INSTRUCCIÓN PARA LOS ANIMADORES DEL CANTO LITÚRGICO
INTRODUCCIÓN
1. Cincuenta años después de la promulgación del Concilio Vaticano II, los cristianos que
peregrinamos en la Provincia Eclesiástica de Costa Rica percibimos la obra que el Señor ha venido
realizando en la Iglesia, pero también estamos conscientes de las tareas que aún quedan
pendientes, entre las que destaca la atención que se debe dar al campo de la música litúrgica.
2. En la Carta Apostólica Spiritus et Sponsa, el Papa Juan Pablo II nos recordaba que la
música es un importante elemento de la celebración, cuyo objetivo es la santificación de los fieles y
la glorificación de Dios1. Afirmación que, haciendo eco de los numerales cinco al siete de la
Constitución Conciliar Sacrosanctum Concilium2, nos muestra que en el ámbito de la liturgia la
música y el canto son mucho más que una expresión artística, deben entenderse como verdaderos
canales de gracia y oportunos medios de evangelización.
3. En consecuencia, en la Comisión Nacional de Liturgia hemos creído oportuno compartir con
todos los miembros de nuestra Provincia Eclesiástica algunas reflexiones y orientaciones en torno a
este importante tema, para que los valiosos esfuerzos que se vienen realizando en esta área
puedan dar frutos cada vez mejores. Deseamos recordarles algunas de esas disposiciones que han
emanado de las instancias eclesiales competentes, de modo que -viviendo el más genuino espíritu
eclesial- brinden un verdadero servicio en la obra de la evangelización.
PRIMERA PARTE:
AL SERVICIO DE LA IGLESIA
4. La reflexión que el Concilio realizó en torno a la naturaleza de la Iglesia 3 nos permite
entender que su existencia es parte esencial del plan salvífico del Padre, pues, prefigurada
múltiplemente desde el Antiguo Testamento, Cristo la constituye en principio y servidora del Reino
que Él mismo vino a instaurar (cf. Mt 28, 18-20).
5. La Iglesia es -como nos lo enseña el libro de los Hechos de los Apóstoles- presencia de
Cristo en el mundo, quien, gracias a la fuerza del Espíritu, sigue anunciando el Evangelio y haciendo
presente la salvación4. Por eso, es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de
los ministerios (cf. 1 Cor 12, 1-11), distribuye sus diversos dones para bien de la Iglesia 5, de modo
que nunca le falten los carismas requeridos para el cumplimiento de su misión. Y todos esos dones,
en cuanto que posibilitan la realización de diversas tareas ordenadas al bien de la comunidad
eclesial, son confiados al discernimiento y la orientación de quienes tienen la responsabilidad de
dirigirla6.
6. La animación del canto litúrgico es uno de esos carismas7. Los animadores de canto son, en
1
Cf. JUAN PABLO II, “Carta apostólica ‘Spiritus et Sponsa’ en el XL aniversario de la Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’
sobre la sagrada liturgia, n. 4: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto
XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 5601, p. 1391
2
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”: Concilio
Ecuménico Vaticano II. Constituciones, Decretos y Declaraciones. Edición bilingüe patrocinada por la Conferencia Episcopal
Española, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2000 2, p. 217-221 (cada vez que se cite el Concilio Ecuménico Vaticano II,
se hará de esta edición).
3
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución dogmática ‘Lumen Gentium’ sobre la Iglesia”, n. 1-8, p. 21-37.
4
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”, n. 6, p.
219-221.
5
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución dogmática ‘Lumen Gentium’ sobre la Iglesia”, n. 7, p. 29-33.
6
Cf. Ibíd., n. 12, p. 45-47.
7
«[…] Este concepto de ministerio implica dos condiciones: de una parte quien se hace ministro de un culto, subordina su propia
primer lugar, creyentes; cristianos que se reúnen junto con sus hermanos para la celebración del
Misterio Pascual como fuente de la que brota y culmen al que tiende toda su vida cristiana 8. Por
eso, se sienten cuestionados por esa liturgia, que les confirma en el compromiso y la gracia que
nacen de su bautismo. Como cualquier otro miembro de la Iglesia, deben tener conciencia clara de
la exigencia de santidad que lleva consigo el seguimiento de Cristo; a lo cual han de responder
según la realidad de su vida. Así, el animador de canto se descubre depositario de un tesoro que
no le pertenece. Sabe que ha recibido un don cuyo ejercicio puede enriquecer la celebración de la
que él mismo participa9, por eso lo pone al servicio de la comunidad, para que sea aprovechado en
el momento y en las circunstancias que ella lo requiera10.
7. Se entiende, entonces, que el ejercicio de este don particular deba entretejerse en torno a
principios que van más allá de la música. En el contexto litúrgico, los aspectos musicales juegan un
rol auxiliar: no son el fin, sino uno de tantos medios por los que se busca facilitar el encuentro con
Dios11.
