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Esclava Encadenada - Aina Castillo

Sumisa

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ESCLAVA ENCADENADA

Sumisa Secuestrada y Vendida al Amo


Millonario

Por Aina Castillo

© Aina Castillo 2018.


Todos los derechos reservados.
Publicado en España por Aina Castillo.
Primera Edición.
Dedicado a Carol y Amy
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gratis
I
Todas las mujeres lo veían al pasar. Todas lo miraban con
rostro deseoso, con ganas de que él las escogiera. Él, sin
embargo, caminó entre ellas porque desde siempre estuvo
acostumbrado a la atención… Además, lo adoraba.
Estaba acompañado por unos cuantos tíos pero ninguno le
llegaba a los talones. Él resaltaba entre todos por su altura y su
cuerpo robusto y musculoso. Si aquello lo llamaba la atención
lo suficiente, lo harían el par de ojos de color azul claro, la
nariz recta, el mentó cuadrado y los labios ligeramente
gruesos. El cabello rubio perfectamente cortado y el rostro
afeitado, era el toque para que lo vieran como una especie de
dios y él así se sentía.
-Sentémonos aquí. Hay mucha chicas esta noche, eh.
-Sí, esto va estar estupendo, tío.
Él no decía palabra, más bien sonreía porque el bar en donde
estaba era uno de sus lugares favoritos. Luego de tomarse una
copa, comenzó a hablar y a ser el centro de atención. El
hombre resultó ser divertido, de paso.
Mientras hablaba, era imposible no sentirse atraído a ese
magnetismo que desprendía su cuerpo. Hablaba y sonreía al
mismo tiempo, exhibía la belleza de sus dientes blancos y
cuidados, gesticulaba con sus manos fuertes y blancas, y el
tono de voz era suficientemente alto para que todos lo
escucharan. Sí. Sin duda le encantaba la atención.
Entre las carcajadas que produjo, entre la luz tenue y el
murmullo que se mitigaba en el espacio de la terraza, él miró a
una mujer increíblemente sensual. Alta, morena, de vestido
negro corto que mostraban un par de piernas largas y
torneadas. Su piel, además, reflejaba la luz de la luna como si
fuera una fina seda.
La miró desde la distancia. Al principio lo hizo con un poco de
desdén para atraparla y, cuando surtió efecto, concentró sus
ojos en ella como lo hace un cazador con su presa. Meneó el
vaso de vidrio y tomó un sorbo del Bourbon para hacerle
entender que no faltaría demasiado en hacerla suya esa noche.
La chica se levantó de repente y caminó hacia la barra. Él
aprovechó el momento y se reunió junto a ella para decirle un
par de palabras encantadoras. La hizo reír y listo, ya había
caído en sus redes.
Después de una corta presentación, los dos se fueron en el
Lamborghini de él. Rojo y brillante, descapotable para mostrar
aún más que tenía el poder y el dinero para comprar un
modelo así, pisó el acelerador y fueron a un hotel. Eso sí, no
cualquiera.
Ella batía el cabello por el viento. Tampoco paraba de sonreír.
En el primer instante se dio cuenta que estaba junto a un
hombre adinerado así que estaba segura que la pasaría bien. Y
si tendría suerte, quizás las cosas no se limitarían a una sola
noche.
Sin embargo, no pasaba lo mismo para él. Sí. Le gustaba el
sexo, mucho, pero no era muy asiduo a las relaciones estables.
Prefería más bien la libertad de la informalidad. Un buen
polvo y adiós, no más complicaciones.
Mientras estaban cerca, ella comenzó a acariciar la entrepierna
de él. Gracias al juego de sus manos y dedos, no tardó
demasiado para que se excitara un poco más.
Al llegar, aparcaron al frente de un lujoso hotel. La entrada
estaba adornada por una gran fuente hecha de mármol negro y
luces blancas que la hacían ver más imponente. Detrás, una
serie de puerta corredizas que daban la bienvenida o despedían
a quienes se hospedaran allí.
Apagó el coche, entregó las llaves a un valet y se apresuró en
abrirle la puerta a ella. Le hizo un guiño y la llevó hasta el
lobby en donde saludaron amablemente a una chica que les dio
la bienvenida. Una rápida transacción después, ambos se
dirigieron a uno de los elevadores.
Estando allí, él aprovechó para tomarla de la cintura y
apretarla contra sí. Ella inmediatamente sintió el bulto de él
entre sus nalgas. Cuando las cosas se calentaron un poco más,
las puertas se abrieron finalmente para dejarlos salir.
Caminaron como un par chiquillos traviesos entre besuqueos y
caricias.
Él pasó la tarjeta de la habitación y entraron a una suite
exclusiva. Muebles modernos, cama enorme, mini bar y un
ventanal que daba vista a las áreas verdes del hotel. El
inmenso campo de golf y las canchas de tenis, se veían
diminutas desde esa altura.
Ella estaba impresionada pero quería retornar a los brazos de
ese hombre tan alto, tan fuerte, tan guapo. Dio unos pasos
hacia él y prácticamente le fue encima, acariciándolo con ese
deseo que quedó pendiente desde los elevadores.
Las manos de él fueron lo suficientemente ágiles para quitarle
el vestido en un dos por tres. La dejó desnuda y ansiosa de
más. Así que la colocó sobre la cama, acariciándola, chupando
y lamiendo esos enormes senos. Hundió su cabeza en ellos y
justo en ese momento su verga estaba a punto de romper el
pantalón.
Se apresuró entonces en quitarse la ropa y sentir la piel
desnuda de ella contra la suya. Ella jadeó un poco antes de
tenerlo adentro. Se debió principalmente a que estaba
impresionada por lo buen dotado que era y por ese cuerpo de
muerte que tenía. Musculoso, lleno de fibra.
Al disfrutar de ese rostro de sorpresa, él introdujo la verga
dentro de ella, haciéndola gemir inmediatamente. Ella enterró
las uñas en su piel y aun así no fue suficiente para soportar las
embestidas que él le dio a ella. Embestidas que la llevaron al
borde de la locura.
Estando así, sintiendo el calor y la humedad de su coño, no
pudo evitar colocar una mano sobre su cuello y apretarlo un
poco. Aunque sabía que no estaba en una sesión, no pudo
evitar controlar por completo su ser como Dominante. De vez
en cuando se lo permitía y sobre todo cuando se trataba de
relaciones casuales. Era una manera de mantener el equilibrio
consigo mismo.
Después de un rato, escuchó que su compañera se corrió con él
adentro. Sonrió con picardía y aprovechó para embestir aún
con más fuerza hasta que le tocó su turno. Así pues, sacó su
pene, se masturbó un poco y los chorros de semen le cayeron
justo sobre esos pechos grandes y hermosos. Ella no paró se
sonreír y de acariciarse, restregándose los fluidos calientes
sobre su piel. Una sensación increíblemente satisfactoria.
Lo cierto es que después de esa vez, tuvieron varios polvos esa
noche. El último, ella se corrió con un grito tan intenso que él
pensó que todo el mundo la escucharía. Al final, dejó su
cuerpo cansado en la cama, agotada y atontada. Ese momento,
él aprovechó la oportunidad para levantarse e ir al baño.
Se miró en el espejo y abrió las llaves de agua para refrescarse
un poco la cara. Estaba cansado y también tenía ganas de irse a
casa, así que terminó de lavarse las manos y se asomó en la
habitación para decirle a su compañera. Sin embargo, la
encontró dormida, plácidamente dormida, como si el mundo
no importara.
Dio un respingo y se preparó para salir. Comenzó a vestirse y
al terminar, ella seguía durmiendo. Pensó en dejarle una nota
pero pensó que aquello la molestaría más.
Al final, Marcos dejó la tarjeta sobre la mesa de noche y salió
sin más.
II
-El pronóstico es alentador porque detectamos la enfermedad
en las primeras fases. Sin embargo, debemos apresurarnos para
tener la situación bajo control.
El médico decía aquellas palabras que de repente perdieron
sentido para Elena. Ella, sentada junto a su padre, trató de
mantener toda la entereza posible pero fue más duro de lo que
pensó. La idea de someter a su madre a una serie de viajes
sinfín a l hospital, le descompuso por completo.
-Queremos internarla esta noche. Está un poco débil y
francamente me gustaría tenerla en observación.
Elena comenzó a hacer cálculos en su mente. Números iban y
venían velozmente. No sabía cómo financiaría aquello hasta
que se ocurrió vender un anillo de oro que le había regalado su
abuela. Se estremeció un poco al pensar que debía sacrificar
una prenda familiar aunque sería por su madre. Valía más que
la pena.
-¿Deberá quedarse aquí por mucho tiempo?
-No, sólo un par de días. Sólo quiero que se sienta tranquila y
relajada. Es un esfuerzo que todos tendrán que hacer para que
ella pueda luchar contra la enfermedad.
Enseguida miró a su padre quien tenía la expresión ausente.
Gracias a él, los tres estaban ahogados en deudas. El vicio del
juego los dejó al borde la quiebra de no haber sido por ella.
-Perfecto. Gracias, doctor.
Se levantó de repente, extendió su mano y salió de consultorio
para encontrarse con su madre.
-¿Ahora qué hacemos? No se me ocurre de dónde podemos
sacar el dinero.
-Tengo una reserva. No te preocupes.
-Ay, hija. Qué horrible tener que arrastrarte en una situación
como ella.
Aunque él dejó de apostar hacía meses atrás, quizás por un
milagro, todavía quedaron las secuelas de sus acciones.
Incluso ella tuvo que dejar la universidad a medio terminar así
como sus proyectos personales porque no podía con
demasiados gastos. Dejó sus sueños a medio terminar y tuvo
que esclavizarse a tres trabajos para llevar pan a la mesa.
Estaba cansada, muy cansada.
Por fin entraron a la habitación en donde estaba su madre.
Lucía débil pero tenía la mirada despierta.
-Ya sé todo. El médico me contó lo que está pasando.
-¿Cómo te sientes?
-Tengo un poco de hambre pero es normal. Siempre tengo
hambre.
Ella rió por el comentario. Se sintió aliviada de que ella
conservara todavía el sentido del humor.
-¿Por cuánto tiempo tengo que quedarme aquí?
-Un par de noches, dijo el doctor. Así que debo ir a casa a
buscar unas cosas tuyas y traértelas después.
-¿Podrías traerme un poco de ese pudín de chocolate que me
diste la otra vez? Es que me gustó muchísimo y me encantaría
comerlo.
-Claro que sí, no lo dudes.
Elena se levantó de la cama y dejó a sus padres solos. Salió
prácticamente corriendo del hospital para tomar el autobús que
ya estaba en la parada. Tenía que apresurarse a pagar.
Fue a una casa de empeño a pocas calles de su casa. Se sintió
un poco mal al dejar atrás aquello que tanto quería preservar.
Era una herencia para ella y quizás para los hijos que tendría.
Ahora iría destinado a pagar unas deudas que la tenían
ahogada.
Recibió la paca de dinero, fue al banco e hizo un depósito para
que pagar parte del tratamiento de su madre. Sabía que aquello
no sería suficiente y que el tiempo se le agotaba. No sabía qué
hacer.
Al terminar allí, fue a casa de sus padres para tomar algunos
efectos de su madre. Un par de pijamas, pantufla, el libro de
Anne Rice que estaba leyendo y cuatro envases de pudín de
chocolate que compró en el camino. Metió todo en un bolso
pequeño. De repente, sintió los pies increíblemente pesados y
no pudo seguir más. Así que se sentó sobre la cama y se sintió
terriblemente abatida.
Todo el esfuerzo que hizo para contener las lágrimas se fueron
por el caño y comenzó a llorar profusamente. Fue tanto que
mojó considerablemente la camiseta que tenía puesta y dudó
un momento si era prudente regresar tan pronto. El dolor era
casi insoportable y dudaba seriamente si podía continuar con
todo lo que estaba sucediendo.
Fue al baño, se lavó la cara y trató de arreglarse el cabello que
ya estaba bastante despeinado para ese momento. Se miró y
observó sus ojos azules oscuros con falta de brillo producto de
la tristeza que sentía. Agachó la cabeza y deseó desaparecer
con todas sus fuerzas.
En camino al hospital, pensó en lo que podía hacer. La cabeza
le daba vueltas y ya no encontraba ninguna alternativa. Estaba
cansada de tener que pensar y repensar. Deseaba el día en que
pudiera relajarse plenamente y dejar los problemas a un lado.
Permaneció un momento en el silencio hasta que hizo de tripas
corazón. Se levantó y se preparó para salir. Deseaba tanto un
milagro.
A pesar de los problemas y las turbulencias, Elena era una
chica que había ganado la capacidad de resolver problemas
conforme pasaran. Gracias a ello, se convirtió en una persona
muy resuelta e independiente. También desarrolló una
inteligencia que cualquier podría envidiar.
Las dotes de Elena no sólo se quedaban hasta allí, desde que
nació sus padres se sorprendieron por esos grandes ojos azules
oscuros que parecían un par de zafiros. Eso, más la piel
morena y el largo y espeso cabello negro, la hacían ver como
todo un ser sobrenatural.
Era imposible no mirarla al pasar. Su nariz larga y un poco
ancha más los labios gruesos, eran los toques que la hacían ver
más exótica todavía. Aunque hubiera podido tener cualquier
hombre a sus pies, ella realmente estaba concentrada en
estudiar y trabajar.
Esto por supuesto significaba que el tema sexual era un ítem
inexplorado. No tenía idea del tema aunque no podía ocultar
los deseos de su cuerpo. Su primer beso, por ejemplo, le hizo
darse cuenta que tenía fijación oral a tal punto que podría
excitarse rápidamente con los besos. Quiso saber más, quiso
explorar más de sí misma pero no podía, los problemas
terminaban por abrumarle los pensamientos.
Se subió al autobús que la llevaba al hospital. Mientras miraba
por la ventana, escuchó una fuerte conversación de un par de
chicas.
-Sí, tía, dicen que es una especie de mercado de esclavos pero
todo esto, como te digo, legal. Nadie está por obligación o
algo así. Pero bueno, eso es lo que dicen por ahí.
-Creo que lo que dices son gilipolleces, tía. Eso son cuentos
tontos.
-Que te digo que es verdad. No tendría por qué mentirte. Una
amiga fue para allá, que le gusta esas cosas, y me dijo que bien
intenso, eh. Te encadenan tal y como si fueras un esclavo, y
hacen pujas por ti hasta que te venden. Quien te compra puede
hacer contigo lo que quieras.
-Suena muy arriesgado eso, ¿no?
-Ni tanto. Cada quien pone las condiciones de lo que busca y
de lo que no. Todo está organizado. Estoy que me animo para
ir.
Justo cuando quería escuchar cómo participar, las chicas se
bajaron en una parada antes que ella. Elena se quedó con la
duda de que si realmente era posible hacer algo así, algo tan
arriesgado.
Sin embargo, pensó en el dinero. Una suma importante a
cambio de algo aparentemente tan sencillo, no sonaba nada
mal. Estaba tan sumergida en los pensamientos que casi estuvo
a punto de perder la parada. Se espabiló y bajó rápidamente
hasta que se topó con la entrada del hospital.
Caminó unos largos y solitarios pasillos hasta que dio con el
ala donde se encontraba su madre. Ella dormía junto a su
padre, por lo que hizo todo el esfuerzo de no despertarlos. Se
sentó en una silla cerca de la cama y respiró profundamente,
ansiaba llegar a su piso y relajarse un rato.
Estuvo allí un par de horas. Luego de una conversación
tranquila ambientada por la entrega de un par de pudines,
Elena se despidió de su madre y dejó a su padre encargado de
cuidarla toda la noche.
Salió de nuevo con la idea viva en la cabeza. No paraba de
imaginarse viéndose a sí misma en un escenario tan fuerte
como ilustraron las chicas. Sin embargo, iría a casa para
despejarse de todas las dudas.
Dos autobuses después, Elena se bajó en una parada desierta a
pocos metros del edificio en donde vivía. El lugar era limpio
pero de aspecto viejo. Aunque no podía jactarse del flamante
sitio en donde vivía, al menos se le inflaba el pecho en decir
que lo había alquilado por sus propios medios.
El edificio todo de ladrillos rojos, contaba con una pequeña
entrada conformada por una puerta de madera verde. Sacó las
llaves, escuchó el clic y entró sin mayores dificultades. Subió
unas estrechas escaleras hasta llegar a la puerta de su piso.
Sólo tres por pasillo. Cualquiera pensaría que se trataba de un
lugar grande pero no era así, lo cierto es que las viviendas las
hacen cada vez más pequeña.
El piso tipo estudio, sin embargo, tenía una gran ventaja
además de ser un espacio propio. Tenía un ventanal que daba
hacia la plaza más cercana, así que era muy agradable
encontrar la luz del sol entrar por las mañanas. Era uno de los
pocos placeres que se permitía.
Dejó las llaves en una pequeña mesa y fue hacia la estrecha
cocina para prepararse algo de comer. Más bien lo hizo por
costumbre que por sentir la necesidad de llevarse un plato de
comida a la boca.
Un sándwich y una cerveza fue todo lo que le pareció
apetecible así que aprovechó para acomodarse en la sala,
encender la laptop y comenzar a investigar sobre aquella
conversación que llegó a escuchar en el autobús. Así pues que
se concentró en comer y en teclear el respecto.
Primero se detuvo para pensar cómo comenzaría la
investigación. Incluso llegó a preguntarse por qué se estaba
tomando tantas molestias para ello. Sin embargo, su instinto le
gritaba que debía seguir adelante, que debía probar y olvidarse
de todo lo demás.
Aunque dudaba seriamente de que aquello fuera la respuesta a
sus problemas, a Elena le pareció buen punto de partida los
foros de sexo. Asumió que estaría relacionado al tema según lo
que recordó de la conversación.
La búsqueda, sin embargo, se extendió más de lo que pensó.
Había poca información y sentía que tenía ganas de lanzar
todo por la borda. No obstante, se percató que en varias
ocasiones se repetía la misma palabra: BDSM.
Al principio la ignoró pero después pensó que aquello debía
ser una especie de indicio. Así que buscó en Wikipedia para
tener más información y halló que aquellas siglas hablaban
sobre el sadismo, masoquismo, fetichismo, sumisión,
dominación y un montón de conceptos más.
Se impresionó aún más cuando exploró sobre el tema con un
poco más de profundidad. Encontró imágenes, comentarios y
blogs sobre las experiencias de los Dominantes y sumisos.
Detalló el nivel de entrega de estos y el compromiso que
adquirían para con la relación. Incluso también se topó con
malas experiencias pero sintió que era conveniente leer al
respecto para tener una mejor idea de lo que podría encontrar.
A medida que estaba sumergida en las implicaciones de esas
palabras, sintió una enorme curiosidad de experimentar la
sumisión. Las emociones relatadas en los blogs de chicas
sumisas, encontró un nivel de placer y plenitud que pensó no
existían. En ese momento, sintió que se abrió la caja de
pandora de sus emociones y sentimientos sobre el sexo.
Se echó para atrás para estirarse un poco. Mientras, cerró los
ojos para imaginarse cómo sería sentir el roce de las cadenas
en su cuerpo, el encontrarse desnuda ante la mirada de quien
era su dueño, el experimentar el dolor y el placer al mismo
tiempo. Se percató, además, que se había perdido de ese
mundo, que había perdido la parte de su juventud luchando
contra la corriente. Pero trató de consolarse a sí misma con la
idea de aún estaba a tiempo.
Volvió a retomar la vista en la pantalla. Supuso que la
conexión a esa compraventa de esclavos y demás tenía que ver
con aquello del BDSM. Así pues que volvió a punto de inicio
para buscar lo que tenía en mente.
Después de un largo rato, después de batallar con el sueño y el
cansancio, Elena dio con una palabra que le indicó que iba por
buen camino: La Puja. La encontró en un foro de esclavos y
esclavas en el cual intercambiaban consejos e información
actualizada.
Uno de ellos habló puntualmente de sentirse nervioso por
participar en tal evento.
-Esto es.
Siguió indagando hasta que se topó con un grupo privado en
Facebook. Solicitó ingresar y cruzó los dedos para que
aceptaran la solicitud. En menos de cinco minutos, recibió la
notificación de que había entrado. Nunca pensó que se toparía
con un mundo tan oscuro pero al mismo tiempo atrayente.
