La Ilustración
La Ilustración
Toda la larga elaboración mental que se había desarrollado en Europa duranto cuatro siglos,
vino a confluir en lo que se ha llamado enfáticamente la ilustración o siglo de las luces. Es en
ese siglo, el XVIII, en el que se sacan las conclusiones de caunto habían elaborado las filosofías
de los siglos anteriores, cuyas etapas hemos descrito ya en los capítulos precedentes. Pero las
conclusiones que se deducen no son principalmente especulativas porque el siglo XVIII es muy
pobre en filosofía, a pesar de ser el siglo de dos filósofos. Serán conclusiones antropológicas,
sociales, políticas, morales y religiosas con una inmediata incidencia en la vida que se darán
cita definitiva en aquella tremenda explosión que fue la gran revolución comúnmente llamada
revolución francesa, de 1789 a 1799.
1. La ilustración francesa
Queda ya dicho que la filosofía inglesa del siglo XVII y del XVIII constituyen la matriz de la que
nacerá poderoso y pujante el espíritu de la ilustración. Los escritos de Locke, Herbert of
Cherbury, Tindal, Toland, Mandeville, Shafterbury, Pope, Bolingbroke, Hume, Hutcheson, etc.,
la larga querella inglesa del deísmo, las luchas políticas de las islas, contienen las semillas
ideológicas que se propagaran después en el continente europeo y contribuirán a crear una
nueva sensibilidad intelectual y otra concepción distinta de la vida que ya no será la
tradicionalmente cristiana. Como, en tiempo del Rey Sol, los nobles ingleses enviaban sus hijos
a Francia para educarlos en el cartesianismo y en el esprit de finesse, así a principios del siglo
XVIII, los intelectuales franceses cruzan el canal de la Mancha, camino de la gran bretaña, para
estudiar la Matemática, la Lógica, la Crítica, la Ética y la Política de los ingleses, o al menos la
estudian en las traducciones francesas, que se multiplican. Se traduce a Newton, Locke,
Clifford, Sherlock, Collins, Clarke, Addison, Pope, Swift, Hume, etc.
Por otra parte, desde finales del siglo XVII, Inglaterra se había convertido en el país de la
libertad política y de la libertad de pensamiento. Era lo que ansiaban también los filósofos
franceses, y por ello, Inglaterra será, para ellos, el espejo en el que encontraran reflejadas sus
aspiraciones ideales.
Los franceses, de genio siempre curioso e inquieto, buscadores infatigables de algo nuevo,
capaces de vivificar y hacer atractivas las ideas mas andas, recogieron el pensamiento ingles, lo
asimilaron y luego lo expresaron en formas múltiples desde la poesía al teatro, desde la novela
al tratado filosófico, desde las cartas de viaje hasta la historia. Cualquier genero literario era
bueno para crear una nueva conciencia cultural.
Los filósofos franceses del siglo XVIII no fueron profesores de universidad, ni pensadores de
oficio. Eran historiadores y dramaturgos como Voltaire, matemáticos como Montesquieu,
abates como Condillac, médicos como Lamattrie, aristócratas como el barón de Holbach,
geógrafos como Mauperruis, vagabundos como Rousseau. La carencia de una formación
académica y filosófica rigurosa y el empirismo antes aludido explican el estilo ensayístico de
sus obras y, en muchos casos, la falta de rigor y profundidad. Pero esto mismo facilitó su
difusión. Era mas fácil y mas agradable leer a estos filósofos que no las elucubraciones sibilinas
de Descartes, Malebranche o Leibniz. Entrando el siglo XVIII, el nuevo genio francés volvió a
ponerse de moda, y a entenderse por todo el continente.
El ámbito donde se discutían los problemas ideológicos no eran ya las aulas universitarias sino
las academias extrauniversitarias y los salones de las damas aristocráticas parisinas, que tenían
a gala reunir en ellos los filósofos en tertulias entretenidas y frívolas. Los que no tenían acceso
a los salones aristocráticos se reunían en los cafés.
Voltaire, en su obra el siglo de Luis XIV, había exaltado la cultura francesa que hace comenzar a
mediados del siglo XVII y que prolonga hasta Enciclopedia incluida. En esa cultura, considerada
como el éxito final y definitivo de la razón, ve Voltaire una misión y un mensaje profético
dirigido a todos los hombres. Al fin, la razón humana, liberada de tinieblas y supersticiones,
llevara la humanidad a la perfección siempre buscada y nunca encontrada hasta ahora, por no
haber dado la prioridad a la razón. Así como el renacimiento miraba hacia atrás, la ilustración
mirará, sobre todo, al futuro.
Todo esto tuvo como consecuencia que el pensamiento ilustrado francés fuese una cuasi-
filosofia superficial, fácil, asequible, optimista, que esquivaba las dificultades mas que
resolverlas, porque ¿para que intentar resolver lo difícil si lo fácil nos basta para llevar una vida
confortable y honesta?
Muchos de los filósofos ingleses y franceses de esta época encuentran su sitio mas en la
historia de la literatura o en la historia sencillamente, que en la historia de la filosofía, en la
que apenas ocupan espacio. Pope, Voltaire, Diderot, D´Alembert y aun Rousseau solo
pertenecen a la filosofía por un aspecto de su obra que no es el esencial. El historiador de la
filosofía esta obligado a referirse a ellos pero mas por su influencia ideológica en múltiples
campos de la vida que por el valor de sus interpretaciones de la realidad. Rousseau tiene mas
cabida en la historia de las ideas políticas, o en la historia de la pedagogía, o de la literatura,
que en la de la filosofía propiamente dicha.
