0% encontró este documento útil (0 votos)
251 vistas14 páginas

La Escatología Desde El Vaticano II Hasta Nuestros Días

El documento resume la doctrina de la escatología desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad. El Concilio enseñó que la Iglesia alcanzará su plenitud en la gloria celestial y que la renovación del mundo ya ha comenzado en Cristo. La parusía se refiere a la venida de Cristo que se extiende a lo largo de la historia a través del Espíritu Santo. La muerte es una consecuencia del pecado, pero Cristo la transformó en ofrenda de amor. El juicio final lo realizará Cristo como

Cargado por

Oscar Castillo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
251 vistas14 páginas

La Escatología Desde El Vaticano II Hasta Nuestros Días

El documento resume la doctrina de la escatología desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad. El Concilio enseñó que la Iglesia alcanzará su plenitud en la gloria celestial y que la renovación del mundo ya ha comenzado en Cristo. La parusía se refiere a la venida de Cristo que se extiende a lo largo de la historia a través del Espíritu Santo. La muerte es una consecuencia del pecado, pero Cristo la transformó en ofrenda de amor. El juicio final lo realizará Cristo como

Cargado por

Oscar Castillo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La escatología desde el Vaticano II hasta nuestros días

La doctrina del Vaticano II

Considerando la escatología desde el punto de vista de la vida de la Iglesia, el


Vaticano II expuso una doctrina escatológica que propiciaba una renovación del
tratado llamado De novissimis (De las cosas últimas).

En la Constitución Dogmática Lumen Gentium, el Concilio afirma que la Iglesia


alcanza su realización en la gloria del cielo; realización que implica la
restauración de todas las cosas, del género humano y también del mundo, en
Cristo. La restauración prometida, y que esperamos, "ya ha comenzado en
Cristo, continúa impulsada por el envío del Espíritu Santo y por medio de Él
persiste en la Iglesia" (N° 48). Es decir que la renovación del mundo está fijada
de manera irrevocable y, de manera que podemos llamar real, está anticipada
en la Iglesia que vive en la tierra. Puesto que poseemos la primicia del Espíritu,
gemimos dentro de nosotros con la esperanza de entrar con Cristo en el
banquete nupcial, pero antes de reinar con Cristo glorioso, estamos sometidos
al juicio, y por lo tanto, tenemos que estar alerta.

El Concilio destaca la comunión de la caridad entre los que, vivos o defuntos,


son de Cristo y forman una sola Iglesia. "La unión de los peregrinos con los
hermanos muertos en la paz de Cristo, no está en absoluto interrumpida, sino
que, por el contrario, está consolidada, según la fe, por la comunicación de los
bienes espirituales" (49). Los bienaventurados del cielo interceden
incesantemente por nosotros ante el Padre. El culto dedicado a los santos alienta
el recurso de la Iglesia peregrina a sus oraciones, y la estimula a seguir su
ejemplo.

En la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, el Vaticano II dedica una atención


mayor y especial al misterio de la muerte, a través de una reflexión filosófica
iluminada por la fe (18). A su vez, echa luz sobre el aspecto cósmico de la
escatología, por medio de la expectativa de una tierra nueva y de un cielo nuevo
(39), que se identifican con el reino eterno y universal que Cristo ha de entregar
al Padre.
Tomando este punto de partida, deseamos emprender el camino de la reflexión
sobre distintos temas de la escatología. La Carta de la Congregación de la
Doctrina de la Fe (17 de mayo de 1979) y un estudio de la Comisión Teológica
Internacional (1992) nos proporcionan una ayuda en esta reflexión.

1. La parusía

La escatología es, en primer lugar, la cristología en la medida en que permite


descubrir su evolución última en la vida de la humanidad. La centralidad de Cristo
es fundamental y adquiere más propiamente su reconocimiento cuando la
afirmación de la parusía hace que nuestra mirada se vuelva hacia el futuro.
Parusía quiere decir venida. Jesús ha anunciado su venida como el gran
acontecimiento que, de manera misteriosa, habría de realizar su presencia a los
hombres.

Muchos se han imaginado una vuelta visible de Jesús sobre la tierra. Sabemos
que esta expectativa, que era muy sentida en la Iglesia primitiva, quedó sin
realizarse. Es signo de que Jesús concedía un significado distinto a su vuelta.

