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¿Patrón Único en el Desarrollo?

Este capítulo discute si existe un patrón único de desarrollo que determina las trayectorias de todas las sociedades. Presenta diferentes enfoques teóricos, incluyendo aquellos que sostienen que hay leyes universales del desarrollo y quienes argumentan que cada proceso es único e irrepetible. También explora perspectivas intermedias como la imitación con diferencias o la influencia de factores externos en el desarrollo de cada país.

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¿Patrón Único en el Desarrollo?

Este capítulo discute si existe un patrón único de desarrollo que determina las trayectorias de todas las sociedades. Presenta diferentes enfoques teóricos, incluyendo aquellos que sostienen que hay leyes universales del desarrollo y quienes argumentan que cada proceso es único e irrepetible. También explora perspectivas intermedias como la imitación con diferencias o la influencia de factores externos en el desarrollo de cada país.

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Capítulo 3

¿Existe un patrón único de desarrollo?

Resumen: Este capítulo gira en torno al debate presente en las ciencias sociales e
históricas acerca de la generalidad o la historicidad de los procesos de desarrollo. El
objetivo del capítulo es discutir si existen leyes generales del desarrollo social que
determinen las trayectorias de las diferentes sociedades. A lo largo del capítulo, se
presentan distintos enfoques que articulan diversos niveles de
generalización/particularidad, teniendo presente que las diferentes formas de concebir el
proceso de desarrollo condicionan fuertemente tanto la forma de investigar la temática,
como la manera de concebir las políticas.

Palabras claves: patrón único – generalidad - historicismo

1. Introducción:

Hasta el momento hemos visto que el concepto de desarrollo tiene muy diversas facetas.
Igualmente hemos analizado cómo, en la actualidad, las sociedades difieren muy
fuertemente en los logros obtenidos en estas facetas. No solamente hay diferencias en los
niveles generales, sino también entre el desarrollo en distintos aspectos. Algunos países
tienen mejor PBI per cápita, otros, mejor expectativa de vida, otros mejores instituciones
políticas.

La pregunta que se nos presenta es si podemos esperar que el desenlace natural de las
sociedades hoy menos desarrolladas sea alcanzar, en mayor o menor tiempo, el nivel de
las hoy desarrolladas o si, por el contrario, pueden mantenerse y aún profundizarse
algunas de las diferencias actuales, con lo que se consolidarían trayectorias divergentes.
Pero también cabe la pregunta de si aquellas sociedades menos desarrolladas pueden
alcanzar otro tipo de desarrollo.

Las ciencias sociales e históricas siempre se han debatido entre la generalidad y la


historicidad. La pregunta es si existen leyes generales del desarrollo social que
determinen los destinos, los orígenes y las trayectorias de las diferentes sociedades.

La ciencia busca, en general, construir y descubrir leyes que regulen los principios de
funcionamiento de diferentes fenómenos. La ciencia social no es una excepción. Sin
embargo, en este campo del conocimiento científico, la existencia de leyes generales ha
sido mucho más discutida y cuestionada.

Como una contribución a la discusión sobre la unicidad o diversidad de los procesos de


desarrollo, este capítulo ofrece una primera aproximación a diversos enfoques teóricos
que pretenden responder a la pregunta que oficia de título del mismo. La exposición se
organiza de la siguiente manera: en la sección 2 se presentan las teorías que sostienen
que existe un sendero común al desarrollo. La idea de que es imposible reproducir las
mismas condiciones que permitieron a algunas sociedades desarrollarse, lleva a otro
conjunto de teorías a plantear la posibilidad de la imitación con diferencias para alcanzar
el desarrollo, esto es objeto de la sección 3. La teoría de la dependencia, que considera al
subdesarrollo como un fenómeno emergente del desarrollo de los países centrales
(capitalistas) y la teoría de los sistemas mundiales, que enfatiza el rol de las relaciones de
poder internacionales en la explicación de los procesos de desarrollo, son presentadas de
manera muy breve en la sección 4, para dar cuenta de un enfoque bien distinto a los
anteriores, pues postulan el no desarrollo de algunas sociedades como una “mal
formación” y no como una fase hacia el desarrollo. La sección 5 está dedicada a presentar
al historicismo, un enfoque que sostiene el carácter único e irrepetible de los procesos
sociales en el tiempo y que por ende niega la posibilidad de construir explicaciones
generales a procesos que son singulares. Algunos enfoques teóricos alternativos a la
polarización entre generalización e historicismo, como el neo-institucionalismo y el
evolucionismo tienen su lugar en la sección 6.

2. Las teorías del patrón único

Por un lado, ha existido una amplia gama de teorías que sí sostienen que existen leyes
universales y de aplicación general. Entre ellas, la teoría económica es la que ha ido más
lejos. La ciencia económica moderna, en especial la llamada economía neo-clásica, ha
postulado que la economía es una ciencia que estudia el funcionamiento de mercados
auto-regulados en los que los individuos toman decisiones racionales, maximizando
utilidad y beneficios, asignando recursos escasos a necesidades ilimitadas, dando por
sentado que esa es la forma natural y más avanzada de existencia de una sociedad. En
este enfoque el “homo economicus” tendría un comportamiento regido por determinadas
leyes de cuyo cumplimiento dependería el bienestar individual y colectivo.
Esa idea se ha extendido incluso al campo de la ciencia política, en la que se estudia a
los sistemas electorales y de partidos en términos de mercados y competencia a partir de
comportamientos racionales y maximizadores de los individuos, tanto los electores como
los elegidos, es decir, los demandantes de políticas y los oferentes de políticas. Desde
este punto de vista la democracia representativa aparece como el modelo superior de
expresión de un mercado competitivo en el plano de la política.

En ambos casos, el resultado “natural” de la evolución de las sociedades sería el imperio


de economías de mercado prósperas debido a una asignación óptima de recursos y en
las que la competencia política aseguraría una convivencia “civilizada” entre los
individuos.

Puede sostenerse que, en mayor o menor medida, gran parte de las ciencias sociales ha
buscado insistentemente la existencia de reglas generales, dando lugar al surgimiento de
distintas teorías.

El marxismo, por ejemplo, ha desplegado un conjunto de herramientas identificadas con


el concepto de materialismo histórico, que propone la idea de que las sociedades han
evolucionado desde ciertos inicios, en los que no habían sociedades de clases y en los
que no había explotación “del hombre por el hombre”, hacia sociedades estructuradas en
clases sociales, en las que diferentes clases dominantes explotaban a diferentes clases
dominadas, según diferentes modalidades de relación entre ellas. Así se sucederían los
“modos de producción” (comunismo primitivo, asiático, esclavista, feudal, capitalista,
socialista y comunista). Finalmente, el mensaje del marxismo era que se produciría la
“negación de la negación”, es decir, la concreción de un juego dialéctico (de inspiración
hegeliana) mediante el cual la negación de la sociedad sin clases por la sociedad de
clases, sería a su vez negada por el advenimiento de una nueva sociedad sin clases,
aunque a un nivel de desarrollo ya muy superior: el comunismo. Existe entonces, de
acuerdo a esta teoría y más allá de muchos matices, la idea de un inicio común (la
sociedad sin clases), una transición común (distintas formas de sociedades de clase) y un
destino común de la humanidad: el comunismo. En la lógica marxista las fuerzas
dinámicas del cambio histórico son las contradicciones entre el desarrollo de las
capacidades productivas del hombre en relación a la naturaleza y las relaciones que los
hombres adoptan entre sí para producir y reproducirse social y económicamente (fuerzas
productivas y relaciones de producción). Igualmente enfatiza en la dialéctica relación entre
la infraestructura económica y social con la superestructura jurídica y política. Son esas
contradicciones las que empujan a las sociedades hacia el desarrollo.

