PECADO
I. TERMINOLOGÍA
Como se podría esperar de un libro cuyo tema dominante es el pecado del ser humano y la
generosa salvación que Dios le ofrece, la Biblia emplea una gran variedad de términos, tanto en
el AT como en el NT, para expresar la idea del pecado.
Hay cuatro raíces heb. principales. h\t\< es la más común, voz que, con sus derivados,
transmite la idea general de errar el blanco o desviarse de la meta (cf. Jue. 20.16 para un uso no
moral). Una gran proporción de las veces en que aparece se refiere a una desviación moral y
religiosa, ya sea con respecto a los hombres (Gn. 20.9), o a Dios (Lm. 5.7). Frecuentemente se
utiliza el sustantivo h\at\t\aµ<t_ como término técnico para ofrenda por el pecado (Lv. 4, pass.).
Esta raíz no se refiere a la motivación interior de la acción errónea, sino que se concentra más en
su aspecto formal como desviación de la norma moral, generalmente la ley o la voluntad de Dios
(Ex. 20.20; Os. 13.2; etc.). psû> se refiere a la acción en torno a la ruptura de una relación,
“rebelión”, “revolución”. Aparece en sentido no teológico, p. ej., con referencia a la secesión de
Israel de la casa de David (1 R. 12.19). Cuando se lo aplica al pecado es quizás el más profundo
de los términos del AT, que refleja el hecho de que el pecado es rebelión contra Dios, el desafío
de su santo senorío y gobierno (Is. 1.28; 1 R. 8.50; etc.). >wh transmite un sentido literal de
perversión, “torcimiento”, o “trastorno” deliberados (Is. 24.1; Lm. 3.9). En relación con el
pecado refleja el pensamiento del pecado como un mal realizado deliberadamente, “hacer
iniquidad” (Dn. 9.5; 2 S. 24.17). Aparece en contextos religiosos, paiticularmente en forma
sustantiva, >aµwoÆn, que destaca la idea de la culpa que surge del mal deliberadamente
cometido (Gn. 44.16; Jer. 2.22). También puede referirse al castigo que recae sobre el pecado
(Gn. 4.13; Is. 53.11). La idea básica de sûaµg÷aÆh es la desviación del camino correcto (Ez.
34.6). Es indicativo del pecado producido por la ignorancia, el “errar”, “desviarse como criatura”
(1 S. 26.21; Job 6.24). A menudo aparece en contexto cúltico como pecado contra
reglamentaciones rituales no reconocidas (Lv. 4.2). También debemos referirnos a raµsûa>, ser
malo, actuar maliciosamente (2 S. 22.22; Neh. 9.33); y >aµmal, el mal hecho a otros (Pr. 24.2;
Hab. 1.13).
El principal término neotestamentario es hamartia (y sus cognados), que equivale a h\t\<. Se
emplea en gr. clásico en el sentido de errar el blanco o tomar un camino equivocado. Es el
término neotestamentario general para el pecado como acción concreta, como violación de la ley
divina (Jn. 8.46; Stg. 1.15; 1 Jn. 1.8). En Ro. 5–8 Pablo personifica el término como principio
rector de la vida humana (cf. 5.12; 6.12, 14; 7.17, 20; 8.2). paraptoµma aparece en contextos
clásicos para un error de medición o un desatino. El NT le confiere una connotación moral más
fuerte, como mala acción o transgresión (cf. “muertos en …”, Ef. 2.1; Mt. 6.14s). parabasis es un
término derivado en forma similar y con significado parecido, “transgresión”, “ir más allá de la
norma” (Ro. 4.15; He. 2.2). asebeia es quizás el más profundo de los términos neotestamentarios,
y comúnmente traduce psû> en la LXX. Implica maldad o impiedad activas (Ro. 1.18; 2 Ti.
1.16). Otro término es anomia, desobediencia, desprecio por la ley (Mt. 7.23; 2 Co. 6.14). kakia
y poneµria son términos generales que expresan depravación moral y espiritual (Hch. 8.22; Ro.