No pretendemos de ninguna manera excluir el profesionalismo en este campo; al contrario, somos
los primeros en instar a dar lo mejor en este servicio, pero sí creemos importante afirmar con toda
claridad que durante una celebración eclesial el músico y su arte nunca son protagonistas: existen
en función de un conjunto cuya razón de ser es la glorificación de Dios y la santificación del
hombre12.
8. La Constitución conciliar “Sacrosanctum Concilium” 13 explica cómo -dada la naturaleza
propia de la liturgia- la acción salvífica de Dios llega al hombre a través de elementos sensibles. El
sonido, la imagen, el tacto y el gusto son medios por los cuales Dios se acerca al hombre para
identidad a una función y de otra parte su acción se convierte en verdadera acción sagrada, celebrante y santificante. Por la
primera condición, la música no actúa en la liturgia con el único criterio de su autonomía estética, pero, lejos de perderla, su
propia identidad artística y su quehacer ejercen un auténtico ministerio». Cf. Mauro SERRANO DÍAZ, “El canto, la música, el
silencio”: DEPARTAMENTO DE LITURGIA – CELAM, Manual de Liturgia. La celebración del Misterio Pascual, vol. II:
Fundamentos teológicos y elementos constitutivos de la liturgia, Bogotá: CELAM, 2003, 398-399.
8
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”, n. 10, p.
223.
9
«Nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas que una asamblea que, toda entera, expresa su fe y su piedad por
el canto». SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS Y DEL CONSILIUM, “Instrucción ‘Musicam Sacram’ sobre la música en
la sagrada liturgia”, n. 16: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI,
Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 4707, p. 1188.
10
Cf. JUAN PABLO II, “Carta Apostólica ‘Dies Domini’ sobre la santificación del domingo”, n. 50-51: Andrés PARDO,
Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 5250-
5251, p. 1269.
11
Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS Y DEL CONSILIUM, “Instrucción ‘Musicam Sacram’ sobre la música en la
sagrada liturgia”, n. 9 y 11: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI,
Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 4700 y 4702, p. 1187.
12
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”, n. 112, p.
273.
13
«Para llevar a cabo una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está
presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo
que entonces se ofreció en la cruz”, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los
Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es Él mismo el que
habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo
que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt., 18,20). Realmente, en una
obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la
Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno. Así pues, con razón se considera la
Liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza,
según el modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo Místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus
miembros, ejerce el culto público. Por ello, toda celebración litúrgica, como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la
Iglesia, es acción sagrada por excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción
de la Iglesia». CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”, n.
7, p. 221.
ofrecerle la salvación. Por lo tanto, el animador del canto debe manifestar su conciencia de que es
un servidor de la asamblea litúrgica a través de los elementos concretos que intervienen en el
ejercicio de su función eclesial.
9. En cuanto al espacio que ocupa dentro del templo, debe ubicarse en un sitio que le
evidencie como miembro de la asamblea litúrgica, al mismo tiempo que le posibilite un buen
desempeño de su oficio14. Pues no está llamado a sustituir, sino a promover, animar y orientar el
canto de los fieles, de manera que éstos utilicen la voz como un medio para elevar su espíritu al
Señor15.
10. Para favorecer esa participación consciente, activa y fructífera deseada por el Concilio
Vaticano II16, el músico de la liturgia buscará servirse de los recursos que resulten más coherentes
con su misión. Entendiendo que la calidad de su desempeño está siempre al servicio de la
participación activa de la asamblea, se abstendrá de recurrir a técnicas que pudieran convertir la
liturgia en un recital, relegando a los fieles a la condición de espectadores.
a. Nos referimos, en primer lugar, a las llamadas “pistas” o grabaciones musicales, las
cuales utilizará con prudencia y a manera de excepción, dado que su utilización atenta
contra el “principio de veracidad”; es decir, entendiendo la liturgia como un conjunto de
signos de carácter sacramental expresados por seres humanos vivientes cuya
identidad cristiana estásiendo fraguada por su participación en las celebraciones
litúrgicas, el realismo de esos signos es una exigencia teológica y antropológica 17.
Además, tomando en cuenta que las particularidades de las distintas asambleas
litúrgicas hacen necesaria una adecuación apropiada de las interpretaciones musicales
-sin llegar a deformarlas-, de manera que sean un instrumento para que los fieles que
participan en una determinada celebración puedan integrarse verdaderamente a la
oración comunitaria18, procurará el uso de instrumentos musicales, dando prioridad a la
ejecución de la música litúrgica en vivo, especialmente en las celebraciones más
solemnes.
