the main body of testimonies housed within the principle holocaust archives,
including the CJH, was written in Yiddish, Hebrew, Polish and other languages
that are totally strange to me.
That is how shortly after returning to Spain, and convinced finally by my direc-
tors, I decided to center on bystanders’ documents, specially on those concerning
the liberation of Bergen- Belsen. I valued it to be a very compact and coherent do-
cumentation and that, consequently, it could serve as a guiding line for a discourse
centered on the perspective of bystanders that would be complimented with heme-
rographic sources, along with the Belsen trial acts and the UNRRA documentation,
along with other secondary texts, that would be complemented by other sources,
specially with those that helped me widen the vision of these bystanders situated
in this historic moment between two eras: mainly newspaper archives, the Belsen
trial records and the documentation produced by the UNRRA, along with other
secondary texts. However I did not abandon all the testimonies of survivors, that
in spite of not having been exhaustively analyzed in this investigation, have served
as a counterpoint and definite reference.
***
The methodology I have used in this work can be inserted within the wider
trend of critical and contextual analysis of discourse and image. My strategy for
approach to the sources has been firstly, to analyze the conditions in which they we-
re produced and the context of conservation concerning the material I work with. I
include, in this sense, a detailed description of the documents, the main institutions
in charge of conservation (Imperial War Museum) and, relative to photography, the
characteristics of the army unit in charge of their creation. The Belsen documents
are analyzed as a series, interrelated, specially noting those discourses and images
that constantly come up in the documentation, or underlining singular descriptions
to understand their originality based on variations, changes, alliterations or grotes-
que exaggerations that appear throughout the extensive documentary body. Whe-
rever silences appear or where an alternative might be imagined, I have tried to fill
in missing information with complementary documents such as the ones mentioned
before, or by taking into account other preexisting historiography interpretations.
The whole body of my analysis is preceded by a deep reflection concerning the
structural conditions that allowed for the consolidation of totalitarian logics in the
context of modernity and on the use of bio-political violence for the dehumanization
project set in motion within the concentration camp system, accompanied by the
key gender elements that supported said project. This reflection plays a central
role in the creation of documentary analysis from a critical perspective, through
which I have tried to unravel the hidden or silent purposes of the sources, and
therefore, understand the structure of domination that lurks behind each linguistic
20 INTRODUCTION

and visual construction. In this specific case, these domination structures prove to
be those of a war conflict and the division between victors and defeated, but also
the ones that consolidate the difference between victims and bystanders. Although
methodologically feminist critique is situated at the heart of my analysis, which
means the constant and systematic questioning of historic discourses with the goal
of revealing the patriarchal logics that are hidden within. But this will not be a study
of the history of the women implied in the concentration camp experience, even if
their experience is relevant to unveiling some of the main aspects that inspired my
research in the first place. Actually this will be an examination of concentration
camps seen through the optic of feminist critique.
I have tried, ultimately, to flee the literality of the texts and images and confront
this research from a critical perspective. I therefore uphold the purely interpretati-
ve character of my work, something, however, that in no case seems to me of less
credibility. The truth is that any humanistic research (and I might dare add even
scientific), is interpretative: the only difference is that while some try to hide their
point of view in the name of objectivity, as I mentioned before, some of us prefer
to make it explicit. Of course under different ethical, political or existential light,
or carrying a different set of cultural values to my own, the conclusions of another
author might be very different from the ones I support through the coming pages.
However, I have tried to be as careful as possible when referencing my interpreta-
tions and inserting them into the discourse and documentary context in which they
were born, and so my work may be duly revised and debated.
Summing up, the central elements that articulate my methodology are: atten-
ding the conditions of production of the archives and documents; an interrelated
analysis of the texts and images that are part of this documentary body; the sys-
tematic contrasting of alternative documentation; a solid philosophical approach
concerning some main problems articulating the issue of dehumanization in the
holocaust; and finally, a bid for a feminist critical interpretation.
***
Before I continue I think it necessary to clear up some troublesome issues that
arise in the text. The first is related to the Jewish question. As I have said before,
the goal of this work is to explore the relationship between dehumanization and the
destruction of Nazi victim’s sexual identity that took place within concentration
camps. In as much as I also consider death and extermination as places of encounter
for said destruction of the human and sexual condition, I do not doubt at all that
the primary population affected by this were the Jews. What is more, Belsen was a
practically a Jewish camp when it was liberated. On the other hand, as is logical,
the Jewishness of the majority of victims would mean that the link between gender
and dehumanization would acquire for them very specific nuances (as too would
be the case for Jehovah’s Witnesses, Poles, Hungarians, Gypsies or all the other
identitary groups inserted into the concentration and extermination machinery, that
would experience the process in their own way). As Anna Reading points out, for
example, shaving for some orthodox Jewish women also had particular resonance,
since in the normal pre-war world shaving one’s head as a woman took place only
after marriage11. However, this sexualized attack on humanity was experienced, to
a greater or lesser extent, by all those who crossed this hell. It was not an experience
11Anna READING, The Social Inheritance of the Holocaust. Gender, Culture and Memory (Lon-
don: Palgrave Macmillan, 2002, p. 45).
INTRODUCTION 21

exclusive to Jews, and so, from this generic standpoint, I have developed this text.
By this I do not wish to insinuate that suffering on a gender level was worse than
cultural or religious. I also do not wish to elevate the concentration camp experience
as the key element of the Nazi regime, above that of Jewish extermination. And
of course, even if I do give priority to racial, sexual and bio-political explanations
(more adequate for understanding the relationship between the regime’s violence
and its projection upon the bodies’ of those considered abject), I am not trying to
rest value to the historic importance of Antisemitism within the III Reich. Under
no conditions is this an attempt to relativize the singular destiny of European Jews.
Simply put, Jews were not the only subjects set to be the object of this investigation.
Perhaps these things need not be said, but being a prickly question within a very
fierce debate12, I feel the need to make these statements clear before I continue.
Secondly and in relation the above, I would like to explain how throughout the
investigation I talk of “concentration camp system”, of the “history of concentration
camps”, the “concentration camp experience” etc., instead of using more frequent
terminology such as holocaust, final solution, genocide, Shoá or Auschwitz. During
the first work I undertook during my degree studies I had already developed a
dissertation concerning the different concepts used in historiography to define the
same process: the genocide of a series of subjects, especially Jews, based mostly
on political and racial motives, through shooting, gassing or sometimes employing
extreme hygiene and feeding conditions and subhuman labor systems. The majority
of this genocide took place within the system of concentration and extermination
camps built by the Nazi administration. But not just there. Ghettos were also a
prominent place where this extermination took place. Also the work of the so called
Einsatzgruppen, specialized death squads, whose activity started before the Wansee
Conference and the start of the final solution to the Jewish question, managed to
liquidate over one million people 1313. For this more complex and wider process,
it might be useful to use the word holocaust or final solution, more so when con-
centrating on the fate of the Jews. Personally I prefer the former, because the later
is nothing more than the euphemism used by the Nazi regime. If we are to talk
in general terms, without specifying the Jewish extermination, it might be more
adequate to simply talk of genocide or Nazi genocide. In that first work I used the
word Auschwitz a great deal in a symbolic sense, as a way of referencing the expe-
rience of concentration and death. However, in this current investigation, in which
I describe the situation at Belsen thoroughly (even though when it was liberated
it was full of bodies and survivors sent from all over the network of Nazi camps),
it made little sense to use Auschwitz as a symbol. And so, the most appropriate
form of describing the most common reference in my work has been to speak of the
history of concentration camps, where, without a doubt, Belsen and its protagonists
make sense.

12For example, the historian Omer Bartov holds many of this issues against the sociologist Wolf-
gang Sofsky in his analysis of structures and conditions regarding concentration camp order (Omer
BARTOV, Germany’s War and the Holocaust: Disputed Histories, New York: Cornell University
Press, 2003, pgs 99-121 and Wolfgang SOFSKY, The Order of Terror: The Concentration Camp,
Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 1997).
13The historian Raul Hilberg offers partial figures on the number of dead by actions of the Ein-
satzgruppen, proposing the figure of 900,000 dead, that would be only two thirds of the total killed,
approximately 1,200,000 murdered. (Raul HILBERG, La destrucción de los judíos europeos, Ma-
drid: Akal, 2005, pg. 430).
22 INTRODUCTION

Before I continue I would like to forward a problem that I will go into with
more detail in the following pages. Why listen to the bystanders’ voice? The interest
of their testimony lies in the fact that they are bystanders, specially so with the
Bergen-Belsen liberators (mostly soldiers that had been part of the British campaign
and took their historic mission against Nazism very seriously), and they represent
“normal” society that existed beyond Auschwitz and concentration camps, and that
at a given time was forced to face the atrocious reality it discovered within the camp
system. As I justify further on, we, who are also part of that same modern society,
are connected to the history of the bystanders, with whom we share narrative
strategies. When we analyze an event, such as the holocaust and Nazi violence,
we identify immediately with the bystanders, even when historiography concerning
Nazism has proven that the arbitrary nature of the violent regime that upheld the
III Reich might have easily turned us into either victims or executioners. The truth
is that we, through mass media, are in fact spectators to the hundreds of tragedies
that occur every day in our world, and each morning we must battle with our
varying degree of responsibility in these matters. That is why it is easy for us to
adopt such perspectives. To examine the history of the bystanders, is I believe a
way of reflecting on who we are, and on our limits, and on what links us to the
executioners and our responsibility towards victims of this and other tragedies.
***
Finally, I would like to mention some issues regarding the inclusion of this
research in the wider feminist history movement. I am fully aware that I am using
the expression feminist history instead of more popular expressions like gender
history or women’s history. But this does not mean that I reject the traditional
academics ways in which feminism has been developed inside the history. On the
contrary, I am perfectly aware of the legacy I received. In this sense, the influence
on my job of the more traditional women’s history school is essential at least in
one fundamental way: women are an active subject in history and therefore their
voices must be taken into consideration14. Maybe women do not shape a compact
sociocultural group and maybe it is not possible to describe their history in a
unique fashion, which is probably one of the biggest I identified in some traditional
women’s history works15. But the silencing of the female subjects in the historical
14Michelle Perrot speaks eloquently about the silence of women in history and about the invisibility
they had been a condemned to until this silence was broken (Michelle PERROT, «Mi» historia
de las mujeres, 1 ed. en español, Sección de obras de historia, Buenos Aires: Fondo de Cultura
Económica, 2008, pp. 17-24).
15Joan Scott discusses this problem in the essay “La historia de las mujeres”, included in the book
Género e historia (Gender and the Politics of History), when she refers to the unfeasibility of
using one unique and universal subject (in this case, the female subject) to comprehend diffe-
rent populations. Scott brings up how women’s history is contributing to outline the existence
of a multiplicity of social, racial, cultural, economic and sexual differences overlapped with those
gender differences understood in a traditional way (Joan Wallach SCOTT, Género e historia,
México: Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 45). Inside feminism, the most methodical trend
in analyzing this topic, coming from the postcolonial feminism, is the one which has tried to sha-
pe the so-called “intersectionality”, referred to the combined and simultaneous analysis of several
factors such as sex, race or class in order to understand the supremacy of the universal category
of “woman” used by the Western hegemonic feminism. Some key works developed from this pers-
pective are: Margaret L. ANDERSEN y Patricia HILL COLLINS, Race, Class, and Gender: An
Anthology (Belmont: Wadsworth Publishing Company, 1998); Gloria ANZALDÚA, ed., Making
Face, Making Soul: Haciendo Caras: Creative and Critical Perspectives by Feminists of Color,
(San Francisco, CA: Aunt Lute Books, 1990); Kimberlé CRENSHAW, «Mapping the Margins:
INTRODUCTION 23

narratives has distorted the history regarded as universal in a male way: in other
words, the exclusion of the female voices from the major historical accounts has
authorized as universal just the male side of the historical truth. Besides, not just
women are perfectly acceptable historical subjects, but also they are extraordinary
historical subjects to study gender, that is, to investigate the structures behind
the gendered relations – those relations determined by a sociocultural system that
asserts the sexual difference as an essential organic element. Women are privileged
subjects (although not exclusives) in accounting for the sexual factor because the
strategies structuring the major social and humanistic narratives have been inclined
to associate a neutral sexual sign to the male experience. Of course, the male
experience is not sexually neutral; but as long as the predisposition to consider
it as neutral persists, the place to reveal this false neutrality will be precisely the
female experience.
As I pointed out, this work cannot be included inside women’s history. This
work is a history of the bystanders of the holocaust, and specifically, a history of
the liberators of Bergen-Belsen concentration camp, both men and women. But
it makes use of the legacy received through women’s history. However, it is gen-
der history: it is a history fully placed inside the historiographical trend that has
in Joan Scott’s work one of its main references. It is gender history because the
principal line of argument of this analysis are the mechanisms by which gender is
historically produced and their political implications. Not for nothing, at the heart
of this research takes place the resolution of “denaturalizing” the category of human
being, questioned inside the concentration camp universe, and those sexual forms
historically imposed to shape and demarcate the notion of humanity, challenged
too during the concentration camp experience (specially, the classic male/female
gender binary).
However, I would rather choose the expression “feminist history” for several
reasons. First, I think is essential to defend the political nature of the academic
discourses and their compromise with the social reality in which they work. In my
case, my research career has received a strong political influence through my fe-
minist compromise: through an awareness of the gendered inequalities; through a
reaction against the imposition of a hierarchical scheme of socio and gender re-
lations; through the resistance against de consolidation of the discourses used to
perpetuate gender relations of domination and subjugation; through a political re-
valuation of notions such as diversity and difference... In this sense, the notion of

Intersectionality, Identity Politics, and Violence against o Women of Color», Stanford Law Review
43, n 6 (julio de 1991): pp. 1241-99; Angela Y. DAVIS, Mujeres, raza y clase (Madrid: Akal, 2005);
Gloria T. HULL, Patricia BELL SCOTT, y Barbara SMITH, eds., All the Women Are White, All
the Blacks Are Men, But Some of Us Are Brave: black women’s studies (Old Westbury: Feminist
Press, 1982); Teresa de LAURETIS, Diferencias: etapas de un camino a través del feminismo,
Cuadernos inacabados 35 (Madrid: Horas y horas, 2000); María LUGONES, Madina TLOSTA-
NOVA, e Isabel JIMÉNEZ-LUCENA, Género y descolonialidad, ed. Walter D. Mignolo (Buenos
Aires: Ediciones del Signo, 2008); Chandra Talpade MOHANTY, Ann RUSSO, y Lourdes TO-
RRES, eds., Third World Women and the Politics of Feminism (Bloomington: Indiana University
Press, 1991); Uma NARAYAN y Sandra HARDING, eds., Decentering the Center : Philosophy
for a Multicultural, Postcolonial, and Feminist World (Bloomington: Indiana University Press,
2000); Gayatri SPIVAK, ¿Pueden hablar los subalternos? (Barcelona: Museu d’Art Contempo-
rani de Barcelona, 2009); Liliana SUÁREZ NAVAZ y Rosalva Aída HERNÁNDEZ CASTILLO,
eds., Descolonizando el feminismo: teorías y prácticas desde los márgenes, Feminismos (Madrid:
Cátedra, 2008).
24 INTRODUCTION

gender is not as successful in its demands as the notion of feminism, and it does not
appeal to the same historical tradition of social struggle16. Secondly, the tradition
of feminist history, which includes part of women’s history, is much more wider than
gender history. Gender should be understand only as an analytical category which
has succeeded inside this tradition. Prioritize this term is in my opinion making
the supposedly more neutral and scientific nature of this category prevail over the
role of feminist thought to analyze and shape the discourses about gender. Finally,
I consider that the critical tendency of feminist history, which should be orientated
to question the foundations of the historical discourses and to revaluate them th-
rough a feminist perspective, exceed the analytical possibilities of the category of
gender.
To sum up: what will the reader find in the upcoming pages? The research
that I present is the result of analyzing early documents (created between 1945 and
1950) concerning the liberation of Bergen-Belsen, conserved within the Imperial
War Museum, analysis which are complemented with other documentary collections
that amplify the bystanders visions (press articles, Nuremberg trial records, and
documentation created by UNRRA, mainly.) The exploration of these documents
is impulsed by the effort to understand the relationship between dehumanization
and gender destruction within nazi concentration camps. For this purpose I will,
first of all, try and understand how the meaning of human and inhuman is fashioned
within this context and through these testimonies, and secondly, try to understand
in what degree said humanity (or lack of) is perceived through a sexual prism, in
other words, the impression of the marks left by gender 17 . In essence it is an
essay on dehumanization within the Nazi concentration camps through a feminist
perspective, as the title clearly states.
I have divided this work in three main sections. The first, titled “Cómo destruir
seres humanos”, (How to destroy Human Beings) will be a political and philosop-
hical approach to some major questions that will appear all through my research:
the complicity of modern logics with totalitarian Nazism; the culmination of mo-
dernity’s biopolitical construction in national socialism’s racism; the appearance
within the camps, in as much as they were spaces par excellence for biopolitical
violence, of a new type of dehumanized being in the form of the so called muslims;
and, finally, the running of the sexuality mechanism in a context ruled over by
dehumanizing forces that were set in place within the camps and whose goal was
to expel humans out of their own species.
The second part, titled “Liberando a los muertos vivientes”, (freeing the Living-
Dead) would be a primary exploration of the documentary body, guided by the
question “where were the human beings?”. What I will try to present in this chapter
is the sense that categories such as human being and abject being acquire through
16The aseptic character of the notion of gender, imposed over other much more political no-
tions such as feminism or women, is a problem frequently expressed in texts addressing from a
epistemological point of view the question of gender in history. María Dolores Ramos says that
“the expression turns out to be a tool supposedly «aseptic», «scientific», «apolitical», «validator»,
facing towards the political weight of feminism” (in María Dolores RAMOS, «Arquitectura del
conocimiento, historia de las mujeres, historia contemporánea. Una mirada española, 1990- 2005»,
Cuadernos de Historia Contemporánea 28, 23 de noviembre de 2006: p. 37). Françoise Thébaud
thinks that “gender, as an abstract word, can be perceived as bearing less radicalism than women’s
history, less tied to feminism, more suitable and easily to be integrated” (in Françoise THÉBAUD,
«Género e historia en Francia: los usos de un término y de una categoría de análisis», Cuadernos
de Historia Contemporánea 28, 23 de noviembre de 2006: p. 44).
INTRODUCTION 25

the testimonies of the liberators by analyzing the respective positions that can be
made out concerning victims, executioners and bystanders. The ruling perspective
here, obviously, is that of the bystanders, because they are the authors of the
sources we are debating. However, it is interesting to understand how victims and
executioners are represented in their narratives. This is so because the descriptions
in which they appear draw out a sharp image of how the bystanders viewed the
human and inhuman and how they assimilated the effect of biopolitical violence
over both categories. In other words, in this block I will center my attention on the
effects of dehumanization on victims, executioners and bystanders, but always from
the point of view of the latter.
The third block, titled “Degeneradas”, (Degenerates, in the female sense) deve-
lops the main subject of this research through the exploration of the sexual element
concerning dehumanization. Through the testimonies of the survivors I will start
by drawing a general diagram summing up the concentration camp experience, pa-
ying attention to some of the most dramatic examples, those that best represent
dehumanization. In this sense specifically centering on those that have defined the
relevance of sexual identity in this context. The idea is to portray specifically the
background upon which my work is projected. After which I will take up again
the testimonies of the liberators in order to analyze how the descriptions of dehu-
manization that appear in their descriptions are projected throughout a process
that I have called de-generation. This de-generation or desexualization manifests
through the destruction (or degeneration) of gender signs that appear in bodies and
behaviors used for basing normative sexual identity of subjects and, frequently, is
easier to identify than dehumanization. Finally, in the last part of this chapter I
will reference the sexual encounters that the deportees took part in and the vision
of this elaborated by the bystanders when describing. Some of these encounters
are established as sexual manifestations of dehumanization that do not necessarily
mean there was desexualization (in some cases, quite the contrary), while in other
cases they are formulated as a way of resisting dehumanization.
***
I do not wish to end this introduction without mentioning a very personal
issue that has come to light while carrying out this project. When I began my
investigation, I was convinced that the moment I stopped feeling the suffering that
emerged from the testimonies, this work would have lost its sense. Somehow I felt
that in order to situate myself in the place of the victims and truly hear their voices
I needed to share part of their pain. The truth is that all through these years my
emotions concerning the compiled evidence have varied greatly. I suppose that it
is impossible to keep up a heightened sense of emotion when faced with others
pain and one might grow accustomed, as Susan Sontag suggests17. However, even
though my levels of tolerance have varied and have been influenced by circumstance
relevant to my own life, the remnants of the holocaust have never ceased to move
me. When I began to tolerate the testimonies, the photographs appeared, and the
wheel turned once more. After that I discovered the documents written by the
liberators, then came the Hungarian protocols. Later on I became pregnant and
had a son. And now I write about this, read that, and recall certain stories, certain
testimonies, remember those women, those children, those babies, and I am sure,
that in spite of it all, eight years on from that first work, it all still gets to me.
17Susan SONTAG, Ante el dolor de los demás (Madrid: Santillana, 2003).
Parte 1

CÓMO DESTRUIR SERES HUMANOS:


APROXIMACIONES AL UNIVERSO
CONCENTRACIONARIO DESDE LA
BIOPOLÍTICA Y LA SEXUALIDAD
ABYECTA
En esta primera parte, destinada a fundamentar teóricamente la investigación,
voy a justificar desde un punto de vista epistémico mi hipótesis principal, a saber:
que la deshumanización de los prisioneros de los campos de concentración nazis se
produjo a través de la destrucción de sus identidades sexuales. Para desarrollar esa
idea voy a tratar de construir el armazón teórico y metodológico sobre el que se
erige esta proposición y cuya estructura se sostiene en cuatro pilares básicos:
a. la complicidad entre las estructuras lógicas y políticas que sostienen tanto el
nazismo como la modernidad
b. el carácter biopolítico de la violencia concentracionaria;
c. la condición abyecta de lo humano bajo el signo concentracionario, y
d. las interpretaciones y teorías feministas sobre la identidad humana y la des-
humanización.
Todas éstas son cuestiones que han recibido una atención filosófica muy ex-
haustiva y que han tenido un largo alcance en el pensamiento contemporáneo, pre-
sentándose con frecuencia de manera interconectada. Lógicamente aquí sólo podré
realizar una aproximación muy esquemática a cada uno de estos problemas y es
muy probable que no llegue a abarcar todos los aspectos que ofrece una reflexión
tan sumamente compleja. Pero creo que trazar un mapa teórico de mi hipótesis
apoyándome en las coordenadas que acabo de señalar facilitará enormemente la
tarea de comprender el viaje emprendido a través de los documentos que forman
parte de esta investigación, las preguntas que han orientado su análisis y algunas
de las respuestas obtenidas18.

18Ya adelanté parcialmente algunos de estos resultados en algunos trabajos publicados como Paula
MARTOS ARDID, “Memoria e identidad de género. Experiencias y narraciones desde Auschwitz”,
en Actas del XLVII Congreso de Filosofía Joven – Filosofía y crisis a comienzos del siglo XXI,
Murcia: Universidad de Murcia, 2010 o Paula MARTOS ARDID, “El juicio del espectador y la
responsabilidad de la mirada: reacciones desde Bergen-Belsen”, en Catherine HEENEY, Jordi
MAISO y David RODRÍGUEZ-ARIAS (eds.), Perspectivas sobre la justicia Madrid: Plaza y Val-
dés, 2015. También expuse algunas conclusiones de mi investigación en las ponencias tituladas
“Las lógicas del Holocausto: totalidad y ciencia”, explicada en el marco del Seminario de Investi-
gación del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid
(departamento de Historia Contemporánea de la UCM, abril de 2013); “Cuerpos, cenizas y muer-
tos vivientes. La destrucción de las identidades sexuales en los campos de concentración nazis”,
con la que participé en el I Encuentro de Jóvenes Investigadores FYL (UAM) – CCHS (CSIC)
(Facultad de Filosofía y Letras de la UAM, febrero de 2012); “Women’s testimony from Argentina:
oral and narrative representations from survival experience”, leída en el Congreso Beyond Camps
and Forced Labour. Current International Research on Survivors of Nazi Persecution (Imperial
War Museum, Enero de 2012); “La destrucción de los cuerpos. Identidades sexuales en las primeras
representaciones de la memoria concentracionaria”, ofrecida en el SIJI, Seminario Internacional de
Jóvenes Investigadores (CCHS/CSIC, mayo de 2010); “Milena Jesenská y la memoria del silencio”,
con la que participé en las IX Jornadas de la mujer. Diferencia, (des)igualdad y justicia (Facultad
de Filología de la UCM, marzo de 2010); “La posibilidad de una aproximación intersubjetiva a la
memoria femenina de Auschwitz”, expuesta en la Sesión Plenaria del Proyecto de Filosofía Después
del Holocausto: Benjamín y Marx. A propósito de la “vuelta de Marx” (CCHS/CSIC, marzo de
2009); y “Volver de Auschwitz. Supervivencia, justicia e historia. Charlotte Delbo”, presentada en
el Congreso Memoria, narración y justicia – JUSMENACU I (CCHS/CSIC, noviembre de 2008).
Capítulo 1

La complicidad de la lógica moderna

“El Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra


sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nues-
tra civilización y en un momento álgido de nuestra cultura
y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa
civilización y de esa cultura”
Zygmunt Bauman19

¿Qué sentido tiene abrir un trabajo sobre el holocausto, sobre la deshumaniza-


ción que tuvo lugar en el interior de los campos de concentración nazis, hacien-
do referencia en primer lugar a la modernidad y a ciertos procesos considerados
eminentemente modernos que parecen encontrarse en las antípodas de la violen-
cia totalitaria ejercida por la administración hitleriana? Las palabras de Zygmunt
Bauman que abren este capítulo sintetizan perfectamente la importancia de este
punto de partida. El problema es que con demasiada frecuencia se ha defendido
con fiereza que todo aquel sistema de campos de concentración y exterminio que
floreció en el corazón mismo del Tercer Reich y que se propagó con relativa ra-
pidez por todo el continente, representa una excepción, una mancha dentro de la
“impecable” trayectoria cultural y política de Occidente, un retroceso que simple-
mente pone entre paréntesis el proyecto civilizatorio de la modernidad. Aún hoy,
poco tiempo después del ochenta aniversario de aquel incendio en el Reichstag que
desencadenó el horror prevenido ya en el periodo de entreguerras por los llamados
“avisadores del fuego” 20; cuando se han cumplido ya setenta años de Dialéctica de
la Ilustración (1944) de Theodor Adorno y Max Horkheimer, considerado como el
primer libro que cuestionó el hecho de que el nazismo constituyera “la expresión
de una recaída de la civilización en la barbarie” 21; cuando han transcurrido poco

19Zygmunt BAUMAN, Modernidad y holocausto (Madrid: Ediciones Sequitur, 1997, p. XIII).


20Reyes Mate y Juan Mayorga han utilizado la expresión benjaminiana “avisadores del fuego”
para referirse a aquellos pensadores encargados de “avisar de catástrofes inminentes para impedir
que se cumplan” que fueron capaces de “leer en su tiempo los signos de la catástrofe venidera”.
Entre ellos destacan autores como Franz Rosenzweig, Franz Kafka o el propio Walter Benjamin
(Reyes MATE y Juan MAYORGA, «“Los avisadores del fuego”: Rosenzweig, Benjamin y Kafka»,
en Isegoría: Revista de Filosofía moral y política no 23 [2001]: pp. 45–68 y Reyes MATE, Memoria
de Auschwitz. Actualidad moral y política, Madrid: Trotta, 2003, pp. 137–151).
21“[El ejercicio de iniciar una reflexión crítica sobre el presente a partir de Auschwitz] ya había
sido intentado, justo después de la guerra, por Horkheimer y Adorno, los maestros de la Escuela
de Frankfurt. A contracorriente de la visión entonces dominante, que interpretaba el nazismo co-
mo la expresión de una recaída de la civilización en la barbarie, ellos veían la conclusión de una
dialéctica negativa que había transformado la razón de instrumento emancipador en instrumento
de dominación y el progreso técnico e industrial en regresión humana y social. Adorno definía
el Holocausto como la expresión de «una barbaridad que se inscribe en el principio mismo de la
civilización». Contra la tendencia tranquilizadora de ver el nazismo como una legitimación en ne-
gativo del occidente liberal, estos filósofos lanzaron una señal de alarma severa. El totalitarismo ha

29
30 1. LA COMPLICIDAD DE LA LÓGICA MODERNA

más de sesenta desde que se publicó por primera vez el libro de Hannah Arendt
Los orígenes del totalitarismo (1951), que constituye el primer estudio sistemático
sobre las condiciones estructurales que hicieron posible la aparición de los regímenes
totalitarios22; y cuando ha pasado casi un cuarto de siglo desde la publicación del
famoso libro de Zygmunt Bauman Modernidad y Holocausto (1989) que sirvió para
relanzar el debate sobre la relación entre ambos conceptos23, sigue siendo frecuente
encontrar interpretaciones del nazismo que lo definen como una barbarie antitética
de la modernidad.
¿A qué se debe este empeño por desligar al nazismo del contexto moderno en
el que ha tenido lugar? En mi opinión, es una forma de eludir las responsabilida-
des que se derivarían del hecho de afrontar este proceso como un producto de la
sociedad occidental en la que vivimos. Si podemos señalar a un culpable concreto,
por ejemplo a los crueles alemanes de Hitler, podemos olvidarnos de buscar otro
tipo de responsabilidades. En los propios testimonios que analizo en este trabajo,
entre el personal médico y militar que participó en la liberación del campo de con-
centración de Bergen-Belsen no es infrecuente encontrar solemnes reproches contra
los alemanes, que son sistemáticamente caracterizados como brutales y malvados
psicópatas llenos de crueldad. Lo curioso de algunos comentarios es que no tienen
reparo en someter a los alemanes a un castigo que puede equipararse en brutalidad
al de aquellos actos de los que los nazis fueron culpables. En una carta fechada
el 26 de mayo de 1945 que la señora Kathleen J. Elvidge envía a un ser querido,
presumiblemente a su marido, desde el campo de concentración de Bergen-Belsen,
escribe: “Si alguna vez tuve una chispa de simpatía hacia los alemanes, ha desapare-
cido ya completamente. Creo que la nación entera debería ser aniquilada y borrada
de la faz de la tierra. Nunca antes había sentido tanto desprecio contra un pueblo,

nacido en el seno de la misma civilización, es su hijo” (Enzo TRAVERSO, El pasado, instrucciones


de uso: historia, memoria, política, Madrid: Marcial Pons, 2007, pp. 70–71).
La Dialéctica de la Ilustración, cuyo título original era Philosophische Fragmente (Fragmentos
filosóficos), empezó a circular a partir de 1944, aunque no fue hasta la década de los setenta,
después de ser traducido al inglés, cuando comenzó a adquirir la importancia que tiene hoy en
día: Juan José SÁNCHEZ “Introducción. Sentido y alcance de Dialéctica de la Ilustración”, en
Theodor W. ADORNO y Max HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración: fragmentos filosóficos
(Madrid: Trotta, 1998). El carácter precursor del texto de Adorno y Horkheimer es bien conocido:
“...todas las partes están de acuerdo en considerar a la Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y
Adorno como el signo inconfundible de un cambio epocal en la conciencia que la modernidad tiene
de sí misma. Esta ruptura tuvo su origen en la confrontación con los acontecimientos catastróficos
de la segunda guerra mundial y del exterminio masivo que conmocionaron el mundo occidental de
un modo hasta ese momento desconocido” (José Antonio ZAMORA ZARAGOZA, «Civilización
y barbarie: Sobre la Dialéctica de la Ilustración en el 50 aniversario de su publicación», en Scripta
Fulgentina no 14 [1997]: p. 255).
22Los orígenes del totalitarismo, publicado en 1951, constituye una búsqueda de las raíces del na-
zismo que conduce a la autora a tratar de esclarecer la centralidad de la lógica totalitaria dentro
de la modernidad. Este libro contribuyó de manera decisiva a difundir el término de totalitarismo
y a dotarlo de significado (Hannah ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, 1 reimp., Madrid:
Alianza, 2006). Según Enzo Traverso la introducción por parte de Arendt de esta nueva categoría
política permite una reinterpretación de la historia del siglo XX bajo el signo del universo concen-
tracionario (Enzo TRAVERSO, Auschwitz e gli intellettuali: la Shoah nella cultura del dopoguerra,
Bologna, Il mulino, 2004, p. 15).
23Desde su primera publicación en inglés en 1989, Modernidad y Holocausto se ha convertido en
la referencia principal de la reflexión que ha tratado de pensar la modernidad desde Auschwitz
(Z. BAUMAN, Modernidad y holocausto).
1. LA COMPLICIDAD DE LA LÓGICA MODERNA 31

pero ahora mi sangre hierve ante la sola visión de un alemán” 24. Asimismo, en una
carta escrita probablemente en abril de 1945 por el capitán Maurice J. Hewlett y
dirigida a su familia puede leerse: “No hay necesidad de pedir a mis hombres que
no confraternicen. De hecho tenemos que contenerlos para que no maten a sangre
fría al primer hombre, mujer o niño que se cruce en su camino” 25.
Sin embargo, como ha demostrado Hannah Arendt en su famoso libro Eichmann
en Jerusalén (1961), esa tendencia tan generalizada a identificar a los responsables
de las atrocidades nazis con monstruos sanguinarios y psicópatas no resulta siempre
tan evidente. Lo que Arendt pone de manifiesto en este ensayo es la normalización
del crimen en el seno del Tercer Reich, que se hizo posible mediante un proceso por
el cual los aspectos morales del delito quedaron subsumidos dentro de un complejo
entramado burocrático. De ahí, por un lado, que la inculpación de algunos jerarcas
nazis presentara ciertas dificultades, puesto que las acciones criminales se filtraban a
través de operaciones burocráticas a gran escala que tenían la virtud de alejar física
y temporalmente al ejecutor directo de los verdaderos responsables. A este proceso
de dilución de las responsabilidades se ha referido también Primo Levi cuando ha
descrito la denominada zona gris de la indeterminación moral, una región en la que
los verdugos, al obligar a las víctimas a llevar a cabo los actos más infames, crean
una engañosa ilusión mediante la cual trasladan su culpabilidad hacia ellas26.
Pero, por otro lado, ese empeño por caracterizar a los culpables como sádi-
cos depravados, esto es, como desviaciones de la norma, como seres “anormales”,
tiende a encubrir la profunda raigambre normativa de los crímenes del nazismo, su
compromiso no sólo con la normalidad, sino principalmente con la “normalización”
de la sociedad, que constituye su objetivo último. En otras palabras, lo que revela
Hannah Arendt es “la banalidad del mal”, el hecho de que el mal del nazismo no
sea el mal de los monstruos, de los desviados, de los perversos, sino de los hombres
normales, de los burócratas, de los ciudadanos obedientes: “en las circunstancias
imperantes en el Tercer Reich, tan solo los seres «excepcionales» podían reaccionar
«normalmente»” 27.
Desde un punto de vista teórico, por tanto, mi hipótesis parte en primer lu-
gar de esta complicidad de la modernidad con el nazismo. Explorar esta conexión
constituye una suerte de ejercicio de autocrítica porque invita a cuestionarse la
normalidad en la que vivimos, a no dar por sentadas las leyes que nos gobiernan, el
sistema sociocultural que nos rige. Si Eichmann hubiera sido un “ser excepcional”,
su respuesta ética habría sido la crítica y la desobediencia. De eso se trata también
aquí, de cuestionarse radicalmente algunos de los principios en los que se sustenta la
modernidad y que han hecho posible tanto el desarrollo de nuestra sociedad, como
la institucionalización del crimen en la cultura política del Tercer Reich. La decisión
de partir de esta reflexión crítica es por lo tanto una decisión ética: se trataría de

24Carta de 26 de mayo de 1945, en IWM Private Papers of Mrs. Kathleen J. Elvidge, Documents
1029, Ref. 89/10/1, p. 7.
25Carta de Maurice J. Hewlett, en IWM Private Papers of Squadron Leader E. F. Chapman,
Reference 96/41/1, Doc.6336, p. 2.
26El ejemplo más claro de la esta zona gris estaría constituido por el Sonderkommando, una
escuadra especial de trabajo formada por prisioneros seleccionados entre aquellos deportados a
los campos de exterminio y que se encargaban del funcionamiento de las cámaras de gas y los
crematorios (Primo LEVI, Los hundidos y los salvados, Barcelona: Muchnik, 2000, pp. 33-64).
27Hannah ARENDT, Eichmann en Jerusalén, trad. Carlos Ribalta (Barcelona: DeBolsillo, 2004,
p. 47).
32 1. LA COMPLICIDAD DE LA LÓGICA MODERNA

prestar atención, sobre todo, a aquello que potencialmente nos convierte a nosotros
también en opresores, en los supervivientes privilegiados de una historia de guerras
y sufrimiento, en los beneficiarios de un discurso impuesto históricamente cargado
de normas excluyentes.
Con esto no quiero decir que no deban depurarse las responsabilidades concre-
tas, que no deba castigarse a los verdugos que estuvieron directamente implicados
en la historia de sufrimiento que afectó a millones de personas. Tampoco quiero
decir, en la línea de Daniel Goldhagen, que en su famoso Hitler’s Willing Execu-
tioners (1996) convertía en culpables del horror nazi a todos y cada uno de los
alemanes28, que la culpa pueda ser extendida exponencialmente a toda la socie-
dad moderna. Desde luego, las responsabilidades no se reparten equitativamente.
Sin embargo, es necesario no perder de vista que aunque el nazismo cobró forma
finalmente en Alemania, se impuso también en un contexto global en el que se
daban unas condiciones sistémicas determinadas que lo hicieron posible y que se
encuentran también en la base de la sociedad y la cultura occidentales. Muchos
historiadores han tratado de averiguar los motivos por los cuales el hitlerismo tuvo
lugar precisamente en Alemania y no en cualquier otra nación29. Aunque no dudo
del interés de muchos de estos estudios, lo cierto es que parten de una premisa falsa:
aunque fuera posible identificar el origen del hitlerismo en Alemania, lo cierto es
que sus políticas, incluidas aquellas encaminadas al exterminio masivo de judíos, se
extendieron rápidamente por toda Europa, con la colaboración activa de individuos
e instituciones de todo el continente. Por ello, la “alemanidad” del holocausto es se-
cundaria en esta investigación. Lo que trataré de explorar más bien son los procesos
que hicieron posible que semejante horror se desencadenara en el corazón mismo de
la modernidad, en el centro del continente europeo y en un momento en el que los
valores intelectuales, morales y políticos de la modernidad habían alcanzado todo
su apogeo. Mi objetivo sería, como dice Elena Hernández Sandoica, entender cómo
fue posible que el holocausto encontrara “legítima acogida, abrigo y alimento en la
morada misma de la modernidad. Porque ésa (y no otra cualquiera) era también
su casa” 30. Zygmunt Bauman lo sintetizó bien al señalar que la modernidad es la
condición necesaria para el genocidio, aunque en sí misma no sea causa suficiente:

“Sin ser causa suficiente del genocidio, la modernidad es su condición necesaria.


La capacidad de coordinar los actos humanos en una escala masiva, la tecno-
logía que permite que uno actúe eficazmente a larga distancia del objeto de la
acción, la división minuciosa del trabajo que posibilita, por una parte, el pro-
greso espectacular de la expertise y desplazar la responsabilidad; por la otra, la
acumulación de conocimientos incomprensibles para el lego y la autoridad de la

28Daniel Jonah GOLDHAGEN, Los verdugos voluntarios de Hitler: los alemanes corrientes y el
Holocausto, trad. Jordi Fibla (Madrid: Taurus, 1997).
29Por citar algunos ejemplos: George L. MOSSE, La nacionalización de las masas: simbolismo
político y movimientos de masas en Alemania desde las Guerra Napoleónicas al Tercer Reich
(Madrid: Marcial Pons. Ediciones de Historia, 2005); Hans-Ulrich WEHLER, The German Em-
pire: 1871-1918 (Oxford: Berg, 1997); Wolf LEPENIES, La seducción de la cultura en la historia
alemana (Madrid: Ediciones AKAL, 2008); Hans MOMMSEN, From Weimar to Auschwitz: Es-
says in German History, 1st. print (Oxford: Polity Press, 1991); Jürgen KOCKA, Facing Total
War: German Society 1914-1918, trad. Barbara Weinberger (Leamington, Warwickshire: Berg
Publisher, 1984) o Fritz FISCHER, From Kaiserreich to Third Reich: Elements of Continuity in
German History, 1871-1945 (Londres: Allen & Unwin, 1986).
30Elena HERNÁNDEZ SANDOICA, “Modernidad y política en la crisis alemana de los años 30:
el caso alemán”, en Chris WICKHAM, Henry KAMEN y Elena HERNÁNDEZ SANDOICA, Las
crisis en la historia (Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2011, p. 159).
1. LA COMPLICIDAD DE LA LÓGICA MODERNA 33

ciencia que crece con aquella, el clima mental –patrocinio-de-la-ciencia– propio


de la racionalidad instrumental, que hace posible que los diseños de ingeniería
social se debatan y justifiquen mediante su referencia a la factibilidad técnica
y disponibilidad de recursos «subutilizados» (todos los que puedan ponerse al
servicio del deseo implacable de orden, transparencia e inequivocidad), todos
son atributos integrales de la modernidad. Pero también son condición para
que la acción instrumental desplace a la moral (mejor dicho, inyecte la instru-
mentalización con significación moral), y haga posible realizar el genocidio –si
hay fuerzas determinadas a realizarlo. En otras palabras, debilitando de raíz
el poder de las inhibiciones morales, independizando las acciones a gran escala
de los juicios morales y exentando la moralidad individual del impacto de las
restricciones, la modernidad proporciona los medios para el genocidio” 31.

31Zygmunt BAUMAN, Modernidad y ambivalencia (Barcelona: Anthropos, 2005, pp. 80-81)


Capítulo 2

¿Qué entendemos por modernidad?

Antes de seguir adelante quizás sería conveniente adelantar, aunque sea de


manera tentativa, una definición de modernidad que resulte operativa en el marco
de esta investigación. Por supuesto, no aspiro a que esta definición sea exhaustiva,
ni innovadora, ni a que se lea en sentido dogmático. Esta definición trata más bien
de ser inclusiva, resumiendo de forma generalista algunos de los grandes rasgos que
otros autores han atribuido a la modernidad. Y parte de una idea fundamental,
esto es, que si algo caracteriza a la modernidad es su ambigüedad, de lo que se
derivan serias dificultades a la hora de emprender cualquier intento por enunciar este
concepto32. Esta ambigüedad, a su vez, complica extraordinariamente la relación
entre el holocausto y la modernidad.
Como muchas expresiones de uso generalizado en las ciencias sociales, el sig-
nificado vigente del concepto de “modernizar” es relativamente nuevo y sólo desde
mediados de la década de los setenta ha comenzado a adquirir cierta prominencia en
los discursos culturales33. Las primeras referencias a este término en lengua inglesa
datan del siglo XVIII y se utilizaba para denotar las alteraciones que se habían pro-
ducido en las construcciones, en las lenguas y en las costumbres. A su vez, a partir
de la segunda mitad del siglo XIX “lo moderno” adquiere una nueva connotación
dentro del contexto europeo, una connotación que aún se mantiene hoy en día: la
de mejora y aumento de la eficiencia. Según Couze Venn y Mike Featherstone esta
acepción del término habría adquirido “la fuerza de un dogma en buena parte de
la actual estrategia neoliberal para forzar la modernización como alternativa a la
desaparición”.
Desde un punto de vista conceptual, uno de los significados inmediatos que
se asocian a la modernidad es el de “toda una época de la historia del mundo, la
Edad Moderna, distinta de la edad media o la antigüedad clásica” 34, esto es, un
periodo histórico cuyos límites cronológicos han variado de manera considerable

32“El centro nace a medida que se disipa. Las imponentes narrativas de la modernidad instituyen
su propio desmantelamiento característico y radical. El caos de la modernidad se alimenta del
orden. El impulso de ordenar es un producto del caos. El modernismo necesita a la tradición para
renovarse. La tradición nace de la rebelión” (Susan Friedman, «Definitional Excursus: The Meaning
of Modern/Modernity/Modernism», recogido en Roger GRIFFIN, Modernismo y fascismo: la
sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler, Madrid: Akal, 2010, pp. 69-70).
33“En el periodo de posguerra, hasta mediados de los setenta en sociología, el término dominante
era el de capitalismo” (Couze VENN y Mike FEATHERSTONE, «Modernity», en Theory, Culture
& Society Vol. 23, no 2–3 [2006], pp. 457 – 458). La cita siguiente en este mismo texto se encuentra
en la página 258.
34Björn WITTROCK, «Modernity: One, None, or Many? European Origins and Modernity as
a Global Condition», en Daedalus Vol. 129, no 1 (enero 2000): p. 31. Recopilado y traducido en
Josetxo BERIAIN y Maya AGUILUZ, eds., Las a contradicciones culturales de la modernidad, 1
ed (Barcelona: Anthropos, 2007, pp. 287–318).

35
36 2. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR MODERNIDAD?

de un discurso a otro, en función sobre todo de cuál de las muchas perspectivas


que definen a la modernidad ha reclamado la atención de los autores. Como ha
expresado Zygmunt Bauman, la pregunta sobre cuán vieja es la modernidad resulta
muy controvertida y no sólo no hay consenso sobre las fechas, sino que tampoco
lo hay sobre qué es lo que debe ser datado. “Y una vez que comienza en serio el
esfuerzo de fechar, el objeto en sí mismo comienza a desvanecerse” 35. Por su parte,
para Roger Griffin, la modernidad “más que definir un periodo concreto denota los
efectos del proceso de modernización en cuanto fuerza social tanto objetiva como
subjetiva”. Aunque no puede dudarse de que posee una cronología, se trataría de
una cronología en litigio, imposible de trazar con precisión, de tal suerte que es
factible encontrar argumentos para fechar su inicio en el siglo XVII, en el siglo
XVIII o incluso en el siglo XIX36.
Aunque quizás sea posible, como señala Penelope J. Corfield, reconciliar las
diferentes aproximaciones a la modernidad, al menos hasta cierto punto, “advir-
tiendo que los distintos autores están estudiando aspectos sutilmente diferentes de
un gran y enmarañado proceso” 37. Para demostrar esta complicada cronología mo-
derna, Corfield analiza varios trabajos cuyos autores abordan los límites temporales
de la modernidad de una forma distinta, llegando por supuesto a conclusiones nota-
blemente divergentes. La mayoría de los grandes pensadores que se han ocupado de
una forma u otra de la modernidad y sus límites, han concretado cronológicamente
este periodo en base a distintos criterios. Max Weber, por ejemplo, puso el acento
en la economía capitalista y el Estado moderno, cuya génesis estaría conectada, en
su opinión, con los cambios fundamentales en las mentalidades, en los estilos de
vida y en la moral que experimentaron las sociedades occidentales inmersas en la
Reforma religiosa protestante desde el siglo XVI y, con más intensidad, desde el
siglo XVII. Hannah Arendt, por su parte, estudió el desarrollo de la modernidad
en etapas sucesivas, distinguiendo una protohistoria de la modernidad que se desa-
rrollaría entre los siglos XV y XVII, seguida de lo que ella denomina propiamente
la “Época Moderna” (siglos XVII-XX) que se caracteriza, en un sentido biopolí-
tico, por afirmar la “vida” como fundamental punto de referencia, siendo el siglo
XIX aquél en el que las lógicas modernas (antisemitismo, imperialismo, racismo)
adquieren todo su sentido, para finalizar con la decadencia de la modernidad que
culminaría con la explosión totalitaria de principios del siglo XX, las dos guerras
mundiales y las bombas atómicas, dando paso a una última fase, la fase actual,
cuyos rasgos estarían aún por definir. Reinhart Koselleck, en cambio, señaló el siglo
XVIII como aquél que vio surgir el “nuevo mundo” de la mano del nacimiento de la
sociedad burguesa. También para Foucault, fue en el siglo XVIII cuando los meca-
nismos del poder moderno que él estudiaba empezaron a percibirse de forma más
clara. En el caso de Anthony Giddens, por citar un último ejemplo, su preocupación
ha radicado más en explorar los límites de la desintegración de la modernidad que
en establecer sus orígenes. De hecho, Giddens considera que, muy al contrario de lo
que tantos autores afirman, no estamos entrando en un periodo de posmodernidad
sino en un periodo de radicalización de los procesos modernos38.
35Z. BAUMAN, Modernidad y ambivalencia, pp. 22-23.
36R. GRIFFIN, Modernismo y fascismo, p. 75.
37Penelope J. CORFIELD, «POST-Medievalism/Modernity/Postmodernity?», Rethinking His-
tory Vol. 14, no 3 [2010]: p. 390.
38Véase Max WEBER, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Barcelona: Penínsu-
la, 1989; Yolanda RUANO DE LA FUENTE, Racionalidad y conciencia trágica: la modernidad
2. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR MODERNIDAD? 37

Pero no sólo los límites cronológicos de la modernidad se encuentran en liti-


gio; también sus límites geográficos se han entendido de manera distinta según los
puntos de vista. Aunque originariamente se concibió como un proceso circunscrito
principalmente a las sociedades occidentales y las dificultades de delimitarla espa-
cialmente vinieron dadas por los intentos de situar geográficamente su nacimiento,
lo cierto es que resulta imposible entender la modernidad hoy en día sin reconocer
su condición global39. De hecho, si tenemos en cuenta algunos de los fenómenos
que sistemáticamente se asocian con este proceso (el colonialismo, el imperialismo,
la globalización, etcétera), resulta bastante difícil concebir una modernidad cuyas
redes no se extiendan a lo largo de todo el planeta. Para Anthony Giddens “la
modernidad es intrínsecamente globalizadora” y es por ello que utiliza la expresión
“mundialización de la modernidad” para referirse “a ese proceso de alargamiento
en lo concerniente a los métodos de conexión entre diferentes contextos sociales o
regiones que se convierten en una red a lo largo de toda la superficie de la tierra” 40.
La dimensión globalizada de la modernidad ha sido tratada en profundidad por el
prolífico Immanuel Wallerstein en su análisis del capitalismo a través de la teoría
del sistema-mundo que analiza las relaciones y las conexiones económicas que se
desarrollan a escala global41. Finalmente, cada vez son más los estudios que reivin-
dican la modernidad para las llamadas regiones periféricas, desde Asia a América
Latina, pasando por todo el continente africano42, lo que ha hecho plantearse a

según Max Weber, Madrid: Trotta, 1996; H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo; Hannah
ARENDT, La condición humana, Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 2005; Reinhart KOSE-
LLECK, Crítica y crisis. Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués, trad. Rafael de
la Vega y Jorge Pérez de Tudela, Madrid: Trotta y Universidad Autónoma, 2007; Michel FOU-
CAULT, Genealogía del racismo, La Plata: Altamira, 1996; Michel FOUCAULT, Historia de la
sexualidad. Vol.1. La voluntad de saber, Madrid: Siglo XXI de España, 2009; Michel FOUCAULT,
Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France 1978-1979, Buenos Aires: Fondo de
Cultura Económica, 2010; Anthony GIDDENS, Consecuencias de la modernidad, Madrid: Alian-
za, 1994); Anthony GIDDENS, Modernidad e identidad del yo: El yo y la sociedad en la época
contemporánea, trad. José Luis Gil Aristu, Barcelona: Península, 1994.
39Es nuevamente Penelope J. Corfiel quien revisa las distintas estrategias que han utilizado los
historiadores para definir los orígenes geográficos de la modernidad: “David Rollison encuentra The
Local Origins of Modern Society [“Los orígenes locales de la sociedad moderna”] en Gloucestershire
en el West Country británico, con una larga gestación desde 1500 hasta 1800. (...) O quizás la
localización real fue en mitad del Atlántico, tal y como sugiere un nuevo estudio titulado America
and the Birth of the Modern World, 1788– 1800 [de Jay Winik]. En contraste, en El nacimiento
del mundo moderno de Christopher Bayly, la modernidad es un proceso global macrocósmico” (P.
J. CORFIELD, «POST-Medievalism...?», p. 390).
40A. GIDDENS, Consecuencias de la modernidad, p. 67.
41Immanuel WALLERSTEIN, El moderno sistema mundial, trad. Jesús Alborés (Madrid: Siglo
XXI, 2010).
42Algunos ejemplos de estudios que apuntan en esta dirección son Sanjib BARUAH, «India and
China: Debating Modernity», World Policy Journal Vol. 23, no 2 (julio 1, 2006): pp. 62–70; Sir Ni-
colas CHEETHAM, New Spain: The Birth of Modern Mexico (Londres: Gollancz, 1974); Shmuel
Noah EISENSTADT, Japan and the Multiplicity of Cultural Programmes of Modernity (Hong
Kong: Social Sciences Research Centre, University of Hong Kong, 1994); Toby E. HUFF, The
Rise of Early Modern Science: Islam, China, and the West (Nueva York: Cambridge Univer-
sity Press, 2003); Kenneth INGHAM, Politics in Modern Africa: the Uneven Tribal Dimension
(Londres: Routledge, 1990); Li SHIQIAO, «The Body and Modernity in China», Theory, Cultu-
re & Society Vol. 23, no 2–3 (mayo 1, 2006): pp. 472–474; Olufemi TAIWO, How Colonialism
Preempted Modernity in Africa (Bloomington: Indiana University Press, 2010); Donald Warren
TREADGOLD, The West in Russia and China: Religious and Secular Thought in Modern Times
(Londres: Cambridge University Press, 1973).
38 2. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR MODERNIDAD?