1.29; Lc. 11.39; E.f. 6.12). La última de estas referencias indica la relación entre el segundo
término mencionado anteriormente y Satanás, el malo, ho poneµros (Mt. 13.19; 1 Jn. 3.12).
adikia es el principal término clásico para el mal que se le hace al prójimo. Se traduce de
diferentes maneras: “injusto” (Lc. 18.6), “injusticia” (Jn. 7.18; Ro. 2.8; 9.14), “iniquidad” (2 Ti.
2.19). 1 Jn. lo equipara con hamartia (1 Jn. 3.4; 5.17). También tenemos enojos, término legal
que significa “culpable” (Mr. 3.29; 1 Co. 11.27), y ofeileµma, „deuda‟ (Mt. 6.12).
No obstante, la definición de pecado no se deriva simplemente de los términos utilizados en
la Escritura para hacer referencia a él. La característica más típica del pecado en todos sus
aspectos es que está dirigido contra Dios (cf. Sal. 51.4; Ro. 8.7). Cualquier concepción del
pecado que no ponga en primer plano la oposición que le ofrece a Dios es una desviación de la
representación bíblica. El concepto popular de que el pecado es egoísmo delata una falsa
apreciación de su naturaleza y gravedad. Esencialmente el pecado está dirigido contra Dios, y
sólo esta perspectiva explica la diversidad de sus formas y actividades. Es violación de aquello
que la gloria de Dios exige, y por lo tanto, en su esencia misma es lo que se opone a Dios.
II. Origen
El pecado estaba ya presente en el universo desde antes de la caída de Adán y Eva (Gn. 3.1s; cf.
Jn. 8.44; 2 P. 2.4; 1 Jn. 3.8; Jud. 6). La Biblia, sin embargo, no se ocupa directamente del origen
del mal en el universo, sino que trata más bien del pecado y su origen en la vida del hombre (1
Ti. 2.14; Stg. 1.13s). El verdadero impacto de la tentación demoníaca en la narración de la caída
en Gn. 3 radica en la sutil sugerencia de la aspiración humana a llegar a ser igual a su hacedor
(“seréis como Dios …”, 3.5). Satanás dirigió su ataque contra la integridad, la veracidad, y la
amante provisión de Dios, y su propuesta consistió en estimular una perversa y blasfema rebelión
contra el verdadero Señor del hombre. Con este acto el hombre hizo un intento de alcanzar la
igualdad con Dios (cf. Fil. 2.6), trató de expresar su independencia de él, y, por lo tanto, de
cuestionar tanto la naturaleza misma como el orden de la existencia mediante el cual vive como
criatura, en completa dependencia de la gracia y las estipulaciones de su creador. “El pecado del
hombre radica en su pretensión de ser Dios” (Niebuhr). Con este acto, aun más, el hombre
cometió una blasfemia al negarle a Dios el culto y la amorosa adoración que debe ser siempre la
respuesta correcta del hombre a la majestad y la gracia divinas, y en lugar de ello rindió
homenaje al enemigo de Dios, y a sus propias ambiciones envilecidas.
Por consiguiente, según Gn. 3, no debe buscarse el origen del pecado en una acción abierta
(2.17 con 3.6), sino en una aspiración interior de negar a Dios, de la cual el acto de
desobediencia sólo fue la expresión inmediata. En cuanto al problema de cómo pudieron Adán y
Eva haberse visto envueltos en tentación si anteriormente no habían conocido pecado, la
Escritura no entra en una discusión detallada. No obstante, en la persona de Jesucristo da
testimonio de un Hombre que fue sometido a tentación “en todo según nuestra semejanza, pero
sin pecado” (He. 4.15; cf. Mt. 4.3s; He. 2.17s; 5.7s; 1 P. 1.19; 2.22s). El origen último del *mal
es parte del “misterio de la iniquidad” (2 Ts. 2.7), pero una razón discutible del relativo silencio
de la Escritura es que una “explicación racional” del origen del pecado daría como resultado
inevitable el hacer que la atención se desvíe del propósito principal de la Escritura, que es la
confesión de mi culpa personal (cf. G. C. Berkouwer, Sin, 1971, cap(s). 1). En última instancia,
dada la naturaleza de la cuestión, el pecado no es algo que se pueda “conocer” objetivamente; “el
pecado se postula a sí mismo” (S. Kierkegaard).