b. En lo que se refiere al uso de los distintos instrumentos y géneros musicales, queremos
hacer eco del principio dado por la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, en el que se
reconoce la particular idoneidad del órgano como acompañamiento más coherente con
la naturaleza de la celebración litúrgica. Sin embargo, en atención al mismo documento
conciliar, recordamos la posibilidad de utilizar otros instrumentos que, perteneciendo a la
cultura musical de nuestros pueblos, sean propicios para disponer y facilitar la plegaria,
objetivo propio de la música litúrgica19. Por la misma razón, evítese siempre todo tipo de
estridencia y abuso en el empleo de los sistemas de amplificación: la música está
14
Cf. “Institución General del Misal Romano”, n. 312: Misal Romano. Renovado por decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II,
promulgado por la autoridad del Papa Pablo VI y revisado por el Papa Juan Pablo II. Edición típica para México según la
tercera edición típica latina, aprobada por la Conferencia del Episcopado Mexicano y reconocida por la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, México: Obra Nacional de la Buena Prensa, 2013, p. 78 (cada vez que se cite
algún elemento del Misal Romano, se hará de esta edición); cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS Y DEL CONSILIUM,
“Instrucción ‘Musicam Sacram’ sobre la música en la sagrada liturgia”, n. 23: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo
Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 4714, p. 1190.
15
Cf. SAN BENITO, La Regla de San Benito, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 20064, n. XIX, p. 114-115.
16
«[…] para asegurar esta eficacia plena es necesario que los fieles accedan a la sagrada liturgia con recta disposición de
ánimo, pongan su alma de acuerdo con su voz y cooperen con la gracia divina para no recibirla en vano. Por ello, los pastores
sagrados deben procurar que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes para una celebración válida y lícita, sino
también que los fieles participen en ella consciente, activa y fructíferamente». CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II,
“Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”, n. 11, p. 225.
17
Cuando nos referimos a una exigencia antropológica, estamos hablando de un elemento que es propio del ser humano.
18
Cf. COMISIÓN EPISCOPAL ESTADOUNIDENSE DE LITURGIA, “Declaración ‘La música litúrgica, hoy’ con ocasión del
X aniversario de la publicación de ‘La música en el culto católico’ ”, n. 60: Andrés PARDO, Enchiridion. Documentación
Litúrgica Posconciliar, Barcelona: Regina, 20004, n. 4888, p. 1302.
19
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”,
n. 116, 119 y 120, p. 275-277; cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS Y DEL CONSILIUM, “Instrucción ‘Musicam
Sacram’ sobre la música en la sagrada liturgia”, n. 63: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío
destinada a acompañar y promover el canto, no a sustituirlo.
c. Este mismo criterio debe tenerse muy en cuenta al momento de emplear música
instrumental dentro de la celebración litúrgica, concediendo siempre prioridad al canto
de la asamblea. Miramos con preocupación el surgimiento de una práctica que, a pesar
de su indiscutible valor artístico y estético, va abiertamente en contra del principio de
participación que rige la liturgia; nos referimos a la costumbre de sustituir el canto
litúrgico por la intervención de grupos instrumentales. Durante una celebración no se
puede interpretar únicamente este tipo de música -sólo como una excepción se podrá
recurrir a la interpretación puramente instrumental, cuando la liturgia lo permita (fuera
del Tiempo de Cuaresma)-, por lo que podrá utilizarse solamente en uno de estos
momentos: entrada, presentación de dones o envío; garantizando que el resto de la
celebración estará marcado por el empleo del canto vocal de la asamblea, asistida -si es
del caso- por la presencia de un animador del canto. Además, cuando se opte por esta
posibilidad, es necesario asegurarse de la idoneidad litúrgica de la obra escogida: que
haya sido compuesta especialmente para la liturgia, más específicamente, para el
momento ritual en el que se va a emplear; y al momento de su ejecución debe
guardarse siempre la proporción debida con el resto de la celebración: no sería correcto
alargar un determinado momento litúrgico sólo para dar cabida a una interpretación
artística con la que se quiebra el ritmo de la súplica comunitaria.
11. Con respecto a la selección del repertorio, es necesario atender a una serie de criterios que
garanticen la naturaleza de los cantos, de manera que correspondan al momento litúrgico y al
espíritu de la celebración en curso:
a. Para coordinar la correcta ejecución de su servicio, el animador deberá comunicarse
oportunamente con el presidente de la asamblea litúrgica, ya que siendo éste el
responsable de la buena marcha de la celebración, a él le corresponde escoger las
variantes litúrgicas más adecuadas -según el querer de la Iglesia- para una determinada
liturgia, entre las que se incluye la elección de los cantos apropiados.
b. Se utilizarán únicamente los cantos que hayan sido compuestos expresamente para la
liturgia, y que además hayan sido revisados y aprobados por la autoridad competente20.
c. Por lo tanto, no se emplearán cantos que -aun sirviendo para animar a los participantes-
podrían producir o evocar sentimientos y disposiciones que no forman parte del
comportamiento litúrgico, tal es el caso de aquellos cuya letra, siendo religiosa, ha sido
adaptada a una melodía popular o no religiosa. De igual manera, ningún canto popular
puede ser interpretado durante una celebración litúrgica; ni siquiera en el caso de que se
constate una fuerte afinidad temática o sentimental. Cualquiera de estas dos prácticas
daría un resultado contraproducente: lejos de disponer y facilitar la plegaria, actuaría
como un elemento de distracción21.