Tenemos que recordar las palabras que Jesús pronunció durante el proceso ante
el Sanhedrín. El sumo sacerdote interrogó a Jesús preguntándole si él era el
Cristo, el Hijo de Dios. Jesús no sólo quiso responderle afirmativamente, sino
que lo habría demostrado de manera sus adversarios pudieran verlo: "A partir de
ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre
las nubes del cielo" (Mt 26,64). Con esas palabras Jesús no anuncia una llegada
establecida para el fin del mundo, sino una llegada muy cercana: "A partir de
ahora" (Lc 22,69: "De ahora en adelante"). La llegada es inminente y va a ser
duradera.

Se trata de la llegada del Hijo del hombre sentado a la diestra del Padre, es decir
de Cristo que ha ascendido al cielo, que comparte el poder soberano del Padre.
Él ha de venir "sobre las nubes del cielo". No debe entenderse la nube en sentido
material: tratándose del signo de una teofanía, expresa una llegada divina.
Después de la llegada, que se manifestó visiblemente en una carne humana y
llegó a su término junto con la vida terrenal, habrá otra venida de Cristo, que ha
de producirse con su poder divino.

Se trata de la llegada que se ha manifestado desde el momento de la


Pentecostés, y de la que Pedro dice: tras su resurrección, Jesús, "exaltado por
la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha
derramado; esto es lo que vosotros veis y oís" (Hch 2,34). Pedro atestigua que
se ha cumplido el anuncio que Jesús hizo al Sanhedrín. La llegada sobre nubes,
inaugurada el día de Pentecostés, es la llegada del Espíritu Santo, que realiza la
presencia de Cristo en todo el desarrollo futuro de la Iglesia.

Esta llegada es la parusía anunciada por Jesús, parusía que se extiende a toda
la obra de evangelización a lo largo de los siglos y los milenios, hasta el fin del
mundo: "Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para
dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin" (Mt 24,14). Cuando
la llegada espiritual de Cristo en el mundo haya alcanzado su plenitud histórica
al cumplirse la realización de la evangelización universal, entonces, la parusía
se habrá completado y el mundo terrenal desaparecerá frente al universo del
más allá.

2. La muerte

La muerte es una necesidad inherente de la naturaleza humana: el hombre es


mortal porque el cuerpo tiene un límite vital necesario. Una exigencia de orden
superior, basada en el designio divino de salvación, convierte a la muerte
también en un misterio. La muerte de Cristo otorga a nuestra muerte un
significado más elevado. Dicho significado está vinculado con el drama del
pecado. En la muerte se reconoce una consecuencia del pecado; es más, la
muerte habría sido el castigo esencial del pecado, si el Hijo de Dios no la hubiera
asumido en su persona como camino de redención. Siendo inocente, Cristo ha
transformado la muerte convirtiéndola en una ofrenda de amor para la salvación
de la humanidad. Es por eso que la muerte se nos brinda como un don divino
que nos une a la ofrenda de Cristo y, con su carácter doloroso, penoso, nos
hacer participar de la obra redentora. Es una fuente última de fecundidad al final
de la existencia humana.
Cristo ha afirmado los frutos abundantes del grano de trigo que muere (Jn 12,24).
Con todo su amor, se compromete con su destino de muerte para cumplir la
voluntad del Padre, y le reprocha a Pedro que deseara que el suplicio fuera
evitado: "La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?" (Jn 18,11). Se
trata de un don del amor paterno, al cual Él responde con una entrega total de
confianza: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23,46).

El Padre dispone de nuestra vida y determina de manera soberana la hora de


nuestra muerte para recibirnos en su casa. Y no nos es dado decidir lo más
mínimo sobre esa hora.

Algunos teólogos han planteado la hipótesis de la opción final, es decir, de una


iluminación espiritual en la hora de la muerte, que consienta una decisión de total
verdad y libertad, posibilitada por el hecho de que el último momento de la vida
actual es al mismo tiempo el primer momento de la vida angelical. Pero, en
realidad, existe sólo un momento, el que concluye la vida presente, y no
pertenece a la vida angelical. La opción final, propiciada por la gracia, acontece
en condiciones de vida terrenal. La conversión del buen ladrón es, pues, un
ejemplo de la opción final que corrige la vida anterior y expresa una nueva
disposición última para entrar en la vida eterna (Lc 23,42).