algunos autores si acaso no sería más conveniente hablar de “modernidades” en lu-


gar de una única “modernidad”. La perspectiva de las modernidades múltiples, que
pone el acento fundamentalmente en aspectos de tipo cultural, ha dado lugar en
los últimos años a un fructífero debate académico43.
La reflexión preocupada por el análisis de las claves de la modernidad ha ex-
perimentado además un fuerte impulso de la mano de los debates sobre la pos-
modernidad. En efecto, buena parte de la crítica actual a los sistemas modernos
no podría entenderse sin la reacción posmoderna que ha pretendido afrontar, con
más o menos éxito, las contradicciones o las “perversiones” que la modernidad ha
producido. Desde la posmodernidad, se han criticado duramente las pretensiones
positivistas de la modernidad articuladas a través de los grandes relatos o “meta-
rrelatos” propios del saber científico moderno, sometidos a un proceso de validación
íntimamente ligado a los discursos de legitimación del poder44. También se han
criticado insistentemente los ideales universales de la razón moderna, a los que se
les atribuye cierta tendencia a esconder las particularidades, las diferencias y las
singularidades que atraviesan las distintas experiencias y perspectivas individuales.
Más allá de los posibles excesos que puedan imputarse a algunos de los principa-
les discursos posmodernos45, esta crítica posmoderna, de la que la Dialéctica de la
43La referencia principal en este debate la constituye el número especial de la revista Daedalus
de enero del año 2000 (volumen 129) y, especialmente, el artículo que Shmuel Eisenstadt publicó
en dicho volumen en el que define de manera general las principales características de esta po-
sición que, básicamente, trata de atender las reclamaciones realizadas desde distintos enfoques
culturales para reapropiarse y reelaborar el programa cultural de la modernidad pero sin caer en
la occidentalización: “la construcción de modernidades múltiples es un intento de varios grupos y
movimientos para reapropiarse y redefinir el discurso de la modernidad en sus propios y nuevos
términos”: Shmuel N. EISENSTADT, «Multiple Modernities», en Daedalus Vol. 129, no 1 (enero
2000): p. 24. Para Björn Wittrock, por su parte, “(...) nunca hubo una única homogénea concepción
de modernidad. Nunca hubo homogeneidad en las instituciones sociales, ni siquiera en el escenario
europeo más restringido. Hubo siempre, desde los orígenes de las instituciones sociales modernas,
una variedad de formas institucionales y culturales empíricamente innegable y fácilmente observa-
ble, incluso en el contexto de la Europa occidental y central. Esto resultó incluso más obvio toda
vez que los proyectos institucionales que habían sido originalmente conceptualizados en Europa
se extendieron hacia otras regiones del mundo. Esta multiformidad significa que podemos todavía
hablar de una variedad de diferentes civilizaciones en el sentido de que los orígenes de las institu-
ciones y las raíces del pensamiento cosmológico son marcadamente distintos en las distintas partes
del mundo”: B. WITTROCK, «Modernity: One, None or Many?», pp. 58–59. Para completar este
debate, véase también Volker H. SCHMIDT, «Multiple Modernities or Varieties of Modernity?»,
en Current Sociology Vol. 54, no 1 (enero 2006): pp. 77–97; Willfried SPOHN, «Political Socio-
logy: Between Civilizations and Modernities», en European Journal of Social Theory Vol. 13, no 1
(febrero 2010): pp. 49–66; Göran THERBORN, «Entangled Modernities», en European Journal of
Social Theory Vol. 6, no 3 (agosto 2003): pp. 293–305; Raymond L. M. LEE, «In Search of Second
Modernity: Reinterpreting Reflexive Modernization in the Context of Multiple Modernities», en
Social Science Information Vol. 47, no 1 (marzo 2008): pp. 55–69.
44Uno de los pensadores ya clásicos de la crítica posmoderna es Jean-François Lyotard. Véase, por
ejemplo, La condición posmoderna donde se profundiza ampliamente en esta relación entre saber-
poder y en los problemas de legitimación del conocimiento científico (Jean François LYOTARD,
La condición postmoderna: informe sobre el a saber., trad. Mariano Antolín Rato, 2 ed, Madrid:
Cátedra, 1986).
45Entre las principales acusaciones que se han vertido contra los presupuestos posmodernos, ca-
si todas perfectamente resumidas en la crítica habermasiana a la “antimodernidad”, podríamos
destacar la aporía de la crítica a la razón desde la razón, una vocación crítica eminentemente
destructiva y con consecuentes dificultades para proponer políticas constructivas, un exceso de
subjetivación y una predisposición a expresarse mediante fórmulas puramente estéticas y vacías
de significado. Véase por ejemplo Jürgen HABERMAS, «Modernidad: un a proyecto incompleto»,
2. ¿QUÉ ENTENDEMOS POR MODERNIDAD? 39

Ilustración de Adorno y Horkheimer constituyó un precedente lejano aunque fun-


damental y que Michel Foucault terminó de consolidar a través de su genealogía
del poder moderno, configura inevitablemente el contexto en el que se enmarca la
discusión en torno a la relación entre modernidad y holocausto.
En fin, a grandes rasgos y de forma muy vaga, quizás podríamos resumir la mo-
dernidad como la expresión utilizada desde la filosofía, la historia, la sociología y
otras ciencias sociales para explicar el cambio sustancial que tuvo lugar en Occiden-
te a raíz del desarrollo de ciertos fenómenos tales como el urbanismo, el capitalismo,
el liberalismo, la Ilustración, la ciencia, la revolución industrial, la democracia o el
estado-nación, y que produjo una transformación fundamental en la organización
social, política y cultural. Además, trastocó de manera radical las relaciones en-
tre individuos, las relaciones institucionales y las relaciones del ser humano con su
entorno y provocó, en definitiva, un cambio profundo en las mentalidades, en las cos-
tumbres, en las normas y en los modos de vida, con consecuencias a escala global en
virtud del fuerte desarrollo de los transportes y las comunicaciones que ha acompa-
ñado a una modernidad cuya idiosincrasia no podría caracterizarse adecuadamente
sin los fenómenos del colonialismo o del imperialismo y sin la dominación ejercida
por las naciones “modernizadas” sobre el resto del planeta. Del mismo modo, la
modernidad se ha desarrollado gracias a la dominación de ciertas instituciones mo-
dernas privilegiadas sobre todas las demás y ha sido regulada normativamente en
un intento por preservar dichos privilegios. Aunque sus orígenes pueden rastrearse
hasta el siglo XIII46, un buen número de autores han señalado el siglo XVIII como
el punto de inflexión definitivo hacia la transformación moderna. Del mismo modo,
la explosión totalitaria de la primera mitad del siglo XX marca para muchos el
punto álgido de la modernidad, tras el cual habría comenzado a cobrar forma, de
la mano de las muchas transformaciones que vienen produciéndose desde el final
de la Segunda Guerra Mundial y con más intensidad desde finales de los sesenta,
un nuevo paradigma y un nuevo momento histórico. Frecuentemente, este nuevo
momento se ha asociado a la reacción crítica de la llamada posmodernidad aunque
cada vez es más frecuente que se aluda más bien a un periodo de “segunda moder-
nidad” o “modernidad reflexiva”, en palabras de Ulrich Beck47 o, en esta línea, a
una radicalización de los procesos de la modernización y consecuentemente de sus
contradicciones internas, tal y como sugiere Anthony Giddens48.

en El debate modernidad-posmodernidad, ed. Nicolás CASULLO, 2 ed. (Buenos Aires: Puntosur


Editores, 1989, pp. 53-63); Jürgen HABERMAS, El discurso filosófico de la modernidad (Madrid:
Taurus, 1989). En mi opinión, aunque algunas de estas críticas son parcialmente ajustadas (aun-
que no necesariamente negativas y no necesariamente insuperables), la última confunde la crítica
posmoderna con ciertos aspectos de la cultura pop característicos de la sociedad tecnológica y
post-industrial que se desarrolla en el seno de lo que ha dado en denominarse “era posmoderna”.
46Z. BAUMAN, Modernidad y ambivalencia, p. 22.
47Ulrich BECK, La sociedad del riesgo: Hacia una nueva modernidad, 1 ed. (Barcelona: Paidós,
1998).
48A. GIDDENS, Consecuencias de la modernidad, pp. 140–141.
Capítulo 3

¿Es todo campo de concentración?

Conviene hacer una importante aclaración antes de introducir las líneas básicas
que han delimitado el debate preocupado por la relación entre modernidad y holo-
causto. Examinar este vínculo no tiene por objetivo rastrear las causas históricas
del holocausto y del nazismo, sino tratar de comprender las condiciones estructu-
rales que favorecieron el desarrollo de los acontecimientos que tuvieron lugar en
Europa en la década de los treinta y de los cuarenta del siglo XX. La diferencia
quizás parezca sutil, pero no lo es. Por ello, en esta investigación no trataré de
identificar las causas que convergieron en el nacimiento del nazismo, ni pretenderé
desentrañar cómo se conjugaron las acciones concretas de los agentes implicados en
este momento histórico para favorecer determinadas circunstancias sociopolíticas,
ni cómo estas circunstancias propiciaron finalmente el desencadenamiento de los
mecanismos que culminarían con la proclamación del Tercer Reich.
Lo que a mí me preocupa es identificar el horizonte de condiciones que deter-
minaron la naturaleza de esos agentes históricos implicados, de esos mecanismos
y de las relaciones que se establecieron entre ellos, convirtiendo de esta forma al
nazismo en una posibilidad quizás remota, pero desde luego real de la modernidad.
Como señala Giorgio Agamben:

“La pregunta correcta con respecto a los horrores del campo no es, por consi-
guiente, aquella que inquiere hipócritamente cómo fue posible cometer en ellos
delitos tan atroces en relación con seres humanos; sería más honesto, y sobre
todo más útil, indagar atentamente acerca de los procedimientos jurídicos y los
dispositivos políticos que hicieron posible llegar a privar tan completamente
de sus derechos y prerrogativas a unos seres humanos, hasta el punto de que
el realizar cualquier tipo de acción contra ellos no se considerara ya como un
delito49” .

Un estudio atento en este sentido no puede ocultar fácilmente que tanto el nazis-
mo como las democracias liberales, pese a ser capaces de engendrar discursos y
acciones políticas radicalmente distintas, comparten un mismo horizonte de condi-
ciones, que queda enmarcado dentro de los contornos de dicha modernidad. Esta
participación en un mismo sistema no quiere decir que ambos regímenes sean lo
mismo, o que constituyan dos caras de una misma moneda. Lo que quiere decir es
que, por un lado, la estructura sociocultural que nos delimita posee las condiciones
necesarias para producir tanto democracias como totalitarismos; y, por otro lado, lo
que resulta ciertamente más preocupante, que quizás sea posible identificar trazas
del totalitarismo dentro de las estructuras constitutivas de las democracias tal y
como las conocemos. Dicho de otra forma, el examen de esta vinculación nos aca-
bará conduciendo no solamente a plantearnos el totalitarismo nazi como “un asunto
49Giorgio AGAMBEN, Homo Sacer I. El poder soberano y la nuda vida, Valencia: Pre-Textos,
2006, vol.1: pp. 217- 218

41
42 3. ¿ES TODO CAMPO DE CONCENTRACIÓN?

muy moderno” 50, sino que además nos obligará al menos a tener en consideración
esta otra cuestión mucho más espinosa: ¿es la modernidad eminentemente totali-
taria? Aunque Zygmunt Bauman se significa claramente sobre este asunto cuando
dice que “partiendo del hecho de que el Holocausto es moderno no se llega a la
conclusión de que la modernidad sea un Holocausto” 51, lo cierto es que el carácter
de esta relación no puede despacharse tan apresuradamente. Dice Agamben que
algunos acontecimientos clave de la historia política de la modernidad (como las
declaraciones de derechos) así como otros que constituyen una intrusión manifiesta
de principios biológico-científicos en el orden político (la eugenesia nacionalsocia-
lista, por ejemplo), adquieren pleno significado únicamente cuando son percibidos
dentro del contexto biopolítico (o tanatopolítico) al que pertenecen. Es por ello
que este autor llega a la conclusión de que “el campo de concentración, como puro,
absoluto e insuperado espacio biopolítico (fundado en cuanto tal exclusivamente en
el estado de excepción), aparece como el paradigma oculto del espacio político de
la modernidad, del que tendremos que aprender a reconocer las metamorfosis y los
disfraces” 52.
Sobre esta idea del campo como paradigma de la política moderna (en tanto
que biopolítica) que repite constantemente Giorgio Agamben53 y que resume es-
ta preocupación por el vínculo entre modernidad, democracias y totalitarismos, se
interroga también Reyes Mate cuando plantea la pregunta “¿es todo campo de con-
centración?”. Si, como señalan Mate y Agamben, “el lugar más visible de un estado
de excepción es precisamente el campo de concentración” 54 , y si, como apunta
Walter Benjamin en su tesis VIII Sobre el concepto de historia (1942), “la tradición
de los oprimidos nos enseña que «el estado de excepción» en el que vivimos es
la regla” 55, podríamos inferir efectivamente que, al menos simbólicamente, todo es
campo de concentración. Sin embargo, Reyes Mate matiza esta afirmación: quizás
el campo de concentración simbolice la política moderna, pero desde luego no para
todos. “Para el soberano y para los que con él están el campo es lo otro” 56. En
cambio, para los oprimidos el estado de excepción es la norma y la “política que im-
pone el vencedor es una permanente suspensión y, por tanto, exclusión del derecho”.
Además, “donde tiene lugar el estado de excepción permanente para los oprimidos
es en la idea de progreso, elevada a ley de la historia” 57. Mate aclara que cuando
Benjamin denuncia la existencia de un estado de excepción no está pensando en el
hitlerismo sino en el Estado de Derecho, al que el filósofo alemán aludía al utilizar
la figura del progreso. Por ello Benjamin exige a los historiadores que se asombren,
pero no con ese asombro improductivo “propio de quienes no entienden cómo en una
sociedad tan moderna puede florecer un producto anacrónico como es el fascismo”,

50R. MATE, Medianoche en la historia, pp. 149-150.


51Z. BAUMAN, Modernidad y holocausto, p. 128.
52G. AGAMBEN, El poder soberano y la nuda vida, p. 156.
53“Todo esto nos conducirá a considerar el campo de concentración no como un simple hecho
histórico o una aberración perteneciente al pasado (...) sino, en algún modo, como la matriz
oculta, el nómos del espacio político en que vivimos todavía” (G. AGAMBEN, El poder soberano
y la nuda vida, p. 212).
54R. MATE, Memoria de Auschwitz, p. 83.
55R. MATE, Medianoche en la historia, p. 143.
56R. MATE, Memoria de Auschwitz, p. 84. La cita siguiente en la página 91
57R. MATE, Medianoche en la historia, p. 144. Las citas siguientes se encuentran en las páginas
149 y 161.
3. ¿ES TODO CAMPO DE CONCENTRACIÓN? 43

un asombro que “no lleva a ninguna parte porque nace de un prejuicio que se toma
por verdad asentada: que el fascismo es un producto antiguo”. El asombro produc-
tivo al que Benjamin estaría refiriéndose sería precisamente aquél que es capaz de
indignarse al comprobar la ceguera imperante a la hora de entender la complicidad
entre progreso y barbarie, entre modernidad y fascismo.
Así, el progreso era para Benjamin ese “viento huracanado” del que hablaba en
su tesis IX que impulsaba la historia hacia adelante de forma imparable, dejando
a su paso poco más que ruinas, escombros y cadáveres. La lógica del progreso,
esa ideología que perseguía “la realización del destino del hombre en la tierra”,
justificaba plenamente esta destrucción. El problema radicaba en que “esta manía de
pensar a lo grande significa trivializar el sufrimiento de quienes pagan el coste de la
historia”. Ese es precisamente el problema de un progreso que goza de tanto prestigio
en las sociedades modernas, que desdeña el sufrimiento humano y lo justifica en aras
de un supuesto bien mayor, de un objetivo último en el que culminaría el porvenir
de la humanidad.
A continuación, en la línea de estos análisis que consideran el campo de concen-
tración como el más absoluto espacio biopolítico y como el paradigma de la política
moderna, voy a explorar un poco más en profundidad no tanto ese carácter mo-
derno del holocausto del que se hace eco insistentemente Bauman en Modernidad y
Holocausto, sino más bien esas trazas del totalitarismo presentes en la modernidad,
que complejizan enormemente el estudio de este fenómeno y, sobre todo, dotan a
una investigación como ésta de una fuerte vocación crítica.
Capítulo 4

El problema de la verdad: totalidad y dominio en la


racionalidad occidental

Para poder comprender en qué medida la modernidad adquiere una cierta con-
sistencia totalitaria sería interesante partir de la reflexión que se ha interrogado
por las estructuras del conocimiento moderno y por su articulación a través de la
razón ilustrada y las lógicas científicas. Una de las primeras referencias teóricas en
este sentido la constituye la Dialéctica de la Ilustración de Theodor Adorno y Max
Horkheimer en la que los autores desarrollan uno de los aspectos más importantes
de aquellos sobre los que se asienta ese vínculo entre nazismo y modernidad: el
problema de la verdad, esto es, aquél que procede de los intentos llevados a cabo
por los seres humanos para conocer de forma unívoca su entorno, comprenderlo,
dotarlo de sentido y, en consecuencia, dominarlo. De este ejercicio de verificación
se derivan dos consecuencias de gran trascendencia para entender la relación entre
modernidad y hitlerismo: que la verdad se encuentra atravesada por la lógica de la
totalidad y que se instituye mediante la dominación. El problema de la verdad, y
estos dos efectos funestos que conlleva, constituye la columna vertebral de la Dia-
léctica de la Ilustración, en torno a la cual se van organizando el resto de las figuras
que intervienen en la comprensión del carácter totalitario de la modernidad.
A lo largo de los diversos fragmentos que componen este libro, ambos autores
reflexionan sobre lo que, tras la experiencia de los campos de concentración, parece
advertirse ya como el fracaso del proyecto ilustrado o, más bien, como la materia-
lización de aquello que consideran la aporía fundamental de lo que a esas alturas
bien podía considerarse como “el mito ilustrado”: la recaída de la Ilustración en la
“mitología” 58. El tortuoso camino emprendido por la Ilustración para alejarse de
la “mitología” y de la “magia” se desliza por una pendiente empinada por la que
los seres humanos persiguen el dominio absoluto de la naturaleza a través de la
razón. Sólo que esta (re)caída les conduce de nuevo, directamente, hacia el mito.

58“El programa de la Ilustración era el desencantamiento del mundo. Pretendía disolver los mitos
y derrocar la imaginación mediante la ciencia”: T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica
de la Ilustración, p. 59. Para Javier ESCOBAR MONCADA, en «Mito y reconciliación. Sobre
el concepto de mito en la Dialéctica de la Ilustración», en Areté. Revista de Filosofía XXI, N 2
(2009): pp. 381–400, los conceptos de mito e Ilustración en Adorno y Horkheimer “no pretenden
expresar esencias eternas, sino ante todo una relación o forma de comportamiento con la natu-
raleza: controlarla o dominarla, para disminuir nuestro miedo frente a ella o perderlo de modo
definitivo” (p. 390); “La mitología es un intento de organización y ordenación del mundo, como se
ve en Hesíodo, quien no solamente quiere narrar, sino revelar la verdad de «lo que ha sido, lo que
es y lo que será»” (p. 392); “El proceso de desmitologización o, con Weber, de desencantamiento
del mundo, que busca retrotraer lo múltiple a la unidad conceptual ha llevado a nuevos mitos
quizás más poderosos y terribles que los antiguos, por el grado de destrucción potenciado por la
ciencia y la técnica modernas. Mitos como el de la raza pura, del caudillo mesiánico, de la razón
todopoderosa, de la nación que debe cumplir un destino divino” (pp. 393-394)

45
46 4. EL PROBLEMA DE LA VERDAD: TOTALIDAD Y DOMINIO

Por lo demás, ya el propio mito, con su afán de narrar y explicar las esencias y,
por consiguiente, de controlar y dominar la naturaleza, contiene el germen de la
Ilustración: “el mito es ya Ilustración; la Ilustración recae en mitología” 59. Esta es
la tesis central, tantas veces repetida, de Dialéctica de la Ilustración y que José
Antonio Zamora sintetiza de la siguiente manera: “la barbarie que el siglo veinte
nos pone ante los ojos no es la obra de fuerzas atávicas o poderes irracionales que
irrumpen inopinadamente a contrapelo del curso de la historia, sino el resultado del
mismo proceso de emancipación del que ha surgido la sociedad moderna y que ella
reclama para sí” 60.

“De este modo, la Ilustración recae en la mitología, de la que nunca supo


escapar. Pues la mitología había reproducido en sus figuras la esencia de lo
existente: ciclo, destino, dominio del mundo, como la verdad, y con ello había
renunciado a la esperanza. En la pregnancia de la imagen mítica, como en la
claridad de la fórmula científica, se halla confirmada la eternidad de lo exis-
tente, y el hecho bruto es proclamado como el sentido que él mismo oculta” 61.

Al igual que la mitología niega la historia y se ocupa de aquellas esencias desti-


nadas a perpetuarse y repetirse cíclicamente en el tiempo, la Ilustración persigue
el conocimiento positivo, absoluto y objetivo como estrategia de dominación de la
naturaleza y para ello niega lo accidental, lo diferente, aquello que no tiene cabida
dentro de las explicaciones totales, que no se ajusta a la lógica totalitaria, que queda
fuera de los límites de lo aprehendido: “El hombre cree estar libre del terror cuando
ya no existe nada desconocido” 62. Este sometimiento de la naturaleza a través del
conocimiento racional y esta negación de las diferencias se traducen también en la
estructuración social de relaciones humanas basadas en la dominación y la sumisión,
que se perpetúan a lo largo de la historia mediante la objetivación de los sujetos a
través de los usos y normas sociales convencionales, de manera que los seres huma-
nos adquieren de esta forma roles meramente funcionales dentro del esquema social
y cultural al que se encuentran adscritos. Ello, unido a aquella fe en la capacidad
de la razón para producir conocimientos absolutos e inmutables, se traduce en una
proyección de la lógica de lo esencial, de lo invariable, de lo verdadero sobre la
experiencia histórica de la injusticia social, de tal suerte que ésta se percibe como
parte de la propia naturaleza de las relaciones humanas y, por tanto, como algo que
no puede ser corregido: “Bajo la etiqueta de los hechos brutos, la injusticia social,
de la que éstos proceden, es consagrada hoy como algo inmutable” 63.

59T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p. 56.


60J. A. ZAMORA ZARAGOZA, «Civilización y barbarie», p. 256
61T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p. 80.
62“El hombre cree estar libre del terror cuando ya no existe nada desconocido. Lo cual determina
el curso de la desmitologización, de la Ilustración, que identifica lo viviente con lo no viviente, del
mismo modo que el mito identifica lo no viviente con lo viviente. La Ilustración es el temor mítico
hecho radical. La pura inmanencia del positivismo, su último producto, no es más que un tabú
en cierto modo universal. Nada absolutamente debe existir fuera, pues la sola idea del exterior es
la genuina fuente del miedo”: T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p.
70.
63“En el mundo ilustrado la mitología se ha disuelto en la profanidad. (...) Bajo la etiqueta de
los hechos brutos, la injusticia social, de la que éstos proceden, es consagrada hoy como algo
inmutable, de la misma manera que era sacrosanto el mago bajo la protección de sus dioses. El
dominio no se paga sólo con la alienación de los hombres respecto de los objetos dominados: con
la reificación del espíritu fueron hechizadas las mismas relaciones entre los hombres, incluso las
4. EL PROBLEMA DE LA VERDAD: TOTALIDAD Y DOMINIO 47

Aunque hablaré de ello un poco más adelante, la concepción del antisemitismo,


tal y como aparece expuesta en el texto de Adorno y Horkheimer, puede servir para
profundizar en las contradicciones que plantea el problema de la verdad. “El antise-
mitismo como movimiento popular ha sido siempre lo que sus promotores gustaban
reprochar a los socialdemócratas: «nivelamiento» o «igualación»” 64. En la misma
línea se expresa Bauman, para quien el racismo quedaría definido como un con-
junto de métodos en el que estarían combinadas “las estrategias de la arquitectura,
de la jardinería y de la medicina” al servicio de la construcción de un orden social
artificial. Esto se conseguiría eliminando aquellos elementos de la realidad actual
que ni se ajustan a la realidad perfecta soñada ni pueden ser modificados para que
lo hagan: “En un mundo que se jacta de tener una capacidad sin precedentes pa-
ra mejorar las condiciones humanas reorganizando los asuntos humanos sobre una
base racional, el racismo manifiesta la convicción de que existe cierta categoría de
seres humanos que no se puede incorporar al orden racional, por muchos esfuerzos
que se hagan” 65. También Neil Macmaster considera que el racismo difiere de otras
formas de ordenación social (familia, tribu, pueblo, nacionalismo o etnicidad) en
que “naturaliza la diferencia en términos absolutamente biológicos o culturales de
forma que las fronteras entre colectividades se vuelven impermeables” 66.
En efecto, el antisemitismo, por un lado, muestra el fracaso del ideal ilustrado
de la igualdad y la unidad entre los seres humanos y de la estrategias de asimilación
y homogeneización desarrolladas por el pensamiento universalizante en la medida
en la que, al tratar de exorcizar el terror a lo desconocido, a lo que está afuera,
a lo que no ha podido ser dominado, reconoce la existencia de un afuera, de algo
“extraño”, de algo que ha escapado a la norma: “La existencia y el aspecto de los
judíos comprometen la universalidad existente debido a su falta de adaptación.
La fidelidad inmutable a su propio ordenamiento de vida los ha colocado en una
relación inestable con el orden dominante” 67. Pero, por otro lado, el antisemitismo
nazi realiza un último y colosal esfuerzo por lograr esa homogeneización mediante la
pura y simple aniquilación de cualquier mínimo atisbo de diferencia, de anomalía,
de extrañeza. De esta forma lo universal se confirma no como realidad esencial,
sino como imposición violenta68. Mediante la violencia se construye de este modo
una realidad que ya no está fragmentada, en la que ya no hay relieves, desniveles,

relaciones de cada individuo consigo mismo. Éste se convierte en un nudo de reacciones y compor-
tamientos convencionales, que objetivamente se esperan de él. (...) A través de las innumerables
agencias de la producción de masas y de su cultura se inculcan al individuo los modos normativos
de conducta, presentándolos como los únicos naturales, decentes y razonables. El individuo queda
ya determinado sólo como cosa, como elemento estadístico, como éxito o fracaso. Su norma es la
autoconservación, la acomodación lograda o no a la objetividad de su función y a los modelos que
le son fijados” (T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, pp. 81–82).
64T. ADORNO y HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p. 215.
65Z. BAUMAN, Modernidad y holocausto, p. 90
66Recuerda Macmaster una anotación del teórico racista francés Vacher de Lapouge, para quien
"El príncipe puede tanto convertir a griegos y marroquíes en hombres franceses como blanquear
la piel de un negro, redondear los ojos de un chino o convertir a una mujer en un hombre". Según
este autor esta sentencia sintetiza claramente esta condición del racismo." (Neil MACMASTER,
Racism in Europe 1870-2000, Nueva York: Palgrave, 2001, p. 32)
67T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p. 214.
68“La raza no es, como pretenden los racistas, la particularidad natural inmediata, sino, más bien,
la reducción a lo natural, a la pura violencia: la particularidad encerrada y obstinada en sí misma
que, en la realidad existente, es precisamente lo universal”: T. ADORNO y M. HORKHEIMER,
Dialéctica de la Ilustración, p. 214.
48 4. EL PROBLEMA DE LA VERDAD: TOTALIDAD Y DOMINIO

diferencias: el ideal ilustrado es alcanzado finalmente cuando todo queda nivelado


con la fuerza de una apisonadora y la realidad se convierte de facto en universal,
en total: “Entre antisemitismo y totalidad ha existido desde el principio la relación
más estrecha. La ceguera alcanza a todo, porque no comprende nada” 69.
Esta lógica totalitaria que Adorno y Horkheimer identifican en el antisemitismo
es lo que Bauman identifica como “el diseño del jardinero”: “el genocidio moderno, lo
mismo que la cultura moderna en general, es el trabajo de un jardinero”. Dice Bau-
man que aquellas visiones de la sociedad como jardín definen como “malas hierbas”
a parte de su hábitat social. Estas malas hierbas deben ser arrancadas y separadas
de la sociedad para que no se propaguen y, en último término, si estas medidas se
demostraran insuficientes, sería necesario exterminarlas. Como señala este autor,
las víctimas de los genocidios perpetrados por nazis y soviéticos no son el resultado
de un trabajo de destrucción sino de un trabajo de creación, de una compleja inge-
niería social que persigue “un mundo armonioso, dócil en manos de sus dirigentes,
ordenado y controlado”. Pues bien, lo curioso es que estos diseños de jardinería,
aunque su “fuerza creativa” se desatara con una energía hasta entonces descono-
cida en el seno de los totalitarismos, se encuentran en la base de las estructuras
políticas de la modernidad: no son diseños característicamente totalitarios sino dis-
tintivamente modernos. Los genocidios en este sentido no traicionaron el principio
de la modernidad, ni se apartaron del proceso civilizador, sino que constituyeron
“las expresiones más coherentes y desinhibidas de ese espíritu” 70.
Para Hannah Arendt la lógica totalitaria se esconde también detrás de la “lógica
de la idea” que anima el concepto de “ideología” al que se refiere en Los orígenes
del totalitarismo. Las ideologías, según Arendt, permiten explicarlo todo a partir
de una única premisa, de una idea, y siguen un proceso argumentativo que avanza
sobre la lógica de la idea sin detenerse en nada, desdeñando radicalmente cualquier
tipo de experiencia que pueda alterar el curso normal de este “movimiento lógico”
y establecer un nuevo comienzo, una nueva premisa de la que partir. Aunque para
Hannah Arendt las ideologías del siglo XIX no son en sí mismas totalitarias (ni
siquiera el racismo y el comunismo, las dos ideologías decisivas del siglo XX, son
“más totalitarias” que el resto), todas las ideologías contienen elementos totalitarios.
Según esta autora, “la verdadera naturaleza de todas las ideologías se revelaba sólo
en el papel que la ideología desempeña en el aparato de dominación totalitaria” 71.
No obstante, para Arendt no es la lógica del pensamiento ideológico como
principio de acción básico del totalitarismo, ni el terror como la esencia de esta forma
de gobierno, lo que conecta primordialmente a los totalitarismos con la modernidad.
Lo que podría entenderse como la clave que articula la modernidad y el totalitarismo
en el pensamiento de Hannah Arendt es la institucionalización de la soledad. En la
soledad, “el sí mismo y el mundo, la capacidad para el pensamiento y la experiencia,
se pierden al mismo tiempo”. La soledad imposibilita los procesos de identificación,
la proyección de individualidades y la revelación de experiencias que contribuyan
a generar esos nuevos comienzos y esas nuevas premisas, y que puedan situarse a
contracorriente de la lógica ideológica, esto es, del movimiento lineal de la historia
sobre el que se asientan los totalitarismos. El problema, como bien señala la filósofa,

69T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p. 217.


70Z. BAUMAN, Modernidad y holocausto, p. 128. Las citas anteriores en la página 127.
71H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, pp. 629-630. Las citas siguientes en las páginas
638 y 639.
4. EL PROBLEMA DE LA VERDAD: TOTALIDAD Y DOMINIO 49

es que “lo que prepara a los hombres para la dominación totalitaria en el mundo no
totalitario es el hecho de que la soledad, antaño una experiencia límite en ciertas
condiciones sociales marginales como la vejez, se ha convertido en una experiencia
cotidiana de crecientes masas de nuestro siglo”.
Lo que todos estos autores señalan de una forma u otra es el recorrido que
realiza el conocimiento totalitario, un recorrido que no nos resulta del todo ajeno.
La lógica de la idea, la ideología, el idealismo, el esencialismo que nos arrastra desde
el mito a la Ilustración, para recaer nuevamente en el mito, son descripciones de
la lógica totalitaria, de la reducción de lo múltiple a uno, de las partes a un Todo,
de los seres humanos a lo Humano, y traen consigo el desdén hacia lo accidental
y el desprecio por la experiencia, entendida como un obstáculo fundamental para
el avance de esa fuerza histórica imparable y arrasadora, siempre en movimiento,
siempre hacia delante, que constituye el progreso y que se manifiesta, al final, como
el único objetivo auténtico de la política moderna. Esta lógica de la totalidad fun-
ciona mediante la dominación porque pretende controlar toda la historia y toda la
naturaleza bajo la forma de ideas y de conceptos científicos. Todo pretende quedar
encerrado dentro de estas formas, nivelado, igualado, limadas sus aristas. Incluso
los seres humanos son limitados y controlados: se reprime su volubilidad y se encie-
rran sus cuerpos y sus comportamientos en férreos conceptos sociales, biológicos y
sexuales. Por ello, el resultado último de la lógica de la totalidad sería la dominación
total de todos los individuos, de sus acciones y de sus pensamientos, de su libertad
física, de su libertad intelectual y de su libertad moral, y, consecuentemente, su
desaparición en tanto que sujetos y su disolución en ese Todo humano perfecta-
mente racionalizado y controlado, cuyas acciones son completamente previsibles y
que se deja arrastrar sin reparos por el movimiento hacia delante del progreso, que
se convierte de esta forma en el sentido último de la existencia humana.
Capítulo 5

La normativización científica de las sociedades


modernas: antisemitismo, racismo y eugenesia

Acabo de explicar las dinámicas que se esconden detrás de la estructura del


conocimiento moderno y su complicidad con la lógica de la totalidad, que se mani-
fiesta entre otras cosas mediante los intentos por dominar racionalmente la historia
y la naturaleza de los seres humanos. A continuación me gustaría prestar atención
al desarrollo histórico e institucional de una de las “ideologías” más productivas a la
hora de construir los mecanismos sociales y políticos de la dominación y que definió
de manera fundamental el sistema ideológico del Tercer Reich: el racismo. Como
ya he mencionado, en el centro de la crítica que Adorno y Horkheimer realizaron
al proyecto ilustrado se sitúa una de las claves para comprender esa conexión en-
tre la modernidad y el hitlerismo y que, además, se encuentra en varios sentidos
íntimamente ligada a la problemática que introducían las lógicas de la totalidad y
la dominación en la estructura de la racionalidad occidental: el antisemitismo, que
para estos autores es la expresión fundamental del racismo. A continuación trataré
de explorar más en profundidad estos dos conceptos y su relación con las socieda-
des y las ciencias modernas, así como su derivación hacia complicados proyectos
de ingeniería social que tienen por objetivo normalizar, disciplinar normativamen-
te y, consecuentemente, dominar las estructuras sociales y los individuos que las
componen, de acuerdo a una serie de ideales instituidos científicamente.
En Dialéctica de la Ilustración el antisemitismo no es una consecuencia de las
contradicciones del “mito ilustrado”, sino que forma parte del mito en sí mismo,
es decir, constituye un eje explicativo básico para entender el carácter particular
de la injusticia social72. Como señala José Antonio Zamora, el antisemitismo no
es “un fenómeno marginal, sino la revelación violenta de la esencia del orden so-
cial, la irrupción de los potenciales de represión acumulados en la historia natural
de ese orden” 73. Aunque cuando Adorno y Horkheimer escribían Dialéctica de la
Ilustración el antisemitismo contenía una dimensión sociocultural muy precisa, la
centralidad que el antisemitismo adquiere en este texto debe ser interpretada en
72Como señala Rabinbach, “aunque los «Elementos» fueron compuestos después de que se comple-
taran el resto de las secciones y a pesar de que este capítulo nunca estuvo predestinado a formar
parte de la Dialéctica de la Ilustración”, la decisión de Adorno y Horkheimer de hacer girar su
empresa conjunta en torno al destino de los judíos en lugar de centrarla en el destino del sujeto
burgués, venía de lejos (Anson RABINBACH, «Why Were the Jews Sacrificed? The Place of Anti-
Semitism in Dialectic of Enlightenment», New German Critique, no 81 [2000]). Así lo demuestran
la carta que Adorno escribió a Horkheimer en octubre de 1941 o el comentario que Horkheimer
dirigió a Harold Laski ese mismo año, ambos recogidos por Rolf Wiggershaus en su libro La escue-
la de Fráncfort (Rolf WIGGERSHAUS, La escuela de Fráncfort, trad. Marcos Romano Hassán,
Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica y Universidad Autónoma Metropolitana, 2010, pp.
389-390).
73J. A. ZAMORA ZARAGOZA, «Civilización y barbarie», p. 281.

51
52 5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS

sentido simbólico, como la fórmula opresiva esencial de la razón dominadora ilus-


trada, esto es, como el fenómeno que representa de forma más clara el tipo de
violencia característico sobre el que se consolida el orden y la injusticia social. De
ahí que, tal y como sugieren los autores, las víctimas sean “intercambiables entre
sí, según la constelación histórica: vagabundos, judíos, protestantes, católicos”. Del
mismo modo, cada uno de estos grupos “puede asumir el papel de los asesinos, y
con el mismo ciego placer de matar, tan pronto como se siente poderoso como la
norma” 74.
La reflexión arendtiana que se preocupa por la centralidad de la lógica tota-
litaria dentro de la modernidad parte también en Los orígenes del totalitarismo
del estudio del antisemitismo. Sin embargo, a diferencia de lo que parecían sugerir
Adorno y Horkheimer en el sentido de que las víctimas eran “intercambiables entre
sí”, para Hannah Arendt el hecho de que los judíos se sitúen en el centro de los
objetivos del totalitarismo no es una circunstancia arbitraria, sino que responde a
razones fundamentales de carácter histórico y, concretamente, a la necesidad pro-
pia del imperialismo totalitario de romper el equilibrio internacional en Europa75.
Por tanto esta filósofa entiende que el antisemitismo es mucho más que la forma
distintiva que adquirió el racismo totalitario en la Europa de la primera mitad del
siglo XX. Para ella, el antisemitismo es un fenómeno con una dimensión histórica
y política específica y con un papel concreto en el desarrollo de los totalitarismos.
Aunque presenten conexiones históricas destacadas y aunque constituyan sendas
manifestaciones de intolerancia y de rechazo hacia todo aquello caracterizado como
“diferente”, el antisemitismo y el racismo son dos procesos relativamente indepen-
dientes.
Lo cierto es que en la historiografía existe un consenso bastante generalizado
a la hora de distinguir la historia de cada uno de ellos. Así, según ciertos autores,
las raíces del antisemitismo, que poseen un carácter netamente religioso, podrían
hundirse en la antigüedad grecorromana76, mientras que sus ramas se extienden
a lo largo de todo el Medievo, despuntando ostensiblemente en los albores de la
modernidad con la expulsión de los judíos de los reinos de Castilla y Aragón en
virtud del Edicto de Granada de 1492 promulgado por los Reyes Católicos y con
la creación del gueto de Roma en 155577. En cambio la mayoría de los expertos
74T. ADORNO y M. HORKHEIMER, Dialéctica de la Ilustración, p. 216.
75Según Hannah Arendt los judíos habían cumplido una función fundamental a lo largo del siglo
XIX, entre otras cosas, al haberse constituido como un elemento intereuropeo de gran trascenden-
cia nacional en tiempos de conflictos y de guerras (H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo,
p. 84).
76Aunque, efectivamente, algunos autores se empeñan en retrotraer los orígenes del antisemitismo
a la más remota Antigüedad y, particularmente, a la Grecia y a la Roma clásicas, lo cierto es
que este tipo de interpretaciones resultan bastante problemáticas. Como bien señala el historiador
León Poliakov “Las rivalidades entre clanes, tribus y pueblos son propias de todas las épocas y de
todos los lugares, y en el caso del pueblo de Israel sería completamente inútil intentar establecer,
en base a los documentos tradicionales de que disponemos, si la animadversión que hacia él sentían
los pueblos vecinos revestía ya en los tiempos bíblicos algún sello particular, si comportaba una
virulencia especial”. De hecho, para Poliakov en Occidente no se puede hablar de antisemitismo
con certeza hasta el siglo XII (León POLIAKOV, Historia del antisemitismo: de Cristo a los
judíos de las cortes, Barcelona: Muchnik Editores, 1986, p. 17).
77Daniel R. SCHWARTZ, «Antisemitism and Otherism’s in the Greco-Roman World», en Demo-
nizing the Other: Antisemitism, Racism and Xenophobia, de Robert S. WISTRICH (Amsterdam:
Harwood Academic, 1999, pp. 73–87); Walter LAQUEUR, The Changing Face of Antisemitism:
From Ancient Times to the Present Day (Nueva York: Oxford University Press, 2006); Marvin
5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS 53

parecen coincidir en situar los orígenes del racismo (tal y como entendemos esta
noción hoy en día, esto es, en su sentido sociobiológico) en el siglo XVIII, aunque
consideran el siglo XIX y la primera mitad del XX como el momento en el que
las teorías raciales y el pensamiento racista alcanzaron su mayor desarrollo78. En
este sentido, conviene recordar la advertencia que Michel Wieviorka realiza en las
primeras páginas de su libro El espacio del racismo (1991) de que nos encontramos
ante un concepto muy nuevo, que en realidad no apareció hasta el siglo XX, por más
que el fenómeno fuera antiguo y el pensamiento social hubiera estado ocupándose
de él al menos desde la primera mitad del siglo XIX79.
También para Hannah Arendt las raíces del pensamiento racial “se remontan al
siglo XVIII” aunque fue durante el siglo XIX cuando emergió “simultáneamente en
todos los países occidentales”. La filósofa distingue entre el “pensamiento racial” ca-
racterístico de los siglos XVIII y XIX y el “racismo” propiamente dicho, que concibe
exclusivamente en relación con el imperialismo y que funcionaría fundamentalmente
desde principios del siglo XX80. Una distinción similar, aunque con una cronolo-
gía distinta, plantea también Michel Foucault cuando se refiere a “guerra de razas”
y “racismo de Estado”. Para Foucault la aparición de la historia como “lucha de
razas” es un elemento determinante en la configuración del mundo moderno, por
lo que sitúa los orígenes del pensamiento racial entre los siglos XVI y XVII. Este
autor distingue entre cuatro formulaciones principales de la discriminación, asocia-
das cada una a un momento histórico determinado: “el viejo antisemitismo de tipo
religioso” (que equipara a veces con un racismo religioso, en oposición al racismo
biológico, y que sería propio del mundo premoderno), “la guerra de las razas” (que
cobra forma a lo largo de los siglos XVI y XVII), “el racismo de Estado” o “racismo

PERRY y Frederick M. SCHWEITZER, Antisemitism: Myth and Hate From Antiquity to the
Present (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2002); Léon POLIAKOV, Historia del antisemitismo,
6 vols. (Barcelona: Muchnik Editores, 1980-1986).
78Para Christian Geulen “Sólo puede hablarse de racismo en la Antigüedad (...) si se proyectan sin
más al pasado concepciones modernas y se trata de reconocerlas en cualquier forma de exclusión
u hostilidad” (Christian GEULEN, Breve historia del racismo, Madrid: Alianza, 2010, pp. 30–31).
George L. Mosse indica que “el inicio de la historia del racismo europeo se debe situar en el siglo
XVIII, por más que puedan identificarse otros precedentes en épocas más lejanas. Fue en este
siglo cuando se consolidó la estructura del pensamiento racista y cuando asumió las connotaciones
precisas que ha mantenido hasta hoy” (George L. MOSSE, Toward the Final Solution: a History
of European Racism, Madison: University of Wisconsin Press, 1985, p. xxx). En general, los textos
clásicos que suelen citarse sobre los orígenes de la ideología racial se remontan sistemáticamente
al siglo XVIII. Destacan, por ejemplo, La Historia del antiguo gobierno de Francia de Henri de
Boulainvilliers (publicada en 1727); la Crítica botánica de Carl von Linneo (1737); la Historia
Natural del conde Georges-Louis Leclerc de Buffon (1749); Ideas sobre la filosofía de la historia
de la humanidad de Johann Gottfried von Herder (1784-1791); la Filosofía de la historia de Vol-
taire (1765); De Generis humani varietate nativa de Johann Friedrich Blumenbach (1776); o Los
caracteres nacionales de David Hume (1777) (Alfonso GARCÍA MARTÍNEZ y Eduardo BELLO
REGUERA, La idea de raza en su historia: textos fundamentales (siglos XVIII y XIX), Murcia:
Editum ágora, Universidad de Murcia y Universidad de Almería, 2007 y Marvin HARRIS, «Apo-
geo y decadencia del determinismo racial», en El desarrollo de la teoría antropológica: historia de
las teorías de la cultura, Madrid: Siglo XXI, 1987, pp. 69–92).
79Michel WIEVIORKA, El espacio del racismo (Barcelona: Paidós, 1992, p. 27). Según John
Jackson y Nadine Weidman, "tanto el término como el concepto de racismo fueron invenciones de
la década de 1930" (John P. JACKSON, Jr. y Nadine WEIDMAN, Race, Racism and Science.
Social Impact and Interaction, Santa Bárbara: ABC- CLIO, 2004, p. 130).
80H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, p. 255.
54 5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS

biológico-social” (que aparecería sólo después de la integración del poder discipli-


nario en el biopoder, esto es, a partir del siglo XVIII y, fundamentalmente, en el
siglo XIX) y “el nuevo antisemitismo” (que sería aquél que aparece en el siglo XIX y
se consolida en la primera mitad del XX, retomando dentro del racismo de Estado
toda la “energía y mitología” propia del viejo antisemitismo)81.
Los antecedentes del racismo, tal y como lo entendemos hoy, pueden remon-
tarse efectivamente al siglo XVI, en el contexto de la colonización y del primer
imperialismo. Pero la formulación del pensamiento racial de la que parte el racismo
responde a los intentos crecientes por articular explicaciones científicas y universa-
les totales sobre el mundo natural y, concretamente, sobre la especie humana en
tanto que elemento privilegiado de esa naturaleza. Progresivamente las argumenta-
ciones raciales que pretendían dar cuenta de las diferencias anatómicas, psicológicas
y sociales entre diferentes grupos y comunidades, tal y como eran percibidas por
los occidentales, aspiraron cada vez más a una articulación de tipo científico. Como
dice Wieviorka, “el racismo, convertido en valor central de la cultura occidental
desde el siglo XIX, se presenta desde entonces como una forma de biologización del
pensamiento social, que absolutiza la diferencia convirtiéndola en un rasgo natural”.
De ahí que los discursos raciales se configuren “con la formidable convergencia de
todos los campos del saber, con innumerables aportaciones de filósofos, teólogos,
anatomistas, fisiólogos, historiadores, filólogos, pero también escritores, poetas y
viajeros” 82.
La idea de raza empezó a alcanzar también un éxito notable en el marco del
racionalismo ilustrado de corte universalista, más favorable a la igualdad entre los
seres humanos y, consecuentemente, a la asimilación y protección de lo que se con-
sideraban razas distintas e inferiores a la raza blanca de ascendencia europea83. En
este contexto, las diferencias de índole “racial” se convirtieron simplemente en algo
innato, natural, en una evidencia empírica de la que se debía dar cuenta científica-
mente, a partir de explicaciones que aspiraban a revelar en su totalidad la esencia
misma de la naturaleza humana84. Ello explica que el auténtico debate del siglo
XIX, en parte heredado del siglo precedente, no girara tanto en torno a la veraci-
dad de los prejuicios raciales, ya que prácticamente todos los científicos aceptaban
la desigualdad entre las «razas» humanas y la jerarquización entre ellas, como en
torno al origen de las «razas» humanas, que podía ser de tipo monogenista (un
81M. FOUCAULT, Genealogía del racismo. Robert Bernasconi realiza algunas apreciaciones in-
teresantes sobre las distintas formas de racismo apuntadas por Foucault y algunos de los problemas
que presenta esta clasificación. Véase Robert BERNASCONI, «The Policing of Race Mixing: The
Place of Biopower within the History of Racisms», Journal of Bioethical Inquiry Vol. 7, no 2
(2010): pp. 205–216.
82M. WIEVIORKA, El espacio del racismo, p. 84 y p. 30, respectivamente.
83C. GEULEN, Breve historia del racismo, pp. 71–74. Sobre la construcción de la idea de raza
en Occidente véase también Ivan HANNAFORD, Race: The History of an Idea in the West
(Washington: Woodrow Wilson Center Press, 1996).
84“[El nuevo concepto de vida] se emancipó definitivamente de la doctrina eclesiástica cuando en
1735 Linneo clasificó dentro del reino animal también a los seres humanos, cuando se impuso en los
comienzos de la Ilustración la idea de una evolución paulatina en la naturaleza y surgió el nuevo
modelo de la historia natural. El concepto de «raza» con frecuencia asumió entonces la tarea de
realizar una primera clasificación y esquematización de los grupos recién descubiertos, al tiempo
que conservó la variedad de significados derivada de sus comienzos: se refería a la suma de sus
características colectivas e individuales, era una categoría exterior de la diferenciación de grupos
según sus rasgos físicos, y remitía a un orden «auténtico» original en las condiciones aparentemente
complicadas del momento” (C. GEULEN, Breve historia del racismo, pp. 66–67).
5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS 55

origen común de todas las razas humanas, diversificadas posteriormente) o de tipo


poligenista (un origen diverso)85.
En virtud de este proceso de asimilación científica quedaron por tanto difumi-
nados los intereses primigenios de corte esclavista que habían amparado la aparición
de los discursos raciales. Así, a partir del siglo XIX el pensamiento racial superó su
filiación exclusivamente esclavista y comenzó a teñir también los argumentos utili-
zados por los defensores de la corriente abolicionista, políticamente opuesta86. De
hecho, fue a raíz del auge del abolicionismo cuando estas ideas raciales se transfor-
maron definitivamente en una verdadera ideología científica87. La cuestión racial en
los círculos académicos, especialmente en aquellos en los que fue consolidándose la
antropología, se vio fortalecida por el debate entre esclavistas y abolicionistas que
precedió a la Guerra de Secesión y que se trasladó a Gran Bretaña durante la década
de 186088. Como sugiere Hannah Arendt, la abolición de la esclavitud, al enfrentar
a las sociedades americana e inglesa con un problema real de construcción de una
vida en común entre dos comunidades que habían permanecido segregadas durante
varios siglos, “agudizó los conflictos inherentes en vez de hallar una solución para las
serias dificultades que ya existían” 89. En un contexto en el que, desde el punto de
vista político, se equipararon las condiciones de ambas comunidades, resultó cada
vez más necesario apuntalar las diferencias raciales de índole “biológica”: el racismo
reinstaura la distancia institucional que había desaparecido con la supresión de la
esclavitud90.
El pensamiento racial decimonónico se ve además salpicado por una polémica
singular: la cuestión de la mezcla o la hibridación entre razas. Durante la primera
mitad del siglo XIX la idea de que los cruces raciales revertían en una mejora de
la naturaleza de los individuos debido a su capacidad para atenuar aquellas cuali-
dades indeseables de los sujetos pertenecientes a las consideradas “razas inferiores”
85A. GARCÍA MARTÍNEZ y E. BELLO REGUERA, La idea de raza en su historia, p. 19. Como
señala George Mosse, apuntando a la ascendencia religiosa de muchas de estas interpretaciones,
“existía una preocupación por los orígenes más que por el cambio, ya que eran éstos los que condi-
cionaban las cualidades de la raza. (...) Estos monogenistas, como fueron llamados, podían creer
aún en las razas inferiores y superiores; pero de alguna forma debían reconciliar esta convicción
con el hecho de que Dios había creado a todos los hombres, un punto que a Blumenbach le encan-
taba recordar, aunque, como hemos visto, esto no le impidió formular juicios estéticos y morales
sobre los blancos y los negros” (G.L. MOSSE, Toward the Final Solution, pp. 32–33).
86Como señalan Alfonso García Martínez y Eduardo Bello Reguera, “Tanto esclavistas como abo-
licionistas basarán sus teorías en posiciones racistas” y aunque ciertamente la corriente poligenista
se implica de forma destacada con las posiciones esclavistas, tampoco es posible “establecer una
relación directa entre esclavistas y poligenismo de un lado, y abolicionistas y monogenismo del
otro, dado que las distintas posiciones ante la esclavitud se fundamentan indistintamente en ar-
gumentos poligenistas y monogenistas” (A. GARCÍA MARTÍNEZ y E. BELLO REGUERA, La
idea de raza en su historia, p. 20)
87“(...) una ideología difiere de una simple opinión en que afirma poseer, o bien la clave de la
historia, o bien la solución de todos los «enigmas del universo» o el íntimo conocimiento de las
leyes universales ocultas que, se supone, gobiernan a la naturaleza y al hombre. Pocas ideologías
han ganado la suficiente importancia como para sobrevivir a la dura lucha competitiva de la
persuasión y sólo dos han llegado a la cima y han derrotado esencialmente a las demás: la ideología
que interpreta a la historia como una lucha económica de clases y la que interpreta a la historia
como una lucha natural de razas” (H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, p. 255).
88José Luis PESET, Ciencia y marginación. Sobre negros, locos y criminales (Barcelona: Crítica,
1983, pp. 15–44).
89H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, p. 277.
90M. WIEVIORKA, El espacio del racismo, p. 80.
56 5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS

había adquirido cierta popularidad de la mano de pensadores como James Cowles


Pritchard o Gustave d’Eichthal. Sin embargo, desde mediados de la centuria, fue
imponiéndose toda una corriente de pensamiento que se articulaba en torno al con-
cepto clave de “degeneración” y que defendía exactamente la postura contraria, esto
es, que la mezcla de razas había producido la degeneración de la especie humana y,
en último término, la decadencia de la civilización occidental. Aunque la referencia
inevitable de esta tendencia es el conde Arthur de Gobineau y su obra Ensayo sobre
la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), a lo largo del siglo XIX y aún
en el XX la oposición a la mezcla racial se consolidó en el pensamiento científico
a partir de numerosas aportaciones91. No obstante, se encontraba bastante gene-
ralizada la idea de que era la propia naturaleza la encargada de regular de forma
eugenésica cruces raciales poco deseables, puesto que estaban convencidos de que
la hibridación producía individuos estériles92.
La idea de que la mezcla de razas revertía en una suerte de degeneración ra-
cial, social y nacional o, cuando menos, producía sujetos “híbridos” deformados y
defectuosos, se impuso además en el mismo momento en el que tenían lugar dos
importantes aportaciones al pensamiento biológico que cambiarían completamente
el signo de buena parte de los planteamientos científicos que imperaban hasta el mo-
mento: la publicación de la obra de Charles Darwin El origen de las especies (1859)
y la divulgación a partir de principios del siglo XX del trabajo Experimentos sobre
hibridación de plantas (1866) de George Mendel, con el que se inaugura la genéti-
ca. Dado que la idea de raza era una idea aceptada como premisa científica básica,
prácticamente incuestionable (las razas existían, fueran cuales fueran sus orígenes y
sus características)93, es impensable que el pensamiento racial no se proyectara en
ese momento a través del prisma de estos descubrimientos y que, consecuentemen-
te, el racismo no adquiriera una nueva dimensión al calor de los mismos. Las dos
plataformas esenciales de las que se sirvió el racismo para redimensionarse fueron