En el campo específico de la sociología, también se identifican esfuerzos muy importantes


para descubrir teorías generales. El llamado paradigma de la “modernización” sugiere
que las sociedades experimentan una transición desde sociedades tradicionales a
sociedades modernas. Existen un conjunto de características de las una y las otras y la
idea básica de ese enfoque es que se produce un proceso de difusión de las
características modernas, que progresivamente van haciendo desaparecer los rasgos
más tradicionales.

La dicotomía o extremos son entonces tradición-modernidad. Las sociedades


tradicionales son consideradas como arcaicas, atrasadas, basadas en relaciones
interpersonales que se establecen mediante lazos emocionales y afectivos, un
significativo componente religioso, con economías dedicadas a la agricultura y productos
primarios. Para la teoría de la modernización estas características no son aptas para
lograr entrar en la senda del desarrollo.

En el otro extremo las sociedades modernas, son caracterizadas entre otras cosas por
relaciones sociales de tipo impersonal y de carácter neutro; familias nucleares pequeñas,
incentivo al ahorro, un complejo sistema ocupacional, un predominio de actividades
económicas secundarias, y niveles significativos de movilidad social y alfabetismo.
Precisamente, la carencia de estos atributos representan las causas de la pobreza de las
sociedades tradicionales.

El desarrollo es entendido como un producto de la difusión cultural que llevaría a una


instancia mayor de evolución de la modernidad. Por tanto requiere la promoción de
cambios para introducir valores culturales considerados “modernos”. Se asume por tanto
que los países subdesarrollados son tradicionales y que para alcanzar el desarrollo deben
adoptar los valores Occidentales.

En el campo de la política, encontramos el concepto de modernidad, vinculado a la


construcción de la ciudadanía. T.H. Marshall y Tom Bottomore, en “Ciudadanía y Clase
Social” (1998:22-36) -en los años ’50- realizaban una generalización a partir del ejemplo
inglés: ellos ven a la ciudadanía como la posesión de derechos que habrían sido
adquiridos progresivamente a tres diferentes niveles entre los siglos XVIII y XX.
La primera ola de derechos, el componente civil, surge en el S. XVIII y refiere a los
derechos necesarios para la libertad individual: libertad de la persona, de expresión,
pensamiento, religión, propiedad, a establecer contratos y derecho a la justicia. El derecho
a la justicia se vincula al resto porque es el que otorga a la persona el derecho a defender
un trato igual y se relaciona directamente con las instituciones que deben existir para
efectivizarlo, o sea los tribunales de justicia, o el sistema judicial. Estos derechos
defienden especialmente al individuo frente a la discrecionalidad del poder político, el
Estado o los actores poderosos.

La segunda ola de derechos, el componente político, se constituye en el S. XIX, refiere al


derecho a “participar en el ejercicio del poder político como miembro de un cuerpo
investido de autoridad política o como elector de sus miembros”. Las instituciones
conectadas a estos derechos son el parlamento y las juntas de gobierno local. Al inicio los
derechos políticos eran defectuosos, con la Ley de 1832 (Inglaterra) el sufragio seguía
siendo monopolio de grupos (pero dicha ley extendió el sufragio a los arrendatarios,
inquilinos con renta suficiente). En este momento los derechos políticos todavía eran
subproducto de los derechos civiles. En teoría ningún ciudadano quedaba excluido del
sufragio puesto que con el estatus de persona libre, era libre de ganar dinero, ahorrarlo,
etc. Hacia el S. XX se abandona la posición anterior para vincular los derechos políticos
“directa e independientemente a la ciudadanía”. Ello se da con la Ley de 1918 al aprobar
el sufragio de todos los hombres. Los derechos políticos dejan de vincularse a lo
económico y pasan a ser adscriptos a la persona.

La tercera ola de derechos, el componente social, surgido en el S. XX, “abarca todo el


espectro, desde el derecho a la seguridad y a un mínimo de bienestar económico, al de
compartir plenamente la herencia social y vivir la vida de un ser civilizado conforme a los
estándares predominantes de una sociedad”. Las instituciones asociadas son el sistema
educativo y los servicios sociales. Los primeros antecedentes son la Poor Law (Ley de
Pobres) y los sistemas de regulación salarial administrados localmente. Esta ley solo
ofrecía ayuda a quienes por enfermedad o vejez eran incapaces de sostenerse. Dicha ley
trataba a los pobres “no como parte integrante de los derechos del ciudadano, sino como
una alternativa a ellos porque los indigentes perdían en la práctica el derecho a la libertad
personal, y cualquier derecho político que tuvieran”. Sin embargo, a medida que avanzaba
el S. XX, crecía la conciencia de que la política democrática necesitaba un electorado
educado, y la manufactura científica precisaba trabajadores y técnicos formados. Así el
aumento de la educación elemental, junto con la concepción de que la misma era un
requisito previo imprescindible de la libertad civil, condujeron al reconocimiento de los
derechos sociales como parte de la ciudadanía en el S. XX.

Marshall y Bottomore ven el establecimiento de los derechos como un proceso evolutivo,


fundamentalmente lineal y de carácter incremental. La evolución apuntada deja entrever
que esa secuencia es la de la sociedad moderna en general, pero el análisis referido a
Inglaterra, no parece tener validez en otros contextos al menos por dos motivos. El
desarrollo de la ciudadanía en muchos países no obedeció al orden secular: hubo
períodos de afirmación de los derechos civiles muy retrasados en el tiempo (caso de
naciones del “Tercer Mundo”) o establecimiento simultáneo de los derechos civiles a los
políticos (como el caso de [Link]). Por otra parte, la secuencia planteada por Marshall fue
rota en los países socialistas, donde los derechos sociales vinieron antes que los
derechos civiles y políticos.

En esta visión de ciudadanía, no se concibe un conjunto de derechos que puedan variar


de sociedad en sociedad de acuerdo a sus diferencias concretas, sino que implica que
todas las sociedades tengan los mismos derechos en las tres esferas, con lo cual si
vemos a los derechos como parte del proceso de desarrollo entonces esta visión sostiene
una visión del desarrollo única (ver “Política social e combate á pobreza”, 1987, de
Henrique Abranches, Guilherme dos Santos y Antonio Coimbra, pp.81.86)

Un ejemplo muy elocuente de estas teorías que suponen que todas las sociedades se
desarrollan de manera similar es la propuesta de Chenery y Syrquin (1975). Estos
autores toman un conjunto de variables de sociedades a diferentes niveles de desarrollo y
a partir de agregar toda esa información construyen un patrón universal de desarrollo.

La hipótesis (o idea) central del texto es que es posible identificar patrones de desarrollo
uniformes seguidos prácticamente por todos los países. Chenery y Syrquin plantean que
no existe una dicotomía entre países desarrollados y países en desarrollo, sino que es
más adecuado utilizar el concepto de transición de un estado de desarrollo hacia otro.

De acuerdo a los autores, la identificación de este patrón único de desarrollo permitiría a


los países comparar su situación específica respecto a la tendencia general, representada
justamente por este patrón único que es posible ajustar a todos los países. A partir de
esta comparación, los países serían capaces de evaluar y formular políticas de desarrollo
de mayor precisión, por lo menos en cuanto a sus resultados deseados. Podría decirse,
por ejemplo, que a determinado nivel de ingreso per capita, una sociedad se caracteriza
por determinado nivel de inversión, un porcentaje específico de urbanización, tasas dadas
de analfabetismo, cierto peso de la producción agraria y de la participación del gasto
público en el PBI. Además, pueden adicionarse variables políticas.