“La Puja es un evento en donde hombres y mujeres participan
por libre albedrío. Como grupo, estamos en contra de
prácticas violentas que pongan en peligro el bienestar físico y
mental de los participantes. Es por ello, que quien no respete
las reglas aquí explicadas, serán sancionado con la denuncia
y expulsión”.
El texto, mucho más largo, contemplaba normas muy claras
sobre la participación. De hecho, hizo énfasis varias veces en
acotar que todas las relaciones eran consensuadas y que, tanto
esclavos como Amos, debían colocar los límites y preferencias
antes de participar. Elena incluso pudo ver fotografías y relatos
sobre las pujas anteriores. Tuvo una idea más clara al respecto.
Sin embargo, el punto álgido sucedió cuando miró una cifra
que le hizo brillar los ojos: 10 mil dólares por una esclava. Se
quedó impresionada, básicamente por la suma de dinero y por
lo mucho que podría ayudar a su familia. Tendría suficiente
para pagar las deudas y hasta podría pagar parte del
tratamiento de su madre. Esos números en la pantalla fue lo
que le incitó a dar el próximo paso. Se postularía para La Puja.
Tomó lo último que quedaba de cerveza como si estuviera
buscando un poco de fuerzas extras para hacer lo que tenía
pensado. Abrió una pestaña para comenzar a escribir un largo
mensaje al administrador para que le permitiera participar.
Dejó en claro que era una novata y que no sabía del tema, sin
embargo, estaría ansiosa de participar porque de alguna
manera el BDSM era lo que estaba buscando para darle a su
vida un vuelco diferente.
Le dio a envidar y volvió a volcar sus esperanzas ante esa
respuesta que tanto estaba esperando. Vio la hora y notó que
era demasiado tarde, de seguro no recibiría una respuesta
inmediata.
Bajó la tapa de la laptop, recogió la botella y los restos de
migas de pan y fue hacia su habitación la cual no estaba muy
lejos de allí. Se quitó la ropa rápidamente y se echó sobre la
cama. De repente, todo el cansancio, la rabia, el agotamiento
mental y la desesperación, fueron suficientes para que no
dejara pensar en ese largo mensaje que envió. Así que se
dedicó a cerrar los ojos, se forzó a descansar para dormir un
poco. Le hacía demasiada falta.
III
-¡Ja, ja, ja, ja! GANÉ.
La carcajada de Marcos le hizo sentir que tenía una racha
excelente. Estaba eufórico y esa noche en el casino iba mejor
que nunca.
Retiró las fichas y las cambió. Recibió unos 200 mil dólares.
Mucho más de lo que esperaba y más aún después de haber
pasado tanto tiempo sin jugar. Junto a él, una rubia
despampanante, no dejaba de mirarlo como si fuera un dios.
Estaba encantada de verlo con ese porte hombre seguro y
sensual que resultaba siempre en una imagen arrolladora.
Marcos la sostenía en la cintura y de vez en cuando le besaba.
Sí. Ciertamente era una mujer hermosa.
Tan popular con las mujeres como siempre, Marcos era un
imán que atraía modelos, actrices famosas y chicas elegantes
de la alta sociedad. Si quisiera, podía escoger con estar con
una persona diferente todos los días.
Aunque la idea le resultaba atractiva, Marcos trataba de
tomarse las cosas con calma y más cuando estaba cerca de los
37 años. Pero claro, era muy difícil desprenderse de esa vida
divertida, de clubes, de discos, de bares, de fiestas, mujeres,
tragos y demás. Él era siempre el alma de las fiestas.
La vida ajetreada se le presentó desde muy joven y sobre todo
al provenir de una familia poderosa y adinerada. Tenía todo lo
que quisiera y más pero él se convenció de que tenía que hacer
su propio dinero para no depender de nadie.
Estudió Comercio al mismo tiempo que trabajaba en una
cadena de comida rápida. Salía de las clases corriendo para no
perder su sustento y fue allí cuando aprendió lo importante de
cada centavo. Comenzó a familiarizarse con el ahorro y la
inversión, e incluso compró su propio coche. Un modelo viejo
y destartalado, además.
El orgullo de haberlo logrado por sí mismo, le llevó a seguir
estudiando y preparándose. Poco a poco, también acumuló
dinero que le sirvió para hacer su primera empresa. Gracias a
su éxito, se convirtió en las próximas promesas del mundo de
los negocios y hasta le valió aparecer en la portada de revistas
y periódicos. Por supuesto, eso también se debió a que era
increíblemente atractivo.
La fama y el dinero trajeron consigo también el acceso a
círculos exclusivos en donde se encontraban empresarios de
altos niveles. Se acostumbró rápidamente al lujo y a las
comodidades. Tenía sentido para alguien que había hecho
demasiados esfuerzos para alcanzar sus objetivos por mérito
propio.
Mientras disfrutaba del éxito, Marcos también descubrió un
hecho muy importante para él. Era un tipo que le gustaba tener
el control. Bueno, decir que le gustaba es quedarse un poco
corto a decir verdad.
Encontraba placentero que sus órdenes se hicieran sin chistar y
que con sólo unas cuantas palabras, tuviera el poder de
cambiar lo que quisiera. Cuando estableció su primera
compañía, se percató de ello y pudo lidiar con ese sentimiento
por un tiempo. Sin embargo, aquella sensación que se le caló
en los huesos y supo que tenía que probarlo en otro ámbito…
Pero, ¿cuál?
La cabeza no le dejó de dar vueltas hasta que encontró una
respuesta. Leyó las características generales de un Dominante
y casi saltó de la silla al sentirse identificado casi por
completo. Estaba feliz por una parte porque había dado con
aquello que no sabía pero por otro lado pensó en cómo podría
ser capaz de expresar eso en el mundo real.
Por suerte, no faltó demasiado para descubrirlo. Conoció a una
chica en una página de solteros y adeptos al BDSM. Ella,
desde su experiencia como sumisa, le instruyó tanto como
pudo. Para ella fue una experiencia interesante porque exploro
aún más sus dotes y para él fue un redescubrimiento en el
sexo.
En cada sesión, iba mejorando sus habilidades poco a poco. Se
volvió controlador a tal punto en que le gustaba que le pidieran
permiso para llegar al orgasmo y hasta que le rogaran por
sexo. Supo también que le gustaba causar dolor y que le
agradaba la idea de hacer suspensiones por lo que tomó
intensivos de cuerdas y amarres. Estaba tan entusiasmado que
además aprendió carpintería. Esas habilidades le servirían para
armar muebles para las sesiones con su sumisa.
Todo iba de viento en popa hasta que ella le dijo que se
mudaría a otro país. En ese momento, se dio cuenta que lo de
ellos no se limitaba solamente a lo sexual. Marcos tenía
sentimientos por ella, aunque nunca se los confesó.
Le ayudó a preparar sus cosas, a vender algunos bienes y hasta
la acompañó al aeropuerto. Ella lo abrazó diciéndole que era
un gran amigo y se fue dejándole el corazón destrozado.
Tiempo después sabría que esa apuesta de ella se debió a que
había conocido a un hombre.
Desilusionado, Marcos decidió que no se daría mala vida por
las relaciones. Prefirió ser todo un mujeriego y salir de juerga
cuando le fuera posible. Eso sí, siempre cuidando de sus
bienes y de sus lujos.
Por otro lado, el BDSM se convirtió en la arena en donde
podía desplegar todos sus gustos y excentricidades. Dejó de
conocer sumisas esporádicas a formar parte de una sociedad
que le permitió resguardar su identidad. Es decir, podía ser el
Dominante que quisiera sin tener que preocuparse que alguien
lo delatara. Aun así, comprendió que no estaba demás andar
con cuidado.
Esto también le permitió algo más, aparte de sesiones cortas.
Conoció las perversiones de otros y trató de entenderlas a
cabalidad. Algunas cosas no eran lo suyo pero se sintió
cómodo al saber que todo el mundo respetaba las inclinaciones
de los otros. De hecho, una vez conoció un chico que no le
importaba el tema de la sumisión ni la dominación, incluso el
sexo podía pasar a un segundo plano.
Lo que realmente le gustaba era ver a la compañera sexual de
turno usando pañales o mojando la ropa interior
voluntariamente. Para Marcos esta inclinación le pareció
extraña pero bien la supo respetar. Es un mundo que se presta
para muchas cosas.
Con el paso del tiempo, fue testigo de una serie de eventos en
donde se convocaba a cualquiera que pudiera identificarse
entre las siglas BDSM. Las fiestas y/o reuniones, buscaban
reunir a tantas personas posibles con el fin de brindarles un
espacio en donde se expresaran libremente.
Allí conoció las exhibiciones estilo pony play, desfiles de
trajes para littles y brats, y hasta muestras de máscaras y
látigos hechos de manera artesanal. Lo más curioso, además,
era que se trataban de personas con profesiones y oficios de
todo tipo… Y todos cabían en el mismo lugar.
Aunque ya se había acostumbrado a ver cualquier cantidad de
personas y manifestaciones, había algo que le producía un
enorme morbo aunque no se había atrevido a participar: La
Puja.
Aquella práctica tenía ya bastante tiempo de establecida e
inicialmente sólo era para un pequeño grupo, entre Amos y
esclavos (tanto hombres como mujeres). Los miembros
definían un momento del año para realizar el evento. Optaban
por reunirse en una casa de cualquiera de los Dominantes y
quienes se prestaban a ser “vendidos”, irían con escasas
indumentarias para que los compradores vieran mejor la
mercancía.
Entre las reglas de La Puja, tanto esclavos como Amos,
dejarían por escrito sus límites y preferencias las cuales serían
leídas detenidamente por cada participante. Esto ayudaría a
dejar en claro los términos de la asociación y así evitar
situaciones conflictivas o incómodas.
Por varios años se manejó con absoluta discreción pero
después se optó por extender la invitación la totalidad de
miembros BDSM de la ciudad. Así ellos permitirían conocer
un aspecto diferente.
La primera vez de Marcos resultó impactante para él. Le invitó
un amigo y colega del mundo de negocios.
-Fliparás cuando veas cómo se mueve esto, tío. Es la ostia.
Dijo su amigo sonriendo casi rayando en lo fanático. Los dos
fueron a una amplia casa de dos pisos en una de las zonas más
exclusivas de la ciudad. En los alrededores se encontraban
coches de lujo. Marcos interpretó aquello como una clara señal
de que allí se encontraba la crema y nata de la sociedad.
Entraron y se encontraron con un ambiente de luz tenue, con
olor a tabaco y whiskey. Los compradores estaban sentados y
organizados en varias hileras de sillas frente a la enorme
chimenea. Allí estaba dispuesto un espacio para que los
esclavos y sumisos posaran ante los presentes.
El amigo de Marcos se sentó en una silla reservada para él en
una de las primeras filas.
-Venga, hombre.
Él dudó un poco pero se colocó junto a él. Así pues que
comenzó a admirar todo con cuidado. El decorado barroco y
antiguo, en par de lámparas altas de estilo Art Decó apostadas
a los lados de la chimenea.
Las alfombras de color bordó que servían para delimitar el
espacio. Incluso hasta notó los decorados de flores que
también otorgaban un olor dulce al ambiente. Era como si
estuviera en un ambiente surrealista, demasiado para
asimilarlo de una vez.
Miró a su alrededor y miró a hombres canosos, adinerados,
mujeres con escotes pronunciados y faldas cortas. Individuos
con rostros severos y apacibles, con carteles numerados en sus
manos, esperando la ocasión para usarlos.
De repente, un hombre alto, de cabello negro corto y vestido
con traje cerrado, se colocó en el medio de ese espacio,
dirigiéndose al público.
-Buenas noches, estimados invitados. Esta noche tenemos un
repertorio selecto tomando en cuenta sus gustos y preferencias.
Hemos escogido a un grupo que sabemos será de su agrado.
Les repito las reglas: sin agresión, sin violencia. Los Amos y
Amas podrán levantarse de su asiento para revisar su compra
luego de efectuarla.
>>La señorita Apple, que está allá, se encargará de cobrar la
inversión. Así que les pedimos orden en todo momento. Los
esclavos y esclavas usarán máscaras para la protección de su
identidad. Solicitud que el grupo pidió días antes del evento.
Confiamos que han leído las condiciones de cada uno de los
participantes. Sin más nada que agregar, y si no tenemos más
preguntas al respecto. Bienvenidos a La Puja.
El ambiente se volvió más sereno y hasta tenso. Marcos,
aunque no iba en plan de compra, estaba ansioso. Se preguntó
si sería lo mismo para los esclavos.
El anfitrión presentó a una chica. Mientras hablaba, ella salió
con una máscara que le tapaba los ojos, con cadenas en el
cuello, muñecas y tobillo. Nada más. Estaba completamente
desnuda.
Ella era de piel clara, cabello castaño y ojos verdes por lo que
pudo observar. Pechos grandes, caderas pequeñas y largas
piernas. Marcos prestó atención en cómo sería la puja. Al poco
tiempo de presentarse, miró una serie de carteles que bajaban y
subían sin parar, incluyendo la de su amigo.
-50 mil dólares es la última oferta. 50 mil a la una, 50 mil a las
dos, ¡VENDIDA! Felicitaciones al caballero de la primera fila.
Por favor, no olviden el número de la mercancía y pagar a la
señorita Apple.
-¿Qué te parece?
-Es… Es increíble.
-Y esto está tranquilo. He ido a varias pujas y está repleto de
gente, tío. Te sorprenderías.
-¿Tienes pensado llevarte a alguien a casa esta noche?
-No lo sé. Esta chica es como me gustan pero ya veremos
cómo nos va en la noche.
-Oye, tengo curiosidad por algo. ¿Cómo es el proceso de
compra?
-Tú y el dinero son cosas inseparables, ¿no?
-Venga, quiero saber.
-A ver, el comprador ofrece equis cantidad de dinero que
recibirá el esclavo en cuestión. Ellos se quedan con el 15% de
la transacción. Y todos felices.
-Así que todo es por la plata…
-En parte sí y no. Estamos hablando de cada quien sabe el
valor de lo que comprará. Aquí hay sumisos experimentados y
dispuestos a darte todo el placer que quieras, Marcos. El
dinero lo vale. Eso lo tienes que saber mejor que nadie. Así
que no está recibir algo de dinero pero también tendrás placer.
Todos salen ganando… Además, es sumamente adictivo. Que
te lo digo.
Marcos estaba incrédulo, aunque tuviera una opinión de
alguien que sabía del tema. Permaneció sentado allí durante
parte de la noche hasta que su amigo pudo comprar la
compañía de una chica negra de afro.
-Me voy, tío. Esta noche me divertiré a lo grande.
-No lo dudo.
Lo miró irse y de inmediato sacó su móvil para pedir un Uber.
Mientras esperaba, siguió prestándole atención a la dinámica
de la situación a la que estaba. Los esclavos miraban
directamente al suelo, tenía una actitud sumisa en todo
momento. Algunos que lograban comprar, se levantaban de
sus sillas y apartaban sus adquisiciones para revisarles el
cuerpo.
Tocaban las piernas, las cinturas, espaldas y hasta el cabello.
Marcos se sintió contrariado ya que aquello era una especie de
invasión al espacio personal pero después recordó que se
trataba de algo que ya había sido hablado. No había ofensas
porque eso estaba en los acuerdos de La Puja.
Minutos después, tomó sus cosas y salió de la casa. Caminó
unas cuantas calles abajo donde ya estaba en chófer del Uber.
Se subió, dijo un rápido saludo y se fue a casa con la cabeza
hecha un revoltijo.
La Puja había sido ese apartado en su vida que le provocaba
probar y no estaba muy seguro de hacerlo. Quizás se lo
permitiría. ¿No sería además un buen regalo de cumpleaños?
La chica que estaba junto a él, esa rubia explosiva, demandaba
su atención a cada rato. Pidió un trago para ella y se alejó
cuando miró un mensaje de su amigo comprador.
“Este fin de semana es La Puja y cae perfecto para tu
cumpleaños. ¿Qué tal si lo hacemos divertido. Déjate se
gilipolleces y decídete. De verdad que no te arrepentirás.
¿Qué dices? VENGA.
El mensaje lo hizo sonreír. Cada vez le seducía la idea de
hacerlo. Miró hacia al frente y miró a la mujer que le enseñó lo
provocativo del escote.
… La Puja lucía como la mejor forma de celebrar su
cumpleaños.
IV
Elena permaneció parte de toda la mañana sumida en la
angustia. Mientras estaba en el café, sirviendo mesas, esperaba
la respuesta del mensaje que envió la noche anterior.
Tuvo que disimular que estaba de buen humor mientras caía en
cuenta que esa posibilidad de resolver sus problemas
financieros se hacía cada vez más remota.
Bebió varias tazas de café y no se atrevió a probar bocado
alguno. Estaba con los nervios de punta.
-Eh, Elena, es tu hora de almuerzo.
-Vale, gracias.
Se fue a la parte posterior de la cocina para sentarse en una
pequeña mesa de metal que estaba cerca del lavaplatos. Se
sirvió un pequeño plato de ensalada y pan porque la verdad no
tenía ganas de comer y aquello era lo más sencillo para digerir.
Se sirvió un vaso de agua, y se llevó las manos a la cara. Quiso
desplomarse pero escuchó el móvil. Lo tomó entre sus manos
y el pecho se le comenzó a acelerar.
Efectivamente se trataba de la respuesta que tanto estaba
esperando. Cruzó los dedos y ansió recibir buenas noticias.
Ahí mismo comenzó a leer:
“Hemos recibido tu mensaje y hemos decido que formarás
parte del grupo de esclavos y sumisos que participarán en la
próxima puja. Es importante que nos coloques tus datos,
número de banco, gustos y límites. Mientras más franca,
mejor, ya que esto también lo leerán los Amos para que sepan
las condiciones del trato. Puedes confiar plenamente que la
información será confidencial y bien cuidada. Quedamos
atentos”.
Elena sonrió como nunca, incluso comenzó a llorar en ese
micro espacio. Trató de contenerse para que la gente no la
viera. Por primera vez en mucho tiempo comenzó a ver luz al
final del túnel.
Devoró el plato que tenía frente a ella y se apresuró en escribir
tan rápido como pudiera. Pensó en las múltiples posibilidades
y las colocó todas. Al final, cuando casi se halló satisfecha,
pensó en un último detalle: su virginidad.
Estaba asustada pero también se percató que era necesario ser
sincera al respecto. Colocó aquello en lo último y dejó el
móvil sobre la mesa. Esperó un poco más y recibió una
respuesta casi al instante.
“Te informamos que eso incidirá en el precio en subasta. Es
decir, es posible que sea mayor al momento de señalar esta
característica. Sin embargo, es algo que dependerá en el
momento de hacer la puja. De todas maneras, quedamos
agradecidos por la información ya que lo importante es que te
sientas segura de expresar tus dudas y comentarios.
Quedamos atentos por tienes más que compartir”.
Elena se sintió segura de haber hecho esa confesión sin sentir
ningún tipo de rechazo al respecto. Terminó de colocar las
especificaciones y cerró el trato. La Puja sería el sábado a las
10:00 p.m. Una de las condiciones sería presentarse desnuda
con la posibilidad de usar una máscara. Luego de saber estos
detalles, también se encargaron de decirle que recibiría el
dinero a su cuenta y que ellos recibirían una comisión del
15%. Elena no lo pensó demasiado. Necesitaba el dinero con
urgencia.
Terminó la hora de almuerzo con una amplia sonrisa al mismo
tiempo que sentía una especie de nervio en su interior. Quería
que las cosas salieran bien para ella y para su familia.
-Estas son tus propinas. Tuviste un muy buen día, Elena. Si
sigues así, de seguro termines como gerente.
El jefe de meseros le entregó un sobre con una buena cantidad
de dinero.
-Gracias, sería una oportunidad que me gustaría tener.
Tomó el sobre y lo metió en el bolso. Con las mismas, fue al
hospital para pagar un poco más dinero para que no
discontinuaran el tratamiento. Fue a la habitación de su madre
y la encontró dormida.
-Ella está respondiendo bien. Le aplicaron la quimio en la
tarde y terminó cansada. Es una mujer muy fuerte. –Le dijo la
enfermera.
-Sí. Ella es así. Gracias por estar atenta y por cuidarla.
-No se preocupe.
La mujer la dejó sola con su madre. Elena tomó una silla y la
arrimó lentamente, haciendo lo posible para no despertar a su
madre. Se sentó junto a ella y comenzó a hablarle despacio.