Avanzado el siglo XVIII, las luces de Francia llegan a todas las naciones, en libros, revistas,
ensayos, poesía, teatro y opera. En 1776, un diplomático italiano, Caraccioli, publica su ensayo
París, modelo de las naciones, o la Europa francesa, donde concede a Francia la preeminencia
cultural que Italia había tenido en el renacimiento.
Los franceses del siglo XVIII y de la revolución tuvieron una conciencia mesiánica. Se
consideraron con vocación redentora de sacar a todos los pueblos de las tinieblas religiosas y
políticas medievales y conducirlos a la tierra prometida donde solo reinarían la razón y la
filantropía. La razón sustituye a Dios, la humanidad sustituye a la iglesia. Realizaron esa
supuesta vocación gracias a la difusión y prestigio que alcanzó su idioma y el estilo chispeante
y literario de sus filósofos.
Luis XIV muere el año 1715. Treinta años mas tarde, las nuevas ideas están presente e
inquietantes en los salones, las academias, los clubes, los cafés, los libros, los ensayos y los
periódicos y, a través de ellos, en la conciencia de los burgueses de Francia.
Desde que descartes anunció el principio y fundamento de su filosofía, que luego ha sido el de
casi toda la filosofía moderna, con su famoso yo pienso luego yo soy, quedó exaltada la razón
a los altares de la divinidad. En un capitulo anterior lo hemos mostrado ampliamente.
Los pensadores del siglo anterior habían buscado la concordia entre la razón y fe, al menos así
lo habían hecho, aunque con dificultades, descartes, Leibniz, Malebranche y Wolff, entre otros.
Los ilustrados no querían ninguna concordia: la razón y solo la razón. También la fe tenia que
estar subordinada a la razón. Era el miedo a ver elevarse algún poder sobrenatural que se
impusiese a la razón. Era una aversion a lo divino y a lo misterioso. Donde se acaba lo que se
ve y se roca, allí empiezan los sueños porque, para los ilustrados, la razón no era mas que un
instrumento que combinaba y sintetizaba las sensaciones sin traspasar nunca los limites del
conocimiento sensitivo.
Kant, que fue un típico ilustrado, escribía al comienzo de su famoso tratado Respuesta a la
pregunta: qué es la ilustración: Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad en la
que se ha quedado estancado por su propia culpa. Minoría de edad es la incapacidad de
servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. Esa minoría de edad es culpable
cuando la causa de ello no se debe a incapacidad del propio entendimiento sino a falta de
decisión y de animo para servirse de el sin la dirección de otro. Saoere audel, ten el valor de
servirte de tu propio entendimiento. Este es el eslogan de la ilustración. Al final de su tratado A
qué se llama orientarse en el pensamiento, el mismo Kant resume mas compendiosamente lo
que es la ilustración: Pensar uno mismo significa buscar la ultima piedra de toque de la verdad
en uno mismo, es decir, en su propia razón, y la máxima de pensar uno mismo en todo tiempo,
es la ilustración.
Se trataba, pues, de pensar por cuenta propia no haciendo ningún caso de lo que otros
hubieran pensado. La ilustración era un combate contra la tradicion. Ello suponía, además, que
la razón de cada uno era infalible. Nec decipit ratio nec decipitur unquam, ni nos engaña, ni se
engaña nunca la razón. Con tal de que la liberemos de prejuicios y la dejemos que nos ilumine,
ella nos conducirá con seguridad hacia el bien y hacia la felicidad.
Esta valoración llevaba consigo el espíritu de critica. La crítica no es otra cosa que la sumisión
de todo lo estatuido o pensado a una revisión rigurosamente racional. Era de nuevo el espíritu
cartesiano y la confianza absoluta y optimista en la infalible razón humana, a cuyo tribunal
debía someterse todo. El siglo XVIII es el siglo de la crítica. Se coronara con la publicación de las
tres grandes críticas de Kant: la de la Razón pura (1781), la de la Razón práctica (1788), la de la
Razón judicativa (1791). Y el mismo Kant confirmaba esta actitud crítica del siglo XVIII cuando
escribía: Nuestra época es la época de la crítica a la que todo tiene que someterse. La religión
por su santidad y la legislación por su majestad quieren generalmente sustraerse a ella, pero
entonces suscitan contra si sospechas justificadas y no pueden aspirar a un respeto sincero
que la razón solo concede a quien ha podido sostener libre y público examen. Libre y publico
examen de todo, ese fue el santo y seña de la ilustración.
Ortega y Gasset se asombraba de que los libros mas influyentes de la Europa contemporánea
fuesen tres libros de critica: Cuando se piensa -escribe- que los libros de mas honda influencia
en los últimos ciento cincuenta años, los libros en que ha bebido sus más fuertes esencias el
mundo contemporáneo, y donde nosotros mismos hemos sido espiritualmente edificados, se
llaman Critica de la razón pura, Critica de la razón práctica, Critica de la razón judicativa, la
mente se escapa a peligrosas reflexiones: ¿cómo?, ¿la sustancia secreta de nuestra época es la
critica?, ¿Por tanto una negación?, ¿nuestra edad no tiene dogmas positivos? , ¿es para
nosotros la vida, más que un hacer, un evitar y un eludir? La actitud especifica del
pensamiento moderno es, en efecto, la defensiva intelectual.