Muchas otras teorías del cambio histórico señalan la existencia de recorridos y destinos
comunes para las distintas sociedades. La famosa teoría de Rostow (1960), quien
subtituló su obra “un Manifiesto No Comunista”, señala que las economías atraviesan
cinco etapas hasta llegar a la del consumo masivo:

1. En el origen nos hallaríamos frente a “sociedades tradicionales”,


caracterizadas por la explotación de los recursos naturales del suelo con bajos
niveles de productividad, lo que asociado a un incremento de la población,
generaba recurrentemente crisis de subproducción con el consiguiente ajuste
demográfico.

2. En un momento determinado, una serie de innovaciones en el plano


económico y social provocan cambios importantes en la sociedad, apareciendo
nuevos actores que desarrollan actividades no tradicionales que les permiten la
acumulación de recursos. Rostow denomina a esta fase “la transición”.

3. Cuando esas nuevas actividades adquieren cierta dimensión una serie de


inversiones provocan una aceleración en la producción, como resultado de
incrementos sostenidos en la productividad. Este período de aceleración es el
“despegue” (take off).

4. Cuando el impacto de los cambios ocurridos afecta a todo el sistema


económico, se asiste a una fase de moderación del crecimiento, dado que la
inversión es menos dinámica y en esa medida se pueden dedicar más
recursos al consumo. Es la fase de madurez.

5. Finalmente, se alcanza la etapa del “consumo en masa” característica de


sociedades que han alcanzado un grado de desarrollo tal que permite elevar el
poder adquisitivo de la población, la que puede acceder a más y mejores
bienes de consumo para satisfacer sus necesidades. Este fenómeno
realimenta el proceso y la sociedad encuentra su senda de desarrollo.
Otras teorías sociológicas, por ejemplo las de Daniel Bell (2006), han sostenido que el
desarrollo ha conducido a las llamadas sociedades post-industriales, en las que los
servicios han dominado el escenario y colocado a las sociedades en una etapa que podría
verse como algo parecido al fin de la historia. Él argumenta que el postindustrialismo será
guiado por la información orientada a los servicios. En síntesis, señala tres características
básicas de esta sociedad emergente: el reemplazo de las manufacturas por los servicios,
una centralización de las nuevas industrias basadas en las ciencias y la ascensión de una
nueva élite tecnológica y el advenimiento de una nueva estratificación social.

3. Imitación con diferencias

Existe otro conjunto de autores que entienden que si bien todas las sociedades pasan por
las mismas etapas en sus procesos de desarrollo, no lo hacen de la misma manera. Estas
teorías asignan un rol muy especial a las sociedades más avanzadas. Éstas mostrarían a
las menos avanzadas la imagen de su propio futuro, pero siendo que las condiciones en
las que las más avanzadas encontraron su proceso de desarrollo no pueden reproducirse,
en parte por la mera existencia de un país ya más adelantado, las sociedades seguidoras
adoptan formas específicas.

Un típico ejemplo sobre esto es la forma en que se difundió la revolución industrial de


Inglaterra a otros países. De esta forma, lo que se señala es que la secuencia es común a
todos los países, pero la forma en que se produce es diferente y supone un proceso de
desafíos y respuestas con sectores más avanzados. La teoría de Gerschenkron pretende
dar cuenta de los mecanismos que permiten a los diversos países iniciar el proceso de
desarrollo, partiendo de un “atraso relativo” respecto a la economía líder.

Gerschenkron plantea la posibilidad de que los países rezagados pueden activar “factores
sustitutivos” capaces de cumplir el mismo papel que los prerrequisitos presentes en la
industrialización inglesa, pero de manera diferente. Aquellos países que logran descubrir y
desarrollar esos factores sustitutivos cuentan con un ventaja respecto al líder, pues al
imitar (incorporando tecnologías ya puestas a punto por otro) no tienen los costos
vinculados al proceso de innovación y ello les permitiría un despegue más rápido, con lo
cual podrían acortar distancias e incluso superar al líder. Gerschenkron enfatiza en las
importantes diferencias de estos procesos respecto a la revolución industrial inglesa. Este
enfoque puede explicar las experiencias de Alemania, Estados Unidos y Japón, pero
también experiencias más cercanas como las del sudeste asiático.
Las teorías de Gösta Esping-Andersen sobre los Estados de Bienestar son algo similares
a esta. Este autor danés radicado en España, estudió en su libro Los Tres Mundos del
Estado de Bienestar (1990) cómo los procesos de industrialización, los cambios en la
familia y la globalización, ponen a las sociedades modernas ante nuevos desafíos. Los
cambios sociales exigen a la propia sociedad resolver nuevos problemas, afrontar nuevos
riesgos. Pero la forma en que se enfrentan esos nuevos riesgos depende muy
fuertemente de las tradiciones económicas, políticas, religiosas y culturales de las
diferentes sociedades. Así, los países nórdicos, o socialdemócratas, dejan que el Estado
juegue un rol muy importante en la organización de estos servicios. En los EUA, por el
contrario, tradicionalmente se ha apostado más a que el mercado resuelva estos
problemas; los individuos deben en cierta medida enfrentar de manera privada, esos
riesgos. A ese Estado de Bienestar se lo llama marginal, o liberal. Finalmente, ubica una
tercera modalidad donde el Estado se articula con la familia para dar solución a esos
problemas (modelo alemán).

Este tipo de teorías encuentra una variante muy interesante en aquellas que entienden
que el surgimiento de países líderes condiciona tanto a los seguidores que en realidad los
pone en una senda de desarrollo diferente. La siguiente sección se dedica a ellas.

4. Dependencia, polarización y divergencia

Las llamadas teorías dependentistas analizan la economía mundial como un todo que
reproduce profundas desigualdades, llevando por un lado a la concentración de desarrollo
en el centro del sistema y condenando a la periferia del sistema a diversas formas de
“malformación” de sus estructuras económicas y sociales. El subdesarrollo de las
periferias aparece entonces como un destino diferente al de los países líderes y
condicionado por ellos. Pero es igualmente un destino previsible. En este sentido, y en
particular en el marco de los enfoques marxistas, esta polarización de la economía
mundial es el correlato de la polarización en clases sociales y también antesala de un
proceso de transformación económica y social en dirección a una sociedad sin clases, en
el plano nacional y en el internacional.

En consonancia con estos principios, Gunder Frank (1967) plantea una tesis opuesta a la
de Rostow: el desarrollo y el subdesarrollo son las dos caras opuestas de la misma
moneda, esto es, los países desarrollados lograron su crecimiento a costa del
subdesarrollo de otras naciones. No hay posibilidad en el marco del sistema capitalista de
que los países subdesarrollados transiten las etapas “rostowianas”.

