FERROCARRILES ELEVADOS
Señor Director1 de
rieles, los empleados del ferrocarril recogiendo de prisa en la calle la
carne majada! Un día salta el tren del carril, a pesar del guardarriel, y el
durmiente de seguridad, y no muere un millar de seres humanos, porque
una portezuela abierta de la plataforma, catorce pasajeros, solo seis se
Ayer rebotó un tren contra el que venía detrás,2 aplastó al maquinista,
y desventró el carro último y la máquina: accidentes confesos, sin contar
vibra, ansioso y desasosegado, cuando se viaja por esa frágil armazón,
a su paciente, en cuanto le nota los nervios postrados o el corazón fuera
riesgo la vida; abre y cierra el trabajo del día con un viaje entrecortado y
estertoroso, que prolonga la angustia de esta vida loca, en la hora en que
un medio de transporte más seguro pudiera aliviarla con la distracción
la noticia de que en menos de un mes se habrán comenzado por una
compañía honrada los trabajos del ferrocarril subterráneo, con buen plan
de aire y sin el temblor de la armazón ni el riesgo de la caída!
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La prensa de Nueva York, que en nada se muestra unánime, es
Sun3 en el título
de su primer editorial a la inauguración de la vía nueva, que por tierra
la población por una doble vía más rápida la una que la otra, desde el
Parque de Castle Garden donde el caserón en que cantó Jenny Lind4
sirve ahora de apeadero a los inmigrantes, hasta los barrios populares,
antes aldeas sueltas, que ya tiene Nueva York diez millas más arriba, del
Herald5
Lo más serio de Nueva York entra en la empresa: la compañía deposita
cinco millones de pesos para atender a los perjuicios que pudieran sufrir
los propietarios timoratos: dentro de pocos años habrán desaparecido
de las calles las estructuras del peligroso ferrocarril aéreo, que por donde
Cuatro ferrocarriles, en continuo bufar, arrancan, como del mango
de un abanico, del Parque de la Batería, entre cuyos árboles ahora en
retoño pasean en grupos conmovedores los inmigrantes recién llegados:
los griegos esbeltos, con su chaqueta bordada y sus aretes de oro; un
rebaño de piamonteses, con plumas de pavo real en el sombrero de castor;
los alemanes con cachucha de hule, pipa de barro y gabán blanco; un
grupo de alsacianas, muy apretadas unas a otras; un argelino6 en su airosa
gandura.7 Y por sobre sus cabezas retumban sobre el pavimento aéreo,
entrando y saliendo, las 291 locomotoras que, con mil carros a la zaga,
galopan día y noche arriba y abajo de las cuatro avenidas, arrebatando a un
vuelo de cuarenta millas por hora su carga de medio millón de pasajeros
diarios, sin más sostén que unas columnas de esqueleto de unas quince
pulgadas cuadradas,8 a trece pies9 una de otra, abiertas por arriba para
sustentar la armazón hueca en que sobre durmientes de pino descansan
3
The Sun.
