¿Patrón Único en el Desarrollo?
¿Patrón Único en el Desarrollo?
Resumen: Este capítulo gira en torno al debate presente en las ciencias sociales e
históricas acerca de la generalidad o la historicidad de los procesos de desarrollo. El
objetivo del capítulo es discutir si existen leyes generales del desarrollo social que
determinen las trayectorias de las diferentes sociedades. A lo largo del capítulo, se
presentan distintos enfoques que articulan diversos niveles de
generalización/particularidad, teniendo presente que las diferentes formas de concebir el
proceso de desarrollo condicionan fuertemente tanto la forma de investigar la temática,
como la manera de concebir las políticas.
1. Introducción:
Hasta el momento hemos visto que el concepto de desarrollo tiene muy diversas facetas.
Igualmente hemos analizado cómo, en la actualidad, las sociedades difieren muy
fuertemente en los logros obtenidos en estas facetas. No solamente hay diferencias en los
niveles generales, sino también entre el desarrollo en distintos aspectos. Algunos países
tienen mejor PBI per cápita, otros, mejor expectativa de vida, otros mejores instituciones
políticas.
La pregunta que se nos presenta es si podemos esperar que el desenlace natural de las
sociedades hoy menos desarrolladas sea alcanzar, en mayor o menor tiempo, el nivel de
las hoy desarrolladas o si, por el contrario, pueden mantenerse y aún profundizarse
algunas de las diferencias actuales, con lo que se consolidarían trayectorias divergentes.
Pero también cabe la pregunta de si aquellas sociedades menos desarrolladas pueden
alcanzar otro tipo de desarrollo.
La ciencia busca, en general, construir y descubrir leyes que regulen los principios de
funcionamiento de diferentes fenómenos. La ciencia social no es una excepción. Sin
embargo, en este campo del conocimiento científico, la existencia de leyes generales ha
sido mucho más discutida y cuestionada.
Por un lado, ha existido una amplia gama de teorías que sí sostienen que existen leyes
universales y de aplicación general. Entre ellas, la teoría económica es la que ha ido más
lejos. La ciencia económica moderna, en especial la llamada economía neo-clásica, ha
postulado que la economía es una ciencia que estudia el funcionamiento de mercados
auto-regulados en los que los individuos toman decisiones racionales, maximizando
utilidad y beneficios, asignando recursos escasos a necesidades ilimitadas, dando por
sentado que esa es la forma natural y más avanzada de existencia de una sociedad. En
este enfoque el “homo economicus” tendría un comportamiento regido por determinadas
leyes de cuyo cumplimiento dependería el bienestar individual y colectivo.
Esa idea se ha extendido incluso al campo de la ciencia política, en la que se estudia a
los sistemas electorales y de partidos en términos de mercados y competencia a partir de
comportamientos racionales y maximizadores de los individuos, tanto los electores como
los elegidos, es decir, los demandantes de políticas y los oferentes de políticas. Desde
este punto de vista la democracia representativa aparece como el modelo superior de
expresión de un mercado competitivo en el plano de la política.
Puede sostenerse que, en mayor o menor medida, gran parte de las ciencias sociales ha
buscado insistentemente la existencia de reglas generales, dando lugar al surgimiento de
distintas teorías.
En el otro extremo las sociedades modernas, son caracterizadas entre otras cosas por
relaciones sociales de tipo impersonal y de carácter neutro; familias nucleares pequeñas,
incentivo al ahorro, un complejo sistema ocupacional, un predominio de actividades
económicas secundarias, y niveles significativos de movilidad social y alfabetismo.
Precisamente, la carencia de estos atributos representan las causas de la pobreza de las
sociedades tradicionales.
Un ejemplo muy elocuente de estas teorías que suponen que todas las sociedades se
desarrollan de manera similar es la propuesta de Chenery y Syrquin (1975). Estos
autores toman un conjunto de variables de sociedades a diferentes niveles de desarrollo y
a partir de agregar toda esa información construyen un patrón universal de desarrollo.
La hipótesis (o idea) central del texto es que es posible identificar patrones de desarrollo
uniformes seguidos prácticamente por todos los países. Chenery y Syrquin plantean que
no existe una dicotomía entre países desarrollados y países en desarrollo, sino que es
más adecuado utilizar el concepto de transición de un estado de desarrollo hacia otro.