Entre las teorías que enfatizan el rol de las relaciones internacionales en la dinámica de
los procesos de desarrollo y subdesarrollo, corresponde mencionar la teoría de los
“sistemas mundiales” de Imanuel Wallerstein. Aunque nacida en los años setenta, en el
seno de la sociología, su influencia se ha extendido a la historia, la ciencia política y la
antropología. En esencia este enfoque señala que hay condiciones mundiales que operan
como fuerzas determinantes, especialmente para países pequeños y subdesarrollados y
que la unidad de análisis “estado-nación” ya no es adecuada para estudiar las
condiciones del desarrollo. Esas fuerzas determinantes serían: el nuevo sistema de
comunicaciones mundiales, el patrón de comercio internacional dominante, el sistema
financiero internacional, los mecanismos de transferencia tecnológica y los pactos
militares. Estas fuerzas influyen decisivamente interactuando con las condiciones internas
de los países. La diferencia fundamental con las teorías dependentistas estriba en que
para el enfoque de los sistemas mundiales hay posibilidades de movilidad hacia arriba o
hacia abajo en la economía mundial.

5. El historicismo

Los enfoques historicistas se diferencian muy fuertemente de las teorías antes


reseñadas. Los enfoques historicistas tienden a coincidir en torno a la idea de que los
procesos históricos son únicos e irreproducibles, y de que más allá de que existan
elementos comunes entre los desarrollos de distintos países y más allá de que existan
conceptos aplicables a diferentes realidades, los procesos específicos no pueden ser
comprendidos a partir de teorías generales y menos aún, de enfoques disciplinarios que
en su estrechez conceptual son incapaces de captar toda la complejidad e interacción de
esferas en las que se desenvuelven los fenómenos históricos concretos.

Esta corriente llega a una serie de relativismos que niegan el carácter acumulativo de
procesos históricos. Esta negación implica que nos encontramos no ante un desarrollo
sino ante fenómenos aislados. Por lo tanto, este enfoque renuncia a deducir reglas
generales a partir de la razón e insiste en la observación y el registro de lo único en su
infinita variación histórica.
Desde esta perspectiva, lo que es capaz de hacer la ciencia social es reconstruir los
eventos históricos con un alto grado de particularismo y, eventualmente, avanzar
tipologías de casos de acuerdo a determinadas características opcionales.

Dentro de estas tradiciones han tenido un peso muy importante los estudios culturales. Se
trata del estudio de diferentes civilizaciones y sus valores y de intentar comprender sus
características a partir de sus propias estructuras de valores, lo que hace muy difícil
realizar comparaciones entre sociedades y establecer juicios de valor acerca de los
niveles de desarrollo alcanzados. A su vez, se espera obviamente que exista diversidad y
la propia diversidad es un valor a rescatar.

Generalidad y especificidad*

Si bien la importancia y el posible valor de las unificaciones explicativas no deben ser


subestimadas, la búsqueda de una teoría general no debería conducir a la simplificación
excesiva y echar por la borda la generalidad misma. Esa búsqueda de unificación
explicativa no debería ser forzada hasta el punto en que la naturaleza y el valor de la
explicación adoptada esté dado por un argumento débil.

Muchas veces las unificaciones explicativas carecen de valor. Por ejemplo, una teoría
donde cada acontecimiento es causado por los dioses es una unificación explicativa,
pero es de poca importancia científica. De la misma manera, una teoría general no
falsificable como “cada uno es un maximizador de utilidad” es también de poco valor
explicativo.

Se tiende a creer muchas veces que una teoría general es siempre mejor que aquellas
con un dominio más específico de análisis. Esto induce a pensar que para ser
respetable, la economía, la sociología y la antropología deben cumplir principios o leyes
generales —a la manera de las ciencias naturales de modo de lograr una teoría que
encaje en todas las circunstancias.

La abstracción y la simplificación son necesarias en cualquier teoría. Sin embargo, los


teóricos generales tienden a construir más sobre los rasgos comunes o universales, que
sobre aquellos histórica o culturalmente específicos. Por ejemplo, en la economía, los
teóricos del equilibrio general han hecho supuestos en apariencia generales que
conciernen a agentes humanos, sus dotaciones y sus interacciones. Con esto, intentan
deducir algunos resultados generales que conciernen al equilibrio económico. De la
misma manera, en la teoría social, se hacen supuestos generales sobre agentes
sociales, sus cambios y las estructuras sociales que ellos habitan.

Sin embargo no podemos desconocer el valor de la generalización. Aunque la


teorización general nunca puede ser suficiente, algunas afirmaciones generales no son
sólo necesarias, sino también inevitables. Tampoco deberíamos subestimar el valor del
trabajo empírico. La preocupación, sin embargo, es que tanto el empirismo como la
generalización deductiva tienen sus fallas, y ambos comparten algunas presunciones
defectuosas. En consecuencia, cualquier intento de dirigir un camino medio entre estos
polos probablemente comparta las limitaciones de ambos. Hay que encontrar una
posición más sofisticada, reconociendo un papel significativo para las teorías generales,
pero también sus limitaciones. Se requiere algún tipo de teorización de rango-medio
para aproximar lo general con lo empírico y tener presente que los conceptos y marcos
teóricos apropiados para un objeto real pueden no ser apropiados para otro.

* Extraído de Geoffrey Hodgson (2003) “El problema de la especificidad histórica”

6. Entre la generalización y la especificidad: otros enfoques

Entre los extremos representados por las leyes generales del desarrollo social y el
historicismo, pueden encontrase una importante variedad de teorías que buscan combinar
distintos aspectos teóricos y metodológicos arrojando como resultado la idea de que las
diferentes sociedades, aún cuando pueden ser estudiadas a partir de conceptos
generales, pueden experimentar desarrollos diferentes.

Un enfoque reciente es el de las teorías neo-institucionalistas, asociadas a Douglas


North, quien recibiera en 1993 el Premio Nobel de Economía, por sus estudios acerca del
surgimiento del capitalismo en Europa Occidental. En la explicación de la dinámica del
cambio histórico, las instituciones juegan un rol fundamental. Las instituciones son las
reglas del juego, formales e informales que imperan en la sociedad contribuyendo a
disminuir la incertidumbre respecto al comportamiento de los individuos (North, 1993).

Estas teorías entienden que el tipo de instituciones económicas y políticas que adoptan
las diferentes sociedades, son las que explican las diferencias en el desarrollo de distintos
países. Y más aún, sostienen que las instituciones sociales y políticas tienen una muy
fuerte propensión a reproducirse y eternizarse. Dicho de otra manera, las decisiones que
se toman en determinado momento dependen de decisiones que se han tomado
anteriormente, son condicionadas por aquellas. Ello se debe a que las instituciones
económicas y políticas (las reglas del juego, las normas, las leyes, los sistemas de
incentivos) son impuestas a partir de sistemas políticos establecidos y de acuerdo a la
distribución de la riqueza económica y al poder político predominante. Es ese poder el que
determina qué tipo de instituciones o reglas del juego se crean y a quién benefician. Los
grupos beneficiados tienden entonces a reproducir instituciones que los beneficien y a
dirigir el desarrollo en una senda especial y diferente a las de otras sociedades. Por lo
tanto, lejos de esperarse que todas las sociedades experimenten un desarrollo similar, lo
que se espera es una diversidad de trayectorias. La dinámica de esas trayectorias se
puede estudiar con un cuerpo teórico común, pero ese cuerpo teórico pronostica que los
desarrollos serán diferenciados.

La propuesta teórica de Acemoglu, Johnson y Robinson (2004), otros tres destacados


representantes del pensamiento neo-institucionalista, explica los diferentes desempeños
económicos de las sociedades a través de la variable institucional. Así el argumento de
los autores puede resumirse en que las instituciones económicas importan para el
crecimiento económico, en tanto éstas modifican los incentivos de los actores económicos
de la sociedad, ejerciendo influencia sobre la inversión en capital humano, capital físico y
en tecnología y sobre la organización de la producción.