El mismo Jesús ha encomendado la vigilancia constante, durante la vida terrenal,


con vistas a su llegada, muchas veces inesperada, en la hora de la muerte.
Dichosos los siervos a quienes el amo halle despiertos al llamar a la puerta a su
regreso. De regreso de la boda, el amo, que se presenta como esposo, invita a
los siervos que lo han esperado despiertos al banquete nupcial; es más, él mismo
les servirá en la mesa (Lc 12,35-37). La parábola de las diez vírgenes, en la que
cinco de ellas encuentran la puerta cerrada y no pueden entrar con el esposo,
encierra la misma enseñanza: "Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora"
(Mt 25,13).

3. El juicio

Inmediatamente después de la muerte, llega el juicio. Muchas veces Jesús se


presentó como juez supremo. En la antigua alianza, Dios había sido reconocido
como único juez. Al enviar a su Hijo sobre la tierra, el Padre le confió ese mismo
poder, como "hijo del hombre" (Jn 5,27). El Hijo encarnado ha vivido
personalmente la vida humana, conoce por experiencia sus dificultades y aprecia
concretamente los méritos de cada uno. Su papel decisivo en la obra de
salvación le permite juzgar, discerniendo con amor generoso a quienes son
dignos de ser salvados. En el juicio, Él actúa como "Esposo", que intenta
demostrar en su manera de juzgar, el afecto intenso que lo une a toda la
humanidad. El título de Esposo no impide que el juicio se realice según los
principios de la justicia, una justicia ésta que forma parte de una amplia obra de
amor. Además, Cristo ha venido en auxilio de la inmensa miseria humana, se ha
mostrado sensible a la misericordia, una misericordia que ha recibido del Padre
y que ejerce concretamente en un ámbito que llama a compasión, lleno de llagas.
Con Jesús como juez, el juicio adquiere el aspecto de una benevolencia
tranquilizadora. Implica siempre autoridad soberana y preocupación por la
verdad, y en su totalidad está inspirado por una mirada llena de simpatía y
comprensión.

La descripción más amplia del juicio, en Mt 25,31-46, se inserta en un marco


apocalíptico, que no debe ser interpretado literalmente sino según la verdad
revelada. El juicio es universal: todos los hombres son juzgados, pero no al
mismo tiempo, porque el juicio, que abre las puertas del cielo o condena al
infierno, acontece en el momento de la muerte. Pues, por lo demás, el juicio es
individual, porque cada uno es juzgado por su conducta personal, y recibe por
ello recompensa o castigo. El juicio universal y el juicio particular coinciden.

El juicio es único y definitivo. Es sí el último para cada uno, pero no queda


relegado al final del tiempo.

El juicio abarca toda la conducta. En Mt 25 se refiere al socorro concedido a los


desventurados. Pero hay otros textos evangélicos que se refieren a otros temas
del juicio: por ejemplo, el testimonio de la fe (Lc 9,26, etc.); la explotación de los
talentos (Mt 25,14-30).

No se debe olvidar que la intención fundamental del juicio es la salvación. "Dios


no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo
se salve por él" (Jn 3,17). Cristo es esencialmente Salvador y no se le puede
adjudicar en el juicio simplemente el papel del que condena.

La finalidad del juicio no es poner al descubierto las culpas cometidas por los
hombres, culpas canceladas por el perdón divino, sino mostrar las maravillas de
la gracia y la victoria obtenida sobre los poderes del mal.

4. El destino del alma inmortal

¿En qué consiste el destino del hombre después del juicio? En los últimos
tiempos, se ha desarrollado la tendencia de concentrar la mirada sobre la
resurrección del hombre, descuidando quizás la proclamación de la inmortalidad
del alma. Al concepto, considerado griego, de alma distinta del cuerpo, algunos
han opuesto el concepto, llamado semítico, de un ser viviente más unitario. Sin
embargo, la distinción entre el alma y el cuerpo aparece en la Biblia y es afirmada
explícitamente por Jesús (Mt 10,28). La inmortalidad del alma, señalada ya por
el Libro de la Sabiduría (3,1; 5,15), no empece la supervivencia propiciada por la
resurrección de Cristo. Comunicada a los hombres, dicha resurrección tiene dos
efectos distintos: la espiritualización del alma y la reanimación del cuerpo.

