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El Reino Mineral: Base de la Vida

El documento describe al reino mineral como la base de toda vida en la Tierra y el cosmos. Explica que los minerales son esenciales para el funcionamiento del planeta y la vida, pero que la industria minera está explotando de forma insostenible los recursos minerales de la Tierra, poniendo en peligro la vida. También sugiere que grandes cantidades de minerales extraídos no se utilizan realmente para la producción tecnológica, sino que son transportados a otros lugares por fuerzas desconocidas.

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El Reino Mineral: Base de la Vida

El documento describe al reino mineral como la base de toda vida en la Tierra y el cosmos. Explica que los minerales son esenciales para el funcionamiento del planeta y la vida, pero que la industria minera está explotando de forma insostenible los recursos minerales de la Tierra, poniendo en peligro la vida. También sugiere que grandes cantidades de minerales extraídos no se utilizan realmente para la producción tecnológica, sino que son transportados a otros lugares por fuerzas desconocidas.

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Susurros del

Reino Mineral
Julián Avaria-Eyzaguirre

Extracto de “Susurros de la Tierra”


de Julián Avaria-Eyzaguirre, Llovizna Ediciones 2015
Yo soy el reino mineral.
Soy el primer estadio de la existencia, tanto en la Tierra como en el Cosmos.
Todas las formas vivas que habitan la Tierra y el Cosmos, provienen de mí.
Yo, el reino mineral, sostengo la vida en toda la creación.
Soy la base de la evolución del alma.
Sin mí, no hay vida.
Sin mí, no comienza a desarrollarse el alma.
Sin alma, no hay espíritu.
Los cuerpos celestes nacen a través de la acción del reino mineral.
Sin la acción e intervención de mi reino, no existen los cuerpos celestes.
En la Tierra existo antes que fuera tierra.
En la Tierra existo antes que fuera agua.
En la Tierra existo desde que era un planeta gaseoso.
Ahí en aquella primigenia nube de gas, estaba yo, el reino mineral sembrando la alquimia para el na-
cimiento de la Tierra.
Yo estoy en la Tierra desde su concepción.
Participé tanto en la concepción como en la gestación.
Y hoy participo en su desarrollo y crecimiento.
Así como el cuerpo humano de la superficie terrestre necesita de los minerales para hacer funcionar
correctamente su organismo, lo mismo sucede con el planeta.
El planeta Tierra necesita del reino mineral para que sus órganos funcionen correctamente, para que
sea un planeta sano y vigoroso.
El reino mineral es la matriz que sostiene a la Tierra.
Es la matriz que sostiene a todas las expresiones de vida que habitan la Tierra.
Si yo, el reino mineral, dejara de existir en la Tierra, la vida entera se desmoronaría cual fichas de
dominó.
Si faltara uno de mis minerales, uno solo de mis elementos, toda la vida en la Tierra correría grave
peligro, porque la vida se sostiene gracias al equilibrio mineral que llevó millones de años en asentar-
se.
Si falta un ingrediente para hacer pan, aquello que resulta no sería pan.
Si falta un mineral en la Tierra de aquella receta primordial que se generó hace millones de años, la
vida acabaría drásticamente y tardaría otros miles de años en nacer una nueva expresión de vida
adaptada a esa carencia mineral.
Así como una planta fallece ante la ausencia de un mineral, la vida de la Tierra también fallecería.
Por esto es esencial, es de suma urgencia que la población humana de la superficie terrestre acabe
de una vez con la explotación ilimitada de los minerales.
Aquello debe acabarse ya.
Los minerales tardamos millones de años en materializarnos en la Tierra.
Sin embargo, los humanos de la superficie en pocos años de explotación desenfrenada, nos están
haciendo desaparecer.
Los minerales no somos un recurso renovable.

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Es necesario que cada humano habitante de la superficie terrestre se saque esta información falsa de
su cerebro.
Los minerales NO somos ni nunca hemos sido, ni tampoco seremos, un recurso renovable.
Un recurso renovable es aquello que tiene la capacidad de renovarse, de volver a generarse de año a
otro, de una temporada a otra.
Los minerales no tenemos esta capacidad de volver a generarnos.
No podemos volver a llenar las minas que fueron explotadas.
La creación de las vetas minerales se gestó desde la nube primordial.
La Tierra tendría que pasar nuevamente por el estado gaseoso para que yo, el reino mineral, realice
nuevamente la alquimia esencial.
Así y todo, aquello no aseguraría la reaparición de los mismos minerales en los mismos lugares.
Por favor, usted que lee estas líneas, bórrese de su cabeza que nosotros los minerales somos un re-
curso renovable.
La Tierra tendría que volver a nacer para que los minerales nos renováramos.
La industria minera miente.
La industria minera está coligada con fuerzas involutivas.
La industria minera ha construido una maqueta de mentiras para engañar a la población humana de
la superficie terrestre.
Les ha hecho creer que somos un recurso renovable, cuando cualquier individuo que se detenga a
pensarlo, que combine unos cuantos pensamientos lógicos en su cerebro, descubrirá que aquello de
la renovabilidad del reino mineral es un imposible.
¿Cómo ha hecho la industria minera para hacer creer posible algo que a todas luces es imposible?
Es una pregunta difícil de responder, porque cuesta creer que existan seres tan maquiavélicos como
aquellos que sostienen la industria minera, no solo en la Tierra sino en un sinnúmero de otros plane-
tas.
Aquellos seres que están detrás de todo esto no crearon la industria minera con el afán de hacerse
ricos.
No crearon la minería con el afán de buscar poder.
Lo que aquellos buscan es el control.
Buscan controlar la Tierra y a toda expresión de vida que habita en Ella, incluyéndolos a ustedes, los
humanos de la superficie.
Anhelan controlar la vida.
En muchos casos eligen quién vive y quién muere.
En verdad, ni siquiera les interesa quién vive o muere.
Ellos andan detrás del control de la Tierra.
Ellos quieren ser dueños del planeta Tierra y manejarla como una única y gigantesca industria.
Los humanos, cual proletariado, trabajan para ellos, movidos por el dinero que ellos mismos crearon
para poder dominarlos.