Ahora bien, la elección de las instituciones económicas, que tendrán como resultado una
determinada distribución de los recursos, depende de la elección que realice el grupo
prevaleciente en una determinada sociedad. La prevalencia de ese o esos grupos
dependerá del poder político que aquellos posean. Así el grupo con mayor poder político
tenderá a imponer las instituciones económicas de su preferencia.

Estos autores distinguen dos componentes del poder político; por una parte el poder
político “de jure” (de derecho), referido al poder emanado de las instituciones políticas de
la sociedad y, por otro, el poder político “de facto” (de hecho), que depende por una parte
de la habilidad de los grupos para resolver su acción colectiva frente a una disyuntiva y
por otro de los recursos económicos, recursos que determinan las posibilidades del grupo
para influir sobre las instituciones políticas.

Mientras las instituciones políticas determinan el poder político “de jure”, la distribución de
los recursos determina el poder político “de facto” en un determinado momento y estas
dos variables afectarán la elección de las instituciones económicas y de las instituciones
políticas, que determinarán el desempeño agregado de la economía y la distribución de
los recursos en el futuro (obsérvese el diagrama siguiente).

INSTITUCIONES Y CRECIMIENTO

INSTITUCIONES PODER POLÍTICO INSTITUCIONES


POLÍTICAS FORMAL POLÍTICAS
INSTITUCIONES
CRECIMIENTO
ECONÓMICAS
DISTRIBUCIÓN PODER POLÍTICO DISTRIBUCIÓN
DE LOS RECURSOS DE HECHO DE LOS RECURSOS

Fuente: Acemoglu -Johnson - Robinson (2004)

Nota: “t” es la situación en un momento dado y “t+1” es la situación futura, un período


despué[Link]ído de Álvarez, J. (2008) Instituciones, cambio tecnológico y distribución del ingreso:
una comparación del desempeño económico de Nueva Zelanda y Uruguay (1870 – 1940)

Los enfoques neo-institucionalistas se han aplicado en los años recientes de manera muy
intensa al estudio de la historia latinoamericana. De acuerdo a ellos, debe buscarse en las
estructuras coloniales la explicación de la larga trayectoria de escaso desarrollo
latinoamericano. La concentración de la propiedad de la tierra, del control de la fuerza de
trabajo y del poder político por una élite colonial y criolla, es lo que explicaría el escaso
desarrollo de la participación política, de la formación de capital humano y de la
innovación en general.

Dentro de los enfoques neoinstitucionalistas encontramos una subcorriente denominada


neoinstitucionalismo-histórico. Para los autores que trabajan entorno a este enfoque
las instituciones son entendidas como reglas que implican construcciones sociales en
determinados contextos históricos y políticos. Esto supone que las reglas son
construcciones que no están escritas en piedra y los actores involucrados pueden
romperlas, cambiarlas, o introducir nuevas reglas en función de decisiones estratégicas
que tomen. (Hay en Zurbriggen, 2006). Para esta corriente el Estado juega un papel
esencial y debe ser considerado como un conjunto de instituciones que influyen en los
contenidos y métodos de la política. Las posibilidades de ejecutar políticas dependen de
la capacidad de las estructuras del Estado (conocimiento, recursos y herramientas
institucionales).

Desde esta perspectiva, Theda Sckocpol y Peter Evans trabajan en torno a la condición
de autonomía de los Estados. Para estos autores los Estados son organizaciones que
reivindican el control de territorios y personas. Pueden formular y perseguir objetivos que
no sean un simple reflejo de las demandas o los intereses de grupos de presión o clases
sociales. Esto es lo que se entiende normalmente por “autonomía del Estado” (Skocpol,
1985). La autonomía posee un carácter histórico y variable. Esto no solo se debe a que
las crisis pueden precipitar la formulación de estrategias y políticas oficiales por parte de
élites o administradores que de otro modo no podrían materializar sus posibilidades de
acción autónoma; también es cierto porque las mismas posibilidades estructurales de
acciones estatales autónomas cambian con el tiempo, a medida que las organizaciones
de coerción y administración experimentan transformaciones. Por tanto la autonomía del
Estado no es un rasgo estructural fijo de ningún sistema de gobierno, sino que en
realidad, puede variar a medida que cambien las organizaciones de coerción y
administración, tanto a la interna como en relación con los grupos sociales y sectores
representativos de gobierno.

Un enfoque que comparte con el institucionalismo la preocupación por la dinámica social


es el evolucionismo, frecuentemente asociado al estudio del cambio y desarrollo de los
sistemas económico-sociales.

A grandes rasgos, el pensamiento evolucionista ofrece una explicación a la forma en que


se da el cambio social. La realidad social, las instituciones, los individuos, las preferencias
individuales y el entorno socio económico están en un proceso de continuo cambio, a
medida que la sociedad adquiere nuevos conocimientos o desarrolla nuevas ideas y
conceptos. Pero, a diferencia de lo que plantea el marxismo, el proceso de evolución
histórica de la sociedad es indeterminado, con marchas y contramarchas, múltiples
forcejeos y movimientos laterales como consecuencia de la voluntad humana.

El énfasis que pone el evolucionismo en la “dependencia de la trayectoria” (path


dependency) es un reconocimiento de la naturaleza histórica del fenómeno social y
económico y en este sentido permite analizar el desarrollo como un proceso dinámico y
esencialmente cambiante: “la historia está abierta y es un libro a ser escrito”.
Las fuerzas dinámicas del cambio histórico –y por ende del desarrollo– surgirían de la co-
evolución de las distintas dimensiones de la realidad social, tales como el cambio
tecnológico, la acumulación de capital, la evolución del comportamiento de las firmas y el
sistema socio-institucional. De este modo, se concibe al desarrollo como un fenómeno
que trasciende lo puramente cuantitativo y como un proceso multifacético, introduciendo
en el análisis dimensiones cualitativas.

Si bien estos enfoques evolucionistas coinciden con los enfoques neo-institucionalistas en


la existencia de diferentes trayectorias evolutivas se muestran mucho menos propensos a
construir teorías generales sobre el funcionamiento y desarrollo de las instituciones y
sobre su impacto en el desarrollo social. Aparece una mayor diversidad de trayectorias
posibles y la riqueza del cambio histórico depende de la variedad de alternativas
institucionales en un sentido Darwiniano. Desde esta perspectiva, la teoría sobre el rol de
las instituciones y de la propia historia se vuelve mucho más dependiente de los
diferentes contextos históricos. Estas corrientes no solamente tienden a dejar abierto el
devenir histórico, sino que también proponen que la propia construcción teórica es
fuertemente dependiente de contextos históricos. En otras palabras, esto podría querer
decir que no hay instituciones que de por sí sean buenas o malas sino que dependen del
entorno en que se desarrollan y de cómo interactúan en ese entorno específico.

A modo de conclusión

Tal vez la conclusión más importante que podemos sacar de este recorrido, es que las
diferentes formas de concebir el proceso de desarrollo condicionan muy fuertemente tanto
la forma de investigar la temática, como la manera de concebir las políticas. Si la historia
tiene un devenir predecible y si confiamos en que el cuerpo teórico que manejamos es
capaz de anticipar ese devenir nos veremos tentados a promover aquellas políticas que
contribuyan de mejor manera a la actuación de las fuerzas inherentes del desarrollo. La
construcción teórica, a su vez, buscará los mayores niveles de generalización y aplicación
histórica, con el optimismo de obtener altos niveles explicativos en base a ellas.