-Encontré una oportunidad de trabajo. Estoy muy contenta por
eso. –Suspiró-. Espero poder darte el mejor tratamiento
posible y también ayudar a papá con las deudas. Las cosas
saldrán bien, mamá. Ya verás.
Permaneció con ella unos instantes hasta que el cansancio la
convención de irse a casa. Como estaba segura de que la
cuidarían, se fue con un poco de tranquilidad en el corazón.
En el regreso, se imaginó a sí misma en La Puja. Se imaginó
con las cadenas y estando desnuda. Horas antes, le pidió al
Administrador que le permitieran usar una máscara. Además,
también recibió indicaciones sobre cómo debía actuar:
mantener la mirada gacha lo más posible y permanecer
tranquila.
“Debes recordar que debes adoptar una postura sumisa.
Cuando estés en la puja, dejas de ser tú para convertirte en
una esclava. Le pertenecerás a alguien y serás de esa persona
por un tiempo”.
Tuvo la tentación de retirarse, de pensar en otra cosa, sin
embargo ya todo estaba planificado. Además, la tentación de
probar un mundo completamente diferente y desafiante
también la atraía. Era la oportunidad perfecta que quería
aprovechar, deseaba salir de su zona de confort y de
enfrentarse a otros retos.
Tendría que esperar tres días para La Puja. Elena tenía que
presentimiento de que las cosas cambiarían por completo…
No tenía la más remota idea de que así sería.
IV
Marcos se miró en el espejo mientras terminaba de arreglarse.
Un traje azul marino de rayas blancas muy finas, camisa
blanca y una corbata roja con estampado de bacterias. Zapatos
negros muy lustrados, pañuelo haciendo juego. El cabello tan
bien peinado como siempre y el rostro rasurado.
37 años no es una cifra que se dice muy fácilmente. Por un
lado, no se sentía viejo aunque tenía el presentimiento que
mucha gente lo vería así, sobre todo los millenials. Se rió un
poco y terminó de acicalarse.
Después de mucho pensarlo, se decantó por La Puja. Pidió una
invitación y la recibió de manera muy formal. Una tarjeta de
papel de hilo color marfil con su nombre corto escrito en
dorado. Recibió la correspondencia en casa para evitar tener
que dar explicaciones en el trabajo y así delimitar lo que era
personal de la oficina.
A diferencia de otros años, ya no iría a una disco o a un bar, ya
no estaría rodeado de mujeres y de tragos. Esta vez quiso
probar algo diferente y una puja de sumisas no sonaba para
nada mal. Quería saber qué tan cierto era que se podía
disfrutar algo así, el tener a disposición a alguien dispuesto a
cumplir sus fantasías.
Revisó su cartera y se aseguró que tenía todas las tarjetas
disponibles para usar. Visa, MaterCard, AmericanExpress.
Todas las quisiera y más, porque bueno, le gustaba también
ostentar del poder adquisitivo que tenía.
Tomó las llaves del Lamborghini y el móvil, un flamante
iPhone X que acaba de comprar. Antes de salir, se roció un
poco de su perfume favorito. Se regaló unos segundos más de
vanidad y salió a por La Puja.
Miró de nuevo la invitación para recordar la dirección del
evento. Introdujo las instrucciones en el GPS del coche para
que lo guiara en el camino. Tomó el volante con ambas manos
y apretó el acelerador, dando la marcha a esa impresionante
máquina.
Después de unos veinte minutos, Marcos llegó al lugar. De
nuevo, una gran casa en medio de los elegantes suburbios de la
ciudad. Una zona exclusiva. Aparcó a unos cuantos metros de
la entrada, salió y se frotó las manos. Estaba ansioso por lo
que estaba por suceder.
El presentimiento de que pasaría una velada interesante, se
volvió cada vez más intenso cuando entró a la casa. A
diferencia de la primera vez, esta tenía una vibra diferente.
Tenía una decoración minimalista, limpiar y con mobiliario
moderno. Además, había unos jardines en donde pudo ver que
allí estaban concentrándose los asistentes. Arregló su traje y
bajó la larga escalinata.
Pasó por una amplia sala que estaba acomodada como la
primera puja que había asistido. Una hilera de sillas frente a un
espacio vacío en donde se presentarían los esclavos. Por
suerte, ya estaba familiarizado con la situación.
Logró llegar al jardín principal y vio un crisol de personajes.
Por supuesto, todos tenían en común esa vestimenta de marca
que daba entender que eran personas de dinero y poder…
Como él.
Un mozo a medio vestir, le ofreció una bandeja con una serie
de cócteles. Marcos asumió que se trataría de algún sumiso
que se prestó para la ocasión.
De repente, se presentó esa figura larga y espigada. El mismo
hombre blanco pálido, vestido de negro.
-Buenas noches, estimadas damas y caballeros. En pocos
minutos comenzaremos La Puja. Les recuerdo algunas normas.
Todos los pagos serán procesados por la señorita Apple que
está por allá. Así que, el momento cuando suceda, les pedimos
orden, por favor. Por otro lado, cada uno sabe cuáles son las
condiciones de los esclavos.
>>Por ende, es importante que escojan sabiamente. Podrán
tocar la mercancía luego de haber realizado el pago, aunque
nos hemos asegurados que todos los participantes cumplen con
lo mínimo requerido. Cabe destacar, que algunos del grupo
prefirieron usar máscaras para ocultar su identidad aunque
garantizamos la confidencialidad de todos los presentes. No
duden en acercarse para manifestar cualquier duda o
comentario. Estamos para servirles. Si no hay nada más que
agregar, por favor, pasemos a la sala.
A ese punto, Marcos estaba verdaderamente entusiasmado. El
corazón le latió con fuerza ante la posibilidad de obtener una
esclava. Se colocó en uno de los primeros puestos, tomando el
cartel con su número y una pequeña lista con los números
posibles según la información facilitada. Le llamó la atención
la número 7. Una chica en la veintena que era virgen. Sintió
una especie de morbo por lo cual estaba ansioso por probar lo
que era estar con una.
Comenzó la presentación en poco tiempo, las luces se
volvieron un poco más tenues y salió un chico completamente
desnudo con un bozal. La Puja había comenzado.
Marcos se mostró interesado en uno que otro prospecto pero
nada le llamó la atención. Sin embargo, se entusiasmó un poco
cuando escuchó que anunciaron la número 7.
-Damas y caballeros, continuamos con la número 7. Una
esclava particular ya que se trata de una joven completamente
nueva en el BDSM, por lo que su Amo o Ama, podrá
moldearla según su gusto. De piel morena, cabello negro largo
y unos peculiares ojos azul oscuro, esta dama nos recuerda una
belleza exótica.
Marcos se quedó impresionado por ella. Las cadenas en el
cuello, muñecas y tobillos, la hacían lucir como esa imagen de
esclava perfecta. Sólo tenía un vestido corto de color blanco
opaco que acentuaba la hermosura de sus caderas anchas y de
sus pechos. Piernas gruesas y lustrosas así como el resto de su
piel.
El cabello se veía espeso y abundante. De labios gruesos, ojos
grandes que se quedaban un poco ocultos tras una máscara del
mismo color de la diminuta prenda. Era evidente que estaba
nerviosa ya que lo pudo notar en su lenguaje corporal.
Recordó en ese mismo momento, recordó que era ella quien
era virgen así que de inmediato comenzó a pujar.
-50 mil.
-Muy bien, empezamos con 50, damas y caballeros. ¿Quién da
más?
Los carteles empezaron a desplegarse por los aires. Marcos era
uno de ellos que estaba empeñado en quedarse con la chica,
sin embargo, estaba volviéndose una puja bastante apretada.
-El señor del fondo ofrece 300 mil, ¿quién da más?
Para sus adentros, Elena no pudo creer en la suerte que tenía.
50 mil dólares era demasiado, incluso pensó que no pasaría de
los 500 pero ahí estaba. Viendo cómo pujaban por ella. Sin
embargo, deseaba quedarse con ese tío de traje y corbata que
estaba sentado a pocos metros de ella.
Tenía las piernas cruzadas, el mentón cuadrado y los ojos
azules más claros que jamás había visto. El color rubio de su
pelo perfectamente peinado, así como la blancura de su piel
con tonos rosáceos en las mejillas. Los labios ligeramente
gruesos que dejaban entrever unos dientes blancos y rectos.
Tan elegante, tan impecable, no paraba de mirarlo por más que
lo evitara. Sintió un magnetismo muy grande hacia él y
deseaba fervientemente ser de él.
-700 mil. –Dijo Marcos con tono grave.
La sala quedó en silencio ante semejante cifra, incluso el
anfitrión quedó perplejo cuando escuchó esa cantidad de
dinero.
-Bien, el caballero ofrece 700 mil. ¿Quién da más? ¿Quién da
más? –Silencio absoluto- 700 a la una, 700 a las dos…
VENDIDA.
Chocó el martillo de madera contra la superficie del atril
dando fin a la puja. Marcos miró concentrado a la chica y ella
se fue a otro lado para proceder a encontrarse con él.
La llevaron a una habitación en donde le quitaron las cadenas
y le entregaron sus ropas: un vestido negro y un par de
sandalias altas.
-Te llamarán para avisarte que la transacción estará completa.
Recuerda, si no se cumplen cualquiera de los apartados
establecidos, el Amo puede reclamar el dinero en su totalidad.
¿Entendido?
-Sí.
-Bien. Respira profundo y buena suerte.
Salió a la sala y miró hacia todas partes hasta que se encontró
con él quien estaba recibiendo una tarjeta.
-Es todo, señor. Muchas gracias.
Elena lo miró más impresionada aún. Era un tipo guapo,
guapísimo. Con una presencia aplastante. No sabía muy bien si
tenía que ver con su altura o con su contextura, pero sí tuvo
bastante claro que la mezcla de todo hacía una combinación
impresionante. Trató de acomodarse el cabello y de alisarse el
vestido. Dio unos cuantos pasos hasta encontrarse con él.
-Hola… Soy la número 7.
-Hola, número 7. Me llamo Marcos. ¿Qué te parece si vamos
al jardín y nos tomamos algo?
-Sí, seguro.
Marcos terminó de hacer un par de cosas y guió a Elena hacia
el jardín principal. Allí se encontraron con varios Amos ya con
sus esclavos, hablando, conversando. Se sentaron entonces en
una pequeña mesa cerca de la piscina. Él llamó el mozo y
tomaron un par de copas de vino.
-Salud.
-Salud.
Ambos bebieron un sorbo aunque ella lo hizo más porque
estaba nerviosa.
-¿Cómo te llamas?
-Elena.
-Bien, Elena. Leí que eres nueva en esto. ¿Qué tan nueva?
¿Sabes qué es el BDSM?
-Sí. Estuve investigando al respecto pero no he tenido
oportunidad de experimentar el proceso que conlleva, así que
soy toda una novata.
-Vale, ya veo. Entonces, ¿no te da miedo todo esto?
La pregunta tenía sentido. Una chica como esa no estaba muy
consciente de todas las situaciones que estaba por enfrentar.
Por otro lado, Elena no podía decir la verdadera razón por la
que estaba allí y menos por la cantidad de dinero que había
recibido. Podría ayudar a sus padres y a sí misma, así que
debía mantener el norte.
-Quería experimentar algo nuevo, lanzarme al ruedo con todo,
sin importar lo que representara. Así que estoy aquí para vivir
nuevas experiencias.
-Vale. Entonces quedará de mi parte darte toda la información
y guía posible. Aunque, cambiando de tema, tengo entendido
que eres virgen. ¿Te incomoda hablar al respecto?
-Realmente no. Es como cualquier otra cosa, la verdad.
-Bien, me alegra. Puedo entender que sea un poco difícil
hablar al respecto. Ahora cuéntame, ¿por qué no has tenido
experiencias previas? ¿Existe alguna razón en particular?
Por un momento, estuvo tentada en decirle que todo se debió a
la falta de tiempo y energía debido a sus problemas familiares.
Así que trató de darle una razón más o menos creíble.
-Bien, sí he tenido oportunidades pero digamos que siempre
hubo algo que me frenó por completo. Incluso a veces sentía
que mi cuerpo no iba a avanzar y simplemente no podía. Sé
que suena absurdo pero es así.
-Para nada, cada quien tiene sus razones. Así que no te
preocupes.
Ella sonrió ante la compresión de él.
-Verás, Elena, hoy es mi cumpleaños y como habrás visto, lo
estoy celebrando de una manera muy diferente. Por lo general
estaría en una fiesta pero esto sin duda se lleva todo los
créditos de una noche interesante. –Le dijo mirándola a los
ojos- Eres una chica hermosa pero no dudo que habrás
escuchado esto infinidad de veces, así que ¿qué tal si nos
vamos de aquí y vamos a un sitio más íntimo?
Elena comprendió que ahora debía valer el precio tan alto que
habían pagado por ella. Así que asintió y se mostró dócil ante
estas palabras galantes. Aunque, no obstante, estaba halagada
que un tipo como ese, le dijera eso.
Se levantaron y se dirigieron a la puerta principal,
escabulléndose de la puja que todavía continuaba. Por un lado,
Elena estaba aliviada de que las cosas habían pasado, o al
menos una parte de ellas. Se acercaron al Lamborghini rojo y
ella exclamó sorpresa al verlo. Por supuesto, Marcos tomó esto
como un masaje a su ego.
Tras abrirle la puerta, los dos se subieron y se encaminaron a
un bar. Si bien Marcos quería celebrar su cumpleaños a lo
grande, sabía que debía andar con cuidado, especialmente por
ella. Por más aventurera que se sintiera, seguía siendo una
novata.
Era la primera vez en mucho tiempo que Elena se había
olvidado de los problemas. Pasaba por las elegantes calles, con
las manos afuera y con el pelo ondeándole con el viento. Tenía
una sonrisa en el rostro mientras tenía los ojos cerrados.
Se adentraron a una zona bohemia de la ciudad. Las calles
repletas de restaurantes y bistrós, de panaderías artesanales y
hasta salas de arte. La vida que tenía a esa hora de la noche era
impresionante, la gente iba y venía sin problemas. Caminando
y hablando.
Elena perdió parte de su niñez y juventud y estar allí le hacía
sentir que estaba cerca de recuperar todo eso y más.
-Este es un bar con cerveza artesanal. Es deliciosa. Ah,
también tienen buenas tapas. Sinceramente es uno de mis
lugares favoritos.
Le vio sonreír y se sintió como si el mundo se le moviera
debajo de sus pies.
Aparcaron uno metros más adelante del lugar y caminaron
hacia un lugar hermoso y bien cuidado. La fachada era de
color azul muy vivo, con letras ornamentadas en plateado.
Además, había un gran ventanal que permitía ver lo que había
adentro: un grupo de mesas en un espacio blanco y amplio en
donde los comensales podían moverse sin problema. La
verdad es que tenía más aspecto de café que de bar, sin
embargo, Elena estaba deslumbrada por encontrarse con un
mundo lleno de posibilidades.
El lugar, tal como lo había visto desde afuera, era amplio y de
aspecto moderno. Del techo colgaban largos cables negros de
donde colgaban bombillos de gran tamaño. Sin embargo, la luz
era tenue lo que le daba un ambiente acogedor. Elena estaba
aliviada de que estuviera bien arreglada para la ocasión.
Se sentaron en una mesa un poco apartada del tumulto. Marcos
estuvo caballeroso y amable en todo momento. No parecía un
tipo demasiado frío, más bien era lo contrario. No obstante,
Elena se recordó a sí misma que no debía adelantarse a los
acontecimientos, ya que con el paso del tiempo, la gente
comienza a mostrarse tal cual es.
Marcos, por otro lado, estaba un poco ansioso. Por un lado
ansiaba probar la piel de esa chica tan hermosa. Se percató que
ella llamó la atención de la gente desde el momento en que
entró al lugar. Esa tez iluminada y hermosa, los ojos, el
cabello, ese andar sensual. No era para menos.
Ciertamente se sentía como un hombre poderoso e imbatible.
Le gustaba rodearse de mujeres hermosas. Pero Elena tenía
algo diferente, algo que no terminaba de descifrar.
Tomó la carta y miró los tragos y cócteles.
-A ver, ¿se te apetece algo?
-¿Qué te parece esa cerveza artesanal de la que me hablaste?
-Excelente. Tomemos algo refrescante. A pesar que es de
noche, hace un poco de calor, ¿no crees? –Le guiñó el ojo y
ella sintió cómo la sangre se le fue directo a las mejillas.
Después de ordenar, esperaron por las cervezas y por unos
pimientos rellenos. Marcos se acercó un poco a ella para
comenzar un poco el ambiente de intimidad. Elena comenzó a
sentirse nerviosa, por lo cual se enderezó un poco y pensó que
era un buen momento para preguntarle algunas cosas.
-Marcos, ¿desde hace cuánto eres Dominante?
Él, sin moverse un poco, miró hacia la derecha como
empezando a recordar.
-Mmm. La verdad es que no recuerdo exactamente. Diez años,
un poco más o un poco menos. No tengo una fecha exacta.
Pero sí, ha sido bastante tiempo. Vaya, creo que nunca lo había
visto de esa manera.
-¿Qué ha sido lo mejor que has aprendido?
-Varias cosas. Con el paso del tiempo aprendes muchas cosas
de ti mismo. Entiendes cuáles son los límites y lo que
verdaderamente te gusta. Además, entiendes también el
proceso por el que pasa la sumisa, al menos en mi caso. Te
vuelves más observador y detallista. Son características que
todos debemos tener como Dominantes. Es importantísimo.
Luego de llegar el par de cervezas y de tomar unos cuantos
sorbos, las preguntas de Elena continuaron.
-¿Por qué es importante el observar?
-Bien, es muy sencillo perderse en las sensaciones. Sin
embargo, tienes que aprender a observar a la otra parte. Si algo
le gusta o molesta, puedes continuar o no. Hay quienes que no
expresan de inmediato sus emociones por lo que tienes que
hacer un esfuerzo extra. Además, -Dijo acercándose- ser
Dominante va mucho más allá de azotar y follar, es una
responsabilidad y es algo que no todo el mundo asume como
adulto.
Ella estaba impresionada por la forma en cómo decía aquellas
palabras. Se volvió serio y severo. Aun así, no perdió esa
chispa vivaz que tenía cuando se expresaba.
-Estar en este mundo por tanto tiempo te permite también
saber quién asume el compromiso de verdad. Hay gente que
sólo busca pretender y eso es muy peligroso porque lo pueden
usar contra ti. Si te soy sincero, un tío como yo tiene mucho
que perder. Tengo empresas y negocios, hay gente que
depende de mí.
>>Cualquier rumor de algo, podría destruirme por completo.
Es por ello que es un círculo cerrado en donde impera el
respeto por la identidad del otro. Cada persona que forma parte
de este grupo, está consciente que arriesga muchísimo de su
vida normal y deposita la confianza de que su identidad será
protegida por otros. Cualquiera que se atreva a desafiar las
reglas, tendrá que asumir las consecuencias.
Elena comenzaba a comprender cada vez más y mejor en el
mundo en el que estaba formando parte. Aunque lo había
leído, aunque lo había investigado. Era muy diferente
escucharlo de primera mano de un hombre que tenía más que
suficiente experiencia.
-Siento que estoy hablando demasiado de mí. No quiero
aburrirte con detalles tontos.
-Para nada, estoy muy interesada porque es vital que entienda
todo esto.
-Tienes razón. Esa era otra clave del BDSM, la comunicación.
El decir lo que quieres, lo que buscas, lo que deseas y tus
límites con franqueza y transparencia, es un fundamental para
la relación. De lo contrario, todo se volverá cuesta arriba.
Antes de hacer La Puja, nos entregaron información de todos
ustedes. Con esto, evitamos problemas y malos ratos.
Siguieron bebiendo y hablando. Elena estaba comprendiendo
el BDSM y cada vez sentía que estaba preparándose mejor
para quedar embebida en ese mundo. Por otro lado, Marcos
estaba ansioso por probar su regalo de cumpleaños, así que
apretó el paso. Quería que las conversaciones dejaran de ser
diplomáticas y muy serias.
-¿Cómo te sientes? –Dijo colocándose frente a ella. Muy junto
a ella.
-Nerviosa… -Exclamó Elena con sinceridad.
-No haré nada que no quieras. Eso te lo aseguro.