III. Consecuencias
El pecado de Adán y Eva no fue un hecho aislado. Las consecuencias para ellos, para la
posteridad, y para el mundo entero están a la vista.
a. La actitud del hombre hacia Dios
El cambio de actitud de Adán hacia Dios indica la revolución que tuvo lugar en su mente. “Se
escondieron de la presencia de Jehová” (Gn. 3.8; cf. vv. 7). Aunque fueron creados para gozar de
la presencia y el compañerismo de Dios, ahora temían encontrarse con él (cf. Jn. 3.20). Ahora
sus emociones dominantes eran la *vergüenza y el temor (cf. Gn. 2.25; 3.7, 10), lo que indica el
caos que se produjo.
b. La actitud de Dios hacia el hombre
No sólo se produjo un cambio en la actitud del hombre hacia Dios, sino también en la de Dios
hacia el hombre. El reproche, la condenación, la maldición, y la expulsión del huerto son
indicaciones de ello. El pecado sólo proviene del hombre, pero sus consecuencias no se limitan a
él. El pecado evoca la ira y el desagrado de Dios, y por cierto que así tiene que ser, desde el
momento en que justamente significa la contradicción de lo que es Dios. A Dios le resulta
imposible ser complaciente con el pecado, porque el serlo significaría dejar de considerarse a sí
mismo seriamente. Dios no puede negarse a sí mismo.
c. Consecuencias para la raza humana
El desenvolvimiento de la historia del hombre proporciona un catálogo de vicios (Gn. 4.8, 19,
23s; 6.2–3, 5). La consecuencia de la sobreabundante iniquidad es la virtual destrucción de la
humanidad (Gn. 6.7, 13; 7.21–24). La caída tuvo efectos duraderos, no sólo en Adán y Eva, sino
también sobre todos los que de ellos descienden; hay solidaridad racial en el pecado y el mal.
d. Consecuencias para la creación
Los efectos de la caída se extienden más allá del cosmos físico. “Maldita será la tierra por tu
causa” (Gn. 3.17; cf. Ro. 8.20). El hombre es corona de la creación, hecho a imagen de Dios, y,
en consecuencia, es vicerregente de Dios (Gn. 1.26). La catástrofe de la caída del hombre trajo
aparejada la catástrofe de la maldición sobre aquello de lo cual se le había dado dominio. El
pecado es un hecho que se dio en la esfera del espíritu humano, pero que ha repercutido en toda
la creación.
e. La aparición de la muerte
La *muerte es consecuencia del castigo que merece el pecado. Esta fue la advertencia que
acompañó a la prohibición en el Edén (Gn. 2.17), y es expresión directa de la maldición de Dios
sobre el hombre pecador (Gn. 3.19). En la esfera de lo fenoménico, la muerte consiste en la
separación de los elementos integrales del ser del hombre. Esta disolución ejemplifica el
principio de la muerte, a saber, la separación, y alcanza su expresión extrema en la separación de
Dios (Gn. 3.23s). A causa del pecado la muerte provoca temor y terror en el hombre (Lc. 12.5;
He. 2.15)
IV. Imputación
El primer pecado de Adán tuvo un significado único para toda la raza humana (Ro. 5.12, 14–19;
1 Co. 15.22). Aquí se hace hincapié en forma sostenida en la sola y única transgresión de un solo
hombre como aquello por lo cual el pecado, la condenación, y la muerte recayeron sobre toda la
humanidad. Se identifica al pecado como “la transgresión de Adán”, “la transgresión del uno”,
“una transgresión”, “la desobediencia de uno”, y no puede haber duda de que aquí se hace
referencia a la primera transgresión de Adán. En consecuencia, la cláusula “por cuanto todos
pecaron” en Ro. 5.12 se refiere al pecado de todos en el pecado de Adán. No puede referirse a los
pecados que cometen todos los hombres, y mucho menos a la depravación hereditaria que aflije a
todos, porque en el vv. 12 la cláusula en cuestión dice claramente por qué “la muerte pasó a
todos los hombres”, y en los versículos siguientes se expresa que “la transgresión de uno solo”
(v. 17) es la causa del reinado universal de la muerte. Si no se refiriese al mismo pecado, Pablo
estaría afirmando dos cosas diferentes con referencia al mismo asunto en el mismo contexto. La
única explicación en cuanto a las dos formas de expresión es que todos pecaron en el pecado de
Adán. Podemos hacer la misma inferencia sobre la base de 1 Co. 15.22, “en Adán todos
mueren”. Si todos mueren en Adán, la razón es que todos pecaron en él.