Quienes entiendan el desarrollo como un proceso sometido a fuertes particularismos y


que encuentren en esos particularismos la esencia de la vida social, estarán menos
interesados en la construcción teórica general y tenderán a ver en las políticas las formas
de preservar esas propias identidades y particularismos, recurriendo a una construcción
cultural de esa particularidad.
Entre esos dos extremos parecen abrirse paso muchas alternativas teóricas y
metodológicas promisorias, dando lugar a generalizar el proceso de desarrollo pero a
considerar seriamente que las teorías sociales tienen un limitado abanico de
generalización, que el contexto histórico es muy importante y que las políticas deben
atender a esos contextos específicos.

Ejercicios:

Ejercicio 1: Lea y discuta los textos que se presentan a continuación. Para cada texto,
intente identificar el enfoque teórico que sustenta el argumento. Discuta el grado de
generalidad de dicho enfoque. ¿Cómo se orientarían los estudios del desarrollo según
cada uno de los enfoques? Especule sobre el tipo de recomendaciones de política que
emergen del planteo del autor.

Karl MARX. PROLOGO "CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA" Londres, enero


de 1859.

El resultado general a que llegué, y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede
resumirse así: en la producción social de su existencia, los hombres contraen determinadas relaciones
necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una
determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de
producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva un edificio
jurídico y político y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de
producción de la vida material determina el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es
la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su
conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la
sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica
de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí.

De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre
así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se revoluciona, más o menos
rápidamente, todo el inmenso edificio erigido sobre ella…

A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas progresivas de la formación económica de
la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal, y el moderno burgués. Las relaciones
burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica no
en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones
sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la
sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este
antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana.

Auguste Comte «Curso de filosofla positiva», en Oeuvres d' Auguste Comte, Editions Antbropos, t. I, págs.
40, XIII, y 2-4.

Estudiando el desarrollo total de la inteligencia humana en sus diversas esferas de actividad, desde su
primer y más simple impulso hasta nuestros días, creo haber descubierto una gran ley fundamental…
Esta ley consiste en que cada una de nuestras concepciones principales, cada rama de nuestros
conocimientos, pasa sucesivamente por tres estados teóricos diferentes: el estado teológico, o ficticio; el
estado metafísico, o abstracto; el estado científico, o positivo. En el estado teológico, el espíritu humano
dirigiendo esencialmente sus investigaciones hacia la naturaleza íntima de los seres, las causas primeras y
finales de todos los efectos que le sorprenden, en una palabra, hacia los conocimientos absolutos, se
representa los fenómenos como producidos por la acción directa y continua de agentes sobrenaturales más
o menos numerosos, cuya intervención arbitraria explica todas las anomalías aparentes del universo.

En el estado metafísico, que no es en el fondo más que una simple modificación general del primero, los
agentes sobrenaturales son sustituidos por fuerzas abstractas, verdaderas entidades (abstracciones
personificadas) inherentes a los diversos seres del mundo, y concebidas como capaces de engendrar por sí
mismas todos los fenómenos observados, cuya explicación consiste entonces en asignar a cada uno la
entidad correspondiente.

Por último, en el estado positivo, el espíritu humano, reconociendo la imposibilidad de obtener nociones
absolutas, renuncia a buscar el origen y la destinación del universo, y a conocer las causas íntimas de los
fenómenos, para dedicarse únicamente a descubrir, mediante el uso bien combinado del razonamiento y de
la observación, sus leyes efectivas, es decir, sus relaciones invariables de sucesión y de semejanza. El
acertado uso de esta sola ley me ha permitido explicar científicamente las grandes fases históricas…

Desde los comienzos de la civilización hasta la situación presente de los pueblos más adelantados, esta
teoría nos ha explicado, sin inconsecuencia y sin pasión, el verdadero carácter de las grandes fases de la
humanidad… El uso gradual de esta gran ley nos ha conducido a determinar, al abrigo de todo arbitrio, la
tendencia general de la civilización actual…

Karl Polanyi. "La falacia económica" Capítulo del libro: "El Sustento del Hombre" publicado póstumamente
con H.W. Pearson en 1977.

Los esfuerzos para llegar a una visión más real del problema general planteado a nuestra generación por el
sustento del hombre, se encuentran desde el principio frente a un tremendo obstáculo: un arraigado hábito
de pensamiento propio de las condiciones de vida de ese tipo de economía que creó el siglo diecinueve en
todas las sociedades industrializadas, personificado en la mentalidad de mercado.

Seguiremos la influencia de esta actitud mental en los campos organizados del conocimiento, tales como la
teoría económica, la historia económica, la antropología, la sociología, la psicología y la epistemología, que
forman el conjunto de las ciencias sociales.

Casi nunca es pertinente resumir la ilusión general de una época en términos de error lógico; aunque,
conceptualmente, la falacia económica, no puede describirse de otra manera. El error lógico fue algo común
e inofensivo: un fenómeno específico se consideró idéntico a otro ya familiar. Es decir, el error estuvo en
igualar la economía humana general con su forma de mercado (un error que puede haber sido facilitado por
la ambigüedad básica del término económico, al que volveremos después). La falacia es evidente en sí
misma: el aspecto físico de las necesidades del hombre forma parte de la condición humana; ninguna
sociedad puede existir si no posee algún tipo sustantivo de economía. Por otra parte, el mecanismo oferta-
demanda-precio (al que popularmente se denomina

mercado), es una institución relativamente moderna con una estructura específica, que no resulta fácil de
establecer ni de mantener. Reducir la esfera del género económico, específicamente, a los fenómenos del
mercado es borrar de la escena la mayor parte de la historia del hombre. Por otro lado, ampliar el concepto
de mercado a todos los fenómenos económicos es atribuir artificialmente a todas las cuestiones
económicas las características peculiares que acompañan al fenómeno del mercado. Inevitablemente, esto
perjudica la claridad de ideas.

Robert Lucas: “Todos seremos como Estados Unidos”


En términos económicos, los casi cincuenta años transcurridos desde el fin de la segunda guerra mundial
han constituido un período extraordinario. (...) He interpretado este período como el inicio de la fase de
difusión del crecimiento económico sostenido, característico de la revolución industrial europea, hacia las ex
colonias del mundo no europeo. El crecimiento acelerado de las naciones no europeas (y de algunos de los
países pobres de Europa) es lo que, básicamente, ha producido el crecimiento extraordinariamente rápido
del producto mundial durante la época de posguerra. (...) A medida que las economías que ya se han unido
al mundo moderno se acercan a los niveles de ingreso de las naciones más ricas, sus ritmos de
crecimiento, tanto de la población como del ingreso, van a comenzar a disminuir hacia tasas cercanas a las
que prevalecen hoy en Europa.
Hemos podido observar tal proceso en Japón, y esto se va a repetir en otros países, uno tras otro. Al mismo
tiempo, aquellos países que han quedado al margen de este proceso de difusión, mediante la planificación
socialista o simplemente debido a la corrupción y a la falta de un Estado de derecho, uno tras otro
comenzarán a abrazar la revolución industrial para convertirse en las economías milagrosas del próximo
siglo. (...) En otras palabras, lo que vamos a observar es un mundo que, en términos económicos, se
parecerá cada vez más a Estados Unidos. (...)
¿Qué tienen que decir tanto la historia como la teoría económica sobre los factores que pueden acelerar
este proceso de acercamiento de parte de los países rezagados? En el caso de las economías rezagadas,
el intercambio diario con las economías más avanzadas constituye el elemento central para su éxito. No
hemos visto ningún logro derivado de estrategias de substitución de importaciones. (...) Efectivamente, es el
comercio lo que permite a las industrias de un país menor alcanzar una escala eficiente. Sin embargo, creo
que un factor aún más importante es la necesidad de alcanzar niveles mundiales, es decir, aprender a jugar
en primera división. La única manera de que el aprendizaje y la transferencia tecnológica pueden efectuarse
es mediante la competencia internacional, en forma seria, de los productores.
De todas las tendencias perjudiciales para una economía sana, la más seductiva y, en mi opinión, la más
venenosa es centrarse en cuestiones de distribución. (...) del enorme aumento que ha habido en el
bienestar de millones de personas durante los 200 años transcurridos desde la revolución industrial hasta la
fecha, casi nada puede atribuirse a la redistribución directa de recursos desde los ricos hacia los pobres.