d. El canto debe contribuir a darle unidad a la celebración; por eso, su escogencia debe
estar siempre en la misma línea temática de la predicación y de los demás elementos
celebrativos. Su ejecución deberá estar acorde con el momento litúrgico. Por ejemplo,
durante la Cuaresma se mantendrá una fuerte austeridad y los instrumentos sólo se
utilizarán para sostener el canto, mientras que durante la Pascua se subrayará su
X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 4754, p. 1197-1198.
20
Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS Y DEL CONSILIUM, “Instrucción ‘Musicam Sacram’ sobre la música en la
sagrada liturgia”, n. 4: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI,
Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 4695, p. 1185-1186.
21
«[…] Deploramos que aun en la santa misa se ejecute música de origen y características totalmente seculares, tomada del
repertorio de moda en el momento, popularizada por cantantes e instrumentistas de innegable mérito en su género, pero
totalmente inaceptable en la liturgia. No es salvable para la liturgia porque la letra haya sido leve o radicalmente retocada para
hacerla “religiosa”. Su origen y características son inconfundibles y son las que se prestan al oído y mente de los fieles cuando se ejecuta
en la acción litúrgica». Cf. CONFERENCIA DE LOS OBISPOS DE PUERTO RICO, “Carta pastoral en torno a la música
sagrada”, n. 16: Andrés PARDO, Enchiridion. Documentación Litúrgica Posconciliar, Barcelona: Regina, 20004, n. 4808, p.
1285.
centralidad respecto del resto del Año litúrgico22.
e. Ya que el canto debe facilitar la oración y la plena inserción en la plegaria eclesial, que
está por encima de toda forma de piedad personal, el animador del canto se guiará
siempre por el Magisterio de la Iglesia -no por criterios personales- en el desempeño de
su servicio. Por lo tanto, no utilizará música cuyo origen o teología estén marcados por
las corrientes protestantes, pentecostalistas o de cualquier otra corriente ideológica en
boga, evitando así la transmisión -incluso indirecta- de elementos doctrinales ajenos al
espíritu genuino del mensaje cristiano23.
12. Debemos recordar la necesidad humana de interiorizar el misterio que se celebra, para lo
cual es indispensable, sobre todo en medio de la agitación propia de nuestro tiempo, recurrir a
momentos que favorezcan una actitud de escucha interna y profunda. Por eso deben respetarse los
espacios de silencio que están previstos por la liturgia, sin sustituirlos nunca con el canto o la
música24.
13. Al pensar en la figura del animador del canto, nos interesa subrayar que sería paradójico
ensombrecer su servicio dándole un espíritu esencialmente lucrativo. Quienes participan en este
quehacer eclesial deben estar motivados, en primer término, por el deseo de responder a su
vocación bautismal, y no por un ansia de enriquecimiento25. Sabemos que la preparación y el
ejercicio de esta función litúrgica generan gastos que evidentemente deben ser cubiertos, pero este
reconocimiento económico no debe entenderse como la cancelación de un servicio profesional,
pues no se trata de un trabajo, sino de un servicio eclesial; y esto debe reflejarse en la modestia
con la que se trate este tema, evitando cualquier exceso.
SEGUNDA PARTE:
LOS DOS GRANDES TIPOS DE CANTOS
14. Para cumplir mejor con el servicio que se le ha encomendado, el animador del canto
litúrgico debe conocer la naturaleza de los distintos cantos que se emplean en las celebraciones.
En primer lugar, debe ser consciente de que existen dos grandes tipos de cantos: los que
acompañan un momento (rito) de la celebración y los que son un rito en sí mismos. Con cada uno
la liturgia pretende alcanzar un objetivo preciso; por eso, nos detenemos en algunas
consideraciones que permitan aprovechar todo su potencial evangelizador.
Cantos que son un rito en sí mismos
15. Debe tenerse claro que la música es un elemento constitutivo de la liturgia. En el contexto
de un acto de culto y santificación, el empleo de cánticos y melodías adecuados es un recurso
profundamente valioso para que los fieles puedan disponerse, apropiarse y expresar los más
hondos y auténticos valores humanos y religiosos26.
No se trata, entonces, de cantar para acompañar o complementar la oración, sino de hacer que la
música sea un medio privilegiado para vivir intensamente nuestra plegaria, al mismo tiempo que se
forja nuestra identidad cristiana.
22
Cf. JUAN PABLO II, “Quirógrafo en el centenario del Motu proprio ‘Tra le Sollecitudini’ ”, n. 4-6: Andrés PARDO,
Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 6669-
6671, p. 1876-1877.