Como declara la Congregación de la Doctrina de la Fe (AAS 71, 1979, p. 941)


"la resurrección se refiere al hombre entero", pero existe también la
supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual
dotado de conciencia y libertad, el "yo humano" que subsiste sin el complemento
del cuerpo; para designar a este elemento, la Iglesia recurre a la palabra "alma".
La existencia de esta alma "racional e intelectiva" ya había sido definida por el
Concilio de Vienne (DS 902).

El problema de la retribución del alma de los difuntos, retribución anterior a la


resurrección final de los cuerpos, provocó en la edad media una crisis doctrinal.
En distintas homilías pronunciadas entre 1331 y 1334, el Papa Juan XXII había
afirmado que las almas de los santos no ven la esencia divina y los condenados
no van al infierno antes del fin del mundo. Pero él mismo, poco antes de morir,
revocó su posición. Su sucesor, Benedicto XII, publicó la
Constitución Benedictus Deus en 1336, que definía la doctrina de fe: las almas
de todos los santos, inmediatamente después de la muerte (y la purificación de
quienes la necesitaran) están en el cielo y, después de la pasión y la muerte de
Cristo, ven la esencia divina con una visión intuitiva y, a la vez, directa, cara a
cara: "la esencia divina se les manifiesta inmediata, directa, clara y abiertamente"
(DS 1000). De esta manera, el alma separada del cuerpo recibe, por medio de
la visión beatífica, el beneficio de la vida de Cristo resucitado.

5. La vida eterna: el cielo

Según la Constitución promulgada por Benedicto XII, la vida gloriosa del más
allá, tiene como propiedad distintiva, la de poseer una visión inmediata de Dios:
"estar en el cielo" equivale a ver la esencia divina. Esta visión expresa una
intimidad plena: Dios no esconde nada de su ser; hace que el alma del santo
penetre en la profundidad de su misterio divino. Los cuatro adverbios utilizados
expresan la intención de una transparencia absoluta: inmediata, directa, clara y
abiertamente. En nuestra existencia terrenal no podemos comprender el valor de
tal visión, porque podemos conocer a Dios sólo por medio de las criaturas y no
entendemos qué significa ver a Dios sin recurrir a esa mediación. Es por eso que
el acceso a la visión beatífica se revela siempre como una inmensa sorpresa
para los elegidos.

La visión intuitiva obra una transformación plena del alma. Es lo que dice Juan:
"Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es"
(1 Jn 3,2).

Pablo subraya la diferencia entre el conocimiento de la fe y la visión cara a cara:


"Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora
conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido" (1
Cor 13,12). Se trata de un conocimiento perfecto, semejante al conocimiento que
es propio de Dios.

Jesús había establecido una relación entre la pureza del corazón y la visión:
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). El
corazón puro torna clara la mirada.

El aspecto contemplativo no es el único rasgo distintivo de la vida celestial.


Algunos teólogos han observado recientemente que deben tenerse en cuenta
otros aspectos. El cielo significa, en primer lugar, una vida nueva, vida que surge
de Cristo resucitado. Jesús reserva a la fe la posesión de esa vida, posesión que
es inaugurada en la tierra y está destinada a desarrollarse plenamente en el más
allá: "Quien cree en el Hijo, ya posee la vida eterna" (Jn 3,36). La eucaristía
proporciona, de manera muy especial, esa vida: "Quien come mi carne y bebe
mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré el último día" (Jn 6,54).

Otro apecto, también importante, consiste en la unión íntima con Cristo. Jesús
les promete a sus discípulos una vida con él: "Os tomaré conmigo, para que
donde esté yo también estéis vosotros" (Jn 14,3). Al buen ladrón le ofrece esa
misma unión: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43). Las palabras de
Pablo son muy significativas: "Estaremos siempre con el Señor" (1 Ts 4,17) y
también su deseo supremo: "Deseo irme y estar con Cristo" (Flm 1,23).