Muchas otras teorías del cambio histórico señalan la existencia de recorridos y destinos
comunes para las distintas sociedades. La famosa teoría de Rostow (1960), quien
subtituló su obra “un Manifiesto No Comunista”, señala que las economías atraviesan
cinco etapas hasta llegar a la del consumo masivo:
Existe otro conjunto de autores que entienden que si bien todas las sociedades pasan por
las mismas etapas en sus procesos de desarrollo, no lo hacen de la misma manera. Estas
teorías asignan un rol muy especial a las sociedades más avanzadas. Éstas mostrarían a
las menos avanzadas la imagen de su propio futuro, pero siendo que las condiciones en
las que las más avanzadas encontraron su proceso de desarrollo no pueden reproducirse,
en parte por la mera existencia de un país ya más adelantado, las sociedades seguidoras
adoptan formas específicas.
Gerschenkron plantea la posibilidad de que los países rezagados pueden activar “factores
sustitutivos” capaces de cumplir el mismo papel que los prerrequisitos presentes en la
industrialización inglesa, pero de manera diferente. Aquellos países que logran descubrir y
desarrollar esos factores sustitutivos cuentan con un ventaja respecto al líder, pues al
imitar (incorporando tecnologías ya puestas a punto por otro) no tienen los costos
vinculados al proceso de innovación y ello les permitiría un despegue más rápido, con lo
cual podrían acortar distancias e incluso superar al líder. Gerschenkron enfatiza en las
importantes diferencias de estos procesos respecto a la revolución industrial inglesa. Este
enfoque puede explicar las experiencias de Alemania, Estados Unidos y Japón, pero
también experiencias más cercanas como las del sudeste asiático.
Las teorías de Gösta Esping-Andersen sobre los Estados de Bienestar son algo similares
a esta. Este autor danés radicado en España, estudió en su libro Los Tres Mundos del
Estado de Bienestar (1990) cómo los procesos de industrialización, los cambios en la
familia y la globalización, ponen a las sociedades modernas ante nuevos desafíos. Los
cambios sociales exigen a la propia sociedad resolver nuevos problemas, afrontar nuevos
riesgos. Pero la forma en que se enfrentan esos nuevos riesgos depende muy
fuertemente de las tradiciones económicas, políticas, religiosas y culturales de las
diferentes sociedades. Así, los países nórdicos, o socialdemócratas, dejan que el Estado
juegue un rol muy importante en la organización de estos servicios. En los EUA, por el
contrario, tradicionalmente se ha apostado más a que el mercado resuelva estos
problemas; los individuos deben en cierta medida enfrentar de manera privada, esos
riesgos. A ese Estado de Bienestar se lo llama marginal, o liberal. Finalmente, ubica una
tercera modalidad donde el Estado se articula con la familia para dar solución a esos
problemas (modelo alemán).
Este tipo de teorías encuentra una variante muy interesante en aquellas que entienden
que el surgimiento de países líderes condiciona tanto a los seguidores que en realidad los
pone en una senda de desarrollo diferente. La siguiente sección se dedica a ellas.
Las llamadas teorías dependentistas analizan la economía mundial como un todo que
reproduce profundas desigualdades, llevando por un lado a la concentración de desarrollo
en el centro del sistema y condenando a la periferia del sistema a diversas formas de
“malformación” de sus estructuras económicas y sociales. El subdesarrollo de las
periferias aparece entonces como un destino diferente al de los países líderes y
condicionado por ellos. Pero es igualmente un destino previsible. En este sentido, y en
particular en el marco de los enfoques marxistas, esta polarización de la economía
mundial es el correlato de la polarización en clases sociales y también antesala de un
proceso de transformación económica y social en dirección a una sociedad sin clases, en
el plano nacional y en el internacional.
En consonancia con estos principios, Gunder Frank (1967) plantea una tesis opuesta a la
de Rostow: el desarrollo y el subdesarrollo son las dos caras opuestas de la misma
moneda, esto es, los países desarrollados lograron su crecimiento a costa del
subdesarrollo de otras naciones. No hay posibilidad en el marco del sistema capitalista de
que los países subdesarrollados transiten las etapas “rostowianas”.