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Aquellos seres crearon, inventaron el dinero, y por lo tanto, inventaron también la necesidad del
dinero en ustedes.
Le implantaron al humano de la superficie terrestre la urgencia por conseguir dinero.
Es una necesidad implantada premeditadamente para poder controlarlos, para poder esclavizarlos.
Son esclavos y esclavas del dinero.
Le pusieron precio a vuestro tiempo y ustedes se mueven por la vida pensando que vuestro tiempo
vale determinada cantidad de dinero.
Viven y mueren bajo la premisa que el tiempo es dinero, que el tiempo es oro.
Quien más sino la industria minera habría de crear esta oración que ha llegado a todos los rincones
del mundo, introduciéndose subliminalmente en los cerebros de cada hombre, de cada mujer.
Así como no pueden imaginar qué movió a estos seres a generar la industria minera, tampoco podéis
dimensionar el alcance que ésta tiene sobre vosotros y sobre la Tierra.
¿Acaso creen que se explotan los minerales única y exclusivamente para producir la tecnología que
tanto os han hecho creer que necesitáis?
Si bien lo que ustedes llaman “avances” tecnológicos, que en verdad sería más correcto hablar de de-
pendencias tecnológicas, son cada vez mayores; hay un desfase, hay un enrome vacío entre aquello
que se explota y aquello que se produce con lo que fue explotado.
Es decir, en pocas palabras, hay un porcentaje bastante cuantioso de minerales explotados que no
van a parar en los productos tecnológicos y que aparentemente no van a parar a ninguna parte.
¿Qué pasa con toda esa cantidad de oro, plata, cobre, iodo, aluminio, hierro y demás minerales que
no van a parar a ningún lado?
¿Se guardan en algún lugar secreto como reserva en caso de emergencia?
¿Se la llevan estos seres al mundo del cual provienen?
¿Qué sucede con esas toneladas de mineral que no llega a la cadena productiva, toneladas que au-
mentan in crescendo día a día?
¿Dónde está todo ese mineral?
Ciertamente a disposición de la población humana que habita en la corteza terrestre, no está.
Los tienen entretenidos con juguetes tecnológicos mientras por detrás hacen desaparecer la materia
prima más importante.
Es como la exportación de la fruta.
Quien la trabaja, quien la siembra y la cosecha, se tendrá que contentar con la fruta común, mientras
que aquella más bella y sabrosa se va al extranjero.
Esto mismo sucede con los minerales, mientras una cantidad se usa para producir tecnologías que
satisfacen las necesidades adquiridas, el porcentaje mayoritario, aquello que sería la fruta más bella y
perfumada, desaparece, se esfuma, se va.
¿Adónde se va?
¿Dónde lo guardan?
¿Por qué lo hacen?

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Estas interrogantes son difíciles de contestar y muy complejas de explicar.
Baste decir que todo este material mineral no se queda en la Tierra.
Estos seres se lo llevan.
Lo hicieron durante mucho tiempo.
Hicieron pactos con aquellos países que de un día para otro demostraron avances tecnológicos sin
precedentes.
¿Acaso no es de extrañar que ciertos países, de la noche a la mañana, fueran bautizados como poten-
cias tecnológicas del mundo?
La tecnología con su desarrollo desmesurado ha sido el señuelo, ha sido la carnada para poder atra-
par en sus redes a los humanos de la superficie terrestre.
Yo, el reino mineral, he sido explotado violentamente para poder sostener los mal llamados avances
tecnológicos.
Me han profanado para que con mis minerales se hagan entretenciones banales que alejan al ser
humano de su esencia.
Mis minerales van a los televisores, a las consolas, teléfonos móviles, computadoras, máquinas foto-
gráficas y filmadoras, equipos de música y un largo etcétera.
Además de todos los electrodomésticos, los minerales estamos también en las armas. Las armas no
podrían existir si no fuera por la excesiva explotación mineral.
Los medios de transporte ya sean bélicos como comerciales, también están fabricados en su mayor
parte de minerales.
Prácticamente estamos en casi todos los objetos y cosas que usan los humanos de la superficie.
Todo lo que emana contaminación electromagnética, también está fabricado con minerales.
Así como han abusado de los reinos animal y vegetal, lo han hecho con el reino mineral.
Los humanos de la superficie de la Tierra olvidaron su relación conmigo, el reino mineral.
Olvidaron que los minerales estamos tan vivos como ellos.
No saben que también morimos.
No saben que un mineral muerto puede provocar graves contaminaciones ya sea en el ambiente
como a vuestros organismos.
Estas contaminaciones muchas veces son invisibles y actúan de forma lenta y progresiva.
Huelga decir que en todos los electrodomésticos, instrumentos de comunicación, armas y transpor-
tes, los minerales que yacen ahí, murieron en las fábricas.
Esos minerales están muertos y la mayoría irradia algún tipo de contaminación.
Las más de las veces se trata de una contaminación electromagnética que afecta los campos energé-
ticos de aquello que está vivo.
Los teléfonos móviles y todas sus variantes que inventan año a año son una de las principales fuen-
tes de contaminación electromagnética en la biosfera.
Anulan la movilidad de los circuitos energéticos de cualquier ser vivo que esté cerca del aparato.
Ustedes los humanos de la superficie son ignorantes ante el daño que se infringen vosotros mismos