23
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”, n. 121, p.
277.
24
Cf. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, “Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ sobre la sagrada liturgia”,
n. 30, p. 233-235; cf. Institución General del Misal Romano, n. 45, p. 35.
25
Cf. Institución General del Misal Romano, n. 95-97, p. 47.
26
Cf. Ibíd., n. 39, p. 33.
Esa múltiple funcionalidad de la música litúrgica se puede constatar en cada uno de los momentos
en los que se le emplea a lo largo de la celebración. Hay, sin embargo, algunas ocasiones en las
que esto se evidencia más claramente, porque la música se constituye en el punto focal de la
acción litúrgica: la asamblea no hace otra cosa más que cantar: el canto es el gesto y la palabra
que constituyen un determinado momento o rito. Esto es lo que se conoce como “cantos que son
un rito en sí mismos”. Hablamos de todas las partes del “Ordinario de la Misa”, que están hechas
para ser cantadas: el Señor, ten piedad, el Gloria, el salmo responsorial, el verso antes del
Evangelio, el Credo, el Santo y el Padrenuestro 27. Momentos en los que la asamblea se aglutina en
torno al canto de su plegaria, sin ocuparse de ninguna otra acción ritual.
16. Comprendiendo la naturaleza de estos cantos, se entiende lo que respecto de ellos nos pide
la liturgia: son estrictamente una musicalización de los textos del Misal Romano, por eso, aunque
es comprensible que una determinada melodía eventualmente pueda exigir ciertos ajustes menores
en la letra, no debe suprimirse ni agregarse frase alguna. Estos cantos, establecidos en el Ordinario
de la Misa, no se pueden sustituir con otros 28, ni siquiera cuando estén temáticamente
relacionados, ni se deben utilizar para los textos melodías no litúrgicas, es decir, que no hayan sido
compuestas expresamente para el determinado momento de la celebración.
17. En cuanto a su ejecución, los cantos que son un rito toman todo el tiempo que requieran, de
tal suerte que al concluir la ejecución musical la asamblea haya tenido acceso a la integridad del
texto litúrgico.
18. Dentro de esta categoría de cantos, es necesario detenerse en el “Señor, ten piedad”; que
es una aclamación gozosa al Dios que nos mira con la ternura propia de un Padre amoroso 29; por
eso, cuando se emplea la tercera fórmula del acto penitencial, las aclamaciones o tropos deben
subrayar la bondad del Señor y no la fragilidad de quienes le imploramos. Además, en este caso,
no puede combinarse con ninguna de las otras dos fórmulas del acto penitencial, pues se generaría
una duplicación innecesaria e injustificada. También deben cuidarse otros aspectos: aplicando el
principio general enunciado en el número 17, es incorrecto sustituir este importante canto ritual con
cualquier cántico penitencial.
19. A propósito de este tema -tal y como lo explicábamos en el número 11a-, conviene recordar
la urgente necesidad de que el animador del canto se comunique oportunamente con el presidente
de la asamblea litúrgica. Nos referimos ahora particularmente al “Señor, ten piedad”, en cuyo
empleo debe evitarse la duplicidad antes mencionada, pero esta coordinación debe darse respecto
de todos los otros cantos y servicios de una acción litúrgica, de tal forma que el presidente de la
asamblea actúe verdaderamente como tal: llevando el pulso de toda la celebración y asegurando
su buen desarrollo.
20. Al hablar del salmo responsorial, no podemos olvidar que la naturaleza de estos poemas
bíblicos exige su ejecución cantada30, de manera que puedan distinguirse claramente respecto de
los textos que se proclaman para ser escuchados por la asamblea (primera y segunda lecturas, y
Evangelio). Además, por tratarse de la meditación orante de la Palabra de Dios proclamada en una
celebración específica, el salmo responsorial debe atender a todas las sutilezas temáticas propias
de ese día; lo cual asegura la liturgia al escoger algunos versículos de un determinado salmo y
proponerlos para nuestra plegaria, acompañados de una respuesta escogida bajo los mismos
criterios. No es extraño, entonces, que en celebraciones completamente distintas se nos proponga
un mismo salmo, aunque con una respuesta o unos versículos diferentes.
27
Cf. Ibíd., n. 52, 53, 61, 62, 68, 79b y 81, p. 36-40, 42-43.
28
Cf. Ibíd., n. 366, p. 89.
29
Cf. Ibíd., n. 52, p. 36.
30
Cf. “Introducción del Leccionario de la Misa”, n. 20: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san
Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 1123, p. 399.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, podemos entender que no pueda sustituirse por ningún
otro canto, ni siquiera cuando sea temáticamente cercano. Más aún, no siempre se puede tomar la
melodía con la que un determinado salmo se ha popularizado, convirtiéndose en un canto más del
repertorio eclesial31. Únicamente deben cantarse el estribillo y las estrofas propuestas por el
Leccionario de la Misa.