Acemoglu Johnson, & Robinson, (2004) “Institutions as fundamental cause of the long-run growth”.
(Traducido por el equipo docente)

En el fondo, la hipótesis según la cual son las diferentes instituciones económicas las que causan los
distintos patrones de crecimiento económico se basa en el supuesto de que es la manera en que las
personas deciden organizar sus sociedades la que determina si ellas prosperan o no.

Las sociedades disfrutan de la prosperidad económica cuando tienen “buenas” instituciones; y son éstas
instituciones las que causan tal prosperidad. Podemos pensar estas “buenas” instituciones como un
conjunto interrelacionado. Deben garantizarse los derechos de propiedad para amplios sectores sociales,
de forma que todos los individuos tengan el incentivo para invertir, innovar, y formar parte de la actividad
económica. Debe haber también cierto grado de igualdad de oportunidades, incluyendo cosas como
igualdad ante la ley, de forma que aquellos con oportunidades de hacer inversiones provechosas puedan
beneficiarse de las mismas.

Teorías recientes del desarrollo comparado se basan en las diferencias en las instituciones económicas.
Modelos centrados en trampas de pobreza se sustentan en la idea de que las fallas del mercado pueden
conducir a equilibrios múltiples. Estas teorías muestran cómo los incentivos dependen de las expectativas
sobre el comportamiento de terceros, o de la distribución de la riqueza, dadas determinadas fallas del
mercado. Ellas presentan, sin embargo, la estructura del mercado como algo dado. Nosotros pensamos que
la estructura del mercado es endógena, y parcialmente determinada por los derechos de propiedad. Una
vez que los individuos tienen los derechos de propiedad asegurados, y gozan de igualdad de
oportunidades, existen los incentivos para crear y mejorar los mercados (aunque alcanzar mercados
perfectos sea imposible). Así, entendemos las diferencias en los mercados como el resultado de los
distintos sistemas de derechos de propiedad e instituciones políticas, responsables por los diferentes
resultados económicos de los países. Ello motiva nuestro interés en las instituciones económicas
relacionadas con los derechos de propiedad de amplios sectores sociales.
Geoffrey Hodgson. El problema de la especificidad histórica
Se defienden aquí las siguientes proposiciones:
1. La ciencia no puede ser simplemente el análisis o la descripción de detalles empíricos. Las descripciones
en sí mismas siempre están basadas en teorías y conceptos previos, ya sean explícitos o tácitos.
2. La ciencia no puede proceder sin algunos principios y afirmaciones generales o universales. Los
objetivos verdaderos de la ciencia son las unificaciones y generalizaciones que explican mecanismos
causales reales.
3. Sin embargo, las teorías generales acerca de los fenómenos complejos son siempre simplificaciones
limitadas, debido en gran parte a las complejidades y limitaciones computacionales involucradas en el
intento de cualquier teoría realmente general.
4. Las unificaciones y generalizaciones en la ciencia social proporcionan marcos conceptuales poderosos,
pero a menudo carecen de la capacidad de discriminar y explicar suficientemente los detalles concretos.
5. Las teorías supuestamente generales tienen poder explicativo en las ciencias sociales sólo cuando se
hacen supuestos adicionales limitados y particulares.
6. En relación con los sistemas (socioeconómicos) complejos, requerimos una combinación de conceptos
generales, afirmaciones y teorías, con conceptos particulares, relacionándolos con los tipos particulares del
sistema o subsistema.
7. Las afirmaciones y las teorías más poderosas e informativas en las ciencias sociales son las que surgen
de teorizaciones particulares, que apuntan a un ámbito específico de análisis, y que están guiadas por
principios y marcos generales.
8. Las ciencias sociales deben así combinar principios generales con teorías que apuntan a ámbitos
específicos. Éstos funcionan en niveles diferentes de abstracción. Una meta-teoría filosóficamente bien
informada debe considerar la relación entre estos niveles.
La aceptación de las dos primeras proposiciones, junto con la negligencia de las otras seis, lleva a una
acentuación exagerada en las teorías generales. Muchos intentos pasados que tratan de ocuparse del
problema de la especificidad histórica, han fallado debido a una negación de la segunda proposición y un
fracaso en entender la primera. La esencia de la argumentación que aquí se hace es que se deben aceptar
las dos primeras proposiciones, pero también seguir adelante para hacer cumplir las otras seis.”

José Antonio Ocampo “Más allá del Consenso de Washington: una agenda de desarrollo para América
Latina” Publicado por CEPAL, 2005
En décadas recientes, América Latina se convirtió en uno de los escenarios destacados para la
instrumentación de las políticas del “Consenso de Washington”. La región adoptó con entusiasmo las
políticas de liberalización económica desde mediados del decenio de 1980, y en forma más temprana en
algunos países. Ahora bien, los frustrantes resultados de dichas reformas en la región deben considerarse
como una demostración de las debilidades en las que se cimentó el programa de liberalización económica
(CEPAL 2000 y 2001; Ocampo, 2004, capítulo 1)…
Hoy es evidente para todos los analistas que el “Consenso de Washington” era una agenda incompleta.
Incluso sus defensores reconocen que no se tomó en cuenta el papel de las instituciones en el desarrollo
económico y se tendió a minimizar el de la política social. Este reconocimiento ha dado origen a diversas
propuestas que reclaman una “segunda generación” de reformas estructurales. Aunque algunas de las
nuevas ideas representan, sin duda, un avance, otras son discutibles y han estado acompañadas de
nuevas capas de condicionalidad institucional en el apoyo financiero internacional, que se superpone a la
condicionalidad estructural y de políticas ya existente. Por otra parte, la aceptación del carácter incompleto
de la agenda original no ha estado acompañada del reconocimiento de que las reformas de mercado han
producido algunos de los problemas que urge resolver, en particular el pobre desempeño económico y el
deterioro distributivo padecidos por muchos países en las últimas décadas, tanto en América Latina como
en otras regiones del mundo en desarrollo. Por último, y más importante aún, no se ha reconocido
explícitamente que no existe un camino único hacia el desarrollo…
…los problemas fundamentales del “Consenso de Washington” radican en cuatro áreas: a) su concepto
restringido de estabilidad macroeconómica, un tema sobre el cual se han logrado algunos avances en los
últimos años; b) su falta de atención al papel que pueden cumplir las intervenciones de política en el sector
productivo para inducir la inversión y acelerar el crecimiento; c) su inclinación a sostener una visión
jerárquica de la relación entre las políticas económicas y sociales, que adjudica a las segundas un lugar
subordinado, y por último, d) su tendencia a olvidar que son los ciudadanos quienes deben elegir las
instituciones económicas y sociales que prefieren…
Cabe subrayar, entonces, que en lugar de concentrar la atención en la necesidad de nuevas “generaciones”
de reformas, sería mucho más conveniente tratar de comprender la dinámica que impulsa el crecimiento
con equidad en contextos institucionales específicos, y facilitar, en lugar de suprimir, la diversidad
institucional, así como “reformar las reformas”. En este sentido, ir “más allá del Consenso de Washington”
no significa añadir nuevas capas de reformas para compensar las deficiencias del consenso original, sino
superar el “fetichismo de las reformas” que se ha incrustado en el debate sobre el desarrollo.