Entre las teorías que enfatizan el rol de las relaciones internacionales en la dinámica de
los procesos de desarrollo y subdesarrollo, corresponde mencionar la teoría de los
“sistemas mundiales” de Imanuel Wallerstein. Aunque nacida en los años setenta, en el
seno de la sociología, su influencia se ha extendido a la historia, la ciencia política y la
antropología. En esencia este enfoque señala que hay condiciones mundiales que operan
como fuerzas determinantes, especialmente para países pequeños y subdesarrollados y
que la unidad de análisis “estado-nación” ya no es adecuada para estudiar las
condiciones del desarrollo. Esas fuerzas determinantes serían: el nuevo sistema de
comunicaciones mundiales, el patrón de comercio internacional dominante, el sistema
financiero internacional, los mecanismos de transferencia tecnológica y los pactos
militares. Estas fuerzas influyen decisivamente interactuando con las condiciones internas
de los países. La diferencia fundamental con las teorías dependentistas estriba en que
para el enfoque de los sistemas mundiales hay posibilidades de movilidad hacia arriba o
hacia abajo en la economía mundial.
5. El historicismo
Esta corriente llega a una serie de relativismos que niegan el carácter acumulativo de
procesos históricos. Esta negación implica que nos encontramos no ante un desarrollo
sino ante fenómenos aislados. Por lo tanto, este enfoque renuncia a deducir reglas
generales a partir de la razón e insiste en la observación y el registro de lo único en su
infinita variación histórica.
Desde esta perspectiva, lo que es capaz de hacer la ciencia social es reconstruir los
eventos históricos con un alto grado de particularismo y, eventualmente, avanzar
tipologías de casos de acuerdo a determinadas características opcionales.
Dentro de estas tradiciones han tenido un peso muy importante los estudios culturales. Se
trata del estudio de diferentes civilizaciones y sus valores y de intentar comprender sus
características a partir de sus propias estructuras de valores, lo que hace muy difícil
realizar comparaciones entre sociedades y establecer juicios de valor acerca de los
niveles de desarrollo alcanzados. A su vez, se espera obviamente que exista diversidad y
la propia diversidad es un valor a rescatar.
Generalidad y especificidad*
Muchas veces las unificaciones explicativas carecen de valor. Por ejemplo, una teoría
donde cada acontecimiento es causado por los dioses es una unificación explicativa,
pero es de poca importancia científica. De la misma manera, una teoría general no
falsificable como “cada uno es un maximizador de utilidad” es también de poco valor
explicativo.
Se tiende a creer muchas veces que una teoría general es siempre mejor que aquellas
con un dominio más específico de análisis. Esto induce a pensar que para ser
respetable, la economía, la sociología y la antropología deben cumplir principios o leyes
generales —a la manera de las ciencias naturales de modo de lograr una teoría que
encaje en todas las circunstancias.
Entre los extremos representados por las leyes generales del desarrollo social y el
historicismo, pueden encontrase una importante variedad de teorías que buscan combinar
distintos aspectos teóricos y metodológicos arrojando como resultado la idea de que las
diferentes sociedades, aún cuando pueden ser estudiadas a partir de conceptos
generales, pueden experimentar desarrollos diferentes.
Estas teorías entienden que el tipo de instituciones económicas y políticas que adoptan
las diferentes sociedades, son las que explican las diferencias en el desarrollo de distintos
países. Y más aún, sostienen que las instituciones sociales y políticas tienen una muy
fuerte propensión a reproducirse y eternizarse. Dicho de otra manera, las decisiones que
se toman en determinado momento dependen de decisiones que se han tomado
anteriormente, son condicionadas por aquellas. Ello se debe a que las instituciones
económicas y políticas (las reglas del juego, las normas, las leyes, los sistemas de
incentivos) son impuestas a partir de sistemas políticos establecidos y de acuerdo a la
distribución de la riqueza económica y al poder político predominante. Es ese poder el que
determina qué tipo de instituciones o reglas del juego se crean y a quién benefician. Los
grupos beneficiados tienden entonces a reproducir instituciones que los beneficien y a
dirigir el desarrollo en una senda especial y diferente a las de otras sociedades. Por lo
tanto, lejos de esperarse que todas las sociedades experimenten un desarrollo similar, lo
que se espera es una diversidad de trayectorias. La dinámica de esas trayectorias se
puede estudiar con un cuerpo teórico común, pero ese cuerpo teórico pronostica que los
desarrollos serán diferenciados.
Ahora bien, la elección de las instituciones económicas, que tendrán como resultado una
determinada distribución de los recursos, depende de la elección que realice el grupo
prevaleciente en una determinada sociedad. La prevalencia de ese o esos grupos
dependerá del poder político que aquellos posean. Así el grupo con mayor poder político
tenderá a imponer las instituciones económicas de su preferencia.