Sin embargo ella quería todo. Por alguna razón, ansiaba
quedar entre sus brazos, por probar sus labios, esos mismos
que parecían llamarla sin parar. Los ojos azules claros que se
le clavaban en su mirada. El porte y la masculinidad que
exudaba. Tenía tantos modos y tantos gestos que la hacían
pensar que ella debía caer en la tentación sin pensarlo
demasiado. Elena no quiso escaparse más, incluso olvidó el
dinero, las deudas de su padre, la enfermedad de su madre.
Ahora ese momento era sólo para ella.
Marcos le tomó parte de la mejilla y la acarició suavemente.
-No muerdo… A menos que eso te guste.
Ella no pudo evitar sonreír y justo en ese momento, él la besó.
Primero lo hizo suavemente y con lentitud. Marcos pudo sentir
lo nerviosa que Elena estaba. Así que la abordó con su cuerpo
para que ella sintiera su calor y su deseo.
Poco a poco, se volvió más apasionado e intenso. Elena estaba
entregándose a él sin resistencia. Estaba embebida por el
aroma de su cuerpo y cabello, por la suavidad de su traje y de
la piel de su rostro. Aunque quiso explorar más en su boca,
Marcos se detuvo porque estaba seguro que en cualquier
momento terminaría por quitarle la ropa como un salvaje y
hacerla suya sobra esa mesa de madera.
-Déjame pagar y nos vamos a mi casa, ¿te parece?
Ella, en medio de la emoción y la agitación, apenas pudo
asentir.
Se levantó para pagar la cuenta y también para tomar tiempo
para relajarse. Estaba seguro que de seguir besándola,
terminaría de tener una erección. Marcos, acostumbrado a
tener siempre el control, se sorprendió de estar en una
situación así, como si ella tuviera una especie de poder sobre
él.
-¿Nos vamos?
Ella asintió y volvieron salir. El cielo de esa noche estaba
completamente despejado y fresco, como si tuviera las
condiciones ideales para disfrutar al máximo. Ella respiró
hondo y se subió al flamante coche que parecía flotar por el
asfalto.
Paralelamente, Marcos estaba ansioso por descubrir las
maravillas del cuerpo de Elena. Tanto el vestido de La Puja
como el que estaba usando en esos momentos, le sirvieron
para tener una idea más o menos clara de sus curvas. No
obstante, también pensó que debía ser delicado con ella. Una
persona con nula experiencia en BDSM y además virgen. No
podía ser tratada como las demás.
Se adentraron en otra zona exclusiva de la ciudad. Elena no
paraba de mirar a su alrededor porque se percató que pasó
muchos años de su vida en una burbuja de calamidades.
Estando con él, se percató que había perdido demasiado
tiempo en problemas y que no se dio la oportunidad de
disfrutar las cosas como debía y quería.
Llegaron a una urbanización cerrada. Marcos pasó una tarjeta
magnética por un lector en la entrada de la misma. Esto era
con la finalidad de garantizar privacidad y seguridad a quienes
vivían allí. De inmediato pasaron por una serie de casas y
mansiones de lujo, con arquitecturas modernas y de líneas
simples.
Los garajes estaban repletos de coches de lujo y el césped de
los jardines y entradas, era lustroso, como si fuera hecho de
seda. Las aceras e incluso el asfalto parecían nuevos. Esa
imagen de elegancia le resultó un poco chocante a Elena quien
vivía casi en el extremo opuesto. Recordó las calles y los
alrededores de donde vivía.
El caos del tráfico, los llantos de los bebés a todas horas, el
ruido incesante. Ahora que estaba allí, encontró todo tan
tranquilo y en silencio que casi deseó que pudiera estar allí por
tiempo indefinido.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando llegaron a la
entrada de la casa. Pasaron por una reja negra que se abrió
automáticamente y arribaron en pocos minutos.
Era una casa de dos pisos con paredes de concreto y vidrio.
Unas pocas luces iluminaban el camino de gravilla hacia la
puerta. En los alrededores, ese mismo césped limpiamente
cortado, pequeños arbustos y un gran árbol en uno de los
laterales de la casa, el cual le daba un aire más bien nostálgico
al lugar. Elena imaginó que debía tratarse de un lugar hermoso
por las tardes y las mañanas.
Él se acercó a la puerta y la abrió en pocos minutos. Al dejarla
pasar con la misma galantería de siempre, se encontró con un
hogar precioso. Lo primero que vio fueron unas escaleras
negras que conducían al piso de arriba y las cuales tenían
paneles de vidrio a los lados. Más hacia adelante, se encontró
con una amplia sala que también contaba con un ventanal en el
fondo.
Gracias a ello, independientemente si era de día o de noche, el
lugar siempre estaría iluminado. Las paredes estaban
decoradas con arte abstracto y el techo contaba con largas
lámparas similares al del bar que visitaron. Los muebles, en su
mayoría, eran de colores oscuros lo que daban ese toque
masculino.
El suelo de parqué resplandecía. Elena también se encontró
maravillada con una especie de biblioteca que, además de
albergar libros, también se encontraban adornos de varios
países. Aviones y modelos de coches en miniatura eran los
más comunes.
La cocina era abierta y con artefactos modernos, todos de
color cromo. Sin embargo le llamó la atención un ventilador
de aspecto retro.
-Es muy lindo.
-Era de mi abuela. Solía jugar con él cuando era niño, ni sé por
qué. Cuando murió, me lo dejó y lo tengo aquí conmigo. Es
una forma de recordarla.
-Pues, va bastante bien con el resto.
-Ja, ja, ja. ¿Te parece? Creo que tienes razón.
No todos los días tenía la oportunidad de encontrarse en un
sitio así, entonces trató de recordarlo todo diciéndose a sí
misma que así vivía el resto de la gente.
Elena dio unos pasos hacia el ventanal y se quedó admirando
la tranquilidad de allí. Justo después, sintió las manos de
Marcos sobre su cintura y su rostro hundido en el cabello de
ella. Sintió la forma en cómo percibió el olor de ella, sintió la
firmeza de sus manos en la cintura, el calor de su piel contra la
de ella. Sintió que no faltaba demasiado para dejarse vencer.
Poco a poco comenzó a perder el miedo. Pensó que estaba
cerca de algo pero que no sabía qué. Aunque tenía ganas de
racionalizar las cosas, no podía hacerlo porque su cerebro
estaba concentrado en otra cosa. Lo mismo que su cuerpo.
Cerró los ojos y se concentró más en los que estaba
experimentando en ese momento.
De repente, sintió cómo él la giró para encontrarse con ella de
frente. Se miraron mutuamente por un rato. Marcos subió las
manos para acariciar el rostro ansioso de Elena.
-¿Te sientes bien?
-Sí, sólo un poco nerviosa.
-Si quieres dejamos esto para después. Recuerda que no se
hará nada que no quieras. Es una regla fundamental que tienes
que tener presente. ¿Vale?
-Vale… Pero sí. Sí quiero continuar. Permíteme hacerlo.
Él, inmediatamente, adoptó una actitud más fuerte y
dominante. La tomó para sí con determinación y la besó de
nuevo. Esta vez, sin tanta dulzura de por medio. Sus manos
tomaron su cuello y nuca, apretando suavemente. Su boca se
abrió más dejando que las lenguas se tocaran entre sí. Marcos
chupaba y lamía con desesperación. Al hacerlo de manera tan
intensa, se pudo dar cuenta de lo ansiosa que estaba por estar
con él.
Mientras seguían besándose, Elena pudo percibir el calor y el
endurecimiento de la entrepierna de él. Pensó inmediatamente
en lamer su glande, en morderlo, en tenerlo entre sus labios.
Deseaba llegar a ese punto.
Marcos le tomó por el brazo y se dirigieron hacia las escaleras
negras. Subieron poco a poco, con él como guía. Ella se
impresionó aún más al encontrarse con un completo piso para
él. Los ventanales, que llegaban hasta el techo, también
permitían que la luz entrara en ese piso.
Al volver la mirada a la habitación como tal, vio una amplia
cama, más ventanales, un amplio clóset que iba de derecha a
izquierda, una baño que, por lo que pudo ver, era bastante
amplio, muebles de madera, un televisor pantalla plana y una
consola de videojuegos con un par de controles encima. Era
como la habitación de un niño pero más grande.
Finalmente llegaron y continuaron con lo que dejaron
pendiente en la sala. La ansiedad de Marcos hizo que sus
manos comenzaran a desvestir a Elena lentamente. En cada
paso, se aseguró que ella se sintiera cómoda de lo que estaba
pasando. Por dentro, además, estaba agradecido con su amigo
por haberle insistido a ir a La Puja. Había obtenido un regalo
más que increíble.
El vestido cayó al suelo y por fin dejaron desnudo ese cuerpo,
sólo para él. Efectivamente sus caderas anchas lucían divinas y
muy provocativas, los pechos de tamaño mediano con esos
pezones pequeños pero duros y erectos. Las piernas gruesas y
el cabello que caía sobre los hombros como una cascada de
ébano. Los ojos grandes y azules de ella, tenían una mirada de
temor pero también de excitación. Marcos fijó la vista hasta su
coño que lo logró ver como el deseo que por fin estaba por
manifestarse.
Antes de abalanzarse sobre ella, se aseguró de quitarse el saco
así como la corbata. Quería sentirse un poco más cómodo.
Desabotonó un par de botones y arremangó las mangas para
tener un poco más de movilidad. Cuando sostuvo la corbata en
una de sus manos, la dejó allí. Tendría un uso para ella
después.
Dejándola sobre la cama, Marcos avanzó para besar de nuevo
a Elena. Ella le tomó por los anchos hombros y lo miró
fijamente. De nuevo sintió el calor de la lengua de él que se
entremezclaba con la suya, devolviéndole esa sensación de
perdición que tenía junto a Marcos. Era como si perdiera la
capacidad de dominarse.
Él poco a poco, la llevó sobre la cama hasta que la dejó
tendida sobre ella. Su enorme cuerpo quedó sobre el suyo
hasta que los labios de Marcos comenzaron a descender. Pasó
por su cuello, por las clavículas, los pechos. Sus manos los
apretaron y sus dientes se dedicaron a morder un poco, sólo un
poco. Esto fue suficiente para que ella no parara de exclamar
gemidos cada vez más fuertes.
Siguió bajando hasta que se encontró con la ligera
protuberancia del hueso de la cadera. Sacó su lengua para
lamer la piel y también para hacerla que se excitara aún más.
La miró y la encontró con los ojos cerrados, con la boca
entreabierta y con las manos sobre el cabello de él,
acariciándolo. Continuó entonces con esa ruta de placer hasta
que llegó al coño.
Respiró suavemente sobre la piel y enseguida ella se
estremeció. Marcos sonrió con malicia y lo volvió hacer.
Cuando se encontró satisfecho, colocó sus manos sobre esa
lustrosa piel morena y enterró su cabeza para llevar su boca
esos carnosos labios vaginales.
El primer contacto de su lengua con la carne de su nueva
esclava, le aceleró el pecho como nada en el mundo. La besó y
la lamió con hasta que la escuchó gemir fuerte. Se quedó allí,
chupándola hasta que se concentró en su clítoris.
Una especie de corriente eléctrica recorrió su cuerpo desde la
planta de los pies hasta la punta de la cabeza. Echó su cabeza
hacia atrás y sus manos tomaron las sábanas con fuerza como
para tener algo que la conectara a la realidad. Ansiaba
demasiado que esa sensación no terminara, que miraba sin
parar si Marcos seguía comiéndosela.
Producto de la excitación, también comenzó a reír. Esa risa se
volvía intensa cada vez que la lengua de él se adentraba en el
ella, follándola. Luego de unos minutos así, él tomó uno de sus
dedos y lo metió con cuidado, procurando que seguía
chupándola. Quería saber si era posible excitarla más de lo que
ya estaba.
Elena pensó que algo dentro de ella iba a explotar. Ninguna de
las sensaciones que tuvo a lo largo de su vida se le pareció a
semejante cosa. Era como si fuera algo que no tuviera nombre.
O más era difícil de explicar. Sí. Era eso.
Siguió así, perdiéndose en esa nube de sensaciones, perdida en
la boca de él, en las caricias que le hacía en las piernas, en los
apretones que le daba, incluso en sus gemidos. Llegó a sentirse
tan bien que podía morir en ese momento y hacerlo sin
problemas. Siendo feliz. Feliz y plena.
Ella entendió el sentido de la vida en las lamidas de un hombre
como ese, en un hombre que sabía cómo tocar y como besar.
No podía estar en mejores manos… Literalmente.
Marcos sintió la estrechez de su coño por lo cual siguió
masturbándola poco a poco. Primero fue un dedo y después lo
hizo con dos. Escuchó un poco sus alaridos y lo hizo
suavemente como para no hacerle daño.
Después de un rato, se incorporó para acomodarse mejor.
Mientras se quitaba el resto de la ropa, con cierta dificultad
debido a la excitación, miró a Elena tendida sobre la cama
como una Venus. Se apresuró entonces en quedarse desnudo
hasta que por fin lo logró.
Elena, en medio de su excitación, miró con detalle el cuerpo
de Marcos. La espalda ancha, los hombros fuertes, la fuerza de
sus brazos y el musculado de sus piernas. Sin embargo se
impresionó aún más cuando vio su pene. Una verga gruesa y
venosa, con un glande rosáceo, largo y completamente erecto.
Estaba tan duro que prácticamente estaba en un ángulo de 90°
en comparación con su cuerpo.
Ella no pudo evitar sentir un poco de miedo, pensó en el dolor
que podría sentir y casi estuvo a punto de renunciar. Sin
embargo, pensó que había llegado demasiado lejos como para
dejarse vencer tan fácilmente, además, estaba muy excitada.
Como si ese estado casi la llevara a un trance.
Fue entonces cuando sintió que él se acercó a ella lentamente,
como si conociera la profundidad de sus pensamientos.
-No te preocupes. No te haré daño.
La besó suavemente mientras acomodaba sus piernas y brazos
sobre la cama. Luego de encontrarse satisfecho por cómo
estaba, tomó su gran pene con una de sus manos y comenzó y
se tocó un poco. Ella lo miraba fijamente a los ojos hasta que
sintió la presión en su coño.
Apenas experimentó el dolor, llevó sus manos a los brazos
fuertes de él. Gimió con cada vez más fuerza a la vez que él la
penetraba. Marcos procuró en hacerlo suave, en ser delicado y
respetando las sensaciones que ella estaba experimentando.
Cada vez que iba más dentro de ella, miró las mejillas de ella
encendidas. Ese rubor hermoso e intenso la hacía ver más bella
que nunca. Sus grandes ojos azules lo miraban mientras
jadeaba de dolor y placer.
La cadera de Marcos hizo un movimiento rápido,
embistiéndola con fuerza. Esto con el fin de meterlo por
completo y quedarse allí por un rato. Ella gimió por el dolor y
aprovechó para llenarla de besos y caricias.
-¿Estás bien?
-Sí… Por favor. Por favor, sigue.
Logró decir estas palabras como pudo. Así pues que Marcos
decidió que se quedaría allí un rato más para que ella se
acostumbrara a las sensaciones. Siguió abrazándola con el
calor de su cuerpo hasta que retomó el movimiento de la
primera vez. Se echó un poco para atrás y volvió hacia
adentro. Oscilaba de adentro y afuera, de manera constante,
uniforme, sensual.
Elena dejó de sentir esa presión y dolor para experimentar un
placer indescriptible. La verga de Marco se sentía deliciosa,
increíble. Mordió sus labios con fuerza en la misma medida en
la que él la follaba como el macho Dominante que era.
Marcos no pudo evitar llevar una de sus manos a su pelo para
jalarlo, su boca fue a uno de sus pechos para morder de nuevo
el pezón. Elena gemía sin parar. Su cuerpo no estaba allí,
estaba en otro lugar. En una nube de placer, en una galaxia de
excitación, fuera de este mundo. Mucho más allá.
Él notó que se sentía cada vez más excitado por lo que se soltó
un poco más, así que comenzó a embestir con más fuerza y
contundencia. Incluso dejó escapar unos cuantos gemidos al
sentir la estrechez del glorioso coño de Elena. Esa misma que
pareció abrasar su pene por completo.
Después de un rato de cuidados, los dos lograron sincronizarse
en un movimiento de placer. Gemían y se miraban como si
quisieran hablar pero sabiendo que no había palabras para ello.
Marcos estaba en el éxtasis, con el deseo más arraigado de
hacer que esa mujer fuera solamente suya.
Recordó entonces la corbata que había dejado no muy lejos de
allí, poco a poco, sacó su pene aunque ella le miró con cierta
recriminación. No lo quería afuera, más bien deseaba que él le
diera más duro y fuerte.
-Espera un momento. –Le respondió como si justamente
supiera lo que estaba pensando.
Se reunió con ella segundos después con la corbata roja de
estampado de bacterias. Elena se quedó pensativa pero en ese
punto confió plenamente en él. No podía hacer lo contrario.
Acercándose a ella, le pidió que juntara las muñecas.
-Te las ataré. ¿Estás bien con eso?
-Sí, por supuesto.
-Bien, colócalas sobre tu cabeza.
Ella inmediatamente sintió cómo él la ató en poco tiempo. Lo
cierto es que el amarre no se sintió demasiado agresivo así que
estaba tranquila. Por otro lado, le agradó la idea de estar atada.
Bien, ahora seguía el próximo paso.
Marcos volvió a subirse sobre la cama y a retomar el sexo con
ella. Atada y esa posición, le daba mucho campo para jugar.
Mientras una de sus manos estaba enredada en esas hebras de
cabello espeso, la otra procuraba tomarla por el cuello o por
tomarle los senos. De verdad que le gustaba hacerlo porque los
sentía tan bien al tacto que era imposible no hacerlo.
Cambiaron después de posición, a una de las favoritas de él.
La colocó de lado y vio el perfil de ese cuerpo perfecto. Sus
portentosas nalgas, los pechos, las caderas anchas y lo fino de
su cintura. La piel que la envolvía, la forma incluso en cómo el
cabello caía sobre su cama. Sí, ella era fuera de este mundo.
Era una especie de milagro.
Levantó una de sus piernas, apoyándola a su vez sobre uno de
sus hombros. Fue un poco más hacia adelante y volvió a meter
su pene en ella. De inmediato le encantó experimentar ese
calor y lo cerrado de ese coño. No sabía cómo describir lo que
he hizo sentir pero sin duda no se arrepintió por optar por un
coño virgen y menos en el día de su cumpleaños. Fue, sin
duda, la mejor manera de celebrar.
A diferencia de la primera embestida, él estaba casi follándola
como un salvaje. Siempre reservando un poco las maneras
para no hacerle daño, sin embargo, se dio cuenta que ella
pareció llevársela bien con el dolor y el placer. Con la
conjugación de dos elementos que a primera vista parecían
antagónicos.
Llevó uno de sus dedos hasta el clítoris de ella para masajearlo
al mismo tiempo que la follaba. Quería ver –y saber- cuáles
serían las reacciones de ella. Inmediatamente, Elena se
retorció un poco más, incluso pensó que suplicaba por
misericordia pero era claro que él no sería ese tipo de
Dominante. Ella debía entender que su deber era darle el
máximo placer posible.
Sonrió al verla desesperada, al verla rogando, al verla agitada
y sonrojada. Continuó masturbándola hasta que por fin sintió
que las carnes de ella se tensaban. Quería decir que estaba
cerca de que tuviera un orgasmo.
Así pues que Elena se aferró a las tiras sueltas de la corbata,
las apretó con fuerza y cerró los ojos ante ese algo que no
sabía que era pero cuya sensación se volvió más y más fuerte.
Gimió más y más ante los estímulos que recibía.
La verga de él y el dedo afincado en su clítoris. De repente,
todo se volvió oscuro para ella mientras que sintió que su
cuerpo se agitó violentamente hasta que se dejó vencer sobre
la cama. Una especie de fuerza inexplicable le arrastró a un
abismo de oscuridad deliciosa y placentera.
Abrió los ojos con las últimas fuerzas que le quedaban y miró
a Marcos que sacaba su pene dentro de ella. Observó cómo se
masturbó sobre su cuerpo para finalmente verlo correrse sobre
ella. Unos fuertes chorros de semen cayeron sobre la piel de su
costado, por sus pechos y piernas, incluso. Unas cuantas gotas
terminaron en el pelo, luciendo como pequeñas perlas en ese
mar negro.
Ella le sonrió y los dos terminaron de darse un beso entre la
agitación de un par de fuertes orgasmos.