Esa crítica fue universal y con frecuencia irónica y aun sarcástica. Universal, es decir, todo fue
sometido a revisión: las costumbres, el arte, la literatura, la filosofía, pero, sobre todo la
política, la religión y la moral.
Se puso de moda el genero literario de los viajes: extranjeros que vienen a Europa -un persa,
un siamés, un chino, un huron- y que, desde su ingenuidad e inocencia natural, no pueden
menos de sombrase de la complicada, antinatural e irracional cultura europea. Como contraste
se idealizaba la figura utópica de el buen salvaje, es decir, el hijo de la naturaleza que vivía feliz
sin mas ley que la de su recto instinto, sin mas religión que la racional, sin otra moral que la
propia conciencia que, siempre buena, le dictaba infaliblemente lo que debía hacer y le
impulsaba a ello. Un hombre no deformado ni corrompido por la sociedad y la religión y, por
ello, feliz. Otras veces era un europeo que viajaba a países ignotos, con frecuencia inexistente.
Había otras sociedades y otros modos de pensar y de vivir, mas naturales, mas lógicos, y por
ello también mas felices.
El propósito era siempre el mismo: demostrar que la vida de los franceses, de los ingleses, de
los europeos en general, de los pueblos que pretenden ser civilizados, había sido absurda y
antinatural, sus leyes opresivas, su religión supersticiosa, su existencia desgraciada. La vida de
los hombres sobre la tierra será feliz cuando se decidan a vivir solo según las leyes de la
naturaleza y de la razón.
Era una critica que dejaba en los lectores un poso acido y un inevitable resentimiento. Pierre
Bayle -a quien ya nos hemos referido- había publicado, ya entre 1695 y 1697, su famoso
Diccionario Histórico y critico, en el que, a pesar de las atenuaciones que se vio obligado a
imponer para no asustar demasiado a sus lectores, se catalogaban, bajo cada nombre, todos
los crímenes, los errores, las bribonadas, las indecencias, las anomalías, las perversiones, de
papas, reyes, obispos, filósofos, nobles, villas y países. La impresión no podía ser más
abrumadora. Era un cuadro trágico ante el que era inevitable preguntarse: ¿Quién ha sido el
culpable de tanta desgracia, es decir, de tanto comportamiento irracional?
Sobre ese fondo negro no podían menos de aparecer, llenas de esperanza, las luces de la
razon. Llegará un día -escribía el Marqués de Condorcet poco antes de envenenarse para
escapar de la gillotina- en que el sol no alumbrará sobre la tierra mas que a los hombres libres,
los cuales no reconocerán mas señora y maestra que la razón, y en que los tiranos y los
esclavos, los sacerdotes y sus estúpidos e hipócritas instrumentos no existirán mas que en la
historia y en los teatros.
La felicidad
Fue una especie de idea obsesiva y dominante: ningún impulso mas fuerte en la naturaleza
humana que el de la felicidad. Luego es el primer derecho. La felicidad aquí en la tierra, no en
el cielo. Los ilustrados carecían de todo sentido religioso de la trascendencia. Aquí, en la tierra
y pronto, cuanto antes. Una de las imposturas cristianas era hacernos creer que la vida de la
tierra era la peregrinación por un valle de lágrimas. Al contrario; la vida terrena puede estar
llena de placeres, y se puede conceder todo al gusto sin perder para nada la inocencia. La
naturaleza es bella, la razón rectamente utilizada puede guiarnos infaliblemente en su
búsqueda. El primer precepto de la ley natural no es: haz bien y evita el mal, sino: se feliz
cuanto puedas. Ese derecho era anterior a toda obligación. Vivir -escribía Condillac- es
propiamente gozar. El más importante, o más bien, el único uso de la razón es dirigir el amor
del placer y el deseo de la felicidad. La filosofía no debe perderse en especulaciones estériles
sobre el mundo, sobre el hombre, sobre Dios. Su finalidad primera es enseñar a los hombres el
camino hacia la felicidad terrena.
Después se perdían en sueños románticos. Soñaban con un reino de felicidad como aquel
Marqués de Lassay que, en 1727, publicaba su utopía Relación del reino de los felicianos,
pueblos que habitan en las tierras anstrales O se escribían Reflexiones sobre la felicidad.
Ensayo sobre la felicidad, Sobre la felicidad humana. Edward Young decía: Es un arte que es
preciso aprender. Es el precio de un continuo estudio: se presentía que pronto había de llegar
el reino de la felicidad.
Los gobernantes, en consecuencia, se proponían siempre llevar la felicidad a los pueblos, -que
bien necesitados estaban de ella- mediante la ilustración, y por doquiera se hablaba de la
felicidad pública. El sistema político que después se llamaría despotismo ilustrado pretendía
ser el imperio de la razón y de lo racional, de las luces y de la filosofía, como camino hacia la
exigida felicidad de los pueblos.
Por eso, tal sistema se permitía coaccionar a cualquiera que no procediese conforme a las
luces y a la razón bien entendido que la razón la encarnaban siempre los gobernantes y los
filósofos. Los clérigos eran unos pobres ignorantes tupidos de supersticiones.