Decir: "en la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn 14,2) es como invitar
a los discípulos a entrar en una familiaridad completa con el Padre. No se trata
sólo de ver al Padre en el cielo, sino de vivir en un continuado contacto con él,
compartiendo el amor filial de Jesús.

La imagen del banquete nupcial muestra que la vida eterna es una fiesta del
amor. El Esposo es Cristo (Mt 22,1-14; 25,1-13). Él es fuente de felicidad, que
difunde el gozo de su amor y crea un ambiente de amor fraternal.

"Muchos son los llamados", es decir, los invitados que asisten al banquete,
después del rechazo por parte de algunos "elegidos". Ante ese rechazo, el Padre
ha reaccionado con una generosidad más universal, dirigiendo a todos la
invitación.

La generosidad aparece también en el hecho de que hay "muchas moradas":


muchos caminos distintos de santidad convergen en la casa del Padre, y todos
pueden encontrar un sitio según su espiritualidad. Ello explica que cada santo
sea distinto de los demás, y que la visión y la posesión de Dios adquieran una
gran variedad de formas y de modelos de comportamiento.

Aunque el objeto de la visión sea el mismo para todos, el concilio de Florencia


(1439) ha proclamado una diversidad de grados en la visión beatífica: las almas
puras o purificadas "son acogidas inmediatamente en el cielo y contemplan
abiertamente a Dios tal como es, uno y trino, pero unos lo hacen más
perfectamente que otros, según sus méritos" (DS 1305). La perfección de la
visión es, pues, proporcional a los méritos.

La afirmación de esa proporcionalidad no puede, pues, ofuscar una verdad aún


más fundamental. La generosidad divina proporciona a todos una felicidad que
excede los límites del mérito personal, como lo muestran las palabras del señor
al siervo que ha hecho fructificar cinco talentos: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo
poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor"
(Mt 25,21).

6. El infierno: la muerte eterna

En contraposición al cielo y la vida eterna, está el infierno con la muerte eterna.


El concepto de infierno deriva del sheol hebreo, que designaba primitivamente el
lugar de todos los muertos, y luego pasó a designar, de manera más específica,
el castigo de los impíos. La imagen del fuego eterno es expresada también por
la palabra "gehenna". Jesús subraya la separación entre buenos y malos y alude
al castigo eterno: "Los ángeles separarán a los malos de entre los justos y los
echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes"
(Mt 13,49-50).

La Constitución Benedictus Deus formula una definición de fe del infierno


paralela a la del cielo: "Definimos además que, según la magna disposición de
Dios, las almas de quienes mueren en pecado mortal actual descienden,
inmediatamente después de la muerte, al infierno, donde son atormentadas con
penas infernales" (DS 1002). No se especifica cuáles son esas penas infernales.
Algunos las han interpretado como penas sensibles diferentes de la pena de la
privación de Dios, pero sólo se menciona expresamente la separación: es la
pena propia del infierno.

A lo largo de los siglos, se han realizado distintos esfuerzos por eludir la amenaza
del infierno. Ya en el siglo III, Orígenes había propuesto la doctrina de un infierno
no eterno, con amenazas pedagógicas; según su doctrina, el condenado,
arrepentido y purificado, podía participar de la restauración total de todas las
cosas en Dios. Pero tal interpretación fue rechazada por el segundo Concilio de
Constantinopla (553; DS 411).
En los últimos tiempos, han sido intentadas otras interpretaciones que van en la
misma dirección, por ejemplo, la de la idea de un infierno de tipo quirúrgico, que
asegura la victoria de Dios sobre las fuerzas del mal. Pero también la
interpretación quirúrgica está impugnada por la declaración, que condena a
aquellos que dicen o piensan que "el castigo de los demonios o de los impíos es
temporal y un día llegará a su fin" (DS 411).

Ha sido propuesta también otra manera de eliminar las dificultades derivadas de


la afirmación del infierno: el infierno existe como posibilidad, pero, en realidad,
nadie es realmente condenado. Aunque esta hipótesis consienta la subsistencia
de los demonios, merma la eficacia de las advertencias de Jesús, que figuran
repetidas veces en el evangelio. Debemos tomar en seria consideración las
advertencias evangélicas.