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No solamente se cortan vuestros circuitos energéticos robándoles vuestra vitalidad, sino que dismi-
nuye las funciones de aquellos órganos que están en contacto con el aparato.
Tampoco imaginan el daño que provoca estar todo el día frente a la computadora o al televisor.
Muchos de ustedes duermen con los televisores frente a vuestras camas, incluso a veces con el tele-
visor encendido.
Aquello produce daños irreparables en vuestro organismo, especialmente a vuestro cerebro.
Todo esto sucede porque estáis rodeados de un cementerio de minerales.
Ustedes ni se imaginan qué alcances podría tener el rodearse de minerales vivos.
Los antiguos lo sabían. Usaban el reino mineral sabiamente. Lo usaban con fines medicinales. Lo
usaban para limpiar atmósferas densas. Lo usaban para espantar malos espíritus y negativas influen-
cias. Lo usaban para acrecentar las potencialidades cerebrales. Lo usaban para hacer alquimias y fe-
nómenos mágicos.
Los antiguos reverenciaban a la naturaleza, y por ende, reverenciaban también al reino mineral.
Sabían escuchar a los minerales.
Así descubrían sus usos, aplicaciones y alcances.
¿Por qué creen ustedes, los humanos de la superficie terrestre, que junto a los restos arqueológicos
de las grandes culturas antiguas como los mayas, egipcios, Rapa-Nui, incas y mapuche, se hallaron
grandes cantidades de minerales labrados?
¿Creen que solo se trata de fines estéticos?
Nada está más lejos de la realidad que los fines estéticos.
Aquellas culturas conocían las propiedades de los minerales. Muchos de estos minerales los usaban
en determinadas zonas de sus cuerpos para cumplir funciones específicas.
No eran meras joyas ornamentales.
Eran objetos de poder.
Por una parte, yo el reino mineral, me alegro que la humanidad de la superficie planetaria haya olvi-
dado los usos y propiedades de los minerales, porque harían mal uso del poder que pueden otorgar.
Un objeto de poder de aquellos que usaban los antiguos, si cayera en malas manos, en manos de
alguien malintencionado, no solo podría dañarse a sí mismo, sino a los demás.
Los minerales podemos otorgar poderes que ustedes llamarían paranormales.
Alguien con esos poderes paranormales, sobre una masa humana dormida, tendría un extraordina-
rio control.
¿Cómo creen ustedes que aquellos seres que están detrás de la industria minera os pueden manejar
y controlar con tanta facilidad?
¿Cómo pueden mantener cual esclavos a miles y millones de humanos?
¿Cómo hacen para que aquellos miles de millones de humanos, dotados de libre albedrío, no se re-
belen?
Pues aquellos seres saben cómo utilizar los minerales con fines egoístas.
Usan aquel poder con fines ignorantes. Lo usan para dominar a las masas. Lo usan para provocar
daño deliberado.

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Si queréis comenzar a liberaros de este dominio que ejercen sobre ustedes, empezad por desprende-
ros de los minerales muertos en vuestro cuerpo. Desprendeos de los metales y del reloj. Y dejad de
llevar pegado a vuestro cuerpo el teléfono móvil.
Libérense de los minerales muertos que estén en vuestro cuerpo, inclusive la argolla de matrimonio,
y veréis cómo recuperaréis el vigor energético, y veréis cómo recuperaréis vuestra mente, y veréis
nacer el deseo de libertad.