Subyacente a este despertar vehemente del ansia de felicidad estaba una airada y rencorosa
protesta contra la ascética cristiana que inculcaba la renuncia y el dominio de los instintos, la
austeridad en las costumbres, la aversión a los placeres, la sumisión de los valores somáticos a
los valores espirituales.
Un ilustrado tardío y romántico como el que más, Karl Marx, soñaría todavía en restaurar en la
tierra el paraíso perdido, en una sociedad sin propiedad privada y sin clases y, por ello,
formada por hombres naturalmente buenos, justos, honestos, naturales racionales y felices.
Para entrar en ese paraíso era necesario, primero, llevar a cabo la revolución social, una
revolución violenta que destruyese la propiedad privada. Sucesivas etapas (lucha de clases,
revolución, dictadura del proletariado, socialismo) culminarían en el paraíso comunista, fin de
la prehistoria y comienzo de la historia.
La naturaleza
Leibniz había enseñado que este mundo era el mejor de todos los posibles porque la razón
suficiente para que algo sea creado por Dios es que sea conforme a su sabiduría y a su bondad.
Pero Dios -cree Leibniz equivocadamente- siempre trata de hacer lo mas perfecto. Luego este
mundo creado por Dios es el más perfecto.
La consecuencia era bien clara. La naturaleza, obra de Dios, era toda buena y santa y, por
supuesto, el hombre, era también bueno, sus instintos, nacidos de su naturaleza, no podían
menos de ser buenas y conducirnos al bien.
Había, pues, que seguir la naturaleza en todo, era la fuente de la bondad y del bien. Todo lo
que fuese natural, es decir, exigido o impuesto por la naturaleza, era bueno. La moral no debía
contradecir los instintos sino seguirlos. La virtud había de ser natural, no sobrenatural. Basta
de dividir al hombre y provocar en el dualismo natural sobrenatural y esa mala conciencia que
tanto dará que hablar desde Hegel, Feuerbach y Marx en adelante. La ley natural es,
efectivamente, el primer imperativo moral, y por ello, su aceptación se identifica con la virtud,
pero la ley natural es el impulso de la naturaleza, la emotividad del corazón, lo que Descartes
había llamado el buen sentido, del que decía que era la capacidad de juzgar bien y de distinguir
lo verdadero de lo falso y la cosa del mundo mejor compartida. Por su parte, Rousseau
escribía: Tenemos que admitir como máxima indiscutible que los primeros movimientos de la
naturaleza son siempre rectos; no hay ninguna perversidad original en el corazón humano.
Aquí llegara a ser verdad el viejo sueño de identificar virtud con felicidad, porque se identifica
virtud con la satisfacción de los apetitos naturales. Un personaje de Sade dirá brutalmente: si
la naturaleza desaprobase nuestros gustos, no nos los inspiraría.
La pintura, que siempre es uno de los exponentes mas significativos de la cultura de una
época, en el siglo XVIII ofrece cuadros ocupados por el paisaje natural, un espeso bosque, una
playa sonriente, un prado fresco regado por un arroyo, etc. Enmarcados en el paisaje natural
aparecen, en pequeño, un hombre y una mujer -dos elementos mas de la naturaleza- que
vuelven del trabajo, que tejen unas redes, o que dan de comer a los animales domésticos.
Todo es naturaleza. El elemento religioso, que dominó casi por completo el arte europeo de
los siglos precedentes, se retira y da paso a unas manifestaciones seculares de la cultura que
ahora quiere ser natural y solo natural.
Se despertó un enorme interés por estudiar la naturaleza, Galileo, Newton, Francisco Bacon
eran los padres de la nueva era científica. Se multiplican los libros de física, de botánica, de
medicina. Se abren academias en San Petersburgo, en Estocolmo, en Berlín, en París, en
Copenhague, en las que se presentan libros y comunicaciones científicas y se discute sobre
ellos. Los reyes y fomentan la investigación y la ceración de museos de la naturaleza, y ellos
también tienen curiosidad y son coleccionistas de pájaros o de insectos.
En buena parte por influencia de Buffon, y de otros naturalistas como Linneo, Bougainville,
Humboldt, etc., el método empírico de observación de la naturaleza empieza a disputar la
primacía epistemológica a las Matemáticas que desde Descartes, Leibniz y Newton constituían
la ciencia reina. Hubo notables matemáticos en el siglo de las luces, pero la curiosidad
fundamental del siglo se orienta hacia los conocimientos geológicos, biológicos, históricos y
aun sociales.
Esta naturaleza tan admirada y bella deparaba, sin embargo, de vez en cuando, sorpresas
desconcertantes. Ya hemos hecho alusión al terremoto de Lisboa el 1 de noviembre de 1755,
que dejó perplejos a los ilustrados. ¿Cómo era posible que la naturaleza inocente y santea
cometiera tales desmanes?