Ejercicio 2: Lea los siguientes artículos periodísticos. Analice y discuta a la luz de los
enfoques presentados qué postura toman ambos artículos con respecto a la
generalidad/especificidad de los modelos de desarrollo. Identifique las propuestas
concretas que ambos autores realizan para el caso de America Latina (el primero) y para
Uruguay (el segundo).

Enseñanzas para el país y para América Latina*

La experiencia que está viviendo el Viejo Continente debe servirnos de “espejo” en donde mirarnos, a la
hora de acelerar procesos de confluencia en la región que podría determinar la ampliación en la brecha que
existe entre los países del continente latinoamericano.

La búsqueda de una moneda única entre los países latinoamericanos, no haría más que alimentar la
posibilidad de establecer tipo de cambios fijos entre las monedas de los países miembros, lo que implicaría
profundizar las asimetrías macroeconómicas existentes (productividades distintas, profundidades diferentes
en sus sistemas financieros y, en algún caso, manejo poco confiable de sus estadísticas) como, no muy
curiosamente, se dio en el reciente caso de Grecia.

Otro punto relevante a la hora de ensayar la puesta en vigencia de la moneda única es el alineamiento
fiscal y los problemas de inflación. Europa ha tenido constantes tensiones por ambos temas y, para el caso
del nivel de precios, aplicó las metas de inflación con las restricciones y las debilidades que la misma ha
demostrado en la reciente crisis, en particular resignando el objetivo de pleno empleo.

En síntesis, se deberá contemplar la experiencia europea y no ir de cabeza a un modelo que podría traer
para países en vías de desarrollo, como todos los que conforman Latinoamérica, más costos asociados que
beneficios concretos; quizás el mejor ejemplo sea el Reino Unido, que mantuvo su propia moneda.

En la actualidad, las diferencias entre los países de nuestra región abarcan desequilibrios fiscales
estructurales conformados por el lastre de un endeudamiento que formó parte de décadas de una política
deliberadamente alentada a generar dependencia a la hora de la determinación de políticas económicas
subordinadas a los dictados de los organismos internacionales de crédito, los cuales, como ahora, al
momento de hacer frente al problema de crisis sistémicas, desempolvaron las viejas recetas ortodoxas de
más ajuste fiscal y monetario, cuyo único objetivo era hacer frente al servicio de la deuda contraída en
momentos de alza del ciclo económico.

Así, y más allá de las dificultades de orden financiero y comercial transitorias por las que nos veamos
afectados en esta crisis de Europa con final abierto, debemos advertir que la Argentina y la región no deben
caer en el facilismo de seguir lo que hace el Viejo Continente, sino generar los consensos políticos y
económicos que permitan avanzar hacia el desarrollo de la región priorizando la deuda social tan
postergada en nuestra región

*Publicado en diario Clarin 23/05/2010:

[Link]

Uruguay: El Próximo Chile*

Cuando el entonces presidente de la República del Uruguay, Luis Alberto Lacalle regresó de un viaje a
Chile, a mediados de la década de 1990, dijo, "acabo de regresar del futuro". Al igual que Chile, Uruguay es
una de las democracias más sólidas de América Latina, con unas instituciones públicas relativamente
eficientes. Pero mientras Chile marcó su camino mediante privatizaciones, libertad y apertura de mercados,
Uruguay se estancó prudentemente en un lento sistema socialdemócrata más igualitario.

Uruguay fue arrastrado por el colapso económico de Argentina, el cual llevó a una crisis financiera y una
fuerte recesión en 200203. Desde entonces no ha hecho más que cobrar fuerza. Recientemente ha seguido
los pasos del modelo chileno. El 25 de enero la coalición socialista que dirige el Presidente Tabaré Vázquez
firmó un acuerdo marco de comercio e inversión con Estados Unidos, lo cual supone un primer paso hacia
un acuerdo de libre comercio.

Muchos de los elementos para un crecimiento rápido están en situación. A diferencia de Argentina, Uruguay
siguió haciendo frente a su deuda. Los pilares fundamentales de su economía (ganadería, turismo y
finanzas) están evolucionando muy favorablemente. Los extranjeros están comprando estancias. La
industria turística, ubicada esencialmente en el área de Punta del Este, añadió un creciente número de
europeos y estadounidenses a la tradicional clientela argentina.

Algunos uruguayos confían en que su país también tendrá la capacidad de atracción de nuevas industrias
como call centers y oficinas de soporte. Apuntan a su alto nivel educativo, sólido marco jurídico para
inversores y un programa fiscal favorable para nuevas inversiones. La compañía india Tata Consultancy
Services apostó por Montevideo como sede mundial hacia el mercado hispano para su centro de negocios y
operaciones de software.

Dos cosas siguen frenando a Uruguay. En primer lugar está su pertenencia al Mercosur, el grupo de
mercados centrado en Brasil y Argentina que ahora también incluye a Venezuela. Los elevados aranceles
del Mercosur añaden mucho al coste de importación de maquinaria. Para poder firmar un Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos, Uruguay necesitaría el consentimiento de sus socios del Mercosur.

Los empresarios se quejan que no están obteniendo ninguna ventaja del Mercosur. Argentina se comporta
como un mal vecino en relación a la construcción de una planta de celulosa por parte de la compañía
finlandesa Botnia en la rivera uruguaya del río. El gobierno argentino ha hecho poco para frenar la cólera de
los manifestantes, quienes bloquean el principal puente de unión entre ambos países en la temporada
turística más fuerte durante los dos últimos años. Según ellos la planta contaminaría el río, aunque un
reciente estudio del Banco Mundial demostró que la planta tendría un impacto ambiental mínimo.

En segundo lugar existe un freno político. El ministro de Economía y Finanzas, Danilo Astori, es de
tendencias moderadas similares a las de la coalición de centroizquierda que gobierna a Chile. Pero el
gobierno del Frente Amplio también incluye sindicatos y socialistas de la guardia vieja. A cambio de su
apoyo en las políticas macroeconómicas, el presidente Vázquez ha tenido que retrasar el inicio de sus
conversaciones sobre libre comercio con Estados Unidos. También se vio forzado a respaldar acuerdos de
negociación colectiva más duros y la promesa de no interferir si los trabajadores ocupan sus lugares de
trabajo. La mayoría de los uruguayos parecen satisfechos dejando una parte importante de la economía
(incluyendo las telecomunicaciones, gran parte del mercado eléctrico, las importaciones de petróleo y varios
bancos) en manos del Estado.

Los uruguayos "quieren tener un capitalismo dinámico como el de Chile, pero con un fuerte énfasis en la
igualdad", señala Adolfo Garcé, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de la República. Pero
Uruguay va a tener que elegir entre igualdad o dinamismo.

Publicado en The Economist 01/02/2007: [Link]

story_id=8636271. Traducción al español por el diario El País, de Montevideo.

Referencias Bibliográficas

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