Yo, el reino mineral, observo extrañado y sorprendido cómo el ser humano de la superficie de la
Tierra ha perdido el deseo de ser libre.
Observáis la libertad como una utopía. Como algo inalcanzable.
Han perdido las ganas de ser libres.
Han cedido vuestro libre albedrío al sistema materialista que impera por doquier.
Comulgan con la destrucción de la naturaleza, con la matanza de animales, plantas y minerales que
se ejecuta a diario en diferentes lugares del globo terráqueo.
Aceptan contaminar ilimitadamente al aire, al agua de los ríos y a los océanos del mar.
Ya ni tan solo opinan, ni tan solo se toman el tiempo de reflexionar en torno a la realidad materialis-
ta-destructiva en la cual estáis inmersos.
Yo, el reino mineral, me pregunto:
¿Por qué no ofrendáis vuestro libre albedrío a la Diosa, a Dios, a la conciencia cósmica, a la liberación
del ser?
¿Por qué no donar vuestro libre albedrío a un fin superior?
¿Por qué no dedicar vuestro tiempo a cultivar el espíritu?
Pero luego observo que los humanos de la superficie conviven a diario con dos minerales tremenda-
mente peligrosos.
Éstos son el cloro y el flúor.
El cloro, que está presente en el agua potable y en los productos que ustedes llamáis de higiene,
daña la capa de ozono cuando se evapora; genera docilidad en quién lo respira e ingiere; y mata a
todos los microorganismos ya sean benéficos o no.
Y el flúor, el cual también está presente en el agua potable y se encuentra en la mayoría de las pastas
dentífricas, genera depresión en quienes lo ingieren.
Es decir, la convivencia con estos dos minerales genera en el humano de la superficie terrestre, docili-
dad y depresión, la combinación perfecta para controlarlos, dominarlos y esclavizarlos.
La condición perfecta para que dejen de pensar en la libertad.
Sumadle a esto la convivencia con miles de cadáveres de minerales, y tendrán la fórmula perfecta
para destruir una especie.
Y no solo eso, sino para destruir todo un cuerpo celeste, el planeta Tierra, el planeta Azul.
Por tanto, si vosotros que estáis leyendo estas líneas deseáis volver a ser libres, deseáis despojaros
de las cadenas de la esclavitud, y por sobretodo anheláis salvar a la Tierra, ansiáis ayudar, aportar
con vuestro servicio humanitario para que la Tierra toda se salve de la aniquilación, empezad por su-
primir los productos clorados y fluorizados. Inclusive,
muchas aguas embotelladas que se publicitan bajo el sello de agua purificada están alteradas con
cloro y flúor.
Vuelvan a beber agua natural y dejen de respirar cloro.
Dejen de usar productos con cloro, ya que como se dijo anteriormente, el cloro es una de las princi-
pales causas de la rotura de la capa de ozono.
A propósito, ¿cómo llamáis aquellos compuestos que en la mayor parte del mundo prohibieron
porque los identificaron como la causa que provocaba el daño a la capa de ozono?
Este compuesto se llama CFC. Sigla de clorofluorocarbonado.
Resulta curioso que estén juntos el cloro y el flúor en productos que fueron ampliamente utilizados
para su consumo en todos los hogares de la población humana.
No sigáis conviviendo con el cloro, el flúor, y eliminad de vuestros hogares los electrodomésticos que
no sean indispensables.
Disminuid vuestro contacto con los minerales muertos e intentad dejar libre vuestro dormitorio de
televisores, computadoras, radios y teléfonos móviles.
Mientras ustedes duermen reciben bombardeos de polución electromagnética que altera vuestros
sueños y no os permite renovaros.
Comenzad a cultivar vuestra relación con los minerales vivos.
Podéis tener minerales vivos en vuestros jardines, dormitorios y hogares.
Descubrid los secretos mágicos que mis minerales poseen.
Vuelvan a hablarle al mineral.
Vuelvan a conversar con la montaña, con la roca, con la piedra, con la arena.
Recuperen el lenguaje de la naturaleza.
Vuelvan a escuchar a la naturaleza.
Vuelvan a escucharse vosotros mismos.
Vuelvan a sentir vuestra alma, vuestro espíritu.
¡Vuelvan a ser libres!

Habéis nacido en una prisión.


Cuando nacéis en una prisión es difícil daros cuenta que afuera de aquella cárcel hay un mundo de
libertad y felicidad sincera.
Cuando habéis sido concebidos en la cárcel y habéis sido educados en ella, es muy complicado que
os deis cuenta de que estáis viviendo en una prisión.
Cuando todos los reclusos viven uniformemente lo mismo, sin sentirse, sin cuestionarse nada, acep-
tando su realidad tal cual es, como la única posibilidad de existencia humana, es muy difícil que os
despertéis de aquella pesadilla.
Cuando alguien que se ha despertado o que presenta un atisbo de despertar,
e intenta abrirle el corazón a los demás reclusos, es aislado en celdas de alta seguridad y castigado
por andar incentivando malas conductas.
Resulta aún más complicado liberarse de aquella cárcel atestada de gendarmes entrenados para des-
cubrir quién anda con brotes de revolución en su interior,

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y acallarlo a fuerza bruta, o bien, haciéndolos desaparecer sin que nadie más vuelva a saber de estas
personas que comenzaban a ser individuos.
Es una prisión muy bien diseñada.
Aquel que busca la libertad es catalogado de delincuente.
Buscar libertad y felicidad suprema es delinquir.
Podéis ser justificadamente castigados por aquello.
Algunos gozan de mayores privilegios dentro la cárcel.
Otros asumen el rol de gendarmes.
Y hay quienes les tocan ser alcaides.
Sin importar qué rol os toca interpretar, estáis en la misma cárcel, estáis privados de la misma liber-
tad.
El sistema está diseñado para que anheléis llegar a aquellos privilegios que poseen esas personas
que las han obtenido por buena conducta.
Hacen que aquellos privilegios insulsos sea vuestra mayor meta a conseguir.
Mas, aquellos privilegios son engaños, distracciones de la verdadera meta que es la libertad.

Vuestras metas son única y exclusivamente materiales. Nunca espirituales.


Pero yo, el reino mineral os pregunto a la especie humana que habita en la superficie de la Tierra:
¿Qué es más imperecedero?
¿Los privilegios materiales, o bien los privilegios espirituales?
Progresar espiritualmente debiera ser vuestra primordial premisa de vida.
En cambio, en aquella cárcel se ridiculiza el cultivo del espíritu.
Se mofan de aquel que quiere espiritualizar su vida.
Se burlan con sarcasmo de aquel que medita, ora y contempla.

En la creación todo es espiritual.


Es imposible que escapéis a la espiritualidad que yace en el todo.
Podéis desconocerlo, podéis haceros los ciegos y sordos, podéis haceros los desentendidos,
mas aquello que mueve vuestra alma, aquello que os mantiene vivo aquí,
en algún lugar del Cosmos,
¡Es vuestro espíritu!
Sois seres espirituales.
Destruid los barrotes que os encarcelan en aquella prisión ilusoria.
Esa prisión es una ilusión, es una pesadilla que vivís colectivamente.
Despertad y romped los candados que os privan de la libertad.