Ya ha quedado indicado que en los postulados de la ilustración había siempre una intención
polémica contra el cristianismo. La exaltación de la razón como instancia suprema pretendía
destronar la fe y la revelación cristiana que había dado su fundamentación a la cultura toda de
Europa. Ahora las luces de la razón venían a sustituir a la fe. En adelante, la sociedad, el
estado, la religión, la moral, el arte debían ser racionales y solo racionales. Decidieron
frívolamente que la religión cristiana, las profecías, los milagros, los evangelios, la vida de
Jesús, no resistían un análisis racional. Jesús había sido un hombre admirable como Buda,
Confucio o Sócrates, pero el cristianismo, la iglesia, los dogmas, los sacramentos, los ritos, las
normas morales eran supercherías. La burguesía francesa ilustrada se mofaba de todo ello. Se
mofaban del cristianismo y de todas las demás religiones porque todas eran iguales: efectos de
determinadas culturas, conjuntos de símbolos y de mitos para expresar unas pocas verdades
de la religión racional, a saber, existe un ser supremo creador de la maquina admirable del
mundo; tenemos un alma inmortal; en otra vida se realizará la justicia y la felicidad perfecta
que en esta área no se logra. Ese era el núcleo racional de todas las religiones. Lo demás eran
añadidos mitológicos o envolturas simbólicas. Los ilustrados eran hombres fríos y frívolos,
incapaces de acercarse al misterio con respeto, con asombro y con amor. Se negaban a aceptar
el misterio. Pensaban que en su cabeza tenia que caber todo, incluso Dios. Un Dios, pues,
inteligible por el hombre, precisamente porque es inteligente, conoce los límites de su
inteligencia y conoce que mas allá de su capacidad y su horizonte puede existir, tiene que
existir, una realidad infinita a la que el no llega. Pero los ilustrados estaban seguros de que su
razón podía comprenderlo todo. Hegel, con su idealismo absoluto, pretendería haberlo
comprendido todo. Kierkegaard ironizó no poco contra tal pretensión, el saber absoluto de
Hegel.
Aquellos hombres que no pretendía ser sino racionales naturales y felices aborrecieron el
cristianismo y le declararon guerra a muerte.
Hemos hecho alusión a Voltaire. Era un deísta, es decir, creía en Dios, en un ser supremo, Gran
arquitecto del universo, Principio mecánico de esta gran maquina que es el cosmos. Estamos
ante un reloj maravilloso cuyas leyes había descubierto Newton -era una comparación cara a
Voltaire- luego tiene que hacerlo montado un sabio relojero. Todo el mecanicismo de
descartes y toda la armonía preestablecida de Leibniz están detrás de esta afirmación. Dios es
un gran ingeniero que construyó esta maquina del mundo, la puso en marcha, le dio unas leyes
determinadas y ahora funciona ella por si misma. Dios no interviene para nada porque es
innecesario. El mundo, y, consiguientemente, también el hombre, que es un ser de la
naturaleza, son autosuficientes, se bastan a si mismos, que para eso al hombre Dios le dotó de
razón. La intervención de Dios en la historia humana es innecesaria y no se ha dado. Toda la
religión que se pretenda revelada es una impostura.
De ahí partía su odio al cristianismo. Atacó con tenacidad y sarcasmo a todo lo cristiano y a
todos los cristianos. La biblia no tenia grandeza ni belleza; el evangelio solo había traído
desgracias a la tierra, la iglesia era toda superstición y mentira; los mas puros, los mas nobles
eran arrastrados por el lodo. Cada noche creía haber acabado con la infame (iglesia), y cada
mañana comenzaba de nuevo la lucha. Simplificación de caricaturesca, voluntad de no entrar
nunca en las razones del adversario que había que hacer callar o desfigurar; incansable
repetición; un estilo chispeante y satírico; la utilización de todos los recursos contra el
cristianismo hasta los menos nobles. Diderot le llamaba el Anticristo. Se ha dicho de que él que
fue el más fanático del anti fanatismo.
Voltaire, como Diderot, como otros ilustrados, se dirigían principalmente a las gentes que
piensan, con un absoluto desprecio hacia el pueblo, ignorante y supersticioso, que necesita el
falso consuelo de la religión. Daba por bueno el fingimiento y la hipocresía ante el pueblo:
distingue siempre entre las gentes discretas que piensan y el populacho que no esta hecho
para pensar. Si la costumbre te obliga a hacer una ceremonia ridícula en favor de esta canalla,
y si de paso te encuentras personas cultas, adviérteles, con una señal de la cabeza, con un
guiño del ojo, que tu piensas como ellos, pero que no hay que reírse. En el lecho de muerte, se
confesó y recibió la absolución sacramental. ¿Fue un acto sincero o fue un fingimiento
hipócrita para que su familia no padeciese la vergüenza de que se le negase la sepultura
eclesiástica? Quedará siempre en el misterio.
Voltaire ha quedado en la historia como el mas responsable de esa estirpe de hombres, de los
siglos XVIII y XIX, que hicieron el anticlericalismo y del anticristianismo el programa de su vida.
Ejerció una fascinación irresistible sobre los espíritus ilustrados. Fue el patriarca de las letras
francesas y en su retiro, en el castillo de Ferney, cerca de Ginebra, recibía el homenaje y la
sumisión de las gentes de letras, porque él era novelista, poeta, historiador, dramaturgo,
filosofo.
Nada extraño que, en aquella burguesía, cuya inteligencia se nutria de rencor y de las
convicciones anticristianas, se levantase la persecución religiosa. Los jesuitas aparecían como
los campeones de la ortodoxia y de la fidelidad a la iglesia de Roma. Por eso fueron las
primeras victimas del despotismo ilustrado y de los jansenistas e ilustrados ministros de las
cortes borbónicas. Con una tenacidad y un odio implacable, Pombal desde Lisboa, Choiseul
desde Paris, Tanucci desde Napolés, el cardenal Bernis en Roma, AAizpuru, Moñino y
Campomanes desde Madrid, después de infinitas intrigas, manipulaciones y amenazas
lograron arrancar al débil para Ganganelli, Clemente XIV, el Breve de extinción de los jesuitas.