Estos autores distinguen dos componentes del poder político; por una parte el poder
político “de jure” (de derecho), referido al poder emanado de las instituciones políticas de
la sociedad y, por otro, el poder político “de facto” (de hecho), que depende por una parte
de la habilidad de los grupos para resolver su acción colectiva frente a una disyuntiva y
por otro de los recursos económicos, recursos que determinan las posibilidades del grupo
para influir sobre las instituciones políticas.
Mientras las instituciones políticas determinan el poder político “de jure”, la distribución de
los recursos determina el poder político “de facto” en un determinado momento y estas
dos variables afectarán la elección de las instituciones económicas y de las instituciones
políticas, que determinarán el desempeño agregado de la economía y la distribución de
los recursos en el futuro (obsérvese el diagrama siguiente).
INSTITUCIONES Y CRECIMIENTO
Los enfoques neo-institucionalistas se han aplicado en los años recientes de manera muy
intensa al estudio de la historia latinoamericana. De acuerdo a ellos, debe buscarse en las
estructuras coloniales la explicación de la larga trayectoria de escaso desarrollo
latinoamericano. La concentración de la propiedad de la tierra, del control de la fuerza de
trabajo y del poder político por una élite colonial y criolla, es lo que explicaría el escaso
desarrollo de la participación política, de la formación de capital humano y de la
innovación en general.
Desde esta perspectiva, Theda Sckocpol y Peter Evans trabajan en torno a la condición
de autonomía de los Estados. Para estos autores los Estados son organizaciones que
reivindican el control de territorios y personas. Pueden formular y perseguir objetivos que
no sean un simple reflejo de las demandas o los intereses de grupos de presión o clases
sociales. Esto es lo que se entiende normalmente por “autonomía del Estado” (Skocpol,
1985). La autonomía posee un carácter histórico y variable. Esto no solo se debe a que
las crisis pueden precipitar la formulación de estrategias y políticas oficiales por parte de
élites o administradores que de otro modo no podrían materializar sus posibilidades de
acción autónoma; también es cierto porque las mismas posibilidades estructurales de
acciones estatales autónomas cambian con el tiempo, a medida que las organizaciones
de coerción y administración experimentan transformaciones. Por tanto la autonomía del
Estado no es un rasgo estructural fijo de ningún sistema de gobierno, sino que en
realidad, puede variar a medida que cambien las organizaciones de coerción y
administración, tanto a la interna como en relación con los grupos sociales y sectores
representativos de gobierno.
A modo de conclusión
Tal vez la conclusión más importante que podemos sacar de este recorrido, es que las
diferentes formas de concebir el proceso de desarrollo condicionan muy fuertemente tanto
la forma de investigar la temática, como la manera de concebir las políticas. Si la historia
tiene un devenir predecible y si confiamos en que el cuerpo teórico que manejamos es
capaz de anticipar ese devenir nos veremos tentados a promover aquellas políticas que
contribuyan de mejor manera a la actuación de las fuerzas inherentes del desarrollo. La
construcción teórica, a su vez, buscará los mayores niveles de generalización y aplicación
histórica, con el optimismo de obtener altos niveles explicativos en base a ellas.
Ejercicios:
Ejercicio 1: Lea y discuta los textos que se presentan a continuación. Para cada texto,
intente identificar el enfoque teórico que sustenta el argumento. Discuta el grado de
generalidad de dicho enfoque. ¿Cómo se orientarían los estudios del desarrollo según
cada uno de los enfoques? Especule sobre el tipo de recomendaciones de política que
emergen del planteo del autor.
El resultado general a que llegué, y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede
resumirse así: en la producción social de su existencia, los hombres contraen determinadas relaciones
necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una
determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de
producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva un edificio
jurídico y político y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de
producción de la vida material determina el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es
la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su
conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la
sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica
de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí.
De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre
así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se revoluciona, más o menos
rápidamente, todo el inmenso edificio erigido sobre ella…
A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas progresivas de la formación económica de
la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal, y el moderno burgués. Las relaciones
burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica no
en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones
sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la
sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este
antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana.
Auguste Comte «Curso de filosofla positiva», en Oeuvres d' Auguste Comte, Editions Antbropos, t. I, págs.
40, XIII, y 2-4.