7. La purificación final o Purgatorio

Algunos de los que mueren en la gracia de Dios necesitan una purificación,


después de la muerte, para entrar en la felicidad celestial. Han recibido de Cristo
resucitado el don de la salvación y la vida divina, pero tienen que adquirir una
santidad más profunda, porque aún no están listos, en sus disposiciones
personales, para la intimidad completa con Cristo y con Dios.

La doctrina que afirma esa purificación, llamada purgatorio, ha sido expuesta por
el Concilio de Florencia. Beneficiosa ha sido la discusión con los ortodoxos
porque dio en eliminar dos elementos imaginativos: la doctrina calla sobre el
"lugar" y el "fuego" ante las objeciones de los Orientales. El purgatorio, como el
cielo y el infierno, no es un lugar, sino una condición, y no consiste en un fuego
sensible.

Se trata, en cambio, de la purificación de quienes, habiendo hecho penitencia,


mueren en la caridad de Dios antes de haber reparado con frutos dignos de
penitencia los pecados de obra y omisión: "sus almas, después de la muerte, son
purificadas con penas purgatorias; y para que sean liberados de tales penas, son
útiles los sufragios de los fieles vivos" (DS 1304).
La condición del purgatorio ha sido concebida, a veces, según el modelo del
infierno, pero hay una diferencia radical: la salvación y la santidad están
presentes en las almas que son purificadas, sin que se trate de castigo o de
pena. Se trata de una condición dolorosa, pero motivada por una purificación que
impone un cambio en el fondo de la persona.

No se trata de un castigo infligido, porque el alma que es purificada, habiendo


sido salvada y encontrándose en estado de gracia, ya ha obtenido el perdón
divino, perdón completo, que exclude todo castigo. Esta alma está en relación
de amistad con Dios. El hecho de que pueda recibir una ayuda eficaz por medio
de las oraciones y la ofrenda del sacrificio eucarístico confirma la benevolencia
divina que la ha acompañado y pone de manifiesto la responsabilidad de los
fieles hacia la condición de esas almas.

8. La resurrección de los cuerpos

Hablando del poder que el Padre ha dado a su Hijo, poder de poseer en sí la


vida y poder de juzgar, Jesús anunció la resurrección general de los cuerpos
como manifestación de su poder soberano: "No os extrañéis de esto: llega la
hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán, los que
hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el
mal, para una resurrección de juicio" (Jn 5,28-29). La voz del Hijo de Dios hace
salir a los muertos de los sepulcros.

En otra ocasión, al anunciar la eucaristía, Jesús se presenta también como el


autor de la resurrección en el último día (Jn 6,54), pero se trata de la resurrección
de quien ha participado en la cena eucarística, sin que se afirme la resurrección
general que concierne a malos y buenos.

La resurrección general expresa la intención divina de que el cuerpo participe


plenamente del destino, de felicidad o de condena, de cada individuo. El cuerpo
estaba comprometido en el bien o el mal en la vida terrenal, compromiso que
vuelve a aparecer en la resurreción del último día.

Según el plan divino, el cuerpo resucitado es idéntico al cuerpo terrenal.


Semejante identidad no pone en dicusión el cuerpo de Cristo resucitado, como
tampoco el de María, porque ambos han resucitado después de la muerte. Pero
para los demás cuerpos, la manera de explicar la identidad puede ser objeto de
discusión. Es el soberano poder divino que garantiza la identidad de manera
misteriosa.

Con la resurrección de los cuerpos se garantiza una supervivencia del mundo


material, que está ligada esencialmente al mundo espiritual de las almas.

En los últimos tiempos, ha aumentado el número de quienes intentan reemplazar


la fe en la resurrección por una doctrina de la reencarnación. Según dicha
doctrina, el hombre, al final de su vida, debería reencarnarse en otro ser, humano
o animal, para librarse del peso de sus culpas y volver a empezar una vida mejor.
Se trata de una doctrina que desvaloriza la vida terrenal, en busca de una
identidad personal distinta, mientras que en la verdad de la resurrección se
fortalece la identidad al colmarla con la vida de Cristo resucitado.

Bibliografía

Congregación de la Doctrina de la Fe, Lettera su alcune questioni concernenti


l'escatologia, AAS 71 (1979) ps. 939-943.

