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Cenicienta

Este documento resume la historia modernizada de Cenicienta. En esta versión, Cenicienta va al baile no para encontrar marido sino para expresar su desacuerdo con la forma en que el príncipe está buscando esposa. Tras una conversación reveladora con el príncipe, Cenicienta debe irse a medianoche antes de que se rompa el hechizo, dejando atrás uno de sus zapatos. El príncipe queda prendado de Cenicienta y pasa los días siguientes pensando en ella y en el zapato que dejó como único rec

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Cenicienta

Este documento resume la historia modernizada de Cenicienta. En esta versión, Cenicienta va al baile no para encontrar marido sino para expresar su desacuerdo con la forma en que el príncipe está buscando esposa. Tras una conversación reveladora con el príncipe, Cenicienta debe irse a medianoche antes de que se rompa el hechizo, dejando atrás uno de sus zapatos. El príncipe queda prendado de Cenicienta y pasa los días siguientes pensando en ella y en el zapato que dejó como único rec

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Leer el cuento “Érase dos veces” y responder en la carpeta

1- ¿Por qué te parece que el cuento tiene ese título?


2- Este cuento es una versión moderna de otro cuento anterior ¿De cuál?
3- Hacer una lista con todas las diferencias que encuentres entre “Érase dos veces” y la versión tradicional
del cuento. 
4- Escribir un nuevo título para este cuento.

Érase dos veces

Erase dos veces una joven a la que llamaban Cenicienta. Su padre, un comerciante que pasaba largas
temporadas viajando de acá para allá, se había casado por segunda vez con una mujer bastante egoísta. Era
madre de dos hijas que habían aprendido de ella y solo se preocupaban por su propio bienestar. Se pasaban las
horas atusándose el pelo, probándose vestidos y arreglando sus uñas. Tal era la obsesión por su aspecto, que
decían no tener tiempo ni para hacerse la cama.

En esa casa nadie más que Cenicienta se hacía cargo de las tareas. Fregaba, planchaba, cocinaba,
cuidaba del jardín y se ocupaba de limpiar la gran chimenea del salón. Pasaba todo el día entre cenizas, de ahí el
nombre por el que todos la conocían.

Cenicienta pensaba que el reparto de los quehaceres de la casa era bastante injusto. Y es que era de
buen corazón, pero de tonta no tenía ni un pelo. Por eso, su madrastra, que intuía en ella un inconformismo
innato, sabía que esta situación donde una trabajaba y el resto miraba, no duraría demasiado tiempo.

Un buen día, llegó una carta del rey anunciando que su hijo, el príncipe, convocaba un baile para todas las
muchachas casaderas del reino. Su intención era buscar esposa y había pensado que esa era la manera perfecta
de conocer a todas a la vez.

« ¡Qué falta de respeto!», pensó Cenicienta. « ¿Qué se ha creído este Príncipe? ¿Que somos zapatos en
una tienda y que él puede elegir el que más le guste? Además... ni que todas las mujeres del reino aspirásemos a
convertimos en princesa».

Y no todas las mujeres tenían esa intención. Sin embargo, sus dos hermanastras sí que estaban
ilusionadas con la posibilidad de ser la esposa elegida por el príncipe. Ellas pretendían una vida fácil y cómoda,
repleta de abundancia y sin grandes esfuerzos.

El día del baile, Cenicienta contemplaba, con una mezcla de asombro e indignación, como se arreglaban
sus hermanastras. No les faltaba ni un solo detalle. Eligieron sus vestidos muy estrechos y entallados, estuvieron
peinándose durante horas, se maquillaron la cara, se calzaron unos zapatos con un tacón altísimo, tanto que
prácticamente no podían caminar, y vaciaron medio frasco de perfume. Y todo para intentar que el príncipe se
fijara en ellas.

Su madrastra y sus dos hermanastras partieron hacia palacio. Llevaban su mejor sonrisa a pesar de que el
corsé casi no les dejaba respirar.

Cenicienta se sentó en el sillón. De pronto tuvo una idea: ¡un momento!, ¿y si fuera al baile a decirle al
príncipe lo que pensaba de su fiesta?

Ay, Cenicienta se estaba emocionando… Recreaba la situación en su cabeza y cada vez le estaban
entrando más ganas de ir al baile. Pero, ¿cómo? Seguro que no le dejarían entrar en palacio si no iba vestida de
etiqueta... y no tenía nada de ese estilo en su armario.

Nunca le habían gustado Los vestidos demasiado elegantes, ni demasiado floridos, ni demasiado
incómodos. Y, aunque su padre le había regalado varios en los últimos años, le había faltado tiempo para
deshacerse de ellos. Incluso alguno lo había utilizado para reconvertirlo en una mantita para el sofá, en unas
cortinas o en fundas para los cojines.

De pronto y por arte de magia, como ocurren las cosas en los cuentos, apareció su hada madrina.
-Hola, Cenicienta -dijo el hada madrina—Quieres ir al baile, ¿no es cierto?

-No sabes cuánto, hada madrina... pero no tengo ropa para la ocasión y la de mis hermanastras no me
queda. Uso dos tallas más.