21. Conviene recordar la peculiaridad del verso antes del Evangelio32, el cual se canta
antecedido y precedido del “Aleluya” o -durante el Tiempo de Cuaresma- de una de las
aclamaciones propuestas en el Leccionario. Es una pieza más de la liturgia de la Palabra. En
muchas ocasiones se constituye en un importante recurso para el establecimiento de la línea
temática de la homilía y del conjunto de la celebración. No se trata de una simple preparación al
Evangelio, sino de un elemento que clarifica y da pleno sentido a su proclamación, por lo que se
canta en la misma actitud corporal que se asume para la lectura de aquél: de pie. Este versículo
indicado en el Leccionario nunca debe sustituirse por otro canto, aunque hable de la Palabra. En el
último de los casos, si no se puede musicalizar ese verso, recomendamos que sea proclamado por
un lector, antecedido y precedido por el canto del “Aleluya” o -durante el Tiempo de Cuaresma- de
una aclamación apropiada.
22. En cuanto al Gloria, el Credo, el Santo y el Padrenuestro, insistimos en lo que se ha
enfatizado: siendo cantos rituales su texto no debe ser sustituido ni alterado de ninguna manera, ni
deben cantarse con melodías no litúrgicas. Finalmente, téngase presente que durante la
celebración de la Eucaristía debe omitirse el canto del “amén” al final de la oración del
Padrenuestro, pues éste es prolongado por el rezo del embolismo y la oración de paz, de manera
que estos tres elementos conforman una sola unidad coronada con un solo “amén”.
Cantos que acompañan un rito
23. Tal y como su nombre lo sugiere, los “cantos que acompañan un rito” son aquellos que en sí
mismos no son un momento de la celebración, sino que se entonan mientras se realiza una
determinada acción ritual33. De allí que su ejecución dependa - tanto en su duración como en sus
características- del momento litúrgico al que acompañan: la procesión de entrada, la presentación
de dones, la fracción del pan, la comunión y la procesión de envío.
24. El canto que acompaña la procesión de entrada se ubica dentro de los “ritos iniciales”, cuyo
objetivo principal es la disposición de la asamblea para una mejor vivencia de la Eucaristía o del
acto litúrgico para el que se haya reunido la comunidad eclesial34. Por eso, su escogencia puede
estar orientada por el tema de la liturgia del día y por la perspectiva comunitaria en torno a la cual
se debe conformar la asamblea litúrgica. Para la Eucaristía, lo ideal es cantar la antífona de entrada
que el Misal Romano prescribe para cada celebración35; o -al menos- ésta debe ser un elemento
importante para guiarse en la elección del canto que acompañará ese momento. En cuanto a su
duración, este cántico se ejecuta mientras el sacerdote se desplaza desde la puerta principal del
templo (o, de no ser posible, desde la sacristía) hasta el presbiterio, y se prolonga durante la
incensación del altar, si tiene lugar; pero concluye una vez que el sacerdote haya llegado a la sede.
31
Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, “Instrucción
‘Redemptionis
Sacramentum’ sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía”, n. 62: Andrés PARDO,
Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 2008 2, n. 6142, p.
1558.
32
Cf. Institución General del Misal Romano, n. 62-63, p. 39; cf. “Introducción del Leccionario de la Misa”, n. 23: Andrés
PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI , Burgos: Monte Carmelo, 2008 2, n.
1126, p. 399-400.
33
Cf. Institución General del Misal Romano, n. 37b, p. 33.
34
Cf. Ibíd., n. 46, p. 35
35
Cf. Ibíd., n. 48, p. 35.-36.
25. La presentación de dones debe distinguirse claramente del “ofertorio”, nombre con el que se
le designaba antiguamente. En ese momento no se le ofrece nada al Señor, simplemente se
presentan los dones que, gracias a la acción del Espíritu, se transformarán en ofrenda agradable al
Padre celestial36. Es un momento de orden práctico. Para ser consecuentes con el carácter propio
de este momento litúrgico, los cantos que se utilicen no deben tener apariencia de súplica o
petición (la oración de los fieles ya tuvo lugar), y se debe dejar de lado toda idea de “ofertorio”. Lo
correcto es optar por cantos que traten el tema de la entrega y la fraternidad, no sólo porque en ese
momento los fieles están llamados a presentar también los dones para ayudar a la Iglesia y a los
pobres, sino porque en esas actitudes se condensa la forma como el creyente debe presentarse
ante Dios para ofrecerse luego junto con la oblación eucarística. El canto termina cuando el
sacerdote concluye la presentación de los dones, salvo cuando se utiliza incienso, ya que podría
extenderse incluso durante la incensación del altar. Pero también podría limitarse únicamente al
momento de la “preparación de los dones” (siempre que esté de acuerdo el sacerdote que preside),
dejando que las oraciones con las que se presentan el pan y el vino sean dichas con la
participación de la asamblea.