Estudiando el desarrollo total de la inteligencia humana en sus diversas esferas de actividad, desde su
primer y más simple impulso hasta nuestros días, creo haber descubierto una gran ley fundamental…
Esta ley consiste en que cada una de nuestras concepciones principales, cada rama de nuestros
conocimientos, pasa sucesivamente por tres estados teóricos diferentes: el estado teológico, o ficticio; el
estado metafísico, o abstracto; el estado científico, o positivo. En el estado teológico, el espíritu humano
dirigiendo esencialmente sus investigaciones hacia la naturaleza íntima de los seres, las causas primeras y
finales de todos los efectos que le sorprenden, en una palabra, hacia los conocimientos absolutos, se
representa los fenómenos como producidos por la acción directa y continua de agentes sobrenaturales más
o menos numerosos, cuya intervención arbitraria explica todas las anomalías aparentes del universo.
En el estado metafísico, que no es en el fondo más que una simple modificación general del primero, los
agentes sobrenaturales son sustituidos por fuerzas abstractas, verdaderas entidades (abstracciones
personificadas) inherentes a los diversos seres del mundo, y concebidas como capaces de engendrar por sí
mismas todos los fenómenos observados, cuya explicación consiste entonces en asignar a cada uno la
entidad correspondiente.
Por último, en el estado positivo, el espíritu humano, reconociendo la imposibilidad de obtener nociones
absolutas, renuncia a buscar el origen y la destinación del universo, y a conocer las causas íntimas de los
fenómenos, para dedicarse únicamente a descubrir, mediante el uso bien combinado del razonamiento y de
la observación, sus leyes efectivas, es decir, sus relaciones invariables de sucesión y de semejanza. El
acertado uso de esta sola ley me ha permitido explicar científicamente las grandes fases históricas…
Desde los comienzos de la civilización hasta la situación presente de los pueblos más adelantados, esta
teoría nos ha explicado, sin inconsecuencia y sin pasión, el verdadero carácter de las grandes fases de la
humanidad… El uso gradual de esta gran ley nos ha conducido a determinar, al abrigo de todo arbitrio, la
tendencia general de la civilización actual…
Karl Polanyi. "La falacia económica" Capítulo del libro: "El Sustento del Hombre" publicado póstumamente
con H.W. Pearson en 1977.
Los esfuerzos para llegar a una visión más real del problema general planteado a nuestra generación por el
sustento del hombre, se encuentran desde el principio frente a un tremendo obstáculo: un arraigado hábito
de pensamiento propio de las condiciones de vida de ese tipo de economía que creó el siglo diecinueve en
todas las sociedades industrializadas, personificado en la mentalidad de mercado.
Seguiremos la influencia de esta actitud mental en los campos organizados del conocimiento, tales como la
teoría económica, la historia económica, la antropología, la sociología, la psicología y la epistemología, que
forman el conjunto de las ciencias sociales.
Casi nunca es pertinente resumir la ilusión general de una época en términos de error lógico; aunque,
conceptualmente, la falacia económica, no puede describirse de otra manera. El error lógico fue algo común
e inofensivo: un fenómeno específico se consideró idéntico a otro ya familiar. Es decir, el error estuvo en
igualar la economía humana general con su forma de mercado (un error que puede haber sido facilitado por
la ambigüedad básica del término económico, al que volveremos después). La falacia es evidente en sí
misma: el aspecto físico de las necesidades del hombre forma parte de la condición humana; ninguna
sociedad puede existir si no posee algún tipo sustantivo de economía. Por otra parte, el mecanismo oferta-
demanda-precio (al que popularmente se denomina
mercado), es una institución relativamente moderna con una estructura específica, que no resulta fácil de
establecer ni de mantener. Reducir la esfera del género económico, específicamente, a los fenómenos del
mercado es borrar de la escena la mayor parte de la historia del hombre. Por otro lado, ampliar el concepto
de mercado a todos los fenómenos económicos es atribuir artificialmente a todas las cuestiones
económicas las características peculiares que acompañan al fenómeno del mercado. Inevitablemente, esto
perjudica la claridad de ideas.
Acemoglu Johnson, & Robinson, (2004) “Institutions as fundamental cause of the long-run growth”.
(Traducido por el equipo docente)
En el fondo, la hipótesis según la cual son las diferentes instituciones económicas las que causan los
distintos patrones de crecimiento económico se basa en el supuesto de que es la manera en que las
personas deciden organizar sus sociedades la que determina si ellas prosperan o no.