V
Se quedaron uno junto al otro por un rato. Elena dormitaba
mientras que Marcos se escabullía de entre las sábanas para ir
a la cocina y así tomarse un trago. Generalmente le molestaba
estar acompañado después del sexo por la costumbre de
desechar a sus compañeras pero, extrañamente, no le pasó lo
mismo con ella. Quizás se debió a que era una especie de
regalo de cumpleaños que no quería desperdiciar.
Tomó un par de pantalones de pijama y fue al baño a
refrescarse la cara. Al encender la luz, no pudo evitar
encontrarse con su reflejo. Estaba sonrojado y seguía un poco
agitado. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió tan
vigoroso y enérgico. Estaba hasta de buen humor.
El gran espejo también le dio la oportunidad de verla desde esa
distancia. Tan bella, tan calma, como si fuera la tranquilidad
misma. Apagó la luz y bajó las escaleras para servirse un poco
de Bourbon. Al llegar, se fijó en el reloj de la encima de la
nevera y se dio cuenta que era un poco más de las 3 de la
mañana. Suspiró porque quería decir que tendría que trabajar
en unas horas pero no le importó demasiado porque
ciertamente pasó un cumpleaños fuera de serie.
Se sentó en una de las sillas cerca de la encimera y se
concentró en el sabor amaderado del licor. Era agradable al
paladar… Como lo eran los fluidos de Elena sobre su boca.
Mientras pensaba en ella, estaba dispuesto a aprovechar cada
centavo que dispuso para comprarla. Haría lo que tenía que
hacer para degustar ese premio mayor.
Tomó unos cuantos sorbos más y se levantó para acostarse. Al
menos tendría que obligarse a dormir.
Elena escuchó el sonido de los pájaros y se despertó
lentamente. Al terminar de abrir los ojos, miró a su lado y ahí
estaba él, observándola. Sintió de repente un poco de pena,
pero trató de incorporarse con naturalidad.
-H-hola.
-Buenos días. ¿Cómo dormiste?
-Pues muy bien. Me parece que caí como un bloque.
-Así fue.
Hubo una especie de silencio incómodo hasta que ella
presintió que algo estaba por suceder. Marcos tenía esa mirada
de niño pícaro. Él se acercó a ella para besarla suavemente y
sintió sus manos de nuevo en su cuerpo. Esa sensación de
volver a perderse en él, era cada vez más intensa.
Las manos de Marcos buscaron las de ella desesperadamente.
Elena no entendió muy bien hasta que se dio cuenta que el
deseo de él era que lo masturbara. Al principio se sintió
intimidada pero decidió en que confiaría en sus instintos y en
la pasión de la carne para hacerlo.
Sus pequeñas manos se posaron sobre su verga y comenzaron
a masajearlo con suavidad. Ella observó el glande que se
volvía cada vez más húmedo y todo más y más duro.
Siguió tocándolo con fuerza hasta que se levantó del todo y lo
miró a los ojos.
-¿Puedo chupártelo?
-Eso es lo que harás.
Ella le sonrió cómplice de sus deseos y siguió masturbándolo
hasta que se inclinó un poco más hasta chuparle el glande. Se
sintió suave y terso entre sus labios. Siguió lamiendo hasta
que comenzó a introducírselo poco a poco en la boca. Lo hacía
despacio, dándose su tiempo especialmente porque se trataba
de una verga enorme.
A la vez que chupaba, también lo masturbaba. De a ratos,
cuando la excitación se lo permitía, Marcos le quitaba el
cabello de la cara para verla mejor al hacerlo. Al mismo
tiempo, acariciaba el cuello y la espalda. Sus dedos tocaban su
espina y esa piel tan suave que tanto le gustaba.
Elena logró casi introducírselo todo por completo, lo cual fue
un logro porque no pensó que fuera capaz de hacerlo. Así pues
que continuó chupando, incluso haciendo unas cuantas arcadas
hasta que vio salir los pequeños hilos de saliva envolver el
pene de él.
Intercalaba el placer que le daba con la boca con su mano y lo
miraba. Estaba privado de la excitación así que tomó esto
como un impulso para ir más rápido y más intenso. Dejó su
mano a un lado y se concentró sólo en chuparlo. Su cabeza iba
en un movimiento ascendente y descendente. Rápido y suave,
lento y duro. Continuó así hasta que percibió que él se
acomodó mejor sobre la cama y para dejarse vencer por el
orgasmo.
Los muslos de él se agitaron violentamente al mismo tiempo
que su mano tomó el cabello de ella con fuerza. La sostuvo así
por un rato hasta que finalmente se corrió en su boca. Los
gemidos de él se entremezclaron con los de ella, quien recibió
sus líquidos calientes entre sus labios. Elena no tuvo la
necesidad de nada más que de comer todo aquello. Lamió los
restos de él ante la mirada sorprendida de su nuevo Amo.
Al terminar se echó para atrás, limpiándose los últimos restos
que quedaron en la comisura de sus labios. Se veía tan
radiante, que Marcos no pudo evitar ir hacia ella y darle un
beso.
-Tengo que ducharme.
Se bajó de la cama en un cambio sorprendente de actitud.
Elena lo vio escurrirse hasta el baño y ella se quedó sola.
Aprovechó para vestirse, buscar un poco de dinero en su
monedero y tratar de ir a casa. Escuchó enseguida el agua
cuando leyó un mensaje de su padre preguntando por ella.
Recordó que no le había dicho nada y que ya tenía varias horas
sin que supieran de ella.
Se acercó sigilosamente al baño para no molestarlo.
-Ehm, Marcos, tengo que irme. Se me presentó una
emergencia. ¿Es fácil tomar taxis desde aquí?
Aunque él era un tío que no le preocupaba demasiado el
destino de sus compañeras sexuales, pensó que sería
demasiado rudo dejarla batallar sola después de una noche
intensa.
-Espérame y te llevo a donde quieras. Prometo no tardarme.
Eh, si quieres ve a la cocina y come algo. Siéntete cómoda.
Aunque hubiera preferido irse, lo cierto era que las tripas
estaban sonándole con fuerza. Así que bajó las escaleras para
prepararse algo sencillo. Al estar en la cocina, le respondió a
su padre que estaba bien y que en poco tiempo iría al hospital.
Incluso pensó en no presentarse más a la cafetería porque ya
tenía parte de su vida resuelta y tendría tiempo para pensar que
podría hacer después.
Abrió el refrigerador con cuidado y se encontró cualquier
cantidad de alimentos. Desde frutas y vegetales frescos hasta
vinos y cervezas importados. Todo tipo de quedos, untables y
hasta agua gasificada. Sintió un poco de intimidación, así que
tomó un sencillo pan de molde y un poco de jamón y queso,
un recipiente de jugo de naranja que se veía lo menos costoso
de allí y comenzó a hacerse un sándwich. Aprovechó en
prepararle a él también.
Se sentó entonces y antes de llevarse un bocado, respiró
profundo. Estaba cansada y lamentó por un momento tener
que retornar a esa rutina odiosa. Pero bueno, así era el deber. O
al menos eso era lo que creía.
Terminó de comer, mirando el ventanal que tenía en frente.
Estaba maravillada con estar en un lugar con una vista así.
Hacía sentir que todo era posible. De inmediato, sintió que él
bajó las escaleras. Lo encontró tan sensual y apuesto como
siempre.
-¿Y bien? ¿Qué tal me veo?
Dio una vuelta para que lo viera. Mientras lo hizo, no paraba
de sonreír, como si aquello fuera una broma inocente.
Elena, por dentro, pensaba que era el tío más guapo del mundo
y que aquello era como llevarla a la tentación.
-Pues, muy muy bien.
-Excelente. Hoy tengo una junta importante así que tengo que
verme bien.
-Te hice esto. –Le acercó el plato.
-Ah, querida, muchas gracias pero estoy corto de tiempo. ¿Nos
vamos?
-Vale.
Elena se sintió un poco incómoda pero no tuvo oportunidad de
pensar en ello porque en menos de lo que esperaba, ya se
encontraba en el coche camino a su casa. Un trayecto con
pocas palabras le hizo pensar que debía dejar de idealizar al
hombre. Todo se debió a una transacción y ya. No debía
pensar más en el asunto.
-Sí. Aquí es.
-¿Segura? Puedo dejarte más adelante.
-Oh no. Estás corto de tiempo, ¿recuerdas? Muchas gracias.
Elena se bajó y le dejó a él una especie de extraña sensación.
La chica pudiera ser tímida pero era claro que también era
sarcástica. Aunque no dijo nada al instante, le pareció gracioso
el comentario. Ya después tendría oportunidad de cobrársela.
Llegó al piso muerta del cansancio, de hecho, se echó sobre el
sofá y se quedó allí un rato. Deseaba permanecer en el silencio
un poco más.
Se quitó entonces los zapatos, bebió un poco de agua y fue
hacia su habitación para aprovechas que estaba allí y tomar
una ducha. Necesitaba más tiempo a solas. Se desnudó
lentamente y se metió en el pequeño baño. Abrió las llaves y
mientras miraba el agua correr, se recordó a sí misma que ya
no era virgen. Increíblemente no había pensado en ello con
detenimiento.
Entró a la ducha y se dejó envolver por el chorro tibio. Se
sintió tan relajada que casi apostó que se quedaría allí
durmiendo.
Mientras disfrutaba de esos momentos de placer, Elena
recordó en todas las sensaciones que experimentó con él. En el
dolor inicial que poco a poco se transformó en algo más
poderoso y placentero. En el calor de su piel con la de ella, en
la forma en cómo la tomaba y dominaba. También se sonrojó
un poco cuando recordó los besos y las suaves caricias que
sintió cuando la penetró por primera vez. Se aseguró de que
ella se sintiera bien en cada momento.
Se preguntó además en lo que sintió después, en la oscuridad
repentina, en la explosión que se concentró en el centro de su
cuerpo y que se dispersó al resto de sus miembros como
átomos de placer. Se preguntó si aquello era correcto aunque
no sintió que fuera lo contrario.
Salió de la ducha y mientras se secaba, los recuerdos volvieron
a su mente. Cada imagen sobre el cuerpo de él, también le
resultaba excitante. El tamaño de esa gran verga, lo venoso
que era, la contextura de su cuerpo y lo magistral de los
movimientos de su lengua. Esa manera de follarla, de besarla,
de esas grandes manos que la tocaban como quería. Su coño
comenzó a palpitar por lo que tuvo que concentrarse en otra
cosa.
Fue a la habitación para prepararse. Sacó un par de jeans, una
camiseta, un jersey tejido y unos tenis. Mientras se vestía,
miró las marcas que tenía en su cuerpo. Esos apretones en las
piernas que seguían recordándolo a él.
Se espabiló y fue directamente al hospital. Allí, aprovechó
para pagar el tratamiento de su madre por completo y luego
fue hacia su habitación el ánimo de que por fin las cosas se
estaban arreglando. Sin embargo, para ella, Marcos estaba
tornándose un poco diferente a ese hombre distante que
conoció en un principio.
Como de costumbre, Marcos estaba en alguna junta. Corría de
un lado para el otro sin tener siquiera tiempo para relajarse.
Entretanto, recordó el comentario que ella le dijo antes de
bajarse del coche. Un acto de rebeldía adorable de una
chiquilla que aún no probaba las verdaderas mieles del castigo
y la humillación.
Pasó parte del día firmando papeles y entregado a informes de
contabilidad y marketing. Sus ojos estaban cansado de ver
números y con la obligación de pensar el mejor movimiento a
tomar.
Después de unas cuantas horas, Marcos se sentó en la silla de
la oficina y llevó un par de dedos hacia el nacimiento del
puente de la nariz, apretándolo, como un gesto para liberar el
estrés.
En ese momento, pensó en la suerte que tenía de haber pasado
una buena noche. Pensó también en Elena, en la forma en que
casi le hizo un desplante producto de su conducta habitual. Se
regañó un poco por mantener esa actitud de patán con una
chica que había entregado su virginidad a un desconocido.
Por otro lado, no pensó que fuera tan delicioso todo aquello
que vivieron los dos. Comenzó a extrañar la suavidad de esa
piel así como el brillo que tenía cuando le reflejaba alguna luz.
El calor de su cuerpo y ese cabello que parecía hecho en el
cielo. El contraste de su piel con el azul de sus ojos y, por
supuesto, esa risa involuntaria que salía de su cuerpo producto
de la excitación. Elena se le había calado más de lo que pensó.
Se echó para atrás y buscó el móvil en su saco. Buscó el
contacto de ella y en seguida le escribió.
-¿Qué haces?
Dejó el aparato cerca y esperó ansioso. Sintió que los minutos
pasaban como largas horas hasta que recibió una respuesta.
-Haciendo unas cosas en casa.
Se quedó pensando. Como ansiaba estar con ella pero no podía
hacerlo de inmediato, pensó que sería divertido hacer un juego
para ella.
-Una de las cosas más importantes de la relación Amo/sumisa,
en todas sus variantes, es la dinámica. La sumisión y la
dominación forman son dos caras de una misma moneda. Son
elementos que se complementan, que van de la mano y que
trabajan entre sí. Esto es algo que debes entender a cabalidad.
Como tu Dominante temporal, tienes la responsabilidad de
ceder tus deseos y fantasías a mí porque tu función, de ahora
en adelante, será complacerme sin importar lo que suceda.
Envió el mensaje y esperó un rato más. Pudo haberle dicho el
mensaje por completo pero quiso entretenerse más con ella.
Como una especie de juego de gato y el ratón.
-¿Qué debo hacer?
Con una sonrisa amplia llena de satisfacción, se limitó a
responder:
-Muy bien, muy bien. Ya estás entiendo los términos. Deseo
verte, deseo poseerte pero no lo puedo hacer ahora, así que
quiero que me muestres cómo te tocas para mí, cómo te excita
la idea de tenerme de nuevo entre tus piernas porque créeme,
sé que así es.
Elena leyó los mensajes desde la cocina de su piso. Mientras
sacaba cuentas de los gastos por venir y del alivio que le daba
poder cancelarlos todos, se encontró con esos mensajes que
ponían a prueba su obediencia. La cual era un término nuevo
que tenía que agregar a su rutina de todos los días. Ahora las
cosas habían cambiado drásticamente.
Se levantó entonces y fue hacia la habitación para acostarse
sobre la cama y así sentirse cómoda. Mientras lo hacía, trató
de recordar lo cómo debía actuar, sin embargo, recordó que las
cosas del deseo, no se manejaban así.
Le funcionó aquello de dejarse llevar por su instinto carnal y
así lo haría de nuevo. A continuación, su menté comenzó a
recrear los recuerdos de la noche pasada. Experimentó cada
sensación como si él estuviera junto a ella, como si estuviera a
punto de poseerla de nuevo.
Se quitó la ropa lentamente y se dispuso a subirse a la cama.
Se acomodó como pudo y dejó el móvil cerca y dispuesto en
una posición para poder grabar lo que estaba a punto de
suceder.
Presionó el botón play y en seguida inició la función. El móvil
quedó justo entre sus piernas, por lo cual, a medida que se
acomodaba, su coño quedó expuesto en la pantalla en todo su
esplendor. Llevó sus manos hacia los labios vaginales y se dio
cuenta que ya estaba más húmeda de lo que pensaba. Respiró
profundo y se recordó a sí misma lo que tenía que hacer. Se
preocupó más por sentir y así fue que lo hizo.
Los movimientos de su mano fueron suaves y de manera
circular. A medida que lo hacía, recordaba también la forma en
que estuvo con él, recordó el olor de su cuerpo y el sabor de su
verga dentro de su boca. Aquella inspiración le permitió
mojarse aún más por lo que no tuvo problema en acariciarse
como quería.
Después de un rato, se concentró en su clítoris. Quiso sentir
ese pequeño botó rosado pálido y en ese momento, sintió la
misma corriente eléctrica recorriendo su cuerpo. Se
impresionó por las sensaciones que le proporcionó tocarse allí.
Retorció los dedos de los pies y las piernas.
Continuó tocándose y en ese momento sintió que casi
vívidamente que era Marcos quien la chupaba y tocaba. Esos
dedos gruesos adentrándose en ella, esa manera de masturbarla
y de hacerle conocer lo que verdaderamente era el placer. Era
impresionante y delicioso.
Apretó más los párpados, el pecho estaba más acelerado así
como su respiración. Su corazón parecía que estaba a punto de
estallar. Sus gemidos y quejidos se hicieron cada vez más
fuertes hasta que por fin esa misma bola de fuego del centro de
su cuerpo la sintió cada vez más grande hasta estallar.
Exclamó un largo grito y sintió justo allí que algo salió de su
cuerpo. Algo líquido. Al principio no le preocupó demasiado
porque todo se tornó oscuro y lo último que recordó ver fue
esa sonrisa de él que emergía de esas sombras.
Tras unos segundos, abrió los ojos y se incorporó tan rápido
como pudo para ver el móvil. La pantalla de este estaba
mojado y pensó que ese orgasmo que tuvo era una locura. Se
apresuró en secarlo y en ver el video para editarlo. Recortó
unas cuantas partes y se lo envió a él.
Al terminar, se echó sobre la cama y cerró los ojos debido al
cansancio del momento. Cuando finalmente regresó a la
realidad, comenzó a reírse como una niña. Le entregó su
virginidad y su primera masturbación al mismo hombre en
menos de un día. Toda aquello era una locura.
Marcos esperó ansiosamente la orden de Elena. Mientras lo
hacía, se entretuvo con unas cuantas cotizaciones y contratos.
De repente, escuchó el móvil que indicaba un mensaje
entrante. Se frotó las manos y sonrió como un niño
emocionado.
Abrió la conversación y la primera imagen que se abrió era los
labios de ellas abiertos por completo. Comenzó a acelerarse
cuando por fin reprodujo el video. Se veía a una Elena
tranquila pero sonrojada.
Poco después, se fijó en la manera en cómo se tocaba, en
cómo acariciaba esos labios gruesos y el clítoris de manera
firme insistente. Paralelo a ello, también escuchó los gemidos
de ella. Al principio suaves y después más fuertes. Casi pudo
sentir lo acelerado de su pecho.
Tras unos minutos más, vio los dedos de ella adentrándose
entre sus carnes para que se mojara aún más. Notó como torció
los dedos de los pies y sus anchas piernas al momento de darse
más y más placer.
Se mantuvo en extremo concentrado hasta que por fin observó
lo que estaba ansiosamente esperando. Ella teniendo el
orgasmo.
Se tocó con más fuerza hasta que expulsó los líquidos de su
coño, los mismos que el probó, los mismos que terminaron
empapando la pantalla del móvil. Después de unos segundos,
vio las manos de ella sujetando el móvil y cortando el video.
Marcos se echó para atrás en la silla. Se sintió impactado pero
también muy excitado. Una chica así, con esa actitud tan dulce
y calma, resultó ser una muy buena sumisa. Quizás era algo
que ya tenía en su cuerpo y el tener la oportunidad de estar con
un Dominante como él, le permitió aflorar todas esas
maravillosas cualidades.
Así pues que dejó el aparato sobre la mesa de madera y sintió
de inmediato el bulto de su pene presionándole los pantalones.
Estaba desesperado por follarla, por hacer que se sentara sobre
su cara para comerla por completo.
Por un rato no supo qué hacer, estaba inquieto. ¿Era buena
idea salir de la oficina y llevarla a casa para castigarla? Y si
era así, ¿qué pensarían los demás? Lo que antes no le daba
menor importancia, ahora se tomaba la molestia de analizarlo
detenidamente.
No, no. Nada de apresurarse. Mejor era dejar las cosas como
estaban. Él inició el juego y así lo tenía que continuar. La
dejaría pensando porque ya él, se encargaría de planificar lo
que pasaría después. En vista del comportamiento de ella, se
aventuraría a tomar un próximo paso. El de hacer una sesión.
VI
-No me pases ninguna llamada. Los mensajes lo puedes dejar
sobre mi escritorio.
-Sí, señor.
Esperó un punto de la tarde para regresar a casa. Marcos
caminó por el pasillo de la oficina para ir hacia los elevadores.
Pensaba en las cosas que podría prepararle a Elena. Mientras
daba sus pasos, recordó que disponía de una habitación para
jugar como le gustaba.
Lo cierto es que no tuvo oportunidad de aprovecharla porque
sus últimas relaciones se limitaron exclusivamente a unas
cuantas salidas o a una noche de sexo en cualquier hotel. Sin
embargo, se tomó la tarea de crear un espacio para ser el
Dominante que quería ser sin preocuparse de los ruidos y ni de
las cosas que haría allí. Algo suyo, muy suyo.