91Destacan especialmente la de Bénédict Augustin Morel, quien al amparo científico de la Historia


Natural del conde Georges-Louis Leclerc de Buffon, estableció la definición clásica de degenera-
ción como una “desviación del tipo humano normal, transmitida a través de la herencia y que
conduce progresivamente a la destrucción” (G.L. MOSSE, Toward the Final Solution, p. 83) y
la de Valentin Magnan, que “modifica sustancialmente el concepto moreliano de degeneración al
introducir en su argumentación la idea evolucionista de la lucha por la vida y la supervivencia,
desplazando los conceptos místico-religiosos presentes en la obra de Morel –el mito del «ángel
caído» fundamentalmente- y elaborando una teoría más científica y acorde con la ortodoxia posi-
tivista de su tiempo” (Rafael HUERTAS GARCÍA-ALEJO, Locura y degeneración, Madrid: CSIC
Centro de Estudios Históricos, 1987, p. 50). Véase también José Luis PESET y Rafael HUERTAS,
“Del «ángel caído» al enfermo mental: sobre el concepto de degeneración en las obras de Morel y
de Magnan”, Asclepio Vol. 38 (1986): pp. 215-240.
92Véase R. BERNASCONI, «The Policing of Race Mixing», pp. 209–211; J.P. JACKSON, Jr.
y N.M. WEIDMAN, Race, Racism and Science, pp. 72–76; Paul FARBER, «Race-mixing and
science in the United States», Endeavour Vol. 27, no 4 (diciembre de 2003): pp. 166–170.
93Como recuerdan John P. Jackson y Nadine M. Weidman, no es hasta la Segunda Guerra Mundial
cuando se pone fin oficialmente al “racismo científicamente sancionado”, aunque el declive del
concepto de raza comenzó algunas décadas antes (según estos autores podría remontarse a la
década de 1890). Según parece, uno de los autores pioneros por su contribución al desprestigio
científico de este concepto fue el antropólogo Franz Boas. Véase J.P. JACKSON, Jr. y N.M.
WEIDMAN, Race, Racism and Science, p. 130; P. FARBER, «Race-mixing and science in the
United States» y Michael L. BLAKEY, «Scientific Racism and the Biological Concept of Race»,
Literature and Psychology Vol. 45, no 1/2 (1999): pp. 29–43.
5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS 57

el darwinismo social, cuyo principal exponente fue Herbert Spencer, y la eugenesia,


desplegada en primera estancia por Francis Galton.
El darwinismo social pretendió aplicar la teoría evolutiva de la selección natural
a la historia de la organización de las sociedades humanas, articulándola a través de
la expresión spenceriana “supervivencia de los más aptos” que había sido acuñada
por Herbert Spencer en 1864 en sus Principios de Biología como una suerte de
sinónimo de la idea darwiniana de “selección natural” 94. Según parece, al propio
Darwin le gustó esta expresión y en la quinta edición de El Origen de las Especies
consideró que en ciertos contextos podía ser más precisa que la idea de “selección
natural”. Para James Allen Rogers la decisión de asociar ambos conceptos “fue
importante en el desarrollo del darwinismo social porque parecía ligar su fe en el
progreso biológico con la fe de Spencer en el progreso social. Spencer había utilizado
la supervivencia de los más aptos para describir el efecto «beneficioso» de la presión
demográfica sólo en la sociedad humana. Darwin usó el término en El Origen de
las Especies para describir únicamente el progreso biológico”. La consecuencia de
todo ello es que la frase de Spencer en la teoría de Darwin reforzó la tendencia de
los darwinistas sociales a pensar en la lucha por la supervivencia en términos más
sociales que biológicos95.
El propósito de esta perspectiva, por tanto, era justificar la existencia “natu-
ral” de una jerarquía de relaciones sociales, que se pretendía además fundamentada
“científicamente”, así como la importancia de la competición y de las guerras para
asegurar la reproducción de los individuos más fuertes y más capacitados intelec-
tualmente y de las naciones racialmente “superiores” 96. Asimismo, el darwinismo
social criticó la creciente inversión estatal en programas de asistencia social que,
según ellos, no hacían más que mantener artificialmente con vida a individuos en-
fermos que, según las “leyes de la selección natural”, deberían dejarse morir97. De
esta forma los darwinistas sociales reivindicaron no sólo la preeminencia de las cla-
ses medias y altas o la economía del laissez-faire (en la línea de Walter Bagehot o
William Graham Somner), sino también la primacía de la raza blanca sobre todas
las demás98, que en una de sus versiones más extremas, la desplegada por Ernst
Haeckel, llegó incluso a abrir la puerta a la eliminación de los tipos raciales consi-
derados más “débiles” 99. Así, de forma explícita o implícita, el darwinismo social, al

94Véase John OFFER, Herbert Spencer and Social Theory, Basingstoke y Nueva York: Palgrave
Macmillan, 2010, pp. 78-80.
95James Allen ROGERS, «Darwinism and Social Darwinism», Journal of the History of Ideas
Vol. 33, no 2 [1972]: pp. 277-278.
96Karl Pearson, una de las figuras emblemáticas del darwinismo social, formulaba en 1900 algunas
de las “bondades” de la guerra, cuando aseguraba que "la lucha por la supervivencia significa-
ba «sufrimiento, intenso sufrimiento», aunque sus rasgos redentores estarían constituidos por la
supervivencia de la raza más apta a «la terrible prueba de la que surge el mejor metal»” (N.
MACMASTER, Racism in Europe 1870-2000, p. 40).
97N. MACMASTER, Racism in Europe 1870-2000, pp. 35-37.
98“Las doctrinas de la selección natural y de la supervivencia de los más aptos fueron fácilmente
utilizadas como líneas guía para la clasificación racial. Lo que Darwin denominó la extinción de
las formas menos desarrolladas podía aplicarse también a las razas inferiores. Aquellos que se
encomendaron al Darwinismo para resolver problemas sociales proclamaron que la supervivencia
de los más aptos, junto con los derechos de los sanos y fuertes, constituía el principio por el que
debían gobernarse las vidas de los hombres y de los estados” (G.L. MOSSE, Toward the Final
Solution, p. 72).
99N. MACMASTER, Racism in Europe 1870-2000, p. 39.
58 5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS

mismo tiempo que defiende la supervivencia de los más aptos, preconiza la elimina-
ción de los más débiles, sentando así las bases para la progresiva invisibilización de
las víctimas. No es de extrañar, en consecuencia, que la idea de “supervivencia de
los más aptos” se encuentre también, de alguna manera, en el centro de la ideología
nazi y de las políticas de Higiene racial del Tercer Reich y que el propio Hitler se
refiriera a ella implícitamente en su libro Mein Kampf (1925)100.
La eugenesia, por su parte, definida por el propio Galton como “la ciencia de
la mejora del linaje” y que tenía en la herencia su clave discursiva fundamental101,
“fue un movimiento internacional que articuló hipótesis genéticas, teoría social y
prescripciones políticas. Originado en el Reino Unido, se extendió por Alemania,
Escandinavia, Francia, Norte América y Australia, con un gran nivel de coherencia
en el contenido de las ideas y de las proposiciones políticas que se generaron en todos
estos lugares” 102. No obstante, como han señalado varios autores, las afinidades
entre los movimientos eugenésicos fueron especialmente significativas en el caso
de Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania, siendo en estos dos últimos países
donde los programas de actuación de corte eugenésico fueron más ambiciosos y
se implementaron de forma más generalizada103. De todas formas, el movimiento
eugenésico aglutinó diversas corrientes de signo político e ideológico notablemente
distinto, aunque algunas de ellas poseyeran efectivamente una notable coherencia
a nivel internacional. Así, como señala Paul Weindling, la eugenesia se ha asociado
sistemáticamente con la “eugenesia negativa”, cuando existió también una “eugenesia
positiva” de largo recorrido durante la primera mitad del siglo XX, caracterizada
por poner el acento en la educación, la información, la prevención y la expansión
de los sistemas de salud públicos104

100“La Naturaleza misma suele oponerse al aumento de población en determinados países o en


ciertas razas, y esto en épocas de hambre o por condiciones climáticas desfavorables, así como
tratándose de la escasa fertilidad del suelo. Por cierto que la Naturaleza obra aquí sabiamente
y sin contemplaciones; no anula propiamente la capacidad de procreación, pero sí se opone a la
conservación de la prole al someter a ésta a rigurosas pruebas y privaciones tan arduas, que todo
el que no es fuerte y sano vuelve al seno de lo desconocido. El que entonces sobrevive, a pesar de
los rigores de la lucha por la existencia, resulta mil veces experimentado, fuerte y apto para seguir
generando, de tal suerte que el proceso de la selección puede empezar de nuevo” (Adolf HITLER,
Mi lucha, Ávila: Editora Central del Partido Nacionalsindicalista, Distribución para España, 1938,
p. 85).
101Véase Raquel ÁLVAREZ PELÁEZ, Sir Francis Galton, padre de la eugenesia (Madrid: CSIC
Centro de Estudios Históricos, 1985).
102Randall HANSEN y Desmond KING, «Eugenic Ideas, Political Interests, and Policy Variance:
Immigration and Sterilization Policy in Britain and the U.S.», World Politics Vol. 53, no 2 (2001):
p. 240. Sobre la introducción de la eugenesia en España, de la idea de degeneración y de las
propuestas regeneracionistas, que cobran una especial importancia en el marco de la medicina y la
higiene y no tanto en el de la antropología o la biología, como en el ámbito anglosajón, o en el de
la psicología, como en el ámbito francés, véase Raquel ÁLVAREZ PELÁEZ, “Biología, medicina,
higiene y eugenesia. España a finales del siglo XIX y comienzos del XX”, en Vicente SALAVERT y
Manuel SUÁREZ CORTINA (eds.), El regeneracionismo en España: Política, educación, ciencia
y sociedad (Valencia: PUV, 2007, pp. 207-239).
103Stefan KÜHL, The Nazi Connection: Eugenics, American Racism and German Socialism
(Nueva York y Oxford: Oxford University Press, 1994) y R. HANSEN y D. KING, «Eugenic
Ideas, Political Interests, and Policy Variance»
104Paul WEINDLING, Health, Race and German Politics Between National Unification and
Nazism: 1870-1945 (Cambridge: Cambridge University Press, 1993, p. 344).
5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS 59

Un ejemplo de este tipo de “eugenesia positiva” sería la de aquella corriente


basada en la complicidad que se dio entre el movimiento eugenésico, el radicalis-
mo y el feminismo, especialmente después de la Primera Guerra Mundial, en la
que sobresalen figuras tales como el británico Havelock Ellis105, la estadounidense
Margaret Sanger106 o la australiana Marion Piddington107, que se caracterizó por
su fuerte preocupación por la extensión de los métodos de control reproductivo,
pero a diferencia de la corriente eugenésica más conservadora, abogó generalmen-
te por la educación y la decisión voluntaria de los individuos, en lugar de por la
imposición obligatoria de medidas de control de la natalidad (como la esteriliza-
ción forzosa)108. Igualmente, como señala Robert N. Proctor, “muchos higienistas
raciales apoyaron una suerte de socialismo de estado por medio del cual un fuerte
gobierno central dirigiera políticas sociales a través de programas para mejorar la
raza”, entre ellos el propio Alfred Ploetz, quien acuñase en 1895 la expresión de
“Higiene Racial” (Rassenhygiene)109 para referirse a las políticas de corte eugenési-
co: “Ploetz, Schallmayer e incluso Ludwig Woltmann, fueron todos, al menos hasta
algún tiempo antes de la Primera Guerra Mundial, prudentes defensores de ciertas
formas de reformas sociales progresistas”. En Alemania, “el movimiento temprano
de higiene racial no constituyó una estructura monolítica sino más bien una com-
binación variada de Izquierda y Derecha, liberales y reaccionarios. Hacia el final de
la Primera Guerra Mundial, sin embargo, las fuerzas nacionalistas conservadoras
controlaron la mayor parte de los más importantes centros institucionales de la hi-
giene racial alemana; fue este ala a la derecha del movimiento de higiene racial la
que fue finalmente incorporada al aparato médico nazi” 110.
La lucha por la supervivencia se encuentra en el núcleo de este tipo de euge-
nesia conservadora, aunque a diferencia del optimismo que impregnaba la idea de
progreso evolutivo de muchos darwinistas sociales, la eugenesia bebe más bien de
aquella corriente de pesimismo que se escurría por Europa a finales del siglo XIX y
principios del siglo XX111, más tarde agudizada con la explosión de la Gran Guerra.
Ello explica la fuerte influencia de la idea de la degeneración de la raza sobre el
movimiento eugenésico, una idea que se sostenía en dos axiomas principales: que
las políticas públicas de protección hacia los más débiles estaban destruyendo la
105Ivan CROZIER, «Havelock Ellis, Eugenicist», Studies in history and philosophy of biological
and biomedical sciences Vol. 39, no 2 (2008): pp. 187 - 194.
106Alexander SANGER, «Eugenics, Race, and Margaret Sanger Revisited: Reproductive Freedom
for All?», Hypatia Vol. 22, no 2 (2007): pp. 210-217.
107Ann CURTHOYS, «Eugenics, Feminism, and Birth Control: The Case of Marion Piddington»,
Hecate Vol. 15, no 1 (1989): pp. 73 y ss.
108Gloria Nielfa asocia también el nacimiento del movimiento a favor de la contracepción a la
aparición de la primera generación de mujeres médicas (en Gloria NIELFA, «¿El siglo de las
mujeres?», Cuadernos de Historia Contemporánea 21 [1999]: p. 71).
109Para Paul Weindling, que califica a Alfred Ploetz de una suerte de “tecnócrata”, “el concepto de
«higiene racial» proporcionó los medios para superar las diferencias entre la derecha y la izquierda
políticas. Mientras que la ciencia de la higiene racial fue concebida como una fuerza políticamente
neutra, sirvió para expandir el papel social de la élite de expertos científicos. Los conflictos políticos
serían así desactivados por la ciencia” (P. WEINDLING, Health, Race and German Politics, pp.
123-124).
110Robert PROCTOR, Racial Hygiene: Medicine Under the Nazis (Cambridge [USA]: Harvard
University Press, 1988, pp. 26). Las citas anteriores se encuentran en las páginas 21-22 y 22,
respectivamente.
111Nicholas SHRIMPTON, «“Lane, you’re a perfect pessimist’: pessimism and the English Fin de
siècle», The Yearbook of English Studies Vol. 37, no 1 (2007): pp. 41-57.
60 5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS

natural lucha por la supervivencia y estaban provocando un incremento del número


de individuos indeseables, y que las políticas de corte maltusiano y las guerras ha-
bían incidido negativamente en la reproducción de los individuos más aptos112. Pero
a diferencia de muchos darwinistas sociales que abogaban por aplicar la práctica
del laissez-faire tanto a las políticas económicas como a las demográficas, el mo-
vimiento eugenésico alentó fuertemente el intervencionismo del Estado en materia
demográfica113. La eugenesia, como es bien sabido, entendía la herencia genética
como la clave explicativa de las características físicas y mentales de los individuos,
así como de sus comportamientos. Dentro de su órbita, la mayoría de las aparien-
cias y las conductas humanas (desde la ceguera o la sordera, pasando por muchas
enfermedades mentales, hasta el alcoholismo, la prostitución o la delincuencia) se
explicaron como un producto de dicha herencia. Además la eugenesia defendió la
construcción de toda una ingeniería social basada en estas premisas, que debía po-
nerse en marcha a través de una serie de políticas integrales en áreas tales como la
familia (leyes matrimoniales, esterilización y aborto), la educación o la inmigración
(restricciones de las cuotas migratorias)114.
A lo largo de la primera mitad del siglo XX y especialmente a partir de la
Primera Guerra Mundial las campañas y las políticas de corte eugenésico tuvieron
cierta acogida en numerosos países115, destacando especialmente los Estados Uni-
dos, donde varios estados aprobaron políticas de esterilización, miles de individuos
fueron esterilizados y donde se adoptaron políticas migratorias basadas en la raza
e inspiradas en la eugenesia116. Sin embargo, el programa político de higiene racial
más ambicioso y radical fue el que se desarrolló en el interior de la Alemania nazi.
La construcción eugenésica de la sociedad que caracterizó al nazismo, cuyo objetivo
fue el perfeccionamiento de la raza, no sólo utilizó los métodos eugenésicos más ex-
tremos (la esterilización y el aborto forzosos, las leyes matrimoniales restrictivas, la
eutanasia), sino que completó su horizonte ideológico con una visión más netamente
racista que defendía la supremacía absoluta de la raza aria, combinada con la idea
de degeneración y con la fuerza estética de la mitología del nuevo antisemitismo.
Esta relación entre el racismo y el nuevo antisemitismo la explica bien Foucault
cuando dice:

112Como señala Raquel Álvarez Peláez, el propio Galton “consideraba que la raza inglesa estaba
en decadencia, que la ciudad disminuía la fertilidad de las mujeres y el vigor de los jóvenes, y que
agravaba el ya mal estado físico y mental de sus compatriotas” (R. ÁLVAREZ PELÁEZ, Francis
Galton, p. 16).
113Annie L. COT, «“Breed out the Unfit and Breed in the Fit”: Irving Fisher, Economics, and the
Science of Heredity», The American Journal of Economics and Sociology Vol. 64, no 3 (2005): p.
3.
114Véase R. HANSEN y D. KING, «Eugenic Ideas, Political Interests, and Policy Variance»,
pp. 237-263 y John C. WALKER, «Ideas of Heredity, Reproduction and Eugenics in Britain,
1800–1875», Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences Vol. 32, no
3 (2001): pp. 457-489. Para Galton, por ejemplo, la degeneración de la raza debía atajarse con un
control estricto de los matrimonios, cosa que hubiera requerido de “una acción de estado que no
coincidía con el liberalismo de la época” (R. ÁLVAREZ PELÁEZ, Francis Galton, p. 64).
115“La eugenesia, como verdadera política social que era, se irá institucionalizando a partir de
los comienzos del siglo XX, cuando los grupos de intelectuales y profesionales que la defienden
consigan ir teniendo fuerza, convirtiéndose en grupos de presión basados en el conocimiento y
la ciencia, que estarán integrados por académicos, catedráticos, médicos, abogados y algún otro
profesional” (R. ÁLVAREZ PELÁEZ, Francis Galton, p. 99).
116R. HANSEN y D. KING, «Eugenic Ideas, Political Interests, and Policy Variance», p. 241.
5. LA NORMATIVICACIÓN CIENTÍFICA DE LAS SOCIEDADE MODERNAS 61

“El antisemitismo se desarrolló en el momento en que el Estado trató de apa-


recer, de funcionar y de proponerse como aquello que asegura la integridad
y la pureza de la raza contra las razas que, atravesándola, introducen en su
cuerpo elementos que son nocivos y por ende deben ser eliminados por razones
de orden político y biológico. El nuevo antisemitismo retomó y utilizó, abre-
vando en las viejas fuerzas del antisemitismo, toda una energía y toda una
mitología que hasta entonces no habían sido utilizadas en el análisis político
de la guerra interna, esto es, de la guerra social. Los judíos en ese momento
aparecieron -y fueron descritos- como la raza presente dentro de todas las razas
y que, por su carácter biológicamente peligroso, exige la puesta a punto por
parte del Estado de cierta cantidad de mecanismos de rechazo y exclusión. Fue
entonces la reutilización, dentro de un racismo de Estado, de un antisemitismo
que tenía -creo- otras motivaciones para provocar los fenómenos del siglo XIX,
que superpusieron los viejos mecanismos del antisemitismo al análisis crítico y
político de la lucha de razas llevada adelante en una determinada sociedad” 117.

La afirmación de este racismo de Estado no habría sido posible en ningún caso


sin el papel que el darwinismo social y la eugenesia tuvieron en la definitiva con-
solidación del racismo biológico y en el prestigio social que conllevaba el hecho de
situarse al amparo de la ciencia. El recorrido que me ha llevado desde el pensamien-
to racial, a través de la ciencia biológica, hasta el nazismo, está marcado por una
serie de procesos ideológicos formulados a partir de esa lógica de la totalidad típica
del pensamiento moderno. Así por ejemplo, la idea científica incuestionable de la
existencia de las razas humanas que vertebra todo este recorrido, se deriva de la
tendencia de la racionalidad científica moderna hacia la clasificación, la objetivación
y la normativización mediante las cuales persigue la dominación de la historia y la
naturaleza, y se sirve de una serie de tecnologías de poder que tienden a esconder
las relaciones de dominación que amparan estas voluntades científicas organizativas.
El pensamiento científico así formulado, rastreador de esencias y verdades, preten-
de tipificar y jerarquizar, destacar la norma y señalar lo que queda fuera de ella,
lo ajeno, lo extraño, lo desconocido. El pensador que nombra, que disciplina, que
normativiza, se erige, por su parte, siempre en la norma misma. Como señalaba
Robert N. Proctor, las personas que desde 1905 quisieron unirse a la Sociedad por
la Higiene Racial fundada entre otros por Alfred Ploetz, debían prometer que se
abstendrían de contraer matrimonio si de alguna forma se consideraban “no aptos”;
sin embargo “no hay ninguna evidencia de que nadie en esta sociedad admitiera
nunca un defecto semejante” 118. Al final, por lo tanto, lo que no admite este tipo
de pensamiento, lo que no sabe incorporar, lo que sus defensores políticos quieren
hacer desaparecer con toda la violencia que esté a su disposición, son las diferencias.
Como señalaban Adorno y Horkheimer, en el centro de la racionalidad occidental
se encuentra esa fuerza totalizante que aspira a “nivelar” e “igualar” la sociedad a
toda costa. Nuevamente lo accidental y lo experiencial quedan fuera de la política.

117M. FOUCAULT, Genealogía del racismo, pp. 76-77.


118R. N. PROCTOR, Racial Hygiene, p. 17.
Capítulo 6

El biopoder totalitario

Hasta aquí he tratado de presentar la relación entre la modernidad y el holo-


causto pero no a la manera de Zygmunt Bauman, quien se preocupó por demostrar
el carácter moderno del holocausto, sino, al contrario, tratando de desentrañar el
carácter totalitario que encierra la modernidad. No creo que podamos concluir que
la modernidad sea eminentemente totalitaria, como tampoco estoy segura de poder
resolver que sea eminentemente democrática. La modernidad encierra las potencia-
lidades suficientes para poder desarrollarse en ambos sentidos y ello seguramente
es consecuencia de una conexión compleja entre ambas formulaciones sociopolíti-
cas. Lo que es innegable, en cualquier caso, es que parte del funcionamiento de
la modernidad depende de lógicas que poseen un carácter fuertemente totalitario
o, dicho de otra forma, que la modernidad está movida por una serie de impulsos
totalizantes que, por supuesto, pueden arrojar a las sociedades hacia organizaciones
decididamente totalitarias, pero que además actúan detrás de las formulaciones más
democráticas.
Por lo tanto, analizar esta vinculación de la modernidad y el holocausto des-
de esta perspectiva es importante porque nos invita a responsabilizarnos de un
acontecimiento animado por unas lógicas modernas que también funcionan silen-
ciosamente en el corazón de nuestra sociedad y que pueden seguir identificándose
como el origen de ciertas injusticias sociales. Para probar esta vinculación lo que
he tratado de mostrar es que algunos fenómenos típicamente nazis, como el pen-
samiento totalizante o el racismo eugenésico, hunden sus raíces plenamente en la
modernidad y están animados por fuerzas declaradamente modernas, y por lo tanto,
no pueden considerarse en ningún caso como una vuelta a la barbarie: constituyen
procesos absolutamente modernos y como tal deben ser analizados. Esta reflexión
no debe entenderse como una condena a la modernidad, sino como una crítica o
más bien, una revisión crítica de las posibilidades que encierra la ambivalente lógica
moderna y, particularmente, de algunas de sus potencialidades más perversas.
El pensamiento biopolítico realiza también una revisión profunda de esta rela-
ción tan estrecha entre modernidad y totalitarismo. Como dice Giorgio Agamben la
rapidez con la que las democracias parlamentarias se han transformado en Estados
totalitarios y, casi sin solución de continuidad, los Estados totalitarios en democra-
cias parlamentarias se explica únicamente por el hecho de que “la vida biológica
con sus necesidades se había convertido en todas partes en el hecho políticamente
decisivo”. Según este autor, este tipo de transposiciones han tenido lugar en contex-
tos en los que la política se había transformado hacía mucho en biopolítica y en los
que “lo que estaba en juego consistía ya exclusivamente en determinar qué forma de

63
64 6. EL BIOPODER TOTALITARIO

organización resultaría más eficaz para asegurar el cuidado, el control y el disfrute


de la nuda vida” 119.
En las páginas precedentes me he referido en varias ocasiones a la biopolítica y
al biopoder. Estos dos conceptos de gran trascendencia en la historia del pensamien-
to político que popularizó Michel Foucault son fundamentales para entender esta
relación entre modernidad y holocausto, como bien han demostrado posteriormente
Agamben y Roberto Esposito120. Muchos de los procesos descritos hasta ahora ac-
túan como un laboratorio de estudio excepcional para entender el funcionamiento
del pensamiento biopolítico o, más bien, para entender cómo el pensamiento polí-
tico se tornó en biopolítico al aspirar a controlar y, sobre todo, normalizar, todos
y cada uno de los aspectos biológicos de la vida humana. En mi opinión, el biopo-
der es la fuerza que permite descifrar la novedad radical de los sistemas políticos
modernos, que aspiran al control de todas las funciones biológicas de los indivi-
duos, en tanto que miembros de una especie, mediante el uso de las tecnologías
que ya habían puesto en marcha los poderes disciplinarios y que consistían en la
proyección, sistematización y objetivación de los cuerpos humanos a través de las
disciplinas científicas121. Pues bien, la estatalización de esas tecnologías biológicas
disciplinarias, que es precisamente uno de los procesos que hemos descrito en es-
tas páginas al estudiar el desarrollo científico de la idea de raza y su progresiva
implantación como eje vertebrador de los sistemas de regulación social, condujo
al desarrollo del biopoder que, en su versión más “exitosa”, dio como resultado el
totalitarismo nazi. Desde esta perspectiva, el nazismo podría entenderse no sólo
como un acontecimiento histórico que deja en evidencia las contradicciones de la
modernidad, sino, de algún modo, como el producto más rotundo del desarrollo de
las lógicas modernas122.

119G. AGAMBEN, El poder soberano y la nuda vida, pp. 154-155.


120“Sin duda, el nazismo lleva los procedimientos biopolíticos de la modernidad al punto extre-
mo de su poder coercitivo, imprimiéndoles un vuelco tanatológico” (Roberto ESPOSITO, Bios:
biopolítica y filosofía, Buenos Aires: Amorrortu, 2006, p. 176).
121Aunque para Roberto Esposito, Foucault no terminó de decidirse entre dos cronologías enfren-
tadas que asoció al desarrollo de la biopolítica: una que relaciona la biopolítica con el fin histórico
del modelo de soberanía y por lo tanto que la caracterizaría como eminentemente moderna (o
incluso posmoderna) y otra en la que la biopolítica transcurriría en paralelo al régimen soberano
de manera que ésta podría remontarse incluso a la antigüedad clásica. El paradigma inmunitario
que propone Esposito para explicar la biopolítica, en cambio, sí introduciría una clave absoluta-
mente moderna. (R. ESPOSITO, Bíos, pp. 84-87). Esposito añade además que el hecho de “que
la política siempre se haya preocupado, de algún modo, por defender la vida no excluye que sólo
a partir de determinado momento, precisamente en coincidencia con el origen de la modernidad,
esa necesidad de autoaseguramiento haya sido reconocida ya no simplemente como algo dado, sino
como un problema y, además, como una opción estratégica. Esto significa que todas las civilizacio-
nes, pasadas y presentes, plantearon la necesidad de su propia inmunización, y en cierta manera la
resolvieron; pero únicamente la civilización moderna fue constituida en su más íntima esencia por
dicha necesidad”. Para este autor incluso “cabría afirmar que no fue la modernidad la que planteó
la cuestión de la autoconservación de la vida, sino que esta última plasmó, es decir, «inventó» la
modernidad como aparato histórico-categorial capaz de resolver esa cuestión” (p.88).
122La visión del nazismo como desarrollo paroxístico de la modernidad es propia de la aproxi-
mación foucaultiana a la cuestión biopolítica, mientras que para Esposito el nazismo sería más
bien el fruto no de “la radicalización sino de la descomposición de la modernidad” (en Roberto
ESPOSITO, Comunidad, inmunidad y biopolítica, trad. Alicia García Ruiz, Barcelona: Herder,
2009, p. 142). Véase también Melania MOSCOSO, «En torno a la norma: algunas o reflexiones
sobre biopolítica y soberanía en diálogo con Michel Foucault y Roberto Esposito», Dilemata 5, n
12 (2013): pp. 1-13.
6. EL BIOPODER TOTALITARIO 65

Así pues, la instauración del biopoder viene marcada por una etapa inicial du-
rante la cual se articularía la dimensión disciplinaria del poder mediante lo que
Foucault denomina “anatomopolítica del cuerpo humano” 123. Esta anatomopolítica
consistiría en el desarrollo de una serie de tecnologías del cuerpo, esto es, de unos
“saberes del cuerpo” encaminados a la disciplina y la dominación de sus capaci-
dades, con el objetivo de que dichos cuerpos pudieran utilizarse económicamente
como fuerza productiva: “el cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la
vez cuerpo productivo y cuerpo sometido”. Este poder disciplinario encargado de
regular los aspectos anatómicos del cuerpo humano no funciona en sentido vertical,
sino transversal, no es transcendente sino inmanente, no viene impuesto por las
estructuras del Estado sino que se articula en los intersticios que se forman en las
relaciones que se establecen entre éstas y los seres humanos. O como dice Foucault,
se trataría “de una microfísica del poder que los aparatos y las instituciones ponen
en juego, pero cuyo campo de validez se sitúa en cierto modo entre esos grandes
funcionamientos y los propios cuerpos con su materialidad y sus fuerzas” 124. Es en
Vigilar y Castigar donde Foucault despliega con detalle todo el contenido sobre el
que se articula este poder disciplinario, una forma de poder que tiene que ver con
la formulación de las normas socioculturales que rigen nuestro comportamiento y
nuestras relaciones humanas y, consecuentemente, con la creación de subjetivida-
des, ya sean éstas normativas, que son las que se ajustan a la norma, o extrañas,
insólitas, abyectas, esto es, que se salen de ella.
La segunda etapa más tardía durante la cual terminaría de conformarse el
biopoder sería aquella en la que, a partir de mediados del siglo XVIII, cobrarían
forma los sistemas de regulación de la población puestos en marcha de manera cada
vez más planificada desde el Estado y las instituciones sociales. Es en este momento
durante el cual queda propiamente instituida la biopolítica, que según Foucault
serían todas aquellas intervenciones directas centradas “en el cuerpo-especie, en el
cuerpo transido por la mecánica de lo viviente y que sirve de soporte a los procesos
biológicos: la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la
duración de la vida y la longevidad”. El biopoder, el poder sobre la vida, se consolidó
por tanto en torno a estos dos polos constituidos por las disciplinas del cuerpo y la
regulación de la población. En palabras de Foucault:

“La vieja potencia de muerte, en la cual se simbolizaba el poder soberano, se


halla ahora cuidadosamente recubierta por la administración de los cuerpos
y la gestión calculadora de la vida. Desarrollo rápido durante la edad clásica
de diversas disciplinas –escuelas, colegios, cuarteles, talleres; aparición tam-
bién, en el campo de las prácticas políticas y las observaciones económicas,
de los problemas de natalidad, longevidad, salud pública, vivienda, migración;
explosión, pues, de técnicas diversas y numerosas para obtener la sujeción de
los cuerpos y el control de las poblaciones–. Se inicia así la era de un «biopo-
der»” 125.

Para poder tomarse en serio a la vida, el poder no necesita servirse de la ley y de


los sistemas jurídicos que se amparan en la amenaza, en la espada y en la muerte;
para tomar la vida a su cargo, el biopoder necesita de “mecanismos continuos,

123M. FOUCAULT, La voluntad de saber, p. 148.


124Michel FOUCAULT, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, 16 ed. en castellano (Madrid:
Siglo XXI Editores, 2009, p. 33).
125M. FOUCAULT, La voluntad de saber , p. 148. Las citas siguientes se encuentran en la página
153, 149 y 152, respectivamente.
66 6. EL BIOPODER TOTALITARIO

reguladores y correctivos”: necesita ocuparse de las normas, esto es, integrar el


poder disciplinario y las disciplinas del cuerpo de manera que pueda conseguir
sus objetivos de “mejorar la especie” (mejorar la salud, la esperanza de vida o los
nacimientos de una sociedad). “Una sociedad normalizadora fue el efecto histórico de
una tecnología de poder centrada en la vida”. El biopoder se encuentra también en
el centro del desarrollo histórico del capitalismo, que sólo pudo afirmarse mediante
“la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un
ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos”.
La biopolítica se inauguró entonces hacia mediados del siglo XVIII, en el mo-
mento en el que los Estados se tomaron en serio las regulaciones de la población
y el control de la vida. “«El umbral de modernidad biológica» de una sociedad se
sitúa en el momento en que la especie entra como apuesta del juego en sus propias
estrategias políticas”. En este sentido, uno de los principales efectos que se derivan
de la aparición del biopoder es la conversión del espacio político privado en un
espacio biopolítico, cada vez más sujeto y más controlado por el Estado y las insti-
tuciones políticas y que, en consecuencia, adquiere un interés público. Dicho de otra
manera, el desarrollo del biopoder viene marcado por la firme determinación de las
instituciones públicas por controlar aquellos aspectos de la vida social relacionados
con la conservación de la especie humana y cuya protección en épocas premodernas
se encontraba al amparo del ámbito de lo privado, de lo familiar (el nacimiento,
el parto, la lactancia, los hábitos alimenticios, la higiene, el cuidado de unos seres
por otros, etcétera). Se produce de esta forma una confusión cada vez mayor entre
los espacios tradicionales de lo público y lo privado (generalmente asociados en la
historia de la filosofía a los conceptos griegos de polis y oikos, respectivamente).
Esta confusión ha sido denominada por Hannah Arendt la esfera social, “un
fenómeno relativamente nuevo cuyo origen coincidió con la llegada de la Edad Mo-
derna, cuya forma política la encontró en la nación-estado”, y que “rigurosamente
hablando no es pública ni privada”, como recuerda también Espósito126. La esfera
social arendtiana coincidiría espacial y temporalmente con el espacio biopolítico
foucaultiano, dando ambos cuenta del mismo proceso. “La división entre las esferas
pública y privada, entre la esfera de la polis y de la familia, y, finalmente, entre
actividades relacionadas con el mundo común y las relativas a la conservación de
la vida [la cursiva es mía], diferencia sobre la que se basaba el antiguo pensamiento
político como algo evidente y axiomático” habría quedado según Arendt borrada
por completo en nuestras consciencias por nuestra tendencia a percibir “el conjunto
de pueblos y comunidades políticas a imagen de una familia cuyos asuntos cotidia-
nos han de ser cuidados por una administración doméstica gigantesca y de alcance
nacional”. La aparición de esta suerte de paternalismo de Estado adquiere según
126En H. ARENDT, La condición humana, p. 55. La siguiente cita de Hannah Arendt se encuentra
en la misma página. “Como ha recordado sobre todo Hannah Arendt, la preocupación relativa al
mantenimiento y a la reproducción de la vida pertenecía a una esfera que en sí no era política
ni pública, sino económica y privada, hasta el punto de que la acción política propiamente dicha
asumía sentido y relevancia precisamente en contraste con ella”, (Roberto ESPOSITO, Comunidad,
inmunidad y biopolítica, trad. Alicia García Ruiz, Barcelona: Herder, 2009, p. 126). También
Giorgio Agamben explica la imbricación biopolítica de Arendt: “H. Arendt había analizado, en
The Human Condition, el proceso que conduce al homo laborans, y con él a la vida biológica como
tal, a ocupar progresivamente el centro de la escena política del mundo moderno. Arendt atribuía
precisamente a este primado de la vida natural sobre la acción política la transformación y la
decadencia del espacio público en las sociedades modernas” (G. AGAMBEN, El poder soberano y
la nuda vida, p. 12).
6. EL BIOPODER TOTALITARIO 67

Hannah Arendt características muy parecidas a las que luego descifraría Foucault
al establecer su paradigma de la biopolítica. Según Arendt, con el auge de lo social
y la admisión de la familia y de las actividades propias de la organización doméstica
en la esfera pública, esta nueva “esfera social” se caracterizaría por un crecimiento
exponencial a expensas de las antiguas esferas de lo político y lo privado, y de la
más reciente esfera de la intimidad. “Este constante crecimiento”, asegura Arendt,
“cuya no menos constante aceleración podemos observar desde hace tres siglos al
menos, adquiere su fuerza debido a que, a través de la sociedad, de una forma u
otra ha sido canalizado hacia la esfera pública el propio proceso de la vida. En la
esfera privada de la familia era donde se cuidaban y garantizaban las necesidades
de la vida, la supervivencia individual y la continuidad de la especie” 127.
A diferencia de Hannah Arendt, quien no incluyó en su análisis exhaustivo del
poder totalitario la aparición de este espacio de ordenación biopolítica caracterís-
tico de la modernidad, la lectura biopolítica que hace Foucault del nazismo se ha
convertido ya en una explicación clásica. Foucault comienza señalando la conexión
de la aparición del racismo biológico, en su forma moderna, con el nacimiento del
biopoder. Como apunta en Genealogía del racismo “lo que permitió la inscripción
del racismo en los mecanismos del Estado fue justamente la emergencia del bio-
poder” 128. Por otro lado, la emergencia de este racismo de Estado, de un racismo
biológico y centralizado, que él sitúa a finales del siglo XIX, fue en palabras de Fou-
cault “si no profundamente modificado, por lo menos transformado y utilizado en
las estrategias específicas del siglo XX”. Particularmente, los dos sistemas políticos
que Foucault reconoce como transformadores del racismo de Estado en el siglo XX
son el nazismo y el comunismo soviético. Concretamente, sobre el nazismo señala
cómo se sirve políticamente de la reinscripción del racismo de Estado en la antigua
leyenda de las razas en guerra. Cuando en La voluntad de saber está tratando de
explicar la historia de la transformación de la sociedad simbólica de la sangre, que
es la típica de la guerra de razas, en una sociedad analítica de la sexualidad (en
la que la ley de la sangre viene a ser sustituida por la norma de la sexualidad),
aclara también que el racismo en su forma moderna, estatal, biologizante, se forma
en ese punto en el que se combina toda una política de la población, de la familia,
del matrimonio, de la educación, de la jerarquización social y de la propiedad, con
una larga serie de intervenciones permanentes a nivel del cuerpo, las conductas, la
salud y la vida cotidiana y con “la preocupación mítica por proteger la pureza de
la sangre y de hacer triunfar la raza”. Y añade que:

“El nazismo fue sin duda la combinación más ingenua y más astuta -valga
lo uno por lo otro- de las fantasías de la sangre con los paroxismos del poder
disciplinario. Una ordenación eugenésica de la sociedad, con lo que podía llevar
consigo de extensión e intensificación de los micropoderes, bajo la cobertura de
una estatalización ilimitada, iba acompañada por la exaltación onírica de una
sangre superior; ésta implicaba a la vez el genocidio sistemático de los otros y
el riesgo de exponerse a sí misma a un sacrificio total” 129.

En pocas palabras: el nazismo desde esta perspectiva podría entenderse como la


culminación absoluta del biopoder, por más que reinterprete el racismo de Estado

127H. ARENDT, La condición humana, pp. 67-68.


128M. FOUCAULT, Genealogía del racismo, p. 205. Las referencias siguientes se encuentran entre
las páginas 73 y 74.
129M. FOUCAULT, La voluntad de saber , pp. 158-159.
68 6. EL BIOPODER TOTALITARIO

recuperando ciertos elementos legendarios de la guerra de las razas y del simbolismo


de la sangre.
Y por si no quedaba lo suficientemente claro que el nazismo constituyó el punto
más álgido del biopoder, Foucault lo aclaró nuevamente en Genealogía del racismo,
donde expuso de forma clara como el nazismo trajo consigo el desarrollo paroxístico
de los nuevos mecanismos de poder instaurados a partir del siglo XVIII. Ningún
Estado habría sido más disciplinario que el régimen nazi y en ningún otro Estado
la reactivación y administración de las regulaciones biológicas se habría producido
de manera tan consistente. La sociedad nazi se sostuvo materialmente tanto en el
poder disciplinario como en el biopoder, y seguramente los campos de concentración
son la prueba más consistente de ello. “Ninguna sociedad fue más disciplinaria y al
mismo tiempo más aseguradora que la instaurada, o proyectada, por los nazis. El
control de los riesgos específicos de los procesos biológicos era de hecho uno de los
objetivos esenciales del régimen” 130.
Como ya señalé, Giorgio Agamben va un paso más allá al establecer una relación
entre biopolítica y totalitarismo cuando asegura que “el campo de concentración,
como puro, absoluto e insuperado espacio biopolítico” constituiría “el paradigma
oculto del espacio político de la modernidad, del que tendremos que aprender a re-
conocer las metamorfosis y los disfraces”. En otras palabras, y como apunta Reyes
Mate, el campo se convierte aquí en el lugar simbólico de la política moderna. En la
modernidad el campo es todo: lo decisivo de la política moderna según Agamben es
“el hecho de que, en paralelo al proceso en virtud del cual la excepción se convierte
en regla, el espacio de la nuda vida que estaba situada originariamente al margen
del orden jurídico, va coincidiendo de manera progresiva con el espacio político,
de forma que exclusión e inclusión, externo e interno, bios y zoé, derecho y hecho,
entran en una zona de irreductible indiferenciación” 131. Pues bien, para Agamben el
campo de concentración sería el espacio que se abre cuando el estado de excepción
empieza a convertirse en regla, constituyéndose en el más absoluto espacio biopolí-
tico que se haya realizado nunca, un espacio en el que el poder no tendría frente a si
mismo más que la pura vida sin mediación alguna. “El campo de concentración y no
la ciudad es hoy el paradigma biopolítico de Occidente”. Aunque conviene recordar
nuevamente aquella aclaración de Reyes Mate a la que ya me referí, según la cual
el campo quizás lo ocupe todo en la modernidad, pero desde luego no para todos:
sólo para los oprimidos el estado de excepción es siempre la norma.
Tenemos pues que la modernidad se inaugura de la mano de la biopolítica, que
el nazismo es el desarrollo paroxístico del biopoder y que el campo de concentración
es el paradigma biopolítico de la modernidad. Pero, si la modernidad se constituye
cuando la vida se pone en el centro de la política y el nazismo constituye el pun-
to álgido de este proceso, ¿cómo se explica el carácter fuertemente homicida del
nazismo? “Un poder que consiste en hacer vivir, ¿cómo puede dejar morir? En un
sistema político centrado sobre el biopoder, ¿cómo es posible ejercer el poder de la
muerte, cómo ejercer la función de la muerte?” 132. La explicación que da Foucault
de esta aparente paradoja viene de la mano del racismo. Para Foucault, el racismo
introduce una separación entre la vida que debe vivir y la que debe morir, con su

130M. FOUCAULT, Genealogía del racismo, p. 209.


131G. AGAMBEN, El poder soberano y la nuda vida, pp. 18-19. Véanse también las páginas 215,
217 y 230.
132M. FOUCAULT, Genealogía del racismo, p. 205. La cita siguiente es en la página 208.
6. EL BIOPODER TOTALITARIO 69

capacidad, por un lado, de introducir distinciones basadas en razas entre los seres
humanos (“en el continuun biológico”, que diría Foucault) y, por otro, de sancionar
la existencia de una competición entre razas (la guerra de las razas), de tal forma
que la muerte de una raza supuestamente reforzaría la vida de las demás. “El ra-
cismo asegura entonces la función de la muerte en la economía del biopoder, sobre
el principio de que la muerte del otro equivale al reforzamiento biológico de sí mis-
mo como miembro de una raza o una población, como elemento en una pluralidad
coherente y viviente”.
Roberto Esposito de la mano de su paradigma inmunitario es uno de los pen-
sadores que más ha desarrollado el sentido de la relación entre la vida y la muerte
en las sociedades biopolíticas. La inmunización describiría el proceso según el cual
la vida quedaría protegida por la administración de dosis pequeñas, no letales, de
aquello que la niega: en este caso de la misma muerte. Esposito contrapone etimoló-
gicamente la noción de comunidad y la de inmunidad y sostiene que “la immunitas
se revela como la forma negativa, o privativa, de la communitas: mientras la commu-
nitas es la relación que, sometiendo a sus miembros a un compromiso de donación
recíproca, pone en peligro su identidad individual, la immunitas es la condición de
dispensa de esa obligación y, en consecuencia, de defensa contra sus efectos expro-
piadores”. De esta forma la immunitas, dado que protege a su portador del contacto
riesgoso con quienes carecen de ella, “restablece los límites de lo «propio» puestos
en riesgo por lo «común»” 133. Así, el proceso de inmunización se ve favorecido en
la modernidad debido al desarrollo de la lógica individualista frente a la progresi-
va relajación de los compromisos y deberes comunitarios. Esposito distingue tres
principales mecanismos inmunitarios en el nazismo. El primero de ellos sería la
normativización absoluta de la vida, que cobraría forma de manera imbricada en el
orden biológico y en el orden jurídico134. Al segundo de estos mecanismos se refiere
Esposito como el doble cierre del cuerpo, por el cual se derrumba el dualismo propio
del pensamiento cristiano que diferenciaba entre el cuerpo y el alma, convirtiéndose
el cuerpo en la esencia del “yo”: el cuerpo deja de ser un objeto de la vida espiritual
para coinvertirse en el centro de la misma. La espiritualización del cuerpo, de lo
biológico, alcanzaría su cenit de la mano del concepto de raza. El tercero de estos
mecanismos sería la supresión anticipada del nacimiento, que se formularía prin-
cipalmente a través de las políticas de esterilización puestas en marcha de forma
temprana y masiva por la administración nazi135.
También Agamben da cuenta insistentemente de esta deriva que él denomina
“tanatológica” del biopoder que se hace especialmente manifiesta en las sociedades
totalitarias: “[En el Estado nazi] una absolutización sin precedentes del biopoder
de hacer vivir se entrecruza con una no menos absoluta generalización del poder
de hacer mori r, de forma tal que la biopolítica pasa a coincidir de forma inmediata
con la tanatopolítica” 136. El espacio por antonomasia donde cobran forma de la
manera más extrema las lógicas tanatopolíticas y biopolíticas que estructuran el
nazismo son los campos de concentración y exterminio, siendo las dos figuras más

133R. ESPOSITO, Bíos, pp. 81-82.


134Esposito habla de una biologización del derecho y de un aumento constante del control jurídico
sobre la medicina durante el nazismo (R. ESPOSITO, Bíos, p. 223).
135R. ESPOSITO, Bíos, pp. 222-234.
136Giorgio AGAMBEN, Homo Sacer III. Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo, trad.
Antonio Gimeno Cuspinera (Valencia: Pre-Textos, 2005, p. 87).
70 6. EL BIOPODER TOTALITARIO

representativas de ambas lógicas las cámaras de gas, por un lado, y los musulmanes,
por otro lado.
El término musulmán es utilizado sistemáticamente por los supervivientes pa-
ra referirse a aquellos que “parecen haber perdido cualquier forma de voluntad o
conciencia”, a aquellos prisioneros que se habían abandonado totalmente, aquellos
que parecían haber sido vencidos por la dinámica “deshumanizante” que envolvía a
los campos, aquellos que ya no estaban en condiciones de pelear por la superviven-
cia, que ya no luchaban, que se habían convertido en “despojos humanos” y que,
por tanto, se encontraban tan solo a un paso de la muerte física. El origen de la
expresión es dudoso aunque la explicación más razonable para Agamben es la de
que provenga de la palabra árabe muslim, que se refiere a la persona que se “somete
incondicionalmente a la voluntad de Dios”. Como dice este autor, la biopolítica al-
canzaría su límite último en el musulmán, que sería la nuda vida en estado puro, un
simple haz de funciones biológicas: “[Los campos] no sólo son el lugar de la muerte
y el exterminio, sino también y sobre todo, el lugar de la producción del musulmán,
de la última sustancia biopolítica aislable en el continuum biológico. Más allá no
hay más que las cámaras de gas”.
Por tanto, es lógico que el presente trabajo, en el que trato de dar cuenta de
la deshumanización que experimentaron los prisioneros en los campos, se encuentre
principalmente centrado en esta figura extrema de la biopolítica que es el musul-
mán. De ahí que mi atención se dirija fundamentalmente a la violencia biopolítica
y no tanto a la tanatopolítica, por más que ambas se encuentren fuertemente imbri-
cadas en ese espacio simbólico del nazismo y de la modernidad que es el campo de
concentración. En su interior los mecanismos de control biopolítico se desataron de
la forma más extrema y más violenta, mediante la institucionalización de la tortura,
provocando lo que los supervivientes han descrito como una auténtica expulsión de
los seres humanos de su propia especie137.

137La reflexión más interesante en este sentido es la que realiza Robert Antelme, superviviente
de Buchenwald y Dachau, en su ya clásico La especie humana (Robert ANTELME, La especie
humana, Madrid: Arena Libros, 2001).
Capítulo 7

Humanidad y abyección

Si la crítica a la modernidad constituye el punto de partida para introducir y


comprender la biopolítica, son la biopolítica y la fuerte actividad que ha desplegado
el biopoder a lo largo de los últimos siglos, fiscalizando y normalizando todos los
aspectos prácticos y discursivos que configuran el tránsito del individuo hacia el ser
humano, las que nos sirven de plataforma para reflexionar sobre cómo las culturas
modernas han afrontado el problema de la identidad humana. De lo que se trata
aquí es de entender cómo se resuelve la cuestión de qué es precisamente lo que nos
hace humanos y qué, en cambio, puede deshumanizarnos, es decir, de qué manera se
determina qué es humano y qué no lo es, y cómo los dos productos de esta distinción
(lo humano y lo inhumano) se constituyen en categorías ontológicas que reclaman
de una acción ética y política. En otras palabras, ¿qué hay que hacer con lo que
no encaja bien en la humanidad? Analizar todo ello en relación a los problemas
planteados desde la biopolítica, es capital para abordar el estudio de los campos de
concentración donde, como han señalado reiteradamente los supervivientes, lo que
realmente estaba en juego era la humanidad de las víctimas.
Pero quizás cabría partir de la pregunta qué es lo que entendemos por humano.
Lo humano es una categoría que se ha utilizado a lo largo de la historia para
designar a los miembros de nuestra especie, pero que casi siempre se ha formulado de
manera excluyente, esto es, dejando fuera a determinados sujetos (mujeres, esclavos,
individuos de distintas etnias o personas con discapacidad, entre otros) y cuyas
fronteras siempre han estado muy difusas y en continuo movimiento. Judith Butler
apunta con acierto que las normas han instituido una curiosa y casi imposible
paradoja de un “humano que no es humano” o de un “humano que borra lo humano
tal y como se conoce por los demás”. Y añade: “siempre que está lo humano, está
lo inhumano”. Precisamente, el hecho de reconocer repentinamente la humanidad
de un grupo de seres anteriormente excluidos de ella no hace más que corroborar
la afirmación de que la humanidad es en sí misma una prerrogativa cambiante138.
La laxitud de este concepto ha tenido unas consecuencias muy concretas en la
vida de miles de personas, como bien ha demostrado la historiadora Joanna Bour-
ke en su libro What it Means to Be Human, en el que realiza una aproximación
tremendamente lúcida de cómo en el Reino Unido y en los Estados Unidos se han
ido articulando durante los últimos siglos los límites dentro de los cuales se inscri-
be dicha categoría139. Bourke analiza en esta obra los problemas que encierra la

138Judith BUTLER, Marcos de guerra: Las vidas lloradas, 1 ed (Barcelona: Paidós, 2010, p. 112)
139Por ejemplo, estudia los problemas a la hora de distinguir formalmente a la especie humana de
algunos grandes simios; valora las reivindicaciones de ciertos grupos humanos para ser considerados
legalmente al menos como “animales” y de esta manera adquirir mayores derechos y cobertura legal;
plantea algunas de las discusiones que han cobrado forma en el momento de oponer los derechos

71
72 7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN

categoría de lo “humano” partiendo del carácter conflictivo de la oposición axio-


mática entre humano y animal, tal y cómo ha ido desarrollándose a lo largo de la
historia. También interroga ciertas narraciones para entender cómo lo humano se
ha construido de manera excluyente y la relevancia que en la práctica ha adquirido
dicha exclusión (por ejemplo, a la hora de justificar la esclavitud, la tortura o la
experimentación médica en aquellos cuerpos considerados como “poco humanos”):
“La cuestión de «quién es verdaderamente humano» depende ampliamente del
poder de la ley y de la práctica judicial. Aunque en el lenguaje común se
asume con frecuencia que todos los humanos son «personas», lo cierto es que
éste no es el caso. Es la ley la que distingue entre la existencia más básica
compartida por los animales y las personas (la vida o la zoé) y la identidad
completamente humana dentro de una polis o comunidad política (la vida
significativa o el bios). Con frecuencia, esta distinción se basa en poco más que
en circunstancias de nacimiento. Por ejemplo, un chico de piel negra nacido en
Haiti podría tener decretado un estatus menor que un perro nacido en un hogar
de clase media de California. «No es tanto que los humanos tengan derechos»,
explica el filósofo Costas Douzinas, «sino que el derecho hace a los humanos»”.