Las sociedades disfrutan de la prosperidad económica cuando tienen “buenas” instituciones; y son éstas
instituciones las que causan tal prosperidad. Podemos pensar estas “buenas” instituciones como un
conjunto interrelacionado. Deben garantizarse los derechos de propiedad para amplios sectores sociales,
de forma que todos los individuos tengan el incentivo para invertir, innovar, y formar parte de la actividad
económica. Debe haber también cierto grado de igualdad de oportunidades, incluyendo cosas como
igualdad ante la ley, de forma que aquellos con oportunidades de hacer inversiones provechosas puedan
beneficiarse de las mismas.
Teorías recientes del desarrollo comparado se basan en las diferencias en las instituciones económicas.
Modelos centrados en trampas de pobreza se sustentan en la idea de que las fallas del mercado pueden
conducir a equilibrios múltiples. Estas teorías muestran cómo los incentivos dependen de las expectativas
sobre el comportamiento de terceros, o de la distribución de la riqueza, dadas determinadas fallas del
mercado. Ellas presentan, sin embargo, la estructura del mercado como algo dado. Nosotros pensamos que
la estructura del mercado es endógena, y parcialmente determinada por los derechos de propiedad. Una
vez que los individuos tienen los derechos de propiedad asegurados, y gozan de igualdad de
oportunidades, existen los incentivos para crear y mejorar los mercados (aunque alcanzar mercados
perfectos sea imposible). Así, entendemos las diferencias en los mercados como el resultado de los
distintos sistemas de derechos de propiedad e instituciones políticas, responsables por los diferentes
resultados económicos de los países. Ello motiva nuestro interés en las instituciones económicas
relacionadas con los derechos de propiedad de amplios sectores sociales.
Geoffrey Hodgson. El problema de la especificidad histórica
Se defienden aquí las siguientes proposiciones:
1. La ciencia no puede ser simplemente el análisis o la descripción de detalles empíricos. Las descripciones
en sí mismas siempre están basadas en teorías y conceptos previos, ya sean explícitos o tácitos.
2. La ciencia no puede proceder sin algunos principios y afirmaciones generales o universales. Los
objetivos verdaderos de la ciencia son las unificaciones y generalizaciones que explican mecanismos
causales reales.
3. Sin embargo, las teorías generales acerca de los fenómenos complejos son siempre simplificaciones
limitadas, debido en gran parte a las complejidades y limitaciones computacionales involucradas en el
intento de cualquier teoría realmente general.
4. Las unificaciones y generalizaciones en la ciencia social proporcionan marcos conceptuales poderosos,
pero a menudo carecen de la capacidad de discriminar y explicar suficientemente los detalles concretos.
5. Las teorías supuestamente generales tienen poder explicativo en las ciencias sociales sólo cuando se
hacen supuestos adicionales limitados y particulares.
6. En relación con los sistemas (socioeconómicos) complejos, requerimos una combinación de conceptos
generales, afirmaciones y teorías, con conceptos particulares, relacionándolos con los tipos particulares del
sistema o subsistema.
7. Las afirmaciones y las teorías más poderosas e informativas en las ciencias sociales son las que surgen
de teorizaciones particulares, que apuntan a un ámbito específico de análisis, y que están guiadas por
principios y marcos generales.
8. Las ciencias sociales deben así combinar principios generales con teorías que apuntan a ámbitos
específicos. Éstos funcionan en niveles diferentes de abstracción. Una meta-teoría filosóficamente bien
informada debe considerar la relación entre estos niveles.
La aceptación de las dos primeras proposiciones, junto con la negligencia de las otras seis, lleva a una
acentuación exagerada en las teorías generales. Muchos intentos pasados que tratan de ocuparse del
problema de la especificidad histórica, han fallado debido a una negación de la segunda proposición y un
fracaso en entender la primera. La esencia de la argumentación que aquí se hace es que se deben aceptar
las dos primeras proposiciones, pero también seguir adelante para hacer cumplir las otras seis.”
José Antonio Ocampo “Más allá del Consenso de Washington: una agenda de desarrollo para América
Latina” Publicado por CEPAL, 2005
En décadas recientes, América Latina se convirtió en uno de los escenarios destacados para la
instrumentación de las políticas del “Consenso de Washington”. La región adoptó con entusiasmo las
políticas de liberalización económica desde mediados del decenio de 1980, y en forma más temprana en
algunos países. Ahora bien, los frustrantes resultados de dichas reformas en la región deben considerarse
como una demostración de las debilidades en las que se cimentó el programa de liberalización económica
(CEPAL 2000 y 2001; Ocampo, 2004, capítulo 1)…
Hoy es evidente para todos los analistas que el “Consenso de Washington” era una agenda incompleta.