Apretó el botón de planta baja, y elevador descendió
suavemente. Se peinó un poco el cabello y siguió pensando en
la cruz de San Andrés que tenía y en las cuerdas que tenía por
allí. Pensó en amarrarle las muñecas y los tobillos, dejarla
inmovilizada y convertirla en su juguete personal hasta
saciarse.
En ese momento, se le ocurrió una idea brillante. Una idea que
hizo que se le iluminara el rostro. Recordó un par de cadenas
que tenía guardadas en un compartimiento de madera que tenía
en dicha habitación. Las mismas las encontró por casualidad
mientras caminaba por una ciudad por negocios.
Se paseaba por unas calles de tiendas de antigüedades y se
topó con una que vendía accesorios BDMS. Al entrar, le
pareció curioso que gran parte de los objetos que se
encontraban allí, tenían un aspecto antiguo o eran viejos. La
dueña le explicó que se trataban de reliquias encontradas y
acondicionadas para usarlas en sesiones.
-Todas son aptas y seguras, señor. Han pasado por pruebas que
confirman que cualquiera pueda usarlas.
Entre todas las cosas que observó, lo que le llamó la atención
fueron esas cadenas. Los grilletes estaban dispuestos para el
cuello y muñecas, y, como la encontró pesadas, supuso que eso
obligaría a su sumisa a adoptar otra postura que la forzaría
agachar la cabeza.
El metal era suave, liso y brillante. Lucían como nuevas, así
que no lo pensó dos veces y se las llevó consigo. Al salir, ya
estaba ansioso por usarlas con prontitud.
Salió el edificio con paso seguro. Prácticamente tenía un
itinerario de cosas que le haría a Elena. Aunque no podría ser
más exigente con ella, al menos le haría probar un par de cosas
nuevas que de seguro la sacarían de su zona de confort.
Después de enfrentarse a un tráfico infernal, Marcos comenzó
a preparar la logística para la sesión. Llenó unas botellas de
agua, llevó un par de toallas y subió a la habitación.
Cuando encendió la luz, sintió cómo se le infló el pecho de
orgullo. El lugar no era tan grande como su propia habitación
pero tenía espacio suficiente para unos cuantos muebles. A
diferencia de otros lugares en la casa, sólo había una pequeña
ventana cerca del techo de tamaño rectangular. Esto tenía la
intención de crear un ambiente más intimidante en la sesión a
la vez que le daba información a él sobre las condiciones del
exterior.
La cama estaba en el medio y era del mismo tamaño que tenía
en su habitación. No quería escatimar en comodidades. Cerca
de esta, se encontraba un par de muebles a los lados de madera
en forma de cubo. En cada una, se encontraban una serie de
objetos como mordazas de tela, vendajes, esposas y hasta
cuerdas. Marcos se dedicó de lleno a crear un mobiliario que
le permitiera acceder cómodamente a lo que necesitara.
Sobre una colocó las toallas y las botellas de agua. En ese
momento dio un vistazo a esa cruz de San Andrés también de
madera oscura. Se levantó y se colocó frente a ella para
mirarla y tocarla. Sus dedos rozaron por la superficie. Admiró
los amarres en cada extremo de las tablas así como lo hizo con
los detalles. Estaba orgulloso de sí mismo, orgulloso de haber
construido una pieza como esa.
Miró hacia otro lado y vio lo que tenía a medio terminar. Una
especie de “C” cuadrada. Faltaba lijarla y barnizarla para
usarla debidamente. También estaba emocionado por hacerlo.
Cuando se echó para atrás admiró su obra maestra.
Ciertamente tenía mucho que terminar pero también había
logrado un gran avance en poco tiempo.
Salió y entró a su habitación para cambiarse. Se colocó una
camiseta blanca, un par de jeans oscuros y unos Converse
rojos. Sin duda, el aspecto más informal que había adoptado
en mucho tiempo. Sin embargo, sabía que tenía que usar ropa
cómoda para lo que estaba a punto de experimentar.
Justo cuando iba a salir, recordó las cadenas que había
comprado y estaba esperando por usar. Por supuesto que no
podía dejarlas olvidadas. Se acercó al clóset y las tomó de una
gaveta escondida. Volvió a sentirlas pesadas y suaves.
-Perfecto. –Se dijo a sí mismo.
Entró a esa habitación cruda y dejó las cadenas sobre las
sábanas blancas. Apagó la luz y bajó para encender el coche.
Buscaría a Elena. Reclamaría lo suyo.
Después de pasar unas cuantas horas en el hospital, Elena se
encontró un poco más aliviada por su madre. La vio mejor y
aceptando el tratamiento mejor de lo que había pronosticado
los doctores. Por otro lado, pagó la totalidad de las deudas de
su padre.
Al final, resultó ser más de lo que él le había dicho por lo que
tomó todas las fuerzas de su cuerpo para explotar en frente de
su madre. Contaba con el dinero para pagar y eso era más que
suficiente.
Mientras estaba allí, mientras hablaba con ella dibujándole una
cotidianeidad que ya no existía porque dejó de trabajar, Elena
no podía dejar de pensar en Marcos. Seguía recordando el
momento en que la hizo suya y, a pesar que todo formaba parte
de un arreglo que sólo involucraba sexo y BDSM, ella
comenzó a experimentar una serie de sentimientos que le
hicieron dudar de continuar.
Dentro de todo, era un tío caballeroso y galante. A pesar de
que él vivía entre lujos, no la hacía sentir incómoda o fuera de
lugar. Adoraba tener su cuerpo contra el suyo, sentir su piel,
mirarlo a los ojos y quedar intimidada por su presencia. Pensó
que quizás eso se debía a la dinámica que tenía como Amo y
sumisa. Al menos de manera implícita.
Se subió al autobús con cierta satisfacción en su vida. Parte de
sus problemas estaban resueltos aunque tenía la inquietud de
saber qué dirección tomaría. Mientras pensaba, escuchó el
móvil. Se olvidó por completo del aparato durante casi todo el
día.
-Voy a pasar a por ti. ¿En dónde estás?
-En el autobús de regreso a casa. Puedo bajarme en la próxima
y me buscas allí. Es más sencillo.
-Vale. Pásame la dirección para ir.
Respondió y esperó un poco después.
-Estaré allí en 10. Espérame.
-Vale.
Se miró a sí misma y notó que no se arregló en lo más mínimo.
Sin embargo no se molestó demasiado por ello. Su mente
estaba en otra parte así que le restó importancia.
Presionó el botón de la parada y se bajó. Se encontró en una
zona residencial un poco solitaria así que se sentó a esperar un
rato. Al poco tiempo, vio las luces del Lamborghini y las
manos blancas de él que logró ver por el parabrisas.
Quiso caminar hacia él pero quedó prendada con el modo en el
que él bajó del coche. Estaba vestido más informal que de
costumbre pero se veía tan guapo… Incluso más. Cerró la
puerta con una mano y se dirigió hacia ella. Cada paso que
daba, hacía crujir las hojas debajo de sus pies, el viento movía
un poco los pliegues de la camiseta y sus manos, las cuales
metió a los bolsillos, lo hacían ver como un James Dean
moderno.
-Hola.
Esa sola palabra, tan ínfima, tan pequeña le fue suficiente para
sentir que sus piernas flaqueaban. Tuvo que apoyarse de uno
de los postes de luz que tenía cerca de ella porque pensó que
realmente se caería a sus pies.
La sonrisa de Marcos se volvió tan brillante como la luna. Más
a medida que se acercaba a ella.
-¿Tienes mucho tiempo esperando? Discúlpame, leí mal la
dirección y terminé en otro lado. Me apresuré tanto como
pude.
-Vale, está bien. No esperé demasiado.
Ella le sonrió y él le devolvió el gesto.
-¿Lista para irnos?
-Sí.
Le extendió la mano y fue la primera vez que experimentó un
calor y una fuerza tan particulares. Antes, cuando tonteaba con
los chicos de la calle, pretendiendo que alguno de ellos era su
príncipe azul, les tomaba de la mano para sentirse como en las
películas, como en esos romances tan perfectos que tanto le
gustaba ver.
Sin embargo, no hubo piel que le estremeciera tanto como la
de él. El roce de esos dedos perfectos y el calor que le
transmitió en esos pocos segundos antes de abrirle la puerta, le
hicieron sentir como si el mundo era un lugar maravilloso.
Como siempre, le abrió la puerta y la ayudó a subir. Él luego
se reunió con ella y antes de encender el coche, le miró.
-Hoy tengo algo preparado para ti. Te recordará que eres mía.
Ya verás.
Ella no pareció comprender de inmediato esas palabras pero
asintió. Marcos giró la llave y se encaminaron hacia su casa.
Al llegar, retomaron la rutina de la primera vez. Por alguna
razón, Elena sintió que aquello se volvería más común según
lo que presentía. Esperó un rato y entró según lo que él le
indicó.
Apenas cerró la puerta, Marcos se quedó apoyado en ella y la
miró. Elena se giró y se quedó a la expectativa de lo que
pasaría después. No tenía idea de lo que estaba maquinando.
-Elena, para algunos Dominantes en lenguaje es una pieza
importante para la dinámica que tiene con su sumisa. Algunos
son más informales al respecto, no les molesta que los tuteen o
se refieran a ellos por su nombre. Pero eso no pasa conmigo,
verás, me gusta la sensación de tener el poder y el control en
todo momento.
>>Y lo digo literalmente. Hasta en las palabras. –Comenzó a
acercarse a ella con paso lento- Lo que quiero decir, Elena, es
que desde ahora en adelante, cuando estamos así, cuando tu
cuerpo y tu mente te digan que estamos en una sesión, me
dirás “Señor”. Quiero que entiendas que, como perteneces,
tienes que comprender el lugar que te corresponde y ese
consiste en obedecerme, en darme placer. –Fue hasta hablarle
al oído, gracias al susurro ella sintió el calor de su aliento
invadiéndole el cuello- Si te digo salta, tú, a lo sumo, puedes
responder, ¿Qué tal alto? ¿Entendiste?
-Sí, Señor.
-Muy bien. Nunca he dudado de tu capacidad de obediencia.
¿Sabes? Supe que sería así desde que te vi en La Puja. Mi
instinto dijo que eras la respuesta que estaba buscando. El
cambio que quería dar. Llegaste en día de mi cumpleaños
como si fuera una señal y así lo voy a tomar. ¿Entendido?
-Sí, Señor.
-Bien, Elena. Retomando el asunto del lenguaje. De mi parte,
me referiré a ti como me venga en gana. Puede ser por tu
nombre, por un apodo, por zorra o ramera. ¿Estás de acuerdo?
-Sí, Señor.
-Este es el momento para que pongas objeción en lo que
quieras. Así que, aprovecha.
-No tengo nada que objetar. –Dijo ella mirándolo con cierto
aire de desafío- Confío en ti plenamente. Cualquier cosa que
ordenes o pidas, la haré sin dudarlo.
-¿Tienes idea de lo que se necesita? ¿Del nivel de compromiso
que debes tener contigo misma y con tu Señor? ¿De la
responsabilidad que tienes y esa misma que le depositas a
quien está contigo? ¿Sabes todo lo que implica?
-Completamente.
No hubo duda en la forma en cómo hablaba ni en la manera en
cómo se lo dijo. Elena estaba plenamente convencida de lo que
estaba haciendo y nadie le haría pensar lo contrario. Estaba
segura porque todas las preguntas lo llevaron a él. ¿Por qué
perder el tiempo cuando sabes lo que realmente quieres desde
un principio?
-Bien, aprovecharé para decirte que lo estás a punto de ver y
experimentar es algo que quizás llegaste a leer en alguna parte.
Pero te digo, es muy diferente cuando tienes que vivirlo en
carne propia. Pero confío en ti, confío en cómo me respondes,
así que se hará lo que quieras. Por cierto, estoy en la
obligación de darte una información importante. En el BDSM
manejamos lo que se llama la palabra de seguridad.
>>Es esa misma que te ayudará advertir a tu Dominante o a
parar la sesión. Está basado en los colores del semáforo. Se
sobreentiende que verde es que no hay problemas. Pero si
dices amarillo, es una advertencia para mí de que ese no es el
camino a seguir.
>>Rojo es cuando es extremo y ya no lo puedes tolerar. Elena,
es importante que toleres algo. Cualquier cosa que sientas que
te moleste o incomode, debes manifestarlo Sin importar qué.
Lo primordial es tu bienestar. ¿Entendido?
-Sí, Señor.
Aunque esa pregunta no se la dijo en ánimo de Dominante, le
alegró saber que ella estaba en modo de sumisa y que, por
ende, continuaría con la situación.
-Bien. Aclarado el punto, sígueme. Conocerás nuestro nuevo
lugar para jugar.
Él subió las escaleras y ella lo siguió detrás. Estaba nerviosa
pero al mismo tiempo tranquila porque estaba con él. No
podría salir nada mal.
Pasaron por la habitación de él y siguieron de largo. Sintió
como si el corazón le fuera saltar y fue allí cuando él encendió
la luz de una habitación. Blanca aunque un poco más pequeña,
con una cama en el medio del espacio, un par de muebles de
madera oscura, un cuarto de baño a un costado, una ventana
rectangular cerca del techo que dejaba entrar la luz de la luna.
Él la dejó explorando y ella siguió mirando hasta que se topó
con algo que le llamó la atención. Una estructura en forma de
equis también de madera, con amarres en todos los extremos.
Su curiosidad le hizo para la mano sobre la superficie y
buscarlo a él con los ojos.
-Es una cruz de San Andrés. Los usos son, pues, interesantes.
Ella volvió a fijar la mirada hacia la estructura, mirándola con
fascinación. Mientras estaba allí, sintió las manos de él sobre
su cintura. Percibió el aliento de su boca sobre la nuca y el
cuello.
-Lo probaremos esta noche. Recuerda lo que te dije sobre la
palabra de seguridad.
-Sí, Señor.
La giró para tenerla de frente. Cuando lo hizo, llevó sus manos
hacia el rostro y Elena sintió que todo lo que había visto y
vivido en el día quedó completamente olvidado. Ese momento
era de él y de ella. Estuvo lista para quedar inmersa en los
deseos de él, por más perversos que fueran.
Marcos la besó con fuerza desde el principio. Sus manos
dejaron su rostro y se dedicaron a pasear por el cuerpo de ella
por completo. Apretando cada parte de ella, cada espacio de
carne con fuerza porque estaba deseoso de ella. Demasiado.
Era una fuerza que lo consumía por dentro, una especie de
fuego que abrasaba su cuerpo.
No se hizo esperar y procedió a quitarle la ropa con rapidez.
Cada prenda cayó al suelo bajo la urgencia de un hombre que
estaba hambriento de una mujer, hambriento de hacerle sentir
un sinfín de sensaciones.
El cuerpo de Elena quedó desnudo frente a sí y Marcos sintió
de repente que no sabía muy bien qué hacer. A pesar que pasó
la tarde planificando y maquinando, el tenerla allí, desnuda,
hermosa y ansiosa, le descolocó un poco. No obstante, ese
lapsus mental que tuvo se le quitó cuando miró sobre la cama.
Observó el brillo de las cadenas bajo el bombillo del techo.
Las tomó y se las enseñó.
-Una de las cosas más hermosas que recuerdo cuando te vi fue
el tenerte al frente, encadenada y con la mirada gacha. Bien,
esto me servirá para revivir el momento y también para que
sepas que yo soy tu dueño.
-Sí, Señor.
Respondió ella al mismo tiempo que comenzó a sentir el frío
del metal sobre su cuerpo. Al cerrar los ojos, recreó el
momento en que se las pusieron en La Puja. El tiempo que se
tomaron en encadenarla y en hacerla lucir como la joya de la
corona de ese evento. Recordó el miedo y el nerviosismo, ese
mismo que pareció repetirse en ese instante ya que no faltaba
demasiado para entregarse a ese hombre.
La cadena tenía tras grilletes. Uno para el cuello y dos más
para las muñecas. La cadena principal cruzaba el pecho de
Elena para ramificarse en dos extremos más. Así pues, ella
quedaba limitada de movimiento con este sistema. Por si fuera
poco, la cadena que iba en el medio era más corta, por lo que
le obligaba a agachar la cabeza y mantener los brazos más o
menos sostenidos. Era una forma de mantenerla consciente de
sus movimientos. Al terminar, supo que aquello actuaría como
una especie de tortura porque no podría tocarlo como quisiera.
Marcos se encontró satisfecho así que se echó para atrás y
sonrió para él y para ella también.
-Arrodíllate.
Ordenó él y la miró hacerlo con cierta dificultad. Tuvo un
impulso de ayudarla pero no lo hizo. Su esclava, su sumisa,
tendría que entender que así eran las cosas y tenía que vivir
con eso. Así que esperó a que terminara por colocarse hasta
que lo logró. Se veía más provocativa de lo que pensaba. La
cabeza gacha la obligaba a fijar la mirada en el suelo.
La mano de él rozó su suave mentón e hizo que lo mirara. Con
la otra que le quedaba libre, la usó para bajarse el cierre del
pantalón. Poco a poco, sacó su verga que ya estaba dura como
una roca. Comenzó a masturbarse un poco mientras todavía
acariciaba su cara.
-Mírame.
Ella hizo un esfuerzo al hacerlo y cuando lo logró, halló
increíblemente excitante el mirar tan de cerca cómo se tocaba
para ella. Mientras estaba allí, incluso cayeron en su cara
algunas cuantas gotas de líquido pre-seminal. Esas gotas que
llegaron a sus labios, aprovechó para lamerlos y saborearlos.
Marcos dejó de masturbarse para dejarla que se inclinara y
comenzara a chuparlo. Abrió la boca como la buena sumisa
que era y dejó esa gran verga dentro de su boca. De inmediato
su lengua comenzó a lamer cada trozo de carne y piel. Marcos,
por su parte, todavía sostenía su pene con sus manos para
obligarla a tragar tanto como pudiera. A ese punto, vio unas
cuantas arcadas y pero siguió a pesar de ello. Quiso saber
hasta dónde era capaz de llegar.
Ella trató de meterse todo en la boca y, cuando lo logró,
esbozó una media sonrisa que él comprendió inmediatamente.
Así que comenzó a hacer un movimiento de adentro hacia
afuera, de manera constante y armoniosa.
La mano de su Amo se colocó en el espeso cabello y los
sostuvo con fuerza para hacer hincapié que él era quien
tomaba el control.
A pesar que el peso de la cadena la obligaba a tener una
postura de sumisión, la excitación fue más fuerte, se irguió
tanto como pudo para chupárselo como quería. Deseaba que él
disfrutara de sus labios y lengua tanto como fuera posible.
Ella siguió chupándolo con cada vez más fuerza y velocidad.
Los hilos de saliva, esos mismos que se encontraron en la
comisura de los labios, ahora descendían por el mentó para
caer sobre los pechos de ella que se meneaban constantemente
debido al movimiento que hacía.
Sus pezones oscuros, pequeños y erectos, lucían exquisitos,
deliciosos. Tanto que Marcos se distrajo porque sólo quería
llevárselos a la boca.
Entonces cambió de parecer. Jaló la cadena central e hizo que
se parara bruscamente. Ella como pudo, logró colocarse de
pie.
-Ahora vamos a la segunda fase.
Lo cierto es que ese cambio de planes correspondió a algo
muy particular. Se debió a que él estaba excitándose más de lo
previsto y quería correrse en la cara de ella. Si eso pasaba,
sentiría que no lograría su objetivo principal que era hacerla
sufrir como quisiera.
Poco a poco le quitó las cadenas y la llevó hasta la cruz de San
Andrés. A ese punto estaba tan emocionado como un niño con
juguete nuevo. La colocó de frente y le ayudó a subir
posicionarse sobre unos tablones de madera en los extremos
inferiores de la cruz. Estando allí, se encargó de atarle los
tobillos. Hizo lo mismo con las muñecas. Aunque era su
primera vez, él le pareció que ella estaba tomando la situación
con bastante naturalidad.
Le respiró el cuello, rozó sus labios en el mismo sitio. Sus
manos se pasearon desde sus caderas hasta los pechos. Apretó
los pezones al mismo tiempo que Elena gemía de placer. Ella,
además, percibió que su coño estaba tan mojado y caliente que
Marcos ponía un par de dedos allí, se quemaría al instante.
Ella estaba echa fuego.