Así mismo, la humanidad, aquello a lo que genéricamente nos hemos referido siem-
pre como “los hombres”, “nunca ha incluido a todos los humanos. En distintos mo-
mentos, los esclavos, las mujeres, las minorías religiosas, los judíos y los actores (so-
bre la base de que pretenden ser otra persona) han sido apartados de los «derechos
del hombre». Antes de las declaraciones de los derechos humanos, la «humanidad»
se ha referido principalmente a los hombres heterosexuales bien situados” 140.
La conclusión que emana del estudio histórico de Bourke es altamente signifi-
cativa: como decía antes, la autora consigue demostrar de forma fehaciente que el
estar o no estar incluido en conceptos que no son más que puras generalidades me-
tafísicas como “hombre” o “humano” y que no son nada fuera de un marco social y
legal concreto, tiene un significado preciso y unas consecuencias de carácter práctico
muy concretas. Estas consecuencias a lo largo de la historia se han manifestado, por
ejemplo, en qué es lo que puede o no puede ser comido (el tabú del canibalismo), con
qué cuerpos se puede experimentar (los cuerpos de los presidiarios, de los pobres, de
los enfermos) o en qué individuos es legítimo infligir una cierta violencia o incluso
una tortura (las mujeres, los niños, los esclavos, los condenados). En definitiva, ser
“humano”, ser considerado como miembro de la especie, no es algo inocente, sino
que es altamente significativo y adquiere una enorme relevancia no sólo discursiva,
sino también práctica.
Giorgio Agamben ha expresado con bastante claridad el alcance último del
significado del término humano cuando dice “Homo sapiens no es, por lo tanto,
ni una sustancia ni una especie claramente definida; es, más bien, una máquina
o un artificio para producir el reconocimiento de lo humano” 141. Esta máquina se
construye mediante lo que Donna Haraway ha denominado “tecnologías de las co-
municaciones” 142, aunque ella reivindica con empeño el poder emancipador de estas
animales a los derechos humanos (especialmente, en el marco de la experimentación científica) y
las muchas contradicciones que han alumbrado todos esos discursos.
140Joanna BOURKE, What it Means to Be Human: Historical Reflections on What it Means to
Be Human, 1791 to the Present, London: Virago Press, 2011, p. 131 y p. 136, respectivamente).
141Giorgio AGAMBEN, Lo abierto. El hombre y el animal (Buenos Aires: Pre-Textos, 2006, p.
58).
142“Las tecnologías de las comunicaciones y las biotecnologías son las herramientas decisivas para
reconstruir nuestros cuerpos. Estas herramientas encarnan y ponen en vigor nuevas relaciones
sociales para las mujeres a través del mundo. Las tecnologías y los discursos científicos pueden
7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN 73

tecnologías a través de su famosa propuesta del cyborg, “una especie de yo personal,


postmoderno y colectivo, desmontado y vuelto a montar” que, entre otras cosas,
debería encontrarse en el centro de toda propuesta feminista. Como dice Haraway
“no está claro quién hace y quién es hecho en la relación entre el humano y la má-
quina. No está claro qué es la mente y qué el cuerpo en máquinas que se adentran
en prácticas codificadas. En tanto que nos conocemos a nosotras mismas en el dis-
curso formal (por ejemplo, la biología) y en la vida diaria (por ejemplo, la economía
casera en el circuito integrado), encontramos que somos cyborgs, híbridos, mosai-
cos, quimeras. Los organismos biológicos se han convertido en sistemas bióticos, en
máquinas de comunicación como las otras. No existe separación ontológica, funda-
mental en nuestro conocimiento formal de máquina y organismo, de lo técnico y de
lo orgánico”.
Esta máquina humana posee un cuerpo cuyos parámetros han sido diseñados
desde lo que Foucault ha identificado, que ya señalé, como la anatomopolítica. Dice
Foucault que el cuerpo del Hombre-máquina se ha construido sobre dos registros, el
anatomo-metafísico, que tiene en Descartes, los médicos y los filósofos su principal
referente, y el técnico-político, que se habría desarrollado en el marco de los re-
glamentos militares, escolares y hospitalarios, y mediante procedimientos empíricos
y reflexivos. A través de estos dos registros se trata al mismo tiempo de explicar
el funcionamiento del cuerpo y de someterlo. Se trata por tanto de disciplinar al
cuerpo como “útil” e “inteligible”, de convertirlo en un “cuerpo dócil”. “Es dócil un
cuerpo que puede ser sometido, que puede ser utilizado, que puede ser trasformado
y perfeccionado”, apunta Foucault143. El filósofo francés señala que aunque existían
procedimientos disciplinarios en los conventos, en los ejércitos y en los talleres desde
mucho tiempo atrás, es en los siglos XVII y XVIII cuando las disciplinas se con-
vierten en fórmulas generales de dominación. Y aclara que este tipo de dominación
es distinta y más sutil que la esclavitud, la domesticidad, el vasallaje o el ascetismo.
Esta dominación se instituye a través de “una política de las coerciones que cons-
tituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos,
de sus gestos, de sus comportamientos. El cuerpo humano entra en un mecanismo
de poder que lo explora, lo desarticula y lo recompone”. De esta manera surge co-
mo mecánica de poder toda una “anatomía política” mediante la cual se consigue
convertir efectivamente al cuerpo en máquina útil para el sistema económico. “La
disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos «dóciles»”.
Esta conversión del cuerpo en máquina de lo que da cuenta, en el fondo, es de los
procesos de subjetivación que se producen dentro de las coordenadas biopolíticas
de la modernidad. Las disciplinas médicas, filosóficas, jurídicas, biológicas crean
sujetos tecnificados a medida para trabajar en los ejércitos y en los talleres, en
ser parcialmente comprendidos como formalizaciones, por ejemplo, como momentos congelados
de las fluidas interacciones sociales que las constituyen, pero deberían asimismo ser vistos como
instrumentos para poner significados en vigor. La frontera entre mito y herramienta, entre ins-
trumento y concepto, entre sistemas históricos de relaciones sociales y anatomías históricas de
cuerpos posibles, incluyendo a los objetos del conocimiento, es permeable. Más aún, mito y he-
rramienta se constituyen mutuamente. Además, las ciencias de las comunicaciones y las biologías
modernas están construidas por un mismo movimiento, la traducción del mundo a un problema de
códigos, una búsqueda de un lenguaje común en el que toda resistencia a un control instrumental
desaparece y toda heterogeneidad puede ser desmontada, montada de nuevo, invertida o inter-
cambiada”(En Donna HARAWAY, Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza,
Madrid: Cátedra, 1995, pp. 179-180).
143M. FOUCAULT, Vigilar y castigar, p. 140. Las citas siguientes están en las páginas 141 y 142.
74 7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN

el campo o en el hogar. Las máquinas malogradas con frecuencia acaban en las


cárceles, en los hospitales y en los manicomios. Son pues las disciplinas las que
construyen esta máquina humana, las que determinan qué capacidades debe tener
para que funcione adecuadamente; en otras palabras, son las disciplinas las que
crean al ser humano y no al revés, como suele pensarse.
Estos cuerpos humanos deben cumplir una función muy precisa, que no obs-
tante cambia en distintos contextos espaciotemporales. Como indica Foucault, es
un error creer que el cuerpo es un ente estático, sin historia, que no tiene “más
leyes que las de su fisiología”. Al contrario, “el cuerpo está aprisionado en una serie
de regímenes que lo atraviesan; está roto por los ritmos del trabajo, el reposo y
las fiestas; está intoxicado por venenos –alimentos o valores, hábitos alimentarios y
leyes morales todo junto”. Así pues “nada en el hombre –ni tampoco su cuerpo– es
lo suficientemente fijo para comprender a los otros hombres y reconocerse en ellos”.
El cuerpo sería entonces la superficie de inscripción de los sucesos, mientras que la
genealogía, la historia “efectiva” que Foucault defiende, se encuentra allí donde se
articulan el cuerpo y la historia: “[la genealogía] debe mostrar al cuerpo impregnado
de historia, y a la historia como destructor del cuerpo” 144.
Tenemos pues que el ser humano no es más que una máquina, la expresión
técnica y codificada de todo un conjunto de normas encaminadas a perpetuar las
relaciones de dominación y sumisión entre los individuos de un grupo social. Es
una abstracción con historia propia, que ha adquirido distintos significados en fun-
ción de los mecanismos de poder que lo han constituido y sometido. En los últimos
siglos esta sumisión se ha producido a través de procedimientos disciplinarios o
anatomopolíticos, dirigidos fundamentalmente hacia la intelección y sumisión del
cuerpo humano en tanto que materia privilegiada de inscripción de la identidad
humana. Este tipo de inscripciones, por lo demás, tienen consecuencias concretas
en la vida de los individuos que con frecuencia adquieren la forma de desigualdades,
injusticias y vejaciones que se producen con el amparo de la norma jurídica y del
conocimiento científico. No obstante, como han empezado a apuntar algunos pensa-
dores como Donna Haraway, esta máquina humana no debe entenderse únicamente
como el producto de fuerzas represivas, sino que encierra también potencialida-
des emancipadoras si se acepta su carácter híbrido, cibernético y tecnológicamente
construido. Judith Butler por su parte opina que no se debe tratar de encarnar
la “norma humana”, sino que hay que entender esta categoría como un “diferen-
cial de poder” que hay que aprender a evaluar política y culturalmente, y también
hay que procurar afirmar el término allí donde parece que no puede ser afirmado
(fundamentalmente donde se erige lo inhumano, su contraparte paradójica), con el
objetivo de “impugnar el diferencial de poder mediante el cual opera”, es decir, de
dinamitar las relaciones de dominación y el sufrimiento que instituye145.
Pues bien, como señala Giorgio Agamben, el campo de concentración habría
sido “el lugar en que se realizó la más absoluta conditio inhumana que se haya dado

144Michel FOUCAULT, «Nietzsche, la Genealogía, la Historia», en Microfísica del poder (Madrid:


La Piqueta, 1980, p.19 y p.15).
145J. BUTLER, Marcos de guerra, p. 113. Butler realiza una apuesta emancipadora similar a la
de Donna Haraway a través de la figura del queer, sujeto capacitado para la acción performativa,
subversiva y paródica (véase Judith BUTLER, El género en disputa: el feminismo y la subversión
de la identidad, 1a ed, Género y sociedad 5, México: Paidós, 2001).
7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN 75

nunca en la tierra” 146. Como señala este autor “los judíos no fueron exterminados en
el transcurso de un delirante y gigantesco holocausto, sino, literalmente, tal como
Hitler había anunciado, «como piojos», es decir como nuda vida”. En otras palabras,
los judíos y los demás prisioneros de los campos de concentración fueron en cierta
manera expulsados de la vida humana y convertidos en pura vida biológica. El
filósofo italiano, al referirse a los prisioneros utilizados como cobayas en los campos
de concentración, asegura que al haber estado éstos privados de casi todos los
derechos y expectativas que suelen atribuirse a la existencia humana, aunque aún
se mantuvieran vivos (al menos biológicamente), se encontraban suspendidos en
una zona límite entre la vida y la muerte, entre lo interior y lo exterior, en una
región en la que no eran más que nuda vida
“El intervalo entre la condena a muerte y la ejecución delimita, como el recin-
to del lager, un umbral extratemporal y extraterritorial, en el que el cuerpo
humano es desligado de su estatuto político normal y, en estado de excepción,
es abandonado a las peripecias más extremas, y donde el experimento, como
un rito de expiación, puede restituirle la vida”.

Cuando más adelante Agamben reflexiona sobre el estatuto paradójico del campo
de concentración como espacio de excepción, llega a la conclusión de que el hecho
de que sea una porción de territorio situada fuera del orden jurídico normal no
hace del campo también una espacio exterior. Al contrario, “lo que en él se excluye,
es, según el significado etimológico del término excepción, sacado fuera, incluido
por medio de su propia exclusión”. Es por ello que los habitantes del campo se
habrían estado moviendo en una zona de indistinción entre lo exterior y lo interior,
entre la excepción y la regla, entre lo lícito y lo ilícito, en la que no tenían ningún
sentido los propios conceptos de derecho subjetivo y protección jurídica. Esta zona
de indistinción en la que todo es posible es también aquella a la que Primo Levi se
ha referido como la zona gris (véase página 4): “El ingreso en el Lager era, por el
contrario, un choque por la sorpresa que suponía. El mundo en el que uno se veía
precipitado era efectivamente terrible pero además, indescifrable: no se ajustaba
a ningún modelo, el enemigo estaba alrededor pero también dentro, el «nosotros»
perdía sus límites, los contendientes no eran dos, no se distinguía una frontera sino
muchas y confusas, tal vez innumerables, una entre cada uno y el otro” 147.
Esta concepción de la zona gris como lugar de frontera, como espacio de abso-
luta ambigüedad, como zona de indistinción entre el adentro y el afuera, entre lo
humano y lo inhumano, como el marco en el que se produce la excepción mediante
la expulsión o excreción, como el territorio por excelencia de la nuda vida, tiene
mucho que ver con el concepto de abyección desarrollado por Julia Kristeva en su
obra Poderes de la perversión (1980). Aunque ciertamente la caracterización que
hace Primo Levi de la zona gris se refería fundamentalmente a la indeterminación
moral que asomaba en cada rincón del campo de concentración, no debe olvidarse,
tal y como nos recuerda Nicholas Chare, que el concepto de abyección que desarro-
lla Kristeva posee también un fuerte componente moral, quedando descrita como
146G. AGAMBEN, El poder soberano y la nuda vida, p. 211. Las citas siguientes son en las páginas
147, 201, 202, 216 y 217 respectivamente.
147P. LEVI, Los hundidos y los salvados, pp. 34-35. Para profundizar en el significado de la zona
gris véase Viridiana MOLINARES HASSAN, La zona gris: imposibilidad de juicios y una nueva
ética (Barranquilla, Colombia: Editorial Universidad del Norte, 2012) y Paz MORENO FELIU,
En el corazón de la zona gris: una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz (Madrid: Trotta,
2010).
76 7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN

“inmoral, tenebrosa, amiga de rodeos, turbia: un terror que disimula, un odio que
sonríe, una pasión por un cuerpo cuando lo comercia en lugar de abrazarlo, un deu-
dor que estafa, un amigo que nos clava un puñal por la espalda...” 148. La abyección
podría entenderse como aquello que sucede en la zona gris, mientras que la nuda
vida, en cierta manera, podría ser la vida netamente abyecta.
Lo que Kristeva pretende a través de la abyección, precisamente, es explorar
ese límite, esa frontera que separa, y al mismo tiempo conecta irrevocablemente,
lo propio con lo ajeno, lo conocido con lo extraño, lo humano con lo inhumano. La
abyección es la frontera y, por ello, lo abyecto no debe confundirse totalmente con
lo otro, con lo que está más allá. Cuando se habla de lo humano y lo inhumano, lo
abyecto no se equipara a esto último, sino que se refiere al proceso por el cual lo
humano puede potencialmente transformarse en inhumano, es decir, puede tornarse
un ser no sólo distinto a sí mismo, sino desconocido, un ser vuelto de revés, extraño
y amenazante que inspira rechazo. Ello implica, entre otras cosas, que lo humano
contiene a lo inhumano y viceversa, esto es, que no son dos realidades extrañas:
“Frontera sin duda, la abyección es ante todo ambigüedad, porque aún cuando se
aleja, separa al sujeto de aquello que lo amenaza”, escribe Kristeva, para quien “hay
en la abyección una de esas violentas y oscuras rebeliones del ser contra aquello
que lo amenaza y que le parece venir de un afuera o de un adentro exorbitante,
arrojado al lado de lo posible y de lo tolerable, de lo pensable. Allí está, muy cerca,
pero inasimilable. Eso solicita, inquieta, fascina el deseo que sin embargo no se
deja seducir. Asustado, se aparta. Repugnado, rechaza, un absoluto lo protege del
oprobio, está orgulloso de ello y lo mantiene” 149.
El ser abyecto, más que el ser inhumano, sería de este modo el ser deshumani-
zado. Los llamados musulmanes en los campos de concentración, por ejemplo, eran
los prisioneros que habían recorrido este proceso violento y doloroso de la abyec-
ción, convirtiéndose en seres que, si bien no dejaban de ser humanos, resultaban
irreconocibles como tales: habían sido deshumanizados. “[El musulmán] no es ya
humano aunque tampoco se encuentra fuera de lo humano. Es lo inhumano dentro
de lo humano”. Lo inhumano entonces forma parte de nosotros y, al mismo tiempo,
está apartado de nosotros. Como explica Nicholas Chare, “lo humano se produce
mediante un proceso de purificación en el que lo inhumano queda al mismo tiem-
po negado y preservado. En el campo de concentración, sin embargo, «un intento
extremo y monstruoso de decidir entre lo humano y lo inhumano, ha terminado
por arruinar cualquier posibilidad de distinción». Agamben describe al musulmán
como el «no-humano que aparece obstinadamente como un humano» y «lo humano
que no puede ser extirpado de lo inhumano»” 150. En el fondo este proceso consiste
en una pérdida de identidad, una desestabilización profunda del yo que se produce
de forma traumática, como no podía ser de otra manera. Todas las abstracciones
que servían para que los seres humanos se identificaran como tales son destruidas y

148La cita es de Julia KRISTEVA, Poderes de la perversión, 6 edición (México D.F., Buenos
Aires y Madrid: Siglo XXI, 2006, p. 11) y queda recogida en Nicholas CHARE, Auschwitz and
Afterimages. Abjection, Witnessing and Representation (Londres y Nueva York: I.B. Tauris, 2011,
p. 80).
149Julia KRISTEVA, Poderes de la perversión (México D.F.: Siglo XXI, 2001, p. 18 y p. 7 res-
pectivamente).
150N. CHARE, Auschwitz and Afterimages. Abjection, Witnessing and Representation, p. 128.
7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN 77

sólo queda el cuerpo silenciado, roto, torturado, entregado a la más salvaje y más
absoluta supervivencia151.
Esta metamorfosis se produce al más puro estilo Kafka: los nazis decidieron con-
vertir en inhumanos, en insectos, en piojos, a aquellos que previamente ya habían
designado como tales. ¿Y cómo lo hicieron? Nicholas Chare explica con precisión
cómo los administradores de los campos de concentración consiguieron incitar esta
crisis de subjetividad, debilitando deliberadamente a los prisioneros con raciones
pobres e inadecuadas y estimulando en ellos un estado de astenia. El cuerpo resul-
tante, el cuerpo del musulmán, era un despojo que actuaba de forma exactamente
opuesta al del cuerpo nazi ideal, el del hombre musculoso. La ideología estética del
nazismo giraba en torno al cuerpo, y su cuerpo perfecto se caracterizaba por ser
marcadamente atlético, hiper-masculino y político. Este cuerpo perfecto era sólido,
estaba en forma, tenía los contornos firmes, estaba bien apuntalado. En este cuerpo
lo de fuera había quedado afuera y lo de dentro adentro, estando así sus límites
perfectamente definidos. En cambio el cuerpo del musulmán estaba vuelto del re-
vés. Los huesos de muchos prisioneros, por ejemplo, habían atravesado la propia
piel, saliendo al exterior en forma de heridas inflamadas y ulcerosas. La máquina
no funcionaba como se supone que tiene que funcionar. Se trata por tanto de un
anti-cuerpo, un cuerpo contra el que puede definirse el cuerpo sano. El cuerpo del
musulmán es el afuera constitutivo.
La idealización y el mantenimiento de la ideología nazi es sostenible únicamente
mediante un ataque a la apariencia de aquellos que amenazan la coherencia interna
de esa idea, de ese ideal. Y en el Tercer Reich la amenaza queda representada por
el cuerpo judío. Así no es de extrañar que en los campos la piel de los reclusos,
el contorno de sus cuerpos, estuviera sometido a ataques sistemáticos. La primera
irrupción en el cuerpo en este sentido se hacía mediante el tatuaje, que se convertía
en un insulto permanente a la integridad corporal. Desde ese momento, el cuerpo
quedaba sometido a una degradación gradual, convirtiéndose en algo cada vez más
escabroso, marcado por los edemas, las erupciones, los derrames y las lesiones.
El propio campo de concentración constituía un “mundo sin bordes”, puesto que
mientras que en nuestro día a día expulsamos y convertimos en abyecto todo aquello
que perturba una identidad, un sistema, un orden, en los campos, “con mierda y
muerte por todas partes”, todas estas perturbaciones se tornaban ubicuas152.
Sin embargo, tal y como nos recuerda Agamben, no podemos simplemente que-
darnos con esa negación de la humanidad de los musulmanes, pues esto significaría
de hecho estar aceptando el veredicto de las SS, repetir su gesto153. Hay que ir más
allá y aceptar el reto que, en cierta forma, la sola existencia de los musulmanes
lanza al mundo normalizado fuera de las alambradas. En efecto, al subvertir su

151Como se recordará, Giorgio Agamben había descrito este proceso como la destrucción completa
de la vida humana, y su transformación en pura vida biológica. Esta expulsión de la vida política,
significaría en última instancia que la política se había tornado efectivamente en nada más (y
nada menos) que en biopolítica: “el hecho de que, en paralelo al proceso en virtud del cual la
excepción se convierte en regla, el espacio de la nuda vida que estaba situada originariamente al
margen del orden jurídico, va coincidiendo de manera progresiva con el espacio político, de forma
que exclusión e inclusión, externo e interno, bios y zoé, derecho y hecho, entran en una zona de
irreductible indiferenciación” (G. AGAMBEN, El poder soberano y la nuda vida, pp. 18-19).
152N. CHARE, Auschwitz and Afterimages, p.105 y p.108.
153G. AGAMBEN, Lo que queda de Auschwitz, p. 65
78 7. HUMANIDAD Y ABYECCIÓN

realidad humana y ponerla en entredicho, al convertirse en seres abyectos y des-


cubrir la potencialidad inhumana de lo humano, se revelaban como una instancia
crítica fundamental, produciendo una suerte de catarsis capaz de cuestionar el pro-
pio significado de humanidad y de destapar la precariedad de las categorías que
sostienen la propia identidad humana. Como dice Judith Butler:
“Es necesario reconocer que la ética nos exige arriesgarnos precisamente en
los momentos de desconocimiento, cuando lo que nos forma diverge de lo que
está frente a nosotros, cuando nuestra disposición a deshacernos en relación
con otros constituye la oportunidad de llegar a ser humanos. Que otro me
deshaga es una necesidad primaria, una angustia, claro está, pero también una
oportunidad: la de ser interpelada, reclamada, atada a lo que no soy, pero
también movilizada, exhortada a actuar, interpelarme a mí misma en otro
lugar y, de ese modo, abandonar el «yo» autosuficiente considerado como una
especie de posesión. Si hablamos y tratamos de dar cuenta desde ese lugar, no
seremos irresponsables, o, si lo somos, con seguridad se nos perdonará” 154.

Como se verá cuando valore la reacción de los espectadores ante el descubrimiento


de los campos de concentración, este aspecto es central en mi análisis. ¿Estuvieron
los espectadores a la altura a la hora de tratar de comprender aquello de lo que
los musulmanes daban cuenta? ¿Se limitaron a certificar la inhumanidad de los
supervivientes, o fueron capaces de poner su propia humanidad entre paréntesis a
la luz de los descubrimientos realizados en el interior de los campos?
Estas preguntas cobran especial importancia en este trabajo, además, si valo-
ramos que de lo que voy a tratar de dar cuenta precisamente es de la reacción de
los espectadores en uno de los momentos más abyectos de toda la experiencia con-
centracionaria: la liberación. En efecto, la liberación, en tanto que acontecimiento
fronterizo, en tanto que momento en el que colisionan el mundo de adentro y el
mundo de afuera, en tanto que lugar y tiempo preciso en el que lo humano conoce
lo inhumano (y se reconoce en ello), podría entenderse como el culmen de la abyec-
ción. Como señala Paz Moreno Feliu “para muchos memorialistas, el momento de la
liberación estuvo dominado por sensaciones enfrentadas de vergüenza y culpa ante
lo que Levi llamaría «volver a ser hombres». En muchas memorias (Levi, Améry,
Delbo) la liberación se muestra como el momento en que son conscientes de la in-
capacidad de volver a vivir como antes, como si nunca hubiesen sido sometidos y se
hubiesen adaptado a lo que hemos llamado la zona gris o el conocimiento venenoso
que allí adquirieron” 155. Pero sobre todo la liberación constituye el preciso momento
en el que la sociedad normalizada descubre esa “nueva especie” creada ad hoc por
los nazis en el interior de los campos. Es el momento en el que los seres humanos
se ven obligados a enfrentarse con lo inhumano, con los seres deshumanizados que
habitan dentro del universo concentracionario, y a dar cuenta de ello. Es entonces,
en ese instante, cuando tiene lugar el encuentro entre la humanidad y la inhumani-
dad o, en otras palabras, cuando lo inhumano interpela a lo humano y lo pone en
jaque mediante esta interpelación. Podríamos decir que la humanidad se la jugaba
en el momento exacto de la liberación.

154Judith BUTLER, Dar cuenta de sí mismo: violencia ética y responsabilidad (Buenos Aires y
Madrid: Amorrortu, 2005, p. 183).
155P. MORENO FELIU, En el corazón de la zona gris, p. 81.
Capítulo 8

La deshumanización de los deportados desde una


perspectiva de género

Si el nazismo constituyó efectivamente un producto de la modernidad, su fun-


cionamiento hubo de estar forzosamente marcado por una de las principales con-
tradicciones que la modernidad ha cobijado: la desigualdad sexual, o más bien, la
hegemonía de los sujetos que, dentro del sistema heterosexual masculino de domi-
nación, se reconocen y son reconocidos como “hombres heterosexuales”. En otras
palabras, si el nazismo puso verdaderamente en evidencia las contradicciones de la
modernidad, esto es, si el nazismo fue esencialmente moderno, entonces el nazismo
debió también, de alguna manera, constituir una suerte de manifestación de lo que
en el debate feminista ha dado en llamarse el patriarcado, esto es, el sistema polí-
tico y cultural por el cual ha quedado instituida históricamente en las sociedades
modernas occidentales la heteronormatividad y la dominación masculina.
El término patriarcado constituye la clave interpretativa de los análisis de cor-
te ilustrado propuestos por las feministas de la “segunda ola” para entender la
desigualdad sexual y las relaciones de dominación basadas en el género. Este con-
cepto, cuya andadura comenzó de la mano de los ensayos de los antropólogos del
siglo XIX Johan Jakob Bachofen y Lewis Henry Morgan, ya había sido utilizado
por el pensamiento marxista decimonónico, destacando especialmente la obra de
Fredrich Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado en la que
el autor describía, entre otras cosas, los orígenes de la división sexual del trabajo.
Simone de Beauvoir también se sirvió de él en El segundo sexo, aunque fue
Kate Millett en 1970, de la mano de su Política Sexual, quien desde el feminismo
desarrolló su contenido de forma sistemática. El feminismo ilustrado ha entendido
el patriarcado como el sistema universal de dominación de los hombres sobre las
mujeres en todos los ámbitos (político, económico, familiar e ideológico), de tal
suerte que sus lazos se extienden como una red sobre toda manifestación política o
cultural. El sesgo “patriarcal” de todas estas manifestaciones las convierte en me-
dios de reproducción de la dominación sexual, es decir, el lenguaje, las instituciones
o las costumbres sociales, contribuyen a que siga perpetuándose la opresión sexual
propia del patriarcado. Aunque desde los años setenta el concepto de patriarcado
ha experimentado un desarrollo enorme, habiéndose publicado numerosos estudios
que han tratado de analizar sus causas y sus claves, en muchos casos este término
se ha introducido en el lenguaje de los discursos feministas de una forma acrítica y
un tanto vacía, utilizándose como sinónimo de poder y dominación masculina. En
los últimos años este concepto ha singularizado muchos de los problemas que se le
achacan al feminismo ilustrado (la complicidad con el colonialismo, la dicotomía de
su planteamiento que refuerza el binarismo de la división sexual o su incapacidad
para percibir la pluralidad femenina, entre otros) y, por ello, su uso dentro de las

79
80 8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS

corrientes del postfeminismo y del feminismo queer ha decaído notoriamente, popu-


larizándose en cambio otras acepciones como “heteronormatividad” (en referencia
al carácter heterosexual que predomina en la construcción y articulación de las nor-
mas sociales), “sexismo” o “discriminación sexual”, que parecen describir mejor los
dispositivos de dominación sexual que funcionan en la mayoría de las sociedades
modernas occidentales, así como los mecanismos de los que se valen estos dispo-
sitivos para reproducirse (las subjetividades normativas que produce o las normas
sociales que regulan las relaciones entre los sujetos). En mi opinión, este término
debe ser utilizado con precaución y en relación al desarrollo histórico del capita-
lismo, para referirse a aquellas culturas en las que este concepto se ha consolidado
discursivamente156.
No obstante, cuando me refiero al carácter “patriarcal” del nazismo, no estoy
apuntando tanto a la cuestión de la dominación masculina en el Tercer Reich, o a
la particular victimización de las mujeres por la administración nacionalsocialista.
Esta última cuestión es sumamente rebatible, pero se repite con cierta frecuencia
en los estudios de género que se han ocupado del nazismo. Miriam Gillis-Carlebach
por ejemplo asegura que “las mujeres sufrieron cuatro veces más que el sufrimiento
humano general”, aduciendo como motivos de esta circunstancia el duro trabajo que
debieron realizar, muy por encima de su fuerza física; la pérdida de su identidad
sexual a través de la ropa, el afeitado del cabello o la retirada de la menstruación;
los abusos sexuales sufridos; o la ruptura de los lazos familiares157. En mi opinión,
este tipo de aproximaciones, que suelen concluir con la idea de que las mujeres
sufrieron más y, por lo tanto, fueron las víctimas principales de la administración
de Hitler, malinterpretan de muchas maneras distintas la particular problemática de
género que encierra el racismo nacionalsocialista y la experiencia concentracionaria
asumiendo, para empezar, la existencia de diferencias esenciales y naturales entre
hombres y mujeres y dando por hecho, para seguir, que sólo las mujeres poseían
una identidad sexual o unos lazos familiares (o cualquier otra cosa) susceptibles
de ser perdidos, que sólo en su caso el trabajo se encontraba por encima de sus
condiciones físicas o que sólo ellas fueron víctimas de abusos sexuales. Cuando yo
hablo de patriarcado lo que me interesa más bien es señalar el hecho de que el
poder nazi, en tanto que biopoder, estuviera consagrado a la perpetuación de una
jerarquía específica de relaciones sexuales y que, consecuentemente, se sustentara
en todo un dispositivo de sexualidad tendente a normalizar lingüística, cultural,
moral, jurídica e institucionalmente una serie de prácticas e identidades sexuales y
a reprimir con la mayor de las violencias posibles todas aquéllas que no encajaran

156En esta contextualización del concepto de patriarcado he tomado en consideración principal-


mente elementos de Valerie BRYSON, «“Patriarchy”: A concept too useful to lose», Contemporary
Politics Vol. 5, no 4 (1999): pp. 311– 324; Friedrich ENGELS, El origen de la familia, de la propie-
dad privada y del estado (Madrid: Ayuso, 1972); Simone de BEAUVOIR, El segundo sexo, trad.
Alicia Martorell (Madrid: Cátedra, U. de València, Instituto de la Mujer, 2005); Kate MILLETT,
Política sexual (Madrid: Cátedra, 1995); Judith M. BENNETT, History Matters: Patriarchy and
the Challenge of Feminism (Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 2006); Jane WARD y
Beth SCHNEIDER, «The o Reaches of Heteronormativity: An Introduction», Gender & Society
23, n 4 - Heteronormativity and Sexualities (agosto de 2009), pp. 433-39; y Gerda LERNER, The
Creation of Patriarchy (Nueva York y Oxford: Oxford University Press, 1987).
157Miriam GILLIS-CARLEBACH, «Jewish Mothers and their Children during the Holocaust:
Changing Tasks of the Motherly Role», en Remembering for the Future 2000: the Holocaust in an
Age of Genocide, ed. John K. ROTH y Elisabeth MAXWELL, vol. 1 (Basingstoke y Nueva York:
Palgrave, 2001, p. 230).
8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS 81

bien en este esquema normativo. Es esta dimensión biopolítica del nazismo la que
más me interesa analizar desde una perspectiva feminista.
Es en el centro mismo de la reflexión biopolítica, en el marco del discurso fou-
caultiano, donde queda definido el llamado dispositivo de sexualidad, entendiendo
como tal todo el constructo sociocultural e histórico que nos determina e insti-
tuye como seres sexuados158. Ese biopoder o “poder sobre la vida”, que se erige
como el poder específicamente moderno y que se afirma, como ya señalé, a través
de las prácticas anatomopolíticas, tiene por objetivo el control rígido e implacable
de los cuerpos en tanto que cuerpos humanos, pero también en tanto que cuerpos
sexuados. Estos cuerpos aparecen marcados como humanos en tanto que quedan
identificados sexualmente. Por tanto, estos cuerpos así inscritos sirven también pa-
ra perpetuar las relaciones de dominación sexual159. No en vano dice Foucault que
“estamos en una sociedad del «sexo» o, mejor, de «sexualidad»: los mecanismos de
poder se dirigen al cuerpo, a la vida, a lo que la hace proliferar, a lo que refuerza la
especie, su vigor, su capacidad de dominar o su aptitud para ser utilizada. Salud,
progenitura, raza, porvenir de la especie, vitalidad del cuerpo social, el poder habla
de sexualidad y a la sexualidad; ésta no es marca o símbolo, es objeto y blanco” 160.
Esta centralidad de la cuestión sexual en las sociedades modernas viene además
reforzada por el desarrollo del racismo “en su forma moderna, estatal, biologizan-
te”. Conviene recordar aquí nuevamente aquellas palabras de Foucault que mencioné
hace algunas páginas, en el sentido de que fue precisamente de la mano de este ra-
cismo, en el momento en el que la preocupación mítica por proteger la pureza de la
sangre y hacer triunfar la raza cobró protagonismo, cuando las políticas de pobla-
ción, familia, matrimonio, educación, jerarquización social y propiedad, así como
toda una larga serie de intervenciones permanentes sobre el cuerpo, las conductas,
la salud y la vida cotidiana, recibieron su mayor empuje. Racismo y sexismo se
convertirían así en dos formas de violencia política formuladas paralelamente en las
sociedades modernas. Pues bien, el nazismo, con su extrema “ordenación eugenésica
de la sociedad” (la expresión vuelve a ser de Foucault), representa la culminación
histórica de la conexión entre ambos procesos.
Así lo ha analizado insistentemente la historiadora Gisela Bock, para quien tan-
to el sexo como la raza constituyen los dos mecanismos normativos indispensables
158Para Foucault, el dispositivo de la sexualidad es el conjunto heterogéneo de discursos, ins-
tituciones, prácticas sociales, reglamentos, leyes, enunciados científicos, proposiciones filosóficas,
concepciones morales, etcétera, que se configura como un entramado complejo de diferentes as-
pectos conectados entre sí y que se despliegan constituyendo todo un mecanismo de control y
sujeción de los individuos. Véase Michel FOUCAULT, «El juego de Michel Foucault» entrevista
por Alain GROSRICHARD, Ornicar (1977), traducción castellana por Javier Rubio: Diwan, 2-3,
1978, pp.171-202. Accesible online: [Link]
159“La vieja potencia de la muerte, en la cual se simbolizaba el poder soberano, se halla ahora
cuidadosamente recubierta por la administración de los cuerpos y la gestión calculadora de la
vida. (...) Se inicia así la era de un «bio- poder». (...) si el desarrollo de los grandes aparatos de
Estado, como instituciones de poder, aseguraron el mantenimiento de las relaciones de producción,
los rudimentos de anatomopolítica y de biopolítica, inventados en el siglo XVIII como técnicas de
poder presentes en todos los niveles del cuerpo social y utilizadas por instituciones muy diversas
(la familia, el ejército, la escuela, la policía, la medicina individual o la administración de las
colectividades), actuaron en el terreno de los procesos económicos, de su desarrollo, de las fuerzas
involucradas en ellos y que los sostienen; operaron también como factores de segregación y jerar-
quización sociales, incidiendo en las fuerzas respectivas de unos y otros, garantizando relaciones
de dominación y efectos de hegemonía” (en M. FOUCAULT, La voluntad de saber, pp. 148-150)”.
160FOUCAULT, La voluntad de saber, p. 156. Véanse también las páginas 158 y 159.
82 8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS

sobre los que se sostiene el régimen eugenésico del Tercer Reich, no pudiendo enten-
derse el racismo nacionalsocialista sin el sexismo y sin las políticas antinatalistas
de género fuertemente represoras puestas en marcha por el aparato del régimen161.
Esta historiadora ha tratado de demostrar que, contrariamente a lo que han enfa-
tizado la mayoría de historiadores del nazismo, no en todas las explicaciones puede
anteponerse el elemento racial al sexual. Bock considera el problema desde una
perspectiva inversa y entiende que el elemento racial sirvió, entre otras cosas, para
sancionar un modelo de género basado en la sumisión femenina: “Uno no debe asu-
mir, como suele hacerse, que el sexismo nazi concernió únicamente a las mujeres
«superiores», mientras que el racismo nazi afectó sólo a las mujeres «inferiores».
Tanto el racismo como el sexismo nazi afectaron a todas las mujeres, inferiores y
superiores (...). El racismo puede utilizarse, y de hecho se ha utilizado, para impo-
ner un tipo de sexismo dirigido a incrementar la participación de mujeres superiores
en el trabajo doméstico no remunerado” 162.
La centralidad de la marca de género y de las relaciones de dominación sexual
en las prácticas anatomopolíticas y biopolíticas, esto es, en los procesos puestos
en marcha primero horizontal y luego verticalmente para humanizar y socializar
a los cuerpos de manera que éstos quedaran bien disciplinados y bien orientados
hacia una vida biológica convenientemente productiva en el marco de las economías
capitalistas, explica en parte el hecho de que hoy en día resulte una tarea imposible
tratar de ocuparse de lo humano y de la humanidad sin acudir a la fértil reflexión
que se ha ocupado más recientemente de esta cuestión dentro del debate feminista.
En el prefacio de su obra El género en disputa (1990), Judith Butler se plantea
precisamente esta cuestión desde un punto de vista de género: “¿qué constituye una
vida inteligible y qué no, y cómo las suposiciones acerca del género y la sexualidad
normativos deciden por adelantado lo que pasará a formar parte del campo de lo
«humano» y de lo «vivible»? Dicho de otra forma, ¿cómo actúan las suposiciones
del género normativo para restringir el campo mismo de la descripción que tenemos
de lo humano?” 163.
Proyectado a través de la crítica feminista contemporánea, lo humano ha ad-
quirido una dimensión nueva, entendiéndose como un producto sociocultural pro-
pio del pensamiento heterosexual falogocéntrico que ha objetivado y totalizado a
la humanidad y a sus sujetos, y que ha pretendido destruir y nivelar la pluralidad
de identidades humanas (y sexuales), y reducirlas al binarismo sexual normativo
propio de las sociedades modernas occidentales. Así lo ha entendido por ejemplo
Monique Wittig, para quien “todos tenemos una idea abstracta de lo que quiere
decir «humano», aunque lo que denominamos «humano» es siempre del orden de
lo potencial, de lo posible, de aquello que no ha sido aún realizado” 164. Como bien
señala esta autora, pese a sus pretensiones universalistas, lo que nuestra filosofía
occidental ha considerado hasta ahora como «humano» sólo se refiere a una minoría
de personas: los hombres blancos, los propietarios de los medios de producción y
los filósofos, que teorizan su punto de vista como si fuera exclusivamente el único
161Gisela BOCK, «Racism and Sexism in Nazi Germany: Motherhood, Compulsory Sterilization
and the State», en Different Voices. Women and the Holocaust, ed. Carol Ann RITTNER y John
K. ROTH (Minnesota: Paragon House, 1993, pp. 161–186)
162G. BOCK, «Racism and sexism...», p. 177.
163J. BUTLER, El género en disputa, p. 26.
164Monique WITTIG, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, trad. Javier Sáez y Paco
Vidarte (Madrid: Egales, 2005, p. 73).
8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS 83

posible. En esta misma línea comenta Judith Butler que “la marca de género está
para que los cuerpos puedan considerarse cuerpos humanos” y, en consecuencia, “las
figuras corporales que no caben en ninguno de los géneros están fuera de lo humano
y, en realidad, conforman el campo de lo deshumanizado y lo abyecto contra lo cual
se conforma lo humano” 165.
Lo humano, por lo tanto, quedaría así definido como la norma social, racial y,
sobre todo, sexual. Todo lo que se mantiene fuera de la norma se mantiene también
fuera de la humanidad. De hecho, tal y como sugiere Iris Marion Young, aquello
que no se ajusta bien a la norma no es sólo que quede fuera de la humanidad sino
que queda expulsado, es decir, se convierte en algo abyecto, siendo el único objetivo
de esta abyección el de reforzar la propia norma. Es por ello que el yo expulsado
se considera peligroso porque amenaza con volver a entrar, con destruir la frontera
establecida entre él y el yo separado. El sujeto siente esta separación como una
pérdida y en consecuencia siente añoranza, pero al mismo tiempo rechaza volver a
ser atrapado por el “otro”. “La defensa del yo separado, la vía para mantener fija la
frontera, es la aversión del «otro», la repulsión por temor a la desintegración” 166. “La
matriz excluyente mediante la cual se forman los sujetos requiere pues la producción
simultánea de una esfera de seres abyectos, de aquellos que no son «sujetos», pero
que forman el exterior constitutivo del campo de los sujetos” 167.
Expulsar de la norma todo aquello que contribuye a su corrupción sería pues,
según estas filósofas, el sentido de los planteamientos sexistas o racistas que confor-
man (bio)políticamente a las sociedades heteronormativas occidentales. Es en este
punto donde considero que cobra sentido la línea argumental que anima esta in-
vestigación. La deshumanización de los prisioneros de los campos de concentración
nazis, de la que han dado cuenta los testimonios de los supervivientes y de algunos
observadores externos (por ejemplo, los aliados que participaron en la liberación
de los campos), se produjo de la mano de la descomposición del sentido normativo
de las identidades de los prisioneros, es decir, esa descomposición cobró fuerza a
medida que las identidades de los deportados se destruían y se tambaleaban y los
individuos comenzaban a recorrer el camino de la abyección, de la transformación
en algo que resultaba ajeno y repulsivo o, como decía Primo Levi, el camino de los
musulmanes, de aquellos que “han seguido por la pendiente hasta el fondo” 168.
Pues bien, si lo humano se define de forma característica de acuerdo a una
norma sexual, es decir, en la medida en la que circulan social y culturalmente una
serie de “marcas” o “identidades” de género normativas, dispuestas para que “los
cuerpos puedan considerarse cuerpos humanos”, entonces esa deshumanización, esa
expulsión de la norma, debe poseer inexorablemente una dimensión sexual. En otras
palabras, el proceso de deshumanización (o de abyección) por el cual se pretende
expulsar de la humanidad a los prisioneros de los campos nazis, no puede producirse

165J. BUTLER, El género en disputa, p. 225.


166“El proceso de la vida en sí mismo consiste en la expulsión exterior de lo que está en mí, con el
fin de mantener y proteger mi vida. Reacciono con repugnancia respecto de lo expulsado porque la
frontera de mí misma debe permanecer en su lugar. Lo abyecto no debe tocarme, porque temo que
rezume, destruyendo la frontera entre el interior y el exterior que es necesaria para mi vida y que
surge en el proceso de expulsión”: Iris Marion YOUNG, La justicia y la política de la diferencia,
trad. Silvina Álvarez (Madrid: Ediciones Cátedra y Universitat de València, 2000, pp. 242–243)
167Judith BUTLER, Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del «sexo»,
1 ed., 5 reimp, Género y cultura 11 (Buenos Aires [etc.]: Paidós, 2005, p. 19).
168Primo LEVI, Si esto es un hombre (Barcelona: Muchnik Editores, 2001, p. 98).
84 8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS

sin la desestabilización de las identidades de género de los sujetos víctimas de dicho


proceso. No en vano, como veremos, con frecuencia en los documentos que analizaré
se expresan dudas formales acerca del género de los prisioneros, pues éstos no se
ajustan bien a las reglas de género que circulaban en la sociedad normalizada: en
los supervivientes la norma de género no está bien inscrita, los contornos corpora-
les se tornan imprecisos también allí donde empieza el sexo y la sexualidad. Pero
lo que es interesante resaltar es que esta suerte de desexualización, esta destruc-
ción del género, no es únicamente una manifestación más del proceso más amplio
y enrevesado de la deshumanización: ambos procesos se encuentran fuertemente
imbricados. Si el género humaniza, si en el mismo momento en el que hablamos de
seres humanos hablamos de seres sexuados, si nos “humanizamos” a la par que nos
“sexuamos”, entonces es impensable concebir una deshumanización desligada del
sexo, una destrucción de nuestra humanidad (de las normas que sirven para huma-
nizarnos) que no venga acompañada de una destrucción de nuestra sexualidad (de
las normas que se utilizan para sexuarnos). Dentro del proceso de deshumanización
o de abyección viene implícita por tanto una transformación radical y violenta de
las normas mediante las cuales se inscriben las identidades de género.
Aunque no sea uno de mis objetivos de partida, llegados a este punto, una vez
justificada mi hipótesis a través de la teoría crítica, biopolítica, psicoanalítica y
feminista, espero poder esbozar, aunque sea de una forma fragmentaria, una serie
de interrogantes que quizás puedan no sólo contribuir al desarrollo de una historia
de género más comprometida con el pensamiento feminista, sino también interpelar
de alguna manera al feminismo mismo, contribuyendo quizás a apuntalar algunas
de las perspectivas de aproximación al conocimiento que se plantean hoy en día
desde la crítica feminista. Por ejemplo
¿Pueden las víctimas de la deshumanización servir de punto de partida
para la reformulación del dispositivo de sexualidad moderno?
¿Con qué tipo de sujeto sexuado podrían identificarse los supervivientes
deshumanizados de los campos de concentración?
¿Tienen estas figuras desexualizadas la misma capacidad subversiva que
los sujetos abyectos propuestos tradicionalmente por el feminismo como las
lesbianas o los travestidos?
¿Podría considerarse en cierta manera que la desestabilización sexual a la
que se ven sometidos, impuesta con violencia por terceras personas, demues-
tra la necesidad social de disponer de un marco de significación normativo,
de un dispositivo de sexualidad dentro del cual podamos identificarnos de
forma segura como sujetos sexuados?
¿O, más bien, lo que pone en evidencia es que estos marcos siempre y en
todo momento se constituyen de forma violenta, más o menos explícita, y
que nunca y en ningún momento nadie está a salvo de convertirse en sujeto
abyecto y padecer en carne propia los efectos psicóticos ocasionados por
la desestabilización de un sistema normativo cuya construcción responde a
una serie de intereses públicos y sociales determinados?
Aunque estos asuntos serán tratados detenidamente en su momento, no quisiera
cerrar esta aproximación teórica y contextual sin apuntar brevemente una cuestión
que, sin duda, es clave para comprender las conexiones que se establecen a lo largo
de toda mi argumentación. Me refiero a la proposición ético-política que se ha for-
mulado desde el feminismo queer, apelando en parte a su herencia materialista, con
8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS 85

vistas a reconstruir la aproximación a conceptos o ideales normativos tales como


“humano”. Monique Wittig lo ha resumido perfectamente al argumentar que, para
superar las contradicciones que plantea lo “humano”, se requiere una reformulación
de la pregunta sobre qué es lo humano que debe realizarse desde una posición ra-
dical, desde el punto de vista más extremo (y más abyecto): “Así por ejemplo, ser
una lesbiana, estar en la vanguardia de lo humano (o de la humanidad) representa
histórica y paradójicamente el punto de vista más humano” 169. La proposición de
Judith Butler queda formulada a su vez de una forma mucho más complicada y
posee muchos matices, pero básicamente podría decirse que ella dota a lo abyecto
de una dimensión subversiva capaz de cuestionar radicalmente y, consecuentemente,
de transformar de manera performativa, la realidad normativa. Para Butler, si lo
abyecto es la frontera y la norma se conforma mediante la abyección, es decir, me-
diante la expulsión de todo lo que no se ajusta a ella, entonces lo abyecto constituye
también “una amenaza para tales fronteras, pues indica la persistente posibilidad
de derrumbarlas y rearticularlas” 170.
La norma siempre se construye de manera negativa, mediante la exclusión,
mediante la expulsión de una serie de aspectos particulares que quedan fuera del
modelo normativo. Por tanto, la abyección, el acto de expulsión, de deshumaniza-
ción, no revela lo verdaderamente humano, como tampoco revela lo verdaderamente
masculino o femenino. Prestando atención a la abyección lo único que se consigue
es poner en evidencia la existencia de unas “regulaciones políticas” y de unas “prác-
ticas disciplinarias” que construyen esa norma humana o esa norma sexual. Aún
constituyéndose en límite, en frontera, lo abyecto no revela ninguna verdad de la
norma (de lo humano, de lo sexual), sino todo lo contrario, dejaría al descubierto
su mentira fundacional: que la norma no es tal norma, no es natural, no es esencial;
que la norma es una construcción performativa y que puede subvertirse constante-
mente y adquirir una nueva realidad a partir de nuevas prácticas y discursos que la
reifiquen y la disloquen. De todo ello se infiere la fuerte carga política que posee el
sujeto abyecto, puesto que, al subvertir la norma, al “volverse del revés”, es quien
hace saltar por los aires el camuflaje “naturalista” y “esencialista” de los dispositivos
de normalización (entre ellos, el dispositivo de sexualidad) mediante los cuales se
contrala y se sujeta a los individuos. El siguiente pasaje de El género en disputa es
altamente significativo desde esta perspectiva:
“Actos, gestos y deseo crean el efecto de un núcleo interno o sustancia, pero lo
hacen en la superficie del cuerpo, mediante el juego de ausencias significantes
que evocan, pero nunca revelan, el principio organizador de la identidad como
una causa. Dichos actos, gestos y realizaciones –por lo general interpretados–
son performativos en el sentido de que la esencia o la identidad que pretenden
afirmar son invenciones fabricadas y preservadas mediante signos corporales y
otros medios discursivos. El hecho de que el cuerpo con género sea performativo
muestra que no tiene una posición ontológica distinta de los diversos actos que
conforman su realidad. Esto también indica que si dicha realidad se inventa
como una esencia interior, esa misma interioridad es un efecto y una función de
un discurso decididamente público y social, la regulación pública de la fantasía

169WITTIG, El pensamiento heterosexual, p. 73.


170“(...) la construcción del género opera apelando a medios excluyentes, de modo tal que lo
humano se produce no sólo por encima y contra lo inhumano, sino también a través de una
serie de forclusiones, de supresiones radicales a las que se les niega, estrictamente hablando, la
posibilidad de articulación cultural. (...) Estos sitios excluidos, al transformarse en su exterior
constitutivo, llegan a limitar lo «humano» y a constituir una amenaza para tales fronteras, pues
indican la persistente posibilidad de derrumbarlas y rearticularlas”: J. BUTLER, Cuerpos que
importan, p. 26.
86 8. LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS DEPORTADOS

mediante la política de superficie del cuerpo, el control fronterizo del género


que distingue lo interno de lo externo, e instaura de esa forma la «integridad»
del sujeto” 171.