El odio de los Borbones, de sus ministros, de todos sus protegidos, a los jesuitas es uno de esos
episodios históricos en que se demuestra que no solo las personas, sino las colectividades,
pueden sugestionarse hasta lo psicopatológico, e impulsados por la irracionalidad cometer
verdaderas monstruosidades. El siglo de la razón cometió una de las mayores sinrazones de la
historia.
Lo cierto fue que, suprimidos los centros docentes de la compañía de Jesús, sus iglesias, sus
púlpitos, sus ejercicios espirituales, su dirección de almas, sus misiones, los filósofos tenían el
camino mas expedito para difundir su racionalismo y su deísmo, un orden racional y secular
que era toda su ilusión.
Hay que decir, con todo, que la batalla contra el cristianismo, en el siglo de las luces, se daba
casi exclusivamente entre intelectuales. El pueblo seguía siendo cristiano. La iglesia parroquial
era el núcleo vital del pueblo. El párroco enseñaba lo que hay que creer, lo que hay que obrar,
lo que hay que orar, y lo que hay que recibir; domingo tras domingo convocaba a todos los
fieles con las campanas a un encuentro y reconocimiento cristiano; rompía el ritmo de las
semanas con las celebraciones litúrgicas de navidad, cuaresma, semana santa, o las fiestas
patronales. La parroquia seguía enseñando y ayudando a los hombres a vivir y a morir. Había
sacerdotes sin vocación y aun sin fe, como el cura Meslier, o el vicario saboyano del que habla
Roousseau en su Emilio; hubo sacerdotes ilustrados que podían comprar libros de los filósofos,
pero la mayor parte cumplía fielmente sus deberes religiosos y pastorales aun viviendo, con
frecuencia, en la pobreza.
Hay que confesar también que la iglesia de Francia careció, en este siglo, de buenos teólogos y
apologetas capaces de hacer frente a la ilustración, al racionalismo y al materialismo
crecientes. El clero era excesivo y no bien formado, pues se calcula que en Francia había no
menos de 130000 sacerdotes seculares, unos 50000 religiosos y, aproximadamente, 30000
religiosas. Nada extraño que personas poco preparadas y defendidas sufriesen el impacto de la
critica racionalista que de tantas maneras se extendía.
El deísmo
La guerra declarada al cristianismo no era desde postulados ateos. El siglo XVIII no ha sido el
siglo del ateísmo salvo excepciones, los ilustrados propugnaban una religión, pero una religión
racional, llamada también religión natural. Generalmente, se la conoce con el nombre de
deísmo, aunque, a veces, se la llama también teísmo.
El ambiente para esta religión racional venia preparándose desde el siglo XVIII. El tractatus
theologico-politicus de Spinoza (1670), la racionalidad del cristianismo Locke (1695), el
diccionario histórico y critico de Bayle (1696), otros muchos ensayos de Toland, Tindal, Collins,
Woolston, Chubb, Pope, Wallaston, Bolingbroke, Shaftesbury y cien más, fueron los que
difundieron la convicción de que el cristianismo como religión revelaba era una invención
humana pero que, sin embargo, contenía un núcleo racional. Era a ese núcleo racional a lo
único que deberíamos atenernos, porque era lo único valido.
Los ilustrados franceses, con orgullo, hicieron suya la idea. La humanidad ha llegado a un grado
de madurez en el que ya no puede aceptar sino lo que sea racional y debe liberarse de lo
supersticioso y lo imaginario. Las religiones llamadas reveladas o positivas quedan solo para
minorennes o féminas sentimentales.
El deísmo admitía la existencia de Dios, ser supremo, arquitecto del universo, organizador de
esta enorme y sombrosa maquina que es el cosmos. De eso no dudan y Voltaire lo expresa con
absoluta claridad: toda obra que nos descubre unos medios y un fin nos revela un artífice. Este
universo se compone de muchos medios, cada uno de los cuales tiene su fin; descubre, pues,
un artífice potentísimo e inteligentísimo. Voltaire repite el argumento de muchas maneras. Sin
caer en la cuenta de que esta haciendo una verdadera y correcta metafísica, a la que, por otra
parte, tanto despreciaba.
Pero los deístas creían no poder ir más allá. Dios existe, pero de el no sabemos nada. Un grillo
-escribe Voltaire- en presencia de un palacio imperial, reconoce que el palacio se debe a
alguien mas poderoso que los grillos, sin embargo, no es tan loco como para pronunciarse en
presencia de ese alguien. He aquí un ejemplo paradigmático de la falta de racionalidad de los
racionales: Se compara a un grillo con un hombre racional. Es verdad que no es más que un
ejemplo metafórico, pero es una metáfora absolutamente inepta. Porque un grillo no puede
pensar ni menos hacer un raciocinio analógico, en cambio, el hombre racional es el ser capaz
de conocer y enunciar las causas partiendo de los efectos, y si conoce las causas, ¿Por qué
Voltaire detiene la razón y no le permite seguir pensando, es decir, por la estructura de los
efectos llegar a conocer, de algún modo, la naturaleza de las causas?, ¿Por qué no deja a la
razón que por medio de la analogía se eleve de las perfecciones de los seres creados a los
atributos del ser supremo?