Comisión Teológica Internacional, Alcune questioni attuali riguardanti


l’escatologia, en Civiltà Cattolica 143 (1992) 3401, ps. 458-494.

Alliance mondiale des religions, La survie après la mort, Colloque 1967, Paris
1967.

Associazione Teologica Italiana, L'escatologia contemporanea, Padova 1995.

H.U. von Balthasar, Eschatologie im Umriss, in Pneuma und Institution. Skizzen


zur Theologie, v. 4, Einsiedeln 1974, ps. 410-455; -, Sperare per tutti, Milano
1989; -, Breve discorso sull'inferno, Brescia 1988.

M. Bordoni, Dimensioni antropologiche della morte. Saggio sulle ultime realtà


cristiane, Roma 1969.

L. Boros, Mysterium mortis. Der Mensch in der letzten Entscheidung, Olten 1962.

J. Brinktrine, Die Lehre von den letzten Dingen, Paderborn 1963; -, Il cristiano e
la fine del mondo, Roma, Ed. Paoline, 1969.
Chr. Chabanis, La mort, un terme ou un commencement?, Paris 1982.

J.M. Dufort, A la rencontre du Christ Jésus. Précis d'Eschatologie chrétienne,


Paris-Tournai-Montréal 1974.

J. Elluin, Quel enfer?, Paris 1994.

L.-J. Frahier, Le jugement dernier. Implications éthiques pour le bonheur de


l'homme, Paris 1992.

J. Galot, Eschatologie, en Dictionnaire de Spiritualité, 4, cols. 1020-1059.

G. Gozzelino, Nell'attesa della beata speranza. Saggio di escatologia cristiana,


Torino 1993.

P. Grelot, De la mort a la vie éternelle, Paris 1971.

G. Greshake, Auferstehung der Toten, Essen 1969.

P. Hoffmann, Die Toten in Christus, Münster 1966.

J. Le Goff, La naissance du Purgatoire, Paris 1981.

I. Lepp, La mort et ses mystères, Paris 1966.

A. Manaranche, Celui qui vient, Paris 1976.

G. Martelet, L'aldilà ritrovato. Una cristologia dei novissimi, Brescia 1977.

G. Moioli, L'"Escatologico" cristiano. Proposta sistematica, Milano 1994.

D. Mollat, Jugement, en Dictionnaire de la Bible (Supplément), 4, cols. 1321-


1394.

G. Pala, La risurrezione dei corpi nella teologia moderna, Napoli 1963.

J. Pieper, Tod und Unsterblichkeit, Munich 1968.

C. Pozo, Teologia dell’aldilà, Roma 1983.

K. Rahner, La resurrezione della carne, en Saggi di antropologia soprannaturale,


Roma 1965, ps. 443-465; Sulla teologia della morte, Brescia 1972.

J. Ratzinger, Escatologia, morte e vita eterna, Assisi 1979.


Resurrexit. Atti del Simposio Internazionale sulla risurrezione di Gesù, Roma
1970, a cura di E. Dhanis, Vaticano 1974.

H. Rondet, Fins de l'homme et fin du monde, Paris 1966.

A. Rudoni, Escatologia, Torino 1972.

J. L. Ruiz de La Peña, L’altra dimensione. Escatologia cristiana, Roma 1981.

R. Stackhouse, The End of the World? A New Look at an Old Belief, Mahwah
1997.

Temps et eschatologie. Données bibliques et problématiques contemporaines,


sous la direction de H. Leuba, Paris 1994.

The End of the World and the Ends of God, ed. J. Pokinhorne - M.M. Walker,
Harrisburgh 2000.

Université d'Angers, Le jugement, le ciel et l'enfer dans l’histoire du christianisme.


Angers 1989.

H. Vorgrimler, Hoffnung auf Vollendung. Aufriss der Eschatologie, Freiburg-


Basel-Wien 1980; Storia dell’inferno. Il sorgere e il fiorire dell’idea dell’aldilà
dall’antica Babilonia ai nostri giorni, Casale Monferrato 1995.

D. Wiederkehr, Prospettive dell'escatologia, Brescia 1978.

S. Zedda, L’escatologia biblica, Brescia 1972-1975.

También podría gustarte