Según la Escritura, el tipo de solidaridad con Adán que explica la participación de todos en el
pecado de Adán, es el tipo de solidaridad que Cristo mantiene con aquellos que están unidos a él.
El paralelo en Ro. 5.12–19; 1 Co. 15.22, 45–49 entre Adán y Cristo indica el mismo tipo de
relación en ambos casos, y no tenemos necesidad de postular nada más definitivo en el caso de
Adán y la raza que lo que encontramos en el caso de Cristo y los suyos. En este último caso se
trata de una cabeza representativa, y esto es todo lo que hace falta para afirmar la solidaridad de
todos en el pecado de Adán. Decir que el pecado de Adán se imputa a todos es decir que todos
estuvieron involucrados en su pecado, en razón de ser él la cabeza representativa.
Aunque la imputación del pecado de Adán fue inmediata, como se puede comprobar por el
testimonio de los pasajes pertinentes, el juicio de condenación que recayó sobre Adán, y en
consecuencia sobre todos los hombres en él, se considera confirmado, en la Escritura, en cuanto
a su justicia y corrección, por la experiencia moral subsiguiente de cada hombre. De ese modo,
queda ampliamente corroborado Ro. 3.23, que “todos pecaron”, por referencia a los pecados
específicos y visibles de judíos y gentiles (Ro. 1.18–3.8), antes de que Pablo haga referencia
alguna a la imputación en Adán. De manera similar la Escritura relaciona universalmente el
juicio final del hombre ante Dios con sus “obras”, que no alcanzan a cumplir las exigencias
divinas (cf. Mt. 7.21–27; 13.41; 25.31–46; Lc. 3.9; Ro. 2.5–10; Ap. 20.11–14).
El rechazo de esta doctrina no sólo indica incapacidad de aceptar el testimonio de los pasajes
pertinentes, sino también incapacidad de apreciar la estrecha relación que existe entre el
principio que gobierna nuestra relación con Adán, y el que gobierna la operación de Dios en la
salvación. El paralelo entre Adán como primer hombre y Cristo como último Adán muestra que
la realización de la salvación en Cristo está basada en el mismo principio operativo que aquel por
medio del cual nos convertimos en pecadores y herederos de la muerte. La historia de la
humanidad queda finalmente resumida bajo dos complejos: pecado-condenación-muerte y
justicia-justificación-vida. El primero surge de nuestra unión con Adán; el segundo proviene de
nuestra unión con Cristo. Estas son las dos órbitas en las que vivimos y nos movemos. El
gobierno de los hombres por parte de Dios se lleva a cabo en función de estas relaciones. Si no
entendemos nuestra relación con Adán no podemos comprender correctamente a Cristo. Todos
los que mueren, mueren en Adán; todos los que adquieren vida, la reciben de Cristo.