Incluso sus defensores reconocen que no se tomó en cuenta el papel de las instituciones en el desarrollo
económico y se tendió a minimizar el de la política social. Este reconocimiento ha dado origen a diversas
propuestas que reclaman una “segunda generación” de reformas estructurales. Aunque algunas de las
nuevas ideas representan, sin duda, un avance, otras son discutibles y han estado acompañadas de
nuevas capas de condicionalidad institucional en el apoyo financiero internacional, que se superpone a la
condicionalidad estructural y de políticas ya existente. Por otra parte, la aceptación del carácter incompleto
de la agenda original no ha estado acompañada del reconocimiento de que las reformas de mercado han
producido algunos de los problemas que urge resolver, en particular el pobre desempeño económico y el
deterioro distributivo padecidos por muchos países en las últimas décadas, tanto en América Latina como
en otras regiones del mundo en desarrollo. Por último, y más importante aún, no se ha reconocido
explícitamente que no existe un camino único hacia el desarrollo…
…los problemas fundamentales del “Consenso de Washington” radican en cuatro áreas: a) su concepto
restringido de estabilidad macroeconómica, un tema sobre el cual se han logrado algunos avances en los
últimos años; b) su falta de atención al papel que pueden cumplir las intervenciones de política en el sector
productivo para inducir la inversión y acelerar el crecimiento; c) su inclinación a sostener una visión
jerárquica de la relación entre las políticas económicas y sociales, que adjudica a las segundas un lugar
subordinado, y por último, d) su tendencia a olvidar que son los ciudadanos quienes deben elegir las
instituciones económicas y sociales que prefieren…
Cabe subrayar, entonces, que en lugar de concentrar la atención en la necesidad de nuevas “generaciones”
de reformas, sería mucho más conveniente tratar de comprender la dinámica que impulsa el crecimiento
con equidad en contextos institucionales específicos, y facilitar, en lugar de suprimir, la diversidad
institucional, así como “reformar las reformas”. En este sentido, ir “más allá del Consenso de Washington”
no significa añadir nuevas capas de reformas para compensar las deficiencias del consenso original, sino
superar el “fetichismo de las reformas” que se ha incrustado en el debate sobre el desarrollo.
Ejercicio 2: Lea los siguientes artículos periodísticos. Analice y discuta a la luz de los
enfoques presentados qué postura toman ambos artículos con respecto a la
generalidad/especificidad de los modelos de desarrollo. Identifique las propuestas
concretas que ambos autores realizan para el caso de America Latina (el primero) y para
Uruguay (el segundo).
La experiencia que está viviendo el Viejo Continente debe servirnos de “espejo” en donde mirarnos, a la
hora de acelerar procesos de confluencia en la región que podría determinar la ampliación en la brecha que
existe entre los países del continente latinoamericano.
La búsqueda de una moneda única entre los países latinoamericanos, no haría más que alimentar la
posibilidad de establecer tipo de cambios fijos entre las monedas de los países miembros, lo que implicaría
profundizar las asimetrías macroeconómicas existentes (productividades distintas, profundidades diferentes
en sus sistemas financieros y, en algún caso, manejo poco confiable de sus estadísticas) como, no muy
curiosamente, se dio en el reciente caso de Grecia.
Otro punto relevante a la hora de ensayar la puesta en vigencia de la moneda única es el alineamiento
fiscal y los problemas de inflación. Europa ha tenido constantes tensiones por ambos temas y, para el caso
del nivel de precios, aplicó las metas de inflación con las restricciones y las debilidades que la misma ha
demostrado en la reciente crisis, en particular resignando el objetivo de pleno empleo.
En síntesis, se deberá contemplar la experiencia europea y no ir de cabeza a un modelo que podría traer
para países en vías de desarrollo, como todos los que conforman Latinoamérica, más costos asociados que
beneficios concretos; quizás el mejor ejemplo sea el Reino Unido, que mantuvo su propia moneda.
En la actualidad, las diferencias entre los países de nuestra región abarcan desequilibrios fiscales
estructurales conformados por el lastre de un endeudamiento que formó parte de décadas de una política
deliberadamente alentada a generar dependencia a la hora de la determinación de políticas económicas
subordinadas a los dictados de los organismos internacionales de crédito, los cuales, como ahora, al
momento de hacer frente al problema de crisis sistémicas, desempolvaron las viejas recetas ortodoxas de
más ajuste fiscal y monetario, cuyo único objetivo era hacer frente al servicio de la deuda contraída en
momentos de alza del ciclo económico.