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algérien
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En portugués; túnica masculina sin mangas usada en el Oriente Medio y en
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Aproximadamente 97 cm2
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los rieles de acero de Bessemer,10 con un peso de cincuenta libras11 por
yarda,12 11 640 toneladas pesan las locomotoras: 46 000 toneladas pesan
los carros, y esa mole humeante de 57 460 000 libras13 sube y baja en
carrera frenética, con su carga de medio millón de almas humanas, por
Las columnas no son de una pieza, sino de celosía, como la armazón
que soporta encima de ellas el rielaje: en las verticales de las cuatro es-
quinas van remachados los listones oblicuos que la fortalecen: a veces las
-
ciende con fuerza de una altura: a veces, como en las cercanías de Harlem,
ya no son columnas, sino mástiles de hierro, más delgados que los de los
buques, remachados con pernos en las junturas, como si cercenándoles
los penachos, se pusieran uno sobre otro, dos, tres,14 cuatro troncos de
palmas: por sobre aquel hilo pasa el tren, rasando en una esquina con
el techo de un sexto piso, mirando abajo, como en un abismo, las copas
de los árboles: las columnas que sujetan en el aire estos trenes que se
despeñan, estas máquinas que corren a escape mordiéndose los talones,
estas serpientes de ojos blancos, verdes y rojos, que doblan, caídas de
un lado en la violencia del vuelco, el ángulo de noventa grados,—solo
reposan en la tierra por un cimiento de mampostería, donde encaja en
una contera de hierro colado, sujeta por pernos de ancla, el pie de la
columna; de los ocho millones que el abuso de las vías públicas permite
recoger a los 725 accionistas, dueños de las 246 384 acciones, un millón
Alguien dijo una vez que lo único maravilloso del ferrocarril aéreo era
propiedades urbanas en todo su trayecto y en los alrededores que aturde
o afea, sin pagar ni alquiler a la ciudad ni compensación a los propieta-
¿cuando caiga desde lo alto de las cuatro palmeras el tren henchido de
gente, como ha caído ya una y otra vez, aunque sin pasajeros por fortuna,
en la Novena y Tercera Avenida? En ingeniería no tuvo mucho el plan
que inventar, ni es cosa que asombre, como asombra, con sus cabezas
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La fuerza de tensión y compresión es mucha, ocho mil libras15 por
pulgada cuadrada:16 la del sacudimiento es de seis mil:17 el desvío de los
arcos que sujetan una a otra, arrancando de las columnas, las dos vías
paralelas, es de un quinceavo de centésimo: la armazón rectangular de
celosía, de treinta y tres pulgadas18 en las dos caras verticales, y como
cinco pies19 de ancho en las horizontales, está hecho a trechos de columna
a columna, con un hueco entre los dos trechos vecinos, para cuando con
la temperatura se ensanchen o encojan: y para resistir la tensión longitu-
dinal de la vía al detenerse de súbito en las estaciones el tren con todo su
peso, no hubo más que clavar, a través de los durmientes transversales
de pino, los dos durmientes guardarrieles a las dos barras laterales de la
de
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ancho, y la de la vuelta de a treinta: prolongaron perpendicularmente
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las dos armazones de la esquina hasta que toparon en el vértice, susten-
tado por una o más columnas, y llevaron los rieles por toda la vuelta al
Lo que en el elevado hay que admirar es el culebreo atrevido de las
curvas en el arranque de la Batería, donde no va de frente sino acostado,
encabritándose y caracoleando, tanto que hay mucho neoyorquino que
jamás se atreve a ir hasta el remate de la línea; y luego aquella entrada
atrás las avenidas que llena de humo y fragor los barrios de trabajo con
sus batallas de carros y montes de cajas; las iglesias antiguas por entre
cuyos cipreses pasa ahuyentando las ramas con su resoplido la máquina
bufante; el templo colosal que centavo a centavo han levantado, vasto
y feo como un cuartel, los curas paulinos22—va el tren ya sobre zancos,
estentóreo y vertiginoso, por los barrios que se levantan en lo que ayer
era lugar de cultivos o páramos desiertos, rodeados de los escombros de
la naturaleza, de los troncos derivados para echar en el hueco boqueante
de sus raíces los cimientos de la casa, de cerros de roca a medio caer, que
miran, como ceñudos y entristecidos, los taladros y locomóviles que les
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Aproximadamente 6,5 cm2
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Allá lejos el Parque Central echa de la masa parda de árboles el vaho
gris que nubla el cielo: una hilera de casas de bella arquitectura vigila