La importancia ética y política de los sujetos abyectos –que en el caso de esta


investigación serían los sujetos deshumanizados y expulsados de la sexualidad en
el interior de los campos de concentración– fuerza al pensamiento a volver su vista
inexorablemente hacia ellos, puesto que constituyen la clave para desenmascarar a
aquellos poderes que instauran la norma y se ven favorecidos por su perpetuación.
Desde este punto de vista, parece obvio que la deshumanización de los prisioneros de
los campos de concentración y su expulsión de la sexualidad normativa constituye
un proceso que debe situarse en el centro de cualquier análisis sobre el racismo, el
sexismo y otras formas de exclusión propias del nazismo.
Pero además, si tornamos al punto de partida y atendemos a la reflexión que
describe el nazismo como un producto de las contradicciones de la modernidad y
que ha considerado el campo como el principal espacio biopolítico, es decir, como
el espacio político más representativo del poder moderno, el estudio de este proceso
puede adquirir una importancia capital no sólo para tratar de comprender el Tercer
Reich, sino para entender la sociedad occidental en la que vivimos y reformularla
desde un punto de vista ético. Este punto de vista radical, el punto de vista más
extremo, el punto de vista más abyecto, es el de las víctimas, el el de los sujetos
que sufren, el de los oprimidos.
Éste debe ser también, como señala Walter Benjamin, el “peligro” al que se
dirija el discurso del historiador, su manera de “cepillar la historia a contrapelo”:
“Articular históricamente lo pasado no significa «conocerlo como verdaderamente
ha sido». Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el
instante de un peligro” 172. Valgan para sintetizar el valor de esta reivindicación de
la posición más abyecta, la de las víctimas deshumanizadas, las siguientes palabras
de Reyes Mate:
“[La víctima, el sujeto que sufre] es el sujeto que puede conocer lo que los
demás (el que oprime o manda o pasa de largo) no pueden conocer. Su plus
cognitivo es una mirada cargada de experiencia y proyectada sobre la realidad
que habitamos todos. Esa mirada es la que puede decir, dentro de un Estado
social de derecho, que ahí los oprimidos viven en un permanente estado de
excepción o que lo que para la mayoría es progreso es en el fondo un proceso
de ruinas y cadáveres, como dice el ángel de la historia de la tesis IX. Las
imágenes se suceden para explicar esta capacidad cognitiva del sujeto que
sufre. Conocer es disponer de una agudeza visual, capaz de ver en objetos,
situaciones o acontecimientos que todos miramos algo insólito. Es una mirada
que conmueve las seguridades establecidas que sirven de fundamento a la vida
en común, incluso en democracia” 173.

171J. BUTLER, El género en disputa, p. 266.


172Comienzo de la Tesis VI de Benjamin (“Sobre el concepto de historia”, edición y traducción de
Reyes MATE, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin «Sobre el
concepto de historia», Madrid: Trotta, 2006, p. 113).
173R. MATE, Medianoche en la historia, pp. 20–21.
Parte 2

LIBERANDO A LOS MUERTOS


VIVIENTES: LOS TESTIMONIOS DEL
SER HUMANO SOBRE LA
DESHUMANIZACIÓN
Capítulo 1

La disolución del universo concentracionario: el fin


de la guerra, las marchas de la muerte y las
liberaciones de los campos de concentración

La desintegración del universo concentracionario estuvo condicionada por los


avatares que caracterizaron el final de la guerra, siendo el más evidente de todos la
presión cada vez más fuerte ejercida sobre el Reich por los ejércitos aliados a partir
de junio de 1944, con el desembarco de Normandía y el fin de la operación Overlord,
en el frente occidental, y con el desarrollo de la Operación Bagration y la liberación
de parte de Polonia, en el frente oriental, frente que quedo establecido durante el
resto del año 1944 a pocos kilómetros de Varsovia. Pese a todo, el año 1944 se
caracterizó aún por la contención del ataque aliado por parte de la Wehrmacht. De
hecho, las fuerzas del Reich se encontraban aún en la suficiente buena forma como
para acometer en marzo de 1944 la ocupación de Hungría. Este acontecimiento fue
uno de los hitos fundamentales que marcó la recta final de la historia del holocausto
y de la maquinaria de concentración y exterminio. El 14 de mayo de 1944 empezaron
las deportaciones en masa de judíos húngaros a Auschwitz, al ritmo de entre doce
y catorce mil judíos diarios. Los crematorios de Birkenau tuvieron que trabajar a
todo rendimiento y todo el sistema concentracionario sufrió grandes trastornos a
consecuencia de la presión demográfica ejercida por los húngaros recién llegados.
Las deportaciones de los judíos húngaros se detuvieron el 9 de julio de 1944. Para
entonces 438.000 judíos habían sido deportados a Auschwitz, 394.000 de los cuales
fueron exterminados de inmediato. De los seleccionados para el trabajo, muy pocos
seguían vivos al final de la guerra. Con tan sólo quince años, el Premio Nobel Imre
Kertész fue uno de ellos. Europa vivió durante el año 1944 los últimos coletazos del
antisemitismo nazi. La furia antisemita de Hitler, lejos de flaquear, parece que se
intensificó durante los últimos meses de la contienda. La administración nazi siguió
ordenando y perpetrando el exterminio de grandes y pequeñas comunidades judías,
e incluso después de la ofensiva soviética sobre Polonia y Alemania a partir de enero
de 1945, la Gestapo siguió enviando citaciones para la evacuación1.
Pero si algo caracterizó a esta etapa de desintegración del universo concen-
tracionario fue, en primer lugar y a medida que se producía el avance aliado, la
evacuación de los campos de exterminio del este y progresivamente también de los
campos situados a lo largo de todo el territorio del Reich, con la consiguiente y
precipitada destrucción de todas las pruebas de las actividades criminales llevadas
a cabo por los nazis en aquellos centros, y, en segundo lugar, y en parte como con-
secuencia de lo anterior, la extensión a lo largo de todo el continente de las famosas

1Saul FRIEDLÄNDER, El Tercer Reich y los judíos (1939-1945). Vol. 2. Los años de exterminio,
trad. Ana Herrera (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2009, pp. 783-860).

89
90 1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO

marchas de la muerte, esto es, desplazamientos en masa y a gran escala de prisio-


neros que eran trasladados de un lugar a otro y que se desarrollaron en durísimas
condiciones. Un altísimo porcentaje de los prisioneros que fueron embarcados en
estas marchas tristemente famosas pereció durante las mismas.
Los campos de exterminio de Treblinka, Sobibor y Belzec fueron desmantela-
dos en el otoño de 1943, ordenándose a las administraciones de estos centros que
los destruyeran sin dejar rastro. En Treblinka se construyó una granja y en Belzec
se plantaron pinos, aunque después de la guerra un investigador polaco descubrió
los restos de este último campo toda vez que se encontró el terreno levantado, con
despojos humanos por todas partes, en aquellas zonas donde la población local ha-
bía estado buscando objetos valiosos2. No hubo tiempo en cambio de destruir las
evidencias de los crímenes nazis, incluidas las cámaras de gas, en el campo de ex-
terminio de Majdanek. Aunque los alemanes habían empezado a evacuar a algunos
de los internos de este campo hacia Auschwitz ya en abril de 1943, en julio de 1944
y ante la proximidad del Ejército Rojo, los SS trataron de completar la evacuación
a toda prisa, pero sólo lo lograron parcialmente. Los prisioneros organizados en un
comité de resistencia política obligaron a los alemanes a dejar a varios cientos de
prisioneros atrás. Así, cuando los soviéticos alcanzaron Majdanek encontraron en
el lugar a más de mil deportados. Majdanek se convirtió así en el primer campo
importante en ser liberado por los aliados.
Rápidamente los descubrimientos que allí se hicieron fueron publicados en los
periódicos de todo el mundo: fotografías de las instalaciones de la muerte y de
las pertenencias de las víctimas, incluidas montañas de gafas, de pelo y miembros
ortopédicos. La Unión Soviética promovió ampliamente la cobertura mediática a la
historia de Majdanek, no sólo dentro de sus fronteras, sino también en Occidente. La
primera persona en escribir públicamente sobre Majdanek fue Konstantin Simonov,
una figura muy conocida en Rusia que publicó su reportaje en el periódico oficial
del Partido Comunista, el Pravda. Al artículo de Simonov le siguió otro escrito
por Roman Karman, también un corresponsal muy conocido, en el que señalaba:
“En el curso de mis viajes en el territorio liberado nunca había visto nada tan
abominable como Majdanek, cerca de Lublin, el famoso Vernichtungslager [campo
de exterminio] de Hitler, donde más de medio millón de europeos, hombres, mujeres
y niños han sido masacrados... Esto no es un campo de concentración, es una planta
gigante de asesinato”.
Las autoridades soviéticas habilitaron incluso a dos reporteros occidentales en
el campo de concentración. El primero de ellos fue H.W. Lawrence del New York
Times, que escribió un largo y muy gráfico artículo que comenzaba con la famosa
frase: “Acabo de ver el lugar más terrible sobre la faz de la tierra”. El segundo de
los reporteros occidentales fue Alexander Werth, un inglés que era bien conocido
por su inclinación pro-soviética. Su historia debía haber sido emitida por la BBC,
pero fue rechazada por considerarla un truco propagandístico ruso. El reportaje de
Werth no apareció en los medios hasta septiembre de 1944, en el periódico The
Christian Science Monitor. Al mes siguiente The Illustrated London News publicó
12 fotografías de Majdanek, que vinieron acompañadas de un texto en el que se
indicaba que se había tomado la decisión de mostrar aquellas imágenes para conju-
rar los rumores de que los crímenes nazis eran pura propaganda y aportar pruebas
sólidas que los lectores pudieran entender de que las atrocidades eran reales. Pese
2Raul HILBERG, La destrucción de los judíos europeos (Madrid: Akal, 2005, pp. 1079-1093).
1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO 91

a todo, el impacto de la noticia de la liberación de Majdanek en Occidente fue muy


limitado. “Aquellos que lo habían creído, confirmaron sus opiniones; aquellos que
no lo habían creído se mantuvieron escépticos”. Un alto porcentaje de occidentales
tomó las imágenes y los relatos de Majdanek efectivamente como propaganda so-
viética. En el único lugar donde la liberación de este campo causó una verdadera
conmoción fue dentro de la propia Alemania, siendo entonces cuando muchos de
los súbditos de Hitler creyeron realmente en la existencia de las cámaras de gas3.
Fue en el contexto de las evacuaciones de los campos y del progresivo avance
aliado cuando empezaron a producirse las primeras marchas de la muerte. Según
Saul Friedländer la primera marcha de la muerte a gran escala fue la marcha de va-
rias decenas de miles de judíos procedente de Budapest y con destino a Austria, que
partieron de la capital húngara a finales de octubre de 1944. El Reich tenía grandes
necesidades de trabajadores, especialmente para nutrir el programa de construcción
de cazabombarderos y misiles V-2 liderado por Hans Kammler. Se decidió entonces
que se emplearía el trabajo esclavo de los judíos húngaros, toda vez que se había
restablecido el control en Hungría tras el arresto del regente Miklós Horthy y su
hijo y el nombramiento de un gobierno encabezado por el líder del partido fascista
de la Cruz Flechada, Ferenc Szálasi. El único problema era que todo el sistema de
transporte se había venido abajo, por lo que la única manera de trasladar a los
judíos era a pie. Así los judíos, muchos de ellos mujeres, se embarcaron en un viaje
sin retorno y sin comida, a través de la nieve y la lluvia. Aunque Szálasi canceló
todas las marchas el 21 de noviembre a causa de las altas tasas de mortalidad que
produjeron entre las mujeres, a esas alturas ya habían partido al menos 30.000 ju-
díos de Budapest4. El desgaste de estos esclavos en los contingentes de trabajo fue
muy alto. Más adelante, durante la retirada alemana, muchos de estos desplazados
fueron ejecutados y muchos otros conducidos nuevamente a pie hacia el campo de
concentración de Mauthausen y hacia el campo de Gunskirchen, ciudad próxima a
Wells. Los supervivientes fueron liberados por el Ejército americano.
Como bien señala Hilberg, en 1944 sólo quedaba un campo de exterminio fun-
cionando a pleno rendimiento y éste era por supuesto Auschwitz. Entre mayo y
octubre de 1944 casi 600.000 judíos fueron trasladados a este centro. El 7 de oc-
tubre de 1944 se produjo en Auschwitz la famosa rebelión del Sonderkommando
cuyos miembros, ante la certeza de que pronto serían ejecutados, se armaron con
explosivos y, a la desesperada, se enfrentaron a las SS. Durante la batalla, en la
que murieron 450 presos y tres hombres de las SS, se prendió fuego y se destruyó el
Crematorio III. No obstante, en noviembre de ese año Himmler decidió que a efectos
prácticos la cuestión judía podía darse por resuelta y el 25 de este mes él mismo
ordenó desmantelar las instalaciones de exterminio. Auschwitz seguía no obstante

3Jon M. BRIDGMAN, The End of the Holocaust: the Liberation of the Camps (Londres: Batsford,
1990, pp. 17-21).
4R. HILBERG, La destrucción de los judíos europeos, pp. 948-950. Raul Hilberg señala que en
una carta enviada el 21 de noviembre de 1944 al Ministerio de Exteriores del Reich y firma-
da por Edmund Veesenmayer, oficial de las SS y plenipotenciario del Reich en Hungría des-
de marzo de 1944, se concluía que “sólo” se habían logrado enviar 30.000 judíos de los 50.000
previstos. No obstante, Saul Friedländer mantiene la cifra de 50.000 judíos como participantes
en esta marcha de la muerte (S. FRIEDLÄNDER, El Tercer Reich y los judíos [1939-1945],
p. 834). El Museo del Holocausto de Washington eleva por su parte esta cifra a 70.000 ju-
díos ([Link] accedido el 07 de mayo
de 2015).
92 1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO

albergando decenas de miles de presos, recibiendo su último transporte en fecha tan


tardía como el 5 de enero de 1945. Durante dos meses permaneció a la espera de que
se produjera la ofensiva soviética, que se demoró hasta el 12 de enero. Cinco días
después, el 17 de enero, tuvo lugar la última revista en el campo, contándose 31.894
en Auschwitz-Birkenau y 35.118 en Monowitz5. Entonces se decidió evacuar a los
presos. En los dos días siguientes fueron trasladados 58.000 prisioneros a pie que
marcharon a través del invierno polaco. Los presos enfermos permanecieron en los
hospitales. El 20 de enero se dieron instrucciones de liquidar a los prisioneros que
habían quedado atrás, fusilándose entonces a 200 deportadas judías y volándose los
crematorios I y II. También los archivos del bloque médico fueron arrasados, aunque
el Dr. Mengele se llevó con él las notas de sus experimentos con gemelos. También
la fábrica de la I.G. Farben situada en Monowitz destruyó toda su documentación.
En la madrugada del 27 de enero las SS estallaron el último de los crematorios de
Auschwitz que quedaba en pie, el crematorio IV, que se había mantenido hasta el
final para eliminar a los últimos cadáveres. Ese mismo día por la tarde el Ejército
Rojo liberó Auschwitz y con él a varios miles de supervivientes6.
A diferencia de la cobertura mediática dada al campo de Majdanek, el gobierno
soviético no sólo no publicitó de la misma manera la liberación de Auschwitz, sino
que parecía determinado a prevenir que el mundo tuviera cualquier noticia sobre
el centro de exterminio más infame de todos. De hecho, el primer relato completo
elaborado por los rusos se publicó el 7 de mayo de 1945, pero la historia quedó
completamente sepultada bajo la noticia de la rendición incondicional de Alemania
que se produjo ese mismo día7.
Tras el desencadenamiento de la ofensiva soviética el 12 de enero de 1945,
el Ejército Rojo avanzó rápidamente espoleado por el objetivo de poner fin a la
guerra en Europa en 45 días. A su paso, dejaba todo arrasado: asesinatos en masa,
saqueos, violaciones y destrucciones de todo tipo. Cientos de miles, quizás millones,
de mujeres alemanas fueron violadas por los soldados rusos, la mayoría de ellas
en la ciudad de Berlín8. No era raro encontrar pueblos ocupados por las fuerzas
soviéticas en los que todas las mujeres de entre 12 y 30 años habían sido violadas.
La violencia descontrolada que acompañó al avance aliado, particularmente desde
el este, fue una de las experiencias traumáticas que más impacto psicológico tuvo
sobre la población alemana durante los años de posguerra. Como consecuencia de
5La población de Auschwitz en julio de 1944 era de 135.000 prisioneros, lo que significa que desde
entonces hasta la evacuación ya se había producido un descenso demográfico considerable (J.
BRIDGMAN, The End of the Holocaust, p. 23).
6Raul Hilberg apunta la cifra de 7.000 supervivientes que saludaron al Ejército Rojo, mientras que
Jon Bridgman señala que de los 6.000 prisioneros que fueron dejados atrás tras la evacuación del
campo, sólo 3.000 estaban vivos el 27 de enero, y otros 1.000 morirían en los días posteriores a la
liberación. Esta última cifra se aproxima a la de 2.819 supervivientes que daban Vasili Grossman
y Ilyá Ehrenburg en El libro negro (R. HILBERG, La destrucción de los judíos europeos, p. 1084;
J. BRIDGMAN, The End of the Holocaust, p. 26 y Vasili GROSSMAN y Ilyá EHRENBURG,
eds., El libro negro (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2011, p. 1060).
7J. BRIDGMAN, The End of the Holocaust, pp. 26-27.
8Atina Grossmann señala que las estimaciones más conservadoras apuntan a 110.000 mujeres
violadas repetidamente en Alemania, de las que 10.000 habrían muerto como consecuencia de
esta violencia sexual. Otras estimaciones aumentan la cifra de mujeres violadas hasta 1 o incluso
2 millones a lo largo de toda Alemania, siendo Berlín siempre la ciudad más maltratada, con
1 de cada tres mujeres violadas sobre un total de millón y medio (Atina GROSSMANN, Jews,
Germans, and Allies: Close Encounters in Occupied Germany, Princeton: Princeton University
Press, 2007, p. 49).
1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO 93

esta situación, durante los últimos meses de la contienda se produjeron millones


de desplazamientos. El pánico ante la llegada soviética hizo a muchos alemanes
abandonar sus hogares precipitadamente. Las carreteras y los caminos se llenaron
entonces de refugiados y el caos empezó a invadirlo todo. En este contexto, además,
se terminaron de desarrollar las evacuaciones de los campos que quedaban en el este,
lo que contribuyó sin duda a empeorar la anarquía imperante en Europa en aquellas
horas difíciles9.
La evacuación de los campos del este se llevó a cabo con mucha confusión. Co-
mo señala Friedländer, los documentos parecen indicar que nadie parecía saber bien
quién estaba a cargo de las evacuaciones10. En respuesta a una duda expresada por
Ernst Heinrich Schmauser, responsable de las evacuaciones en el área de Silesia, a
mediados de enero Himmler redactó una orden en la que se especificaba que ningún
prisionero sano debía dejarse atrás durante las evacuaciones de los campos. Al pa-
recer Himmler había asegurado que el Führer haría responsables a los comandantes
de los campos de que cualquier prisionero cayera vivo en las manos del enemigo.
Sin embargo, otros testimonios aseguran que el destino de los prisioneros se dejó
en manos de los propios comandantes. Con frecuencia, las órdenes de evacuación
se recibieron en el último momento, lo que dejó poco margen para los preparati-
vos. En cualquier caso, durante la evacuación de Auschwitz y de sus subcampos se
estableció la pauta de dejar atrás a los enfermos, a aquellos incapaces de realizar
el viaje a pie. Como señala Daniel Blatman, el quedarse atrás era con frecuencia
percibido como una condena a muerte11. No obstante, lo cierto es que la dureza
de las marchas hizo que fuera justamente al contrario. Al final de su testimonio en
Si esto es un hombre, Primo Levi retrata bien esta certeza de estar sentenciados
que perseguía a los prisioneros abandonados a su suerte en Auschwitz, frente al
optimismo con el que se marchaban los evacuados. Levi recuerda a dos muchachos
húngaros que se encontraban aún convalecientes pero que decidieron unirse a los
marchantes, atemorizados por lo que pudiera ocurrirles de permanecer en el campo.
Y recuerda a su amigo Alberto, quien se despedía de él “alegre y confiado”, pero al
que nunca más volvería a ver. “Debían de ser cerca de veinte mil, procedentes de
varios campos –explicaba Levi– . En su casi totalidad, desaparecieron durante la
marcha de evacuación: Alberto entre ellos” 12.
Tampoco durante las marchas parecían estar muy claras las órdenes a seguir.
Los miles de prisioneros fueron evacuados parcialmente en trenes de mercancías,
apilados en vagones sin techo, y parcialmente a pie, atestando los caminos que se
encontraban ya densamente invadidos por los soldados y los civiles en retirada. Las
columnas de deportados se extendían a lo largo de muchas millas y los guardias
situados a la cola con frecuencia perdían de vista la cabecera, lo que complicaba
sobremanera cualquier intento de enviar un mensaje o detener la marcha. Los guar-
dias tenían órdenes de disparar a cualquier prisionero que tratara o pareciera tratar
de escaparse o que se quedara rezagado. Los caminantes tuvieron que marchar so-
bre la nieve, con una vestimenta totalmente inadecuada y con apenas provisiones
alimenticias. El contar o no con un buen par de zapatos constituyó en ocasiones la

9Daniel BLATMAN, The Death Marches. The Final Phase of Nazi Genocide (Cambridge [MA]
y Londres: The Belknap Press of Harvard University Press, 2011, pp. 75-79).
10S. FRIEDLÄNDER, El Tercer Reich y los judíos (1939-1945), p. 842.
11D. BLATMAN, The Death Marches, p. 81.
12Primo LEVI, Si esto es un hombre (Barcelona: Muchnik Editores, 2001, p. 169).
94 1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO

diferencia entre la vida y la muerte. Los caminos de la Alta Silesia se plagaron de


fosas comunes en las que acababan amontonados los cadáveres de todos los prisio-
neros que sucumbieron durante las marchas. Además, el personal nazi a cargo de
las evacuaciones con frecuencia ni siquiera parecía saber con exactitud cuál era su
destino o qué ruta debían seguir13.
Las marchas de la muerte se extendieron por Europa a lo largo de los siguientes
cinco meses. A medida que los ejércitos aliados avanzaban hacia el interior del
continente, nuevos campos eran evacuados, con los consiguientes traslados en masa
de sus habitantes. El siguiente en la lista fue Gross-Rosen, que en las semanas
previas a su evacuación se había convertido en un campo de tránsito que había dado
acogida a prisioneros procedentes de Auschwitz, albergando unos 97.000 prisioneros
en febrero de 1945. Las condiciones en el campo durante esas pocas semanas fueron
absolutamente dantescas y la mortalidad se disparó. El 6 de febrero se emitió una
orden para evacuar los campos y subcampos de Gross-Rosen, comenzando así la
segunda oleada de marchas de la muerte, que se dirigían en esta ocasión hacia
Buchenwald, Mittelbau- Dora y Flossenbürg. El campo sería liberado el 13 de ese
mismo mes por el Ejército soviético14.
Desde febrero de 1945, todos estos prisioneros evacuados desde el este empe-
zaron a llegar progresivamente a los campos situados en el interior del Reich. Su
llegada generó mucha inquietud y acabó convirtiéndose en un problema de enor-
mes magnitudes, ya que si bien Alemania necesitaba mano de obra esclava para
afrontar el envite aliado, el sistema de campos de concentración alemán no estaba
absolutamente preparado para dar acogida a semejante aluvión de prisioneros. Las
condiciones en los campos empezaron por tanto a deteriorarse a gran velocidad. La
presión ejercida por la población deportada llegada del este provocó que durante los
últimos meses de existencia de la Alemania nazi se produjera un repunte de las me-
didas de aniquilación, con una política específica encaminada a eliminar a aquellos
“prisioneros peligrosos”, considerados susceptibles de convertirse en una importante
amenaza durante la llegada de los Ejércitos aliados. Esta nuevo repunte del asesi-
nato en masa se dirigió también de una forma especial hacia los deportados más
débiles y adquirió tanta relevancia que en algunos campos situados en el corazón
de Alemania, como Ravensbrück o Dachau, se llegaron a construir cámaras de gas
después de enero de 1945.
En estas circunstancias, en la primavera de 1945 se produjo la última oleada
de evacuaciones y de marchas de la muerte. Mittelbau- Dora fue uno de los pri-
meros campos en ser evacuados (las operaciones de evacuación comenzaron el 8 de
marzo, aunque el grueso de los traslados se llevaron a cabo en los primeros días de
abril, siendo Bergen-Belsen el destino principal de la mayoría de los deportados,
adonde, entre el 8 y el 11 de abril, llegaron unos 23.700 prisioneros procedentes
de este campo). Los americanos liberaron Mittelbau- Dora el 11 de abril de 1945,
encontrando en Boelcke (uno de sus subcampos de este complejo que había sido
convertido en enero en un campo de concentración de enfermos) únicamente 100
supervivientes enfermos, la mayoría de los cuales murieron en los días sucesivos, y
unos 2.000 cadáveres15.

13D. BLATMAN, The Death Marches, pp. 79-97.


14D. BLATMAN, The Death Marches, pp. 97-105 y R. HILBERG, La destrucción de los judíos
europeos, pp. 1084-1085.
15D. BLATMAN, The Death Marches, pp. 126-143.
1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO 95

Ese mismo día, el 11 de abril de 1945, los americanos entraron también en el


campo de concentración de Buchenwald. El 6 de abril ya habían alcanzado uno
de sus subcampos, Ohrdruf, donde habían descubierto más de mil cadáveres de
prisioneros exterminados. En esta ocasión, las autoridades nazis decidieron no dejar
atrás ningún superviviente tras la evacuación del campo. Las terribles imágenes
de Ohrdruf llegaron a la prensa16 y se convirtieron rápidamente en uno de los
símbolos del horror. En cambio, la entrada aliada en Buchenwald, situado a unos
50 kilómetros, fue muy distinta ya que este campo de concentración fue el primero
y el único liberado por los propios deportados. Para cuando los americanos hicieron
acto de presencia, los prisioneros ya se habían hecho con el control del lugar y
ondeaba una bandera blanca. Aunque no fue hasta el 13 de abril cuando el ejército
estadounidense tomó el mando del campo de concentración.
Las dramáticas condiciones en las que se encontraban los supervivientes se
hicieron también eco en los periódicos y Buchenwald, como algunos días después
Bergen-Belsen, se erigió en emblema de las atrocidades nazis17. Al ser el primer
gran campo en ser liberado por los aliados occidentales, enseguida se convirtió en
un lugar de peregrinación para muchas autoridades y para otras figuras de mayor
o menor relevancia pública que querían “ver con sus propios ojos”. Eisenhower y
Patton visitaron el campo. Al primero de ellos, las escenas que encontró en aquel
lugar le causaron un gran impacto, o al menos esto se deduce de la huella que
dejaron en sus escritos y memorias sobre la guerra. A sugerencia de Eisenhower,
además, Churchill envió una delegación de miembros del Parlamento británico cuya
misión era verificar las atrocidades y dar credibilidad a aquel descubrimiento que
parecía confirmar de una vez por todas la perversidad innata alemana18.
Las evacuaciones de la primavera de 1945 trajeron consigo nuevas y notables
atrocidades durante el transcurso de las marchas de la muerte. Una de las más
famosas y publicitadas fue la masacre de Gardelegen, perpetrada contra un grupo
de unos mil deportados procedentes principalmente de una marcha que había salido
de Mittelbau y de sus sub-campos varios días antes con destino a los campos de
Bergen-Belsen, Neuengamme o Sachsenhausen. A causa de los bombardeos aliados,
las rutas hacia el norte de Alemania que partían del área de Gardelegen estaban
interrumpidas y miles de prisioneros desplazados se habían quedado atrapados en la
zona, en un momento marcado por la retirada de los ejércitos alemanes y la eminen-
te llegada de las tropas americanas. Las autoridades responsables eran Kreisleiter
Gerhard Thiele, el líder del partido nazi en el distrito de Gardelegen, Paul Marx,
cabeza local del Frente Alemán del Trabajo (DAF), Hans Debrodt, comandante del
llamado Volkssturm (Fuerzas de Asalto del Pueblo) y miembro del Partido Nazi
desde 1933, y Josef- Rudolf Kuhn, militar a cargo de las caballerías en Gardelegen,
entre otros. A los ojos de estas autoridades (especialmente de Thiele) los prisioneros
representaban una grave amenaza para la población de la zona, especialmente si

16Una fotografía del general Eisenhower en el campo de Ohrdruf sirvió de portada para The
Illustrated London News el 28 de abril de 1945. Otras imágenes de este campo aparecieron en
“Nazi Mass Murders on Eve of Defeat Prepare for New War”, en el NY Daily Worker, jueves 19 de
abril de 1945, p. 2 o en “Scenes From German Murder Factory”, en The Washigton Post, sábado
21 de abril de 1945, p. 3, por ejemplo.
17Destaca por ejemplo el artículo “Buchenwald: the Lowest Point of Human Degradation”, en el
Daily Telegraph and Morning Post, sábado 28 de abril de 1945, p. 2.
18D. BLATMAN, The Death Marches, pp. 143-154 y J. BRIDGMAN, The End of the Holocaust,
pp. 77-82.
96 1. LA DISOLUCIÓN DEL UNIVERSO CONCENTRACIONARIO

caían con vida en manos aliadas, ya que temían que tras su liberación saquearan,
destruyeran y violaran todo lo que se les pusiera por delante. La solución a ojos de
estos individuos estaba clara: era necesario liquidarlos. Así es como el 13 de abril
de 1945 llevaron a más de 1.000 prisioneros a un granero situado a unos pocos kiló-
metros al noreste de la ciudad, en la granja de Isenschnibbe, los encerraron dentro
y prendieron fuego al edificio, disparando a cualquiera que tratara de escapar. A
lo largo de la madrugada del 14 de abril comenzaron las tareas de ocultación del
crimen, lideradas por otro de los miembros del Volkssturm, Hermann Holtz, y que
implicaron a una gran cantidad de individuos locales, concentrados en cavar fosas
y enterrar a los muertos. Entre los cadáveres surgían con frecuencia supervivientes
fatalmente heridos, que eran rematados en el acto. No obstante, la proximidad de
los americanos impidió a este batallón poder terminar completamente esta labor de
limpieza.
Al día siguiente, el 15 de abril de 1945 el ejército de los Estados Unidos ocupó la
ciudad. Ese mismo día, un grupo de unos 15 hombres pertenecientes al 2o Batallón
del Regimiento 405 que patrullaban los alrededores del lugar, encontraron a un
joven polaco vestido con el uniforme del campo de concentración y que apenas era
capaz de tenerse en pie. Era Edward Antoniak, uno de los pocos supervivientes
de la masacre. Cuando los americanos alcanzaron el granero, donde aún quedaban
varios cientos de cadáveres, fueron testigos de las imágenes más dantescas de todas
las que llegaron a la prensa en aquellos días, convertidas rápidamente en todo un
símbolo de las atrocidades y del horror que acompañaba a las terribles marchas de
la muerte19.
En los días sucesivos, los campos de concentración que aún quedaban en pie
fueron siendo progresivamente liberados por los aliados: Bergen-Belsen, fue liberado
por los británicos el 15 de abril de 1945; Sachsenhausen, Ravensbrück y Stutthof,
fueron liberados por los soviéticos respectivamente el 22 de abril, el 30 de abril y el 9
de mayo; y Dachau y Mauthausen, fueron liberados ambos por los americanos el 29
de abril y el 5 de mayo, respectivamente. Progresivamente, el sistema de campos de
concentración quedó así desmantelado, aunque con ello no terminó la pesadilla para
los supervivientes, convertidos entonces en refugiados, muchos de ellos sin familia
y sin hogar al que regresar, que quedaron atrapados en una red burocrática en el
corazón de Europa, en algunos casos durante largos años, antes de poder emigrar
y echar raíces en algún rincón del mundo20.

19Imágenes de la masacre de Gardelegen aparecieron pronto publicadas en diversos medios, entre


ellos el Daily Worker londinense (sábado 21 de abril de 1945, p. 2), The Daily Telegraph and
Morning Post (lunes 23 de abril de 1945, p. 8) o en el reportaje titulado “Atrocities” y publicado
por la revista Life el 7 de mayo de 1945 (p. 35).
20Atina Grossmann señala que en enero de 1946 en el territorio occidental de Europa aún perma-
necían en torno a 1 millón de desplazados, la mayoría de ellos concentrados en las zonas americana
y británica, el 20 por ciento de los cuales eran niños, y muchos de éstos huérfanos (A. GROSS-
MANN, Jews, Germans, and Allies, p. 132). En el capítulo cuarto de este libro, Grossmann
explica también algunos de los principales problemas que debieron afrontar los desplazados y los
refugiados en la inmediata posguerra antes de ser admitidos por algún país y poder fundar un
hogar propio.
Capítulo 2

La liberación del campo de concentración de


Bergen-Belsen: un caso sintomático.

“Probablemente ya has leído sobre Belsen; no era tanto un


campo de tortura como un vertedero al que los alemanes
enviaban a aquellos seres humanos que no querían y allí
les dejaban morir de hambre y enfermedad”
Teniente C.H.W. Hodges21.

2.1. El campo de concentración de Bergen-Belsen: un poco de


historia.
Como señala Daniel Blatman, a principios de 1945 el campo de concentración
de Bergen- Belsen encarnaba perfectamente la última etapa de la maquinaria del
exterminio nazi. De alguna manera, este campo se había convertido en una especie
de microcosmos en el que quedaban perfectamente reflejados los últimos avatares
de la guerra y el progresivo deterioro del universo concentracionario. No en vano,
Belsen fue uno de los últimos destinos para esos millones de prisioneros evacuados
que estuvieron pululando por Europa durante los últimos meses de la contienda,
así que en cierta manera para muchos fue el último estadio de la experiencia con-
centracionaria.
Sin embargo, este campo de concentración no había sido siempre el “infierno
en la tierra” descrito por las fuerzas libertadoras británicas que llegaron al lugar
en abril de 1945. Muy al contrario, durante buena parte de su historia Belsen
se había tenido por un campo “privilegiado”. Entre 1935 y 1938 el área situada
alrededor de las dos torres de Bergen y Belsen, en el Brezal de Luneburgo, a cien
kilómetros al sur de la ciudad de Hamburgo, sirvió como localización de una serie
de barracas y terrenos que se utilizaron para el entrenamiento de las unidades
militares de las divisiones panzer del ejército alemán y más tarde, a partir de 1940,
para albergar un campo de prisioneros de guerra denominado Stalag XIC/311. Ese
año 600 prisioneros de guerra franceses y belgas fueron alojados en sus instalaciones
y en junio de 1941 se les unieron entre 20 y 30 mil prisioneros de guerra soviéticos.
Las historia de estas decenas de miles de hombres fue catastrófica. Los alemanes no
respetaron las obligaciones que habían adquirido con la firma en 1929 del Convenio
de Ginebra sobre el trato a los prisioneros de guerra, por lo que las condiciones de
cautiverio de estos individuos fueron penosas, hasta el punto de que la mortalidad
alcanzó un ratio de 100 muertos diarios y para enero de 1942 se estima que entre
11 y 14 mil de estos hombres habían perecido debido al abandono, la enfermedad y
la malnutrición. De hecho, este campo de prisioneros fue el más mortífero de toda
21Carta escrita el 20 de mayo de 1945 desde Bergen-Belsen por el teniente Hodges, en IWM Private
Papers of Lieutenant C.H.W. Hodges, Documents 11560, Ref. 01/32/1, p. 2.

97
98 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

Alemania. Entre abril de 1943 y enero de 1945, además, algunas de sus instalaciones
fueron utilizadas como campo hospitalario para prisioneros de guerra enfermos,
entre los que había franceses, holandeses, italianos y rusos22.
Los orígenes del campo de concentración de Belsen se remontan no obstante
a la primavera del año 1943, cuando el Ministerio de Exteriores alemán y las SS
llegaron a un acuerdo para establecer en una de las secciones vacías del complejo
de Bergen-Belsen un campo de detención en el que se alojarían a aquellos judíos
que los alemanes consideraban prominentes o con conexiones que podían conver-
tirlos en sujetos de interés para los aliados, con vistas a poder ser intercambiados
por prisioneros alemanes o por bienes materiales. Aunque podía haber tenido el
estatus de campo de internamiento civil, fue inmediatamente integrado en el sis-
tema de campos de concentración gestionado por la administración económica de
las SS. De esta forma se evitaban estar sujetos a las inspecciones de la Cruz Roja
Internacional y podían en un momento dado deportar a sus prisioneros a cualquie-
ra de los centros de exterminio que formaban parte del sistema concentracionario.
Bergen-Belsen quedó a cargo de dos administraciones distintas, la Dirección General
Económico-Administrativa de las SS (WVHA) y la Oficina Central de Seguridad del
Reich (RSHA), que descuidaron completamente el gobierno del campo, con edificios
destartalados e instalaciones sanitarias totalmente inadecuadas23.
Un primer grupo de deportados llegó a Belsen el 25 de abril de 1943, procedente
del campo de concentración de Natzweiler-Struthof, seguido por otros tres grupos
procedentes de este mismo campo y de Buchenwald, que arribaron entre abril y
mayo de ese año, alcanzando la cifra de 600 prisioneros. Ellos serían los encargados
de erigir las barracas del campo y se convertirían en sus primeros habitantes. Entre
junio y julio de 1943 llegaron también los primeros judíos destinados al intercambio:
un total de 2.400 judíos polacos con pasaportes y “promesas” (papeles prometiendo
pasaportes) latinoamericanos. No obstante, para entonces Alemania ya había de-
cidido no reconocer esas “promesas” y deportó a sus propietarios a Auschwitz en
los meses sucesivos. A lo largo del verano y del otoño llegaron nuevos transportes.
Entre ellos, destaca la llegada de 360 judíos sefarditas procedentes de Salónica, que
portaban en su gran mayoría pasaporte español y que fueron alojados en una sección
separada dentro del campo especial conocida con el nombre de “campo neutral”, en
la que disfrutaron de relativas buenas condiciones. Después de largas negociacio-
nes, este grupo fue aceptado en España en febrero de 1944 y, desde ahí, enviado a
Palestina.
A principios de 1944, 3.670 judíos destinados al intercambio fueron deportados
desde los Países Bajos y alojados en una sección de Belsen que comenzó a conocerse
con el nombre de “campo estrella” debido a que a sus habitantes se les permitió con-
servar sus ropas de civiles, en las cuales, a causa de las leyes antijudías holandesas,
llevaban bordada una estrella de David de color amarillo como símbolo distintivo.
Otros 200 judíos procedentes del norte de África, Bélgica, Francia, Yugoslavia y Al-
bania fueron también instalados en el “campo estrella” lo que confirió al lugar una
atmósfera cosmopolita. En total, en julio de 1944 unos 4.000 judíos de diferentes

22David CESARANI, «A Brief History of Bergen-Belsen», en Belsen 1945: New Historical Pers-
pectives, ed. Suzanne BARDGETT y David CESARANI (Edgware: Vallentine Mitchell, 2006, pp.
13-14).
23Christine LATTEK, «Bergen-Belsen: From “Privileged” Camp to Death Camp», en Belsen in
History and Memory, ed. Joanne REILLY et al. (Londres: Frank Cass, 1997, pp. 44-45).
2.1. EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN: UN POCO DE HISTORIA. 99

nacionalidades destinados al intercambio permanecían retenidos en Bergen- Belsen,


pero tan solo 358 de ellos fueron realmente intercambiados: 222 judíos que poseían
lazos con Palestina fueron trasladados a Haifa en julio de 1944 y 136 prisioneros
con papeles de países sud y centroamericanos llegaron a Suiza en enero de 194524.
Para la mayoría de estos judíos de Belsen, por lo tanto, el intercambio fue
siempre una quimera. Este grupo se vio obligado a permanecer en el campo en
condiciones que empeoraban cada día. Aunque las SS catalogaron al “campo es-
trella” como un campo “con privilegios”, lo cierto es que la situación en la que se
encontraban los internos distaba mucho de ser privilegiada: estaban sometidos a
duros trabajos forzados, las raciones diarias de comida eran terriblemente magras,
debían soportar la crueldad y el sadismo arbitrario del personal de las SS respon-
sable, y aunque se permitió a las familias permanecer unidas, las largas e intensas
jornadas de trabajo apenas permitían a las madres reencontrarse con sus hijos. Por
lo demás, los prisioneros alojados en las distintas secciones del campo disfrutaban
de diferentes tratamientos. Los habitantes del “campo neutral” no estaban someti-
dos a trabajos forzados. Otros 350 polacos permanecían aislados en otro complejo,
presumiblemente por su conocimiento de la maquinaria de exterminio en funciona-
miento en el este. En julio de 1944 se abrió una tercera sección a la que trasladaron a
1.700 judíos procedentes de Hungría y que habían llegado a Belsen enviados allí por
Eichmann como gesto de buena voluntad en el marco de las negociaciones surgidas
a raíz de la propuesta nazi de liberar un millón de judíos húngaros a cambio de
10.000 camiones y otros suministros para el Tercer Reich. Pese al fracaso de estas
negociaciones (que según Friedländer constituían una trampa para los aliados) los
judíos húngaros recibieron un trato relativamente bueno y consiguieron finalmente
ser admitidos en Suiza en los últimos meses de la guerra25. Finalmente existía una
cuarta sección denominada Häftlingslager en la que estaban confinados unos 1.000
prisioneros regulares, cuyas condiciones no diferían de las de los demás internos en
el resto de la red concentracionaria26.
A lo largo de 1944 Bergen-Belsen se integraría plenamente dentro del sistema
de campos de concentración nazis a raíz de dos circunstancias fundamentales. La
primera fue su conversión en “campo de recuperación” o “campo hospitalario” al
que se destinaron prisioneros enfermos y exhaustos procedentes de todo el sistema
concentracionario, siendo el primer transporte enviado al campo uno formado por
1.000 inválidos y tuberculosos procedente de Mittelbau- Dora (de los cuales sólo
sobrevivirían 57). Estos enfermos se alojarían en el Häftlingslager donde, sin me-
dicinas, sin comida y sin servicios sanitarios adecuados, se convirtieron en un foco
de enfermedades infecciosas que rápidamente alcanzarían rango de epidemia dentro
de esta sección, aunque no se propagaran al resto del campo a causa de la rígida
separación que existía entre los distintos complejos. La segunda circunstancia fue la
creación de un campo de mujeres en agosto de 1944 como consecuencia de la llegada
sistemática de prisioneros en tránsito hacia las fábricas de municiones situadas en
los campos del oeste como Buchenwald o Flossenbürg. A lo largo del otoño siguieron
llegando transportes cargados con deportadas procedentes de Auschwitz-Birkenau,
la mayoría de ellas enfermas y extremadamente débiles, que permanecieron en el

24D. CESARANI, «A Brief History of Bergen-Belsen», pp. 16-17 y C. LATTEK, «Bergen-Belsen:


From “Privileged” Camp to Death Camp», pp. 44-46.
25S. FRIEDLÄNDER, El Tercer Reich y los judíos (1939-1945), pp. 807-813.
26J. BRIDGMAN, The End of the Holocaust, pp. 37-38.
100 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

cada vez más superpoblado y sucio campo de concentración, constituyendo para


diciembre de 1944 el grupo más grande de Belsen, formado por 8.000 mujeres. Al
principio las nuevas internas tuvieron que vivir en tiendas de campaña, aunque más
adelante acabaron hacinadas en el “campo estrella” junto con sus antiguos habitan-
tes. Es indudable que las instalaciones de Belsen se habían quedado pequeñas. La
función “privilegiada” original que había tenido el campo, función que implicaba
unos niveles poblacionales reducidos, no había ayudado precisamente a promocio-
nar el desarrollo de las infraestructuras y los servicios al nivel de otros centros del
sistema concentracionario, por lo que el campo no se encontraba en absoluto pre-
parado para afrontar las condiciones tan terribles que iban a imponer estos nuevos
traslados. De ahí que la degradación fuera tan rápida y notoria. Tanto es así que un
grupo de 3.000 mujeres llegadas de Auschwitz a principios de noviembre encontró
la dura situación en Belsen absolutamente impactante27.
En diciembre de 1944 Belsen, que estaba preparado como mucho para albergar
a 7.500 prisioneros, alojaba a más de 15.000, casi todos judíos. Las condiciones
empezaban a deteriorarse con mucha rapidez y Himmler decidió mandar a Josef
Kramer, entonces comandante de Auschwitz-Birkenau, a hacerse cargo de la situa-
ción. Kramer llegó a Belsen acompañado de varios individuos del personal SS que
había trabajado con él en Auschwitz. Con su llegada, los judíos destinados al inter-
cambio perdieron los privilegios que les quedaban, se instauró el sistema de Kapos
que funcionaba en el resto del sistema concentracionario28, el maltrato físico y las
escuadras de trabajo se convirtieron en la norma y se abolieron todos los vestigios
que quedaban de las instituciones judías de autogobierno. Belsen se convirtió así
en un campo de concentración con todas las letras. En los tres meses siguientes las
condiciones empeoraron a una velocidad pasmosa. Para marzo de 1945 la pobla-
ción del campo casi se había triplicado, albergando más de 41.000 prisioneros. La
mayoría de las mujeres procedían de Auschwitz, Gross Rosen y otros sub-campos
de Silesia que habían sido evacuados a raíz de la ofensiva soviética. La mayoría
de los hombres eran trabajadores procedentes de las fábricas de municiones. En
una carta escrita por Kramer el 1 de marzo de 1945 y dirigida al general de las
SS Richard Glücks, aseguraba que la capacidad de alojamiento de las barracas se
había sobrepasado en un treinta por ciento, hasta tal punto que los prisioneros no
podían dormir tumbados y debían permanecer sentados. Además había habido un
brote de tifus que no hacía más que extenderse y los suministros de alimentos eran
altamente insuficientes. Como consecuencia de todo ello, las tasas de mortalidad
habían pasado de unos 60 o 70 muertos diarios, a entre 250 y 30029.
El 10 de abril de 1945 el general de las SS Kurt Becher llegó al campo de
concentración de Belsen con la intención de supervisar la situación. Se entrevistó
con Kramer, quién le describió un cuadro espeluznante con 1000 prisioneros grave-
mente enfermos (este dato parece hoy muy corto), sin abastecimiento de pan en las
últimas dos semanas y con una tasa de mortalidad que había alcanzado la cifra de
entre 500 y 600 defunciones diarias. El Dr. Rudolf Kastner, un judío húngaro pro-
minente que había acompañado a Becher en este viaje, sugirió como única forma de

27C. LATTEK, «Bergen-Belsen: From “Privileged” Camp to Death Camp», pp. 52-55 y J. BRIDG-
MAN, The End of the Holocaust, p. 39.
28Sobre la cuestión del autogobierno en el campo véase por ejemplo Wolfgang SOFSKY, L’Ordine
del Terrore (Bari: Laterza, 2002, pp. 194-216).
29J. BRIDGMAN, The End of the Holocaust, p. 44 y siguientes.
2.1. EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN: UN POCO DE HISTORIA.101

prevenir una total catástrofe traspasar el campo intacto a las tropas británicas que
se encontraban próximas. Kramer estuvo de acuerdo y también lo estuvo Himmler
cuando Becher le expuso su recomendación. Al día siguiente Becher volvió a Belsen
llevando una autorización para la capitulación del campo.
El 12 de abril el coronel Schmidt de la Wehrmacht y el coronel Taylor-Balfour
del Octavo Cuerpo de la Armada llegaron a un acuerdo para ceder el control del
campo al ejército británico. A cambio los alemanes se comprometían a mantener
una zona neutral alrededor de Belsen de unos seis a ocho kilómetros a la redonda.
Las tropas alemanas en el área debían garantizar el orden durante unos cuantos
días y luego se les permitiría regresar a sus líneas. En cuanto a los guardias de
las SS debían marcharse antes de la llegada de los británicos, advirtiéndose de que
cualquiera que permaneciera allí sería tratado como prisionero de guerra, aunque
se acordaba la permanencia de unos 80 individuos del personal administrativo del
campo. Así fue como Kramer ordenó a los guardias abandonar Belsen el 13 de
abril, permaneciendo él junto con 80 hombres y mujeres del cuerpo administrativo
de las SS, algunos soldados húngaros y soldados alemanes encargados de mantener
el orden en el campo. El 15 de abril de 1945 los británicos entraron finalmente
en Bergen-Belsen. Una avanzadilla liderada por el oficial Derrick Sington entró
en Belsen megáfono en mano anunciando la liberación del campo. No obstante se
advirtió a los prisioneros que no estaba permitido que nadie abandonara el recinto
y que los soldados húngaros permanecerían temporalmente en sus puestos bajo
mandato británico, con órdenes de prevenir que cualquiera tratara de salir. También
se anunció el arribo inminente de comida y medicamentos30.
A su llegada los británicos encontraron un campo de más de medio kilómetro
de largo por 400 metros de largo. Entre 40 y 45 mil prisioneros se alojaban en el
campo principal (Campo I), dos tercios de los cuales eran mujeres (unas 25.000
mujeres), y otros 15.000 habían quedado instalados en el campo temporal (Campo
II) habilitado en los últimos meses en la escuela panzer para acoger a la inmensa
masa de evacuados llegados del resto del sistema concentracionario. La mayoría de
los liberados en Bergen-Belsen eran judíos que se habían convertido en los únicos
supervivientes de toda su familia. Además, unos 13.000 cadáveres, a los que pronto
habría de sumárseles otro tanto (entre la liberación y junio de 1945 murieron casi
14.000 internos) se amontonaban en todos los rincones del campo31.
El Campo I se encontraba dividido en seis secciones separadas entre sí por alam-
bradas: tres de ellas estaban ocupadas por mujeres, dos por hombres y la última
constituía el área administrativa. Entre 400 y 800 internos se alojaban en barracas
preparadas como mucho para albergar 180 habitantes. El campo disponía de cinco
cocinas y un crematorio. Apenas existían instalaciones sanitarias y el suministro de
agua era muy precario, consistiendo en varios tanques y piscinas altamente conta-
minados. Además, se vio interrumpido en los últimos seis días a consecuencia de un
fallo en el sistema eléctrico. También se había interrumpido el suministro de comida
en los tres días previos a la liberación lo que, unido a las condiciones alimentarias
fuertemente precarias que arrastraban los prisioneros desde hacía meses, ocasionó
30Derrick SINGTON, Belsen Uncovered (Londres: Duckworth, 1946
31“Report by HQ 10 GARRISON on period 18-30 April 1945”, en IWM Official Reports on the
Liberation of Belsen Camp, 1945, Documents 9230, Ref. Misc 104 (1650), p. 2. Véase también Paul
KEMP, «The British Army and the Liberation of Bergen-Belsen, April 1945», en Belsen in History
and Memory, ed. Joanne REILLY et al. (Londres: Frank Cass, 1997, p. 138) y J. BRIDGMAN,
The End of the Holocaust, pp. 47-49.
102 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

que se registraran casos de canibalismo. La epidemia de tifus, infravalorada primero


por la administración SS (que sólo había admitido 1.500 casos de individuos enfer-
mos de tifus antes del traspaso del campo) y más tarde también por los oficiales
del RAMC, era rampante: según el informe inicial del 16 de abril elaborado por el
brigadier Glyn Hughes, al frente por entonces de las unidades médicas del ejército
enviadas a la zona, los alemanes habían exagerado las cifras de tifus, dándose según
él únicamente entre 900 y 1.000 casos de esta enfermedad. Sólo retrospectivamente
admitió que los enfermos de tifus en el momento de la llegada británica habrían
sido en realidad en torno a 10.000, cifra que se elevaría en los días sucesivos como
consecuencia del escaso control de la epidemia (hasta el 22 de abril no se pusieron
en marcha las medidas de desparasitación con DDT necesarias para terminar con la
epidemia, mientras que la evacuación de los pacientes se retrasó hasta finales de ese
mes) y que sería una de las causas principales del repunte en el número de muertos
en las semanas posteriores a la liberación, junto con la administración indiscrimi-
nada de comida que tuvo consecuencias desastrosas en los famélicos cuerpos de los
deportados32.
Las disposiciones más inmediatas puestas en marcha por los británicos fueron
restablecer el suministro de agua y el suministro eléctrico; organizar el abastecimien-
to, la preparación y la distribución de alimentos; realizar labores de saneamiento
(entre ellas fundamentalmente la incineración de los miles de cadáveres); arreglar
un área hospitalaria en la escuela panzer para poder trasladar a los enfermos tras
su evacuación, previo paso por un área de desparasitación dispuesta en los establos
y que recibió el elocuente nombre de “Lavandería Humana” (“Human Laundry”); o
garantizar las necesidades de ropa, sábanas, mantas y demás útiles necesarios, así
como de medicamentos. Una de las primeras decisiones médicas tomadas en el cam-
po fue segregar a los supervivientes de acuerdo a un “estándar de salud” que resultó
ser enormemente laxo y genérico, por lo que produjo una ordenación de los internos
muy precaria e inexacta. El objetivo de esta medida era principalmente distinguir
a aquéllos que tenían alguna posibilidad de sobrevivir y que podrían beneficiarse
de la asistencia médica disponible, y aquéllos cuya posibilidades eran ínfimas. Las
tres categorías producto de esta división fueron: los muertos, los casos de camilla y
los caminantes33.
Algunas de las unidades militares implicadas en todas estas tareas fueron el
Destacamento 10 Garrison (HQ 10 Garrison Detachmant), la Sección de Control
102 (102 Control Section), las Unidades Móviles de Lavandería y Baño 102, 104 y
314 (102, 104, 314 Mobile Laundry and Bath Unit), el Regimiento Antiaéreo Li-
gero 113 de la Real Artillería (113 LAA Regiment, Royal Artillery), la Undécima
32Paul WEINDLING, «“Belsenitis”: Liberating Belsen, Its Hospitals, UNRRA, and Selection for
Re-emigration, 1945– o 1948», Science in Context 19, n 3 (2006): pp. 402-407.
33Véase “Over to you” [agosto de 1945], en IWM Private Papers of Jean McFarlane, Documents
9550, Ref. 99/86/1, p. 22. En la segunda parte del informe titulado Administrative Report – Belsen
Concentration Camp, escrita por el teniente coronel J.A.D. Johnston en junio de 1945 (en IWM
Private Papers of Miss Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1, p. 7), se explican también
brevemente las consecuencias de esta clasificación y los motivos para introducirla: “El problema
médico se incrementó a causa de los altos índices de enfermedad que se desarrollaron en el área de
los barracones de los Campos II y III, entre los internos que habían sido evacuados del Campo I
como sanos. La razón de esto procedía del hecho de que el 70 % del total de los internos de Belsen
de verdad necesitaban hospitalización. Esto, sin embargo, habría sido una tarea imposible por lo
que desde el principio hubo que implantar un «patrón de salud de Belsen». Un individuo que era
capaz de caminar hasta la cocina de campaña y sostenerse a sí mismo era considerado sano”.
2.1. EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN: UN POCO DE HISTORIA.103

Sección de Baños Móviles de la División Armada (11th Armoured Division Mobile


Bath Section), la Ambulancia de Campaña 163 del Cuerpo Médico del Real Ejérci-
to (163 Field Ambulance RAMC), los Hospitales Generales número 9, 29 y 81 del
RAMC (9, 29, 81 British General Hospital), las Secciones 30 y 76 de Higiene de
Campaña del RAMC (30, 76 Field Hygiene Section), Puesto de Tratamiento a las
Víctimas número 32 (32 Casualty Clearing Station), el Sexagésimo tercer Regimien-
to Anti-Tanque de la Real Artillería (63rd Anti Tank Regiment Royal Artillery), el
Laboratorio Bactereológico Móvil número 7 (7 Mobile Bacteriological Laboratory)
o la Sección Número 5 de la Unidad de Cine y Fotografía del Ejército Británico (No
5 Army Film and Photographic Unit)34. En los primeros días del mes de mayo lle-
garon también 96 estudiantes de medicina procedentes de los hospitales londinenses
y que trabajaron en el campo bajo las órdenes del Dr. Meiklejohn de la UNRRA
(Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación, por sus
siglas en inglés), convirtiéndose en los primeros en atender de manera sistemática
a los enfermos que se agolpaban en el Campo I. La llegada de estos estudiantes,
unido a la puesta en marcha finalmente de un programa de desinfección con DDT
auspiciado por el mayor Davis de la Comisión para el Tifus del Ejército Estadouni-
dense, se consideran dos de los motivos principales de que las tasas de mortalidad
comenzaran a descender35.
La liberación del campo de concentración de Belsen se puede considerar con-
cluida después de la evacuación de todos los supervivientes que se encontraban en
el Campo I, que terminó el 19 de mayo de 1945, y de la quema simbólica de las
últimas barracas, que tuvo lugar el 21 de mayo. Así, desde junio de 1945 el campo
funcionó primero como área hospitalaria y progresivamente también como campo
de refugiados para personas judías desplazadas. A partir del 8 de agosto de 1945 la
UNRRA se hizo progresivamente con el mando del Hospital de Belsen36.
Antes de terminar este recorrido convendría destacar, con Daniel Blatman37,
que la evolución de Bergen-Belsen durante los últimos meses de la guerra, durante
los cuales pasó de ser un campo de importancia secundaria a convertirse en un
campo de exterminio en masa, no puede explicarse únicamente como consecuencia
de la evolución del sistema concentracionario después de la ofensiva soviética y las
evacuaciones desde el este. Al contrario, aunque Belsen no fuera planificado como
un centro de exterminio desde sus orígenes, el desarrollo paradigmático que experi-
mentaría el campo sería un componente intrínseco al sistema concentracionario del

34
Una lista más completa está disponible en la dirección web [Link]
pages/Database/[Link] (accedido el 26 de mayo de 2015).
35
P. WEINDLING, «Belsenitis», p. 404 y Ben SHEPHARD, «The Medical Relief Effort at Belsen»,
en Belsen 1945: New Historical Perspectives, ed. Suzanne BARDGETT y David CESARANI
(Edgware: Vallentine Mitchell, 2006, pp. 31-50).
36
Véase “Belsen Camp Hospital” (16 de agosto de 1945), carta de Raphael Cilento, en UN Ar-
chives, UNRRA European Regional Office, Box: S-0523-0574; Folder: S-1448-0000-0168: UNRRA
Supervision of the Hospitals at Belsen Camp 1944-1948; Hagit LAVSKY, «A Community of Survi-
vors: Bergen-Belsen as a Jewish Centre after 1945», en Belsen in History and Memory, ed. Joanne
REILLY et al. (Londres: Frank Cass, 1997, pp. 162-177); Hagit LAVSKY, New Beginnings: Holo-
caust Survivors in Bergen-Belsen and the British Zone in Germany, 1945-1950 (Detroit: Wayne
State University Press, 2002, pp. 47-48); Ben SHEPHARD, After Daybreak: The Liberation of
Belsen, 1945 (Londres: Jonathan Cape, 2005, p. 122 en adelante); United States Holocaust Me-
morial Museum, «Bergen-Belsen Displaced Person Camp», Holocaust Encyclopedia, accedido el
15 de agosto de 2013, [Link]
37
D. BLATMAN, The Death Marches, pp. 134-136.
104 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

nazismo. Como ya señalé, a principios de 1945 Belsen ejemplificaba perfectamente


la última etapa de la maquinaria de exterminio nazi. Sus procedimientos muestran
una falta total de coherencia y se dirigen de forma indudable no sólo hacia la ani-
quilación de los prisioneros a través de la enfermedad y el hambre, sino también
a propiciar su degradación psicológica y moral de acuerdo con los estándares de
la época. Bergen-Belsen además sintetiza bien la desgracia de los judíos europeos.
Ningún otro campo albergaba en 1945 tantos judíos como éste, ni en ningún otro
hubo tantos supervivientes de este pueblo, todos ellos huérfanos, desamparados,
sin hogar al que regresar, ni familia a la que buscar. Muchos reharían su vida nue-
vamente allí, en el reconvertido campo de refugiados de Bergen- Belsen, antes de
emigrar hacia nuevos destinos.