Nadie vendrá por ustedes.


Nadie vendrá a rescataros de la cárcel, puesto que vosotros mismos entrasteis voluntariamente allí.
Si queréis salir y vivir la vida en asociación con el todo, pues aquello depende de ti.

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Si queréis seguir viviendo cual canario en la aparente seguridad y comodidad de vuestra jaula, per-
fecto. Pero no intervengáis en los sueños de libertad del otro, no deseéis el mal a aquellos que
buscan la libertad, no os burléis de aquel o aquella que sueña con ser libre.
Seguid con vuestros privilegios materialistas, seguid ahí viviendo de la comodidad tecnológica, y no
interfiráis en la felicidad ajena.

Yo soy el oro.
Soy uno de los tantos minerales que conformamos el reino mineral.
Yo soy el oro, me han sobrevaluado.
Yo soy el oro, en la superficie de la Tierra estoy manchado de sangre.
Se han asesinado miles y millones de vidas en los trabajos de explotación de oro.
Lo mismo sucedió con mi hermana la plata.
Todo el oro, toda la plata que se halla en la superficie de la Tierra está manchada con la sangre de
todos aquellos que han fallecido trabajando en la extracción.
Es la sangre de todos aquellos seres vivos que murieron porque destruyeron sus hogares, contami-
naron las aguas que aquellos seres utilizaban para vivir.
El humano de la superficie terrestre se contagió de la fiebre del oro y no ha podido sanarse de esta
demencial enfermedad.
Han llegado a equipararme a mí, el oro, con el tiempo.
¡El tiempo es oro!
Yo, que soy el oro, os digo enfáticamente a los humanos de la superficie terrestre que no soy el
tiempo.
Yo, el oro, no soy el tiempo ni nada tengo que ver con el tiempo.
Yo soy un mineral más dentro del reino mineral.
Por cierto, tengo mis propiedades y usos específicos, así como cada mineral los tiene.
Usos y propiedades que las culturas antiguas comprendieron.
Si me utilizan de forma sabia puedo otorgar propiedades psíquicas paranormales.
A través de mi puede conducirse el psiquismo.
Así como mi hermano el cobre conduce electricidad, yo conduzco psiquismo.
Aplicado en dosis controladas puedo purificar la mente y serenar los corazones.
No obstante, si os aplicáis excesivas dosis de mí, os sobrevendrá una particular locura conocida con
el nombre de fiebre del oro.
Esta enfermedad se caracteriza por el deseo desenfrenado de acumular oro y otros bienes preciados.
Casi toda la humanidad de la superficie terrestre padece de esta enfermedad.
¿Por qué la mayor parte de la población humana en la Tierra padece esta dolencia si aparentemente
no han recibido altas dosis de oro, si ni siquiera han visto oro en grandes cantidades, si quizás en
toda su vida nunca vieron el oro?
La respuesta es dura de creer y tremendamente cruel.
Esta enfermedad la inoculan a los bebés recién nacidos camuflada dentro de las vacunas.
Así, el sistema de consumo se sostiene.

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Afortunadamente esta dolencia tiene su cura.
La cura es muy simple, pero en la simpleza radica la complicación.
Para ello debe suprimirse todo contacto con el oro o cualquiera de sus variantes ya sean joyas o
dinero.
En la medida que os desapeguéis del dinero, que dejéis de estar en contacto con él, la fiebre irá ami-
norando.
Sin embargo, mientras atesoréis las monedas y billetes, mientras os afanéis en contar y recontar
vuestro dinero acumulado, formando pequeñas torrecillas de Babel, la fiebre irá en aumento.
Para facilitar aquel desapego ayuda entra en contacto con la naturaleza, que es la única y verdadera
fortuna que existe en la Tierra, y vale más que todo el oro que pueda existir en todo el Cosmos.
Debéis poner en práctica lo que los sabios yoguis denominaron aparigraha, lo cual se traduce en no
acumular.
La acumulación de bienes materiales y el hecho de sobrevaluarlos, poniéndole un valor que no le
pertenece, poniéndole inclusive un valor existencial inexistente como si vuestra vida dependiera de
ello, son síntomas de la fiebre del oro.
Para sanaros de esta cruel dolencia debéis tener voluntad.
Debéis trasmutar vuestro deseo por la materialidad hacia el deseo por la espiritualidad.
Afortunadamente nunca es tarde para reconocer el espíritu que yace dentro de uno.
Nunca es tarde para retornar al camino de la bienaventuranza.

Yo el oro os quiero decir una cosa más.


Cuando os consagréis en el matrimonio, cuando celebréis vuestro amor con el otro, con la otra, no
me utilicéis a mí como símbolo de vuestra unión.
No caigáis en la trampa, no caigáis en el embrujo de poneros una argolla de oro.
Vosotros no queréis que el objeto que simbolice vuestro amor esté cargado con el sufrimiento y la
sangre de todos los muertos asociados a mi explotación.
Vosotros no queréis que aquello que simbolice vuestro amor, sea algo que comulgue con los princi-
pios materialistas que rigen en la Babilonia.
Vosotros no queréis ensuciar vuestro bello e inmaterial amor a través de mí que he sido profanado y
soy el pretexto de la gran avaricia que pulula cual peste en la humanidad de la superficie terrestre.
No mordáis la carnada que os hará tragar el anzuelo del egoísmo.
¿Por qué utilizar una argolla de oro, plata o platino?
¿Por qué esta costumbre?
¿De dónde proviene?
¿Quién la inventó?
¿Ustedes tienen algo que ver con el origen de esta tradición?
¿Acaso Jesús propuso que os caséis en nombre del oro?