Así, y más allá de las dificultades de orden financiero y comercial transitorias por las que nos veamos
afectados en esta crisis de Europa con final abierto, debemos advertir que la Argentina y la región no deben
caer en el facilismo de seguir lo que hace el Viejo Continente, sino generar los consensos políticos y
económicos que permitan avanzar hacia el desarrollo de la región priorizando la deuda social tan
postergada en nuestra región
[Link]
Cuando el entonces presidente de la República del Uruguay, Luis Alberto Lacalle regresó de un viaje a
Chile, a mediados de la década de 1990, dijo, "acabo de regresar del futuro". Al igual que Chile, Uruguay es
una de las democracias más sólidas de América Latina, con unas instituciones públicas relativamente
eficientes. Pero mientras Chile marcó su camino mediante privatizaciones, libertad y apertura de mercados,
Uruguay se estancó prudentemente en un lento sistema socialdemócrata más igualitario.
Uruguay fue arrastrado por el colapso económico de Argentina, el cual llevó a una crisis financiera y una
fuerte recesión en 200203. Desde entonces no ha hecho más que cobrar fuerza. Recientemente ha seguido
los pasos del modelo chileno. El 25 de enero la coalición socialista que dirige el Presidente Tabaré Vázquez
firmó un acuerdo marco de comercio e inversión con Estados Unidos, lo cual supone un primer paso hacia
un acuerdo de libre comercio.
Muchos de los elementos para un crecimiento rápido están en situación. A diferencia de Argentina, Uruguay
siguió haciendo frente a su deuda. Los pilares fundamentales de su economía (ganadería, turismo y
finanzas) están evolucionando muy favorablemente. Los extranjeros están comprando estancias. La
industria turística, ubicada esencialmente en el área de Punta del Este, añadió un creciente número de
europeos y estadounidenses a la tradicional clientela argentina.
Algunos uruguayos confían en que su país también tendrá la capacidad de atracción de nuevas industrias
como call centers y oficinas de soporte. Apuntan a su alto nivel educativo, sólido marco jurídico para
inversores y un programa fiscal favorable para nuevas inversiones. La compañía india Tata Consultancy
Services apostó por Montevideo como sede mundial hacia el mercado hispano para su centro de negocios y
operaciones de software.
Dos cosas siguen frenando a Uruguay. En primer lugar está su pertenencia al Mercosur, el grupo de
mercados centrado en Brasil y Argentina que ahora también incluye a Venezuela. Los elevados aranceles
del Mercosur añaden mucho al coste de importación de maquinaria. Para poder firmar un Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos, Uruguay necesitaría el consentimiento de sus socios del Mercosur.
Los empresarios se quejan que no están obteniendo ninguna ventaja del Mercosur. Argentina se comporta
como un mal vecino en relación a la construcción de una planta de celulosa por parte de la compañía
finlandesa Botnia en la rivera uruguaya del río. El gobierno argentino ha hecho poco para frenar la cólera de
los manifestantes, quienes bloquean el principal puente de unión entre ambos países en la temporada
turística más fuerte durante los dos últimos años. Según ellos la planta contaminaría el río, aunque un
reciente estudio del Banco Mundial demostró que la planta tendría un impacto ambiental mínimo.
En segundo lugar existe un freno político. El ministro de Economía y Finanzas, Danilo Astori, es de
tendencias moderadas similares a las de la coalición de centroizquierda que gobierna a Chile. Pero el
gobierno del Frente Amplio también incluye sindicatos y socialistas de la guardia vieja. A cambio de su
apoyo en las políticas macroeconómicas, el presidente Vázquez ha tenido que retrasar el inicio de sus
conversaciones sobre libre comercio con Estados Unidos. También se vio forzado a respaldar acuerdos de
negociación colectiva más duros y la promesa de no interferir si los trabajadores ocupan sus lugares de
trabajo. La mayoría de los uruguayos parecen satisfechos dejando una parte importante de la economía
(incluyendo las telecomunicaciones, gran parte del mercado eléctrico, las importaciones de petróleo y varios
bancos) en manos del Estado.
Los uruguayos "quieren tener un capitalismo dinámico como el de Chile, pero con un fuerte énfasis en la
igualdad", señala Adolfo Garcé, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de la República. Pero
Uruguay va a tener que elegir entre igualdad o dinamismo.
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