Como si hubiera predicho lo que iba a suceder después,
Marcos siguió en la misma posición con la diferencia que
llevó sus dedos hasta sus coño. Efectivamente estaba caliente,
delicioso.
-Qué rica que estás, eh.
Ella sólo alcanzó a sonreírle.
Así pues que comenzó a masturbarla. Esta vez fue directo al
grano. Procuró comenzar con el clítoris y en seguida sintió
cómo el cuerpo de ella se estremeció por completo. El
movimiento circular de sus dedos, le producían deliciosos
espasmos. Los cuales eran limitados gracias a los amarres que
tenía en sus muñecas y tobillos.
Los gemidos de Elena los sintió cerca, muy cerca, incluso
hasta que pensó que era posible escuchar su corazón. Se juntó
un poco más y más fuerte le tocó. Ella estaba en una especie
de trance.
De repente, comenzó a darle palmaditas entre el clítoris y los
labios vaginales. Unas cuantas lágrimas de placer recorrieron
sus mejillas debido a lo excitaba que estaba. Comenzó a reír,
el frenesí del momento estaba tomando el control de su
cuerpo.
-Bien, suficiente por ahora.
Volvió a detenerse y Elena sintió que la obligaban a
despegarse de esas deliciosas sensaciones. Así pues que esperó
un rato y aprovechó para respirar profundo y relajarse. Lo
necesitaba.
Marcos quiso tomar un pequeño látigo para azotarla por lo que
también fue una oportunidad para él para calmarse y terminar
de desnudarse. El sudor estaba marcándose en la camiseta y
haciendo que sus pantalones se pegaran más a sus piernas.
Dejó la ropa en el suelo y fue hacia uno de los lados de la
cama. Buscó por un momento y encontró el pequeño fuete que
estaba buscando. Tocó el cuero de la punta y se encontró
satisfecho con la elasticidad que tenía.
Se incorporó hacia ella quien lo miraba curiosa. Tanteó la
punta en su palma y hasta de alzar la mano, la tomó por el
cuello para besarla. Sintió su lengua y jugó un rato con ella. La
chupó y la lamió tanto como le dio la gana. Mordió sus labios
y con una de sus manos le apretó los pezones. Volvió a echarse
para atrás, se colocó de lado e hizo un rápido movimiento en
donde dejó caer el fuete entre las piernas de ella.
Un largo quejido hizo eco en la habitación. La marca del fuete
entre ese par de muslos gruesos le hicieron casi babear, así que
continuó azotándola, haciéndola sufrir como quería hacer en
un principio.
Lo hizo en sus piernas, cercas de sus rodillas, parte de las
caderas y torso. Incluso lo hizo con más delicadeza cerca de
los pechos. Como estaba ansioso por saber cómo ser verían
esas marcas que no pudo evitar hacerlas.
De repente, se encontró agotado, el dolor en la muñeca se
manifestó de manera aguda así que esperó un poco para
recuperar el aliento. Su sumisa, por otro lado, estaba tan
enrojecida y agitada que se tomó unos cuantos minutos para
que pudiera sentirse tranquila.
-¿Estás bien?
-Sí, Señor… -Lo miró y trató de sonreír.
-¿Estás segura?
-Sí. Segura, Señor.
-Eres una buena chica, ¿sabías?
-Gracias, Señor.
A pesar del cansancio que pensó que tendría, ella se mantenía
todavía en el papel. Sin duda era una sumisa nata.
Después de esperar unos cuantos minutos, Marcos tomó un
poco de agua y volvió a reunirse con ella. Le pasó una toalla
húmeda para refrescarle y aprovechó para besarla. Lo hacía
con una dulzura que no reconoció ser capaz. Después de pasar
tantos años privado de gestos sinceros de cariño y cuidado, se
sintió un poco extraño.
Descendió poco a poco hasta llegar a la entrepierna. Sacó su
lengua para chuparla como si no hubiera un mañana. Sus
labios apretaron los de ella, sus dientes mordieron su clítoris
pero sólo un poco, lo suficiente para que sintiera que ella se
estremecía sin parar. Sonrió y continuó dándole unos cuantos
mordiscos más. Luego, chupó con más fuerza haciéndola
gritar.
Se mantuvo un largo rato en ese maravilloso lugar. Miró como
el clítoris rosado se tornó de un rojo intenso gracias a sus
lamidas. Quiso quedarse allí prácticamente por siempre. No
habría un lugar mejor.
Sin embargo quería continuar. Hasta el momento, Elena estaba
embebida en la sesión, sintiendo todo tipo de sensaciones y
caminando justo al borde del orgasmo. Aprendió a mantener la
cabeza gacha y aceptar las órdenes en entera sumisión. Nada
mal para una novata.
Por otro lado, Elena, más allá de la excitación que sentía, no
pudo seguir negando sus sentimientos. Marcos le producía un
nosequé. Le emocionaba estar a su lado, quería estar con ella y
además estaba eufórica por formar parte de tu vida hasta ese
momento. Ella quería más y más de él, incluso se le hizo
imposible pensar que hubiera una manera en que se cansaría.
No habría forma.
Los besos de Marcos se sentían como si él tomara sus manos y
le acariciara el alma. Sus abrazos y caricias le llenaban de una
emoción descontrolada. Quería gritar lo que sentía pero sabía
que sería contraproducente para su relación… Aunque no
sabía bien cómo él se lo tomaría.
Volvió a concentrarse cuando sintió que él le quitaba los
amarres de la cruz de San Andrés. Ella sintió alivió porque el
hormigueo que comenzó a experimentar estando allí tanto
tiempo, le preocupó un poco.
Marcos, como buen Dominante que era, se ocupó por
acariciarla y verificar que todo estaba bien. Elena recordó la
conversación que tuvieron en donde él le puntualizó lo
importante del poder de la observación. Sin duda, era un
hombre que sabía muy bien lo que hacía.
Así pues terminó por bajarla de allí y por llevarla a la cama.
Ella se sintió mucho más cómoda en esa superficie tan suave y
delicada. Sin embargo, no tardó demasiado tiempo para que él
fuera sobre su cuerpo.
Estuvo sobre ella y procuró elevar sus piernas, cruzó los
tobillos y colocó los pies sobre su pecho. La intención de esa
posición era permitir que el coño se cerrase aún más,
procurando más placer para los dos.
Rozó sus dedos un poco sobre ese coño divino y metió su pene
lentamente. Los gemidos de Elena se hicieron cada vez más
fuertes a medida que lo introducía. Al final, al quedar
completamente dentro de ella, la cadera de Marcos realizó una
serie de movimientos de adentro hacia afuera, para hacer
gemir mucho más duro.
Sus manos se apoyaron de sus muslos para tener más impulso,
al lograrlo, pudo ir más rápido, por lo que ella tomó las
sábanas que estaban a su alrededor para sostenerse tanto como
pudiera. Cerró los ojos y se concentró en sentir esa verga tan
deliciosa dentro de ella.
Grande y venosa, el pene de Marcos se le introdujo entre sus
carnes sin miramientos y sin miedos. Por otro lado, él al sentir
la estrechez del coño más lo apretado que estaba por la
posición, no paraba de exclamar palabras incomprensibles. Su
boca entreabierta apenas le daba para regular la respiración y
los gemidos. Sus fuertes brazos, apoyados en la piel de ella, le
ayudaban a darse cuenta que todo lo que estaba viviendo era
real.
Para no correrse demasiado pronto, Marcos comenzó a detallar
las heridas producidas por el fuete que usó mientras ella
estuvo en la cruz de San Andrés. En algunas partes, la piel
estaba enrojecida y en otras, rota. Unas micro gotas de sangre
salían del resto pero eso no pareció molestarle a ella. Ella
estaba junto a él, en esa mezcla de sensaciones que estaban
experimentando los dos en ese momento.
Siguió dentro de ella hasta que cambiaron de posición. Sus
manos la tomaron la cintura y la voltearon con demasiada
facilidad. Incluso Elena no tuvo tiempo para sorprenderse del
estrepitoso cambio.
La colocó en cuatro y pudo ver esas portentosas nalgas que se
le exhibían frente a él. Tomó las dos con ambas manos y las
apretó con fuerza. Tanto que le hizo chillar del placer. Como
ya estaba allí, tampoco pudo evitar darle unas cuantas
nalgadas. Fuertes, por supuesto, porque para él, esa era la
única manera de hacerlo.
Siguió nalgueándola hasta que se le cansó la mano, después, se
acomodó en la cama para prepararse y follarla desde atrás.
Abrió sus nalgas con ambas manos y metió su pene con
fuerza. La consideración y la dulzura quedaron atrás, Marcos
dejó libre al Dominante rudo que le gustaba las cosas fuertes.
Las embestidas de él dentro el coño de Elena, se sentían
deliciosas. Se abrió paso entre sus carnes de una manera que
hacía que ella rogara porque no parara. Adoraba tenerlo
adentro.
Se sostuvo con más fuerza en sus caderas para seguir
embistiendo hasta llegar al punto en que él sintió que ya no
podía más. Entonces comenzó a quejarse y ella también,
comenzó a sentir que ya no tenía demasiada fuerza por lo que
apretó un poco más el paso hasta que sintió que no podría más.
Sacó la verga de ella, tomó su mano y comenzó masturbarse
hasta que por fin salieron los chorros de semen que cayeron
sobre su espalda. Marcos, se impresionó al darse cuenta que se
trató de un orgasmo fuerte y muy intenso, tanto que, cuando
terminó, cuando sacó hasta la última gota, cayó sobre ella
como si fuera un plomo pesado.
Al mismo tiempo, Elena también se corrió justo cuando él
desparramó su semen sobre la espalda. Sus gritos se
confundieron con los de él, entrelazándose y uniéndose entre
sí.
Permanecieron un largo rato hasta que Marcos encontró la
fuerza para levantarse, tomó una de las toallas que estaban en
uno de los muebles al lado de la cama y procedió a limpiarla y
luego él. Además, le acercó la botella de agua para que se
refrescara. Estaba sedienta.
Dio unos cuantos tumbos hasta que se levantó y fue al baño.
Encendió la luz y cerró un poco la puerta para tener un
momento de privacidad. Abrió la llave de agua fría y se lavó la
cara para espabilarse. Se miró en el espejo y se dio cuenta que
estaba todavía sonrojado y agitado. No era para menos. Un
orgasmo con esa potencia no era un juego de niños.
Por otro lado, hubo algo que le llamó la atención. Bueno, en
realidad dos cosas. En primer lugar, la forma en cómo ella lo
miró desde el principio. Esa dulzura, esa ternura en sus
pupilas. No lo supo identificar inmediatamente pero sí
presintió que quizás estaban naciendo otros sentimientos. Por
otro lado, estaba él.
El mujeriego, amante de la atención y la adoración, el que no
pensaba en más nada sino en divertirse, en beber y las fiestas,
ahora se encontraba en una situación muy diferente. Se sentía
muy bien con ella, mucho, a decir verdad, por lo tanto seguía
sin entender por qué estaba tan descolocado.
Era una locura sentirse así cuando tenían menos de una
semana de conocerse. ¿Por qué le pasaba todo eso? ¿Qué
quería decir? Estaba cansándose de la situación. Así que salió
apresurado y antes de decir palabra, la encontró dormida en la
cama.
Sus pies tuvieron el impulso de reunirse con ella, de acostarse
y de acariciarla. Pero su mente seguía negándose a eso, así que
salió sigilosamente, no sin antes tomar el par de jeans que
tenía puestos hacía rato. Procedió ponérselos en el pasillo y
bajó las escaleras para tomar un trago en la cocina. Era un
ritual que ya se estaba haciendo frecuente en esos últimos días.
Se sirvió el Bourbon de siempre y se sentó en una de las sillas
que daban frente al ventanal de la sala. Se quedó mirando un
rato el cielo y el verdor del jardín. Miró como si no hubiera
nada más interesante allí. La preocupación le invadió el cuerpo
y quiso pensar que eran tonterías.
Sin embargo sus pensamientos seguían atormentándolo. Le
persiguieron tanto hasta que tuvo que admitir que ella le estaba
produciendo algo que más que simple morbo. No supo
exactamente cuándo empezó pero sí no pudo negar que era
algo que de verdad estaba sucediendo.
Una sensación de miedo embargó su cuerpo haciéndolo beber
de inmediato el trago para servirse el otro. Elena estaba allí,
dentro de su mente y cuerpo, invadiéndolo vertiginosamente.
… Ahora no sabía qué hacer.
VII
El extremo silencio y quietud, terminaron por despertar a
Elena quien estaba abrazada a la cama. Después de restregarse
los ojos, miró a su alrededor y se dio cuenta que estaba en la
habitación de Marcos. No en aquella en donde tuvieron su
sesión.
Como estaba de buen humor, se giró para encontrarse con él
pero no lo encontró. Supuso que estaría tomándose una ducha,
por lo que bajó de la cama y lo buscó sin encontrar nada más
que silencio.
Extrañada y un poco alarmada, comenzó a vestirse y luego
bajó a la cocina. Lo mismo, silencio absoluto. Un hilo frío
invadió su cuerpo y de repente se fijó en un pequeño trozo de
papel. Se trató de una nota de él.
“Tuve que salir corriendo, literalmente. Espero que estés bien.
Te dejo el número de un Uber de confianza que sé que te
llevará a donde quieras. No te preocupes por el dinero que lo
pago yo. Nos vemos pronto”.
Elena estaba un poco impresionada por la frialdad de la nota.
La tomó entre sus manos, la miró detenidamente y se fijó que
no había nada más. Tuvo la sensación de que las cosas estaban
diferentes por lo que quiso irse de allí lo más rápido posible.
Tomó su bolso y dejó la nota en donde la encontró. No tuvo
ganas de usar ese favor porque no quería que él lo tomara
como un abuso de su parte. Mientras menos le debiera, mejor.
Salió con cuidado por una de las puertas laterales y caminó
hasta encontrarse con el camino principal. Mientras lo hacía,
se preguntó sin parar lo que había sucedido. La noche anterior
todo había marchado bien, sin inconvenientes ahora Marcos
estaba más extraño que de costumbre. Era algo que no
comprendió.
De inmediato se encontró con la parada de autobús y se sentó
a esperar la unidad. Nunca en su vida deseó tanto ir a casa.
Al llegar, subió por las estrechas escaleras hasta acercarse a la
puerta de su piso. Abrió la puerta y dio unos cuantos pasos
más para quedarse en el silencio del lugar. Le escribió a sus
padres, se aseguró que todo estaba bajo control así que
aprovechó el poco ánimo que sentía para tomar una ducha.
Poco a poco, cada paso que dio, le hizo sentir como si
estuviera derrotada. Esa sensación de pesadez en los pies, el
apretar los dientes y ese esfuerzo en vano de soportar las
lágrimas le indicaron que ella estaba enamorándose de él.
La sola revelación le cayó como un plomo por dentro. Trató de
huir de esos pensamientos pero fue inútil. Era más y más
doloroso.
Al meterse en la ducha, al sentir el agua tibia recorriendo su
cuerpo, trató de hacer un retrospectiva de cuándo había sido el
momento en todo cambió para ella. Sí, fue esa vez que él
terminó por quitarle la virginidad al mismo tiempo que la
llenaba de besos y caricias. Nunca en su vida se sintió así de
querida, así de cuidada por lo que las cosas se volvieron más
profundas para ella.
Se sintió como una niña estúpida pero, ¿qué más iba a hacer?
En las cosas del corazón no se mandan y no estaba dispuesta a
sentirse arrepentida por ello. Él era un hombre y ella una
mujer, ese tipo de situaciones suelen suceder.
Sin embargo, todavía no le quedó claro el por qué se alejó de
ella de esa manera. Si, él le dejó en claro que era un hombre
solicitado por las mujeres con poco interés en las relaciones
pero no comprendió ese cambio tan repentino. Otro dolor
agudo dentro de su corazón.
Estaba un poco perdida porque no sabía muy bien qué hacer.
Quiso preguntarle a alguien, quiso que le dieran la respuesta
correcta pero no hay para situaciones así. No existe.
Salió del baño con las lágrimas en los ojos y con las ganas de
decirle lo que sentía pero no podía. Lo alejaría más. Sin
embargo, tampoco era justo para ella. Tenía que ser sincera,
tenía que informarle porque de lo contrario, las cosas irían de
mal en peor.
Se colocó un camisón viejo y se echó sobre la cama. El mundo
le dio vueltas sin parar. Quería que alguien le diera más
respuestas.
Marcos estaba sentado como siempre en la silla de su oficina,
revisando la pila de papeles que tenía frente así. La huida que
hizo la tarde anterior, fue suficiente como para que acumulara
trabajo. Le pareció impresionante que sólo en cuestión de
horas fuera capaz de encontrarse con semejante panorama.
Por otro lado, halló consuelo en ello porque así mantendría la
cabeza ocupada. O al menos así pensó.
Durante todo el día, sólo pensaba en ella. Cualquier cosa la
recordaba y ya comenzaba a sentirse mal al respecto. Frotó sus
ojos y siguió concentrado en los papeles. Una chiquilla no le
arruinaría el día.
… Sin embargo todo resultó lo contrario a lo que quería. No
sólo pensaba en ella sino también la imaginaba y la recordaba.
Las sensaciones que le produjo, los sonidos que hacía cuando
la lamía o castigaba, el color de las heridas, la sangre que
brotó por los azotes, el resplandor de sus ojos azules que le
miraban a los suyos con desafío y deseo. Por si fuera poco, su
lengua recordó su dulce sabor, el dulce néctar de ese coño que
lo volvía loco. Era una adicción que había calado en su cuerpo
y no encontraba manera de recuperarse de ella.
Aunque moría por verla, no se permitió por puro orgullo. Le
pareció absurdo sentirse así por alguien que llegó a su vida tan
de sorpresa. Le pareció amargo encontrarse así como era uno
de los solteros más cotizados del momento, una de las
promesas del mundo empresarial. Marcos podría tener el
mundo en sus manos si quisiera pero la verdad que estaba a los
pies de una chica con un pasado misterioso que no terminaba
de comprender.
Los días transcurrieron y Marcos se negaba a dar señales de
vida. Elena, tampoco lo hizo también por cuestiones de
orgullo. Si bien era una chica dulce y sensible, tampoco se
dejaría arrastrar por la situación. Tendría que tener control de
sí misma tanto como pudiera.
Durante ese tiempo, a su madre le dieron de alta. La reacción
tan positiva al tratamiento y gracias a los cuidados que recibió
estando en el hospital, hicieron que su salud se fortaleciera.
-Puedes llevarla a casa y sólo tendrían que venir por la quimio.
Ah, también te quería decir que hemos bajado las dosis. De
verdad que este es un caso extraordinario.
La noticia casi la hizo saltar de su silla. Apenas recibió la
noticia, tomó a su madre en brazos con la ayuda de su padre, y
fueron a casa de ellos en donde por fin sintió que las cosas
estaban saliendo como debían. Si no hubiera sido por La Puja,
quizás no estaría así pero tampoco quería darle vueltas al
asunto porque también representaba tener que pensar en él y
eso de por sí era doloroso.
Por otro lado, su padre logró obtener un trabajo como
supervisor en una construcción lo que lo mantuvo ocupado de
las apuestas. Asimismo, se tomó muy en serio las reuniones de
Ludómanos Anónimos en donde encontraba fuerzas para no
recaer.
Elena, en vista de que ya no tenía que vivir en una angustia
constante, se sintió más extraña de lo normal. Esa sensación de
se presentaba una mala noticia tras otra, quedó en el pasado y
su cuerpo y mente comenzaron a sentirse liberados de todo
aquello. Era experimentar un nuevo renacer.
Entonces aprovechó el dinero que tenía ahorrado y lo tomó
para ver clases de cocina. De un tiempo para aquí, descubrió
que lo suyo eran las ollas y el fuego por lo que se preparó para
un curso intensivo.
Le fue tan bien, que incluso ganó una beca para estudiar en
uno de los restaurantes más elegantes del interior del país. Allí
aprendería cocina francesa y bases de la china. Incluso
comenzó a fantasear con la idea de tener su propio restaurante,
aunque sabía que le faltaba camino por recorrer.
En vista de eso, se ausentó por un tiempo de la ciudad. Al
tomar sus maletas y enrumbarse al aeropuerto, tuvo la leve
esperanza de verlo al final del pasillo. De verlo y de
escucharle decir que la esperaría. Pero no, esa ilusión se disipó
cuando no lo vio. De nuevo sintió ese dolor agudo en el
corazón.