26. Dentro de este grupo de cantos tenemos el “Cordero de Dios”, cuya razón de ser es
acompañar la fracción del pan37; por lo cual, es evidente que este canto sólo tiene lugar durante la
celebración de la Misa. Conviene recordar que no debe ni anticiparse ni extenderse más allá del
momento litúrgico que le es propio: debe iniciar al mismo tiempo que la fracción del pan y finalizar
cuando se termine de partir el pan consagrado. El sacerdote que preside la celebración de la
Eucaristía debe asegurarse de que los fieles hayan concluido una recta ejecución del rito de paz
antes de empezar a fraccionar el pan. La frase «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros» puede cantarse una sola vez con la respuesta de la asamblea o repetirse
cuantas veces sea necesario; al finalizar la fracción del pan, se canta: «Cordero de Dios, que
quitas el pecado del mundo, danos la paz»38.
27. A propósito del canto del “Cordero de Dios”, téngase muy presente que de ninguna manera
debe ser sustituido por el así llamado “canto de paz”. Para quienes formamos parte de la familia
Litúrgica Romana o Latina, el rito de paz ha tenido un desarrollo muy particular, por eso, no se le
entiende como una condición para el sacrificio, sino como el primero de sus frutos: la paz es el don
mesiánico que se nos actualiza a través del memorial eucarístico y del cual cada fiel es constituido
en mensajero. Así se deduce tanto de algunas prácticas regionales antiguas como de ciertas
normas litúrgicas actuales.
No es de extrañar, por tanto, que la estructura del Misal Romano coloque el momento de la paz
entre los ritos de Comunión, y no sólo como una simple preparación para ésta. Tampoco resulta
insólita la sobriedad con la que se pide actuar para realizar dicho gesto, ya que no se trata de un
momento de fraternidad en el cual lo importante sea encontrarse con cada uno de los hermanos,
sino de un espacio de orden cuasi- sacramental en el que cada uno de los participantes es otro de
los medios por los que se manifiesta la bendición de Dios en el contexto de una celebración
litúrgica39.
Lo correcto, entonces, es que el gesto de paz se realice únicamente con las personas que están
36
Cf. Ibíd., n. 73, p. 41.
37
Cf. Ibíd., n. 83, p. 43-44.
38
Cf. Ibíd.
39
Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, “Instrucción
‘Redemptionis
Sacramentum’ sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía”, n. 71: Andrés PARDO,
Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 2008 2, n. 6145, p.
1560
físicamente más cercanas40, y sin canto41. Sin embargo, por las particularidades de nuestra cultura,
en situaciones bien calificadas puede ser oportuno que el sacerdote realice este rito con algunos de
los fieles; por ejemplo, con los pequeños en las “Misas con niños”. En esas ocasiones, si se
considera oportuno, el rito de paz podría eventualmente acompañarse de un canto que manifieste
el sentido que hemos explicado en el párrafo anterior.
28. La comunión a través del Pan y el Vino consagrados nunca debe entenderse como un
momento intimista, ni siquiera se trata de un espacio de oración personal. Es más bien un tiempo
de súplica comunitaria en el que la Iglesia fortalece su unión con Aquél cuya Palabra le ilumina y
cuya presencia le conforta. Consecuentemente, los cantos que se utilicen en ese momento deben
obedecer a una serie de criterios cuya observancia garantiza la naturaleza de este gesto litúrgico
de comunión42:
a. Su escogencia puede estar orientada por la temática del día. Lo ideal es cantar la
antífona de Comunión que el Misal Romano propone para cada celebración, o bien,
tomarla como modelo para elegir el canto que se va a emplear 43. De no hacerlo así, se
puede utilizar un canto cuyo tema sea la eucaristía; pero que no sea de “adoración
eucarística”, dado que éste es un tiempo para contemplar lo que significa el sacramento
de la entrega de Cristo y no para venerarlo en las especies consagradas. Para eso la
Iglesia nos ofrece el culto eucarístico fuera de la Misa, regulado por su respectivo ritual.
b. No deben entonarse cantos intimistas, ya que la comunión con Dios es necesariamente
comunión con los hermanos. Por eso, la dimensión eclesial de este canto debe estar
siempre asegurada44.
c. No debe utilizarse ningún canto estrictamente mariano, es decir, dirigido directamente a
la Virgen, pues, aunque se tratara de una festividad de María, la Eucaristía es siempre
un acto de culto trinitario. En esas ocasiones podría entonarse algún cántico que apenas
haga mención de la Madre del Salvador; ese sería el caso de una musicalización del
“Magnificat”, por ejemplo.
d. Finalmente, recuérdese que siendo un canto de acompañamiento ritual debe concluir
cuando los fieles hayan recibido las especies eucarísticas, sobre todo, considerando que
la purificación de los vasos sagrados es un gesto funcional, que debe ser realizado por el
diácono, el acólito instituido o el sacerdote una vez que ha terminado la celebración
eucarística.