Casaos en nombre de la Diosa, en nombre de Dios.

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No necesitáis oro, ni templos, ni sacerdotes ni jueces.
Os necesitáis a vosotros mismos y a vuestros seres queridos.

Ya no es tiempo de andar usando oro.


Alguna vez en la historia de la Tierra fue precisa esta interrelación entre el oro y el humano de la su-
perficie.
Luego, esta interrelación se profanó y me esclavizaron.
Hoy ya no se necesita de mí.
Hoy ya no existe el oro puro y primigenio.
Hoy, el oro puro se halla en vuestros corazones y nunca en una argolla.

Yo el reino mineral os digo a los humanos de la superficie terrestre, borrad de vuestra mente la pre-
misa babilónica que versa:
El tiempo es oro.
Aquella premisa es un virus bio-psíquico.
Para borrar de su mente este virus se os requerirá voluntad.
El deseo de liberarse del virus debe nacer voluntariamente.
Nadie te puede obligar a borrártelo, ni nadie lo borrará por ti.
Es curioso, sucede que mientras más intentáis liberar a los demás de este virus, éstos más se empeci-
narán en no reconocer que están contagiados.

Si no deseáis borrar el virus de tu mente, si no aceptáis que estáis contagiados con la fiebre del oro,
perfecto.
Sin embargo no creáis que aquello que vivís es la única forma de existencia.
Este brutal virus os hace creer que vuestra forma de vida en la Babilonia es la única y la más correcta
de todas.
Se han dado maña de matar o destruir cualquier otra forma de existencia, ya sea humana, animal,
vegetal o mineral que escape a su forma de vida babilónica, cual inquisidores del Medioevo.
Yo, el reino mineral, en representación de los demás reinos os digo a vosotros que defendéis la Babi-
lonia como el gran imperio de las oportunidades, como el gran imperio tecnológico de las comodida-
des, como el gran imperio del consumo, donde conseguís todo lo que buscáis, os digo:
La Babilonia no es la única forma de existencia y no solo debéis saberlo, sino que debéis respetar y
aceptar esas otras formas de existencia, cualesquiera sea el reino que se exprese en aquella forma
de vida.
Debéis aprender a co-existir y a convivir sanamente con esas otras formas de existencia, sin matarlas,
sin contaminarlas, sin dañarlas, sin enfermarlas, sin violentarlas.
Vosotros no sois los únicos que merecen vivir.
Si os gusta vuestro estilo de vida, perfecto. Mas no perturbéis los estilos de vida del otro, de la otra.

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Si os gustan las comodidades de la tecnología, perfecto. Pero luego, cuando debáis huir de las ciuda-
des porque no sale agua de vuestros grifos, no vayáis a invadir las aldeas de paz que se están for-
mando y naciendo en todos los lugares del mundo.
Ya no podréis llegar a fuerza de armas, matando y destruyéndolo todo, porque hallarán familias en
paz, porque hallarán hijos e hijas de Pacha-Mama en paz, porque hallarán comunidades de mujeres,
hombres, niñas, niños y ancianos en paz.
Y mientras siga saliendo agua de vuestro grifo, intentad vivir vuestra vida en paz y comunión con
todos y con el Todo, aceptando aquellas otras formas de vivir.

Todas las expresiones y formas de vida son sagradas.

Desde aquel empresario industrial que contamina con sus fábricas el medioambiente, hasta el esca-
rabajo coprófago que come boñigas de animales herbívoros.

Todas expresiones y formas de vida son espirituales.

Desde el campesino que labra la tierra con devoción hasta el zancudo que todas las noches le chupa
la sangre.

Todas las expresiones y formas de vida merecen vivir.

Desde el hongo que descompone el tronco caído, hasta la planta parásita que succiona la savia del
árbol.

Aquel y aquella que comprenda esto último, que entienda el valor que tiene toda expresión de vida,
será bendito, será bendita.

¿Cómo habrás de vivir en paz en la Babilonia si para sostener aquel sistema socioeconómico se
pasan a llevar sin atisbos de culpa, cientos y miles de expresiones y formas de vida a cada instante, a
diario, todos los días invariablemente?
¿O acaso os sentís en paz, limpios y puros porque las manos que sostenéis no han asesinado a
nadie?
Quieran la Diosa y Dios que así sea.
¿Cuál es vuestra responsabilidad en todo esto?
¿Os vais a escudar como los militares genocidas que seguían órdenes superiores?
¿Vais a declamar que nada sabían?
Mentira.
Hoy toda la población humana sabe que al planeta Tierra lo están matando.
Sabe que para sostener aquel sistema socioeconómico no solo se asesina a cientos y miles de formas
de existencia, sino que se está asesinando al planeta en sí.
Cada humano, cada humana que habita en la superficie de la Tierra está enterado de esto.
Cada humano, cada humana es responsable de esto.

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Cada humano, cada humana debe asumir la responsabilidad de sus actos.
Cada humano, cada humana que vive en la superficie de la Tierra debe evaluar su forma de vivir y
observar si aquella forma de vida no mata, no destruye el hábitat, no pasa a llevar otras formas de
existencia.
Cada humano, cada humana debe tomar la determinación de vivir en paz.
La paz consigo mismo jamás la hallaréis si no estáis en paz entre vosotros, si no estáis en paz con
cada forma y expresión de vida que habita en la Tierra y el Cosmos.
¿Cómo no vais a ser capaces de vivir en paz con el Todo?
¿Cómo no vais a ser capaces de conducir vuestros actos por y para la paz?