2.2. Los testimonios de Bergen-Belsen en el Imperial War Museum:


papeles privados y fotografías.
Los materiales que voy a utilizar para analizar en profundidad cómo es inter-
pretada y narrada por los observadores aliados la deshumanización a través del
género que tuvo lugar en los campos de concentración, forman parte de la colec-
ción de documentos conservados en el archivo del Imperial War Museum (IWM) de
Londres, en Lambeth Road, en relación a la liberación del campo de concentración
de Bergen-Belsen por el ejército británico en abril de 1945. Complementariamente,
me serviré de otros documentos adicionales que utilizaré para contrastar las infor-
maciones depositadas en el archivo del IWM y para sondear alguno de los silencios
recurrentes que aparecen en la documentación principal. Estos materiales adiciona-
les son fundamentalmente las actas del juicio de Bergen-Belsen contra Josef Kramer
y otros cuarenta y cuatro acusados, celebrado en la corte de Luneburgo entre el 17
de septiembre y el 17 de noviembre de 1945, artículos de prensa aparecidos en las
principales publicaciones periódicas estadounidenses y británicas (principalmente
The New York Times, The New York Herald Tribune, The Washington Post, The
Times, The Manchester Guardian, The Observer, The Daily Mirror, The Daily
Herald, The Daily Worker, The Daily Express, News Chronicle o The Illustrated
London News) y la documentación conservada en los archivos de Naciones Unidas
sobre la actuación de la UNRRA en Europa al final de la guerra y en la inmediata
posguerra.
Para comprender las colecciones del IWM y el corpus documental que es ob-
jeto de la presente investigación, es necesario adentrarse primero en la historia de
este museo. El Imperial War Museum fue ideado y constituido durante la Primera
Guerra Mundial y, tal y como señala Gaynor Kavanagh, fue en parte una maniobra
propagandística y en parte un sincero intento por registrar la guerra. La decisión
política de fundar el Imperial War Museum (nombre que recibió en enero de 1918
en sustitución del original National War Museum) se tomó en marzo de 1917, poco
después de que el liberal David Lloyd George se pusiera al frente de un gobierno de
coalición formado con los conservadores (diciembre de 1916). Al parecer, el nuevo
primer ministro era muy consciente de la importancia de la opinión pública a la
hora de canalizar los esfuerzos bélicos, por lo que la propaganda se convirtió en
uno de los ejes centrales de su política de “guerra total” 38. Por lo demás, todos los
autores parecen coincidir en señalar la batalla del Somme, que sólo en su primer
38
Gaynor KAVANAGH, «Museum as Memorial: The Origins of the Imperial War Museum», Jour-
nal of Contemporary o History 23, n 1 (1988): p. 94 y pp. 79-80.
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 105

día (1 de julio de 1916) produjo más de 57.000 bajas británicas, entre heridos y
fallecidos, como un hito fundamental en la creación del museo. Como señala Diana
Condell, las víctimas de esta batalla “no eran soldados corrientes o reclutas, no eran
hombres que en condiciones normales hubieran considerado adecuada la carrera mi-
litar. Eran voluntarios procedentes de todos los estratos de la sociedad, tenderos,
profesores, abogados, empleados de la banca, chicos recién salidos de la escuela,
obreros, mineros y granjeros, procedentes de cada pueblo y de cada ciudad del país.
Quizás por primera vez en la historia británica, el coste de la guerra, en términos
humanos, afectó prácticamente a cada familia del país”. El contexto creado por este
desastre militar contribuyó a generar el caldo de cultivo ideal para que cuajara la
idea de crear un museo nacional de la guerra para conmemorar el inmenso esfuerzo
acometido desde todos los niveles sociales, tal y como quedó expresada en una car-
ta publicada en The Times a principios de 1917 y que contaba con el beneplácito
del director general de obras públicas británico y principal promotor del museo,
sir Alfred Mauritz Mond. El espíritu que encarna un episodio como el del Somme
es significativo para mi trabajo porque apela a un enfoque conmemorativo “desde
abajo”, esto es, que dirige su atención hacia los individuos y hacia las experiencias
personales de guerra. Ello podría explicar que las fuentes privadas, que ponían el
acento en los sujetos corrientes, aunque aún no tuvieran la importancia que han
llegado adquirir en la colección actual del IWM, ocuparan desde el principio un
lugar muy relevante en el esfuerzo colector del museo39. Igualmente, entre los in-
tereses archivísticos del museo destacó desde el principio la colección y preservación
de fotografías, películas y videos, siendo el archivo de cine y vídeo del IWM el más
antiguo del mundo40. Finalmente, otra iniciativa importante que da buena cuenta
del particular carácter que adquirieron las colecciones conservadas por el museo
desde sus orígenes fue la creación de una subcomisión específica encargada de reco-
pilar materiales relacionados con el trabajo de las mujeres durante la guerra. Esta
subcomisión fue la responsable de organizar en octubre de 1918 una de las primeras
exhibiciones realizadas por esta institución, albergada por la Whitechapel Art Ga-
llery, cuya temática fue precisamente el trabajo de las mujeres, llegando a cosechar
un éxito muy notable con la asistencia de 82.000 personas, incluida la reina41.
Desde la fundación del museo hasta su ubicación definitiva en la sede de Lam-
beth Road en 1936, en el lugar que ocupaba anteriormente el Hospital Real de
Bethlem42, varios edificios albergaron sucesivamente al IWM: primero, en junio de
1920 abrió sus puertas oficialmente en el Palacio de Cristal, espectacular edificio

39
No en vano, detrás de los cupones para manteca de la cartilla de racionamiento de 1918 se
imprimió un llamamiento para recopilar materiales relacionados con las experiencias de guerra
(Diana CONDELL, «The History and Role of the Imperial War Museum», en War and the Cultural
Construction of Identities in Britain, ed. Barbara KORTE y Ralf SCHNEIDER, Ámsterdam y
Nueva York: Rodopi, 2002, pp. 29-30).
40
Roger SMITHER y David WALSH, «Unknown Pioneer: Edward Foxen Cooper and the Imperial
War Museum Film o Archive, 1919-1934», Film History 12, n 2 (2000): pp. 187-203.
41
G. KAVANAGH, «Museum as Memorial», p. 90.
42
El Hospital Real de Bethlem es una de las instituciones psiquiátricas más antiguas de Europa.
Tal y como apuntan Steven Cooke y Lloyd Jenkins, la transformación de este espacio destinado
al tratamiento de ciertos individuos considerados como “degenerados”, en un museo con fuertes
aspiraciones educativas, encaja bien en el modelo de regeneracionismo social propio de la política
de la época. Véase Steven COOKE y Lloyd JENKINS, «Discourses of Regeneration in Early
Twentieth-Century Britain: from Bedlam to the Imperial War Museum», Area 33, no 4 (2001):
pp. 382-390.
106 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

construido con motivo de la exposición universal de Londres de 1851, ubicado origi-


nalmente en Hyde Park y trasladado posteriormente a Sydenham Hill, al sureste de
Londres, que resultaba totalmente inadecuado como sede del museo43; y después,
en 1924, se trasladó a una serie de galerías anejas al Instituto Imperial, en South
Kensington, que todavía se ajustaban peor a sus necesidades prácticas. Estos vai-
venes sin duda fueron uno de los principales síntomas de la fragilidad inicial de esta
institución, que hubo de afrontar en sus primeros años de vida numerosos proble-
mas ocasionados por los drásticos recortes en el gasto público que se produjeron en
el periodo de la inmediata posguerra y por una amnesia política deliberada como
estrategia para afrontar el pasado más reciente44.
Sin embargo, la reapertura del IWM en Lambeth Road en 1936 le dio un nuevo
impulso al museo, cuya función pública terminó de consolidarse tras la Segunda
Guerra Mundial. Efectivamente, aunque el IWM estuvo cerrado durante la ma-
yor parte de la Segunda Guerra Mundial, al igual que la mayoría de los espacios
susceptibles de convocar a un grupo más o menos numeroso de gente, este enfrenta-
miento relanzó la actividad coleccionista del museo, que emprendió otra campaña
de recopilación de materiales relacionados con el nuevo conflicto. En 1953, tras la
guerra de Corea, mediante una acción parlamentaria, este llamamiento se extendió
formalmente a la adquisición de materiales relacionados con los principales conflic-
tos en los que Gran Bretaña y la Commonwealth hubieran participado desde 1914.
Gracias a toda esta actividad desarrollada después de 1945, la colección del IWM
experimentó una gran expansión, lo que derivó en un incremento del espacio y de los
recursos destinados a esta institución. Desde mediados de la década de los sesenta
se produjo también un aumento significativo del personal que revirtió en la forma-
ción de un Centro de Documentación y la puesta en marcha de un archivo sonoro,
mientras que la década de los ochenta trajo consigo el comienzo de una importante
reforma y transformación del espacio y las galerías del museo, que culminaría en
el año 2000, con la remodelación de las últimas galerías, entre las que se incluye
aquella en la que se sitúa actualmente la exposición permanente del Holocausto45.
Recientemente, con motivo del Centenario de la Gran Guerra, el IWM llevó a cabo
una nueva y gran remodelación, destinada a abrir nuevas galerías de la Primera
Guerra Mundial, a mejorar el estado de las ya existentes y a reestructurar el atrio
central, entre otras cosas46.
La documentación actual que alberga el museo está dividida en siete grandes
secciones. La primera de ellas es la de arte y diseño popular, que incluye en pri-
mer lugar una colección de arte, formada por unas 20.000 piezas entre pinturas,
grabados, dibujos, esculturas y obras audiovisuales de fotografía, sonido y video.
Dentro de esta colección destaca el repertorio formado por los trabajos realizados
bajo el auspicio del War Artists Advisory Committee (WAAC) durante la Segunda
43
D. CONDELL, «The History and Role of the Imperial War Museum», p. 31.
44
G. KAVANAGH, «Museum as Memorial», p. 92. Sobre las fases de memoria y desmemoria
que siguen a la Gran Guerra, al menos a tenor del volumen de publicaciones en las que se rela-
tan experiencias y recuerdos bélicos, véase Antoine PROST, In the Wake of War: Les Anciens
Combattants and French Society (Providence y Oxford: Berg, 1992, pp. 11-14).
45
D. CONDELL, «The History and Role of the Imperial War Museum», pp. 33-36. Sobre la
exposición del Holocausto véase Tom LAWSON, «Ideology in a Museum of Memory: A Review
of the Holocaust Exhibition at the Imperial War o Museum», Formerly Totalitarian Movements
and Political Religions Vol. 4, n 2 (2003): pp. 173-183.
46
Información disponible en la página web del IWM: [Link]
london/transforming-iwm- london, accedido el 20 de abril de 2015
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 107

Guerra Mundial, de los cuales más de 3.000, entre pinturas dibujos y esculturas, se
conservan en el IWM. En segundo lugar, gran importancia ocupa también dentro
de esta sección el denominado War Artists Archive (Archivo de artistas bélicos),
en el que se integran unos mil expedientes, entre correspondencia y documentos
administrativos, que dan cuenta de los diversos detalles relacionados con el encargo
y la adquisición de las obras de arte bélicas. Finalmente, se integra aquí la colec-
ción de diseño popular e ilustraciones, que aglutina unos 20.000 posters, grabados
populares, postales y carteles publicitarios, entre otros.
La segunda de las siete grandes secciones documentales que alberga el museo
es la de libros y publicaciones, que incluye un apartado de libros e informes rela-
cionados con las unidades militares y con los diferentes aspectos de las contiendas
históricas de las que se ocupa el museo, otro apartado de panfletos y publicacio-
nes periódicas (revistas, periódicos, panfletos propagandísticos, entre otros) y una
colección específica sobre el trabajo de las mujeres durante la Primera Guerra Mun-
dial, reunida a partir de 1919 por el subcomité de trabajo femenino, que incluye
crónicas, estadísticas, relatos personales y otros documentos sobre el papel de las
mujeres tanto en el frente exterior como en el doméstico.
La tercera de estas secciones es la de los documentos escritos y en ella se incluye
la importantísima colección de papeles privados, que asciende a unos 18.000 archivos
formados por documentos tales como cartas, diarios o memorias escritas después
de 1914 por personal militar y personal civil implicado en los acontecimientos bé-
licos. También se incluye aquí el archivo de documentos extranjeros, especialmente
relacionados con la Segunda Guerra Mundial y los juicios de Nuremberg y Tokio,
y el archivo de los memoriales de guerra (War Memorials Archive), que contiene
información sobre más de 60.000 memoriales de guerra distribuidos por el Reino
Unido, las islas del Canal y la isla de Man.
La cuarta sección es la de objetos materiales e incluye piezas tales como uni-
formes, banderas, emblemas, insignias, medallas, condecoraciones, equipamiento di-
verso (cámaras, radares, radios), armas, municiones, vehículos, aeroplanos, barcos
y objetos personales.
La quinta de las secciones está constituida por el archivo de cine y vídeo que,
como ya señalé, es el archivo fílmico más antiguo de la historia y que hoy en día
incluye más de 23.000 horas de grabación. En la misma línea, la sexta de estas sec-
ciones es la de fotografía, con un total de unos 11 millones de imágenes conservadas
y la séptima y última de las secciones documentales está constituida por el archivo
de audio, que contiene unas 33.000 grabaciones47.
Buena parte de los materiales que conforman estas colecciones se encuentran
indexados en el catálogo digital del IWM, que constituye una herramienta de bús-
queda fundamental cuando se pretende afrontar la investigación en este archivo.
Muchos de los materiales audiovisuales, incluidas numerosas entrevistas orales, son
accesibles online por esta vía. En el caso que nos ocupa, una búsqueda simple del
término “Belsen” en este catálogo arroja un resultado de 1.237 entradas documen-
tales48, repartidas entre varias categorías: fotografías (422 entradas), documentos
47
Toda esta información está disponible en la página web del IWM: [Link]
collections- research/about, accedido el 20 de agosto de 2013.
48
Sólo una de estas referencias, el primer fragmento del vídeo titulado GAUMONT GRAPHIC 386
(IWM 1061-09h) y fechado en diciembre de 1914, no tiene que ver con el campo de concentración
de Belsen, con su liberación, con su conmemoración o con el conocido como juicio de Lüneburg o
juicio contra “Josef Kramer y otros 44 acusados”, en el que se procesó al personal nazi y algunos
108 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

sonoros (367), papeles privados (142), libros (115), películas (75), arte (32), recuer-
dos (29), uniformes e insignias (12), equipamiento (10) y armas y municiones (5).
El corpus documental de esta parte de mi trabajo está compuesto únicamente por
materiales procedentes de dos de estas categorías: fotografías y papeles privados. No
obstante, he utilizado también algunos libros y grabaciones sonoras como fuentes
secundarias, especialmente en el tratamiento de las fotografías, en un intento por
dotar de una mayor profundidad a la mirada siempre escurridiza de los fotógrafos49.
En lo que respecta a las fotografías, cabe destacar que la base de datos del
catálogo digital del IWM no es tan completa como las bases de datos que pueden
consultarse físicamente en el archivo fotográfico del IWM, situado en Austral Street,
también en Londres. Aunque muchas de las imágenes que utilizaré a lo largo de este
capítulo están ordenadas y descritas en el catálogo digital (e incluso en algunos casos
pueden visualizarse online), la selección de fotografías en la que me baso (imágenes
relacionadas con la liberación de Belsen y contenidas en la colección completa que
se conserva en el Departamento de Fotografías del archivo del IWM, clasificadas
en la sección “Second World War British Official Photographs”) es más amplia que
aquella que aparece recogida en la plataforma digital del museo. Concretamente,
las imágenes tomadas en Belsen durante la liberación, esto es, entre los meses de
abril y junio de 1945 por la Sección Número 5 de la Unidad de Cine y Fotografía
del Ejército Británico (AFPU, por sus siglas en inglés), encargada de cubrir las
operaciones del ejército británico en la campaña militar del noroeste del Europa,
entre ellas la liberación de Bergen-Belsen, ascienden a más de 43050.
Las fotografías realizadas por el ejército británico no son las únicas que se
conservan de la liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen. Gran
importancia han adquirido también en la memoria visual del holocausto la serie de
fotografías realizada por George Rodger el 20 de abril de 1945, pocos días después
de la liberación, y publicada en la revista Life el 7 de mayo de ese mismo año, en
un reportaje denominado “Atrocities”, en el que también aparecían las fotografías
tomadas en Buchenwald por Margaret Bourke-White (Imagen 1)51. Sin embargo,

de los kapos que se encontraban al frente de la administración del campo de Bergen-Belsen en


abril de 1945.
49
En este sentido, he consultado las entrevistas realizadas entre los años 1979 y 2008 a diversos
miembros de la Sección Número 5 de la Unidad de Cine y Fotografía del Ejército Británico (No 5
Section AFPU), que desde abril de 1945 se encargó de recopilar imágenes y materiales fílmicos que
sirvieran para documentar las condiciones imperantes en el campo de concentración de Bergen-
Belsen y la labor realizada por las tropas británicas y las unidades asistenciales tras su liberación.
Entre estas entrevistas cabe señalar las realizadas a Ian James Grant en 1978 (No 3865), a Harry
Oakes en 1979 (No 4302), a William F. Lawrie en 1984 (No 7481), a Richard Leatherbarrow en
1984 (No 8253), a Harold Haywood en 2005 (No 28155), entre otros.
50
De las 422 entradas archivadas como fotografías que aparecen en el catálogo digital del IWM
cuando se introduce el término “Belsen”, no todas constituyen imágenes tomadas durante la libera-
ción. Algunas son imágenes del juicio de Lüneburg, otras de actos conmemorativos de la liberación
del campo, otras referencias cruzadas a Belsen que aparecen en la descripción de fotografías de te-
mática diversa, etc. En cambio, en el catálogo fotográfico que alberga en formato físico el IWM en
el edificio de Austral Street, dentro del la serie “Second World War British Official Photographs”,
aparecen anotadas y descritas en los volúmenes I y II, más de 430 fotografías tomadas en Belsen
por los cámaras del AFPU del ejército británico entre el 17 de abril y el 21 de mayo de 1945,
clasificadas todas ellas entre los registros BU 3722 y BU 7989.
51
Véase el reportaje titulado Life Behind the Picture: the Liberation of Buchenwald,
1945, que la revista Life dedicó a las fotografías de Margaret Bourke-White, accesible
online: [Link] the-liberation-of-the-camp-april-
1945/#17, accedido el 27 de agosto de 2013. George Rodger, fundador en 1947 de la prestigiosa
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 109

en este trabajo he decidido prescindir de esta serie de instantáneas y centrarme


en aquellas tomadas por la AFPU por dos motivos: en primer lugar, porque he
preferido primar la coherencia documental y decantarme por una única colección,
en este caso, la conservada en el Imperial War Museum de Londres; y en segundo
lugar, porque George Rodger únicamente estuvo un día en el campo de Belsen y
como consecuencia, la serie de fotografías que realizó, aunque de gran calidad, es
mucho más limitada que el amplio repertorio recopilado por los miembros de la
AFPU, que cubrieron con gran detalle no sólo la labor del ejército británico a lo
largo de las varias semanas que duró su intervención en el campo de concentración
de Belsen hasta su destrucción el 21 de mayo de 1945, sino también la situación de
los supervivientes a partir de junio de 1945, tras la refundación del campo en área
hospitalaria y en campo de refugiados. Ello no quiere decir que las fotografías de
Rodger no sean significativas desde el punto de vista documental y que no puedan
ocupar un lugar central en otros análisis que se ocupen de la representación y
la memoria del holocausto y del horror. Al contrario, esta serie contiene ciertas
imágenes muy sugestivas (véanse imágenes 2 y 3).
Una vez aclarado este punto, conviene señalar brevemente la historia del cuerpo
militar que se encuentra detrás de estas fotografías. Tras las fuertes críticas recibi-
das desde la opinión pública por el pobre papel informativo del gobierno británico
durante la Operación Dinamo que tuvo lugar en mayo de 1940 en las playas de
Dunkerque, el Director de Publicidad del Ministerio de la Guerra, Ronald Tritton y
el Consejero Honorario de la División de Cine del Ministerio de Información, Sidney
Bernstein, bajo el auspicio del jefe de esta División, Jack Beddington, comenzaron
a reunirse dos veces por semana desde agosto de 1940 para tratar de solucionar los
problemas que habían surgido entre las compañías de noticias y el ejército, de cara
a afrontar la acuciante necesidad británica de contar con películas propagandísticas
que pudieran difundirse tanto dentro como fuera del país. De estas reuniones surgió
la idea de constituir una unidad de cine dependiente del Ministerio de la Guerra,
que se materializó con el nombramiento de David Macdonald en noviembre de 1940
como el director de la nueva Unidad Militar de Cine (AFU, por sus siglas en in-
glés), predecesora de la AFPU. Pero esta recién creada unidad debía aún vencer la
fuerte resistencia existente dentro de los mandos militares hacia cualquier forma de
publicidad visual, cosa que nos se produjo hasta octubre de 1941, cuando, gracias
a la intervención del nuevo ministro de Información Brendan Bracken, el ejército
finalmente aceptó la necesidad de ampliar la unidad de cine, que pronto aparece-
ría renombrada como Unidad de Cine y Fotografía (Army Film and Photographic
Unit).
La creación de la AFPU suponía un cambio cualitativo importante en la pro-
ducción de material fílmico propagandístico por parte del ejército británico, puesto
que los hombres que formarían parte de ella estarían destinados por primera vez
a la primera línea del frente de batalla. Ello provocó también que esta unidad, a
diferencia de los modelos anteriores, no estuviera formada por profesionales pro-
cedentes de la industria del cine, sino por personal militar, por soldados, con una
agencia de fotoperiodismo Magnum Photos junto con Robert Capa, Henri Cartier-Bresson y Da-
vid Seymour (alias “Chim”), ha sido considerado erróneamente el primer fotógrafo en retratar la
liberación del campo de concentración de Belsen (véase Carole NAGGAR, George Rodger: An Ad-
venture in Photography, 1908-1995, Siracusa: Syracuse University Press, 2003, p. 3). Lo cierto es
que las primeras fotografías tomadas en el campo, que datan del día 17 de abril, fueron realizadas
por los miembros de la Sección No 5 de la AFPU.
110 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

experiencia más o menos reducida en la materia, que eran entrenados y capacita-


dos para utilizar los equipos de filmación y de fotografía del ejército en tan sólo
ocho semanas. En otras palabras, a diferencia de su primo hermano americano, el
U.S. Signal Corps, la AFPU fue una unidad formada por unos pocos fotógrafos y
cámaras profesionales y semi- profesionales y una gran mayoría de fotógrafos com-
pletamente amateurs, sin ninguna experiencia previa en la toma de fotografías y
el rodaje de películas. La función fundamental de esta unidad era la de recopilar
material fílmico que sirviera como arma propagandística contra el ejército enemigo.
Otra función que se asignaba a la producción de fotografías por parte del ejército
era de carácter estratégico: se quería contar con material visual capaz de proporcio-
nar información sobre las armas del enemigo. Finalmente, otra de sus aspiraciones
era la de producir documentos gráficos sobre la historia del ejército británico52.
Los fotógrafos de la AFPU que entraron en el campo de concentración de
Bergen-Belsen formaban parte, como ya he señalado, de la Sección Número 5 de esta
unidad, constituida para documentar visualmente la campaña militar aliada en la
Europa occidental. La lista de los miembros de esta unidad que entraron en el campo
de concentración, la mayoría de ellos armados con una cámara Super Ikonta, es muy
numerosa, aunque los autores de las fotografías que forman parte de esta selección
se reduce a los siguientes nombres: el capitán Edward G. Malindine (uno de los
fotógrafos con más experiencia de la AFPU y que trabajó para el Daily Herald antes
y después de la guerra), el teniente Wilson, el sargento Jim Mapham (reportero del
Leicester Mercury y uno de los siete fotógrafos de la AFPU que participó en el
desembarco en Normandía), el sargento Bert Hardy (fotógrafo del Picture Post), el
sargento Hewitt, el sargento Harry Oakes (que después de la guerra desarrollaría
toda su carrera en la industria cinematográfica, realizando diversas funciones como
cámara, cámara de efectos especiales o director de fotografía, y participaría en
grandes éxitos como Thunderbirds, emitida en España con el nombre Guardianes
del espacio, Superman o Aliens, el regreso), el sargento Peter Norris y el sargento
Norman Midgley.
Varios de ellos han manifestado en diversas entrevistas que no se encontraban
en absoluto capacitados, ni psíquica ni profesionalmente, para lo que se encontraron
en el campo de concentración53. Los fotógrafos, acostumbrados a retratar el campo
de batalla y al personal militar, no recibieron ninguna instrucción específica de
cómo fotografiar escenas tan terribles como las que escondía Belsen, en la que
estaban implicados tantos civiles. De hecho, sorprendentemente, no existía ninguna
pauta oficial de cómo retratar las muertes militares y los miembros de la AFPU
se habían autoimpuesto una serie de reglas para abordar estas representaciones
que se resumían básicamente en filmar a los enemigos muertos y no filmar a los
aliados malheridos o muertos. Estas normas, en parte propiciadas por la extrema
sensibilidad mostrada por los editores jefes de los noticieros a la hora de emitir
determinadas imágenes, se habían trasladado también a los cadáveres de civiles.
Sin embargo, en Bergen- Belsen se vino abajo todo este sistema de autocensura y
ello se debió en buena medida a que a las dos motivaciones tradicionales que habían
52
Véase Kay GLADSTONE, «The AFPU: the Origins of British Army Combat Filming during the
Second World War», Film History 14, n 3/4 (2002): pp. 316-331 y Fred McGLADE, The History
of the British Army Film & Photographic Unit in the Second World War (Solihull: Helion &
Company, 2010, pp. 25-43).
53
Por ejemplo, en las entrevistas realizadas al sargento Harry Oakes (año 1999, No 19888) y al
sargento William Lawrie (año 1984, No 7481), conservadas en el IWM.
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 111

guiado el trabajo de los miembros de la AFPU (compilar material audiovisual que


dejara constancia histórica de los acontecimientos más significativos en los que
participaba el ejército británico y proporcionar material propagandístico susceptible
de ser difundido por los medios de comunicación), se sumó entonces una nueva y
fundamental finalidad: dar testimonio de las atrocidades llevadas a cabo por los
alemanes. Este nuevo propósito estaba orientado hacia el proyecto de confeccionar
un documental sobre dichas atrocidades, cuya idea, de la que era responsable Sidney
Bernstein, había sido gestada en una fecha tan temprana como febrero de 1945.
Así mismo, esta documentación visual sería más tarde proyectada en el llamado
juicio contra Josef Kramer y otros cuarenta y cuatro acusados54. Por tanto, para
entender adecuadamente las imágenes de la liberación de Belsen es imposible obviar
que éste era uno de los objetivos comunicativos perseguidos por los fotógrafos de
la AFPU, algunos de los cuales reconocieron años más tarde haberse servido de
determinados recursos, como la perspectiva o el encuadramiento, para resaltar el
contenido del horror55. No obstante no conviene olvidar aquello que recordaba Susan
Sontag cuando se refería a que las fotografías sólo son indicios de los restos, de algo
póstumo:

“Esta realidad póstuma es a menudo la recapitulación más incisiva. Como se-


ñaló Hannah Arendt poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial,
todas las fotografías y las películas de actualidades de los campos de concen-
tración son engañosas porque muestran los campos en el momento en que las
tropas aliadas entraron en ellos. Lo que vuelve insoportable tales imágenes
-las montañas de cadáveres, los sobrevivientes esqueléticos- no era de ningún
modo lo habitual en los campos, pues en ellos, cuando estaba funcionando,
exterminaban a los presos sistemáticamente (con gas, no con la hambruna y
la enfermedad), y después los incineraban de inmediato” 56.

Aunque la hambruna y la enfermedad sí formaron parte de la estrategia de deshu-


manización puesta en marcha por los nazis, tal y como ha demostrado Wolfgang
Sofsky57, el impacto de estas políticas desestabilizadoras no resultaba en absoluto
tan dramático como el que parecían revelar las fotografías tomadas en el interior
de los campos. La degradación extrema que experimentaron los campos de concen-
tración durante las horas postreras de la contienda amplificó notoriamente algunos
efectos de los horrores concentracionarios y fue de eso, fundamentalmente, de lo que
dieron cuenta las fotografías. Estos documentos sin embargo no fueron capaces de
mostrar otros de los hechos más notables y execrables de los que habían formado
parte típicamente de las aberraciones llevadas a cabo contra los prisioneros en el
interior de los campos (las selecciones, las palizas y vejaciones, las incineraciones y,
por supuesto, los gaseamientos). En conclusión, debo insistir en que estas fotogra-
fías, al igual que la mayoría de los documentos que trabajo en esta investigación,
no deben tomarse como testimonios de la experiencia concentracionaria, sino como

54
Y ello a pesar de la dudosa capacidad de este tipo de materiales para aportar evidencias reales
susceptibles de ser tenidas en cuenta en un juicio o de clarificar responsabilidades legales, como
bien señala Lawrence Douglas en Lawrence DOUGLAS, «Film as Witness: Screening “Nazi Con-
centration Camps” Before the Nuremberg Tribunal», Yale Law Journal 105, n 2 (1 de noviembre
de 1995): pp. 449-81.
55
Véase Toby HAGGITH, «The Filming of the Liberation of Bergen-Belsen and Its Impact on
the Understanding of the Holocaust», en Belsen 1945: New Historical Perspectives, ed. S. BARD-
GETT y D. CESARANI, pp. 89-122.
56
Susan SONTAG, Ante el dolor de los demás (Madrid: Santillana, 2003, pp. 97-98).
57
W. SOFSKY, L’Ordine del Terrore, pp. 293-315.
112 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

evidencias de algunos de sus efectos, como registros del último estadio del universo
concentracionario y la deshumanización que tuvo lugar en su interior.
Como he señalado, el periodo a lo largo del cual se desarrolla la labor de docu-
mentación llevada a cabo por la AFPU para dar cuenta de la intervención británica
en Belsen es relativamente extenso. Ello unido a la gran variedad de aspectos de
interés que encerraba un acontecimiento como éste, hace que la temática de las imá-
genes conservadas sea tremendamente variada. Sin embargo, podríamos agrupar las
fotografías en siete grandes cuestiones: instalaciones y paisajes, actos simbólicos, ca-
dáveres, supervivientes, personal militar y civil de rescate, verdugos y visitantes.
Por supuesto, muchos de estos temas se mezclan y son numerosas las imágenes en las
que se retrata a un grupo de supervivientes sobre un paisaje salpicado de cadáveres
o en las que aparecen los verdugos apilando cuerpos en las fosas comunes, o las fuer-
zas de rescate empujando a los muertos con una excavadora, por poner unos pocos
ejemplos. Por supuesto, no todas las imágenes tienen la misma finalidad, aunque
nuevamente se mezclan significados e interpretaciones en cada una de las tomas.
Así, las imágenes con mayor protagonismo de las fuerzas militares o del personal
voluntario, tienen un carácter más netamente propagandístico y tratan de resaltar
en todo momento la labor británica llevada a cabo en Belsen. Las fotografías de las
fosas comunes, de los cadáveres y de los supervivientes en peores condiciones físicas
evocan de forma elocuente el horror que simboliza Bergen-Belsen. Cabe destacar, no
obstante, que esta labor se topó con condicionamientos importantes. Por ejemplo,
los supervivientes en peores condiciones físicas se encontraban principalmente in-
movilizados y amontonados en el interior de las barracas, tal y como han explicado
insistentemente los testigos58. Sin embargo, las condiciones lumínicas en el interior
de las barracas eran muy desfavorables y por ello los fotógrafos de la AFPU se de-
cantaron principalmente por las fotos de exterior, siendo relativamente escasas las
imágenes que se conservan del interior de las barracas y, consecuentemente, de los
supervivientes que se encontraban en peor estado59. Asimismo, esta circunstancia
les permitió subrayar una situación bastante llamativa que tenía lugar en el campo
de concentración: la disolución de las fronteras entre la vida y la muerte, que apa-
recía caracterizada una y otra vez en las fotografías a través de la convivencia de
supervivientes y cadáveres, naturalmente aceptada por los primeros. De gran inte-
rés son también los materiales en los que se narra la recuperación física y moral de
los supervivientes (aspecto éste que trataré en profundidad más adelante, cuando
analice cómo se representan los procesos de deshumanización y rehumanización en
los documentos seleccionados), en los que los fotógrafos procuran siempre captar los
semblantes más amables de los prisioneros y en los que la presencia de las fuerzas
58
Entre los documentos conservados en el IWM véanse, por ejemplo, la primera parte del informe
titulado “Administrative Report – Belsen Concentration Camp”, fechada el 18 de abril de 1945 y
redactada por el teniente coronel J.A.D. Johnston, que se conserva entre los papeles privados de
Jean McFarlane, donde se comenta que “los muertos se extienden a lo largo de todo el campo y
en pilas fuera de los bloques de barracas que albergan lo peor de los enfermos y a las que se mal
llama hospitales” (IWM Private Papers of Miss Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1)
o el informe titulado “Medical Report on Belsen Concentration Camp by DDMS Second Army”,
fechado entre el 15 y el 19 de abril de 1945, firmado por el brigadier Glyn Hughes y conservado
entre los papeles privados del teniente coronel del RAMC Robert J. Phillips en el que se lee “las
fotografías adjuntadas como Apéndice «C» no consiguen reproducir los peores horrores, que sólo
podrían apreciarse echando un vistazo al interior de las peores barracas” (IWM Private Papers of
Lieutenant Colonel R. J. Phillips, Documents 13505, Ref. 05/44/1).
59
T. HAGGITH, «The Filming of the Liberation of Bergen-Belsen...», pp. 107-108.
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 113

de liberación británicas juega un papel fundamental, pues se manifiestan como el


elemento clave que hace posible esa transición. Hablaré de todo ello en las siguientes
páginas.
Las fotografías tomadas por los miembros de la AFPU en el campo de con-
centración de Bergen-Belsen tuvieron bastante difusión en la prensa escrita aliada
durante la primavera de 1945, apareciendo en los periódicos y medios de comunica-
ción impresos más importantes de Estados Unidos y Gran Bretaña60. Los fotógrafos
y los cámaras del ejército enviaban a Gran Bretaña las películas compiladas, acom-
pañadas de hojas informativas en las que incluían un informe más o menos detallado
del contenido y del contexto de cada imagen o secuencia y realizaban ciertas indi-
caciones sobre las condiciones técnicas de la toma de cara a facilitar el revelado,
que tenía lugar ya en suelo británico. De esta forma, aquellos que recibían las imá-
genes en Inglaterra contaban con toda la información antes de pasar las secuencias
a las diferentes agencias de noticias. Una vez aquí y antes de ser publicados, estos
materiales debían someterse al escrutinio de editores y censores, que eran quienes
decidían qué debía y qué no debía aparecer en los periódicos británicos y en los
cines del país61.
Por lo que respecta a las fotografías de las atrocidades nazis, los editores ex-
presaron serias preocupaciones a la hora de presentar retratos tan gráficos de estos
crímenes al público británico, que a lo largo de la contienda había estado muy poco
expuesto a las imágenes de horror y muerte que llegaban desde el frente de batalla.
Las dos principales preocupaciones eran, primero, que el público se mostrara tan
impactado por las instantáneas que se negaran a mirarlas y, segundo, que descon-
fiaran de su autenticidad y las tomaran simplemente por propaganda. De ahí que
los materiales que se publicaron en la prensa en estos primeros momentos no fue-
ran ni mucho menos aquellos con las imágenes más crudas62 y que incluso algunos
periódicos manifestaran públicamente su intención de no divulgarlos debido a su
60
Por señalar sólo algunos, véanse The New York Times (21 y 22 de abril y 3 de mayo de 1945),
The Boston Globe (21 de abril de 1945), Los Angeles Times (19 de abril de 1945), Newsweek
(28 de mayo de 1945), The Times (19 de abril de 1945), Sunday Times (22 de abril de 1945),
The Evening Standard (20 y 23 de abril de 1945), Daily Mirror (19 y 21 de abril de 1945), News
Chronicle (21 de abril de 1945), Daily Mail (20 y 23 de abril de 1945) o The Illustrated London
News (28 de abril de 1945).
61
Durante la guerra, la prensa británica se guiaba por un modelo de autocensura voluntaria,
condicionado no obstante por dos normas aprobadas en 1940 que permitían al gobierno bloquear
cualquier material que fomentara la oposición a la guerra e, incluso, cerrar cualquier publicación
que sistemáticamente excitara dicha oposición. La consecuencia más dramática de esta normativa
fue el cierre de los periódicos Daily Worker (sostenido por el Partido Comunista) y The Week en
enero de 1941. Sin embargo, el progresivo incremento de la presión ejercida por grupos tales como
el National Council for the Civil Liberties (NCCL) contra esta normativa y contra el bloqueo de
estas dos publicaciones, unido ello al completo apoyo otorgado por el Partido Comunista a la guerra
después de la incorporación de la URSS al bando aliado en 1941, contribuyeron decisivamente a
la decisión gubernamental de agosto de 1942 de levantar el bloqueo. Después de esto, aunque
la presión del gobierno británico sobre la prensa siguió siendo relevante, disminuyó de forma
considerable y aunque la normativa de 1940 siguió vigente, no se emprendió ninguna otra acción
similar a aquellas promovidas contra The Week y Daily Worker (Aaron L. o GOLDMAN, «Press
Freedom in Britain during World War Two», Journalism History Vol. 22, n 4, Invierno de de 1997:
pp. 146-155).
62
Algunas de las imágenes más terribles y hoy por hoy más conocidas de Belsen, como la de
la excavadora empujando cadáveres hacia una fosa común, sólo fueron divulgadas varios años, o
incluso varias décadas, después de la liberación (T. HAGGITH, «The Filming of the Liberation
of Bergen-Belsen...», pp. 91-92).
114 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

“naturaleza repulsiva” 63. La preocupación por la verificación de la autenticidad de


las imágenes dio como resultado la constitución de una delegación, auspiciada por el
general Eisenhower y formada por miembros del Parlamento británico para visitar
los campos de concentración y recopilar “pruebas oculares y de primera mano sobre
las atrocidades”. El viaje realizado por esta delegación al campo de concentración
de Buchenwald fue ampliamente divulgado por los medios de comunicación, pues
constituía una forma de contrastación de las evidencias físicas que llegaban desde
el universo concentracionario. Por lo demás, el temprano y contundente impacto
que tuvieron estas imágenes sobre la población civil fue también sistemáticamente
recogido por los medios de comunicación64. En fin, la difusión de estas fotografías se
ha extendido y complicado mucho desde el año 1945 hasta nuestros días, llegando
a ocupar un papel primordial en la memoria visual del holocausto65.
En cuanto a los papeles privados, es importante recordar que únicamente for-
man parte de este corpus documental aquellos que fueron producidos entre los años
1945 y 1950, que constituye el marco cronológico general en el que se inscriben
los materiales que son objeto de esta investigación. Éste es uno de los motivos por
los que sólo he utilizado una parte de esos 142 documentos relacionados con Bel-
sen que aparecen clasificados como papeles privados en el archivo del IWM. Así,
aquellos escritos elaborados en épocas posteriores (fundamentalmente memorias y
relatos breves basados en los recuerdos de la experiencia de la liberación) o cuya
fecha de producción resulta incierta, han sido descartados. También he prescindido
de aquellos testimonios cuya autoría no pueda incluirse dentro de la categoría de
los observadores: los (limitados) documentos producidos por las víctimas y conser-
vados en esta colección han sido por tanto también descartados66. Finalmente, he
desechado aquellos materiales que resultaban demasiado fragmentarios, esquemáti-
cos, ilegibles o irrelevantes desde el punto de vista que nos ocupa.
Los autores de los documentos que conforman esta colección proceden de am-
bientes socioculturales muy diversos, lo cual se deja notar fácilmente en los escritos
que se conservan. Un gran número de ellos, entre los que destacan significativamente
el equipo de estudiantes de medicina procedentes de diversos hospitales de Londres
que se ofrecieron como voluntarios para colaborar en la liberación de Europa, son

63
Véase el Daily Telegraph de 21 de abril de 1945. En cambio, según Antero Holmila, muchos
lectores de algunos periódicos en los que sí se publicó el material de las atrocidades consideraron
“una obligación pública observar las fotografías y recordar. De la misma forma, muchos se mostra-
ron agradecidos a los periódicos por publicar tan desagradable material. En la sección de cartas
al editor, un lector de The Times agradecía al diario haber publicado las desagradables imágenes
de las atrocidades, puesto que ello ayudaba a los británicos a comprender realmente la crueldad
de los campos nazis” (Antero HOLMILA, Reporting the Holocaust in the British, Swedish and
Finnish Press, 1945-50, Houndmills, Basingstoke, Hampshire y Nueva York: Palgrave Macmillan,
2011, p. 27).
64
Véase por ejemplo el artículo titulado “British Anger Deep at Atrocity Proof”, publicado en The
New York Times el 20 de abril de 1945.
65
Hannah CAVEN, «Horror in Our Time: Images of the Concentration Camps in the British
Media, 1945», Historical o Journal of Film, Radio and Television Vol. 21, n 3 (2001): pp. 205-
253.
66
Por ejemplo, el testimonio de una mujer judía superviviente de Auschwitz y Belsen, recogido
en el álbum que se conserva entre los papeles privados de Miss Barbara McDouall (IWM Private
Papers of Miss Barbara McDouall, Documents 154, Ref. 89/19/1), en el que se presentan ciertas
experiencias y recuerdos de las asistentes a la “Worlds Y.W.C.A. Conference” (celebrada entre el 8
y el 11 de abril de 1947 en la ciudad de Lübeck, en el campo para personas desplazadas), aunque
resulta sumamente interesante, no forma parte de este apartado.
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 115

personas con educación, con una carrera profesional y, dentro de los cuerpos mili-
tares, que han alcanzado una cierta gradación. De los escritos redactados por otros
autores, en cambio, se desprende un grado de instrucción bastante menor. Es el
caso por ejemplo del soldado de artillería del 113th Ligth Anti-Aircraft Regiment,
George Walker67. Tomando como referencia la autoría, he ordenado la lista final
de los documentos utilizados en cuatro categorías, tal y como se observa en las
tablas 1, 2, 3 y 4, adjuntas a este epígrafe: personal militar (oficiales y soldados
rasos trabajando en las distintas unidades del ejército que participaron en la li-
beración de Belsen), personal médico militar (médicos, enfermeras y especialistas
de las distintas unidades del Royal Army Medical Corps que tomaron parte en las
tareas médicas relacionadas con la liberación de Belsen), personal civil, médicos y
voluntarios (principalmente, estudiantes de medicina, miembros de la Cruz Roja y
miembros de otros cuerpos de socorro como el Friends Relief Service o la Friends’
Ambulance Unit, entre los que se encuentran enfermeros, conductores de ambulan-
cia, trabajadores sociales, intérpretes y colaboradores de toda clase, y en los que
destaca la participación de las mujeres) y otros (artistas, periodistas, religiosos). He
dividido a los autores en estas cuatro categorías porque he considerado, en primer
lugar, que existían diferencias sustanciales entre las experiencias narradas por el
personal militar implicado en las tareas de saneamiento y en la organización del
campo, y el personal civil voluntario, gran parte del cual estaba dedicado a labo-
res relacionadas con la atención médica y, en consecuencia, se encontraba mucho
más involucrado en el trato con los ex-prisioneros. Sin embargo, he considerado
importante señalar una categoría intermedia, la del personal médico militar, con
gran presencia en el campo de concentración a través de las numerosas unidades
del RAMC que participaron activamente en la liberación68. Estas personas, aún
formando parte del ejército y habiendo servido en él a lo largo de toda o buena
parte de la contienda, y a pesar de compartir por tanto con el resto del personal
militar numerosas experiencias y actitudes vitales, se encargaron de la dirección
y coordinación del personal civil sanitario y, al igual que éste, mantuvieron una
relación bastante próxima con los pacientes, a los que atendieron durante varias
semanas. La última categoría es genérica y en ella he incluido a aquellos autores
que no encajan en ninguno de los tres apartados anteriores. La mayoría de ellos son
observadores pasivos de la liberación del campo.
Toda esta documentación ha llegado al archivo del IWM bien porque el propio
museo se ha puesto en contacto con los implicados solicitando determinados ma-
teriales o bien, más habitualmente, porque los autores o sus familiares decidieron
en cierto momento donar estos papeles. La mayor parte de esta colección está con-
formada por cartas, relatos breves, diarios, informes y ponencias, redactados bien
entre abril y junio de 1945 desde el propio campo de concentración, bien poco tiem-
po después. Muchos de estos escritos se conservan junto con otros documentos de
diverso tipo que constituyen recuerdos de la guerra y de la liberación (recortes de
periódico, postales, agendas, boletines, telegramas, órdenes de traslado, permisos
67
IWM Private Papers of G. Walker, Documents 3858, Ref. 84/2/1.
68
Estas unidades eran 32nd Casualty Clearing Station (32 CCS), 11th Light Field Ambulance
(11 LFA), 30th Field Hygiene Section, 76th Field Hygiene Section, 9th British General Hospital,
163rd Field Ambulance, 35th CCS y 29th British General Hospital. Véase el informe titulado
“Administrative Report – Belsen Concentration Camp” (junio de 1945), J.A.D. Johnston y F.M.
Lipscomb (IWM Private Papers of Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1) y P. KEMP,
«The British Army and the Liberation of Bergen-Belsen», pp. 136-140).
116 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

de entrada en el campo, documentos de identidad, hojas de servicio...). La finalidad


y la difusión de estos materiales difiere de forma notable. Las cartas, los relatos
breves y los diarios poseen un carácter fundamentalmente privado, por más que en
ocasiones trasciendan este ámbito y acaben en los periódicos o en otros medios de
comunicación69. No obstante, como consecuencia del fuerte impacto que causaron
los relatos y las imágenes de Belsen en la opinión pública, muchos de estos escritos,
aunque estaban en principio destinados a la esfera familiar, destilan cierta vocación
de notoriedad que se pone de manifiesto de forma directa en el propio contenido del
testimonio70. Los informes, por su parte, tienen por objetivo describir los problemas
prácticos que se derivan de la administración del campo, la situación de los prisio-
neros recién liberados, las necesidades logísticas o las acciones llevadas a cabo por
las unidades militares, entre otras cosas. Tienen un carácter informativo y, en últi-
ma instancia, pretenden contribuir a optimizar el trabajo del ejército. En principio,
están destinados a circular de forma interna, dentro del ámbito militar, aunque mu-
chos de estos informes fueron más tarde editados y difundidos en boletines y otras
publicaciones informativas71. En cuanto a las ponencias, los discursos y los artículos
de prensa, su vocación es netamente pública, teniendo por objetivo el de informar a
una audiencia más o menos amplia de los diversos pormenores que se derivan de la
difícil situación encontrada en el campo de concentración de Bergen-Belsen y de las
acciones emprendidas por el ejército británico y los cuerpos de voluntarios durante
la liberación. En cualquier caso, la conservación en el archivo del IWM de todos
estos documentos les ha dotado de una dimensión más significativa, al trascender
la finalidad específica que adquirían en su contexto productivo y aspirar a una re-
sonancia de carácter histórico, con cierta capacidad para trascender las barreras
puramente contextuales. De hecho, muchos de los testimonios que configuran este
corpus han adquirido un gran protagonismo en las narraciones históricas sobre la
liberación de Bergen-Belsen, destacando por ejemplo el discurso pronunciado a fi-
nales de 1945 por el teniente coronel del RAMC Mervin Willet Gonin titulado “The

69
Por ejemplo, Miss Jean McFarlane escribió una carta a su madre, Mrs. Alex. J. McFarlane, el
23 de abril de 1945, que ésta última reenvió a varios periódicos locales, entre ellos el Tunbridge
Wells Advertiser, donde acabó publicándose el 4 de mayo de 1945 (IWM Private Papers of Miss
Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1).
70
Por ejemplo, en la carta escrita el 15 de mayo de 1945 por Cyril J. Charters, proyeccionista que
trabajaba en la 37 Kinema Section del Royal Army Ordenance Corps (RAOC), y destinada a su
mujer, puede leerse “Desearía poder publicar esta carta en el «Western Independent» para que las
gentes de Westcountry pudieran conocer el testimonio de un hombre de Westcountry, [para que
crean] en la verdad de lo que han leído y visto en los periódicos y en las películas” (IWM Private
Papers of C. J. Charters, Documents 3103, Ref. Con Shelf). Asimismo, en la carta escrita parte el
18 de abril y parte el 24 de abril de 1945 por el soldado R. Pope y dirigida a sus padres, se indica:
“Nunca olvidaré lo que he visto, por más que viva. Así que, si escucháis a alguien diciendo que
es imposible que sucedieran estas cosas o sintiendo pena por lo que los alemanes están pasando
ahora, no tenéis más que enseñarles esta carta y quizás así cambien su opinión (...)” (IWM Private
Papers of R. Pope, Documents 12586, Ref. 03/23/1).
71
Destaca por ejemplo el folletín editado por el capitán Andrew Pares, publicado por el 113th Light
Anti-Aircraft Regiment (Durham Light Infantry) Royal Artillery, impreso en Hannover y titulado
“The Story of Belsen”, en el que se recogen varias fotografías del campo de concentración y un breve
relato de la situación encontrada en Belsen durante la liberación, así como las tareas realizadas
por el ejército británico y un breve recuento de las atrocidades cometidas por los alemanes en este
lugar (“Report by HQ 10 GARRISON on period 18-30 April 1945”, en IWM Official Reports on
the Liberation of Belsen Camp, 1945, Documents 9230, Ref. Misc 104 [1650]).
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 117

R.A.M.C. at Belsen Concentration Camp” 72, las cartas y relatos redactados por la
voluntaria de la Cruz Roja Miss Jean McFarlane73 o el relato fechado el 18 de abril
de 1945 y escrito por el fotógrafo de la AFPU Norman Midgley74.
En cuanto a los temas principales de los que se ocupa esta documentación, son
también muy heterogéneos, aunque es posible identificar una serie de cuestiones
comunes que aparecen en casi todos estos relatos. Predominan las descripciones
sensoriales del campo de concentración, especialmente en las cartas, en los diarios
y en los relatos. En general, la estructura de estas narraciones es siempre la mis-
ma y comienzan relatando la progresiva aproximación al campo, que se encuentra
emplazado en un entorno idílico, el descubrimiento de los carteles que advierten
del peligro de tifus, las alambradas, el perfil de los barracones, las instalaciones
destinadas al alojamiento del personal militar y humanitario (que en algunos casos
son meras tiendas de campaña) y, finalmente, la entrada en el recinto concentracio-
nario. El primer contacto con el campo de concentración propiamente dicho, que
se representa sistemáticamente como algo que se encuentra más allá de la imagi-
nación o de cualquier descripción, como algo que es necesario ver para creer, es
siempre muy impactante. Las estampas del horror que transitan estos relatos, en
contraste con el entorno paradisiaco descrito en las primeras escenas, aportan una
sensación muy nítida de estar atravesando las puertas del infierno. Este infierno de
Belsen se caracteriza sobre todo por la suciedad y la mugre, la falta total de higiene,
la enfermedad, el hambre, el olor pútrido, la corrupción, lo abyecto y la muerte.
Los habitantes de Belsen causan pena, pero sobre todo repulsión, y presentan in-
variablemente comportamientos que se identifican como desviados, corrompidos y
depravados. Los verdugos, marcados como bestias animales, también son una pre-
sencia constante en estos relatos. Por extensión, la culpabilidad criminal se extiende
a todo el pueblo alemán, al que no con poca frecuencia se le desea el exterminio
total75. Poco a poco los relatos incluyen también descripciones de las tareas llevadas
a cabo por los distintos cuerpos de intervención. Curiosamente, en muchos de estos
testimonios los autores coinciden en no saber muy bien qué hacer con su tiempo, al
menos durante algunos días, lo que sin duda es indicativo de los problemas relacio-
nados con la organización de la ayuda y la administración del campo. En cambio,
las fuerzas de rescate se presentan insistentemente como el elemento humano más
noble y trabajador de aquellos presentes en Belsen durante las últimas semanas de
vida del campo de concentración. Finalmente muchas de estas descripciones hacen
hincapié en la recuperación progresiva de los pacientes, que con frecuencia se tilda

72
“The R.A.M.C. at Belsen Concentration Camp”, IWM Private Papers of Lieutenant-Colonel M.
W. Gonin, Documents 3713, Ref. 85/38/1. Una parte muy importante de esta conferencia, de
gran interés para esta investigación (aquella en la que se refiere a la llegada de una remesa de
pintalabios y al rol que éstos jugaron en la recuperación de los pacientes), ha pasado a formar
parte incluso del “manifiesto” de Banksy, un famoso artista callejero británico (Véase BANKSY,
Banksy: Wall and Piece, Londres: Century, 2005, p. 202).
73
IWM Private Papers of Miss Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1.
74
Relato fechado el 18 de abril de 1945, en IWM Private Papers of A.N. Midgley, Documents
4052, Ref. 84/50/1.
75
Véase por ejemplo la carta mencionada en el capítulo I (p. 4) que Mrs. Kathleen J. Elvidge,
enfermera del 29th British General Hospital, escribió el 26 de mayo de 1945 desde el campo de
concentración (el destinatario es un ser querido desconocido), en la que señala que “si antes tenía
una pizca de simpatía por los alemanes, ahora ha desaparecido completamente. Creo que toda
la nación debería ser aniquilada y extirpada de la faz de la tierra” (IWM Private Papers of Mrs.
Kathleen J. Elvidge, Documents 1029, Ref. 89/10/1)
118 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

de milagrosa, y en los espacios habilitados para lograr esa recuperación, como el


gran almacén de ropa destinada a los prisioneros conocido con el nombre de Ha-
rrods o, sobre todo, la llamada “lavandería humana”, un área de desparasitación e
higienización a la que llevaban a los pacientes recién evacuados del campo, antes
de ingresarlos en el zona hospitalaria. Otros temas recurrentes en estos documen-
tos son las celebraciones del día de la victoria, la quema simbólica de las últimas
barracas del campo de concentración, las reuniones y las fiestas que tenían lugar
en ciertas zonas de ocio y recreo ubicadas dentro del área concentracionaria76, las
impresiones sobre los alemanes presentes en el campo o en sus alrededores o los
preparativos para los juicios de Lüneburg.
Todo este corpus documental, algunos de cuyos rasgos más generales he descrito
en las páginas precedentes, es lo que voy a analizar en profundidad a continuación
con el objetivo de demostrar históricamente la hipótesis fuerte que anima esta
investigación, esto es, que la deshumanización de los prisioneros que tuvo lugar
en el interior del sistema concentracionario se produjo a través de la destrucción
metódica de sus identidades sexuales.