El tiempo también afectó a Marcos. De ser un hombre alegre y
encantador, se volvió taciturno y poco conversador. Su vida se
limitó de ir de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa. Los
días de estar en discos y bares, pasándola bien, fueron cosas
del pasado.
Él no reconoció el tipo de persona que se había convertido.
Era como si una parte de sí mismo la había perdido.
Un día, después de regresar a casa tras un largo día de trabajo,
Marcos fue a su habitación directamente para tomar un baño.
Antes de llegar, vio la luz de sol que se apagaba en la
habitación contigua, en aquella que había destinado para tener
sus juegos como Dominante.
Al entrar allí, casi sintió el olor de Elena en el lugar. Se
adentró un poco más y se sintió terriblemente estúpido. De
repente, cuando sintió que no pudo resistir más, casi se tropezó
con ese mueble en forma de “C” que no lograba terminar. Por
alguna extraña razón, se quitó el sacó, se arremangó las
mangas y se quitó la corbata. Le pareció idóneo terminar lo
que tenía que terminar.
Bajó por las escaleras y fue hacia el garaje. Encendió la luz y
se encontró con un área en donde cualquier hombre pudiera
ser feliz. Una serie de herramientas que colgaban del techo
para hacer lo que quisiera, sierras, lijas, martillos, madera,
metal. Incluso una soldadora. Todo eso tenía sentido si eras
Dominante y si te gustaba diseñar tu propio mobiliario.
Desplegó una mesa de madera y subió el mueble con toda su
fuerza. Se secó el sudor debido al esfuerzo y buscó una de las
lijas para comenzar a trabajar. Posicionó el mueble y acomodó
su cuerpo para comenzar a lijar poco a poco.
Algunas tajadas de fina madera cayeron sobre el suelo
mientras él trabajaba sin parar. Cuando se encontró satisfecho,
lijó los bordes para hacerlos más suaves al tacto. Sacudió el
resto del aserrín y buscó en un mueble que estaba detrás de él,
un bote de barniz oscuro y una brocha.
Allí estaba Marcos, haciendo trabajos de carpintería a altas
horas de la noche. Al termina con el último borde, la “C”
finalmente estaba lista. Pensó que después de secar, podría
colocar un amarre en uno de los extremos y un consolador en
el otro. Le pareció buena idea hasta que recordó que quería
usarlo con ella. Y que, además, quería probar un montón de
cosas más con ella.
Una gota de sudor que recorrió la frente, le hizo pensar que no
podía huir más de ella. Tenía que verla, tenía que buscarla.
Dejó esas cosas allí y subió rápidamente su saco para
escribirle. No tenía valor de llamarla por teléfono. De nuevo se
sintió como un chaval tonto.
-Sé que ha pasado demasiado tiempo. Sé que no nos dijimos
más pero no puedo darle largas a esto. No puedo más. ¿En
dónde estás?
Dejó el móvil cerca con la esperanza de una rápida respuesta.
Sintió que no soportaría más hasta que, casi media hora
después, Elena respondió:
-Fuera de la ciudad. Sí. Nos dejamos y nos la alejamos. Pero lo
cierto es que las cosas se volvieron incómodas. No entendí lo
que pasó. Lo que te pasó.
Como Marcos estaba ansioso, como no quería esperar más, le
llamó y hablaron por un largo rato. Después de un par de
silencios incómodos, Elena tampoco se pudo resistir
demasiado a esa voz que tanto le gustaba. Le dijo en dónde se
encontraba pero que el fin de semana iría a la ciudad a visitar a
su familia. Quedaron que se verían para ese momento.
Después de colgar, Marcos pensó que esperar no sería la mejor
decisión, así que se apresuró en hacer un par de cosas. En
sincerarse y proponerle que se convirtiera en su sumisa y en
comprar un pasaje para ir hacia donde estaba. Le llegaría de
sorpresa.
A la mañana siguiente, después de dar instrucciones explícitas
a su secretaria de que estaría fuera unos días y que no quería
que nadie, absolutamente nadie, lo molestara, tomó una
pequeña maleta y un cuerpo cargado de nervios para ir hacia la
provincia que le dijo Elena.
Mientras estuvo sentado en el avión, comenzó a burlarse de sí
mismo.
-El tío más poderoso, el tío con más mujeres alrededor que un
gigoló, ahora vuelta para verse con una chavala que le tiene
los sesos de cabeza. Increíble. Bien, para todo hay una primera
vez.
No pudo evitar cerrar ese pensamiento con una sonrisa amplia.
Estaba seguro que él también estaba adentrándose en una de
las experiencias más increíbles de su vida.
Al llegar al aeropuerto y al esperar por su maleta, sintió la caja
que tenía en su saco. Antes de irse, compró un collar de cuero
que le regalaría a ella como un acto de sinceridad ante todo lo
que había sucedido. Aunque era una apuesta grande, deseaba
que ella le dijera que sí. Lo ansiaba como a nada en este
mundo.
Apenas tomó la maleta, fue corriendo hacia las afueras para
pedir un taxi. Fue a un hotel, se registró y apenas tuvo aliento
para continuar con el lugar en donde ella trabajaba ahora como
chef principal.
Se topó con un enorme hotel. Un emblema de lujo, pero no vio
más detalles porque ansiaba verla. Después de preguntar en
dónde se encontraba a unas cuantas personas. La encontró
dando órdenes en la cocina. Tenía el cabello recogido, los ojos
brillantes y las mejillas encendidas por el calor. Estaba más
hermosa que nunca.
El portazo advirtió su presencia y ella también logró verlo. Se
miraron mutuamente por un rato hasta que ella le dijo unas
cuantas palabras a la persona que tenía a su lado, se quitó el
mandil y fue hacia él.
De nuevo se encontró con esa chica que tanto le gustaba. Tan
bella y vivaz.
-No pude esperar hasta el fin de semana. Lo siento.
-Ven.
Lo llevó a un sitio despejado en donde pudieran hablar solos.
Aunque había pasado el tiempo, aunque ella tenía un poco de
confusión y dolor, no pudo evitar sentirse feliz al verlo. Fue
como si su corazón hubiera dado un salto. Marcos, apenas
supo que estaban a solas, se apresuró en decir:
-Soy un tarado, un estúpido porque sentí miedo de lo que
estaba sintiendo. Me acostumbré a ser siempre el galán que no
sabía cómo manejar estos sentimientos. Sí, tardé demasiado y
sé que es muy descarado de mi parte pedirte tiempo valioso
sabiendo que estás tan ocupada.
>>Pero mira, te he traído esto –Dijo sacando la caja en donde
estaba el collar- No quiero que nos pase otra vez. –Miró hacia
el suelo- Ahora me siento como un niño, pero no puedo
evitarlo. Es algo que no puedo ni quiero obviar más. Quiero
que seas mía, en todos los sentidos.
Marcos tenía la mirada encendida y Elena no supo qué decir
durante unos segundos. Lo cierto es que estaba tan sorprendida
que apenas pudo pestañear. Aunque tenía razones suficientes
para rechazarlo, no pudo. Al final si fue a buscarla, al final se
sinceró como ella lo hizo consigo misma, al final comprendió
lo que estaba pasando entre los dos.
Lo miró a los ojos y le acarició el mentón.
-Siempre lo he sido, tonto. Siempre.
Marcos sonrió y procedió a colocarle el cuello a esa mujer que
le puso el mundo de cabeza. Se acercó a ella para darle un
beso e internamente agradeció que Elena fuera el mejor regalo
que hubiera recibido en su vida.
NOTA DE LA AUTORA

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tardas ni un minuto, lo sé yo). Eso ayuda muchísimo, no sólo a que más gente lo lea
y disfrute de él, sino a que yo siga escribiendo.
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“Bonus Track”
— Preview de “La Mujer Trofeo” —

Capítulo 1
Cuando era adolescente no me imaginé que mi vida sería así, eso por
descontado.
Mi madre, que es una crack, me metió en la cabeza desde niña que tenía que
ser independiente y hacer lo que yo quisiera. “Estudia lo que quieras, aprende a
valerte por ti misma y nunca mires atrás, Belén”, me decía.
Mis abuelos, a los que no llegué a conocer hasta que eran muy viejitos, fueron
siempre muy estrictos con ella. En estos casos, lo más normal es que la chavala
salga por donde menos te lo esperas, así que siguiendo esa lógica mi madre
apareció a los dieciocho con un bombo de padre desconocido y la echaron de casa.
Del bombo, por si no te lo imaginabas, salí yo. Y así, durante la mayor parte
de mi vida seguí el consejo de mi madre para vivir igual que ella había vivido:
libre, independiente… y pobre como una rata.
Aceleramos la película, nos saltamos unas cuantas escenas y aparezco en una
tumbona blanca junto a una piscina más grande que la casa en la que me crie. Llevo
puestas gafas de sol de Dolce & Gabana, un bikini exclusivo de Carolina Herrera y,
a pesar de que no han sonado todavía las doce del mediodía, me estoy tomando el
medio gin-tonic que me ha preparado el servicio.
Pese al ligero regusto amargo que me deja en la boca, cada sorbo me sabe a
triunfo. Un triunfo que no he alcanzado gracias a mi trabajo (a ver cómo se hace
una rica siendo psicóloga cuando el empleo mejor pagado que he tenido ha sido en
el Mercadona), pero que no por ello es menos meritorio.
Sí, he pegado un braguetazo.
Sí, soy una esposa trofeo.
Y no, no me arrepiento de ello. Ni lo más mínimo.
Mi madre no está demasiado orgullosa de mí. Supongo que habría preferido
que siguiera escaldándome las manos de lavaplatos en un restaurante, o las rodillas
como fregona en una empresa de limpieza que hacía malabarismos con mi contrato
para pagarme lo menos posible y tener la capacidad de echarme sin que pudiese
decir esta boca es mía.
Si habéis escuchado lo primero que he dicho, sabréis por qué. Mi madre cree
que una mujer no debería buscar un esposo (o esposa, que es muy moderna) que la
mantenga. A pesar de todo, mi infancia y adolescencia fueron estupendas, y ella se
dejó los cuernos para que yo fuese a la universidad. “¿Por qué has tenido que optar
por el camino fácil, Belén?”, me dijo desolada cuando le expliqué el arreglo.
Pues porque estaba hasta el moño, por eso. Hasta el moño de esforzarme y
que no diera frutos, de pelearme con el mundo para encontrar el pequeño espacio en
el que se me permitiera ser feliz. Hasta el moño de seguir convenciones sociales,
buscar el amor, creer en el mérito del trabajo, ser una mujer diez y actuar siempre
como si la siguiente generación de chicas jóvenes fuese a tenerme a mí como
ejemplo.
Porque la vida está para vivirla, y si encuentras un atajo… Bueno, pues habrá
que ver a dónde conduce, ¿no? Con todo, mi madre debería estar orgullosa de una
cosa. Aunque el arreglo haya sido más bien decimonónico, he llegado hasta aquí de
la manera más racional, práctica y moderna posible.
Estoy bebiendo un trago del gin-tonic cuando veo aparecer a Vanessa
Schumacher al otro lado de la piscina. Los hielos tintinean cuando los dejo a la
sombra de la tumbona. Viene con un vestido de noche largo y con los zapatos de
tacón en la mano. Al menos se ha dado una ducha y el pelo largo y rubio le gotea
sobre los hombros. Parece como si no se esperase encontrarme aquí.
Tímida, levanta la mirada y sonríe. Hace un gesto de saludo con la mano libre
y yo la imito. No hemos hablado mucho, pero me cae bien, así que le indico que se
acerque. Si se acaba de despertar, seguro que tiene hambre.
Vanessa cruza el espacio que nos separa franqueando la piscina. Deja los
zapatos en el suelo antes de sentarse en la tumbona que le señalo. Está algo
inquieta, pero siempre he sido cordial con ella, así que no tarda en obedecer y
relajarse.
—¿Quieres desayunar algo? –pregunto mientras se sienta en la tumbona con
un crujido.
—Vale –dice con un leve acento alemán. Tiene unos ojos grises muy bonitos
que hacen que su rostro resplandezca. Es joven; debe de rondar los veintipocos y le
ha sabido sacar todo el jugo a su tipazo germánico. La he visto posando en portadas
de revistas de moda y corazón desde antes de que yo misma apareciera. De cerca,
sorprende su aparente candidez. Cualquiera diría que es una mujer casada y curtida
en este mundo de apariencias.
Le pido a una de las mujeres del servicio que le traiga el desayuno a Vanessa.
Aparece con una bandeja de platos variados mientras Vanessa y yo hablamos del
tiempo, de la playa y de la fiesta en la que estuvo anoche. Cuando le da el primer
mordisco a una tostada con mantequilla light y mermelada de naranja amarga,
aparece mi marido por la misma puerta de la que ha salido ella.
¿Veis? Os había dicho que, pese a lo anticuado del planteamiento, lo
habíamos llevado a cabo con estilo y practicidad.
Javier ronda los treinta y cinco y lleva un año retirado, pero conserva la buena
forma de un futbolista. Alto y fibroso, con la piel bronceada por las horas de
entrenamiento al aire libre, tiene unos pectorales bien formados y una tableta de
chocolate con sus ocho onzas y todo.
Aunque tiene el pecho y el abdomen cubiertos por una ligera mata de vello,
parece suave al tacto y no se extiende, como en otros hombres, por los hombros y la
espalda. En este caso, mi maridito se ha encargado de decorárselos con tatuajes
tribales y nombres de gente que le importa. Ninguno es el mío. Y digo que su vello
debe de ser suave porque nunca se lo he tocado. A decir verdad, nuestro contacto se
ha limitado a ponernos las alianzas, a darnos algún que otro casto beso y a tomarnos
de la mano frente a las cámaras.
El resto se lo dejo a Vanessa y a las decenas de chicas que se debe de tirar
aquí y allá. Nuestro acuerdo no precisaba ningún contacto más íntimo que ese,
después de todo.
Así descrito suena de lo más atractivo, ¿verdad? Un macho alfa en todo su
esplendor, de los que te ponen mirando a Cuenca antes de que se te pase por la
cabeza que no te ha dado ni los buenos días. Eso es porque todavía no os he dicho
cómo habla.
Pero esperad, que se nos acerca. Trae una sonrisa de suficiencia en los labios
bajo la barba de varios días. Ni se ha puesto pantalones, el tío, pero supongo que ni
Vanessa, ni el servicio, ni yo nos vamos a escandalizar por verle en calzoncillos.
Se aproxima a Vanessa, gruñe un saludo, le roba una tostada y le pega un
mordisco. Y después de mirarnos a las dos, que hasta hace un segundo estábamos
charlando tan ricamente, dice con la boca llena:
—Qué bien que seáis amigas, qué bien. El próximo día te llamo y nos
hacemos un trío, ¿eh, Belén?
Le falta una sobada de paquete para ganar el premio a machote bocazas del
año, pero parece que está demasiado ocupado echando mano del desayuno de
Vanessa como para regalarnos un gesto tan español.
Vanessa sonríe con nerviosismo, como si no supiera qué decir. Yo le doy un
trago al gin-tonic para ahorrarme una lindeza. No es que el comentario me
escandalice (después de todo, he tenido mi ración de desenfreno sexual y los tríos
no me disgustan precisamente), pero siempre me ha parecido curioso que haya
hombres que crean que esa es la mejor manera de proponer uno.
Como conozco a Javier, sé que está bastante seguro de que el universo gira en
torno a su pene y que tanto Vanessa como yo tenemos que usar toda nuestra
voluntad para evitar arrojarnos sobre su cuerpo semidesnudo y adorar su miembro
como el motivo y fin de nuestra existencia.
A veces no puedo evitar dejarle caer que no es así, pero no quiero
ridiculizarle delante de su amante. Ya lo hace él solito.
—Qué cosas dices, Javier –responde ella, y le da un manotazo cuando trata de
cogerle el vaso de zumo—. ¡Vale ya, que es mi desayuno!
—¿Por qué no pides tú algo de comer? –pregunto mirándole por encima de
las gafas de sol.
—Porque en la cocina no hay de lo que yo quiero –dice Javier.
Me guiña el ojo y se quita los calzoncillos sin ningún pudor. No tiene marca
de bronceado; en el sótano tenemos una cama de rayos UVA a la que suele darle
uso semanal. Nos deleita con una muestra rápida de su culo esculpido en piedra
antes de saltar de cabeza a la piscina. Unas gotas me salpican en el tobillo y me
obligan a encoger los pies.
Suspiro y me vuelvo hacia Vanessa. Ella aún le mira con cierta lujuria, pero
niega con la cabeza con una sonrisa secreta. A veces me pregunto por qué, de entre
todos los tíos a los que podría tirarse, ha elegido al idiota de Javier.
—Debería irme ya –dice dejando a un lado la bandeja—. Gracias por el
desayuno, Belén.
—No hay de qué, mujer. Ya que eres una invitada y este zopenco no se porta
como un verdadero anfitrión, algo tengo que hacer yo.
Vanessa se levanta y recoge sus zapatos.
—No seas mala. Tienes suerte de tenerle, ¿sabes?
Bufo una carcajada.
—Sí, no lo dudo.
—Lo digo en serio. Al menos le gustas. A veces me gustaría que Michel se
sintiera atraído por mí.
No hay verdadera tristeza en su voz, sino quizá cierta curiosidad. Michel St.
Dennis, jugador del Deportivo Chamartín y antiguo compañero de Javier, es su
marido. Al igual que Javier y yo, Vanessa y Michel tienen un arreglo matrimonial
muy moderno.
Vanessa, que es modelo profesional, cuenta con el apoyo económico y
publicitario que necesita para continuar con su carrera. Michel, que está dentro del
armario, necesitaba una fachada heterosexual que le permita seguir jugando en un
equipo de Primera sin que los rumores le fastidien los contratos publicitarios ni los
directivos del club se le echen encima.
Como dicen los ingleses: una situación win-win.
—Michel es un cielo –le respondo. Alguna vez hemos quedado los cuatro a
cenar en algún restaurante para que nos saquen fotos juntos, y me cae bien—. Javier
sólo me pretende porque sabe que no me interesa. Es así de narcisista. No se puede
creer que no haya caído rendida a sus encantos.
Vanessa sonríe y se encoge de hombros.
—No es tan malo como crees. Además, es sincero.
—Mira, en eso te doy la razón. Es raro encontrar hombres así. –Doy un sorbo
a mi cubata—. ¿Quieres que le diga a Pedro que te lleve a casa?
—No, gracias. Prefiero pedirme un taxi.
—Vale, pues hasta la próxima.
—Adiós, guapa.
Vanessa se va y me deja sola con mis gafas, mi bikini y mi gin-tonic. Y mi
maridito, que está haciendo largos en la piscina en modo Michael Phelps mientras
bufa y ruge como un dragón. No tengo muy claro de si se está pavoneando o sólo
ejercitando, pero corta el agua con sus brazadas de nadador como si quisiera
desbordarla.
A veces me pregunto si sería tan entusiasta en la cama, y me imagino debajo
de él en medio de una follada vikinga. ¿Vanessa grita tan alto por darle emoción, o
porque Javier es así de bueno?
Y en todo caso, ¿qué más me da? Esto es un arreglo moderno y práctico, y yo
tengo una varita Hitachi que vale por cien machos ibéricos de medio pelo.
Una mujer con la cabeza bien amueblada no necesita mucho más que eso.

Javier
Disfruto de la atención de Belén durante unos largos. Después se levanta
como si nada, recoge el gin-tonic y la revista insulsa que debe de haber estado
leyendo y se larga.
Se larga.
Me detengo en mitad de la piscina y me paso la mano por la cara para
enjuagarme el agua. Apenas puedo creer lo que veo. Estoy a cien, con el pulso
como un tambor y los músculos hinchados por el ejercicio, y ella se va. ¡Se va!
A veces me pregunto si no me he casado con una lesbiana. O con una frígida.
Pues anda que sería buena puntería. Yo, que he ganado todos los títulos que se
puedan ganar en un club europeo (la Liga, la Copa, la Súper Copa, la Champions…
Ya me entiendes) y que marqué el gol que nos dio la victoria en aquella final en
Milán (bueno, en realidad fue de penalti y Jáuregui ya había marcado uno antes,
pero ese fue el que nos aseguró que ganábamos).

La Mujer Trofeo
Romance Amor Libre y Sexo con el Futbolista Millonario
— Comedia Erótica y Humor —

Ah, y…
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Gracias.

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