La Tierra y el Cosmos no necesitan de seres incapaces.


Tú que lees estas líneas, ¿eres capaz?

Yo soy el cuarzo.
Soy el guardián de la luz.
Soy el que lleva la luz.
Soy luz.

Provengo del núcleo central del Cosmos.


Así como estoy en el núcleo central cósmico, estoy en el núcleo central de todos los cuerpos celestes.
Vosotros, los seres humanos de la superficie terrestre sois cuerpos celestes en potencia, por tanto,
también me hallo en potencia dentro de vuestros corazones, vuestro núcleo central.
La Tierra también posee un núcleo central de cuarzo.
Vosotros poseéis en vuestros corazones, la luz que posee el corazón del Cosmos.
Vuestro corazón está coligado al corazón del Cosmos.
Nada podéis hacer en contra de esto.
Nada podéis hacer para evitar esto.
Nunca podréis extinguir la llama de luz cristal que yace en vuestros corazones.
Nada podéis hacer para borrar el Cristo que lleváis dentro.
Podéis en cambio hacer muchas cosas para encender al cristal que existe y siempre existirá en vues-
tros corazones.
Concentrándoos en vuestro corazón podéis vibrar desde la luz.
Vibrar desde la luz es una experiencia cósmica.
Los seres cósmicos, aquellos que viven la experiencia cósmica en el eterno presente, son seres lumi-
nosos cuyo cristal de cuarzo que yace en sus corazones está radiante, está vivo, está unificado con el
gran cristal del núcleo cósmico.
El rayo de luz crística que emanan los seres luminosos, los seres iluminados, no tiene color, no tiene
matices, no proyecta sombra.
Es luz. Es la luz de Cristo.

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Es la luz que unifica todos los corazones, todos los núcleos centrales de cada cuerpo celeste. Es la luz
del Todo.
Cristo sois cada uno y cada una de ustedes.
Lo único que os falta para alcanzar el estadio crístico es brillar.
Brillad y viviréis una experiencia cósmica.

Existen símbolos que activan la luz crística que hay en los cristales de cuarzo.
Uno de estos símbolos es lo que conocéis como estrella de David, la estrella de seis puntas.
Ésta, colocada a la altura del corazón, enciende la luz de vuestro Cristo interior.
Curioso; el pueblo que no reconoce a Cristo Jesús como su mesías, adopta la estrella de David como
su bandera.
Cuando lográis encender la llama crística de vuestro corazón, el cristal de cuarzo se proyecta desde el
núcleo y se expande alrededor de vosotros cual estrella de David tridimensional, cal estrella tetraé-
drica que al iluminarse con la luz expandida desde el núcleo de vuestros corazones, recibe el nombre
de Merkaba.
El núcleo del Merkaba es el mismo núcleo central de vuestro corazón y se sostiene con el fragmento
de cristal que proviene del corazón central del Cosmos.
Así como podéis expandir la luz crística que existe en vuestros corazones hacia las seis puntas del
Merkaba, podéis como seres humanos que sois, expandir la luz crística que yace en el núcleo central
de la Tierra y conducirla hacia el Merkaba que rodea al planeta.

Vosotros, los seres humanos, estáis dotados de tal poder.


Tenéis el poder de encender la Merkaba de la Tierra.
Tenéis el poder de activar el arco-iris circumpolar.
Tenéis el poder de hacer iluminar a la Tierra.
Para lograrlo es preciso que 144.000 almas unifiquen la llama de sus corazones.
Los 144.000 somos todos. Cada uno y cada una de ustedes participa en este número, forma parte de
esta cifra fractal.
144.000 es un número portal. Es la llave de acceso para abrir la puerta de la era de luz. Es la llave
maestra que abre las puertas de vuestro corazón, que entra en las cerraduras de vuestras mentes y
corazones para abrirlos de par en par.
Baste 144.000 almas iluminadas y la Tierra toda se ilumina.
Baste 144.000 almas luminosas y todos los humanos, sean los millones que sean, se iluminarán.
Por lo tanto, todos somos aquellos 144.000. Somos todos. Tú, él, ella, vosotros, nosotros, ellas, ellos y
yo. Todos.

Yo, el cuarzo, os digo:


Dejaos conducir por la luz. Yo soy quien conduce la luz.
Reconoced y abríos a sentir al cuarzo que está inserto en el núcleo de vuestros corazones.
Actívenlo, enciéndanlo y verán cómo la luz comenzará a ser conducida a través del cristal, del Cristo
que albergáis dentro de vosotros.

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No iluminéis fuera lo que primero debéis iluminar dentro.
No encandiléis a los demás con vuestras palabras. Ni con vuestro intelecto, ni con vuestras ideas, ni
con vuestro conocimiento.
Encandilaos vosotros con la llama crística de vuestros propios corazones y expandidla hacia afuera a
través del Merkaba, la luminosa estrella tetraédrica que os conduce cual nave por los senderos de
luz.
¡Iluminaos!