76
Existía por ejemplo una especie de club nocturno llamado “Cocoanut Grove”, ubicado en el
Campo II, y un gran centro de recreo al que se le bautizó como “Casino” (véanse las entradas del 2
y del 23 de mayo de 1945 del diario del Dr. Bradford, en IWM Private Papers of Dr. C. Bradford,
Documents 1918, Ref. 86/7/1)
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 119

Imagen 1: Extracto del reportaje denominado “Atrocities” y publicado en la revista Life el


7 de mayo de 1945, con fotografías del campo de concentración de Bergen-Belsen, tomadas por
George Rodger (arriba y a la izquierda), y del campo de concentración de Buchenwald, realizadas
por Margaret Bourke-White (abajo a la derecha).

Imagen 2: Fotografía de George Rodger, 20 de


abril de 1945. El pie de foto que acompaña
a esta imagen en el repertorio online de la
revista Life titulado At the Gates of Hell: the Imagen 3: Fotografía de George Rodger, 20 de
Liberation of Bergen-Belsen, April 1945, reza abril de 1945. En este caso, la información que
“Un médico británico administra tratamiento aporta el pie de foto es mucho más escueta, le-
anti-piojos DDT en la falda levantada de una yéndose únicamente: “Dos prisioneras en el recién
prisionera con aspecto azorado en Bergen- liberado campo de concentración de Bergen-
Belsen, 1945” ([Link] Belsen, 1945” ([Link]
the-gates-of-hell-the- liberation-of-bergen- the-gates-of-hell-the-liberation-of- bergen-
belsen-april-1945/#12, accedido el 27 de agosto belsen-april-1945/#17, accedido el 27 de agosto
de 2013). de 2013).
120 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

TABLA 1. PERSONAL MILITAR


Nombre del Tipo de Rango y puesto
Colección Referencia Fecha Autor
documento documento en 1945
Private Papers Documents Notes on Belsen Informe 18 de H.W. Bird Coronel – 102
of S.G. Wyer 2281 Camp mayo de Control Section,
Ref. 86/12/1 1945 Second Army

Private Papers Documents “Belsen” en Relato basado 13 de Desconocido ......


of Jean 9550 Supplement to British en octubre
McFarlane Ref. 99/86/1 Zone Review documentos de 1945
oficiales
Private Papers Documents - Interim Report of - Informe - 22/06/ - Savile - Mayor – Legal
of Lieutenant 2323 No 1 War Crimes - Relato 1945 Geoffrey Staff No 1 War
Colonel SG Ref. 93/11/1 Investigation - 30/04/ Champion Crimes
Champion Team... 1945 - Derrick Investigation
- Belsen Sington Team
Concentration - Intelligence
Camp Corps – OC 14
Amplifying
Unit
Private Papers Documents Visit to the Relato 19 de H. St.C. Mayor – Al
of Major H St C 1355 Concentration Camp abril de Stewart mando del Nº5
Stewart Ref. 91/21/1 at Belsen near Celle 1945 Army Film and
Photo Section
Private Papers Documents “Yesterday, in Carta 18 de F.J. Lyons Jefe de
of Squadron 11135 company with one of junio de escuadrón en la
Leader F J Lyons Ref. P435 our medical 1945 RAF
officers...”
Private Papers Documents Carta de George Carta 20 de George Soldado de
of G. Walker 3858 Walker mayo de Walker artillería en la
Ref. 84/2/1 1945 370 Battery, del
113th Ligth Anti-
Aircraft
Regiment RA
(21st Army
Group)
Private Papers Documentos Belsen Relato 21 de W.J. Barclay Sargento de la
of W.J. Barclay 4101 abril de 649 Company
Ref. 84/59/1 1945 RASC, 11th
Armoured
Divisional
Transport
Private Papers Documents “Dear Mum and Dad” Carta 18 y 24 R. Pope Soldado raso,
of R. Pope 12586 de abril conductor de
Ref. 03/23/1 de 1945 camiones en la
6th Airbone
Division
Private Papers Documents “Dear all...” Carta Abril de Maurice J. Capitán del
of Squadron 6336 1945 Hewlett 113th Ligth Anti-
Leader E F Ref. 96/41/1 Aircraft
Chapman Regiment RA
(21st Army
Group)
Private Papers Documents “My dear D.J.B.” Carta 19 de David C. Capitán de la
of Captain D C 15918 abril de Colwell B.B.C. Section,
Colwell Ref. 04/44/1 1945 c/o D.A.D.P.R.

98
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 121

Private Papers Documents - “The Administrative Informes Entre William James Mayor general
of Major 7479 of Second Army in mayo y Fitzpatrick del R.A.S.C.
General W.J.F. Ref. 75/55/1 the N.W. Europe julio de Eassie
Eassie Campaign – Appendix 1945
B – Belsen
Concentration Camp”
- “A Brief History of
the Provision of
Supplies to Second
Army from the 1st
October 1944 until
the handover to
Corps District in June
1945 – PART V –
Belsen Concentration
Camp”
Private Papers Documents ...... Álbum de Abril Robert B.T. Brigadier a cargo
of Brigadier 5771 recuerdos, 1945 Daniell del 13th
R.B.T. Daniell Ref. 67/429/2 entradas Regiment
diario Honourable
personal Artillery
Company of the
Royal Horse
Artillery
Private Papers Documents Autobiografía – Transcripción Abril Lewis Owen Mayor general al
of Major 13160 Capítulo: “Command de entrada en 1945 Lyne mando de la 7th
General Lyne Ref. 71/2/5 of the 7th Armoured diario Armoured
Division – The last personal Division
gallop” (p.188 – p.26
del capítulo).
Private Papers Documents “Today I visited a Relato 18 de A.N. Midgley Fotógrafo en la
of A.N. Midgley 4052 German abril de No 5 Army Film
Ref. 84/50/1 Concentration Camp 1945 & Photographic
at Belsen” Unit
Private Papers Documents - Letter Nº39 Cartas Entre el Cyril J. Proyeccionista
of C J Charters 3103 - Letter Nº40 15/05/45 Charters con la 37 Kinema
Ref. Con Shelf - Letter Nº41 y el Section, RAOC
- Letter Nº57 12/06/45
Private Papers Documents Brutality! Barbarity! Relato 1945 C.R. Mayor del
of John H. Dunn 2091 Bestiality! Belsen!” Thompson R.A.S.C.
Ref. 93/4/1
Private Papers Documents Carta desde Belsen Carta 20 de C.H.W. Teniente del
of Lieutenant 11560 mayo de Hodges Essex Regiment,
C.H.W. Hodges Ref. 01/32/1 1945 Defence Coy,
102 Control
Section, B.L.A.
Private Papers Documents. “Belsen” en Relato – 13 de R.I.G. Taylor Teniente coronel
of General Sir 10776 Supplement to the Fragmento de octubre al mando del
Evelyn Barker Ref. P78 British Zone Review informe de 1945 63rd Anti-Tank
Regiment
Official Reports Documents - Report by HQ 10 - Informe 1945 - Desconocido .....
on the 9230 GARRISON on period -Folleto/ - Andrew -Capitán del
Liberation of Ref. Misc 104 18-30 April 1945 Relato Pares 2nd/5th
Belsen Camp, (1650) - The Story of Belsen Battalion The
1945 Durham Light
Infantry

99
122 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

Private Papers Documents Carta a su madre Carta Abril de Michael Gow Teniente del 3rd
of General Sir 1660 1945 Battalion Scots
Michael Gow Ref. Con Shelf Guards

TABLA 2. PERSONAL MÉDICO MILITAR


Nombre del Tipo de Rango y puesto
Colección Referencia Fecha Autor
documento documento en 1945-1946
Private Papers of Documents Instruction for the Instrucciones 17 de J.H. Dunn Teniente coronel
S.G. Wyer 2281 Discharge of de actuación mayo de del RAMC al
Reference Patients 1945 mando del No. 9
86/12/1 (Br) General
Hospital
Private Papers of Documents Some Impressions of Relato 1945 J. E. Stone Capitán del
Captain J E Stone 14911 Belsen Camp RAMC, en la 32
Ref. 06/52/1 Casualty Clearing
Station
Private Papers of Documents Lecture to the E. Ponencia 20 de O G Prosser Oficial del RAMC,
O G Prosser 13408 York Branch B.L.A. marzo de 10 Garrison
Reference 1946 Detachment
05/2/1
Private Papers of Documents Belsen. Bergen. Our Nota Abril de Colville Robert Médico del RAMC
Major C R G 2454 Camp telegráfica 1945 Gardner del 34th West
Barrington Ref. 93/29/1 Barrington African General
Hospital
Private Papers of Documents “My dearest Dorrie” Carta 14 de Elizabeth E. Enfermera militar
Sister E.E. Biggs 16768 junio de Biggs del Nº9 British
Ref. 09/66/1 1945 General Hospital,
B.L.A.
Private Paper of Documents “My Dearest Bill” Carta 14 de Miss J. Enfermera militar
Miss J Rudman 3109 mayo de Rudman en el Nº9 British
Ref. 94/51/1 1945 General Hospital,
B.L.A
Private Papers of Documents “My Darling” Carta 26 de Mrs. Enfermera del
Mrs. Kathleen J. 1029 mayo de Katheleen J. Queen
Elvidge Ref. 89/10/1 1945 Elvidge Alexandra’s
Imperial Military
Nursing Service
(QAIMNS), en el
Nº29 British
General Hospital
Private Paper of Documents Belsen Relato 19 y 21 Emmanuel Radiógrafo en el
E. Fisher 3056 de abril Fisher 32 CCS del RAMC,
Ref. 95/2/1 de 1945 B.L.A.
Private Papers of Documents - Administrative Informes - Junio de - J.A.D. Ambos son
Jean McFarlane 9550 Report – Belsen 1945 Johnston y tenientes
Ref. 99/86/1 C.C. - 18 de F.M. Lipscomb coroneles del
- Medical abril de - J.A.D. RAMC, 32 (Brit)
Appreciation 1945 Johnston CCS
– Belsen C.C. - Abril de - J.A.D.
- Medical Progress 1945 Johnston
Report – Belsen C.C.
Private Papers of Documents In the matter of war Deposición 29/05/19 J.A.D. Teniente coronel
Lieutenant 2323 crimes and atrocities 45 Johnston del RAMC OC 32
Colonel SG Ref. 93/11/1 at Belsen (Brit) CCS

100
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 123

Champion
Private Papers of Documents The R.A.M.C. at Discurso 1945- Mervin Willett Teniente coronel
Lieutenant- 3713 Belsen 1946 Gonin RAMC al mando
Colonel M. W. Ref. 85/38/1 Concentration Camp de 11th Light
Gonin Field Ambulance
(6th Guards
Armoured
Brigade)
Order of the Day, Documents “Special Order of Orden militar Mayo de [Link] Teniente coronel
11th Light Field 9589 the Day by Lieut- 1945 RAMC al mando
Ambulance, 1945 Misc 105 Colonel M.W. Gonin de 11th Light
(1657) R.A.M.C.” Field Ambulance
Private Papers of Documents “This is not going to Carta 18 de J. Gant Capitán de la 11
Captain J. Gant 9161 be a particular abril de (Br) Light Field
Ref. 98/82/1 cheerful letter” 1945 Ambulance BLA
(en el catálogo
aparece como
capitán de la 21
Light Field
Ambulance, pero
este dato
posiblemente
esté equivocado,
ya que esta
unidad no
participó en la
liberación y en
cambio la 11
estuvo en Belsen
desde el 17 de
abril).
Private Papers of Documents - Medical Report on Informes - 15-19 - Glyn Hughes - Brigadier,
Lieutenant 13505 Belsen de abril - R.J. Phillips Deputy Director
Colonel R. J. Ref. 05/44/1 Concentration Camp de 1945 Medical Services
Phillips by DDMS Second - 31 de 2nd Army
Army mayo de - Mayor del
- Belsen 1945 RAMC, Asesor
Concentration Camp psiquiátrico,
Second Army

TABLA 3. PERSONAL CIVIL, MÉDICOS Y VOLUNTARIOS


Nombre del Tipo de Rango y puesto
Colección Referencia Fecha Autor
documento documento en 1945
Private Papers Documents Dr. Bradford’s Diary Diario Abril-mayo Dr. C. Bradford Estudiante de
of Dr. C. 1918 personal 1945 medicina
Bradford Ref. 86/7/1
Private Papers Documents “Dear Sir” Carta 5 de mayo Dr. Michael H. Estudiante de
of Dr. Michael 1062 de 1945 Coigley medicina
H. Coigley Ref. 91/6/1
Private Papers Documents - “Dear Dr. Burns” - Carta 01/06/1945 Elizabeth T. Miembro del
of Miss E T 17339 -“Dearest Stella” - Carta 02/06/1945 Clarkson Quaker Relief
Clarkson Ref. 11/20/1-2 -“My dear Joyce - Carta 11/06/1945 Team
and George” - Relato 27/01/1947
- A.P.S.W. at Large

101
124 2. LA LIBERACIÓN DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BERGEN-BELSEN

Private Papers Documents Bergen Belsen Informe 06/05/1945 Jane Miembro del
of Miss E T 17339 Concentration Elinor Leverson Quaker Relief
Clarkson Ref. 11/20/1-2 Camp Team – Primera
voluntaria de
origen judío en
entrar en Belsen
Private Papers Documents The London Relatos Agosto de - T.C. Gibson Estudiantes de
of R.D. Pearce 13407 Hospital Gazette 1945 -J.H.S. Morgan medicina
Ref. 05/14/1 - J.B. Walker
- P.W.G. Tasker
Private Papers Documents - Cartas: 27 de - Cartas - Abril- Effie Lucille Enlace en la Cruz
of Miss E. L. 10541 abril, 15 de mayo, - Relato Junio 1945 Barker Roja Británica
Barker Ref. 01/16/1 21 de mayo, 1 de - 1945
junio
- Memories of
Civilian Relief
Private Papers Documents Report by Mr. Informe Abril-mayo Mr. Gradiner Miembro de la
of Miss E. L. 10541 Gardiner: Belsen 1945 Friends
Barker Ref. 01/16/1 Concentration Ambulance Unit
Camp
Private Papers Documents - “My dear Friends” -Carta circular - Mayo de Joyce M. Miembro del
of Eryl Hall 2420 - Carta a su familia -Carta 1945 Parkinson Friends Relief
Williams Ref. 93/27/1 - 26 de Service
mayo de
1945
Private Papers Documents Friends Relief Recopilación Junio de V.A.: J.M. Miembros del
of Eryl Hall 2420 Service: Reports on de informes 1945 Parkinson, Friends Relief
Williams Ref. 93/27/1 team 100 at Belsen Elizabeth T. Service
Camp Clarkson, Lilian
Impey,
Marjorie
Ashbury,
Michael
Hinton, Bill
Rankin, Bill
Broughton,
Hugh Jenkins,
Kathleen F.
Broughton
Private Papers Documents - Over to you - Boletín - Agosto .... - Cruz Roja
of Jean 9550 - Molly Silva Jones’ - Extractos de 1945 - Milly Silva Británica
McFarlane Ref. 99/86/1 Diary diario - Abril 1945 Jones - Enfermera de la
personal Cruz Roja
Private Papers Documents - Murder? I think so - Relato -13/12/45 Jean Empleada de la
of Jean 9550 - Letter on - Carta - 23/04/45 McFarlane Cruz Roja
McFarlane Ref. 99/86/1 Tunbridge Wells - Relato - ¿? 1945-
Advertiser - Charla 1949
- Account - Marzo de
- BRC work in 1949
Germany
Private Papers Documents Dr. Horsey’s album Álbum de 1945 P.J. Horsey Estudiante de
of Dr. P J 1345 recuerdos medicina
Horsey Ref. Con Shelf
Private Papers Documents Letters from Cartas Mayo de Miss Margaret Miembro de la
of Miss M. W. 12799 Margaret W. Ward 1945 Wyndham Cruz Roja
Ward MBE Ref. 03/44/1 to her mother Ward Británica

102
2.2. LOS TESTIMONIOS DE BERGEN-BELSEN EN EL IMPERIAL WAR MUSEUM 125

Private Papers Documents Michael Hargrave’s Diario 28 de abril- Michael Estudiante de


of Dr. Michael 7272 Diary personal – 18 de mayo Hargrave medicina
John Hargrave Ref. 76/74/1 Extractos de 1945
Private Papers Documents Nota manuscrita Nota Dennis Estudiante de
of Dr. Dennis 1344 Belsen Memoria 1945 Forsdick medicina
H. Forsdick Ref. 91/6/1
Private Papers Documents “Letter on Non-Frat Relato Julio de Muriel Joan Asistente de
of Miss M. J. 11454 – Relief Team 1946 Blackman enfermería de la
Blackman Ref. 01/19/1 Account” Cruz Roja
Private Paper Documents Lady Limerick visit Diario – 24 de mayo Lady Angela Miembro de la
of Lady 12044 to Belgium, Holland Extractos de 1945 Limerick Cruz Roja
Limerick PP/MCR/162 and Germany, May Británica
1945

TABLA 4. OTROS
Nombre del Tipo de Rango y puesto
Colección Referencia Fecha Autor
documento documento en 1945
Private Papers of Documents Miss Kessell’s Diary Diario – Agosto de Mary Kessell Official British
Miss M. Kessell 18803 Extractos 1945 War Artist
Ref. 11/11/1
Private Papers of Documents Letter from Mary Carta 28 de Mary Bouman Traductora de la
Miss Mary 16779 Bouman on May mayo de División Legal en
Bouman Ref. 09/12/1 28th, 1946 1946 Zonal Executive
Offices Control
Commission for
Germany British
Element
Private Papers of Documents MEA 4: Letter to Carta 10 de Mary Eleanor Periodista para el
Miss Mary 3100 Jean, June 10th, Junio de Allan (Mea Daily Herlad
Eleanor Allan Ref. 95/8/1 1945 1945 Allan)
Private Papers of Documents MEA 11 C: “I have Telegrama 8 de mayo Mea Allan Periodista para el
Miss Mary 3100 spent Peace Day de 1945 Daily Herlad
Eleanor Allan Ref. 95/8/3 here in Belsen”
Private Papers of Documents MEA 12 G: The Artículo 15 de Mea Allan Periodista para el
Miss Mary 3100 Luckier people of mayo de Daily Herlad
Eleanor Allan Ref. 95/8/4 Belsen back to life 1945
Belsen message, Documents.3 Belsen message Circular 1 de junio Reverend Isaac Rabino del 2nd
Senior Jewish 110 de 1945 Levy Army (British
Chaplain BLA, Misc 180 Liberation Army
1945 (2719)
Private Papers of Documents “I don’t Know Relato 1945 Reverend T.J. Reverendo
G A Priestley 15698 whether I ought to Stretch sirviendo en 10
Ref. 06/52/1 write this” Garrison
Detachment,
Second Army
Private Papers of Documents “I don’t Know Relato 1945 Reverend T.J. Reverendo
Reverend T.J. 11561 whether I ought to Stretch sirviendo en 10
Stretch Ref. 01/30/1 write this” Garrison
Detachment,
Second Army

103
Capítulo 3

¿Dónde estaban los seres humanos? La humanidad


herida en el sistema concentracionario
“Lo que tratan de lograr las ideologías totalitarias no es
la transformación del mundo exterior o la transmutación
revolucionaria de la sociedad, sino la transformación de la
misma naturaleza humana. Los campos de concentración
son los laboratorios donde se ensayan los cambios en la
naturaleza humana, y su ignominia no atañe sólo a sus
internos y a aquellos que los dirigen según normas estric-
tamente «científicas»; éste es un asunto que afecta a todos
los hombres. Y la cuestión no es el sufrimiento, algo de lo
que ya ha habido demasiado en la tierra, ni el número de
víctimas. Lo que está en juego es la naturaleza humana
como tal (...)”.
Hannah Arendt77
“Pero no hay ambigüedad, seguimos siendo hombres, mori-
remos siendo hombres. La distancia que nos separa de otra
especie sigue intacta, no es histórica. El hecho de creer que
tenemos como misión histórica cambiar la especie es un
sueño SS”.
Robert Antelme78

En este capítulo trataré de profundizar en algunos de los problemas teóricos que


abordaba en el primer capítulo, aunque ahora voy a afrontarlos desde una aproxi-
mación netamente histórica, a través del análisis documental. Concretamente, voy
a interrogar los documentos seleccionados guiándome por la pregunta que enca-
beza este epígrafe ¿dónde estaban los seres humanos? y que Reyes Mate formula
ampliamente en su libro Memoria de Auschwitz. A través de este interrogante, Ma-
te trata de entender de qué manera la humanidad en su conjunto quedó dañada
después de que algunos individuos fueran sometidos a las condiciones del terror
concentracionario. Para ello, dice, “habría que mirar en tres direcciones distintas
– hacia las víctimas, hacia los verdugos y hacia los espectadores”. Pues bien, mi
intención aquí, antes de adentrarme plenamente en la problemática de género que
constituye el centro neurálgico de esta investigación, es comprender cómo se enten-
dió y cómo se transmitió el proceso de deshumanización fruto de dicha violencia
concentracionaria, del que participaron no sólo los prisioneros que lo sufrieron o los
verdugos que lo pusieron en funcionamiento, sino también los propios observadores
que trataron de darle sentido mediante categorías naturalizadas fuera de los límites
de las alambradas, dentro de la sociedad reconocida como “normal” y “civilizada” y
considerada popularmente como la antítesis de la barbarie que simboliza el universo
concentracionario. Como dice Mate:

77Hannah ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, 1 reimp. (Madrid: Alianza, 2006, p. 615).
78Robert ANTELME, La especie humana (Madrid: Arena Libros, 2001, p. 225).

127
128 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

“El problema de la estrategia del espectador, que es también la de la historia


posterior y, por tanto, la nuestra, es la de imaginar un lugar exterior al campo
desde el que poder juzgar imparcial y objetivamente los hechos. Ese lugar no
existe pues en él no habita la víctima, ni el verdugo, ni tampoco el espectador.
La inhumanidad ha alcanzado a la víctima, al verdugo y ha contaminado al
espectador porque ese crimen masivo hubiera sido imposible sin la complicidad
del espectador”.

De lo que hablaré en las siguientes páginas, por tanto, es de cómo aparecen des-
critos –y consecuentemente enjuiciados– en los testimonios de los observadores (de
aquellos que participaron en la liberación de Belsen y que contaron sus experien-
cias) los musulmanes, esto es, los seres humanos deshumanizados, y los verdugos,
últimos responsables de poner en ejecución dicho proceso de deshumanización. Sin
embargo, como se verá, estos testimonios fuertemente cargados de juicios de valor
relativos a la condición moral y humana de los habitantes del campo, son, en última
instancia, documentos que dan cuenta del propio estatus humano de los observa-
dores y, por extensión, de la sociedad civil de la que proceden y a la que tienen
que tratar de hacer comprender con palabras inteligibles un mundo que se antoja
increíble, inimaginable e indecible, que se sitúa más allá de todo lo conocido. Mate
sintetiza bien el problema cuando recoge una anécdota de Robert Antelme en la que
cuenta cómo, durante uno de los traslados de un campo de concentración a otro,
atraviesan un pueblo en el que se para a refrescarse en una fuente donde tropieza
con una mujer que se espanta al verle:

“Si la señora se asustó al descubrir humanidad en el prisionero, fue sin duda


porque creyó estar ante un espectro. Eso no podía ser un humano, sólo podía
parecerlo, sólo podía ser una visión espectral. La humanidad real estaba del
otro lado, de su lado. Esa acotación material de la humanidad a una determina-
da figura significa de hecho la liquidación metafísica del concepto del hombre.
Negando la humanidad al muerto viviente que salía del campo, la espectadora
alemana expresaba su propia inhumanidad [la cursiva es mía]. En el preciso
momento en que dos miradas se cruzan, el hombre reacciona con la humanidad
o inhumanidad que lleva dentro” 79.

3.1. La aparición de una nueva especie sub-humana: la abyección de


las víctimas en el sistema concentracionario.
Quisiera comenzar este análisis presentando cuatro descripciones típicas de los
internos del campo de concentración de Bergen-Belsen, extraídas de los testimonios
de la liberación conservados en el IWM:

“Llegué allí a tiempo para ver lo que se me había descrito como «muy buenas
barracas». En ellas estaban tumbados esqueletos humanos a los que sólo les
restaba el último aliento de vida. No era posible considerarlos seres humanos.
Eran meros despojos concentrados en los más débiles esfuerzos por llevar a ca-
bo acciones tales como andar, estirarse, alimentarse o mirar. No parecían ser
conscientes de nada de lo que pasaba en torno a ellos. Sus ojos no pestañeaban,
estaban imperturbables, y en cada una de aquellas pobres caras estaban gra-
badas las horribles indecencias a las que habían estado expuestos y que habían
sufrido” 80.

79Reyes MATE, Memoria de Auschwitz. Actualidad moral y política (Madrid: Trotta, 2003, pp.
194-210).
80“MEA 4: Letter to Jean” (10 de junio de 1945), en IWM Private Papers of Miss Mary Eleanor
Allan, Documents 3100, Ref. 95/8/1.
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 129

“Los propios pacientes daban pena, algunos estaban simplemente tumba-


dos ahí, tan inmóviles que parecían estar muertos excepto por leves movimien-
tos cuando respiraban. Otros se comportaban como animales y pedían comida
a gritos, y esto era casi lo peor de todo” 81.
“Sólo los instintos animales parecían haber permanecido en sus desgracia-
das mentes. La muerte o el traslado de los muertos no parecían alzar ninguna
mirada pasajera. No sé si considerarían esto como un afortunado consuelo o si
pensarían en el espacio adicional del que dispondrían en los osarios aquéllos a
los que todavía les quedaba un hálito de vida” 82.
“Incluso ahora, después de seis semanas de buena comida, todavía comen
como cerdos y nunca parecen tener suficiente. Acumulan todo y de todo, lo
que no pueden comer lo ocultan en sus colchones. Entras en una habitación
que apesta hasta el último cielo, rebuscas por todo el lugar y encuentras carne
y pescado en toda clase de sitios, cubiertos de moscas, y ellos casi se vuelven
locos cuando lo quitas de ahí. Obtienen mantequilla fresca, carne y patatas dos
veces al día, diez onzas de pan blanco y cuatro onzas de pan negro. Cantidad
de miel y dulces y los hombres cigarrillos todos los días, pero siguen sin estar
satisfechos” 83.

Esqueletos humanos o esqueletos vivientes84, despojos, espantajos85, animales o bes-


tias86 (desde cerdos hasta simios87, pasando por lobos88) y seres sub-humanos89, son
sólo algunas de las muchas expresiones que salpican estos testimonios al tratar de
definir a los habitantes del campo de concentración, a los musulmanes. Los su-
pervivientes no sólo son caracterizados como cosas, sino además como cosas feas
81Relato de Jean McFarlane (1945-1949, posiblemente 1945), en IWM Private Papers of Jean
McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1, p. 9.
82C.R. Thompson, “Brutality! Barbarity! Bestiality! Belsen!” (1945), en IWM Private Papers of
John H. Dunn, Documents 2091, Ref. 93/4/1.
83Carta “My dearest Dorrie” (14 de junio de 1945), en IWM Private Papers of Sister E.E. Biggs,
Documents 16768, Ref. 09/66/1.
84Esta expresión es muy recurrente. Así aparecen descritos, por ejemplo, en el informe redactado
por el teniente coronel R.I.G. Taylor, cuando señala que “un buen número de ellos eran poco más
que esqueletos vivientes de caras amarillentas y demacradas” (en IWM Private Papers of General
Sir Evelyn Barker, Documents. 10776, Ref. P78).
85Así los describe el teniente coronel J.A.D. Johnston, tal y como queda recogido en la entrada
del 9 de mayo del Dr. Hargrave, cuando dice “un gran número de aturdidos y apáticos espantajos
humanos, deambulando alrededor del campo de un modo completamente maquinal, vestidos con
harapos y algunos incluso sin harapos” (IWM Private Papers of Dr. Michael John Hargrave,
Documents 7272, Ref. 76/74/1, p. 38).
86Término que aparece en el relato titulado “Belsen”, recogido en Supplement to British Zone
Review, cuando se afirma que “los deportados habían perdido todo el respeto propio, estaban
moralmente degradados al nivel de bestias” (IWM Private Papers of Jean McFarlane, Documents
9550, Ref. 99/86/1).
87“Había intentado imaginar el interior de un campo de concentración, pero no lo había imagi-
nado como esto. No había imaginado la extraña multitud simiesca, agolpada contra las vallas
alambradas” (D. SINGTON, Belsen Uncovered, p. 16).
88Como señalaba el capitán Andrew Pares “en el momento de la distribución de alimentos se
comportaban más como lobos famélicos que como seres humanos” (“The Story of Belsen”, IWM
Official Reports on the Liberation of Belsen Camp, 1945, Documents 9230, Ref. Misc 104 [1650]).
89Así los denomina Molly Silva Jones en su diario cuando dice “nada de lo que pudiéramos hacer
era suficiente para tratar de restablecer cierto nivel de salud mental y física en aquellos sub-
humanos” (IWM Private Papers of Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1). También
es la expresión que utiliza el capitán Stone cuando apunta “Uno descubre que la quejumbrosa y
abatida persona sub-humana que estaba tratando puede muy bien haber sido un famoso profesor
universitario o una persona que había sido deportada por algún acto de sabotaje particularmente
osado” (“Some Impressions of Belsen Camp”, en IWM Private Papers of Captain J. E. Stone,
Documents 14911, Ref. 06/52/1).
130 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

y aterradoras (desechos, despojos, esqueletos, espantajos). Aparecen también des-


critos como animales o como miembros de una especie animal que podría tener
algo que ver con la especie humana, pero no se sabe muy bien en qué consistiría
esta relación. “No era posible considerarlos seres humanos” afirma rotundamente
la periodista Mea Allan en una carta, impresión ésta que no duda en trasladar a
la prensa con su artículo en el Daily Herald titulado “The luckier people of Belsen
come back to life”, en el que apunta “la mayoría de los internos en Belsen no son
todavía completamente seres humanos” 90. Y aunque no todas las formulaciones que
utilizan los observadores para describir este estado de la condición humana son tan
categóricas, suelen incidir de una forma más o menos abierta en este aspecto. “Eran
en su mayoría deplorables despojos de humanidad” dice Jean McFarlane refirién-
dose a los supervivientes91. “Vemos más y más de esas frágiles criaturas – resulta
difícil pensar en ellos como seres humanos”, indica Cyril J. Charters, y agrega “hay
veces que uno anhela la visión de sangre para que añada un toque de realidad
a esta extraña escena; algo que pruebe que realmente son seres humanos lo que
vemos a nuestro alrededor” 92. Para Effie Lucille Barker, enlace de la Cruz Roja
británica, estar en Belsen era como “vivir en una ciudad de seres humanos de otra
esfera” 93, mientras que el soldado George Walker considera que “la mayoría de ellos
no volverán a convertirse nunca en seres humanos” 94.
Esta impresión tan generalizada llega incluso a ilustrar las descripciones que se
realizan en los documentos oficiales emitidos por los mandos militares presentes en
Belsen, lo que en cierta forma contribuye a oficializar este “estado animal”. Así, en
el informe elaborado por el Destacamento 10 Garrison, cuyo objetivo era mostrar
de la forma más “aséptica” y “objetiva” posible las condiciones en el campo de
concentración, en el apartado de la introducción que hace referencia a la situación
psicológica de los supervivientes, puede leerse: “Los internos en el Campo I han sido
reducidos mediante el hambre y la falta de facilidades para la vida humana normal,
al estado de animales” 95. Este tipo de afirmaciones son reproducidas hasta por
la comisión de parlamentarios británicos que visitaron el campo de concentración
de Buchenwald, al que describieron como “el punto más bajo de degradación al
90MEA 12 G: “The Luckier people of Belsen back to life”, IWM Private Papers of Miss Mary
Eleanor Allan, Documents 3100, Ref. 95/8/4. Curiosamente, al revisar el telegrama enviado por
Mea Allan al editor de noticias internacionales del Daily Herald, William Towler, el 8 de mayo
de 1945 y que conforma el sustrato de dicho artículo (MEA 11 C: “I have spent Peace Day here
in Belsen”), se observa que el adverbio “completamente” (en inglés “fully”), fue añadido en la
versión editada que apareció finalmente en prensa, quizás para suavizar la propuesta original de
la periodista que rezaba simplemente “la mayoría de los internos en Belsen no son todavía seres
humanos”. La diferencia que introduce el adverbio “completamente” es interesante: sin el adverbio,
la periodista está olvidando que, de hecho, sí son seres humanos, por más que a ella le cueste
creerlo; con el adverbio, en cambio, se añade un matiz: son seres humanos, pero de alguna manera
incompletos, lo que podría resultar más “políticamente correcto” de cara a la opinión pública.
91Relato de Jean McFarlane (1945-1949, posiblemente 1945), en IWM Private Papers of Jean
McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1.
92Letter No 41 (18 de mayo de 1945), en IWM Private Papers of C. J. Charters, Documents 3103,
Ref. Con Shelf, p. 5.
93Carta de Effie Lucille Barker (15 de mayo de 1945), en IWM Private Papers of Miss E. L.
Barker, Documents 10541, Ref. 01/16/1.
94Carta de George Walker (20 de mayo de 1945), en IWM Private Papers of G. Walker, Documents
3858, Ref. 84/2/1, pp. 7-8.
95“Report by HQ 10 GARRISON on period 18-30 April 1945”, en IWM Official Reports on the
Liberation of Belsen Camp, 1945, Documents 9230, Ref. Misc 104 (1650), p. 4.
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 131

que la humanidad ha descendido hasta ahora” 96. También la prensa, por supuesto,
sanciona estas aproximaciones. Baste como ejemplo el artículo publicado en el News
Chronicle el sábado 21 de abril de 1945 con el título “The living dead of Belsen”
en el que su autor Henry Standish escribe “los seres humanos han sido reducidos al
estado de animales” 97.
Los musulmanes, los representantes de esa suerte de nueva especie sub-humana
que habita el campo de concentración, son fácilmente reconocibles por su aspecto
físico. Extraordinariamente demacrados, de piel grisácea, cabeza afeitada, cubier-
tos de llagas y úlceras, sucios y malolientes, lo que de verdad les identificaba como
miembros de su especie era aquella mirada vacía e indiferente, enmarcada en un
rostro apático. En algunos casos (en los de aquellos que se encontraban en mejores
condiciones), esta apatía se reconocía también en la forma de caminar que les era
propia, mediante la cual se desplazaban casi inconscientemente, pesadamente, sin
un destino u objetivo concreto. “Caminaban como estúpidos animales sin sentir ni
pensar nada” 98. La falta de espíritu humano, de autoconciencia, de razón, que pare-
cía adivinarse detrás de esta existencia abúlica es lo que impedía a los observadores
reconocer a los supervivientes como seres humanos. El Doctor O.G. Prosser, oficial
del RAMC, lo sintetizó perfectamente en una ponencia impartida el 20 de marzo
de 1946 ante la filial del este de Yorkshire de la British Medical Association sobre
el trabajo médico en Bergen-Belsen. En ella señalaba:

“Yendo por la calle principal vimos cierto número de prisioneros desplazándose


arriba y abajo del camino. Su movimiento era más de la naturaleza de un
vagabundeo de aquí para allá, sin rumbo alguno. Una de las primeras cosas
que me impresionó fue la expresión de sus caras – con una mirada bastante
inexpresiva y desconcertada y una suerte de media sonrisa tonta dirigida hacia
nosotros. Esta expresión se encontraba tan generalizada que la llamábamos
«el rostro de Belsen». Sentía que me estaba encontrando con la misma persona
una y otra vez”.

En la descripción del Dr. Prosser, además, esta condición semi-humana de las vícti-
mas, distinguidas por ese “rostro de Belsen”, se antoja hasta cierto punto irreversible.
No en vano el autor señala que volvió al campo dos meses después de su primera
visita99, cuando los barracones ya habían sido destruidos, y a pesar de percibir una
gran mejora en las condiciones generales de los supervivientes que aún quedaban
allí, todavía se cruzó con algunas de estas mismas expresiones faciales100.
El doctor Prosser introduce también otra apreciación importante cuando dice
“sentía que me estaba encontrando con la misma persona una y otra vez”. Algo
parecido señala el radiógrafo del RAMC Emmanuel Fisher cuando apunta “aque-
llas mujeres no eran fácilmente distinguibles; todas estaban cortadas por el mismo

96“Buchenwald: the Lowest Point of Human Degradation”, en el Daily Telegraph and Morning
Post del sábado 28 de abril de 1945, p. 2.
97Henry STANDISH, “The living dead of Belsen”, en el News Chronicle del sábado 21 de abril de
1945, p. 1.
98“I don’t Know whether I ought to write this”, en IWM Private Papers of Reverend T.J. Stretch,
Documents 11561, Ref. 01/30/1, p. 1.
99Como miembro del HQ 10 Garrison, debió estar en Belsen hasta el 29 o 30 de abril de 1945.
Véase “Belsen”, en Supplement to British Zone Review, en IWM Private Papers of Jean McFarlane,
Documents 9550, Ref. 99/86/1.
100“Lecture to the E. Yorks Branch B.L.A.”, en IWM Private Papers of O. G. Prosser, Documents
13408, Reference 05/2/1.
132 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

patrón del cuello para abajo, eran sólo esqueletos humanos” 101. Este proceso de des-
trucción de la identidad ha sido estudiado en profundidad por la filósofa Hannah
Arendt:

“La dominación total”, dice Arendt, “que aspira a organizar la pluralidad y


la diferenciación infinitas de los seres humanos como si la humanidad fuese
justamente un individuo, sólo es posible si todas y cada una de las personas
pudieran ser reducidas a una identidad nunca cambiante de reacciones, de
forma tal que pudieran intercambiarse al azar cada uno de estos haces de
reacciones. El problema es fabricar algo que no existe, es decir, un tipo de
especie humana que se parezca a otras especies animales, cuya única «libertad»
consistiría en «preservar la especie»” 102.

Pues bien, esto es precisamente lo que se consigue en el interior de los campos de


concentración que son, según Arendt, “los laboratorios en los que se experimenta la
dominación total, ya que, siendo la naturaleza humana tal cual es, esta meta sólo
puede alcanzarse bajo las circunstancias extremas de un infierno fabricado por el
hombre”. Para Arendt esta desintegración de la personalidad pasa por diferentes
estadios: el del arresto arbitrario, en el que se destruye la personalidad jurídica;
el del aislamiento en campos de concentración, en el que se destruye la persona-
lidad moral; y, finalmente, “el último estadio – dice Arendt- es la destrucción de
la individualidad misma y se logra por la permanencia e institucionalización de la
tortura” 103. Según esta filósofa, para despojar a los seres humanos de su individuali-
dad y transformarlos en haces de reacciones idénticas es necesario cortar con lo que
los individualiza en el seno de una sociedad humana, esto es, con cualquier rasgo o
gesto que los haga identificables e inconfundibles104.
A continuación trataré de comprender, a través de los ojos de los observadores
de la liberación de Belsen y de sus testimonios, en qué consiste exactamente y cómo
se materializó en los cuerpos y comportamientos de los habitantes del campo de con-
centración este proceso de destrucción progresiva de la identidad que hizo posible la
identificación de una nueva especie de “animales pervertidos” 105, de “seres humanos
deshumanizados” en el corazón mismo de Europa. De forma general podría decirse
que todo este proceso está marcado por la institucionalización de la zona gris, que
se despliega en cada uno de los intersticios del campo de concentración, en todas las
acciones y formas de vida que se constituyen en su interior. Como ya señalé, la zona
gris fue una expresión acuñada por Primo Levi mediante la cual el escritor turinés
conceptualizó la figura que, en el contexto del universo concentracionario, servía
para referirse a la indeterminación moral, a la frontera ética que permeaba entre
los verdugos y las víctimas y que los nazis se encargaron de levantar cuando trata-
ron de que las víctimas arrastraran la culpa por sus propios crímenes106. Pues bien,
esta figura puede extenderse también a otros ámbitos de la vida concentracionaria:

101Relato de Emmanuel Fisher, en IWM Private Paper of E. Fisher, Documents 3056, Ref. 95/2/1.
102H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, p. 589.
103Hannah ARENDT, «Las técnicas de las ciencias sociales y el estudio de los campos de con-
centración», en Ensayos de comprensión 1930-1954: escritos no reunidos e inéditos de Hannah
Arendt, trad. Agustín Serrano de Haro Martínez (Madrid: Caparrós Editores, 2005, pp. 295-296).
104Hannah ARENDT, «Los hombres y el terror», en Ensayos de comprensión 1930-1954: escritos
no reunidos e inéditos de Hannah Arendt, trad. Agustín Serrano de Haro Martínez (Madrid:
Caparrós Editores, 2005, p. 368).
105Esta es la expresión que utiliza H. Arendt en el texto de la cita anterior.
106Primo LEVI, Los hundidos y los salvados, 2 Edición (Barcelona: Muchnik, 2001, pp. 33-64).
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 133

se encuentra allí donde se produce una suerte de incertidumbre, de imprecisión, allí


donde una identidad resulta indiscernible y se confunde fácilmente con su contraria.
En este sentido, la zona gris se conforma como un punto de abyección, como
lugar fronterizo, como espacio o momento subversivo que causa rechazo y que, al
mismo tiempo, revela una suerte de “verdad” interior. La zona gris se erigiría por
tanto en aquel punto en el que los seres humanos dejan de ser reconocibles como
tales y se convierten simplemente en animales, o más bien, en algo más incierto
todavía, en una especie seudoanimal nueva. La zona gris ocuparía el terreno en
el que se produce el encuentro entre la vida y la muerte, esto es, en el que los
muertos se enmarañan con los vivos. La zona gris sería también el rincón en el
que las mujeres se confunden con los hombres, en el que desaparece la distinción
sexual. En cierta forma, la zona gris es un espacio cultural biologizado en el que
se pervierten las señas de identidad culturalmente adquiridas y se deja a los seres
humanos a merced de su nuda vida, convertidos en “haces de funciones biológicas”.
De ahí que desde la posición de los observadores, que se encuentran fuera de la
zona gris, se perciba todo como subvertido, como puesto del revés. Esto no quiere
decir que este espacio se haya creado con un objetivo subversivo: quiere decir que
su simple existencia constituye un reto para el mundo normalizado, que funciona a
partir de normas morales, vitales, sexuales y culturales a las que deben ajustarse los
sujetos. La simple existencia de la zona gris con su ambigüedad pone en evidencia
la “naturalidad” de la que pretenden imbuirse estas normas socioculturales: en otras
palabras, evidencia la “culturalidad” de la norma.

3.1.1. Los supervivientes, entre la vida y la muerte .


En los testimonios de los observadores, una de las señas de identidad más caracterís-
ticas de esta zona gris así instituida es efectivamente la desaparición del “abismo”
que la cultura occidental había establecido como frontera entre el mundo de los
vivos y el mundo de los muertos. De ahí, como se ha visto en los textos señalados,
que otra de las formas típicas de caracterizar a los supervivientes del campo sea la
de referir su completa indiferencia respecto a la muerte, con la que conviven abier-
tamente, en los mismos barracones, con la que incluso comparten lecho, que se ha
convertido en un elemento constante del paisaje: sigue ahí cuando comen, cuando
cocinan, cuando se bañan, cuando duermen. “Cuando los británico entraron en el
campo”, señalaba la enfermera Mrs. Kathleen J. Elvidge, “había 10.000 muertos
amontonados en pilas y aquellos que aún estaban vivos utilizaban los cuerpos de
los muertos como almohadas” 107. “Aquí y allá”, escribía el Doctor Hargrave, “podía
verse a una persona muerta tumbada entre dos vivas, las cuales no reparaban en ella
para nada y directamente seguían comiendo, tosiendo o simplemente tumbadas” 108.
Varios meses después Elizabeth Clarkson sintetizaba esta situación de la siguiente
manera:
“Muchas personas que han pasado por el campo de concentración o por la
ocupación te dirán como al final se volvieron hasta cierto punto impasibles a
la visión de la muerte, incluso en terribles circunstancias. Hasta cierto punto
esto fue relevante en Belsen en las primeras semanas después de la liberación,
cuando la muerte estaba a la orden del día y no era algo que hubiera que recibir
corriendo las cortinas y en voz muy baja, y en ese sentido, imprimía también

107Carta de 26 de mayo de 1945, en IWM Private Papers of Mrs. Kathleen J. Elvidge, Documents
1029, Ref. 89/10/1, p. 6
108Entrada del 3 de mayo de 1945 del diario del Dr. Michael Hargrave, IWM Private Papers of
Dr. Michael John Hargrave, Documents 7272, Ref. 76/74/1, p. 20.
134 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

mucho menos terror. Aunque la vida humana todavía no vale demasiado entre
algunos grupos en Europa, es interesante percibir que uno de los primeros
signos de recuperación de los valores sociales normales es que la muerte se
reviste de su grandeza” 109.