solitaria el campo del contorno, lleno de sembrados, enclavado en el trazo
borde, como procesión de barbados viejos, entre sus cercas de piedra
Y vuela el tren, escupiendo y retemblando: a tragos enormes se sorbe
las calles: siete pisos tiene esa casa que no llega con el tope al borde de los
rieles: ya las estaciones no están a pocas varas de la calle, sino son torres
la vía, que es como un campamento en el aire: los rieles se cruzan, como
los hilos de un encaje que hubiera bordado una loca: los cambiavías, con
sus señales de colores, se levantan como atalayas entre las máquinas que
van acostándose a sus pies, sudorosas y jadeantes: roja como sangre, y
negra como muerte es la casa enorme y fea en cuyas entrañas reparan
las de los que en la precipitación riesgosa de las estaciones aplastan las
máquinas, las de los que resbalan sobre los rieles o perecen al embiste
del tren que viene atrás, esas las paga la compañía, favorecida por los
Pero no condenan aquí solo el ferrocarril aéreo por este peligro per-
sonal, aunque sin duda es mayor en esta vía que en todas las demás;—ni
con sus 4 616 empleados que ganan al año $2 080 800 de sueldo; y sus
$8 016 887 de producto anual absoluto, y sus gastos de $6 438 713, para
transportar cómodamente la población neoyorquina de sus labores a
sus hogares; ni por el estrago evidente que el temblor continuo aunque
imperceptible del cuerpo en el viaje diario de ida y vuelta causa en la salud
física y en la disposición del ánimo;—ni por el aumento engañoso del
valor de las acciones, sobre el de la propiedad deleznable y cada día menor
que representan, puesto que cada día valen menos los hierros cansados
y remendados, tanto que aquí nadie calcula que el elevado quede en pie,
años;—ni por el caso increíble de que una compañía privada y solvente
disfrute del uso de las vías principales de la ciudad, sin compensar, con
la merma de los valores, los daños causados a los dueños de casa en las
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Cierto es que esta ciudad larga y estrecha, y poblada a tramos, ha
podido extender sus fábricas en virtud del ferrocarril elevado, cuando
no se pensó, como no se pensaba en la electricidad, cuando se estable-
cía el gas, en las ventajas superiores de un vehículo menos enemigo de
neoyorquinos de juicio, y a toda la ciudad disgusta principalmente, es el
ver cómo, con estos monstruos que turban su sueño, calientan su aire y
llenan de humo sus entrañas,—va perdiendo Nueva York la nobleza y
hermosura que convienen a una ciudad celosa de llamar con justicia la
La cultura quiere cierto reposo y limpieza, así como la vida doméstica;
y no que cuando el orador levanta en la asamblea su voz cargada de razón,
o el actor da cuerpo en las tablas a un tipo inmortal, o el abogado prepara
en su despacho la peroración del día siguiente, o el padre cansado del
trabajo cuenta historias de héroes al hijo que carga en sus rodillas,—les
-
miento el ruido sordo e insufrible que jamás cesa en la vía, o se les entre
Lo más apreciable de la ciudad se va alejando de los centros23 ruidosos,
tanto porque el ruido, que tiene como cierta presencia y es como si se
viera lo que lo produce, —espanta a las almas artísticas y amigas de su
decoro,—cuanto porque al favor de las estaciones se congrega, como
los gusanos al pie de los árboles, mucha tienda menor y concurrencia
poco deseable, que acaban por hacer la vecindad poco propia para casas
Donde las cuatro vías del ferrocarril son más apretadas, apenas hay
que no pueden pagar más; y aun por donde es más ancha Nueva York,
va quedando privada de sus mejores vecinos, que hasta en la Quinta
Avenida y sus alrededores abandonan sus casas, o piensan en abando-
narlas para buscar donde solo de lejos bufa y galopa el ferrocarril, aquel
descanso, intimidad y limpieza que hacen la ciudad gustosa a quien la
la de la ciudad mucho del recogimiento relativo que le conviene, con esa
Y con razón se alarman aquí, a pesar de no ser pueblo principalmente
estructura fea en sí, y que lo afea todo a su alrededor, ejerce a la larga en
una población que, mientras más numerosa sea, más necesita de vivir
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en comunicación constante de sentidos, con todo lo que naturalmente
la convide a la moderación y al24
haya uno que no salude al nuevo ferrocarril, aun aquellos cuyos dueños
poseen acciones en el ferrocarril elevado, cuyo valor cada día perece con
el del material que solo ha podido pagar buen dividendo por el abuso
que el ir y venir del ferrocarril elevado pone a quien por desdicha haya de
viajar mucho en él, o tenerlo de cerca, que no parece a veces, sobre todo
en los meses de calor, que atraviesa el aire sobre sus rieles suspendidos,
JOSÉ MARTÍ
[Copia digital en CEM]
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