29. Después de la Comunión debe haber un espacio de meditación y oración personal que
podría estar acompañado por un canto; sin embargo, no conviene que la música absorba los
espacios de silencio tan vivamente recomendados por la liturgia45.
30. Al final de las celebraciones litúrgicas, normalmente nos encontramos con la fórmula:
“Pueden ir en paz”, que muchas veces se ha interpretado como una frase conclusiva. Pero, en
realidad se trata de un momento de apertura: quienes han sido transformados por la acción del
Espíritu son en ese momento enviados como mensajeros del Misterio que han celebrado.
Esta dimensión misionera debe ser evidenciada no sólo por la fórmula que viene en el Ordinario de
la Misa, sino también por la procesión de envío y el canto que la acompaña. Por lo tanto, los
40
Cf. Institución General del Misal Romano, n. 82, p. 43; Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA
DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, “Instrucción ‘Redemptionis Sacramentum’ sobre algunas cosas que se deben observar
o evitar acerca de la Santísima Eucaristía”, n. 72: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X
(1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 20082, n. 6145, p. 1560.
41
Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Carta circular ‘El
significado Ritual del don de la Paz en la Misa’, n. 3.
42
Cf. Institución General del Misal Romano, n. 86, p. 44.
43
Cf. Ibíd., n. 87, p. 44.
44
Cf. Ibíd., n. 86, p. 44.
45
Cf. Ibíd., n. 88, p. 44.
cánticos que se escojan para este momento deben de estar marcados por la temática de la misión
o envío apostólico. Éste no es el momento para cantos de acción de gracias, pues toda la Plegaria
Eucarística fue el tiempo propicio para esa actitud. Tampoco es momento para cantos marianos;
María tiene su lugar bien definido durante la celebración: se le menciona a justo título en la recién
aludida Plegaria Eucarística.
31. Aparte de los que hemos mencionado, no deben introducirse más cantos durante la
celebración de la Eucaristía, pues se corre el riesgo de alterar su ritmo propio. En este sentido,
vemos con especial preocupación la incorrecta costumbre de introducir cantos eucarísticos o
interpretaciones instrumentales en el momento del “relato de la institución”46 (comúnmente conocido
como “consagración”), sobre todo porque esta práctica ha conocido un importante aumento,
creando incluso una especie de culto eucarístico cuya naturaleza no corresponde al dinamismo de
la Plegaria Eucarística. En efecto, no podemos olvidar que dicha oración es una acción de gracias
dirigida al Padre celestial, dentro de la cual se menciona la entrega de Cristo ciertamente como el
punto focal de nuestra gratitud, pero nunca como un elemento que justifique un cambio de
destinatario en la oración. Es un contrasentido cortar el dinamismo de una oración dirigida al Padre
para introducir un acto de adoración al Hijo, pues de esta forma se cortaría la unidad de la Plegaria
Eucarística47.
CONCLUSIÓN
32. Concluimos agradeciendo a cada una de las personas que, de una forma u otra, han hecho
de su habilidad para el canto y la música un medio de evangelización. Dios sabrá recompensar
toda la generosidad de ese empeño y talento que valoramos como un don extraordinario del Señor
para con su Iglesia.
Con estas líneas pretendemos colaborar en aras de un desempeño cada vez mejor de este
importante elemento de la Pastoral Litúrgica.
Junto con este documento ponemos a su disposición los diversos recursos con los que cuenta la
Comisión Nacional de Liturgia, particularmente la nueva edición del cantoral litúrgico Cantad
Alegres a Dios (en sus diversas versiones) que pronto serán publicada; con lo cual esperamos
favorecer aún más la labor de los animadores de canto.
Dado en la sede de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, a los 22 días del mes de noviembre
del año del Señor 2015, en el XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario, solemnidad de Nuestro Señor
Jesucristo, Rey del universo; memoria litúrgica de santa Cecilia, virgen y mártir, patrona de los
músicos.
Óscar FERNÁNDEZ GUILLÉN
46
«Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, “no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio
el órgano y los otros instrumentos musicales”, salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado […]». Cf. CONGREGACIÓN
PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, “Instrucción
‘Redemptionis Sacramentum’ sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía”, n. 53: Andrés
PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI , Burgos: Monte Carmelo, 2008 2, n.
6141, p. 1556; cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS Y DEL CONSILIUM,
“Instrucción ‘Musicam Sacram’ sobre la música en la sagrada liturgia”, n. 14: Andrés PARDO, Documentación litúrgica. Nuevo
Enquiridion. De san Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos: Monte Carmelo, 2008 2, n. 4705, p. 1188; cf. Institución General del
Misal Romano, n. 33, p. 32.
47
Cf. Institución General del Misal Romano, n. 79, p. 42-43.
Obispo de Puntarenas
Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica y de la Comisión
Nacional de Liturgia