Según estaba pronunciando estas palabras, el hada madrina comenzó a agitar su varita mágica y la ropa
de Cenicienta se transformó en un vestido lleno de brillantes, volantes y encajes... un vestido de esos que son
imposibles de llevar puestos durante más de dos horas seguidas sin que te pique todo el cuerpo.

-Muchas gracias —dijo Cenicienta mientras intentaba aflojarse el corsé.

-Espera, hija. Te faltan unos zapatos a juego.- Y diciendo esto, volvía a agitar su varita mágica

Esta vez, ante los ojos de Cenicienta aparecieron unos estrechos e incomodísimos zapatitos de cristal.
«Pero qué tipo de persona es capaz de diseñar unos zapatos así, pensó la joven.

-Hada madrina, agradezco mucho lo que estás haciendo por mí —dijo Cenicienta—. Estaría dispuesta a
calzarme unos zapatos de horma estrecha, aunque me hiciesen rozaduras, solamente para poder ver la reacción
del príncipe. Incluso podría ceder si fuesen de tacón... Pero ¿de cristal? ¿Te has parado a pensar en lo peligroso
que es eso? ¿Qué ocurriría si pisase una piedra y se rompieran? ¡Me cortaría los pies!

- Ay, hija, tienes razón. Nunca lo había mirado desde ese punto de vista.

Y el hada madrina recordó todos los zapatitos estrechos, incómodos y de cristal que había entregado a
muchas otras de sus ahijadas, sintiendo un poco de vergüenza y mucho arrepentimiento.

-No te preocupes, enseguida lo soluciono.

Y con su varita convirtió los zapatitos de cristal en unos de cuero, mucho más cómodos y flexibles, con los
que sí se podía caminar, bailar y hasta dar patadas a un balón si le apetecía.

-Esto es otra cosa- dijo Cenicienta con un gesto de aprobación.

-Ahora ve al jardín y tráeme lo más rápido que puedas una calabaza, seis ratas, cuatro lagartos y un
ratoncillo.

El hada madrina fue tocando con su varita a cada uno de los animales y convirtió a las ratas en veloces
corceles, a los lagartos en lacayos, y al ratoncito en cochero. Por último, agarró la calabaza y la transformó en un
lujoso carruaje... pera ya era tarde, porque Cenicienta se había montado sobre uno de los caballos, adoptando una
posición considerada en la época como «poco femenina», pera mucho más práctica y segura que ir sentada de
lado como era costumbre. Y ya se dirigía al galope hacia el palacio.

Cuando la vio, su hada madrina solo acertó a decirle:

-¡Debes regresar antes de medianoche, porque a las doce en punto se romperá el hechizo!

-¡Tranquila! No me llevará más de quince minutos —se oyó su voz a lo lejos entremezclada con el sonido
de las herraduras contra el suelo.

Cenicienta tardó apenas un suspiro en llegar al palacio a lomos de su caballo. La fiesta se encontraba en
su máximo esplendor. Cuando apareció, todas las miradas se giraron hacia ella. Bajó del caballo con destreza, se
colocó un poco el vestido y comenzó a subir la gran escalinata que conducía hasta el salón de baile. A su paso,
se oían murmullos:

-Ohhh, ¿quién es esa mujer?

-Yo no la he visto nunca.


-Yo tampoco.

-Qué forma de llegar. Habrase visto.

-Monta corno un hombre, qué desfachatez.

Según iba avanzando, la gente se iba retirando para dejar paso. Se formó un pasillo que conducía
directamente al príncipe. Este, tras observar la llegada de la joven, no era capaz de cerrar la boca de asombro.
Cuanto más se acercaba Cenicienta, más abría los ojos el príncipe.

Se detuvo a escaso metro y medio de él, aclaró su voz y dijo con un tono firme y decidido:

-Buenas noches, alteza. Tengo entendido que ha convocado este baile para poder elegir esposa entre
todas las mujeres del reino, ¿Es eso cierto?

-Sí, ejem, esa era la idea —admitió algo sorprendido.

-Pues debo comunicar a su alteza mi total desacuerdo. Es del todo imposible que tan solo por su aspecto
pueda enamorarse de alguien. El amor surge de conocerse, de respetarse, de ir tomándose cariño mutuo.

-Pero... —balbuceó el príncipe.

-Y lo que es aun peor, ¿acaso se cree que somos mercancía y que usted puede escoger la que más le
guste? ¿Y dónde quedamos nosotras?

-Pero... —balbuceó el príncipe.

-No era mi intención venir a su baile —prosiguió Cenicienta— pero creía importante decirle que no me
parece correcta esta forma de actuar.

El príncipe no podía creer lo que estaba sucediendo. Jamás nadie le había hablado con tal sinceridad. Y,
lejos de ofenderle, aquello le resultó de lo más revelador. Tanto que, a cada palabra que pronunciaba Cenicienta,
más entendía a la joven y más de acuerdo estaba con ella.

-Perdón, no pensé más allá. Me dejé llevar por la tradición —confesó el príncipe, algo avergonzado.