Yo, el reino mineral, os digo a los humanos de la superficie de la Tierra:


Dejad de contaminar el suelo.
Nosotros los minerales habitamos el suelo.
Si contaminan el suelo, no solo me están contaminando a mí, sino a todos los seres vivos que ahí ha-
bitan.
Contaminan también el agua de las napas subterráneas, misma agua que eventualmente podría
estar consumiendo una población humana que habitara más abajo.
Quizás, usted que lee estas líneas piensa que no contamina el suelo. O bien, ni siquiera tiene un trozo
de suelo vivo porque vive en un departamento, o porque vuestro jardín está enteramente embaldo-
sado.
Usted aparenta estar tranquilo frente a la temática de la contaminación del suelo porque siente y
cree firmemente que no está haciendo ningún daño.
No obstante, yo el reino mineral os digo a vosotros que sí. Sí estáis infringiendo ese daño día a día al
suelo de la Tierra.
Cada vez que usted compra carne, está avalando y permitiendo que cientos y miles de hectáreas de
suelo en el mundo estén destinadas única y exclusivamente para la ganadería.
Cada vez que come carne está avalando y es cómplice de la destrucción de selvas y bosques para
sembrar praderas, para luego resembrarlas con vacas hamburgueseras.
Cada vez que compra un producto que no sea orgánico, está consumiendo algo que fue manipulado
genéticamente y/o se usaron una serie de agrotóxicos para producirlo y hacerlo llegar hasta las gón-
dolas del supermercado que usted frecuenta.
Si usted consume algo transgénico o algo que no sea orgánico, está fomentando para que se siga
contaminando la genética, para que se siga contaminando el suelo con fertilizantes, plaguicidas, pes-
ticidas y herbicidas de origen químico.
Usted que cree no hacer daño alguno al medio ambiente, sin embargo, cada vez que consume algo
en un supermercado, en el almacén de la esquina, en un mall, está siendo cómplice de todos los
daños y violaciones al medio ambiente que se perpetran para sostener la vida que usted lector, que
usted lectora, está llevando a cabo.
Cada vez que usted bota algo al basurero, colabora para que sigan existiendo basurales, vertederos,
rellenos sanitarios o usinas incineradoras. Está participando para seguir llenando a la Tierra con
basura.
Ese suelo donde va a parar la basura que usted genera queda envenenado durante siglos, depen-
diendo de lo tóxico de vuestra basura.

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Cuando se trata de chatarra tecnológica, aquella basura emite contaminación durante un tiempo
ilimitado, vale decir, estará contaminando la atmósfera y el suelo ILIMITADAMENTE.
Usted lector, usted lectora NO es inocente.
Tampoco es testigo, sino cómplice.

Vosotros no podéis pasaros vuestra vida como si a la Tierra no le pasara nada.


Como si al medioambiente no le pasara nada.
Como si a la biosfera no le pasara nada.
No podéis pasaros vuestra vida con aquella actitud displicente como si nada estuviese ocurriendo,
como si la responsabilidad no fuese de vosotros, como si la causa del deterioro global, como si la ma-
tanza de los reinos animal, vegetal y mineral no fuese cometida por vosotros, los humanos de la su-
perficie terrestre.

Vosotros que leéis estas líneas sois tan culpables como aquel que tala al árbol o degüella al animal.
Vosotros los humanos sois todos uno.
Sois todos una sola mente.
Cada uno, cada una le toca jugar un rol diferente en el sistema babilónico de consumo desenfrenado.
Si vosotros no queréis ser cómplices, si no queréis ser culpables de este crimen, salid de Babilonia,
retornad a la naturaleza, abandonad el reloj y el tiempo artificial.
Desprended de vuestro organismo y de vuestra vida todos aquellos metales y minerales muertos.
Empezad a consumir productos orgánicos.
Reciclad la basura.
Y que vuestra actividad diaria no dañe al medio ambiente.
Por el contrario, buscad una actividad diaria que le haga bien a la Tierra.
Tenéis todas las capacidades para poder hacerlo.
Háganlo y verán cómo la luz de Cristo se encenderá en vuestros corazones.
Atrévanse a dar el paso, el paso hacia la liberación.
Dejad de auto-justificaros, dejad los pretextos.
Si realmente deseáis que vuestros hijos crezcan libres, pues debéis abandonar el miedo que os han
implantado desde pequeños.
Debéis romper las cadenas mentales que vosotros mismos cerrasteis con un candado.
Debéis mover vuestro cuerpo físico y dejar aquel sedentarismo insano.
La fiebre del oro os abandonará sin que os deis cuenta.
Comenzareis a observar los ciclos naturales.
Observareis el sol y la luna para guiar vuestro tiempo.
Observareis a los árboles para comprender los ciclos y las estaciones.
Renovareis vuestro sentido del gusto y el olfato degustando los manjares que crecerán en vuestro
jardín.

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Vuestros cuerpos físicos se tornarán esbeltos, los cabellos relucirán y las columnas vertebrales se en-
derezarán.
Estaréis disfrutando anticipadamente los albores de la nueva era de luz venidera. Estaréis armoniza-
dos con la Tierra, el sol y Hunab-Ku.
Estaréis equilibrados con el Todo y con vosotros mismos.
La Tierra necesita urgentemente que vosotros, los que estáis leyendo estas líneas, retornéis a Su
regazo, que abandonéis la vida babilónica que la daña, y que seáis uno con Ella, que seáis uno con
Pacha-Mama.

Mis palabras se acaban, sin embargo, tenéis la oportunidad de que vuestra vida comience.
Agradecedle a la Tierra, a la Vida, dando vida y cuidando la vida que hay.
Sé uno con el Todo.
Sé una con e Todo.
Ometeo.
In Lak’ech.
Gracias…

Fragmento de Susurros de la Tierra


Julián Avaria-Eyzaguirre

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