Esta fría convivencia con la muerte es también uno de los temas recurrentes en las
fotografías de la liberación de Belsen. En las imágenes se tiende además a acentuar
este contraste yuxtaponiendo escenas que evocan la más estricta normalidad, con
escenas propias del infierno, de ese mundo abyecto que simboliza Belsen. Algunas
de estas contraposiciones son radicalmente crudas, proyectando a grupos de super-
vivientes reunidos realizando tareas rutinarias (cocinar, comer, pelar patatas), y
en muchos casos incluso sonrientes, sobre un fondo en el que se perfila un paisaje
salpicado de cadáveres amorfos y anónimos, apilados los unos contra los otros. Por
supuesto, los pies de foto dan buena cuenta de este recurso representativo con des-
cripciones sintéticas que rezan “Mujeres pelando patatas, mientras que en el fondo
se apilan los cadáveres” (Imagen 4) o “Mujeres sentadas en el campo con muertos
al fondo” (Imagen 5). El sargento Midgley, autor de la primera de estas tomas, dejó
por escrito la fuerte impresión que le había causado esta imagen: “en otras partes del
campo se esparcían centenares de cuerpos tumbados, en muchos casos apilados en
pisos de cinco y seis. Entre ellos se sentaban mujeres pelando patatas y cocinando
restos de comida. Parecían bastante despreocupadas y cuando levanté mi cámara
para fotografiarlas, incluso sonrieron” 110. Para Barbie Zelizer estas representaciones
tienden además a reforzar el papel doméstico de las mujeres, que prevalece incluso
en el contexto de las más graves atrocidades111.
Resulta evidente que en las composiciones que se presentan en perspectiva, la
proyección de los “vivos” en planos más cortos pretende centrar la atención sobre la
extraña figura del superviviente, empeñado en desarrollar tareas “normales” en un
mundo que resulta completamente anormal, lo que no deja de acentuar su posición
excepcional, a medio camino siempre entre un extremo y otro. Esto se confirma
cuando se observan otra tomas en las que se ha invertido esta disposición, privile-
giando a los cadáveres, que se representan más adelantados, frente a los supervi-
vientes, cuya imagen se vuelve imprecisa al pasar a un segundo término, empañando
su presencia. La escena así configurada pierde parte de su fuerza (Imagen 6). En
otras de estas imágenes, en cambio, los cadáveres tan sólo aparecen sugeridos, han
sido de alguna manera silenciados detrás de objetos tales como zapatos o harapos

109“A.P.S.W. at Large” (27 de enero de 1947), en IWM Private Paper of Miss E. T. Clarkson,
Documents 17339, Ref. 11/20/1-2, p. 5.
110Relato fechado el 18 de abril de 1945, en IWM Private Papers of A.N. Midgley, Documents
4052, Ref. 84/50/1, p. 7.
111“La rutina doméstica a veces aparece como un desafío a las nociones acerca de lo que la
domesticidad significa en determinadas circunstancias. Una serie de fotos mostraban a un grupo
de mujeres en Belsen pelando patatas en el primer plano de la imagen. Utilizada como foto de
portada en el británico News Chronicle, la instantánea produjo turbación precisamente por la
yuxtaposición entre el primer término y el fondo de la imagen; en el fondo aparecían motones de
cadáveres, apilados a lo largo del horizonte. La yuxtaposición de las mujeres realizando trabajo
femenino y la evidencia de la masacre no sólo reforzaba la domesticidad de las mujeres, sino que
sugería que el trabajo femenino prevalecía, pese a las atrocidades que se acumulaban junto a
ellas. La yuxtaposición también subrayaba como la supervivencia –al menos para las mujeres– se
produce de forma asociada a una reanudación de la llamada rutina normal o doméstica” (Barbie
ZELIZER, «Gender and Atrocity: Women in Holocaust Photographs», en Visual Culture and the
Holocaust, ed. Barbie ZELIZER, New Brunswick: Rutgers University Press, 2000, pp. 259- 260).
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 135

mugrientos que, amontonados, apelan a los ausentes y que, en última instancia, dan
cuenta del olvido que acompaña irremediablemente a la muerte concentracionaria
(Imagen 7).
Una de las fotografías más interesantes para tratar de comprender esta des-
composición de los límites entre la vida y la muerte es aquella cuyo pie de foto
recoge “Esta mujer, demasiado enferma para moverse, duerme cerca de un cadáver”
(Imagen 8). Lo relevante de esta imagen es que, observándola, resulta imposible
distinguir con seguridad a la mujer enferma de la muerta. El pie de foto no sólo no
contribuye a aclarar el problema sino que es parte fundamental del malentendido,
puesto que, de otra forma, el espectador nunca habría tenido que afrontar semejan-
te dificultad y, por lo tanto, no se hubiera encontrado enfrentándose directamente
a una representación tan efectiva de la desaparición de ese abismo entre la vida
y la muerte que es propia de la vida concentracionaria. De alguna manera, esta
fotografía no sólo representa dicha destrucción, sino que la activa en la mirada del
espectador reinstaurando la duda, la interrogación, la incertidumbre, que se tornan
reales para el que observa. Además, si se observa con detenimiento, se descubren
un par de pies que bien podrían pertenecer a una tercera figura, escondida bajo
el montón de abrigos, lo que complicaría aún más este acertijo. Quizás, después
de mucho cavilar, podría pensarse que el cadáver es la figura en primer plano,
ya que los muertos no necesitan guarecerse del frío, pero nunca podríamos estar
completamente seguros.
Esta última fotografía introduce una cuestión que se repite en muchos testi-
monios, esto es, que los musulmanes “parecían” muertos, que resultaba complicado
distinguirlos de ellos. “Algunos estaban simplemente tumbados ahí, tan inmóviles
que parecían estar muertos” decía Jean McFarlane en el texto recogido unas líneas
más arriba. “Era difícil decidir si estaban vivos o muertos”, señalaba también el
fotógrafo Norman Midgley112. Según Arendt, el ser humano inanimado, el ser hu-
mano que ya no puede ser psicológicamente comprendido, quizás podría retornar
al mundo psicológicamente humano o inteligiblemente humano, pero únicamente a
través de un camino que “se parece estrechamente a la resurrección de Lázaro” 113.
En cierta forma, para dejar de ser musulmanes tendrían que ser capaces de atra-
vesar ese abismo que les ha situado del lado de los muertos, pero con la dificultad
añadida de que, a causa de los efectos de ese gran experimento de dominación total,
los contornos de esa frontera se han desdibujado hasta casi desaparecer. Tanto es
así, que ni siquiera los propios muertos que se amontonan en el campo de concen-
tración han conseguido liberarse del estigma de la “deshumanización”. Al contrario,
no sólo los musulmanes “parecían” muertos, sino que los propios muertos “parecían”
también musulmanes. Así Molly Silva Jones describe como “los hombres de las SS
estaban transportando fuera [de las barracas] las grotescas, desnudas e inhumanas
formas muertas” 114. “Debía haber al menos quinientos cadáveres allí tumbados”,
comentaba el mayor H. St. C. Stewart al mando de la Sección No5 de la AFPU,
“tirados unos sobre otros, tan delgados y demacrados que resultaba difícil creer

112Relato fechado el 18 de abril de 1945, en IWM Private Papers of A.N. Midgley, Documents
4052, Ref. 84/50/1, p. 4.
113H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, p. 593.
114Extractos del diario de Molly Silva Jones, en IWM Private Papers of Jean McFarlane, Docu-
ments 9550, Ref. 99/86/1, p. 8.
136 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

que hubieran sido personas” 115. “Sencillamente”, apuntaba de nuevo Jean McFar-
lane refiriéndose a los cadáveres, “no parecían haber estado nunca sanos y bien
alimentados, como yo. Parecían más como de cera, al menos algunos de ellos” 116.
Al morir, los musulmanes no se convierten en cadáveres humanos, no recuperan su
humanidad cuando transgreden definitivamente los confines del ámbito de la vida;
cuando mueren, los musulmanes, los miembros de esa nueva especie, dejan tras de
sí cadáveres de musulmanes, de seres humanos deshumanizados. Y es por ello que
comparten muchas de sus características. “De repente”, escribía el soldado Derrick
Sington, “a unas 60 yardas de distancia, vi una montaña de muertos sin incinerar.
Se extendían en una pila enmarañada, extrañamente elocuente y macabra debajo
de los abedules. De cerca parecían inhumanos; ninguna cara resultaba visible, sólo
brazos y piernas y feas nalgas...” 117.
“Extendidos y desnudos, permanecían tumbados en su último y eterno des-
canso, y viendo a los muertos desde lo alto, me resultaba difícil comprender
que aquellos restos de humanidad hubieran estado vivos alguna vez. Hombres,
mujeres y niños tendidos, arrodillados y agazapados en la posición en la que
habían sido arrojados a la masa. Tenían todos un parecido impresionante” 118.

Al igual que los musulmanes, los cadáveres que se producen en el interior de esa
fábrica de muerte que son los campos de concentración, no tienen rostro, no tienen
identidad, son todos iguales, como los tornillos que se elaboran en una cadena de
montaje. Sólo son feos despojos. Por eso también los hombres, las mujeres y los
niños yacen juntos, sin distinción, sin límites que separen unos grupos de otros.
Además, en ese último pasaje, escrito por el mayor C.R. Thompson, a los muertos
no sólo se les niega la humanidad, sino que se pone en duda su propia existencia.
Como dice Hannah Arendt:
“Los campos de concentración tornaron la muerte en sí misma anónima (ha-
ciendo imposible determinar si un prisionero está muerto o vivo), privaron a la
muerte de su significado como final de una vida realizada. En un cierto sentido
arrebataron al individuo su propia muerte, demostrando por ello que nada le
pertenecía y que él no pertenecía a nadie. Su muerte simplemente pone un
sello sobre el hecho que en realidad nunca había existido” 119.

Este poder total sobre la propia muerte podría quizás considerarse la última victoria
que los nazis obtuvieron sobre los seres humanos en el contexto de los campos de
concentración: asesinar al individuo de manera tal que pareciera como si el individuo
no hubiera existido nunca, arrojarlo de esta forma a las fauces del olvido.
En algunos casos, esta indeterminación entre la vida y la muerte trae consigo
consecuencias sorprendentes. En el relato del sargento de la AFPU Norman Midgley
se recoge una anécdota terrible que da buena cuenta de algunos de estos efectos.
El sargento Midgley narra cómo, toda vez que comenzó a abastecerse con leche el
campo de concentración, una mujer que agarraba a un bebé se acercó al soldado
115“Visit to the Concentration Camp at Belsen near Celle” (19 de abril de 1945), en IWM Private
Papers of Major H St C Stewart, Documents 1355, Ref. 91/21/1, p. 1.
116Carta del 13 de abril de 1945, dirigida a su madre, Mrs. Alex J. McFarlane y publicada más
tarde en el periódico local Tunbridge Wells Advertiser (4 de mayo de 1945), en IWM Private
Papers of Jean McFarlane, Documents 9550, Ref. 99/86/1
117D. SINGTON, Belsen Uncovered, p. 49.
118“Brutality! Barbarity! Bestiality! Belsen!”, en IWM Private Papers of John H. Dunn, Documents
2091, Ref. 93/4/1, p. 2.
119H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, p. 607.
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 137

que estaba a cargo de la distribución para pedir un poco para el recién nacido.
Tras acceder, la mujer le pidió que le sujetara al niño para poder echarse al suelo
y besar sus botas. En ese momento, el soldado se percató de que el bebé llevaba
muerto algún tiempo. Cuando se lo devolvió, la mujer se alejó de allí apretándolo
fuertemente contra su pecho120. Esta anécdota se erige en testimonio de la frágil
situación psicológica de los supervivientes, apelando precisamente a su incapacidad
para distinguir la vida de la muerte. Los supervivientes se encuentran en tierra de
nadie, a medio camino entre varios mundos. Aunque todavía se les declara seres
vivos, se encuentran cómodos pululando por los pasillos del Hades, no desentonan
en ese paisaje. Incluso parecen poder comunicarse con los muertos, sentirlos como
si aún estuvieran vivos. Para los observadores, esta posición en medio de la zona
gris que separa la vida de la muerte, es percibida como un indicio de deshumani-
zación. Los supervivientes están pervirtiendo el mundo normalizado con este tipo
de comportamientos abyectos, dando la espalda al mundo de los seres humanos y
colocándose claramente del lado de esa nueva especie deshumanizada.
Sin embargo, a la luz de la narración que aporta el sargento Midgley, quizás
quepa otra lectura alternativa. La historia de la mujer que pide leche para su hijo
muerto también aparece recogida, aunque de forma más dramática y confusa, en
el testimonio de otro miembro de la AFPU, el mayor Stewart. La diferencia más
significativa que introduce este relato, escrito un día después que el del sargento
Midgley, es que la mujer, tras tirarse a los pies del soldado y besar sus botas, de-
positó al niño en sus brazos y salió huyendo121. Los desenlaces significativamente
diferentes que contemplan ambas versiones, introducen matices importantes. En
mi opinión, la primera versión, aunque pretende erigirse en símbolo del estado de
locura de los supervivientes del campo de concentración, podría interpretarse en
realidad como un testimonio del verdadero estado de humanidad de los musulma-
nes. En efecto, este episodio evoca de alguna manera una cierta resistencia ante la
indiferencia que impone el tipo de muerte que se produce en el interior de aquellas
fábricas de cadáveres del nazismo que son los campos de concentración. La locura
de los musulmanes, en este caso, parece ser capaz de situarlos mucho más cerca de
las auténticas víctimas del nazismo: los muertos destinados a engrosar esas fosas
de cadáveres anónimos, de los que no quedará ni huella. De algún modo, la proxi-
midad con los muertos, este empeño por aferrarse obstinadamente a ellos, aunque
puede entenderse como una suerte de perversión extrema capaz de arrastrar defini-
tivamente a los habitantes del campo a la zona gris, también puede interpretarse,
al menos simbólicamente, como una manera de resistirse al olvido que impone la
muerte concentracionaria. Por ello, más que un testimonio de deshumanización, la
actitud de esta mujer podría dar cuenta de un alto grado de humanización, o al
menos, de una gran capacidad de acogida del otro, incluso allí donde la muerte se
instituye como barrera.
Quizás sea por eso que la segunda de las versiones trata de “revisar” este desen-
lace, haciendo a la mujer abandonar el cadáver de su propio hijo, al que ella consi-
deraba aún vivo, al cuidado de un soldado. Esta segunda narración encaja mucho
120Relato fechado el 18 de abril de 1945, en IWM Private Papers of A.N. Midgley, Documents
4052, Ref. 84/50/1, p. 15.
121“Visit to the Concentration Camp at Belsen near Celle” (19 de abril de 1945), en IWM Private
Papers of Major H St C Stewart, Documents 1355, Ref. 91/21/1, p. 3. Esta versión es también
la que queda recogida en la famosa alocución realizada Richard Dimblebey para la BBC el 19 de
abril de 1945: [Link]
138 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

mejor con la imagen deshumanizada de los supervivientes que tienen los observa-
dores y, en este caso, se ve además reforzada por un componente de género: la
profunda alteración en el comportamiento femenino maternal que la sociedad occi-
dental percibe como normal y correcto. Además, la conexión que realiza el mayor
Stewart entre falta de instinto maternal y deshumanización viene reforzada por el
siguiente pasaje, que aparece también en este relato: “El oficial médico superior del
cuartel general del ejército había visto a una mujer con un bebé en sus brazos que
se acercaba a una pila de cadáveres, depositar al bebé en la pila y alejarse sin mirar
ni lanzar ningún gesto”.
Un último aspecto interesante a través del cual los observadores tratan de
referir esta complicada relación entre la vida y la muerte propia del campo de
concentración es el testimonio acerca de los episodios de canibalismo que tuvieron
lugar antes de la llegada de las tropas británicas. El canibalismo, esto es, el hecho
de que los supervivientes se alimentaran de la carne de los cadáveres humanos y,
particularmente, dado el grave estado de desnutrición de la mayoría de los muertos,
de aquellos pocos órganos de los que todavía podía recuperarse algo de carne, como
el hígado o el corazón, aparece de forma recurrente referenciado en estos documentos
como signo indudable del grado de deshumanización de los prisioneros, que no
tienen reparos en alimentarse de sus compañeros. Por supuesto, el canibalismo es
también un símbolo de la zona gris en la medida en la que se convierte en lugar
abyecto de encuentro entre los vivos y los muertos. Entre los textos del IWM,
destaca especialmente un pasaje en una carta escrita por la periodista Mea Allan
que sintetiza de forma rotunda el sentido de esta vinculación entre vida y muerte
que alcanza su último estadio con el canibalismo:

“El sistema de inanición estaba tan bien implantado que los internos habían
tenido que recurrir al canibalismo. Abrían a los muertos y extraían el corazón,
los riñones y el hígado. Los muertos se habían convertido para ellos no sólo en
un medio de prolongar la esperanza de vida, si no en vida misma. Utilizaban
a los muertos como almohada, como colchón y a las pilas de cadáveres que se
encontraban fuera de las barracas como lugar para apoyarse” 122.

Para Julia Kristeva dos aspectos esenciales de la abyección son precisamente la


comida y la muerte y ambos convergen inevitablemente en la alimentación carnívora
y, de una forma especialmente significativa, en esta suerte de perversión caníbal.
Según Kristeva, mientras que “quizá el asco por la comida es la forma más elemental
y arcaica de la abyección”, el cadáver “es el colmo de la abyección. Es la muerte
infestando la vida” 123. “Cuando el alimento aparece como objeto contaminante”,
añade Kristeva, “no lo es como objeto oral, sino en la medida en la que la oralidad
significa una frontera del cuerpo propio. Un alimento sólo se vuelve abyecto cuando
es un borde entre dos entidades o territorios distintos. Frontera entre la naturaleza
y la cultura, entre lo humano y lo no-humano”. Además, “la autorización de la
alimentación a base de carne” se entiende como una suerte de reconocimiento de
la “indesarraigable «pulsión de muerte» aquí, en lo que tiene de más primario o
más arcaico la devoración”. No cabe duda de que los cadáveres que dejan los seres
humanos se vuelven doblemente abyectos cuando se convierten en comida, en la

122“MEA 4: Letter to Jean, June 10th, 1945”, en IWM Private Papers of Miss Mary Eleanor Allan,
Documents 3100, Ref. 95/8/1, p. 3.
123Julia KRISTEVA, Poderes de la perversión, 6 edición (México D.F., Buenos Aires y Madrid:
Siglo XXI, 2006), pp. 9 y 11. Las citas siguientes en las páginas 101 y 129.
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 139

medida en la que se erigen en frontera entre “la naturaleza y la cultura”, “lo humano
y lo no-humano”. Pero además, si como señala Kristeva comer carne es un signo de
la “pulsión de muerte”, comer carne humana incrementa esa pulsión, ya que pone en
contacto íntimo y carnal a los seres humanos con individuos (muertos) de su propia
especie. En otras palabras, los musulmanes entregados a la pura supervivencia y al
canibalismo, se sitúan definitivamente en el interior de la zona gris, en la frontera
indeterminada entre la vida y la muerte.
Sin embargo, el canibalismo permite introducir a Kristeva una visión distinta
de lo que significa lo abyecto. A diferencia del ejemplo de la madre que se empeña
en considerar vivo a su hijo muerto, el canibalismo contribuye de alguna manera a
cimentar el olvido concentracionario puesto que interviene en la operación destinada
a hacer desaparecer a los muertos. De alguna manera, el canibalismo, en tanto que
implica devorar al otro para garantizar la propia existencia, se erige también como
una forma contundente de desdén hacia el principio ético de alteridad. Como dice
Kristeva, la capacidad de renuncia al canibalismo deriva de “un intento de separar
al ser hablante de su cuerpo, para que éste acceda al rango de cuerpo propio, es
decir, inasimilable, incomible, abyecto”. Es decir, la abyección de mi cuerpo, que
según Kristeva se produce al ser expulsado del cuerpo de la madre, me conduce
al respeto más básico hacia mi semejante que consiste en no querer comérmelo.
Cuando se produce el canibalismo, en cambio, cuando se abandonan los tabúes,
resulta imposible considerar al cuerpo propio como abyecto y, consecuentemente,
percibir al otro. La abyección, en este sentido, al poseer la capacidad de poner
del revés los marcos normativos, al sacar lo otro que hay en mi yo mediante la
pura perversión de las normas, es lo que me permite en última instancia descubrir
a ese otro como un ser radicalmente diferente y, al mismo tiempo, como alguien
perfectamente reconocible, en definitiva, como un ser abyecto.
De entre los varios pasajes en los que los observadores mencionan el caniba-
lismo, encuentro particularmente interesante aquél recogido en la carta escrita por
el capitán Maurice J. Hewlett desde el campo de concentración de Bergen-Belsen,
probablemente en abril de 1945.

“Antes de que llegáramos no había letrinas o lavatorios. La gente estaba tan


hambrienta que hubo bastante canibalismo. Cuando la gente moría, se le arran-
caba el hígado; los hígados eran los más populares, pero hay casos de genitales
y orejas extraídas y hervidas. También dejaban que las mujeres estuvieran
embarazadas de ocho meses para matarlas y quitarles a los bebés para comer-
los” 124.

No hace falta decir que se trata de una descripción exagerada y posiblemente incier-
ta, ya que es altamente improbable que, en el deplorable estado físico y psíquico en
el que se encontraban las víctimas del campo (cuya degradación, además, se había
precipitado tan sólo en los últimos meses) existiera una premeditación tal como
para “engordar” a las mujeres embarazadas para poder así asesinarlas y devorar a
sus bebés. Además, no existen más testimonios que den cuenta de que sucediera
algo semejante. No obstante, el hecho de que esta historia haya sido probablemente
fabricada exprofeso para certificar el estado de deshumanización de los prisioneros
abandonados a la mera supervivencia, y que aparezca asociada con otros incidentes

124En la carta escrita por el capitán Maurice J. Hewlett (abril de 1945), conservada en IWM
Private Papers of Squadron Leader E. F. Chapman, Documents 6336, Ref. 96/41/1.
140 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

cuya veracidad sí parece demostrable, no hace más que añadir valor a la narra-
ción125. Pareciera como si para este testigo no fuera suficiente dar cuenta en pocas
palabras de un hecho como el canibalismo, fácilmente reconocible como abyecto.
Al contrario, entiende necesario adornarlo con detalles que acentúen su condición
perversa. De ahí que, para empezar, sexualice la práctica del canibalismo añadien-
do a la lista de órganos devorados el de los genitales. No es posible determinar si
este punto es cierto o constituye un mero adorno. En cualquier caso, lo importante
es la decisión de incluir este detalle, puesto que, en tanto que lo sexual conforma
otro de los aspectos esenciales de la abyección, con él aumenta significativamente
el grado de depravación que arroja el relato. Además, otros pormenores, como la
alusión a la preparación de los órganos, que son “extraídos y hervidos”, contribuyen
significativamente a decorar la exposición.

125Me permito aquí hacer una puntualización. Cabría recordar un asunto que con frecuencia
olvidamos los historiadores: todas las fuentes históricas son pura interpretación, subjetividad con-
densada en el momento de la escritura. Podríamos decir con Hayden White que la historia es
toda una ficción, un tropo (Hayden WHITE, Metahistoria: la imaginación histórica en la Europa
del siglo XIX, 1 ed. en español, México: Fondo de Cultura Económica, 1992 y María Inés MU-
DROVCIC, Historia, narración y memoria: los debates actuales en filosofía de la historia, Akal
Universitaria 244, Tres Cantos: Akal, 2005). Y esa ficción parte de los propios documentos, sean
del tipo que sean. Normalmente hay una serie de fuentes a la que se le acusa más insistentemente
de falta de objetividad, de dar demasiada cabida a la interpretación, a acontecimientos ficticios,
imaginados o recreados (las fuentes orales, por ejemplo, han sido la diana de muchos de estos
dardos) (Alessandro PORTELLI, «Lo que hace diferente a la historia oral», en La historia oral,
ed. Dora SCHWARZSTEIN, Buenos Aires: Centro Editor de America Latina, 1991, pp. 36-52).
Pero yo sospecharía de cualquier discurso que hiciera esta distinción entre fuentes, que tratara de
proyectar un mayor grado de objetividad sobre un tipo de fuentes que sobre otro. No hay un do-
cumento objetivo. No hay documento que no sea inventado, imaginado y, por supuesto, subjetivo.
Al menos de la manera en la que inventamos e imaginamos cada conjunto de palabras que sale
de nuestra boca. Por eso es inútil tratar de descartar ciertas fuentes basándonos únicamente en la
sospecha de que su contenido está falseado de alguna manera ya que la mera acción de “falsear”,
la necesidad de presentar una historia añadiendo tintes sustancialmente irreales, además de ser
algo consustancial a cualquier forma de comunicación, tiene un significado preciso, una función
concreta que da testimonio de algo, sea lo que sea (un temor, una percepción, un sentimiento),
que sí es verdadero (esta problemática ha estado presente en algunos de los textos más citados
de la historiografía de las a últimas décadas como en Jacques LE GOFF y Pierre NORA [Dir.],
Hacer la historia, 2 ed., Barcelona: Lai, 1985 y Pierre NORA, Les lieux de mémoire, París: Ga-
llimard, 1997). Un documento puede esconder un sentido de verdad, informar sobre un proceso
verdadero, por más que su contenido sea pura fantasía. Eso lo sabe bien Jorge Semprún, quién
se regocijó en la dimensión imaginaria de la memoria en su famosa opera prima El largo viaje.
Este libro memorial expone con precisión cómo lo inventado es perfectamente capaz de dar buena
cuenta de la memoria, de la historia y del pasado (Jorge SEMPRÚN, El largo viaje, Barcelona:
Tusquets, 2004). Esta reflexión sobre la referencialidad histórica de cualquier documento se conec-
ta directamente con uno de los problemas centrales que ha ocupado en las últimas décadas a la
historiografía: el de la posibilidad de adquirir discursivamente cualquier tipo de certeza histórica.
Este debate adquiere una dimensión particularmente importante en el marco de la investigación
sobre el holocausto como consecuencia fundamentalmente de los envites del negacionismo. Lógi-
camente, no es el lugar de recapitular sobre este asunto pero, para dar por concluido este inciso,
cabría recomendar el trabajo compilatorio de Saul Friedländer recogido en la obra En torno a los
límites de la representación, en la que aparecen algunas de las voces más interesantes de todas las
que se han pronunciado sobre este problema (Saul FRIEDLÄNDER, ed., En torno a los límites
de la representación. El nazismo y la solución final, Bernal [Buenos Aires]: Universidad Nacional
de Quilmes, 2007).
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 141

Aunque sin duda es la introducción del macabro episodio del asesinato de mu-
jeres y el banquete de bebés lo que termina de rematar este relato. Según el plan-
teamiento de Kristeva, si el canibalismo se relaciona con una ausencia cultural de
lo propio y, consecuentemente, también de lo abyecto, si “la abyección (de la madre)
me conduce al respeto del cuerpo del otro, mi semejante, mi hermano” y eso es lo
que anima la renuncia al canibalismo, entonces en la sociedad caníbal de Belsen,
que ha dejado de percibirse a sí misma como abyecta, que ha naturalizado los com-
portamientos abyectos, que ya no se reconoce en esa abyección original conectada
a la eyección del cuerpo de la madre que permite a un individuo identificarse como
un otro, resulta aceptable que desaparezca el “miedo a la madre procreadora”, a la
que simplemente se le da muerte para comer el fruto de su vientre.
3.1.2. Abyección, excrementos y comida .
El pasaje apuntado más arriba se abre con la frase “antes de que llegáramos no
había letrinas o lavatorios”. Pues bien, dicha afirmación conecta este episodio ex-
tremo de canibalismo, símbolo de la función que ocupa la abyección como elemento
interpretativo del sistema concentracionario, con otro de los temas centrales a tra-
vés de los cuales los observadores pretenden dar cuenta de la condición abyecta de
los habitantes de Belsen: la inmundicia, la excrecencia y la mugre que conforman
el paisaje del campo y con la que conviven despreocupadamente los musulmanes.
La asociación narrativa entre el problema de la indiferencia ante la muerte, por
un lado, y, por otro, la excrecencia como elemento fundamental para entender la
deshumanización de los prisioneros, vuelve a repetirse en el testimonio del capitán
Gant, que escribe:
“Así que, como ves, toda la importancia de la vida ha cambiado y la muerte
ya no significa nada. Al parecer los guardias tenían una suerte de juego que
consistía en disparar a los deportados cuando estaban defecando... Sus nalgas
blancas constituían un buen objetivo” 126.

La inmundicia del campo, la suciedad y, particularmente, las excrecencias que pro-


ducen los prisioneros intensamente afectados por la disentería y la diarrea, que
inundan todo el terreno y que contribuyen de manera fundamental a generar aquel
olor nauseabundo al que se refieren casi todos los observadores al describir el cam-
po, es efectivamente uno de los temas habituales en estas narraciones testimoniales.
A la aversión profunda que despiertan las condiciones higiénicas del campo en los
observadores, se une nuevamente el extraño comportamiento que perciben en los
supervivientes en relación a dichas condiciones. Al igual que ocurría con la muer-
te, los supervivientes parecen sentir una indiferencia completa hacia toda aquella
porquería. Conviven con ella sin que se aprecie en ellos el más mínimo rastro de
rechazo. Sus propios cuerpos están cubiertos de toda esta suciedad sin que parezca
que ello les preocupe demasiado. Tanto es así que cuando tienen la posibilidad de
mejorar sus condiciones higiénicas, su reacción parece indicar que prefieren seguir
coexistiendo con la porquería. Eso se desprende por ejemplo del testimonio del doc-
tor Michael John Hargrave quien, en la entrada de su diario correspondiente al 5
de mayo de 1945, describe la deplorable situación de la barraca número 217 del
Campo I.

126“This is not going to be a particular cheerful letter” (18 de abril de 1945), en IWM Private
Papers of Captain J. Gant, Documents 9161, Ref. 98/82/1, p. 3.
142 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

“Lo sorprendente de esta barraca” señala el doctor Hargrave, “eran las personas
que se encontraban en buenas condiciones, y debía haber allí unas 200 personas
en buen estado, casi gordas, y sin embargo estaban conformes permaneciendo
en aquel barracón, viviendo en aquel ambiente sucio y sofocante, en lugar de
trasladarse a alguna de las barracas que estaban limpias y medio vacías” 127.

En este relato, como en tantos otros que abordan el tema de la suciedad, se recalca
la animalidad de los prisioneros, que se asocia a su aparente indiferencia de vivir
entre basura. Sin embargo, lo chocante aquí es la incongruencia que el autor per-
cibe entre la apariencia física y la conducta de los supervivientes: mientras que su
aspecto no se ajusta a la imagen preconcebida de ese ser sub-humano que habita
Belsen, su comportamiento encaja perfectamente con el modelo del musulmán. El
asombro del doctor Hargrave procede, por tanto, del desconcierto que le produce el
hecho de que una persona que no “parece” tan deshumanizada como el resto por-
que está bien alimentada, pueda encontrarse a gusto en medio de la inmundicia,
por más que ello conlleve “descender a los abismos de la inhumanidad”. De alguna
manera, este proceder “irracional” e “ilógico” denota, para el observador, un grado
aún mayor de deshumanización. Sin embargo, nuevamente esta mirada cargada de
intención olvida posibles causas que podrían encontrarse en el origen de este tipo
de comportamientos y que podrían interpretarse de manera radicalmente opuesta.
¿Quién sabe, por ejemplo, si las mujeres de la barraca 217 que decidieron quedarse
a vivir entre la inmundicia aún pudiendo instalarse en un sitio mejor, no lo hicieron
porque prefirieron permanecer allí y cuidar de sus compañeras enfermas? En este
caso, no cabría duda de que este testimonio no serviría, como pretende su autor,
para explicar la deshumanización de los prisioneros sino, muy al contrario, el alto
grado de humanidad de muchos de los supervivientes.
Otro de los comportamientos abyectos de los supervivientes que los observa-
dores señalan sistemáticamente en sus testimonios en relación a la suciedad del
campo, ha sido la perversión total de las normas socioculturales que en las socie-
dades occidentales regulan las excreciones físicas. Los internos de Belsen no sienten
ningún tipo de pudor a la hora de realizar sus deposiciones. Allí donde les viene la
necesidad, se acuclillan y defecan, sin importar sobre qué, ni quién esté mirando.
Si se encuentran demasiado débiles para moverse, se lo hacen encima, en el sitio
donde están. En el testimonio del teniente coronel J.A.D. Johnston sobre la situa-
ción en el campo de concentración de Belsen, que sirvió más adelante de prueba
en el juicio contra Josef Kramer y otros cuarenta y cuatro acusados, puede leerse
una descripción precisa de las condiciones higiénicas en el campo a la llegada de las
tropas británicas:
“Las instalaciones sanitarias eran inexistentes a efectos prácticos. Había dispo-
nibles en cantidades completamente inadecuadas agujeros que, sólo en algunos
pocos casos, se remataban con bancadas de madera. A causa del hambre, la
apatía y la debilidad, la mayoría de los internos defecaban y orinaban don-
de se encontraban sentados o tumbados, incluso dentro de las barracas donde
vivían” 128.

El mayor Stewart escribía también:

127Entrada del 5 de mayo de 1945 del diario del Dr. Michael Hargrave, IWM Private Papers of
Dr. Michael John Hargrave, Documents 7272, Ref. 76/74/1, p.26.
128“In the matter of war crimes and atrocities at Belsen” (29 de mayo de 1945), en IWM Private
Papers of Lieutenant Colonel SG Champion, Documents 2323, Ref. 93/11/1, p. 1.
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 143

“Entonces descubrí algo que ponía en evidencia una fase más extrema de degra-
dación. Hombres y mujeres realizaban las necesidades elementales del cuerpo
con toda desvergüenza al aire libre y todos revueltos. Uno de mis oficiales me
dijo que vio a una mujer usando un cadáver como asiento sobre el cual mitigar
su disentería y lo creí perfectamente. Se levantaban sin ninguna intención de
limpiar sus traseros” 129.

Cuando el doctor Prosser trataba de describir una “típica escena de Belsen” que le
había referido uno de los estudiantes de medicina, apuntaba:

“Me encontraba parado y horrorizado en medio de toda esta inmundicia tra-


tando de acostumbrarme al hedor cuando escuché algo escarbando el suelo.
Miré hacia abajo a media luz y vi una mujer acuclillada a mis pies. Tenía el
pelo negro y mate, bien poblado y sus costillas sobresalían como si no hubie-
ra nada entre ellas y sus brazos eran tan delgados que resultaban horribles.
Estaba defecando pero estaba tan débil que no podía elevar sus nalgas del
suelo y como tenía diarrea el líquido amarillo se deslizaba burbujeando por sus
muslos” 130.

Como se deduce de las palabras del mayor Stewart, los observadores consideran
este tipo de comportamientos como la culminación de la degradación de la especie
humana, el último y más grave síntoma de deshumanización. “Están volviendo a
ser animales” dice el capitán Gant cuando describe el modo en el que excretan los
supervivientes131. Del mismo modo, en el Apéndice F de los Informes Oficiales sobre
la Liberación del Campo de Belsen, se explica:

“El 18 de abril todo el Campo I era una masa de mugrientos andrajos y basura.
Esto se situaba claramente entre las responsabilidades de la 76 Field Hygie-
ne Section. Al principio los internos se encontraban tan débiles y afectados
por la disentería que eran incapaces de levantar un dedo para aliviarse. Gra-
dualmente fueron recobrando sus instintos más primitivos de seres humanos
y ayudaron a recoger los desechos en pilas que luego despejaba la 76 Field
Hygiene Section” 132.

En otras palabras, uno de los estadios últimos de la deshumanización era no mostrar


reparos en convivir con la inmundicia, ni mostrar pudor a la hora de de defecar
en público, ni sentir repugnancia hacia el contacto con las propias excrecencias.
En cambio, un síntoma del retorno a la humanidad era recobrar este sentido de
la abyección, del asco hacia la mierda propia y ajena. Este elemento extremo de
deshumanización, además, se percibe fuertemente conectado con la destrucción de
las identidades normativas de género que tiene lugar en los campos de concentración,
como veremos.
Para Kristeva los excrementos, en tanto que objetos contaminantes procedentes
de los orificios corporales (constituyendo éstos puntos de referencia que limitan el
territorio del cuerpo), “representan el peligro proveniente del exterior de la iden-
tidad: el yo (moi) amenazado por el no-yo (moi), la sociedad amenazada por su

129“Visit to the Concentration Camp at Belsen near Celle” (19 de abril de 1945), en IWM Private
Papers of Major H St C Stewart, Documents 1355, Ref. 91/21/1, p. 1.
130“Lecture to the E. Yorks Branch B.L.A.”, en IWM Private Papers of O. G. Prosser, Documents
13408, Reference 05/2/1, pp. 5-6.
131“This is not going to be a particular cheerful letter” (18 de abril de 1945), en IWM Private
Papers of Captain J. Gant, Documents 9161, Ref. 98/82/1, p. 2.
132“Report by HQ 10 GARRISON on period 18-30 April 1945”, en IWM Official Reports on the
Liberation of Belsen Camp, 1945, Documents 9230, Ref. Misc 104 (1650), p.18.
144 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

afuera, la vida por la muerte” 133. Pero no olvidemos que esta pensadora entiende
que no es “la ausencia de limpieza o salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que
perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites,
los lugares, las reglas. La complicidad, lo ambiguo, lo mixto”. Lo abyecto es aque-
llo que nos repele, como los desechos corporales expulsados. Expulsamos algo que
nos es propio (“nuestros desechos”), pero que no nos gusta, que no queremos, que
procuramos dejar fuera de nosotros mismos porque no nos reconocemos en ello.

“A diferencia de lo que entra en la boca y nutre, lo que sale del cuerpo, de


sus poros y de sus orificios, marca la infinitud del cuerpo propio y provoca la
abyección. Las materias fecales significan, de alguna manera, aquello que no
cesa de separarse de un cuerpo en estado de pérdida permanente para pasar
a ser autónomo, distinto de las mezclas, alteraciones y podredumbres que lo
atraviesan. Sólo al precio de esta pérdida el cuerpo se hace propio”.

Esto quiere decir que el objeto expulsado fuera del cuerpo, al igual que el cadáver
que es el último desecho corporal, nos resulta insoportable porque nos muestra los
límites de nuestra condición de vivientes. Nos repele porque nos recuerda que la
pérdida es el modo constitutivo de lo humano. Sólo con la pérdida de los desechos “el
cuerpo se hace propio”. La concepción abyecta que tienen los observadores de esta
relación tan estrecha entre los supervivientes y sus desechos, relación que transgrede
ampliamente las normas socioculturales predominantes en las sociedades occiden-
tales sobre los bordes corporales, viene perfectamente sintetizada en el siguiente
párrafo:

“Abyecto es lo que escapa de la pureza, de la identidad definida y única, sin


escisiones. Es la falta de límites precisos lo que perturba al sujeto. Y el objeto
caído es ambiguo en tanto que forma parte del interior y del exterior, «parece
venir de un afuera o de un adentro». Así lo abyecto presenta la característica de
la ambigüedad y de la mezcla: por ello los fenómenos sociales y simbólicos que
muestren de algún modo esta ambigüedad serán percibidos como abyectos. (...)
La formación de la subjetividad posible excluye lo otro como lo abyecto. Toda
figura corporal ambigua o poco delimitada será rechazada como abyecta (...).
Lo que está en cuestión es la humanidad o dignidad de los sujetos. Los seres
rechazados, excluidos por la norma reguladora de lo social, no se consideran
humanos” 134.

Así, los musulmanes que no tienen reparos en saltarse las limitaciones sociales,
que adquieren formas corporales ambiguas, que no rechazan sus propios desechos
y que no ponen límites entre su interior y su exterior, entre el objeto íntimo y
el objeto expulsado, crean un enorme trastorno a los observadores que, viendo
amenazada su propia subjetividad, aquella surgida dentro del orden simbólico en el
que se encuentran cómodos, prefieren creer que no tienen delante verdaderos seres
humanos, sino miembros seudo-humanos, seudo-animales, de una nueva especie.
Algo parecido ocurre con la comida. Unas líneas más arriba recordaba esa
famosa frase de Kristeva según la cual el asco por la comida puede considerarse “la
forma más elemental y arcaica de la abyección”. En Belsen, la comida es doblemente
un principio de abyección. Para los prisioneros mal alimentados desde hace días,
semanas o incluso meses, la comida es un requisito indispensable para la vida y sólo
133J. KRISTEVA, Poderes de la perversión, p. 96. Las citas siguientes en las páginas 11 y 145,
respectivamente.
134Isabel BALZA, «Éticas sexuales: el cuerpo abyecto de Monique Wittig», en Escritoras y pen-
sadoras europeas, ed. Mercedes ARRIAGA FLOREZ et al. (Sevilla: Arcibel Editores, 2007, pp.
40-41).
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 145

los que logran tener un acceso mínimo a los alimentos, aunque sea en su forma más
abyecta (raíces y hierbas, pieles de patatas, restos de basura, insectos, animales vivos
o la carne de los cadáveres), logran sobrevivir a las terribles condiciones del campo.
“¿Has visto alguna vez a gente abalanzarse sobre un cerdo y comerlo crudo, incluidas
sus entrañas, estando vivo todavía?”, se preguntaba el reverendo Stretch135. “Uno
veía”, decía el teniente coronel Gonin, “a hombres comiendo gusanos mientras se
aferraban a media hogaza de pan simplemente porque habían tenido que comer
gusanos para vivir y ahora apenas podían señalar la diferencia entre el pan y los
gusanos” 136. Pero tras la llegada de los británicos, la comida se convierte también,
en sí misma, en un motivo de muerte. El grave estado de salud de muchos de los
internos, sometidos a largos periodos de inanición, deshidratados y expuestos al
tifus, a la disentería y a unas condiciones higiénicas altamente infecciosas, provocó
que la administración indiscriminada de alimentos durante los primeros días de la
liberación, muchos de ellos con alto contenido en grasas, se convirtiera en una de
las primeras causas de mortalidad en el campo. La comida, en este sentido, se torna
rápida y letalmente en desecho, en vómito y en excrecencia.
Finalmente, como en tantas otras cosas, desde el punto de vista de los espec-
tadores el comportamiento de los supervivientes en relación a la comida se percibe
como completamente degenerado. La acción de comer, al igual que la acción de
excretar, no se ajustaba a las normas sociales que funcionaban al otro lado de las
alambradas y, por ese motivo, los habitantes de Belsen eran percibidos como seres
abyectos que amenazaban la conformación de la identidad humana normativa, co-
mo animales sub-humanos de una nueva especie. Todo ello quedaba perfectamente
expuesto en el pasaje extraído de la carta de la enfermera Biggs del 14 de junio
de 1945 que ya he recogido, en el que se registra un episodio característico de este
comportamiento anómalo y animal de los supervivientes a la hora de relacionarse
con la comida. “Comen como cerdos”, dice esta enfermera, y además, acumulan todo
lo que cae en sus manos y lo esconden en los lugares más insólitos, de tal suerte
que la comida, sus jugos y sus olores, acaban invadiéndolo todo. El capitán Andrew
Pares lo sintetizaba también en su “The Story of Belsen” cuando señalaba:
“Los deportados habían perdido todo el respeto propio y habían sido degrada-
dos moralmente al nivel de bestias. Sus ropas eran harapos y estaban plagadas
de piojos; no tenían ni utensilios ni platos para comer y en el momento de la
distribución de comida se comportaban más como lobos famélicos que como
seres humanos” 137.

3.1.3. Perversiones morales en el corazón de la zona gris .


La zona gris que contamina toda la vida concentracionaria y que en la mirada de
los observadores se establece mediante la institucionalización sistemática de la ab-
yección, produce en su interior, por tanto, una nueva especie sub-humana formada
por seres deshumanizados a los que en la jerga del campo se conoce como musulma-
nes. Estos musulmanes, como se ha visto, se caracterizan por una apariencia física
y un comportamiento radicalmente abyectos. Pero además, su condición moral, al
135“I don’t Know whether I ought to write this”, en IWM Private Papers of Reverend T.J. Stretch,
Documents 11561, Ref. 01/30/1, p. 1.
136“The R.A.M.C. at Belsen Concentration Camp”, IWM Private Papers of Lieutenant-Colonel
M. W. Gonin, Documents 3713, Ref. 85/38/1, p. 5.
137“The Story of Belsen”, IWM Official Reports on the Liberation of Belsen Camp, 1945, Docu-
ments 9230, Ref. Misc 104 [1650], p. 4.
146 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

menos en la forma depravada en la que es percibida por los observadores, da cuenta


de la existencia de un espacio de indeterminación ética en el interior del campo
de concentración que nos remite al sentido original de la definición de zona gris
elaborada por Primo Levi.

“Muchísimos han sido los caminos imaginados y seguidos por nosotros para no
morir: tantos como son los caracteres humanos”, anotaba el escritor turinés.
“Todos suponen una lucha extenuante de cada uno contra todos, y muchos,
una suma pequeña de aberraciones y de compromisos. El sobrevivir sin haber
renunciado a nada del mundo moral propio, a no ser debido a poderosas y di-
rectas intervenciones de la fortuna, no ha sido concedido más que a poquísimos
individuos superiores, de la madera de los mártires y de los santos” 138.

Para la mayoría de los observadores que estuvieron en el campo de concentración


de Belsen durante su liberación, los efectos de esta decadencia moral que señalaba
Primo Levi resultaban más que obvios. Según Miss Elizabeth T. Clarkson:

“En estas precarias condiciones se producen muchos desvíos de la moralidad,


que van desde el asesinato y el homicidio hasta los más comunes de mentir,
robar o emborracharse. Todo esto debe considerarse en el contexto de trastorno
social, inseguridad, lucha por la pura supervivencia física y extrema violencia,
de origen consciente o inconsciente, liberada por el reino de la fuerza. Como
dirán los supervivientes, en el campo de concentración muchas de las mejores
personas se desmoronaron por carecer de la despiadada vitalidad necesaria
para empujar a los débiles fuera de su camino. Normalmente era necesario
robar para vivir” 139.

Por su parte, la periodista Mea Allan comenta, refiriéndose a las internas alemanas
que ejercían como enfermeras:

“Sólo ellas entraban en la categoría de seres humanos. Pregunté a una de ellas


cuánto tiempo había estado en Belsen y me quedé pasmada cuando dijo que
tres años. La miré fijamente y le pregunté cómo es que estaba viva y con ese
buen aspecto. En su respuesta no había vergüenza alguna: «Simplemente por-
que he robado comida de mis compañeros deportados». Estas mujeres habían
sido las supervisoras. En cada barracón había un supervisor, cuya función era
mantener el orden y recoger la comida de las hileras que se formaban en las fi-
las de las barracas. Así que sencillamente engullían tanta comida como podían
meterse en el espacio de tiempo que transcurría desde que la recogían de los
camiones que la distribuía entre las barracas de los deportados. Incluso cuando
yo estuve allí, cuando alguno de los internos que ejercían como doctores hacían
la ronda para ayudar con los cuidados de los enfermos y los moribundos, se
repetía esta amoralidad nacida de la desesperada lucha por la existencia. Estos
doctores aún no se daban cuenta de que los alimentos llegaban con regularidad
a cada hora de comer, así que era fácil encontrarles en las despensas saqueando
la comida de los pacientes” 140.

Jane Elinor Leverson explica con detalle un eufemismo muy conocido dentro del
sistema concentracionario y que ilustra bien el comportamiento moral de los prisio-
neros:

1389 P. LEVI, Si esto es un hombre, p. 101.


139“A.P.S.W. at Large” (27 de enero de 1947), en IWM Private Paper of Miss E. T. Clarkson,
Documents 17339, Ref. 11/20/1-2, pp. 4-5.
140“MEA 4: Letter to Jean” (10 de junio de 1945), en IWM Private Papers of Miss Mary Eleanor
Allan, Documents 3100, Ref. 95/8/1, pp. 2-3.
3.1. LA APARICIÓN DE UNA NUEVA ESPECIE SUB-HUMANA 147

“Hay una expresión en el Lager, «organizar», que significa coger aquello que se
te pone por delante, sin tener en cuenta si te pertenece o no. La «organización»
era habitual en el Lager y era un habito difícil de perder. Todo el mundo robaba
algo y algunos lo robaban todo. Esto complicaba un poco la vida” 141.

Incluso los informes de carácter oficial recogían esta percepción de la moral desviada
de los supervivientes:

“El cambio psicológico predominante consistía en la pérdida de los valores mo-


rales normales y el sentido de la responsabilidad hacia el bienestar de los otros,
y era más o menos proporcional al grado de desnutrición. Al principio las vícti-
mas ayudaban sólo a sus amigos, después se interesaban sólo por los hijos o los
padres y finalmente únicamente les quedaba el instinto de supervivencia” 142.

Al contrario de lo que ocurre con las imágenes de la abyección y de la zona gris


que he analizado anteriormente, las representaciones de la condición moral de los
prisioneros no son tan uniformes y dan lugar a multitud de ambigüedades y contra-
dicciones. Para empezar, algunos observadores tratan de mostrarse comprensivos
con este tipo de comportamientos, pues entienden que, por muy molestos que resul-
ten, son fruto del ambiente del campo de concentración. Como señalaba Elizabeth
Clarkson inmediatamente después de la descripción de la moralidad de los deporta-
dos que realizaba en su relato “A.P.S.W. at Large” y que he apuntado en el párrafo
anterior, “esto está lejos de pretender ser una acusación contra los supervivientes,
entre los que cuento con numerosos amigos; es únicamente un resumen de la situa-
ción que aparece como inevitable a causa de las condiciones que imponen el tifus
y la tuberculosis” 143. Sin embargo, con frecuencia esta tolerancia es sólo formal
y los textos terminan desprendiendo un profundo recelo y animadversión hacia el
comportamiento de los supervivientes. Esa es la impresión que se desprende, por
ejemplo, de la siguiente descripción a cargo del doctor T.C. Gibson, que asoma en
el relato “Belsen, 1945”, publicado en The London Hospital Gazette:

“Reclutamos enfermeras entre las internas que se encontraban en mejores con-


diciones, y en general hicieron cuanto pudieron. Sin embargo, me daba la sensa-
ción de que no desarrollaban las labores de cuidado por razones humanitarias,
sino más bien porque recibían comida extra. No se les podía culpar perso-
nalmente por ello, en tanto que sus mentes se estaban despertando en ese
momento al hecho de que existían otras personas en el mundo” 144.

Por más que se subraye el hecho de que no pueda culparse a estas mujeres por
dicha actitud, los recelos que despiertan los motivos espurios de unas enfermeras
que deberían estar estrictamente movidas por “razones humanitarias” son más que

141“Bergen Belsen Concentration Camp” (6 de mayo de 1945), Jane E. Leverson, en IWM Private
Paper of Miss E. T. Clarkson, Documents 17339, Ref. 11/20/1-2, p. 5. Sobre el concepto y uso
del término “organizar” en el contexto del Lager, véase Paz MORENO FELIU, En el corazón
de la zona gris: una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz (Madrid: Trotta, 2010, pp.
137-178).
142Tercera parte del informe “Administrative Report – Belsen Concentration Camp” (13 de junio
de 1945), teniente coronel F.M. Lipscomb, en IWM Private Papers of Miss Jean McFarlane,
Documents 9550, Ref. 99/86/1, p. 12.
143“A.P.S.W. at Large” (27 de enero de 1947), en IWM Private Paper of Miss E. T. Clarkson,
Documents 17339, Ref. 11/20/1-2, p. 5.
144“Belsen, 1945” de T.C. Gibson, publicado en The London Hospital Gazette (agosto de 1945),
en IWM Private Papers of R.D. Pearce, Documents 13407, Ref. 05/14/1, p. 146.
148 3. ¿DÓNDE ESTABAN LOS SERES HUMANOS?

evidentes. Aún así, todavía es posible encontrar fragmentos en estos documentos


en los que el desprecio hacia los supervivientes ni siquiera trata de camuflarse:
“De alguna forma no puedo conseguir que me gusten los internos porque están
convirtiendo este campo en un infernal desastre y toda su destrucción es un
completo sinsentido ya que arrasan cualquier cosa que no les resulte útil en el
momento presente, sin tener en cuenta el hecho de que podrían quererlo más
tarde y todavía viven bajo la «ley de la garra»” 145.

Por otro lado, existen algunas descripciones positivas de los internos. Las menos,
como la que encontramos en el texto de Jane Elinor Leverson, parecen francas:
“El «espíritu» de los internos es hoy extraordinario. El campo de concentración
se conoce coloquialmente en alemán con la expresión “el Lager”, y existe una ca-
maradería del Lager que es necesario ver para creer. A mí me ha impresionado
especialmente la gran mayoría de los supervivientes que ejercen como doctores.
El examen meticuloso de los pacientes, especialmente de aquellos asustados de
ellos, o de la muerte, y la confianza de los pacientes en los doctores, es bastante
increíble. Hay tantos pacientes que a mí me resulta difícil recordar que cada
uno de ellos está enfermo tanto física como mentalmente y que todos son perso-
nas con sentimientos muy reales. No hay prácticamente doctores que no traten
a cada paciente como si fuera alguien de suma importancia. Las enfermeras
no tienen la suficiente preparación y en muchos casos se encuentran enfermas,
cansadas y con demasiado trabajo (y los doctores también), trabajando doce
horas al día, siete días a la semana, con menos de dos horas libres en todo el
día para comer. Los sentimientos que unen a las enfermeras y a los doctores
entre sí es también asombroso. Mientras que los trabajadores de la Cruz Roja
Británica que se encuentran en buen estado de salud encuentran el trabajo
extenuante, estos médicos no se relajan en absoluto y muchos de ellos se han
recuperado del tifus tan sólo en las últimas semanas” 146.

La mayoría, en cambio, suelen presentar a estos “buenos” supervivientes a modo de


excepción y los utilizan para acentuar las profundas diferencias que existen entre
estos habitantes “anómalos” del campo y el cuerpo ordinario de supervivientes que
conforman los cimientos del universo concentracionario. Este tipo de descripciones
dan cuenta, en mi opinión, de lo fuertemente cargadas de prejuicios que se hallan
las imágenes de índole paisajista que pretenden acreditar el estado general del
campo, puesto que en el fondo demuestran que cuando se dirige la mirada hacia
los individuos, hacia las idiosincrasias personales de los habitantes del campo, es
posible percibir una gran gama de colores entre las sombras. En otras palabras, este
tipo de pasajes, que suelen centrarse en un grupo de personas con identidad propia,
con rostro y con nombre, demuestran que, cuando el observador aumenta la escala
de percepción y se centra más en lo particular, en el detalle, la zona gris en la que
estaba perdida la masa anónima de supervivientes tiende a desaparecer.
Me gustaría comentar un poco más en profundidad dos ejemplos que presen-
tan grandes paralelismos y que dan cuenta de las consecuencias que trae consigo
esta concreción de la mirada. El primero de ellos, lo descubrimos en la carta que
Effie Lucille Barker, enlace de la Cruz Roja británica, escribió a su familia el 1 de
junio de 1945. En esta carta, Miss Barker describe con sorpresa el alto grado de
“dignidad”, de “cultura”, en definitiva, de todo un compendio de características que
se asocian sistemáticamente con “humanidad”, que observ