Así siguieron hablando y hablando durante toda la noche. Compartiendo visiones, intercambiando
opiniones, discutiendo puntos de vista...

De pronto, comenzaron a sonar unas campanadas en el reloj del palacio. iCielosl iEran las doce! Su
conversación estaba siendo tan interesante que Cenicienta no se había percatado de la hora. En tan solo unos
segundos, el hechizo se rompería y todo volvería a ser como antes de que apareciese el hada madrina. Cenicienta
pensó en que, si se quedaba sin caballo, tardaría horas en volver a casa caminando.

-Lo siento, alteza, pero tengo que marcharme- Y diciendo esto, Cenicienta echó a correr escaleras abajo,
se montó a lomos de su caballo y salió galopando. Tan rápido se tuvo que ir, que perdió uno de sus zapatos en
mitad de la escalinata.

El príncipe apenas pudo reaccionar. Ante sus ojos, la joven desapareció en un instante. Solo le quedó el
zapato de recuerdo, como prueba de que no había sido un sueño.

Los días posteriores al baile, el príncipe continuaba acordándose de Cenicienta. De hecho, no conseguía
hacer otra cosa. No podía dormir y apenas comía, evocando la imagen de la joven. Se quedaba durante horas
contemplando el zapato que ella había perdido. Él creía que estaba enamorado... De pronto, tuvo una idea. Iría
con el zapato probándoselo a todas las mujeres del reino para localizar a la joven misteriosa.

Así fue. El príncipe en persona comenzó a ir casa por casa, pie por pie, sin conseguir encontrar a la
dueña del zapato. Cuando pensó que ya no lo lograría, llegó a casa de Cenicienta y llamó a la puerta.

-Alteza, pase, por favor —dijo la madrastra invitando al príncipe a entrar.


-Vengo a probar este zapato a todas las mujeres que viven en esta casa —anunció el príncipe. Y pasó
hasta el salón con aire decidido.

-Enseguida llamo a mis hijas —dijo La madrastra mientras salía presurosa a buscarlas.

Las dos hermanastras de Cenicienta hicieron grandes esfuerzos por conseguir que el zapato les quedase
bien, pero tenían los pies bastante castigados, llenos de grandes juanetes, por usar zapatos estrechos, altos e
incómodos, y no lo consiguieron.

De pronto apareció Cenicienta.

¿Y ella? —preguntó el príncipe.

-Uy, imposible —contestó la madrastra—. Ni siquiera fue al baile.

-Aun así, me gustaría probar —insistió el príncipe.

Cenicienta se acercó. Miró al príncipe. Vio su zapato. Se descalzó. Se lo probó ella misma, a pesar de
que el príncipe insistía en hacerlo él. Inmediatamente se adaptó a la perfección a su pie. Entonces, la joven sacó
la pareja de su bolsillo y se la puso.

-¡Por fin! —Dijo Cenicienta—. ¡Con lo que me gustan estos zapatos!

El príncipe no daba crédito. - ¡Eres tú! —exclamó— Por favor, acepta ser mi esposa. Siempre tendré en
cuenta tus opiniones y tus deseos, serás escuchada con atención y estaré muy pendiente de lo que puedas
necesitar.

-Alteza, veo que la conversación del otro día ha tenido cierto efecto en su forma de ver las cosas.

Pero antes de seguir, permítame tan solo hacerle una pregunta: ¿Sabe cómo me llamo?

El príncipe se sonrojó. Cierto, ni siquiera sabía el nombre de aquella muchacha a la que estaba
ofreciendo respeto y matrimonio. Se quedó tan descolocado que no fue capaz ni siquiera de contestar. Le faltaba
mucho camino por recorrer.

-¿Lo ve, alteza? No me conoce de nada. Lo que usted siente no es amor. Es otra cosa que tendrá que
aprender a interpretar. Yo no quiero a alguien que esté pendiente de mis deseos, de eso ya me encargo yo. Pero
estoy muy contenta de que haya dada un primer paso... Quedan muchos, pero por algo se empieza. El príncipe
agachó la cabeza.

-Por cierto, alteza, me conocen como Cenicienta, pero me llamo Frida —dijo La joven.

-Muchas gracias. Creo que me has ayudado más en una noche de lo que han sido capaces mis cientos de
asesores durante toda la vida.

-De nada, alteza. Ha sido un placer.

-Yo... —titubeó el príncipe— yo me llamo Federico.

Y diciendo esto, el príncipe Federico se levantó, dio media vuelta y salió de casa de Cenicienta, quién,
sabe si para siempre.

Cenicienta se calzó sus zapatos y dejó la casa de su madrastra para empezar una nueva vida lejos de
escobas, platos que fregar y cenizas que barrer. A partir de ahora solo limpiaría sus propias cosas.

Se comenta por algunos rincones del reino que Cenicienta y el príncipe quedan de vez en cuando en un
bosque cercano para seguir conociéndose. Les encanta conversar, dar paseos y, sobre todo, reírse. Si siguen así,
quizá algún día lleguen a enamorarse de verdad. O no...

Y colorín colorado, esta nueva versión del cuento se ha acabado.

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