V. La depravación
El pecado nunca consiste simplemente en un acto voluntario de transgresión. Toda volición surge
de algo que tiene raíces más profundas que la volición misma. Un acto pecaminoso es la
expresión de un corazón pecaminoso (cf. Mr. 7.20–23; Pr. 4.23; 23.7). El pecado siempre ha de
incluir, por lo tanto, la perversidad del corazón, la mente, la disposición, y la voluntad. Así fue,
como vimos anteriormente, en el caso del primer pecado, y es igual con todo pecado. En
consecuencia, la imputación del pecado de Adán a la posteridad debe comprender la
participación en la perversidad, aparte de lo cual carecería de sentido el pecado de Adán, y su
imputación se convertiría en una abstracción imposible. Pablo expresa que “por la desobediencia
de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (Ro. 5.19). La depravación que supone
el pecado, y con la cual todos los hombres llegan al mundo, es por esta razón consecuencia
directa de nuestra solidaridad con Adán en su pecado. Como individuos venimos al mundo por
generación natural, y como individuos nunca existimos aparte del pecado de Adán, contado
como nuestro propio pecado. Por ello escribió el salmista que “he aquí, en maldad he sido
formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51.5), y nuestro Señor afirmó que “lo que es
nacido de la carne, carne es” (Jn. 3.6).
El testimonio de la Escritura con respecto a la capacidad de penetración de dicha depravación
es explícito. Gn. 6.5; 8.21 presenta un caso cerrado. La segunda referencia aclara que esta
acusación no estaba restringida al período anterior al juicio del diluvio. No hay forma de evadir
la fuerza de este testimonio desde las primeras páginas de la revelación divina, y las
declaraciones posteriores tienen el mismo efecto (cf. Jer. 17.9–10; Ro. 3.10–18). Cualquiera sea
el punto de vista desde el cual miremos al hombre, veremos la ausencia de aquello que place a
Dios. Si consideramos este punto de un modo más positivo, todos se han alejado de Dios, y se
han corrompido. En Ro. 8.5–7 Pablo menciona el pensar de la carne, y carne, cuando se emplea
éticamente como aquí, significa la naturaleza humana dirigida y gobernada por el pecado (cf. Jn.
3.6). Además, según Ro. 8.7, “los designios de la carne son enemistad contra Dios”. No
podríamos formular un juicio más condenatorio, porque significa que el pensamiento del hombre
natural está condicionado y gobernado por la enemistad hacia Dios. Nada menos que un juicio de
depravación total es la clara inferencia de estos pasajes, e. d. que no hay área o aspecto de la vida
humana que quede absuelta de los sombríos efectos de la condición del hombre caído, y en
consecuencia, no hay área que pudiera servir de base para la justificación del hombre por sí
mismo frente a Dios y su ley.
La depravación, sin embargo, no se registra en transgresiones reales en igual grado para
todos. Hay una cantidad de factores que la restringen. Dios no entrega a todos los hombres a la
inmundicia, a una mente corrupta, y a una conducta impropia (Ro. 1.24, 28). La depravación
total (total, es decir, en el sentido de que engloba todo) no es incompatible con el ejercicio de las
virtudes naturales y la promoción de la justicia civil. El hombre no regenerado todavía está
dotado de conciencia, y la obra de la ley está escrita en su corazón, de modo que en alguna
medida, y en ciertos puntos, cumple sus requerimientos (Ro. 2.14s). La doctrina de la
depravación significa, sin embargo, que estas obras, aunque formalmente concordantes con lo
que demanda Dios, no son buenas y agradables a Dios en función de los criterios totales y finales
que determinan su juicio, los criterios del amor a Dios como motivo alentador, de la ley de Dios
como principio directriz, y de la gloria de Dios como objetivo regulador (Ro. 8.7; 1 Co. 2.14; cf.
Mt. 6.2, 5, 16; Mr. 7.6–7; Ro. 13.4; 1 Co. 10.31; 13.3; Tit. 1.15; 3.5; He. 11.4, 6).
VI. La inhabilidad
La inhabilidad se refiere a la incapacidad que proviene de la naturaleza de la depravación. Si la
depravación es total, e. d. que afecta todos los aspectos y las áreas de la persona, entonces la
inhabilidad para lo que es bueno y agradable a Dios también es inclusiva en su referencia.