Se pueden seguir preguntando todavía por que no permitir a la razón que investigue los
fundamentos y los motivos racionales del acto de fe. El cristianismo no es un conjunto de
aseveraciones o dogmas gratuitos sino apoyados en serias motivaciones históricas y racionales.
El error de los deístas y de los ilustrados no estuvo en guiarse por la razón sino en no permitir a
la razón entrar donde ellos no querían que entrase.
Lo cierto es que negaban la intervención de Dios en la historia. Una vez que Dios puso en
marcha la maquina del mundo vive en su olimpo y no se interfiere en los asuntos mundanos
(negación del milagro), ni en los procesos humanos (negación de la revelación positiva). Al
mundo le bastan las leyes naturales, al hombre la razón.
Admitían también los deístas la existencia del alma porque no eran materialistas rígidos. Pero
dirá también Voltaire que el vocablo almo es un término vago, indeterminado, que expresa un
principio desconocido, pero de efectos conocidos que sentimos en nosotros mismos. De ahí
que, aun considerando que de alguna manera tendría que haber una justicia que castigase al
perverso y premiase al humanitario y virtuoso, no todos estaban de acuerdo en admitir otra
vida ultraterrena. Eso era también un misterio, sobre el que la razón no se atrevía a
pronunciarse de manera decisiva.
Entre los deístas hubo, naturalmente, matices distintos, pero todos coincidían en el rechazo
del cristianismo como religión revelada, en la critica a los datos negativos de la historia
cristiana, en la interpretación de la biblia como uno más de los libros antiguos, y en el recurso
ultimo a la razón.
Es verdad que algunas de sus criticas tenían un fundamento; es verdad que ni ellos ni lo
teólogos cristianos estaban preparados para poder conocer los diversos géneros literarios de la
biblia como los conocemos hoy y para separar su profundo mensaje religioso de las imágenes
o relatos humanos; es verdad también que, tal como entonces se entendía la biblia y aun el
cristianismo, en muchos ambientes, chocaba demasiado con la razón. Pero es verdad también
que los ilustrados no hicieron esfuerzo por comprender las verdaderas fuentes de la revelación
cristiana y el sentido profundo y verdadero de lo religioso. Se negaron, sobre todo, a admitir el
misterio, que es una realidad insustituible en la religión, y a aceptar que Dios hubiera podido
acercarse a los hombres para hablarles e instruirles. No supieron que Dios es amor, y que el
amor es, por esencia, comunitario. Creyeron que Dios era solo razón.
Hay que reconocer también, por otra parte; el sentido humanitario y moralizante que tuvieron
no pocos ilustrados. Pero de su moral hablaremos a continuación.
La moral natural
A una religión natural la seguía una moral natural. Los ilustrados no eran libertinos, aunque es
verdad que la sociedad burguesa y aristocrática del siglo XVIII distaba mucho de ser ejemplar
en sus costumbres. Pero se pretendió crear una moral que sustituyese a la moral cristiana.
Lord Shaftesbury, Bernard de Mandeville, Francis Hutcheson, el mismo David Hume y, desde
luego, Kant, entre otros muchos, fueron teóricos de una nueva moral. Una moral autónoma, es
decir, que no recibiese valores y pautas de conducta de ningún ser extraño -heteronomía- sino
solo de la propia conciencia -autonomía-. A Kant cualquier heteronomía le parecía inmoral. El
hombre y su razón se bastaban a si mismos para darse normas morales. Mas aun, el hombre
estaba dotado, por la misma naturaleza de un cierto sexto sentido, que era el sentido o
instinto moral. El nos indica claramente lo que es honesto y lo que no lo es, y nos impulsa con
suavidad a practicar el bien y evitar el mal. Si los hombres no lo experimentaban así es porque
la religión, la superstición, la sociedad violentan la naturaleza y ponen al hombre en guerra
consigo mismo.
El raciocinio de los ilustrados era tan sencillo -y tan simplista- como esto: la naturaleza nos ha
destinado a ser felices. La felicidad es el conjunto de sensaciones agradables. Eso mismo nos
esta indicando que seguir lo agradable es moralmente bueno. Lo desagradable y doloroso, lo
repugnante, lo violento, he ahí el mal. Lo que llamamos pasiones, y la moral Cristiana ha
condenado, no son sino los apetitos indispensables para el desarrollo de la vida. Mandeville,
en su famosa Fábula de las abejas (1714), mostraba cómo en una colmena, mientras reinaban
en ella las pasiones, todo rebosaba de vida y actividad, era un paraíso. Pero si predicadores de
la moral cristiana logran imponer a todas las abejas la mansedumbre, la moderación y las otras
virtudes, cesa la actividad, desaparecen las artes y la industria, decae la vida y todo se
adormece. Era un elogio de los vicios.
No todos los moralistas exaltaban los vicios como motor de la historia porque el placer debía
ser regido también por la razón. Muchos creyeron en el amor propio como regla y norma de
moralidad. El amor que instintivamente uno se tiene a si mismo le dice lo que debe y lo que no
debe hacer. El amor propio es el interés por uno mismo, pero esta claro que ese interés le
sugerirá la moderación y la jerarquía entre los placeres. El vicio es el exceso, el abuso, la mala
aplicación de los apetitos, de los deseos, de las pasiones, que son naturales e inocentes,
incluso útiles y necesarias. La virtud consiste en la moderación y el gobierno en el uso y la
aplicación de esos apetitos, de esos deseos, de esas pasiones, de acuerdo con las normas de la
razón y por tanto en oposición frecuente a sus impulsos ciegos.