No podemos cambiar nuestro carácter o actuar en contra de él. En lo que se refiere a
comprensión, el hombre natural no puede conocer las cosas del Espíritu de Dios, debido a que se
disciernen espiritualmente (1 Co. 2.14). Con respecto a la obediencia a la ley de Dios, no sólo no
está sujeto a la ley de Dios, sino que no puede estarlo (Ro. 8.7). Los que están en la carne no
pueden agradar a Dios (Ro. 8.8). El mal árbol no puede dar buen fruto (Mt. 7.18). En cada caso
la imposibilidad es innegable. Es nuestro Señor mismo quien afirma que es imposible tener fe en
él aparte del don del Padre y su llamamiento (Jn. 6.44s, 65). Este testimonio del Señor concuerda
con su insistencia en que aparte del nacimiento sobrenatural de agua y del Espíritu nadie puede
adquirir una apreciación inteligente del reino de Dios, ni entrar en él (Jn. 3.3, 5s, 8; cf. Jn. 1.13; 1
Jn. 2.29; 3.9; 4.7; 5.1, 4, 18).
La necesidad de una transformación y recreación tan radical e importante como lo es la
regeneración, es prueba de la veracidad del testimonio de la Escritura en cuanto a la esclavitud
del pecado y a la situación desesperada de nuestra condición pecaminosa. Esta esclavitud implica
que la imposibilidad que experimenta el hombre natural de recibir las cosas del Espíritu, amar a
Dios y hacer lo que a él le agrada, o creer en Cristo para la salvación de su alma, es de carácter
psicológico, moral, y espiritual. Esta esclavitud es la premisa del evangelio, y la gloria del
evangelio se halla precisamente en el hecho de que ofrece liberación de la esclavitud y las
ataduras del pecado. Es el evangelio de gracia y poder para el desvalido.
VII. Responsabilidad
Como el pecado es contra él, Dios no puede pasarlo por alto o ser indiferente con respecto al
mismo. Dios reacciona inevitablemente contra él. Esta reacción es, específicamente, su ira. La
frecuencia con que la Escritura menciona la ira de Dios nos obliga a considerar su realidad y su
significado.
El AT emplea diversos términos. En heb., <af, en el sentido de “enojo”, e intensificado en la
forma h‡roÆn <af para expresar “la intensidad de la ira de Dios” es muy común (cf. Ex. 4.14;
32.12; Nm. 11.10; 22.22; Jos. 7.1; Job 42.7; Sal. 21.9; Is. 10.5; Nah. 1.6; Sof. 2.2); heµmaÆ
también es frecuente (cf. Dt. 29.23; Sal. 6.1; 79.6; 90.7; Jer. 7.20; Nah. 1.2); <eb_raÆ (cf. Sal.
78.49; Is. 9.19; 10.6; Ez. 7.19; Os. 5.10) y qes\ef (cf. Dt. 29.28; Sal. 38.1; Jer. 32.37; 50.13; Zac.
1.2) se emplean con suficiente frecuencia como para merecer mención; za>am también es
característico, y expresa la idea de indignación (cf. Sal. 38.3; 69.24; 78.49; Is. 10.5; Ez. 22.31;
Nah. 1.6). Es evidente que el AT está lleno de referencias a la ira de Dios. A menudo aparecen
juntos más de uno de estos términos, para reforzar y confirmar el pensamiento que expresan. Los
términos mismos están cargados de intensidad, como así también las construcciones en que
aparecen para transmitir la idea de desagrado, encendida indignación, y santa venganza.
Los términos gr. son orgeµ y thymos, el primero frecuentemente con referencia a Dios en el
NT (cf. Jn. 3.36; Ro. 1.18; 2.5, 8; 3.5; 5.9; 9.22; Ef. 2.3; 5.6; 1 Ts. 1.10; He. 3.11; Ap. 6.17), y el
último menos frecuentemente (cf. Ro. 2.8; Ap. 14.10, 19; 16.1, 19; 19.15; véase zeµlos en He.
10.27).
En consecuencia, la *ira de Dios es una realidad, y el lenguaje y las enseñanzas de las
Escrituras están calculados para hacernos captar la severidad que la caracteriza. Hay tres
observaciones que requieren mención especial. Primero, no debe interpretarse la ira de Dios en
función de la pasión antojadiza tan comúnmente relacionada con la ira en nosotros. Es el
deliberado y decidido desagrado que demanda la contradicción de su santidad. En segundo lugar,
no debe tomarse como venganza, sino como santa indignación; no hay en ella nada que
pertenezca a la naturaleza de la malicia. No se trata de un odio maligno, sino de una justa
detestación. Tercero, no debemos limitar la ira de Dios a su voluntad de castigar. La ira es una
manifestación positiva de su insatisfacción, tan segura como lo es su complacencia ante lo que le
agrada. No debemos privar a Dios lo que nosotros llamamos emoción. La ira de Dios tiene su
paralelo en el corazón humano, ejemplificado de manera perfecta en Jesús (cf. Mr. 3.5; 10.14).
La consecuencia de la culpabilidad del pecado es, por lo tanto, la santa ira de Dios. Como el
pecado nunca es impersonal, sino que existe en las personas, y es cometido por ellas, la ira de
Dios consiste en el desagrado que recae sobre ellas; nosotros somos objeto de ella. Los castigos
penales que sufrimos son expresión de la ira de Dios. El sentimiento de culpa y el tormento de la
conciencia son reflejo, en nuestro nivel consciente, del desagrado de Dios. La esencia de la
perdición final consistirá en la aplicación de la indignación de Dios (cf. Is. 30.33; 66.24; Dn.
12.2; Mr. 9.43, 45, 48).
VIII. La derrota del pecado
A pesar de lo sombrío del tema, la Biblia nunca abandona totalmente una nota de esperanza y
optimismo cuando se ocupa del pecado; porque el núcleo de la Biblia es su testimonio acerca de
la poderosa ofensiva de Dios contra el pecado, en su histórico propósito de redención centrado en
Jesucristo, el último Adán, su eterno Hijo, salvador de los pecadores. En mérito a la obra toda de
Cristo (su nacimiento milagroso, su vida de perfecta obediencia, en forma suprema su muerte en
la cruz y su resurrección de entre los muertos, su ascensión y ubicación a la derecha del Padre, su
reinado en la historia y su glorioso retorno) el pecado ha sido vencido. Su autoridad rebelde y
usurpadora ha sido derrotada, sus absurdas pretensiones han sido expuestas, sus viles
maquinaciones desenmascaradas y neutralizadas, los funestos efectos de la caída en Adán
contrarrestados y desechos, mientras que el honor de Dios ha sido vindicado, su santidad
satisfecha, y su gloria extendida.
En Cristo Dios ha vencido al pecado; esas son las grandes y buenas noticias de la Biblia. Ya
ha quedado demostrada esta derrota en el pueblo de Dios, que por su fe en Cristo y su obra
terminada ya está libre de culpa y juicio por el pecado, y experimenta desde ya, en cierta medida,
la derrota del poder del pecado por medio de su unión con Cristo. Este proceso culminará al final
de los tiempos cuando Cristo vuelva en gloria, los santos sean completamente santificados, el
pecado sea desterrado de la creación, y surjan nuevos cielos y tierra donde morará la justicia (cf.
Gn. 3.15; Is. 52.13–53.12; Jer. 31.31–34; Mt. 1.21; Mr. 2.5; 10.45; Lc. 2.11; 11.14–22; Jn. 1.29;
3.16s; Hch. 2.38; 13.38s; Ro. pass.; 1 Co. 15.3s, 22s; Ef. 1.3–14; 2.1–10; Col. 2.11–15; He. 8.1–
10.25; 1 P. 1.18–21; 2 P. 3.11–13; 1 Jn. 1.6–2.2; Ap. 20.7–14; 21.22–22.5).
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1Douglas, J. D., Nuevo Diccionario Biblico Certeza, (Barcelona, Buenos Aires, La Paz, Quito:
Ediciones Certeza) 2000, c1982.