Se iniciaba así un proceso que habría que durar hasta nuestros días: el intento de fundamentar
la moral en la sola naturaleza o en la sola razón humana. La falta de sentido y de razón
metafísica de los ilustrados del siglo XVIII y de los posteriores hasta nuestros días, los
extraviaron hacia lo imposible. La razón humana puede descubrir, y no siempre, lo que es
honesto y lo que es inhonesto pero el problema moral consiste en la pregunta por la obligación
en conciencia de actuar de una manera y no de otra. La razón por si misma, no es apta para
generar obligación moral. La verdadera obligación moral requiere que alguien que sea superior
al hombre le de un mandato de cuyo cumplimiento tenga que responder ante él. Entonces y
solo entonces el hombre esta obligado moralmente a actuar de una manera determinada. La
razón autónoma, la conciencia subjetiva, el sentimiento de benevolencia, la filantropía, el
sentido estético, el amor propio, y todas las otras instancias a las que apelaban los ilustrados,
nunca pueden fundamentar obligaciones morales absolutas, universales y objetivas.
En conexión cercana con los temas morales, están los jurídicos y sociales. Existía una corriente
de iusnaturalismo racionalista a la que ya nos hemos referido en esta obra. Era inevitable, por
toda la contextura ideológica de la ilustración, que, en esta época, el iusnaturalismo
racionalista se presentase como la única manera de fundamentar el derecho y la política.
También aquí se quería arrebatar a la divinidad su derecho a dar las primeras normas que
orientasen de manera humana las sociedades y sus leyes. Ya el napolitano Juan Bautista Vico
(1668-1744), en sus principios de una ciencia nueva en torno a la común naturaleza de las
naciones, admite la acción de la providencia divina pero propugna una nueva arte critica que
hasta ahora ha faltado entrando en la investigación sobre la verdad acerca de los creadores de
las misma naciones, aquí la filosofía examina la filología (o sean la doctrina de todas las cosas
que dependen del arbitrio humano, como son todas las historias de las lengua, de las
costumbres, y de los hechos así de la paz como la guerra de los pueblos), esa filosofía que ha
tenido horror a buscar las razones, pero que puede reducir la filología en forma de ciencia,
descubriendo el proyecto de una historia ideal eterna, sobre la cual corren en el tiempo las
historias de todas las naciones. Así, esta ciencia viene a ser una filosofía de la autoridad.
Herder ira más lejos en su formulación: Vivimos en un mundo que nosotros mismos hemos
creado. El universo social es de institución humana. Un pensador francés, Duclos, en sus
considerations sur les moeurs de ce siecle, ya realiza un ensayo de sociología empírica, una
sociología y una política que deberían imitar, en su construcción, a la ciencia física
experimental. Se trataría de observar los caracteres y las costumbres de los diversos pueblos
para deducir de ellos las leyes que los debían gobernar. Aparece un nuevo campo de
investigación experimental: las costumbres humanas como fundamento de las leyes. Con ellos
parece también la posibilidad de un relativismo jurídico. Puesto que las costumbres son tan
diversas, también las leyes deberán serlo. Se debilita el fundamento ultimo y absoluto de las
leyes, la ley natural como expresión de la ley eterna y divina. Nace el sociologismo: lo que una
sociedad hace se erige en ley.
El barón de Montesquieu (1689-1755) será el Newton de la nueva ciencia política. El año 1721
publicaba sus cartas pertas todas las irracionalidades que encontraba en lo social, en lo político
y en lo religioso, que no eran pocas. Era una critica elegante en la forma, pero cruel en el fondo
contra la cultura europea. Sin embargo, en ese momento, nos interesa mas otra obre de
Montesquieu aparecida en 1748, después de veinte años de elaboración: el espíritu de las
leyes, que le dio fama internacional y que ha quedado hasta hoy como uno de los catecismos
universales de las modernas democracias liberales.
La corriente iusnaturalista, que tuvo muchos representantes, sobre todo en Alemania, pero
también en frnacia, en Italia y, desde luego, en Inglaterra, se orientaba de manera definitiva
hacia el racionalismo, por un lado, y hacia el empirismo relativista, por otro. Heineccius, Wolff,
Strube de Piermont, el señor D´Aube, Jean-Jacques Burlamaqui, Filangieri, Morelly y muchos
otros hacían de la razón la ultima instancia y fundamento del derecho. Es verdad que algunos
de ellos recordaban que la razón lo que hace es descubrir y conocer la ley natural que Dios ha
dado a los hombres. No olvidaban del todo a Dios. Pero entendían que el lenguaje de la razón
era el lenguaje de Dios mismo ya que Dios es razón, y es la razón humana la que expresa la
razón divina. Dios se reabsorbe en la razón, la razón en la naturaleza y la naturaleza en la
felicidad. El antiguo derecho divino y natural se convierte en un derecho natural y racional. Así
no extrañará que la Enciclopedia en el vocablo Ley, la defina así: La ley, en general, es la razón
humana en tanto que gobierna todos los pueblos de la tierra; y las leyes políticas y civiles de
cada nación no deben ser más que los diversos casos particulares en que se aplica esa razón
humana.